“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada?

No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.” Mateo 5:13 Terminamos el artículo anterior recordando que es prerrogativa exclusiva de la iglesia de Cristo ser sal y luz de la tierra. En este artículo meditaremos en el significado de este legado. La pregunta que hacemos es: ¿Qué significa ser sal y luz de la tierra? Para poder responder parcial, pero adecuadamente a esta pregunta, debemos comenzar por recordar la realidad actual del hombre, conforme la Palabra de Dios nos enseña. No existe religión, filosofía, o punto de vista que imprima al ser humano tamaña dignidad como lo hace la Escritura. En Génesis 1.26 leemos que Dios creó al hombre conforme a su imagen y semejanza. Por esta razón afirmamos que, aún con el pecado, el hombre es lo más similar a Dios que podemos encontrar. Este es el único principio que puede explicar la instintiva y racional dignidad del ser humano, y a su vez, el único que la puede sustentar. A partir del momento que quitamos esta verdad, la dignidad del hombre se ve violada de tal manera que aún la dignidad de los animales pasa a ser superior. Pero también aprendemos en la Biblia que el pecado corrompió la imagen de Dios en el hombre deformándola completamente. Esto se hace claramente manifiesto en el hecho de que el pecado lleva al hombre a levantarse en contra de si mismo, deshumanizándolo completamente. De esta manera, la humanidad ha dejado de dar a conocer a través de si misma a su Creador, para dar a conocer su propia perversión, y en definitiva al mismo Diablo. Esto no es pura teoría… sólo tenéis que mirar un poco el mundo que les rodea, y aprender la naturaleza de vuestro propio corazón. Teniendo este telón de fondo, podemos decir que ser sal de la tierra, es manifestar esta imagen que se había perdido. Lo que Dios hace en su iglesia es restaurar Su imagen en la misma, y darla a conocer, a través de ella, al mundo. A esto, en parte, nos referimos los cristianos al decir que estamos creciendo a la estatura o imagen de Cristo. Esta trasformación comienza por una cambio en el corazón del hombre (por corazón nos referimos al centro de la personalidad, eso es, a la esencia del hombre, o a su mismo ego). Esto es lo que llamamos nuevo nacimiento. Este cambio, se hace manifiesto exteriormente mediante lo que llamamos las buenas obras. Haciendo un resumen que responda a la pregunta con la que comenzamos podemos decir que: ser sal de la tierra es dar a conocer la imagen Dios mediante nuestra voluntad y acciones, al mundo que nos rodea. Muy bien, terminaremos respondiendo a la siguiente pregunta: ¿Cuáles son las características de la imagen de Dios en el corazón humano? La primera de ellas es un profundo amor por su Creador, reconociendo su bondad y amor al darle la vida y la salvación. Por ende, nace un amor por la criatura (el prójimo), por el simple hecho de ser criatura. La paz y la libertad que conllevan fluir en aquello para lo que hemos sido creados también hacen parte de esta imagen. Ser honestos y sinceros en nuestras relaciones. Dar valor a lo que tiene valor, y despreciar lo que debe ser despreciado. Tener un hambre profundo por la justicia, pero aprender a ofrecer gracia y misericordia. Despreciar el bienestar personal a favor del que padece. Estar dispuestos a servir, aún cuando esto conlleve sacrificio y dolor. ¡Cuánto más podríamos decir! La gracia de Dios hace del hombre verdaderamente hombre. Pidamos a nuestro Dios que su imagen se manifieste a cada día más y más en nuestras vidas. Amén y amén