EL MANIFIESTO DEL ESPEJO

La Culpa, Por Supuesto, Siempre es del que No Piensa como Yo.

La sociedad se construye en el tiempo, con todos sus individuos: con todas
sus acciones, sus omisiones y sus ideologías. Con lo que se lucha y con lo
que se permiten hacer. Veámonos en el espejo, pero que no sea el espejo
ahumado de Tezcatlipoca: la sociedad la construimos a nuestro alrededor,
con la coherencia entre palabra y ejemplo. Limpiemos el espejo.

Alfonso Araujo

I. Igualito que en México
Esto pasa rutinariamente en todo el mundo (civilizado). Altos funcionarios
incluyendo primeros ministros renuncian a sus cargos cuando son envueltos
en escándalos, porque saben que no podrán desempeñar sus funciones
rodeados por tales dudas:
MICHAEL MARTIN
En junio de 2009, el Orador de la Casa de los Comunes dimitió a su cargo en
el Parlamento inglés tras un escándalo. La razón fue que un periódico expuso
los gastos de varios funcionarios, que cargaban al erario: incluyendo
muebles caros y pagos de sus hipotecas. Un escándalo de ¡hasta 100 mil
dólares por persona! Creo que hasta un regente municipal en México se
reiría de semejantes pequeñeces.
JEAN-CLAUDE JUNCKER
El Primer Ministro de Luxemburgo era el jefe de gobierno con mayor
trayectoria en Europa (había estado en su cargo desde 1995). Fue obligado a
renunciar en julio de este año, debido a su incapacidad de reducir los
excesos de los servicios secretos, que habían estado espiando a políticos de
forma ilegal, cobrando sobornos por dar acceso a personas de poder, y
comprando autos de lujo.
CHRISTIAN WULFF
Presidente alemán de 2003 a 2010, se le suspendió la inmunidad debida a su
cargo (cosa inédita en la historia) y tuvo que dimitir en febrero de 2012,
después de un escándalo que empezó el diciembre anterior en el que se
descubrió que había sacado un préstamo de 500 mil euros en condiciones
ventajosas. Más tarde se dio a conocer además que gracias a unos favores
económicos hechos a un empresario del cine, éste le había pagado sus
vacaciones en 2007. ¡Imperdonable!
NIGEL WRIGHT
El Jefe de Staff del gobierno central de Canadá dimitió en mayo de este año.
¿El pecado? Nada menos que 87 mil dólares, en un cheque que dio de forma
impropia a un miembro del Senado para gastos personales. Válgame Dios,
con eso no alcanza ni para unas Hummers.

PETR NECAS
Otro Primer Ministro, esta vez de la República Checa. Renunció en junio de
este año (2013 tiene una oleada de escándalos europeos), debido a un
espectacular operativo policial que registró las casas de varios políticos y
encontró millones de euros en efectivo, kilos de oro y otras evidencias de
tráfico de influencias, arrestando a ocho altos funcionarios. A la semana
siguiente Necas presentó su renuncia al Presidente.
LIU ZHIJUN
El poderosísimo jefe del extinto Ministerio de Ferrocarriles chino fue apresado
en 2012 después de haber sido puesto bajo investigación por corrupción y
tráfico de influencias en febrero de 2011. En julio de 2013 el juicio llegó a su
conclusión, encontrándolo culpable de recibir 6 millones de dólares en
sobornos ¡entre 1986 y 2011! y ayudar indebidamente a la promoción de
ocho amigos cercano. La sentencia era muerte, pero le fue “suspendida”, lo
que en el vocabulario de la ley china normalmente significa cadena
perpetua. Los términos en que fue leída la sentencia aseguran un mínimo de
10 años en prisión.

“Búsqueda de carne”
Hay una imagen de China como un país de censura y represión, y aunque fue
cierto en los peores años del comunismo duro (en los sesentas), la censura
que se ejerce hoy en día es mucho más suave y fácil de eludir para el que así
lo desee. Todo el internet se puede ver, por ejemplo, pagando 35 pesos
mensuales. Así lo hago yo y millones de personas, y hasta ahora no ha
llegado ningún oficial de policía a mi casa a quitarme la computadora. La
constricción y liberalización de la información no es algo nuevo en China y de
hecho es algo que se ha repetido incontables veces a lo largo de su historia,
dependiendo de las relaciones más o menos adversas de la corte con los
países extranjeros, o con sus propios señores feudales.
Y bien, hay entre otras muchas cosas, una curiosa forma moderna de
propagación de información en China que se traduce como ‘Búsqueda de
Carne’ y es una mezcla extrema de la página “Public Shaming” de Tumblr —
que exhibe posts racistas de internautas para exhibirlos— con Anonymous.
La versión china comenzó en 2006 y la práctica es crear una página en
donde cientos de personas suben toda la información posible de una

persona, también para exhibirla. Esto puede sonar bastante drástico, pero
vemos los detalles:
China tiene una larga y colorida historia de corrupción oficial, y las típicas
historias de héroes de artes marciales tienen como villano a un oficial
corrupto. De modo que el típico héroe chino es como Robin Hood, que en la
era digital humilla públicamente al corrupto, una de las peores cosas que se
pueden hacer en esta cultura.
Uno de los casos más sonados de esta práctica fue en 2012 en contra de un
oficial de la provincia de Shaanxi, que apareció en varias fotos usando
carísimos relojes Rolex que obviamente no podía cubrir con su sueldo. Los
ofendidos internautas crearon una página donde pusieron su dirección,
puesto oficial, teléfonos, emails, sueldo nominal y mil detalles
asombrosamente específicos, demostrando sin dudas que esos relojes no
podían haber sido comprados con su sueldo. El escándalo fue de tal
proporción que al poco tiempo el oficial fue despedido. Muchos otros casos
similares han tenido sendos éxitos, como uno en contra de un oficial cuya
hija posó con bolsas y autos carísimos en su website.
Los ladrones y los corruptos —despreciados universalmente en China—
ahora tienen algo más que temer con millones de internautas que se han
convertido en vigilantes.

Una situación precaria
Durante el periodo histórico conocido como “Primavera y Otoño” (722 – 476
a.C.), el Duque Lin del Estado de Jin —un monarca que no se distinguía
particularmente por estar al tanto de las necesidades de su reino— tuvo la
idea de hacer una torre de nueve pisos, con varios escenarios, balcones y
terrazas, y adornada con todo el lujo posible. Varios de sus ministros
criticaron el proyecto por ser un completo despilfarro, pero el duque, que
estaba empecinado con la idea, tuvo un arranque de furia y dijo, “¡Mandaré
ejecutar de inmediato al próximo que hable en contra del proyecto!”
El viejo ministro Xun Xi oyó todo esto y fue a visitar al duque. Al llegar, vio
que incluso había un arquero preparado en el salón, listo para disparar una
flecha a cualquiera que osara criticar la famosa torre de nueve pisos. Pero sin
siquiera voltear a verlo, Xun Xi se adelantó y dijo con ligereza, “Quiero
mostrarle a Su Majestad una habilidad especial que tengo. Es un juego de
balance, para el que necesito doce piezas de ajedrez y nueve huevos.” El

duque, que era un fanático de la diversión y de los juegos, aceptó de buen
grado e hizo traer las cosas que el ministro Xun pedía. El viejo tomó las
piezas de ajedrez y las fue poniendo sobre una mesa, en una extraña
formación. Luego fue tomando los huevos, uno por uno, y fue poniéndolos
lentamente sobre la estructura que había hecho. El delicado balance parecía
a punto de perderse con cada nuevo huevo que agregaba a la construcción,
y el duque contenía el aliento, absorto en la pasmosa habilidad del ministro.
Al ir a colocar el último huevo, lo que parecía ya imposible, el duque no pudo
más y exclamó, “¡Ah, cuidado, es una situación en extremo precaria!” Pero
Xun Xi colocó la última pieza sin derrumbar la construcción, y volviéndose al
duque le dijo, “Hay situaciones mucho más precarias que esta. Para poder
erigir una torre de nueve pisos habría que usar tres años del tesoro de
nuestro estado y forzar a mucha gente a trabajar en ella, lo que dejaría los
campos sin cultivar y los telares sin usar. Además de todo eso, los estados
rivales no dejarían de ver lo precario de la situación y seguramente se
alistarían para atacarnos.”
El duque se quedó en silencio, y tras un rato de estar así, mandó cancelar el
proyecto.

La vergüenza no es robar, sino que te pesquen
A veces intento explicar (sin mucho éxito) algunos de los tejes y manejes de
la vida pública mexicana a mis amigos chinos. Esta ves el tema que los
ocupa es el problema de Oceanografía , Pero ya antes me habían preguntado
y descreído acerca de la famosa situación del “Gober Precioso” y similares,
que los chinos que siguen el tema de México han analizado. Esto es
importante porque en los últimos años y con el creciente acercamiento entre
ambos países, de aquel lado se hace escrutinio de los marcos políticos y
legales dentro de los cuales potencialmente estarán operando los
inversionistas chinos mayores, que han estado esperando los desarrollos de
las recientes reformas relacionadas con varias industrias incluyendo la
energética. Y lo que se percibe por su parte es más bien confuso.
Veamos. China tiene muchos problemas similares a México, incluyendo el de
la corrupción que permea ambos sistemas políticos y sus relaciones con la
economía. Sin embargo el manejo en China es diferente, y la diferencia se ha
acentuado a partir de la entrada al poder del presidente Xi Jinping, que ha
hecho de la cruzada anti-corrupción uno de los estandartes de su régimen.

Las pesquisas que se han realizado en el último año ha causado olas en la
clase política China y ha resultado en miles de arrestos por aceptación de
sobornos, tráfico de influencias y mal uso de recursos públicos. La campaña
ha tenido un muy alto perfil en los medios.
Y no es que México no haya hecho algo similar, pero como hemos visto, los
alcances son mucho más limitados y hay una importantísima diferencia: en
China, decimos, existe corrupción, colusiones y todo tipo de tráficos que nos
son conocidos. Pero cuando un oficial es expuesto y sus acciones ilegales son
percibidas, no hay quién lo salve. Esto se ha visto una y otra vez desde la
presidencia de Hu Jintao (2003-2013) y se ha agudizado este año. Pro
supuesto no todos pueden ser capturados, o no a todos es posible fincarles
un caso, pero si se hace, el rango no los puede defender. El poderoso exministro de ferrocarriles, que fue encarcelado por corrupción, es el ejemplo
más visible. Aunado a la creciente participación ciudadana en los medios
electrónicos para presionar y descubrir las faltas administrativas de los
oficiales, la burocracia china se encuentra en constante alerta y si querer dar
ni un paso en falso.
Lo que mis amigos chinos no pueden comprender bien, es cómo un oficial
exhibido y prácticamente confeso, puede no sólo seguir en su puesto, sino
seguir medrando dentro del sistema. El daño al tejido social es inmenso, no
en lo económico sino en lo anímico (parte de lo que le comentaba la semana
pasada acerca de que el activo más importante de un gobierno es la
confianza). La claridad de saber de que cuando haces A, te pasa B, es
fundamental. No importa si B es un manazo o la pena de muerte, lo
importante es que suceda sin falta. Pero cuando puedes hacer A, B, C y
acabarte el abecedario sin que exista ninguna repercusión, el caldo de
cultivo de la sociedad se apresta para convertirse en la olla de presión que
estamos viendo en nuestros días.

Las cosas que se hacen a la luz del día
El maestro Yang Zhen fue un notable oficial de la provincia de Guanxi
durante la Dinastía Han Oriental (25-220), y en su pueblo natal de Huayin
enseñó las bases de la ética y la historia a miles de alumnos, durante más de
treinta años. La gente de su pueblo le llamaba ‘El Ministro Honesto’ por su
recto carácter. Al cumplir 50 años, el maestro Yang recibió la orden de
dirigirse al este, a un distrito llamado Changyi, para asumir un puesto de
oficial administrativo. Al llegar a su destino, un día se encontró por

casualidad con Wang Mi, un antiguo alumno suyo, quien ahora era el alto
magistrado de este distrito. Wang se alegró sobremanera de ver a su antiguo
maestro, ya que gracias a su enseñanza y a sus cartas de recomendación,
eventualmente había llegado a tener su importante puesto de magistrado.
Para mostrarle a su maestro que deseaba pagar todo lo que había recibido
de él, una noche ya tarde Wang Mi se dirigió a casa de Yang Zhen llevando
una pequeña bandeja con diez piezas de oro, que le ofreció con reverencia al
verlo, diciéndole, “Maestro, para agradecerle su instrucción y su gracia,
vengo a presentarle este regalo, ¡por favor recíbalo!”
Yang, muy descontento, le contestó, “¿Es posible que después de tantos
años no conozcas aún mis principios?” Su alumno, alarmado, respondió,
“Maestro, este es mi sueldo de oficial, no es producto de sobornos ni de
ningún acto de corrupción; se lo he traído hoy simplemente para mostrar mi
aprecio. Además, es mitad de la noche y nadie me vio venir hasta su casa,
de modo que nadie se enterará del hecho.”
Pero al oír esto, Yang contestó con gravedad, “Si es como dices, ¿por qué no
lo hiciste entonces a plena luz del sol? En lugar de venir con la frente en alto
durante el día, vienes de noche y a escondidas. Y a partir de este día, tú lo
sabrás y yo también lo sabré. ¿Cómo puedes decir que es un secreto?”
Avergonzado, Wang Mi no tuvo más opción que retirarse, cabizbajo.
Después de su muerte, a Yang Zhen se le llegó a conocer como “El Confucio
de Guanxi”, pues educó a un enorme número de jóvenes talentosos que más
tarde ejercieron como magistrados y oficiales. En su pueblo natal se erigió
una estela conmemorativa para celebrar sus contribuciones.

El nuevo rey investiga sus distritos
Cuando en el siglo IV a.C., Qi Weiwang heredó el trono del Estado de Qi,
comenzó por estudiar la situación de los distritos en sus dominios.
En la corte, oyó que varios de los ministros constantemente repetían que el
regente del distrito de A-di era muy capaz, mientras que el regente de Ji Mo
era un déspota malvado. Queriendo esclarecer la cuestión, envió a varios de
sus emisarios para que investigaran con cuidado a ambos distritos.
Tiempo después, el nuevo Rey de Qi convocó al ritual de los Premios y
Castigos, al que debían atender sin falta todos los regentes. Naturalmente,

los regentes de A-di y de Ji Mo estaban presentes en la ceremonia. En la gran
sala de audiencias donde estaban reunidos, se oía a muchos ministros
vaticinar que el regente de A-di recibiría altos honores, mientras que el de Ji
Mo probablemente lo pasaría muy mal y sería castigado por su mala
administración.
Finalmente, Qi Weiwang comenzó el rito y, presidiendo desde el trono, se
dirigió primero al regente de Ji Mo: “He escuchado muchos ataques contra ti
en la corte y decidí enviar a mis inspectores a tu distrito. Lo que vieron y
reportaron es que las tierras que antes estaban ociosas ahora son campos de
labranza, que la gente tiene ropa y comida suficiente, que los asuntos
oficiales se resuelven de forma oportuna y que por lo tanto el distrito está en
paz. Pero como no has sobornado a nadie en la corte, han hablado mal de
ti.” Dicho esto, procedió a otorgarle al regente una gran cantidad de plata
como recompensa, así como honores oficiales y un nuevo mandato para
oficiar en su cargo.
Volviéndose entonces al regente de A-di, el Rey Qi dijo, “He escuchado tu
nombre y tu desempeño ser alabados en la corte, y también envié
inspectores a tu territorio. Lo que vieron y reportaron es que las tierras están
en estado lastimoso y los trabajos de cultivo son tan pobres que la gente
vive en la miseria. Pero has sobornado a gente que me rodea y que han
tenido la osadía de mentirme a favor tuyo.”
El regente de A-di quedó estupefacto, pues sus crímenes habían sido
expuestos. El Rey Qi de inmediato ordenó que él y los ministros que habían
sido sobornados fueran arrestados, y más tarde fueron ejecutados. Después
de este episodio, todos los distritos de Qi poco a poco fueron mejorando en
su administración.

II. Partidos (como estamos)
Entre mis conocidos cercanos en México tengo familiares y amigos, exmaestros y exalumnos, colegas, gente conocida por casualidad, y el lechero.
Entre mis conocidos cercanos ha habido, hay y (espero) seguirá habiendo
priístas, panistas y perredistas.
Ninguno de ellos tiene deficiencias mentales. Ninguno de ellos me ha
retirado (aún) la palabra por lo que pienso o deje de pensar. Y pienso cosas
bastante escandalosas.
Algunos siempre han votado por el mismo partido, otros han cambiado, otros
han cambiado y luego regresado, otros han dejado de votar… pero Ninguno
ha cambiado su carácter esencial por esas cosas. Ninguno es la encarnación
del Mal en este mundo, curiosamente. Ninguno es tampoco Gandhi, pero qué
le vamos a hacer.
Y estoy seguro, pero muy seguro, de que ninguno, ni uno solo de ellos quiere
destruir a México. Puedo poner las manos en el fuego por todos ellos en este
tema, y apuesto a que también por un montón de gente que no conozco y
que ni remotamente piensa como yo.
Dicen que en el imperio romano había la costumbre de que cada
nacionalidad subyugada debía de vestir con cierta ropa distintiva. Así
hablaban dos cónsules de tal situación:
- Estoy harto de esos distintivos: rojo para los sirios, verde para los etíopes,
celeste para los galos… me confunden y me aburren esas divisiones.
¡Hagamos que todos vistan la misma ropa!
- Eso no lo podemos hacer jamás.
- ¿Por qué no?
- Porque se darían cuenta de que son muchos, y nosotros muy pocos.

Un marciano leyendo los periódicos
Si yo fuera un marciano recién llegado a la Tierra, y leyera los editoriales de
los periódicos mexicanos —y me parece que de cualquier país— creo que
podría sin ningún problema llegar a la conclusión de que esa pobre especie,
los “seres humanos”, sufren de la crónica depredación de otra especie
llamada “Políticos”, en mayor o menor grado dependiendo de la geografía.
Asumiría que “Humanos” y “Políticos” son especies equivalentes a conejos y
coyotes - especies con comportamientos y características totalmente

diferentes - si tan sólo leyera los editoriales de los periódicos o los
comentarios en redes sociales.
Ciertamente, como marciano me sorprendería mucho saber
tan sólo una denominación de Humanos —ni siquiera una
entonces asumiría que Políticos podría ser quizá equivalente
de un panal, que tiene características especiales diferentes
Pero tampoco: Políticos son Humanos, así sin más.

que Políticos es
subespecie— y
a la abeja reina
a todo el resto.

La gente parece referirse a los políticos como si fueran una raza aparte, que
es y se comporta diferente al resto de “Nosotros”. ¿Pero de dónde salen los
políticos, si no de la cultura en la que nacen y crecen? Suben en las
jerarquías de su sociedad, y una vez arriba, depredan. Como lo haría
probablemente casi cualquiera de nosotros si estuviésemos en ese lugar.
Hay sociedades que por sus características histórico-culturales engendran
políticos extremadamente depredadores —como en algunos países de África,
o en Haití— o bien políticos moderadamente depredadores, como en los
países escandinavos. El garbanzo de a libra es aquél que no es corrompido
por el poder: ese placer casi absolutamente irrenunciable, y ciertamente el
único que puede ser saboreado cada minuto. El poder no es como la gula o
la lujuria, que cansan físicamente y cuyo gozo necesariamente es
intermitente. El saber que se tiene poder es algo permanente, y algo a lo que
difícilmente se puede renunciar una vez probado.
Lo que nos concierne entonces, en vez de calificar a los políticos como si
fueran una plaga de langostas venida de lejos, es calificar nuestro tipo de
sociedad: ¿cómo es esa sociedad que engendra ese tipo de persona, que
puede soportar con más o menos entereza las mieles embriagadoras del
poder?
Y la sociedad no es un ente abstracto. Somos “nosotros”, por fin. Nuestras
palabras y acciones, nuestros ejemplos a nuestros hijos.

Alfonso, eres de lo peor

Quiero pensar/hacer entender, que no soy ninguna de las anteriores.
Por un lado, ese tipo de argumentaciones y clasificaciones tiran a la basura
una cantidad obscena del tiempo de todos cuantos se involucran en ellas, y
al final de la discusión no se avanzó ni un ápice y sólo se enojó todo mundo.
Y por otro lado, aunque suene a cliché de película de los ochentas –o mejor
dejémoslo en fábula de Esopo para ser más trascendentes– es
perfectamente posible tener ideologías muy distintas y aún así trabajar
juntos; de la misma forma en que es perfectamente posible imaginar a un
equipo de cualquier deporte en el que cada jugador tiene convicciones
diferentes en religión, política o la existencia de marcianos, pero que juntos
juegan muy bien y ganan sus partidos. O por lo menos que no se hacen
autogoles ni se meten zancadillas unos a otros.

Los chinos, como bien sabemos, tienen un dicho para todo. Y de hecho en
México también, pero este en particular no me suena que tenga equivalencia
Región 4, así que lo pongo porque viene al caso:
“En tiempos de paz somos como los dedos de una mano abierta,
cada quien yendo para su lado.
Pero en tiempos de tribulación,
nos cerramos como un puño y rompemos cualquier cosa”.
Si un fanático del América y otro de las Chivas se hallaran varados en una
isla desierta, ¿no se ayudarían? Seguramente podrían discutir cuál es el
mejor equipo, pero una vez que hubiesen terminado de encender una fogata
y recoger cocos. Y después de un tiempo, sin duda encontrarían cosas más
trascendentes qué discutir.

La pegajosa estupidez
En internet, este monstruo comunicativo que ha redefinido nuestras vidas, el
rango de atención disminuye y sólo procesamos las cosas por encabezados y
frases cortas que van haciendo una extraña mezcolanza en nuestra
conciencia, de la misma forma que si le pusiéramos 50 especias diferente a
un guisado, para que termine sabiendo a nada. Esta manía de comunicarse
‘en 140 caracteres o menos’ causa, entre otras cosas, que todo mundo se
crea Oscar Wilde e intente hablar en aforismos. Pero ¡ay! no sólo de frases
que suenan bonito se puede nutrir la mente, cuando dichas frases
indigestan, y si se quedan en la conciencia el tiempo suficiente, la pueden
carcomer. Este es otro ejemplo de ese tipo de frase:
“El Mundo se divide, sobre todo, entre Indignos e Indignados,
y ya sabrá cada quien de qué lado quiere o puede estar”
- Eduardo Galeano. History Channel.
No me interesa investigar quién es Galeano ni en qué contexto dijo esa frase,
sino más bien quiero analizar su transmisión en ese poster, así
descontextualizada, porque así es como se reproduce: la gente le da ‘Share’
en vez de comentarla y hasta ahí llega el involucramiento. Tampoco quiero
saber si en realidad es un programa que se transmitió por el History Channel,
aunque si así es, es un punto más en contra: un canal que empezó siendo
referencia en televisión, y que ahora vive de reality shows de leñadores y
prestamistas, y de teorías de alienígenas constructores de pirámides,

basadas en un fulano que no sabía sumerio pero que se las daba de experto.
Una pena.
Pero volviendo a la frase, es otro ejemplo perfecto de libro de texto, de
cuando el pensamiento crítico le cede el paso a la mercadotecnia simplona.
Dando el beneficio de la duda al autor de esa frase, es más o menos
entendible lo que quiere decir: que en el mundo hay clases con intereses
encontrados, algo desde luego nada original y que la última vez que se dijo
en un Manifiesto (Comunista), causó más problemas que otra cosa, haciendo
que el mismo Marx dijera, “lo que sé es que yo no soy marxista”. ¿Por qué?
Por lo de siempre: sus ideas fueron simplificadas (en el mal sentido),
tergiversadas, envenenadas y gritadas por altavoces.
Esta frase causa —o intenta causar— exactamente la misma respuesta: es
incendiaria y es de esas que quedan perfectas, listas para usarse en la
retórica de la sobresimplificación que busca enfrentar bandos: el eterno
“ellos contra nosotros”, por supuesto usando un término derogatorio para el
“ellos”, que en este caso son los Indignos. Si no te indignas, eres indigno.
¿Indigno de qué, digo yo? Como dije, no me voy a poner a investigar el
contexto, sólo la frase en sí misma y las palabras que la forman.
Esta retórica, repetida hasta el cansancio en religiones, tribalismos,
nacionalismos, deportes y un largo etcétera, puede la mayor parte de las
veces no pasar de ser una sana válvula de escape, pero por supuesto que
cualquiera que haya abierto un libro de historia sabe que cuando se
exacerba no produce más que calamidades. ¿Este fulano Galeano quiere
causar calamidades? ¿O quien hizo el poster? Yo creo que no, pero eso no
quita que la frase en sí tenga el potencial. Y que sea estúpida.
Pero eso no es lo importante, si es estúpida o no: lo importante en el siglo 21
es que sea Pegajosa. Que sea Viral. ¡Quizá un montón de gente le dé Like, y
Share, y tenga 5 millones de hits, y hasta pueda vender libros y espacios en
su website! No sé las motivaciones, desde luego, y quisiera suponer que van
más allá de ponerle una alberca a su casa, pero volviendo al punto: ¿qué
dice esa frase?
Dice —oh, originalidad— que estamos divididos. Por supuesto, entre Buenos
y Malos, el conflicto último, el conflicto moral de todas las películas de
Hollywood y los cuentos de hadas: y hay que elegir bando. ¿Vas a ser un
indigno, lo que sea que eso signifique?

Pero hay algo más que dice: “ya sabrá cada quien de qué lado quiere o
puede estar”. ¿PUEDE? El incluir ahí esa palabra es terriblemente lapidario.
Porque si decimos, “ya sabrás lo que quieres elegir”, pues claro, podemos
asignar un juicio moral a la elección. ¿Pero y los que no pueden elegir? ¿Los
que no pueden, están condenados a ser juzgados como indignos? Claro que
la frase no dice el por qué ni las circunstancias de nada de esto, pero es una
implicación obvia y odiosa.
Pero vamos a terminar diciendo una cosa muy simple. ¿Por qué la frase está
construida así, por qué eligió esas palabras? Por UNA sola, sencilla —y
estúpida— razón: no porque sea verdad sino porque es Pegajosa. Es fácil de
recordar y eso es todo lo que importa. Hace referencia al movimiento de los
Indignados en España —que fue la versión hispana del Occupy en Nueva York
— y la usa para contrastarla fonéticamente con los Indignos, los Enemigos, el
1%.
Pero el juego fonético es todo lo que hay. Si esta frase fuera trascendente,
podía traducirse a cualquier idioma sin perder su mensaje. Veamos el inglés:
“The Unworthy and the Outraged”
“The Undignified and the Incensed”
Um, no. Ambas son traducciones viables, pero ninguna es “catchy”, ninguna
se haría viral. De hecho ambas traducciones dicen cosas sustancialmente
diferentes, usando dos diferentes significados de “indigno” y de “indignado”.
De modo que esta frase, que se refiere al Mundo, es para consumo en
lenguas
romances
de
preferencia
(indigne/indigné
en
francés;
indegno/indignato en italiano), pero otros revolucionarios en ciernes, que se
busquen sus propias aliteraciones: en alemán, el par de unwürdig/empört no
queda tan bien, y los ucranianos que están de moda, tampoco lo tendrían
tan pegajoso con el contraste nehidnym/obureni. Los chinos, ese “pueblo
oprimido” por excelencia en el imaginario occidental, no encontrarían
siquiera sentido alguno en poner Bu Pei y Fen Nu en la misma oración.
Me dirá el lector que estoy exagerando al llevar esta deconstrucción al límite
absurdo, y que estoy ignorando el punto esencial de la frase. A lo que le
diría: Uno, sí estoy exagerando, por supuesto. Dos: el punto esencial de la
frase es crear división y explícitamente negarle dignidad a un “enemigo”
vagamente definido. Y en esa vaguedad de definición se encuentra toda su
perversidad.

Somos lo que decimos, pensamos lo que leemos
El influyente filósofo Ludwig Wittgenstein (1889-1951) aseveró que las
palabras y sus significados dentro de cualquier idioma tienden a aglomerarse
y a formar lo que él llamó “juegos de lenguaje”. Estos juegos a su vez, no
sólo reflejan lo que creemos, sino que de manera más importante,
determinan y limitan lo que podemos creer. De forma más moderna, el
estudioso de las ciencias de la administración, Karl Weick, dijo, “¿Cómo
podemos saber lo que pensamos hasta no ver lo que decimos?”
Hay cosas obvias y otras no tanto en estas aseveraciones: obviamente, lo
que pensamos influye lo que hacemos y lo que decimos, existe ahí una
fuerte y clara conexión. Pero la acción va en ambas direcciones. Como
entendemos la realidad que nos rodea a través de lenguaje, y como las
palabras son nuestros “receptáculos” ó “unidades de significado”, el
manipular el lenguaje implica el manipular nuestro pensamiento, y por lo
tanto nuestras acciones. La propaganda en general, y la propaganda de
guerra en particular, son ejemplos fehacientes de este fenómeno.
En su libro de 1987, “El Prisma Mundial de las Noticias”, William Hatchen
hizo notar la abrumadora influencia de unas cuantas agencias de noticias
internacionales —como Reuters, AP y CNN— en la modelación de la opinión
pública en Occidente, y en su reedición de 2011 actualiza sus propuestas
para incluir la moderna comunicación digital. Ahora bien, es un lugar común
decir que “los medios nos manipulan” al arbitrio y conveniencia de poderes
fácticos, y si de algo están llenas las secciones de comentarios de internet es
de este tipo de pensamiento. El problema es que muchas veces el
reconocimiento de esta manipulación —que es real— desemboca en
paranoia y desarrolla su propio lenguaje conspiratorio, que también se cierra
sobre sí mismo, en su propio “juego”.
Los medios de comunicación de cada país y de cada localidad desarrollan sus
propios juegos de lenguaje para poder pintar la realidad de la forma más
ventajosa. El “Peligro Amarillo” —la xenofobia en contra de China que data
de finales del s. XIX— es por ejemplo, parte del paisaje de noticias occidental
y sigue siendo común usar términos en general negativos —si bien menos
racistas que antes— en cualquier noticia relacionada con ella. Si hace algo
en su territorio, “reprime”, si lo hace afuera, “invade”. Hay quienes proponen
que “no existe lo objetivo” pero al menos podemos ser más atentos a la hora
de leer entre líneas.

El que se lleva se aguanta
Así es la advertencia que sabemos desde primaria, no es difícil de entender
pero es difícil de llevar a la práctica. En la acción y el discurso, quien
empieza con la primera falta de respeto tiene que saber (o por lo menos
debería saber) a qué se tiene que atener. Desde luego nunca es tan divertido
recibir insultos como repartirlos pero tan fundamental hecho se olvida con
pasmosa frecuencia.
Estas observaciones banales me llevan al estado del discurso público en
nuestro país y en particular en los medios electrónicos. Durante muchos
años, bajo la égida del PRI pero influenciados por las formas coloniales y
porfirianas, el discurso público fue meticulosamente formal y ordenado. Si
era irrelevante o engañoso es tema aparte, el caso es que hasta tiempos del
salinismo se conservaba con la formalidad de antaño. Comenzando con
Zedillo y siguiendo con el desparpajo de Fox, las formas de expresión se
fueron relajando y haciendo mucho más inclusivas, más plurales. No quiero
decir que antes no hubiera crítica, que tiene una venerable y valiente
tradición en México, sino más bien a las formas de proponerla. La crítica
siempre había sido formal y correcta, si dejamos de lado algunos ejemplos
de caricaturistas.
La crítica es parte fundamental de una sociedad civil fuerte, y fue una de las
características que el francés Alexis de Tocqueville elogió en su obra
“Democracia en América” (1835) contrastándola con los anquilosados
sistemas europeos que permanecían en sus ideologías monárquicas. Por
tanto tiempo reprimida en nuestro país, hoy es más plural, más ácida e
irreverente y más relevante para la vida pública; pero también se ha hecho
más insolente y soez.
Quizás ha sido Milenio Diario quien más ha contribuido a esta “cantinización”
del lenguaje editorial, con varios de sus escritores poniendo por escrito sus
respetables opiniones usando un vocabulario que hasta hace poco estaba
reservado para conversaciones en privado. Y no es por sonar reaccionario,
pero el lenguaje es muy importante; el hecho de escoger ciertas palabras
puede tener la intención de hacerlas más accesibles, pero el resultado es
que el ser humano las traduce como se interpretan en el contexto donde las
ha escuchado, y responde de la misma forma.

La sección de comentarios del website de Milenio es muestra de esto: es de
una pobreza y de una agresividad lamentable, y podemos contrastarlo con
las secciones de El Universal ó de Reforma. El respeto llama al respeto.

Gangrena

Antes —quizá hace 15 años— decía(mos) que “le pasó al amigo de un
amigo”, ó que “escuché que le pasó a un conocido”, o alguna otra relación
igualmente vaga. Hoy, digo que me ha pasado a mí, y a amigos cercanos, a
familiares. Asaltados, golpeados y abandonados en mitad de la carretera,
secuestrados, desaparecidos, muertos. Sin sentido.
En los ochentas y noventas, era el DF ese lugar peligroso, que atemorizaba.
Hoy es en todos lados. Sé lo que es tener el cañón de una pistola
apuntándome a la cara dentro de mi propia casa. Seis años después de ese
día, sigo aquí, pero muchos otros no.
Todos morimos, esa no es la cuestión. El punto es que es diferente vivir en
un tiempo en el que la mayor parte de la gente muere de vejez, de alguna
enfermedad o algún accidente; que en un tiempo en el que grandes
cantidades de personas empiezan a morir de muerte violenta y sin razón.
Tampoco hablo de una guerra formal, en la que por lo menos hay un
suprasentido, un marco de referencia aceptado. No: no es lo mismo morir en
medio de una guerra que en medio de la putrefacción social y la degradación
humana. No es lo mismo luchar juntos con la cabeza en alto, con rabia, que
matarse unos a otros como menos que bestias. Parafraseando al personaje

interpretado por Al Pacino en Perfume de Mujer (1992): es triste ver a un
soldado regresar de la guerra con el cuerpo mutilado; pero es trágico ver a
una sociedad entera con el alma mutilada.
Dentro de la medicina tradicional china una de las historias mejor conocidas
—que ejemplifica la decadencia del cuerpo pero que tiene mucho hacia
dónde extrapolar— es la siguiente:
En una visita al palacio, el médico imperial notó cierta palidez e incomodidad
de movimiento en el rey, a quien dijo, “Señor, su cuerpo ha contraído una
enfermedad, permítame darle una sopa que restablezca su vigor.” El rey,
enojado, le dijo, “¿Acaso quieres traerme mala suerte? ¡Me siento bien y mi
salud es inmejorable! Aléjate de aquí con tus malas intenciones.”
Más adelante el médico vio de nuevo al rey, y le dijo, “Señor, veo en su
semblante que la enfermedad avanza, déjeme preparar una infusión de hierbas
y raíces medicinales para usted.” Pero el rey, que se sentía bien todavía, lo alejó
de nuevo.
Un mes más tarde, el médico volvió a decir, “Señor, necesita usted un
tratamiento urgente con las agujas de acupuntura su enfermedad avanza.” El
rey, que se había sentido mareado durante unos días, de nuevo ignoró el consejo
con disgusto.
Al poco tiempo, el médico imperial tomó sus cosas y huyó de la capital con su
familia. Dos semanas más tarde, el rey comenzó a sentirse realmente mal y
llamó al médico, pero nadie pudo hallarlo. En pocos días, el rey empezó a
vomitar sangre y murió.
Cuando muchos años después alguien encontró por casualidad al antiguo
médico imperial, le cuestionó su decisión. Este dijo, “Cuando la enfermedad está
en la piel, puede tratarse mejorando la alimentación; cuando pasa a los
músculos se requiere de hierbas potentes; cuando se infiltra en los huesos es
necesario tomar medidas drásticas como las agujas y hasta la amputación; pero
cuando llega a la médula, no hay nada más que hacer sino esperar la muerte. El
rey no quiso reconocer a tiempo su enfermedad ni tratarla sino hasta que fue
demasiado tarde. Yo no podía hacer nada para salvarlo cuando finalmente me
llamó.”

Un país —una sociedad— puede degenerar de forma similar a un cuerpo
humano, y aunque no “muere” como un cuerpo, sí puede pasar por periodos
dramáticos de enfermedad que debe ser reconocida y tratada, enfermedad
que si se deja avanzar deja daños irreparables. Al parecer, México no tiene
ya una simple gripe: ha pasado a etapas mucho más graves. La enfermedad
está cerca de los huesos. El tratamiento requerido es más drástico cada día

que se pospone su aplicación. La gangrena requiere de amputación. El
procedimiento es horrible y la secuela difícil de aceptar sicológicamente,
pero el paso del tiempo orilla a que las opciones se reduzcan más y más
hasta que la decisión se tenga que tomar porque ya no quede más opción,
porque estemos acorralados y la alternativa sea la desintegración.
Amputación, quimioterapia: son palabras que nunca quisiéramos escuchar
respecto a nuestro cuerpo. De igual manera nunca quisiéramos escuchar las
frases Estado de Excepción, o Ley Marcial, en nuestra sociedad.
Y no es tampoco cuestión de endurecer los castigos. Algunas veces he
discutido con amigos acerca de la Pena de Muerte. Yo en lo particular no
tengo ninguna objeción moral contra el concepto. ¿Aplicarla en México
contra ciertos tipos de delincuentes, como algunos pregonan?
Absolutamente no. La pena de muerte puede estar presente si y sólo si el
sistema legal funciona con un mínimo de confianza. Tomemos por ejemplo a
Estados Unidos, Francia y China, tres países radicalmente diferentes en sus
ideologías y sus formas de estructurarse, pero que sin embargo tienen algo
en común: si tú cometes el acto X, la respuesta es el acto Y. Poca
importancia tiene si la consecuencia de un acto son tres cachetadas en la
plaza pública o un hachazo en el pescuezo, lo esencial es que a X, sigue Y.
Pero cuando puedes cometer el acto X, sin que pase absolutamente nada, a
ningún nivel, y no sólo es la norma aceptada sino que además es glorificada
y ostentada sin rubores, entonces es que la enfermedad está en los huesos.
El lector dirá que en los tres países mencionados —y de hecho en toda la
historia de la humanidad— la justicia siempre es y ha sido bastante menos
que perfecta. En Estados Unidos, de donde tenemos más noticias, ha habido
barbaridades siempre, desde Sacco y Vanzetti hasta OJ Simpson. Pero no se
pide lo perfecto, sino un nivel mínimo de consistencia que, como decía, cree
la confianza generalizada en el sistema.
Recientemente en China se hizo famoso el caso de un matrimonio joven que
tontamente dejó solo en el coche a su bebé de 7 meses por unos cuantos
minutos, para regresar y descubrir que un ladrón se había llevado el vehículo
(sin saber que llevaba un bebé dormido). Cuando el bebé se despertó, el
ladrón entró en pánico y sin saber qué hacer, arrojó a la creatura a la nieve,
donde murió. A los pocos días, no pudiendo soportar la culpa, se entregó a la
policía voluntariamente. Las palabras literales de la policía en los medios
fueron: “El hombre hizo lo correcto al entregarse y se lo reconocemos. Su
castigo, sin embargo, es la muerte.” La decisión fue universalmente
aceptada.

La foto del comienzo del artículo es un acercamiento de un brazo
gangrenado. La parte del centro hacia la derecha es la muñeca. Si el lector
se atreve, puede seguir el link para ver la foto original y observar el tejido
negro, totalmente muerto, de la mano. Tomó tiempo llegar a ese estado tan
espantoso, y esa mano ya no se puede salvar. ¿Dónde está la línea, cuál es
el límite de dolor que hay que cruzar para aplicar el tratamiento, o para pedir
ayuda? Porque puede ser que un día el olor a putrefacción obligue incluso a
que vengan los vecinos, lo queramos o no.

III. Corrupción aquí y en China
La corrupción es tema perenne en México. Tenemos chistes de toda la vida, y
más recientemente tenemos Indignados, Región 4. Pero si vemos un poco
más allá de nuestro ombligo, podemos ver que es un tema perenne del
hombre, en toda nación y en todo tiempo. Confucio se quejaba de la
corrupción de los oficiales de gobierno hace 2600 años; y en el s. IV a.C.
Aristóteles escribía acerca de lo mismo. Y si uno sigue por ejemplo a la
twittera australiana Lena Leprena y no supiera de dónde es, fácilmente
podría pensar que Tasmania es una república bananera con oficiales más
corruptos que Ayotzinapa; siendo que Australia año con año llega a la lista de
“10 Mejores Países del Mundo Para Vivir”: de acuerdo al “Reporte de
Felicidad Mundial” de la Asamblea de las Naciones Unidas, en 2014 fue
clasificada como número 9, así como uno de los países más seguros del
planeta. Pero no le digan eso a los tasmanos que odian al primer ministro
Tony Abbott, porque lo van a pintar como peor que Arturo Montiel cruzado
con el Señor de las Ligas. Igual si preguntan por el alcalde de Nueva York, o
por casi cualquier oficial en Nigeria ó en Rusia.
La corrupción es consecuencia natural de estar en un lugar en el que se
tiene poder sobre otros; y como atinadamente dice Nietzsche, “el poder es el
placer más irrenunciable de todos” porque es algo que se disfruta las 24
horas del día: es un saber que se tiene. Las distintas sociedades tienen
diferentes visiones del mundo y diferentes contrapesos, y dan más o menos
énfasis al bien común vs. bien individual, y esto es lo que hace que la
corrupción se desboque en algunas y se limite en otras.

La corrupción es consecuencia natural de estar en un lugar en el que se
tiene poder sobre otros; y como atinadamente dice Nietzsche, "el poder es el
placer más irrenunciable de todos" porque es algo que se disfruta las 24
horas del día: es un saber que se tiene. Las distintas sociedades tienen
diferentes visiones del mundo y diferentes contrapesos, y dan más o menos
énfasis al bien común contra bien individual, y esto es lo que hace que la
corrupción se desboque en algunas y se limite en otras.
Ahora bien, por más limitada que sea la corrupción, al verla la gente
reacciona violentamente contra ella y a ojos de alguien extraño, la hace ver
mayor de lo que es: tal es el mencionado caso de Australia. Todo es entonces
cuestión de percepción.
Es en extremo difícil "medir la corrupción", y los indicadores que tenemos
miden precisamente "la percepción de la corrupción": Transparencia
Internacional publica sus resultados año con año y es interesante ver el
resultado del ejercicio, aunque no sea exacto. En 2014 podemos ver que
México está en el lugar 103 de 175, debajo de Brasil (69), la India (85), y
hasta Egipto (94) y China (100). Por lo menos está arriba de Argentina (107).
Pero la siguiente pregunta, después de cómo una sociedad percibe la
corrupción, es la importante: ¿Qué va a hacer al respecto?

Entre albur y buenos moches
Ah, México. México de mis amores. Ese que siempre defendemos a capa y
espada, y del que al mismo tiempo nos quejamos amargamente, pensando
que “sólo en México pasan estas cosas” mientras hacemos click para
compartir alguna foto de una taquería con un anuncio mal hecho, ó un titular
con el más reciente escándalo de un diputado.
La verdad es que en todos lados se cuecen habas aunque en algunos lados
les echen más chile, y no somos ni el país más corrupto ni el más
maravilloso. Y sí es cierto que como México no hay dos, pero pues como
Madagascar o como Albania tampoco hay dos, si a esas vamos. El asunto es
que siempre nos queremos sentir especiales ya sea por paroxismos de lo
bueno ó de lo malo, y creo que eso sí que es herencia de la Madre Patria;
porque aunque no soy experto en historia precolombina, no me suena de
haber leído que en el Códice Mendocino haya quejas y quejas acerca de la

mala calidad de los teponaztlis ó de las huelgas en el calmécac. Pero
habiendo vivido en España, sí he visto que es rancia tradición y deporte
nacional. “Osú qué caló” en verano y “Osú qué frío” en invierno, y todo va
mal porque así es la cosa. Y pásame una caña para que se me pase el coraje.
Eso sí, somos una maravilla para el sincretismo porque así se creó nuestra
cultura, a base de encontronazos; y mexicanizar cualquier cosa es nuestra
especialidad, pero especialmente en el lenguaje. Esto por supuesto pasa en
todos lados: cada pedazo de cultura que parte de algún lugar y llega a otro
es asumido y luego matamorfoseado a la usanza local hasta que se hace
propio. Ya antes he hablado de las mexicanísimas peleas de gallos, que de
hecho llegaron de Asia, y del muy tradicional Pollo Kungpao de China, que le
puso cacahuates llevados de nuestras tierras. Estas transformaciones
culturales son las que le dan sal a la vida.
Y una cosa que así pasó fue el duelo de ingenios que está en todas las
culturas, pero que a nosotros nos llegó a partir de los calambures y las
chanzas del Siglo de Oro español y que llegó a usar Sor Juana de forma aún
no superada. ¡Ah, esos sí eran insultos! No se conformaban con decirle a
alguien “narizón” sino que le componían un soneto entero para que no le
quedara duda. O si un joven caballero no quería hacerle caso a tres
hermanas que le aproximaban los cánidos, no ponía un vil ‘Its Complicated’
en su status de Facebook, qué va. Se ponía a componer una décima en
métrica alejandrina, y todavía diciéndoles “Tres bellas que bellas son”
mientras las mandaba por un tubo a las tres.
Ajúa.
Pero con el tiempo estas exquisiteces parecen no haber sido de nuestro
evolucionante gusto nacional y terminaron creando ese juego de palabras
que le decimos albur y que se regocija, sí, en el ingenio; pero en un rango
muy reducido, de vulgaridad y sexualidad. Octavio Paz habló de este
fenómeno en su muy celebrado Laberinto de la Soledad y antes de citarlo,
pongo un dato curioso y de ninguna manera sorprendente: si usted busca en
internet “Albur, Octavio Paz”, encuentra algo así como 14,000 resultados. Si
busca “Albures mexicanos”, son 111,000 resultados. Lo dicho. Y bueno, aquí
está la cita de Paz:
“Es significativo… que el homosexualismo masculino sea considerado con cierta
indulgencia, por lo que toca al agente activo. El pasivo, al contrario, es un ser
degradado y abyecto. El juego de los "albures" —esto es, el combate verbal
hecho de alusiones obscenas y de doble sentido, que tanto se practica en la

ciudad de México— transparenta esta ambigua concepción. Cada uno de los
interlocutores, a través de trampas verbales y de ingeniosas combinaciones
lingüísticas, procura anonadar a su adversario; el vencido es el que no puede
contestar, el que se traga las palabras de su enemigo. Y esas palabras están
teñidas de alusiones sexualmente agresivas: el perdidoso (sic) es poseído,
violado, por el otro… Como en el caso de las relaciones heterosexuales, lo
importante es "no abrirse" y, simultáneamente, rajar, herir al contrario.”

Ya no es el elegante duelo de ingenios de antaño, como decía; es un querer
violar verbalmente o simplemente hacer alusiones obscenas. Qué va de
“entre el clavel blanco y la rosa roja, Su Majestad escoja” a “No es lo mismo
Ramona Cabrera…”. No, pues no. Y no es que quiera que la gente hable en
endecasílabos, pero uno podría pensar que con la (casi) universalización del
alfabetismo, lo más deseable sería que más gente subiera de nivel y no que
lo use para bajar a segunda división en su manejo del lenguaje. De modo
que el uso del ingenio se ha relegado al campo de lo soez. O bien a frases
que quieren sonar grandilocuentes pero que están huecas.
En un artículo acerca de la importancia lingüística del albur en México, me
encuentro este texto:
“Lourdes Ruiz, campeona nacional de albures, que además de vender ropa en
Tepito, imparte cursos de albures, dice que "el albur es un ajedrez mental. Voy
por la vida intentando joder al mundo, pero sin decir una sola grosería".”

Muchas preguntas. Primero que nada, ¿hay campeonatos nacionales de
albures? Válgame las siete palabras de Cristo. Segundo que nada, ¿cómo es
un curso de albures? ¿En vez de llevarle una manzana a la maestra le llevan
un camote? ¿En las clases ven la diferencia entre reírse en el baño y bañarse
en el río? No quiero ni saber.
Pero al punto al que voy es a la actitud de esa declaración, a la abierta
sociopatía de ese “Voy por la vida intentando joder al mundo”, ya sea con
groserías o sin ellas. Esa me parece que es una característica muy propia de
lo que hemos hecho con los juegos de ingenio; porque por supuesto que
siempre han sido duelos, pero duelos que se dan en una circunstancia y en
un momento, y al cual los duelistas pueden responder con sus mejores
habilidades; pero no a un constante querer estar jodiendo, como dice la tal
Lourdes.
El cómico George Carlin decía que “No hay malas palabras. Hay malos
pensamientos, malas intenciones, y palabras”; y luego procedía a listar en su
típico estilo incendiario, las Siete Palabras que No Puedes Decir en la Tele:

shit, piss, fuck, cunt, cocksucker, motherfucker y tits. Claro que hay palabras
a las que hemos decidido —por una especia de acuerdo social— darles malos
significados, hacerlas malas. Pero dejando esto de lado y suponiendo que no
se use ni una sola ‘mala palabra’, el albur, como se definió ahí arriba, es
pura mala intención. Compárese esa actitud con duelos de ingenio famosos,
que pueden o no tener mala leche, pueden o no tener doble sentido, pero
que no implican una constante agresión ni una actitud de vida siempre
incordiante, sino que son respuestas a la situación:
Entre Winston Churchill y Lady Astor:
- Señora, es usted muy fea.
- Y usted está completamente borracho.
- Bueno, pero a mí mañana se me quita lo borracho.
O cuando le preguntaron a James Joyce:
- ¿Puedo besar la mano que escribió el Ulises?
- No, porque esa mano también hizo otras muchas cosas.
O cuando el poeta Lewis Morris había sido ignorado para la posición de
“Poeta Laureado” en Inglaterra y tuvo la osadía de quejarse con el maestro
del ingenio, Oscar Wilde:
- Hay una conspiración en mi contra, una conspiración de silencio. ¿Qué
debo
hacer,
Oscar?
- Únetele.
Ahora bien, este fenómeno del albur, que ha sido estudiado con bastante
vigor por pensadores de todo tipo —porque tienden a amar el lenguaje y sus
juegos— me parece que va de la mano con otra realidad de corte muy
distinto pero cuya actitud de trasfondo está impregnada de la misma
esencia: el moche.
De nuevo: ni el albur ni los moches son particulares de México. Pero la
actitud con la que los informamos sí es muy particular. Primero definamos:
por moche no me refiero a los sobornos que se usan para salir de situaciones
indeseables (multas, esperas), sino a los que se usan para entrar en
situaciones ventajosas. El moche es lo que hacen dos partes en más o
menos igualdad de fuerzas para obtener ambas beneficio, de forma ilegal o
por lo menos de dudosa moralidad. (Por cierto, si busca en internet “el
moche en México”, obtendrá algo así como 510,000 resultados, así que es
más popular que el albur).

Hay en los moches a los que me refiero una especie de trasfondo aceptado ó
un entendimiento de que, además de que ambas partes se beneficiarán, hay
una tercera parte que será afectada; hay ese tufillo de “joder al mundo” de
la campeona de los albures. Es difícil de definir pero si mi lector es mexicano
seguramente entenderá: es una idea difusa pero bastante real, de que lo que
se hace con este tipo de moche no es solamente una transacción mal vista
por la ley por alguna razón contable, no. Se sobreentiende que se va a fregar
a alguien, que se le va a quitar algo, un beneficio que vemos como daño
para nosotros. Y ese alguien normalmente se asume como el gobierno o a la
sociedad, entes indeterminados pero no por eso inexistente el daño. ¿De
dónde viene esto que, según yo, se parece al albur? ¿Qué los hace
parecidos?
Ambos son resultado de un sentimiento de extrema impotencia. De una
historia de imperios, colonias, seudo-monarquías y cuasi-totalitarismos
modernos: todos causantes de un sentimiento de no pertenencia, de no
empatía hacia ese sistema enorme que da pero siempre a cuentagotas; hay
una justificación del “todos lo hacen” que se encarna en el “robo hormiga”,
en el no pagar impuestos, en el moche no sólo porque quiero un beneficio
extra sino porque además los demás me valen. Así es como luchamos contra
ese sistema: robando e insultando. O estás dentro del sistema y eres un
explotador y hablas con una corrección acartonada y enfadosa; o estás fuera
y lo agredes: lo robas y lo albureas.
No somos los únicos que tenemos sistemas malos. Seguramente hay más
maneras, más productivas, de lidiar con ellos. Pero para eso se requiere de
sentir esa pertenencia, esa empatía que es la base de una sociedad civil. De
usar el ingenio de mejor manera.
Porque no es lo mismo se avecina una tormenta, que se atormenta una
vecina.

“Si no pueden, renuncien”: eso fue 2008
Fue en agosto de 2008. Hace más de seis años, cuando Alejandro Martí se
plantó ante el Consejo Nacional de Seguridad Pública y les dijo eso a los más
altos funcionarios del país, en sus caras. Fue otro de tantos momentos que
pudieron haber sido un parteaguas, que pudieron haber sido históricos. Pero
de esos momentos estamos llenos. Martí se refirió a la responsabilidad de
toda la sociedad y a la necesidad de transformación duradera:

“¿Quién es más culpable, el que deja hacer o el que hace? Señores, hoy es
una oportunidad, es la primera vez que sucede pero no lo dejemos ahí, no
queremos en la sociedad cosas temporales.”
Fue un discurso memorable. Como el de Martin Luther King, como el de
Robert Kennedy, como otros muchos que sí han pasado a la historia porque
sí afectaron cambios. Leer hoy a Martí es más bien descorazonador, porque
entre otras cosas dijo:
“Hace cuatro años tuvimos una marcha y después de ese tiempo ¿qué
hicimos?, nada”
Se refería a la Marcha Por la Paz, de junio de 2004. De la cual han pasado
más de 11 años. Estas protestas masivas se han hecho contra los tres
partidos. Martí también les dijo:
“No hay partidos una vez que uno es electo, nuestro único partido es
México”
Pero eso, desde luego, cae en oídos sordos una vez que se llega a lo alto y
las preocupaciones son otras. Quizá sea la película La Ley de Herodes la que
mejor ilustra esta paulatina transformación de quien es asimilado al sistema
y, en un ejemplo perfecto de lo que se llama formalmente “ceguera ética”,
va cambiando sus valores de manera paulatina y adaptándolos a los valores
imperantes en su contexto, que se vuelve más fuerte que sus convicciones
iniciales.
¿Qué opina hoy Martí? En aquel entonces hubo los gestos obligados, las
solemnes promesas. Ebrard aceptó el reto, y así. Pero ¿quién puede decir
que ha habido avance? Y si no, hay rápidamente dónde poner las culpas en
todos lados, con tal que no sean con nosotros mismos. La sociedad civil
sigue siendo débil y sigue sin haber mecanismos formales y sociales de
responsabilidad. Cada semana vemos un caso nuevo.
Un momento similar al del “Si no pueden, renuncien” sucedió en Estados
Unidos el 9 de junio de 1954, en una famosa audiencia del congreso. Cuatro
años antes, el senador Joseph McCarthy inauguró con un discurso incendiario
el triste periodo que lleva su nombre —macarthismo— durante el cual se
realizaron las infames “persecuciones de brujas” que llevaron a la ruina y al
ostracismo a muchos, por sospechas de ser simpatizantes comunistas.
Cuatro años después de iniciada esta locura, Joseph Welch, representante del
Consejo del Ejército, le dijo a McCarthy en el congreso:

“Senador, ha hecho usted bastante. ¿No tiene sentido de la decencia?
Después de todo esto, ¿no le queda algo de decencia?”
En diciembre 2 del mismo año —seis meses después de esta denuncia
pública— se votó por 65 votos a 22 el condenar esta práctica persecutoria,
“cuya conducta llevaba al Senado a una posición deshonrosa”. Fue un
momento histórico, de esos que trascienden porque se aprovechan.
Yo no quiero que renuncien, quiero que puedan. Que pasen a la historia por
haber podido.

IV. Ese eterno protestar como pollo descabezado
La protesta en México tiene mucha tradición y qué bueno que así sea. Pero
en general, me parece mucho más caótica y fácil de llegar a la confusión que
en otros lados. Esto obedece a muchas causas. La sociedad civil en EUA, por
ejemplo, es mucho más organizada y podemos ver, por ejemplo con los
casos recientes de tensiones raciales, que las protestas van dirigidas a
cambios específicos en el sistema y la legislación, son espontáneas, y sobre
todo: no hay grupos de enmascarados destruyendo nada ni mucho menos
pidiendo que no les hagan nada. Porque eso se llama motín y disturbio, no
protesta social.

Es bueno protestar contra los abusos. Pero es más bueno organizarse y ser
civil al hacerlo. De otra forma, se convierte también en un abuso y en un
tomar por la fuerza privilegios que no le corresponden a nadie.
Este afán de protestar es, pues, poco efectivo en lo general, y con frecuencia
contraproducente. Uno no puede solidarizarse del todo con alguien a quien
en principio apoya, pero que a las pocas horas empieza a romper los
cristales de mi casa. En EUA, por ejemplo, de hecho hay disturbios violentos
en Ferguson, en donde sucedieron algunos de los hechos más importantes, y
es entendible. Pero todas las demás protestas en apoyo, que se dan en el
resto del país —y son docenas— son pacíficas. Hay que tomar ejemplo.
Una cosa que también, desafortunadamente va de la mano con las protestas
válidas, es la búsqueda de algún beneficio para grupos específicos que nada
tienen que ver con la protesta original, o el ansia genérica de fama, o de
simplemente ser parte de la emoción que da el andar aventando cosas a
diestra y siniestra.
Y antes de que me digan reaccionario, poco solidario, lavado de cerebro por
Televisa o alguna otra cosa (porque ya se les está ocurriendo, admítanlo),
quiero subrayar que me parece que México está en un momento en el que la
protesta social es muy necesaria y en el que hay una desconexión muy
grave entre mucha gente de la alta administración del gobierno; y por lo
mismo es más importante ser organizados, más enfocados, para realmente
presionar como se debe y cambiar las cosas como se necesitan, en lugar de
aumentar el ruido con el propio ruido. El boicot es el arma más poderosa que
existe contra el poder, pero en México no se sabe usar, para empezar porque
no hay la cohesión social suficiente para llevarlo a cabo. ¿Alguien se puede
imaginar la presión que puede representar el que una gran parte de la
población media —que de hecho es la que necesita organizarse— se
organice para no pagar la tenencia, o el predial? Pero no tenemos la
confianza en que los demás lo van a hacer, y seguimos con la
fragmentación.
Al parecer protestamos muy fácilmente en tiempos recientes, y se organizan
protestas en la apertura de la Eurocámara en Bélgica, o un estudiante
irrumpe en la ceremonia del Nóbel de la Paz, o mexicanos se toman fotos
protestando en París o Madrid. Pero con la disculpa de los “compañeros” —y
sin sus disculpas también—, me parecen actos de poco más que ira ciega.
Entendible, sí. Justificable, sí. Pero caótica y sin dirección también.

¡Queremos cambio! Y luego, um…
¿DEBE RENUNCIAR PEÑA NIETO?
En un website que se llama “Solo Opiniones” está formulada la pregunta,
con un simple SI / NO como alternativas. La petición y la rabia que dan forma
a ese sentimiento —en las redes sociales y en otros medios— es muy
entendible. Pero su visión es bastante discutible. Porque así somos de fáciles
y de lapidarios, de soñadores, además de poco previsores. “Vivir el presente”
es una frase buena para libros de autoayuda, pero no para análisis social o
para la toma de decisiones políticas trascendentales; en especial cuando hay
un “…y ya veremos cómo le hacemos mañana” implicado.
La pregunta de arriba no es necesariamente trivial, pero aquí van algunas
cuestiones extras que se deben considerar junto con ella: ¿El entorno y las
instituciones en México son aptos para realizar tal cosa sin problemas; por
ejemplo, como se ha hecho en Canadá o en Japón? En Japón se acaba de
disolver la cámara baja, precisamente para llamar a elecciones
extraordinarias ¿se puede hacer lo mismo en México? Ahora, supongamos
que renuncia. ¿Quién se queda en su lugar? ¿Se usa el mecanismo legal, por
el que el Congreso nombra a un presidente interino, o se convocan
elecciones extraordinarias? Si es lo primero, ¿estamos seguros de que la
mayoría de la gente estaría de acuerdo? Si es lo segundo, ¿con qué sustento
legal se haría, y cómo se llevarían a cabo? ¿Habría campañas, plebiscito,
algo más? Y lo más importante, por supuesto, es: supongamos que todo sale
bien. ¿Qué va a hacer el nuevo presidente? ¿Cambiar radicalmente todo? ¿Él
sí, esta vez sí? Nótese que nada de esto es apoyo al presidente en turno,
sino preguntas obvias que derivan de la propuesta de que renuncie.
Lo recuerdo como si fuera ayer: la imagen de Vicente Fox en el Ángel tras
haber ganado las elecciones, rodeado de miles de gente gritando, “¡No nos
falles!” A la distancia, su caso y la experiencia nos recuerda esta máxima
china: “No entres en combate si no sabes qué hacer con la victoria”.
Queríamos cambio y lo tuvimos. Cambiamos un color de fachada por otro y
nos decepcionamos del resultado.
Lo que queremos —pero no entendemos— es Transformación Social. Pero no
viene de cambiarse un vestido por otro y quedarse igual: para ésta se
necesita sacrificio de todos, entendimiento. Estamos mal de salud, pero
como siempre queremos que nos den una pastilla nueva que lo cure todo,
esa es la mentalidad. No queremos escuchar de cambiar nuestros malos
hábitos por otros más saludables.

Lo que le falta a México
Después de que la Selección Mexicana fuera eliminada del Mundial de Brasil
2014, inmediatamente empezaron a correr los ríos de tinta con los análisis,
explicaciones y frustraciones externadas. Entre todos los comentarios me
gustó el de David Faitelson en el periódico Milenio (30/06/14), que tituló “Tan
Cerca y Tan Lejos” y cuyos principales puntos resumo aquí:
“Y no fue, al final del día, un penalti, un clavado de Robben, un error de Márquez,
una falla arbitral o una FIFA ‘amafiada’ ... A México le faltó futbol para dar el
paso histórico. Jugó al límite, alimentó esperanzas … y al final mostró carencias
que no le permitieron cerrar el partido como tenía que hacerlo… El futbol
mexicano necesita entender que no se trata de suerte, de situaciones extra o
paranormales ... Son carencias que se van acumulando a lo largo de un proceso
malogrado, de indecisiones, de no respetar proyectos y de frenar planes ... Hay
que trabajar más para producir más y mejores talentos y sostener un plan que
en cuatro años más nos entregue herramientas apropiadas ... Buscar pretextos
es la salida cotidiana del futbol mexicano.”

Sin ser yo un experto en futbol ni mucho menos, la opinión me parece
correcta porque no es una apreciación del deporte mexicano solamente, sino
que se extiende a una condición cultural que todo lo permea y todo lo afecta.
En el caso de los negocios internacionales —si dejamos de lado a las
megaempresas que ya están instaladas en las prácticas globales y que
tienen los recursos para contratar a expertos que los asesoran en cada país
— la mentalidad de las PyMEs mexicanas se parece mucho a lo descrito por
Faitelson en relación al deporte. Se depende más de la suerte y de factores
externos que de la propia, sólida preparación y del “hacer la tarea”. Hay
destellos de grandeza pero son muchos más los que se quedan en el camino
de la negociación, que no habían pensado en las implicaciones regulatorias,
que no logran cerrar el trato, o que una vez cerrado lo echan a perder por no
dar el seguimiento adecuado.
Recientemente una empresa sinaloense se retiró de un trato de compra en
China después de nueve meses de investigación, comprar muestras, hacer
pruebas de laboratorio y tramitar NOMs en México… porque no habían hecho
un correcto análisis de costos, incluyendo fletes y distribución.
¿Cuál sería la equivalencia en futbol? ¿Un equipo que llega al partido sin
saber que existe un árbitro? ¿Acaso no merecen perder?

Sociedades y puntos de ebullición
A partir de las protestas en Hong Kong (HK) en 2014, y con la reciente fecha
del 2 de octubre en México, he visto esos cuatro eventos ser usados de
forma intercambiable y equivalente, en comentarios periodísticos y en redes
sociales. Es un aberración hacerlo, y voy a tratar de explicar muy
brevemente los porqués, aunque normalmente me toma dos clases de hora
y media cada una.
Lo que pasó en HK es algo en extremo interesante, pero para quien no es
observador serio de China, es fundamental aclarar los siguientes puntos:
1. Sí hay un parecido con las protestas de Tiananmen en 1989, pero no como
se argumenta ligeramente: en Tiananmen hubo mucho de jaloneo político al
igual que en Tlatelolco, y siendo los estudiantes en general y los chinos en
especial propensos a la manipulación por su idealismo y desconocimiento de
la “realpolitik”, muchos más terminaron involucrados en el movimiento que
el núcleo duro de los “convencidos”, y algunos de los instigadores
terminaron pidiendo asilo en EUA, por supuesto concedido. Sin embargo el
problema en aquel entonces salía de una situación social y política tensa:
pocos años de apertura y asombro después del largo periodo de comunismo
duro de Mao y una crisis de inflación, desembocaron en las protestas de
estudiantes que pedían cuentas. La protesta de HK está basada en añejas
tensiones entre HK y el continente que tienen más que ver con diferencias
culturales. Las peticiones de “democracia” son cuando menos curiosas, ya
que HK nunca ha tenido semejante cosa, mucho menos cuando estaban bajo
la tutela de la corona inglesa. Por ejemplo, entre junio y septiembre de 2005
hubo protestas masivas por la “falta de democracia” en HK, e incluso varios
legisladores fueron a la vecina provincia de Cantón a gritar “¡viva la
democracia!”. En ese entonces, la prensa —por supuesto— también auguró
la inminente caída del Partido Comunista.

2. Las realidades en China continental y en HK son muy diferentes, pero no
como muchos comentaristas ociosos se dedican a generalizar: ni HK es una
“tierra libre” y nunca lo ha sido, ni China es un gulag. Estos son conceptos de
los 60s.
Además, la protesta no puede terminar como Tiananmen ó
Tlatelolco porque HK y el mundo en 2014 —con noticias omnipresentes, alta
visibilidad y la moderna imagen que China quiere proponer al mundo— no se

parecen en nada a Beijing en 1989 y mucho menos a México en 1968. La
Primavera Árabe tampoco en un evento que pueda ser remotamente
comparable porque la situación socioeconómica de Egipto y otros países de
la región (destrucción sistemática de la economía, abusos generalizados y
porcentajes altísimos de población empobrecida) no es siquiera parecida a la
de China hoy, con una clase media en constante ascenso y con mucho que
perder si hay inestabilidad. El término de “Primavera Asiática” es un
completo desatino. Esto nos lleva al siguiente punto:
3. Esto es un problema hongkongés, no chino, y sería dificilísimo que creara
un aglutinamiento social en China como para llegar a un movimiento
nacional. Lo que Beijing teme no es el tamaño de una protesta específica ni
sus razones, sino su potencial de aglutinamiento nacional. Desde
Tiananmen, solamente ha habido tres instancias de problemas que el
gobierno ha considerado lo suficientemente problemáticas como para causar
y solamente uno se manejó con mano dura: la manifestación de practicantes
de la secta del Falun Gong en Beijing en abril de 1999. Las otras dos fueron
una protesta nacional contra Japón (2004) y una huelga de transportistas en
Shanghai (2010), que fueron manejados por los medios y con diplomacia,
respectivamente. La protesta de HK no tiene las características como para
encender una mecha en la China continental, pues en ella los chinos no se
sienten identificados con los problemas que están causando sus
compatriotas.
4. Lo que vemos en los medios, occidentales por supuesto, son una mezcla
compleja del reseñar el problema en sí, más la necesidad de usar siempre la
moderna narrativa anti-China, más los errores de interpretación de
comentaristas que no comprenden ni la situación ni su contexto histórico.
Desde que HK regresó a China en 1997, existió la preocupación de que se
convertiría en “comunista”. Pero nada cambió en la forma de hacer negocios
del día a día, al grado de que 17 años después siguen teniendo incluso su
propia moneda, y su prosperidad económica en lo macro ha aumentado
considerablemente. Por eso regresaron la mayoría de los empresarios que
habían emigrado temporalmente a Canadá. Además, definir a la ligera a la
China moderna como “comunista” es un error conceptual. El sistema chino
actual poco tiene que ver con el de los 60s, o con el de Cuba, o con el
estalinismo. Se puede decir que es un sistema “centralizado” pero no
comunista porque el segundo implica una dimensión económica que no es
homogénea en sistemas así llamados.

5. De acuerdo a las imágenes que hay, el movimiento en HK no sólo se
parece sino que toma su nombre del Occupy de NY: un movimiento de gente
joven e idealista que no termina de ver el alcance de lo que pide, pero que
está a tono con otros movimientos en el mundo. Los letreros que salen en las
noticias de “Stop the Brutal Supression” dan idea del tinte de exageración
que el movimiento tiene, pero los medios se han encargado -porque esa es
su función- de omitir las opiniones de los hongkongeses que están en contra
de las protestas.
6. En momentos como éstos, se le escatima el crédito a la administración
china. No hay alguien que pueda decir que hoy mismo el pueblo chino esté
peor que en 1975. Sus logros en educación, salud, infraestructura, aumento
de riqueza en la población y un largo etcétera no son nada menos que
espectaculares, situación que, para enfatizar, no es comparable a los países
de la Primavera Árabe, al México del 68 ni a la China de hace tres décadas.
Con todos los problemas (y son muchos) que afronta el gobierno chino en
este momento, no se le pueden achacar actitudes obsoletas como si
estuviéramos en los 60s y juzgarlo de esa forma, como quieren muchos
panfletos que circulan en internet.
Mi postura de ninguna manera es de apologista de China ni mucho menos;
pero sí estoy muy en contra de la argumentación a la ligera y con preconcepciones duras. Se puede opinar todo lo que se quiera de la dimensión
moral de un evento como este, pero si se ignoran los factores históricos,
políticos, económicos y otros, sigue siendo una opinión incompleta.
Ejerzamos la crítica para mejorar las cosas con conocimiento de causa, que
para eso es.
Esas son brevemente las diferencias entre diferentes manifestaciones
sociales, en cuanto al entorno que los define. Las protestas tienen lugar de
diversas maneras y con diferente intensidad de acuerdo a la cultura de cada
lugar, y a la situación económica y social. Pero en todos los casos, debe
haber un disparador: un hecho aislado que detone la acumulación del
descontento y galvanice a la sociedad a la acción. Decía en esa columna que
en el caso de Hong Kong, las protestas no pueden ser un disparador para
protestas en el resto de China. Y no porque China no tenga problemas que
estén acumulando descontento —corrupción, abusos en las expropiaciones
de tierras, seguridad alimenticia— sino porque lo que buscan los
hongkongeses es algo extremadamente particular, y que de hecho los

enfrenta con el resto del país; de modo que el resto de la población no puede
excitarse hacia algo que perciben como una búsqueda local de privilegio.

Ahora bien, en México se habla cada vez más de revoluciones —aunque sean
de redes sociales— y grandes cantidades de gente salen a la calle a
protestar. ¿Estamos en vías de un estallido a nivel nacional? Antes de
contestar, veamos el caso de la muerte de un joven negro por un policía
blanco en Ferguson, Missouri. Los detalles son poco claros, pero el hecho es
que el fallo del tribunal de no presentar cargos contra el policía, ha causado
una serie espectacular de manifestaciones a todo lo largo del país. Este
disparador puso de relieve el descontento acumulado por las tensiones
raciales que sigue permeando a EUA, a 60 años de distancia de Martin Luther
King.
En México el descontento acumulado a lo largo de los últimos 10 años es
enorme: a partir de mediados de la presidencia de Fox, en que vimos que era
claro que las cosas no estaban cambiando como se esperaban y con la
posterior exacerbación de la violencia. El descontento no es basado sólo en
pobreza como en Egipto, sino más en una crisis gigantesca de confianza.
Pero nuestra sociedad civil dista mucho de la organización y el sentido de
colectividad que tiene la de EUA, como lo demuestra el hecho de que en la
última década no hemos tenido uno, sino docenas de disparadores
equivalentes a Ferguson, pero todos han fallado en galvanizar a la mayor
parte de la sociedad a nivel nacional. Mientras se debate si esto es bueno o
malo, las tensiones siguen escalando.
Casi toda persona tiene un punto de ebullición: un punto de incomodidad en
el que, al llegar, ya no puede tolerarla y hace algo al respecto. Esta
incomodidad puede ir de lo más trivial a lo más serio, y cada quien llega a
ese punto a distintas velocidades: hay gente muy paciente, hay gente con la
“mecha muy corta”. Lo mismo pasa en las sociedades: tienen su punto de
ebullición, pero por definición es muchísimo más lento que el de un
individuo, porque la cantidad de agravio o de tensión se tiene que acumular
en un número suficiente de sus miembros para que la sociedad en sí “haga
ebullición”, y esto puede tomar años y décadas.
En estos momentos hay ebulliciones sociales en muchas partes del mundo —
como México, Estados Unidos y Egipto— a las cuales se han llegado después
de más o menos tiempo de tensión; y que se disparan por razones muy

diversas pero que siempre tienen en común una percepción generalizada de
injusticia.
El disparador en EUA —ausencia de castigo para la brutalidad policiaca con
tintes raciales— parece haber tomado al mundo por sorpresa, pero un hecho
como este de ninguna forma es aislado, sino que es la gota que derrama el
vaso y que lleva a evaluar y a darse cuenta de que la situación simplemente
no se había percibido como un daño sistemático por la gran mayoría. Y en
menos de un mes se han sumado la muerte a balazos de un niño negro que
jugaba con una pistola de juguete en Cleveland, un hombre negro
desarmado en Arizona, y la estrangulación de otro hombre más en Nueva
York, todos a manos de policías blancos. La última víctima, Eric Garner, no
sólo es agredido por cinco policías y estrangulado hasta la muerte con una
técnica prohibida desde 1993, sino que de igual forma no se presentan
cargos, aunque todo el episodio es filmado en video. Esta actuación criminal
de la policía ha hecho ver que en los últimos cinco años se han presentado
1128 casos similares (no todos fatales) sólo en Nueva York, y este
reconocimiento de injusticia generalizada es el que ha disparado las
protestas en todo el país. Es comprensible cómo las protestas se pueden
volver violentas en la misma comunidad donde se perpetra el hecho, pero
podemos observar cómo fuera de Ferguson, las protestas han sido masivas
pero mesuradas.
Al parecer la más reciente tragedia en México —Ayotzinapa— podría ser un
catalizador equivalente; pero sabemos que nuestra sociedad civil es mucho
menos organizada, y su punto de ebullición, más esquivo y caótico.

V. La falacia del “Gobierno que nos merecemos”

Alejandro González Iñárritu puso de relieve de nuevo la frase del “gobierno
que nos merecemos” en la ceremonia de los Óscares. Las palabras exactas
fueron: “Ruego para que podamos encontrar y tener el gobierno que nos
merecemos”.
Pero esta frase es falaz, si bien apela a un sentido muy arraigado del ser
humano: el deseo de justicia, así como a la práctica de emitir
constantemente juicios de valor moral y desear que la virtud sea
recompensada con la fortuna. Esto tiene expresión en todas las culturas,
desde la recompensa cristiana hasta el karma hindú.
Pero un gobierno no se encuentra, y menos rogando a los santos ni
poniéndolos de cabeza. Ciertamente él no es el primero en expresar este
deseo, pero es el más reciente en una larga línea de equivocaciones
conceptuales.
¿Cuál es el gobierno “que merecemos” y en virtud de qué somos
merecedores de él? Y si no lo tenemos hoy, ¿alguna vez lo hemos tenido? Y
si nunca lo hemos tenido, ¿cómo esperar tenerlo de repente o en el futuro
muy cercano?
Existe por otro lado la lapidaria frase de que “todo país tiene el gobierno que
se merece”, pero a lo que voy es al uso problemático de la palabra
“merecer”, porque está —por lo menos en Occidente— muy teñida de tintes
morales y específicamente cristianos, acerca del acto de juzgar lo que es
bueno y de qué recompensa merece; que no son aplicables tal cual a la
evolución de una sociedad, si bien su sentido es correcto en lo general.
En Occidente hay básicamente dos posiciones extremas en cuanto al acto de
juzgar: la primera del idealismo cristiano y la segunda del realismo
materialista. La Biblia, en Mateo 7:2, dice que “Con el juicio con que juzgáis
seréis juzgados, y con la medida con que medís se os medirá”. Esto es un

ideal filosófico y metafísico, con miras al perfeccionamiento del espíritu, que
es una postura sin duda muy loable para el fuero interno del individuo pero
que no se puede practicar en una sociedad, que demanda acuerdos
colectivos
y
acciones
específicas
de
acuerdo
a
cada
acto,
independientemente de qué tan filosófico sea el juez.
La segunda postura puede ser ejemplificada a la perfección en un diálogo del
personaje Rust Cohle, de la serie True Detective, que dice que “Somos carne
pensante con identidades ilusorias, y construimos esas identidades haciendo
juicios de valor: todo mundo juzga, todo el tiempo. Y si tienes un problema
con eso… estás viviendo equivocado.”
De modo que si bien esta postura puede ser también un poco extrema si la
llevamos a sus últimas conclusiones, si la moderamos un poco, es adecuada
para ejemplificar nuestra realidad mental.
Ahora bien, la frase del “gobierno que nos merecemos” es problemática
porque estamos juzgándonos a nosotros mismos y a nuestra sociedad —lo
cual es necesariamente sesgado— y adjudicándonos un “premio” idealizado
en base a tal juicio. Pero veamos con más detenimiento por qué empezamos
con dificultades al mezclar juicios individuales y colectivos.
¿Un niño huérfano en Indonesia merecía morir ahogado en el tsunami de
2004? Claro que vamos a contestar que no, y además el tsunami es un
hecho fortuito. Pero si reformulamos la pregunta de varias maneras aparecen
más matices cada vez más difíciles: una niña en Arabia Saudita ¿merece un
gobierno teocrático que considera justicia en el siglo 21 dar latigazos a
alguien que habla en contra de la violencia sexual? Aquí la respuesta sigue
siendo que no, no lo merece.
¿Anders Breivik, que asesinó a sangre fría a 77 personas en Noruega (2011),
se merece el gobierno que tiene, que no permite la pena de muerte y le dio
21 años de condena?
¿Han Lei, de China, se merece el gobierno que tiene, que sí permite la pena
de muerte y así lo condenó por matar a una niña de dos años por un
altercado con la madre de la pequeña, por un lugar de estacionamiento?
En lo individual y en lo colectivo, lo que se “merece” cada quien o cada
sociedad cambia drásticamente, y en cada caso de los que menciono
estamos emitiendo un juicio de valor moral, que puede variar dependiendo
de nuestras convicciones. Quienes están a favor de la pena de muerte
contestarán de una forma respecto a Breivik y Han, que será distinta de

quienes están en contra. Y si es así en lo individual, ¿qué será en lo
colectivo?
Las sociedades construyen sus visiones del mundo —sus convenciones, sus
ideas generales y sus reglas detalladas— y de ese caldo social y de ese
conjunto de interacciones aceptadas, se engendra poco a poco la forma de
establecer jerarquías y finalmente gobiernos. No se puede hablar de que una
sociedad “merezca” un gobierno de la misma forma que se habla de si un
individuo —un caso particular que es objetiva y legalmente inocente o
culpable— lo merece. Es juzgar cosas distintas con una misma medida: la
sociedad construye su entorno a través del tiempo, y sí, lo puede cambiar
con mucha lentitud también, “mereciendo” cada resultado en lo colectivo.
Pero no es un juicio de valor de la misma naturaleza que los casos
individuales, y no se puede tomar así en el discurso, porque conduce a
expectativas distorsionadas.
Nietzsche dice atinadamente que “el poder es el placer más irrenunciable”
porque, a diferencia de placeres como la gula o la lujuria que son
temporales, el poder es un estado mental, algo que se sabe que tiene y que
se puede ejercer en cualquier momento. Nadie está dispuesto a perder el
poder —cualquiera que sea— una vez que lo obtiene y lo usa. Una de las
consecuencias naturales de este uso es probar hasta dónde se extienden sus
límites, sin tener que afrontar ninguna consecuencia adversa: es a lo que
llamamos “corrupción”.
Ahora bien, esto es verdad para toda sociedad y todo tiempo, pero lo que
diferencia a una de otra son esas convenciones generalmente aceptadas que
no pueden limitar el ansia de obtener y conservar el poder, pero sí limitar su
forma de ejercerlo. En lenguaje moderno se les llama “contrapesos”, pero
esa es sólo la dimensión legal: la parte más importante son las convenciones
éticas de la sociedad; esto es, qué males se está dispuesto a tolerar a
cambio de qué beneficios. O sea: “De acuerdo a mi pensamiento y al
pensamiento de mi sociedad, Tolero X siempre y cuando Y”.
Franklin lo expresó en su famosa frase de que “Quien está dispuesto a ceder
libertad a cambio de seguridad, no merece ninguna de las dos”, pero la
historia nos indica que esa propuesta es frecuentemente muy aceptable y
que la “X” de la ecuación puede ser bastante grande. Esto es tanto porque lo
más preciado que tiene una sociedad es su estabilidad, como por el hecho
de que una vez que un poder se establece, usa todos los medios para que su
imagen propia y su discurso sean aceptables, siempre y cuando provea el

mínimo de estabilidad requerida por su sociedad. Es entonces que los
valores aceptados y la relación gobierno-sociedad se convierten en un ciclo
que se empieza a alimentar a sí mismo: los límites del poder (abusos) se van
expandiendo si la sociedad los acepta, y los valores van cambiando
imperceptiblemente a lo largo del tiempo, hasta llegar a veces a situaciones
en las que el poder se ejerce de forma indiscriminada y sin contrapesos
importantes, y la sociedad considera este comportamiento como
“normalidad”. Las quejas no se acaban, porque siempre existen los ideales,
pero sus manifestaciones pueden ir perdiendo terreno en lo público y
limitarse cada vez más a lo privado.
A lo largo del tiempo, si la situación de hace intolerable —ya sea por la falta
de estabilidad mínima o porque la percepción del uso del poder se hace
inaceptable— la sociedad puede tener una “erupción”, creando límites al
ejercicio del poder y pasando a un nuevo sistema de valores, más
aceptables. Sin embargo este tipo de “despertares” normalmente requieren
de una circunstancia excepcional, que en muchas ocasiones involucra
violencia y largos periodos de inestabilidad mientras se hace la
reconstrucción. Las grandes revoluciones modernas como la francesa,
tomaron muchas décadas para poder realizar estos cambios de paradigma.
Un caso que vale la pena notar pero que no es reproducible, es la creación
de los Estados Unidos, en la que un grupo reducido de personas huyeron de
lo “indeseable” (el sistema obsoleto de Europa) y arrancaron un nuevo
sistema empezando prácticamente de cero, con un sistema rígido de valores
éticos fundacionales, pero sobre todo con una sociedad civil fuerte y
participativa, que fue celebrada en 1840 por el francés Alexis de Tocqueville
en su libro “La Democracia en América”, donde la compara favorablemente
contra las anquilosadas e inamovibles sociedades europeas.
Toda sociedad tiene sus propias válvulas de escape que le permiten afrontar
las cosas indeseables, así como su punto de ebullición, su disparador, y su
forma más o menos caótica de explotar: lo que en una nación es normal en
otra es inaceptable. Pero lo que ninguna sociedad tiene es la capacidad para
reclamar “lo que se merece” en un juicio meramente moral, como si la
fortuna fuera consecuencia de una virtud generalizada. El Marqués de Sade
se burló de esta expectativa individual y colectiva en su “Justine, o Los
Infortunios de la Virtud” (1791), y en la modernidad la filosofía ha dejado
atrás ese concepto que relaciona Virtud y Fortuna en las sociedades.

De modo que —sin dejar de tener ese ideal de “Justicia Social” como norte—
más que rogar por encontrar algo que creemos merecer, podemos crear
justicia en nuestro entorno inmediato. Porque la vociferación es útil como
acicate en lo público, pero no hay factor de cambio más poderoso que el
propio ejemplo; para que cuando alguien nos pregunte qué se puede hacer
realmente para “cambiar”, podamos abrir la puerta de nuestra casa y decir,
“Esto”.
No subestimemos el deseo de mejorar por medio de la simple imitación.

Epílogo: Esperando a Lu Xun

Lu Xun vivió de 1881 a 1936, una época definitoria en la construcción de la
China moderna. Las Guerras del Opio (1850s) y la constante intrusión de las
potencias occidentales —más Japón y Rusia— habían acelerado el declive y
la eventual caída de la última dinastía imperial en 1911. China se hallaba en
plena crisis de identidad, con una mal fundada república que pronto se había
fragmentado en poderes regionales. Los comunistas iban en ascenso y se
rebelaban contra los nacionalistas, que tenían el control del gobierno formal;
varios jefes militares extendían su influencia en grandes partes del territorio,
y los intelectuales se hallaban amargamente divididos entre reformistas
radicales, conservadores a ultranza y un sinfín de posturas intermedias.
En medio de esta confusión, China quería re-describirse a sí misma y hacer
sentido del doloroso cambio de haber sido ese Imperio Central al que las
naciones circundantes le rendían tributo, para convertirse en el “Hombre
Enfermo de Asia”. En estas situaciones es cuando la sociedad se convierte
en un hervidero de pensamiento, y en el caso de China fue disparado por el
movimiento del Cuatro de Mayo de 1919: una respuesta social violenta y
auto-afirmativa ante el tratado de Versalles en el que las potencias europeas
victoriosas se repartían China por zonas.

Lu Xun creció viendo a su nación siendo desgarrada desde dentro y desde
fuera, con su identidad perdida y tratando de “modernizarse” sin hacer otra
cosa que pedir prestados parches culturales que mal cabían en su realidad
social. Comenzó a estudiar medicina en Japón, pero la abandonó tras la
experiencia que definiría su vida: al ver fotografías del Ejército Imperial
Japonés ejecutando a un presunto espía chino, notó cómo la multitud de
chinos no sólo se veían apáticos, sino algunos hasta interesados en la
barbarie. En sus memorias escribió, “¿De qué sirve curar los cuerpos de los
hombres si son sus almas las que están enfermas?”
De pensamiento liberal y simpatizante del comunismo, nunca se afilió al
partido sino que continuó como pensador independiente y se convirtió no
sólo en la voz y conciencia de su generación, sino en uno de los escritores
más influyentes de la China moderna. En sus obras pinta escenas de la
sicología de su pueblo de forma inmisericorde, describiendo con fino
sarcasmo la falta de solidaridad y de autocrítica que había que vencer, y que
inspiraron a toda una generación a despertar de su letargo e inercia, y ver al
futuro con claridad.