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CULTURA Y VALORES COORDINACIÓN DE FORMACIÓN PERSONAL

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CONSIDERACIONES ACERCA DE

LA VIDA INTELECTUAL EN LA EDAD MEDIA

Héctor Herrera Cajas

Dimensiones de la responsabilidad educacional

Omnia disce, videbis postea nihil esse superfluum. Coactata scientia iucunda non est.

(Aprende todo, verás después que nada es superfluo. Un saber limitado no es agradable). Hugo de San Víctor (s. XII)

No será ocioso, en primer lugar, tratar de definir lo que debemos entender por vida intelectual.

El concepto de lo intelectual deriva de inteligencia, del ejercicio y la aplicación que hacemos de esta capacidad racional propia del hombre.

Pero, ¿qué es la inteligencia? Corrientemente decimos que hay algunas personas más inteligentes que otras; de acuerdo con esto, si esas personas cultivan dicha capacidad, a la larga, pueden llegar a ser intelectuales. Los intelectuales son los que, de preferencia, forman el cuerpo universitario.

De allí pues, que aparece como necesario e importante que primero entendamos qué es realmente esta facultad de la inteligencia, por lo menos entendida en la perspectiva del mundo antiguo y del mundo medieval. No pretendo aquí, de ninguna manera, penetrar en todos los aportes que posteriormente la psicología ha incorporado al concepto, puesto que tan sólo se trata de una reflexión, que, desde mi punto de vista es fundamentalmente filológica acerca de la inteligencia.

Inteligencia, es una palabra compuesta del prefijo latino inter, que corresponde a “entre, al interior de dos”, y el verbo igualmente latino legere. El verbo latino legere es necesario enunciarlo en sus formas fundamentales, para ustedes vean cuál es esta función tan importante que nosotros le exigimos a la inteligencia; el enunciado es: lego, lexi, lectum, legere. Es de la forma lectum, de donde van a formarse por incorporación de un prefijo, o de varios prefijos, una serie de palabras que nos ponen mucho más en la pista de lo que hay que entender por inteligencia: electum, selectum, dilectum, intelectum. Por lo tanto, el sentido del verbo, que originalmente fue “recoger”, “reunir” “escoger” y sólo mucho más tarde se utilizó para denotar la acción de “leer”, posiblemente porque leer una palabra exige “reunir las letras”. Una lectura puede, pues, reducirse a reunir con la vista los signos gráficos, y a lo más, ejercer la tarea de pronunciar fonéticamente esos signos. Pero con eso, bien saben ustedes, no se está realmente leyendo. Por eso es que, en lenguaje coloquial se dice de una persona que “lee como loro”, cuando lo único que hace es leer maquinalmente, pero en ese caso, no está realmente leyendo.

Leer significa que, todo aquello que el autor, que el escritor ha incorporado en el texto, uno va seleccionando algunos conceptos, recogiendo algunas ideas fundamentales, estableciendo relaciones entre ellos. Por eso es que uno tiende -y para eso debería cada cual formar su propia biblioteca- a subrayar los libros, porque con ello está haciendo su lecturas del texto.

El texto necesariamente debe tener por razones gramaticales, estilísticas, retóricas, mucho material accesorio; en algunos casos, estéticamente valioso, pero adjetivo respecto al mensaje. Uno puede ir saltando, por así decir, todo eso para destacar aquellos conceptos que son los que realmente entregan el mensaje sustancial de la página que se tiene delante de los ojos.

Toda lectura, en el fondo, es -podríamos decir- una lectura selectiva; es decir, una lectura en la cual uno va escogiendo aquello que, en ese momento, a uno le interesa; eso es lo que está indicado por el prefijo se en latín, con lo cual se señala que no solamente es electiva, sino que se elige de acuerdo a un interés particular que, en ese momento, se tiene.

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Y esto lo pueden comprobar, cuando al leer un libro, una página, subrayan una palabra o unas líneas del

texto; eso lo realizan en función de un interés que, en ese momento, tienen; pero, si a la vuelta de años, leen de nuevo ese mismo libro, se darán cuenta que, si se ha modificado su campo de preocupaciones intelectuales, buscarán otras cosas; lo que antes habían seleccionado, seguirá siendo importante, pero en la nueva perspectiva habrá nuevos conceptos que recoger, nuevas ideas que seleccionar de ese mismo texto. Depende todo esto, por cierto, de la riqueza del texto, literalmente de la densidad y de la calidad de la trama. Hay textos, desde este punto de vista, que podemos considerar inagotables, y que uno puede leerlos una y otra vez, y siempre estarán entregando algo; pasarán las generaciones, vendrán nuevos investigadores y se inclinarán sobre esos mismos textos, que son las grandes fuentes de la cultura universal, o en el caso particular nuestro, de la civilización occidental, y allí uno estará seleccionando, es decir, estará recogiendo para sí siempre algo valioso; pero con esto quedamos solamente en lo que es la lectura, y la inteligencia exige más que una mera lectura; lo que se llama propiamente la inteligencia de un texto, es introducirse, gracias a la lectura adecuada, cuidadosa, en la interioridad del texto.

Y para cumplir esta tarea, para lo que corresponde llamar la lectura inteligente de un texto hay que,

como se dice a veces, leer entre líneas.

Ya no solamente uno está seleccionando los conceptos más importantes que allí aparecen, sino que está tratando de ver todo el espíritu contenido en dicho texto, y que las palabras escritas, son capaces sólo, hasta un cierto grado, de recoger, de conservar y de entregarnos. Por eso, es que uno tiene que ir más allá de las palabras, más allá de los conceptos para tratar de ver los mensajes casi ocultos que están en los textos.

Todo escritor, y especialmente todo gran escritor, siente la incapacidad de poder comunicar todo su mundo interior, toda la riqueza espiritual que posee y que quiere, en ese momento, transmitir a través del texto escrito, como pasa también con la palabra; nota que va quedando sin expresar una cantidad de vivencias, de relaciones, que para él son nítidas, pero que tomarían un tiempo inmenso tratar de ponerlas por escrito.

Todo ese trasfondo presente en la mente del autor, de algún modo, comparece en el texto. La lectura inteligente exige penetrar, pues, en el sentido profundo del texto; ver cuáles son, por así decir, las coordenadas mentales, que son como las grandes pautas en las cuales se mueve el pensamiento del autor, y reconocer el humus fecundo en que se enraíza y cultiva ese pensamiento, todo lo cual queda recogido también en el texto. Esto exige, entonces, detenerse cuidadosamente en cada palabra, en cada frase, y tratar de comprender, ya no solamente el mensaje explícito del autor, sino todo su mundo cultural presente en el texto, única posibilidad de superar la distancia real que existe entre el autor, el texto y el lector.

Por eso, cuando hablamos de vida intelectual, por lo menos en la tradición de Occidente, tenemos que pensar que ésta es necesariamente una reflexión, una vida que se realiza -a veces como consagración de toda una vida- en el trabajo, en el estudio de los textos.

Hay otras civilizaciones donde la tradición oral tiene una gran importancia, y la enseñanza del maestro al discípulo se realiza casi totalmente por vía oral. En cambio, nosotros, desde la Antigüedad, vemos que esa enseñanza no puede solamente quedar entregada a la palabra porque la palabra puede ir sufriendo alteraciones y transformaciones aún involuntarias al pasar de boca en boca. Para qué decir, cuando hay interés en que esas transformaciones del mensaje efectivamente se den.

Se comprende que el hombre de Occidente se haya preocupado tanto por llegar al texto escrito, y así tener la ventaja, en este momento, de disponer de un caudal magnífico, de una herencia cultural increíble, conservada en los textos, a pesar de lo mucho que se ha perdido con el paso de los siglos.

Podemos elevarnos hasta los primeros poetas del mundo griego, ya en el siglo VII a. C.; podemos reconocer a los grandes historiadores del siglo V; podemos saborear a los grandes filósofos del siglo IV; podemos meditar los textos de las Sagradas Escrituras, recogidos a partir del siglo III a.C., podemos después consultar los comentarios de los Padres de la Iglesia, todos recogidos en textos. Así se fue incrementando este depósito cultural que es el que llega, a través de copias manuscritas y ediciones incunables, hasta nuestros días.

Evidentemente nosotros no tenemos prácticamente ningún texto que provenga directamente de la Antigüedad. Poquísimos textos provienen de los primeros siglos de nuestra era; la mayoría son copias de

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copias que se han hecho en los scriptoria de los monasterios benedictinos hacia los siglos VIII, IX, y siguientes; de ahí vienen estos textos que ahora podemos consultar en espléndidas ediciones, a veces bilingües, donde se entrega el texto latino, o el texto griego, en una página, y, en la enfrentada, la traducción a una lengua moderna, de acuerdo a la edición de que se trate.

Esto tiene, por cierto, más de alguna limitación; una de ellas, y muy seria, es restarle el aprecio que corresponde a la memoria. Como sabemos que podemos, en cualquier momento, echar mano del texto escrito, no nos preocupamos por memorizar lo que interesa; y es importante también ejercer la capacidad de

la memoria en la vida intelectual, porque no siempre se va a tener la oportunidad de contar con los libros;

no todo va a estar a la mano para cuando uno quiere consultarlo; además – y en el mundo medieval por la escasez de los manuscritos, con mayor razón – disponer de un caudal de citas espigadas de textos valiosos

es siempre una ayuda, tanto intelectual como espiritual.

Resumamos nuestra primera proposición, señalando que vida intelectual, en Occidente, significa una vida en relación con los textos. Una vida en la cual la lectura inteligente pasa a tener la mayor importancia. Por cierto que la lectura inteligente exige necesariamente la reflexión sobre lo leído. Por eso es inteligente, porque uno se va dando cuenta de todo lo que está contenido en el texto, gracias a un verdadero diálogo que se establece con el autor, hasta el momento en que uno comienza a sentirse contemporáneo del autor,

y el autor deja de ser una persona distante.

Hay, pues exigencias implícitas a la lectura inteligente: la reflexión hasta hacer propio, la captación hasta interiorizar todo el mensaje contenido en los textos.

Pues bien, esta reflexión, esta meditación significa que se cae en la cuenta que, de buenas a primeras, es imposible dominar una materia, sino que esa materia se va conquistando lentamente. Mirándola por un lado, después tratando de aproximarse por otro, argumentando y contrargumentando, es decir, poniéndose uno mismo, si es necesario, las dificultades para que realmente pueda, por último, afirmarse que hay un verdadero dominio sobre esa materia. Eso es lo que le da sentido a lo que ahora llamamos vida académica.

Pasó, entonces, del concepto genérico de vida intelectual al de vida académica, y después nos referimos

a lo que es la vida escolar, para terminar con la vida universitaria, que es esta gran creación del mundo medieval en su momento de culminación.

Al hablar de vida académica, recordamos aquel grato lugar en que Platón se paseaba con sus discípulos, en las afueras de Atenas. Allí se proponía un tema: la belleza, el bien, la justicia, la poesía. Y comenzaba una conversación, un diálogo que tendía a que los interlocutores -este pequeño grupo de personas que estaban atentos, aunque en algunos casos bastante fastidiados con las preguntas insistentes que les iba formulando, molestos a veces porque se les ponía en ridículo, demostrándoseles que lo que ellos creían saber, no eran sino prejuicios, preconceptos que no tenían ningún fundamento, porque no había habido reflexión- pensasen

a fondo, poniendo en tensión todas sus facultades intelectuales.

Lo que distingue a la vida académica es el gran ejercicio de reflexión sobre el asunto que se está tratando.

No se trata de avanzar rápidamente. Por el contrario, el pasar rápidamente materias, por ejemplo, es algo que va contra lo que debería ser el espíritu de una auténtica universidad, en tanto no se cumple con las exigencias de la vida intelectual, de la vida académica, que son el fundamento mismo y el estilo propio de la vida universitaria.

Lo que importa en la universidad es, por el contrario, que se reflexione lo más a fondo posible sobre algunos pocos temas. Por ejemplo, cuando se estudia historia, es imposible que la persona tenga siquiera una visión de todo lo que es la historia de la humanidad. Aún nuestra breve, reducida historia de Chile, comparada con lo que es la historia de Occidente, no puede ser pasada así, acontecimiento tras acontecimiento, en lecciones universitarias. Lo menos que tendrían esas lecciones serían de universitario, si se redujesen a lo que se llama habitualmente “pasar materia”.

En la universidad, por el contrario, lo que importa es quedarse en ciertas materias, porque las materias son inagotables; uno puede estudiar un tema, y este tema dar suficientes motivos de reflexión para un semestre o más.

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Es lo que se hace normalmente en un seminario. En un seminario se propone un tema, y se le comienza a trabajar a fondo para obtener todo lo que pueda contener. El concepto de materia, concepto que viene del mundo griego, y que después se utiliza tanto en Occidente, corresponde justamente a “aquello que está disponible para”. La materia está allí, aparentemente inerte, como en los textos, que están cerrados en los anaqueles de las bibliotecas, esperando que alguien vaya a tomarlos, abrirlos y hacer surgir nuevamente de ellos toda esa riqueza que está contenida en su materia, en esas páginas aparentemente muertas, sobre todo cuando están en lenguas que para muchos parecen también ya lenguas muertas, como el griego o el latín.

En una aproximación mayor al mundo medieval, consideremos lo que se va a llamar la vida escolar; la escuela latina se organiza en el mundo romano, pero va a cobrar toda su importancia en el mundo medieval.

El término escuela, hoy día, nos parece que correspondiese a un nivel menor, dentro de la vida intelectual; y es porque, olvidamos el sentido original que está contenido en el vocablo, y que conservan los ingleses cuando hablan de los intelectuales, de los hombres de letras, de los eruditos, empleando el término scholar, que viene directamente de escuela (school).

Escuela no es una palabra de origen latino; schola es una palabra que trata de traducir fonéticamente el término griego sjolé, que significa “ocio”.

Nuevamente nos encontramos frente a estas aparentes paradojas: la escuela no es el lugar del trabajo. La escuela es el lugar del ocio. Pero, hay que entender realmente lo que era este “ocio” para el hombre de la antigüedad y también para el hombre medieval.

El ocio significa despejarse de todos los problemas menudos, cotidianos que lo cargan y lo agobian a uno, y que le impiden entrar en sí mismo para pensar desde sí, para poder realizar lecturas inteligentes, para tomarse el tiempo necesario para la reflexión. Una persona que está permanentemente atareada, una persona que está siempre haciendo algo, siempre cumpliendo obligaciones, aún cuando esas obligaciones sean muy importantes, corre el peligro de agotarse físicamente. Cuando uno necesita reponerse de la fatiga producida por el trabajo, no se está gozando del ocio; se está en un estado de reposo, que es algo muy distinto. Y más peligroso que el agotamiento es darse cuenta que no se tiene tiempo para meditar acerca de lo que vale la pena, de aquello en lo cual se está jugando la vida y el destino.

Todo esto requiere de lo que podríamos llamar un tiempo para sí, que es propiamente el ocio.

Evidentemente, la no adecuada comprensión de lo que es el ocio, y de su importancia en la vida intelectual, ha llevado a que se hable del ocio con tono peyorativo, despectivo, hasta el punto de afirmar que “el ocio es la madre de todos los vicios”.

¿Qué es, pues, la escuela de acuerdo al sentido que alcanza en el mundo medieval? Es un espacio, en primer lugar, tranquilo donde el hombre se despoja, por así decir, de preocupaciones y ocupaciones que lo alejan de sus tareas propias, aceptando lo que el intelectual tiene que aceptar; que otros están en las tareas de la producción; de los negocios, en las tareas de la conducción de los grandes asuntos de este mundo, al nivel que sea. Y él, en cambio, se consagra, porque el escolar es una persona consagrada a un tipo de vida, en la cual lo fundamental es el estudio. La nota, pues, distintiva de la escuela es el estudio; es decir, aquí es donde se aplica plenamente la capacidad intelectual, aquí es donde la capacidad de reflexión va a dar sus frutos más sabrosos. Un estudio que consulte todas estas características no es, por cierto, el estudio rutinario, no es el estudio repetitivo, ni de parte de maestros, ni de alumnos; es por el contrario, un estudio en el cual el hombre siente que se va parte de sí en su realización y que, al mismo tiempo, le está produciendo ventajas extraordinarias desde el punto de vista espiritual. El hombre nota cómo se va acrecentando él mismo, gracias a esta consagración al estudio.

Si la educación solamente cultiva extensivamente a la persona, corresponde a lo que, hace un momento, calificaba como un mero pasar materia, caso en el que no se está realmente educando como corresponde a la persona; y como la educación no es sólo una tarea que se efectúa desde afuera hacia adentro, no es responsabilidad únicamente de los maestros; la educación, en gran parte, es responsabilidad de los discípulos; la educación actúa mucho más de adentro hacia fuera, porque corresponde a una disposición de ánimo, a virtudes que cada uno pone en juego, a los talentos que multiplica. Cuando la educación cumple con estas características, uno se da cuenta que hay, a la vez, una profundización y una elevación.

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¿En qué se aprecian estas cualidades?

Entre otras cosas, en un mejor juicio; la persona va a ser más sensata, va a poder actuar de manera más prudente.

En cuanto más ignorante se es, el juicio es más precipitado, porque pocos o ningún antecedente se tiene acerca de las cosas; a medida que se va avanzando en el estudio, se irá siendo más sensato, es decir, ser irá apreciando el auténtico sentido de las cosas. El estudio no sólo apunta a entregar más conocimientos, más ciencia; fundamentalmente el estudio se orienta a acrecentar nuestra sapientia, como se decía en el mundo antiguo, y en el mundo medieval; es decir, a darnos más sabiduría, prudencia, buen juicio.

Y sapiencia es tomarle el gusto a las cosas, saborear las cosas; un estudio que se hace a contrapelo, un

estudio que se lleva con un estado de irritabilidad permanente, un estudio en el cual la única satisfacción es

el descanso, después del agobio del trabajo, no corresponde a lo que debe ser un estudio universitario, porque, con tal estado de ánimo, la persona no puede sentir el gusto de lo que está estudiando, lo que quiere decir que, en verdad, no está estudiando.

A menudo, digo a mis alumnos: si ustedes no sienten que el estudio de la historia les está reportando

una satisfacción espiritual; si no sienten que la lectura de un libro les da gusto; si ustedes no notan que están experimentando una situación placentera con el estudio, sino que están soportando tan sólo las

exigencias del mismo, quiere decir que su vocación no está en el estudio de la historia; búsquela en otra parte donde encuentren esa satisfacción, donde puedan sentir gusto por lo que están haciendo.

El estudio tiene que producir, pues, una sensación placentera, como para que uno realmente sienta tal agrado que por eso no lo abandone. Y eso es algo que ustedes van a tener que probar a la vuelta de muy poco tiempo, o a la vuelta de más tiempo. Es que, como el estudio está en relación directa con los textos, uno comienza a tener tal cariño por los libros, por los textos, por la lectura, que, llegada la noche, deja aquello en que está trabajando, pero abre un libro, porque sabe que en ese libro, a última hora, puede encontrar algo agradable, un pensamiento enaltecedor, una vivencia digna de ser compartida, una alimento para el espíritu.

En este momento, puede decirse que la persona se ha identificado con el estudio. Estudio que tiene mucho que ver con un estilo de vida, en el cual la voluntad apoya la constancia y empeño del espíritu en la adquisición del conocimiento. Ser estudiante no es, durante cierta etapa del año, entrar a estudiar. El estudioso es una persona que va adquiriendo un modo de ser, que lo diferencia de otras personas; y eso es lo que se trataba de cultivar en las escuelas medievales.

Este cultivo se hacía -como lo he señalado- fundamentalmente trabajando a fondo los textos, sobre todo los textos de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres, los textos de algunos poetas y filósofos de la Antigüedad, que permitían elucidar el sentido de los mismos.

Hay en la Edad Media, una dedicación que corresponde exactamente a lo que he explicado como propio de una lectura inteligente: elucidar.

Una de las tareas más dignas del hombre es cultivar este don de Dios que es la inteligencia. El hombre medieval está muy consciente que hay que usar la inteligencia, puesto que mediante ella, se puede escudriñar, por así decir, las Sagradas Escrituras, y toda la tradición de los Santos Padres, y someterlas a tales exigencias como las que integran el campo semántico del verbo quaero; verbo del que deriva, entre otras palabras quaestio, la “cuestión”, esto es, la pregunta que se hace a fondo, cuando cuestionamos, inquirimos una cosa, con el fin de arrojar más luz sobre el punto en cuestión.

La vida intelectual medieval no es una vida de rutinas ni opaca, sino que es una vida en la cual hay una riquísima fermentación producida por la disputa que se origina al poner tales exigencias al trabajo de la comprensión de los textos, y se manifiesta en la defensa de las interpretaciones adoptadas.

Pero, así como la inteligencia pone exigencias a la fe, la fe también puede poner exigencias a la inteligencia. Esta fecunda dialéctica de la escolástica medieval, con sus quaestiones disputatae, que suscitan el fervor de la vida universitaria, así como aproximaba a la verdad, también podía hacer naufragar al intelecto en los arrecifes de la herejía.

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En efecto, la herejía surge, en algunos casos, dentro del ambiente intelectual, como un pensamiento extravagante, errático. Distinto es cuando del medio intelectual pasa al mundo social, porque allí las repercusiones del error cobran otra dimensión, dejan de ser argumentos de una disputa intelectual para constituirse en consignas de grupos, que defienden con las armas sus posiciones.

Pero, en el campo meramente intelectual, las discusiones de asuntos que hoy día consideraríamos claramente heréticos, y que en la Edad Media también se consideraron heréticos, se permitían, porque se entendía que con eso se estaba precisando lo que era necesario aclarar. Es decir, la verdad no tiene por qué temer al estudio riguroso; la verdad, si realmente lo es, puede sostenerse frente a toda investigación. Por esto es que se ha dicho: un poco de ciencia aleja de Dios; mucha ciencia acerca a Dios. Mucha ciencia, en el sentido que exige realmente mucho estudio, mucha investigación, mucha reflexión.

Todo esto es lo que permite que, a finales del siglo XII y en los inicios del siglo XIII, se organice esa institución con la que culmina la vida intelectual del mundo medieval: la Universidad.

En el imperio Bizantino, había ya de antes una universidad, pero la Universidad de Constantinopla era como las que hoy día se critican tanto, una universidad para formar profesionales; en este caso, para formar los funcionarios imperiales. En el mundo musulmán, las universidades corresponden a lo que es una Facultad de Teología totalmente ortodoxa del Occidente medieval, tal como lo siguen siendo hasta nuestros días las universidades tradicionales de los países musulmanes.

En cambio, la universidad medieval, gracias al respeto por los fueros propios de la inteligencia, no cayó nunca en lo que se denomina el fideísmo, es decir, depender exclusivamente de la fe para resolver todos los problemas que presenta la existencia, cuando bien sabemos que hay un vasto campo de la realidad en el cual puede aplicarse libremente la inteligencia.

El mundo universitario en Occidente surge, pues, con esas características. No es un centro para que se formen funciones, aun cuando de él van a salir los abogados que van a trabajar en las cortes de los reyes o de los teólogos que asesoren a los Pontífices. Pero, con todo, no es fundamentalmente una universidad profesionalizante, como se dice hoy, sino una universidad en la cual todos están empeñados en tratar de adelantar en esta tarea exclusiva del hombre, que es la tarea de ir avanzando hacia la verdad.

En la organización de la universidad medieval se establece naturalmente un reconocimiento y respeto por las jerarquías que se generan del saber. El saber no depende del fervor público, el saber no se obtiene por votación popular; el saber no se debe a la gracia del rey o de quien gobierne. El saber tiene su propia generación, sus propias instancias, sus propias obligaciones. Y, por lo tanto, también su propia jerarquía, la cual se constituye naturalmente desde lo que están recién iniciándose en el saber, pasando por los que ya poseen algo más del saber, hasta culminar en los que poseen bastante saber acerca de algo, en el bien entendido que, a partir de ese algo, pueden iluminar parte de la realidad en la cual se encuentran, y, por lo tanto, también iluminarse para reconocerse mejor.

Así se van dando los grados universitarios desde el bachiller, pasando por el licenciado, hasta el doctor; pero el doctor no es un doctissimus, no es “el que más sabe” sino “el que sabe más que”. Doctor es el que sabe más que sus alumnos, y más que sus colegas licenciados, pero a quien todavía le queda por delante un inmenso campo para seguir en la inacabable tarea del estudio.

Esta es la gran lección que nos entrega la vida intelectual medieval. Entonces como ahora, ingresar a la universidad significa adquirir un compromiso con el estudio; poner en ejercicio el don divino que cada hombre ha recibido: su inteligencia; y aplicar todo esto a un crecimiento espiritual, que se orientará hasta donde sea posible, en beneficio de la sociedad, para que la sociedad también aspire a los bienes superiores, entre los cuales está la verdad.