Novela y poesía en los cincuenta (o los cincuenta de otra manera

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Andrés Trapiello

! Ínsula,

núm. 49

Madrid, 1950
CO LECCIÓN AN D RÉS TR API ELLO, MAD RI D

La revisión que se ha hecho de la literatura escrita durante la Guerra Civil, o al hilo de ella, poco antes o poco después, ha de llevarse a cabo con la literatura de la posguerra. Durante muchos años, dentro y fuera de España, se pidió insistentemente una mayor atención a la literatura del exilio, americano en su mayor parte, en el convencimiento o la idea generalizada de que los principales damnificados literarios de la guerra habían sido, como en la vida, los escritores que tuvieron que dejar el país en 1939. Hace mucho tiempo, sin embargo, que formuló uno la hipótesis, ya contrastada, según la cual los escritores que ganaron la guerra perdieron los manuales de literatura, en tanto que a quienes la habían perdido parecía concedérseles el estatuto de buenos, solventes, interesantes escritores sólo por el hecho de haberla perdido. Esta idea, tras algunas irritadas o malintencionadas tergiversaciones, ha sido, creo, ampliamente aceptada ya, como deberá ser aceptado, y mejor pronto que tarde, el hecho de que a pesar de Franco y de su régimen hubo quienes pudieron llevar adelante proyectos intelectuales y literarios serios, solventes, perdurables. Aunque la fantasía de que la España del franquismo era un erial intelectual y literario está tan arraigada, que pocos por el momento parecen atreverse a cuestionarla por temor a ser acusados de fascistas o cuando menos de apestosos colaboracionistas o mixtificadores. Al fin y al cabo todo el mundo sabe, de una manera más que práctica, que si algo contamina hoy día en España, país especialmente perezoso para las revisiones críticas, es la sospecha de que le consideren a uno un reaccionario, sin que sepamos muy bien a estas alturas a qué podemos o no llamar reacción literaria. Para entendernos: en 1938 juraron en nombre del ángel custodio lo mismo D’Ors que Baroja, y la mayor parte de los mejores y más respetados escritores españoles que aquí escribieron su obra en esos oscuros años, ni se vieron en la necesidad de publicarla fuera ni fueron encarcelados al hacerlo aquí. Tampoco es probable que la hubieran escrito mejor fuera (aunque reconozcamos que no tenemos derecho a las fantasías abusivas). Y entendámonos: no fue tanto por la bondad de un régimen que ya había mostrado su carácter asesino en miles de ejecuciones y un sistema represor barbárico después de la guerra, como por su íntimo convencimiento de que al fin y a la postre la sociedad que había sobrevivido tras la guerra estaba tan atemoriazada y destruida como para arriesgarse a nada por un librito de versos o una novela. Admitamos, pues, que la razón ética, la razón política y la razón literaria no siempre van juntas. Especialmente difícil de comprender para algunos es que de lo que aquí se trata no es tanto de una competición sino de un reconocimiento. No estamos tanto para determinar si lo de «aquí» era mejor que lo que se escribía «allí», o al revés, si los escritores exiliados eran mejores escritores que los que de una u otra manera escribían gracias al régimen (con su recompesa o su beneplácito), o que los aquí escribían, fueran o no del régimen, aceptando las reglas que imponía el régimen, su censura y todo lo demás. Porque hemos de preguntarnos la razón por la cual algunos pocos escritores llegaron a escribir en las condiciones adversas del franquismo una obra que otros, en la libertad de países democráticos, no fueron capaces de sacar adelante. Y como los ejemplos son sumamente pedagógicos, recurramos a ellos: ¿En qué desmerecen las obras de Leopoldo Panero, Blas de Otero o Claudio Rodríguez (y estos tres nombres están elegidos con especial cuidado: uno como alguien a favor, otro como claramente en contra y el último como alguien a un lado), que en la España franquista escribieron y publicaron la mayor parte de su obra, en qué desmerecen sus obras, decía, de las de tantos otros escritores de su tiempo, que por razones políticas, hubieron de publicarlas en México o Argentina? En cuanto
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a la novela, ¿hasta dónde podríamos sostener que Sender, Barea, Francisco Ayala, Rosa Chacel o Max Aub son «mejores» escritores que Carmen Laforet, Miguel Delibes, Sánchez Mazas, Miguel y Lorenzo Villalonga, Sánchez Ferlosio o Ignacio Aldecoa, cuyas obras aquí se publicaron? (Y es deseable que no se aduzcan asimetrías generacionales o acrónicas en estas comparaciones, pues que de lo que aquí tratamos de momento es de la viabilidad literaria en la dictadura franquista y en aquellos países en los que desarrollaron su carrera la mayor parte de los exiliados españoles, y no de generaciones; en la precariedad nacional o en la del exilio, en la abundancia del régimen o en la que disfrutaron algunos, pocos, privilegiados exiliados.) Por último, y antes de meternos en harina, consideremos una cuestión cuando menos curiosa. De la misma manera que una gran mayoría de estudiosos, críticos y público en general ha creído que la literatura del exilio era la gran literatura española de ese tiempo, en detrimento de la que en España, por las razones políticas sabidas, no pudo desarrollarse, se considera que la única e importante pintura española de esos mismos años era la pintura que se hacía precisamente en España, ya que no siempre con Franco sí al menos bajo Franco, y sirviéndose de las organizaciones, sindicatos y bienales franquistas, y no en el exilio, cuyos artistas, de Seoane y Souto a Arteta, Alberto Sánchez o Gaya, quedarían arrumbados durante muchos años. Digamos que los argumentos que se han barajado para explicar el erial literario en el que supuestamente se había convertido España, a la hora de pensar el arte de ese momento (y no digamos nada del cine español de ese momento, en el que florecieron alguna de las obras maestras de toda su historia), los argumentos, digo, quedan desactivados o más aún, convierten el erial en un vergel de modernidad y europeísmo, como si el mismo franquismo aplicado sobre la literatura actuara como un poderoso herbicida y defoliante, y aplicado sobre el arte o el cine se mostrara como un milagroso abono de prodigiosos resultados (y aparquemos aquí, de momento, todas esas explicaciones pueriles de muchos de los artistas protagonistas de aquellas aventuras oficialistas de los años cincuenta, que trataron de justificar su colaboración con el régimen de Franco arrimándose las más variopintas, rizadas y fabulosas filaterías). Así pues, parece llegado el momento de ir mirando las obras y los autores uno por uno, una por una, sin perder desde luego la visión de conjunto, y dejando en un segundo lugar, si la obra y el autor lo permiten, sus particulares trayectorias políticas, no siempre manifiestas. Y eso, qué duda cabe, sólo lo permite el paso del tiempo. Empecemos, pues, por... los periódicos y las revistas. Cierto que el control político sobre ellos era férreo y que no todos los escritores tenían franca la entrada en sus páginas. Pero no olvidemos que los cuarenta han quedado atrás. Las víctimas no podían saberlo, es cierto, pero la historia así nos lo confirma. La represión criminal y repulsiva de los años cuarenta sobre la numerosa población de los vencidos ha remitido algo y los vencidos se han dado cuenta, tras el desentendimiento de los países democráticos vencedores en la guerra mundial, de que la dictadura de Franco va para largo, quedando en arrequives puramente testimoniales o suicidas las manifestaciones antigubernamentales, y si en 1945 aún eran posibles algunos gestos gallardos, públicos o clandestinos, contra la Falange o contra el régimen, a partir de esa fecha la mayor parte de los que veían alguna posibilidad de revancha o de lucha admiten de una manera harto dolorosa que supervivencia y silencio vienen a ser una misma cosa. Pese a lo cual es un momento excepcional de cierto periodismo literario (el otro, no hay que recordarlo, sin libertad no era posible), y durante unos años comparten linotipias y rotativas los mejores periodistas del siglo, en los que únicamente echamos en falta a unos pocos, ya muertos, como Unamuno o Chaves Nogales, u otros, como Corpus Barga, en el exilio pero no silenciados, o repatriados, pero silenciados o silenciosos, como Ortega y Gasset o Pérez de Ayala (y en este caso no siempre de la misma manera). Así pues, en los periódicos españoles de los cincuenta aún pueden leerse artículos de Baroja, de Azorín, de Gómez de la Serna, del antiguo nacionalista Risco, de Pla, alguno de Gaziel (autor de unas desoladas Meditacions del desert, precisamente sobre el desierto moral de la España de los cincuenta), de Sagarra, de Cunqueiro, de Ruano (que en 1951 publicaría sus magníficas Memorias), de D’Ors, de Camba, del prosista Pemán, de Montes, de Mourlane Michelena, de Foxá, de Sánchez Mazas, de Fernández Flórez... En cuanto a la prensa literaria, no olvidemos que la permisividad y permeabilidad de las fronteras entre vencedores y vencidos fue aún mayor, y en unos años una revista como Ínsula, primero, nacida en los cuarenta, o Correo Literario, dirigida por Panero y no menos admirable que Ínsula, pero de muy corta vida, y poco después Papeles de Son Armadans, ya en los cincuenta, lograrían reunir en la literatura y en la poesía lo que la guerra había separado, haciendo de nuevo habituales para los lectores españoles nombres como los de Cernuda, Salinas, Guillén, Juan Ramón Jiménez, Moreno Villa, Rosa Chacel, María Zambrano, Ramón Gaya, Bergamín, Gil-Albert y otros muchos en los que sólo una ausencia parecía patente, la de Alberti, cuya obra a menudo abrevaba en veneros estrictamente políticos que la hacía impublicable en España, si bien algún autor español, como Gabriel Celaya, que abrevaba en las misma fuentes, iba consiguiendo, no sin tropiezos y visitas a las dependencias policiales, que su poesía circulara, y ya en los últimos años del franquismo, de manera masiva. El propio régimen comprendió, pues, que para los delitos de opinión le bastaba con sus censores, sus leyes y su brigada político social. Del resto se ocuparían los propios ciudadanos que advirtieron muy pronto lo que podía o no decirse,
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Correo Literario. Arte y letras hispánicas,

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núm. 2

Madrid, Ediciones Mundo Hispánico, 1950 (Director: Leopoldo Panero)
COLECCIÓN ANDRÉS TRAPIELLO, MADRID

ANDRÉS TRAPIELLO

escribirse y publicarse, desarrollando un instinto que recibió el nombre de «autocensura». Hasta los mismos escritores del régimen parecieron desentenderse de los tiempos de combate. Sánchez Mazas, por ejemplo, ni siquieta tuvo la necesidad, después de 1939, de volver a sus viejos artículos doctrinales; Foxá, que no había sido nunca un ideólogo y lo único que a él le preocupaba de la revolución del 36 es que le hubieran roto la vajilla y degollado un par de cuadros, se limitó a vivir la vida como le permitían sus destinos, su condesado y las mujeres; Dionisio Ridruejo si no frontalmente enfrentado con el régimen (al fin y al cabo aún vivió de un sueldo oficial después de ser represaliado y desterrado), confiaba aún en los años cincuenta en un milagro que hiciera posible la revolución pendiente (y revolucionaria fue la publicación, recién terminada la guerra, de las obras completas de Antonio Machado en los libros que publicaba la revista Escorial), mientras alguien como Antonio Tovar, mucho más pragmático, hacía por su parte todo lo posible para el milagro metiendo bajo palio a Franco en la Universidad de Salamanca. Esto por hablar de algunos intelectuales del régimen. Digamos que sólo Pemán, o Montes, o algunos de los anteriores ocasionalmente, entre los escritores notorios (cuando oían la sirena del zafarrancho), se encargan de recordar de vez en cuando a sus lectores cómo y de qué modo llegaron al poder, y cómo y de qué modo deberían conservarlo de las fantasmales conspiraciones judeomasónicas que de modo más o menos recurrente, como las tercianas, asomarán por determinados subsuelos. Los cincuenta son, pues, años en los que coinciden muchas cosas. Azorín era, cierto, un hombre del pasado, pero publica en esos años algunos de sus libros y novelas más hermosos, por lo mismo que en los años cuarenta Baroja había dado a la prensa una de sus obras cumbres, más allá de la literatura testimonial: sus divertidas y ácidas memorias. Pero se entiende, o me parece a mí que eso es lo que se pide de uno, que consideremos únicamente como de «los cincuenta» a aquellos escritores a quienes por edad parecerían pertenercerles esos años más que a otros. Recordaremos algunas revistas magníficas, aparte de las citadas: la cordobesa Cántico, fundada en los años cuarenta por un grupo de poetas, al frente de los cuales estaban Pablo García Baena y Ricardo Molina, y en el que figuraba el lírico Mario López; o la que en Barcelona con el nombre de Laye congregaba a los poetas, críticos y novelistas como los hermanos Goytisolo, Costrafreda, Gil de Biedma, Ferrán, Ferrater, Barral, Castellet o Carnicer. O la malagueña Caracola, en la que volvieron a reunirse los poetas del 27, o... Muchas fueron las que en verdad se editaron en España, aquí y allá... Unas mejores que otras, como siempre ha ocurrido, y si se estudian con alguna objetividad y atendiendo a los contenidos literarios y a su calidad, se verá que muchas eran poco más o menos como otras publicadas antes de la guerra. Los cuarenta y cincuenta son, en poesía, los años en los que los poetas del 27 que se habían quedado en España, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre o Dámaso Alonso, nos dan sus mejores libros (Alondra de verdad, Historia del corazón o Hijos de la ira, respectivamente), al igual que lo harán los de la generación siguiente, Luis Rosales, Leopoldo Panero o Agustín de Foxá (el poeta Sánchez Mazas, en cierto modo, sólo será un poeta póstumo), o Blas de Otero, o Gabriel Celaya, o los ya mencionados del grupo Cántico, así como los poetas que dos revistas de los años cuarenta, Garcilaso y Españada, habían encuadrado militantemente en una estética esteticista o arraigada, por usar el lexicón de la época. Pero teniendo en cuenta que los cincuenta deberían ser los años de los jóvenes, recordemos que en esos años se dan a conocer alguno de los mejores poetas contemporáneos; citemos, entre muchos, a estos tres: Jaime Gil de Biedma, Claudio Rodríguez y Francisco Brines. Fueron los cincuenta, en poesía, años en los que se repartió el campo entre aquellos que trataban de devolverle funciones revolucionarias (sociales se dijeron entonces) o de dejarla en sus estrictos márgenes de exigencia poética; años en los que los partidarios del último y más político Antonio Machado olvidaban al primer Machado o a Juan Ramón Jiménez (represaliado y excluido de la más influyente antología de la época, firmada por el señor Castellet, en 1959), o en los que empezaba a reivindicarse la obra y la memoria de quienes como Cernuda habían dado a su propia escritura una dimensión moral e individualista incompatible con militancias de partido (y no olvidemos su poema sobre Lorca censurado por el PCE durante la guerra). Para la novela digamos que los cincuenta son los años que ven aparecer la más conocida de las obras de ese tiempo, La colmena (publicada por razones de censura, cierto, en Argentina, en 1951, aunque habría que dilucidar lo que hubo en esa operación de oportuna visión promocional de un autor gubernamental que, no obstante, iba a ver distribuida en España, y a no tardar, una caterva de ediciones de ese mismo libro). Se contaba también, de atrás, de los cuarenta, con novelistas como Carmen Laforet (cuya Nada había entusiasmado al exiliado Juan Ramón, al exiliado Sender o al exiliado Max Aub) o el propio Delibes, que iba a darnos a lo largo de los cincuenta algunos de sus títulos más afortunados y célebres, como La hoja roja (1959). Son los años, igualmente, en que aparecen las dos novelas de Ferlosio; su inolvidable Alfanhui (1951, el mismo año en que su padre publicaba Pedrito de Andía), o El Jarama (1956), cuya aparición supuso un cambio de orientación en la novela española y una remoción de los principios estrictamente realistas. Aparece entonces el libro de relatos de Aldecoa Espera de tercera clase (1955), y otros más (mientras prepara sus grandes novelas, de
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Caracola. Revista malagueña, "
núms. 60-61 Málaga, 1957
C O L E C C I Ó N PA RT I C U L A R , M A D R I D

Laye, núm. 23
Barcelona, Delegación Provincial de Educación, 1953 (Director: Eugenio Fuentes Martín)
CO LECCIÓN AN D RÉS TR API ELLO, MAD RI D

BLAS DE OTERO

Pido la paz y la palabra
Torrelavega, Ediciones Cantalapiedra, 1955 Cubierta de MATÍAS GOERITZ
C O L E C C I Ó N PA RT I C U L A R , M A D R I D

JESÚS FERNÁNDEZ SANTOS

Los bravos
Valencia, Editorial Castalia, 1954 Cubierta de PERELLÓN
CO LECCIÓN AN D RÉS TR API ELLO, MAD RI D

RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

El jarama
Barcelona, Ediciones Destino, 1956
CO LECCIÓN AN D RÉS TR API ELLO, MAD RI D

ANDRÉS TRAPIELLO

la misma década, Con el viento solano y El fulgor y la sangre), el mismo año que ve la luz Los bravos, de Fernández Santos, o Duelo en el paraíso, de Juan Goytisolo. Y por entonces aparecerá la que sin duda está llamada a ser la saga más recordada de su autor, Torrente Ballester, otrora falangista, Los gozos y las sombras, que empezaría a ver la luz en 1957. Pero son también esos años los de dos obras extraordinarias, acaso de las mejores de ese tiempo, orilladas entonces y que sólo ahora, cincuenta años después de su aparición, cuentan con una admiración y un respeto crítico que tardaron años en alcanzar. Hablamos de la magnífica Bearn (1956), de Lorenzo Villalonga (cuyo hermano había publicado en los cuarenta una pequeña obra maestra, Miss Giacomini, y unas Memorias en verdad memorables) y Helena o el mar del verano (1952), del casi secreto y añorado Julián Ayesta. Y todo esta abundancia de títulos no se entendería o se entendería mal si al mismo tiempo no se estudiasen con detenimiento los catálogos de editoriales como las que dirigían José Janés (Janés editor) o José Vergés (Destino), en las que iba apareciendo, en buenas traducciones, lo más significativo de la literatura extranjera de ese tiempo, en ediciones no siempre superables formal o literariamente hablando.

Hemos apuntado ya, más arriba, el panorama poético, pero acaso convenga extremar los detalles. Dejemos de momento a un lado la publicación de las obras completas de los maestros (más o menos expurgadas, por la censura, por sus propios autores o por otros imponderables, aparecieron por entonces, en los cuarenta y cincuenta, las obras completas de Baroja, de Ortega, de Azorín, de Juan Ramón Jiménez, de Valle-Inclán, de Unamuno, de Gómez de la Serna o el glosario de D’Ors); dejemos igualmente de lado los libros que los poetas del 27 iban paulatinamente publicando, tanto si los escribían los autores que en España habían permanecido después de la guerra como aquellos que habían buscado el exilio, cuyos libros no siempre se quedaban lejos España por razones políticas (como podía ser el caso de los de León Felipe o de Alberti), sino por las dificultables inherentes a sus cortas tiradas y al escaso interés que envuelve a la poesía para el público no especializado. ¿Cómo, si no es refiriéndonos a tal rareza, podríamos hablar de obras como la de Rafael Lasso de la Vega o la de quienes, como Franscisco Pino, J. V. Foix o Marià Manent, habían optado poco menos que por la clandestinidad poética? (Y habría que recordar cómo incluso los libros de los autores vetados encontraban en ciertas trastiendas de determinadas librerías un camino tan secreto como a menudo tolerado de propagación). Y si al lector español interesado no le costaba encontrar los libros de Aleixandre, de Dámaso Alonso o de Gerardo Diego (por no hablar de todos esos 27 «menores», Adriano del Valle, Romero Murube o Laffón, que en los cincuenta nos darían igualmente lo más depurado y maduro de su obra), o los libros de los poetas del régimen (de Ridruejo o Vivanco a Rosales o Panero; de estos dos sus admirables aportaciones, Escrito a cada instante y La casa encendida, respectivamente, se habían publicado a finales de los cuarenta, al igual que los de Ricardo Molina, Elegías de Sandua o Corimbo, o los del finísimo Rafael Montesinos, o Los muertos, de José Luis Hidalgo, que conmocionó a la congregación poética como en su día ocurrió con la publicación de los poemas de Màrius Torres), si no le costaba adquirir estos libros, decíamos, con algo más de paciencia podría esperar, por vía marítima, los de Moreno Villa, Emilio Prados, Cernuda, Altolaguirre, Carner, Gil-Albert o Francisco Giner de los Ríos, o incluso los del propio Alberti, Rejano, Garfias o León Felipe. Pero admitamos, como al hablar de novela (y fuera de este recuento queda el teatro, con autores tan diferentes como Buero Vallejo o Jardiel Poncela, que dominaban, por razones diferentes y con obras de naturaleza radicalmente distinta, los teatros de entonces), admitamos, decía, que los cincuenta fue el tiempo, sobre todo, de los jóvenes que por entonces se
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dieron a conocer con la autoridad del que toma una plaza. Ángel fieramente humano, de Blas de Otero, se publicó en 1950, y Redoble de conciencia, un año después. Ambos son dos de los libros más importantes de la posguerra española. Quinta del 42, de José Hierro, se publicó en 1952, y de 1955 son los Cantos íberos de Gabriel Celaya, que acompañaban de algún modo la que hacían también por entonces Victoriano Crémer y otros. Pero al mismo tiempo escribían la suya, lírica, sensual, elegiaca los poetas de Cántico, como aquel Antiguo muchacho (1950), de Pablo García Baena, Los días terrestres (1957), de Vicente Núñez, o el bellísimo Universo del pueblo (1960), de Mario López; o la suya, en una aparición que sacudió la escena como jamás lo había hecho un primer libro en la poesía española, el poeta hondísimo y fundamental Claudio Rodríguez, con su Don de la ebriedad (1953) y Conjuros (1958), o Gil de Biedma, con su Compañeros de viaje (1959), o Francisco Brines, con Las brasas (1959). (Y en alguna parte habríamos de hablar de los libros que precisamente en los cincuenta empezaron a publicar Juan Eduardo Cirlot, Miguel Labordeta o Evaristo Alejandro Carriedo, con deslumbrantes aciertos poéticos, que a menudo, tras el relámpago, vuelven a dejarlos en una sima de oscuridad y olvido.) Son sólo una parte del panorama de esos cincuenta, que tantas veces hemos querido quitarnos de delante como si lo compusieran autores menores que no fueron capaces de escribir sino obras circunstanciales. Leánse estos libros, tras el dilatado reposo del tiempo transcurrido, con espacio y sosiego. Algunos de ellos están llamados a formar parte, en el futuro, de ese selecto grupo que representará a todo el siglo XX. Se escribieron en España en circunstancias penosas que finalmente no sólo no impidieron su alumbramiento sino que en muchos casos fueron su acicate, y entonces, en aquel erial, pudieron ser leídos por quienes estaban atentos, los happy few que logran, en toda época, atender las necesidades de su alma al margen de Napoleón o del último cabo furriel que quiere acuartelar a toda la sociedad.

JOSÉ HIERRO

Quinta del 42
Madrid, Editora Nacional, 1952 Cubierta de JOSÉ CABALLERO
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GABRIEL CELAYA

Cantos íberos,

núm. 3

Alicante, Verbo, col. Nuestro Mar, 1955 Cubierta de MELCHOR ARACIL
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¿Estos escritores habrían sido mejores en circunstancias más benignas para su vida diaria, con mayor libertad, en el exilio? Ni lo sabemos ni podemos responder a algo así. Sabemos, sí, que aquí escribieron y aquí fueron, a trancas y barrancas muchas veces, en un ambiente a menudo hostil y penoso, moralmente degradado y siniestro (aunque, conviene recordarlo, mucho menos que en aquellas otras latitudes en las que algunos soñaban desde aquella España), aquí fueron, decíamos, dando a conocer el fruto de su talento. Es más que probable que en el censo final de este tiempo queden unas pocas obras escritas fuera y otras pocas escritas dentro. Unas escritas por escritores en el exilio y republicanos, y otras escritas por autores más o menos sometidos al régimen o que lograron vivir a su lado sin hacer demasiadas onerosas concesiones, unos y otros movidos por el deseo de decencia y por ese principio elemental de tratar de poner la ética antes que la estética. Para entonces se habrá desvanecido ese lugar común según el cual el mundo sólo puede ser blanco o negro, habitado por buenos o por malos, por muy buenos o por muy malos.

CLAUDIO RODRÍGUEZ

Conjuros
Torrelavega, Ediciones Cantalapiedra, 1958 Cubierta de JOAQUÍN PACHECO
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MIGUEL LABORDETA

Violento idílico, Cuadernos de poesía 8,
Madrid, Librería Clan, 1949
C O L E C C I Ó N PA RT I C U L A R , M A D R I D

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ANDRÉS TRAPIELLO

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