“No puedo, tengo que estudiar”. ¿Recuerdas esa frase?

Imagino que
hace ya mucho tiempo que no la pronuncias. Sin embargo, sigo
escuchándosela a mis sobrinos y me temo que, más pronto que tarde,
se la oiré decir también a mis hijos.
Volvamos momentáneamente a nuestra infancia: ¿Qué recuerdas con
placer de cuando eras niño?¿Qué volverías a hacer si pudieras?
¿Aparece ir al colegio entre las opciones elegidas? ¿Echas de menos
estar en clase de gramática, geometría o física?
Si te pido que me cuentes algún recuerdo agradable del colegio,
¿Sería estudiar para los exámenes una de las cosas que disfrutabas?
¿O tal vez jugar con tus amigos en el recreo? ¿Es estudiar algo que
recuerdas con especial agrado?
La gran mayoría de niños hacíamos todo lo posible por evitar estudiar,
así que imagino que difícilmente es algo que te gustaría volver a
repetir. Exactamente lo mismo que pasa con los niños actuales.
El mayor premio del colegio era salir de él, terminarlo. Uno de los
sueños que más se repite entre los adultos consiste en creer que
todavía te falta una asignatura para terminar la universidad. Menuda
pesadilla…
¿Por qué estudiar? En algún momento, alguien decidió que hay
determinadas cosas que es imprescindible saber y que la mejor
manera de aprenderlas es estudiando.
Cada vez que tomo el Metro, revivo la misma escena: me topo con
algún estudiante de pie, leyendo detenidamente un cuaderno con
apuntes (o unas fotocopias de un libro o de una presentación en
powerpoint que previamente subrayó) y repitiendo en voz baja lo que
lee, tratando de grabárselo en la memoria.
Absurdo e inútil pero lo más normal del mundo. La vida de un
estudiante se divide entre lo que hace en el aula y lo que hace fuera
de ella. Cuando está en el aula, su labor consiste en ir subrayando el
libro mientras el profesor “da la clase” y, en caso de que no exista
libro, tomar apuntes de lo que dice o de lo que escribe en la pizarra
(incluso están apareciendo defensores de usar Powerpoint para
mejorar el aprendizaje).
En una clase apenas existe interacción, la mayor parte del tiempo es
un monólogo del profesor y resulta muy poco frecuente que los
alumnos hagan preguntas.
Cuanto más pasivo es un alumno, menos aprende. Fuera del aula,
dado que no confiamos en que los alumnos aprendieron por el mero
hecho de leer el libro o escuchar al profesor, el tiempo se dedica a
estudiar para los exámenes.
Un antiguo refrán afirma que “el saber no ocupa lugar”.El fin que
persigue el acto de estudiar (saber más) es encomiable, pero puede
resultar contraproducente, e incluso perjudicial dependiendo de cuál
de las dos definiciones sea la que manejemos.

1. Para muchos, estudiar es casi siempre sinónimo de aprender
de memoria para repetir lo aprendido en un examen. Esta
definición acarrea algunos inconvenientes graves:
a. Aprender de memoria implica que, demasiadas veces,
aprendes cosas sin entenderlas. Evidentemente, no es posible
aprender sin entender lo que aprendes pero, muy a menudo, nuestros
hijos (al igual que nosotros cuando éramos colegiales), estudian, es
decir, memorizan gran cantidad de cosas sin comprenderlas.
Y lo que todavía es más preocupante es que es perfectamente factible
que memorices algo sin entenderlo y aun así seas capaz de sacar
buena nota en un examen.
La historia de la niña que responde las preguntas del viajero con que
comienza el artículo sobre los “5 Mandamientos Para la Educación”
sigue plenamente vigente. Además, cómo estudiar es un proceso
eminentemente individual (también los exámenes lo son). Si no
comprendes lo que debes estudiar, por mucho tiempo que le dediques,
difícilmente lo entenderás, a no ser que alguien te ayude y, por ende,
la única salida que te queda es memorizarlo.
b. Cuando estudias, aprendes cosas que no te importan lo que
significa que no van a durar mucho tiempo en tu
memoria. Estudiar no es tan solo tedioso, sino que, además, es un
método muy poco efectivo para aprender.
Para confirmar este aspecto, pregúntate por qué olvidaste la inmensa
mayoría de lo que estudiaste en el colegio o la universidad. Si no
entiendes por qué debes estudiar lo que te piden, ni te interesa lo más
mínimo lo que debes estudiar (y encima, nunca más te lo vuelves a
encontrar en tu vida), sería una proeza extraordinaria que fueses
capaz de recordarlo años después.
Estudiar no equivale a aprender y tampoco sacar buenas notas es
garantía de que tengas conocimiento. Estudiar siempre ha tenido una
connotación negativa: se percibe como algo aburrido, falto de sentido,
como una pérdida de tiempo (lo que lamentablemente la vida se
encarga de demostrarnos innumerables veces).
Estudiar es un acto obligatorio y no voluntario, ya que, si no te
obligasen, no lo harías. Estudiar es un acto que no nace de tu propia
iniciativa, sino que es externo: los más interesados son los padres y
los profesores.
Estudiar es un acto planificado en un lugar y un momento
concreto, mientras que aprender ocurre las 24 horas del día y en
cualquier sitio (hoy, el aula ya es el mundo entero).
Cuando estudias, no tienes la posibilidad de escoger lo que estudias y
por tanto, de discrepar, de contradecir o de abordar otros temas.
En el colegio o la universidad, te irá bien siempre que respondas lo
que el profesor espera, pero te irá mal si respondes lo que tú crees.

¿Necesitamos niños que repitan como loros lo que otros les dijeron?
¿Dónde queda tu capacidad de opinar y articular tus propias ideas?
Una entrevista a un experto europeo en empleo se titulaba así: “Hay
que enseñar a tener iniciativa desde la guardería”.
En caso de considerarlo importante ¿sabría el colegio cómo enseñar
“iniciativa”? En lugar de ocuparse de ayudarte a desarrollar la
imaginación, la creatividad o la innovación, el foco del sistema
educativo parece orientado a enseñarte a obedecer. Por eso, aunque
siga siendo considerado un acto sagrado que nadie se atreve a
cuestionar, estudiar de esta manera no tiene ningún sentido.
El viernes 12 abril, Kobe Bryant, 34 años, uno de los mejores
jugadores de baloncesto de la historia se rompió el tendón de Aquiles
Es posible que Kobe no supiese demasiado respecto de dicha lesión,
ni de cuál es la función del más famoso de los tendones. Pero,
obviamente, la primera preocupación del deportista fue estudiar a
fondo los casos de jugadores que han pasado por este tipo de lesión
para saber si podrá recuperarse plenamente y en qué plazo.
Estudiar, en esta circunstancia, es algo totalmente distinto.
Significa perseguir tus propios intereses y, para ello, investigar,
analizar, cuestionar, preguntar, interpretar, inferir, pronosticar, concluir,
decidir… Aprender es un acto guiado por ti, mientras enseñar es
un acto guiado por el profesor.
En este caso, hablar de estudiar, es hablar de imaginar, sopesar,
profundizar, reflexionar, evaluar, cualquier cosa menos memorizar sin
entender y luego repetir sin saber por qué.
Estudiar empieza por identificar lo que te entusiasma, tener la libertad
de decidir qué quieres aprender, hasta donde quieres llegar, qué
medios utilizar, cómo demostrar lo aprendido, etc.
Lo más increíble es que el diccionario de la RAE define estudiar
como“Ejercitar el entendimiento para alcanzar o comprender
algo”. Aprender exige entender, por eso las máquinas no aprenden, ya
que no entienden el sentido de la información que tienen dentro.
Y por eso, detrás de cualquier cosa que investigas, siempre existe un
desafío, un objetivo que te mueve, mientras que, al estudiar en el
colegio, no hay ningún desafío ni motivación poderosa.
Cada vez que imparto un taller, suelo preguntar a los participantes qué
cosas les quitan el sueño respecto de su trabajo. Lo que me
responden es siempre algo que les importa y, por tanto, algo que
están interesados en aprender, porque les preocupa resolverlo para
volver a dormir tranquilos de nuevo.
Kobe Bryant no estudia acerca de su lesión, sino que está
aprendiendo una barbaridad todos los días acerca de ella.
Lo que cabe esperar de la educación es que te enseñe cosas que
serán las que luego utilizarás en todos los órdenes de tu vida adulta.
Que te enseñe a leer, escribir o hablar adecuadamente tiene todo el

sentido, porque durante toda tu vida, dichas habilidades resultarán
esenciales.
¿Sería absurdo que el colegio me enseñase a herrar caballos, forjar
espadas, manejar un escudo y una lanza o aprender curtiduría? No
menos absurdo que estudiar cosenos y derivadas, la tabla química, las
células eucariotas o qué es una prosopopeya.
Subrayar libros, tomar apuntes o estudiar y hacer exámenes es algo
que, por fortuna, los adultos nunca más vuelven a hacer.
De hecho, me sorprende que a pesar de la importancia que la
sociedad le otorga al estudio, nadie jamás te enseñe a estudiar o a
tomar apuntes. Aprender exige hacer.
Y no me refiero a un hacer físico o manual, sino a un hacer intelectual.
La labor de un abogado no consiste en estudiar (ni tampoco nadie le
hace un examen mensual) sino que todo lo que aprende lo aplica y su
conocimiento se plasma en los “productos” que elabora: una estrategia
legal, un escrito, un recurso, etc.
El conocimiento de un médico se refleja en un diagnostico de un
paciente y en el tratamiento que le recomienda. El conocimiento de un
arquitecto se muestra en los planos que elabora, el de un periodista en
los artículos o reportajes que escribe y así sucesivamente.
Ninguno de ellos estudia ni rinde exámenes, sino que aprende y
“hace” gran cantidad de cosas.
Estudiando adquieres únicamente información (que olvidas en
poco tiempo) mientras que cuando aprendes adquieres
experiencia.
La manera de demostrar que sabes algo es haciéndolo, llevándolo a la
practica y no únicamente hablando o escribiendo acerca de ello. En
palabras de Einstein “El aprendizaje es experiencia, todo lo demás es
información”.
Cualquier joven que se matricula en una universidad tiene la
esperanza de que le prepare para encontrar un trabajo que le permita
ganarse la vida. Para ello, es imprescindible que le enseñe a hacer
cosas y no sólo a estudiar y saber cosas.
Uno de los principales problemas de estudiar tiene que ver con la
motivación.
Lo que aprendes depende de tu actitud en el proceso de aprendizaje.
La motivación lo es todo, pero hay que ser consciente de que las
personas no están interesadas en aprender (no es mas que un
medio), sino en crecer, desarrollarse, mejorar, obtener algún logro.
Si estudiar no me garantiza ninguno de dichos objetivos ¿para que voy
a perder tiempo en ello? Las “recompensas” del aprendizaje
(sensación de progreso, descubrir capacidades ocultas, reforzar
autoestima, etc) tienen que ser motivantes para quien lo realiza.
Recientemente apareció una propuesta abogando por usar el ajedrez
para mejorar el rendimiento escolar, un gran ejemplo de cómo

estropear esta potente herramienta pedagógica. En lugar de
aprovechar el ajedrez para que los niños aprendan a pensar, a
planificar, a gestionar el tiempo, mantener la concentración, anticipar y
diseñar estrategias o lidiar con la derrota, la brillante propuesta plantea
desperdiciarlo para mejorar el rendimiento.
No se pueden pedir peras al olmo… Los seres humanos somos
expertos en aprender (aunque no sabemos cómo lo hacemos), pero
sabemos menos acerca de lo que nos gusta.
El objetivo de la educación es precisamente, desarrollar tu capacidad
de aprender (que ya es muy buena cuando llegas al colegio por
primera vez aunque nunca dedicaste un minuto a estudiar) y no
atrofiarla y, sobre todo, ayudarte a encontrar tu pasión, aquello donde
enfocar tu ilimitada capacidad de aprender.
Hay que darle al alumno algo que HACER y no algo que aprender,
ya que el hacer tiene tal potencia que exige pensar y reflexionar
(John Dewey).
Nadie sabe nada hasta que lo aprende y, por suerte, nos pasamos
todo el día aprendiendo sin que nadie no esté enseñando. La
educación tiene que ocurrir en el mundo real, sin sillas, aulas o
pizarras.
Para aprender hay que vivir la vida en lugar de estudiar libros, hacer
exámenes y llenar la memoria de los jóvenes con información que no
les interesa. Estudiar no tiene sentido, aprender sí.
Los jóvenes siguen asistiendo a colegios y universidades a estudiar
(memorizar) y no a aprender (experimentar) llegando a extremos
ridículos como realizar exámenes de ingreso a niños de 5 años.
Fruto de la obsesión por el estudio y las notas, muchos niños no
entienden lo que estudian y tampoco entienden porque lo deben
estudiar, no le encuentran sentido, generando un rechazo que en
ocasiones se arrastra durante toda la vida.
Aprender por el contrario te empuja a estudiar algo que te interesa,
bien por que quieres saber más (hobby, curiosidad) o bien por que lo
necesitas para hacer algo que te importa (dar seguridad a tu familia,
desarrollarte y promocionar, ganar más dinero, sentirte bien, ayudar a
otros, etc).
Cuando preguntaron a uno de los periodistas más reconocidos de
Chile cuál es su meta en la vida, respondió: “no dejar pasar un día sin
sentir que fue interesante, novedoso y que aprendí algo nuevo”.
No es casualidad que muchas personas, después de jubilarse,
decidan ponerse a estudiar (incluso en la universidad) aquello que
siempre les interesó por el mero placer de aprender y sin ninguna
presión añadida.
Como siempre escuché en mi casa, “sarna con gusto no pica”.

Se emplea habitualmente estudiar o aprender para referirse a lo mismo y,
sin embargo, no su significado es muy distinto:

Estudiar es ejercitar el entendimiento para alcanzar o comprender
algo, aunque jamás se consiga. O bien, cursar en las universidades o
en otros centros docentes, aunque ello no garantiza el aprendizaje.

Aprender es adquirir conocimientos, habilidades o actitudes por
medio del estudio o de la experiencia.

Además de estudiando, es posible aprender leyendo un libro, viendo un
reportaje en televisión, consultado documentación en Internet, oyendo un
espacio radiofónico, dialogando con las amistades o con personas
desconocidas, escribiendo. Aprendemos de las buenas o malas
experiencias personales, sociales o laborales. Y quién sabe aprender,
aprende hasta de una persona idiota, pues te enseña aquello que no tienes
que hacer, es decir, te enseña a no ser idiota.
Desde la infancia nos enseñan a cursar estudios en vez de aprender
estudiando. El objetivo es obtener acreditaciones académicas para en un
futuro obtener un trabajo. Sin embargo, muchas personas acaban
trabajando en áreas diferentes a las que estudiaron perdieron, durante
años, una gran oportunidad de aprender.
Para aprender a aprender siempre estamos a tiempo, ¿estás dispuesto/a
a ello?.