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Palabras de apertura a cargo del padre Domingo Álvarez, director del colegio San

Agustín el Paraíso
Sras. y Sres.: Muy buenas tardes.
Un año más y una vez más nos encontramos aquí

como respuesta a una

convocatoria que por séptima vez reclamó nuestra presencia para participar en una
nueva jornada de EDUCACIÓN EN VALORES.

Y este año, en su constante preocupación por todo aquello que nos puede orientar
en los diversos caminos y aspectos de la vida, su afán iluminador se fijó, de un modo
especial, en la familia. Y la familia en cuanto “formadora de ciudadanos”. Vale decir:
La familia, como primera fuente y principal protectora de la vida; la familia, como la
primera célula de la sociedad; la familia, como iglesia doméstica, la familia, como la
primera escuela, que nos enseña a ser personas; y la primera escuela para aprender a
vivir en comunidad.

En una de sus tantas y tan iluminadoras enseñanzas a lo largo de sus extenso y
fecundo pontificado, nos decía el siempre recordado y querido Juan Pablo II en su
encíclica “Familiaris consortio”: “La Iglesia defiende abierta y vigorosamente los
derechos de la familia contra las usurpaciones intolerables de la sociedad y del
Estado”.Y se hace eco, a continuación, de la enumeración de derechos que los obispos,
reunidos en sínodo universal poco tiempo atrás, habían recogido y elaborado, en el
extenso escenario del mundo entero, como respuesta a su preocupación pastoral y de los
riesgos y peligros que las acechan..

Ha pasado ya más de un cuarto de siglo desde que vieron la luz aquellas
declaraciones, y las amenazas y los ataques a la institución doméstica siguen no solo
con plena lozanía, sino que incluso se han puesto de moda nuevas concepciones e
ideales, nuevos tópicos y paradigmas, algunos francamente caricaturescos, de modelo
familiar.

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Por eso nosotros aquí y ahora, queremos reivindicar la pureza del concepto de
familia, con lo que eso implica: Si es ahí donde está, como en la creación, “el principio
y la fuente de la vida”, que cada familia sea el espejo de “toda la vida y de la vida de
todos”: con un profundo respeto por nuestra propia vida, en primer lugar; y respeto por
la de quienes tienen derecho a llegar a la vida, sin exclusiones egoístas, basadas en
motivos de sórdido hedonismo o temores mezquinos de reunir demasiados comensales
para tan poco pan. Entre los hijos sin futuro y los hijos que pudieron ser y no lo fueron o
se quedaron por el camino, una paternidad responsable, siempre iluminada por la fe, es
la que podría hallar el acertado punto de equilibrio. Y respeto por la vida de aquellos
que, después de una vida fructuosa, tienen derecho a esperar, para entregarla, la decisión
del único y verdadero autor de la vida y de la muerte Si es efectivamente la familia “la
primera célula de la sociedad”, que su realidad, debidamente labrada y custodiada por
nosotros, sea imagen fiel de esa sociedad que nos gustaría disfrutar. Si la familia es
la “Iglesia doméstica”, que la presencia de Dios se manifieste, ante todo, en hacerse
sentir en la convivencia familiar y en el trato asiduo y reverente con El y en el respeto y
veneración hacia todos los santos que en cada familia tienen su aposento; Iglesia
doméstica, en contacto permanente con la IGLESIA, con mayúscula, que sabe vivir a
plenitud los momentos más trascendentales de la vida de cada uno de sus miembros, sin
quedarse enredada en la hojarasca del componente folklórico o de la resonancia social.
Si la familia es “la primera escuela”, que en ella aprendamos a desarrollar nuestra
capacidad para el diálogo, con un lenguaje diáfano, sin cabida para la truculencia y la
mentira; lenguaje apto para hablar con Dios y lenguaje para hablar con nuestros
hermanos, los hijos de Dios. Si en la familia “se aprende a ser personas”, que ella
sea la que nos enseñe a valorar todas sus virtudes y capacidades: la virtud de la
disciplina, la virtud de la comprensión y el perdón, la virtud

del

respeto y la

colaboración, la virtud del amor. Si la familia fue la escuela para “aprender a vivir en
comunidad”, que de ella saquemos la capacidad de ser aptos para la cooperación
generosa y desinteresada, para realizar con eficiencia y responsabilidad el desempeño
de nuestra profesión, en bien de todos y para provecho y beneficio de todos; y honradez
para administrar con eficacia y pulcritud lo que pertenece a todos, porque es de todos.
Ya lo dice San Agustín: “Tú sólo eres dueño de lo necesario; del resto eres simple
administrador”. Claro que, en esto de lo necesario y lo superfluo, también hay mucha

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tela que cortar y el mismo San Agustín nos podría brindar más de una lección a este
respecto..

En su viaje-peregrinación a Tierra Santa, el Papa Pablo VI, como una más de sus
actividades de peregrino, tuvo la oportunidad de celebrar la eucaristía en la iglesia de
Nazareth, en aquel mismo lugar donde el Hijo de Dios, durante treinta años, disimuló
su condición de Dios para enseñar a los hombres, embarcados una vez en la ilusoria
quimera de ser dioses, la nada fácil tarea de ser realmente “hombres”. Y el Papa
(¿predica o reflexiona? ¿habla o medita?) acerca de las lecciones que, para él, se
desprenden de la estadía en aquel privilegiado lugar.
Y resalta el Papa, en primer lugar, el “ambiente” íntimo que allí se respira, y la
importancia que tiene el debido y adecuado ambiente familiar para la formación y
consolidación de la futura vida de las personas.
Y destaca el “silencio” como antítesis del aturdimiento que nos causa el
enloquecedor estruendo de la vida moderna; sin citar ese otro absorbente y paradójico
ruido silencioso, maravilloso por otro lado, que nos hace vivir, por largas horas,
enganchados al último adelanto de la técnica electrónica; ruidos ambos que penetran de
mil maneras

en nuestros hogares, hasta hacer casi imposible el dulce sonido del

coloquio familiar, o el reconfortante susurro de la oportuna confidencia, o el elocuente
silencio de las más recónditas y tiernas intimidades.
Y hace énfasis el Papa en el efecto aleccionador del “trabajo”: el trabajo
creador; creador porque hace crecer, en primer lugar, al mismo que lo realiza, porque lo
perfecciona, con lo cual lo recrea. Claro que un trabajo así no puede estar enmarcado en
la simple aceptación fatal de la edénica condena punitiva, impuesta como sanción del
pecado original. Tampoco podría ser impulsado por el simple y sórdido afán de tener
más, por una irracional ansia de riqueza como trampolín eficaz y necesario hacia una
mayor cuota de poder; sino por el imperativo de una conciencia responsable que nos
obliga a dar sentido cabal a nuestra existencia, a representar adecuadamente el papel que
nos corresponde en “el gran teatro del mundo” en que nos ha tocado vivir; porque nos
hace sentirnos copartícipes y corresponsables de la omnipotente obra creadora de Dios.

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Familia de Nazareth, familia de no demasiados recursos económicos; y, en
consecuencia, familia obligada, como la de casi todos nosotros, a conseguir el pan de
cada día con el fructífero sudor de nuestra frente; pero, ¡quién lo duda!, familia total y
absolutamente feliz. Ya lo dice la copla: “ Quien a Dios tiene/ nada le falta;/ solo Dios
basta”. Y de que Dios estaba en Nazareth, ¡qué duda cabe! Y ser felices, ¿no es, acaso,
lo que, en el fondo, buscamos todos?

Muchas cosas recoge, por su parte, en su encíclica, el Papa Juan Pablo II, del
elocuente documento pastoral de los obispos reunidos en el sínodo: derechos de la
familia, derechos y deberes de todos y cada uno de los miembros de una familia:
derecho y deber de llegar a ser, derecho y deber de mantenerse unida y completa,
derecho a ser respetada, derecho y deber de respetar, derecho y deber de respetarse.

Descendiendo del campo de la teoría, alguien nos hablará de sus experiencias,
experiencias extraídas del cotidiano vivir; lecciones sacadas del contacto inmediato con
la romántica prosa del quehacer de cada día, ese quehacer que Dios ha urdido para que
en él nosotros vayamos tejiendo día a día la realidad de su reino.

Y nos hablarán también de la realidad sangrante de las familias rotas, de las
familias mutiladas, de las familias que no pudieron durar, de las familias que nunca
llegaron a ser…

De todo eso nos hablarán quienes saben mucho de eso. De eso y de muchas
cosas más. Ojalá lo pasen bien.

Buenas tardes.

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