Les seré sincero, llevo mucho tiempo sin escribir exactamente sobre un tema en específico que no tenga que

ver con alguna presentación en público, conferencia o revista en los últimos diez u once meses previos. Pero esto lo amerita y mucho. Cuando estuve estudiando en la Facultad, nuestra grandiosa Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (aunque sé que muchos de ustedes aún no le agarran cariño), me di cuenta de que la posibilidad de aprender no dependía exactamente de nuestros profesores, la falta instalaciones o equipamiento de “punta”, las políticas antieducativas de algunos representantes de nuestras autoridades, o la falta de capacidades pedagógicas septianas con la que muchos (me incluyo) queremos compartir nuestros conocimientos. No voy a hablar acerca de las necesidades de muchas, créanme, muchas escuelas a todos los niveles (afortunadamente he tenido la oportunidad de estar en Universidades “privadas” y aunque lo duden mucho le envidian a nuestra Casa de Estudios) sino de una cosa que les he tratado de compartir desde hace muchas semanas. Me gustaría delimitarlas: 1) la humildad del (poseedor de) conocimiento; 2) la ventaja de las nuevas tecnologías; y 3) la posibilidad de aprender de los demás. Quizá ya me esté adelantando hasta el final del curso, pero es posible que les sirva a muchos. Un asunto de humildad Cuando era estudiante presumo que nunca fui santo de devoción de muchos profesores; hecho que lamento hoy en día ya que por lo mismo no he podido recurrir durante mi vida profesional a la asesoría, apoyo y guía de muchos de ellos. Con el paso del tiempo comprendí que el reto de ser alumno no es el que sea uno “retador”, sino que se rete a sí mismo a enfrentarse a aprender más; más de lo que se ve en clase, de lo que se pide en las tareas y lo que se consideraría un estándar. Lo viví a primera mano cuando tuve que dar clase en una Universidad de paga, cuando la “empresa” defiende y aboga por el confort de los alumnos (que autonombran clientes) y no por una constante lucha de hacer mejores mexicanos en el caso de que también estos no lograsen terminar sus estudios superiores. Es increíble cómo se reta al profesor como persona y no como profesional, no se reta con conocimiento sino con simple pose de que “pues yo pago” (aunque sean sus papás quienes cubren la cuota), sin fundamentos sino por el simple motivo de que “pues lo puedo hacer”. La verdad a mis 29 años no me preocupa mucho los hábitos conductuales de muchos jóvenes porque también aprendí que la vida va moldeando a muchos, como diría mi abuelo, “a trancazos”. Humildad tiene que ver con ser humano, ser respetuoso y ser consciente de lo que nos rodea. Además de ser empático, simpático y con valor de anteponer el bien común ante los beneficios propios. Posiblemente les suene a muchos como un terreno pantanoso, idílico e inalcanzable, pero compartir el conocimiento es una posibilidad de lograr esto. Yo aún no tengo hijos (y lo planeo hacer con tiempo) pero sé que tendré que formar a mis propias personitas teniendo en mente lo anterior, sabiendo que yo pasé por su edad y sus vivencias y también libré muchos retos que ellos tendrán que afrontar. Algún día anduve en bicicleta y me caí, pero si aprendí bien por lo menos les compartiré cómo no caerse tan rápido y si se caen no rasparse lo suficiente como para que me rompa el alma así como he escuchado a muchos padres hablar cuando sus hijos padecen una simple gripe o la pérdida de ellos.

Humildad es saber que me puedo también caer, rasparme y chillar si es necesario; como le ha pasado a miles de millones de personas en toda la historia de la humanidad. Sé que conmigo no se va rompió el molde, y como diría mi madre: “para ser rey primero necesitas ser príncipe, para ser maestro primero necesitas ser alumno”, y en este mundo siempre habrá alguien que sepa más que nosotros, que sea especialista en un área en específico y nuestro reto es saberle sacar todo su conocimiento en beneficio de nuestro propio desarrollo humano y social. También es un asunto tecnológico Me declaro tecnófilo, y hoy que se descompuso una de mis computadoras, la más nueva, la que más me ha costado y en la que trabajo de maravilla (mucho mejor que con las otras), casi chillo de angustia. Hace tiempo me encontraba la gente en línea y no en la calle, y el Cristian que ustedes conocen aún anteayer me reclamó por millonésima vez que con el tiempo me hago más “offline” (aunque a mí me gusta el término de unplugged o desenchufado). Sueño con la posibilidad de que exista conexión inalámbrica a Internet hasta en los túneles del metro, pero más me gustaría que uno pudiese andar por la calle y hasta en el metro con el último gadget tecnológico sin miedo de sufrir un asalto (esto sí suena más a sueño). Podría seguir con muchos aspectos más, pero la verdad es que nunca acabaría. Podría reducirlo a que la tecnología no es más que una simple manifestación de la evolución del pensamiento humano, ya no de las habilidades motoras porque como se imaginarán llevo más de treinta minutos sentado sin mover más que mis dedos. La tecnología nos ha servido como humanidad a manipular la naturaleza, a transformar los elementos que podemos encontrar en ella y también eficientar los procesos de producción alimentaria y de necesidades humanas. La tecnología no es más que una simple manifestación que nos separa del mono y nuestros antepasados con la finalidad de que nuestra especie supere las etapas difíciles que han puesto en peligro nuestra supervivencia. La tecnología está presente en todo lo que nos rodea, desde el monitor frente a ustedes, sus componentes, la pared que los protege de la intemperie, la pintura que lo recubre, su propia ropa, y todo, absolutamente todo que su vista alcance. Pero se preguntarán, ¿para qué me sirve ser consciente de la tecnología? Supongamos que el mundo un día sufre una gran catástrofe, y ustedes junto con un grupo selecto de humanos más (recuerden la ley de Darwin, yo los considero de los más aptos) logran sobrevivir. El reto ahora es reconstruir el mundo y darle continuidad a la evolución que se venía dando. Para fortuna suya, no todo se ha destruido, quedan restos de tecnología por recuperar y aplicar, diversas ciencias han dejado su huella y es más, la mejor tecnología inventada aún resiste morir en muchos lugares de esta tierra: el libro. Se tratan de pensamientos y conocimientos trasladados a una especie de memoria tangible, ligera y compacta, que alguien algún día se tomó la molestia de trabajar para que tras morirse alguien lo recordara. La mayoría de nosotros empleamos la tecnología presuponiendo que así se emplea y que así nos sirve mejor para alcanzar nuestros fines. Muy pocas veces nos preocupamos de lo que hay detrás de la misma (es más, si funciona está bien hecho, entonces ni para molestarnos), y muchas muy pocas veces

más nos preocupamos para mejorarlo. La innovación se trata de esto, por eso hay carros más veloces y más eficientes, porque ha habido quienes se han tomado la molestia de hacerlos más de lo que fueron en un principio. La industria japonesa salió adelante tomando este principio como base para su desarrollo. Entre la Primera y Segunda Guerra Mundial, un día le solicitan a la Marina Inglesa los planos de un buque de guerra para inspeccionarlo antes de solicitárselos para su compra. La compra nunca se efectuó, es más, les regresaron a los ingleses sus planos. Lo que sí lograron fue copiar a detalle los mismos y mejorarlos (ya que inclusive habían detectado errores de diseño). Eficientaron su fabricación, hicieron innovaciones y hasta lograron una reducción de costos en la producción. Lo mismo sucedió con la industria automotriz y la electrónica, y desde la década de los ochentas, este mismo modelo fue adoptado por la mayoría de las industrias a nivel mundial. Regresando al conocimiento, no se puede obviar a la tecnología y pensar que va a mejorarse por su cuenta. La innovación implica tener en cuenta las nuevas necesidades de sus usuarios, del medio ambiente y del mercado. Los chinos ahora hacen Vírgenes de Guadalupe, mucho más baratas y en masa, mucho mejor que la industria mexicana pudiese lograr en muchos años. Y sólo porque se han tomado la molestia de venir hasta acá, conocer el proceso de producción, llevarse una muestra, despedazarla y por último mejorar el proceso. Y no soy malinchista, sino que debo reconocer que en nuestro país el interés de muchos sectores del mercado no se basa en la investigación, en la innovación y desarrollo de nuevas técnicas, tecnologías y artículos de consumo. Tenemos una educación post-revolucionaria que se basa en la importación de todo lo extranjero, en el maravillamiento por los espejitos que se desechan en otros países y basada en la ley del mínimo esfuerzo y estirar la mano y demandar que nos den más, aunque sepamos que es de pésima calidad y que no cubre nuestras necesidades. Mientras nuestros Diputados y Senadores vacacionan disimulando que protestan, no existen iniciativas destinadas a la investigación de fuentes alternativas de energía, de renovar los parques vehiculares para que empleen tecnologías alternativas energéticas, de lanzar proyectos estudiantiles destinados a generar planes y acciones de conservación y preservación del medio ambiente y de emplear nuestro petróleo para seguirlo vendiendo al extranjero y nosotros emplearlo para lo mínimo como ya lo está haciendo Brasil o Venezuela (estoy hablando de la industria energética de estos países, que curiosamente es también su principal fuente económica). No se trata únicamente de conocer y exponerse a la tecnología, sino de ver cómo le puedo sacar mayor provecho, de conocerla lo más a fondo que pueda y quizá, por qué no, si no me satisface o me llena, mejorarla. Si en el proceso de esto se hacen millonarios, no olviden mencionar mi nombre como fuente de su inspiración. Pásame la bolita, de tu conocimiento Personalmente tengo un principio de vida que trato de llevar a cabo día con día. Es algo casi religioso y trato de transmitirlo constantemente por todos lados, y ahora que estoy en la política no saben cuánto me ha servido: “De todas las personas aprende; de lo bueno y lo malo. De lo bueno para que lo mejores; de lo malo para que no lo repitas”.

Se trata de qué tipo de personas queremos ser, llegar a ser, y que alguien algún día nos recuerde. Por más religioso que sea, sé que no estoy tocado por Dios o por alguna fuente de sabiduría superior, para no cometer errores, para encontrar el mejor camino, y de paso tratar de hacer felices a la gente que me rodea. Se trata de un esfuerzo unipersonal cotidiano. Formamos parte de una comunidad, y la convivencia y la armonía se logran mediante una eficiente comunicación. Las Ciencias de la Comunicación no son un descubrimiento reciente, sino que recientemente se ha documentado su desarrollo y eficiencia. Son miles de millones de años de evolución, y cien años de la era moderna reciente no son más que una pizca de todo lo que el hombre como especie significa. La evolución se divide en etapas y una de ellas es el colapso; lo mismo sucede con las culturas, reinados, poderes políticos y status quo. Si vemos cada día como una oportunidad para la mejora continua, entonces nuestros futuros hijos, alumnos, clientes, usuarios o consumidores podrán tener lo mejor de mí; un posible paso para evitar el colapso. Si les transmito eficientemente mi conocimiento, mis experiencias, mis errores, fracasos y también éxitos, si hago lo mejor para que el otro (mi igual) se supere y venza sus obstáculos, si me preocupo por mi entorno y no por mi simple “buen vivir” entonces estaremos hablando de una mejor sociedad, de un mejor México. ¿Qué esto no es lo mismo que han tratado de hacer muchas personas conmigo durante toda mi vida? ¿Cuán difícil es entender a los demás? La verdad no mucho, es una cuestión de barreras y limitantes en la comunicación que se establecen de parte del emisor y también del receptor. Si me esfuerzo por derribar mis bloqueos de comunicación cincuenta por ciento de la evolución para una mejor sociedad ya está dado, nuestro reto es ahora conocer a nuestro receptor, descomponerlo en sus partes y reconocerlo como individuo pensante y un background (o formación única e irrepetible, como la nuestra) distinto al nuestro. Las nuevas tecnologías son buenísimas para conocer la retroalimentación de información en tiempo real, pero debemos recodar que los principios de comunicación y convivencia se siguen dando a nivel humano y cara a cara, con respeto y humanidad. Lo demás es pan comido. Lo demás dependerá de nosotros y nuestra capacidad para compartir y recibir el conocimiento y experiencias de los demás. ¿Estás dispuesto a aceptar este reto? Espero sus comentarios.