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MUCHOS ACTORES PARA UNA INDEPENDENCIA: GUINEA ECUATORIAL

Diosdado Mba Ncony, profesor de Sistema Político de GE, UNGE.
El debate en torno a los verdaderos y eficaces actores de la independencia de
Guinea Ecuatorial está lejos de cerrarse. Hoy, cuarenta y un años después de la firma
de nuestra libertad respecto de nuestra ocupación colonial, los incipientes círculos
intelectuales de nuestro país todavía toman café o cerveza- en los escasísimos
espacios de ocio- inmersos en una verdadera discusión bizantina. Mientras algunos
postulan que tal proceso se dio como fruto del heroísmo de los líderes nacionales
peticionarios de la independencia, otros mantienen que nuestra descolonización se
produjo con cierta facilidad debido a la coyuntura política internacional y a los
intereses diplomáticos que la propia metrópoli, España, había identificado con esa
independencia. Los argumentos que sostienen cada una de estas posturas pueden ser
objetivos o pasionales, pero aquí queremos hacer un esfuerzo especial por encontrar
una convergencia entre las dos, a través de los interesantes datos que la historiografía
nos ofrece. Por otra parte, teniendo en cuenta que la independencia de Guinea
Ecuatorial se produjo en el marco de un movimiento global promovido por las
Naciones Unidas después de la segunda Guerra mundial, puede resultar mucho más
interesante el debate antes aludido, pues el estudio de las fuerzas que se implicaron
en el proceso guineano podría arrojar alguna luz sobre la descolonización y otros
procesos políticos y sociales que marcan el devenir de éste y otros países africanos
hasta hoy en día. Desde nuestro punto de vista, las independencias supusieron el
nacimientos de los Estados africanos y los protagonistas de las mismas siguen siendo
protagonistas potenciales en el arduo proyecto para la consolidación de los nuevos
Estados resultantes de los procesos de descolonización. Así pues, ofrecemos aquí las
principales causas de la independencia de Guinea Ecuatorial, esperando sopesar cada
una de ellas en razón de su contribución al nacimiento, el día 12 de octubre de 1968,
de un nuevo Estado llamado Guinea Ecuatorial.
Al término de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, las potencias vencedoras,
capitaneadas por los Estados Unidos de América del Norte, decidieron refundar, si no
renovar, la antigua Sociedad de Naciones mediante una organización internacional que
garantizase la paz mundial. Así nació la Organización de las Naciones Unidas. En los
documentos constitutivos de esta organización se dejó patente que la era de los
imperios coloniales había pasado de moda y la cuestión colonial era ahora la
descolonización, que era un nuevo término en la política internacional. En este
sentido, la Carta de las Naciones Unidas, en el artículo 1.2, sostiene su deseo de”
fomentar entre las naciones relaciones de amistad basadas en el respeto al principio
de la igualdad de derechos y al de la libre determinación de los pueblos, y tomar otras
medidas adecuadas para fortalecer la paz universal”. El mismísimo carácter
antiimperialista viene reflejado en el propio documento, en virtud del cual:
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Los miembros de las Naciones Unidas que tengan o asuman la responsabilidad de administrar territorios
cuyos pueblos no hayan alcanzado todavía la plenitud de gobierno propio, se obligan a desarrollar el gobierno
propio, a tener debidamente en cuenta las aspiraciones políticas de los pueblos, y a ayudarlos en el
desenvolvimiento progresivo de sus libres instituciones políticas, de acuerdo con las circunstancias especiales de
cada territorio, de sus pueblos y de sus distintos grados de adelanto. (Artículo 73.b).

Estos ecos, notablemente favorables a la descolonización, cundieron entre l
exigua clase intelectual de Guinea Ecuatorial, que comenzó a formar ideas para una
posible emancipación del país. Por otra parte, la descolonización de Ghana en 1957 y
de la Guinea Francesa en 1958 permitieron que estos países se sumaran al grupo de
los recientemente descolonizados y que llegaron a constituir el llamado Grupo
Afroasiático, el cual estaba utilizando los foros de las Naciones Unidas para presionar a
las potencias colonizadoras a conceder la independencia a los territorios coloniales
restantes (Campos Serrano 19). Así las cosas, el Grupo Afroasiático se dispuso a
fiscalizar el cumplimiento de las disposiciones de la Carta, a cuyo tenor las potencias
coloniales tenían que dar cuenta a la comunidad internacional sobre las condiciones
en que vivían los pueblos bajo su dominio, siempre con el fin último del autogobierno.
La Carta se expresa en estos términos:
Los miembros de las Naciones Unidas que tengan o asuman la responsabilidad de administrar
territorios cuyos pueblos no hayan alcanzado todavía la plenitud del gobierno propio se obligan a
transmitir regularmente al Secretario General, a título informativo y dentro de los límites que la
seguridad y consideraciones de orden constitucional requieren, la información estadística y de cualquier
otra naturaleza técnica que verse sobre las condiciones económicas, sociales y educativas de los
territorios por los cuales son respectivamente responsables, que no sean los territorios a que se refieren
los capítulos XII y XIII de esta Carta. (Artículo 73.e).

Con esta intervención del Grupo Afroasiático la cuestión colonial salió de la
relación metrópoli-colonia y se convirtió en un asunto internacional, con una audiencia
suficientemente sensible en las sesiones de las Naciones Unidas. Consecuencia de este
movimiento descolonizador fue la aprobación, en 1960, de la Resolución 1514 (XV):
Declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales. La
aprobación de esta Resolución dotó a las estructuras de las Naciones Unidas de un
instrumento jurídico en base al cual presionar a las metrópolis a favor de la
independencia de los territorios por ellas “administrados”.
Tal como queda dicho, tras la Segunda Guerra Mundial el Gobierno español no
fue invitado a formar parte de las Naciones Unidas, acusado de conservar un régimen
político con rasgos claramente fascistas. España, finalmente, fue aceptada en 1955 y,
casi acto seguido, el Secretario General de la organización internacional, el sueco Dag
Hammarskjold, en febrero de 1956, envió a Madrid un memorándum en el que
preguntaba a España si tenía territorios que no se gobernaran completamente por sí
mismos, ya que el capítulo XI de la Carta de las Naciones Unidas obligaba a los
miembros a aceptar una serie de compromisos en relación con los territorios
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administrados (Campos Serrano 113). Dicho memorándum respondía a la nueva
estrategia adoptada por las Naciones Unidas consistente en luchar contra el
colonialismo preguntando directamente a los nuevos Estados miembros si tenían
colonias. A esta pregunta, la España franquista, después de pensarlo durante dos
largos años, respondió en noviembre de 1958 que no tenía ningún territorio que se
ajustase a estas características, ya que acababa de devolver a sus legítimos habitantes
el Protectorado de Marruecos y el resto de sus posesiones africanas no se
consideraban colonias, sino provincias; a lo cual el Gobierno español añadió que los
naturales de esas provincias tenían los mismos derechos y obligaciones que el resto de
los españoles. La carta del Secretario General de las Naciones Unidas marcó- como
tendremos ocasión de ver más adelante- un hito para que España plantease las
primeras hipótesis acerca de un posible abandono del territorio de Guinea Ecuatorial.
De hecho, una alternativa válida consistió en la rápida provincialización jurídica de los
entonces llamados Territorios Españoles del Golfo de Guinea, actual Guinea Ecuatorial,
en 1959, para sintonizar los hechos con las palabras contenidas en la carta dirigida al
Secretario General de las Naciones Unidas; el Gobierno del general Franco quería así
evitar cualquier acto de control o fiscalización por parte de la ONU, pues estos
territorios africanos se considerarían como parte integrante de la geografía peninsular
española.
La descolonización de los Territorios Españoles del Golfo de Guinea fue
precedida por la llegada de Fernando María Castiella al Ministerio de Asuntos
Exteriores español en 1957, sustituyendo a Martín Artajo, en el marco de los
habituales cambios de Gobierno durante la era franquista. El nuevo ministro de
Asuntos Exteriores se propuso un objetivo que pasaba por mejorar la imagen de
España en el ámbito internacional a través de la adopción de una nueva política con
respecto a las posesiones africanas. Para ello, Castiella hizo uso de estrategias
concretas en su ofensiva diplomática. Por una parte, la política exterior española de su
época se orientaba a conseguir el reconocimiento de España como miembro de la
sociedad internacional en condiciones de igualdad respecto del resto de los Estados
europeos, ya que, después de su tardía aceptación como miembro de la ONU en 1955,
España parecía tener una importancia secundaria en el concierto internacional. Por
otra parte, la recuperación del Peñón de Gibraltar, hasta fecha de hoy bajo la
soberanía británica, se había convertido en una prioridad para el nuevo ministro. Así,
entre 1960 y 1962 Castiella intentó un tratamiento bilateral del asunto con el Gobierno
británico, pero los británicos tenían un motivo de peso para la retención de Gibraltar,
consistente en el carácter dictatorial del régimen franquista. Para denunciar el caso
Gibraltar como un acto de colonialismo, España no podía asumir el riesgo de ser
acusada de lo mismo con respecto a sus colonias africanas. A raíz de esa situación, la
opción independista pareció más práctica para los intereses de España. Por eso,
Castiella intentó aprovechar la Resolución 1514 (XV) de las Naciones Unidas, que
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ordenaba “la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales”, a fin de
presentar la reclamación de Gibraltar como exigencia antiimperialista frente a la
colonización británica, que violaba rotundamente el principio de la integridad
territorial de un Estado soberano (Campos Serrano 92-96). Pero, como queda dicho,
para que esta estrategia prosperase, el ministro tenía claro que, antes de enfrentarse a
Gran Bretaña, España tenía que mostrar coherencia aplicando en las colonias
guineanas los instrumentos jurídicos que iba a invocar ante la Organización de las
Naciones Unidas. Esta exigencia de un mínimo de coherencia causó la modificación del
estatuto jurídico de las posesiones africanas y, pese a la oposición del almirante
Carrero Blanco, mano derecha de Franco, quien mantenía una postura claramente
favorable al inmovilismo imperialista, el ministro de Asuntos Exteriores pudo articular
su estrategia diplomática. De esta manera el proceso independentista guineano
experimentó un avance meteórico desde la llegada de Castiella al ministerio de
Asuntos Exteriores español en 1957.
Sir Isaiah Berlin, el filósofo e historiador ruso-británico, durante un tiempo
miembro de los Servicios Diplomáticos Británicos y para el resto de su carrera asociado
a Oxford y a la Academia Británica, sostenía que existe una necesidad humana de
pertenecer a un grupo y que sentimientos como patriotismo y xenofobia son tan
antiguos como el hombre. Para él, el nacionalismo contiene otros elementos que se le
han añadido históricamente y que hacen de él no un mero sentimiento, sino una
doctrina política coherente que alcanzaría su máximo esplendor en el siglo XX
(vallespín 78). Además, según Berlin, los rasgos del nacionalismo consisten en la
creencia en la necesidad imperiosa de pertenecer a una nación, en la interrelación
orgánica de todos los elementos que la constituyen, en la superioridad de los valores
que asume como propios y en su primacía como foco de lealtad. A tenor de estas
conclusiones de Berlin, podemos acercarnos a una de las causas de la independencia
de Guinea Ecuatorial: durante los años que duró la ocupación colonial, los oriundos de
los Territorios Españoles del Golfo de Guinea no pertenecían a ninguna nación, y
menos a la española, pues había numerosas razones para no considerarles españoles;
la lengua, religión, cocina y otros elementos culturales eran radicalmente distintos,
hasta que la misión colonizadora y civilizadora-que se desarrolló sin descartar el uso de
la violencia-comenzó a dar frutos. La distancia física entre el territorio peninsular
español y las posesiones africanas, cifrada en 4724 kilómetros, perjudicaba la creencia
de los guineanos en la interrelación orgánica con el resto de españoles. Por otra parte,
la lealtad de los guineanos a la Administración colonial o provincial española no fue
consecuencia de un acuerdo bilateral, sino de una ocupación violenta-si bien
camuflada después en misión evangelizadora- en el marco de una expansión con
carácter imperialista que en ningún momento renunció a la obtención del beneficio
económico bajo el pretexto de la santa misión civilizadora. Las diferencias raciales
entre la población de la península, de raza mayoritariamente blanca, y la de los
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Territorios del golfo de Guinea, de raza negra, no ayudaron a los guineanos a asumir el
papel de conciudadanos de la patria española. Finalmente, siendo el nacionalismo una
ideología dominante durante el siglo XX, los líderes guineanos se vieron afectados por
la corriente nacionalista que, tras haber permitido la independencia de Ghana (1957) y
de Guinea Conakry (1958), estuvo soplando por todo el continente africano después
de la Segunda Guerra Mundial. Con lo cual, quedamos en condiciones de afirmar que
cuando los líderes guineanos formularon las peticiones de independencia estaban
impulsados por el deseo de fundar una patria propia.
La promesa d objetividad hacha al iniciar esta reflexión nos obliga ahora a
manejar estos hechos como único punto de partida en el intento por averiguar la
contribución de los líderes nacionales para nuestra independencia, sin subestimar ni
sobrevalorar las cartas y otras actuaciones administrativas y diplomáticas
protagonizadas por ellos durante el proceso. Así, si tenemos en cuenta que muchas de
las Resoluciones aprobadas en las estructuras de las Naciones Unidas sobre la cuestión
colonial vinculaban a España y Portugal y si, a pesar de esas Resoluciones y de las
legítimas peticiones de los líderes territoriales, las independencias de los territorios
portugueses de África se hicieron efectivas sólo a partir de los años setenta, la tesis de
la enorme importancia de los intereses diplomáticos españoles sale fortalecida 1. Si
recordamos, además, que el nacionalismo guineanos confiaba más en las presiones de
las Naciones Unidas que en sus propias fuerzas, la tesis del heroísmo nacionalista
guineano sale debilitada. Si es verdad que las organizaciones internacionales suelen
carecer de instrumentos coercitivos que garanticen la ejecución de sus Resoluciones,
la tesis del nuevo espíritu de la ONU pierde puntos frente a la rapidez y facilidad con
que España se dispuso a acatar las Resoluciones sobre Fernando Poo y Rio Muni entre
1959, con la provincialización, y 1968, con la independencia. Conforme a todo lo
expuesto se puede concluir esta reflexión manteniendo que el nacionalismo guineano
fue necesario, pero no suficiente para la descolonización de Guinea Ecuatorial en 1968.

1

Póngase como ejemplo la Resolución 1542 (XV) de la Asamblea General d las Naciones Unidas,
diciembre de 1960, sobre Transmisión de Información en virtud del inciso E del artículo 73 de la Carta.

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OBRAS CITADAS
• Asamblea General de las Naciones Unidas. “Carta de las Naciones Unidas”. San
Francisco, 1945. Web. 31 dic. 2009.
• Asamblea General de las Naciones Unidas. Resolución 1542 (XV), Declaración sobre la
concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales. ONU, 1960. Web. 31
dic. 2009.
• Campos Serrano, A. De Colonia a Estado: Guinea Ecuatorial, 1955-1968. Madrid.
Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2002.
• Vallespín, F. Historia de la Teoría Política. Madrid. Alianza, 1995.

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