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“Oísteis que fue dicho a los antiguos…Pero yo

os digo”
Esta frase se repite cinco veces en el capítulo 5 de Mateo. Pero, ¿qué quiere decir
Jesús al expresarse de esta manera? ¿Acaso era una reprobación a la Ley del Antiguo
Testamento a favor de otra superior? Muchos creen que lo que Jesús está haciendo es
elevar la Ley moral del Antiguo Testamento, pero veremos que esta es una interpretación
errónea. Meditemos en la enseñanza del Señor en estos versículos.
Para comenzar debemos meditar un poco en la naturaleza del pecado. Podemos
hablar de tres niveles distintos de expresión del pecado; como si fuesen distintas capas de
una cebolla de las cuales las periféricas se forman por las internas. El primer nivel que
observamos, el cual es fruto de los otros dos, es el que se refiere a las acciones. Leemos
en 1 Juan 3.4: “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es
infracción de la ley”. Por lo tanto, infringir físicamente la ley Dios es pecado. Ahora
bien, la infracción física de la ley es producto del pecado que habita en la mente, pues
leemos en Colosenses 1.21: “Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y
enemigos en vuestra mente…”, y en Romanos 1.28: “Y como ellos no aprobaron tener en
cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada…”. Hablando de estos dos
niveles podemos decir que el pecado manifestado físicamente, ya tuvo su expresión
anteriormente en la mente.
Muchos estudiosos bíblicos piensan que la pecaminosidad humana reside
principalmente en la mente, y por lo tanto, la misma comprendería el último nivel. Lo que
ellos no tienen en cuenta es que la mente piensa lo que reside en el corazón. En Marcos
7.21 leemos: “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos
pensamientos…”. Por “corazón” en este texto la Escritura se refiere a la naturaleza
humana, en otras palabras, su ego central. Decimos entonces que el trono del pecado
encuentra su lugar en la misma naturaleza humana, y por lo tanto, dicta y esclaviza su
existencia. Tengamos cuidado en este punto de no pensar que esto significa que el
hombre es esclavo involuntario del pecado, pues no es así. Fue el propio hombre el que
decidió vivir bajo la tiranía del mismo. La naturaleza humana no es neutra, sino que es
activamente enemiga de Dios. Leemos en Romanos 5.10, “Porque si siendo enemigos,
fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo…”. Además, me arriesgaría a
decir que pocas sociedades han expresado esta verdad de manera tan contundente como
la nuestra. El hombre natural es enemigo de Dios. Él no sólo es ignorante en cuanto al
Señor, sino que le aborrece y no desea seguir sus mandamientos. Para resumir este
pensamiento leemos en Juan 3.19: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y
los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”. Esta es
la razón suprema por la que la salvación de los hombres depende de la gracia de Dios, por
la que Él libera al hombre de las corrientes de esclavitud del pecado creando en él una
nueva naturaleza.
Ahora, en breves palabras explicaré qué estaba haciendo Jesús al hablar de esta
forma: Los judíos de la época de Jesús (así como los hombres de todos los tiempos) eran
incapaces de discernir la realidad interior del pecado. Ellos creían que la Ley sólo se
refería a las acciones externas del hombre, pero de ningún modo era así en el Antiguo
Testamento. El Señor Jesucristo les explica que aquel “que mira a una mujer para
codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”, y que “cualquiera que se enoje (pecado
interno) contra su hermano, será culpable de juicio”. Lo que Jesús estaba haciendo era
abrir los ojos de su gente a la realidad interna del pecado, para que de esta forma
entendiesen que su verdadera necesidad no era la de una reforma intelectual y moral, sino
de un nuevo nacimiento. Que por la gracia de Dios los ojos de muchos sean abiertos a
esta misma realidad.