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Las generalas

del narco

; En el mundo del crimen organizado destacan pocas mujeres,

pero eso no significa que el papel que asumen no sea decisivo. Quizá
su vida real no se acerca a la ficción narrada en la novela La Reina
del Sur, pero el arrojo, la ambición, las dotes de intriga y traición
no les son ajenas. Pocas veces se sabe de ellas porque quedan
opacadas por la notoriedad que adquieren sus colegas hombres.
María Antonieta, Cantalicia y Angélica son tres ejemplos de mujeres
que han elegido incursionar en el negocio de las drogas. Estas son las
historias de la vida de estas generalas del narco.
Por Humberto Padgett padgett@m-x.com.mx

| EMEEQUIS | 03 de Octubre de 2011

1.

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- María Antonieta, La Generala

El polvo y el calor cubren a Tamaulipas
este junio de 2000. Dos estadunidenses
cuya segunda nacionalidad es la del Cártel del
Golfo, Joel Recio y Ángel Hernández, saben que
la autoridad máxima se llama María Antonieta Rodríguez Mata, una mujer que teje negocios entre las mafias colombiana, dominicana,
mexicana y mexicoamericanas.
Los tres se encuentran reunidos en una casa
del exclusivo fraccionamiento Las Fuentes de
Reynosa.
–Tengo un cargamento de coca. Uno de los
pequeños. Necesito transportarlo –dice la mujer, con reposo en la voz y sobrepeso en el cuerpo.
Joel y Ángel asienten.
–¿Cómo y cuánto? –pregunta ella.
–Tengo un amigo que cobra 500 dólares por
kilo transportado –responde Recio.
Dos días después, Recio recibe 200 kilos
de droga en su casa, en McAllen. Joel y Ángel
son parte de la estructura operativa en Estados
Unidos de María Antonieta.
Esa misma noche, Joel y Gerardo Jerry García –transportista hasta entonces renuente a
ser narcotraficante– empacan nuevamente la
droga y la envuelven con cinta adhesiva negra.
García es propietario de la compañía de camiones que transportará la droga.
A los pocos minutos, Ángel se apersona y
entrega dinero como adelanto del flete. “Mientras estuve ahí pude ver los paquetes amontonados dentro del cancel de la regadera”, declararía Ángel casi cuatro años después ante un
gran jurado de una corte texana.
También daría detalles de su ex jefa.
Si algo le gusta en la vida a María Antonieta Rodríguez Mata son las mujeres, y si algo
sabe hacer bien es traficar droga y dinero entre
México y Estados Unidos.
Su aspecto físico revela a una mujer que no
corresponde al perfil de una “reina” del narco.
Si se atiende a las pocas imágenes disponibles
de ella, de inmediato queda claro que de sus
hombros nunca colgó una bolsa Loui Vutton,
sino el fusil de asalto que aprendió a manejar en
sus años como policía judicial de Tamaulipas.
Si se revisa con atención su biografía, se
advierte pronto que la suya no es una vida de
pasarela, como lo pudo ser para Laura Elena
Zúñiga, la ex Miss Sinaloa en cuya vida se basó
la película Miss Bala, sino la que puede florecer
en la ardiente frontera norte.
El gobierno de Estados Unidos desplegó su
aparato policiaco y diplomático para llevar al
banquillo de los acusados a una mujer diferente, de muchas maneras, de Kate del Castillo, la
actriz protagonista de la telenovela La Reina del
Sur, basada en el libro de Arturo Pérez Reverte.
Si los sobrenombres indican algo de quien

los recibe, entonces habría que repasarlos para
entender de quién se trata María Antonieta:
Comandante, Toni, La Tía, La Toni, La Vieja,
Mandy, pero, ante todos, el de La Generala.
El santo y seña de lo que la DEA conoció de
su carrera como contrabandista queda registrado en el expediente de alegato sobre su solicitud de extradición, cuya copia completa posee
emeeequis.
En él se lee la letra de un juez estadunidense: “María Antonieta Rodríguez Mata ocupaba una posición como líder de la organización,
con base en Reynosa, que transportaba grandes
cantidades de cocaína y marihuana en los Estados Unidos”.

La Generala nació el 21 de junio de 1969 en Tampico, Tamaulipas, aunque su vida se construyó,
desde su infancia, en Reynosa. Radicó ahí desde
el primer año de edad y hasta concluir la secundaria. Desde entonces, desde antes, sobresalía
de manera natural entre el resto de los alumnos
por su aguda inteligencia.
Mide 1.65 metros de estatura y es fumadora de tabaco. Hija de un obrero de Pemex, es la
menor de sus seis hermanos. Siempre ha negado
que consuma drogas ilegales. En cambio, desde un principio, ante su familia, primero, y ante
quien fuera, después, aceptó que se enamora
sólo de otras mujeres.
Estudió la preparatoria en Saltillo, Coahuila, y derecho en la Universidad Valle de Bravo,
en Reynosa, carrera que suspendió a los 22 años
para llevar el curso de ingreso a la policía judicial de su estado, en donde la admitieron en
1992. Reinició la licenciatura en 1994 y la concluyó dos años después. Permaneció en la policía judicial hasta el 1 de junio de 1999.
A diferencia de Sandra Ávila Beltrán, La
Reina del Pacífico, resulta impensable que La
Generala buscara la manera de introducir bótox
a la cárcel para alisar las arrugas del rostro. Si
acaso, existe un gesto de vanidad en la tamaulipeca, que, a la vez, es un propósito de salud: se
realizó una cirugía para reducir el tamaño de su
estómago y perder peso.
De los modos y maneras de La Generala en
sus tiempos de agente de la policía judicial, las
autoridades tamaulipecas sabían desde 1996.
En junio de ese año, la Comisión Nacional de
Derechos Humanos emitió una recomendación
al entonces gobernador para que la investigara
por abuso de autoridad.
En 1995, La Generala, otro policía mexicano
y dos agentes del FBI irrumpieron en el centro
nocturno Fiesta Mexicana. Sin documento alguno de aprehensión, pero sí con violencia, sacaron del sitio a un ciudadano estadunidense
acusado en su país de posesión de marihuana.
Los judiciales metieron al hombre a la cajuela

Miguel Ramón Deolelo conoció en su país, República Dominicana, a una mujer excedida de
peso, a quien llamaban Toni, y a la que nada detenía en su intención de cobrar cinco millones
de dólares por un cargamento de drogas que alguien le debía en la isla.
En junio de 2000, Deolelo, un abogado y un
oficial de narcóticos de Santo Domingo –sus
nombres no son identificados en el documento
oficial– hicieron escala en la Ciudad de México
en su ruta hacia Monterrey.
Ahí los esperaba La Generala, “quien iba
acompañada de tres oficiales de la ley mexicanos”, detallaría el dominicano, quien se integró
a la red de La Generala para trasladar dinero vía
aérea de Nueva York a McAllen y, de ahí, vía terrestre a Reynosa.
En agosto de 2000, Deoleo y otro dominicano volaron de Nueva York a McAllen. Los recogieron en el aeropuerto y los llevaron ante Rodríguez Mata, quien se hallaba en México.
La Generala planeaba reforzar su estructura

de tráfico de cocaína a Nueva York y recomponía piezas para optimizar el flujo de dinero.
Pocos días después, la hermana de Deoleo
voló de Nueva York a McAllen. Era la tarde del
21 de agosto de 2000 y Rubén Espinosa, investigador antinarcóticos del condado de Hidalgo,
recibió información de que una mujer llegaría
en un vuelo de American Airlines en posesión
de dinero en efectivo.
Minutos después, el policía recibió sus rasgos físicos. En la sala de llegadas, identificó a
una mujer coincidente con la descripción y la
siguió, sin que ella ni el hombre que la acompañaba se percataran.
En el estacionamiento del aeropuerto, Espinosa y otro agente abordaron a los narcotraficantes.
–¿Pueden regresar al aeropuerto para una
entrevista?
Ninguno se negó. No había manera de hacerlo.
La hermana de Deoleo viajaba con tres maletas, una mochila negra, una pieza de equipaje
pequeña con ruedas y una bolsa negra con correa colgada del hombro.
“Observé varios fardos de dólares en la bolsa de mano y en la maleta con ruedas. También
noté en el contorno de su cuerpo bultos rectangulares bajo su ropa. Pedí a una oficial que la
registrara y encontró 13 bultos adicionales de
dinero en efectivo. La cantidad total fue de 92
mil 492 dólares”.
Dentro de un bolso café que llevaba el hombre, los policías requisaron 80 mil 272 dólares.

Los años 2003 y 2004 fueron algunos de los
peores para el Cártel del Golfo. Detuvieron a su
líder, Osiel Cárdenas Guillén, en Matamoros,
Tamaulipas. Otros operadores de primer nivel
fueron capturados después, entre ellos Rogelio
González El Kelín y La Generala.
El Kelín y María Antonieta tenían una historia compartida. Entre 2002 y 2004, él se instaló
en Veracruz para recibir droga procedente de
Colombia vía Guatemala, que luego enviaba a
Texas con la intermediación de La Generala.
La Generala fue detenida el 8 de febrero de
2004 sin intención alguna de ser sometida a
proceso penal en México. La Agencia Federal de
Investigación la capturó con el único propósito
de entregarla a Estados Unidos. Todos los apodos de María Antonieta enlistados por la PGR
fueron los mismos y en el mismo orden que los
mencionados en la investigación de allá.
El 7 de febrero de 2006, justo dos años después de su entrada a prisión, se le abrieron las
puertas de la cárcel de Santa Martha. Por algunos segundos recuperó la libertad, hasta el momento en que un grupo de la PGR la esposó nuevamente para arraigarla durante los siguientes

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de su vehículo y lo entregaron al FBI en el Puente Internacional de Hidalgo, Texas, ahí mismo
donde La Generala hizo los negocios por los que
los estadunidenses reclamaron su extradición.
En aquella ocasión, La Generala realizó la
captura “aparentemente” mediante el pago de
10 mil dólares entregados por los agentes estadunidenses.
Antes de ser llevada al Reclusorio Norte,
cuando aún existía ahí un apartado femenil, vivió en la colonia Las Fuentes de Reynosa, en una
casa construida, ladrillo a ladrillo, a imagen y
semejanza de las típicas de un suburbio texano
de clase media alta. La vivienda de María Antonieta contaba con tres recámaras, sala-comedor, cocina, cuarto de servicio, cuatro baños,
jardín y garaje para 12 autos.
Al momento de su detención, La Generala
poseía tiendas de autoservicio, restaurantes,
negocios de arrendamiento inmobiliario y un
rancho de engorda de reses, porque, como todo
buen traficante, explica su riqueza con la bonanza de la ganadería.
Quien conoce bien a La Generala dice de
ella que es tan inteligente como desconfiada y
ambas cualidades las tiene en grado superlativo. También que es solidaria con los suyos. Que
habla inglés, que tiene excelente vista y que es
capaz de armar un plan en segundos.
La corte federal estadunidense detectó que,
“al menos desde marzo de 2000 o alrededor de
esa fecha”, La Generala “creó una organización
para distribuir grandes cantidades de cocaína y
marihuana dentro de Estados Unidos” con operaciones basadas en Reynosa y conectada con
McAllen y Houston, Texas, y otras ciudades de
Nueva York y Carolina del Norte.

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30 días, recluirla otra vez en la cárcel para mujeres de la Ciudad de México y someterla a un
nuevo proceso de extradición.
Estados Unidos no cedía en su propósito de
tener a María Antonieta. Y lo logró. La Generala
fue extraditada el 10 de agosto de 2007.
Después de varios años, la mujer volvió a
Texas.

2.

Cantalicia, La Canti

La noche del 14 de abril de 2007 todos
irían al Club Fifty Seven, el nuevo bar de
Cantalicia Garza Azuara, enclavado en el centro de Reynosa.
El nombre del lugar no dejaba lugar a dudas:
la pistola belga 5.7, llamada por policías y delincuentes como la five seven, y mejor conocida
como “la mata policías”.
Los socios de La Canti lo sabían bien. Con
frecuencia compraban armas con demostrada
capacidad de atravesar chalecos antibalas. Y al
bar Fifty Seven llegarían todos “los pesados”
–así fueron calificados en una llamada anónima que proporcionó la información a la Policía
Federal–: Juan Óscar Garza Azuara, un intermediario de droga traída de Colombia y de marihuana sembrada en Michoacán. Debería llegar también su hermano Josué y, seguramente,
arribaría Gregorio Sauceda.
Todos se sentarían a escuchar cantar y ver
bailar a una mujer que, como a los demás, no le
son ajenas las prisiones y extradiciones: la cantante Gloria Trevi.
Los policías mexicanos no se quedaron con
la duda y preguntaron a los agentes de la DEA
destacados en Reynosa: sí, los hermanos Cantalicia, Juan Óscar y Josué Garza Azuara sí
eran “pesados”. Y entonces, en vez de esperar
el concierto y detenerlos a todos, los federales
irrumpieron en el lugar antes del evento y sólo
encontraron propaganda tirada del concierto de
la Trevi.
Y, días después, ya con la fiesta cancelada,
a Cantalicia.

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La Canti nació en Reynosa y fue bautizada en
la fe católica en 1967. Estudió hasta el tercer
semestre de la preparatoria. A partir de los 20
años, trabajó como vendedora de ropa en una
tienda de McAllen, donde permaneció cuatro
años, cuando decidió abrir su propio negocio.
Contrató tres modistas y fabricó vestimenta
para niños.
En 2001 o 2002 se enamoró de Ricardo Muñiz, con quien tuvo un hijo y de quien al poco
tiempo se divorció.
Luego consiguió una concesión de los teléfonos celulares Cellular One, negocio que
abandonó para regresar al de la maquila. Fiel a
su espíritu comerciante, continuó con venta de

joyería de fantasía, tras lo cual su riqueza creció
de manera exponencial.
Repentinamente, consiguió un crédito de 18
mil dólares del Lone Star Bank para abrir un restaurante en McAllen al que llamó Mi Ranchito,
negocio del que dijo obtener 8 mil dólares mensuales de ganancias. También instaló una estética atendida por su madre.
¿Y el bar? Ella misma lo explica:
“Apenas íbamos a inaugurar la discoteca 57
(…) Renté el local con una mensualidad de 5 mil
dólares. Íbamos a presentar a Gloria Trevi, a
quien contraté a través de una agencia. Cerramos el trato hace dos semanas en el mismo lugar
y di un anticipo de 180 mil pesos en efectivo, al
igual que el resto, otros 180 mil pesos”.

Los gobiernos de México y Estados Unidos sostienen que La Canti no sólo proveía sitios para el
lavado de dinero a los traficantes, sino que ella
misma lo era.
“Karen”, un ex zeta convertido en testigo
colaborador de la policía con ese nombre clave,
tejió en su testimonio de junio de 2007 la vida y
muerte de zetas, kaibiles guatemaltecos, torturas y ejecuciones de sinaloenses enemigos con
La Canti:
“Cantalicia tiene la función específica de
mover dólares en muy grandes cantidades y esconderlos en inmuebles o bodegas que adquiere o renta; tiene contactos muy cercanos en la
aduana de Reynosa que le permiten pasar con
toda facilidad equipo táctico militar, armamento, vehículos y uniformes de Estados Unidos a México.
“La primera vez que la vi, a principios de
2005 (…), fue con motivo del pesaje de unos
paquetes de marihuana y del conteo de unos
tambos con ice, droga que era propiedad de La
Compañía (…); también la vi en Lázaro Cárdenas, Michoacán, a donde nos enviaron a tomar
la plaza. Ella es el brazo derecho de El Barbas”.
Otro testigo protegido, “Édgar”, confesó
que La Canti pasaba con frecuencia de McAllen
a Reynosa con maletas llenas de dinero y joyas. Siempre lo hacía con la camioneta Nissan
Armada llena de mujeres, incluso alguna vez
utilizó a una embarazada, y a niños para pasar
desapercibida.
Cantalicia y Ricardo Muñiz no se separaron
del todo. Muñiz mantuvo relación de negocios
con su ex esposa y sus ex cuñados. De hecho,
Muñiz se convirtió en uno de los principales
testigos de cargo en el juicio contra Cantalicia
en una corte texana.
Tras ser detenido en Mission, Texas, con 30
kilos de cocaína, dio información fundamental
para fortalecer los cargos de tráfico de droga
y lavado de más de millón y medio de dólares
contra su ex mujer.

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Cuartoscuro

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Cantalicia y sus hermanos fueron detenidos,
según el reporte oficial de la PGR, el 17 de abril
de 2007.
La longitud de pie de La Canti –ni un milímetro más ni un milímetro menos– es de 22
centímetros. Pesa o pesaba cuando la detuvieron 53 kilos y mide 1.54 metros. Su piel es blanca, su frente mediana y sus ojos café oscuro, al
igual que su cabello, aclarado con luces de salón
de belleza.
Tiene labios delgados y una cara afilada, rematada por un lunar redondo en el mentón. Depiló sus cejas hasta desaparecerlas y, sobre su
rastro, pintaba con crayola largas líneas oblicuas. Su mirada, frente a la cámara de la policía
que la fichó, irradiaba una tristeza reposada.
Cantalicia enfrentó cargos por delincuencia organizada, lavado de dinero y narcotráfico.
Otra acusación en su contra corrió a cargo de un
ex militar, ex policía municipal de Nuevo Laredo y ex zeta convertido en testigo protegido por
el gobierno mexicano.
La lista de objetos incautados en las tres
casas relacionadas con La Canti, además del
bar Five Seven, está detallada en el expediente
97/2007-3, del que este medio también posee
copia.
En un bote de basura, los policías encontraron marihuana, y en un cuarto contiguo, una
caja fuerte repleta de cocaína. No para la venta,
sino para consumo personal. También decenas
de teléfonos y radios.
Se incautó también una camioneta Durango negra, en cuyo interior había cartuchos de
armas de fuego, cargadores, una máquina para
empacar al alto vacío y los documentos de la
contratación de Gloria Trevi.
En una de las habitaciones se encontró una
pistola escuadra calibre 5 .7x 2.8. También dos
Pietro Beretta y una Colt .38. Al lado, un rifle
AK-47 y cajas de balas.
Una gorra verde, cuatro máquinas para contar dinero y un contrato de prestación de servicios celebrado entre TV Azteca y una mujer
llamada Flavia Azuara. Escrituras y títulos de
propiedades.
En otro espacio, los federales se toparon con
decenas de bolsas llenas de cocaína y marihuana. También con un arsenal: miles de balas calibre .22 Mágnum expansiva –un raro tipo de
munición–, nueve milímetros, diez milímetros,
.38, .40, AR 15, 30-30, algunas con punta blanda para destrozar apenas hagan contacto y 5.7,
la five seven.
En las cocheras se localizaron un auto BMW
y una camioneta Jeep. Dos Suburban, una Nissan Pathfinder Armada, una Touareg, una
Grand Cherokee Laredo, una Hummer H2 –la
más grande en el mercado–, un Audi, una camioneta Chrysler Pacifica, un BMW, una Ford

Lobo 4x4, una camioneta Escalade y otra Dodge Durango.
Pero no hay princesa sin un cofre de joyas. Y
el de La Canti resultó excepcional:
• 18 relojes marcas Cartier, Rolex, Piaget,
Bvulgari, Lancaster, Waliham y Seiko, casi todos de oro con piedras preciosas incrustadas.
• 22 gargantillas y cadenas de oro con eslabones, figuras de elefantes y con cruces, figuras
prehispánicas, ecuestres, herraduras, monedas
y corazones, varias incrustadas con piedras preciosas.
• Un rosario metálico de color gris.
• 17 anillos en forma de flor, con piedras, algunos de marca Bvulgari y otros con formas talladas, por ejemplo, una herradura.
• 22 esclavas de metales preciosos, adornadas
con piedras y figuras de elefantes, niños y osos.
• 11 cadenas con formas prehispánicas, monedas y piedras brillantes.
• 18 dijes de metales preciosos con formas de
ángeles, Jesucristo, elefantes, pirámides, ancianos y mujeres, excepto dos: uno de éstos con la
figura de un tigre.
• 10 pares de aretes de oro, algunos con monedas, otros de marca Bvlgari y unos más con
piedras preciosas o formas de elefantes.
• 16 monedas de oro de diversos tamaños.
• 10 pedazos de oro.
El valor del tesoro, según el avalúo de la Procuraduría General de la República: 4 millones
931 mil pesos.
La Canti aún se encuentra presa en México. Vive en la prisión femenil de Santa Martha
y, durante años, fue vecina de Sandra Ávila, La
Reyna del Pacífico.
Pero, a diferencia de ella, el gobierno mexicano cuenta con más elementos para procesarla,
aunque, como consta en un documento firmado
por la canciller Patricia Espinosa, ya concedió
su extradición a Estados Unidos.

3.

Angélica, La abuelita

–¡Te va a cargar la chingada, pinche vieja chapulina! –la insultó Osiel Cárdenas
Guillén.
A los pocos minutos, esa noche de 2000
–a mediados o fines, tal vez, de agosto de 2001,
pues no hay coincidencias sobre esta fecha en el
expediente– la casa de Angélica Lagunes Jaramillo estaba invadida por zetas.
–¡No pagas cuota, cabrona! –siguió Osiel,
enrojecido por la furia, en referencia al contrabando de alcohol, perfumes, coca y marihuana
que hacía la mujer como empresaria independiente.
El narcotraficante la tomó por el cabello y
la arrastró por su propia casa, ocupada por 18
hombres, entre ellos el jefe de escoltas de Osiel,

Angélica Lagunes Jaramillo nació en 1959 en un
caserío arenoso, caliente y húmedo de Tlachapa, Guerrero. Tercera de siete hermanos e hija
de un camionero, la menor parte de las veces;
campesino, casi todo el tiempo, que vivía de cosechar mangos vendidos por su esposa.
Creció en una casa con paredes de adobe y
techo de tejas, en cuyo interior se acomodaban
cuatro catres, una mesa y un fogón. La ranchería, en ese tiempo, carecía de agua y energía
eléctrica. La familia se las arregló con la plata y
logró dar a la niña educación primaria y secundaria, preparación continuada en una preparatoria del Distrito Federal gracias al hospedaje y
apoyo de un tío paterno asentado en la capital
del país.
Angélica desertó de la escuela y consiguió
algún trabajo de tipo secretarial en el periódico La Prensa. A los 20 años, se casó con el propietario de un hotel de Naucalpan, Estado de
México, de quien pronto quedó embarazada.
Por diversas circunstancias, la muerte la
convirtió en la mayor de sus hermanos: el más
grande murió en un accidente automovilístico y
el segundo en un asalto ocurrido cuando portaba la nómina del sitio en que trabajaba.
Éstos no serían los últimos sepelios en los
siguientes años de Angélica. A los tres años de
casada, embarazada de su hija Ana Bertha, una
bala perdida topó con su marido.
Ante el inminente regreso a la pobreza, Angélica vendió el hotelito de Naucalpan y decidió
hacer vida en Estados Unidos. Antes regresó a
Guerrero y dejó encargados a sus hijos con su
madre. Tomó camino al norte, pero no logró
cruzar la frontera y se asentó en Matamoros.
Mujer de lucha y con algunos recursos, estableció un negocio de alimentos y vendió oro
y perfumes. Tras nueve años, compró su casa y
logró llevar a su hija menor. El varón no quiso
cambiar el trópico guerrerense por el desierto
tamaulipeco.
Su hija concluyó la carrera técnica en trabajo social y ella, Angélica, a los 43 años de edad,
todavía se enamoraría nuevamente de un hombre 15 años menor que ella.

El negocio de Osiel Cárdenas Guillén era puntual: en Matamoros, nadie más que él podía hacer negocios ilegales. Así que parte del trabajo
era cobrar derecho de piso a las prostitutas paradas en la calle Diez, identificar sitios de venta
de alcohol contrabandeado y allanar con violencia casas de venta de drogas sin su permiso
ni abasto.
“¡Tamaulipas es mi plaza!”, proclamaba a
cada oportunidad el hombre de 33 años de edad
surgido de un taller mecánico.
A mediados de 2000, la información recibida sobre una mujer restaurantera que, además,
vendía licores, marihuana y cocaína sin su autorización era inequívoca.
La dirección, en la calle Álvaro Obregón,
conducía a la casa de Angélica. Y Osiel personalmente decidió hacer la visita con su estado
mayor.
Y así, el líder narcotraficante y su grupo más
cercano allanaron la casa de la guerrerense. Esperaron la oscuridad y, a las ocho de la noche,
tocaron la puerta. Angélica abrió y, pronto, la
casa se llenó de hombres armados.
A empujones, la mujer subió a una camioneta que arrancó hacia una casa de seguridad,
donde Osiel y Eduardo Costilla–actual líder de
El Golfo y enemigo acérrimo de Los Zetas– conversaron durante dos horas con Angélica.
–Vas a rentar casas para mí –ordenó el jefe–.
Te tengo investigada y te puedo matar a ti y a
tu familia –advirtió, según el relato de la propia
Angélica.
“Le dije que sí le ayudaría y esto lo hice, por
miedo, aproximadamente 10 veces –hay quienes dijeron frente al juez que fueron 40–. Ellos
me decían qué casa rentar y a qué empresas de
bienes raíces debía ir y lo hacía”.

Cuando salieron de la casa de seguridad, Angélica dio datos precisos de un vehículo, su ubicación y el hombre que lo conducía. Lo buscaron
y, a los pocos minutos, regresaron con un tipo.
Revisaron el auto y encontraron 30 kilos de droga propiedad de la mujer. Aceptó que se la incautaran y la relación prosperó.
A los pocos meses, aparentemente sólo tres,
Los Zetas tenían un nuevo restaurante favorito,
el de Angélica, y ella más trabajo: pasaba la garita con droga del cártel y regresaba con dinero.
Su hija Ana Bertha, de acuerdo con los testimonios, también.
La nueva amistad se profundizó al grado de
que Angélica participó en el movimiento de “la
polla” de Los Zetas. “La polla” era una cooperación hecha entre ellos, autorizada por Osiel,
para adquirir droga colombiana que entraba al
país vía aérea por Guatemala y era depositada
en Oaxaca.

| EMEEQUIS | 03 de Octubre de 2011

Arturo Guzmán Decena, el militar de las fuerzas especiales fundador de Los Zetas.
Los ex militares se distribuyeron en busca
de cocaína y marihuana, pero sólo encontraron joyas y dinero. La mujer se quejaría de que
le estaban robando, pero los hombres respondieron que no la despojaron de nada, sino que
convinieron con ella el pago de 20 mil pesos a
cada sicario presente en su casa por concepto de
“multas”, lo cual ella cumplió.
Entre ellos también estaba Omar Lorméndez, El Pitalúa. Así fue, en ese momento, que se
conocieron éste y Angélica.

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En cada vuelo de ese tipo se adquirían hasta
450 kilos y cada participante decidía qué hacer
con su droga: tenía la opción de venderla en el
territorio mexicano o hacerlo en Estados Unidos, con mayores ganancias, pero asumiendo
mayores riesgos.
Esa droga, la de los primeros embarques que
convirtieron a Los Zetas de simples mercenarios en empresarios trasnacionales, era depositada en la confianza de Angélica.
La relación fructificó aún más. Guzmán Decena se hizo de una nueva y joven novia, Ana
Bertha, la hija de Angélica.
Sobre el asunto declaró otro ex zeta: “Ana
Bertha tuvo un hijo con Z-1. Él tenía bastantes
atenciones con ella y con Angélica. Las dos conseguían uniformes consistentes en camisola,
pantalón, botas, playeras, guantes, pasamontañas, gorras, fornituras, todas de color negro
para uniformarnos cuando había que hacer un
operativo.
“Después de que murió Arturo Guzmán Decena –abatido por el ejército en el restaurante
de Angélica, donde bebía alcohol e inhalaba
droga–, Osiel Cárdenas Guillén acordó que el
pago de las quincenas de Arturo se lo repartieran a sus tres viejas, entre ellas Ana Bertha”.
No sólo esto. En 2002, El Pitalúa buscó a su
jefe. Ceremonioso, pidió permiso para ausentarse dos semanas del trabajo.
–¿Para qué quiere 15 días? –preguntó Guzmán Decena, siempre marcial en esas situaciones.
–Me voy a casar.
–¿Con quién se va casar?
–Con la señora Angélica Lagunes –respondió en referencia a la suegra del hombre con el
que hablaba.

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Osiel Cárdenas fue detenido en marzo de
2003 y, sin protección, madre e hija se debilitaban. En mayo de ese año, Angélica volvió al
Distrito Federal, según ella, para visitar a su
madre enferma y hospitalizada.
Fue detenida y la Procuraduría General de la
república le ofreció convertirla en testigo protegido con la clave de “Roberta”. No aceptó.
Entonces la internaron en la cárcel para mujeres de Santa Martha y recibió una condena de
20 años de prisión y una multa de 256 mil pesos.
Ahí sigue. En el penal federal de Puente
Grande se encuentra recluido El Pitalúa. Hay
quien dice que nunca han dejado de cartearse.
Hubo un último funeral en la vida de Angélica, pero a ese no pudo asistir.
Sólo le quedó el dolor y suponer la escena de
flores y lamentos.En 2007, en Matamoros, su
ciudad adoptiva, alguien asesinó a su hija Ana
Bertha. ¶

La señora Nacha
Para imaginar a Ignacia Jasso, La Nacha, hace falta
pensar en una mujer convencional que camina por
los pasillos de cualquier mercado popular mexicano
en los años 20 del siglo pasado: pequeña y redonda,
vestida con telas estampadas, zapatos cerrados y
peinada con un apretado chongo que estiraba su cara
morena y ancha.
Pero esa mujer introvertida, casi taciturna, en
realidad tenía un espíritu excepcionalmente sagaz,
astuto y adelantado a su tiempo. La Nacha, además
de ser madre amorosa y católica caritativa, entendía
perfectamente el valor de la violencia para lograr
el control del tráfico de heroína, morfina y opio de
Ciudad Juárez a Estados Unidos y tener en orden los
“picaderos” de su propiedad en que se refugiaban
los soldados estadunidenses a quienes despreciaba
con profundo resentimiento nacionalista.
La Nacha ingresó de lleno en el negocio de las
drogas desde 1927 o 1928 –andaría cerca de sus 30
años–. De la preocupación que causaba a las autoridades quedó constancia en las cartas intercambiadas
respecto a ella entre el gobernador de Chihuahua
y el alcalde de Ciudad Juárez, 80 años antes de que
esta ciudad se convirtiera en lo que hoy es.
Durante los años cuarenta, La Nacha y otra mujer, María Estévez, originaria de la Ciudad de México
y emigrada a Juárez, aprovecharon la interrupción
del flujo de opiáceos asiáticos hacia Estados Unidos
por la Segunda Guerra Mundial.
Así, surtieron los mercados de Detroit, Chicago
y Nueva York. Desde entonces adoptaron lo que en
la mitología del narcotráfico es una regla: no consumían nada de lo que vendían.
La Nacha sacó del juego del contrabando de la
amapola a sus fundadores, los chinos, y en una sola
maniobra, en 1947, ordenó el asesinato de 11 de
ellos. La procesaron, pero salió absuelta.
La Nacha no gustaba. Y no gustaba por ser mujer. Tal vez por eso la parte visible de la empresa
era su marido, Pablo González, un hombre mujeriego y pendenciero que perdió la vida en un pleito
de cantina.
La viuda no se amilanó. Quienes de ella han escrito mencionan constantes conjuras en su contra,
pero llegó a vieja y murió en algún momento de los
años setenta. Vivía en un vecindario de obreros, en
que era amada y protegida.
Quiso dejar su empresa a sus hijos, pero ninguno
heredó sus habilidades. Algunos de sus nietos y bisnietos han deambulado en la frontera y las cárceles
por traficar heroína y morfina.
Acaso en ese mundo sobresalió uno de sus nietos, Héctor González, bebedor y peleonero como
el abuelo, pero terminó con su vida al estrellar su
auto a toda velocidad.
Ahí quedó interrumpido el linaje familiar.
(Humberto Padgett)

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| EMEEQUIS | 03 de Octubre de 2011