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Edward Hallet Carr no e5 s6lo uno de los mas eminentes historindores de nuestra época, sino también uma de las figuras intelectuales que mayor influencia politica han efercido, sobre todo en el dominio de la politica internacional y en momentos cruciales de Ia historia. ‘Terminada la guerra, Carr se consagré a la redaceién de su obra maestra: Ja monumental A History of Soviet Russia, La serie de conferencias que reproduce el presente libro es una meditacién’sobre el objeto, la finalidad y el método de la historia, considerada en su doble y combinado aspecto de investigacién llevada a cabo por el historiador y de los acontecimientos T H 2. Ln, | 6Quées | lahistoria? | LDH Preapa 2 oi del pasado que investiga. A la pregunta de si & - ~ i ; | puede darse una historia objetiva responde el Po : | autor negativamente, convencido de que la ; { interpretacién es elemento constituyente del = } \ dato hist6rico. Al afirmar el autor que el Qe \ historindor debe ver el pasado con los ojos del 3 presente, abunda en Ja famosa frase de Croce ae segiin Ia cual toda In historia es historia Be contemporanea. \ =. = ' | \ ' fies, | | ae 2 | ‘ Anel dka| Atel rg rx. = Universidad Nacional i) Federico Villarreal ANTROPOLOGIA http://antropologiaunfv.wordpress.com https://www.facebook.com/antroposinergia iQUE ES LA HISTORIA? E. H. Carr QUE ES geildg, La HISTORIA? AD Difusian gratuita, Conferencias “George Macaulay Trevelyan” ! 1 dictadas en la Universidad de Cambridge La fotecapia no mata ‘en enero-marzo de 1961 3 al libra, A el mercada si. 4 yy W 4819 EDITORIAL ARIEL, S. A. BARCELONA Titulo original: What te story? ‘Traduccién de Joaquin Roweno Mauna Disaiio coleccién: Hane Romberg (Editorial Sele Baral, $. A.) Primera édicin ea ‘Colectiéa Ariel: septiembre 1983 Segunda edicidn: octubre 1984 . H. Garr, Londres Derechos eyelusivos de edicidn en castellano reservados para todo el manda 'y propiedad de bs traduccion: ©1983 y 1964s Eiditorial Arid, 8. A. Carcega, 270 - 08008 Barcelona TSBIN: 84344-1001. Depéstto legals B. 33.306 - 1984 Impreso en Espa ‘Ninguss pare de rc publica, Snide of iso del eubier, puede ser predecis aleoceada o tranamiids eo manera sea 0! por wigan medi, Jo ucz décttica, quimice, mecinice, éptico, de grabscibn a de fotocopis, sin permiso previo del editor. «Me maravillo a menudo de que resul- te tan pesada, porque gran parte de ella debe de ser pura invencién» Catherine Morland, hablando de Ia Historia, (Jane AUSTEN, Northanger Abbey, cap. x1V) 1 EL HISTORIADOR Y Los HECHOS {Qué es 1a historia? Para precaverme contra quien encuentre superfiua o falta de sentido la pregunta, voy a partir de textos relacionados respectivamente con Ja primera y Ja segunda encarnaciones de la Camt- bridge Modern History, He aqui a Acton, en su ine forme a los sindicos de Ia Cambridge University Fress acerea dela obra que se habia comprometido a dirigir: Es ésta una oportunidad sin precedente de reunir, en Ia forma més util para los més, el acer- vo de conocimiento que el siglo xix nos estd le- gondo, Mediante «una inteligente divisién del tra- bajo seriamas capaces de hacerlo y de poner al alcance de cualquiera el iltimo documento y las conclusiones mds elaboradas de la investigacién, internacional. No podemos, en esta generacién, formular una historia definitiva; pero sf podemos eliminar la historla convencional, y mostrar a qué punto he- mos legado en el trayecto que va de ésta a aqué- lla, ahora que toda Ia informacién es asequible, y¥ que todo. problema es susceptible de sofucién (1), (1) The Cambridge Mote History: Its Origin, Authorship nad Production (190), pags. 12. ¥ transcurridos casi exactamente sesenta afios, ei profesor Sir George Clark, en su introduccién gene- ral a la segunda Cambridge Modern History, comen- taba aguel convencimienta de Acton y sus colabora- dores de que legarla el dia en que fuese posible pre- sentar una chistoria definitivas, en los siguientes tér- minost Los historiadores de una generacién posterior ho esperan cosa semejante. De su trabajo, esperan que sea superado una y otra vez. Consideran que €l conocimiento del pasado ha llegado a nosotros por mediacién de una o mas’mentes humanas, ha sido «elaborado» por éstas, y que no puede, por tanto, consistir en stomos elementales ¢ imperso- nales que nada puede alterar... La exploracién no parece tener limites y hay investigadores impa- cientes que se refugian en el escepticismo, o cunn- do menos en In doctrina de que, puesto que todo juicio histético implica personas y puntos de vis- ta, todos son igual de validos y no hay verdad histérica (5). Elogiar a un historiador por la precisién de sus datos ¢s como encomiar a un arquitecto por utilizar, en su edi- ficio, vigas debidamente preparadas o cemento bien mezclado. Ello es condicién necesaria de su obra, pero no su funcién esencial, Precisamente en cuestio- nes de éstas se_reconoce al historiad derecho a fundarse en_ias que se han Mlamado eciencias aux liaress de Ja historia: la arqueologia, Ia epigrafia, ia numismatica, la cronologia, etc. No se espera del historiador que domine las técnicas especiales mer ced a las cuales el perito sabri determinar el origen y el periodo de un fragmento de cerimica o de mér- mol, © descifrar una inscripeién oscura, 0 llevar a cabo los complejos edleulos astronomicos necesarios para fijar una fecha precisa. Los Hamados datos bi (8) AL Mant Adtromemicon: Liber Primus ma 87, et 15n, peat 4 sicos, que son los mismés para todos les historiado- Fes, mas bien suclen pertenecer a Ja categoria de materias_primas_del_historiader que a Ia historia misma. La segunda observacién que hemos de hacer es que Ia necesidad de fijar estos datos bisicos no se apoya en ninguna cualidad. de Ios hechos mismos, sine en una decisién que formula el historiador a priori. A pesar de la sentencia de C. P, Scott, todo pe~ riodista sabe hoy que Ja forma mis eficaz de influir en la opinién consiste en seleccionar y ordenar los hechos adecuados, Sella decirse que los hechos ha: ‘blax. por sf solos. Es falso, por supuesto, Los hechos s6lo hablan cuando el historiador_apela a ellos: él as Guien decide a qué hechos se da paso, y en qué orden y contexto hacerlo. Si no me equivoco, era un personaje de Pirandello quien decis que un hecho es como un saco: no se tiene de pie mis que si mete- ‘mos algo dentro, La tinica razén por la qué nos inte- esa saber que la batalla se libré en Hastings en 1066 estriba en que los historiadores lo consideran hecho histérico de primordial importancia. Es el historiador quica ha decidido, por zazones suyas, que el paso de aquel Tiachuelo, ef Rubicén, por César, es un hecho que pertencce a Ta historia, en tanto que el paso del Rubicén por millones de otras personas antes y des- pues, no interesa a nadie en absolute. El hecho de que ustedes Ilegaran a este edificio hace media hora. a pie, en bicicleta 0 en coche, es un hecho del pasado como pueda serlo el hecho de que César pasara el ‘Rubicon, Pero los historiaduies dejarén seguramente de tener en cuenta el primero de ambos hechos. El profesor Talcott Parsons calificé una vez ta ciencia de «sistema selectivo de orientaciones cognitivas 15 hacia Ja realidad» (6), Tal vez padrfa haberse dicho con mas sencillez. Pero Io cierto es que Ia historia es eso, entre otras cosas. El historiador es necesaria- mente selectivo. La creencia en un niicléo dseo de hechos historicos existentes objetivamente y con in- dependencia de la interpretacién del historiador es una falacia absurda, pero dificilisima de desarraigar. ‘Echemos tuna ojeada sobre el proceso por el cual un maro dato del pasado se convierte en un hecho histérico. En 1850, en Stalybridge Wakes, un vende dor de golosinas era deliberadamente golpeado hasta Ja muerte por una muchedumbre enfurecida, tras una disputa sin importancia. ¢Es ello un hecho histérico? Hace un afio hubiese contestado que no sin vacilar. Lo habfa recogido un testigo ocular en ciertas memo- rias poco conocidas (7); pero nunca vi que ningin historiador Id considerase digno de mencién. Hace un afio, el Dr. Kitson Clark Jo cit en sus Conferen- clas Ford en Oxford (8). ¢Confiere esto al dato el atr buto de histérico? Creo que atin no. Su situacién ac- tual, dirfa yo, es Ia de que se ha presentado su candi- datura para el ingreso en el selecto club de los hechos histéricos. Se eiicuentra ahora aguardando partida- rios y patrocinadores. Puede que en afios sucesivos veamos aparecer este dato, primero en notas a pie de pagina, y luego en el texto, en articulos y libros acerca de la Inglaterra decimonénica, y que dentro de veinte o treinta afios haya pasado a ser un hecho histérico sélidamente arraigado. Como también puc- 9, Te Zanwone y E. Suns, Towards «generat teory of Act ea. 185h, pig 1h. Se ee ) Lora” Gates Stic, Seveniy Years « Shourman (2: oA. 162), Page IIB. (@) ‘Scria publleades ea reve ‘ajo of ttulo de: The Making Victorian Engl. mi 16 de que nadie lo menciones, en cuyo caso volverd a sumirse en. el limbo de los hechos del pasado no per tenecientes a Ja historia, de donde el Dr. Kitson Clark ha tratado generosamente de salvarlo, ¢Qué sera 10 que decida cul de ambas cosas ha de suceder? De penderd, pienso yo, de que la tesis o la interpretacién en apoyo de Ja cual el Dr. Kitson Clark cité este in- cidente sea aceptada por los demés historiadores como valida e importante, Su_condicién de hecho historico dependeré de una cuestién de interpreta ciér, Este elemento interpretativo interviene én todos Jos hechos histéricos. Permitaseme evocar un recuerdo personal. Cuando yo estudiaba historia de in Antigiedad en esta misma Universidad, afios ha, hube de dedicarme especiak mente al tema de «Grecia en la época.de las guerras médieass. Reuni en mis estanterias unos quince 0 veittte voliimenes, dando por supuesto que hallaria, en aquellos tomos, todos los datos relatives a mi tema. Supongamas —Io que era casi del todo cierto— que aquellos libros conteaian todas los datos que se eonocian entonces, 0 que pod{an conocerse, Ni por un momento se me octirid investigar en virtud de qué accidente 0 de qué proceso de erosién habia so- bresivido aquella reducldisima selecciéa de. datos, entre los miles y miles de hechos que alguna vez tu- vieron que ser conocidos de alguien, para convertirse en Ios hechos de Ja historia. Sospecho que atin hoy una de las fascinaciones que ejerce la historia an- figua y medieval radica en Ia impresién que nos da de tener a nuestra disposicién todos los datos, den- iro de unos Ifmites controlables: 1a movediza barre- ra que separa los hechos histéricos de los que no Jo son se esfuma porque los pocos hechos conocidos 7 son todos ellos histéricos. Como dijo Bury, que estu- di6 ambos periodos, «el acervo de datos con que cuenta la historia antigua y medieval esta plagado de lagunas» (9). Se ha dicho que Ia historia cs un gigan- tesco rompecabezas en el que faltan numerosos tro- zos. Mas el problema principal no estriba en las lee gunasf Nuestra imagen de Grecia en el siglo v antes de nuestra era es deficiente, y no sobre todo por ha- berse perdido tantos fragmentos de ella accidental. mente, sino por ser, en Iineas generales, la imagen que plasmé un reducido grupo de personas de la ciu- dad de Atenas, Nosotros sabemos bastante bien qué opinién tenia de Ia Gr lo ¥ un enidadaio ateniense; pero ignoramos qué le parecia a un es- partano, a un corintio’o a un tebano, por no decir aun persa, a'tn esclavo 0 8 otro residente en Atenas que no fuese ciudadano. Nuestra imagen ha sufrido una seléccién y una determinacién previas antes de Megara nosotros, no tanto por accidente como por personas consciente o inconscientemente imbuidas de una éptica suya peculiar, y que penssron que los datos que apoyaban tal punto de vista merecian ser conservados. Asi tambidn, cuando leo en una historia contemporinea de Ia Edad Media que la gente, en la Edad Media, era profundamente religiosa, me pre- gunto cémo lo sabemos y si es cferto, Los que conoce- mes como hechos de la historia medieval han stdo casi todos seleccionados para nosotros por genera- ciones de cronistas que por su profesién se ocupa- ban de la teorfa y la practica de la religién y que por lo tanto la conideraban como algo de suprema importancia, y recogian cuanto a ella atafiia y n0 gran cosa mds. La imagen del campesino ruso pro- (©) 3. B, Womy, Selected Essays (150), pg 52 18 imdamente religioso fue destruida por la revolucién de 1917. La imagen del hombre medieval profanda- ioso, sea verdadera o falsa, es indestruc- Hble, ya que casi todos los datos que acerca de él se sonocen fueron seleccionados de antemano por per- sonas que creyeron en ella, y que querfan que los dems la compartieran, en tanto que muchos otros datos, en Jos que acaso hubiéramos hallado pruebas de lo contrario, se han perdido sin remisién. El peso muerio de genersciones desaparecidas de historiado, ‘illdad de apelacidn muestra idea del pasado. (11). Cuando ame siento tentado, como me ocurre a veces, a envi- iar la inmensa seguridad de colegas dedicados a Ja historia antigua o medieval, me consuela Ja idea de que tal seguridad se debe, en gran parte, a lo wwucho que igneran de sus temas, B) historiador de ea(2 © Mermcowen, Story i 4 chaning word (839, pis (lip Lenin Srusentoy, Pdlogo a Esinent Victorian. 1» — épocas ms recientes no goa de ninguna de las ‘yentajas de esta inexpugnable ignorancia. Bebe culti- var por si mismo esa tan necesaria ignoraneia, tanto mas cuanto mAs se aproxima a su propia época. Le incumbe la doble tarea de descubrir los pocos datos elevantes y convertirlos en hechos histéricos, y de__ descatiar lov iauchos datos carentes de importantis jor ahistGricos. Pero esto es exactamente lo contra: tio de la herejia decimonénica, segin la cual la historia consiste en Ja compilacién de Ja mayor car tidad posible. de datos imefutables y objetivos. Quien caiga en tal herejig, 0 tendré que abandonar Ia his- toria por considerarla tarea inabarcable y dedicarse a coleccionar sellos @ a cuslquier otra forma de coleccionismo, 9 acabard en el manicomio. Esta herejfa 5 la que tan desvastadores efectos ha. tenido en los dltimas cien afios para el historiador moder- no, produciende en Alemania, Gran Bretafia y Esta- dos Unidos una amplia y creciente masa de historias fécticas, aridas como lo que més, de monogratias minuciosamente especializadas, obra de aprendices de historiadores sabedores cada vez mas acerca de cada vex menos, perdidos sin dejar rastro en un océano de datos, Me temo que fuera esta herejia —mis que el conflicto, alegado al respecto, entre la lealtad al liberalismo o al catolicisme— lo que malo- gx6 a Acton como historiador. En un ensayo de su primera época, dijo de su maestro Dillinger: «Por nada escribiria partiendo de un material impesfecto, y para él todo material era imperfecto» (12). Acton (12) Gitsdo por G. P, Gooch, History and Historians in the Nine~ eenth. Conary, pig. 385; ulterlormente dijo Acton de Dillinger que Se fue dado configurar su Mose dem historia sobre In mayor Iinduceiéa jomés al aleanee ‘del hombre” (Uistory of Freedom end Other Essays, 1901, pig, 135, 20 estaba sin duda pronunciando aqui un veredicto an- Scipado sobre si mismo, sobre aquel eurioso fené- meno de un historiador en el que muchos ven el mais distinguido ocupante que Ia cétedra Regius de Historia Moderna en esta Universidad ha tenido munca, y que, sin embargo, no escribié ninguna Ristoria. Y Acton escribié su propio epitafio en Ia nota introductoria al primer volumen de la Cam- Bridge Modern History publicado a poco de su musr- te, cuando lamentaba que los requerimientos que agobiaban al historiador «amenazan con convertirie, de hombre de letras, en compilador de una enciclo- pedia» (13). En alguna parte pabia_un error. Y cl exror era Ia fe en esa incansable e interminable acumulacién de hechos rigurosos vistos como fun- damento de Ia historia, I2_convicciém de que los datos hablan por si solos y de que nunca se tienen demasiados datos, conviccidn tan inapelable entonces que fueron pocos Jos historiadores del momento que creyeron necesario —y hay quienes todavia siguen exeyéndolo innecesario— plantearse la pregunta ¢Qué es la Historia? El fetichismo decimondnico de los hechos yenia completado y justificado por un fetichismo de los documentos. Los documentos eran, en el templo de Jos hechos, él Arca_de—ia_Alianza. El historiador devoto Iegaba ante ellos con la frente humillada, y¥ hublaba de ellos en tono reverente. Si Tos docu- mentos lo dicen, serd verdad. Mas, :qué nos dicen, ‘2 fin de cuentas, tales documentos: los decretos, los tzatados, las cuentas de los arriendos, los libros azu- tes, la correspondencia oficial, las cartas y los diarios privados? No hay documento que pueda decirnos (03) Carmbrddge Modern History, |OMRR, 4 a acerca de un particular ms de lo que opinaba de 4 su autor, lo que opinaba que habia acontecido, Jo que en su opinién tenfa que ocurrir u ocurrirfa, 0 acaso tan sélo lo que queria que los demds creyesen que él pensaba, o incluso solamente lo que ¢l mismo crey6 pensar. Todo esto no significa nada, hasta que el historiador se ha puesto a trabajar sobre ello y Jo ha descifrado. Los datos, hayan sido encontrados op documenins o-no, tienen. que ser_slaborad fos por el _historiador antes de que él pueda hacer algin ‘so de ellos; y el uso que face de ellos es precisa mentesmprocesa.de élaboracién, = 7 Voy a ilustrar lo que trato de decir con un ejem- plo que casualmente conozco bien. Cuando Gustav ‘Stresemann, el ministro de Asuntos Esteriores de la Republica. de Weimar, murig en 1929, dejé una masa ingente —300 cajas llenas— de documentos oficiales, semioficiales y privados, relatives casi todos a los seis afios durante los cuales tuvo a sta cargo In cartera de Asuntos Exteriores, Como es l6gico, sus amigos y fa- miliares pensaron que la memoria de hombre tan in- signe debla honrarse con un monumento. Su leal se cretario Bernhard puso manos a la obra; y en un pla- zo de tres afios salieron_tres_gruesos vohimenes de unas 600 paginas cada uno, que contenfan una selec- cién de los documentos de las 300 cajas, y que Hleva- ban el impresionante titulo de Stresemanns Ver miichtnis («El legado de Stresemanns). En circuns- tancias normales, los jentos propiamente dichos habrian ido descomponiéndose en algin sétano o des- van, y Se habrian perdido para siempre. O acaso, al caba de un centenar de afios o asf, habria dado con ellos cierto investigador curioso_y emprendido su comparacién con el texto de Bernhard. Lo realmente 2 ccurride fue mucho més truculento, En 1945 los do- cumentos cayeron en Jas manos de los gobiernos bri- ténico y norteamericano, quienes los fotografiaron todos y pusieron las £otocopias a disposicién de los investigadores en el Public Record Office de Londres y en los National Archives de Washington, de forma ‘que, con Ja suficiente curiosidad y paciencia, podemos ver con exactitud lo hecho por Bernhard. Lo que habla hecho no era ni insélite ni indignante. Cuando Stresemann muri, su politica occidental parecta haber sido coronada por una serie de brillantes éxi tos: Locarno, la admisién de Alemania en la Socieds dh de Naciones, los planes Dawes y Young y los emprés~ titos norteamericanos, Ia retirada de los ¢jércitos aliados de ocupacién del territorio del Rhin. Parecia ésta la parte importante-a ta vez que fructifera de Ia politica exterior de Stresemann: y no es de extrafiar que la seleccién documental de Bernhard destacase con mucho este aspecto, Por otra parte, la politica oriental de Stresemann, sus relaciones con Ia Union Soviética, parectan no haber levado a ninguna parte, y como no eran muy interesantes ni engrandecian en nada la fama del estadista aquellos montones de do- cumentos acerca de negociaciones que no dieron mAs que triviales resultados, el proceso de seleccién po- la ser més riguroso, En realidad Stresemann dedicé una atencién mucho mds constante y solicita a las Te~ Jaciones con la Unién Soviética, que desempefiaron un papel mucho mayor en el conjunto de su polftica extranjera, de lo que puede deducir el lector de Ja antologla de Bernhard. Pero me temo que muchas colecciones publicadas de documentos, sobre las que ‘se funda sin vacilaciones el historiador normal, son peores que los volimenes de Bernhard. 23 Pero mi historia no termina aqui, Poca después de publicados los tomas de Bernhard, subié Hitler al poder. Se relegé al olvide en Alemania el nombre de ‘Stresemann y los libros desaparecieron de Ja circula- cién: muchos ¢jemplares, quizis la mayoria, fueron destruidos, En Ia actualidad; el Stresemanns Ver- miichinis es un libro més bien diffcil de encontrar, Pero en Occidente, la fama de Stresemann se mantu- vo firme. Bn 1935 un editor inglés publicé una traduc- in abreviada de la obra de Bernhard, una scleceién de la seleccin. de Bernhard: se omitié aproxima damente la tercera parte del original, Sutton, conoci- do traductor del alemén, hizo su trabajo bien y de snodo competente. La versién inglesa, explicaba en el prologo, estaba «ligeramente condensada, pero solar ‘mente por la omisién de una parte de lo que —en su sentir— era lo més efimero... de escaso interés para los lectores o estudliosos ingleses» (14). Esto también es bastante natural. Pero el resultado es qué Ia politica oriental de Stresemann, ya insuficiente mente destacada en Ia edicién de Bernhard, se pierde aiin més de visa, y en los volimenes de Sutton Ja Unién Sdviética aparece como un mero intruso oca- sional, y'més bien inoportuno, en la politica predo- minantenfente occidental de Stresemann, Sin embar go conviene dejar sentado que es Sulton, y no Bern- hard —y menos atm los documentos mismos— quien representa para el mundo occidental, salvo unog cunntos especialistas, la auttatier voz de Stresemann, De haber desaparecido [es“documentos en 1943, du- yante Ios bombardeas, y de haberse perdido el ras- tro de los restantes voldmenes de Bernhard, manca se (Us), Gustav Streserann, Hits Diaries, Letters and Papers, 1 (985), [Nota de Sutton, » cuye cargo corrié In selecion, m4 Sedieran puesto en tela de juicio la autenticidad y Ia ‘sstoridad de Sutton. Muchas colecciones impresas de Gecumenos aceptadas de buena gana por los histo- siadores a falta de los originales, descansan sobre ‘== base tan precaria como ésta. Pero quiero Hevar sin mis lejos Ia historia. Olvi- Zemos lo dicho acerca de Bernhard y Sutton, y agra- Sezcamos el poder, silo deseamos, consultar los do- samentos auténticos de uno de los principales acto- zes-de algunos de los acontecimientos importantes de Ge historia europea reciente. ¢Qué nos dicen los docu- s=entos? Contienen entre otras cosas notas de unos suantos centenares de conversaciones entre Strese- sunny ¢] embajador sovistico en Berlin, y de una ‘eintena con Chicherin, Tales notas tienen su rasgo = comin, Presentan a un Stresemann que se Hevaba Se parte del ledn en las conversaciones, y revelan sus sczumentgs invariablemente ordenados y atractivos, tanto que Jos de su interlocutor son las més de las ‘reces vacios, confusos y mada convincentes, Es ésta =a caracteristica comin a todos los apuntes de con- ‘ersaciones diplomaticas, Los documentos no nos di sexo que ccurrié, sino tan sélo lo que Stresemann exey6 que habia ocurido, o lo que deseaba que los denis pensaran, o acaso lo que él mismo queria creer que habia ocuricio, El proceso seleccionadot =o lo empezaron Bernhard ni Sutton, sino el mismo Stresemann. ¥ si tuviéramos, por ejemplo, los apun- tes de Chicherin acerca de dichas conversaciones, nos ‘qedariamos sin embargo enterados tan s6lo de lo <= de ellas pensaba Chicherin, y lo que realmente courié tendrfa igualmente que ser reconstruido en Za mente del historindor. Claro que datos y docu sentos son esencisles para el historiador. Pero hay 25 ‘que guardarse de convertirlos en fetiches. Por si historia; no brindan por si solos u : Llegados a este punto, quisiera decir unas palabras sobre Ix razon por la que los historiadores del siglo pasado solian desentenderse de Ia filosofia de la his toria, La expresién la invent6 Voltaire, y desde enton- ces se la viene utilizando en distintas acepciones; pero yo la usaré, si es que alguna vez la uso, como con- testacion a nuestra pregunta: Qué es Ja Historia? Para los intelectuales de Europa occidental el siglo x2x fue un perfodo cémodo que respiraba confianza y op- timismo, Los hechos resultaban satisfactorios en con- junto; y la inclinacién a plantear y.contestar pre- guntas molestas acerca de ellos fue por lo tanto débil, Ranke creia piadosamente que la divina providencia ee ne lass Gargaba de los Kechos; y Burckhardt, con un matiz cinico mis moderne, observaba que «no_estamos iniciados en Jos destgnios de 1a eterna. sabiduria>. EI profesor Butterfield apuntaba con visible satisfac cién, nada menos que en 1931, que «los historiadores han reflexionade poco acerca de la naturaleza de las cosas y aun acerca de la naturaleza de su propia ma- teria de estudio (15), Pero mi predecesor en estas conferencias, el Dr. A. L. Rowse, mis preciso en su critica, escribi6 de «La Crisis Mundial» de Sir Wins- ton Churchill (su libro acerea de la primera Guerra Mundial) que, aunque estaba a la altura de la Histo- ria de la Revoluctdn Rusa de Trotsky en lu que hacla a personalidad, viveza y vitalidad, quedaba por de- C15) HL. Berruxmm, The Whig faterpretaion of ' old lg tncerpretation of History (NL), 26 ‘bajo de elln a un respecto: ano habia detrés filosofia & ia historia algunas (16), Los historiadores brit ‘sicos se negaron a dejarse arrastrar, no porque cre- seen que {a historia carece de sentido, sine porque Sei a éste implicito y evidente. La concepcién Nbe- ‘so de la historia de} siglo xrx tenia una -estrechs afi- ‘sidad con In doctrina_econémica_del igissez-faire, a ees serena y Safieda, Que cada cual prosiga con su especialidad, y= provers la mano cculta a a armonfa universal. es hechos de la historia eran por si mismos una rocka del hecho supremo de que existia un progreso Seséfico, y al parecer infinito, hacia cosas mas eleva- Gs Era aquélla Ia edad de In inocencia, y los histo- ‘adores paseaban por el Jardin del Edén sin un re- Sexo de filosoffa con que cubrizse, desnudos y sin srecgormarse ante el dios de la historia, Desde enton- ‘ces, hemos conocide el Pecado y hemos experimen S220 en nosotros Ia Caida; y los historiadores que en Ge actuslidad pretenden dispensarse de una filosofia @e ia historia tan sdlo traton, vanamente y sin natu: ‘lida, como miembros de una colonia nudista, de cecrear el Jardin del Edéa en. sus jardincillos de su- furtio. La molesta pregunta no puede ya ser eludi- 2 hoy. Durante los dltimos cincuenta aiies se ha levado a cabo no poco trabajo serio a propésito de Ia pre gata 2Oué es Ia Historia? De Alemania, el pals que Sento iba a contribuir a perturbar el muelle reinado al liberalismo decimonénico, salié en los dos tiltimes (0) ALL, Rowse, The End of an Epoch (197), pes. 22283, 21 decenios dé] siglo xrx ¢l primer desafio a Ia doctrina de la primacfa y Ia autonomia de los hechos en Ia historia. Los filésofos que salieron a Ia palestra ape- ‘nas son ya algo m4s que nombres: Dilthey es el uni- co que ha sido recientemente objeto de un tardlo re- conocimiento en Gran Breétaiia, Antes d@ cambiar ce siglo, Ia prosperidad y Ia confianza eran todavia de- masiadas en este pafs para dedicar atencién alguna a los herejes que arremetian contra el culto de los hechos. Pero no bien hubo empezado el_nuevo siglo, pasé a Italia Ia antorcha, donde ezaba Croce a abogar_por una filosofia de la historia que desde luc- go debia mucho a los maestros alemanes. Declaré Croce que toda Ja historia es chistoria cantempord- nea» (17), queriendo con ello decir que la historia consistesrencialmente en ver el pau por : lo Ojos del presente y a I ‘los problemas de ahora, y que la tarea ear ae historiadar mo es recoger datos sina valorar? porque sino valora, edmo puede saber Io que merece ser recogido? En_1910 el histo- riador norteamericano Carl Becker afirmaba, con lenguaje deliberadamente provocador, que «los he- chos de Ia historia no existen para ningin historia dor hasta que él los crea» (18). Tales desaffos pasa- ron We momento casi desapercibidos. Hasta pasa- do 1920 no empezé a estar de moda Croce —y lo es- tuvo bastante— en Francia y Gran Bretaia. Y no tal vez porque Croce fuera pensador més sutil o me- (17) Bl eoatexto de exte famoro alocismo es of siguiente: “Lot re situiclanes presenter en que vibran_ dichos.scontectmlentor (B. Cam> Gta Mistoris come Haweha deta Libertad, tra sb F.C. Eo Méxieo). Us) “Altowie Monthly, octubre 1910, pg. 528, 28 estilista que sus predecesores alemanes, sino por- después de la primera Guerra Mundial los he- parecieron sonreimos de modo menos propicia {goa los afios anteriores a 1914, ¥ éramos por tanto: ‘is asequibles a una filo: ue se proponia dismi- ‘sssix su prestigio. Croce ejercié un gran influjo sobre ‘'@ Silésofo historiador de Oxford, Collingwood, el e haya rea- ‘Esco pensador britinico de este siglo & Novi stante para escribir el tratado sis- Sessiitico que tenfa planeado; pero sus papeles, publi- ‘geios y no publicados, sobre el particular, fueron re- ‘gegidos después de su muerte en un volumen editado == 1545, titulado Lo Idea de ta Historia. Puede resumirse como sigue el parecer de Colling- seoed. La filosofia de Ia historia no se ocupa «del pa sgxdo en si ul «de Ja opinién que de-él.en s{ se forma BP Lstorisdor, sino ede ambas relacionadas sece sip. (Esta aseveracién refle dos significa- sca curso de la palabra «bistoria»: Ja investigacion ‘evada a cabo por el historiador y Ja seri - tos del pasado que investiga. «Fl pasado que Uhistoriador no es un pasado muerto, sino ‘== pasado, que en cierto modo vive ain en el pre- ‘gexie. Mas un acto pasado esté muerto, es decir, ca- s== de significado para el historiador, a no ser que ee pueda entender el pensamiento que se sitiia tras @ Poreso, «toda la historia es Ja historia del pensa- ‘Weeato», y «la historia es la reproduccién en la men- ‘= £1 historiador del_pensamiento cuya historia es- Seti». La reconstitucién del pasado cn Ta aueute del ‘SSeoriador se apoya en la cvidencia empirica. Pero no ‘eee suyo tm proceso empirico ni puede consistir en ‘=a mera enumeracién de datos. Antes bien el pro- 29 ceso de reconstitucién rige 1a seleccién y la interpre: taci6n de los hechos: esto es precisamente lo que los hace hechos histéricos, «La Historia», dice ¢! profe- sar Oakeshott, que en esto estA muy cerca de Co- Hingwood, «es Ja experiencia del historiador. Nadic la “ace” como no sea ¢l historiador: el tinico modo de hacer historia es escribirla» (19), a Esta critica penetrante, aunque puede inspirar se- vias reservas, saca a la luz ciertas verdades olvidadas. Ante todo, los hechos de Ja historia nunca nos legan en estado «puros, ya que ni existen ni pueden exibtir en una forma pura; siempre hay una refrac- cién al pasar por Ia mente de quien los recoge, De ahi que, cuando Ilega’a nuestras manos un libro de his- toria, nuestro primer i gue Io escribid, y no a los datos que contiens. Per mitaseme tomar como ejemplo al gran historiador en cuyo honor y con cuyo nombre se fundaron estas con- ferencias. Trevelyan, segin cuenta él mismo en su autobiografia, fue «educado por su familia en una tradicién liberal un tanto exuberantes (20); y espero que no me desautorizaria si le describiese como el Ultimo, en el tiempo que no por la_valia, de los gran- des historiadores liberales ingleses dentro de la tra- dicién whig. No en vano se remonta en's genealogia familiar hasta Macaulay, indudablemente el mayor de los historiadores liberales, pasando por el gran historiador, asimismo whig, George Otto Trevelyan. La mejor obra, y la mas madura, del Dr. Trevelyan, Inglaterra bajo la Reina Ana, fue escrita con estos an- tecedentes, y s6lo teniendo en cuenta estos antece- dentes comprenderd el lector todo su alcance y sig- 09) M. Oumsnar, Experience and its Modes (1933), pig. 9. 0) GM. Tarvin, Ax Auiodiopraphy (M6), pég- 30 nificadc. Desde luego el auor no brinda al lector ex cusa alguna para ignorarlos. Porque'si, a la usanza de los aficionados de verdad a las novelas policiacas, se lee primero el final, se hallard en las wiltimas pagi- nas del tercer tomo el, a mi juicio, mejor compendio de In que hoy se lama interpretacién liberal de la historia; y se ver que lo que Trevelyan trata de hae cer es investigar el origen y el desarrollo de [e-trac dicion Hberal inglesa, y arraigarla limpia y claramen- Ye Gales altos que siguieron a la muerte de su funda- dor, Guillermo ILI. Aunque tal vez no sea ésta a tini- ca interpretacién concebible de los acontecimientos del reinado de la reina Ana, es una interpretacién vi- lida, y, en manos de Trevelyan, fructifera. Pero para apreciarla en todo su valor, hay que comprender 1o que'esti haciendo el historiador. Porque si, como dice Collingwood, el historiador tiene que_ceproducir meniaimente lo que han ido discuriendo sux draytia~ tis personae, el lector, xsa-Véz, habrd de repreducir el proceso seguicio por Ia mente del historiador. Estir- dien al historiador antes de ponerse a estudiar los hechos. Al fin y. al cabo, no es muy dificil. Es lo que ya hace el estudiante inteligente que, cuando se Je re- Tomieada que lea una obra del eminente catedritico Jones, busca a un alumno de Jones y Je pregunta qué tal es y de qué pie cojea. Cuando se lee un libro de historia, hay que estar atento a las cojeras. Sino lo- gran descubrir ninguna, o estén ciegos,o el histo- ‘tiador no anda. ¥ es que los hechos no: se parecen realmente en nada a los pescados en el méstrador del Pescadero. Mas bien ce asemejan x los peces que na- dan en un océano anchuroso y aun a veces inaccesi- ble; y lo que el historiador pesque depender4 en par- te dela suerte, pero sobre todo de la zpna del mar aL en que decida pescar y del aparejo que haya elegido. determinados desde hiego ambos factores por la cla- se de peces que pretenda atrapar. En general puede decirse que el historiador encontrara la clase de he- chos que busca. Historiar significa interpretar. Claro: que; si, volviendo a Sir George Clark del revés, yo definiese Ia historia como «un. s6lido niicleo interpre- tativo rodeado de Ja pulpa de los hechos controverti- bless, mi frase resultarfa, a no dudario, parcial y equi voea; pero con todo me atrevo a pensar que no lo se- ria mis que la frase original. La segunda observacién es aquella mAs familiar para nosotros de 1a necesidad, por parte del historia- dor, de una compre imaginativa de 1 de las personas que le ocupan, del pensamiento sub- Yatentes sus actos: digo «comprensién im: y no «simpatiay, por temor a que se crea que ello implica acuerdo. E1 siglo x1x fue flojo en historia medieval porque le repelian demasiado las creencias supetsticiosas de la Edad Media y las barbaridades por ellas inspiradas como para comprender imagina- tivamente a los hombres medievales, O témese la cen- soria observacién de Burckhardt acerca de la guerra de los Treinta Afios: (25). allingwood, en su reaccién contra la chistoria de Jers cola», contra una mera compilacién de hechos, se acerca peligrosamente a tratar la historia como igo brotado del cerebro humano, con fo que nos sSintepra a la conclusién aludida por Sir Gearge ‘Gark en el pérrafo anieriormente citado, la de que eco cxiste verdad histérica “objetiva”s. En vez de la BHR Coumowaon, The Mes: of Hiszory (196), ple. 23 ZA Pree Short Studies Great Subjets, | (N, wle- - 35 teoria de que la historia carece de significado, se nos ofrece aquf Ja teoria de su infinidad de significados, ninguno de los cuales es mejor ni mas clerto que Tos demés, lo que en el fondo equivale a lo mismo. Des- de luego la segunda teoria es tan insostenible como la primera. No puede deducirse, del hecho de que una montafia parezca cobrar formas distintas desde dife- Tentes angulos, que carece de forma objetiva o que tiene objetivamente infinitas formas. No puede dedu- cirse, porque Ja interpretacién desempefic un papel necesario en Ja fijacién de los hechos de la historia, ni porque no sea enteramente objetiva ninguna inter- pretacién, que todas Jas interpretaciones sean igual- mente validas y que en principio los hechos de la his toria no sean susceptibles de interpretacion objetiva. Mais adelante nos detendremos en el significado exac- to de la objetividad en 1a historia. Pero tras la hipétesis deCOlingwood, se oculta otro peligro ain mayor. Si el historiador ve necesa- riamente ¢l periode histérico que investiga con ojos de su época, y si estudin los problemas del pasado come clave para Ia comprensién de los presentes, no caer sn una concepcion puramente pragmética de 165 hechos, manteniendo gue ¢l criterio de la interpreta- sn recta ha de sor-cu adecuaciin a-algin propdsite de ahora? Segin esta hipétesis, los hechos de Ia his- _tori-mo son nada, y la interpretacién Ios todo. Nietzsche ya dejé enunciado el principio: «La false- dad de una opinién no encierra para nosotros obje- cin alguna contra ella... El probleme radica en saber hasta donde contribuye a prolongar 1a vide, @ preser- varla, a amparar o aun a crear la especie» (26). Los pragméticos norteamericanos, aunque menos explici- (08) Me td del Ben 9 dal Mal, xp, 36 tamente y con menos entusiasmo, siguieron el mismo derratero. Fl conocimiento es conocimiento para al- win fin. La validez del conocimiento depende de la alider del fin. Pero aun en los casos en que no se ha profesado esta teoris, la prictica ha resultado no me- nos inquietante. He visto en mi propio campo de in- yestigacién demasiados ejemplos de interpretacién ‘sxtravagante que ignoraban los hechos més eleme 3s, como para no quedar impresionado ante la reali- gad del peligro. No es sorprendente que el andlisis sainucioso de los productos mas extremados de las escuelas historiograficas sovi¢tica y antisoviética fo sente a veces cierta nostalgia de aquel imaginario tefugio decimonénico de la historia meramente fic- tia. Amediados del siglo xx, gc6mo hemos de definir, pues, las obligaciones del historiador hacia los he- hos? Creo que he pasado en los ultimos afios bas- ‘antes horas persiguiendo y escrutando documentos, Frellenando mi relato histérico con hechos debida- mente anotados a pic de pagina, como para librarme la imputacién de tratar con demasiada ligereza do- umentos y hechos. El deber de respeto a Jos hechas gue recae sobre el historiador no termina en Ia obli- wcién de verificar su exactitud. Tiene que intentar $= no falte en su cuadro ninguno de los datos cono- sidos 0 susceptibles de serlo que sean relevantes en =m seitido u otro para ef tema que le ocupa o para Se interpretacién propuesta. Si trata de dar del inglés séctoriano Ia imagerde un ser moral y racional, no bo olvidar Jo acontecido en Stalybridge Wakes on +4 1850, Pero esto, a su vez, no significa que pueda eli- ‘winar la interpretacién que es la savia de la historia. Eas legos en la materia —es decir, los amigos de fuera EY aut de In Universidad, 0 los colegas de otras disciplinas ‘académicas— me preguntan a veces cémo aborda el hhistorindor su trabajo cuando escribe Historia. Pare que la idba mis corriente es que el historiador divi de su tnren en dos fases 0 perfades claramente dife- venciades, Primero, ciedica un largo tiempo prelimi: nar a leer sits fuentes y a colmar de datos sus cua- dees de notas; terminada esta fase del trabajo, Sparta de s{ Ing fuentes, tira de los cuadernos de apuntes, y escribe-el libro del principio al fin. Para mai, esta imagen resulta poco convincente y nada plau- ‘ible. En Jo que «mf respects, no bien evo algdn tiempo investigando Jas que me paresen fuentes capitales, ol empuje se hace demasiado violento y me pongo a escribir, no forzosamente por el princi- pio, sino por alguna parte, por cualquiera. Luego jeer _y untas. Afiado, suprima, doy mue- Ya forma, tacho, conforme voy Jeyendo. La lectura \iene guiada, dirigida, fecundada por Ja escritur cuanto més escribo, mas sé lo que voy buscando, mejor comprendo el significado y la relevancia de Jo que hallo, Es probable que algunos historiadores fleven 2 cabo mentalmente toda esta escritura preli- miner, sin echar mano de pluma, de papel, ni de mé- quina de escribir, lo mismo que hay quienes juegon thentalmente al ajedrez, sin sacar el tablero ni las piezas: es un talento que envidio pero que no pucdo Pmular. Pero estoy convencido de que, para todo his- toriador que merece tal nombre, los dos pracesos que los economistas aman «inputs y soulpute se Gesarrollan simulténeamente y, en Ia préctica, san artes de un solo y tinioo proceso, Si'se trata de sepa: Porlos, o de dar a uno prioridad sobre el otro, se cae tn una de ambas herejias. O bien se escribe historia 38 ijeras y cola, sin importancia ni significado; 0 == se escribe propaganda o novela histérica, tiran- elos datos del pasado para bordar un género de que nada tiene que ver con Ia historia. Nestro, samen de 1a relacién Jel bistarialar-con iaechos Histéricos nos colocs, por tanto, en una cin visiblemente precaria, haciéndonos navegar nte entre el Escila de una insostenible teoria historla como co! icn_obj jechas, ea injustificada primacia del hecho sobre la in- in, y el Catibdis de otra teoria igualmente y los domina merced al proceso interpreta- entre una nocién de la historia con centro de edad en el pasado, y otra con centro de gravedad eipresente. Pero nuestra situacién es menos pre- de lo que parece. Volveremos, en estas confe- a encontrar la misma dicotomfa del hecho y SSterpretacién bajo otros ropsjes: lo particular geril, lo empirica y lo tedrico, lo objetivo y lo . La espinosa._tayea que infcumbe al histo: ior es la de reflexionar acerca de la naturaleza del bre. El hombre, salvo acaso en su més pristina iay en su mis avanzada vejez, no estd del todo erbido por el mundo que Je rodea ni incondicio- ente sometido a él. Por otra parte, nunca es del lependiente de 41, ni lo domina incondicio- tes Le relaciGn del hombrscon.clmundo cit dante es Ja relacion del _historiador con su tema. Bistoriador no es el fumilde siervo ai el tirdnico © de sus datos. La relacién entre el historiador | 4us datos ¢s_de_igualdad, de_intercambio. Como o historiador activo sabe, si s¢ detiene a reflexio~ 39 I nar acerca de lo que esté haciendo cuando piensa y escribe, el historiador se encuentra en france conti- uo de amoldar sus hechos a su interpretacién y ésta a aguéllos. Es imposible dar Ia prim: 0. E] historiador empieza por una seleccién provi sional de los hechos y por tma interpretacién provi- sional a la luz de la cual se ha levado a cabo dicha seleccién, sea ésta obra suya o de otros. Conforme va trabajando, tanto Ja interpretacién como la seleccién y ordenacion de los datos van sufriendo cambios su- tiles y acaso parcialmente inconscientes, consecuen- cin de la accign recfproca entre ambas. Y esta misma accién recfproca entrafia reciprocidad entre el pasa- do y el presente, porgue el historiador es parte del vresente, en tanta que sus Rechos pertenecen al pa- “sadlo. El hisioriador y los hechos de Ia historia se son Jnuiuamente necesarios, Sin sus hechos, el historia- dor carece de raices y es huero; y los hechos, sin el historiador, muertos y falsos de sentido. Mi primera contestacién a la pregunta de qué ¢s la Historia, sexd ‘pues Ja siguiente: un proceso continuo de interaccion tne el historiadcf 9 Sue heches, i Jalog sin presente yelpasado. = 40 1 LA socsepap ¥ EL INDIVIDUO El problema de qué es lo primero, la sociedad a 41 individuo, es como el del huevo y In gallina. Ya se i trate Camo interrogacién légica o histérica, no pue- 4e formularse respuesta alguna _que, de una u otra forma, no haya de ser impugnada_con_una_afirms- én opsiesta, iguaimente parcial. La sociedad y el in- Zividuo_son inseparables: son mutuamente nece: os y complementarios, que no opuestos, «Ningiin hombre es una isla, completa en si misman, segtin frase famosa de Donne; «toro hombre es una parcela del continents, una parte del conjunto» (1). Este es um aspecto de la verdad. Por otra parte, tomese la frase de J. S. Mill, el individualista clasico: «Los ‘ombres, cuando se les junta, ao se convierten en una sustancia distinta» (2). Claro que no. Mas Is falacia sst4 en suponer que existieron, o tuvieron una sus- tancla cualquiera, antes de ser «juntados». En cuan- 39 nacemos, empieza el mundo a obrar en nosotros, az transformarnos en unidades sociales, de meras uni- dadss biolégicas que ramos. Cada uno de los sexes ‘umanos, en cacla una de Jas fases de Ja historia ode la prelistoria, nace cn el seno‘de wna sociedad, que le moldea desde su mis femprana edad, El idio- (8) Devotions apon Emergent Occasions, N.» rll (2) 1.5. Mnut, a System of Logi, vl, ui ma que habla no es herencia individual, sino adqui- sicién social del grupo en que crece. Tanto el len- gaiaje como el ambiente contribuyen a determinar ef cardcter de su ‘su_pensamiento; sus primeras ideas le vienen de los dems. Como muy bien se ha dicho, el individuo apartado de Ia sociedad careceria de len- guaje y de pensamiento. La fascinacién duradera del mito de Robinidn Crusoe se debe a su intento de concebir un individuo independiente de la sociedad. Pero el intento falla. Robinsén no es un individuo abs- tracto, sino un inglés de York; Jleva la Biblia consigo y ora a su Dios tribal, El mito le aporta en seguida su criado Viernes; y comienza In edificacién de ui sociedad nueva. El otro mito relevante es el de Kiri Noy, el personaje de Los Demonis de Dostoyeusky, Gob aa para dott au perfor oer ao; etal "acto implica de un moda’ \u otro Se. eee eee de In-sociedad (3), Los antrop logos suelen decir que el hombre pri mitivo es menos individual y esti ms completamen- te moldeado Hor su sociedad que el hombre civiliza- do, Hay en ello una parte de verdad. Las sociedades més simples gon mas uniformes en el sentido de que requieren y brindan mucha menos diversidad de téc- nicas y tareas individuales que las sociedades més avanzadas y complejas. La creciente individualiza- cién, en este sentido, es producto necesario de In s0- ciedad avanzada moderna, y cala todas sus activida- @) Durkheim, en su conocido estudio acerca del suiidio, aculs J palabra “anova para denotar In condlcién del indviduo etiado. de su soclecad, situation cxpetialmente conduceale a la pervarbaciéa ‘cmoclonal y al ‘suicilo; pero también demostrs que el swicidio no es ex mado algine lndepeadieate de las condiclanes socisles. 2 des, de ariba abajo. Pero serfa grave error formular una antitesis entre este proceso de individualizacién y In fuerza y cohesién crecientes de la sociedad. El dela nore se condicionan lamamos sociedad complcja y avanzada es aqiié i oa ‘que la interdependencis z sta asumido formas complejas y a peligrosp suponer que el poder dé‘ cional moderna para moldear el cardcter y el pensa- miento de sus miembros individuales y originar cierto grado de uniformidad y de conformidad entre ellos, sea cn absoluto menor que el de una comunidad bal primitiva. La vieja concepcién del cardcter nacio nal basada en diferencias bioldgicas ha sido refutada hace tiempo; mas las diferencias de cardcter nacio- nal, emanadas de circunstancias nacionales distintas sn la sociedad y In educacién, son dificiles de negar. La escurridiza entidad enaturaleza humana» ha mu- dado tanto, de pais a pats y de un siglo a otro, que s dificil no considerarla como fenémeno histérico al que configuran Ins condiciones y convenciones socia- ies imperantes, Median muchas diferencias entre, por amos por caso, norteamericanos, msos #-indios. Pero algunas, y quiza las més importantes, de estas rencias, adoptanla'forma de distintas ma de distintas aetitudes fren: te_a_Ins relaciones sociales entre individuo Sntre_indiy otras_palabras, frente al modo en que la_sociedad debe estar constituida, con lo que el estudio de la: dit ferencias entre norteamericanos, rusos é indios i dividiales, puede que se Heve mejor a cabo investi- gando las diferencias entre Ins sociedades norfeame- cana, rusa ¢ india. El hombre civilzado, lo mismo que el hombre primitivo, es moldeado por Ia socie- a dad,y de modo tan real y efectivo como moldea é1 la sociedad en que vive. No resulta mis posible tener e] huevo sin Ja gallina que tener ésta sin el huevo. Habria sido innecesario detenerse en estas eviden- tfsimas verdades, de no habérnoslas velado el notable y excepcional periodo histérico del que apenas em- pieza a emerger el mundo occidental. El culto del in- dividualismo es, entre los mitos histéricos modernos, uno de los més difundides. Segin Is conocida versién que da Burckhardt en La Cultura del Renacimien- to en Talia, cuya segunda parte lleva el subtitilo de «Desarrollo del Individuo», el eulto del individuo em- pezd- el Renacimiento, cuands el hombre, que hasia entonces «sdlo habla sido consciente de si mis- mo en calidad de miembro de una raza, de un pue blo, de un partido, una familia o uma corporacién>, por fin ese convirtié en individuo espiritual y se re- conocié a st mismo como tal». Ulteriormente, el culto se ligd a [a aparicién del capitalismo y del protestan- tismo, a Ios comfenzos de la revolucién industrial y a las doctrinas del laissez-faire. Los derechos del hom- bre y del ciudadano proclamados por Ia Revolucion Sites eran for dere duo. El indivi dualismo era la base de a gran filosofia decimonéni- ca del utilitarismo. El ensayo de Morley, On Compro- mise, documento caracteristico del liberalismo victo- tiano, calificaba el individualismo y el utilitarismo de «rcligién de !a felicidad y el bienestar humanos>. Un «rabioso individualismo», tal era la nota clave del progreso humano. Este puede ser un aniilisis per- fectamente adecuado y vilido de la ideologia de una época histérica determinada. Pero lo que quiero de- jer claro es que la creciente individualizacién que acompafié ala aparicién del mando moderno no Fue 44 ino _un proceso normal en una civilizacién en max: cha, Una revolucién social elev a una posicién de poder a mucvos grupos sociales, Tuvo lugar, como Siempre, por mediacién de individuos, y brindando nuevas oportunidades de desarrollo individual; y ‘como en Jas primeras fases del capitalismo Jas unida- des de produccién y de distribucién se hallaban en gran parte en manos de individuos aislados, 1a ideo- ia del nuevo orden social dustacé poderosamente el papel de Ia iniciativa individual dentro del orden ‘social Pero el proceso fue todo él un proceso social, Tepresentativo de un momento especifico del desa- rrollo histérico, y no puede explicarse como una re- belién de los individyos contra la sociedad, ni en fun- cin de una emancipacién de los individuos de sus trabas sociales. Muchos sintomas sugieren que, aun en el mundo occidental que fue foco de tal desarrollo y tal ideo- login, dicho periado histérico ha tocado = su fin: 20 necesito insistir aqui sobre lo que se denomina demo- cracia de masas, ni en la sustitucién gradual de for. mas de produccién y de organziacién econémicas pre- dominantemente privadas por otras predominante- mente colectivas. Pero 1a: ideologis originada por aque! largo y fructifero periodo ¢s todavia una fuer- za dominante en Europa occidental y en los paises de habia inglesa, Cuando hablamos en términds abs~ teactos de la tension entre Ta Tbertad ¥ Ia igualdad, o entre Ia Tibertad individual y Ta justicia social, ol vidamios Ticilmente que las luchas no tienen _Iugar entre ideas absiractas. NOS mbates entre indi- ‘vidios eff Caunto tales y la sociedad eh cuanto tal, sino entre grupos de individuos en la sociedad, cada uno ée los cuales confiende por imponer 45 polftieas sociales que le son favorables, y por frus- trar lay que le son contrarias. El individualismo, en su acepcién, no ya de gran movimiento social, sino de falsa oposicién entre el individuo y la sociedad, se ha convertido hoy en lema de un grupo interesado y, debido a su cardeter polémico, en barrera que di- ficulta nuestra comprensién de lo que scontece en el mundo, No tengo nada que decir en contra del culto del individuo como protesta contra Ia ten- dencia que trata al individuo come un medio y que hace de Ja sociedad © del Estado un fin. Pero no Hegaremes 2 una_compregsién_del pasado ai_del wesente si intentamos operar con el concepto dé tin _ Yesto me lleva finalmente ala médula de mi larga digresion. La concepcién de sentido comin. de la his- duos acerca de los individuos. Este enfoque fue desde luego él adloptads y fomentado por los historiadores liberales del siglo 21x, y no es fundamentalmente errénea. Pero hoy nos parece excesivamente simpli ficado ¢ insuficiente, y hemos’ de profundizar mds en nuestro examen. El saber del historiador_no €3_propisdad_suya_exchisiva: hombres de varias generaciones han coniribuide probablemente a su acummlacién. Los hombres cuyos actos estudin et historisdor_no fueron individuos aislados que obra- ban en el_vacio: actuaron en el contexto,y bajo el impulso, de una sociedad pretérita, En mi ariterior onferencia describi la historia como un proceso de dnteraccién, come un didloge entre cl historlador pre- sente y los hechos pasados. Quiero ahora detencrme en el peso relative de las clementos individuales y Sociales en ambos lados de la ecuaciGn, :Hasta qué 46 punto son Ios historiadores individuos y hasta_qué punto producto de su sociedad y de su época? ¢Has- ta qué punto son los hechos de la historia hechos acerca de individuos aislados y hasta qué punto he- chos sociales? Bl historiador, pues, es un ser humano individual. Lo mismo que los demds individuos, es también un fenémeno social, producto a la ver que portavaz Sanselente o inconsciente de la sociedad a que per tenece; en concepto de tal, se enfrenta com los hechos del pasado histérico. Hablamos a veces del curso Wistérieo diciendo que es «un desfile en march: La metifora no es mala, siempre y cuando ell histo- riador no caiga en la tentacién de imaginarse aguila espectadora desde una cumbre solitaria, 0 personaje importante en Ia tribuna presidencial. {Nada de cool El historindor no es sino un oscuro personaje mas, que marcha en otro punto del desfile. Y conforme el desfile, Fluctuando ya a la derecha ya a la iaquierda, y hasta dobléndose 2 veces sobre si mis- mo, las posiciones relativas de las diversas partes de 1a comitiva, cambian de continuo, de forma tal que ro seria un despropésito decir que estamos. hoy mas cerea de la Edad Media de lo que estaban nues- tros bisabuelos un siglo atrés, 0 que los tiempos de César estén més préximos a nosotros que los de Dante. Nuevas perspectivas, nuevos enfoques van sur- glendo constantemente a medida que el desfile —y con ¢! el historiador— sigue su curso. El historiador es parte de Ja histori . Su posicién en el desfile de- izrmina_su punto de vista sobre el pasado. ~~ Esta perogrullada no deja de ser clerta cuando 41 el periodo investigado por el historiador dista mu- cho de su propia época, Cuando yo estudiaba historia antigua, los cldsicos en Ia materia eran —y todavia son probablemente— la Historia de Grecia de Grote Ja Historia de Romi de Mommisen. Grote, un bar quero radical ilustrado que escribia en el quinto dczenlo- dl siete past, encarné las aspiraciones de Ia clase media britdnica, pujante y polfticaments progresiva, cn una imagen idealizada de In democre- cia “ateniense, en la que Pericles parece un refor- mador de la escuela de Bentham y donde Atenas adquirié un imperio en un acceso de distraccién. Acaso no sca del todo descaminado sugerir que el sbandono, por parte de Grote, del problema ate niense de Ta estlavtnd, rellefara el hecho d= que grupo social a que pertenecia no sabia hacer frente al problema de la nueva clase obrera tabril inglesa, ‘Mommsen era un liberal germano desengaiiado por las confusiones y las humillaciones de Ia revolucién. alemana de 1848-1849. Mommsen, que escribia en la década siguiente, Ia que vio nacer el término y el cancepto de la Realpolitik, estaba imbuida del senti- do de Ja necesidad de un hombre fuerte que barriers. los escombros del fracaso del pueblo alemin en su intento de realizar sus aspiraciones politicas; y nun- ca apreciaremos su historia en lo que vale si no nos pereatamos de que su conocida idealizacién de Cé- sares producto de aquel anhelo de un hombre fuerte que salvase de In ruina a Alemania, y que el abogado y politico Cicerén, aquel charlatan inelicaz y turbio contemporizador, es un personaje que parece direc- tamente salido de los debates de In Paulikixche en Frankfurt, en 1848. ¥ en verdad, no me pareceria paradoja absurda el que alguien dijese que la Histo- 48 ria de Grecia de Grote nos informa. en Ia actualidad tanto acerca del pensamiento de los radicales filas6fi- cos ingleses del quinto decenio del pasado siglo como acerce de Ja democracia ateniense en el siglo V antes de nuestra era; 0 que quien _desce comprender lo que 1848 represent6 para los liberales alemanes debe tomar la Histeria-de Roma de Momsen como uno de sus likzos de texto. Lo cual no disminuye su valor como grandes obras histéricas, ‘as No aguanto la moda lanzada por Bury en su lee cién inaugural, de pretender que Ja grandeca de Mommsen no se funda en su Historia de Roma, sino em el corpus de inscripciones y en su trabajo sobre el derecho constitucional romano: esto es reducir la historia al nivel de la compilacién. La gran_historia cribe precisamente cuando la visiéy do 5 parte_del_historiadSp se ilumina con sus cone Himientos de los problemas del_preseate, Se ha expresado a menudo sorpresa porque Mommsen interumpié su historia ea el momento de 1a caida de ia repiiblica. No le falté para seguir, ni tempo, ‘ni ocasidn, ni conocimientas. Pero cuando Mommsen escribié su historia, atin no habia surgido en Ale~ tania el hombre fuerte. Durante su carrera activa, in cuestidn de qué ocurriria una ver asumido el po- der por cl hombre fuerte no era todavia problema real, Nada inducfa a Mammsen a proyectar este pro- blema sobre el escenario romano; y Ja historia del erio quedé sim escribir. vr Facil multiplicar los ejemplos de este fend- meno entre los historiadores modernos, Ea mi ile ma conferencia rendi homenaje # 1a Ingtaterra bajo ta Reina Ana del Dr, Trevelyan, como monument @e Ia tradicion liberal en que habia sido educado. 9 Consideremes ahora la imponente ¢ importante obra de quien, para Is mayoria de nosotros, es el més grande historiador briténico surgido en el cam académico.desde_la primera Guerra Mundial: Sir Lewis Namier. Namier era un verdadero conserva- dor, no el tipico conservador inglés, que analizado més de cerca resulta liberal en un 75 %, sino un conservador como no hemos visto entre los histo- tiadores briténicos en los wltimos diez afios. Entre mediados del siglo pasado y 1914 era poco menos que imposible para un historindor britdnico concebir el cambio histérico como no fuera para mejor. Des pués de 1920, entramos en un periodo en que el cam- ‘bio empezaba a asociarse con el temor por el futuro, y podfa verse como transformacién par peor, perio- do éste de renacer del pensamiento conservador. Al igual que el liberalismo de Acton, el conservaduris- mo_de Namier extrajo as_y profundidad de su fajgambre continental (4). A diferencia de Fisher © Toynbee, Namier carecia de rafces en el liberalis- mo decimonémico, y no las echaba de menos. Des- pués de que la pritfera Guerra Mundial y la paz frustrada revelaran la bancarrota del liberalismo, Ia reaccién no podia revestir ms que una de dos for. mas: socialismo 0 conservadurisme. Namier surgié como el historiador conservador. Trabajé sobre dos campos escogidos, y fue significativa Ia eleccién de ambos. En historia inglesa, retrocedié hasta el alti- mo periodo en que la clase dominadara pudo empe- (0) Acasa meresca In pena spuntar que et dnlea otro eseror co sermudor britinioo importante del periodo que separa las dos qucrras ‘Bundlales, T. S. Ello, gord (usblen de | ventaja de unos antec estes no beltinleor; nadie gue hublers sido educado en Gran Bro ‘28a antes de 19 podia Wurarse del todo del inhibidor infhujo de Bt tradlcign Mberal. 50 arse en alcanzar racionalmente posicién y poder en el seno de una sociedad ordenada y por lo gene ral estética, Alguien ha acusado a Namier de eliminar de kb historia 1a mente (5). Acaso no sea una frase del todo afortunada, pero de ella se deduce lo que trataba de decir el critico. La politica, cuando ac- cedié al trono Jorge Ill, estaba aim immune del fanatismo de las ideas, asi como de esa apnsionada fe en el progreso que habia de irrumpir en el mun- do con Ja Revolucion Francesa, y que desernbocaria en ¢l siglo del liberalismo triunfante, Ni ideas, ni revoluci6n, ni liberalismo: Namier opté por presen- tarnog el cuadro refulgente de una edad Ubre toda- ‘aunque_go_por_mucho tiempo— de todos esos peligros— tin Wganro ,20 FAd,peoqee to Pero la eleccién por parte de Namier de un se gundo tema, fue igualmente significativa, Namier pasé, sin detenerse en elias, junto a las grandes revo- juciones modernas, la inglesa y la francesa y la rusa; no escribié nada digno de atencién sobre ninguna de ellas, y en cambio decidié brindarnos un. pe- netzante estudio de Ja revolucidn europss_de 1848: una revolucion que fracasd, un paso atras en toda Europa para las esperanzas nacientes del liberalismo, una demostracién de la impotencia de las ideas fren- tea la fuerza armada, de los demécratas cuando se enfrentan con los soldados, La intromisién de las ideas en el serio negocio de 1a politica, es fitil y peligrosa: Namicr eché sal sobre la herida, sobre la motaleja de aquel humillante fracaso, calificdndolo (5) La critica original, em ua artiovlo. andaimo de The Times Li terer) Supplement del 24 de agosto de 1883, acerca de “La concep. cidade In Hintocia de Namler", cela wali “Se acid a Derwin de Slinaar dei uriverso ls mente: y Sir Lewis ha sido ol Darwin de 1s historia polltca, em amis de un concepto”. 51 de srevolucién de los inteleciuales». Y nuestra con- clusién no es mera inferencia; porque, aunque Na- mier no escribicra nada sistemstico sobre 1a filo- sofia de la historia, en un ensayo publicado hace unos afios se expresaba con su claridad y tajante precision usuales. «Asi gues, decfa, «cuanto menos amordace el hombre el libre juego de su mente con na_dodtrini ya dogma politicos, tanto major para ju _pensamiento», Y tras de mencionar, aunque nO rechazar, el cargo de que habia climinado la mente de la historia, proseguia: Algunos filésofos politicos se quejan de una «calma chicas y de 1a actual ausencia de discu sién sobre politica general en este pais; se buscan soluciones practicas para problemas concretos, en tanto que programas e ideales son relegados al alvido por ambos partidos. Pero a mi esta actitud me parece traslucir una mayor madurez nacional, yrno puedo sino desear que siga largo tiempo inata- cada por los fermentos da la filosofia politica (6). No quiero por ahora entrar a diseutir este enfo- que: lo reservo para una conferencia ulterior. Mi propésito aqui se limita a ilustrar dos verdades importantes: la primera, que no puede comprender- seo apreciarse Ja obra de un historiador sin captaF antes la iin desde a qué él Ja aborda; Ta se- gunda, que dicha posicién tiene a su vez raices en una base social e histérica. No cabe olvidar que, como Marx dijo en una ocasién, el educador nece- sita ser educado él previamente; dicho en la jerga contemperénea, el cerebro de quien practica lava- (985), pgs 5.2, (6). Nanen, Persona 52 dos de cerebro ha sido Javé EL histosiador, antes dé ponerse a escribir historia, es producto de storia. sere iatociadores de que acabo de hablar —Grote .Mommsen, Trevelyan y Namier— bablan sido fume @idos, por asi decir, en un mismo molde social_y politico; no hay cambio mercado alguno entre sus primeras y sus Ultimas obras. Pero algunos historia: ue vivieron en épocas de répidas mutacrories (on erlefado en sus Cabajes, 00 umn sociedad 7 un orden social, sino una_sucesién_de érdenes diferen. tes. El mejor ejemplo que yo conozco es el del gran historiador alemén. ‘ke, cuya vida y obra fue ron més largos de lo corriente y abarcaron una serie de cambios revolucionarios y catastréficos en les des- finos de su pais, Ab{ tenemos, on efecto, tres Mel neckes, portavoz cada cual de_una ¢poca histérice diferente, y expresandose cada cual por una de sus tres obras principales. El Mcinecke de Weltbiirger- thum_citid_Nationalstaat, publicada en_1907, ve con confianza Ia realizacién de los ideales nacioneles ger- manos en el Reich de Bismarck, y—como tantos pen~ Eadores del siglo xix desde Mazzini en adelante— identifica el nacionalismo con la forma més_elevada del universalismo: Jo que es producto de la barro- ca secuela guillermista a la era de Bismarck. El Met Secke de Die [dee der Staatrison (7), publicada en 1935, habla con la mente insegura y atOnita de le repiblica de Weimar: el mundo de la politica se ha convertido en palestra del conflicto, no resuelto, entre Ia razén de ‘Estado y una moralidad exterior a la po Ltica, pero que 10 ‘puede en tltima instancia pasar (7) Le idea de tn Raxén de Ertado, trad. oxp., Madrid, Insite 4 Exudiog Potters, 53 por encima de la vida y seguridad del Estado. Final- mente, el Meinecke de Die Entstehung des Historis- mus, publicada en 1936 cuando habia sido barrido de ‘ honrosa posicién académica por el torrente nazi, profiere un grito de desesperacién, rechazando un istoricismaque pacsee admitir que todo cuanto exis- te est bien,-y. tambaledndose inseguro entre Ia re- latividad histérica y un absoluto supra-racional. A la Ppostre, cuando Meinecke habia presenciado, ya viejo, el hundimiento de su pais bajo una derrota militar més total que la de 1918, recay6, inerme, en Ja creen- Gia en una historia 2 merced de un destino ciego, xorable, formulada en su Die Deutsche Katastrophe de 1946 (8). El psicélogo o el biégrafo se interesarian aqui por la trayectoria seguida por Meinecke como in- dividuo: Io que ocup2 al historiador es Ia forma en que Meinecke refleja en el pasado histérico tres —y hasta custro— periodos sucesivos, agudamente cor trastados, del presente. © permitasenog tomar un ejemplo eminente mis proximo a nuestro pais. En los iconoclastas alos treinta y tantos, cuando el partido Liberal acababa de ser despojade de su fuerza real en Ie politica bri- ténica, el profesor Butterfield escribié un libro titu- lado La Interpretacion Whig de ta Historia, que fue acogido con un éxito tan resonante como merecido. Bra una obra notable en muchos aspectos y entre elles porque, pese a criticar a Jo largo de unas 130 paginas la interpretacién liberal, whig, no menciona —por lo que yo he pedide observar sin ayuda de un Jo de Machiavaliim, en 195%; ncato exagera cl supravacional en el tereer porindo de Malnecke, 34 indice un solo whig salvo Fox, que n0 era histo- riader, ni un solo historiador salvo Acton, que no era ‘whig (9). Pero todo lo que al libro le falta en precisicn } detalle se compensa con una invectiva brillante, No Je cabla al lector ya dada de que la interpretacién Ti- eral era mala cosa; y uno de los cargos contra ella formulados era el de que «estudia el pasado refirlén- dolo al presente». Aqui, el profesor Butterfield se mostraba categérico y severo: El estudio del pasado con un ojo puesto, por deciz}o asi, en el presente, es Ia fuente de todos Jos pecacios y sofismas en historia... Es la esem- cia de lo que designamos por la palabra «ahisté- Tica» (10). Pasaron doce afios, La moda iconoclasta iss #1 pats ;ofesor Butterfield se hhallaba sumido en una eek que solfa decirse se Jibraba en defensa de las fibertades constitucionales encarnadas por 1a tradi- ci6n liberal, y bajo la direccién de un gran lider que incesantemente invocaba el pasado, «con un ojo puesto, por asi decirlo, en el presente>. Em un peque io libro titulado El Inglés y su Historia, publicado ‘en 1944, el profesor Butterfield, no tan sélo decidié que In «inglesa> era Ja interpretacién liberal, whig, de In historia, sino que aludié con entusiasmo a ela ‘alienza del inglés con su historia» y al shermanamien- to del pasado y el presenter (11). Llamar la atencién we ect BCs eat des of eS “ramuamlento seat yr interpretation of History (SBD, Be sean pA arma, The Eglin end He History (9H), eh at 2, 45, 35 sobre estas mutaciones en el enfoque no es crit hostil. No me propongo refutar el prote-Butterfield con al dentero-Butterfield, ni carear al profesor But- terfield ebric con el profesor Butterfield sobrio. Me doy perfecta cuenta de que, si alguien se molestase en leer detenidamente algunas de las cosas por mi escritas antes, durante, y despuds de la guerra, podria sin dificultad hacerme reo de contradicciones ¢ in- congruencias tan palmarias por lo menos como las que he sefialado en otros. Hasta creo que no envidiar ria al historlador capaz de afirmar honradamente ha- ber pasado cincuenta afios sin modificar radicalmen- te su visién de algunos puntos. Me propongo sélo mostrar lo fielmente que fe brs del Bstesiae ae fleja la sociedad en_gue tiabaja. No sélo Fluyen los acontecimientas; fluye el propio hisioriador. Cuando Se toma una obra histérica en las manos, no basta mirar el nombre del autor en Ia cubierta: hay que ver también In fecha de publicacién en que fue es- rita, porque ello puede resultar atin mds revelador. ‘Si razén tenfa el filésofo cuando decia que no se pue- de cruzar dos veces el mismo rio, acaso sea tambien verdad, y por igual motivo, que des libros no pueden ser escritos por el mismo historiador. ¥ si por un momento pasamos del historiador im- dividual a lo que pudieran Wamarse grandes corrien- tes de 1a produccién histérica, atin se hace mds pa- tente en cudn gran medida es el historiador producto de su sociedad. En el siglo x1x los historiaclores bri- dela historia una demostracién del principio del pro- “vias de progreso notablemente ripido. La historia re- bosaba significado para los historiados britdnicos 56 Sientras parecié seguir nuestra senda: ahora que se ha torcido, la fe en el significado de In historia se == convertido en herejia. Después de la primera Gue- =r Mundial, Toynbee Mevé a cabo un denodado in- sento de sustituir una visién lineal de la historia por una teorla cfclica: Ia tipica ideologla de una s0- ‘en decadencia (12). Desde el fracaso de Toyn- ‘ee, los historiadores britinicos se han Jimitado en. sa iasyorla a abandonar el juego, y a declarar que la Soro ne Sie Mogi pauta Ss-abaalto. Om ‘Sivial afirmacion de Fisher al respecto (13) tuvo casi tenta resonancia como el aforismo de Ranke el siglo pasatio. Si alguien me dice que los historindores bri- Sinicos de los dltimos treinta afios experimentaron esos cambios de parecer como resultado de una profunda reflexién individual y tras haber quemado =o poco aceite en Ia soledad nocturna de sus buhar- @2las, no Jo pondré en duda. Pero seguiré viendo en santo pensamiento individual y tanto derroche de tite un fenémeno social, producto y expresién de ‘=a transformacién fundamental en el cardcter y la coaera de pensar de mestra sociedad desde 1914. No hay indicador més irportante del cardcter de una STascinadora monografia traducida al inglés bajo el titulo de Napoledn, en pro y en contra cémo los jut ‘Glos sucesivos de los historiadores de Napoleén en el go x1X francés reflejaban los cambios y canflictos 62) Marco Auello, en el ocaso del Imperio Rosiano, se consolxba setzionanio acerca de “cero todo 10 que ulwir poss ocurHiS ye on Zipesado y wohoerd = acontecer en al furuto” (A sf mismo, 3) 72); S'S sdbido, Toynbee tomd Ia ides de la Decndencin de Oocidente SSpengier. Gay ntroduccidn, feckadi a4 de diciembre de 19M, 2 A History = Ebene, a7 en los moldes de 1a vida politica y el pensamiento franceses a Io largo del siglo. El pensamiento.de-los historiadores, como el de los demAs humanes, viene moldeado por sus circunstancias de tiempo y lugar. Acton, que reconocia sin reservas esta verdad, tratd ae encontrar en la historia una forma de escapar a elle. La historia debe ser quien nos libre, no sdlo de a indebida astfuencia de otros Weimpas, sino de la indebida influencia del nuestro, « Esto sonaré quizé como tina definicién por demis op- timista del papel de In historia, Pero me atrevo a pensar que el historiador, cuanto més consciente ¢s de su-propia situacion, més capaz es de trascend ¥ mejor ariado esti para_aquilatar Ia naturaleza er de Tas diferencias entre sii sociedad y con- cepciones y Jas de otros periodes y paises, que el historiador empefiado en proclamar que él es un in- dividuo y no un fenémeno social. La capacidad del hombre: de elevarse por sobre su situacién social ¢ histérica parece condicionada por su capacidad de aquilatar hasta qué punto esté vinculado a ella. Dije en mi primera conferencia: antes de estudiar la historia, estiidiese e] historiador, Ahora quisiera aiiadir: antes de estudiar al historiador, estidiese su ambiente histérico y social. Elhistoriader, siendo él lividue, ¢s asimism: de Ja historia ¥ desde este doble punto de vista ti (1) Aeron, Lectures on Mogern History (180), pl. 33, 58 ‘ze el estudioso de la hisotria que aprender a anali- zale. Dejemos ahora al historiador y pasemios a consi- derar el otro término de mi ecuaciéa —los hechos ela historia—a Ja luz del mismo problema. eQué es Giento dé Tos Imdividuos o In accion de las fuerzas_ sedales? Aqui piso un camino trillado. Cuando hace S565 Gfios publicé Sir Isaiah Berlin un luminoso y Slebre ensayo titulado Historical Inevitability —a saya tesis principal volveré a aludir en estas confe- rencias— le puso por cpigrafe una expresién de 1. S. Eliot: «Las_vastas_fuerzas impersonales>; y a todo Io Inrgo del ensayo satiriza a quienes creen que (26). Los ttillones anénimos eran individuos que actuaban conjuntamente, mis o menos conscientemente, y cons fitufan una fuerza social. En condiciones normales el historlador no necesttard saber deun soloy unico prugie descontento, de una sola aldea insatis- cha. Pero millones de campesinos descontentos en miles de ald@i5-son faclo que ng puede descot ningiin Historiador. Las razones por las que una per- sona ‘cualquiera se abstiene de casarse no interesan al historiador, como no sea que las mismas razones de- (W) History of the French Revolution, 8 rl he Fane evn 1 ex. Gaamnowou A Brit Vow ae bu ved, Sa vey of the Dongerous Per- lus iret o Chec & Slate in Mr Hobbes Book ented Le 66 terminen Ja abstencién de miles de otros individues de la misma generacién, originando con ello una mengua considerable del indice de casamicntos: en tal caso podria ser que resultasen significativas desde el punto de vista de Ia historia. Ni hemos de turbar- nos ante la manida afirmacién de que los movimien- tos los inician minorfas. Todos los mavimientos ef¢c- tlvos tienen unos cuantos adalides y: multitud de se guidores; pero esto no quiere decir que In multitud. no sea esencial para su triunfo. Em historia, el ni mero cuenta, “Fengo bin pruebas mejores en apoyo de mi se- gunda fobservecidn. Autores de muchas y distintes exegelas se pensamicnio hat colicidido en saunrar que las acciones de_seres humanos indivi fuales tie nea menUED revultados que mo 86 proponia ti de Seaba_sl_act or, ni tempoco nadie més. El cristiano cree que el individuo, al obrar conscienttemente para sus propios fines, no slempre altruistas, es el agente inconsciente de los designios divinos. El «viclos prt yvados, beneficios piiblicos» de Mandeville era una ex- resin temprana.y deliberadamente paradéjica de Fite descubrimiento, La mano oculta de Adam Smith yia «astucia de la razéms de ‘Hegel, que impulsa a los jndividuos 2 Obrar por hacerse instramentos de sus fines, por més que. 5s satisfa- sen sus peolos dese, 208 demasiado conocidas @ fara requerir elias. «En in producciém social de sus medios de produccién», escribla Marx en_el prélago a su Critica de ta Economta Polltica, los SOngS IimanSs ontran ea coperetas y necesarias rela: ciones independientés, de su voluntads. «Hl hombre vive conscienf@fiiente para si, pero es instrumento in- consciente de Ja consecucién de los histéricos y unt 67 versales anhelos de Ja humanidads, escribis Tolstoy en Guerra y Paz, haciéndose eco de Adam Smith (27). ¥ aqui, para concluir con esta antologia que ya se esta haciendo larga, citaremos al profesor Butterfield: «Hay, en la naturaleza de los acontecimientos histéri- cos, algo que tuerce el curso histérico en una direc- cién que ningin hombre se propuso nunca se- guir> (28). Desde 1914, después de transcurride un siglo sin otras guerras que conflictos menores locali- zados, hemos pasado por dos guerras mundiales. No serfa explicacién plansibe de este fenémeno sostencr que eran mis los individuos que querian Ia guerra, o menos los que querian la paz, durante la primera mitad del siglo xx que en las ultimas tres cuartas partes del xrx. Dificil resulta creer que un individuo cualquiera se hubiese propuesto, 0 deseara, la gran depresién econémica de los ufios treinta y tantos, Y sin embargo fue, a no dudarlo, traida por Jas acciones de individuos, cada uno de los cuales se proponia conscientemente otro fin radicalmente distinto, Tam- Poco puede decirse que el diagnéstico de una discre- pancia entre las intenciones de un individuo y los resultados de su accidn, deba siempre aguardar al historiador retrospectivo, «| a Ja-guertae, escribié Lodge de Woodrow Wilson en ode 1917, spero tengo la impresion de que le Searvaria Torsone acontecimientoss (29). Es ir contra foda evidéncia sugerir que Ja historia pueda escribi fandéndose en -<éxplicaciones en terminos de 21) 1, Tausror, Guerra y Be, i, cm. jathgtt Bermirmas The Bits nd His drory 19H), (29) Clindo por 8. W, TUCHMAN, The Zimmerman Teleurann (9 HB BAR, wa ese BF Feegrame Zimmer, a or 68 nas» (30), 0 en el relato hecho par sus ‘proplos-actores de los motivos por los que ; y seleccionamos, analizamos ¢ interpre- tamos el material empfrico basimdonos en los principtos (4). ‘Aceso hubiera sido mejor la expresién de «recipro- co que In de aclrculars; porque el resultado no es ‘un retorno al punto de partida, sino un adelanto ha- cia nuevos descubrimientos por medio de este pro- eso de interacelén entre pritcipios y hechos, entre teoria y préctica, Pensar requiere siempre 1a acepta- cin de ciertas presuposiciones basadas en Ja obser- ‘yacion y que hace ible cl pensar cientifico, pero sujelas a revising la Jur de este mismo pensar. Las hipétesis en cuestion pueden resultar walidas en cier- tos contextos o para determinados fines, aunque re- sulten luego falsas en otros casos. En todos los casos Ja prueba definitiva gs Ja empirica de saber si son de hecho titiies para promover nuevos eufeques © incre- mentar nuestro conocimiento. Los métados de Ru- @ MR, Comme y B, Nas, Introduction to Zogle and Scletific Method (15H), nl. 58, D therford fueron descritos no hace mucho par uno de Sus discipulos y compaiieras de trabajo més distin- Era en él necesidad imperativa saber cémo fun- sionan los fenémenos nucleares, en el mismo sen tido en que podria hablarse de saber lo que oct: ria en Ja cocina. No creo que buscase una expli- eacién bajo Ia forma clisica de una teoria funda- da em unas cuantas leyes basicas; mientras estue viese al corriente de lo que iba aconteciendo, esta- ba satisfecho (5), Esta deseripcién conviene igualmente al historiador, que ha abandonado la busqueda de leyes fundamen- tales y se contenta con la investigacién de cémo fun- cionan las cosas, Iz condicién y calidad de las hipétesis utilizadas Por el historiador el proceso de su investigacion $e asemeja singularmente a las gue caracterizan Tas hipstesis de que se vale el cjentifico. Tamese, por ejemplo, el taniosa Tiagndstico de Marx Weber, que vio una relactén entre el protestantismo y el capita- Hismo. Nadie calificaria hoy de ley esta afirmacién, pése = que en una época anterior pudo haber sido acogida como tal. Es una hipétesis que, aunque algo modificada en las investigaciones que inspird, ha m Jorado sin Ingar a duda nuestra comprensién de am- bos movimientos. © tomemos por ejemplo un aser- to como éste de Marc: «Rl telat meswat nec de ana sociedad con un sefior Feudal; el telar mecinico nos (Sh Sle Chances Eun, en Trinity Review (Cambridge, tercer te mesire, 100, pap. 18 80 da otra con un capitalista industriale (6). Esto 20 es, en la terminologia moderna, una ley, aunque probablemente la hubiera denominado asi su autor; pero si una hipétesis fructifera que nos indica el ca- mino a seguir para una investigacién ulterior y una comprensién nueva. Estas hipétesis son instrumentos \prescindibles_para el pensamienis. ET conocido economista aleman de principios de siglo, Werner Sombart, confesé cierta «turbacién» que se apode- rabz de los que habian abandonado el marxismo: Cuando quedamos sin las cémodas férmulas que hasta la fecha han side nuestros guias por en- tre las complejidades de la existencia... es como si zozobraramos en un océano de datos, hasta que encomtramos un nuevo punto de apoyo o aprende- mos a nadar (7). is coatcivec cat a at ata i a piste Forno Sones ae crs catogorin Ladi Fina Lakers ex Gers festa én la medida en que nos ilumina, y que depende, en. freed nee ae ales eas os is ue Tali tonbletas ses thceren ecocceus asec miné la Edad Media, discrepan en Ja interpretaciOn de ciertos acontecimientos. No es este problema cues- tign factica; pero tampoco puede decirse que carezca se mei, Lx alviidn dais Maton cero secloges geogrifics sing una Hiptiesis" beblor de historia europea puede ser una ns, Getamtaurste, {G WiSStmaes The Ounce of Copaton (Tead log 8h pas a 81 hipétesis correcta y fructifera en ciertos contextos, © inducir a error y confusiéa en otros. La mayoria de-los historiadores parten de Ia base de que Rusia forma parte de Europa; otros lo niegan con pastén. La tendencia propia del historiador puede juzgarse ppartiendo de las hipétesis que adopta, Tengo que ci far una declaracién general acerca de los métodes de ia ciencia social, porque procede de un gran espe- ciallsia de esta cfencia que se formé en las ciencias fisicas. Georges Sorel, que fue ingeniero antes de empezar a escribir, cumplidos ya los cuarenta afios, acerca de los problemas de la sociedad, destacé In necesidad de aisler determinados elementos en una situacién dada, atin a riesgo de caer en un exceso de simpliticacién: Hay que proceder a tientas; deben ponerse a prusba hipétesis parefales y probables, y hay que Sontentaree con “sproximaciones provisionsies de modo que siempre queden abieriag las puertas a ga corona saapostea 7 Es ésta una proclamacién bien distante del si- glo xtx, cuando cientificos e historiadores como Acton esperaban, que Ilegase ¢l dia en que quedara estable- sido, por medio de Ia acumulacién de datos bien yeri- ficados, un cuerpo de conocimientos que Jo abarcase Coley ci reverora do usa vie pe siempre todos los prot discutidos, Hoy, tanto los clentificos como los historiadores asiigia ix epacaicn mis m0- desia de avauzarprogiesivemente de_una hipdtesis ‘Parcial a le siguiente, aisiando”sts hechos al pasarios DG. Some, Matériaye atone thdorke du proldterias U9, phe! = a por el tamiz de sus interpretaciones, y verificando és tas con los hechos; y los taminos que cada cual sigue no me parecen esencialmente distintos. En mi pri- mera conferencia cité una observacién del profesor Barraclough segim la cual la historia no es cen absolute factica, sino tna serie de juicios admitidos Cuando me hallaba preparando estas conferencias, un fisica de esta Universidad definié, en una emi- sin de Is BLB.C, una verdad cientific afirmacién que ha sido put mi ‘experios en Ia materia» (9), Ninguna de estas formu: Jas es-del todo satisiactoria, por razones que iréa surgiendo cuando tratemos del problema de la obje- tividad. Pero es notable que un fisico y un hisotriador formulasen cada cual por su lado igual problema con palabras casi idénticas. ‘Las analogias soa sin embargo trampa peligrosa para Jos no avisados: y quiero pasar a considerar, con el mayor respeto, los reparos en virtud de los cuales por grandes que sean las diferencias entre las cien- ties matemdticas y las naturales, o entre las distin tas ciencias comprendidas dentro de estas categorias. puede establecerse una distineién fundamental entre estas ciencias y la histona y presta a edi lfainar ciencio a Ia historia, y acaso también a Jas de- mis ciencias sociales. Estos repares —mds convincen- tes unos que otros— s¢ resumen asit 1) Js historia se coup solamente de Jo particular en tanto que Ta Ciencia estudia lo general; 2) la historia no ensefia naday 3) Te histori le pronosticar; 4) Ia histo- Sy formeamente subjetiva porque el hombre $= est observando.a si mismo; y 5) la historia, 8 dife- (9) De. 5, Ziman, en The Listener, 18 de agosto 1960, 83 rencia de la ciencia, implica problemas de religién y moralidad. Trataré de exarinar sucpsivamente da uno de estos puntos. En primer lugar, se alega que la historia se ocupa_ de Jo particular, mientras que Ia ciencia atiende a lo general y universal. Puede decirse: que este punta de vista nace con Aristételes, que declaraba que la pot sia era «mAs Filoséficar y «mds seria» que In histori porque la primera perseguia la verdad general y la historia Ja particular (10). Muchos autores ulteriores han discriminado de modo parecido entre la ciencia y Is historia, desde entonces hasta Collingwood in elusive (11), Parece que esta opinidn parte de un error inicial. Todavia sigue siendo verdad la famosa frase de Hobbes: «Nada en el mundo es universal s: oT cebres, yo gone ce, scales vidual y singular» (12). Ello es Indudablemente cierto en lo que se reliere a las ciencias fisicas: dos forma- clones geoldgicas, dos animales de la misma especie, dos étomos, no soh nunca iguales. Pero la insistencia en el cardcter tinico de los acontecimientos histéricos tiene el mismo efecto paralizador que ta perogrullada tomada por G. E. Moore del Obispo Butler, y que en una época fue objeto de veneracién por parte de tos filésofos y el objeto de abservacién; tanto el cobservador».como-la cosaobservada —es decir, tan. taal Hijeto como el objeto— intervienen ene} resul ‘aio final detapbseracign, Pero, asi como tales descripciones se aplicarfan con unos retoques mfni- mos a las relaciones entre el historiador y los objetos de su obsorvacién, no creo en cambio que la esen- cia de tales relaciones sea en la realidad comp: table con la naturaleza de Tas relaciones entre el fisico _y su universo; y pese @ que en principio mi cometido es més reducir que ampliar Ias diferencias que separan el cnfoque del historiador y el del cien- tifico, de nada nes scrviré intentar eliminar por arte de magia estas discrepancias, apoyéndonos en ana- logias imperfectas. ‘Mas aunque creo que Is implicaciéa del especialis- ta en ciencias sociales o de! historiador en ¢l objeto de su estudio es de otro caracter que la del Fisico, que los problemas planteados por la relacién entre sujeto y objeto son infinitamente mas complicadas, la cuestién no acaba aqui. Las teorias clasicas del cona- 7 > cimiento, que-prevalecicran a todo lo largo de los-si- glos XVI, XVIII y xix, presumian todas Ia existencia de na dlcotomts tajaric entre el suleio-conoeslor yeel objeto conocido. Como quiera que se cqncibiese el proceso, el miodelo construide por los fildsofos mastraba el sujeto y el objeto, el hombre y el mundo exterior, divididos y separados. Fue aquella la gran era del nacimiento y desarrollo de la ciencia; y las teorias del conacimiento estaban poderosamente in- fluidas por Ja visién propia de los pioneros de la cien- cia. El hombre quedaba flagrantemente contrapuesto al mundo exterior. Pugnaba con €f conto con algo in- tratable y potencialmente hostil: intratable porque era dificil de comprender, potencialmente hostil por- que era dificil de dominar. Con los éxitos de la cien- cia moderna, esta visién ha sido radiealmente trans- formada, Es harto menos probable que el cientifico de hoy vea en las fuerzas de Ia naturaleza algo contra lo que debe Iucharse, que algo con que coaperar, algo adaptable a sus propésitos. Las teorias clisicas del co- nocimienta ya no eaeajan con Ia ciencia contemporé- nea, y menos que con cualquiera con Ia fisica. No sorprendente que durante los ultimos cincuenta afios los fildsofos_hayan empezado a ponerlas en tela de juicio y a reconoctr que ¢l proceso cognitivo, lejos de sepaéar claramente el sujeto del objeto, implica cleria inlerrelacién e interdependencia entré ambos. Esto es, sin embargo, muy importante para las cien- cias sociales, En mi primera conferencia, sugert 1a idea de que el estudio de Ja historia resultaba dificil de conciliar con Ja tradicional teoria empfrica del co- nocimiento. Quisiera ahora defender el punto de vista segiin el cual Jas ciencias sociales en-su-cenjunto, por af Fecho de implicar al hombre tanto en calidad de 98 objeto como de sujeto, tanto come investizador come cosa investigads, son incompatibles con cualesauiera teorlas del conocimiento que defiendan un divorcio rigido_entre-sujeto y objeto. La sociologis, en sus intentos por adquirir carta de naturaleza como cuer- po de doctrina coherente, ha creado, con muy buen criterio, una rama que se denomina sociologia del co- nocimiento, Pero no ha llegado muy lejos por este ca- mino, sobre todo, creo yo, porque no ha pasado de dar vueltas y mas vueltas dentro de la jaula de una teoria trarlicional del conocimiento. Si los filésofos, ‘bajo el impacto primero de Ja ciencia fisica contem- porinea, y ahora bajo el de la ciencia social moder- za, estén comenzando a salir de este circulo y cons- ‘truyen para los procesos cognitivos algun modelo mas al dia que el viejo de Ja bola de billar, con su impac- to de los hechos sobre una conciencia pasiva, seré ‘un augurio favorable-para las ciencias sociales, y para la historia en particular. Es éste un punto de cierta importancia sobre el que volveré cuando pasemos a examinar Jo que se entiende por objetividad en Ia historia. Llegamos finalmente, y no por ser lo menos impor- tante, a discuitr la opinién segin Ja cual Is historia, dado que esta intimamente ligada a cuestiones de religién y de moral, se distingue de las ciencias en ge neral, y acaso hasta de las demas ciencias sociales. Acerca de Ja relacién entre Ja historia y Ja religion, diré solamente lo indispensable para que mi postaza quede clara. Se puede ser um buen astrénomo ore yendo en un Dios que creo y ordend el Universo, Pero Ia buena astronomia es incompatible con la 9 ereencia en un Dios que intervien a su antojo cam- biando el curso de un planeta, posponiendo un eclip- se, 0 alterando Jas normas del juego césmico. Asi- mismo, hay quienes opinan que un buen historiador puede creer en un Dios que ha ordenade y dado sen- tido al eurso de la historia en su conjunto, aunque no puede creer en una Divinidad al cstilo del Antiguo Testamento, que interviene en la matanza de los amalequitas, o que hace trampas con el calendario, alargando las horas de sol en beneficio de los ejérci- tos de Josué. Como tampoco puede invocar a Dios como explicacién de acontecimientos historicos par- ticulares. El Padre d'Arcy traté, en libro reciente, de formular esta distincién: De nada le sirve a un investigador contestar a cada problema histérico sefialando en él el dedo de Dios. Hasta que se ha llegado tan lejos como el que mas en el andlisis de los acontecimientos mun- danales y del drama humano, no se pueden traer & colacién consideraciones mas ampliss (23), Lo malo de este punto de vista es que parece hacer de Ta religion e} comodin de la baraja, reservado para las bazas realmente importantes que no pueden ga narse de otro modo, Kar! Barth, el tedlogo luterano, hhizo algo mejor, pronunciande una total separacién entre la historia divina y la historia secular, pasando a segunda al brazo secular. E] profesor Butterfield, ai ne me equivoco, lo mismo cuando habla de (2) MC. ARCH, The Sente of Hstry: Seowar end Seer (S99) pin: toe precede Polbins “Donde ven pole encoatrar Bi Gr to que ocure, no. debe sccurcese a lot lowes” (audo Ss Keon Parc The Theory of the Mlzed Constitution Om Antiquity fh. ¥. Woe pags 9 100 uaa historia «técnica». Historia (écnica es la timica clase de historia que cualquiera denosotms puede escribir la iinica que jamés escribié él mismo. Pero con el uso de tan curioso epiteto, deja a salvo el de- recho de creer en una historia esotérica 0 providen- cial de la que los demas no hemos de ocuparnos. Es criteres como Berdyaev, Niebuhr y Maritain decla- ran tratar de mantener la condicién auténoma de la historia, pero insisten en que la meta o el fin de Ia historia se halla situado fuera de ella, En cuanto 2 mi, me_parece dificil conciliar_la_integridad de_la historia_con Ja-creencla en alguna fuerza suprahis- térica de a que dependan su sentido y su importan- cia, lldmese tal fuerza el Dias de un Pueblo Etegido, tun Dios cristiano, la Mano Oculta del deista, o el Es- piritu del Mundo de Hegel. En estas conferencias par- tiré de la base de que el historiador tiene que resol ser sus problemas sin recurrir a ningun dens ex ma- china de esa clase, de que Ia historia es un juego que, por asi decirlo, se juega sin comodin en Ia baraja. La relacion entre Ia historia y la moral es mas compleja y las discusiones en torno a ella han sufri- do en ¢] pasado de varias ambigiiedades. Es practi- camente innecesario decir cn la actualidad_que el historiador no tiene por qué formular_juicies mora: Jes acerca de la vida privada de los_persanajes de su narracién, Las posiciones del historiador y el mora- jsta no son las mismas, Enrique VIII pudo haber sido a la ver mAs maride y buen rey, Pero el historia dor no se intetesa por el primero de ambos aspectos mas que en la medida en que afectd a los aconteci- mientos histéricos. Si sus crimenes morales hubie- ran tenido tam pocas consecuencias para los nego. 101 cios puiblicos como les de Enrique MI de Inglaterra, el historiador no tendria necesidad de inquirir en ellos. Lo cual vale para las virtudes tanto como para las vicios, Se nos dice que Pasteur y Einstein fueron hombres de vida privada ejemplar, santa incluso. Pero suponiendo que hubieran sido maridos infieles, padres desalmados, y colegas sin escripulos, ¢que- darian menguadas sus respectivas obras, de impor- tancia histérica? ¥ son éstas Ins que interesan al his- toriador, Se dice que Stalin fue cruel y desalmado con su segunda mujer; pero en mi calidad de histo- riador de los asuntos saviéticos, no me afecta mucho. Ello no quiere decir que la moralidad privada carez- ca de importancia, ni que la historia de Ia moral no sea parte legftima de Ia historia, Pero el historiador Ds ine o ee de las vidas privatias de indivisuos que desfilan por Sus inas. Tiene otras cosas que hacer, Ta mayor de las ambigiiedades surge en torno a Ja cuestion del enjuiciamiento moral de los actos pu- blicos. La conviccién de que es deber del historiador Pronunciar juicios morales acerca de sus dramatis personae tiene un rancio abolengo. Pero nunca tuvo Ia fuerza que en Ja Gran Bretaia del siglo xxx, cuan- do contribuian a ella tanto las tendencias moralizado- ras de la época como un cult sin trabas del indivi- dualismo, Rosebery apunté que lo que los ingleses querian saber de Napoledn era si habia sido «un hom bre bueno» (24). Acton, en su correspondenci Creighton, declaraba que «ia inflexibilidad del codigo moral es él secreto de la-autoridad,-de-o-dignidad— y de Ia utilidad de Js Historins, y queria hacer de (ah) Ronesant, Napoleon: The Last Phose, pig. 34, 102 la historia «un arbitro de las controversias, una guia para el caminante, el detentador de la norma moral que tanto los poderes seculares coma hasta los reli- giosos tienden a menguar» (25), opiniGn originada por_su fe-casi mistica en la_objetividad y la supre- macia_de los hechos histéricos, lo que, por lo visto, impulsa y autoriza al historiador a pronunciar en nombre de la Historia entendida como una suerte de potencia suprahistérica, juicias marales acerca de los individuos participantes en los acontecimientos histéricos. Esta actitud asoma todavia algunas veces bajo formas insospechadas. El profesor Toynbee des- cribié la invasién de Abisinia por Mussolini en 1935 como un «pecado personal premeditado» (26), y Sir Isaiah Berlin, en el ensayo ya citado, insiste con suma vehemencia en que es deber del historiador «juzgar a Carlomagno o a Napoleén, a Gengis Khan, a Hit- ler oa Stalin, por sus matanzas» (27). Este punto de vista ha sido ya lo bastante combatido por el profe- sor Knowles, que en su conferencia inaugural cité 1a acusacién de Motley contra Felipe II («si hubo vicios de los que estuviese exento, fue por que no es dado 5) Aeron, Histaricat Essays and Studies (907), pha, 516, (26) Survery of Fatermational Affairs, 1935, 3. (22) I. Baten, Histories! Inevlabitty, pigs. TTI. Za actitad de Sir, Berlin recuerda Ia vislén de aquel e3forzado jurisia. conserva dor dst siglo pando, Fltrjames Stephen: “El derecho peu! parte pues cel principio cle que es moralmente Meio oda a fos eximizales. Er tuaumnente ‘corveniente que los crlmlasles sean adlados, que Jos cantiges que sc les infill seon ageoeladot de ill mado ‘que scan fexpresiin ‘de dicho od, y ave lo justfiquen en la medida en qua Dundes juitifcario y animnrio Int cieporiciones plbllas para. expre- Flan davoreeienio de un sano sentiment natural”. Z1Gory of the Cuienal Law of England (Ie88), fi, Bl82, eitado por 1. Raa sone Sir Fomes Fiiziames Stephen (15), pig. 30. La mayorla de lon ‘riminilogos ‘to comparien ya estas opiciones, Pero lo quem ésia fbeio aqul es que, cuilgulers que sea su walldes tm tro cape, 20 ton aplleables a tos veredictes en historia. 103, @ 1a naturaleza humana alcanzar ta perfeccién, ui siquiera en el mal»), y Ia descripcién de Juan sin Ti ra por Stubbs («manchado por todos los crimencs que pueden rebajar al hombre»), como modelos de juicios morales acerca de individuos que no es In in- cumbencia del historiador pronunciar: «EL_bistoris- ilo» (28). Pero también Croce tiene un parral excelente acerca del particular, y que quisiera citar: 1a acusocion olvida-la_gran diferencia de_gue nuediros Febunelss (Gean-lusidisbz © RESTS) son vivos, actives y peligrosds, en tanto que aquellos otros hombres ya comparecieron ante el tribunal de_sus coetdneos y no pueden ser nuevamente condenados o absuslias. No puede hacérseles res- ponsables ante ningtin tribunal, por el mero hecho de que son hombres del pasado que pertenecen a la paz de Jo pretérite y de que en calidad de tales no pueden ser més que sujetos de la historia, ni les cabe sufrir otro juicio que aquel que penetra y comprende el espiritu de su obra... Las que, so pretexto de estar marrando histeria, sc ajetrean con ademan de jueces, condenando acd ¢ impar- tiendo su absolucién alla, y pensando que tal es la tarea de la historia... son generalmente reconoci- dos como carentes de todo sentido histérica (29). Y por si alguien vacila en aceptar que no sea cosa nuestra cl pronunciarnos acerca del valor moral de GHD. Knowees, The Historian and Charecter (9582, pigs. +5, ‘. “(29) B. Choce, tu Historia come haztia de Ja Wbertad, trad. espa Méxko, PCE. 104 Hitler o de Stalin —o si se quiere, del senador McCar- thy-—, diré que es porque fueron contempordneos de muchos de nosotros, porque cientos de miles de per- sonas que sufricron directa 0 indirectamente sus ac- tos viven atm, y porque, por estas razones precise: mente, nos resulta dificil enfocarlos como historiado- res y renunciar a otras posturas desde las cuales po- drfamos justificadamente enjuiciar moralmente sus actas; es ésta una de las cohibiciones —la principal dirie yo— del historiador de la época contemporé- nea. Pero, qué beneficios reporta a nadie hoy el se- falar los pecados de Carlomagno, o de Napoleén? Rechacemas pues [a nocién que hace del historis- dor ‘un juez de horea y cuchillo y pasemos al proble- ini, mas arduo pero ids provechoso, de Tos julcios morales, no ya acerca de individuos, sino de aconte- ‘Tinientos, instituciones 9 politicas del pasado, Estos son [os juicios importantes dcl Ristoriador; y Tos que insisten con tanto fervor ¢n la condena moral de los individues, aportan a veces sin saberlo una coartada a grapos y sociedades enteros. El historiador francés Lefévre, (tratando de exonerar a la Revolucién Fram cesa de la responsabilidad por los dasastres y la san- gre de las guerras napolecnicas, los atribuy6 a «la dictadura de un general... cuyo temperamenta,.. 10 se avenia facilmente con la paz y la moderacién (30). ‘Los alemanes de hoy acogen encantados las denun- cias hechas contra la perversidad de Hitler, viendo en ellas un sustitutivo conveniente del juicio moral del historiador acerca de la sociedad que le engendré. Rusos, ingleses y norteamericanos se suman gusto sos a las criticas personales en contra de Stalin, Ne- (00) Pouples et civttations, ol. xiv! Napotdon, pie. $8 105 yille Chamberlain o McCarthy, hhaciéndolos cabezas de turco de sus errores colectivos. ¥ lo que es més, Jos juicios morales elogiosos acerca_de_individuos la demumcia mismos, EI reconocimiento de que algunos. propietarios de esclavos fueron hom- bres de espiritu elevado ha sido argumento perma nente para dejar para ulterior ocasién 1a condena, por inmoral, de la esclavitud, Max Weber se refiere fala esclavitud sin amo en que ¢l capitalismo sprit Siona al obrero o al deudore, y opina con razén que el historiador tiene que formular un juicio moral acerca de In institucién, y no sobre los individuos que la creaton (31). EI historiador no so constitye gn juez de un déspota oriental determinado. Pero no sele pide que permanezca indiferente y neutral entre, pongames por caso, el despotismo oriental y las insti- fuciones de la Atenas de Pericles. No sentenciaraal esclavista concreto. Pero ello no quita para que con Gene a ln sociedad esclavista. Los datos histéricos Hresuporencomo vimés cierto grado de interpreta cién: y las interpretaciones histéricas Siempre llevan {pherentes juiclos morales, o, si se prefieren expresior nes de apariencia menos comprometida, juicios de nes_de aparie xalox— = 7 Pero esto es sdlo el principio de nuestras dificul- tades. La historia es un proceso de lucha en que los resultados, se nos antojen buenos o malos, ta o indirectamen! Fimero que lo segun- io logro.de unos vapor determina, 5 SxDETSAS. e_atros.gmupos. Pagan los perdedares. EI sufrimiew to es comstural # 1a historia. No hay gran periodo (31) From Max Weber: Essays in Sociology (1947), pia. St 106 ser tan inductores a error y tan nocivos como” histérico qué no tenga sus bajas cabe a sus triunfos. Es ésta cuestién tremendamente complicada porque carecemos de metro para comparar el mayor bien de algunos con 16s sacrificios de otros: sin embargo debe buscarse alguna medida para esto. No cs que se trate de un problema privativo de Ja historia. En la vida corriente nos encontramos mais veces de las que pensamos ante la necesidad de escoger el. mal menor, o de hacer mal que redunde en bien. En his- toria, se discute a veces este aspect bajo la riblica de cel coste del progreso» 0 «él precio de Ja revolu- ciéns. Esto nos puede inducit a error. Como dice Bacon en su_ensayo On Innovations: «La conser clon de Ia costumbre s contrapelo es cosa tan pertur- dadora_como una innovacién>. Tan gravaso resulta para los no privilegiados el preeio dé la conserva- cin como cuesta Ia ihnovacién a los que se ven des- pojades de sus privilegios. La tesis segein la_cual_el- bien de unos justifica los sufrimientos de Tos demas @& inherente a todo goblemo, y es tanto uinia doctrina gquservadora como Io €s radical. El doctor Johnsen invaca poderosamente el argumento del mal menor para justificar el mantenimiento de las desigualdades existentes: . Mejor es que algunos sean desgraciades que no que nadie sea feliz, lo que seria el caso en un es- tado de igualdad generalizade (32). (32) Baswa, Life of Doctor Johnion, a, di 1176 (Bverymet eo. i, 10) Eo phe Yo candorosn: Hurckihaed: Gudeements om Hise fry and Mucorieas, trad. ing, Pig. 5), derrama Tigeimas sobre los ‘Gemidon atleyclados" de lay vicinus del progreto, “quienes, por to cree, clquisieren nade fuerm de pérta fuer", mas permancx ca Sido Gi mato co To que hace m los gemidos de lar vletimas del antle gua réginien que, #2 Feueral, no tenfan nada que conservar. 107 Pero es en los periodos de cambio radical cuando el programa reviste su forma més dramética; y este 5 Ja oportunidad en que més facil resulta estudiar to actitud def historiador. Veamos por ejemplo Ja historia de ln inslustriali- zaciin de Gran Brelafia entre, digamos, 1780-4 1829. (ai no habrd historiador que no trate la revolucion jedustrial, probablemente sin discusién, como usa ‘gran hazafia acarreadora de progreso. También des cribird la expulsién del campesinado lejos de sus Herras, el amontonamiento de los obreros cn fébri- cas antihigiénicas y viviendas insalubres, la explota- Gin del trabajo infantil. Diré seguramente que hubo fabusos en el funcionamiento del sistema y que algu- hos patronos tuvieron menos esertipulos que otros, y ahondard con cierta uncién en él surgir gradual de ya conciencia humanitaria, después de establecido tl sistema, Pero partiré del supuesto, seguramente sin Gecirle de modo sxplicito, de que las medidas cocrei- tivas y explotadoras eran parte ineludible, durante a primera fase cuando menos, del coste de in industciae Jizggign-Tampoco he ofde jamis a un fistoriadar que dijera que, en vista del precio, hubiers sido mejor Getener ka mano del progreso y no industrializar: y de existir tal historiador, seguro que pertenecera a la escuela de Chesterton y de ‘Belloc, y los historiado- res serios dejardn, con razén, de tomarle en serio. Este ejemplo me resulta singularmente Interesante porque espero llegar pronto en mi historia de Ia Ru- fia soviética al problema de 1a colectivizacidn campe- sina, vista como parte deb coste de la industrializa- cién; y sé perfectamente que si, imitando a Tos histo: riadores de la revoluciGn industrial britanica, deplo- ro las brutalidades y los abusos de ta colectivizacion 108 pera trato el problema como parte inevitable del pre- cio que debe satisfacerse por una politica de indus- trializacién conveniente cuanto necesaria, seré acu- sado de cinismo y de laxitud en el enjuiciamiento del mal. Los historiadores hacen gala de esta laxitud cuando enfocan la colonizncién decimonénica de Asia y de Africa por parte de las naciones occidentales, justificdndola per sus efectos inmediatos en Ja econo- mlz mundial, pero ademas por sus consecuencias a fargo plazo para los pucblos atrasados de estos con- tinentes, Al fin y al cabo, se dice, la India contempo- rinea es hija de la dominacién britanica; y la China de nuestros dias es producto del imperialismo oct dental del siglo pasado, mestizado por el influjo de la revolucién rasa. Desgraciadamente, ni los trabajado- res chinos que trabajaron en las fAbricas posefdas por los oceidentales en los puertos que les reconecian los tratados, ni los que trabajaron en las minas sudafri- canas, ni los que tuvieron que luchar en el frente occidental durante la primera Guerra Mundial, han sobrevivido para disfrutar de cualesquiera gloria ventajas que hayan podido provenir de la revolucién china, Quienes pagan el coste son muy pocas veces los que cosechan los beneficios. EI famoso y colo- rico parrafo de Engels ¢s atinado, para desgracia nuestra: La historia es acoso Ja més emel de todas las diodas y-condues Si carve, igunfanie por sobre GBOnIUDG de sadiversty no sélo durante Je suerrs co «pacificoy. ¥ nosotros, hombres ymujerss, so- moi desdichadamente tan estapidos que munca 109 nos armamos de valor para el progreso verdadero asta que nos TnipulsinUnos sufrimientos casi fuera de toda proporéién (33)- —— El famoso gesto de reto de Ivan Karamazov no pase de ser una falacia heroica. Hemos nacido en una so- ciedad, nacemos en Ia historia. No llega ningun mo- mento en el que se nos ofrezca un billete de entrada, con la opcién de aceptarlo o rechazarlo. Ei historia dor no tiene, frente al problema del padecimiento, ninguna solucién m4s definitiva que In del tedlogo. También ¢i echa mano de 1a tesis del mal menor y del mayor bien. ¢Pero no implica sumisién de la historia a un pa trén suprahist6rico de valor el hecho de que el his- toriador, frente al clentifico, se vea por Ja naturaleza misme de su material de trabajo, mezclado en seme- jantes problemas de juicio moral? No lo creo. Supon gamos que nociones abstractas como son Jo bueno? y lo «malo»,-y otras Calificaciones mas elaboradas que de ellas parten, se encuentran situadas mds allé de Jas lindes de'Ja historia, Pero aun as(, estas abstrac- ciones desempedan en el estudio de Ja moralidad his- térica un papel muy parecido al de las férmulas ma- teméticas y ldgicas en la ciencia Hsica, Son categorias imprescindibles del pensamiento; pero carecen de sentido y no pueden aplicarse hasta que s¢ les instila un contenido especifico. Si prefieren una metéfora dlistinta, diremos que los precepts morales que_apli- eamos tanto a Ia historia como a la vida cotidiana son Como cheques Dancarios: tienen wa parte escrita Carin de 24 de febrero de 1884, a Danielson, en Kerf Marx and’ Priadrich Engels: Correrpondence U&1895 (194), pie. S10. 110 y otra impresa. La parte impresa consiste en pala- “bras abstractas como las de Hheriad, igualdad, justi cia, demacracia, Son dstas Categorias Esenciales. Pero el Cheque carece de valor hasta que rellenamos la offa parte, en la que se dice cuanta libertad concede mos a quidn, a quiénes consideramgs como nuestros iguales, y Hasta que punto- Tor form en que Nenamos- el cheque de una vez para otra es-algo que depende de la historia. EI proceso por el cual se da a las con- “tepeiones morales abstractas un contenido histé- rico especifico es un proceso histérico; y ademés nuestros juicios morales proceden de un marco con- ceptual que es é1 mismo creacién de la historia. La forma favorita que adopta Ja controversia internacio- nal contemporénea acerca de los problemas morales es Ia de un debate acerca de sendas pretensiones de libertad y democracia. Los conceptos son abstractos y universales. Pero el contenido con que se rellenan hha variado en el curso de la historia, de un tiempo para otro, de un lugar para otro; cualquier problema etizg neeren de au apllescién FRERESOIO Ser CoE preadido 7 debatido-cr Termninos WaTGreos, Pompe Thos un ejemplo algo menos popular; se ha tratado de utilizar La nocién de la sracionalidad econémica> como criterio objetivo y no sometido a controversias para juzgar y aquilatar la conyeniencia de las politi- cas econémicas, El intento fracasa inmediatamente. Los tedricos educados en la veneracién de las Jeyes de la cconomfa clasica condenan en principio la planifi- cacién, calificdndola de intromisién irracional en los procesus ccouvuivos ruciomales; asl, los planificado- res se nicgan a que su politica de precios esté sujeta aia ley de Ja oferta y la demanda, y Ios precios care- cen en un sistema planificado de una base racional. iu