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(Marcos 2, 1-12

)

Lo que va de ayer a hoy
(Historias bíblicas de ayer que se repiten hoy)

LAS MANOS ROMPETECHOS
(Marcos 2, 1-12)
(Antes una pequeña explicación)

En las humildes casas de
Palestina, en tiempo de
Jesús, el techo se construía
con vigas de madera que
alcanzaban de pared a
pared, luego se ponía una
capa de hierba, o quizás de
ramas, poniéndose sobre
ésta una capa de tierra o
arcilla; luego se esparcía sobre ella arena y gravilla, pasándose
luego sobre ella un rodillo de piedra, el cual permanecía sobre el
techo para usarlo varias veces apisonando el techo y
especialmente durante las primeras lluvias, para que no se
escurriera el agua a través.
(Ayer)
(Miren en el evangelio de Marcos 2, 1-12)
Llegaron cuatro agarrando una sábana por cada punta. Acostado
en medio, repitiendo ¡ay, ay!… a cada paso de los porteadores,
un muchacho agarrándose las piernas encogidas.
Se detuvieron ante la casa donde se apretujaba un puñado de
personas. Dentro se escuchaba una voz fuerte y murmullos, a
veces exclamaciones, alguna risa en momentos. Pero la puerta de
la casa estaba bloqueada por los asistentes.

“¿Qué hacemos- dijo uno de los cargadores?”
“Marcharnos - dijo otro – aquí no cabe un alfiler”
“¿Y para eso hemos venido a Cafarnaúm desde la aldea?”
“Déjenme aquí ,- suplicaba quejoso el de la sábana – no aguanto
más”
“No te dejamos; ya que hemos venido…”
El que había estado callado hasta entonces levantó el dedo:
“Podemos entrar por”…- señaló los escalones de barro cocido que
subían a la terraza pegados a la pared – Voy a buscar unas
cuerdas.”
Dentro, casi apretujado por los oyentes, sentado en un poyo de
piedra, hablaba el joven orador. Contaba una historia de una
semilla que crece, algo de unos labradores que recogen el fruto,
y a veces hacía comentarios que provocaban risa entre los
asistentes. No reían en cambio, unos personajes con llamativos
mantos sobre los hombros y filacterias (1) en su frente, en actitud
de espectadores ausentes de aquella reunión.
En un momento el predicador se quedó callado y miró hacia
arriba. Por el techo se escuchaban unos crujidos, caía polvo y
algunas ramas. Pronto se empezó a abrir en él un agujero. Por
ahí empezó a asomarse y descender un bulto. Arriba, unas manos
sujetando cuatro cuerdas. De ellas colgaba aquella improvisada
camilla.
“¡Vaya, tenemos visita!” – exclamó sonriente el predicador y
alargó las manos para recoger al que mientras descendía
exclamaba quejoso: “¡Jesús, Jesús, rabí!” e intentaba agarrarse a
donde podía. Mientras el llamado rabí lo abrazaba y le decía:
“ánimo muchacho te perdono tus pecados.”
(1)

Filacterias: cintas con frases bíblicas)

Detrás de esta escena, los del
mantón de oración gruñían entre
ellos. Jesús se volvió, les dijo algo
que les hizo callar y se agachó
hacia el de la camilla:” Para que
todos vean que esto va en serio,
yo te digo levántate, recoge la
camilla y vete a tu casa”.
El muchacho dio un salto, se puso
de pie, se volvió a tirar al suelo abrazando las piernas del rabí,
luego se levantó y salió, abriéndose camino entre los presentes,
dando gritos de emoción.
Los de arriba le gritaban: “¡eh tú, la sábana, las cuerdas!, ¡no te
olvides de las cuerdas!”. Pero allí se quedaron.
El rabí Jesús saludó a los que aún asomaban cabeza y manos por
el techo. Mirando a los de arriba y a quienes le rodeaban exclamó:
”Así se hace. Pidan y recibirán, busquen y
encontrarán,
arranquen la puerta o el techo para entrar. Su fe no está sólo en la
cabeza, también en su corazón y en sus manos. ¡En esas manos
que agarran las cuerdas, empuñan la sierra y arrojan en tierra la
semilla!”.
(Hoy)
Manuel era un hombre que ya había pasado su juventud, pero
se mantenía fuerte y activo (según para qué). Se le consideraba
miembro importante en la cofradía del Cristo de las Cumbres.
En las procesiones era el encargado de dirigir el paso de los
porteadores. Cuando bajaban la cuesta, sus grandes manos
sujetaban las andas, si alguno más débil no aguantaba el peso.

Volvía cansado de la procesión, de la hora santa, o de las jornadas
de retiro espiritual, o de la misa que en su parroquia duraba dos
horas.
También
trabajaba
entre semana, pero el
trabajo no le fatigaba
demasiado.
Era
conserje en una fábrica
de muebles. Su misión
se limitaba a estar allí
mano sobre mano.
Cuando
alguien
llamaba, se asomaba a
la puerta, preguntaba:
¿a quién busca usted?
Y le indicaba el despacho o, si no lo veía claro, le cerraba el paso.
Algunas veces los compañeros le pedían colaboración: Manuel
¿Nos puedes ayudar a subir estas máquinas?
-“Eso no es mi trabajo” – y seguía sentado en su mesita de la
entrada.
Enfermó gravemente uno de los empleados de la fábrica. Los
compañeros vieron la necesidad de hacer una colecta para la
costosa operación. Cuando se dirigieron a Manuel echó mano al
bolsillo y sacó dos quetzales. “En realidad esto no es cosa mía.
Yo no soy obrero de la fábrica. Soy solamente el conserje”.
Comentaban los compañeros que no tenía manos, solo tenía
codos.
Aunque no se lo crean, esto sucedía también en la parroquia. Él,
tan piadoso y dispuesto a echar una mano, o las dos, en
procesiones y otras ceremonias, tenía sus reservas para otras

actividades. Cuando se propuso una semana de conferencias
sobre la situación social del país, él torció el gesto: “Creo que
como cristianos tenemos la misión de fortalecer nuestra vida
espiritual y no meternos en política”. No fue el único. Tenía su
influencia en la comunidad y más gente estuvo de acuerdo con
él. La semana social quedó un tanto reducida.
Él, por su cuenta convocó esos mismos días unas pláticas sobre
“las apariciones de la Virgen en el siglo XX”.
La semana siguiente hubo en la ciudad unas lluvias torrenciales.
No creo que las produjeran las lágrimas de Santa María. El río que
bordeaba la colonia, desbordado, se llevó por delante 15 casitas y
champas. Las familias se cobijaron en un albergue de la
municipalidad.
El párroco reunió al consejo y les propuso: “es necesario organizar
una colecta para echar una mano a esas personas”. Antes de
que reaccionasen los reunidos, Manuel levantó un dedo y
señaló hacia arriba: “¿Se han dado ustedes cuenta de cómo está
el techo del templo? Hay goteras por varias partes y necesitamos
repararlo y pintarlo. Eso es más urgente.
-“Pero…” empezó a decir alguien.
“Nada de peros- le cortó Manuel – La casa de Dios es más
importante que las casas de los hombres”.
Se quedaron callados mirándose unos a otros, menos el párroco
que saltó por encima de la discusión. Bueno, muy bien, habría
que discutir a qué llamamos casa de Dios, pero no tenemos
tiempo. Dejó callado al piadoso feligrés y se pusieron todos a
organizar el modo de hacer la colecta, qué alimentos y otros
materiales haría falta recoger y cuándo se la llevarían.

Manuel se cruzó de brazos y se quedó mirando al techo hasta que
terminó la reunión.
Volvió a casa rumiando el mal humor, no quiso cenar, se acostó se
durmió y… y les voy a contar lo que soñó:

Se encontraba en la parroquia, en plena misa. Ya estaba
avanzada la celebración. Terminaban de rezar el
“padrenuestroquestasen…” Manuel seguía con los brazos
cruzados y el enojo del día anterior. Luego siguió el
“démonos fraternalmente la paz”. Él se la solía dar
solamente al vecino de la derecha y al de la izquierda, nada
más, no fuera que su paz se le gastase. Pero en aquel
momento intentó separar los brazos y no pudo. Sintió como
si los tuviera atados. Removía los hombros y los codos,
pero nada, como si tuviera una camisa de fuerza. Los
vecinos de banca le alargaban la mano y le miraban
extrañados. Se acabó la paz, (bueno, el rito de paz) y
empezó la comunión. Manuel se puso en la fila. Para
comulgar no le hacían falta manos así que… Empezó a
avanzar la fila pausadamente y, cuando ya sacaba
piadosamente la lengua escuchó una voz que resonaba en su
cabeza: “¡Manolo alarga las manos!”. Al mismo tiempo algo
tembló y crujió. Miró a su alrededor y no vio a nadie. El
templo vacío. Solo al padre, quieto, con la eucaristía en la
mano. Miró hacia arriba y vio que el techo del templo se
resquebrajaba, que caían algunos pedazos de ladrillo y
cemento y que por el trozo desplomado se asomaban
manos, muchas manos abiertas, temblorosas. Volvía a
escuchar la voz como un susurro:” ¡Manolo extiende las

manos hacia arriba, aquí, donde estamos los hijos de Dios
buscando techo donde cobijarnos!”
En ese momento sintió el piadoso feligrés que se le
desataban los brazos y los podía extender, no hacia las
manos del sacerdote, sino hacia lo alto, hacia las manos que
se asomaban por la bóveda, en gesto de súplica y le
llamaban. Manuel levantó sus brazos hacia el techo
destruido y entonces…. Pues entonces se despertó.
Por la mañana era domingo. Todavía impresionado por la
pesadilla, Manuel se arregló, desayunó y fue a la parroquia. Al
llegar, primero buscó al presidente de Cáritas.: “Perdona Jaime,
he reflexionado lo de anoche. No pensé bien lo que dije. Quiero
colaborar. ¿Cuándo vamos a empezar la campaña por la
inundación? He pensado que…”
Más tarde, cuando empezó la misa y se acercó a comulgar ya no
llevaba los brazos cruzados. El párroco se quedó sorprendido
cuando vio a Manuel alargando sus grandes manos para recibir
el cuerpo de Cristo.
Se hubiera sorprendido
más si le hubiera
escuchado cuando volvía
a casa cantando entre
dientes una vieja
canción. Una de cuando
era joven y coleccionaba
discos de los
cantautores.
Una poética canción que
decía:

Del hombre miro siempre las manos.
Manos de niño, bien limpias, manos de niño que se harán
grandes.
Manos que en la noche buscan lo que no encuentran jamás.
Manos de los que matan, sucias; manos finas que mandan
matar.
Manos secas, manos temblorosas, manos de los amantes.
Del hombre miro siempre las manos.
Manos tan duras de los que pasan hambre.
Manos tan puras de cuando éramos niños.
Del hombre miro siempre las manos.

(Canción de Raimon): Se puede escuchar en el enlace
http://hasieran-kobazuloa.blogspot.com/2013/09/canco-de-lesmans.html