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La centralidad

(Rafael Serrano)

La configuración estable del poder y la consagración del orden público
fueron consolidándose a través de un proceso de centralización de los
aparatos administrativos y coercitivos. La diversidad de intereses y los
entramados de interdependencias son tejidos con el hilo de acero que
fabrican los Estados, centros políticos sobre los que gravitan las
distintas esferas de conflictos.

Tras ir eliminando a todos los posibles competidores, la concentración
del poder real en organizaciones monopolísticas se fija en una capital
(Londres, Viena) o en el lugar donde resida la Corte: Luis XIV prefirió
asentarse o asentar el Estado (“El Estado soy yo”) cerca de París, en
Versalles. Lisboa hubiera sido la elección más adecuada para cuidar los
intereses ultramarinos del Imperio y podríamos imaginarla como
capital de una futura Federación Ibérica. O Barcelona, si la monarquía
absoluta se hubiera orientado hacia el Mediterráneo para atender la
política europea heredada de la Casa de Aragón; una de las
concesiones que podrían seducir a los catalanes que no quieren ser
españoles sería establecer allí la capitalidad de un Estado peninsular
renovado. Finalmente Madrid fue escogida por su equidistancia aunque
Felipe II hubiese preferido emular a Salomón en un nuevo Templo de
Jerusalén: El Escorial.

La etimología confunde; las naciones no nacen sino que se hacen: son
creadas sobre la base de unas coincidencias previas por los Estados
modernos. El esencialismo nacional devino espiritualismo soberanista
durante la revolución francesa: la Nación ocupa el lugar del rey, pero
todo se sigue cociendo o decidiendo en el Estado, y si antes pululaban
a derecha e izquierda del monarca los intrigantes de la Corte, ahora
son los representantes políticos de una u otra posición ideológica los
que se insertarán en el Estado para medrar o influir.

Las masas sólo sirven para maniobrar con ellas. establecen una lógica de supervivencia que entroniza sus fines. Pues bien. Que los españoles se hayan dado cuenta de la naturaleza ignominiosa del régimen político no garantiza su caída. y han de ser movilizadas con prédicas morales o incentivos sentimentales. con promesas fabulosas de tiempos en los que todas las contradicciones y miserias actuales se resolverán automáticamente. que como hemos visto. las ideologías reflejan o justifican una realidad subyacente. tiene una probada capacidad de autopreservación. En su nacimiento. Rosa Luxemburgo decía que si toda la población supiese en qué consiste el capitalismo éste no duraría ni 24 horas. Las masas que toman partido no tienen otra función que la de obedecer órdenes de una estructura jerárquica o la de mantenerse fieles al centro político visible que es el jefe del partido y su alto mando o aparato. poniendo obstáculos o canalizando el descontento. El filósofo prusiano señalaba que los hombres son bastante necios como para olvidarse en su entusiasmo por la libertad de conciencia y la libertad política. de la verdad que reside en el poder. Y a diferencia de las técnicas anticuadas. no es otra cosa que el Estado. puesto que saber. lo instituido. como los llamaba Hegel. una vez expuestas. sea lo que sea eso. en busca de una nueva hegemonía. pero después adquieren vida propia. Pablo Iglesias sabe que esa verdad sólo la puede encontrar en el Estado constituyéndolo en centro de benefactora irradiación o reconstituyéndolo en “Estado social y democrático”.Lo que al comienzo reviste las características de un conjunto de instituciones al servicio del pueblo se convierte en un pueblo al servicio de unas instituciones que con su propia inercia. Pablo Iglesias. no desaparecen. quiere obtener plenos poderes de sus conmilitones para desafiar de tú a tú a los jefes de los partidos oficiales y ocupar la centralidad política. abren nuevos caminos. . Estos “momentos de la conciencia”. pueden ser revividos o reformulados a lo largo de toda la historia de una civilización. querer y poder rara vez coinciden. reprimiendo o seduciendo. pasan a formar parte del repertorio moral e intelectual.