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LA FILOSOFÍA COMO PREGUNTA Y RESPUESTA

La experiencia filosófica puede ser considerada como la
articulación entre una pregunta y una respuesta. La filosofía
pregunta una y otra vez: la pregunta es la auténtica vocación
del pensamiento que nos llama a responder todas las cuestiones
que atañen a nuestra existencia como peregrinos en esta tierra.
Y, sin duda, en el patrimonio del mundo de las ideas que es la
historia de la filosofía, hallamos numerosas respuestas a los
grandes interrogantes que la existencia humana plantea. Sin
embargo, advertimos con facilidad que la condición de
posibilidad de todas las respuestas está dada por la existencia
de la pregunta misma, la cual nos abre el camino para la
investigación. Ahora bien, ¿cómo es que surge en nosotros la
pregunta y la vocación por la filosofía?
En la primera línea de la ‘Metafísica’, Aristóteles sostiene que
“todos los hombres por naturaleza desean saber.” 1 Este ‘deseo
de saber’, este ‘amor a la sabiduría’, tiene su origen en el
asombro, la duda y la búsqueda incesante del sentido de
nuestra vida, estados anímicos que despiertan en nosotros la
pregunta, la invitación a pensar.
En efecto, el hombre es un ser finito arrojado al mundo, que vive
dormido en su lecho hasta que despierta de ese sueño
indiferenciado al percatar que efectivamente existe. Un buen
día, la existencia se refleja en la conciencia del hombre con la
certeza de no habérsela dado a sí mismo como tampoco a los
entes que lo circundan. Y ante tal espectáculo, ante el
testimonio del ser, el hombre en su aurora puede preguntar:
‘¿por qué existo?’, a lo cual, sin recurrir a supuestos extraños,
sólo puede responder inmediatamente: ‘porque sí’. He aquí el
desnudo dato de la vida: no sabemos de dónde venimos, qué
hacemos aquí y ahora, ni adónde vamos. “El enigma de la
existencia mira al hombre en todos los tiempos con el mismo
rostro misterioso.” 2
Y al advertir el hombre que no es un solitario en el cosmos, sino
que convive con sus semejantes y con el resto de los entes,
puede extender la pregunta a la totalidad de las cosas y
preguntar, como lo ha hecho Leibniz, “¿por qué hay ente y no
más bien nada?” 3 Al plantear la cuestión Leibniz pensó que la
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Aristóteles, ‘Metafísica’, I, 980 a
Dilthey, ‘Filosofía de la filosofía’, Rev. Occidente, Madrid, 1974, p.126
Leibniz, ‘Escritos filosóficos’, Charcas, Bs. As, 1982, p.601

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nada es más simple y fácil que algo, es decir, que pudo no haber
habido nada, con lo cual desparecerían los problemas y las
preguntas. Pero de hecho hay ente y no nada, por lo cual se
tiene el derecho –y la obligación dado que estamos en filosofíade preguntar ‘¿por qué hay ente?’
Pues bien, ¿no es una ‘obviedad’ que hay ente? En efecto, si no
hubiera ente, ni estaríamos nosotros, ni estaría todo lo demás
en relación con lo cual nuestra existencia es tal como se nos
presenta. Se trata de algo tan ‘obvio’, tan ‘natural’, tan
‘evidente’, que se puede transcurrir toda la vida sin que a uno
se le ocurra siquiera plantear tal cuestión. Es más, habrá quien
piense que dadas las urgencias históricas que nos acosan como
los problemas económicos, políticos, sociales y laborales, sería
conveniente atender a estas necesidades concretas, antes de
ocuparnos en algo tan obvio, inútil e, incluso, pedante.
A pesar de los tiempos que corren, hostiles muchas veces para
la filosofía, debemos decir que esta pregunta es la más seria,
más profunda y menos prescindible de todas las preguntas que
el hombre puede formular: “¿por qué hay ente y no más bien
nada?” Se trata de la pregunta por el fundamento o principio de
todas las cosas, que ha revalorizado Martin Heidegger en el siglo
XX, a la cual se han dado numerosas y diversas respuestas a lo
largo de la historia: de hecho existen tantas posturas filosóficas
como respuestas se hayan dado a la misma.
La pregunta, entonces, queda planteada. Ahora debemos
agregar que, si bien es cierto que “el preguntar es la devoción
del pensar” 4, el responder es el blanco al que el preguntar
apunta y es el polo sin el cual la filosofía pierde su sentido. Si
para nuestro saber “sus preguntas son más esenciales que sus
respuestas, y toda respuesta se convierte en una nueva
pregunta” 5, entonces parecería que la filosofía nos condena a
una pregunta suspendida, a un eterno no encontrar lo que se
está buscando. Tal parece ser el grado de agotamiento al que la
‘docta ignorantia’ de la razón filosófica ha llegado en nuestros
días, la cual se ve eclipsada por las lunas del positivismo y del
nihilismo reinantes que, con sus respectivos dogmas de que
‘sólo hay hechos’ y de que ‘el mundo es absurdo’, han sembrado
de escepticismo el terreno filosófico.

Heidegger, ‘Conferencias y artículos’, Alfa, Bs. As, 1975, p.148
Jaspers, ‘La filosofía desde el punto de vista de la existencia’, FCE, Bs. As, 1992,
p.11
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Desde el positivismo se nos dice que “de lo que no se puede
hablar, más vale callar” 6 y desde el nihilismo que “la filosofía
no puede ni debe enseñar a dónde nos dirigimos, sino a vivir en
la condición de quien no se dirige a ninguna parte.” 7 De este
modo la filosofía queda reducida a un mero órgano a favor de
las ciencias o a un tipo especial de pasatiempo literario,
renunciando a su problema esencial: “el problema antes, ahora
y siempre discutido y nunca resuelto: ¿qué es el ser?” 8
No obstante, puesto que es el fondo mismo de la realidad el que
despierta en nosotros la pregunta y clama una respuesta, no
será auténtico filósofo aquél que deje en indefinido suspenso su
respuesta. De hecho, filósofo es quien tiene fe en el hallazgo de
la verdad, quien usa la duda positivamente, como elemento
crítico y como instrumento de adquisición, y quien buscará que
cada pregunta repose en su respuesta.
La
respuesta
filosófica
es
siempre
personalísima
y
comprometedora, pues en ella el sujeto que interroga se ve
involucrado en su totalidad dentro del interrogante, por lo cual
la experiencia filosófica suele ir acompañada por un ‘temor y
temblor’ existencial, aún cuando la pregunta filosófica no pueda
ser contestada de una forma definitiva, dado que nos las
habemos con misterios y no tan sólo con problemas.
En efecto, que Dios exista o no, que el bien sea realidad o
ficción, que exista una verdad objetiva o no, que el hombre sea
persona o un animal más complejo, que la vida se prolongue
más allá de la muerte o que con ella se extinga, implica concebir
el universo de un modo radicalmente opuesto a otro modo dado,
determinando la actitud existencial y la conducta de quien haya
dado sus respuestas. Es por la misma gravedad de sus
cuestiones que en la experiencia filosófica hay una interioridad
profunda e insondable que no se expresa y no se enseña. En
rigor, podemos decir que no se puede aprender cómo ser
filósofo, “no es un oficio: no lo sabrá nunca quien no lo
experimente.” 9
La filosofía como pregunta es el punto de partida, pero sólo será
verdadera filosofía si encuentra en la respuesta el punto de
llegada. Para vivir auténticamente la experiencia filosófica es
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Wittgenstein, ‘Tractatus logico-philosophicus’, UNAM, México, 1988, par.7
Vattimo, ‘Más allá del sujeto’, Piados, Barcelona, 1989, p.11
Aristóteles, ‘Metafísica’, 1028, 2-4
Sciacca, ‘La filosofía y el concepto de filosofía’, Troquel, Bs. As, 1955, p.14

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indispensable –quién lo negaría- la formación académica, el
estudio sistemático de los grandes temas y el diálogo personal
con los grandes pensadores de la historia de la filosofía. Pero no
se trata de recorrer las bibliotecas y buscar allí las respuestas
recurriendo a una ‘cabeza prestada’, sino de descubrir y leer con
una mirada penetrante el libro de la realidad en una experiencia
sincera, única e irremplazable, pues “el oficio de la filosofía no
es averiguar el pensamiento de los hombres, sino la realidad de
las cosas.” 10

10

Santo Tomás de Aquino, ‘De caelo et mundo’, I, lec. 22, n. 8

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