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Siguiendo la tradición del portal Energía y Aire, y nuestra atracción por las empresas españolas en los mares del sur, traemos en esta ocasión una breve revisión a un buen número de ellas, algunas de las cuales las tratamos en monográficos ya publicados en nuestro portal. Las siguientes notas corresponden a una conferencia pronunciada en la Real academia de Ingeniería, en la que el autor hace un repaso a algunas de las empresas más sobresalientes de entre las llevadas a cabo por españoles en el Pacífico. Comienza el autor con el descubrimiento de este océano y finaliza con la retirada española de las tierras que podemos relacionar con él. En suma, un conjunto de expediciones y actuaciones, en regiones remotas, protagonizadas en muchos casos por intrépidos navegantes y hombres que quisieron llevar la administración española a regiones remotas. Real academia de ingeniería El Océano Pacífico, “Lago español” Luis Laorden Jiménez. Doctor Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos Vicepresidente de la Asociación Española de la Carretera. Índice El nombre “lago español”. La discusión del “antimeridiano” en las Molucas. El “paso del sur” y el “paso del norte”. Los primeros navegantes que siguieron a Magallanes. Los “navegantes andaluces”. García Jofre de Loaysa y Hernán Cortés. También el inglés Francis Drake. El “tornaviaje “ de Urdaneta, los galeones de Manila y las exploraciones inversas en California. Fray Martín Ignacio de Loyola cruzó el Pacífico dos veces y dio la vuelta al mundo dos veces y media antes de morir en 1606. Los jesuitas en India y Japón y los agustinos en Filipinas y China. Sebastián Vizcayno fue embajador de España en Japón de 1611 a 1614. Oceanía española desde Nueva España y desde Perú. La pugna primero con Rusia y después con Inglaterra por el Pacífico Norte. El incidente de Nutka. La expedición científica de Alejandro Malaspina, 1789-1794. La retirada de España del Pacífico durante la segunda mitad del siglo XIX. Dos episodios en el Mar Rojo y en Indochina. El legado español de obras de Ingeniería en Oceanía.

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El nombre “lago español”. El descubrimiento por Vasco Núñez de Balboa el día 25 de septiembre de 1513 del mar que él llamó “del Sur”, y después sería bautizado como “Pacífico”, fue probablemente el acontecimiento más importante para la Historia de la Humanidad en la época moderna después del descubrimiento de América por Cristóbal Colón en 1492. Nuestro Emperador Carlos se dio cuenta enseguida de esta importancia y mandó a Fernando de Magallanes para comprobar si se podía llegar a este mar rodeando América por el sur y si continuando la navegación se llegaba a los territorios fabulosos disputados a los portugueses de las Molucas y de China y la India. Con el viaje de Magallanes de 1519 a 1522 empezó la Historia del Océano Pacífico como “lago español” que tuvo su plenitud cuando España y Portugal estuvieron unidas bajo la misma corona a partir de Felipe II en 1580 hasta 1640 con Felipe IV y en ella se escribieron hechos tan relevantes como la conquista de Filipinas y los galeones de Manila, las exploraciones “inversas” de California y las relaciones con Japón, los navegantes a las islas de Oceanía y al continente australiano desde Nueva España y Perú y la pugna con Rusia e Inglaterra por el Pacífico Norte hasta Alaska a finales del siglo XVIII, los episodios en Indochina y el mar Rojo, y el legado español de obras de ingeniería en Polinesia. Es interesante señalar que han sido historiadores de lengua inglesa los que más han utilizado el calificativo de “lago español” que da título a esta conferencia, por ejemplo los de la Universidad Nacional de Australia. Nada hay más correcto que en aquella época se llamase al Océano Pacífico el “lago español” porque así era aplicando la demarcación del Papa Alejandro VI en las famosas bulas de 1493 y lo dispuesto en el Tratado de Tordesillas entre España y Portugal en 1494 en el que se establecía la línea de separación de norte a sur, cuando no se sabía todavía que la tierra era redonda, y más tarde mantenida esa línea y considerada como un meridiano que continuaba en el otro hemisferio, con lo que cortaba en dos la tierra, como si fuese una naranja, dejaba para España una mitad en la que estaba incluido todo el Océano Pacífico, a pesar de que este reparto no gustase a los demás países como Inglaterra, Francia o Holanda que no participaron en el acuerdo pero no tenían medios para oponerse. La Historia de España en este “lago español” es muy larga y muy intensa y poco conocida para muchos. Nos vamos a limitar en ésta conferencia a comentar algunos aspectos particulares. El interés de este Autor por el “lago español” nació cuando estaba estudiando documentos para un libro en preparación sobre la Historia de California y del Oeste norteamericano español y por eso nos detendremos más en los aspectos relacionados con California y la costa del Pacífico norte en América. Existe mucha bibliografía sobre todos los temas que se van a tratar en esta conferencia y se podría dar una larga lista de libros publicados y referencias de Archivos pero para facilitar el conocimiento inicial del lector interesado sólo se mencionará en cada apartado uno o dos libros de cada tema que al Autor le han parecido más ilustrativos o más fácilmente asequibles. La discusión del antimeridiano en las Molucas. Fijar la posición del antimeridiano en las Molucas que separaba los derechos españoles de los portugueses fue tarea difícil en la que participaron los más afamados cartógrafos y científicos de la época. No había acuerdo preciso porque con los instrumentos y los conocimientos de que se
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disponía aunque era posible medir las latitudes con suficiente aproximación basándose en la inclinación de las estrellas no había medio de medir bien las longitudes en la navegación. Las discrepancias originaron enfrentamientos entre los portugueses que habían llegado antes y los españoles que aparecieron en estas islas después. Las discusiones se cerraron con el Tratado de Zaragoza en 1529 por el que España renunció a las Molucas a cambio de 350.000 ducados y la línea de separación se estableció a 17º al Este de Molucas y Portugal evacuó la guarnición de Tidore. Una exposición muy completa de las discusiones sobre la posición del antimeridiano está en el Capítulo V, dedicado a la casa de Contratación y la Escuela Sevillana de Cartografía, de la excelente obra de Luisa Martín Merás “Cartografía Marítima Hispana. La imagen de América” editada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas con el patrocinio de los Ministerios de Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente, y de Industria y Energía, editado por Ediciones Lunwerg en 1993 y en el libro “The Spanish Lake” de Oskar H.K. Spate de la Universidad Nacional de Australia, 3ª edición 2004, texto disponible en internet. http://epress.anu.edu.au El “paso del sur” y el “paso del norte”. Cuando se comprobó que existía un “paso del sur” para llegar al Océano Pacífico se pensó de manera lógica que también debía existir un ”paso del norte”, que se identificó con el fabuloso “estrecho de Anián” por el que los europeos llegarían fácilmente a China. La búsqueda del “paso del norte” fue una de las más interesantes aventuras de los navegantes españoles en el Pacífico y se dedicaron a ella primero Juan de Fuca en 1592, Pedro Bartolomé de Fonte en 1640 y Lorenzo Ferrer Maldonado en 1588, éste último por el Atlántico, que por sus exageraciones o fantasías fueron llamados “viajeros apócrifos” por el gran Académico de la Historia Martín Fernández Navarrete, y después con una expedición más seria Alejandro Malaspina 1789-1794. Andrés de Urdaneta señaló en un memorial de 1561 dirigido al Rey la importancia que tendría para España ser la primera en encontrar ese “paso del norte” y establecer posiciones militares en sus orillas que impidiesen el paso de buques enemigos a las aguas del Pacífico. Los exploradores españoles yendo por tierra hacia el norte en los actuales Estados Unidos también buscaron el “paso del norte” y ese fue uno de los objetivos que se puso a Juan de Oñate en 1595 para su expedición a Nuevo México. Los ingleses, franceses y holandeses buscaron este “paso del norte” por el lado del Océano Atlántico sin conseguir encontrarlo porque los hielos del Océano Ártico se lo impidieron. Los que sí encontraron un paso en el norte fueron los rusos gracias a las exploraciones del danés Bering y del ruso Chirikoff entre Alaska y Siberia de 1729 a 1741 y ese descubrimiento no sirvió para comunicar con Europa sino para que la Rusia de los Zares pudiese llegar más fácilmente a las costas españolas del Pacífico. Ahora se vuelve a hablar de la posibilidad del “paso del norte” por el deshielo como consecuencia del cambio climático y si este paso llega a ser practicable se producirá una revolución en el transporte marítimo entre Europa y China o Japón que tendrá una vía más corta que el canal de Panamá. Los primeros navegantes que siguieron a Magallanes. Los “navegantes andaluces”, García Jofre de Loaysa y Hernán Cortés. También el inglés Francis Drake.

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La navegación de Magallanes no fue un hecho aislado. Es sorprendente el número de navegantes españoles que siguieron inmediatamente la ruta abierta por Magallanes. Los primeros fueron los llamados “navegantes andaluces” que actuaron como emprendedores particulares. El catedrático francisco Morales Padrón en su obra “Atlas Histórico Cultural de América” cita a 8 expediciones de este tipo que atravesaron el estrecho de Magallanes entre 1534 y 1619 y ello a pesar de las grandísimas dificultades que presentaba este paso por su configuración geográfica, por los fortísimos vientos y las temperaturas glaciales. Inmediata fue la gran expedición al Pacífico de Jofre García de Loaysa, organizada por la Corona con todos los medios disponibles para consolidar el éxito de Magallanes-Elcano. García de Loaysa zarpó de La Coruña el día 24 de julio de 1525 con siete barcos y 450 hombres. Iba con él Juan Sebastián Elcano como piloto mayor. Esta expedición se convirtió desde el principio en una sucesión de desgracias. Hubo temporales y naufragios. García de Loaysa murió el 30 de julio de 1527 en el Pacífico, le sucedió como capitán Juan Sebastián Elcano que también murió a los seis días, el 4 de agosto, naufragaron todos los barcos menos uno que pudo llegar a las Molucas, donde tuvieron que pelear con los indígenas y con los portugueses, y aunque Álvaro de Saavedra llegó en 1528 desde México para ayudarles, los supervivientes fueron hechos prisioneros por los portugueses y repatriados a Lisboa en 1536 donde fueron liberados. Al mismo tiempo que desde España se enviaban barcos, en la Nueva España Hernán Cortés quiso ser el primero también en la navegación por el nuevo mar y en la posible conquista de China y los territorios que estaban al otro lado y pensando en ello recorrió la costa occidental de México, seleccionó el emplazamiento adecuado, preparó un astillero, hizo traer los elementos metálicos desde España trasportándolos desde Veracruz y construyó barcos con los que mandó cinco expediciones que descubrieron la península de California, que al principio creyeron que era una isla, y reconocieron por primera vez la costa de la Alta California. En una de estas expediciones surgió el nombre de California como recuerdo de la mítica reina Calafia del libro de caballería de “Las Sergas de Explandián”. Las expediciones marítimas de Cortés son poco conocidas por el público en general. Merece señalarse en esta Academia de la Ingeniería que uno de los mejores libros para conocer las expediciones de Hernán Cortés fue escrito como tesis doctoral en 1947 y publicada más tarde con el título “Descubrimientos y exploraciones en las costas de California 1532-1650” por un Ingeniero de Caminos, Álvaro del Portillo, que fue también sacerdote y fue famoso especialmente por su dedicación a obras religiosas. España no pudo evitar que otros no españoles visitasen también el Océano Pacífico rompiendo la tranquilidad del “lago español”. El primero de estos visitantes extranjeros fue el inglés Francis Drake, que hay que reconocer era un buen navegante y tuvo el mérito de descubrir el paso por el cabo de Hornos que era más fácil que el estrecho de Magallanes, pero su recuerdo es penoso por haber sido el iniciador de la piratería contra los barcos y las poblaciones españolas de la costa americana del pacífico que entonces no tenían defensas porque no podían imaginar la llegada de visitantes hostiles. Francis Drake continuó su navegación después de una parada técnica en la costa de California y dio la vuelta al mundo. Los historiadores ingleses dicen que Francis Drake fue el
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segundo que dio la vuelta al mundo después de Magallanes pero eso no es cierto porque antes que él la dieron los supervivientes de la expedición de García Jofre de Loaysa citada antes aunque no la hicieran entera en los mismos barcos con los que salieron.

El “tornaviaje” de Urdaneta, los galeones de Manila y las exploraciones inversas en California. Andrés de Urdaneta se apuntó como grumete en la expedición de Jofre de Loaysa cuando tenía sólo 17 años. Llegó a las Molucas, peleó con los indígenas y con los portugueses, se quedó algunos años en este archipiélago, volvió a España, presentó su Diario al Rey en 1536 y fue a Nueva España, peleó con los indios en Guatemala y profesó como agustino en Ciudad de México. Era considerado navegante con experiencia y por eso Felipe II le pidió que dejase el convento y acompañase en 1564 a Miguel de Legazpi que iba a partir desde Acapulco a la conquista de las islas que se llamarían Filipinas, con el encargo además de que encontrase una ruta para volver a Nueva España. Diversos navegantes habían ido a las islas del Pacífico desde América dejándose llevar por las corrientes y los vientos pero ninguno había sido capaz de volver con esos vientos y corrientes en contra. El primero que lo intentó fue Gómez de Espinosa a quien se lo encargó Magallanes en 1522, después fueron los dos intentos de Álvaro de Saavedra en 1528 y 1529 y por último Bernardo de la Torre en 1543 como continuación de Ruy López de Villalobos. La intuición y el atrevimiento de Urdaneta fue que para volver en vez de navegar directamente hacia el este se dirigió primero hacia el norte, llegó casi a la altura del Japón, “hasta que apareció el hielo en las jarcias”, allí observó las corrientes que cambiaban y se dejó llevar por ellas describiendo un amplio círculo hacia levante hasta tocar tierra en la actual California desde la que fue costeando hacia el sur y llegó a Acapulco en México. Dieciséis miembros de su tripulación murieron en la travesía y cuando llegó a Acapulco el 8 de octubre de 1565, sólo él y el capitán Salcedo tenían fuerzas para mantenerse en pie. El viaje lo habían iniciado en la isla de Cebú el 1 de junio de 1565 y había durado por lo tanto 130 días. En realidad no fue Urdaneta el primero en hacer este viaje de regreso porque el 9 de agosto de 1565, es decir dos meses antes que Urdaneta llegase a Acapulco había llegado al Puerto de la Navidad en Nueva España, Alonso de Arellano que iba en la expedición de Legazpi pero desertó con el pequeño patache San Lucas de 40 toneladas, viajó por las islas del Pacífico y volvió por la ruta de Urdaneta quizás porque la sabía por haber oído hablar a Urdaneta de sus planes. Este fue el famoso “tornaviaje” y a partir de él empezó el tráfico de los galeones entre Manila y Acapulco. La ida y la vuelta eran el viaje más largo que se podía hacer y el más importante para el comercio en el mundo que continuaba con el transporte de las mercancías por tierra entre Acapulco y Veracruz y el trayecto marítimo entre Veracruz y Sevilla o Cádiz para ser distribuidas en Europa. Fueron viajes muy importantes para el comercio y también para el reconocimiento de la costa de Alta California que era observada desde los galeones y eventualmente hacían paradas en ella y la exploraban. Las más famosas de estas exploraciones llamadas “inversas” porque se hacían al volver, fueron las de Francisco de Gali en 1584, Pedro de Unamuno en 1587 y Rodrigo de Cermeño en 1595.
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Fray Martín Ignacio de Loyola cruzó el Pacífico dos veces y dio la vuelta al mundo dos veces y media, en sentidos contrarios, antes de morir en 1606. Investigando en la historia de las exploraciones inversas de California el Autor de esta conferencia encontró la mención de que con Pedro de Unamuno viajaba un fraile franciscano que se llamaba Martín Ignacio de Loyola y era sobrino o primo de San Ignacio de Loyola y le encantó saber que el primer punto donde este viajero pisó tierra en California fue en la actual Morro Bay, dominada por una roca que llaman el Gibraltar del Pacífico y está muy cerca de la actual ciudad de San Luis Obispo donde Fray Junípero Serra fundó una Misión en 1772 y este Autor vivió como profesor de la Universidad de California en 1969 y 1970. La curiosidad del Autor por saber algo más de este franciscano viajero aumentó cuando primero en Arequipa y después en Cuzco del Perú le fue enseñado un cuadro extraordinario, repetido muchas veces en el barroco peruano, de la boda del capitán y gobernador español Gaspar Martín Ignacio de Loyola, que era presentado también como sobrino o primo de San Ignacio de Loyola, con la bellísima princesa india Beatriz Clara Coya. La curiosidad era saber si estos dos protagonistas eran la misma persona porque el nombre con el que aparecían era muy parecido. La respuesta es que fueron dos personas diferentes primos entre sí y a su vez primos cada uno de San Ignacio de Loyola. Estos dos primos no se conocieron personalmente aunque el franciscano cuando fue obispo de Paraguay y Río de la Plata quiso conocer a su primo capitán y inició el viaje para ello hacia Perú pero murió en Asunción en 1606 antes de conseguirlo. Merece un recuerdo especial este primo franciscano viajero incansable que dio dos veces y media la vuelta al mundo desde España hasta que murió en el río de la Plata en un momento en que había un grandísimo interés por la cultura y la forma de vivir en China y en el lejano Oriente en general que autores españoles como Juan González de Mendoza contribuyeron a difundir en Europa. La historia de fray Martín Ignacio de Loyola está narrada en el libro de Jose Ignacio Tellechea Ydígoras titulado “Martín Ignacio de Loyola. Viaje alrededor del mundo”, publicado en la colección Historia 16 en 1989. Los jesuitas en India y Japón y los agustinos en Filipinas y China. Es conocida la presencia de los jesuitas apoyándose en la ruta del comercio portugués por el cabo de Buena Esperanza, primero en India y después en Japón a partir de la estancia de San Francisco Javier en 1549-1551. Merece señalarse también la presencia de los agustinos que iban a Asia utilizando la ruta española desde México, primero en Filipinas y después en China desde el primer viaje de Urdaneta, con los padres Martín de Rada y Jerónimo Martín. El “Museo Oriental” en el convento de los agustinos de Valladolid ilustra extraordinariamente sobre la obra de los primeros misioneros y la presencia española en Oriente y patrocina actividades y publica libros muy interesantes sobre este tema. Sebastián Vizcayno fue embajador de España en Japón de 1611 a 1614. El comercio de los galeones hizo que las autoridades de Nueva España se interesasen por tener contacto directo con Japón. España quería establecer una base de operaciones en Japón y obtener la exclusiva del comercio apartando a holandeses e ingleses. En 1609 el barco en el que viajaba el Gobernador Rodrigo de Vivero desde Filipinas a Nueva España naufragó cerca del archipiélago del
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Japón, y Vivero fue socorrido y bien atendido por las autoridades del Japón. Vivero había enviado antes desde Filipinas un memorando al rey Felipe II que iba más lejos y proponía un plan para dominar Japón y China. Dentro de este panorama se enmarca la gestión de Sebastián Vizcayno como embajador del rey de España en Japón entre 1611 y 1614. Vizcayno era persona con prestigio en Nueva España por sus exploraciones en la costa norte de California. Vizcayno llegó a Japón y obtuvo permiso para estudiar sus costas y los puertos posibles de socorro para las embarcaciones españolas con dificultades. En este período Vizcayno salió a navegar desde Japón para recorrer el océano Pacífico en busca de las supuestas islas “Rica de Oro” y “Rica de Plata” que podían servir de escala a los galeones de Manila y regresó a Japón sin encontrarlas. Vizcayno fue acusado de intromisión en asuntos internos del Japón y volvió a Nueva España sin éxito en su misión diplomática. El barco de Vizcayno se había deteriorado y no estaba en condiciones de navegar y el viaje de regreso lo hizo en un barco prestado por un rico noble japonés. En este tiempo Japón envió un embajador ante el Virrey de Nueva España con el objetivo de negociar la relación directa entre Japón y España, sin pasar por Filipinas, para abrir más su mercado a Europa, sin intermediarios. España no accedió a esta petición y el embajador japonés regresó decepcionado a Japón al mismo tiempo que empezaba un sentimiento de xenofobia contra los europeos. Al final del primer cuarto de este siglo XVII se prohibió el cristianismo y empezó un período de aislamiento en Japón respecto a Europa. La historia de las relaciones de España con Japón en el siglo XVI y el comentario de cómo podría haber cambiado el curso de la Humanidad si esas relaciones hubiesen continuado están expuestas de una forma interesante en el libro de Charles E. Chapman “A History of California. The Spanish period”, Editado por The MacMillan company 1923. Oceanía española desde Nueva España y desde Perú. La historia de la navegación y de los descubrimientos en el Océano Pacífico, como “lago español”, está llena de nombres españoles antes de que llegasen a él James Cook en 1772-75, y otros extranjeros a los que historiadores de lengua inglesa o francesa han rendido más veneración. Basta hacer notar que en sólo los 85 años que corren desde la circunnavegación de MagallanesElcano en 1522 a la última expedición descubridora de Fernández de Quirós y Torres en 1607, es decir casi doscientos años antes que Cook, los navegantes españoles habían descubierto la mayoría de los archipiélagos de la Polinesia, y les habían dado nombres, aunque luego no todos esos nombres españoles se mantuviesen. En la lista de descubridores españoles 1 que empieza con Fernando Magallanes que halló las Marianas y las Filipinas (1519-1521), están Gonzalo Gómez de Espinosa, que fue con Magallanes hasta Filipinas y continuó por otras rutas y descubrió las Carolinas occidentales (1522), la expedición de García Gofre de Loaysa, que muerto ya su capitán descubrió las Marshall (15251527), Álvaro de Saavedra las islas Marshall, Carolinas, Almirantazgo, Schouten y Aroe (15271529), Hernando de Grijalva las Revillagigedo, las Espórades Septentrionales, las Gilbert, las Carolinas y las Mapia (1536-37), Ruy López de Villalobos de nuevo las Revillagigedo y otra vez
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las Marshall, Carolinas y Palaos (1542-1545), Bernardo de la Torre (1543) y Iñigo Ortiz de Retes (1545), las de Volcano, Bonin, varias del archipiélago de Nueva Guinea, amén de esta gran isla, Miguel López de Legazpi y Andrés de Urdaneta, en su viaje de ida a las Filipinas (1564-1565) nuevos hallazgos en las Marshall, Carolinas y Palaos, la misión iniciada por Pedro Sánchez Pericón en el San Jerónimo y que terminó Rodrigo de Angle en la isla filipina de Cebú descubrió la isla de la Pasión a 500 millas de la costa mexicana y diversas islas en el archipiélago de las Marshall (1566), Álvaro de Mendaña y Sarmiento de Gamboa el archipiélago de Salomón y Ellica (15671569), nuevamente Álvaro de Mendaña en su segundo viaje, culminado por su viuda Isabel Barreto, las Marquesas y Santa Cruz (1595-1596), (Álvaro de Mendaña tiene un monumento en su pueblo natal de Congosto en el Bierzo leones, que nuestro embajador Fernández Shaw se preocupó de que fuese visitado por los Alcaldes de las Islas Marquesas con motivo del IV Centenario del descubrimiento de esas islas y en Horare capital de las islas Salomón hay un Hotel Mendaña), en la gran expedición de Pedro Fernández de Quirós (1605-1606) se bautizó por primera vez a la actual Australia como “Tierra Austral del Espíritu Santo” y se descubrieron las Tuamotu y Nuevas Hébridas con la continuación de Luis de Vaéz de Torres por numerosas islas del sur de Nueva Guinea y el estrecho que todavía lleva su nombre entre los mares del Coral y de Arafura en Australia (1606-1607), citando hasta aquí nada más los anteriores a los viajes del inglés Cook, con el epílogo de Francisco Mourelle de la Rúa en 1781 que descubrió las Vavao en el archipiélago de Tonga, y sin incluir en esta relación los capitanes dedicados al comercio con los galeones que surcaban incansablemente el océano Pacífico entre Manila y Acapulco, llevando la bandera española. Para conocer mejor la historia de los navegantes españoles en el Pacífico, incluyendo todas las expediciones que se han mencionado en esta conferencia se recomienda la obra en tres volúmenes con muchos mapas, grabados y dibujos, y referencias documentales, publicado por Editorial Naval, Madrid, en 1992 con el título “Descubrimientos Españoles en el Mar del Sur”, con estudios monográficos por un conjunto de notables autores. La pugna primero con Rusia y después con Inglaterra por el Pacífico Norte. El incidente de Nutka. Hacia 1760 empezaron a llegar al rey Carlos III noticias sobre el avance ruso en el Pacífico desde Alaska que si continuaba podían amenazar las posesiones españolas en Nueva España y se decidió la creación de las Misiones en Alta California. Hubo gestiones diplomáticas, contactos secretos, cartas e informes reservados para conocer las intenciones de los rusos y el 11 de abril de 1773 se dieron instrucciones al virrey Bucarelli para organizar una expedición de reconocimiento de la costa norte del Pacífico que debería repetirse periódicamente. La primera de estas expediciones marítimas fue la de Juan Pérez en 1774 que llegó hasta la latitud 54º30´ en las actuales islas de Queen Charlotte en British Columbia de Canadá, y la segunda fue la de Bruno Heceta y Juan Francisco de la Bodega y Cuadra en 1775 que tocó tierra de Alaska en el paralelo 58º. A la inquietud por la aproximación rusa se añadió la preocupación por la presencia del navegante inglés James Cook que en su tercer viaje por el Pacífico que empezó en 1776 desde Plymouth llevaba como objetivo concreto la costa española noroccidental de América, a donde
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llegó en 1778, utilizando documentos obtenidos clandestinamente de las expediciones españolas, y luego navegó por el Pacífico hasta que murió a manos de los nativos de las Hawai el 14 de febrero de 1779. La reacción española fue la expedición de Ignacio de Arteaga y Juan Francisco de la Bodega y Cuadra con Francisco Mourelle en 1779 que llegaron hasta la península de Kenai y el archipiélago de Kodiak en Alaska y reconocieron detalladamente toda la costa entre Alaska y San Francisco sin encontrar asentamientos estables rusos o ingleses, con lo que las autoridades españolas se quedaron tranquilas y suspendieron de momento las expediciones marítimas de vigilancia en la zona. Todo estaba tranquilo en Alta California hasta que el 14 de septiembre de 1786 se presentó en el puerto de Monterrey en California el navegante francés Jean François Galaup, conde de la Pérouse comisionado por el rey de Francia en viaje científico y también de orientación estratégica sobre las posibilidades de establecimientos franceses en el Pacífico. Las autoridades españolas recibieron a Pérouse como gran amigo y se alarmaron cuando en los planos de la costa norte que había levantado este navegante francés vieron establecimientos rusos de los que no tenían noticias antes. Hubo algún retraso en la reacción ante estas noticias por la muerte del Virrey Bernardo de Gálvez pero España envió el 8 de marzo de 1788 al alférez de navío Esteban José Martínez con el piloto Gonzalo López de Haro que llegaron hasta las islas Aleutianas y tomaron contacto amistoso con los rusos que encontraron que les informaron de la intención del gobierno ruso de establecer una base para el comercio en la posición estratégica de Nutka. Con estas noticias volvieron a Monterrey y a San Blas en Baja California y el Virrey ordenó inmediatamente y con carácter urgente una nueva expedición bajo el mando otra vez de Esteban José Martínez para adelantarse a los rusos y potencialmente a los ingleses y establecer una base militar en la citada isla de Nutka situada cerca de la isla de Vancouver en la Columbia Británica haciendo valer los derechos que tenía España por sus exploraciones anteriores. Esteban José Martínez llegó a Nutka en mayo de 1789 y se encontró allí con dos barcos de los Estados Unidos dedicados al comercio de pieles y cuyos tripulantes dijeron que no tenían interés de dominio territorial estable pero informaron que estaban en camino barcos ingleses que pretendían establecerse en ese lugar. El capitán español apresó estos barcos estadounidenses por su conducta sospechosa, aunque luego los liberó, y también apresó a los barcos mercantes ingleses cuando se presentaron y a otros de guerra británicos que acudieron para liberarlos. La tensión en Madrid y en Londres fue subiendo y España envió refuerzos al mismo tiempo que Inglaterra anunció el envío de una poderosa escuadra. Fue un momento que los historiadores han llamado el “instante frágil”. Se estuvo a punto de un enfrentamiento directo entre España e Inglaterra en esta zona del Pacífico que al final se evitó con una negociación iniciada el 24 de julio de 1790 y concluidas con un tratado preliminar firmado en El Escorial el 28 de octubre de 1970 en el que España aceptó indemnizar por las mercancías incautadas a los barcos y Inglaterra reconoció la soberanía española en aquellas costas y se acordó continuar conversaciones para completar la exploración del territorio. Tras este acuerdo Dionisio Alcalá Galiano y Cayetano Valdés zarparon de Acapulco en marzo de 1792 para investigar la existencia del estrecho de Juan de Fuca que se pensaba podría ser el deseado ”paso del norte”. Para
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vigilar el cumplimiento de los acuerdos España nombró comisionado a Juan Francisco de la Bodega mientras que Inglaterra nombró a George Vancouver. Hubo muchas conversaciones cordiales en la propia Nutka y en San Francisco y Monterrey y por parte española nuevas exploraciones marítimas encomendadas a Juan Bautista Matute, Salvador Menéndez Valdés, Jacinto Caamaño, Francisco Eliza, Salvador Fidalgo, y Juan Martínez de Zayas entre otros. Las relaciones entre los comisionados español e inglés continuaron y fueron muy cordiales cuando en Europa España e Inglaterra se convirtieron en aliadas contra el régimen revolucionario establecido en Francia después de la ejecución de Luis XVI. Finalmente las conversaciones sobre los detalles pendientes de la indemnización y los límites de soberanía se resolvieron en febrero de 1793 y el 11 de enero de 1794 se firmó el Tratado de Madrid que cerró definitivamente el tema. Este fue el que se llamó “incidente de Nutka”, que pudo haber sido el principio de una guerra difícil entre España y Inglaterra pero terminó felizmente y se recuerda con festejos desde entonces. Al mismo tiempo el Tratado de Madrid abrió el paso a la presencia de barcos ingleses en los puertos españoles de California que muy pronto fueron seguidos por barcos estadounidenses y relaciones amistosas de los residentes españoles con todos los visitantes. Una cosa que no se cumplió fue que en honor a la concordia final y al mérito de los dos representantes español e inglés se acordó llamar a la isla “Bodega Vancouver” y luego esto se olvidó y sólo quedó el nombre inglés de Vancouver. Un libro extraordinario que recoge todos los antecedentes y el desenlace feliz del “incidente de Nootka”, con muchos planos históricos, referencias y documentos originales, y dibujos relativos a las observaciones científicas realizadas por los expedicionarios españoles, es el publicado en 1998 por el Ministerio de Asuntos Exteriores de España, Dirección General de Relaciones Culturales y Científicas con el título “Nutka 1792. Viaje a la Costa Noroeste de la América Septentrional por Don Juan Francisco de la Bodega y Quadra, Capitán de Navío”, edición de Mercedes Palau, Freeman Tovell, Pamela Sprätz y Robin Inglis. Las incidencia relativas a las exploraciones y la aproximación rusa en el Pacífico a las posesiones españolas en América del Norte están muy bien expuestas en la edición del libro de 1788 “Descripción de las costas de California” de Iñigo Abbad y Lasierra hecha en 1981 por Sylvia Lyn Hilton, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, Madrid Como recuerdo de la presencia de España en esta costa americana noroccidental del Pacífico puede señalarse la cantidad de nombres españoles que han quedado en ella. Hay una publicación del Dr. Arsenio Rey-Tejerina, de origen hispano, que es el Director del Departamento de Lenguas Romance en la Universidad de Alaska con el título “Spanish Place Names in the Face of Alaska” que explica el origen de 38 de estos nombres, algunos de los cuales se conservan en castellano y otros están traducidos actualmente al inglés, disponible en internet www.explorenorth.com/library/yafeatures/bl-Spanish2.htm La expedición científica de Alejandro Malaspina, 1789 a 1794.
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El esfuerzo español en el Pacífico y el interés que en el siglo de la Ilustración se tenía por todos los temas científicos en España queda de manifiesto por la gran expedición de Alejandro Malaspina de 1789 a 1794 que en parte fue impulsada por las tensiones presentes en aquellos años en la costa noroccidental americana del Pacífico que han sido comentadas en el apartado anterior. Esta expedición de Malaspina y las consecuencias que tuvo en aspectos científicos y políticos no puede ser resumida en pocas palabras y merecería una sesión completa para ella sola. Nos limitamos a presentar un plano mapamundi en el que se aprecia la ruta prevista y la que se realizó. Hay muchos libros sobre la expedición de Malaspina, uno de los mejores para tener una visión completa de la expedición y al mismo tiempo sentir las mismas emociones que tuvieron los miembros de esta expedición como si el lector fuese uno de ellos es el de José de la Sota Ríus con el título “Tras las huellas de Malaspina” editado por R.T.V.E. y Lunwerg Editores en 2002. La retirada de España en el Pacífico durante la segunda mitad del siglo XIX. Dos episodios en el Mar Rojo y en Indochina. Con la independencia de México en 1821 quedó cortada la ruta principal que seguía España para comunicarse con Filipinas pasando por América. La aplicación de la máquina de vapor a la navegación y la apertura del canal de Suez en 1869 facilitaron la comunicación directa entre Filipinas y España sin tener que pasar por América y España se repliega en el Pacífico al mismo tiempo que Estados Unidos y todas las potencias europeas toman posiciones en los diversos archipiélagos de Oceanía. Mencionamos aquí dos episodios poco conocidos de la presencia postrera de España en el Pacífico que fueron el primero el de la verdadera conquista de la Cochinchina por España entre 1858 y 1862 aunque fuese luego Francia la que se aprovechase de ello y el segundo el de las negociaciones entre 1834 y 1887 para la adquisición de bases en las dos orillas del Mar Rojo, en Arabia y en Abisinia y Somalia para el apoyo de los barcos que necesitaban hacer escala en la larga travesía entre España y Filipinas. Estos dos episodios están narrados en el libro escrito por José María de Areilza y Fernando María Castiella con el título “Reivindicaciones de España”, publicado por el Instituto de Estudios Políticos en Madrid en el año 1941, en momento histórico de pensamientos políticos difíciles. La presencia española en el Pacífico se mantuvo hasta la guerra con Estados Unidos que marcaría la generación del 98 y se cerró con el Tratado de Paz de París del 10 de diciembre de 1898, en el que España entregó a Estados Unidos las Filipinas y la Isla de Guam, además de Cuba, Puerto Rico y las Indias Occidentales en el Caribe. Al mismo tiempo que se firmaba este tratado, España formalizaba la venta a Alemania, acordada en secreto unos días antes, y firmada en Madrid el 30 de junio de 1899, de lo último que nos quedaba, las islas Marianas del Norte, por veinticinco millones de pesetas. El legado español de obras de ingeniería en Oceanía. España estuvo en el Pacífico con sus barcos, sus soldados y sus misioneros y en esta conferencia de la Real Academia de Ingeniería se debe señalar que también estuvo con sus ingenieros. En Filipinas y en las islas pequeñas de Oceanía los españoles construyeron muchos edificios civiles y obras públicas, algunas especialmente en la isla de Guam, que era el punto de
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parada intermedio de los galeones que se dedicaban al comercio aprovechando su posición estratégica. Hay una preciosa publicación del Ministerio de Educación Cultura y Deportes, en el año 2000, titulada “Islas del Pacífico. El legado español”, en base a la exposición de la que Javier Galván Guijo fue Comisario y en la que se mostraron numerosas fotografías de estas obras o de sus restos. Hay catedrales españolas en la isla Saipán de las Marianas del Norte y en Agaña capital de la isla de Guam, y otras iglesias menores en numerosas islas, que establecieron los misioneros españoles y de las que algunas se mantienen en servicio limpias y aseadas, modestas desde luego, no comparables a las nuestras góticas o románicas, y otras están en ruinas. En esta isla de Guam también hay restos del Palacio del Gobernador y de casas de españoles importantes y una Plaza de España con un conjunto de edificios españoles notables. Se conservan, restauradas, fortificaciones españolas. De todas estas obras, las que más han llamado la atención del Autor, por su profesión de Ingeniero de Caminos Canales y Puertos, son los restos de embarcaderos en diversos puntos de la costa, que por el efecto del mar apenas si se mantienen, y las del “Camino Real” en Guam, llamado igual que el Camino Real de California, pero más corto naturalmente, y que otros muchos “Caminos Reales” en América, con puentes arco de piedra que todavía se conservan en buen pie, aunque no se usen hoy día, en los ríos Talifak, Taelayak, Lasafua y Sella. Terminamos esta conferencia con la mención de un detalle curioso recogido en la publicación mencionada de Javier Galván Guijo que es el escudo de España en el Palacio del Gobernador español de Guam que está hecho en madera y tiene la particularidad de que los leones están sobre campo rojo y los castillos sobre campo blanco, es decir a la inversa de la disposición habitual. Este escudo fue trasladado algún tiempo al museo de la Academia Naval Militar de Annápolis en Estados Unidos y está actualmente en el palacio reconstruido para sede del gobernador estadounidense en la isla de Guam.

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