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EL

FRUTO Y LA FLOR

EL FRUTO Y LA FLOR HISTORIA DE UNA MAGA NEGRA Mabel Collins EDITORIAL HIPERBÓREA
EL FRUTO Y LA FLOR HISTORIA DE UNA MAGA NEGRA Mabel Collins EDITORIAL HIPERBÓREA

HISTORIA DE UNA MAGA NEGRA

Mabel Collins

EL FRUTO Y LA FLOR HISTORIA DE UNA MAGA NEGRA Mabel Collins EDITORIAL HIPERBÓREA

EDITORIAL HIPERBÓREA

LA FLOR Y EL FRUTO

(HISTORIA DE UNA MAGA NEGRA)

Mabel Collins

LA FLOR Y EL FRUTO (HISTORIA DE UNA MAGA NEGRA) Mabel Collins Hiperbórea

Hiperbórea

© 2011 Bubok Publishing S.L. © 2011 Editorial Hiperbórea 1ª Edición 2011 ISBN: 978-84- 615-0544-9

ÍNDICE

ÍNDICE ................................................................................................

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PREFACIO

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INTRODUCCIÓN

25

8

CAPITULO I

CAPITULO

II

37

CAPITULO III

48

CAPITULO IV

63

CAPITULO V

74

CAPITULO VI

88

118

128

139

150

CAPITULO XI

160

CAPITULO XII

178

CAPITULO XIII

190

CAPITULO

198

C APITULO XV

214

CAPITULO

XVI .............................................................................

224

CAPITULO XVII

241

3

CAPITULO XVIII

253

CAPITULO

265

CAPITULO XX

277

CAPITULO

291

CAPITULO XXII

 

304

CAPITULO XXIII

315

CAPITULO

XXIV

322

CAPITULO XXV

334

CAPITULO

XXVI

341

CAPITULO XXVII

348

CAPITULO

354

CAPITULO

XXIX

356

CAPITULO XXX

364

CAPITULO

XXXI

377

CAPITULO XXXII

385

CAPITULO

394

CAPITULO

XXXIV

403

CAPITULO XXXV

407

EPILOGO .......................................................................................

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NOTAS EDICIÓN

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Esta extraña historia ha llegado a nosotros de una remota comarca y de una manera misteriosa; no pretendemos ser otra cosa que meros narradores. Y sólo en este sentido responderemos ante el público y la crítica. Si bien, de antemano, nos atrevemos a solicitar un favor de nuestros lectores, y es que acepten como un hecho, mientras lean esta historia, la teoría de la reencarnación de las almas.

Mabel Collins

PREFACIO

Este libro ha sido titulado «Historia de una maga negra», porque en él se narran las luchas y los errores de una extraña mujer que, habiendo sido maga negra, se esforzó, sin embargo, grande pero ciegamente, en pertenecer a la Hermandad de la Magia Blanca, estudiando y practicando el bien en lugar del mal. Fleta, la heroína de esa lucha, quien en su inmediata encarnación anterior adquirió por sí misma poderes egoístas, se convirtió en una maga negra, empleando practicas ocultas en provecho propio, para fines egoístas. La veremos en el primer capítulo esforzándose en atraer hacia ella, por medio de sus artes, al compañero de muchas de sus pasadas vidas… Y lo hace porque así le atrae a la vez bajo la influencia de Iván quien, perteneciendo a la Blanca Hermandad, había tendido hacia ella su mano llena de profunda compasión. Su objetivo al comenzar su gran obra ocultista es salvar a los demás, especialmente a aquellos a quienes ella injuriara en otros tiempos. ¡Pero por qué terribles experiencias atraviesa ella y los que la rodean en sus tentativas! La veremos caer en sus antiguas prácticas negras y en el uso de sus antiguos poderes, como veremos a Horacio arrastrado por sus sentidos y sus pasiones. Fleta olvida que la flor del Loto no puede florecer sino en el propio espíritu; pero, lector, no juzgues a Fleta; no

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juzgues sus relaciones con la Blanca Hermandad, mientras no hayas presenciado el término de su agitada vida, en tanto no hayas oído el eco de la voz de Iván, cuando dice: «Entra»

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INTRODUCCIÓN

Conteniendo dos tristes

vidas sobre la tierra y

los

dulces

ensueños

en

el

cielo…

UNA «VIDA»

Por encima, las ramas de los árboles entremezcladas ocultan el azul profundo de los cielos y los abrasadores rayos del sol. Y las ramas salpicadas de blancas flores asemejan una bóveda de la que pendiesen a manera de nevados copos teñidos suavemente de un delicado rosa. Es una floresta natural, un privilegiado lugar de la naturaleza, en el que crecen espontáneos frutales. Entre los árboles, desde la claridad a la sombra, vaga una forma solitaria… Una figura juvenil, una salvaje de la terrible e indómita tribu que habita en lo más apartado del espeso bosque… Es morena y hermosa. Sus cabellos, de un negro azulado, se deslizan abundantemente sobre sus hombros, protegiendo con sus trenzas ondulantes a la nerviosa y morena piel de los rayos del sol. Aparece desnuda y sin adorno alguno, mas ¡ah!, ¡cuán oscuros son y cuán avasalladores y dulces sus ojos! ¡Cómo recuerda su boca pequeña y correcta, los entreabiertos pétalos de una flor! Es absolutamente perfecta en su salvaje y sencilla

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belleza y en la natural majestad de sus formas, virginales en sí mismas por la raza a que pertenecen, inculta, indómita, no degradada. En el semblante sublimemente natural de esta criatura se vislumbran los latidos de una inmensa tragedia. Su espíritu, su pensamiento, luchan por despertar. Acaba de cometer una acción que antes le pareciera completamente sencilla y natural, y que ahora hace surgir la perplejidad y la confusión en su oscuro espíritu. Vagando de una a otra parte bajo las espléndidas masas de florecidos árboles, se esfuerza en vano por explicarse la misma pregunta. Mas, nada comprende, sin embargo, y vuelve de nuevo a contemplar su obra.

Una inmóvil forma yace en el suelo junto a la más espesa sombra de los espléndidos frutales. Un joven yace tendido, un hombre de su propia tribu, hermoso como ella y con el vigor y la fuerza escritos en cada una de las líneas de su cuerpo. Era su amante, a quien ella había considerado siempre como su amoroso y dulce amigo, y al que sin embargo, con traidor y brutal movimiento de su flexible brazo, ella misma matara. La sangre mana de su frente, en donde la aguda piedra ocasionara la herida mortal, y la vitalidad se va extinguiendo de su cuerpo juvenil. Un momento antes aún se agitaban sus labios, ahora permanecen marchitos. ¿Por qué había ella arrebatado en un momento de terrible pasión, tan hermosa existencia? Le

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amaba con toda la fuerza de su tosco corazón, pero el joven, confiando en su gran fuerza, intentó sin duda arrebatar su amor antes de que estuviese maduro. No era entonces sino una flor, como las blancas florecillas de la enramada. Quiso apoderarse de ella como si fuese un fruto maduro y fácil… Entonces un repentino y extraño destello, una nueva emoción hizo conocer a aquella mujer que el joven era su enemigo y que tal vez deseaba ser su tirano. Hasta aquel momento le había considerado como a ella misma, algo a lo cual amaba como a sí misma con una ciega e irreflexiva confianza. Ella había obrado apasionadamente guiada por aquel a modo de sentimiento que hasta ahora no había conocido. Él, no acostumbrado a la traición ni a la cólera, no sospechó tan inesperada acción por parte de su hermosa compañera y estuvo a su merced, confiado e inadvertido. Y ahora yacía ante ella. Los ardientes rayos del sol seguían iluminando a través de las verdes hojas y de las plateadas flores la oscura cabellera y la suave y morena piel de la violenta joven. Estaba hermosa como la aurora cuando despunta por encima de los elevados árboles seculares. Una insólita extrañeza brillaba en sus oscuros ojos; una interrogación, un anhelo, una pregunta que hasta entonces no se había hecho, brotaba en su mente. ¿Cuánto tiempo habría de pasar hasta que su tosco espíritu

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pudiera contestarla? ¿Cuánto tiempo transcurriría antes de poder ser oída la respuesta?

La pobre salvaje, innominada, desconocida completamente, excepto por su tribu, que no veía en ella sino una hija de los bosques, no tiene quien la ayude o quien la detenga en su corriente, en la impetuosa ola de sus actos. Ciegamente sobrevive a sus emociones. Está descontenta, intranquila, consciente de algún error. Cuando abandona el huerto lleno de silvestres frutales, cuando vuelve hacia la parte del bosque donde bajo los grandes árboles habita su tribu, sus labios están mudos. Nadie en su tribu oyó de ella que aquel joven a quien amaba había muerto en sus manos; ella misma no hubiera sabido cómo relatar esta historia; lo sucedido había sido un misterio para ella. Se sentía, sin embargo, triste, y en sus grandes ojos latía una mirada de deseo. Pero ella era hermosa, muy hermosa, y pronto otro joven atrevido adorador, comenzó a cortejarla. No le agradaba; no había en sus ojos el brillo aquel que la regocijaba en los ojos del muerto, a quien había amado. No le rechazó, ni levantó airada su brazo, temerosa de que su pasión se desencadenase a pesar de ella; sentía que había atraído sobre sí una necesidad, una desesperación, obrando violentamente, y ahora intentaba actuar de distinta manera. Ciegamente trataba de aprender la lección que había

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recibido. Ciegamente se dejó conducir por su propia voluntad. Ahora se convertía en voluntaria sierva de uno a quien no amaba y cuya pasión hacia ella estaba llena de tiranía. Pero esta vez no resistió, no se atrevió a resistir tal tiranía; no porque le temiera, sino porque se temía a sí misma. Su estado de ánimo era el de cualquiera que se pusiera en contacto con una nueva y hasta entonces desconocida fuerza natural. Temía que su resistencia o su deseo de libertarse hiciera caer sobre ella un mayor asombro, una mayor tristeza y una mayor pérdida que las que ya había experimentado.

Y así se sometió a lo que en su primera juventud hubiera sido para ella peor que la mordedura de un potro salvaje.

***

Las florecillas del albaricoque han caído y en su lugar ha nacido el fruto; cayeron las hojas también, los árboles están desnudos. En lo alto el cielo está gris y turbulento, la tierra húmeda, blanda, alfombrada con las hojas caídas… Ha cambiado el aspecto de aquel sitio, pero el sitio es el mismo; ha cambiado el rostro y la forma de la mujer, pero también es la misma. De nuevo está sola en el huerto silvestre, vagando instintivamente por el sitio donde muriera su primer adorador. Lo ha encontrado. ¿Qué hay ya de él allí? Unos cuantos huesos aún reunidos; un esqueleto. Los ojos de la joven, fijos,

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dilatados, terribles, devoran aquel espectáculo. El horror aflige por último su alma. ¡Esto es todo lo que queda de aquel joven amante que murió por su mano: unos blancos huesos que yacen en orden espantoso! Y sus largos y ardorosos días y las ardientes noches de su vida, han sido dados a un tirano que no ha recogido satisfacción y alegría de su sumisión; a un tirano que aún no ha aprendido ni siquiera la diferencia entre mujer y mujer; un tirano para quien todas eran indistintamente meros seres salvajes, criaturas dignas de ser perseguidas y conquistadas. En su tétrico corazón un extraño y confuso problema surge. Ella volvía de este cementerio de otros tiempos y volvía a someterse a su esclavitud. A través de los años de su vida espera y se asombra mirando confusamente la vida que la rodea. ¿No vendrá alguna respuesta a su espíritu?

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DESPUÉS DEL SUEÑO, DESPERTANDO

Espléndido era el velo que la escudaba de aquel otro espíritu, de aquel espíritu que ella conocía y hacia el cual demostraba su reconocimiento por medio de súbito y repentino amor. Pero el velo les separaba con toda la pesadez del oro de que estaba salpicado, con todo el brillo de sus estrellas de plata. Y según miraba aquellas estrellas con admiración deleitosa de su brillantez, se hacían mayores y mayores hasta que al fin se fundían y el velo se transformaba en un resplandeciente lienzo suntuoso y adornado de áureos brocateles. Entonces era mas fácil ver a través del velo o tal vez les parecía más fácil mirar. Antes, el velo había hecho que la forma apareciese confusa; ahora la hacia aparecer espléndida e idealmente bella y vigorosa. Entonces la joven extendía su mano esperando obtener la presión de otra mano a través de la transparente nubecilla. En aquel mismo instante él también extendió la suya. ¡Sus almas se comunicaban y sé comprendían! Sus manos se tocaron; el velo se rompió; se acabó el momento de gozo y la lucha comenzó de nuevo.

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UNA VIDA

Cantando, sentada sobre las gradas de un viejo palacio, chapoteando con sus pies en el agua de un ancho canal, una delicada criatura permanece. Es una muchachita que apenas está en el umbral de la vida, despertando a las sensaciones. Una muchacha de áspera cabellera dorada e inocentes ojos azules, en cuyas resplandecientes profundidades aparece la extraña y viva mirada de una criatura salvaje. Es tan sencilla y aislada en su felicidad como cualquiera otra creación animada de los bosques. La luz del sol la suave brisa tenuemente impregnada con el sabor de la sal, su pura voz clara y juvenil y alguna alegre canción popular son placeres suficientes para ella.

El

tiempo

de

inconsciente felicidad o desdicha que

anunciaban los sucesos reales de la vida, acababa ya. La gran ola que ella promoviera crecía incesantemente: ¿Cuánto tardaría en llegar a la orilla y romper sobre la lejana costa? Nadie podría saberlo excepto aquellos cuya vista es más penetrante que la humana. Nadie podría decirlo; y ella es inculta, desconocedora. Más aunque nada sabe, está dentro del curso de la ola y hasta que su alma despierte será impotente para obtenerla.

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En este momento una voz dice a su lado:

–¡Florecilla, florecilla mía silvestre y hermosa!

Es un batelero, un joven batelero que acaba de conducir su barquilla hacia las gradas en las que ella juega, más tan lentamente que no se nota su llegada. El batelero se inclina en su barca hacia ella y toma con su mano los desnudos y lindos pies.

–Ven, ven conmigo silvestre flor, dice. Abandona esa miserable casa a la cual te sujetas, ¿Qué hay en ella que te haga permanecer en su seno ahora que tu madre ha muerto? Tu padre vive una vida salvaje y te obliga a compartirla con él. ¡Ven conmigo! Viviremos entre gente que te amará y que te encontrará tan hermosa como yo te encuentro. ¿Querrás venir? Cuán a menudo te he preguntado esto mismo sin tener contestación. ¿Contestarás ahora?

–Sí, dice la muchacha

mirando hacia el cielo con grave

mirada, con seria mirada de bella expresión melancólica e interrogadora.

El batelero ve

esta extraña mirada y la interpreta tan

claramente como puede.

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–Créeme, dice; no soy como tu padre, no soy un salvaje. Cuando seas mi pequeña mujer te querré mucho más que a mí mismo. Serás mi alma, mi norte, mi estrella, te escudaré como escudo mi alma dentro de mi cuerpo; te seguiré como a mi guía; te contemplaré como a una estrella en el firmamento. Seguramente podrás confiarte a mi amor.

A pesar de estas palabras, el batelero no contestaba a la duda que había en el alma de la muchacha. Ni él había adivinado en qué consistía, ni ella hubiera podido decírselo. Aún no haba aprendido a conocerse, aún no sabía lo que la apenaba. Sólo sabía que se hallaba afligida por la tristeza. Mas disimuló y guardó silencio, Aún no había llegado el momento de hacer otra cosa. No hubiera sabido expresar plenamente el estado de su corazón, ni aún a su misma alma lo hubiera revelado. La pregunta había de ser ocultada aún mucho tiempo.

–Si; dijo, iré.

Y tendió su mano como para sellar el contrato. Él, interpretó aquel ademán según sus propios deseos, y tomando sus manos entre la suyas atrajo la joven hacia el barco. Ella cedió. Después se alejaron rápidamente de las gradas haciendo sonar los remos y desapareciendo por el canal abajo. Florecilla

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miraba ardientemente atrás observando cómo desaparecía el antiguo Palacio, aquel Palacio en cuyas gradas bañadas por la luz del sol había pasado su vida de niña. Ahora comprendía que todo aquello había concluido, que en adelante todo cambiaría aunque no le importaba cómo ni en qué forma dada la extraña confianza con que había aceptado a su joven compañero. No dejaba éste de intrigarla confusamente. Y, sin embargo, ¿cómo podía dejar de tener confianza en aquel joven a quien había conocido mucho tiempo atrás, cuyo amor y vida había arrojado bajo los silvestres frutales y cuya firmeza amorosa había visto después cuando su alma estaba al lado de la suya?

Marchaban ahora en la barquilla; ya habían dejado los canales y caminaban en mar abierto. El batelero remaba incansablemente con sus ojos clavados en la bella Florecilla de la que se había apoderado y que llevaba con él convertida en algo suyo. A lo lejos se veía un pueblo en la costa, una pequeña aldea de pescadores. A ella se dirigía el joven con su barca. Aquella era la aldea en que vivía.

Había divisado a la puerta de su cabaña a su anciana madre, una viejecilla de rostro sonrosado y rugoso, vestida con traje de pescadora y cubierta con un tosco chal. Con la morena mano hacía sombra a sus ojos mirando acercarse la barca de su

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hijo. Pronto acudió una sonrisa a sus labios. Trae la Florecilla de que suele hablar en sus sueños! ¡Oh cuán feliz será ahora el buen muchacho!

Se trataba en verdad de un buen muchacho; su madre le conocía bien y cuanto más le conocía más profundamente aumentaba su amor. Hubiera hecho lo imposible por su felicidad. Ahora abría sus brazos a la niña, a la pequeña Flor y se disponía a adorarla por pertenecer a su hijo. Algunos días después, la aldea de pescadores celebraba una fiesta con motivo del casamiento de su más vigoroso pescador. Y los ojos de las mujeres se llenaron de lágrimas cuando vieron el rostro tierno, triste e interrogador de la hermosa Florecilla. Se había ésta entregado sin vacilaciones, con completa confianza. Había cedido su vida, su alma misma. Su rendición era ahora completa.

Cuando todo parecía haberse consumado, su pregunta comenzó nuevamente a agitarse dentro de ella. Comprendía de un modo confuso, que a pesar del esposo a cuyos pies se inclinaba; que a pesar de las criaturas que llevaba en sus brazos (en tanto que sus diminutos pies no eran lo bastante fuertes para pisar sobre la costa al margen de las azules olas); que a pesar de su casa (cabaña que ella adornaba, cuidaba y quería tiernamente); que a pesar de todo, su corazón estaba

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hambriento y vacío. ¿Qué significaba aquel estado en el cual, teniéndolo todo, le parecía no tener nada? Florecilla era ya una mujer. Había en su frente algunas señales de cuidado y de pena, Sin embargo, aún era hermosa, aún ostentaba su infantil nombre de Florecilla. La belleza de su rostro se había hecho más triste y más extraña a medida que pasaban los años. Los años traen bienestar y satisfacción al alma inactiva, pero el alma de Florecilla era impaciente y ansiosa, y no podía aquietar las misteriosas voces de su corazón. Aquellas voces (aunque no siempre comprendía su lenguaje) le decían que su esposo no podía ser en realidad su soberano; que jamás él había oído eco alguno de aquella misteriosa región interna en la cual ella principalmente existía. Para él, el placer radicaba en la vida externa, en el mero placer físico, en la excitación del penoso trabajo, en los peligros de la mar, en la hermosura de su esposa, en la alegría de sus felices hijos. Y su alma no pedía otra cosa. Pero en los ojos de Florecilla resplandecían los destellos de la luz profética. Ella veía que toda aquella paz había de pasar; que todo aquello había de desvanecerse. Reconocía que todas estas cosas no satisfacían ni podían satisfacer en absoluto al espíritu. Su alma parecía temblar dentro de ella cuando comenzaba a sentir el primer destello de

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la terrible respuesta que había de tener su penosa, íntima, secreta interrogación.

***

Un profundísimo sueño de reposo, un más vigoroso despertar.

Largos años después, una solitaria mujer habitaba en aquel pueblo de pescadores sobre las orillas del mar azul. Vieja y encorvada por la edad y las penalidades, aún eran brillantes sus ojos como los de cualquier muchacha. Aún se transparentaba en ellos la misteriosa belleza de su alma. Los cabellos antaño dorados, ondulaban ahora grises sobre su frente de anciana. Era amada de todos, bondadosa y llena de generosos pensamientos. Nunca fue comprendida por los habitantes de la aldea que estaban a muchos siglos detrás de ella en su evolución. Se encontraba entonces al borde de la gran prueba, decisiva de su existencia; la experiencia de la vida en el seno de la civilización. Cuando la anciana pescadora yacía muerta dentro de su noble cabaña y la gente venía a llorar junto a su cuerpo, pocos se figuraban que ella marchaba hacia un grande y glorioso futuro lleno de audacia y de peligro. Cuando sus ojos se cerraron por la muerte, sus ojos internos se abrieron a un espectáculo de esplendidez absoluta. Estaba en un jardín de frutales, y los florecidos árboles

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estaban en todo su esplendor. Cuando sus ojos se fijaron en aquella blanca masa de flores, cuando se sumergieron en aquella belleza, se acordó del nombre que había llevado sobre la tierra y confusamente comprendió su significado. Las florecillas ocultaban de su vista el cielo hasta que una blanda presión sobre su mano de alguien que permanecía junto a ella, atrajo su mirada hacia la tierra. Entonces vio a su lado al hombre aquel a quien amaba a través de las edades, que permanecía a su lado experimentando el profundo misterio y atravesando por la experiencia extraña de la encarnación en el mundo en donde el sexo es el primer maestro. Y en cada fase de la existencia por la cual atravesaban ya juntos, forjaban eslabones que los unían cada vez más fuertemente y les obligaban de nuevo una y otra vez a encontrarse como si estuvieran destinados a pasar juntos a través de la hora vital, la hora en la que la vida se modela para grandes fines, o para vanas acciones.

En aquel recogido lugar donde las florecillas impregnaban el aire de dulzura y belleza, les parecía que habían llegado a la plenitud del placer. Descansaban con perfecta satisfacción bebiendo en las profundas aguas sorbos del goce de la vida. Para ellos la existencia era un hecho aceptable y último en sí; la existencia tal como entonces la disfrutaban. La vida que

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ellos vivían les parecía completa; no deseaban otra, ni otro lugar, ni otra belleza que los que gozaban. Nadie podría decir qué tiempos, qué edades hubieron de pasar en tan hondo acontecimiento y en tan completo cumplimiento del placer. Por fin el alma de Florecilla despertó de su sueño y despertó saciada, y volvió el hambre a roer en su anhelante corazón. El ansia de saber reaparecía. Asida fuertemente a la mano que tenía en la suya saltó del blando lecho en que yacía. Entonces por vez primera notó que el suelo estaba blando y agradable porque en aquel sitio se habían amontonado grandes cantidades de las caídas flores. El suelo estaba completamente blanco, aunque algunas habían empezado a perder su delicada belleza, a rizarse, a arrugarse y adquirir un color oscuro. Florecilla miró entonces sobre su cabeza y vio que los árboles, habiendo perdido los delicados pétalos de las flores, también habían perdido su hermosura primera, su primaveral esplendor. Aparecían ahora cubiertos de pequeños y verdes frutos apenas formados, apenas bellos a la vista, ásperos al tacto, ácidos al sabor. Con un estremecimiento de pena por la dulce primavera que había pasado, Florecilla se apresuró a abandonar los árboles con su mano asida aún fuertemente a las manos de su compañero. De nuevo iba a encontrarse ante extrañas experiencias, ante terribles peligros acaso: su obra

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parecía ser más fácil ayudada de aquel probado compañero; con la proximidad de aquel que estaba escalando el mismo escarpado sendero de la vida.

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CAPITULO I

Hay en los bailes de máscaras una atmósfera de aventuras que atrae a los osados de ambos sexos, a los brillantes e ingeniosos espiritas, Horacio Estanol reunía las condiciones precisas para ser el héroe de una de estas brillantes fiestas. Era un hermoso joven de rostro bellísimo y ojos profundamente tristes. Su rostro en reposo, no dejaba de resultar en cierto modo afeminado por su blancura, más la fría brillantez de su sonrisa y el especial ligero escepticismo que latía en su conversación, le daban un aspecto completamente distinto. No había, sin embargo, razón que explicara el escepticismo de Horacio, harto natural por otra parte para que pudiera suponérselo adoptado por afectación o por moda. El origen de aquella innecesaria frialdad e indiferencia estaba dentro de él mismo.

Aquella noche recaía sobre él toda la atracción de los salones de Madame Estanol. El baile de mascaras se daba para celebrar su mayoría de edad. Nunca Horacio había resultado tan joven como cuando estuvo entre sus amigos recibiendo sus parabienes y admirando sus regalos. Vestía un traje de trovador, que le sentaba admirablemente, no tan sólo por lo pintoresco de su forma, sino por lo bien caracterizado. Reunía

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Horacio a la facultad de la improvisación una voz llena y suave y unas dotes musicales y poéticas sorprendentes. Horacio era admirado por sus amigos, aunque poco querido y, a decir verdad, casi odiado por su única allegada próxima: su madre. Se hallaba en aquel momento ésta a su lado, dirigiéndose a un grupo que se había formado a su alrededor. Era Madame Estanol una de las mujeres de más talento de aquella época, y como aún era hermosa y de encantadora arrogancia, había reunido a su alrededor una verdadera corte. Su aversión hacia Horacio se fundaba en la idea que tenía de su carácter. A una de sus amigas íntimas haba dicho: «Horacio deshonrará su nombre y su familia antes de que un hilo gris se haya mezclado a sus oscuros cabellos. Reúne las cualidades que atraen la desesperación y aseguran el remordimiento. Dios me perdonará, seguramente, esto que digo de mi hijo; pero lo veo ante mí. Veo un abismo al cual me arrastrará con él; y espero la caída todos los días.»

Un convidado, una señora que acaba de llegar, se acercó a Madame Estanol sonriendo, y después de saludarla cariñosamente dijo cuchicheando: «He traído una amiga conmigo; supongo le daréis la bienvenida y celebraréis su disfraz de adivinadora. Es muy ingeniosa y nos distraerá si queréis.»

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Apartándose un poco dejó ver a Madame Estanol una figura que había permanecido detrás encorvada a manera de una sexagenaria de temblorosa cabeza y manos débiles. Se apoyaba en un báculo.

–¡Ah, Condesa!, no es posible conocer a vuestra amiga bajo ese disfraz; dijo Madame Estanol. ¿No me diréis quién es?

–Estoy comprometida a no decir nada sino que es una adivinadora, contestó la Condesa Baironn. Su nombre lo revelará ella, sin embargo, a una sola persona; más esa persona deberá haber nacido bajo la misma estrella que presidió su propio natalicio.

La adivinadora volvió su inclinada cabeza hacia Madame Estanol y fijó en los ojos de ésta su brillante y fascinadora mirada. Madame Estanol no pudo menos de sentir que un encanto irresistible la atraía hacia aquella misteriosa mujer y le tendió su mano para ayudarla a atravesar la estancia.

–Venid conmigo, exclamó, quisiera presentaros a mi hijo. Es el héroe de la escena esta noche; el baile se da en honor de su mayoría de edad.

Atravesaron entre las máscaras que en aquel momento comenzaban a llenar los amplios salones, las que no podían menos de volverse a mirar la extraña figura de la vacilante

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anciana. Horacio Estanol estaba apoyado en el marco de la chimenea del salón interior rodeado de un alegre grupo de amigos íntimos. Tenía su antifaz en la mano, y al verle allí sonriendo con sus oscuros rizos, cayendo sobre la frente, pensó su madre mientras se dirigía a él: «Mi hijo es más hermoso a cada hora de su joven y alegre vida.» Cuando Horacio vio la extraña compañera de su madre avanzó un paso como para darle la bienvenida, más su madre le detuvo con una sonrisa: «No te puedo presentar a este nuestro convidado, dijo, pues no sé su nombre. Él sólo lo dirá a una persona que ha de haber nacido bajo su misma estrella. En el entretanto la saludaremos en su papel de adivina.»

Tal anuncio fue recibido con un murmullo de curiosidad y de alegría.

–Entonces, acaso ejercite nuestro amable huésped su habilidad en nuestro beneficio, dijo Horacio contemplando la temblorosa cabeza y los grises cabellos de la anciana.

Ésta le miró con sus extraños y penetrantes ojos. Horacio, lo mismo que su madre, experimento el encanto que de ellos emanaba. Pero sintió más, sintió que se despertaba en él una repentina oleada de inexplicables emociones; no pudo menos de llevar su mano a la frente; estaba trastornado, anonadado.

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Había entre aquellos salones uno pequeño, cuya puerta se abría en aquella misma estancia en que estaban. Era tan pequeño, que sólo contenía una mesa cubierta de flores, un pequeño diván y una butaca. El alegre grupo que rodeaba a Horacio convirtió inmediatamente aquel salón en el santuario de la profetisa. Bajaron y suavizaron la luz, corrieron las persianas y cerraron con llave todas las puertas excepto una, en la que fue colocado un guardián que admitiría de mal modo y uno por uno a los que fueran suficientemente afortunados para hablar a solas con la sibila. Esta sólo quería ver a algunos de los convidados que ella misma elegía de entre la multitud, describiendo su aspecto y vestido al guardián del santuario. Eran casi siempre distinguidas señoras. Entraban riendo, casi provocadoras. Mas, después, salían pálidas unas, sonrojadas otras, algunas temblorosas, algunas con lágrimas en los ojos. «¿Quién podrá ser?», se preguntaban aterradas las unas a las otras. Y demostraban así que la adivina penetrara en sus corazones, y descubriera sus más secretos pensamientos.

Por fin, el guardián de la puerta dijo que Horacio podía entrar.

Cuando Horacio entró, el joven guardián después de cerrar la puerta regresó al alegre grupo que había detrás de él diciendo:

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–Ya le ha alarmado. Le he oído lanzar un grito. –¿Podríais ver dentro? –preguntó alguno; acaso se haya quitado el antifaz ante su huésped.

–No se ve nada –contestó–. Tal vez alguno de los que han entrado haya podido adivinar quién es.

–Nada es posible adivinar, contestó una muchacha que saliera de la prueba pálida y temblorosa.

Y sin embargo sucedió lo que habían supuesto. Había quitado su antifaz ante el dueño de la casa. El báculo, el amplio manto, la peluca y el gorro estaban por el suelo. Un cosmético especial había borrado de su rosada piel la oscura apariencia de la antigua sibila. En el momento en que entró el joven, completaba ella su rápida toilette, y se sentaba en el pequeño diván. Estaba vestida con un rico traje de noche y sostenía el antifaz en su diestra. Ahora su rostro estaba descubierto; sus extraordinarios ojos se fijaban en Horacio y en su hermosa boca se dibujaba una especie de sonrisa. Fue algo más que sorpresa lo que experimentó Horacio. De nuevo aquella inexplicable oleada de emoción se apoderó por completo de él. Se sentía como embriagado. No pudo menos de mirar ardientemente a tan extraña mujer durante algunos momentos.

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–Seguramente, encontrado antes.

señora

–dijo

él–,

nosotros

nos

hemos

–Nacimos bajo la misma estrella, fue contestado con una voz electrizante. Hasta este momento no había oído hablar a la original mujer; más a la vibración de aquella corta frase, una extraña idea –como la de que algún vinculo o recuerdo confuso podía haberlos unido–, se despertó en su espíritu. Esta impresión se fortificó ante el sonido de aquella voz intensa, sonora, dulce… De repente reconoció el significado de su emoción; ya no lucharía más contra ella, ya no más sería por ella trastornado. Se acercó al diván y se sentó al lado de la joven.

La contemplaba con admiración, con asombro, pero no ya con miedo ni sorpresa; comprendía que el acontecimiento que él imaginaba no habría nunca de suceder, acababa de verificarse. Estaba enamorado.

–Dijisteis que descubrirías vuestro nombre al afortunado nacido bajo la misma estrella vuestra.

–¿Y qué, no me conocéis? –preguntó ella con una ligera mirada de sorpresa–. Creía que era universalmente conocida, por lo menos de vista.

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–No

os

conozco

–contestó

él–,

aunque

en

verdad

me

extraña cómo haya podido vivir hasta ahora sin conoceros.

Pero la adulación no producía sobre aquella mujer efecto

alguno,

vivía

en

sencillamente:

su

atmósfera;

por lo cual respondió

–Soy la Princesa Fleta.

Horacio se estremeció y aún sonrojó levemente al escuchar estas palabras, y apenas pudo contener su emoción. La Princesa Fleta ocupaba un elevado puesto en la sociedad de aquel país; puesto que no podía pertenecer sino a quien estuviese próximo a ocupar algún excelso trono. La Princesa era un personaje aún entre cabezas coronadas, a quien sólo un emperador hubiera podido solicitar sin rebajarse. Y Horacio era el hijo de un oficial del ejército austríaco y de una noble señora perteneciente a una antigua familia aristocrática que se arruinara. Horacio, en un rápido impulso de su corazón, ¡Se había dicho a sí mismo que estaba de ella enamorado! y ciertamente comprendía que no podía desdecirse. Había murmurado dentro de sí mismo aquellas palabras y el murmullo había encontrado multitud de ecos. Siempre la amaría…

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La Princesa, sonriendo, volvió sobre él sus maravillosos ojos.

–He hecho mi trabajo de esta noche –dijo–; he divertido a algunos. ¿Quisierais ahora bailar?

Horacio era lo suficientemente cortés para no dejar de escuchar este mandato, aunque su alma entera estaba en sus ojos y todo su pensamiento pendiente de tanta belleza. Se levantó pues y, ofreciéndole su brazo, salieron de la estancia no sin antes haberse cubierto ella el rostro. Cuando aparecieron ante la multitud que se agolpaba a la puerta del improvisado santuario, un irreprimible murmullo de excitación y asombro se escuchó por todas partes. «¿Quién podrá ser?», fue nuevamente la exclamación de todos los salones. Pero nadie podía adivinarlo. Nadie podía suponer que fuera la Princesa Fleta en persona; eran pocas las casas que ésta visitaba y nadie hubiera podido imaginar que aliciente alguno la llevara a casa de Madame Estanol.

El misterio de su presencia en aquel baile lo explicó ella misma a Horacio mientras bailaban.

–Soy –le dijo– una cultivadora de la magia, y he aprendido algunos secretos útiles. Puedo leer en los corazones de los cortesanos que me rodean y sé dónde he de buscar a los

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amigos verdaderos. Anoche he soñado que había de encontrar aquí un verdadero amigo. ¿Os interesan estas espirituales investigaciones?

–Las desconozco por completo –contestó Horacio.

–Dejadme entonces que os enseñe –dijo la Princesa con una ligera sonrisa–. Seríais un buen discípulo; puede que hiciera de vos un buen adepto y no son muchos los que se encontrarían en este caso.

–¿Y por qué? –preguntó Horacio–. Seguramente es un estudio fascinador para los que pueden creer en sus secretos.

–No es, sin embargo, el escepticismo la gran dificultad – contestó la Princesa–, si no el temor. El terror hace retroceder a la multitud ante sus umbrales. Muy pocos son los que se atreven a penetrar en ellos.

–¿Y sois de esos pocos? –exclamó Horacio contemplando a la extraña mujer con admiración ardiente.

–Nunca he sentido el miedo –contestó ella. –¿Y sería imposible hacéroslo sentir? –preguntó Horacio.

–¿Deseáis probarlo? –replicó ella sonriendo ante la audaz pregunta. No había estado ésta tan llena de impertinencia como parecía; el rostro y los ojos de Horacio estaban

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encendidos en amor y admiración cuando la formulara y su voz había temblado apasionadamente al expresarla.

–Podéis, si queréis, intentarlo –continuó diciendo la Princesa mientras le miraba con aquellos sus extraños ojos–. Atemorizadme si podéis. –Aquí en mi propia casa no sería cortés ni hospitalario. –Venid, entonces, a la mía cualquier día que intentéis distraeros. Probaréis entonces de asustarme. Os enseñaré mi laboratorio donde confecciono esencias e inciensos para agradar a los gnomos y a los duendes. Horacio aceptó tal invitación con un transporte de alegría.

–Conducidme a donde la Condesa –dijo por último–, quiero retirarme, pero antes quiero que me presente a vuestra madre.

La Condesa se encantó ante esta decisión original pareja de Horacio.

de la bella y

No pudo menos de pensar que a Madame Estanol le hubiera desagradado descubrir que aquella gran señora había estado disfrazada en sus salones, y no había querido darse a conocer ni aún a la dueña de ellos. La Condesa daba gran valor a la amistad de Madame Estanol, por lo cual se alegro que la caprichosa Princesa se decidiera a tratar a dicha señora,

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su

amiga,

con

cortesía. Madame Estanol apenas pudo

disimular su sorpresa al conocer la excelsa jerarquía que había

estado oculta, durante aquella noche, bajo el disfraz de adivinadora.

La Princesa, sin separar de su rostro el antifaz, dio a entender, sonriendo a Madame Estanol, que tal vez no hubiera sido oportuno descubrir a ciertos convidados, quién era la sibila que tan diestramente había leído en sus corazones. Cuando se retiró la Princesa, la alegría y el alma de Horacio la siguieron. Parecía como si hubiera perdido los deseos de hablar; su risa había desaparecido por completo, sus pensamientos, su ser mismo habían seguido a la fascinadora personalidad que le había hechizado.

Madame Estanol observó su abstracción, su trastorno y ansioso mirar, y la nueva dulzura de sus ojos. Pero no dijo nada. Temía a la Princesa cuyos caprichos y originalidades conocía. Temía que Horacio fuera lo suficientemente loco para rendirse a los encantos de la belleza o para ilusionarse ante la actitud familiar de aquella joven; encantos peculiares exclusivamente de quien, como ella, habitaba en un regio palacio. Permaneció silenciosa; conocía a Horacio y sabía perfectamente que cualquier intento de influir en sentido contrario no haría sino intensificar la reciente pasión.

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CAPITULO II

Dos días después, Horacio se decidió a visitar a la Princesa. Pensó que no podía parecerle prematura dicha visita. A él le parecía que habían transcurrido dos meses desde que la viera.

Vivía la Princesa en una posesión a dos o tres millas de la ciudad, allá en el campo. Nunca le había agradado su palacio paterno de la corte, al que solamente acudía cuando fiestas o ceremonias hacían necesaria en él su presencia. Allá, en el campo, sola, con su acompañanta y sus doncellas, era libre para hacer lo que quería. Sus criadas la temían y miraban su «laboratorio» con el mayor respeto. Ninguna de ellas, a no, ser por evitar algún terrible desastre, hubiera entrado en tal estancia.

Horacio fue conducido al jardín a presencia de la Princesa. Ésta se paseaba en una avenida de árboles cubiertos de flores suavemente olorosas. Dio la bienvenida a Horacio con ademán encantador, y la hora que éste pasó allí bajo el ardiente sol, fue de una inexplicable influencia. Entregados al delicioso paseo y apartados de ajenas miradas, la Princesa le permitió que olvidara que pertenecía a un distinto rango. Cuando se cansó de pasear:

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–Venid –dijo–, y os enseñaré mi laboratorio. Jamás nadie de esta casa penetró en él; si dijerais en la ciudad que habíais atravesado sus umbrales, seríais asediado a preguntas. Cuidad, pues, de no decir nada.

–Antes moriría –exclamó Horacio, a quien la simple idea de hablar de la Princesa y sus secretos le parecían como un sacrilegio.

Se acercó. El cuarto carecía de ventanas y estaba completamente oscuro a no ser por la mortecina luz que despedía una lámpara suspendida del techo. En las paredes, pintadas de negro, resaltaban extrañas figuras y raras formas de color rojo. Estas no habían sido pintadas, indudablemente, por mano de artífice alguno. Aunque de toques atrevidos, eran de una irregular y extraña construcción. Sobre el suelo, y al lado de una vasija, había una silla y en ella una figura ante la que no podía uno menos de quedar perplejo y extrañado.

Desde luego, se veía que no era humana aunque

no era

tampoco un maniquí, ni una estatua. Recordaba en cierto modo un maniquí, pero había algo en ella que no podía existir en un mero artefacto destinado a sostener ropas. Aparecían, desde el primer momento, sus detalles perfectamente

acabados: la piel coloreada, los ojos correctamente

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sombreados, el pelo de apariencia humana. Horacio permanecía en el umbral sin resolución para avanzar, a causa de la fascinación que aquella forma ejercía sobre él.

La Princesa volvió la cabeza desde donde estaba; en el centro del cuarto vio la dirección de la mirada de Horacio y sonrió.

–No temáis a eso –dijo. –¿Es un maniquí? –preguntó Horacio tratando de hablar desembarazadamente porque recordaba el desprecio de la Princesa hacia aquellos que conocían el miedo. –Sí –contestó–, es mi maniquí. Había algo en el tono de su voz que extrañó a Horacio. –¿Sois una artista?

–Sí –contestó–. En vida, en la naturaleza humana. No trabajo con el lápiz ni con el pincel. Me valgo de un agente que no puede ser visto y que, sin embargo, puede ser sentido.

–¿Qué queréis decir? –preguntó Horacio.

La Princesa lanzó sobre él una mirada extraña, desconfiada en un principio y tierna después.

–Aún no os lo digo –contestó por último.

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Horacio se dispuso entonces a objetar superficialmente.

–¿Tengo

que sufrir

alguna

prueba,

antes

de

que me

lo

digáis? –preguntó.

–Sí –contestó jovialmente la Princesa–, y ya estáis pasando por ella.

–¿Os atrevéis a penetrar en el cuarto? –preguntó después.

Horacio hizo un verdadero esfuerzo para deshacer el encanto que pesaba sobre él y atravesó rápidamente la estancia hasta donde ella estaba. Entonces vio que había sufrido una prueba, que había resistido alguna fuerza cuya naturaleza desconocía y que había salido vencedor. Esto hizo nacer en él otra convicción.

–Princesa –dijo–, en esta habitación hay alguien, además de nosotros. ¡No estamos solos!

Habló tan espontáneamente y como a consecuencia de una tan gran sorpresa y sobresalto, que no le dio tiempo para pensar si su pregunta era o no cuerda. La Princesa se reía conforme le miraba.

–Sois muy sensible –dijo ella–. No podría negarse que hemos nacido bajo la misma estrella; somos susceptibles a las mismas influencias. No, no estamos solos. Tengo aquí criados

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que no han sido vistos por más ojos que los míos. ¿Quisierais verlos, verdad? No lo afirméis, sin embargo, precipitadamente. Obtener el dominio de tales criados representa un largo y penoso aprendizaje. Si no les domináis, no podréis verme a menudo. Os odiarán si permanecéis mucho tiempo junto a mí y su odio sobrepujará a vuestro poder de resistencia.

La Princesa hablaba ahora seriamente y Horacio experimentó una sensación extraña al mirar a semejante hermosa mujer erguida bajo la lámpara. Un repentino terror le dominó, como si estuviera ante algo superior a él. Un deseo apasionado de ser su esclavo, de cederle su vida incondicionalmente le dominó. Acaso leía ella tal expresión en sus ojos, porque se volvió dirigiéndose hacia la inmóvil figura de la silla.

–Comprendo que esto os inquieta, por lo cual no lo veréis más –dijo–, y descorriendo una larga cortina formada de un especial tejido de color de oro, salpicado de figuras contorneadas de negro, ocultó completamente aquella original forma y asimismo la vasija que estaba a su lado.

–Ahora –añadió– respiraréis con más libertad. Y voy a la vez a enseñaros algo. No en balde hemos salido de la luz del sol. Nos daremos prisa, pues mi buena tía se asustará cuando

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sepa que lo he traído aquí. Me figuro que se extrañará de veros aún vivo.

Entonces abrió un pequeño bote que estaba sobre un antiguo mueble y un fuerte y dulce perfume se extendió por la estancia. Horacio se llevó la mano a la frente. ¿Era posible una tan repentina ilusión o real y positivamente se agitaban, ordenaban y distribuían entre sí aquellas figuras rojas de la negra pared? No cabía duda que así era. Las figuras se mezclaban, se aislaban y se volvían a confundir. Formaban una palabra y después otra, y se imprimían todas ellas en la imaginación de Horacio antes de desaparecer. Éste se fijaba en la misteriosa escena que tenía lugar ante su vista. Repentinamente se dio cuenta de que una frase, una extraña frase, había sido completada y escrita. Su sentido era tal, que jamás se hubiera atrevido de modo alguno a pronunciarla. Esculpido en la pared con letras de fuego había aparecido el secreto de su corazón. No pudo menos de retroceder espantado, apartando difícilmente sus ojos del muro y buscando con ansia la mirada de la Princesa, aquella mirada exaltada, tierna y brillante.

–¿Habéis visto? –preguntó Horacio con voz agitada. –Lo vi –la Princesa titubeo por un momento.

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Siguió un breve silencio. Horacio miró de nuevo a la pared esperando, sin duda, encontrar grabado allí su pensamiento. Mas las figuras en aquel momento recuperaban su primitiva disposición. El perfume se extinguía en el ambiente.

–Venid –dijo repentinamente la Princesa–, hemos estado aquí demasiado tiempo. Mi tía estará inquieta y debemos reunirnos con ella. Y abandonó la estancia seguida de Horacio.

Poco después estaban en un espacioso salón inundado por la luz del sol y perfumado por el fresco aroma de las flores. Allí estaba la tía de la Princesa ordenando unos hilos de seda que se le enredaran y a su lado la misma Princesa con un lindo escabel de seda amarilla entre las manos. Horacio quedó desconcertado. ¿Soñaba? ¿Eran la negra estancia y su terrible atmósfera alucinaciones suyas?

Pero ya había permanecido en aquella casa mucho tiempo y era preciso retirarse. Horacio comprendía esto a su pesar. La Princesa, a quien no agradaban los cumplidos en el jardín, se levantó y le dijo que ella misma le acompañaría hasta la puerta. Horacio se sonrojó de placer al escuchar esta muestra de deferencia.

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La estrecha puerta estaba entre un espeso y florecido seto de arbustos. Cuando salió volvió la cabeza. La Princesa se apoyaba en el umbral, cuyas flores formaban en torno suyo un marco magnífico. Desde allí le tendió su mano. La majestuosa presencia de aquella mujer le trastornaba. Por un momento perdió la noción del abismo que le separaba de ella.

–¿Habéis

leído

aquellas

palabras?

–le

preguntó–. ¿Os

confirmáis en ellas? –añadió aún.

 

–Leí

las

palabras

–contestó

la

Princesa

con

suave

y

conmovedora voz– y me confirmo. Adiós –añadió luego retirando su mano que tendiera apenas un instante.

Horacio, después de esto, regresó a la ciudad por entre los florecientes setos. Pero su corazón, su pensamiento y su alma quedaban atrás. La Princesa había leído las palabras. ¡Sabia que era amada por él y lo permitía! ¡Había leído en lo más íntimo de su corazón y no se había ofendido! ¿Qué no podría esperar, pues?

Pero un nuevo pensamiento acudió a su mente. Si la Princesa había leído sus palabras, la existencia de la tenebrosa estancia no era producto de su fantasía, sino un hecho tan real como la luz del sol. ¿Qué poderes, por tanto, eran los de

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aquella criatura que amaba? No acertaba a comprenderlo. Sólo sabía que estaba locamente enamorado.

***

Un deseo irresistible le arrastraba todos los días por aquel camino bordeado de setos florecientes hacia la casa del jardín. Pero tan sólo algunas veces tenía el valor suficiente para entrar en ella. Las más de las veces sólo se atrevía a detenerse ante la estrecha puerta rodeada de flores, a través de la cual miraba ardientemente. La primera vez, después de aquella visita en la que encontrara su secreto escrito ante su vista, descubrió a la Princesa al otro lado de la puerta. Le tendió la mano diciéndole:

–Sabía

que

vendríais

y

os

he

preparado algo. He

persuadido a mi tía de que nada terrible os sucederá aunque permanezcáis algún tiempo en mi laboratorio. Venid, pues.

Lo que la Princesa denominaba su laboratorio, estaba brillantemente iluminado. La extraña vasija estaba en el centro de la habitación, debajo de la luz, exhalando humo y llamaradas. Llenaba el ambiente un fuerte y penetrante perfume. Y aquel humo gris azulado que brillaba a la luz como si fuera de plata se detenía en lo alto de la estancia en forma de nube.

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Inmediata a la perfumadora vasija y en un pequeño asiento había una figura: la de una hermosa mujer. Una extraña mezcla de emociones se apoderó de Horacio. ¿No era, acaso, aquella figura la de la mujer que vio en aquel mismo sitio la primera vez que penetró en él? Sin embargo, a poco que fijó su atención reconoció a… ¡su propia madre! Se lanzó hacia ella y vio que estaba sin vida. Entonces, horrorizado y con la cólera en la mirada, volviese hacia la Princesa exclamando:

–¿Qué habéis hecho? ¿Qué es lo que habéis hecho?

–Nada –contestó la Princesa con una sonrisa–. No hice ningún mal. ¿No veis que estáis ante una imagen? Es mi maniquí, ya lo sabéis.

Lanzó entonces Horacio una larga mirada a la inanimada figura, fiel y perfecta representación de su madre, y volviéndose hacia la Princesa, clavó en ella su vista, en la que brillaba el más intenso horror.

–¿Qué hacéis? –le preguntó con voz apagada.

–No

hago

daño

–volvió

a

contestar la Princesa

tranquilamente. Vuestra madre me odia y me teme. No puedo soportarlo y estoy haciendo que me ame y que desee estéis aquí, en mi presencia.

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Durante

unos

momentos

permanecieron

al

lado

de

la

llameante vasija de los perfumes. Horacio, de pronto exclamó:

–¡No puedo sufrirlo! ¡Acabad ya con este horrible encanto!

–Sí –dijo la Princesa–; lo haré, acabaré con él, pero no con sus resultados.

Y corriendo la cortina sobre la extraña figura, arrojó sobre la vasija una substancia que inmediatamente apagó su luz.

Después salió con Horacio de la estancia y pasearon debajo de los árboles hablando como los enamorados, de esas cosas que sólo a ellos interesan.

Cuando Horacio regresó a su casa, su madre, levantándose de su chaise longue, le tendió la mano haciéndole sentar a su lado.

–¡Horacio! –exclamó–, algo me dice que has estado con la Princesa Fleta. Está bien y me alegro. Es una buena amiga tuya. Habrás de decirle que si me permite visitarla, lo haré con placer sumo.

Horacio se levantó sin responder. Un sudor frío inundaba su frente. Por primera vez en su vida sintió miedo. ¡Y sentía miedo hacia la mujer que amaba!

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CAPITULO III

En la ciudad, en la capilla de la gran Catedral, diariamente un monje acostumbraba a dar consejos a quien se los pedía. Horacio acudió a él poco tiempo después. Hacía algunos días que no veía a la Princesa. Su espíritu desorientado vagaba de una idea en otra. En su pasión, la mujer hermosa le atraía, pero el horror por la maga le hacía retroceder. Acudió, pues, a la Catedral dispuesto a revelar al monje todas sus penas.

El Padre Amyot se encontraba en la sacristía, pero alguien debía estar con él porque la puerta estaba cerrada. En tanto salían, Horacio se arrodilló en un pequeño altar. Un momento hacía que estaba en aquella posición cuando oyó un suave ruido y volviendo la cabeza por ver si ya el superior se encontraba libre, se encontró con que la Princesa Fleta estaba a su lado con sus ojos fijos sobre él. Era ella, pues, la que un momento antes consultaba con el superior. Horacio, mudo de asombro, apenas pudo hacer otra cosa que contemplarla. La Princesa le observó aún algunos momentos, después tomó otra dirección y con suaves y rápidos paso abandonó la Iglesia. Horacio quedó clavado en el suelo, absorto en un especial estado de asombro y de ensimismamiento. Aquella mujer no era, por lo visto, lo que él había pensado. No se concebía que

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un corazón sensible a los sentimientos religiosos animase a aquella maga que él recordaba haber visto en el laboratorio. Tal vez aquella mujer extraña usaba sus poderes generosamente y para hacer el bien. Desde aquel momento comenzó, pues, a verla de otro modo y a rendirla culto, tanto por su bondad como por sus atractivos. Su corazón latía de gozo al imaginar que todo en ella, cuerpo y alma eran hermosos. Entonces se incorporó, e iba a seguirla cuando se cruzó con el Padre Amyot que, atravesando lentamente la amplia nave y sin fijarse en nada, se arrojó en el suelo cuan largo era. Horacio observó entonces que el monje vestía una larga túnica de burdo paño negro, atada a la cintura con una cuerda y que una capucha del mismo paño cubría sus cabellos. Parecía un esqueleto, tal era su aspecto demacrado. Su rostro descansaba de lado sobre la piedra. En su abstracción, parecía inconsciente y sus ojos, sus abiertos ojos azules, Llenos de una, profunda y mística nostalgia, parecían que dejaban asomar las lágrimas. El corazón de Horacio latió ante tal melancolía, Una cuerda sensible de su naturaleza vibró intensamente, y contemplando por algunos momentos aquella figura postrada, después de inclinarse profundamente, abandonó la iglesia.

* * *

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Fuera ya, el alazán de la Princesa le aguardaba. Era ésta una infatigable y valiente amazona que pocas veces entraba en la ciudad sin ir a caballo, con gran asombro de la generalidad de las damas de la corte, muy amigas de pasear en coche para lucir sus trajes; Fleta carecía de estas vanidades. Pocas mujeres de su edad hubieran adoptado el antiestético traje de adivinadora con que se presentó en la recepción de la señora de Estanol. Para ella la belleza y apariencia eran cosas de escasa importancia. Se presentaba no pocas veces en el paseo público donde lucia hermosas vestiduras, con su sencillo traje de amazona, mientras un criado paseaba su caballo. Así la vio Horacio, así la observó desde cierta distancia, incapaz de acercarse a ella, e intimidado por la presencia de tanto personaje. Fleta lo descubrió, sin embargo, y se le acercó desembarazadamente.

–¿Queréis pasear conmigo? –le preguntó–; nadie podría ser por aquí mi compañero sino vos.

–¿Qué

queréis

decir

con

eso?

–exclamó

Horacio

transportado mientras la acompañaba.

–Pues muy sencillo; que nadie aquí simpatiza conmigo. Nadie sino vos ha penetrado en mi laboratorio.

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–¿Creéis que no agradaría a cualquiera de estos que os contemplan penetrar en él?

–Muy pocos tendrían valor para ello, excepto quizás algunos espíritus brutales, que arrostrarían todo peligro por la atractiva emoción del mismo. Y éstos me repugnan.

Horacio permanecía silencioso. Aquellas palabras de la Princesa le dejaban entender claramente que le era agradable. Más había cierta frialdad en su naturaleza, de la cual en aquel momento se daba más perfecta cuenta. En medio de toda aquella gente, observaba que la influencia de la Princesa sobre él era menor, y mayores sus dudas. ¿Era acaso un juguete de aquella mujer? Su alta posición podía permitirle este poder del que él no podía resentirse sin embargo. Ser su favorito, siquiera un solo día, hubiera sido para cualquier otro mortal motivo de justa vanagloria. A él se le concedía tal honor del que se daba aún más clara cuenta por las envidiosas miradas que por todas partes observaba, pero no deseaba tal envidia. Era para él el amor cosa sagrada. Su desprecio por la vida y su escepticismo sobre la naturaleza humana se despertaban ante su triunfo. A todos estos pensamientos hubo de contestar la Princesa.

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–Será preciso que nos alejemos de aquí –dijo–. En el campo sois un verdadero apasionado, aquí sois un escéptico.

–¿Cómo conocéis mi corazón? –preguntó Horacio.

–Nacimos bajo la misma estrella –respondió la Princesa sencillamente.

–Eso no es, sin embargo, una razón suficiente –añadió él–; no tiene valor alguno para mí que no soy conocedor de esas ciencias misteriosas que estudiáis.

–Venid,

entonces,

instruyendo.

conmigo –replicó ella–; yo os iré

La Princesa hizo una señal a su criado, que acudió con el caballo; después montó en él y se alejó sonriendo. Conocía que, a pesar de la aparente frialdad de Horacio, éste deliraba por ella y la seguiría; y así fue. Para el joven las calles habían quedado desiertas a pesar de sus innumerables transeúntes y la ciudad se le aparecía sin vida y llena de tristeza a pesar de ser una de las más alegres del mundo. Se apartó pues inconscientemente de allí y se encaminó hacia el campo; pronto se encontró ante la posición de la Princesa.

Paseaba a la sombra de los árboles. Su traje blanco, amplio y tenue, caía en grandes pliegues desde sus hombros. La

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espléndida y alegre luz del sol, iluminando sus majestuosos movimientos, le hacían aparecer ante los ojos de Horacio semejante a una antigua sacerdotisa. La reciente visita a la Catedral acudió a la mente de éste y nuevamente hubo de preguntarse: ¿aquella figura que le pareciera de aspecto casi religioso, podía ser una cultivadora de las ciencias mágicas? Nuevamente, pensando en estas cosas, cayó en su antiguo estado de ánimo. Estaba dispuesto a prestarle su antigua adoración.

La Princesa le recibió con su electrizante sonrisa. Había leído en su alma a través de sus ojos y aquella sonrisa no pudo menos da llenar de profundo gozo el corazón de Horacio. Ambos se internaron en la casa primero, y después en el laboratorio.

Dentro de éste, el aroma de un perfume intensísimo impresionó a Horacio. Aún vagaba por el ambiente el oscuro humo que lo produjera no hacía mucho. Debía haber brillado la llama de la vasija, a cuyo lado estaba ahora postrada aquella extraordinaria figura que tanta sensación le producía. Pero esta vez Horacio no pudo reprimir un grito de horror y de asombro al reconocer en ella al severo Padre Amyot. Tal fue el desaliento que había en su mirada cuando volvió sus interrogantes ojos hacia la Princesa, que ésta. por primera vez,

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dirigiéndose al joven, hubo de contestar a su mirada con un frío y altivo gesto.

–No ha llegado aún el momento de interrogarme sobre lo que aquí veáis. Acaso algún día, cuando sepáis más, tengáis derecho para ello, pero no ahora. En tanto, ved cómo puedo cambiar el aspecto de esta figura que os apena.

Levantando a la postrada figura separó de ella la túnica que la hacía recordar al Padre Amyot, con lo que reapareció en su primitiva y extraña vestidura rojiza, tal como la recordaba Horacio de otras veces. Después, unos rápidos toques de la Princesa, cambiaron completamente la forma de la cara. El Padre Amyot había desaparecido. Horacio tenía ante él, ya definitivamente, aquella impersonal forma que en su primera visita al laboratorio le causara tal horror. La Princesa vio aún alguna repugnancia en el rostro de Horacio, por lo que cubrió aquella forma, como otras veces, con la cortina.

–Ahora –dijo ella–, venid y sentaos junto a mí en este sofá.

A la vez que decía esto arrojó incienso en la vasija y le hizo arder.

Horacio observó que pesaban sobre su mente los vapores del incienso quemado antes de su llegada. Las formas rojas se movían sobre la oscura pared y se veía obligado a seguirlas

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con ojos fascinados. Se entrelazaban en aquella ocasión formando no ya palabras, sino figuras. Luego la pared iba tornándose brillante y luminosa. Le parecía asistir con Fleta a una extraña representación ante un inmenso escenario, pero como si fuesen ambos actores y espectadores a la vez. Oían las palabras y veían los movimientos de estos actores fantásticos, tan perfecta y distintamente como si fueran seres de carne y hueso. Se trataba de un drama en el que luchaban las pasiones. Horacio casi olvidó que la real Fleta continuaba a su lado, tan absorto permanecía contemplando las acciones de la Fleta fantástica.

Estaba trastornado, no podía comprender el significado de lo que veía, aunque todo el drama se desarrollaba ante su vista.

Veía cierto bosque de árboles florecidos y una espléndida y salvaje criatura. Luego creía entrever que tanto él como la singular mujer que tenía a su lado tomaban alguna inexplicable parte en aquella rara representación. Pero ¿cómo? ¿de qué modo? No podía comprenderlo. Fleta sonreía mirándole.

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–No sabéis quien sois –le decía–, y es de sentir, porque así la vida es más triste. Pero poco a poco lo llegaréis a saber si lo deseáis. Y ahora veamos otra muy diferente página de la vida.

El escenario entonces se hacía más oscuro, y sombras animadas, grandes sombras que llenaban de congoja el alma de Horacio, pasaban y repasaban. Aquellas sombras retrocedían por último dejando aparecer un luminoso espacio en el que se destacaba Fleta, aquella misma forma humana de Fleta si bien extrañamente alterada. Una Fleta de mucha más edad, y mucha mayor hermosura a la vez, en cuya brillante mirada lucía un fuego maravilloso y sobre cuya cabeza lucía asimismo una brillante corona. Horacio comprendía que aquella mujer poseía grandes poderes para el bien y para el mal, estaba escrito en su semblante. Después, algo le obligó a bajar los ojos y vio una nueva figura a sus pies, una figura desamparada, sin auxilio alguno. ¿Por qué permanecía en tal quietud en su desamparo? ¡Estaba viva, sí, pero encadenada de pies y manos!

–¿Tenéis miedo? –oyó decir burlonamente a Fleta–. Seguramente no. Pues qué ¿no podría yo llegar a reinar? ¿Y no podríais sufrir? Sois escéptico. ¿O es que esperabais algo mejor?

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–Tal vez no –contestó Horacio–. Puede ser que seáis falsa de corazón. Y, sin embargo, tal y como me hallo, comprendo que aunque me traicionarais dentro de poco, aunque me arrancarías mi libertad y mi vida, amaría hasta vuestra propia traición.

Fleta no pudo menos de reírse y Horacio permaneció silencioso y confuso ante aquellas palabras que había dejado escapar tan precipitadamente y tal vez inoportunas. De todos modos las palabras habían sido pronunciadas, su amor había hablado. Podía negarse a que la volviera a ver y entonces la oscuridad pesaría sobre él.

–No, dijo ella. No os obligaré a marcharos. ¿No sabéis, Horacio Estanol, que sois mi compañero escogido? ¿Estaríais de otro modo conmigo en este sitio? La palabra amor no me halaga; la he oído demasiadas veces y creo que no encierra grandes significados. Dejémosla aparte por ahora. Si os permitís amarme, sufriréis, y no quiero que sufráis aún. Cuando sufrís, la juventud se aleja de vuestro semblante sin que podáis evitarlo, y vuestra juventud me agrada.

Horacio no contestó. ¿Cómo contestar a aquellas palabras? Además no estaba en aquellos momentos para hacer nada difícil. Su cerebro no dejaba de estar alterado por el humo del

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incienso y por las extrañas escenas que habían tenido lugar ante sus ojos. Apenas se daba cuenta de cuál de las personalidades de Fleta era la que contemplaba. Lo que sin embargo no dudaba era de que la amaba a pesar de todas. Cada momento que pasaba a su lado la adoraba más ciegamente y su desconfianza impedía cada vez menos el apasionado goce de su intimidad.

–Ahora –dijo Fleta–, os necesito para una cosa nueva. Quiero que ejercitéis vuestra voluntad y que obliguéis a mis criados, que nos han estado distrayendo con sus fantasías, a mostrarnos alguna de vuestra propia creación. Si queréis, lo haréis fácilmente. Sólo es necesario que no dudéis de que podéis hacerlo. ¡Cuán rápido sigue el acto al pensamiento!

Estas últimas palabras fueron pronunciadas con una ligera exclamación de placer, porque las oscuras sombras habían llenado de nuevo el escenario, aunque retirándose después, dejando visible en el centro la figura de Fleta, bella y apasionada, con el rostro encendido de amor, sostenida estrechamente entre los brazos de Horacio y con sus labios oprimidos por los suyos.

Fleta, la verdadera Fleta, que estaba a su lado se levantó, con una risa que no era de satisfacción y a la que acompañaba

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una ligera sacudida nerviosa. Las sombras se esparcieron inmediatamente por el escenario y un momento después la ilusión se había desvanecido y el sólido muro aparecía nuevamente ante Horacio. Tanto se había acostumbrado a contemplar el maravilloso interior de este cuarto, que no se detuvo ante esta nueva circunstancia. Siguió a Fleta, según ella se dirigía hacia la puerta, e intentó atraer su atención.

–Perdonadme, ¡oh, Princesa! –murmuro una y otra vez.

–Estáis perdonado –dijo ella–. No me habéis ofendido, por lo cual me es fácil perdonaros. Ningún hombre puede ocultar lo que hay en su corazón. Por otra parte, ningún hombre de los de la generalidad podría hacerlo, y vos, Horacio, en esta ocasión habéis consentido ser como el resto. ¿Estáis contento?

–No –contestó él inmediatamente y, según hablaba, comprendió por primera voz el valor de las emociones que le habían agitado a través de su corta vida–. ¿Contento? ¿Cómo he de estarlo? Por otra parte, ¿no es nuestra estrella, la estrella de la inquietud y de la emoción?

Ante aquellas palabras, Flea fijó en el joven una mirada de ternura y de verdadera emoción. Cuando pronunció las palabras «nuestra estrella» le pareció como si la hubieran tocado en el corazón.

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–¡Ah! –dijo entonces ella–. ¡Cuán dolorosamente busco un compañero!

Después se volvió repentinamente y, antes casi de que ella misma se diese cuenta, había abandonado la estancia.

–Venid –dijo entonces con impaciencia.

–Horacio la siguió, no quedándole ya otro remedio. Estaba contrariado. Y su contrariedad creció aun más cuando observó que la Princesa se dirigía con rápidos pasos hacia las habitaciones de su anciana tía.

Una vez en ellas se dejó caer en un asiento y comenzó a darse aire con un dorado abanico, mientras hablaba de los rumores de la corte. El cambio fue tan repentino que durante algunos momentos Horacio no pudo seguir sus palabras. Estaba trastornado. En aquel momento la anciana tía de la Princesa le acercó un pequeño asiento. Se dio entonces cuenta de que su aspecto no producía sorpresa en la anciana señora, sino lástima. El escepticismo renació en su corazón y un pensamiento que abrasaba como el fuego se apoderó de su espíritu. ¿La trastornadora emoción que él comprendía debía reflejar su rostro, se habría reflejado asimismo en el de otros? ¿Estaría siendo un juguete de la Princesa como otros podían haberlo sido antes? Tal pensamiento fue el más angustioso que

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sufrió jamás; hería su vanidad, que era más delicada aun que su corazón.

Fleta parecía no concederle oportunidad para sus conversaciones. Parecía que éstas se agotaban ante su majestuosa presencia. Así que Horacio tuvo que levantarse al poco tiempo para retirarse. Esta vez no fue acompañado hasta la puerta. Fuese solo, presintiendo que tal vez le había sido retirado para siempre todo el favor de aquella mujer extraordinaria, aunque pensando asimismo que tal vez su pensamiento fuese ligero. ¿No se habían dicho ambos, aquel día, tantas cosas?

Mas, sin embargo, Fleta estaba prometida. Había sido prometida desde su nacimiento. En breve se realizaría su matrimonio. Aquella corona que viera en las fantásticas escenas de la estancia sería colocada sobre su cabeza. ¿Habría sido necesaria aquella extraña visión para hacer presente tal hecho a su espíritu? –se preguntaba Horacio a sí mismo–. Si era así, aún estaba a tiempo –añadía amargamente– porque Fleta no era capaz de renunciar a una corona por el amor. Al pensar en esto, su corazón se revolvió dentro de su pecho. ¿Por qué, si era así, le había ella tentado con palabras de amor? Nunca se hubiera atrevido, por su parte, a dirigirse a

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ella. Tales eran sus pensamientos en tanto se alejaba. ¡Ah, si hubiera podido ver a Fleta!

Tan pronto como él saliera del cuarto, se dirigió a su laboratorio. Allí descorrió los paños que ocultaban un gran espejo empotrado en el muro. Inmediatamente clavó su mirada en el cristal. Allí se veía la figura de Horacio marchando hacia la ciudad. La Princesa hubo de leer en sus pensamientos y en su corazón. Después corrió aquellos lienzos con un profundo suspiro y dejó caer sus brazos con un gesto que parecía indicar desesperación. Ciertamente había en su ademán abatimiento, porque momentos más tarde, gruesas y ardientes lágrimas caían a sus pies.

Nadie, desde que Fleta naciera, la había visto llorar.

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CAPITULO IV

El Padre Amyot envió, a la mañana siguiente, un recado rogando a Horacio que viniera. Éste acudió inmediatamente perplejo ante lo inexplicable de aquel aviso. Se dirigió sin titubear a la Catedral, donde esperaba encontrar al asceta.

Estaba allí, en efecto, postrado en la misma actitud que no podía menos de hacerle recordar la de la mágica figura que viera en el laboratorio de Fleta. Transcurrieron algunos instantes y Horacio tocó suavemente al solitario para despertar su atención. Éste se incorporó y, silenciosamente, con la cabeza inclinada, se dirigió hacia fuera de la Catedral a través de los claustros que la unían con el próximo monasterio. Horacio le siguió.

No tardaron en llegar a una desnuda celda en la que no había sino un crucifijo, una lámpara –perennemente encendida– y un banco apoyado contra el muro. Se sentó en él el Padre e indicó a Horacio que hiciera lo mismo. Después cayó en un estado de profundo ensimismamiento. Horacio se sentía preocupado ante aquella abstracción ¿Operaban aún en aquel momento los encantos de Fleta sobre la mente de aquel hombre? ¿Modelaba aún ésta los pensamientos del religioso, según su voluntad?

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Así lo parecía. El nombre de la Princesa fue el primero que salió de sus silenciosos labios.

–La Princesa –dijo–, la Princesa comenzar un largo y peligroso viaje.

Fleta

está

a punto

de

Horacio se sobresaltó y volvió su rostro rápidamente, comprendiendo que se había puesto pálido. ¿Era cierto que aquella mujer abandonaba la ciudad? ¡Qué inesperada noticia y qué terrible!

–Dentro de muy poco –continuó el Padre Amyot–, la Princesa se casara, y antes de su matrimonio tiene que realizar cierta misión, en la que sólo vos, según ella, podéis ayudarla. Su viaje está relacionado con esta misión. Es necesario que la acompañéis, en el caso de que estéis presto a ello.

Horacio no contestó. No se le ocurría contestación alguna. Permaneció sobrecogido, sin aliento, y no pudo reponerse en un instante. Todo aquello resultaba increíble. Se le aparecía como cosa imposible, a la vez que una secreta convicción le indicaba que, sin embargo, había de realizarse.

El Padre Amyot tomó la palabra al observar que Horacio nada resolvía.

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–Querréis saber el motivo de vuestro viaje –dijo–, más debo advertiros que esto es imposible. La Princesa ha decidido no informar a nadie respecto a este punto.

–¿Ni aún a quien dice puede ayudarla? –preguntó Horacio. –A nadie.

–¡Bien! –exclamó Horacio, levantándose con un ademán de indignación–. ¡Que la siga quien quiera ir ciegamente en pos de ella! No seré yo quien lo haga.

Y diciendo esto atravesó la celda, dirigiéndose a la puerta sin saludar casi al solitario Padre. La voz de éste le detuvo.

–Viajaríais solos, a no ser por un acompañante que irá a vuestro lado –dijo.

Horacio se volvió lleno de asombro y contempló durante algunos momentos al sacerdote. –¡Eso es imposible! ¡Eso no puede ser! –exclamó. Pero luego añadió para sí mismo: ¡Cierto es sin duda!

Para el escéptico Horacio, todo aquello adquiría de pronto una forma completamente comprensible. Sin duda, Fleta, se decía, emprende un viaje en el que necesita un compañero a causa tal vez de los peligros y no puede depositar en nadie su confianza. ¡Se había propuesto tal vez aprovecharse de su

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amor y le brindaba su compañía en pago de sus cuidados y para retribuir su silencio! Esta idea no le era desagradable.

«He oído hablar de princesas que arriesgan hasta lo imposible confiadas en el poder de su posición. He oído hablar de que el capricho real no siempre aparecía comprensible a la inteligencia general humana. Acaso sea así. ¡Pero, Fleta! ¡Ah, yo que la había creído distinta!»

Estos fueron sus primeros pensamientos. Su conclusión fue imaginar que la Princesa exigía de él que fuera su adorador a la vez que su siervo. Pero repentinamente acudió el recuerdo de la inmaculada figura de Fleta con sus blancas vestiduras, con su adorable aspecto de sacerdotisa. Su propósito era tan inescrutable como ella. Horacio se daba cuenta de esto a través de sus dudas. Y mientras pensaba esto, una repentina fragancia embriagaba sus sentidos, un fuerte perfume semejante al de las ropas de Fleta, un sagrado perfume de incienso llenó de confusión su cerebro. Se vió precisado a retroceder vacilando hasta la pared y, perdida la noción de que estaba en la celda del Padre Amyot, llegó a sentirse cerca de su rostro… a sentir próximo su perfumado aliento. ¡Oh, que delirio, que infinito placer estar a su lado, viajar con ella, ser su asociado y compañero, permanecer a su lado todas las horas del día!

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Pero de pronto cesó aquel éxtasis y la realidad apareció nuevamente ante sus ojos. De nuevo observó al Padre Amyot y, comprendiendo que era preciso resolverse, le contestó de una manera resulta:

–Acompañaré a la Princesa. El sacerdote le miró fijamente; después advirtió:

–Os costará caro. Pensadlo bien antes.

–Es inútil pensar –replicó Horacio–. ¿Con qué objeto? ¿No siento? Y sentir, ¿no es vivir?

Pero el Padre Amyot parecía no escuchar ya sus palabras. En apariencia se hallaba sumido en la oración. Evidentemente había dicho todo lo que se propusiera decir.

Horacio le observó un instante y después abandonó la celda. Conocía demasiado bien al sacerdote para intentar seguir conversando, cuando tan honda nube de profundo y melancólico ensimismamiento se reflejaba en su semblante. Se alejó, pues, atravesando de nuevo la Catedral. Pero antes de salir se detuvo al pasar frente al altar mayor y, arrodillándose, murmuró una plegaria, una de aquellas plegarias que aprendiera de niño y a cuyos familiares términos apenas concedía significación. Le consolaba pensar que había orado,

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aún siendo tan poco sentida su oración. Horacio había sido educado desde su infancia en todos los usos y costumbres del devoto católico griego.

Salió, pues, de la Catedral y se encaminó apresuradamente hacia la posesión de la Princesa. Estaba resuelto a saber la verdad inmediatamente. ¿Entre tanto distinguido personaje como constituía la brillante corte de la Princesa, podía ser posible aquella preferencia por él? Una hora antes se hubiera reído de quien se lo asegurase y, ahora, sin embrago, lo creía. ¡Ah, cómo le embriagaba esta creencia! Por vez primera comenzaba a sentir la ceguera del amor. Miraba hacia el pasado y le parecía que una hora antes no quería a Fleta, que no la había amado hasta aquel momento.

Mientras pensaba llegó al jardín. La Princesa estaba en la puerta rodeada de flores. Su traje blanco, su rostro lleno de alegría como el de un niño y su cuello adornado de rosas hicieron latir de gozo el corazón de Horacio. Entró éste y juntos se dirigieron hacia la casa.

–Vengo de ver

al Padre Amyot –dijo Horacio cuando

llegaron–. Esta mañana me mandó buscar.

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–Sí –contestó Fleta sencillamente–. Tenía un recado mío para vos. ¿Queréis encargaros de un trabajo fatigoso para quien tan poco acostumbrado esta a pasarlos?

–¡Oh, Princesa mía! –balbuceó Horacio, mientras inclinaba su cabeza.

–Pero no vuestra Soberana –replicó Fleta, con una sonrisa en la que se adivinaba la espléndida insolencia de quien se reconoce digna de una corona o de quien lleva en sus venas la sangre de los reyes.

–Sí, Soberana mía –volvió a decir Horacio.

–Si me llamáis así –dijo entonces apresuradamente la Princesa, cambiando la dulce inflexión de su voz–, tendréis que admitir una clase de majestad no reconocida por los cortesanos.

–La admito –replicó sencillamente Horacio.

–La majestad y la soberanía del verdadero poder –añadió la Princesa significativamente, dirigiendo a Horacio su penetrante mirada,

–Llamadla

como

queráis

–repuso

el

joven–.

Sois

mi

Soberana y os juro fidelidad desde este momento.

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–Así sea –dijo la Princesa acompañando sus palabras de una sonrisa llena de frescura–. Estad presto mañana a medio día. Por la mañana recibiréis la indicación del punto en que me habréis de encontrar.

–¿Y mi madre? –preguntó.

–¡Oh! –exclamó Fleta–. ¿Creéis que no la he visitado ya? Mi padre se va hoy al campo y ella cree que le acompañáis. Por otra parte no la disgusta os unáis a la corte.

–Es extraño –dijo Horacio–, pues siempre le volvió la cara. Pero la sonrisa de Fleta le hizo conocer lo ligero de sus palabras, y añadió:

–Se hará como mi Soberana ordena. Al parecer, hombres y mujeres la obedecen aún en lo más profundo de sus corazones.

–No –exclamó Fleta suspirando–; precisamente eso es lo que no hacen. Ese poder es el que aún no he conquistado. Es verdad que me obedecen, pero en contra de los dictados íntimos de sus corazones. Si realmente me amarais, podríamos obtener ese poder; pero sois como los otros. No me amáis en el fondo de vuestro corazón,

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–¡Qué no os amo! –exclamó Horacio lleno de asombro,

como

si

aquellas

palabras

le

hubieran

privado

de

conocimiento.

 

–No –respondió tristemente la Princesa–, no me amáis. Si verdaderamente me amarais, no calcularíais si era virtuosa o no, o si descendía de un rey o de las estrellas. Os repito, Horacio, que si fuerais capaz de amarme de verdad, podríais encontrar conmigo la senda que conduce a la esfera de los dioses y hasta sentaros entre ellos. Pero no, Horacio, vaciláis y vuestro amor vacila. No os abandonáis por completo y esto significa para vos dolor, pues no podéis encontrar placer perfecto en una cosa que aceptáis con desconfianza y devolvéis a medias. Viajaréis sin embargo conmigo, y seréis mi amigo y mi compañero. A nadie más que a vos se le presentó tal circunstancia. ¿Cómo me recompensaréis? ¡Oh, demasiado lo sé! Ahora idos, pero estad preparado para cuando os avise.

Y diciendo esto se volvió y entró en la casa, dejándole en el jardín. Durante unos momentos permaneció allí, turbado e indeciso… Pero no estaba humillado y molesto en su vanidad, como lo hubiera estado en cualquier otra ocasión al escuchar tan altivas palabras. Estaba más bien consternado y lleno de horror. ¿Era aquella la mujer que amaba? ¿Era a tal espíritu tirano y soberbio a quien amaba? ¿Aquella extraña mujer que

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antes de que le hubiera confesado su amor ya le reprochaba el no amarle lo bastante? ¡Ah, cómo le ofendía la conducta de Fleta! ¡Ah, cómo aquel comportamiento le llenaba de angustia y sublevaba su corazón! Sin embargo, no podía detenerse; a tal punto de amorosa exaltación había llegado. Sufriría en tanto le dominase tal pasión, pero no era lo suficientemente fuerte para sofocarla.

Sumido en estos amargos pensamientos, volvió lentamente a la ciudad. Estaba realmente avergonzado y descorazonado; su amor parecía mancharle. En otro tiempo había concebido altos ideales que ahora desechaba para siempre. ¡Y como no, cuando al día siguiente salía para un largo viaje cuyo fin desconocía y en unión de una mujer con quien nunca podría casarse y de la cual era, sin embargo, un adorador juramentado! Horacio comenzó a considerar todo aquello desde un punto de mira fatalista. Su debilidad le obligaba a encogerse de hombros, considerándose menos fuerte que su destino.

Así pues, tristemente y con el corazón agitado, se acercó a su casa y una vez en ella comenzó a preparar rápidamente todo lo necesario para un viaje por tiempo indefinido. Su madre, como Fleta le había dicho, estaba preparada para ello,

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y

es

más,

parecía

ver

en

la

Princesa

algo

a

modo

de

bienhechora diosa que la buena fortuna colocara en su camino.

–Siempre me he opuesto –decía– a la idea de que fueras un parásito de la corte. Pero es distinto que la corte desee tu presencia. Tal vez esto pueda proporcionarte algún alto puesto. Lo que únicamente temí es que llegaras a ser un ocioso cortesano. Me alegra mucho que partas para el campo. No quiero ver a mi querido hijo con un aspecto tan pálido y marchito…

Horacio asintió tácitamente y sin replicar a todo aquel engaño con que Fleta le había preparado el camino.

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CAPITULO V

Se dice que las aventuras son dulces para los jóvenes. De ser así Horacio debió encontrar el colmo del placer ante tantas y tan extraordinarias como se le presentaron. Durante los varios días que siguieron a su partida apenas transcurrió una hora sin que algún acontecimiento grande ocurriera. No se ha de decir que estuvo pronto a la hora indicada por Fleta y preparado para cualquier contingencia posible. Pensando que tendrían que subir a montañas durante el viaje y conociendo la anti aristocrática repugnancia de la Princesa por las cosas superfluas, redujo lo más que pudo su equipaje.

No le hubiera extrañado ver que la Princesa partía con su traje de amazona por todo equipo. Lo único que temía era la sorpresa de su madre cuando le viera partir sin tanta cosa necesaria. Pero la buena suerte –¿fue otra cosa?– hizo que saliera aquel día. Un amigo de fuera de la ciudad, gravemente enfermo, la llamaba y se vio precisada a despedirse de Horacio antes de su marcha. De modo que éste hizo sus preparativos sin ser molestado por inquisitorias y preguntas.

Hacia el medio día, un muchacho se presentó en casa de los Estanol con una nota que dijo habría de entregar a Horacio en propia mano. Éste, adivinando que era de Fleta, salió a

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recibirla inmediatamente y una vez en su poder la abrió. «¡Un renglón tan sólo! ¡Y sin firma!»

«Os espero fuera de la puerta del norte».

No decía más el plieguecillo. Horacio tomó con su propia mano la maleta, temeroso de alquilar un coche por si desagradaba a la Princesa que ajenas miradas presenciaran su cita. Salió pues de la ciudad, atravesando por entre las calles menos frecuentadas que pudo escoger y huyendo de tropezarse con alguno de sus amigos. No encontró, empero, a ninguno, y con un suspiro de satisfacción atravesó la puerta de la cita y se dirigió por el campo que fuera de ella se extendía. Pronto divisó un hermoso coche parado bajo unos árboles, tirado por cuatro caballos con sus correspondientes postillones. Horacio se sorprendió. No esperaba tanto lujo. Pero cuando llegó a la puerta del coche creció aún más su sorpresa. El aspecto de Fleta no era el más a propósito para un largo viaje: su toilette era más cuidadosa que de costumbre y su cabeza y sus hombros estaban cubiertos con negros y hermosísimos encajes. Se reclinaba voluptuosamente en una esquina del amplio coche con una soñadora expresión en su semblante, completamente nueva para Horacio. Enfrente de ella estaba el Padre Amyot. Horacio no pudo menos de mirar al fraile con asombro. ¿Iba a quedarse la ciudad sin su

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predicador favorito? ¿Cómo iban a dejar de conocer los entrometidos de la corte el viaje de la Princesa?

Pero Horacio había resuelto no atormentarse con más conjeturas. Entró, pues, en el coche y Fleta le indicó se sentara a su lado.

¡A su lado, sí! Aquel era su sitio. Y el Padre Amyot, el predicador popular, amado y aún adorado por toda la ciudad, cuyas inspiradas palabras penetraban los secretos y las penas todas de los ciudadanos, se sentaba en el lado opuesto del coche. ¿Espiaba a los amantes? Aparentemente, no. Sus ojos estaban bajos y, al parecer, miraba fijamente sus manos entrelazadas. Estaba allí sentado cual si fuera una estatua. Una vez o dos que Horacio le mirara, hubo de creer que estaba allí contra su voluntad. ¿Era esto así? ¿Era un instrumento servil de Fleta, obligado por este temperamento imperioso a hacer su voluntad? Seguramente, no. Demasiado conocido el Padre Amyot como hombre de voluntad, no podía suponerse de él tal cosa. Horacio se contuvo por centésima vez en medio de sus especulaciones sin esperanza, contentándose con gozar de aquel presente sin preocuparse del futuro y sin tratar de leer en el corazón de los demás. ¡Así fue este joven filósofo, con los ojos abiertos según él creía, a su propia destrucción!

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El coche rodaba con gran velocidad. Estaba tirado por cuatro hermosos caballos rusos y conducido por los propios postillones de la Princesa, acostumbrados a las maneras de ésta, y a las grandes velocidades que encantaban su intrépido espíritu de amazona. Inteligente y aficionada a los animales, eran siempre los suyos los mejores de la ciudad.

Le extrañaba grandemente a Horacio aquella independencia y libertad de acción, máxime cuando aún él no había abandonado cierta parte de su sujeción doméstica. Él, que no se creara aún ninguna posición, dependía en absoluto de la fortuna de su madre, por lo cual en algunas ocasiones tan sólo podía hacer lo que ella aprobaba. Siendo aún tan joven, todo esto parecía natural. Fleta, sin embargo, era aún más joven que él, aunque le era difícil recordarlo ¡Tan dominante era su temperamento! Una simple ojeada a su lozano rostro de líneas tan suaves que resultaban infantiles o a su flexible y majestuoso cuerpo, dejaban adivinar que la Princesa era aún una muchacha. ¿Habría creído acaso el afortunado personaje que iba a contraer matrimonio con ella, que era una criatura apenas formada, en la que aún permanecían frescas las impresiones de la escuela y completamente a propósito para modelar en ella un nuevo carácter?

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Durante toda la tarde caminó el coche sin hacer apenas un alto. El tiempo transcurría sin que se pronunciasen sino insignificantes palabras. Para Horacio, sin embargo, transcurría rápidamente. La mera idea de su nueva posición era suficiente para abstraerlo. ¡Permanecer junto a Fleta, contemplando durante tanto tiempo seguido su misterioso rostro! ¡Oh, aquello era suficiente para llenar su anhelante espíritu! Fleta misma parecía abismada en profundos pensamientos. Permanecía silenciosa dejando caer su mirada sobre el variable paisaje, mientras su espíritu vagaba quién sabe por qué remota región. En cuanto al Padre Arnyot, su mirada permanecía clavada sobre un pequeño crucifijo que parecía escondido entre sus entrelazadas manos y en sus labios parecía vagar de vez en cuando alguna plegaria. Toda su austera expresión no parecía indicar sino la secreta contemplación de un interior mundo divino.

A la puesta del sol se detuvieron en una pequeña posada inmediata al camino. Suponía Horacio que no habían de quedarse en aquel pequeño mesón, donde apenas parecía pudieran detenerse los viajeros a beber o dejar descansar sus

caballos.

Pero

no

fue

así,

sin

embargo.

El

carruaje

fue

conducido detrás de la pequeña casita y los caballos

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desenganchados. Fleta se internó por una de las puertas laterales seguida de sus dos compañeros.

Dentro encontraron una sencilla y cariñosa mujer que, evidentemente, conocía a Fleta. Horacio supo en breve que aquella mujer había pertenecido a la servidumbre de la cocina real. Pero después supo cosas verdaderamente raras. Aquella casa no era, en realidad, sino un sitio en donde se detenían a beber los que pasaban por el camino y no tenía ni sala, ni comodidades de ninguna especie para viajeros de otra clase, todo lo cual lo sabía indudablemente Fleta. Ésta aproximó hacia el centro de la habitación una tosca silla y se sentó cerca del fuego que llameaba hacia lo alto de la abierta chimenea, como si estuviera en su propia casa.

–Tenemos que cenar aquí –dijo después a la posadera–. Traednos lo que podáis. ¿Se podrá disponer habitación para nosotros esta noche?

La hostelera se acercó a Fleta y murmuró junto a ella algunas palabras; la Princesa sonrió. Después, dirigiéndose a sus acompañantes, dijo:

–Según parece, aquí no hay habitaciones; esto, como se ve, no es un hotel. ¿Continuamos nuestro camino o nos quedamos aquí durante esta noche?

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–Los caballos están fatigados –respondió el Padre Amyot, hablando por primera vez desde que saliera de la ciudad.

–Es verdad –dijo Fleta distraídamente, como si no pensara ya en aquella cosa–. Me parece, pues, que tendremos que permanecer aquí.

Horacio no había pasado nunca, ni hubiera creído que pudiera pasar una noche tan ruda como aquella. Gustaba del confort, casi del lujo; más ¿cómo protestar cuando su Princesa, la más grande señora del país, le daba el ejemplo? Cualquier objeción hubiera resaltado afeminada, y su orgullo le obligó a guardar silencio. Más, cuando después de una insignificante comida tornaron cada uno de ellos a sus respectivos asientos, Horacio no pudo menos de echar de menos, muy sinceramente, su casa con sus confortables habitaciones.

Mientras pensaba esto, se dio cuenta de que los oscuros ojos de Fleta estaban fijos en él y no se encontró con fuerzas para levantar su mirada temeroso de que ésta hubiera leído en su pensamiento. No hubiera querido que Fleta le hubiese observado, no quería aparecer en la mente de ésta como más afeminado que ella misma.

Había inmediata a aquella estancia una segunda cocina en

la

que

los postillones y otros hombres, ordinarios

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frecuentadores de la casa, se reunían aglomerados, bebiendo, charlando y cantando. Su presencia resultaba horrible para Horacio, acostumbrado a susceptibilidades. Fleta, en cambio, parecía tan indiferente a toda aquella algazara como al olor del pésimo tabaco; más bien parecía que no se daba cuenta de ninguna de aquellas cosas, abstraída en sus propios pensamientos. Permanecía sentada con la cabeza apoyada en su mano, contemplando el fuego y en una tan graciosa y perfecta actitud que parecía un extraordinario objeto de exquisito arte, colocado entre los más groseros objetos de la vida vulgar. Resultaba más hermosa que nunca por el contraste y, sin embargo, aquella incongruencia resultaba dolorosa para Horacio.

El silencio de la estancia en que estaban resaltaba aún más por el creciente ruido de la inmediata habitación, ahora en su apogeo. La hora de ir cerrando la casa llegó por fin y la amable hostelera fue conduciendo a la puerta a sus parroquianos, hasta que ya no quedaban en toda la casa sino los que habían de pernoctar para continuar después su camino. Estos, incluso los postillones, se encontraron en uno de los costados de la chimenea y en aquella misma posición no tardaron en caer en un sueño profundo. A Horacio le parecía estar pasando a través de un doloroso sueño y deseaba ardientemente

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despertar de él, despertar aunque fuese para encontrarse en su casa y lejos de Fleta.

Por último, fue el sueño apoderándose de él y su cabeza inclinándose, hasta que allí mismo, rígido en aquella tosca silla de madera, se quedó completamente dormido. Cuando despertó, una verdadera sensación dolorosa había entumecido sus miembros a causa de la violenta postura. Apenas podía contener sus dolorosas exclamaciones. Pero en seguida recordó que si los demás estaban durmiendo, no debía despertarles. Entonces miró rápidamente a su alrededor. El Padre Amyot estaba cerca de él con el mismo aspecto exacto que tenía cuando entraron en la casa; se le hubiera tomado por una estatua. El asiento de Fleta permanecía vacío.

Se rehízo e, incorporado ya, miró el asiento vacío y después la habitación toda. Tal vez, pensó, la posadera habría encontrado algún lugar para que descansara la joven Princesa. Luego una sensación opresora se apoderó de él; aquel aire de la cocina le asfixiaba. Se levantó con dificultad y, desperezándose, fue hacia la puerta en busca de aire puro.

Hacia una espléndida mañana. El sol que acaba de aparecer iluminaba la tierra que parecía una hermosa mujer acabada de despertar. ¡Qué penetrante aire el de la mañana! Horacio

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respiraba con ansia mientras extendía su mirada por el horizonte. La comarca en la que se habían detenido era en extremo pintoresca y en aquellos momentos aparecía revestida de su más fascinadora apariencia. Una sensación de grato deleite llenó su alma, la inquietud de la pasada noche se había disipado y ahora se encontraba alegre y lleno de juventud y de fuerza. Salió, pues, y paseó fuera de la casa abandonando el camino e internándose por entre las hierbas salpicadas de fresco roco. Había un arroyo en el valle en el que determinó bañarse.

Se había aproximado a él en un instante y en otro se había desnudado; luego se sumergió en el agua fría como el hielo. Una impresionante sensación de vigor se esparció por todo su organismo.

¡Jamás se había sentido tan lleno de vida como entonces! No era posible permanecer mucho tiempo en el baño por estar demasiado frío: así pues, saltó de nuevo a la orilla y allí permaneció durante un momento a la brillante y matutina luz del sol. Su carne brillaba de tal modo que se hubiera dicho al verle que era una estatua tallada por el dios del día. Lentamente comenzó a colocarse sus ropas en paulatino y parcial retorno y sumisión a la civilización. Algo del salvaje, oculto en él, había resucitado. Un abrasador fuego que hasta

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entonces no había sentido, le hacía ansiar la libertad y la vida sin trabas. ¡Este era Horacio Estanol! Parecía increíble que unas ráfagas del aire fresco de la mañana y una inmersión en las heladas aguas bajo el descubierto cielo, hubieran bastado para despertar al salvaje oculto en él bajo convencional apariencia, como está oculto en los demás seres que encontramos en la vida ordinaria. Se apresuró y partió a grandes pasos como si le precisara llegar a algún lugar determinado, aunque en realidad su agitación no obedecía sino a un nuevo placer que experimentaba en el movimiento. Había allí un espeso grupo de viejos tejos cerca del arroyo al que los supersticiosos consideraban como sagrado. Y no era de extrañar, tan majestuosa era su elevación y tan oscura su sombra. Horacio se aproximó hacia aquella avenida atraído por su espléndido aspecto, y conforme se acercaba a su margen una oscura y remota sensación de familiaridad surgía en él. Jamás había salido de la ciudad por aquel sitio y, sin embargo, le parecía que había entrado en aquel grupo de árboles otras muchas veces. Todos estamos acostumbrados a esta sensación. Horacio se rió de sí mismo y abandonó aquella idea. ¿Y si había visitado aquel sitio en sueño? Ahora era día claro y ante la luz se sentía joven y poderoso. Se sumergió,

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pues, en la umbría espesura, agradándole el contraste que con ella ofrecía la luz del sol de aquella mañana.

Repentinamente su corazón saltó dentro del pecho y su cabeza se tambaleó. Allí, ante él, estaba Fleta como un espíritu de la noche, ¡tan pálida, grave y arrogante estaba su cara y tanta parte parecía tener en aquella espesa sombra del bosque!

–¿Sois vos? –exclamó ella con una misteriosa sonrisa, con una sonrisa profunda, de insondable conocimiento.

–Sí, yo mismo! –respondió; y sintió que conforme hablaba decía algo tal vez trascendental que él mismo no comprendía. Durante algunos momentos permanecieron juntos en silencio:

entonces se dio cuenta Horacio de que estaba con aquella mujer solo, en medio del mundo. En aquellos momentos estaban separados del resto de la tierra, estaban separados por la profunda sombra del bosque de todo movimiento de vida dependiente dcl sol. Estaban solos, completamente solos. Y bajo el peso de aquella repentina sensación de soledad el espíritu de Horacio habló:

–Princesa –dijo–, estoy dispuesto a ser vuestro ciego siervo, vuestro silencioso esclavo, estoy dispuesto a no preguntaros más que lo que me digáis. Y bien sabéis por qué anhelo ser un mero instrumento en vuestras manos. Sabed que os adoro.

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Pero nada más justo que paguéis en alguna forma este instrumento. No puedo adoraros únicamente a vuestros pies. Fleta, habéis de entregaros a mí, completamente, absolutamente. Casaos con el hombre a quien habéis sido prometida si deseáis ser reina, más concededme vuestro amor, vuestro amor único. ¡Oh Fleta, Princesa encantadora, no podéis rechazarme!

Fleta permaneció inmóvil durante un momento con los ojos fijos sobre el joven.

–No –dijo ella–. No puedo rechazaros.

Y a Horacio, le pareció durante un instante de horror, que en los ojos de aquella mujer brillaba un destello de indescriptible desprecio. ¡Había hielo en su sonrisa y en sus labios y en aquella mano que se había posado sobre la suya!

–El trato está hecho –dijo finalmente ella–. Todo aquello que podáis tomar de mí, es vuestro. Yo pagaré vuestro amor con el mío, sólo que no debéis olvidar que después de todo somos dos personas distintas que no podemos amar del mismo modo. ¡No olvidéis esto!

Horacio no acertaba a contestar. Conforme aquella extraña mujer hablaba, fue reconociendo a su Princesa, fue viendo a su Reina ante él. ¿Qué significaban sus palabras? ¿Por qué era

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tan desgraciado que su amor había ido a recaer en una mujer de casta real? Tal ligereza no podía, sin embargo, ser deshecha. Debía contentarse con tomar para si aquella parte que un súbdito puede tomar en la vida de su reina, aún siendo su adorador.

Aquella idea golpeó súbitamente su corazón y sus labios exhalaron un suspiro. Fleta dejó caer su mano sobre el hombro de Horacio.

–No os pongáis aún triste –dijo entonces–, esperemos los venideros tormentos. Venid, caminemos hacia la luz del sol.

Y marcharon con las manos cogidas, y pasearon junto al arroyo contemplando sus límpidas aguas.

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CAPITULO VI

Aquel día la jornada comenzó muy temprano y se prolongó bastante. Tan sólo dos veces se detuvieron brevemente con objeto de proporcionar alimento a los caballos. Por la tarde entraron en la parte más desierta de aquel bosque de que se vanagloriaba el país. El Palacio de caza del Rey estaba allí, pero mucho más lejos de aquella salvaje región que atravesaban. Horacio no había estado jamás en aquellos lugares a los que muy pocas gentes de la ciudad se aproximaban excepto las que formaban parte de la comitiva del Rey. De esta región salvaje apenas se conocía nada positivamente y el espíritu aventurero de Horacio se llenaba de regocijo al observar que aquella jornada les obligaba a cruzar tan despoblada comarca. Su curiosidad por conocer el objeto del viaje se había aminorado, ante las distintas sensaciones por que estaba atravesando, suficientes por sí solas para procurar su atención. Por otra parte, se daba cuenta del gran abismo que se había abierto entre la Princesa y él y conocía que ésta le era superior por todos conceptos. Conocía también que estaba separado de ella no sólo por su distinta posición ante la sociedad, sino por algo más, por la distancia de sus pensamientos, más determinada aún en aquella ocasión. Se sintió feliz, sin embargo, cuando una mirada de la Princesa

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penetró profundamente en sus ojos, y casi electrizado cuando la delicada mano de la Princesa se posó suavemente sobre la suya con una dulce languidez que él sólo comprendía. ¡Ah, cuán dulce esa secreta comprensión que separa a los amantes del resto del mundo! ¡Qué extraña, asimismo, esa avasalladora sensación de simpatía que parece rayar con la suprema inteligencia, y que permite a cada uno leer en el corazón de su amante! ¡Caros momentos esos en los que toda la vida fuera del círculo del amor es tenebrosa y oscura, y dentro de él, grande, fuerte y suave! Horacio se reconocía supremamente feliz ante la simple idea de encontrarse al lado de la mujer amada. En la actualidad, habiendo solicitado amar y no habiendo sido rechazada su súplica, nada podía haber para él de una felicidad semejante. Permanecía indiferente ante las asperezas y ante los peligros probables de la jornada, porque iba atravesando peligros que hubieran tal vez preocupado a otro espíritu más intrépido; se hubiera considerado dichoso sufriendo y aún muriendo con tal de compartir todas aquellas sensaciones con Fleta. No podía compartir toda la vida de ella, pero Fleta podía compartir y disponer de toda la suya. Cuando un hombre llega a esta situación, cuando le complace un tal estado de cosas entre él y la mujer que adora, puede decirse que está verdaderamente enamorado.

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* * *

Era muy entrada la noche cuando terminó aquella jornada y los caballos se hallaban fatigados. Mas era preciso llegar hasta cierto lugar, y los postillones les hicieron aún avanzar. Fleta pareció manifestar alguna ansiedad, levantándose frecuentemente para observar por las ventanas del carruaje, y una o dos veces preguntó a los postillones si estaban seguros de no haberse extraviado en el camino. Estos respondieron afirmativamente, con sorpresa de Horacio, para quien resultaba esto incomprensible después de haber estado durante largo tiempo atravesando confusos e intrincados senderos llenos de hierba, imposibles de distinguir entre sí. Pero los que guiaban tenían sin duda señales que sólo ellos podían distinguir, o conocían perfectamente su camino; al fin se detuvieron. Entonces vio que estaban ante una puerta inmediata al camino, una puerta lo suficientemente ancha para poder entrar en coche por ella, pero de muy sencilla construcción. Parecía, por su aspecto, colocada para defender alguna plantación de árboles o cosa semejante y cerraba un rústico vallado casi enteramente oculto por espesas matas de arbustos salvajes. La Princesa Fleta sacó un pequeño silbato que hizo sonar con agudas notas. Después aguardaron. A Horacio le pareció que esperaban mucho tiempo, aunque lo

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que experimentaba era más bien extrañeza a causa de los misterioso de la noche, de aquel silencio profundo y de toda la originalidad de la escena. Estaba interesado, por vez primera desde que salieran, sobre lo que iba a suceder; y lo que sucedió fue que se oyeron algunos pasos y los ecos de una risa, y que inmediatamente dos figuras aparecieron en la puerta: una la de un hombre alto y otra la de una joven y esbelta muchacha. Cuando la puerta se abrió por completo, la joven se dirigió rápidamente hacia el carruaje y abrazó a Fleta con el mayor entusiasmo y deleite. Horacio no comprendía nada de lo que sucedía, si bien en breve había traspasado los umbrales de la puerta con todos los que formaban aquel extraño grupo. Una vez en la casa, el hombre alto se dirigió hacia el interior seguido de la muchacha, mientras Horacio caminaba al lado de la Princesa. La luna iluminaba entonces plenamente el hermoso rostro de ésta y Horacio pudo contemplar en él una alegría y una inusitada expresión de felicidad; sus labios reflejaban la sonrisa de sus propios pensamientos. Tal súbita alegría de Fleta hizo saltar de gozo el corazón de Horacio. Tanta satisfacción no podía ser ocasionada por la presencia de sus amigos, porque éstos se habían adelantado dejándoles solos.

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–¡Fleta,

Princesa

mía!

No,

Fleta

mía

–dijo–.

¿Estáis

contenta por estar a mi lado? –Sí, estoy contenta por estar con vos, pero yo no soy Fleta.

–¡Qué no sois Fleta! –repitió Horacio, con expresión de la mayor incredulidad. Y se detuvo ,apoderándose de una de las manos de su compañera y mirando sus ojos. Ésta levantó su rostro en el que latía una infantil coquetería y espontánea satisfacción.

–Pudiera ser su hermana gemela ¿verdad?, ya que no Fleta misma. ¡Ah, no, el destino de Fleta es vivir en una corte y el mío es el de vivir en un bosque! ¡Vivir! No, ¡esto no es vida!

¿Qué había en aquella voz que ensanchaba abiertamente su corazón? Horacio no pulo menos de pensar para sí que era, que debía ser la voz de Fleta. Ninguna otra mujer podría hablar en aquellos tonos, ninguna otra mujer podría con sus palabras producirle una tan enloquecedora sensación de alegría.

–¡Oh, si! –dijo él–. Esto es vida; cuando uno ama puede vivir en cualquier parte.

–Sí, quizás cuando uno ama –replicó la Princesa.

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–Pero ¿no decíais esta mañana que me amabais? –exclamó desesperadamente Horacio.

–Cierto.

Más

yo

no

soy

Fleta

–repuso

la

joven

burlonamente. Pero mientras en sus palabras latía la burla, su acento era el de Fleta. Indudablemente Horacio lo comprendía, lo escuchaba, lo espiaba. La voz, el rostro, los espléndidos ojos eran de Fleta. Ella y nadie más que ella era quien estaba a su lado. Habían caminado siguiendo a los otros durante algún tiempo, hasta que llegaron a un claro de la plantación en el que había un jardín lleno de delicadas flores, cuyo aroma embalsamaba el aire de la noche.

Repentinamente, divisando aquel lugar, Fleta dijo:

–Me alegra que hayamos llegado a la casa, pues estoy rendida y deseo comer. ¿No os pasa lo mismo? Estoy intrigada por saber lo que se nos dará de cena, porque sabréis que estamos en un encantador lugar que nosotros denominamos el palacio de las sorpresas. Jamás se sabe aquí lo que va a suceder. Por esto se puede pasar aquí un día de fiesta mejor que en cualquier otra parte. En nuestras casas suele haber una terrible monotonía respecto de las necesidades de la vida. Todo es perfecto, ciertamente, pero monótono. En este lugar, come uno a la manera de Rusia un día y como en Hungría al

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siguiente. Reina la perfecta novedad en los menús y todos son siempre buenos. ¿No os parece extraordinario?¿Y los vinos? ¡Cielo santo, qué bodegas las de nuestro santo padre! No podría bendecir de corazón a nadie más que a los padres ha largo tiempo fallecidos, que fundaron esta orden e instituyeron semejantes comodidades.

Horacio había estado mirando a su compañera mientras hablaba, y observándola con creciente asombro. Ciertamente no parecía Fleta. ¿Obraba ella de aquel modo en beneficio de él? Las palabras «santo padre», sin embargo, le obligaron a pensar en otra cosa. ¿Qué había sido del Padre Amyot? No le había visto abandonar el coche cuando se aproximaron a la casa.

–¡Oh!, vuestro santo compañero se ha ido con sus hermanos –dijo la joven sonriendo–. Tienen ellos un lugar que les pertenece, en el cual torturan y mortifican sus carnes. Pero nos tratan bien y por eso me gustan. Tendremos un baile esta noche. ¡Oh, la música en este lugar, Horacio! ¡Es más hermosa que en ninguna otra parte del mundo!

Horacio, al oír estas últimas palabras, no pudo menos que hacer una pregunta. –Si no sois Fleta, ¿cómo es que conocéis mi nombre?

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–¡Vaya una pregunta cándida! Pues porque Fleta me ha dicho todo lo que os relaciona. ¿No habíais oído decir que la Princesa tenia una hermana de leche tan igual a ella que nadie podría distinguirlas? ¿No habéis oído decir que la madre de Fleta era rubia, poco despejada y fea, y que la Princesa no se parecía a nadie de su familia? ¡Ah, Horacio; vos que acabáis de llegar de la ciudad no sabéis estas cosas!

Una repentina idea cruzó por la mente de Horacio.

–He oído, en efecto, que nadie podría explicar de dónde había nacido la belleza de Fleta. Pero creo que tiene su origen en la belleza misma de vuestro espíritu.

–¡Bien! ¿De modo que aún seguís creyendo que soy Fleta? –dijo la joven–. ¡No sabéis qué felices días he pasado, cuando Fleta me dejaba en otros tiempos jugar a la princesa en la ciudad! ¡Cuán extraño, encantador y delicioso encontraban los hombres entonces su carácter! Más, cuando aquel humor se disipaba, de nuevo se sentían dominados y les imponía respeto dirigirse a ella. Pero… ¡Entrad! ¡Estoy sin comer hace tiempo y me hallo desfallecida!

Atravesando una ancha puerta se encontraron en una gran sala. ¡Y qué extraña sala! El suelo estaba cubierto con pieles de animales, algunas de ellas magníficas, y grandes jarrones

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llenos de plantas esparcían por la atmósfera penetrantes aromas. Unos leños ardían en el ancho hogar, ante el cual, con su traje de amazona, con aquel mismo traje usado durante el viaje, permanecía Fleta.

Sí, Fleta.

La muchacha que estaba con Horacio lanzó una carcajada a la vez que hacía palmotear sus manos, mientras éste no pudo menos que reprimir un grito de sorpresa y casi de horror.

–¡Esto es alguno de vuestros hechizos, Fleta! –exclamó casi involuntariamente.

La Princesa volvió la cabeza al oír estas palabras y le miró de una manera singularmente grave, casi dura, que produjo en Horacio una sensación de temor.

–No –respondió con una voz baja y tranquila en la que Horacio creyó descubrir algo de pena–, no hay aquí ninguna escena de magia. Todo esto es muy natural. Esta es Edina, mi pequeña hermana; tan igual a mí, como veis, que aún a mí me es difícil distinguirla.

Diciendo esto, atrajo a Edina hacia ella con un gesto de protectora ternura. Hablaba entonces la Princesa con un acento de bondad semejante al de una reina.

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Horacio permanecía incapaz de hablar e incapaz de pensar y de comprender. Ante él se encontraban dos muchachas y las dos eran… ¡Fleta! Tan sólo por la diferencia en la expresión podía encontrarse entre una y otra cierta discrepancia. Una de ellas le dirigió la más coqueta y encantadora de las miradas, mientras se dirigía hacia su grave hermana. Entonces pudo sentir cuán esencialmente distintas eran las dos. Pero estando juntas una al lado de otra, cuando Fleta decía «mi pequeña hermana» no había exteriormente diferencia alguna. Edina era tan alta y tan hermosa. ¡Eran iguales en todo!

–No os alarméis –dijo Fleta tranquilamente–; pronto os acostumbrareis a estas semejanzas.

–Aunque dudo –añadió Edina con una sonrisa picaresca de sus brillante ojos–, que logréis distinguimos jamás a menos que estemos juntas.

–Venid –dijo Fleta–, vamos a hacer desaparecer el polvo del camino; vamos a asearnos. Justamente es la hora de comer.

Fleta hablaba de manchas de viaje, más Horacio la encontraba de una tan soberana hermosura que le parecía acababa de salir de las manos de su doncella. A pesar de todo se retiraron cogidas de los brazos y Edina aún tuvo ocasión de dirigir una última mirada hacia el perplejo rostro de Horacio.

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Este se quedó solo, en aquel mismo sitio, sin acción y sin pensamiento. Aún permanecía en aquel estado, cuando sintió que alguien le tocaba ligeramente en el hombro; a no ser de este modo no hubiera salido de su abstracción. Era el hombre alto que en la puerta le saliera al encuentro para recibirle; un hermoso joven de expresión bondadosa y llena de alegría y de mirada resplandeciente.

–Venid –dijo–, venid y conoceréis vuestra habitación. Yo aquí soy el maestro de ceremonias, dirigíos a mí para todo cuanto necesitéis, ¡aún para aquello que sea de información! Yo podré o no satisfacer vuestros deseos según los poderes que tengo. Me llamo Marco… Tengo un nombre larguísimo – media docena de nombres más largos que este y sobre todos ellos un título aún–, pero ninguno de ellos os interesarían; aparte de que en medio de un bosque donde no hay ninguna jerarquía son casi preferibles los nombres de una sílaba. Mientras decía esto, en apariencia indiferente a la atención que pudiera prestarle Horacio, fue saliendo delante de él e internándose a lo largo de un alfombrado corredor. Abrió después la última puerta de este corredor e hizo pasar por ella a Horacio.

Se encontró éste en una habitación en la que ya no hubiera podido echar de menos las de su casa, pues era aún más lujosa.

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Un gran baño estaba preparado con agua perfumada. Horacio resolvió bañarse. Le parecía como si le hablara en medio de una multitud de alucinaciones que hubiera de alejar de sí con el agua. Su reducido equipaje había sido conducido a la habitación y así, cuando hubo terminado el baño, sacó de el un traje de terciopelo que creyó el más adecuado para aquel palacio de sorpresas. Acababa justamente de finalizar su aseo cuando oyó un pequeño golpe en la puerta. Después, sin más ceremonia, abrió y entró.

–Venid –dijo–; aquí no esperamos por nadie. El cocinero no lo tolera. Es un santísimo padre verdaderamente, pero nadie puede contradecirle excepto la Princesa. Ella hace siempre lo que quiere. Pero… ¿Estáis ya pronto?

–Completamente

estancia.

–replicó

Horacio

abandonando

la

En el recibidor había una gran puerta doble, de encina ricamente labrada. Esta puerta, que Horacio viera cerrada cuando pasó a su cuarto, permanecía ahora abierta, y por ella entró Marco indicándole el camino. Entonces se encontró en una vasta habitación, cuyo suelo estaba abrillantado como un espejo. Dos figuras permanecían en medio de la sala, adornadas de iguales encajes blancos; eran las dos Fletas que

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Horacio conocía. Su corazón permaneció despedazado, contemplándolas e interrogando en sus ojos, en busca de una mirada de amor, de un destello que le indicara que era su Fleta, su Princesa, la Fleta a la que servía. No había ninguna. Aquellas criaturas habían estado hablando calurosamente y ambas parecían tristes y abatidas.

Al vagar la mirada de Horacio de uno a otro rostro creció su confusión. Un repentino destello de hechizadora y bella sonrisa acudió sobre uno de aquellos semblantes en el que él creyó reconocer a Edina, pero ¿no había visto también aquel encantador destello cruzar el rostro de Fleta? Pero todo fue cosa de un momento y no hubo de detenerse más a pensarlo. En el final de la sala se descubría una mesa servida como pudieran estarlo las mesas de los reyes. Resultaba fastuosa, cubierta con los más finos manteles bordeados de espesos encajes, con múltiples bandejas de oro rebosantes de frutos y decorados espléndidamente con hermosísimas flores. Horacio despertó de sus otras muchas grandes perplejidades ante aquel lujo que encontraba en medio de un bosque. ¿Estaba preparado aquello en honor de Fleta, a quien había visto comer alegre, o mejor, indiferente, una seca corteza de pan en una posada? Mientras él pensaba en todo esto, Fleta, o por lo menos una de las hermanas, se coloco en el final de la mesa. La

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otra ocupó un asiento inmediato al de Horacio, mas éste no podría decir cuál de ellas era; su espíritu entero se absorbía en la resolución de este problema. Marco se sentó en el otro frente de la mesa, preparándose evidentemente para realizar todos los trabajos necesarios a la regularidad y marcha de los manjares. Dos asientos más había dispuestos en aquella mesa, aunque nadie había venido a ocuparlos. Se servía una aparatosa y abundante comida. Horacio hubo de pensar que sin duda era Edina quien se había sentado próxima a él al observar sus indiscutibles dotes de pequeño gourmand. Llegaba a esta conclusión, cuando su atención fue distraída por la apertura de las grandes puertas y por la entrada de dos personas en la habitación. Todos los que ocupaban la mesa se levantaron, excepto Fleta, que avanzó, sonriendo, a recibir a los recién llegados. Eran éstos dos hombres, uno de ellos de un poco más edad que el mismo Horacio y de un aspecto extremadamente distinguido. Poco menos que un muchacho, había en sus ademanes una dignidad tal que le hacía aparecer de más edad. Repentinamente Horacio experimento una indescriptible sensación de celos, vaga, pero de celos sin duda. Fleta había puesto sus dos manos sobre las de este joven y le había saludado con gran fervor. A su lado permanecía un pequeño y estropeado viejo con el mismo traje del Padre

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Amyot. Esta circunstancia extrañó a Horacio, aunque por ella llegó a la conclusión de que era cierto cuanto Edina le había referido.

Algo de familiar en el semblante del joven recién llegado atraía la atención de Horacio. Cuando Fleta se le acercó hizo una mutua presentación.

¡Era el joven Rey a quien estaba prometida!

Al llegar a este punto es necesario advertir que esta es una de esas historias que no suelen ser frecuentes, no una historia de las que conoce todo el mundo, por lo cual se nos permitirá que demos a este joven Rey el nombre de Otto dejando, empero, a los que lo deseen, la determinación del reino sobre que dominaba y la averiguación de su verdadero nombre.

Dicho esto añadiremos que el joven Rey se sentó frente a Horacio y al lado del anciano sacerdote.

Horacio sintió que le abandonaban todas sus fuerzas; que toda su esperanza y su vida se disipaban; y por una terrible resolución de toda su naturaleza volvió a su escéptica estimación de las cosas humanas y aún más todavía de las que se relacionaban con Fleta. Hubo entonces de creer que ésta le llevara allí para burlarse, para atormentarle, para mostrarle su propia locura e insensatez al pretender su amor frente a tal

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rival… Sentía destrozado su corazón al encontrar que el joven Rey Otto era un ser tan privilegiado. ¿Y cómo Fleta había ido hasta allí? ¿Y por qué le había obligado a acompañarla? Estas dudas, y estas conjeturas y temores despedazaban su alma y le obligaban a permanecer silencioso, abstraído y sin fijarse en los platos que ante él desfilaban intactos. Entretanto, en la mesa se hablaba alegremente y se reía; el joven Otto parecía tener una conversación inagotable. Horacio, que lo observaba, sentíase aún más molesto oyendo siempre aquella voz timbrada y armoniosa que ponía más de relieve su mutismo y la amarga pena que silenciosamente le oprimía…

–¿Estáis triste? –dijo a su lado una voz suavísima–. Es duro si amáis a Fleta verla monopolizada por otra persona… Mas ¡oh!, ¿cuantas veces he sufrido de este modo? Pero bien está. Así ha de ser y si lo siento es tan sólo por vos. Acasos si Otto no hubiera estado aquí dedicando toda su atención a Fleta, lo hubierais hecho vos y no hubierais tenido una simple mirada para nadie más… ¡Ay de mi!

Edina, que era quien hablaba, dejó escapar un suspiro mientras pronunciaba sus últimas palabras con una voz tenue y suave.

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¡Aquella voz era la

de Fleta, como eran de ella aquellos

hermosos ojos que se volvían para Horacio! Éste no pudo

menos de creerlo así. ¿No conocía bien a Fleta?

–¡Ah,

cómo

estáis

jugando

conmigo! –exclamó

ansiosamente– ¡Sois Fleta ahora y no Edina! ¿No es así? ¡Oh,

amor mío, sed sincera, sed sincera y confesadlo!

Hablaba en medio de las voces de los demás, pero Fleta miró a su alrededor alarmada. En seguida hizo un rápido gesto imponiéndole silencio.

–¡Callad, por Dios! –dijo después–, y tened cuidado; ¡vuestra vida sería perdida si revelarais aquí vuestro secreto! Cuando la comida acabe venid conmigo.

Aquella cita trajo la alegría al corazón de Horacio; su alma se conmovió, su espíritu vibró, la escena toda revistió nuevo aspecto.

Entonces vio por primera vez las hermosas frutas que tenía ante sus ojos y tomando algunas, comió, y bebió el vino que había en su vaso. Fleta le observaba.

–¡Ahora comenzáis a comer! –dijo–, mas no importa; sois joven y sois fuerte. ¿Creéis –añadió aún sonriendo– que viviríais a través de muchos azares?

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La

respuesta

de

Horacio

era

tan

indicada

que

no

es

necesario escribirla. No supo cómo la pronunciara, mas en su espíritu estaba que por Fleta soportaría todos los azares del mundo. La joven sonrió de nuevo y exclamó pensativamente.

–¡Puede ser! –Mas esta frase fue acompañada de una sonrisa tan encantadora por una parte y de una mirada tan fría por otra, que todos los tristes pensamientos del joven renacieron aún con más fuerza que antes. Horacio vació su vaso y no volvió a comer más, así, que vio con agrado que pocos momentos después abandonaban todos la mesa. Él siguió a la joven que se sentara a su lado desde la entrada de Otto y, después de atravesar con ella la espaciosa habitación, vio que entraban en un invernadero cuya puerta se abría en aquella misma estancia. Era una magnífica estufa llena de plantas rarísimas y excesivamente hermosas que, sin embargo, le inspiraron una inexplicable repugnancia. Sus colores variadísimos y sus numerosos capullos no impedían observar que todas ellas pertenecían a una misma extraña especie.

–Como veis son preciosísimas –dijo Fleta contemplando las flores que estaban a su lado–. Obtengo de ellas una rara y preciosa substancia que tal vez me hayáis visto emplear – añadió después de una pausa.

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Horacio hubiera deseado abandonar el invernadero, pero era tan evidente que no era este el deseo de Fleta, que no se atrevió a proponérselo. Se veían junto a los flores algunos asientos, en uno de los cuales se sentó Fleta invitando, a Horacio a que se colocara a su lado.

–Hoy, comenzó a decir la Princesa, voy a haceros saber cosas que ya tenéis derecho a conocer. Empezaré por deciros que estamos en un monasterio, perteneciente a la más rígida de todas las órdenes religiosas del mundo.

–¿Sois católica? –preguntó Horacio repentinamente. Pero aquella fue una pregunta risible para él mismo. ¿Cómo era posible clasificar las ideas de aquella mujer cuyo pensamiento no podía ser limitado?

Fleta se contento con responder:

–No, no soy católica, pero pertenezco a esta orden. Y como viera extrañeza en los ojos de Horacio, añadió:

–Creo que esta contestación no es muy inteligible, tanto que os parecerá impertinente y sin sentido. Perdonadme, pues, Horacio.

¡Ah, con qué tono hablaba, con qué inflexión dulce y gentil tono hablaba aquella adorable mujer! Horacio perdió todo su

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dominio sobre sí mismo e incorporándose, de un salto, se plantó ante ella.

–No quiero saber cuál es vuestra religión –exclamó apasionadamente–. No quiero saber dónde estamos, ni por qué hemos llegado a este sitio. Sólo os pregunto una cosa. ¿Me amáis ciertamente, como me dijisteis antes de ahora, o amáis al Rey y os estáis burlando de mi? Tengo derecho a pensar en todo esto cuando me habéis traído a este sitio y a su presencia. ¡Oh, cómo me habéis insultado, cómo os burláis de mi cruelmente! ¿Por qué habéis hecho que os ame con toda mi alma? Hoy, que os pertenece mi vida entera, decidme sinceramente la verdad. ¡Decídmela aunque sea triste!

–Pues bien; tenéis un rival poderoso –dijo Fleta deliberadamente–. ¿No es el hermoso cortesano que conocéis todo lo que puede ser un Rey? Además, estoy comprometida con él. Sí, Horacio, estoy comprometida. ¿Os agradaría que la mujer que amáis viviera una vida de falsedad por amaros traicionando a cada hora el cariño del hombre con quien tiene que casarse?

–Yo

quisiera

que

me

amase

–dijo

Horacio

desesperadamente–, y que me amase a toda costa y por encima

de todo peligro. ¡Oh, cuan grande es mi agonía, Fleta! ¿No

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habéis dicho hoy mismo que me amabais, que os entregaríais a mí? ¿Os volveréis ahora atrás?

–No –respondió Fleta–; no lo haré. Porque os amo, Horacio. ¿No fue en sueños donde os vi por primera vez? ¿No he soñado con vos? ¿No fui a vuestra casa a buscaros? ¿No era indigno de una mujer el hacer esto y lo hice sin embargo? ¿Quién sino Fleta hubiera arriesgado algunos peligros? ¡Ah, si supierais lo que arriesgaba y lo que arriesgo ahora mismo por vos! No, no podéis adivinarlo; no puede adivinarse; !no puede saberlo nadie excepto yo misma!

Dijo

la

Princesa

estas

palabras

con

un

acento

de

tal

convicción, que Horacio no pudo menos de exclamar:

 

–¡Huid,

escapad

de

tales

peligros!

–a

la

vez

que un

apasionado deseo de ayudarla nacía en él arrastrando todos

sus pensamientos. Luego añadió, más tranquilo:

–Sois tan poderosa y tan libre que no tenéis necesidad de encontrar peligros. Si el peligro está entre esta gente y en este extraño lugar, ¿por qué no volver a la ciudad y a vuestra casa? ¿Qué os mueve a correr peligro a vos que tenéis cuanto puede ofreceros el mundo? ¿Qué es lo que necesitáis? ¿Hay algo que no podáis obtener?

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–Sí –dijo Fleta–, lo hay. Necesito algo que ningún poder real podría proporcionarme. Necesito algo que me costará tal vez la vida el obtenerlo. Más estoy, sin embargo, pronta a sacrificarla. ¡Qué es para mí la vida! ¡Nada!

Se había levantado y marchaba impacientemente de un lado a otro, agitada por una extraña expresión de ansiedad y con los ojos abrillantados.

¡Aquella

era

la

mujer que

amaba!

importaba la vida propia!

¡Un ser

a quien

no

Pero Horacio, olvidando todo lo que había de extraño en aquellas palabras y ademanes, no pensaba sino en que no era posible a Fleta retroceder en el camino de su amor después de las extrañas y terribles palabras que acababa de oírla pronunciar.

–¡Ah! ¡Esto, esto es lo que me detiene! –continuó diciendo antes de que Horacio tuviera tiempo de hablar. Esta vez estaba alterada profundamente y pálida, tan pálida que Horacio se olvidó de todo al mirarla.

–Esto es lo que me detiene –repitió– y lo que me impide ser fuerte; esta ansia por ello. Suspirando profundamente se dejó caer en su asiento con un abatimiento incomprensible. Con la cabeza inclinada se ensimismó en una profunda meditación.

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Pocos momentos después comenzó a hablar de nuevo incoherentemente y de un modo casi ininteligible.

–Siempre he sido demasiado impaciente, demasiado ansiosa –decía con profunda tristeza–. Siempre he tratado de obtener lo que he deseado sin esperar a merecerlo. Ha pasado mucho tiempo desde que vos y yo vivíamos bajo aquellos florecientes árboles. ¡Han pasado edades! Rompí la paz que nos mantenía sencillos y fuertes e hice surgir tormentas de pena y de peligro en nuestras vidas. Tenemos que vivir así. ¡Ay, Horacio!, tenemos que vivir de este modo persiguiendo nuestro fin. ¡Cuánto tiempo emplearemos en ello! ¡Cuánto tiempo!

Mientras hablaba dejaba traslucir tal desesperación, tal angustia en su voz y en sus ademanes; y todo aquello era tan inusitado en ella, que Horacio, que no poseía la clave de todo aquel dolor, permanecía, sin embargo, sobrecogido. No pudiendo seguir tan extrañas ideas, permanecía mudo siguiendo con la mirada aquella extraordinaria mujer.

–¡Oh amor! ¡Oh ilusión mía! –murmuró al fin, sin darse

apenas

cuenta

de

lo

que

decía

y

dominado

por

el

más

vehemente

anhelo–.

¡Cuánto

daría

por

poder

ayudaros!

¡Cuánto daría por entenderos!

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–¿Lo deseáis verdaderamente? –preguntó Fleta con una inflexión de voz dulcísima.

–¿No lo sabéis? ¿No sabéis que mi alma se abrasa por encontrar la vuestra, por reconocerla y por ayudaros? ¿Por qué estáis tan lejos? ¿Por qué estáis como las apretadas e incomprensibles estrellas para quien tanto os ama? ¡Oh, ayudadme, ayudadme a comprender esto, haced que me sea permitido acercarme más a vos!

Fleta

se

levantó

lentamente,

con

los

ojos

fijos

sobre

Horacio. –Venid –dijo, y tendió su mano hacia él.

Se apoderó Horacio de ella y juntos abandonaron el invernadero. Después atravesaron el comedor en el que antes estuvieran y en el que ahora reinaba la animación y la agitación de la música y del baile… Lo atravesaron y salieron de todas aquellas habitaciones por una puerta especial que abriera Fleta y que daba a un larguísimo corredor por el que se internaron. Horacio no hizo pregunta alguna. No se atrevía a interrumpir la meditación que se reflejaba en su semblante.

Finalmente, al terminar el corredor, se detuvieron ante una pequeña y estrecha puerta en la que llamó Fleta y sin esperar respuesta abrió bruscamente.

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–Me he atrevido a entrar, ¿os he molestado, Maestro? – dijo.

–No, venid, niña, fue la respuesta. –Traigo alguien conmigo… –Venid, se oyó por segunda vez.

Entraron. Horacio pudo ver una pequeña estancia iluminada por una débil lámpara. En aquella habitación, un hombre, apoyados los brazos en una mesa, leía a los rayos de aquella mortecina luz. Al ver un extraño cerró el libro que permanecía entre sus manos y se volvió hacia sus visitantes. Horacio se encontró ante el hombre más hermoso que viera en su vida. Era joven aún, aunque Horacio se sentía un niño a su lado. A saludarles pudo observar su alta estatura y su esbeltez a través de la cual podía entreverse una fuerte complexión. Horacio observó que aquel hombre le miraba y que después, dirigiéndose a Fleta, decía:

–Déjale aquí.

 

También

observó

que

Fleta,

inclinándose,

salió

de

la

estancia inmediatamente sin pronunciar una palabra. Horacio vio todo esto con secreto asombro. ¿Era la arrogante e imperiosa Princesa quien ahora se prestaba a una tan

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inmediata obediencia? Parecía increíble. Más no tardó en olvidar semejante escena ante las palabras que el desconocido personaje comenzó a dirigirle.

–La Princesa –empezó a decir éste–, me ha hablado de vos con frecuencia, y sé que ha deseado mucho que llegase este momento. Estará satisfecha si ve que apreciáis con vuestros sentidos internos y elevados el paso que vais a dar si accedéis a sus deseos. Porque es preciso que lo sepáis para siempre; si verdaderamente deseáis profundizar en el espíritu de Fleta, habréis de renunciar a todo lo que los hombres conceden importancia generalmente en el mundo.

–De

poco

tengo

entonces

que

renunciar

–exclamó

tristemente Horacio–, mi vida no es nada espléndida.

–No lo es, pero estáis al comienzo de ella. Vuestro porvenir está lleno de promesas. Más de ser cierto que deseáis ser el compañero de Fleta, vuestra vida no es vuestra ya.

–No, es suya, ¡pero más que lo es ahora!

–No

es esto.

Ni

es

suya ahora, ni lo será entonces. La

Princesa no reclama vuestro amor como suyo. Ella no tiene

nada.

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–No

entiendo –dijo Horacio–. Es la Princesa de esta

comarca; no tardará en ser la Reina de otra. Tiene todo cuanto

el mundo puede dar a una mujer.

–¿No conocéis a la mujer que amáis, para que se os ocurra pensar que ella se preocupa de su posición en el mundo? – preguntó este hombre a quien Fleta denominó su maestro–. A una palabra mía, a cualquier hora y en cualquier ocasión, abandonaría su trono para siempre, cosa que hará cualquier día seguramente; y entonces su hermana ocupará su lugar y todo continuará igual. Fleta espera ardientemente esta ocasión.

–¡Sí, tal vez! –aseguró Horacio.

–Ella, además, no considera como suyo vuestro amor y

vuestra

vida.

Amándola,

amáis

a

la

Gran

Orden

a

que

pertenece y ella dará gustosa vuestro amor a su verdadero

dueño. Horacio se levantó ya sin poder contenerse.

–Eso es una mera insensatez, un mero insulto –exclamó ásperamente–. Fleta ha aceptado mi amor con sus propios labios.

–Ciertamente, fue la contestación, mas está prometida al Rey Otto.

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–Lo sé –dijo Horacio con voz apagada.

–¿Y qué creéis que es Fleta? ¿Creéis que es una mera buscadora de placeres, dispuesta a divertirse con la vida de los demás y desprovista de honor y de principios? ¿Es este el modo de estimar a la mujer que amáis? ¿No iba todo esto envuelto en vuestra frase «dejad que ella dé su mano al Rey Otto» cuando yo sé que su amor os pertenece? ¿Y vos podríais amar a tal mujer? ¡Horacio Estanol!, vos que habéis sido educado en una escuela muy diferente de ésta, ¿no sentís vergüenza en el fondo de vuestra conciencia?

Horacio permaneció silencioso. Cada palabra lo traspasaba. Comprendía que no tenía que contestar. Había estado cegándose voluntariamente a sí mismo, y las vendas habían sido repentinamente arrancadas. Después de una pausa respondió, vacilando:

–La Princesa no podía ser juzgada como las demás mujeres, siendo como es distinta de ellas.

–No así, según lo que pensáis de ella; para vos era como las restantes, una del montón ¿Cómo habéis podido hablar de ella en este sentido? ¿Cómo habéis podido pensar en ella deshonrándola con vuestros pensamientos?

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Estaban uno enfrente de otro y en este momento sus miradas se encontraron. Un extraño rayo pareció atravesar el alma de Horacio a medida que aquellas amargas palabras se deslizaban en sus oídos «deshonrándola». ¿Era esto posible? Horacio retrocedió ante aquellas palabras y no pudo menos de contemplar el hermoso rostro que tenía ante sí.

–¿Quién sois? ¿Quién sois, pues? –dijo por último.

–Soy el Padre Iván, el Superior de la Orden a la que la Princesa Fleta pertenece –fue la respuesta–. Pero otra voz continuó cuando la del Padre Iván había cesado y Horacio vio que la Princesa Fleta se encontraba ante su presencia.

–Es

el

maestro

de

sabiduría,

el

maestro

de

vida

y

de

pensamiento del que la Princesa Fleta no es sino una humilde e impaciente discípula. Cambiando de tono dijo, inclinándose ante el sabio: ¡Oh maestro, perdonadme! No puedo oíros hablar como un monje, como el mero instrumento de una religión, o el mero maestro de una miserable creencia.

Todo esto dijo la Princesa, cayendo arrodillada ante el Padre Iván en extraña actitud llena de humildad. El religioso inclinó su cabeza y levantó a la Princesa de sus pies. Entonces permanecieron un momento frente a frente. Los ojos de Fleta le devoraban con una adorable y apasionada expresión de

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ansiedad. ¡Qué espléndida estaba! Horacio observó aquella mirada, y repentinamente una salvaje y devoradora sensación de celos despertó en su corazón. ¡Una sensación de celos tal que ni el Rey Otto ni cien Reyes Otto hubieran despertado!

Porque vio que aquel Iván que ostentaba un traje de sacerdote, no era religioso; que hablaba del mundo como si no tuviera ningún significado para él; que su majestuosa presencia y sus poderes le presentaban como un igual de Fleta. Aún más; vio que el rostro entero de Fleta se dulcificaba y suavizaba en su contemplación. Jamás Horacio la viera de un modo semejante. Vacilando como quien anduviese a ciegas, fue retrocediendo hasta la puerta y de allí se precipitó fuera de la estancia. ¿Cómo? No se dio cuenta. Rápido recorrió obscuras habitaciones que no conocía hasta que de repente se encontró al aire libre. Entonces, a grandes pasos atravesó por entre helechos y matorrales hasta llegar a un lugar tan tranquilo que parecía el corazón del bosque. Allí, arrojándose sobre el suelo, dio rienda suelta a la agonía de su desesperación, aquella agonía bajo la cual desaparecieron los cielos y la tierra, aquella honda pena que cayó sobre él como si una grande nube se extendiera sobre su espíritu.

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CAPITULO VII

Pasó la nube y pasó dejando aparecer el rostro de Fleta. Esta permanecía inclinada sobre Horacio y con su rostro inmediato al suyo.

–¡Oh

amado,

amado

mío!

–decía

con

suavísima

y

murmuradora voz–. ¿Ha sido un golpe muy fuerte? ¡Dímelo,

Horacio, háblame! ¿Conservas aún tus sentidos?

Pero Horacio no contestó. Con una mirada de extrañeza contemplaba su rostro. Cuando salió de aquel estado interrogó ansiosamente:

–¿Y amáis a ese hombre?

–¡Ah, pobre Horacio; habláis de lo que desconocéis! Le

amo,

sí,

le

amo

con un

amor tan profundo que no podéis

imaginaros.

 

–¿Y me decís a mí esto? ¿Decís esto al hombre que os ha consagrado su vida entera? ¿Necesitáis volverme loco?

–¡Una vida! –exclamó Fleta con extraño acento lleno de tristeza a la vez que de desprecio–. ¿Qué es una vida?, nada en suma. Nuestros grandes propósitos van siempre más allá de estas consideraciones.

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Horacio se incorporo al oír estas frases y, mirándola con sorpresa, no pudo menos de exclamar:

¡Estáis loca! Comprendo ahora que necesitáis un loco a vuestro servicio. Más no olvidéis con qué circunstancias tenéis que luchar. No soy otra cosa que un hombre; y habéis aceptado mi amor. Habéis logrado convertirme en un asesino mental, en un asesino con el deseo. ¿Tardaré en serlo en realidad? Vos decidiréis, Fleta. La primera vez que yo vea vuestra mirada posarse sobre el rostro de ese hombre como no ha mucho sucedió, le mato.

Fleta se incorporó al oír estas palabras y levantó sus ojos al cielo… En aquella actitud, un estremecimiento sacudió su cuerpo, un estremecimiento doloroso… Aquella visible alteración cambió el especial estado de Horacio, que no pudo menos de preguntar:

–¡Estáis enferma? Fleta volvió hacia él su mirada.

–¡Oh, tened bien entendido, que si algún día os dominase esa loca idea de asesinato, no sería al Padre Iván, sino a mí a quien matarías!

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Horacio dejó escapar un ahogado grito. Le parecía que su corazón estallaba bajo el peso de aquella tortura.

–¡Tanto le amáis, Princesa! –dijo–. ¡Me he de contentar yo con desear y servir, entretanto vos amáis a otro! ¿No he de tener el derecho de protestar? Decidme, ¿es que queréis usar del corazón de un hombre como de un simple medio para vuestras coqueterías de gran señora? ¿Un rey, prometido vuestro, y un extraño sacerdote a quien amáis, no os bastan para vuestros juegos, que aún necesitáis otro hombre oscuro como yo para quien todas estas desdichas resultan inexplicables y cuyo corazón pisoteáis? Esto no se parece a la nobleza que he visto en vos. ¡Oh, Princesa, yo no puedo ser ya vuestro adorador! No podré nunca más creer en vuestro puro y dulce corazón, ¡vuestro corazón que hubiera creído esta mañana como una perla, como una gota de agua límpida! ¡Adiós, pues! ¡Adiós para siempre, ídolo mío! Ya seré vuestro siervo siempre sumiso. Os he cedido mi vida para que hicierais de ella lo que quisierais. Llamadme y acudiré a vuestros pies como un perro, ¡más no me obliguéis a que haga lo que ya no me causa sino pena!

Profiriendo estos exaltados reproches, que parecían conmover el tranquilo ambiente de la tierra y de los bosques, que hacían a la vez arder su pecho con los suplicios de una

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pasión desesperada, se separó de Flete. Ésta permaneció inmóvil, con los ojos inclinados sombríamente y no pudo murmurar sino estas palabras:

–¡Nacimos bajo la misma estrella!

Aunque

fueron

pronunciadas

con

muy

apagada

voz,

llegaron hasta Horacio, azotándole en el corazón y en la cara.

–Bajo la misma estrella –repitió entonces el joven–, sí, pero vos, Fleta, sois la reina y yo el súbdito. Y no sólo es así, sino que vos lo sabéis y usáis vuestro poder. Y si no, ¿cómo hubierais prometido que seríais completamente mía?

–Os prometí corresponder a vuestro amor con el mío. ¡Os prometí concederos todo cuanto pudierais tomar! Mi amor es más grande aún de lo que podéis imaginaros, de otro modo no hubiera prestado oídos a uno solo de vuestros reproches. ¡Oh, cuánto me han humillado y los he sufrido sin embargo!

–Vuestras palabras me parecen enigmas –exclamó Horacio volviendo a su lado–. ¡Sois lo bastante para volver loco a un hombre, y no puedo menos, a pesar de todo, de seguiros amando! ¿Cuál será la causa de vuestra existencia! ¿Quién sois? ¿Qué sitio misterioso es éste en el que nos encontramos? ¿Quién es ese sacerdote cuyas órdenes obedecéis? ¿Podré saberlo alguna vez?

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Fleta dejó caer sobre él una repentina y dulce sonrisa que parecía iluminar su ser interior, sin poder contenerse:

–¡Sí! –contestó–, sabedlo. No os lo puedo decir y deseo hacerlo; sin embargo, sí, deseo verdaderamente que lo sepáis. ¡Obligad al secreto, hacedme fuerza! ¡Sí, sí, Horacio!

Hablaba ansiosamente, con un timbre brillante en su voz que electrizó a Horacio. Éste perdió la noción de la Princesa, de la conspiradora, de la religiosa, dominado tan sólo por la idea de que estaba ante la mujer que amaba, ante la mujer joven, llena de encanto y fresca como una flor. Sintió, además, que su dulce y hermoso rostro estaba cerca del suyo, e inconscientemente tendió hacia ella sus brazos.

–¡Oh mi amada, mi adorada ilusión, venid! –dijo convulsivamente con un acento en el que vibraba la pasión. Pero Fleta se retiró de él sin pronunciar palabra y se alejó por entre los gigantescos árboles. ¡No una mirada más para él! ¡Ni un movimiento de su cabeza, ni una de sus blancas y escultóricas manos! De una de éstas pendía un largo tallo que antes arrancara, y hasta aquella tenue hierba que a veces el aire agitaba parecía haber adquirido un rígido y extraño aspecto. ¡Parecía que formaba parte de aquella estatua que un momento antes fuera mujer!

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Horacio permaneció durante algún tiempo mirando aquella figura que se alejaba; contemplándola sin fuerza para moverse de aquel sitio, sin fuerza para poder pensar en nada, con una idea, sin embargo, fija en él: la de que no le era permitido seguir a Fleta, ni le era permitido dirigirse a ella como la generalidad de los hombres se dirigen a las mujeres que aman… Que no le era permitido manifestarle toda la fiebre de amor que ardía en sus venas. ¿Por qué? ¿Tal vez a causa de su nacimiento real? ¿Tal vez a causa de su belleza o de su poder? ¡Oh, todo aquello era un profundo misterio que le obligaba a encerrarse en el silencio y en la inmovilidad!

Más cuando por último Fleta desapareció de su vista, una repentina reacción se operó en su ánimo. Toda la fuerza de su vigorosa naturaleza de joven se despertó impetuosamente en él. No era capaz de pensar, pero sentía afluir la sangre a su cerebro, sentíase vacilar como si hubiera bebido. Se sintió asimismo envejecer y convertirse en un ser distinto. Momentos antes se reconocía como un hombre, ahora un abismo de sentimientos le hacían considerarse como algo distinto. Su pasión ardía como fuego ante el altar de la vida y a cada momento crecientes llamaradas se agolpaban en su inflamado cerebro. El salvaje había despertado con él, el hombre no domado que late por dentro y que se oculta tras los rostros

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cultivados de una edad gentil. No más que una fuerte sacudida de la cuerda de la pasión y Horacio Estanol, el caballeroso Horacio nacido en tiempos cultos y refinados, comprendía que dentro de sí latían deseos salvajes y personales, que nada respetarían frente a la satisfacción de sus necesidades. Para Horacio aquel repentino aparecer de su doble naturaleza fue una revelación. Permaneció rígido, fuerte, resuelto. Su mente agitada examinó su posición y la de Fleta, y descubrió que todo revestía un nuevo y agitado aspecto.

–Estoy –se dijo– en un antro de conspiradores. ¿Por qué sino por esto se esconden? Este Iván es, sin duda, un ser peligroso. ¿Qué cabeza coronada amenazará? Es sin duda un criminal. ¡Más yo descubriré su secreto y libertare a Fleta! La conquistaré, la rescataré de su poder por la fuerza de mi amor. Más ahora debo calmarme, debo estar tranquilo para averiguar el secreto de estos misteriosos lugares. Diciendo esto se fue lentamente a través del bosque, tratando de contener los latidos de su corazón y la efervescencia de todo su organismo. Se figuraba necesitar de todos sus instintos, de toda su natural inteligencia y de todo su poder. Le parecía que le iba a ser preciso luchar con multitud de enemigos, como si tuviera frente de sí la humanidad entera. El joven Rey Otto tenía un derecho sobre Fleta, anterior al suyo; era pues su enemigo.

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Iván era el verdadero dueño de aquella adorable mujer; ¿cómo no odiar amargamente a aquel sacerdote? Edina –la falsa Fleta– ¿qué era sino un mero instrumento del sacerdote, empleado por éste para cegarle y derrotarle? Tal vez era esta la persona con quien más habría de luchar dada la influencia que sobre él ejercía, por su semejanza con Fleta.

Estaba en aquellos momentos lleno de energía y de actividad y su sangre hervía dentro de las venas. Necesitaba el desahogo de la acción. Así pues, resolvió hacer algo inmediatamente. Inspeccionó toda la fachada exterior de la casa para observar su aspecto y poder hacer algunas conjeturas sobre su disposición interior; y exploró el circulo exterior de la finca para tener en cuenta las dificultades que podía haber al abandonarla. Como este último trabajo representaba más fatiga, lo realizó el primero, abriéndose paso por aquella parte del bosque en dirección al sitio donde debían estar los límites. No empleó mucho tiempo en aquella tarea a pesar de que hubo de atravesar una distancia considerable; se sentía más fuerte que nunca. El muchacho delicado hasta aquellos momentos, se reconocía ahora un hombre fuerte, como si nueva sangre corriera por su venas. A la luz de la luna, alta, casi llena y de intenso brillo aquella noche, pudo descubrir que el extraño sitio en que se encontraba aparecía

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fortificado de un modo más positivo por altos muros o barreras. Una muralla natural de lianas selváticas espesamente entrecruzadas y nunca pisadas, al parecer, por la planta humana, crecían a su alrededor. No se podía suponer tan extraordinaria vivienda a unas simples jornadas de la ciudad. Más era cierto, sin embargo, y ante su vista estaba. Su inexpugnable cerca no hubiera podido ser atravesada sino a hachazos y abriendo palmo a palmo el camino… Pero aún este mismo trabajo resultaría inútil, por no ser conocida la dirección que habría de tomarse.

Retrocedió por tanto después de innumerables esfuerzos inútiles; por allí no había senda alguna. Había descubierto la puerta por la cual entraron; más aquella puerta estaba guardada. Alguien iba y venía lentamente por entre la sombra de los árboles y no con el aspecto de quien pasea por placer, sino con el aire y los movimientos regulares de un centinela. Era una figura poco familiar, vestida con el traje de la misteriosa Orden.

Horacio se deslizó suavemente a orillas de la senda que conducía a la casa. Era inútil desperdiciar más tiempo en aquellas investigaciones; no podía dudar que se encontraba prisionero. Entonces comprendió que si no le era posible escapar, para nada valdrían sus pesquisas e informaciones.

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Así, en tanto caminaba suavemente, se fue dando cuenta de todas las dificultades de la misión que se había impuesto… Aquellos monjes pertenecían sin duda a una Orden extraordinariamente poderosa y eran hombres de grandísima habilidad.

Estaba en el corazón mismo de uno de sus centros secretos, cuyos trabajos eran seguramente políticos. Fleta y el Rey Otto estaban bajo su poder. Eran conocedores de la magia y de los secretos de la naturaleza en cuyos conocimientos habían iniciado a la Princesa.

De tal lugar oculto, y de tal lugar cuidadosamente vigilado, era de donde estaba decidido a escaparse, llevando con él su secreto y a la vez a Fleta. A Fleta, a su amor, suyo propio, al cual, sin embargo, tenía que ganar por medio de la fuerza.

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CAPITULO VIII

En el largo corredor, a través del cual Fleta condujera a Horacio al cuarto del Padre Iván, había otra puerta cerrada de una muy extraña manera. Estaba encajada en su sitio mediante unos travesaños de hierro que extrañarían al contemplador, pues sujetaban por la parte de afuera, dando casi idea de asegurar la puerta de una prisión más que de defender a quien pudiera estar detrás de ellos. En aquella habitación era donde Fleta pasaba la noche. ¡Oh, si Horacio hubiera sabido esto, cuánta no hubiera sido su angustia! ¡Qué deseos no hubiera sentido de arrancar aquellas barras y de libertar a su hermosa prisionera!

No se vio, empero, bajo la influencia de tan aguda pena ni era probable que se viera. Un extraño centinela paseaba a lo largo del corredor con andar monótono –el mismo Padre Iván–. Aquel original centinela iba y venía constantemente ante la puerta.

Sería muy cerca de la media noche cuando el Padre Iván penetró en su cuarto.

Horacio, por su parte, hallábase echado sobre la cama, aunque despierto y dando vueltas sobre sus lujosas ropas en espera tal vez de un sueño que no llegaba. Había andado

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vagando alrededor de la casa una docena de veces, sin haber conseguido otra cosa que trastornarse ante su extraña forma y la de las plantaciones que crecían junto a las que se había podido aproximar. Comenzaba a desanimarse cuando descubrió una ventana completamente abierta, por la que se divisaba una habitación espléndidamente iluminada. Se veía en ésta una lámpara sobre una mesa y un lujoso lecho adornado de suaves encajes. Estaba ya Horacio algunos momentos contemplando aquella estancia, cuando de pronto reconoció en ella su propio cuarto. Tal rara circunstancia le produjo una molesta y especial sensación… Parecía como si hubiera sido vigilado y estuviese prevista su llegada… Decididamente era un prisionero. Era inútil evadir este hecho. Sintiéndose derrotado por el momento, determinó aceptar su situación del mejor modo posible, no sin cierta calma. Entró pues, cerró la ventana por donde entrara y se tumbó rápidamente con ánimo de dormir. Pero el sueño no acudía. Todo su pensamiento y toda su atención se había repentinamente concentrado en el Padre Iván. Trató varias veces de alejar de sí el recuerdo de éste, más no pudo. Llamó en su auxilio a la imagen de Fleta, ¡y apenas pudo acordarse de su bello rostro! Torturó su espíritu procurando atraer hacia él el recuerdo del semblante que tan entrañablemente amaba… ¡Y siempre la figura del Padre Iván

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surgía delante de sus ojos! Repentinamente se sobresaltó ante la idea de que aquella visión era casi real, pues vio al Padre Iván levantar su mano con un gesto autoritario que parecía dirigido a él. Un momento después caía profundamente dormido.

En este momento el Padre Iván estaba en su propio cuarto. Se había detenido quizás algo más tiempo que el necesario para ver la hora. Un fruncimiento de su amplia y hermosa frente hacía juntar sus cejas. Abandonó su cuarto cerrando tras de sí la puerta y se dirigió a la habitación asegurada con las barras de hierro. Una ves allí, abrió sus cerraduras y la puerta giró pesadamente, aunque con suavidad. Después entró.

En una especie de hueco tapizado que se abría en el muro, había un bajo diván que lo llenaba casi por completo, cubierto con grandes tapices de piel de lobo y de oso. Fleta estaba tendida sobre ellos envuelta en un largo manto blanco de espeso tejido y bordeado y forrado de piel. A pesar de tal abrigo, cuando el Padre Iván se inclinó sobre ella y tocó con suavidad su mano, estaba tan fría como el hielo.

–Venid –dijo, e hizo ademán de alejarse. Fleta se levantó y le siguió. Caminaba con los ojos medio cerrados y con cierto

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aire de sonámbula, aunque no podía negarse que en sus ojos se traslucía conocimiento, propósito y resolución. Nadie, sin embargo, que hubiera visto a Fleta en tal estado, hubiera podido después reconocerla. Tan extraña era aquella mirada. Iván se acercó a una gran puerta en forma de arco y, descorriendo las cortinas que la ocultaban, hizo una señal a Fleta de que pasara. Al hacer esta indicación, tocó ligeramente una de las manos de Fleta que caían a lo largo de su cuerpo. La mano se levantó y arrojó a un lado el manto, y apareció el airoso cuerpo de la Princesa cubierto con un blanco traje de seda. En la otra mano traía un antifaz. Iba a levantar lentamente éste para cubrir su rostro cuando un violento y repentino cambio de ánimo se operó en ella. Abrió sus resplandecientes ojos tanto como pudo y en ellos brilló centelleante luz. Entonces, arrojando su antifaz al suelo y entrelazando convulsivamente sus manos, exclamó agitada por la más intensa emoción:

–¿Por

qué,

decídmelo, os lo ruego, por qué he de

enmascararme?

–Os lo he dicho –contestó Iván con gran tranquilidad–. Ninguna mujer ha entrado aquí hasta hoy.

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–¿Y

qué?

–gritó

Fleta

enardecida–

¿ha

de

ser

una

vergüenza el ser mujer? ¿No he intentado traspasar esa puerta

en vano bajo una personalidad distinta? Hoy pido entrada como mujer. ¡Oh, maestro, no quiero fingir más!

–Sea –contestó Iván–, pero no abandonéis vuestro antifaz por si vuestro humor cambiase de nuevo. Acordaos que lo deseabais hace un momento.

Fleta quedó inmóvil un momento contemplando el arrojado antifaz. Después levantó su cabeza y mirando firmemente a los ojos de Iván, dijo:

–Si es preciso arrojaré de mí mi sexo y disfrazaré mi ser de mujer sin necesidad de esos auxilios.

En aquel momento Iván comenzó a marchar adelante. Caminaban por un largo corredor iluminado, cuyas paredes aparecían débilmente coloreadas de rojo pálido salpicado de estrellas de plata. La brillantez de aquel corredor, a pesar de sus tonos vívidos, le prestaban cierto carácter extrañamente solemne. ¿Cuál era la causa? Fleta miraba a una y otra parte sin descubrirla. Había en todo aquello algo tan nuevo para ella que no lo comprendía. Ella, instruida en tantos misterios y en tanta sabiduría de aquella misma Orden, no había penetrado

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jamás en aquel corredor ni había conocido hasta entonces su existencia.

En tanto, se acercaron a su final, donde había una alta puerta de roble al parecer herméticamente cerrada, si bien fue abierta con gran facilidad por el Padre Iván.

–¡Oh Dios! –exclamó Fleta instantáneamente dominada por el asombro–. ¿Dónde estoy, a dónde me habéis conducido? ¿Es éste mi propio país? ¿A qué distancia me habéis conducido en tan corto espacio de tiempo?

–Un inmenso camino recorréis, venid, hija mía, no tardéis.

Una vasta llanura se extendía, en efecto, ante ellos; una a modo de pradera limitada hacia su fin por un gran brazo de montañas que desaparecían en el lejano horizonte. Sobre la llanura se podía ver un punto lejano, un sitio donde una lívida luz ardía. Aquella luz resplandecía por encima de los brillantes rayos de la luna. Iván comenzó a caminar por una senda que estaba ante ellos y entonces vio Fleta que se encontraban a una gran altura. Marchó, pues, descendiendo, con todos sus pensamientos concentrados en aquella vívida luz que ahora comenzaba a observar que irradiaba de las ventanas de un gran edificio. Asimismo descubrió repentinamente que gran número de personas pululaban por la llanura; que casi una

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multitud se extendía por ella agolpándose en dirección al edificio.

–Decidme, Padre, ¿entrarán allí? –dijo dirigiéndose a Iván que caminaba rápidamente.

–¿Qué si entrarán en el templo? ¿Los de la llanura? Ciertamente, no. Son fieles que rinden culto fuera. Esa muchedumbre pertenece al mundo, y sin embargo tiene valor para acercarse aquí con frecuencia, cuando falta la luz y los vientos helados soplan a través de la llanura…

–Nunca entran –añadió Fleta–, porque no tienen fuerza bastante para ello. Iván volvió su mirada hacia atrás con curiosidad.

–No siempre es fuerza lo que se necesita –dijo–, y continuó su camino. Pero Fleta parecía no oírle: sus ojos estaban fijos en las ventanas del templo. Repentinamente se detuvo, exclamando:

–¿Acaso todo esto es un sueño? –No, no lo es, no estáis dormida –replicó Iván sonriendo.

Continuaron caminando. Muy pronto estuvieron sobre la llanura y avanzaron con gran rapidez hacia el templo. Fleta era naturalmente atrevida; pero ahora le parecía que hasta la

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misma idea de fatiga era absurda. Hubiera escalado montañas para llegar hasta aquella luz. ¿Qué había en ella que así la atraía? Nadie hubiera podido decirlo. Su corazón palpitaba apasionadamente. Volvió la faz Iván y dirigió hacia ella una mirada de profunda compasión.

–Permaneced tranquila, le dijo. La Princesa le miró fervorosamente. Después dijo:

–Sí, si está dentro de poder humano hacerlo.

La gran muchedumbre iba lentamente reuniéndose junto al templo, formando masas de silenciosas y casi inmóviles figuras. Fleta caminaba ahora entre ellas y, aunque absorta en sus propias ideas, no podía menos de contemplar el extraño aspecto de aquellas gentes. Estas eran de todas edades y naciones, hombres en su mayoría. Caminaban a modo de sonámbulos, pareciendo inconscientes de la escena en la que se movían y del objeto que allí les llevaba. Parecía como si vivieran una vida subjetiva. Mas, ¿cómo entonces habían llegado a tan extraño y casi inaccesible lugar? Conforme Fleta pensaba en estas cosas hubiera de nuevo preguntado sobre su sentido a no haberse adelantado mucho en su camino el Padre Iván. Cuando llegó a las puertas del templo su guía las había ya transpuesto. Fleta no vaciló, puso su mano sobre la barra

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que cerraba la puerta y la levantó. La tarea no fue difícil; casi parecía obedecer a su impulso. Después empujó ligeramente la gran puerta que fue abriendo, aunque no completamente, sino en tanto ella empujaba. ¡Ah! ¡La luz estaba allí! ¡Allí, ante su vista! Era como la vida y la alegría para Fleta que alzó sus ojos y quedó un instante ante sus resplandores con las manos enlazadas, y como en éxtasis…

Alguien pasó junto a ella y entró rozando sus ropas ligeramente. Esto la hizo recordar que ella también deseaba penetrar. Se dio valor para el supremo esfuerzo. Conocía que tan sólo los iniciados en su fe podían atravesar aquellos umbrales y ella no había pasado por ninguna forma externa de iniciación, aunque tal vez ésta había tenido lugar en el fondo de su alma. ¡Oh, cuántas emociones recordaba! El mundo era nada para ella… había arrojado su antifaz creyendo que su forma y rostro de mujer, simples apariencias externas, no serían vistos en el supremo momento, y ahora parecía más bien algo sobrenatural, transfigurada como estaba por la nobleza de sus aspiraciones. Alguien que la contemplaba a la puerta del templo quedó allí mismo, en su umbral, herido por el terror, ante tan majestuosa belleza.

Ella, mediante un esfuerzo supremo, resolvió hacer frente a todo, vencerlo todo. Osadamente transpuso la puerta, subió

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los blancos escalones de mármol y penetró en el templo. Un gran salón apareció ante su vista, un gran salón inundado de luz clara y suave que hacia brillar infinidad de objetos que ella no se detuvo a mirar. Adivinaba por su centelleo que las paredes estaban cubiertas de joyas; adivinaba que había flores por el brillo y color del resplandeciente jarro que en el suelo las contenía. ¿Más quienes eran aquellas figuras adornadas con trajes de plata, que ostentaban en su cuello una tan extraña joya que parecía un ojo que veía? Algunas se le aproximaban. ¡Oh, qué placer! Más no se permitiría tal vez mostrarse demasiado gozosa… Trató, pues, de calmarse, aunque la alegría penetraba tumultuosamente en su corazón, al sentirse confundida en el número de aquella augusta compañía. Pero los rostros de aquellos seres, según se le aproximaban, le parecían extraños y poco familiares. Miraba de uno a otro de ellos y no pudo menos de murmurar:

–¿Dónde está Iván?

Pero en aquel momento todo se cambió. Las figuras blancas crecieron y crecieron hasta que parecía que había miles de ellas… Todas con sus manos extendidas empujaban a Fleta por los escalones de mármol, abajo… abajo… muy abajo… De nada valía resistirse. De nada valía pelear y luchar, gritar, clamar primero por justicia y luego por piedad. ¡No había

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conmiseración! ¡No se ablandaron aquellos rostros sobrehumanos! Fleta tenía que huir ante el número infinito de ellos. Entonces llegó a sus oídos el clamor de sus voces que decían las mismas palabras:

«¡Le amáis! ¡Idos!»

Fleta no pudo más y cayó al pie del umbral anonadada y deshecha… La gran puerta se cerró tras ella. No estuvo sin conocimiento más que algunos minutos. Abrió los ojos y miró al cielo estrellado. Sintió entonces que no podía soportar ni aun aquella luz, que las estrellas leían su alma. Levantándose se alejó precipitadamente siguiendo a ciegas la primera senda que sus pies tropezaron. La siguió sin llegar a ningún sitio conocido hasta que por fin se encontró en un oscuro bosque. El musgo allí era fragante y suavemente perfumado por las violetas. Se tendió sobre él y, envolviéndose toda ella con su manto, escondió sus ojos de la luz.

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CAPITULO IX

Le parecía que durante largas edades había estado sola. Su mente trabajaba como nunca. Había comprendido su ligereza, su falta. Un día antes, tal vez no hubiera creído todo aquello ni hubiera tenido significación, pero ahora lo comprendía todo. Comprendía además cuán terrible era su castigo. Estaba postrada, sin ayuda, con los ojos cerrados, agotada… Había perdido toda fe, toda esperanza. Estaba castigada.

Una leve presión sobre su mano la despertó a la realidad, aunque en su indiferencia no abrió los ojos. ¡Qué le podía importar lo que sucediera a su lado! Lo único que había real para ella era la lucha de su propio espíritu…

Mas una voz que le parecía extrañamente familiar acarició sus oídos. Aquella voz que oyera en otra ocasión, airada y rebelde, se deslizaba ahora suave, dulce y llena de un abrumador asombro y piedad.

–¿Vos aquí? ¿Vos, Princesa Fleta, en este sitio? ¡Oh Dios! ¿Qué puede haber sucedido? Mas, seguramente no estáis muerta. ¡No! ¿Qué es esto, entonces?

Fleta

abrió sus ojos lentamente. Quien

estaba allí

era

Horacio, arrodillado, con el sol de la mañana sobre su cabeza,

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Iluminando su hermoso semblante juvenil. Fleta, tendida como estaba, le miró vagamente. Sentíase a su lado mucho más avanzada en edad, en conocimientos y en experiencia y, sin embargo, yacía allí enervada y sin esperanza.

–¿Qué

ha

sido?

¿Qué

es

lo

que

os

pasa?

–preguntó

nuevamente Horacio, cada vez más apenado.

–¿Queréis saberlo? –dijo ella con un acento de piedad en el que, sin embargo, había algo de desprecio–. Más, ¿para qué? ¡No lo entenderíais!

–¡Oh! ¡Decídmelo, decídmelo! ¡No sabéis cuanto os amo y cuán grande es mi deseo por serviros!

Fleta apenas parecía escuchar sus palabras, pero aquella voz suplicante la hizo seguir hablando en contestación:

–He intentado… –dijo–, y he perdido.

–¿Intentado qué? –interrogó Horacio–. ¿Cómo habéis perdido? ¡Oh Princesa!, creo que estos malhadados sacerdotes os han trastornado; creo que tenéis fiebre… No sabéis lo que estáis diciendo.

–¡Oh, sí lo sé! –replicó Fleta–. No tengo fiebre. Pero estoy casi muerta, estoy abatida… –Horacio, que la observaba atentamente, no pudo menos de notar la amarga verdad de

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aquellas palabras. ¡Qué extraña actitud la suya, inmóvil sobre la hierba cubierta de rocío! ¡Qué aspecto el suyo, con aquel traje blanco y aquél rostro pálido con terrible palidez! ¡Cómo aquellos grandes ojos miraban con fija y tristísima mirada! ¿Volverían a sonreírle aquellos pálidos y apretados labios? ¿Quedaría la brillante Fleta convertida para siempre en aquel ser paralizado y blanco? Horacio sentía que aunque esto sucediera la amaría más apasionada y religiosamente que antes. Su alma sentía por ella el más profundo sentimiento amoroso.

–Decidme, explicadme, ¿qué es lo que ha producido esto? – exclamó Horacio con creciente y apasionado dolor–. ¡Decídmelo en nombre de mi amor hacia vos! ¿Qué es lo que habéis tratado de hacer en esta horrible noche pasada?

Fleta abrió sus ojos, cuyos párpados cayeran pesadamente; mirando a Horacio respondió:

–He tratado de conseguir la entrada en la Blanca Hermandad… He tratado de pasar por la primera iniciación de la Gran Orden… No pude imaginarme que fracasaría, pues había pasado por otras muchas anteriores que hubieran hecho retroceder a no pocos hombres. Más he fracasado.

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–No puedo creeros –dijo Horacio–, no me es posible creer que vos fracaséis nunca. Estáis soñando, estáis febril… Dejadme, pues, levantaros y conduciros a la casa.

–¡Sí, sí me he equivocado! –replicó Fleta tristemente–. No había medido mis fuerzas. No había medido la fuerza de mis afectos. ¡De estos afectos que llevo arraigados dentro de mí! Soy lo mismo que cualquiera otra mujer. Me creía suprema, me creía capaz de grandes acciones y ¡ah, Horacio, aún estaba al comienzo de mis primeros pasos! He fracasado porque amaba, porque amo como cualquier otra vulgar y pueril mujer. Sin embargo, ni un rayo de luz amorosa en pugna con el más puro fervor anida en mi alma. ¡Cuánta elevación se necesita! ¿Será posible depurar el espíritu hasta este punto? Sí, seguramente los de la Blanca Hermandad lo han conseguido. Y yo ¡oh Dios!, yo asimismo lo conseguiré aunque tarde en ello mil años, aunque emplee una docena de vidas para llegar a ello.

Mientras hablaba, se había medio incorporado. Una nueva y terrible pasión había venido a ocupar el lugar de la anterior desesperanza. Quiso levantarse completamente, más sus pies vacilaron y cayó sobre sus rodillas. Horacio apenas la había entendido mientras hablaba. Tan sólo algunas de sus palabras cayeron precipitadamente en su espíritu. Ahora que viera en

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tan triste situación a la Princesa, inclinado sobre ella hasta que su rostro rozaba con el blanco manto, mientras besaba una y otra vez a éste, dijo:

–¿Habéis fracasado por causa del amor? ¡Oh Princesa mía, entonces no habéis fracasado! Los hombres viven por el amor y por él mueren. ¡Oh Princesa, dejadme que os arranque de este horrible lugar! Venid, venid conmigo al mundo, donde los hombres y las mujeres saben que el amor es el único gran goce por el cual todo lo demás puede arriesgarse. ¡Oh Fleta, de verdad os digo, que mientras dudaba de vuestro amor he vacilado; más ahora, ahora que me amáis y con un amor tan grande que tiene poder para detener la carrera de vuestra alma, me siento fuerte, me siento capaz de hacer todo cuanto un hombre fuerte pueda! ¡Venid, dejad que os conduzca fuera de este sitio a un lugar de paz y de deleite!

Horacio, apasionado y erguido, estaba ante ella magnífico, iluminado por la luz matinal del sol. Su esbeltez en otro tiempo afeminada no indicaba ahora sino fuerza. Resultaba majestuoso en aquellos momentos. Con las manos extendidas hacia Fleta aparecía elevado, transformado por la fuerza del amor. Fleta, sin embargo, descubrió que en sus ojos brillaba el fuego del salvaje conquistador. Entonces se levantó y le miró frente a frente.

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–Estáis

equivocado –dijo con

aspereza–.

No

es

a

vos

a

quien amo.

Aquellas palabras de Fleta hicieron desaparecer al hombre noble y exaltado…

–¿Qué habéis dicho? ¡Oh Dios! –fue la entrecortada exclamación de Horacio, y sin poder respirar apenas, gritó–:

¿Luego es que amáis a ese maldito sacerdote?

–Ciertamente

–contestó

Fleta,

mirándole

fijamente

e

inmóvil como una estatua–, «a ese maldito sacerdote». Sin decir más palabras, se separó de él.

Miró entonces a su alrededor. Conocía aquel sitio que era una de las tierras de bosque del monasterio. En breve encontraría el camino de la casa. Más, ¡qué difícil era moverse! No había dado un paso cuando quedó inmóvil y tuvo que reconcentrar toda su voluntad para poder continuar. Entonces intentó usar su poderosa voluntad.

–¿Dónde están mis criados? –dijo en voz baja–. ¿Dónde están los que ejecutan mis mandatos?

Mientras esto decía, con los ojos cerrados e inmóvil a la luz del sol, usó de todos sus poderes para atraer las fuerzas que había aprendido a manejar. Más en aquellos momentos parecía

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que estaba desamparada… ¡sus antiguos y sobrenaturales poderes habían desaparecido!

Un amargo grito de angustia se escapó de sus labios al notar aquella prueba cruel. Horacio, espantado ante tan extraña lamentación, se acercó rápidamente a ella y miró su cara.

Aquellos oscuros ojos, tan llenas de poder en otro tiempo, estaban ahora entristecidos por la angustia. La expresión de su rostro era la de un ser perseguido y moribundo. Más no desmayó por esto ni buscó refugio en el hombre que permanecía a su lado. Después de algunos instantes habló con desmayada y a la vez tranquila voz, diciendo:

–¿Conocéis el camino que conduce a la puerta? –Sí –contestó Horacio, que casualmente había recorrido aquella noche todo el bosque.

–Tomad entonces mi mano –dijo ella– y conducidme hasta allí.

Usaba ahora de su natural poder de regio mandato. Aunque abatida, siempre era la Princesa. Horacio no soñó desobedecerla. Tomó la mano fría y sin vida que ella le tendía y la condujo tan rápidamente como era posible a través de

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aquellas malezas. Cuando estuvieron ante la puerta dijo la Princesa:

–Volveréis

a

la

ciudad. Es

preciso,

y

os

ruego

no

me

preguntéis el motivo. Sólo sí, os advierto que es por vuestra salvación. He perdido mis poderes antiguos y no puedo protegeros durante más tiempo y en este sitio hay ángeles y demonios. Lo he perdido todo. No tengo derecho a arriesgar vuestra seguridad como lo tengo para arriesgar la mía. Es preciso, pues, que os marchéis.

–¿Qué es preciso que os abandone aquí? –exclamó Horacio trastornado.

–Estoy a salvo –repuso arrogantemente la Princesa–. Ningún poder de la tierra o del cielo podría hacerme daño ahora. He jugado el todo por el todo. Sabed Horacio, antes de que nos separemos, que nunca me doblegaré ni rendiré. He de arrojar de mi corazón este amor que me mata y he de entrar en la Blanca Hermandad. Sabed Horacio que vos también entraréis en ella. Mas, ¡oh, no en mucho tiempo! Aún tenéis que aprender amargas lecciones. Adiós, hermano mío.

El centinela que guardaba la puerta se acercaba a ellos en aquel momento. Fleta se dirigió rápidamente hacia él. Después de unas breves frases que ambos cambiaron, sonó un agudo

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silbido del centinela. En aquel momento se acercaba también Horacio.

–Venid –le dijo–, os enseñaré el camino durante algún trecho; después os proporcionaré un caballo y un guía que os llevará a la ciudad.

Horacio

no

vaciló

en

obedecer

las

órdenes de Fleta;

comprendía que no tenía más remedio que marcharse. No pudo, sin embargo, ponerse en camino sin mirar una vez más aquella casa en la que quedaba la extraordinaria mujer. Esta no estaba ya allí. Horacio inclinó su cabeza y siguió silenciosamente al monje.

Fleta, en tanto, se internaba en la casa bajo la sombra de los protectores árboles. Su figura parecía en aquellos momentos la de una mujer de edad, tan encorvada estaba y tanto temblaba según se movía. No fue hacia la puerta central de la casa sino hacia una puerta-ventana abierta completamente en aquella ocasión. Era la ventana de su cuarto en el que penetró con débiles y vacilantes pasos. «¡Descansar! ¡Descansar! ¡Necesito descansar!», se decía a sí misma una y otra vez. Mas en el mismo umbral tropezó y cayó. Alguien se acercó inmediatamente a ella e intentó levantarla. Era el Padre Iván.

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Fleta se libró de él temblorosa aunque resueltamente. Después se incorporó con dificultad y miró sinceramente su rostro.

–¿Y vos sabíais por qué había de fracasar?

–Sí –contestó–, lo sabia. No sois lo suficientemente fuerte para sosteneros sola en medio del espíritu de la humanidad. Sé que os aferrasteis a mí. Bien habéis sufrido por ello. Mas bien pronto os mantendréis sola.

–¿Qué empleo hubiera podido tener aquel antifaz que deseché? –preguntó Fleta siguiendo la corriente de sus ideas.

–Ninguno. Pues habiéndome obedecido en esto, no hubierais tenido el espíritu suficiente firme para llegar al templo. No podíais haber conocido la Blanca Hermandad. Pero habéis hecho, sin embargo, más de lo que cualquiera otra mujer hubiera podido hacer.

–Aún he de llegar a más –dijo Fleta–, y entonces seré uno de aquellos seres.

–Así sea: mas para lograrlo –contestó Iván– sufriréis como ninguna otra mujer. Lo humano habrá de ser aplastado en vos… aplastado como si fuera una víbora.

–Lo será. Moriré si es preciso, mas no me detendré. Adiós, Maestro. Lo mismo que yo soy una reina en el mundo de los

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hombres y de las mujeres, vos lo sois en el de las almas. Os he rendido culto y a este culto le llaman amor. Puede que lo sea y que yo esté aún ciega, más no lo sé. Pero ya no podéis ser mi rey por más tiempo. Sola estoy; más toda la ciencia que obtenga en lo sucesivo habrá sido obtenida por mi propio esfuerzo.

Iván inclinó su cabeza como en acatamiento a su incontestable decreto y un momento después había desaparecido entre los árboles. Fleta le contempló, petrificada, hasta perderle de vista y luego, arrastrándose y apoyándose en la ventana, dio algunos pasos. Después cayó pesadamente sobre el suelo, desamparada, agitada por hondos sollozos y conmovida por estremecimientos de desesperación.

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CAPITULO X

Mucho avanzó el día antes de que Fleta saliera de su habitación. Parecía haber recobrado su natural modo de ser y aspecto y, sin embargo, cualquiera hubiera podido observar que un profundo cambio se había operado en ella.

No había salido a las demás habitaciones, ni había saludado al resto de los huéspedes. Su rostro estaba lleno de resolución y parecía sosegada, por lo menos exteriormente.

Sin pasar por las habitaciones del resto de sus compañeros, ni por el salón de entrada, marchó por detrás de la casa hacia donde había una pequeñísima puerta, casi oculta en el ángulo de la pared. Aquella puerta excepcionalmente sólida y firme parecía conducir a los subterráneos de la casa. Fleta dio en ella un golpe especial con su abanico y la puerta se abrió inmediatamente, apareciendo tras de ella el Padre Amyot.

–¿Me necesitáis? –preguntó.

–Sí, podríais prestarme un gran servicio llevando un recado mío.

–¿A dónde?

–No lo sé; pero vos lo sabréis tal vez. Tengo necesidad de hablar a uno de la Blanca Hermandad.

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El rostro del Padre Amyot se nubló. No pudo menos de mirarla con cierta duda.

–¿Qué podéis preguntar que no pueda contestar Iván?

–¿Os

importa?

–dijo

mensajero meramente.

imperiosamente

Fleta–.

Sois

mi

–No podéis mandarme como antes –dijo tranquilamente el Padre Amyot.

–Qué, ¿ya sabéis que he fracasado? ¡Lo sabe ya el mundo entero!

–¿El mundo? –repitió el anciano despreciativamente–. No, a este no le importa. Pero lo sabe toda la Hermandad y sus servidores. Nadie me lo ha dicho, pero lo sé.

–Por supuesto –se dijo Fleta–. ¡Qué candidez!

Se alejó de allí. Después paseó de un lado a otro durante algún tiempo, ensimismada aparentemente en hondos pensamientos. De pronto irguió su cabeza y se dirigió rápidamente hacia el Padre Amyot, que permanecía inmóvil en la tenebrosa sombra de la puerta. Fijó en él sus ojos animados de brillo intenso. Todo su aspecto era de mandato.

–¡Id! –le dijo.

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El Padre Amyot continuo inmóvil durante un momento; después marchó lentamente.

–¡Oh, habéis recobrado un tesoro perdido –dijo–, habéis recuperado de nuevo vuestra voluntad! Os obedezco. ¿Me habéis dicho lo que mandáis?

–Sí. Deseo hablar con uno de los Hermanos de la Orden. ¿Qué más deciros? ¡No los distingo a unos de otros! Pero os ruego que os apresuréis.

Inmediatamente Amyot se lanzó a través del campo y desapareció. Fleta se dispuso a retirarse de allí igualmente. Tan abstraída estaba que no reparo que alguien estaba a su lado. Más una mano que se posó suavemente sobre su brazo la hizo levantar la cabeza.

Era el joven Rey Otto.

–¿Habéis estado enferma? –preguntó éste clavando en ella su mirada.

–No –contestó–. ¡Pero he vivido mucho, he pasado en una sola noche a través de las experiencias de un siglo! ¿Os hablaré de ello, amigo mío?

–Creo

que

no

–contestó Otto, que ahora caminaba

lentamente a su lado–. Tal vez no os entendiera. Yo sólo ansío

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avanzar paso a paso, poseyendo cada verdad según llega a mí. He estado hablando largo rato con el Padre Iván y comprendo que no puedo aún entender las doctrinas de la Orden sin su ropaje religioso.

–¡Pero si eso no es sino lo meramente exterior!

–Cierto es, y así lo veo. Mas no soy lo suficiente fuerte para permanecer en pie sin forma alguna externa en que apoyarme. Los preceptos de la religión, el deber de cada cual hacia la humanidad, el principio del sacrificio mutuo, todas estas cosas puedo entenderlas. Pero no puedo rr más allá. ¿Estáis desengañada de mí? ¿He perdido en vuestro concepto?

–¿Por qué? –repuso Fleta.

Otto dejó escapar un suspiro de satisfacción; en seguida repuso:

–Temía que pudierais estarlo. Más soy sincero. Estoy presto a ser uno más en la Orden, Fleta; uno de sus servidores más humildes. !Cuánto me aleja esto de vos, que pretendéis ser uno de sus más esotéricos miembros!

Fleta le miró muy seria y gravemente.

–Lo pretendo –dijo–, pero ¿está en mi poder? Sólo sé que he de obtenerlo, Otto; ¡aún al más caro precio!

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–¿A cuál? –preguntó Otto–. ¿Cuál será ese caro precio?

–Entreveo –dijo ella con lentitud–, siento ya en lo que consiste. Tengo que aprender a vivir en la llanura tan complacida como en la montaña. He ansiado abandonar mi puesto en el mundo buscando en esos centros donde sólo habitan los verdaderamente grandes, el secreto de escapar de la vida terrestre. Ese ha sido para decirlo de una vez, mi sueño, Otto; el viejo sueño ya perseguido por los Rosa-Cruces y todos los ansiosos investigadores del Ocultismo que en todas épocas vagaron por el mundo como fantasmas, sin satisfacción y sin morada. Por ser una criatura de voluntad fuerte, por haber aprendido a usar de mi voluntad, por haber sido instruida en algunas prácticas de magia, me creí apta para pertenecer a la Blanca Hermandad. Mas, ¡esto no bastaba! He fracasado, Otto. Seré vuestra reina.

El joven rey volvió hacia ella una repentina mirada llena de mezcladas emociones.

–¿Será eso verdad, Fleta? Si así fuera, ¡qué sea yo digno de ser vuestro compañero!

La

Fleta había hablado amargamente aunque no con aspereza. respuesta de Otto fue dada en un tono en el que había

exaltación, alegría y reverencia, mas nada de lo que

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vulgarmente se dice amor. Una mujer que no fuera Fleta se hubiera creído provocada por aquel modo de ser tan parecido a la amistad. Ésta tan sólo dijo, después de guardar breve silencio:

–Otto, voy a poner a prueba vuestra generosidad. ¿Queréis dejarme ahora sola?

–¿Mi generosidad? –exclamó Otto–. ¿Cómo es posible que os dirijáis a mi de este modo?

Sin otra palabra volvió sobre sus talones y se alejó rápidamente. Fleta comprendió cuánto aquello representaba; por lo cual se sonrió suavemente según le miraba alejarse. Después su rostro cambió, así como su actitud entera. Durante un momento permaneció inmóvil, ensimismándose al parecer en sus propios pensamientos. Entonces con paso igual y ligero comenzó a caminar a través de la hierba y por entre los árboles sin titubear en la dirección en que iba. En verdad que si se la hubiera preguntado cómo sabía la senda que había de tomar hubiera respondido que nada tan fácil como hacerlo estando guiada por un llamamiento del Padre Amyot, llamamiento tan perceptible para ella como el de cualquiera voz humana. La doble conciencia de Fleta –espiritual y natural– no necesitaba de la oscuridad de la noche para hacerse impresionable a esas

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voces que generalmente se denominan «del mundo invisible». Para Fleta este mundo no era ni invisible ni mudo. Vio de una vez, ganando tiempo y espacio, el sitio en que se encontraba el Padre Amyot y, más aún, el estado de ánimo en que se hallaba.

Lucia espléndidamente el sol, iluminando la extraña figura del monje, que estaba arrodillado y rígido sobre la hierba. Fleta, de pie ante él, miró su rostro vuelto fijamente hacia el cielo. Durante un corto espacio de tiempo continuó contemplándole con los ojos fijos y la frente fruncida, denotando en su cerebro extraños pensamientos. El Padre Amyot estaba en uno de sus profundo éxtasis, en los cuales adquiría todas las apariencias de la muerte.

–Ya comienzan las dificultades a amontonarse a mi alrededor –exclamó Fleta en alta voz– ¿Qué ligereza cometeré próximamente sin saberlo? ¡Pobre servidor mío! ¿Me atreveré a intentar volverle en sí o será la naturaleza más segura ayuda?

Llena de dudas y de vacilaciones comenzó a pasearse lentamente sin apartarse del anciano. Más, al poco rato vio que no estaba sola. Sobrecogida por la sorpresa se volvió rápidamente y se encontró al Padre Iván a su lado, con sus

ojos clavados sobre

ella.

No

vestía el

traje sacerdotal de

156

costumbre, sino que llevaba una especie de traje de caza digno de un rey, bajo el cual se adivinaba su sagrado ropaje. Su rostro expresaba una profunda y casi patética seriedad, a pesar de lo cual resultaba tan hermoso, de aspecto tan noble, y tan brillantemente iluminado por el fulgor de sus azules ojos –más azules entonces que nunca– que cualquier corazón de mujer, reina o no reina, hubiera latido de admiración contemplándole. Nunca le viera Fleta de aquel modo; siempre fuera aquel hombre el Maestro, el iniciado en misteriosos conocimientos, el recluso que ocultaba su amor a la soledad bajo el velo del monje. ¡Tal era para ella Iván!

Joven, soberbio y digno de ser amado. Fleta permanecía inmóvil y silenciosa respondiendo a la mirada de aquellos interrogadores, serenos y azules ojos, con otra suya llena de rebeldía y de firmeza. Estaban los dos de pie, frente a frente, sin hablar y, según lo que parecía, sin desearlo. Mas, en aquellos momentos de silencio, una lucha de fuerzas se entabló. Fleta fue la primera que rompió aquel silencio preguntando:

–¿Por qué habéis venido? No deseaba vuestra presencia. –Tenéis que hacer preguntas que sólo yo puedo contestar.

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–Sois la única persona que no las puede contestar, porque no las preguntaré.

–Pues será a mí ciertamente a quien las preguntaréis –fue la contestación de Iván. Y aún añadió–: De mí será de quien conozcáis esas respuestas. Podréis conocerlas por experiencia o a ciegas si lo deseáis, más hablad y yo os contestaré. Mis palabras pueden ahorraros tiempo, años enteros de trabajo inútil. ¿O es que sois demasiado arrogante para acceder?

Siguió una pausa. Después Fleta contestó resueltamente:

–Sí, soy demasiado arrogante.

Iván inclinó su cabeza y se volvió para marcharse. Pero antes se acercó al Padre Amyot y, sacando un frasco de su bolsillo, frotó con un líquido los blancos y rígidos labios del monje. Después, dirigiéndose a Fleta, dijo:

–Os prohíbo usar de nuevo vuestro poder sobre Amyot.

–¿Me lo prohibís? –repitió Fleta en un tono de profundo asombro. Evidentemente aquello era nuevo por completo para ella.

–Sí, y no osaréis desobedecerme. Si lo hicierais sufrirías instantáneamente.

158

Fleta

había

llegado

a

un

grado

de asombro que

evidentemente estaba más allá de todo lo que pudiera imaginarse. Aquellas órdenes de Iván eran frías, casi groseras. Jamás había sido tratada por él de aquel modo. Se tranquilizó, sin embargo, apresuradamente, y sin detenerse a dirigir a Iván palabra alguna se internó con ligereza por entre los árboles en dirección a la casa. Otto estaba asomado en una de las ventanas. Fleta fue a buscarle directamente.

–Deseo volver a la ciudad en seguida –le dijo–, ¿queréis ordenar que preparen los caballos?

–¿Puedo ir con vos? –No; pero si queréis podréis seguirme mañana.

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CAPITULO XI

Era el día de la boda de la Princesa Fleta y la ciudad entera estaba de gala.

Horacio Estanol vagaba sobreexcitado por las calles en un estado de trastorno indescriptible. No había visto a Fleta desde el día que saliera del oculto monasterio. No confiaba en sí mismo lo bastante para atreverse a verla, porque sabia que el ser salvaje de dentro se sobrepondría a todas las consideraciones ante tan crueles ocasiones de provocación.

Se contenía cuanto le era posible. No quería aventurarse a estar bajo el mismo techo con la mujer a quien amaba tan extraordinariamente y en la cual había depositado todo su cariño, mientras ella se entregaba a otro hombre. ¡Ella! Horacio no se había dado cuenta de todo lo que representaba aquel hecho hasta entonces… ¡Hasta aquellos momentos en los que oía repicar las campanas de boda! ¡Hasta ahora, que Fleta iba a ser entregada de una manera absoluta! ¡Fleta entregada a otro hombre! ¿Sería posible? Horacio se detenía de cuando en cuando en medio de las concurridas calles tratando de recordar las palabras que Fleta le dijera en el bosque, aquel amanecer en que aceptó su amor… ¿Qué le arrebato Fleta aquel día, a partir del cual había dejado de ser

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él mismo? ¡Oh, como su corazón yacía frío, muerto, cansado, mientras alguna sonrisa de la diosa o su recuerdo no venían a despertarle a la vida! ¿Habría desaparecido de él la alegría para siempre? Imposible. Era aún joven; un simple muchacho. Tenía además derecho a ella; tenía el primer derecho, y ahora y siempre sería su adorador, fuera el que quiera el nombre que ella le diera a su pasión. Este era el tema perpetuo de su pensamientos. Aquella mujer era suya sin duda y la reclamaría. Mas aún, cegado y sobreexcitado como estaba, comprendía que su derecho era secreto. Que no podría ir a reclamarla ante el altar porque no se le había concedido derecho para ello. Lo único que Fleta le había dicho era. «Tomad de mí lo que podáis» y él no había podido hacerla su esposa. No podía casarse con una Princesa de raza Real. No pertenecía a su categoría. ¿Qué esperar, pues? Nada. Sin embargo, contaba con su amor, con aquel último amable estremecimiento de su mano, con aquella última dulce sonrisa de sus labios. ¡Ah, cómo corría su impetuosa sangre al través de las venas!

Pero una conmovedora escena había de tener lugar aquel día, ¡aquel día de bodas!

161

Horacio, en uno de los momentos en que recorría la ciudad descubrió, marchando hacia donde él estaba, el cortejo nupcial.

La procesión se acerca. Los soldados han abierto camino conteniendo a la muchedumbre con sus caballos. Horacio permanece petrificado, buscando un semblante, un solo semblante… De repente lo ve. ¡Ah! ¡qué bello, qué supremamente bello y lleno de misterio! La ve y todo en la tierra y en los cielos queda invisible ante sus ojos… Todo queda sin vida, excepto aquel rostro adorado… Un grito resuena… una voz clara y penetrante, una voz que retumba por el aire sobre todas las de la muchedumbre.

–¡Fleta! ¡Fleta! ¡Mi amor! ¡Mi vida!

¡Qué grito aquel! Penetró en los oídos de Fleta; llegó a los de su novio el Rey Otto…

Entonces

en

la

iglesia,

en

medio

de

la

pompa

de

la

ceremonia y de la multitud de personajes elevados, Otto hizo una cosa que llenó de asombro a los que le rodeaban. Se adelantó para recibir a su prometida y tocó su mano.

–Fleta –dijo–, esa es la voz de alguien que os ama. ¿Qué respuesta le dais?

162

Fleta puso su mano en la del Rey y dijo:

–Ésta. En aquella forma ascendieron por las anchas gradas del altar. Nadie sino el Rey oyó lo que se había dicho.

Era el padre de Fleta un hombre sombrío, ceñudo y mal dispuesto hacia la humanidad, según parecía a los que no poseían la clave de su carácter. Era un ser extrañamente distinto de su hija. Esta era, según se decía, la única que había logrado conocer aquel carácter; no faltaba quien asegurase que Fleta no era su hija y que un secreto de Estado estaba mezclado al misterio de su nacimiento.

El

hecho es que pocas veces se

entrometía el Rey en los

actos de la Princesa. Mas en esta ocasión lo hizo. Cuando

todos los ojos de la corte estaban sobre ellos, inclinándose sobre la joven, murmuró sobre sus oídos estas palabras:

–Fleta, hija mía, ¿es justo que se verifique este matrimonio?

Fleta volvió hacia él un rostro tan lleno de tortura y de mortal angustia que el Rey no pudo reprimir una exclamación de horror.

163

–¡Oh,

padre

mío!,

no

pronunciéis

una

sola

palabra –

contestó–, justo es este matrimonio.

 

Volvió en

seguida su cabeza y fijó sus espléndidos ojos

sobre Otto.

¡Qué novia taxi extrañamente hermosa! Su traje sencillísimo, que ella misma ideara, caía en suaves y prolongadas líneas a lo largo de todo su cuerpo y su larga cola arrastraba por el suelo. Sin flores en el pelo y sin joyas en su cuello, ¿oh cuán admirablemente sencilla iba vestida aquella Princesa que en breve iba a ser Reina! Las damas de la corte la miraban asombradas, comprendiendo que aquella gracia suprema y aquella tan admirable majestad hacían innecesarias otras galas y que bastaban por sí solas para eclipsar a cualquiera que se hubiera colocado a su lado.

Nadie había oído las palabras que cruzaron los tres personajes que intervinieron en la anterior escena y sin embargo todos comprendieron que algo extraordinario había sucedido. Una nube de misterio de excitación y de extrañeza vagaba en la atmósfera. Más ¿qué otra cosa podía suceder donde la Princesa estuviera? En la corte de su padre se la tenía por un ser lleno de impetuosidades y de caprichos cuya voluntad no podría ser resistida de nadie. Nadie se hubiera

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asombrado al oír asegurar que su coche acababa de pasar sobre el cuerpo de un adorador aceptado en un tiempo y abandonado y rechazado después. ¡No de otra manera interpretaban su carácter y sus actos aquellas gentes!

Otto comprendía esto y lo sentía; sabía que no pocos superficiales intrigantes hubiesen pensado aún menos favorablemente de ella, si la hubieran podido tratar tan íntimamente como él. Sin embargo Fleta era pura, inmaculada, virgen en pensamiento y en alma. Todo esto fue diciéndola cuando después de salir de la Catedral entraron solos en el real carruaje. Habían atravesado por entre la multitud de felicitaciones de los nobles, de los personajes, de los diplomáticos; habían saludado, sonreído y contestado cortésmente y, sin embargo, ¡cuán lejos de la escena estaban sus pensamientos! No hubieran podido decir a quiénes habían visto, a quiénes habían hablado. Todo se desvanecía ante una sola idea, ante un solo pensamiento dominante. ¡Y aquel pensamiento tenía a sus mentes tan separadas una de otra como los polos de la tierra!

Fleta tenía embargada toda su atención y meditaba vastos propósitos. Aquel matrimonio no era sino el primer paso de un programa gigante y sus pensamientos volaban ahora desde aquellos primeros pasos hasta los últimos como cuando un

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artista dibuja las primeras líneas de un cuadro viendo ya en su mente la obra completa.

Otto, por su parte, no tenía más que una sola idea, que bien claramente expresó en sus primeras palabras:

–Fleta, ¿no os figurasteis que dudaba de vos? Nunca, sin embargo, pensé en ello. Creí que había reproche en vuestros ojos; más estad tranquila. ¡Nunca, nunca he dudado! No fue sino que aquel grito tan terrible hirió mi corazón. Más, ¿es cierto que no te figuraste que dudaba de ti? ¡Asegúramelo Fleta!

–No, no creí tal cosa –replicó Fleta con tranquilidad–. ¿Sabéis de quien era aquella voz?

–No. No se podría reconocer, ¡sólo podía percibirse que era un grito de martirio!

–¡Pues yo sí! –exclamó Fleta–. ¡Ah, yo sí conocí aquella voz! ¡Quien gritó mi nombre fue Horacio Estanol!

–¿Cómo entonces dijo «Fleta, amor mío»? –preguntó Otto– . ¿Es vuestro amor?

–Sí –dijo Fleta sin alterarse y con una calma extraña–. Aún más, querido Otto; me ha amado hace largos siglos, cuando este mundo tenía un aspecto distinto. Cuando la superficie de

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la tierra permanecía inculta y salvaje. Entonces representamos esta misma escena. Sí, Alan, nosotros tres. Sin la pompa de hoy, pero con el esplendor natural de la belleza salvaje y de los cielos espléndidos. Pequé entonces y expío mi falta; una y otra vez me castigó la naturaleza por mi ofensa. Hoy, por fin, veo más, comprendo más. Sé que el pecado permanece. Deseaba adquirir, poseer para mi misma, conquistar. Pues bien: he conquistado. ¡Estoy conquistando desde entonces! ¡Oh, cuán frecuentemente! Esa ha sido mi expiación: la saciedad. Ya no volveré a gozar más. Desde mi error, desde la esfera de mi ligereza tomaré fuerzas para elevarme de este pequeño y miserable escenario donde representamos continuamente los mismos dramas a través del hastío y del cansancio amoroso de continuadas y consecutivas vidas.

Otto

permanecía

apartado

de

Fleta,

contemplándola

intensamente mientras hablaba con aquella su voz suave, pausada, vehemente y apasionada. Cuando la Princesa acabó, exclamó a su vez después de pasar su mano por la frente:

–¡Oh Fleta! ¿Es alguno de vuestros encantos que pesa sobre mí o he visto cambiar realmente vuestro rostro mientras hablabais? ¡Vuestro rostro se ha convertido en el de alguien no desconocido para mí! ¡Oh, cuán remotos, cuán confusos recuerdos! He creído percibir el perfume de infinitas

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florecillas. Decidme, Fleta, decidme: ¿estáis soñando, lo estoy yo? ¿He vivido ciertamente antes de ahora? ¿Os he amado? ¿Os he servido en otras edades cuando el mundo era joven? –Nada más cierto que todo eso, Otto –dijo Fleta. –¡Ah! –exclamó él repentinamente–. ¡Sí! ¡Lo veo, lo siento, hay sangre sobre vos, sangre en vuestras manos! Fleta alzó su bellísima mano y la miró con infinita tristeza.

–Así es –exclamó–. Hay sobre ella sangre y la habrá hasta que estemos más allá del reino de la muerte y de la sangre. En aquella época me subyugasteis, Otto; triunfasteis por la violencia y por la fuerza, sin saber que en mí había una fuerza oculta de cuya existencia no sospechabais, una voluntad agitadora y vital. Podía haberos aplastado. Pero ya había usado una vez de la fuerza de mi voluntad y había visto el amargo e incomprensible sufrimiento que me produjo. Intenté entonces investigar y comprender la Naturaleza antes de volver a usar de mis poderes. En tanto me sometí a vuestra tiranía. Vos os aficionasteis a ella primero y la amasteis después. A través de vidas consecutivas habéis llegado a amarla más aún. Vuestros dominadores deseos os han proporcionado por fin una Corona con un puñado de soldados para defenderla y media docena de diplomáticos astutos que

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quieren la conservéis y que creen que os pueden obligar a hacer todo cuanto quieran sus monarcas respectivos. ¡Mas no! Moved vuestros muñecos, Otto. No me satisface tal reino. Pienso ganarme mi propia corona. He de ser reina de almas, no de cuerpos; reina en la realidad, no en el nombre.

Fleta,

pareció

envolverse

en

un

velo

impenetrable

de

desprecio cuando pronunció sus últimas palabras.

Otto en tanto se sentía agitado por inexplicable emoción. Por fin después de una gran pausa habló. Estaba cambiado. De su gentil modo de ser, de su dócil aspecto de condescendencia, había surgido repentinamente un fiero y batallador espíritu de oposición.

–¿De

modo

que

despreciáis

la

corona

por

la

cual

os

casasteis conmigo? ¿No es

así? Bueno:

yo

os

enseñaré a

respetarla. Una rápida sonrisa cruzó el rostro de Fleta.

No otra cosa que una sonrisa fue la contestación concedida a la regia amenaza. Otto añadió, mirando fijamente a la Princesa:

–Sois una criatura admirable y espléndida, mas con un cerebro de acero y un corazón según se ve parecido al cerebro.

169

Habéis conseguido de mí lo que habéis querido. Me he sometido a la farsa o mascarada de vuestra Orden misteriosa. Me he confiado a esos traicioneros monjes que me han vendado los ojos y conducido a través de secretos caminos. ¿Todo para qué? Iván me ha hablado de aspiraciones, de ideas, de pensamientos que no han hecho sino enfermar mi alma y llenarla de desesperación y de vergüenza, pues yo creo en el orden, en la regla moral, en el gobierno! del mundo de acuerdo con los principios de la religión. Si os dije que quería pertenecer a la Orden fue porque mi naturaleza simpatizaba con sus teorías confesadas. Pero sus doctrinas secretas, tal como las que he escuchado de vos misma me son odiosas. ¿Es para poner en práctica esa vuestra no sagrada doctrina o dogma para lo que me habéis propuesto que os entregue mi vida? No, Fleta, no. Ahora sois mi reina.

–Sí –dijo Fleta–. Soy vuestra reina. Lo sé. ¡Cómo que he escogido voluntariamente ese destino! No necesitáis decirme que poseo la corona que me había propuesto obtener.

En este momento llegaron al Palacio. Allí era preciso atravesar aún una pesada serie de ceremonias y de conversar sobre infinidad de cosas sin importancia, antes de poder quedar de nuevo a solas. Otto volvió a su agradable y bondadoso modo de ser habitual. Fleta se sumergió en una de

170

sus

abstracciones

y

la

circunstancias.

corte

adoptó

una

política

de

Nadie

se

hubiera

atrevido

a

recibir

una

de

aquellas

respuestas satíricas que tan prontamente acudían a sus labios cuando era sacada de uno de aquellos estados.

Pero una persona, sin embargo, se aventuró a turbar su abstracción. Contra lo esperado, fue recibida con una sonrisa deliciosa que partió brillante de los labios de Fleta como un haz de rayos de luz.

Era Horacio Estanol. Era Horacio, gastado, pálido, convertido en una sombra de sí mismo. ¡Cómo la miraron aquellos ojos que ahora aparecían extrañamente grandes! ¡Cómo se clavaron en ella como si no existiera nada más en el mundo!

Fleta le tendió su mano. Su acompañante –un oficial que le introdujera hasta la regia estancia de mala gana–, retrocedió asombrado. Ahora comprendía la insistencia de aquel joven desconocido. Horacio se inclinó sobre la mano regia y puso sus labios, por un instante, junto a ella, mas no la tocó y de su pecho salió un gemido que llegó a los oídos de Fleta.

–¿Me habéis abandonado? –preguntó ella con una voz suavísima.

171

–Vos sois la que me ha arrojado de su lado –contestó él.

–Sea como decís, mas habéis sobrevivido y nada reclamáis ya. ¿No es así? Lo leo en el mudo dolor de vuestros ojos.

–Sí –dijo Horacio, irguiéndose y permaneciendo derecho ante ella, dominándola con su mirada–. No lloraré ya por poseer las estrellas, no cansaré más a ninguna mujer con mis penas ni mis súplicas; ni os cansaré a vos siquiera. No es deshonra humillarse a las plantas de personas como vos; además, yo soportaré mi dolor como hombre. He venido aquí a deciros adiós. Aún hoy conserváis algún parecido con la Fleta a quien amé. Más no le conservaréis mañana.

–¿Cómo podéis saberlo? –exclamó ella con escrutadora mirada–. Después añadió: Tal vez tengáis razón. Mas… ahora que no somos ya novios, ¿querríais comprometeros a una cosa conmigo? ¿Seríais mi compañero para emprender la gran obra? Sé que no conocéis el miedo.

–¿La gran obra? –exclamó Horacio, llevándose una mano a la frente.

–La gran obra, sí, de esta mezquina vida. Aprender una lección e ir más allá de ella.

172

–Seré

vuestro

compañero

–dijo

normal y sin entusiasmo.

Horacio

con

una

voz

–Entonces, encontraros a las dos de esta misma mañana en la puerta del jardín por donde acostumbrabais a entrar.

Eran en aquel momento las doce de la noche. Horacio lo notó al marcharse y se volvió para observar a Fleta. ¿Había pensado ella lo que decía? Mas la Fleta que él conocía había ya desaparecido. Una reina joven, fría, altiva e impasible devolvía en aquel momento el poco interesante homenaje que acababa de ofrecerle un ministro extranjero. Los convidados comenzaban a retirarse. Fleta y Otto no se habían propuesto emprender viaje alguno en honor de su boda. El rey había mandado habilitar la mejor ala del regio palacio y en ella permanecieron hasta que se hubieron marchado los convidados. Al día siguiente Otto había dispuesto conducir a su esposa a su palacio; mas hubo de ceder a los deseos de Fleta y de su padre que deseaban atrasar la jornada.

Cuando el último huésped hubo salido,

la Princesa se

deslizó rápidamente como una sombra a lo largo de los pasillos. Entró en su cuarto y una vez en él comenzó a despojarse apresuradamente de su traje de boda sin llamar en su ayuda a sirvienta alguna. Sobre un diván estaban el traje y

173

el manto blanco que llevara cuando intentó penetrar en el recinto de los místicos. Envolviéndose en el manto se disponía a salir de la estancia cuando se encontró de cara a cara con Otto que había entrado sin hacer ruido y estaba silencioso ante ella. Fleta, al darse cuenta de su presencia, vario ligeramente de dirección encaminándose a otra puerta. Pero Otto se interpuso de nuevo en el camino.

–No –dijo–. No abandonaréis esta noche este cuarto. –¿Por qué? –preguntó Fleta mirándole fríamente.

–Porque

ahora

sois

mi

mujer

y

os

lo

prohíbo.

Permaneceréis aquí conmigo. Venid, dejad que os despoje de ese manto sin molestia alguna: la bata que lleváis bajo él os sienta mejor aún que vuestro traje de boda.

Diciendo esto comenzó a desatar los broches que cerraban el manto. Fleta no hizo resistencia alguna, pero continuó con los ojos clavados en su rostro. El no quería encontrar su mirada, pálido como estaba por la intensidad de la pasión y del propósito…

Entonces Fleta le habló.

–¿Os acordáis –dijo– de lo último que hicisteis cuando

estuvisteis

con

el

Padre

Iván?

¿Os

acordáis

de

que,

174

arrodillado ante él, pronunciasteis aquellas palabras: «Juro obedecer al maestro de la verdad, al preceptor de vida»

–¿Aquel maestro y aquel preceptor? –interrumpió acaloradamente Otto–. Reservé mi razón aún en aquel cuarto impregnado de incienso. Tal maestro y tal preceptor no eran sino mi propia inteligencia: así formé la frase en mi mente. No reconozco otro maestro.

–¡Vuestra propia inteligencia! ¡Cuándo aún no habéis aprendido a usarla! No, no fue ideado así vuestro juramento. Lo que hay es que después reformasteis su sentido. Cuando salisteis de allí y os quedasteis solo, comenzasteis a luchar por vuestra egoísta libertad. No, Otto. Aún no habéis comenzado a usar vuestra inteligencia. Sois un esclavo de vuestros deseos carcomido por el ansia del poder y de las pasiones. No me amáis; la que deseáis es poseerme. Pues bien, si creéis que vuestro poder es tan grande, ponedle a prueba. ¡Intentad arrancar este manto de mis espaldas!

Otto se acercó y cogió con sus manos el manto… Mas de pronto, una avasalladora pasión inundó su ser y, apoderándose de Fleta, la estrechó entre sus brazos y apretó sus labios sobre los suyos… Pero no llegó, sin embargo, a hacer ni lo uno ni lo

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otro. Se rindió instantáneamente en su intento y retrocedió, pálido y tembloroso.

Fleta estaba ante él erguida y arrogante.

–Ya sabíais cuando hicisteis aquel juramento –dijo con voz reposada–, y lo sabíais desde vuestra alma, desde vuestro verdadero y no cegado ser, que os hacíais un mero servidor de la gran Orden. Vuestro juramento podrá aún salvaros de vos mismo si no lo violáis demasiado brutalmente. Acordaos de esto. Soy una novicia en la Orden, vos un servidor; estáis, pues, bajo mis órdenes. Soy vuestra reina, Otto, pero no vuestra esposa.

Diciendo esto salió pasando por su lado sin que él pudiera hacer esfuerzo alguno para detenerla. Lo cierto era que aún no le había abandonado aquel inexplicable temblor y toda su fuerza estaba empleada en contenerlo. Sólo cuando Fleta hubo traspasado la puerta pudo gritar:

–¿Por qué, entonces, os casasteis conmigo?

–Ya os lo dije –contestó Fleta, deteniéndose un momento–. Creo que os lo dije. Yo tengo necesidad de aprender a vivir lo mismo en la llanura que en la cima de las montañas. Y no tengo más camino para realizar este propósito que el de sacrificar mi vida como reina vuestra en aras del gran

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propósito

que perseguiría

si

fuera

la

iniciada

del

resplandeciente traje de plata que deseo ser. Ahora voy a

comenzar mi gran obra con la ayuda de un amante aprendido a dominar su amor.

que ha

Diciendo esto salió majestuosamente. Parecía mucho más alta que de ordinario. Otto la dejó marchar sin hacer ademán algún, sin pronunciar una palabra.

177

CAPITULO XII

Era una noche espléndida, una noche de ambiente saturado

por

el

aroma de las flores, una noche llena de brisas

perfumadas.

Horacio estaba en el umbral de la puerta, apoyado en ella y contemplando el cielo en el que unos débiles matices indicaban la futura salida del sol. Era aquella una noche clara, luminosa… mas sin las claridades de la luna… Una de esas calurosas noches serenas en las que se divisan los caminos y nos se ven los rostros de las personas inmediatas… Una de esas noches en las cuales se pasea como en un ensueño, por entre sombras que vagan… En las que el misterio del ambiente y la oscuridad del espíritu son iguales. Horacio había caminado hasta la puerta en donde esperaba a la mujer que amaba, a la mujer que cualquier otro hombre que la conociera no hubiera podido menos de amar y estaba allí tranquilo, sin fiebre en sus venas, sin alteración alguna en su corazón o en su cerebro. Allí permanecía ensimismado, sumergido en sus propios sentimientos, aunque con una tranquilidad tal que le parecía como si hubiera muerto el día anterior cuando aquel inconsciente grito se escapara de su alma.

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Un pequeño golpe sonó de pronto en la puerta., y en seguida se abrió. Horacio pasó y se dirigió con Fleta por la senda bordeada de flores. Marchaba ella silenciosamente, con el manto suelto sobre sus espaldas, dejando ver sus brazos desnudos cuando dicho manto era agitado por el aire.

–Vos

que

tanto

sabéis,

decidme –preguntó Horacio–.

¿Cómo conocéis tantas cosas?

–Porque abrase mi alma hace muchos siglos. Cuando hayáis quemado vuestro corazón seréis tan fuerte como yo.

–Otra

pregunta

–dijo

Horacio–.

¿Por

qué

en

aquella

iniciación fracasasteis?

 

Fleta

se

detuvo de

repente

y

fijó

sobre

él

una dura y

penetrante mirada. ¡Terrible fue su actitud en aquel rápido acceso de enojo! Mas Horacio la miró sin inmutarse. Le parecía que nada podría ya conmoverle. ¿Estaba en verdad muerto cuando así podía soportar la abrasadora luz de aquellos ojos fascinantes?

–¿Qué es lo que os impulsa a preguntarme eso? –exclamó Fleta con una voz tristísima–. ¿Deseáis, exigís saberlo?

–Sí, lo deseo.

179

Por un momento Fleta ocultó su rostro, dominada por secreta angustia. Pero aquello no duró sino un momento. Después sus manos cayeron a lo largo del cuerpo y se incorporó con su regia cabeza erguida.

–Es

mi

castigo –murmuró–,

es

preciso. Se dijo

que yo

descubrí cuan absolutas son las ligaduras de la Gran Orden.

Volviéndose

repentinamente

hacia

Horacio

le

dijo

con

severo acento:

–Pues bien: fracasé porque había abrasado mi alma y necesitaba abrasar también mi corazón. Porque, aún no amando como ama la generalidad hasta el punto de que casi he olvidado lo que significa pasión, rindo culto a una naturaleza más elevada que la mía, de tal modo que tal culto puede confundirse con el amor. No he aprendido aún a permanecer completamente sola y a considerarme tan grande como cualquiera que luche con sus mismas posibilidades y con su misma divinidad. Aún me apoyo en otro ser, aún le contemplo y aún ansío su sonrisa sabiendo que no he de encontrar descanso alguno mientras continúe en tal estado. ¡Oh, Iván, mi preceptor, mi amigo, qué tortura la de arrancar tu imagen del fondo de mi corazón! ¡Fuerzas, poderes ocultos de la indiferente naturaleza, venid, venid en mi auxilio!

180

Con los brazos dirigidos al cielo terminó esta evocación.

Horacio permaneció silencioso ante la presencia de aquella que más bien que mujer parecía el espíritu de la aurora… ¡Oh, cuánto le impresionaron aquellos acentos inexplicables y pavorosos, aquellos gritos de un alma destrozada!

Sin observar al joven, Fleta dejó caer nuevamente sus brazos y ciñendo el manto alrededor de su cuerpo marchó sobre la hierba cubierta de rocío. Horacio, silencioso y triste como ella, aunque sin emoción exterior alguna, siguió sus pasos. Hacia algún tiempo, el mismo día anterior –parecía que había transcurrido un siglo– hubiera contemplado aquellos oscuros y ondulantes cabellos, aquellos movimientos de tan delicada figura; hoy ni los veía. Repentinamente Fleta se detuvo y, volviéndose quedó frente a él. Horacio, levantando sus ojos lleno de sorpresa la miró.

–Observo, Horacio, que ha ya tiempo no os devoran los celos. Me oís hablar como ahora lo habéis hecho, sin convertiros en un salvaje. ¿Qué es lo que os ha sucedido?

Mientras hablaba parecía atravesar con su mirada la impasible y lánguida expresión del rostro de Horacio. ¡Cómo ansiaba que la respuesta de éste fuese la que esperaba!

–Estoy sin esperanza ninguna –contestó.

181

–¿Sin esperanza de qué?

–De vuestro amor. Comprendo ahora que tenéis un gran propósito en vuestra vida y que no soy sino a manera del grano de arena que cayó en el torrente. Pensé que tenía sobre vos algún derecho y ahora veo que no lo tengo. Hoy me rindo a vuestra voluntad, ¿qué es lo que me queda por hacer?

Fleta permaneció pensativa durante un momento; después miró su rostro con amargura.

–Pues aún eso no es bastante –dijo–. Vuestro don ha de ser positivo.

Volviéndose de nuevo marchó camino de la casa. Todo estaba en ésta en silencio; sus ventanas permanecían cerradas; debía estar evidentemente desierta. Fleta abrió una puerta lateral, por la cual entró seguida de Horacio. Después, siempre precediéndole, atravesó por oscuras y silenciosas habitaciones hasta llegar al laboratorio. Para Horacio aquel cuarto tenía ahora un nuevo aspecto. Miró, asombrado, a su alrededor:

todo era pálido… No ardía en la lámpara incienso alguno; no brillaba ya el color de las paredes y tan sólo una débil luz gris penetraba por la claraboya del techo. El resto del cuarto que no estaba iluminado por la claraboya permanecía en la semioscuridad. Horacio encontró, sin embargo, suficiente luz

182

para ver que el objeto que tanto odiaba no estaba allí presente. Aquella inexplicable y extraña forma que antes le horrorizaba había desaparecido. Una sensación de placidez había ahora en aquella atmósfera.

–¿Dónde está? –fue su primera pregunta.

–¿Preguntáis por la figura? ¡Oh! De nuevo hacéis una pregunta a la que estoy obligada a contestar. Os diré, pues, que no puedo usar de aquel poder ahora; tengo que ganar de nuevo el derecho.

–¿Cómo lo ganasteis antes de ahora? –preguntó Horacio con interés vivísimo.

Fleta se estremeció y durante un momento la arrogante majestad de siempre volvió a surgir en su rostro… Pero en breve desapareció, y permaneció de nuevo tranquila, gentil, sublime.

–Os lo diré –repuso, y con una clara y dulce voz le susurró al oído:

–La gane tomando vuestra vida.

Horacio

la

miró

con

una

perplejidad

y

asombro

indescriptibles.

 

183

–¿No os acordáis –añadió entonces–, de aquella selva y de aquellas vírgenes tierras y límpido cielo tan dulce y exuberante?… ¿No recordáis aquellas florecillas de albaricoque que se interponían entre nosotros y los ardientes rayos del sol? ¡Ah, Horacio, cuán fresca y vivida era la vida entonces, mientras vivíamos y amábamos, sin entender el por qué de las cosas! ¿No era dulce? ¡Oh, yo os amaba; os amaba mucho, mucho!

¡Cuán temblorosa era su voz al decir esto! Tanto lo era, que el aterido corazón de Horacio volvió de nuevo repentinamente a la vida. Jamás hasta entonces vibrara aquella voz con tonos tan ardientes de pasión y de ternura.

–¡Oh, Fleta mía!, ¿me amáis aún? –dijo como si despertara de un sueño.

Se

dirigió

a

ella.

Pero

parecía

que

Fleta

lo

detenía

violentamente con un misterioso ademán de su brazo desnudo.

–Con aquella pasión –contestó ella–, solemnemente no puedo amar ya nunca. No he olvidado completamente lo que es el amor. Horacio, no lo he olvidado. De no ser así, ¿creéis, acaso, que os hubiera encontrado de nuevo en medio de las muchedumbres de la tierra?

184

Diciendo esto tendió hacia él su mano, y cuando Horacio la estrechó entre las suyas sintió suave y delicada presión responder a su estremecimiento.

–Os reconocí –siguió diciendo la joven–, por vuestros queridos ojos, llenos en otro tiempo de un amor tan puro por mí, que eran como las estrellas de mi vida.

–¿Qué fue,

pues,

lo que se interpuso entre nosotros? –

preguntó Horacio.

Fleta

le

miró de

un

modo

extraño, retiró

su

mano y,

envolviéndose aún palabra:

más

en

su

manto, murmuró esta sola

–«¡Pasión!»

Una extraña emoción se apoderó de Horacio. Confusas reminiscencias se despertaron en el fondo de su espíritu.

–¡Ahora creo recordar! –exclamó agitado por una repentina exaltación–. ¡Dios mío! Ahora os recuerdo, os veo ante mí con vuestro hermoso y descompuesto rostro y con vuestros labios tan bellos como las florecillas que nos defendían del sol. Ahora recuerdo, Fleta, que os amaba como aman los hombres, que anhelaba por vos. ¿Qué mal había en ello?

185

–Ninguno –contestó Fleta que permanecía inmóvil envuelta en su blanco manto–. Ninguno, para los hombres que sólo aspiran a ser hombres y a reproducir hombres, a no ser, en suma, otra cosa ni hacer otra cosa que esto. Pero yo tenía dentro de mí otro poder más fuerte que yo misma y que era la agitación de mi alma. Nuestras dos almas, Horacio, luchando juntas, fueron víctimas de la oscuridad de la vida y no encontraron otra luz que la del amor… Luz, sí, y calor de ese que hace posible a los hombres la vida y que les infunde esperanzas y alientos y les permite esperar el porvenir y les capacita para crear otros seres que llenen el tiempo futuro. En aquellos antiguos días, bajo las florecillas de la frondosa bóveda, vos y yo, Horacio, éramos niños en el mundo, nos era nueva toda la significación de éste. ¿Cómo guiarnos? Ignorábamos el gran poder del sexo, estábamos en el borde de su conocimiento. ¡Así sucederá siempre! ¡No puede pasarse por una experiencia adivinándola! Nosotros no pasamos. Yo no sabía lo que hoy sé, Horacio. De saberlo, no hubiera arrebatado vuestra vida. No hubiera sido una simple fiera. Más no sabía entonces nada. Hicisteis uso de vuestro poder, hice uso del mío y vencí. Necesitaba poder; y dándoos muerte como lo hice, dominada por aquella única emoción, logré lo que deseaba. Pero no en seguida, necesité sufrir

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pacientemente, necesité luchar por comprenderme a mí misma y a la fuerza que laboraba en mi interior. Luché vida tras vida, encarnación tras encarnación. No sólo me amabais, sino que erais mío, os había conquistado y usaba vuestro amor y vuestra vida para mis fines propios, para aumentar mi poder, para crear la vida y la fuerza que necesitaba. Merced a ella me hice conocedora de la magia, leí con mi vista interna los misterios de la Alquimia, comprendí los secretos de la fuerza. Sí, Horacio, soy lo que soy por vos. Por vos he llegado a librarme de las cargas comunes a la Humanidad, de sus pasiones, de sus deseos personales, de sus fatigosas experiencias. He visto al egipcio y al romano de las antiguas y soberbias civilizaciones y he visto los actuales tratando de reproducir sus pasados placeres y su pasada magnificencia. ¡Ah, cuán inútil esfuerzo! Vida tras vida, cuando éstas son de placer y de egoísmo, se llega al cansancio del vivir que mata las almas humanas y oscurece el pensamiento. Pero vos y yo, Horacio, hemos escapado de este destino fatal. No quisiera vivir de nuevo como he vivido antes de ahora. No quisiera usar del principio de vida que hay en el amor por mero placer o por traer eidolones a la tierra… Resolví elevarme, levantarme yo misma y levantaros, y crear para siempre con nuestro amor algo más noble que nosotros mismos. Lo he logrado, Horacio,

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lo he logrado. ¡Estamos a la puerta de la primera iniciación! Fracasó mi primera tentativa por falta de fuerza y por no haber podido arrancar completamente de mi alma la imagen de mi maestro. Le busqué como apoyo tal vez, tal vez por encontrar el consuelo de tener junto a mí un rostro conocido. ¡Ah, Horacio, dadme fuerza! ¡Sed mi compañero! Ayudadme a entrar y vuestra fuerza os será devuelta centuplicada. ¡Vuestra recompensa será así mismo la entrada!

Se había transformado por instantes según hablaba. Parecía en aquellos momentos una sacerdotisa; parecía haber en ella algo divino. En aquellos momentos se elevaba su cuerpo y su ser entero; se elevaba como una llama… Los primeros rayos del sol naciente atravesaron la claraboya, iluminando su rostro transfigurado y su espléndida cabellera.

Horacio la contemplaba como un idólatra a su ídolo. –Os pertenezco. Soy vuestro –dijo arrebatado–. ¿Cómo os lo puedo probar?

Ella le tendió joven.

su

mano

y su mirada

se

fundió con la del

–Juntos descubriremos el gran secreto, Horacio –dijo–. No podéis ya confiaros más en mi sin conocimiento de lo que hacéis. Hasta aquí nuestras vidas no han sido sino las vidas de

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la flor… Hoy necesitamos entrar en el período en el que nace el fruto… Encontraremos el poder que representa el sol; descubriremos el puro poder creador. ¡Pero aún no tenemos fuerzas! Siento a veces terror y a veces tiemblo. A mayor fuerza corresponde aún mayor sacrificio.

En aquel momento la luz desaparecía de su rostro. Volvió su cuerpo y se sentó en la sombra en un amplio diván.

Horacio sintió que una intensa sensación de tristeza, de simpatía y de nostalgia penetraba en su espíritu. Sentado al lado de la Princesa y con una de sus pálidas manos entre las suyas, cayó en una meditación profunda. Así estuvieron sentados, silenciosos… Así estuvieron durante largas horas, hasta que el sol brillaba alto en el cielo. La habitación estaba aún tranquila, oscura y llena de sombras.

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CAPITULO XIII

Aquel mismo día, Horacio recibió asombrado la noticia de que tenía un puesto oficial en la corte, un puesto que le permitiría estar continuamente al lado a Fleta. Apenas fue nombrado hubo de arreglar su equipaje por tener que seguir a Fleta a sus dominios. Nadie pudo decir cómo esto fue realizado y Horacio menos que nadie, y más cuando observó que al ser presentado al rey Otto, éste le miraba con antipatía y desconfianza. Antes de pertenecer a la corte, el rey Otto no se había fijado en él, más ahora no sucedía así. Horacio, sin embargo, ya sabía que servir a Fleta era una dura servidumbre y la había aceptado con todas sus consecuencias. Ningún otro camino le quedaba fuera de éste; la vida era inconcebible sin ella y aún sin el dolor producido por su penoso servicio. Prefería sufrir de aquella manera a gozar cualquier otro género de placer. ¿Qué placer podía existir apartado de Fleta?

Sin embargo, dudaba de ella.

Fleta había escogido una compañera de sangre real para que viajase con ella; una joven Duquesa que llevaba su mismo apellido. Esta joven, recién salida del colegio, desde donde directamente fue llevada a la corte, había reunido en torno suyo una corte de admiradores. No era muy hermosa y

190

ciertamente no tenía talento alguno; acompañar a Fleta le parecía encantador; pues con ella visitaría otra corte donde encontraría nueva serie de adoradores.

Muy extraño le pareció a Horacio que la Princesa escogiese a esta niña como compañera, no porque la Duquesa fuese más joven que Fleta –pues casi parecían de una misma edad–, sino porque Fleta parecía llevar en su hermosa cabeza la experiencia de muchos siglos, mientras la Duquesa no era sino una pueril colegiala educada en la etiqueta de la corte.

Decidió que este viaje lo realizarían los tres en el carruaje propio de la Princesa. Ésta, con gran naturalidad se negó a que les acompañara su marido. Cuando el Rey Otto se dirigió a ella con tal motivo, Fleta se limitó a contestar:

–Me cansaríais y además tengo que hacer.

Así partieron. Al ocupar su asiento Horacio no pudo menos de recordar aquel extraordinario viaje, también en coche, en que los tres compañeros fueran la Princesa, el Padre Amyot y él.

Este

recuerdo le hizo pensar en

el Padre Amyot; ¿qué

habría sido del sacerdote a quien no volviera a ver en la ciudad? Preguntó por él a Fleta.

191

–No me sirve para nada –contestó ella fríamente.

La jornada era larga y fatigosa para Horacio, pues la Duquesa, no encontrando con quien coquetear se empeñó en divertirse con él, mientras Fleta permanecía reclinada en un ángulo del coche hora tras hora con los ojos cerrados. ¿Cuál era el objeto del viaje? Horacio, que había oído la contestación de Fleta al Rey Otto, se perdía en conjeturas. Sin embargo, al observarla atentamente vio que su rostro había cambiado. Estaba ahora más impenetrable, más inmóvil, más llena de energía.

Un extraordinario incidente vino a interrumpir el viaje, cuando esperaban llegar aquella misma noche a su destino.

Durante todo el día Fleta había permanecido silenciosa, sumida al parecer en una profunda meditación, más cuando algunas veces Horacio la observaba, veía que sus labios se movían como si hablase. Siempre que podía se sentaba frente a ella; más no siempre era posible, porque la joven Duquesa se obstinaba en hablar con él, y como el coche era muy ancho y espacioso, tenía que mudar de posición para poder oír sus palabras. Pero fue anocheciendo y la Duquesa, tal vez cansada, se arrellanó medio adormilada en uno de los ángulos del carruaje.

192

Horacio aprovechó la ocasión para pasarse al ángulo enfrente de Fleta. Tan oscura era la noche que apenas podía verla. En el techo del carruaje colgaba una lámpara que él no encendió por temor de molestarla, tal vez porque no le desagradaban la quietud y la oscuridad. Sentíase en esta oscuridad más a solas con Fleta e intentaba adivinar sus pensamientos sin el estorbo perpetuo de los perspicaces ojos de la pequeña Duquesa.

Se sentó y permaneció frente a Fleta contemplando su espléndida belleza. Aquella situación era insoportable; sin embargo, el hombre se despertó al fin en él y le dominó. Hubo un momento en que, inclinado sobre Fleta, pasó ligeramente su mano sobre ella… No había terminado aquel movimiento cuando la Duquesa lanzó un agudo grito.

–¡Dios mío! –exclamó con voz aterrorizada–. ¿Quién está con nosotros en el coche?

Se arrodilló sobre el suelo, entre Fleta y Horacio; su terror era tan grande que no sabía lo que hacia.

Horacio se acercó a ella e instantáneamente descubrió que tenía razón la joven. Además de él, había otro hombre en el carruaje.

193

–¡Ah! ¡matadle! ¡matadle! –gritó la joven con una angustia y un terror indecibles–; es un salteador, un ladrón, un asesino.

Horacio se precipitó sobre aquella persona a quien no podía divisar. Un instinto de propia defensa, de defensa de las mujeres que con él iban, se apodero de su espíritu. Aquel hombre también se había levantado. Ciega y furiosamente le atacó con fuerza extraordinaria. Horacio era joven y vigoroso y aunque su estructura no era atlética, ahora, no obstante, lo parecía. Se encontró, sin embargo, con que su adversario era más fuerte que él… Se entabló una lucha terrible. El coche continuaba corriendo velozmente a través del invisible paisaje; Fleta podía haberlo detenido si hubiera abierto la ventanilla y avisado a los postillones. Pero permanecía inmóvil como si estuviera desmayada, y la pequeña Duquesa temblaba en el suelo a su lado. Esta mujer aterrorizada no tenía la suficiente presencia de ánimo para pensar en detener el coche o reclamar socorro. En tanto los que luchaban tan pronto estaban sobre las das mujeres como en el otro lado del coche; era una lucha horrible, mortal, espantosa, y el silencio mismo en que se verificaba aumentaba su horror. No se oían gritos ni exclamaciones, sólo los rugidos sordos, las respiraciones ansiosas, los sonidos terribles que salen de la garganta de un hombre cuando lucha por su vida… Nadie podría decir el

194

tiempo que duró este horrible combate; Horacio no tenía idea del transcurso del tiempo. El salvaje dormido en él había despertado y le dominaba. Había perdido toda idea y toda conciencia excepto la del peligro… Su único pensamiento, lo único que le preocupaba, era matar, matar, matar. Y esto hizo. Hubo un momento en el que su adversario estuvo debajo de él. En este instante usó de todas sus fuerzas hasta que se oyó un gemido, un horroroso gemido… Después nada, silencio absoluto durante un corto espacio de tiempo. Nadie se movía. La Duquesa estaba petrificada de horror. Horacio había caído exhausto; más aún, trastornado… Un tropel de confusas emociones, además de las de su furor salvaje, comenzaron a despertarse en él ¿Qué? ¿Quién era el ser cuya vida había destruido?

En aquel momento los caballos comenzaron a galopar, pues entraban por las puertas de la ciudad. Horacio bajó con estrépito la ventanilla que tenia más cerca y gritó: ¡Luces! ¡Traed luces!

El coche se detuvo e inmediatamente una multitud se acercó a las ventanas; el resplandor de las antorchas penetró por ellas iluminando su interior. La pequeña Duquesa yacía en un rincón, sumida en mortal desmayo; Fleta, sentada, erguida y pálida, pero con gran calma. ¡Y nada más! Nadie había allí

195

muerto o vivo a la vista de Horacio, sino Horacio mismo… Éste, ante semejante descubrimiento, sumergió su rostro en las

almohadas del carruaje, y nunca supo lo que le pasó

..

,

si lloró

..

,

rió

o maldijo… Tan sólo el extraño sonido de su propia voz

, oyó en sus oídos…

..

Detrás del coche de Fleta venía otro lleno de servidores; y cuando el suyo se detuvo tan repentinamente, todos se apearon dirigiéndose con presteza hacia las portezuelas.

–La Duquesa se ha desmayado –dijo Fleta levantándose para ocultar a Horacio–, la jornada ha sido demasiado larga. ¿Hay alguna casa cerca en donde pueda estar tranquila un momento hasta que se encuentre con fuerzas para ir a Palacio?

Inmediatamente fueron hechos diferentes ofrecimiento de ayuda y la pequeña Duquesa fue conducido a un sitio de descanso entre los sirvientes y otras personas.

–¡A palacio! –gritó entonces Fleta cerrando la portezuela y corriendo las cortinas. El postillón hizo partir los caballos al galope.

Más en aquel momento la sangre de Horacio comenzó a arder en todo su cuerpo… ¿No eran los brazos de Fleta los que rodeaban su cuello? ¿No eran los labios de Fleta los que

196

besaban ardientemente su cara, su frente y sus cabellos? Se volvió asombrado.

Decidme la verdad –exclamó–: ¿no sois un demonio?

–No –contestó ella–. Yo busco únicamente las leyes de pura bondad que gobiernan la vida. Pero estoy rodeada de demonios y vos acabáis de matar uno de ellos esta noche. Más, ¡callad, os lo ruego! Acordaos de lo que representáis ante el mundo. Mi padre está en la puerta del Palacio aguardándonos para recibirnos.

Diciendo esto se detuvo el coche y la Princesa saltó al suelo. Horacio la siguió tambaleándose, destrozado. Tuvo que decir a los que le hablaron que se encontraba enfermo. Después se detuvo contemplando el admirable espectáculo que tenía ante su vista.

197

CAPITULO XIV

El gran salón del Palacio estaba espléndidamente iluminado por grandes dragones de oro, colocados a cierta altura sobre las paredes; dentro de las extrañas figuras había poderosas lámparas que despedían luz, no sólo por los ojos y las abiertas bocas, sino también por las agudas garras. Estaba el amplio salón iluminado por todo aquel resplandor y los trajes de la servidumbre reunida abajo parecían asimismo de luz. Era tarde y Otto se había negado a autorizar otra manifestación más de fiesta durante aquella noche. Pero cuando Fleta se despojó de su manto y su velo de viaje, pudiera haber sido ella sola el centro de cualquier apoteosis. No mostraba huella alguna de cansancio, ni aún de la extraña emoción por la que acababan de pasar. Estaba pálida, pero su rostro sereno ostentaba su altiva y majestuosa expresión. Su vestido de encaje negro rodeaba sus formas como una nube. Otto se llenó de orgullo al ver su belleza y dignidad supremas, pero también se llenó de odio al observar que sus ojos nunca buscaban a los suyos y que le trataba con la misma cortesía que pudiera emplear con un extraño. Nadie podía notar esto sino él mismo y acaso Horacio, si éste hubiera podido fijarse en algo distinto de Fleta.

198

Después

de

unos

momentos

pasados

en

medio

de

la

pequeña muchedumbre reunida en el gran salón, Fleta propuso retirarse a sus habitaciones para pasar la noche. Más antes de retirarse llamó a Horacio.

–La Duquesa ha de venir a verme esta noche –dijo ella–. Deseo verla en mi propio cuarto. Enviad un coche y sirvientas para que la traigan.

¡Cómo resplandecían sus ojos! ¿Los había visto brillar antes de ahora tan vívidamente?

–Decid una cosa –exclamó Horacio con voz ronca–. Creo que habéis tomado para vos la vida y aún el cuerpo de aquel ser que maté. ¿No es cierto?

–Sois astuto –dijo Fleta riéndose–. Sí; es verdad: mi ser entero es más fuerte por su muerte; absorbí su poder vital en el instante en que se lo arrebatabais.

–¿Y él? –preguntó Horacio con ojos extraviados.

–Era uno de esos seres ni humanos ni bestias que persiguen a los hombres para su mal, que el vulgo llama fantasmas o demonios. Le he hecho un favor al fundir su vida en la mía.

Horacio se estremeció violentamente.

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–¿Dudáis de mí? –dijo Fleta con gran calma– ¿Dudáis que no sea quien soy? Sea así. Vuestra opinión me es indiferente; no podríais remedir el amarme y servirme Nacimos bajo la misma estrella. Ahora id y dad órdenes acerca de la Duquesa.

¡Bajo la misma estrella! Aquellas palabras no habían llegado a sus oídos hacía ya mucho tiempo y, sin embargo, ¡cuán horriblemente verdaderas eran! Porque él, Horacio, era quien había en verdad cometido aquel hecho atroz, quien había dado muerte a aquella invisible e inimaginable criatura. El horror le hacía juntar fuertemente las manos al pensar que había tocado a aquel ser. ¿No podía haber sido algún ser bueno que trataba de derrotar a Fleta? ¡Oh, cómo dudaba de ella! Sin embargo, al dudar tan profundamente, hasta la misma tierra parecía que se hundía a sus pies. El mismo, su vida, todo se lo hubiera dado a ella, buena o mala. Tambaleándose y oprimido por tan terribles pensamientos, Horacio se encontró al lado de una de las mesas en que se servía la cena. Allí se sentó exhausto intentando reparar sus fuerzas; creyó le sería posible comer. No pudo, sin embargo; entonces bebió; pero de pronto recordó que tenía el encargo de velar por la Duquesa y se levantó. Ésta no hacía mucho había sido conducida al Palacio; no podía sostenerse en pie, pues acababa de salir de un síncope y parecía estar apunto de sufrir otro. Entonces se

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desarrolló una extraña y violenta escena que por fortuna muy pocos presenciaron. Cuando Horacio conducía a la Duquesa por los pasillos, Fleta, con su traje de camino, les salió al encuentro. Pero no había acabado de verla la joven Duquesa, cuando comenzó a gritar como si estuviera a la vista de algún terrible objeto: no permitía que Fleta la tocara y además se negaba rotundamente a entrar en la estancia.

–Pero si tenéis que estar conmigo –decía Fleta en voz baja.

–¡No, no estaré! –gritaba la Duquesa. Su resolución era tan firme que asombró a todos los que la conocían. Después de esta escena se alejó sin ayuda de nadie a lo largo del pasillo; al hacer esto se encontró con el joven Rey que había oído los penetrantes gritos y no había podido resistirse a saber lo que acontecía.

–¿Qué os

sucede, primita? –preguntó al ver su rostro

agitado y surcado de lágrimas.

–¡Fleta quiere que permanezca en su cuarto toda la noche! Pero no lo haré. ¡Oh! Es un demonio, me mataría o haría que su amante me matara y nadie volvería a saber de mí. ¡No! ¡No!

Hablando así se precipitó sobre los anchos escalones dejando a Otto como herido por un rayo. Pero como algunas

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personas se habían reunido en el descanso de la escalera, disimuló y, con duro y sereno rostro, atravesó por el pequeño grupo sin hacer observación alguna. Pero desde allí marchó inmediatamente al cuarto de Fleta. Allí estaba ella, de pie, silenciosa, oscura como una sombría estatua. Allí estaba también otra persona: Horacio Estanol. Se encontraba éste en la más extraordinaria agitación, lanzando ávidas palabras y acusaciones. Algo horroroso parecía dominarle y cegarle, pues no observó la entrada del Rey. Fleta sí la notó, sin embargo, y volviéndose hacia él le sonrió de una manera extraña, dulce, sutil…

Raras eran, en verdad, las veces que Fleta le había mirado de aquel modo. El corazón de Otto saltó en su interior y el joven Rey se reconoció esclavo de ella; la amaba más a cada momento, bastaba que Fleta le mirase con dulzura para que su alma se abrasara en ardor. Pero aquel era, en verdad, un ardor salvaje. Así pues, se volvió a Horacio y contuvo sus palabras con una repentina y severa orden.

–Abandonad esta estancia –dijo–. Lo mejor que podíais hacer sería ver al doctor Brándem antes de acostaos, pues tenéis fiebre, o estáis loco. Idos en seguida.

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Horacio estaba en un estado en el que una orden dada en tono tal, reemplazaba la acción de su propio cerebro; maquinalmente obedeció. Esto era lo mejor que podía haber hecho, pues realmente tenía fiebre. Tal vez, si no hubiera obedecido al Rey y no hubiera visto al médico de Palacio, hubiera vagado delirando toda la noche. El doctor, después de verle, le obligó a tomar un calmante y retirarse a su lecho, en el que no tardó en rendirse a un sueño tan profundo como la muerte.

Una vez que Horacio hubo salido, Fleta cerró tras puerta y, volviéndose hacia Otto, le dijo dulcemente:

él

la

–No hagáis que haya esta noche un combate de voluntad entre nosotros. Os prevengo que soy mucho más fuerte que antes; ahora soy mucho más fuerte que vos. Ya visteis antes de ahora que ni siquiera podíais acercaos lo suficiente para tocarme. Dejadme descansar tranquila; deseo conservar mi belleza, tanto por vuestro bien como por el mío.

Otto reflexionó durante unos instantes antes de contestar al extraordinario discurso. Después habló con dificultad; su frente estaba sudorosa.

–Sé que nada puedo esta noche contra vos Fleta –dijo–, no puedo ni siquiera aproximarme a donde estáis. Pero estad

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prevenida; intento profundizar el misterio de vuestro ser. Intento conquistar y lo haré, aunque para ello tenga que visitar el propio infierno en busca de una magia más fuerte que la vuestra.

Fleta se despojo de su traje de camino y se puso un cobertor de seda blanca que su doncella le había traído; aflojo después sus cabellos dejándoles caer sobre sus hombros El cobertor dejaba asomar a través de sus amplias mangas los desnudos brazos de Fleta…

¡Oh, cuan hermosa parecía! A su lado se veía el ancho mullido lecho con sus sábanas de seda terminadas en encajes y su colcha bordada de oro. Se echó Fleta sobre él y sus blancos párpados fueron cayendo lentamente hasta cerrarse Las pestañas sombrearon entonces oscuras líneas sobre sus mejillas. En breve quedó dormida en un sueño más profundo que el que pudieran producir las mismas drogas; conocedora de los misterios de la naturaleza, sabía sumergirse en sueños de reposo absoluto de los que se despertaba como de un nuevo, nacimiento Otto, inmóvil, había contemplado aquella escena encantadora sintiendo ardorosa su cabeza, aunque helado su corazón ¡La amaba tan ardientemente y al mismo tiempo tan sin esperanza! Ningún esfuerzo de su voluntad le impedía acercarse a ella. Estaba en absoluto protegida y

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perfectamente aislada de él. Nada mas extraño que aquel infantil descanso a unos cuantos pasos de un hombre y más siendo este hombre esposo, dominado por una pasión fiera llena de deseo y de insaciables ansiedades. En aquellos momentos la aurora penetraba a través de las ventanas

Otto retrocedió y salió de la estancia. Después bajó lentamente la escalera, atravesó los pasillos; descendió nuevas escaleras y llegó, por último, ante una puerta que abrió. Aquella era la entrada lateral del gran jardín. El aire de la mañana se respiraba allí suavemente. En la frescura espaciosa del temprano cielo su enloquecido espíritu pareció encontrar alguna esperanza. Atravesó entonces el parque y se dirigió hacia una colina que estaba ante su vista. Desde su cima podría contemplar la ciudad entera y aún la comarca que la rodeaba…

Subió

como

pensaba. Aquel espectáculo le calmo,

despertando sus energías. Comprendía que él no era un pequeño Príncipe. Que si su reino era pequeño y su capital podía ser vista de uno a otro extremo desde la cima de aquel cerro, los demás estados Europeos no dejaban de mirarle con interés.

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Por su parte, Fleta salió también a la luz de la mañana no mucho después que él. Con su traje blanco vagó por los jardines arrancando algunas rosas con las que engalanó su cintura. El resplandor de juventud de la suprema belleza brillaban en su rostro cuando volvió a estar entre las flores. Había humedecido el rocío sus suaves mejillas y labios, y unas cuantas gotas que saltaron de un rosal, más hermosos que diamantes, brillaban en sus oscuros cabellos. No tardó en enviar mensajeros para saber de Horacio y de la Duquesa; después esperó las respuestas apoyada contra la puerta- ventana por la cual había entrado. ¡Oh, qué brillante figura la suya ante la fuerte luz que la hacía resplandecer como una joya! Por fin llegaron las respuestas. La Duquesa había estado muy enferma durante la noche y el doctor, que aún continuaba a su lado, no permitía que fuera molestada. Horacio permanecía en el lecho, sumido en su profundo sueño.

–Despertadle

–dijo

la

joven

Reina–,

y

decidle

que

le

aguardo dentro de una hora en el cenador de las magnolias.

Nuevamente comenzó a pasear por el jardín. Era éste un jardín completamente apartado, al que rodeaban muros altísimos y protegían espesos árboles del ardor de los rayos del sol. Era además un verdadero vergel de flores. En aquel momento Fleta se sentía completamente feliz ante tales

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bellezas. Su mente se tornaba como si fuera niña, cuando se encontraba en reposo o impresionada por las bellezas naturales. Aún arrancó alguna rosa más, de las que especialmente le agradaban. Cuando fue la hora de acudir al cenador de las magnolias parecía la Reina de las rosas; con tan exquisito gusto había ido adornándose con ellas.

Era el cenador de las magnolias la gran belleza del jardín. Estaba enfrente de las ventanas, aunque separado de ellas por un espeso alfombrado de hierba. En un principio habíase construido únicamente el cenador, y después la larga alameda que seguía hasta la mitad del muro del jardín.

El abuelo de Otto, cuando lo mandó construir, había hecho plantar, a su lado, toda clase de árboles raros y de plantas trepadoras. Pero el sitio había sido más favorable a las magnolias que a las otras especies de plantas, y tanto se habían desarrollado éstas que habían hecho completamente suyo aquel lugar, embelleciéndolo en invierno con sus grandes y verdes hojas dispuestas en trepadoras masas, dándole un aspecto aún más hermoso cuando comenzaba a florecer. Fleta había sido fascinada por la belleza de aquel sitio desde que le vio. En él se sentía feliz.

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Allí la encontró Horacio paseando de uno a otro lado. Le parecía la plasmación de la belleza suprema.

Fleta parecía más joven, más hermosa, más expresiva que nunca. La riqueza pura de las flores que sobre ella había colocado, excedía a la de todos los diamantes y adornos posibles. Tan extraña criatura era especialmente natural. Lo era lo mismo en su casa que entre las flores o en la cima de las montañas o en presencia de los cortesanos…

–Sentaos aquí –dijo a la vez que se reclinaba en un blando diván que había en una de las sombreadas esquinas. ¡Ah, cuán tranquilo y dulce está el ambiente!

Después de una pausa continuó diciendo:

–Estáis mejor, lo veo. Habéis dormido como un muerto. Así lo esperaba, aunque tal vez pudiera no haber sucedido. Ahora necesito hablaros. Sabréis que nuestra obra se acerca y que al mediodía he de estar vestida y pronta para ir a la gran Catedral donde he de ser coronada. Desde ese momento estaré en público todo el día, hasta bien entrada la noche. He aprendido a vivir aislada en medio de la muchedumbre y a hacer un papel desconocido por todos. Vos haréis lo mismo. Hoy empieza nuestra obra, hemos ganado la suficiente fuerza para emprenderla.

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Horacio se estremeció comprendiendo que aludía a aquella terrible escena del día anterior, cuando en la oscuridad del carruaje destruyó aquel extraño ser.

–Fleta –dijo con bastante tranquilidad–: ¿recordáis lo que estaba diciendo anoche cuando se me ordenó que os dejara? ¿Recordáis que os estaba pidiendo una explicación antes de trabajar más por vuestra causa?

–Sí, la pedíais. Por eso fue por lo que os mandé llamar aquí, para dárosla hasta donde podáis entender… Hizo una pausa momentánea y luego continuo hablando de esta manera:

–Hemos hablado de las vidas que en remotos tiempos vivimos juntos, Horacio, cuando nos amamos, nos perdimos y nos separamos tan sólo para volver a encontrarnos, amarnos y perdernos de nuevo. A manera de las flores que anualmente nacen y luego mueren, hasta que otra nueva estación les da nueva vida, así una vez cada eón hemos florecido sobre esta tierra y hecho brillar la flor suprema que la tierra puede producir, la flor del amor humano. Tal vez no comprendáis esto, Horacio, porque no reclamáis vuestra experiencia y conocimiento; sois débil y contentadizo, os falta la fe, tenéis amor a la vida. Por esto es por lo que sois mi servidor. El poder que adquirí cuando por vez primera nuestras almas se

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encontraron en esta tierra, no me lo habéis arrebatado. He continuado siendo vuestra dominadora. Ahora os animo para que uséis de toda voluntad y os acerquéis a mi en conocimiento y poder, pues ya no os necesito como servidor sino como compañero. Sabéis que hace poco traté de iniciarme en la Blanca Hermandad, esa Orden majestuosa que dirige el mundo y que tiene en sus manos las riendas del Universo estrellado. Sabéis que mi intento no obtuvo resultado. No me pesa el haber tenido valor para probarlo; hubiera sido cobarde si hubiera retrocedido cuando el mismo Iván estaba pronto a conducirme al lugar de la prueba, más, ¡ay!, concedía demasiado valor a mis esfuerzos. Había pasado por un aprendizaje tan largo, había pasado a través de tantas vidas, que creí que todo amor humano, todo aquel amor que se adhiere a una sola persona en el mundo, había sido para siempre arrancado de mi corazón en sus mismas raíces. Creí que había sido arrojado de mí para siempre, que aunque trabajara por el género humano, aunque me entregara a quien deseara mi ayuda o mis conocimientos, podría permanecer aislada sin apoyarme o dirigirme a nadie. Creí asimismo que el problema del amor humano, el de la vida de los sexos, el de la dualidad mística de la existencia, lo había resuelto para siempre. ¡Oh, si así hubiera sido! Entonces, Horacio, hubiera

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florecido sobre la tierra por última vez y hubiera encontrada en mí misma el fruto divino que da nueva vida, llena de conocimientos espirituales y de poder divino. Pero fracasé. Penetré en su mansión, permanecí entre ellos Horacio. ¡Los vi!… Ninguna otra mujer ha visto estos extraños austeros y gloriosos seres. Más… Me visteis luego; me encontrasteis. Ya recordaréis cuán abatida y abrumada estaba. Antes de que me vierais había oído palabras que parecían pronunciadas por las estrellas, que parecían repercutir en los cielos… Y aquellas palabras predijeron mi destino, me ordenaron ser fuerte y elevarme aún más, para llevar mi obra a cabo. Después deseé ver a uno de la Blanca Hermandad y obtener la confirmación del mandato, pero no pude. Entonces comprendí que sólo yo misma había de ser el Juez y compilador de mis obras.

Dijo esta última frase, se levantó y comenzó a pasear de un lado a otro; luego, con más lentitud y con los ojos fijos en el suelo, continuo diciendo:

–Novia, esposa, madre; esas cosas no puedo ya volverlas a ser por el amor de un hombre. Estoy sola en el mundo; no puedo ya apoyarme en nadie. No podré jamás amar a ningún hombre a través de las edades durante las cuales haya de pasar por esta tierra. Esa vida ha sido arrancada de mí para siempre.

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Estoy sobre ella. ¿Estáis, pues, todavía pronto, a pesar de esto, a permanecer junto a mí y ser mi compañero?

Un gran suspiro escapó del pecho de Horacio. Después murmuró un «sí» apenas perceptible. Le parecía que estaba despidiéndose para siempre de aquel entrañable e intenso amor suyo. De aquella única esperanza de su vida. De todo aquello que había de hermoso en la mujer. Ante él, pálida y espléndida, estaba aquella diosa. Ante él, con su rostro de sacerdotisa, con sus ojos animados por una luz infinita…

Horacio comprendió entonces que algo más bello, algo más espiritualmente deseable, algo habría de ocupar el lugar que dejara vacío en su corazón la hermosa flor del amor que acababa de arrancar. Todo esto pasó por su mente en un instante; y cuando dejó escapar aquel suspiro y pronunció aquella palabra que parecía haber conmovido su ser, súbitamente la blanca figura de la sacerdotisa, desapareciendo de su mente, dejó de nuevo aparecer en ésta el fresco, juvenil y hermoso rostro de la mujer amada… un suspiro, un verdadero gemido de dolor se escapó de su pecho.

–¡Oh, Fleta! –dijo–. ¡No puedo, no, hacerlo! ¡No puedo renunciar a vos!

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–¡Ya lo habéis hecho! –contestó ella sonriendo–. ¡Y aquella sonrisa que no era de mujer, era sin embargo de gozo!

–No podéis volveros atrás de las promesas hechas por vuestro espíritu porque proteste vuestro corazón! –dijo ella–. Vuestro corazón protestará mil veces; parecerá que va a destruir vuestro cuerpo con sus sufrimientos. ¿Creéis que no lo sé? He pasado a través de esa prueba sin que me haya consolado otra cosa que la muerte. Pero una vez que la promesa ha sido hecha no tenéis más remedio que cumplirla. Estoy satisfecha; ahora sé que trabajaréis conmigo.

Volvió a sus silenciosos paseos. Luego, sentada a su lado, continuó hablando como anteriormente lo había hecho. Con intensidad, aceleradamente…

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CAPITULO XV

–No puedo entrar sola. No puedo entrar por mí misma. Necesito conducir conmigo un alma en cada mano, necesito estar purificada, preparada a ofrecerlas en el altar, de tal modo, que ellas mismas puedan pertenecer a la Gran Hermandad. Mientras esto no suceda me habré de contentar con volver atrás y sentarme en los escalones del templo. Lo he pensado, lo comprendo, pero que viva después de ello, que lo llegue a hacer, es otra cosa. ¡Ah, Horacio!, ¿dónde encontraré esos dos grandes corazones, esas dos almas lo suficientemente fuertes para pasar por la primera iniciación?

–Decidme; cuando lleguen a aquella puerta –preguntó Horacio con un confuso y extraño tono de temor–, ¿habrán de estar prestos a traspasar sus umbrales dejándoos a vos fuera?

–Sí –contestó Fleta–. Seguramente.

–¡Ah!, en ese caso no seré yo uno de ellos. Os amo y no quiero perderos, aun cuando sea por el propio Paraíso. Os serviré si queréis, pero será estando con vos.

Sin más palabras se levantó y se alejó a través del prado, como si no pudiera soportar la conversación por más tiempo. Unos momentos después había desaparecido entre los árboles.

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Fleta se reclinó con aire fatigado y triste, una intensa palidez ocupó el lugar del color brillante que no hacia todavía un momento prestaba a su rostro tanta belleza. Sus ojos desmesuradamente abiertos, pero que al parecer nada veían, permanecieron fijos con la mirada perdida en el espacio. Apenas parecía respirar. Una especie de triste parálisis había caído sobre su bella y graciosa figura.

–¿Qué hacer, Dios mío, qué hacer? –exclamó por último haciendo un gran esfuerzo por hablar. ¿Cómo podré salir viva de esta lucha y de este sufrimiento? He invocado a la ley del dolor. El placer no será ya nunca mío.

Durante un corto espacio de tiempo permaneció silenciosa e inmóvil. Después se levantó y comenzó a pasear, perpleja, abstraída. Su mente trabajaba con rapidez.

–No puedo, no puedo hacerlo sola –se decía–: ¿Quién me ayudará? No he adivinado siquiera el nombre de mi segundo compañero. ¿Quién será la otra alma que ha de llevarme a las puertas del templo? ¡Oh, poderosa Hermandad, cuán difícil es el deber que me has impuesto!

Dijo esto mientras inclinaba la cabeza. Cuando levantó sus ojos vio a Otto de pie sobre la hierba iluminada por la luz del sol. Vio su rostro más tranquilo que nunca mientras la miraba.

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Tendió hacia él sus manos con la misma dulce sonrisa con que no hacía mucho le había saludado; inmediatamente se acercó a ella.

–He estado

pensando –dijo–. He estado allá, sobre la

montaña, desde que os dejé anoche. He estado pensando fervorosamente, Fleta. No me considero juramentado a esa Hermandad a la que tan fielmente obedecéis. La mirada de Fleta se llenó de asombro y casi de dureza. –¿Cómo es posible que os podáis engañar de ese modo, cuando tan poco tiempo hace que habéis salido de la esclavitud que se impone al novicio?

–¿En qué he podido engañarme a no ser en acercarme a vos? Sois una maga, bien lo sé; es completamente inútil que tratéis de ocultármelo; porque os he visto hacer uso de vuestro poder. Esos hermanos os han enseñado algunos de sus no sagrados secretos. Tal vez podríais ahora mismo formar un circulo a vuestro alrededor, dentro del cual no pudiera entrar. Os lo he visto hacer. Pero ¿qué importa eso? He leído y he pensado mucho sobre estas materias. Lo sobrenatural no es más extraordinario que lo natural, una vez que se acostumbra uno a su existencia. Sólo un ciego y loco materialista podría sustentar que lo sobrenatural no existe o que la naturaleza

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llegaba a un cierto punto en el que se detenía. Yo no lo soy. Pero no me aterra lo sobrenatural. Habiendo sido educado por católicos, me he acostumbrado a creer en su existencia. Más vuestra maldad es una cosa muy distinta. Allí todo pretende tener un carácter tan positivo que llega a ser una fuerza de la naturaleza; un poder a favor o en contra del cual han de estar todos los hombres en alguno de los períodos de su desarrollo. ¿No es esto lo que vos diríais imitando a vuestro maestro, el Padre Iván?

–Sí –contestó Fleta.

–Bien, en eso es en lo que yo no os sigo. No veo que la Hermandad tenga derecho alguno a sostener esa pretensión.

–La Hermandad nada sostiene –dijo Fleta–. No hay necesidad de presentar hechos; esperad y os convenceréis. Mas preferiría no discutir de esto con vos. Esto es la mismo que hablar sobre si la tierra es plana o redonda.