Día Mundial del Libro 23 de Abril de 2008

El primer libro que dio a conocer las pinturas de la cueva de Altamira

Algunas citas de literatos y artistas sobre sus impresiones de la cueva de Altamira MUSEO NACIONAL Y CENTRO DE INVESTIGACIÓN DE ALTAMIRA Abril 2008

SE DESCUBRE EL ARTE RUPESTRE EN ALTAMIRA

En 1880 Marcelino Sanz de Sautuola dio a conocer el primer Arte de la Humanidad, descubierto en la cueva de Altamira
Marcelino Sanz de Sautuola fue el primero en reconocer la creación artística en las personas del Paleolítico. Publicó su descubrimiento en Breves Apuntes... “Examinadas detenidamente estas pinturas, desde luego se conoce que su autor estaba muy práctico en hacerlas, pues se observa que debió ser su mano firme y que no andaba titubeando (…); Merece también notarse que una gran parte de las figura están colocadas de manera que las protuberancias convexas de la bóveda están aprovechadas de modo que no perjudiquen el conjunto de aquellas, todo lo que demuestra que su autor no carecía de instinto artístico”.

El Museo de Altamira expone este libro, el primero sobre Altamira y su Arte paleolítico, sobre el primer Arte de la Humanidad

ALTAMIRA Y LA POLÉMICA SOBRE EL ORIGEN HUMANO

El descubrimiento de las pinturas de la cueva de Altamira nos hacía menos primitivos en nuestros orígenes.
La espectacularidad de las pinturas hizo que se dudara de su antigüedad. Fue a finales del siglo XIX, con una ciencia de la Prehistoria aún joven e insegura y con un intenso debate sobre el origen y antigüedad de la especie humana. El descubrimiento en Francia de varias cuevas con arte rupestre acabó con las dudas y rechazos suscitados por la belleza de Altamira. Su reconocimiento definitivo tardó 20 años en llegar; lo expresó formalmente el eminente Prehistoriador Emile de Cartailhac, que, en 1902, publicó el artículo Les cavernes ornées de dessins: la grotte d´Altamira: mea culpa d´un sceptique. (…) Es necesario inclinarse ante la realidad, y, en lo que a mí respecta, debo hacer justicia a M. de Sautuola (…) Es la más hermosa, la más extraña, la más interesante de todas las cavernas con pinturas”.

La cueva de Altamira es Patrimonio Mundial desde 1985

José Ortega y Gasset, “Santillana del Mar: La sombra mágica de la varita”, 1916 en Obras completas, Madrid, Taurus, Tomo II, 2004 “Abre el guía la verja que defiende el ojo negro de la caverna, por donde hemos de ingresar. Avanzamos el pie sobre un terreno húmedo, resbaladizo, pedregoso. Pronto sentimos que la tiniebla nos ha devorado y nos malaxa, nos mastica con sus mandíbulas impalpables.(...) Y pensar que esto es un Museo! Nuestra escasa simpatía por los museos de arte se suaviza un poco. ¡Excelente un museo a oscuras! Las manos trabajan la tiniebla, abriendo en ella rutas posibles, y el pie tropieza, se escurre peligrosamente en un rápido deslizamiento hacia el centro de la Tierra. Entretanto, el guía enciende una lámpara de acetileno. Nuestro afán de ver los bisontes ilustres no admite espera. Miramos el techo de la cueva. ¡Helos ahí! ¿Fantasmáticos, monstruosos! Se mueven sobre el haz de la piedra. Pero no; ha sido un error. Lo que hemos visto era nuestras propias sombras, temblorosas, proyectadas sobre la techumbre por la lámpara que yace en el suelo. ¿Y los bisontes? Hay un recato irónico en estas figuras primigenias que rehúsan entregarse sin más ni más a la retina profana. (...) Es la segunda vez que visito el antro misterioso, y la impresión de estupor que me produjo la primera sólo ha podido aumentarse. La perfección y la complejidad de este arte rupestre sacuden dentro de nosotros legiones de ideas anquilosadas, demasiado seguras de si mismas. No hay duda, la cueva de Altamira es uno de los grandes hechos que han caído en el regazo de nuestra época. De un golpe ha triplicado el horizonte de la memoria humana, de la historia, de la civilización. Y como todo nuevo hecho de gran calibre, obliga a ensanchar enormemente nuestro sistema de ideas si ha de tener en él cabida. (...) ¿No es un escándalo que el arte pictórico – una cosa tan difícil, según los pintores- comience desde luego con lo perfecto? (...) ¿Cómo los salvajes de Altamira han podido extraer de sí la delicadeza, el ritmo, la gracia triunfantes en estas figuras? Por otra parte -pensamos-, nuestra extrañeza es un poco retórica.

Todos los días observamos cosa parecida. No pocos de los mejores artistas actuales, tratados de cerca, presentan caracteres paleolíticos. Sea dicho sin mala intención. (...)” Jorge Luis Borges, “El advenimiento”, El Oro de Los Tigres, 1972, Obras Completas II,Barcelona, Emece, 1996 Soy el que fui en el alba, entre la tribu. Tendido en mi rincón de la caverna, pujaba por hundirme en las oscuras aguas del sueño. Espectros de animales heridos por la esquirla de la flecha daban horror a las tinieblas. Algo, quizá la ejecución de una promesa, la muerte de un rival de la montaña, quizá el amor, quizá una piedra mágica, me había sido otorgado. Lo he perdido. Gastada por los siglos, la memoria sólo guarda esa noche y su mañana. Yo anhelaba y temía. Bruscamente oí el sordo tropel interminable de una manada atravesando el alba. Arco de roble, flechas que se clavan, los dejé y fui corriendo hasta la grieta que se abre en el confín de la caverna. Fue entonces que los vi. Brasa rojiza, crueles los cuernos, montañoso el lomo y lóbrega la crin como los ojos que acechaban malvados. Eran miles, son los bisontes, dije. La palabra no había pasado nunca por mis labios, pero sentí que tal era su nombre. Era como si nunca hubiera visto, como si hubiera estado ciego y muerto antes de los bisontes de la aurora.

Surgían de la aurora. Eran la aurora. Yo quise que los otros profanan a aquel pesado río de la bruteza divina, de ignorancia, de soberbia, indiferente como las estrellas. Pisotearon un perro del camino; Lo mismo hubieran hecho con un hombre. Después los trazaría en la caverna con ocre y bermellón. Fueron los dioses del sacrificio y de las preces. Nunca dijo mi boca el nombre de Altamira. Fueron muchas mis formas y mis muertes. Emilia Pardo Bazán, “Las cuevas de Altamira”, La Época, Madrid, 19 de noviembre de 1894 “El dibujo es libre, fácil y seguro; y si aquí no hay trampa, reconozcamos que en las cuevas de Altamira existió el Apeles de las edades prehistóricas. Con habilidad singular, aprovechó para su trabajo el artista decorador los altibajos de la desigual bóveda, y tal cual de estos enormes animalazos, que miden de dos a tres metros de longitud, sorprende por la verdad de su diseño y lo movido de su actitud. Y allí mismo, sobre el terreno, mientras nuestros guías cavan para rebuscar en la capa de cenizas, bien escudriñaba ya, algún raspador o la punta de algún dardo, averiguo cómo se descubrió el sorprendente fresco”. José María de Pereda, Peñas Arriba,Santander, Librería Estudio, 1999 (...)” Miré a Chisco y leí en sus ojos algo como la confirmación de un recelo que él hubiera tenido. Observar esto y amenguarse la luz de la cueva como si hubieran corrido una cortina delante de su boca, por el lado del carrascal, fue todo uno. -¡El machu! –exclamó Chisco entonces.

Pero yo, que estaba más cerca que él de la fiera y mereciendo los honores de su mirada rencorosa, como si a mi sólo quisiera pedir cuentas de los horrores cometidos allí con su familia, sin hacer caso de consejos ni de mandatos, apunté por encima de Canelo, que defendía valerosamente la entrada, a riesgo de matarle, disparé un cañón de mi escopeta. La herida, que fue en el pecho, lejos de contenerle, le enfureció más, y dando un espantoso rugido, arrancó hacia mí, atropellando a Canelo, que en vano había hecho presa en una de sus orejas. Faltándome terreno en que desenvolver el recurso de la escopeta, di dos saltos atrás empuñando el cuchillo; pero ciego ya de pavor, y perdida completamente la serenidad. Desde el fondo de la cueva salió otro tiro entonces: el de la espingarda de Pito. Hirió también al oso, pero sólo le detuvo un momento: lo bastante para que el mozón de Robacío le hundiera la hoja de su cuchillo por debajo del brazo izquierdo hasta la empuñadura. Fue el golpe de gracia, porque con él se desplomó la fiera patas para arriba, yendo a caer su cabeza sobre el pescuezo de la osa, donde le arranqué, con otro tiro de mi revólver, el último aliento de vida que le quedaba. A pesar de ello , los dos mozones volvían a cargar sus escopetas”. Rafael Santos Torroella, Poesías [1935-1962], Buenos Aires, Losada, 1964 Sobre goznes de piedra. Tus manos, Altamira inauguran el libro real de nuestros signos. ¡Cuántas hojas y hojas después hemos llenado! ¡Cuántas veces también las fuimos recorriendo, como niños que juegan o como el caminante que en el alcor descansa mirando a las estrellas! Prisioneras están hoy nuestras manos libres, prisioneras acaso tan sólo de si mismas, igual que el jardinero que traza un laberinto y al concluir se encuentra cautivo entre sus plantas

Por eso a ti volvemos estos ojos cansados, ¡Altamira del alba y umbral de nuestros sueños!, buscando entre tus manos como por vez primera se estremeció al rendirse, desnuda la belleza.

Jorge Luis Borges, “El bisonte”, La rosa profunda, 1975, Obras Completas III, Barcelona, Emece, 1996 “Montañoso, abrumado, indescifrable, rojo como la brasa que se apaga, anda fornido y lento por la vaga soledad de su páramo incansable. El armado testuz levanta. En este antiguo toro de durmiente ira, veo a los hombre rojos del Oeste y a los perdidos hombres de Altamira. Luego pienso que ignora el tiempo humano, cuyo espejo espectral es la memoria. El tiempo no lo toca ni la historia de su discurso, tan variable y vano. Intemporal, innumerable, cero, es el postrer bisonte y el primero”.

Rafael Alberti, La Arboleda Perdida, Barcelona, Seix Barral, Libro II 1917-1931,1989 “De Santillana, creo, salimos en auto para un encuentro emocionante: los bisontes, ciervos y jabalíes de la caverna de Altamira. Lloviznaba. Nos paramos al borde de un camino ante la casucha del encargado de la cueva, que era, por cierto, un cura. Protegidos por su paraguas rojo, atravesamos unos campos sembrados, rasos, sin señales de nada. De pronto, al bajar un declive del terreno surgió una puertecilla. ¡Quién lo hubiera pensado! Por allí se penetraba al santuario más hermoso de todo el arte español.

A oscuras, empezamos a descender hacia el fondo de la tierra. Una luz se encendió, pero seguimos caminando por un pasillo estrecho, más en pendiente cada vez y húmedo. Yo ni me atrevía a respirar, observando las rocas laterales, deseoso de descubrir algún indicio de lo que íbamos a ver. Nada. De repente, unos ocultos reflectores se prendieron. Y, ¡oh maravilla!, estabamos ya en el corazón de la cueva, en la oquedad pintada más asombrosa del mundo. Recostados sobre las grandes piedras del suelo, pudimos abarcar mejor, ya que es baja la bóveda, aquel inmenso fresco de los maestros subterráneos de nuestro cuaternario pictórico. Parecía que las rocas bramaban. Allí, en rojo y negro, amontonados, lustrosos por las filtraciones del agua, estaban los bisontes, enfurecidos o en reposo. Un temblor milenario estremecía la sala. Era como el primer chiquero español, abarrotado de reses bravas pugnando por salir. Ni vaqueros ni mayorales se veían por los muros. Mugían solas, barbadas y terribles bajo aquella oscuridad de siglos. Abandoné la cueva cargado de ángeles, que solté ya en la luz, viéndolos remontarse entre la lluvia, rabiosas las pupilas.” Gerardo Diego,“Milagro en Altamira”, poema dedicado a Emilio Botín Sanz de Sautuola y López, en “De vuelta del peregrino”, en Mi Santander, mi cuna, mi palabra, Santander, Diputación Provincial, 1961 Creer lo que se ve; la fe suprema Milagro en Altamira. Hoy se descubre la dimensión tercera de la historia. ya no es plana la fábula del hombre, ya es cavidad, relieve, perspectiva. Ya podemos meter hasta los codos, y más que Don Quijote en Montesinos, los brazos en la ciencia y la aventura sin temor de encontrar fondo ni límite. Tiempo del hombre son doce mil años, tiempo del hombre y no prehistoria, historia.

Y los bisontes bajan a embestirnos, bramando: “Ayer es hoy también. Palpadnos”. Y la niña creía. Eran sus ojos ventanas de la fe, la fe purísima. “Toros, toros pintados. ¡Mira!” Eran doce años inocentes. Cada año profundizaba mil años de caza, de religión, de magia, de escultura. Bulto y línea, color y movimiento nacían –vida y sueño, arte y materia-, nacieron, nacerán, siguen naciendo. Prodigioso acordar de dos edades. El cristal de la fe y la antorcha trémula de la ciencia, humildísima ensayando, alumbrando reliquias, presta siempre al sacrificio heroico de la hipótesis. ¿Abraham e Isaac? No. Es la niña, su hija. El padre mira, no da crédito a lo que ve, está viendo. Está tocando, siguiendo con la yema de su índice el perfil prodigioso, el ancla eléctrica, lomo abultado, testa revirada, astas en lira que se desvanece. La humedad de la cueva suda gotas y le moja la mano que acaricia -protuberancia natural- el vientre, creación ya del arte, honra del hombre. Y el padre ya no palpa, ya no mira, cierra los ojos, reza, abre sus ojos, Mira los de la niña y cree, cree.

Juan José Arreola, Confabulario personal, Barcelona, Bruguera, 1980 “Tiempo acumulado. Un montículo de polvo impalpable y milenario; un reloj de arena, una morrena viviente: esto es el bisonte en nuestros días. Antes de ponerse en fuga y dejarnos el campo, los animales embistieron por última vez, desplegando la manada de bisontes como un ariete horizontal. Pues evolucionaron en masas compactas, parecían modificaciones de la corteza terrestre con ese aire individual de pequeñas montañas; o una tempestad al ras del suelo por su aspecto de nubarrones. Sin dejarse arrebatar por esa ola de cuernos, de pezuñas y de belfos, el hombre emboscado arrojó flecha tras flecha y cayeron uno por uno los bisontes. Un día se vieron pocos y se refugiaron en el último redil cuaternario. Con ellos se firmó el pacto de paz que fundó nuestro imperio. Los recios toros vencidos nos entregaron el orden de los bovinos con todas sus reservas de carne y leche. Y nosotros les pusimos el yugo además. De esa victoria a todos nos ha quedado un galardón: el último residuo de nuestra fuerza corporal, es lo que tenemos de bisonte asimilado. Por eso, en señal de respetuoso homenaje, el primitivo que somos todos hizo con la imagen del bisonte su mejor dibujo en Altamira”

Pierre Teilhard de Chardin, 1913, en Teilhard de Chardin, R. Speaight, Santander, Sal Térrea, 1972 “Cuando uno piensa que estas pinturas fueron hechas en la era del reno, en un tiempo en que no había traza visible alguna todavía de la civilización egipcia, se queda uno sencillamente atónito. Pero yo confieso que uno se siente también impresionado y que se requiere un esfuerzo para situar estas pinturas en un pasado tan remoto y para tratar de abarcar todo lo que ellas evocan. Tengo que confesar que yo no he logrado todavía hacerlo.“

Juan García [Amos de Escalante], “Antigüedades montañesas. Aborígenes. Cuevas. Dólmentes. Etimologías”, 1899 en Homenaje a Menéndez Pelayo “Las cuevas en Revilla del Valle de Camargo y de Altamira, cerca de Santillana, en aquella región que se llamó un día Alfoz de Camesa, exploradas por un observador de los más curiosos, tenaces y eruditos que entre los contemporáneos tuvo la Montaña, ensanchan los términos de nuestra historia hacia sus orígenes (...) Sautuola en sus visitas a la cueva, movía y escudriñaba el suelo; del techo se cuidaba poco. Acompañóse cierto día de su hija, niña de pocos años, y ésta, o movida por el instinto que nos hace mirar hacia arriba cuando entramos donde la luz es poca y tememos lo que de arriba puede venirnos, o dotada de menos cansados ojos que su padre, fíjolos en el techo y llamó la atención del naturalista hacia lo que en el techo veía. Era, pintada en la bóveda desigual y áspera, una vacada desmandada y revuelta; toros de alto cerro, humillado testuz y enfurecidos ojos, corriendo arriba y abajo, huyéndose y encontrándose, cayendo unos o revolcándose; de otros, una sola parte del cuerpo manifiesta, las fornidas ancas, el velludo pecho, como si salieran de la roca o se entrasen en ella. Fantasía de artista que probó sus materiales o ensayó la inspiración para obras mayores. Y luego, amaestrada la visita y hecha a la confusión y oscuridad, una corza en una parte, un jabalí disparado en otra, un busto de caballo”. Miguel de Unamuno ¡Ay, bisonte altamirano, luz eléctrica en tu cueva, que hundirán trágica prueba tu misterio soberano; el del eterno mañana, que en sus siglos de secreto fue el invisible alfabeto de Gil Blas de Santillana ! (…)

Altamira nos ha proporcionado el privilegio de ver y escuchar a algunos artistas contemporáneos reconocer en la cueva el trabajo de un colega

Joan Miró, L'Intransigeant, París, Mayo de 1928 “La pintura está en decadencia desde la edad de las cavernas” “Moore y España. Humanismo en la modernidad”,en cat. exp. Henry Moore, Fundació La Caixa, Barcelona, 2006 Anita Feldman Bennet. Conservadora de la Henry Moore Foundation A finales del verano de 1934, Henri Moore y su esposa Irina, acompañados por sus amigos íntimos Raymond y Edna “Gin” Coxon, viajaron en ferry desde Gran Bretaña hasta Francia atravesando el Canal de la Mancha y en coche directamente hasta Burdeos, pasaron la frontera española, se dirigieron a Pamplona, recorrieron la carretera de la costa a Santander y prosiguieron hasta llegar a las cuevas de Altamira. Allí Moore quedó fascinado por los tonos ocre amarillento de lo que él denominaba la “Real Academia del Arte Rupestre”-un color que utilizaría en muchos de sus dibujos más tardíos-. Altamira, por Miquel Barceló “Cuando visité por primera vez Altamira pensé, ha sido como volver al origen, que es el sitio más fértil. Creer que el arte ha avanzado mucho desde Altamira a Cézanne es una pretensión occidental, vana. La pulsión, la necesidad del artista es casi la misma. El formato no tiene mucho interés, lo importante es la intensidad de la obra, el resultado. Por eso, desde Altamira y la antigua China a nuestra atribulada y temerosa Europa, a través de los siglos y a través de los conflictos, las obras de arte se muestran como productos de un afán de trascendencia, más allá de las miserias, y nos conciernen personalmente, ahora y siempre. Además de Altamira, también he visitado la cueva de Chauvet, en Francia, donde han aparecido pinturas rupestres datadas en más de treinta mil años, algo impresionante si recordamos que Altamira tiene quince mil. También en Chauvet descubrí una variedad de técnicas sorprendente y un sentido teatral que, como el de Altamira, creo que también está en mi trabajo”

Carta de Nicolas de Staël a Georges de Vlamynck, Toledo, 5 Agosto 1935, Stael. Du trait à la couleur, texto de Anne de Staël, Paris, Imprimerie Nationale, 2001 Estimado Señor de Vlamynck, Altamira. Está muy oscuro. Ruido de llaves, de una puerta de hierro que se abre, de una lámpara que intentamos encender y de repente entramos en una amplia sala muy oscura. Es la cueva. Al principio, no se distingue nada al tenerse que habituar la vista. Poco a poco, y además el guardián lo ha alumbrado todo. Me he tumbado en el suelo para ver mejor. El techo que verdaderamente pesa sobre la cueva está cubierto de dibujos. De una belleza extraordinaria el color y dibujo. A veces, la piedra adopta la forma del toro. Y cuanto más miramos, más sentimos el movimiento del animal. Asombra la humedad, porque al infiltrarse el agua a través de la roca, atraviesa los dibujos y cae gota a gota sobre la frente y los dibujos permanecen intactos, parece que fueron realizados ayer. He vuelto con frecuencia. Es un arte que no cansa, y que se descubre poco a poco. No me han dejado esos cerdos hacer bocetos en el interior de la cueva. Me hubiera gustado darle a usted bocetos de toros tal y como yo los veo. Breuil no ha hecho nada. Es mucho más vivo. Hay en ellos una vitalidad muy intensa, un movimiento espontáneo. Si nos imaginamos la vida de aquella gente, toda la cueva adquiere un aspecto extrañamente poderoso, real. Así que pasé mi pañuelo sobre mi dibujo preferido, pero creo que el que haya quedado negro, rojo u ocre no significa nada. A falta de los toros de las cavernas dibujo muchos toros vivos, son magníficos en el país. País siempre espléndido. Pienso en usted con frecuencia. Transmita a Mme. Vlamynck toda mi amistad, Y a usted, de todo corazón, Su alumno, Nicolas

Esta carta, dirigida a su profesor, con ocasión del viaje que hizo a España, demuestra lo vivaz del diálogo entre ambos, así como su complicidad. El dibujo tiene tanta vida, "cuanto más se mira, más se nota el movimiento del animal". El soplo de la roca no puede disociarse del soplo del pincel. Lo da la pintura para poner lo inerte en movimiento. Pintar para sí mismo en el fondo de lo sagrado de una cueva. El techo, en la carrera, arrastra a las manadas que atraviesan el campo de milenios cuando uno se tumba en el suelo para verlo mejor y, desde ahí, el ritmo visual da el movimiento y la luz. La paleta es una tierra interior. Conclusión de la reunión de la Primera Semana de Arte de la Escuela de Altamira, 19-26 Septiembre 1949 “La Escuela se acoge al signo de Altamira, por considerarle símbolo de arte vivo, de arte fuera del tiempo histórico, de arte por encima de todo nacionalismo, representativo de una pintura que fundía forma y experiencia, de una pintura reveladora de gran capacidad de síntesis. Creemos que el pintor de Altamira era un clásico, entendiendo que clasicismo es capacidad de aunar, eficazmente líneas y volúmenes para que vivan, expresivos por una eternidad incorruptible, con precisión perfecta, en la que no sea posible más ni menos”. Antoni Tàpies, La práctica del arte, Barcelona, Ariel, 1973 “La pintura siempre ha sido una abstracción, desde las cuevas de Altamira hasta Velázquez, pasando por Picasso. Frente a los fanáticos del Realismo he dicho muchas veces que la realidad nunca ha estado en la pintura, sino que únicamente se halla en la mente del espectador. El arte es un signo, un objeto, algo que nos sugiere la realidad en nuestro espíritu. No veo, pues, ningún antagonismo entre abstracción y figuración, mientras nos sugiera esta idea de realidad. La realidad que muestran los ojos es una sombra extremadamente pobre de la realidad”

Día Mundial del Libro, 2008 El libro , un singular instrumento de expresión, educación y comunicación.

En el Día Mundial del Libro el Museo de Altamira invita a sus visitantes a conocer los primeros libros sobre la cueva de Altamira En 1995 la UNESCO proclamó el día 23 de abril como Día Mundial del Libro. Hoy celebramos el placer de la lectura y el respeto a la propiedad intelectual. “(...) el libro es ante todo obra de la inteligencia, la creatividad y la cultura humanas: por ello enriquece el patrimonio inmaterial de la humanidad...” Koïchiro Matsuura, Director General de la UNESCO