“No penséis que he venido a abolir a la ley o los profetas; no he venido a abolir, sino a cumplir” Mateo 5.

17 En el artículo anterior hemos meditado en algunos de los propósitos por los cuales la Ley de Dios nos ha sido dada. Terminamos dicho artículo exponiendo el tercer propósito de la Ley, al cual dedicaremos también este artículo. Este punto dice que la Ley tiene como objetivo poner en manifiesto el pecado. Como paréntesis, debemos decir que la Ley no tendría necesidad de ser dada al hombre si no fuese por el pecado mismo, ya que sería natural al hombre su apreciación y obediencia. La dádiva de la Ley sólo tiene sentido cuando entendida la condición pecaminosa de la humanidad. Podemos decir que la Ley de Dios es como la luz que se enciende en una habitación oscura, o como la escoba que levanta el polvo que estaba en las orillas del suelo. Vemos que la Ley en si no es lo que produce el pecado, sino que ella manifiesta (da a conocer) el mismo. Apreciamos hoy en día la idea de que el pecado no existe por si mismo, sino que es determinado por la ley en vigencia. Podríamos decir que, bajo ese punto de vista, la ley es la que produce el pecado; por lo tanto, para que no haya pecado, sencillamente debemos hacer desaparecer de escena a la ley. Entiendo que hallan ciertos aspectos de lo que se considera correcto e incorrecto que evidentemente son dictados por las tradiciones y costumbres, pero es un absurdo hacer de las excepciones la verdad absoluta. Además, es patente para el ser humano que esto no es así. El asesinato, la violación, el robo o la mentira (entre muchas otras cosas) son denunciadas por la conciencia humana desde su más temprana edad, y en cualquier cultura; aún cuando el mismo no haya recibido ninguna educación. Es natural al ser humano dicho conocimiento, pues la imagen de Dios, aunque distorsionada en el mismo, se lo recuerda constantemente. Pensar de otra manera es simplificar la patente realidad del bien y del mal. En esto, le guste o no al hombre, su conciencia aprueba la benignidad de la Ley de Dios. Es verdad que la tendencia pecaminosa es la de luchar para acallar la conciencia, pues esta le revela la verdad; pero vez tras vez ella viene a perturbar su alma. Entonces, lo que destruye al hombre es el pecado y no la Ley. También es correcto decir con el apóstol Pablo que el poder de condenación de la Ley reside en el pecado, y no en la Ley misma. La Ley actúa como un espejo para el alma humana, pero también como su justo verdugo. Por lo tanto ella es una bendición en la medida que revela nuestra necesidad de un Redentor (alguien que nos libere de las garras del pecado), y una maldición en que nos condena. A su vez, esta función de la Ley es la que hace con que el corazón del hombre natural la aborrezca con todas sus fuerzas. El hombre no soporta la Ley, porque esta le revela su condición. Ahora bien, para los hijos de Dios la Ley es su deleite, porque no ven en ella una imposición, sino aquello que nace de su propio corazón regenerado; aquello a lo que son llamados y capacitados para hacer. El cristiano se deleita en la Ley de Dios porque ya no está bajo su maldición, sino porque la misma habita en su mente y corazón (Jeremías 31.33). Podemos decir como el salmista: “Mas yo en tu ley me he regocijado” (Salmos 119.70b). Nuestro Señor Jesucristo vino a cumplir la Ley perfectamente, tanto en su aspecto negativo (prohibiciones) como en el positivo (mandamientos). Aún más, Jesucristo es la manifestación de la Ley de Dios en carne. Esta es la razón por la que la Palabra de Dios dice que él es la “luz del mundo”. La personificación del amor, la justicia y la verdad. Y

el pecado se manifiesta en que “la luz vino al mundo, y los hombre amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Juan 3.19).Que el Espíritu Santo aplique la Ley de Dios llevando a muchos al arrepentimiento para perdón de pecado. Amén.