EUCARISTÍA

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“OTRO MUNDO ES POSIBLE”
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José M. Castillo

3. LAS COMIDAS DE JESÚS: LA VIDA COMPARTIDA
La última cena y las comidas de Jesús Empiezo aquí haciendo una advertencia que, sin duda, es determinante. Como dijo, hace algunos años, uno de los mejores estudiosos de los evangelios, el profesor Joachim Jeremias, no hay manera de enterarse y comprender bien la última cena, y todo lo que aquella cena nos tiene que enseñar, si tomamos como punto de partida, y como única idea, lo del pan y el vino con las palabras que Jesús dijo en aquel momento. Cuando hacemos eso, lo que pasa es que aislamos esa última cena de lo que fue la vida entera de Jesús. Y entonces, con ese aislamiento, lo único que se consigue es poner una enorme dificultad para poder comprender lo que es la eucaristía. ¿Por qué tal dificultad? Porque, en realidad, la “última” cena no es otra cosa que un eslabón más en la larga cadena de comidas y cenas de Jesús durante su vida pública, cosa de la que nos informan abundantemente los cuatro evangelios. Ahora bien, esto quiere decir que la eucaristía es lógicamente, como toda comida y toda cena, una experiencia humana. La experiencia que supone el hecho de compartir la misma mesa, el mismo pan y la misma copa. Todo esto, en el contexto de las comidas y cenas de Jesús, tal como de ellas nos hablan los evangelios. Y comprendiendo los criterios y valores que, con ese motivo, nos presentan los mismos evangelios. Comida y sociedad en el siglo primero Supuesto lo que he dicho, lo primero que se ha de hacer, si queremos estudiar en serio el significado de la eucaristía, es caer en la cuenta de que el tema de la comida aparece constantemente en los evangelios, mucho más de lo que algunos quizá se pueden imaginar. Porque, con una frecuencia que llama la atención, los relatos evangélicos nos informan ampliamente de las comidas y de las cenas de Jesús. O en esos relatos se hacen alusiones muy diversas a situaciones y circunstancias relacionadas con la comida o que tienen que ver con

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problemas de alimentación. Esto es comprensible porque, en las culturas del Mediterráneo del siglo primero, existía una relación muy fuerte, y presente a todas horas, entre el status (situación de una persona en la vida y en la sociedad) y la dieta alimentaria. Para aquellas gentes, el poder era el poder comer. Las divisiones en la sociedad coincidían, de manera transparente, con el grado o la posibilidad que cada cual tenía de alimentarse. Es decir, más comida, más variada y mejor preparada, eso era lo propio de la gente que estaba en la cima, en lo más alto de la escala social; y, por el contrario, menos comida y menos variada, era lo que caracterizaba a la gente a medida que se descendía hacia la base, o sea hacia los que estaban más abajo en la sociedad. Y es que aquel tiempo era una época en la que la reflexión sobre el comer resultaba, inevitablemente, una forma de pensamiento sobre la sociedad y sus divisiones, como ha dicho muy bien el sabio historiador Peter Brown. Por eso, este mismo autor dice, con toda razón, que seguramente uno de los cambios de mentalidad más profundos que trajo consigo la aparición del cristianismo en el mundo mediterráneo fue la enorme importancia que se le concedió a un determinado banquete, la eucaristía. Un banquete que, como se ha dicho muy bien, era una comida completa y normal. Pero no sólo eso. Porque, además de eso, era también una comida compartida, comunitaria, en la que los participantes tenían el convencimiento de que Dios se hacía presente. Un Dios que compartía lo que fue la vida y la muerte de Jesús (John D. Crossan). Por esto, insisto en que, para comprender lo que nos quiere decir esta comida (la eucaristía), hay que recordar lo que fueron las comidas de Jesús. Cosa que, por otra parte, parece enteramente razonable. Si Jesús tuvo, durante su vida, unos determinados criterios, una forma de pensar, en lo que se refería a la comida compartida con otras personas, es evidente que eso lo tuvo que tener en cuenta y se tuvo que poner de manifiesto en la última de las comidas que compartió con sus más íntimos amigos, precisamente en la comida más importante que celebró con aquel grupo de hombres.

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Una información abundante He dicho que los cuatro evangelios hablan con frecuencia de comidas y cenas, bastantes de ellas referidas a Jesús. Concretamente, relatos, palabras o expresiones referentes a la comida aparecen 137 veces en los evangelios. Y se reparten de esta forma: 28 veces en el evangelio de Mateo 1, 22 en el de Marcos 2, 56 en el de Lucas 3 y 31 en el de Juan 4. Es evidente, por tanto, que el asunto de la comida tiene mucha importancia en el Evangelio. Esto ya, por sí solo, es un dato de interés. Porque confirma lo que ya he dicho antes, al hablar de la importancia capital que tenía el tema de la comida en las culturas del siglo primero, concretamente en los países y culturas que estaban junto al Mediterráneo. Dicho de otra manera, esto nos viene a indicar que la comida fue un asunto importante en la vida de Jesús y en el mensaje que él vio que tenía que dar a la gente. ¿Por qué? Jesús rompe con las costumbres de su tiempo Hay una cosa evidente: si la comida, como he dicho, era un

Mt 3, 4; 4, 2; 4, 3; 5, 6; 6, 16-18; 6, 25; 6, 31-32; 7, 9-10; 8, 15; 9, 10-11; 9, 14; 11, 18-19; 12, 1; 12, 3; 14, 13-21; 15, 2; 15, 10-20; 15, 32-38; 16, 7; 22, 110; 24, 49; 25, 10; 25, 31-46; 26, 6; 26, 17-19; 26, 20; 26, 23; 26, 26-29. 2 Mc 1, 6; 1, 31; 2, 15; 2, 18; 2, 23-26; 3, 20-21; 5, 43; 6, 21; 6, 31; 6, 3544; 7, 1-2; 7, 15; 7, 19; 8, 1-9; 8, 16; 8, 17-20; 11, 12; 12, 39; 14, 3; 14, 12; 14, 20; 14, 22-25. Lc 1, 53; 3, 11; 4, 2; 4, 25-26; 5, 29-32; 5, 33-35; 6, 1; 6, 3-4; 6, 21; 6, 25; 7, 33-34; 7, 36; 7, 44-46; 9, 10; 10, 7; 10, 8; 10, 40; 11, 5-6; 11, 11-12; 11, 37; 11, 39; 12, 19; 12, 22; 12, 24; 12, 29; 12, 37; 12, 45; 13, 26; 14, 1; 14, 7-10; 14, 1213; 14, 15-23; 15, 2; 15, 14; 15, 16; 15, 17; 15, 23; 15, 24; 15, 27; 15, 29-30; 16, 19-31; 17, 7-8; 17, 26-27; 20, 46; 21, 11; 21, 34; 22, 10-13; 22, 14-20; 22, 21; 22, 24; 22, 27; 22, 30; 22, 35; ; 24, 30; 24, 41-42. Jn 2, 1-11; 4, 7; 4, 8; 4, 13; 4, 31; 4, 33; 4, 46; 6, 5; 6, 5-13; 6, 26; 6, 31; 6, 32; 6, 34; 6, 35; 6, 41; 6, 48; 6, 49; 6, 50; 6, 51; 6, 52; 6, 53; 6, 54; 6, 55; 6, 56; 6, 57; 6, 58; 12, 2; 13, 2; 13, 18; 13, 26-30; 21, 12-13. 4
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indicador muy claro de la situación social de cada persona o de cada familia, los evangelios nos dicen que Jesús rompió por completo con los criterios que todo el mundo tenía entonces en relación a las comidas. Esto, ante todo. Pero no sólo eso. Además, la comida era también un indicador de la situación religiosa de los individuos o de los grupos. Y sabemos que Jesús también rompió con esta creencia y con los usos y costumbres que eso llevaba consigo. Es decir, Jesús no se acomodó a los criterios, a las creencias y a los valores que se imponían entre la gente de entonces. Estos criterios, creencias y valores se manifestaban, de forma muy destacada, con motivo de las comidas. Pues bien, Jesús rompió con todo aquello. Y, por tanto, expresó de esa manera que no estaba de acuerdo con aquella sociedad, con aquel mundo. Jesús quería decididamente otro mundo. Jesús vio que otro mundo es posible. Y lo manifestó, entre otras cosas, mediante sus ideas y comportamientos en cuanto se refiere a la alimentación y a los principios que en eso salen a relucir entre las personas. Vamos a ver todo esto más de cerca. Los criterios sociales de Jesús Empezamos por los criterios sociales de Jesús. Ya antes de su nacimiento, el evangelio de Lucas pone en boca de María, su madre, un criterio subversivo. Dios tiene el proyecto de cambiar la situación hasta el extremo de que a los “hambrientos” los piensa colmar de bienes, mientras que a los “ricos” los va a despedir con las manos vacías (Lc 1, 53). Estas palabras de María han tenido siempre una actualidad apasionante. Pero ahora, seguramente, más que nunca. Por una razón que se comprende enseguida. En ningún momento de la historia de la humanidad ha ocurrido lo que ocurre en este momento. Todos sabemos que siempre ha habido ricos y pobres. Pero, en el pasado, los ricos no podían ver en la pantalla de su televisión cómo morían los pobres. Mientras que, por el contrario, un número cada vez mayor de pobres puede también contemplar en un vídeo, en una película o en la televisión, cómo viven los ricos. Pues bien, precisamente cuando el mundo tiene los más grandes recursos, derivados del crecimiento económico, para acabar con el hambre de los humanos, precisamente ahora es cuando la distancia entre ricos y pobres se ha hecho más grande. Se calcula que en 1820 la

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diferencia en los ingresos de los cinco países más ricos y los cinco más pobres era de 3 a 1; en 1913, era de 11 a 1; en 1992, de 72 a 1. Esto es lo que dice el Informe sobre Desarrollo Humano 1999, de la ONU. Además, se sabe con seguridad que ahora mismo hay más de dos mil millones de hombres, mujeres y niños que tienen que ir tirando de la vida con menos de un dólar al día. Lo que significa que esa enorme cantidad de personas se alimentan por debajo de la cantidad mínima de calorías que necesitamos los seres humanos para seguir viviendo. O sea, se trata de criaturas condenadas inevitablemente a una muerte cercana. Porque el hambre no espera. El hambre mata. Y mata pronto. Esto resulta más indignante cuando sabemos que en el mundo se produce un diez por ciento más de los alimentos que necesita toda la humanidad para vivir. Y vivir bien. Es más, sabemos que Europa, sin ir más lejos, se gasta cada año miles de millones de euros en pagar a los agricultores para que no produzcan más alimentos. Por eso ahora, más que nunca, pedimos a gritos que se organicen las cosas de otra manera. Porque estamos convencidos de que “otro mundo es posible”. Eso justamente es lo que anunciaba ya, proféticamente, María la madre de Jesús antes de que éste naciera.

“Otro mundo es posible” Y la profecía de María se cumplió. En efecto, en cuanto Jesús empezó a explicar públicamente lo que él venía a hacer y lo que él quería, planteó con toda claridad la misma subversión de pobres y ricos, de hambrientos y satisfechos, que ya había anunciado María. Así, al presentar su programa, en el sermón del monte, Jesús afirma que se tienen que considerar dichosos (“bienaventurados”) los que tienen “hambre y sed” de justicia “porque van a ser saciados” (Mt 5, 6). Esto es lo que dice el evangelio de Mateo. Pero, cuando Lucas nos informa de esta afirmación tan fuerte de Jesús, presenta la cosa de forma más descarnada y, por eso, mucho más tajante: “Dichosos ustedes que ahora pasan hambre, porque se van a saciar” (Lc 6, 21). Y por el contrario: “¡Ay de ustedes, los que ahora están repletos (y satisfechos), porque van a pasar hambre!” (Lc 6, 25).

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Los entendidos en este asunto piensan que Lucas es el que recoge con más fidelidad lo que Jesús dijo. O sea, el Evangelio presenta las cosas de manera que el proyecto de Jesús es que, en el problema capital de la alimentación, la economía funcione de forma que los hambrientos vean cubiertas sus necesidades, hasta sentirse plenamente satisfechos. No se trata de “darle la vuelta a la tortilla”, es decir, que el “hambre” y la “hartura” cambien de dueño. Porque, de ser así, en el mundo seguiría habiendo hambre, en unos, y hartura, en los demás. No. Dios no puede querer eso. Lo que Jesús anuncia es un orden económico distinto. Y una forma de convivencia fundamentada en otros criterios. En definitiva, un orden de cosas en el que, por fin, se acabe el hambre y todos tengan abundancia y satisfacción de lo más necesario para vivir. En el fondo y como ya he dicho, es el proyecto, hoy tan anhelado, de que “otro mundo es posible”. Lo que pasa es que ese “otro mundo” será posible únicamente el día en que quienes nadan en la abundancia se convenzan de que, limitándose a disfrutar de sus bienes, no van a conseguir la felicidad que buscan, la enorme dicha de los que gozan del festín regio en el que se ven cumplidas todas las aspiraciones humanas. Esto es lo que enseña otro de los grandes textos del Evangelio en lo que se refiere a las comidas y banquetes. Se trata, en este caso, de la parábola del banquete real (Mt 22, 1-10; Lc 14., 15-23). En ese festín grandioso, no entraron los que tienen fincas y riquezas en abundancia, sino los pobres, mendigos y vagabundos de los caminos. Y esos, entraron todos, los “buenos y los malos” (Mt 22, 10). De nuevo nos encontramos con este dato en el que muchos centramos nuestras esperanzas: Jesús veía en la comida compartida y disfrutada por todos, sin excluir a nadie 5, el símbolo de ese “otro mundo” posible con el que soñamos.

“Comprar” pan y “compartir” el pan

En el relato de la parábola, tal como la cuenta Mateo, el final del que entró en el banquete sin el traje de fiesta (Mt 22, 11-13) es, como han demostrado los que mejor conocen este relato, una añadidura que se le puso más tarde a la parábola original de Jesús, que trata toda ella de fiesta para todos y no de castigo para uno. Así, J. Jeremias, W. Harnisch, E. Schweitzer, entre otros. 7

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Esto explica la importancia que los cuatro evangelios le conceden a un episodio bien conocido. Me refiero a la multiplicación de los panes y los peces. Este relato debió impresionar tanto a los cristianos de la Iglesia primitiva, que lo repiten hasta seis veces en los evangelios (Mt 14, 13-21; 15, 32-38; Mc 6, 35-44; 8, 1-9; Lc 9, 10-15; Jn 6, 5-13). Es un caso único en toda la tradición de los escritos del Nuevo Testamento. Señal evidente de que la Iglesia primitiva vio en ese hecho algo en lo que se resume el programa de la comunidad cristiana. Frente a la idea, comúnmente establecida, de que el hambre se resuelve comprando la comida (Mc 6, 36; Mt 14 15), los cristianos afirmaron el principio revolucionario de que el hambre se resuelve compartiendo lo que cada uno tiene. De forma que, incluso en los casos de escasez (como ocurría entre las gentes que seguían a Jesús), cuando se comparte, hay para todos y sobra. En el fondo, la idea de Jesús es que la abundancia no es consecuencia del comercio, sino de la solidaridad. Por eso, en el juicio final o juicio de las naciones (Mt 25, 31B46), la causa de salvación para unos y de perdición para otros está en la sensibilidad o insensibilidad ante el hambre o la sed de quienes carecen de casi todo. Lo que es tanto como afirmar que lo único, que Dios va a tener en cuenta, al final de la vida, es la atención o la indiferencia que hemos tenido al sufrimiento de los otros, ante todo al sufrimiento que es producto de la pobreza, el hambre y la malnutrición. Exactamente la misma enseñanza que se deduce de la parábola del rico que banqueteaba a diario, mientras que, en el portal de su casa, el mendigo Lázaro se moría de hambre (Lc 16, 19-31). De ahí que el criterio de Jesús, para la organización de fiestas y banquetes, es que, cuando se organiza una comida o una cena, no se debe invitar a amigos, parientes o vecinos ricos, sino al contrario, a pobres, lisiados, cojos y ciegos (Lc 14, 12-13). Lo cual quiere decir que, en la mentalidad de Jesús sobre la alimentación, lo determinante no es cumplir con los usos e intereses sociales, sino compartir mesa y mantel, o sea la vida, con los más desgraciados de este mundo. Y no conviene olvidar que, si Jesús le dio tanta importancia al tema de la comida y de eso habló tanto, es porque en ese asunto vio algo que es central en su mensaje. Por eso no nos debe sorprender que quisiera despedirse de sus más cercanos, los discípulos, precisamente con una cena. Y que dejase a su comunidad de seguidores esa cena como acto central para la Iglesia que nació a partir del movimiento que

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desencadenó el propio Jesús. No te pongas nunca el primero Pero, en lo que los evangelios nos enseñan, a propósito de las comidas, se plantea otro problema que es también importante en la vida. No se trata ya de lo que es propio de la alimentación, llenar el estómago y reparar nuestras fuerzas. A fin de cuentas, eso lo puede hacer cualquiera en solitario. Pero sabemos que la comida ha sido, en todas las culturas, una ocasión para mostrar la solidaridad con otras personas. Como sabemos que los banquetes y comidas pueden ser la ocasión para manifestar el lugar social o la importancia que cada cual tiene en la vida. Por eso, en los evangelios se dice varias veces que Jesús llamaba la atención o incluso reprendía a quienes querían ocupar los primeros puestos en los banquetes, una señal de vanidad casi infantil que, por lo visto, era frecuente entre los letrados o teólogos del judaísmo de aquel tiempo (Mc 12, 39) y también entre los fariseos (Lc 14, 7; 20, 46). Incluso los apóstoles de Jesús se vieron metidos de lleno en esta vulgar tentación. Y eso ocurrió, según el relato de Lucas, precisamente en la última cena, inmediatamente después de las palabras de Jesús sobre la eucaristía (Lc 22, 24-30). Y sabemos que Jesús fue tajante con este tipo de comportamientos: el que pretenda buscar el primer puesto, que se ponga el último. Con lo que venimos a dar -lo digo una vez más- con el criterio de siempre: Jesús creía, ya en su tiempo, que “otro mundo es posible”. Un mundo en el que, además de comida para todos, no haya quien tenga más derechos que sus semejantes. Ni, por tanto, pueda colocarse por delante o por encima de los demás. Le preocupaba más el hambre que el pecado Por lo general, los cristianos no caemos en la cuenta de la extraordinaria importancia que tuvo el tema de la comida en la vida y en el mensaje de Jesús. Seguramente, uno de los relatos en los que esto se pone más en evidencia es en la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11-32). Es lamentable que esta parábola se ha explicado, casi siempre, en clave de “pecado” y “conversión”, dos palabras que curiosamente ni se mencionan en el relato. Si esta historia se lee con cierta atención, enseguida se da uno cuenta de la importancia que tiene el tema de la

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comida. El hijo menor, el perdido, toma conciencia de su extravío cuando se ve arruinado y empieza a pasar hambre y necesidad (Lc 15, 14). En esa situación, el muchacho no piensa en que ha pecado, sino en que no puede comerse ni las bellotas que se comían los cerdos (Lc 15, 16). Y lo que entonces siente no es propiamente una conversión “religiosa”, sino la imperiosa necesidad de comer como se alimentan los trabajadores que hay en la casa de su padre (Lc 15, 17). A esto se añade que, cuando vuelve a la casa, lo primero que el padre le organiza como recibimiento, es un gran banquete (Lc 15, 23-24). Además, lo primero que le dice el hermano mayor al padre es que, habiendo sido un hijo cumplidor, no ha recibido ni un cabrito para comer con sus amigos (Lc 15, 29-30). Es verdad que todo esto es un lenguaje simbólico. Pero lo notable es que el simbolismo que escogió Jesús para explicarnos cómo es Dios es el simbolismo del hambre y la comida. Seguramente en todo eso se pueden descubrir elementos de nuestras ideas religiosas sobre el pecado y el encuentro con Dios. Pero lo más claro que hay en este relato es que una situación de hambre se relaciona con la lejanía y la ausencia de Dios, de la misma manera que una situación de banquete y fiesta se nos presenta como la señal del encuentro con Dios. No hay que esforzarse mucho para comprender que las experiencias humanas del hambre y la abundancia nos ponen en la pista de lo que debe significar la comida que Jesús escogió como signo y señal de nuestro encuentro con él. Qué comía, cómo, cuándo y con quién Pero los evangelios nos dicen algo mucho más fuerte sobre lo que representa para nosotros la comida. Me refiero aquí, más en concreto, a las comidas del propio Jesús. Con lo que nos metemos de lleno en el problema de los criterios religiosos que, por lo que cuenta el Evangelio, tuvo Jesús. Y, en consecuencia, debemos tener también los cristianos. Para explicar con cierto orden lo que esto nos viene a decir, hay que explicar cuatro cosas: 1) Lo que comía Jesús. 2) Cómo comía. 3) Cuándo comía. 4) Con quién comía. ¿Qué podemos saber sobre cada una de estas cosas? Y, sobre todo, ¿qué nos enseñan las costumbres de Jesús en cuanto afecta a todo lo relacionado con la comida?

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En cuanto a lo que comía, no se trata de explicar aquí las costumbres de los judíos del siglo primero sobre la alimentación. Pero hay un punto que nos interesa. Como es bien sabido, en la religión judía, como en otras religiones antiguas, había algunos alimentos que estaban prohibidos, por ejemplo, la carne de cerdo. No es cuestión de contar ahora la historia de esta prohibición. El hecho es que los judíos tenían el convencimiento de que hay alimentos que dejan “impuro” al que los come. Y eso es lo que Jesús rechazó de manera terminante. Lo dice el evangelio de Marcos. Porque, para Jesús, lo que mancha y deja impuro a un individuo no es lo que entra por la boca, sino lo que sale del corazón, es decir, de lo más profundo de la persona, de sus sentimientos, inclinaciones y deseos (Mc 7, 18-23). Por eso Marcos añade el siguiente comentario: “Con esto declaraba puros todos los alimentos” (Mc 7, 19; Mt 15, 10-20). Ahora bien, lo importante aquí no está en saber si Jesús comía pescado o carne, verduras o frutas. Ni siquiera si hacia problema de comer o no comer carne de cerdo. Lo que interesa es tener muy claro que Jesús no se sometió a las normas religiosas sobre los alimentos. Porque, para Jesús, lo que importa no es la norma religiosa, sino la bondad y la honradez del corazón humano. De ahí que Jesús tampoco hizo problema de comer mucho o comer poco. Y otro tanto en lo que se refiere a la bebida. En estas cosas, fue sencillamente un hombre moderado y normal que, cuando era necesario, sabía privarse hasta de comer por atender a la gente (Mc 3, 20; 6, 31). Lo que llevó a que sus parientes llegaran a pensar que había perdido la cabeza (Mc 3, 21). Pero Jesús fue también un hombre tan libre, que había quienes le acusaban de ser “un comilón y un borracho”, a diferencia del austero y sacrificado Juan Bautista (Mt 11, 18-19 par). Esta libertad sorprendente de Jesús, en lo que sabemos de sus comidas, es importante para comprender lo que representa la eucaristía y cómo hay que entenderla. Más adelante hablaremos sobre esto. Por lo que se refiere a cómo comía, Jesús fue consecuente con lo que acabo de explicar. Por eso no dio ninguna importancia a los complicados rituales religiosos, que tenían los judíos de entonces, para las purificaciones que tenían que hacer antes de las comidas. Sabemos, en efecto, que los fariseos acusaban a los discípulos de Jesús porque no se purificaban ritualmente las manos antes de las comidas (Mc 7, 1-2). Y

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es que, como informa el mismo Marcos, los judíos en general no comían “sin lavarse las manos, restregando bien..., y al volver de la plaza, no comen sin antes hacer abluciones; y se aferran a otras muchas cosas que han recibido por tradición, como enjuagar vasos, jarras y ollas” (Mc 7, 34). Lo importante es caer en la cuenta de que hacían todo esto, no por higiene, sino por motivos religiosos. Y la cosa era tan complicada, que los judíos de aquel tiempo distinguían hasta seis tipos de agua, según el poder de “purificación” sagrada que cada uno de estos tipos tenía. Pues bien, también con esto cortó Jesús de manera tajante. Ni sus discípulos, ni él (de quien aquellos galileos lo habían aprendido) obedecían las normas rituales sobre las purificaciones que mandaba la religión. Jesús pensaba que todo aquello eran “preceptos humanos” (Is 29, 13; Mc 7, 7), que nada tienen que ver con Dios. Y que son un “culto inútil” (Is 29, 13; Mc 7, 6). Cosas, en definitiva, que llevan a poner las normas y leyes humanas por encima de lo que Dios quiere (Mc 7, 9). Y esto también es importante para entender la eucaristía, como después diré. Si ahora pensamos en cuándo comía, está bien atestiguado que Jesús y sus discípulos no observaban los días de ayuno que eran obligatorios según la religión oficial y también según las enseñanzas de Juan Bautista (Mc 2, 18; Mt 9, 14; Lc 5, 33). Esto, como es lógico, escandalizaba a los más piadosos, los fariseos. Pero Jesús, en vez de buscar excusas, afirma sin rodeos que su presencia en este mundo es como una fiesta de boda. Y, naturalmente, “los amigos del novio no pueden ponerse a ayunar mientras el novio está con ellos” (Mc 2, 19 par). Es decir, Jesús considera su presencia entre los suyos como una fiesta. Y todo el mundo sabe que en una fiesta no se ayuna, sino que se disfruta de la alegría. O sea, en la mentalidad de Jesús no cabía ese respeto hacia lo religioso que, a veces, se ha puesto en privarse de todo alimento cuando tenemos que comulgar. Por último, por lo que toca a con quién comía Jesús, la cosa es mucho más seria. Por lo que cuentan los evangelios, con frecuencia Jesús andaba con malas compañías, lo que se ponía de manifiesto, sobre todo, en las comidas. Jesús solía comer con gentes de mala fama. Los relatos hablan de “pecadores” y “publicanos” (Mt 9, 10-11; Mc 2, 15; Lc 5, 2932). Y no como algo ocasional, que sucedió una vez, sino como una

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práctica habitual, algo que era costumbre de Jesús y que lógicamente causaba escándalo entre las personas observantes, como era el caso de los fariseos (Lc 15, 2). Es verdad que Jesús fue un hombre tan libre, que no tuvo inconveniente en aceptar la invitación que, en más de un caso, le hicieron también los mismos fariseos (Lc 7, 36; 11, 37), por más que se tratase de ambientes poco acogedores, en los que se sentía “expiado” (Lc 14, 1) o en los que no recibía el trato de respeto que era costumbre entre personas bien educadas (Lc 7, 44-46). Pero lo cierto es que, por lo visto, las gentes que Jesús frecuentaba eran precisamente personas de mala fama. Sin duda que, entre aquellas gentes habría buenas personas (Lc 18, 13-14). Pero el problema no está en eso. Está, más bien, en que los pecadores y los publicanos eran los grupos que la religión y sus dirigentes rechazaban, de forma que ese comportamiento de Jesús era motivo de críticas y de ser mal visto en los ambientes más piadosos de aquel tiempo (Lc 15, 2). Más aún, con ocasión de estas comidas, en más de un caso, Jesús toleró cosas que nos pueden sorprender y hasta escandalizar. Como cuando, en una de estas comidas, en casa de un fariseo importante, se dejó “besar”, “perfumar” y “tocar” por una mujer (Lc 7, 38-39). Y era precisamente una mujer de mala fama, “conocida como pecadora” (Lc 7, 37. 39). O en otra comida, en la que también se dejó perfumar por otra mujer (Mt 26, 6). En este caso se trataba de un perfume tan caro (Mc 14, 3), que algunos de los presentes en el banquete se escandalizaron y hasta llegaron a reñir a la mujer (Mc 14, 5). La eucaristía no es para “someter”, ni “separar”, ni “excluir” ¿Qué nos enseñan los evangelios mediante esta información tan abundante y tan detallada sobre el tema de las comidas? Hay un hecho bien conocido por todos: la comida es vital en la vida de cualquier ser humano. Comer bien significa vivir bien. Comer mal lleva consigo enfermar y morir. Por eso, entre otras razones, la comida ha tenido y tiene tanta importancia en las creencias y prácticas religiosas de la humanidad. Pero ocurre que, con demasiada frecuencia, las religiones han utilizado el tema de la comida para someter a los fieles y para separar a sus adeptos de los seguidores de otras creencias. Por ejemplo,

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en el judaísmo, las numerosas normas relativas a los alimentos tienen la doble intención de someter la vida entera a una disciplina de santidad (cf. Lev 11, 43-47; 20, 23-26) y, al mismo tiempo, impedir la participación en una misma mesa con los que son de otras religiones (R. J. Zwi Werblouwsky). O sea, la comida se utiliza como instrumento de sumisión y de separación. Ahora bien, Jesús acabó con todo esto. Porque, a juicio de Jesús, la religión no puede servir ni para someter a la gente, ni para separar a las personas o a los grupos humanos, sino, exactamente al revés, para que las personas, sean de la cultura que sean y tengas las creencias que tengan, se sientan más felices, más libres y vivan más unidos los unos con los otros. Por eso Jesús se comportó, en lo referente a la comida, de forma que siempre se puso de parte de los que más necesitan comer y comer bien. Y siempre actuó con una sorprendente libertad, aun a costa de escandalizar y de ser mal visto, pero con tal de conseguir que las personas y los grupos más despreciados y peor vistos, esos precisamente, se sintieran acogidos, acompañados y admitidos a la misma mesa en que él se sentaba. Jesús nunca excluyó a nadie de su mesa. Y no tuvo reparo alguno en compartir su comida con los pecadores, los publicanos, las mujeres de mala fama, las gentes peor vistas en aquella sociedad. Más adelante, cuando llegó la hora de la despedida, precisamente en la cena de la eucaristía, Jesús no excluyó ni a Judas, el traidor, ni a Pedro, el que poco después iba a negar su fe, ni a los demás que le iban a dejar solo. Así Jesús, al actuar de esta forma en cuanto se refiere a la comida, con tanta cercanía a los que más la necesitan, con tal libertad ante los usos y normas alimentarias de la religión, y con tanta humanidad ante la debilidad humana de los que caen y hasta de los que no dudan en traicionar a quien sea, fue preparando el acto central del cristianismo, el “memorial” que nos tiene que servir a los cristianos para hacer de nuestra parte lo que esté a nuestro alcance en orden a que “otro mundo sea realmente posible”. Y lo llevemos adelante. Ésta fue la experiencia humana que preparó la cena de despedida, “el gran misterio de nuestra” fe.

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PARA LA REUNIÓN COMUNITARIA El Capítulo es en extremo sencillo y lineal. Comprometedor. Las preguntas que nos debemos hacer serían de este tipo: 1.¿Cuál es nuestro modo de compartir? ¿Con quiénes compartimos? ¿Qué compartimos? ¿Cuál es nuestro modo de ejercer la solidaridad? ¿Con quiénes somos solidarias? ¿Con qué nos solidarizamos?

2.-

Y responder amplia y detalladamente. Porque tal como sea nuestra respuesta, así es el misterio de nuestra fe.

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