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Miami depende

MASS COMMUNICATION & WRITING
PROFESOR MARIO DIAMENT

De según como se mire
Camila García - 20, Noviembre 14

Corría el año 1994 y el país se agitaba entre salidas ilegales, protestas y mítines de
repudio al régimen Castrista. Once balseros escapados de Cuba, a punto de tierra firme,
fueron divisados por la guardia costera estadounidense. “Estábamos ahí mismito, me
hubiera tirado al agua y llego a la orilla, pero pa’ ese tiempo no existía ‘wet-fu’, dry-fu’ ni
nada de esas leyes que hay ahora”, dice Lázaro Valdez, quien tras dos intentos de
arribar a Miami, fue sometido a quince años de cárcel en su tierra natal, la Habana.
“Pero al tercer año de cana cantaron una reforma que soltaba a todo el preso por ‘juío”.

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Luego de aplicar a la lotería de visas, Lázaro pudo llegar a Estados Unidos en el 2000,
como si el Nuevo Milenio también trajera consigo una nueva vida. “Fui uno de los
desgraciao’ -no agraciao- que se sacó el bombo. Dejé tres hijos y ya hace 15 años que
vivo en este meollo”.
“¡Bienvenido a la tierra de la libertad!”, recuerda el
saludo del taxista que lo encaminó del aeropuerto.
“¡Pero la libertad gringa es descara’, porque es tanta
que no sirve pa’ na!”
El hombre de unos ‘cincuenta y pico’ de años (no quizo
revelar su edad), entiende que el cubano que llega
Miami se tiene que aferrar a algo. “Yo me abracé a mi
fe, busqué ayuda en la Iglesia y uno de los
representantes me consiguió trabajo en ‘Ri’mon,
Virginia”.
En Richmond trabajó durante seis años como chofer de
un camión de basura del hotel Hyatt Place. “Pero ahí lo
que me mató fue el frío ¡Ese frío que duele!”, dice
Lázaro y agrega que el clima le causó un enfisema
pulmonar por lo que los médicos le recomendaron
mudarse a un lugar más cálido. “Y na’, así me devolví a
Miami, a la candelá de nuevo.”
Lázaro Valdez laborando (Equinox Aventura)

A su vuelta a la Ciudad del Sol, Lázaro se casó con
una mexicana con la que procreó “un taquito”, como le
llama a su hijo de cuatro años. Ahora trabaja dos turnos, siete días a la semana.

La primera tanda empieza a las 5 de la mañana en un gimnasio de Aventura, donde se
encarga del mantenimiento. De ahí (luego de haber cambiado bombillos, trasladado
máquinas, subido y bajado escaleras para pasar paño a los espejos...) sale a las 3 de la
tarde a un complejo de oficinas en la 87 con US1 donde limpia ‘lo que otros riegan’ hasta
‘las tantas’. “No he traído a mis hijos cubanos por eso, es que uno se la pasa jamando
soga y al final del día no hay ni un guanikiki pa’ comprar una chivita lechera.”
Lázaro planea irse a México a principios del año que viene. Su esposa tiene una taquería
con la que gana suficiente para mantener a dos hijos de otro matrimonio. “He aguantado
tanto tiempo aquí porque uno siempre tiene la esperanza de progreso.” Pero con ojos
llorosos dice que la gota que derramó la copa fue cuando hace dos años recibió la
noticia de la muerte de su madre y no pudo asistir al funeral por falta de dinero y una
insólita visa que necesita para entrar a su propio país.
”He aprendido a vivir con mi dolor, me levanto y me bebo mis lágrimas todos los días.”
Pero Lázaro no aguanta más, está cansado de tanta libertad relativa, de que “no le entre
el inglés ni con cucharita”, de la esclavitud de un horario, de no ser nadie. El hombre
insiste en que con otro puestecito de tacos en el Distrito Federal, podría sacar de Cuba a

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los tres hijos que dejó, con lo que, sumándolos al que tiene en Miami con la mexicana y
los dos de ella, la familia se elevaría a ocho miembros.
Lázaro dice que en Cuba, creció desatado a toda posesión y aprendió que el verdadero
valor de la gente está más allá de lo que llevan puesto. “No importa que seas el más
pobre del barrio; si eres amable, carismático, natural, los cubanos se acercan a ti.”
“Pero aquí nadie se acerca a nadie, ¿verdad Lázaro?”, le pregunta Aída, una compañera
de trabajo que desde el piso estriega con detergente la mancha del esmalte hot pink
derramado por una distinguida socia del gimnasio. “No, y hay manchas que ni el Windex
ese las saca”, le responde Lázaro.
A Aída Álvarez la pidió su hermana residente en Miami en el 2008. A sus 44 años dejó
atrás la Feria de las Flores, el Aguardiente Antioqueño y el humor campesino de su natal
Medellín. Se echó al hombro dos hijos, un marido y el famoso bulto cargado de sueños.
“Ay mi’jita yo vine persiguiendo el American ‘Drim’ y me ha tocado más bien la pesadilla.”
Pero la mirada de Aída delata algo más, la pesadilla por la que realmente llegó a
Estados Unidos. “Usted sabe como es eso de los carteles allá, pues a mi hija le mataron
al novio en ‘un tumbe’ y ahí fue cuando dije ‘me voy’. La traje con 16 años. Preñada de
siete meses.”
Allison, la hija de Aída, trabaja como mesera en el Food Court del Hard Rock Café, pues
dejó a medias la carrera de periodismo que empezó en Colombia y junto a su madre,
hace malabares para turnarse los horarios de trabajo y cuidar a la niña que ya tiene
cuatro años. “Una vez me tuve que traer a la nietecita; la metí en el área de lavado, pero
mi jefa la encontró y casi me la saca por las orejas”, recuerda Aída.
La mujer agrega que ese día pensó en renunciar “Pues eso es lo que falta aquí, calidad
humana. Hubiera sido en Colombia y la vecina me la cuida”. Mas haciendo memoria de
sus otros empleos (“en ese ‘warehouse’ despinando salmón, fregando la mansión
aquella de Bal Harbour, en el cleaner planchando cien camisas diarias”...) decidió
quedarse en Aventura, doblando toallas de las que ya perdió la cuenta y bajo el mando
de una jefa que se la pasa “como el diablo haciendo hostias”.
Y ese típico refrán colombiano, es en realidad un adagio con el que señala a “todos esos
gringos” que tratan de aparentar virtudes que no tienen, para posar de honrados cuando
no lo son. “Esos que toman poses con el fin de disimular sus propias faltas, sus crasos
errores y endilgárselos a otros”, dice.
“Yo en Colombia era Aída Álvarez, aquí soy ‘the clinin leidi’”. Y cuenta como en días
atrás un socio del gimnasio defecó en todo el local, no se excusó, volvió a montarse en
la caminadora y encima le pidió que limpiara la ropa en la misma lavadora en que echa
las toallas. “Es que eso es lo que me choca de ‘Mayami’, el descaro, la indiferencia de la
gente. A mi me dio vergüenza ajena”.

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En cambio Alfredo, el hijo mayor de Aída, supo aprovechar las oportunidades que brinda
la tierra de inmigrantes: se graduó de ciencias políticas y está terminando una maestría
en relaciones internacionales con ayuda estatal. “Si algo le debo agradecer a estos
gringos es eso. Al menos uno de nosotros va a echar pa’lante”.
A la semana de esta entrevista, Allison decidió regresar a Colombia con su bebé, pues
no quiere que su ‘hija americana’ se críe en ‘una sociedad podrida’. -“A ver con qué
‘traqueto' se enreda ahora”, dice su madre con decepción. Pues no se da cuenta de
cuantos hubieran hecho lo indecible por “tener papeles” en Norteamérica.
Valeria llegó a la Florida a la misma edad que Allison, pero no con los mismos privilegios.
Pagó al coyote la primera mitad de lo acordado antes de iniciar el viaje clandestino.
Durante día y medio atravesó todo México y después el desierto de Arizona a pie, entre
golpes de calor, sufrimiento y alimañas.
“Mis papás migraron primero con mis dos hermanos
pequeños. Uno de ellos nació con síndrome de Kartagener
(distribución de los órganos del cuerpo en imagen espejo). ‘Y
las enfermedades raras solo las curan pa’l Norte’, recuerdo
decía mi padre”).

Valeria Aragón en la actualidad

Ella y su tía eran las únicas mujeres entre el grupo de
migrantes. Permaneció en la casa de seguridad de los
coyotes hasta que su familia pudo depositar los mil
ochocientos dólares restantes que la llevarían a su nuevo
hogar.

Yo tenía dieciséis, no me quedó más remedio que seguirlos”- cuenta Valeria Aragón
González, una dreamer que siete años más tarde sería deportada.Tras dos semanas
“secuestrada” en la casa de seguridad de los coyotes, finalmente se estableció con su
familia en Naples durante siete años en los que pudo completar la secundaria. “Cuando
supe que tendría que irme del D.F. no fue fácil, pero al llegar allá toda mi perspectiva
cambió.”
Valeria se inscribió en ESOL (English for Speakers of Other Languages) un sistema que
le permitió aprender el inglés, adquiriendo destrezas auditivas, orales, de escritura y
lectura. “Cuando no hablas el idioma te quedan las señas, el comunicarte mediante
mímica y el intentar sin pena”, dice.
Así fue como paulatinamente la chica se fue integrando a la sociedad americana. Se
graduó de Naples Highscool en 2004 y como muchos otros dreamers, buscaba la forma
de entrar a alguna universidad, mas su búsqueda acabaría pronto. “Ese sábado de 2007,
cometí el error de tomar el bus de Miami a Naples; en una de las paradas se subió el ICE
(Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos) y pidieron
papeles. Mi sueño americano se montó en ese bus para nuca regresar.”

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Valeria ya tiene 30 años y siete sin ver a su familia. “Desde ese entonces pienso que ha
sido mi culpa el que poco a poco mi familia se derrumbara”, cuenta la muchacha que
ahora estudia Relaciones Internacionales en la Facultad de Estudios Superiores de
Aragón, México.
Pero regresar a su país fue peor que irse. “Intenté suicidarme. Estaba sola en alma. Mis
parientes aquí me veían como una criminal y me juzgaban. Además, no podía hablar
bien español y empezaban las críticas.” Y dice que en general la sociedad
latinoamericana piensa que haber vivido en Estados Unidos hace superiores a los
inmigrantes y eso provoca una envidia insoportable.
Sin embargo, Valeria ha encontrado una nueva familia, ‘Los Otros Dreamers’ un grupo
que representa a los que insisten en su sueño mexicano y buscan oportunidades en su
país. El colectivo, formado por jóvenes inmigrantes retornados, nació del impacto que
sufren al regresar, “no son de aquí ni de allá” y se sienten perdidos con los trámites
legales y sociales.
“Jamás me arrepentiré de haber ido a Estados Unidos, estoy convencida de que ha sido
la mejor decisión que mis padres pudieron tomar por mi, me siento agradecida y sé que
algún día les podré recompensar”.
El hermano de Valeria, aunque indocumentado, recibe ayuda estatal para su tratamiento.
“Si no nos hubiéramos mudado aquí, mi niño estaría muerto”- dice la madre de Valeria,
quien junto a sus otros tres hijos y marido tuvo que trasladarse a Washington State tras
la deportación de “su princesa”.
Valeria, aunque desde México, sigue soñando con volver “al Norte”, reunirse con su
familia y hacer maestría en Diplomacia. A pesar de sus bastos intentos, le siguen
negando la visa. -“Los gringos no son injustos, el sistema es injusto, pero a la vez
entiendo que lo hacen para salvaguardar su seguridad. ¡Cualquier otro país haría lo
mismo!”
Asimilarse es sobrevivir, trabajar, arraigarse, conocer las limitaciones de una
nacionalidad y arreglar documentos. Es entender esta mezcla salvaje entre la opulencia
y la miseria; entre la oportunidad y la desdicha. Al fin y al cabo, la clave no está en irse o
quedarse, sino en saber enfrentarse al caótico mosaico étnico y cultural que es Miami.

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