CANCIÓN DE TRES FLORES

poemas de Eduardo Anguita. poemas de Juan Luis Martínez. Y aquí podría decir que en realidad nunca la conocí. ¡poemas de Winett de Rokha! Y Azucena me miraba. cuando Enrique Lihn hablaba del sol. las ruinas irreconocibles de una ciudad bombardeada. Poemas de Rosamel del Valle. de imágenes. Por entonces. Cuando la conocí. además. poemas de Pablo de Rokha. pero no de una podredumbre animal. Pero. puntos de fuga de los que emana el olor de la podredumbre. pero lo cierto es que yo sí la conocí y eso a veces me parece un honor y a veces una desgracia. Azucena no tenía más de 25 años. el de las flores muertas. y del ciego que por él se orientaba. y es que aunque habláramos durante horas. Colores. no algo sobre la muerte de la literatura. 2 . Prueba de ello son estas páginas. del recorrido del sol. Con dificultad por la presión de su cabeza contra la cama. Tal vez ya lo necesitaba y era eso lo que pensaba cuando yo creía que pensaba en mi voz o en lo que mi voz arrastraba mientras leía poemas en la habitación que pagábamos a medias en el centro de Santiago. Por razones literarias. sobre todo. en especial cuando Rosamel del Valle hablaba de las hormigas. pero sonreía. aún no era vendedora de ataúdes. en cambio. los pies descalzos jugueteando a lo lejos. acaso porque es todo lo que había por guardar. Me mira mordiéndose los labios y en lugar de contestar dice algo sobre la muerte y la literatura. casi siempre recostada boca abajo en la angosta cama que no era más que colchón y mantas de colores. Aún no necesitaba vender ataúdes. al menos no todavía. supongo. No recuerdo bien sus palabras. –De tumbas y también de ataúdes –contestó mirando sus manos como si. un dislate de las Moiras. formas geométricas atravesando el espacio. Eso es todo lo que guardo de aquella despedida. –¿De ataúdes o de tumbas? –pregunté horas después cuando la imagen de Azucena junto a los ataúdes que vendería se hizo ligeramente menos amenazante. un mal giro de la rueda. me parece un error. que nadie nunca la conoció. Y entonces ya no creo que pensara en los ataúdes. poemas de Enrique Lihn. cuando Juan Luis Martínez hablaba de los perros. las palabras que quedaban no eran más que vestigios de sí mismas. sino vegetal. promesa que. pero prefiero que me llamen vendedora de ataúdes. porque con Azucena siempre se trató de eso. A veces sonreía. sino sobre la muerte y la literatura. O tal vez sí.Canción de tres flores –Seré vendedora de ataúdes –dijo aquella vez Azucena. Las manos entrelazadas bajo su barbilla. quiero decir. Las imágenes. por lo demás. los ojos apuntándome. el de las frutas demasiado maduras. y sus ojos también lo hacían. Leía poemas. al menos no mientras sonreía a duras penas y sus ojos se rasgaban dejando escapar apenas el brillo gris de sus ojos y sus pies descalzos jugaban a pelearse como dos cachorros o dos amantes. se quedaban invariables junto a mí. y lo hacían bajo la promesa de no irse nunca. fuese a ser sepulturera–. han sabido cumplir a la perfección.

Dije. se cocinaba. que era lo único que en esa habitación. arroz con atún en lata. Yo había cumplido los 30. dije. y tomábamos café. El taller donde escondería los efectos y defectos de mi voluntad. arroz con tomate. En Barcelona. Un otoño. pues nos bastaba con la poesía y el arroz. cuyos nombres eran números y cuyos padres eran números imaginarios. Oscura. excepto el arroz. El taller de mis sueños. Aún las siluetas del dolor eran menos evidentes que las motas de polvo que aterrizaban en la pared de libros que separaba la cama del resto de la habitación. pan con lechuga… Aún no era vendedora de ataúdes. dije. Arroz con lechuga. Por supuesto comíamos también otras cosas: pan. Y Azucena llegó una tarde con una maleta de cuero roja. hermosa. Antes de encontrarla supe que estaba enamorado y que mi amor me perdería. dije. frutas. ensaladas. pan con queso. La edad en la que el niño que fui se veía viviendo en París o en Londres. Aún sus pies jugaban mientras yo leía poemas en voz alta en esa habitación que fue mía y de Azucena durante poco más de seis meses. una lluvia de balas y de mierda y de fotografías de niños perdidos. lecturas desapasionadas de la historia de una ciudad inventada y destruida y sepultada por la lluvia. No nos dijimos nada. Sin resistencia. miserable. pudieran apuntarme y fusilarme hasta el hastío. desmesurada. los ojos grises de Azucena. como una megápolis del año 4. mucho café. Mis ahorros de tiempos horribles. laberíntica. dije. pan con palta (bien escaso). sin final. Aún la poesía era todo cuanto cabía en nuestra habitación de falsos inmigrantes de la Atlántida en el centro de Santiago de Chile. Escribiré una novela perfecta. arroz con trocitos de jamón (800 pesos el cuarto). apenas a unos pasos de todo cuanto Santiago tenía para ofrecernos y que nosotros nunca tomamos. El dinero vendría solo. impredecible. y también té y agua de manzanilla. vaya palabra. arroz con palta (un bien escaso. arroz con salsa envasada y fría. pero nada de eso necesitaba de los servicios de la pequeña cocinilla portátil que Azucena había robado de la casa de sus padres. El taller donde sus ojos. Con más de un 3 . dije. Busqué una antología de poesía chilena. Un taller. dije. cuando los ataúdes no eran más que palabras que Nicanor Parra repetía una y otra vez en poemas que más parecían hechizos. pan con tomate. era que yo encontrara en esa habitación un lugar donde escribir la novela que nunca escribí. sin trampas. El taller donde Azucena pudiera oír la estela de las voces de los poetas chilenos del siglo XX montada en mi propia voz. pan con jamón (800 pesos el cuarto). arroz con pan. en especial después de las heladas que hacían subir el precio de la palta a niveles que considerábamos absurdos). la fe en el futuro y en los bancos.565. Cuando la conocí aún no cumplía los 25 años. un invierno y parte de una primavera de 1999. La intención. En un viejo edificio del Paseo Bulnes. apenas a unos pasos del palacio de La Moneda. que no temo en llamar hermosa.Canción de tres flores Aún no era vendedora de ataúdes.

es también una falta de respeto. las lecturas en voz alta. parecía hecha de aire. Mientras tanto. por decirlo menos. cosa que aún hoy sigo pensando. más frágil.Canción de tres flores premio bajo el brazo y una lista de mujeres hermosas con el corazón destrozado. y como tampoco pienso favorecer ese conocimiento. sin embargo. Los personajes. A veces. Deudas sí que había. vergonzoso. Pero ahora tenía un taller. y si lo hacía yo contaba con una mujer capaz de hacerme olvidar no solo las pérdidas. no importa lo que eso quiera decir. debieron terminar. Y también ensayos. Dos páginas por día. Poemas vagamente elogiados. también. las páginas fueron sumándose sin mayores contratiempos. pero el libro nunca iba a la basura. No se iría a ninguna parte. No había tiempo. que prometían no terminar nunca. Las primeras semanas. más grave. el llamado de los escasos nuevos libros de la maleta roja. Las mantas de colores. bufaba. devorando la pared de libros sin hacer excepciones. Una meta modesta acorde a un ingenio modesto. o al menos eso me parecía a mí. Nada. mis amigos. no pude más que continuar con los ensayos. Pero incluso mis ensayos. Día y noche. Pero pasaron los 30 y nada de eso había en mi hoja de vida. podía esperar. Párrafos huérfanos. Luego llegó la cocinilla mal habida. La gran novela. Hablar de lo que ahora pienso sin permitir que conozcan lo que en este momento me rodea es altamente ineficaz. A mediados de junio comencé mi novela. en cuanto a su materialidad. pero una mujer dormía en mi colchón y dilatar la hora de acompañarla habría sido renegar de la certeza que constantemente me decía que el día de mañana podía ser el último. Perdón. El esqueleto yacía hace años en mi cabeza. malhumorada y con un gesto de desagrado que auguraba el lanzamiento del libro en sus manos directo a la basura. De dos en dos. sino también los intentos. No volveré a hacerlo. pero también pienso que comportarse como un maniático sin tiempo ante la certeza de la muerte es. De forma y de color. Cuentos inconclusos. Ensayos de estilo los llamaba. con mis padres. Treinta años no pasan en vano. más leve. con bancos. si me lo permiten. a veces dejaba escapar breves maldiciones en un idioma que no me parecía el nuestro. Y la pared fue cambiando de forma casi imperceptible. Azucena nunca dejaba de leer. al menos los que prometí no olvidar. La mujer de mis sueños. A veces reía. Tomaba los libros al azar y no los dejaba hasta haber terminado con la última palabra. más viscosa. Al principio todo marchó bien. Había que empezar. Azucena leía. 4 . pero también. Haciéndose más densa. Un taller con un colchón y una pared de libros. A veces. me decía por aquel tiempo. Los planes para hacer durar el dinero. Había que empezar.

nunca en el sentido en que alguna vez lo sospeché. para bien o para mal. expresionistas abstractos. además de comer arroz y tomar café. o al menos de todo cuanto estaba hecha la pared de libros que separaba mi cama. donde la novela llegó al punto muerto del que no la sacarían ni todos los hados del mundo. las lecturas de poesía se mantuvieron. aún conservo entre mis recuerdos. Libros de poesía: francesa. italiana. Incluso podría decir que se hicieron más hondas. mientras el arroz se pegaba más y más a esa olla que. Y algo de eso había. estas no escaseaban. lo sé. del resto de la habitación. Nunca fue mi novela. lo recuerdo con precisión. su estado de ánimo. Nunca fueron sus lecturas. más pausadas. Nunca pregunté por qué leía tanto. sus ojos. literatura rusa. Los pies de Azucena siguieron igual de ágiles. aunque visiblemente más cansados. Que Azucena había llegado de alguna forma a la certeza de que el tiempo que le restaba no era demasiado. los mismos a los que sin saber había conducido a las puertas de un abismo. Azucena. inglesa. cubistas. así lo había decidido. Aun así. eran conversaciones animadas en las que los argumentos eran expuestos con fuerza y donde difícilmente uno de los dos daba su posición por vencida sin antes haber luchado. sin embargo. inmóviles. pero ninguno más rápido o más lento. a recordar lugares que no volveré a visitar. sus gestos. parecía como si lo único que Azucena hubiera hecho durante su vida. mantuvieron su efecto: favorecer mi propensión a la melancolía. Ya había dicho todo cuanto pensaba era necesario decir y los personajes. impresionistas. dadaístas. literatura alemana. latinoamericana. con más o menos descuido. Leer de todo. su disposición corporal. hubiera sido leer. expresionistas abstractos ingleses. Libros de filosofía (que no vale la pena enumerar). Expresionistas abstractos alemanes. expresionistas abstractos norteamericanos. Literatura inglesa. nunca versaron sobre lo que consumía nuestras horas. Ahora. cambiando a ratos. no fue en su niñez una buena lectora. norteamericana. menos entregadas al azar de mis cadencias. literatura francesa. todos igual de merecedores de la dignidad de ser terminados cuando su autor. literatura latinoamericana. parecían preguntarme ¿y ahora qué? 5 . en cambio. favorecer mi propensión a invocar breves instantes de vacío. futuristas. pero no en el sentido en que alguna vez lo sospeché. Libros de arte: expresionistas. Las cosas ocurridas en el mundo desde que la historia es historia.Canción de tres flores Entre tanto. los hechos más tarde me lo demostraron. Su bibliografía no excedía en mucho a aquella compuesta por los libros cuya lectura es parte de las clases de castellano y nunca se mostró demasiado interesada en ampliarla. A veces pensaba que era una cuestión de tiempo. me avergüenza decirlo. En cuanto a nuestras conversaciones. Fue en la página ochenta. Menos vacilantes. como ya he dicho. más críticas. mientras el arroz se comía. sobre ellas hablábamos con Azucena mientras el arroz se cocinaba. Por qué leía cualquier cosa. Y Azucena los leía todos con la misma devoción. nuestra cama.

como si mis personajes necesitaran verme llorar. no me consuelen. un destino que los libere de la nada. ante su respetuosa insistencia: váyanse. Durante la noche decidí pensar en otras cosas. con su cara de siempre (una cara que pareciera no estar destinada a durar más de un suspiro. No pensé en mi novela. ya sin fuerzas: perdónenme. la puerta se abrió. o al menos tan invariable como el perfil de una montaña) me preguntó qué tal había dormido. Escasos minutos después. queridos hijos. Pensé sin dramatismos que no volvería a verla. capaz de resistir los embates de un huracán. ni en lo que quedaba de aquel día de julio. un destino cualquiera. en las fogatas y las primeras mujeres de mi vida. en los veranos que pasamos junto a mi familia en los lagos del sur. Azucena retiró su mano y me dio la espalda. Azucena volvió a su libro como si mi respuesta la hubiese dejado completamente satisfecha. Azucena volvió a su libro. sentí que la mano de Azucena me buscaba. Oí que tatareaba una canción. queridos míos. Azucena no estaba. Y después. Pensé en ir al baño y limpiarme. perdonen la sobrevaloración de mi voluntad. Azucena. Al día siguiente. qué fue lo que soñé. Yo volví a la página que mi ordenador me mostraba. 6 . Sin esperar mi respuesta se metió al baño. ni tampoco nada me recordó. al despertar. Gracias a Dios. No me sorprendí cuando Azucena no volvió a dirigirme la palabra. ni en ese momento. no me miren siquiera. Me pareció lógico. Procuré no moverme. Y después. Dios me perdone. no hay una sola artimaña. qué digo mejor.Canción de tres flores No lo sé. pero antes me dormí. contesté sin la voluntad siquiera para mentir. les contestaba con la más sincera de las tristezas. pero que en Azucena era invariable. por favor. pero evitaré dar a conocer para ahorrarles el trabajo de establecer relaciones que en realidad no existen porque en todo esto no hay más relaciones que las que abiertamente he dado a conocer en este relato. No pensé en mi futuro. Mientras me tomaba un café mirando la pared de libros que nunca me pareció más firme. luchando porque las lágrimas no cayeran desde mis ojos (pero ya no tenía fuerzas para luchar y las lágrimas caían como arroyos de invierno): ¡déjenme en paz de una vez! ¿No ven que no soy más que un hombre enfermo? ¿No ven que no es mi culpa? ¿No ven que creí que se trataba de un juego y de pronto me encontré en medio de una guerra? –¿Por qué lloras? –me preguntó Azucena– Porque ya no tengo nada. lo que por supuesto no hizo más que delatarme. procuré no emitir más que el sonido pausado de mi respiración. en los amigos que no volví a ver. queridos hijos. cuyo nombre recuerdo. Cuando ya los sueños se confundían con tales recuerdos. Oí que daba el agua de la ducha. Salí de la cama. no lo sé. Y después. no recuerdo. busquen a alguien capaz de ofrecerles un destino mejor del que yo les puedo ofrecer.

Le recomendé. pero no pude hacerlo. en parte 7 . aunque un experto en el tema (en el tema de selección de personal. luego de leerlo. Yo llegaba cerca de las cinco de la tarde y me iba cerca de las nueve de la noche. No me sorprendió que esa misma noche me informara que había encontrado trabajo. mientras permanecía en el café. Esa tarde salió en busca de trabajo por primera vez en su vida. pero con el cabello mojado. Lo hice. Por supuesto. como ni mis sueños ahora pueden recordar. antes pregunté si eso resultaría molesto para alguien. cierre del que Azucena era la principal responsable. Aún no necesitaba serlo. en lugar de trabajar. mesada que tomaba la forma de paquetes de arroz y cigarrillos que azucena compraba a discreción. pues de inmediato surgirían las voces que dirían que Azucena. A las diez con veinte salió del baño con la misma ropa con la que había entrado. Me dijo que era de garzona en un café cerca de nuestra habitación. no podía hablar con Azucena. Azucena nunca me dijo que recibía dinero de sus padres y yo nunca se lo pregunté. no carecía de cierto valor poético. Aún no era vendedora de ataúdes. presumo que su salida tuvo que ver con la definitiva ruptura de la delgada liana que la unía con sus padres. aunque a veces me quedaba hasta que Azucena debía cerrar. no era difícil pensar que no podía ser de otra forma. liana que tomaba la forma de algo similar a una mesada. Me dijeron que no. iba a decir con su novio. Reconozco que temí que mi sensación al oírlo fuera de alivio. *** No tardé en acostumbrarme a pasar mis tardes leyendo en una de las mesas del café en el que Azucena trabajaba. lo sabía. pero a juzgar por los eventos que siguieron. le disgustaba. pero Azucena me recomendó pagar un café de vez en cuando.Canción de tres flores Lo que hizo esa mañana no lo sabré nunca. Azucena no trabajaba y a fin de mes tenía más cigarrillos y compraba más arroz. poner una foto suya en él. cosa que. Dos alternativas que mencionó como si ambas tuvieran exactas posibilidades de cumplirse. no en el de la poesía) habría estallado en risa o en llanto al verlo. se pasaba el día conversando conmigo. Hermosa. era demasiado evidente que confesarlo la avergonzaría de manera tal vez intolerable. sin embargo. que confeccionó en mi ordenador. Su currículum. El turno de Azucena comenzaba a las tres de la tarde y terminaba a las diez de la noche. Por supuesto. Pero lo fue. A las diez con treinta me informó que o encontraba trabajo o se moría de hambre. Reconozco que temí preguntar en qué. que las mesas estaban para eso. hora en que el café cerraba. No fue necesario.

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