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Maíz transgénico y reforma agraria

amenazan al campo mexicano
A las 8 de la mañana del lunes 29 de septiembre –Día Nacional del
Maíz–, la explanada municipal de Santiago Apóstol ya estaba llena de
gente, listos los puestos de comida tradicional a base de maíz criollo,
afinados los detalles del escenario, preparadas las autoridades para
recibir a los huéspedes. La comunidad
estaba lista para el Festival del Maíz
Nativo, organizado por el Espacio Estatal
en Defensa del Maíz Nativo de Oaxaca.
Francisco
Toledo,
reconocido
pintor
oaxaqueño
e
impulsor
de
la
campañaMéxico
dice
no
al
maíz
transgénico, llegó en calidad de invitado e
inauguró frente a las cámaras una semana
de eventos en Oaxaca relacionados con el maíz, que se extenderían
hasta el 4 de octubre con el Día del Amaranto.
Después de la ceremonia tradicional empezaron las actividades. Si algún
despistado pensaba hasta ese momento estar en una feria de productos
típicos, al escuchar la primera intervención no cupo la menor duda de
que se trataba de un acto político en el qué se reafirmaría el valor de
una cultura en aras de luchar contra quien la quiere desaparecer.

La defensa del maíz nativo en Oaxaca ha sido un referente nacional para
la lucha por los derechos campesinos y la defensa de las semillas
criollas. Por eso no es de
sorprender que los comentarios y
preguntas de los representantes
comunitarios que asistieron al
evento, hayan transformado muy
rápidamente las ponencias de los
expertos en debates abiertos.
Iván Hernández Baltazar, del
Centro de Estudios para el
Cambio en el Campo Mexicano
(CECCAM)
y
Ángel
Alberto
Hernández Rivera, defensor de Derechos Humanos e integrante de la
Asociación Civil Tequio Jurídico, se encontraron muy pronto involucrados
en una charla colectiva que fue más allá de los transgénicos, abarcando
temáticas fundamentales como la soberanía alimentaria y la autonomía
misma de las comunidades. Y eso porque en Oaxaca, como en muchas
otras parte de México, el maíz no es una planta, una semilla o un simple
alimento: el maíz es la vida.

Los alimentos transgénicos y los riesgos para la salud
Con este título arrancó la ponencia de Iván Hernández Baltazar, quien
empezó por recordar lo que es el maíz transgénico: un maíz modificado
al cual le transfieren genes de otros organismos como virus o bacterias a
través de técnicas de laboratorio, con el fin de producir algo que
naturalmente no podría existir. Desde luego, la transgénesis produce
efectos inesperados e incontrolables. Por ejemplo, el
investigador citó los experimentos de inserción
de una proteína en forma de cristal capaz
de matar las larvas del gusano
cogollero
que
daría
como
resultado un maíz ya dotado en
su interior de un
insecticida. La otra cara de la
moneda, de lo que podría parecer un avance de la tecnología agrícola,
es que esta proteína se sintetiza en todas las partes de la planta: en el
tallo, haciéndolo más leñoso y no apto para el consumo del ganado; en
el polen, provocando contaminación en los insectos polinizadores y las
nuevas plantas polinizadas; en los granos de la mazorca, afectando por
medio de toxinas los órganos filtradores del cuerpo humano.
Científicos de diferentes partes del mundo, de hecho, han demostrado
que el maíz y la soya transgénicos dañan riñón, hígado y estómago,
relacionando el consumo de alimentos genéticamente modificados con
el surgimiento de malformaciones y enfermedades crónicas. Sin
embargo, existen otras publicaciones que niegan estos efectos dañinos,
y Hernández Baltazar recomienda que se tenga cuidado con estas
informaciones falsas porque «se trata de estudios científicos financiados
por las empresas agroindustriales y utilizados por las mismas, para la
promoción de sus productos, que no toman en cuenta
las
consecuencias a largo plazo del consumo de
dichos alimentos». Por lo contrario, es
fundamental que los estudios
realizados sean a largo plazo, y
que
no consideren sólo el material
transgénico sino también la
combinación entre el transgénico
y
los
agroquímicos asociados como el
glifosato, el herbicida
más difundido y cuya estructura
molecular
se
comporta
como una esponja, absorbiendo elementos químicos responsables de
modificaciones en varias funciones del cuerpo humano.

Según Hernández Baltazar, la mala fe de los gobiernos y las empresas es
evidente no sólo porque utilizan estos estudios incompletos con fines
propagandísticos y legaloides, sino también porque no quieren aplicar el
principio precautorio, un concepto plasmado en el Protocolo de
Cartagena sobre seguridad de la Biotecnología (2000), firmado por el
Estado mexicano, que respalda la adopción de medidas protectoras y
que permite prohibir productos o tecnologías que puedan perjudicar la
salud pública o el medio ambiente.
En la Unión Europea, por ejemplo, sólo está permitida una variedad de
maíz transgénico, la Mon810, que se siembra principalmente en España.
En muchos otros países europeos, la siembra de transgénicos se
encuentra totalmente prohibida (así es en Francia, Italia y Polonia, donde
la protesta vino de los apicultores que se dieron cuenta que el polen
transgénico estaba matando las abejas). Y eso, a pesar de que ninguno
de estos territorios sea centro de origen del maíz, característica que en
cambio tiene México, donde absurdamente las variedades de
transgénicos aceptadas son 20.

La nueva reforma a la ley Agraria y su impacto en la difusión
de los transgénicos
La segunda ponencia fue la del abogado y defensor de los Derechos
Humanos Ángel Alberto Hernández Rivera, quien resumió la iniciativa de
reforma a la Ley Agraria. Con esta reforma se pretende otorgar a los
campesinos el dominio pleno sobre sus ejidos y comunidades. Dicho de
otro modo, se quiere privatizar la tierra, dividir las instituciones
comunitarias y desaparecer los bienes comunales.
Cabe recordar que la propiedad colectiva ha sido hasta ahora –y a pesar
de la reforma al artículo 27 de 1992– lo que ha protegido a los pueblos
contra el despojo, siendo sus ejidos y comunidades inalienables,
imprescriptibles e inembargables (o sea que no se pueden vender, que
nadie adquiere derechos de propiedad privada por el sólo transcurso de
tiempo y que no se pueden embargar por ninguna deuda). Quitar estas
tres garantías establecidas gracias al empuje revolucionario de
principios del siglo XX podría suscitar intensas movilizaciones sociales.
En cambio, otorgar el dominio pleno de las parcelas significa destruir la
condición comunal de la tierra, quitándole de esta manera la protección
de la ley sin la necesidad de eliminar los derechos reconocidos. Esta
medida, junto con la eliminación de lo que se conoce como derecho del

tanto y que regula la compra de las parcelas según el orden jerárquico
que la ley establece (cónyuge, concubina/o, hijos, ascendientes,
pobladores de la misma comunidad), permitirá a quien detenta el
dominio pleno de una parcela de enajenarla a otros ejidatarios o
avecindados o bien a personas
extrañas al ejido. Además, en la
nueva redacción de la ley la
asamblea ejidal y comunitaria
estará obligada a otorgar el
dominio pleno al ejidatario
sobre su parcela en el plazo de
un año y en caso de que no lo
haga, un grupo de ciudadanos
podrá
dar
cuenta
a
la
Procuraduría Agraria, para que
ésta expida constancias de no reunión de asamblea en plazos de 30
días.
Fuente: https://maiznativodeoaxaca.wordpress.com/