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MI TESTAMENTO

MI TESTAMENTO

Napoleón Bonaparte

MI TESTAMENTO

Precedido de

Finale: Allegro fúnebre

de Blas Matamoro

fórcola

Singladuras

Director de la colección: Javier Jiménez

Diseño de cubierta: Silvano Gozzer

Diseño de maqueta y corrección: Susana Pulido

Producción: Teresa Alba

Detalle de cubierta: Napoleón cruzando los Alpes, Jacques-Louis David. Fotografía de Jean-Marie Hullot. CC BY 3.0

© De la traducción, edición y prólogo,

Blas Matamoro, 2013

© Fórcola Ediciones, 2013

Depósito legal: M-6139-2013 ISBN (PDF): 978-84-16247-19-6 ISBN (papel): 978-84-15174-67-7 Imprime: Sclay Print, S. A. Encuadernación: José Luis Sanz García, S. L. Impreso en España, CEE. Printed in Spain

ÍNDICE

Finale: Allegro fúnebre, por Blas Matamoro

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Historia del texto

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Mi testamento

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Álbum

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Diccionario de personajes

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Napoleón en Santa Elena . Grabado.

Napoleón en Santa Elena. Grabado.

Finale: Allegro fúnebre

Blas Matamoro

Santa Elena, pequeña isla

Las islas forman un ideal derrotero en la vida de Napoleón. Nació en Córcega, estuvo confinado en Elba y Santa Elena, soñó con pasar sus últimos días en Inglaterra. Pero hay más. A los diecisiete años escribió una novela breve protagonizada por un barón austriaco, Neuhof, que termina con las palabras «Santa Elena, pequeña isla» y una página en blanco. Dicho de otra manera: que Napoleón acabó escribiendo la novela de su vida, comenzada en su adolescencia. En efecto pudo, azarosamente, escapar de Santa Elena, lugar de su muerte. Antes, en Rochefort, dudó unas fechas para fijar su fuga ha- cia América. O a Dinamarca, escondido en un tonel, como un contrabandista. Llegó a zarpar en un barco amigo pero los ingleses lo detuvieron, le negaron el salvoconducto y lo fletaron hacia la pequeña isla de su cuento precoz. Seguramente, pensó que entre sus muchos dones, los dioses le habían dado también el profético. Napoleón detestaba el mar, acaso porque era el símbolo de la Gran Bretaña, a la que nunca pudo

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doblegar ni vencer. No hacía pie en el agua, necesi- taba la tierra firme de los campos de batalla. La isla, entre otras cosas, fue su refugio, el lugar fantástico donde se consideraba inexpugnable a pesar de verse rodeado por su enemigo, el océano. La isla: el lugar para vivienda del Único, del Genio. Miniatura de im- perio personal. Escenografía para las construcciones utópicas, como la dominación francesa del planeta. Paisaje para la soledad final. Santa Elena: peñasco fúnebre. El 12 de junio de 1815, Napoleón salió de París para enfrentar a la coalición de sus enemigos. El 16 los venció en Ligny. El 18 lo vencieron en Waterloo. El 21 estaba de nuevo en la capital. Los Cien Días habían terminado. Siguieron jornadas de discusión acerca de si cabía resistir o bajar la guardia. Final- mente, se acercó a la costa atlántica pensando en la huida aunque decidió confiar en los ingleses, pueblo caballeresco y generoso. Se equivocó. Lo llevaron a un peñasco perdido en el Atlántico africano. El barco Bellerophon zarpó de Torbay y diez sema- nas más tarde atracó en Santa Elena el 15 de octubre de 1815. Su escasa estatura y su cuantioso séquito ocultaron al prisionero a las miradas locales aquel anochecer. Pero, alojado provisoriamente en casa del caballero Porteous, todo el mundo pudo verlo y curiosear. Se pensó en conducirlo a la morada del gobernador, lindera con las murallas y la carretera principal aunque asimismo con el mar, sitio de fácil escapatoria. El lugar decidido resultó Longwood, apartado, extremo, cercado por una de las escasas y

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sombrías zonas boscosas isleñas. Dado que se ne-

cesitaban obras de acon- dicionamiento, de modo provisional fue alojado en la amable mansión The Briars (Las Zarzas), pro- piedad de un tal Balcombe.

El

espacio era estrecho, por

lo

cual Bonaparte convivió

espacio era estrecho, por lo cual Bonaparte convivió El adiós de Napoleón a Francia . Óleo

El adiós de Napoleón a Francia. Óleo sobre lienzo por E. A. Guillon.

en medio de la familia, dispersando sus horas de aburrimiento y jugando al whist y a la gallina ciega.

Desde luego, monotonía y hastío no le faltaron. Los notables del lugar se turnaban para visitarlo

y agobiarlo con sus cortesías y sus miradas indis-

cretas, las de un visitante de zoológico. No podía circular por la pequeña ciudad, cosa que sí hicieron

los franceses de su cortejo, invitados a bailes y otras fiestas y cuyas señoras salían de compras adquirien- do cosas de Inglaterra y la India. El exilado llevaba consigo a cuatro oficiales, un médico y doce personas de séquito y servidumbre. Cálida compañía, escasísima como corte pero sufi- ciente para alimentar su modesto delirio imperial. Así lo quiso plantear desde el comienzo. Al llegar a Santa Elena, el almirante Cockburn le entregó una invitación dirigida (sic) al general Bonaparte. Éste

la rechazó airado, argumentando que debía enviarse

al susodicho, a quien no veía desde alguna batalla,

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Napoleón en la isla de Santa Elena junto a la señorita Balcombe . Grabado de

Napoleón en la isla de Santa Elena junto a la señorita Balcombe. Grabado de Edouard-Auguste Villain. Bibliothèque Nationale, París.

quizá las Pirámides o Mont Thabor. De hecho, los in- gleses se negaron a tratarlo como Emperador inclu- so hasta después de muerto, cuando se discutió si el sarcófago debía llevar o no el apellido. Fue enterrado en una tumba sin nombre. Santa Elena es una minúscula emergencia de piedra volcánica, de diez millas de largo por seis y tres cuartos de ancho, a 1.500 pies de altura sobre el nivel del mar. Árida y con escasa vegetación, la for- man rocas picudas y sumarias entradas a manera de portezuelos naturales. La cubre una arena también volcánica llamada puzolana. El único pueblo era James Town, enclavado en un barranco y dotado de un puerto: James Bay. Unas sesenta casas de barro y piedra, cubiertas de tejas o maderas, una iglesia, un hospital, unos cuarteles, algunas tabernas, la morada del gobernador y una fábrica de excelente cerveza eran toda su instalación. Las provisiones resultaban, en general, caras, salvo el té, algo de pesca y una que otra tortuga. La caza

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escaseaba. En cambio, abundaban ratas –hasta en los armarios y dentro de los imperiales sombreros napoleónicos–, ratones y alacranes. Bueno, también las moscas, los mosquitos, las arañas y las orugas. Un solo manantial proveía el agua para sus 2.900 habitantes, de raza blanca. Dada la escasez de huertas y jardines, la alimen- tación se componía, mayormente, de carne salada, pescado y arroz. Sobre la gris uniformidad de los peñascales, destacaban el verdor ajardinado, las ar- boledas y los arroyuelos de Plantation House, ame- nidad del gobernador, y unas pocas mansiones más. Longwood es una meseta a 2.000 pies de altura, con un suelo de polvo de creta, que se torna pegajoso al mojarse. La baten los vientos alisios, húmedos y bru- mosos, que apenas dejan entrever el ardiente sol o la gélida luna. El agua pluvial no tenía entonces dónde almacenarse y se escurría, inútil, hacia el mar. Por

ello sólo crecían encinas y ciertos euforbios y zarzas de hojas lechosas. Los días lluviosos impedían salir

a la intemperie y los bruscos cambios de tempera-

tura facilitaban alteraciones circulatorias. El médico Barry O’Meara opinaba que también trastornos de hígado e intestinos. Los lugareños padecían endé- micos catarros y escasos eran quienes alcanzaban la

longevidad. Este personaje, el doctor O’Meara, es importante

para conocer lo cotidiano napoleónico. Era irlandés

y vivió entre 1786 y 1836. Nos dejó un minucioso

diario, Napoleón en el destierro. Fue médico del ejército y la marina. Acompañó al capitán Maitland

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Mapa de la isla Santa Elena, con sus principales enclaves geográficos. Mapa de Santa Elena,

Mapa de la isla Santa Elena, con sus principales enclaves geográficos.

isla Santa Elena, con sus principales enclaves geográficos. Mapa de Santa Elena, donde se detallan los

Mapa de Santa Elena, donde se detallan los límites en los que le estaba permitido desplazarse a Napoleón.

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en el Bellerophon, donde lo conoció Napoleón, sim- patizando con él y tomándolo como médico. Así se desempeñó cinco meses, durante los cuales fue ano- tando sus cotidianas conversaciones con el paciente imperial. Transcurrían en italiano, salpicadas por el elemental inglés del corso. Al cabo de este tiempo llegó a la isla Hudson Lowe, de quien enseguida me ocuparé, que le exigió actuase como espía. El médico se negó, los funcio- narios empezaron a molestarlo, no obstante lo cual el doctor Baxter redactaba los partes oficiales sobre la salud del prisionero basándose expresamente en los informes del colega. Éste se indignó y lo tachó de mentiroso. Lowe lo metió preso y el 14 de mayo de 1818 fue destituido. Se despidió de Napoleón, quien le entregó una presuntuosa carta de recomendación a sus amigos y parientes, como si pudiera aún ejer- cer regias influencias. Es necesario tener en cuenta que, al llegar a Londres, O’Meara ya contó en vida del preso que las autoridades le habían propuesto colaborar en su liquidación. Para ello conviene recordar que el primer volumen de sus memorias se publicó en julio de 1819. Volveré sobre ellas al tratar de las hipótesis sobre la muerte de Napoleón. En Longwood se reformó un antiguo establo para vivienda. Quedó un edificio precario, con goteras, un tapizado mural hecho jirones y una tarima con agujeros por los que salían y entraban cómodamen- te las consabidas ratas. Constaba de una alcoba, un gabinete, un cuarto de baño y un oscuro comedor

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1. Véranda. 2. Salle de billard. 3. Salon. 4. Salle à manger. 5. Bibliothèque. 6.

1. Véranda.

2. Salle de billard.

3.

Salon.

4.

Salle à manger.

5.

Bibliothèque.

6.

Cabinet de travail.

7.

Chambre de l’Empereur.

8.

Salle de bains.

9.

Louis Marchand.

1o. Magasin - Cave.

11. Cuisine.

12. Lingerie.

13. Domestiques.

14. Argenterie.

15. Pharmacie.

16. Las Cases.

17. Officier anglais.

18. Famille Montholon.

19. Médecin.

20. Gourgaud.

21. Salle à manger médecin et Officier anglais.

22. Cabinet médical.

23. Salle à manger des domestiques.

Longwood House en tiempos de Napoleón.

precedido por una suerte de saloncillo. En el ala opuesta habitaba la familia de Montholon. A este dispositivo, el almirante Cockburn mandó añadir una galería acristalada que se convertía en un horno apenas le daba el pleno sol. El séquito restante fue alojado en los graneros. Lo bajo del techo contribuía a calentar el conjunto, y a tramos resultaba imposi- ble permanecer de pie. En la mediocre alcoba, Na-

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poleón instaló los retratos de sus dos mujeres y su hijo legítimo más un solo objeto lujoso: un juego de jofaina y lavamanos de plata. El único personaje des- tacable de la administración inglesa fue el gobernador Hudson Lowe, mediocre fun- cionario al que tocó en suerte ser el carcelero del otrora amo de Europa. Llegó a la

isla el 14 de abril de 1816. Desde entonces, directa o indirectamente, fue el contendor que animó los días del confinado. Éste le dio una cita y no lo recibió, aduciendo enfermedad. Lowe se quedó bajo la lluvia, empapándose alegre- mente. Al día siguiente hablaron un cuarto de hora, en la alcoba y en italiano. Si no me equivoco, fue la única vez que se entrevistaron. Napoleón discutió y le dijo que no era más que un jefe de bandidos que ignoraba la conducción de hombres honorables, un esbirro siciliano, un verdugo que sólo obedece órde- nes. A propósito, le mandó no reaparecer jamás en su presencia. Novarre actuó a la puerta del «salón» como una especie de introductor de embajadores. El corso exigió ser tratado como «cabeza coronada y autor de hechos gloriosos», siendo que todos los documentos ingleses lo mencionan, con británica sobriedad, como un personaje civil llamado Napoleón Bonaparte.

como un personaje civil llamado Napoleón Bonaparte. El Rey de Roma , adolescente. Civico Museo del

El Rey de Roma,

adolescente. Civico Museo

del Risorgimiento, Milán.

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El gobernador ejercía una vigilancia no sólo ex- terior y policial sino también como agente secreto o de inteligencia. Todos los visitantes ingleses que re- cibía Napoleón debían informarle puntualmente de lo conversado con él. Acosaba al exilado talando un árbol seco o excavando cada vez nuevas fosas para evitar escapadas. La isla se encuentra, en efecto, a mitad de camino entre África del Sur y Brasil. A su vez, aquél sospechaba, falsamente, que Lowe quería valerse de sus médicos como espías. Llegó a tener la fantasía de recibir a un agresor oficial inglés a tiros, matándolo, tras lo cual otros oficiales lo matarían a él. Siempre creyó ver escrito en la cara de Lowe, ob- servada durante quince minutos, un crimen. Nadie podía enviar o recibir cartas de Bonaparte, quien, por su parte, se negaba rotundamente a dis- cutir, siquiera por terceros, con Lowe a propósito, por ejemplo de presupuestos de gastos y provisio- nes, mandando a sus propios a tratar con los pro- pios del otro. Hacía lo mismo que cuando, en mejo- res tiempos, opinaba sobre los matrimonios regios de Europa. Lowe, por las suyas, impuso severas restricciones a sus movimientos. En sus paseos no podía apartarse del camino carretero, eludir el que conducía a la casa de cierta Miss Mason, no entrar en vivienda alguna ni hablar con nadie que encon- trase en sus caminatas o cabalgatas. Asimismo se le retaceaba el agua dulce, que Napoleón gastaba abusivamente «cociéndose en la bañera», mientras el Regimiento 53 pasaba escasez para beberla. Una guardia permanente estaba montada de día y rodea-

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ba la casa de noche para evitar que alguien entrase

o saliese. Tales penurias colaboraron a acendrar la mala opinión que Bonaparte tenía de los ingleses: «Todo lo comercian, hasta el voto de sus diputados y sus ministros, sus empleos públicos y las opiniones de sus jurisconsultos». No obstante, lo halagaba el hecho de que cuanto militar –ruso, austriaco o in- glés– pasase por la isla quisiera visitarlo y conversar de igual a igual, es decir en coloquio de charreteras. Especialmente cuando se entrevistó con los oficiales del Regimiento 53, encargados de su custodia. Sus carceleros, vamos. Fue él quien los interrogó, al ver- los boquiabiertos y mudos ante ese pequeño corso retransfigurado, una vez más, en gran señor del mundo. Les propuso cuestiones profesionales y les tomó examen sobre la batalla de Waterloo. Ellos ter- minaron aclamándolo, de pie, en coro, taconeando una posición de firmes. Sólo faltó que los sublevara para intentar otros Cien Días. Enseguida, el tablado se desmontó y los actores hicieron mutis por el foro. Por estas y otras escenas, siempre con mucho de teatral, alternaba episodios depresivos y arranques de buen humor. No era para menos en aquella calvi- cie gris de la isla, cuyo horizonte dominaba el agua infinita y cruzada constantemente por la patrulla de un par de barcos de guerra. A su vez, ningún navío extranjero podía anclar en el puerto sin la custodia de un crucero inglés ni desembarcar su personal. Napoleón dormía poco y se levantaba a deshoras,

a menudo a las tres o cuatro de la mañana, que nor-

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Napoleón en Santa Elena dictando sus Memorias al general Gourgaud . Grabado de Belliard. malmente

Napoleón en Santa Elena dictando sus Memorias al general Gourgaud. Grabado de Belliard.

malmente pasaba en cabalgatas o recorridos a pie bajo los escasos árboles del lugar. El resto del día lo ocupaban, con igual normalidad, sus lecturas y los dictados de sus Memorias a Las Cases, Bertrand, Gourgaud o Montholon. Tras el almuerzo se acostaba en la alcoba totalmente oscurecida y echaba un par de horas de siesta. Comía solo a las nueve de la mañana o en compañía, a las once. Por las tardes solía pasear en coche. Entre las diez y las once de la noche se recogía

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a dormir. Abundaban sus insomnios, que entretenía

pidiendo a Bertrand que le leyese en voz alta. Fue siempre de parvo comer antes de beber un café. Las distracciones constituían la escasa amenidad de aquella existencia. Tras la siesta, Napoleón podía

jugar partidas de naipes, billar o ajedrez, o reunir a su escueta compañía para leerles unas tragedias france- sas en machacones versos alejandrinos, siempre las mismas. Su favorita era Zaïre de Voltaire. El público se aburría, alguno que otro podía adormecerse y el entusiasta lector debía despertarlo con eufemismos. Destaco a la señora de Montholon, que fue su amante

y que le dio un hijo convenientemente natural, según

era la imperial/imperiosa costumbre. En el jardín, el gran corso tiraba a los bolos con sus generales. Sus cumpleaños se celebraban el día indicado, es decir el 15 de agosto. Entonces se reunía todo el personal, incluidos los sirvientes, en torno a una misma mesa. Tras la comida había un baile. Se pres- taba especial atención a los ingleses por si pudieran emborracharse, conforme se esperaba. En el Año Nuevo habitualmente regalaba objetos personales a los suyos y alguna gente cercana.

Napoleón jugando al ajedrez con el conde Bertrand. Grabado.

objetos personales a los suyos y alguna gente cercana. Napoleón jugando al ajedrez con el conde

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No obstante lo fastidioso del lugar y lo estrecho de la vivienda, en ella se guardaba una etiqueta pro- pia del palacio imperial napoleónico. Los criados de librea servían la mesa en una vajilla de plata. Junto al principal se respetaba una silla vacía, la corres- pondiente a la Emperatriz. Los comensales se situa- ban en estricto orden jerárquico. Lo mismo ocurría con las conversaciones, que se desarrollaban respe- tando las graduales diferencias. En cierta ocasión este intrincado tejido de maneras, tan propio de las cortes del tiempo y en especial la francesa, provocó alguna minúscula pelotera. Gourgaud y Montholon se disputaron el privilegiado derecho de poner en orden la imperial alcoba. Napoleón arregló el con- flicto proponiendo una partida de ajedrez. Otra vez, cuando la señora de Montholon –de la cual señalé ya qué espacio debió ocupar en la citada alcoba– entró en medio de una tertulia y Gourgaud se puso en pie para saludarla, Bonaparte lo reprendió porque lo ha- bía hecho antes que él (¿Él? ¡Él!), quebrantando las leyes de la etiqueta. Un momento especialmente ceremonial lo consti- tuía la toilette napoleónica. La servían tres ayudantes. Si decidía bañarse, le cepillaban todo el cuerpo. Una vez secado, se rociaba con agua de Colonia la cabeza, el pecho y los hombros. Se limpiaba los dientes con un cepillo y se empezaba a vestir. Cada día cambiaba de ropa interior. Usaba siempre las mismas prendas:

un chaleco de franela blanca, una camisa, un pantalón oscuro de sarga o de nankín, unas medias de seda y unos zapatos con hebillas de oro. Marchand era el

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encargado de ayudarle a ponerse la levita y ofrecerle la tabaquera y el pañuelo. Sobre el tricornio iba pin- chada la escarapela tricolor de Francia y en la solapa, una sola condecoración: la Legión de Honor. Napoleón abandonaba todos estos pintorescos y cutres escenarios para quedarse a solas y leer. Toda la vida, así fuera en medio de calmas etapas o estre- mecidas batallas, halló tiempo para aislarse, sumirse en sí mismo, encontrarse en el mundo ambicioso de las ideas o en el tinglado heroico de las ficciones. Sus guardias no le coartaron las lecturas. Podía recorrer la prensa francesa y la inglesa y enterarse de lo que ocurría en aquel lejano mundo llamado Mun- do. Estaba al tanto de la política menuda como si es- tuviera ocurriendo a dos pasos de allí mismo. Podía recordar minuciosamente la vida y la muerte, en su caso, de todos sus oficiales. Era capaz, a la distancia, de elogiar por igual la valentía de sus partidarios o la de sus enemigos. Mientras evocaba su Córcega natal y su pobretona juventud en Toulon y París, se preguntaba algo que lo obsesionaba en el destierro:

¿no habría sido mejor ser otro? O bien, como cuando meditó junto al monumento a Rousseau, responsa- ble de la Revolución francesa: ¿Sería el mundo me- jor sin nosotros dos? Era entonces cuando intentaba reconocerse reiterando lecturas: la Biblia –en la cual señalaba los lugares donde había hecho la guerra– o la Odisea, cuyo protagonista, Ulises, le merecía una censura al hacerse pasar por mendigo y contar haza- ñas no vividas. Se censuraba a sí mismo, sólo que su disfraz no había sido de mendigo sino de semidiós.

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Su biblioteca llegó a tener 3.000 volúmenes, en- tre los que llevó y los que le fueron enviados. Sería imposible recorrerlos. Baste anotar lo más notorio:

clásicos griegos y franceses, Milton y sus combates angélicos, de nuevo el Deuteronomio protagonizado

por su héroe favorito, Moisés, el teólogo, el legisla- dor, el moralista, el caudillo, el que habló con Dios

y al cual traicionaron los israelitas entregados a la

idolatría, Moisés el conductor adúltero, el que des- pistó a las tropas de Faraón y ganó la guerra domés- tica contra los amalecitas. El que no pudo llegar a la patria, convertida en tierra de postergada y nunca cumplida promesa. Veamos las paralelas dualida- des: Bonaparte era corso y se imaginaba francés. Moisés era egipcio y se imaginada israelita. Dado que no tenía acceso a sus dineros, bloquea- dos en Europa, pasó eventuales apuros económicos, más allá de lo que costaba su permanencia y manu-

tención al gobierno inglés. Parte de su vajilla de pla-

ta debió ser vendida, despojada de águilas y escudos,

y partida en pequeñas piezas. La señora de Bertrand

debió vender en Ciudad del Cabo un lujoso faetón que le había regalado, en tiempos mejores, el propio Emperador. A menudo se queja de la escasez y mala calidad de las provisiones, sumadas a la dificultad para conser- varlas en buen estado frente a los bruscos cambios de la temperatura, en especial a lo largo del tórrido verano. De buena o mala fe le extraviaron durante un tiempo una máquina de hacer hielo que podía compensar las maldades del clima. No obstante,

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examinando las cuentas de la intendencia, se ve que los franceses no estaban mal atendidos. Ni el corte- jo ya detallado ni su establo: trece caballos y nueve mulas. Todos los días recibían carne fresca y salada, legumbres, frutas, dulces, huevos y los ingredientes de cocina. Cada quincena se añadían pavos, patos, ocas, jamón, pescado, leche y alguna delicadeza como alcaparras, mostaza, cochinillo asado, pepini- llos en vinagre y aceitunas. En cuanto al material de bodega: diariamente se proveían quince botellas de vinos variados, entre ellos el champán. No se diría que estemos ante un menú de preso. Para toda esta época de la biografía napoleónica, el más felicitado y conocido texto es el Memorial de Santa Elena de Las Cases. Hay otros libros de conversaciones con Napoleón pero ninguno ha con- seguido la popularidad y la permanencia de éste. Lo subrayo por lo curioso del texto mismo y de su autor, dando por supuesto que lo es Las Cases, oído atento y estímulo a la perorata del exilado, y no éste. Hay otros testimonios de lugar y época, como los de los médicos Antommarchi y O’Meara, valiosos en lo suyo, sin duda, y por la sinceridad de la escritura, pero debidos a individuos que poco y nada sabían de política francesa. En cuanto a los escritos de gente cercana, resultan útiles en lo documental, pero hay que relativizarlos porque los cargan visiones muy parciales y sesgadas. La voz de Napoleón, bien que oportunamente motivada, se oye en Las Cases. No hay una total e imposible objetividad mas sí hay atención y orden. Importa, además, la imagen re-

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Napoleón dictando al conde Las Cases el relato de sus Campañas. Santa Elena 1816 .

Napoleón dictando al conde Las Cases el relato de sus Campañas. Santa Elena 1816. Óleo sobre lienzo. Sir William Quiller Orchardson.

tenida por el memorialista. Bertrand, por ejemplo, nos retrata a un Bonaparte decadente y abatido. Las Cases, en cambio, lo perfila alerta, memorioso y dis- puesto a actuar con ganas en el mundo. Desde luego, el mundo poco y nada compartía estos entusiasmos, pero ya se sabe que estas cosas le causaban escasa inquietud. El Napoleón de Las Cases, con todo, no es un déspota guerrero sino una suerte de revoluciona- rio de 1789 descrito en clave liberal. Hacía falta una mirada distante y poderosa. Las Cases era un aristó- crata partidario de la monarquía, que había vivido su exilio en Inglaterra y que, a su modo, sometía a Napoleón. Sin él nada sabríamos de lo que sabía el destronado en su largo final africano. Además, Las Cases, buen conocedor del inglés, lo tenía de alum- no y le corregía la correspondencia que escribía en dicha lengua.

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En el orden intelectual, la muerte de Napoleón

y el Memorial señalan dos etapas en la historia del

romanticismo francés. De monárquico y antibona- partista (Chateaubriand, Lamartine) pasa a ser na- poleónico (Stendhal, Hugo, Vigny). El déspota cau-

sante de las derrotas y humillaciones de Francia pasa

a ser un martirizado solitario, vencido y humillado a

su vez, figura que evoca la epopeya revolucionaria en medio de la Europa de la Restauración, retrógrada, represiva y mojigata. Las Cases, acaso sin buscarlo, se convirtió en el autor de un breviario de bonapar- tismo cuya divisa era lo opuesto a la división: superar los partidismos y rehacer la unidad nacional. Las Cases se marchó de Santa Elena en vida de «su» Emperador. No pudo asistir a la última escena de su cotidianidad, la muerte y el funeral, ambos puestos en escena y dirigidos, en este y desde el otro mundo, por quien sabemos. No, no es Dios, es el

el otro mundo, por quien sabemos. No, no es Dios, es el El emperador Napoleón dictando

El emperador Napoleón dictando sus Memorias a Emmanuel Las Cases en Santa Elena (1860). Nicolas Eustache Maurin. Bibliothèque Nationale, París.

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Otro. Aceptó la extremaunción que le administró el abate Vignali, enviado por su tío, el cardenal Fesch. Envueltas en el delirio dijo sus últimas palabras, que parecían escritas por él mismo. Daba órdenes de ba- talla, prolijas y abundantes en nombres de oficiales, para acabar diciendo: «Francia, ejército». Cayó en coma varios días y expiró. Imposible conocer lo que confesó al abate este hombre que jamás pareció en situación de arrepentirse. Luego vinieron el velatorio y las exequias, todo según sus instrucciones. Lo vere- mos en su lugar.

Enfermedades y medicinas

Frecuentado por insomnios, cefaleas, vértigos, des- mayos y temblores, Napoleón temía no morir de acuerdo a sus preferencias y merecimientos. Quería acabar por obra del frío. Es la mejor muerte, decía, porque se muere durmiendo. También deseaba ser incinerado, quizá por razones higiénicas o para evi- tar que se maltratara su cadáver, como había ocu- rrido en la revolución con los reyes de Francia, objeto de burlas macabras y obscenas. En cualquier caso, si Dios decidía resucitarlo milagrosamente, le iba a bas- tar con un puñado de sus cenizas. Durante sus años en Santa Elena se quejó a menudo de dolores puntuales en lugares distintos, difíciles de tener en cuenta como síntomas con- cretos. Su tensión era baja y sus latidos cardiacos, imperceptibles, acaso por el exceso de gordura. Te-

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nía cariadas y rotas las muelas del juicio, lo cual le ocasionaba flemones que le hinchaban los carrillos. También padecía inflamación de encías. A lo largo de su vida hubo diagnósticos bastante precisos de dermatosis –atribuida al estrés de la guerra y la po- lítica, si alguna vez condescendió a ella–, hemorroi- des, vesiculitis y –faltaba más, en un prototipo viril, imperial y bélico– algunas venéreas. Es posible que ciertas secuelas se le hubieran fijado. En términos generales, se lo puede considerar un hombre enfer- mizo que se aquerenció en sus males o los desafió como desafió a tantos obstáculos reales o imagina- rios que le valieron de pruebas iniciáticas dentro de su personal novela. Era, según corresponde a su inevitable omnipo- tencia, reticente a las medicinas. A las propuestas por los médicos oponía remedios caseros, quizá heredados de su infancia y, por supuesto, de su Se- ñora Madre: dejaba de comer, bebía agua de cebada, cabalgaba seis o siete leguas y sudaba cuanto más podía. Y, en efecto, presumía de no haber tomado fármacos desde pequeño. Los argumentos que daba para tales renuencias eran variados y pintorescos. Desconfiaba de aquéllos porque alteran las reacciones naturales, aunque cabe pensar en su costado paranoico, connatural a su me- galomanía, que le hacía sospechar de los venenos. Afirmaba haber comenzado estudios de medicina, que abandonó porque no soportaba ver cadáveres destripados en las disecciones. Tal vez lo superó re- corriendo los campos de batalla, cuando ya hubiera

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terminado el combate. O bien sostenía que las me- dicinas son cosas para la gente del Antiguo Régimen

(sic). A O’Meara sólo le aceptó, para sus frecuentes cólicos, un purgante de la época, la sal de Tartaria. ¿Es probable que fuera un adepto al naturismo? O, más verosímilmente, ¿quién podía curar a Napoleón sino el mismo Napoleón? La enfermedad terminal se le declaró en octubre de 1817, es decir que le duró casi cuatro años. Mani- festó síntomas de escorbuto, dolores punzantes en el costado derecho e hinchazón en las piernas. Al año

y medio debió guardar cama. Fue tratado como algo

hepático pero él pensaba en la enfermedad mortal

de su padre: un cirro o tumor duro en el píloro. En sus ocasionales mejorías, se levantaba y emprendía duros trabajos de jardinería junto a unos peones chi- nos con los cuales, desde luego, poco podía hablarse. Pero Napoleón era capaz hasta de convencer a un chino con sus morisquetas. El esfuerzo resultaba inútil: las delicadas plantas florales se secaban, vícti- mas del atroz clima del lugar. Se volvió inapetente y vomitaba a menudo. Sentía dolores cortantes, como provocados por una navaja de afeitar. Viendo la situación, el feroz gobernador Lowe le hizo construir una casa nueva, que no llegó

a habitar. Un proverbio turco afirma que si la casa

está lista, llega la muerte. El día anterior a ella se vio pasar un cometa, lo cual descifró como un augurio, pues lo mismo había ocurrido con Julio César en los dichosos Idus de marzo. Momentos antes del fin alcanzó a decir al doctor Arnott que los ingleses lo

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habían ido matando lentamente y que dejaba en he- rencia su muerte a la familia real inglesa. Las hipótesis sobre las causas de su óbito siguen siendo discutidas. Se dice que un dios nace dos veces y es simétrico que muera más de una, en cuyo caso hay que admitir su mítica resurrección. No se puede abordar a Bonaparte eludiendo su capacidad de miti- ficarse. El texto más exhaustivo que he hallado al res- pecto es el de un especialista, el doctor Cabanès (Les morts mystérieuses de l’histoire, deuxième série).

Les morts mystérieuses de l’histoire, deuxième série ). Muerte del emperador Napoleón I en Santa Elena,

Muerte del emperador Napoleón I en Santa Elena, el 5 de mayo de 1821. Litografía a partir del cuadro del barón Carl von Steuben. De izquierda a derecha: el joven Napoleón Bertrand y su padre el gran mariscal Bertrand (sentado); el Dr. Antommarchi (de pie); observando al Emperador, Marchand (de manos cruzadas) y, detrás de él, Saint-Denis Alí. Sentada, la condesa Bertrand con sus hijos Henri y Hortence; el conde de Montholon (extendiendo la mano), el Dr. Arnott y el capitán Crokatt (arriba, derecha); abajo, Jean Abram Noverraz (de rodillas).

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Enumera las posibilidades, científicas y legen- darias, del caso: úlcera gástrica, cáncer, una enfer- medad hepática, nefritis, neurastenia crónica (sic), veneno (no hay personaje célebre que no merezca morir envenenado), malos tratos propinados por el enemigo (lo sostienen Montholon y el general La- marque), hasta el mismo crimen (Lowe lo precipitó por un barranco y un centinela lo acribilló creyendo que intentaba huir). La autopsia mostró un estómago ulcerado y per- forado, con manchas oscuras como de borra de café, dato que entusiasma a los partidarios del veneno. No falta quien habla de suicidio, dado que siempre lle- vaba consigo un frasquito con la ponzoña necesaria. Lo usó varias veces pero siempre ¿histéricamente? con la dosis equivocada. En septiembre de 1817 ya lo aquejó un edema en una pierna, atribuido enton- ces a una hidropesía. En octubre sintió una especial pesadez y dolores en el hipocondrio derecho, luego en el hombro del mismo lado, de modo que se debía apoyar contra un objeto para aliviarse. Le apareció una tumefacción sensible y O’Meara creyó en una afección hepática, quizá una hepatitis. Se le administraron medicinas varias, sobre todo baños calientes. Acostumbraba rascarse la cicatriz de una herida de bayoneta sufrida en su juventud, en Toulon. Se hacía sangre y la herida volvía a abrirse. Los dolores persistieron. Padecía insomnios, debili- dad y tos seca. El informe de Arnott es pobre. Sólo detectó tras- tornos digestivos diez días antes de la muerte, que

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él atribuye a una hipocondría. En los vómitos había materia mucosa, con filamentos y restos pituitarios, que se fueron haciendo negruzcos, alimentos mal digeridos y coágulos pútridos. Cabanès decide que eran indicios de una hematemesis causada por un cáncer o una úlcera. Antommarchi dice que Napoleón había adelga- zado pero la autopsia revela lo contrario, que los tejidos estaban recubiertos de grasa. Por eso, como ya apunté, sus latidos cardiacos eran apenas percep- tibles. En el estómago se advirtió cierta estrangula- ción a la altura del píloro, junto al hígado. Las mate- rias consistentes y el olor acre e infecto son, siempre según Cabanès, síntomas de una úlcera cancerosa cerrada por el hígado. Tubérculos en los pulmones, hinchazón del peri- cardio y la pleura junto con un hígado igualmente hinchado y lleno de sangre pueden señalar una esto- matitis benigna que produjo una úlcera. Cabanès in- siste: no, es un cáncer de hígado, tal vez un malestar crónico que derivó en tumor y una lesión provocada por las malas condiciones de su vida en la isla. No hubo un cirro hereditario sino una hepatitis desple- gada como se ha detallado. Según el investigador cuyo discurso sintetizo, Na- poleón era un colémico, hijo de una madre litiásica. Lo prueban su habitual tinte bilioso, como también, en la línea de una colemia familiar, sus continuas y violentas crisis dispépticas, su pulso lento, sus in- somnios frecuentes y sus accesos de hipocondría. La colemia es abundancia de bilis en la sangre. La

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litiasis es el llamado mal de la piedra o cálculos en la vejiga. De hecho, padeció asimismo de disuria, im- pedimentos para orinar. La dispepsia es una crónica dificultad para digerir. Más datos, curiosos para el lego lector: miembro pueril, manos y pies pequeños, piel fina y pálida, remate del vientre con una insólita protuberancia si- milar al Monte de Venus. Insistiendo en lo genético y ampliando el diagnóstico a males crónicos, Cabanès apunta que el hijo del Emperador –hijo, a su vez, de una mujer linfática como María Luisa– murió de tu- berculosis, por lo cual cabe decir que Napoleón era también tuberculoso, que padecía de artritis tuber- culosa conforme a la fórmula del doctor Poncet. Todo fue empeorando por la mezcolanza de fármacos, lo que, en parte, da la razón al enfermo. Lo anterior deroga la hipótesis del veneno que, no por ello, deja de contar con sostenedores modernos. El País de Madrid, en su edición de 5 de mayo del 2000, informa que ha sido presentado al Senado francés un dossier acerca de los restos de veneno hallado en los cabellos de Napoleón. Se atribuye la piadosa iniciativa a la Santa Alianza, llevada a cabo por lord Bathurst, ministro inglés de la guerra, con la ayuda de Hudson Lowe y –cómo no– hasta del que- rido Montholon, acaso molesto por los amores de su mujer con su amigo. Los citados cabellos fueron irra- diados en Londres por el doctor Hamilton Smith y examinados luego por expertos de la gendarmería y la policía de Francia. El mismo Bonaparte y Mar- chand lo sospecharon en sus fechas y el marqués de

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Montchenu, enviado a la isla por Luis XVIII, dio cuenta de que no existían dictámenes concordantes de los médicos intervinientes en la autopsia. Ben Weider (Napoléon est-il mort empoison- né?) sostiene que el veneno era arsénico. Vencido por el mito, añade que la conservación del cadáver ha de considerarse «milagrosa» (sic). Lo cierto es que en el Museo del Ejército de Madrid se guarda un mechón de cabellos napoleónicos donados por César de Diego, marqués de Villaviciosa, junto con una carta de época que los autentica. Los cortó An- tommarchi, quien marchó al exilio en Cuba donde, en la ciudad de Cienfuegos, contactó con la viuda de Francisco Butrón, un militar español que había salvado la vida del médico, a punto de ser linchado por unos guerrilleros que lo habían apresado duran- te la invasión francesa a España. La viuda, generosa como su marido, protegió a Antommarchi y lo ayu- dó a conseguir trabajo. Enfermo de cólera durante una peste, éste murió en la otra isla, dejando como legado a la buena señora la reliquia imperial. Hoy se conserva junto a una mascarilla en bronce de Napoleón y el sable que unos patriotas madrileños arrebataron al general Murat en 1808. Queda dicho por si alguien se anima a nuevas probanzas. Tam- bién conviene apuntar que muchos especialistas en tóxicos advierten que no deben hacerse apresurados diagnósticos de envenenamiento porque un cadá- ver tenga restos de sustancias letales, pues las hay en muchos alimentos y medicinas que ingerimos, en dosis inocuas.

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El asunto, evidentemente, favorece novelas, leyendas, melodramas y demás secuelas de un per- sonaje que se presta a estas inquietudes y que sigue suscitando interés mítico a través del tiempo. El his- toriador Jean-Paul Kauffmann va un poco más lejos:

el Emperador murió a causa de los malos tratos recibidos por parte de los pérfidos sicarios de la pér- fida Albión. Murió, como corresponde a un ser tan excepcional, de una enfermedad también extraordi- naria: la melancolía. Lo del cadáver es mentira. Los restos llevados de Santa Elena a París no son autén- ticos. Ahí queda eso. No sólo a sesudos historiadores y a informados facultativos y exploradores de cadáveres inquieta el tema. También a la prensa amarilla. La revista fran- cesa Candide, en un número del año 1967, informa que el anticuario Fleming de Nueva York pretende 65.000 dólares por la pueril virilidad imperial con- servada en alcohol. Fue el cura Antonio Vignali, ya mencionado, quien pidió a Antommarchi una reli- quia del muerto, al verlo trajinar con sus vísceras. El galeno asintió, dio el tajo oportuno y cumplió con el pedido. No tengo más datos. En todo caso, la autopsia resultó muy cumplida. La asistieron cinco médicos y tres oficiales, todos in- gleses, junto con tres médicos franceses. Se le dio un entierro digno de un oficial británico, con dos salvas de artillería y haciendo ondear las banderas que vol- vieron de la guerra en España, es decir la que había perdido Napoleón. Un soldado –siempre renovado, claro está– montó guardia permanente ante la tum-

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ba durante diecinueve años, no fuera a resucitar el solitario de Santa Elena, la pequeña isla.

Fantasías

Queda dicho que Napoleón siempre se consideró Em- perador, aunque su reino se redujera a la pelada roca africana en el vasto Atlántico. Esta soledad le dio para armarse las condignas fantasías, algunas de las cuales flotan en su testamento. Es cierto que había abdicado del trono pero no del título. Ya no era Emperador de los Franceses, pero continuaba existiendo como Em- perador Napoleón a secas y con ello le bastaba. No era un preso, apenas un asilado, no obstante los ingleses ignorasen el derecho internacional. Lo habían condenado sin ser oído, tratado como un prisionero de guerra en tiempos de paz, un absurdo jurídico. Tenía prohibida la palabra, la defensiva palabra, y todo porque los ministros ingleses igno- raban su situación, pues de otra manera su suerte sería distinta. Desde luego, quien había revuelto Europa imponiéndole su ley por la fuerza poco podía argumentar al respecto. Mas argumentar es cosa de gente legal. Por ello, mudo pero no ágrafo, declaró por escrito y con la debida compostura solemne, el 4 de agosto de 1815, no aceptar el ser un prisionero de guerra sino mero huésped de la Gran Bretaña. Esta- ba ciertamente arrepentido de haberse entregado a sus carceleros, pues ni Austria ni Rusia lo habrían tratado tan mal.

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Napoleón en Santa Elena . Ilustración de E. Mennechet para Le Plutarque Francais , a

Napoleón en Santa Elena. Ilustración de E. Mennechet para Le Plutarque Francais, a partir de un grabado de Delaistre, 1835.

Quería volver a Europa, a esa Europa que seguía juzgando propia. Los ingleses acabarían permitien- do que retornase y lo acogerían en su gallarda insu- laridad. Por fin, era ya inoperante y no representaba ningún peligro. Renunciaría a la política. E Inglate- rra era más barata que África. Viviría plácidamente lejos de Londres como un ciudadano más, con un nombre supuesto. Tenía incluso escogidos un par de apellidos apócrifos: barón Duroc o coronel Mui- ron, dos soldados suyos muertos en combate, que resucitarían en su persona (persona: máscara). En cualquier caso, detestaba ser llamado Bonaparte, el apellido del padre, lo cual da para unas sesiones del psicoanálisis aún inexistente. Entretanto, en su roca fantaseaba ser libre. «Mi corazón es tan libre como cuando yo daba leyes a Europa», dice a O’Meara el 4 de octubre de 1816. Y agrega: «Mi alma está libre,

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soy tan independiente como cuando mandaba a un ejército de 600.000 hombres».

En otros momentos pensaba de sí mismo de modo contrafáctico, planteándose historias no vivi- das, como cuando afirma el 5 de diciembre de 1816:

de simple particular me elevé a la asombrosa

altura del poder supremo, sin cometer para ello ni

un solo crimen». Si hubiese tenido cinco o seis años más, muy probablemente habría sido guillotinado, con lo cual la historia del mundo sería otra. Al revés, sostenía que Mina y demás guerrilleros españoles le escribían pidiéndole ayuda para echar de su país a los frailes, junto a los cuales lo habían combatido. Sí, estaban arrepentidos, y tardíamente, de haberlo enfrentado. Finalmente ¿no había sido derrotado en Waterloo por mera, fatal e irrevocable mala suerte? La isla, por otra parte, lo mantenía aislado de su familia, por más que siguiera hablando de su mujer

y de su hijo, a los que se refiere cumplidamente en su

testamento. Dos personajes, en realidad, ya inexis-

« [

]

tentes para él. De sus hermanos, sólo rescata a Lucia- no, príncipe de Canino, el único que permaneció fiel

y que lo estimuló a marchar a Waterloo, al igual que

el pueblo, dispuesto a pelear contra sus enemigos. José, quien fuera rey de España, exilado en América, era un hombre instruido pero incapaz de reinar, no sabía conducir ejércitos, su bondad resultaba excesi- va para llegar a ser un gran hombre (sic), carecía de ambición y amaba demasiado su vida privada. Sólo recibió una carta de su madre, donde se reconocía muy vieja para emprender el largo viaje hacia su ca-

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rissimo Napoleone pero, concluía, «si muero, muero contigo». Nunca supo que su imperial hijito sentía pavor de la orfandad. A pesar de tantas declaraciones de familiaridad

y tantas cartas de encendido amor, Napoleón era un

hombre afectivamente frío. Lo apasionaban, en con- creto, la guerra y, en abstracto, grandezas como el po- der, la patria, el imperio, la gloria, la posteridad, tan enormes como intangibles. Presionado para opinar, afirmaba que los sentimientos son cosa de mujeres

y que el amor sólo es trágico en las obras de Racine.

Apreciaba a Luciano por su fidelidad, como un señor

a su criado, y afecto fraternal dispensaba a José, con

las grandes reservas políticas que le merecía. De sus amigos, salvaba a Duroc y a Daru, justamente por- que eran fríos como él y nunca habían llorado. Si se dijo enamorado fue por representar a un personaje raciniano, por sentirse sublime como en tantas otras cosas de su vida: públicamente. Lo cierto es que en la soledad de Santa Elena no echa de menos a nadie. Le

falta lo demás, lo perdido para siempre. Y él lo sabía, por lo cual erigió los fantasmas de una regia familia

y les dispensó algunos restos de su herencia. A la

distancia, como un general que dirige a su tropa en la batalla, desde la tienda de su estado mayor. Para

entonces, un establo malamente reformado. De no morir naturalmente, como al fin ocurrió aquel 5 de mayo de 1821, este hombre impregnado de providencialismo omnipotente fantaseaba con un final más o menos bélico, un final digno de un combatiente. Si no como en una batalla, al menos

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como en una riña. Vendrían unos ingleses armados y le dispararían al pecho. No fue así. La providen- cia, que tantas veces le ofreció su brazo, tenía otros planes. La alternativa era la fuga. Ya reseñé los proyectos desechados o fallidos que tuvo en Rochefort, a la vuelta de Waterloo: América, sobre todo, una quin- tita para cosechar flores y legumbres. Allí no lo ma- taría un homicida sino el aburrimiento. Ya en Santa Elena, considerando que tenía cuarenta y seis años, estaba en plena forma y se sentía capaz de dirigir todavía ciertas campañas, elaboró alguna escapada. Al concretarse, los planes derivaban en folletín. Se veía cruzando la ciudad, a la escapada y en pleno día, abatiendo enemigos con escopetas de caza, las únicas que le permitían usar. O como se había dicho de Luis XVII, el Delfín que murió en el Tem- ple y que una leyenda urbana imaginaba salvado y evadido en una cesta de ropa sucia. Contaría con la sublevación de los rioters ingleses, que lo estarían esperando en el puerto con una flotilla de rescate. Hasta resultaba posible una sublevación en tierras británicas o acaso irlandesas, que lo pondría a la ca- beza de los revoltosos. Más apaciguado, otras veces pensaba en una invitación de la entonces flamante y joven reina de Inglaterra, aunque lo mejor para su hijo, coronado como Napoleón II, era que siguiese en su roca africana. La suerte confirmó su novela de juventud pero corrigió algunos detalles esenciales.

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Reflexiones y balances

Por debajo de exasperaciones megalómanas y fan- tasías novelescas, late en el Napoleón final la dura convicción de eso mismo: que está viviendo su final capítulo. Es la hora de poner orden en las ideas y echar las cuentas del balance porque el negocio ha cerrado sus puertas. Pueden quedar franquicias sueltas pero son imaginarias y, en cualquier caso, lejanas. Las verdaderas recaídas del bonapartismo tardarán en llegar. Algunas de esas ideas son recurrentes y obsesi-

vas. Diría que dos son las principales: la conducción

y la historia. La conducción es comparable con la

medicina. Ambas buscan el equilibrio, lo que se llama la salud, pero no consiguen nada definitivo ni situaciones acabadas. Es decir que el enfermo sana y recae, nunca se inmuniza ni se salva completamente porque la muerte liquida todo tratamiento. La política, confesó a Roederer, consiste en go- bernar a los hombres según ellos quieren que los gobiernen. El gobernado busca siempre a un con- ductor, lo cual identifica conducción y política. Por eso nunca sería Napoleón el caudillo de una subleva- ción popular, que significa el desgobierno. Muy por

el contrario: el caudillo interviene para poner orden

donde se ha perdido, sofocando una sublevación, si es necesario. Lo suyo es ordenar, callar, no castigar ni quejarse. Ésta es la almendra del bonapartismo:

un conductor que sabe lo que el pueblo quiere sin saber lo que quiere. «El primer deber de un prínci-

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pe, sin duda, es hacer lo que el pueblo quiere pero lo que el pueblo quiere no es casi nunca lo que dice: su voluntad y sus necesidades deben hallarse menos en su boca que en el corazón del príncipe». A veces, el argumento del querer popular es que la ley se cum- pla; otras, que la ley se reforme, en cuyo caso el con- ductor debe acaudillar al pueblo contra la ley. Desde luego, qué sea legal o ilegal es cosa de quien conduce. «Siempre he mandado. Desde mi entrada en la vida, me he sentido colmado de potencia y las circunstan- cias y mis fuerzas han sido tales que desde que tuve el mando no he reconocido amos ni leyes.» «Para tener buenos soldados una nación debe es- tar siempre en guerra.» Sin soldados no hay conduc- tor y sin guerra no hay soldados ni, por consiguiente, conductor. No se concibe el conductor en la paz. Para ello, existe la nación en armas y se crea la Guardia Nacional. Por su parte, un soldado es alguien que debe saber morir. Aquí pregunto, por las mías: ¿Los que no somos soldados no tenemos que cumplir se- mejante deber o es que nuestra muerte no es algo debido, una deuda? Estas consideraciones refuerzan a Napoleón como condottiero, popular y jerárquico, movilizador y belicoso. El fracaso de sus grandes proyectos es- tratégicos no parece conmover sus creencias. Ni el Oriente, ni Rusia, ni España, ni Inglaterra. En todo caso, quien erró no fue él sino la providencia misma. Muy escasamente admite haberse equivocado y si lo hizo, su estímulo –quién lo diría en boca de alguien que llevó, sin poderlo precisar, a 500.000, 600.000

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o un millón de franceses a la muerte– fue la bene-

volencia. Ejemplos, conmovedores ejemplos de tal

generosidad, según su recuerdo: después de vencer en Austerlitz, dejó libre al zar Alejandro; después de vencer en Jena, respetó a la casa reinante de Prusia; después de vencer en Wagram, se inhibió de despie- zar el Imperio austriaco; en Rochefort confió en la inexistente lealtad de los ingleses. La conducción, como la guerra, no es una ciencia sino un arte. «Amo

el poder como un artista, como un músico ama a su

propio violín para obtener conciertos, acordes, ar- monías.» Suele ocurrir que, en medio de un recital, se rompe una cuerda o se afloja inoportunamente una clavija y hasta el mismísimo Paganini desafina. Hay un sistema en él, basado en el hecho de que la revolución de la cual procede y a la que siempre invoca, es irreversible. Hay un sistema como en la música existen una rigurosa escritura y un geomé- trico pentagrama. Pero en ella y en la guerra, artes paralelas, cabe un quantum imponderable de im- provisación, de inspiración momentánea. En ambas se hace lo que se puede usando lo que se tiene y las dos facultades, poder y tener, no son del todo calcu- lables, ya que parten de un estímulo del desorden –la invención– y una esperanza: reservarse la últi- ma palabra. Bonaparte combatió perseverando en la consigna de luchar a favor de los pueblos contra las oligarquías y los imperialismos. Matizo: contra los ajenos y a favor de los propios. Era el cumplimiento de un mandato histórico del conductor, la obedien- cia a la historia y a su sesgo fatal. Lo dijo ya en 1811:

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«¿He cumplido, pues, las voluntades del Destino? Me siento impulsado hacia un fin que desconozco. Cuando lo haya alcanzado, bastará un átomo para derribarme». Este hombre de poder, como se ve, mantuvo siempre una dual y contradictoria cualidad: era po- deroso pero ejercía una potestad ajena, a la que, a su vez, obedecía, la potestad de algo pregnante y desco- nocido: el fatum histórico. A veces se veía confirma- do y se creyó grande, aun admitiendo que es el éxito el autor de su grandeza. Nombrar lo innombrable ha sido ardua tarea de ciertos pensadores: Hegel y su astucia de la razón (histórica, adjetivo por mi cuen- ta); Marx y el hacer sin saber humano en la historia; Freud y el inconsciente. Al luchador, como artista, le queda el gozo del espectáculo. El incendio de Moscú le parece el «más grandioso, sublime y terrible» que presenció en su vida. Más allá de lo bello y lo feo, lo sublime que Kant percibía ante una tormenta eléc- trica sin pararrayos. Entonces: en la construcción napoleónica hay sentimiento pero no razón. Su providencialismo se articula en el hecho de que se siente impulsado, metido en una trama de azares y prodigios que no carece de causas, pero que ignoramos y que merecen llamarse misterio. Por eso no hay una verdad en la historia, ya que la verdad es hija del conocimiento, sino meras verdades, creencias que rellenan la hu- mana apetencia de certezas y que duran lo que valen como tales. Discursos de oportunidad. Se lo dice a Roederer, ya en 1800: «Haciéndome católico puse

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fin a la campaña de la Vendée. Haciéndome musul- mán, me establecí en Egipto. Haciéndome ultramon- tano me conquisté las simpatías de Italia. Si, llegado el caso, tuviera que gobernar a un pueblo judío, sería capaz de reconstruir el templo de Salomón. Del mis- mo modo hablaría de libertad en la parte libre de Santo Domingo pero legitimaría la esclavitud en la isla de Borbón y en Haití». En línea parecida, años más tarde, el 27 de julio de 1816 le dice a O’Meara:

«En revolución se prescinde de todo. El bien que uno hace hoy es olvidado mañana. Cambiada la faz de los asuntos, se rompen todos los vínculos de agra- decimiento, amistad, parentesco y cada uno busca su propio provecho». Podríamos hablar de un realismo político en Napoleón, lo cual explica su inquina contra los ideó- logos y hasta contra los economistas, contra el galli- nero parlamentario de la revolución y su culto por el desorden, a favor de cierta herencia maquiavélica que luego trataré en lugar más apropiado. Para él, la historia era una suerte de madre misteriosa que producía un impulso fatal, premiando a quien me- jor lo personificase pero sin asegurarle la menor consistencia por lo que un átomo podría aniquilar al supremo vencedor. No sé si esto calmó alguna vez los nervios del Emperador desterrado, hacién- dole aceptar las tenebrosas razones de la fatalidad histórica. A veces, el niño castigado que se queda sin postre y se va a dormir a una alcoba oscura sin juguetes se rebela y, cuando la casa se aquieta, hurta un bocadillo en la nevera. Lo mejor sería conocer lo

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incognoscible. No me refiero al fatum que empuja los siglos humanos sino a una escena más domés- tica: Napoleón, insomne, sentado en su camita de Santa Elena, pequeña isla.

Opiniones

Mientras Napoleón gastaba sus horas adoctrinando

a

sus compañeros de infortunio, jugando al ajedrez

o

durmiendo la siesta, en Europa se seguía hablando

de él, escribiendo sobre él, decidiendo qué hacer con los cascotes de la demolición dejada por las guerras de él. Hubo opiniones para todos los gustos. La cró- nica negra lo secuestró como personaje en libros convenientemente anónimos o firmados con seu- dónimos, como Los amores secretos de Napoleón, donde se lo hacía amante incestuoso de su hermana, la hermosa y cachonda Paulina. En la Francia de 1815, la opinión dominante le ponía una calificación muy baja. La conscripción militar obligatoria y las terribles derrotas militares, sus muertos, inválidos, viudas, huérfanos y mendigos se contaban por cien- tos de miles. El país estaba ocupado por ejércitos extranjeros, se había perdido parte del territorio nacional, el bloqueo continental había desatado una crisis de provisiones, la deuda del tesoro público era enorme y pesaba sobre los contribuyentes. Despre- ciado y en vías de olvido, la muerte le valió de reha- bilitación. El déspota calamitoso empezó a ser visto como gran jefe y mártir, como un francés supliciado

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por los ingleses. Los libros de O’Meara y Las Cases iniciaron la revisión. La prensa inglesa se mostraba dividida. Los li- berales se indignaban por el mal trato dispensado. Personajes como lord Sussex y lord Holland encabe- zaron esta línea. Otro lord, Byron, apuntó su recu- peración épica y poética. En contrario sentido, los diarios conservadores lo tildaban de asesino rodea-

do de siervos. La prensa alemana, por su parte, cen- suraba a la inglesa y también se mostraba romántica

y comprensiva. No aguantando las penurias, algunos fieles habían abandonado al desterrado, no siempre contentos con

él. Las Cases se volvió y militó por su memoria, pero Gourgaud, tras discutir de asuntos militares con el jefe, recibió el amable arrepentimiento de éste: lo debía haber colgado de una horca en 1815. Es decir que también en las filas bonapartistas se empezaron

a ver grietas y aparecieron personajes que contem-

porizaron con los Borbones o, al menos, pidieron disculpas y perdones de olvido. En otro nivel, ocupado por gente del intelecto que no puede considerarse fanática ni indocumentada, se observaba una admiración por el gran hombre, al menos por la grandeza de sus ambiciones y proyec- tos. Dicho de otra forma: ser europeo se volvía par- ticipar en una grandeza compartida, engrandecerse, por obra y gracias del Emperador francés. Fichte le aplicó su propia filosofía: Napoleón es el Gran Yo que señorea sobre todos los demás, un ejemplo o ilustración de la Filosofía (conservo la mayúscula

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alemana y el hecho de que la señora Filosofía parece única en el caso fichteano). Hegel se apresuró a ter- minar su Fenomenología del espíritu para coincidir con la victoria napoleónica de Jena y vio al Empe- rador como el espíritu objetivo a caballo siguiendo el curso del mundo o, quizá, abriendo su huella. Al menos, es lo que dejó dicho el filósofo. Fouché lo juzgaba un «diablo de hombre». Es un elogio envenenado, si es que fue dicho con apa- riencia de encomio, sobre todo sospechando que Fouché debía tener muy mala opinión del diablo. Pero Goethe no la tenía tan mala y su interés por Napoleón se acerca bastante a un hecho pasional. En términos goethianos, lo demoníaco es altamente elogiable. Corrigiendo la tradicional Trinidad –Dios Padre como el Ser, Dios Hijo como el modelo hu- mano de Adán, y el Espíritu Santo como el Logos, la Palabra– añadió un cuarto componente, haciéndola Santo Cuarteto: el Devenir personificado en Mefisto. Del triángulo de la perfección se pasó, así, al cuadra- do del mundo, si se admite el simbolismo geomé- trico o numeral. Y de tal guisa pasó a su primer Faust, como el espíritu que crea negando, construye destruyendo y domina el mundo temporal como una suerte de administrador cósmico designado por «el Viejo de Arriba». Todo esto creyó Goethe que se ejemplificaba egregiamente en Napoleón, lo cual, aparte de constituir una estimación admirativa personal, le viene de su original entusiasmo por la Revolución francesa, especie de terremoto histórico que conmovió las piedras fundamentales de la vieja

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Europa, sobre todo cuando, de lejos, asistió a la ba- talla del Molino de Valmy, ganada por los franceses, a partir de la cual decidió que se entraba en una nue- va era de la historia. Goethe consideraba a Napoleón una naturaleza demoníaca, similar a otras como Federico de Prusia, Pedro el Grande de Rusia y lord Byron, tres renova- dores o modernizadores, si se quiere. Los caracteri- zaba por tener el especial cuño y la peculiar capaci- dad de una fuerte realización vital, resistente tanto a la razón como al entendimiento. Son naturalezas no del todo explicables, con rincones oscuros, entre las cuales Goethe no se incluía a sí mismo porque (sic) no era un animal capaz de meter sus patas en todos los juegos. Se ve que hay un parecido de familia entre lo que dejaron dicho el admirado y el admirador: lo oscuro de la almendra histórica y la carga energética, vital y animal en grado sumo pero inconmensurable, que tienen estos personajes. Son supremos ejempla- res de la humanidad, figuras a la vez prometeicas y diabólicas, personificaciones de la historia entendida como destino, seres incomparables que nadie alcan- za y todos siguen, movimientos volcánicos que estre- mecen sus siglos. La función de lo prometeico-demoníaco es hosti- gar y mejorar al hombre desde estas alturas cimeras de las cuales aquél se vale. La historia se las provee oportunamente. Son lo que se llama modernamente el humanismo y que los antiguos mitificaron en la rebelión de los Titanes contra Júpiter, intentando establecer el orden humano de la vida. Forma es-

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piritual de la naturaleza, creatividad amoral de la naturaleza, capacidad de la naturaleza de poner en escena la vida dialectizándola, uniendo lo disperso

y escindiendo lo unido. Dicho sintéticamente: apa-

rición del espíritu en el cuerpo natural que torna lo

creado en creador. Incalculable y cíclica, esta naturaleza creó a Na- poleón y luego lo hundió. Palabra más o menos, lo que el titán pensaba de sí mismo. Dan ganas de dise-

ñar estas dos vidas paralelas: el hombre de las islas

y el hombre de la tierra firme. Se encontraron fugaz- mente, Goethe descubrió en Bonaparte a un lector encendido de su Werther, aceptó circunstanciales elogios y guardó la descomedida opinión descrita

toda su vida. Lo documentó en textos diversos y has- ta en sus conversaciones de vejez con Eckermann. Esta tensión prolongada en el tiempo y ajena a los cambios históricos sólo se puede explicar por una intelectual pasión y no por oportunismo, filisteísmo

o cortesanía, virtudes que a menudo se han adjudi-

cado al maestro de Weimar. No es el caso, admito que no del todo comparable, de su amigo, protector y empleador el gran duque Augusto, que peleó contra Napoleón junto a las tropas prusianas, participó en la Confederación del Rin auspiciada por el invasor

francés y después se adhirió a la Santa Alianza. Goethe no sólo admiró a Napoleón en las buenas

y en las malas, evitando resbalar por las vaguadas

donde circulaba el curso del mundo, sino que, a par- tir del incendio de Moscú, perdió todo interés por la historia y buscó asilo en la intimidad psicológica

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de sus personajes y, especialmente, en los mitos clá- sicos. Recorrió, por decirlo rápido, la distancia que separa a sus dos Faustos. Fue consciente de que Napoleón, aparte de su buen proyecto confederal alemán, había causado enormes daños a los alemanes de carne y hueso. Entendió asimismo el odio que había suscitado entre sus com- patriotas. Pero no renunció a considerar a Napoleón como el vértice de su época, según su teoría cónica de los tiempos, que arrancan de una base con muchos participantes para irse afinando y seleccionando cada vez a menos y culminar en uno solo para luego hacer el recorrido inverso. La derrota de Napoleón abrió la decadencia europea, incluyendo regresivamente a masas crecientes de mediocridades. Otra coincidencia decisiva entre los dos perso- najes es el carácter estético del manejo mundano. Goethe, al igual que su admirado Napoleón, enten- día el ejercicio histórico del poder como una inter- pretación musical. Si el corso evocaba un violín, el alemán pensaba en el pianista virtuoso Hummel. Esta calidad autorizó a los griegos a definir a se- mejantes figuras como semidioses, actores en la comedia y la tragedia de un mundo hermoso. No todo es gloria festiva en ellos: elevarse hasta la cima es muy peligroso porque convierte en absoluta a la personalidad que se considera única, capaz de sacri- ficar todo lo que no encuadre en la idea que tiene de sí misma. No necesariamente lo hacen destacando por su talento o su inteligencia. Los caracteriza la aceptación que despiertan en los demás, base de su

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Napoleón en Santa Elena . Óleo sobre lienzo por Francois-Joseph Sandmann. inmenso poder sobre ellos

Napoleón en Santa Elena. Óleo sobre lienzo por Francois-Joseph Sandmann.

inmenso poder sobre ellos y que los hace actuar. Su productividad –insiste Goethe– es de raigambre es- tética y sus modelos pueden ser Rafael, Shakespeare, Mozart y los que solemos denominar genios, descui- dados en lo moral, ya que, en ocasiones, resultan embaucadores o mentirosos (¿pensaba el maestro en Bonaparte, sin mencionarlo?). Por su parte, ver la construcción del Estado como una obra de arte tiene una larga secuela en el pensamiento europeo, pasando por Jakob Burckhardt para llegar hasta An- dré Malraux. «Napoleón buscó la virtud y, no habiendo logrado encontrarla, obtuvo el poder.» Estas palabras más o menos goethianas –no las escribió en castellano, des- de luego– matizan su entusiasmo. El Emperador fue un victorioso/derrotado ser demoníaco por un fra-

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caso moral, porque no pudo ser un gobernante bon- dadoso, un padre de familia providente ni un santo. Me quedo con el matiz. A la inteligencia de Goethe ciertas cosas no se le escapaban con la inaprensible velocidad que Napoleón habría preferido. Estas observaciones de color en el gran fresco napoleónico también aparecen en un admirador de la época, Stendhal, que escribió, succionando fuen- tes ajenas, una Vida de Napoleón e hizo aparecer el fantasma imperial en la vida de sus héroes como Lucien Leuwen, Julien Sorel y Fabrizio del Dongo, por no incluir entre ellos al autobiográfico Henry

Brulard. Si Goethe apela a la inteligencia de las con- tradicciones, Stendhal es ya un ejecutor de la ironía romántica. Hay que establecer algo previo. Uno de los puntos de sutura entre Napoleón y Stendhal es su condición de mentirosos. Quiero decir fabuladores

y no mitómanos. Ambos mintieron a sabiendas y sin

dejarse convencer por sus mentiras para mejor con- trolar su efecto entre los demás. Como soberano, reconoce el escritor, Napoleón mentía a menudo, es decir que metía la mula en rendido homenaje a la razón de Estado. Si uno solía macanear –dicho sea en buen argentino– en sus peroratas doctrina- les, el otro lo hacía pluma en mano y negro sobre blanco. En esto, Stendhal inventó que había seguido al general en todas sus campañas, incluidos el calor

moscovita y la frigidez alpina, que habían dialogado

a solas en su despacho y cuchicheado en un palco de

la Scala de Milán. Creo que estas livianas mendaci-

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dades poco importan, que se inventa mejor fuera de todo deber documental. Más aún: Stendhal conside- ra que Napoleón se pasó la vida mintiendo, hasta en sueños, salvo cuando contó sus batallas, «por bello ideal militar». Me parece que exagera pero hoy no toca elucidarlo. En todo caso, inicia su libro con una suerte de

sentimiento religioso, lo cual es pertinente porque está tratando de un líder. Lo mide: es el más grande desde César y el más asombroso desde Alejandro. Responde a la religión de la patria, creada por la Re- volución francesa. Napoleón, en otro orden, amaba

a Francia con la ternura –viril y guerrera, contribuyo

por mi parte– de un enamorado. Y el modelo de todo enamorado es la mamá, que el escritor compara con las heroínas de Plutarco y las italianas medievales. Al respecto, queda bien juzgar a Napoleón como uno de los condottieri del siglo xiv y los contemporá- neos de Maquiavelo. Dedicarse a la acción heroica y prescindir de lo escrito. De hecho, los bonapartistas

suelen ser hombres de buen corazón y desafectos a

la lectura. Pero siempre hay que habitar lo alto de la

montaña, vivir en el peligro y renunciar a las moli-

cies del placer, como pasa en la moderna civilización burguesa, que vive en la prudencia del cómodo llano,

a diferencia del señor feudal, sustituido hoy por el

procurador granuja y el productivo burgués. Sten- dhal, caramba, parece un imitador de alguien que vino después que él, Nietzsche. ¿Un milagro atribui- ble a san Napoleón Bonaparte? Pienso una vez más en Borges, para el cual Kafka es contemporáneo de

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Las mil y una noches, si no su antecesor. Omnipo- tencia de la lectura. Stendhal puntualiza sus elogios al corso (cito por la traducción de Pedro Vances): «El pueblo, al que Napoleón ha civilizado, haciéndolo propietario y dándole la misma cruz que a un mariscal, lo juzga con el corazón y creo ahincadamente que la poste- ridad confirmará el juicio del pueblo». Stendhal, al respecto, aconseja desconfiar de la aprobación de los salones, que él conocía de sobra, porque cambian de moda cada diez años, incluidos en la moda los pei- nados, las levitas y las creencias. Sigo citando: «Na- poleón ha rehecho la moral del pueblo francés y ésta es su más legítima gloria. Sus medios han sido un reparto igual, entre los hijos, de los bienes del padre de familia, beneficio debido a la Revolución [ El elogio stendhaliano a Bonaparte es, valga el eco, una lección de bonapartismo. El pueblo ha acep- tado al líder y le debe todo lo que el líder le ha dado. El líder, a su vez, ha igualado los niveles del pueblo porque lo ha civilizado, es decir que lo ha convertido en un conjunto de ciudadanos, de entes civiles, siem- pre que no se lo iguale a él mismo en esa nivelación. La aceptación mutua no es racional; es cordial, sen- timental. Además, es el líder quien reparte la heren- cia –partición por ascendientes, dicen los juristas, ya que se hace en vida del causante– como un padre re- parte entre los hijos. O sea que el pueblo es siempre filial y el líder, siempre paternal. No hay complejo de Edipo, diría Freud, porque el hijo no puede matar al padre y ocupar su lugar. Vivo o muerto, el Empera-

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dor seguirá imperando en los corazones de los suyos, que vienen a ser todos. Stendhal se confía: ha perdido todos sus cariños, menos el que apasionadamente le sigue dispensando Napoleón, al cual conoció de vivo y con el que sigue

intercambiando amores diversos después de su óbi- to. En parte porque la miseria que siguió a su parti- da lo ha vuelto más querible. Detrás de mí vendrán quienes bueno me harán, reza un refrán castellano que solía citar Perón, actualizado bonapartista. Según anticipé, después de todas estas declara- ciones admirativas, Stendhal toma distancia desde la ironía, romántico en todo caso. Oigámosle: «Na- poleón supo hacerse obedecer como general pero no supo mandar como rey». Su monarquía se fundó en el vacío pues el único poder que constituyó fue el suyo personal. Era ignorante en política y furioso antiliberal, por lo mismo. Quería hacer el bien pero rápidamente y sin admitir discusiones. Creía habitar

el origen y, en consecuencia, despreciaba la historia.

Por lo tanto, le pasó lo mismo que a Carlomagno:

nada de lo suyo lo sobrevivió. Tenemos aquí dos Napoleones, uno inmortal y mítico, el otro histórico y perentorio. Inteligente, Stendhal se ve en el atolladero de escoger o conciliar.

Hace las dos cosas. Considera que el Napoleón poéti-

co, caballeresco y perfectamente noble es el que llega

a las campañas de Italia, concretamente a la toma

de Venecia en 1798. Desde entonces, para su conser- vación personal, debió someterse a unos principios que a Stendhal no le merecen ninguna admiración.

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Son los que reflejan la bajeza moral instaurada por

el régimen del Directorio.

Lo que ha ocurrido luego es que la gente (¿quién será?) empezó a forjar la leyenda napoleónica, el hecho de haber obtenido la gloria ganando unas cuantas batallas sin darse cuenta, por mero azar o por concesión de la oscura, providente y poderosa deidad de la historia. Paralelamente, otra leyenda, la negra, anunciaba que moriría envenenado como en los melodramas. Napoleón, al revés que Stendhal, se creyó las dos, porque era un genio al tiempo que un paranoico. Recordemos la fecha del texto stendha-

liano para enaltecer su lucidez teñida de amor y vice- versa: 1837, dieciséis años después de la muerte. Si he considerado, sucesivamente, a Goethe y

a Stendhal, es porque coinciden en el tiempo y no tienen una admiración compatible con la crítica del personaje, intelectual en uno e histórica en el otro. Camino inverso pero con parecidos resultados es el de Tolstói, en el «Epílogo» de Guerra y paz (1868), donde se ocupa del Emperador y de su situación en

el paisaje de luces y sombras que ofrece la historia.

Lo hace tomando la voz narrativa o cediéndola a su álter ego Pierre Bezújov. La visión tolstoiana de la historia no difiere mu- cho de la napoleónica. Antiguamente se atribuía a la divinidad el manejo de la deriva histórica. Moder- namente, dado que ya no se cree ni en Dios ni en los

dioses, esa fuerza se considera inabordable por el co- nocimiento humano, al igual que incognoscible era

la divinidad. Los historiadores la denominan poder,

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que es el que ejerce una persona a la cual se trans- fieren las voluntades de todos porque la reconocen como poderosa. Es decir: el poder es una tautología

que nada explica y, por lo mismo, que no existe para

la razón humana. Si obedece a leyes, son secretas e

inaccesibles al saber profano. Poco le faltó a Tolstói para acreditar lo sagrado del poder y llegar a lo que Freud iba a discurrir en Tótem y tabú. El poder, absoluto en tanto se sostiene a sí mismo, puro, duro y desnudo, es el poder según Maquiavelo

y Napoleón. Más aún: la dupla Casualidad/Genio

(Tolstói) se puede leer como una reformulación de la maquiaveliana Fortuna/Virtud. Napoleón, tal como

lo ve Tolstói, es el genio que sabe aprovechar la opor-

tunidad que le brindan las casualidades, hasta que se

le ponen en contra y otro genio, agazapado y pacien-

te, le gana la partida. Es el zar Alejandro I que actúa, pacifica y conduce a Europa, haciendo, por los re- sultados, lo contrario de Napoleón: matar, imponer violencias, sin metas ni planes que no sean su propia gloria y grandeza. Es decir que Alejandro, benévolo, se pone al servicio de la historia, en tanto Napoleón, despiadado aventurero, la pone a su servicio. Am- bos, en términos maquiavélicos, son virtuosos que saben encontrarse con la fortuna.

Tolstói detestaba al francés y amaba al ruso, no

por patriota, que de eso tenía poco y nada, sino por- que fue el monarca que, desde el absolutismo y por primera vez, intentó reformas liberales. Añado: a la manera de Napoleón. Se diría que, a regañadientes,

el gran escritor les da la razón a los dos, la misma

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razón que le permite ver con modesta claridad la escasa parcela de la historia que admite la luz. De lo demás opina, lapidario: «La historia moderna se parece a un hombre sordo que responde a preguntas que nadie le hace» (cito por la traducción de Lydia Kúper). Dado que de interrogaciones se trata, po- dríamos preguntar al conde por qué escogió como tema de su novela –supuesto que, salvajemente, su gran libro sólo tuviera uno– la invasión napoleónica de Rusia. Hoy no toca contestar. Como la secuela imaginaria de Napoleón no acaba con estos tres aficionados al titanismo del Ochocientos, cabe espigar un par de ejemplos más alejados en el tiempo y que, curiosamente, en lugar de acentuar lo histórico de la lejanía, subrayan su carga mitológica, intemporal y, en consecuencia, siempre cercana. Dimitri Merejkovski (Vida de Napoleón) no duda en sostener que nuestro personaje era a medias natural y sobrenatural, que en su cuerpo mortal ha- bitaba un dios. La similitud con la doble calidad de Jesucristo es evidente. Próxima es la opinión de Léon Bloy (El alma de Napoleón). Lo considera un perso- naje único y, en tanto tal, incomprensible. Como ge- nio, es la voluntad divina encarnada en un hombre y dotado, además, del don profético pues anuncia Lo- Que-Va-A-Venir. En tal calidad, estuvo siempre ex- puesto a ser engañado y traicionado: por su familia, sus amigos, sus colaboradores. No lo supieron tratar pues carecieron de pautas para hacerlo, por lo cual lo sometieron a malos tratos. El Único es inaccesible

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al conocimiento, tanto del ajeno como del propio, ya que conocer es comparar y él es incomparable, jus- tamente, por ser único. En ese sentido carece de se- mejantes y es secreto o vacuo. La historia acaba por desecharlo al desear él ser absoluto y no conseguirlo en este mundo. Los hombres normales sí alcanzan la felicidad en forma de dichas parciales y objetos limitados. El Único está destinado a una gloriosa desdicha. Un don romántico. Digresión: lo vacuo exige ser tapado, por lo cual se explica el denso manto de uniformes, adornos, ceremonias y pompas, gestos, ademanes y solilo- quios, a menudo con la comicidad del nuevo rico, en que abundó Napoleón. De nuevo, una máscara, una persona. Personalmente, hallo un tanto desorejadas estas admiraciones y tiendo a considerar que si alguien es semidivino poco mérito tiene que cumpla tareas anómalas, extraordinarias, mayores que las corrien- tes. Le vienen en el precio de ser lo que es así como

mayores que las corrien- tes. Le vienen en el precio de ser lo que es así

Máscara mortuoria de Napoleón.

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para el pelirrojo no es una virtud la rojez. Sin embar- go, por obra de Napoleón o porque Napoleón estuvo imbuido del –discúlpese la hipérbole– espíritu de la época, cabe aceptar el titanismo de su imaginación y de sus planes, incluidos los fracasos y los desmanes folletinescos, las masacres y las venganzas. Hay di- vinidades para todo. La suya fue una época titánica y él la personificó. O él le dio ese tinte de titanismo y entonces la época fue napoleónica. Tanto monta. Hasta ahí llego. Hay pruebas al canto: los sistemas del siglo xix que intentan hallar una clave dominante que explique espacios universales de las ciencias o del pensamiento filosófico (Hegel en la historia, Marx en la economía, Comte en la sociedad como extensión de la física y la química, Darwin en la biología); las sinfonías de Beethoven; la pintura de David, Goya, Géricault y Delacroix; la estatuaria de Canova y sus imitadores; las óperas de Meyerbeer; Rossini, considerado por Stendhal como el Napoleón de la música; los ciclos novelescos de Balzac, Dickens, Galdós; los poemas épicos de Victor Hugo, Wagner y Byron; la enciclo- pedia viviente que es Goethe. Vistas en panorama, son empresas monumentales, faraónicas, propias de conquistadores ambiciosos e imperiales, de nuevo:

napoleónicas. Insisto: titánicas. La precedencia, conviene no olvidarlo, es la Revo- lución francesa, algo grande que hasta el día de hoy los historiadores trifulcan acerca de saber en qué consis- tió, salvo en admitir que es eso: algo grande, algo muy grandote, algo propio de aquellos Titanes que Goethe

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celebró como los modelos de Napoleón, favorables al soberbioso enfrentamiento con los dioses y la funda- ción de un orden humano de la vida, hecho por unos hombres capaces de convertirse en dioses.

Bonapartismos

Es habitual situar las propuestas –no me atrevo a decir que ideas o pensamientos– de Napoleón en las tradiciones del realismo político. Sería una suerte de recaída en el maquiavelismo, así como Maquiavelo fue una recaída de Julio César. De tal modo, ha- blar de cesarismo, maquiavelismo o bonapartismo resultaría hablar de lo mismo –la horrible rima in- voluntaria lo acaba de proclamar– o, al menos, de una corriente que se mantiene y renueva a lo largo del tiempo como una alternativa constante de la meditación sobre el poder. Frecuentemente, aunque no indiscutiblemente, se trata de una simplificación:

separar la ética de la política. Algunos pensadores liberales como Croce, Singledon y Villari ven en esta concepción de lo político una escisión entre moral

y política, poniendo a ésta del lado de lo estético. Isaiah Berlin matiza oportunamente la cuestión. Efectivamente, Maquiavelo admite que su príncipe

deba hacer, en ocasiones, algo que le resulte inmo- ral, que choque con sus convicciones morales, pero lo hará en función de principios éticos superiores

y

para evitar males de mayor entidad, de modo que

el

mal menor equivalga a un bien. Es bello perseguir

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el triunfo, la gloria y, a través de ambos, la dicha de la sociedad. Es cierto que no son valores convencio- nalmente considerados como cristianos pero sí lo son en un contexto de paganismo como el restituido en el Renacimiento y luego exaltados por Nietzsche. Mussolini juzgaba a Maquiavelo el vademécum de todo estadista y abrió el espacio para considerar al fas- cismo como una recaída, relativizada por la diferencia entre épocas y personas, del bonapartismo. Su actitud ante la religión, por ejemplo, lo prueba. Es algo de uti- lidad social aunque poco importe la existencia de Dios y nada, el derecho natural de inspiración teológica. La energía que exalta el fascismo es pagana, así como la mansedumbre que aconseja a las masas, cristiana. Los dos son valores permanentes e irreductibles por- que los hombres son siempre los mismos y la historia, misteriosa y carente de sentido. Otras coincidencias refuerzan al parecido: la movilización de las multitudes, la militarización del pueblo en armas, el apoliticismo (la enemistad con jacobinos y girondinos, liberales y socialistas), el desprecio anarcoide por la autoridad constituida, lo totalitario del poder, la exaltación de lo popular como primario mezclado con el utillaje de la vida moderna (industria, armamento), la invocación de una revo- lución como fundamento y el establecimiento de un orden antirrevolucionario, el culto del conductor, la burocratización, la sustitución de las antiguas oligar- quías por una nueva, la oligarquía corporativa. En lo filosófico: cercanía del romanticismo, el historicismo como encomio de los caracteres nacionales propios

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(nacionalismo), elementos místicos de fe en la oscura providencia, las inspiraciones geniales del caudillo, el amor mutuo entre el conductor y la masa. Aun coincidiendo en vindicar la tradición romana como herencia personal, Mussolini y Bonaparte difie-

ren. El uno es de origen militar y no soporta las for- maciones irregulares; el otro es de proveniencia civil

y organiza escuadras paramilitares. Algunas similitu-

des estructurales también son significativas: ambos regímenes se volcaron al militarismo y emprendie- ron ambiciosas campañas armadas que acabaron en derrotas catastróficas, celebradas por su grandiosa belleza, por cierto amor estético hacia el patetismo. Aventura y nihilismo –si se prefiere: aniquilación– van de la mano. Por el contrario, en lo económico y social fueron conservadores, poco innovadores y, a su caída, la estructura social era la misma que habían re-

cibido. Renzo de Felice sintetiza: defensa de un orden, carácter no reaccionario (no volver a épocas clausura- das por la historia), técnica revolucionaria en cuanto

a la toma del poder, el golpe de Estado. August Thalheimer, un marxista expulsado del PC alemán en los años veinte del pasado siglo, consideró que el fascismo era una variante del bo- napartismo que Marx y Engels habían estudiado a propósito de los dos Napoleones, el tío y el sobrino. El fenómeno que los aupó fue que las clases domi- nantes tradicionales abandonaron el poder político conservando el poder económico, eliminando la dis- tancia entre Estado y ciudadanos por medio de una entidad totalizante como el ejército u otra fuerza de

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choque, que ocupa el campo antes político y acaba con el caos revolucionario. Cuando el fascismo cae, vuelve la legalidad del antiguo «curso normal» de las cosas y se considera la intervención bonapartista como accidente temporal de la evolución histórica.

Hay también regímenes autoritarios, nacionalistas y populistas que no tienen el carácter totalitario y cor- porativo del fascismo pero que caben en la familia bonapartista, como el maximato del PRI mexicano,

el franquismo, el peronismo y el chavismo. Como se ve, la herencia napoleónica no se limitó

a su testamento y ofreció unas cuantas recaídas en

los siglos siguientes al propio. Se lo debe considerar, en este sentido, un precursor. La situación social en cada caso difiere pero tiene un parecido estructu- ral: Napoleón vivió la transición entre el proceso revolucionario, que borró los últimos vestigios de la sociedad señorial de estamentos, y una sociedad de clases. Los otros bonapartismos se sitúan en la tran- sición de la sociedad de clases a la de masas. Escribo estas líneas mientras padecemos la asquerosa crisis desatada en 2007 por la hegemonía de las corpora- ciones financieras y los tecnócratas de la ingeniería seudoeconómica. Estas semejanzas provocan respuestas diferidas en el tiempo. Cito sólo una, el curioso texto de Juan Domingo Perón Sobre la situación actual (1971) que,

si no de su mano, es de su autoría y donde se lee: «No

es que la historia se repita sino que los acontecimien- tos humanos sólo cambian en tiempo y espacio, en dimensión y trascendencia pero no en sustancia». Y

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en cuanto a Clío, la musa de la Historia: «[

]

charla-

tana, enredadora y mentirosa, no deja de ser pruden-

te y sabia». Como solía ironizar melancólicamente el

General tras haber admitido la oscuridad inescrutable del profundo devenir histórico: «¿Qué queda de las

grandes civilizaciones? Cuatro columnas rotas».

La Europa posnapoleónica

El Congreso de Viena, que trató de recomponer la Europa posnapoleónica, sesionó entre septiembre de 1814 y junio de 1815. No obstante la gravedad de

los temas tratados, el tópico que ha dejado es frívolo

y salonero, como si las aristocracias, al recuperar

sus espacios, se dedicasen de nuevo a su exclusivo y pacífico ejercicio de la diversión elegante. No servían para otra cosa, salvo para la ceremoniosa antecáma- ra diplomática, según juzgaba Napoleón. Y así hubo

en la capital austriaca multitud de festicholas, bai-

les en los palacios de la nobleza y en el Salón Apolo, donde destacaban el canciller austriaco Metternich y

el zar Alejandro, guapos y ligones.

El mapa del continente quedó compuesto por Gran Bretaña unida a Irlanda, Portugal, España, Francia, Suecia (que abarcaba Noruega), Dinamarca, los Países Bajos (Bélgica incluida), Suiza, Cerdeña- Piamonte, Nápoles y las Dos Sicilias, multitud de se- ñoríos alemanes, Prusia, Rusia, Toscana, los Estados Vaticanos, Austria, Dinamarca, Polonia y la Turquía Europea (Balcanes y Grecia), es decir lo mismo que

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antes de Napoleón, retoque más o menos. O también:

el mapa de las conquistas y derrotas del Emperador. Metternich consideraba que Europa era su patria y se preocupaba por el equilibrio como base de la paz. «Soy un médico en el gran hospital del mundo» se autodefinía, napoleónico a su manera. Pero no todas las piezas estaban bien ajustadas. Polonia era un reino aunque bajo dominio ruso. Prusia pretendía Sajonia. Las dinastías disputaban sobre derechos a las coronas. Se organizó una Confederación Alemana con un Parlamento en Frankfurt, que fue el inicio de su futura unidad. Por el contrario, Italia seguía despiezada. Murat, en contacto con los patriotas italianos, intentó una patriada pero fue vencido, detenido y fusilado por los austriacos el mismo año de Waterloo. Hubo un proyecto metterniquiano de federación itálica pero no llegó a cuajar. Suecia abandonó sus últimas posesiones prusianas, que conservaba desde la guerra de los Treinta Años, y Dinamarca renunció a sus pretensiones sobre Pome- rania. Ambos actos fueron venales. Y no resultaron los únicos porque Metternich y su adjunto el alemán Friedrich Gentz cobraban peaje por poner y sacar traseros de los tronos. La Santa Alianza fue suscrita el 26 de septiem- bre de 1815 por el zar, el emperador de Austria y el rey de Prusia. Su inspiradora fue la baronesa Juliana de Krüdener, amiga del monarca ruso. Se declaraban miembros de una misma nación cristia- na, hermanos según las Escrituras y padres de sus súbditos, defensores de la religión, la justicia y la

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paz. Luego entraron todos los príncipes cristianos, provocando el escándalo del Papa porque suponía

admitir la igualdad entre sus fieles y los herejes. El 20 de noviembre de 1815 se firmó la paz de París, en

la cual Rusia, Prusia, Austria e Inglaterra aseguraron

su mutua defensa ante el peligro francés. Se había montado una suerte de Internacional

Antiliberal pero la sombra de Napoleón seguía siendo alargada y así lo probarían las barricadas de 1830 y 1848. Un pequeño toque de mundana ironía cierra este apartado. Lo tomo de Frédéric Rouvillois (His- toire du snobisme). Tras el periodo revolucionario

y bonapartista, dominado por la moda nacional y

patriótica, la Restauración restauró, valga el eco, una moda aristocrática ya próspera en el siglo xviii: el uso de vestimentas, arreglos personales y multitud de pa-

labras de origen inglés. Wellington había triunfado en los campos de batalla y también en los salones.

Éstos son mis poderes

Napoleón vivió los años de Santa Elena en una radi-

cal soledad, apenas salpicada de presencias escasas y monótonas, que fueron disminuyendo con los años

a medida que algunos fieles huían del peñasco afri-

cano. Los lazos con su familia, sus antiguos oficiales, sus colaboradores políticos, las dignidades regias o principescas con las que mantuvo óptimas o pésimas relaciones, todos esos vínculos, estaban radicalmen-

te cortados. Ese hombre habituado a baños de multi-

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tudes callejeras y tropas cuantiosas se vio reducido a un séquito de pacotilla instalado en un constructo

a guisa de palacio y rodeado por soldados hostiles

sobre un paisaje de soledad rocosa y oceánica. Mira- do a la distancia, su retrato es el de un comediante

aficionado y provincial. Con todo, el hombre inteli- gente y el animal imperioso que siempre fue montó

enseguida una red fantástica que lo sostuvo y le evitó

la psicosis.

Seguía siendo megalómano y algo paranoide. En sus conversaciones y dictados se lo ve encarando a la Historia Universal, que le pide cuentas y él se las

salda con rapidez y al contado. No se responsabiliza de ningún crimen –el fusilamiento de Enghien lo obsesiona, sin embargo, y por algo será– ni apenas de algún error, acaso por un exceso de incauta bene- volencia. Y, como si fuera poco, fantasea con que el mundo lo recuerda y no se permitirá el olvido, para lo cual administra en su testamento sus poderes de ultratumba, lo que habrá que hacer cumpliendo su mandato cuando haya muerto. En ese sentido, su testamento es su obra maestra. Por eso lo postergó hasta el final y quiso redactarlo por su mano, ya temblorosa en el preludio agónico. Sólo quedaron fuera de él los detalles de su velatorio

y sus funerales, que transmitió oralmente a su con-

fesor, también en aquellos días postreros. En todo caso, queda claro que deseaba la incineración (habla continuamente de sus cenizas), mandato que no se cumplió y que, de haberse concretado, nos habría impedido toda la novelería más o menos científica

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Cortejo funerario de Napoleón Bonaparte en Santa Elena, 9 de mayo de 1821 . Grabado

Cortejo funerario de Napoleón Bonaparte en Santa Elena, 9 de mayo de 1821. Grabado de Jean Joseph Benjamin Constant. Bibliothèque Nationale, París.

sobre su muerte. Dicho en plan personal: gran parte de este texto no existiría. Hay desobediencias muy fecundas. Napoleón dice morir dentro de la religión cató- lica, en la que había nacido. Desde el punto de vista religioso, esta declaración no tiene ninguna impor- tancia. Es un recurso para evitar que los ingleses le propinaran alguna liturgia fúnebre anglicana y

resultar simpático para los franceses y los italianos, católicos en su mayoría. El Emperador sospechaba la existencia de Dios y se dirigía directamente a Él

o con la modesta mediación de la historia universal.

Para ello, las religiones organizadas le resultaban su- perfluas, aunque les concedía una gran importancia, dados sus cuentos de viejas, para la cohesión social de las vastas plebecías. Si habla de calumniadores

y apóstatas, se refiere a sus cultos personales. Fue

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sincero al aclarar: «Nunca he sido bueno, he sido firme». Mayor maquiavelismo, imposible. En cambio es importante su afirmación de que muere «asesinado por la oligarquía inglesa y su si- cario». No sólo porque atribuye a los ingleses la responsabilidad homicida sino porque denuesta a la oligarquía y esta inquina antioligárquica será re- petida por todos los bonapartistas que lo sucedieron. Quizá un freudiano hablaría de proyección, es decir:

ataco a la oligarquía para expulsar su fantasma de mis adentros porque estoy fundando mi propia oligarquía. O le dirijo sinónimos: sinarquía, conju- ración internacional, imperialismo. Pero el crimen no quedará impune. El pueblo inglés lo vengará. Siempre, en los populismos, el pueblo sabe lo que hace y lo hace bien. Su fantasía más fuerte es seguir teniendo una familia. Menciona a su esposa –ya recuperada por la corte vienesa y muy feliz con su amante Neipperg, que será su marido tras la viudez– y a su hijo legíti- mo, a quien considera Napoleón II y al cual imagina alimentado por el «recuerdo de un padre del cual le hablará el universo». Desde luego, si alguien le hablará al hijo del padre será algún personero de los Habsburgo y para ponerlo verde. En cuanto a los hermanos, dice que le demuestran interés, de lo cual carecemos de constancia. A Luis le perdona alguna infidelidad y si lo hace es porque tiene el poder de condenarlo. Por fin, como parte de esta fantástica dispensa familiar hay que observar cómo acomoda los matrimonios de sus conocidos, el de Marchand

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con alguna viuda, seguramente de militar muerto en combate, en primer término. Para los parientes de sangre, la severa prohibición de no vincularse con suecos ni con Borbones. Al abate Vignali, por su calidad eclesiástica, no le recomienda ni siquiera una viuda pero sí le ordena que compre una casita en Pontecorvo. Lo último que redacta es una do- ble mención: sus dos hijos ilegítimos: Alejandro Walewski es bueno como militar –en parte lo obe- decerá– y León Denuelle lo es como magistrado –y aquí se equivocó del todo. Como se ve, el Emperador se imagina organizan- do la vida de mucha gente más allá de su muerte, a la manera de un poder fantasmal que continúa ejer- ciendo su facultad controladora. En algunos aspec- tos, sus propuestas de este orden resultan disparata- das, como cuando dispone ayudas económicas para proscritos, exilados y soldados anónimos, que deben buscarse por todo el planeta, o cuando administra mobiliarios y palacios que ya no le pertenecen, en especial los italianos. Donde más divertido resulta el escrutinio es respecto de los objetos. Arriesgo que esta minucia responde a dos objetivos: que los ingleses no se que- den con nada suyo, por ínfimo que su precio sea, y que se prepare un museo napoleónico, a cuyo efecto prohíbe que los recipiendarios de sus bienes vendan cualquier cosa que haya estado en contacto directo con su cuerpo. Menuda es la instrucción, porque afecta prácticamente a toda la herencia en materia de bienes muebles. Veamos, si no, algunos ejemplos:

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ropa interior, espuelas, botones para camisas, hebi- llas para zapatos, orinal, cama de hierro, catres de campaña, colchones, calcetines (convenientemente usados muchos de ellos), toallas (ídem), fundas de almohadas, gafas y cajitas hurtadas a Luis XVIII. Quien quiera hablar de fetiches, que lo haga. Quien prefiera hablar de reliquias, que también lo haga. Y

si no, que se tenga en cuenta la conservación de sus

cabellos, objeto imprescindible para acreditar enve- nenamientos. ¿Los previó el Emperador? Lo cierto es que las consecuencias son como si lo hubiera hecho.

Napoleón quería morir conservando su calidad imperial. No sólo para su último aliento sino para

toda la posteridad, incluyendo estas modestas líneas.

A veces se le escapa referirse a sí mismo en tercera

persona («El Emperador decide, etc.») y otras, en plural mayestático, como corresponde a la voz impe- rial («Nosotros decidimos, etc.»). Hasta el día preciso de la apertura testamentaria estaba fijado en el texto. Hagamos como que es hoy y procedamos a leerlo.

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Historia del texto

Gracias a las investigaciones de Jean-Pierre Babelon y Suzanne Huart, editores del testamento napoleóni- co para el Club du Livre (París, 1969) puedo trazar una pequeña historia del texto. El hecho de que fuera escrito casi todo por el propio Napoleón en sus últimos días, agónico y debilitado, más su prolijidad en cuanto a mandas y beneficiarios, dificulta su es- tablecimiento y aumenta la cantidad de penumbras más o menos misteriosas pero finalmente muy nove- lescas del personaje. Los documentos actualmente conservados en los Archivos Nacionales de Francia son los siguientes:

El testamento propiamente dicho: Está fechado en Longwood el 15 de abril de 1821 y redactado total- mente de puño y letra, firmado y sellado. Los inventa- rios de objetos han sido compuestos por Marchand y suscritos por el testador. La platería y las porcelanas se conocen por copias auténticas. El primer codicilo: Es igualmente autógrafo y data del 16 de abril. Contiene las únicas voluntades que han de conocer los ingleses, o sea que sus restos vuel- van a Francia y el reparto de los bienes «imperiales» habidos en Santa Elena, entre Marchand, Montholon

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y Bertrand. Hay un inventario de tabaqueras, dicta-

do y que, en un comienzo, era un anexo. Estas deci-

siones trataron de evitar que Inglaterra expropiara los objetos que permanecían en la isla. El segundo codicilo: Completa al primero y con- tiene las instrucciones para ser abierto en Europa en manos de los ejecutores testamentarios, los tres antes citados. El tercer codicilo: Fue redactado un par de días antes de su fecha, que es el 24 de abril. En él se dispone de los diamantes de la Corona y las rentas provenientes de las propiedades en la isla de Elba. El cuarto codicilo: También lleva la fecha del día 24 aunque se lo entiende escrito uno o dos días antes. Decide sobre legados a personas que conoció

a comienzos de su carrera, gastos de sucesión y desig-

nación de un tesorero. Estuvo guardado en un sobre lacrado que se ha perdido. El quinto codicilo: Lleva indicaciones de fecha iguales al anterior, está ensobrado y lacrado. Se refiere a los fondos que deberán remitirse a la empe- ratriz María Luisa. El sexto codicilo: Coinciden las fechas con los anteriores y contiene disposiciones sobre los fondos

italianos de su lista civil en manos de Eugène de Beauharnais. Instrucciones para los ejecutores testamenta- rios: Fueron dictadas a Marchand y firmadas por Napoleón. Están fechadas el 26 pero se las supone escritas entre el 22 y el 25.

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Carta a Lafitte, banquero del Emperador: Fue escrita por Montholon conforme a las instrucciones del testador y copiada por Marchand. La firma es de Napoleón y fue puesta el 29 aunque el documento ha sido antedatado como del día 25. Carta al barón de La Bouillerie, Tesorero del Pa- trimonio Privado del Emperador: Sus detalles coin- ciden con los del anterior. Las piezas antes referidas no son las únicas que componen el conjunto testamentario de Napoleón. Hay un Séptimo codicilo cuya existencia se conoce,

en su forma auténtica, por declaraciones de los testi- gos actuantes en los codicilos anteriores. El texto ha llegado hasta nosotros por una copia de la colección Murat, también conservada en los Archivos Nacio- nales. Aparece fechado el 25 de abril y contiene los llamados legados de conciencia, entre ellos uno para su hijo León. Lleva instrucciones precisas para su

tampoco el mismo Tesorero tendrá

conocimiento del presente y será anulado apenas ejecutado, permaneciendo secreto hasta entonces; toda comunicación al respecto será rechazada por contener asuntos de conciencia». De su existencia hay constancias documentales en Inglaterra con fecha 5 de agosto de 1825. Un Octavo codicilo fue redactado por Napoleón el día 29 y antedatado como del 27. Su debilidad le impidió llegar más allá del cuarto parágrafo. El texto fue completado por Montholon, quien no consiguió la firma imperial y lo llevó a Inglaterra. La existencia de este documento ha sido discutida por el historia-

ejecución: «[

]

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dor Frédéric Mason. Se conocen testimonios ingleses de 1822 y 1823 acerca de su realidad y en Londres se hallaba todavía el 17 de junio de 1938, cuando el di- rector de la Casa Sotheby, mister Honson, envió una copia fotográfica a los Archivos Nacionales de Fran- cia. Su texto fue publicado en 1951 por Jean Savant y dice lo siguiente:

«En el día de hoy, 27 de abril de 1821. Enfermo de cuerpo pero sano de espíritu, he escrito de puño y letra el octavo codicilo de mi testamento:

1. o Instituyo mis ejecutores testamentarios en las personas de Montholon, Bertrand y Marchand, y Las Cases o su hijo como tesorero; 2. o Ruego a mi bien amada María Luisa que tome

a su servicio al cirujano Antommarchi para el cual

lego una pensión vitalicia de 6.000 frs (seis mil fran- cos) que ella pagará; 3. o Igualmente, que designe a Vignaly (sic) como capellán de mi hijo; 4. o Lego mi casa habitación de Ajaccio con todos sus bienes, tierras, viñas, jardines, muebles y ganados

a mi madre; 5. o Lego cuanto poseo en la isla de Elba, casa, muebles, viñas, tierras y ganados a mi muy querida y muy honrada hermana la princesa Paulina; 6. o Lego a la condesa Bertrand y a la condesa Montholon la mitad de mi servicio de licores y la otra mitad a mi hijo; 7. o Lego al cardenal Fesch todo lo que poseo en condominio con él en la isla de Córcega».

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Un Legado informal a favor del duque de Reich- stadt aparece dictado al dorso de un naipe a Mar- chand y fechado el 29 de abril por la noche. Temiendo que su testamento cayera en manos de los ingleses, Napoleón copió todo su contenido, en parte de su puño y letra y en parte al dictado, con fecha 15 de abril, firmado y sellado con su escudo. Lo entregó al abate Vignali, su capellán, quien, bajo secreto de confesión, debía ponerlo en manos de su madre Letizia, conocida como Madame Mére o, en su defecto, al cardenal Fesch o, en su defecto, a cual- quiera de sus otros hermanos, para ser entregado a su hijo al cumplir sus dieciséis años. Este documento pertenece al llamado Archivo de Su Alteza Imperial el príncipe Napoleón. Se puede establecer una cronología de la escritu- ra ya referida gracias a las memorias de los intervi- nientes, es decir Marchand, Bertrand y Montholon. Ha sido puntualmente establecida por el menciona- do Jean Savant (Cahiers de l’Académie Napoléon, septiembre de 1951). Un primer texto testamentario fue redactado a bordo del navío Bellerophon que lo llevó a Santa Elena y corregido en 1819. Bertrand lo guardó en carácter de depositario. La segunda y definitiva vo- luntad del testador se escribió en su lecho de muerte, entre el 13 y el 18 de abril. Napoleón escribía sentado, sobre un papel apoyado en un cartón en tanto Mon- tholon, de pie, sostenía el tintero. Se cerró con cierta solemnidad, con lazos rojos y la firma de los testigos, incluido el abate Vignali. El primer testamento fue

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entonces quemado en su presencia. Entre el 21 y el 25 de abril añadió los codicilos, cuatro pliegos esta vez atados con lazos verdes. Napoleón murió el 5 de mayo de 1821 y los co- dicilos pertinentes fueron abiertos y cumplidos en presencia de lord Howe, gobernador inglés de Santa Elena. Entre el 27 y el 30 de mayo, los ejecutores volvieron a Francia para cumplir las mandas impe- riales. Montholon se dirigió a París, hizo autenticar el testamento en el Tribunal del Sena y la carta a Lafitte ante notario. Por consejo del jurista Cam- bacérès, también se autenticó el texto ante la Corte de Canterbury, en Londres, en 1821 (exceptuado el Octavo codicilo). La ejecución testamentaria, en cuanto a mandas de dinero, no fue sencilla. Hubo un proceso contra el banquero Lafitte, que acabó en 1826 y que redujo muy sustancialmente las entregas porque los fondos imperiales no daban para tanto. En cuanto a los res- tos napoleónicos, llegaron a París en 1840, reinando Luis Felipe. El Gran Corso dejó poca cosa a su hijo, criado como archiduque austriaco y alejado de su familia carnal y paterna. La abuela se quedó con los objetos, que nunca llegaron a las manos del llamado Agui- lucho, un chico enfermizo, muerto muy joven, que conservaba una cadena y un bastón de su padre, que fueron a dar, oh astucia de la razón histórica, a manos del canciller Metternich, antiguo embajador austriaco en París y jefe de la Santa Alianza antina- poleónica. En cuanto a lady Holland, mencionada

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en el testamento, no se trata de ningún personaje de fama histórica sino de una dama inglesa que, por ge- nerosidad nacional y por admiración al pobre Bona- parte final, mandó a Santa Elena más de un paquete con libros, vinos y comida. Napoleón III, Luis Napoleón o, como amable- mente lo designó Victor Hugo, «Napoleón el Peque-

ño», quiso concluir el ciclo testamentario de su tío y reclamó los papeles a la reina Victoria de Inglaterra por medio del conde Colonna Walewski, hijo natu- ral del antecesor. Así se hizo y los papeles fueron nuevamente autenticados en un juzgado francés y entregados a los Archivos Nacionales en 1860. Los restos del Emperador se instalaron en los Inválidos con cierta pompa igualmente imperial, pero lo más jugoso del asunto fueron los 4 millones de francos que el imperial sobrino mandó librar para cumplir los deseos de su imperial tío, menos solvente de lo pensado. Un poco de amable cotilleo para aliviar tanta prosa rabulesca. Juan Bautista Alberdi, enviado por

el general Urquiza, presidente de la Confederación

Argentina, para obtener el reconocimiento de su in- dependencia ante los gobiernos europeos, escribió a un amigo desde París que hallaba la corte del pe-

queño Napoleón «muy natural». Enumeraba, para

probarlo, la cantidad de hijos naturales con rangos

y potestades: Eugenia de Montijo (emperatriz),

Walewski y Morny (ministros) y un par de señoras con salones de financieros luego trasladados al Ma- drid de la Restauración, a las cuales se atribuían im-

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periales progenitores encantadoramente naturales:

los emperadores del Brasil y de Rusia, mesdames Pereira dos Santos y Troubezkoy, luego duquesa de Sesto.

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Mi testamento

Mi testamento

En el día de hoy 15 de abril de 1821, en Longwood,

isla de Santa Elena. Éste es mi testamento o acta de

mi última voluntad.

I

1. o Muero dentro de la religión apostólica y ro-

mana, en el seno de la cual he nacido hace más de cincuenta años. 2. o Deseo que mis cenizas reposen a las orillas del Sena, en medio del pueblo francés que tanto amé. 3. o Siempre he tenido que ufanarme de mi muy querida esposa María Luisa; le conservo hasta el úl- timo momento los sentimientos más tiernos. Le rue-

go que vele para proteger a mi hijo de las acechanzas

que aún rondan su infancia. 4. o Recomiendo a mi hijo que no olvide jamás el haber nacido príncipe francés y que no se preste nunca a ser un instrumento en las manos de los triunviros que oprimen a los pueblos de Europa. No deberá jamás combatir en contra de Francia ni da- ñarla en manera alguna. Habrá de adoptar mi divisa:

Todo para el pueblo francés.

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5. o Muero prematuramente, asesinado por la oligarquía inglesa y su sicario. El pueblo inglés no tardará en vengarme. 6. o Los dos finales, tan desdichados, de las inva- siones a Francia, cuando tenía aún tantos recursos, se deben a la traición de Marmont, Augereau, Ta-

lleyrand y Lafayette. Los perdono. ¡Ojalá la posteri- dad francesa también los perdone! 7. o Agradezco a mi buena y muy excelente madre,

al cardenal, a mis hermanos José, Luciano, Jeróni-

mo, Paulina, Carolina, Julia, Hortensia, Catalina

y Eugenio por el permanente interés que me han

demostrado. Perdono a Luis el libelo que publicó en 1820; está lleno de falsas afirmaciones y de documentos adulterados. 8. o Desautorizo el Manuscrito de Santa Elena

y otras obras llamadas Máximas y sentencias, que

alguien se ha complacido en publicar desde hace seis años. Allí no están las reglas que han dirigido mi vida. Hice arrestar y juzgar al duque de Enghien por-

que era necesario para la seguridad, el interés y el honor del pueblo francés, cuando el conde de Artois mantenía, según él mismo lo dijo, a sesenta asesinos en París. En las mismas circunstancias volvería a actuar de la misma manera.

II

1. o Lego a mi hijo las cajas, Órdenes y otros ob- jetos como la platería, el lecho de campaña, armas,

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arneses, espuelas, vasos de mi capilla, libros, lence- ría, que han servido a mi cuerpo y a mis costumbres, según el estado anexo, letra A. Deseo que este ínfimo legado le sea caro al renovar el recuerdo de un padre del cual le hablará el universo. 2. o Lego a lady Holland el antiguo camafeo que me dio el papa Pío VI en Tolentino. 3. o Lego al conde Montholon 2 millones de fran- cos como prueba de mi satisfacción por los cuidados filiales que me ha dispensado a lo largo de seis años y para resarcirlo de las pérdidas ocasionadas durante su estancia en Santa Elena. 4. o Lego al conde Bertrand 500.000 francos. 5. o Lego a Marchand, mi primer ayuda de cámara, 400.000 francos. Los servicios que me ha prestado son dignos de un amigo. Deseo que se case con una viuda, hermana o hija de un oficial o soldado de mi Vieja Guardia. 6. o A Saint-Denis, 100.000 francos. 7. o A Noverraz, 100.000 francos. 8. o A Pîerron, 100.000 francos. 9. o A Archambault, 50.000 francos. 10. o A Coursaut, 25.000 francos. 11. o A Chandellier, ídem. 12. o Al abate Vignali, 100.000 francos. Deseo que se construya una casa cerca de Pontenovo di Rostino. 13. o Al conde Las Cases, 100.000 francos. 14. o Al conde Lavallette, 100.000 francos. 15. o Al cirujano jefe Larrey, 100.000 francos; es el hombre más virtuoso que he conocido.

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16. o Al general Brayer, 100.000 francos. 17. o Al general Lefebvre-Desnouettes, 100.000 francos. 18. o Al general Drouot, 100.000 francos. 19. o Al general Cambronne, 100.000 francos. 20. o A los hijos del general Mouton-Duvernet,

100.000 francos.

21. o A los hijos del valiente Labédoyère, 100.000

francos. 22. o A los hijos del general Girard, muerto en Lig- ny, 100.000 francos. 23. o A los hijos del general Chartrand, 100.000 francos. 24. o A los hijos del virtuoso general Travot,

100.000 francos.

25. o Al general Lallemand el mayor, 100.000 francos. 26. o Al conde Réal, 100.000 francos. 27. o A Costa, en Bastelica de Córcega, 100.000 francos. 28. o Al general Clausel, 100.000 francos. 29. o Al barón Meneval, 100.000 francos. 30. o A Arnauld, autor de Marius, 100.000 francos. 31. o Al coronel Marbot, 100.000 francos; lo com- prometo para que siga escribiendo en defensa de la gloria de los ejércitos franceses y para confundir a los calumniadores y a los apóstatas. 32. o Al barón Bignon, 100.000 francos; lo com- prometo para que escriba la historia de la diploma- cia francesa de 1792 a 1815. 33. o A Poggi, de Talavo, 100.000 francos.

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34. o Al cirujano Emery, 100.000 francos. 35. o Estas sumas serán extraídas de los 6 millones que invertí al salir de París en 1815, imputándolas a

los intereses del 5 por ciento, a contar desde julio de dicho año. Las cuentas serán ajustadas con el ban- quero por Montholon, Bertrand y Marchand. 36. o Todo lo que dicha inversión produzca por encima de los 5.600.000 francos, una vez satisfe- chos los pagos anteriores, se distribuirá como grati- ficaciones a los heridos de Waterloo y a los oficiales

y soldados del batallón Isla de Elba, según el estado

de cuentas confeccionado por Montholon, Bertrand, Drouot, Cambronne y el cirujano Larrey. 37. o En caso de muertes, estos legados se pagarán

a las viudas e hijos y, a falta de ellos, se reintegrarán a la masa.

III

1. o Siendo mi patrimonio personal de mi propie- dad, y del cual no me ha privado ninguna ley francesa que yo conozca, se pedirá cuenta al barón de La Boui- llerie, su tesorero. Ha de ascender a 200 millones de francos provenientes de: 1. o La cartera que contiene los ahorros que extraje de mi lista civil, a razón de 12 millones por año, si no recuerdo mal; 2. o Las rentas de dicha cartera; 3. o Los muebles de mis palacios, tal como eran en 1814, incluidos los palacios de Roma, Florencia y Turín con todos los muebles comprados con las rentas de la lista civil; 4. o La liquidación de mis casas en el reino de Italia, así como el dinero y la platería, joyas, muebles y caballerizas, cuyas cuentas

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serán exhibidas por el príncipe Eugenio y el inten- dente de la Corona Campagnoni. 2. o Lego mi patrimonio privado, por mitades, a los oficiales y soldados que aún queden del ejército francés que han combatido entre 1792 y 1815 por la gloria y la independencia de la nación, repartido a prorrata según las probanzas de servicios; y a las ciudades y campañas de Alsacia, Lorena, Franco Condado, Borgoña, Isla de Francia, Champaña, Fo- rez y Delfinado, que hayan sufrido alguna invasión. De la suma se apartará un millón para la ciudad de Brienne y otro millón, para la de Méry. Designo a los condes Montholon, Bertrand y Marchand como mis ejecutores testamentarios. El presente testamento, escrito de mi puño y le- tra, está firmado y sellado con mi escudo

NapoleóN

ESTADO (A) 1. o No será vendido ninguno de mis efectos; el sobrante será repartido entre mis ejecutores testa- mentarios y mis hermanos. 2. o Marchand conservará mis cabellos y se hará confeccionar unos brazaletes con un candado de oro para ser enviados a la emperatriz María Luisa, a mi madre y a cada uno de mis hermanos, hermanas, so- brinos, sobrinas, al cardenal y uno más considerable para mi hijo. 3. o Marchand enviará uno de mis pares de hebi- llas para zapatos de oro al príncipe José.

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4. o Un par de pequeños broches de oro con jarre- teras al príncipe Luciano. 5. o Un botón de oro para el cuello al príncipe Je- rónimo.

ESTADO (A) INVENTARIO DE MIS EFECTOS QUE MARCHAND GUARDARÁ PARA ENVIAR A MI HIJO 1. o Mi neceser de plata, el que está sobre mi mesa, guarnecido con sus utensilios, navaja, etc. 2. o Mi reloj despertador, que perteneció a Federi- co II y que me traje de Potsdam (en la caja n. o III). 3. o Mis dos relojes, con la cadena de cabellos de la Emperatriz y una cadena con mis cabellos para el otro reloj, que Marchand hará confeccionar en París. 4. o Mis dos sellos (uno de Francia, guardado en la caja n. o III). 5. o El pequeño reloj de péndulo dorado que ac- tualmente está en mi alcoba. 6. o Mi lavamanos, con su jofaina y su pedestal. 7. o Mis mesillas de noche, las que usaba en Fran- cia, y mi orinal de metal dorado. 8. o Mis dos camas de hierro, mis colchones y co- bertores, si se pueden conservar. 9. o Mis tres frascas de plata donde guardaba mi aguardiente, las que llevaban mis cazadores de cam- paña. 10. o Mi catalejo de Francia.

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11. o Mis espuelas (dos pares). 12. o Tres cajas de caoba, las n. o I, II y III, que con- tienen mis tabaqueras y otros objetos. 13. o Un cacillo de metal dorado.

ROPA CIVIL

6

camisas

6

pañuelos

6

corbatas

6

toallas

6

pares de medias de seda

4

cuellos negros

6

pares de calcetines

2

pares de sábanas de batista

2

fundas de almohada

2

batas

2

pantalones de pijama

un par de tirantes

4

calzones de casimir blanco

6

madrás

6

chalecos de franela

4

calzoncillos

6

pares de guantes

una cajita llena de mi tabaco un botón de oro para cuellos un par de gemelos de oro un par de hebillas de oro para zapatos (estos tres últimos objetos en la caja n. o III)

ROPA DE UNIFORME un uniforme de cazador

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uno de granadero uno de guardia nacional

2 sombreros

un capote gris y verde un abrigo azul (el que llevaba en Marengo)

una cibelina corta

2

pares de zapatos

2

pares de botas

un par de pantuflas

6 cinturones

NapoleóN

ESTADO ADJUNTO A MI TESTAMENTO Longwood, Isla de Santa Elena, 15 de abril de 1821

I

1. o Los vasos sagrados que me sirvieron en mi capilla de Longwood. 2. o Encargo al abate Vignali que los guarde y los entregue a mi hijo cuando cumpla dieciséis años.

II

1. o Mis armas, a saber: mi espada, la que lleva- ba en Austerlitz, el sable de Sobieski, mi puñal, mi daga, mi cuchillo de caza, mis dos pares de pistolas de Versalles. 2. o Mi neceser de oro, el que me sirvió en las ma- ñanas de Ulm, Austerlitz, Jena, Eylau, Friedland, la isla de Lobau, la Moskowa y Montmirail; desde este punto de vista, deseo que sean apreciadas por

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mi hijo; el conde Bertrand es su depositario desde

1814.

3. o Encargo al conde Bertrand cuidar y conservar estos objetos y entregarlos a mi hijo cuando cumpla

dieciséis años.

III

1. o Tres cajitas de caoba, que contienen: la pri- mera, treinta y tres tabaqueras o bomboneras; la segunda, doce cajas con escudos imperiales, dos pequeñas gafas y cuatro cajas halladas en la mesa de Luis XVIII, en las Tullerías, el 20 de marzo de 1815;

la tercera, tres tabaqueras ornadas con medallas de plata, al uso del Emperador, y diversos objetos de to- cador, conforme a los estados numerados I, II y III. 2. o Mis catres de campaña usados en todas mis expediciones. 3. o Mi catalejo de guerra. 4. o Mi neceser de tocador, un uniforme de cada clase, una docena de camisas y un juego completo

de cada uno de mis atuendos y, en general, de todo

cuanto utilizo en mi tocador. 5. o Mi lavamanos. 6. o Un relojito de péndulo que está en mi alcoba de Longwood. 7. o Mis dos relojes y la cadena de cabellos de la Emperatriz. 8. o Encargo a Marchand, mi primer ayuda de cá- mara, guardar estos objetos y entregarlos a mi hijo cuando cumpla sus dieciséis años.

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IV

1. o Mi medallero. 2. o Mi platería y mi porcelana de Sèvres que he usado en Santa Elena (estados B y C). 3. o Encargo al conde Montholon guardar estos objetos y entregarlos a mi hijo cuando cumpla sus dieciséis años.

V

1. o Mis tres arneses con sus riendas, mis espuelas

que me han servido en Santa Elena. 2. o Mis cinco fusiles de caza. 3. o Encargo a mi cazador Noverraz guardar estos objetos y entregarlos a mi hijo cuando tenga dieci- séis años.

VI

1. o Cuatrocientos volúmenes escogidos de mi bi- blioteca entre los que más he consultado. 2. o Encargo a Saint-Denis guardarlos y entregar- los a mi hijo cuando tenga dieciséis años.

ESTADO (B) INVENTARIO DE LOS EFECTOS QUE HE DEJADO EN CASA DEL SEÑOR CONDE DE TURENA El sable de Sobieski (incluido por error en el Es- tado A; es el sable que el Emperador llevaba en Abu- kir y que está en manos del señor conde Bertrand) un gran collar de la Legión de Honor

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una espada de metal dorado un puñal de Cónsul una espada de hierro un cinturón de terciopelo un collar del Toisón de Oro un pequeño neceser de acero una lamparilla de noche de plata una empuñadura antigua de sable un sombrero Enrique IV y mi toca los encajes del Emperador un pequeño medallero 2 alfombras turcas 2 mantos de terciopelo carmesí bordados, con casaca y calzones

1. o Dono a mi hijo:

el sable de Sobieski, el collar de la Legión de Ho- nor, la espada de metal dorado, el puñal de Cónsul, la espada de hierro el collar del Toisón de Oro el sombrero Enrique IV y su toca el neceser de oro para los dientes, que se ha que- dado en casa del dentista

2. o A la emperatriz María Luisa, mis encajes

a Madame la lamparilla de noche de plata

al Cardenal, el pequeño neceser de acero al príncipe Eugenio, la palmatoria de metal do- rado

a la princesa Paulina, el medallero pequeño

a la reina de Nápoles, una alfombrilla turca

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a la reina Hortensia, una alfombrilla turca al príncipe Jerónimo, la empuñadura antigua de sable al príncipe José, un manto bordado, casaca y calzones al príncipe Luciano, un manto bordado, casaca y calzones

NapoleóN

Éste es mi testamento, escrito enteramente de mi puño y letra.

NapoleóN

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CODICILOS

Abril 16, 1821, Longwood Éste es un codicilo de mi testamento. 1. o Deseo que mis cenizas reposen a orillas del Sena, en medio de ese pueblo francés que tanto amé. 2. o Lego a los condes Bertrand, Montholon y Mar- chand el dinero, joyas, platería, porcelana, muebles, libros, armas, etc. y, en general, cuanto me pertenece en la isla de Santa Elena. Este codicilo, escrito totalmente de mi puño y letra, está firmado y sellado con mi escudo.

NapoleóN

El 24 de abril de 1821, Longwood Éste es mi codicilo o acto de mi última voluntad. De la liquidación de mi lista civil de Italia com- puesta de dinero, joyas, platería, ropa, muebles, caballerizas, de la cual es depositario el virrey y que me pertenecía, dispongo 2 millones que lego a mis más fieles servidores. Espero que, sin ninguna ob- jeción, mi hijo Eugenio Napoleón los haga efectivos con toda fidelidad; no puede olvidar los 40 millones que le he dado, sea en Italia o por la partición de la herencia de su madre. 1. o De esos 2 millones, lego al conde Bertrand 300.000 francos, de los cuales depositará 100.000 en la caja del tesorero para emplearse según mis dis- posiciones sobre legados de conciencia.

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2. o Al conde Montholon, 200.000 francos, de los cuales ingresará 100.000 en la caja del tesorero a los mismos efectos que el anterior. 3. o Al conde Las Cases, 200.000 francos, de los cuales ingresará 100.000 a los mismos efectos del anterior. 4. o A Marchand, 100.000 francos, de los cuales de- positará 50.000 a los mismos efectos del anterior. 5. o Al conde Lavallette, 100.000 francos. 6. o Al general Hogendorp, holandés, mi ayuda de campo, refugiado en el Brasil, 100.000 francos. 7. o A mi ayuda de campo Gobineau, 50.000 francos. 8. o A mi ayuda de campo Caffarelli, 50.000 francos. 9. o A mi ayuda de campo Dejean, 50.000 francos. 10. o A Percy, cirujano jefe en Waterloo, 50.000 francos. 11. o 50.000 francos, a saber: 10.000 a Pierron, mi maestresala; 10.000 a Saint-Denis, mi primer caza- dor; 10.000 a Noverraz; 10.000 a Coursot, mi jefe de oficina; 10.000 a Archambault, mi piquero. 12. o Al barón Meneval, 50.000 francos. 13. o Al duque de Istria, hijo de Bessières, 50.000 francos. 14. o A la hija de Duroc, 50.000 francos. 15. o A los hijos de Labedoyère, 50.000 francos. 16. o A los hijos de Mouton-Duvernet, 50.000 francos. 17. o A los hijos del bravo y virtuoso general Tra- vot, 50.000 francos. 18. o A los hijos de Chartrand, 50.000 francos. 19. o Al general Cambronne, 50.000 francos.

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20. o Al general Lefebvre-Desnouettes, 50.000 francos. 21. o Para ser repartidos entre los proscritos que vagan por países extranjeros, franceses, italianos, belgas, holandeses, españoles o de los departamen- tos del Rin, por órdenes de mis ejecutores testamen- tarios: 100.000 francos. 22. o Para ser repartidos entre los amputados o gravemente heridos en Ligny y Waterloo y que so-

brevivan, incluidos en los estados de cuentas esta- blecidos por mis ejecutores testamentarios, a los que se adjuntarán Cambronne, Larrey, Percy y Emery (el doble se dará a la Guardia y el cuádruple a los de la Isla de Elba): 200.000 francos. Este codicilo está enteramente escrito de mi puño

y letra, firmado y sellado con mis escudos.

NapoleóN

El 24 de abril de 1821, Longwood Éste es mi tercer codicilo al testamento del 15 de abril. 1. o Entre los diamantes de la Corona que fueron enviados en 1814 hay entre 500.000 y 600.000 francos no incluidos en ellos y que formaban parte

de mi haber particular: se los extraerá para atender

a mis legados. 2. o Yo tenía depositados en el banquero Torlonia de Roma de 200.000 a 300.000 francos en letras de cambio, productos de mis rentas en la isla de Elba; desde 1815, el señor Peyrousse, aunque no fuese mi

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tesorero y careciera de cualquier poder, se apoderó de esta suma que deberá restituir. 3. o Lego al duque de Istria 300.000 francos, de los cuales solamente 100.000 serán reversibles a la viuda si el duque hubiese muerto tras la ejecución del legado; deseo, si no hubiera ningún inconvenien- te, que el duque se case con la hija de Duroc. 4. o Lego a la duquesa de Frioul, hija de Duroc, 200.000 francos; si llegase a morir antes de ejecu- tarse el legado, nada se dará a su madre. 5. o Lego al general Rigaud, que ha sido proscrito, 100.000 francos. 6. o Lego a Boinod, comisario de órdenes, 100.000 francos. 7. o Lego a los hijos del general Letort, muerto en la campaña de 1815, 100.000 francos. 8. o Estos 800.000 francos en legados serán consi- derados añadidos al artículo 35 de mi testamento, lo cual llevará a 6.400.000 francos la suma de legados de la cual dispongo en mi testamento, sin comprender las donaciones hechas en mi segundo codicilo. Esto ha sido escrito por mí de puño y letra, firma- do y sellado con mis escudos.

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Es éste mi tercer codicilo de mi testamento, de puño y letra, firmado y sellado con mis escudos. Será abierto el mismo día e inmediatamente después de la apertura de mi testamento.

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El 24 de abril de 1821, Longwood Éste es el cuarto codicilo de mi testamento. Con las disposiciones precedentes no se han cum- plido todas nuestras obligaciones y es lo que hemos decidido hacer en nuestro cuarto codicilo. 1. o Legamos al hijo o al nieto del barón de Theil, teniente general de artillería, antiguo señor de Saint- André, que dirigió la escuela de Auxonne antes de la Revolución, la suma de 100.000 francos como re- cuerdo de reconocimiento por los cuidados que este bravo general nos dispensó cuando estuvimos bajo sus órdenes como teniente o capitán. 2. o Ídem al hijo o nieto del general Dugommier, comandante en jefe del ejército en Toulon, la suma de 100.000 francos; hemos conducido la artillería, bajo sus órdenes, durante aquel sitio; es un testimo- nio de recuerdo por las demostraciones de estima, afecto y amistad que nos dio este bravo e intrépido general. 3. o Ídem legamos 100.000 francos al hijo o al nieto del diputado de la Convención Gasparin, re- presentante del pueblo ante el ejército de Toulon, por haber protegido y sancionado con su autoridad el plan que le hubimos presentado, que valió la toma de dicha ciudad y que era contrario al enviado por el Comité de Salvación Pública. Gasparin, con su protección, nos puso al amparo de la persecu- ción y la ignorancia de los Estados Mayores que dirigían el ejército antes de la llegada del amigo Dugommier.

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4. o Ídem legamos 100.000 a la viuda, al hijo o al nieto de nuestro ayuda de campo Muiron, muerto junto a nosotros en Arcola y cubriendo nuestro cuer- po con el suyo. 5. o Ídem 10.000 francos al suboficial Cantillon, que fue procesado bajo la acusación de querer ase- sinar al general Wellington y de la cual fue absuelto. Cantillon tenía todo el derecho de asesinar a ese oligarca, tanto como éste de enviarme, para que me muera, a la roca de Santa Elena. Wellington, que propuso ese atentado, trataba de fundarlo en el inte- rés de Gran Bretaña. Cantillon, si realmente hubiera asesinado a ese lord, se habría defendido alegando los mismos motivos, el interés de Francia de librarse de un general que, por otra parte, había violado la capitulación de París y por ello era responsable por la sangre de los mártires Ney, Labédoyère, etc. y del crimen de haber saqueado los museos, en contra del texto del tratado. 6. o Estos 410.000 francos se agregarán a los 6.400.000 de los cuales hemos ya dispuesto y lleva- rán nuestros legados a la suma de 6.810.000 fran- cos. Esos 410.000 francos han de ser considerados como parte de nuestro testamento en su artículo 35, y seguirán la misma suerte de los demás legados. 7. o Las 9.000 libras esterlinas que hemos dado al conde y a la condesa Montholon, en caso de que ha- yan sido pagadas, deberán deducirse del legado que reciban de acuerdo a nuestro testamento; de no ha- berse recibido, serán anulados nuestros documentos respectivos.

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8. o El legado al conde Montholon anula la pensión de 20.000 francos adjudicada a su esposa, siendo el conde quien deberá pagarla. 9. o La administración de semejante herencia has- ta su completa liquidación exige gastos de oficinas, gestiones, misiones, consultas, pleitos, por lo cual entendemos que nuestros ejecutores testamentarios han de retener el 3 por ciento de todos los legados, sea de los 6.810.000 francos, como de las sumas detalladas en los codicilos, o de los 200 millones del patrimonio privado. 10. o Las sumas provenientes de estas retenciones serán depositadas en manos de un tesorero y gasta- das por expresos mandatos de nuestros ejecutores. 11. o Si las sumas provenientes de dichas retencio- nes no alcanzaran a cubrir los gastos, se completarán a expensas de los tres ejecutores y del tesorero, cada cual en proporción al legado que hubieran recibido por testamento y codicilos. 12. o Si las sumas retenidas exceden a los gastos, el excedente se repartirá entre los tres ejecutores y el tesorero, en proporción a sus respectivos legados. 13. o Designamos tesorero al conde Las Cases y, en su defecto, a su hijo y, en defecto de éste, al general Drouot. El presente codicilo ha sido escrito enteramente de nuestro puño y letra, firmado y sellado con nues- tros escudos.

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El 24 de abril de 1821, Longwood Éste es mi codicilo o acto de última voluntad. De los fondos en oro remitidos a la emperatriz María Luisa, mi muy querida y bien amada esposa, a Orléans y en 1814, quedan debidos 2 millones, los cuales dispongo por el presente codicilo, a fin de compensar a mis más fieles servidores, que por lo demás encomiendo a la protección de mi querida María Luisa. 1. o Encargo a la Emperatriz que haga restituir al conde Bertrand los 30.000 francos de renta que le corresponden por el ducado de Parma y el Monte Na- poleón de Milán, así como los alquileres vencidos. 2. o Hago el mismo encargo en lo que respecta al duque de Istria, la hija de Duroc y otros servidores míos que permanecieron fieles y me son muy queri- dos; ella los conoce. 3. o Lego, a cuenta de los 2 millones ya menciona- dos, 300.000 francos al conde Bertrand, de los cua- les ingresará 100.000 en la caja del tesorero para ser empleados, según mis disposiciones, como legados de conciencia. 4. o Lego 200.000 francos al conde Montholon, de los cuales ingresará 100.000 en la caja del tesorero por las mismas razones del anterior. 5. o Ídem 200.000 francos al conde Las Cases, de los cuales ingresará 100.000 en la caja del tesorero por las mismas razones del anterior. 6. o Ídem a Marchand 100.000 francos, de los cua- les deducirá 50.000 conforme lo anterior.

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7. o Al alcalde de Ajaccio a comienzos de la Re- volución, Jean-Jérôme Levie, o a su viuda, hijos o nietos, 100.000 francos. 8. o A la hija de Duroc, 100.000 francos. 9. o Al hijo de Bessières, duque de Istria, 100.000 francos. 10. o Al general Drouot, 100.000 francos. 11. o Al general Lavallette, 100.000 francos. 12. o Ídem 100.000 francos, a saber: 25.000 a Pie- rron, mi maestresala; 25.000 a Noverraz, mi caza-

dor; 25.000 a Saint-Denis, el cuidador de mis libros;

25.000 a Santini, mi antiguo ujier.

13. o Ídem 100.000, a saber: 40.000 a Planat, ofi- cial de órdenes; 20.000 a Hébert, último conserje de

Rambouillet y que servía en mi cámara de Egipto;

20.000 a Lavigné, conserje en una de mis caballerizas

y que fue piquero en las caballerizas a mi servicio en Egipto; y 20.000 a Jannet-Dervieux, cocinero de las caballerizas y que me sirvió en Egipto. 14. o 200.000 francos para limosnas a los habitan- tes de Brienne-le-Château, que han padecido mucho. 15. o Los 300.000 restantes serán distribuidos en- tre los oficiales y soldados del batallón de mi Guardia de la Isla de Elba que hayan sobrevivido, o entre sus viudas e hijos, a prorrata según las constancias de sus servicios que acrediten mis ejecutores testamen- tarios. Los amputados y heridos graves percibirán el doble. Su estado será examinado por Larrey y Emery. Este codicilo está escrito totalmente de mi puño y letra, firmado y sellado con mis escudos

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CARTAS

Señor Lafitte, he remitido a usted, al partir de París en 1815, una suma cercana a los 6 millones, de la cual usted me dio un doble recibo. He anulado uno de ellos y encargado al conde Montholon que le presen- te otro recibo para que le entregue usted dicha suma después de mi muerte, con los intereses a razón del 5 por ciento desde el 1 de julio de 1815, descargando de ella los pagos que yo haya ordenado. Deseo que la liquidación de la cuenta se resuel- va de acuerdo entre usted, el conde Montholon, el conde Bertrand y el señor Marchand y, una vez arre- glada, doy a usted por la presente, finiquito íntegro y absoluto por dicha suma. Esta carta no tiene otra finalidad y ruego a Dios, señor Lafitte, que Dios tenga a usted bajo su santa y digna protección.

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Señor barón de La Bouillerie, tesorero de mi patri- monio privado, le pido que remita la cuenta y el mon- tante después de mi muerte al conde Montholon, a quien encargué la ejecución de mi testamento. Esta carta no tiene otra finalidad y ruego a Dios, señor barón de La Bouillerie, que Dios tenga a usted bajo su santa y digna protección.

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SEGUNDO CODICILO

El 16 de abril de 1821, Longwood Éste es un segundo codicilo a mi testamento. Por el primer codicilo de este mismo día he he- cho donación de cuanto me pertenece en la isla de

Santa Elena a los condes Bertrand y Montholon y a Marchand. Es una manera de poner fuera de juego

a los ingleses. Mi voluntad es que se disponga de mis efectos de la siguiente manera:

1. o Se hallarán 300.000 francos en oro y plata, de los cuales 30.000 se destinarán a pagar las deudas

a mis domésticos. Lo restante será así distribuido:

50.000 a Bertrand; 50.000 a Montholon; 50.000

a Marchand; 15.000 a Saint-Denis; 15.000 a Nove-

rraz; 15.000 a Pierron; 15.000 a Vignali; 10.000 a Archambault; 10.000 a Coursot; 5.000 a Chande- llier. Lo restante será dado como gratificaciones a los médicos ingleses, domésticos chinos y al cantor de la parroquia. 2. o Lego a Marchand mi collar de diamantes. 3. o Lego a mi hijo todos los efectos que han sido de mi uso personal según el estado A adjunto al pre- sente. 4. o Todo el resto de mis cosas será repartido entre Montholon, Bertrand y Marchand, prohibiendo que sea vendido cualquier objeto que haya tenido rela- ción con mi cuerpo. 5. o Lego a Madame, mi muy buena y querida ma- dre, los bustos, cuadros, pequeñas pinturas que hay en mis habitaciones y las dieciséis águilas de plata

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que ella distribuirá entre mis hermanos, hermanas y sobrinos (encargo a Coursot que lleve estos objetos a Roma), así como los collares y cadenas de la China, que Marchand le dará para Paulina. 6. o Todas las donaciones contenidas en este co- dicilo son independientes de aquellas hechas en mi testamento. 7. o La apertura de mi testamento será hecha en Europa, en presencia de las personas que han firma- do su sobre. 8. o Instituyo como ejecutores testamentarios a los condes Montholon, Bertrand y Marchand. Este codicilo, escrito totalmente de mi puño y le- tra, ha sido firmado y sellado con mis escudos.

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INSTRUCCIONES PARA MIS EJECUTORES TESTAMENTARIOS

El 26 de abril de 1821, Longwood 1. o Es mi intención que mis legados sean pagados íntegramente. 2. o Los 5.280.000 francos que he invertido en la banca del señor Lafitte, habrán producido, al 1 de enero de 1822, con los intereses tasados al 5 por

ciento, como yo se lo dije, en torno a los 7 millones

de francos. En caso de dificultad, habrá que hacer

una constatación notarial, puesto que razones de fuerza mayor me han impedido escribir y disponer

de mis fondos. No considero modificar nada de lo

anterior. 3. o Según mi conocimiento, el banquero Lafitte

sólo ha pagado de mi cuenta: 20.000 francos al general Lallemand el mayor; 3.000 francos a Gillis,

mi ayuda de cámara; 100.000 al conde Las Cases;

72.000 a Balcombe sobre una letra de cambio al conde Bertrand; una autorización, llegada por in- termedio del príncipe Eugenio, de proveer 12.000 francos por mes, desde 1817, a Londres, para mis ne- cesidades: esta suma no fue provista, salvo una parte a través de los señores Parker, lo cual me ha hecho deudor de sumas considerables al conde Bertrand, que deberán serle reembolsadas. De ello resulta que el ajuste de estas cuentas debe elevar los fondos de- positados en la casa Lafitte a la suma de 6.200.000 francos, acumulando intereses al capital, o una cifra parecida, a fecha de 1 de enero de 1822.

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4. o La cuestión de mi patrimonio privado es un asunto mayor; será susceptible de muchos debates:

pero la restitución del dinero de Peyrousse, que ha sido entregado a la Corona, según creo; pero la liqui- dación de mi lista civil en Italia, de la cual me han de provenir muchos millones; pero la devolución de los muebles existentes a la Corona y que me pertenecen desde antes de instituida la lista civil, del tiempo del Consulado y aun cuando yo era general (en el primer caso son todos los muebles de Saint-Cloud, una par- te de los de Tullerías; en el segundo caso son una gran parte de los muebles de Rambouillet); pero los presentes recibos que evidencian que provienen de soberanos, de la ciudad de París, como los bellos muebles de malaquita rusa, las arañas, los cristales, etc., pero el servicio de oro de la ciudad de París, son una cuestión particular. Estos diversos objetos de- ben tener un valor de muchos millones. 5. o En cuanto a todos los muebles de la Corona que me pertenecen como habiendo sido adquiridos con las rentas de la lista civil, se argumentará que, por un senado-consulto, los herederos del Emperador no podían heredarlos sino cuando su valor excediese los 30 millones: pero esto era para el futuro; era una nor- ma de familia y no se podría, sin caer en injusticia, no considerar estos muebles como de mi propiedad. 6. o Laeken ha sido adquirida con dineros del pa- trimonio extraordinario; pero los muebles han sido pagados con dineros del patrimonio privado; esto alcanza un precio de 800.000 francos, que habrá de reclamarse al rey de los Países Bajos.

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7. o Cuando el rey de Cerdeña y el Gran Duque de Toscana fueron expulsados de sus Estados en 1799,

se llevaron su platería, sus joyas y otros objetos

preciosos; se conservaron hasta sus patrimonios particulares. ¿Con qué derecho esos soberanos pretenderán quedarse mi platería y los muebles que hice enviar desde París y que fueron comprados con

fondos de mi lista civil? 8. o El Papa se llevó de Roma su platería y sus objetos preciosos: la platería y los muebles que hice enviar a Roma y que fueron pagados con fondos de

mi lista civil, me pertenecen de pleno derecho. 9. o Yo tenía en la isla de Elba una pequeña granja

llamada Saint Martin, estimada en 200.000 francos,

con muebles, coches, etc. Había sido adquirida con fondos de la princesa Paulina; si se los han devuelto, estoy satisfecho: pero si no se ha hecho, mis ejecu- tores testamentarios deben continuar la entrega a la princesa Paulina si aún viviera o integrarlos en la masa sucesoria, si ella hubiera muerto. 10. o Yo tenía en Venecia 5 millones en mercurio que, según creo, en gran parte fueron robados a los austriacos: hay que reclamarlos y gestionar la recu- peración. 11. o Corren rumores de que el patriarca de Vene-

cia ha testado; habrá que profundizarlos.

12. o Yo había dejado en la Malmaison, aparte de to- dos mis libros, 2 millones en oro y joyas, en un escon-

drijo; nunca fueron una donación especial a la empe- ratriz Josefina: deseo que esta suma no sea reclamada si no es necesaria para completar mis legados.

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13. o Di a la emperatriz María Luisa 12 millones en oro, en Orléans, y ella me los debe, pero deseo que esta suma no sea reclamada si no resulta necesaria al cumplimiento de mis legados. 14. o Tengo en casa de Denon y d’Albe una canti- dad de planos que me pertenecen porque he pagado durante años entre 10.000 y 20.000 francos men- suales para el levantamiento y la confección de esos planos y dibujos: habría que hacer la cuenta y man- dárselos a mi hijo. 15. o Deseo que mis ejecutores testamentarios hagan una colección de grabados, cuadros, libros y medallas, que puedan dar a mi hijo unas ideas justas y destruir las ideas falsas que la política extranjera podría haberle inculcado, a fin de que pueda ver las cosas como en verdad han sido. Imprimiendo mis campañas de Italia y Egipto y los manuscritos míos que se imprimirán, se los dedicarán a mi hijo, así como las cartas de los soberanos, si se encuentran; habría que conseguirlas en los Archivos, lo cual no ha de ser difícil, porque la vanidad nacional mucho ganaría con ello. 16. o Si se puede conseguir una colección de mis cuarteles generales que estaba en Fontainebleau, así como unas vistas de mis palacios de Italia y de Francia, se hará con todo ello una colección para mi hijo. 17. o Constant me ha robado mucho en Fontaine- bleau; creo que tanto de él como de Roustan se pue- den obtener devoluciones de cosas preciosas para mi hijo y que para ellos sólo tienen precio en metálico.

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18. o Había en mis pequeños apartamentos, en lo alto de las Tullerías, un gran número de sillas hechas para Josefina y María Luisa, que pueden resultar agradables para mi hijo. 19. o Cuando mis ejecutores testamentarios pue- dan ver a mi hijo, elevarán con fuerza sus ideas sobre hechos y cosas, y lo reconducirán por el buen camino. 20. o Cuando puedan ver a la Emperatriz (deseo que sea a solas y en tanto la prudencia lo permita) harán lo mismo. 21. o Sin desear que mi madre, en caso de que viva, haga en su testamento favores a mi hijo, que supon-

go será más rico que sus otros propios hijos, deseo

que, sin embargo, lo distinga por algún precioso legado, como retratos de ella y de mi padre, o joyas

que él pueda decir que pertenecieron a sus abuelos. 22. o En cuanto mi hijo alcance la mayoría de edad,

mi madre, mis hermanos y mis hermanas deberán

escribirle y vincularse con él, por más obstáculos que interponga la casa de Austria, en todo caso impoten- te, pues mi hijo tendrá sus propias opiniones. 23. o Me complacería que mis oficiales y domés- ticos se pusieran al servicio de mi hijo, incluidos los hijos de Montholon y Bertrand. 24. o Comprometer a mi hijo para que recupere su nombre de Napoleón en cuanto llegue a la mayoría de edad y pueda hacerlo convenientemente. 25. o Pueden encontrarse en casa de Denon, d’Albe, Bourrienne, Fain y Meneval, muchas cosas de gran interés para mi hijo.

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26. o Al hacer imprimir mis Memorias de Italia, servirse de d’Albe para los planos. Hice relevar todos los campos de batalla, parece que incluso él los ha impreso; se podrán conseguir en el Almacén de la Guerra unos planos que yo había hecho de diversas batallas; supongo que Jomini conocerá el tema. 27. o Mis ejecutores testamentarios habrán de escribir al rey de Inglaterra e insistir para que mis cenizas sean llevadas a Francia; también deberán hacerlo con el gobierno de Francia. 28. o Si Las Cases cumple las funciones de tesore- ro y mis ejecutores testamentarios consideran nece- sario nombrar a un secretario, y si Drouot es juzgado conveniente, podrán designarlo. 29. o Tengo una primita en Ajaccio que posee, según creo, 300.000 francos en tierras y se llama Pallavicini; si no se ha casado y conviene a Drouot, la madre, sabiendo que tal es mi deseo, la concederá sin dificultad. 30. o Deseo que se manifieste a mi familia que quiero que mis sobrinos y sobrinas se casen entre sí, en los Estados Romanos, o en la República Sui- za, o en los Estados Unidos de América. Detesto los matrimonios con los suecos y, salvo que cambie la fortuna de Francia, deseo que mi sangre pertenezca a la corte de los reyes lo menos posible. 31. o En casa del pintor Appiani, de Milán, se pue- den encontrar muchas cosas importantes para mi hijo; mi recuerdo será la gloria de su vida; reunir, adquirir y facilitar la formación de un entorno en este sentido.

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32. o Si cambiara la fortuna y mi hijo recuperase el trono, es deber de mis ejecutores testamentarios poner al alcance de sus ojos todo cuanto debo a mis antiguos oficiales, a mis soldados y a mis fieles ser- vidores. 33. o Comentar por medio de cartas y hasta que se la pueda ver, a la emperatriz María Luisa, la cons- tancia de la estima y los sentimientos que he tenido por ella, y encomendarle siempre a mi hijo, que sólo cuenta con los recursos de su madre. 34. o Si el diputado Ramolino está en París, se po- drá contar con él y consultarlo acerca del estado de mi familia y la manera de ponerse en contacto con ella. 35. o Deseo que mis ejecutores testamentarios consi- gan los retratos que más se me parezcan, con diversos ropajes, y que se los envíen a mi hijo lo antes posible. 36. o Mi nodriza en Ajaccio tiene hijos y nietos que, gracias a la buena situación que le procuré, pudo criar muy bien; no resultarán sospechosos a los austriacos: tratar de ponerlos al servicio de mi hijo. Supongo que ella habrá muerto. Por otra parte, creo que habrá llegado a ser muy rica; no obstante, si por un capricho de la suerte, todo cuanto hice por ella no habrá resultado eficaz, mis ejecutores testa- mentarios no la dejarán en la miseria. 37. o No me molestaría que el pequeño León en- trase en la magistratura, si fuera su gusto. Deseo que Alexandre Walewski sea afectado al servicio de Francia en el ejército.

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Ésta es una instrucción para Montholon, Ber- trand y Marchand, mis ejecutores testamentarios. He hecho un testamento y siete codicilos de los cuales Marchand es el depositario.

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ÁLBUM

ÁLBUM
Mapa de la isla de Santa Elena de 1670. Mapa de la isla Santa Elena

Mapa de la isla de Santa Elena de 1670.

Mapa de la isla de Santa Elena de 1670. Mapa de la isla Santa Elena por

Mapa de la isla Santa Elena por Jacques Nicolas Bellin (1760).

(Página anterior) Detalle del mapa de África, por Pierre Duval (1664), donde aparece detallada la localización geográfica de la isla de Santa Elena.

Napoleón a bordo del navío inglés Bellerophon en Plymouth (1815) . Óleo sobre lienzo por

Napoleón a bordo del navío inglés Bellerophon en Plymouth (1815). Óleo sobre lienzo por Jules Girardt. Plymouth City Council.

Óleo sobre lienzo por Jules Girardt. Plymouth City Council. Traslado de Bonaparte del Bellerophon a bordo

Traslado de Bonaparte del Bellerophon a bordo del Northumberland, el 8 de agosto de 1815. Grabado de Edme Bovinet (1817). Bibliothèque Nationale, París.

La fábula de Lafontaine , de la serie Napoleón en la isla de Santa Elena

La fábula de Lafontaine, de la serie Napoleón en la isla de Santa Elena. Grabado de Karl Loeillot-Hartwig. Bibliothèque Nationale, París.

de Karl Loeillot-Hartwig. Bibliothèque Nationale, París. El rey por los suelos . Litografía que muestra a

El rey por los suelos. Litografía que muestra a Napoleón jugando con un miembro de su séquito en su exilio de Santa Elena. Bibliothèque Nationale, París.

Napoleón en Santa Elena . Óleo sobre tabla. Robert Harris. Confederation Centre Art Gallery, Charlottetown.

Napoleón en Santa Elena. Óleo sobre tabla. Robert Harris. Confederation Centre Art Gallery, Charlottetown.

Harris. Confederation Centre Art Gallery, Charlottetown. Repatriación de las cenizas de Napoleón a bordo de La

Repatriación de las cenizas de Napoleón a bordo de La Belle Poule, el 15 de octubre de 1840. Óleo sobre lienzo por Eugène Isabey (1842). Museo de Versalles.

«Éste es un codicilo testamentario escrito de su propia mano. Napoleón». Reproducción facsímil de uno

«Éste es un codicilo testamentario escrito de su propia mano. Napoleón». Reproducción facsímil de uno de los codicilos de Napoleón. Archives Nationales, París.

Reproducción facsímil de un fragmento de uno de los testamentos de Napoleón. Archives Nationales, París.

Reproducción facsímil de un fragmento de uno de los testamentos de Napoleón. Archives Nationales, París.

los testamentos de Napoleón. Archives Nationales, París. Gran sello del Reino de Italia. Civico Museo del

Gran sello del Reino de Italia. Civico Museo del Risorgimiento, Milán.

Diversos objetos relativos a la coronación de Napoleón como Rey de Italia: Corona, cetro y

Diversos objetos relativos a la coronación de Napoleón como Rey de Italia: Corona, cetro y mano de la justicia (abajo en detalle). Civico Museo del Risorgimiento, Milán.

(abajo en detalle). Civico Museo del Risorgimiento, Milán. Capa utilizada por Napoleón en su coronación como

Capa utilizada por Napoleón en su coronación como Rey de Italia (26 de mayo de 1805). Civico Museo del Risorgimiento, Milán.

El Rey de Roma, niño. Miniatura. Civico Museo del Risorgimiento, Milán.

, niño. Miniatura. Civico Museo del Risorgimiento, Milán. Biblioteca portátil de Napoleón. Una de las cajas
, niño. Miniatura. Civico Museo del Risorgimiento, Milán. Biblioteca portátil de Napoleón. Una de las cajas

Biblioteca portátil de Napoleón. Una de las cajas en las que Bonaparte solía guardar sus libros preferidos. Civico Museo del Risorgimiento, Milán.

Espuelas pertenecientes al emperador Napoleón. Civico Museo del Risorgimiento, Milán.

Museo del Risorgimiento, Milán. Espuelas pertenecientes al emperador Napoleón. Civico Museo del Risorgimiento, Milán.
Carta de Napoleón a Lafitte, banquero del Emperador. Reproducción facsímil. Archives Nationales, París.

Carta de Napoleón a Lafitte, banquero del Emperador. Reproducción facsímil. Archives Nationales, París.

Carta de Napoleón al barón de La Bouillerie, tesorero del Patrimonio Privado del Emperador. Reproducción

Carta de Napoleón al barón de La Bouillerie, tesorero del Patrimonio Privado del Emperador. Reproducción facsímil. Archives Nationales, París.

Tabaquera con los perfiles de Napoleón y María Luisa de Habsburgo. Civico Museo del Risorgimiento,

Tabaquera con los perfiles de Napoleón y María Luisa de Habsburgo. Civico Museo del Risorgimiento, Milán.

DICCIONARIO DE PERSONAJES

aNtommarchi, Carlo Francesco (1780-1838). Médico, profesor en Florencia, asignado por los ingleses al servicio de Napoleón en Santa Elena. El Emperador lo recibió mal pero luego le otorgó su confianza, te- niéndolo como facultativo hasta el final. Durante la posterior sublevación de Polonia fue director de las ambulancias y en 1836 se marchó a las Antillas. En 1823 publicó Les derniers moments de Napoléon.

arNault, Antoine Vincent (1766-1834). Escritor tea- tral francés. En 1791 obtuvo un clamoroso éxito con Marius ou Les Minturnes. Fue monárquico y se exiló pero volvió a Francia y se puso al servicio de Napoleón, ocupando cargos en las campañas de Italia y en la educación nacional. Nuevamente exila- do en 1816, retornó al país en 1819 y se lo reintegró en 1829 a la Academia, de la cual formaba parte desde 1799. Es autor de numerosas piezas de teatro de asunto histórico y fábulas.

arNott, Archibald (1771-1855). Médico escocés. Des- tinado a un regimiento en Santa Elena, Napoleón lo mandó llamar y quedó impresionado por su buen trato y lealtad. El facultativo lo asistió hasta la muerte y publicó en 1822 un libro sobre el final y

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la autopsia de Bonaparte, que no concuerda con los

dictámenes de otros médicos intervinientes como O’Meara y Antommarchi.

artois, Charles Philippe, conde (1757-1836). Hermano de Luis XVI, reinó como Carlos X.

auGereau, Pierre François Charles, duque de Casti- glione (1757-1816). De origen pobre, fue soldado al servicio de Prusia y de Austria. Desde la Revolución integró los ejércitos franceses. En 1793 era ya gene- ral de división. Hizo la campaña de Italia con Napo- león, destacando en Castiglione y Arcola. En 1804 alcanzó el grado de mariscal. Continuó actuando en las campañas napoleónicas y fue decisivo en el resultado de batallas como Jena y Eylau. En 1814 capituló ante los Aliados en Lyon y se puso al ser- vicio de Luis XVIII que lo nombró Par de Francia. En sus largos recorridos por Europa ganó fama de saqueador.

Bacler d’alBe, Albert (1789-1823). Militar y topógrafo saboyano, hijo de Louis Albert Guislain, que había ingresado en el ejército francés en 1793 como oficial

y topógrafo. Desde 1804 sirvió a Napoleón, quien

lo nombró comandante del Cuerpo de Ingenieros, barón, mariscal de campo y legionario de honor. Su hijo Albert también fue combatiente e ingeniero mi- litar, participando desde 1809 en las campañas de

Austria, Alemania, España y Bélgica. Tras Waterloo emigró a Estados Unidos y en 1816 se incorporó al ejército libertador del general San Martín, parti- cipando en las campañas de Chile y Perú. Hizo al tiempo numerosos relevos topográficos y proyectó construcciones defensivas. En 1823 el gobierno

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chileno lo comisionó para confeccionar el mapa general del país.

BeauharNais, Eugène de, príncipe (1781-1824). Hijo de Josefina, la primera mujer de Napoleón, y de Alejandro, un guillotinado por antirrevolucionario. Napoleón lo admitió como hijo adoptivo y lo nom- bró virrey de Italia. Participó en el golpe de Estado del 18 Brumario y en batallas como Marengo y Wagram. Su hermana Hortensia se casó con Jeróni- mo Bonaparte. Tras la caída del Imperio, se retiró a Munich, casado con Amelia Augusta de Baviera.

BertraNd, Henri Gratien, conde (1773-1844). Asistente de Napoleón en las campañas de Egipto y Austria, lo acompañó en sus dos exilios. En 1840, junto con el príncipe de Joinville, condujo los restos del Empera- dor a Francia. Dejó escritas unas valiosas memorias.

BiGNoN, Louis Pierre Édouard, barón de (1771-1841). Diplomático de profesión, fue Secretario de Estado durante los Cien Días. En 1815 firmó la rendición de París. Luego integró la oposición parlamentaria como diputado y Luis Felipe lo nombró ministro de Asuntos Exteriores. Escribió una Histoire de la diplomatie française depuis le 18 Brumaire (1827-

1828).

BoNaparte, familia. María Letizia Ramolino (1750- 1836), citada también como Madame o Madame Mère, es la madre de: José (1768-1844), Luciano (1775-1840), Elisa, signora Baciocchi (1777-1820), Luis (1778-1846), Paulina, signora Borghese (1780- 1825), Carolina, madame Murat (1782-1839) y Jerónimo (1784-1860). Desde luego, también de Napoleón (1769-1821).

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BourrieNNe, Louis Antoine Favelet de (1769-1834). Diplomático y secretario de Napoleón. En 1813 cayó en desgracia y en 1815 se pasó al partido borbónico. Escribió unas memorias (1829-1831).

camBacérès, Jean-Jacques Régis de, duque de Parma (1753-1824). Jurisconsulto, fue segundo cónsul en el Triunvirato con Napoleón y luego de participar con Siéyès en el golpe de Estado del 18 Brumario, archicanciller del Imperio. En 1804 integró la co- misión redactora del Código Civil. Ocupó un mi- nisterio durante los Cien Días y después se exiló en Bélgica hasta 1818.

camBroNNe, Pierre Jacques Étienne, barón (1770- 1842). Militar, siguió las campañas revolucionarias desde 1792 y luego las napoleónicas. En 1813 se lo nombró general de brigada. Acompañó a Bonapar- te durante los Cien Días y se batió bravamente en Waterloo, donde se lo dio por muerto. Prisionero de los ingleses, fue después juzgado y absuelto en Francia. Retornó al servicio y llegó a comandante en la plaza de Lille (1820-1824).

deNoN, Dominique Vivant, barón (1747-1825). Artista, arqueólogo, jurista, diplomático, dibujante y pintor, fue uno de los organizadores del Museo del Louvre. Estuvo con Napoleón en Egipto, se lo designó di- rector general de Museos y asesoró a los ocupantes napoleónicos en el pillaje de obras de arte, incluida España. Escribió un Voyage dans la Basse et la Haute Égypte (1802) y una Histoire de l’Art en cua- tro volúmenes (1829).

deNuelle, Léon conde (1806-1881). Hijo natural de Napoleón y de Eléonore Denuelle, mencionado en

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el testamento como Léon. Desde 1815 fue criado por

Madame Mère y el cardenal Fesch, tío del Empera- dor. Jugador, duelista, hombre de negocios dudo- sos, motivo de numerosos pleitos, en 1834 fue de- signado jefe de un batallón de la Guardia Nacional. Se presentó a elecciones sin buen éxito. Su primo el emperador Napoleón III debió pagar numerosas deudas suyas. Murió en un hospital de Pontoise. Su hijo mayor, Charles, fue ingeniero de ferrocarriles en Venezuela y falleció en Caracas en 1894, con lo que, junto a la pequeña hija de Colonna Walewski inhumada en Buenos Aires, son dos los nietos de Napoleón que descansan en América del Sur, en tierras a las cuales alguna vez pensó emigrar.

drouot d’erBoN, Jean Baptiste, conde (1765-1844). Al servicio de Luis XVI, y luego de Napoleón como co- mandante de su guardia personal; lo acompañó en

Elba. Se exiló en Baviera en 1815, tras ser sometido

a consejo de guerra y absuelto. En 1834 Luis Felipe lo nombró gobernador de Argelia.

emmery, Jean Louis Claude, conde de Grozyeulx (1752- 1823). Jurisconsulto francés. Napoleón lo designó como miembro de la comisión redactora del Código Civil, consejero de Estado y senador, incluyendo su título condal. En 1814 votó a favor de la destitución del Emperador. Durante la Restauración se desem- peñó como Par del Reino.

eNGhieN, Louis Antoine Henri de Bourbon-Condé, duque (1772-1804). Napoleón recibió información secreta de que conspiraba con Cadoudal y Pichegru. La noticia era falsa pero un grupo de gendarmes cru- zaron el Rin y lo detuvieron. Juzgado con velocidad,

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fue fusilado en el castillo de Vincennes. Su muerte significó la definitiva ruptura con los Borbones.

GourGaud, Gaspard (1783-1852). Soldado de Napo- león, le salvó la vida en la batalla de Brienne (1814). Estuvo con el Emperador en Santa Elena y escribió un Journal inédit de 1815-1818. A partir de 1821, reinstalado en Francia, se dedicó a redactar libros de historia militar.

haBsBurGo-loreNa, María Luisa (1791-1847). Segun- da esposa de Napoleón (1811), fue recomendada

a

Bonaparte por Metternich, embajador en París

y

luego jefe de la Santa Alianza. Era hija del em-

perador austriaco Francisco II y sobrina de María Antonieta. Durante la campaña de Rusia ejerció la regencia. Se separó de su marido cuando éste fue enviado al exilio en la isla de Elba. Su único hijo, Napoléon Charles, fue criado en la corte de Viena y alejado de la familia paterna. El Congreso de Viena

(1815) la designó duquesa de Parma, Piacenza y Guastalla. En 1821 se casó con su amante Adalberto de Neipperg. Nuevamente viuda, en 1834 contrajo matrimonio con Charles de Bombelles. Política- mente, se la considera oscilante entre liberales y reaccionarios.

hollaNd, Henry Wassal, barón (1773-1840). Político in- glés que propuso abolir la esclavitud en las colonias. También se opuso al bill que declaraba a Napoleón como prisionero de guerra y condenado a un lejano destierro, habida cuenta de que había abdicado de su poder y se había entregado a los ingleses, preferidos entre sus enemigos, confiando en su generosidad. También solicitó al Congreso de Viena que sólo se

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legislara sobre los territorios allí realmente repre- sentados. Su mujer, identificada como lady Holland, aparece beneficiada en el testamento de Napoleón por las razones explicadas en pp. 78-79.

lafayette, Marie Joseph, marqués de (1757-1834).

Militar francés, emparentado con la antigua noble- za por su casamiento con una Noailles. Contra la opinión de Luis XVI, en 1777 marchó a América del Norte para luchar junto a los independentistas de los futuros Estados Unidos y Canadá, a resultas de lo cual fue gravemente herido en combate. En

1779 volvió a Francia y logró convencer al rey para

que apoyase aquella causa, junto con España. Retor- nó a América y colaboró en las campañas de George

Washington (1780 y 1781). Participó en la Asamblea francesa apoyando a Mirabeau y la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Fue jefe de la Guardia Nacional y partidario de una monar- quía sometida a una Constitución, según el modelo británico. Colaboró con la fuga del rey y, ante su

fracaso, debió huir. Los austriacos lo encarcelaron y en 1797 obtuvo la libertad. Retirado de la política, volvió a ella como diputado durante los Cien Días. Provocó la abdicación de Napoleón y recuperó su diputación en 1818. Un nuevo retiro se interrumpió en 1825 con un triunfal viaje por Estados Unidos. En 1827 fue nuevamente diputado por el partido liberal. En 1830 apoyó a Luis Felipe. Luego pasó a la oposición. Sus memorias fueron publicadas entre

1837 y 1840.

lafitte, Jacques (1767-1844). Hombre de negocios francés, de origen pobre y que llegó a ser socio

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del banquero suizo Perrigaux. Fue regente y go- bernador del Banco de Francia entre 1809 y 1819. Napoleón le confió su dinero (5 millones de francos en oro). En 1816 fue elegido diputado. En 1830 par- ticipó en la insurrección que llevó a Luis Felipe al trono de Francia. Entonces se lo nombró ministro de Finanzas. En 1831 volvió a sus negocios privados, cayendo en quiebra un par de veces.

larrey, Dominique Jean, barón (1766-1842). Enfer- mero militar, fue el introductor de los hospitales de campaña, ambulancias y primeros auxilios en los campos de batalla. Siguió a Napoleón en sus dis- tintos itinerarios. Estudió en Estados Unidos y se incorporó a la Academia de Medicina. Se le deben investigaciones sobre el tracoma y la afección lla- mada «pie de trinchera», producida por estar largo tiempo en terrenos inundados.

las cases, Emmanuel Augustin Dieudonné, conde

(1766-1842). Partidario de la monarquía, se exiló en Inglaterra durante la Revolución. Napoleón lo coop- tó en 1809 y lo nombró consejero de Estado. Pasó dieciocho meses con el Emperador en Santa Elena y escribió sus conversaciones en el famoso y homóni- mo Memorial (1823). Se volvió a exilar en Alemania

y en Bélgica. Volvió a Francia en 1822.

marchaNd, Louis Joseph Narcisse, conde (1791-1861). Se desempeñó desde 1811 como primer ayuda de cámara de Napoleón, quien lo nombró conde en su

lecho de muerte, por lo cual en el testamento aparece

a veces como mero señor y otras como conde, y se lo nombra como depositario testamentario. Obediente

a las instrucciones imperiales, se casó con la hija

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del general Brayer. Fue adjunto en la conducción de los restos de Bonaparte a Francia (1840). En 1861, cuando fueron emplazados definitivamente en el Palacio Nacional de los Inválidos, recibió la Legión de Honor.

marmoNt, Auguste Louis, duque de Ragusa (1774-

1852). Militar francés, teniente en 1793 y vinculado

a Napoleón desde el sitio de Toulon. Estuvo con él

en Italia, Egipto y el golpe de Estado del 18 Bru- mario. También siguió a Bonaparte en las nuevas rutas de Italia, Alemania, Portugal y España. En Salamanca fue gravemente herido. En 1815 capi- tuló ante los rusos en París. Luego intentó que se reconociera al hijo de Napoleón (véase Reichstadt) como monarca bajo una regencia hasta la mayoría de edad. Luis XVIII lo designó Par del Reino. En 1830 escoltó a Carlos X hacia el exilio. En Viena se relacionó con el hijo de Napoleón. Viajó por Europa Oriental y Turquía. Entre 1856 y 1857 se publicaron sus memorias, en las cuales explica que su fama de traidor es infundada.

méNeval, Claude François, barón de (1778-1850). Se-

cretario de José Bonaparte, fue luego secretario de portafolios de Napoleón en sus tiempos de Cónsul y Emperador. Siguió a Bonaparte en sus campañas

y en los Cien Días. Se jubiló durante la Restaura-

ción. Escribió varios libros de memorias sobre Na- poleón, María Luisa y Enghien.

moNtholoN, Charles Tristan, conde (1783-1853). Des- cendiente de una antigua familia cortesana, luchó en varias batallas junto a Napoleón, que lo designó chambelán en 1809 y general en 1814. Fue su ayuda

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de campo en los Cien Días y lo acompañó en Santa Elena. Tras la partida de Las Cases, se transformó en su principal confidente. Luego colaboró con Luis Napoleón en la sublevación de Boulogne (1840) y estuvo preso en Hamburgo. Fue elegido diputado en 1849. Junto a Gourgaud escribió unas memorias sobre Napoleón y, por su cuenta, otras sobre su sobrino Luis Napoleón, en su momento emperador como Napoleón III.

reichstadt, Napoléon Charles Bonaparte y Habsbur- go-Lorena, duque de (1811-1832). Hijo de Napoleón y de María Luisa de Habsburgo-Lorena. Aparece ci- tado también como El Aguilucho o el Rey de Roma. Su madre se negó a que volviera a Francia como Na- poleón II. La Santa Alianza lo excluyó como sucesor de ella en el ducado de Parma y le dio el citado título ducal austriaco. Enfermo de tisis, retornó a Francia en 1830, reinando Carlos X.

talleyraNd-périGord, Charles Maurice de (1754- 1838). Hijo de buena familia, un precoz accidente lo dejó cojo e inútil para la carrera de las armas. Se lo destinó a la Iglesia, para la cual carecía de voca- ción, no obstante lo cual llegó a ser obispo de Autun. En 1789 fue diputado a la asamblea de los Estados Generales por el clero. Representante de los curas pobres, votó a favor de la nacionalización de los bie- nes eclesiales y aceptó la constitución civil de los sa- cerdotes, por lo cual el Papa lo excomulgó. En 1792 emigró a Londres y en 1793, a América. En 1797 fue ministro de Asuntos Exteriores. Luego trabajó con Napoleón como su ministro hasta 1807. Entonces abandonó el estado eclesiástico y se casó con su

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amante. Recibió más cargos: chambelán y elector. Desaprobó siempre la política imperialista napo- leónica y se puso a intrigar con Fouché y con los rusos. En 1814 discutió duramente con Napoleón y lo abandonó. Tras la capitulación de París conven- ció al zar de Rusia para que apoyase la restauración de los Borbones. Después fue Par y presidente del Consejo de Estado. Tras un periodo de penumbra, Luis Felipe lo nombró embajador en Londres, cargo al cual renunció en 1834. Sus memorias se editaron póstumas (1891-1892).

WaleWski, Alexandre Florian Joseph Colonna, conde (1810-1868). Hijo natural de Napoleón y María Walewska. Participó en la insurrección polaca de 1830. Nacionalizado francés, tomó parte en la con- quista de Argelia. En 1837 dejó el ejército y se dedi- có a la vida mundana, siendo amante de la actriz Ra- chel, con la que tuvo un hijo. Luis Felipe lo designó embajador en Buenos Aires, donde trató el asunto del protectorado francés del Uruguay. También se desempeñó como diplomático en Madrid y Londres. Fue también, con su medio primo Luis Napoleón como emperador, ministro de Asuntos Exteriores (1851-1855) y de Bellas Artes (1860-1863). Presidió el Cuerpo Legislativo (1865-1867).

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Esta primera edición de Mi testamento, de Napoleón Bonaparte, se envió a imprenta el 20 de marzo de 2013, aniversario de la llegada a París de Napoleón en 1815, aclamado por el pueblo y acompañado por un ejército regular de 140.000 hombres, dando así lugar al comienzo de los Cien Días.

«La batalla más difícil la tengo todos los días conmigo mismo.»

Napoleón

difícil la tengo todos los días conmigo mismo.» Napoleón La fórcola es la parte más rara

La fórcola es la parte más rara y hermosa de la góndola veneciana, realizada en madera, en la que el gondolero apoya el remo para maniobrar. Una auténtica fórcola se talla, de forma artesanal, sobre la curvatura natural del árbol, por eso no hay dos fórcolas iguales.

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