You are on page 1of 8

Leer, comprender, interpretar

La problemática del lenguaje es hoy, quizá, una de las cuestiones que no
pueden dejar de pensarse a la hora de intentar una reflexión acerca de casi todos los
aspectos de los cuales se nutre nuestra realidad, nuestro habitar en el mundo. Se trata de
una cuestión que no puede ni debe reducirse, en su consideración, a temáticas sólo
vinculadas –directa o indirectamente- con lo lingüístico, sintáctico o gramatical, por
citar sólo algunas de las áreas en las que dicha cuestión del lenguaje nos resuena de
manera inmediata. Ciertamente, una lectura como la recién citada es lícita, pero
insuficiente. Más que ello, pensar el lenguaje (término quizá aún demasiado genérico)
supone, antes bien, pensar la realidad, el mundo, y el hombre mismo, esto es, aquellos
escenarios en los cuales el lenguaje propiamente se despliega, allí donde finalmente,
digámoslo así, se cumple.
Las líneas que siguen intentarán, entonces, una aproximación a lo que
podríamos llamar el acontecimiento del lenguaje; hablar en estos términos presupone
ya, de manera inevitable, la necesidad de algunas precisiones.
Podemos, en primera instancia, preguntarnos de qué modo debe entenderse la
manifestación del mismo: ¿es una mera expresión de conceptos? ¿es un simple
instrumento de comunicación, de mayor o menor complejidad? O más aún, y planteando
con lo que sigue una pregunta que constituye uno de los grandes núcleos de la cuestión
central: ¿es el lenguaje realmente capaz de una expresión total y acabada de la realidad?
Y si fuera así, ¿de qué manera?
Finalmente, podemos por el momento culminar esta enumeración de
interrogantes con un nuevo planteo que es al mismo tiempo una necesaria precisión de
lo recientemente señalado: ¿de qué manera se articulan esos interrogantes mencionados
cuando estamos hablando del lenguaje en tanto que ya fijado por la escritura, esto es, en
definitiva, cuando hablamos de un texto? En este caso, cobrará entonces una
fundamental importancia la referencia a otra cuestión cuyo tratamiento será ineludible:
la lectura del texto, y de la mano de ella, su comprensión e interpretación.
De tal modo que, si hacemos un esfuerzo de síntesis de lo hasta aquí sugerido,
es posible, luego del breve recorrido realizado, concentrar nuestras inquietudes en las
siguientes formulaciones: ¿qué significa leer, comprender e interpretar un texto? ¿Qué
nuevas manifestaciones de lo humano y del mundo pueden liberarse?
Lo que sigue intentará ser, entonces, una aproximación y una posible respuesta
a estos interrogantes.
Antes de ingresar de lleno en la temática propia del texto, aportaremos algunas
precisiones previas con respecto al lenguaje en general, necesarias para el posterior
desarrollo.
Como es sabido, y sobre todo en la época más reciente, la problemática del
lenguaje ha sido abordada profusamente, y ello desde puntos de vista diferentes entre sí.
Sólo a modo de ejemplo, basta con citar los tratamientos llevados a cabo por la filosofía
analítica, el estructuralismo lingüístico en general (de manera diferente según la
importante cantidad de autores que pueden encuadrarse en esta variante), y por supuesto
la hermenéutica en general.
Todos los abordajes mencionados han intentado, cada uno desde su ángulo
particular y con diferentes alcances, un análisis del lenguaje. No los recorreremos aquí
ni seguiremos especial o exclusivamente la dirección particular de alguno de ellos; se

trata, antes bien, de lograr una visión que se nutra, enriqueciéndose, de sus diferentes
aportes, algunos de ellos fundamentales para que la cuestión del lenguaje, ya en los
hechos protagonista central del pensamiento, fuera tematizada como tal.
Dicho esto, ingresemos entonces progresivamente, tal como anticipáramos, en
algunas necesarias puntualizaciones en lo que toca al lenguaje en general.
El primer paso deberá detenerse de manera imprescindible en una precisión
fundamental: hasta aquí hemos hablado, en un sentido muy amplio, y en un nivel muy
general, sencillamente de lenguaje. Esta generalidad del término ya ha sido señalada, si
bien muy lateralmente. Detengámonos ahora en ella con mayor rigor. Estrictamente
hablando, el término mencionado se mueve, como mencionamos, en un terreno algo
indefinido. Si recurriéramos, por ejemplo, al pensamiento de Ferdinand de Saussure,
sería preciso establecer en primer lugar, dentro de lo que genéricamente podríamos
llamar “lenguaje”, una distinción entre lengua y habla, diferenciando con ello el sistema
de códigos y reglas fijas que rigen al lenguaje, por un lado, y la ejecución psicológica y
fisiológica de aquel sistema de códigos, por otro. Sólo señalaremos, con respecto a esta
distinción, que más allá de la importancia de la misma, reducirse a una mera
consideración de la lengua supondría atenernos a una consideración de una estructura
(término no casual, siendo que hablamos de uno de los padres del estructuralismo
lingüístico) de relaciones de dependencia mutua, sin valor absoluto para ninguno de los
términos que la componen. Así, el lenguaje sería simplemente un continuo juego de
referencias, constituyendo un sistema pasible de ser analizado (valga el ejemplo de Paul
Ricoeur, en su análisis del estructuralismo lingüístico, cuando intenta ilustrarlo con la
expresión “la ronda sin fin del diccionario”, para mostrar cómo todo término –“signo”
en lenguaje de Saussure- termina resolviéndose en la referencia a otro, sin entidad
propia para ninguno, estrictamente hablando, y en un sistema cerrado del cual nunca es
preciso salir para lograr la respuesta al supuesto sentido final).
Esta consideración de la lengua como sistema, muy en boga hasta no hace
tanto tiempo, se esmeraba, sobre todo, por lograr la posibilidad de una consideración lo
más “científica” posible del lenguaje; por ello la necesidad de constituir el sistema
señalado. El habla, en cambio, en tanto que ejecución, no ofrece esa posibilidad.
Las características particulares señaladas de este sistema son tentadoras, en
una primera instancia, para llevar a cabo una crítica que apunte directamente a su
limitación. Sin embargo, y como se señalara líneas arriba, si se tiene la prudencia de
quitarle carácter absoluto, como en algún momento se pretendió, el estructuralismo
lingüístico en general (no sólo el de Ferdinand de Saussure) aporta elementos
importantes, que, articulados con perspectivas superadoras y más abarcadoras que se
referirán a lo que hemos llamado el acontecimiento del lenguaje, permitirán ir
esbozando, paulatinamente, una reflexión más profunda y sugestiva de lo que implica –
digámoslo así- un decir, un expresar algo.
Habiéndonos detenido brevemente en estas aclaraciones, intentemos ahora,
progresivamente, ingresar en uno de los primeros núcleos de reflexión, que se vincula
con lo recientemente apuntado.
Es preciso señalar, primeramente, que el lenguaje (mantengamos aún la
generalidad del término) excede y escapa a la “clausura” implícita en el sistema de
signos descripta en el esquema estructuralista. Esto no quiere decir que este análisis no

sea una etapa lícita; sí significa que es una condición necesaria pero no suficiente para
verdaderamente pensar qué ocurre cuando se da el lenguaje. ¿Cuál es entonces la
función primordial del lenguaje como tal? La respuesta es en apariencia simple y
categórica, pero arrastra una latencia compleja y digna de ser objeto de una reflexión
más detenida: en el lenguaje alguien dice algo a alguien sobre algo.
Comencemos por la lectura más inmediata de la expresión, y no por ello
menos importante: el lenguaje se refiere a la realidad, tiene algo que decir acerca de la
realidad. ¿Dónde reside la importancia de esta afirmación? En primer lugar, en la
apertura, esto es, en su posibilidad y necesidad de superación del sistema cerrado de
signos. Decir algo es referirse a la realidad, es echar ancla en ella y expresar un
contenido allí presente. No se trata de un simple juego autorreferencial y sin fin de los
términos o signos entre sí (“la ronda sin fin del diccionario”). Hay un algo otro que él al
cual se dirige, apunta, y en el cual se cumple.
En este sentido, si nos atrevemos a dar un paso más, en un hilado más fino,
puede afirmarse que el lenguaje tiene entonces un doble objetivo: a) decir algo, y b)
decirlo sobre algo. En esto consiste entonces propiamente su “liberación” más allá del
sistema de signos y su anclaje en la realidad.
Esta puesta en juego, entonces, del sistema en una salida fuera de sí mismo
para autosuperarse y en esa apertura anclar en la realidad se entiende, finalmente –y
demos con esto un paso más- como un discurso acerca de algo, acerca de la realidad, en
definitiva, acerca de un mundo (volveremos más adelante sobre el sentido de este último
término).
Detengámonos un momento en lo adquirido hasta aquí. El lenguaje, entonces,
si bien en una primera instancia puede ser considerado como un sistema de signos
(estructuralismo lingüístico), instancia lícita pero insuficiente, en un segundo momento
debe trascender esa etapa que podríamos llamar -en un sentido muy laxo del término
-“científica” para cumplir con lo que verdaderamente se entiende como su razón de ser:
la expresión de un algo otro en la realidad; de este modo se constituye como un discurso
sobre la misma.
Ahora bien, lo hasta aquí señalado, sin embargo, sólo representa un momento
casi introductorio de la cuestión. Antes aún de entrar de lleno en la prometida cuestión
del texto, debemos avanzar algo más en nuevas consideraciones.
Ha quedado claro que el lenguaje, por decirlo así, arraiga en la realidad. Con
todo, cabe aún el interrogante: cuando esto ocurre, cuando este acontecimiento tiene
lugar, ¿qué es lo que es dicho de esa realidad o de ese mundo? ¿Se trata simplemente del
discurso descriptivo, objetivante, fáctico que se asemejaría al proceder de –casicualquier ciencia, mediante el cual lo presente se halla expresado en conceptos y
palabras? Dicho de otro modo, ¿el lenguaje es sólo manifestación descriptiva de lo
presente, entendiendo por ello un mero explicar qué son las cosas que tengo delante?
Estos interrogantes obran como disparadores de un nuevo núcleo temático
fundamental a ser pensado en una reflexión sobre el lenguaje. Desde ya, lo mencionado
en el párrafo anterior se halla presente, al menos en lo que podríamos denominar una
primera función del lenguaje, o mejor, en una primera manifestación de su
acontecimiento.
Sin embargo, debe decirse que un discurso referencial sobre la realidad puede
liberar además otras dimensiones, dimensiones presentes aunque no patentes en la
misma; y cuando hablamos aquí de una “no patencia” no hacemos referencia

simplemente a lo no aprehensible empíricamente. Antes bien, el lenguaje, por su misma
naturaleza, permite la liberación de otras “capas” de la realidad, en especial los
lenguajes que se inscriben bajo los títulos genéricos de lenguaje filosófico, poético,
metafórico, ficcional, etc.
En efecto, a partir de ello, se impone una nueva pregunta: ¿qué dimensiones,
presentes en la realidad aunque no según el modo de lo patente, son descubiertas y
liberadas por estos “lenguajes”? ¿qué particularidades tiene cada uno de ellos para
operar esta liberación?
Pensemos en el lenguaje metafórico-poético en general: ¿puede decirse que es
un lenguaje (discurso) propiamente descriptivo? Ciertamente no; sin embargo, ¿puede
afirmarse sin más que este tipo de lenguaje no se refiere a la realidad, no remite a ella,
no dice nada de ella? O en otras palabras, ¿deberíamos sostener que se constituye como
una expresión que tiene como característica el mero ornamento de la expresión, o quizá
la intención de teñir de elementos afectivos el discurso? La respuesta es tan
categóricamente negativa como la precedente. El discurso metafórico-poético también –
aunque claramente de otro modo- remite a la realidad. Nuestro desafío ahora consiste en
mostrar cuál es su modo propio de referirse a ella, y, más aún, y sobre todo, qué otras
dimensiones le son accesibles, qué estratos ocultos de la realidad manifiesta desde su
particular decir, en definitiva, qué dice y qué nos muestra del mundo.
Comencemos por indicar, en consonancia con lo recientemente señalado, que
este lenguaje particular, este discurso de matices diferentes, dice el mundo y lo muestra
accediendo a un modo de manifestación de ese mundo que en cierto modo “late” bajo la
fáctico-presente, por debajo del mero fenómeno que se despliega, directa o
indirectamente, ante nuestros ojos, y que es objeto de distintas disciplinas. Apelando a
nuevamente a una feliz expresión de Paul Ricoeur, podría decirse que la metáfora
“libera una referencia de segundo grado” ¿Qué debe entenderse por ello?
La respuesta a esta pregunta nos conduce, inevitablemente, a la cuestión del
sentido. Hemos dicho líneas arriba que el lenguaje en general, como discurso, tiene
siempre una referencia a la realidad o al mundo, y, de este modo, expresa un sentido allí
presente. Con la frase recién citada, se abre el juego a otra dimensión de referencia, que
trasciende lo meramente descriptivo; ¿qué sentido entonces se expresa aquí, si la
referencia primera ha sido trascendida? Indudablemente un nuevo sentido, latente pero
presente en la realidad, un sentido que es liberado para que permanezca abierto a la
escucha que no se conforma con una definición del simple qué es del sentido literal o de
la referencia primera, sino que, al ir más allá de ello, es permeable para algo otro que se
sugiere. Hay pues, en este lenguaje, una sugerencia, un posible algo otro a ser pensado,
que no es definible ni conceptualizable, no es objeto de tal o cual sistema o estructura;
simplemente –y nada menos- una dimensión que toca a lo más profundo sin describirlo,
precisamente gracias a su apertura nunca abarcable ni definible.
Sea por ejemplo la metáfora “el mar duerme”; ¿qué se describe aquí? ¿se hace
referencia a un fenómeno, al menos en el sentido más amplio del término, se intenta
describir o definir propiamente algo? ¿se dice algo de la realidad?
Evidentemente, no se trata de una expresión fácticamente descriptiva; sin
embargo, como también adelantáramos, tampoco puede afirmarse que la realidad o el
mundo no se hallen dichos aquí. Como puede apreciarse, y como ocurre en todo
lenguaje, se dice algo acerca de algo; pero es preciso aquí, más que nunca, detenernos
en el cómo de ese decir; y cuando decimos el cómo de un decir no nos referimos –y esta
metáfora es clara en este sentido- a tal o cual manera terminológica de expresar, no

hacemos referencia al aspecto “ornamental” del lenguaje. Este cómo, antes bien, remite
a la posibilidad de que el mismo mundo, la misma realidad, sea pensado desde una
perspectiva que abre, que propone posibilidades. ¿Puede afirmarse, estrictamente
hablando, desde la significación de los términos, que el “mar duerma”? Ciertamente no,
pero decir la frase, ¿no sugiere un incontable número de posibilidades abiertas para el
pensamiento? ¿no nos habla de algo que ocurre, que acontece en este nuestro mundo,
sin la necesidad de una estricta pertinencia en la atribución de un predicado a un sujeto?
Porque, digámoslo así, la metáfora, y esto está a la vista en nuestro ejemplo, parece
caracterizarse precisamente como una impertinencia semántica; esto significa que,
desde lo literal de la atribución y desde lo literal de un sentido que se detuviera en la
referencia primera descriptiva, los términos “mar” y “dormir” no deberían poder
vincularse en una afirmación. Sin embargo, cuando lo hacemos, esa impertinencia se
convierte en el vehículo privilegiado para abrir horizontes no presentes en la
predicación literal.
Desde lo dicho, entonces, quizá podamos intuir algo de aquella expresión
referencia de segundo grado: esto es, una referencia que, trascendiendo la primera
referencia inmediata, brinda nuevas, diferentes y profundas nuevas posibilidades de
apertura para el pensamiento, liberado de las cadenas de la mera literalidad descriptiva.
En conclusión: no sólo el lenguaje poético-metafórico tiene una referencia, no
sólo remite a la realidad, no sólo la dice, sino que lo hace de un modo particular que
roza ultimidades a las cuales la mera descripción no accede.
Antes de continuar con el camino propuesto, cabe, quizá, dejar planteado un
interrogante, a partir de lo dicho con respecto a este orden de lenguaje: ¿qué puntos de
contacto podrán –y tal vez deberán- establecerse entonces entre el lenguaje poético –en
tanto que, como se dijo, no es mero ornamento sino posibilidad profunda de apertura de
horizontes- y la filosofía, en tanto que también se constituye como discurso acerca de
ultimidades? Se trata de una cuestión compleja y por demás profunda. Dejémosla aquí
como inquietud para la reflexión.
Procedamos entonces, ahora sí, una vez aclaradas las cuestiones relativas al
lenguaje en general y al lenguaje metafórico-poético en particular, a una progresiva
aproximación a la problemática planteada párrafos arriba, esto es, la cuestión del texto.
Esta aproximación deberá recoger los elementos brevemente tratados, asumiéndolos y
articulándolos, para una correcta reflexión en torno a nuestro nuevo núcleo temático.
El análisis de la cuestión deberá vincularnos, necesariamente, con tres aspectos
que constituyen la razón de ser, el despliegue y el cumplimiento de aquello que
paulatinamente iremos definiendo, precisamente como texto; estos tres aspectos, que
irán haciendo su aparición en la medida en que su presencia sea reclamada para la
explicación, son los siguientes: la lectura, la comprensión y la interpretación.
Podemos iniciar esta etapa del camino estableciendo una primera “definición”
(si es que cabe el término) de lo que en primera instancia, y de manera aún muy
preliminar, podemos entender por texto: llamamos texto a todo discurso fijado por la
escritura.
Esta primera noción, si bien aún genérica, nos permite acceder a un primer
elemento clave hasta ahora sólo mencionado lateralmente: la fijación por la escritura. El
texto es y sigue siendo, entonces, un discurso (deberán recordarse aquí los rasgos
esenciales señalados para el discurso en general y para el discurso metafórico-poético en

particular), pero con la introducción de un factor que supondrá un detenimiento en
cuestiones fundamentales que este factor trae consigo: la escritura que permite fijarlo.
El factor del discurso fijado por la escritura nos conduce de inmediato a una de
las cuestiones mencionadas: la lectura. En efecto, y en primer lugar, ¿qué significa leer
un texto? O dicho de otro modo, ¿qué es lo que leemos en un texto? ¿Debe entenderse
que todo texto es trascripción de un acontecimiento de habla anterior (recordemos la
distinción lengua-habla establecida en su momento)?
Todos estos interrogantes pueden comenzar a encontrar respuesta en las
siguientes precisiones.
En primer lugar, y apelando a lo ya indicado, recordemos que todo lenguaje,
fundamentalmente, tiene como rasgo distintivo su arraigo en la realidad, su referencia a
la misma, en definitiva el decir algo sobre algo. Cuando el discurso se hace texto (si es
que cabe la expresión), la pregunta deberá precisarse: ¿qué es lo que dice el texto? De
manera preliminar debemos responder que todo texto fija en la escritura lo que quiere
decir el discurso, aquella referencia a la realidad. Sin embargo, debemos advertir acerca
de algunas posibles confusiones que ello puede generar. No debe olvidarse que leer un
texto es leer a un autor que a través de él se expresa. En este sentido, es importante
despejar una eventual ambigüedad a través de la respuesta a una nueva pregunta: si el
texto fija lo que quiere decir el discurso, ¿ello supone que en la lectura de un texto
debemos intentar descubrir las intenciones del autor que lo hizo posible, en un esfuerzo
de acceso a su pensamiento, por otra parte quizá ya fuera de nuestro alcance? ¿Es
realmente posible este esfuerzo psicológico, en tanto que el autor ya no se halla presente
ante mí, lector, que intento descifrar un significado allí presente? O en otras palabras,
¿se trata de un diálogo con el autor a través de su texto? Indudablemente, y contra las
interpretaciones propias de buena parte del Romanticismo, esta posibilidad debe dejarse
de lado. Autor y lector se hallan ausentes el uno para el otro; toda situación dialogal, aún
metafóricamente entendida, en consecuencia, queda abolida. Leer (y en consecuencia
comenzar a comprender) un texto no consiste en un esfuerzo por trasladarnos a la
psiquis de quien lo hizo posible, entablando una suerte de diálogo imaginario con él.
Antes bien, leer y comprender un texto supone, como ya dijimos, intentar
acceder a lo que allí se quiere decir, o, dicho de otro modo, acceder a lo dicho del decir,
al sentido que el texto transmite y que en él está presente.
Ahora bien, y con lo que sigue ingresamos en el aspecto quizá más arduo de la
cuestión, la mencionada comprensión, ¿es alcanzable sin más, de modo objetivo e
inmediato? ¿puedo captar sin ningún rodeo o prevención lo que allí esta dicho y se
quiere decir? En definitiva, ¿qué es lo que comprendo, y cómo?
Decíamos recientemente que leer y comprender un texto no puede resolverse
en un “diálogo” con el autor a través de su obra. Avancemos un paso más. En la lectura,
y en el consecuente trabajo continuo y progresivo de comprensión, lo hemos dicho, el
autor está ausente. Sólo tenemos su obra. No dialogamos con el autor. Digamos sí que
puede establecerse un diálogo con la obra misma. Pero esta obra ya se halla totalmente
“despegada” del universo intencional de su autor, al cual no tenemos acceso más que, en
el mejor de los casos, impreciso e indirecto, quizá sugerido, pero nunca entendido como
posibilidad última de resolución de la comprensión. La obra –el texto- está allí, ante
nosotros, sin más. Nos hallamos frente a ella. Pero ese texto, en tanto que liberado de las
intenciones de su autor, ha comenzado a desplegar ante cualquiera que pueda y quiera
leerlo, un horizonte propio, ha liberado sentido, nos habla de un mundo. Es
precisamente con este nuevo despliegue con el que podemos “dialogar” en tanto que

lectores. En este nuevo “diálogo” (obra-lector) se encuentran, fecundos, dos “mundos”
(el de la obra y el del lector) los cuales, abiertos el uno al otro, se encuentran al dialogar
y –utilizando terminología de Gadamer- fusionan sus horizontes propios.
Texto-obra y lector se encuentran así en la comprensión, la cual, entendida de
esta manera, supera, aunque no descarta, dos posibles versiones de la “comprensión”:
a) En general, y más allá de la problemática del texto, como mera captación
objetiva de un sentido intrínseco y presente en las cosas de la realidad (aprehensión
cognoscitiva, discurso conceptual-científico).
b) Como recurso a la psiquis ajena para reconstruir el proceso creador.
La comprensión abre, de este modo, una nueva perspectiva: la posibilidad de
que el texto tenga, desde ya un sentido, pero también un significado, algo que surge en
la lectura misma, en el camino hacia la comprensión a partir del encuentro entre dos
horizontes que allí juegan: el desplegado por la obra y el del lector que se entrega a ese
diálogo y a ese encuentro.
Es por ello que podemos afirmar, una vez más en sintonía con Paul Ricoeur,
que la comprensión del texto finalmente desemboca en una mayor y mejor comprensión
de sí mismo: es un “comprenderse ante el texto”
Estas posibilidades desplegadas por el texto, en juego y en fusión con las
posibilidades y horizonte del lector, cobran aún mayor vuelo cuando el texto que
acontece ante nosotros es un texto de naturaleza metafórico-poética: de manera aún más
acentuada que en la explicación reciente, lo que allí el texto libera, lo que allí sugiere y
abre, ya no es simplemente un sentido a ser comprendido en tanto que referencia
primera y literal de una realidad: se trata de aquella referencia de segundo grado, de
aquel horizonte de apertura anteriormente descripto. Aún más aquí el lector se halla
interpelado, llamado, invitado, a un juego dialogal con el texto: el poema invita a
recorrer caminos no descriptivos, no literales, no inmediatos; se trata, en este caso, de
una posibilidad y una invitación que se instala en y toca a lo más profundo del acontecer
humano, y de ese modo, como quizá nunca, texto y hombre se encuentran para
proyectar un algo otro y un algo nuevo, en y a través de aquello presente pero no
patente: la dimensión que expresa el lenguaje metafórico; dimensión, -si se nos permite
la expresión- presente al modo de la ausencia.
Establezcamos finalmente una precisión. Hablábamos hasta aquí de
comprensión de un texto. Entendiéndola de este modo, habiendo notado cómo el lector,
el hombre que allí proyecta y pone en juego su mundo se halla involucrado, y cómo de
allí resulta algo nuevo, esta comprensión deviene, en última instancia, una
interpretación. ¿Por qué nos atrevemos a dar este paso? Por el simple hecho de que,
como ya ha sido señalado en reiteradas oportunidades, no se trata de la mera
comprensión objetiva-objetivante, ni del recurso psicologizante; se trata de una
comprensión en la cual, sin perder de vista lo que el texto es y dice acerca de la realidad,
esta referencia a la misma se ve superada por lo nunca acabado, conceptualizado ni
resuelto de la intervención de aquel que dialoga con lo dicho y pone en juego allí lo
propio, produciendo un encuentro fecundo y nuevo.
Este ejercicio (si se nos permite la expresión) de la lectura, la comprensión y la
interpretación no constituye, propiamente hablando, un método de análisis textual,

aunque el lector avezado haya podido descubrir con cierta facilidad en estas líneas
huellas que remiten de algún modo –o de varios- a la hermenéutica textual. Si bien ella
se halla presente, la totalidad de lo expuesto se ha nutrido también del aporte de otras
perspectivas (el estructuralismo lingüístico mencionado es un ejemplo) que enriquecen
su enfoque y se articulan con ella.
Antes bien, lo que precede ha intentado ser, simplemente, un aporte más, entre
tantos otros, a una cuestión que, como se señalaba en la introducción, constituye uno de
los grandes temas que hoy deben ocupar el análisis –filosófico o no- que lleve adelante
el pensamiento: el lenguaje.