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Existen ciertas reglas que uno debería tener siempre en cuenta cuando quiere matar. Por ejemplo no matar a quien te la pone dura. Obviamente, tampoco matar a quien hace que te la casques. Eso está feo. Principalmente porque luego tendrás que buscarte otra fuente que te surta de tales parabienes. Y no es tan fácil encontrar belleza recóndita y ahíta de sexo por ahí. Generalmente para eso está Internet. Pero la relación que uno acaba teniendo con ese tipo de encuentros se parece más a la amistad entre HAL9000 y David Bowman en 2001. Si uno lo piensa es algo frío, incluso yo diría que poco agradable, distante podría ser la palabra, sí, pienso en ella aunque tal vez no sea la más correcta, plastificado. Sí, plástico es el término exacto. Como el látex. Masturbarse mientras rula un vídeo en el ordenador, que apenas se ve y que resulta como una versión patética de un cuadro impresionista, como si cogiéramos El origen del mundo de Courbet, me encantó cuando fui la semana pasado a verlo, vale no es impresionismo pero casi estaban ya ahí con sus manchas, y sus estupendos colores para decorar los salones de los burgueses demasiado ricos para tener, y querer, un pasado, ¿qué rico quiere acordarse de dónde viene? Mejor tener cosas nuevas, efímeras, la cultura de lo que se agota, de lo que es exclusivo no porque no pueda comprarlo nadie más sino porque lo tienes antes que nadie. Pues en esas terribles malversaciones de lo que es bello nace lo simplemente bonito. Un par de nalgas golpeadas por un bajovientre y un enorme falo que entra y sale en una disposición casi quirúrgica. Maravilloso. El porno científico. Anatómico. Jamás verás vaginas tan perfectas, penes tan grandes ni genitales tan rasurados. Jamás tendrás abiertas de patas mujeres con pechos tan grandes. Jamás se tragarán… su orgullo. Pero durante el breve tiempo que dura esa imagen en pantalla, mientras sostienes tu propia verga con la mano izquierda y con la derecha tratas de ir más adelante en el vídeo mientras piensas “puta conexión de mierda”, eres el señor del enorme sargento rosa en lugar de un tipo que se la está cascando en su casa esperando que su madre no asome por la puerta para ver qué estás haciendo cuando dijiste “voy a ver si me han escrito del sitio donde eché el currículum, no me molestes mucho”, o el que reza para que su novia no vuelva en ese preciso instante y descubra lo poco que le satisface dándose golpes de pecho y pensando que su novio es un pervertido por querer fornicar más de tres veces por semana, o tal vez simplemente el que está ahí, a punto de llegar, y de pronto suena el teléfono y en la pantalla pone unos números desconocidos que activan el córtex cingulado anterior y te invitan a pensar en quién puede ser, o se va la luz y entonces se agolpan las maldiciones y las consideraciones en torno a si el disco duro habrá muerto. Visto desde fuera es, además, una situación un tanto lamentable. Un

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tipo con los pantalones a medio bajar, observando un vídeo borroso de cuerpos chocando unos con otros en sonidos neumáticos mientras espera con un pañuelo de papel cerca que se produzca el feliz alumbramiento. No hay sorpresas en estos casos. Simplemente pasa, y es en ese momento cuando uno puede sentirse más patético que nunca, porque la descarga hormonal finaliza, tras las contracciones de la próstata, de las vesículas seminales y esos conductos deferentes transportando hacia la uretra prostática el ámbar blanco, provocando hiperventilación, taquicardia, hipertensión, la retracción de los testículos, después de todo eso, el hipotálamo nos juega una mala pasada y toda nuestra entereza, toda la ilusión cae de golpe y ya no somos el señor del sargento rosado de más de veinte centímetros sino un gilipollas delante de una pantalla de ordenador. Por eso uno no debería matar a una pornstar. Es lo más parecido a Mary Poppins que uno puede tener pasada la etapa de aparición de las hormonas del cascamiento. Son hadas madrinas de la felicidad para muchos, y tal vez muchas, que no pueden aspirar más que a una infeliz vida aún más plastificada, todavía más llena de ilusiones purulentas y continuadas en un espacio tiempo diseñado para el Orden, que aleje el Caos. Pues sí, son cosas que pasan y en las que uno piensa después de haber recibido el encargo de matar a la pornstar. No es de los trabajos más complicados, no es que a nadie le extrañe que alguien cuya vida consiste en abrir el ojete del culo para que le metan varias decenas de centímetros de carne, chupar hasta no diferenciar el sabor del chili con carne de un plato de sopa miso, y por supuesto unas cuantas más cosas que en algún lugar debe ser considerado como vejación y todo eso, o incluso excusa para el divorcio, una vida que consiste luego en meterte toxinas botulímicas para tener la cara como la bolsa de plástico de un centro comercial, silicona en casi todas partes menos en las uñas, que son de porcelana, y por supuesto ir a fiestas en las cuales el éxtasis no es el de Santa Teresa, pues lo mismo a nadie le extrañaría que alguien de ese mundo se fuera al hoyo así de buenas a primeras. Y el vivo al bollo. Tampoco es cuestión de andarse con cosas facilitas y de andar por casa. Esta gente tiene revisiones médicas constantes, para evitar que surjan brotes de SIDA, se ponen en cuarentenas y paros biológicos voluntarios, se someten a continuos test, y posiblemente tengan más cuidados médicos que la mayor parte de los deportistas de élite a base de sangre oxigenada, nandrolonas, EPO’s, y otras delicatesen variopintas. Así que la técnica a usar no podía ser tampoco muy llamativa. El contratante tampoco quería pasarse de listo. Un señor mayor, no muy mayor, pero lo suficiente para ser el hijo de un señor aún más mayor a quien la pornstar parece ser había guiñado el ojo y enseñado

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dos tetas, siendo probablemente esto último la causa de un rápido cambio en la herencia. Al pobrecito del hijo no le ha hecho mucha gracia, fíjese usted por dónde. Es un encargo típico. Si no fuera porque la señorita, futura señora en una semana, además de todo el equipo neumático, es bella. O guapa, que es lo mismo pero sin inteligencia ni eternidad. Y así cuesta más. La primera vez que la vi fue en un video en Internet. Lo habitual, primero el cliente me llama al teléfono que tengo para estas cosas. Pregunta de rigor -¿Cómo ha conseguido este número? –bueno, vale, después de un “dígame”, uno mata pero es educado. -Esto…, bueno, me lo dio… -y después del “dio” debería venir el nombre de un antiguo cliente o el contacto enlace, que es quien proporciona normalmente la información. En estas cosas, como en muchas otras, el prestigio es fundamental. Porque si eres un montón de mierda impresentable no te contrata ni el perro de un ciego para que te cargues de una puta vez al ciego y el pobre chucho pueda comer. También es cierto que en esto lo cuantitativo a veces funciona. Preguntan tarifa y tu sueltas el habitual “Pues mire”… -Pues mire, con armas de fuego, 20 mil, siempre en euros claro, que cotizan más. Si quiere que haga desaparecer el arma, súmele el costo de una Springfield Armory sin registrar, es decir, unos mil euros más. Si prefiere algo sigiloso, silencioso, que no haga mucho ruido, hay diversas variantes, generalmente sale por unos 30 mil, más costes de desplazamiento. -¿Dónde vive usted? -Comprenderá que no se lo voy a decir. -Pues tiene usted razón. -¿Sigo? -Prosiga. -Bien, si quiere algo especial, tipo con envenenamiento que no se note, una muerte espectacular y trágica, algo un poco de teatrillo, eso podría llegar hasta un tope máximo de 50 mil. -Euros, ¿verdad? -Of course. -¿Cómo dice? –que es usted rico pero no listo. -Que por supuesto.

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-Bien, bueno…, creo que la opción que no se note estaría bien. ¿Cómo hacemos el ingreso, los datos de la víctima y todo eso? -Un 30% por adelantado, otro 30% cuando yo le mande a una dirección postal que usted me facilite unas fotos que demuestren que estoy haciendo el seguimiento. El resto cuando yo le mande las pruebas. El ingreso lo hará en una cuenta que le facilitaré, en Suiza como es lógico y toda esa parafernalia, ya me entiende. No vuelva a ponerse en contacto conmigo. Yo lo haré. -De acuerdo. Pero a otros no les gusta el acuerdo. Un sicario cobra entre 9 mil y 12 mil euros, algo mucho más asequible dónde va a parar. Claro el acabado no es tanta calidad oiga. Que no se lo trabaja mucho y es de etiqueta. Nada de tiros en mitad de la calle, ni malas pintas ni cosas por el estilo. Aquí uno se cuida mucho de tener un aspecto más o menos poco favorable a las sospechas. Menos mal que al tipo le gustó y en dos días ya tenía destino y objetivo. La pornstar. Tener una cara y un aspecto vulgar, cotidiano, de esos de que por mucho que te vistas de chaqueta y corbata sigues pareciendo un desarrapado y un tieso vistiendo de chaqueta y corbata, y entonces se te acerca la policía porque: Opción A) has atracado a un ejecutivo a punta de esquirla de un inodoro abandonado en una cuba de escombros, te has hecho con su ropa y te has gastado su dinero en vino de tetra-brik. Opción B) eres un politoxicómano en rehabilitación al que le acaban de dar la ropa en uno de estos centros a los que la gente dona todo aquello que dice que no le sirve pero que en realidad es que no sabe dónde meter en casas repletas de más ropa de la que un cuerpo puede necesitar en dos o tres vidas. Ese aspecto me permitió hacerme pasar por periodista de investigación, muy serio, muy eficiente y todo eso, para un reportaje acerca del potencial económico de la industria del porno… perdón, “nosotros preferimos llamarlo cine para adultos”, “de acuerdo, pero ustedes hacer porno ¿no?”, “sí, sí, pero… ya me entiende, esto es arte, es un arte, un cine… especial, nosotros mostramos emociones humanas”, “y gente montándoselo, ¿verdad?”, “sí, bueno… venga un día a un rodaje y así verá lo que quiero decirle”. Después de tan edificante conversación telefónica y la promesa de que sería realista con el reportaje me dejaron entrar en los estudios de grabación. La idea no es mala, pones voz seria, aspecto de un reportero cualquiera al que un importante diario

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económico quiere putear un poco enviándolo a escribir sobre… la economía del porno, y te abren las puertas. Para ver otras cosas abiertas. El rodaje de una película porno se parece mucho a la matanza de un cerdo. O a un santo de un pueblo remoto sacado en procesión. Pero no de esas cosas que se hacían hace mucho tiempo cuando la gente creía en rituales y todas esas cosas que no sirven para nada pero seguimos manteniendo no vaya a ser que sigan sirviendo. El mundo es ateo, por supuesto. Yo tampoco. No hay ritual en el rodaje ni nada por el estilo. Todo está rodeado de cámaras, de asistentes, de técnicos de iluminación. No hay nada de un ambiente sórdido o clandestino, sino un chalet en las afueras, o un piso muy alto, con un tono aséptico, un pequeño frigorífico con bebidas isotónicas y una bandeja para preparar unos cuantos avioncitos de coca, sobre todo para las “debutantes” que a veces se sienten un poco inhibidas al ver por primera vez en su vida un enorme sargento rosado de un cuarto de metro. Si sonara de fondo la Obertura de La Gazza Ladra de Rossini sería considerado arte. Como lo que suena es el sonido de unos gemidos queda en una película rodada por dos grandes estrellas del porno. Matices, la vida está lleno de estos, qué le vamos a hacer. El director se lo toma en serio. Cuando él no está metiendo la cámara entre los testículos del actor, un muchacho de cercana la treintena con un cuerpo manifiestamente manipulado por los agentes post-genéticos de un gimnasio y algún que otro producto químico de poco recomendable salubridad, me comenta por qué toma tal o cual ángulo. Es encomiable su voluntarismo. Ha empezado a rodar mientras la pornstar simulaba que llamaba a la puerta vestida de colegiala que va a las clases particulares de su profesor. La falda de tablas es de cuadros escoceses, con medias blancas que, en largas e inversas cumbres níveas, llegan un poco por encima de la rodilla, dejando un poco de su morena piel al descubierto. Es algo flaca, pienso en ese momento, pero no importa. Yo también me la tiraría sin pensármelo dos veces. Creo que la sangre que fluye un par de palmas por debajo de mi estómago piensa lo mismo. Pensar no es la palabra correcta, pero es en la única en la que sé que no estoy del todo desacertado. El torso apenas se lo cubre una blusa con una especie de bordado que parecería con chorreras si no fuera demasiado ridículo y mi cerebro pudiera haber enviado a los ojos el mensaje de que tenían que despegarse de sus inmensos pechos. Posteriormente habría de descubrir que no eran tan inmensos, sino simplemente perfectos, redondos y morenos como dos magníficos cocos de terciopelo puestos al sol en una playa de arena fina en la que la gente siempre sonríe. El pelo cogido en una trenza, haciendo juego con unos ojos

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ligeramente rasgados que le daban un gesto aún más pícaro y pernicioso mientras movía los labios con una juvenil lujuria plasmada incluso en la agitación de su carpeta. El actor, con la delicadeza de un rábano en vinagre, la hace pasar y muestra por qué sus dotes de actuación lo han llevado a este género, el cual me hace ver el director que es todo un arte injustamente denostado. Eso debieron pensar en Auswitch, cuánta injusticia, si es que se critica sin saber. Con lo bien que está matar gente y que te sigan diciendo “comunista”, que suena a un tío preocupado por el pueblo y todo. Que lo comparte todo. Como ese simulacro de alumna que ahora se sienta cerca de una mesa con un cristal circular encima de unas patas de bronce que forman una equis, no sé si buscando una pretenciosa alegoría, le pregunto al director, me pregunta qué es una alegoría, yo le digo que es igual, que son cosas de hablar fino de los periodistas, que no se preocupe. Entonces ella le mira, y tal como lo hace a él se le pone un poco tiesa, sólo un poco porque es un tipo experimentado y es un cuarto de metro de carne que hay que rellenar de sangre, mientras que yo siento algo parecido a una excitación amorosa. También se me pone importantemente sólida, pero mientras que el actor piensa en abrirla de patas de un modo algo científico y empezar a pasearle la lengua por lo que iba a ser un pene y se quedo en clítoris, para que luego lo que debía ser un clítoris y se quedó en pene entre en su boca, antes que todo eso yo pienso en un caballo blanco galopando sin montura por un páramo ardiente donde el sol y la noche pasan rápidamente. Mi poesía cerebral llena lo que unos podrían hasta considerar alma mientras él le ha bajado el tanga, le ha pasado el cuchillo de jamón por toda la repisa y ha sacado la bollería a relucir. Acto seguido ella se pone de rodillas e introduce, tras bajarle con cuidado los pantalones, todo un enorme miembro entre sus labios. Y entonces no quisiera ser él, sino todo ese conjunto de dos cuerpos cavernosos y uno esponjoso que lleno de sangre se permite el lujo de besar los labios de una estatua de carne ligeramente tostada, casi dorada. Su rostro consigue llenar de belleza algo que recuerda al olor corporal, a esas pequeñas decepciones de la primera vez que levantas la camiseta del tipo con el cual has estado bailando toda la noche y resulta que sí, que tiene esa protuberancia en forma de panículo adiposo, también llamado barriga de la felicidad, que tan bien se disimulaba, y tienes que disimular, olvidar que cuando bajas la cabeza para hacer lo mismo que ella está haciendo ahora pero metida en un coche cualquiera de un lugar cualquiera aquello huele a parte pudenda metida entre telas y pelos durante horas y horas.

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Ahora le da la levanta y le da la vuelta. Es posible que su papel fuera de profesor de idiomas. El griego lo domina con notable exquisitez, ella no hace ni un leve gesto de dolor, debe haberlo practicado cientos de veces. En el francés anterior es necesario que quien ejecuta el acto no tenga hongos orales como la cándida, podrían ser fatales para el pene. Otros riesgos vienen derivados del contacto entre el líquido que emerge del pene y la mucosa bucal, que pueden transmitir gonorrea, sífilis y oh, claro que sí, nuestro querido amigo el VIH. También hay quien olvida ciertos problemillas derivados de lesiones orales provocadas por una irritación mecánica en la unión del velo del paladar y la bóveda palatina, aunque suelen desaparecer una semana después. Así que oye, si quedas con alguna, o alguno, que le duela por ahí, quién sabe. Los queridos hijos del Ática debían tener ciertos problemas con la mucosa rectal, tan frágil y propensa a llenarse de la primera bacteria que pasase por allí. Es lo que tiene que te metan buena parte de un metro de carne provocando desgarros y microfisuras que pueden estar en contacto con el glande y transmitir así herpes genitales, hepatitis, y todas esas cosas. La pornstar no parece estar pensando en eso, no, no tiene pinta. Parece, incluso, que disfruta. Mientras le pregunto al director si puedo hacer algunas fotos del set, por supuesto sin que salgan los actores ni ninguna escena, pienso que las películas porno son extraordinariamente realistas. Nada hay en ellas que no sea cierto. Las mujeres como la pornstar no quieren estudiar, prefieren los idiomas, claro está. Los hombres como el actor no tienen ganas de hacer de profesores, ¿para qué si te mide 25 centímetros y tu cuerpo tiene un aspecto más artificial que la sonrisa de un suegro? Lógicamente un encuentro así sólo podía acabar como está acabando, con un tipo así zumbando con una tipa así, ella abierta de patas en el suelo mientras él la pone de lado y golpea no sin cierta violencia su cueva desprovista de toda vegetación. Hay una cierta mueca de desazón, no obstante, en su rostro, y mientras el director permanece atento a la escena consigo hacer una foto furtiva donde sólo se ve ese efímero muestrario de condición femenina, temerosa, recelosa, pero que enseguida es capaz de volver a la fanfarria de la ejecución formal de una ópera en la que tiene todos los papeles humillantes. El director le pide que paren. Quiere cambiar algo de la iluminación. Ella se pone una bata y abre un refresco de cola, bebiéndolo con sorbos cuidadosos. Él se dirige a la mesa de la farlopa y tras sopesar algunas posibilidades decide que es mejor luego, no quiere fallar en esta parte, se lo dice la experiencia, al parecer. Luego se pone a comentar algunas cuestiones técnicas con el auxiliar de cámara y parecen discutir.

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Mientras tanto la pornstar ojea un periódico gratuito con cierta alegría en el rostro. Estoy a punto de acercarme y hacerle unas preguntas que parecerían hasta de verdad, que darían el pego y no parecerían una excusa para hablarle. El director se gira y dando voces les pide a ambos que vuelvan a la escena. Ahora él se tumba y ella se pone encima, y mientras él la penetra ella queda frente a mí, mirándome, con sus ojos rasgados, su piel morena, él aprisiona sus brazos, y quiero matarle a él, pero él no está en el contrato, sino ella. Entonces pienso que no tengo nada firmado, como es lógico, un asesino a sueldo profesional firmando contratos, ya lo que hacía falta. Ella gime, sincera o fingidamente, y en un fugaz momento me mira, sus ojos, firmes como sus pechos, perniciosos como una novia en una boda, como una soledad adolescente en casa cuando tus padres se han marchado, y su mirada me penetra con más fuerza que el enorme falo que ella recibe en su interior. Comprendo, además, por qué hago lo que hago. Matar es lo único que justifica que el mundo sea así. Lo llena de equilibrio. Ella se levanta y se queda de rodillas en el suelo mientras él, de pie, se la machaca un rato hasta que se transforma en vaca y la cubre por entero. La manguera y el incendio. Todos aplauden. Se cierra el telón. Ella ríe. El director aplaude. Ha sido magnífico, dice. Otro gran éxito. Pienso lo mismo, hago unas cuantas fotos, hago un par de preguntas demasiado técnicas hasta para ser verdad, y tras mirar cómo ella se quita con unas toallitas húmedas los restos de semen de su cara, me marcho. Tengo demasiadas ganas de matar. Ya puestos, no es demasiado difícil, no exige una gran dosis de ingenio cargarse a alguien que vive en una mansión en las afueras con un anciano que no la tiene para decirle “cariño, no me importa que te traigas el trabajo a casa, ¿puedo echarte una mano?” sino para enseñarla y aplicarse un engaño autoinflingido en torno a la juventud que no pasa, y que uno es un chaval y todo eso. Así que el hombretón se pasa el día en la gran empresa para que trabaja con un gran coche y un gran chófer que lo lleva y lo trae a todas partes. Mientras su futura-señora-de se levanta según le viene en gana o según le haya salido trabajo para la cueva. Últimamente se cuida, sólo trabaja para ir cubriendo algunos favores que debía. Claro, ahora no le va a hacer falta y aunque su futuro-marido-de es un señor majísimo, muy moderno pero sobre todo un tipo que necesita pastillas azules para su sargento rosado y mustio, ella prefiere dejar lo que genéricamente llaman “el mundillo”. Debe ser duro ser pareja de una actriz, o de un actor, porno. Suelen salir los tópicos de “eso es sólo trabajo”, “es como cualquier otro actor”, “luego está el amor”. Pero vamos a ver, ¿sólo trabajo? Entonces, ¿por qué hay

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tantos parados si se puede trabajar follando? Eso nos lleva a la segunda pregunta, ¿Cómo cualquier otro actor? ¿quién ha visto una pareja de actores estables? Y por último, ¿alguien cree que si ves a tu señora cantando por un micrófono de carne de algo más de un cuarto de metro o a tu caballero andante cabalgando sobre una devotchka de turgentes senos mientras te ves plana como la espalda de un frigorífico no vas a desarrollar cierto complejo de odio, frustración y miseria? Es una jodienda, ciertamente. Como la primera vez que fluyes dentro de una alegre muchacha. Hay por ahí algunos que lo pintan todo francamente bonito, que parece que te estuvieras tirando a una vaca rosa en un campo de fresas mientras estorninos azules vuelan sobre parajes psicotrópicos. En realidad suele ser notoriamente hormonal. Caras llenas de lípidos a rebosar que se rozan en un lugar que se cree íntimo pero que, en realidad no lo es tanto pero claro, el ansia de la caza lo cubre todo. Unas ropas escogidas para la típica ocasión de “a ver si esta noche sí” y que resultan ser una combinación de esplendor hortera con una extraña tendencia a lo extravagantemente elegante. Recuerdo que mientras ella se agitaba encima de mí, en lo que generalmente podríamos entender por “mi primera vez”, pensé, precisamente, si aquello era o podía llamarse “primera vez”. Previamente ya había tenido un affaire en el cual me había restregado a gusto con una señorita y ambos habíamos salido ampliamente satisfechos. Con dieciséis años crees que mantener relaciones sexuales consiste en aplicar la técnica del estropajo contra el vaso, que frotando mucho sale espuma. Luego te enteras que no, que además para poder comentar la jugada con cierto éxito tienes que metérsela. Mucho más tarde ella descubre que además de recibirla puede hacer muchas otras cosas y puede pedir que tú le hagas otras muchas cosas. Para entonces ella ya no es una adolescente sino una mujer con casi tres décadas y tú sigues siendo un adolescente sexual, mental y que sigue recurriendo al mismo sistema mecánico-manual para evitar humillaciones nocturnas de fin de semana. En algún momento de aquella “primera vez” ella me quitó la camiseta y todo eso. De entrada resultó un tanto artificial, vamos a mi casa que mis padres están comprando la compra de la semana, pues voy volando, aquí te espero, no tardes que tenemos veinte minutos más o menos. Y empiezas a quitarle la ropa, y descubres un olor extraño, a cuerpo, a calor humano, descubriendo que sus senos son mucho más pequeños de lo que imaginabas, es lo malo de descubrir justo en ese momento el término “relleno de sujetador”, al mismo tiempo que ella te levanta la camiseta y comprueba que, en esa posición, te cuesta más encoger el estómago y el amago de

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abdominales se transforma en algo que se mueve entrecortadamente. Esos movimientos espasmódicos, ese intento de hacer las cosas como las has visto en esas películas que hacen gente como la pornstar y que descubres que o es imposible, porque tu cuerpo no da para más y el de ella tampoco, o bien porque al verte reflejado en el espejo, entre tanta pegatina de osito y de cantante engominado, descubres que todo es tan sumamente patético que te dan ganas de vomitarle encima. En vez de eso, amagas, haces lo que había que hacer y terminas. Fin de la historia. Va a resultarme amargo matar a la pornstar, me recuerda tantas cosas agradables. No puedo, sin embargo, huir de mi propósito, de mi profesión. Matar suele estar tan mal visto, ¿no es cierto? La gente suele huir en nuestra maravillosa entente cordiale occidental de todos aquellos convencionalismos que tengan que ver con la muerte. No es difícil colarse en la casa de alguien que vive con un señor mayor que pasa gran parte del tiempo fuera. No es difícil llegar allí y moverse uno a sus anchas hasta llegar al cuarto de baño. Todo el mundo suele tener una pastilla de jabón, todo el mundo suele meter los pies primero al ducharse. Todo el mundo en invierno suele dejar el agua correr un poco para que esté a la temperatura adecuada. Nadie piensa que una pastilla de jabón pueda ser peligrosa cuando se restriega con fuerza contra el suelo de la bañera en forma, dejando una señal invisible en forma de U. Nadie se para a pensar que al caer el agua caliente empieza a disolver el jabón, lo convierte en resbaladizo. Nadie piensa que una superficie resbaladiza en forma de U puede hacer que te des primero con la nuca en la pared para luego caer sobre el coxis. Perder el conocimiento en una bañera puede ser extraordinariamente peligroso si acto seguido alguien tapa el desagüe y se inunda, y dentro de esa piscina vas notando cómo el agua va penetrando en tus senos nasales, mientras los otros senos, los que tiene siliconizadamente hinchados, van mostrando cada vez un menor movimiento de respiración que se ahoga, un alma que se agota, que se acaba. Le quedan unas 24 horas de tener el clítoris escocido. Nada mejor para ir preparando el terreno que hacer exactamente lo mismo de cada noche, tomar una copa de bourbon en un local diferente cada vez. En esta profesión no conviene hacerse parroquiano de ningún lugar concreto. Y nada mejor que un poco del viejo Jim Bean para concluir el día. Por un trabajo bien hecho, sí señor. Cada vez cuesta más trabajo, eso sí, encontrar un sitio en el que no repetir. Lo que no es un tugurio lleno de adolescentes mentales que sólo no lo son porque lo pone en su fecha de nacimiento es un lugar demasiado sórdido como para que un desconocido pase desapercibido. Esa

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imagen habitual del tipo que entra en un pub o en local con maderas recién puestas, con un camarero simpático que no hace preguntas sino simplemente te pone la copa y te deja en paz, rodeado de gente que ni te mira ni quiere hacerlo, eso existe. Aunque yo no lo he visto. La gente suele estar tan aburrida del tedio de sus propias vidas y tan pendientes de intentar ocultarlo que hablan con los demás mientras se llenan los dedos de sal y restos de cacahuetes y consumen bebidas sin control. Les da igual si el whiskey es añejo de 5 años en barrica de roble o el ron no es más que una puta mierda transparente metida en un vaso de tubo. Si alguien entra y pide un Jim Bean solo, con un cubito de hielo, queda señalado ad eternum. Así que lo mejor suele ser ir a uno de esos sitios con mucho ruido, mucho humo, mucha oscuridad apenas limitada por unos haces de luz láser, y muchos rincones donde apoyarse y esconderse. No desde luego para alejarse del mundanal ruido. Qué descansa vida la de aquél. -Hola, ¿no te he visto esta mañana? ¿no eras el periodista? Uh. Oh. Ok, no perdamos la calma, di algo genial, de esas cosas que se te suelen ocurrir, tipo “escusé mua maumasel, ye pens que ne parlé pá sa lang”. -Ho.. hola.. –trés bien gilipollas. Debería relacionarme más con el mundo exterior, practicar eso de establecer una conversación y no morir en el intento. -¡Vaya! Qué casualidad. Y ¿qué? ¿te gustó? -Ehm… bueno, ehm… -“y el primer premio para la respuesta más desesperante y ridícula es para…”- bueno, sí, estuvo bien, fue una experiencia gratificante. –Por su cara adivino que “gratificante” es una palabra que no esperaba escuchar. Quizá ni siquiera esté en su vocabulario. -Me parece muy interesante que por fin la prensa se interese de una forma seria por los aspectos económicos de nuestro trabajo. Somos profesionales y generamos una gran cantidad de dinero en esta industria. No sé si lo que más me sorprende es escuchar tal cantidad de sujetos y verbos perfectamente concordados o que se refiera a sí misma como una “profesional”. Pensaba que para ser “profesional” había que tener una “profesión”, y que para eso había que saber hacer algo que nadie más sabe hacer. Claro que, viendo lo que hace ella y el muchacho de la enhiesta verga bien es cierto que no creo que haya mucha más capaz de fornicar de tal forma. -Tienes razón, probablemente se ha ignorado durante demasiado tiempo la importante aportación del porno a la economía. –Ella sonríe, tiene unos labios demasiado suaves en

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la apariencia, cruel defecto el del hombre que anticipa el húmedo tacto de la boca antes de haberla besado. Me dice: -Oye, tengo que irme pero, ¿por qué no me haces una entrevista? Así puedes completar un poco más tu reportaje, ¿no? –debería decir que no. -Sí, eso…, eso estaría bien. -Mira, vivo aquí –me dice mientras me entrega una tarjeta que saca de un bolso más pequeño que el hocico de un dodo. -De acuerdo, mañana… -intento pensar cuándo no estará su marido- ¿a eso de las 11? -¡Uf! ¿tan temprano? –sí, es cierto, siempre tuve mentalidad de clase trabajadora, olvidaba que los “profesionales” se levantan tarde- mejor a las 12 o 12’30, ¿te vale? -Me vale. Mientras aún digo mis últimas y estúpidas palabras la pornstar se aleja dejando su rostro flotante en el aire mientras todo el resto de su cuerpo, en un alarde contorsionista… es igual, decir que una actriz porno hace contorsionismo ya es demasiado perverso para añadir nada más. La mansión-en-zona-eh-oiga-qué-está-usted-haciendo-aquí resulta menos

espectacular de lo que esperaba. La había visto en algunas fotos, ni me había dado por desplazarme al lugar. Sí, lo sé, me estoy volviendo un vago y en esta profesión, porque yo sí soy un “profesional”, se puede pagar cara tanta pereza. Además tener que aparentar un aspecto de reportero atribulado por el peso de una redacción en la que no pinto nada no me apetecía. Pero es lo que toca. Llamo al timbre desde una verja alta, a cada lado de la cual sigue un muro de ladrillo oscuro como una tableta de chocolate guardada en el frigorífico durante varias semanas con ese tono ligeramente blanquecino. La voz electrónica de la que pretende ser entrevistada pregunta quién soy y me abre. No hay nadie del servicio aparentemente. Son tiempos duros y algunos de estos señores que mandan en grandes empresas aprovechan para echar a los empleados y re-contratarlos a tiempo parcial para lo que les hace falta puntualmente. A veces el término “re-contratar” es un eufemismo porque no hay ni contrato ni mierdas. -¡Hola! Buenos días, ¡qué puntual! –me dice mientras entorna sus ojos ligeramente rasgados y se ajusta lo que ella debe llamar bata de estar por casa y cualquier persona “no profesional” se pondría para ir a una boda. La saludo, entro, miro una entrada clásica, muy luminosa pero con una distribución típica con escalera en tres cuerpos a izquierda y derecha de un amplio pasillo donde cabría el metro que me ha dejado cerca de aquí (el transporte público

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nunca llega a los barrios ricos, ¿para qué? tienen que enseñar los coches) que deja ver lo que debe ser una piscina. En Internet al menos parecía eso. Me lleva a la cocina, donde se hace un zumo de arándanos mientras me da una conversación de esas que no me interesan, con un enorme contenido de cosas absolutamente banales y efímeras. Pero todo lo que ella hace parece mágico. Hay una elegancia impropia de quien usa las manos para agarrar enormes falos y agitarlo, una forma de mover los labios y sonreír que casi consigue borrar de mi cabeza su rostro chupándola sin parar, un movimiento decidido y un tanto inocente que disfraza de respeto femenino lo que he visto humillarse como una vulgar puta, vestida de rey. Porque incluso las reinas pueden ser putas. Un rey no. La historia es así, qué le vamos a hacer. -¿Quieres tomar algo? -No, gracias. -Bueno, si quieres podemos pasar al jardín, hace un día maravilloso, ¿no crees? Mi sonrisa se funde con su amplia apertura de boca que… lo he vuelto a hacer, es cierto, utilizar esa expresión con alguien que se dedica a lo suyo no es la mejor opción ciertamente. El jardín se encuentra rodeado del mismo muro exterior cubierto aquí con una tupida enredadera. Está poco cuidada, al igual que el césped, que tiene ya algunos centímetros. El jardinero debe pasarse sólo cuando le llama el Señor de la Casa. La piscina está cubierta con uno de esos horribles plásticos para preservar el agua. Siempre he tenido un miedo atroz a esos plásticos desde que vi cómo un tipo se ahogaba al caer a uno de ellos. Caes como un peso muerto y todo el plástico se adhiere a tu cuerpo, tu cabeza casi fundida con la superficie plástica, agitándose, sin poder hacer nada mientras el agua lo mata. El calor vino a mitigar algo el escalofrío casi pre-uterino. -Pues estoy a tu entera disposición, dispara. Es cierto, se me ocurren un montón de frases soeces y chistes malos con ese ofrecimiento. Creo que no podría ser pareja de una actriz porno. Estaría todo el día haciendo bromas fáciles y todo eso. -Dime, ¿cómo te metiste en esto del porno? –la frase suena poco profesional pero ella tampoco parece extraordinariamente capacitada para darse cuenta. Tiene una voz melodiosa, ligeramente acaramelada, como su piel que aparece distante, y tiene ese ligero tono de vulgaridad sensual al mismo tiempo que de cierto esfuerzo por parecer que domina la lengua para algo más que para pasearla por… sí, es que resulta complicado olvidarse de lo que ella es. Lo que dice, en el fondo, me da igual, me cuenta cosas de su infancia, de que era feliz pero notaba que le faltaba algo, de

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una adolescencia donde según ella no era muy destacada y de una juventud en la que quiso hacer algo que fuera realmente artístico, creativo. Me habla del porno como algo artístico. Me lo compara con Macbeth. Me dice que Bodas de Sangre tienen también algo pornográfico. Y yo, claro, no sé si me extraña que pueda haber leído a Shakespeare o a Lorca, o bien si tal extrapolación de sus obras pueda ser, incluso, cierta. Mientras me habla miro fugazmente a la casa. Hay cámaras de seguridad en las esquinas con función de infrarrojos. En el fondo haber entrado puede haber sido una oportunidad o puede haber sido un grave error. De seguro estaré ya en algún disco duro en technicolor y para todos los públicos. Si las cámaras graban a una unidad central en la casa no habrá problemas. Si transmiten a una estación de vigilancia la cosa cambia. Habrá que correr un cierto riesgo. -Disculpa, ¿puedo ir al baño? -Sí, cómo no. Sube las escaleras y… bueno, elige, ¡hay como 4 o 5! Sonrío y me marcho. Casi es un asesinato con preaviso. Subo las escaleras con cierto cuidado. La casa me suena, me es parecida en mi cerebro a un recuerdo planchado con algunas láminas de hierro oxidado. El olvido sale tan barato. Apenas cuesta, ¿qué? ¿un par de copas? ¿una raya en un lavabo para que se te corte y sangres como un espartano recién herido y empalado? De pronto… sí… es, como si hubiera visto la escena a través de una lente, como si… en algún punto he visto la casa en VHS, proyectada en un televisor… desde arriba, como un ángel espía que vislumbra su propia caída y lo graba, para regocijarse de su rebeldía, de renegar de lo inevitable. Los escalones parecen estar anclados al aire, entro en el cuarto de baño, sin encender la luz. No está oscuro, algo rojo lo ilumina todo, viene de dentro mismo pero no hay nada que brille con tanta… fuerza… o sí, el jabón. La pastilla de jabón es roja. Me inclino y la recojo con mis manos, empiezo a frotar en la bañera. Con cuidado al principio, con más intensidad, progresivamente, como en una pieza de jazz que va creciendo, que va tornándose más agresiva. Y el rojo se extiende en forma de U, o de V, según se mire, por toda la bañera, que brilla, que va adquiriendo esa consistencia, voy desgastando el rojo sobre el nuevo rojo, en una luminiscencia primaria, lejana. Como un cuerpo que se desangra sobre la nieve en la noche. Cuando he acabado no hay pastilla roja, se ha terminado. Bajo por las escaleras. La pornstar sigue en el mismo sitio. Me observa. Fumando, con las piernas cruzadas dejando ver un camino de carne hacia la profundidad de una cueva no del todo visible. Pero intuida. Los hombres podemos percibir cosas que otros animales no pueden

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cuando de sexo se trata. Sabemos de antemano como huele, como sabe, el tacto que tiene la piel, incluso el cabello. La actriz me mira y siento algo de vergüenza no por su sexualidad latente, como la bala única de una pistola en un juego de ruleta rusa después de haberte apostado los ahorros de tus niños para la universidad, la casa pagada con hipotecas tortuosas (la nueva Inquisición absorbida en una fusión empresarial con algún gran banco, que quiere ser tu banco, o caerte simpático, o etc.). No, no es por su cuerpo insinuante, sino porque algo parece decirme que lo sabe. Y pienso en mi recuerdo del video, viéndome, me veo subiendo las escaleras como en una grabación de video de cámara de seguridad. Baja resolución. La suficiente para que se supiera que he sido yo. -Siéntese –me dice mientras da una calada a un Karelias. Le obedezco. Me mira intensamente, echa una bocanada de humo por la boca mientras entorna los ojos y me dice: -Sé por qué está aquí. Y luego: -Sé quién le ha contratado. Está aquí para matarme. –Su afirmación es un dardo en el centro de mi orgullo. También una señal de advertencia. No sería la primera vez que la víctima trata de negociar con el verdugo la recompra de su derecho a vivir. Incluso buscando cambiar el contrato para volverlo en contra del primer contratante. Claro que, la parte contratante de la primera parte… y todo eso. Se olvidan del honor. Los asesinos profesionales tenemos honor, no esos inútiles orangutanes que acaban de salir de la selva y siguen pegando hostias y tiros sin cuidado. Hay un código mínimo que cumplir. El honor personal. Un contrato es un contrato. Pero el primer paso es negarlo todo: -No sé de qué me habla, yo sólo… -Déjese de tonterías –me dice sonriendo. –Mi marido no es un cualquiera, él sabe porqué quería casarme con él, y sé muy bien porqué ha hecho lo que ha hecho. Si le ha contratado… algo habrá pensado, no pude evitar aquello, él es un inútil como… no sirve como hombre, no sé si me entiende. La entiendo, sin embargo no entiendo por qué cree que ha sido su marido quien me ha contratado. No sospecha del que debiera ser su hijastro. Debe ser esquizofrénico que tu madrastra tenga dos décadas menos que tú. -Lamento comunicarle que el contrato no es renegociable. Soy un contratista privado y mis servicios adquieren el carácter de exclusivos e irrevocables desde el primer momento en el cual se adquiere el compromiso de su cumplimiento.

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Ella ríe. A carcajadas amplias. Sueltas. Amplias. Se golpea los muslos medio descubiertos mientras se acaba el tabaco en su mano. -Lo siento, mi querido amigo. Creo que no ha entendido que no puede hacer nada. Tome, -me extiende un teléfono móvil-, llámese. -¿Perdone? -Llame a su propio número, ése que tiene para… sus contratos no renegociables. Por un momento dudo. No sé de qué me habla. Ella me insiste con un gesto. Cojo el teléfono y marco. Al otro lado alguien contesta de inmediato: -¿Cómo ha conseguido este número? ¡Mierda! Doy un salto y busco con cierto nerviosismo el otro teléfono, mí teléfono. Lo cojo, lo miro, está activado, pero yo no estoy hablando. La actriz me hace otro gesto mientras dice: -Hable conmigo. -¿Qué…? ¿quién…? -¡No, no! –ríe- a través del teléfono. Me llevo el auricular al oído. -¿Qué es esto? ¿quién es usted y qué…? ¿cómo lo hace? -Ya le he dicho que no puede “cumplir con su contrato”, querido amigo. No puede hacerlo porque yo no estoy ahí, ni usted tampoco. -¿Cómo dice? -Usted está aquí, conmigo, ahora. -¡Déjese de juegos! Esto… Mi cerebro me arde. También me da vueltas. El sol brilla, la hierba es verde en el césped. Ella fuma y está enfrente de mí. Al otro lado ella igualmente me habla y me dice cosas. No es posible. -Deme el teléfono –dice la voz electrónica. -Coja la 26 con la Nacional, de ahí salga por la sexta salida y pasé un motel que verá más o menos ruinoso. Es bonito, no crea. Siga por el páramo hasta llegar a una cabaña levantada sobre unos pequeños pilares. No puedo hacer otra cosa. Sólo obedecer. Sólo averiguar qué pasa. (Viajo por la carretera, solitaria. Dos enormes pechos emiten luz desde mi coche. Ojos de luz que alumbran un delirio. Devorando la piel negra del suelo… …miles de lágrimas amarillas, cortadas a retales puestos uno detrás de otro, tragadas por la inconsistencia invariable del montón de humo, gasolina, electrónica nacional e importada. Conduzco, conduzco, conduzco, rumbo a una cabaña. En la

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noche. Más oscura, tal vez, de mi alma. Un páramo desierto. Una lumbre extraña que vuelve a su estado primigenio, previo a haber sido prendida). Suena ruido fuera. (Suena ruido dentro, de mi cabeza). Caminando hacia el muro maravilloso que lo detendrá todo, este torrente de locura, de inercia sanguínea. La cabaña se encuentra iluminada. Hay huellas de ruedas de coche pero no hay ningún coche. Por si acaso cojo la pistola y la pongo en la cintura, atrás, como en esas películas donde dicen “toma, cógela, podría hacerte falta”, y el protagonista, que nunca ha cogido una, lo hace con toda naturalidad. Hay luz, y la puerta está entreabierta. Es una cabaña de madera con techo a dos aguas, una puerta desplazada a la izquierda y una ventana rectangular en la derecha. Hay una perniciosa sobriedad de espanto. Laderas abajo en el interior de la casa respiran solemnes el vacío de un sofá desdentado en rojo y otro en lo que debía ser blanco. Parece el rincón del alma desolada de un yonqui, es la vagina de una prostituta, es el último hombre justo de Sodoma castigado por su conciencia de no serlo. Nada hay dentro de la casa. Salgo al exterior, musito versos de religiones que ya no existen, me siento en el capó del coche. Cierro los ojos. Puedo ver a la pornstar practicando una felación. Abro los ojos, veo la inmensidad de la noche. Cierro los ojos. Puedo verla practicando sexo anal con su cara de frente, mirándome, guiñándome un ojo. Abro los ojos, sólo la noche que podría haber sido estrellada. Cierro los ojos, la veo cabalgando sobre una verga enhiesta. …und als der Mond im schönsten Kleid hab deinen kalten Mund geküsst… …abro los ojos. La veo desnuda como un cedazo de luna exiliado desde el firmamento. Se revuelca sobre el desierto cubriendo con el polvo su polvo. Y vuelve a mirarme. En las escaleras de la cabaña aparece la siniestra figura de quien creía el futuro hijastro de la pornstar. Viene hacia mí. Me señala la pareja… lo que era una pareja. Ahora sólo un hombre yace, no ya sobre el suelo, sobre un colchón desvencijado. Me mira con miedo. Es el que debía el marido de la actriz. -Vas a morir –me, le, digo. –Tú y lo que eres. -Tienes que matarlo. Matándolo a él cumples con el contrato. El contrato. Era matar a la actriz. -He de matarla a ella –les digo a ambos. En realidad sólo a él, al hombre que me mira desde el suelo con cierto terror. Mira mi tercer ojo apuntándole. La pistola quiere gritar por mí. De pronto la cabaña arde, al revés. Entonces la pistola gime como una actriz porno, poderosamente. El hombre muere. Lo he matado. Eso no estaba en el contrato.

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Monto en el coche, debo huir. Aclarar qué ha pasado. Hablar con la actriz, preguntar, indagar. Resolver. (De nuevo la noche, engullendo en el coche los kilómetros explicados en líneas amarillas que devoran asfalto. Soledad perpetuada… …el día se inclina, la noche sucumbe a la luz, dos faros de frente, dos faros, los míos, ojos perpetuos, iluminan la nada, voy por mitad de la carretera, ocupando el centro de los dos carriles de una carretera perdida en cualquier parte). Regreso a la mansión. Llego a la puerta y nada hay. Ciertas sombras de pasado. Como si el tiempo hace mucho que hubiera cobijado bajo su ala toda aquella estructura. Me acerco al portero automático y llamo. Se escucha cómo alguien pulsa el botón de escucha. Pregunta electrónicamente: -¿Fue usted? Solamente puedo decir: -Sí, fui yo. Yo maté a la pornstar.

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