CONDE FÉLIX VON LUCKNER

El último
corsario
La guerra de corso
en pleno siglo XX

SÃO PAULO, MMXIV

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Primera parte:

De grumete a
Oficial de la
Armada

CAPÍTULO I

Cómo se forma un marino.
Preámbulo. Mi fuga del domicilio paterno. En Hamburgo.
Entro como grumete en un velero ruso. El bautizo de los que
cruzan el Ecuador. Caigo al mar. Mi combate con el albatros
y mi salvamento.
Habiéndome proporcionado la fortuna el mando de un velero corsario,
el último sin duda de la historia naval, muchos amigos y extranjeros me
han preguntado por los lances de mi vida. Suponen que circunstancias
poco normales me debieron llevar a la concepción de esta idea
extraordinaria: la guerra a la vela en pleno siglo XX.
Sí, verdaderamente; he dado muchas vueltas por el mundo y arranqué
de muy bajo antes de llevar el uniforme de oficial de la Marina del
Imperio. Quizá debería callar todo eso. Pero como la historia de mi
juventud puede únicamente explicar el papel bastante raro que me fue
posible representar en esa guerra, confesaré con sencillez cómo el diablo
del mar, en otra época, me tomó por el cuello para lanzarme a los cuatro
rincones de los océanos.
Los que habéis nacido de las clases dichosas, no seáis demasiado
duros con los pobres diablos que debieron, durante algún tiempo, ocultar
su fe de bautismo en lo más profundo de la faltriquera, de donde quizá
luego puedan sacarla con honor. Y los que tenéis que trabajar con tanta
pena para elevaros de las capas inferiores de la vida, no perdáis ánimo.
Ya descubriréis un agujero por donde meteros. Quizá os encontréis
también algún día sobre el puente de mando.
Dejando a un lado toda modestia, le ruego al lector indulgente que se
transporte al Liceo de la ciudad de Dresde. En el tercer curso veréis un
muchacho desgarbado y pensativo. Es el segundo año que repite el curso.
Cuando supieron que no podía pasar al cuarto, hubo una escena de mil
diantres en mi casa. Pero mi abuela no tenía los mismos métodos de
educación que mi padre. Era una buena señora, amable y cariñosa; la
violencia que se empleaba conmigo la hería en lo vivo. Un día dijo a mi
padre:
— Quiero ver si consigo corregir a este niño por la afección.
—Lo que conseguirás —contestó mi padre— es sencillamente acabar
de echarlo a perder; pero prueba.
La abuela me llamó aparte y dijo:
—Hijo mío, si me prometes aplicarte, te daré cincuenta pfennigs por
cada puesto que ganes en la clase.

En aquel momento era incapaz de calcular qué suma podría sacar del
negocio; pero dije:
—Te prometo, abuela, que me aplicaré.
—Esto basta —contestó ella.
La confianza que me demostraba me produjo orgullo y estudié cuanto
pude. Vino el primer ejercicio. Volví cariacontecido a casa para anunciar:
«No paso adelante.»
—No importa, hijo mío —dijo la abuela—. Me parece que tu amor
propio se despierta.
En el próximo ejercicio gané cuatro puestos.
—Ya ves —me dijo ella—: es la recompensa de tu aplicación.
Y me dio dos marcos.
A la vez siguiente perdí dos puestos.
—No importa —dijo mi abuela—. Todavía no te encuentras en estado
de conservar tu adelanto; pero continúa aplicándote.
Y no me descontó los puestos perdidos. De esa manera se me ofreció
ocasión de poder salir de todos mis apuros de dinero. No es que me haya
sentido jamás muy aficionado a ganarlo; pero el asunto tenía cierto lado
deportivo. Quería emprender la cría de conejos y era preciso comprar un
macho. El precio era de siete marcos y debía, por lo tanto, ganar catorce
puestos.
Lo conseguí, pero por poco tiempo. Mammon hizo de mí un
espantable personaje. Los saltos adelante y atrás fueron más y más
considerables, más y más audaces. Un día llegué a ser el primero de mi
clase.
Mi abuela me aconsejó que no dijera nada a mi padre. Pero
encontrando al señor Oertel, director del Liceo, no pudo contener su
orgullo.
—¿Qué tal, qué le parece mi Félix? Ése es el resultado de mi método,
de ese sistema tan sencillo de los cincuenta pfennigs. ¡Félix, el primero!
No puede figurarse lo dichosa que me siento. Ese niño es muy listo.
El director mostró gran sorpresa:
—¿Félix el primero? Debe de haber algún error. El censor no me ha
dicho una palabra de ello. Creo que Félix continúa siendo el último.
Mi abuela estaba fuera de sí. Volvió a nuestra casa a toda prisa y me
dirigió los más amargos reproches, arreglándoselas, sin embargo, de
modo que mi padre no pudiera oírla. Porque le repugnaba hacer público
el fracaso de su método.
Poseía dos perros falderillos: Jorge, el más joven, tenía trece años, y el
otro, Federico, catorce. Ambos, por lo demás, muy asmáticos. Jorge, al
volver de paseo, se entretenía siempre en patinar sobre la alfombra.
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Federico encontró esto muy gracioso y le imitó precisamente en mitad del
sermón de mi abuela. La madeja de sus ideas se embrolló y notó además
que Federico acababa de tragarse una indigestible ristra de salchichas y
que trataba en vano de quitárselas de la boca. Jorge, tendido junto al
sillón, procuraba recobrar el resuello. Mi abuela tuvo miedo; sus
falderillos le eran muy caros; el sermón se interrumpió por completo. Se
volvió por última vez hacia mí, diciendo:
—Todo acabó entre nosotros.
Héme, pues, sólo con mi abominación. Habitaba en una zona neutral,
apartado de mi abuela y de mi padre. Un ganapán como yo no haría
nunca nada bueno.
Al acercarse la Pascua, trataron de hacerme ascender al cuarto curso;
pero, después, me aconsejaron que me marchara del colegio. Entré
entonces en otro, dirigido por Hütter y Zander, en Halle de Saale, que
tenía gran reputación para desasnar a los torpes. Me hicieron buenas
promesas y no desesperaron de mí. Me faltaba ganar dos clases para
llegar a la carrera oficial. Mi padre me conjuró una vez más a hacer todos
los esfuerzos posibles para adquirir el derecho a llevar el uniforme
imperial.
Yo lo deseaba vivamente:
—Sí, padre, seguiré el cuarto curso. Te prometo llevar con honor el
uniforme imperial.
Ni mi padre ni yo podíamos suponer entonces que un día cumpliría la
segunda parte de esa promesa sin haber cumplido la primera.
Por su parte, mi padre me prometió que, si triunfaba, me enviaría a
casa de mi primo durante las vacaciones. Estas empezaron; yo había
fracasado.
Mis padres estaban viajando. Nuestro preceptor de familia había
recibido poder para decidir de mi suerte. Me preguntó en seguida:
—¿Has tenido éxito?
—Sí, sí —contesté—. Pero el rector está ausente y no ha podido
firmar todavía la papeleta. Se la enviarán a usted por correo.
Encantado del resultado de sus lecciones, me permitió marcharme.
Hice tranquilamente mis preparativos.
Mi hermano y yo teníamos entonces sendas huchas. De vez en cuando
un tío o una tía de paso en casa depositaban una moneda de oro allí.
Siempre había considerado aquella hucha como mi último recurso.
Encontré en ella ochenta marcos. Tomé también cuarenta de la hucha de
mi hermano. ¿Por qué dejárselos? Hubiera querido no hacerlo, pero se
trataba del capital necesario para mi empresa y esperaba poder
reembolsarle un día con intereses compuestos.
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Mi plan era sencillo: se basaba en las agradables imágenes despertadas
en mí por lo poco que sabía de la vida del mar. La vida de tierra, donde
conocía los bancos de la escuela, me parecía desprovista de todo encanto.
Una minuta del paquebote Príncipe de Bismarck llegó un día a mis
manos: «¡Caramba, qué bien se come a bordo! ¡Y cualquiera puede ser
oficial de un barco como ése!» Había leído también las historias del
astuto Ulises y de Simbad el marino. Pero las indicaciones legadas acerca
de la carrera marítima por esos grandes precursores tenían poco valor
práctico para el eterno discípulo de tercera, que no era ni rey griego ni
mercader árabe. Toda mi experiencia náutica la adquirí a orillas del Saale.
Una caja transformada por mis propias manos en navío me permitió
diversas maniobras y abordajes y me valió en el establecimiento de baños
el alias de «pirata».
Metí en una maleta un traje de caza de mi padre, un revólver, un
puñal, una pipa, todo lo que puede servir en tal género de aventuras.
Luego fui a la estación y me embarqué para Hamburgo, en cuarta clase,
como conviene a un principiante. Mi vecino de banco era un mozo de
matadero; quería también ser marino. Los motivos, no llegué a
desentrañarlos muy bien. A mí, sin haber estudiado el latín, no se me
hubiera ocurrido jamás tal idea.
A las diez y media de la noche, llegaba a la estación de Klostertor. Un
gran letrero decía: «Asilo Concordia, camas a 50 y 75 pfennigs.» Tales
precios me parecieron en consonancia con mi fortuna presente. Acudió un
faquín con un carretón y preguntó: «¿Adonde va esto?» «Al hotel
Concordia.» «¿Al Concordia? Ven por aquí, muchacho. Entonces, ¿te han
echado a la calle y quieres ser marino?» Ese brusco tono de intimidad me
sorprendió, así como el olfato de ese viejo hamburgués. Por primera vez
en mi vida llegué a San Pauli y me maravilló el espectáculo de sus caféconciertos, donde se dan cita todas las naciones marítimas del mundo.
Chinos, negros, ¡qué interesante era todo aquello! Los negros
especialmente me entusiasmaban con sus uniformes de colores, en las
puertas de los restaurantes de noche.
El «Concordia» está situado el fondo de un patio oscuro. Pedí una
cama de 75 pfennings- El camarero subió mi maleta. El portero abrió una
puerta y vi un cuarto con seis camas.
—He pedidouna cama de 75 pfennigs.
—Pues aquí la tienes. ¿Qué más te falta? Toma una de 50 y tendrás el
placer de dormir más barato.

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El Conde Félix von Luckner, autor de este libro y comandante del velero
corsario Seeadler; último en la historia de la guerra naval

Ese cambio me agradaba poco. Me dio mi llave, a la cual estaba atada
una gigantesca chapa. Pensé entonces: «Puesto que soy ahora un hombre
libre, aprovechemos el rato para ver un poco la vida de Hamburgo.»
Volví a pasar junto al portero. La chapa de la llave me salía del bolsillo y
el me dijo con acento terrible: «¿Por qué demonios dejas ver eso? ¿Crees
que tenemos acaso una colección de llaves de recambio para que todos
los que vienen aquí puedan perderlas?»
Al día siguiente pregunté cómo podía arreglármelas para embarcar en
una nave. Dijéronme que me dirigiera a la casa de un armador. Mi
corazón cantaba: «Ya está ya está», y fui a la casa armadora Laeisz.
Me contestaron que me tomarían de buena gana, pero empezaron por
pedirme mi nombre y luego la autorización de mi padre. Después mi
partida de nacimiento, la suma necesaria para equiparme, etc.
¿La autorización? ¡Dios me la depare buena! Pero había otras casas en
la ciudad. Fui a ver los Wachsmuth y Krogmann, y luego a la casa
Dalström. En todas partes me exigían lo mismo.
Quise entonces ir yo mismo a un buque para hablar al capitán. Me
dirigí hacia el puerto de los veleros. Heme frente al muelle de los buques
de vela, donde aparece su bosque de mástiles. Y este pensamiento me
atenazaba en silencio: «He aquí el mundo al que pertenezco desde
ahora.»
Pero, ¿cómo subir a uno de esos veleros? Contra lo que esperaba, no
estaban atracados al muelle, sino amarrados a estacas en pleno río. Por fin
me enseñaron la casita de un barquero; quizá él me pueda llevar a bordo.
Asomé las narices y vi una casita muy limpia. El semblante del viejo
marino se volvió hacia mí:
—¿Qué es lo que quieres, muchacho?
—Quiero ir a bordo de un velero.
Entré. Acabó de beber el café que estaba tomando; luego bajamos a su
barca. Remaba con un solo remo. Yo quedé boquiabierto delante de tal
técnica. Cuando pasábamos junto a un navío le dije que me la explicara.
Veía de cerca mástiles tan altos, que temía que me hicieran subir allí. Sin
embargo, las vergas y las cuerdas me tranquilizaban un poco; esto debía
de componer un sistema que se podía maniobrar desde el puente con toda
tranquilidad. En la duda sin embargo, pregunté: «¿Es que deben subirse
ahí arriba los marineros?» «Naturalmente —contestó mi guía— Los
nombres deben subir arriba hasta el final y allí es a suben también los
grumetes. En el puerto eso no vale la pena de mentarlo, pero cuando el
barco está en el mar cabecea y da bandazos, ya verás, es otra cosa.»
Sentí como un peso en el corazón. Las explicaciones continuaron.
Pero la altura de los mástiles había enfriado mi entusiasmo. De vuelta a
tierra, descargué mi corazón e el del viejo marino. Y éste me dijo:

—Hijo mío, déjate de aventuras. He sido marinero durante veinticinco
años y ¿qué he sacado en limpio? Ya lo ves: soy capitán de mi barquilla.
¿Qué hace tu padre?
—Es señor de un dominio.
—¿Cómo te llamas?
—Conde de Luckner.
—¿Qué? ¿Un conde? ¿Tú eres un conde? Ese debe de ser un oficio
por el estilo del de rey. Agradece a tu padre de rodillas el haberte dado
ese oficio. Vuelve a tu casa, soporta una buena azotaina y dale las gracias
a cada golpe. ¡Ah! ¡De qué gana recibiría yo muchos azotes por tener un
padre que desempeñara tal oficio!
Sin embargo, yo había huido de casa de mis padres. Eso le hizo
reflexionar y dijo:
—Me llamo Pedder; trátame de tú. Voy a ayudarte. No irás al mar,
porque no volverías. Mírame. Soy viejo y, sin embargo, es preciso que
conduzca una barquita como ésta y que cobre 10 pfennigs por cada viaje.
—¡Pero Pedder, quiero ir al mar!
Volví al día siguiente; le llevé un poco de tabaco y me enseñó a remar.
Repetía su consejo: «No vayas al mar.» Poco a poco conseguí sustituirle
en la barquilla; yo era quien remaba; pasaba a las gentes mientras él hacía
el café. Llegamos a ser amigos.
—Mis padres no saben todavía que me he escapado —decía—, pero
no quiero volver a casa, porque si me llevaran a la escuela ya sé lo que
sucedería. En el tercer curso superior me tomarán para el servicio militar
antes de que haya logrado su reducción a un año.
—Muchacho, muchacho, déjate de mares y de barcos. Quédate aquí,
hijo mío.
Me aseguró muchas veces que no me sería posible embarcarme;
debería tener autorización de mi padre, así como dos o trescientos marcos
para mi equipo. En esta época, los capitanes no tomaban grumetes sino
para conseguir dinero y otras mil cosas parecidas.
Pero no me descorazoné. El quinto día por la mañana, cuando estaba
junto a la casita, me hizo una seña, gritando con verdadera alegría:
—Muchacho, tengo un barco para ti. Ha pasado un capitán ruso; le he
preguntado si quería un buen grumete. «Con mucho gusto —ha dicho—
si no quiere paga.» «El no quiere más que un barco» —le contesté.
«Entonces envíelo usted a bordo» —acabó por decirme.
Habría abrazado de buena gana al viejo Pedder por aquella buena
noticia.
—Por de pronto, voy a conducirte al tres palos ruso Niobe, y
presentarte allí.
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El capitán ruso produjo en mí muy mala impresión. Amarillo, feo,
mitad Mefistófeles, mitad Napoleón III, con una barba de chivo.
—Puedes venir aquí —me dijo en mal alemán—. Ven mañana por la
mañana.
No me acababa de gustar.
—Ya estás arreglado —me dijo el viejo Pedder, dándome un golpecito
en el hombro—. Que el barco sea inglés, alemán o ruso, tanto da. El mar
siempre es el mismo. Lo que conviene ahora es que vayamos a tierra y
cuidemos de tu equipo.
Se puso un traje presentable, cerró la casita y nos fuimos juntos a
Hamburgo.
Yo tenía cerca de noventa marcos. De esta suma compré
cuidadosamente, y después de reflexionar mucho, lo que me era
necesario: ropa de abrigo, un impermeable, un cuchillo con su vaina y
una pipa presentable con tabaco. ¡Cuán orgulloso me sentía! Pero por lo
que hace a la caja y al saco de marinero, no bastaban mis recursos. El
viejo Pedder me dijo: «Voy a darte mi caja. He navegado veinticinco
años con ella en torno del mundo y siempre he salido con bien. Eso te
traerá buena suerte.»
Doblamos una esquina y entramos en una calle estrecha y gris. La
Brauerknechtsgraben; es aquél el barrio más antiguo de Hamburgo.
Una escalera empinada. Pedder sube pesadamente, apoyándose en la
barandilla. Veo un letrero de latón en una puerta: «Peter Brümmer». Mete
la llave en la cerradura, abre y dice: «Estamos en mi casa, muchacho;
entra.» Veo lo primero un tres palos muy ennegrecido junto a la pared, y
me maravillo:
—Pedder, ¿eres tú quien hizo eso?
—Sí, muchacho.
Un poco más lejos advierto un pez volador que está desecado y pende
del techo. Otro barco, pintado sobre una tela de vela, navegaba en un
marco fabricado a bordo. Sobre la cómoda, una colección de objetos de
China y de recuerdos de viaje. En un rincón, una jaula con un loro
bastante desplumado y que parecía tan viejo como Pedder. «Sí —me
dijo—, lo he traído del Brasil y no habla más que en español.» Luego:
«He aquí mi caja.» La abrió y hundió la mano en ella. Sacó diferentes
aparejos de redes que había fabricado a bordo de los barcos. Contempló
con aire pensativo todo aquel contenido y dijo: «Esta caja flota; es
estanca.»
Mientras que él embalaba mi equipo, me obligó a instalarme en el
sofá, que tenía unos botones de porcelana blanca para fijar la ropa en la
madera. Cuando la caja estuvo llena, la llevamos juntos hasta el puerto.
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Pasé con él mi último día por entero y luego me llevó a bordo. Me
mostró la litera donde dormiría, y después de arreglar el jergón y la
almohada, dijo: «Ahora una recomendación, muchacho. Mientras estés
aquí acuérdate siempre de que debes cuidar del barco, pero de ti mismo
también».1
Me dio en seguida el consejo de no navegar bajo mi verdadero
nombre. Un conde no debía hacer eso:
—Es como si un oldenburgués se calzara con zapatos de París. ¿Cuál
era el nombre de soltera de tu madre?
—Luedicke.
Luckner, llamado Luedicke, he aquí el nombre que debía llevar. Lo
llevé durante siete años bastante agitados.
En el momento del adiós, Pedder me estrechó la mano, diciendo:
«Muchacho, no olvides a tu viejo Pedder.» El barco largaba amarras. El
remolcador tendió su cadena, nos pusimos en movimiento y el viejo
Pedder, remando, nos acompañó hasta la punta del muelle de San Pauli.
«Ea, muchacho, no puedo ir más lejos.» Y con lágrimas en los ojos
añadió: «Buen viaje para Australia. No te volveré a ver jamás,
probablemente; pero has de que te quiero mucho.»
Pugnaba yo por decir algo, mas las lágrimas me ahogaban. No he
sentido nunca nostalgia de mi país; pero mi corazón me ha recordado
muchas veces a ese viejo marino. Algunos instantes más tarde abría el
cofre tan bien arreglado. Vi en él un retrato colocado sobre mi ropa y que
llevaba esta dedicatoria: «No olvides a tu Pedder.» ¡No, mi buen Pedder,
no te he olvidado!
No comprendía ni jota de lo que hablaban los marineros, y el capitán
me puso mala cara porque yo era muy torpe. El segundo, que sabía
algunas palabras de inglés, me preguntó cuál era el oficio de mi padre.
Respondí: «Campesino».
—Pues bien, vamos a nombrarte vigilante general.
Me hizo seña de que le siguiera. Ansiaba conocer mi nueva dignidad.
Nos detuvimos delante de la pocilga.
—Puedo desempeñar el cargo.
—Serás también director de las farmacias de estribor y de babor.
Se entiende con tal nombre, como supe luego, el lugar que cada cual
puede imaginar. Mi oficio consistía en que estuvieran limpias y expeditas
las cañerías.
Por lo que hace a los cerdos, no debía dejarlos salir. Yo era quien
debía entrar en la pocilga. Venían a rascarse en mis piernas cuando
1

12

Es decir: «Cuando trabajes en el aparejo sostente siempre con una mano.»

entraba con mi cubo y mi pala para limpiar el suelo. El agua sucia al lavar
me entraba en los zapatos y tenía la facha más asquerosa que mis
súbditos. Pero era preciso economizar el agua y el jabón. Sólo tenía dos
pantalones para cambiar. Los marineros me daban al pasar muchas veces
una patadita para demostrarme sin duda lo asqueroso que era. Y luego la
«farmacia”. Me daba asco de mí mismo.
La arboladura me inspiraba un miedo cerval. No me atrevía a subir
más arriba de la cofa. Aferrado a cada uno de los flechastes, me creía
llegado a una altura vertiginosa y gritaba: «Mirad si soy valiente.» Pero
mis progresos fueron débiles hasta el día en que un marino me dijo: «Tú
no sirves más que una vieja cocinera.» Esto me indignó. Valía más caer
que oírmelo repetir. Tanto más cuanto que veía a los otros grumetes saltar
y brincar en lo alto. Estábamos al ancla delante de Cuxhaven, esperando
un viento favorable. La ocasión se me ofrecía para acostumbrarme a los
mástiles durante la calma. Me revestí de energía y pensé: «Vamos allá».
Durante la vela de la tarde (cuatro horas de vela, cuatro horas de
sueño), podía ver a los muchachos jugar en las calles de Cuxhaven y la
nostalgia se apoderó de mi. Todavía era medio niño. Nadie me
comprendía a bordo. A nadie podía abrir mi corazón. Sentíame
abandonado. El yugo de la escuela había desaparecido; no recordaba más
que la belleza perdida de la casa de mis padres.
Vino, por fin, el viento favorable; se largaron velas y partimos para
Australia. La tierra alemana desapareció a mis ojos diez días después de
haber salido de mi casa. Bien pronto la Mancha estuvo detrás de nosotros
y flotábamos en el Atlántico. ¡Y mis buenos padres que me creían
pasando las bien ganadas vacaciones en casa de mi primo!
Era un mal barco el que tenía bajo mis pies. Abundaban más los
bofetones que los dulces. La minuta del Príncipe de Bismarck no se
presentó jamás. Por la mañana, en vez de café, vodka en el cual se
mojaba el pan duro. Solamente muy poco a poco me aclimaté a la acritud
de la carne salada.
Los días fueron pasando; me acostumbré al oficio y al navío y aprendí
el lenguaje de la tripulación. El segundo me trataba con benevolencia;
pero el capitán era enemigo mío como de todos los alemanes. Procuraba
yo, sin embargo, hacer todo lo posible para conciliármelo.
El bautizo de la línea ecuatorial es un momento importante de la vida
del marino. A todos los que pasan, por vez primera, de uno a otro
hemisferio, se les bautiza sin remisión. Desde la noche de la víspera se
hacen preparativos que anuncian la solemnidad del acontecimiento. En
una plataforma elevada a proa unos espectros grises aparecen gritando:
«¡Ah, del navío!» «¿Cuál es el nombre del navío?» El capitán responde:
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«Venid aquí.» Las apariciones acaban subiendo a bordo por medio de
cuerdas, como si salieran del mar. Son Neptuno y sus embajadores y
avanzadas; preguntan el nombre del barco; cómo se llaman los
catecúmenos que, aun manchados por la espuma de los mares
septentrionales, llegan por primera vez a las aguas del Rey de la Línea. Se
le entrega la lista. Da las gracias y, seguido de sus fieles, va a hundirse en
el mar hasta el día siguiente. Vuelve para presidir el bautizo, con su barba
blanca, cetro en mano, vestido con un gran manto cubierto de algas
marinas. Detrás de él su mujer, magníficamente vestida; luego el pastor,
el peluquero que debe rasurar a los bautizados para desembarazarles de
toda mancha terrestre. El gran jabonero sigue con su brocha y su bote de
alquitrán. Y al final la policía compuesta de negros. El capitán saluda a
Neptuno con mucha dignidad. Los catecúmenos, en buen orden, desfilan
ante él. Se cerciora de que nadie se oculta y la policía negra busca por
todos los rincones del barco.
Un gran balde se llena de agua en el puente; el baptisterio, que es una
larga plancha, está puesto al través. Los catecúmenos aparecen uno a uno
y se les hace sentar. El pastor les lee una epístola apropiada a las
circunstancias y les pregunta si quieren hacer sus votos de bautismo; a
cada «Si» les pasa sobre los labios la brocha llena de alquitrán y luego se
limpia ese alquitrán con navajas de madera. Después se quita
bruscamente la plancha; la víctima cae dentro del balde, donde sufre siete
inmersiones. El bautizo ha terminado. Se entrega un certificado y el
próximo catecúmeno se dispone a sufrir el mismo procedimiento.
A los más ignorantes se les da también un catalejo, cuya lente está
atravesada por un cabello, que ellos toman por el ecuador.
En otro tiempo la ceremonia del bautizo era mucho más severa;
consistía en dar la vuelta al casco. Los pies del catecúmeno estaban
atados a un cable y se le pasaba otro bajo los brazos y tirando de uno de
los extremos por debajo de la quilla del navío, se hacía efectuar al
desdichado tres o cuatro veces el paso de una borda a la otra. Los
tiburones se aprovechaban alguna vez de aquella cruel iniciación.
Por lo que me concierne, Neptuno juzgó que debía infligirme un
bautismo bastante serio.
Un día, después de una tempestad seguida de una fuerte marejada,
habiendo tenido que arriar todas las velas, se trataba de poner las gavias
para apoyar mejor el buque. Quise demostrar mi destreza al capitán y subí
para desplegar la vela. Recordé entonces el consejo del viejo Pedro: «Una
mano para el navío y otra para ti.» Una ráfaga hinchó la vela como un
globo; pierdo presa, caigo; quiero cogerme a una cuerda que me escapa
de los dedos, despellejándolos, y me hundo en el mar sin tocar
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afortunadamente en la borda. Mi gorra cayó sobre cubierta. El navío se
alejaba a ocho millas por hora. Al volver a la superficie, en la estela que
me balancea de mala manera, percibo una boya que acaban de echarme y
oigo el grito: «¡Hombre al agua!» Caigo en seguida en el hueco de una
ola y el barco desaparece a mis ojos.
Después de unos minutos que me parecieron eternos, una nueva ola
me levanta en el aire; el buque se alejaba visiblemente. «Desde luego, me
parece que es imposible alcanzarlo; sin duda vendrá otro detrás de él.» He
aquí la esperanza ridícula que me inspiraba el amor a la vida. Como si en
el vasto océano un navío pudiera pasar, precisamente, por el sitio donde
yo había caído al agua.
Enormes albatros revoloteaban en el cielo. Esos grandes pajarracos
creen que todo lo que flota en el agua se hizo para que puedan ellos
comerlo. Se precipitan sobre mí. Uno de ellos me pilla la mano con el
pico; yo quiero asirlo, pues me habría agarrado a cualquier cosa, en el
temor de ahogarme; y de un picotazo me hace la profunda herida de la
que llevo todavía la cicatriz en la mano, como recuerdo de aquel combate
marino.
Me desembaracé de mis zapatos y de mi chaqueta de marinero. La
camiseta estaba tan hinchada de agua, que no pude quitármela. Entonces
recordé lo que me decía mi madre cuando le hablaba de mi afición a la
vida marinera: «Es precisamente el oficio que te conviene; nunca podrás
ser otra cosa que un buen almuerzo para un tiburón.» Cuando esas
palabras se me ocurrían, uno de mis pies chocó con el otro. Creí que era
un tiburón. Mis nervios recibieron una sacudida eléctrica. No sé lo que
pasó hasta el momento en que advertí en lo alto de la cresta de una ola
una barquita, que casi en el mismo instante se deslizó debajo de mí en la
hondonada líquida. Grité: «¡A mí, a mí!» Era el segundo.
Un instante más tarde estaba tendido, tiritando, en la proa de la canoa,
y los marinos bogaban hacia el buque. Cubierto de la sangre que manaba
de mi herida, conté al segundo mi desafío en el agua. Me dijo que los
albatros me habían salvado la vida, pues observándolos, es como habían
descubierto donde yo estaba. Habían encontrado primero el salvavidas y a
mí después.
Los marinos estaban visiblemente contentos de haberme salvado.
Pensaba que el capitán se alegraría también de haberme recuperado; pero
daba grandes zancadas por el castillo de popa, enfurecido de mala
manera:
—Maldito alemán —exclamó—, lástima que no te hayas ahogado.
Mira cómo has estropeado mis velas.
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Llegamos a lo largo de la borda. Lo más difícil empezaba, y era izar la
barquilla sobre cubierta. A cada bandazo, subía por el aire y caía en
seguida debajo del buque. En aquel baile continuo se esforzaban en vano
de atraparla al vuelo los marineros. Estaba de tal modo fuera de mí que,
viendo que la barquilla estaba a la altura de una borda, salté sobre
cubierta y me desvanecí.
Los marineros fueron menos dichosos. Un golpe de mar hundió la
canoa. Los hombres saltaron al agua y subieron a bordo agarrándose a los
cabos que se les echaron a toda prisa. El capitán cogió una botella de
vodka y me hundió el gollete entre los labios, gritando: «¡Bebe, perro
alemán!».
Al levantarme al día siguiente estaba embotado; esa terrible jornada
me dejó un ligero temblor que me dura todavía.
A la mañana siguiente, el capitán, encontrándome aún en la litera, me
hizo levantar a puñetazos. «¿Crees que estás a bordo para dormir y
comer?» Apenas podía tenerme en pie.
Me contaron que tan pronto como caí, el segundo gritó: «¡Voluntarios
para el salvamento!» Pero el capitán no quería permitir mi salvación. El
reglamento estaba de parte suya, pues no se debe echar una barquilla al
agua cuando a juicio del capitán esa operación pone otras vidas humanas
en peligro. Con un arpón en la mano había impedido el paso al segundo:
«Si tocas la canoa, te hundo el arpón en el vientre.» Pero el otro le volvió
sencillamente la espalda y dijo: «Tengo ya mis voluntarios: ¡adelante!»
Partieron. El capitán no podía contener la rabia.
Doblamos el Cabo de Buena Esperanza, llegando por fin a Australia.
Así terminó mi primera travesía. Fue un duro aprendizaje, pero ¿volver a
la escuela? ¡Ah!, no. No quería que me mantuvieran mis padres y deseaba
saber hasta dónde podría elevarme por mis propias fuerzas.

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CAPÍTULO II

En busca de una profesión en tierra
Deserción en Australia. Me empleo como lavaplatos. En el
Ejército de Salvación. Torrero de faros. Con unos faquires
indios. Me preparo para ser boxeador. De nuevo marino en
un buque americano. Atentan contra mí. Huyo del barco con
otro compañero.
En Freemantle bajé a tierra muchas veces y se me ocurrió la idea de
preparar mi fuga. No ganaba ni un céntimo a bordo. Australia, sin
embargo, me parecía poco interesante. No encontraba ni los negros
armados de lanzas ni las palmeras que había imaginado. Miraba con
desencanto la ciudad desnuda y monótona.
Un barco alemán estaba en el puerto. Los hombres de la tripulación
me contaron el buen trato que se les daba. ¡Cuánto me alegró poder
hablar con compatriotas! Me invitaron un día al hotel Royal. Abrí mi
corazón a la hija de la casa. Yo era un hombre libre y quería arrancarme
de manos de aquellos asquerosos rusos; pero era preciso que su padre me
ayudara.
El padre me dijo:
—Creo que a lo sumo podría emplearle para lavar la vajilla.
—Otras cosas peores he hecho a bordo —respondí, y opté por
permanecer allí. Me daban medio chelín por día, ropa y alimentos. Los
camaradas alemanes me ayudaron a desembarazar de matute mi cofre la
víspera del día mismo en que la Niobe volvió a hacerse a la mar. El éxito
coronó mi huida. El capitán ruso no usó del derecho que tenía de hacerme
buscar por la policía.
Heme aquí instalado en mi nuevo oficio. Bien pronto me pesó. El mar
me gustaba más. Durante mis horas de libertad frecuenté el Ejército de
Salvación2. Rara vez me he sentido más sorprendido y atraído como por
los cantos de aquella buena gente. Tenían un gramófono, cosa que yo no
había visto jamás. Había ido a Australia para ver salvajes y no
comprendía nada de aquella hechicería de la civilización. El gramófono
estaba en una mesa. «Alguien se oculta debajo —pensé— y es la cabeza
la que habla en la caja. Es preciso que lo averigüe.» Devoraba con los
ojos el instrumento.
Es preciso saber que cuando el Ejército de Salvación os admite como
«alma redimida» debéis sentaros en el primer banco y los simples
2

Organización protestante de beneficencia social.

espectadores quedan atrás. En compañía de un camarada del barco
alemán nos convertimos en «almas redimidas». Eso me permitió
comprobar que nadie estaba en cuclillas debajo del gramófono. Cuando
se realizó mi recepción, prometí naturalmente no beber jamás bebidas
alcohólicas.
Este asunto era tan de mi gusto que abandoné mi oficio de lavaplatos
para pasar al Ejército de Salvación. Una vez en este santo territorio, creí
deber confesar la verdad y expliqué que era un conde. Me emplearon
entonces como artículo de reclamo
Publicaron: «Hemos salvado a un conde alemán. Antes de venir aquí
bebía whisky como un pez bebe agua.» Las gentes acudían de la ciudad
para ver al conde. Me confiaron polvos insecticidas, diciéndome que
salpicara con ellos los vestidos dados por generosos bienhechores. Luego
como mi inglés mejoraba rápidamente, recibí una misión más honrosa.
Me dieron los Gritos de Guerra3, impresos por los diferentes Estados de
Australia; debía resumirlos tan pronto hubiesen aparecido y hacer la
cuenta de las almas salvadas por los diversos capitanes. Seis semanas
después me puse un uniforme y pude vender los Gritos de Guerra La
venta fue soberbia.
Tuve luego una idea: «¿Por qué, pensé, no me convertiré yo también
en capitán del Ejército de Salvación?» Era un oficio excelente para mí.
Apenas conocía el sabor del alcohol y me era muy fácil no beberlo. Pero
la limonada me indujo a terribles tentaciones. Apenas entraba en un café
con mis Gritos de Guerra bajo el brazo, la gente gritaba: «Halloh, count!
Do you like a ginger-ale? —Yes, behind the bar».4
—Sí, pero en la trastienda —contestaba yo, pues era tan delicioso, que
me figuraba que era alcohol. Risa general, sin que yo comprendiera por
qué.
Llegó un tiempo en que cesé de aspirar a ganar los galones de capitán
o teniente. Mejor es el mar. Me expliqué con aquellas buenas gentes y me
comprendieron. Pero considerando mi juventud, trataron de encontrarme
un empleo que estuviera en consonancia con mi edad. Tres días después
estaba convertido en ayudante del torrero del faro en el Cabo Lewien.
Ayudante del torrero sonaba bastante bien. ¿Y el faro? Estar sentado
en el faro cuando los barcos pasaban entre las aguas tempestuosas era mi
ideal. Sabía lo que es encontrarse a bordo en aquellos momentos. Por otra
parte, el Ejército de Salvación había hecho bien las cosas. Sus cuidados
conmovedores me habían provisto de efectos y ropas inmejorables.
3
4

18

Periódico semanal publicado por el Ejército de Salvación.
–¡Hola, conde! ¿Quiere un vaso de ale? –Sí, pero en la trastienda.

Una silla de postas me condujo desde Freemantle a Port Augusta. La
recepción en el Cabo Lewien fue de las más cordiales.
Cada uno de los tres torreros del faro habitaba una casita en el
acantilado. Este, alto de cien metros o poco menos, caía a pico sobre el
mar. Los cimientos del faro se elevaban apenas sobre el agua; pero las
lámparas estaban situadas en lo alto del cantil, a fin de que se vieran
mejor en tiempo de cerrazón.
Me maravillaba de todo. Me hicieron conocer mis deberes. «Limpiar
las ventanas es un poco aburrido; pero de paso tendrás que levantar las
pesas. Durante el día puedes estar sentado en lo alto del faro; pero cuando
llegue un buque, tienes que señalárnoslo».
Mi cuartito estaba limpio y bien dispuesto. Cada torrero me daba tres
pence.(peniques) Nueve peniques eran más de lo que yo había ganado
jamás. No estuve poco sorprendido al ver los proyectores y los miles de
facetas del reflector. Era preciso toda una tarde para limpiar aquellos
cristales. Por la noche, cada cuatro horas, debía subir a la cámara alta
para volver las pesas a su punto de partida. Había 80 metros de cadena y
por lo tanto debía manejar sin interrupción la palanca veinte minutos. Me
acostumbré con el tiempo. Mis horas preferidas eran aquellas en las que
reemplazaba durante el día a los torreros junto al catalejo. ¡Cuán bello era
el mar durante una tempestad! Por nueve peniques hacía el trabajo de mis
tres patronos.
Esta vida me gustaba, y mucho más la hija de uno de los guardianes;
se llamaba Eva. Nos besábamos un día con toda inocencia, y esto ocurría
—porque el amplio acantilado no ofrecía propicia retirada— en un
pequeño lugar, sin duda poco conveniente, pero por lo menos bien
cerrado, en lo alto del cantil, y que cayendo sobre el mar, era azotado
durante la marea alta por las olas del océano. Uno de los torreros, que
estaba pescando, nos vio y fue a advertir a su colega. Llamaron a la
puerta. No abrimos. La vergüenza me ahogaba. Los puñetazos eran cada
vez más fuertes. «Hay que tomar un partido —pensé—. Abramos la
puerta y escapemos.»
Tal dicho, al hecho. Empujando al guardián, salí como un cohete.
¡Hasta la vista! Volví por la noche a escondidas a llevarme uno de los
caballos que me gustaba mucho En aquella época no valían más de unos
30 marcos. En cambio, todo mi equipo quedaba en el Cabo Lewien.
Monte a caballo y adelante por el mundo.
En Port Augusta había un aserradero. Encontré allí trabajo a razón de
20 marcos por día. El salario era crecido pero el trabajo duro, pues había
que arrastrar aquellas maderas y los precios eran tales, en aquel país,
donde se pagaba hasta el agua potable, que me quedaban apenas algunos
19

céntimos en el bolsillo al acabar el día. Únicamente los chinos, a fuerza
de apretarse el cinturón, conseguían ahorrar algún dinero. Al cabo de
quince días había ahorrado 60 marcos. Entonces, no pudiendo
contenerme, me marché.
Me encontré en un muelle esperando el vapor semanal que debía
conducirme a un gran puerto próximo, cuando un cazador se acercó a mí;
era un alto noruego, provisto de un fusil Martini-Henry con muchos
cartuchos. Me contó que cazaba los canguros y zorras salvajes. La venta
de las pieles le había producido bastante dinero. Le pregunté por qué
cantidad me entregaría su Martini y me contestó: «Cinco libras.»
No tenía tanto, pero le di todo el dinero de que disponía y además el
reloj. Este era bueno. Trato hecho. Apenas tuve la escopeta entre las
manos, sentí despertarse en mí la pasión de la caza y me puse en camino
hacia el interior en demanda de canguros.
Pero el noruego había exagerado. No encontré más que unas zorras
pequeñitas. Un piloto alemán, con quien di por casualidad me indicó el
lugar adonde debía ir. Encontré en mi camino una granja abandonada y
allí establecí mi cuartel general. Pero como no me gustaba la soledad,
abandoné el oficio de cazador y, volviendo a Port Augusta, vendí mi
fusil. Cuando llegué al puerto, de un vapor que estaba en las faenas de
descarga bajó una colección de faquires indios. Me preguntaron qué era
lo que hacía. «Marino» —contesté—. Me dijeron que podían emplearme
en levantar las tiendas y cuidar los caballos. «Somos —dijeron— como
los marinos; pero navegamos por tierra.». En el curso de nuestros viajes
por Australia, era yo quien levantaba las tiendas y las barracas. El manejo
de las telas me recordaba la travesía.
En Freemantle, un día, mientras distribuía prospectos, oí que me
llamaban: «¡Hola, conde! ¿Has dejado ya el Ejército de Salvación?» Mi
presencia aumentó inmediatamente la afluencia de público.
Traté, por todos los medios posibles, de apropiarme los secretos de los
faquires; pero guardaban celosamente su ciencia y mis esfuerzos eran
vanos. «Es preciso pensé— arreglármelas de otro modo.» Y empecé a
coquetear con una linda malaya. Al principio se mostró reservada; pero al
cabo de quince días tuvo más confianza y me explicó una porción de
juegos de manos. Esto me facilitó la inteligencia del oficio de mis
patronos. A fuer de palafrenero que era, yo tenía cierto barniz de faquir.
En verdad, es imposible que un europeo aprenda los juegos de manos más
misteriosos. Los maestros envejecidos en aquel arte entre la admiración
de la multitud y acostumbrados a pasar por seres sobrenaturales, no dejan
que se les acerquen sus empleados. Con su larga barba y con su actitud
petrificada por la tensión constante de la voluntad, los dos jefes de
20

nuestro grupo producían una rara impresión de nobleza. El crecimiento
instantáneo de un mango era una de sus habilidades más sorprendentes.
Tomando un hueso, el faquir lo hunde en la tierra. Al cabo de unos
instantes la tierra se abre y aparece una hoja pequeña seguida de un tallo
pequeño también. Entonces, cubriéndolo con un lienzo, el faquir
pronuncia algunas palabras: he aquí que el mango tiene ya un metro de
alto. Le vuelve a cubrir con el mismo lienzo, el arbusto continúa
creciendo y le salen tres o cuatro hojas. No he podido jamás, arreglando
los accesorios del trabajo, descubrir ninguna preparación especial.
Un espectador se adelanta y el faquir le dice: «Qué hermoso brazalete
lleva usted ahí; cuidado con perderlo, pero mire, ¡lo ha perdido ya y, por
otra parte, aquí está!» Y el faquir le muestra el brazalete ciñendo su
propia muñeca. He mirado muy a menudo cómo hacía eso sin poderlo
comprender. Creo que se volvería uno neurasténico a fuerza de rumiar en
esos misterios. Su único aparato es el carricoche que les transporta.
He aquí otro experimento muy extraordinario. Se trae una copa llena
de agua: el faquir la enseña al público; luego la coloca de manera que la
esconde con su cuerpo. Se aparta al cabo de un instante y la copa está
llena de peces rojos y vivos.
Mis patronos se encaramaban en el aire por medio de cuerdas.
Tomaban la cuerda con la mano; la lanzaban muy alto y quedaba allí,
recta en el aire, sin ningún soporte visible. Subían por ella a fuerza de
puños.
No me extenderé más acerca de ese asunto, pues la brujería no es
agradable sino cuando se ve, y los juegos de manos que he podido
apropiarme no causarían ninguna delectación al lector indulgente más que
en el caso de que pudiera desentrañarle en persona su misterio.
El viaje de los faquires prosiguió a través de los diversos Estados
australianos. Pero yo me separé del grupo en Brisbane. Quería
embarcarme de nuevo y continuar mi verdadero oficio de marino.
Encontré un baroc inglés. Un domingo por la mañana, lavaba mi ropa en
una playa. Tres caballeros se me acercaron, admirando mis músculos, y
me preguntaron mi edad. Les contesté: «Quince años». ¿Quería aprender
a boxear? Ciertamente. Saber dar golpes es saberlos evitar.
Iba ahora durante mis horas de asuento a una escuela de boxeo donde
se me hizo sufrir un examen. Me ofrecieron seis libras esterlinas para
convertirme en capeón, conttra la promesa hecha por mi parte de no
baritme más que para Queensland. Cuando los australianos encuentran un
hombre de disposiciones físicas convenientes, procuran a toda costa
convertirlo en un campeón de boxeo. Me sometieron a un entrenamiento
de los más rigurosos. Únicamente después de tres meses de cuidados
21

especiales fui autorizado para ejecutar los primeros movimientos de
combate. Antes de asestar golpes se empieza por recibirlos, a fin de
endurecer todas las partes del cuerpo y particularmente el pecho. Esto me
plugó al principio de un modo extraordinario. Se debía enviarme pronto a
San Francisco para completar mi educación; pero en el momento mismo
en que me hubiera sido posible aparecer en el ring con el título de
campeón del Queensland, el deseo del mar me acometió de nuevo.
Por todas partes, y siempre, y cualquiera que fuese la diversión que se
me ofreciera, he sentido la nostalgia del mar.
Mi deseo aquella vez era embarcarme en un buque americano; caí
sobre el Golden Shore, una goleta de cuatro palos que iba de Brisbane a
Honolulu cargando azúcar a la ida y trayendo madera a la vuelta. Era
ideal. Buena paga: 45 dólares por mes. Servía como marinero de primera
clase, saltando así las etapas intermedias, pues en general se pasa de
grumete a novicio, y de novicio a marinero ligero antes de llegar a marino
hecho y derecho. El cargar y descargar significaba muchas jornadas de
trabajo duro; pero el oficio de marino propiamente dicho es mucho menos
penoso en una goleta que en otros veleros de palos cruzados con vergas.
Mi amigo íntimo a bordo era un alemán que se llamaba Nauke,
violinista tronado, que servía de grumete tan sólo por el alojamiento.
Un día que estábamos delante de Honolulu, Nauke me pidió que le
acompañara a tierra. Me trajo, al mismo tiempo, de la cámara del capitán
un bote de aquella leche condensada que me gustaba tanto. Admiramos al
rey sentado en un sillón de bambú, a punto de tomar el té con dos o tres
de sus mujeres en el parque de su palacio, regalo del Gobierno
americano. Nos entreteníamos en experimentar las cualidades
comestibles de las castañas de India que caían ante la verja del palacio
real, pensando que en Hawai todo era comestible. En aquel momento un
caballero bien vestido se nos acerca y nos pregunta en inglés:
—¿Qué es lo que hacen ustedes?
—Miramos al rey.
—El rey. ¡Ah, bah! Es la danza del hula-hula lo que deben ustedes
ver.
—¿Quieres venir, Nauke?
—Sí, si hay chicas bonitas —me respondió.
El caballero nos preguntó entonces si teníamos trajes más elegantes.
—No —contesté—; nada mejor tenemos.
—No importa —contestó—. Tomaréis un traje apropiado en mi casa.
Bajamos juntos la avenida del castillo, y cuando nos hubo metido en
un coche tirado por cuatro borricos, dije a Nauke:
—Es un chiflado.
22

El caballero se vuelve y me grita:
—No hable usted tanto a su amigo, que yo también sé el alemán.
Llegamos a una plantación de azúcar fuera de la ciudad. El caballero
hace seña de detenerse. Tomamos un camino entre las cañas y henos ahí
ante una hermosa casa europea. Unos potros pacían en un prado. Mirando
por las grandes ventanas de la «villa», veo una serie de mesas negras
como si aquello fuera la sala de un colegio. Durante este tiempo, el
hombre ofrece a Nauke una rebanada de pudding y le dice que espere
ante la casa. «Cuidado con irte», le dije en voz baja, y entré con el
caballero.
La impresión es rara. Me conduce a un cuarto contiguo a la sala de las
grandes mesas. Tres ventanas y otra gran mesa en el centro. El hombre
quiere cerrar la puerta, pero yo le digo: «No, no cierre usted.»
En el testero de la mesa estaba tendido, no sé por qué, un mosquitero
con dos almohadas debajo. Una puerta daba a una escalera de servicio.
«Voy a buscar un metro para tomar su medida —All right.» El hombre
sube la escalera y me siento junto a la puerta en un cofre. ¿Qué es lo que
veo? Dos largas cajas oblongas con gruesas cerraduras por ambos lados.
Pienso: «Buena la has hecho; esto no me huele bien. Cuidado con dejarte
poner dentro de una caja como éstas.» Afortunadamente, tengo buenos
puños y sé servirme de ellos. El extranjero baja con un metro. Mientras
hablamos, empieza a tomarme la medida del brazo. Procedía de un modo
raro, de bajo en alto, y decía: «Thirty»: lo repitió y dijo todavía entre
dientes dos cifras; y haciéndome dar vueltas, me bajó la chaqueta hacia
los riñones de modo que me inmovilizaba los brazos. «La luz es mala»,
gruñó y me empujó de espaldas contra la puerta exterior. Oí crujir la
arena: alguien estaba detrás de la puerta.
Advertí entonces al otro lado de la mesa un porción de ropas viejas
que parecían haber pertenecido a marinos. Eso puede explicar la historia
del traje, pensé; y este pensamiento me devolvió valor.
Continuaba tomando las medidas. He aquí que me desata el cinturón y
lo echa sobre la mesa con la vaina vacía de mi cuchillo. «Yo tenía, sin
embargo, un cuchillo —pensé—; ayer ayudé al pinche a pelar patatas.
¿Lo habré dejado en la gambuza?» Volviéndome, advierto en el alféizar
de la ventana, entre botellas vacías, ese objeto espantoso: un pulgar
humano, recientemente cortado, del cual pendía aún un trozo de tendón.
Apenas el tiempo de una aspiración y ya el hombre asía la cintura de
mi pantalón. Si la desabrochaba, no podría moverme. En un instante me
subí la americana. Tomé de la mesa mi bote de leche y la vaina del
cuchillo; de un puñetazo me desembaracé del hombre, de un puntapié
hice saltar la puerta y vociferé como un condenado: «¡Nauke!»
23

Llega acabando de comer. Tomándolo por el brazo, corremos por la
plantación y nos echamos entre las cañas.
—¿Qué pasa? —me pregunta.
—¡Ay, Nauke, si lo supiera!
Un silbido, un caballo a galope, cuatro peones que corrían detrás.
Creían encontrarnos en el camino que habíamos tomado para venir; pero,
dejando atrás la casa, huimos en dirección opuesta. Después de una larga
vuelta, llegamos a Honolulu por la playa. Relaté mi aventura a un agente
de policía. Se encogió de hombros. Las desapariciones de marinos eran
frecuentes. Hubiera sido preciso, para descubrir a los bandidos, toda una
organización especial. Cuando contamos nuestra historia al capitán nos
dijo: «Siento que no os hayan fastidiado más. ¿Por qué demonios os vais
a pasear por ahí?»
Convinimos con algunos camaradas aprovechar el domingo siguiente
para tomar por asalto la villa y nos proveímos para tal designio con armas
de toda especie, pero el viernes llegó la orden de cuarentena. Una
epidemia acababa de estallar, de modo que hasta hoy el enigma de esa
pesadilla está sin descifrar.
Por lo que hace a mi cuchillo, lo había dejado en el gallinero.
Todo parecía admirablemente combinado. Nauke, el más débil, estaba
ocupado en comer su pudding. A mí me reventaban en un periquete. Un
viejo caballero que conocía bien a Honolulu me contó más tarde que
muchos marinos habían desaparecido; pero nadie le había hecho un relato
semejante al mío. Quizá mis predecesores en la «villa» no habían tenido
ocasión de contar nada en absoluto.
Sólo me quedaba hacer un penoso experimento antes de apaciguar mi
sed de aprendizaje. Un camarada de a bordo, Augusto H..., sobrino del
célebre ganadero de ovejas Ast, de Winsen del Luhe, me expuso un plan
que me sedujo. El lector meneará la cabeza como si reflexionara que ya
no tenía edad de hacer tonterías de escolar, que mi educación había
tomado un giro bastante imprevisto y que el contacto de tantos seres y
naciones extranjeras había contribuido poco a afirmar mis principios
morales. Cuando recuerdo mi tiempo de corsario me parece que los
peligros que me han amenazado no eran todos exteriores y que puedo dar
gracias a la fortuna por haber permitido mi ascensión final al cabo de un
camino tan embrollado.
En suma, mi amigo Augusto y yo juzgamos oportuno dejar el buque y
su servidumbre para no depender más que de nosotros mismos. La vida
de los pescadores constituía entonces nuestro ideal. Pescar era cosa fácil.
Sólo nos faltaba un barco. En ninguna parte la pesca es tan abundante
como en las cercanías de Vancouver. También necesitábamos un fusil,
24

pues queríamos tan pronto pescar como cazar; nuestro barco sería nuestra
patria. Un hostelero nacido en Stettin nos había hecho relatos
maravillosos de las Montañas Rocosas. Nos había enseñado también un
rifle de doce tiros, sistema Winchester. El precio, decía, era de tres
dólares. Era preciso que tuviéramos un Winchester. Pronto fuimos los
dichosos poseedores de él. Ocultamos la carabina a bordo. Rascándole la
herrumbre por la noche, a la luz de una antorcha de petróleo, formábamos
los planes más descabellados. Nos decidimos por la idea de apoderarnos
de uno de los buques de pesca de la aldea de Modeville. Pasamos allí la
velada. Se veía brillar las hogueras de los campamentos de los mestizos
indios. Los ladridos de los perros me daban miedo. Tomamos de la playa
una canoa Pequeña que nos permitió acercarnos a un velero en el Puerto;
subiendo a bordo, cortamos el cable del áncora. La vela estaba secándose
y nos fue difícil izarla. Apenas estábamos en marcha, nos vieron de la
ciudad. Pensando que el barco iba a la deriva, lanzaron una canoa al mar,
pero sin prisa, pues nuestra vela, medio izada solamente, no era
sospechosa. Pero al acabar de tirar de la driza, nos ven y se acercan. ¿Qué
hacer? Salíamos en aquel momento del abrigo de la montaña; el viento
sopla y nos arrastra de un modo furioso. Suenan varios disparos desde la
playa. Escapamos y navegamos toda la noche en dirección a Seattle. Un
velero alemán estaba al ancla, pintándole el casco. Nos aproximamos y
pedimos pan negro, galleta y pintura blanca.
Después de haber pintado nuestro barco de blanco, nos entregamos a
la pesca; pero nuestro corazón de ave de paso nos impedía permanecer
largo tiempo en el mismo sitio. Ahítos pronto de pesca, quisimos volver
el barco a Modeville. Ese acto de arrepentimiento nos valió ser
descubiertos y nos hizo comparecer como precoces malhechores ante el
tribunal para niños. Mostraron bastante indulgencia por nosotros y nos
libramos del trance con unos quince días de vigilancia. Si los ingleses
hubieran sabido qué destino estaba reservado a aquel ladrón de barcos
hubieran prolongado su vigilancia hasta después de la guerra mundial.

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CAPÍTULO III

Marinero en los siete mares
Me enrolo en el barco inglés Pinmore. Derribo a un luchador
profesional en Hamburgo. Me alisto en mi primer barco
alemán. Me nombran cocinero. En una cárcel de Chile. Un
ciclón. Rumbo a Nueva York. Me rompo una pierna.
Naufragamos. En un tres palos canadiense. Me abandonan
en Jamaica. A bordo del crucero imperial Panther. Soldado en
el ejército mejicano. Administro un bar en Hamburgo.
Historia de «Juan Marinero». En los mares del Sur.
Esos tristes ensayos me inspiraron el deseo de volver a ver la patria.
Me alisté en el cuatro palos inglés Pinmore. En ese buque he hecho mi
travesía más larga sin escala: doscientos ochenta y ocho días de San
Francisco a Liverpool.
Tuvimos largas calmas; luego, en el Cabo de Hornos, las tempestades
nos detuvieron repetidas veces Lo más enfadoso era que no teníamos a
bordo víveres más que para seis meses. El agua que nos quedaba era
salobre, pues algunas olas habían penetrado hasta los tanques. Seis
hombres murieron de escorbuto y beriberi. Las piernas y luego la parte
inferior del cuerpo se cubrían de una hinchazón líquida. Si apretabais con
el pulgar, la presión no se borraba. Marchábamos con nuestras velas de
mal tiempo, pues ninguno de nosotros era capaz de subir a la arboladura.
Hubiérase dicho que el diablo estaba a bordo. No encontramos ningún
buque al que pedir alimentos. Vivíamos a media ración. Ninguna de las
nubes de lluvia que pasaban por el horizonte quería reventar sobre
nosotros para darnos agua.
A la altura de las Scilly, la última porción de guisantes se distribuyó, y
cuando el remolcador se presentó en el canal de San Jorge, gritamos
todos: «¡Agua, agua!» Por mucho que bebiéramos, la sed no se calmaba
en nuestros cuerpos resecos. Así es como dejé el Pinmore. Se verá más
tarde cómo, convertido en corsario, volví a encontrarle.
Después de quince días de hospital, tomé el tren de Grimsby y de allí
el buque para Hamburgo. Mis pagas habían sido buenas y traía 1.000
marcos de economías. Cambié todo en moneda de plata para sentirme
más rico.
Orgulloso de ser marinero, me paseaba por la ciudad. Era en
diciembre, en la época del «Dom» de Hamburgo y de las diversiones

populares. Lipstulian, el luchador, estaba allí y daba cincuenta marcos a
quien le derribara. Mis camaradas me rodearon.
—Vamos, viejo, no te lo hagas decir dos veces; derríbanos a ese buen
hombre.
—Nunca —respondí—. Estamos en Hamburgo.
Pero Lipstulian gritaba:
—Trae un saco, pequeño, así podrán llevar tus huesos a casa.
Esta injuria me enfureció y subí al estrado. El voceador gritaba:
—Entren, señoras y caballeros; he aquí la víctima.
Lipstulian corría como un toro en todos sentidos. Yo había confiado
mi bolsa a nuestro maestro velero. Me condujeron a un cuartito donde me
dieron una camiseta rayada de encarnado y blanco, con un cinturón. La
tienda se llenó Los precios habían doblado.
Cuando subí al estrado, Lipstulian miró mis brazos y dejó de
pavonearse. El voceador anunciaba: «Todavía son amigos, se dan la
mano. ¡Adelante!» No era una lucha según los principios de la
grecorromana, sino una simple prueba de fuerza. Mi adversario trataba de
atraerme y de volcarme en el momento en que no se había dado todavía la
señal. Esto me indignó. Ataqué a mi vez, pero no conseguí hacerle perder
pie. Las gentes gritaban: «¡Bravo por el muchacho de Hamburgo!
¡Derríbale!» Un contramaestre puso cincuenta marcos más en mi favor. A
la tercera vez conseguí levantarle y hacerle vacilar. Quiso aferrarse con el
pie a uno de los montantes de la tienda, pero acaba de perder el
equilibrio; le echo al suelo y queda tumbado sobre el estrado. El voceador
interviene y dice que no le he hecho tocar de plano con las espaldas; pero
en la tienda empezaba a indignarse la multitud. Me pagan en plata, pero
solamente veinte marcos en vez de los cincuenta convenidos. No
queriendo armar escándalo, me dejé arrastrar por mis amigos, que me
llevaron en triunfo hasta la próxima taberna, donde tuve, a fuer de
vencedor, que convidar a todo el mundo.
Fue la única vez en mi vida que hice de atleta en público. Pero la
fuerza adquirida en Queensland me ha sido preciosa. He tratado de
conservarla con cierto entrenamiento y le debo todavía el haber podido
hace poco y sin armas, en Düsternbrook, desarmar y derribar a dos
ladrones que me asaltaban con revólveres y una matraca. Aunque la
seguridad es mucho mayor en el mundo después de terminada la guerra,
puedo recomendar a todos esta parte por lo menos de mi educación
moral.
Después de quince días pasados en tierra, me alisté a bordo del
Cesárea. Era mi primer barco alemán. Mi amigo Nauke me acompañaba.
Ibamos a Australia, a Melbourne, con un cargamento de diversas
27

mercancías. El capitán conocía su oficio, pero era la encarnación del
genio de la avaricia. El cocinero, deseoso de agradarle, sólo nos
alimentaba a medias. El cocinero, en la lengua de a bordo, se llama
Smutje; es decir, un paño de cocina.
Estaba sentado un día en la verga de gavia, no pensando en nada, y
Smutje freía en la gambuza, silbando: «Mi corazón es un enjambre de
abejas.» Todo parecía dichoso y tranquilo. De pronto dos brazos aparecen
trayendo una fuente. ¿Qué es lo que Smutje pone al aire libre? No puedo
creer a mis ojos: la fuente está llena de buñuelos.
¡Buñuelos en alta mar, a cien millas de toda tierra, frescos y calientes!
Parecían llamarme. Bajé a cubierta y pronto tuve todos los buñuelos entre
piel y camisa. Era algo caliente; pero no importaba. Volví a subirme a la
gavia. Catorce buñuelos, ¡qué alegría!
Continúa silbando, Smutje. ¡Ya verás dentro de poco si tu corazón es
un enjambre de abejas!
Al cabo de un instante, pensando que los buñuelos estarían ya fríos,
Smutje alarga una mano segura, pero prudente, para coger la fuente. Un
silbido de espanto, luego un grito ahogado: «Mis buñuelos...» Sale de la
gambuza, creyendo que la fuente se ha deslizado quizá a consecuencia de
un bandazo. «¡Nada! ¡Ira de Dios! ¡Qué punta de ladrones!»
Yo grito desde la gavia:
—¿Quiénes son los ladrones?
—De seguro que no eres tú, Filax (tal era mi nombre a bordo); estoy
pronto a jurarlo por mi cabeza.
—Lo creo —dije yo con voz tranquila.
Al terminar el cuarto de guardia y al bajar de la verga, pasando delante
de la cocina, Smutje me interpeló muy afligido:
—¡Filax!
—¿Qué pasa?
—Voy a decirte una cosa: el único muchacho honrado de a bordo eres
tú.
—Bien me consta. ¿Y qué más?
—Voy a decirte otra cosa todavía, Filax. Como no ignoras, por mi
manera de ser, presto atención a todas las cosas (era precisamente lo
contrario de la verdad) y hoy que es el aniversario del capitán, le había
hecho una docena de buñuelos, pues, como sabes, soy el único que puede
hacerle un regalo decente, y he aquí que un canalla me los ha birlado.
—¡Diantre, una docena de buñuelos!
—Si me prometes averiguar quién es el canalla, te daré compota de
grosellas; no me sirve para nada ahora.
Paladeando la compota (¡qué excelente ganga!), pregunté:
28

—¿Cómo quieres que me las componga para encontrar a tu pillastre?
—Con sólo que mires bien al que no tenga apetito a la hora de comer
ése será el que me ha robado.
Después de la comida vino de nuevo hacia mí:
—¿Qué, le encontraste?
—No; todos han comido muy bien.
—Pero acabarás al fin por encontrarle.
—Espera un poco y no desconfíes.
Smutje se calmó poco a poco. Un año y medio más tarde el barco
quedó desarmado en Liverpool. Smutje me invitó a beber un painexpeller en honor de nuestra partida. Un escrúpulo de conciencia me
obligó a decírselo todo. Dos copas que acababa de pagar estaban llenas
delante de nosotros.
—Oye, Smutje: ya sé quién se comió tus buñuelos. Puesto que nos
separamos, bien puedo decírtelo: fui yo.
—¡Tú! —y abrió los ojos cuan grandes los tenía, dio media vuelta y
me dejó allí con los bitters. Me vi obligado a beberlos.
Largos años después nos reconciliamos. Un día, en Hamburgo, en el
momento de subir en el auto para ir a una soirée, oigo que me llaman:
«¡Filax!» Me vuelvo; era mi Smutje.
—Oye, Filax, viejo mío, ¿cómo demonios estás tan bien arreglado?
¿Estás acaso en la Marina de guerra? ¡Y decir que hubo un tiempo en que
no tenías ni un céntimo en el bolsillo!
Abandonando mi soirée, me llevé a Smutje al hotel Atlantic y pedí una
botella de champaña para festejar el encuentro. El bromea con el
camarero que nos sirve; pero éste, al recibir mis órdenes y darme mi
verdadero nombre, llevó la claridad al cerebro de Smutje. Algunos
puntos, sin embargo, parecíanle obscuros, y me preguntó: «Entonces,
Filax, ¿eres un verdadero conde?» Le respondí afirmativamente.
— ¡Pues bien, te diré que no me siento orgulloso de que mis buñuelos
me hayan sido robados por un conde.
Otra historia de Smutje. Estábamos con el Cesárea, en Melbourne. El
capitán había invitado al cónsul de Alemania y dijo a Smutje:
—Tenemos una comida esta noche.
—Está bien, capitán.
—Sí, pero danos algo decente; el cónsul está invitado
—Smutje hará un esfuerzo; es capaz de todo para quedar bien en
semejantes circunstancias.
—No lo dudo —continuó el capitán—; pero, de todos modos, no hay
que gastar mucho.
29

—Pues bien, capitán, démosle patos, que es buena comida y en este
país cuestan baratos.
—Sí, pero —dijo el capitán— cuida de ponerlos en un saco. Si los
marineros los ven, creerán que es mi aniversario y que se les va a servir
un asado.
—Déjeme usted hacer, capitán. Los traeré en un saco.
Nauke, el grumete, que lo había escuchado todo, me comunicó el
secreto. Oigo que el capitán dice al segundo:
—Le invito a mi comida.
—Gracias, capitán, muchas gracias.
—Póngase una corbata, asistirá el cónsul.
—Gracias, capitán —y el segundo se atusa el bigote.
El capitán se dirige al tercer oficial:
—Le invito a usted para esta noche a las ocho: el cónsul viene a
comer.
—Gracias, capitán —dice el tercero, pasándose la mano por la barba.
Era un sábado. Veo cómo ponen los patos al asador. Sentado allí
cerca, acabo de repasar mi pantalón y, con la expresión más inocente del
mundo, observo a los patos que en aquel momento están rellenando de
ciruelas y manzanas. Así es como me gustan a mí. Acecho el momento en
que Smutje irá a buscar el resto de sus ingredientes al almacén de popa.
No he notado que el capitán está sentado sobre cubierta, leyendo su diario
y no perdiendo de vista los patos. Ha hecho un agujero en su periódico y
por allí su mirarla se dirige en derechura a la cocina. Sin embargo, no
podía verme, pues el capitán, el mástil y yo estábamos en la misma línea,
pero mi pantalón sobresalía algo y bruscamente un tarugo de madera me
tocó en el cogote:
—¡Ah, ah, buen mozo! ¿Acaso ese olor le hace soñar con el país?
¿Tienes una caja para llevártelo? ¡Largo de ahí!
Dejé mi sitio gruñendo:
—No necesito sus patos: he comido más que usted durante mi vida.
Mi ofensiva había fracasado.
Por la noche llegó el cónsul. El capitán estaba allí para recibirle. Los
invitados se habían puesto muy elegantes para la comida. Y llegaron a
limpiarse las uñas y a ponerse ropa blanca. Pasaron todos al comedor. No
había más que una servilleta; era para el cónsul. Nauke y yo estábamos
instalados cerca de la claraboya. Nos comíamos con los ojos los tres patos
que estaban sobre la mesa, y disponíamos de un arpón para el instante en
que se iría el cónsul, y de una buena provisión de tabaco para matar el
tiempo hasta entonces.
30

El capitán comía poco; el segundo y el tercer oficial no pudieron hacer
otra cosa que imitar su prudencia. No tuvieron siquiera la ocasión de
advertir que los patos estaban rellenos de manzanas y ciruelas.
Una vez acabada la comida, los patos quedaron sobre la mesa. El
capitán detuvo con una seña a Smutje, que quería llevárselos. Era preciso
que el capitán acompañase al cónsul, pero el viejo avaro tuvo cuidado de
hacer salir primero a sus oficiales; temía, sin duda, que se llevaran un
buen bocado. Luego dio orden a Smutje de llevar los patos a la despensa.
¡Qué alegría!
Cuando el cónsul hubo dejado el buque, el capitán dio las buenas
noches al segundo:
—Ea, buenas noches, segundo. Espero que habrá comido usted bien.
—Muy bien, capitán, y muchas gracias.
El tono era dubitativo.
Lo mismo sucedió con el tercer oficial.
Ni un solo ruido. Era cuestión de ir de prisa a la despensa. Podíamos
llegar a ella desde la misma cubierta y saquearla por la lumbrera.
Esperamos que todo el mundo se hubiera acostado. El mismo Smutje se
fue a proa. Yo paso el brazo por la lumbrera; muy bien; ya tengo un pato
entre los dedos. Palpo y empiezo por sacar de él el relleno. No me
figuraba que el capitán estuviera allí en la despensa, tranquilamente
sentado, hartándose. Saco más picadillo y me lleno con él los bolsillos.
Noto cerca de mis dedos otro volátil entero y consigo atraparlo. Pero aun
no había pasado la lumbrera cuando el capitán advierte la fuga de su pato.
Con un alón entre los dientes, vocifera espantado: «¡Mi pato!» Me toma
de la muñeca y tira del brazo con toda su fuerza. Yo me mordía los labios
para no gritar. El vocifera: «¡Suelta el pato!»
Alcanzando del armario una excelente cuerda, me ata el brazo al pomo
de cobre de un cajón y sale para encontrar al ladrón. En el intervalo,
Nauke me registraba los bolsillos y se llevaba el relleno, que hubiera
podido estropearse con la paliza inevitable.
—¡Ah, ah! —dijo el capitán—, ¿Eres tú, Filax? ¡Conque no te gustan los
patos, eh! ¡Prefieres el vergajo!
Y me golpeó en la región lumbar con el cable más gordo que encontró
a mano. Cojeando de mala manera acabé por deslizarme hasta proa.
«¡Nauke!» Llega Nauke. «Dame un poco de relleno, Nauke.» El
asqueroso se lo había comido todo. Malparado como estaba, fue tal mi
rabia, que aquella noche Nauke se durmió más estropeado que yo.
Finalmente, Smutje se separó del capitán a causa de unos jamones que
discretamente habíamos extraído del comedor. Las sospechas del capitán
31

recayeron en Smutje. El cocinero se ofendió de tal modo que desertó en
Newcastle.
No hubo modo de dar con Smutje. ¿Quién quería ser cocinero en su
lugar? Todos mis camaradas rehusaron. Los Smutje tienen costumbre de
darse mucha importancia. Quieren ser personas indispensables. Diríase
que son los únicos que en su vida han visto un hornillo. Toda su ciencia
llega la mayor parte del tiempo a hacer una sopa de ajos, una docena de
buñuelos y algunas cosas por el estilo. El capitán acabó por decir: «Si
nadie quiere ser cocinero, es preciso que nombre uno de oficio.» Y me
preguntó:
—Filax, ¿sabes hacer hervir agua?
—Sí, capitán.
—Pues bien, a la cocina y cuidado con tu piel si dejas quemar los
guisantes.
Estaba muy contento de convertirme en cocinero, pensando en las
ciruelas y en los buñuelos. Mi tarea me fue facilitada por el tercer oficial,
que se llama a bordo el «corta-tocino», porque distribuye el tocino salado
y los víveres y lleva la balanza y es responsable ante la ley. Heme ya
hartándome de ciruelas, de manzanas y peras secas. Apenas me tomaba
tiempo para arrojar los huesos y las pepitas. Pasé cuidadosamente revista
al cuarto del capitán. Allí había gran cantidad de frutas en tarros. Rompí
inmediatamente el cuello de dos botellas de compota de moras y luego
reventé una caja de mixed pickles. Traguéme cuanto encontré y no
pensaba sino en llenarme el estómago. «Bien lo has ganado, Filax —me
decía—; ¿quién sabe cuánto tiempo continuarás siendo cocinero? ¡Todo
esto llevas adelantado!»
El primer día hice los guisantes. Estaban bastante bien. Había puesto
mi amor propio en presentarlos de un modo decente, y un hueso de
Jamón para hacerme popular; había añadido una media botella de vino
tinto, tomada en el cuarto del capitán. Este y los marineros exclamaron:
—¡Buena sopa, Filax! Continúa en la cocina. Comprendes tu oficio
perfectamente.
Esto me dio cierta seguridad y al otro día se quemaron los guisantes.
Había oído decir que en tal caso se pone sosa, pero ignoraba la cantidad.
«Vamos allá», pensé; y eché dos puñados con el resto de la botella de
vino. El elogio fue unánime:
—Filax, esto es mejor que ayer, es un verdadero terciopelo. ¿Cómo
has hecho esto? ¡Eres cocinero de nacimiento, hijo mío!
Pero a las seis de la tarde, la sosa había hecho su efecto. No me
dejaron atravesar más la puerta de la cocina. El capitán estuvo tres días
enfermo, y Nauke me sucedió.
32

Me vi ya libre de toda responsabilidad. Se compró para las
necesidades de la comida salchicha en conserva. La cuestión era
preservarla del aire durante el viaje, y para ello se cosió en una lona a la
que después se dio una mano de cal. Para ese trabajo se toma a los
marineros novicios, pensando que son los más honrados, puesto que no
han tenido aún tiempo de pervertirse. Yo no inspiraba confianza para una
tarea de ese género. Pero los marineros novicios recibieron instrucciones
secretas. Un mango de escoba fue aserrado. Y adornado en los extremos
con puntas de salchichas. Y luego el todo cosido dentro de la lona
encalada. Cuando el capitán vino a inspeccionar las ciento sesenta
salchichas vio en todas ellas extremidades irreprochables y dijo: «Bendito
sea Dios, muchachos: sois unos buenos chicos.» Una media docena de
salchichas le causaron luego gran sorpresa al quitarles la envoltura.
Smutje fue encontrado cuatro semanas después de su huida. La policía
del puerto le descubrió en un hotel, donde aquel fanfarrón se hacía pasar
por cocinero. En general, cuando se quiere desertar se espera la víspera
de la partida, porque entonces falta tiempo para dedicarse a la busca.
La minuta de bordo es siempre sencilla y monótona: el lunes,
guisantes; el martes, judías; el miércoles, guisantes; el jueves, tasajo; el
viernes, judías; el sábado, una sopa de avena, y el día del Señor, ciruelas,
pasas y albóndigas. Además es costumbre que el domingo cada cual a su
vez sea el primera en tomar su parte en la fuente. Aquel a quien le toca el
turno tiene derecho a llenar el cucharón hasta el borde, de modo que todo
el mundo pueda comer, por una vez, cuanto desea. Pero este privilegio no
pertenece sino al que empieza. Había reflexionado largamente el modo de
sacar el mejor partido de mi suerte cuando llegara mi turno de poder
pescar a mi antojo, y había imaginado el procedimiento siguiente: armado
del cucharón, hice dar a toda velocidad vueltas a la sopa y a su contenido
de ciruelas y albondiguillas. Luego volví el cucharón y recogí en sentido
contrario de la marcha. ¡Dios mío, qué porción! La voz quedó ahogada en
la garganta de los camaradas, que abrían la boca para llamarme el «mejor
pescador». Pero no gané gran cosa, puesto que todos los que me
sucedieron aplicaron mi procedimiento en los días sucesivos.
Después de haber descargado en Melbourne, partimos en lastre para
Newcastle, el punto más importante de Australia para carbonear;
cargamos carbón con destino a Caleta Buena, en Chile.
El primero de año lo pasé en una cárcel chilena. He aquí de qué modo.
Habíamos bajado a tierra para festejar el Año Nuevo, que es la mayor
fiesta de aquel país. Pero un marino que gusta de divertirse tiene que
beber. Cuando quise volver a bordo me equivoqué de dirección; escalé
una pared y fui a parar a una pocilga enorme. Los cerdos me rodeaban
33

gruñendo. Me dirigí al azar hacia una de las puertas por donde filtraban
algunos rayos de luz. Llamo. Un viejo me contesta: «¿Qué quiere?»
Grito: «Buenas noches, señor.» Era todo lo que sabía en español. «Espere
un poco» —me dice. Al cabo de un instante se abre la puerta y el hombre
me pregunta adonde quiero ir. Yo le respondo:
—Quiero ir a bordo.
—Espera, voy a llevarte a tu buque.
Con tono muy amistoso, habla conmigo, mientras andamos, en mal
inglés. Le pregunto:
—¿Me lleva usted de veras a bordo?
—Sí, sí.
Y con gran admiración mía fuimos a dar de narices en una casa donde
había un cuartelillo de policía. Me hace entrar y cuenta una historia
incomprensible. Supe más tarde que me acusó de haber querido robar sus
cerdos. Me detienen. Protesto, grito:
—¡Quiero volver a bordo!
Es inútil; me toman cuanto llevaba encima y me echan dentro de una
especie de sala de espera, cuyo suelo estaba cubierto de marinos y otros
vagabundos, igualmente víctimas del Año Nuevo.
Un banco estrecho corría a lo largo de las paredes. Me senté
vociferando insultos; pero el cansancio fue más fuerte que la indignación
y me dormí. De pronto, la puerta se abre con estrépito y entra una mujer,
proyectada con fuerza, en medio de gritos e injurias. Volví a dormitarme
y al despertar un poco más tarde, encontré a aquella beldad durmiendo
tranquilamente con la cabeza sobre mi muslo. Confieso que en mi
sorpresa no usé los cumplidos que merece el sexo débil. La empujo y
empieza a vociferar: «¡Ladrones, caramba!» Entra la guardia preguntando
qué es lo que sucede. La señora me acusa de haberle pegado. La guardia
me lleva y me mete en un calabozo. El suelo falta a mis pies y, cabeza
abajo, caigo sobre un montón de colleras de asnos y de mulos, entre una
espesa polvareda de salitre. Me tiendo sobre las colleras y vuelvo a
dormirme.
Por la mañana, me pasan un plato a través de la puerta. Palpo con los
dedos: es arroz con sal. ¡Porquería del demonio!
¡Si por lo menos supiera la hora! Siento que las ratas corren en torno
de mi plato de arroz. A la cuenta les causo poco respeto. Son animales
sociables. Cada nuevo prisionero les ofrece ocasión de una buena comida.
Pensaba que pronto quedaría en libertad, pero pasa un día, pasan dos.
Únicamente al tercer día llega el segundo a buscarme. El capitán había
sabido que estaba en el calabozo; pero no traía prisa en reclamarme:
34

«¡Ah, ese Filax!. No desperdicia ninguna ocasión. Todavía tenemos tres
días de asueto.»
Una vez descargado el carbón, cargamos salitre. Tuvimos que echar
mano todos, pues no había obreros. ¡Qué calor y qué trabajo! El sol era
tan ardiente que apenas se podía estar sobre cubierta. Nuestro casco de
color obscuro absorbía completamente los rayos y el calor de los trópicos
era reverberado por el carbón. El polvo de la hulla inflamaba las mucosas
de la nariz. Cuando nuestras palas tocaron el fondo de la cala, aquello fue
más soportable, pero, ¡antes de llegar allí! Añadid a eso la horrible
alimentación y las largas horas de trabajo. Éramos tan brutos, que
trabajábamos una hora suplementaria por un schnaps de 10 pfennigs.
El cargamento de salitre fue tan penoso como la descarga del carbón.
Henos en fin con rumbo a Plymouth. Durante aquella travesía fui
nombrado marinero de primera clase. Lo había sido ya en los buques
americanos: pero los alemanes no me habían aceptado más que como
marinero novicio, porque mi tiempo de navegación no era suficiente. Por
fin fui solemnemente promovido, y se inscribió en el libro de a bordo que
había cargado por mí solo la vela de juanete.
Llegando a las islas Malvinas, nos asaltó una fuerte tempestad.
Empezamos por huir delante del viento; las cualidades de nuestro navío
se prestaban particularmente bien para ello. El efecto es distinto, según
los casos. Unos se dejan aspirar por la ola, otros se elevan fácilmente. Sin
embargo, cuando el viento y el mar son muy recios, no hay que esperar
largo tiempo antes de ponerse a la capa; si no, llega a hacerse imposible
virar de bordo; el mar sube sobre cubierta, la barre de popa a proa,
arranca todo cuanto encuentra al paso, y el barco está perdido.
Continuábamos, pues, corriendo y veíamos con angustia que las olas
se levantaban por popa y corrían con nosotros a derecha e izquierda. Para
amortiguar su fuerza, tendimos en popa todas las guindalezas que
pudimos encontrar. Con cuatro velas solamente, hacíamos más de diez
millas por hora sobre el agua y algunas más por debajo de ella.
Llegamos por fin al vértice del ciclón. Bruscamente reinó un silencio
de muerte y vimos el cielo estrellado; pero el mar bramaba como una
caldera hirviente. El agua es proyectada por todas partes hacia el interior.
Se eleva y cae en todos sentidos sobre la cubierta de la nave sin apoyo en
medio de las olas que se cruzan. Tan pronto una como la otra banda se
sumergen en el mar y nos preguntamos cuánto tiempo resistirá el aparejo
aquel choque tremendo, antes de venirse abajo. Aquel cabeceo, en efecto,
y no la tempestad misma, es lo que nos hizo perder todos los flechastes de
nuestros masteleros.
35

En fin, al cabo de una media hora, salimos del vértice y la tempestad
empezó de nuevo con fuerza redoblada. El resto de la arboladura se
desprende; las cuerdas se enredan en el timón y las berlingas penden por
encima de la borda. Entonces el viento salta ocho cuartas. Habíamos
braceado las vergas en tiempo oportuno y así, como por milagro, nos
vimos fuera del ciclón. La cubierta semejaba un campo de batalla. La cala
estaba llena de agua; pero nuestra carrera delante de la tempestad nos
había hecho ganar gran número de millas, gaje particularmente apreciable
desde el punto de vista del regreso. Nos fue preciso trabajar día y noche
para establecer un aparejo de ocasión.
Después de ciento veinte días de travesía llegamos a Plymouth. La
tripulación fue licenciada y quedé solo a bordo con el viejo segundo y
Nauke. Smutje dejó el barco. Una vez acabada la descarga, cosimos las
velas, limpiamos el barco y rascamos la herrumbre, preparándolo todo
para el próximo viaje. Algunos tripulantes nos fueron enviados desde
Hamburgo; el resto de la tripulación fue reclutado en Inglaterra, pero eran
fogoneros y estibadores que no habían visto jamás un barco de vela. El
conjunto no valía gran cosa, y aquellos de entre nosotros que conocían su
oficio hubieron de trabajar a más y mejor.
Los fondos del barco, cubiertos de hierbas y moluscos habían sido
limpiados en dique seco. Nuestro nuevo cargamento, consistente en
toneles de yeso, era tan pesado, que el entrepuente quedaba libre.
Únicamente a popa fueron estibadas trescientas toneladas de arsénico en
barriles; pero también éstos ocupaban poco sitio. Todo eso era causa de
un deficiente arrumaje.
El capitán esperaba llegar rápidamente a Nueva York, pero una
tempestad sucedía a otra y no avanzábamos. Los fogoneros y los
estibadores no eran capaces ni de poner una vela ni de aguantar la rueda
del timón. Tenían mejor paga que nosotros, y sin embargo debíamos
hacer todo su trabajo. Estábamos indignados. Hasta nuestros grumetes
hamburgueses rehusaban arreglar los cachivaches de tales tontos que
sabían menos que ellos.
¡Ah! ¡Qué tremendas tempestades! Navidad llegó por fin y por
primera vez la tranquilidad con un viento favorable. También por vez
primera desde mucho tiempo, pudimos tender las velas de juanete. ¡Qué
agradable sensación la de pisar por fin una cubierta seca! «¡Es una gracia
de Dios! —dijo el capitán—. ¡Vamos a festejar la Navidad como se
merece!»
Preparamos un árbol de Navidad a la marinera, arreglando un mango
de escoba con papel de oro, de plata y de todos los colores. Una libra de
tabaco por hombre; el capitán envía un jamón y una ponchera rebosante
36

de licor. Una vez encendidas las luces, una delegación va hacia popa. Se
desea al capitán una feliz Navidad y una buena travesía, y le rogamos que
venga a visitar nuestro árbol. El capitán viene a proa. El Smutje trae el
ponche y abandonamos nuestra guardia para beber a la salud del capitán.
De pronto, una ráfaga «blanca» nos coge por la proa. Se llama «blanca»,
porque su aproximación es invisible. Llega recta por la proa. El navío
empieza a ciar a gran velocidad; los flechastes caen por encima de la
borda; una verga atraviesa mi litera; todo se viene abajo y únicamente la
parte baja de los masteleros queda entera. Apenas ha habido tiempo de
salir a cubierta, cuando ésta está ya llena de restos de toda clase y con el
aparejo colgando sobre las dos bordas. El capitán se precipita al timón; el
timonel yacía allí, aplastado, bajo la rueda. Dos días después había
muerto.
Entonces empieza la batalla. Armados de hachas, arrojamos al mar los
despojos inútiles; las velas bajas, únicas que quedaron en su sitio, se
orientaron de manera que tuvieran el viento de popa. Después de cuatro
horas de un horrible trabajo, habíamos poco menos que arreglado el
buque y se le podía gobernar. Fue milagro que nadie quedara aplastado
durante aquel tiempo en que, incapaces de gobernar, estábamos a merced
de las olas.
Los malos marineros se habían escabullido y nuestra rabia era tal que
no se atrevían a reaparecer. A bordo, nadie mira la duración de la jornada
del trabajo y no hay horas suplementarias. En caso de peligro, es
necesario que todo el mundo se ponga al trabajo. Cuando hay peligro, el
marinero no envía al grumete en lugar suyo, sino que va él mismo como
su honor lo ordena. La cubierta estaba a poco casi despejada, pero la
tempestad se convirtió en huracán. Luchamos durante toda la noche de
Navidad y todo el día siguiente. A las cuatro de la tarde del otro día, el
entrepuente se rompió bajo el peso del arsénico. Muchos remaches habían
saltado y el buque hacía agua. Nos precipitamos para arreglar el
arrumaje; muchos barriles estaban reventados. Ignorábamos con qué
peligro trabajábamos, pues el polvo de arsénico nos causó inflamaciones
muy graves; al cabo de algunos días todos estábamos hinchados; pero el
arsénico fue colocado de nuevo en su sitio y el combate con los
elementos continuó. El barco se hundía por la proa. El carpintero, sonda
en mano, encontró tres pies de agua en la cala.
— ¡Preparad las bombas!
Trabajábamos con verdadero afán, pero el agua continuó subiendo y la
tempestad arreció. Bebíamos alcohol de continuo para sostenernos.
Cuando es necesario trabajar a toda costa, «ante todo el alcohol», como
37

dicen los marinos. No sabíamos si podríamos llegar hasta el fin, pero
trabajábamos con toda nuestra alma.
De pronto, una ola pasa sobre la cubierta y barre las cocinas. El
cocinero, que estaba preparando café, mientras se calentaba los pies sobre
la barra del horno, pasa por encima de la borda con su hornillo, sus
cafeteras, sus sartenes y su cubo de carbón. En el último momento se
había agarrado a la chimenea de la cocina. Los alaridos de la tempestad
nos impedían oír sus gritos; imposible salvarle. Oigo todavía a un viejo
maestro velero que grita al lado de mí: «¡Ya tienes bastante, Smutje, ya
estás bien aviado para irte al diablo!» Me estremecí; me creí muerto yo
mismo. Trabajábamos en las bombas desde hacía cuarenta y ocho horas.
¡Si por lo menos hubiéramos comprendido que aquello servia para algo!
Pero el agua continuaba subiendo. No podíamos más. El alcohol
contribuía a derrengarnos. Estábamos aniquilados.
El capitán apareció delante de nosotros: «Si dejáis de trabajar, os
hundo este arpón en el cuerpo—. Una voz grita desde popa: «¡Cuidado
con la ola!»
Abajo, mientras trabajábamos en las bombas, nada podíamos ver, pero
oímos el rugido. Seis hombres fueron arrastrados por el golpe del mar;
dos pasaron inmediatamente por encima de la borda; otro se aplastó
contra los obenques; había perdido un brazo y el remolino le arrastró
hacia el mar. Otro quedó con el cráneo abierto. Otro, en fin, con los
miembros rotos fue arrastrado sobre cubierta en todos sentidos. Por lo
que hace a mí, una ola me lanza entre un mástil arrancado y el engranaje
de la bomba, y mi pierna, acuñada entre las dos cosas, se rompe. No
podíamos ya trabajar. El barco giraba en todos sentidos. Las masas de
agua pasaban sobre mi pie roto, apretándome contra las maderas del
puente y amenazando ahogarme. El trozo de mástil formaba cuña a su vez
y no podía retirar mi pierna. El segundo, ayudado por un marinero, me
libró con una palanca de hierro y el capitán me hizo transportar al
comedor. Me cortan el calzado; el capitán examina tranquilamente el
daño y dice: «Con éste van siete hombres perdidos; no podemos perder
más. Carpintero, abre el ojo y ¡cuidadito!» Después me lió
cuidadosamente en torno del pie una cuerdecilla, pasando por una polea y
cuya extremidad se fijó a un cajón del aparador; luego, el segundo y el
carpintero recibieron la orden de tirar despacio. A fuer de hombre
experimentado, el capitán vigilaba la operación. «¡Tirad! ¡Un poco más;
otro poco; todavía otra vez más! ¡Bien va; creo que el pie está ya en su
sitio!» Pasé un mal rato, pero esto evitó que la pierna me quedara corta.
«Bien está. Ahora, carpintero, ¡atención! Escoge madera sólida, y toma la
medida de la pantorrilla y fíjamela bien entre dos tablillas.»
38

Dos trozos de madera ahuecada me encerraron por completo la pierna.
Fueron fijados en seguida por medio de tornillos, y consolidaron tan bien
el aparato, que pronto me fue posible andar sin demasiados dolores, pues
el punto de apoyo de la pierna se había trasladado bajo la rodilla.
Sin embargo, el estado de la nave era cada vez más crítico. Fue
preciso recurrir a un último recurso: «¡Preparad las lanchas!» La primera
estaba bajo el mando del segundo. El capitán se ocupó de la otra. Fue
preciso, para botarlas al mar, calmar las olas con aceite. Un hombre,
rodeándose de una cuerda, saltaba al agua y nadaba hasta la lancha. El
siguiente saltaba a su vez al mar sin soltar el otro extremo de la cuerda y
el primero le ayudaba a subir. Cuando todo el mundo estaba en las
barquillas, nos alejamos del barco, dando proa a las olas con ayuda de los
remos. No había que pensar en adelantar camino. Día y noche, mientras
duró la tempestad, fue preciso trabajar para evitar que la lancha se pusiera
de través. A pesar de mi pierna rola, tomé parte en la faena. Como víveres
teníamos un poco de pan duro mojado por agua del mar y una ración
insuficiente de agua dulce. El frío y las noches sin sueño nos agotaron
hasta tal punto, que hubiéramos deseado la muerte. Esta lucha duró cuatro
días. Pasó por fin un vapor a lo lejos. Nuestra esperanza se reanimó.
Reunimos nuestras fuerzas. Un pantalón se ata al extremo de un remo
como señal. Nuestros ojos están fijos en el vapor. ¿Nos habrán visto
desde allí? Nos figuramos que pone proa hacia nosotros; pero después de
una larga espera, aquella ilusión nos abandona. El vapor desaparece y con
él la esperanza de nuestra salvación. Perdemos toda energía y toda
voluntad de vivir.
El capitán trata de animarnos: «Ea, un poco de alma. Sois jóvenes;
miradme a mí, que soy más viejo que vosotros. Tened entereza y no
flaqueéis de ese modo.» Tuvo que impedirnos beber agua del mar, lo cual
hubiera adelantado nuestra muerte. Sentíamos tanta sed, que nos
chupábamos las manos, tratando de llamar la saliva.
Afortunadamente el tiempo era bastante tranquilo, de manera que
podíamos dormir un poco. Dormíamos sentados, relevándonos. Pero la
falta de agua, después de tantas fatigas, nos debilitaba de tal modo que no
podíamos remar. Si tardaba la salvación, estábamos perdidos, bien lo
sabíamos. Se nos ocurrió la idea de sortearnos y causar una víctima, cuya
sangre apaciguara nuestra sed. Todos pensábamos en eso; pero nadie se
atrevía a decirlo, pues nos espantaba; cada uno temía ser designado por la
suerte.
Hacia el fin de la tarde las palabras animosas del capitán nos dieron
alguna esperanza y amortiguaron nuestros sufrimientos, pero no pudimos
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resistir largo tiempo al deseo de beber la poca agua dulce que quedaba.
Nos echamos sobre ella, indiferentes a lo que podría ocurrir después.
Al día siguiente otro vapor a la vista. ¿Nos ve, o también pasa de
largo? Hacemos una última señal. No nos engañamos; se acerca.
¡Ah, que espléndido momento; la salvación!
Pero en el mismo instante, la última chispa de energía nos abandona.
Caemos en el fondo de la barquilla, esperando el curso de los
acontecimientos. El vapor —un italiano, el Maracaibo— echa su escala
de gato para que podamos subir, pero no somos capaces de hacerlo. Nos
es imposible hasta levantarnos. Que nuestro salvador haga lo que le
parezca. Fue preciso hacer bajar las plumas de carga e izarnos como
fardos de mercancías. Pero ni esto bastó para reanimarnos. No tengo
ningún recuerdo de nuestra llegada a la cubierta del vapor. Habíamos
dormido dieciséis horas seguidas sin saber en dónde estábamos.
Cuando abrieron el entablillado, mi pierna estaba negra; pensaron, sin
decírmelo, que estaba gangrenada. Llegados a Nueva York, entré en el
hospital alemán. Un médico joven me examina el hueso que asomaba en
el centro de la llaga, lo toca con el dedo y se va meneando la cabeza: la
gangrena. Pero al día siguiente llegó un médico viejo y dictaminó: «No,
la pierna está sana.» Era la acumulación de sangre entre los tendones
desgarrados lo que daba ese color negro a mi pierna. Al cabo de ocho
semanas de hospital, embarqué en un tres palos canadiense, el Flying
Fish. Llevábamos madera a Jamaica. Poco antes de la llegada, cuando
íbamos a abrir las escotillas, un movimiento imprudente me rompió de
nuevo la pierna.
Lo que pasó entonces debía tener una influencia decisiva en mi vida
muchos años después. En la época en que yo era oficial del acorazado
Kaiser, Su Majestad gustaba de interrogarme acerca de mis aventuras. Un
día me preguntó:
—¿Cuál fue, Luckner, el peor momento que ha pasado usted?
—Uno que pasé en el crucero imperial Panther.
Plessen, ese viejo tan correcto, meneó la cabeza. Su Majestad,
sonriendo, dijo:
—¡Rayos y truenos! Cuénteme usted eso.
—Habiéndome, pues, roto de nuevo la pierna en la goleta canadiense,
me llevaron al hospital de Jamaica, donde me la enyesaron. Salvo mi
pantalón, mi chaqueta y un zapato, todo lo que poseía quedó a bordo. Al
cabo de quince días, el inspector del hospital me preguntó si tenía dinero
en el buque: «Sí —dije—; seis libras.» «¡Entonces, bien va!» Una semana
después enviaron a buscar mi dinero al consulado: «No tiene usted más
que tres libras.» El buque había marchado y el capitán, no contento con
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quedarse con toda mi indumentaria, se había apropiado la mitad del
dinero. No tenía más que lo puesto. La gente del hospital me echó
simplemente a la calle.
Heme, pues, solo, con mi pierna enyesada. Habiéndome procurado un
bastón, bajé a la playa. Establecí allí mi domicilio y me enterré en la
arena. Resuelta ya la cuestión del alojamiento, faltaba resolver la de la
alimentación, que desde el día siguiente se presentó con urgencia.
Procuré comer algunos cocos: pero el diablo mismo reventaría siguiendo
tal régimen. Fue, sin embargo, el mío durante tres días.
Llega, por fin, un vapor. Jamaica no es una cabeza de línea como
Hamburgo, Londres o Rotterdam, y no se renuevan allí las tripulaciones,
y las probabilidades de embarco son casi nulas. Eso era lo que faltaba
saber. Cuando el vapor atracó me arreglé para subir a bordo con mi palo y
mi yeso; sin gorra, sin afeitar, sin lavar, con el rostro pelado por el sol, los
cabellos cayéndome sobre los ojos, estoy seguro que mi apariencia debía
de ser lastimosa. Cargaban carbón en sacos. Me presenté al segundo; me
rechazó con insultos en inglés: «¡Cochino! ¿Qué demonios vienes a hacer
aquí en un vapor?» ¡Dios mío! ¡Y no era más que un carbonero! Vuelto al
muelle, cogí, por lo que pudiera tronar, un saco de carbón vacío y de
nuevo me metí tierra adentro. Mi hambre era atroz. A fuerza de ruegos,
un negro me rompió el yeso, pero no tardé en deplorarlo, pues el sol
tropical, cayendo a plomo sobre mi pierna, me causaba intolerables
dolores. Fue entonces cuando el saco de carbón me sirvió en gran
manera: envolví en él mi pierna herida; por la noche me servía de
almohada.
Pasé tres días aún comiendo coco y bananas. Por fin, cojeando a lo
largo de un riachuelo que corría detrás de la ciudad, llegué a una
plantación, donde un viejo negro de las Indias occidentales se ocupaba en
cortar bambúes. Yo tenía mi faca de marinero. Le ayudé en su trabajo y
por la noche me dio seis peniques para cenar. Mi historia, la cual le conté,
no le inspiró confianza. Cuando le pedí un abrigo, ofreciendo continuar el
trabajo, no se mostró muy dispuesto a ello; murmuraba: «Ya veremos» y
otras esperanzas dudosas. Me permitió por fin pasar la noche en su
establo y se retiró a su cabaña de estilo negro.
No me hice el melindroso y me arreglé lo mejor que pude sobre dos o
tres esteras, entre los carricoches del negro. No se puede imaginar cuán
espantoso es dormir al aire libre bajo los trópicos, mojado por la humedad
nocturna. En mi cabaña de bambú, las cucarachas corrían por centenares;
se oía un crepiteo continuo. Oía también galopes de ratas y bien sabe
Dios que no hay ningún; animal que me repugne tanto. Pero estaba de tal
modo cansado, que. a pesar de todo, dormí de un tirón. Al despertar, el
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negro me dio algo de harina de maíz y volvimos a nuestra faena. Estaba
atareado cortando bambúes cuando advierto un buque que se acercaba al
puerto. Planté en aquel momento a mi nuevo dueño para precipitarme
hacia aquella nueva esperanza.
Cuando llegué al muelle, sentí como un golpe en mitad del rostro. Era
un barco de una blancura maravillosa, como un yate. Tenía dos
chimeneas y por primera vez en mi vida vi el pabellón de guerra alemán.
Era el Panther, maravillosamente poderoso y resplandeciente heraldo de
mi patria. Atracó lentamente. Jamás he sentido tal vergüenza. Aquel
espléndido buque de guerra aumentó el asco que sentía por mí mismo.
Abyecto, inmundo, no podía, sin embargo, apartarme de aquel lugar.
Quería oír hablar mi idioma.
Cuatro oficiales vestidos de blanco y con gorras blancas también,
bajaron. Pasan sin mirarme. «¡Filax —me dije—, pobre viejo, he aquí lo
que pensabas ser algún día!» Lloraba de rabia. Los ingleses me habían
expulsado de su nave. Mis compatriotas me rehusaban la limosna de una
mirada. He aquí mi castigo por. haber huido de la escuela. Yo, que tan
orgulloso estaba de la profesión que había escogido, no sentía ahora más
que remordimientos. Abandoné el muelle arrastrándome.
A mediodía bajaron los marineros a tierra. Uno de ellos, una especie
de gigante, tenía un fuerte acento sajón. Me acerco: «¡Eh, paisano!»
Jamás he sabido imitar tan bien el acento sajón como aquella vez, para
conciliarme aquel buen hombre. Era fogonero en el Panther y natural de
Zwickau. Le conté mi aventura y le pedí un poco de pan.
—Con mucho gusto. Procura estar esta noche en la punta del muelle.
En este momento no tengo tiempo. Es preciso que vuelva al barco.
Llegué un cuarto de hora antes, temiendo que el reloj de mi amigo se
hubiese atrasado. Le veo en seguida, me trae un buen pan negro alemán.
¡Qué delicia! Mordí con entusiasmo, confundiéndome en gracias.
—Bien, mira, ven aquí todas las tardes a las seis.
—¡Qué buen muchacho eres!
No pude decir más, pero todo mi corazón estaba en esas palabras.
Volví a mi yacija, acabando mi pan, pedazo a pedazo; tenía el gusto de la
Patria. No dejé ni una migaja.
Al día siguiente volví a la cita.
—Dime, viejo, ¿no podrías darme una gorra y un par de zapatos?
—Mañana es domingo —me contesta—. Subirás a bordo.
Venció mis vacilaciones, y al día siguiente, domingo, a las tres, me
deslicé como un criminal hasta el castillo de proa. Los marineros estaban
sentados en torno de tazones de café y de pastas. Había un cañón bajo una
vela. Era el primero que veía y no le quitaba la vista de encima. Me
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hicieron sentar entre ellos. Me parecía que me encontraba en una hermosa
casa de gente rica.
Pasa el oficial de guardia; me ve; los hombres se levantan y se
cuadran. Me levanto como ellos, tratando de ocultar mi pierna y mi saco
de carbón. El oficial llama:
—¡Contramaestre de servicio!
—¡Mi teniente!
—Écheme ese hombre a tierra, y cuidado con que otra vez deje usted
subir a bordo canalla semejante.
El marinero de guardia me coge por el hombro.
—Trata de bajar cuanto antes, y de prisa.
Los marineros, que ya empezaban a conocerme, murmuraban en torno
de mí; uno de ellos me dice al oído:
—Oye un poco, Filax; ya verás mañana si estarás bien vestido. Voy a
pescarle al teniente una camisa y su gorra, y serás tú quien te las pongas.
«¡Canalla!» La palabra resonaba en mis oídos y yo estaba indignado.
¡En el momento en que oía mi lengua materna, cuando veía ese pabellón
alemán objeto de mis esperanzas, un oficial me insulta y me arroja como
a un perro!
Huí haciéndome lo más invisible que pude, y siempre me parecía oír
aquel maldito sonsonete: «Echadme a ese canalla a tierra.»
Mis amigos del Panther me habían llenado los bolsillos de galletas.
«Mañana a las seis», me había dicho el fogonero. Vino, me dio mi pan
negro y me avisó que volviera a las diez. En aquel momento dos hombres
se deslizaban a lo largo del muelle. ¿Qué es lo que traen? Zapatos de tela,
un pantalón azul, una gorra de marinero, calcetines y camisas. «¡Ahora
puedes ponerte elegante, Filax!”
Jamás he experimentado alegría tan grande. El camino de la vida me
estaba abierto otra vez. Podía de nuevo presentarme en un buque...
Cuando algunos años más tarde explicaba esto al Emperador, Su
Majestad me miró de un modo raro y dijo a los asistentes: «¡Qué desquite
para él si volviera al Panther!» Menos de dos meses después recibía el
mando de ese cañonero.
Mis primeros pasos al subir a bordo se dirigieron hacia aquel castillo
en que me había sentado un día, huésped reconocido de los fogoneros
caritativos. ¡Con qué precisión me vi de nuevo echado a tierra como un
paria! Ahora ese miserable era dueño de a bordo y para bajar a tierra tenía
zapatos blancos y gorra blanca. El sueño se había realizado Al final del
muelle miraba involuntariamente a derecha y a izquierda, buscando al
desdichado sin patria. ¡Cuántas horas pase a solas contemplando a lo
lejos al Panther! Tan punzantes eran mis recuerdos, que el pasado era
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más vivo que el presente. ¡Qué distancia de hombre a hombre entre el de
los zapatos blancos y el del saco de carbón!
Con el hermoso traje hurtado al teniente obtuve un puesto junto al
inspector de muelles. Estuve allí cuatro semanas. Debía ayudar a amarrar
los navíos que atracaban. La paga era buena, la alimentación también, y
recobré mis fuerzas físicas y morales. Con la recomendación del
inspector no me fue difícil obtener un embarco. Tomé servicio en la
goleta Nova Scotia, que hacía el cabotaje de las Antillas.
El lector quizá quede sorprendido al saber que durante mi larga
carrera de marino no haya ensayado jamás de aprender otro oficio.
Confesaré que algunos días fui soldado en el ejército mejicano y que
estuve de centinela en una puerta trasera del palacio de Porfirio Díaz, el
dictador, al que Méjico debió prósperos días. En la puerta de delante
había, naturalmente, tan sólo tropas indígenas. He ahí cómo sucedió esa
cosa increíble. Nuestro navío quedó inmovilizado cierto tiempo en
Tampico. En compañía de un camarada de a bordo pedí un permiso al
capitán. Pensábamos en la vida romántica de los nativos, con sus rebaños
fabulosos, sus lazos, sus caballos, sus sillas y sus arneses de plata más
bellos aún. Un alemán puso dos caballos a nuestra disposición y
cabalgamos algún tiempo a despecho de las calumnias que se propalan
sobre las facultades ecuestres de la gente de mar.
Nuestro paseo duró algunos días más que el permiso. Así es que, al
volver al puerto, el buque había desaparecido.
Pero en este mundo bendito, el problema del pan cotidiano no es
difícil de resolver. Vais hacia el mercado, ayudáis a cualquiera aquí o allá
y ya habéis ganado la comida, sin contar una pieza de plata o de cobre
para ir a una tabernucha. Cuando estuvimos cansados de llevar cestas, nos
alistamos como he dicho. En Méjico, cualquiera puede ser soldado.
Ninguna preparación es precisa. El régimen es mediano, el servicio
pasable. Al cabo de una quincena renunciamos al uniforme para trabajar
durante cierto tiempo en la construcción de un ferrocarril en el interior.
Transportábamos arena y tierra y cargábamos para la vuelta traviesas en
los vagones vacíos. Nuestros camaradas eran italianos, polacos, ingleses
y alemanes. Luego entramos en casa de un compatriota que se llamaba
Fede Lüder, que se dedicaba a la cría de gallinas y cultivaba árboles
frutales.
La conclusión de ese viaje a través de Méjico fue que embarcamos en
Veracruz en un petrolero. Licenciado en La Habana, pasé a bordo de un
barco noruego. Luego hice de nuevo el antiguo viaje Nueva YorkAustralia. Continuamos por Honolulu, Vancouver y después con madera
hacia Liverpool. Durante ese viaje aprendí el noruego, sin adivinar cuán
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útil tenía que serme más tarde. En mi primer buque, la Niobe, había
aprendido, además, el ruso, el finés y un poco de sueco.
De Liverpool volví de nuevo a Hamburgo.allí frecuentaba la casa de
la madre Schroth, que era un viejo bar de parroquianos. No había más que
tres o cuatro mesas y por lo general era preciso beber la cerveza de pie.
La madre Schroth lo era en verdad para los marinos. Tenía gran cuidado
con nosotros, pero se quejaba mucho de asma, pues su redondez era
enorme. Hubiera querido ir a tomar aguas de buena gana, y con mi amigo
Uhlhorn nos ofrecimos a encargarnos del bar durante su ausencia.
—¿Creéis de buena fe que sabréis arreglaros? —nos preguntó.
—¡Estamos seguros, madre Schroth!
La cosa era bastante sencilla, pues no había más que cerveza en
botellas. Un restaurante enviaba las provisiones sólidas muy calientes
dentro de un cubo; dos porciones por 1.20 marcos. Nos bastaba sentarnos
con los consumidores y animarles a beber en nuestra compañía. Un ciego
tocador de acordeón venía todas las tardes para enternecer a los
concurrentes. En la parte posterior había un cuchitril con un sofá y una
estufa de petróleo, donde podíamos preparar los grogs. Era el dormitorio
de la madre Schroth.
"Uhlhorn y Filax, así se llamaba el bar, "representantes de la madre
Schroth."
Nuestros negocios tomaron un vuelo magnífico; los marinos que
llegaban allí no podían marcharse Cada cual contaba una historia
agradable. La casa estaba siempre llena, se multiplicaban los pedidos de
cerveza. El carretero de la cervecería no cesaba de descargar todos los
días el doble que la víspera. La casa estaba, pues, en pleno florecimiento;
la madre Schroth podía acabar su cura de enflaquecimiento en Carlsbad
con toda tranquilidad. Pero, por la mañana, nuestras sumas no
concordaban. El dinero estaba siempre en déficit. Cada botella bebida se
marcaba con yeso en la pizarra. Esto iba muy bien mientras no estábamos
achispados, pero cuando la fiesta llegaba a su colmo, los buenos
muchachos no tenían escrúpulo en borrar de cuando en cuando un par de
trazos de yeso. Durante una gerencia de cuatro semanas los beneficios
fueron nulos. El diez por ciento que habíamos convenido en dar a la
madre Schroth, pues el resto debía ser para nosotros, tuvimos que sacarlo
de nuestros bolsillos, y nos retiramos del comercio.
Cuando Juan Marinero emprende algún negocio en tierra, lo que le
falta más a menudo es la perseverancia. Pierde al mismo tiempo que el
contacto con la cubierta del buque, el sentido de los valores tal como los
concebía. Desembarcado después de algunos meses de trabajo, en un país
al fin del mundo, lo que desea son noticias de su casa, y son viejas ya
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cuando llegan a él; pero los acontecimientos del país adonde atraca le
tienen sin cuidado. Acostumbra considerar con filosofía lo presente que
pasa, con sus modas raras y sus cosas de poca importancia; pero el mar se
le presenta de continuo y constantemente le hace la gracia de arrancarle al
tumulto de los días para elevarlo a los estados de las almas grandes y
sencillas.
Cuando vuelve a su patria al cabo de un largo viaje, muchas cosas han
pasado que han conmovido a los suyos, pero no las ha sabido y ya están
olvidadas. Si hojea viejos periódicos, lo que encuentra en ellos es
generalmente desconocido: «¿Qué es lo que habéis hecho por aquí?», y se
le contesta: «¡Cómo! ¿No lo sabes?». Y todo el mundo menea la cabeza.
Sin embargo, durante la interminable travesía, el marinero piensa con
nostalgia en su casa e imagina por adelantado lo que hará cuando
desembarque. ¡Qué poca suerte, y sobre todo para el capitán, cuando la
falta de viento retarda la vuelta! Si la calma chicha no dura más que un
día o dos se hace todo lo posible para salir de ella, pues el hombre está de
tal modo formado, que el mismo capitán llega a figurarse que el viento no
soplará más. Ve cómo desaparece su tanto por ciento sobre la carga.
Mientras el viento era bueno, pensaba que no podía cambiar y que la
vuelta se efectuaría durante todo el viaje a la misma velocidad, y ahora
¡la calma! Empieza por buscar el «Jonás», el hombre de la mala suerte de
a bordo; su mal humor descarga en seguida sobre el timonel; le hace
todos los reproches del mundo. No es raro que el viento no llegue
mientras él esté en el timón, pues asusta al viento. El capitán echa en
seguida su gorra al suelo y la patea con impaciencia; luego se pone a
silbar, lo que está prohibido a bordo de un velero, pues atrae la
tempestad. En seguida llama al grumete y le dice que rasque el mástil,
porque esto atrae al viento, y como el viento no llega hace salir a
puntapiés al camarero, y poniéndole una escoba en las manos le obliga a
subir a lo alto del mástil para barrer el cielo. Por fin toma él mismo una
chaqueta vieja y un viejo zapato para echarlos al mar, último modo de
despertar la brisa. Cuando baja, ebrio de furor, a su camarote, queda un
instante encerrado con la esperanza de que el viento llegará en aquel
intervalo. Vuelve a subir, y siempre la misma calma. Entonces arremete
contra el hombre del timón y le envía a paseo, diciendo pestes de su cara,
que asusta la brisa. Llama a otro timonel: «Ven, Jan. Tú, por lo menos,
eres un buen muchacho y estás en buenas relaciones con San Pedro.»
Ahora está seguro del buen éxito y pasea desde proa a popa y de popa a
proa.
En realidad, parece que de momento se levanta algo de aire en el
horizonte. Unas olas ligeras rizan la superficie del agua. El capitán lanza
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un suspiro de alivio: «Jan, eres un bravo muchacho, ya te lo había dicho;
te daré media libra de tabaco.»
Durante meses Juan Marinero no ve un céntimo y no tiene ocasión de
gastar; pero piensa a menudo en el porvenir y en el momento en que,
llegado a tierra, se encontrará bruscamente con una gran suma entre
manos. Su fantasía le pinta ya el magnífico instante en que con la bolsa
llena se paseará como un capitalista entre los tesoros de las tiendas. A
bordo los periódicos más viejos se conservan con todo cuidado. Los
diarios de moda pasan también de mano en mano: «Imagínate, Tedje, qué
buen aspecto tendrías con este traje.» Las preferencias son para las
chaquetas muy anchas y muy abiertas, que permiten a la blanca camisa
del domingo mostrarse con profusión. Se compulsan cuidadosamente los
catálogos de los grandes bazares: «Lo bueno que sería tener un
gramófono tan elegante como éste por cuarenta marcos. Es necesario que
lo compre con todos los discos.» Se hacen planes de viaje: “Es preciso de
todos modos que vaya a Munich. Debe ser sorprendente.»
Luego, cuando se ha bajado a tierra con el rostro redondo y atezado,
que le revela a todos como un trotamundos, todos los proyectos se
olvidan. Algunas noches pasadas en la ciudad, y sobre todo en San Pauli,
acaban con su entusiasmo y llenan todo su programa, y el hada Morgana,
que bailaba a bordo, ante sus ojos, acaba de desvanecerse.
Cuando Enrique y Tedje, que se han alistado en otro buque y se
preparan para un segundo viaje, se encuentran de nuevo, Enrique
pregunta: «Y bien, Tedje, ¿qué te ha parecido Munich?» Tedje, que no
tomó el ferrocarril, se contenta con responder: «¿Estás contento de tu
gramófono?»
No solamente han fallado los planes que se forjó durante las guardias,
sino que el marino llega a experimentar la necesidad de huir de tierra.
Dice adiós a sus camaradas. Los hombres que encuentra le son extraños.
Lo que le cuentan no le interesa. No comprende una palabra de ello. La
vida en el teléfono, las carreras en el metropolitano, la agitación de la
gran ciudad con sus ruidos constantes y su ritmo inasequible, repugnan a
su espíritu. En la ciudad, la virtud cardinal es el movimiento continuo: en
el mar, la paciencia. Al marino le parece que el ciudadano no sabe esperar
ni sabe dejar madurar las cosas. En el mar se vive con un fin; pero con la
prisa no se adelanta nada. Así bien pronto el marino se siente más solo en
tierra que en el mar. Echa de menos la hora acostumbrada de las charlas
por la noche sobre cubierta, mientras el buque se desliza con lentitud.
Esas conversaciones no se interrumpen allí por la gente que llega;
siempre los mismos, y los relatos se suceden hasta el fin de la velada.
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Después hay otra cosa: el marinero es inocente, ignora el arte de
engañar a los otros. A bordo, el robo entre compañeros es un crimen. Las
maletas pueden permanecer abiertas; reina la confianza en sí mismo y la
confianza en los otros. Así es que la falta de experiencia ofrece al marino
como una presa a los tiburones terrícolas. Aprovechándose de que soporta
mal el alcohol, le arrebatan el dinero ganado durante meses de lucha
contra los elementos. ¡Ah, cuántos señuelos se ofrecen a la ingenuidad de
los marinos! ¡Cuánto se podría decir acerca de eso!
Después de dieciocho meses de travesía, se desembarca en Hamburgo.
Todos van en seguida a San Pauli. «¡Toma! ¿Qué es lo que ocurre? ¿Por
qué esa multitud?» Se acerca, se mira: hay un caballo caído que se ha roto
la pierna. De pronto entre el grupo de curiosos se oye un suspiro. Me
vuelvo, y un caballero me pregunta:
—Buenos días, amiguito; ¿sería usted tan amable que me indicara el
camino del Monte de Piedad?
—No lo sé; jamás me he servido de él.
—Puede usted dar gracias a Dios.
—¿Qué es lo que la sucede?
—Me veo en la necesidad de empeñar el último recuerdo de mi pobre
madre. Pero siempre me quedará la esperanza de que algún día podré
recobrarlo.
—¿Quiere enseñármelo?
—Es una sortija con un diamante.
Saca la sortija del dedo y me la enseña, después de haberla besado.
Mientras doy vueltas al objeto entre los dedos, llega un caballero bien
vestido y se me acerca, diciendo:
—Perdóneme mi indiscreción; pero he oído lo que decían, y es una
suerte que se encuentre aquí un joyero, para evitar una estafa. Los
verdaderos diamantes no se ofrecen generalmente en la calle.
—Esté usted tranquilo —dice el otro—; no soy capaz de cometer una
estafa con los recuerdos de mi madre.
—No tengo el honor de cuidarme de usted, caballero; me intereso por
este mozo.
Alargo la sortija al joyero, que la examina en todos sentidos, y dice:
—Verdaderamente es oro.
Y me murmura al oído:
—Pregúntele qué precio desea.
—¿Cuánto quiere usted?
—Dios mío, diez marcos.
El joyero me dice en voz baja:
—Ese mozo ha robado la sortija.
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Examina el brillante con una lente, y añade:
—La piedra es verdadera; déle usted tranquilamente el doble y sígame
hasta el almacén y allí se la compraré diez veces más cara.
Encantado por ese magnífico negocio, echo mano al bolsillo y saco
veinte marcos. Luego salgo en seguida de entre la multitud, convencido
de que el platero me sigue. Me vuelvo: nadie. Busco con la mirada: nadie,
ni platero ni vendedor de sortija. Miro mi compra con desolación. Para
cesar en mis dudas, entro en la tienda de un verdadero platero de San
Pauli, el cual me dice, sonriendo:
—No es de oro ni diamantes; pero, por un tálero, está bastante bien
imitada.
Henos aquí a Tedje y a mí continuando nuestro paseo.
Llegamos a la feria de la Catedral. Por todos lados se oyen por
docenas los gritos de los bateleros. De pronto, en un estrado, una voz
poderosa domina a las otras: «¡Entren, entren y verán ahí dentro lo que
nadie ha visto jamás!»
—¿Qué es lo que nos enseñarás? —pregunta Tedje.
—Un canario que habla bajo-alemán.
—Ya lo oyes —dice Tedje—. Quiere engañarnos.
—¡Quinientos marcos si el canario no habla bajo-alemán.
—¡Demonio! Esto es algo fuerte: pero entremos un poco para ver ese
bicho raro.
Una multitud está agrupada ante la puerta. La mayoría vacilan en
entrar temiendo alguna broma pesada, y deseosos de dejar pasar a los
imbéciles. Entramos y la representación empieza. El canario, dentro de
una jaula, aparece en escena.
—Señores y caballeros, permitidme que os presente este pájaro
notable. Su nombre es Hans.
—Me importa tres pepinos su nombre —grita una voz desde el
fondo—, ¡lo que yo quiero es oírle hablar!
—¡Un instante, caballeros! Hans, ¿qué es lo que quieres fumar, un
cigarro o una pipa?
—Piiip —contesta el pájaro.
—Señores y caballeros, habla bajo-alemán.
La gente se retuerce de risa y los curiosos de fuera preguntan a los que
salen:
—¡Qué! ¿Habla?
—Ya lo creo que habla, y perfectamente.
¿Por qué habríamos de ser sólo nosotros los imbéciles? Durante todo
el día el hombre tuvo una entrada del diablo.
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En la próxima barraca se proponía una buena adivinanza. A los que
acertaran se les devolvía el dinero, y efectivamente, detrás de la tela de la
tienda una voz proclamaba a intervalos: «¡Bien adivinado, ahí van sus
treinta pfennigs!» Se puede probar fortuna. Los que salen no tienen la
cara apenada, sino que salen sonrientes y confirman que se les ha
devuelto el dinero. Se llena la tienda. Sacamos los treinta pfennigs y
henos aquí en el interior. Todos los ojos están vendados. Llega un
hombre llevando un cubo.
Dentro del cubo está lo que hay que acertar; se nos dice en voz baja
que metamos la mano dentro.
—Y bien (siempre en voz baja), ¿puede decirme qué es?
—¡Qué porquería! Es grasa para carros.
Entonces una voz de trueno:
—¡Acertado! Ahí van los treinta pfennigs. —y añade en voz queda—:
¡Pero cuesta cincuenta pfennigs lavarse las manos!
A una vieja infeliz que no pudo en absoluto adivinar, le costó la fiesta
ochenta pfennigs.
Había, además, otras bromas menos inocentes.
Al cabo de cierto tiempo que ha desembarcado, quizá con el corazón
lleno de ilusiones por fantásticos esponsales con la hija del proveedor de
hombres5, la vida le resulta pesada y se considera dichoso cuando leva el
ancla para volver a su océano. Si el mar del Norte no es su amigo, se
siente por el contrario en su casa cuando el alisio le acaricia bajo un cielo
lleno de estrellas. La luna y los astros son para él algo más que para los
terrícolas. Respira de nuevo el aire salado que penetra el ser entero y le
inmuniza maravillosamente. Los bacilos no viven allí: al cabo de algunos
días de mar, la enfermedad es poco más que desconocida, a no ser que la
falta de víveres acabe por producir el escorbuto. En el mar nadie se
resfría; el viento y la humedad no pueden con el organismo —el
reumatismo sólo llega muy tarde—, y el polvo no existe en un velero.
Cuando uno se lava sólo es para quitarse la costra de sal que lleva en la
piel.
Se encuentran en cada nuevo barco nuevos camaradas que se
convierten en amigos. La primera pregunta es: «¿Cuál ha sido tu último
buque?» Siempre era el mejor barco del mundo, y no acaban nunca las
relaciones entusiastas de su capitán. Se cambian recuerdos. Fulano de tal
conoce a Mengano, que trataba a su vez a Zutano, y así se charla con los
nuevos conocidos.

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El intermediario entre el armador y los marinos.

Pero los camaradas no son los únicos que hacen compañía al marino.
Vive en íntima confianza con la Naturaleza. Todos los peces que
encuentra los conoce, aunque haya pocos en suma que sea posible pescar
desde a bordo por medio de un anzuelo. Al aparecer los delfines, se oye
el grito: «Preparad los arpones.» Es precisa mucha experiencia para
alcanzar aquel pesado animal, que pasa a una velocidad tremenda a
contrabordo del buque. Es una gran alegría la pesca de un delfín, pues
habrá pescado fresco en la mesa.
Cerca del Cabo de Buena Esperanza, del Cabo de Hornos y de ciertas
islas, aparecen los albatros, las palomas del Cabo y varios géneros de
gaviotas. Acompañan al buque desde el Cabo hasta mitad del camino de
Australia, alimentándose con los despojos echados al mar.
Da gusto, cuando se ha permanecido mucho tiempo en el agua, ver en
torno otros seres vivientes. Se les saluda como a antiguos amigos que se
abandonó el año anterior. La gaviota, sobre todo, es sagrada para el
marino, porque cree que él revivirá más tarde bajo la forma de una de
esas aves. Las gaviotas blancas son los buenos marinos; las negras son los
malos, los diablos del mar. Está prohibido matarlas, pues son amigas que
nos acompañan. Cuando, al sur del Ecuador, al salir de la región de los
alisios, se señala el primer albatros, todo el mundo se alegra de tal
acontecimiento que acaba con la monotonía del viaje. Vuela
majestuosamente tan pronto junto a las olas como subiendo mucho más
alto que el buque. El albatros, rey de los mares del Sur, es tan grande que
si se posa sobre cubierta no puede ya volar más, pues le falta aire debajo
de las alas. Por otra parte, no se ha conseguido jamás, a creer a los
marinos, llevar un albatros vivo al hemisferio norte.
A veces, junto a la costa de África, hay centenares de golondrinas que,
habiéndose extraviado en la niebla, caen agotadas sobre cubierta. En
ocasiones sucede lo mismo a docenas de cigüeñas. Esas aves no pueden
reanudar su vuelo y es triste ver cómo se extingue su vida poco a poco,
pues a bordo no se les puede dar ningún alimento que les convenga. No
se puede hacer nada por ellas. Mueren como el marino perdido en el
desierto líquido y cuya provisión de agua dulce se ha agotado.
Así es como el marino vive con la Naturaleza, su camarada y su
adversario. Cuando se ha respirado el soplo del aire de proa es imposible
pasarse sin él.

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CAPÍTULO IV

En la escuela náutica de Lübeck
Navego a bordo de un vapor. Ingreso en la escuela de
náutica. Mi familia me da como desaparecido. Mi primer
examen. Piloto.
Me dijeron en Hamburgo que si quería examinarme de piloto era
preciso que navegara una temporada a bordo de un vapor. Embarqué,
pues, con mi viejo amigo Uhlhorn a bordo del Lisbonne, de la Compañía
Sloman, para un viaje de dos meses por el Mediterráneo; luego en un
vapor de cabotaje, el Cordelia, que hacía el servicio de Amsterdam y de
Rotterdam. Pensé entonces que ya conocía bastante el mar para entrar en
la Escuela.
Empecé por ir a la Caja de Ahorros Marítima para retirar el dinero que
allí tenía. Había hecho mi cuenta y mis entregas se elevaban a un total de
3.200 marcos. ¿Cuál no fue mi sorpresa cuando se me devolvieron 3.600?
Ignoraba todo lo referente al interés y a la tasa del dinero y admiré la
bondad de alma de los administradores. Llevando mi fortuna en el
bolsillo, marché hacia la Escuela de Náutica de Lübeck.
Era preciso ante todo comprarme trajes nuevos, ropa interior blanca,
cuellos y puños. Se acabaron el cuello de celuloide que se entrega al
amigo que baja a tierra y el de hojalata americano, con un revólver a
guisa de alfiler de corbata.
Tenía ya veinte años cumplidos cuando entré en la Escuela. Todos
nuestros antiguos capitanes siguieron el mismo camino. Es como decimos
entre nosotros «el agujero de los ratones», de los marineros que quieren
salir de la rutina. Los marinos de la nueva escuela bien querrían tapar ese
agujero; quieren difundir los buenos modales en el oficio del mar y
reservar a los «cadetes», con exclusión de los marineros, los puestos de
oficiales en la Marina de Comercio.
Siempre me ha indignado esa tendencia. La educación de los cadetes
es buena en sí y nadie mejor que yo aprecia lo que nuestra juventud
marítima debe a hombres como mi querido profesor Schulze. Pero el
peligro está en que esos jóvenes sabios no truecan el contenido de sus
libros por la práctica, y lo que es más grave todavía, que los marinos
inteligentes no puedan entrar en la carrera de oficial por falta de
certificados escolares. La instrucción, en suma, cuenta poco en el mar.
Una vez capitán, tiene uno tiempo de sobra para estudiar las ciencias.
Cuando el aparejo se va abajo, Schopenhauer no sirve para gran cosa. Es

mejor ver en el puente de mando un hombre enérgico, que un hombre
elegante y con cuello magníficamente planchado.
Heme, pues, con mi dinero en Lübeck; encontré en casa de una señora
anciana una habitación agradable. Fui después a la Escuela de Náutica y
me presenté al profesor Schulze. Este hombre, muy bueno e inteligente,
supo inspirarme en seguida confianza, y bien lo necesitaba, pues el
corazón me latía al respirar de nuevo la atmósfera de la Escuela. Como
marinero tenía mi importancia, pero allí volvía a ser un muchacho. Le
expliqué al doctor Schulze en confianza mi nombre y mi pasado (pues
mis documentos continuaban llevando el nombre no de Luckner, sino
Lüdicke). Me estrechó vigorosamente la mano, asegurándome que
muchos discípulos salidos del pueblo y menos instruidos que yo se habían
portado brillantemente en el examen.
—Sí —contesté—; pero supongo que sabían aritmética y esto es lo
que yo no sé.
Me interrogó un poco sobre los números fraccionarios. Como yo
ignoraba lo que era un quinto (una mitad, un cuarto, pase; esto lo indica
la esfera de un reloj), tuvo un momento de vacilación.
—¡Bah! Eso no importa —dijo al fin—; es suficiente querer ponerse a
ello. Con un poco de aplicación...
¡Dios mío! Esa antigua aplicación, ¿no ha cambiado aún desde mi
infancia? Pero ese excelente hombre no me engañó. Fortificó mi
confianza, me dio conferencias sobre lo más difícil, y al cabo de un mes,
mis meninges comenzaron a desentumecerse. No desesperé ya de
presentarme en los exámenes. El porvenir se teñía de color de rosa.
El primer día, saliendo de casa del director, entré en el café
Neideregger, célebre por sus mazapanes. No quería frecuentar más que
establecimientos convenientes. Encontré un anuario de los condes
daneses: .¡Viejo mío —me dije—, tú también eres conde!» Y hojeando el
libro vi que se me mencionaba como «desaparecido». «Magnifico —
pensé. Camarero, otro chopp de Pilsen.» Pensaba en lo que debía ocurrir
en mi casa: «Hará mucho tiempo que ya se habrán quitado el luto.»
Jamás había escrito a los míos. Por mucho que fuera mi orgullo de
marinero, cuando sentado en la cofa pensaba en lo que era y en lo que
podía ser un día, no me atrevía a creer, sin embargo, que en mi casa
compartirían tal sentimiento, e imaginaba la cara que pondrían mis tías
las canonesas si llegaban a saber que tenían un marinero por sobrino.
Un día —poco después de mi victoria sobre Lipstulian— había
bruscamente sentido ganas de acercarme a mi familia. Encuentro en mis
antiguas fotografías una instantánea medio borrosa, tomada en una
barraca de feria, y que me representa como campeón de lucha en San
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Pauli. En el dorso del cartón hay dos líneas de mala escritura que dicen:
«A mi querido padre, en recuerdo afectuoso de Félix, su hijo fiel.
Hamburgo, l9 de abril de 1902.» Sí, había querido enviar ese retrato para
alegrar a mis padres por medio de la imagen de su vigoroso muchacho.
Pero apenas escrita la dedicatoria, me faltó el valor. La diferencia con las
fotografías de familia era demasiado asombrosa. Mucho más tarde,
cuando me descubrí a los míos, mi padre llevó esa fotografía en su cartera
hasta la hora de su muerte.
En Lübeck observé la reserva que debía guardar un simple marinero y
apenas traté a nadie. Fuera del profesor, nadie conocía mi calidad; el
título de conde sólo hubiera servido para causarme molestias. Sin
embargo, empecé a cuidar un poco más de mi persona. Poco a poco
desaparecieron los callos y las líneas alquitranadas de mis manos. Mis
mejillas atezadas enflaquecieron. Cada mes debía comprar cuellos de un
número más bajo.
Mis principales conquistas fueron al principio la tabla de
multiplicación, la gramática alemana y el cálculo de quebrados. Toda la
buena familia Schulze me ayudó. Buscar el denominador común, ¡qué
tortura! Cuando me metí eso en la cabeza, vinieron las matemáticas, el
teorema de Pitágoras, del que me acordaba vagamente; luego la
trigonometría esférica, el Sol y las estrellas, la astronomía náutica, los
cronómetros, las longitudes, el paralaje de la Luna... ¡Había veintiún
problemas de astronomía en el examen! En cuanto a la práctica del mar,
se me suponía gracias a mi certificado de marinero.
No me hubiera creído nunca capaz de tal aplicación. Estaba orgulloso
de comprender, y mi seguridad se desarrollaba. Durante los nueve meses
que precedieron al examen, gasté 800 marcos, contando los gastos de
examen. Si alguien se alegraba de mis progresos era el profesor Schulze,
a quien había proporcionado tanto trabajo. Hasta llegué a meterme por los
campos de la Poesía y así se lo confesé a mi profesor. «¿Conoce usted el
verso, Filax? —me dijo, maravillado—. Venga, pues, el domingo por la
tarde a mi casa y me ayudará.» Orgulloso de mi talento no dejé de acudir
a la cita. Salimos juntos, y al llegar al puerto, me dijo: «He aquí mi barco,
mi Poesía; vamos a darle una mano de pintura.»
El día del examen llegó. Estaba decidido a abandonar el último la sala
para repasar mis cálculos hasta el postrer momento. Los examinadores,
de frac, me impresionaban de un modo espantoso. Me había provisto de
tinta encarnada para subrayar los resultados. ¡Qué hermoso papel se
vendía en aquella época! El papel de después de la guerra, mi pesada
mano lo hubiera perforado inmediatamente. Mi portapluma era el más
grueso que pude encontrar y parecía un garrote, pero por lo menos no me
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exponía a romperlo. El inconveniente es que no sabía dónde dejarlo, pues
rodaba en todos sentidos como una pera. Era un mango apropiado para un
atáxico obligado a escribir a dos manos.
El examen escrito duró seis días. ¡El oral fue el más emocionante! Al
fin me vi terminando la prueba. A la puerta, el director me dijo,
guiñándome un ojo y estrechándome la mano: «¡Filax, tienes tu examen
en el bolsillo!» No debiera habérmelo dicho; pero ¡qué alegría sentí! No
dormí durante dos noches. Celebramos tal fiesta, que una mañana
desperté debajo de un cenador. Un hombre estaba allí regando su jardín y
quedó muy sorprendido de encontrarse un piloto tendido en uno de los
arriates. «¿Qué es la que hace usted aquí?» Sólo supe contestarle: «Y
usted, ¿qué es lo que riega aquí?»
¡Rayos y truenos! Ya pasó mi primer examen. Hubiérame gustado
correr en seguida a casa de mis padres; mi profesor se había enterado en
secreto de ellos. Supe que vivían y que mi hermano era aspirante a oficial
en el Ejército. Pero no quise una vez más ceder a mi deseo, pues había
jurado en otro tiempo llevar con honor el uniforme imperial y me hice a
mí mismo la promesa de no reaparecer ante mis padres hasta que pudiera
decir que era oficial.

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CAPÍTULO V

Ingreso en la marina de guerra
Oficial de cubierta en el Petrópolis. Voluntario en la Marina
de Guerra. Mi tío Fritz. Sufro un accidente. Asciendo a
teniente de reserva naval. La vuelta del hijo pródigo. Árbol
genealógico.
Empecé a buscar un empleo en las grandes casas armadoras de
Hamburgo y, contratado como teniente por la «Hamburgo-Sudamérica»,
embarqué en el Petrópolis. En vez de un cofre de marinero había
comprado una maleta igual a la de un capitán. Me compré también
guantes de piel, zapatos blancos y me veo aún admirando mis primeros
gemelos para puños. Había adquirido asimismo un magnífico uniforme
de paseo. En mi último buque era todavía un marinero y era preciso
rascar herrumbre y lo demás. Ahora, vestido de nuevo, cuando subí al
puente del Petrópolis, libre de ir y venir sin tener que hacer ningún
trabajo manual, me sentí como un joven dios.
El capitán Feldmann era un hombre excelente que se hizo muy amigo
mío. Muy a menudo daba una ojeada al espejo y pensaba: «Diríase que
empiezo a parecer algo» Me gustó mi facha, cuidé de mis manos, lo cual
me costó gran trabajo, pues los antiguos callos dejados por las cuerdas
todavía persistían en algunos puntos. Reflexioné largo tiempo para saber
si era mejor llevar el bigote corto o largo. «Filax, viejo mío —me decía—
, ¡a qué punto has llegado! ¡Qué cambio el tuyo!»
Salimos al cabo de tres semanas. Empecé mi servicio de oficial de
cubierta. El capitán me ayudó de todo corazón. Muchas cosas eran para
mí desconocidas, lo cual era natural en un principiante que había sido
marinero y que, a veces, se sentía torpe y poco diestro. El capitán, para
consolarme, me decía que no había que deplorar mis tonterías, sino
pensar que eran como el resto de mis antiguas mañas. Y yo pensaba:
«Este, por lo menos, comprende las cosas.»
Mientras bajábamos por el Elba, me entretuve con el práctico. Los
puños se me deslizaban por las mangas y yo tenía la costumbre de llevar
la mano a la gorra. Luego vinieron los primeros cálculos de navegación.
Aplicaba lo mejor que sabía el sistema de la escuela. Duraba esto tres
cuartos de hora. Los otros habían acabado mucho tiempo antes, y yo me
había equivocado en unas cincuenta millas. Afortunadamente, no me
preguntaban el resultado. Esto duró días y semanas. Nadie se molestaba
en saber las cifras que yo había encontrado. Acabé por salir del embrollo
y desde entonces entré con orgullo en mi guardia. El instante más

agradable era aquel en que, solo en cubierta, podía entregarme libremente
a pensar en el tiempo pasado. La nostalgia de la casa nativa aumentaba
para mí de día en día. Jamás sentí tanto amor por mis padres. ¡Si por lo
menos hubieran sabido dónde estaba! ¡Qué barbaridad no haber ido a
verles! Sin embargo, persistí en mi resolución.
Después de nueve meses de servicio remoto en el Petrópolis, me fue
posible entrar como voluntario de un año en la Marina de Guerra. Me
inscribí en ella el 19 de octubre. Había en el Petrópolis abierto más de un
buen libro, aun cuando sin comprenderlo del todo ciertamente.
Acompañado de un camarada de la Escuela de Náutica, partí para Kiel.
Por primera vez en mi vida tomé un billete de segunda clase. Nosotros
mismos estábamos impresionados. Frente a nosotros estaba sentado un
caballero con una barba en punta, que tenía todo el aspecto de un oficial
de Marina, y acentuamos aún más nuestra reserva y nuestra corrección.
Empezó nuestro trabajo. Los primeros días en el patio del cuartel
fueron bastante agitados. Un día en que nos ejercitábamos en el paso
lento, lo cual me era en extremo penoso a causa de mi pierna rota, se
presenta un plantón proveniente del cuerpo de guardia y pregunta al
teniente si el conde de Luckner se encuentra entre los voluntarios.
Emoción general. El teniente me pregunta si tengo un pariente en el
campamento. Yo contesto: «no.» Me envían con dos suboficiales para
que me vistieran convenientemente, pues hasta entonces sólo teníamos la
ropa de ejercicio.
Mientras me estaba vistiendo, la palabra Cuerpo me zumbaba en la
cabeza: ¿de qué cuerpo se trataba? ¿del de Policía, del de guardia? ¿Qué
podrá haberse sabido de mis pecados anteriores? En la Marina todo acaba
por saberse.
Llegamos a un edificio encarnado. A pesar de mi confusión leo un
letrero: «Ackermann, ayudante de órdenes.» Uno de los suboficiales entró
para anunciarme; luego entre yo Debía comparecer ante el almirante
conde de Baudissin. «¿Cómo dirigirme a tan poderoso señor? —pensé—.
¡Bah! Lo esencial es estar bien cuadrado.» Veo al almirante sentado en un
escritorio con todos sus galones. Me inmovilizo con los codos pegados al
cuerpo y las manos en las costuras del pantalón.
—Dígame: ¿qué Luckner es usted.
—El hijo de Enrique de Luckner.
—¿Su nombre?
—Félix.
—¿Félix? Ha desaparecido.
—No; soy yo.
—¿Cómo ha venido usted aquí?
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—Me hacían repetir mis cursos en la escuela. Había prometido a mis
padres hacerme voluntario por un año. He tratado de cumplir mi palabra.
—Bueno, ¿cuáles son sus proyectos?
—He pasado el examen de piloto, lo que me da derecho al servicio de
un año; quería llegar a ser oficial de la reserva por mi buena conducta.
—¿Por qué no ha escrito a sus padres?
—Como era simple marinero, temía que pudieran decirme: «¿Esto es
todo lo que has dado de ti?» He creído que agradaría más a mi familia
que me presentara una vez que tuviera una posición.
—¿De dónde sacará usted el dinero necesario?
—Pagados todos los gastos, me quedan todavía 3.400 marcos.
—¿Sus disponibilidades alcanzan a tal suma?
—Sí.
El almirante dijo entonces:
—Soy el tío Fritz.
«¡Diablo!»—pensé—. ¡Qué tío tan elegante!»
No había oído hablar nunca de tal pariente. Miré a derecha e
izquierda; no sabía si llamarle «tío mío» y aprovechar la buena impresión
que parecía haber producido.
Acabé por decirle:
—¡Excelencia! (en realidad no tenía aún tal tratamiento), querría que
mis padres no supieran dónde estoy antes de haber obtenido mi diploma.
Y él contestó:
—Mientras no trates de utilizar mi parentesco en cuestiones del
servicio, estoy dispuesto a favorecerte. Pero en asuntos del servicio no
cuentes conmigo.
Respondí: «No» Pero sin atreverme a añadir «tío mío».
—Por otra parte, Félix, puedes venir a mi casa dos veces por semana.
Mi hija te ayudará a pulirte un poco, pues hablas un alemán abominable,
muchacho.
¡Y yo que creía ser un hombre tan bien educado! Verdad es que mis
dativos y acusativos podían todavía crispar los nervios de personas algo
sensibles y que mis composiciones siempre llevaban esta nota: «Alemán
insuficiente.» Se me hizo redactar una especie de historia de mi vida, a
mí, que jamás había escrito una carta. En ese relato velé gran número de
párrafos, temiendo echar a perder mi carrera revelando que había servido
en el Ejército de Salvación y en un faro australiano.
Me acostumbré pronto a la Marina, primeramente como simple
recluta, después en prácticas de artillería en el Marte. Cuando pasé a la
flota, me ocurrió un accidente. Una canoa llena de marineros con permiso
que regresaba al Kaiser Wilhem der Grosse, estaba a punto de dar un
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golpe a la escala del acorazado donde yo estaba de guardia. Traté de
contener la lancha con ayuda del parachoques; pero había presumido
demasiado de mi fuerza. A pesar de que atenué notablemente el choque,
fui empujado por la velocidad adquirida por la canoa, contra la
balaustrada, uno de cuyos balaustres me entró en el vientre,
perforándome el peritoneo. La operación efectuada por el profesor
Helfferich fue coronada por el éxito; pero transferido ocho días después a
la sección de los convalecientes, cometí una gran torpeza. No me
imaginaba la importancia de mi desgarro y el ayuno me había dado un
hambre canina tan grande, que un domingo, habiendo recibido mi vecino
de cama muchas ciruelas, le pedí algunas de ellas. Un voluntario por un
año hubiera debido saber dominarse mejor; pero las ciruelas eran
excelentes. Al día siguiente, al proceder el ayudante mayor a la cura,
levantó los brazos en alto. Todas las ciruelas estaban en la compresa. El
peritoneo se había desgarrado otra vez. Me arrestaron y me pusieron un
centinela de vista para impedirme que cediera de nuevo a mi gula.
El tiempo perdido en el hospital me fue compensado en lo sucesivo,
gracias a mis rápidos progresos. Me convertí pronto en suboficial, luego
en aspirante y salí por fin como teniente de la Reserva. Me presenté
entonces al tío Fritz, que me dio algunos consejos para mi vuelta al hogar.
Me puse el uniforme de diario, me compré un bicornio, charreteras, un
tahalí para el sable, me hice tarjetas de visita y después de tantos años,
me dirigí hacia mi casa. Llegado a Halle del Saale, llevé mi equipaje al
hotel, me vestí con todo cuidado y luego partí. La tranquila casa situada
en el viejo paseo no ha cambiado. Subo la escalera y doy mi tarjeta.
Oigo la voz de mi padre, que dice: «¿Teniente de Marina Félix de
Luckner? No existe. En fin, haga usted entrar al conde»
Entro, diciendo sencillamente: «Buenos días, papá; creo haber
cumplido mi promesa de llevar honradamente el uniforme imperial.»
Mi padre no sabe dónde está, ni lo que debe hacer. «¿Oficial de
Marina? ¿Ese ganapán que repetía sus cursos me procura el placer de
verle como teniente de Marina?» La cabeza le da vueltas y grita con voz
ahogada: «Mi buena...»
Llega mi madre y, al verme, cae sentada en la escalera. Se echa en
seguida en mis brazos y cuando trato de acordarme, me parece que por lo
menos permaneció abrazada a mí media hora.
Las lágrimas caían también de los ojos de mi padre. Después
empezaron las preguntas. Se amontonaban, sin que tuviera tiempo para
responder. En fin, cuando se tranquilizó algo, mi padre exclamó: «¿Lo
ves, querida? Yo te lo había dicho. Un Luckner acaba siempre por dar
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algo de sí. Era inútil tener miedo. Si se pierde es que no es un Luckner y
entonces no vale la pena sentirlo. Este es un Luckner.»
Fueron cursados muchos telegramas en todas direcciones, a los
hermanos, hermanas, tíos y tías canonesas. Los maestros me citaron como
un fenómeno, en la escuela. Me habían buscado por todas partes y se
habían roto la cabeza pensando cómo podía haber perecido el niño,
porque, de vivir, hubiera dado sin duda noticias suyas. En fin, el caso es
que reaparecía yo, el antiguo cangrejo de tercero, convertido en un oficial
de cubierta de un navío, sin haber pasado por la Escuela de Cadetes. No
era ya la vergüenza, sino la gloria de la familia. Nunca hubo una madre
que se sintiera más orgullosa que la mía, de su hijo.
Aquel fue el fin de mis años errabundos. Mi vida transcurrió desde
entonces normalmente.
Reintegrado al seno de mi familia, entré en su historia. Se
descubrieron precedentes. No éramos de madera ordinaria. Nuestro
abuelo Nicolás de Luckner, nacido en Baviera en 1722, había merecido
en su infancia, en el colegio de los jesuítas de Passau, el remoquete de
«Libertinus», a causa de alguna ligereza y de su carácter selvático. A los
quince años, unos motivos desconocidos, pero ciertamente urgentes, le
determinaron a escapar de la Escuela y se alistó en un regimiento de
infantería bávara y combatió contra los turcos. Luego, pareciéndole que
la marcha a pie era lenta en exceso, se convirtió en teniente de un
regimiento de húsares que, desde Baviera, pasó en 1745 a ser mercenario
holandés. En aquella época, ¡ay!, el alemán no tenía patria, sino patrias.
Cuando el viejo Federico se dirigió a la guerra contra Francia, el mayor
de Luckner, en 1757 levantó a sus propias expensas un cuerpo de húsares
hannoverianos que peleó bajo las órdenes del rey de Prusia. Los húsares
de Luckner habían sido escogidos por nuestro abuelo, hombre por
hombre, después de someterles a una prueba individual de valor.
Numerosos hechos de armas les hicieron pronto célebres en Alemania del
Norte y su jefe fue el Ziethen del teatro occidental de la guerra. Al
firmarse la paz de Hubertusburgo, habiendo sido disuelto el regimiento
por su soberano el rey de Inglaterra, contrariamente a las promesas que
había hecho, el general de Luckner, incomodado, dejó el servicio
hannoveriano. El enemigo supo apreciar mejor su espada. El rey de
Francia ofreció al héroe legendario un nuevo campo de actividad. Su
corazón era tan alemán como el de Juan de Weerth o de Derfflinger. Pero
Alemania no tenía empleo para su sangre militar. Así es que Nicolás de
Luckner que un día, en plena batalla, habiendo reconocido en medio de
un regimiento francés a uno de sus desertores, había saltado en medio de
las filas enemigas para henderle la cabeza, se convirtió a su vez en
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soldado del extranjero. No es el primero, ni desgraciadamente tampoco el
último. Él que sabía apenas el francés al llegar a Francia, marchó como
mariscal y jefe del ejército francés del Norte en 1792, para combatir
contra los austríacos y los prusianos. Pero tuvo como francés tanta
desgracia como dicha había tenido siendo partidario prusiano; y cuando
el viejo soldado volvió en 1794 a cobrar en París el retiro que le debía la
República, al mismo tiempo que muchos préstamos hechos a su ejército,
su cabeza cayó bajo la cuchilla de la guillotina, aun cuando Roger de
l’Isle le había dedicado la Marsellesa.
Su deseo hubiera sido terminar su vida en Holstein, donde se había
convertido en propietario por su casamiento. Los capitanes de buque y los
oficiales de húsares que han corrido largo tiempo por el mundo gustan de
establecerse en sus días de senectud allí donde su corazón quedó preso
durante sus años errantes. Así es como los Luckner pasaron a Holstein y
se convirtieron en condes daneses. Es en Holstein donde nació mi padre.
Cuando llegó a la edad crítica de quince años, en 1848, huyó a su vez de
la escuela para hacer la guerra a los daneses. Tomó parte en todos los
combates y volvió en 1850 a su casa con el grado de teniente de
dragones. Habiendo perdido, por otra parte, las ganas de estudiar, fue
agricultor, y su hospitalidad y sus bromas le hicieron célebre bien pronto
en todo el Holstein. Se enseña todavía en Bramstedt el monumento cuyo
pedestal había saltado aquel loco de Luckner sobre un magnífico potro
domado por él mismo. A cada llamada de su rey, en 1864, 1866 y 1870,
mi padre volvió al ejército; pero acabada la guerra tornaba a su casa. No
quería ser soldado en tiempo de paz, sino simplemente cazador. Unos
buenos amigos se aprovecharon de su amor al deporte; acabó por perder
su posición y se estableció en Dresde, donde vivía su primo, que era otro
alocado de la familia. A éste le gustaba atravesar Dresde en un coche
pintado de encarnado, tirado por seis caballos. Los escalones de la terraza
de Brühl no le parecían un obstáculo, y cuando el rey le prohibió los seis
caballos, formó su tiro con cinco caballos y un mulo. Un día, sentado con
un amigo en un hotel, vio entrar a una mujer bonita, la condesa X. Antes
de serle presentado, mi tío se entusiasmó y apostó una de sus posesiones
a que obtendría la mano de la dama. Algunas semanas más tarde, las
amonestaciones fueron publicadas; pero un conocimiento más íntimo
había sido fatal para la pasión de mi tío, quien prefirió al casamiento una
estancia en la fortaleza de Koenigstein, consecuencia de un duelo a
pistola con un pariente de la abandonada. Aburriéndose en Koenigstein,
inventó, para matar el tiempo, echar táleros al Elba, con la esperanza de
verles rebotar.
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La familia de Luckner desfila al galope de caballería, y a él se dan por
entero con gozosa sonrisa. Los bienes terrestres llegaron, se fueron, pero
el corazón quedó siempre en el mismo sitio. Hay mucha parte de la
historia de Alemania en las páginas de nuestra crónica familiar. Y si la
Patria debiera un día luchar de nuevo, espero que los Luckner se
encontrarán en su puesto.

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CAPÍTULO VI

Conde, oficial y marinero
Salvo a uno que se ahogaba. Mi examen de capitán. En la
Marina de Guerra. Me nombran primer teniente. Marinero
por tres días en un velero. La sorpresa de un capitán. El asilo
de marinos ancianos.
Durante dos años navegué en la línea «Hamburgo-América».
Aproveché esos viajes para prepararme para el examen de capitán. No
estudiaba, por otra parte, más que en los libros, con algunas lecciones
particulares en Hamburgo. Por las tardes daba con algunos camaradas
paseos en barca de vela por el Elba inferior detrás de Altona, cerca de
Neumühlen. Sucedió un día que en un barco que nos precedía, un
comerciante de Colonia, mal nadador, fue lanzado al agua por la vela de
mesana. Me eché al agua; había desaparecido, pero logré asirlo
sumergiéndome a gran profundidad. De un solo impulso le hice remontar
a la superficie, adonde llegó antes que yo. En el momento en que yo
emergía para respirar a mi vez, se me aferró al cuerpo con brazos y
piernas y nos fuimos al fondo los dos. Por fin, viendo libres mis piernas
por casualidad, le empujé y, ya libre, volví a la superficie. Un velo negro
me cubría ya los ojos, pero recobré el sentido y volví a sumergirme.
Largo tiempo quedé a la misma distancia del infortunado que se llevaba
la corriente. Por fin pude agarrarlo. Había perdido los sentidos. Salvé con
él los quinientos metros que nos separaban de la orilla. Se había reunido
una gran multitud. Apenas podía yo moverme; entregué mi hombre a los
espectadores y caí desvanecido. Un anciano caballero pretendió haberme
sacado con su paraguas. El ahogado fue devuelto a la vida y yo mismo, al
cabo de media hora, recobré el sentido y volví a mi casa.
Los salvamentos son bastante fastidiosos de contar y si menciono los
míos es porque han representado cierto papel en mi carrera. Un
salvamento no se efectúa jamás siguiendo reglas determinadas, pues no
está uno allí espiando como un bañero, y cuando la ocasión se presenta
por casualidad, se siente uno tan excitado que no tiene tiempo de
reflexionar. En el reglamento titulado «Cómo debe salvarse a un hombre
que se ahoga», todo parece muy sencillo y fácil. Por ejemplo: hay que
acercarse por la espalda al que se ahoga y asirlo por los cabellos. Pero sin
contar que puede estar calvo, el reglamento no prevé el caso más
frecuente de un agua turbia y opaca en la cual es el náufrago quien se
aferra al salvador antes de que éste pueda asirlo.

Ocho días más tarde, el comisario de Policía me llamó. La historia
había aparecido en los periódicos y se me pedía testigos para darme la
medalla de salvamento. Yo respondí que no me gustaba llamar testigos.
El reglamento lo exigía. No pudimos, pues, entendernos.
Habiéndome preparado para el examen, me presenté al profesor Bolte,
de Hamburgo, y éste me preguntó: «¿Dónde ha ido usted a la escuela?»
Le contesté que había trabajado en mi casa; esta contestación no le gustó.
—¿Para qué sirven las escuelas, entonces? Estamos obligados a
examinarle a usted, pero no le sorprenda que le tengamos entre ojos.
—Ya sé que sabe usted más que yo, señor profesor; estoy persuadido
de ello.
Y me fui a Altona. Mi esperanza estribaba allí en el viejo director
Jansen. Pero era visible que le habían avisado ya por teléfono.
—¿A qué escuela ha ido usted?
—Me he preparado en mi casa.
—¿Tiene usted el bachillerato, verdad, con buenos conocimientos y
notas?
—No he podido pasar del tercer año.
—Bueno —dijo—. Cuando terminé mi primero aún creí conveniente
permanecer siete meses más en la escuela. En fin, venga usted dentro de
tres semanas y le examinaremos.
Le expresé el temor de que no querían aprobar a los que estudiaban
libremente.
—No he dicho esto —contestó—; pero, naturalmente, nos interesamos
sobre todo por los candidatos que han asistido a nuestras clases.
Mi confianza había disminuido mucho cuando tomé el tren para
Flensburg. El profesor Pfeiffer quiso aceptarme, pero con la condición de
que me hubiera presentado antes en Altona al director Jansen. ¡Era un
hombre tan agradable!...
—Gracias; salgo precisamente de verle. ¿Puede usted indicarme una
escuela adonde dirigirme?
Las fechas de Lübeck no me convenían, desgraciadamente.
Me aconsejó ir a Timmel, cerca de Papenburgo, en la Frisia Oriental.
Allí se preparaban los imbéciles. Papenburgo es un pequeño rincón en
donde no hay más que turberas; es, además, la mayor ciudad del mundo,
o, por lo menos, la más larga, pues son necesarias dos horas y media para
atravesarla corriendo. Tiene tres oficinas de correos. Antiguamente era
una colonia turbera; un canal corre por el centro y los colonos han
edificado sus casas en las dos orillas.
El maestro de la Escuela era un digno y viejo señor con una barba
blanca y viscosa. Mas, escarmentado por la experiencia, le expliqué que
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una enfermedad me había impedido frecuentar las escuelas, pero que
había aprovechado el tiempo que pasé en cama para estudiar. Le hablé
también de la falta de dinero, que me impidió entrar en una escuela
después de mi convalecencia y le expliqué que había trabajado de un
modo encarnizado. En fin, procuré salir con bien de mi empresa. Se
alegró de haberme conocido y con tanto mayor motivo cuanto en aquellos
momentos no tenía más que un discípulo. Admirable, pensé. Aquel
discípulo era bastante torpe. Más admirable todavía; no podía haber caído
en mejor lugar. Después me preguntó mis nombres y cualidades.
—Para nosotros es un gran honor y placer tenerle por discípulo.
¿Quién le ha dado a usted la idea de venir a Papenburgo?
—¡Hem! ¡Hem!... Uno de mis amigos que había conservado un
excelente recuerdo de aquí.
—¿Cómo se llama?
— (Maldito seas)... ¡Meyer!
—¿De qué curso?
—No sé más de lo que le he dicho.
—¿Ha hecho su examen de capitán?
—No...
—Es lástima, pero esperemos que pronto se examinará.
Me dio una recomendación para el director, en Gesstemünde, a quien
debía presentarme ante todo. Era un hombre encantador, que se alegró al
advertir mi celo, simpatizando en seguida con la prisa que sentía después
de mi enfermedad por presentarme a exámenes. Asistiría él en persona.
La fecha se fijó para tres semanas después. Algunas lecciones particulares
me serían muy provechosas.
Aquellas lecciones me aprovecharon mucho. Las tomábamos sentados
los tres alrededor de una buena botella. Era yo el único consuelo de la
Escuela, pues el otro discípulo sudaba sangre y agua sin obtener ningún
resultado.
Llegó el día del examen. El director Prahm y el profesor Neptuno,
como nosotros les llamábamos, cuidaban de nuestros temas. Terminé el
mío antes que mi camarada, que continuaba cavilando lúgubremente. Mis
resultados todos eran buenos. Para el otro fue necesario un poco de
indulgencia. Uno de nosotros, por lo menos, debía ser aprobado, pues en
ello iba el honor de la Escuela; pero al fin y al cabo lo fuimos ambos. Las
últimas preguntas se referían a las máquinas. Fueron poco complicadas,
como por ejemplo: «¿Con qué se produce el vapor? —Con el calor. —
¿Cómo se llaman las dos cajas de humo? —Caja de humo anterior y caja
de humo posterior. —Muy bien.» Después de estas brillantes
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contestaciones, no hubo que hacer más sino celebrar nuestro éxito en
compañía del profesor y tomar orgullosamente el tren de Hamburgo.
Continué navegando en la «Hamburgo-América» hasta el otoño de
1911.
Fue en aquel entonces cuando entré a prestar servicio activo en la
Marina imperial. La ocasión me la proporcionó mi quinto salvamento,
que ocurrió en la noche de Navidad de aquel año. Habiendo pasado el día
en Hamburgo, volvía por la noche a mi navío, el Meteor. Esperaba la
barquita de pie en el pontón, en compañía de un aduanero. De pronto, la
turbia luz de las farolas del puerto me hizo ver un hombre que derivaba
en el sentido de la corriente. Quiero echarme al río y el aduanero me
contiene:
—Basta con que se ahogue uno.
—Pero yo no puedo dejar que se vaya al fondo.
—Está usted loco al querer echarse en esa agua helada.
Me sujeta por el abrigo; pero yo se lo dejo entre las manos y salto al
agua. La temperatura era de trece grados y medio bajo cero. ¡Señor!,
cuando toqué el agua me pareció que me pasaban por el espinazo un
alambre calentado al rojo blanco. Nadé veinticinco metros y agarré al que
se ahogaba. El frío y la borrachera de Navidad habían sido su salvación,
pues estaba rígido y, no moviéndose, no había ido al fondo. Pero el
pontón se levantaba a un metro por encima del agua y no hubiera tenido
nunca la fuerza de subirme a él sin la ayuda del aduanero.
—Es usted un alocado; de no haber estado yo aquí se hubieran ustedes
ahogado los dos.
Me llevaron junto con el siniestrado, que era un marinero inglés que
se llamaba Pearson, a una taberna que olía a tabaco y a otras cosas. Los
leones de Hoppenmarkt estaban allí celebrando la Nochebuena (los
leones de Hoppenmarkt son los hombres que llevan las cestas de las
pescaderas al mercado). Nos envolvieron en mantas de lana y nos
entonaron con grogs. Yo reaccioné muy pronto, sobreponiéndome a la
sacudida del agua fría; la ex víctima volvió en sí gracias a aquella
segunda carga de alcohol.
Cosa singular. En todos mis salvamentos casi me he asustado más que
el mismo que se ahogaba. Mi cuerpo tiembla cuando salto en socorro de
un ser viviente. Por eso me ha sido siempre desagradable bañarme al aire
libre, pues esto me recuerda la impresión de mis salvamentos. La
natación es para mí como un guiso del que se ha comido con exceso. Una
vez dentro del agua, menos mal. Pero si me ocurre chocar contra un
objeto que flota, siento un estremecimiento que me sacude como al
contacto de un cadáver.
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Esa historia de Navidad fue publicada en todos los periódicos: «Honor
al hombre valiente, etc...» Se decía que ya había salvado la vida a cinco
hombres y que no se me había dado la medalla. Además, uno de los cinco
salvados era persona conocida. Pero el comisario de policía buscaba
siempre testigos y yo me negaba con testarudez a presentarlos.
Al Hamburger-FrEmden-Blatt debo mi entrada en la Marina activa,
pues al cabo de algunos días, mientras hacía un período de ejercicios en
Kiel, como oficial de la Reserva, el príncipe Enrique de Prusia oyó hablar
de mi. Se me preguntó oficialmente si tenía ganas de hacer mi carrera en
la Marina de Guerra. Respondí que era mi deseo más ardiente. Mi temor
consistía en tener demasiados años. Se me contestó que esto no era de mi
incumbencia. El 3 de febrero de 1912, un telegrama me decía: «Se invita
al conde de Luckner a que pase a la Armada activa.» ¡Qué dicha; cuán
bello es el mundo!
Fue preciso trabajar de firme. Debía hacer en poco tiempo lo que los
cadetes y los aspirantes aprenden en tres años y medio. Después del curso
de infantería vino el de torpedos. ¡Qué técnica tan enorme! ¡Qué
perfección de mecanismo! El regulador de inmersión, el aire caliente y
todo lo demás. Cada torpedo tiene quinientos remaches. Era preciso
conocer el nombre de todas las partes y saber montarlas por sí mismo.
«Jamás llegarás a ello —pensaba yo—; vas a encontrarte en el mismo
caso que cuando estudiabas el tercer curso.»
El capitán Kirchner se interesó por mí y me ayudó con todas sus
fuerzas. Había también allí como profesor el capitán-teniente
Pochhammer, cuyo padre daba al mismo tiempo conferencias sobre
Dante. Asistí allí con celo. ¿Qué sabía yo de Dante en tiempos pasados?
Ahora tampoco comprendía gran cosa; pero sentía cierta inclinación por
Beatriz, aquella singular señorita. Mis estudios literarios hicieron buena
impresión, cerraron los ojos sobre algunos puntos débiles y me examiné.
Mi tiempo de prueba en los ejercicios de tiro de cañón fue asimismo
coronado por el éxito. Tuve que aprender mucho en la Escuela de
Artillería Naval de Sonderburgo; cañones pesados, ligeros, medianos,
aparatos hidráulicos y eléctricos. ¡Cuánta ciencia, cuánta ciencia! Me
abalancé sobre todo aquel maremágnum como sobre un plato de
guisantes, diciéndome: «Puesto que sé tirar contra un conejo, ¿por qué no
he de saber disparar un cañón?»
Mis relaciones con mis camaradas y profesores eran amigables,
exceptuando con algunos envidiosos. No he sido jamás de los que han
estudiado con facilidad y mi suerte, después de tantos obstáculos, parecía
inexplicable a muchos. Un capitán de corbeta juzgó oportuno expresar un
día su sentimiento de porqué la Marina sirviera de refugio a los
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expulsados de la casa paterna. Hacía sesenta años que nadie había entrado
en aquel Cuerpo por el camino que yo.
Había sido admitido a todos los cursos en virtud de una carta imperial,
porque, según el reglamento, los oficiales de la Reserva no podían en
general pasar al servicio activo. Ya oficial, seguía cursos de aspirante y
recibía, además, trescientos marcos mensuales de suplemento de sueldo a
cargo de la caja particular de Su Majestad.
Mi primer buque fue el Preussen; el segundo comandante, que era el
capitán de corbeta von Bülow, me prodigó sus consejos e hice bajo su
dirección rápidos progresos. En poco tiempo aprendí a trazar los planos
de todas las maniobras. Lo esencial es la firme voluntad de aprender. La
crítica no sirve para nada. En aquel momento lo comprendí, como
también, más tarde, a bordo de mi Seeadler.
Terminado mi año de prueba, mis notas fueron al Gabinete. Recibí a
su devolución la agradable noticia de que mi antigüedad había sido
aumentada graciosamente en tres años y que el Emperador se había
dignado añadir: «Si las notas ulteriores de este oficial continúan siendo
buenas, me reservo aumentar todavía sus anualidades.»
Heme ya, al fin, oficial de la Marina activa y gozando de cierta
independencia. Ya no tenía armador que pudiera un día echarme a la
calle. Se había acabado el tiempo de comer de la olla común. La
«sociedad» no era ya un ideal inaccesible. Me hice rápidamente a las
costumbres de mi nuevo papel. Intervine en las regatas de Kiel y obtuve
más de un premio. Sin embargo, a medida que me habituaba a mi nueva
vida, la nostalgia del pasado renacía en mí. Desde mi examen de piloto no
había puesto el pie sobre un barco de vela. Pero el amor antiguo que
sentía por ellos no me abandonaba. Fue durante mi primera recaída a
bordo del Preussen cuando esculpí, durante mis instantes de libertad, un
modelo completo de barco de vela.
Ascendí a oficial de guardia. Es el puesto más importante para un
joven oficial y le da por unos instantes la responsabilidad del buque. Tuve
al principio algunas dificultades con personas que no me perdonaban mi
suerte y que consideraban mis esfuerzos sin benevolencia. Por fin mi
nombramiento de primer teniente llegó y me permitió un breve permiso.
Tomé, como de costumbre, el tren de Hamburgo.
Un día, encontrándome con un amigo que dirigía una casa armadora,
le dije:
—Tendría gran placer en volver a bordo de un velero. Atravesando
hoy el puerto he sentido toda la fuerza del apego que nos une a esos
buques. Pienso en las veladas del domingo a bordo, en las notas del
acordeón cuando el sol se pone y echo de menos esas horas deliciosas.
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—Estás loco —me dijo—; el destino del hombre es subir. Se puede
pensar con gusto en las pruebas pasadas, pero no he visto jamás que un
ingeniero desee volver a la bigornia.
Accedió, sin embargo, a ayudarme para que realizara mi deseo.
Cuando un velero llega al puerto después de la descarga, muchas
veces se licencia a la tripulación. Una vez cargado de nuevo, se reclutan
otros marineros. Los alistamientos se hacen uno por uno, y únicamente
cuando la tripulación está completa se la lleva a la oficina de la Marina
para su enganche definitivo. Mi amigo me dio. pues, un billete de
enganche para el velero Hannah, y fui a comprarme un pantalón y una
camisa de trabajo, una colchoneta y una manta. Hice llevar lo demás a
bordo. Habiendo tomado mi equipo, completado con una blusa azul y
blanca y una gorra, lo llevé todo al hotel, lo metí en una maleta y subí a
un coche de punto: «Cochero, al Puente de las Rosas, cerca del
Baumwall» Durante el trayecto me quito el uniforme, me pongo el traje
de faena y meto el uniforme en la maleta.
Cuando bajo del coche, pasmo indecible del cochero:
—¿Qué significa esto? ¿Es usted el oficial de Marina que ha subido en
el Hotel Atlantic?
—Sí.
—¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué va usted a hacer? ¡Tan joven y quiere
ahogarse! ¡No haga usted eso! ¿Por qué ha cambiado usted de traje? De
fijo quiere usted echarse al agua.
Le expliqué, para calmarle, que tenía una comisión; pero no se dejó
convencer.
—No, no; usted quiere suicidarse. Dígame usted lo que tiene; es una
tontería matarse siendo tan joven.
Le encargué que volviera a llevar mi maleta al hotel y le pagué doble
la carrera.
—¿Y no volverá usted jamás?
—Vaya si volveré.
Acabé por decirle confidencialmente que debía hacer una información
secreta y que para eso necesitaba tal disfraz.
Me preguntó si debía creerme.
—Está claro.
Aflojando la brida al caballo, partió, y volvióse todavía una vez hacia
mí, diciendo:
—Supongo que no hará eso, ¿verdad?
Me ensucié las manos, procurando que el polvo penetrara bien en los
poros. Volví a tomar el paso especial de los marinos y descubrí, con
placer, que todavía sabía escupir. Una vez encendida la pipa, me hice
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conducir en barca a bordo del velero. Me presenté al segundo, con las
manos en los bolsillos. «Buenos días», y le enseñé mi documento de
enganche. Me preguntó dónde había navegado, cuánto tiempo, y lo
demás.
—¿Cuándo terminó su último embarque?
—Hace tres semanas.
—Pues bien, Filax Lüdicke, ven en seguida y empieza el trabajo.
—No, todavía no ha llegado mi equipaje y no hay más que tres
hombres a bordo.
—Eso no importa.
—¿Y si yo no hubiera venido?
—Otros hubieran venido en tu lugar.
—No, esta mañana no trabajo.
Quedamos así. En lugar de trabajar, me paseé por cubierta, donde
estaba ya el cocinero, ancho de hombros y con una barba roja. Me
preguntó:
—¿Cuál ha sido tu último barco? —y añadió—: Es el segundo viaje
que hago en éste; es un buen barco y tenemos un buen capitán.
Una especie de Nauke diminuto estaba lavando los platos, y pensé:
«Es tan torpe como lo has sido tú.»
Entro en el rancho de proa: un Hein y un Juan están sentados sobre su
cofre, fumando su pipa. Ambos se las han arreglado para no trabajar.
Deseando ver si adivinan algo, empiezo a hablar con ellos. Hein me
pregunta mi nombre:
—Filax.
—¿Has estado mucho tiempo en tierra?
—¿Por qué?
—Tienes el aspecto muy elegante; llevas el pelo bien cortado y estás
recién afeitado. ¿De qué barco vienes?
—Del Persimon. (Acababa de ver este barco en el puerto.)
—No me gusta el tal barco. En la Laeisz se come poco. ¿Eres casado?
—No.
—Yo, sí. Mi mujer se hubiera podido casar ya tres veces; pero no
encontraba hombre que le gustara. Ahora, según dice, está muy contenta
porque soy un hombre de veras.
—¿Qué oficio tiene?
—Planchadora. Y conoce bien su oficio. Tiene gran cuidado conmigo
y es dichosa. Voy a decirte una cosa. Es ella la que cada tarde me trae la
comida. Es una muchacha elegante.
—Me alegro de que venga a bordo —dije.
Mientras estábamos hablando, el segundo compareció:
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—Largaos de aquí. Filax va a arreglar su ropa y vosotros, a trabajar.
—No —dije yo—. Me ha dicho usted que no trabajaría hasta la tarde
—pensaba que era bueno darse alguna importancia, porque esto en un
marino indica que tiene cierta inteligencia.
El capitán llega a bordo y pregunta al segundo:
—¿Cuántos hombres tenemos?
—Los que le dije ayer.
—¿De qué especie son?
—Hoy ha venido uno que ha navegado mucho, pero es terriblemente
testarudo.
—Hágalo usted venir.
El pequeño grumete vino a decirme que pasara a popa.
—Buenos dias, capitán.
—Buenos días. ¿Cuándo ha llegado usted a bordo?
—A las diez de la mañana.
—¿Cuánto tiempo hace que navega?
—Quince años.
—Dígame, ¿sabe usted coser las velas?
—Sí.
—No tenemos tiempo de hacerlas coser en tierra y será preciso
hacerlo en el mar.
—Lo haré.
—¿Tiene usted la ropa a bordo?
—No; ni siquiera tengo la colchoneta.
—Bueno, empezará a trabajar en seguida.
¡Qué placer comer de nuevo un caldo de judías en el rancho de proa,
inclinado sobre un plato de estaño! Una vez terminada la comida, me
tiendo en mi litera, preguntando:
—¿No tenéis por aquí un acordeón?
—Sí, Hein tiene uno.
—¿Sales esta noche, Hein?
—No; no tengo un céntimo.
—Bien, toca un poco. Te pagaré una caja de cerveza.
He ahí por qué a la noche hay gran fiesta en el barco. La música del
acordeón no cesa y la barca de motor llega cargada de cajas de cerveza.
Suben una a bordo. A las seis y media llega la planchadora. Es una guapa
muchacha, algo picada de viruelas, con un moño muy flying jib6. Es
agradable y parece que quiere mucho a su Hein. Ha traído un buen
guisado en una gamella. He aquí lo que te gusta, muchacho.
6

Foque flotante.
71

Y mientras estábamos sentados hablando y se ponía el sol detrás del
horizonte, Hein saca una especie de neceser y se pone a tatuarle el brazo.
Un gran corazón, de donde sale una inmensa llama. Antes de escribir el
nombre dentro, hace una pausa, pues ella se mordía los labios para no
gritar: «¡Buena muchacha, todo lo soporta y es fiel como el oro!» (El
pajarito no me parecía, sin embargo, tan fiel como él decía.) Habían
forjado muchos proyectos; querían ir a buscar oro a Australia.
Me sentía dichoso y a mis anchas como pez en el agua. Los días
siguientes fueron igualmente deliciosos. Mis relaciones con el segundo
no eran excelentes. Yo le parecía poco dócil y pasaba el tiempo
fastidiándome. Por otra parte, mi deseo no consistía en hacerme amigo
del segundo, sino en saborear de nuevo la vida del marino. Hablaba de
cuando en cuando con el capitán. El tercer día, mi amigo el armador vino
a buscarme en canoa automóvil. Viéndole llegar, gritéle:
—No me traiciones.
—¿Cuándo vienes a tierra?
—A las siete. Nos encontraremos en el Comercial Room.
El segundo y el capitán no habían notado nuestra conversación.
—Buenos días, señor director.
—Buenos días, capitán. ¿Qué hay de nuevo? ¿Avanza la carga?
¿Cuántos hombres tiene usted ya?
—Cinco, con el segundo.
Paseaban juntos.
—Capitán, le invito a usted esta noche a comer. ¿Quiere usted estar a
las ocho en el Hotel de Inglaterra?
—Ciertamente, señor director.
Al marcharse el armador me las arreglé para pedirle que llevara al
capitán al Atlantic. Llego al hotel vestido de marinero. La gente me mira
de arriba bajo. Me meto en mi cuarto. El gerente, que me había
reconocido, me guiña el ojo. Me pongo el uniforme y espero paseándome
que sean cerca de las ocho y media. El hotel posee un magnífico
vestíbulo con mesitas redondas cargadas de flores. A mi vuelta, el capitán
estaba ya allí. Su aspecto es algo torpe. El armador nos presenta: «El
capitán Erdmann, del Hannah; el conde de Luckner.» Nos sentamos en
torno de una botella de champaña.
Erdmann me mira de cuando en cuando y tamborilea en la copa con
los dedos; se lee en su rostro que encuentra un parecido raro, pero que no
se atreve a anunciar. Aprovechando un instante en que yo salí, pregunta
al armador:
—¿Cómo debo llamarlo? ¡Porque es a la vez teniente y conde!
—¡Oh! —dice el armador—, se le da siempre el título de conde.
72

—Me daban ganas de hablar mirándole; se parece de tal modo a uno
de mis marineros, que hubiera jurado que era su hermano. No he visto
jamás una semejanza tan grande.
Continuamos comiendo y él mirándome; pero siempre sin atreverse a
decir nada.
Por fin, viendo yo que estaba de buen humor, le pregunté:
—¿Me reconoce usted?
—¿Qué, qué pasa?
Parecía dispuesto a saltar. Añadí:
—Me parecía que me reconocía usted.
—¿Quiere usted decir que nos hemos visto ya?
—Claro.
Las palabras parecían dispuestas a salir de los labios; pero puedo
contenerlas.
—A fe mía, señor conde, me parece que le conozco, pero ¿dónde nos
hemos visto?
Continuaba turbado y procurando no decir lo que le parecía que era
evidente. Había metido, como se dice, las dos patas en la artesa. Acabé
por decir:
—¿Conoce usted a Filax?
—Diablo, ¿es usted verdaderamente?
—Pero, capitán... —dijo el director.
—¡Ah!, señor director; se me escapó.
Yo confirmé que era Filax.
—Verdad que sí; pero ¿cómo ha venido usted a bordo, usted, un
oficial de Marina?
Le conté mi carrera. Las lagrimas se escapaban de sus ojos
—Pago una botella, estoy encantado; pero maldito si le entiendo. Sin
embargo, me he portado bien con usted, ¿verdad?
El segundo había dicho que yo era testarudo, y el capitán añade:
«¡Bah! ¡El segundo!...»
El entusiasmo del buen hombre era tal, que nos invito a San Pauli.
Tuve también que prometerle que iría otra vez a verle a bordo de su
buque. A toda vela nos fuimos a San Pauli. ¡Qué noche pasamos!
Repetía: «Nadie me creerá cuando cuente esto a mis marineros y a mis
oficiales. Nunca hubiera imaginado que un conde pudiera ser tan
campechano.» El capitán cogió aquella noche una borrachera tremenda.
Como no pude, desgraciadamente, volver a bordo de su buque, quise
enviarle por lo menos mi fotografía con las gracias por los tres buenos
días que pasé junto a él.
73

Hay en Hamburgo un hospicio para los pobres marinos ancianos, cuya
manutención paga el Estado. Se lee en la entrada: «Socorred por el amor
de Dios a los viejos navegantes.» Muy a menudo les he visitado. Alguno
ha pasado en el mar más de cincuenta años. Tienen los cuerpos huesudos,
los rostros atezados y rodeados por una barba corrida. Cada uno posee un
cuartito semejante a un camarote, con un petate y las paredes tapizadas de
recuerdos. En el refectorio se reúnen en torno a una gran mesa. Cuando se
les visita, salen uno en pos de otro de sus camarotes, con la pipa en la
boca desdentada. Gustan de escuchar vuestros relatos de marino joven.
Yo les llevaba un poco de tabaco. Ellos me preguntaban: «Y bien, Filax,
¿qué hay de nuevo?» Su gran motivo de queja es que se les había
elevated que les impedía ver entrar y salir los buques de vela. Por otra
parte, las novedades les son desagradables y lo les interesa. Su modo de
zurcir los calcetines es particular. Empiezan por meter dentro una botella
a guisa de huevo y zurcen en seguida cuidadosamente, reproduciendo las
mallas de manera que el zurcido no se conozca. Otro pinta navíos en una
tela de lona, con un cielo o bien muy azul o bien negro del todo. Esos
viejos no poseen en el mundo más que su caja de marino que les
acompañó antaño en sus viajes. De tiempo en tiempo, cada seis meses,
reciben una carta de un camarada mas joven que ellos. Empiezan por
leerla en común y luego la vuelven a leer aparte, y los recuerdos desfilan.
«¿Te acuerdas, viejo, del día que nos encontramos en Buenos Aires? Y
¿te acuerdas también de que estabas ebrio por completo?»
Un día invité a los viejos a dar conmigo un paseo en barca por el
puerto. ¡Qué entusiasmo! Bajan todos a la barquilla y partimos. «No tan
aprisa. Queremos ver antes un poco ese buque. ¡Dios mío, qué hermoso
es! ¡Ah, mira este que viene! ¡Este sí que tiene un aparejo como es
debido!» Se admira, se critica. Llegamos cerca de un viejo velero:
«¡Anda! Hace tiempo, en Río de Janeiro, anclamos cerca suyo. ¡Ah, si
solamente pudiéramos dar un paseo en un barco parecido!»
Pero no he vuelto a ver al viejo Pedder. Cuando volví por primera vez
a Hamburgo fui de buenas a primeras a la casa del Brauerknechtsgraben.
Se leía en la puerta como antes: «Peter Brümmer»; pero cuando hube
llamado me abrió una anciana mujer muy encorvada, que contestó:
—Pedder murió.
Y añadió:
—¿Es usted su amigo, aquel a quien condujo al mar? Ha pensado a
menudo en usted, y muchas veces ha preguntado: «¿Dónde estará ahora
ese muchacho?» Si, hace ya tres años que murió Pedder.
—¿Dónde está enterrado?
—En Ohlsdorp.
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Fue, pues, al cementerio donde fui a visitarle. La tumba estaba sin
ningún adorno. En una antigua tienda de hierros viejos compré un áncora
de hierro sobre la cual hice poner una placa de latón, que decía estas
palabras: «No te he olvidado. Tu muchacho.»
En mi último regreso a Hamburgo, después de la firma de la paz que
ha despojado al Elba alemán de sus buques, he encontrado a mis viejos
marinos más abatidos que nunca. «Ahora que no tenemos ya barcos,
nadie piensa en nosotros. ¡Si pudiéramos siquiera fumar una pipa!» Les
he enviado un quintal de tabaco, y mis amigos no se lo hicieron decir dos
veces para fumar cuanto podían. Sería mala señal para la juventud
alemana que olvidara a los viejos que contribuyeron a hacer de nuestra
marina la primera del mundo después de la inglesa. Ese tiempo de orgullo
está aún tan reciente, que parece imposible el aniquilamiento de nuestros
sueños. Trabajar en el mar en favor de Alemania es todavía hoy un honor,
y espero que la más alta ambición de más de un hijo de mi país consistirá
en navegar bajo el pabellón alemán de Guerra o de Comercio. He ahí por
qué os ruego que en medio de nuestra miseria presente no olvidéis a los
más míseros de nosotros, los que no tienen porvenir. Vuestros beneficios
encontrarán corazones reconocidos, pues los marinos, a pesar de su duro
oficio, son hombres de tierno corazón. El mar conserva en ellos un rincón
de eterna juventud.

75

Filax era mi nombre en el
Cesarea, un buque en el que fui
marino y cocinero.

Esta foto fue tomada cuando me
enfrenté a Lipstulian, luchador
profesional en Hamburgo

La tripulación del Cesarea: yo, Filax, soy el segundo por la derecha
(marcado con una X). Como tripulante de este velero sufrí toda suerte de
aventuras: fui accidentalmente cocinero a bordo, estuve preso en una
cárcel de Chile, pasamos media hora en el centro de un ciclón, me rompí
una pierna en medio de una tempestad y, finalmente, naufragamos.

Destacado como oficial del Panther en la colonia del Camerún, con
algunos compañeros de gustos similares al mío nos dedicábamos a la caza
del elefante.

El tres palos Pass of Balmaha que sería transformado en el Seeadler,
buque corsario a mi mando. A la izquierda lo vemos en los docks de
Puerto Rico al emprender el viaje a Arkangel bajo bandera americana.
Capturado por los ingleses fue enviado a Kirkwall. Un submarino alemán
lo detuvo durante este viaje, como vemos en la fotografía de la derecha, y
lo condujo a Kuxhaven.

El buque corsario alemán Seeadler (Pass of Balmaha) dispuesto para la
guerra de corso. Equipado con un motor de mil caballos, víveres para dos
años, lugar para una doble tripulación y 400 prisioneros; fue armado con
dos viejos cañones.
Salió de Alemania el 21 de diciembre de 1916 con todo su velamen
desplegado, rumbo a lo desconocido.

Con el cargamento de madera estibado sobre la cubierta del Seeadler y ya
la tripulación «noruego-alemana» completada, se espera la orden de
partida.

La doble tripulación del Seeadler que habla noruego. Para despistar a los
ingleses que bloqueaban las costas alemanas, a cada uno se le asignó un
nombre, domicilio y supuestos familiares noruegos.

El capitán noruego y su esposa (el
comandante Luckner y un
marinero disfrazado de mujer)
momentos antes de la visita de
inspección que los oficiales del
crucero inglés Avenge efectuaron
a bordo del Seeadler. Es
costumbre noruega que el capitán
lleve a su mujer con él, por eso
habíamos
comprado
trajes
femeninos y una peluca rubia; un
marinero de dieciocho años se
disfrazaba de mujer a la
perfección. El único defecto eran
los zapatos pues tenía los pies
muy grandes, pero la falda larga
los disimulaba. Sin embargo
logramos engañar a los oficiales
del crucero inglés

A los oficiales del crucero inglés Avenge, que revisaron nuestro buque, no
les quedó ninguna duda de que éramos noruegos. Los documentos, los
instrumentos de navegación, el libro de a bordo, la tripulación, el dinero,
los cuadros, etc., todo indicaba que nuestro Seeadler era el Irma, que
transportaba madera con destino al gobieron inglés de Australia.

El día de Navidad de 1916, ya en mar libre y lejos de los cruceros
ingleses que vigilan la línea de bloqueo, los sesenta y cuatro hombres del
Seeadlker, que el día anterior era todavía el Irma, posamos ante el
fotógrafo con nuestros uniformes de la marina alemana.

Nuestra primera captura: el buque a vapor Gladys Royal, que
transportaba 5.000 toneladas de carbón de Cardiff a Buenos Aires

CAPITULO VII

Oficial del Panther en la colonia del Camerún
La caza del elefante y del búfalo. Un reyezuelo.
Protestantismo y catolicismo. Notas de color. ¡La guerra!
En 1913 pasé al Braunschweig, luego al Kaiser, acorazado que
ostentaba el guión de mando de Su Majestad, el primero de nuestra más
reciente serie de buques de línea. A bordo suyo es donde tomé parte en el
maravilloso viaje a Noruega, donde se inauguró el monumento de
Frithjof, presente del Emperador a los noruegos.
Pasando en seguida, como ya he contado, al Panther, que formaba
parte de la flotilla del África Occidental, conocí aquella magnífica
colonia alemana del Camerún y sus riquezas.
Con algunos compañeros del Panther, de gustos parecidos a los míos,
fui a la caza del elefante y del búfalo. No era la cosa muy sencilla, porque
nuestro comandante se oponía a ello, ya que le repugnaba, a lo que decía,
arriesgar inútilmente la vida de sus oficiales. Era preciso encontrar un
pretexto para bajar a tierra y pasar nuestras carabinas de contrabando.
Remontamos el río en una canoa larga de 35 metros, tripulada por
doce o quince negros, a la velocidad de siete u ocho millas por hora. El
camino por agua es el único practicable a través del bosque virgen que se
levanta como una pared en ambas orillas. Una noche completa reina a la
sombra de los árboles gigantes y todo parece elevarse hacia la luz. La
liana, enlazándose a los enormes troncos, sube, ahogándoles. En el
momento en que llega a la luz del día, el árbol se desploma con ella; el
espacio libre es cubierto en seguida por los vecinos. La liana reanuda su
obra y los troncos se amontonan en la sombra húmeda, dando al suelo del
bosque virgen el alimento necesario para nuevas plantas. La vida se
detiene en esa noche; sólo los gusanos y los insectos penetran allí. Pero
en las coronas de los árboles gigantescos anidan pájaros innumerables y
los monos saltan y brincan de rama en rama a lo largo de los ríos.
Después de dieciocho horas de viaje, llegamos a Móndame. Nuestro
botín consistía en un solo cocodrilo, además de varios monos y algunos
halcones. La carne de mono la aprecian mucho los negros; pero nosotros
no nos atrevimos a comerla, aun cuando el mono, una vez despellejado,
más se parece a un perro que a un hombre.
En Móndame, donde se nos esperaba, los negros corrían gritando:
«Massa, Massa, plenty elephant» En esa ocasión mi amigo Breyer y yo
nos comportamos de un modo muy poco deportivo, pues la caza del
elefante no es lo que se podría imaginar.

En sandalias, para hacer menos ruido, partimos separadamente cada
cual con un negro por guía. Oíamos cerca de nosotros los elefantes que
habían entrado en la plantación, pero no podíamos verlos. Un negro
repetía: «Massa, elephant, look, massa, elephant» Pero cuando no se ha
visto jamás, es muy difícil distinguir el pequeño trozo de muralla gris que
luce a través de la hojarasca. Eso se parece a todo menos a un elefante.
En fin, el animal, que estaba a veinte pasos de mí, se pone en
movimiento. Mi emoción era tal, que el sudor corría a lo largo del cañón
de mi fusil. Atravesé con mi guía dos hileras de bananeros, pero sin
acercarme al animal, que continuaba andando. Al encontrar un
hormiguero de termites, salté encima. Desde ese sitio descubría un
espacio bastante grande. Me parecía ver avestruces; eran las trompas de
los elefantes que cogían bananas. Al volverme, vi salir de un matorral un
coloso seguido de otro. Apunto; en el último momento se me ocurre que
debo tirar al nacimiento de la trompa. Tiro, el gigante da una vuelta sobre
sí mismo y estalla un furioso barrito. A derecha e izquierda se
desencadena una cabalgata que me deja en seguida atrás. No se puede
imaginar la rapidez y agilidad de esas masas de cuatro metros de altura.
Me costó mucho trabajo no caer de mi colina, y cometí entonces la falta,
imperdonable para un cazador, de perder de vista la pieza a la que había
tirado.
Por fortuna, los negros seguían la pista y acabaron por encontrar al
elefante desplomado con los colmillos profundamente hundidos en tierra.
Fue preciso enviarle muchas balas para matarle. Una hora después
muchos centenares de negros estaban allí llamados por el tambor de
guerra, para quedarse con la carne. Un jefe paga fácilmente ochocientos
marcos por un elefante, que luego lo vuelve a vender en seguida a sus
súbditos.
Los indígenas, que no tienen derecho a poseer armas de fuego, cazan
los elefantes lejos de los sembrados, haciendo gran ruido, o bien se
deslizan detrás de ellos para cortarles los tendones de las piernas. La
bestia se inmoviliza y entonces la atraviesan con azagayas hasta que
muere. Cada pueblo posee un tambor de guerra. Esa señal de tres notas
transmite las noticias con una rapidez fabulosa. Apenas se ha matado un
elefante, cuando ya los habitantes de la costa saben el acontecimiento.
Nadie que haya viajado por el Camerún ha dejado de visitar al famoso
rey de Bamum, Joja; este jefe, uno de los más inteligentes de África, ha
inventado para su Estado una escritura especial. Gran admirador de
Alemania, ha legado su trono de madera esculpida a un museo alemán.
El ferrocarril de Banaberi, hacia el Norte, nos condujo al territorio de
Bamum; Joja, avisado ya de la llegada de oficiales blancos por el tambor
83

de guerra, vino a nuestro encuentro con su Estado Mayor. El largo
séquito bajaba por la colina, precedido de bueyes y cabras, que servían
para patentizar la riqueza del régulo. A nuestra llegada, Joja bajó de su
litera, que era una especie de hamaca colgada de una pértiga que llevaban
dos negros. De alta estatura, vestido con uniforme rojo de húsar, tocado
con un casco de coracero, llevaba al flanco un sable formidable.
Ostentaba también una condecoración donde se cruzaban dos espadas
bajo una corona, y sus piernas negras estaban completamente desnudas.
Su orgullo aumentó al ver nuestra admiración. Nos dio la bienvenida con
algunas palabras en pidjin mezclado con palabras indígenas. Luego
pasamos en revista a sus jefes, con las piernas igualmente desnudas, y sus
guerreros de cuerpos musculosos, casi todos de la misma estatura, que
ostentaban escudos de cuero y cuatro chuzos en la mano. Conducidos por
el rey, llegamos a su capital de Bamum, gigantesco poblado negro lleno
de ruidos de tambores de guerra y aclamaciones de un pueblo entusiasta.
Joja nos hizo entrar en su palacio, situado en el centro de un gran patio
rodeado de una enorme pared de arcilla. Esculturas de todos los colores
adornaban la fachada. En la gran sala llena de esterillas nos mostró, con
orgullo, las cabezas ahumadas de sus enemigos y de los enemigos de sus
abuelos, y una gran copa de marfil adornada con los maxilares de sus
victimas. Por todas partes había cachivaches de tierra cocida; en un
rincón de la sala se levantaba una especie de chimenea que tenía a guisa
de ornamento la tapadera de un bote de conservas representando una
gallina poniendo.
Nos regaló con vino de palmas y con jugo de distintas frutas: ananás,
mangos, naranjas, papayas, todo esto mezclado con vino de palmas y, por
lo demás, excelente. Joja no estaba tranquilo del todo. Era visible que
deseaba mostrarnos una nueva prueba de su poder. Constantemente
llegaban oficiales que le traían noticias y recibían sus órdenes al volver a
partir.
Al cabo de un cuarto de hora, Joja, levantándose, nos llevó a un gran
patio de tierra apisonada que en el centro tenía el árbol de los oradores.
Majestuosamente, se dirige luego hacia otro árbol. Una escalera conduce
a una especie de nicho abierto en el tronco. Allí se encuentra el tambor de
guerra, que únicamente el rey tiene derecho a tocar. Sordos redobles
retiemblan bajo la mano del monarca. Entonces, por cuatro puertas
bruscamente abiertas acuden tres mil guerreros. En un instante se alinean
en la plaza, magníficos, de igual estatura, con su jefe a la cabeza, vestidos
con pieles rojas de panteras y crines de búfalos en las rodillas y armados
de enormes azagayas con puntas de bronce. Todos permanecen
inmóviles. Por fin, Joja hace una señal y resuena el grito de guerra:
84

«¡Oho, ho, owahu, ua!» Empieza el simulacro. Los grandes escudos de
piel de búfalo se entrechocan.
¿Cómo diantre todos esos atletas son de la misma talla? Los jefes
parece que se dedican a seleccionar a los guerreros y que les casan con
las esposas que les convienen. La raza debe permanecer intacta. Todos
los lisiados que vienen al mundo son inmediatamente sacrificados.
Después de la danza guerrera viene el lanzamiento de las azagayas. La
energía y la fuerza desplegadas en aquella ocasión me admiraron. La
mayor parte de las armas alcanzaron el blanco, que era un escudo ancho
de un metro y medio y alto de dos. Luego entraron las bailarinas, que
bailaron tan pronto solas, tan pronto acompañadas por los guerreros.
Durante las horas de la tarde, el rey hizo traer de nuevo vino de palmas,
lo cual llevó al colmo la alegría general.
Se nos ofreció también el espectáculo de una caza de búfalos. No
puede realizarse sino cuando la hierba madura y seca es tan alta que no
sea posible distinguir caballo ni jinete. Las huellas permiten determinar el
sitio donde están los búfalos. Se le rodea de una banda de terreno
despojada de hierbas para detener el incendio y después se prende fuego.
El búfalo, arrojado de su escondrijo, empieza por poner a sus hembras en
seguridad y luego se abalanza contra los negros, que esperan cubiertos
con sus escudos de cuero. Le lanzan sus azagayas al cuerpo y luego se
echan a tierra de espaldas al suelo, bajo los escudos. El búfalo vacila.
Apenas se ha vuelto, los negros tornan a estar de pie y le envían una
segunda descarga de azagayas. Loco de rabia, quiere cargar. El sudor
corre por su piel. No puede avanzar ni retroceder. Los negros acuden para
rematarlo, lanzando alaridos de victoria.
El Gobierno obliga a los jefes a poner a su disposición cierto número
de obreros para arreglar los caminos, etc. El jefe recibe en cambio la
suma de los salarios que distribuye a los obreros, efectuando cierta
merma. La educación es muy severa. Cada hombre de la tribu, cuando
llega a la edad adulta, debe ser capaz de soportar doce pruebas distintas.
Se preparan desde niños. Se les puede pedir que lancen 150 azagayas
seguidas, nadar, correr, remar durante cierta distancia, disparar el arco,
esculpir un objeto cualquiera, resistir a ciertos sufrimientos. El
entrenamiento, que empieza a los ocho o diez años, hace de ellos
maravillosos atletas.
Les hablé de asuntos religiosos. El misionero protestante les dice que
se figuren un Dios único; son incapaces de ello. Luego el misionero
católico llega; edifica un pequeño tabernáculo adornado de estatuas y de
dorados. La Virgen María está sentada en el centro con el Niño Jesús. Los
Magos de Oriente llegan por la derecha. A los negros les encanta
85

encontrar un negro en el altar. Ven a los reyes arrodillados delante de la
cuna y al sacerdote mismo arrodillado delante del Niño Jesús, y piensan:
«El verdadero Dios es éste; es más rico que el del misionero protestante.»
Joja es escéptico por lo que hace a la doctrina cristiana. Me preguntó
si nuestro Dios era blanco o negro: «¿Un blanco? ¡Pero Él hizo negros
también! Si todos hemos sido creados a la imagen de Dios, ¿por qué no
somos todos blancos?» Me preguntó cuándo había nacido el Niño Jesús.
«¿Hace mil novecientos catorce años? Y ¿cuándo descubrieron ustedes
América? ¿Por qué no les dijo Jesús que fueran también allí para anunciar
su Evangelio?»
Durante mi estancia en el Camerún vi llegar la división que daba la
vuelta al mundo: Kaiser, Koenig Albert y Strasburg. Los jefes del interior
habían sido invitados a ir a Duala para asistir a la entrada de aquellos
buques magníficos. Llegaron precedidos de centenares de bueyes y de
cabras para atestiguar su riqueza. Se dio una fiesta en honor suyo. Se hizo
girar las torres; preguntaron si los cañones podían tirar por encima de la
montaña del Camerún: «Sí.» Su admiración era ya grande, pero el
champaña la hizo sin límites. Vueltos al interior, hablaron con entusiasmo
de los barcos del Emperador. Pero los haussa, que son una especie de
judíos negros, hicieron circular por cuenta de los ingleses la noticia de
que Alemania había pedido prestados esos buques a Inglaterra.
Llegó para nuestro buque el tiempo de pasar al dique; es la regla, cada
tres años, para todos los cañoneros de lejanas estaciones. Hasta entonces
acostumbrábamos carenar en el Cabo; pero apenas era un poco más lejos
regresar a Alemania, y el Panther recibió orden de partir para el Norte. A
regañadientes abandonamos aquel rincón de la Alemania negra, que nadie
de entre nosotros debía volver a ver a la sombra del pabellón alemán.
Llegamos el 6 de mayo al arsenal de Dantzig; estábamos dispuestos a
salir cuando llegó un telegrama que decía: «No partáis.» Permanecimos
allí, y estalló la guerra.

86

CAPÍTULO VIII

Oficial artillero en la batalla de Skagerrak
Movilización. Me hago operar para salir del Panther. Al
mando de una torrecilla del Kronprinz. La batalla naval de
Skagerrak.
El 2 de agosto, movilización. ¡Qué entusiasmo en la Marina! Sin
embargo, al principio, nuestra decepción fue grande al no poder esperar
ningún adversario digno de nosotros, pues habíamos prometido a los
ingleses no combatir a los franceses en la Mancha. «El Ejército es quien
se lo queda todo», decíamos. Pero, ¡qué maravilloso espectáculo en Kiel
cuando la tercera escuadra dejó su fondeadero! La víspera, el primer
navío, el Kaiserin, había atravesado el canal de Kiel ensanchado. El
entusiasmo reinaba a bordo de los grandes navíos; pero en el Panther nos
sentíamos bastante deprimidos. Con nuestros dos cañones y nuestro casco
de madera, ¿qué podríamos hacer? Se nos encargó al principio defender
la línea de minas puesta cerca de Langeland. Era siempre una tarea y,
además, esperábamos que los rusos atacarían a Kiel, lo cual animaría el
juego.
Tuvimos que defender luego a Aroe, en el pequeño Belt, en la frontera
del Schleswig. Dábamos vueltas en torno de la isla, tres veces por la
mañana y tres por la tarde; un verdadero tiovivo. Entré finalmente en
contacto con el doctor. Era imposible curar mi enfermedad, que consistía
en un vivo deseo de pasar a un gran navío; pero tomé informes acerca de
las partes del cuerpo superfluas y mi elección se fijó en el apéndice. Los
síntomas de la apendicitis se declararon y el doctor me envió a Kiel para
la operación. En el hospital, el cirujano vino a pulsarme y encontró la
sensibilidad donde era necesaria y se me operó dos días después. Un
largo permiso de convalecencia me borró de la lista de los cuadros del
Panther; habíame desembarazado del barco al mismo tiempo que de mi
apéndice. Entonces me enviaron al Kronprinz; mi deseo más ardiente
quedaba cumplido.
Era el Kronprinz el más reciente de nuestros acorazados. ¡Qué
espantoso trabajo se requiere para acostumbrar la tripulación nueva de un
nuevo buque! Al salir del arsenal, el acorazado no es más que una materia
prima; le falta todavía el elemento vital. Los ejercicios preparatorios
duran ocho semanas. Al principio nadie, oficial o marinero, sabe lo que
hacerse en medio de aquellos ochocientos compartimientos estancos. Es
preciso que los mecánicos conozcan sus máquinas; los artilleros, sus
cañones; otros, las granadas, las bombas, los torpedos. Después de

estudiar todo esto anclado el buque, empiezan los ejercicios en marcha.
Por fin, llega el momento de incorporarse a la escuadra. El acorazado es
la unidad de combate más potente que existe. Su fuerza equivale a la de
una ciudadela como Metz. Sus aparatos eléctricos desarrollan la potencia
de la central de Kiel.
Durante dieciocho meses, la flota hizo ejercicios combinados, alarmas
en el Jade, tiros de cañón y de torpedo y algunas veces se acercó a la
costa inglesa. Esperábamos siempre que el enemigo, deseoso de un
desquite, vendría a bombardear la costa alemana. Habíamos llamado
bastante fuerte a su puerta para que contestara a nuestro desafío. Y
siempre simulacros de alarma; cuántas veces, durante nuestras veladas,
nos habíamos preguntado: «¿Cuándo dispararán? ¿Cuándo nos
batiremos?» Nos habíamos ejercitado tan bien, durante meses y meses,
que cada uno de nuestros marinos valía su peso en oro. Nuestros buques
eran menos numerosos que los de la flota inglesa. El calibre de nuestros
cañones de gran alcance eran, en su promedio, menores que el de los de
aquella flota; pero éramos superiores por nuestros cañones medianos, por
nuestros torpedos y nuestro sistema de compartimientos. La mayor
velocidad de los ingleses había sido obtenida por el petróleo, es decir, a
expensas de la seguridad. Nuestros pañoles de cinco metros de ancho
reforzaban la protección de nuestros acorazados. La obra de Tirpitz era
buena y pensábamos: «¿Cuándo vendrá el hombre genial que, sacando
partido de la maravillosa moral de la flota, nos conducirá al enemigo?»
Para describir la batalla de Skagerrak7 tomaré prestados muchos
elementos a los relatos de los camaradas apostados en diversos puntos del
combate. Quisiera dar de ella una imagen viva, capaz de comunicar al
profano algo de la emoción de los combatientes. Por mi parte, vi la
batalla con el periscopio de la torrecilla que mandaba en el Kronprinz.
Era el 30 de mayo de 1916, en una tarde de niebla. La tercera escuadra
estaba anclada en el Jade inferior. De pronto se vio una señal en el buque
almirante: «Todos los comandantes a la orden.» ¿Qué quiere decir eso?
De todos los buques salen lanchas motoras. Circulan varios rumores.
«La escuadra va a hacer ejercicios de torpedo en Kiel.» ¡Qué placer
para los camaradas que son originarios del Báltico! O bien: «Vamos a
anclar en el estuario del Elba.”
Al cabo de una hora, terminada la orden, las embarcaciones regresan,
atracan. El oficial de guardia salta hacia la escala, el segundo se precipita
en busca de noticias: pero el comandante se mete en su camarote sin decir
7

Los alemanes llaman Batalla de Skagerrak al combate que los ingleses y franceses
bautizaron Batalla de Jutlandia.
88

una palabra. No se sabía nada. La excitación desaparece poco a poco:
«¡Bah!, como la última vez: ¡una bagatela!»
Los acorazados están, como de costumbre, a media presión. Los
marineros de babor están de guardia, los de estribor duermen en sus
hamacas. De pronto, a las dos de la mañana, tocan tambores y cometas:
«¡Zafarrancho de combate!» Salto como un demonio fuera de mi litera y
tomo, a medio vestir, mi puesto de combate. «¿Ha sido señalado el
enemigo?» Otros preguntan: «¿Qué es lo que pasa?» al primer hombre de
babor que encuentran. El menea la cabeza.
Mi torre está dispuesta, los ascensores de municiones son ensayados,
los aparatos hidráulicos de puntería examinados por última vez; una
postrer mirada sobre el disparo eléctrico, las primeras granadas están al
pie de las recámaras y señalo al blocao de mando: «La torre Dora está en
orden de combate.» Pero, en fin, ¿qué es lo que pasa? Nadie lo sabe.
Nunca un zafarrancho de combate fue menos esperado. Salgo a cubierta:
se presenta un magnífico espectáculo entre la bruma de la mañana: la
flotilla de contratorpederos, los «húsares negros», sale a todo vapor de la
rada de Wilhelmshaven. Va seguida de una segunda, de una tercera, de
una cuarta flotilla. Cada una de ellas consta de diez unidades. Pasan ante
nosotros y corren hacia el Norte. Después, los pequeños cruceros
arrancan lentamente. A lo lejos, en la rada de Schilling, se ve a los
cruceros de batalla levar anclas y desplegarse en amplia formación,
rodeados de enjambres de rápidos torpederos. Lenta y majestuosamente,
la escuadra de acorazados se pone a su vez en marcha y sale del Jade en
línea de fila: König, Kurjürst. Markgraf y Kronprinz, las unidades más
nuevas y más fuertes, el núcleo de la flota. A derecha y a izquierda se
agrupan los contratorpederos para defendernos de los submarinos; los
cruceros ligeros forman como la corteza exterior y nos cubren por
retaguardia y los flancos. A la altura de Cuxhaven, aparece la segunda
escuadra, que se junta a la nuestra. La flota surca el mar a toda velocidad
en dirección Norte. Los cruceros de batalla han desaparecido en el
horizonte. Tienen la misión, aprovechándose de su velocidad, de llegar
hasta el enemigo, disparar contra él, herirle en lo más vivo y atraerle
hacia el lugar principal de la batalla. Los más rápidos de los cruceros
pequeños les acompañan. Nadie sabe adonde vamos. Sobre el mar flota
una bruma gris espesada todavía por nuestras nubes de humo. La línea de
batalla, larga de quince kilómetros, desfila a lo largo de la costa danesa.
Jamás habíamos ido tan lejos. A las cuatro de la tarde, un pequeño
crucero anuncia pequeñas unidades enemigas. ¡Al fin! Pero hay que
esperar los radiogramas de los cruceros de batalla.
89

De los 1.200 ó 1.300 hombres del acorazado, apenas 25 ó 30 verán al
enemigo. Los otros están en el interior, en su puesto de combate,
esperando las órdenes y las noticias que llegan de lo alto. Se debe
representar uno, por ejemplo, el trabajo del hombre colocado en el pañol
de municiones, muy por debajo de la línea de flotación. Su tarea no
solamente consiste en hacer subir granadas. Cuando estalla un proyectil y
se declara un incendio, debe maniobrar el aparato extintor, cerrar los
compartimientos, poner en marcha los ventiladores para combatir los
gases venenosos. Cuando suena el zafarrancho de combate, cada cual
piensa en su tarea. ¿Qué hacer cuando un aparato se estropea y tantos
camaradas yacen muertos o heridos? Primeramente el buque, las camillas
después. La mayor parte del tiempo no llegará a aquel humilde marinero
ninguna orden: bajo la cubierta acorazada, es plenamente responsable de
sus actos. No participa de la emoción del combate, sino por su adhesión
entusiasta y por el pensamiento del peligro que a cada instante le
amenaza.
A las cuatro y media nos llega un radio. «Los cruceros acorazados
alemanes han abierto el fuego sobre los ingleses.» Una ola de emoción
pasa por el navío y la noticia baja desde el blocao hasta la sombra de los
pañoles. Es preciso que el grueso de la flota dé toda su velocidad para
reunirse a los cruceros. El fogonero hunde su pala hasta el codo en el
carbón y atiza el fuego. El pañolero mueve montañas de combustible.
Columnas de humo salen de las chimeneas. Las válvulas de seguridad se
abren y silban. Nunca en los ensayos las máquinas han desarrollado tal
potencia. La rapidez de la rotación de las hélices hace estremecer el
buque. Por fin, nuestro deseo se ha cumplido: «¡Esta vez, son nuestros,
muchachos!» Los vigías atisban el horizonte.
Nuestros cruceros de batalla han virado hacia el Sur, para atraer al
enemigo sobre el grueso de la flota alemana; el almirante Beatty les ha
seguido. Los cañones están cargados, los torpedos esperan en sus tubos,
los telemetristas están junto a su aparato. Los colosos se acercan, a toda
velocidad. Fuego continuo. Cada una de las flotas trata de aplastar a la
otra bajo un alud de proyectiles: 50 a 60 toneladas de acero se cambian
por minuto. Los cruceros desaparecen bajo haces de agua de 100 a 120
metros de altura: distingo de vez en cuando la proa del Lützow que lleva
la insignia del almirante Hipper. El cuerpo del coloso, lanzado hacia
adelante por 100.000 caballos, está constantemente oculto por un bosque
de géiseres sin cesar renacientes. Grandes llamaradas salen de la boca de
los cañones. El Lützow tira por andanadas enteras. Detrás de él se
precipitan el Derfflinger, el Seydlitz, el Moltke y el Von der Tann.
90

Por su lado, los colosos grises que ostentan el pabellón británico:
Lion, Princess Royal, Queen Mary, Tiger, New Zealand e Indefatigable,
lanzan todo el acero que les es posible. Un trueno continuo se extiende
sobre el mar. De repente, tras dos descargas sucesivas del Von der Tann,
una serpiente de fuego escala un costado del Indefatigable, luego dos
columnas también de fuego se levantan y se confunden en una masa de
humo negro. ¿Quién ha visto jamás hundirse un buque de guerra? He ahí
que todo aquel casco acorazado salta a trocitos: las 300 toneladas de
explosivos de sus pañoles han hecho su obra. Los cañones todavía
cargados contra nosotros, las granadas, las máquinas, todo el material y
los hombres se entrechocan en el aire. El petróleo se extiende hirviente
sobro la superficie de las aguas. El mar del Norte está en llamas y los
restos del crucero se hunden en él con un largo silbido. En el lugar del
siniestro se ve una nube de humo inmensa y queda largo tiempo
suspendida allí como sobre un volcán. Pero el matalote de cola ha llenado
la plaza vacía y el Von der Tann ha encontrado un nuevo objetivo. Las
descargas suceden a las descargas. Una nueva catástrofe ocurre en la
línea británica. Con un ruido espantoso el Queen Mary salta a su vez: los
trozos de hierro caen sobre la proa del Tiger, que le sigue: es todo lo que
queda de él. Entonces, en el duelo de artillería, los torpederos de ambos
bandos entran en acción. El pequeño crucero Regensburg se separa del
buque almirante alemán, seguido de dos flotillas, que se lanzan a toda
velocidad contra el enemigo. El combate de los torpederos se desarrolla
entre las dos líneas de cruceros.
A las siete de la tarde, nuestros cruceros volvían a reunirse con el
grueso de la flota; los ingleses habían fracasado en su tentativa de
aislarlos de nosotros. Desde el blocao de los acorazados se vio el enemigo
a babor: «¡Todo el mundo a su sitio!» ¡Qué minuto! «¿Has oído? Me
parece que ahora va de veras.» Todos los aparatos se ensayan de nuevo.
«Sangre fría. No toquéis nada. Cuidado con atascar los montacargas.» Al
ver la flota alemana, los cruceros ingleses han virado de bordo y el
almirante Scheer envía la orden: «Todo el mundo hacia el Norte.»
Distribuidos los objetivos, al cabo de algunos segundos estallan las
primeras descargas de los König y de los Kaiser. Luego continúa el fuego
sin interrupción. Entonces entre los cruceros ingleses y nosotros aparecen
cuatro colosos grises: son los más rápidos acorazados de la flota enemiga:
los Queen Elisabeth, que tratan de cubrir la retirada de Beatty. El fuego
redobla. Las granadas de 38 centímetros, que pesan cerca de una
tonelada, llegan hasta nosotros con espantosas explosiones. El Kurfürst,
el Markgraf y el König son alcanzados; pero, con gran sorpresa nuestra,
esos golpes tremendos no parecen debilitarnos. A derecha, a izquierda,
91

por delante, por detrás, nos rodean tales columnas de agua que parece que
el mar entero es aspirado por el cielo. Cuando una descarga pasa por
encima de nosotros, el ruido es tan ensordecedor como el de aeroplanos
que rozaran nuestras cabezas. Una descarga cayó en el mar junto a la proa
del Kronprinz; una catarata gigantesca anegó la proa del acorazado y los
fondos temblaron bajo la repercusión de las explosiones cercanas.
Favorecido por su velocidad, el enemigo estaba fuera del alcance de
nuestras piezas y trataba de desbordarnos por delante. Se ve al Warspite,
incapaz de gobernar, que abandona la línea de fila. Nuestros golpes le
abruman. Una llamarada blanca se eleva por su popa. Nuestra propia
línea va lentamente hacia el Este, de donde llega un nuevo huracán de
fuego; nuevas fuerzas inglesas han debido entrar en acción; pero el aire es
opaco. El humo de las explosiones se mezcla al de las chimeneas
innumerables, parecido a la silueta de una gigantesca ciudad industrial;
los torpederos y los cruceros pequeños tienden velos de humo artificial,
surge y vuelve a caer el polvo de agua levantado por los proyectiles.
Durante unos instantes los restos del Invincible emergen del negro
abismo. Nuestra vanguardia es la que ha sufrido más: el Lützow se inclina
hacia una banda y se hunde por la proa. Los torpederos le rodean con un
nuevo velo de humo para ocultarle a los ojos del enemigo. A lo lejos se
ve el Wiesbaden, que no puede maniobrar. También se inclina y su cañón
de retirada, el único intacto, dispara aún. El enemigo le aplasta bajo un
fuego concéntrico. Trozos de coraza caen al mar; pero el Wiesbaden
continúa disparando.
Bruscamente, a babor, aparecen muchos antiguos cruceros acorazados
ingleses. Les dirigimos nuestro tiro rápido. En algunos minutos, dos de
esos adversarios se van a pique o más bien quedan volatilizados; una
nube de humo es todo lo que resta de ellos.
Entonces, en el horizonte se eleva un semicírculo de fuego como si en
una cañería de gas se encendieran llamitas sucesivas; comprendemos que
el grueso de la flota inglesa está allí. No nos queda otra cosa que hacer:
virar de bordo. Cien toneladas de acero caen cada treinta segundo sobre
nuestra cabeza de línea, el mar hierve como una caldera, los buques
empiezan a oscilar sobre las olas provocadas por las explosiones. A pesar
de ello, la maniobra, que es difícil, se realiza como en un simulacro. Para
cubrirla, una señal sube a los mástiles: «Los torpederos que carguen sobre
el enemigo.» Con la bandera negra, blanca y encarnada en la popa y un
gallardete de seis metros en la verga, arrancan a treinta nudos, con la proa
levantada, baja la popa, y desaparecen detrás de los geiseres. ¡Qué
magníficos barcos! No los volveremos a ver. Una de las primeras flotillas
fue la de Steinbrinck, cuya divisa era: «Todo a punto.» A toda velocidad,
92

el torpedero de Steinbrinck es alcanzado por un proyectil grande.
Desaparece bajo las olas y su matalote de cola recoge lo que puede de los
supervivientes; el capitán es de este número. De pie en el puente,
Steinbrinck agita su gorra para indicar a su flotilla que vive. Los
torpederos se acercan a su blanco, abren el fuego y reciben el del
enemigo. Steinbrinck y su torpedero desaparecen para siempre de la
superficie.
Durante este tiempo, el silencio reina en torno de nosotros. El
enemigo concentra su fuego sobre los torpederos. Nuestra virada de
bordo, gracias a esta táctica, se efectuó sin dificultades y pusimos la proa
hacia el Sur, pensando que el enemigo al día siguiente nos ofrecería de
nuevo combate en condiciones que nos serían más favorables. Pero sir
John Jellicoe, que sentía que el peso del Imperio británico gravitaba sobre
sus hombros, prefirió no arriesgar su flota en un segundo encuentro. La
experiencia de aquella tarde había dado un rudo golpe a su orgullo inglés.
El mismo explica que cuando su flota se desplegaba para el combate vio
un casco que flotaba; ¿cuál podía ser esa primera víctima de los cañones
británicos? Mira por el periscopio y lee en las planchas retorcidas el
nombre del Invincible.
Pensando que nuestra cubierta debía estar llena de cascos de granada
enviamos a un marinero a buscarlos para hacer pisapapeles. Vuelve con
los brazos cargados de coliflores. «He aquí todos los cascos que he
encontrado. Parece que los ingleses han tirado con coliflores.» Salgo yo
mismo. La cubierta está llena de legumbres. El retroceso de los cañones
de grueso calibre ha hecho saltar la despensa. Por otra parte, ningún casco
de acero. Es incomprensible; el granizo de proyectiles nunca nos acertó y
no tenemos ni una herida mientras que los barcos de cabeza y cola dicen:
«Pobre Kronprinz; ya no debe tener ni una sola plancha intacta.»
Aprovechamos la pausa del combate para entrar en el comedor y
reconfortarnos con un vaso de oporto. Nos faltaba algo de entusiasmo,
porque con la vivacidad del fuego pensábamos que nuestras pérdidas
serían más graves de lo que eran en realidad. En el comedor reinaba un
gran desorden. Por todas partes había trozos de copas y de platos; los
cuadros habían caído de los mamparos, arrancados por el retroceso y las
sacudidas. Sin embargo, ¡oh maravilla!, una imagen ha quedado en su
sitio: es la de la princesa heredera, con la dedicatoria: «¡Dios proteja al
Kronprinz!». Un mismo sentimiento nos embarga y nuestras miradas se
levantan hacia nuestro ángel de la guarda con un silencioso
reconocimiento.

93

La noche cae. Estoy de guardia. La primera escuadra nos precede. La
segunda está en el centro y la tercera a retaguardia, de manera que los
mayores buques están en los extremos.
De repente, la noche se ilumina. Un cielo lleno de relámpagos nos
deslumbra. Un largo trueno tabletea en el espacio. El Pommern ha
volado. Blancas serpientes de llamas saltan del acorazado. Cuando el
buque de cola llega algunos segundos más tarde, no ve ya más que las
salpicaduras aquí y allá de una lluvia de hierro que cae. Nadie se salvó.
Comprendimos entonces toda la diferencia entre la antigua construcción y
la moderna.
Un solo torpedo había bastado para arreglar las cuentas al viejo
Pommern, mientras que el pequeño, pero moderno, Wiesbaden,
inmovilizado, recibió el fuego de toda la flota inglesa y no se hundió
hasta las tres de la madrugada. A bordo de nuestro buque todos estamos
graves y tranquilos. Se vigila detrás de los cañones cargados. Los vigías
exploran la noche. El oído escucha el tictac de la T.S.H.8 en el extremo de
la línea, el combate se ha reanudado. Los contratorpederos enemigos que
han pasado nuestra línea, tomándola por el grueso de la flota británica,
fueron reconocidos por el Westfalen y la primera escuadra acaba de abrir
el fuego. En un instante, esos pequeños buques, que queman petróleo en
vez de carbón, son transformados en antorchas ardientes. Luego, el
combustible se esparce por el mar y el mar mismo es una hoguera. Se ve
a los marinos correr y desaparecer en ella. De cuando en cuando, sordas
detonaciones señalan el estallido de los torpedos colocados bajo las
cubiertas. Horrible y maravilloso espectáculo el de esta avenida
llameante.
Una cualidad alemana se manifiesta esa noche: nuestra vista en la
obscuridad es mejor que la de los ingleses. ¿Es, como se ha dicho, porque
comen demasiados bistecs? En todo caso, la guerra ha demostrado más de
una vez su inferioridad a ese respecto.
Amanece con tiempo gris; la tensión de los espíritus aumenta.
Esperamos a cada instante la aparición del enemigo. Se señala uno de sus
cruceros acorazados. Todo está preparado para el combate. Su proyector
nos hace una señal de reconocimiento; como respuesta, el Thüringen ruge
con toda una andanada.
El Euryalus se va a pique. Nos había tomado por la flota inglesa.
Llegamos a las aguas alemanas sin haber hallado al enemigo. Al alba
Jellicoe se encontraba cerca de Heligoland; pero habiendo perdido
durante la noche una división de acorazados, sus cruceros de batalla, sus
8

94

Acrónimo de Telegrafía Sin Hilos, es decir, radio.

cruceros ligeros y sus destroyers. El célebre sentido marino de los
ingleses no se había mostrado a la altura de aquella marcha de noche,
acompañada de combates constantes. Con fuerzas tan reducidas, Jellicoe
renunció al ataque.
¡Qué dichosa sorpresa cuando se publicaron las pérdidas recíprocas!
Por el lado inglés, tres grandes acorazados. Por el lado alemán, uno
solamente. Los acorazados ingleses habían sido echados a pique por
nuestro fuego. Nuestro Lützow, por el contrario, sólo fue averiado por la
batalla y en camino, de vuelta, lo voló su propia tripulación, que fue
salvada. Además los ingleses tenían que deplorar la pérdida de tres
cruceros acorazados. Por nuestra parte sólo habíamos perdido, además del
Lützow, el viejo Pommern.
Por lo que hace a buques pequeños, por nuestro lado desaparecieron
cuatro cruceros livianos y cinco torpederos; por el lado inglés, ocho
barcos de las flotillas. El Wiesbaden, único de nuestros cruceros hundido,
lo fue por la artillería enemiga; el Frauenlob quedó destruido, como el
Pommern, durante la noche, por un torpedo.
Las pérdidas de personal indican claramente la superioridad de nuestra
construcción y de nuestro fuego: 2.586 muertos por parte nuestra; 6.446
del lado de los ingleses. Hicimos 180 prisioneros; los ingleses no habían
aprisionado a uno solo de los nuestros.
Después de algunos días, el Seydlitz, acribillado de proyectiles, entró
por sus propios medios en Wilhelmshaven. Hice una visita a su
comandante, el capitán von Egidy, a bordo de su barco que escoraba de
un modo considerable; algunos meses después volvía a prestar servicio.
Le rogué que me contara la destrucción del Queen Mary y he aquí su
descripción:
«No olvidaré jamás aquel instante. Eran las seis y veinte minutos y
estábamos a punto de cambiar la formación de batalla por la de fila. Mis
ojos estaban atentos a la maniobra, mi oído trataba de saber lo que pasaba
en el puente de mando, medio encima de mí y medio detrás de mí. Un
buque, si se considera bien, no es más que la enorme cureña de su
artillería gruesa, y si se quiere dar en el blanco es preciso adaptar la
maniobra al tiro. «Ala derecha, Schumann. (era el nombre de mi timonel
de combate); cuando una descarga se anunciaba era necesario detener la
virada del crucero. Siempre oiré el ruido del reloj avisador después de
aquella descarga. Delante de mí, veía el buque almirante y el de cabeza
de mi línea, y escuchaba de nuevo hacia lo alto y hacia popa. Un instante
de silencio como si el buque entero contuviera su respiración; luego,
pareciendo recobrar la voz, un observador de artillería dice de un modo
monótono: «El número 3 vuela», y como única reacción provocada por
95

esta magnífica noticia, la voz tranquila y clara de mi oficial de artillería,
el capitán Ricardo Foerster: «El próximo blanco a la derecha», como si
estuviera en un simulacro. Sin la espesa coraza que nos separaba, le
hubiese abrazado por su «próximo blanco a la derecha.» Quizá mi
segundo oficial de artillería, Axel Loewe, lo hizo en mi lugar, pues oí este
diálogo de cuatro palabras: «Bien, Ricardo» y «Vamos, Axel.» Luego los
dos volvieron a convertirse en espíritus mudos, atentos a los instrumentos
de destrucción.
—¿Qué ha visto usted cuando saltó el Queen Mary?
—Mi querido Luckner, ya se lo he dicho: cuidaba de la maniobra.
Miraba el barco almirante y mi buque de cabeza; lo importante era no
abandonar su estela.
»Pero cuando pude mirar con el catalejo en dirección del enemigo, mi
corazón latió desordenadamente durante un instante. A una distancia de
13 kilómetros y medio, sobre el cielo azul mate, se levantaba una
inmensa columna gris. En la parte inferior se veía girar en torbellino
masas negras. Un humo espeso rodaba en el borde superior aureolado por
rayos rojizos. En la parte inferior algo como un torpedero. ¿Un
torpedero? No; era el número 4 de la línea de los cruceros de batalla, el
Tiger. Ya sabe usted que tiene más de doscientos metros de largo y
parecía microscópico al lado de esa columna gigantesca, ancha de siete a
ochocientos metros y alta de tres kilómetros por lo menos. El Tiger pasó,
por decirlo así, a través de su infortunado camarada, pues mientras dejaba
el sitio donde el Queen Mary acababa de desaparecer, los restos de éste le
cayeron sobre cubierta.
»Y el segundo gran momento de la batalla fue por la noche, después
de las nueve, cuando Scheer nos hizo marchar hacia el centro de la línea
inglesa para un segundo ataque. Estábamos rodeados de un verdadero
huracán de fuego. Proyectil tras proyectil alcanzaban mi buque. El
avisador anunciaba a cada instante una nueva avería: aquí un incendio,
allí una vía de agua, y siempre la misma pregunta al puesto de mando de
la artillería: «Foerster, ¿no tiene objetivo para la artillería?» «¡No tengo,
mi comandante!» Delante de nosotros, de Noroeste a Este, por el Norte,
se extendía una línea ininterrumpida de fuego: pero era imposible
distinguir un solo buque, no se veía más que el relámpago de las
descargas situando el horizonte poco más o menos en el centro de la nube
gris, amarilla, sulfurosa, emponzoñada. El enemigo desaparecía detrás de
aquella cortina, mientras nosotros nos perfilábamos como blancos sobre
el horizonte claro del Este. La Fortuna no podía distribuir sus favores de
un modo más desigual.
96

»Entonces, de repente, de la telegrafía sin hilos: «Orden del almirante:
los cruceros acorazados que marchen contra el enemigo.» Esto otorga a
nuestra división completa independencia; se nos invita a atacar a cuerpo
descubierto. «¡Rayos y truenos! —pensé—, ésta es la partida para el
Walhalla.» Y pensé aún: «¿Qué última alegría daré a esos mil trescientos
hombres que esperan mis órdenes, por debajo de mi, antes de emprender
el gran viaje?» Todo lo que encontré fue el mensaje siguiente: «Del
comandante a toda la tripulación: orden del almirante: Que los cruceros
ataquen.» Tranquilamente, los transmisores lo difundieron a través de los
tubos acústicos y los teléfonos. En los fondos el receptor enviaba su
silencio. El buque contiene el aliento. Luego un eco subió hasta los oídos
del comandante, un eco inmenso que dominaba la batalla, un solo grito de
entusiasmo: «¡Hurra! ¡Adelante, Seydlitz¡», el grito de los coraceros de
hace ciento setenta años; y el Wacht am Rhein y el Haltet aus: un
acordeón se había mezclado a los gritos. Los pañoleros marcaron el
compás con sus palas. El crucero entero no era más que un rugido de
alegría. Verdaderamente, una bola cálida me subía a la garganta. Recibí
de mi tripulación en aquel dichoso instante la recompensa de tantos años
de trabajo y de adhesión a la vida militar. Aquel buque, aquellos
hombres, los tenía yo en mi mano. ¡Espléndida Alemania! ¡El mismo
impulso nos electrizaba a todos!
»Poco rato después, bruscamente, el fuego inglés disminuía y luego
cesaba. Era el instante en que, bajo nuestro choque, los nervios de
Jellicoe desfallecían y la línea inglesa se rompía bajo la voluntad superior
de Scheer. Fue el instante en que, pasando al ataque, nuestros torpederos
no encontraron ante ellos ningún adversario.
»Luckner, en aquel instante, tuve la impresión, y ese sentimiento lo
dejaremos a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos, de que
habíamos superado a los ingleses, y los superaremos aún a la hora
señalada por la Providencia.»
Tal es la jornada de Skagerrak, en la que los marinos alemanes dieron
tan tremendo golpe a su gran adversario. ¡Qué lástima para nosotros, que
hoy no tenemos ni una tabla bajo nuestros pies, que la obra de Tirpitz no
haya podido manifestarse sino después de dos años de reserva forzada,
cuando no era ya posible explotar esa victoria con nuevos éxitos!

97

El capitán Barton del buque Lundy Island, un grande y hermoso vapor
inglés que capturamos; llevaba 4.500 toneladas de azúcar a Madagascar.

Otra presa: el Dupleix, un magnífico tres palos que había partido de
Valparaíso rumbo a Grancia con un cargamento de salitre.

¡El Pinmore! Un cuatro palos inglés el cual, en mi mocedad, había
servido como marinero durante veinte meses. El Pinmore, mi viejo,
hogar, desaparciendo bajo las aguas (izquierda)

El Seeadler estaba ya lleno de prisioneros: en ocho semanas habíamos
hundido cuarenta mil toneladas y capturado 263 prisioneros. Se hacía
necesario, por muchos motivos, enviarlos a un puerto de América del Sur.

A bordo del Seeadler, durante
la comida de despedida que
dimos a los capitanes que
poníamos en libertad junto con
los demás prisioneros.

El Cambronne, un tres palos que habíamos capturado días antes, se aleja
rumbo a las costas sudamericanas, con 263 prisioneros a bordo.

Mientras cruzábamos el inmenso Océano Pacífico, la pesca del tiburón
era nuestra única diversión. A fuerza de aburrirnos no pueden imaginarse
los lectores las malas bromas que se inventaban contra este tigre del mar.

Segunda Parte:

De Oficial
artillero a
Corsario

CAPÍTULO IX

Comandante de un velero corsario
Oficial del Moewe. Me nombran comandante do un velero
corsario. Preparativos. Me toman por espía. El Seeadler.
Oficiales y tripulación. Todo dispuesto. La orden de partida.
Poco después de la batalla, fui enviado en misión especial y luego
nombrado oficial en el crucero auxiliar Moewe. ¡Cuántas invenciones y
tentativas para romper el anillo de hierro que separaba nuestra Alemania
del resto del mundo!
Fue en Hamburgo donde mi vida debía tomar nuevo rumbo. El Moewe
se encontraba en el astillero Vulcano, armándose para nuevos viajes.
Había ido una noche a visitar a mi amigo el armador Dalstrom y,
cómodamente instalados en torno de una botella de ponche sueco,
discutíamos mi plan favorito, que era, después de la guerra, mandar
durante algunos meses un velero. Sería la primera vez en mi vida y me
prometía grandes alegrías de ello. De pronto la camarera anuncia al
ayudante de campo del Moewe. Yo gruño: «No se puede estar un minuto
en su elemento, sin ser fastidiado por el servicio.» Un telegrama urgente
del Estado Mayor de Marina había llegado para mí: «¿Está bueno el
Estado Mayor? ¿Qué demonios tengo que ver yo con el Estado Mayor?»
Debía presentarme a la tarde del día siguiente. Latiéndome el corazón,
tomé el tren para Berlín. En la antecámara del capitán Toussaint aún me
quebraba la cabeza: «¿Qué demonios tengo yo que ver con el Estado
Mayor?»
Me introdujeron por fin:
—¿Se cree usted capaz (¿de qué no me creería yo capaz?) de forzar el
bloqueo inglés con un velero como crucero auxiliar?9

9

Los corsarios, que es necesario no confundir con los piratas, como ocurre
vulgarmente, han sido figuras legendarias en la historia marítima. Sourcouf, Cassard,
Drake, Blake, Frobisher y otros muchos, recibieron, como premio a los servicios
prestados a la nación, todos los honores reservados a los fejes y almirantes de la Marina
de guerra.
Del buque mercante armado en guerra y denominado «crucero auxiliar» al corsario de
las épocas que fueron, hay una diferencia fundamental. Éstos eran propiedad de su
comandante, quien pagaba a la tripulación y se resarcía de los gastos con la parte del
producto de las preseas a que tenía derecho con arreglo a su contrato, que no era otra cosa,
en el fondo, que la patente de corso (de donde proviene el nombre corsario). Los cruceros
auxiliares de nuestros tiempos son buques mercantes a cuya construcción ayuda el Estado,
por medio de una subvención dada en una forma cualquiera siempre que satisfagan a

—¿Me permite usted que le abrace? —le contesté.
¡El tipo de barco donde había servido como grumete y como marinero,
el buque donde me había elevado por mi propio esfuerzo, iba por fin a
tenerlo a mis órdenes, iba a ser su capitán y sería un buque de guerra
independiente! ¡Cuán a prisa se habían realizado mis deseos!
—A juicio suyo, ¿qué será lo esencial?
—Lo esencial es la suerte.
—Pues bien, es usted el comandante del Pass of Balmaha.
Navegando bajo bandera americana, con un cargamento de algodón
destinado a Arkhangel, el Pass of Balmaha había sido capturado por un
crucero inglés y enviado con una tripulación de presa a Kirkwall, para la
visita. Un submarino alemán detuvo ese viaje. El capitán americano,
contando con su calidad de neutral para recuperar la nave, cierra las
escotillas sobre los ingleses y manda echar las armas al agua. Llegan
nuestros marinos: «¿Adonde van? —A Arkhangel. —¿De veras?, me
parece que éste no es el camino. ¿Qué es lo que tienen a bordo? —
Algodón. —Quizá lo necesitemos.» Un oficial alemán toma el mando del
buque y ¡andando hacia Cuxhaven! Al cabo de cuatro días de este viaje
involuntario, la tripulación inglesa salió de las bodegas, enflaquecida por
su cura de ayuno y muy admirada de encontrarse en un puerto alemán. El
más asombrado fue seguramente nuestro oficial (se llamaba Lamm),
pues, él solo, había constituido toda la fuerza alemana a bordo. Así es
como el Pass of Balmaha quedó bajo pabellón alemán y se convirtió en
mi navío.
Lo más difícil era ocultar mi alegría. Bebí media botella de oporto yo
solo y, a falta de otra cosa mejor, hubiera querido abrazarme a mí mismo.
Entonces tomé el tren para Geestemünde; el buque estaba allí, aparejado
en el astillero de Tecklenborg, bajo la dirección del teniente Kling.
Kling era el autor de muchos informes acerca de las ventajas que
ofrecían los veleros para la guerra de corso, a causa de poder prescindir
de puertos de carboneo. Habiendo sido aprobado su proyecto por el
Estado Mayor de la Marina, habían escogido, para realizarlo, aquel tres

ciertas y determinadas condiciones marineras, y que fleta al romperse las hostilidades
respondiendo de ellos y tripula con personal perteneciente a la Marina de guerra.
La guerra de corso, o guerra al comercio o al tráfico (de todas estas maneras llamada),
es una guerra de guerrillas, un ardid al que recurre aquel de los beligerantes que por su
escasa potencialidad bélica marinera no puede pretender ir a la batalla con flota que,
aniquilando la del contrario, le proporcione el dominio de la mar y, con él, la libertad de
transitar por ella.
103

palos que no servía para nada en Hamburgo y que estaba acostumbrado
ya a los prisioneros ingleses.
Convenía ante todo ocultar a los obreros del astillero el verdadero
destino del navío. Se propaló el rumor de que el Pass of Balmaha era
transformado en buque-escuela. Era una excelente idea añadirle un motor
para acabar la instrucción mecánica de los alumnos. Pero la guerra había
demostrado que para la educación de los oficiales convenía mucho saber
maniobrar un velero, y recientes experiencias habían determinado un
cambio en favor de los barcos de vela. A la gente le parecía esto muy
claro. En las salas destinadas a nuestros futuros prisioneros, se puso en
gruesos caracteres: «Alojamiento para tantos alumnos.»
En cuanto a mí, no comparecía en calidad de oficial; me presenté, por
el contrario, como si fuera el ingeniero von Eckmann, destinado por el
Ministerio de Marina para vigilar los progresos del buque-escuela Walter.
Los directores del astillero ponían todo su cuidado en el trabajo que les
había encomendado, y a ellos debo haber tenido bajo mis plantas tan buen
barco. Llevaron a cabo felizmente la tarea de alojar en un casco de 1.852
toneladas netas (5.000 toneladas de desplazamiento) un motor de 1.000
caballos, tanques para 480 toneladas de petróleo y 360 toneladas de agua
dulce, así como víveres para dos años.
Todo el entrepuente estaba destinado a los prisioneros, y había sitio
allí para 400 hombres. La disposición del entrepuente estaba conforme a
los reglamentos de la Marina imperial. Se tuvo especial cuidado para
acondicionar los camarotes de los Estados Mayores que pudieran
capturarse, que tenían dos o tres literas, con lavabos y todo lo necesario.
Además, los capitanes tenían una cocina y un comedor particulares.
Habíamos comprado para ellos libros ingleses y franceses, así como un
gramófono y varios juegos de sociedad. Una pieza especial estaba
destinada a los marineros agregados a su servicio.
Fue preciso asimismo extender los documentos necesarios, trabajo en
extremo difícil. Lo primero era encontrar un navío parecido por la edad,
el tonelaje y el aspecto exterior a nuestro futuro corsario. Debía ser un
buque cargador de madera, pues la madera forma arrumajes que, bien
trabados con cadenas, tapan la entrada de las escotillas y hacen difícil la
visita del buque. Después de buscar mucho tiempo, encontramos el barco
deseado. Era el tres palos noruego Maletta; estaba en aquel instante en
Copenhague, en ruta para Melbourne. No solamente nuestros papeles,
sino la disposición del navío, fue concebida en consecuencia. El
barómetro y el termómetro se compraron en Noruega, así como
fotografías de hombres y de muchachas que pegamos encima de las
literas de los marineros. Nuestro modelo, el Maletta, acababa de recibir
104

en Copenhague una maquinilla de motor para las áncoras: instalamos otra
igual en la cubierta, inscribiendo en el libro de a bordo: «En Copenhague
se ha comprado hoy, en casa Knudsen, e instalado, un aparato para las
áncoras.» Fijamos en ese aparato una placa pequeña con el nombre
verdaderamente danés de Knudsen. Esos preparativos se realizaron por
completo gracias a la ayuda del teniente Kirchheim. Yo mismo me
encargué de reclutar la tripulación. El Estado Mayor me había prometido
64 hombres; tal sería la tripulación total; pero de este número, 23
hombres que hablaran noruego debían servir para la comedia del Maletta.
Escogí yo mismo cada oficial y cada marinero y puedo decir que no me
engañé acerca de ninguno de ellos. El equipo para el motor me fue
facilitado por la Sección de los submarinos.
Para completar el resto de la tripulación no quería sino marineros que
tuviesen costumbre de viajar en barcos de vela. Examinaba los marineros
del depósito y les preguntaba por dónde habían navegado. Cuando uno de
ellos decía que había navegado mucho tiempo a vela, pasaba al siguiente
con cara de indiferencia. A otro que no conocía sino los vapores, le
interrogaba a fondo y parecía que anotaba su nombre con una cruz en la
lista. Así nadie podía adivinar cuál era la misión especial para la que el
Estado Mayor me había autorizado que escogiera libremente. No se podía
tampoco adivinar que buscaba hombres que hubiesen navegado bajo la
bandera noruega. Tomé preferentemente antiguos pilotos. A todos mis
marineros los miré de hito en hito hasta el fondo de su corazón.
Los marineros escogidos fueron enviados ante todo con permiso a su
casa. Lejos de sus camaradas, no podían hacer preguntas ni formular
hipótesis. Sin embargo, para los 23 hombres del Maletta hicimos venir de
Noruega, efectos, cuadros, diccionarios, mapas, ropas, listas de
inventario, botes y tazas con inscripciones noruegas, lápices,
portaplumas, dinero noruego, víveres particulares, manteca, carne,
zapatos; en una palabra, nada de lo que podían ver los enemigos era
nacional; nada alemán. En el salón, colgamos el retrato del rey de
Noruega y de «or Dronnig»10. El suegro, el rey Eduardo, sonreía
dulcemente en el mamparo. Almohadones noruegos bordados con la
bandera nacional se colocaron sobre los muebles, y como los marineros
tienen la costumbre de llenar con cartas viejas sus cajas de cigarros,
hicimos escribir cartas en noruego; cartas de negocios para mí, cartas de
amor para los tripulantes. Para prever el caso en que el oficial de visita se
hiciera enseñar por el capitán los documentos de un marinero y
preguntara en seguida a ese hombre algo sobre su país de origen,
10

Nuestra Reina.
105

interrogándole sobre los nombres de las ciudades vecinas, los
ferrocarriles que era preciso tomar para visitar tal tío o primo, el nombre
del alcalde y del prefecto, el del buque en que servía tres años antes y qué
viaje había hecho con el navío, fue preciso escribir las cartas siguiendo un
plan cuidadosamente redactado para cada hombre en particular. Las
fotografías llevaban la dirección de verdaderos fotógrafos, gente poco
acostumbrada a disimular su nombre. Por otra parte, no teníamos cuidado
de que la novia fuera linda o fea. Eso era cuestión de gusto. Lo esencial
era que pareciese verdadera.
Lo más difícil, como ya he dicho, eran las cartas, pues el poco correo
que un marino recibe, lo guarda durante años. Los sellos debían llevar el
timbre de llegada y de partida de Hongkong, Honolulú, Yokohama y de
todas las partes del mundo donde nuestros marineros debían haber
navegado. Y, además, el papel debía ser más o menos viejo, según las
fechas. En nuestros libros se mencionaban las navegaciones anteriores de
cada uno de los marineros. Era preciso que todo concordara. Había quien
había ido al hospital, quien se había roto la pierna. Si, por ejemplo, el
padre de Henrik Ohlsen había muerto, era preciso que las cartas vinieran
de su madre y de sus hermanas. Pusimos toda nuestra conciencia alemana
para contrahacer con todos los pormenores el Maletta nº 2.
En el Hotel Beermann, de Geestemünde, habitaba cerca de mí un viejo
capitán que pertenecía a la comisión de visita de los navíos. Preguntó un
día al ingeniero de su comisión si me conocía: «¿El ingeniero von
Eckmann? Este nombre no existe en el Ministerio de Marina.» «He aquí
—exclama el capitán— lo que en seguida pensé. Tiene el aspecto de ser
un espía. Su cara parece inglesa.» La desdicha quiso que un empleado de
Berlín me dirigiese entonces, por error, dos cartas urgentes bajo mi
verdadero nombre. Pido al mayordomo que me entregue las dos cartas
dirigidas a mi amigo el conde Luckner. Rehúsa dármelas. El capitán
viejo, que había asistido a la escena, dice al mayordomo: «¿Qué es lo que
quiere ése? —Las cartas para el comandante Luckner. —¡Ah!...» Sin
sospechar nada, tomo a las siete el tren de Brema. Ocupo, a fuer de correo
imperial, un departamento de primera clase. Entra un caballero y me pide
mi tarjeta de identidad. Se la enseño y queda sorprendido:
—Sírvase dispensarme; buscamos un espía que ha subido en
Geestemünde.
Un estremecimiento de espanto corre por mi cuerpo. ¿Es que el
enemigo hace vigilar mi barco por agentes suyos?
—¡Espero que pronto le detendrán!
—También lo espero yo. Todos nuestros agentes están advertidos en
dirección de Brema, Hamburgo y más allá.
106

—¿Dónde le han visto?
—Muy a menudo en el hotel Beermann.
—¡Rayos y truenos! No le dejen escapar sobre todo.
Desgraciadamente, muchas veces se ha equivocado de persona la policía.
Llego a Brema, me apeo en el hotel Hillmann. Otro caballero me
detiene y me exige mi tarjeta. «¿Pero qué demonios quieren?» Después
de haber visto mi tarjeta, el agente me habla igualmente del espía; sus
señas corresponden a las mías, pero ¡hay tales semejanzas! «¿Pero
todavía anda suelto el espía?» «Únicamente sabemos que ha huido hacia
Brema.»
Sin detenerme más, voy al Trocadero, donde pido una botella de vino.
Apenas me he sentado entra un oficial con dos hombres de uniforme:
—Sígame usted; queda detenido.
Respondo, ebrio de rabia:
—¿Va usted a detener a sus propios oficiales?
—Venga usted conmigo. Después se explicará.
Emoción general en el café; me amenazaban con darme de sillazos:
«¡Muera el espía!»
Llegamos al hotel. Enseño mi tarjeta; me enseñan la orden de
detención: «Apariencia inglesa, abrigo claro, gorra y pipa.»
Pregunto:
—¿Qué nombre tiene el que buscan?
—Ingeniero von Eckmann.
—Soy yo.
—Acaba usted de decirme que era el conde de Luckner.
Entonces fue él quien se puso pálido de ira.
—Le aconsejo que telefonee al Estado Mayor de Marina.
Allí le acabaron de convencer.
Sólo faltaba encontrar el nombre verdadero de nuestro falso Maletta.
Encargado graciosamente de esa tarea, me rompí la cabeza largo tiempo.
Pensé al principio en Albatros, porque los albatros me habían salvado la
vida en alguna ocasión en mitad de las aguas; pero este nombre
pertenecía ya a un portaminas que había naufragado en la costa sueca.
Propuse en seguida El Diablo del Mar, pero mis oficiales deseaban un
nombre que recordase las grandes velas blancas, y, por fin, nos decidimos
por «el Aguila del Mar»: Seeadler.
Estando ya terminado el barco escuela y los documentos en orden, y
siendo los ensayos en el Weser satisfactorios, se llamó a la tripulación
que estaba con permiso. Teníamos un magnífico conjunto. El primer
oficial, Kling, había formado parte de la expedición Filchner; había
recogido allí abundante experiencia. El oficial de presas era un hombre de
107

1,92 metros de estatura; había sido voluntario de un año al mismo tiempo
que yo, y le encontré por casualidad en un muelle:
—¿Vienes con nosotros?
—¿Vamos a irnos al diablo?
—Sí.
—Entonces cuenta conmigo. Me llamo Pries y te respondo de que
procuraré hacer honor a mi apellido.
Mi oficial de artillería era el teniente de la reserva Kircheiss, un
muchacho calmoso y muy buen maniobrero. Lüdemann, el piloto, era un
viejo marino, así como el mayordomo, el carpintero y el cocinero, los tres
polos del velero. El mecánico en jefe, Krause, y su personal, eran
excelentes. Con tal tripulación se podía afrontar un enemigo de fuerzas
decuplicadas. Toda esa buena gente estaba dispuesta a sacrificar su vida
por la Patria.
Una vez arreglado todo, el navío desapareció del Weser durante una
obscura noche de noviembre, y ancló en el mar del Norte. Al mismo
tiempo yo reunía a todos mis hombres en un rincón apartado del puerto
de Wilhelmshaven.
A la luz de una mala linterna, les pasé revista y comprobé mi lista.
Nadie faltaba. Embarcamos en un vaporcito atracado al muelle, y en
marcha. Ninguno de los hombres conocía su destino. Viendo que
navegábamos el Jade abajo, creían que iban camino de Heligoland. Los
grandes acantilados sombríos aparecen; los dejamos atrás. Aumenta el
oleaje y el pequeño vapor baila. Los mozos se interrogan: «Pero, en fin,
¿adonde vamos?» No obtienen contestación.
De pronto, en la obscuridad, se ve un velero que está anclado. «Toma,
¿qué es lo que hace ahí ese barco?» Por las observaciones que hacen
referentes al aparejo, reconocen que todos han navegado a la vela. Es
raro. Se acercan al velero. «¿Iremos a formar tripulación?» Se sube a
bordo. No hay ningún cañón en cubierta; pero en la cala hay un gran
motor.
—¿Qué significa esto?
Su alojamiento les sorprende por su comodidad. Habíamos hecho la
cosa de modo que se pudiera vivir allí a gusto durante años. No había
hamacas, sino verdaderas literas. Los suboficiales tenían camarotes
especiales. Una parte de los recién llegados se envía a proa, donde se les
designa un sitio especial. Se detienen asombrados ante las literas, los
paisajes noruegos, las banderas noruegas y, además, para cada uno, un
cofre de ropa de paisano.

108

—¡Diablo, todo esto es noruego, muchacho! ¿Taler du norsk?11
—Sí.
—¿Tú también?
—Si.
—¿Y tú?
—Sí.
Sobre la mesa está preparado el plato tradicional del marino; cabeza y
patas de cerdo y, además, tabaco y una pipa para cada uno.
—¿Es que aquí en este buque se hace todo por arte de encantamiento?
El apetito interrumpió por de pronto las preguntas, pero después de
comer, la conversación fue general. Se visita a los compañeros que
habitan en las bodegas, y en lugar de cuadros noruegos ven a Hindenburg
y a Ludendorff.
—¿Hablas noruego?
—No.
—¿Y tú?
—No.
—Hay para reventar de risa. No hay quien comprenda nada.
Para ir a las cámaras inferiores es necesario arrastrarse a través de un
armario, pues el acceso al alojamiento de la tripulación alemana consiste
en trampas secretas que deben ser invisibles para todo oficial de visita.
Habían sido cortadas en el suelo del armario de la ropa, del de escobas,
etc. Esos armarios eran muy grandes para el caso en que cinco o seis
hombres tuvieran que utilizarlos a la vez. Todo el material sospechoso,
los dos viejos cañones (no nos habían facilitado más) y las municiones,
estaba ordenado abajo.
Los más curiosos empezaron entonces a pasear cerca de los camarotes
de los oficiales en busca de noticias. Llega la orden de levantar el áncora,
y henos ya en marcha al abrigo de las islas, detrás de Amrum, detrás de
Sylt, subiendo hasta Norderaue. Allí los marinos supieron cuál era su
misión. Al cabo de ocho días de trabajo, el cargamento de madera quedó
dispuesto sobre cubierta; era entonces imposible penetrar en el buque. En
lo alto del mástil se encontraban pequeñas puertas secretas, detrás de las
cuales, en el espesor de la madera, se ocultaban revólveres, fusiles y
granadas de mano, así como los uniformes de la Marina alemana. Las
puertas, que se abrían hacia el interior, no ofrecían ningún gozne visible.
Para abrirlas se debía hacer presión sobre un botón secreto.
Entonces empezaron los ensayos de la tripulación noruega. Cada cual
recibió su nombre con los informes necesarios sobre su domicilio; las
11

¿Hablas noruego?
109

fotografías y cartas fueron distribuidas, así como Baedeckers y otros
libros de viajes.
Dispuestos a partir, esperábamos un viento favorable. Una
contraorden vino a estropearlo todo. Recibimos por T.S.H. el mensaje
siguiente: «Difieran ustedes la partida hasta la vuelta del submarino
Deutschland» La línea inglesa de vigilancia había sido redoblada en
«honor» de los submarinos de Comercio.
Nuestra espera duró días y semanas. El Maletta abandonó
Copenhague; todos nuestros planes estaban arruinados. El crucero inglés
que nos detuviera no tendría más que telegrafiar a Copenhague para
descubrir que el Maletta había partido desde mucho tiempo antes.
No nos quedaba más que consultar el registro del Lloyd. Podíamos
escoger muchos nombres, pero sin estar seguros del sitio donde se
encontraba nuestro nuevo doble. Nos decidimos por el Carmoe, cuyas
dimensiones correspondían a las nuestras. ¡Qué trabajo cambiar todos los
papeles, todos los documentos, el nombre del armador, la fecha de la
botadura, la clase de seguro! Era preciso modificar todo eso en veinte
sitios diferentes, sin estropear los formularios. El teniente Pries se puso a
trabajar con verdadero afán. El resultado fue casi satisfactorio a condición
de que no se examinaran los documentos a plena luz; pero, ignorando el
sitio donde se encontraba el verdadero Carmoe, nos hallábamos
expuestos a una pregunta por T.S.H. Y así estábamos, cuando un día,
recorriendo los periódicos noruegos de a bordo, leemos: «El Carmoe ha
sido llevado a Kirkwall para ser visitado.»
¡Qué mala suerte! Todo parecía haber terminado. El pesimismo nos
abrumó. Era imposible escribir nuevos documentos, pues no estábamos
en contacto con tierra. Tanto peor. Soy un incurable optimista. Puesto que
el registro del Lloyd no basta, adelante el registro del amor. La luz de mi
vida se llamaba Irma, y tal debía ser el nombre de mí buque. Raspamos el
Carmoe sin cambiar los otros datos, pero la segunda raspadura la veía
hasta un ciego. La tinta se convertía en un borrón en vez de letras. El
enemigo no sería bastante tonto para engañarse. ¿Qué hacer?
—Carpintero, trae tu hacha y rompe la lumbrera.
El carpintero vacila. No comprende. Levanta el hacha de mala gana y
acaba por obedecer. Una vez rota la lumbrera, clavamos tablas a través
como para remediar los daños de una tempestad. Ropa mojada fue
esparcida por el camarote y vertimos cubos de agua dentro de los cajones
y de los colchones. Los mismos papeles fueron cuidadosamente
embalados en papel secante húmedo, de manera que se extendiera
uniformemente la tinta. No habría que dar ninguna explicación. La
lumbrera rota sería suficiente.
110

Continuábamos esperando la orden de partida. El 19 de diciembre, un
torpedero llega y ancla a nuestro lado. Habíamos izado el pabellón
noruego. El torpedero lanza una canoa al mar. Un oficial se presenta a
bordo del Irma, con uniforme y abrigo de pieles muy elegante:
—¿Dónde está el capitán? Tengo una orden para él.
Había yo introducido en mi nave el servicio civil campechano y las
voces de mando se dictaban en noruego; a mí me llamaban el gubben
(capitán). Durante nuestras tres semanas de espera nos había crecido la
barba. Yo me había acostumbrado a andar a guisa de marino; llevaba
gruesos zuecos con calcetines de lana gorda, un viejo pantalón y una
gorra con orejeras. El piloto contestó al elegante oficial:
—¿El gubben? Está allí detrás.
El espléndido abrigo de pieles llega hacia mí.
—¿Es usted el capitán? —Un instante de estupefacción y un grito—:
¡Luckner!
—¿A quién llama usted Luckner? ¿Qué es lo que ocurre?
—No se burle usted de mí.
—¿No ve usted mi pabellón, caballero? Soy noruego.
—Luckner. ¿qué es lo que hace usted aquí?
—Transporto madera para Noruega.
—¿No estaba usted en el Estado Mayor? Transportar madera no es
tarea propia de un oficial del Estado Mayor.
—Bien. Pero atravesar los campos de minas sí parece ser un trabajo
adecuado para el Estado Mayor.
—Le ruego a usted que tenga confianza en su camarada.
—¿Qué confianza quiere usted que tenga? Transporto madera. ¿Toma
usted acaso este buque por otro?
El contestó:
—No me procure usted noches de insomnio. ¿Qué debo comprender?
Se me ha otorgado la confianza de enviarme a usted, de modo que puede
decirme cuál es su cometido.
—Transporto madera a Noruega.
—Aquí está la carta que debo entregarle.
Bajamos a mi camarote. Mira en torno suyo.
—He aquí mi nuevo soberano y he aquí mi reina. El rey Eduardo está
también porque es el suegro de mi rey.
—Luckner, haga el favor. ¿Qué es lo que debo pensar? ¿Qué
suposición puedo hacer al dejar su buque? Puede usted fiar en mi, le
aseguro que guardaré el secreto.
—¿Va usted directamente a casa?
—No; debo esperar primero en Heligoland.
111

Las precauciones estaban tomadas; era acertado que él hubiera de
esperar.
—¡Pues bien, siéntese! Voy a decírselo: soy crucero auxiliar alemán.
Se levantó, y me contestó con tono seco:
—¿Me toma usted por un imbécil? ¡Le doy gracias por su acogida y le
deseo buen viaje!
Y se marchó, incapaz de creer la verdad.
Abro la carta: «Parta cuando quiera.» ¡Qué dichoso instante aquel en
que di a conocer ese despacho a mis marineros!

112

CAPÍTULO X

Forzando el bloqueo inglés
A través de los campos de minas. Cruzamos las líneas del
bloqueo inglés. Rumbo a Islandia. Frío. En pleno Atlántico.
Éramos dueños de nosotros mismos. Un rumor alegre subía del buque.
Se acabaron los negros presentimientos de la víspera. Llamábamos con
todos nuestros deseos al viento del Sudoeste. El 20 de diciembre,
inspección y ensayo general; revista de cadenas y cordajes: repaso de los
papeles aprendidos por los marineros. Nos fingíamos ser el oficial de
visita: «¿Dónde ha comprado usted ese lápiz? —Compré una docena en
Cristianía. —¿Tiene usted hermanos y hermanas?» Acabé por saber de
memoria todas las contestaciones. No aparecía nada alemán desde la cala
hasta la punta de los palos. El Wolf y el Moewe no tenían necesidad de tal
disfraz. Si un crucero enemigo se acercaba, bajaban el pabellón neutral,
levantaban el pabellón de guerra alemán y contestaban con un torpedo o
con un proyectil; pero nosotros no teníamos tal recurso y el mal tiempo
podía retenernos durante semanas entre Inglaterra y Noruega.
El 21 de diciembre, un ligero viento del Suroeste se inició. Nos
pusimos a punto ensayando el timón y calentando el motor. Las primeras
explosiones alegraron nuestras almas, el áncora remontó y abandonamos
el estrecho paso del Norderaue. Tocamos un banco de arena en el cual no
había, en la marea alta, sino un pie de agua más que nuestro propio
calado. Retemblaron los mástiles, pero nada se rompió. El astillero había
sabido construirnos una sólida «Aguila del Mar».
Una vez fuera del Norderaue, desplegamos las velas. Era un día de
diciembre triste, húmedo, frío. El mar despertaba lentamente. Nuestros
2.600 metros cuadrados de lona se habían desplegado por completo en
nuestros mástiles de 50 metros de altura. Corríamos a toda velocidad a lo
largo de la costa alemana, a los acentos del «Deutschland über alles» y de
la vieja canción de los marinos «La Paloma».
Atravesamos la línea de las patrullas alemanas. ¡Cuál fue su sorpresa
ver que un navío de Comercio surgía de la niebla! ¿Un velero? ¿Adonde
irá? Las patrullas eran numerosas, pues efectuaba el relevo de Navidad.
A pesar de su prisa por volver al puerto, algunos, en su entusiasmo,
nos acompañaron cierto tiempo; pero nuestras velas hinchadas, ayudadas
por el motor, nos imprimían tal velocidad que renunciaron pronto a
seguirnos. Más de un camarada, si le hubiéramos pedido que compartiera
nuestra suerte hasta el fin, hubiera preferido la fiesta de Navidad con su
familia a ese viaje a merced de los vientos, hacia la muerte o el

cautiverio. Alegraos, amigos míos, dé volver a vuestra casa y pensad en
nosotros en la tibia atmósfera de la velada. ¡Cuántos peligros nos
acechaban en esa mañana triste: las minas, los submarinos ingleses o
alemanes, las patrullas de bloqueo, los cruceros enemigos! Pero nuestro
solo pensamiento consistía en forzar las líneas de bloqueo.
A las diez de la noche pasábamos por delante de Hornsriff. Seguimos
a lo largo de la costa danesa. A las ocho de la mañana, debíamos
encontrarnos delante del Skagerrak, con el aspecto, para el enemigo, de
salir de puerto neutral. De pronto el viento salta al Norte; imposible
continuar nuestro camino. ¿Retroceder? No queríamos. A la derecha, la
tierra. A la izquierda, los campos de minas. «¡Todo a babor!» Cada cual
se pone su chaleco de salvamento. La suerte nos favorece; pasamos por
los intervalos y nos encontramos, intactos, en el mar libre. La brisa
refrescaba. Pronto estuvimos a la vista de la costa inglesa.
El marino es supersticioso. Algunos días después de haber recibido el
mando del Seeadler, y en recuerdo de la maravillosa intangibilidad del
Kronprinz en la batalla del Skagerrak, había visitado a la princesa
heredera para rogarle que fuera igualmente nuestra madrina o nuestro
ángel custodio en aquel peligroso viaje. Después, los numerosos
preparativos habían absorbido nuestra atención: pero la noche misma en
que me instalaba a bordo y decía adiós a la Patria, con el corazón lleno
del peso de mi responsabilidad, de la imagen de las minas y de las
patrullas de bloqueo; es decir, algunos instantes antes de la partida, dos
ordenanzas acuden entre las sombras, gritando: «¡Correo de la Corte!»
«Un paquete recomendado». «Urgente.» «Potsdam, Palacio de Mármol.»
El remolcador suelta su amarra y la Patria empieza a alejarse. Bajo a mi
camarote, abro el paquete con mano febril; es el retrato de nuestra señora
la princesa heredera, con mi ahijada la princesa Alejandrina en brazos.
Pude leer una dedicatoria a la luz indecisa de la lámpara: «Dios proteja al
barco de S. M. Seeadler.» ¡Qué alegría! ¡Qué confianza! Colgué el retrato
de la princesa heredera al lado del rey Eduardo y del rey Haakon,
dispuesto a hacerle desaparecer cuando una astucia de guerra nos obligara
a disimular nuestro orgullo alemán. Fue nuestro ángel custodio en la
tempestad y en la batalla y no solamente el nuestro, sino el de nuestros
enemigos, pues ni entre ellos ni entre nosotros hubo ni muertos ni heridos
en el decurso de nuestra aventura. Cuando nuestro navío se perdió, todos
mis muchachos fueron salvados, y el retrato recogido entre los despojos
volvió, con aquéllos, a Alemania.
El 23 de diciembre fue un día del cual se acuerdan todavía en nuestras
costas, a consecuencia del huracán que reinó. Padecimos su violencia. El
viento del Sur nos había permitido avanzar bastante de prisa a lo largo de
114

la costa inglesa, cuando saltó al Suroeste con brusco descenso del
barómetro. De hora en hora la brisa refrescaba y se convertía en
tempestad. Llevábamos todas nuestras velas, hasta las de juanete y de
sobrejuanete. La tempestad iba a permitirnos hacer dar a nuestro buque
toda su velocidad y la saludamos como una suerte dichosa, en el
momento en que debíamos pasar las principales líneas de bloqueo.
Corríamos, pues, a toda velocidad, con la borda de estribor por debajo de
las olas. Imposible andar sobre cubierta; era preciso marchar sobre la
punta de babor, asidos a los cables tendidos de punta a punta. La
arboladura parecía a punto de romperse; se reforzaron las escotas con
cadenas. Nos atrevíamos a todo, pues no éramos responsables ante
ningún otro armador que el Emperador. Que cayera todo el aparejo era
menos peligroso que el de una visita con nuestros documentos
estropeados. La tempestad silbaba y aullaba a través de las cuerdas; aquí
y allá, en lo alto, se rompía una escota; en algunos minutos la tela crujió
por todas partes y voló por encima de las olas. Marchábamos a 15 millas
por hora. A las once de la noche atravesamos la primera línea del
bloqueo. Catalejo en mano, mirábamos a través de la obscuridad. No
había ni un barco a la vista. Avisado por el descenso del barómetro, el
enemigo se había retirado al abrigo de las islas. Estábamos solos.
Aprovechando la ocasión ofrecida, cabeceando a toda velocidad bajo el
impulso del motor, de las velas y de nuestra buena suerte, dejábamos
detrás de nosotros una blanca estela. A cada minuto aumentaba la
tempestad y con ella la acción sobre los obenques, brandales y escotas;
todo rechinaba como las cuerdas de un instrumento con tensión excesiva.
El barco se escora más y más. Es imposible estar de pie sobre la
cubierta. Nos sentamos sobre la borda o sobre las claraboyas. Mis dos
perritos, Piperlé y Schnäuzchen, habían abandonado el suelo, harto
inclinado para instalarse sobre una almohada noruega que estaba de plano
sobre el mamparo. Un velero puede inclinarse sin peligro como un pelele,
pues siempre vuelve a levantarse. Únicamente el mar es de temer, pero no
podía causarnos gran peligro, ya que corríamos bajo el viento de
Inglaterra. Navegábamos por lo demás con todos los fanales encendidos,
verde a la derecha, encarnado a la izquierda y la conciencia pura. El mar
corría por la popa. De vez en cuando, fuertes olas caían sobre cubierta
para salir en forma de cataratas, por la borda. Los dos timoneles tienen
que ser atados al gobernalle. La presión ejercida sobre las velas hacía
retemblar todo el buque. Cada cuatro horas ganamos un grado de latitud.
Reloj en mano, calculamos: «Ha pasado la primera línea, ahora la
segunda, a medianoche llegaremos a la línea principal del bloqueo, entre
las Shetlands y Bergen. Todavía falta una hora. A cada relevo: «¿Habéis
115

visto un inglés? —¡No!» A las once y media, nada; a las doce menos
cuarto, nada. ¡A la medianoche, nada! Pasamos la línea principal. Nadie.
Todavía un cuarto de hora, media hora, ¡nadie! El viento era
decididamente amigo nuestro. Pensábamos que el camino derecho es el
más corto; utilizando el huracán podíamos pasar entre las Orcadas y las
Shetlands; esto nos evitaría algunas millas. Vamos, proa al Oeste.
En el momento de cambiar de dirección, el viento salta ocho cuartos y
viene del Oeste-noroeste. Era como una advertencia de Dios: no
pasaríamos. Y fue así como nos vimos arrojados hacia Islandia.
No podíamos hacer más que dejamos ir a la deriva hacia el Norte.
Antes hundirnos entre los hielos que ir a dar contra las líneas de bloqueo
de las Shetlands o en las cercanías del Kirkwall. Las violencias de la
Naturaleza son menos peligrosas que las del enemigo y. sobre todo, que
las preguntas por T.S.H. Al día siguiente interceptamos un radio
indicando que el huracán había arrancado en Alemania los techos de
muchas casas y que no pocos barcos habían roto sus amarras en Emden y
Wilhelmshaven.
Empezó un frío terrible. Habíamos salido del Gulf Stream12y el sol,
que salía a las once, se ponía a las once y media. El mar, libre, era más
pesado y el agua de las olas, corriendo sobre cubierta y por entre nuestro
cargamento, se transformaba en carámbanos. Las cuerdas heladas no
corrían a través de las poleas. Tratamos de deshelarlas por medio de
ácidos: pero en vano. Las velas bajas estaban tensas como maderos. Las
escotillas secretas estaban heladas y los cuarenta hombres de abajo no
podían salir y los veinticinco de arriba no podían tenderse en sus literas.
Durante cuatro días y medio tuvimos que permanecer sobre cubierta.
Yo descansé un poco en el cuarto de derrota, comiendo de cuando en
cuando un bocado, con la boca rígida por el frío. Se resbalaba sobre
cubierta; todo lo que se tocaba era de hielo. Únicamente a proa y a popa
hervían constantemente dos calderos de grogs. ¡Qué agradable zumbido y
qué alegre ruido el de la cobertera levantada por el vapor! Bajando del
exterior, se empezaba por echar un buen vaso de ron en el agua caliente y
luego se deshelaban las manos y las mandíbulas. El grog lleva en
Hamburgo el apodo de «rompehielo»; nunca he comprendido mejor el
porqué del remoquete. Las gentes que hablan de grog en Alemania no
saben lo que es. Para saberlo verdaderamente, es preciso beberlo en el
país donde el sol no aparece, con una nariz y una boca transformadas por
el hielo en hocico de morsa.

12

116

Corriente del Golfo, que sale del Caribe y termina en el Atlántico Norte.

Incapaces de halar de una escota, íbamos a la ventura. Extraña
impresión no ser el dueño de un buque helado. ¡A la merced de Dios!
Nuestra suerte estaba en manos del Klabautermann13 ártico. El viento nos
procuró el placer de verle saltar al Norte. Armados de picos y de hachas,
nos desembarazamos de nuestra corteza de hielo y el buque, por fin
manejable, flotó pronto sobre las aguas más apacibles del Atlántico,
después
de
pasar
entre
las
islas
Feroe
e
Islandia.

13

Duende de la mitología nórdica que ayudaba a los marinos.
117

CAPÍTULO XI

Angustias durante una inspección
inglesa en alta mar
¡Crucero auxiliar enemigo! La comedia de la mujer del
capitán. Los documentos mojados. Pasamos por noruegos.
Peligro de hablar sin necesidad. Por un tris no volamos por
los aires. Otro peligro imprevisto. Libres de nuestros
engañados enemigos.
Amanecer del 25 de diciembre. Se habían acabado las pruebas, las
líneas de bloqueo y los hielos; el mar libre se extendía ante nosotros lleno
de promesas de aventuras guerreras, pero he aquí que a las 9 h. 30 m. el
vigía anuncia: «Vapor a popa.»
¿Un vapor en estas regiones? No puede ser más que un crucero. Me
encaramo junto al vigía. Era un gran crucero auxiliar. ¡Qué desdicha
después de tanta suerte!
«A disfrazarse.»
Eso quería decir: los que no saben el noruego que bajen a la bodega en
uniforme, arma al brazo, fusil o granada, y dispuestos a pegar fuego a la
mecha de explosión en el pañol de granadas de proa; en la cámara del
motor, en el centro del buque, y a popa, en la cámara de explosivos.
Pero antes que la pólvora, tenía la palabra la comedia. Por última vez
reuní a mis muchachos: «Hemos soportado las pruebas de las minas, de la
tempestad, del hielo y de la niebla; nos falta atravesar una. ¿Tenéis
confianza en vosotros mismos? Nada de excitación. Los de babor que
estén en sus literas. Los de estribor sobre cubierta. Cuantos menos
seamos, mejor. Cada cual que trabaje y que nadie mire en todas
direcciones. Tranquilidad y procurad imitar el aspecto de los noruegos.»
El crucero nos dirige una señal. Les digo a mis hombres: «Es inútil
obedecer en seguida, muchachos: un viejo noruego tiene malos
catalejos.»
El camarote se halla en estado de recepción, con los cajones por el
suelo, todo lleno de agua; la ropa blanca secándose, los documentos
sacados de los húmedos secantes. En una palabra, la escena de la
humedad. «¡Y ahora, Juanita, prepárate a aparejar!»
Uno de nuestros principales triunfos en nuestro juego era la “mujer
tapada”. Los oficiales ingleses son galantes con las señoras y cuando un
capitán lleva su mujer con él, es que tiene la conciencia limpia y no
transporta contrabando. Los capitanes alemanes no lo hacen apenas, pero

tal es la costumbre en Noruega y en otros países. Había a bordo un
marinero de dieciocho años que tenía una cara muy adaptable a tal papel;
él no podía creer que gracias a su cara debía su embarque en el Seeadler.
Trajes de mujer y una peluca rubia habían sido comprados en secreto. Le
iban perfectamente y no faltaba nada a su figura para que tuviera buen
aspecto. El único defecto eran los zapatos. ¡Schmidt tenía un pie tan
grande!... La falda era lo más larga posible; tanto peor para la nueva
moda. «Vamos allá.» Juanita quedó rápidamente transformada, bien
arrebolada e instalada en el sofá con una manta echada sobre los pies
enormes y la perrita Schnäuzchen tendida sobre aquélla. La perra, por lo
menos, cómodamente instalada, permanecería tranquila y no ladraría,
mientras que el perro, Pi- perlé, hubiera armado un escándalo cuando
subieran los extranjeros.
Pero todo puede disfrazarse, menos la voz. Era preciso inventar algo.
Nos decidimos por el dolor de muelas. Con un pañuelo en torno de las
mejillas, un puñado de algodón en rama en la boca, tan grande que el
pobre diablo, con la mejilla espantosamente tensa, no tenía necesidad de
fingir para ofrecer a la vista una cara torturada.
No era, por otra parte, la primera vez que Juanita se había disfrazado y
así habíamos tomado de ella una fotografía, cuya aplicación habíamos
colgado en el mamparo del camarote con esta dedicatoria: Mange Hilsner
(Mil felicidades) Din Dagmar, 1914.
Todo estaba ya en orden cuando notamos el abominable olor del
motor. Había funcionado continuamente y el cargamento de madera
impedía la ventilación. El papel de Armenia y el agua de Colonia
hubiesen sido inútiles. Entonces hicimos echar humo a la estufa de
petróleo y a la lámpara, y la mezcla de esos dos hedores fué pasable; pero
la pobre Juanita quedó cubierta de hollín.
Vuelto a cubierta me pareció imposible seguir desconociendo la señal.
Por otra parte, el inglés, acabada la paciencia, nos envió una granada que
cayó ante la roda. Era necesario decidirse a comprender. Nos paramos
tranquilamente y el crucero se acerca. Es el Avenge, de 18.000 toneladas.
Todos los cañones y todos los catalejos estaban dirigidos hacia nosotros.
¿Qué significaban todos aquellos preparativos contra un pequeño velero
neutral? Un crucero alemán no habría hecho tantas cosas raras. ¿No era
sospechoso? ¿Se nos habría traicionado? No podíamos respirar casi. El
gigante se para y nos grita con la bocina: «Vamos a visitaros.» Diablo,
parece que nos hayan echado una ducha de agua fría. Bajo al camarote
para ver por última vez si todo está arreglado. Una inquietud febril me
agitaba. ¿Habríamos sido traicionados? Allí estaba el coñac que mi amigo
Conrado Jäger, el gran comerciante de vinos hamburgués, me dio para el
119

caso de que tuviera que sufrir un examen. Tenia cien años de fecha, era
un Napoleón con la «N» en la botella. «El alcohol que agradaba a
Napoleón cuando se batía contra los ingleses, quizá te guste también un
día.» Hago saltar el tapón y me meto el gollete entre los labios. ¡Gluc,
gluc! Cuantos temores tenía, desaparecen. Con la mascada de tabaco en la
boca y un poco de saliva negra en la barba, vuelvo a subir a cubierta. A
los marineros les doy también coñac para calmarles. «Todo depende de
vuestros nervios, muchachos. No os intimidéis. Al enemigo que
queremos combatir es preciso recibirlo en nuestra cubierta como buenos
neutrales que somos y mirarle tranquilamente a los ojos. Todos para uno,
uno para todos. Desempeñad bien vuestro papel; yo soy vuestro viejo
capitán.»
Todo estaba previsto en el comedor: el gramófono estaba sobre la
mesa: «It’s a long way to Tipperary»14. Era preciso poner de buen humor
al enemigo. Un marinero de servicio estaba junto a la puerta del comedor
con una botella de whisky y un vaso de cerveza. Pensábamos que los
Tommys15 irían en seguida hacia la cocina. No se debía desperdiciar la
ocasión de turbarles un poco la vista, demostrándoles nuestra amistad.
Llega una canoa a remo. Con una cara llena de indiferencia mis
muchachos preparan el atraque. Yo les lleno de juramentos noruegos para
animarles. Dos oficiales suben con algunos hombres.
—Happy Christmas, Captain.
—I am the Captain, mister officer. (Sir hubiera sido demasiado
distinguido.)
—Happy Christmas, Captain.
—Oh! Happy Christmas, mister officer! Si baja usted a mi camarote
verá qué lindo Noel hemos pasado.
—¿Tempestad?
—Crea usted que no hemos desperdiciado ni una migaja.
—Poor Captain! Estábamos al abrigo de las islas.
—Sí —pensé—, es verdad que no os hemos visto entonces.
—Querría ver sus documentos, Captain.
Mientras bajábamos (el segundo oficial también me había felicitado
las Pascuas), el gramófono empieza a vociferar: It’s a long way to
Tipperary. Con cara alegre silban a compás; la atmósfera era
decididamente simpática. Entrando en mi camarote, les fue preciso

14
Hay un largo camino hasta Tipperary, canción muy popular entre las tropas
británicas en la Primera Guerra Mundial.
15
Apelativo dado por los alemanes a los soldados ingleses en general.
120

encorvarse para pasar bajo la ropa tendida. La mezcla de hedores les
provocó accesos de tos. El primer oficial se detiene viendo a Juanita:
—Your wife? (¿su esposa?).
—My wife, mister officer.
—Perdónenos usted —dice galantemente—, señora. Debemos
molestarla durante un momento; pero es preciso que cumplamos con
nuestro deber. Juanita contesta con su voz más fina: «All right» El inglés
mira la puerta rota, los muebles húmedos:
—¡Bondad del cielo, Captain, qué tiempo ha tenido usted!
—No se preocupe por ello, señor oficial, el carpintero lo arreglará. Lo
que me molesta es que se me han mojado todos los papeles.
—¡Bah, capitán!, es muy natural que sus documentos estén mojados,
cuando el barco está casi deshecho.
—Usted tiene consideración, pero si llega otro quizá me fastidie. Los
papeles es preciso que se conserven tanto tiempo como el buque.
—Daré mi testimonio —dijo para calmar mi inquietud—. Ciertamente
pueden estar ustedes contentos de no haberse ido a pique.
—Crea que le quedaré reconocido por su testimonio —le contesté.
Toma de su cartera un libro con el modelo de todos los documentos
que debía examinar. Muchos navíos figuran ya en la lista. El Seeadler
recibe también su noticia, y espero que buena. A medida que me pide los
papeles se los presento y hace con la cabeza una señal de inteligencia.
Durante aquel momento, el segundo oficial contempla al rey Eduardo y
los hermosos paisajes y compara respetuosamente el retrato de mi mujer
con el original. Afuera se oye reír a los marineros que beben ron, y el
hombre del gramófono hace girar incansable el Tipperary. El oficial no
miraba apenas los pliegos que le daba: «All right, Captain; that is all
right» Y anotaba en su carnet a toda velocidad. Yo enviaba gargajos al
salón al mismo tiempo que mostraba nuevos papeles: «Here, please,
mister officer, please here» La impresión era excelente. Todo iba muy
bien. ¿Cómo podía suponer el pobre hombre que marchaba sobre puntas
de bayoneta? Pues mis valientes muchachos esperaban vestidos de
uniforme y arma al brazo.
A mi lado estaba Pries, mi ayudante de campo, un magnífico segundo
noruego con su talla colosal. Con el rostro impasible, representaba
admirablemente su papel: «Where are your cargo papers?» El segundo
los traía lentamente, pues estaba allí para ello y el capitán no debe hacerlo
todo. Eran nuestros únicos papeles que no habían sido falsificados dos o
tres veces. El cargamento estaba indicado en detalle con destino al
Gobierno inglés en Australia. La firma decía: Jack Johnson, British Vice
Consul.
121

—Captain, your papers are all right.
—Celebro que mis papeles estén en orden y es preciso que lo estén...
—y cometo entonces mi primera torpeza.
En mi alegría, se me escapa la mascada de tabaco, quiero detenerla,
pero no puedo más que refrenarla y la siento cómo baja lentamente a lo
largo de mi tubo digestivo. Hago todos mis esfuerzos para que el inglés
no note que el capitán se marea. ¿Cómo era posible que un viejo noruego
pudiera marearse? Pregunta por el diario de a bordo, y el teniente
Lüdemann lo trae. El inglés lo examina con cuidado. ¡Maldición! hemos
estado anclados tres semanas. ¿Lo notará? Nuestra suerte está en juego; y
la mascada sube y baja en mi tubo digestivo. ¡Antes la noche y el hielo
que un minuto semejante! Para evitar su atención, le digo a Lüdemann:
—¡Qué hermoso abrigo de piel de camello lleva el señor oficial! He
aquí lo que deberíamos tener contra el frío.
—No —dice el oficial—, contra la humedad.
Y continúa hojeando el diario de a bordo.
Examina las primeras páginas, la compra del aparato para el áncora, y
pregunta por fin:
—¿Qué es esto? ¿Por qué diantre han estado ustedes tres semanas
anclados?
Luchando con mi mascada siento que el miedo me invade. Entonces
Lüdemann contesta tranquilamente:
—Porque el armador nos hizo decir que retardáramos nuestra partida a
causa de los cruceros auxiliares alemanes.
¡Cuánto bien me hizo la impasibilidad de aquel hombre sencillo! El
oficial vacila y se vuelve hacia mi:
—¿Cruceros auxiliares alemanes? ¿Sabe usted algo acerca de las
fuerzas alemanas?
—Ciertamente.
Sentía el estómago algo más aliviado después que Lüdemann habla
salvado el escollo y pensaba: «Vamos a contarle algo bueno.»
—¿Ha oído usted hablar —continué— del Moewe16 y del Seeadler?
Además quince submarinos alemanes están en camino. Esto es por lo
menos lo que nos ha hecho saber el armador. Estábamos muy inquietos
con nuestro cargamento inglés.
El otro oficial parecía tener prisa. Miró el reloj y dijo a su camarada:
«Well, we are in a hurry.» Nuestro interrogante se levantó y, cerrando los
libros, dijo: «Well, Captain, your papers are all right. Pero tiene usted
que esperar todavía una hora y media hasta que le demos la señal de
16

122

Ver Apéndice I.

partida.» Saliendo, me señaló con el dedo la perrita Schnäuzchen: «Looks
like a german dachshound.» Yo pienso: «Ah, Dios mío, déjala tranquila
sobre los pies de Juanita. Si no has encontrado otro alemán que este
basset, todo marcha bien.»
Llegamos a cubierta, los ingleses bajan a su canoa. Yo escupo mi
mascada a lo lejos, por encima de la borda. ¡Qué alivio! Pero faltaba aún
lo más duro.
«¡Tiene usted que esperar una hora y media todavía!» Mientras
acompañaba a los oficiales a la escala, un pesimista, cogiendo aquellas
palabras al paso, dijo: «¡Entonces estamos perdidos!» Los muchachos,
que están abajo mandados por el oficial Kircheiss, atentos a cuanto se ha
dicho en el camarote, han oído: «Estamos perdidos.» Estas palabras
circulan de proa a popa y se les ocurre encender la mecha de explosión.
Dura siete minutos. Ignoramos arriba que aquella chispa está andando;
estamos contentos, por lo contrario, de que todo haya pasado bien. El
oficial inglés se aleja, dándome un apretón de manos, y repitiendo:
«Well, esperen ustedes hasta que el crucero les dé la señal de partida.»
Volviendo la espalda al enemigo, Kling, el segundo, con su cara
cuadrada de oso polar y sus dieciocho palabras de noruego, da a los
marinos que están en la arboladura las órdenes necesarias para
permanecer al pairo. Pero el velero no puede permanecer quieto como un
vapor que detiene su hélice. Continúa siempre moviéndose lentamente.
Cuando la canoa del crucero inglés trata de desatracar, el resto de nuestra
velocidad la aspira y he aquí que deriva hacia popa. Peligro imprevisto: si
los ingleses llegan a colocarse bajo la popa, advertirán nuestra hélice, la
hélice de aquel motor de mil caballos del que no se habla en ninguno de
nuestros documentos. Un momento más y estamos descubiertos.
Ruego al lector que no alabe mi presencia de ánimo: mi acción fue
dictada únicamente por la desesperación. Corriendo hacia atrás, cojo al
paso un cabo cualquiera y lo echo lo más torpemente posible a los
enemigos como para ayudarles a separarse de nuestro barco: «Take that
rope, mister officer.» El cable se agita como un látigo sobre las cabezas
de los ingleses, y he aquí que todos levantan la nariz al oírme, lo cual vale
más que si miraran nuestro codaste. La canoa desatraca, por fin. y el
oficial me da las gracias por mi ayuda, expresando su descontento por la
torpeza de sus marinos: «I only got fools in my boat.» Tú si que eres tonto
—pensé yo. ¿Pero habría sido acaso yo más listo estando en su lugar? En
verdad, una Academia británica ha declarado después durante una sesión
consagrada a la utilidad del estudio de las lenguas que los oficiales del
crucero no habían podido caer en nuestra emboscada sino por su total
ignorancia del noruego.
123

¡Qué suspiros de alivio! Bajamos las escaleras para dar las buenas
nuevas a los camaradas encerrados en la bodega heroica.
Doy un taconazo sobre la trampa secreta, gritando:
«¡Abrid!» Nadie contesta. «¡Vamos, abrid!» Se oye una orden en las
profundidades. «¿Qué es lo que pasa? ¿Están locos?» Yo vocifero con
todas mis fuerzas: «¡Abrid, todo va bien!» La trampa se abre. Un rostro
trastornado me mira, se hunde y desaparece, y oigo el ruido de una
carrera precipitada hacia proa. Pero ¿qué demonios pasa? Acabo por
saberlo. Se cierran las válvulas y se extingue la mecha que debía hacernos
saltar tres minutos después. ¡Linda impresión! ¿La mecha encendida?
Pero, en fin, ¿cómo ha podido ocurrir eso?
Por fin pude enterarme, en medio del tumulto, de lo que había pasado
y buscar al autor del «Estamos perdidos». Se me presenta y le abrumo de
reproches.
«—Pero, comandante, no he gritado nada a los de abajo. Me lo he
dicho sencillamente a mí mismo. Esperar una hora y media significa que
estamos perdidos. Van a preguntar a Kirkwall si el Irma ha partido de
Noruega, y advertirán que el Irma no existe.» Tiene razón. Nuestros
documentos están en orden; entonces ¿por qué esperar? Con el corazón
como entre unas tenazas, volvemos a subir a cubierta. El primer teniente
expresa el mismo temor. El radiotelegrafista se instala en su aparato,
cuyas antenas están disimuladas entre el aparejo. Oímos ya en la mente el
zumbido de la pregunta: «¿Ha salido ya el Irma?» Tengo en la mano el
libro de señales y el catalejo para recoger la señal tan pronto como suba.
Lástima que no tenga veinticinco dedos para hojear más aprisa. El sudor
de mi mano ensucia la página. Quietos en la cubierta, sólo tenemos ojos
para el crucero. «¿Salvaremos nuestro buque?» Ahora es cuando se dejan
sentir las noches sin sueño, el agotamiento de las fuerzas. Los minutos
son cuartos de hora. He aquí la señal que sube. Tiembla mi mano al
empuñar el catalejo; tres, cuatro cruceros se agitan ante mis ojos; ninguna
señal. El segundo toma el catalejo; tampoco ve nada. Entonces el viejo
Lüdemann lo toma a su vez y se apoya tranquilamente sobre la borda.
Estamos suspensos de sus ojos y de sus palabras. No podemos más;
nuestros nervios están deshechos; por fin ha reconocido la señal:
«T.M.B.»
Hojeamos:
—Planeta, ¡qué bobería! No puede ser eso. Mire usted aún.
Nueva prueba de nuestra paciencia. Se trata de contener la respiración
para ver mejor.
«T.X.B.»
Volvemos a hojear el libro; aspiro con fuerza:
124

«Continuad el viaje.»
¡La libertad! Una sensación indescriptible que parece aspirar la alegría
y expulsar el agotamiento de nuestra mente. Dijérase que el corazón tiene
dos válvulas. ¡Aprisa abajo, para tranquilizar a los valientes de Kircheiss
y para impedirles que enciendan su segunda mecha!
—Estamos salvados, muchachos. Continúa el viaje.
Todos nos estrechamos las manos. «No cometáis ninguna
imprudencia. No subáis todavía a cubierta.» El crucero está en marcha.
Pasa cerca de nosotros. Ya no se ven ni catalejos ni cañones apuntados.
Una nueva señal sube al mástil, pero ésta es muy conocida y no tenemos
necesidad del Código para comprenderla: «Buen viaje.» ¿Qué se puede
pedir más a un enemigo? Bajamos tres veces nuestro pabellón noruego e
izamos la señal «Gracias». El crucero se aleja bajo las miradas de les
muchachos que abajo tienen los ojos pegados a las lumbreras.
—¡Ah, John Bull, qué bien te hemos fastidiado! Ese «Buen viaje» lo
recordaremos, es todo lo que necesitamos, y de nuevo nos estrechamos
las manos. Todos me rodean: «Buen viaje, capitán.»
—Ahora, muchachos, vamos a celebrar la Navidad; bien lo hemos
ganado. ¿Qué es lo que preferís? ¿El Irma o el Seeadler? ¿Queréis llevar
trajes de neutrales o uniformes del Emperador?
—Bajo la bandera alemana, en el Seeadler.
—Pues bien, ¿sabéis lo que nos queda por hacer? Echar toda la carga
por sobre la borda.
A pesar de la fatiga que sentíamos, todos nos pusimos al trabajo como
negros. Los nudos saltan, las vigas vuelan y caen al mar. La cubierta que
costó ocho días de trabajo llenar de carga se encuentra limpia en tres
horas. El cañón se puso en batería e hicimos un disparo de prueba.
Durante este tiempo yo arreglaba el árbol de Navidad que nos llevamos
de Alemania. Si alguna vez tal tarea fue realizada con verdadero amor,
fue aquel día mientras pensaba en mis valientes marineros. Teníamos una
porción de regalos. ¡Qué profusión! En el momento en que acabé, me
anunciaron: «La bandera ondea, el cañón está montado, el buque de S. M.
Seeadler está presto.» Relucientes en nuestros hermosos uniformes, no
todos pudimos encontrar sitio en el salón, sino subiéndonos sobre las
mesas.
¡Qué Navidad! Los cuadros que eran ya inútiles fueron quitados y los
reemplazamos por aquellos que convenía exponer. Una corona rodea la
imagen de nuestro ángel custodio, otra la del Emperador. Nuestros
pensamientos van a nuestras familias; nadie de los nuestros sabía dónde
estábamos. Cada milla recorrida nos alejaba de la Patria, de la que no
podíamos esperar ningún socorro. El enemigo nos rodeaba por todas
125

partes, pero queríamos hacer honor al nombre alemán y patentizar al
mundo lo que puede la voluntad alemana en un pequeño grupo de 64
hombres.
Al día siguiente de Navidad el viento nos llevó hacia el Sur.
¿Qué habríamos hecho si se nos hubiera reconocido como
sospechosos? El crucero inglés, bien lo sabíamos, nos hubiera enviado
hacia el puerto de visita bajo la guardia de una tripulación de presas. Para
permitirnos entonces recobrar nuestra libertad sin verter demasiada
sangre, el doctor Claussen, de los astilleros Tecklenberg, había imaginado
el dispositivo siguiente: El suelo del salón debía ser independiente del
resto del casco y colocado sobre una plataforma metálica suspendida en
una prensa hidráulica, a modo de un ascensor. En este departamento, el
Estado Mayor enemigo hubiese elegido naturalmente domicilio. Supongo
que seis o siete ingleses hubieran permanecido sobre cubierta para vigilar
nuestra tripulación civil.
Una vez alejados del crucero, yo me ponía mi uniforme alemán oculto
en un armario de los lavabos, con todas mis condecoraciones e insignias y
siempre tapado con mi abrigo civil, subiría al puente para dar la señal:
«¡Carga la vela de cofa! ¡Bracea a fondo!» Al oír estas palabras
convenidas, mis noruegos saltarían al aparejo, tomando sus armas en los
escondites de que he hablado. Un ligero campanillazo advertiría a los
hombres de abajo. Un botón oprimido haría bajar el salón con sofás,
mesas y sillas a una bodega donde los oficiales ingleses se encontrarían
frente a quince buenas bayonetas. El pabellón imperial habría ondeado.
Mis soldados hubieran salido a son de tambor y con el arma apuntada
contra los ingleses. Una ametralladora aparecería en la proa y otra en la
cofa. Los pobres cazadores serian cazados. ¡Esto era magnífico!
Valía, sin embargo, mucho más, que nuestro disfraz hubiese dado
buen resultado, pues el salón del doctor Claussen no pudo ser terminado a
causa de la partida prematura del Maletta.

126

CAPÍTULO XII

En plena guerra de corso
Nuestra primera presa, En ocho semanas hundimos 40.000
toneladas. De nuevo en el Pinmore. En el Cambronne
liberamos 203 prisioneros. Tempestad en el Cabo de Hornos.
Huyendo de un crucero inglés. Estratagemas.
Corríamos hacia el Sur, a velas desplegadas, sin motor, con la proa
hacia las Madera. A pesar de la habilidad de los maquinistas, el motor se
había parado algunas veces. Los bandazos del velero habían gastado los
pistones con tanto mayor motivo cuanto que el aceite de engrase que se
nos dio era aceite que había ya servido. No había abundancia de él en
Alemania, como tampoco de otras cosas, y como casi todo el mundo, a
excepción de los capitanes de buque Grasshoff y Toussaint, nos
consideraban como perdidos por adelantado, no habían querido hacer
mucho gasto en nuestro favor. Navegábamos, pues, la mayor parte del
tiempo con el motor parado.
Llegó, por fin, el momento de instalarnos. Las hermosas alfombras,
los cuadros, los sillones, fueron colocados. En el astillero habían sido
generosos. Teníamos asimismo la Enciclopedia Meyer, que nos
informaba acerca de todas las especies de peces y que servía de árbitro en
las discusiones eruditas desarrolladas a consecuencia de la larga vida a
bordo. La cubierta y las cámaras fueron pintadas de nuevo y el piso fue
frotado para que se comprendiera bien que estábamos en un buque de
guerra alemán. Era preciso demostrar que se cuidaba uno de todo: todo
quedó limpio, reluciente y en su sitio. ¡Qué sentimiento de alegría y de
libertad experimentamos viendo curvarse los «ciruelos» —que así
llamábamos a los palos— bajo la tracción de las velas!
Nuestra consigna era no atacar más que a los veleros Contra los
vapores podíamos haber tenido un disgusto. Quizá por esa razón se nos
había dado un armamento tan débil. De nuestros dos cañones, no
podíamos emplear más que uno a la vez contra el enemigo. Un fuego
graneado era, pues, imposible. Pero trataríamos de sacar el mejor partido
de lo poco que teníamos. La sección de artilleros se ejercitó tan bien, que
la precisión de nuestros disparos debía convertirnos en un adversario
nada despreciable. Sin duda no podíamos hacer la guerra en regla y la
desconfianza que inspiraba nuestra empresa era bastante comprensible;
pero descansábamos sobre nuestra voluntad e ingeniosidad alemanas, que
son capaces de sobreponerse a todo y también sobre el efecto de la
sorpresa. El bluff y la audacia serian nuestras verdaderas armas.

Teníamos dos puestos de vigía. En lo alto del palo mayor y en el
mesana; bien instalados ambos, pues únicamente un hombre bien sentado
puede tener la atención necesaria. Una botella de champaña se había
ofrecido al que señalara un buque. Todos rivalizaban en celo para ganar
esa recompensa. ¡Qué buena tripulación! No retrocedía ante ningún
trabajo y lo cumplía con la habilidad de viejos lobos de mar.
Cuando pasamos por delante del Estrecho de Gibraltar, el 11 de enero,
fue señalado un vapor a babor. Era nuestro primer buque. ¡Qué
excitación! No debíamos atacar ningún vapor; pero, ¿cómo diantre
cumplir esa promesa, cuando todo el mundo, desde el grumete al capitán,
sentíamos el mismo entusiasmo?
Izamos la señal: «Rogamos nos den la hora cronométrica.» Cuando un
velero está navegando hace tiempo, la hora de a bordo no es muy exacta.
Llevábamos pabellón noruego. Yo me había puesto el gabán civil que
estaba continuamente al alcance de mi mano, en la caseta del timón. Los
hombres de la tripulación que llevaban armas estaban en cuclillas detrás
de la borda.
El vapor se acerca izando la señal: «Comprendido.» Venía del lado del
viento. ¿Es un inglés? No se ve su nombre. Entonces es un inglés, pues
han perdido su nombre en la guerra; la construcción parecía también
inglesa. Se acerca siempre al buque noruego para darle la hora: «¿Hay
que atacarlo?» —pregunté yo a los hombres que miraban por los
escobenes. «Seguramente; es un inglés.» «Pues bien, prepararse.» El
tambor resuena. El cañón aparece. La bandera alemana sube a lo alto, la
señal baja. ¡Un proyectil sobre la proa! ¡El primer cañonazo disparado
sobre el enemigo!
¿Qué es eso? En lugar de acobardarse levanta el pabellón inglés. Otro
proyectil: ¡buum!... Vira de bordo y quiere huir. Un proyectil pasa por
encima de su chimenea, otro por la proa; para, lanza una lancha al agua y
el capitán Chewn sube a bordo: Gladys Royal, transporta 5.000 toneladas
de carbón de Cardiff a Buenos Aires. El viejo canoso me suplica:
«Permítame usted que mi viejo barco continúe su camino; voy a un
puerto neutral y tengo mujer e hijos.»
—¿Cree usted, mister Chewn, que un navío alemán en su situación
habría salido mejor librado?
Explicó por qué no había obedecido al primer aviso. Creía que
tirábamos con pólvora sola, según la antigua costumbre, para comparar la
hora. Por su parle, había arbolado el pabellón inglés para darnos su hora
al bajarlo. Al segundo golpe, el cocinero había visto la granada caer en el
mar; había dicho que se trataba de un submarino, y por eso el Gladys
había emprendido la fuga. Únicamente al tercer cañonazo había advertido
128

la llamarada de nuestro cañón y nuestra bandera. «By Jove! That’s the
best catch I ever saw»17.
Envié al capitán a su bordo, con Pries y un destacamento. La
tripulación empaquetó sus ropas y cuanto los convenía guardar y todo
ello se trasladó al Seeadler y particularmente los excelentes víveres, con
los cuales deseaba regalar a nuestros huéspedes. Los 26 ingleses y negros
se instalaron en su nueva vivienda. El vapor, que seguía nuestra estela,
fue rápidamente fotografiado. Valía él solo mucho más que el Seeadler;
nuestra expedición no había sido inútil. Al caer de la tarde, el cartucho de
explosión fue colocado a bordo del Gladys Royal. Diez minutos después
de la explosión, la proa se hundía bajo el agua. La popa flotaba todavía
cuando apareció un nuevo vapor que, por los fanales de posición,
reconocimos por un neutral. Momento de emoción. El neutral se acerca al
«lugar del siniestro». Una segunda explosión; la presión del aire ha hecho
saltar el castillo de popa. Un géiser se levanta y el buque acaba de
desaparecer en medio de los maderos y tablas que flotan.
Continuamos nuestro camino como un inocente velero que somos.
¡Qué estorbo esos neutrales! Si por equivocación hubiésemos visitado un
navío que hubiera sido preciso soltar luego, el enemigo se hubiera
enterado de la presencia de un velero alemán en corso en el Atlántico,
privándonos de nuestros mejores éxitos.
Mister Chewn se admiró al verse instalado en tan buen camarote y
más admirado aún de encontrarse solo allí. «Only me?», preguntó con
expresión lastimosa. Le prometimos procurarle compañía bien pronto.
Dreyer, el contramaestre, estaba encantado de tener al fin mano de obra
para los trabajos que faltaba hacer en el entrepuente y en la cocina.
Pensando que la región era buena, pusimos de nuevo proa hacia
Madera, y al día siguiente, a mediodía, descubrimos un vapor cuya ruta
era perpendicular a la nuestra. No le produjo efecto nuestra señal. El
motor es parado, se embraga la hélice. Avanzamos, el vapor se acerca y
es posible una colisión. Ya no hay tiempo de desviarnos del camino. La
única maniobra posible es acercarse siguiendo el viento, para pararnos
luego, y tuvimos que hacer esto ya que el vapor, despreciando las reglas
establecidas, no hacía nada por evitar el abordaje con el velero. Es un
inglés: pasa a 300 metros de nuestro bordo. Izamos el pabellón de guerra
y le enviamos un proyectil. Continúa su camino a toda velocidad.
Segundo cañonazo. Entonces pone proa al viento, pensando que no
podremos perseguirle. Empezamos a tirar a lo vivo. Las granadas estallan
en tomo de él y por fin cae una sobre cubierta. Se ve a los marineros
17

¡Por Júpiter! Es la mejor trampa que he visto jamás.
129

correr en todos los sentidos, la sirena suena, la hélice se detiene. Nos
acercamos; pero para castigar al capitán, que había expuesto de ese modo
la vida de sus tripulantes, no botamos nuestras canoas al agua; son ellos
los que deben venir a encontrarnos.
Era el Lundy Island, un grande y hermoso vapor. Las pinturas del
puente estaban terminadas. Nuestro proyectil había roto la cadena del
timón y no gobernaba ya. Desde el primer momento el bravo capitán se
había visto obligado a ponerse a la rueda, pues los timoneles habían huido
como los demás. Cuando botaron las canoas al agua, el capitán quedó
solo a bordo, paseándose sobre cubierta, con su cartera de documentos.
Esos desdichados remaban tan mal que, llenos de piedad, echamos una
canoa al mar. Cuando el capitán llegó, traído por la última lancha, le hice
venir a popa y estaba a punto de reprocharle su ligereza, cuando llega el
médico de a bordo:
—¡Hola, capitán!
—¡Hola, doctor!
El doctor Pietsch estaba a bordo del Moewe cuando el buque del
capitán Barton había sido apresado por ese corsario. ¡Pobre capitán! Era
su primer viaje desde su liberación y creía que le íbamos a ahorcar,
porque cuando su primera captura había firmado la promesa de no
participar más en la guerra. Por eso demostraba tanto celo por escaparse.
Tranquilizóse cuando le dije que su promesa solamente concernía a las
operaciones de guerra propiamente dichas. Por lo demás, su valor le ganó
nuestra estima.
El Lundy Island llevaba 4.500 toneladas de azúcar de Madagascar. A
causa del mal tiempo le echamos a pique a cañonazos en vez de enviar
una lancha para que pusiera un cartucho. El capitán Chewn estaba
encantado del aumento de nuestros huéspedes. Entre las tripulaciones
había algunos amigos también, que se reconocieron. Era gente de todas
las razas: ingleses, negros, malayos. La pérdida de su buque parecía
causarles mucho menos pena que la que sin duda causaría al Gobierno
francés, a quien se destinaba el azúcar.
Una mañana, mientras nos deslizábamos bajo el alisio del Noroeste,
aparece una gran barca con todo el velamen desplegado y se acerca
rápidamente. Cuando nos ve, arbola orgullosamente el pabellón tricolor,
señalando: «¿Qué noticias hay de la guerra?» Nos acercamos todavía
más. Izamos la bandera de guerra y señalamos: «Poneos al pairo» El
barco obedece en seguida. Echamos al mar nuestra canoa de presas y la
tripulación con sus cachivaches llega a nuestro bordo.
Hay que conocer al marino francés. Siente de un modo doloroso tener
que abandonar su buque. Ningún extranjero sirve en un buque francés,
130

mientras las tripulaciones inglesas, escandinavas, se forman con una
mezcolanza de todas las naciones. El francés tiene también otra ley
marítima: la deserción es entre ellos un delito grave, mientras que en los
otros países con pagar una multa de veinte marcos se sale del paso.
Era el Charles Gounod, que procedía de Durban, con un cargamento
de maíz. Yo entiendo poco de música; pero mi canción favorita es: «O
Magali, ma bien aimée!» ¡Qué tristeza la de hundir a mi compositor
favorito! El capitán me impuso mucho, no solamente por su buena
educación, sino por la sinceridad con que declaró que era nuestro
enemigo. Se comportó con una corrección escrupulosa, pero evitando la
más ligera apariencia de acercamiento.
Procedimos entonces al transporte de víveres. Mucho vino tinto y tres
cerdos bien cebados. Como siempre, Piperlé había saltado el primero a la
canoa. Desde que había un buque a la vista no se apartaba de los
pescantes. Cuando llegaba al buque capturado, corría en todos sentidos
para encontrar un colega. Era un animal a quien igualmente querían, a
bordo, los amigos y los enemigos. No había pensado jamás que tenía un
amo, sino que el universo, a juicio suyo, estaba poblado de amigos. Cada
mañana daba una vuelta por el buque a fin de saludar a todo el mundo.
Conocía las horas y no faltaba nunca a la de distribución de víveres. Se le
veía siempre en aquel momento en compañía del oficial encargado de
aquella tarea. Uno de sus cuidados era bajar a saludar a Schnäuzchen,
pero ella le acogía bastante mal y, sin embargo, él no perdía su buen
humor. Dejaba su tarjeta de visita ante la puerta para señalar su paso y
volvía a subir a cubierta donde algún acontecimiento imprevisto requería
su presencia.
Nos dirigimos en seguida hacia nuestro cuartel especial de corso,
situado a los 5° N. y 30° W. Todos los veleros pasan por aquella región
dejando el alisio del Sur para entrar en el del Norte. Como allí sopla un
viento constante y regular, y el tiempo es siempre bueno y el aire
transparente, podíamos ver desde lo alto de los palos un espacio de 30
millas de radio.
Hasta a un capitán, en viaje de novios, le ocurrió la triste aventura de
caer en los brazos acogedores del diablo del mar. Advirtiendo una goleta
de tres palos, pensamos que podía ser americana, pues a los yanquis les
gusta esa arboladura; pero también podía ser canadiense. No estando
todavía en guerra con América, preferimos arbolar el pabellón noruego
para obligarle a contestar a nuestra cortesía. El capitán de la goleta
empezó por no contestar, pensando: «¿Qué me importa ese noruego?»
Bajamos entonces nuestro pabellón a manera de saludo y lo volvimos a
izar. Viendo eso, la joven esposa del capitán reprochó a su marido su
131

grosería, por lo cual nuestro vigía anunció: «El pabellón inglés sube a su
mástil.»
«¡Todo a estribor!» Ízase el pabellón de guerra. Un proyectil contra la
proa. Ningún resultado. Un nuevo proyectil. La goleta se pone al pairo.
Era una canadiense llamada Percé. Al ver el surtidor de agua que levantó
el primer proyectil a 500 metros de su roda, el capitán había creído al
principio que era una ballena.
Advertimos por medio del catalejo una forma femenina que corría
nerviosamente de proa a popa. Nuestra canoa fue lanzada al mar, y
nuestro cortés oficial de presas, que tiene gran traza con su aspecto
correcto y su estatura gigantesca para calmar a los miedosos, consuela
caballerosamente a la señora. Poco satisfechos al principio de ver el sexo
débil mezclado en nuestra carrera, pronto encontramos en el buen humor
de aquella joven canadiense una muy agradable distracción. Hicimos, por
otra parte, todo lo posible para que su estancia a bordo fuera cómoda.
Ella, por su parte, consideraba aquel incidente de su luna de miel desde
un punto de vista puramente deportivo. A la Percé, cargada de pescado,
le costó mucho irse a pique. Acribillada a balazos, la dejamos ir a la
deriva y se debió hundir a medida que su cargamento se empapó de agua.
Así hundimos barco tras barco, con miles de toneladas de mercancías.
Una mañana, el vigía anunció: «Vapor a popa.» Era una gran nave que
hendía poderosamente el mar. Le preguntamos, como de costumbre, la
hora cronométrica. Empezó por no contestar, lleno de desprecio por aquel
desdichado velero. Pero tenemos otros medios a nuestra disposición.
Nuestro aparato de humareda entra en acción. Densas nubes negras
mezcladas con luces de magnesio se elevan en el aire y parece que
seamos presa de un incendio. El vapor vira de bordo y se acerca a
nosotros. Disminuimos el humo: «¡Zafarrancho de combate!» Treinta de
mis marineros armados de fusiles se esconden detrás de la borda. Otros
cuatro, de paisano, quedan sobre cubierta. «¡Juanita, disponte!» Se pasea
por el puente con su peluca rubia y su traje blanco centelleando bajo el
sol de los trópicos. En lo alto de los palos, a unos cincuenta metros sobre
el mar, los que tienen mejor voz empuñan un megáfono. El viejo cañón
está oculto por la pocilga.
Cuando el vapor llega cerca de nosotros, el capitán pregunta: «¿Qué es
lo que pasa?» No contestamos, cerramos la llave de paso del humo. Toda
la tripulación mira hacia el lado de mi mujer, admirando mi buen gusto.
El vapor está muy cerca de nosotros. Es el momento oportuno.
La bandera de guerra sube a la driza con la corneta o guión encarnado
y blanco de los corsarios. Durante la guerra universal nuestro navío fue el
único que navegó bajo la flámula de los corsarios. Es un trozo de tela
132

estrecho y largo de muchos metros, encarnado, y en el extremo tiene una
calavera blanca. ¡Horroroso! Con un solo movimiento, Juanita se arranca
los cierres de su vestido y se transforma en grumete vestido de azul,
agitando una peluca rubia.
¡Qué terror! Todo el mundo grita a bordo de la nave mercante:
«¡Alemanes, alemanes!» Los fogoneros y los maquinistas se precipitan
sobre cubierta, donde se aglomeran en desorden en torno de las canoas de
salvamento. Una detonación: un proyectil de nuestro viejo cañón destroza
la cabina del radiotelegrafista; el vapor no puede ya pedir socorro. En
vano el capitán envía órdenes a la máquina; todo el personal está sobre
cubierta. Con una constancia admirable, continúa vociferando órdenes;
los equipos se juntan; parece que sean artilleros que tratan de servirse de
sus cañones. Pero no hay que dejarles hacerlo. Tres voces poderosas
gritan, por medio de los megáfonos:
—¡A los torpedos!
Se oyen gritos de horror y de miedo en el vapor: «¡Torpedos, no;
torpedos, no!» Creen ya ver llegar tres torpedos al vientre de su buque.
Toda la ropa blanca que hay a bordo se agita en el aire; hasta las
servilletas y los manteles, y el cocinero flamea su delantal blanco.
— ¡Permaneced tranquilos, si no os enviaremos un torpedo!
No se oye ni un ruido. En un momento nuestra canoa de presas hiende
el mar con quince marineros. El oficial y la tripulación pronto están a
bordo de nuestro buque. ¡Qué magnífico navío! Las elegantes
instalaciones del salón, las admirables alfombras, los sillones de acero,
todo pasó a bordo del corsario. Un piano Steinway, un armonio, ¿por qué
perderlos, puesto que en nuestra soledad pueden divertir a amigos y
enemigos? ¿No teníamos a bordo uno de los mejores violinistas de
Baviera?
Examinando los documentos, encontramos que el vapor llevaba un
cargamento de muchos millones, entre otras cosas, 2.000 cajas de
champaña Cliquot y 500 cajas de coñac Meukow. «¡Al trabajo!» Un
cartucho explosivo acabó con ese gigante, que hizo su último viaje por
popa, hundiéndose la proa la última en las olas. Entre tanto, el capitán,
habiendo mirado en torno de él, me dice:
—¿Todo lo que tiene usted a bordo es ese viejo cañón, comandante?
—Sí.
—¿Dónde están los torpedos?
—No tenemos. Los torpedos del aire que les han disparado a través de
los megáfonos han bastado.
—¿No tienen torpedos?
133

Su cara era demasiado encarnada para palidecer. Se puso cárdena y los
ojos me miraron con espanto:
—By Jove, Commander, don’t report that, please!18
Continuamos hacia el Sur.
Durante una magnífica noche tropical, el grupo de corsarios está
sentado y se regocija contemplando su botín. El champaña espumea
desde la proa hasta la popa. Las estrellas nos dirigen un guiño amigable,
el viejo rostro de la Luna se frunce en una mueca satisfecha y las olas
murmuran en torno del tajamar. Bajo las velas redondas, al soplo
acariciador del viento del Sur, una orquesta compuesta de un violoncelo,
un armonio, del Steinway y de muchos violines, toca la melodía «Sopla,
querido viento del Sur», y los prisioneros escuchan con respetuoso
silenció esos instrumentos que en su buque no sirven más que de adornos
inertes y que adquieren un alma bajo la mano de verdaderos artistas.
¿Qué nos traerá el mañana? ¡Nuestro armamento es tan débil! Podemos a
cada instante ser enviados a muchos miles de metros de fondo. Pero
nuestra conciencia es pura, pues el oficio de corsario lo ejercemos contra
los enemigos de la Patria y es una guerra humana comparada con el
hambre que se inflige por los ingleses a nuestras mujeres y a nuestros
niños. En esa ruda época manteníamos intacto el honor alemán. De
repente, en esa serenidad, el vigía anuncia: «Luz por estribor.»
Una luz. Quitad en seguida las copas y vengan los gemelos. Bajo el
claro de luna, en el horizonte, aparece un magnífico tres palos. «¡Todo a
estribor!» No puede vernos, pues estamos al lado sombrío del horizonte.
Le enviamos por señales ópticas este mensaje:
—Poneos al pairo; somos un gran crucero alemán.
Luego, esperamos. Bruscamente, en la obscuridad se oye un ruido de
remos, aparece una lancha; una voz grita:
—¡Eh, capitán! ¡Creía tener delante de mí un crucero boche y me
encuentro con un velero, con un camarada! ¿Por qué infundirme tanto
miedo? ¿Querrá, sin duda, darme noticias de la guerra?
—Naturalmente, suba a bordo; tenemos multitud de cosas que
contarle.
Nos quitamos nuestras guerreras de uniforme y quedamos en mangas
de camisa para saludar al capitán, que sube a cubierta y dice:
—Soy francés.
—¡Ah, magnífico! ¿Qué sucede en Francia?
—Todo marcha perfectamente. Celebro verle.

18

134

¡Por Júpiter, comandante. No cuente usted esto, por favor!

Le ofrecemos una botella de champaña, que acepta con entusiasmo.
Su apetito es excelente, pues está en el camino de la vuelta. Bajando la
escalera del salón, me da un golpecito en la espalda.
—Es usted un hombre tremendo, capitán, por haberse burlado así de
mí. Crea usted que se me ha aliviado el corazón.
—¡Ah! ¡Qué caída vas a tener dentro de un minuto! —pensé, abriendo
la puerta y separándome algo para dejarle pasar.
Entra y retrocede al advertir en el mamparo el retrato de Hindenburg.
Se desploma casi, gimiendo: «¡Alemanes!.
Le animamos lo mejor que Pudimos: «Ea, no lo tome por el lado
trágico; no es usted el único que ha perdido su barco en esta guerra.
¿Quién sabe si mañana estaremos todavía a flote?.
Y él contesta:
—Lo que más me fastidia no es la pérdida de mi navío, sino los
reproches que debo dirigirme. Estaba anclado en Valparaíso, cerca de dos
de mis compatriotas que me recomendaban que no saliera antes que
hubiesen recibido ellos la respuesta a su telegrama indicándoles si debían
tomar un camino especial a causa de los cruceros y de los submarinos
alemanes. Yo he creído preferible aprovechar el buen viento para hacer
un viaje rápido, ¿y qué es lo que he ido ganando? Caer en sus manos.
Cuando mis camaradas regresen a Francia y mi armador sepa que no he
seguido sus consejos, ¿qué es lo que va a pasar? No se me confiará jamás
un nuevo mando.
Y ¿cuáles eran sus dos vecinos de Valparaíso?
—El Antonin.
—¿Capitán Lecocq?
—Sí.
—¿Y el otro?
—El La Rochefoucauld.
—¿El La Rochefoucauld?
—Sí.
—Ordenanza, que vengan los capitanes Nº 5 y 9.
Entre tanto ofrecemos al capitán el champaña prometido, pero rehúsa.
Llaman: «Entrad.»
—He aquí al capitán del Antonin y al de La Rochefoucauld —digo,
presentándolos—. Están a bordo, el uno desde hace diez y el otro desde
hace tres días.
Entusiasmado, el capitán del Dupleix coge su copa de champaña,
brinda por sus camaradas, y con vigorosos apretones de manos demuestra
su alegría de volverlos a ver. Es difícil decir si el capitán del Dupleix se
sentía más dichoso de encontrar a sus camaradas o de comprobar que no
135

habían tenido mejor suerte que él. Pero aquella cita de «toda Francia» en
nuestra cubierta alemana costaba 10.000 toneladas de salitre chileno a las
fábricas francesas de explosivos.
Un domingo por la mañana apareció un cuatro palos inglés, que trató
ante todo de escapar a fuerza de velas; pero como le alcanzamos
ayudados por nuestro motor, acabó por decir su nombre:
—Pinmore.
—¿Pinmore?
El navío en el cual yo había servido como marinero ligero. Estaba tan
conmovido, que durante un momento no pude decir nada al oficial que
estaba a mi lado. Luego pensé: «No hay más remedio; es preciso echarle
a pique.» Siempre nos dolía hundir un velero; la poesía del mar
desaparece con ellos. Ya no se construyen más, por desgracia. El solo
nombre de ése resucitaba en mi memoria veinte meses de mi pasado.
El buque se puso al pairo. La canoa de presas fue a buscar a la
tripulación y el capitán, mister Mullen, subió a bordo de buen humor:
«Para ustedes la suerte, para nosotros la desgracia.» Era un intrépido lobo
de mar que fue la alegría de nuestro círculo de capitanes. Cuando todo el
mundo se hubo alejado del Pinmore, me hice llevar allí y despedí la
lancha. Los marineros se extrañaban: «¿Por qué el comandante
permanece solo a bordo?»
Entré primeramente en la cámara de proa. A lo largo de mi antigua
litera había una tabla que había clavado allí con mis propias manos.
Cuántas noches había pasado en aquel habitáculo y cuántas veces salí de
él al grito de: «¡Todo el mundo a cubierta!» Pasé largo rato en aquella
cubierta tan conocida, escuchando el triste ruido de las vergas que
chocaban al cabeceo del buque sin timonel. Parecía que algunas voces
bajaban de lo alto: «¿Qué vas a hacer de nosotros? ¿Qué ha sido de ti
durante tanto tiempo?»
Me dirigí en seguida hacia el camarote del capitán. Recordé un gatito
del cual era yo propietario a bordo y que la mujer del capitán encargó al
steward que se lo llevara. Furioso contra el steward, le había amenazado
con denunciarle al capitán si no me devolvía el gato. El steward volvió
con las manos vacías y yo marché hacia el camarote; pero el respeto me
clavó en el umbral. La puerta estaba entreabierta. Arriesgué una mirada y
volví hacia proa, renegando contra el steward, a quien consideraba como
el único culpable. Pero aquella ojeada en el salón me quedó grabada en la
memoria y, abriendo la puerta a medias, vi los cristales de color de la
claraboya. ¿Hubiera osado jamás pensar entonces que un día podría
acabar con este buque?
136

Subiendo a la popa encontré medio borrado cerca del timón mi
nombre, en otro tiempo grabado a punta de cuchillo. Miré el compás
donde mis ojos se habían fijado durante tantas horas. Aquel navío me
había llevado a través de muchas tempestades y en agradecimiento... Así
desfilaron mis recuerdos. Me hice reconducir al Seeadler y me encerré en
mi camarote mientras a unos cientos de metros la vieja nave desaparecía
bajo las aguas.
A menudo, para pasar el tiempo, me subía a la cofa de mesana y
charlaba con el oficial que estaba de vigía. El carpintero nos había
confeccionado asientos bastante cómodos y examinábamos el mar con
nuestros excelentes gemelos. Un día en que la visibilidad no era muy
buena, habiéndose aclarado hacia el Oeste el horizonte, Pries creyó ver un
buque. Aun cuando yo no veía nada, di orden de poner la proa hacia allí.
Al cabo de un cuarto de hora, vimos una gran barca que nos mostraba la
popa. La alcanzamos rápidamente. Todos nuestros prisioneros que
estaban sobre cubierta la contemplaban con aquella atención que se
otorga en el mar a cada fragmento de vida que se encuentra. Se ve al
capitán de la barca y su mujer a su lado. Nos grita con su bocina:
—¿Tienen ustedes noticias de la guerra?
—Sí —contestamos.
—Desearía tomar café con ustedes.
—Con mucho gusto; también le daremos whisky.
Advirtiendo la mezcla de razas y de colores de nuestros prisioneros,
nos preguntó si reclutábamos en las islas del Atlántico voluntarios para el
frente. Todo parecía alegre a bordo de nuestra nave, la orquesta tocaba el
Tipperary. Nos preguntó todavía:
—Denme, de todos modos, noticias de la guerra.
—Vamos a señalárselas. E izamos la señal «I. D.» (Poneos al pairo o
disparo.)
El capitán y su mujer miran con los gemelos y luego empiezan a
hojear el Código. Con un estremecimiento él tomó de nuevo los gemelos
y viendo el pabellón alemán y los cañones prestos a tirar, dejó caer los
gemelos: «By Jesus Christ! Such a catch!»
Su mujer había huido al camarote. El timonel dejó el gobernalle; todos
los rostros curiosos que nos miraban desaparecieron de cubierta, como si
se les hubiera dado un plumerazo. El capitán tuvo que poner su buque al
pairo por sí solo y esperó los acontecimientos.
Nuestros prisioneros estaban encantados de recibir nuevos huéspedes.
Sobre todo la mujercita de la goleta canadiense se alegraba de no ser la
única persona de su sexo a bordo, además de nuestra Juanita. Se puso una
blusa limpia y pidió permiso para tomar un ramillete de flores artificiales
137

del comedor. ¡Qué sorpresa para la mujer del nuevo capitán encontrar,
para saludarla al subir a cubierta, una dama con un ramillete de flores en
la mano, en medio de una alegre compañía!
El British Yeoman provenía de América, con un maravilloso
cargamento de víveres y muchos animales vivos: cerdos, gallinas, un
conejo y una paloma. La llamábamos la paloma de la paz. Era muy mansa
y estuvo con nosotros hasta que se acabó el viaje. Se estableció una
notable amistad entre la paloma y el conejo. No podían separarse, y
cuando el conejo, por casualidad, se alejaba un poco, la paloma le
llamaba en seguida y él obedecía inmediatamente. Habían escogido por
domicilio la casilla de Piperlé. Este dejaba hacer con su bonachonería
ordinaria. Se puso a lamer al conejo, lo cual excitó al principio los celos
de la paloma: pero la amistad de los tres animales fue muy pronto
perfecta y se pudo ver a Piperlé que dormía con el conejo entre las patas
y la paloma sobre la espalda. La gruñona Schnäuzchen hizo más de una
tentativa para retorcer el cuello durante las noches a los protegidos de
Piperlé. Pero éste defendía gruñendo la entrada de la casilla y
Schnäuzchen acabó, si no por aficionarse a sus nuevos huéspedes, por lo
menos a tolerar su presencia a bordo.
En ocho semanas habíamos hundido 40.000 toneladas de carga.
Nuestro navío estaba lleno: 263 prisioneros. ¡Qué comunidad tan
floreciente! Se sentían, por lo demás, muy a gusto a bordo de nuestra
nave. No había ninguna diferencia de régimen entre prisioneros,
tripulantes y oficiales. No tuvimos que deplorar ningún accidente.
Aunque estábamos siempre sin ninguna arma, no hubo un prisionero que
osara hacer un gesto de violencia. ¡No hubiera podido garantizar la
misma prudencia por parte de 260 mocetones del temple de mis propios
marineros, si hubieran estado presos en un buque enemigo.
Sin embargo, como era preciso contar con nuestros víveres y nuestra
agua fresca, me fue preciso detener ese aumento de población. Nuestra
próxima presa, el barco francés Cambronne, sirvió de navío de liberación.
Habiéndole encontrado a propósito para tal objeto, decidimos poner en
libertad el conjunto de nuestros prisioneros. Cuando anuncié al capitán
que iba a recuperar su barco, quedó tan contento y admirado a un tiempo,
que no se atrevió a expresar su alegría.
Pero entre los doce capitanes que teníamos a bordo, ¿cuál iba a tomar
el mando del Cambronne? A petición de mis oficiales, escogí al capitán
Mullen, del Pinmore, que era el más viejo de todos y el más hábil
también. Como era inglés, el pabellón británico reemplazó al francés en
la popa del Cambronne, con gran despecho de los franceses, que eran
más numerosos a bordo que sus aliados. Todos nuestros prisioneros
138

recibieron además su paga integra, aunque transformada en marcos
alemanes. Tripulación por tripulación, fueron trasladados a bordo del
Cambronne después de despedirse cordialmente de mis hombres. Cada
canoa, al apartarse de a bordo, lanzó tres ¡hurras! en honor del Seeadler.
Dimos en el comedor una fiesta de despedida a los capitanes que
recobraban su libertad; se separaron de nosotros estrechándonos la mano
y asegurando que harían conocer el trato humano que habían recibido y
que contrastaba de tal manera con los relatos hechos por la Prensa acerca
de las abominaciones alemanas.
La llegada a tierra de nuestros prisioneros iba a inaugurar para
nosotros un período de mayores peligros, puesto que el enemigo sabría
que un velero alemán cruzaba los mares en calidad de crucero auxiliar.
Como queríamos pasar al Pacifico, lo esencial era tomar una ventaja
suficiente. Destruimos, pues, en el Cambronne, los masteleros de gavia y
de juanete, y, reducido a sus velas bajas, le serían precisos por lo menos
doce o catorce días para llegar a Río de Janeiro, mientras que nosotros
continuábamos nuestra ruta hacia el Sur, con toda nuestra lona hinchada
por la fresca brisa.
Estábamos otra vez solos en nuestro vasto navío. El lector terrícola no
puede imaginar hasta qué punto el marino durante sus largos viajes se
satisface plenamente con sólo contemplar el mar. Este le habla, y he ahí
por qué él mismo es tan avaro de palabras. Eternamente nueva, cada brisa
que se levanta le da un nuevo rostro. La bonanza misma, tan desagradable
al capitán en los viajes de vuelta, posee una especie de encanto, pues
aquel movimiento ligero que levanta el océano pulido como el plomo
líquido tiene indecible atractivo. Inclinado sobre la borda, 6e puede
durante horas y horas observar los juegos y reflejos de las olas y el paso
de una nube por el agua acribillada por los rayos del sol. Una influencia
soñadora se extiende sobre uno y le transforma hasta las entrañas
La noche en el mar es maravillosa. En la sombra el agua extiende a lo
lejos su superficie luciente, ligeramente agitada, tan pronto ensombrecida,
tan iluminada por la Luna que atraviesa las nubes. La sombra de las
jarcias se destaca en negro sobre las velas níveas. Una suave dulzura baja
hacia el marino sobre cubierta, viendo por encima de él aquella extensión
de estrellas que únicamente se puede contemplar se mar o en el desierto.
La punta de los mástiles parece barrer el cielo. El cabeceo monótono
mece la hamaca y la velada se transforma insensiblemente en un
profundo y tranquilo sueño.
Uno de los grandes encantos del mar es la tempestad en tiempo de sol.
Sobre el azul profundo de las olas aparecen reflejos de todos colores, y el
barco sube las crestas blancas desencadenando con su tajamar
139

formidables chorros de espuma. El rayo, hiriendo las olas, hace saltar una
columna de agua fina y recta como una hoja de navaja. Cae la noche, las
nubes se acercan, relámpagos iluminan el campo de las olas, caen
cataratas sobre el mar calmando la agitación de las aguas y suscitando en
toda su superficie la fosforescencia de los infusorios. Nuestra estela se
convierte en reguero de oro y de fuego.
El carbón no nos causaba ningún cuidado, porque el viento era nuestro
amigo y nuestro aliado. Pasando de las islas Malvinas por encima de los
muertos heroicos del Scharnhorst, del Gneisenau, del Leipzig y del
Nürnberg, nos pusimos al pairo con el pabellón a media y lanzamos al
mar una cruz de hierro cargada con nuestros recuerdos y del
reconocimiento de la Patria19. Se hunde y va a colocarse sobre nuestros
camaradas a 6.000 metros de profundidad, mientras nosotros
continuamos solitario viaje.
En ruta hacia el Cabo de Hornos recogemos la T.S.H de un crucero
inglés: «¡Cuidado, no os acerquéis a Fernando Noronha; el Moewe está
en los alrededores de esa isla!» di las gracias, enviando al mismo tiempo
por encima de las aguas un pensamiento de llegar al Cabo de Hornos
encontramos un enorme iceberg. Las instrucciones náuticas dicen que si
se encuentra en aquellos parajes y en aquella estación del año, los vigías
deben redoblar su atención.
Un brusco cambio de temperatura y enormes bandadas de pájaros de
especies desconocidas presagiaron la entrada en escena del gigante.
Apareció por estribor, moviéndose de un modo extraño en el albo gris;
sobresalía de las aguas bastante y tenía una profundidad nueve veces
mayo que sobre la superficie; cambiaba su perfil a medida que
avanzábamos y mostraba las heridas verde o azul obscuro de sus grietas.
Fue por lo demás el único iceberg que encontramos.
Luego tuvimos que luchar delante del Cabo de Hornos, ciudadela de
tempestades. Durante tres semanas y media nos batimos contra los
huracanes. El camino ganado a costa de largos días, una sola ráfaga de
viento nos lo hacía perder en algunas horas. El navío trabajaba constante
y duramente. Olas potentes, como sólo se las encuentra en el Cabo de
Hornos, caían sobre cubierta, arrancando velas y hundiendo las tablas.
Día y noche los muchachos del entrepuente reparaban las velas. ¡Qué
penoso trabajo tener que coser con el guante pesado y la gruesa aguja
entre las bruscas sacudidas del navío! Un falso movimiento atravesaba la
mano del obrero, pero necesitábamos velas y continuaban la tarea. Las
que estaban muy estropeadas las bajábamos a la cala y las ya remendadas
19

140

Ver apéndice II.

las subíamos a las vergas. En los vapores, cuando hay mal tiempo, toda la
tripulación se refugia bajo cubierta; en los veleros, para cada viraje de
más de 20°, la mitad de los marineros ha de maniobrar, y cuando el
viento es más fuerte, debe subir, a menudo, a las vergas.
Al fin, a fuerza de voluntad, doblamos el Cabo de Hornos.
¡Qué dicha haber dejado tras de nosotros la zona de las tempestades!
Pero he ahí que el 26 de abril el vigía señala un crucero inglés, uno de los
que sin duda nos buscan: instante de angustia; ¿nos ha visto? «¡Todo el
mundo sobre cubierta, todo a babor!...» Desplegamos toda nuestra lona,
embragamos el motor y tomamos el viento recto hacia el Sur a toda
velocidad. Parecía que toda la arboladura iba a desplomarse. Provistos de
gemelos, desde lo alto de las cofas observábamos, latiéndonos
fuertemente las sienes, a aquel lebrel inglés. Si nos descubre, ¡adiós
libertad!
Una bruma ligera vino en socorro nuestro; pronto estuvimos lejos de
su vista. Nuestros ojos, una vez más, habían sido más atentos y agudos
que los del enemigo. ¡Qué hora tan dichosa aquella en que celebramos
nuestra fuga! Volvimos a poner proa al Norte y entramos en el océano
Pacífico.
Una mañana nuestro radiotelegrafista me trajo el siguiente mensaje en
inglés:
«Seeadler hundido sin arriar el pabellón; el comandante y una parte de
la tripulación prisioneros y en camino de Montevideo.»
El inglés no miente sin motivo. Las noticias del Seeadler esparcidas
por nuestros cautivos dejados en libertad habían sin duda inquietado a los
marinos mercantes, y los buques cargados en el Cabo, en África del Sur,
en Australia y en Nueva Zelanda esperaban para lanzarse al mar que los
cruceros que iban en nuestra busca hubiesen detenido nuestra carrera. Las
primas de seguros subían. El inglés había enviado ese radio para hacerlas
bajar. El interés nacional siempre le ha sido más caro que la verdad. Pero
a pillo, pillo y medio. Nosotros también enviamos un T.S.H.:
«Socorro, submarino alemán.»
Entonces se esparció el rumor de que los submarinos alemanes
cruzaban por el Pacifico y la prima de los seguros volvió a subir.

141

Esquema de la isla Mopelia,
del archipiélago de la
Sociedad. En esta isla
desierta,
de
origen
coralífero,
abordó
el
Seeadler para dar descanso a
su tripulación después de
ocho meses de crucero en
corso. El humus fijado por el
escollo
circular
había
formado cuatro islotes y una
isla bastante larga, rodeando
un mar interior, profundo y
tranquilo. El lugar marcado
con una cruz indica dónde estaba fondeado el Seeadler hasta que una
gran ola originada por un maremoto lo destrozó.
Los
encargados
de
aprovisionar
nuestra
colonia. Al alba partían
en busca de tortugas
gigantes,
huevos,
pájaros, puercos salvajes
y pesca.

La Kronprinzessin Cecil, el
más diminuto crucero de la
marina
alemana,
al
abandonar Mopelia. Su
longitud era de seis metros
y su borda, en el centro,
veintiocho centímetros. No
era mucho, pero en fin,
flotaba.

El primer oficial del Seeadler, Alfred Kling, quedó al mando del
Seeadlerdorf en Mopelia cuando partimos. Allí logró capturar un velero
francés, el Lutèce, rebautizándolo como Fortuna. El 5 de septiembre de
1917 salió de allí con mis marinos alemanes, rumbo a la isla de Pascua.

El 4 de octubre, al acercarse a la isla de Pascua para hacer aguada y
conseguir víveres, el Fortuna choca contra una roca y naufraga. Los
chilenos internaron a los tripulantes brindándoles una generosa
hospitalidad.

El teniente Kircheiss
(derecha) y yo,
prisioneros de los
ingleses. Fuimos
capturados junto
con nuestros
compañeros al poco
tiempo de llevar con
el Kronprinzess
Cecil a la isla de
Wakaya, en las
Fidji, el 21 de
septiembre de 1917:
era la cuarta vez que
pisábamos territorio
enemigo.

Kircheiss y yo fuimos separados de nuestros fieles compañeros y llevado
a Motuihi, a esta pequeña isla en las cercanías de Auckland, Nueva
Zelanda.

CAPÍTULO XIII

Vida de Robinson a causa de un maremoto
Abordamos la isla Mopelia. Una ola destroza al Seeadler.
Fundamos un poblado. Construimos una canoa. Abandono
la isla con cinco compañeros para tratar de apoderarme de
un barco.
Subimos a lo largo de la costa sudamericana. Cerca do las islas de
Juan Fernández permanecimos algún tiempo en comunicación
radiotelegráfica con el crucero inglés Kent. Luego, dejando a un lado las
Marquesas, llegamos cerca de Honolulu, sin haber visto un solo navío.
Cruzamos entonces a través de las rutas que llevan de San Francisco a
Australia. Junto a las islas Noel, pasando y repasando el Ecuador hasta
tres veces durante el mismo día, capturamos tres veleros americanos: A.
B. Johnson, Slade y Manila; pero el botín no fue el que esperábamos.
Pasaron semanas sin ver otro barco. Los capitanes y las tripulaciones
capturados acababan por desear más ardientemente que nosotros un
refuerzo de compañía.
¡Qué ideas se les ocurre a la gente en situaciones semejantes! Uno de
nuestros prisioneros pidió ser desembarcado en una isla desierta. Ya
estaba harto de navegación. Su familia cobraría su seguro y él viviría en
paz su existencia de desaparecido.
El espantoso calor, la falta de movimiento y de ocupación, el agua
salobre y los víveres en conserva acababan por deprimimos. Había
puertos neutrales en América del Sur, pero la doble idea de la neutralidad
imparcial durante esta guerra se había modificado para nuestra nación.
No había para nosotros, alemanes, ni amigos ni justicia. Se nos soportaría
veinticuatro horas en un muelle, y luego los cruceros enemigos acudirían
para taparnos la salida. Hacía doscientos cincuenta días que no habíamos
podido renovar el agua. ¡Si siquiera hubiésemos podido refrescarnos
tomando baños de mar! El que vive en tierra, difícilmente se imagina el
odio del marino contra el tiburón que le impide bañarse en agua tibia y le
encierra en su cárcel de madera. El tiburón se convierte en nuestro
enemigo personal, y a fuerza de aburrirnos no pueden imaginarse los
lectores las malas bromas que se inventan contra aquel espantajo. La
pesca del tiburón era nuestra única diversión.
Algunas veces uníamos por medio de cuerdas a dos de esos animales,
que no sabían entonces adonde dirigirse, pues cada cual tiraba por su
lado. Cuando el tiburón, por su corpulencia, valía la pena, le atábamos a
la cola un tonel vacío. Creyendo que así se salvaría de nuevos desastres,

aprovechaba su libertad para lanzarse hacia las profundidades; pero al
cabo de tres metros de cuerda se sentía retenido en la superficie y se
agotaba a fuerza de saltar a derecha e izquierda para desembarazarse de
su flotador. Lo más entretenido era lanzar al agua una granada rodeada de
tocino. Un tiburón se la comía de un solo bocado, con gran despecho de
sus colegas, hasta el momento en que, volando en pedazos, servía a su
vez de almuerzo a aquellos golosos.
Hicimos así 35.000 millas casi en los mismos lugares y sin ver durante
meses más que cielo y agua. Deseábamos continuar nuestro crucero en
corso y sentíamos, sin embargo, que se aproximaba el gran enemigo del
marino: el beri-beri, la enfermedad que convierte la sangre en agua.
Muchos de mis marineros tenían ya las articulaciones hinchadas por la
falta de agua y de víveres frescos. Era preciso abordar a una isla para
rehacernos, después de lo cual pasaríamos a Georgia del Sur para destruir
el puesto de balleneros ingleses y volveríamos a emprender nuestra tarea
en la región más fructífera del Atlántico.
Habíamos pensado en una de las grandes islas de Cook. Pero allí
podía haber un puesto de T.S.H. y, por otra parte, en parajes más
frecuentados corríamos más el riesgo de perder nuestro incógnito. No
queríamos ir hacia el Este, pues era preciso ahorrar nuestro motor,
indispensable en los momentos del ataque. En fin, como la isla no debía
tener habitantes, escogimos Mopelia en el archipiélago de la Sociedad.
Esas islas del Sur tan encantadoras como son, presentan el
inconveniente de no ofrecer al marino ni rada ni anclaje. La isla fue vista
el 29 de julio: a medida que nos acercábamos nos parecía entrar en el país
de las hadas. Precediendo al saludo de las altas palmeras, los bancos de
coral bajaban por grados bajo las aguas, encendiendo a cada profundidad
reflejos distintos. El humus fijado por el escollo circular había formado
cuatro islotes y una isla bastante larga, rodeando al mar interior, profundo
y tranquilo, semejante a un estanque secreto en el extremo del mundo.
Pero el corto canal de acceso a ese mar interior era demasiado estrecho
para el Seeadler; reinaba una corriente rápida. Fijamos un áncora en el
banco de coral y largamos una gran porción de cable metálico para estar a
buena distancia de la isla.
Cuando las canoas se botaron al mar, experimentamos el mismo
sentimiento que Cristóbal Colón al descubrir tierras desconocidas.
Después de nueve meses de subir y bajar por el aparejo, de maniobras, de
serviolas y con los brazos descoyuntados de tirar de las cuerdas, Juan
Marinero se refociló entre los tesoros tropicales. Se acabó la tensión
nerviosa del cazador cazado por otro más fuerte que él. Sólo éramos
huéspedes veraniegos de los franceses, que nos ofrecían su encantadora
146

Mopelia. Millones de aves de mar tenían en ella su nido. Las tortugas se
reunían allí para sus puestas. Encontramos también peces en gran
cantidad, cerdos abandonados el año último que habían vuelto al estado
salvaje, así como tres canacos encargados por una casa francesa de la
caza de tortugas. No podíamos desear mejor sitio de aprovisionamiento.
Los canacos, asustados al principio por la llegada de los alemanes, se
domesticaron pronto gracias a nuestra cordialidad y nos fueron un
precioso recurso.
Mis muchachos empezaron a recorrer la isla en grupos, pescando entre
los huecos coralinos, atrapando langostas, buscando nidos y recogiendo
los cocos a brazadas. Nuestro cocinero mató a uno de los cerdos
silvestres. Fue preciso reunir a cuatro o cinco para volcar una tortuga y
arrastrarla panza arriba por la arena. Volvimos a bordo con un
cargamento completo de golosinas. Un multimillonario no hubiera podido
ofrecerse mejor comida que la que nos zampamos aquella noche; asado
de cerdo, sopa de tortuga con huevos duros, langosta y huevos de
gaviotas.
Con tal régimen no tardamos en recobrar las fuerzas y para preparar
nuestro crucero ulterior instalamos un ahumadero de pescado. Salamos
carne de cerdo, tortugas y millares de huevos. Sin embargo, nuestra
recalada nos procuraba no pocos cuidados. ¿No hubiera sido lo mejor
dejar que nuestro buque derivara libremente sobre el mar para que se
acercara a tierra una vez por la mañana y otra por la tarde? Pero esto nos
hubiera costado una parte de nuestro precioso combustible y, además, el
motor tenía necesidad de reparaciones. Tratamos de mejorar nuestro
anclaje. En vano; el áncora resbalaba siempre sobre el arrecife. Pero la
misma fuerza de la corriente acrecía nuestra confianza. Ningún salto de
viento, por muy duro que fuera, podía, pensábamos, echarnos contra los
corales.
El 2 de agosto, a las nueve de la mañana, al momento de enviar a
tierra la canoa de los que iban con permiso, vimos que el mar se hinchaba
en el horizonte. ¿Era un espejismo? No; la enorme ondulación se acerca,
cada vez más alta. Es una ola tremenda, debida a algún maremoto.
Ninguno de nosotros había visto semejante fenómeno y los oficiales
disputaban sobre su naturaleza y causas; pero el peligro era inminente:
«¡Cortad el cable del áncora; preparad el motor; todo el mundo sobre
cubierta!» La ola se acerca cada vez más. Yo repito alzando la voz: «¡El
motor en marcha!» Se inyecta aire comprimido; es en vano. Tiendo
febrilmente el oído hacia el cuarto de máquinas, esperando la primera
explosión. Se trabaja a brazo y el monstruo se acerca. Ya el navío se
balancea sobre la ola precursora. No quedan más que algunos segundos
147

para nuestra salvación. Con los oídos llenos de angustia, esperamos.
Demasiado tarde. La ola se levanta sobre nuestras cabezas y tomando de
costado nuestras tablas, las echa contra el arrecife de coral. Los mástiles y
el castillo se desploman. El choque ha arrancado bloques de coral que
pesan muchos quintales y caen sobre cubierta. La ola ha pasado y las
pocas tablas que representaban el Imperio alemán en este hemisferio
quedan a trozos sobre el arrecife. En el momento del choque todo el
mundo se había abrigado lo mejor que pudo contra los restos que caían
sobre cubierta. Una vez renacida la calma, miré en torno mío: nadie. ¿Era
yo solo el que se había salvado? ¡Maldita suerte! Acabé, sin embargo, por
gritar con voz sombría: «¿Dónde estáis, muchachos?» De proa me llegó
esta inolvidable contestación: «Comandante, el roble resiste todavía.» ¡El
roble alemán! Como un relámpago, este pensamiento atravesó mi mente y
el corazón me late aún recordándolo. Nuestro pequeño grupo había
resistido tal catástrofe como la Patria resistía el asalto del mundo.
«Nuestro roble resiste todavía y nos conducirá a nuestros hogares.»
¡Al trabajo! Era preciso poner al abrigo víveres y agua para ciento
cinco personas. Aquel transporte debía efectuarse a través de treinta
metros de terreno coralífero, cortante, desigual, cubierto de un metro de
agua sometida a una violenta corriente. Las caídas eran frecuentes, y al
día siguiente todos mis hombres tenían las piernas desolladas. Se trabajó
toda la noche. Por fin, todo lo que era necesario para nuestra vida fue
transportado a la isla. El agua fresca que habíamos puesto en nuestras
cajas de municiones se estropeó rápidamente; pero pudimos abrir con
dinamita cisternas en el coral.
Así fue como, en medio de las palmeras, nació la última colonia
alemana. La bandera subió a lo alto de un asta y bautizamos «Isla
Cecilia» a nuestra nueva patria. En vez de algunos maderos, poseíamos
algunos pies de tierra.
Millones de aves grandes y pequeñas habitaban la isla. En muchos
puntos era imposible dar un paso sin aplastar un huevo. Las gaviotas,
espantadas, huían en bandadas tan densas que obscurecían el sol; pero las
aves se dejan matar antes de abandonar el nido y no se podía alejarlas
sino a tiros. Como los huevos encontrados eran casi todos empollados de
hacía días, delimitamos cierta región y echamos todos los huevos al mar.
El espacio libre atrajo a todas las gaviotas madres que querían
desembarazarse del huevo, de manera que en poco tiempo dispusimos de
una prodigiosa abundancia de huevos frescos.
Por la noche, atraídos por nuestra hoguera, llegaban centenares y
millares de enormes cangrejos. Llena de curiosidad, Schnäuzchen, que
bajó a la isla, vio un día que el suelo bullía en torno de ella. Era un
148

avance general de pájaros. Se precipita entre ellos para devorar y para
matar; pero por muy furiosa que estuviera, la vida de los pájaros fue más
fuerte. Entonces, un enorme cangrejo se adelantó hacia Schnäuzchen con
las pinzas abiertas. El espanto de la perrita fue tal, que cayó de espaldas y
murió de una crisis nerviosa. Sólo tenía dos años y, después de su largo
viaje, era la primera ocasión que se le había ofrecido para satisfacer su
pasión por la caza. Le abrimos una hermosa tumba, sobre la cual
plantamos un cocotero; pero Piperlé buscó largo tiempo todavía a su
compañera.
Después de haber puesto todo lo más necesario a buen recaudo,
pudimos pensar en construir una aldea. Los primeros días mis muchachos
habían colgado simplemente sus hamacas en las palmeras; pero el viento
tenía sus inconvenientes. Los cocos caían por la noche de quince a veinte
metros de altura y una de aquellas granadas vegetales bastaba para matar
a un hombre. Nos pusimos, pues, a construir el Seeadlerdorf20.
Un gran espacio fue desembarazado de su vegetación y las palmeras
derribadas nos dieron la madera de construcción necesaria. Una barraca
con cubierta de lona nos proporcionó una tienda muy habitable. Nuestro
primer ensayo no fue muy perfecto; pero las demás marcaron ya un
progreso. Recibimos entonces preciosos consejos de uno de nuestros
prisioneros, el capitán Jurguen Petersen, quien ayudado de su joven y
linda compañera americana, se construyó una encantadora habitación de
deslumbradora blancura. Así aquellas velas que nos habían fielmente
arrastrado durante decenas de millares de kilómetros sirvieron de abrigo a
unos pobres náufragos. Las tiendas de nuestros prisioneros estaban
emplazadas a la izquierda de las cabañas indígenas; las nuestras a la
derecha; la playa, que se extendía ante las tiendas, iba de Germantown a
Americantown y a Frenchtown. La Seeadlerpromenade21 estaba a
menudo muy animada y los americanos se confundían amigablemente
con nosotros en nuestro paseo por la tarde.
Además de las tiendas de habitación, teníamos otras para los víveres,
las municiones y las armas, para las cartas y los instrumentos y para el
motor. Teníamos también una cocina con un hornillo y un horno, y una
barraca para la T.S.H., cuyas nuevas cotidianas formaban el diario de
aquella estación veraniega. En fin, poseíamos un soberbio comedor con
solado de madera, formado por restos de un cuarto de derrota, y una
biblioteca, donde fue instalada la Enciclopedia Meyer. Los sillones
estaban clavados en tomo de la mesa, como en un comedor de buque y
20
21

El aldea del Águila del Mar.
Paseo del aldea del Águila del Mar.
149

ante éste había una galería cerrada con hojas de palmera tejidas por
nuestros indígenas.
Nuestras habitaciones estaban provistas de los muebles que se
pudieron salvar. Yo me senté muy pocas veces a mi escritorio. Los
suboficiales se construyeron un comedor especial; el personal técnico
tuvo una habitación particular provista de literas. La tripulación tenía
armarios y bancos. En el interior de las tiendas el suelo estaba cubierto
por todas partes de arena de coral, muy fina y blanca. Las tiendas
rodeaban una plaza central, en la cual, por la noche, tocaba la música.
Nuestra máquina nos producía luz eléctrica. Fumando su eterno cigarro,
el doctor Pietsch estableció un hospital. Tuvimos también un ahumadero
donde, con cortezas de coco por combustible, ahumábamos cada día unos
doscientos peces. La laguna ofrecía una playa soberbia para bañarse. La
resaca nos cantaba su canción de cuna durante la noche. A mediodía
bastaba para refrescarse exponerse, del lado de donde soplaba, a la brisa
del mar.
Más de un millonario hubiera dado una pequeña fortuna para pasar
quince días en aquel paraíso. Después de una semana de trabajo, algo
penoso a causa del calor, nuestro Edén culminaba. La gran campana del
buque estaba colgada de una palmera en mitad de Seeadlerdorf. De nuevo
dio las horas y pasé de vez en cuando revista. En la más alta palmera,
cerca de Frenchtown, fue instalado el puesto de vigía, disimulado por
unas tablas de madera artísticamente tapadas por la copa de las palmas.
Era imposible verlo desde lejos; pero la invención más hábil consistía en
un cable sin fin que se deslizaba por una polea; el vigía, dejando la copa
de la palmera, se aferraba a un bastón fijo al cable y dejándose caer, subía
automáticamente su sucesor hasta el puesto. Si el que partía era menos
pesado que el que llegaba, un tercero ayudaba a la maniobra tirando del
cable.
Algunos de nuestros marineros, de humor romántico, construyeron
barraquitas en el bosque. Piefzeck, ordenanza del comedor y criado para
todo, organizó por si mismo, con un holandés prisionero, un lavadero y
un taller de planchado; con su máquina de coser, transformó los manteles
de nuestras presas en sábanas, en camisas y en calzoncillos. Dreyer, el
carpintero, construyó un taller cerca del pequeño astillero que
establecimos frente de Americantown, para preparar nuestra canoa de
motor para un nuevo viaje hacia lo desconocido. No faltaba a nuestra
felicidad más que un buque capaz de devolvernos al mundo civilizado y a
la guerra. Nuestro crucero yacía roto en el arrecife solitario, pero nuestro
valor se conservaba intacto. Nuestra esperanza residía en la canoa;
muchos entre nosotros no creían que pudiera bastar para llevarnos lejos
150

de la isla y permitirnos la captura de un gran navío enemigo. Pero, a fuer
de soldados alemanes, no podíamos desperdiciar la más débil
probabilidad de continuar la lucha, y el corsario se parece al jugador, que
gusta de desafiar a la Fortuna.
Se estableció un plan de aparejo y se fabricó un mastelero, un bauprés,
un mozo y un botalón; las velas fueron cosidas, los víveres preparados y
el barco raspado y repintado. Comprendí entonces por primera vez en mi
vida cuánto trabajo costaba preparar convenientemente un buque para una
travesía.
Pescábamos en el coral, en los sitios donde el agua tenía alrededor de
un pie de profundidad. Los peces llegaban allí por la mañana para
alimentarse. Formando una larga cadena de hombres, los empujábamos
hacia el centro y luego, una vez reducido el círculo, los rodeábamos con
una red de acero. Sólo faltaba entonces que nuestros indígenas ensartaran
los peces.
Cuando el indígena de las islas del Sur va solo a la pesca, prefiere un
agua más profunda. Con los ojos provistos de grandes anteojos pegados a
la frente y a las mejillas se chapuza, atraviesa el pez con su arpón y le
rompe de una dentellada la espina dorsal; pero para los peces más
grandes se sirve de una especie de azagaya con punta en forma de garfio.
Pescábamos también con caña y con granadas. Las construcciones
coralíferas sufrieron algo, pero esto hacía saltar centenares de excelentes
peces: langostas, lenguados, lampreas. Los corales dan un reflejo tan
claro, que se puede ver a gran profundidad. Pero las lampreas hunden su
cuerpo en los agujeros de las rocas y únicamente sacan la cabeza; así es
que si no se va con cuidado, de cuando en cuando se reciben buenas
mordeduras.
Al alba partíamos en busca de tortugas gigantes, cuya carne y huevos
son excelentes. Podría contar también nuestras cazas de pájaros y jabalíes
y la hoguera de nuestro campamento por la noche con las canciones de la
Patria, acompañadas por el acordeón del marino y el reposo soñador y
nostálgico. Cerca de las diez, todo el mundo dormía profundamente bajo
la guardia de un centinela que pasaba delante de las cabañas. Sucedía a
menudo que el centinela, cediendo al canto del grillo y al zumbido de las
palmeras, partía también al país de los sueños, lo cual le valía una guardia
suplementaria al día siguiente. No teníamos cárcel: era el único
establecimiento que faltaba en nuestra ciudad.
La noche pertenecía a las ratas, a las hormigas, a las pulgas, a las
miríadas de insectos de todo género. Un oposum (una especie de
zarigüeya), traído por nuestros prisioneros, entraba por las noches en el
comedor en busca de agua. Piperlé corría por las tinieblas arrojando a los
151

cerdos, con gran escándalo. De lo alto de las palmeras vecinas, las ratas
bajaban sobre las tiendas; se las oía correr en todos los sentidos hasta la
mañana. Se advertía, al beber un vaso de agua, que contenía menos agua
que cangrejillos. Para impedir que las hormigas devoraran todo, era
necesario poner los pies de los muebles dentro de vasijas llenas de agua.
Durante la noche, Piperlé renovaba constantemente sus combates
heroicos contra los grandes cangrejos que subían a millares desde la playa
hasta el bosque. Sus patas y sus pinzas servían a nuestro cocinero y
añadía como ensalada, corazón de palma, que es la legumbre más
deliciosa del mundo; para catarla, es preciso ser más que millonario, hoy
que ser corsario, porque es el centro mismo de la corona de las palmas, y
un corazón de diez libras, puesto en ensalada, cuesta la vida a toda una
magnífica palmera. El gusto está entre el de la avellana y de los
espárragos, pero mucho mejor que uno u otro.
Así es que durante muchos días gozamos de la belleza de aquella
tierra, entre dos superficies líquidas, el mar gris y poderoso y la laguna
tranquila. Mas yo me cansaba ya de jugar a ser gobernador; la vida era
demasiado monótona y el mar nos atrajo de nuevo apenas recobradas
nuestras fuerzas. La decisión merecía ser bien pensada, pues ponía en
juego la vida de seis hombres. Tardamos mucho en contrabalancear los
peligros y las probabilidades de éxito. Nuestro barco estuvo listo el 23 de
agosto. Bajo la dirección experimentada del teniente Kircheiss, habían
bastado quince días de trabajo. No quedaba más que una rendija y aun en
tiempo de calma era preciso achicar cuarenta baldes de agua por día.
Sabíamos que nuestra empresa era más audaz que todo lo que habíamos
hecho. Las olas nos iban a rociar copiosamente el rostro y partíamos en
guerra, como los indígenas de aquellas islas, sobre una especie de tronco
vaciado.
Celebramos, pues, consejo de guerra. ¿En qué dirección debíamos
partir? ¿Cuánto tiempo los hombres que quedaran en la isla debían
esperar nuestra vuelta? Si se marchaban de Mopelia, ¿bajo qué árbol
dejarían sus noticias? Cada seis meses, en efecto, un velero iba a buscar
los cocos y las tortugas que juntaban los indígenas. Nosotros, con nuestra
canoa, nos dirigiríamos primeramente hacia las islas de Cook y si no
encontrábamos ningún navío, continuaríamos hacia las Fidji, donde la
navegación es más intensa. Al forjar ese plan no habíamos contado
bastante con las dimensiones reducidas de nuestra canoa y con los vientos
violentos que soplan en septiembre en aquellos archipiélagos.
Esperábamos hacer un promedio de 60 millas por día; 30 días nos debían
bastar para ir a las Fidji y podíamos volver a Mopelia antes de tres meses,
con un buque capturado.
152

La canoa no tenía cubierta. Su longitud era de seis metros y su borda,
en el centro, tenía sólo veintiocho centímetros; pero, en fin, flotaba. La
débil protección que nos ofrecía contra las olas de un mar grueso puede
juzgarla todo el que sea marino. Pero también cada lector que haya
alquilado alguna vez una canoa en un río puede representarse qué
empresa era llevar allí provisiones para seis personas y para una larga
travesía en alta mar. Nuestro armamento consistía en una ametralladora,
dos fusiles y algunas granadas y revólveres. Dejando aparte algunas cajas
de conservas de carne y tocino, nuestra despensa no contenía más que pan
duro y agua. Habíamos instalado aparatos náuticos y sextantes; un
acordeón y un libro en bajo alemán completaban nuestro equipo.
Todos, naturalmente, deseaban tomar parte en el viaje: yo escogí
aquellos cuya salud era mejor. El teniente Kircheiss, el teniente
Lüdemann, el mecánico Krause, el contramaestre Permien y el marinero
de primera clase Erdmann. Como comandante que había perdido su
navío, sentíame dichoso de volver a encontrar otro y pasé mis poderes en
tierra al teniente de la reserva Kling.
La Kronprinzessin Cecilie, el más diminuto crucero de la Marina
alemana, estaba dispuesto a partir. Un apretón de manos y el lazo que
durante tanto tiempo unió nuestro pequeño grupo de 64 hombres quedó
roto. Parecía que el alma se me partía en dos. En aquel momento,
comprendimos cuánto nos queríamos unos a otros. ¡Y, luego, pensar en la
incertidumbre del destino de los que marchaban! A pesar del orgullo de
ver el pabellón alemán subir a la punta del mástil, una pregunta
angustiosa se leía en los ojos de los que se quedaban: «¿Podrá soportar la
canoa una tempestad?” Nadie sentía deseos de lanzar hurras. Nos
alejamos de tierra; dos pabellones alemanes flotaban de nuevo en el vasto
océano, uno en la cima de una palmera, otro en el mástil de nuestra
canoa. Nuestra potencia naval estaba en consonancia con la potencia de
nuestro dominio insular. Pero tanto tiempo como latieran nuestros
corazones alemanes continuaría el esfuerzo para sostener la guerra,
aunque ésta fuera en miniatura.
Pasamos cerca de nuestro Seeadler. La resaca había ya teñido el casco
de un color rojizo obscuro: los palos estaban rotos y el navío, movido por
las olas, parecía respirar como un ser viviente; hubiérase dicho que
trataba de enderezarse para decirnos: «¡Hasta la vista!» y, deseoso de
compartir nuestra suerte, volvía a caer impotente sobre su lecho de rocas.
Luego nuestra cáscara de nuez se deslizó hacia alta mar. Un último rayo
de sol en la bruma hizo centellear las letras de oro «Irma».
La isla había desaparecido y nos hundimos en el desierto del océano.
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CAPÍTULO XIV

Dos mil trescientas millas marinas
en una cáscara de nuez
Desembarcamos en Atiu. Desconfianza del residente de
Aitutaki. Lucha con los elementos. En la isla Niue. Llegada a
las Fidji. Planes para apoderarnos de una goleta.
¡Prisioneros!
Armado de un lápiz azul, el teniente Kircheiss inscribió
orgullosamente el nombre de Kronprinzessin Cecilie en la primera página
de nuestro diario de a bordo. El tiempo fue magnifico al principio y
nuestra pequeña embarcación hacía cuatro millas por hora. Habíamos
puesto la proa hacia la isla de Atiu, cerca de unas trescientas millas al
Oeste-sudoeste.
Con nuestras provisiones: dos meses de pan duro y tres semanas de
agua dulce, la canoa estaba tan llena que no se podía pasar de proa a popa
más que a galas. El pan estaba embutido en las cajas de aire con el agua,
tabaco, aparatos fotográficos y la ropa necesaria; era el único sitio seco en
la canoa; pero la flotabilidad quedaba así notablemente disminuida.
Teníamos cuatro colchones, de manera que cuatro hombres podían estar
tendidos a la vez; aunque a medias, es verdad, los dos de proa, pues las
jarcias y demás aparejos les impedían estirar las piernas.
Nuestro equipo de civilización consistía en seis platos esmaltados, seis
pares de cuchillos y tenedores, seis vasos, una cafetera, veinte mil marcos
y algunos rollos de papel higiénico. Como retrete, no teníamos nada más
que la roda, que a veces quedaba bajo las aguas, y durante la operación,
era preciso asirse a un estay muy delgado y el cuerpo se balanceaba a
cada movimiento de la canoa. Sufrimos espantosamente de estreñimiento,
a consecuencia de nuestro régimen: pan duro, agua e inmovilidad.
Si se añade a ello los barriles de agua dulce, el motor, etc., se debe
uno preguntar cómo seis hombres podían encontrar sitio en aquella
especie de zueco de Navidad. Para abrigarnos algo contra el mar y la
lluvia, habíamos clavado sobre la empavesada una ancha tira de lona de
vela que se replegaba durante el mal tiempo hacia el centro del barco. Los
dos lados se unían y formaban techo, sostenidos por arcos de hierro,
dispuestos de dos en dos metros. Sin esta protección, algunas veces
habríamos embarcado agua bastante para ir a pique.
¿Ha viajado alguna vez el lector durante mal tiempo en una barca de
un pie de borda? Para acostumbrarse, que se instale cada día en un

columpio colgado muy alto y que unos muchachos tiren con vigor de las
cuerdas fijadas en el asiento del aparato y sin ningún método. Un choque
de vez en cuando contra el poste derecho o el izquierdo y algunos cubos
de agua fría contra el rostro. Al cabo de algunas semanas el hombre y su
estómago estarán acostumbrados y dispuestos para correr una aventura
como la nuestra. En nuestro carricoche oceánico, nos creíamos en camino
para realizar grandes cosas.
Por la mañana, a las seis, los dos hombres que estaban en vela
llenaban la cafetera; una lámpara de soldar servia de fogón. Esto no iba
bien cuando el oleaje era demasiado fuerte y entonces debíamos
contentarnos en vez de café con una especie de calducho tibio. Durante
los últimos días de la travesía, no tuvimos nada ni caliente ni seco.
Durante las primeras jornadas, por el contrario, la vida fue bastante
confortable. A las ocho, los cuatro hombres que dormían se levantaban,
se arreglaban, se lavaban con agua salada y luego, reunidos en el
entarimado del sollado, tomábamos el café con pan duro. En seguida,
después de haber calculado la posición, si hacía buen tiempo, nos
encontrábamos libres para entregarnos a nuestras diversiones
intelectuales. Como nuestra biblioteca no comprendía más que un libro,
Lüdemann, lector titulado, nos leía los capítulos del Viaje a
Constantinopla. Si Fritz Reuter hubiese podido saber que su libro
contribuiría un día a mantener despiertos a seis alemanes perdidos en el
Pacífico, seguramente hubiese encontrado doble placer escribiendo las
aventuras de su «camello viejo».
Hacia mediodía hacíamos de nuevo el cálculo náutico, luego
distribuíamos cubiertos y almorzábamos alrededor del compás. La tarde
era generalmente desagradable: siempre sentados en el mismo sitio y a
pleno sol, parecía que el cerebro acabaría por licuarse. Era preciso
economizar agua; no podíamos jamás apagar por completo nuestra sed.
Al fin de la tarde leíamos de nuevo un poco: luego escribíamos
algunas líneas en el diario de a bordo y venía la comida y a continuación
una velada musical; acordeón y cantos, viejos Heder alemanes y
canciones de café-concierto. Y después un poco de charla hasta el
momento en que Morfeo, séptimo compañero, subía a bordo. Las noches
eran bastante frías, pero poco importó mientras tuvimos buen tiempo:
nuestros vestidos por lo menos estaban secos. Sucedió una vez que una
ballena pasó en dirección opuesta y cerca de la barca, y nos dejó
chorreando con el agua que despedía.
Yendo a bordo de una embarcación tan pequeña, los cálculos náuticos
eran bastante difíciles. No había mesa para desplegar los mapas; un
momento de descuido y todo se iba al agua. Cuando había mar gruesa, la
155

mano que tenía el sextante estaba rígida. La tabla de logaritmos,
secándose al sol, se hinchaba como una carroña.
Siempre en busca de buques enemigos, llegamos al tercer día de
nuestro viaje a Atiu, la primera isla del grupo de Cook. Era la primera vez
que entrábamos en un país enemigo habitado. Acompañado de Kircheiss,
fui a la oficina del residente británico, hendiendo la muchedumbre de
indígenas reunidos y boquiabiertos en torno de nuestra rara embarcación.
El señor del lugar estaba tendido en la galería, en mangas de camisa y
pantalón. No se levantó al acercarnos. Se leía en su rostro que un decreto
divino había sometido la tierra entera a los anglosajones.
—Mi nombre es van Huten —empecé yo, bajo la mirada desconfiada
del residente— y he aquí a mi primer oficial Southart.
Kircheiss, cuyo inglés era mejor que el mío, continuó en estos
términos:
—Somos americanos, de origen holandés. Hace dos meses en un club
de San Francisco, apostamos a que saldríamos de Honolulú en canoa
abierta y volveríamos pasando por las islas Cook y por Tahití. Nos vemos
obligados a abordar en ciertos sitios determinados. He aquí por qué le
rogamos que tenga usted la bondad de darnos un certificado que atestigüe
que hemos pasado por aquí. Quisiéramos también abastecernos de agua,
de conservas y frutas.
Aunque nuestra aventura le pareció un poco atrevida, el rostro del
residente se aclaró. No nos pidió papeles ni el libro de a bordo. A fuer de
verdadero inglés, había de tal manera descuidado el estudio de las
lenguas extranjeras, que tomó por holandés el bajo alemán que yo
hablaba con Kircheiss y, sin embargo, había hecho la guerra de los boers.
Nos enfrascó en una conversación sobre la guerra actual: todo el
provecho, a su juicio, sería para la raza amarilla. Las hazañas de los
alemanes le inspiraban mucho respeto. Nos guardamos, naturalmente, de
alabar a Alemania.
Al cabo de un cuarto de hora, nuestra reunión aumentó a consecuencia
de la llegada de un misionero francés, quien, encantado por las pocas
palabras francesas con que le saludé, nos invitó en el ardor de su
patriotismo a que fuéramos a su casa y nos sirvió una excelente comida al
mismo tiempo que una Marsellesa en el fonógrafo. Los alemanes,
naturalmente, no salieron bien librados de nuestra conversación. De la
Residencia a la casa del misionero, habíamos podido admirar el salvaje
esplendor de la isla y la armonía de una vegetación tropical en la que se
mezclaban cocoteros, bananeros, mangos y naranjos. A la vuelta nos
detuvimos en la calle de la aldea y las graciosas hijas de los jefes tuvieron
la ocasión de admirar a los héroes de la fantástica apuesta. Llegamos a la
156

canoa, cargados de ramos soberbios y de invitaciones encantadoras para
el porvenir. Hice la última visita al residente para interrogarle acerca de
los buques que eran esperados allí. La fecha del próximo velero era
indeterminada, de modo que aplazamos hasta Aitutaki la esperanza de
encontrar una presa. Partimos en esa dirección teniendo en el bolsillo el
certificado del residente de Atiu.
El tiempo había empeorado. Ráfagas de lluvia incesantes y olas que
pasaban por encima de la borda nos mantenían en una constante
humedad. Llegamos a tener que achicar más de 250 cubos por hora y
nunca estuvimos completamente secos durante los veinticinco días que
duró esa segunda etapa del viaje. Hacía un espantoso frío y era difícil
poder calentar el café. Imposible dormir sobre los colchones pantanosos,
bajo las mantas empapadas en agua, y se alegraba uno de estar de guardia
para calentarse trabajando un poco. Nuestro toldo de lona se agujereaba y
aun cuando la lluvia no cayera, el rocío del mar impedía que nada se
secara.
Un día vimos que se formaba una tromba casi bajo nuestros ojos. Una
lluvia fina saltó de pronto burbujeante a la superficie del mar. El
torbellino aumentó de velocidad y de volumen. Masas de agua siempre
más considerables se elevaban en remolinos. Luego, en mitad del límpido
cielo, apareció una nube pequeña; negra, muy negra, se precipita hacia
abajo en forma de embudo. De pronto, el torbellino y la nube se juntan y
una gigantesca columna de agua une el mar al cielo con un estrépito
espantoso. La columna avanza; la barquita está inmóvil. ¡No hay ni un
soplo de aire! ¿Cómo escapar a aquel gigante en marcha? El hombre del
timón trata de gobernar; pero la barca no se mueve y bruscamente,
gracias a Dios, el monstruo sonoro se desploma sobre si mismo con un
estrépito ensordecedor y pasamos largo rato balanceados por la poderosa
ola. Una suerte dichosa nos hizo escapar a muchas de esas trombas.
Llegados a Aitutaki, no encontramos, desgraciadamente, ninguna
goleta que capturar. Resolvimos, sin embargó bajar a tierra, con la
esperanza de saber noticias acerca del tráfico marítimo y de dormir por lo
menos una noche bien secos y al abrigo, pensando que así
descansaríamos nuestros miembros extenuados. Era el 30 de agosto.
En el muelle, en medio de algunos centenares de indígenas, el
residente esperaba a los extraños huéspedes. Habíamos trocado el origen
holandés por el noruego, pues se nos había señalado en Atiu la
proximidad de comerciantes holandeses con los cuales no queríamos
trabar conocimiento. Únicamente el contramaestre Permien, que conocía
un poco el holandés, y ninguna otra lengua extranjera, recibió permiso
157

para saludar a sus compatriotas, pero le dimos antes algunas lecciones de
sordera.
Con su monóculo, el residente se parecía al presidente Wilson. Lleno
de desconfianza, empezó por enviarnos un carpintero noruego, con quien
dichosamente Lüdemann pudo explicarse de un modo fácil, de manera
que ese testigo intervino calurosamente en nuestro favor. Haciendo gala
de su astucia, nuestro Wilson trató de separarnos. Por más que quisimos y
tratamos de escapar a sus tretas, los notables nos invitaron a bañarnos y a
comer en sus casas respectivas, con tal insistencia, que nos fue imposible
rehusar. Por lo que pudiera suceder, metíme una granada en el bolsillo y
los demás hicieron lo propio. Imposible, por otra parte, secar nuestras
ropas y efectos, pues los indígenas rodeaban la canoa de tan cerca que
hubiera bastado levantar las mantas para descubrir nuestro almacén de
armas.
Comí en casa de un comerciante, mister Low; Kircheiss había sido
invitado por el residente. Notamos que nuestros dos huéspedes
cambiaban constantemente notas para combinar sin duda las preguntas y
comparar las respuestas. Aprovechamos la primera ocasión para volver al
barco. Lüdemann nos contó que según lo que le había dicho el noruego,
se nos tomó por alemanes y que nuestra canoa debía ser varada.
Convinimos entonces en que dos de nosotros estarían siempre de guardia
en la canoa y que a la primera alarma barrerían el muelle con su
ametralladora. Nosotros nos embarcaríamos en seguida en tal caso.
Esperando el certificado prometido por el residente, recorrimos las
tiendas para completar nuestras provisiones. Permien estaba callejeando,
cuando un misionero holandés le paró. Permien pretextó un servicio
urgente en el barco, y Erdmann en su lugar se entretuvo hablando un rato,
con el poco holandés que sabía, con el piloto celeste. Este nos invitó a
todos; pero teníamos ya compromisos. Mister Low nos trajo diarios
ilustrados para enseñarnos las trincheras alemanas. Su almacén estaba,
por otra parte, lleno de mercancías «made in Germany» y, como se lo
hicimos notar, se alegró expresamente de que fueran aquéllos sus últimos
restos, pues las mercancías alemanas no entrarían más en aquella isla.
Así, recogimos una nueva señal de la expansión pasada de nuestro
comercio, en el momento mismo en que la triste soledad de nuestra Patria
encontraba un símbolo en nuestro desastroso papel de muchachos
perdidos en el Pacifico.
Sin embargo, conservábamos la esperanza de la victoria y si todos, en
el país, se hubiesen portado como nuestra pequeña tropa de náufragos, las
mercancías alemanas hubieran recobrado su camino hacia todos los
rincones de la tierra, pues el respeto inspirado por nuestra nación era
158

inmenso y oíamos bajo nuestro disfraz de neutrales el temor, sin cesar
repetido, de que Alemania fuera capaz de anexarse todas las islas del Sur.
Se nos invitó a pasar la noche en casas particulares; pero, temiendo
alguna celada, preferimos permanecer en nuestra canoa a pesar de todo el
placer que hubiésemos encontrado durmiendo en un lugar seco.
Por fin, el señor Wilson nos hizo llamar y después de dirigirnos
muchas preguntas, me pidió mis papeles de navegación. ¿Por qué? «Mi
gente —dijo— os toma por alemanes. Yo sé que no es verdad: pero
quisiera tranquilizarla.» Vacilaba evidentemente entre el deseo de
arrestarnos y el temor de un combate. Hundiendo la mano en el bolsillo,
preparé mi granada y nos fuimos a la canoa en compañía del residente y
rodeados de centenares de indígenas. En el desembarcadero, un
muchachote grande y fuerte, tocado con una gorra militar y que había
estado en Flandes, preguntó al residente si debía detenernos. Murmuré al
oído de Wilson: «Al primero que haga una tontería lo mato.» «No diga
usted semejantes cosas», contestó él. Permanecí sentado en el muelle
mientras el residente entraba en nuestro barco para revisar los
documentos. Esta operación parecía, por otra parte, no inspirada por su
propio valor, sino por el deseo popular.
Imposible, naturalmente, encontrar el libro de a bordo. Quizá había
caído al agua. Sin embargo, Kircheiss acabó por presentar el libro de a
bordo de una goleta americana que habíamos capturado y que habíamos
conservado a causa de los datos geográficos que contenía.
Desgraciadamente nos habíamos servido de él también para inscribir allí
nuestras posiciones cronométricas. En la primera página se leía en
grandes caracteres: «Marina Imperial» y había un timbre representando el
águila alemana.
—¿Qué lengua es ésa? —preguntó el residente.
—No lo sé —contestó Kircheiss—; hemos tomado este cuaderno en
Honolulú.
—¿Y qué significa: «Gang und Stand?» —preguntó Wilson,
señalando con el índice las indicaciones manuscritas que coronaban las
columnas de cifras.
—Eso quiere decir «Navegación» en noruego.
Wilson prefirió creerlo. En aquel instante teníamos la superioridad
militar. Al pasar, levantó un pico de la manta y apareció un cañón de
revólver. Tapó en seguida, diciendo a Kircheiss: «No permita que vea
esto la multitud.» Todo estaba dispuesto para el combate: la
ametralladora, las bayonetas y las granadas estaban coloradas en tan buen
orden que no teníamos más que cogerlas como peras en un peral. El
residente estaba pálido. Gritó a los que le acompañaban, y que le
159

esperaban de pie en el muelle: «Muchachos, todo está en orden.» Y
cuando me reuní a él en el barco, me dijo: «Tape usted bien todo eso»,
enseñándome el montón de granadas, con las mejillas como
embadurnadas con yeso. Y repitió de nuevo a la muchedumbre: «No he
encontrado nada. Son honrados deportistas.» Y añadió a mi oído: «Se lo
ruego; no me lleven prisionero.»
Hubiésemos querido permanecer unas horas allí todavía, pero sacando
el reloj, Wilson dijo: «Gentlemen, lo mejor sería que marcharan ustedes
inmediatamente». Desembarcamos juntos y para disimular charlé un rato
todavía con él en la playa, mientras Kircheiss volvía tranquilamente a la
aldea para buscar algunas naranjas que se nos había prometido. El
certificado del residente estaba dispuesto. El piloto indígena era de
parecer que retardáramos nuestra partida algunas horas; pero el residente
decretó de modo autoritario que debíamos marchar en seguida. Aprobé
este partido, entrando en el juego del europeo para disipar las sospechas
de los indígenas y evitar sucesos desagradables a la población blanca de
la isla. El residente sabía perfectamente con quién se las había habido.
De regreso Kircheiss, nos apresuramos a abandonar aquel rincón
peligroso. Salimos a alta mar y durante trece días no vimos ninguna
tierra. Nuestra canoa no estuvo ni un momento seca.
Fue durante aquella travesía que hubimos de soportar los mayores
sufrimientos; fue un combate sin tregua con los elementos. No hubo
sueño de noche ni de día, y únicamente estábamos ocupados en mantener
la canoa a flote a fuerza de achicar el agua. Durante tres días atravesamos
un campo de betún producido por los volcanes submarinos. Allí estaba el
territorio de origen de aquel maremoto que había causado la pérdida de
nuestro Seeadler. Aquel betún echado por las olas al interior de la canoa
ensució toda nuestra ropa ya mojada y asquerosa desde hacía mucho
tiempo. Era un chapoteo continuo y seguía lloviendo siempre. Importa
poco la humedad durante el día si se puede tender uno por la noche en
una cama seca, pero no había ni un abrigo. Nuestro cuerpo humeaba a
causa del frío. Por todo alimento, agua y pan duro. Los colchones no
podían secarse y por ello los habíamos lanzado por encima de la borda.
Durante el día, muchas veces sentíamos la piel requemada por el sol
tropical y por la noche, para defendernos del frío glacial, no teníamos
nada más que mantas húmedas. Nuestra agua se agotaba y no podíamos
ya apagar nuestra sed. Imposible tocar el excelente tocino que nos
quedaba, por temor de aumentar todavía nuestra sed, de la que parecía
burlarse la superficie cristalina del mar. Tratamos de recoger agua de
lluvia en una vela; pero el tejido estaba de tal manera impregnado de sal,
que no pudimos beber aquel líquido salobre. Inconscientemente tomamos
160

la costumbre de chuparnos los dedos y mordisquearnos la mano para
refrescar con saliva nuestras encías secas. El beri-beri, del cual nos
habíamos desembarazado en Mopelia, manifestó de nuevo sus síntomas.
Nuestras articulaciones, sobre todo las rodillas, empezaron a hincharse.
Era imposible movernos en nuestro estrecho dominio. Bien pronto no
pudimos sostenernos en pie. Se nos hinchaba la lengua, las encías se
blanqueaban, los dientes doloridos vacilaban en sus alvéolos cuando
trataban de mascar el pan duro. ¡Qué no hubiéramos dado por una comida
caliente, por una cama seca, por un poco de movimiento! El hombre no
está hecho para esa vida de anfibio. A los choques causados por el oleaje,
nuestras rodillas nos arrancaban gritos de dolor. Nuestros ojos padecían
una especie de presión de dentro hacia fuera. No podíamos ya más y nos
dábamos asco a nosotros mismos.
Permien había imaginado hacer señales en su cuerpo y observaba asi
de día en día la subida del agua en sus miembros. «Cuando llegue al
corazón, pensábamos, esto se terminará.» Y cada cual se decía: «Seré el
primero en partir.» ¿Por qué luchar aún? ¿No era mejor morir todos a la
vez? Estábamos ya dispuestos a arrancar el lastre de hierro, cuando uno
de nosotros, más enérgico que los demás, nos trajo un consuelo, el libro
de Fritz Reuter. Sus páginas nos pusieron nuevamente de buen humor.
«Volveremos a nuestra casa, no queremos morir.» El neurasténico es
como un niño; el libro nos bastó para recordarnos la Patria y una
nostalgia nos invadió, arrojando de nosotros el deseo de la muerte. Como
un punto luminoso volvió a renacer la esperanza de encontrar de nuevo el
país que ha producido tales hombres. Una especie de noche nos rodeaba.
No podíamos pensar claramente. Nuestros sesos eran como un montón de
algodón en rama. Sin dormir ja- más, una modorra continua nos invadía y
aquejaba hasta al que empuñaba la barra del timón. Vivíamos como en
otro mundo; pero la subconsciencia y el instinto nos inducían a seguir el
buen camino, a utilizar cada soplo de viento, a no perder ni una hora.
¡Adelante, siempre adelante! Cada minuto nos acercaba a la liberación.
Una bella mañana apareció en el horizonte la pequeña islita inglesa de
Niue. Era preciso procurarnos víveres frescos, so pena de perecer. La
llegada de un barco en aquellas islas es siempre un acontecimiento.
Veíamos afluir los indígenas al desembarcadero. Nuestra ametralladora
está presta, nuestros fusiles igualmente y enarbolamos el pabellón
imperial. Hasta entonces no habíamos usado nunca nuestras armas; la
vista de nuestro pabellón bastaba para que el enemigo cayera de rodillas.
Nos acercamos, la multitud reconoció nuestros colores, y cuál no sería
nuestro asombro al oír estos gritos: «¡Venid, alemanes, pueblo heroico;
venid, vosotros que combatís contra el mundo entero! Nosotros también
161

somos guerreros; pero no hemos podido batirnos nunca contra las demás
islas reunidas.» Y mostrando un grupo aislado, añadieron: «Esos
camaradas nuestros han sido llevados a un gran navío para combatir
contra vosotros; pero no pudieron soportar el clima del frente occidental y
atacados por una enfermedad incurable han vuelto como simples fardos.»
Hay que conocer el alma de los indígenas para comprender sus
simpatías hacia nosotros. Esas nobles razas, sometidas desde muchas
generaciones atrás a la dominación extranjera, tienen una cuenta que
arreglar con sus opresores. Alemania, el principal enemigo de Inglaterra,
les inspiraba, naturalmente, un gran respeto. Además, los indígenas
sienten, como si fueran hidalgos, cuanto se refiere al honor militar. La
propaganda odiosa del mundo entero contra el pueblo alemán hería sus
sentimientos deportivos. Conocen de un modo admirable cuanto ocurre
en este bajo mundo. Se reúnen por la noche para hablar; los viejos
cuentan: «América, Francia, Inglaterra, Australia, Nueva Zelanda, all, all,
people, combaten contra Alemania. No puede dejar de ser aplastada». Y
he aquí que sus camaradas vuelven de allá abajo, enfermos, con la noticia
de que los alemanes están todavía en Francia y que esto dura desde hace
años. Esto da mucho que reflexionar, y un día aparece un barco que
levanta la bandera alemana: «¿De modo que los alemanes llegan hasta
aquí?» La pequeñez de nuestra canoa no les sorprende: cuando se
combate contra el mundo entero, hay que sacar partido hasta de la más
pequeña embarcación. Fue hacia la misma época que Sydney recibió la
memorable visita de un aeroplano alemán: el Wolfchen, lanzado por el
Wolf, otro corsario alemán de los mares del Sur22. Esta ubicuidad del
adversario causó a los ingleses una inquietud que llenó a los indígenas de
una alegría silenciosa. Para desmentir el hecho, la censura inglesa negó la
existencia del Wolfchen.
Nuestro deseo nos hubiese llevado a abordar en Niue, pero tuvimos el
temor de presentarnos en tan lamentable estado a aquellos hombres que
se habían formado tan alta idea del pueblo alemán. ¿Ibamos a
tambalearnos delante de ellos, apoyándonos en muletas? Disimulando
que no podíamos levantarnos, contestamos, sentados, a los cumplidos que
nos hacían; pedimos víveres frescos, expresando el pesar de que nuestras
órdenes no nos permitieran bajar a tierra. Debíamos volver a partir
inmediatamente. Nos trajeron bananas. Era el mejor remedio para
nuestros males. En agradecimiento, con nuestros dedos engarabitados,
arriamos nuestra bandera y marchamos hacia alta mar entre clamores de
entusiasmo. A Dios gracias, las bananas eran una carne que podían
22

162

Ver Apéndice I.

morder nuestros dientes descarnados. Nuestros cuerpos recobraron un
poco de elasticidad y el mal pareció remitir. La espera de una presa
próxima nos impedía desesperar.
El vigésimo segundo día de nuestro viaje llegamos a Katafanga, una
isla que pertenece a las Fidji orientales, y pudimos por fin bajar a tierra
para dar un poco de juego a nuestros miembros anquilosados. Se alzaba
allí una casa deshabitada que era propiedad del jefe de la plantación.
Encontramos en ella un número atrasado de Eco, diario de los alemanes
en el extranjero, vestigio de nuestra antigua expansión. Al declararse la
guerra, el plantador alemán, arrojado de su casa, debió refugiarse sin
duda en un rincón salvaje de la isla. Sus sucesores ingleses habían dejado
la casa en un estado de abandono lamentable. Pasamos allí, sin embargo,
dos días de bienestar celestial.
Proseguimos en seguida nuestro camino hacia las grandes Fidji. Una
noche, habiendo recalado en un golfo abrigado por diminutos
archipiélagos y deseosos de esperar el día para acechar la llegada de
algún buque, habíamos cargado las velas y lanzamos un áncora flotante,
durmiéndonos después, mientras íbamos lentamente a la deriva.
A las tres de la mañana, un grito de espanto nos despertó. Krause
extiende el brazo: «¡El arrecife!» ¡Somos arrojados encima de él! Nos
levantamos titubeando, la resaca ante nosotros blanquea la noche como
una pared. La corriente nos empujaba, la muerte estaba próxima. ¿No
podíamos izar la vela? Sí, pero el viento soplaba contra tierra.
Ensayamos, sin embargo. ¡Qué minuto de angustia! ¿Nos permitirían
salvarnos el viento, la corriente, la configuración del escollo? Nos
aproximábamos a la resaca, sin que nadie dijera una palabra, sintiéndonos
ya tragados por el torbellino y arrastrados sobre los corales, cuando, de
pronto, el escollo forma ángulo y huye ante nuestro tajamar. Una ráfaga
de viento nos permite tomar distancia; estamos salvados.
Buscando un abrigo bajo la costa de la isla de Wakaya. Nos tomaron
por náufragos y un barco vino en socorro nuestro. Llegados al puerto,
encontramos allí gran número de buques anclados. No habían salido a
causa de la tempestad y, por lo tanto, no habíamos podido encontrar hasta
entonces la presa tan ardientemente deseada. Nos encontrábamos, pues,
por cuarta vez en territorio enemigo.
A las preguntas que se nos hicieron, contestamos con embustes de
toda especie. Creo que rebasamos en imaginación a los diarios
neozelandeses. Los indígenas no tenían desconfianza; pero un mestizo
que nos asaeteaba a preguntas más y más complicadas acabó por urdir
contra nosotros una especie de conspiración. La tempestad nos obligaba a
prolongar nuestra estancia. Paseándome con Kiircheiss por una avenida
163

del bosque mojada por la lluvia, vimos llegar un blanco a caballo, muy
excitado, muy pálido, y que contestó apenas a nuestro saludo. El mestizo,
como supimos más tarde, le había informado de la presencia de un grupo
de alemanes en la isla; el aspecto extraño de aquel jinete nos determinó a
dar en seguida media vuelta. Los marineros que estaban en la canoa nos
contaron que un balandro acababa de salir del puerto; luego supimos que
iba a llevar a las autoridades la noticia de nuestra llegada.
Por la noche bebimos en unión del blanco y el mestizo. Esto nos costó
por desgracia el resto de nuestro ron, pero las lenguas se desataron. El
blanco entró en confianza y nos contó riendo que nos había tomado por
alemanes. En seguida empezó a pelear con el mestizo y fuimos a dormir
en su casa Kircheiss y yo, mientras los otros cuatro camaradas pasaron
todavía en la húmeda canoa una espantosa noche en vela. Tiesos como
estacas, al día siguiente por la mañana preparamos todo para la partida en
el primer momento favorable. A las once, el tiempo mejoró. Los veleros
en el puerto se disponían también a aparejar. Nos despedimos con
cordiales apretones de mano de nuestros huéspedes, que parecían haber
desechado toda desconfianza. Apenas habíamos dejado el puerto,
siguiendo la estela de los grandes veleros, cuando unas ráfagas de viento
nos obligaron a entrar de nuevo al abrigo, así como a los otros veleros.
Fue preciso pasar una segunda noche en tierra; mis hombres, a quienes se
ofreció un establo, no quisieron ir allí y tampoco aquella vez se separaron
de la canoa por incómoda que fuera. A pesar de todo, el pesar que por
ello sentíamos fue una precaución saludable la de aquellos muchachos,
pues unas formas misteriosas que salieron de las sombras trataron por dos
veces durante la noche de varar nuestra canoa en la playa.
Hacia el anochecer, una maravillosa goleta con motor auxiliar había
entrado en el puerto. Kircheiss y yo, volviendo de paseo, nos detuvimos;
aquel soberbio navío debía pertenecemos. ¿Nos apoderaríamos de él en
seguida o esperaríamos al día siguiente? Un consejo de guerra que
celebramos a bordo de nuestra canoa nos llevó a la resolución siguiente:
Kircheiss iría a encontrar el capitán de la goleta y diciéndole que éramos
marinos de un vapor americano, le pediría que nos tomara como
pasajeros, y en cuanto estuviéramos en alta mar, nos apoderaríamos de la
goleta.
Así lo hicimos. El capitán de la goleta nos dio cita a bordo a las tres de
la madrugada. Cogemos nuestros uniformes y los ponemos en sacos junto
con cuanto nos convenía llevar, y subimos a nuestro futuro navío con
armas y bagajes. ¡Qué salón tan maravilloso! ¡Y las literas y la cocina!...
Y sentirse de nuevo al abrigo, tener bajo los pies una cubierta por donde
se puede pasear. ¡Qué alegría para los camaradas cuando nos vean llegar
164

con aquella presa espléndida! Los dos motores nuevos nos permitirían
continuar la guerra de corsario. El áncora sube a su sitio. Tan pronto
como lleguemos a alta mar, nos presentaremos al capitán como alemanes
e izaremos el pabellón imperial.
Pero un gran vapor entra por la boca del puerto.
Trae, sin duda, dice nuestro capitán, al propietario de la isla, ya que el
mal tiempo impedía los viajes a vela. El vapor se detiene y bota una
canoa al mar. Un oficial y cuatro cipayos se dirigen hacia nosotros. Los
uniformes están en los sacos. Hubiera sido fácil, por medio de un balazo
o de una granada, matar al oficial, que era el único que traía un revólver,
pues los indios no tenían más que bayonetas y el espíritu de decisión rara
vez nos ha faltado. Pero siendo oficiales y marineros de la Marina
Imperial, vestidos de paisano, ¿que podíamos hacer? El honor no nos
abandonó, impidiendo que nos comportáramos como francotiradores. Un
paisano no puede atacar a un uniforme; a causa de esa decisión
psicológica, debimos nuestros éxitos poco sangrientos; pero, en cambio,
esta vez causó nuestra pérdida.
Al oficial de policía que nos interroga me presento: «Comandante del
Seeadler, con una parte de mi tripulación.» Blanco como una camisa no
se atrevía a acercarse y, sin embargo, debilitados por el pan duro, el agua
salobre y la inmovilidad, de fijo que no presentábamos un aspecto muy
temible.
Así acabó, cuando creíamos que iba a empezar, nuestro nuevo
crucero.

165

CAPÍTULO XV

Prisioneros de los ingleses
Nos trasladan a Suwa. Encarcelado y separado de mis
compañeros. Entrevista con un almirante japonés. Odisea de
los camaradas que quedaron en la isla Mopelia. Se apoderan
del barco francés Lutèce. Naufragan en la isla Pascua. Son
llevados a Talcahuano.
¡Prisioneros! Después de tantas aventuras y astucias, y a punto de
alcanzar el éxito deseado, estábamos presos, y eso porque no habíamos
querido, vistiendo de paisano, disparar contra el enemigo.
—¡All right! —dijo el inglés a quien me había presentado—. Su
nombre es conocido y será usted tratado como conviene. Soy inglés —y
subrayaba la palabra inglés.
Pero la vieja criada del vapor Amra nos acostumbró bien pronto a otro
tono: «Esos hunos, exclamaba, ensucian nuestra cubierta que los pobres
negros deben limpiar luego. Los hunos deberían ser pintados de negro; yo
proferiría ser antes negra que alemana. Hundir buques cargados de
mujeres y niños. He ahí todo lo que saben hacer. Quisiera poder matarlos
antes de almorzar.»
Toda la propaganda de nuestros enemigos hablaba por boca de aquella
cándida mujer.
Llegamos por la noche a Suwa. La ciudad entera estaba conmovida:
una escolta de cien hombres condujo a los seis pobres diablos hasta el
Asilo que nos estaba destinado. En la multitud, los blancos nos insultaban
al pasar; los negros nos miraban con silenciosa admiración.
Al principio se nos alojó en el Asilo de los indígenas, una especie de
edificio construido por orden del gobernador para ofrecer un abrigo a los
negros de las otras islas que pasaban por Suwa. Veinticinco hombres
guardaban las puertas y ventanas. ¡Qué lujo de precauciones para seis
prisioneros! El jefe del establecimiento era un muchacho simpático, el
teniente Woodhouse; fue empleado de un Banco en tiempo de paz. Nos
trataba bien, nuestra alimentación era excelente, y descansamos con toda
tranquilidad. Al interrogatorio que me hicieron sufrir durante la primera
mañana contesté con un embuste destinado a disimular las huellas de
nuestros camaradas que permanecían en Mopelia. Había dado orden a mis
subordinados que rehusaran dar toda clase de informes a fin de no
contradecirnos. Los libros los habíamos echado al mar, menos uno, del
que pronto hablaré.

Woodhouse, que nos permitía mucha libertad, fue probablemente por
tal razón reemplazado por un capitán llamado Whitehouse, que era
bastante ridículo pues no nos hablaba jamás sino con el revólver en la
mano. Ese oficial poco caballeresco me dijo un día:
—Señor conde, prepárese usted, que el general Mackenzie desea
verle.
—¿El general Mackenzie? ¿Y a mis subordinados también?
—Sí.
Voy a ver a mis hombres.
—Aseaos todo lo posible, muchachos; esta tarde a las cuatro vamos a
ver al general Mackenzie; hay que tener buen aspecto.
Lavamos nuestras ropas; las secamos sobre nuestros cuerpos, pues no
teníamos otra para cambiar y deseábamos aparecer ante el general como
verdaderos soldados alemanes. A las cuatro se nos hace subir a un camión
automóvil que servía para el ganado, y en el que había todavía una capa
de fiemo. Extraño coche para hacer una visita a un general. Whitehouse
está en el pescante, revólver en mano. Siete hombres de guardia han
subido con nosotros y, de pronto nos paramos delante de un edificio
rodeado de paredes de seis metros de altura. ¿Qué significa esto? La
puerta se abre: es la prisión de Suwa. Una cárcel colonial con
malhechores negros e indios. Le digo al capitán: ¡Cobarde! ¿Acaso sus
generales habitan en cárceles o no tiene usted bastante sangre en las
venas para decimos la verdad? ¿Es asi como obran los ingleses? Le
felicito a usted.
La muchedumbre de presos se empuja para vernos y algunos
exclaman asombrados: «¡Europeos, blancos aquí! ¡Cuántos crímenes han
debido cometer!». Nos arrancamos de las manos de los esbirros para
formar fila y entramos con la cabeza alta. Ante nuestros ojos desdeñosos
se abren hileras de celdas. Un rostro flaco y amarillento nos acoge riendo
burlón: «¡Eh, de aquí no se sale ya!» En vano protestamos contra esa
violación del derecho de gentes. El director de la cárcel invoca sus
órdenes. Al final de un corredor húmedo, unas puertas de hierro se abren
una tras otra, y cada cual desaparece en su celda. «¡Bien está! Puedes dar
gracias a tu respeto caballeresco por el uniforme; él es el que te ha
conducido aquí.» El ruido del cerrojo me produce un escalofrío. Estoy
solo, he perdido a mis muchachos, a mis últimos muchachos.
El suelo es de cemento; no hay rejas en las ventanas, que tienen
apenas la anchura de la mitad de una cabeza humana. Pero no me he
sentido nunca más alemán que en aquella cárcel de Suwa. Qué alegría me
procuraba, deslizándose por la ventana, el primer rayo de aquel sol que,
doce horas antes, había brillado sobre nuestras queridas familias y sobre
167

nuestros soldados en las trincheras. Todo mi ser se adhería a aquel rayo,
¡y con qué reconocimiento! Pero no tardó en extinguirse, la sombra
invadió la celda y sentí de nuevo el peso de la soledad. Pero no es tan
fácil separar a los alemanes unos de otros. Desde la celda de Permien
subió la música de un acordeón y entonamos en coro: «Ondea
orgullosamente la bandera negra-blanca-roja.» La ola subía de nuestras
gargantas unidas y resonaba a través de los miserables edificios. Luego
cantamos: «No era el amor...», la «Guardia del Rin», y así por el estilo:
la sesión duró hasta las dos de la madrugada. En vano la ronda, a cada
vuelta, trataba de hacernos callar. Continuamos hasta el momento en que,
cayendo de cansancio sobre el cemento frío, nos dormimos para soñar
con la Patria.
A pesar de mis protestas, aquella vida duró ocho días. Se nos vigilaba
con tal cuidado que parecían temer que voláramos desde nuestras celdas
por algún procedimiento sobrenatural. Trabamos conocimiento con varios
presidiarios mestizos; no podían creer a sus ojos al ver que tenían blancos
por compañeros. Seamos justos: quizá los ingleses no tenían intención de
torturarnos; pero se sentían de tal modo dichosos de tener aquel puñado
de prisioneros alemanes, que no creían poder dar una jaula bastante sólida
a aquellos pájaros raros.
Al cabo de ocho días, Whitehouse entró una mañana en mi celda.
Tenía la cordialidad pintada en el rostro; me pareció que un
acontecimiento dichoso flotaba en el aire.
—Un almirante japonés —dijo— desea hablarle a usted.
—¿Puedo creerlo? —respondí—. ¿Se trata esta vez de un Mackenzie
japonés? ¡Envíeme usted a otro oficial!
Media hora más tarde llega un teniente, que me repite lo ya dicho. Se
pregunta por mí a bordo del crucero japonés Idzuma. Me preparé con
alguna desconfianza. A las dos de la tarde, en compañía del teniente,
atravesé los patios de la cárcel y bajamos hacia el muelle. ¡Ah! ¡Respirar
de nuevo el aire libre, poder ver algo más que las paredes de la cárcel! No
me habían engañado. Un magnífico crucero estaba anclado en la rada. Al
muelle acaba de atracar una canoa que ostenta el pabellón japonés. Un
oficial me acogió allí con la mano en la visera. Me siento junto a él,
siempre acompañado del teniente y de dos soldados ingleses. En la escala
del crucero, todos los oficiales se habían agrupado para saludar al
prisionero. El almirante me estrecha la mano, diciendo: I admire you,
what you did for your country23. Me presenta a sus oficiales y añade,
volviéndose hacia mí: «Así que éste es el hombre que hemos buscado día
23

168

Le admiro a usted y admiro lo que ha hecho por su país.

y noche durante tres meses. Siento encontrarle en tal estado en vez que en
el bravo y alegre combate que esperábamos.»
Expresé por mi parte el sentimiento de no encontrarme cautivo bajo su
guardia, lo cual pareció admirarle, pues no conocía nuestro
encarcelamiento. Me sorprendió la frialdad que demostraban los
japoneses al oficial y que contrastaba con el tono que usaban conmigo. Su
cortesía y su simpatía, desgraciadamente tan sólo platónicas, para
Alemania, me alentaban el corazón y pensaba cuánto se alegraría también
al saberlo mi gente. Los centinelas ingleses, que querían acompañarme a
bordo, fueron despedidos. El almirante me invitó a pasar a su salón.
Habituado a mi celda, creí entrar en un palacio: cigarros, cigarrillos,
oporto, una botella de champaña. El almirante me mostró dos cuadernos
escritos por su mano en japonés; uno llevaba por título el retrato de
Emden24; el otro el del Moewe; había un tercero vacío: —Este es el suyo.
Todo lo que usted me diga lo escribiremos para nuestra juventud. Es la
costumbre de nuestro país; todas las proezas realizadas por una patria
deben fomentar el entusiasmo de nuestros hijos. ¿Quiere usted referirme
alguna de sus aventuras?
—Con mucho gusto.
—Ante todo, una pregunta: ¿Ha salido usted con su navío de un
puerto neutral de América, de Argentina o de Chile?
—No, venimos de Alemania, disfrazados de noruegos. Tuvimos que
soportar una visita de una hora y media.
—¿Una visita de los ingleses?
—Si.
Una sonrisa satisfecha ilumina el rostro del almirante y del primer
oficial. Luego me escucha bebiendo champaña. Hubiera querido saber
dónde estaba la tripulación del Seeadler. «Pero, en fin, ¿por dónde
cruzaba usted? ¿Qué pensaba usted? ¿Dónde nos ha dado usted caza?»
Extiende un gran mapa. Son los parajes comprendidos entre Nueva
Zelanda y Chatham; las líneas y puntos marcaban los trayectos del
crucero.
—He aquí por dónde le he buscado durante tres meses a veinte millas
por hora —dijo el almirante.
Pero lo que atraía mi mirada era, sobre todo, que en torno de Mopelia
había un círculo trazado con lápiz: el enemigo conocía, sin duda, la
residencia de mis muchachos. Uno de los míos me había dicho que en el
momento de nuestra captura habíamos perdido un libro-diario, que decía:
«Varados en Mopelia el 2 de agosto.» Dichosamente, no hemos inscrito
24

Ver Apéndice I.
169

la pérdida total del Seeadler; el enemigó no podía saber tampoco que
habíamos destruido nuestra última presa: la goleta de cuatro palos
americana, Manila. Ambas ideas se entrechocaban en mi cerebro y pensé:
«Eso me proporciona el medio para salvar a mi gente.» El almirante me
preguntó:
—¿Dónde está el Seeadler?
—Naufragado.
—¿Cómo? ¿Dónde?
Siguiendo mi relato, conté que habíamos tocado Mopelia para
aprovisionarnos; el Manila nos acompañaba. Saltó el viento y nos echó
contra el coral y se declaró una vía de agua. Para reparar el casco
habíamos debido descargar el navío y tumbarlo. En el momento de volver
a marchar, un tanque de petróleo que imprudentemente había quedado
abierto durante la nueva estiba se incendió. Tuvimos apenas el tiempo de
refugiarnos en el Manila y transportar allí lo más necesario.
—¿Dónde está el Manila?
—¿El Manila? En Mopelia.
—Si tenían ustedes el Manila, ¿por qué han venido aquí en canoa?
—Hemos debido repartirnos en dos buques, pues la goleta americana
no tenía agua ni sitio más que para quince hombres.
—¿Verdaderamente? ¡Oh!, conde, no debe usted creernos tan torpes.
Su Manila no está ya en Mopelia. Con ella han llegado ustedes tratando
de capturar un segundo navío. Esto es menos inverosímil que su travesía
del océano en una canoa. Así es que, dentro de tres días, habré dado con
el Manila.
He aquí otro que era incapaz de creer la verdad. Mi narración, digna
de Ulises, había conseguido su objeto. Efectivamente, ni él ni los otros
buques lanzados en nuestra persecución fueron a Mopelia en busca de la
tripulación del Seeadler. La verdad ha sido la mejor astucia. Lo que yo
había añadido no era el resultado de un cálculo: se engendró en el curso
de la conversación, combinado con esta idea fija: ¿Qué hacer para que
este japonés no marche a treinta millas por hora en dirección de mis
pobres compañeros?”
El almirante me preguntó varias cosas sobre la batalla de Skagerrak.
No se cansaba de oírme: «He aquí —observó— una prueba de la
superioridad de la pequeña flota sobre la grande. La perfecta organización
de ustedes hace que les admiremos. Lo que no podemos comprender es
que un país tan inteligente tenga tan malos hombres de Estado. ¿No les
extraña a ustedes, en Alemania, que el mundo entero pelee contra
ustedes? ¿No se han preguntado jamás por qué? ¿Qué han dicho cuando
el Japón les ha declarado la guerra?» Me aseguró que el Japón no tenían
170

el deseo de aplastarnos. Su interés hubiera consistido en permanecer
neutral y mantener también a los Estados Unidos en igual situación. Los
armamentos de América, que se encuentra en trance de convertirse en una
de las grandes potencias militares del mundo, eran para el Japón una de
las consecuencias más desagradables de la guerra. Me explicó también en
su mal inglés que en agosto de 1914 el ministerio japonés de los Asuntos
Extranjeros había rogado al embajador de Alemania que preguntara a su
Gobierno si consentía en anular la deuda japonesa. Como no llegó
ninguna respuesta, el embajador inglés había hecho su buen juego con sus
ofertas y ganó la partida.
Fue preciso decir adiós y volver a la cárcel, pero por dos horas
únicamente. Amontonados en el asqueroso entrepuente del Talune,
partimos para Nueva Zelanda, donde se nos acababa de designar una
residencia fija.
Antes de proseguir mi relato quisiera contar lo que sucedió a la
tripulación del Seeadler. Mis compañeros que quedaron en Mopelia
tardaron poco en saber por su puesto de T.S.H. la captura de su capitán.
Temiendo que se descubriera su escondite, se pusieron con todo ahínco a
la tarea de reparar otra canoa. Pero, ¿cómo embarcar 58 hombres en una
cáscara de nuez? El cautiverio parecía próximo.
Una mañana, en el horizonte apareció un velero francés. A la vista del
Seeadler en el arrecife de coral, el capitán llama a su segundo.
—¿Un buque náufrago?
—Sí, capitán.
—No estaba ahí cuando pasamos hace seis meses. Debe de haber
náufragos. Vamos a detenernos.
El entusiasmo era grande entre mis marineros. «Ahora tendremos un
verdadero buque y no será menester arreglar la canoa.» Se pone la
pequeña embarcación al mar con cuatro hombres en los remos y otros
seis, de uniforme, tendidos en el fondo y armados hasta los dientes. El
capitán francés dice a su segundo: «He aquí a los náufragos que se
adelantan.» Y frotándose las manos por la buena obra que lleva a cabo,
iza su pabellón tricolor en señal de amistad y socorro. Los nuestros
remaban como diablos y la distancia disminuía: «¡Vamos! —grita el
capitán—. ¿A qué fatigarse tanto? Ya llegamos.» Se baja la escalera, la
canoa se acerca. Como gatos, nuestros seis marineros están ya sobre
cubierta: «¡Alemanes, alemanes! ¡Todo está perdido!» Las manos se
levantan en el aire. El capitán no comprende lo que pasa: «¿Cómo? ¿Esos
náufragos son alemanes, y es un francés quien les socorre?»

171

—Sí, capitán. He aquí los restos de nuestro buque. Somos alemanes y
no se puede cambiar nada. Nuestros camaradas esperan en la isla con 27
prisioneros americanos.
—¡Una guarnición boche25 en una isla francesa! ¡Y nosotros que
veníamos a salvarles!
Fue preciso cambiar los papeles: los franceses son los que van a ser
náufragos en la isla, y mis marineros, mandados por el teniente Kling,
parten sobre la Lutèce, rebautizada Fortuna.
Era un antiguo navío alemán capturado por los franceses, que un golpe
del azar volvía a sus legítimos propietarios. Hacía el comercio entre los
archipiélagos. Su cargamento comprendía 500 pares de medias de seda,
prendas de seda, vestidos blancos, sombrillas, zapatos para señoras,
sombreros, corsés, perfumes de toda especie, jabones, artículos para
caballeros, cascos coloniales, tabaco, pipas, mandolinas, chocolate,
excelentes conservas, bizcochos, carne, leche condensada, frutas secas,
patatas; todo lo que mis muchachos podían soñar. De buena gana
hubieran querido vender ellos mismos aquella pacotilla, pero sus ropas
estaban muy usadas y empezaron por equiparse con ropa blanca de mujer.
Antes de partir, Kling había enterrado al pie del árbol convenido una
botella que contenía una indicación dirigida a mí. Expresaba la intención
de dirigirse a Batavia; pero, después de un examen más detenido de su
navío, pensó que lo mejor sería doblar el Cabo de Hornos y volver a
Alemania. Temía, yendo a Batavia, encontrar cruceros japoneses o
americanos.
El 5 de setiembre, a las ocho de la noche, el Fortuna levó anclas.
Kling hizo poner al principio la proa al Oeste para engañar acerca de sus
intenciones a los prisioneros de la isla. Luego, virando al Sur, el alegre
bazar hendió el Pacífico, dispuesto a iniciar a la población indígena en la
civilización francesa, vendiéndoles sederías, jabones finos, pañuelos y
brillantina.
La isla de Pascua se vio el 4 de octubre. Era preciso reparar el navío,
hacer aguada y embarcar víveres. Pero al acercarse a la costa, el Fortuna
dio contra una roca que no estaba indicada por los mapas. Mis marineros
habían perdido de nuevo su buque y debían contentarse con otra nueva
patria.
Los habitantes de aquella isla son alegres, modestos, de costumbres
muy libres; el gobierno chileno les envía cada año un cargamento de ropa
usada. Encantados por las cosas que pudieron recoger sobre nuestro
buque náufrago, ofrecieron a los marineros la hospitalidad más generosa.
25

172

Apelativo dado por los aliados a los alemanes, en general.

El gobernador chileno puso una casa a la disposición de los oficiales, y
los hombres encontraron la mejor acogida en las cabañas de los
indígenas. Cada cual escogió un caballo entre los centenares que vagaban
por la isla.
La isla abunda también en ganado y en peces, sobre todo en langostas;
pero si la carne abunda, las legumbres frescas faltan. Cada seis meses una
goleta chilena trae conservas. El pan es desconocido en la isla, pero mis
marineros habían logrado salvar su harina.
Se encuentran en la isla de la Pascua las huellas de la más antigua
civilización que existe en los mares australes. En el interior, y en los
bordes de un cráter extinguido, se alza un centenar de estatuas colosales,
dioses o héroes, erigidas por los paganos prehistóricos. Muchos de esos
gigantes de lava tienen quince metros de altura y vuelven hacia alta mar
sus rostros enigmáticos, sin duda con el propósito de espantar a los
invasores.
Mientras trabajaban y se divertían con los indígenas, entre carreras,
bailes y representaciones teatrales en germano-chileno, mis muchachos
pensaban en capturar un nuevo navío. Las ideas chilenas sobre la
neutralidad parecían darles esta oportunidad. El 25 de noviembre, un
cuatro palos americano fue señalado. «¡Preparad la canoa automóvil!»
Pero faltaba la esencia26. Una barca de vela se preparó para la primera
oportunidad que se ofreciera.
El próximo buque fue la goleta chilena Falcón, que traía el
cargamento de costumbre. Era cuatro meses después de haber perdido el
Fortuna. El capitán concedió pasaje gratuito a la tripulación del Seeadler,
que recibió en Chile una acogida entusiasta por parte de los colonos
alemanes y de los mismos chilenos. La colonia alemana cuidó de nuestros
marineros del modo más conmovedor. Un reconocimiento particular
debemos a las autoridades chilenas, que supieron expresar su admiración
por la perseverancia y el patriotismo de mis queridos muchachos.

26

Gasolina.
173

CAPÍTULO XVI

En el campo de concentración de Motuihi
En Auckland. Hacia Motuihi. Trato inhumano de los
ingleses. El comandante del campamento. Una canoa
automóvil. Preparo la fuga. Enfermo de ciática. Ensayo
general. Dispuestos para la evasión.
Sería inútil y penoso contar muy al por menor las vejaciones de que
fuimos objeto por parte del personal subalterno o superior en el Talune y
en la serie de cárceles por donde pasamos.
Kircheiss y yo fuimos separados de nuestros cuatro fieles compañeros.
Estos últimos padecieron un duro internado en Somes Island, torturados
por el comandante del campamento, el mayor Matthis, un perturbado,
antiguo profesor de gimnasia, castigado por malos tratos infligidos a un
niño, pero amigo de sir James Alien, ministro de la Guerra. Por lo que
hace a nosotros, una canoa automóvil nos llevó a Devonport, al arsenal de
los torpederos. El comandante, capitán Kewisk, tenía un permiso especial
para evitar el recibirnos. El suboficial que nos había acogido, recibió la
orden de no admitir ninguna reclamación Pero estábamos acostumbrados
ya al modo de ser de los ingleses.
El arsenal de los torpederos forma parte de las fortificaciones del
puerto de Auckland. Un gran cobertizo de torpedos estaba dividido en
pequeños compartimientos que servían de celdas para los desertores y
para los maoríes. Provistos de un saco de paja sucia y de algunas mantas,
nos encerraron con cerrojo, a tal distancia uno de otro que no podíamos
hablarnos. Pero los sones de una mandolina y de las canciones alemanas
no tardaron en avisarme que otro alemán debía estar prisionero no lejos
de mí. Me parecía que aquellos cantos venían de la celda que estaba
enfrente de la mía. Oí entonces a ese compatriota que refería a su gato
que nuestra visita estaba anunciada hacía ocho días y que toda la
guarnición estaba en efervescencia, pues no creía que el Seeadler pudiera
venir de Wilhelmshaven; el nido del pirata se encontraba sin duda en
América del Sur. El gato parecía comprender el sajón; yo también, y
cuando lo hube manifestado en voz baja, la voz continuó su relato.
El propietario de la mandolina y del gato era empleado y profesor en
las islas Samoa. Nacido en Anhalt, el bravo Franz Pfeil había sido
condenado a tres años de fortaleza por tentativa de fuga. Poco después de
ocupadas las islas por los neozelandeses, escapó a territorio americano, a
Pago-Pago, escondido entre las cadenas del áncora de la goleta Manna.
Pero no haciendo caso del derecho de gentes, los americanos, que todavía

eran neutrales, le habían entregado a los neozelandeses en Apia. Sus
protestas fueron inútiles. Se habló al principio de fusilarle, pero el
Consejo de Guerra presidido por el mayor Turner (nuestro futuro
comandante en Motuihi) le condenó a tres años de fortaleza según un
fallo redactado en un alemán execrable. Así es como Pfeil fue
primeramente internado en Mount Eden; luego, la noticia de su infortunio
llegó a Alemania, se avisó a los neozelandeses que se tomaría represalias
y su suerte fue algo mejor.
Los centinelas que nos rodeaban me impedían contestarle. Habiéndole
escrito unas palabras, metí el papel en una cajita de hojalata que había
contenido tabaco. Este proyectil, lanzado por la reja de la ventana, cayó
desgraciadamente muy lejos del blanco para que Pfeil pudiera cogerlo.
Afortunadamente, un viejo Tommy vino en nuestra ayuda. Alzando la
caja y viendo que estaba vacía, iba a arrojarla cuando Pfeil le gritó:
«Démela usted, me conviene.» El Tommy consintió dócilmente, y en un
instante Pfeil me advirtió que había leído mi mensaje.
Durante el mismo día se nos transportó a Motuihi. Pfeil, cuyo tiempo
de fortaleza había terminado, formaba parte de nuestro convoy.
Los prisioneros alemanes de Devonport, en número de unos veinte,
trataron del modo más conmovedor de servir a su patria en la medida de
sus medios. Pensando siempre en la evasión, Pfeil había conseguido
«encontrar» todos los planos de la fortaleza, del puerto y de los campos
de minas de los alrededores. Esos mapas nos fueron preciosos para
nuestra propia huida. Otro prisionero de Devonport, Grün, se había
construido un aparato de recepción para la T.S.H.; además, había reunido
cierto número de sierras e instrumentos apropiados para facilitar su
evasión. Durmió durante semanas sobre un colchón lleno de algodónpólvora. En fin, nuestros compatriotas, del modo más ingenioso, habían
hecho inutilizables los contactos destinados a hacer saltar las minas
submarinas y que acababan de ser limpiadas y examinadas por una
comisión especial.
Motuihi es una isla de dos mil hectáreas en las cercanías de Auckland.
Podíamos pasearnos libremente por la mayor parte de aquel territorio.
¡Qué dicha poder salir de nuestras sombrías celdas! Pero lo que nos
alegró todavía más que el cielo azul y el verdor fue la multitud de
nuestros compatriotas, que nos acogían interrogándonos acerca de
Alemania. Aislados del país desde el mes de agosto de 1914, nos
saludaban como mensajeros celestes; nuestras noticias, viejas de ocho
meses, les parecían de lo más reciente.
El gobernador de Samoa, Su Excelencia el doctor Schultz, estaba allí,
con sus empleados y colonos. Cuando, a fines de agosto de 1914, los
175

neozelandeses ocuparon la colonia, tuvieron el sentimiento de no
encontrar el menor rastro de una atrocidad alemana que les permitiera
ejercer represalias sobre los nuestros. Por el contrario, los ingleses de la
isla que nosotros habíamos tratado siempre con una benevolencia casi
excesiva, pidieron en una petición dirigida a las autoridades
neozelandesas que una suerte decente fuera reservada a los prisioneros, y
el jefe indígena Tamaese, a quien explicaban que los alemanes iban a ser
internados en interés mismo de su seguridad, contestó orgullosamente:
«Es inútil; los alemanes están bajo la protección de los samoanos.» Pero
nada importaba. La cuestión era eliminar de Samoa a la «peste alemana».
El instrumento de aquella obra fue un ganadero de ovejas venido a
menos, Logan, teniente coronel de la milicia. Instituyó un régimen de
terror e internó a las mujeres alemanas y a los niños en campamentos
mortales para su salud; porque, como explicó al agente consular suizo
que intentó protestar; «Los alemanes son víboras que sólo paren víboras».
Gracias a las complacencias de los Consejos de Guerra, separó de sus
familias el mayor número posible de alemanes, enviándoles a la prisión
de Auckland, de donde pasaron a los campos de Nueva Zelanda. Sus
esfuerzos, proseguidos durante muchos años, consiguieron deportar a la
mayoría de nuestros compatriotas, y como faltaba sitio en Nueva
Zelanda, instaló él mismo un campo en la tropical Apia, utilizando un
cobertizo para copra. Aquel tratamiento infligido a gentes sin armas,
siguiendo el ejemplo dado por lord Kitchener durante la guerra de los
boers, fue completado con la excitación de los indígenas y de los coolíes
chinos contra todo lo que llevaba el nombre alemán. Hay que añadir, para
ser justos, que el honorable Logan no hubiese procedido de esa suerte si
el gabinete neozelandés, y particularmente el ministro de la Guerra, sir
James Alien, animados por los mismos sentimientos, no hubiesen
constantemente protegido a aquel energúmeno. Detrás del Gobierno
neozelandés estaba, dispuesto a encubrirlo todo, el Gobierno británico.
«Serpientes venenosas», así es como nos llamaba públicamente el
gobernador de Nueva Zelanda, un aristócrata inglés.
Se encontraban en los campamentos de Nueva Zelanda prisioneros
que tenían más de sesenta años y menos de diez. La promesa de canjear
prisioneros que tuvieran más de cuarenta y cinco años no fue nunca
cumplida cuando se trataba de alemanes que tenían un patriotismo
sincero. El inglés no ahorra medio para arruinar a la raza enemiga durante
generaciones, y lo más notable es la cordialidad con la cual continúa
dirigiéndose a las gentes cuya salud física y moral ha destruido: «Le
internamos a usted para protegerle mejor; nuestro Gobierno sólo piensa
en su bien.» El inglés, que es muy a menudo simpático como individuo,
176

se compenetra de los intereses de su país hasta un punto que un alemán
puede difícilmente imaginar. Demócrata o aristócrata, Y.M.C.A.27 o bien
alegre camarada, únicamente el bien de Inglaterra determina su conducta.
El alemán, por muy descortés que sea, cumple siempre lo que ha
prometido. El inglés continúa siendo mesurado y amigo; pero lo que dice
a un extranjero es como si no lo hubiera dicho: «We will see what we can
do for you, we shall try our best»28 era la frase constante, que
terminábamos por repetir riendo. Únicamente los tontos continuaban
esperando.
Cuando un prisionero recibía la visita de su mujer no podía hablarle
más que en inglés y en presencia de un centinela. La prensa inglesa no
cesaba de llenar a los alemanes de insultos y de predecir su derrota.
¿Cuánto tardaríamos en recobrar la libertad? ¿Y para encontrar qué? La
pobreza y la muerte. Aplastados por un sentimiento de injusticia
monstruosa y de parcialidad de la suerte, en vano nosotros, recién
llegados del Seeadler, respondíamos con optimismo a las preguntas con
que se nos asesinaba; hubiera sido preciso verdaderamente a esos
prisioneros de tantos años, mucho corazón y mucha voluntad para no
perder por completo su sonrisa en aquella cárcel sin rejas.
El teniente coronel Turner, comandante del campamento, estaba
orgulloso en extremo de recibir por fin verdaderos prisioneros de guerra,
y aquel oficial de un país democrático parecía particularmente encantado
de pasear en compañía de su count. Aprovechándome de aquella
debilidad, gané su confianza. Me había trazado mi plan. Pero nadie debía
conocerlo, exceptuando Kircheiss y mis dos amigos Egidy y Osbahr, dos
empleados de Samoa con los cuales trabé conocimiento en el
campamento y que me dieron más de un buen consejo.
Desde mi primer paseo en su compañía se ofreció a mi vista una
hermosa canoa automóvil que me dejó encantado: «¿De quién es esa
canoa?», pregunté. «Del comandante del campamento.» «Me pertenece
desde ahora; marcharemos con ella.» Tal había sido mi réplica
involuntaria. La isla... la canoa... mi decisión estaba tomada.
Pero era preciso ante todo estudiar bien la situación. Nos paseábamos
bastante libremente por la isla, a condición de estar de vuelta a las seis de
la tarde. Por todas partes había centinelas. El enemigo nos vigilaba de
firme. El obstáculo más grave era quizá la curiosidad de nuestros
camaradas.

27
28

Acrónimo de Young’s Men Christian Asociation (Asociación Cristiana de Jóvenes).
Veremos lo que será posible hacer en su favor; nos esforzaremos al máximo.
177

Había allí un médico naturalizado, era polaco-austríaco de nacimiento,
muy inteligente, pero corrompido, y que servía de espía por cuenta de las
autoridades neozelandesas. A él era preciso engañar ante todo. Los
padecimientos sufridos en la canoa descubierta y en las prisiones me
habían debilitado; por otra parte, el reumatismo es una enfermedad sin
ninguna señal exterior. Hasta entonces me habían dejado en paz, pero
¿quién hubiera podido concebir dudas cuando, según todas las reglas del
arte, un dolor empezó a correrme a lo largo de la columna vertebral,
empezando por la nuca. Yo mismo llegué a convencerme de que tenía
ciática. «Su vida de aventurero se venga», me decía el austríaco,
frunciendo el ceño. Los días de lluvia, cuando me era imposible hacer
nada en el exterior, me tendía sobre mi cama, gimiendo. Cuando hacía
buen tiempo, el dolor disminuía. Nuestro carpintero me fabricó un par de
muletas y salí de la cama gimiendo: «Este día es verdaderamente
magnífico, es preciso que salga.» Osbahr me aconsejó muchas veces que
no exagerara; pero el doctor me aseguraba que debía sentir espantosos
dolores y me embadurnaba de yodo para provocar revulsiones. El
comandante del campamento vino a verme y me mostró mucha simpatía:
«¡Pobre conde!», y añadía cuando yo había vuelto la espalda: «Doy
gracias a Dios por haberle enviado ese reumatismo; es un muchacho
peligroso; esa ciática le impedirá hacer tonterías.» Me creía capaz de
todo: «Bien, conde —me dijo un día—, sospecho que no va usted a
escapar. Como usted sabe, soy coronel y si usted se evade, perderé mi
empleo.»
El médico se convirtió también en intendente de mi dinero y su
confianza llegó al colmo cuando le anuncié la intención de hacer venir de
Alemania una gran suma de la cual le prometí cierto tanto por ciento. Mis
compatriotas no podían comprender mi intimidad con aquel hombre, a
pesar de sus avisos repetidos. Pero continuaba respondiendo de él como
de mí mismo. Era esencial para mí mantener en el error a los prisioneros,
hasta a los más seguros, para tener éxito en mi empresa.
Recluté secretamente mi tripulación. Había en el campamento catorce
cadetes de la compañía Norddeutscher Lloyd, siempre juntos y animados
del mismo deseo de aventuras. Pero sólo podía utilizar siete. Mi
experiencia me había enseñado a medir a los hombres y a apreciar en
ellos antes que todo la seguridad y la audacia. No fue fácil separar a mis
elegidos de sus camaradas, ocultando nuestros proyectos a estos últimos.
Escogí, además, un radiotelegrafista de Samoa, Grün, del cual ya he
hablado, y el mecánico Freund, a quien el coronel Turner había confiado
la conservación de la canoa automóvil. El otro hombre de confianza de
178

Turner era el cadete Paulsen, que limpiaba la canoa y administraba
también la cantina del campamento.
Pasé en seguida a nuestro equipo. Visitando al coronel, me quejé de la
monotonía de nuestra vida y expresé el deseo de dar por Navidad una
representación teatral. Este espíritu de empresa le asustó:
—Por el amor de Dios, conde, ¿no irá usted a escaparse?
—¿Tengo el aspecto de alguien que quiere huir? Por otra parte, hasta
dejando a un lado mi reumatismo, no puedo sufrir el agua. Creo que no
tomaré un baño más en mi vida. Pero bien quisiera estar en mi casa.
—¿Y vuestra gente del Seeadler? ¿Acaso no será capaz de venir con
una goleta para rescatarle?
Así, los enemigos seguían sin saber lo que había sido de mi
tripulación. Krause, Lüdemann, Permien y Erdmann habían sido
atormentados en la prisión de Wellington porque rehusaban revelar dónde
vivían sus camaradas. Pero esos bravos muchachos se habían resignado a
dormir sobre el duro suelo y en las corrientes de aire a riesgo de contraer
cualquier enfermedad. «Todos para uno, uno para todos.» Los soldados
alemanes, hasta en nuestras celdas, entre el cántaro de agua y el pan
negro, hemos permanecido siempre fieles a nuestra divisa. Y el enemigo,
que vivía temeroso de ver surgir de nuevo los diablos del Seeadler, ha
hecho muchos esfuerzos y gastado mucho tiempo para correr los mares
en su busca.
Aseguré al coronel que mi gente no dejaría sin duda de emprender de
nuevo la guerra de corso, pero que no podían esperar libertarme. Acabó
por concederme el permiso solicitado. Conseguí, a fuerza de
confidencias, interesarle vivamente en mi proyecto: «Lo esencial —le
declaré— es que nadie sepa qué papel va a representar el vecino; la
cuestión es que haya una sorpresa para todo el mundo, espectadores y
actores.» Los cadetes que no sabían el plan de evasión debieron trabajar
de un modo atroz. Unos aprendían de memoria los versos, los otros
cortaban siluetas de acorazados para figurar la batalla de Skagerrak. Se
pintaban banderas de guerra, se confeccionaban gorros militares y
escarapelas negras-blancas-rojas. Cada cual trabaja en secreto y contesta
con expresión satisfecha a los que le interrogan: «El conde ha dicho que
esto no te interesa.» El coronel estaba encantado, y cuando un centinela le
comunicaba cualquier sospecha, sonreía con expresión de hombre
superior: «Sí, sí; está bien. Es asunto del teatro.»
Con latas de mermelada, los verdaderos iniciados fabricaban granadas
por medio de un explosivo que hurtaron a un granjero, donde algunos de
mis tripulantes se ocupaban en hacer volar tocones. Grün, un genio de la
T.S.H., construyó una estación de recepción. Con un viejo sextante, una
179

navaja mecánica y un espejo biselado, el cadete Zartowski fabricó un
sextante nuevo, que más tarde sólo nos engañó en 50 millas. Hoy día está
expuesto en un museo enemigo y una sociedad científica celebró una
sesión para examinar aquel producto de la ingeniosidad alemana.
También necesitábamos velas. Paulsen dejó algunos blancos en los
bonos de compra y, una vez obtenida la firma del coronel, insertó en
aquellos blancos las materias necesarias que nos llegaron en gran
cantidad de Auckland. Un subordinado denunció a Turner la llegada de
aquellos géneros, y el comandante contestó guiñando el ojo: «Si, sí; ya
sé.» Sin embargo, cuando en mi calidad de director de teatro pedí acceso
a cierta zona reservada, me rehusó su autorización. No era necesario
llevar demasiado lejos la broma.
Como víveres escogimos con preferencia los comestibles que ocupan
poco sitio y se hinchan al cocer, es decir: arroz y harinas. Las gallinas del
campamento moríanse una tras otra. El médico de servicio diagnosticó
una peste especial y ordenó mezclar a su alimento un polvo que no hizo
más que acelerar las muertes. Pero, ¿dónde iban los cadáveres? Poco
después, completadas nuestras provisiones, cesó la epidemia.
El escenario estaba ya construido, y a pretexto de hacer el telón,
cosíamos la vela mayor. Cuando pasaban los centinelas, los fabricantes
de granadas recitaban estudiosamente sus versos. El comandante me
encontró cojeando, con mis dos muletas. Me pidió una traducción inglesa
del texto.
Nuestros gastos fueron cubiertos por medio de una colecta. El médico
administraba nuestra caja teatral y creo que no perdió nada con ello.
Necesitaba catalejos, cartas de navegación, cronómetros. Esas cartas las
corté de unos atlas, que no se abrirían más sino en la página de Francia o
de Rusia. Y aun suponiendo que advirtieran la ausencia del Pacífico,
¿quién habría sospechado que yo era el ladrón? Inscribí, por otra parte,
todos mis hurtos en la memoria, a fin de indemnizar más tarde a los
propietarios. La mayoría de los gemelos me fueron prestados por oficiales
de la reserva, que creían que los deseaba para observar el puerto de
enfrente, a fin de hacer un informe para nuestro Almirantazgo. Pero el
mejor catalejo pertenecía a un señor que lo guardaba cuidadosamente. Le
infundí miedo: «Vaya con cuidado que no se lo roben. Ocúltelo bien.»
Me enseñó entonces su escondite. «¿Verdaderamente cree usted que está
seguro aquí?» Al día siguiente me vino a encontrar con expresión
contristada: «Cuánta razón tenía usted; ya me lo han robado.» El día que
se lo devolví fue el primero en reírse de sí mismo. En cuanto a los que,
convencidos, me prestaban de buena gana sus gemelos y su reloj, les
hacía prometer el secreto en interés de mis trabajos de espionaje. La
180

mayoría de entre ellos rehusaron luego toda indemnización, pensando,
como yo en el momento de mis hurtos: «Todo por la Patria.»
Además de las granadas, poseíamos puñales que no eran más que
limas de sección triangular bastante bien aguzadas. La experiencia de
nuestro crucero nos había enseñado que las armas verdaderas no servían
casi para nada: una bandera, algunos simulacros y audacia, esto era lo
esencial. Fabricamos revólveres de madera y una ametralladora hecha
con bidones de petróleo. Un químico nos preparó bombas de gas.
Necesitábamos, sin embargo, algunas armas verdaderas. Un día en que
todo el mundo estaba reunido en la sala de lectura en torno de una nueva
revista, pescamos de un cuarto secreto dos fusiles y once uniformes
neozelandeses. Kircheiss, en pijama, llevaba un fusil a nuestro escondrijo
cuando lo interpeló el centinela. Dando a su paseo nocturno el pretexto
que se puede suponer, continuó andando, con paso moderado; pero un
poco rígido, porque el fusil lo tenía oculto en el pantalón.
Ya reunido todo aquel equipo, ¿cómo transportarlo a la canoa, a la
cual nadie tenía derecho de acercarse?
Celebramos un consejo de guerra. En general, evitaba cuidadosamente
mostrarme en compañía de los cadetes. Egidy que, no siendo marino, no
despertaba sospechas, me servía de intermediario con ellos, y yo
procuraba parecer tan ocioso como podía. Pero aquel domingo pedí a los
cadetes que me invitaran a tomar café, y en aquella reunión se adoptó el
plan siguiente: Freund, el mecánico, y Paulsen, el timonel, contaron al
coronel que el árbol de la hélice permitía la entrada del agua. Inquieto,
Turner envió unos cuantos «Tommies» para varar la canoa: la operación
se hizo al día siguiente por la mañana. Además de la reparación, el
coronel, que deseaba vender aquella canoa, la hizo pintar como le
proponían mis dos cómplices. Esta orden fue particularmente afortunada,
pues muchos de entre nosotros recibieron permiso de acercarse a la canoa
de noche con sus botes de pintura.
Los cadetes Schmidt y Mellert, encargados de los transportes de
carbón y de cuidar el caballo, acarrearon hasta el embarcadero todas las
provisiones ocultas en sacos de carbón vacíos. Mellert, el hombre de
confianza del granjero, tenía el privilegio de vivir, en calidad de matarife
de ovejas, en una casita que había fuera del campamento, junto a la orilla
del mar. Desgraciadamente tenía como convecino a un cierto P.H., un
naturalizado que por sus delaciones era muy ingrato a las autoridades.
Esos renegados eran el punto negro de nuestra vida en el campamento.
Nos recordaban a esos alemanes, harto numerosos en la historia de la
patria, que se pusieron al servicio del extranjero, en detrimento de la
fuerza de nuestro cuerpo nacional. Los ingleses les favorecían aun cuando
181

despreciándoles. Este individuo, constantemente sentado con un libro en
la mano, junto a su ventana, seguía con mucho interés los trabajos de la
canoa. Pero, ¿qué hacerle? Quería sin duda obtener su libertad
traicionándonos.
La Perla era una magnífica canoa de nueve metros de longitud, con un
motor excelente. Empaquetamos bajo cubierta nuestros uniformes, ropa
blanca y víveres para seis semanas. Los cajones fueron igualmente
llenados y clavados. El coronel se admiró de ello un día: «¡Bah!,
contestamos, no sirven jamás y en cambio arman ruido durante la
marcha.» Embarcamos también públicamente cajas de agua dulce bajo el
aspecto de bidones suplementarios de esencia. Habíamos, además,
fabricado un aparato de condensación, que podía dar dos litros por hora.
Hasta las armas estaban ya en la canoa, pero, ¿cómo procurarnos
municiones? La caja que las contenía en el cuerpo de guardia era para
nosotros como la miel para las moscas; pero, ¿cómo llegar hasta ella? Se
encontraba en un cobertizo cerrado junto al cuartel de los soldados. La
llave estaba colgada en el cuerpo de guardia, ante el cual un centinela iba
y venía sin cesar. Pensábamos en el momento de salvar la dificultad,
cuando se resolvió impensadamente.
Habiendo capturado una rata, Schmidt y Mellert le habían atado una
cinta a la pata y el gato fue lanzado contra el pobre animal. Este
acontecimiento deportivo interesó vivamente al centinela. Mientras
gritaba con entusiasmo: «¡Atrápalo, atrápalo!» Mellert se desliza en el
cuerpo de guardia, descuelga la llave y al volver a salir, anuncia con una
ojeada a los camaradas el buen éxito de su empresa. El torneo del gato y
de la rata quedó interrumpido en seguida, con gran despecho del
centinela.
Corrimos al cobertizo y la caja de municiones es inmediatamente
transportada bajo la tienda de Grün. Se trataba no solamente de tomar el
número de cartuchos que nos era necesario, sino de hacer inofensivos
además los otros cartuchos, por si les ocurría disparar contra nosotros.
Les quitamos casi toda la pólvora y poniendo sobre el resto un taco de
papel, llenamos de arena el hueco que quedaba. Al disparar, la bala debía
quedar en el cañón, haciendo así el fusil inutilizable. Preparados así los
cartuchos made in Germany, fueron devueltos después al cobertizo y la
llave, gracias a una nueva exhibición de la rata, fue colgada de nuevo en
su sitio. El decano de nuestro campamento, el señor Hoeflich, de Samoa,
siempre cuidadoso del buen renombre de Alemania, me amonestó con
cierta indignación, por el mal efecto de esa tortura infligida a un animal
bajo las miradas del enemigo. Los rigieses tomarían pretexto de ello para
182

llamarnos «crueles hunos» y nuestros mismos compatriotas estaban
indignados.
Esencia teníamos cuanta necesitábamos, pues el coronel era gran
acapador en tal materia. Cuando pasaba revista de sus reservas, Turner
encontraba siempre el número y el peso deseados, pero en el interior de
las cajas el combustible se había convertido en agua clara.
El equipo de los «Tommies» podía entrar en acción. La canoa,
remozada y rellena como un ganso, flotaba de nuevo en la bahía.
Grün había instalado en la línea telefónica del campamento un
conmutador que nos permitía interrumpir a voluntad la comunicación.
Gracias a un receptor traído de Devonport, por los camaradas, oíamos en
un subterráneo convertido en puesto de espionaje las conversaciones del
coronel con el Cuartel General de Auckland. No habíamos podido saber
jamás por qué durante la noche había canoas automóviles que recorrían la
bahía. Supimos entonces que tales ejercicios tenían por objeto impedir
nuestra evasión. Cada uno de mis jóvenes subordinados estaba de servicio
en el receptor durante dos horas, y así pudimos enteramos de una porción
de cosas que nos convenía saber. El coronel Patterson en Auckland hacía
reproches a Turner porque algunas de sus señas ópticas no habían sido
recogidas. Turner alegaba el excesivo brillo de la luna. Hacía notar
también que no disponía durante el día más que del teléfono; ¿no se
podría enviarle un helioscopio?
Había, pues, cruceros automóviles y señales ópticas y estas dos
razones nos decidieron a escoger el día mejor que la noche para nuestra
huida.
Por lo que hace al helioscopio, ya nos cuidamos de que no sirviera
para nada. El día de su llegada, los soldados, dándose cuenta de que mis
cadetes eran más fuertes que ellos en óptica y encantados de librarse del
trabajo, les confiaron el cuidado de desembalarlo. La caja fue en seguida
puesta a buen recaudo. En el desorden general, nadie advirtió de pronto
su desaparición.
Sin embargo, notamos que empezaban a vigilarnos. Se habló de la
intención de revisar la línea telefónica. Afortunadamente, los obreros no
llegaron hasta después que hubimos partido.
A medida que nuestros preparativos adelantaban, se agravaba mi
reumatismo. El coronel me mostraba siempre gran simpatía y estaba
interiormente muy satisfecho. Los soldados compadecían mis
sufrimientos. Uno de ellos me ofreció un remedio, el Farmer's Friend,
que, según decía, hacía maravillas en los caballos. Yo fingí frotarme con
reconocimiento y entré de tal modo en la intimidad de aquel consejero
médico, que acabó por darme en secreto cierto número de insignias
183

militares que necesitaba para completar los uniformes neozelandeses
destinados a mi tripulación. Yo mismo llevaba de un modo constante en
el campamento el uniforme neozelandés (con las insignias de la Marina
alemana), con gran escándalo de los funcionarios de Samoa que no
conocían mi secreto.
Mis cadetes tenían el encargo de vigilar constantemente los buques
que pasaban por el horizonte. Yo concentraba los informes recogidos de
este modo. Tenía a todo el mundo en mi puño. Había debido alguna vez
amonestar a aquellos jóvenes; pero éramos buenos amigos. La audacia de
mis proyectos, coronados hasta entonces de éxito, mantenía el
entusiasmo.
Los preparativos estaban hechos y pasamos al ensayo general. Una
alarma muda ocurrió en pleno día. A fuer de verdaderos alemanes que
éramos, queríamos tener la certidumbre de que nuestra organización era
perfecta en todos sus pormenores. Siguiendo la orden dada, cada cual
ocupó su puesto. Grün tenía por tarea cortar el teléfono. No queríamos
destruirlo, a fin de no despertar las sospechas en caso de que fallara
nuestra fuga. Kloehn debía destrozar la pequeña canoa de remos para
impedir toda persecución. Schmidt conducía ]a carreta al embarcadero
bajo pretexto de cargar carbón y en realidad para entrar un complemento
de esencia oculto bajo sacos vacíos. Yo mismo, en compañía de Egidy,
fui a la casa del gobernador para vigilar el conjunto de las operaciones.
Paulsen y Freund estaban desde hacía media hora antes en la Perla a
pretexto de limpiarla. Kircheiss, que fue a ver a Mellert, le ayudaba a
empaquetar las últimas cosas y, por fin, Egidy y yo fuimos los últimos en
llegar al embarcadero como en tren de paseo.
Aquel ensayo general lo habíamos efectuado ante el coronel sin
despertar ninguna sospecha. Fue en aquella ocasión cuando los once
conjurados se encontraron por vez primera lodos reunidos. Hasta
entonces, por regla general, habían recibido individualmente sus
instrucciones y guardado admirablemente el secreto. La experiencia del
ensayo general nos hizo modificar algunos pormenores accesorios; pero
en conjunto la precisión alemana había dado un excelente resultado.
Gran parte del cabotaje neozelandés pasaba cerca de Motuihi. Mis
observadores me habían ya señalado más de un navío apropiado para
nuestros proyectos y que hubiera sido fácil alcanzar con nuestra rápida
Perla. Pero en el momento en que estábamos dispuestos, el viento
empezó a soplar de un modo desfavorable y el mal tiempo interrumpió la
navegación.
Cuando cesó la tormenta, el coronel Turner expresó el deseo de dar
una vuelta por la rada. Le gustaba mucho llevar el timón en persona.
184

Durante el paseo, Paulsen permaneció en la proa con Freund para impedir
que el coronel visitara la canoa. La Perla corría magníficamente y Turner
estaba encantado. Paulsen le explicó que aquella excelente marcha era
debida al lastre que habíamos añadido, y, en efecto, habíamos embarcado
cerca de dos toneladas. El motor, harto poderoso para una canoa ligera,
trabajaba mejor con aquella carga. Sentado sobre nuestras granadas,
Turner guiaba mientras mis muchachos disimulaban su excitación. Al día
siguiente, el mismo ministro de la Guerra nos hizo el honor de pasearse a
bordo de la Perla.
Algunos días después, el coronel hizo llamar a Paulsen y le preguntó
con expresión extraña: «¿Dónde han ocultado ustedes la llave de la
cadena del áncora y del camarote?» ¡Rayos y truenos! ¿Se nos había
traicionado?» Efectivamente, durante la noche, una cartita se había
deslizado bajo la puerta del cuerpo de guardia y en mal inglés decía:
«Visiten ustedes la canoa; está henchida de víveres.» Turner, muy
excitado, hizo doblar los centinelas. Bien sabíamos nosotros quién era el
canalla. Muy comodón por naturaleza, Turner vivía, sin embargo,
temiendo de continuo la opinión pública. En Australia, como en todos los
países democráticos, esa opinión causa desastres. Era preciso desplegar
actividad, no tanto por desconfianza contra nosotros sino para que la
gente de Auckland viera su fuerza.
Todo parecía perdido, pero Paulsen supo representar
maravillosamente el papel de hombre indignado y asi hizo que el coronel
dejara para otro día una investigación. Además, Turner creía tenerme por
completo en su mano, pues fingí que me hacía enviar 100.000 marcos de
Alemania. El antiguo comerciante de carbón me había dado para ello la
autorización secreta, y en el momento en que para evitar la censura, metía
mi carta en el sobre sellado del Correo, había murmurado: «Espero que
no se olvidará de mí...», a lo cual yo respondí con una ojeada de
inteligencia. Circulaba el rumor de que había organizado, pagándola de
mi bolsillo, la expedición del Seeadler. Mi riqueza causaba una impresión
fabulosa y Turner, que creía que pronto tendría una fianza de cinco mil
libras esterlinas, no imaginaba que pudiera yo escaparme. Recobró su
buen humor y pensó que la cartita había sido escrita por un loco. La
tempestad se desvió así del modo más imprevisto.
Y ahora, se me preguntará: ¿Por qué huir? ¿Podía justificarse nuestro
plan a pesar de tantos obstáculos y la desproporción entre nuestras
fuerzas y las del enemigo? Nuestro objeto era ante todo apoderarnos del
coronel Logan en Samoa, a fin de hacerle pagar caro los malos tratos
ejercidos contra los alemanes. Y he aquí cómo pensábamos operar. Con
nuestra Perla nos apoderaríamos de un velero. Con este velero
185

capturaríamos luego un vapor y a bordo de este vapor llegaríamos a
Samoa so pretexto de entregar a Logan órdenes del Ministerio de la
Guerra neozelandés. Pensábamos establecer nuestro centro de
operaciones en la isla principal del archipiélago de Cook, Rarotonga,
punto de escala de los vapores entre Nueva Zelanda y San Francisco.
Sabíamos por los prisioneros que no había allí ni guarnición ni estación
de T.S.H.; y por lo que hace a los indígenas, todos simpatizaban con la
causa alemana. Nos presentaríamos a ellos como un destacamento de un
crucero auxiliar alemán. Las gorras de mis marineros llevaban la
inscripción: S. M. S. Kaiser.
En Rarotonga nos hubiera sido más fácil apoderarnos de un vapor. El
residente hecho prisionero, hubiéramos ido con él al encuentro del primer
barco aprovechable y no hubiéramos arbolado nuestra bandera y
mostrado nuestras granadas, sino después de haber subido a bordo de
nuestra presa, incapaz ya de servirse de sus cañones. Por lo que hace a la
captura de Logan, parecía mucho más fácil todavía. Hubiéramos sido
precedidos por un mensaje radiotelegráfico anunciando órdenes
importantes del ministro de la Guerra. Habíamos pedido en el despacho
de Turner papel oficial, listas de nombres y timbres. Habíamos también
hecho grabar en cobre la firma de sir James Hallen, en persona. Era más
de lo preciso para determinar a Logan a venir a bordo nuestro y
llevárnoslo como huésped involuntario en nuestras aventuras ulteriores.
El día fijado para nuestra huida, Turner marchó temprano a Auckland
para traer a su hija. Tenía la manía de las grandezas y había convocado a
todos los oficiales y suboficiales al desembarcadero para la recepción de
aquella personilla. Aproveché la ocasión para apoderarme de un sable
indispensable a mi dignidad de comandante de un buque de guerra. Uno
de mis muchachos, penetrando hasta el armario del coronel, tomó,
además del mejor uniforme, un magnífico sable que reemplazó por un
plomo de sonda que metió en la vaina y por una caja de conservas en el
sitio del puño. En el momento mismo que el coronel hacía su solemne
entrada, el bravo Mellert volvía con el sable metido en una pernera del
pantalón y trayendo un saco donde iba metido el uniforme; pero coronado
de legumbres cuyas hojas rebasaban los bordes de la tela.
Cuando nuestra evasión. Mellert dejó al lado de la canoa de remos que
destruimos una carta dirigida al granjero su patrón. Los diarios de Nueva
Zelanda la reprodujeron como un ejemplo de la conciencia alemana. Me
permito tomar de una de esas hojas ese adiós de un verdadero huno:
«25 de noviembre de 1917.
Sr. Melrose, granjero.
186

Querido señor: Mi país me llama y debo obedecer. Durante dos años
he trabajado en la granja y he cumplido siempre con mi deber. Le dejo
con esta carta todas las notas necesarias, tales como las cantidades de
leche, número de ovejas y la lista de las vacas. Espero que no tendrá
dificultad para encontrar pronto un buen sucesor mío. Le pido que
entregue mis honorarios a Klaiber, porque le debo una pequeña cantidad
y pagará mis cuentas de la cantina. Puede usted quedarse mi silla y mi
brida y pagar por mi cuenta 30 chelines a Hofmann el fotógrafo. No
quiero causar perjuicio a nadie y no tengo dinero para pagarlo todo.
Espero que mi marcha no le causará ninguna molestia y saludándole
afectuosamente, me repito de usted,
I. MELLERT.»

187

En el campamento de prisioneros de Motuihi yo vestía constantemente el
uniforme neozelandés con las insignias de la marina alemana, con gran
escándalo de los funcionarios alemanes de Samoa, recluidos también allí,
que ignoraban cuál era el secreto que ocultaba la ostentación de tales
insignias.

Los gallineros de Motuihi. Para completar los víveres hurtamos gran
número de gallinas.

El Teniente Coronel Turner, comandante de Motuihi, sumamente
orgulloso de recibir, al fin, prisioneros de guerra. La lancha automóvil
Perla (derecha) para uso del comandante: una magnífica embarcación de
nueve metros de longitud y un motor excelente, que usaríamos para
escapar del campo de prisioneros de Motuihi.

¿Por fin libres! Salimos audazmente de Motuihi al caer la tarde. Cuando
el motor de la Perla alcanzó su máxima velocidad, lanzamos tres ¡hurras!.

Otra vez como corsarios. ¡Presa a la vista! Una goleta pasa frente donde
habíamos anclado después de escapar del campo de prisioneros.

La goleta neozelandesa
Moa que capturamos
cinco días después de
nuestra fuga. Era un
hermoso buque pero
plano como una caja de
cerillas. Aprovechando
la brisa nos dirigimos al
archipiélago de las
Kermadec aunque el
buque no estuviese
preparado para navegar
en alta mar ya que
carecía de quilla. Esto
puso en peligro nuestras
vidas
durante
los
temporales, pero, tras
mil peripecias, llegamos
a Curtis Island.

El 21 de diciembre de 1917 llegamos a Curtis Island, del grupo de las
Kermadec, donde había un puesto de provisiones para náufragos.
Abrimos el depósito y tomamos de él lo que nos hacía falta para el viaje.
CAPITULO XVII

Evasión de Motuihi. Otra vez corsarios
La evasión. Descubren nuestra fuga. Nos dan por ahogados.
Capturamos un velero. Una tempestad. Nos aprovisionamos
en Curtis Island. Un crucero auxiliar nos descubre. De nuevo
prisioneros.
El 13 de diciembre de 1917 conseguimos evadirnos. El coronel y su
hija iban a llegar por la tarde. Tan pronto como hubieran dejado la Perla,
Paulsen debía, conforme a nuestro plan, dar la señal convenida. Entonces,
todos los conjurados debían apresurarse a representar su papel. Temíamos
que el coronel llegara después de las seis, pues en aquel momento se
pasaba lista nominal y ya quedaba prohibido desde aquella hora
abandonar el campamento.
A las cinco y media, nuestros vigías señalaron la Perla. Era muy
tarde. Los que por una razón cualquiera no tenían permiso para dejar de
pasar lista debían presentarle y en seguida recurrir a una astucia
cualquiera para bajar a la orilla. Kircheiss pretextó que estaba invitado
para comer un pato. Yo dije que iba a visitar al gobernador Schultz, etc.
La Perla acababa de acercarse. Eran las seis. Turner quería dejar un
trompeta de guardia junto a la canoa hasta el momento en que Paulsen y
Freund hubieran terminado su limpieza. Pero Schmidt, que conducía el
coche donde habían tomado asiento el coronel y su hija, invitó
amablemente al trompeta a subir al pescante, y Turner, lleno de
jovialidad, acabó por gritar un amigable «¡arre!». Pasaron al trote largo
ante las oficinas del Estado Mayor. Apenas llegados a casa de Turner,
Schmidt pidió permiso para ir con mi ordenanza a buscar carbón. Turner,
por principio, se mostraba siempre encantado de ver trabajar a la gente:
«Por lo menos durante ese tiempo no hacen ninguna tontería.» Dio, pues,
el permiso solicitado y Schmidt se llevó veinticinco bidones de esencia.
Individualmente, e invocando cada uno una necesidad o una excusa
particular, nos acercamos a nuestros respectivos puestos. Nuestra
organización funcionó con una precisión admirable. Verdad es que hubo
aquí y allá algún obstáculo imprevisto, pero la sangre fría y la presencia
de ánimo triunfaron de ello. Así, por ejemplo, un inspector al encontrar a
Grün que, habiendo cortado el teléfono, se dirigía a campo traviesa hacia
la playa, encaminó sus pasos hacia aquel sospechoso paseante, pero Grün
apresuróse a justificar su presencia en aquel sitio apartado, escogiendo
discretamente un rincón tranquilo en la linde del bosque, y el inspector,
no queriendo ni molestarle ni esperar, prosiguió su camino.
192

Cargadas las últimas provisiones, y el teléfono fuera de servicio,
destrozada la canoa de remos, subimos a la Perla, y cuando el motor
empezó a funcionar, lanzamos tres hurras en honor de Su Majestad. ¡Qué
alegría! Nos estrechábamos las manos pasando delante de la isla donde
todo el mundo estaba dedicándose a la comida. Como aún era de día,
tuvimos cuidado, al pasar por delante de los cuarteles de los soldados, de
poner sobre la empavesada rejas de arado de que nos habíamos provisto
para que nos sirvieran de escudo. Reforzamos esa coraza por medio de las
almohadas de crin de las banquetas y teníamos los fusiles preparados para
contestar a las balas que pudieran llegar; pero no oímos ningún disparo.
Desde que desembarcó el coronel hasta nuestra partida, había
transcurrido menos de un cuarto de hora.
La pequeña canoa que arrastraba la Perla disminuía nuestra velocidad;
la abandonamos así que vimos que estábamos a distancia suficiente de
Motuihi. Por ella descubrieron nuestra huida y mi amigo Osbshr, que
permaneció en la isla, escribió:
«Cuando hubo partido el conde, reinó un horrible silencio entre los
iniciados. Mientras que en general la conversación era muy animada en la
mesa, aquella noche no podíamos pasar un bocado. Tendíamos el oído
esperando disparos que no llegaron. No pudiendo dominar su
impaciencia, algunos corrieron hacia el acantilado, pero la Perla había
desaparecido ya. Luego llegó la noticia de que la canoa pequeña de
salvamento flotaba a la deriva. Entonces, hasta los no iniciados, creyeron
que había ocurrido algo. Todos pensaban en averiguar quién se había
escapado. Los iniciados recomendamos la calma. Era preciso dejar a
nuestros amigos tiempo suficiente para ganar ventaja. Nuestros esfuerzos
fueron facilitados por la bobería del sargento neozelandés, que se dejó
persuadir de que la canoa de salvamento había derivado a causa de un
accidente y que nuestros amigos subieron a la Perla para correr en su
busca: «Esos alemanes —decía— siempre van por mal camino. Nada
bueno pueden hacer cuando no se está junto a ellos para dirigirlos.»
»Transcurrieron algunas horas. Al acabar la velada, el coronel llamó al
conde, que deseaba presentar a su hija. Como el conde no aparecía, el
señor Turner empezó a temer. Trataba, sin embargo, de tranquilizarse:
«El conde ha hecho sin duda una escapatoria al campo para divertirse,
pero con su reumatismo no irá muy lejos. Por otra parte, mi canoa no
tiene esencia más que para un día.» Se decidió por fin a telefonear la
desagradable noticia al Cuartel General. El teléfono no funcionaba. La
aventura era grave. Sólo faltaba intentar comunicación por medio de
señales ópticas. Ninguna respuesta. Gracias a nuestro tratamiento
preparatorio, el aparato no funcionaba tampoco. Entonces se enciende
193

una gran fogata de petróleo como señal de socorro, y de pronto, en la
dirección de Auckland, suben varios cohetes por el aire. Así, ¿ha
comprendido usted? Pasan una, dos, tres horas, preciosas para el conde;
sigue sin recibirse respuesta. Los cohetes eran los de un fuego artificial
que se encendía por casualidad en casa de un particular. Solamente a las
doce y media de la noche empezaron en Auckland a sospechar algo,
porque la llamada telefónica de costumbre había faltado a medianoche.
No se estaba preparado, en ese Cuartel General, más que contra los
peligros nocturnos.
»Advirtiendo que había sido burlado, el doctor corría en todos
sentidos como un loco furioso. El coronel, en su susto, no se atrevía a
pasar lista nominal. Trataba de consolarse pensando, como lo hacían, por
otra parte, muchos no iniciados: «Esta evasión no puede dar resultado,
porque es muy improvisada.»
»La noticia había llegado a los diferentes puertos. Lo más aprisa
posible las canoas automóviles y varios vaporcitos habían sido
movilizados y armados con ametralladoras, y empezó la persecución al
amanecer. Cierto número de aficionados partieron también en sus yates,
de modo que la flotilla de caza llegaba a muchas docenas de buques. Esta
página de historia no añade nada a la gloria naval de Nueva Zelanda.
Bien pronto, enferma y cansada, toda aquella gente yacía en las bahías
más tranquilas del golfo de Hauraki, mientras la caza continuaba
alejándose a través de la tempestad. Como sucedió siempre en esa guerra,
la calidad en los alemanes había triunfado de la cantidad de los enemigos.
En el desorden, un vapor había chocado contra las rocas y varias canoas
se habían perseguido y tiroteado mutuamente. Se acogió con avidez la
noticia de que la Perla habia naufragado, ahogándose todos los alemanes.
A la vuelta, los más sinceros de los perseguidores confesaron que,
cansados como estaban, preferían no haber encontrado al enemigo.»
Aquí termina mi citación de Osbahr.
No fue un trabajo ligero el de situar nuestra posición en el vasto golfo de
Hauraki. No teníamos mapa a gran escala y por otra parte la noche nos
hubiera impedido consultarlo, así como también ella hacía nuestro
compás casi de todo punto inútil. El tiempo, además, era execrable y más
de uno de los hombres de mi tripulación padecía mareo.
Afortunadamente, entre una y dos de la madrugada, grandes haces de luz
barrieron la obscuridad. Eran los proyectores de Auckland que trataban
de calmar la impaciencia popular dando pruebas de gran actividad. Ellos
nos permitieron por fin orientarnos. Por la mañana anclamos en una bahía
abrigada, en Red Mercury Island, y permanecimos ocultos durante el día,
esperando que el celo de nuestros perseguidores se calmara. Al mismo
194

CARICATURAS PUBLICADAS POR LOS INGLESES CUANDO
LUCKNER Y SUS HOMBRES SE FUGARON DE MOTUIHI
Las aves del corral se
morían una tras otra,
y el médico del
campo
diagnosticó
una peste especial que
las aniquilaba. Pero
¿dónde
iban
los
cadáveres?
Los
fugados consiguieron
llevarse cuarten pollos
y gallinas, dos pavos
y
más
de
cuatrocientas yemas
de huevo conservadas
en alcohol. En la
caricatura un oficial
inglés se tapa la nariz y pregunta: «¿Qué están celebrando ustedes?» El
alemán, con aire de inocencia, responde: «La Convención de la Haya y la
paz, señor».
El comandante del
campamento tenía que
pasar un informe
médico semanal sobre
los prisioneros al
Estado Mayor. En el
dibujo, un oficial
inglés pregunta a un
prisionero, que está
haciendo
sus
preparativos de fuga:
«Discúlpeme, señor;
por mí no interrumpa
su trabajo. Desearía saber qué tal va su salud».

Von Luckner, Kircheiss
y sus hombres se
embarcan en la Perla:
«Han dejado la puerta
abierta dice el conde, no
podrán reprocharnos que
nos escapemos». En lo
alto de la muralla, una
banda de música los
despide con el himno
alemán, mientras un
centinela, de espaldas a
la puerta, tararea una
tonada inglesa.

El Teniente Coronel
Turner, comandante del
campo, se defendió ante el
Consejo de Guerra
diciendo que sólo le
dieron hombres inútiles
para guardar a los
prisioneros. En el dibujo,
dice el oficial: «Como
puede usted ver, el
guardián de la clase C2
tiene una fortaleza física
inferior a la de los
prisioneros». Le
contestan: «¡Ah! Esa es la
razón por la que no lleva
fusil, es demasiado
pesado para él».

tiempo, las colinas desiertas y arboladas de la isla constituían un
excelente punto de observación del cabotaje que llegara del Sur. Un
vapor pasó muy cerca de nosotros sin vernos.
El tercer día salimos de las aguas territoriales, y en alta mar los
cadetes, después de prestar juramento ante mí, se convirtieron en
soldados. El señor Egidy, sargento de la reserva, fue nombrado por mí
teniente de navío de la reserva. Tenía derecho a ello en mi calidad de
comandante de buque de guerra aislado, aun cuando ese buque fuera la
pequeña Perla. Los tres hermanos de Egidy eran oficiales de la Marina, y
así el cuarto hermano, tan lejos de Alemania, lo fue también. Ahora
teníamos el derecho de hacer la guerra. ¡Qué fiebre entre mis cadetes, qué
sed de aventuras! Anteayer prisioneros, hoy soldados alemanes que
combatían a la sombra de nuestro glorioso pabellón de guerra. La
consigna de ofensiva nos parecía tan evidente, que aquel extraño
juramento a la bandera en canoa automóvil no fue menos solemne que la
prestación de juramento en las escuadras de la Patria. Mis reclutas se
cortaron recíprocamente los cabellos al rape; luego se pusieron en
seguida al trabajo.
De repente apareció un vapor del Gobierno, el Lady Roberts.
Desaparecimos en alta mar, abandonando nuestros dos vigías en la espesa
maleza de la isla. El vapor se puso al pairo y desembarcó en Red Mercury
algunos hombres que recorrieron las colinas; destrozó sus dos hélices
chocando contra el fondo roqueño y volvió estropeado a Auckland con la
noticia de que estaban seguros de que no nos hallábamos por allí. Así,
pues, volvimos a ganar nuestro punto de anclaje con toda seguridad y
recuperamos a los dos hombres, que se habían escondido en la selva.
Dos días más tarde, dos goletas pasaron a la vista. Queríamos capturar
ambas; pero en el momento en que nos preparábamos para el ataque, una
racha de viento dio a la primera goleta tal ventaja que tuvimos que dejarla
escapar. Fue eso, según supimos después, una gran desdicha.
La segunda goleta, la más grande, se llamaba Moa. Nos acercamos a
toda velocidad y, subiendo al abordaje, gritamos: «Ponerse al pairo». La
bandera alemana flotaba en el aire; yo agitaba mi sable y mis muchachos
escalaban los arrumbes de madera que había sobre cubierta, gritando:
―Ship is brought up29. La tripulación estaba como asombrada ante una
tempestad. ―Don’t kill us30. Calmamos lo mejor que pudimos a aquella
gente enloquecida y a un grumete que lloraba le dimos chocolate.
Nuestros prisioneros nos miraban sin comprender: no éramos los hunos
tal como se nos había descrito.

29
30

El navío ha sido apresado.
No nos maten.

Cuando el capitán supo que tenía que habérselas con prisioneros
evadidos, cubrió al Gobierno de insultos: «Nuestros hombres se baten en
el frente y aquí no saben siquiera guardar prisioneros». Nos deseaba
buena suerte. Los neozelandeses se merecían lo sucedido. En cuanto al
cocinero, se nos acercó protestando: ―Me cooky, me Russe, Russe peace
with Germany31.
Embarcamos nuestras armas, nuestros víveres y nuestra T.S.H. en la
goleta, guardando la Perla a remolque. La Moa era un hermoso buque;
pero plano como una caja de cerillas: tenía sólo tres pies de puntal, a
pesar de la altura de sus palos. Aprovechando una brisa bastante fresca,
corrimos hacia las Kermadec, en donde debía de haber un puesto de
aprovisionamiento para los náufragos. Durante la noche una tempestad
nos obligó a huir viento en popa. El capitán se excitaba: su buque no
estaba hecho para navegar en alta mar. No tenía quilla y arriesgábamos
nuestra vida. Yo tuve que contestarle que más la hubiéramos arriesgado
volviendo hacia Auckland.
¡Adelante! Los masteleros resistirán mejor por Alemania que no lo
hubiesen hecho por Nueva Zelanda.
El capitán quedó sobre cubierta toda la noche y calmó las olas por
medio de aceite. En tiempo ordinario hubiéramos quizá sentido cierta
inquietud, pues la noche era verdaderamente espantosa. Pero lodo se
borraba en la embriaguez de la libertad, en el sentimiento de que
teníamos al fin buena cubierta bajo nuestros pies y encima de nosotros el
pabellón de guerra (pintado en una sábana). La tempestad aumentaba; la
Moa saltaba para volver a caer en el hueco de las olas. Tuvimos que
disminuir la velocidad y echar por sobre la borda una parte del
cargamento de madera, tarea facilitada, por otra parte, por las olas que
barrían la cubierta y su carga. Teníamos víveres para seis semanas, pero
bien es verdad que debíamos compartirlos con nuestros prisioneros que
sólo estaban provistos para tres días. Encontrábamos la situación
agradable comparada con nuestro crucero de seis semanas en canoa
descubierta. Sólo se trataba de dirigirnos bien. Desgraciadamente una ola
de través se nos llevó nuestra Perla, pérdida sensible para la ejecución de
nuestros planes. La tempestad se aplacó al cabo de treinta y seis horas.
Kircheiss corrigió poco a poco nuestros instrumentos náuticos. El
compás del capitán era, por otra parte, mucho peor que el nuestro.
El 21 de diciembre, Curtis Island estaba a la vista. Grandes columnas
de humo subían hacia lo alto. Temimos que algunos náufragos ya
instalados en la isla hubiesen devorado las provisiones. Pero,
31

198

Yo cocinero, yo ruso. Rusia en paz con Alemania.

acercándonos a aquella tierra semicircular y dispuesta en anfiteatro,
advertimos que las humaredas provenían de géiseres. La isla era un cráter
al que un terremoto había hecho desplomar uno de sus lados. Por todas
partes había hervores y humo. El aire, extremadamente caliente, estaba
saturado de vapor de azufre. Inmensas cantidades de aves y
especialmente albatros gigantescos anidaban entre las rocas. Rodeaban,
atorbellinándose, a los recién desembarcados. Ni un árbol, ni un arbusto.
El agua caliente hormigueaba de tiburones. Habiendo advertido en el
borde interior del cráter un cobertizo, pusimos nuestra canoa al mar y
Kircheiss partió con seis hombres, acompañado de los tiburones que
formaban su séquito.
Los gases eran más espesos a medida que se acercaban a la costa. La
marea era baja, pero una ola ayudó a la canoa a saltar la barra que se
había formado a la entrada del cráter. Dijérase que era la caldera de las
hechiceras, llena de burbujas y de corrientes de agua amarilla hirviendo.
Gigantescos bloques de lava, vestigios de la última erupción, estaban
esparcidos por la playa. Mi gente desembarcó sobre una meseta de lava
cerca del cobertizo de provisiones, hundiendo los pies en el azufre y con
la cabeza rodeada de albatros y de gaviotas. El cobertizo estaba lleno de
cajas y de botellas. Una parte de esos tesoros fue conducida a la canoa.
Mientras ésta, pesadamente cargada, volvía hacia la Moa, dos cadetes
permanecían en la isla para preparar un nuevo cargamento. Como
disponían de dos horas antes que volvieran sus camaradas, trataron de
penetrar en el interior, pero advirtieron en seguida que el lugar del
desembarco era el único sitio practicable. No podían alejarse del
cobertizo sin hundirse en una masa hirviente y sulfurosa.
La canoa tardó cerca de una hora en volver a la Moa. Llegó cubierta
de agua, casi a punto de hundirse, y rodeada de tiburones muy alegres al
ver aquella presa próxima. Las cajas y las botellas fueron trasladadas a
toda prisa a la Moa. Encontramos con gran placer una vela nueva, gran
cantidad de herramientas, carne, manteca, tocino, mantas, vestidos,
zapatos, instrumentos de pesca y medicamentos. Verdaderamente, el
Gobierno británico hacía bien las cosas para los prisioneros evadidos. Los
vestidos eran lo único que había padecido a causa de su larga
permanencia en el calor húmedo.
Como no podía decentemente abandonar a mis prisioneros entre los
vapores sulfurosos de Curtis Island, mi intención era desembarcarles en la
próxima isla McAuley, con víveres, y señalar su posición al Gobierno por
T.S.H. Sólo faltaba llenar las formalidades de recibos que me fueron
traídos del cobertizo y me aprestaba a poner la firma del comandante del
Seeadler con las gracias y felicitaciones por la excelencia del depósito.
199

Quería también expresar la esperanza de que aquel depósito se renovaría
a tiempo, antes de la llegada de nuevos náufragos. No lo habíamos
saqueado por completo, dejando lo necesario a los que podrían tener
necesidad de ello. Mientras sacaba mi estilográfica, el vigía gritó: «Humo
al Norte, detrás de McAuley.»
Inquieto, envié a buscar rápidamente a los que quedaron en la isla.
Mientras me los traían remando de modo acelerado, la Moa izaba sus
velas, y con todo el velamen nos precipitamos hacia el Oeste. Nunca la
pobre goleta había dado semejante velocidad, pero el vapor ganaba
visiblemente terreno. Mantenía la proa hacia nosotros, y cuando
cambiábamos de rumbo modificaba también el suyo. Distinguimos pronto
el casco, y el capitán de la Moa reconoció al cablero Iris, armado como
crucero auxiliar. ¡Qué descenso de barómetro!
Llegado a buena distancia, el Iris hizo una señal al mismo tiempo que
izó el pabellón británico. Continuamos corriendo a diez millas por hora;
pero aquello no podía durar. Un relámpago, un silbido y un proyectil cae
al agua al lado de nuestro casco. Las bordas del Iris se erizaban de
cañones de fusil. Un combate contra toda aquella artillería hubiese sido
un suicidio. Entonces, para demostrar quiénes éramos, levantamos por
última vez en aquel hemisferio el pabellón de guerra alemán y llegó el
instante amargo de la rendición.
Cuando subí, vestido de uniforme, sobre la cubierta del Iris, no
encontré, con gran asombro mío, ningún oficial junto a la escala, sino
algunos hombres de mal aspecto que me acogieron con la punta de las
bayonetas. En seguida vinieron unos paisanos que vaciaron nuestros
bolsillos: dinero, reloj, objetos preciosos, hasta mi pañuelo, todo pasó a
su poder como botín de guerra. Incapaz, en suceso de tal naturaleza, de
dignarme protestar, no pude hacer más que mirarles con desprecio. Los
neozelandeses encontraron aquel hecho de armas tan glorioso, que han
publicado de él una fotografía.
Mis marineros fueron tratados de igual manera. Aunque habíamos
echado todas nuestras armas al mar, cada uno de ellos fue sometido al
mismo saqueo con docenas de fusiles apuntados al pecho y a la espalda.
Era para aquellos neozelandeses el bautismo de fuego, y un alemán, aun
sin armas, les parecía una especie de diablo encarnado.
Muchos vapores habían sido armados para perseguirnos, tres de entre
ellos con provisiones y municiones para seis meses. Mi fuga había
costado al enemigo cerca de un millón. Era la primera goleta, la que
habíamos dejado escapar cuando la captura de la Moa, la que nos había
denunciado. Muy alegres de haber tenido su guerra y su victoria propias,
los neozelandeses celebraron por medio de la prensa la aprehensión de la
200

Moa. Cuando llegamos a Auckland, el pabellón inglés flotaba en el palo
de la goleta por encima del pabellón alemán. La «batalla naval de las
Kermadec» fue acogida con gritos de entusiasmo por una multitud
innumerable, que vino a nuestro encuentro en remolcadores, canoas
automóviles y yates.

201

¡Otra vez prisioneros! Una vez
traídos los víveres de Curtis Island,
fuimos sorprendidos por el cablero
inglés Iris. Un combate habría sido
un suicidio pues no teníamos
artillería. Nos llegó el momento
amargo de la rendición. Al subir al
Iris, vestido con mi uniforme, no
encontré a ningún oficial, sino
algunos hombres mal encarados
que, a punta de bayoneta, nos
acogieron con mala cara. Después,
unos civiles vaciaron nuestros
bolsillos: dinero, reloj, hasta mi
pañuelo, todo pasó a sus manos
como botín de guerra.

Desde el cablero Iris fuimos a parar a la cárcel de Mount Eden, en
Auckland, donde se nos mantuvo durante veintiún días.

De Mount Eden fuimos transferidos al fuerte Jervois, en River Island,
cerca de Lyttleton, en la zona fría de Nueva Zelanda. ¡Cuántas veces
pudimos ver esta magnífica puesta de sol!

Nuestro primer paseo después de ciento diecinueve días de cautiverio en
el fuerte Jervois.

Después del armisticio,
padecimos todavía un
cautiverio
de
cuatro
meses en Narrow Neck,
pero nos era permitido
recibir visitas. Recibí un
día a la esposa de un jefe
maorí de la tribu de los
Waikato. Me ofreció una
túnica trenzada y una
piedra verde que sólo
podían
llevar
los
dignatarios de su tribu.
Desde aquel instante era
yo jefe maorí con el
nombre de Wai-tete, es
decir, «Agua Sagrada».
Acepté aquel conmovedor
homenaje en nombre de
Alemania. Un domingo
por la tarde, me hice
retratar secretamente con
la túnica de jefe maorí.

Así es como regresamos a la
patria después de más de
mil días de aventuras; el
buque inglés Willochra, nos
lleva a nuestro país al cual
llegamos y pisamos tierra en
julio de 1919

CAPÍTULO XVIII

Nuevo cautiverio hasta el armisticio
Nos encierran en Mount Eden, la cárcel de Auckland. La
vida de los forzados. En el fuerte Jervois de River Island.
Plan de fuga. De nuevo en Motuihi. Otro proyecto de
evasión. El armisticio. Los maoríes me nombran su jefe. De
regreso en el suelo patrio.
El Estado Mayor General nos saludó al desembarcar. Nuestra nueva
captura servía para elogiar la eficiencia de sus servicios. Sin embargo, el
coronel Paterson, jefe de aquel Cuerpo eminente, me rogó que excusara el
sitio donde iba a alojarnos aquel día. «¿Dónde?», pregunté. Calló. Era de
nuevo la cárcel.
La cárcel de Auckland, Mount Eden. Cuando el mayor Price nos
entregó a los que debían hacerse cargo de nosotros, fuimos tratados como
criminales de derecho común, porque como el buen hombre tenía gran
prisa por asistir a las carreras, habíase olvidado de decir que éramos
prisioneros de guerra. Mis cadetes, huéspedes por primera vez de un
establecimiento de aquel género, estaban pálidos como la muerte por
aquella acogida deshonrosa. Yo mismo, aun cuando reincidente, sentía
abrumado el corazón. ¡Después de haber gustado de nuevo la libertad,
con una buena cubierta bajo los pies y pudiendo tomar decisiones, volver
a caer en aquella prisión infecta! ¿No hubiera sido mejor llegar a las
Kermadec un día más tarde? ¿No hubiera sido preferible tomar otra
dirección? Preguntas torturantes y vanas que agitaban la ociosidad de
nuestra nueva vida. Pero pronto, de celda en celda, se oyó cantar todavía:
«En la hermosa ribera de Saale», y aun cuando nuestro equipaje al sernos
entregado, hubiese sufrido importantes disminuciones, fuimos, en suma,
tratados con cuidado. En el fondo mismo de nuestras celdas sentíamos el
respeto creciente que nos inspiraba nuestra patria.
Sin embargo, tuvimos que permanecer en la prisión algunas semanas
antes de que nos restituyeran a un ambiente más conveniente. Al día
siguiente de nuestro encarcelamiento (era la víspera de Navidad), un
señor enteramente afeitado entró sin llamar en mi celda. Vestía traje de
los presos, llevaba una bacía y me dijo:
—Soy yo quien debo afeitarte.
—Es inútil; me afeito yo mismo.
—¿Qué es lo que dices? No tienes derecho a tener el menor cuchillo.
Tus cubiertos, como verás, son de madera. Acércate un poco para que te
pueda pasar el jabón por la cara.

—¿Quién eres? ¿Un preso?
—Claro.
—¿Cuánto tiempo tienes de condena?
—A perpetuidad.
¡A perpetuidad! ¿Y este hombre es el que debe pasarme la navaja a lo
largo de la garganta? Mi respiración se detiene. No he comprendido
jamás por qué, siendo comandante de un buque de guerra, debía estar
sometido a semejantes medidas de precaución. Le pregunté todavía:
—¿Qué es lo que has hecho?
—Únicamente maté a una mujer.
El asesino empieza a jabonarme. Jamás he seguido con los ojos a
nadie con tanta atención como a aquel barbero que me raspaba la
garganta. Es preciso haber padecido momentos de aquel género para
comprender la mirada de reconocimiento que le eché cuando hubo
terminado su trabajo. Era, en realidad, un buen diablo. Cada día me
aportaba noticias de los corredores y del patio.
Aquella aclimatación en Mount Eden nos hizo conocer
involuntariamente la vida de los forzados. Para mayor seguridad nos
habían colocado en el ala de los grandes criminales. Los más agradables
son los «perpetuos», que están ya hace mucho tiempo allí y se han
acostumbrado a vivir sin esperanzas y sin cuidados. Cuando se cuentan
los años con los dedos y se reflexiona al cabo del día que será preciso
crearse una nueva existencia de libertad ya casi desconocida, los nervios
no están tan tranquilos. Los condenados a seis o a siete años son los más
cargantes; los mejores años de la vida los pasan en una ociosidad funesta
a su futura profesión. Son los «perpetuos» los que ocupan los puestos de
confianza; administran la biblioteca, la enfermería, el guardarropa, etc.
No he encontrado en ninguna parte gente más amable ni más trabajadora.
Sus rostros amigables sonríen al que llega y le lanzan ligeras miradas
para animarle: «Te despreciaban fuera; aquí, ya ves, se te acoge con
confianza.» Experimenté que en todos aquellos lugares en que los
hombres están obligados a vivir juntos y, sobre todo, cuando su ambición
individual se encuentra limitada por las circunstancias, puede establecerse
una agradable comunidad. Había en Mount Eden una especie de factótum
que era un genio en matemáticas.
Casi todos sentían gran admiración por Alemania. Estaban seguros de
que ganaríamos la guerra y que entonces todas las cárceles serian
abiertas. Según el retrato que la prensa hacia de nosotros los alemanes,
imaginaban entre ellos y nosotros cierto parentesco de naturaleza.
«Conde —me decían—, cuando Alemania venza, no olvides a tus amigos
de aquí.» Solicitaban plazas, por regla general, en la Administración.
206

Pensaban que para ofrecerme un desquite sobrado de mis penas actuales,
Alemania me nombraría gobernador de Nueva Zelanda y que no me
olvidaría entonces de favorecerles, pues habían transgredido las leyes
inglesas y no las alemanas. Así se mostraban llenos de atenciones para mí
y me entregaban a ocultas periódicos que, permitidos a los criminales,
estaban prohibidos en Mount Eden a los prisioneros de guerra.
Las celdas se limpiaban con un cuidado tan escrupuloso que no era
permitido entrar en ellas con zapatos. Calzado con mis alpargatas,
reflexionaba un día sentado en la cama, que era el único asiento de la
celda. ¿Cómo escaparme? Y para principiar, ¿qué se podía ver desde mi
ventana? Esta se encontraba a tres metros del suelo. Subí a la cabecera de
la cama; pero apenas había echado una mirada, cuando los frágiles
montantes se hundieron bajo mis pies. Utilicé el bastidor como una escala
y heme aquí de nuevo ante mi reja. Un par de gorriones habían hecho allí
su nido. Para pasar el rato, traté de capturar al macho, que venía a
alimentar a la hembra; pero escapó, dejándome dos o tres plumas en la
mano. Había en aquella reja varias telarañas. Cacé una araña para ver
cómo hacía tela, y la puse a trabajar en una caja de cerillas. ¡Qué
cantidades de tejido saqué de allí! Volviendo a mi puesto de observación,
cacé otras arañas que tejieron también otras telarañas de diferente tipo.
Colocando uno de mis discípulos en la tela de una vecina, comprobé que
quedaba inmovilizado allí como una simple mosca. Así, las pequeñas
podían capturar las grandes con tal de que fueran de una raza distinta. No
sabía cuánto tiempo debía permanecer en la cárcel; pero, hicieran de mí
lo que quisieran, lo esencial era entregarme a la historia natural.
Al cabo de tres días, el ministro de Marina, Hall Thompson, vino a
visitarme. Renové mi protesta más enérgica contra el trato infligido a
prisioneros de guerra capturados, no como evadidos en territorio inglés,
sino como combatientes en alta mar. El respondió: «I shall do my best for
you»32. El inglés no rechaza nunca en redondo una petición, y permite
siempre que la esperanza se despierte. La honradez alemana vale más que
esta fría y vana cortesía. Algún tiempo después, le tocó el turno al
ministro de la Justicia, señor Wilford:
—¿Tiene usted alguna queja que formular a causa del régimen?
— Naturalmente; mi sitio no esta en una cárcel.
—No le digo a usted lo contrario. Pero, ¿cuáles son sus impresiones
acerca del régimen de los presidiarios? De eso es de lo que soy yo
responsable.

32

Haré lo que pueda por usted.
207

—Las celdas están limpias, la alimentación es de una excelencia que
admira; pero aun contra la mejor cárcel, protesto con todas mis fuerzas.
—Well, I shall see what I can do for you33 (18).
Por fin, al cabo de veintiún días, abandonamos a. Mount Eden. Para
hacer las deserciones más difíciles, se nos repartió en campamentos
distintos. Kircheiss y yo fuimos transferidos a River Island, cerca de
Lyttleton, en la zona fría de Nueva Zelanda. El fuerte Jervois, en donde
se nos encerró, había sido edificado en otro tiempo contra los rusos. Era
el punto más solitario que se pudo encontrar. Nuestras habitaciones
estaban separadas del patio del fuerte por una barrera de tablones provista
de una garita para el centinela. En lo alto del patio había una alambrada,
como si tuviéramos alas y temieran que escapáramos durante la noche;
una verdadera jaula. Cuarenta y cinco hombres estaban allí para
guardarnos.
El comandante de nuestro campamento era el mayor Leeming, un
tasmanio, un hidalgo de pies a cabeza. Prisionero también en aquella isla
solitaria, fue bien pronto el tercero en el juego de shat que le enseñamos
para pasar las veladas. En la isla del Sur, más fría, las gentes parecían
menos vulgares que los aucklandeses. Nuestro nuevo jefe de Estado
Mayor, el coronel Chaffee, antiguo boxeador de profesión, tenía un ojo
artificial, resultado de un antiguo match de boxeo. Muy minucioso,
redactaba largos informes acerca de los objetos más insignificantes.
Ciento diez y nueve días pasamos en aquel castillo junto al mar; ¡qué
amargura para un marino! El agua nos rodeaba, las velas se deslizaban en
el horizonte, recordándonos las del Seeadler, los largos cruceros, los
camaradas. ¡Y aquella detención eterna que, según las convenciones
internacionales, no debiera haber excedido de ocho días! El pensamiento
de una evasión me obsesionaba. He aquí lo que imaginé;
La isla tenía un desembarcadero al cual, desde el fuerte, permitía el
paso un puente levadizo. Ese puente, al levantarse, cerraba la cárcel.
Pero, roto por una tempestad, estaban entonces arreglándolo. Al mismo
tiempo, como asfaltaban el patio del fuerte, había muchos toneles vacíos
que se encontraban aquí y allí. Uno de ellos rodó hacia el mar un día y se
puso a derivar hacia alta mar. Una goleta pequeña que pasaba lo recogió
ante mis ojos. Interesado, hice rodar un segundo tonel y sucedió lo mismo
que con el primero. Mi plan estaba ya formado. Durante el almuerzo de
los obreros, levanté la tapadera de un tonel y clavé en ella un gran clavo.
Otro gran clavo en el fondo y los encorvé a los dos formando garabato.
Luego provisto de una cuerda y de un áncora pequeña de canoa, que
33

208

Veré qué puedo hacer por usted.

había en un rincón, pensé que no se trataba más que de coger víveres y
agua y encerrarse en el tonel en una ocasión favorable. Después de haber
cerrado bien la tapa me dejo rodar hacia el agua; echo el áncora al paso
del más cercano barco de cabotaje; me pescan, hago saltar la tapa y
aparezco como un diablo fuera de su caja, cuchillo en mano. Obligo a los
tres hombres de la tripulación a pasearme de isla en isla hasta el momento
en que me sea posible vivir a fuer de hombre libre.
Pero no quería poner este proyecto en ejecución sino durante la
ausencia de Leeming, que pronto debía acudir al lado de su mujer, que
estaba a punto de dar a luz, pues los periódicos nos avisaron que, a
consecuencia de nuestra evasión, Turner tuvo que comparecer ante un
Consejo de guerra y había perdido su situación y su empleo; y las
cordiales relaciones que nos unían a Leeming excluían la posibilidad de
abusar de su confianza. Pero durante su permiso, sería reemplazado por el
teniente Gilmore, apodado Little Napoleon. Una mañana, aquel rayo de la
guerra, habiendo leído que en Motuihi habíamos fabricado granadas con
cajas de conserva, me envió un sargento para quitarme las cajas de
tabaco.
Eché noramala a ese suboficial. Gilmore apareció entonces en persona
y le dije: «Well, si cree usted que fabrico submarinos con las cajas de
tabaco, puede usted llevárselas; pero lárguese usted pronto, porque no me
es usted simpático.» No reincidió en presentarse delante de nosotros. Yo
ardía en deseos de jugarle una mala pasada.
Marzo llegó, y Leeming preparaba su marcha cuando los diarios
publicaron la noticia de la gran ofensiva alemana. ¡Qué excitación!
Mirando un pequeño atlas, Kircheiss había dibujado un mapa gigantesco
en la pared del comedor. Nuestra patria inspiraba un gran respeto.
Gilmore en persona, cesando de representar el papel de Napoleón, nos
preguntaba a menudo cosas de Alemania. Pensábamos todos que la
guerra iba a terminar en tres meses con la victoria alemana. ¡Cuánto
queríamos a nuestro hermoso país en aquellos instantes de nuestra última
esperanza! ¡Qué lástima y qué tristeza sentirse desterrado lejos de los
campos de batalla donde se jugaba su destino!
Durante la semana que Kilmore fue responsable de nuestra custodia,
Kircheiss tuvo que quedarse en cama a consecuencia de un enfriamiento
ocasionado por las corrientes de aire del fuerte. El médico, advirtiendo
síntomas inquietantes, murmuraba: «No pigs could live here!»34. Quizá
exageraba; pero poco después recibimos orden de reembarcar para
Motuihi. Aun cuando mi plan hubiera fracasado, nos sentíamos dichosos
34

¡Ni los cerdos podrían vivir aquí!
209

de volver a ver a nuestros amigos. Napoleon nos acompañó hasta
Motuihi, pasando por Wellington. Habiendo sabido que tenia intención de
escribir un libro en el cual debía figurar él también, se mostraba lleno de
cortesía. En Wellington me regaló una brocha magnífica y dio una pipa a
Kircheiss. En realidad no era mala persona.
Nuestra vuelta fue acogida en Motuihi con mucha alegría, salvo
algunas excepciones. El doctor polaco vino a encontrarnos con una
botella de champaña, pensando que así no contaría yo nada de lo que
había tenido que ver con él. Algunas personas que habían esperado
vanamente la representación de la comedia, sobre todo aquellas que
habían aprendido de memoria largos papeles, se mostraban algo
enfadadas; pero no airadas, pues la comedia de nuestra evasión les había
indemnizado de su fracaso teatral. Los oficiales de la reserva eran los más
ofendidos. Hubieran gustado servir de nuevo a la Patria y no
comprendían que hubiera escogido a Egidy en su lugar.
Mis camaradas de la Moa habían sido dispersados en diferentes
campamentos. Los cadetes que permanecieron en Motuihi no tardaron en
ofrecérseme, esperando alguna nueva empresa. Dos días después de mi
vuelta, me informaron que habían construido una canoa de lona y hecho
una provisión de esencia y de víveres. ¿No consentiría yo en ser jefe de la
expedición? Respondí: «Sí», en principio, reservándome el derecho a
examinar el asunto.
Nuestro nuevo comandante, el mayor Shofield, no estaba autorizado a
tener una canoa automóvil. La Lady Roberts, el buque que nos traía
víveres dos veces por semana, estaba provisto de un grueso cañón y
constantemente prevenido contra todo ataque. No podíamos salir del
campamento o entrar allí sin anunciarnos al cuerpo de guardia. A las seis
todo el mundo debía estar en lo alto de la colina. Además, en torno de los
dormitorios se estableció una gran alambrada que no fue, en verdad,
terminada hasta la época del armisticio. Durante la noche una ronda se
enteraba cada dos horas de si Kircheiss y yo estábamos aún allí. Es
verdad que en caso necesario hubiera podido empaquetar en mi cama un
camarada cómplice. Grandes lámparas de arco voltaico rodeaban la
barrera del campamento. Como puede verse, nuestra evasión había
aguzado considerablemente la ingeniosidad de las autoridades
neozelandesas.
Se me ocurrió la idea de tomar por confidente al doctor Schultz, el
antiguo gobernador de Samoa. Era el único entre nosotros que podía
libremente pasear por toda la isla. Se declaró dispuesto a participar en la
próxima evasión en calidad de simple marinero. Examinó los lugares que
mejor podían servir para nuestra huida y, llevando en cada uno de sus
210

paseos pequeñas cantidades de guisantes, judías y arroz, que enterraba en
sitios apartados, constituyó un verdadero almacén de víveres fuera del
campamento. He dicho ya que, bajo pretexto de fabricar taburetes
plegables, los cadetes habían construido una canoa de lona.
Pero, ¿cómo abandonar la isla? Después de largas reflexiones,
determinamos arreglar un escondite en la misma isla. El gobernador había
encontrado en el bosque una torrentera en la que podíamos disimular los
escombros. Un panadero alemán, dotado de fuerza hercúlea, que servía de
ordenanza al doctor Schultz y tenía como él libertad de salir fuera de la
alambrada, cavó de noche nuestro subterráneo, arreglando literas y
almacenando víveres, la canoa plegable, una lámpara y gran cantidad de
petróleo. Una vez terminados los trabajos, he aquí cómo debía efectuarse
nuestra huida: saldríamos del campamento, bajo pretexto de ir al campo
de golf, cuyo juego nos era permitido de vez en cuando. Nuestro
escondite no estaba muy alejado; desapareceríamos después de haber
fijado en el acantilado los cables que se encontraban en nuestras
habitaciones con el fin de poder escapar por las ventanas en caso de
incendio; dejaríamos también esparcidos en los alrededores algunos
cuchillos y otros pequeños objetos, de manera que nuestros perseguidores
tuviesen la seguridad de que habíamos embarcado en aquel sitio. No se
extrañarían sobremanera de ello: sabíamos que el ministro de la Defensa
había telefoneado al comandante del campamento que redoblara la
vigilancia, pues había en Nueva Zelanda gente que quería libertarnos. Se
cansarían, pues, dándonos caza en alta mar, mientras estaríamos
tranquilamente sentados en nuestro escondrijo.
He aquí cómo habíamos dispuesto la entrada de nuestra cueva. Un
cuadrado de tierra había sido cortado y adaptado por medio de finos
alambres y de arcilla, sobre un cuadrado de tablas de la misma
dimensión. Una empuñadura adaptada debajo de las tablas permitiría
abrir y cerrar esta especie de escotilla. No se permitiría salir sino por la
noche y en calcetines, a fin de no dejar huellas. Podíamos fácilmente
guisar y había agua cerca de allí. Luego, en una noche estrellada,
hubiéramos partido, armados de una browning, de hachas, de un catalejo
Zeiss y de un lanzallamas fabricado con una lata de petróleo. Una
pantalla roja, colocada en cierta ventana, indicaría, según convenio hecho
con uno de nuestros compañeros de cautiverio, que habían renunciado a
buscarnos en la isla. Remaríamos al claro de luna hasta llegar a un velero
anclado en la bahía: sería fácil apoderarnos de él con nuestros seis
hombres.
Si el armisticio hubiese tardado tres semanas, no nos hubieran
encontrado ya en el campamento. Cuando se firmó aquél, contamos
211

nuestro plan a los neozelandeses, y en vano pusieron sobre la pista varios
centenares de maoríes para descubrir nuestro escondite.
Después del armisticio, padecimos todavía un cautiverio de cuatro
meses en Narrow Neck, pero nos era permitido recibir visitas. Recibí un
día la de la esposa de un jefe maorí; pertenecía a la tribu de los Waikato
que se hicieron ilustres en 1860-61, por la lucha que sostuvieron por su
independencia; durante la guerra mundial, no se dejaron reclutar por los
ingleses. Esa indígena, la señora Kaihau, me entregó, al entrar en mi
barraca, una larga carta escrita en maorí y cuyo sentido es
aproximadamente el que sigue:
«Voy hacia ti, gran jefe, y te ofrezco, para mantener la tradición, la
túnica trenzada del gran jefe Wai-Tete.»
Sacaba al mismo tiempo de los pliegues de su propio vestido una
túnica que había enrollado a su cuerpo para disimularla al centinela
inglés. Mi admiración era grande, y Kircheiss, al que yo daba ligeros
codazos, no pudo hacer otra cosa que encogerse de hombros sin
comprender. Afortunadamente, se encontraba allí una señora alemana,
que, viviendo desde largo tiempo en Nueva Zelanda, estaba al corriente
de las tradiciones indígenas, y me explicó que aquel regalo que me hacía
era la prueba de estima más considerable que pudiera recibir yo. La maorí
se había puesto a bailar el Haka-Haka; daba vueltas en la habitación con
una energía salvaje. Cuando hubo terminado el baile, sacó una piedra
verde, que me ofreció junto con la túnica.
—¿Soy ahora jefe maorí? —pregunté.
—Ciertamente, y lleva usted el nombre de Wai-Tete; es decir, Agua
Sagrada, y el espíritu de los héroes venerados revive en usted. Esta piedra
sólo puede ser llevada por un alto dignatario.
Reconocido, di un apretón de manos a la maorí. Despidiéndose de mí,
me rogó escondiese bien la túnica y la piedra. Acepté aquel conmovedor
homenaje en nombre de Alemania; me fue, por otra parte, permitido
llevarme las insignias a mi país, y me expresaron la esperanza de que un
día volvería a Nueva Zelanda. Una tarde de domingo, siempre detrás de
los alambres, me hice secretamente retratar con el traje de jefe maorí; me
faltaba, es verdad, el tatuaje y la pintura de guerra de los verdaderos
héroes.
Algunos días antes de nuestra partida para Europa, la presidenta de la
Soldiers Mothers League me visitó para ofrecerme, en nombre de las
madres de 80.000 soldados, sus votos de feliz viaje, pues aquellos de sus
hijos que habían caído en mis manos volvieron sanos y salvos al lado de
sus madres; creía que era su deber rogar a Dios que mi madre pudiese
también recibirme sano y salvo en sus brazos.
212

Así es como, después de numerosas aventuras, dejé los antípodas. Pisé
de nuevo la tierra alemana en el mes de julio de 1919. Mi padre todavía
pudo alegrarse de mi vuelta; el 3 de setiembre de 1919 el viejo guerrero
pasó suavemente a la eternidad, confiando, hasta el último momento, en
su querida Alemania.
El 3 de enero de 1920, todos mis camaradas estaban de vuelta, con
una sola excepción; traían las chaquetas desteñidas por el sol de los
trópicos y corroídas por el agua de mar, pero no había ni una mancha en
el honor ni en el amor a la Patria. El que faltaba era el doctor Pietsch, uno
de nuestros compañeros más estimados, y que, antes del Seeadler, había
ya solicitado los puestos más peligrosos en su deseo de encontrarse ante
el enemigo. Había esperado siempre tener la muerte de un soldado o de
un marino, pero esta esperanza fue defraudada: sucumbió a consecuencia
de un ataque cardíaco al saber la derrota de Alemania. Las autoridades
chilenas y los oficiales presentes le hicieron dignos funerales.
¡Cuántos cambios en la Patria vuelta a encontrar y cuán distinta de la
de nuestros ensueños! He aquí un recuerdo que vuelve siempre a mi
mente; pienso en mi querida madre, tendida un día en cama; el médico
mismo había abandonado toda esperanza. ¡Cuánto se siente lo que no se
ha hecho, lo que habría podido hacerse! Asimismo, ante nuestra
Alemania enferma, nunca nuestro amor ha sido mayor; se haría todo lo
posible para ayudarla en algo. Es preciso que cada uno contribuya en la
medida de sus fuerzas a la obra común. Considero por el momento que
mi deber principal es ocuparme de mis queridos muchachos. La mano de
su antiguo jefe es hoy en día la de su viejo camarada. Contar sus hazañas
a los alemanes es abrir los corazones y hacer vivir la divisa: «Todos para
uno, uno para todos».
Quisiera gritaros, queridos compatriotas: Levantad los ojos hacia el
sol en vez de bajarlos hacia los agujeros sombríos del suelo. Tomad a mis
muchachos como ejemplo. Cuando nuestra vivienda flotante se estrelló
contra el arrecife de coral, una cosa quedó intacta: su valor alemán. Y un
grito se oyó en el Seeadler, unánime de popa a proa: «¡El viejo roble se
yergue aún!.
La orilla está ahora desierta. El inglés priva a nuestros marineros de
ganar su pan. No sólo le hemos entregado los barcos que poseíamos, sino
que debemos construir otros para llevarlos como homenaje a nuestro
señor y dueño. Nada debe descorazonarnos. Construid navíos y entrad
todos de corazón en la Liga Marítima. Ya no es cuestión de fiestas, ni de
discursos de sobremesa, ni de viajes de recreo; pero es en estos momentos
cuando su electivo debe crecer en proporciones desconocidas antaño.
213

Mi amigo, el profesor de historia Fritz Kern, que vivió tiempo atrás en
Kiel, y que, después de la derrota, continuó combatiendo con su corazón
y su pluma, me escribía en ocasión del aniversario de Skagerrak: «El
pueblo alemán ha conocido, en el curso de su historia, los peores
cataclismos y las más hermosas resurrecciones. Siempre hemos debido
reconquistar nuestro imperio marítimo al precio de luchas desconocidas
por los otros pueblos. Pero no podemos vivir sin el fresco aliento del mar;
si esta ventana está cerrada para nosotros, nuestro pueblo se enmohecerá
en su cárcel. Permanezcamos fieles a esas olas que rozan nuestras costas
privadas de navíos. Su queja nos llama, y oímos el grito de Gorch Fock y
de sus compañeros encerrados en el ataúd de acero del Wiesbaden, el
grito de la gran revista de los héroes sepultados bajo las aguas, de los
muertos de la Vieja Hansa y del Valhalla del Mar del Norte: Seefahrt tut
not»35.
¡Todo se ha perdido, oh, mis camaradas del Águila del Mar, todo lo
que para nosotros, marineros de Alemania, constituía la segunda patria:
los buques, las colonias, nuestra altivez sobre los mares a la sombra de
nuestra bandera! Pero nos queda la tierra alemana.
¡Ojalá retoñe en ella el roble vigoroso de nuestra esperanza! ¡Ojalá
puedan sus brotes arbolar una flota siempre creciente! La tierra alemana
siente la nostalgia del océano perdido!
¡Hasta la vista!

FIN

35

214

¡Necesitamos el mar!

Recorrido del Seeadler durante su misión de guerra de corso, así como las
capturas y naufragios.

Apéndices
I – Otros corsarios alemanes de la
Primera Guerra Mundial
El Moewe
El Moewe marca una nueva era en el equipo de los corsarios. En su
origen fue un vapor de carga, el Pungo, construido en Geestemunde en
1914 para dedicarle al transporte de plátanos desde el Africa alemana a
Hamburgo; de 4.500 toneladas de desplazamiento, 14 nudos de andar,
115 metros de eslora, una sola hélice, tenía un aspecto perfectamente
inofensivo que no podía despertar sospecha alguna en quien se cruzase
con él en la mar.
Fue la primera vez que se apeló a la adopción de chimeneas falsas
capaces de alzarse y abatirse en un corto espacio de tiempo, lonas que
modificasen la silueta, pintura para cambiar el color: todas las viejas artes
resucitaban. El armamento del Moewe consistía en dos cañones de 100 en
el castillo de proa y otros dos iguales a popa, todos ocultos por
instalaciones adecuadas, más uno de 90 de la misma manera que los que
montaban los mercantes para su defensa contra los submarinos; dos tubos
lanzatorpedos, bajo el puente, completaban los medios ofensivos, con
unos centenares de minas.

El mando se confió a uno de los oficiales de la más rancia nobleza del
Imperio, el capitán de corbeta, burgrave, conde Nicolás zu Dohna
Schlodien, a quien, antes de salir de Alemania, en diciembre le 1915, se
lo dieron las instrucciones siguientes: «Fondear minas en diversos puntos
de la costa enemiga y después hacer la guerra al comercio.» Salió
pegándose a la costa noruega, aprovechando las largas noches invernales,
y pudo llegar hasta el litoral de Escocia, donde fondeó su primer campo

minado, al Este del cabo Wrath. La operación se llevó a cabo con toda
precisión en la situación, desde las seis a las diez y media de la noche, el
día de Año Nuevo de 1916, 262 minas en once hileras diferentes
quedaron allí, como «huevos de la gaviota» que pasaba (Moewe significa
gaviota). Las inmediaciones del Pentland Firth resultaron peligrosas para
las escuadras inglesas.
Pronto hicieron sus efectos; el día 6 de enero, el acorazado King
Edward VII, que iba de Scapa Flow a Belfast, volaba sobre una de ellas,
mientras el Africa, su gemelo, pasaba en marea alta atravesando toda la
superficie peligrosa sin recibir el menor daño; a la mañana siguiente el
vapor noruego Felicidad se hundía en el mismo sitio.
Cuando se descubrió la existencia del peligro, ya estaba el Moewe a
muchas millas de distancia, en pleno océano; pasó por el oeste de Irlanda
y costeó Francia, una vez en el golfo de Vizcaya, para fondear minas
delante de La Rochela.
Desde entonces inició la guerra al comercio propiamente dicha, o por
gestión directa; el 11 de enero, a 150 millas del cabo Finisterre, capturaba
y hundía el vapor inglés Farringford; mientras lo echaba a pique a
cañonazos surgió el Cordbridge, con 4.000 toneladas de buen carbón
Cardiff, que pasó a ser acompañante del corsario, que no quiso
desperdiciar tan magnífico aprovisionamiento; a 220 millas al oeste de
Lisboa encontró otro vapor carbonero, el Dromonby; la buena suerte le
sonreía, mas no queriendo reunir demasiados buques, cuyas humaredas
podían despertar la atención a distancia, decidió hundirlo. A cinco millas
del anterior apresó el Author con carga general, parte de la cual trasbordó
a bordo antes de hundirlo. Y para que la jornada fuese completa, otro
vapor, el Trader era capturado por la tarde: en un radio de seis millas, tres
vapores habían caído en las redes del corsario alemán. Tras dos días sin
nuevas presas, otros dos vapores eran apresados: el Ariadne con maíz, y
el Appam, de la compañía Elder Dempster, a 135 millas de Madera, el
que con todos los prisioneros habidos a bordo del corsario era despachado
para América del Norte, no sin rescatar veinte alemanes hechos
prisioneros en el África occidental y que eran enviados a Inglaterra; entre
los que iban a bordo estaba el gobernador general de Nigeria y el alto
comisario inglés en el país de los ashantis; el teniente de navío Berg se
hizo cargo del mando para llevarlo a Newport News. El Clan Mactavish
cayó a continuación y fue incendiado al intentar resistir. Y como quiera
que tratase de comunicar con los cruceros del almirante Moore, que no
andaban lejos, el conde de Dohna Schlodien consideró prudente cambiar
de terreno de casa.
217

Pasaron unas cuantas semanas en que pareció haber desaparecido, al
cabo de las cuales comenzó una nueva serie de capturas en el Atlántico
meridional, en la zona de Pernambuco, la misma que fuera preferida
anteriormente por el Karlsruhe y muchos otros; cayeron el velero
Edinburgh, el vapor Luxenbourg, con 5.900 tonejadas de carbón para los
ferrocarriles argentinos, el Flamenco, el Estrella, el Westburn, también
con carbón este último, y el Horace. El Westburn, vapor viejo, fue
enviado a Santa Cruz de Tenerife, con 180 prisioneros de sus compañeros
de infortunio, donde los desembarcó; pero al intentar salir y encontrar al
crucero acorazado Sutlej, su tripulación lo echó a pique a la vista de
Tenerife.
En febrero Dohma Schlodien emprendió el regreso a su país; pronto
terminarían las largas noches invernales con las que se podía contar para
deslizarse a través de las líneas inglesas; manteniéndose siempre en
comunicación ton Berlín, alejose de las derrotas frecuentadas cesando las
presas. Hasta el 23 de febrero no capturó ningún barco y en este día lo fue
el velero francés Maroni, que fue hundido al noroeste de Finisterre; el 25
lo era el vapor inglés Saxon Prince a 600 millas al oeste de Fastnet...
El 4 de marzo, llevando las banderas de todas sus presas izadas en el
palo mayor, sin una sola baja, el Moewe entraba en Wilhelmshaven. El
comandante fue llamado urgentemente al Cuartal General, y el
Emperador en persona le felicitó por su aventura. Los daños cansados al
enemigo eran considerables y no podían alegar malos tratos los
prisioneros. La experiencia de emplear barcos mercantes corrientes,
convenientemente armados, no pudo ser más satisfactoria.
Cuando llegó el otoño, la estación preferida por los alemanes para
burlar el bloqueo, Jellicoe tomó precauciones; pero el Moewe volvió a
salir el 22 de noviembre de 1916, seguido a breves intervalos por el Wolf
y el Seeadler.
La primera captura de esta segunda etapa del Moewe fue el vapor
Voltaire; vino luego una presa, el Sumland, cargado con 9.000 toneladas
de carne para Bélgica y provisto de un salvoconducto de la Embajada
alemana en Washington, que hubo de dejar pasar y no dejó de narrar su
encuentro y los detalles del Moewe a su llegada; hundió luego un vapor
noruego cargado de municiones de fusil y el inglés Mount Temple, el
velero Duchess of Cornwall, el vapor King George, el Cambrian Grange,
el Georgic y el Yarrowdale, presa importante con sus cien camiones y
3.200 toneladas de acero para municiones, por lo cual lo marinó con
gente propia y decidió enviarlo a Alemania; el 12 de diciembre capturó el
Saint Theodore, con 7.000 toneladas de carbón norteamericano, tampoco
fue echado a pique para servir de aprovisionador al corsario. El 18
218

capturaba al Dramatist con frutas de California y explosivos; el día de
Navidad, al velero francés Nantes con 3.300 toneladas de salitre chileno
para una fábrica de pólvoras cercana a Londres y el 2 de enero el velero
francés Asniéres y el vapor japonés Hudson Maru. El Saint Theodore fue
artillado con dos cañones y al mando del teniente de navío Wolf comenzó
por su cuenta la guerra al comercio; el último día del año 1916 el
Tarrowdale entraba en un puerto alemán, sano y salvo, con toda su
valiosa carga y 469 prisioneros pertenecientes a las dotaciones de los
barcos hundidos.
El 7 de enero hundía el Rodnoshire, y el día 9, el carbonero inglés
Minieh, que acababa de dejar su carga al crucero inglés Amethyat, en
vista de lo cual Dohna Schlodien abandonaba aquellas aguas para ir a
patrullar al centro del Atlántico, donde al día siguiente capturaba el
Netherby Bill; el Hudson Maru fue enviado a Pernambuco con 445
prisioneros, carboneando después del Geier (ex Saint Theodore) y
produciéndose mutuas averías por la marejada al chocar los barcos,
amadrinados en la mar. Este último sólo había hundido el pequeño velero
canadiense Jean, de 214 toneladas.
El Moewe fue hacia las derrotas del cabo de la Buena Esperanza, sin el
menor resultado, y volvió a las costas de Brasil; el 14 de febrero recogía
la dotación de presa del Geier, que tampoco había capturado sino otro
velero insignificante. El 15 le tocaba el turno al magnífico vapor inglés
Brecknockshire, que con 7.000 toneladas de carbón haría su primer viaje,
en donde encontraron periódicos que alcanzaban hasta el 23 de enero y en
los que hallaron detalles de sus propias andanzas; al día siguiente el
French Prince aumentaba la lista y al otro día el Eddie; cuando se estaba
procediendo a hundir con bombas a este último, apareció el crucero
auxiliar inglés Edinbourgh Castle y merced a un chubasco tropical pudo
huir el Moewe a todo el andar de sus máquinas. Aquel día decidió el
conde de Dohna Schlodien regresar a Alemania, sintiéndose descubierto
por lo que veía y había leído en los periódicos encontrados en el
Brecknockshire.
Puso la proa al Norte, alejándose de las derrotas frecuentadas, y por el
camino capturó el Katherine, el 23 de febrero, y el 4 de marzo, el
Rhodanthe, a 340 millas de Cabo Verde; el 10 el Esmeralda, y el mismo
día el Otki que, armado en guerra, se resistió y fue hundido con bajas, su
capitán entre ellas, no sin producir averías en el casco del Moewe y la
muerte de algunos de sus tripulantes. El Demeterton y el Governor fueron
sus últimas victimas.

219

El 16 de marzo atravesaba a todo vapor la zona de vigilancia, viniendo
de las aguas de Islandia, y el 22 entraba en Kiel, al cabo de cuatro meses
de aventuras constantes y éxitos notorios. El Moewe no volvió a salir.
El Wolf
En el otoño de 1916, un nuevo corsario salía a la mar; esta vez se
trataba de un vapor concienzudamente preparado, un barco mercante ya
armado como un crucero pequeño, en el que se aunaban las condiciones
de economía de combustible del mercante de tipo medio y el armamento
completo de un barco de guerra.
Era un vapor de la compañía Hansa, construido ex profeso para el
transporte de fruta; botado en Flensbourg en el año 1913, con 5.809
toneladas, una sola hélice, 126 metros de eslora, 17 de manga y 9 de
calado, sólo gastaba 60 toneladas diarias a su máximo andar de diez
nudos y medio y 35 a ocho nudos; sus bodegas podían albergar 6.000
toneladas de combustible, que con tan escaso consumo le daban una
enorme autonomía, pues la pesadilla constante de los comandantes de los
corsarios era carbón. De aspecto vulgar, una chimenea y dos palos, iba
provisto de una frigorífica especial para la clase de mercaderías que
transportaba en tiempo de paz. Su nombre original de Wachfels se cambió
por el de Wolf y, habiéndosele asignado un hidroavión para
exploraciones, se le dio a éste a su vez el apelativo de Wolfchen
(lobezno).

Se le armó con dos cañones de 152, dos de 100 y dos de 47
milímetros, más algunas ametralladoras, dos tubos lanzatorpedos
colocados bajo el puente y cientos de minas. Instalación completa de
220

telémetros, once botes, algunos de ellos a motor, y 380 hombres de
tripulación al mando del capitán de corbeta Carlos Augusto Neger.
A fines de noviembre, en un día de densa niebla, salía a la mar y a
causa del mal tiempo no pudo navegar a todo su andar; hasta el 2 de
diciembre no se encontró en mar libre, dejando atrás las líneas inglesas de
vigilancia; esquivó intencionadamente todo encuentro en el Atlántico y el
10 de enero estaba en las costas de África del Sur, fondeando sus
primeras minas en el cabo de la Buena Esperanza, siguiendo al océano
Indico y dejando caer otras en Colombo y en Bombay; a mediados de
febrero estaba en aguas de Ceylán. El vapor inglés Worcestershire y el
Perseus se hundían a causa de las minas. Se alejó entonces de aquellos
parajes para ir a patrullar en las derrotas que van de África del Sur a la
India y de Adén a los estrechos del mar de la Sonda y comenzaron las
capturas. Era necesario fondear las minas en cantidades no muy grandes y
a distancia unos grupos de otros, pues una vez descubierto uno de éstos es
fácil dragar todo el campo minado. La primera presa fue el Turritella, ex
vapor alemán Gutenfels capturado por los ingleses en Alejandría al
comenzar las hostilidades; este buque, con una dotación alemana y 24
minas, se le mandó a fondearlas más al noroeste, naufragando en la
empresa sobre una de ellas. La gravedad de la pérdida consistió en que
los ingleses conocieron la existencia y hasta detalles del Wolf.
Este reanudó entonces el viaje u través del océano hasta el nordeste de
las islas Seychelles, donde capturó el Jumna, y una vez transbordadas sus
provisiones y el carbón, fue echado a pique con bombas en sus fondos; el
11 de marzo caía en la red el Wordsworth con cargamento de arroz, del
cual tomó 15 toneladas, y el vapor corrió la misma suerte del anterior; el
31 el velero Dee, cuyo capitán llevaba a bordo 22 años. Ajeno a quien
pudiera ser el vapor izó la señal de «Sin novedad a bordo» acostumbrada
en los barcos de vela cuando cruzan un vapor, por ser considerados
siempre como un poco menores de edad; su asombro no debió conocer
límites cuando la respuesta fue la orden perentoria de abandonar el barco
y se encontró prisionero tras la dolorosa escena de ver hundir su buque.
Pasaron luego las semanas sin ningún nuevo encuentro; el Wolf se
dirigió al archipiélago de las Kermadec, grupo desierto a 600 millas al
nordeste de Nueva Zelandia, y fue a fondear a la isla Domingo, escollo
volcánico, desde donde el Wolfchen encontraba en su vuelo al vapor
Wairuna, con 1.200 toneladas de carbón, más grandes cantidades de
carne, leche y quesos. El avión dejó caer un saco en la cubierta con la
orden: «Pare sus máquinas; no utilice la radiotelegrafía; entréguese»; el
Wairuna no obedieió hasta que el hidroavión dejó caer una bomba en su
misma proa y el Wolf, advertido, salía a recoger su presa con la que
221

fondeó al socaire de la isla. Carbón, agua, víveres frescos en abundancia,
reses inclusive; dos maquinistas intentaron escapar en la noche y se
arrojaron al agua; nunca se ha sabido de ellos...
El Wolf hizo un somero ajuste de sus máquinas y algunas
reparaciones, por espacio de una semana; la telegrafía sin hilos,
imprudentemente usada por los ingleses, ponía al Wolf al corriente de los
viajes de sus futuras presas; así en un caso pudo detener an un vapor y
asombrar al capitán, al preguntarle: «¿En qué bodega lleva usted las
quinientas toneladas de carbón?» Así apresó al velero Winslow.
Cuando temía que su presencia pudiera ser notada, bien por haber sido
visto o también por la desaparición de más de un barco en la misma
derrota, se alejaba y al llegar a un nuevo teatro de sus andanzas
comenzaba por fondear minas en series de doce a veinticuatro; el 23 de
junio las dejaba caer en Nueva Zelandia, el 3 de julio en la isla Gabo y
unos días antes, en el estrecho de Cook, pasaron unos barcos con las luces
apagadas, pero no lo vieron. El Wolf siguió hacia las islas Fidji, el
archipiélago Salomón, la antigua Nueva Guinea alemana...
Como nadie sospechaba aún la existencia de un corsario alemán en
aguas tan remotas, las presas continuaban cayendo en el lazo. Hacían
travesías largas y era difícil darse cuenta de su desaparición; el Pacífico
ha sido siempre el mar de las tragedias marítimas, en su enorme
extensión…
En Nueva Guinea permaneció en una rada solitaria con una de sus
presas, el vapor Malunga, alijando la carga y mientras un buzo limpiaba
los fondos del Wolf, harto necesitado de esta medida con tan larga
navegación, y se hacían ejercicios de lanzamiento de torpedos.
El 20 de agosto nueva reanudación de sus actividades; el 29, pasaba a
las islas Célebes, rumbo al oeste, llegando el dia 30 a la mar de Java;
siguió hasta delante de Singapur donde fondeó 108 minas audazmente, en
las inmediaciones del puerto militar británico. Con ellas quedaba libre de
su carga peligrosa hasta entonces, en caso de tener que combatir, y desde
aquel momento comenzó realmente el regreso a su país.
El Wolf tropezó un buen día con el vapor Igotz Mendi, de Bilbao, y
como el cargamento iba de Lourenço Marques a Colombo, lo decomisó
haciendo que el Igotz Mendi lo acompañase; llevaba 5.500 toneladas de
combustible de propiedad inglesa. Juntos doblaron el cabo de la Buena
Esperanza y entraron en el Atlántico. En España se dio al vapor por
perdido. Todos los prisioneros fueron transbordados al vapor español y en
la primera semana de febrero se ordenó al Igotz Mendi que regresase a
Alemania; pasó por el noroeste de Islandia, alcanzando el Círculo Polar
Artico el 7 entra nieblas y brumas, llegando a la costa noruega el 21 para
222

entrar por el Kattegat; esta vez la niebla fue aún más densa y el 24, a las
tres y media de la tarde, el Igotz Mendi varaba en la costa danesa para no
salir jamás. Pudieron desembarcar todos, con sus efectos personales.
El Wolf pudo regresar a Alemania con toda felicidad al cabo do 451
días de navegación ininterrumpida, con un recorrido de 64.000 millas. El
19 de febrero, al cabo de unos cuantos días de ansiedad tanto suya como
del Almirantazgo de Berlín que conocía su posición exacta, entraba entre
las aclamaciones de los tripulantes de la escuadra, obligados a una inercia
fatal por el bloqueo enemigo y la indecisión de los altos dirigentes de la
Marina.
El Wolf, cuya navegación es la más dilatada que ha habido en el
mundo, aún en los tiempos de la navegación a vela, echó a pique o
inutilizó siete barcos ingleses, tres norteamericanos, un japonés, un
español, un francés y un noruego por medio de su acción directa. A estas
pérdidas hay que agregar los hundidos o averiados por las minas; cinco
en el cabo de la Buena Esperanza, dos frente a Colombo, cinco en
Bombay, uno en la isla Gabo y dos en el estrecho de Cook.
El Emden
El 15 de agosto de 1914, el Emden fue destacado de la escuadra de
Von Spee, en aguas del Pacífico, para mover guerra al comercio aliado, y
cruzó el archipiélago malayo convoyado por el vapor Markomannia. Su
comandante, von Müller, añadió una cuarta chimenea al Emden para que
pudiese ser confundido, a distancia, con un inglés. Éstos juzgaban que
continuaba con von Spee y no sospechaban ni siquiera remotamente que
el Emden andaba por aquellos parajes. Fue a carbonear a una isla desierta,
en la costa occidental de Sumatra, de donde los holandeses le hicieron
salir.
Las estaciones radiotelegráficas inglesas fueron los auxiliares más
fieles de las capturas del crucero alemán; llegado al golfo de Bengala
hundió siete vapores ingleses entre el 9 y el 13 de septiembre,
embarcando las tripulaciones en el Dovre, que fue enviado a Rangún.
Supo, siempre por las emisoras enemigas, que los vapores corrían a
refugiarse en el estuario de Hugli y se trasladó al golfo de Martabán; era
suficiente que la radiotelegrafía avisase que tal o cual derrota era segura
para que el corsario alemán fuese allí donde afluían los vapores,
confiados en el aviso de seguridad; la consecuencia era encontrar un
magnifico coto de caza.
Tan pronto como se supo en qué regiones había sido visto, se lanzaron
en su persecución varios cruceros enemigos, menos veloces pero mucho
223

mejor armados que el Emden todos ellos. El gobernador de la India envió
un radiograma al Hampshire que descifrado por von Müller lo puso sobre
aviso y le permitió escapar de los dos cruceros que se le aproximaban.

El 22 de septiembre el Emden se presentaba ante Madrás y disparaba
130 granadas contra los grandes depósitos de petróleo allí existentes e
incendiaba dos de ellos, ocasionando la pérdida de más de 2.000
toneladas de combustible. Cuando las baterías inglesas quisieron rechazar
el ataque, ya era tarde; el Emden se alejó de Madrás y fue a mostrarse
ante Pondicherry, el puerto francés, desde donde pasó a las costas de
Ceylán. en las cuales hizo seis presas en los días 25 al 27 de septiembre,
hundiendo cuatro y enviando una con las tripulaciones a Colombo,
conservando otra consigo, el Buresk, por llevar cargamento de carbón.
La prudencia aconsejaba a von Müller desaparecer por algún tiempo y
el comandante del Emden se dirigió, pues, a las islas Tehagos, en las que
consideraba acertadamente que nadie tendría noticias de la guerra;
decidió ir allá para carenar su barco, como lo hacían los clásicos corsarios
de antaño. Sólo que en su viajo supo que la ruta Colombo-Adén se
consideraba segura y así se advertía a los barcos; del 18 al 20 de octubre
apresaba seis buques enemigos en la zona «segura» y uno de ellos con
cargamento justipreciado en 200.000 esterlinas. Y el 21 escapaba, sólo
por un chubasco oportuno, al Hampshire, que se cruzó con él a muy corta
distancia; en este intervalo, sus carboneros, el Markomannia y el vapor
griego Pontoporos, habían sido encontrados por el Yarmouth y hundido el
primero y conducido a Singapur el segundo de ellos.
El Emden atravesó el océano Indico, carboneando en las islas Nicobar,
de una de sus presas, y el 26 de octubre arrumbó a Penang, donde conocía
por uno de sus prisioneros que las precauciones no eran como para ser
224

tomadas en consideración; al amanecer del 28, con su cuarta chimenea
colocada, pintado del mismo color que el de los cruceros ingleses y con la
bandera británica arriba, entró tranquilamente en el puerto, llegó hasta
cuatrocientos metros del crucero rápido Jemtehug allí anclado, y mientras
los centinelas juzgaban habérselas con un crucero amigo, el Emden izó su
bandera y lanzó un torpedo, seguido de una granizada de proyectiles
sobre el barco ruso. El torpedo hizo blanco y el fuego de la artillería
produjo incendios a granel. Un segundo torpedo acababa con el Jemtehug
antes de que pasasen cinco minutos del comienzo del ataque, entre el
asombro de los que se despertaban con el tiempo justo para salvarse a
nado.
El alemán salió del puerto a todo andar y, encontrando un vapor
inglés, le dio orden de parar para capturarlo; en aquel instante apareció,
terminada su vigilancia nocturna, el torpedero francés Mousquet que se
lanzó resueltamente contra el enemigo; salvó el vapor, pero el combate
fue tan heroico como rápido en su desenlace. El torpedero fue destrozado
por la artillería alemana.
Tras este golpe de audacia, el Emden navegó hacia las Nicobar
apresando por el camino el vapor inglés Saint Egbert, que envió a un
puerto de Sumatra con los prisioneros que tenia y que había de ser la
última captura. En el día 5 de noviembre pasaba el estrecho de la Sonda y
se dirigía a las islas Cocos, grupo perdido en el Índico y donde von
Müller se proponía destruir la caseta de amarro del cable submarino,
hazaña que comenzaba a rayar en la temeridad.
Von Müller llegó a las Cocos al amanecer del 9 de noviembre y
mandó a tierra un destacamento para proceder a la destrucción del cable y
de la estación radiotelegráfica; pero ya ésta había tenido tiempo de radiar
un «buque sospechoso a la vista», y los telegrafistas comunicaron por el
cable una serie de llamadas urgentes. La mala suerte del Emden quiso que
cruzase por el norte, a solamente 55 millas de distancia, un convoy de
tropas australianas, camino de Europa, fuertemente protegido por barcos
de guerra. El comandante del crucero Melbourne comprendió en seguida
lo que se trataba y envió al Sidney.
A las nueve de la mañana, desde el Emden, que estaba fondeado, se
avistó un crucero de cuatro chimeneas que se aproximaba a toda
velocidad; von Müller llamó urgentemente a los 60 hombres que al
mando del teniente de navío Helmüth von Mücke estaban en tierra y se
dispuso a combatir.
A las 9 y 40 los dos cruceros enemigos luchaban ya con rumbo al
norte y el Emden, que había abierto el fuego desde 9.300 metros hacía
blanco en el telémetro de la proa del Sidney inutilizando el aparato;
225

pasaron unos minutos hasta que el inglés consiguiera regular su tiro, pero
pronto comenzaron sus granadas de lydita a producir efectos
devastadores. Su artillería de 152 y su mayor andar —una ventaja de
cuatro nudos— le permitían llevar el combate a su manera; ni uno ni otro
podían dudar acerca de cuál había de ser el resultado.
A las diez de la mañana, el Emden quedaba sin gobierno y tenía que
manejarse con las hélices; un incendio grande se declaró a bordo. Von
Müller intentó atacar con torpedos, pero desde el Sidney comprendieron
la maniobra y la hicieron fracasar. Ardía la popa del alemán y toda su
cubierta era un montón de hierros retorcidos; su palo mayor y sus
chimeneas cayeron uno tras otro sucesivamente. A las 11 y 20 von Müller
decidió varar en la playa para evitar que pereciese la tripulación. No cabía
continuar la defensa. El Sidney, dejando al crucero embarrancado, fue a
dar caza al Buresk, el ténder del Emden, que se presentó en el teatro del
combate para atraer sobre si la atención del inglés y cuya dotación, al ver
perdida toda posibilidad de escapar, lo echó a pique. A las cuatro de la
tarde el Sidney volvió cerca del Emden, que continuaba con su bandera
izada, y tiró sobre el ya silencioso crucero alemán.
En cuanto al destacamento desembarcado, no tuvo tiempo de regresar
a bordo y pudo capturar una vieja goleta, medio podrida, la Ayesha,
fondeada en una escotadura de las Cocos; con ella, tras grandes
peripecias que por sí solas constituyen un libro de aventuras, pudo llegar
a un puerto del mar Rojo y tras luchas con los beduinos alcanzar
Constantinopla, desde donde se trasladó a Berlín, siendo objeto de un
apoteósico recibimiento.
Así terminaron las andanzas de este crucero que fue popular en todo el
mundo. Las pérdidas directas ocasionadas por el Emden se calcularon en
más de dos millones de libras esterlinas. Apresó veintitrés buques con un
total de más de 100.000 toneladas. Se movilizaron barcos en gran número
para destruir el corsario, los fletes sufrieron alzas y los seguros llegaron a
cifras altas.

226

II – Combate en las Malvinas
Al estallar la guerra, la escuadra alemana de cruceros destacada en
Extremo Oriente estaba en Tsing-Tao. Para no ser embotellada en ese
puerto, su comandante von Spee decidió hacerse a la mar. Del 11 al 13 de
agosto de 1914 fondea en Pagan; al salir, el Emden se separa de ella y
arrumba al Oeste iniciando su raid que lo haría famoso. Los cinco
cruceros, desde agosto a octubre navegan por el Pacífico haciendo
verdaderas proezas para aprovisionarse, destruyen el cable de la isla de
Fanning y en su camino hacia las costas de Chile, bombardean Papeití, y
desembarcan en las islas Marquesas. El 1º de noviembre, frente a
Coronel, se traban en batalla con los ingleses hundiéndoles el crucero
Monmouth y el crucero acorazado Good Hope; los alemanes salen
indemnes de esta acción.
Ese mismo día, Lord Fisher tomaba posesión de su destino de Primer
Lord Naval. El fogoso temperamento del viejo almirante, sintió el
desastre como un trallazo y puso manos a la revancha. Comenzó por
enviar dos de lso mejores cruceros de combate, el Inflexible y el
Invencible en persecución de la escuadra de con Spee. El secreto se
imponía y Fisher hizo construir rápidamente ―sirviéndose de dos barcos
mercantes― con armazones de lonas y maderas dos falsos cruceros,
gemelos de los que se desplazaban hacia el Atlántico meridional, y
hacerlos visibles en parajes propicios al espionaje enemigo; para ello
nada mejor que Gibraltar.
Los falsos cruceros fueron amarrados en el fondo del arsenal
gibraltareño donde nadie, a excepción de un limitadísimo número de
iniciados, podía llegar. Y cuantos observaban desde Algeciras ―que
durante la guerra fue un gran centro de agentes secretos de todos los
países beligerantes―, o cruzaban el estrecho, pudieron dar la noticia de
que dos cruceros de combate se hallaban allí. Entretanto los auténticos
navegaban velozmente hacia las islas Malvinas. Simultáneamente a la
orden de partida de éstos, se le mandó al almirante Stoddart ir hacia
Montevideo dejando la zona encomendada a su vigilancia ―las islas
Canarias, y del Cabo Verde― para reunirse con el Glasgow y el Otranto,
más el crucero acorazado Defence que reforzaría su escuadra, la quinta de
cruceros, y el auxiliar Orama. Y al Canopus, se le ordenó que entrase en
Puerto Stanley, capital de las Malvinas, y organizase su defensa.
El Inflexible y el Invincible salieron a la mar a las cuatro y tres cuartos
de la tarde del día 11; un simple retraso de veinticuatro horas hubiese sido
fatal para las Malvinas. Carbonearon en aguas de San Vicente de Cabo
Verde, furtivamente, porque en la sorpresa estribaba el éxito de la
delicada misión encomendada al almirante Sturdee. Reunidos con los

buques de Stoddart en las costas brasileñas, siguieron todos hacia las
Malvinas. El 7 de diciembre, Sturdee fondeaba con todos sus buques en
Puerto Stanley y encontraba al Canopus, apostad de tal suerte que sus
piezas podían disparar por encima de las colinas sin ser visto, dando al
puerto una defensa eficaz
Como quiera que la ausencia de todos estos barcos no pudiera
prolongarse, sin constituir un riesgo para los planes de guerra, era
imprescindible evitar una larga búsqueda por el Atlántico o el Pacífico; la
única solución era localizar pronto la división de von Spee, cosa nada
difícil… Y fue entonces cuando se hizo uso del código de señales
secretas alemán hallado a bordo del crucero Magdeburg, encallado en las
costas de Finlandia a principios de la guerra. Los ingleses expidieron a
Valparaíso un telegrama cifrado, exactamente igual a los verdaderos del
almirantazgo de Berlín, ordenando a von Spee el ataque a las islas
Malvinas.
El día 3 de noviembre de 1914, von Spee con el Scharnhorst, el
Gneisenau y el Nürnberg, entraba en el puerto de Valparaíso donde sólo
podía permanecer 24 horas. Su intención era regresar a Alemania
burlando la vigilancia inglesa. La orden terminante de atacar la base
británica de las Malvinas debió desconcertado, pues hasta entonces Berlín
le había dejado en completa libertad de movimientos y entregado a su
propia iniciativa.
La escuadra salió a la mar, el 4 de noviembre, donde se le reunieron el
Leipzig, el Dresden, el transporte Titania y los carboneros capturados por
éste. En un consejo algunos comandantes alemanes hicieron ver su
opinión contraria al ataque a las Malvinas. Pero von Spee se dispuso a
cumplir las órdenes recibidas y arrumbó al Sur. Se fondeaba en los islotes
desiertos del litoral meridional de Chile, entre el dédalo de canales y a
pasos del Chiloé; el aislamiento con el mundo civilizado era absoluto y la
escuadra seguía lentamente hacia el Sur, con rumbo a los desolados
parajes del estrecho de Magallanes y los vientos gélidos del Cabo de
Hornos.
A las ocho menos diez de la mañana del 8 de diciembre, los barcos
alemanes estaban a la vista de Puerto Stanley. Si bien algunos oficiales
del Gneisenau aseguraban ver los palos trípodes de los cruceros de
combate, su comandante no los distinguió y ordenó llevar a cabo el
ataque. A las 9 y 25, cuando tomaba posiciones, dos enormes columnas
de agua se alzaron en sus proximidades y oyó distintamente las sordas
detonaciones clásicas de los disparos de grueso calibre. Von Spee,
enterado de que eran seis los barcos enemigos anclados en el puerto, aun
sin conocer la presencia del Invincible y del Inflexible, ordenó formar
228

todos los barcos en línea de fila rumbo al Este y a velocidad de veinte
nudos. No podía empeñar el combate en tan desiguales condiciones, sin
posibilidad de reparar las averías. La superioridad inglesa era, en
realidad, abrumadora, mucho mayor de lo que imaginaba von Spee.
El primer disparo se hizo desde 14.500 metros, por el Inflexible sobre
el Leipzig; pero cuando el Invincible también comenzó a disparar sobre el
Leipzig, éste, en unión de los otros cruceros menores, salió de la línea por
orden de su almirante y todos arrumbaron al Sur, para intentar escapar a
una destrucción que ya se perfilaba como inevitable. Von Spee
combatiría hasta el fin con los cruceros acorazados. Arrumbó para el
viento no molestase el tiro, ya que le era igual una dirección u otra,
puesto que trataba de morir luchando con honor. La batalla comenzó a la
una y media. Los ingleses eran invulnerables al tiro de 210, a mientras los
alemanes no podían contar con que éste sirviese para algo ante los
disparos de 305 de los cruceros de batalla.
El Inflexible disparaba sobre el Scharnhorst, buque almirante, y el
Invincible sobre el Gneisenau. A las dos de la tarde, ambos combatientes
cesaron de disparar por haberse alejado. A las tres menos diez se
reanudaba la lucha disminuyendo la distancia hasta 10.800 metros, sin
que Sturdee quisiera aproximarse más para evitar el tiro de la artillería
alemana de calibre medio, mientras abrumaba con su fuego al enemigo.
El casco del Gneisenau vibraba bajo el choque de las granadas enemigas
y los incendios menudeaban a bordo de los dos cruceros alemanes.
A las tres y cuarto, el Gneisenau comenzó a escorar y una de las
chimeneas del Scharnhorst se derrumbó; los ingleses aprovecharon estos
indicios de que se aproximaba el fin para evolucionar y disparar a favor
de otras condiciones de humo. Ya la escora del Gneisenau era tal que sus
cañones de 150 no podían disparar y las chimeneas del buque almirante
iban cayendo una tras otra; las siluetas, tan airosas antes, de los dos
cruceros acorazados germanos iban desapareciendo como si las
recortasen, y por los enormes agujeros causados por las granadas se
escapaba un resplandor rojizo oscuro y tremendas humaredas, mezcladas
con escapes de vapor. Continuaban disparando, con alguna intermitencia,
pero ajustando su tiro, signo de que el magnífico espíritu se conservaba a
vordo de la escuadra de von Spee. Unos minutos antes de las cinco,
Sturdee se aproximó a una distancia mínima y unas salvas fueron el golpe
de gracia para el Scharnhorst, el que, a las cinco y diecisieta, y tras
intentar decir al Gneisenau que tratase de salvarse, se fue a pique
rápidamente con la vandera en alto… Cuando, apenas transcurridos
quince minutos, pasó el Carnarvon por el lugar en que desapareciera la
insignia alemana, no pudo encontrar ni restos ni un solo náufrago.
229

A las seis menos veinte, el Gneisenau dejaba de disparar a su vez. El
comandante, agotadas las municiones, mandó subir a cubierta a toda la
tripulación y ordenó buscar cuanto pudiese ayudarles a salvarse; las
hamacas, trozos de madera, cuanto era capaz de flotar fue arrojado al
agua, y cuando el crucero dio la voltereta y se hundió, también con su
bandera izada, los ingleses iludieron salvar a 166 de sus tripulantes, de
los 800 que llevaba el buque. Así terminó la fase principal del combate, el
encuentro de los cruceros grandes.
El Kent, el Cornwall y el Glasgow se habían lanzado en persecución
de los tres cruceros ligeros Nürnberg, Leipzig y Dresden, al separarse
éstos de la línea e intentar escapar rumbo al Sur; el Kent perseguía al
Nürnberg; se echaron en los hornos del inglés todos los objetos que
podían arder y, como dijo un tripulante, «se quemaba el barco para
hacerlo correr»; tiraba sobre el Nürnberg y éste respondía eficazmente,
pero la superioridad de la artillería del inglés pronto lo dejó inmóvil e
indefenso. Los tubos de sus calderas reventaron y se hundió lentamente
de popa, envuelto en llamas, también sin arriar su bandera. El Kent echó
sus botes al agua; pero cuando a las siete y veintisiete el Nürnberg se
hundió rápidamente, sólo pudieron recoger a doce de sus hombres, cinco
de los cuales fallecieron poco después a bordo del Kent.
A las siete y media el Leipzig, sobre el que continuaban disparando
sus enemigos, pese a que ardía «como un pozo de petróleo» pero que no
arriaba su bandera, escoraba rápidamente y se echaron al agua algunos
botes. Solamente cinco oficiales y trece marineros fueron encontrados en
el agua helada y algunos de ellos, como de los supervivientes de los
cruceros grandes, murieron a bordo. El Leipzig, tumbado sobre el costado
de babor, desapareció de la superficie, con su flotación desgarrada por los
numerosos blancos recibidos y sus costados acribillados.
El Glasgow se puso a dar caza al Dresden; mas éste logró escapar,
favorecido por la lluvia y la niebla, refugiándose en los parajes que
rodean las aguas del estrecho de Magallanes. Cruceros ingleses
estuvieron buscándolo inútilmente por canales y bahías durante dos
meses. Después de una verdadera odisea, el Dresden logró pasar al
Pacífico refugiándose, falto de combustible, en la Isla de Juan Fernández
donde, el día 14 de marzo de 1915, tres cruceros ingleses lo destruyeron
en su refugio.

230

INDICE
I - Cómo se forma un marino. ..................................................4
Preámbulo. Mi fuga del domicilio paterno. En Hamburgo. Entro como
grumete en un velero ruso. El bautizo de los que cruzan el Ecuador.
Caigo al mar. Mi combate con el albatros y mi salvamento.

II - En busca de una profesión en tierra ...................................17
Deserción en Australia. Me empleo como lavaplatos. En el Ejército de
Salvación. Torrero de faros. Con unos faquires indios. Me preparo
para ser boxeador. De nuevo marino en un buque americano. Atentan
contra mí. Huyo del barco con otro compañero.

III - Marinero en los siete mares ...............................................26
Me enrolo en el barco inglés Pinmore. Derribo a un luchador
profesional en Hamburgo. Me alisto en mi primer barco alemán. Me
nombran cocinero. En una cárcel de Chile. Un ciclón. Rumbo a Nueva
York. Me rompo una pierna. Naufragamos. En un tres palos
canadiense. Me abandonan en Jamaica. A bordo del crucero imperial
Panther. Soldado en el ejército mejicano. Administro un bar en
Hamburgo. Historia de «Juan Marinero». En los mares del Sur.

IV - En la escuela náutica de Lübeck ........................................52
Navego a bordo de un vapor. Ingreso en la escuela de náutica. Mi
familia me da como desaparecido. Mi primer examen. Piloto.

V - Ingreso en la marina de guerra...........................................56
Oficial de cubierta en el Petrópolis. Voluntario en la Marina de
Guerra. Mi tío Fritz. Sufro un accidente. Asciendo a teniente de
reserva naval. La vuelta del hijo pródigo. Árbol genealógico.

VI - Conde, oficial y marinero ..................................................63
Salvo a uno que se ahogaba. Mi examen de capitán. En la Marina de
Guerra. Me nombran primer teniente. Marinero por tres días en un
velero. La sorpresa de un capitán. El asilo de marinos ancianos.

VII - Oficial del Panther en la colonia del Camerún .................82
La caza del elefante y del búfalo. Un reyezuelo. Protestantismo y
catolicismo. Notas de color. ¡La guerra!

VIII - Oficial artillero en la batalla de Skagerrak ........................87
Movilización. Me hago operar para salir del Panther. Al mando de
una torrecilla del Kronprinz. La batalla naval de Skagerrak.

IX - Comandante de un velero corsario ..................................102

Oficial del Moewe. Me nombran comandante do un velero corsario.
Preparativos. Me toman por espía. El Seeadler. Oficiales y tripulación.
Todo dispuesto. La orden de partida.

X - Forzando el bloqueo inglés ..............................................113
A través de los campos de minas. Cruzamos las líneas del bloqueo
inglés. Rumbo a Islandia. Frío. En pleno Atlántico.

XI - Angustias durante una inspección inglesa en alta mar ...118
¡Crucero auxiliar enemigo! La comedia de la mujer del capitán. Los
documentos mojados. Pasamos por noruegos. Peligro de hablar sin
necesidad. Por un tris no volamos por los aires. Otro peligro
imprevisto. Libres de nuestros engañados enemigos.

XII - En plena guerra de corso..................................................127
Nuestra primera presa, En ocho semanas hundimos 40.000 toneladas.
De nuevo en el Pinmore. En el Cambronne liberamos 203 prisioneros.
Tempestad en el Cabo de Hornos. Huyendo de un crucero inglés.
Estratagemas.

XIII - Vida de Robinson a causa de un maremoto.....................145
Abordamos la isla Mopelia. Una ola destroza al Seeadler. Fundamos
un poblado. Construimos una canoa. Abandono la isla con cinco
compañeros para tratar de apoderarme de un barco.

XIV - Dos mil trescientas millas marinas en una cáscara de nuez

..........................................................................................154
Desembarcamos en Atiu. Desconfianza del residente de Aitutaki.
Lucha con los elementos. En la isla Niue. Llegada a las Fidji. Planes
para apoderarnos de una goleta. ¡Prisioneros!

XV - Prisioneros de los ingleses ...............................................166
Nos trasladan a Suwa. Encarcelado y separado de mis compañeros.
Entrevista con un almirante japonés. Odisea de los camaradas que
quedaron en la isla Mopelia. Se apoderan del barco francés Lutèce.
Naufragan en la isla Pascua. Son llevados a Talcahuano.

XVI - En el campo de concentración de Motuihi ......................174
En Auckland. Hacia Motuihi. Trato inhumano de los ingleses. El
comandante del campamento. Una canoa automóvil. Preparo la fuga.
Enfermo de ciática. Ensayo general. Dispuestos para la evasión.

XVII - Evasión de Motuihi. Otra vez corsarios...........................192
232

La evasión. Descubren nuestra fuga. Nos dan por ahogados.
Capturamos un velero. Una tempestad. Nos aprovisionamos en Curtis
Island. Un crucero auxiliar nos descubre. De nuevo prisioneros.

XVIII - Nuevo cautiverio hasta el armisticio................................205
Nos encierran en Mount Eden, la cárcel de Auckland. La vida de los
forzados. En el fuerte Jervois de River Island. Plan de fuga. De nuevo
en Motuihi. Otro proyecto de evasión. El armisticio. Los maoríes me
nombran su jefe. De regreso en el suelo patrio.

XIX - Apéndices.........................................................................216
I – Otros corsarios alemanes de la Primera Guerra Mundial........... 216
El Moewe.................................................................................. 216
El Wolf...................................................................................... 220
El Emden .................................................................................. 223
II – Combate en las Malvinas........................................................... 227

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