E D I T O R I A L

l 50 aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos ha generado todo tipo de
balances sobre los avances experimentados y los retos pendientes. Entre estos últimos
cabe subrayar que aún existen lugares en los que se conculcan las libertades más elementales que afectan a la dignidad humana; que en otros muchos los derechos económicos,
sociales y culturales son una pura falacia, debido a la pervivencia e incluso al incremento de
las desigualdades dentro de cada país y entre el Norte y el Sur; que todavía en demasiadas zonas subsisten poderes autoritarios o actitudes racistas y fundamentalistas que provocan violentos enfrentamientos y dificultan la convivencia y la construcción de la paz; o que se producen desmanes ecológicos irreversibles para el futuro desarrollo de nuestro planeta.
La nómina de incumplimientos es larguísima. Pero éstos no pueden ocultarnos los logros alcanzados y, sobre todo,
el aumento de la conciencia
de la ciudadanía, que percibe
en los derechos humanos un
referente ético universal de
consenso y, en consecuencia,
exige que se respeten y se apliquen de forma más decidida. Cabe destacar, a modo de
ejemplo, dos acontecimientos
recientes de enorme calado,
que muestran al propio tiempo las limitaciones pero también las posibilidades de los derechos humanos. Nos referimos al movimiento de solidaridad y cooperación promovido
tras el paso del Mitch por una de las rutas de la pobreza extrema, y a la presión internacional generada para que Pinochet, que hasta la fecha gozaba de una insultante inmunidad,
responda de sus crímenes contra la humanidad ante los tribunales de justicia.
¿Y qué decir de la educación? En primer lugar, es ya una evidencia que, en la nueva sociedad de la información, ya no basta con garantizar el mero acceso a la escolaridad, sino
que ésta debe proporcionar unos mínimos de calidad para toda la ciudadanía —en contra
de la segmentación social en escuelas de distinta categoría—, y respetar el derecho a la educación y a la cultura a lo largo de toda la vida. En efecto, la formación permanente ha dejado de ser un lujo elitista para convertirse en una necesidad de toda la colectividad.
En segundo lugar, a la escuela le corresponde su cuota de responsabilidad, compartida
con otros agentes sociales, para que los derechos humanos sean objeto de reflexión y de
vivencia en la institución escolar, impregnando todos sus momentos y espacios y dotando al currículo de una dimensión ética en la que la educación de las razones y los sentimientos genere comportamientos más solidarios y democráticos. Afrontar los conflictos
cotidianos —evitando cómodas ocultaciones o falsos consensos— con fórmulas de regulación cooperativa y positiva constituye una excelente oportunidad para entrenarse
en el ejercicio de los derechos y las responsabilidades. Algunas pedagogías progresistas
han mostrado vías muy eficaces para llevar a cabo este aprendizaje. Pero no todos los
métodos son igualmente válidos, y hay que separar el grano de la paja; o lo que es lo
mismo: la sustancia de la simple palabrería.

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Derechos
Humanos

Enero / N.0 276 / Cuadernos de Pedagogía 3