BRUJAS Y LOCAS Historia (y algunos íconos) en la construcción de la brujería y la locura femenina como formas de discriminación, control y castigo de las

conductas desviadas de las mujeres*
Leticia A. Kabusacki

Introducción
La idea fundacional de este trabajo puede encontrarse en la convicción de que la identidad de mujeres y hombres, la noción que cada uno de nosotros tiene sobre sí mismo, es un concepto complejo conformado por su género, su noción de raza, su situación social y económica, su identidad sexual y también por su ubicación como ser o no insano –“normal”, “racional” o “loco”–. En gran medida, cada uno de estos componentes de nuestra identidad como sujetos es una construcción social, es decir, es el resultado de ciertas prácticas culturales, que luego resultan legitimadas por los discursos científicos y sociales que se perpetúan y reproducen en una sociedad. Entre estos discursos se incluye el Derecho que formaliza ciertas “ficciones” y las reproduce como nociones de “verdad” y “realidad” generando resultados muy diferentes en cada sociedad y momento dados. Muchos ejemplos harían esta afirmación más o menos dramática, más o menos controvertida, pero para acercarnos a los ejes de este comentario, tomemos el caso de un importante número de países en donde el derecho reproduce –por acción o por omisión– la “verdad” acerca de que las mujeres, no siendo sujetos plenos de derecho, deben ser entregadas a sus designados maridos –elegidos como sus legítimos adquirentes– en perfectas condiciones de “uso” y sin haber sido sexualmente “utilizadas” por otro hombre. Para esto, numerosos pueblos someten a las mujeres a procedimientos quirúrgicos precarios para remover el clítoris o a las llamadas

* Versión reducida del paper Of Witches and Mad Mothers, presentado en el “Feminist Legal Theory Seminar”, Columbia University School of law, octubre 1993. Traducción de Martín SERRANO.

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infibulaciones1, intervención sobre el cuerpo que consiste en coser los labios vaginales, de manera de garantizar la virginidad (y/o potenciar el goce) a estos posibles adquirentes. Ambas operaciones tienen su base en ciertas “verdades” construidas y reproducidas como rituales desde tiempos ancestrales pero son amparadas o no prohibidas por los derechos locales vigentes o, en la práctica, cuando normativamente prohibidas, no rechazadas por los operadores del Derecho. En estos ejemplos y a través de estas prácticas legitimadas, las mujeres son mantenidas como sujetos controlados –en sus derechos, sus obligaciones y sus cuerpos–. Cantidades escandalosas de mujeres mueren en estas prácticas, padecen enfermedades que les generan dolores o malformaciones irreversibles o tratan sin éxito de escapar de las jurisdicciones en las que se encuentran sometidas intentando obtener asilo político en otros países2. Ahora bien, en el contexto del análisis de cómo se genera y opera el control, discriminación y exclusión de los epicentros de poder de la mujeres y su tratamiento como “no-sujetos” o “sujetos no-plenos”, es significativo que el resultado importante de estas prácticas sea la producción de un símbolo. En este sentido, como sugiere Valery WALKERDINE, “... la femineidad y la masculinidad son ficciones vinculadas con el imaginario profundamente arraigado en el mundo social, que pueden tornarse en hechos al ser internalizadas por las fuertes prácticas que nos regulan”3. En la regulación de estas prácticas ha jugado el Derecho aunque no solo, sino que contando históricamente con la connivencia de otras disciplinas. En este orden de ideas, es interesante detenerse en la intersección de las coordenadas de la “femineidad” y lo “irracional” (o bien el universo de lo que no responde a la “Razón”). Podríamos afirmar que la locura es una ficción vista como un hecho y percibida como una “realidad” por

1 Se incluyen los pueblos más numerosos e influyentes en Somalía, Etiopía, Nigeria, Egipto (con excepción de las clases medias y altas, que son las que tienen acceso a educación mayor), Gambia, Ghana, Tanzania; también en los Emiratos Árabes, Indonesia, Malasia. Ver The Hosken’s Report, publ. por Win News. Pero también la resección del clítoris ha sido utilizada sobre todo en el siglo XIX como tratamiento de ciertas llamadas “patologías sexuales” en las sociedades occidentales (en particular, en las europeas). Ver más adelante en este trabajo, en la Parte Segunda. 2 Ver, por ejemplo, “INS v. Abankuwah, Adelaide”, actualmente revocado luego de apelaciones, en el que la autoridad de aplicación de Estados Unidos deniega el asilo luego de mantener encerrada a la peticionante en una cárcel de máxima seguridad. Los argumentos esgrimidos más frecuentemente en este tipo de casos, es que la victimización de las mujeres a través de estas prácticas no encuadra en la persecución requerida para configurarse los casos de asilo político. 3 Ver WALKERDINE, V., School Girl Fictions, Ed. Virago, Londres, 1990.

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ciertos individuos. Históricamente las connotaciones que acompañan a la locura han jugado un papel peculiar al ser asociadas con las mujeres, posicionando esta asociación a las mujeres como el Otro en el discurso patriarcal4. La locura es una noción que ha sido específica y efectivamente usada en el control de la mujer, contribuyendo a estigmatizarla como el Otro5. La locura ha sido la categoría empleada para etiquetar los temores y la cólera de la mujer, un vehículo de exclusión de la mujer del mundo “racional”, de la “normalidad” y también un vehículo de ridiculización de la ira contenida por ser objeto de una sistemática marginación. Encontramos un ejemplo de corte local en los primeros años de la dictadura militar, cuando mientras la mayor parte de la población rehuía todo enfrentamiento con las autoridades (militares y policiales), un grupo de mujeres, madres, comenzó a demandar pública y ostensiblemente información sobre la suerte de sus hijos secuestrados por esas autoridades más la reaparición con vida de sus hijos. Estas mujeres fueron conocidas con el tiempo como Las Madres de Plaza de Mayo. Las Madres denunciaron el secuestro, detención clandestina, tortura y desaparición de jóvenes en manos de las fuerzas militares, mientras la gran mayoría de la población negaba la ocurrencia de violaciones a los derechos humanos en el país. Las Madres no estaban en condiciones de probar sus dichos. No podían confirmar sus testimonios ni legitimar su palabra. Ellas tan solo hacían declaraciones públicas intentando advertir acerca de peligrosos ejecutores de los delitos más atroces. Como describió LYOTARD, “ellas estaban desenmascarando el crimen perfecto: los testigos habían sido silenciados, los jueces

4 Simone DE BEAUVOIR sugiere que el posicionamiento de la mujer como el “Otro” es una categoría fundamental del pensamiento humano y explicaría la sumisión femenina. Y así se preguntó: “¿Por qué es que las mujeres no disputan la hegemonía masculina? Ningún sujeto accedería voluntariamente a convertirse en objeto, en lo prescindible; no es el Otro en busca de su definición como el Otro quien determina el Yo. El Otro es conceptualizado como tal por el Yo en su proceso de definición como el Yo. Pero si el Otro no se dispone a recobrar su estatus como partícipe del Yo, debe ser suficientemente sumiso para aceptar este punto de vista ajeno. ¿De dónde proviene esta sumisión en el caso de las mujeres?” (DE BEAUVOIR, Simone, The Second Sex, Ed. J. Cape, 1953, Introducción). 5 Shoshana FELMAN señala que cuando la mujer es apreciada en asociación con la locura, su locura es vista como la ausencia de femineidad. “La mujer es ‘locura’ desde que ella es quien difiere del hombre. Pero la locura es la ausencia de femineidad en la medida en que dicha femineidad evoca al equivalente universal Masculino en la división polar de los roles sexuales. De ser así, la mujer es ‘locura’ desde que la mujer es diferencia; pero la ‘locura’ es la negación de la mujer desde que la locura es la ausencia de aptitud evocativa. Lo que la economía narcisista del equivalente universal Masculino trata de eliminar bajo el rótulo de ‘locura’, es ni más ni menos que la diferencia femenina” (FELMAN, S., Women and Madness: The Critical Phallacy, en The Feminist Reader, Ed. Blackwell, 1991, p. 147).

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eran indiferentes y los testimonios parecían inconsistentes. No había nada que pudiese ser vinculado con los crímenes denunciados. Ningún organismo recababa las pruebas y nadie las aceptaba”. Así, las Madres de Plaza de Mayo crearon la necesidad de conocer la verdad a la vez que contribuyeron a publicitar una nueva figura política: los desaparecidos. En forma paralela a este fenómeno, la Madres fueron descalificadas por el monopolio de la razón que había sido construido por las autoridades. Fueron así confinadas al ámbito de la sinrazón: tanto el régimen militar como la prensa oficial aludían a este grupo de mujeres que se reunían todos los jueves en la Plaza de Mayo como “las locas”. En ese contexto político particular, aquellas mujeres no fueron silenciadas. Por el contrario, el significado de su testimonio y sus demandas fue distorsionado y una razón diferente (o mejor dicho la ausencia de ésta) tiñó sus denuncias públicas. En su carácter de actores políticos, las Madres representaban una voz desafiante. Con todo, su propio protagonismo fue presentado como un error demencial. El ejemplo de las Madres muestra una de las reacciones posibles frente a la participación de la mujer como actor político cuando ésta se atreve a desafiar el poder dominante, usualmente estructurado alrededor de la figura masculina. Estas mujeres desafiaban también la conducta de los hombres como actores políticos frente al manejo de las desapariciones por las Juntas de Gobierno. La Locura fue usada para restar legitimidad a la palabra de mujeres que estaban ocupando el lugar de nuevos actores políticos. Envolviendo sus alegatos en el velo de la locura, el establishment político dominante eliminaba su protagonismo y descalificaba su versión de la verdad. En 1980, el gobierno militar inauguró un “diálogo político” con los principales partidos políticos con la finalidad explícita de obtener un consenso civil para los actos perpetrados por las fuerzas armadas. Así, (hombres) representantes de los principales partidos políticos reconocieron que las desapariciones habían acontecido y asumieron públicamente (y fue entonces tomado por “Verdad”) la imposibilidad de que los desaparecidos estuvieran aún con vida. De esta forma se juzgó al reclamo permanente de las Madres por la reaparición con vida de sus hijos como un signo de Locura6. Esta reacción debe ser entendida no ya como una estrategia política sino dentro del contexto de una ideología patriarcal que no toleró el reto que plantearon las mujeres en la arena política. Actualmente, el control, discriminación y castigo de las conductas de las mujeres consideradas “desviadas” asume formas sutiles y sofisticadas,

6 Ver BONAFINI, H., Historias de vida, Ed. Fraterna, Buenos Aires, 1985.

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generalmente asociadas con la extensa (e intensa) presencia de la mujer en la expansión de los fenómenos definidos a partir de las últimas décadas del siglo XX como “problemas sociales”. Esto es lo que la criminóloga Tamar PITCH llama “la feminización del control social”7. En este ámbito público, las mujeres que dependen de la asistencia del Estado, ya sea por su condición de embarazadas, madres solteras o simplemente “pobres”, son objeto de políticas punitivas8. La mujer perpetradora de ciertas conductas consideradas “desviadas” o también criminales es frecuentemente percibida como “fuera de lugar” en el discurso de la “racionalidad” o de la “normalidad”. El hombre no está “fuera de lugar” y consecuentemente su comportamiento criminal es explicado en forma diferente dentro del propio discurso de la normalidad y racionalidad. Como señala Adam MORRIS, “la menstruación, las dolencias mentales, la pobre socialización, los hogares rotos y todo los demás”, es decir, dentro del discurso de la ir-racionalidad, explica el comportamiento criminal femenino9. Específicamente, la Locura sirvió de pasaporte a un singular tipo de punición que, legitimada por discursos tales como el legal y psiquiátrico, adoptó las formas de “tratamiento” y confinación. En este trabajo, exploraremos cómo los discursos sobre la locura y la mujer han sido entrelazados, destacando el uso de la locura para la construcción del perfil de la mujer de conducta desviada. Pero, nos preguntamos, ¿qué ocurrió antes de que existiera la Locura como categoría, el encierro manicomial, la noción de lo “irracional”? ¿De qué fue sustituta la Locura y quién, si alguien, ocupaba este espacio reservado para estos sujetos excluidos? Pues las locas de antaño fueron las brujas. Su cacería y exterminio a través de la sistemática caza de brujas representa el antecedente histórico de la locura, su tratamiento y confinación. La caza de brujas ha sido además la forma de reacción política contra las mujeres que probablemente no consiguieron ser asimiladas por el sistema político de estructura patriarcal. En la Primera Parte de este trabajo, describiremos cómo la brujería fue utilizada no sólo para castigar ciertos grupos conformados por mujeres, sino para eliminar el saber detentado por ellas a la vez que desafiaban la autoridad y el conocimiento impuesto por los hombres en la sociedad patriarcal. En la Segunda Parte exploramos el impacto del Iluminismo y

7 PITCH, T., The feminization of social control, en “Research in Law” 7, Deviance and Social Control, 1985, p. 112. 8 Ver FINEMAN, M., Images of Mothers in Poverty Discourses, en The Neutered Mother and Other XXth Century Tragedies (en imprenta). 9 Ver MORRIS, A., Sex and Sentencing, en “The Criminal Law Review” (England) 163, marzo de 1988.

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del nacimiento del paradigma científico que desplaza a la caza de brujas y sustituye la brujería por la Locura, se apropia de ésta para sus dominios y eleva la construcción del manicomio para confinarla entre sus muros. Luego, la fusión del manicomio y de la prisión constituirá lo que FOUCAULT ha denominado “el gran encierro”, presentando la Locura y el Delito como mera versiones del confinamiento. En la Tercera Parte abordaremos el papel que juega la Locura en la teoría del control social en las sociedades industrializadas, donde a partir de la tecnificación y la sofisticación de los mecanismos de control social se generaron cambios a este respecto.

I. Parte Primera El arte femenino de la brujería desde el Malleus Maleficarum al Iluminismo
De manera constante y desde tiempos muy remotos las mujeres han sido el blanco de formas abominables de persecución en las que caen sobre ellas atroces actos de violencia. Esta continua perpetración de violencia se funda ideológicamente en el patriarcado y la misoginia, fuerzas ancestrales que se han manifestado en diferentes formas y variaciones a lo largo del tiempo –y en diversas culturas–. En los tiempos llamados “del oscurantismo” –eras que no contaban con la “luz” de la ciencia tal como ésta se presenta a sí misma desde la Modernidad– fueron primordialmente las mujeres quienes conformaron los perfiles del “peligro”, del “demonio”, de lo “desdeñable”. En esos tiempos, mientras se ponían en marcha mecanismos de segregación del creciente número de personas infectadas con lepra y se creaba el castigo físico como vehículo para su purificación, un temor colectivo de muerte dio origen a la necesidad frenética de encontrar la causa de esa desgraciada epidemia. Un acuerdo colectivo tácito adjudicó la presencia de la desgracia a la ira de Dios que –se interpretaba– se manifestaba en la imposición divina de laceraciones en el cuerpo físico como método de expiación. En esa época, las guerras y la exploración de territorios desconocidos fueron seguidas por la propagación de enfermedades infecciosas que cubrieron con sus muchas pestes los indefensos cuerpos occidentales. Se cree que la lepra fue la plaga más terrible; por siglos su horror azotó a muchos pueblos. Pero las enfermedades infecciosas fueron muchas durante los tiempos del oscurantismo y sus efectos de gran magnitud, causando la pérdida de cosechas, gran mortandad de animales y la ruina de economías enteras. Para explicar estas desgracias se atribuyó a ciertas mujeres (generalmente marginadas o pobres) –las brujas– el despertar de la ira de Dios a través de las fuerzas demoníacas que yacían en sus cuerpos. Jane USHER escribe que “los grupos más vulnerables en la sociedad –las mujeres, los pobres, los marginados sociales, aquellos necesitados de la cari-

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dad– fueron culpados por todo tipo de calamidades que no encontraban ninguna otra explicación. Así, una mujer pobre en el seno de una cerrada comunidad aldeana, u otra contra la que se hubiera suscitado algún resentimiento, se tornaba en un chivo expiatorio indefenso y conveniente”. Informes oficiales describieron a las brujas como mujeres melancólicas y endemoniadas, que se encontraban en “un estado depresivo caracterizado ocasionalmente por un comportamiento sombrío y amenazador” y personifica a las “brujas” como mujeres de edad avanzada, ermitañas, con su mascota animal, su “familiar”, haciendo de única compañía en el solitario invierno. Ahora bien, muy probablemente cualquier comportamiento peculiar por parte de estas mujeres fuera el resultado de su posición de aislamiento social en la comunidad aldeana rural10. Sin embargo, la bruja característica, inmortalizada tanto en los cuentos infantiles como en textos de conocimiento para adultos, no siempre era una mujer célibe, la “solterona” de la aldea: por el contrario, las mujeres casadas fueron signadas como brujas en dos de cada tres oportunidades. No obstante, el discurso de la bruja fea y malvada esconde la realidad de las experiencias de suplicio que padeció un alto número de mujeres bajo el estigma de la brujería, invitándonos a desechar la idea de persecución, en vez de facultarnos para ignorar la retórica y examinar aquellas experiencias. Precisamente, es la descripción de las brujas como alienadas sexuales e instigadoras de pasiones no naturales lo que vincula más claramente a la Inquisición con otras formas de persecución de la mujer. Este vínculo se manifiesta en forma clara cuando la lepra, la más letal de las epidemias, tendió a desaparecer y las enfermedades venéreas amenazaron tomar su lugar. Esta nueva amenaza fue también interpretada como el resultado de la ira de Dios pero en este caso fue más fácil encontrar quiénes representaban el disparador último de la incontenible calamidad. Se encontró así que las víctimas de las enfermedades venéreas eran claros provocadores de la ira Divina al dejarse caer en los pecados de la carne. No tomó mucho tiempo el señalar a las mujeres como las principales instigadoras: las mujeres provocaban a los provocadores de la ira de Dios, eran el mismísimo Mal, el Demonio. Para “erradicar” las enfermedades venéreas, el cuerpo de la mujer fue sujeto a tratamientos que resultaban ser verdaderas torturas. Estos tratamientos eran considerados a la vez un castigo y una cura de la carne. Se creía que la cura era alcanzada mediante la ruina del cuerpo ya que precisamente su salud era lo que en primer lugar atraía el pecado11.

10 USSHER, J., Women’s Madness – Misogyny or Mental Ilness?, Ed. De la Universidad de Massachusetts, 1991, ps. 41-48. 11 FOUCAULT, M., Historia de la locura en la época clásica, Locura y Civilización, Ed. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1990.

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La intervención de la Iglesia Católica, una institución patriarcal, en el diagnóstico y cura de las enfermedades favoreció la visión mítica del cuerpo de la mujer como lugar donde se ocultaban las fuerzas oscuras, las fuerzas del Mal. Fenómenos imposibles de entender por la elite patriarcal tales como la menstruación, el embarazo y el alumbramiento fueron (en ciertas ideologías, todavía son) asociados con lo sobrenatural. De hecho, una de las bases del discurso de la mujer como el Otro, como peligrosa, como propensa a la brujería, fue su fecundidad, y particularmente su menstruación. R. SCOT, en 1584, nos decía: “Las mujeres son mensualmente inundadas por indeseables humores y con ellos hierve la sangre melancólica de donde brotan hedores, que fluyen hacia arriba y se transfieren a las fosas nasales y boca… para el encantamiento de lo que encuentren a su paso. De ellas emana un cierto aliento con el cual hechizan todo cuanto desean. Y de entre todas las mujeres, las viejas, flacas, con cejas prominentes y espesas y de ojos hundidos son las más infecciosas”12. Es interesante pensar que en el contexto de los juicios por brujería el temor de los hombres a su propia impotencia y a la castración fue asociado no solo con el sexo sino también con el fenómeno de la menstruación. Se creía que mantener relaciones sexuales durante la menstruación traía aparejada la castración del pene y/o era una fuente de horrores inimaginables. Porque “quienquiera que yazca con una mujer con pérdidas de sangre… no comete un acto mejor que el quemar el cadáver de su propio hijo, nacido de su propio cuerpo, y muerto por la lanza, y tirar su grasa al fuego”13. De hecho, el sexo durante la menstruación es todavía un tabú en muchas culturas y las mujeres durante el período menstrual siguen aún siendo percibidas como “impuras” por quienes interpretan de manera más ortodoxa las principales corrientes religiosas de Occidente, tales como el judaísmo. Sin embargo, esto sólo permite explicar parcialmente el movimiento de la caza de brujas. Las mujeres fueron victimizadas mediante la caza de brujas y el estigma de la brujería en momentos en que el sistema político estaba resquebrajándose. En este sentido, Jane USHER manifiesta que la evolución de las cazas de brujas “fue una respuesta al desmoronamiento del feudalismo y a las amenazas a la Iglesia en el período medieval. La miseria agraria, la plaga, la guerra civil y los cambios e involuciones religiosos impuestos bajo la pena de muerte, resultaron en el quiebre de la sociedad y del sistema de creencias que había mantenido el orden social.

12 SCOT, R., The Discovery of Witchcraft, Ed. Centaur Press, Nueva York, 1584, p. 210. 13 Texto de FAGAREL-ZOROASTRO, citado por USSHER en Women’s Madness - Misogyny or Mental Ilness?, cit., p. 50.

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Como la explicación de la miseria e infecciones no podía ser encontrada en el discurso religioso tradicional, que era cambiante e incierto, ésta debió buscarse otra fuente. Y las mujeres se volvieron los chivos expiatorios. Como las brujas, las mujeres eran una fuente conveniente de maldad, puesto que su ausencia de moralidad era ‘conocida’. Ello dio continuidad a las prácticas ancestrales en las cuales las mujeres han servido [el mismo propósito] para el temor vil de los hombres a sí mismos”14. En suma, todos esos elementos crearon un escenario perfecto para una horrorosa persecución de las mujeres acusadas oficialmente de brujería. El Malleus Maleficarum15 –texto fundamental de la Inquisición– incluyó una descripción detallada de los abominables crímenes de las brujas. Pese a que los libros eran una rareza en aquellos tiempos, el Malleus Maleficarum fue ampliamente distribuido entre la elite masculina encargada de impartir justicia y controlar el acatamiento a las leyes. Jueces, clérigos y doctos internalizaron el mensaje del texto y le dieron la importancia de un mandato bíblico. Algunos autores no encuentran esto tan sorprendente ya que aparentemente la misma Biblia contiene un discurso similar condenatorio de la mujer como “endemoniada seductora”16. Llamativamente, un gran número de mujeres acusadas de brujería ejercían alguna forma de “medicina”. Así, “las brujas-curanderas fueron perseguidas por ser practicantes de ‘magia’. Pero sin dudas fueron las brujas quienes desarrollaron un conocimiento amplio del esqueleto y la musculatura, de las hierbas y las drogas, mientras los médicos todavía derivaban sus predicciones de la astrología y los alquimistas trataban de convertir el plomo en oro. Tan importante era el conocimiento de las brujas que en 1527, Paracelso, considerado ‘el padre de la medicina moderna’, quemó sus textos sobre fármacos, confesando que ‘él había aprendido todo lo que sabía de las Brujas’ (Sórceres)...”17. Como eficientísimas sanadoras, estas mujeres usaban remedios basados en hierbas para aliviar dolores y otros síntomas de las enfermedades

14 USSHER, Women’s Madness - Misogyny or Mental Ilness?, cit., p. 45. 15 Una copia es preservada en la Universidad de Salamanca., España. 16 MORGAN, F., A Misogynist’s Source Book, Ed. Jonathan Cape, Londres, 1989, p. 10. MORGAN cita los dichos de SAN AMBROSIO quien enfatiza el papel de la mujer en la caída en desgracia del hombre mediante la reinterpretación de la metáfora de ADÁN y EVA. SAN AMBROSIO dijo, en el siglo tres después de CRISTO, que “Adán fue conducido al pecado por Eva y no Eva por Adán. Es justo y correcto que la mujer acepte como señor y maestro a aquél a quien ella arrastró al pecado”. 17 ENRENREICH, B. y ENGLISH, D., Witches, Midwives and Nursers: A History of the Women Healers 10, Compendio, Londres, 1974. Citado por USSHER, Women’s Madness - Misogyny or Mental Ilness?, cit., p. 56.

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y también intervenían en los partos. Su conocimiento y comprensión del cuerpo femenino les permitía tomar decisiones creativas (y curativas) en embarazos y alumbramientos complicados. Eran igualmente expertas en abortos. Considerando que en la Edad Media la mente y el cuerpo eran vistos como dominios de los clérigos, estas mujeres se atrevieron a desafiar con su conocimiento las bases mismas del conocimiento de los hombres “normales” habilitados para administrar la verdad sobre ese conocimiento18. Así, acusándolas de practicar brujería, el conocimiento de las mujeres fue descalificado, ellas mismas sacrificadas y sus cuerpos calcinados en la hoguera19. Es importante destacar que si bien la condena a la hoguera fue un destino primordialmente prescripto para las brujas, este modo de ejecución de la mujer estuvo en vigencia en diferentes contextos (geográficos y culturales) durante varios siglos. Por ejemplo, lejos del oscurantismo, durante los siglos XVII y XVIII las mujeres negras sujetas a esclavitud en los Estados Unidos, acusadas de haber participado en “rebeliones” o actos de similar naturaleza fueron sistemáticamente condenadas a la hoguera. Además de ser castigados de este modo sus supuestos crímenes, las autoridades las consideraban seres (pese a que jurídicamente eran “cosas”, propiedad” de sus dueños) carentes de temor hacia Dios, vehículos del mal, lo cual aparentemente las hacía merecedoras de ser consumidas en la hoguera, en contraposición a la suerte de sus compañeros de circunstancias, a quienes usualmente se prefería ejecutar en la horca. Finalmente, después del siglo XVIII, la persecución de las mujeres por brujas y los juicios contra la brujería cayeron generalmente en desuso20. La brutalidad usada contra ellas durante la tortura y ejecución pudo haber sido el motivo que disuadiese de su aplicación. Podría también alegarse que las brujas fueron erradicadas. No obstante ello, la “dispersión” de las brujas coincide con el papel creciente de los paradigmas científicos que se impusieron sobre la teología como filosofía fundacional del Estado. En este sentido, Thomas SZASZ señala que tuvo lugar un “remplazo del concepto teológico de herejía por el concepto médico de enfermedad mental, y de las sanciones religiosas de confinamiento en mazmorras o la incineración en hogueras por las sanciones psiquiátricas de confinamiento en un hospital o torturas denominadas tratamientos”21.

18 FOUCAULT, Historia de la locura en la época clásica,citado. 19 Para una descripción detallada de los casos, ver GIDDINGS, Paula, When and Where I Enter- The Impact of Black Women on Race and Sex in America, Ed. Bantam Books, Nueva York, 1984, p. 10. 20 Los juicios de brujas en Salem, Massachusetts, parecen configurar una excepción. Ver USSHER, Women’s Madness - Misogyny or Mental Ilness?, cit., p. 60. 21 SZASZ, T., The Manufacture of Madness: A Comprartive Study of the Inquisition and the Mental Health Movement, Ed. Routledge, Londres, 1971, p. 138.

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En suma, las mujeres que ocuparon el lugar de las brujas empezaron a ser vistas como seres “enajenados”. Antecedentes de intentos de diagnosticar a las brujas como enfermas mentales, pueden, sin embargo, rastrearse tan tempranamente como en el año 1563, cuando un médico psiquiatra llamado Johann WEYER22, propuso concebir a las brujas como enfermas mentales. Esta concepción ha sido aceptada como parte de la historia de la psiquiatría. De hecho, algunos críticos que exploraron la historia de la psiquiatría encontraron similitudes entre la descripción de las brujas y aquélla de los pacientes que encuadraban en alguna definición psiquiátrica de enfermedad. La concepción de las brujas como mujeres mentalmente enfermas las colocó bajo el dominio de los psiquiatras que tenían su propia versión de la cura mediante tratamientos “compasivos” realizados bajo su supervisión. Un acercamiento crítico a la historia de la psiquiatría y a la psiquiatría misma señala que, aun aceptando que las brujas fueran dementes no diagnosticadas, la versión temprana de tratamiento al que fueron sometidas no era sino una variación de la tortura y castigo. En este sentido, Thomas SZASZ escribió: “El concepto de enfermedad mental tiene el mismo estatus lógico y empírico que el concepto de brujería; en resumidas cuentas, brujería y enfermedad mental son conceptos imprecisos y omniabarcativos, de libre aceptación para cualesquiera de los usos que el sacerdote o el médico (o los ‘diagnosticadores’ legos) quisieran aplicar”23. Sin embargo, el acercamiento de brujas y dementes señalado no coincide con la racionalización que acerca de la persecución de las mujeres acusadas de practicar brujería realiza la llamada “psiquiatría tradicional”. Esta racionalización es un mecanismo que aparece frecuentemente en el análisis de situaciones de espeluznante violencia cuando las mujeres están involucradas como receptoras de esa violencia, impidiendo percibir a las mujeres como víctimas. Los actos atroces de los perpetradores son racionalizados como meras intervenciones e intentos de resolver ciertas situaciones dadas (en cuya creación no intervinieron). En el ejemplo de las brujas como alienadas, la explicación propuesta responsabiliza a las mismas mujeres. Ellas traían consigo la brujería o su locura. La crueldad de las prácticas arbitrarias a las que fueron sometidas por esa mera transportación de la brujería o la demencia no parece merecer el menor reparo. Por el contrario, la modalidad de esas prácticas son interpretadas por la psiquiatría tradicional (entre otros conocimientos) como un producto de

22 USSHER, Women’s Madness - Misogyny or Mental Ilness?, cit., p. 54. 23 SZASZ, The Manufacture of Madness, cit., p. xix.

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la época24. Así, la motivación misógina de los perpetradores de la persecución y castigo de las mujeres caracterizadas como brujas se pierde entre las llamas25.

II. Segunda Parte La reorganización de la locura bajo el modelo científico hegemónico
“Mientras el nombre del desorden femenino simbólico puede cambiar entre un período histórico y otro, la asimetría del género en la tradición de las representaciones permanece constante. De esta forma, la locura, aun cuando aqueja al hombre, es metafórica y simbólicamente representada como mujer: un mal femenino”. SHOWALTER, E., The Female Malady.

II. 1. La utilización del manicomio y el encierro Ya en el siglo XIX, el Estado comenzó la regulación de la locura y la pobreza mediante la utilización del manicomio y la prisión. De esta forma, manicomio y prisión representaron la expresión, tanto práctica como formal, de un modelo de ejercicio del poder que comenzó contemporáneamente con el nacimiento del capitalismo. Desde diferentes lugares, esto fue demostrado por estudiosos como FOUCAULT26, MELOSSI y PAVARINI27. El efecto esencial del encierro es el cercenamiento de la libertad en función del castigo o la protección28. Los espacios disciplinarios nacieron como lugares de instrucción donde la exclusión no importaba una ruptura total con la vida en sociedad. Estos espacios reprodujeron la estructura social hasta sus extremos: obediencia absoluta, jerarquía, sumisión y ad-

24 Sin embargo, una perspectiva diferente faculta la apreciación de otros aspectos del perfil de las brujas. La pregunta sobre quién eran estas mujeres permite situar tanto a víctimas como perseguidores en una relación de poder. 25 Shoshana FELMAN advierte problemas similares en los principales acercamientos de la crítica literaria sobre la locura y las mujeres. Usando a modo de ejemplo el análisis de Adieu de BALZAC por parte de críticos de renombre, demuestra cómo las mujeres son responsabilizadas por su sinrazón o cómo se supone que serán curadas por la razón de los demás y por la infalible intervención (rescate) de los demás (siendo estos otros siempre hombres). 26 FOUCAULT, M., Vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión, Ed. Pantheon, 1977. 27 MELLOSI, D. y PAVARINI, M., Cárcel y fábrica: los orígenes del sistema penitenciario, Siglos XVI-XIX, Ed. Siglo XXI, 1987. 28 Ver Sistema Manicomio - Internamiento:una práctica alternativa del derecho, en “Revista Jurisprudencia Penal”, Santa Fe 159, Ed. Juris, Rosario, 1990.

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hesión a los valores establecidos –características que conformaron también los principios de los procesos terapéuticos de antaño–. De esta manera, emergió una disciplina nueva y sin precedentes dirigida contra el cuerpo. La sociedad moderna requirió del cuerpo mucho más que su lealtad política o la apropiación de los frutos de su trabajo. Nuevas formas de disciplina regularon las operaciones, economía y eficiencia de las fuerzas del cuerpo. Las prácticas disciplinarias que describió FOUCAULT estaban claramente ligadas a la organización moderna de la escuela, el hospital, la fábrica y la prisión que incrementaron el rendimiento del cuerpo. Se crearon los “cuerpos dóciles”, y para su obtención fue necesaria una coerción ininterrumpida en todos y cada uno de los procesos de la actividad corporal. Una “microfísica del poder” fragmentó y repartió los tiempos corporales, sus espacios y sus movimientos. Es en este sentido que el diseño del panóptico de Jeremy BENTHAM capturó la esencia de la sociedad disciplinaria. Entonces, el confinamiento institucional surgió en el seno de la sociedad burguesa cumpliendo diferentes funciones. Como parte de esto, los llamados “sanatorios” funcionaron como lugares de producción y aplicación de las leyes de mercado o simplemente como centros de represión e intimidación. El encierro no surgió como corolario de una ideología preconcebida sino como un fenómeno contemporáneo a la construcción de una nueva racionalidad política, social y económica. Este fenómeno fue precisamente la acumulación primitiva del capital. En este contexto, se erigió una nueva concepción del hombre y su ratio. FOUCAULT demostró que hubo un traspaso de formas proscriptivas a formas prescriptivas de poder, de un patrón jerárquico judicial a otro técnico y policéntrico. En unas cuantas décadas desde el nacimiento de los estados, el loco, el criminal y el “desviado” dejaron de estar regidos por resoluciones judiciales. Nuevos tipos de conocimientos (savoirs) centraron su atención en la discriminación entre individuos normales y anormales, entre buenos y malos ciudadanos. Los médicos que detentaban exclusivamente la legitimación de su conocimiento contribuyeron al surgimiento de la psiquiatría como “disciplina científica”. II. 2. La reasignación de la locura femenina: de lo demoníaco a la sexualidad La era victoriana y la lógica del Iluminismo marcaron un giro importante en los regímenes que confinaron y controlaron no sólo la locura sino también la sexualidad femenina. Fue durante este período que la asociación entre femineidad y patología quedó firmemente arraigada en los discursos científico, literario y popular. Sin lugar a dudas fue en el siglo XIX que la locura se volvió un sinónimo de “condición femenina”. Como parte de la construcción de este fenómeno, en la ciencia que se desarrolló en Occidente tuvieron lugar prácticas psiquiátricas revoluLa construcción de la brujería y la locura femenina

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cionarias. Estas innovaciones fueron principalmente una contribución de Philip PINEL, quien es reconocido por haber “humanizado” los manicomios y removido las cadenas que aprisionaron los cuerpos de los enfermos mentales. Con anterioridad a este toque de “humanidad” introducido en la época del Iluminismo, los hospicios habían sido depósitos de locos, los que eran considerados como animales por percibirse en su pérdida de la razón la pérdida de todo vestigio de humanidad. Como lo describió FOUCAULT, “la locura tomó prestado su rostro de la máscara de la bestia”, por lo que, concluyó, si la locura era un rasgo de animalidad, “tan sólo podía dominársela mediante la disciplina y brutalidad”. Una cita sobre La Salpetriere, el primer y más grande manicomio de Francia, corrobora con exactitud la imagen de FOUCAULT: “Las mujeres alienadas aquejadas por arrebatos de violencia son encadenadas como perros a las puertas de sus celdas y separadas de los cuidadores y otros visitantes por un corredor protegido por una malla de acero; a través de esta malla se pasa su comida y la paja sobre la que duermen; con un rastrillo, se limpia parte de la suciedad que las rodea”29. El predominio de una nueva lógica –la lógica de la razón– pronto abarcó todos los aspectos de la organización política y social. La organización de la locura acusó el impacto de la “era de la razón” al extremo de reemplazar con orden, limpieza y “cuidado” el brutal “tratamiento” brindado a quienes eran confinados. En forma paralela a esta nueva organización tuvo lugar la formación de un establishment médico que, tal vez hasta el presente, ha monopolizado la construcción y manipulación de la locura. El establishment de científicos expertos creó y formalizó la institucionalización del cuidado de los enfermos mentales. Para ello contó con un mandato del Estado. Nada sorprende, pues, que quienes ocuparon la posición dominante de quienes diagnostican y sanan –maestros de la razón– fueran hombres. Ciertamente, las mujeres fueron excluidas del establishment. Sin embargo, ellas participaron del patrón cordura-insania aunque sólo del lado de esta última, del de los diagnosticados, del de los necesitados de cura y salvación. Así como el cuerpo femenino fue objeto de persecución en los tiempos de la caza de brujas, fue también centro de interés de los maestros de la razón. Como señaló FOUCAULT, el sexo mismo –o , hasta cierto punto, el sexo fuera de los confines del sagrado matrimonio– se volvió una patología y fue “psiquiatrizado” en el siglo XIX. Es decir, no obstante que el discurso por el cual se asoció la sexualidad con la insania y la patología puede ser rastreado a través de la historia, su inclusión como una forma de enfermedad junto con la masturbación, el embarazo ilegítimo, la homo-

29 FOUCAULT, Historia de la locura en la época clásica,citado.

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sexualidad, la frigidez, la promiscuidad y la ninfomanía bajo el paraguas de la nosología psiquiátrica, fue un logro de los tiempos victorianos. A los “desórdenes” en la mujer se los creyó capaces de transformar al ángel metafórico en un monstruo voraz y sexuado30. La atención brindada a dichos desórdenes (además de su consideración como desórdenes sexuales, estrechamente asociados con la reproducción) validaron científicamente la antigua percepción de las mujeres a la que dieran cabida los tiempos de la persecución de las brujas. Una cita de Henry MAUDSLEY, médico psiquiatra del siglo XIX, lo muestra en forma elocuente cuando dice: “la irrigación de los ovarios o el útero es a veces la causa directa de la ninfomanía –una enfermedad en la cual la mujer más casta y modesta se transforma en un acceso de lujuria–”31. La patologización de la sexualidad femenina y su vínculo con la insania condujo a la necesidad de encontrar un tratamiento adecuado. Y, entre otros tratamientos posibles, la resección del clítoris fue sistemáticamente practicada en muchas mujeres para curarlas de una sexualidad anormal. El mero encarcelamiento en un hospicio fue también el castigo para las mujeres que daban a luz hijos ilegítimos o para aquellas que eran ultrajadas y consecuentemente traumatizadas por la violación. Las mujeres consideradas promiscuas o sexualmente “activas” eran también candidatas para los manicomios. En efecto, cualquier mujer cuya imagen pudiera ser considerada como una amenaza a las representaciones victorianas de la femineidad podía estar destinada a ser conducida por el camino sin retorno del manicomio. De esta forma, el discurso científico legitimó un sistema de control de la sexualidad femenina a la vez que puso en práctica severos castigos, creando una clase de excluidos conformada por modelos femeninos indignos. A través de los tiempos, el sistema de control de la mujer se mantuvo sustancialmente inalterado. Sin embargo, el mismo fue influido por cambios económicos, sociales y culturales que ocurrieron en forma distinta en diferentes sociedades. Ahora bien, en todos los cambios con respecto al tratamiento de las conductas “desviadas” o punibles de las mujeres evidenciados en las sociedades occidentales, desde el centro hasta la periferia, continúa subyaciendo una (ir)racionalidad misógina.

30 FOUCAULT, Historia de la locura en la época clásica, citado. 31 USSHER, Women’s Madness - Misogyny or Mental Ilness?, cit., p. 72.

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III. Tercera Parte La sofisticación del control social y los nuevos espacios políticos de la locura en las sociedades industrializadas. La pérdida de la hegemonía de las mujeres
En la segunda mitad del siglo XX, el control social en las sociedades industrializadas alcanzó una gran sofisticación. Con la complicidad de la tecnología y los cambios sociales y económicos se crearon mecanismos de control tan diversos como sutiles. El poder ya no aparece ejercido por un agente fácilmente identificable, sino antes bien como un recurso, desigual aunque ampliamente distribuido. Como lo ha sugerido Tamar PITCH, en un escenario en el cual los procesos de socialización tienden a ser asumidos dentro de un marco institucional que “previene” y “rehabilita”, la noción de control social arriesga describir demasiado o muy poco. “Consenso, disciplina, represión, coerción: ¿es posible aún distinguir con claridad entre estos fenómenos?”32. La noción de control social que se ha concebido en las últimas décadas da cuenta de un conjunto de fenómenos que no son necesariamente unidireccionales y que comprenden la actuación de agentes institucionales en los que se delegó la potestad de definir y reglar de muy diversas formas lo que es y lo que no es normal. Entre esos agentes se encuentran el sistema de justicia criminal, el derecho y sus instituciones auxiliares y los servicios psiquiátricos y demás prestaciones vinculadas. El conjunto de fenómenos incluye también la actuación de agentes institucionales que se encuentran involucrados en la distribución selectiva de recursos y servicios (como ser los legales, médicos y económicos), de forma tal que dicha actuación se basa y a la vez contribuye a la producción de nociones sobre lo normal33. Como resultado de lo antes dicho, los medios tradicionales de construcción y castigo de las “conductas desviadas” ya no son el elemento central ni exclusivo en la marginalización del “sujeto desviado”. La Locura y los centros de internación que la regían y controlaban atravesaron también por grandes cambios en las sociedades industrializadas. Las paredes de los institutos para enfermos mentales dejaron de ser necesarias para la contención de la Locura y sus Otros al margen de la sociedad. Los cambios reflejaron las nuevas miradas de las ciencias sociales y el impacto de la ciencia médica en las estrategias empleadas por los diversos agentes de control social.

32 PITCH, T., The feminization of social control, cit., p. 112. 33 Ver PITCH, T. Al respecto, PITCH apunta que la construcción de los llamados “problemas sociales” se ha tornado un punto de capital importancia. “Los ‘problemas sociales’ pueden ser medicalizados y/o reprivatizados y la idea de ‘prevención’ desplazada por la de ‘retribución’”.

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Así, originados en las propias comunidades, las sociedades industrializadas contaron con dos modelos distintos de des-institucionalización que revelaron diferentes actitudes frente a la Locura. A su turno, estos dos modelos acusaron un impacto diferente en la vida de las mujeres. Ellos fueron los modelos paradigmáticos desarrollados, a modo de ejemplo, en los Estados Unidos y en Italia, respectivamente. III. 1. El desarrollo de nuevas racionalidades. La experiencia estadounidense y el modelo italiano En la segunda mitad del siglo XX se cuestionó la legitimidad de la misma psiquiatría y se descorrió en cierto modo el velo de sus afiliaciones. Las posiciones teóricas de la “antipsiquiatría” y los “psiquiatras radicales”34 expusieron sus críticas sobre las prácticas y nociones de la psiquiatría dentro de la profesión médica, las que se hicieron sentir particularmente en la psiquiatría pública. Las funciones punitivas del confinamiento manicomial y los caracteres de control y custodio que presentaba el proceso de institucionalización fueron también revelados desde otras disciplinas. A este respecto, los avances teóricos de GOFFMAN35 en los Estados Unidos tuvieron una inmensa influencia en las ciencias sociales occidentales. Al considerar la locura como producto de las relaciones sociales, se denunció que el propio proceso de exclusión de los enfermos mentales tiene comienzo en la sociedad “normal” y que, en consecuencia, la prevención y el tratamiento de la locura no debiera tener lugar en los hospicios sino en el seno mismo de la vida comunitaria. Tanto GOFFMAN como otros teóricos consideraron a los manicomios como la última etapa en un proceso de selección que culminaba con la exclusión de una determinada parte de la población. Pero también en las postrimerías del siglo XX las sociedades de capitalismo avanzado encontraron a los hospicios o instituciones mentales arcaicos e inapropiados para sus necesidades. Esto fue denunciado por los teóricos del control social quienes observaron que los “centros de salud mental”, en esas sociedades en particular, habían sobrevivido más allá de la utilidad que alguna vez reportaron al Estado36.

34 Al respecto, la obra de Thomas SZASZ y Franco BASAGLIA marca una ruptura con la psiquiatría tradicional. 35 GOFFMAN, E., Internados - Estudio sobre la condición de los enfermos mentales, Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1981. 36 Ver, PAVARINI, D., Control y dominación - Teorías criminológicas burguesas y proyecto hegemónico, Ed. Siglo XXI, Buenos Aires, 1983; SCULL, A., A new Trade in Lunacy: The recommodification of the mental patient, en “American Behavioral Scientist” 24, 1981, p. 741; SCULL, A., Decarceration. Community Treatment and the Deviant: A Radical View, Ed. Rugters, 1984.

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La tecnologización y sofisticación del control social contaron con un aliado muy poderoso que minó la necesidad de la materialidad de las paredes de los hospitales psiquiátricos. Este aliado fue la creación y el uso de psicotrópicos por los profesionales de la salud. El uso legítimo de drogas fuertes para el control y modificación de la conducta de los pacientes mentales permitió, una vez más, un nuevo toque de “humanidad” en el tratamiento de la Locura37. Ciertamente la reducción de los pacientes a niveles de fácil manipulación y la consecuente remoción del “peligro” situó a los profesionales de la medicina en un ambiente tal vez un tanto más científico. Con independencia de la forma en que los profesionales de la salud se perciban a sí mismos y a su arte, no hace falta indagar profundamente para notar las similitudes existentes entre las cadenas de sujeción y las químicas. En suma, teorías, fármacos y política fueron aliados e inspiraron la tendencia hacia la des-institucionalización –un movimiento que acompañó el nacimiento de una nueva razón–. La ideología de la des-institucionalización denunció el funcionamiento real de las instituciones para enfermos mentales, señaló su preocupación por la suerte de los individuos allí confinados. Denunció también al encierro como un medio de marginalización de ciertas porciones de la población. Teniendo en cuenta que la inmensa mayoría de los pacientes de los institutos mentales eran (son) pobres, la ideología de la desinstitucionalización puso en el tapete la necesidad de asumir una respuesta comunitaria a la exclusión institucionalizada. A este respecto, los grupos feministas, defensores ante la discriminación de los homosexuales y de las minorías raciales fueron responsables de significativas contribuciones al presentar retos permanentes a las ideologías tradicionales, que poco a poco fueron incorporando perspectivas diferentes respecto de los problemas sociales y las vastas relaciones de poder. Así, fue la misma comunidad el centro de toda propuesta de cambio. Ello presupuso la necesidad de devolver a los “locos” al seno de ésta. Esta idea cobró materialidad en las experiencias italiana y estadounidense, sólo que en esta última38 encontró sus límites en el costado excluyente, rí-

37 Ver, en general, CASTEL, R., El orden psiquiátrico. 38 Frecuentemente se alude a la experiencia americana como política “estilo REAGAN”, haciendo con ello referencia a su política como gobernador de California, mediante la cual Ronald REAGAN promovió el vaciamiento de los hospitales como una estrategia de reducción del gasto público, lo cual en gran medida dio origen a una vasta población de minorías “sin techo” (primordialmente de raza negra) que nunca fue mezclada con el resto. Ver LOVELL, A. y SCHEPER-HUGHES, N., Dangerous, Deviancy and Madnes, en “International Journal of Law and Psychiatry” 9, 1986, p. 364.

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gido y prejuicioso de las propias comunidades39. En efecto, la versión americana de la desinstitucionalización fue más afín al abandono y desatención de aquellos que alguna vez fueron encerrados. Más aún, las instituciones mentales nunca fueron cerradas. Por el contrario, las funciones de custodia atribuidas a los manicomios fueron transferidas de los hospitales administrados por los distintos estados a instituciones fundadas por el gobierno federal o financiadas en forma privada40. De esta forma, una situación conflictiva que aquejaba a la sociedad en su conjunto y como un todo fue vista tan solo como una carga financiera para los contribuyentes “sanos”. No es por ello sorprendente que el sistema de justicia criminal de los Estados Unidos “parece haber absorbido una parte aún mayor de la población que la que en años previos fuera confinada a los hospitales psiquiátricos (...) Para otros potenciales internos psiquiátricos o aquellos que alguna vez estuvieron hospitalizados, la ‘comunidad’ es un ambiente hostil y de rechazo, ya sea en el seno de las ciudades o en sus áreas periféricas, donde ‘el nuevo intercambio de locura’ se encuentra en los albergues asistenciales. Y para otros, inclusive, sólo restan las calles, los depósitos de transporte, los umbrales de las puertas y refugios de emergencia. La comunidad a la que pertenecían estos individuos marginales, si acaso alguna, es aquélla compuesta por individuos como ellos, tratando de sobrevivir en los márgenes o fuera de los sistemas regulatorios”41. De hecho, se crearon nuevas categorías de conductas desviadas y cuestiones básicas tales como la falta de techo, comida e ingresos contribuyeron a desdibujar la línea entre psiquiatría y asistencia social; y la pobreza y abandono que alguna vez se apreciara en los hospicios se vieron entonces reflejados en las calles. La experiencia estadounidense de des-institucionalización, pudiendo haber desafiado la legitimidad del saber de la psiquiatría, sólo demostró que aún está fuerte e intacta. La psiquiatría es todavía hoy un “agente del Estado” y su poder no le ha sido disputado. El impacto de la ideología de la desinstitucionalización ha sido más bien débil en tanto que el poder logrado por las ciencias de la salud se ha ampliado y esparcido a un circuito paralelo de servicios y respuestas terapéuticas alternativas a la locura42. El espectro de posibilidades para el ejercicio del poder profesional y psiquiá-

39 Ver SCHEPER-HUGHES, N.: Dilemmas of Deinstitutionalization: A View From Inner-city Boston, en “Journal of Operational Psychiatry” 12, 1981, p. 90. 40 LOVELL y SCHEPER-HUGHES, Dangerous, Deviancy and Madnes, cit., p. 364. 41 Ídem. 42 Ver CASTEL, R. y otros, The Psychiatric Society, Ed. Columbia University Press, 1982.

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trico sobre los individuos descarriados ha sido expandido, reproduciendo lo que FOUCAULT describió como un “archipiélago carcelario” con reglamentaciones y controles permanentes tomando lugar en diversos puntos43. Otro ejemplo que difiere con la experiencia americana fue el movimiento anti-institucional tuvo lugar en Italia desde los comienzos de la década del 60 y generó una fuerte autocrítica dentro de la psiquiatría a la vez que denunció su carácter de instrumento de control social. Este movimiento tuvo una expresión concreta en la reforma radical del hospital psiquiátrico estatal de Gorizia y recibió apoyo de una reforma legal que tomó forma mediante la Ley 180. Guiada por Franco BASAGLIA, la comunidad de Gorizia participó en el desmantelamiento de su manicomio. Médicos, enfermeras, miembros de la comunidad y pacientes trabajaron en forma conjunta para destruir el internado y reinsertar a los internados a la vida en sociedad. Gracias a que el proceso fue entendido como parte de un problema político más amplio y el desafío tuvo sus raíces en la propia comunidad, el hospital mental de Gorizia fue transformado con éxito en un conjunto de lugares “normales” tales como un bar, una guardería para niños y una cooperativa de mudanza44. En el centro de las reformas propuestas por BASAGLIA se encontraba la deconstrucción de la locura como concepto médico. BASAGLIA decía: “No sé qué es la locura. Puede ser cualquier cosa o nada. Es una condición humana. La locura se encuentra presente en cada uno de nosotros, de la misma forma en que lo está la razón. El problema radica en que la sociedad, para ser capaz de llamarse a sí misma civilizada debería aceptar tanto la razón como la locura...”45. Franco BASAGLIA, conjuntamente con Franca ONGARO BASAGLIA, sostenían que la internación por razones mentales creaba su propia enfermedad mediante la exclusión y segregación de ciertos sectores de la población. Pusieron de manifiesto la imposibilidad de determinar fronteras precisas de la dolencia y los efectos de la institucionalización y marginali-

43 FOUCAULT, Vigilar y castigar, citado. 44 Ver BASAGLIA, F., Dalla Psichiatria Fenomenologica All’Ésperienza Di Gorizia, Ed. Einaudi, Turín, 1981. Franco BASAGLIA fue el Director del Hospital Psiquiátrico de Gorizia y desde esa posición condujo la reforma. Una vez que el hospital fue totalmente desmantelado, los numerosos edificios que lo comprendían recibieron un número municipal como cualquier otro edificio en la ciudad. Los pacientes, familiares, amigos, doctores y enfermeras formaron cooperativas. Participaron de actividades diversas. Una de ellas fue la filmación de comerciales aprovechando el talento de los pacientes quienes no se mostraban tímidos ante las cámaras. Tan solo quedó una única unidad, con pacientes que necesitaban de atención médica para el tratamiento de su esquizofrenia. 45 BASAGLIA, F., Conferenze Brasiliane [Conferencia Brasilera], en LOVELL y SCHEPER-HUGHES,

Dangerous, Deviancy and Madnes, cit., p. 361.

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dad. Los síntomas de la supuesta locura eran construidos de acuerdo con las formas en que la sociedad juzgaba necesario tratar con ella. Los institutos para enfermos mentales (manicomios) reprodujeron, así, todas las perversiones presentes en las relaciones humanas, a la vez que creaban una enfermedad que le era propia46. BASAGLIA escribió que el manicomio “es una enorme caparazón repleta de cuerpos que no pueden sentirse a sí mismos y que se sientan allí, esperando que alguien venga a medirlos y a hacerlos vivir donde y como ellos decidan que encajan; vale decir (...) al fin y al cabo (son) transformados en objetos…”47. “Cuando alguien alienado ingresa a un hospicio, deja automáticamente de ser loco y es transformado en una persona enferma. El problema es cómo deshacer el nudo, cómo superar la locura institucional y cómo reconocer la locura donde sea que ella se origine, esto es, en la vida misma”48. III. 2. La pérdida de la hegemonía femenina A partir de estas experiencias y nuevas racionalidades, resulta interesante observar que en su análisis teórico desde distintas disciplinas el cuerpo es tratado permanentemente como si fuera uno y único, como si las experiencias relacionadas con el cuerpo del hombre y la mujer no difiriesen, y como si el hombre y la mujer suscitaran un mismo vínculo con las instituciones características de la vida moderna. Sin embargo, a pesar de los últimos cambios a los que ha acudido el multi-fenomenal control social de las mujeres, puede todavía detectarse la vigencia de la noción de la Locura como un fenómeno “femenino” y quizá, si tuviéramos la oportunidad de profundizar este trabajo y traerlo hasta el presente, encontremos la versión actual de aquellas brujas, las locas de antaño.

46 BASAGLIA, F., La Distribuzione Dell’Ospedale Psichiatrico Come Luogo Di Istituzionalizzazione. 47 BASAGLIA, Dalla Psichiatria Fenomenologica All’Ésperienza Di Gorizia, cit., p. 251. 48 BASAGLIA, Dalla Psichiatria Fenomenologica All’Ésperienza Di Gorizia, citado.

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