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¿Pe qué se ríen

los sani
Lia Carini Alimandi

Anécdotas

Ciudad Nueva

Lia Carini Alimandi

¿De qué se ríen
los santos?
Anécdotas

E d ito r ia l C iu d a d N u e v a
Madrid - Buenos Aires - Bogotá
Montevideo - Santiago

Título original:
Cosí sorridotio i santi

© 1993, Cittá Nuova Editrice
Via degli Scipioni, 265
00192 Roma
Traducción:
Jorge León

Dibujos de portada y del texto:
Vittorio Sedini

© 1998, Editorial Ciudad Nueva
Andrés Tamayo, 4
28028 Madrid (España)

I.S.B.N.: 84-89651-47-7
Depósito Legal: M-207 17-1998
Impreso en España - Printed in Spain
Imprime: Artes Gráficas Cuesta, S. A.

Elogio al buen humor

Humor de 18 quilates
«Una buena carcajada lo cura todo».
Es lógico; una carcajada o una buena sonrisa son como la
sal para nuestra vida. Por eso los hombres se han inventado
muchos medios para poder reír y sonreír: el chiste, la broma,
la caricatura, la comedia, la sátira, la farsa, etc.
Antes que nada, tenemos que aclarar que el humorismo,
no es lo mismo que la comicidad. Una de las características de
la comicidad es que puede ser algo inconsciente pero desde el
momento en que ésta provoca un poco de ridículo sobre noso­
tros, enseguida la detenemos, pues no nos gusta ser objeto de*
sonrisitas a causa de nuestras meteduras de pata o nuestro com­
portamiento. El humorismo, en cambio, nos hace soportar estas
cosas, pues hay una disposición distinta que viene de dentro, de
la capacidad de estar dispuestos y abiertos a las comparaciones,
a la novedad. Para ser humorista hay que poseer también un
cierto grado de sagacidad, de inteligencia, de brío, una imagina­
ción aguda y con clase, ser vivaces pero tranquilos, seguros de
sí. Pero son muy pocos los que poseen estas dotes.
Durante las fiestas navideñas de hace algunos años, se le
preguntó a un grupo de personajes famosos, qué regalo les
gustaría hacer a sus hijos; y me impresionó mucho la original
respuesta del director Folco Quilici: «Yo le regalaría a mi hijo
eso que los ingleses llaman “sentido del humor”, que es esa
disposición particular que ayuda a tomarse las cosas con ale­
gría, o al menos a no tomárselas demasiado en serio». «Me pa­
rece importante tener esta carta en la manga cuando uno se
está preparando para afrontar la vida. Gracias al sentido del
humor, las cosas se presentan bajo una luz distinta que suaviza
5

todo un poco, eliminando las sombras y relativizando las des­
gracias que nos cogen por sorpresa».
Es mucho más útil una gota de humorismo que estar ig­
norando estas cosas o cerrando los ojos ante nuestras propias
«desgracias». El sentido del humor es también un hecho de
comprensión, de tolerancia, de misericordia de uno mismo y
de los demás. Sería una de las mejores medicinas: si se riera
más, la gente, no sólo estaría más contenta y más sana, sino
que sería más buena.
Normalmente, el humorismo lo poseen aquellas personas
que tienen el valor de prestar atención a la sustancia y no a las
apariencias y saben pensar, hablar y actuar con total libertad
de espíritu. La originalidad no está en dejarse impresionar por
lo que los demás puedan suponer o decir de uno, sino en ser
capaz de reírse de los propios defectos, antes de que lo hagan
los demás. Sin embargo, la originalidad se ha convertido en un
valor que poseen muy pocos en este mundo, en el que se razo­
na en serie y se vive en serie: donde todos tienen que hacer las
mismas cosas, vestirse igual, hablar con las mismas muletillas.
Estamos en una sociedad y en una época que aplasta y nivela
todo y a todos, porque lo que cuenta es la imagen exterior.
La alegría
Decía Bougaud que el Buen Dios «ha creado el mundo en
un estallido de felicidad». Seremos más buenos, cuanta más
alegría tengamos en el corazón. Y Dios, que es todo bondad y
amor, posee tanta felicidad que quiere que todo lo que ha crea­
do participe de ella. Pero «antes que nada, tenemos que ver
siempre lo bueno en cada hombre», aconsejaba el Papa Juan
XXIII. «Tenemos que ser o convertirnos en optimistas: el pesi­
mismo no ha servido ni servirá nunca para nada bueno».
El hombre está sediento de felicidad y la busca, pero
quien no conoce su fuente, no puede alcanzarla. Y la fuente
de la felicidad es Dios.
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La felicidad tiene su raíz en la sencillez. De hecho, nor­
malmente es la gente humilde la que la posee; mucho más que
quien está dotado física, intelectual o económicamente para
ello, porque mientras más lleno se está de uno mismo, menos
se tiene la posibilidad de aligerar el lastre que nos impide ser
libres y afrontar la existencia con optimismo. De hecho, todo
depende del concepto que se tenga de la vida y del horizonte
hacia el que se camina.
La sonrisa es signo de alegría y la alegría revela un espíri­
tu sereno. Nadie está más sereno, y por lo tanto más gozoso y
feliz, que quien está en paz con Dios, con su propia concien­
cia y con el prójimo. Por esto, todos los santos han sido y son
auténticos humoristas, pues son hombres «felices» (entende­
mos por santos no sólo los de los altares, sino todos los candi­
datos al Paraíso, es decir, los «justos», los «buenos», los
«puros», los «pacíficos», los «misericordiosos», etc.). De la
misma forma que la esperanza es un deber para los cristianos,
la alegría debería ser un nuevo «mandamiento».
¿A quién podríamos considerar, entonces, como el hu­
morista más grande e insuperable?, precisamente, al buen
Dios: ningún ser puede disfrutar de una felicidad tan grande,
perfecta e inalterable. Michel Quoist, expresa de forma ejem­
plar el sentido del humor del Hombre-Dios en un fragmento
de su libro «Oraciones». ¡Leedlo!, ¡leedlo!
«La más bella de mis invenciones, dice Dios, es Mi
Madre.
Me faltaba una madre y la hice.
Hice a Mi Madre antes de que ella me hiciera a Mí. Era
más seguro.
Ahora soy un Hombre de verdad, como todos los hom­
bres.
No tengo nada que envidiarles, ya que tengo una mamá.
Una de verdad.
Me faltaba.
Mi Madre se llama María, dice Dios.
7

Su alma es absolutamente pura y llena de gracia.
Su cuerpo es virgen e invadido por una luz tal que, sobre
la tierra, no me cansé nunca de mirarla, de escucharla, de
admirarla.
Es hermosa Mi Madre, tanto que, aun abandonando el
esplendor del Cielo, no me sentí perdido estando cerca
de ella.
Sé perfectamente lo que es ser transportado por los ánge­
les, dice Dios, pero... nada como los brazos de una
madre, creedme».
Seguramente, también Jesús fue un humorista. Ya sé que
se piensa que Jesús no rió nunca, porque en el Evangelio no se
habla de que haya reído, pero yo no me lo creo. Si era un
hombre entero y pudo llorar, ¿por qué no podría haber reído?
Saber sonreír, cuando es expresión de una sincera bon­
dad y del verdadero gozo que llevamos en el alma, es una
forma de demostrar el auténtico amor cristiano y también un
medio, al alcance de todos, para hacer apostolado, demostran­
do que, puesto que Dios es gozo y felicidad infinita, vivir en
Dios y por Dios es el secreto para ser felices de verdad.

El humor de los santos
No estamos hablando de causar impresión o de hacer
reír a la fuerza con tonterías, como se hace normalmente con
los chistes; es algo muy distinto: es la capacidad y el arte de
jugar con las palabras, de saber captar la parte curiosa y sim­
pática de la realidad que se va desarrollando en el tiempo y
que deja una sonrisa en los labios y una pequeña estela en el
corazón. Estas palabras y estos episodios que recordaremos,
puesto que han sido vividos en la vida real y son tan variopin­
tos, hacen sonreír y, al mismo tiempo, reflexionar.
Los santos son los verdaderos «maestros de la sonrisa»,
los distribuidores de humor más eficaces, los «ilógicos de la

8

«La más bella de mis invenciones...»

lógica». Ellos se divierten dándole la vuelta al mundo, inven­
tando tendencias y gustos, dictando «modas» que no pasan
pero que el mundo no sabe adoptar. Se divierten mirando
todo a través de un cristal de color de rosa; coloreando lo in­
sulso con el arco iris y tiñendo lo gris con una inocencia des­
concertante: es un juego de equilibrio, un mosaico con una ri­
queza y una armonía que sólo ellos pueden conseguir.
Aquí no vamos a contar chistes sobre ellos, sino que re­
cordaremos anécdotas curiosas y simpáticas que nos los mues­
tran vivarachos, polémicos, algunas veces ingenuos y otras...
bastante pillos; eso sí, poniéndole siempre a todo un poco de
sal y, por qué no, una pizca de pimienta.

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La fe

La fuerza interior de ciertos santos se pone a prueba espe­
cialmente en las dificultades en la relación con Dios y en los
temas específicos de la gracia y del misticismo, de los vicios y las
virtudes. Éstos han llegado a proporcionar auténticos latigazos,
tanto a ellos mismos como a los demás cuando se encontraban
delante de engaños o turbaciones, sirviéndose, a menudo, de
ocurrencias simpáticas. Y esto se acentúa aún más cuando se
tocan las cimas más altas del espíritu. Tomás de Aquino escri­
bió: «Los santos tienen el corazón límpido», queriendo decir con
ello, como escribe Francisco Molinari, que los campeones de la
virtud «asocian a la caridad heroica una gran flexibilidad y li­
bertad de espíritu y una fluidez en sus acciones y emociones», y
por eso son humoristas natos.
San Ignacio de Loyola -fundador de los Jesuítas- a pesar
de ser muy rígido, dijo un día a un novicio: «Veo que ríes:
estoy contento por tu vocación». Consideraba que la sonrisa
era un «chivato» seguro de la llamada de Dios. Y su paisana y
contemporánea Teresa de Jesús, reformadora del Carmelo y
famosa también ella por su rigor monástico, rezaba diciendo:
«Líbrame, Señor, de las devociones tontas y de los santos con
expresión amarga». A pesar de su austeridad, era impetuosa, y
son célebres sus ocurrencias, así como su costumbre de poner­
le nombres simpáticos a todos. Tanto es así, que sus monjas le
pedían siempre que participara en sus veladas recreativas,
aunque esto pudiera suponer algún grusco pero afectuoso ra­
papolvos.
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La homilía no es para los muros
Con una pincelada de humorismo, también se puede dar
una gran lección. El santo Patriarca de Alejandría de Egipto,
Juan (560-616), antes de aceptar el báculo pastoral, había sido
un buen padre de familia. Después de quedar viudo y colocar
a los hijos, se dedicó a trabajar por los pobres. Pasó su vida
practicando la caridad y estudiando la forma de dar sin humi­
llar; pero extrañamente, mientras más daba, más rico se hacía,
hasta el punto que surgió un proverbio en Alejandría que
dice: «Es inagotable como el saco de Juan». Este, por su gene­
rosidad, fue llamado «Juan el limosnero». Después de ser
nombrado obispo, no disminuyeron ni su sencillez ni su origi­
nalidad. Una vez, viendo que algunos de los fieles salían de la
iglesia nada más terminar el Evangelio para no escuchar la ho­
milía, interrumpió la misa, bajó del altar y se puso a predicar
en el umbral de la puerta diciendo: «La misa y la homilía son
para los cristianos, no para los muros». ¿Entenderían la lec­
ción? ¡Vaya que sí!

Recogido en Dios
Trasladémonos a Florencia viajando en el espacio y el tiem­
po. Nos encontramos en una pequeña iglesia, nada menos que
con el autor de «La Divina Comedia». Se sabe que Dante, a
pesar de su carácter orgulloso e iracundo, era un hombre pío y
con una fe enorme. Aquel día, le fue referido al obispo que du­
rante la elevación, el poeta no se había arrodillado y ni siquiera
se había quitado la capucha, así que lo mandó llamar para re­
prenderlo. Dante, por su parte, se defendió diciendo: «Mi alma
estaba tan recogida en Dios que no me daba cuenta de los movi­
mientos de mi cuerpo. Pero aquellos que han venido a acusarme
-puntualizó justamente- debían estar bastante poco recogidos
en la oración si tenían el tiempo de atender a mi persona».
¡Sí!, una respuesta digna de Dante.
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Si el emperador esparciera riquezas...
Egidio, después de abandonar las riquezas y los honores, se
puso a seguir al Pobre de Asís, convirtiéndose en uno de los
Hermanos Menores más fieles: predicó muchísimo recorriendo
las calles de Italia, de España... llegando incluso hasta Tierra
Santa. Gracias a sus agudas respuestas se convirtió en un gran
apóstol (a menudo, bastaba sólo una frase para iluminar a un
alma o darle la vuelta a una situación). A dos cardenales que
querían encomendarse a sus oraciones, les dijo: «Señores, ¿qué
necesidad tenéis de mis oraciones?; seguro que vosotros tenéis
más fe y esperanza que yo, pues a pesar de las riquezas, los ho­
nores y la fortuna que poseéis en este mundo, aún tenéis espe­
ranza de salvaros; yo en cambio, con una vida dura y llena de fa­
tigas como la mía, tengo miedo de poder condenarme».
A una persona que también le pedía oraciones, le respon­
dió: «Si el emperador esparciera riquezas por las calles, seguro
que no mandarías a otro a recogerlas».
No podía hablar de otra forma «uno» que se había juga­
do la vida por «otro» que sabía hablar de Dios incluso a los
animales.
El sermón a los pájaros
Un día, san Francisco se encontraba predicando en una
plaza de Alviano; el auditorio estaba pendiente de sus labios.
Era abril, y el cielo estaba lleno de golondrinas que revolotea­
ban y chillaban como locas, llegando a molestar al predicador.
En un momento dado, volvió la mirada hacia los torreones
que albergaban sus nidos y con mucha calma dijo: «Hermanas
golondrinas, ya habéis hablado bastante. Ahora estaos calla­
das, que tengo que hablar yo».
En otra ocasión, caminaba con fray Masseo y fray Ángel.
Llegando a un campo, Francisco ve en algunos árboles un
gran batir de alas y gorjeos de pájaros: gorriones, pinzones,
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alondras, petirrojos... Se detiene, sonríe y dice a sus compañe­
ros: «Esperadme aquí, que voy a decir un par de palabras a
mis hermanas del aire». Así que entró en el campo y empezó a
hablar a los pájaros más cercanos. En un abrir y cerrar de
ojos, se encontraba rodeado por una muchedumbre de aves
que lo escuchaban como si comprendieran su prédica: «Her­
manas mías, vosotras tenéis que agradecerle mucho al Señor,
porque aunque no sabéis hilar ni coser, os da plumas para
vuestro vestido; y aunque no sembráis, os da alimento abun­
dante y fuentes de agua para vuestro sustento, y árboles para
vuestros nidos, y una bella voz para el canto, y alas para el
vuelo. Mucho os ama nuestro Señor y por eso os da tantos be­
neficios. Guardaos por tanto del pecado de la ingratitud y ala­
bad siempre al Señor».
Terminada la prédica, las aves hicieron entender al
Santo, con movimientos de cabeza y de cola, que habían com­
prendido todo. Y no se movieron hasta que no les dio su ben­
dición. Y después... aleteos y gorjeos animaron como nunca
aquellos árboles y aquel cielo: eran verdaderas oraciones y
cantos al Señor.
El arado guiado por el Señor
Isidro nació en Madrid en 1110 y murió en 1170. Era un
pobre campesino que trabajaba a las órdenes de su patrón.
Cada mañana, antes de encaminarse a los campos, entraba en
la iglesia y rezaba como sólo los santos saben hacerlo. Sus
compañeros, aprovechándose de tal devoción, y puesto que
eran perezosos y poco honestos, acusaron a Isidro diciendo:
«En vez de trabajar, pierde el tiempo en las iglesias». El pa­
trón, indignado, llamó a Isidro y le recordó que el tiempo es
oro y que pertenece a quien lo paga, y que, después de todo,
el trabajo es la mejor oración. Pero el Santo le respondió tran­
quilamente: «Patrón, cuanto me decís es verdad, pero el
tiempo de la oración no es tiempo perdido: aquellos que
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rezan, piden la ayuda de Dios, y el trabajo sale mejor. El
arado, guiado por el Señor, marca un surco más derecho y
más fecundo».
El patrón no supo rebatir las palabras del humilde cam­
pesino, pero le dijo que lo tendría vigilado. A la mañana si­
guiente, al alba, se fue hasta el campo y vio a los otros arado­
res con el ceño fruncido; el campo de Isidro estaba lleno de
surcos profundos, y sus ojos estaban llenos de serenidad:
había trabajado como los demás, más que los demás, pero de
sus labios fluía una silenciosa oración. Isidro se hizo santo; fue
canonizado en 1622 por Gregorio XV junto a san Ignacio, san
Francisco Javier y santa Teresa de Avila, grandes santos y pai­
sanos suyos. Y él... el más humilde; pero sabía rezar como
pocos.

Nuestra mayor defensa
El pequeño Tomás, de la noble familia de Aquino
(nació en 1227 y murió en 1274), con sólo nueve años fue
admitido en el Monasterio de Montecasino para ser educado
e instruido. Nutría ya una gran devoción por la Virgen y por
Jesús Eucaristía. Durante una noche de tormenta (con unos
truenos y relámpagos que asustaban a cualquiera), el monje
que se encargaba de él, buscó en vano al joven Tomás por
todo el convento. Y lo encontró, finalmente, abrazado al ta­
bernáculo.
«Tomás, ¿qué has hecho? ¿Por qué estás aquí?».
«Maestro, perdonadme; pero es que tenía mucho miedo
del temporal y como vos me habéis dicho siempre que Jesús
es nuestra mayor defensa y que El con un simple gesto de su
mano calma las tormentas...».
El monje sonrió, pero Tomás, siendo ya sacerdote y do­
minico, obtuvo siempre del tabernáculo la inspiración para
sus inigualables Himnos sobre la Eucaristía.
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Un padre nuestro muy especial
Dice un proverbio árabe: «La salud es uno, la riqueza es
cero, el éxito es cero, la fama es cero; pero si delante de esos
ceros, meto el uno de la salud, la cifra se multiplica».
El primer enemigo de la alegría es la enfermedad. Sin
embargo, el santo también está alegre durante el sufrimiento
físico, porque sabe que después de la breve tribulación terre­
na viene la alegría sin fin del cielo.
El hombre de conciencia libre y límpida también puede
rezar... como Tomás Moro. Este fue Gran Canciller de Ingla­
terra, pero por su firme rectitud y por su fuerte carácter, fue
una de las víctimas de Enrique VIII.
Habiendo experimentado muchos obstáculos en la vida,
fue capaz de escribir el «Padre Nuestro del humorismo», que
suena así:
«Señor, dame una buena digestión y, naturalmente, algo
para digerir. Dame la salud del cuerpo y el buen humor nece­
sario para mantenerla. Dame un alma que no conozca el abu­
rrimiento, los lamentos, los suspiros, y haz que no me irrite
con esa cosa tan molesta que es “mi yo”. Concédeme el senti­
do del ridículo y haz que entienda las bromas para que mi
vida tenga un poco de alegría y así la pueda compartir con los
demás. Amén».
Las bromas de un santo exquisito
Felipe Neri, llamado «Pippo el Bueno», (aun habiendo
nacido en Florencia en 1515) fue considerado el apóstol de
Roma, pues vivió allí. Fundó la Congregación de los sacerdo­
tes del Oratorio (PP. Filipenses); fue un magnífico educador
de los muchachos y benemérito de la música sacra. Murió en
Roma en 1595. Pippo el Bueno representa el lado gracioso de
la Roma renovada. Cuando ciertos historiadores sentenciaban
que la contrarreforma «se basaba exclusivamente en las ho16

güeras de las brujas y de los heréticos y que no tenía ni un pe­
dazo de humanidad», evidentemente, no conocían a Felipe
Neri.
Pippo el Bueno se las sabía todas. Por ejemplo, no quería
que se hablara de su santidad, por lo que intentaba desorien­
tar a los fieles y confundirlos. Su humorismo tenía también el
fin de camuflar su piedad sin límites, haciendo llamar la aten­
ción sobre sus defectos externos y sus extravagancias. Pero su
irresistible gusto por las bromas y las ganas de desbaratar al­
gunos prejuicios y de confundir a los soberbios, los llevaba en
la sangre desde pequeño.
Una vez, viendo que varios de los fieles salían de la igle­
sia después de recibir la comunión, sin dedicar un momento
de acción de gracias al Señor, mandó dos monaguillos con dos
cirios encendidos a que siguieran a estos «apresurados». ¿Por
qué?, preguntó uno de ellos. Contestó el Santo:
«Simplemente para que acompañen al Santísimo que tú
has recibido hace un momento y lo alaben de tu parte».

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Fe y confianza

El gozo más grande -con la fe y la confianza- lo encontra­
mos en el Magníficat. Pero para cantar con María, es necesario
creer y fiarse. Esto le ocurre sólo a los sencillos: «Tengo sólo seis
años», respondió un viejo indio al que se le preguntó la edad. Le
replicaron: «¿Cómo va a ser eso?: has hecho el servicio militar
al menos tres veces y ¿dices tener la edad de un muchacho?».
Entonces el viejo indio, dirigiéndose al misionero, dijo: «¿No
me has enseñado tú, que empecé a vivir sólo cuando recibí el
bautismo'?».

Una sola alma, es ya un gran auditorio
El padre Lacordaire, ha sido considerado como uno de
los más grandes oradores de nuestro tiempo. Un día, Bougaud, de joven, se le acercó, y después de haberle expresado
su enorme admiración y maravilla por uno de sus discursos
más famosos, le pidió que le concediera unos minutos de colo­
quio. El orador francés le dijo: «Una sola alma es ya un gran
auditorio. Yo doy más peso al corazón de un hombre que a los
aplausos de una multitud».

¡Dios es papá!
El beato Luis Guanella era un gigante de la caridad. Im­
pulsado por una fe que mueve montañas y por el ideal que
había en él desde pequeño, provocó una verdadera explosión
de asombrosas iniciativas en favor de los marginados, de los
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pequeños, de los impedidos. Empezó de la nada y terminó
con un conjunto de obras que se extienden desde la ciudad de
Como al mundo entero. Con su lema «Pan y Paraíso» y con la
certeza de que «Dios es Papá» (es decir: tierno, casi una
madre) fue uno de los precursores de esa evangelización que
es una verdadera promoción del hombre entero: del físico y
del espíritu. Su secreto era fiarse totalmente de la Providencia.
Su actividad era tal que un día, Pío X, que era muy amigo
suyo, le preguntó cómo conseguía dormir tranquilamente
como un bebé a pesar de la cantidad de asuntos que tenía en
la cabeza y de todas sus deudas:
«Santidad», le respondió, «hasta media noche pienso yo;
pero después, dejo que piense Dios».
Mas «Ave Marías» que ladrillos
Luis Guanella solía decir: «No me gusta llevar las cuentas:
me parece estar atándole las manos a la Providencia. De todas
formas, hay que usar la economía para todo. Pero antes de
hacer algo... hago como el sastre: mido cien veces y después
corto». No paraba de decir a sus sacerdotes y a sus monjas:
«Nuestras casas están hechas con más Ave Marías que con la­
drillos». Y la Providencia no lo defraudaba. A menudo, llega­
ban los embutidos cuando sólo había pan y llegaba el pan
cuando la sopa ya estaba en la mesa. No tenían un céntimo y
las miles de liras llegaban siempre en el último momento. Una
vez, se presentó al obispo de Como y con gran desenvoltura le
dice: «Excelencia, la Casa de la Providencia quiere una iglesia».
«¡Ah!, bien, bien. Y ¿cómo la queréis?».
«¡Grande, muy grande!», se atrevió a decir medio en
broma, medio en serio. Y Mons. Ferrari, casi divirtiéndose
también él con el juego, exclamó: «De acuerdo, pero me pre­
gunto de dónde sacaréis el dinero».
«Ya pensará en eso el Señor, excelencia», respondió don
Luis viendo ya ante sus ojos su iglesia. E invitó al obispo a vi19

sitar su «Casa». Monseñor fue a ver el lugar... y vio una in­
mensa multitud de pobres, viejos, enfermos de todo tipo:
hombres y mujeres de todas las edades: algo parecido a la
multitud que debía seguir a Cristo por los caminos de su país.
El obispo se dio cuenta de que don Luis, al decir «grande»,
expresaba la medida de su amor a Dios y a los hermanos; y
decidió concederle una iglesia... grandísima: mucho más gran­
de de lo que podría esperarse aquel cura sin un duro, acos­
tumbrado al sufrimiento y a la espera.
Así que Mons. Andrés Ferrari ordenó al padre Guanella
que caminara y que se parara sólo cuando creyese que la canti­
dad de terreno para construir la iglesia era suficiente. Don
Luis caminaba y, de vez en cuando, prudentemente, se paraba;
pero el obispo le decía: «Don Luis, ¡siga todavía!, camine aún
un poco!» Y el fiel cura obedecía; ¡le parecía mentira!. Se de­
tuvo sólo, cuando el obispo le ordenó: «¡Alto!». Se dio cuenta,
lleno de felicidad, que el terreno era muchísimo: sus pobres y
sus colaboradores tendrían una enorme iglesia. Y así fue.
Un tira y afloja
La aventura de José Cotolengo era un verdadero tira y
afloja entre el Cielo y él. Un maravilloso intercambio de fe y
de prodigios inagotables. «La miseria es grande», solía decir,
«pero la Providencia lo es más».
Pero de vez en cuando, parecía que se divirtiese desafian­
do a la Providencia. Una mañana, su ama de llaves le dijo:
«Padre, ¿por qué no se lleva la llave cuando sale de casa?».
«¿Qué llave?», le respondió de una forma un poco brus­
ca. «Las llaves las tienen los dueños y aquí dentro, el dueño
no soy yo sino la Divina Providencia».
Los episodios como éste son innumerables. Un día, la en­
cargada del comedor se le presentó diciendo: «No queda en
casa ni un grano de arroz, y no tenemos sino un marengo (an­
tigua moneda de oro francesa)».
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«¿Un marengo? ¡A ver! ¿Dónde está?». Y cuando lo
tuvo en sus manos, dice: «Mira lo que hago con él», y tiró la
moneda por la ventana. La mujer quedó atónita: «Pero Padre,
¿cómo puede usted tirar el dinero?».
«Estese tranquila; verá qué juego tan divertido... lo tiro
por la ventana porque sé que volverá a entrar por la puerta».
Y de hecho, poco antes de medio día, entró sigilosamen­
te un señor que dejó sobre la mesa de la cocina una bolsa llena
de dinero.

¡El título te lo dará el Señor!
El padre Pío, sencillo y a la vez un poco brusco, tenía un
corazón de niño; y su única seguridad era la Providencia.
Cuando'le dijeron que la «Casa del sufrimiento» que se había
construido para los enfermos (un edificio verdaderamente gi­
gantesco que se empezó a construir en 1947) era... «demasia­
do lujosa», respondió: «Nunca es demasiado para quien
sufre».
El confiaba sólo en el Señor: ¿se puede, acaso, poner lí­
mites a la fantasía y a la generosidad divina? El proyecto de la
casa había sido preparado por un empresario devoto del
padre Pío, que después resultó no ser ni siquiera ingeniero. El
Padre, tranquilo y sonriente, lo tranquilizó: «No te preocupes,
el título te lo dará el Señor».

22

Santa indiferencia

Vivir en paz
Fiarse de la Providencia significa saber cual es la voluntad
de Dios y conservar la calma y una santa indiferencia. Rufino,
en su obra Vida de los Santos Padres, nos narra la historia de
siete monjes que se habían retirado a vivir en un antiguo templo
abandonado en el que había aún una estatua pagana. El abad,
llamado Nubo, se propuso enseñarles la primera regla de una
comunidad religiosa, de una forma sin duda original: cada ma­
ñana, le tiraba piedras al ídolo y cada noche le pedía perdón.
«Padre, ¿por qué hace eso?», le preguntó uno de los her­
manos; y el anciano monje respondió: «Cuando le tiro piedras
al ídolo, ¿acaso él se indigna? ¡No! Y cuando por la noche le
pido perdón, ¿lo invade la vanagloria?». El hermano admitió
que el abad tenía razón; y éste concluyó diciendo: «Hermanos
míos, nosotros somos siete. Si queremos estar unidos por
mucho tiempo, tenemos que imitar a esta estatua. Ninguno de
nosotros debe enfadarse cuando se sienta ofendido y ninguno
debe vanagloriarse cuando se le pida perdón».
Los monjes entendieron muy bien, y asintieron.
Vivieron así toda la vida con mucha paz.

Oí habéis equivocado de sitio
La calma y la santa indiferencia de aquel ermitaño que re­
cibió la desagradable visita de los ladrones, fueron premiadas.
«Os habéis equivocado de sitio, hijos míos; ¿venís preci­
samente aquí?», dijo sereno.
«Hemos venido a llevarnos lo poco que tienes».
23

«Cogedlo pues, si os place...». Los ladrones agarraron lo
poco que había y se dispusieron a dejar la pequeña celda tan
rápido, que olvidaron tomar lo único que deberían haber roba­
do: la pequeña bolsa con el dinero necesario para vivir, que el
anacoreta tenía con el permiso del abad. El monje la descolgó
de donde se encontraba y, corriendo detrás de los ladrones,
empezó a gritar: «¡Eh!, hijos míos, habéis olvidado esto». No
había mejor forma para “desarmar” a aquellos ladrones: se
quedaron tan asombrados que se dijeron: «Este es de verdad
un hombre de Dios». Y volviendo, devolvieron todo lo que ha­
bían cogido, dejando la pobre celda perfectamente ordenada.

¡Qué bien sabemos hacer nuestra voluntad!
La-mística y fundadora, Teresa de Jesús, solía decir:
«Nuestro Señor pide almas valientes, pero que sean humildes.
El progreso espiritual no depende de gozar de Dios, sino de
hacer su voluntad».
Era íntegra, y algunas veces, muy severa. En cuestión de
vocación y de vida religiosa, con su astucia y con sus respues­
tas preparadas, sabía poner siempre los puntos sobre las íes.
Decía: «Temo más a una religiosa descontenta que a una
banda de demonios». Una vez, en Valladolid, se encontró con
una monja que tenía que trasladarse al convento de Ávila.
Esta hizo de todo por explicarle los motivos por los que, a su
parecer, tenía que permanecer allí donde se encontraba, pues
era voluntad del Señor. Teresa le respondió: «¡Qué bien sabe­
mos convertir nuestra voluntad en voluntad de Dios!».

El santo de la dulzura
Tener paciencia era la penitencia más dura y más difícil
para Francisco de Sales, fundador de la orden de la Visitación,
obispo de Ginebra, Doctor de la Iglesia y famosísimo por su
24

libro Introducción a la vida devota. Uno de los huesos más
duros de roer, que le dio bastante trabajo antes de que se rin­
diera, fue una vieja dama. Esta había leído muchos libros eru­
ditos y se sentía un “pozo de sabiduría”, capaz de competir
con el santo obispo de Ginebra e incluso de engañarlo. Cada
día se presentaba ante él para repetirle las mismas cosas y lan­
zar improperios contra la Iglesia y contra el Papa.
Se quería salir siempre con la suya, pero como el obispo
consiguiera rebatirle sus argumentos con una exposición clara
de las verdades de la fe, ella acababa diciendo: «Aquí no hay
vuelta de hoja: o te haces católica o persistes en el error reco­
nocido».
Lo intentó con un último argumento: el obispo tenía que
admitir, al menos, que el celibato de los sacerdotes era una ley
tiránica de la Iglesia católica; pero el santo obispo encontró la
manera de desmontar tranquilamente su discurso: «Señora -le
dijo- si los sacerdotes católicos tuvieran familia, no podrían
atender a su ministerio. Yo mismo, si estuviera casado y con
hijos, ¿de dónde sacaría el tiempo para escuchar durante tan­
tos días vuestras objeciones?».
Saltar los canales
Sin duda, los campeones de la virtud unen a la caridad
un espíritu de grande flexibilidad y fluidez en sus acciones, y
esto los hace ser pacientes e indulgentes. El Papa Juan XXIII
tenía además, de forma espontánea, el hablar burlón caracte­
rístico de la sabiduría y la sencillez de un campesino. Un día,
sus colaboradores le comentaron que una de sus decisiones
podría encontrar la oposición del Cardenal Canales; él podría
haber dicho claramente que no tenía importancia, pues un
Papa tiene más autoridad que cualquiera de los cardenales;
pero, en cambio, dijo como si se tratase de un chiste: «De
niño, me saltaba siempre los canales».
25

Laboriosidad

Es verdad que la Providencia tiende gustosa una mano a
quien tiene fe y esperanza y a quien hace la voluntad de Dios;
pero el resto tiene que hacerlo el hombre con su laboriosidad,
virtud apreciada por todos, incluso por Dios.
La llave del Paraíso
Hubo una vez un monje que se había dedicado toda la
vida a coser los sayos y a remendar la humilde ropa del con­
vento. Llegada la ora de su muerte, durante su serena agonía,
se dirigió a sus hermanos diciendo:
«Os lo ruego: traedme la llave del Paraíso».
«Está delirando, pobrecito... ¿qué querrá decir? A lo
mejor quiere la Regla, o tal vez el rosario. Traigámosle un cru­
cifijo».
Pero el fraile respondía a todo que no con la cabeza. Fi­
nalmente, el Prior entendió: corrió al taller, sacó una aguja
del estuche y se la llevó al moribundo. Este tomó el minúscu­
lo objeto y, dirigiéndose a él, como si de un ser animado se
tratase, mürmuró: «Hemos trabajado mucho nosotros dos
juntos, ¿verdad? Y hemos intentado hacer siempre la volun­
tad de Dios. Ahora, tú me abrirás la puerta del Cielo. Estoy
seguro».
Y el fraile murió tranquilo. Aquella aguja había sido el
instrumento que le había ayudado, día tras día, a ganarse el
Paraíso.
26

¡Azada y abono!
En tiempos de san Carlos Borromeo, vivía en los campos
de Lombardia una viuda llamada Gela, la cual había sembra­
do su pequeño campo a orillas del lago. Plantó y sembró, pero
después no usó ni la azada, ni estiércol, por lo que las peque­
ñas plantas del grano y del cáñamo, a duras penas sobresalían
de la tierra, pálidas y frágiles. Cuando Gela supo que el carde­
nal Borromeo, que tenía la buena costumbre de visitar a me­
nudo su diócesis, iba a pasar por aquel lugar, se alegró: «Es un
gran santo y podrá hacer incluso un milagro para mí. Quiero
que venga y bendiga mi pequeño campo», se dijo. Y así hizo:
esperó durante mucho tiempo sentada sobre una piedra y,
cuando vio acercarse al santo, corrió, se arrodilló a sus pies y
le suplicó.
El cardenal, hombre de gran bondad, fue a ver el campo,
y dándose cuenta de que su miseria no dependía ni de brujas,
ni de duendes, ni de la escasez de terreno, sino de las pocas
ganas de trabajar, decidió dar al campo y a su dueña una ben­
dición especial: dando vueltas por el borde del terreno y ha­
ciendo con la mano el sigo de la cruz, iba diciendo claramente
y con fuerza: «¡Azada y abono!, ¡azada y abono!».
Es injusto perder el tiempo
Una mañana, Luis Orione se llevó una buena paliza de su
madre. ¿Por qué? Era aún un muchacho, pero había sido edu­
cado con un sentido riguroso del deber. Un día, viendo senta­
dos al sol al médico y a un abogado del pueblo y pensando
que era injusto que se estuviera perdiendo el tiempo de aque­
lla forma, perdió los estribos. Así que se puso a arrastrar unas
ramas sobre el suelo polvoriento justo delante de aquellas “au­
toridades”, levantando tal polvareda que se vieron obligados a
levantarse de golpe. Estos comenzaron a alzarle la voz, pero
27

Luis también gritó: «¿No sabéis que es hora de trabajar y no
de estar ociosos?».
Se comprende por qué la madre le cantó las cuarenta.
Pero el muchacho, cuando llegó a ser hombre seguía mante­
niendo su opinión: prohibido malgastar el tiempo: “es oro”.
Era un tipo que no conseguía dominar sus primeras reaccio­
nes, por lo que tuvo que luchar mucho contra su impulsivi­
dad. Un día llegó a quemar el sofá donde dos de sus religiosos
reposaban demasiado gustosamente después del almuerzo; y
para colmo, les hizo recitar el «Miserere»; sólo más tarde, les
explicó: «He hecho esto para que os acordéis de que no esta­
mos llamados a una vida cómoda».

28

Sencillez y humildad

Núesira pequenez
Una vez le preguntaron a un ermitaño: «¿Qué piensa
usted de aquellos hermanos suyos que tienen visiones celestia­
les y afirman que contemplan al Señor, a la Virgen y a los án­
geles?»; y éste respondió con calma y decisión: «Dichoso
aquel que tiene la clara visión de su pequeñez».

¿Por qué me llaman fundadora?
Y aquí tenemos la figura genial de Teresa de Jesús, «una
mujer que hay que conocerla», escribió un padre carmelita.
Era de carácter firme, franco, abierto. Tenía una personalidad
polifacética pero sencilla: trasparente como el rostro de un
niño. Rebosante de vida hasta por el último poro. «Era un
carro de batalla, con un corazón enorme». Nunca se desani­
maba, a pesar de encontrarse siempre entre apuros económi­
cos, calumnias, hostilidades de parte de los nobles, de las au­
toridades y de las beatas. Fue amenazada incluso con la cárcel.
La consideraban una monja inquieta y desobediente. En 1577,
durante un arresto domiciliario, escribió su obra maestra: El
castillo interior.
Iba de convento en convento proponiendo su reforma,
que no era sólo externa. Comenzó por humillarse ella misma
junto con cuatro novicias descalzas. Se convirtió en la «madre»
de los Carmelitas Descalzos; pero las malas lenguas, la llamaban
«andariega», mujer animada por un «espíritu ambulante» u
29

otras cosas... Pero ella no hacía caso y seguía adelante. Sin em­
bargo, cuando la llamaban Fundadora, respondía secamente:
«No sé por qué me llamáis así. Es Dios el que funda, no yo».
Hemos dicho que era austera, pero no con cara larga. Un
día, camino de Burgos para su última fundación, le confió al
carmelita descalzo que la acompañaba: «Se han dicho tres
cosas sobre mí: que de joven era hermosa, que era ingeniosa y
que ahora soy santa. Durante algún tiempo, me creí las dos
primeras, y me he arrepentido de ello, pero por lo que se re­
fiere a la tercera, no soy tan ilusa como para creérmelo».
¡Quitadme los zapatos!
San Felipe Neri consideraba que la primera virtud de un
santo es la humildad. Había en su época una religiosa de la
que todos hablaban, pues se decía que tenía revelaciones. Un
día, el Papa mandó precisamente al padre Felipe a aquel con­
vento para que valorara la santidad de la monja. El tiempo
empeoró y la lluvia caía como sólo Dios la sabe mandar, así
que Felipe Neri se puso de barro hasta las rodillas. Llegado al
convento, preguntó enseguida por la monja y.... ahí viene:
seria, muy seria, afligida, totalmente perdida en Dios. El santo
se sienta, extiende la pierna y dice a la monja: «¡Quitadme los
zapatos!».
La monja se enfureció, alzó el mentón y permaneció in­
móvil e indignada. San Felipe no hizo preguntas, ya había
visto bastante. Tomó su capa, se puso el sombrero y volvió a
ver al Papa para comunicarle que, según él, una persona tan
altiva no podía ser una santa.
Un astrólogo
El santo cura de Ars era muy humilde. No quería hablar,
de ninguna manera, del don sobrenatural de clarividencia que
30

le había permitido penetrar muchas veces en el secreto de las
conciencias. El decía a los que se asombraban: «¡Quién sabe!,
es una idea que se me ha ocurrido: debo ser un astrólogo». El
se comparaba con Bordín, el tonto del pueblo, del que decía
riendo: «Actúa como un bobo con los demás, pero se las arre­
gla bastante bien. Me da la impresión de que yo me comporto
como él con los demás curas. En la familia, siempre hay uno
de los hijos que es menos inteligente que los demás. Mis her­
manos y mis hermanas eran bastante inteligentes; yo fui siem­
pre el menos despierto».

Una mano desgraciada
Muy a menudo la gente tocaba sobre la misma cuerda: el
tema de su santidad; aunque para él, era una cuerda que esta­
ba completamente desafinada. Un día, respondiendo a este
tema, dijo: «Soy párroco honorario por la “grandísima” bon­
dad de Monseñor; soy Caballero de la Legión de Honor por
una equivocación del gobierno y... soy pastor de un asno y
tres ovejas por voluntad de mi padre».
Fue nombrado canónigo por el obispo de Belley, Mons.
Chalendon, pero Vianney no quiso ponerse nunca la capa. Un
sacerdote se divertía provocándolo: «Debería llevarla, al
menos por respeto al obispo, señor párroco». Y él decía:
«Quieren burlarse de mí viéndome con ella, pero se quedarán
con las ganas». Un día, rozando la adulación, uno le hizo ob­
servar al santo Cura que era el único canónigo que hasta en­
tonces había nombrado el obispo Mons. Chalendon; enton­
ces, Vianney, dijo inteligentemente: «Pues claro, el obispo
tuvo tan mala suerte conmigo... que viendo que se había equi­
vocado pensó que era mejor que no se volviera a repetir».
Tal humildad, valiente y digna, fue premiada. Ars se con­
virtió en un centro de peregrinación, como sucede con los
grandes santuarios. Y el Cura, «prisionero de las almas», per­
manecía incluso durante 12 o 14 horas al día dentro del confe31

sionario. Y eso que era ignorante en teología. El testimonio
más bonito lo dio un viñador de Mâcon, cuando, volviendo de
Ars, afirmó: «He visto a Dios en un hombre».
Juan Vianney, aun siendo fiel y piadoso, carecía de cultu­
ra. El obispo le había confiado la parroquia pensando: «Los lí­
mites de la inteligencia los suplirá la santidad de su vida», y así
fue. Pero si el confesionario era el sitio ideal para el Cura, no
sucedía lo mismo con el pulpito. Empezaba a preparar la homi­
lía del domingo al principio de la semana anterior, limitándose
a una pequeña página para poder aprendérsela de memoria re­
citándola varias veces, eso sí, equivocándose siempre. Ante este
problema, pedía ayuda al Espíritu Santo con oraciones y
ayuno. Fue atendido, y además del don de la ciencia, obtuvo
también el de hacer milagros. En poco tiempo, sus homilías
fueron maravillosas, y su fama se difundió por toda Francia.
Ahora sé quién es el Espíritu Santo
Durante un curso de predicación en Lión, el príncipe de
los oradores franceses, el gran Lacordaire, quiso acudir a ver
al Santo Cura de Ars. La visita fue un notición. «¿Sabéis lo
que más me ha maravillado? -dijo entonces Vianney-, que la
doctrina más grande haya venido a postrarse ante la más gran­
de ignorancia. Los dos extremos se han tocado».
Pero las cosas habían sido distintas. El tema tratado por
el humilde Cura fue el Espíritu Santo. Lacordaire quiso asistir
a la homilía, y después de haber escuchado, exclamó extasiado: «¡Hoy he entendido quién es el Espíritu Santo!».
El lugar de una escoba
Desde 1858 a 1860, Bernadette Soubirous, la vidente de
Lourdes, fue a una escuela de monjas como alumna externa.
Las alumnas estaban divididas en tres secciones; para las niñas
32

El lugar de una escoba
33

pobres, la escuela era gratuita y se encontraba en el piso bajo:
obviamente, ahí se encontraba Bernadette. Los peregrinos lle­
gaban, le besaban la mano, la abrazaban, intentaban arrancar­
le trozos de su vestido, le hacían perder horas. Un día, ella ex­
clamó: «¡Qué tontos son!».
Para terminar con estos encuentros e indiscreciones, el
párroco de Lourdes, pagándolo de su bolsillo, pidió que la vi­
dente fuera a la tercera planta: la de las muchachas pudientes.
Allí, Bernadette aprendió a escribir y a vivir, pero para ella fue
siempre un sacrificio y una mortificación: la llamaban inútil y
decían que era orgullosa. Todo lo contrario: un día, mientras
la muchacha estaba con las monjas de Nevers, una hermana le
enseñó una foto de los hechos de Lourdes, demostrando su
admiración por la afortunada vidente; pero Bernadette explo­
tó: «¿Para qué sirve una escoba?».
«]Qué pregunta!... pues para barrer».
«Y, ¿después?».
«Después se pone en su sitio: detrás de la puerta».
«Pues bien, esa es mi historia -dice Bernadette-. La Vir­
gen me ha usado y después me ha vuelto a poner en mi sitio, y
estoy contenta de ello. Yo estoy bien así».

¡Le aseguro que no se pierde nada!
Leonia Martín, una de las hermanas de Santa Teresa del
Niño Jesús, fue también carmelita. Era muy modesta y evitaba
las visitas para no tener que presentarse, cuando venían a
Caen para conocer a «Leonia». En ocasión de la visita de un
cardenal, sé le ordenó que bajara al locutorio, y ella obedeció.
Pero cuando el señor de púrpura le preguntó con evidente in­
terés: «Entonces, ¿usted es la hermana de santa Teresa?», ella
le respondió bruscamente: «Sí, Eminencia, pero esto no me
hace santa en absoluto».
Una vez, un prelado se presentó a la puerta mientras Le­
onia estaba de turno. Cuando éste le explicó que la visita tenía
34

como objetivo conocer a la hermana de santa Teresa, Leonia
dijo: «Voy a llamar a la superiora, pero no creo que sor Fran­
cisca Martín venga al locutorio».
«¡Oh!, quedaría desolado».
«¡Mire!, le puedo asegurar que no se perdería nada, de
verdad que no merece la pena».
El prelado quedó tan escandalizado de que aquella
monja hablase de esa forma de una de sus hermanas (nada
menos que de sor Francisca, la hermana de la Santa) que se
marchó inmediatamente. Más tarde, supo quién era la monja
que había hablado de aquella forma...

Somos dos...
Don Orione era un cura tan extraordinario que Pío XII
lo llamaba «gran alma». Pero el concepto que él tenía de sí
mismo era diametralmente opuesto. Un día, escribió humorís­
ticamente sobre una foto suya en la que se encontraba a lomos
de un burro: «El y yo somos dos...», queriendo decir burros,
naturalmente. Y, de vez en cuando, lo era de verdad. Recuer­
do un episodio muy simpático, importante también por su
otro protagonista.
Este último era un joven huérfano, travieso y desorienta­
do, al que habían expulsado del colegio después de haberse
fugado durante tres días. Don Orione se había comprometido
a hospedarlo en una de sus casas y fue a buscarlo personal­
mente. Lo trató con mucha bondad y le preguntó si deseaba
algo. En aquel momento, no reconoció al muchacho, pero éste
sí lo reconoció a él. Don Orione lo había encontrado en la
calle durante el terremoto de la Marsica, mientras algunas
almas generosas se entregaban sin descanso a socorrer a las
víctimas y a recoger huérfanos. El muchacho era uno de aque­
llos. Con el paso de los años se había convertido en un «tragacuras», así que se propuso humillar al cura que tenía ante él.
Comenzó pidiéndole que le comprara un periódico: el
35

«¡Avanti!». Después, con despecho, le hizo cargar con su
equipaje. Sin ni siquiera pestañear, don Orione dijo: «Me gus­
taría ser solamente el pequeño asno de la Providencia», “se
cargó” las maletas a la espalda y... ¡adelante! El joven lo mira­
ba fijamente y lo estudiaba. Se quedó tan impresionado que
empezó a confiarle sus penas, sus dificultades, sus dudas. Se
hicieron amigos: una amistad que duró hasta la muerte de don
Orione. Aquel muchacho era Ignacio Silone, que se converti­
ría en un famoso escritor.

¡Todavía sé servir en la misa!
Un día, Mons. Sarto, siendo aún Patriarca de Venecia, se
encontraba en una misa celebrada por uno de los curas de su
diócesis. Este último se dio cuenta de que el cardenal se dis­
ponía a servirle la misa, pues no había nadie que hiciera de
monaguillo.
«¡Oh, no, Eminencia!», protestó con gran embarazo. A
su vez, protestó también el cardenal, pero éste riendo:
«¡Cómo!; seré sólo un pobre cardenal de campo, pero la misa,
la sé servir todavía, ¿no os parece?».

Y después dicen... ¡vive como un Papa!
Pío X conservó siempre una sencillez sorprendente.
Tenía una enorme carga de humorismo que demostraba con la
sonrisa pero a veces, también con bromas espontáneas. Una
señora impertinente, que se empeñaba en subrayar el evidente
contraste entre la humilde procedencia del nuevo Papa y su
alto cargo actual, le preguntó que cómo se sentía en Roma, y
éste, con un toque de ironía, le contestó: «Como un Papa».
Un día en el que hacía un bochorno increíble, encontrándose
en su estudio privado con un monseñor pariente suyo, el Papa
dijo: «Tengo una sed increíble».
36

«Voy enseguida a traeros un vaso de agua, Santo Padre».
«¡Un prelado que va a buscar un vaso de agua!, no te lo
perdonarían».
«Entonces toquemos la campanilla para que venga el ca­
marero».
«¡Déjalo!, se convertiría en toda una empresa: el camare­
ro se lo pediría al ayuda de cámara, éste querría saber qué be­
bida prefiere el Papa, si fría o caliente... ¡Demasiadas compli­
caciones por un vaso de agua! Pensándolo bien, es mejor que
nos aguantemos la sed y que no molestemos a nadie hasta la
hora de la cena».
Y después dicen... ¡vive como un Papa! Y pensar que el
cardenal Sarto no pensaba, ni siquiera remotamente, que
podía ser elegido Papa. El hubiera querido volver a su amadí­
sima Venecia después del Cónclave. Una prueba de ello es
que cuando uno de sus arciprestes le había presagiado la subi­
da al trono de Pedro, le contestó: «No diga tonterías, querido
arcipreste; cualquiera diría que tiene usted una pésima opi­
nión sobre el Espíritu Santo».

Son las encinas las que caen
Olinto Marella, nació en Pelestrina, cerca de Venecia.
Era hijo de una maestra y del médico titular de la aldea de los
pescadores. Fue compañero de seminario de un humilde cam­
pesino de Bérgamo que más tarde sería Papa. Olindo comen­
taba sobre éste: «Ángel Roncalli era un buen estudiante... muy
bueno. No envidiaba a nadie y nadie lo envidiaba a él. No
quería sobresalir por encima de los demás, y ¡mira tú hasta
dónde ha subido! Después de que lo nombraran Papa, quería
que lo siguiera tratando de tú; a veces lo conseguía y a veces
no, pero él seguía insistiendo...».
El padre Marella tampoco se quedaba corto en cuanto a
humildad, bondad y caridad. Cuando se encontraba ya en las
últimas a causa del cansancio y de las penitencias, y parecía
37

que moriría de un momento a otro, él seguía resistiendo y di­
ciendo: «Normalmente son las encinas las que caen en la tor­
menta, mientras que la hierba sobrevive».

¡Usted será Papa!
El padre Ángel Roncalli, que era sacerdote desde hacía
poco, llegó a casa un día de 1905. Honorato Mingozzi, el mé­
dico de la familia, lo abrazó y -¡quién sabe por qué clase de
intuición o deseo!- le dijo: «¡Usted será Papa!». Don Ángel
soltó una de sus ruidosas carcajadas. De vez en cuando, re­
cordando aquella «profecía», sonreía. Era el menos adecuado
para estas cosas; y sin embargo, el obispo de Bérgamo, Juan
Radini Tedeschi, lo quiso como secretario a pesar de ser tan
joven y de acabar de salir del seminario. Y a su muerte, le
dejó su hábito violáceo (el mismo que llevaría en el momento
en el que sería elegido sucesor de Pedro). Tal vez, en ese mo­
mento, Ángel Roncalli comenzaba a «temer» por su humilde
tranquilidad.
Cuando entró en el seminario, en Roma, no hacía más
que preguntarse: «¿Quién soy? ¿Cómo me llamo? ¿Cuáles son
mis títulos?: ¡nada, nada!, sólo soy un siervo y nada más. No
poseo nada, ni siquiera mi vida. Dios es mi dueño, mi dueño
absoluto en la vida y en la muerte». ¡Sí!, Ángel Roncalli tenía
motivos para «temer»... En 1921 volvió a su pueblo (“Sotto il
Monte”) con una capa roja: se había convertido en prelado de
confianza del Papa.
«¿Por qué lleva su hijo una capa de obispo?», le pregun­
taban las vecinas a mamá Julia Mazzola de Roncalli. Y la pobrecita, alterada, contestaba: «¡No sé! ¡Serán cosas de
curas!».

38

Seguro que se han vuelto locos
Después de ser nombrado obispo, Mons. Roncalli fue a
Sofía como visitador apostólico. En 1933 se trasladó a Estam­
bul. Estando allí, en 1944 recibió un telegrama en clave desde
el Vaticano cuyo contenido lo dejó atónito: la Secretaría de
Estado le ordenaba que se dirigiera inmediatamente a París
para encargarse de la Nunciatura. Roncalli exclamó preocupa­
do: «Creo que en Roma se han vuelto locos». Partió para Ita­
lia creyendo que se trataba de una broma, pero Pío XII lo
había elegido de verdad para ese alto cargo. Cuando el carde­
nal Tardini le entregaba las credenciales, le dijo: «Parece usted
perplejo, pero quédese tranquilo: le aseguro que nosotros
tampoco nos lo esperábamos».

Con el corazón en un puño
La sencillez de Ángel Roncalli era, de verdad, fuera de
serie. El día antes de que empezara el Cónclave, comentó en
un instituto de monjas misioneras: «Me siento con el corazón
en un puño por la responsabilidad tan grande de este momen­
to. Rezad al Señor para que todo se tranquilice y yo pueda
volver a mi sede. ¡Me gustaría tanto poder ser el párroco de
mi pueblo...!».
Le hubiera gustado quedarse, al menos, en Venecia, pero
a la muerte de Pío XII lo llamaron a Roma. Tenía razones para
tener el corazón en un puño, ya que nunca volvió a la ciudad
de los canales. Se convirtió en Juan XXIII. «El primer sor­
prendido por mi elección fui yo -decía-. ¡Y pensar que me
parecía tan natural cómo se desarrollaban las cosas...!». En
1939 escribió: «Desde que el Señor, a pesar de mis miserias,
me quiso para este gran servicio... el mundo entero es mi fa­
milia. Este sentimiento de pertenencia al universo, tiene que
elevar y animar mi mente, mi corazón y mis acciones».
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Ese proverbio está equivocado
A la mañana siguiente de la elección de Juan XXIII, el
director de «L’Osservatore Romano» fue recibido por el
nuevo Papa. Como tenía mucha confianza con el “Cardenal
Roncalli”, se atrevió a preguntarle: «Santidad, ¿cómo ha pasa­
do la noche?».
«Anoche -respondió el Papa- me puse en las manos de
Dios y la noche fue serena. Pero no he dormido. He tenido
incluso el tiempo para pensar en ese proverbio: “Dormir
como un Papa”, y me he dado cuenta de que está equivoca­
do». Como no podía dormir por los pasos del soldado que es­
taba de guardia delante de su puerta, el Papa se levantó y le
dijo: «Vaya, vaya usted a descansar; y así podremos dormir los
dos...».

No es Él el que asiste...
La mañana del 9 de enero de 1959, el padre Rossi se en­
contraba en audiencia con Juan XXIII y éste le confió un se­
creto: «Esta noche he tenido una gran idea: convocar un Con­
cilio. ¿Sabes?, -añadió- eso de que el Espíritu Santo es el que
asiste al Papa, no es verdad...».
«¿Cómo dice, Santo Padre?», exclamó su amigo con
gran estupor.
«Que no es el Espíritu Santo el que asiste al Papa -repli­
có sonriendo Juan XXIII-. Soy yo su asistente: es El quien lo
hace todo,: el Concilio ha sido idea suya».
Aun así, después de anunciar el Concilio, le costó conci­
liar el sueño. Se decía a sí mismo por la noche: «Juan, ¿por
qué no duermes?, ni que fueras tú el que gobierna la Iglesia.
Es el Espíritu Santo, ¿no?, y ¿entonces? ¡Duerme, duerme,
Juan!».
40

No soy un papagayo
«Ningún Concilio ha tenido una preparación tan cuida­
dosa y tan consultada como el Vaticano II -afirmaba Monse­
ñor Felici- Recuerdo un episodio. Fui a ver al Papa y lo en­
contré escribiendo un discurso. Me permití sugerirle: “Pero,
Santo Padre, con todo lo que tiene que hacer y se pone a es­
cribir usted, mismo ese discurso. Podría limitarse a indicar las
líneas generales”. Y el Papa me respondió: “No, Monseñor, lo
quiero hacer yo. Soy el Papa, no un papagayo”».

Parecía que tomaba del brazo a todos
Se dice que cuando Pío XII levantaba los brazos para
bendecir, parecía que se alzase hacia el cielo. Juan XXIII, en
el momento de la bendición, parecía que tomaba del brazo a
todos, como si dijera: «Acerquémonos juntos al Señor y reci­
bamos su bendición». Y pensar que... «nosotros no queríamos
que estudiase -decían sus hermanos cuando recibieron la no­
ticia-, y los demás lo han hecho Papa». Su hermana Asunción,
como tenía la radio rota, se enteró de la noticia por una amiga
suya, en la calle, mientras iba a comprar la leche.
El Papa Roncalli tenía 18 sobrinos; su predilecta era En­
rica; fue precisamente a ella a quien había escrito antes de
partir para el cónclave: «Estoy muy tranquilo». No pensaba,
ni por asomo, que lo habrían elegido precisamente a él.

¡Hace falta paciencia!
Los hermanos Roncalli llegaron a Roma un poco cohibi­
dos y desorientados, tanto que los monseñores los tuvieron
que llevar de la mano como a niños pequeños. Cuando les
preguntaron lo que pensaban, no supieron decir nada. Al
41

final, uno de ellos dijo: «Creo que lloraremos todos cuando
veamos a Angel (perdonad, Su Santidad) bendiciéndonos
desde lo alto de la silla gestatoria».
Cuando volvieron a casa, y les preguntaron si el Papa
vendría a visitarlos, Javier respondió: «Ni creo, ni quiero.
¡Quién sabe lo que pasaría aquí en “Sotto il Monte”, sería el
acabóse!».
De hecho, la sobrina Enrica, cansada de recibir y escu­
char a una infinidad de peregrinos y periodistas que acudían
continuamente después de la elección de su tío, se quejó a éste
por las molestias que le ocasionaba su celebridad. Pero el
Papa le contestó (en dialecto): «¡Hay que tener paciencia!,
hija mía». El tuvo que tener mucha; pero llegó al corazón de
todos, incluso de los ateos. Se le recuerda como el «Papa
Bueno». Se le recuerda como el Papa que durante un discurso
bajo la luna llena encargó a las mamás que dieran, de su parte,
un beso a sus niños; también como el Papa que durante una
audiencia, con 5.000 personas, interrumpió su discurso al es­
cuchar el llanto de un niño: pidió a su maestro de cámara que
fuera a consolarlo y calmarlo; y cuando el niño dejó de llorar,
el Papa continuó hablando.

Pero... si el Papa soy yo
Juan XXIII no se acostumbró nunca a ser Papa; nos po­
demos imaginar cómo podría ser al principio de su pontifica­
do... Por la noche, se despertaba de golpe por alguno de los
problemas que lo atormentaban. Para intentar quitarse el peso
de encima, al menos momentáneamente, se decía a sí mismo:
«Se lo diré al Papa». Pero después, acordándose de que el
Papa era él, sonreía y rectificaba: «Bueno, entonces se lo diré
al buen Dios».
42

Un amigo Papa
Uno de los grandes amigos de Mons. Montini era el es­
critor y político Igino Giordani. En 1929, éste había escrito
una novela titulada La ciudad amurallada. El héroe de este
libro se llama Hildebrando, y pretendía personificar precisa­
mente a Mons. Montini, del que se esperaba un renacer de la
Iglesia. Y Montini lo sabía.
«Después de haber hecho a Hildebrando de papel -decía
Giordani- lo hice de carne, ya que di ese nombre a mi primer
hijo. El día de su bautismo, vi aparecer a Mons. Montini por
la puerta de la iglesia de Cristo Rey. Siempre que me veía me
preguntaba: “¿Cómo está Hildebrando?”. Y siempre lo quiso
mucho».

Un «macarrón» y un «repollo»
Don Santiago Alberione, fundador de la Pía Sociedad de
San Pablo, que ha creado una obra colosal a nivel mundial en
el campo periodístico e informativo, decía que él era un «re­
pollo», ya que había nacido en Bra, donde los repollos son el
único cultivo que crece bien. En cambio, el padre Pío, hablan­
do de su infancia decía: «Yo era un macarrón sin sal». La
fama que le rodeaba era su mayor sufrimiento. Decía a los pe­
riodistas: «Actuáis muy mal, pues hacéis demasiado ruido al­
rededor de un cura que reza».

¡Inocente!
Las grandes almas son también las más sencillas. La Sierva de Dios Conchita Cabrera de Armida (mejicana), de joven
cabalgaba muy bien y era una brillante mujer de sociedad. Era
también una esposa ejemplar y madre de nueve hijos. Después
43

de quedar viuda con 40 años, tuvo revelaciones de Dios. Es­
cribió sobre mística y teología y fundó congregaciones religio­
sas; pero todo con mucha naturalidad; tanta que, a su muerte,
sus hijos se asombraron de haber tenido una madre «santa».
«Un momento de conversación con doña Conchita
-decía la sociedad de Potosí- era como hacer ejercicios espiri­
tuales». Sin embargo, no había nada de “beato” en su aspecto
o en su conducta. Era muy juvenil y siempre deseosa de hacer
felices a los demás. Nunca se hacía de rogar a la hora de tocar
el piano o cantar una canción típica mejicana. Sabía contar
chistes como nadie, y los iba recogiendo en un cuaderno.
Le encantaba gastar buenas bromas. Siendo ya anciana y
a pesar de todos los problemas físicos y las penas morales que
la atormentaban (como sucede a todos los fundadores que son
incomprendidos al principio), aún tenía ganas de gastar ino­
centadas.
El 28 de diciembre de 1936, pocos años antes de su
muerte, Conchita llegó a Morelia, alojándose como invitada
en una Casa de monjas que ella misma había fundado y que se
encontraba bastante cerca de la de Mons. Ruiz, su director es­
piritual. Ya era de noche, pero consiguió que la recibieran a
pesar de la vigilancia de don Pedrito (un verdadero guardián).
«¡Monseñor!», empezó a gritar Doña Conchita desde el
otro lado del portón. «No me quieren dejar pasar, pero es ab­
solutamente necesario que hable con usted; necesito urgente­
mente 50 pesos».
Con premura y generosidad, como era normal en él,
Mons. Ruiz la recibió gustoso para darle aquella suma. Pero
todo era mentira, Conchita le había gastado una inocentada
así que citando llegó a casa, la señora Cabrera se apresuró a
devolverle el dinero, escribiéndole a Mons. Ruiz la acostum­
brada estrofa: «Inocente palomita/ que te dejaste engañar/ sa­
biendo que en este día.../ nada se puede prestar». Era como
una niña.
44

La apariencia y la sustancia

Y, como es lógico, hablaremos de los defectos, tanto físicos
como morales. Rochefoucauld decía: «Quien tenga el valor de
reírse de sus propios defectos, tendrá la suerte de poder reír du­
rante toda la vida». De hecho, nuestros defectos son nuestros
más íntimos compañeros: ¡nacieron con nosotros!
¡Tan grande y tan pequeño!
Alberto, de la noble familia de los Bollstand, nació en
Laningen en 1193. Con 16 años se hizo dominico. Fue muy
culto; enseñó en París y en Colonia, contando entre sus discí­
pulos a Tomás de Aquino. Fue obispo de Ratisbona. La pri­
mera vez que el Papa Alejandro IV lo recibió en privado, éste
lo exhortó a alzarse después de haberse inclinado para el acos­
tumbrado beso.
«Pero, Santidad, ¡ya estoy de pié!», le aclaró.
«¿Cómo? -dijo el Papa- ¡un hombre tan grande y, a la
vez, tan pequeño!».
El «buey mudo»
Sucedía todo lo contrario con nuestro nuevo personaje:
el discípulo más famoso de Alberto Magno, pues era macizo y
alto como una torre. Nació en 1227 de los condes de Aquino,
señores de Roccasecca (una de las familias más nobles y ricas
del lugar). Tomás abandonó el lujo y se vistió con el hábito de
santo Domingo: una orden muy pobre. Desde aquel momento
45

hasta su muerte, se dedicó exclusivamente a la teología: la
ciencia de Dios. De noche, estudiaba a la luz de una vela, sos­
teniéndola con la mano para iluminar mejor aquellas páginas.
Se encontraba tan absorto en la lectura, que a veces se quema­
ba cuando la vela llegaba a consumirse del todo.
De estudiante era obstinado y cerrado, por lo que sus
compañeros se burlaban de él llamándolo «buey mudo». Más
tarde, él explicaría: «Yo callaba porque me sentía indigno de
hablar en presencia de tanto maestro». Su maestro en Colonia
era precisamente Alberto Magno. Este, intuyendo el valor del
joven dominico, llegó a decir: «¡Sí!, será un buey mudo, pero
llegará un día en el que los mugidos de su doctrina se escu­
charán en todo el mundo».Y fue un buen profeta.
Pero la santidad de Tomás de Aquino no fue menor que
su sabiduría. Fue llamado enseguida a ocupar altos cargos
para la gloria de Dios y honor de la Iglesia. Son maravillosos
sus escritos sobre los «Divinos Misterios». Por su pureza de
vida y por su agudo ingenio, Tomás fue llamado «Doctor An­
gélico».
Un día, el crucifijo ante el que solía arrodillarse le habló:
«¡Oh, Tomás!, has escrito muy bien sobre mí; dime qué quie­
res como recompensa». «Solo a Ti, Señor», respondió humil­
demente aquel que es considerado como una de las lumbreras
de la Iglesia. Murió en 1274. Y fue proclamado patrón de las
escuelas católicas.

¿Por tan poco?
Caminando por las calles de Valencia, san Vicente Ferrer
oyó salir de una casa maldiciones y blasfemias; después se es­
cuchó el llanto desconsolado de una mujer, que asomándose
al balcón, gritó a voz en cuello: «Ya no puedo más. Mi marido
me pega todos los días. Mi vida es un infierno».
«¡Calmaos buena señora, calmaos! Decidme, ¿por qué os
maltrata de ese modo vuestro marido?», le preguntó el santo
46

acercándose. La mujer, avergonzada y adolorada, le confía:
«Porque soy fea».
«¿Por eso?, ¿por tan poco?».
Al decir esto, Vicente Ferrer convirtió a aquella española
en la mujer más hermosa de Valencia. ¡Quién sabe si su mari­
do la reconocería!

¡Qué fea me has sacado!
A sus cincuenta años, Teresa de Jesús tuvo que posar
ante el pintor fray Juan de la Miseria, pues su orden deseaba
una imagen de la Fundadora. Después de largas horas inmó­
vil, la Santa pudo ver el propio retrato (el único verdadero
que se conoce de ella) y con su acostumbrado brío exclamó
divirtiéndose: «¡Dios te perdone, fray Juan! Después de ha­
berme hecho penar tanto, me has sacado fea y legañosa».

Las descabelladas bromas de Pippo el Bueno
Si san Francisco mantenía que la tristeza la había introdu­
cido el diablo en el mundo, y si hay quien mantiene que esto
sucedió porque Adán y Eva empezaron a pelearse nada más
cometer el pecado original, echándose la culpa el uno al otro,
Felipe Neri tenía mil motivos para decir: «¡Fuera de mi casa,
escrúpulos y manías!». Y si es verdad eso que dicen, que a las
puertas del Cielo, san Pedro, escrupuloso revisor de pasapor­
tes, no deja pasar a nadie que no tenga escrito entre sus señas
características: «temperamento alegre», seguro que en abril de
1595, cuando murió Felipe, éste no tuvo ningún problema y le
dieron enseguida el pase: el Paraíso estaba hecho para él, el
más campechano de los santos, y el más extravagante.
A simple vista, nadie hubiera dado un duro por él. Pero
todo era un montaje para desorientar a los soberbios y reducir
a los poderosos. ¡Quién sabe por qué a Pippo el Bueno le gus47

taba tanto jugar malas pasadas (a veces un poco crueles), in­
cluso a los cardenales y a la gente de alcurnia! Cuando éstos
acudían a él para demostrarle su admiración, él hacía de todo
para intentar desilusionarlos: se presentaba con una mejilla
afeitada y la otra no o con una vieja toga puesta al revés enci­
ma de la sotana o con un gato acurrucado sobre sus rodillas,
prestando más atención al felino que a aquellos personajes
presuntuosos y terriblemente importantes. No se podía quejar
de que lo llamaran «loco», ¿verdad?
Sus sabios consejos, los daba también bajo forma de píl­
doras chistosas. Pero lo simpático es que no escondía sus ex­
travagancias ni siquiera a las personas más allegadas. Una vez,
a un fraile, que le parecía demasiado vanidoso y satisfecho de
su propia elocuencia (uno de esos a los que les gusta escuchar­
se a sí mismo), lo obligó a predicar sin la túnica, luciendo sus
calzones hasta la rodilla (como se usaban entonces).
Felipe Neri era demasiado travieso, pero no podía vivir
sin ello. Es por eso que entendía tan bien a los muchachos, y
les decía: «Sed buenos... si podéis». Y cuando de verdad no se
puede...

...y encima, una sobrepelliz
Cuando Gregorio XIII emitió la orden de que todos los
confesores llevaran sobrepelliz, Felipe Neri se presentó tran­
quilamente con su acostumbrada chaquetilla y con la sotana
desabrochada. El Papa no pudo esconder su sorpresa, así que
el padre Felipe explicó: «No puedo ni siquiera abrocharme la
chaquetilla ¿y su Santidad quiere que lleve encima una sobre­
pelliz?». Gregorio, que lo conocía bien y que lo consideraba
un santo, respondió: «No quiero que esta orden sea para
usted: id como queráis». Pippo el Bueno no «podía», porque
después de Pentecostés de 1544, mientras rezaba, fue «incen­
diado» para siempre, por el amor de Dios; y aquella llama,
que se transmitía del alma al cuerpo, no se apagó nunca.
48

Una cosa son los cabellos y otra la barba
Un tal Maretto de Siena, modesto funcionario, sabía ser
como pocos, una compañía alegre, tanto que incluso Pablo III
de la familia Farnese (el Papa que había convocado el concilio
de Trento y aprobado la Compañía de Jesús y que había con­
tribuido como mecenas a embellecer Roma y San Pedro) se
entretenía hablando gustoso con él. Un día, el Papa le pregun­
tó a Maretto que cuantos años tenía, y como éste respondió
que tenía 61, Pablo III hizo ademán de no creerle. Entonces
Maretto se quitó su inseparable sombrero para mostrarle sus
blancos cabellos.
«¡Asombroso!», exclamó el Papa: «A juzgar por vuestra
oscura barba, os habría echado 40».
«No os extrañe, Santidad -respondió Maretto - pues los
cabellos tienen veinte años más que la barba...».

Nolite timere!
Un cierto pintor de brocha gorda, insistió en retratar a
León XIII. De mala gana, el Papa consintió. Terminada la
«obra de arte», el «gran artista» llevó el lienzo al Vaticano
para mostrarlo al Papa y obtener su aprobación. Quiso, ade­
más, que éste le sugiriera una especie de lema para ponerlo
bajo la imagen, así que le pidió: «Santidad, tenga la bondad
de sugerírmelo usted mismo; ¿qué escribo?».
El Papa León examinó el retrato y, como le pareció ho­
rrible, sonrió malicioso y le dictó: «Mateo XIV, 27; León
XIII». El pintor apuntó la cita y corrió a casa para ojear el
Evangelio y encontrar el famoso paso. La cita en cuestión se
refiere al susto que se pegaron los apóstoles cuando vieron a
Jesús caminando sobre las aguas, y dice en latín: «Ego sum.
Nolite timere» (...Soy yo. ¡No temáis!).
49

Un día... lo escoltarán a usted
Plaza del Quirinal, 1816. El joven conde Mastai Ferretti
se encuentra con el sacerdote Vicente Pallotti. Este se da
cuenta de que el joven conde tiene cara de desilusión, y como
había confianza entre ambos, le confía su pena. Está triste
porque no ha sido aceptado entre la Guardia Noble del Papa
por motivos de salud. Pallotti sonríe diciendo: «¿La Guardia
Noble? ¿Ese es el motivo de su cara triste, querido conde?
¡Olvídese!, un día “esa gente” lo escoltará a usted».
Vicente Pallotti se hizo santo y Mastai Ferretti fue más
tarde Pío IX.

50

Sinceridad

Os habéis equivocado
Una pobre viuda pidió al cardenal Alejandro Farnesio la
suma de cinco escudos para pagar el alquiler. El cardenal pre­
paró un bono y dijo a la mujer que se lo hiciera pagar por el
tesorero. Después de leer el bono, el tesorero entrega a la
pobre viuda cincuenta escudos.
«Pero, si yo sólo había pedido cinco, ¿por qué me dais
cincuenta?, replicó la beneficiarla. Pero el tesorero le respon­
dió: «Aquí está escrito cincuenta».
Así que la mujer volvió a ver al cardenal: «Eminencia, -le
dice honestamente-, os habéis equivocado por un cero».
«Es cierto, me he equivocado de verdad», admitió el car­
denal. Y pidiéndole el bono, como premio, añadió un cero
más, escribiendo así quinientos.

Sin pelos en la lengua
San Bernardino de Siena contaba que había un posadero
que solía llenar los vasos hasta el borde y después empujaba la
mesa para que se derramara, gritando: «¡Aquí no hay mise­
ria!, ¡aquí no hay miseria!».
Pero una vez un cliente, furioso, le atravesó uno de los
toneles de vino con el sable, gritando también éste: «¡Aquí no
hay miseria!, ¡aquí no hay miseria!». El posadero lo denunció,
pero el juez le dijo: «Aquí tampoco hay miseria, y no sólo
cuando se trata del bolsillo de los demás».
51

Sincero, pero astuto
Atanasio (296-373), ilustre doctor de la Iglesia y Patriar­
ca de Alejandría, llamado «Martillo del arrianismo», era per­
seguido por la policía en todas las localidades de Egipto. Un
día, mientras el Santo remontaba el curso del Nilo en una
barca, fue alcanzado por un bote de la policía. Los gendarmes
le gritaron:
«¿Has visto a Atanasio?».
«Sí, lo he visto».
«¿Está lejos de aquí?».
«No, no; está muy cerca. Pero remad deprisa y con fuerza».
Los soldados no se habrían imaginado nunca que quien
hablaba de aquella forma fuese la persona buscada. Así que se
alejaron presurosamente en sentido contrario.

Justicia y verdad sí, pero...
«Padre -confiesa un día santa Juana de Chantal a san
Francisco de Sales, su director espiritual- he hablado dura­
mente de una persona, pero lo hice para mantener los dere­
chos de la justicia y por amor a la verdad».
El santo sonrió: «Entonces, hija mía, has sido más justa
que buena. En cambio, hay que ser más buenos que justos».

Mentir por mentir...
Margarita María Alacoque nació el 22 de julio de 1647 en
la vieja Borgoña. Se hizo monja de la Visitación de Parayle-Monial y fue famosa por su devoción al Sagrado Corazón. Invadida
por este amor, días antes de morir (el 17 de octubre de 1690) ya
había anunciado su final, a pesar de que el médico que la cuida­
ba le aseguraba que sanaría. Pero ella, bromeando, decía:
«¡Bueno!, es mejor que mienta un seglar que una religiosa».
52

Sincero, pero astuto
53

Sinceridad a toda costa
Bernadette Soubirous, definida como pueblerina igno­
rante, mantuvo bastante ocupado al comisario de policía Jacomet, el cual, tachándola de embustera, quería impedirle que
se acercara nuevamente a la gruta. Pero la muchacha no se
daba por aludida; ella no era una mentirosa, la Señora se le
aparecía de verdad, así que la esperaba el día indicado.
«No puedo faltar. Le prometí que volvería».
«Te mandaré derechita a la cárcel», la amenazaba el fun­
cionario, aparentemente indignado. Pero Bernadette no daba
el brazo a torcer. Un día, delante de las autoridades, respon­
dió guiñando el ojo maliciosamente: «¡Mejor!, así le saldré
más barata a mi padre... y usted vendrá a enseñarme el cate­
cismo» 5añadió dirigiéndose al párroco.

Le mostraré mi bondad la próxima vez
José Toniolo, el gran sociólogo que hizo famoso el grito:
«Trabajadores de todo el mundo, unios en Cristo», realizaba
ciclos anuales de conferencias y lecciones en las que iba abor­
dando varios argumentos sobre los problemas del mundo del
trabajo, de la escuela, de la familia, de la cultura, de la emigra­
ción, de la solidaridad de los pueblos, etc. Estas se han con­
vertido en un útil instrumento de estudio y de investigación.
Se destacaba por su catolicismo social, encaminado a poner
de manifiesto la primacía del hombre.
El profesor Toniolo enseñó durante 40 años en la Uni­
versidad de Pisa sin disminuir nunca su bondad, su sencillez,
su austeridad, su confianza en la Providencia.
Pero era justo y cumplidor en su deber, como es lógico
que sea un personaje como él.
Un día, se dio cuenta de la escasa preparación de uno de
los alumnos que se había presentado a un examen, y le dijo:
54

«Sea sincero, usted no ha estudiado».
«Pero... ¡usted es tan bueno...!», respondió el alumno.
Toniolo nunca permitió que su magisterio fuera demagógico o
poco educativo, así que, sin malicia, lo despidió diciendo:
«Prefiero mostrarle mi bondad en la próxima sesión».
Sin embargo, cuando el profesor Toniolo podía ayudar a
alguien, lo hacía de buena gana. Un estudiante que había sido
ayudado por él de todas las maneras posibles, se presentó al
examen con superficialidad y falta de reflexión. Sabiendo que
el profesor era un hombre piadoso, empezó diciendo: «La Di­
vina Providencia...».
«La Divina Providencia le ayudará en el examen de octu­
bre», completó Toniolo; y añadió: «Si es que se da usted prisa
en estudiar como debe».

Cosas de la vida
Cuando el Papa Juan XXIII fue a visitar a los detenidos
de la cárcel «Regina Coeli», comenzó diciendo: «Un pariente
mío también estuvo en prisión: iba de caza sin permiso...».
Y el hielo se rompió enseguida: tanta cordialidad y, aque­
lla comprensión tan grande, causó la simpatía de aquellos re­
clusos.

55

¡Atentos a la lengua!

¡Cuidado con las burlas!
Teófilo se reía de los mártires mientras estos se dirigían al
suplicio. Para burlarse de la joven Dorotea, conducida a la de­
capitación, le dijo cuando la vio pasar:
«¡Esposa de Cristo!, envíame unas rosas cuando llegues,
¡no te olvides!».
Y Dorotea se lo prometió.
En el momento de la decapitación, comenzaron a caer
rosas como si de lluvia se tratase. Teófilo, que había querido
hacerse el gracioso, se quedó de piedra ante aquel prodigio:
creyó y se declaró cristiano. Y fue un santo mártir: el Señor lo
había «llamado» por medio de una burla. «Todo es gracia»,
diría el escritor George Bernanos.

Plumas de gallina y agua en la boca
Aquí tenemos más episodios de Felipe Neri. Una mujer
mal hablada, arrepentida de haber difundido noticias poco ca­
ritativas, se dirigió al padre Felipe para preguntarle cómo
podía remediar la cosa; y éste fue su consejo: «Toma una galli­
na, desplúmala y esparce las plumas por las calles de Roma;
después ven a verme y te diré cómo podrás reparar el daño».
La mujer fue, esparció las plumas y después volvió a ver
al Padre; el cual le dice: «Ahora ve y recoge las plumas».
¡Era imposible...!, así que la mujer aprendió la lección.
Desde entonces, se lo pensaba dos veces antes de abrir la boca
para cotillear.
56

Otra mujer, también de lengua suelta, fue a ver a Pippo
el Bueno para pedirle consejo.
«Mi marido y yo no conseguimos ponernos de acuerdo.
Nos peleamos por todo. Y lo peor es que él me pega, yo grito,
los vecinos acuden... ¡Créame, Padre!, es un verdadero infier­
no. ¿Qué me aconseja?».
«Buena señora, tengo justo lo que vos necesitáis, una me­
dicina infalible, un curalotodo milagroso. Tenga este frasco;
cuando vuestro marido comience a reñir, bebed un sorbo y
mantenedlo un momento en la boca. Haced siempre lo mismo
cuando esté iniciando la discusión. Veréis que el resultado
será seguro».
Algunos días después, la mujer volvió con la botella
vacía.
«Ha sucedido exactamente como usted dijo, padre Feli­
pe. ¡Ha funcionado! Mi marido sigue peleando, pero yo estoy
curada. Dadme otra de esas botellas».
«Con mucho gusto», sonrió el astuto Pippo el Bueno en­
tregándole otra botella de agua pura recogida de la fuente.

«Malagüero*» de santos
Felipe Neri estaba hecho para entenderse con persona­
jes alegres, burlones y extravagantes como él. Con Felice,
por ejemplo, se llevaba que daba gusto. Éste era un fraile ca­
puchino, rústico y angelical; tanto que se convirtió en el pri­
mer santo de la Orden. Era pequeño, fuerte, un poco bruto;
había sido cuidador de vacas y ahora se encargaba de la co­
lecta. Se paseaba siempre rebosante de alegría por la Roma
del “Cinquecento” distribuyendo lo que había recogido. Y
cuando se encontraba con padre Felipe, se deseaban recí­
procamente «mala suerte» en broma. Decía el uno: «¿Cuán­
do te veré en la hoguera?». Y se oía la respuesta en dialecto:
«¡Mal rayo te parta!». Un día, siempre bromeando, se desa­
fiaron delante de un pequeño grupo de gente que pasaba
51

por allí: «Ahora veré si sabes vivir bien la mortificación»,
dice Felice ofreciendo a Pippo el Bueno una jarra de vino.
Pippo tomó la jarra y bebió entre las risas de la gente. Pero
después dijo: «Ahora veremos si tú estás mortificado»; y en­
casquetó en la cabeza del fraile un enorme sombrero de
cura, obligándolo a continuar la colecta de aquella forma:
uno con la jarra en la mano, y el otro con el sombrero en la
cabeza. ¡Qué espectáculo! Pero la estima que se tenían el
uno al otro era enorme: una vez, Felice se arrodilló para que
el padre Felipe le diera su bendición, pero éste no quiso ha­
cerlo, así que se arrodilló a su lado y permanecieron allí, re­
zando durante un buen rato.

Un pacto con la lengua
San Francisco de Sales, obispo de Ginebra, decía: «Para
creerme que una persona haya hecho una mala acción, no son
suficientes para mí, ni cien testigos; mientras que para creer
que ha hecho una buena, me basta una sola palabra».
El quería ver siempre el lado bueno de las cosas. Aun así,
era un tipo fogoso, y cuando sucedía algo que no le agradaba,
estallaba incluso desde el pulpito. Una vez, un buen hombre
se sintió ofendido durante una de esas prédicas, así que yendo
después ante la casa del obispo, empezó a armar tal escándalo
que se agolpó allí un pequeño grupo de personas. A todo esto,
el obispo permanecía callado.
«¡Está exagerando!», le decían al obispo. «Ser bueno
está bien, pero esto ya es demasiado. No debería permitirlo».
El obispo sonrió y les explicó: «Doy gracias a Dios por
haber podido mantener la boca cerrada. Mi lengua y yo
hemos hecho un pacto: cuando mi corazón esté agitado, ella
debe callar. Podrá hablar sólo cuando esté absolutamente
tranquilo. Y os aseguro que en ese momento, no estaba preci­
samente tranquilo».
58

Fue así, luchando toda la vida contra la lengua y contra
la impulsividad, como Francisco de Sales se convirtió en el
«Santo de la dulzura».

Hay uno que nunca se cansa
«Algunas veces dudo de la justicia de Dios», decía un
día Adenauer: «Todos los miembros del cuerpo humano se
cansan, pero la lengua no. Y me parece injusto». Y tuvo de
verdad motivos para lamentarse, pero no de la lengua, sino de
las plumas de los periodistas. Durante una conferencia de
prensa con periodistas de todo el mundo, dijo: «Escribid
sobre mí sólo lo que sea cierto; así sólo tendréis que escribir
cosas buenas».
Después de una grave enfermedad en 1959, un periodista
insistía demasiado en saber sobre su salud; así que Adenauer
dijo a sus secretarios: «Decid a ese buen hombre que me ente­
rraron ayer. Esa exclusiva aún no la sabe nadie».

¡Cuántas ocas!
Los chismorreos pueden parecer una cosa sin importan­
cia, pero a menudo producen daños incalculables. El padre
Cafaso decía: «¿Os gustaría que los demás hablaran de vues­
tras cosas como vosotros habláis de las del prójimo? Los chis­
mes se contagian como el grito de una oca: las demás, cuando
la escuchan, hacen lo mismo».
Y estas observaciones valen también hoy. Una joven con­
fió a su director espiritual: «Padre, tengo un carácter cerrado;
no soy elocuente, no soy simpática. Sugiérame algún remedio
para no equivocarme».
«Sólo éste, hija mía: ¡estáte callada!».
59

Querer y amar

La misma medida
Un rico mercader de Alejandría de Egipto cumplía es­
crupulosamente sus deberes como cristiano, pero le era impo­
sible perdonar. Una vez, su odio implacable hacia uno que lo
había engañado en un contrato, llegó a convertirse en un es­
cándalo, así que el obispo en persona, Juan el Limosnero,
quiso solucionar el asunto. Habló con el rico mercader, pero
éste sé mantenía firme, se sentía demasiado ofendido; sobre
todo, porque aquel que le había provocado la afrenta, no sólo
no se arrepentía, sino que se enorgullecía de ello.
Entonces el obispo invitó al rico mercader a que fuera a
su misa a la mañana siguiente. Este seguía el rito con su acos­
tumbrada devoción, pero llegados al Padre Nuestro, y des­
pués de haber dicho «Perdona nuestras ofensas», el pueblo,
previamente advertido por el obispo, se calló de golpe, así que
el mercader se vio solo diciendo: «... como también nosotros
perdonamos a los que nos ofenden». Ante tal situación, el
obispo se dio la vuelta y dijo alto y claro: «¡Estás arreglado...
si Dios te perdona como lo haces tú!». El rico mercader en­
tendió y decidió perdonar para estar seguro de que obtendría,
a su vez, el perdón divino.

Los guitarreos de 'Bernardino
Bernardino Albizzeschi, huérfano de padre y madre
desde los seis años, había encontrado dos madres en sus tías
Pía y Bartolomea y una hermana mayor en su prima Tobia.
60

Los guitarreos de Bernardino
61

Las tres lo querían con locura y lo educaban con buena
mano. Los primeros problemas llegaron cuando Bernardino
cumplió 18 años: como todos los adolescentes, dio un giro
de 180 grados. Y las tías temían por su futuro. ¿Y si toma
-Dios nos libre- un mal camino? ¿Y si se enamora de una
mala mujer? Y es que el muchacho, desde hacía algún tiem­
po, estaba un poco acelerado, como si hubiera perdido el
juicio.
«Que sea gallardo, fresco, alegre, está bien -balbuceaba
la tía Bartolomea- pues está en la flor de la vida y en el cora­
zón de los sueños, pero...».
«Estar alegre no es pecado», replicó sin demasiado ahín­
co la tía Pía. Pero su hermana insistía: «Está bien, eso ya lo sé,
pero él parece que ha perdido el juicio. Exagera: está todo el
día cantando y aporreando la guitarra. Y ayer... salió con que
está enámorado».
«Ha dicho que daría gustoso la vida por aquella a quien
ama: una criatura única en el mundo. ¡Pero bueno!», añadía
la prima Tobia.
Como Bernardino, guitarra en mano, desaparecía todas
las tardes sin decir ni pío, las tías temían que de verdad el mu­
chacho se hubiera ido por mal camino, así que -deseando sólo
el bien del muchacho- encargaron a la prima Tobia que lo si­
guiera hasta la periferia de Siena.
Intrigada, la muchacha lo siguió a escondidas, hasta que
Bernardino se detuvo delante de un hermoso cuadro levanta­
do en una esquina del camino, ante el cual comenzó a susu­
rrar en forma de música su serenata de amor a la criatura más
bella y buena de la que siempre hablaba: ¡María!

¡Qué bonito es perdonar!
La vida de san Andrés de Avelino resplandece especial­
mente por la caridad. «¡Si me fuera igual de fácil ayunar que
perdonar...!», decía riendo. A uno que había lanzado injurias
62

contra él le dijo sinceramente: «Yo siempre he rezado por ti,
pero desde hoy, me obligas a tenerte presente durante toda la
vida».

Ver el lado bueno
Ana María Taigi era una madre de familia. Nació en
Siena en 1806; vivió en Roma y allí murió en 1837. Fue beati­
ficada por Benedicto XV el 30 de mayo de 1920. Se hizo santa
simplemente cumpliendo las penitencias que las cosas cotidia­
nas de la vida le ofrecían y amando y cuidando a su familia.
Cuando recibía gracias o tenía visiones, conseguía que la dis­
pensaran de las cosas de Lo Alto rezando de esta forma:
«Señor, déjame tranquila. Tengo mucho que hacer. Ya sabes
que soy madre de familia con muchos hijos».
Su especialidad era saber ver el lado positivo de las per­
sonas y de las circunstancias. Por su enfermedad tuvo que
pedir ayuda a una muchacha para las cosas de la casa, pero
tuvo mala suerte con ella. Armaba un desastre tras otro. Un
día, poniendo la mesa con la falta de garbo acostumbrada, la
muchacha le hizo añicos una jarra de loza que era un recuerdo
de familia. Ana María, aunque ya no aguantaba más todos los
desastres de aquella mujer, le dijo: «¡Paciencia! Si lo supieran
los vendedores de loza, estarían muy contentos. Ellos también
tienen que vivir, ¿no?».

Los santos saben mucho de amor
También de amor humano, quiero decir. Un ayudante de
Francisco de Sales se había enamorado de una joven honesta,
agradable y pudiente. Esta era viuda, pero aun así, quería ca­
sarse con ella. Como no encontraba las palabras apropiadas
para hacerle una declaración de amor como Dios manda, de­
cidió escribirle.
63

Mientras Francisco Fabre -así se llamaba- se encontraba
absorto en tal empresa, entró en su habitación el obispo, así
que el joven se apresuró a esconder la carta.
«¡Francisco!, cuando entré estabas escribiendo. ¿De qué
se trataba?».
Después de titubear un poco, el joven confesó que estaba
escribiendo una carta de amor a la señora Clavel con la inten­
ción de pedir su mano. Y se la mostró. El obispo le dio una
ojeada y meneó la cabeza diciendo: «Tú, de esto, no tienes ni
idea». Y sentándose, redactó él mismo una carta adapta para
este fin. Después, entregándosela, dice al joven: «Cópiala, fír­
mala y mándasela. Verás que todo irá bien». Francisco Fabre
obedeció.
La viuda, conmovida por la forma en que le había sido
pedida su mano, fue a solicitar consejo nada menos que al
santo obispo. No hace falta decir que las referencias fueron
impecables, así que se casaron con la bendición de Dios... y
del obispo. Fueron un matrimonio feliz.

Siempre las mismas palabras
Monseñor Fulton Sheen, el popular apóstol americano,
llegó a hablar a un público enorme incluso por televisión.
Después de haber hecho una impactante conferencia en
Nueva York, se le acerca una simpática señorita que le dice:
«Perdone, reverendo, pero a mí me parece que su religión es
un puro formalismo: todo se reduce a murmurar siempre las
mismas oraciones (especialmente el rosario), de forma que
con la monotonía, pierden su significado».
Mientras tanto se había acercado un joven, así que el
obispo preguntó a la señorita:
«¿Quién es este señor?».
«Es mi novio. ¿Por qué lo pregunta?».
«¿Le ha dicho usted alguna vez que lo quiere?».
«¡Naturalmente que sí!».
64

«¿Se lo dijo la semana pasada, tal vez hace dos día, ayer
por la noche?».
«Por supuesto; ¿y eso que tiene que ver?».
«¿No cree usted que si usa siempre esas mismas pala­
bras, hoy, ayer, mañana... terminarán siendo una cosa monóto­
na sin significado?».
La respuesta de la joven fue un silencio elocuente.
La agenda de los besos atrasados
Mamá Nina, una sierva de Dios de nuestros días, cuyo
proceso de canonización inició hace algunos años, era una sin­
gular señora de Carpi (Módena). A pesar de ser madre de seis
hijos -tres de los cuales son sacerdotes de la Pía Sociedad de
San Pablo- fundó una obra para las muchachas desampara­
das. Acogió a cientos de ellas; y después de formarlas las
acompañaba al altar. Como una madre.
Poco a poco, iban encontrando novio, y entre los conse­
jos que les daba, había uno verdaderamente original: «Cóm­
prate una agenda -decía a la muchacha- y cada vez que él te
pida insistentemente un beso, apúntalo. Cuando te hayas casa­
do, abre la agenda y salda la deuda... ¡Verás qué alegría! Y
Jesús bendecirá tu sacrificio».

65

Moda y modestia

Tacones y resbalones
Hoy, el pudor ya casi no existe: por desgracia. Muchos se
avergüenzan de tener vergüenza. Y en cuanto a la moda, no
hablemos: todo está permitido.
En tiempos de Felipe Neri, el cual se piensa que tenía la
gracia de no caer en las tentaciones carnales a pesar de las
continuas y violentas tentaciones, las mujeres romanas se diri­
gían a él para pedirle consejo.
«Padre Felipe», le preguntó una vez una mujer vanidosa,
«¿es pecado ir con tacones demasiado altos?».
«¡Tened cuidado con los resbalones!», le respondió astu­
tamente el santo.
¡Cuidado con las manzanas!
Hablando de la propiedad en el vestir, es famoso el epi­
sodio en el que un Nuncio apostólico, durante un almuerzo
diplomático, se encontró sentado a la mesa junto a la mujer de
un embajador, la cual lucía un atuendo del todo indecente.
Para el Nuncio era una situación muy embarazosa: no podía
fingir que no se había dado cuenta, pero tampoco montar un
numerito, así que decidió ofrecerle a la señora una hermosa
manzana.
«¡Gracias! -le dijo la noble señora-, pero ¿por qué debe­
ría comérmela precisamente ahora?».
«Es muy sencillo -le respondió el prelado- Porque sólo
después de morder la manzana Eva se dio cuenta del estado

66

en que se encontraba sintió vergüenza y se cubrió». Parece ser
que aquel Nuncio sería más tarde Juan XXIII.
Padre Pío... un ángel de la guarda
Unos jovenzuelos que viajaba en tren desde Nápoles a
Pompeya estaban molestando con sus vulgaridades a una mu­
chacha, que se sentía bastante incómoda. Por suerte, entró el
revisor y se sentó cerca de la joven pasajera, permaneciendo
allí hasta que ésta descendió del tren.
Algunos días después, la muchacha fue a San Juan Ro­
tando y, encontrándose ante el Capuchino de los Estigmas, le
confió entre otras cosas:
«Padre, la juventud de hoy está degenerando».
Padre Pío, con una pequeña sonrisa y pensando en la
parte que le tocaba para salvar las almas, le respondió: «Díga­
melo a mí, que tuve que hacer de revisor durante más de dos
horas en aquel tren...».

67

El mal y el Maligno

Son muchas las definiciones que se le han dado al encarni­
zado enemigo de Dios y de las almas. El más astuto es precisa­
mente él, Satanás, que intenta firmar sus obras con algún «seu­
dónimo» y sabe adoptar las más sorprendentes apariencias, a me­
nudo ingenuas o fascinantes: nada le es más rentable que con­
vencer a los hombres de que el Maligno no existe en absoluto.
«La mejor astucia del diablo -dijo Charles Baudelaire- es
persuadirnos de que no existe».

Cuidado con el ocio
Un joven ermitaño se dirigió al Abad, confiándole sus
penas: a pesar de la oración, la meditación, el trabajo y la pe­
nitencia, se encontraba amenazado por pensamientos impu­
ros. El Abad le aconsejó: «Cambia de trabajo, encuentra nue­
vas inquietudes. Inventa una nueva estera para reposar, distin­
ta de la que tienes».
«¡Qué consejo más extraño!», pensó el monje. Pero se
puso manos a la obra; se mantuvo ocupado todo el día y con
gran alegría mostró la nueva estera al Abad. Pero... al día si­
guiente, volvieron los malos pensamientos y el joven volvió a
ver al Abad: «Padre, el demonio sigue atormentándome.
¿Qué puedo hacer?».
«¡Ah, sí!, ¿eh? Pues tú invéntate otra estera».
La cosa continuó así durante algún tiempo: las esteras
que salían de las manos de aquel joven ermitaño eran cada vez
más bonitas y elaboradas, pero la acción impertinente del Ma­
ligno no cesaba y el monje pasaba dificultad. El consejo del
Abad era siempre el mismo: «¡Ánimo!, otra estera distinta».

68

Toda la región fue invadida por originales tejidos de jun­
cos: hasta que, entusiasmado por el éxito, el monje se dedicó
a aquel trabajo. De esta forma, el diablo se cansó: «Con este
monje ya no hay nada que hacer: su mente está ocupada con
pensamientos alegres, y por la noche está tan cansado que se
duerme enseguida. Cuando se piensa en Dios, se reza y se tra­
baja así, se está contento, y a mí no me queda nada que
hacer».
Mejor una sola puerta
Había un joven monje que pensaba que no se encontraba
expuesto a las tentaciones, así que el hermano más anciano le
dijo: «Eres como una casa abierta a los cuatro vientos, por lo
que cualquiera puede entrar y salir cuando quiera sin que tú
te des cuenta. Si en cambio tuvieras una puerta sola y miraras
a la cara a quien quiere entrar en tu corazón, te darías cuenta
de que no todos son amigos, y que no todos los regalos que te
hacen te conducen a Dios».
El joven monje entendió: el verdadero enemigo es el dia­
blo, y sus tentaciones nos invaden cuando dejamos, impru­
dentemente, demasiadas puertas abiertas.
Un león enfurecido
Nuestro enemigo el diablo, está intentando devorarnos
continuamente.
A orillas del río Jordán vivía un viejo anacoreta. Un día, lo
sorprendió un temporal y se cobijó en una caverna. Dentro en­
contró un león que, al verlo entrar, se puso a rugir. Ya cerca del
anacoreta, abrió enfurecido sus fauces, pero el ermitaño, lejos
de demostrar miedo, comenzó a decir a la fiera: «¿Por qué te
muestras tan fiero?, la gruta es de todos. Si no te quieres estar
quieto en una esquina, déjame en paz: ¡ahí tienes la salida!».
69

El león, no queriendo admitir la valentía del viejo monje,
salió de allí; y prefirió soportar toda aquella lluvia, antes que
dejarse humillar por alguien al que había considerado más
débil que él.

Mirad al «vecino»
San Bernardino de Siena (1380-1444), del que ya hemos
hablado más de una vez en esta recopilación de anécdotas, fue
uno de los más grandes predicadores de su tiempo. ¡Y eso
que era tartamudo...! Pero a fuerza de voluntad se le soltó la
lengua y se le fue la timidez. Pocos oradores han difundido el
nombre del Señor como él.
Bernardino poseía un arte mágico para atraer a hombres
y mujeres a las plazas, para escuchar sus originales prédicas.
Una vez anunció que haría aparecer al diablo; así que la
gente, picada por la curiosidad, acudió como nunca. En
medio del discurso, el franciscano dice: «Ahora mantengo la
promesa de hacer que veáis al diablo: que cada uno mire a su
vecino...».
Lejos de reír, el público fue invadido por un escalofrío.
Fue una lección.

El Paraíso es vuestro
Ya sabemos que Felipe Neri amaba la alegría, por lo que
no aprobaba a los penitentes escrupulosos. En un monasterio
había una monja que tenía tentaciones y escrúpulos pensando
que podía condenarse se desesperaba y lloraba. El padre Feli­
pe fue a verla, y estando aún en el locutorio empezó a gritar:
«¡Sor Escolástica, el Paraíso es vuestro!».
La religiosa acudió llorando como una magdalena con in­
tención de ser consolada. Entonces, Pippo el Bueno le pre70

guntó decidido: «Decidme, ¿por quién murió nuestro
Señor?». La monja respondió: «Por los pecadores».
«Y vos, ¿sois una pecadora?».
«¡Oh, sí!, padre, la más grande pecadora»; y venga a llo­
rar. Pero el padre Felipe le dice: «Entonces es el momento de
que dejéis de llorar, porque el Paraíso es vuestro, pues Jesu­
cristo murió precisamente por vos, para salvaros».
Fue así como el alegre cura consiguió convencer también
a esta buena alma y a curarla de la angustia, que en sí misma
es un mal del cuerpo y del alma.
El camino del cielo
«¡Muchacho!, ¿me sabrías decir cuál es el camino para
llegar a Ars?», preguntó el joven cura Juan Vianney encon­
trándose ya cerca de aquella localidad de Francia que le había
sido asignada como parroquia. En aquel entonces (1818), Ars
era un pequeño centro habitado por gente irreligiosa o como
mucho, indiferente.
El joven pastor le indicó la dirección, y aquel que debía
convertirse en el santo Cura de Ars, le prometió: «Tú me has
indicado el camino de Ars y yo te enseñaré el camino del
cielo».
Esto es lo que hizo el humilde cura durante toda su
vida: enseñar el camino... En cuanto a la promesa que hizo a
aquel muchacho, sirvió para mucha más gente. «¡Qué bueno
es el buen Dios!», solía decir. «Vale más una hora de pacien­
cia que una semana de ayuno. Es más difícil ir al infierno que
al Paraíso».
Juan Vianney enseñó de verdad el camino del Paraíso a
muchos; y con tal de encaminar a las almas en esa dirección,
no le importó sufrir por ello. Parecía que los habitantes de
Ars querían hacer todo lo posible para ir al infierno. El santo
Cura se dijo: «Si los hombres no me escuchan, me dirigiré a
Dios». Y comenzó a pasar gran parte de sus horas en la igle71

sia, rezando, olvidándose de dormir y de comer; comía cuan­
do se acordaba, conformándose con una o dos patatas a la se­
mana; tanto es así que el diablo, provocándolo, lo llamaba
«comepatatas».

Pero la alabanza más grande se la hizo el diablo
«La tengo tomada contigo, maldito cura fastidioso. Si
hubiera más curas como tú en Francia, yo ya estaría acabado,
feo comilón de patatas; ¿por qué no te vas? ¡Con lo bien que
estaba yo cuando tú no vivías en Ars!», le gritó una noche
apareciéndosele bajo una horrible forma. Desde entonces lo
atormentó casi todas las noches. Pero el cura estaba contento
de que el «atizador» -como él lo llamaba- lo atormentase:
«Cuando el “atizador” me atormenta es buena señal: al día si­
guiente algún gran pecador viene a confesarse».
La gente acudía a confesarse con Vianney, pues era muy
piadoso con los penitentes, y en vez de mandarles penitencias
a ellos, las hacía él en su lugar. Decía: «Si tuviera la mala suer­
te de condenarme, me gustaría llevarme conmigo al Señor,
pero entonces, el infierno ya no existiría, porque las llamas del
amor sofocarían las de la justicia». Un día, mientras celebraba
la misa, sintiéndose invadido por el terror de poder ser priva­
do para siempre de la visión de Dios, interrumpió todo di­
ciendo: «¡Déjame al menos con María!».

72

Pobreza

Dadme la lista de mis amos
El santo obispo de Alejandría de Egipto (560-616), lla­
mado Juan el Limosnero por su enorme amor hacia los po­
bres, los enfermos, los desocupados, los inmigrantes, el día en
el que fue consagrado obispo dijo: «Dadme la lista de mis
amos».
Se le indicó que el obispo de Alejandría no tenía amos, a
lo cual respondió: «Y esos a los que vosotros llamáis pordiose­
ros, ¿no son acaso mis amos?, ¿no son ellos los que me abri­
rán la puerta del cielo?».
Un privilegio nunca solicitado
Cuando Clara de Asís conoció a san Francisco, decidió
seguir su programa de vida, así que huyó de su castillo aban­
donando todas sus riquezas y vistiéndose con un tosco sayo. A
pesar de la cólera de su familia, se salió con la suya, y después
la siguieron además, su hermana Inés y otras damas.
Imitó en todo a Francisco. Fundó la orden de las Clari­
sas, de la que fue superiora durante 42 años. A quien intenta­
ba alejarla de aquella vida tan austera, le decía: «Dejadnos la
alegría de nuestra pobreza».
Cuando Clara pidió al Papa Inocencio III el «privilegio
de la pobreza», éste, leyendo la extraña súplica, exclamó:
«Este es un privilegio nunca antes solicitado a la Corte Roma­
na». Y escribió de su puño y letra las primeras palabras del
documento en el que le daba su aprobación».
73

Os conservo el sueldo
El papa Clemente XIV, que había sido un humilde fran­
ciscano, no alteró el tipo de vida que había conducido cuando
era simplemente el padre Lorenzo Ganganelli. Sus comidas,
incluso siendo Papa, se las preparaba un converso. A todos
los que se asombraban de tal sobriedad, Clemente XIV obje­
taba: «¿Qué queréis?, san Pedro y san Fraftcisco no me han
enseñado a almorzar espléndidamente».
El cocinero oficial, bastante preocupado, fue a suplicarle
que no lo despidiera, pero el Papa, sonriendo, lo tranquilizó:
«Hijo mío, os conservo gustoso vuestro sueldo; pero no es
justo que para que podáis ejercer vuestro trabajo, yo tenga
que perder la salud».
Así que conservó al cocinero, pero también las propias
costumbres.
¿Qué tiene de malo remendar?
San Francisco de Sales se había hecho tan humilde que
servía a todos, procurando que nadie le sirviera a él.
Un día, un señor entró inesperadamente en su cuarto y lo
encontró zurciendo su ropa. Era lógico que se maravillara, no
sólo porque remendaba su ropa, sino porque se las arreglaba
él solo.
«¿Qué tiene de malo? -respondió sonriendo el santo-.
¿Qué tiene de malo que remiende lo que yo mismo he roto?».
«Este hecho -contaba después aquel señor- me ha ayu­
dado en mi vida cristiana, mucho más que otros argumentos y
temas sobre la fe».
Muchos soldados de las tropas de Tolone se convirtieron
viendo pasar todos los días al santo obispo por delante del
cuartel, tan modesto, tan misericordioso... Algunos de ellos se
hicieron incluso sacerdotes católicos.
74

Oj conservo el sueldo
15

U/hi simple restitución
En tiempos de Benedicto XIV, uno de los Papas con
más humor, vivía en Roma un famoso usurero. Cuando anun­
ciaron al Papa que, al morir, éste había dejado sus ingentes ri­
quezas para obras benéficas, el Santo Padre comentó: «No ha
hecho más que devolver al Señor lo que había robado a los
señores».
Sino fríe, está frito
Un día, Pío IX pasó por casualidad por delante de una
freiduría, así que el dueño aprovechó la oportunidad para di­
rigirle una súplica diciéndole: «Santo Padre, el ayuntamiento
me quiere echar de este local, en donde me gano el pan para
mí y para mis hijos... Os ruego Santidad, que ordenéis...».
Y el Papa ordenó:
«Que este buen hombre fría donde quiera, porque si
no... está frito».
En el número de los pobres
Cuando Pío X aún era obispo, no tenía sirvientas: vivía
con sus hermanas y con su sobrina Josefina. Un día, la olla es­
taba al fuego, pero en casa no había provisiones y tampoco un
céntimo, Las hermanas, cansadas de estar pidiéndole dinero,
enviaron a la sobrina.
«¿Qué es lo que pasa?», preguntó su tío.
«Es que... es que...», tartamudeaba la muchacha, consi­
guiendo apenas decir: «... no tenemos dinero».
El tío pensó un momento y refunfuñó: «Ni que yo fuera
la casa de la moneda...». Pero después, entre suspiros, se dis­
puso a soltar el dinero: «¡Aquí tienes, toma. Esto es para toda
la semana».
76

Era una moneda de 5 liras y tenía que bastar para siete
días y seis personas. Y es que el tío les repetía a menudo:
«Acordaos de que estáis dentro del número de los pobres».
Esto también lo recordó cuando Josefina, con veinte
años, se enamoró de un apuesto muchacho, maestro de prima­
ria pero con pocos recursos económicos y con un futuro bas­
tante incierto.
«¿Te casas?», le preguntó el tío cuando supo la noticia.
«Sí, tío. Con un pobre».
«Y tú, ¿acaso eres una señora?».
Una olla... con alas
¡Seguro que empeñaba el reloj para los pobres! El era
pobre y lo daba todo a sus hijos pobres. Sus hermanas sabían
bien como era la cosa. Cuando don José Sarto era párroco en
Salzano, sucedió una vez que su hermana Rosa volviendo a la
cocina después de la función religiosa para controlar lo que
había dejado al fuego... «¿Qué pasa aquí?, hace un momento la
olla estaba ahí con un trozo de carne dentro, y ahora... ¡ha de­
saparecido!». Pensando que alguien quería gastarle una broma,
llamó a su hermana: «¡Ana!, ¿has quitado tú la olla del fuego?».
«¿Yo?, ni siquiera la he tocado», respondió. Se miraron
un momento en silencio y después Rosa dijo a Ana: «Ven,
vamos a preguntarle a nuestro querido Pepe. ¿Te acuerdas
cuando desapareció el trozo de carne de la despensa y las sá­
banas del armario?, te apuesto lo que quieras a que nuestro
hermano...».
«¡Pepe!, ¿has sido tú? ¿Dónde está la carne?», pregunta­
ron las dos hermanas entrando en el estudio del párroco; este
guiña malicioso un ojo y “se atreve” a decir: «¡Bueno!; y ¿si se
la hubiera llevado el gato?».
Pero Rosa, dispuesta a plantarle cara, le dice: «Déjate de
rollos, Pepe. El gato no se hubiera llevado también la olla. Y
hoy falta la carne con olla y todo».
77

«Entonces... seré yo el gato», admitió don Pepe calman­
do a las dos hermanas con su sonrisa más dulce. «Sí, Rosa; le
di la carne a un pobre con olla y todo, y es que no sabía dónde
ponérsela. Ya nos las arreglaremos para el almuerzo de hoy.
¿No hay nada en casa?».
«¡Sí, muchísimo!», dice irónicamente Rosa: «Dos huevos
y una manzana».
«Entonces somos ricos», responde don Pepe con toda su
cara dura. «Los huevos para vosotras y la manzana para mí.
Démosle las gracias a la Providencia».
Parecía más feliz que un rey, o mejor, tan feliz como un
futuro Papa. Las hermanas salieron del estudio sacudiendo la
cabeza, un poco enojadas. Sin embargo estaban contentas: te­
nían que admitir que aquel hermano tan generoso y loco co­
rría el peligro de hacerse santo. Para ser sinceros, era un ver­
dadero don de Dios vivir junto a un hermano como don Pepe,
a pesar de las tribulaciones y de tener que comer de vez en
cuando sólo dos huevos y una manzana, pues en casa de los
Sarto, incluso las ollas pueden emprender el vuelo y terminar
en la mesa de un pobre.

Un huevo para dos
Hay quien, por amor a los pobres de Cristo, se confor­
ma no con dos huevos, sino con medio. También el cardenal
Ferrari, arzobispo de Milán, vivía como un pobre. El evan­
gelizaba continuamente por doquier. Los esquemas de sus
discursos son cientos..., miles... Y a donde no llegaba con su
voz, llegaba con sus cartas escritas a mano, con una pluma
de oca, como se usaba entonces. Le gustaba visitar las 850
parroquias de su diócesis, usando como medio de transporte
un burro.
Estaba siempre viajando y llevaba consigo una pequeña
bolsa muy antigua, gastada por los bordes, y si alguno de sus
ayudantes la miraba de una forma un poco polémica, el Car78

denal sabía como callarlo enseguida: «Los dineros de un obis­
po decía, son para la Iglesia y para los pobres».
Una vez, volviendo de Roma a Milán con su secretario,
quiso pasar por Loreto para visitarla. Después de haber cele­
brado la misa en la Basílica, el joven secretario le recordó que
no habían comido desde el día anterior, así que el cardenal
entró en un restaurante y ordenó un poco de pan y un huevo,
«pero en tortilla», para «que sea más fácil partirlo en dos».
Don Juan suspiró y se aguantó su enorme hambre... pues era
joven aún. De todas formas ya estaba acostumbrado a estas
cosas.
«Sin un poco de locura no se hace nada», solía decir. Se
había convencido de que las Obras de los fundadores son
siempre una aventura. A la muerte de su querido Monseñor,
don Juan Rossi cuidó y llevó adelante las «Obras Cardenal Fe­
rrari», hasta que fundó la suya propia: la «Pro Civitate Chris­
tiana», cuyos «voluntarios» dan testimonio del Evangelio en
los ambientes más variados, atrayendo a la ciudad de Asís a li­
teratos, artistas y científicos que quieren encontrar a Cristo.
Han sido muchas las conversiones famosas...
Cincuenta liras al Honorable
Giorgio La Pira es otro que vivía para los pobres. Dona­
ba enseguida todo lo que recibía. Y cuando no tenía absoluta­
mente nada, daba esperanza y una sonrisa. Sacaba el dinero
de su bolsillo para darlo, sin mirar cuánto era. No sabía ni si­
quiera a cuánto ascendía su sueldo de profesor universitario:
nada más recibirlo lo entregaba a un fraile para que lo distri­
buyera entre los pobres. Dormía en el convento de San Mar­
cos o en casa de un amigo cirujano. Comía donde se le presen­
taba. Su pobreza voluntaria era tal, que a veces aceptaba in­
cluso la ropa que sus amigos ya no usaban.
Un día le pasó una cosa increíble. Tenía que dar una pro­
pina a un botones que se había presentado la noche del 27 del
79

mes; pero... era demasiado tarde, el sueldo se había esfumado.
Fue un momento muy embarazoso para el profesor La Pira, el
cual se consumía en silencio. Así que el botones acabó sacán­
dose cincuenta liras del bolsillo y poniéndolas en la mano de
su honorable deudor, que más que profesor o político, fue un
apóstol de la propia fe religiosa.
Solidaridad
El escritor danés Joergensen se convirtió al catolicismo
después de una larga crisis espiritual, enamorándose más
tarde de san Francisco (del que escribió una decena de volú­
menes). Cuando conoció la ciudad de Asís, nunca más la
abandonó, por lo que el ayuntamiento le otorgó la ciudadanía
honoraria.
En uno de sus libros, Joergensen nos habla de un sacer­
dote etíope llamado Tecla Marión. Este, encontrándose sin un
duro, se dirigió al célebre escritor, quien lo acogió cordial­
mente. Temiendo que su ama de llaves se encontrara incómo­
da en tal situación, le preguntó: «Conchita, ¿tú crees que si
preparamos una cama para nuestro amigo, nos la teñirá de
negro ?».
«¡Por Dios, Señor! Eso es imposible».
«Bueno, entonces hospedaremos a nuestro amigo duran­
te el tiempo que sea necesario».

_

» ’'i

Se abre desde dentro
El cuadro más bonito del pintor inglés Hunt es «La luz
del mundo». Representa al Redentor, de noche en un jardín.
Con su mano izquierda sostiene una linterna, mientras que con
la derecha golpea un pesado portón. Cuando el cuadro se ex­
puso por primera vez, un crítico de arte objetó al artista: «En
su cuadro falta un detalle: la puerta no tiene picaporte».
80

«Ésa -respondió el artista- es la puerta del corazón del
hombre; sólo se abre desde dentro».
Para permanecer joven...
En sus últimos años, Danny Kaye, el cómico americano,
renunció a sus compromisos de trabajo y a todo tipo de ga­
nancias y se puso a viajar por el mundo para sacar fondos a
favor de los niños huérfanos y necesitados.
«Hacer el bien -decía bromeando a su manera- ayuda,
entre otras cosas, a permanecer joven».
A su muerte, entre la multitud de innumerables admira­
dores, los primeros que lloraron sinceramente su muerte, fue­
ron los niños. Danny Kaye había escrito: «Los niños son la
promesa del futuro y tienen derecho a saber que este futuro
será limpio y tranquilo. Yo pienso que este es nuestro princi­
pal cometido en la vida».
Y pensar que durante mucho tiempo, la gente creía que
el principal cometido de Danny Kaye era hacer reír...
Ya decíamos al principio de estas páginas, que quien
sabe reír y hace reír, normalmente tiene un buen corazón.

81

Sufrimiento y penitencia

Un cilicio muy particular
«Padre, dadme un cilicio; quiero mortificarme de verdad
para hacerme santo más rápidamente», le pidió un novicio al
Abad. Este le dirigió una mirada llena de prudencia y sabidu­
ría junto a una sonrisa paterna y después trazó con su pulgar
una cruz sobre los labios del joven: «Hijo mío, si quieres avan­
zar volando en el camino de la perfección, el cilicio no debes
llevarlo en las caderas, sino en la boca. Ya sé que se trata de
una de las cosas más difíciles de soportar, pero... ¿Sabes lo
que hizo el santo abad Agatone?: durante tres años, tuvo una
piedrecita en la boca, para aprender a usar bien la lengua».

Un bocado de cerraja...
Bernardino, nacido en 1381 en una familia noble, fue un
inimitable orador y un santo «sui generis». Contaba humorís­
ticamente que cuando tenía 21 años se quería hacer ermitaño.
Aún me parece verlo sonreír...
«Tuve la idea de querer vivir de agua y hierbas, así que
decidí irme a un bosque. Pero empecé a preguntarme: “¿Qué
harás tú en un bosque?, ¿qué comerás? Y me respondía di­
ciendo: “Halé como decían los santos padres: comeré hierba
cuando tenga hambre y cuando tenga sed, beberé un poco de
agua”».
Bernardino quiso probar, pero... acabó volviendo a
Siena. Aun así, no quiso renunciar a la penitencia y comenzó a
recoger cerrajas y otros hierbajos, pero por más que mastica­
ba, aquello no había quien se lo tragara.
82

«Me dije: “ ¡Ostras!, el agua va para abajo, pero la cerraja
se queda en la boca...”. ¿Sabes lo que te digo?, que con un bo­
cado de cerraja se me pasó aquella tentación».
Estaba claro que el Señor no quería que fuese ermitaño,
sino un apóstol en las calles y en las plazas. Y así fue. Se hizo
franciscano y fue uno de los más grandes oradores de su tiem­
po. Murió en 1444 y se convirtió en san Bernardino de Siena.
Lo canonizó Nicolás V en 1450.
Ahora comprendo...
Teresa de Jesús no era ni un robot ni un ángel, sino una
mujer de carne y hueso, y ¡qué mujer! Una vez, estando muer­
ta de cansancio después de un día muy duro, se hizo daño en
una pierna y, tan espontánea como siempre y con la enorme
confianza que tenía en Dios, exclamó:
«¡Señor, sólo me faltaba esto!».
«Es así como trato a mis amigos», le respondió el Señor.
Pero ella, con su gran espíritu humorístico, y preparada siem­
pre para decir la última palabra, comentó:
«¡Ahora comprendo por qué tenéis tan pocos!».
Fue más por la piedra...
Felice Peretti nació en una humilde familia en 1521. De
joven vestía el hábito de los Menores Franciscanos. Fue Papa
desde 1585 a 1590, sucediendo a Gregorio XIII con el nom­
bre de Sixto V. Era tan inflexible que la gente solía decir: «El
Papa Sixto no le perdona una ni a Cristo». Pero fue él quien
devolvió seguridad a la Iglesia y bienestar al Estado.
Se cuenta que, pasando un día delante de una imagen que
representaba a san Jerónimo en disposición de golpearse el
pecho con una piedra, exclamó: «Menos mal que tienes esa pie­
dra en la mano: sin ella, la Iglesia nunca te hubiera canonizado».
83

Jerónimo había usado a menudo una piedra «justiciera»
para castigarse por sus arranques de ira y para calmar los ar­
dores de su concupiscencia. De hecho, él mismo lo confiesa:
«No podía domar mis ardientes pasiones y mi naturaleza de
fuego; estaba deshecho por el continuo ayuno y el espíritu
ardía en malos pensamientos». Jerónimo fue secretario del
papa Dámaso, tradujo el Antiguo Testamento del hebreo al
latín y corrigió la versión latina del Nuevo. Escribió cartas,
tratados y comentarios, combatiendo las herejías de su tiem­
po. Fue uno de los célebres Doctores de la Iglesia, pero lo re­
cordamos casi siempre como penitente en una gruta del país
de Jesús. Murió en Belén en el año 420.
Una vez, que lloraba y gemía por no saber qué ofrecerle
al Señor, escuchó como Jesús le decía: «Jerónimo, dame tus
pecados».
Los santos se las saben todas
El padre José Picco, jesuita, sólo era conocido en Gozzano, en el santuario de Crissolo, donde desarrollaba su labor.
Sólo después de su muerte, (1946) se habló de él, pues todos
pensaban que había muerto en olor de santidad.
Se cuenta que un día fue a visitar a un conocido bebedor
del lugar, pues éste se negaba rotundamente a que su hija en­
trara en el convento. Sin embargo, el padre Picco encontró el
argumento adecuado y le preguntó:
«Escuchadme, Francisco, ¿vuestra hija bebe vino?».
«Pues claro, Padre. Gracias a Dios, en esta casa todos
beben».
«Bien, dejad pues que vuestra hija se vaya así beberéis
vos su parte».
El hombre se sintió acorralado, pero se calló. Había en­
tendido la artimaña y... le gustó. De esta forma, su hija pudo
partir para el deseado monasterio.
Digan lo que se digan, los santos se las saben todas.
84

Los santos se las saben todas
85

Es igual para todos
Cuando era párroco, Pío X, para consolar a una pobre
familia en la que había muerto la madre, les contó esta histo­
ria: «Había una vez un honrado campesino que iba a cortar
hierba. De repente escuchó la voz de una pequeña flor que le
suplicaba: “¡Soy muy pequeña!, ¡soy muy pequeña! No me
cortes, te lo ruego, ¿qué más te da?”.
»El hombre tuvo piedad y no la cortó, pero enseguida
empezó a escuchar la vocecita de cientos de flores y de hier­
bas que gritaban: “A mí tampoco, a mí tampoco”. Entonces,
el hombre se encogió de hombros y les dijo: “Tenéis razón: si
le perdono la vida a una, debo perdonársela también a las
demás flores y plantas. Pero entonces... ¿cómo me gano yo la
jomada y consigo el heno?”.
»Y echando mano a la hoz continuó su trabajo. Así es la
naturaleza. Es igual para todos. Y también la vida humana. De
una forma o de otra, todos tienen su pequeño o gran dolor».
Pues yo me la pongo todos los días...
El párroco don José Sarto (que nencionamos anterior­
mente) se convirtió en Pío X. Una vez, una buena señora a la
que había recibido en audiencia pidió al Papa un favor muy
especial: que le permitiera tener una de sus medias. Muy sor­
prendido y un poco confuso, Pío X le preguntó: «¿Una de mis
medias?, y ¿qué es lo que quiere hacer con ella, señora?».
«Santo Padre, hace años que sufro fuertes dolores en una
pierna y eátoy segura de que si me pongo una de sus medias,
los dolores pasarán».
«¡Oh!», exclama Pío X sonriendo. «Pues yo me la pongo
todos los días y sigo teniendo muchísimos dolores».

86

Morir para nacer

La óptica de los santos es diametralmente opuesta a la del
resto de la gente. Esta última se lamenta porque se nace para
después tener que morir. Los santos, en cambio, se alegran por­
que se muere para «nacer». El humorismo de los santos explota
de forma sorprendente, precisamente durante el último acto de
su existencia terrena. Los justos consideran la muerte como el
verdadero día en el que se nace: son muchas las almas que van
al cielo en el silencio, limitándose a dejar a su paso, un suave
perfume y una semilla fecunda en el surco de su muerte. «¡Qué
hermosas son las flores del Paraíso!», exclamaba san Diego
cuando su vida se apagaba.

Dame la vuelta
Hay quien ha demostrado su sentido del humor “hasta la
muerte”, como por ejemplo el archidiácono Lorenzo durante
la persecución del emperador Valeriano. Tenía tan sólo veinti­
siete años, pero estaba lleno de fe en Cristo y de amor al próji­
mo. El papa Sixto II, desde la cárcel, consiguió mandarle este
mensaje: «Toma los bienes de la Iglesia y adminístralos como
mejor te parezca».
Con la típica fogosidad ibérica, el joven se dedicó por
completo a tal empresa y consiguió distribuir hasta el último
céntimo a cuantos pobres pudo; pero los espías lo descubrie­
ron e informaron a las autoridades romanas. Fue conducido
ante Valeriano y se le ordenó que entregara las riquezas de la
Iglesia, así que el joven, señalando un pequeño grupo de po­
bres, exclamó: «Ahí tienes el tesoro de la Iglesia». Consumido
87

por la indignación, el emperador condenó al temerario Loren­
zo a una horrible muerte: extendido sobre una parrilla al rojo
vivo, el joven soportó aquel sufrimiento inaudito con increíble
paciencia. Y tuvo incluso el valor de bromear:
«¡Mira!, por esta parte, el asado ya está hecho», dijo a su
verdugo. «Dame la vuelta para que se haga por la otra parte».
Y entre los espasmos de la agonía, Lorenzo rezaba:
«Gracias, Señor Jesús, porque con estas llamas me abres las
puertas del cielo».
Era el 10 de agosto del año 258.
Muerte alegre
La muerte de san Lorenzo ha sido una de las más trági­
cas y horrendas, pero en cambio, ¡cuántos santos y justos se
han apagado dulcemente!
Una vez, a un anacoreta que estaba muriendo lo lavaban
y lo vestían para que estuviera presentable ante el Señor. Sus
hermanos lloraban; pero de repente, el santo monje los miró y
empezó a reírse.
«¡Padre!, ¿por qué ríes mientras nosotros lloramos?», le
preguntó uno de sus compañeros más jóvenes. Y el santo
monje respondió:
«Tengo dos razones para reír: la primera, por el miedo
que he visto que le tenéis a la muerte y la segunda porque fi­
nalmente dejo la fatiga por el descanso, dejo la tristeza por el
gozo eterno. ¿Tengo o no tengo motivos para estar conten­
to?».
Poco después, entregó serenamente su alma al Señor.
¿Miedo yo?
El ermitaño y santo Hilario, aun siendo ya de edad avan­
zada, se seguía alimentando sólo de hierbas y de agua en el de-

88

sierto. Un día se le presentaron dos malhechores vestidos de
peregrinos y comenzaron a decir fanfarronadas:
«Ermitaño, ¿qué harías si te asaltaran unos maleantes?».
El ermitaño podría haber dicho que ya los tenía delante,
pero en cambio les contestó: «Quien no tiene nada, no teme a
los ladrones».
«Cierto. Supongamos que no tienes nada, pero podrían
hacerte daño igualmente. ¿Y si te mataran?».
«Sí, podrían darme muerte -contesta el viejo canoso con
una sonrisa irónica-, pero ¿crees que para mí supondría un
gran disgusto? ¿Crees que podría tener miedo? Hace ochenta
años que me estoy preparando para dar ese paso, ¿cómo iba a
tener miedo precisamente ahora?».
Una «gran» muerte
Tomás Moro, Gran Canciller de Enrique VIII, fue degra­
dado de su cargo y llevado a prisión a causa de una dama. El
rey había rechazado a su mujer, Catalina de Aragón, porque se
había encaprichado de Ana Bolena, dama de honor de la
reina. Pero cuando pidió el divorcio, la respuesta fue negativa.
Enrique se enfureció y ordenó a su Canciller que convenciera
al Papa, pero Moro respondió: «Primero está la conciencia y
después el rey».
Fuera de sí de la cólera, Enrique VIII se hizo proclamar
jefe de la Iglesia de Inglaterra por el Parlamento. Causó mu­
chas víctimas, entre las cuales se encontraba Tomás Moro.
Este terminó en prisión e incluso su mujer y sus hijos fueron a
verlo para intentar convencerlo, pero Moro, inamovible, res­
pondía: «Supongamos que el rey me concede el indulto;
¿cuántos años de vida me podrían quedar?: veinte, treinta,
cuarenta. Y por cuarenta años de vida ¿habría de abdicar a la
conciencia y jugarme la eternidad?».
Fue procesado, condenado por traición y encerrado en la
Torre. Allí le tentaba en vano el lugarteniente; diciéndole:
89

«Vuestra conducta es extraña... con un simple juramento po­
dríais salvar vuestra vida».
«Mi vida sí, pero no mi alma», respondió el noble Moro.
El 6 de julio de 1535, por orden del rey, fue conducido al patí­
bulo. Hacía bastante frío y, estando ya de camino, al candida­
to al martirio no se le ocurre otra cosa que pedir una bufanda:
«Está bien que muera, pero ¿por qué tengo que pillarme un
resfriado? -dice irónicamente-; si vosotros me matáis cumplís
con vuestro deber -dice al verdugo-: eso es asunto vuestro;
pero yo tengo que cuidar mi salud observando el quinto man­
damiento».
Un momento antes, había dicho al carcelero: «Deja que
lleve conmigo esta bolsa de monedas de oro: se la daré al ver­
dugo como compensación».
Se encontraba ya en pésimas condiciones cuando tuvo
que subir la escalera que conducía al escenario de la decapita­
ción. Iba apoyándose sobre una caña que había llevado consi­
go durante todo el proceso, pero a pesar de eso, necesitaba
que le echasen una mano: «Ayudadme a subir ahí arriba, que
para bajar caeré rodando yo solo».
El ex-Canciller conservaba su acostumbrado humor, así
que llegado al patíbulo, se arrodilla, susurra el Miserere y des­
pués dice al verdugo: «¡Ánimo, amigo mío!, no tengas miedo
de cumplir con tu deber. ¡Escucha!: tengo el cuello bastante
corto, así que ten cuidado de no equivocarte: está en juego tu
honor».
Tomás Moro era un cristiano de acero y un hombre de
oro, así que siguió sonriendo y bromeando. Antes de ser deca­
pitado, proclamó: «Muero en la fe de la Iglesia Católica.
Rezad todos por el rey, para que Dios lo ilumine».
Con alegría
Juan Bautista Jossa, portero del tribunal de Nápoles,
fue un verdadero apóstol en las cárceles y en los hospitales.
90

Vivió en el siglo XVII, durante un periodo especialmente
turbulento, en el que hacer el bien significaba encontrarse
con todo tipo de obstáculos y adversidades. Este venerable
napolitano se había transformado en un «ángel de los pasi­
llos»: preparaba a los enfermos para que recibieran los sa­
cramentos, les daba de comer, de beber, los consolaba, les
compraba dulces y fruta; vendaba sus heridas y limpiaba sus
“repugnantes” llagas... a todo el que se maravillaba de su
desmesurada entrega, él le decía: «Si vinieras conmigo a las
cárceles y a los hospitales, te encontrarías con Jesús en per­
sona».
Pero más tarde, Jossa se convirtió en un “Job” afectado
por todo tipo de males: padeció una enfermedad horrible, in­
curable y repugnante. Aquel que había cuidado a tantas per­
sonas, fue marginado y rechazado como un perro sarnoso.
Sintiendo que se acercaba su final, quiso que prepararan un
almuerzo de Pascua para los pobres: para celebrar su pascua
de resurrección y de gloria en lo alto del cielo.
Anunció a los sacerdotes que lo asistían que moriría a la
mañana del día siguiente. En medio de la agonía, pronunció
sus últimas palabras:
«Con alegría, con alegría».
Una edición revisada y corregida
Pero no sólo los santos... también muchos literatos, artis­
tas, científicos y hombres de estado murieron a la luz de la fe,
además de hacerlo con dignidad y nobleza. El 17 de abril de
1790, a los 84 años, moría Benjamín Franklin. Fue un día de
luto para los americanos.
¡Qué hombre! Sobre su tumba quiso que pusieran este
epitafio:
«El cuerpo/ de Benjamín Franklin/ como portada de un
viejo libro/ que ya ha perdido las hojas/ los dorados y el títu­
lo/ yace aquí, pasto de los gusanos/ pero la obra no se perde91

rá/ porque como él siempre creyó/ volverá a aparecer/ de
nuevo/ en otra edición mucho mejor/ revisada y corregida/
por el Autor».

Señor, muero como Vos...
Próspero Lambertini sucedió a Clemente XII con el
nombre de Benedicto XIV. Fue un hombre simpático hasta el
último momento.
Sabiendo que se acercaba su fin y sintiéndose un poco
incomodado por dos cardenales, especialmente durante sus
últimas horas de vida en las que no lo abandonaban ni un solo
instante, dijo alzando los ojos al cielo: «¡Dios mío!, os doy
gracias por todo lo que habéis hecho por mí, vuestro indigno
Vicario; pero sobre todo porque al igual que Vos moristeis en
el Gólgota entre dos ladrones, yo podré morir en mi lecho
entre dos cardenales».
Expiró a mediodía del 3 de mayo de 1758, con 83 años.
Había nacido en Bolonia en 1675. Los cardenales que él había
ordenado le levantaron un magnífico monumento.

Como el padre de familia
Una vez, Giorgio La Pira dijo estas palabras a los perio­
distas: «Un día, el Señor me llamará, como a todas las criatu­
ras, para juzgarme. “Usted, señor alcalde de Florencia -me
dirá- venga aquí. ¿Qué ha estado liando en el ayuntamiento?,
Yo he tenido hambre en la persona de mis pobres; no tenía
casa en la persona de los desamparados; estaba enfermo, en­
carcelado. ¿Se ha acordado usted de mí? El alcalde de una
ciudad es como el padre de familia: cada pobre es un hijo al
que hay que cuidar».
La Pira, el diputado siciliano, había hecho los cálculos de
su vida precisamente sobre este proyecto. Y así se hizo santo.
92

Su vida fue propuesta a toda la Iglesia como ejemplo de laico,
de estudioso, de político cristiano. Ya se está tramitando su
proceso de beatificación.
Nos vemos en casa
También el padre Mariano de Turín es candidato a la
santidad. Fue un hombre alegre que bromeó dulcemente
hasta el final. Los que lo amaban esperaban que se curase,
pero...
Un amigo, no sabiendo (o no queriendo saber) lo grave
que se encontraba su simpático y querido capuchino, le dijo:
«¡Hasta la vista!».
El padre Mariano le dirigió una mirada y después de un
momento de silencio, murmuró: «Dios te bendiga... Saluda de
mi parte a tu mujer». Él estaba seguro de que ya no volvería a
ver a sus queridos amigos, así que añadió: «Hasta la vista, sí;
nos vemos ...en casa». Queriendo decir en la Casa del Padre.

93

Bondad inteligente... pero astuta

Una campana sin badajo
Jacopo de Benedictis, abogado, nació en 1230 en una fa­
milia rica. Cuando quedó viudo se dedicó a la penitencia. Fue
llamado «el loco de Cristo». Era fogoso, pero escribió pensa­
mientos celestiales y pasó a la historia de la literatura italiana
como el ’« poeta de la alabanza religiosa». El escrito que lo
hizo famoso fue «El llanto de la Virgen».
Pero también escribió sátiras impetuosas contra algunos
personajes eclesiásticos y papas, por lo que fue encarcelado y
amenazado con la excomunión. Lo cierto es que no tenía
pelos en la lengua. Un día, Bonifacio VIII le pidió que le acla­
rara un sueño en el que había visto una enorme campana sin
badajo. Jacopo lo iluminó de esta forma: «Sepa Su Santidad
que el tamaño de la campana representa el poder pontificio
que abraza el mundo. Pero tenga cuidado de que el badajo no
sea el buen ejemplo que usted no dará».
Era natural que esta respuesta no le gustara al papa Boni­
facio. Pero mucho menos le gustó que la actitud de aquel atre­
vido personaje no cambiara ni siquiera en la cárcel. Un día,
pasando por delante de la puerta de la prisión, Bonifacio le
preguntó: «Entonces, Jacopo, ¿cuándo saldrás de la prisión?».
«Cuando entréis vos, Santidad».
Lo sacó de la cárcel Benedicto XI en 1303; pero Jacopo
no vivió mucho más: murió en 1306, en un convento francis­
cano cerca de Asís.
94

Rosas... por prudencia
La verdad es que Jacopo no tenía nada de la mansedum­
bre de su paisano, Francisco de Bernardone, a pesar de que a
la bondad del fundador de su Orden no le faltaba astucia y
“santa pillería”.
Un día, san Francisco, turbado por las críticas de algunos
jovenes de Asís, anunció a Clara que había llegado el momen­
to de dejarse, pues no era oportuno que caminaran juntos.
Clara, disgustada, asintió; pero después de pocos pasos sola,
alcanzó a Francisco para preguntarle cuándo se volverían a
ver. El santo, conmovido, mirando aquel suelo árido, frío y ro­
deado de espinos, le respondió: «Cuando florezcan las rosas».
Y siguió caminando.
También Clara continuó su camino, pero de repente...
cesó el invierno y comenzó la primavera. De los espinos, flore­
cieron muchas pequeñas rosas. Clara recogió un pequeño
ramo y fue corriendo hasta Francisco. Flabía entendido: esta­
ba claro que tenían que estar siempre unidos espiritualmente,
sin separarse nunca más.
No te dejes convencer
Sabemos muy bien todas las trampas que le pusieron a
Juana de Arco para confundirla con respecto a las «voces» y
«visiones» que la empujaron a salvar Francia, ocupada casi
por completo por los ingleses. Sin embargo, ella demostró
tener la mente bien despierta, dando siempre respuestas con
toques exquisitamente humorísticos.
«Cuando se os apareció San Miguel para llamaros a la
santa misión, ¿cómo era?», le preguntaron.
«No vi que tuviera ninguna corona, y no recuerdo sus
vestidos», respondió la joven francesa; pero entonces la ame­
nazaron insinuándole:
95

«Entonces, ¿estaba desnudo?».
«¿Os parece posible que el Señor no tuviera nada para
vestirlo?», contraatacó la joven de Orleans.
Pero los ingleses continuaban: «¿Tenía cabellos?».
Y la astuta joven contestó: «¿Por qué lo tendrían que
haber rapado?».
U 11 muchacho más astuto que el Papa
Julián della Rovere, nacido en 1443 en Albissola, fue ele­
gido Papa en 1503 con el nombre de Julio II. Había encarga­
do al famoso arquitecto Bramante que le diseñara un templo
(que sería «San Pedro in Montorio») y el artista pensó man­
dárselo con su joven hijo. El Papa, satisfecho del dibujo y en­
ternecido por el muchacho, dijo: «¿Ves estas monedas de
oro?, llévate las que te quepan en un puño».
«Santidad -respondió el muchacho- cogédmelas vos,
que tenéis la mano más grande».
El arca de Noé
Al rey Fernando de Nápoles le gustaba pasear con su sé­
quito por los alrededores de la ciudad. Un día, se encontraba
entre los demás, el abad Galliani, ya viejo y con reuma. Ines­
peradamente se desencadenó un violento temporal y, sin preo­
cuparse del abad, corrieron todos a refugiarse en una granja
cercana. Cuando volvió la calma salieron y, encontrando al
abad empapado de arriba abajo, le dijeron: «¿Has tenido que
soportar la lluvia? ¡Cuánto lo lamentamos!».
Todo era hipocresía, así que el abad respondió provocán­
dolos:
«¡Pues claro que me he mojado! En el arca de Noé sólo
entraron las bestias».
96

¡Quépies más bonitos!
Un día, un aristócrata con sonrisa sarcástica quiso tomar­
le el pelo a Teresa de Jesús porque caminaba descalza, así que
le dijo: «¡Qué pies más bonitos tenéis, Madre!».
Pero ella, rápida y tajante, le contestó: «Miradlos bien ca­
ballero, pues ésta será la última vez que los veáis».
Dos asnos con corona
Federico II, rey de Dinamarca y de Noruega, pasó por
casualidad por un convento de frailes mientras visitaba sus tie­
rras. Para compensar tan cordial y respetuosa hospitalidad,
concedió a los frailes que pidieran una gracia. En aquel perio­
do estaban prohibidas las nuevas tomas de hábitos de novi­
cios, así que el padre prior creyó oportuno poder obtener la li­
cencia para que pudieran entrar al menos dos novicios al año.
El rey consintió, pero con la condición de poder ser él
mismo quien mandase los dos novicios; y sonriendo irónica­
mente, susurró al oído de su hermano Enrique, que se encon­
traba a su lado: «Mandaremos dos asnos», y venga reírse. El
prior se había dado cuenta de la jugada del rey, así que sin
perder un segundo se lanzó también él a poner una condición:
«Os pediría sólo una cosa: que impusierais a los dos novicios
los augustos nombres de “Vuestra Majestad” y de “Su Alteza”
dijo, refiriéndose al rey y a su hermano. Federico apreció
mucho la astuta respuesta del prior y le concedió la facultad
de acoger a todos los novicios que quisiera.
¡Q ué burro!
Cuando Próspero Lambertini (que se convertiría en Be­
nedicto XIV) era aún cardenal de Bolonia, no descuidaba nin­
guna de sus parroquias, ni siquiera las más lejanas. Sus visitas,
97

aun comportándose con espíritu paterno, eran verdaderas ins­
pecciones. Una vez un pobre cura, con el nerviosismo del mo­
mento, no dejaba de darle respuestas disparatadas, así que el
cardenal, no aguantándolo más, le preguntó resoplando:
«Pero, ¿quién os ha ordenado sacerdote?».
A lo que éste le respondió humildemente: «Vos, Eminen­
cia».
«¡Qué burro que fui!», exclamó el cardenal.
Si queréis un poco de buen humor...
Son muchísimas las anécdotas divertidas que se cuen­
tan sobre Benedicto XIV. Su agudeza era sutil y afilada. El
cónclave que se celebró a la muerte de Clemente XII (febre­
ro de 1740) fue uno de los más difíciles, pues los «papables»
eran muchos. Hacía seis meses que sus «eminencias» se en­
contraban reunidos sin conseguir ponerse de acuerdo. Fue
precisamente Lambertini quien puso fin a tantas largas, di­
ciendo un poco en broma un poco en serio: «Si queréis un
santo, nombrad a Gotti; si queréis un político nombrad a
Aldrovandi, pero si queréis un poco de buen humor, nom­
bradme a mí».
Los cardenales lo miraron perplejos, pero el hecho fue
que, retirándose, pensaron en nombrarlo precisamente a él.
Lambertini había dicho aquello sólo para bromear, pero no
pensaba ni por asomo que lo fueran a elegir Papa. Pero vien­
do el respeto con el que el cardenal Rohan iba a su encuen­
tro, tragó saliva y suspiró: «¡No, estoy perdido! Esa actitud
me dice que me quieren robar la libertad». Y así fue.
Mañana te haré obispo
La noche anterior a su elección al trono pontificio, Prós­
pero Lambertini no conseguía conciliar el sueño. El sacerdote
98

de la habitación de al lado, temiendo que no se encontrase
bien, fue a preguntarle si necesitaba algo.
«No -respondió aquel que temía de verdad convertirse
en Papa- estoy bien, déjame dormir». Pero el sueño no llega­
ba, y el sacerdote volvió a preguntarle si sucedía algo. Lambertini, un poco fastidiado, le repitió que estaba bien y que no
necesitaba nada. Pero después, viendo un poco confuso a
aquel pobre sacerdote, le sonrió y le dijo bromeando: «Maña­
na te haré obispo, pero ahora ve a dormir... si puedes».
A la mañana siguiente fue elegido con el nombre de Be­
nedicto XIV. Fue coronado el 22 de agosto de ese mismo
año; bendijo al pueblo «urbi et orbi» desde la ventana de San
Pedro y fue un gran Papa. Defendió los intereses de la Igle­
sia, los espirituales más que los temporales. Fue muy erudito
y contrario a los favoritismos. Dio impulso a los estudios, au­
mentando así la fuerza moral del papado. Pero tuvo siempre
una predisposición al humorismo como pocos; fue siempre
alegre y brillante y nunca renunció a las bromas. Cuando
supo que el Capítulo de los canónigos de San Pedro había
aceptado -para el Viernes Santo- la ejecución de las «Tres
horas de agonía» con música de un médico que él considera­
ba bastante mediocre, tanto en el arte de Escolapio como en
el de Euterpe, quedó decepcionado y se desahogó con estos
versos: «La nefanda música/ del médico más triste/ aumenta­
rá los espasmos/ de la agonía de Cristo». En otra ocasión,
después de un concierto bastante ruidoso y de poca calidad,
exclamó: «A veces, la sordera puede ser un don de Dios».
¿Cómo se las arreglará para estar callada?
Benedicto XIV tuvo que soportar muchas veces la elo­
cuencia de una dama de la alta aristocracia romana, famosa
por su verborrea. Esta no consentía interrupción alguna, ni si­
quiera del Papa, quien por respeto a la familia de la señora,
escuchaba con paciencia, conteniendo incluso sus bromas.
99

Pero no consiguió contenerse cuando le anunciaron que
la señora «parlanchína» había muerto. Recitó un «réquiem»,
pero nada más terminar, y como para quitarse un peso de en­
cima, exclamó: «¡Pobrecita!, será muy duro para ella no
poder hablar».
Benedicto XIV continuó riendo y haciendo reír. Una vez,
tuvo que someterse a una fastidiosa ojperación. El cirujano
-¡qué casualidad!- se llamaba Poncio. Este preguntó al Pontí­
fice si sentía algún dolor, recibiendo una astuta respuesta:
«También Nuestro Señor padeció bajo Poncio».
Ochenta bestias en total
Uno de los chistes más «crueles» de Benedicto XIV lo
soltó cuando hacía ya algunos años que era Papa. El senado
de Bolonia había enviado a Roma a dos nobles de su ciudad
para pedir una gracia: Su Excelencia Osos de los Cuarenta y
Su Excelencia Bueyes de los Cuarenta. Hay que saber que el
senado de Bolonia estaba compuesto por 40 miembros, elegi­
dos entre las familias más aristocráticas de la ciudad. Pertene­
cer a tan reducido grupo de personas suponía ya un título de
nobleza que permitía añadir después del propio apellido, el tí­
tulo «de los Cuarenta». El secretario de Benedicto XIV, con­
fundiéndose al anunciarlos, dijo:
«¡Su Excelencia de los Cuarenta Osos y su Excelencia de
los Cuarenta Bueyes!».
El Papa conocía bien a ambas familias y había entendido
perfectamente de quienes se trataba, pero no queriendo re­
nunciar a tan espléndida ocasión, dijo sonriendo al inocente
secretario: «¡Que entren pues esas ochenta bestias!».
Ruega por nosotros...
Pero se piensa que la carcajada más larga y sonora de
nuestro amigo Lambertini la dejó escapar cuando le contaron
100

la siguiente anécdota: un día, el Nuncio apostólico en Bruselas
se encontraba en cama con una fiebre altísima. Teniendo
ganas de saciar su sed y acordándose de la fantástica cerveza
que había probado en aquella ciudad, exclamó: «¡Santa cerve­
za de Bruselas!». Y los que estaban cuidándolo, creyendo que
había invocado a una santa, respondieron todos a coro:
«¡Ruega por nosotros!».
La astucia de los sencillos
Bernadette Soubirous no brillaba precisamente por su
inteligencia, pero de astucia debía estar bastante sobrada, a
juzgar por sus avispadas respuestas. Cuando tenía solamen­
te 14 años tuvo que defenderse, especialmente de su párro­
co, que era su primer adversario. La muchacha nunca quiso
aceptar ayudas para su pobre familia, pero un día, para
probarla, el sacerdote le ofreció una bolsa llena de mone­
das de oro. Pero ella respondió: «Si la Virgen se dignó apa­
recer en Lourdes, seguro que no fue para enriquecer a mi
familia sino para mostrar a todos el camino que conduce al
Paraíso».
«Usala al menos para dársela a los pobres», insistió el pá­
rroco.
«Los pobres se complacerán más recibiendo la limosna
de manos de un sacerdote que de las mías», respondió la mu­
chacha.
Su madre le decía: «¡Serás siempre una pobre ignoran­
te!». Pero el párroco, cuando comenzó a creer en Bernadette,
afirmaba: «Mamá Soubirous, a vuestra hija le cuesta retener
las cosas, pero entiende muy bien».
Y entendía tan bien, que cuando el obispo le propuso
que entrara en un convento, ella le puso el impedimento de la
pobreza.
«Pero los pobres se aceptan también sin dote», observó
el obispo. «Sí, señor, pero al menos saben hacer algo. Yo no
101

sirvo para nada», le respondió Bernadette. El obispo insistió:
«Sin embargo, esta mañana vi que erais capaz de hacer algo».
«Sí, de pelar patatas».
«Eso también es necesario en una comunidad».
Bernadette quedó muy contenta de aquella confianza en
ella y entró entre las hermanas de Nervers, siendo toda la vida
un ejemplo de obediencia, humildad y laboriosidad; pero tam­
bién de sagacidad y de astucia.
Un recuerdo...
León XII (cuyo nombre era Aníbal della Genga) era un
Papa muy enérgico. Abolió las tasas y los impuestos, con gran
alegría por parte del pueblo. Pero el pueblo no se alegró
igualmente cuando el Papa impuso la «clausura» en las taber­
nas. Para evitar las peleas, prohibió beber vino en lugares pú­
blicos y para mayor seguridad, hizo que pusieran en las tien­
das una reja con dos puertas: una para retirar el envase y otra
para pagar.
Para comprobar la falta de fervor de los frailes y poder
corregir los abusos en los conventos, León XII se presentaba
en éstos sin previo aviso y sin compañía, con la sotana negra
como cualquier otro cura. Se cuenta un hecho muy simpático
sobre esto. Como había llegado bastante temprano a una loca­
lidad, León XII entró en la iglesia de una comunidad antes de
que los frailes se hubiesen levantado. Se arrodilló para rezar y
después entró en el convento y conversó amablemente con los
frailes. Llegado un momento y con mucha delicadeza, le pi­
dieron que dejara algún recuerdo de su visita. El Papa respon­
dió que ya había dejado uno en donde se había arrodillado.
Los frailes corrieron hasta la iglesia y encontraron escrito
sobre el polvo del reclinatorio: León XII. Habría que haber
visto la cara que pusieron.

102

Un recuerdo...
103

Las divertidas repuestas del santo Cura de Ars
Nadie se hubiera esperado ciertas cosas de «monsieur
Vianney», como mucha gente lo llamaba en Ars; pero era la
única forma de deshacerse de algunos peregrinos molestos. A
una mujer bastante pegajosa, que le había dicho: «Estoy aquí
desde hace tres días, señor Cura, y aún no he conseguido ha­
blaros», éste le respondió como si nada: «En el Paraíso, hija
mía; hablaremos en el Paraíso». A otra que le estaba explican­
do: «He hecho 200 leguas a pie para veros», éste le respondió:
«No valía la pena que vinierais desde tan lejos sólo para esto.
No os hubierais perdido nada».
«¡Sólo una palabra, padre!».
«Hija mía, ya me habéis dicho cien».
«Padre, me gustaría saber cuál es mi vocación».
«¡Ir al Paraíso!».
«Había venido para escuchar una hermosa homilía, pero
tengo que confesar que se predica mucho mejor en otras par­
tes», le dijo una dama de la aristocracia de París; pero el Cura,
riendo, respondió: «Es verdad, señora: yo no estoy demasiado
instruido, pero si vos hicierais las cosas que yo os digo, el
Señor aún tendría piedad de vos».
Cuando el Cura veía que alguien se convertía, volvía a
casa lleno de alegría: «¡Ánimo!, hoy el viejo brujo ha conse­
guido cerrar un buen negocio».
Cuando don Raymond, el sacerdote que lo ayudaba, fue
trasladado de parroquia, el Cura de Ars dijo con profunda
tristeza al nuevo coadjutor: «He tenido que sufrir muchos
malos tratos, pero me han hecho bien. Vos, en cambio, nunca
me reprocháis nada. ¡Antes yo era más feliz!».
Pero la próxima vez...
El padre Pío tenía muchos penitentes esparcidos por
todas partes. Era clemente con todos ellos, pues leía en sus
104

almas y conocía sus intenciones. Una vez, un joven romano
que tenía la buena costumbre de entrar en la iglesia o al
menos quitarse la gorra cuando pasaba delante de ella, se en­
contraba con unos amigos, así que por respeto humano, esa
vez no obsequió al Señor. En ese momento escuchó claramen­
te la voz del padre Pío: «¡Bellaco!». Enseguida fue a verlo a su
convento, y cuando se encontraba delante del Padre, éste le
dijo: «Ten cuidado: esta vez has recibido sólo un reproche,
pero la próxima, te llevarás un buen bofetón».
Ocúpate de tus asuntos
El padre Pío era un poco brusco y arisco. Y es que no
quería oír hablar de él. Después de su ordenación, vivió cinco
años en Pietrelcina; se había construido una pequeña cabaña
detrás de la casa de sus padres: allí no lo molestaba nadie, y el
fraile podía rezar y contemplar a gusto. Un día, el 20 de sep­
tiembre de 1915, mamá Pepa fue a llamarlo, como de costum­
bre, para que viniera a comer. El padre Pío salió de la cabaña
agitando las manos como si se hubiera quemado. La madre,
una mujer de carácter alegre, lo vio desde lejos y le dijo son­
riendo: «¿Qué pasa padre Pío?, parece que estás tocando la
guitarra».
«No es nada, mamá, son pequeños dolores sin importan­
cia».
Y la madre no se preocupó. Tres años después, en la
misma fecha, Padre Pío recibió los estigmas. Aquel día, estaba
en el coro, en la tercera fila, y el padre Arcángel se dio cuenta
de que las manos del padre Pío sangraban.
«¿Estás herido?», le preguntó amablemente. Pero su her­
mano, bruscamente, le contestó:
«¡Ocúpate de tus asuntos!».
Pero después fue a ver a sus superiores. Desde ese día,
no dejó de sangrar y de sufrir dolores tremendos: pero de sus
manos salía un perfume de violetas.
105

Piensa en un buey y verás
El capuchino de San Juan Redondo soportaba estas cosas
como la más dura penitencia. Le dolía que los racionalistas o
los médicos intentaran demostrar aquellos hechos con expli­
caciones naturales: sugestión, histeria, fijaciones; en otras pa­
labras, fenómenos patológicos anormales.
Pero un tipo como el padre Pío, en óptimas condiciones
físicas, con gran sentido común y además bastante vivaracho,
no se dejaba sugestionar, y mucho menos enredar. Una vez, un
joven médico, creyendo que realizaba quién sabe qué gran
descubrimiento, se presentó al capuchino diciendo con toda
seguridad: «Yo no creo en los estigmas; le han salido porque
usted pensaba con demasiada fijación en las llagas de Cristo».
Ya sabemos que el padre Pío respondía a ciertas perso­
nas con un poco de “pimienta”, así que sonriendo malicioso,
respondió: «¡Claro, hijo mío!, piensa fijamente en un buey y
verás que te saldrán los cuernos».
363 días
Durante los años en los que el interés por el mensaje de
Fátima era exagerado, muchos, creyéndolo omnisciente, in­
tentaron que el padre Pío les revelara el secreto.
«Padre Pío, ¿qué sucederá en 1960?».
Y él astutamente, bromeaba: «Hijos míos, el año 1960
tendrá 365 días». Pero después, poniéndose serio, les asegu­
raba que una cosa era verdad: la llamada de la Virgen a la pe­
nitencia.
También el asado
Giorgio La Pira era un hombre santo, y como alcalde de
Florencia tuvo mucho que hacer. Se dio cuenta de que tenía
106

que aclarar las cosas ante la junta municipal y fue muy claro:
«Vosotros creéis que yo no sé contar -les reprochó-. ¡Puede
ser!, pero no deberíais ignorar que antes de ser profesor de
universidad, fui contable de un pariente mío en su negocio de
fruta, usando las cuatro operaciones aritméticas».
El comunista Fabiani, anterior alcalde de Florencia, pre­
sente en el ayuntamiento como consejal de la oposición, dijo
una vez refiriéndose al programa de La Pira: «Es todo humo».
Y La Pira le respondió: «No, querido Fabiani, ¿no sabes que
los cristianos también saben hacer el asado?»

107

Indice

Elogio al buen h u m o r.................................................................
Humor de 18 quilates 5, - La alegría 6, - El humor de los santos 8.

5

La fe .............................................................................................

11

La homilía no es para los muros 12, - Recogido en Dios 12, - Si el
emperador esparciera riquezas... 13, - El sermón a los pájaros 13,
- El arado guiado por el Señor 14, - Nuestra mayor defensa 15, Un padre nuestro muy especial 16, Las bromas de un santo ex­
quisito 16.
-

Fe y confianza........................................................................................
Una sola alma, es ya un gran auditorio 18, - ¡Dios es papá! 18, Más «Ave Marías» que ladrillos 19,- Un tira y afloja 20, - ¡El títu­
lo te lo dará el Señor! 22.

18

Santa indiferencia..................................................................................
Vivir en paz 23, - Os habéis equivocado de sitio 23, - ¡Qué bien
sabemos hacer nuestra voluntad...! 24, - El santo de la dulzura
24, - Saltar los canales 25.

23

L ab o rio sid ad ..........................................................................................
La llave del Paraíso 26, - ¡Azada y abono! 27, - Es injusto perder
el tiempo 27.

26

Sencillez y humildad ...........................................................................
Nuestra pequeñez 29, - ¿Por qué me llaman fundadora? 29, ¡Quitadme los zapatos! 30, - Un astrólogo 30, - Una mano des­
graciada 31, - Ahora sé quién es el Espíritu Santo 32, - El lugar
de una escoba 32, - ¡Le aseguro que no se pierde nada! 34, Somos dos... 35, - ¡Todavía sé servir en la misa! 36, - Y después
dicen... ¡vive como un Papa! 36, - Son las encinas las que caen

29

109

37, - ¡Usted será Papa! 38, - Seguro que se han vuelto locos 39, Con el corazón en un puño 39, - Ese proverbio está equivocado
39, - No es El el que asiste... 40, - No soy un Papagayo 41, - Pare­
cía que tomaba del brazo a todos 41, - ¡Hace falta paciencia! 41,
- Pero... si el Papa soy yo 42, - Un amigo Papa 43, - Un «maca­
rrón» y un «repollo» 43, - ¡Inocente! 43.
La apariencia y la sustancia ..............................................................
¡Tan grande y tan pequeño! 45, - El «buey mudo» 45, - ¿Por tan
poco? 46, - ¡Qué fea me has sacado! 47, - Las descabelladas bro­
mas de Pippo el Bueno 47, - ... y encima una sobrepelliz 48, Una cosa son los cabellos y otra la barba 49, - Nolite timere! 49, Un día.,, lo escoltarán a usted 50.

45

Sinceridad ..............................................................................................
Os habéis equivocado 51, - Sin pelos en la lengua 51, - Sincero
pero astuto 52, - Justicia y verdad sí, pero... 52, - Mentir por
mentir.,, 52, - Sinceridad a toda costa 54, - Le mostraré mi bon­
dad la próxima vez 54, - Cosas de la vida 55.

51

¡Atentos a la lengua! ...........................................................................
¡Cuidado con las burlas! 56, - Plumas de gallina y agua en la
boca 56, - «Malagüeras» de santos 57, - Un pacto con la lengua
58, - Hay uno que nunca se cansa 59, - ¡Cuántas ocas! 59.

56

Q uerer y a m a r........................................................................................
La misma medida 60, - Los guitarreos de Bernardino 60, - ¡Qué
bonito es perdonar! 62, - Ver el lado bueno 63, - Los santos
saben mucho de amor 63, - Siempre las mismas palabras 64, - La
agenda de los besos atrasados 65.

60

Moda y modestia .................................................................................
Tacones y resbalones 66, - ¡Cuidado con las manzanas! 66, Padre Pío... un ángel de la guarda 67.

66

El mal y el Maligno .............................................................................
Cuidado con el ocio 68, - Mejor una sola puerta 69, - Un león en-

68

110

furecido 69, - Mirad al «vecino» 70, - El paraíso es vuestro 70, - El
camino del cielo 71, - Pero la alabanza más grande se la hizo el dia­
blo 72.
Pobreza..........................................................................................

73

Sufrimiento y penitencia.............................................................

82

Morir para nacer...........................................................................

87

Bondad inteligente... pero astuta ..............................................

94

Dadme la lista de mis amos 73, - Un privilegio nunca solicitado
73, - Os conservo el sueldo 74, - ¿Qué tiene de malo remendar?
74, - Una simple restitución 76, - Si no fríe, está frito 76, - En el
número de los pobres 76, - Una olla... con alas 77, - Un huevo
para dos 78, - Cincuenta liras al Honorable 79, - Solidaridad 80, Se abre desde dentro 80, - Para permanecer joven... 81.
Un cilicio muy particular 82, - Un bocado de cerraja... 82, Ahora comprendo... 83, - Fue más por la piedra... 83, - Es igual
para todos 86, - Pues yo me la pongo todos los días... 86, - Los
santos se las saben todas 84.

Dame la vuelta 87, - Muerte alegre 88, - ¿Miedo, yo? 88, - Una
«Gran» muerte 89, - Con alegría 90, - Una edición revisada y co­
rregida 91, - Señor, muero como Vos... 92, - Como el padre de
familia 92, - Nos vemos en casa 93.

Una campana sin badajo 94, - Rosas... por prudencia 95, - No te
dejes convencer 95, - Un muchacho más astuto que el Papa 96, El arca de Noé 96, - ¡Qué pies más bonitos! 97, - Dos asnos con
corona 97, - ¡Qué burro! 97, - Si queréis un poco de buen
humor... 98, - Mañana te haré obispo 98, - ¿Cómo se las arreglará
para estar callada? 99, - Ochenta bestias en total 100, - Ruega por
nosotros... 100, - La astucia de los sencillos 101, - Un recuerdo...
102, - Las divertidas respuestas del santo Cura de Ars 104, - Pero
la próxima vez... 104, - Ocúpate de tus asuntos 105, - Piensa en
un buey y verás 106, - 365 días 106, - También el asado 106.

111

La sonrisa es signo de alegría y la alegría revela un
espíritu sereno. Nadie esta más sereno, y por lo tanto
más gozoso y fe liz, que quien está en paz con Dios, con
su propia conciencia y con e l prójim o. Por esto, todos
los santos han sido y son auténticos humoristas, pues
son hombres « fe lic e s » (entendemos por santos no sólo
los de los altares, sino todos los candidatos a l Paraíso,
es decir los «justos», los «buenos», los «puros», los
«pacíficos», los «m isericordiosos», e tc .}. De la misma
form a que la esperanza es un deber para los cristianos,
la alegría debería ser un nuevo «mandamiento».

ISBN 84-89651-47-7

9 788489 651470