martes 20 de diciembre de 2005

CONTEXTOS / 15

mascararlos, aunque sólo sea por respeto al trabajo. Hay que tomarse más en serio lo que uno hace. Puedo entender que uno haga una novela frustrada o fallida, está en su derecho de intentarlo. Pero otra cosa es una novela rematadamente mala que resulta satisfactoria para el que la ha realizado. Hay mucho fraude y hay que desenmascarar a esa gente. P. ¿Se publican demasiados títulos? ¿Hay muchos premios? R. No me gusta decir que se publica demasiado, porque creo que uno tiene derecho, como decía, a publicar una novela fallida. Lo que ocurre es que la crítica y los medios obedecen a intereses muy diversos. Es imposible que un país como España produzca veinte grandes novelas al año merecedoras de premios. Eso no ocurre en ninguna parte del mundo. Pero tal y como está montado este tingladillo, parece que tiene que ser así. Esto produce confusión y la crítica termina siendo demasiado benevolente. Luego está la contradicción flagrante de que éste es un país que no lee; el 50% no compra un libro al año, pero se publican un montón de títulos. P. ¿No cree que sería más útil un modelo como el de Francia e Inglaterra, donde se premian obras ya publicadas? R. Es probable, porque obedece a criterios más rigurosos y exigentes. Hay más responsabilidad por parte de los que están vinculados al premio. En España, lo que yo veo es un gran desbarajuste y mucho gato por liebre. Por eso dimití del Planeta. P. ¿Cuáles fueron las famosas sugerencias que hizo a Lara y que él no atendió? R. La primera, que suprimiera la figura del portavoz del jurado. Pedía que cada miembro se entendiera con la prensa a su manera. La segunda, que se suspendiera una de las dos ruedas de prensa, que no era necesaria. Los periodistas, no diré que estén comprados, pero reciben unos regalos estupendos, los invitan a comer a sitios carísimos y los llevan a buenos hoteles. En la rueda de prensa, claro, ya no preguntan nada que tenga que ver con la literatura. Sólo estupideces. Y finalmente, la parafernalia absurda del premio, eso de hacer creer que el jurado está deliberando, cuando en realidad está decidido desde la comida que tenemos al mediodía, sobre todo cuando los periodistas también lo saben. Es grotesco. Además, para el siguiente año le pedí un listado de las obras que se presentaban y un informe de lectura del primer comité, al que nosotros no tenemos acceso, dado que el jurado sólo delibera sobre los últimos cinco candidatos. P. Y, ¿qué le dijo? R. Que lo haría. Así que decidí no dimitir ese año. Quería informes de al menos el 30% de las obras que se habían presentado. Y nada, de nuevo sólo recibí el de los cinco finalistas, que además eran de lo más sospechoso. Muy elogiosos para Maria de la Pau Janer y Jaime Bayly, pero con unos argumentos nada convincentes. Un mes antes de que se fallara el premio, le dije a Lara que no me gustaba nada lo que estaba haciendo y que dimitía. Él me pidió que, para evitar un escándalo, esperara a después del premio. Accedí, pero le dije que a la rueda de prensa sería mejor que yo no asistiera, porque no tenía ganas de montar ningún numerito, y que si los periodistas me preguntaban mi opinión, y me temía que lo iban a hacer diría lo que pensa-

“Paco Umbral es un columnista, pero sus novelas no interesan nada. Pone mucho enfásis en cómo dice las cosas, y no en lo que dice. Porque no tiene nada que contar. Está rodeado de ‘fachas’” “Siempre hemos tenido mal gobierno y parece que seguiremos así. Se hizo una transición pasada por agua y estamos pagando las consecuencias. No se pidió un ajuste de cuentas”

Maria de la Pau Janer, ganadora del Premio Planeta, saluda a Juan Marsé.

V. GIMÉNEZ

P. Usted recuerda a menudo que el arte, concretamente el de la novela, es hacer verosímil una mentira. Parece el funcionamiento de la política actual. R. Bueno, en literatura se puede hacer eso, pero no en política. De la situación política del país estoy hasta las narices. Siempre hemos tenido mal gobierno y parece que vamos a seguir así. Ahora hay una serie de valores distintos, pero otros no han cambiado nada. Se hizo una transición muy pasada por agua y estamos pagando las consecuencias. P. ¿Qué se hizo mal? R. No se pidió ajuste de cuentas. No sé la forma en que había que hacerlo, supongo que se hizo lo que se podía. Pero se tendrían que haber sentado las bases para un nuevo proceso. Pero bueno, dejemos el tema de la política porque es un verdadero coñazo. P. ¿Cuáles son hoy sus ilusiones? R. Tienen que ver con el trabajo. Como siempre, se trata de ver si seré capaz de sacar adelante la novela que en este momento tengo entre manos. Nada más. No soy nada optimista con respecto al país, ni a la cultura. Y no veo que nadie haga nada con vistas a mejorar esta situación.

no suelen preguntar…". Bueno, luego pasó lo que pasó. P. ¿Cómo cree que ha cambiado la figura del editor desde que usted empezó a publicar con Carlos Barral, hasta ahora que se encuentra con estos follones? R. Quedan pocos editores, me refiero a aquellos que se la juegan y que tienen un gusto determinado en su catálogo. Ahora hay hombres de empresa, no editores. Barral sí lo era. Se equivocó en algunas cosas, pero arriesga-

“En el Planeta, no diré que estén comprados, pero los periodistas reciben unos regalos estupendos, los invitan a comer a sitios carísimos y a buenos hoteles. Luego sólo preguntan estupideces”
ba. En esa línea quedan Jorge Herralde, Beatriz de Moura; quedaba Esther Tusquets —que se ha retirado—, Vallcorba… Pero la figura de ese tipo de editor está desapareciendo. P. Usted se queja a menudo de la "prosa sonajero"… R. Sí, a propósito de Paco Umbral (se ríe). Yo distingo entre el prosista y el novelista. El que cuenta historias, que es el que a mi me gusta, no se distingue por una prosa altisonante ni muy brillante. La prosa de Dickens, de Stevenson, de Kafka, incluso de Proust… no es amiga del artificio, se sostiene por el vigor de su mundo. Es invisible y está al servicio de la historia que cuenta. Todo lo contrario del prosista, muy vinculado a la narrativa rancia castellana, como Cela o Gabriel Miró. P. ¿Y Paco Umbral? R. Él vive de las florituras, y de ese Madrid que se ha inventado. Es un columnista, pero sus novelas no interesan nada. Sus personajes no son creíbles, no se levantan solos. No es un escritor de ficción. Pretende ser un cronista del Madrid moderno, pero tampoco ahí me interesa porque está rodeado de fachas. Pone mucho énfasis en cómo dice las cosas y no en lo que dice Eso es porque