“No penséis que he venido a abrogar la ley o los profetas; no he venido a abrogar, sino para cumplir.” Mateo 5.

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Una de las principales acusaciones que recibió el Señor Jesucristo fue la de no cumplir la santa ley de Dios. Le acusaban de no guardar el sábado como día de Señor, de no lavarse las manos antes de comer, y de caminar con publicanos y pecadores. Muchos pensaban que el propósito de Jesús era el de comenzar una secta nueva que rompía con las tradiciones antiguas de la religión judía. Es de notar que esta acusación también fue hecha en contra de los apóstoles y de la iglesia primitiva. A su vez, en las bienaventuranzas, las características de un hombre favorecido por Dios son bien distintas de aquellas que se pensaban en la época. Se tenía la idea de que el hombre bienaventurado era aquel que poseía muchos bienes materiales y que era capaz de cumplir perfectamente cada particularidad de la ley de Dios. Por estas dos razones Jesucristo trata del tema que comenzaremos a meditar en esta sección. ¿Comenzaba Jesús una nueva secta? ¿En Cristo Jesús la ley del Antiguo Testamento pierde toda su relevancia? Estas y otras preguntas nos harán pensar en las siguientes líneas de este artículo, y posiblemente de algunos más. Para comenzar adecuadamente la meditación de este tema, debemos tratar de la naturaleza y propósito de la Ley. Por Ley nos referimos a la totalidad del Antiguo Testamento, y más precisamente a los cinco primeros libros del mismo. ¿Cuál es el propósito de la Ley? ¿Por qué nos fue dada de parte de Dios? En primer lugar podemos decir que la Ley refleja la santidad moral de Dios. Dios es Santo, y una de las características de su santidad es la perfección moral, la cual se refleja en la ley. Debemos destacar que no es el todo de Su santidad, pero es parte importante de la misma. En segundo lugar, la ley da a conocer la buen, perfecta y agradable voluntad de Dios para el hombre. Obedecer la ley de Dios es andar en conformidad con el propio Dios. Podemos decir que la Ley de Dios da a conocer el estilo de vida que conlleva paz, felicidad, y verdadera realización para el ser humano. Esto tanto en su aspecto negativo (las prohibiciones), como en el aspecto positivo (las ordenanzas). En tercer lugar, dando relevancia al mismo, la Ley de Dios fue dada al hombre para revelar (traer a luz, dar a conocer) el pecado (ver Romanos 3.20). Esto con el propósito de llevar al ser humano al reconocimiento de su necesidad de un Redentor. Por eso el apóstol Pablo dice a los gálatas que “la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe”. Terminemos este artículo meditando un poco en este tercer propósito de la Ley. ¿Cómo la ley da a conocer el pecado? Es curioso cómo la ley hace esta ardua tarea. En primer lugar, existe cierto antagonismo incongruente en contra de la ley en el corazón humano. Por un lado aceptamos que la ley es esencialmente buena para la vida del hombre. Por otro, aborrecemos la ley y deseamos aquello que sabemos que es para nuestro propio mal. Esto es el pecado. En segundo lugar, cuando la conciencia del hombre esta tan cauterizada por el propio pecado, es necesario que la Ley traiga luz respecto al mismo al corazón humano. Nadie puede negar que la ley de Dios es corroborada por la conciencia del hombre, cuando la misma está en su sana condición. En tercer lugar, el pecado muestra su verdadera cara mediante la ley, ya que mediante lo

bueno se manifiesta como siendo sobremanera malo (pecaminoso). El pecado destruye al hombre partiendo de aquello que es para su propio bien. Continuaremos en el próximo boletín.