CÁTEDRA ABIERTA

Un puente entre los docentes y otros actores de la cultura

EXPLORACIONES
Pensar la escuela en la encrucijada argentina.
Desgrabación de la conferencia ofrecida por Adrián Gorelik* en el marco de la presentación de la Cátedra Abierta, el sábado 17 de agosto de 2002. Muchas gracias, Alejandra y Javier, por la invitación. Realmente, venir aquí se ha convertido en un muy feliz hábito en los últimos años, ya que que me pone a mí, que no soy del medio de la educación, en vinculación con una de las zonas más interesantes del debate social, en la que creo que hoy se juegan algunas cuestiones centrales de la sociedad y de la posibilidad de transformarla. Y esto me sirve también para aclarar que en la mesa de hoy me toca la tarea más sencilla, puesto que, a diferencia de la especificidad de los análisis que harán Guillermina y Alejandro, yo voy a dar una visión muy general, desde fuera del mundo de la educación, pensándolo en vinculación con otros problemas de la cultura y de la política. Mi intención es colocar la pregunta acerca del rol que podría jugar la escuela en el marco de lo que ya a todas luces constituye un verdadero colapso del sistema institucional y social argentino. Hablar hoy de la escuela o de los problemas del país no es lo mismo que hablar hace un año, la última vez que participé en una actividad de CePA. Lo que en este último tiempo quedó demostrado es que la Argentina no está atravesando una crisis más: se trata de un colapso. La radicalidad de la situación podría explicarse como la superposición y potenciación de una serie de crisis sectoriales, que tienen un largo arrastre, diferente historia y diferente duración en la Argentina; crisis que se venían produciendo en todas las dimensiones de la vida nacional social, cultural, política, institucional y económica- pero que, en un momento determinado, como sucede en una estructura edilicia, comenzaron a actuar en cadena, lo cuantitativo se volvió cualitativo, y la Argentina entró en descomposición. Me parece que ésa es la figura, que no soy el único en usar, que mejor retrata lo que está ocurriendo en la Argentina: la descomposición. 1 Esto significa básicamente una sociedad estallada en miles de fragmentos, viajando sin rumbo por un paisaje político e institucional en ruinas, del que ya no puede obtener ninguna orientación ni sentido. Lo que se cortó, lo que se quebró en estos últimos meses, es la cadena de sentido que instituye en toda vida social la transmisión entre sociedad civil, espacio público, mercado y estado. Voy a hacer un mínimo y precario diagnóstico de esa situación, porque creo que la escuela debería ser pensada a partir de éste. Por supuesto que esta situación no se da fuera de un marco internacional. Todo indica que, por más que otros países en Latinoamérica hayan hecho elecciones y recorridos muy diferentes, de todas maneras están entrando en crisis más o menos similares. Evidentemente, una de las cosas que se ha terminado es la existencia, tan bien encarnada durante buena parte del siglo XX por la Argentina, de lo que podríamos llamar “países clase media”. Seguramente junto con Uruguay, la Argentina llegó a ser un modelo desde el punto de vista social en Latinoamérica: un país más o menos moderno, muy poco democrático pero muy activo en su vida social, que fue capaz de producir una sociedad nacional bastante integrada aunque con parámetros de desarrollo bastante limitados. Así que la caída de la Argentina constituye un momento cúlmine en la extinción de las ambiciones mesocrásticas de Latinoamérica. En el mundo post-muro se hace muy difícil la existencia de una sociedad de ese tipo sin el respaldo de una economía muy potente y eficaz desde el punto de vista de la globalización. Así que todo indica que, como dijo hace poco un crítico brasileño, "si la Argentina en Latinoamérica era una meta, ahora se ha convertido en un destino". El marco internacional de algún modo pone límites a las interpretaciones que podamos hacer. Pero si queremos pensar el rol de la escuela, me parece que esta línea de análisis nos dice mucho menos que si interrogamos las

condiciones internas que llevaron a la crisis, y de la crisis al colapso. Y cuando el colapso es tan grande, tan masivo y afecta tantas variables y tantas dimensiones, no se pueden buscar responsables puntuales en un gobierno, en un político o en un período. Algo se fracturó hace mucho, algo comenzó a cambiar hace mucho en la sociedad argentina. El otro día leía unos datos que nos involucran a todos los que estamos aquí y que me impresionaron muchísimo —creo que eran de Unesco; no sé cuánto verosimilitud tienen, pero siempre esos datos informan algo de la realidad—. Decía esa estadística que en la Argentina se leía, en la escuela, un libro por año por alumno, mientras que en Brasil se leían cuatro. Me pareció un dato muy significativo. Hace dos años, entrevistándome con un editor uruguayo que vino a Buenos Aires a dirigir una editorial internacional, me enteré de que en Uruguay se vendían más libros en valores absolutos que en Argentina. ¡En valores absolutos! Estamos hablando de una sociedad mucho más pequeña que la argentina. La pregunta es dónde quedó esa sociedad que era la sociedad más letrada de Latinoamérica y hace cuánto se comenzaron a quebrar aquellos hábitos sociales muy extendidos que habían llegado a conformar toda una cultura mesocrática de la Argentina. Estos cambios no se deben a razones económicas, ni ocurrieron en una década, sino que hablan de un cambio de prioridades y mutación de valores muy profundos. Esto demuestra que las crisis existían, que lo que Ricardo Sidicaro llama “las desintegraciones argentinas” vienen de muy lejos. La dictadura última fue un momento fundamental, pero algunas de esas desintegraciones vienen de mucho antes, tienen que ver con la lenta pero sostenida desintegración de la estructura ocupacional, de la educación pública, del sistema de salud, de la seguridad y la justicia, la desestructuración territorial y de la estructura productiva, y con una serie de opciones que fue tomando la sociedad que, cuando analizo temas urbanos, llamo “microprivatizaciones”. De esto hemos hablado otras veces. Desde este punto de vista, creo que el menemismo podría interpretarse como la original respuesta (como siempre, el peronismo es el encargado en la Argentina de dar respuestas originales) que un sector de la dirigencia, con el acuerdo de amplias mayorías sociales, le dio a un país que la activación de aquellas crisis sectoriales ya había comenzado a diseñar. Por supuesto, la respuesta que dio el menemismo no hizo sino agravar esas crisis 2

y llevarlas a su situación actual de colapso: dobló la apuesta y en la fiesta privatizadora, absolutamente irresponsable, que hoy todos ya conocemos, hizo de la necesidad virtud y convirtió la fragmentación que esas desintegraciones estaban produciendo, en el piso sobre el cual construir un nuevo proceso de modernización. El menemismo dejó de ver esa fragmentación como un problema: quizás ésa haya sido su mayor originalidad, ya que hay que reconocer que, con todas las limitaciones del sistema político argentino, hasta ese momento resolver esa fragmentación formaba parte del horizonte de la imaginación política de la clase dirigente. Dejó de verla como un problema para aceptarla como el cimiento necesario de ese nuevo tipo de modernización que, por supuesto, no hizo más que potenciar esa fragmentación y dejarla completamente al descubierto. Que esa fragmentación fue el supuesto necesario de toda la política de la década menemista queda claro cuando se ve que en el mejor momento de la convertibilidad, cuando el PBI crecía a un 8% anual, la desocupación no bajaba del 14%, igual cifra a la que se había llegado en 1930, en plena crisis. Esa fue la desocupación que convivió con el mejor momento de la convertibilidad, lo que habla de que efectivamente formaba parte del supuesto necesario para ese modelo de desarrollo. Por eso me parece que la gran novedad del menemismo no fue tanto la fragmentación y la consiguiente caída económica de extensos sectores sociales, sino el hecho de que la sociedad y el estado tomaron esa situación como un dato ineliminable y permanente. Novedad que significa una transformación gigantesca en una sociedad que se había autorrepresentado tradicionalmente en un horizonte de expansión social garantizado por el estado. Sobre ese terreno sembrado, lo de la Alianza fue demoledor, ya que rompió el último engranaje que mantenía en funcionamiento la expectativa social, la perspectiva de que desde la política se pudiera modificar esa situación. Caída esa última expectativa, entramos en este derrumbe final, en el fin de ciclo de una sociedad y de un sistema político-institucional. Pero, entonces, si la cosa viene de lejos y si para poder entenderla hay que remontarse un poco más atrás, la pregunta es qué fue lo que nos condujo hasta aquí. Y, releyendo algunos textos viejos —en los momentos de mayor duda es bueno recurrir a los clásicos—, me encontré con un escrito de Gino Germani de

1963, que me parece realmente esclarecedor; un texto que seguramente en aquel momento era muy difícil de leer y de entender, pero que hoy parece iluminar muy directamente la crisis que percibimos. En ese texto, Germani define a la sociedad argentina como una sociedad más moderna que desarrollada. Es una definición que precisa algo que, hablando de la tradicional ausencia de políticas urbanas en Buenos Aires, hemos llamado “modernización de superficie”, y que permitiría comprender también el peculiar perfil de la industrialización sustitutiva en las décadas del 50 y del 60 y el contraste entre las aspiraciones de consumo existentes en la sociedad y la falta de infraestructura productiva con que sostenerlas. Germani trabaja ese conflicto entre modernidad y desarrollo; podríamos decir entre modernidad social y cultural y modernización económica. En ese momento, Germani trataba de responder polémicamente a la pregunta acerca de si la Argentina era un país progresista, europeo y moderno, que era lo que decía cierta tradición liberal, o si era un país subdesarrollado, dependiente y casi colonial, que era lo que decía la izquierda y el nacional populismo. Y la respuesta que da trata de demostrar por qué ambas caracterizaciones eran erróneas. Como también sería errónea, para Germani, la articulación salomónica de ambas, por la cual se diría que, en realidad, Argentina era un país avanzado socialmente, pero menos desarrollado económicamente. Lo que trataba de demostrar Germani era que había algo en esa misma modernidad -de las elites, pero no sólo de ellas- que había impedido u obstaculizado el desarrollo. Germani muestra índices que son extraordinarios acerca de lo que llama modernidad: parámetros educativos, de natalidad, modos de funcionamiento social que expresaban pautas entre las más avanzadas del mundo occidental. En contra, los datos del subdesarrollo económico, de la falta de desarrollo estructural, que tienen que ver con la infraestructura industrial, con la trama productiva nacional. La respuesta de Germani, que es sumamente polémica y que puede entrar a formar parte de una agenda de investigación histórica —de hecho ya lo es—, es que la experiencia inicial de una modernización muy exitosa, a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, sentó la certidumbre de una continua marcha hacia delante, lo que terminó destruyendo los incentivos para el salto de transformación estructural, formando unas elites y una 3

sociedad conformistas que nunca estuvieron dispuestas a afrontar el “desafío dramático del desarrollo”, en términos de Germani. Ahora bien, ese desfasaje en la sociedad argentina entre modernidad y desarrollo es muy significativo y permite un ingreso diferente a la cuestión del estado. Ya que el estado que se construye en ese desfasaje se ve obligado a jugar el rol de imposible mediador de las demandas de esa sociedad más moderna que desarrollada y, por lo tanto, se convierte en el eslabón más crítico y débil. Y esto tiene dos impactos. Por una parte, hacia el propio interior del estado, construyendo mecanismos de corrupción y clientelismo, con elites políticas y burocracias públicas cuyo funcionamiento está completamente desligado del rumbo de la economía real. Esto es algo que emerge meridianamente cuando se ve el modo en que se construyeron los sistemas políticos nacionales, en una relación entre estado nacional y oligarquías provinciales absolutamente corruptas, pero no hablo de corrupción en un sentido moral, sino para indicar la corrosión en la propia base sobre la que se estructuran sus relaciones (por ejemplo, en la ausencia de todo sistema fiscal). Éste está lejos de ser un problema exclusivo de los políticos, ya que, a través de los lazos clientelares, la mayor parte de la sociedad nacional termina participando de este sistema corrupto. Por otra parte, hacia fuera del estado, es notable que en ese desfasaje entre modernidad y desarrollo se fue construyendo un tipo de vínculo muy particular del estado con la sociedad, un vínculo que podríamos ver como una especie de fetichismo invertido. Si el fetichismo era aquello por lo cual la sociedad colocaba en un dios aquellos valores que consideraba tan supremos que ponía fuera de sí misma, para quedar liberada de intentar alcanzarlos, yo diría que en nuestro caso la sociedad usó el estado como lugar donde poner todos los vicios para conseguir así una autorrepresentación virtuosa de sí misma. En ese sentido, el estado se convirtió, no en el universal hegeliano, sino en el obstáculo universal que impedía que los individuos, estos individuos modernos con grandes aspiraciones, alcanzaran el desarrollo. Pero se trató de un obstáculo muy particular, al que al mismo tiempo se le exige la desaparición y la satisfacción de una multitud de demandas encontradas. Ese es el punto que lo convierte en el eslabón más débil.

Entre los episodios de diciembre, Blas de Santos publicó un artículo muy polémico que a mí me pareció muy valioso y de mucho coraje. Ponía el ejemplo de una asamblea barrial que en los momentos más conflictivos de diciembre había votado por unanimidad dos propuestas consecutivas. La primera era dejar de pagar los impuestos; la segunda era que se repartieran medicamentos gratis en los hospitales. Blas de Santos lo mostraba como un rasgo de incoherencia de las asambleas barriales, pero también muestra un tipo de irresponsabilidad social y política muy extendida en la sociedad, un facilismo del imaginario social argentino que podría verse como el espejo exacto del comportamiento de la clase política. Ese tipo de votaciones inconsecuentes se dan todos los días en el Parlamento, provocando una situación de absoluto empantanamiento, donde todo está trabado y donde todas las demandas se ponen juntas al mismo tiempo sin ninguna coherencia. Por supuesto que no estoy homologando las responsabilidades entre los participantes de la asamblea barrial y los diputados o senadores, pero estoy tratando de pensar de dónde surgen esos mecanismos y, sobre todo, me parece esa votación muestra lo que ha sido la relación histórica entre la sociedad y el estado. Una sociedad que se considera habilitada para demandarle todo a un estado del cual siente, al mismo tiempo, la más profunda ajenidad, una ajenidad al borde de la aversión. Es una actitud que se puede reconocer atravesando toda la sociedad, desde el capitalismo prebendario de los grandes industriales, que siempre funcionaron con el combustible de los subsidios estatales al mismo tiempo que pedían el desmantelamiento del estado, hasta la actitud generalizada de las pequeñas y medianas empresas de tener a sus empleados en negro o la actitud aún más generalizada en la sociedad de no pagar impuestos, con argumentos sobre la baja moralidad de los agentes estatales que deben administrarlos, pero reclamar mejores servicios estatales. Claro que hoy existen suficientes argumentos para la rebeldía fiscal, pero hay que recordar que en la Argentina tampoco se pagaban impuestos cuando el hospital y la escuela funcionaban razonablemente bien. Y en este tema nunca importaron las ideologías: debe ser el único país en que la discusión del tema impositivo no permite diferenciar izquierdas y derechas. Esto pone de relieve lo que muchos autores 4

llaman el “pluralismo negativo” de la sociedad argentina, que Oscar Terán ve articularse de modo bizarro con las rémoras corporativas de la sociedad, de modo que siempre hay más capacidad de veto que de construcción de hegemonías, lo que sólo reproduce la inequidad y un recurrente “empate involutivo”. Y esto permitiría también arriesgar una hipótesis cultural sobre el éxito de la convertibilidad. Es como si el “uno a uno” le hubiera dado a la sociedad, como complemento de la modernización privatizadora del menemismo, el reaseguro exterior del dólar: es decir, le dijo a cada uno de los individuos que componen la sociedad argentina que cada uno, por separado y gracias a un respaldo externo, iba a poder labrarse el destino que cada uno cree que podría alcanzar si se lo dejara solo, por fuera del obstáculo del sistema político, del estado, de las demandas del resto de la sociedad. Una especie de máquina individualista, que muestra las íntimas vinculaciones entre la sociedad y la politica. ¿Cómo se podría discutir un presupesto público de emergencia bajo esas condiciones? Porque ese impedimento es el mismo que recorre la clase política, los sectores empresarios, financieros o comerciales: todos demandan todo porque siempre les convino, porque siempre obtuvieron resultados de ese modo, pero también porque ante la rotura de la creencia en un estado que distribuye con justicia y con autoridad, la única respuesta es el lobby, en mayor o menor escala, con mayores o menores perspectivas de triunfo, pero el lobby al fin. ¿Cómo generar una discusión racional para establecer una agenda de prioridades? Creo que eso es hoy lo fundamental. Más allá de las medidas de mediano y largo plazo que la sociedad argentina debería tomar para producir esta necesaria y monumental reconstrucción institucional y política, habría que ser capaces de reunir el consenso para tomar algunas decisiones de muy corto plazo. Se me ocurren dos, de emergencia, una que apuesta a paliar lo mejor posible la coyuntura, y otra que, al mismo tiempo, permite abrir una puerta hacia el futuro. La primera es un salario ciudadano que evite que la miseria siga haciendo estragos. La segunda es la política educativa. Si el presente es impedir que parte de la población entre en la miseria más absoluta y el hambre, la mínima apuesta de futuro es comenzar a construir una política educativa. Pero para eso hay que romper con el falso consenso en el que se supone que

todos reclamamos lo mismo, cuando en realidad estamos reclamando cosas diferentes. Haría falta abrir un verdadero debate que tome el ejemplo del otro gran momento fundacional de la educación (y la sociedad) argentina, el de la ley 1420, que lejos de haberse producido por un consenso extendido, lo hizo a partir de fuertes debates y fuertes clivajes de proyectos políticos, sociales y culturales. Me parece que hay mucho que discutir y no sólo en la escuela, sino al interior de la comunidad educativa toda. Como universitario, me siento fuertemente responsable del modo irresponsable en el que durante todos estos años defendimos corporativamente presupuestos, incentivos, premios (y los universitarios fuimos comparativamente privilegiados en los años noventa), sin discutir cómo tenía que distribuirse globalmente un presupuesto educativo que no prosiguiera con la “desintegración” de la educación básica. Es un ejemplo más que demuestra que los problemas que antes señalé nos atraviesan a todos, también a la comunidad universitaria, que es de donde idealmente debería salir buena parte de las ideas para la construcción de un futuro. Si pienso que la escuela es clave en esta situación, no sólo lo hago por el rol natural que tiene en la formación de las futuras generaciones, sino también en un sentido más coyuntural, en función del diagnóstico que hice recién. En ese marco, la escuela puede tener un rol de emergencia: constituirse en un núcleo de resistencia de la institucionalidad y la estatalidad en la Argentina. Creo que es la única que puede jugar este papel. Hoy más que nunca, la escuela debe convertirse en un nido donde se comience a producir el embrión de esa doble reconstrucción política e institucional que necesitamos, para poder apostar, con todo lo que eso va a suponer con todo el tiempo, los debates y el sacrificio-, a una ahora sí nueva etapa de modernidad con desarrollo. Para terminar, quiero aclarar a qué me refiero con la idea de defensa de la institucionalidad y la estatalidad. Como vimos, este es un momento en que esas dos cuestiones están puestas en discusión por todos los sectores y por todo el arco ideológico y político. Por un lado tenemos el debate que ya hace tiempo viene horadando la estatalidad de la escuela y que apuesta a una especie de societalismo, en el cual la sociedad civil –o, mejor dicho, una imagen bastante idealizada de la sociedad 5

civil- debería tomar la posta de lo que hasta ahora ha hecho el estado. Me refiero a las escuelas charter y todo ese tipo de propuestas. Este societalismo parte de un diagnóstico realista del estado actual de la educación, de la fragmentación existente, pero en su propuesta no hace más que potenciarla, porque deposita en la sociedad una serie de tareas que históricamente, al menos en la Argentina, ella ha demostrado no poder realizar. Ninguna institución no estatal, como dice Beatriz Sarlo en un artículo sobre esta discusión, hubiera garantizado la igualdad de oportunidades que garantizó la escuela estatal. ¿Porqué creer que, simplemente porque el estado ha estado abandonando ese rol, hay en la sociedad potencialidades para tomar el relevo? En otras sociedades esto puede ocurrir, pero en la Argentina nadie lo ha hecho mejor que el estado. Fue así en el pasado y ahora lo es aún más en esta situación de inexistencia de sociedad civil, porque la sociedad civil no existe porque simplemente se la invoque. Es una trama compleja de instituciones y cuando esa trama de instituciones no funciona, la sociedad civil no existe, es simplemente un agregado de individuos que luchan por reforzar su puesto diferencial en la sociedad. Por lo tanto, sin sociedad civil, sin instituciones, los impulsos espontáneos de la sociedad sólo buscan reforzar, a través de los intentos individuales de mejorar la propia posición, su propia situación de fragmentación. A este punto de discusión se llegó a través de una articulación perversa –en algunos casos bien intencionada, en otras directamente cínica– de una crítica de izquierda –digamos, foucaultiana– a la estatalidad escolar, que coincidió con una celebración del mercado como única lógica que debe regir las normas en la sociedad (y también en el sistema escolar). En este sentido, las instituciones van de la mano de la reconstrucción de una sociedad civil y el estado es el único —no lo está siendo ahora, pero puede serlo— interesado en garantizarla. El estado es quien tiene que darle a la escuela ese rol de emergencia, para poder empezar a imaginar un nuevo horizonte de integración. En un momento la escuela logró proyectarlo, como una de las válvulas fundamentales de ese estado. Cabe pensar en la producción de las condiciones para un nuevo proceso que abra un nuevo horizonte de integración. Intervenciones Guillermina T. de Alejandro M. y de

Ronda de preguntas En principio, quiero aclarar que coincido

plenamente con la rectificación que hizo Guillermina. Mi ajenidad de los debates internos al sistema escolar no me dejó ver que era necesario aclarar que efectivamente veo la institucionalidad con el eje en el conocimiento. Coincido plenamente con ella. No me interesa pensar la escuela ni como comedor, ni como bastión de la moral. Y cuando hablo de un rol de la escuela para la emergencia no lo pienso principalmente en términos de lo que la escuela puede hacer en sí misma, sino como parte de políticas estatales. O sea, rol de la emergencia en la medida en que tenemos que discutir qué políticas estatales vamos a impulsar para la reconstrucción institucional y social de este país. Imagino un debate social que reponga un lugar para el estado, habida cuenta de que en la Argentina ninguna empresa privada o institución de la sociedad civil demostró tener ninguna de las virtudes que se le niegan al estado. Un debate necesario para la emergencia que está viviendo la Argentina es rediscutir el estado y qué políticas desde el estado. En esas políticas, la escuela debería tener un lugar primordial. ¿Por qué? Porque si la escuela tiene todavía aceptación en la sociedad, es porque ha jugado un rol histórico. Hay una memoria social de ese rol histórico que debe ser discutido para evitar la generalización de un sentido común que no le hizo demasiado bien a la escuela. Pero, al mismo tiempo, en medio de la tormenta, también debe ser rescatado como una de las anclas posibles en donde recolocar el imaginario social. En este sentido, cuando digo que la escuela tiene que ser un lugar de resistencia de la institucionalidad y de la estatalidad, también hago una crítica a ciertas tendencias que la escuela ha internalizado en las últimas décadas y que tuvieron que ver, a mi juicio, con una excesiva apertura hacia los medios y la familia. Hay algo que rescatar de la escuela como un lugar diferente de la familia y diferente de la sociedad; un lugar que tiene un plus para otorgar en la formación de la sociedad, plus que no puede ser dado ni por la familia, ni por los medios. Eso se perdió no sólo por la presión de los medios y de la sociedad, sino porque docentes y miembros de las elites intelectuales tradujeron esa presión en un cuestionamiento a la escuela por estar “al margen” de las transformaciones sociales. Y así se fue cediendo buena parte de lo mejor que la escuela tiene para ofrecer: su rol diferencial, su condición de ámbito de 6

reproducción Argentina.

de

las

instituciones

en

la

Me parece que ahora deberíamos pensar cuáles son los núcleos desde los cuales se puede reproducir virtuosamente una estatalidad hacia el futuro. Porque el estado no se construye por decreto, no se crea porque nos pongamos de acuerdo en una asamblea y decidamos “bueno, de ahora en más existe el estado”. No es así. El estado y las instituciones tienen que renacer en un tejido social que los ha expulsado de sí y creo que para ello la escuela es como una de las células que puede regenerar ese tejido, en tanto asuma que uno de sus roles es justamente ése, reproducir una idea institucional y de estado que en la Argentina se ha perdido. Para llevar esto adelante, tiene que mediar una enorme discusión nacional en la que la sociedad y el sistema político se haga cargo de la situación de emergencia en la que estamos. De ahí puede surgir entonces un programa mínimo para la emergencia, donde la escuela debería jugar su rol: la escuela debe ser colocada en la parte más alta de un programa de emergencia. Ronda de preguntas Algo que aparece en la muy buena descripción que hace Alejandro sobre las propuestas de financiamiento, es que el mercado tiene como supuesto la segmentación. Y está bien que así sea. El presupuesto sobre el que se basa el mercado es la competencia, y por lo tanto debe conducir a la segmentación. Por eso la educación sólo la puede pensar el estado. Porque es el estado el único que puede poner por delante el principio de la equivalencia. ¿Y cuál es el principio de la equivalencia? Teóricos del espacio público señalan que una condición básica para su funcionamiento es la “ficción de la equivalencia”. Para que funcione el espacio público necesitamos hacer “como si” no existieran las diferencias sociales, porque esa ficción de igualdad es lo único que permite un intercambio verdaderamente libre entre hombres y mujeres, que son diferentes, pero que deciden deliberar juntos sobre el bien común. El espacio público es posible si permite el encuentro con el otro, con el diferente; pero bajo la condición de la ficción de la igualdad, que hace que las diferencias sean un plus en la comunicación, una riqueza en el funcionamiento social, y no un obstáculo para comunicarse. Porque si no hay ficción de la equivalencia la comunicación está atravesada ya no por la diferencia, sino por la desigualdad, por la fractura social. Esta

condición en el aula se vuelve constitutiva, y, de hecho, uno de los orígenes del espacio público moderno se sitúa en la creación de las universidades medievales, donde gentes de diferente condición podían establecer un espacio de igualdad basado en el uso de la razón: sólo a partir de ese “como si” podemos ejercer la producción y transmisión del conocimiento, porque ese “como si” es la base de toda comunicación. Como bien saben, ese fue el sentido originario del guardapolvo: borrar del cuerpo y de las vestimentas las marcas que puedan hacer explícita toda desigualdad: el guardapolvo no hace desaparecer la desigualdad social, pero la pone, digamos, entre paréntesis, para que ella no interfiera en la relación entre chicos que deben ser considerados iguales para poder formar parte de un proceso de conocimiento equivalente. Pues bien, lo que el estado tiene que reponer y garantizar son esas mínimas condiciones para que la escuela pueda operar hacia adentro con la ficción de la equivalencia. Eso quiere decir que la comida, la ropa o lo que fuera necesario para que los sectores más carenciados de la sociedad asistan a la escuela tiene que ser colocado por el estado fuera de las puertas de la escuela, para que el interior de la escuela pueda volver a funcionar bajo el principio de la igualdad en función del conocimiento. Para eso, las grandes diferencias que hay actualmente tienen que ser subsanadas: la posibilidad de recuperar ese rol para la escuela tiene como condición que el estado se haga cargo de reponer la ficción de la equivalencia, que hoy está totalmente quebrada y fracturada. No tiene que ver sólo con esta última crisis, por cierto. Me acuerdo de que ya hace años fue mi primer descubrimiento de que la escuela no estaba funcionando como un lugar de igualación: en los primeros años noventa, gracias a que trabajaba en la oficina del ombudsman de la ciudad de Buenos Aires pude conocer las investigaciones que éste realizaba sobre la discriminación en las escuelas de la Capital, que mostraban que se producía una especie de “selección natural” por la cual en el mismo Barrio Norte, por ejemplo, había escuelas en las que se concentraban los hijos de los vecinos, digamos “verdaderos” del barrio, y otras escuelas, a veces a metros de diferencia, en las que se concentraban los hijos de porteros o de otros trabajadores; una “selección natural” que partía de los mismos directivos que orientaban a los padres de los alumnos sobre la conveniencia de enviar a sus hijos a una u otra escuela. De ese modo, desde hace mucho tiempo se viene fomentando una fragmentación en la que la 7

escuela se convierte en un mero reproductor de la diferencia social. Hay que hacer una apuesta fuerte para la inversión radical de esta situación; una apuesta que el estado no va a hacer si no transformamos primero muchas cosas, por supuesto, pero que sólo el estado va a tener interés de hacer. Desgrabación: Ana María Mozián
* Adrián Gorelik Nació en Mercedes, Provincia de Buenos Aires, en 1957. Es arquitecto e investigador. Actualmente es docente de la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Nacional de Quilmes.

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