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13 DE LA ORACION Y CONTEMPLACION

Eusebio.- Muy a mi placer habéis hablado; pero será menester que calléis ahora, para que el
señor arzobispo nos diga, para mi propósito, cómo se ha en sus contemplaciones.
Arzobispo.- Como se había el profeta David, y como nos dice San Pablo que nos hayamos.
Eusebio.- Eso decídmelo más claro.
Arzobispo.- Leed el salmo de David, que empieza: Bienaventurados los perfectos de camino
(Salmo 119), y allí veréis cómo toda la contemplación y ejercicio de aquel santísimo profeta era
pensar en los mandamientos y en la ley de Dios; y lo mismo hallaréis en otros muchos salmos.
Pues si leéis algunas epístolas de San Pablo, en todas ellas no hallaréis otra manera de
contemplación. Tened, pues, por cierto, que esta tal es la verdadera contemplación; porque de
aquí toma el alma conocimiento de la suma bondad, grandeza y misericordia de Dios; de aquí
viene en conocimiento de su propia poquedad y miseria. Aquí aprende qué es lo que debe hacer
para con Dios, y qué para con sus prójimos, y qué para consigo mismo. No hay, en fin, bien
ninguno que con esta continua contemplación no se alcance. Que esas otras imaginaciones -no
sé de qué arte-, que algunos tienen por contemplaciones, yo no sé qué son, ni qué fruto sacan de
ellas, sino un seco contentamiento de parecerles que han empleado bien aquel tiempo; y llámole
seco porque de estas tales imaginaciones se queda el alma, que es la que ha de gozar de ellas,
muy fría y seca.
Eusebio.- ¿Qué libro os enseña a vos eso?
Arzobispo.- La experiencia.
Eusebio.- Luego, según eso, habéis usado, de semejantes contemplaciones.
Arzobispo.- Sí he, por cierto; y aun no me pesa.
Eusebio.- Pues las tenéis por no buenas, ¿por qué no os pesa de haberlas tenido?
Arzobispo.- Por algunos respetos que yo algún día os diré, de mí a vos, cuando tengamos lugar.
Eusebio.- Sea como mandareis.
Antronio.- Ahora, no sé qué me diga. Yo os hallo, señor, en todo muy al contrario de todos
cuantos hombres he hablado en mi vida.
Arzobispo.- Con tanto que no me halléis contrario de la doctrina de Jesucristo, ni de sus
Apóstoles, ni de la Iglesia católica, no me da nada. Cuanto más que hallaréis muchos que os
digan lo que yo.
Eusebio.- Yo no sé qué os diga; sino que también a mí me habéis mostrado a contemplar; porque
os digo de verdad, que aunque yo tenía por buenas esas imaginaciones que habéis reprendido,
me han convencido tanto vuestras palabras, cuanto más las miro, y hállolas tan verdaderas, que
no las puedo contradecir.
Antronio.- ¿Sabéis, señor, que me parece que no decís palabra que no sea muy al propósito? Y
pues que así es, decidnos, por vuestra vida, en qué libros de romance tenéis por bueno que
mande a mis feligreses que lean.