“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.


Mateo 5.9
Hemos visto en el último artículo que los limpios de corazón son aquellos que han recibido la justicia impartida por Dios mediante la fe en Jesucristo, lo cual significa ser declarados justos delante de Dios. Ahora bien, ¿cuál es uno de los primeros frutos, o resultados de esta justificación? Talvez el más preeminente resultado de la justificación en la vida espiritual, pero también psicológica, de un hombre, es la restauración de la paz. Podemos afirmar sin titubeo que uno de los resultados más dolorosos del pecado en la psique humana es la destitución de dicha paz, y por ende, el continuo estado de perturbación que azota el alma humana. Muchas son las guerras que este mundo sangriento ha presenciado, pero ninguna se compara a la incesante batalla que se traba en el espíritu del hombre. La Palabra de Dios enseña que la raíz de esta perturbación se encuentra en el estado de enemistad existente entre el hombre y Dios, y esto a causa del pecado humano, que le hace estar bajo la ira de Dios. Aquí encontramos la razón por la que la justificación otorgada gratuitamente por Dios en Cristo Jesús, lo primero que produce en el corazón del hombre es paz, verdadera paz. Es de notar que los movimientos pacifistas, aún sin mucho resultado, están de moda en diferentes países, especialmente en el continente europeo. He hablado con algunos jóvenes que tienen la convicción de que no se debe luchar bajo ningún término, que todo y cualquier tipo de lucha es condenable y que, por ende, la vida (la supervivencia biológica), es único bien que se debe preservar a toda costa. Gracias a Dios no pensaron así los que han dado sus vidas por la libertad y los derechos humanos, y otros muchos nobles ideales. La verdad es que no es de este tema que está hablando Jesús en este versículo ya que, aunque Jesús es el “Príncipe de Paz”, él mismo, sabiendo la condición en la que se encuentra el hombre, dijo: No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada.” (Mateo 10:34). De esto hablaba sabiendo las consecuencias de su enseñanza en la vida de sus discípulos. La Palabra de Dios nos enseña que debemos luchar, que hay una lucha por la que vale la pena dar la vida; pero que esta lucha no es contra sangre ni carne, sino contra principados y potestades (Efesios 6:12). Ciertamente Jesús no era un pacifista en la forma en la que lo entendemos hoy día, pero fue el hombre de paz, por excelencia. Queremos paz entre los hombres, pero esta no es posible si antes no existe paz en el hombre. ¿A qué se refiere entonces este versículo? Aquí Jesús está hablando de la característica natural de aquellos que están en paz con Dios. Éstos, y sólo éstos pueden vivir en paz con aquellos que están a su alrededor. Jesús enseñó a los suyos a amar a sus enemigos, pues nuestro Padre que está en los Cielos derrama gracia y misericordia sobre aquellos que le aman, y sobre aquellos que le aborrecen. Cuando el cristiano entiende la deplorable condición en la que se encuentra el hombre como esclavo del pecado, y la dignidad del mismo como hecho a la imagen y semejanza de Dios, es llevado a amarle así como Dios ama a los hombres. Las preguntas que debemos hacernos es: ¿hemos experimentado la paz con Dios en nuestros corazones?, y por ende, ¿sabemos lo qué es

vivir en paz con nuestro prójimo? ¿y con nuestros enemigos? Sólo los verdaderos hijos de Dios conocen los secretos de la verdadera paz.