LA

PESTE
ALBERT
CAMUS

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Tan razonable como representar una prisión de cierto género por otra diferente es
representar algo qué existe realmente por algo que no existe.
DANIEL DE FOE.

Es decir. una prefectura francesa en la costa argelina y nada más. países en los que. una ciudad como cualquier otra. hay que confesarlo. . se llega a no poder vivir más que a la sombra de las persianas cerradas. es en apariencia una ciudad sin ninguna sospecha. Dificultad. Los hombres y mujeres o bien se devoran rápidamente en eso que se llama el acto del amor. rodeado por cientos de paredes crepitantes de calor. Se interesan sobre todo por el comercio. en cierto modo. Por lo tanto. de cuando en cuando. un lugar neutro. Se dirá. Por las tardes. Lo más original en nuestra ciudad es la dificultad que puede uno encontrar para morir. es fea. como en otras partes. mientras que los vicios de los mayores no exceden de las francachelas. La ciudad. los banquetes de camaradería y los círculos donde se juega fuerte al azar de las cartas. En Oran. cuando dejan sus despachos. es decir. no es necesario especificar la manera de amar que se estila. incomodidad. en una palabra? El cambio de las estaciones sólo se puede notar en el cielo. no es la palabra justa. cuando sobreviene así en un lugar seco. cómo se ama y cómo se muere. Para la generalidad resultaron enteramente fuera de lugar y un poco aparte de lo cotidiano. En otoño. el modo de perder el tiempo que les queda por vivir. al teléfono o en los cafés. o bien se crean el compromiso de una larga costumbre a dúo. Los deseos de la gente joven son violentos y breves. hasta en la muerte moderna. de hacer negocios. se ve uno obligado a amar sin darse cuenta. pero al menos han tenido la sospecha y eso es su ganancia... una primavera que venden en los mercados. la insignificancia de lo circundante. todos nuestros contemporáneos son así. reservan los placeres para el sábado después de mediodía y el domingo. por ejemplo. entre el café. en Oran. el cine y los baños de mar. por el contrario. Pero en Oran los extremos del clima. en suma. se pasean por un determinado bulevar o se asoman al balcón. habla de letras de cambio. La primavera se anuncia únicamente por la calidad del aire o por los cestos de flores que traen a vender los muchachos de los alrededores. Un enfermo necesita soledad. Durante el verano el sol abrasa las casas resecas y cubre los muros con una ceniza gris. Los días buenos sólo llegan en el invierno. Naturalmente. El modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella. donde no puede haber aleteos ni susurros de hojas. Eso tampoco es original. Se comprenderá fácilmente lo que puede haber de incómodo en la muerte. eso es natural. muy sensatamente. procurando los otros días de la semana hacer mucho dinero. con el mismo aire frenético y ausente. también les gustan las expansiones simples: las mujeres. Sin duda. la brevedad del crepúsculo y la calidad de los placeres. que nada de esto es particular de nuestra ciudad y que. en cambio.1 Los curiosos acontecimientos que constituyen el tema de esta crónica se produjeron en el año 194. según propia expresión. un diluvio de barro. por efecto del clima. nada es más natural hoy día que ver a las gentes trabajar de la mañana a la noche y en seguida elegir. en sí misma. Oran. todo exige buena salud. Pero hay ciudades y países donde las gentes tienen. ¿Cómo sugerir. esto no hace cambiar sus vidas. Nunca es agradable estar enfermo. A primera vista Oran es. todo ello se hace igual. pero siempre para enriquecerse. En nuestra ciudad. necesita apoyarse en algo. Su aspecto es tranquilo y se necesita cierto tiempo para percibir lo que la hace diferente de las otras ciudades comerciales de cualquier latitud. Entre estos dos extremos no hay término medio. la importancia de los negocios. pero hay ciudades y países que nos sostienen en la enfermedad. En general. sería mejor decir. y se ocupan principalmente. Imagínese entonces al que está en trance de morir como cogido en una trampa. en el mismo momento en que toda una población. el juego y la charla. Nuestros conciudadanos trabajan mucho. sin árboles y sin jardines. Pero. la sospecha de que existe otra cosa. Un enfermo necesita alrededor blandura. puede uno confiarse. que se aburre uno y se dedica a adquirir hábitos. en efecto. de descuentos. una ciudad sin palomas. por falta de tiempo y de reflexión. de conocimientos. por otra parte. se reúnen a una hora fija en los cafés. sin duda. una ciudad enteramente moderna.

después lo comprendimos. como le tenía mandado. Lo que es preciso subrayar es el aspecto frívolo de la población y de la vida. siempre tiene documentos. el doctor Bernard Rieux. ante una bahía de trazo perfecto. Pero ya es tiempo. se detuvo otra vez. iba a partir al día siguiente para un lugar de montaña. dio una vuelta sobre sí mismo lanzando un pequeño grito y cayó al fin. quizás. no hay por qué exagerar. Por supuesto. cuando sabe que pasó en efecto. En el primer momento no hizo más que apartar hacia un lado el animal y bajar sin preocuparse. sin vegetación y sin alma acaba por servir de reposo y al fin se adormece uno en ella. rodeada de colinas luminosas. la vida. que andaba torpemente. Así se preparaba para el esfuerzo del viaje. El doctor lo contempló un momento y subió a su casa. por lo tanto. . buscando sus llaves antes de subir a su piso. no tendría ningún título que arrogarse en semejante empresa si la muerte no le hubiera llevado a ser depositario de numerosas confidencias y si la fuerza de las cosas no le hubiera mezclado con todo lo que intenta relatar. echando sangre por el hocico entreabierto. que será conocido a su tiempo. En la casa no había ratas. al salir de su habitación. se le ocurrió la idea de que aquella rata no debía quedar allí y volvió sobre sus pasos para advertir al portero. No era en la rata en lo que pensaba. enferma desde hacía un año. La encontró acostada en su cuarto. Ante la reacción del viejo Michel. Esta ciudad. no es muy apasionante. el narrador. franca. un cronista no puede tener en cuenta esas contradicciones.. después el de los otros puesto que por el papel que desempeñó tuvo que recoger las confidencias de todos los personajes de esta crónica. se admitirá fácilmente que no hubiese nada que hiciera esperar a nuestros conciudadanos los acontecimientos que se produjeron a principios de aquel año. Y nuestra población. Se puede lamentar únicamente que haya sido construida de espaldas a esta bahía y que al salir sea imposible divisar el mar sin ir expresamente a buscarlo. en verdad. La posición del portero era categórica: en la casa no había ratas.Estas pocas indicaciones dan probablemente una idea suficiente de nuestra ciudad. de dejar los comentarios y las precauciones de lenguaje para llegar a la narración misma. echó a correr hacia el doctor. El relato de los primeros días exige cierta minuciosidad. inverosímiles. Aquella sangre arrojada le llevaba de nuevo a su preocupación. aunque sea un mero aficionado. Siendo así las cosas. por el contrario.. Pero. Pero se pasan los días fácilmente en cuanto se adquieren hábitos. La mañana del 16 de abril. aparentemente muerta: la convicción de Michel quedó intacta. Su mujer. Por lo demás. Desde este punto de vista. Su misión es únicamente decir: "Esto pasó". y puesto que nuestra ciudad favorece justamente los hábitos. Aquella misma tarde Bernard Rieux estaba en el pasillo del inmueble. que interesó la vida de todo un pueblo y que por lo tanto hay miles de testigos que en el fondo de su corazón sabrán estimar la verdad de lo que dice. alguien tenía que haberla traído de afuera. Así. puede decirse que todo va bien. Le sonrió. El narrador de esta historia tiene los suyos: ante todo. Por lo demás. vio más claro lo que su hallazgo tenía de insólito. se trataba de una broma. El narrador se propone usar de todo ello cuando le parezca bien y cuando le plazca. La presencia de aquella rata muerta le había parecido únicamente extraña. sin nada pintoresco. como los primeros síntomas de la serie de acontecimientos graves que nos hemos propuesto señalar en esta crónica. se propone. El doctor tuvo que afirmarle que había una en el descansillo del primer piso. un historiador. Esto es lo que le autoriza a hacer trabajo de historiador. Pero es justo añadir que ha sido injertada en un paisaje sin igual. cuando vio surgir del fondo oscuro del corredor una rata de gran tamaño con el pelaje mojado. al menos aquí no se conoce el desorden. Estos hechos parecerán a muchos naturales y a otros. Además. tropezó con una rata muerta en medio del rellano de la escalera. mientras que para el portero constituía un verdadero escándalo. ha provocado siempre en el viajero una razonable estimación. Pero cuando llegó a la calle. pareció buscar el equilibrio. Pero. simpática y activa. su testimonio. pues. El animal se detuvo. en medio de una meseta desnuda. y que fueron. e incluso los textos que le cayeron en las manos. después de todo.

. Poco después. Tenía junto a él.Está bien -le dijo-. era siempre la de la juventud. . se las ve en todos los basureros. el portero detuvo al doctor cuando salía. La besó en la frente ligeramente húmeda. a pesar de sus treinta años y del sello de la enfermedad. muy bien. a causa. En una calle llegó a contar una docena de ratas tiradas sobre los restos de las legumbres y trapos sucios.¿Qué historia es esa de las ratas? .. Debían haberlas cogido con trampas muy fuertes. con colorete en las mejillas. . La sonrisa le acompañó hasta la puerta.Doctor -dijo. el vecino ha recogido tres. Cuando el doctor entró en su casa. Pero no pasó nada.Me siento muy bien -le dijo. El doctor le preguntó si había visto más ratas. se decidió a comenzar sus visitas por los barrios extremos. Rieux. Para Rieux. . Su mujer trajo una palangana. en traje de viaje.Arriba hay un telegrama para usted -le dijo el viejo Michel. de la sonrisa que disipaba todo el resto. Venía a ocuparse del hogar mientras durase la ausencia de la enferma. a la espera de que los culpables se delatasen con alguna burla. Las basuras se recogían por allí tarde y el auto. .Sí -dijo la mujer-. Le sonrió. se echaba hacia atrás esforzándose en su respiración pedregosa de viejo asmático.Duerme. si puedes -le dijo-. en una habitación que daba a la calle y que le servía al mismo tiempo de alcoba y de comedor. medio incorporado en su lecho. para decirle que algún bromista de mal género había puesto tres ratas muertas en medio del corredor. Encontró a su primer enfermo en la cama. 17 de abril. en la estación.Es necesario -dijo Rieux. En el momento en que llegaba el doctor.Todo esto es muy caro para nosotros. el enfermo. estoy al acecho y esos cochinos no se atreven. esa cara. donde habitaban sus clientes más pobres. mientras le ponían la inyección-. ¿no? . la enfermera había llegado ya. La enfermera vendrá a las once y os llevaré al tren a las doce. ¡es el hambre! Rieux comprobó en seguida que todo el barrio hablaba de las ratas. posiblemente. sobre la colcha. a lo largo de las calles rectas y polvorientas de aquel barrio. a las ocho. ¿ha visto usted cómo salen? . la instaló en el wagon-lit. El doctor miró aquel rostro vuelto hacia él a la luz de la lámpara de cabecera.Salen muchas. . . Era un viejo español de rostro duro y estragado. Cuando terminó sus visitas se volvió a casa. El telegrama anunciaba a Rieux la llegada de su madre al día siguiente. porque estaban llenas de sangre. dos cazuelas llenas de garbanzos. intrigado. rozaba las latas de detritos dejadas al borde de las aceras. Al día siguiente. El portero había permanecido largo rato a la puerta.¡Ah!. con las ratas colgando por las patas. no -dijo el portero-. Rieux vio a su mujer levantada. . Ella se quedó mirando el compartimiento.

El silbido de la locomotora llegó hasta ellos. el juez de instrucción.Por favor -le dijo-. . de expresión decidida y ojos claros e inteligentes. cuídate mucho. La llamó por su nombre y.Vete. Todo lo que recordaba de ese instante era un empleado de la estación que pasó llevando un cajón lleno de ratas muertas. del otro lado del cristal. no es preciso decirlo. vio que tenía la cara cubierta de lágrimas. antes de ir más lejos. Después se volvió para el otro lado y se puso a mirar por el cristal. Rieux hizo un movimiento en la dirección del tren. la sonrisa volvió. Después le dijo muy apresuradamente que tenía que perdonarle por no haberla cuidado más. Rambert llevaba un traje tipo sport y parecía encontrarse a gusto en la vida. la había tenido muy abandonada. largo y negro. Rieux recibió a un joven que le había dicho que había venido ya por la mañana y que era periodista. cuando se volvió. de hombros macizos. si el periodista podía decir la verdad. A la salida.Las ratas. La locomotora silbó. Pequeño.Evidentemente -dijo el otro.Sí -dijo ella. es cosa muy curiosa.Quiero decir que si puede usted manifestar una total reprobación. Pero quiso saber. recomenzaremos. Rieux le dijo que el estado no era bueno. no vio más que su sonrisa. Pero yo creo que para una reprobación total no habría .No sé. Pero ella ya no podía oírle. no es nada. pero al fin se volvió hacia la salida. Ella movía la cabeza como pidiéndole que se callase. Por la tarde de ese mismo día. un poco crispada.. La apretó contra su pecho y. todo saldrá bien. Ya pasará. Se llamaba Raymond Rambert. Respiró profundamente. . Rieux chocó con el señor Othon. semejando en parte a lo que antes se llamaba un hombre de mundo. . Bajo las lágrimas.. que llevaba a su niño de la mano. . y en parte a un sepulturero.Espero a la señora Othon que ha ido a saludar a mi familia. en el mismo andén. . El señor Othon. . En el andén las gentes se apresuraban y se atropellaban. Tenemos que recomenzar. al comienzo de la consulta. -Total.Sí -respondió-. .. -dijo el juez. Fue derecho a su objeto. . Estaba haciendo una información para un gran periódico de París sobre las condiciones de vida de los árabes y quería datos sobre su estado sanitario.No -le dijo dulcemente. ya en el andén.Cuando vuelvas todo saldrá mejor. El doctor le preguntó si se iba de viaje. pero él añadió: . respondió con voz amable pero breve: . con los ojos brillantes-.

Rieux le preguntó . . esto es asunto del portero. y sin embargo inclinado hacia sus semejantes y decidido. que le señalaba el nuevo hallazgo-. a rechazar la injusticia y las concesiones. ya inmóvil. El doctor le estrechó la mano y le dijo que se podría hacer un curioso reportaje sobre la cantidad de ratas muertas que se encontraban en la ciudad en aquel momento. levantándose. .fundamento. Parecía abatido y preocupado. pero ya va terminando por ser irritante. al salir a hacer nuevas visitas. doctor. pero que al hacerle esa pregunta sólo había querido saber si el testimonio de Rambert podía o no ser sin reservas. echándoselo hacia atrás.Ese es el lenguaje de Saint-Just -dijo el periodista. ya lo sé -dijo el viejo Michel a Rieux. Tarrou se pasó la mano por el pelo. Pero lo mismo pasa en las otras casas. no habría fundamento para una reprobación semejante. de rostro recio y demacrado. .Le agradezco a usted que tome así las cosas. . Se frotaba el cuello con un gesto maquinal. atravesado por espesas cejas. . sí.Sí -dijo-. Pero yo lo encuentro interesante. Rieux. Con suavidad Rieux le dijo que. perdone usted esta molestia. Jean Tarrou estaba fumando con aplicación un cigarrillo mientras contemplaba las últimas convulsiones de una rata que expiraba a sus pies en un escalón. . sólo en cierto sentido.¡Ah! -exclamó Rambert-. . sin cambiar de tono. adosado al muro junto a la entrada. así que no sustentaré el suyo con mis informaciones. por su parte. No habíamos visto nunca nada semejante. con una expresión de cansancio en su rostro. -Y sobre todo. A las cinco.Sí -dijo Rieux-. Se las encuentra ahora de dos en dos o de tres en tres.Yo no admito más que testimonios sin reservas. Rambert pareció impacientarse: . Justamente el doctor encontró al portero delante de la casa. le dijo buenos días y añadió que esta aparición de las ratas era cosa curiosa.Sí. miró otra vez la rata. miraba al doctor. sonriendo. positivamente interesante. de ordinario congestionado. esto es todo. doctor. El doctor lo acompañó hasta la puerta: . el doctor se cruzó en la escalera con un hombre más bien joven de silueta pesada. Ya lo había encontrado otras veces en casa de los bailarines españoles que vivían en el último piso. hundiendo el cuello entre los hombros. Rambert.Creo que lo comprendo -dijo al fin. eso me interesa.En cierto sentido. después sonrió a Rieux. yo le comprendo. Levantó sobre el doctor la mirada tranquila y un poco insistente de sus ojos grises. dijo que él no sabía nada de eso. pero que su lenguaje era el de un hombre cansado del mundo en que vivía. en efecto.

Su criada acababa de informarle que habían recogido varios cientos de ratas muertas en la gran fábrica donde trabajaba su marido. por todos los sitios que el doctor Rieux acababa de atravesar. Los basureros de las casas vecinas estaban llenos. Las ratas le habían sacudido y todo mejoraría cuando desaparecieran. -Eso siempre merece la pena -dijo Rieux. Nuestros conciudadanos. en las terrazas de los cafés a veces. en fin. en los patios de las escuelas.cómo se sentía. Venían también a morir aisladamente en los salones administrativos. Si crees que merece la pena. otras rígidas. Ensuciaban la plaza de armas. -Sí -dijo Mercier-. había oído hablar de ellas y en sus mismas oficinas habían encontrado una cincuentena. El portero no podía decir realmente que no se sintiese bien. dos coches del servicio tenían que llevar los bichos al departamento de incineración de la basura. -Me siento feliz de volver a verte. las ratas esperaban amontonadas en los basureros o alineadas en el arroyo. las ratas empezaron a salir para morir en grupos. La prensa de la tarde se ocupó del asunto desde ese día y preguntó si la municipalidad se proponía obrar o no. Lo único era que no estaba en caja. que traía a su madre de la estación. la situación se agravó. con una orden. Por la noche. los . las descubrían en los lugares más frecuentados de la ciudad. pero creía que el servicio de desratización debía intervenir. Rieux no podía juzgar. Era una mujercita de pelo plateado y ojos negros y dulces. puedo tratar de obtener una orden. Desde las cavidades del subsuelo. hinchadas y putrefactas. -Son cosas que pasan. desde las bodegas. Pues a partir del 18. La municipalidad no se había propuesto nada ni había tomado ninguna medida. con los bigotes todavía enhiestos. y qué medidas de urgencia había tomado para librar a su jurisdicción de esta invasión repugnante. Pero desde los barrios extremos hasta el centro de la ciudad. Una vez terminada la recolección. Al cuarto día. al amanecer. Pero al día siguiente. en todos los lugares donde se reunían nuestros conciudadanos. se las encontraba extendidas en el mismo arroyo con una pequeña flor de sangre en el hocico puntiagudo. Él asintió: verdad es que con ella todo parecía siempre fácil. En su opinión era cosa moral. estupefactos. para quemarlos. En la ciudad misma se las encontraba en pequeños montones en los descansillos o en los patios. las fábricas y los almacenes desbordaban. de centenares de cadáveres de ratas. La orden fue dada al servicio de desratización de recoger todas las mañanas. ¿Había oído hablar de aquellas ratas que salían a morir en gran número al aire libre? Mercier. Por la mañana. En algunos casos fue necesario ultimar a los animales cuya agonía era demasiado larga. El número de los roedores recogidos iba creciendo y la recolección era cada mañana más abundante. 18 de abril. girar sobre sí mismas y morir junto a los seres humanos. el director. en los suburbios. en efecto. Se preguntaba. en los corredores y callejones se oían distintamente sus grititos de agonía. Pero en los días que siguieron. pero empezó por reunirse en consejo para deliberar. una docena de ratas sembraban la escalera. La madre del doctor recibió la noticia sin asombrarse. si la cosa era seria. subían en largas filas titubeantes para venir a tambalearse a la luz. encontró a Michel con un aspecto todavía más desencajado: del sótano al tejado. eso las ratas no pueden impedirlo. Rieux telefoneó al servicio municipal de desratización. desde las alcantarillas. las ratas muertas. unas. Fue en ese momento más o menos cuando nuestros conciudadanos empezaron a inquietarse. el doctor. a cuyo director conocía. Bernard -le dijo-.

el empleado. He debido hacer algún esfuerzo. tan tranquila hasta entonces. El viejo Michel tenía los ojos relucientes y la respiración sibilante. Rieux lo había atendido gratuitamente. un jesuita erudito y militante con quien había hablado algunas veces y que era muy estimado en la ciudad. al día siguiente la agencia anunció que el fenómeno había cesado bruscamente y que el servicio de desratización no había recogido más que una cantidad insignificante de ratas muertas. y algunas gentes que tenían casas junto al mar hablaban de retirarse a ellas. -Acuéstese. Minutos más tarde llegaba a la puerta de una casa pequeña de la calle Faidherbe. alto y encorvado. con la cabeza inclinada. pero vivos dolores en el cuello. como un hombre de buena salud cuya sangre empezase de pronto a revolverse. ya sé que se acuerda usted de mí. Limpiada de animales muertos al amanecer. En medio de la escalera fría y maloliente vio a Joseph Grand. Era un antiguo cliente. de bigote amarillo. Los esperó.231 ratas recogidas y quemadas en el solo transcurso del día 25. Esta cifra que daba una idea justa del espectáculo cotidiano que la ciudad tenía ante sus ojos. vendré a verle por la tarde. Ahora ya se daban cuenta de que este fenómeno. que le llamaba. -Sí -decía-. el paseo de Front-de-Mer. tómese la temperatura. Rieux pensó en el portero y decidió ir a verlo después. Sólo el viejo español asmático seguía frotándose las manos y repitiendo: "Salen.000 ratas y la ansiedad llegó a su colmo. -Me están saliendo bultos. en su emisión radiofónica de informaciones gratuitas. la ciudad iba encontrándolos poco a poco cada vez más numerosos durante el día. -¡Oh! -dijo el padre-. Pero. debe de ser una epidemia -y sus ojos sonrieron detrás de las gafas redondas. Se pedían medidas radicales. que avanzaba penosamente. en las axilas y en las ingles le habían obligado a pedir ayuda al padre Paneloux. Se hubiera dicho que la tierra misma donde estaban plantadas nuestras casas se purgaba así de su carga de humores. Sin embargo. con una alegría senil. 6. investigaciones. en la actitud de un fantoche. El portero se fue. cuyo origen no se podía descubrir. empezaba a ser amenazador. Su voz era anhelante. pero se trata de otro. en un barrio extremo. Después del almuerzo Rieux estaba releyendo el telegrama del sanatorio que le anunciaba la llegada de su mujer cuando sonó el teléfono. En las aceras había sucedido a más de un paseante nocturno sentir bajo el pie la masa elástica de un cadáver aún reciente. vio venir por el extremo de la calle al portero.bulevares. cuando el doctor Rieux paraba su automóvil delante de la casa. El doctor sacó el brazo por la ventanilla y paseó los dedos por la base del cuello que Michel le mostraba: se le estaba formando allí una especie de nudo de madera. hombros estrechos y . Venga en seguida. empleado del Ayuntamiento. Rieux preguntó al padre Paneloux qué pensaba él de este asunto de las ratas. Las cosas fueron tan lejos que la agencia Ransdoc (informes. se acusaba a las autoridades. al mediodía. Ransdoc anunció una cosecha de cerca de 8. Había sufrido durante mucho tiempo de estrechez de la aorta y como era pobre. El 28 de abril. cuya amplitud no se podía precisar. incluso por los indiferentes en materia de religión. La ciudad respiró. salen". acrecentó la confusión. Hasta ese momento nadie se había quejado más que como de un accidente un poco repugnante. le ha ocurrido algo grave a un vecino mío. El viejo venía apoyado en el brazo de un cura que el doctor reconoció. los brazos y las piernas separados del cuerpo. Era el padre Paneloux. Puede imaginarse la estupefacción de nuestra pequeña ciudad. que dejaba subir a la superficie los forúnculos y linfas que la minaban interiormente. y conmocionada en pocos días. que salía a su encuentro. Era un hombre de unos cincuenta años. ese día mismo. documentación completa sobre cualquier asunto) anunció. No se sentía bien y había querido tomar un poco de aire.

Empujaron una puerta y se encontraron en una habitación clara. Cuando vi la inscripción creí que era una broma. se acercó a él. créame. En el segundo y último piso. entré. Dejemos eso por ahora. justamente... Y se dejó caer hacia atrás. que se atusaba el bigote desde hacía rato. -Vamos. -Le descolgué a tiempo -decía Grand. no. le aseguro. señor Cottard -le dijo-. atada al soporte de la lámpara. doctor -dijo el hombre. -Cálmese -dijo Rieux-. En los intervalos de la respiración le parecía oír grititos de ratas. yendo hacia Rieux-. Rieux leyó: "Entrad. Pensé que lo primero era. la mesa estaba apartada a un rincón. Pero la cuerda colgaba en el vacío. -Gracias. Grand. Yo volveré dentro de dos o tres días. Pero lanzó un gemido extraño y hasta siniestro. procure usted comprender. con voz entrecortada. En el descansillo le dijo a Grand que no tenía más remedio que hacer una declaración. y bajo ella había una silla derribada. El doctor se detuvo. un poco confuso: -No. El hombre no se había dejado caer de muy alto ni demasiado bruscamente. Pero en ese momento el enfermo se agitó incorporándose en la cama y asegurando que estaba bien y que no merecía la pena. En suma. -Entendido -le dijo-. Naturalmente. que había sido sólo un momento de locura y que lo único que quería era que le dejasen en paz. Rieux preguntó a Grand si había dado parte a la comisaría y el empleado dijo. La cuerda colgaba del techo. Rieux hizo una receta. -Ya está mejor -dijo. Podrían decir que el doctor es responsable. lloriqueando.. escrito sobre la puerta de la izquierda con tiza roja. Se rascaba la cabeza. que parecía siempre rebuscar las palabras aunque hablase el lenguaje más simple-. un poco de asfixia. y oí ruido dentro. Un hombrecito regordete estaba echado sobre una cama de bronce. y es necesario que haga una declaración.miembros ñacos. Pero Cottard dijo entre lágrimas que no lo repetiría. El doctor le puso una inyección de aceite alcanforado y dijo que mejoraría en pocos días. ya lo haré yo. pero no había nada por los rincones. pero creí que se iba. -¡Oh! -dijo el otro. Salía. Conozco el asunto. ¡Oh!. Si por casualidad le da a usted la idea de repetirlo. Rieux se acercó a la cama. las vértebras habían resistido. pero pobremente amueblada. Se sonó las narices." Entraron. -Naturalmente -atajó Rieux-. . Respiraba ruidosamente y los miraba con ojos congestionados. -Yo creo que la operación debe ser dolorosa.. Pero no haga usted tonterías. me he ahorcado. pero que iba a pedir al comisario que no hiciera su información hasta dos días después.

Abrasado por la trementina. -¿Anormalmente? -Bueno -dijo Richard-. el portero volvió a echarse. que permanecía mudo. La mujer estaba enloquecida. dos manchas negruzcas se extendían en un costado. de esta historia. pero él no prestaba mucha atención a los rumores del barrio. ¿Tiene familia? -Yo no le conozco ninguna. Ya en su casa. duros y nudosos al tacto. Los vendedores de periódicos voceaban que la invasión de ratas había sido detenida. Grand movía la cabeza. La boca pegajosa le obligaba a masticar las palabras y volvía hacia el doctor sus ojos desorbitados. . -No -decía Richard-. sí por cierto. En los corredores de la casa. La mujer miraba con ansiedad a Rieux. este cochino me quema. -Me quema -decía-. -¿Ninguna fiebre con inflamaciones locales? -¡Ah!. Después de grandes esfuerzos. ¿qué puede ser esto? -Puede ser cualquier cosa. -Tengo otras preocupaciones -dijo. quejándose de las ratas. El empleado no lo sabía. los ganglios del cuello y de los miembros se habían hinchado. Pero puedo velarlo yo mismo. dos casos con ganglios muy inflamados.. Rieux miró maquinalmente hacia los rincones y preguntó a Grand si las ratas habían desaparecido totalmente de su barrio. Por la noche el portero deliraba. ya sin aliento. Tenía prisa por ir a ver al portero antes de ponerse a escribir a su mujer. ¡cochinos!" Los ganglios seguían hinchándose. -Doctor -decía la mujer-. Se había hablado en efecto. -Tenga usted en cuenta que a él tampoco puedo decir que lo conozca. pero todavía no hay nada seguro. ya sabe usted. Pero Rieux encontró a su enfermo medio colgando de la cama. La temperatura llegaba a treinta y nueve con cinco. uno de los médicos más importantes de la ciudad.-Tendrían que vigilarlo esta noche. Hasta esta noche. Que beba mucho. lo normal. Rieux ensayó un absceso de fijación.. vomitando con gran desgarramiento una bilis rojiza en un cubo. con cuarenta grados. con una mano en el vientre y otra en el suelo. yo no he visto todavía nada extraordinario. Pero debemos ayudarnos unos a otros.y llámeme si fuese preciso. el portero gritaba: "¡Ah!. el portero estaba devorado por la sed. Rieux telefoneó a su colega Richard. Se quejaba de un dolor interior. dieta y depurativo. -Vélele usted -le dijo el médico. Justamente. Rieux le estrechó la mano. que el dolor de cabeza llenaba de lágrimas.

A primera vista se podría creer que Tarrou se las ingeniaba para contemplar las cosas y los seres con los gemelos al revés. los labios cerúleos. animado por una carta tranquilizadora de su mujer. Los ganglios del cuello estaban doloridos y el portero quería tener la cabeza lo más lejos posible del cuerpo. es necesario aislarse y proceder a un tratamiento de excepción. Traía un olor a flores que llegaba de los arrabales más lejanos. sin ser esclavo de ellos. Rieux mismo. antes de entrar en detalles sobre esos nuevos acontecimientos. La muerte del portero. el portero se ahogaba bajo una presión invisible. Los ruidos de la mañana en las calles parecían más vivos. relativamente más difícil. no es cierto. Sus apuntes. estaban en un error y sus ideas exigían ser revisadas. harto numerosos en nuestra ciudad. Aparentemente su situación era lo bastante desahogada como para vivir de sus rentas. Pero otros entre nuestros conciudadanos. como si quisiera que se cerrase sobre él o como si algo le llamase sin tregua desde el fondo de la tierra. en todo caso. Jean Tarrou. que parece obedecer a un plan preconcebido de insignificancia. el narrador cree de utilidad dar la opinión de otro testigo sobre el período que acaba de ser descrito. La mujer lloraba. en suma. el enfermo sonreía en su cama. De su boca tapizada de fungosidades. Dos horas después. el aliento irregular y débil. hecho un rebujón en el fondo de la camilla. En toda nuestra ciudad. empezaron. al fin. -¿Va mejor. ese día era. se había establecido en Oran semanas antes. 30 de abril. parecía ser amigo de todos los placeres normales. Verdoso. bajaba a casa del portero con ligereza. más alegres que de ordinario. Miraba a Rieux. que ya encontramos al comienzo de esta narración. en el que la sorpresa de los primeros tiempos se transformó poco a poco en pánico. Y. en suma. -¿No hay esperanza doctor? -Ha muerto dijo Rieux. no habían pensado nunca que nuestra ciudad pudiera ser un lugar particularmente indicado para que las ratas saliesen a morir al sol ni para que los porteros perecieran de enfermedades extrañas. todo él como claveteado por los ganglios. las costumbres habrían seguido prevaleciendo. Sin embargo. los párpados caídos. ahora se daban cuenta. siempre sonriente. y con él la reflexión. Fue a partir de ese momento cuando el miedo. se escapaban fragmentos de palabras: "¡Las ratas!". Se puede lamentar. constituyen también una especie de crónica de este período difícil. en efecto. y habitaba desde entonces en un gran hotel del centro. -Escúcheme -le dijo él-. marcó el fin de este período lleno de signos desconcertantes y el comienzo de otro. en convertirse en historiador de las cosas que no tenían historia. el doctor y la mujer se inclinaban sobre el enfermo. Afable. el único hábito que se le conocía era la frecuentación asidua de los bailarines españoles. Nuestros conciudadanos. Voy a telefonear al hospital y lo transportaremos en una ambulancia. En medio de la confusión general se esmeraba. En fin. nadie podía decir de dónde venía ni por qué estaba allí. y que no eran precisamente porteros ni pobres. una brisa ligera soplaba bajo un cielo azul y húmedo. -Hay que esperar un poco todavía. nadando con manifiesto placer. Se le encontraba en todos los lugares públicos: desde el comienzo de la primavera se le había visto mucho en las playas.Al día siguiente. desembarazada de la sorda aprensión en que había vivido durante una semana. en la ambulancia. Si todo hubiera quedado en eso. tuvieron que seguir la ruta que había abierto Michel. decía. sin . acaso porque la ciudad se había acostumbrado a él poco a poco. por la mañana la fiebre había descendido a treinta y ocho grados. doctor? -dijo la mujer. Pero son una crónica muy particular. Desde ese punto de vista. El enfermo deliraba sin parar y los vómitos recomenzaron. Pero al mediodía la fiebre subió de golpe a cuarenta. Pero. puede decirse. el día de la primavera. La mujer estaba sentada a los pies de la cama y por encima de la colcha sujetaba con sus manos los pies del enfermo.

El viejecito. Estaba en las agujas. -No. -¿Camps? ¿Uno alto con bigote negro? -Ése. No lo ha resistido.duda. no era fuerte. Además. un poco más tarde. sobre las casas deplorables y el trazado absurdo de la ciudad. Su cuarto daba a una pequeña calle trasversal donde había siempre gatos adormilados a la sombra de las tapias. pues se ha muerto. entonces escupía sobre los gatos con fuerza y precisión. inclusive. ese plan y sospechar que procede de cierta sequedad de corazón. a una de esas conversaciones concernientes a un tal Camps. Tarrou parecía además haber sido favorablemente impresionado por una escena que se desarrollaba con frecuencia en el balcón que quedaba en frente de su ventana. a la hora en que la ciudad entera estaba adormecida por el calor. El pelo blanco y bien peinado. -Y sin embargo. Siempre soplando en un cornetín. Él rompía pedacitos de papel sobre la calle y los animales. -¡Ah! Y ¿cuándo? -Después de lo de las ratas. Demuestran desde el principio una curiosa satisfacción por el hecho de encontrarse en una ciudad tan fea por sí misma. llamaba a los gatos con un "minino. reía. eso acaba a cualquiera. atraídos por esta lluvia de mariposas blancas. cuando se está enfermo no se debe soplar en un cornetín. -Bueno. -¡Ah! -concluyó el segundo-. pálidos de sueño. Las primeras notas tomadas por Jean Tarrou datan de su llegada a Oran. Si uno de sus escupitajos daba en el blanco. -¡Mira! ¿Y qué es lo que ha tenido? -No sé. después del almuerzo. Se encuentra en ellas la descripción detallada de los leones de bronce que adornan el Ayuntamiento. avanzaban hasta el centro de la calzada. animación e incluso placeres aparentaban ser regidos por las necesidades . del otro lado de la calle. Tarrou pone también en sus notas diálogos oídos en los tranvías y en las calles. parecía igual que todo el mundo. alargando la pata titubeante hacia los últimos trozos de papel. -Tú conociste a Camps -decía uno. minino" dulce y distante a un tiempo. salvo. Tarrou había asistido a una conversación entre dos cobradores de tranvías. consideraciones benévolas sobre la ausencia de árboles. impedirá que se juzgue a la ligera a este interesante personaje. un viejecito aparecía en un balcón. unas fiebres. Pero todos los días. era débil de pecho y tocaba en el Orfeón. Tarrou parecía haber sido definitivamente seducido por el carácter comercial de la ciudad. sin añadir comentario. Tras esas breves indicaciones Tarrou se preguntaba por qué Camps había entrado en el Orfeón en contra de sus intereses más evidentes y cuáles eran las razones profundas que le habían llevado a arriesgar la vida por los desfiles dominicales. sí. derecho y severo en su traje de corte militar. Ha tenido abscesos en los sobacos. sin decidirse a moverse. Pero no por ello sus apuntes dejan de ofrecer para una crónica de este período multitud de detalles secundarios que tienen su importancia y cuya extravagancia. -¡Ah!. Los gatos levantaban los ojos. En fin. cuyo aspecto.

Reconocí que eso era posible y me preguntó si no me inquietaba: "-Lo único que me interesa -le dije. Está menos bien peinado.' Le respondí que eso era cierto en el caso de los barcos. Dos o tres mujeres se apearon. después de haber relatado que el hallazgo de una rata muerta había llevado al cajero del hotel a cometer un error en su cuenta.es encontrar la paz interior. Ojitos redondos y duros. "Esta mañana. No hay gatos. He aquí. según él. se sienta él y los dos perritos de aguas pueden al fin posarse en sus sillas. Lo que él quería.. se aparta. Tarrou había añadido con una letra menos clara que de ordinario. escoger los itinerarios del tren más largos y menos cómodos y viajar de pie. dedica corteses maldades a la primera y frases definitivas a los herederos. Recuerdo que los míos las detestaban. En mi opinión no se puede pensar que los gatos coman ratas muertas. parecen tener carácter personal. Tiene la cabeza calva en el centro y dos tufos de pelo gris a derecha e izquierda. una nariz afilada y una boca horizontal le dan el aspecto de una lechuza bien educada. "Pregunta: ¿qué hacer para no perder el tiempo? Respuesta: sentirlo en toda su lentitud. "En la ciudad hoy se detuvo un tranvía porque se descubrió en él una rata muerta. 'Cuando las ratas dejan el barco. Se le ve inquieto. después de estar un rato en el balcón se fue para adentro. El padre es un hombre alto.. "En el hotel. el niño estaba muy excitado con la historia de las ratas. espera a que su mujer se coloque. Es difícil apreciar su significación y lo que pueda haber de serio en ellas. Esta singularidad (es el término empleado en los apuntes) tenía la aprobación de Tarrou y una de sus observaciones elogiosas llegaba a terminarse con la exclamación: "¡Al fin!" Estos son los únicos puntos en que las notas del viajero. y entonces entra. Sin embargo. llevando detrás a un niño y a una niña vestidos como dos perros sabios.del negocio. hacer la cola en las taquillas de los espectáculos. naturalmente. excitados por las ratas muertas que se descubren en gran número por las calles. Llegado a la mesa. las indicaciones dadas por Tarrou sobre la historia de las ratas: "Hoy el viejecito de enfrente está desconcertado. El tranvía partió. Quiso hablar de ello en la mesa. . la desgracia era imprevisible. que había llegado allí no se sabe cómo. Es así como. deja pasar a su mujer. Medios: pasarse los días en la antesala de un dentista en una silla inconfortable. "-Nicole. Pero había escupido una vez en el vacío. los apuntes comienzan una descripción detallada de los tranvías de nuestra ciudad. sin perder su puesto. Tiraron la rata. Le pregunté qué desgracia podía amenazarnos. etc… Pero inmediatamente después de estos juegos de lenguaje o de pensamiento. Han desaparecido. oír conferencias en una lengua que no se conoce. Pero eso no impide que corran a las bodegas y que el viejecito esté desconcertado. por la tarde. menuda como un ratoncito negro.. su color impreciso. vestido de negro. en todo caso. me ha dicho que él está viendo venir alguna desgracia con todas estas ratas muertas. su habitual suciedad y terminan estas consideraciones con un "'es notable" que no explica nada. menos vigoroso. que es un hombre digno de fe. No sabía. Habla de usted a su mujer y a sus hijos. vivir el domingo en el balcón. Pero a él no le hubiera extrañado que se tratara de un temblor de tierra. "En el comedor del hotel hay una familia muy interesante. está usted mostrándose soberanamente antipática. en efecto. delgado. el guardián nocturno. "Me comprendió perfectamente. con cuello duro. etc. pertenecientes a esta fecha. Llega siempre primero a la puerta del comedor. pero que todavía no se había comprobado en las ciudades. "Y la pequeña está a punto de llorar. su convicción es firme. de su forma de barquichuelo.

"-Su padre tiene razón -dijo el ratoncito negro. Para consolarle le dije: 'Pero todo el mundo está lo mismo.. su pelambre negra y sus trajes de tonos siempre oscuros.' "-Eso es -me respondió-." Las cifras de Tarrou eran exactas. reproducir el retrato del doctor Rieux por Tarrou. Una vez aislado el cuerpo del portero. ahora estamos también nosotros como todo el mundo. que de ordinario es muy variada. En adelante le prohíbo a usted pronunciar esa palabra. Talla mediana. "A pesar de este bello ejemplo se habla mucho de las ratas en la ciudad. Los ojos oscuros y rectos. había telefoneado a Richard para consultarle sobre esas fiebres inguinales. La encuesta le dio una veintena de casos semejantes en pocos . pero de cuando en cuando sube a la acera opuesta dando un saltito. La crónica local. El periódico se ocupa de ello. con apresuramiento." A partir de ese momento los apuntes de Tarrou empiezan a hablar un poco detalladamente de esta fiebre desconocida que inquieta a todos. Tarrou añadía que se podía citar una docena de casos de esta fiebre. que le van bien. -Yo no lo comprendo -había dicho Richard-. "Yo no había dicho nada que lo pareciese y además no soy fatalista. incluso después de haber dado vuelta. casi todos mortales. Tiene un poco el tipo de un campesino siciliano. ahora queda ocupada toda entera por una campaña contra la municipalidad. "Parece tener treinta y cinco años. Dos muertos. "-Pero. cortado muy corto. "-¡Ah! Ya veo. Espaldas anchas. Una camarera la ha tenido. Descubrir ratas en el ascensor de un hotel honorable le parece inconcebible. Llamó a algunos otros médicos. '¿Se han dado cuenta nuestros ediles del peligro que pueden significar los cadáveres putrefactos de esos roedores?' El director del hotel ya no puede hablar de otra cosa. la mandíbula saliente. en fin. El pelo negro. Es distraído manejando el coche y deja muchas veces las flechas de dirección levantadas. El señor es como yo."-No se habla de ratas en la mesa. con la desaparición de las ratas había vuelto a encontrar sus gatos y rectificaba pacientemente el tiro. "Anda deprisa. con su piel curtida. "Siempre sin sombrero. A juicio del narrador. El doctor Rieux sabía algo de eso. seguramente. Aires de hombre muy al tanto. no es contagiosa -dijo en seguida. El señor es fatalista. Le dije. "Él ha sido quien me ha hablado de los primeros casos de esta fiebre extraña que empieza a inquietar a la gente. "Los dos perritos metieron la nariz en su pastel y la lechuza dio las gracias con una inclinación de cabeza que no decía gran cosa. Uno en cuarenta y ocho horas. Señalando que el viejecito. La boca arqueada.. Philippe. Rostro casi rectangular. con los labios llenos y casi siempre cerrados. Baja de las aceras sin cambiar el paso. Pero es que está avergonzado. -Avíseme si tiene usted otros casos -dijo Rieux. Yo había dejado a uno de ellos por la mañana con todos los indicios de la convalecencia. A título de documento podemos. "Yo le dije que me daba igual. La nariz ancha es correcta. es muy fiel. otro en tres días.

es bueno para los bronquios. Sólo el viejo enfermo de Rieux triunfaba de su asma para alegrarse de ese tiempo. En medio de sus largos muros enjalbegados. dejando la puerta abierta. me han asegurado que es útil para conocer mejor el sentido de las palabras francesas. Grand parecía cansado y nervioso. por entre sus calles con escaparates polvorientos. creía que "él no estaba calificado". Se observaba sólo un estante de madera blanca con dos o tres diccionarios y un encerado donde se podían leer. ni más ni menos que una fiebre. Casi todos habían sido mortales. En la ciudad. -No puedo hacerlo -dijo Richard-. Hervía. Todo lo que podía hacer era hablar al prefecto. Todavía ciudad tenía fiebre. que era secretario del sindicato de médicos de Oran. Pero esta impresión le parecía irrazonada. al menos. Me preguntó para qué eran esas tizas de diferentes colores. Además. El empleado del Ayuntamiento ocupaba dos piezas amuebladas muy sumariamente. Así. pero que le suponía un pequeño capital. las palabras "avenidas floridas". el comisario no estaba allí todavía. Al día siguiente de la muerte del portero. Me sorprendió un poco. pero me pidió una tiza roja. Pidió entonces a Richard. Eran tizas rojas y azules. Según Grand. -No sé si Cottard comprendió bien. dolorosos para la vista. El mar incluso había perdido su azul profundo. La atribuía al enervamiento y a las preocupaciones de que estaba lleno y creía que necesitaba poner un poco de orden en sus ideas.días. ¿quién le asegura a usted que hay peligro de contagio? -Nadie me lo asegura. Cottard era un hombre raro. Copiaba con la tiza azul la parte de las palabras que cambia según las declinaciones y las conjugaciones y con la tiza roja la que no cambia nunca. Hace unos días dejé caer en el descansillo una caja de tizas que traía.. Se paseaba de un lado para otro abriendo y cerrando una gran carpeta llena de hojas manuscritas. se sentía uno como prisionero del cielo. El calor húmedo de la primavera hacía desear el ardor del verano. Pero mientras se hablaba se perdía el tiempo. en los tranvías de un amarillo sucio. Pero se había despertado por la mañana con dolor de cabeza e incapaz de la menor reacción. Grand esperaba en el rellano de la escalera y decidieron entrar primero en su cuarto. pero después de todo. escribía las palabras latinas en el encerado. grandes brumas cubrieron el cielo. Cuando llegó. Grand le había explicado entonces que estaba repasando un poco de latín. Yo no podía adivinar que iba a servirle para su proyecto. Cottard había pasado bien la noche. No había vuelto a estudiarlo desde el liceo. . Esta era. pero los síntomas son inquietantes. y solía decir: -Esto hierve. Un calor tormentoso siguió a aquellos bruscos chaparrones. la mañana en que iba hacia la calle Faidherbe para asistir a la información sobre la tentativa de suicidio de Cottard. en efecto. Harían falta medidas de la prefectura. pues. Durante mucho tiempo sus relaciones se habían limitado a un saludo en la escalera. la impresión que perseguía el doctor Rieux. apenas abierta hacia el mar. construida en forma de caracol sobre la meseta. Contó al doctor que él conocía poco a Cottard. -Sí -dijo el doctor-. que decidiese el aislamiento de los nuevos enfermos.. y bajo el cielo brumoso tomaba reflejos de plata o de acero. sin embargo. Richard. -No he tenido más que dos conversaciones con él. medio borradas. una pesadez tibia reinaba. En ese momento salía Cottard y me ayudó a recogerlas. Lluvias torrenciales y breves cayeron sobre la ciudad.

El comisario quiso ver al enfermo. -Tengo que hacerle comprender -dijo el comisario en tono irritado. Pero en ese momento llegó el comisario acompañado de su secretario y quiso primero oír la declaración de Grand. vestido solamente con un pijama de franela grisácea. ¿no? -Sí -dijo Rieux-. Hubo que detenerse sobre las palabras "contrariedades íntimas". Rieux dijo con impaciencia: -Yo tampoco la adoro. Le dije que se quedase con ella.que por el momento es usted el que turba la paz de los demás. Incluso en un momento empleó la expresión "resolución fatal".para pedirme fósforos. El comisario preguntó al empleado si Cottard no le había parecido raro. a un hombre que se ha ahorcado. Grand se volvió hacia Rieux y añadió. Cottard. -No se puede hacer nada a un enfermo. Se excusó diciendo que entre vecinos. Respondió solamente.. Se le leyó a Cottard la declaración de Grand y se le preguntó si podía precisar los motivos de su acto. -Me pareció raro verlo como deseoso de entablar conversación. que él detestaba a la policía. que "contrariedades íntimas era lo justo". Pero Rieux le hizo una seña y no pasó de allí. respondió que no y que lo único que quería era que lo dejaran en paz. doctor? Rieux lo consideró un momento y al fin le aseguró que no se trataba de nada de ese género y que. estaba incorporado en la cama y vuelto hacia la puerta con expresión de ansiedad. El comisario le preguntó si tenía intención de repetirlo. le llamaba siempre "el desesperado". -Es la policía. Pero Cottard respondió que era inútil. El comisario preguntó si no había habido nada en la actitud de Cottard que hiciese sospechar lo que él llamaba "su determinación". no se agite usted. -Ayer llamó a mi puerta -dijo Grand. Cottard se calló y el doctor fue hacia la puerta.Rieux preguntó cuál había sido el tema de la segunda conversación. -Figúrese -suspiró el comisario-. Pero Rieux creyó mejor prepararle primero. . Éste pareció tranquilizarse y Rieux hizo entrar al comisario. Después me aseguró que me devolvería la caja. con aire intimidado: -Un trabajo personal. Le di mi caja.. Cottard se animó. cuando hablaba de Cottard. Cuando entró en la habitación. él estaba allí para proteger a su enfermo. pero el hombrecillo volvió a llamarlo y le cogió las manos cuando estuvo junto a la cama. ¿no es cierto. Pero yo estaba trabajando. Se trata de responder pronto y claro a sus preguntas para terminar de una vez. El doctor observó que Grand. Dos o tres formalidades y lo dejaran en paz. Preguntó al doctor si la cosa era seria y Rieux dijo que no lo sabía. sin mirar al comisario. Discutieron sobre el motivo del suicidio y Grand se mostró siempre escrupuloso en el empleo de los términos. en todo caso. tenemos otras cosas puestas a la lumbre desde que se habla de esto de la fiebre.

-Sí. Castel -dijo Rieux-. -Sí. -Espero el resultado de los análisis. Rieux reflexionaba. usted sabe lo que es esto. -Ya sabe usted lo que van a responderme: "Ha desaparecido de los países templados desde hace años. Cuando volvió a su casa Rieux telefoneó al depósito de productos farmacéuticos de la localidad. aunque azul. Por la tarde de ese mismo día un vecino del viejo enfermo se quejaba de las ingles y vomitaba en medio de su delirio. Ha . En este punto de la narración que deja a Bernard Rieux detrás de una ventana se permitirá al narrador que justifique la incertidumbre y la sorpresa del doctor puesto que." Sí. -Naturalmente. Dos golpes de bisturí en cruz y los ganglios arrojaban una materia mezclada de sangre. pero parece que es la peste. un ganglio dejaba de supurar y después volvía a hincharse. Pero aparecían manchas en el vientre y en las piernas. Los ganglios eran mucho más gruesos que los del portero. Rieux. Rieux usted sabe tan bien como yo lo que es. Este fue el momento que escogió Castel. El cielo. Las plagas. Y además. La suma era aterradora. tan habladora en el asunto de las ratas. La prensa. Esperemos que hoy no sea más grave que entonces. Por la ventana de su despacho miraba el borde pedregoso del acantilado que encerraba a lo lejos la bahía. La palabra "peste" acababa de ser pronunciada por primera vez. Uno de ellos comenzó a supurar y pronto se abrió como un fruto maligno. Los enfermos sangraban. -Yo lo sé y no necesito análisis. todo el mundo sabe que ha desaparecido de Occidente." Y ya estaban llamándole en otros sitios para casos semejantes. en efecto. un colega de Rieux de mucha más edad que él para ir a verle.. Sus notas profesionales mencionan únicamente en esta fecha: "Respuesta negativa. -Bueno. Porque las ratas mueren en la calle y los hombres en sus cuartos y los periódicos sólo se ocupan de la calle. Pero es verdaderamente increíble. tenía un resplandor mortecino que se iba apagando a medida que avanzaba la tarde. Todo se ponía pegajoso a medida que avanzaba el día y Rieux sentía aumentar su aprensión a cada visita. Mientras cada médico no tuvo conocimiento más que de dos o tres casos nadie pensó en moverse. En unos cuantos días los casos mortales se multiplicaron y se hizo evidente para los que se ocupaban de este mal curioso que se trataba de una verdadera epidemia." -¿Qué quiere decir desaparecer? -respondió Rieux alzando los hombros. hace unos veintitantos años. con pequeños matices. como decía un colega: "Es imposible. Al fin. su reacción fue la misma que la de la mayor parte de nuestros conciudadanos. He hecho parte de mi carrera en China y he visto algunos casos en París.. eso es todo -dijo el comisario. bastó que a alguno se le ocurriese hacer la suma. era evidente. sin duda. La mayor parte de las veces el enfermo moría en medio de un olor espantoso. no decía nada. La opinión pública es sagrada: nada de pánico. descuartizados. excepto los muertos. Era el tiempo. y no olvide usted que todavía en París hace unos veinte años. Lo que pasa es que por el momento no se atreven a llamarlo por su nombre. es casi increíble. todo el mundo lo sabe. Pero la prefectura y la municipalidad empezaron a preguntarse qué había que hacer. Había que abrir los abscesos.-El tiempo. sobre todo nada de pánico. son una cosa común pero es difícil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza. Castel se levantó y fue hacia la puerta. Vamos.

a este respecto. una frase con la que terminaba en su manual la enumeración de los síntomas." Sí. pero eso no impide que dure. si una rata tiene treinta centímetros de largo.. planeando viajes y teniendo opiniones. y pensaban que todavía todo era posible para ellos. las ciudades chinas cuajadas de . y los humanistas en primer lugar. conducirlas a una playa de la ciudad y hacerlas morir en montón para ver las cosas claras.habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo. una frase le venía a la cabeza. cuando se es médico. Cuando estalla una guerra las gentes se dicen: "Esto no puede durar. sembrados a través de la historia. por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal.. la sed terrible. y además ¿quién conoce diez mil caras? Por lo demás. lo cual daba por supuesto que las plagas eran imposibles. el entorpecimiento. Pero no siempre pasa. y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan. La estupidez insiste siempre. Incluso después de haber reconocido el doctor Rieux delante de su amigo que un montón de enfermos dispersos por todas partes acababa de morir inesperadamente de la peste. uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo. tal era la cifra exacta. De un lado del cristal el fresco cielo de la primavera y del otro lado la palabra que todavía resonaba en la habitación: la peste. se tiene formada una idea de lo que es el dolor y la imaginación no falta. eran lo bastante impacientes para hacer ese movimiento que las precipitaba. cuarenta mil ratas puestas una detrás de otra harían. porque no han tomado precauciones. "El pulso se hace filiforme y la muerte acaece por cualquier movimiento insignificante. los bubones. Reunir a las gentes a la salida de cinco cines. El doctor Rieux estaba desprevenido como lo estaban nuestros ciudadanos y por esto hay que comprender sus dudas. Continuaban haciendo negocios. indeciso entre la inquietud y la confianza. Pero el doctor se impacientaba. dicho de otro modo. ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir. la boca sucia. Esto es lo que hay que hacer. Había que atenerse a lo que se sabía. es un mal sueño que tiene que pasar. Ciertas cifras flotaban en su recuerdo y se decía que la treintena de grandes pestes que la historia ha conocido había causado cerca de cien millones de muertos. Procuraba reunir en su memoria todo lo que sabía sobre esta enfermedad. Atenas apestada y abandonada por los pájaros. Era preciso no abandonarse a estas cosas. el delirio. Además habría que poner algunas caras conocidas por encima de ese amontonamiento anónimo. pensaban en ellos mismos. eso es todo. La palabra no contenía sólo lo que la ciencia quería poner en ella. no son más que humo en la imaginación. el peligro seguía siendo irreal para él. Simplemente. Y además un hombre muerto solamente tiene peso cuando le ha visto uno muerto. se olvidaban de ser modestos. Pero ¿qué son cien millones de muertos? Cuando se ha hecho la guerra apenas sabe ya nadie lo que es un muerto. los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas. Al final de todo eso. Una tranquilidad tan pacífica y tan indiferente negaba casi sin esfuerzo las antiguas imágenes de la plaga. es demasiado estúpido. El doctor seguía mirando por la ventana. En Cantón hace setenta años cuarenta mil ratas murieron de la peste antes de que la plaga se interesase por los habitantes. feliz. Diez mil muertos hacen cinco veces el público de un gran cine. las manchas en el cuerpo. pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas. Y sin embargo." Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida. en suma. esas gentes como Procopio no sabían contar. al final de todo esto se estaba como pendiente de un hilo y las tres cuartas partes de la gente. Mirando por la ventana su ciudad que no había cambiado. Unos cuantos casos no hacen una epidemia. sino una larga serie de imágenes extraordinarias que no concordaban con esta ciudad amarilla y gris. si es posible que algo sea feliz y apagado. más zumbadora que ruidosa. eran humanidad: no creían en las plagas. moderadamente animada a aquella hora. Pero en 1871 no hubo manera de contar las ratas. Se hizo un cálculo aproximado. eran como todo el mundo. con probabilidades de error. Nuestros conciudadanos. bastaría tomar precauciones. Nuestros conciudadanos no eran más culpables que otros. La plaga no está hecha a la medida del hombre.. El doctor recordaba la peste de Constantinopla que según Procopio había hecho diez mil víctimas en un día. es cosa sabida. los ojos enrojecidos. Por esto hay que comprender también que se callara. el desgarramiento interior y al final de todo eso. cien millones de cadáveres. Pero naturalmente esto es imposible de realizar.. la postración. los dolores de cabeza. apenas si el doctor sentía nacer en él ese ligero descorazonamiento ante el porvenir que se llama inquietud.

no le serviría para nada saberlo. Pero este vértigo no se sostenía ante la razón. No. Jaffa y sus odiosos mendigos. pero ¿cuál es su nombre? -No puedo decírselo. Rieux espantó todas estas ideas. en el trabajo de todos los días. los enfermos sacados con ganchos. al final del mortecino marco de las casas. -Sí. En seguida la peste se detendría. y esto era lo más probable. había accedido a llevar él mismo una copia de sus resultados a casa de Rieux. es posible que haya que decidirse a llamar a esta enfermedad por su nombre. no había que detenerse en ello. las cópulas de los vivos en los cementerios de Milán. De un taller vecino subía el silbido breve e insistente de una sierra mecánica. pues. Y el doctor Rieux que miraba el golfo pensaba en aquellas piras. -Las cifras suben. Grand explicó que Cottard había puesto empeño en venir a dar las gracias al doctor y a excusarse por las molestias que le había ocasionado. Se podía imaginar las hogueras enrojecidas ante el agua tranquila y sombría. los presidiarios de Marsella apilando en los hoyos los cuerpos que caían. Era cierto que la palabra "peste" había sido pronunciada. El empleado blandió una hoja de papel. atestiguaba todo lo que hay de inquietante y sin posible reposo en el mundo. -Bueno -dijo Rieux-. el carnaval de los médicos enmascarados durante la Peste negra. por otra parte. Hasta el presente hemos estado dándole vueltas. todo iría bien. Pero. Sólo el mar. Si se detuviese. si no había medio de arreglarse para vencerla primero. se la vencería después. las carretas de muertos en el Londres aterrado.. El doctor abrió la ventana y el ruido de la ciudad se agigantó de pronto. En el caso contrario se sabía lo que era y. El doctor vio entrar a Grand con su vecino Cottard. Llevaban durante la noche a los muertos pero faltaba sitio y los vivos luchaban a golpes con las antorchas para depositar en las piras a los que les habían sido queridos. podía detenerse. Pero vengan ustedes conmigo. los combates de antorchas en medio de la noche crepitante de centellas y de espesos vapores ponzoñosos subiendo hacia el cielo expectante. espantar al fin las sombras inútiles y tomar las medidas convenientes. Del otro lado del cristal el timbre de un tranvía invisible resonaba de pronto y refutaba en un segundo la crueldad del dolor. Lo que había que hacer era reconocer claramente lo que debía ser reconocido. sosteniendo batallas sangrientas antes de abandonar los cadáveres. Lo esencial era hacer bien su oficio. Allí estaba lo cierto. naturalmente servicial. porque la peste o no se la imagina o se la imagina falsamente. que los atenienses heridos por la enfermedad levantaban delante del mar.. era cierto que en aquel mismo minuto la plaga sacudía y arrojaba por tierra a una o dos víctimas. Pero Rieux miraba la hoja de la estadística. Hay que llamar a las cosas por su nombre. doctor -anunció-: once muertos en cuarenta y ocho horas. sí -dijo Grand bajando la escalera detrás del doctor. y las noches y días henchidos por todas partes del grito interminable de los hombres. ¡y qué!. y. El resto estaba pendiente de hilos y movimientos insignificantes. . la construcción en Provenza del gran muro que debía detener el viento furioso de la peste. todo esto no era todavía suficientemente fuerte para matar la paz de ese día. Rieux saludó a Cottard y le preguntó cómo se encontraba. Aunque era empleado del Ayuntamiento y desempeñaba tareas muy diversas se le ocupaba periódicamente en el servicio de estadísticas del gobierno civil. estaba obligado a hacer las sumas de las defunciones y. Así. tengo que ir al laboratorio.agonizantes silenciosos. los lechos húmedos y podridos pegados a la tierra removida del hospital de Constantinopla. El doctor Rieux estaba en este punto de sus reflexiones cuando le anunciaron a Joseph Grand. Se podía temer. de que habla Lucrecio.

A primera vista.. Y al seguir pensando en ello. Este era en efecto lo que declaraba en el formulario de empleo a continuación de la palabra "categoría". Joseph Grand no era más que el pequeño empleado de ayuntamiento que su aspecto delataba. "Es del género de hombres que quedan a salvo en estos casos. no se le puede sacar de su casa después de la cena. Y Rieux comprendió muy vagamente que se trataba de algo sobre el desarrollo de una personalidad. le dijo que él tenía que ir al día siguiente a su barrio y que pasaría por su casa después de almorzar. un olor a sótano y a humo. por hablar-. y ¿avanza mucho? -Después de los años que trabajo en ello. haciéndose la ilusión de que así le durarían más. En la puerta del laboratorio Cottard dijo al doctor que quería hablar con él para pedirle un consejo. le invitó a ir a su consultorio más tarde.-Ya ve usted -sonrió el empleado-. Aunque en cierto sentido no hay gran progreso. Grand respondió que no: trabajaba para sí mismo. o a reunir para algún joven escribiente los elementos de una información concerniente a la nueva ley sobre la recolección de las basuras caseras. no es tan fácil. que sin duda no iba a ser seria. Si se añade a este retrato un modo de andar de seminarista. El crepúsculo fugitivo de nuestro país retrocedía ya ante la noche y las primeras estrellas aparecían en el horizonte. Se dirigieron a la plaza de Armas. pero tengo que tomar el tranvía. Como dicen en mi país: "No hay que dejar para mañana. forzosamente. en cambio había perdido todos los superiores. Su sonrisa. -¡Ah! -dijo Rieux. flaco. Unos segundos más tarde. ¿de qué se trata? -dijo el doctor parándose. y no de aquélla. ajustándose el sombrero redondo sobre sus grandes orejas. Pero el empleado los dejó tomando el bulevar de la Marne." Rieux había notado cierta manía que tenía Grand. de invocar las locuciones de su país y añadirles fórmulas triviales que no eran de ningún sitio. se reconocerá que sólo se le podía imaginar delante de una mesa de escritorio. Hasta para un espíritu poco advertido tenía el aire de haber sido puesto en el mundo para ejercer las funciones discretas pero indispensables del auxiliar municipal. Grand farfulló algo. aplicado a revisar las tarifas de las casas de baños de la ciudad. bajo los focos. que le levantaba el labio de arriba. como "un tiempo de ensueño" o "un alumbrado mágico". Luego. Rieux preguntó a Cottard si trabajaba en el Ayuntamiento. Lo imaginaba en medio de una peste. Conservaba todavía la mayor parte de los dientes de la encía inferior. un arte especial de rozar los muros y de deslizarse por entre las puertas. todavía neto. con un pasito apresurado." Se acordaba de haber leído que la peste respetaba las constituciones débiles y destruía las vigorosas. y el ruido de las conversaciones pareció subir de tono. temporario. en resumen. el doctor se dio cuenta de que seguía pensando en Grand. -Perdóneme -dijo Grand al llegar al ángulo de la plaza-.. -Pero. con sesenta y dos francos treinta céntimos al día. el doctor llegó a la conclusión de que en el empleado había un cierto aire de misterio. flotaba en sus trajes que escogía siempre demasiado grandes. que no dejaba de tocar en su bolsillo la hoja de las estadísticas. Rieux. Cottard iba callado. hacía enseñar una boca llena de sombra. Cuando dejó a Cottard. las luces de las calles en lo alto oscurecieron todo el cielo al encenderse. pero. con todos los modales distintivos de la insignificancia. Cuando veintidós años antes había tenido que abandonar su licenciatura por falta . cambiando de opinión. -¡Ah! -dijo Cottard-. Las calles empezaban a llenarse de gente. Alto. en efecto. nacido en Montélimar. sino en medio de una de las grandes pestes de la historia. Mis noches son sagradas.

en consecuencia. Por otra parte se negaba a usar los términos "benevolencia". Así. En fin. Por lo demás. Y aquí estriba la originalidad de Grand o por lo menos uno de sus rasgos. el cual afirmaba con energía que. En cierto sentido se puede decir que su vida era ejemplar. de los cuales no estaba muy cierto. lo llevaría a un "ascenso" rápido. a pesar de algunos aumentos generales. muertos cuando él era todavía muy joven. Él lo afirmaba con una sonrisa melancólica. la vida había aumentado en proporciones desmesuradas y el sueldo de Grand. el jefe del negociado que le había dado el empleo había muerto hacía tiempo y él había permanecido allí sin recordar los términos exactos de la promesa que le había sido hecha. una capacidad de bondad y de adhesión que poca gente confiesa hoy día. según decía al doctor Rieux. por no encontrar la palabra justa nuestro conciudadano había continuado ejerciendo sus oscuras funciones hasta una edad bastante avanzada. en efecto. Era uno de esos hombres. sobre la cual no estaba muy seguro. Esta particularidad era en efecto la que le impedía escribir la carta de reclamaciones que estaba siempre meditando o hacer la gestión que las circunstancias exigían.de dinero. En resumen. esta dificultad había constituido su mayor preocupación. había sido por razones honorables y. a los que no les falta nunca el valor para tener buenos sentimientos. Ciertamente. Si había aceptado la oferta que se le había hecho. aquella tarde. la posibilidad de entregarse sin remordimiento a sus ocupaciones favoritas. le entristecía. era todavía irrisorio. al verle marchar comprendió de pronto lo que Grand había querido decir: debía de estar escribiendo un libro o algo parecido. no era la ambición lo que impulsaba a obrar a Joseph Grand. tan escasos en nuestra ciudad como en cualquier otra. Finalmente. Pero la perspectiva de una vida material asegurada por medios honestos y. por fidelidad a un ideal. nunca se había visto a nadie morir de hambre. siempre. en fin de cuentas (insistiendo en esta palabra que era la de más peso en todo el discurso). Pero para evocar estas emociones tan simples cada palabra le costaba un trabajo infinito. Lo poco que manifestaba de sí mismo atestiguaba. Pero. No se avergonzaba de declarar que quería mucho a sus sobrinos y a su hermana. pero no alcanzaba a comprender . Reconocía que el recuerdo de sus padres. Así. primeramente. Esta particularidad era lo que retrataba mejor a nuestro conciudadano. únicos parientes que conservaba y a quienes iba a visitar a Francia cada dos años. poderoso industrial de nuestra ciudad. como Rieux pudo observar. esto es lo que le habían asegurado. pues. según le habían prometido. Joseph Grand no encontraba las palabras adecuadas. Hubiera podido hacer valer. si no sus derechos. Se había quejado a Rieux alguna vez pero nadie se daba por aludido. Según él. El doctor. y sobre todo. Hacía muchos años que este estado de cosas provisorio duraba. había aceptado este empleo que. no podía menos de llegar a un puesto de escribiente que le permitiese vivir con holgura. La vida casi ascética que llevaba Joseph Grand le había. le sonreía mucho. pues. doctor." Hablaba de esto a Rieux cada vez que lo encontraba. puesto que no tenía más que adaptar sus necesidades a sus recursos. quisiera aprender a expresarme. "gratitud". "solicitar". No se negaba a admitir que adoraba sobremanera cierta campana de su barrio que sonaba dulcemente a eso de las cinco de la tarde. que parecía significar que él reclamaba lo que se le debía y en consecuencia revestiría un carácter de atrevimiento poco compatible con la modestia de las funciones que desempeñaba. Ya en el laboratorio todo esto tranquilizaba a Rieux. En vista de esto reconocía la justeza de una de las frases favoritas del alcalde. Se trataba solamente de dar durante un cierto tiempo pruebas de su competencia en las cuestiones delicadas que planteaba la administración de nuestra ciudad. en efecto. porque no los estimaba compatibles con su dignidad personal. Sabía que esta impresión era estúpida. y la palabra "promesa". seguía buscando sus palabras. permítase decirlo. sentía un particular impedimento al emplear la palabra "derecho". liberado de toda preocupación de este orden. con la práctica se había dado cuenta de que su vida material estaba asegurada. por lo menos las seguridades que le habían dado. "¡Ah!.

He podido verificar análisis en los que el laboratorio cree reconocer el microbio rechoncho de la peste. El prefecto estuvo amable. La cuestión era solamente saber las medidas que había que tomar. son siempre peligrosas. en su opinión. pero nervioso.es capaz en tres días de . Richard declaró que. Como Rieux callaba le preguntaron su opinión. las habladurías lo exageran todo. Después. El prefecto me ha dicho: "Obremos rápido. Richard subrayó que esto autorizaba las dudas y que había que esperar por lo menos el resultado estadístico de la serie de análisis comenzada hacía días. agitado. -Lo importante -dijo Castel." Por otra parte. las hipótesis. Más exactamente.que la peste pudiera instalarse verdaderamente en una ciudad donde podía haber funcionarios modestos que cultivaban manías honorables. está persuadido de que es una falsa alarma.es saber si se trata o no de la peste. esto era todo lo que podía decir. -La cuestión -dijo brutalmente el viejo Castel. lo importante es que obligue a reflexionar. Hay que hacerlo traer de París. prácticamente. Al día siguiente. pero que. pero en silencio. bien quisiera admitir que no fuera la peste. que se mordisqueaba tranquilamente el bigote amarillento. declaró que en todo caso esa no era una manera de razonar. ¿Debo resumir la situación? Richard creía que esto no era necesario. -Se trata de una fiebre de carácter tifoideo. paseando una mirada benévola sobre los asistentes. pero acompañada de bubones y de vómitos. -Comencemos por el principio. levantó hacia Rieux sus ojos claros. Los médicos conocían la situación. -Ya he telegrafiado -respondió Rieux. no podía imaginar el lugar que ocuparían esas manías en medio de la peste y por lo tanto le parecía que.que el departamento no tiene suero? -Ya lo sé. reconocerlo oficialmente. gracias a una insistencia que todos consideraban fuera de lugar. El viejo doctor Castel. en verdad. en la ciencia como en la vida. Los otros parecieron dudar. la peste no tenía porvenir entre nuestros conciudadanos. Dos o tres médicos lanzaron exclamaciones. Para ser exacto. -Es cierto que la población se inquieta -había reconocido Richard-. El prefecto. -Cuando un microbio -dijo Rieux después de un corto silencio. -¿Sabe usted -le dijo el prefecto. obligaría a tomar medidas implacables. hizo notar que él sabía bien que era la peste. Sabía que era esto lo que hacía retroceder a sus colegas y. En cuanto al prefecto. hay que añadir sin embargo. Rieux obtuvo de la prefectura que se convocase a una comisión sanitaria. se sobresaltó y se volvió maquinalmente hacia la puerta como para comprobar si sus hojas habían podido impedir que esta enormidad se difundiera por los pasillos. -Tengo la esperanza de que no sea cosa muy larga. Bernard Rieux se fue con su coche a la prefectura.no es que esta manera de razonar sea o no buena. señores -dijo-. en consecuencia. Además. no había que ceder al pánico: se trataba de una fiebre con complicaciones inguinales. El director ha caído de las nubes. que ciertas modalidades específicas del microbio no coinciden con la descripción clásica. He telefoneado al depósito.

las fiebres delirantes. No es una cuestión de vocabulario: es una cuestión de tiempo. -Si no lo reconocemos -dijo Rieux-. -Pero otros han muerto -hizo observar Rieux-. pero yo necesito que reconozcan que se trata de una epidemia de peste. fatales en cuarenta y ocho horas. dígame usted lo que piensa. nos exponemos igualmente a que mate a la mitad de la población. Rieux respondió que él no había descrito un síndrome. y justamente nuestras instituciones han nombrado un prefecto para arreglar esas cosas. en efecto. Digamos solamente que no debemos obrar como si . pues si lo fuera tendríamos una multiplicación matemática infinita y un despoblamiento fulminante. -Sin duda -dijo el prefecto-. Y es sabido que el contagio no es nunca absoluto. -La verdad es que nuestro colega cree en la peste. -La cuestión -insistía Rieux. No se trata de ver las cosas negras. Y lo que había visto eran los bubones. Richard creía que no había que ver las cosas demasiado negras y que el contagio. -¿Es esta su opinión. Los médicos se consultaron unos a otros y Richard acabó por decir: -Entonces es necesario que tomemos la responsabilidad de obrar como si la enfermedad fuera una peste.sería entonces que. -Si es absolutamente necesario que yo tenga una opinión. -Su opinión -dijo el prefecto. Richard resumía la situación haciendo notar que para detener esta enfermedad. El resto. incluso si no se tratase de la peste. esa es. las medidas profilácticas indicadas en tiempo de peste se deberían aplicar. Su descripción del síndrome lo prueba. de dar a los ganglios mesentéricos el volumen de una naranja y la consistencia de la papilla no creo que estén autorizadas las dudas.cuadruplicar el volumen del bazo. ¿Tiene usted la seguridad de que se trata de la peste? -Plantea usted mal el problema. que para hacer esto habría que reconocer oficialmente que se trataba de la peste. La fórmula fue calurosamente aprobada. si no se detenía por sí misma. Richard intervino con cierta nerviosidad. -Sinceramente. por otra parte. las manchas. Se trata de tomar precauciones. que la certeza no era absoluta todavía y que en consecuencia ello exigía reflexión. ¿Se atrevería el doctor Richard a tomar la responsabilidad de afirmar que la epidemia iba a detenerse sin medidas profilácticas rigurosas? Richard titubeó y miró a Rieux.no es saber si las medidas previstas por la ley son graves sino si son necesarias para impedir que muera la mitad de la población. es asunto de la administración. no estaba comprobado puesto que los parientes de sus enfermos estaban aún indemnes. querido colega? -La fórmula me es indiferente -dijo Rieux-. había descrito lo que había visto. había que aplicar las graves medidas de profilaxis previstas por la ley.

-Bien hecho -dijo Grand-. Recomendaba a los habitantes la limpieza más extremada e invitaba. Era un hombre reconcentrado y silencioso que tenía un poco el aire del jabalí. a los que tuvieran parásitos a presentarse en los dispensarios municipales. la frecuentación de un restaurante modesto y algunas salidas bastante misteriosas: eso era toda la vida de Cottard. Oficialmente. en el arrabal que olía a frituras y a orinas le imploraba una mujer. las familias deberían declarar los casos diagnosticados por el médico y consentir que sus enfermos fueran aislados en las salas especiales del hospital. -¿Antes no lo era? Grand titubeó. Al día siguiente de la conferencia. Sin embargo. -Sí -dijo Rieux-. ya sé. Por la noche. Era difícil tomar este anuncio como prueba de que las autoridades miraban la situación cara a cara. por otra parte. -¿En qué? -Se ha vuelto muy cortés. La víspera. le hará usted mucho bien porque lo encuentro cambiado. Algunos artículos suplementarios sometían a la desinfección obligatoria el cuarto del enfermo y el vehículo de transporte. Las medidas no eran draconianas y parecían haber sacrificado mucho al deseo de no inquietar a la opinión pública. En medio de la irritación general Rieux se fue. Estos casos no eran aún bastante característicos para resultar realmente alarmantes y nadie dudaba que la población sabría conservar su sangre fría.la mitad de la población no estuviese amenazada de muerte. según Grand. era representante de vinos y licores. el prefecto tomaba algunas medidas preventivas. las cifras suben. que lo esperaba. de la que todavía no se podía decir si era contagiosa. una docena de enfermos había sucumbido en la ciudad. Poco después. al otro día Rieux pudo leer pequeños carteles blancos que la prefectura había hecho pegar rápidamente en las esquinas más discretas de la ciudad. Todo esto. El doctor Rieux se volvió bruscamente después de leer el cartel y tomó el camino de su consultorio. y con un propósito de prudencia que debía ser comprendido por todo el mundo. En todo caso. De tarde en tarde recibía la visita de dos o tres hombres que debían ser sus clientes. El doctor dijo a Grand que le vería probablemente por la tarde porque iba a hacer una visita a Cottard. No podía decir que Cottard fuera descortés. estaban equipadas para cuidar a los enfermos en un mínimum de tiempo posible y con el máximum de probabilidades de curación. Joseph Grand. pero bajo una forma benigna. En cuanto al resto se limitaban a recomendar a los que rodeaban al enfermo que se sometieran a una vigilancia sanitaria. levantó otra vez los brazos al verle entrar. Su cuarto. gritando como el perro que aúlla a la muerte. puesto que se contentaron con hacer algunas alusiones. el prefecto no dudaba un instante de la adhesión con que el vecindario colaboraría en su esfuerzo personal. El exordio anunciaba. porque entonces lo estará. Llegó a aparecer en los periódicos. que unos cuantos casos de cierta fiebre maligna. había cambiado mucho. la fiebre dio un pequeño salto. habían hecho su aparición en la ciudad de Oran. Además. Casi siempre el representante vivía solitario y desconfiado. en efecto. la expresión no sería justa. Estas salas. . en fin. con las ingles ensangrentadas. En consecuencia. algunas veces iba al cine que estaba enfrente de su casa. El cartel anunciaba después medidas de conjunto. El empleado había notado incluso que Cottard parecía tener preferencias por los films de gangsters. entre ellas una desratización científica por inyección de gases tóxicos en las alcantarillas y una vigilancia estrecha de los alimentos en contacto con el agua.

podría ser testigo. que quiere que estén de su parte. Cottard había llevado a Grand a restaurantes y cafés lujosos de la ciudad. -Está con los otros. Cottard parecía muy sensible a las amabilidades con que le pagaban. Su frase favorita: "Los grandes se comen siempre a los pequeños" lo probaba. -¿Qué otros? -Todos los otros. Grand había notado las atenciones especiales del personal para con el representante y había comprendido la razón observando las propinas excesivas que aquél dejaba. este canalla -repetía. -Esa vendedora de tabaco -decía Grand. tanto interés en escuchar a los vendedores de tabaco. -¿Testigo de qué? Cottard había titubeado. Por otra parte. procuraba hacerse simpático. Pero en el momento en que Grand salía le dijo: -Envíele doscientos francos. -Se está bien aquí -decía-. Grand y la vendedora habían quedado boquiabiertos. tenía ataques de mal humor. Un día en que el encargado le había acompañado a la puerta y ayudado a ponerse el abrigo. Se lo he dicho a Cottard y me ha respondido que estoy en un error. me interesa. Dos o tres veces.-No sé cómo decir. Cottard había dicho a Grand: -Es un buen muchacho. me invita a salir con él y yo no sé a veces negarme. la gente decente respiraría. Pero desde hacía cierto tiempo no compraba más que el periódico moderado de Oran y era inevitable sospechar que incluso ponía cierta ostentación en leerlo en los sitios públicos. Todavía podía Grand señalar a Rieux otros cambios en el carácter de Cottard. días después de levantarse.es una víbora. Pero había tenido que interrumpirse en vista de la agitación súbita de Cottard que se había echado a la calle sin decir una palabra. de que yo no soy una mala persona. Él se había dedicado a frecuentarlos. Este último había sido siempre de opiniones muy liberales. Igualmente. En medio de una conversación. Me habla frecuentemente. Siempre cree que yo no pienso jamás . viendo que Grand iba al correo le rogó que le pusiera un giro de cien francos que enviaba todos los meses a una hermana que vivía lejos. será una sorpresa agradable. sabe usted. Un día en que el tendero se había mostrado menos amable había vuelto a su casa en un estado de furor desmedido. Se trataba de un joven empleado que había matado a un árabe en una playa. -Si metieran en la cárcel a toda esa chusma -había dicho la vendedora-. pero tengo la impresión. en fin. que tiene buenas cualidades que es preciso saber encontrarle. y sobre todo. Después de su tentativa de suicidio Cottard no había vuelto a recibir visitas. le he salvado la vida. y además se está en buena compañía. En la calle. con los proveedores. -¡En fin!. la vendedora había hablado de un proceso reciente que había hecho mucho ruido en Argel. Grand había incluso asistido a una escena curiosa con la vendedora de tabaco. Por otra parte. Nadie había puesto tanta dulzura al hablar a los tenderos. de que procura reconciliarse con las gentes.

O acaso tiene miedo de la fiebre. Durante todo el día el doctor siguió sintiendo aquella especie de vértigo que le acometía cada vez que pensaba en la peste. Rieux le preguntó cómo iba. eso todo el mundo lo sabe.en ella. Cottard refunfuñó que iba bien y que iría mejor si pudiera estar seguro de que nadie se ocupara de él. Él también. Esto a Rieux le parecía estúpido. -¿Por qué? -había preguntado Grand. un día había tenido con Grand una conversación curiosa. Se le toleran muchas cosas. Grand respondió: -No lo creo. reflexionando. usted hace un libro. Como decía el comisario. -Por lo menos usted lo supone. Después de almorzar Rieux tuvo una conferencia con Castel. Pero la tarde estaba cayendo y. -Vamos -dijo Rieux a Grand (era la mañana en que habían aparecido los carteles)-.. los sueros no llegaban. el doctor encontró a Cottard ante la mesa del comedor. debía de ser difícil leer en la oscuridad creciente. pero le llevó a recordar que le había prometido una visita. Entró dos veces en los cafés que estaban más llenos de gente. -Por otra parte -preguntaba Rieux-. en verdad. El doctor levantó los hombros. pero la verdad es que la quiero mucho. Estos animales tienen siempre un aspecto original. -Bueno. Pero en el fondo todos son los mismos. Pero el mundo está en lo mismo. Rieux esperó que fuera posible hacerse entender y después le preguntó su opinión distraídamente. si usted quiere. -¡Oh! -dijo Castel-. -Evidentemente. El auto de la desratización pasó bajo la ventana con un ruido de escape atronador. pues porque un artista tiene más derechos. Rieux le hizo comprender que . Por la tarde. -Un libro. bien quisiera yo hacer otro tanto. eran otras cosas que estaban puestas a la lumbre. como Cottard. doctor. El otro lo miró con seriedad. la historia de las ratas le ha trastornado como a tantos otros. no soy de su opinión. Grand se había visto obligado a responder a las preguntas de Cottard. pero ¡la cosa es más complicada! -¡Ah! -había exclamado Cottard-. sentía necesidad de calor humano. Grand había mostrado sorpresa y Cottard había balbuceado que ser artista debía de solucionar muchas cosas. El caso es que no sabemos nada de estas cosas. En fin. yo lo supongo. y si quiere usted saber mi opinión. Cuando entró vio sobre la mesa una novela policial abierta. -Es un hombre que tiene algo que reprocharse.. -Bueno -le había dicho Cottard-. Acabó por reconocer que tenía miedo. Cottard probablemente había estado un rato antes sentado en la penumbra. que estaba intrigado por el trabajo a que él se dedicaba por las noches. ¿podrían servirnos? Este bacilo es extraño.

Me refiero a las gentes que se ocupan en traerle a uno contrariedades. esa hora que Rieux conocía tan bien. si yo cayese enfermo ¿podría usted tenerme en su sección del hospital? -¿Por qué no? Cottard le preguntó entonces si alguna vez habían detenido a alguien en una clínica o en un hospital. Rieux respondió que alguna vez había sucedido pero que todo dependía del estado del enfermo. y que antes tanto adoraba. todo el barrio podía declararlo. -¿Podemos encender? -dijo a Cottard. pegando gritos. le parecía ahora deprimente a causa de todo lo que sabía. -jOh!. Dos o tres veces miró detrás de sí. Estaban jugando a los bolos. el arquitecto? Es uno de mis amigos. -No es ese mi caso. si hiciera falta. Hasta fuera del barrio no le faltaban relaciones. En el centro. el murmullo que subía del mar y de la multitud que pasaba. ¿Cree usted que esto es justo? ¿Cree usted que hay derecho a hacerle eso a un hombre? -Eso depende -dijo Rieux-. Ahí tiene usted a un desgraciado a quien detienen.nadie podía estar siempre solo. -Las gentes hablan de epidemia. Rieux fue al balcón y Cottard le siguió. Cottard ya en la acera le estrechó la mano. de pronto. Cottard pareció irritarse. Cottard le pidió que parase cuando llegaban frente a uno de esos grupos de niños. -Dígame. invadida por una juventud ruidosa. Estaban ocupándose de él y él no lo sabía. Por la noche los largos aullidos de los barcos invisibles. si hay una docena de muertes eso ya es el fin del mundo. como en nuestra ciudad todas las tardes. Es necesario que salga usted. y. evidentemente no hay derecho. Pero uno de ellos. una mañana. -¿Conoce usted al señor Rigaud.tengo confianza en usted. doctor. las calles estaban ya menos populosas y las luces eran más escasas. es natural -dijo Rieux. Lo que no hay que hacer es pasar demasiado tiempo encerrado. -Y además. dijo que no hacía otra cosa y que. crea usted. La oscuridad se espesaba en el cuarto. Después le preguntó al doctor si quería llevarlo a la ciudad en su coche. doctor? -Las gentes siempre están hablando. no digo eso. Por todos los barrios de los alrededores. -Yo -dijo Cottard. La calle del arrabal se animaba y una exclamación sorda de satisfacción saludó el instante en que se encendieron las luces. Rieux seguía callado. ¿será eso cierto. pero estaba leyendo esa novela. inscribiendo su nombre en fichas. En cierto sentido. Pero no es esto lo que . una ligera brisa traía rumores. Los niños jugaban delante de las puertas. el bordoneo alegre de la libertad que henchía la calle. Estaban hablando de él en los despachos. El doctor miró para otro lado. con la raya perfecta y la cara sucia. se puso a mirar a Rieux con sus ojos claros e intimidantes. Hablaba con una voz ronca y dificultosa. Pero todo es secundario. Una vez hecha la luz el hombrecillo lo miró guiñando los ojos. olores de carne asada. de pelo negro engomado.

"No quiero que les sirva para sus experimentos". Rieux no había encontrado nunca su oficio tan pesado. y la radio también lo ha dicho. sin transición. él sabía lo que eran dos pabellones de donde había desalojado apresuradamente a otros enfermos. el doctor los sentía reticentes. En cuanto a las "salas especialmente equipadas". -En todo caso ¿eh?. Sí. Hasta entonces los enfermos le habían facilitado su cometido. Pero miró otra vez al niño que no había dejado de observarle con su aire grave y tranquilo. Y de pronto. los comunicados oficiales seguían optimistas. eso estaba bien claro. Había acogido al doctor con cara de satisfacción. Rieux tenía la mano en el acelerador. le había dicho la mujer de uno de sus enfermos. -Entonces. Al día siguiente. . se habían entregado a él. Era una lucha a la que no estaba acostumbrado. en conferencias con las familias de los enfermos. se moría y nada más. los habían rodeado con un cordón sanitario. Rieux no tenía fuerzas para arrancarse del asiento. Cottard se agarró de pronto a la portezuela y gritó con una voz llena de lágrimas y de furor: -Un terremoto. Sólo en dos o tres casos había observado alguna mejoría al sacarlos. ¡Pero uno de veras! No hubo terremoto y el día siguiente pasó para Rieux entre idas y venidas a los cuatro extremos de la ciudad. una docena de enfermos esperarían al día siguiente retorciéndose con los bubones. Parecía respirar mejor y contaba los garbanzos que hacía pasar de una cazuela a otra.nos hace falta. por primera vez. Se quedaba mirando la calle sombría y las estrellas que aparecían y desaparecían en el cielo negro. Y ya cerca de las diez paró el coche delante de la casa del viejo asmático que era el último que visitaba. no es el cólera. El viejo asmático estaba incorporado en la cama. -¿Qué es lo que nos haría falta? -preguntó el doctor sonriendo al niño. Castel había telefoneado a Rieux: -¿Cuántas camas tienen los pabellones? -Ochenta. -Pues no. Sin embargo. con una especie de asombro desconfiado. Había examinado al viejo y ahora se encontraba sentado en medio de aquel comedor miserable. refugiados en el fondo de su enfermedad. ¡caen muchos! -No crea usted nada -dijo el doctor. Pero no servía para experimentos. Ahora. doctor. el niño se sonrió abiertamente. Las medidas tomadas eran insuficientes. Pero para la mayor parte el final era el hospital y él sabía lo que el hospital quería decir para los pobres. Sabía que en el barrio mismo. la agencia Ransdoc anunciaba que las medidas de la prefectura habían sido acogidas con serenidad y que ya había una treintena de enfermos declarados. ¿es el cólera? -¿De dónde ha sacado usted eso? -Del periódico. tenía miedo. Si la epidemia no se detenía por sí misma. en discusiones con los enfermos mismos. habían puesto burlete en las ventanas. por la noche. El motor roncaba ya. era seguro que no sería vencida por las medidas que la administración había imaginado.

El tiempo pareció estacionarse. los familiares sometidos a una cuarentena de seguridad. Un día después llegaron los sueros por avión. la fiebre dio cuatro saltos sorprendentes: dieciséis muertos. por mediación de Richard. veintiocho y treinta y dos. son inquietantes. la responsabilidad de extremar desde el día siguiente las medidas prescriptas. parecían en la calle más abatidos y más silenciosos. El sol sorbía los charcos de los últimos chaparrones. Pero eran insuficientes si la epidemia se extendía. he telefoneado a Richard diciéndole que hacía falta medidas completas. Aquel mismo día se contaron cuarenta muertos. veinticuatro. El prefecto tomó sobre sí. -¿Están vigilados los entierros? -No. Eran suficientes para los casos que había en tratamiento. Nuestros ciudadanos. Rieux hizo una descripción clínica con cifras. En mi opinión esto va a crecer. Rieux decidió telefonear al prefecto. Rieux seguía callado. que hasta entonces habían seguido encubriendo con bromas su inquietud. como él decía. La declaración obligatoria y el aislamiento fueron mantenidos. Richard creía saber que iban a desalojar una escuela e improvisar un hospital auxiliar. y que había que levantar contra la epidemia una verdadera barrera o no hacer nada. no frases. Había zumbido de aviones entre el calor que comenzaba. -¿Y los sueros? -Llegarán esta semana. en cuatro días. los entierros organizados por la ciudad en las condiciones que veremos. -Son más que inquietantes. -Y ¿entonces? -Me ha respondido que él no tenía autoridad. en efecto. Rieux esperaba las vacunas y abría los bubones. Al telegrama de Rieux respondieron que el stock se había agotado y que estaban empezando . en tres días los dos pabellones estuvieron llenos. En efecto. son claras. La prefectura. El cuarto día se anunció la apertura del hospital auxiliar en una escuela de párvulos. -Tengo aquí las cifras -dijo el prefecto-.-¿Hay más de treinta enfermos en la ciudad? -Hay los que tienen miedo y los que no lo tienen. Rieux colgó el tubo ante Castel: -¡Órdenes! Lo que haría falta es imaginación. -Voy a pedir órdenes al Gobierno. Pero los más numerosos son los que todavía no han tenido tiempo de tenerlo. Había hermosos cielos azules desbordantes de luz dorada. Sin embargo. Castel volvía a sus viejos libros y pasaba largas horas en la biblioteca. pidió a Rieux un informe para enviarlo a la capital de la colonia solicitando órdenes. todo en la estación invitaba a la serenidad. -Las medidas son insuficientes. si no se la detiene a tiempo. Las casas de los enfermos debían ser cerradas y desinfectadas. -Las ratas han muerto de la peste o de algo parecido y han puesto en circulación miles y miles de pulgas que transmitirán la infección en proporción geométrica.

la misma multitud llenaba las calles y crecían las colas a las puertas de los cines. Aparentemente no había cambiado nada. subió como una flecha. de golpe. Además. durante unos días no se contó más que una decena de muertos. Tarrou observaba al viejecito y el viejecito escupía a los gatos. diciendo: "Tienen miedo. Cottard andaba dando vueltas y el señor Othon. Por las noches.nuevas fabricaciones. y un olor almibarado flotaba por toda la ciudad. la epidemia parecía retroceder. Miles de rosas se marchitaban en las cestas de los vendedores." . a lo largo de las aceras. la primavera llegaba a los mercados. Los tranvías estaban siempre llenos al comienzo y al final del día y sucios durante todo el resto. Después. seguía conduciendo a sus bichos. Grand se encerraba todas las noches en su casa con su misterioso trabajo. El día en que el número de muertos alcanzó otra vez a la treintena. El viejo asmático trasegaba sus garbanzos y a veces se veía al periodista Rambert con su aire tranquilo y expectante. el juez de instrucción. Durante ese tiempo." El parte contenía: "Declaren el estado de peste. Rieux se quedó mirando el parte oficial que el prefecto le alargaba. y de todos los arrabales próximos. Cierren la ciudad.

por ejemplo. Durante semanas estuvimos reducidos a recomenzar la misma carta. todas igualmente interesantes y. Una de las consecuencias más notables de la clausura de las puertas fue. Entonces. "favor". Y para terminar. Desde las primeras horas del día en que la orden entró en vigor. sumidos en la estúpida confianza humana. tales como una muerte. a pesar de la sorpresa y la inquietud que habían causado aquellos acontecimientos singulares. sin duda. que se habían abrazado en la estación sin más que dos o tres recomendaciones. en efecto. se negaron a cargar con responsabilidades cuyo alcance no podían prever. por el corazón o por la carne fueron reducidos a buscar los signos de esta antigua comunión en las mayúsculas de un despacho de diez palabras. era imposible tomar en consideración los casos particulares. apenas distraídos por la partida de sus preocupaciones habituales. un sentimiento tan individual como es el de la separación de un ser querido se convirtió de pronto. a este monólogo estéril y obstinado. después. al mismo tiempo. Hasta la pequeña satisfacción de escribir nos fue negada. nunca supimos nada porque no recibimos respuesta. Pues la clausura se había efectuado horas antes de publicarse la orden de la prefectura y. desde las primeras semanas. Seres ligados por la inteligencia. y por otra. que fueron totalmente suspendidas durante unos días y. que siempre terminaban por resultar ilusorias. cogidos en la misma red y que había que arreglárselas. amantes que habían creído aceptar días antes una separación temporal. igualmente imposibles de examinar. Las comunicaciones telefónicas interurbanas. Cariños. seguros de volverse a ver pocos días o pocas semanas más tarde. autorizadas al principio. esposos. cada uno de nuestros conciudadanos había continuado sus ocupaciones. en el sufrimiento principal de todo un pueblo durante aquel largo exilio. sin recursos. cuando los mismos guardias estuvieron bien persuadidos de la gravedad de la situación. "excepción" ya no tenían sentido. se vieron de pronto separados. hubo privilegiados que pudieron entenderse en las puertas de la ciudad con algunos centinelas de los puestos de guardia.2 A partir de ese momento. se dieron cuenta de que estaban. largas vidas en común o dolorosas pasiones se resumieron rápidamente en un intercambio periódico de fórmulas establecidas tales como: "Sigo bien. en su puesto habitual. severamente limitadas a lo que se llamaba casos de urgencia. Pero al poco tiempo. Cuídate. nos . Pero una vez cerradas las puertas. En realidad. se puede decir que la peste fue nuestro único asunto. la súbita separación en que quedaron algunos seres que no estaban preparados para ello. Al principio. signos de nuestra difícil vida. Esto era todavía en los primeros días de la epidemia y los guardias encontraban natural ceder a los movimientos de compasión." Algunos se obstinaban en escribir e imaginaban sin cesar combinaciones para comunicarse con el exterior. hasta que al fin las palabras que habían salido sangrantes de nuestro corazón quedaban vacías de sentido. aunque algunos de los medios que habíamos ideados diesen resultado. esto debía continuar. Sin embargo. mezclado a aquel miedo. a copiar los mismos informes y las mismas llamadas. un nacimiento o un matrimonio. impedidos de reunirse o de comunicarse. Hasta entonces. Y. una nueva disposición prohibió toda correspondencia para evitar que las cartas pudieran ser vehículo de infección. Madres e hijos. a esta conversación árida con un muro. quienes consintieron en hacer pasar mensajes al exterior. Los telegramas llegaron a ser nuestro único recurso. la prefectura fue asaltada por una multitud de demandantes que por teléfono o ante los funcionarios exponían situaciones. la ciudad no estaba ligada al resto del país por los medios de comunicación habituales. naturalmente. Y como las fórmulas que se pueden emplear en un telegrama se agotan pronto. Por una parte. escribíamos maquinalmente haciendo por dar. ocasionaron tales trastornos en las cabinas públicas y en las líneas. fueron necesarios muchos días para que nos diésemos cuenta de que nos encontrábamos en una situación sin compromisos posibles y que las palabras "transigir". y el narrador también. Así fue que. como había podido. Se puede decir que esta invasión brutal de la enfermedad tuvo como primer efecto el obligar a nuestros conciudadanos a obrar como si no tuvieran sentimientos individuales. mediante frases muertas.

Después de unos días de reflexión la prefectura respondió afirmativamente. Se trataba del viejo Castel y de su mujer. y el narrador está a punto de decir que lo más probable era que esos esposos. De hecho sufríamos doblemente. y si algunos tenían la tentación de vivir en el futuro. no debía terminar más que con la epidemia. En otras circunstancias. Algunas veces nos abandonábamos a la imaginación y nos poníamos a esperar que sonara el timbre o que se oyera un paso familiar en la escalera y si en esos momentos llegábamos a olvidar que los trenes estaban inmovilizados. pues. ociosos. quedábamos reducidos a nuestro pasado. en la medida de lo posible. al contrario. Y no fue. Hijos que habían vivido junto a su madre sin mirarla apenas. casi siempre era aquel que en otra época habían recorrido con el ausente. Entonces comprendíamos que nuestra separación tenía que durar y que no nos quedaba más remedio que reconciliarnos con el tiempo. el sentimiento que llenaba nuestra vida y que tan bien creíamos conocer (los oraneses. puesto que en sus paseos sin meta se veían obligados a hacer todos los días el mismo camino. nuestros conciudadanos siempre habrían encontrado una solución en una vida más exterior y más activa. puesto que lo experimentó al mismo tiempo que otros muchos de nuestros conciudadanos. hijo. como se podría esperar. tienen pasiones muy simples) iba tomando una fisonomía nueva. era evidente. No eran una de esas parejas que ofrecen al mundo la imagen de una felicidad ejemplar. al mismo tiempo. Pues era ciertamente un sentimiento de exilio aquel vacío que llevábamos dentro de nosotros. una vez que esta verdad era sacada a la luz. ya lo hemos dicho. Al cabo de unos cuantos días. Y para todos nosotros. ciertamente este juego no podía durar. y que si eran libres de entrar no lo serían de salir. La señora Castel. la separación. no tuvieran una gran seguridad de estar satisfechos de su unión. el deseo irrazonado de volver hacia atrás o. por lo demás. Y el cronista está persuadido de que puede escribir aquí en nombre de todo lo que él mismo experimentó entonces. que. sin límites. Pero la peste los dejaba. nos dejaba desconcertados. Maridos y amantes que tenían una confianza plena en sus compañeros se encontraban celosos. aquella emoción precisa. Entonces algunas familias. Pero señaló muy bien que los repatriados no podrían en ningún caso volver a irse. eran dos flechas abrasadoras en la memoria. cuando llegó a ser evidente que no conseguiría nadie salir de la ciudad. lo primero que la peste trajo a nuestros conciudadanos fue el exilio. al menos. tenían que renunciar muy pronto. casados hacía muchos años. En la mayoría de los casos. Entonces aceptábamos nuestra condición de prisioneros. unos días antes de la epidemia. en una ciudad tan pequeña. tomaron la situación a la ligera y poniendo por encima de toda prudencia el deseo de volver a ver a sus parientes invitaron a éstos a aprovechar la ocasión. tuvimos la idea de preguntar si la vuelta de los que estaban fuera sería autorizada. dos amantes que la pasión arrojase uno hacia el otro por encima del sufrimiento. Al fin había siempre un momento en que nos dábamos cuenta de que los trenes no llegaban. Así. En el momento más grave de la epidemia no se vio más que un caso en que los sentimientos humanos fueron más fuertes que el miedo a la muerte entre torturas. hasta aquel momento. Pero pronto los que eran prisioneros de la peste comprendieron el peligro en que ponían a los suyos y se resignaron a sufrir la separación. ponían toda su inquietud y su nostalgia en algún trazo de su rostro que avivaba su recuerdo. esposa o amante. primero por nuestro sufrimiento y además por el que imaginábamos en los ausentes. de apresurar la marcha del tiempo. Hombres que se creían frívolos en amor. si nos arreglábamos para quedarnos en casa a la hora en que normalmente un viajero que viniera en el expreso de la tarde pudiera llegar a nuestro barrio. la peste les resultaba poca cosa. se volvían constantes. había ido a una ciudad próxima. por lo demás escasas. sin futuro previsible. Pero esta separación brutal y prolongada los había llevado a comprender que no podían vivir alejados el uno del otro y.parecía preferible la llamada convencional del telégrafo. Esta separación brutal. Esta fue una excepción. sufriendo finalmente las heridas que la . reducidos a dar vueltas a la ciudad mortecina y entregados un día tras otro a los juegos decepcionantes del recuerdo. incapaces de reaccionar contra el recuerdo de esta presencia todavía tan próxima y ya tan lejana que ocupaba ahora nuestros días.

a lo mejor. y cuando habían conseguido agotar de antemano toda la amargura de aquellos seis meses por venir. a conservar siempre. Ese pasado mismo en el que pensaban continuamente sólo tenía el sabor de la nostalgia. El sufrimiento profundo que experimentaban era el de todos los prisioneros y el de todos los exiliados. fluctuaban. pues si el tiempo suscitaba en ellos. dos o tres colinas. permanecía obstinadamente silencioso. sufrían también la presión del espacio y se estrellaban continuamente contra las paredes que aislaban aquel refugio apestado de su patria perdida. que consistía en cerrar la guardia para rehuir el combate. En medio del exilio general. que son los que más interesan y ante los que el cronista está mejor situado para hablar. puesto en tensión sus últimas fuerzas para no desfallecer en este sufrimiento a través de una larga serie de días. cerraban los ojos sobre él obcecados en acariciar sus quimeras y en perseguir con todas sus fuerzas las imágenes de una tierra donde una luz determinada. Evitaban sin duda ese derrumbamiento tan temido. no había ninguna razón para que la enfermedad no durase más de seis meses o acaso un año o más todavía. éramos semejantes a aquellos que la justicia o el odio de los hombres tienen entre rejas. la angustia que es la propia. para los cuales las penas de la separación se agrandaban por el hecho de que habiendo sido sorprendidos por la peste en medio de su viaje. el único medio de escapar a este insoportable vagar. después de todo. enemigos del pasado y privados del porvenir. por ejemplo unos seis meses. Pero si esto era el exilio. de la costumbre que habían adquirido de hacer suposiciones sobre la duración de su aislamiento. Naturalmente. todos nuestros conciudadanos se privaron pronto. con aquel o aquellas que esperaban. Al fin. A cualquier hora del día se los podía ver errando por la ciudad polvorienta. esta astucia con el dolor. pero se privaban de olvidar algunos momentos la peste con las imágenes de un venidero encuentro. el árbol favorito y el rostro de algunas mujeres componían un clima para ellos irreemplazable. evocando en silencio las noches que sólo ellos conocían y las mañanas de su país. como el periodista Rambert y otros. los amantes se atormentaban todavía con otras angustias entre las cuales hay que señalar el remordimiento. Hubieran querido poder añadirle todo lo que sentían no haber hecho cuando podían hacerlo. Impacientados por el presente. Por ocuparnos. esta prudencia. no querían verlo. era hacer marchar los trenes con la imaginación y llenar las horas con las vibraciones de un timbre que. como en todos los demás. abandonados a recuerdos estériles. por decirlo así. no debe olvidar a aquellos. el sufrimiento de vivir con un recuerdo inútil. a no vivir vueltos hacia el porvenir. una sospecha fugitiva o una brusca clarividencia les daba la idea de que. incluso en público. Alimentaban entonces su mal con signos imponderables. un amigo que se encontraba. se encontraban alejados del ser que querían y de su país. o esos rayos caprichosos que el sol abandona a veces en las calles desiertas. En consecuencia. Y así. En ese momento el derrumbamiento de su valor y de su voluntad era tan brusco que llegaba a parecerles que ya no podrían nunca salir de ese abismo. los ojos bajos. con mensajes desconcertantes: un vuelo de golondrinas. El mundo exterior que siempre puede salvarnos de todo. no pudiendo satisfacerse con lo que en la realidad vivían. cuando habían elevado con gran esfuerzo su valor hasta el nivel de esta prueba. Esta situación les permitía considerar sus sentimientos con una especie de febril objetividad.imaginación inflige a los que se confían a ella. se atuvieron a no pensar jamás en el término de su esclavitud. más bien que vivían. e igualmente mezclaban a todas las circunstancias relativamente dichosas de sus vidas de prisioneros la imagen del ausente. En especial. durante días sin norte. el rosa del atardecer. y en esas ocasiones casi siempre veían . sin embargo. en fin. era mal recompensada. encallados a mitad de camino entre esos abismos y esas costumbres. para la mayoría era el exilio en su casa. ¿Por qué? Porque cuando los más pesimistas le habían asignado. entonces. estos eran lo más exiliados. Y aunque el cronista no haya conocido el exilio más que como todo el mundo. una noticia dada por un periódico. sombras errantes que sólo hubieran podido tomar fuerzas decidiéndose a arraigar en la tierra su dolor. de los amantes.

por duro que fuese llevar ese vacío en el corazón. aceptamos con más o menos tranquilidad que el nuestro sea mediocre. la respuesta que recibía le hería casi siempre. nadie podía esperar la ayuda de su vecino. Benévola u hostil. en vista de que los otros no comprendían el verdadero lenguaje del corazón. por ejemplo. Si alguien por casualidad intentaba hacer confidencias o decir algo de sus sufrimientos. era arrojado sin transición al más espeso silencio de la tierra. se acusaban de la frivolidad con que habían descuidado el informarse de ello y no haber comprendido que para el que ama. sin embargo. una de esas melancolías de serie. empezó. Cada uno tuvo que aceptar el vivir al día. Desde ese momento empezaban a remontar la corriente de su amor. Tenían aspecto alegre a la simple vista de una luz dorada. se decidían a emplear también la lengua que estaba en boga y a hablar ellos también al modo convencional de la simple relación. En tales momentos de soledad. No había tenido tiempo de nada. y por lo tanto. Desde la clausura ni un solo vehículo había entrado. mientras que los días de lluvia extendían un velo espeso sobre sus rostros y sus pensamientos. Uno en efecto hablaba desde el fondo de largas horas pasadas rumiando el sufrimiento. Sacado de esta larga conversación interior que sostenía con una sombra. cada uno seguía solo con su preocupación. Llevaba. que sufrían y esperaban sin razón. Este abandono general que podía a la larga templar los caracteres. por dolorosas que fuesen estas angustias. El puerto presentaba también un aspecto singular para los que miraban desde lo alto de los bulevares. por volverlos fútiles. al corazón mismo de la epidemia una distracción saludable que se podía tomar por sangre fría. Pero el recuerdo es más exigente. La animación habitual que . se sentían sometidos a una nueva esclavitud que les sujetaba a las veleidades del sol y de la lluvia. Por ejemplo. En ese molde. esta desdicha que alcanzaba a toda una ciudad no sólo nos traía un sufrimiento injusto. O al menos. los dolores más verdaderos tomaban la costumbre de traducirse en las fórmulas triviales de la conversación. lo era sin tener tiempo de poner atención en ello. escapaban durante cierto tiempo a esta debilidad y a esta esclavitud irrazonada porque no estaban solos frente al mundo y. de la crónica cotidiana. su desdicha tenía algo bueno. En el momento mismo en que todo el mundo comenzaba a aterrorizarse. se puede afirmar que los exiliados de ese primer período de la peste fueron seres privilegiados. así. al verles. Esta era una de las maneras que tenía la enfermedad de atraer la tentación y de barajar las cartas. imaginaba una emoción convencional. el egoísmo del amor les preservaba. en cierto modo. En tiempos normales todos sabemos. la respuesta resultaba siempre desafinada: había que renunciar. Lamentaban entonces la ignorancia en que estaban de su modo de emplear el tiempo. Mientras nuestros conciudadanos se adaptaban a este inopinado exilio. En la desgracia general. examinando sus imperfecciones. se hubiera dicho. si alguno de ellos era arrebatado por la enfermedad. aquellos para quienes el silencio resultaba insoportable. El primer motivo era la dificultad que encontraban para recordar los rasgos y gestos del ausente. el ser que vivía con ellos se anteponía al universo. que no hay amor que no pueda ser superado. consecuentemente. Pero llegó un momento en que quedaron entregados a los caprichos del cielo. que recibían por primera vez la impresión del tiempo que hacía. conscientemente o no. por el contrario. uno de esos dolores baratos. Algunos. su pensamiento estaba enteramente dirigido hacia el ser que esperaban. del que podíamos indignarnos: nos llevaba también a sufrir por nosotros mismos y nos hacía ceder al dolor. Sin embargo.claramente sus propias fallas. es decir. A partir de ese día se tenía la impresión de que los automóviles se hubieran puesto a dar vueltas en redondo. la peste ponía guardias a las puertas de la ciudad y hacía cambiar de ruta a los barcos que venían hacia Oran. Y así. El otro. solo bajo el cielo. y si pensaban en la peste era solamente en la medida en que podía poner a su separación en el peligro de ser eterna. en cierta medida. Sólo a este precio los prisioneros de la peste podían obtener la compasión de su portero o el interés de sus interlocutores. de los hechos diversos. Su desesperación les salvaba del pánico. y esto es lo más importante. A veces. Entonces se daba cuenta de que él y su interlocutor hablaban cada uno cosas distintas. y la imagen que quería comunicar estaba cocida al fuego lento de la espera y de la pasión. el modo de emplear el tiempo del amado es manantial de todas sus alegrías.

A decir verdad. Las apariencias estaban salvadas. sin duda enojoso. pues. de las que la prensa se hacía eco ("¿No se podría tender a un atenuamiento de las medidas adoptadas?"). a nuestros conciudadanos les costaba trabajo comprender lo que les pasaba. En su mayor parte eran sensibles sobre todo a lo que trastornaba sus costumbres o dañaba sus intereses. en fin. La ciudad tenía doscientos mil habitantes y se ignoraba si esta proporción de defunciones era normal. sin embargo. Así que se vio disminuir la circulación progresivamente hasta llegar a ser poco más o menos nula. pero después de todo temporal. Al cabo de dos semanas los empresarios se vieron obligados a intercambiar los programas y después de cierto tiempo los cines terminaron por proyectar siempre el mismo film. Hasta aquí. Ni en eso siquiera la reacción del público fue inmediata. Así. las grandes grúas desarmadas. Al público le faltaba un punto de comparación. Oran daba entonces. abundaban más las bromas que las lamentaciones y ponían cara de aceptar con buen humor los inconvenientes. la opinión tuvo conciencia de la verdad. gracias a las reservas considerables acumuladas en una ciudad donde el comercio de vinos y alcoholes ocupa el primer lugar. los cines se aprovecharon de esta ociosidad general e hicieron gran negocio. continuaron circulando por las calles y sentándose en las terrazas de los cafés. en medio de su inquietud. pero se seguía también poniendo en primer lugar las preocupaciones personales. las entradas no disminuyeron. La quinta semana dio trescientos veintiún muertos y la sexta trescientos cuarenta y cinco. Estaban malhumorados o irritados y estos no son sentimientos que puedan oponerse a la peste. acaso. llenaba las calles y los cafés. Se prescribieron incluso economías de electricidad. El aumento era elocuente. Por el momento. Por una parte. evidentemente pasajeros. nadie sabía en la ciudad cuánta era la gente que moría por semana. las grandes filas de toneles o de fardos testimoniaban que el comercio también había muerto de la peste. no habían muerto de la peste. Sin embargo. y bajo un cielo hermoso. Todavía se podían ver algunos navíos que hacían cuarentena. y poco más o menos durante la semana de rogativas de la que se tratará más tarde. Pero en los muelles. todos. las vagonetas volcadas de costado. nadie se sentía cesante. rogándole que las anunciase semanalmente. La respuesta del prefecto ante las críticas. El anuncio de que durante la tercera semana la peste había hecho trescientos dos muertos no llegaba a hablar a la imaginación. fue sumamente imprevista. Pero los circuitos que las películas realizaban en el departamento eran interrumpidos. por ejemplo. Es frecuente descuidar la precisión en las informaciones a pesar del interés evidente que tienen. Primeramente. Pero no lo bastante para que nuestros conciudadanos dejasen de guardar. El prefecto se las comunicó a la agencia día por día. o bien algunas de ellas llenaron los escaparates de letreros negativos mientras las filas de compradores se estacionaban en sus puertas. comprobando el aumento de defunciones. ni los periódicos ni la agencia Ransdoc había recibido comunicación oficial de las estadísticas de la enfermedad. Hacia fines de mes.hacía de él uno de los primeros puertos de la costa se había apagado bruscamente. Las tiendas de lujo cerraron de un día para otro. criticar la organización. A pesar de estos espectáculos desacostumbrados. Naturalmente. a las horas desocupadas. mucha gente reducida a la inacción por el cierre de los comercios y de ciertos despachos. Había sentimientos generales como la separación o el miedo. Sólo los productos indispensables llegaban por carretera o por aire a Oran. Nadie había aceptado todavía la enfermedad. Oran tomó un aspecto singular. Por haber anunciado un café que "el vino puro mata . La primera reacción fue. En conjunto no eran cobardes. El aprovisionamiento fue limitado y la nafta racionada. por ejemplo. pudieron igualmente alimentar a sus clientes. hubo transformaciones graves que modificaron el aspecto de la ciudad. el prefecto tomó medidas concernientes a la circulación de los vehículos y al aprovisionamiento. El número de peatones se hizo más considerable e incluso. la impresión de que se trataba de un accidente. a eso de las tres de la tarde. Los cafés. la impresión engañadora de una ciudad de fiesta donde hubiesen detenido la circulación y cerrado los comercios para permitir el desenvolvimiento de una manifestación pública y cuyos habitantes hubieran invadido las calles participando de los festejos. y por otra. sino de vacaciones. Sólo a la larga. se bebía mucho.

Dígame. esta bendita peste. se había vuelto hacia él diciendo: "¡Qué bonito!" Él le había apretado la mano y fue entonces cuando decidieron casarse." El doctor respondió que era una suerte sin duda y que únicamente había que esperar que su mujer se curase. y que habían descubierto latas de conservas debajo de la cama cuando habían venido a buscarle para llevarle al hospital. nos vamos a volver locos todos: es seguro. una mañana. todo va bien -dijo el Hombrecillo-. pensativo. se puso a hablar largamente. un hombre que empezaba a presentar los síntomas de la peste.al microbio". doctor. "Se murió y la peste no le pagó nada. que miraba el escaparate maravillada. -¡Ah! -dijo Grand-. con las manos enormes descansando sobre los muslos. Rieux había respondido que su mujer estaba curándose fuera de la ciudad. para venderlos luego a precios más altos. Trabaja tanto que se olvida de quererse. -Sí. Jeanne . llenaba las calles expansionándose con ocurrencias optimistas. Aunque seguía buscando las palabras. El resto de la historia. en un sentido. por la tarde de ese mismo día. Se decía. en el delirio de la enfermedad se había echado a la calle. Joseph Grand había terminado por hacer confidencias personales al doctor Rieux. Y por primera vez desde que Rieux le conocía. Los vehículos le parecían junto a ella desmesurados. Pero todos estos cambios eran. se quiere todavía un poco de tiempo. la idea ya natural en el público de que el alcohol preserva de las enfermedades infecciosas se afirmó en la opinión de todos. El doctor lo admitió. "En cierto sentido -había dicho Grand-. que en el centro. El resultado fue que seguíamos poniendo en primer término nuestros sentimientos personales. el doctor Rieux se encontró con Cottard que levantó hacia él el rostro mismo de la satisfacción. un número considerable de borrachos. era muy simple. parece que empieza a ponerse seria. Se había casado muy joven con una muchacha pobre de su vecindad. Por ahora toda va estar patas arriba. se había precipitado sobre la primera mujer que pasaba y la había abrazado gritando que tenía la peste. expulsados de los cafés. trabaja. Al salir del hospital. por ejemplo. Era tan menudita que Grand no podía verla atravesar una calle sin angustiarse. Es lo mismo para todos: la gente se casa. Él iba a verla a su casa y los padres de Jeanne se reían un poco de aquel pretendiente silencioso y torpe. Jeanne le ayudaba. El padre era empleado del tren. Cottard le contó que un comerciante de productos alimenticios de su barrio había acaparado grandes cantidades. Cuando estaba de descanso se le veía siempre sentado en un rincón junto a la ventana. Un día. es una suerte. Y el otro corroboró con una especie de jovialidad: -No hay ninguna razón para que se detenga." Cottard estaba lleno de estas historias falsas o verdaderas sobre la epidemia. Rieux lo felicitó por su aspecto. Para poder casarse había interrumpido sus estudios y había aceptado un empleo. También. La madre estaba siempre en sus ocupaciones caseras. Ni Jeanne ni él salían nunca de su barrio. mirando el movimiento de la calle. -Bueno -añadía Cottard con un tono suave que no armonizaba con su afirmación-. Había visto sobre la mesa del doctor una fotografía de la señora Rieux y se había quedado mirándola. ¡eh!. Por las noches. ante una tienda de Navidad. comprendo. las encontraba casi siempre como si hubiera pensado mucho tiempo lo que estaba diciendo. a eso de las dos. Anduvieron un rato juntos. tan extraordinarios y se habían ejecutado tan rápidamente que no era fácil considerarlos normales ni duraderos. dos días después que habían sido cerradas las puertas. según Grand. Jeanne.

el correo le había rechazado. Me siento feliz de marcharme. Joseph Grand también había sufrido. Dijo que no era eso lo que le interesaba y que venía a pedirle su ayuda. Pero no siempre se quiere uno. Había terminado después de una espera de dos horas haciendo cola . pues. la pobreza. pero ¿cómo le diré?. pero no conozco a nadie en la ciudad y el corresponsal de mi periódico tiene la desgracia de ser imbécil. Cuando nos queríamos nos comprendíamos sin palabras. Después se limpiaba los bigotes. Rieux encontró a la salida del hospital a un joven que le esperaba. la verdad. En un momento dado yo hubiera debido encontrar las palabras que la hubieran hecho detenerse. Jeanne había sufrido. Descendieron por las callejuelas del barrio negro. Tres semanas después de la clausura. Claro está que no se había ido sola. Grand estaba visiblemente a cien leguas de la peste. entre los muros azules. Pero. Rambert fue hablando muy agitado. Por la noche. -Supongo -le dijo éste. como le decía Rieux. había pensado que se trataría de un hecho provisional y había procurado solamente estar en correspondencia con ella. en suma. ocre y violeta de las casas moras. pero como si lo fuese. -Yo vine antes de estos acontecimientos -le dijo él-. Rieux lo miraba. Rieux le propuso que lo acompañase hasta un dispensario donde tenían ciertas órdenes.. Me llamo Raymond Rambert. Primero. Algunos toques de trompeta en el espacio todavía dorado atestiguaban que los militares se daban aires de hacer su oficio.también trabajaba. -Perdóneme. Él también hubiera podido recomenzar. un día se había ido. pero no pude. Bueno. el silencio por las noches en la mesa. a lo largo de las calles escarpadas. Rieux telegrafió a su mujer diciéndole que la ciudad estaba cerrada. Y esto me emociona. "Te he querido mucho pero ya estoy cansada. a pedirle unas informaciones sobre las condiciones de vida de los árabes. él se había abandonado. el porvenir cerrándose lentamente. Rieux creía conocerle pero dudaba. no era su mujer. Probablemente. Y aquí hacía falta un poco de imaginación para comprender lo que Grand quería decir. Después. ahora ya tiene usted un buen tema de reportaje. que él se encontraba bien. tan ruidosa otras veces a esta hora. "Pero es difícil -decía-. La noche se acercaba. Con usted puedo hablar. porque las promesas del jefe no se habían cumplido. pero la ciudad. Además.que me reconoce usted. A decir verdad. -Tiene usted que excusarme -añadió-. Había dejado a su mujer en París. siempre estaba pensando en ella. Y sin embargo había continuado: sucede a veces que se sufre durante mucho tiempo sin saberlo. Sus colegas de Oran le habían dicho que no podían hacer nada. parecía extrañamente solitaria.. se había callado cada día más y no había mantenido en su mujer. Le había telegrafiado cuando la clausura de la ciudad. sí -dijo Rieux-. un secretario de la prefectura se le había reído en las narices." Grand se sonaba en una especie de servilleta a cuadros. doctor -dijo el viejo-. Durante todo el tiempo. Lo que él hubiera querido era escribirle una carta para justificarse. Un hombre que trabaja. El cansancio era la causa. no había tenido fe. -¡Ah!." Esto era más o menos lo que le había dejado escrito. Los años habían pasado. Hace mucho tiempo que pienso en ello. tan joven. no hay lugar para la pasión en semejante universo. la idea de que era amada. pero no hace falta ser feliz para recomenzar. que ella debía seguir cuidándose y que él pensaba en ella. El joven parecía nervioso. tengo confianza en usted.

Rieux no dijo nada. yo no puedo certificar que entre el minuto en que usted sale de mi despacho y el minuto en que entra usted en la prefectura no esté ya infectado. pero que. Había decidido marcharse.ella y yo nos hemos conocido hace poco y nos entendemos muy bien. el cuello de la camisa desabrochado bajo la corbata. El sombrero un poco echado hacia atrás. después de todo. Yo creo que eso podría servirme. tenemos la esperanza de que la epidemia no dure mucho. incluso si una vez fuera le hacían sufrir una cuarentena. y que. quería preguntarle únicamente si podría hacerme usted un certificado donde se asegurase que no tengo esa maldita enfermedad. -Esté usted seguro de que le comprendo -dijo al fin Rieux-. de hecho. -Es que -dijo Rambert. el director había intentado consolar a Rambert haciéndole observar que podía encontrar en Oran materiales para un reportaje interesante. Siguieron y llegaron a la plaza de armas." Pero por la mañana. que vería. le había venido la idea bruscamente de que. pero sus razonamientos no sirven. Rieux pegó en el suelo con un pie primero y luego con otro para despedir la capa blanquecina que los cubría. pero. pero en el mismo día las cifras estaban aún demasiado frescas en la memoria. al levantarse. en fin -respondió Rambert-. Y además. comprenda usted.para poder poner un telegrama que decía: "Todo va bien. en todo caso. después de todo. doctor. alrededor de una estatua de la República polvorienta y sucia. en suma. Yo no puedo hacerle ese certificado porque. Veinticuatro horas después nuestros conciudadanos volverían a tener esperanzas. Rambert alzaba los hombros.. -Pero. que se encontraba allí por accidente y que era justo que le permitieran marcharse. eso parecía razonable. -¿Por qué? . pero que no podía hacer excepciones. Como tenía recomendaciones (en su oficio siempre hay facilidades). Ninguno sonreía. la situación era grave y que no se podía decidir nada. había podido acercarse al director de la oficina en la prefectura y le había dicho que él no tenía por qué quedarse. no había acontecimiento que no tuviese su lado bueno. Yo no he venido al mundo para hacer reportajes. Rieux pensaba que era el resultado del anuncio de Ransdoc que había salido aquel día. Por los bulevares del centro no había la multitud acostumbrada. -¿Además? -dijo Rambert. -Incluso si le diese ese certificado no le serviría de nada. mal afeitado. -Lo estoy aburriendo a usted -dijo Rambert-. Las ramas de los ficus y palmeras colgaban inmóviles. el periodista tenía un aire obstinado y mohíno. Rieux asintió con la cabeza y se agachó a levantar a un niño que había tropezado con sus piernas. grises de polvo. ¿Es que no está permitido? Rieux dijo que. -Sin duda. inopinadamente. bien considerado. Unos cuantos pasajeros se apresuraban hacia sus domicilios lejanos. yo soy extraño a esta ciudad. Para terminar. Miraba a Rambert. Hasta pronto.. Llegaron al centro de la ciudad. -Esto es estúpido. A lo mejor he venido sólo para vivir con una mujer. El director le había respondido que lo comprendía muy bien. ignoro si tiene o no la enfermedad y porque hasta en el caso de saberlo. no se sabía cuánto tiempo podía durar aquello.

será usted de aquí como todo el mundo. usted no puede comprender. Después dijo que creía darse muy bien cuenta. Su misión personal era hacer lo que fuese necesario. va usted a hablarme del servicio público. Había seguramente un plano en el que podían coincidir. El periodista se ajustó la corbata. Esta historia es estúpida. pero nos concierne a todos.-Porque hay en esta ciudad miles de hombres que están en ese caso y que sin embargo no se les puede dejar salir. -¡Ah!. Rieux no respondió nada durante un rato. . Rieux le rogó que le tuviera al corriente de sus gestiones y que no le guardase rencor. había órdenes y había peste. se lo juro. -Sí lo es -dijo Rambert. He venido a verle porque me habían dicho que usted había intervenido mucho en las decisiones que se habían tomado. con una explosión súbita-. Es posible que no se dé cuenta de lo que significa una separación como esta para dos personas que se entienden. Si logra usted resolver este asunto yo me alegraré mucho. hay cosas que mi profesión me prohíbe. usted vive en la abstracción. pero que lo que hablaba era el lenguaje de la evidencia y que no era forzosamente lo mismo. dejaré esta ciudad. El doctor levantó los ojos hacia la República y dijo que él no sabía si estaba hablando el lenguaje de la razón. Usted no ha pensado en nadie. -Entonces ¿esto significa que hace falta que yo me las arregle? Pues bueno -añadió con acento de desafío-. ya sé -dijo Rambert-. es eso y es otra cosa. -¡Pero yo no soy de aquí! -A partir de ahora. -Sí. -Bueno -dijo el doctor. por desgracia. que parecía salir de una distracción-. No hay que juzgar. -Lo creo -dijo después de un silencio-. Usted no ha tenido en cuenta a los que están separados. Pero esto no le interesa. pero había leyes. Rieux reconoció que en cierto sentido era verdad: no había querido tenerlo en cuenta. Rambert pareció de pronto perplejo. Pero. El doctor dijo que eso también lo comprendía pero que no era asunto suyo. Habla usted en el lenguaje de la razón. Pero usted hace mal en enfadarse. ya lo sé. Pero el bienestar público se hace con la felicidad de cada uno. Deseaba con todas sus fuerzas que Rambert se reuniese con su mujer y que todos los que se querían pudieran estar juntos. Y le he hecho a usted perder demasiado tiempo con todo esto. -Pero. simplemente. Rambert se enardecía. ¿si ellos no tienen la peste? -No es una razón suficiente. lo creo a pesar mío y a pesar de todo lo que acaba usted de decirme. y entonces pensé que por un caso al menos podría usted deshacer algo de lo que ha contribuido a que se haga. Hay que tomarla tal cual es. -No -dijo Rambert con amargura-. hago mal en enfadarme. -Es una cuestión de humanidad.

Titubeó:
-Pero no puedo aprobarle.
Se echó el sombrero a la cara y partió con paso rápido. Rieux lo vio entrar en el hotel donde
habitaba Jean Tarrou.
Después de un rato el doctor movió la cabeza, Rambert tenía razón en su impaciencia por la
felicidad, pero ¿tenía razón en acusarle? "Usted vive en la abstracción." ¿Eran realmente la
abstracción aquellos días pasados en el hospital donde la peste comía a dos carrillos llegando a
quinientos el número medio de muertos por semana? Sí, en la desgracia había una parte de
abstracción y de irrealidad. Pero cuando la abstracción se pone a matarle a uno, es preciso que
uno se ocupe de la abstracción. Rieux sabía únicamente que esto no era lo más fácil. No era lo
más fácil, por ejemplo, dirigir ese hospital auxiliar (había ya tres) que tenía a su cargo. Había
hecho preparar, al lado de la sala de consultas, una habitación para recibir a los enfermos. El
sucio hundido formaba un lago de agua cresilada, en el centro del cual había un islote de
ladrillos. El enfermo era transportado a la isla, se le desnudaba rápidamente y sus ropas caían
al agua. Lavado, seco, cubierto con la camisa rugosa del hospital, pasaba a manos de Rieux:
después lo transportaban a una de las salas. Había habido que utilizar los salones de recreo de
una escuela que contenía actualmente quinientas camas que casi en su totalidad estaban
ocupadas. Después del ingreso de la mañana, que dirigía él mismo; después de estar
vacunados los enfermos y sacados los bubones, Rieux comprobaba de nuevo las estadísticas y
volvía a su consulta de la tarde. A última hora hacía sus visitas y volvía ya de noche. La noche
anterior, la madre del doctor había observado que le temblaban las manos mientras leía un
telegrama de su mujer.
-Sí -decía él-, pero con perseverancia lograré estar menos nervioso.
Era fuerte y resistente y, en realidad, todavía no estaba cansado. Pero las visitas, por ejemplo,
se le iban haciendo insoportables. Diagnosticar la fiebre epidémica significaba hacer aislar
rápidamente al enfermo. Entonces empezaba la abstracción y la dificultad, pues la familia del
enfermo sabía que no volvería a verle más que curado o muerto. "¡Piedad, doctor!", decía la
madre de una camarera que trabajaba en el hotel de Tarrou. ¿Qué significa esta palabra?
Evidentemente, él tenía piedad pero con esto nadie ganaba nada. Había que telefonear. Al poco
tiempo el timbre de la ambulancia sonaba en la calle. Al principio, los vecinos abrían las
ventanas y miraban. Después, la cerraban con precipitación. Entonces empezaban las luchas,
las lágrimas; la persuasión; la abstracción, en suma. En esos departamentos caldeados por la
fiebre y la angustia se desarrollaban escenas de locura. Pero se llevaban al enfermo. Rieux
podía irse.
Las primeras veces se había limitado a telefonear, y había corrido a ver a otros enfermos sin
esperar a la ambulancia. Pero los familiares habían cerrado la puerta prefiriendo quedarse cara
a cara con la peste a una separación de la que no conocían el final. Gritos, órdenes,
intervenciones de la policía y hasta de la fuerza armada. El enfermo era tomado por asalto.
Durante las primeras semanas, Rieux se había visto obligado a esperar la llegada de la
ambulancia. Después, cuando cada enfermo fue acompañado en sus visitas por un inspector
voluntario, Rieux pudo correr de un enfermo a otro. Pero al principio todas las tardes habían
sido como aquella en que al entrar en casa de la señora Loret, un pequeño cuartito decorado
con abanicos y flores artificiales, había sido recibido por la madre que le había dicho con una
sonrisa desdibujada:
-Espero que no sea la fiebre de que habla todo el mundo.
Y él, levantando las sábanas y la camisa, había contemplado las manchas rojas en el vientre y
los muslos, la hinchazón de los ganglios. La madre miró por entre las piernas de su hija y dio un
grito sin poderse contener. Todas las tardes había madres que gritaban así, con un aire
enajenado, ante los vientres que se mostraban con todos los signos mortales, todas las tardes
había brazos que se agarraban a los de Rieux, palabras inútiles, promesas, llantos, todas las

tardes los timbres de la ambulancia desataban gritos tan vanos como todo dolor. Y al final de
esta larga serie de tardes, todas semejantes, Rieux no podía esperar más que otra larga serie
de escenas iguales, indefinidamente renovadas. Sí, la peste, como la abstracción, era
monótona. Acaso una sola cosa cambiaba: el mismo Rieux. Lo sentía aquella tarde, al pie del
monumento de la República consciente sólo de la difícil indiferencia que empezaba a invadirle y
seguía mirando la puerta del hotel por donde Rambert desapareciera.
Al cabo de esas semanas agotadoras, después de todos esos crepúsculos en que la ciudad se
volcaba en las calles para dar vueltas a la redonda, Rieux comprendía que ya no tenía que
defenderse de la piedad. Uno se cansa de la piedad cuando la piedad es inútil. Y en este ver
cómo su corazón se cerraba sobre sí mismo, el doctor encontraba el único alivio de aquellos
días abrumadores. Sabía que así su misión sería más fácil, por esto se alegraba. Cuando su
madre, al verlo llegar a las dos de la madrugada, se lamentaba de la mirada ausente que
posaba sobre ella, deploraba precisamente la única cosa que para Rieux era algo atenuante.
Para luchar contra la abstracción es preciso parecérsele un poco. Pero ¿cómo podría
comprender esto Rambert? La abstracción era para Rambert todo lo que se oponía a su
felicidad, y a decir verdad Rieux sabía que el periodista tenía razón, en cierto sentido. Pero
sabía también que llega a suceder que la abstracción resulta a veces más fuerte que la felicidad
y que entonces, y solamente entonces, es cuando hay que tenerla en cuenta. Esto era lo que
tenía que sucederle a Rambert y el doctor pudo llegar a saberlo por las confidencias que
Rambert le hizo ulteriormente. Pudo también seguir, ya sobre un nuevo plano, la lucha sorda
entre la felicidad de cada hombre y la abstracción de la peste, que constituyó la vida de nuestra
ciudad durante este largo período.
Pero allí donde unos veían la abstracción, otros veían la realidad. El final del primer mes de
peste fue ensombrecido por un recrudecimiento marcado de la epidemia y por un sermón
vehemente del padre Paneloux, el jesuita que había asistido al viejo Michel al principio de su
enfermedad. El padre Paneloux se había distinguido por sus colaboraciones frecuentes en el
Boletín de la Sociedad Geográfica de Oran, donde sus reconstrucciones epigráficas eran de
autoridad. Pero había ganado un crédito más extenso que cualquier especialista pronunciando
una serie de conferencias sobre el individualismo moderno. Se había constituido en defensor
caluroso de un cristianismo exigente, tan alejado del libertinaje del día como del oscurantismo
de los siglos pasados. En esta ocasión no había regateado las verdades más duras a su
auditorio. De aquí su reputación.
Así pues, a fines del mes, las autoridades eclesiásticas de nuestra ciudad decidieron luchar
contra la peste por sus propios medios, organizando una semana de plegarias colectivas. Estas
manifestaciones de piedad pública debían terminar el domingo con una misa solemne bajo la
advocación de San Roque, el santo pestífero. Pidieron al Padre Paneloux que tomara la palabra
en esta ocasión. Durante quince días se arrancó a sus trabajos sobre San Agustín y la Iglesia
africana que le había conquistado un lugar aparte en su orden. De naturaleza fogosa y
apasionada había aceptado con resolución la misión que le encomendaban. Mucho antes del
sermón, se hablaba ya de él en la ciudad y, en cierto modo, marcó una fecha importante en la
historia de ese período.
La semana fue seguida por un público numeroso. Esto no quiere decir que en tiempos normales
los habitantes de Oran fuesen particularmente piadosos. El domingo, por ejemplo, los baños de
mar hacían una seria competencia a la misa. No era tampoco que una súbita conversión les
hubiera iluminado. Pero, por una parte, estando la ciudad cerrada y el puerto prohibido, los
baños no eran posibles, y por otra, nuestros conciudadanos se encontraban en un estado de
ánimo tan particular que, sin admitir en su fondo los acontecimientos sorprendentes que les
herían, sentían con toda evidencia que algo había cambiado. Muchos esperaban, además, que
la epidemia fuera a detenerse y que quedasen ellos a salvo con toda su familia. En
consecuencia, todavía no se sentían obligados a nada. La peste no era para ellos más que una
visitante desagradable, que tenía que irse algún día puesto que un día había llegado.
Asustados, pero no desesperados, todavía no había llegado el momento en que la peste se les
apareciese como la forma misma de su vida y en que olvidasen la existencia que hasta su
llegada habían llevado. En suma, estaban a la espera. Respecto a la religión, como respecto a

otros problemas, la peste había dado una posición de ánimo singular tan lejos de la indiferencia
como la pasión y que se podía definir muy bien con la palabra "objetividad". La mayor parte de
los que siguieron la semana de rogativas se mantenían en la posición que uno de los fieles
había expresado delante del doctor Rieux. "De todos modos eso no puede hacer daño." Tarrou
mismo, después de haber anotado en su cuaderno que los chinos en un caso así iban a tocar el
tambor ante el genio de la peste, hacía notar que era imposible saber si en realidad el tambor
resultaba más eficaz que las medidas profilácticas. Añadía, además, que para saldar la cuestión
hubiera sido preciso estar informado sobre la existencia de un genio de la peste y que nuestra
ignorancia en este punto hacía estériles todas las opiniones que se pudieran tener.
En todo caso, la catedral de nuestra ciudad estuvo más o menos llena de fieles durante toda la
semana. Los primeros días mucha gente se quedaba en los jardines de palmeras y granados
que se extendían delante del pórtico para oír la marea de invocaciones y de plegarias que
refluía hasta la calle. Poco a poco, por la fuerza del ejemplo, esas mismas gentes se decidieron
a entrar y mezclar su voz tímida a los responsos de los otros. El domingo, una multitud
considerable invadía la nave y desbordaba hasta los últimos peldaños de las escaleras. Desde la
víspera el cielo estaba ensombrecido y la lluvia caía a torrentes. Los que estaban fuera habían
abierto los paraguas. Un olor a incienso y a telas mojadas flotaba en la catedral cuando el
Padre Paneloux subió al pulpito.
Era de talla mediana pero recio. Cuando se apoyó en el borde del pulpito, agarrando la
barandilla con sus gruesas manos, no se vio más que una forma pesada y negra rematada por
las dos manchas de sus mejillas rubicundas bajo las gafas de acero. Tenia una voz fuerte,
apasionada, que arrastraba, y cuando atacaba a los asistentes con una sola frase vehemente y
remachada: "Hermanos míos, habéis caído en desgracia; hermanos míos, lo habéis merecido",
un estremecimiento recorría a los asistentes hasta el atrio.
Lógicamente, lo que siguió no estaba en armonía con este exordio patético. El resto del
discurso hizo comprender a nuestros conciudadanos que por un hábil procedimiento oratorio el
Padre había dado, de una vez, como el que asesta un golpe, el tema de su sermón entero.
Paneloux, en seguida después de esta frase, citó el texto del Éxodo relativo a la peste en Egipto
y dijo: "La primera vez que esta plaga apareció en la historia fue para herir a los enemigos de
Dios. Faraón se opuso a los designios eternos y la peste le hizo caer de rodillas. Desde el
principio de toda historia el azote de Dios pone a sus pies a los orgullosos y a los ciegos.
Meditad en esto y caed de rodillas."
Afuera redoblaba la lluvia y esta última frase, pronunciada en medio de un silencio absoluto,
que el repiquetear del chaparrón en las vidrieras hacía aun más profundo, resonó con tal acento
que algunos oyentes, después de unos segundos de duda, se dejaron resbalar desde sus sillas
al reclinatorio. Otros creyeron que había que seguir su ejemplo, hasta que poco a poco, sin que
se oyera más que el crujir de algún asiento, todo el auditorio se encontró de rodillas. Paneloux
se enderezó entonces, respiró profundamente y recomenzó en un tono cada vez más
apremiante. ''Si hoy la peste os atañe a vosotros es que os ha llegado el momento de
reflexionar. Los justos no temerán nada, pero los malos tienen razón para temblar. En las
inmensas trojes del universo, el azote implacable apaleará el trigo humano hasta que el grano
sea separado de la paja. Habrá más paja que grano, serán más los llamados que los elegidos, y
esta desdicha no ha sido querida por Dios. Durante harto tiempo este mundo ha transigido con
el mal, durante harto tiempo ha descansado en la misericordia divina. Todo estaba permitido: el
arrepentimiento lo arreglaba todo. Y para el arrepentimiento todos se sentían fuertes; todos
estaban seguros de sentirlo cuando llegase la ocasión. Hasta tanto, lo más fácil era dejarse ir:
la misericordia divina haría el resto. ¡Pues bien!, esto no podía durar. Dios, que durante tanto
tiempo ha inclinado sobre los hombres de nuestra ciudad su rostro misericordioso, cansado de
esperar, decepcionado en su eterna esperanza, ha apartado de ellos su mirada. Privados de la
luz divina, henos aquí por mucho tiempo en las tinieblas de la peste."
En la nave alguien rebulló como un caballo impaciente. Después de una corta pausa, el padre
recomenzó en un tono más bajo. "Se lee en la Leyenda dorada que en tiempos del rey
Humberto, en Lombardía, Italia fue asolada por una peste tan violenta que apenas eran

diversas toses subieron hacia el Padre Paneloux que. Pero este ejemplo nos sirve al menos de lección. ha llegado la hora de meditar. les ayuda a valorar ese resplandor excelso de eternidad que existe en el fondo de todo sufrimiento. a pesar de todo lo que acabo de decir. ya lo sé. ni siquiera. hermanos míos. sabéis que hay que llegar a lo esencial. Quiere veros ante Él más tiempo. Evocó el asta inmensa de madera girando sobre la ciudad. más clarividentes. La mano que os tenderá. volviendo a su tema con una sutileza que fue muy apreciada. "Hace mucho tiempo. Sin duda este furor de salvación no es recomendable. Vedle. los cristianos de Abisinia veían en la peste un medio de origen divino. alzándose ensangrentada. Habéis creído que os bastaría con venir a visitar a Dios los domingos para ser libres el resto del tiempo. los de antes del diluvio. Quiero haceros llegar conmigo a la verdad y enseñaros a encontrar la alegría. la ira y la piedad. Erguido sobre vuestros tejados. y en el mismo instante. Pero Dios no es tibio. Y heridos en la sangrienta era del dolor. No estamos ya en el momento en que con consejos. Al final de tan largo período. Denota una precipitación lamentable muy próxima al orgullo. Manifiesta la voluntad divina que sin . a decir verdad es la única manera de amar. En fin." Paneloux tendió en ese momento los brazos en la dirección del atrio. ninguna fuerza terrestre. Habéis pensado que unas cuantas genuflexiones le compensarían de vuestra despreocupación criminal. No hay que apresurarse más que Dios pues todo lo que pretende acelerar el orden inmutable que Él ha establecido de una vez para siempre. el cuerpo agitado por un temblor que sus manos comunicaban al pulpito y recomenzó más sordamente pero con tono acusador: "Sí. la peste y la salud del alma. la peste entra en vuestra casa. goteando la sangre del dolor humano. a este ángel de la peste. He aquí por qué cansado de esperar vuestra venida. Faraón y Job y también todos los malditos. sabedlo bien. Y es un venablo rojo el que os señala el camino de la salvación y os empuja hacia él. recomenzó con la voz serena. es la misma caza mortal la que se corre hoy día por nuestras calles. conduce a la herejía. encarnizándose sobre todo en Roma y en Pavía. el venablo suena en la madera. con una mano fraternal hubiera podido empujaros hacia el bien. eficaz para ganar la eternidad. es su manera de amaros. ha hecho que la plaga os visite como ha visitado a todas las ciudades de pecado desde que los hombres tienen historia." Aquí. en lo que se muestra la misericordia divina que en toda cosa ha puesto el bien y el mal. un estornudo." Un viento húmedo se arremolinó entonces bajo la nave y las llamas de los cirios se inclinaban chisporroteando. se preguntan adonde voy a parar. ahora. A nuestros espíritus. Hoy la verdad es una orden. Acaso en este instante mismo. y los que no estaban contaminados se envolvían en las sábanas de los pestíferos para estar seguros de morir. hiriendo al azar. el Padre volvió a tomar con más amplitud todavía la imagen patética del azote. su dedo apunta a vuestra puerta. Este resplandor aclara los caminos crepusculares que conducen hacia la liberación. segura como el orden mismo del mundo. extendéis ahora una mirada nueva sobre los seres y las cosas desde el día en que esta ciudad ha cerrado sus murallas en torno a vosotros y a la plaga. con el venablo rojo en la mano derecha a la altura de su cabeza y con la izquierda señalando una de vuestras casas. acaso. Es en esto. el Padre Paneloux se detuvo. Y apareció visiblemente un ángel bueno dando órdenes al ángel malo que llevaba un venablo de cazador. "Muchos de entre vosotros. seréis arrojados con la paja. Esas relaciones espaciadas no bastan a su devoradora ternura. podrá ayudaros a evitarla. Ahora sabéis lo que es el pecado como lo supieron Caín y sus hijos. Este mismo azote que os martiriza os eleva y os enseña el camino. como si se señalase algo tras la cortina movediza de la lluvia: "Hermanos míos -dijo con fuerza-. el pelo caído sobre la frente. se sienta en vuestro cuarto y espera vuestro regreso. y le ordenaba pegar con él en las casas. Y como todos ellos. y de las casas salían tantos muertos como golpes recibían del venablo. "para las sementeras que prepararán las cosechas de la verdad". los de Sodoma y Gomorra. la vana ciencia de los hombres. Un espeso olor de cera.suficientes los vivos para enterrar a los muertos. Está allí paciente y atenta. bello como Lucifer y brillante como el mismo mal.

bajo la cobertera del cielo donde ya empezaba a retostarse el verano. Mathieu Marais era ciego! Por el contrario nunca como este día el Padre Paneloux había sentido la ayuda divina y la esperanza cristiana que alcanzaba a todos. cuando llegaba la noche. a partir de aquel domingo hubo en la ciudad una especie de pánico harto general y harto profundo como para poder suponer que nuestros conciudadanos empezaban verdaderamente a tener conciencia de su situación. Pero de pronto. al vivir así. Pero. Hoy mismo. el sermón hacía más sensible para algunos la idea. sin ayuda y sin esperanza. Desde este punto de vista la atmósfera fue un poco modificada. nuestros ciudadanos dirigiesen al cielo la única palabra cristiana. de angustia y de clamores. a través de este tropel de muerte. vertía el rumor de las voces. El foco que estaba colocado en alto. en verdad. Pocos días después del sermón. en lo posible.descanso transforma el mal en bien. Ante todo. La gente había aceptado primero el estar aislada del exterior como hubiera aceptado cualquier molestia temporal que no afectase más que a alguna de sus costumbres. -Pronto no habrá más que locos entre nuestras cuatro paredes -dijo Rieux. no tuvieron más idea desde aquel momento que la de evadirse. Esperaba. todo el lenguaje de una ciudad que se despierta. de que por un crimen desconocido estaban condenados a un encarcelamiento inimaginable. detrás de ellos iluminó súbitamente al hombre que reía en silencio con los ojos cerrados. Dios haría el resto. Él creía que todo había quedado claro para todos. sino también un verbo que os apacigüe. conscientes de estar en una especie de secuestro. Si esta prédica tuvo algún efecto entre nuestros conciudadanos. el deslizarse de los vehículos. sentían confusamente que esta reclusión amenazaba toda su vida y. la inmensa consolación que quería traeros para que no sean sólo palabras de castigo las que saquéis de aquí. El Padre volvió. por el contrario. En ese momento. resplandeció bruscamente. es muy difícil decirlo. Fuera había cesado la lluvia. que se encendía cada día más tarde. la energía que recordaban con la frescura de la atmósfera les llevaba a veces a cometer actos desesperados. sin embargo. Rieux. que. a pesar del horror de aquellos días y de los gritos de los agonizantes. Los oyentes disponían discretamente sus cosas para partir. removiéndose sin ruido. que le había cogido del brazo para alejarse de allí. sintió que temblaba de enervamiento. Pasaron de largo. distendido en una hilaridad muda. la palabra de amor. Rieux. Pero no todo el mundo 'había sacado una opinión tan categórica. que comentaba este acontecimiento con Grand. a tomar la palabra y dijo que después de haber demostrado el origen divino de la peste y el carácter punitivo de este azote no tenía más que decir y que para concluir no haría uso de una elocuencia que resultaría fuera de lugar tratándose de asunto tan trágico. Por su rostro blancuzco. ¡Pues bien. entremezclado de agua y de sol. Añadiendo a todo esto el cansancio. sintió que tenía la garganta seca. hermanos míos. Y mientras que unos continuaron su vida insignificante adaptándose a la reclusión. . otros. el alumbrado de nuestra ciudad. fuese o no coincidencia. el cambio ¿estaba en la atmósfera o en los corazones? He aquí la cuestión." Se veía que Paneloux había terminado. chocó en la oscuridad con un hombre que se bamboleaba delante de él sin decidirse a avanzar. Un cielo. yendo hacia los arrabales. el cronista Mathieu Marais se había lamentado de sentirse hundido en el infierno. el sudor escurría en gruesas gotas. nos guía hacia el silencio esencial y hacia el principio de toda vida. Quería recordar únicamente que cuando la gran peste de Marsella. -Es un loco -dijo Grand. He aquí. El juez Othon declaró al doctor Rieux que había encontrado la exposición del Padre Paneloux "absolutamente irrefutable". Simplemente. vaga hasta entonces. en contra de toda apariencia.

pero que el trabajo que su autor se tomaba en llevarla a la perfección le era muy penoso. pidió un alcohol que bebió de un trago. y diga a sus colaboradores: "Señores. a veces una simple conjunción. iluminado por una sola lámpara sobre el mostrador." Aquí Grand se detuvo. con volubilidad. . Rieux se preguntaba qué iría a decir. Pero la cuestión no está ahí. por ejemplo. es fácil escoger entre el mas y el pero. por encima de los reflectores. Se acercaban al barrio de Grand y como aquél quedaba un poco en alto. Pero. -Felizmente -dijo el otro-. Pero seguramente lo más difícil que existe es emplear bien el cuyo. un silbido sordo le hacía pensar en el invisible azote que abrasaba incansablemente el aire encendido. No quiso quedarse allí.Compréndame bien. En el mostrador. Las palabras salían a tropezones de su boca desmantelada. Fuera le pareció a Rieux que la noche estaba llena de gemidos. llevándose la mano a la cabeza y poniendo después el brazo horizontal. Parecía prepararse a decir algo y al fin empezó. es una ventaja. -Sí -dijo Rieux-. Aunque poco impuesto de las costumbres literarias. y Rieux prefería callarse. A pesar suyo ponía el oído en los rumores de la peste. En la oscuridad Rieux adivinaba que agitaba los brazos. En rigor. no.. -Felizmente. -¿Tiene usted todavía para mucho tiempo? Grand pareció animarse. las gentes hablaban en voz baja. nunca se sabe. no es esa la cuestión. Y decidido a no escuchar más aquel silbido preguntó a Grand si estaba contento de su trabajo. doctor. En lo alto el silbido caprichoso parecía recomenzar con más fuerza.-Bebamos algo. -Mire usted. lo que yo quiero es que el día que mi manuscrito llegue a casa del editor. una ligera lluvia les refrescaba y al mismo tiempo barría todos los ruidos de la ciudad. felizmente -decía Grand. -En fin. en el cielo negro. "Noches. La dificultad aumenta con el pues y el porque. Le parecía que su acompañante hacía el movimiento de descubrirse. Grand seguía hablando y Rieux no captaba todo lo que decía el buen hombre. creo que voy por buen camino. sin razón aparente. Ya es más difícil optar entre el mas y el y." Esta brusca declaración sorprendió a Rieux. hay que quitarse el sombrero. de hecho. semanas enteras sobre una palabra.. Sujetó al doctor por un botón del abrigo. el calor del alcohol se comunicó a su voz. Grand. -No lo sé. En todas partes. éste se levante después de haberlo leído. declarando que era fuerte.1 . doctor. doctor. -Sí -decía Grand-. Rieux tenía sin embargo la impresión de que las cosas no debían ser tan sencillas y que. Comprendía solamente que la obra en cuestión tenía ya muchas páginas.. con sorpresa del doctor. En el pequeño café donde entraron. los editores en sus despachos debían de estar sin sombrero. tengo mi trabajo. es necesario que sea perfecto. en la atmósfera espesa y rojiza.

Cuando haya llegado a transcribir el cuadro que tengo en la imaginación. Grand había dejado la hoja y seguía contemplándola. Echó a andar. En el comedor Grand le invitó a sentarse ante una mesa cubierta de papeles llenos de tachaduras sobre una letra microscópica. -Sí -dijo-. En ese preciso momento tenía una percepción extraordinaria. Rieux rehusó y se puso a mirar los papeles. tres. Es la primera frase. Pero Grand dijo con animación que ese punto de vista no era acertado. de la ciudad que se extendía a sus pies. Daba sobre sus papeles con la palma de la mano. del T. La hoja temblaba en su mano. c'est assez facile de choisir entre mais et et. Mais assurément ce qu'il y a de plus difficile. y de los terribles lamentos que ahogaba por las noches. las avenidas floridas del Bosque de Bolonia. En la traducción se han buscado equivalentes castellanos más o menos aproximados. Pero ¿quiere usted beber algo? Tengo un poco de vino. comprendo. que levantó para mirarla al trasluz. "En una hermosa mañana del mes de mayo. Esperó un poco. tres. La difficulté grandit avec puis et ensuite. un. entonces el resto será más fácil y sobre todo la ilusión será tal desde el principio que hará posible que digan: "Hay que quitarse el sombrero. -¿Qué le parece? Rieux respondió que aquel comienzo le inspiraba la curiosidad de conocer el resto. c'est de savoir s'il faut mettre et ou s'il ne faut pas". Grand lo miró y le sonrió con una especie de agradecimiento. Después de un momento levantó los ojos. -Siéntese -le dijo y léamela. que le interrogaba con la mirada-. Grand pareció confuso y procuró ponerse a su paso. Mucho trabajo. ante la lámpara sin pantalla. dos.-Sí -dijo Rieux-. del mundo cerrado que componía. esto es -dijo Grand al doctor. -Sí. agudizada.). Él también contemplaba todas las hojas y su mano pareció invenciblemente atraída por una de ellas. un. El otro pareció tranquilizarse y cuando llegaron delante de su casa propuso al doctor subir un momento. Me está dando trabajo. una elegante amazona recorría. Rieux aceptó." 1 El párrafo del original francés dice textualmente: "A ¡a rigeur. creo que tengo ganas de leerla. (N. y decía: -Esto no es más que una aproximación. Rieux escuchaba al mismo tiempo el bordoneo confuso que en la ciudad parecía responder al silbido de la plaga. Rieux observó que la frente del empleado estaba húmeda." Se hizo el silencio y con él volvió el rumor de la ciudad atormentada. . cuando mi frase tenga el movimiento mismo de este paseo al trote. ¡No sé lo que me pasa esta noche! Rieux le dio un golpecito suave en el hombro y le dijo que bien quisiera poder ayudarlo y que su historia le interesaba mucho. sin dejar de mirar la hoja. C'est dejà plus difficile d'opter entre et et puis. -No mire usted -dijo Grand-. -Excúseme -balbuceó-. en una soberbia jaca alazana. dos. La voz de Grand se elevó sordamente.

que le ofrecían bonos de alojamiento o direcciones de pensiones económicas. esta competencia no le servía de modo alguno. pero con todo perceptible. como le decía Rambert a Rieux con un dejo de amargura. para el caso. Sin contar que los días pasaban así más rápidos y en la situación en que se encontraba la ciudad entera se podía decir . pródigos en buenos consejos cuando se les pedía decisiones. era que todo esto le encubría la verdadera situación. que poseían indiscutibles conocimientos en problemas de lo contencioso. perdiendo la cabeza entre el calor y la peste. en consecuencia. La ventaja. sus conocimientos eran nulos. a la exportación. vago. su caso debía ser especialmente examinado. pero no con más éxito. este género de razonadores constituía la categoría de los formalistas. Eran. Ante cada uno de ellos. En general los interlocutores del periodista admitían de buena gana este punto. mucho más numerosos que los otros. un precedente. que aseguraban al demandante que nada de todo aquello podía durar y que. Algunos de nuestros conciudadanos. le escapaban. en seguida. había. que se volvían a mirar a otro lado. que hacían llenar una ficha y la archivaban. la obstinación acababa por triunfar de todo y. de clisé. Junto a éstos se podía encontrar a los elocuentes. sin embargo. prácticamente. y cada vez que había sido posible. Había visitado a un gran número de funcionarios y de gentes cuya competencia no se discutía generalmente. lo más asombroso que había en todos ellos era la buena voluntad. añadía-: cuando todo esto termine. sin contar los diplomas más sólidos y una buena voluntad evidente. hombres que tenían ideas muy concretas y bien ordenadas sobre todo lo que concierne a la banca. Había también los importantes. tenía una ligereza de tono que le daba un carácter. Este era al menos el sentido de lo que estaba diciendo cuando oyeron que unos hombres pasaban corriendo bajo la ventana. Los progresos de la peste. Pero el ruido de pasos precipitados se repitió. Según él. tenía algo que ver con las dificultades administrativas que se oponían a toda medida de favor que amenazase con sentar lo que llamaban. a los frutos cítricos y hasta al comercio de vinos. a fuerza de esperar sentado en una banqueta de hule. los tradicionales. por supuesto. que indicaban a Rambert otra dependencia administrativa o una gestión distinta. y los impacientes. por lo tanto. en su mayor parte. su asunto no era tan singular como imaginaba. había también los triviales. en seguros. La base de su argumentación consistía siempre en decir que él era extraño a la ciudad y que. se habían dejado llevar por la violencia e intentaron engañar a los vigilantes de las barreras para escapar de la ciudad. Rambert había defendido su causa. Pero le advertían que este era también el caso de cierto número de gentes y que. Pues a pesar de la satisfacción que a veces le causaba. con más obstinación y más habilidad. A lo cual Rambert podía contestar que ello no tenía nada que ver con el fondo de su argumentación. Había muchos que. los desbordantes. consolaban a Rambert afirmando que se trataba de una contrariedad momentánea. que levantaban los brazos en alto. los metódicos. -Ya verá usted lo que yo haré de esto -decía Grand. Según la clasificación que Rambert propuso al doctor Rieux. Incluso. Rambert había continuado al principio sus gestiones oficiales. desde un cierto punto de vista. en cierto modo. en fin. Nunca consentiría en entregar esta frase tal como estaba al impresor. con expresión de gran repugnancia. su oficio le exigía ser desenvuelto.Pero para esto tenía aun mucho que roer. y volviéndose hacia la ventana. se daba cuenta de que no se ajustaba enteramente a la realidad y de que. como Rambert. que le rogaban que les dejase una nota resumiendo su situación y notificando quién le había informado de que ellos estatuirían sobre tal caso. intentaban huir de esta atmósfera de pánico naciente. ante grandes carteles que invitaban a suscribirse a bonos del Tesoro exentos de impuesto o a engancharse en la armada colonial. Rieux bajaba ya y dos hombres pasaron delante de él cuando llegó a la calle. Pero. sin embargo. Pero en materia de peste. y le respondían que ello. poco más o menos. El periodista se había agotado en estas visitas y había adquirido una idea justa de lo que puede ser un ayuntamiento o una prefectura. a fuerza de entrar en despachos donde los rostros humanos se dejaban tan fácilmente prever como el fichero de los estantes de legajos.

sus recursos económicos anteriores y actuales y por eso que se llama su curriculum vitae. -¿Por si acaso qué? -preguntó Rambert. Pareció decidirse y se fue a sentar al fondo de la sala. en caso de que cayese con la peste y muriese. Pero después de algunas gestiones acertadas consiguió encontrar la oficina pública de donde se había salido la hoja y allí le dijeron que esas informaciones habían sido tomadas "por si acaso". pues la sociedad se ocupaba de ella. esperando la noche. Algunos informes confusos recogidos en una oficina le confirmaron esta impresión. el rosa del poniente se reflejaba en los vidrios y los mármoles de las mesas relucían débilmente en la oscuridad que aumentaba. pero que se trataba. Pero esto no era un consuelo. por orden superior. generalmente a espaldas de las autoridades superiores. Vagaba de café en café. la manera en que en el momento de una catástrofe una oficina podía continuar su servicio y tomar iniciativas como en otros tiempos. en efecto. y Rambert lo notó. al fin de sus sufrimientos.que cada día pasado acercaba a cada hombre. Le explicaron entonces que había sido sólo para poder. prevenir a su familia. leía un periódico con la esperanza de encontrar en él signos de un próximo fin de la enfermedad. por la única razón de que estaba constituida para ese servicio. Rieux pensaba que estaba identificando aquellas imágenes con las de su amor. hecho todas las gestiones posibles. así. Había visitado todos los despachos. las salidas por ese lado estaban totalmente cerradas. Una vieja estufa de hierro colado. En las paredes algunos anuncios que brindaban una vida dichosa y libre en Bandol o en Cannes. permanecía rodeada por las huellas de numerosos riegos que habían trazado ochos en el suelo. precisamente a la puerta de un café donde estaba dudando si entraría. su situación familiar. Rambert venía de leer los antiguos horarios. al presupuesto de la ciudad o si se podía esperar que los reembolsasen sus parientes. Rieux se fue de allí. Rieux lo encontró una tarde. porque eran sombrías y frescas. los barrios desiertos del Panteón y algunos otros lugares de una ciudad que no sabía que amaba tanto le perseguían entonces impidiéndole hacer nada útil. de los cafés a los restaurantes. según le decía Rieux. se levantaba y andaba al azar por las calles amarillentas de la ciudad. las palomas del Palais Royal. y después de haber leído por centésima vez las muestras de los comercios de enfrente. sin embargo. Lo más notable era. Era la hora en que. iba. Fue un período de embrutecimiento. retardaban en los cafés el momento de dar la luz. Después se sentaba en un rincón. La hoja preguntaba por su identidad. El crepúsculo invadió la sala como un agua gris. Un paisaje de viejas piedras y agua. apartándose con repugnancia de su expresión de tristeza. pero las salas de espera que se alcanzaban a ver desde el exterior seguían abiertas y algunas veces había mendigos que se instalaban allí los días de calor. El acceso a los andenes estaba prohibido. Y el día en que Rambert le contó que le gustaba despertarse a las cuatro de la mañana y . Las imágenes que se le hacían más penosas de llevar eran. Evidentemente eso probaba que no estaba tan separado de la que le esperaba. Había recibido de la prefectura una hoja de inscripción en blanco que se le rogaba llenar exactamente. el período que siguió a esto fue el más fácil y más difícil a la vez. En medio de la sala desierta Rambert parecía una sombra perdida y Rieux pensó que aquélla era la hora de su abandono. Se sentaba por la mañana en una terraza delante de un vaso de cerveza tibia. Tuvo la impresión de que se trataba de una información destinada a revisar los casos de personas susceptibles de ser enviadas a su residencia habitual. las de París. de una verdad un poco demasiado general. fría desde hacía meses. La sala era oscura. Pero era también el momento en que todos los prisioneros de la ciudad sentían también el suyo y era preciso hacer algo para apresurar la liberación. la publicidad de los grandes aperitivos que ya no se servían. los carteles que prohibían escupir y el reglamento de la policía de los trenes. Rambert encontraba allí esa especie de espantosa libertad que se encuentra en el fondo del desasimiento. Rieux tuvo que reconocer que este punto era verdadero. Rambert pasaba también largos ratos en la estación. De los paseos solitarios a los cafés. siempre que no muriese. miraba las caras de la gente que pasaba. En un momento dado Rambert concibió esperanzas. Para Rambert. y además para saber si había que cargar los gastos al hospital.

pero hablaban de muertos en la ciudad. el verano estalló. . en el cielo y sobre las casas. Como aquellos calores coincidieron con un aumento vertical del número de víctimas que alcanzó a cerca de setecientas por semana. después de la venta de la mañana. se duerme a esa hora y esto tranquiliza. cuando llega el momento de la ausencia. y todos pasaban o vivían al lado de aquellos lamentos como si fuesen el lenguaje natural de los hombres. en las cuales los agentes habían tenido que hacer uso de sus armas. Los periódicos publicaron decretos que renovaban la prohibición de salir y amenazaban con penas de prisión a los contraventores. para el corazón aterrorizado de nuestros conciudadanos todo tomaba una importancia cada vez más grande. sin embargo. El sol perseguía a nuestros conciudadanos por todos los rincones de las calles. crearon una sorda agitación. Para todos nuestros conciudadanos este cielo de verano. según su propia experiencia. Seguramente había habido heridos. Sí. de golpe. no invitaban como antes a las fiestas del agua y de la carne. Poco después del sermón empezaron los calores. tenían el mismo sentido amenazador que la centena de muertos que pesaba sobre la ciudad cada día. El sol incesante. entonces les pegaba fuerte.ponerse a pensar en su ciudad. se abrían rápidamente y. Se levantó primero un gran viento abrasador que sopló durante veinticuatro horas y resecó las paredes. encargados por una ordenanza vigente de matar los perros y los gatos que podían propagar las pulgas. que el descontento no cesaba de aumentar. Es cierto. y si se paraban. Ya no estaba en proporción con los crepúsculos de junio que hacen lejano el horizonte en nuestro país. todas las puertas estaban cerradas y echadas las persianas. Los colores del cielo y los olores de la tierra que marcan el paso de las estaciones eran. Al día siguiente de las lluvias tardías que habían señalado el domingo del sermón. anunciados primero por el ruido de las herraduras en el empedrado. sus pétalos alfombraban las aceras polvorientas. hasta las cuatro de la mañana no se hace nada y se duerme aunque la noche haya sido una noche de traición. en un sueño sin orillas que sólo pueda terminar el día del encuentro. Había patrullas que recorrían la ciudad. un pesado silencio receloso volvía a caer sobre la ciudad amenazada. en las calles desiertas y caldeadas se veían avanzar. en efecto. De algunas casas. Olas ininterrumpidas de calor y de luz inundaron la ciudad a lo largo del día. Por el contrario. El grito de los vencejos en el cielo de la tarde se hacía más agudo sobre la ciudad. El sol de la peste extinguía todo color y hacía huir toda dicha. salían gemidos. la hora en que podía apoderarse de ella. Cada uno veía con horror que los calores favorecían la epidemia y al mismo tiempo cada uno veía que el verano se instalaba. que lo que le gustaba imaginar era la mujer que había dejado allí. una especie de abatimiento se apoderó de la ciudad. estas calles que palidecían bajo los matices del polvo y del tedio. Cuando la patrulla desaparecía. esas horas con sabor a sueño y a vacaciones. Las peleas en las puertas de la ciudad. en todo caso. que nuestras autoridades habían temido lo peor y encarado seriamente las medidas que habrían de tomar en el caso de que esta población. Se veía claramente que la primavera se había extenuado. Pero después de tan continuada alarma pareció que el corazón de todos se hubiese endurecido. guardias montados que pasaban entre dos filas de ventanas cerradas. a aplastarse lentamente bajo el doble peso de las pestes y del calor. El sol se afincó. la animación decreció y en aquellos barrios en los que las gentes vivían siempre en las aceras. que se había prodigado en miles de flores que estallaban por todas partes. sensibles para todos. Habían perdido el reflejo dorado de las estaciones felices. Por los barrios extremos. donde todo se exageraba por efecto del calor y del miedo. Al principio cuando esto sucedía se veía a los curiosos detenerse en la calle a escuchar. En medio del calor y del silencio. por las callejuelas de casas con terrazas. llegara a sublevarse. sin que se pudiera saber si era de la peste o del sol de lo que procuraban protegerse. Ésta era. Fuera de las calles de soportales y de los departamentos. a la redonda. De cuando en cuando centelleaban los escopetazos de los equipos especiales. parecía que no había un solo punto en la ciudad que no estuviese situado en medio de la reverberación más cegadora. En general. De pronto. y que ahora iban a adormecerse. Estas detonaciones secas contribuían a tener a la ciudad en una atmósfera de alerta. sonaban a hueco en la ciudad cerrada y silenciosa. mantenida bajo el azote. Las flores ya no llegaban en capullo a los mercados. puesto que el gran deseo de un corazón inquieto es el de poseer interminablemente al ser que ama o hundir a este ser. Estábamos a fines del mes de junio. por primera vez. el doctor tradujo con facilidad.

"' Además estaba seguro de que durante mucho tiempo los viajeros procurarían evitar la ciudad. esta era la conclusión de los apuntes. Por él se sabía que también el viejecito de los gatos vivía la tragedia. además. se habían oído disparos y. así. el plomo escupido sobre los gatos había matado a la mayor parte y aterrorizado a los otros. Este verano. el viejecito había salido al balcón a la hora habitual. Y en todo caso. como el de aquella mujer que en un barrio desierto. Y la misma razón que había llenado en un principio todos los cuartos del hotel los mantenía ahora vacíos. Una semana después. Una mañana. en efecto. en vista de lo que se prolongaba la epidemia. con todas las persianas cerradas. En el comedor. A Tarrou. cerrando detrás de sí. y en . observando a sus personajes favoritos. Daba golpecitos con la mano en la barandilla del balcón. que reconocía haberle oído predecir una desgracia. había empezado a dar las cifras de noventa y dos. había escrutado los confines de la calle y se había resignado a esperar. señor. pero seguido solamente de los dos perritos amaestrados. Tarrou esperó en vano la aparición cotidiana: las ventanas continuaron obstinadamente cerradas sobre una tristeza bien comprensible. Se cuentan los muertos y los vivos y asunto concluido. había abierto bruscamente una ventana cuando él pasaba y había lanzado dos gritos enormes antes de cerrar los postigos sobre la oscuridad espesa del cuarto. ¿Qué hacer en estas condiciones? Es también Tarrou el que da una imagen más perfecta de lo que era nuestra vida de entonces." El gerente estaba igualmente abrumado. muchos habían preferido alojarse en casas de amigos. ¡Mientras que esa porquería de enfermedad! Hasta los que no la tienen parecen llevarla en el corazón. el hombre lechuza. ciento siete y ciento veinte al día. La ciudad se abría entonces hacia el mar y desparramaba a su juventud por las playas. Después de esperar un rato y de haber dejado caer en pedacitos un poco de papel. con cólera.. y se podía leer en los rasgos del viejecito una tristeza y un desconcierto cada vez más manifiestos. decía Tarrou. Tarrou. Tarrou continuaba. En los días siguientes se había repetido la misma escena. se había asomado.. que los fríos son contrarios a este género de enfermedades. el mar tan próximo estaba prohibido y el cuerpo no tenía derecho a sus placeres. en general. Todos nuestros conciudadanos acogían siempre el verano con alegría. anotando justamente que una fase de la epidemia había sido señalada por la radio cuando. habría cerrado hacía tiempo el establecimiento. si fuera un temblor de tierra! Una buena sacudida y no se habla más del caso. Él seguía en sus apuntes los progresos de la peste. por el contrario.. estaba siempre seguro de encontrar en el vestíbulo la figura sombría del sereno que se paseaba de un lado para otro. los viajeros imposibilitados de dejar la ciudad habían permanecido en el hotel." Evocaba también aspectos patéticos o espectaculares de la epidemia. prohibido escupir a los gatos". Muchas veces pedía a Tarrou que calculase la probable duración de la epidemia: "Parece ser. "En tiempos de peste. "Los periódicos y las autoridades quieren ser más listos que la peste. nos faltan todavía varios meses. Pero. que habían huido de la calle. anotaba que las pastillas de menta habían desaparecido de las farmacias porque muchas gentes las llevaban en la boca para precaverse contra un contagio eventual. Con cuarentena o sin ella." El gerente se enloquecía: "Pero aquí no hace realmente frío. en vez de anunciar cientos de defunciones por semana. cuando volvía por la noche. había vuelto a salir después y al cabo de cierto tiempo había desaparecido bruscamente. se había metido en su cuarto.. se vio aparecer al señor Othon. es sospechosa. había demostrado cierta sorpresa. pero poco a poco. -Esto no me gusta -decía el gerente a Tarrou-. El mismo día. le decía: "¡Ah. La causa era que la mujer había cuidado y enterrado a su madre y tenía que sufrir cuarentena.Esta era una de las grandes revoluciones de la enfermedad. Al principio. las contraventanas. Esta peste era la ruina del turismo. puesto que ya no llegaban más viajeros a la ciudad. pero que le recordaba su idea del temblor de tierra. Se imaginan que le quitan algunos puntos porque ciento treinta es una cifra menor que novecientos diez. después de una corta ausencia. El sereno no cesaba de recordar a todo el mundo que él había previsto lo que iba a pasar. Tarrou era uno de los pocos que habían quedado y el gerente no perdía nunca la ocasión de hacerle notar que si no fuera por su deseo de complacer a sus últimos clientes. Por otra parte. como decía Tarrou.

Estaba en la cama. pero con el comentario siguiente: "Comprendo este simpático ardor. inclinado sobre sus dos cazuelas de garbanzos. Ellos sí lo son. dueño de una mercería en su provincia. le había explicado que. pues. que era la única que le importaba. y no había vuelto a levantarse. no hacer nada. Vestido de negro. por lo demás. Pero por ciertas reflexiones que siguieron a esto Tarrou comprendió que su filosofía estaba estrechamente relacionada con el mal humor . un poco más encerrado en sí mismo. que ya ha vuelto. que en el descenso los días del hombre ya no le pertenecían. según la religión. En el momento de la desgracia es cuando se acostumbra uno a la verdad. No había salido nunca de la ciudad. Se había acostado. "Cada quince cazuelas decía. Pero él era categórico y tenía sus posiciones bien tomadas. "Un reloj -decía. parecía una pequeña sombra de su padre. ni su trabajo. Esperemos. -No. como su hermana. una mirada donde se lee tanta bondad será siempre más fuerte que la peste. en otra ocasión. Tarrou le hacía comprender que desde ese punto de vista todo el mundo era sospechoso. Pero el señor Othon no cambiaba por tan poca cosa y entraba siempre igual en la sala del restaurante. que parecía asombrarse de su enclaustramiento. frotándose las manos. una de las cuales estaba siempre llena de garbanzos cuando se despertaba. si existiese. Es muy sencillo. El sermón del Padre Paneloux estaba también registrado en los apuntes. poco más o menos. Una pequeña renta le había ayudado a llegar a los setenta y cinco años que llevaba alegremente. En el primer caso es que no se ha perdido todavía la costumbre." Al día siguiente Tarrou había vuelto sin anunciarse. Nada le había interesado nunca. siempre hay un poco de retórica. Según los apuntes. está bien merecido. El sereno. ni el café. pegado a la almohada. Había vuelto a su casa por el primer tren." Calculaba el tiempo y sobre todo la hora de las comidas. los curas no serían necesarios. Señala también el color castaño claro de los ojos de la madre de Rieux. en vista de esto. La cosa va de prisa ¿eh? El cura tiene razón. Sólo el niño había cambiado de aspecto. ni los paseos. había dado ya desde muy joven signos de su vocación. obligado a ir a Argel por asuntos de familia. que no quería al señor Othon. El viejo había acogido a Tarrou con risitas. había dicho a Tarrou: -¡Ah! Éste reventará vestido. Esto es el mundo al revés: más médicos que enfermos. ni las mujeres." Tarrou anota también que ha tenido una larga conversación con el doctor Rieux de la que sólo recuerda que tuvo buenos resultados. con sus dos cazuelas. con el doctor. la primera mitad de la vida de un hombre era una ascensión y la otra mitad un descenso. incapaz de llevar más lejos la aventura. después de su entrevista. ni la música. y en el segundo. porque le podían ser arrebatados en cualquier momento. A Tarrou. La contradicción. había creído que a los cincuenta años ya había trabajado bastante.es una cosa cara y estúpida.consecuencia ellos también. se sentaba antes que sus hijos y les dirigía frases distinguidas y hostiles. Al principio de las plagas y cuando ya han terminado. excepto un día en que. Así tenía sus colaciones en un día medido por cazuelas. justamente. en su opinión. Su asma se relacionaba con la postura vertical. el viejo asmático. No podía soportar la vista de un reloj y por lo tanto no había ni uno en su casa. y consagra también largos párrafos al viejo asmático cuidado por Rieux. le había dicho a Tarrou. "¡Ah! otro más -había dicho al ver a Tarrou-. Había ido a verle.necesito un tentempié. no le asustaba. ni los amigos. Se irá derecho. afirmando caprichosamente que." De creer a su mujer. que por lo tanto no podía hacer nada con ellos y que lo mejor era. que seguramente Dios no existía porque. es decir al silencio. ni usted ni yo somos sospechosos. Con aplicación y regularidad iba llenando ininterrumpidamente la otra. señor Tarrou. garbanzo a garbanzo. se había bajado en la primera estación. Así no hará falta mortaja.

sostener la moral de la población. Rápidamente se forman en las puertas pequeños grupos de gente que no puede encontrar sitio. en una palabra." Pero. Después. En las paradas. responde: 'no'. para evitar el contagio mutuo. se ha fundado un periódico nuevo: el 'Correo de la Epidemia'.' "A pesar de la crisis del papel. la santidad es un conjunto de costumbres. "Al amanecer. hay un desfile de jóvenes de ambos sexos en los que se puede observar esta pasión por la vida que crece en el seno de las grandes desgracias. el tranvía arroja cantidades de hombres y mujeres que se apresuran a alejarse para encontrarse solos. Con frecuencia estallan escenas ocasionadas únicamente por el mal humor que va haciéndose crónico. etc. guiado por una escrupulosa objetividad. lo más posible. que se hace cada día más aguda y que ha obligado a ciertos periódicos a disminuir el número de sus páginas. que es la que queda entre las muertes de la noche y las agonías del día. Si los restaurantes están atestados es porque para muchos simplifican el problema del avituallamiento. Volveremos a ver las saturnales de Milán al borde de las tumbas. 'Ciento veinticuatro muertos es el balance del día noventa y cuatro de la peste. pero en algunas el letrero cerrado a causa de la peste atestigua que no abrirán tan pronto como las otras. parece que la peste suspende un momento su esfuerzo para tomar aliento. las calles se animan. llevando bajo el brazo las hojas donde estalla la palabra 'Peste'. la ciudad se despierta poco a poco. los cafés abren sus puertas con los mostradores llenos de letreros: 'No hay café. La mayor parte parece que se hubiera propuesto conjurar la peste por la exhibición de su lujo. Todos los días de once a dos.' 'Traed vuestro azúcar'. Los clientes pierden largos ratos en limpiar pacientemente . y éstos se ríen demasiado. todos los ocupantes se vuelven la espalda. la moral se ensanchará también. Los tranvías han llegado a constituir el único medio de transporte y avanzan lentamente.que le producían las frecuentes colectas de su parroquia. de los progresos o retrocesos de la epidemia. sí. "No se ríe nadie más que los borrachos -decía Tarrou-. El cielo empieza a perder su luminosidad por el exceso de calor. Lo que acaba el retrato del viejo era un deseo que parecía profundo y que varias veces había manifestado ante su interlocutor: tenía la esperanza de morir muy viejo. sino que. aportar los testimonios más autorizados sobre el porvenir de la enfermedad. más de una hora antes de que se abran. A esta hora. Los vendedores de periódicos. después en los tranvías que llegan abarrotados de los barrios extremos. al borde de la acera achicharrada por el sol. al mismo tiempo. todavía dormidos. "Después que pasan los primeros tranvías. estén dispuestos a luchar contra la plaga. "¿Es un santo?" -se preguntaba Tarrou y él mismo respondía-: "Sí. Cosa curiosa. "Hacia las seis de la mañana todos estos periódicos empiezan a venderse en las colas que se instalan en las puertas de los comercios. los comercios se abren. agrupar a todos los que con buena voluntad quieran luchar contra el mal que nos hiere'. Pero en ellos existe la angustia del contagio. ¿Habrá un otoño de peste? El profesor R. prestar el apoyo de sus columnas a todos los que. Al mismo tiempo. Todas las tiendas están cerradas. todavía desierta. este periódico se ha limitado en seguida a publicar anuncios de nuevos productos infalibles para prevenir la peste. A la sombra de las grandes cortinas los candidatos al alimento esperan su turno. la luz crece y el calor cae a plomo del cielo de julio. transmitir los acuerdos de las autoridades y. Tarrou acometía la descripción minuciosa de un día en la ciudad apestada y daba así una idea muy justa de la vida de nuestros conciudadanos durante aquel verano. "Al mediodía los restaurantes se llenan en un abrir y cerrar de ojos." Después empezaba su descripción. conocidos o desconocidos. De un momento a otro los despertarán los primeros tranvías y se repartirán por la ciudad. Es la hora en que los que no tienen nada que hacer se aventuran por los bulevares. ofrecen su mercancía a los faroles con gesto de sonámbulos. ligeros hálitos recorren la ciudad. con los estribos y los topes cargados de gente. no gritan aún las noticias. que se impone como misión 'informar a nuestros conciudadanos. En realidad. apoyados en las esquinas. Si la epidemia se extiende.

en una especie de excitación rabiosa. la vio mirando por la ventana la calle desierta. Inútilmente. la ciudad queda vacía: es el momento en que el silencio. Rieux no estaba muy seguro de que fuese a él a quien esperaba. tranquilamente sentada en una silla en un rincón del comedor. Con las manos juntas sobre las rodillas. Al principio. esperaba. Rieux sabía que la inquietud y el exceso de trabajo de los últimos días lo habían demacrado mucho. atraviesa la multitud repitiendo sin parar: 'Dios es grande. Sin embargo. las noches eran rehuidas. parecía animarse un momento. Pero ahora el primer fresco trae un consuelo ya que no una esperanza. Entonces resultaría demasiado triste. se pelean o se desean y bajo el cielo rojo de julio la ciudad. -Probablemente. Vio que la mirada de su madre se posaba en su frente. ¡Como de ordinario! Es decir que el nuevo suero mandado de París parecía menos eficaz que el primero y las estadísticas subían. por el contrario. "Hacia las dos. Son largas horas de prisión que terminan en noches abrasadas que se desploman sobre la ciudad populosa y charladora. Todo lo que una larga vida laboriosa había puesto de mutismo en ese rostro. la religión ocupaba su lugar. -¿Es que van a conservar el alumbrado reducido durante toda la peste? -dijo la señora Rieux. A lo largo de las grandes casas grises. llena de parejas y de ruidos. como si les hubiese llegado la época de endurecerse. sin que se supiera por qué. se aturden a fuerza de hablar. Los clientes. todas las tardes. "Y yo también.¡Oh!. -¿Hoy no han ido bien las cosas? -dijo la señora Rieux. Parece también que en un restaurante se provocaron escenas de pánico porque un cliente se levantó tambaleándose y salió apresuradamente. -Con tal que no dure hasta el invierno. -Sí -dijo Rieux. de cuando en cuando.' Todos se precipitan. igual que ellos. Es un acontecimiento que les da la razón. deriva hacia la noche anhelante. algo cambiaba en el rostro de su madre cuando él aparecía. por otra parte. Toda la angustia que se refleja durante el día en los rostros. venid a Él. en el crepúsculo ardiente y polvoriento. y torturaban a los enfermos. gastan fácilmente el dinero. . La mayor parte de los bubones se oponían a ser sajados." Pero poco a poco renunciaron a toda publicidad porque los clientes se vieron obligados a acudir. una libertad torpe que enfebrece a todo un pueblo. Desde la víspera había en la ciudad dos casos de una nueva forma . Allí era donde pasaba sus días cuando el cuidado de la casa no la tenía ocupada. la muerte no es nada para los hombres como yo." Había sido Tarrou el que había pedido a Rieux la entrevista de que habla en sus apuntes. el polvo. Los vinos de marca o de cierto renombre. Pero ¡qué importa!. se resuelve después. como de ordinario. Hubiera hecho falta grandes cantidades industrializadas para generalizar el empleo. No siempre había la posibilidad de inocular los sueros preventivos en personas no pertenecientes a las familias ya alcanzadas por la peste. un viejo inspirado. cuando creían que era una enfermedad como las otras. en los bulevares. No hace mucho tiempo algunos anunciaban: 'Aquí los cubiertos están escaldados. Pero cuando han visto que era cosa seria se han acordado del placer. los suplementos más caros son el principio de una carrera desenfrenada. Después volvía a caer en el silencio. El alumbrado nocturno había sido disminuido en dos tercios y sólo muy de cuando en cuando una lámpara aclaraba débilmente las sombras de la ciudad. Todos salen a la calle. con chambergo y chalina. el calor escurre sin parar. Aquella tarde. hacia algo que conocen mal o que les parece más urgente que Dios.los cubiertos. Durante los primeros días de calor. el sol y la peste se reúnen en la calle. el doctor Rieux estaba mirando a su madre. La tarde que le esperaba.

Como de ordinario. -La organización del servicio es mala. -¿Entonces? -dijo. nadie sabía nada. En la penumbra del descansillo Tarrou tenía el aspecto de un gran oso vestido de gris. -¿Tienes miedo. Rieux reconoció que también eso era verdad. los médicos abrumados. Pero el descontento es grande y el prefecto está ya dudando. durante una reunión. Le faltan a usted hombres y tiempo. Rieux lo hizo sentar delante de su mesa de escritorio y él se quedó de pie. -Está usted bien informado. Y los remedios que imaginan están apenas a la altura de un resfriado. ¿por qué? -Tengo horror de las penas de muerte. pero. -Sé -dijo Tarrou. ¿Has tenido noticias? -Sí. Sonó el timbre de la puerta. -Se ha hecho por la vía oficial. . -Es verdad -dijo Rieux. madre? -A mi edad ya no se temen mucho las cosas. encendida sobre la mesa. -He sabido que la prefectura va a organizar una especie de servicio civil para obligar a los hombres válidos a participar en la asistencia general. los acontecimientos le han superado. y nosotros con ellos. -Los días son muy largos y yo no estoy aquí nunca. detrás del sillón. Rieux miró a su madre. Si les dejamos obrar solos sucumbirán. Pero yo sé que ella dice eso por tranquilizarme. El doctor sonrió a su madre que fue a abrir. La peste se hacía pulmonar. -¿Por qué no pedir voluntarios? -Ya se ha hecho. -Es probable -dijo Rieux-. Rieux miró a Tarrou. -Me parece mejor que lo hicieran hombres libres. Sus hermosos ojos castaños le hicieron revivir años de ternura. un poco sin creer en ello. todo va bien.que con usted puedo hablar abiertamente. Cuando no estás aquí pienso en lo que estarás haciendo.de la epidemia. sin preámbulos. -No me importa esperarte cuando sé que tienes que venir. ante el prefecto. lleno de confusión. No están nunca en proporción con las calamidades. Entre ellos estaba la única lámpara de la habitación. según el último telegrama. Aquel mismo día. Dentro de quince días o un mes usted ya no será aquí de ninguna utilidad. habían pedido y obtenido nuevas medidas para evitar el contagio que se establecía de boca a boca en la peste pulmonar. en fin. Tengo entendido que están pensando en echar mano de los presos para lo que podríamos llamar trabajos pesados. Lo que les falta es imaginación. pero los resultados han sido escasos. -A mí también.

-Dejemos esto –dijo-. Pero el último cura rural que haya oído la respiración de un moribundo pensará como yo. pero Tarrou hizo un movimiento con la mano como para calmarlo. No ha visto morir bastante a la gente. los cristianos hablan así a veces. doctor? La pregunta había sido formulada con naturalidad y Rieux respondió con naturalidad también. -Sí -dijo a Rieux alzando los hombros-. ya sabe usted. -Pero este trabajo puede ser mortal. eso ¿qué importa? Yo vivo en la noche y hago por ver claro. Pero. Pero lo que es verdadero de todos los males de este mundo lo es también de la peste. sobre toda en este oficio. Yo tengo amigos por todas partes y ellos formarán el primer núcleo. puesto que no quiere usted responder. Tiene uno necesidad de ayuda. que la peste tiene alguna acción benéfica. pero usted no me ha respondido. sin embargo. doctor? También esta pregunta estaba formulada con naturalidad. Sin embargo. ¿Ha pensado usted bien en ello? Tarrou lo miró en sus ojos grises y tranquilos. lo sabe usted bien. Esto puede engrandecer a algunos. Se dedicará a socorrer las miserias más que a demostrar sus excelencias. Tarrou sonrió sin moverse de la butaca. ahora su rostro quedaba en la sombra. -Comprenderá usted que no es dudoso que acepte con alegría. Paneloux es hombre de estudios.. hay que ser ciego o cobarde para resignarse a la peste. no están en situación de elegir. Por lo demás. Yo me encargo de hacer aceptar la idea a la prefectura. Yo tengo que advertírselo en todo caso. -Usted cree. Hace mucho tiempo que he dejado de creer que esto sea original. Son mejores de lo que parecen.. Sonrió. yo participaré. -He vivido demasiado en los hospitales para gustarme la idea del castigo colectivo. ¡que abre los ojos. Rieux se levantó.-Yo tengo un plan de organización para lograr unas agrupaciones sanitarias de voluntarios. pero. -¿Qué piensa usted del sermón del Padre Paneloux. ¿Ha reflexionado bien? Tarrou se acomodó un poco en su butaca y dijo: -¿Cree usted en Dios. Rieux había levantado apenas el tono. Naturalmente. Autoríceme usted a ocuparme de ello y dejemos a un lado la administración oficial. como Paneloux. que hace pensar! -Como todas las enfermedades de este mundo. por eso habla en nombre de una verdad. . cuando se ve la miseria y el sufrimiento que acarrea. -¿No es eso lo que le separa de Paneloux? -No lo creo. Rieux reflexionó. pero Rieux titubeó. sin pensar nunca realmente. Pero. -No.

nadie cree en un Dios de este género. -¿Contra quién? Rieux se volvió hacia la ventana. Pero que nadie en el mundo. Sentía que tenía la boca seca. ¿No es cierto. Y después he tenido que ver lo que es morir. Tarrou se puso a silbar suavemente y el doctor se le quedó mirando. en cierto modo. -Pues bien -dijo Tarrou-. el doctor dijo que había ya respondido. esta es una cosa que un hombre como usted puede comprender. ¿esa es la idea que se hace usted de su oficio? -Poco más o menos -dijo el doctor volviendo a la luz. -Usted ama el misterio. Acaso también porque era sumamente difícil para el hijo de un obrero. usted dice que hace falta orgullo. sin embargo. en una condensación más oscura del horizonte. que si él creyese en un Dios todopoderoso no se ocuparía de curar a los hombres y le dejaría a Dios ese cuidado. Entonces yo era muy joven y me parecía que mi repugnancia alcanzaba al orden mismo del mundo. -¿Después de todo? -dijo suavemente Tarrou. -repitió el doctor y titubeó nuevamente mirando a Tarrou con atención-. lo que vendrá después de todo esto. créame. sin levantar los ojos al cielo donde Él está callado? -Sí -asintió Tarrou-. vamos. Pero después de todo…. ya lo sé. que acaso es mejor para Dios que no crea uno en él y que luche con todas sus fuerzas contra la muerte. Pero las victorias de usted serán siempre provisionales. Tarrou. Yo los defiendo como puedo. Después. -No sé nada. porque era una situación como otra cualquiera. no me acostumbro a ver morir. como yo. Y me di cuenta en seguida de que no podría acostumbrarme a ello. él. eso es todo. y que en esto por lo menos. -Siempre. Luego. ellos reflexionarán y yo también. Simplemente. Yo no sé lo que me espera. Sin salir de la sombra.. Pero eso no es una razón para dejar de luchar.. Rieux. No sé más. puesto que nadie se abandona enteramente. Por el momento hay unos enfermos a los que hay que curar. creía estar en el camino de la verdad. -¡Ah! -dijo Tarrou-. porque lo necesitaba. puedo comprenderlo. una de esas que los jóvenes eligen. que creía y cree. luchando contra la creación tal como es. Rieux se calló y volvió a sentarse. Adivinaba a lo lejos el mar. ¿Sabe usted que hay gentes que se niegan a morir? ¿Ha oído usted gritar: "¡Jamás!" a una mujer en el momento de morir? Yo sí. entonces. -Sí -dijo-. puesto que el orden del mundo está regido por la muerte. ¿por qué pone usted en ello tal dedicación si no cree en Dios? Su respuesta puede que me ayude a mí a responder. ni siquiera Paneloux. Cuando me metí en este oficio lo hice un poco abstractamente. Rieux pareció ponerse sombrío. Sentía un cansancio inmenso y al mismo tiempo luchaba contra el deseo súbito de entregarse un poco a este hombre singular en el que había algo fraternal. le juro a usted que no sé nada. . Pero lo más urgente es curarlos.-¿Puedo responder con una pregunta? El doctor sonrió a su vez. me he vuelto más modesto. pero yo le aseguro que no tengo más orgullo del que hace falta. -Después de todo.

-No. Pero. -¡Oh! -dijo la señora Rieux-. el doctor intentó en vano hacer funcionar el conmutador de la luz. -¿Cree usted conocer todo en la vida? -preguntó Rieux. Tarrou se quedó mirando un rato al doctor. Las escaleras estaban sumergidas en la sombra. Subieron al coche y Rieux puso el motor en marcha. -La miseria. El doctor se detuvo y detrás de él Tarrou resbaló en un escalón. le dijo: -¿Quién le ha enseñado a usted todo eso. acaso las once. una interminable derrota. -Quiero decirle algo. En el descansillo. Rieux abrió la puerta del despacho y ya en el pasillo dijo a Tarrou que él bajaba también. -Esas evaluaciones no tienen sentido. Pero me imagino. -No sé. para terminar y antes de entrar de lleno en esto. doctor? La respuesta vino inmediatamente. Cuando salieron a la calle comprendieron que era ya muy tarde. La respuesta sonó en la oscuridad con la misma voz tranquila. ¿cómo lo sabe? -¡Oh! -dijo Tarrou sin alterarse-. Pero usted. poblada solamente de rumores. Pero el doctor no tuvo tiempo de seguir interrogándose a sí mismo. Rieux le siguió. El doctor se preguntaba si seria una nueva medida de economía. Tarrou le propuso acompañarlo y el doctor aceptó. Cuando ya estaba junto a él. hágase a la idea de que tiene una probabilidad sobre tres de salir con bien. Era probablemente que los porteros y la gente en general ya no tenían cuidado de nada. Hace cien años una epidemia de peste mató a todos los habitantes de una ciudad de Persia excepto. Se oyó muy lejos el timbre de una ambulancia. aunque le parezca a usted ridículo: tiene usted enteramente razón. me alegro mucho de conocerlo. Cuando ella se alejó. precisamente. En el fondo del pasillo se encontraron con la madre del doctor y éste le presentó a Tarrou. en la oscuridad. porque la voz de Tarrou sonó detrás de él. doctor. A mí no me queda nada por aprender. . -Un amigo -le dijo. Tarrou. lo sabe usted tan bien como yo. entonces. verdaderamente. Rieux alzó los hombros para sí mismo. -Sí. iba a ver a uno de sus enfermos en los barrios extremos. Pero ¿quién podía saber? Desde hacía cierto tiempo todo empezaba a descomponerse en las casas. después se levantó y fue pesadamente hacia la puerta. que no había dejado de ejercer su profesión. Tarrou volvió a mirarla. -Es preciso que venga usted mañana al hospital para la vacuna preventiva. que iba como mirándose los pies. lo que debe de ser esta peste para usted. Se sostuvo agarrándose al hombro de Rieux. La ciudad estaba muda. -Sí -dijo Rieux-. no es una razón. al que lavaba a los muertos.

probablemente. El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia. Los que se dedicaron a los equipos sanitarios no tuvieron gran mérito al hacerlo. Se detuvieron. pero nadie felicita a un maestro por enseñar que dos y dos son cuatro. El alma del que mata es ciega y no hay verdadera bondad ni verdadero amor sin toda la clarividencia posible. al menos. de la objeción que pueden hacerle: esos hombres arriesgan la vida. Un reflejo de cielo iluminaba un poco su rostro. pues. eso es todo -dijo Rieux. Y la cuestión no es saber cuál será el castigo o la recompensa que aguarda a ese razonamiento. Cuando aún estaban delante del coche. Por esto nuestros equipos sanitarios que se realizaron gracias a Tarrou deben ser juzgados con una satisfacción objetiva. Mi moral. Sólo que ignoran. Los faros brillaban en las calles desiertas. Esos equipos ayudaron a nuestros conciudadanos a entrar en la peste más a fondo y los persuadieron en parte de que. Los hombres son más bien buenos que malos. Pues se da a entender de ese modo que las bellas acciones sólo tienen tanto valor porque son escasas y que la maldad y la indiferencia son motores mucho más frecuentes en los actos de los hombres. con todos los que tienen un corazón semejante al del maestro y que para honor del hombre son más numerosos de lo que se cree. Esta es una idea que el cronista no comparte. Esto está bien. Desde el día siguiente. con una voz de pronto más sorda-. Llegaban a los arrabales. Pero el cronista está más bien tentado de creer que dando demasiada importancia a las bellas acciones. Pero continuará siendo el historiador de los corazones desgarrados y exigentes que la peste hizo de todos nuestros conciudadanos. Éste se da muy bien cuenta. y no decidirse a ello hubiera sido lo increíble. pues sabían que era lo único que quedaba.-Lo salvó su tercera probabilidad. y. a decir verdad. Es cierto que. acaso. -¿Cuál? -La comprensión. por haber elegido tan bella profesión. y la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tantos desastres como la maldad. en vez de lo contrario. en su lugar. más o menos. y a esto se le llama virtud o vicio. Digamos. Se le felicita. había que hacer lo necesario para luchar contra ella. La intención del cronista no es dar aquí a estas agrupaciones sanitarias más importancia de la que tuvieron. se tributa un homenaje indirecto y poderoso al mal. Tarrou se volvió hacia la casa y Rieux no vio más su cara hasta que estuvieron en el cuarto del viejo asmático. por otra parte. no es esta la cuestión. la convicción del cronista. puesto que la enfermedad estaba allí. cosa de todos. Tarrou se puso al trabajo y reunió un primer equipo al que debían seguir otros. ¿qué es lo que le impulsa a usted a ocuparse de esto? -No sé. La cuestión es saber si dos y dos son . pero digamos también que esta buena voluntad les era común con el maestro. Tarrou. Por esto el cronista no se pondrá a cantar demasiado elocuentemente una voluntad y un heroísmo a los cuales no atribuye más que una importancia razonable. Bien lo sabe el maestro. muchos de nuestros conciudadanos cederían hoy mismo a la tentación de exagerar el papel que representaron. Rieux preguntó a Tarrou si quería entrar y él dijo que sí. tal es. Pero hay siempre un momento en la historia en el que quien se atreve a decir que dos y dos son cuatro está condenado a muerte. Al convertirse la peste en el deber de unos cuantos se la llegó a ver realmente como lo que era. ya que el vicio más desesperado es el vicio de la ignorancia que cree saberlo todo y se autoriza entonces a matar. Rieux dijo con una sonrisa amistosa: -Vamos. Pero la verdad es que no sabemos nada de todo esto. esto es. que era loable que Tarrou y otros se hubieran decidido a demostrar que dos y dos son cuatro.

era concreto. Algunas veces. Habían terminado por mezclar a Tarrou en sus conversaciones y Grand se confiaba a sus dos compañeros con una satisfacción cada vez más evidente. una esbelta amazona. Una tarde Grand dijo que había desechado definitivamente el adjetivo "elegante" para su amazona y que. Para esto no había más que un solo medio: combatir la peste. Había dicho sí sin titubeo. la calificaba de "esbelta". Todo esto exigía un trabajo de registros y estadísticas que Grand se había prestado a hacer. También ellos lo consideraban como una especie de descanso. Desde este punto de vista. Hay peste. Y Grand respondía invariablemente: "Trotando. Parte de los equipos formados por Tarrou se consagraba a un trabajo de asistencia preventiva en los barrios excesivamente poblados. llegó a conducir los coches de los enfermos y de los muertos. él se asombraba. Rieux hablaba con Grand. "Es más correcto". y buscaba el término que fotografiase de una sola vez la fastuosa jaca que imaginaba. Toda la cuestión estaba en impedir que el mayor número posible de hombres muriese y conociese la separación definitiva. en ausencia del personal especializado. Por esto era natural que el viejo Castel pusiera toda su confianza y su energía en fabricar sueros.o no cuatro. de ahora en adelante. Era demasiado viejo para otra cosa. Muchos nuevos moralistas en nuestra ciudad iban diciendo que nada servía de nada y que había que ponerse de rodillas. "¿Cómo va la amazona?". Ellos seguían con interés el paciente trabajo que Grand continuaba a través de la peste. Castel esperaba obtener su primer suero con bastante rapidez. según él. Desde las seis de la tarde hasta las diez podía dedicar su tiempo a ello. recorría las avenidas floridas del Bosque de Bolonia. puesto que el microbio difería ligeramente del bacilo de la peste. Después se mostró muy preocupado por el adjetivo "soberbia". Llevaban la cuenta de las guardillas y bodegas que la desinfección no había visitado. "Esto no es lo más difícil. Aquellos de nuestros conciudadanos que arriesgaban entonces sus vidas. Tarrou y Rieux y sus amigos podían responder esto o lo otro. con el material que encontraba. era Grand el verdadero representante de esta virtud tranquila que animaba los equipos sanitarios. Tanto Rieux como él esperaban que un suero fabricado con cultivos del microbio que infestaba la ciudad tendría una eficacia más directa que los sueros venidos de fuera. pero la conclusión era siempre lo que ya se sabía: hay que luchar de tal o tal modo y no ponerse de rodillas. Trataban de introducir allí la higiene necesaria. había añadido. que no tenía nada de héroe. ¡si todo fuese así de simple!" Y volvía a su tema. aseguraba el transporte de los pestíferos y con el tiempo. Éste no expresaba bastante. Una tarde anunció triunfalmente que lo había encontrado. . cuando el trabajo de las fichas estaba acabado. preguntaba a veces. Solamente había pedido ser útil en pequeños trabajos. según él. Tarrou." -¿No es cierto -dijo Grand. hay que defenderse. desempeñaba ahora una especie de secretaría de los equipos sanitarios. el cronista estima que. Por todo esto era igualmente por lo que Grand. "Opulenta" no servía. más que Rieux o Tarrou. tal como era clásicamente descrito. tenían que decidir si estaban o no en la peste y si había o no que luchar contra ella. Y cuando Rieux le daba las gracias con efusión.que se la ve mejor? He preferido: "En una mañana de mayo" porque "mes de mayo" alargaba un poco el trote. con una sonrisa difícil. Otro día leyó a sus dos auditores la primera frase modificada en esta forma: "En una hermosa mañana de mayo. ¡Ah!. con aquella buena voluntad que le era natural. sobre el terreno." El negro siempre indicaba discretamente la elegancia. pero tampoco era eso. Esta verdad no era admirable: era sólo consecuente. está claro. Otra parte de los equipos secundaba a los médicos en las visitas a domicilio. "Una negra jaca alazana. por la tarde. montada en una soberbia jaca alazana. pero resultaba algo peyorativo. "Reluciente" le había tentado un momento. trotando".

-Gracias -le dijo-. aparte de su trabajo. las sumas y las estadísticas que necesitaban los equipos sanitarios. -Pero estoy distraído y no sé cómo salir del final de la frase. más tarde se ha sabido. Pero entonces la frase parecía darle a "flores" lo que en realidad correspondía a "avenida". Fue en esta época. Grand pareció muy afectado. "Parece ser -había dicho el jefe. en todo caso. con un personal disminuido. Lo que me interesa es su trabajo aquí. -jSí! -dijo-. pues un color que. una esbelta amazona. -Sí. sin embargo. se las siente. Algunas tardes tenía. cuando empezó a dar en la oficina signos de distracción que resultaban lamentables en momentos en que el Ayuntamiento tenía que afrontar obligaciones aplastantes. -¿Qué pensaría usted de "suntuosa"? -dijo Tarrou.-Eso no es posible -dijo Rieux. Grand se asombraba de esta incertidumbre. resultaban pesados y Grand tartamudeó un poco. Necesitaba reflexionar." -Tiene razón -decía Grand a Rieux. Eso a mi no me interesa. Además había una rima. verdaderamente. pero no dejaba de hacer. montada en una suntuosa jaca alazana recorría las avenidas llenas de flores del Bosque de Bolonia." Pero leídos en voz alta. Después pidió al doctor permiso para irse. "En una hermosa mañana de mayo. Había pensado en suprimir "de Bolonia" suponiendo que todo el mundo comprendía. preguntaba a veces a sus amigos en qué forma eran floridas las avenidas del Bosque de Bolonia. agotado. era para él una espina. los tres genitivos que terminaban la frase. -¿Qué color? -Bueno. Grand le miró y se quedó reflexionando. Su trabajo se resentía de ello y el jefe de la oficina se lo reprochó severamente haciéndole recordar que le pagaba para verificar una tarea con la que no cumplía.que hace usted voluntariamente un servicio en los equipos sanitarios. Se frotaba las manos. no es el negro. Y la mejor manera que puede usted encontrar de ser útil en estas terribles circunstancias es hacer bien su trabajo. . Y fue aflorando a su cara una sonrisa. Si no todo lo demás no sirve para nada. "Al fin. más aspecto de cansado que Rieux. Había tanteado también la posibilidad de escribir: "Las avenidas del Bosque llenas de flores" y un adjetivo." Pero un día el doctor lo encontró muy excitado. Sí. que arbitrariamente separaba. pero la convicción de Grand les hacía vacilar. estaba cansado por esa búsqueda que lo absorbía por completo. Como no conocía más ciudades que Oran y Montélimar. se las ve. ni a Rieux ni a Tarrou le había dado nunca la impresión de serlo. ¡Hay que quitarse el sombrero. afortunadamente estaba usted ahí. "Sólo los artistas saben mirar. tiene razón -aprobó el doctor. A decir verdad. señores!" Leyó triunfalmente la frase. Había reemplazado "floridas" por "llenas de flores". Pero ya ve lo difícil que es. -¿Por qué? -Porque alazana no indica la raza sino el color. ¡sí! Poco tiempo después confesó que la palabra "florida" le estorbaba.

pensaba el doctor. Y siempre el tono de epopeya o el discurso brillante impacientaban al doctor. En estos ratos procuraba no pensar en su amazona y no hacer más que lo que hacía falta. Habiendo adquirido la certeza de que no podía salir de la ciudad por medios legales. que esta solicitud no era fingida. ni exaltan a la manera torpe de un espectáculo. se lo había dicho a Rieux. y aunque esta negativa no fuese tan eficaz como la otra. desesperados y monótonos. le tomaron por provocador. Cottard se encontró con Rambert en la calle y acogiéndole con la cordialidad que en el presente ponía en todas sus relaciones: . agitaba sus papeles para hacer secar la tinta. ciertamente. voces desconocidas y fraternales procuraban torpemente decir su solidaridad. Incluso. pues nadie podía darse cuenta de lo que significaba Grand en medio de la peste. por onda o en la prensa. en el gran silencio de la ciudad desierta. amar o morir juntos. Días después. Esto dará también a esta crónica su verdadero carácter. y al heroísmo el lugar secundario que debe ocupar inmediatamente después y nunca antes de la generosa exigencia de la felicidad. todas las tardes ponía fichas en limpio. el cronista propone justamente a este héroe insignificante y borroso que no tenía más que un poco de bondad en el corazón y un ideal aparentemente ridículo. Sabía. no hay otra solución. Pero los primeros que interrogó estaban al corriente sobre todo de las penas gravísimas con que se sancionaba ese género de negocios. en el momento de irse a la cama para un sueño demasiado corto." Y justamente lo que queda por subrayar antes de llegar a la cúspide de la peste. Esta era una manera de negarse a la esclavitud que les amenazaba. Esta era. pero demostrando al mismo tiempo la terrible impotencia en que se encuentra todo hombre para combatir realmente un dolor que no puede ver: "¡Oran! ¡Oran!" En vano la llamada cruzaba los mares. hacían por recuperar su felicidad y arrancar a la peste esa parte de ellos mismos que defendían contra toda acechanza. por ejemplo.Pacientemente. mientras la plaga estuvo reuniendo todas sus fuerzas para arrojarse sobre la ciudad y apoderarse definitivamente de ella. y la decían en efecto. en su vanidad y hasta en sus contradicciones. El periodista empezó por los mozos de café. a veces. y de los confines del mundo. por lo menos. Muchas veces iba a encontrarse con Rieux en uno de los hospitales y le pedía una mesa en cualquier despacho o enfermería. es decir. como Rambert. a través de miles de kilómetros. Al mismo tiempo que los socorros enviados por el aire y por carretera. Si es cierto que los hombres se empeñan en proponerse ejemplos y modelos que llaman héroes. en una ocasión. la opinión del cronista es que tenía ciertamente su sentido y que atestiguaba también. a la suma de dos y dos el total de cuatro. que debe ser el de un relato hecho con buenos sentimientos. que los últimos individuos. exactamente como se instalaba en su mesa del ayuntamiento. Están demasiado lejos. y en el aire pesado por los desinfectantes y por la enfermedad misma. Se instalaba allí con sus papeles. la opinión del doctor Rieux cuando leía en los periódicos o escuchaba en la radio las llamadas y las palabras de aliento que el mundo exterior hacía llegar a la ciudad apestada. "¡Oran! Oran!" "Pero no. Pero veía que no eran capaces de expresarse más que en el lenguaje convencional con el que los hombres intentan expresar todo lo que les une a la humanidad. a usar los otros. todas las tardes. en vano Rieux se mantenía alerta. pronto la elocuencia crecía y denotaba la separación esencial que hacía dos extraños de Grand y del orador. el doctor hacía girar el botón de su radio. las acompañaba de gráficos y se esmeraba en presentar las hojas lo más exactas posible. Rambert luchaba por impedir que la peste le envolviese. son los continuados esfuerzos. con sentimientos que no son ni ostensiblemente malos. Y este lenguaje no podía aplicarse a los pequeños esfuerzos cotidianos de Grand. estaba decidido. comentarios llenos de piedad o admiración caían sobre la ciudad ya solitaria. Esto dará a la verdad lo que le pertenece. A medianoche. Le fue necesario encontrar a Cottard en casa de Rieux para avanzar un poco. Ese día estuvo hablando con Rieux de las gestiones vanas que había hecho en todas las oficinas. Un mozo de café está siempre al corriente de todo. lo que había de rebelde en cada uno de nosotros. y si es absolutamente necesario que haya un héroe en esta historia.

No están hechas para comprender. pues no se traicionaba más que por signos negativos. Revendía también cigarrillos y alcohol malo. Tomaron el bulevar de las Palmeras. -Es verdad. Cottard y Rambert se secaron la frente con el pañuelo.-¿Nada todavía? -le había dicho. lo único evidente es que yo me encuentro mucho mejor aquí desde que tenemos la peste con nosotros. puesto que ya me lo han propuesto. en efecto. Era una de esas horas en que la peste se hacía invisible. Las calles estaban desiertas. Tengo mis razones. A la izquierda. hizo notar a Rambert. Cottard y Rambert tomaron ciertas calles de soportales y fueron largo rato sin hablar. Y añadió después de un silencio: -¿No me pregunta usted cuáles son mis razones? -Supongo -dijo Rambert. Al entrar. llenándolo de asombro. que tenía amigos y que estaba informado de la existencia de una organización que se ocupaba de ese género de operaciones. En una jaula amarilla colgada sobre la caja. -Sí. que desde hacía cierto tiempo frecuentaba todos los cafés de Oran. Aquel silencio. por ejemplo. aquella muerte de los colores y de los movimientos podían ser igualmente efecto del verano que de la peste. y esto estaba produciéndole una pequeña fortuna. atravesaron la plaza de Armas y descendieron hacia el barrio de la Marina. -¡Ah! -dijo Cottard-. La verdad era que Cottard hacía gastos que sobrepasaban sus ingresos y había tenido que meterse en negocios de contrabando de los productos racionados. La ciudad se asaba lentamente bajo un cielo pesado. Es muy difícil. Rambert acortó el discurso. La sala estaba absolutamente desierta. pero en otro. Zumbaban moscas en el aire. Pero yo ahora busco otra cosa. -¿Y usted no lo ha aprovechado? -No sea usted desconfiado -dijo Cottard con aire bonachón-: no lo he aprovechado porque yo no tengo ganas de irme. la ausencia de los perros que normalmente hubieran debido estar tumbados en los umbrales de los corredores. -Nada.que eso no me incumbe. ante las mesas de chapa verde. En fin. Él conocía una pista. Eran las cuatro de la tarde. -En cierto sentido. Cottard. ya comprendo. Todos los comercios tenían las cortinas echadas. Viejos cuadros que representaban . jadeantes. Se sentaron en unas sillas plegadizas de jardín. cuyos precios subían sin cesar. -No se puede esperar nada de las oficinas. un café pintado de verde se escondía bajo un toldo oblicuo de lona amarilla. Había que observar y que reflexionar para descubrir la peste. No se sabía si el aire estaba preñado de amenazas o de polvo y de ardor... que tenía afinidades con ella. no le incumbe. -¿Está usted bien seguro? -preguntaba Rambert. pero venga usted conmigo. un loro medio desplumado yacía agobiado en su palo. y le explicaba a Rambert. -¿Cómo ponerse en contacto con esa organización? -¡Ah! -dijo Cottard-. no es fácil. en busca de una frescura imposible.

-¿Salimos? -dijo entonces García. perdido en un largo mandil azul. Bajaron hacia el puerto y García preguntó qué era lo que querían de él. sino solamente para lo que él llamaba una "salida". cubiertos de mugre y de telarañas en tupidos filamentos. vamos a beber al mostrador. -Salud -dijo-. había excrementos de gallina resecos. Cottard le pidió vino blanco y le dijo que si sabía dónde andaba un tal García. naturalmente. salió dando saltitos un magnífico gallo. -Sí. -Bueno -dijo Rambert-. con el sombrero de paja echado hacia atrás y una camisa blanca abierta sobre el pecho color de tierra cocida. Un hombrecillo. pequeños. Al salir. salió del fondo. -De contrabando. Cottard se quitó la chaqueta y dio golpes en la chapa. de los que no se explicaba bien el origen. Solamente quería presentarle a un amigo. pero no es cosa muy importante. -¿Cree usted que vendrá esta tarde? -¡Oh! -dijo el otro-. El renacuajo dijo que hacía ya muchos días que no se le veía por el café. avanzó separando al gallo con un vigoroso puntapié y preguntó entre los cloqueos del ave lo que tenía que servir a aquellos señores. saludó a Cottard desde lejos. Hizo algunas preguntas diciendo "él" al hablar de Rambert. García iba derecho. delante de él. se levantó cuando entró Cottard. fumando. yo no estoy en su pellejo. el toldo estaba levantado. después de un pequeño alboroto. dos o tres sortijas en los dedos. La venden a precios muy altos. y alrededor de treinta años más o menos. Cottard dijo que no era precisamente para negocios para lo que le había presentado a Rambert. El hombre se secaba las manos húmedas con el delantero de su mandil. -Tiene su mujer en Francia. Por la noche. y en la de Rambert también. . El renacuajo refunfuñó: -Entonces vuelva usted esta noche. ¿tienen cómplices? -Naturalmente. Hacen pasar mercancía por las puertas de la ciudad. Rambert preguntó de qué negocios se trataba. Encima de todas las mesas. Le mandaré al chico. -¡Ah! ¿El señor se ocupa también de negocios? -Sí -dijo Cottard. Uno de ellos. el loro parloteaba en la jaula y las mesas de chapa estaban rodeadas de hombres en mangas de camisa. como si no se diese cuenta de su presencia. El calor en aquel momento parecía seguir aumentando. Tenía cara correcta y curtida. dientes blancos. ojos negros. hasta que de un rincón oscuro. Pero ya conoce usted su hora. Tomaron tres rondas en silencio.escenas militares colgaban de la pared. -¿Y eso por qué? -preguntaba.

. Se despertó para hacer las presentaciones. -Es curiosa -dijo Cottard. o en busca de informaciones que de un momento a otro ya no serían válidas. No será fácil. en lo alto de la ciudad. Tarrou conducía y Rieux iba medio dormido. -¡Oh!. Poco después. evidentemente. no se arriesga más con la peste que con atravesar el cruce de dos calles muy frecuentadas. En ese momento el auto de Rieux se detuvo delante de ellos. ¿se esconde? García no contestó. Hizo ademán de irse. -Habrá gastos -dijo. En todo caso. Y además usted es periodista. Es una satisfacción para mí poder hacerle un servicio. -Es un amigo -dijo Cottard. Rambert se calló. Cerca ya de la taberna se paró y se volvió hacia Rambert por primera vez. en fin de cuentas. eso no es a mí a quien concierne. -Pasado mañana. Una parte del cuartel de aduanas había sido transformada en enfermería y delante de la gran puerta se estacionaba la gente venida con la esperanza de una visita que no podía ser autorizada. a las once.-¡Ah! Y después de cierto tiempo: -¿Qué es de profesión? -Periodista. Pero. -De todos modos -concluyó García-. algo se arriesga. A los dos días Rambert y Cottard trepaban por las calles sin sombra que llevan hacia lo alto de la ciudad. Después de todo es bien interesante lo que pasa aquí. -Es un oficio en el que se habla mucho. -¡Oh! no -dijo él con jovialidad-. -Naturalmente -afirmó Rambert. pero se dirigieron a una pequeña taberna donde vendían sardinas fritas cuyo olor llegaba hasta ellos. -No para mí -respondió Rambert. el acceso estaba impedido por grandes rejas. -¡Ah! -exclamó Cottard y preguntó con animación-. algún día me recompensará. Habían llegado a los muelles. el periodista daba las gracias a Cottard.su obstinación en irse. Y hace falta primero que yo lo encuentre. ese agrupamiento de gente permitía muchas idas y venidas y esta consideración podía no ser extraña al modo en que la cita de García y Rambert había sido fijada. sino a Raúl. Esto era una comprobación. pero se volvió hacia los dos. Avanzaron en silencio. en la esquina del cuartel de aduanas.

Nunca se había respetado tanto las leyes anteriores. -Al contrario. esperaba en un silencio total. que la enfermedad se extenderá aún? Rieux dijo que había que tener la esperanza de que no y el juez añadió que había que tener siempre esperanza porque los designios de la Providencia son impenetrables. Poco después Rambert y Cottard vieron llegar a García. un grito extraño atravesaba el patio que separaba el cuartel de la puerta. Rieux miró a Rambert. doctor. en la que dominaban las mujeres.-Nos conocemos -dijo Tarrou-. -Me han dicho. Entre los asistentes había caras inquietas que se volvían hacia la enfermería." A su alrededor. nosotros tenemos aquí una cita. -Es -dijo Tarrou. Tarrou le preguntó si los acontecimientos le habían ocasionado un exceso de trabajo. No sé como manifestarle mi aprobación. y examinó a Tarrou con aire de frialdad. El juez dejó el aire soñador que había tomado. en efecto. El coche arrancó.porque en comparación parecen buenas. La puerta estaba guardada por centinelas armados y. -Sí -dijo éste. El juez se quedó mirando al cielo durante un segundo y suspiró diciendo que esta era una época bien triste. Tarrou le presentó a los dos. señor Tarrou. A Cottard se le mudó la cara. Avanzó hacia ellos sin hacer un gesto y dijo a guisa de buenos días: "Hay que esperar. señor juez! -dijo Tarrou. -Este -dijo Cottard cuando el juez se marchó. . ¿Cree usted. la mirada como suspendida del cielo. -No. forzosamente. -¡Ah! -dijo Cottard con asombro-. No tengo que ocuparme más que de las faltas graves contra las nuevas disposiciones. El juez devolvió los buenos días a los ocupantes del auto y mirando a Cottard y a Rambert que estaban más atrás los saludó gravemente con la cabeza. -¿Eso qué importa? -dijo-. vivimos en el mismo hotel. No es la ley lo que cuenta: es la condenación. Se quitó el sombrero al pasar junto al grupo.es el enemigo número uno. que se ocupa usted de la aplicación de las medidas profilácticas. El señor Othon bajaba la calle. y en eso nosotros no influimos. Casi todas llevaban cestos pues todas tenían la vana esperanza de que se los dejasen pasar a sus enfermos y la idea todavía más loca de que ellos podrían utilizar sus provisiones. Se ofreció a llevar a Rambert a la ciudad. la multitud. ¿el doctor está al corriente? -Ahí viene el juez de instrucción -advirtió Tarrou mirando a Cottard. -¡Buenos días. los asuntos que nosotros llamamos de derecho común han disminuido. y se acercaba a ellos con paso vigoroso pero medido. de cuando en cuando.

instalado en el fondo. -Venga usted a comer conmigo mañana al restaurante español de la Marina. el periodista entró en el restaurante español. al día siguiente. Lo más fácil será que se aloje usted durante unas cuantas noches en casa de uno de ellos que vive cerca de las puertas. Al día siguiente no estaría libre y por otra parte Rambert ya no tenía necesidad de él. hizo una seña al periodista y Rambert se dirigió hacia él. Su cara era muy pálida. con hombros desmesuradamente anchos. Propuso a Rambert citarse con él para dos días después. es con él con quien tiene usted que arreglar las cuentas. del valor de los equipos profesionales ingleses y de la táctica en W. -Nuestro amigo cree tener la posibilidad de ayudarle. llevaba un traje cruzado de color oscuro y un sombrero de fieltro de borde ribeteado. Movió la cabeza tres veces cuando le presentaron a Rambert. que se había puesto en medio de ellos. que se volvieron hacia sus platos.Los tres hombres estaban mirando este espectáculo. Raúl tenía a su mesa a un tipo alto. Pero con eso no quedará terminado. Raúl hablaba de un modo rápido y preciso. bajo el pórtico de la catedral. Pero antes nuestro amigo tiene que proporcionarle los contactos necesarios. -Es que no es fácil -dijo Raúl-. García encendió un cigarrillo y les dejó alejarse. acompasando su marcha con la de Raúl. Raúl se calló porque la camarera vino a preguntar lo que pedía Rambert. Cuando se fue. Eso se puede hacer. cuando a su espalda un "buenos días" neto y grave les hizo volverse. Al final de la comida. Alto y fuerte. Pero en cuanto Raúl. De todos modos. Los ojos oscuros y la boca apretada. -García me ha explicado -dijo-. Su nombre no había sido pronunciado y Raúl no hablaba de él más que diciendo "nuestro amigo". flaco y mal afeitado. Cuando todo esté concluido. habrá que esperar que los guardias juzguen ellos mismos el momento propicio. Él había practicado mucho este deporte. Hay que encontrar las gentes. Cuando. -Bajen hacia la ciudad -dijo-. la curiosidad desapareció de los rostros. Esta cueva sombría situada a un nivel inferior de una pequeña calle amarilla y reseca por el sol. El resto de la comida lo pasaron buscando un tema de conversación. -Todavía dos días -observó Rambert. Pero esto se hizo más fácil en cuanto Rambert descubrió que el caballo era jugador de fútbol. A pesar del calor Raúl venía vestido muy correctamente. Cottard se excusó. Después habló con un ligero acento español. Rambert dijo que quedaba entendido y Raúl le estrechó la mano sonriendo por primera vez. Se habló pues del campeonato de Francia. cara caballuna y pelo ralo. . El caballo asintió una vez más y Rambert aprobó sin entusiasmo. García. Anduvieron rápidamente. Sus largos brazos delgados. -Va a ponerlo a usted en relación con dos amigos nuestros que le harán conocer a los guardias que tenemos comprados. cubiertos de pelos negros. tú puedes dejarnos. Rambert respondió que aceptaba. eso va a costarle diez mil francos. el caballo se había animado enteramente y tuteaba a Rambert para persuadirle de que no había mejor puesto en un equipo que el de medio centro. El amigo volvió a mover su cabeza de caballo sin dejar de revolver la ensalada de tomates y pimientos que ingurgitaba. todas las cabezas se volvieron a su paso. salían de una camisa con las mangas remangadas. no estaba frecuentada más que por hombres de tipo español en su mayor parte.

cuando Tarrou llegó. La cara de Rambert se ensombreció. Rieux murmuró que creía comprenderlo. En todos los ejércitos del mundo se reemplaza el material con hombres. Fue a casa de Rieux y le contó sus gestiones al detalle. pero es apenas bastante para el estado actual de la enfermedad. . La discusión fue interrumpida por una radio que después de haber machacado melodías sentimentales." Rambert era de esa opinión aunque él hubiera jugado siempre de centro delantero. Solamente que hay ideas que no puedo soportar. -Sí -dijo-. pero a nosotros nos faltan hombres también. pero Rambert continuó: -Yo creo que no soy cobarde. -Sí -dijo Rieux-. el medio centro estrechó la mano de Rambert con energía. A los treinta años se empieza a envejecer y hay que aprovecharlo todo. avisaban a la familia de la llegada del doctor. No sé si puede usted comprenderlo. Raúl y Rambert le imitaron."Comprendes -le decía-. Rieux se puso a escuchar los ruidos del interior de la casa. Al irse.-pero no puedo soportar la idea de que esto dure y de que ella envejezca durante este tiempo.que no es eso lo que me lleva a marcharme. Después acompañó al doctor a una de sus visitas. El doctor lo miró a la cara: -Usted volverá a encontrarla -le dijo. Diez médicos y un centenar de hombres es mucho. -Usted sabe bien -dijo con voz sorda. que los medios de lucha contra la peste eran insuficientes. -Es posible. el medio centro es el que distribuye el juego. anunciaba que la víspera la peste había hecho ciento treinta y siete víctimas. Aquellos dos días le parecieron a Rambert interminables. aparentemente. En el corredor hubo ruidos de carreras y de voces. Tenía aspecto cansado. debe usted apresurarse a salir. -Nos falta material -decía-. Nadie reaccionó en la asamblea. El hombre de la cabeza de caballo alzó los hombros y sé levantó. -¿La epidemia avanza? -preguntó Rambert. Rieux respondió que lo sabía. -Han venido de fuera médicos y personal sanitario. -Espero que Tarrou no tarde -murmuró Rieux. -Me llamo González -le dijo. Si la epidemia se extiende serán insuficientes. por lo menos la mayor parte del tiempo. He tenido ocasión de comprobarlo. después sonrió a Rambert. Rieux dijo que no y que incluso la curva de las estadísticas subía menos de prisa. de sordina. Lo que pasaba era. muy animado. Se despidió de él a la puerta de una casa donde lo esperaba un enfermo sospechoso. simplemente. Y distribuir el juego es todo el fútbol. -Acabo de proponer a Paneloux que se una a nosotros.

perdidas en la penumbra. Rambert estaba bajo el pórtico de la catedral cinco minutos antes de las ocho.-¿Y qué? -preguntó el doctor. Rambert dio algunos pasos bajo el pórtico desierto. a las ocho menos diez. Sobre ellos los órganos extendían variaciones sin fin. -Debe haber algún impedimento. -Perdóneme -dijo Rambert-. A los ocho y quince los órganos de la catedral empezaron a tocar en sordina. que la bruma en que flotaban. La atmósfera era todavía fresca. resecos. Al día siguiente. Un reloj dio las ocho. Rambert entró bajo la bóveda oscura. El jueves de la cita. Otras formas negras acometían la ascensión de las grandes escaleras y se dirigían hacia el pórtico. Rambert empezó a impacientarse. como jirones de sombra coagulada. Una docena de pequeñas formas negras salieron de la iglesia y emprendieron un trotecito hacia la ciudad. Minutos después. Pero los había esperado veinte minutos en vano. Estaban todas reunidas en un rincón. Me alegro de ver que es mejor que su sermón. dos hombres se acercaron. pero el partido no dura más que hora y media. apenas más espesas. Vagas salmodias llegaron hasta él del interior. Piensa un poco en todas las combinaciones y los pases que hay que hacer antes de marcar un tanto. -Ha reflexionado y ha dicho que sí. El sol. delante de una especie de altar improvisado. los . -Todo el mundo es así -dijo Tarrou-. Le propuso otra cita para el día siguiente a la misma hora. sin embargo. No siempre se está tranquilo en el trabajo que nosotros hacemos. El monumento a los muertos de Oran se encuentra en el único lugar desde donde se puede ver el mar. mezcladas a viejos perfumes de cueva y de incienso. Arrodilladas. Un vago olor a humedad trascendía aún de los céspedes. lo miraron con indiferencia. aquí y allá. una especie de paseo que durante un corto trecho bordea los acantilados que dominan el puerto. Cuando Rambert salió. no lejos de allí. Es necesario solamente darles la ocasión. al cabo de un rato pudo distinguir en la nave las pequeñas formas negras que habían pasado delante de él. después fueron a acodarse en el parapeto y parecieron enteramente absorbidos por la contemplación de los muelles vacíos y desiertos. Los dos eran de la misma estatura. Sonrió y guiñó un ojo a Rieux. parecían haberse empequeñecido aun más. pero tengo que irme. -Sin duda -dijo Rambert-. González iba bajando ya las escaleras y se dirigía a la ciudad. -Creí que te habías ido -dijo González-. delante del monumento a los muertos. donde acababan de instalar un San Roque rápidamente ejecutado en los talleres de la ciudad. anticipado en la cita. Rambert suspiró y se echó el sombrero hacia atrás. es seguro. Era natural. Rambert. -Esa es mi misión en la vida: dar ocasiones. -Me alegro -dijo el doctor-. leía con atención la lista de los muertos en el campo del honor. Encendió un cigarrillo y después se dio cuenta de que en aquel lugar no estaba muy indicado. En el cielo progresaban pequeñas nubes blancas y redondas que pronto el calor ascendente se tragaría de golpe. Le explicó que había estado esperando a sus amigos en otro sitio donde les habían dado cita. detrás de las casas del lado este. De pronto los cantos callaron. -Esto no es nada -concluyó González riendo-. calentaba sólo el casco de la Juana de Arco dorada que adornaba la plaza.

Si tienen ustedes un momento después de comer. Rambert estaba en un extremo y les hacía señas desde lo alto de su taburete.dos iban vestidos con un pantalón azul y una camiseta marinera de mangas cortas. Montaban la guardia entre cuatro en la puerta del oeste y los otros dos eran militares de carrera. Pero a veces sucedía que los dos colegas iban a pasar una parte de la noche en la trastienda de un bar que conocían. Pero había que darse prisa porque ya se hablaba de instalar puestos dobles en el exterior de la ciudad. A las once de la noche. -La primera noche -dijo González-. Tarrou empujó con tranquilidad a un vecino ruidoso. pero Rambert parecía ocupado sobre todo en beber. y además. eso aumentaría los gastos. Ahora hay que arreglar el asunto. es un camarada. se cruzó con Tarrou en la escalera del hotel. no hay que preocuparse. González propuso otro almuerzo en el restaurante español. al contrario. iré a hacerte compañía. vengan al bar del hotel los dos. Al día siguiente Rambert. Se acercaron. El paso. después se sentó en un banco y estuvo mirándolos a su gusto. -No lo creo: siempre me habla mucho de usted. En primer lugar. sería fácil. No había por qué meterlos en el asunto. El doctor no podía darse enteramente cuenta de . al día siguiente. Los gastos se ajustarán a su partida. Rieux aspiró el olor a hierbas amargas de su vaso. aunque sea tarde. dijo y lo llevó hacia los dos jóvenes que le presentó con los nombres de Marcel y Louis. Una treintena de personas se codeaban y hablaban a gritos. los dos recién llegados se detuvieron un poco aturdidos. El periodista se alejó un poco. El que todavía no había hablado preguntó entonces a González si la cuestión de los gastos estaba arreglada y si podían recibir un adelanto. Venidos del silencio de la ciudad apestada. ¿Quiere usted venir? -Nunca estoy seguro de no molestarle -dijo Rambert después de un momento de duda. Marcel o Louis dijo entonces que su turno de guardia comenzaba dos días después y duraba una semana y que había que señalar el día más cómodo. al subir a su cuarto. Ya se han conocido. Se parecían mucho de cara y Rambert pensó que serían hermanos. -Voy a buscar a Rieux -le dijo este último-. -¿No le asusta a usted el alcohol? -No -dijo Tarrou-. Rambert aprobó y les ofreció algunos de sus últimos cigarrillos. -Eso dependerá de él y de la peste. entonces. El periodista reflexionó: -Escúcheme -dijo-. Convinieron una nueva cita. "Ahí están nuestros amigos". no eran seguros. Vio entonces que no tendrían más de veinte años. -No -dijo González-. Marcel o Louis proponía a Rambert instalarse en su casa cerca de las puertas y esperar a que fuesen a buscarlo. En ese momento llegó González excusándose. -Bueno -dijo González-. sin embargo. Comprendieron aquella agitación cuando vieron que servían alcoholes todavía. Desde allí podrían ir a la casa de los guardias. Era difícil hablar en aquel tumulto. Rieux y Tarrou entraron en el bar pequeño y estrecho.

Tarrou ofreció otra ronda. en la oscuridad atravesada de ambulancias fugitivas. Rambert se sentó al mostrador vigilando la entrada del restaurante. pasó por entre un pequeño grupo de hombres que habían dejado las sillas delante de la puerta y gozaban de la tarde verde y oro donde el calor iba apagándose. Pagó y se fue. -Muy útiles -dijo Rambert. Al día siguiente. la noche caía rápidamente. A las ocho Rambert estaba todavía esperando. el restaurante estaba casi desierto. Fuera. habían hecho campos para los indígenas con tiendas para los enfermos y todo alrededor un cordón de centinelas que tiraba sobre las familias cuando intentaban llevarles. Pidió la comida. la conversación era incomprensible y se perdía entre los compases de Saint James Infirmary que vertía un altavoz puesto junto al techo. Tarrou lo ha dicho porque piensa que usted podría sernos útil aquí. contaba a un grueso interlocutor una epidemia de tifus en El Cairo. Cuando fueron las nueve Rambert se dio cuenta de que la sala estaba vacía y de que la camarera lo miraba extrañada. en nuestros equipos sanitarios. A las nueve y treinta se fue para su hotel. Poco a poco los hombres fueron entrando e instalándose. Empezaron a servir y la bóveda de baja altura se llenó de ruido de cubiertos y de conversaciones sordas. -Se aproxima -dijo Rambert-. Rambert volvió a tomar aquel aire de reflexión obstinada que le era habitual y volvió a subirse al taburete. buscando en vano el medio de encontrar a González. -¡Oh! -dijo éste-. -¿En qué podría serles útil? -Pues -dijo Tarrou. sin haber visto a González ni a los muchachos. Es posible que en esta semana. Dijo a la camarera que estaba esperando. -¿Está usted contento? -preguntó Rieux. Fumaba un tabaco de olor acre. con el corazón agobiado por la idea de todas las gestiones que había que recomenzar. La sala estaba vaciándose. levantando la voz. con una mujer en cada brazo. -¿No le parecen a usted útiles esos equipos? -dijo Tarrou. Era muy duro. y bebió él también." En la otra mesa. En una de las mesas que ocupaban el resto del local. ocupada por jóvenes elegantes. un oficial de marina. pero era justo. Dentro. Fue en ese momento. pues no tenía la dirección. cuando Rambert entró por segunda vez en el restaurante español.si estaba borracho. medicinas de curanderas. "Campos -decía-. Eran las seis y media. Un soplo tibio que venía del mar agitaba con suavidad las cortinas de la ventana. -¿Por qué? Tarrou miró a Rieux. cuando se dio cuenta de que quería contarle al doctor Rieux cómo durante todo este tiempo había en cierto modo olvidado a su mujer para entregarse enteramente a buscar una brecha en el muro que lo . Pero yo comprendo bien su deseo de marcharse. alargando la mano a su vaso. -¡Qué lástima! -exclamó Tarrou. que acababa de beber y miraba a Rambert atentamente. donde había estado con González la primera vez. a escondidas. Rambert fue a sentarse a la mesa del fondo. Rieux observó que le temblaba la mano y pensó que decididamente estaba borracho. sin apresurarse-. Nuevos clientes llegaron a sus mesas. A las ocho y treinta había terminado. Se puso a fumar. Rambert bajó de su taburete y le miró a la cara por primera vez. Enfrente del restaurante había un café abierto. Encendieron la luz.

temprano. por mi parte. dijo que él conocía las cifras y que la situación era grave. . volvió a encontrarla en el centro de su deseo y con una explosión de dolor tan súbita que echó a correr hacia su hotel. es volver a ponerme en la fila.separaba de ella. no sería la peste. Después. pero esto. con tono paciente. -Venga usted mañana por la tarde -dijo Rieux-. -¿Por qué no viene usted con nosotros. que lo estaba mirando con benevolencia. pero no serviría para nada. puesto que se ha curado. Rieux. Tarrou miraba a Cottard. Cottard se reía. pero hace falta que cada uno las tome por su cuenta. que se agitaba en su silla. pero con un poco de obstinación puede uno tener sorpresas. Pero fue también en ese momento cuando. con aire de bravata: -Además. Cottard miró a Tarrou sin comprender. La peste es demasiado fuerte. -Esto es imposible. -¡Oh! Ya las han tomado ustedes. huyendo de aquel terrible ardor que llevaba dentro. Cualquiera podía ingresar en los equipos de voluntarios. -¡Oh! Bueno -dijo Cottard-. que la epidemia interesaba a todos y que cada uno debía cumplir con su deber. no -dijo Rieux-. me encuentro muy bien en la peste y no veo la razón para meterme a hacerla terminar. Durante este tiempo. Al día siguiente. Éste dijo que había demasiados hombres que seguían inactivos. -Uno entre diez. no sé para qué. Tarrou y Rieux hablaban de una curación inesperada que había habido en el distrito que este último atendía. al comprobar que todas las vías estaban cerradas. -No parece. devorándole las sienes. ¿qué podía probar? Lo único que probaba era que había que tomar medidas más excepcionales. al día siguiente.cuando lo hayamos intentado todo. -Sí. -Eso lo sabremos -dijo Tarrou. copiaba fichas. fue a ver a Rieux para preguntarle cómo podría encontrar a Cottard. -Es una buena idea -dijo Cottard-. Ha tenido suerte -decía Tarrou. Cuando Cottard llegó a la casa del doctor. ¿Ha oído usted las cifras de esta tarde? Tarrou. Llegará a las diez: venga usted a las diez y media. -En general. señor Cottard? Éste se levantó como ofendido y cogió su sombrero. sentado a su mesa. Tarrou me ha pedido que invite a Cottard. -Lo único que me queda -le dijo-. Le aseguraron que se trataba exactamente de esa enfermedad. Ustedes lo saben tan bien como yo: la peste no perdona. yo.

siéntese usted. -¿Cárcel o trabajos forzados? Cottard parecía muy abatido. o por lo menos.Tarrou se dio un golpe en la frente como si se sintiese iluminado por una verdad repentina. que daba vueltas al sombrero entre las manos. ¿Fue por error por lo que se le ocurrió colgarse? -Sí. Pero después de un momento añadió con vehemencia: -Fue un error. -¿Es grave? -preguntó Tarrou. Su asunto no nos interesa. Vamos. -Claro que no.. Al cabo de un rato dio un suspiro. se me olvida que si no fuera por esta situación a usted lo detendrían. Todo el mundo comete errores. todo eso es cosa que no nos gusta. Cottard se estremeció y se agarró a la silla como si fuera a caerse. por el momento ya sé que no tengo nada que temer. Él. Pero ha habido alguno que ha hablado. Y como Cottard. Rieux había dejado de escribir y lo miraba con seriedad e interés. -¿Quién se lo ha dicho? -gritó Cottard. -¡Ah!. Cottard miró su silla y después de un momento de duda se sentó. -¡Oh!. Ni el doctor ni yo vamos a denunciarlo. una tontería. de que me separen de mi casa. de todo lo mío.que no entrará usted en nuestros equipos. tartamudeó palabras incomprensibles: -No se altere -le dijo Tarrou-.. -Ya veo -dijo Tarrou. Me llamaron y me dijeron que estuviese a disposición de la justicia hasta el final de las indagaciones. eso es lo que el doctor y yo hemos creído comprender. no propagar voluntariamente el . Rieux intervino y dijo a Cottard que comprendía su inquietud pero que probablemente todo se arreglaría. ya lo sé. si tengo suerte. lanzó a Tarrou una mirada indecisa: -No deben quererme mal por eso. es verdad. En todo caso no es un asesinato. Y no puedo soportar la idea de que me lleven por eso. Pero procure usted.que ahora han vuelto a sacar. arrebatado de pronto por una cólera demasiado fuerte para él. -Cárcel. -Depende de lo que llame usted grave. por lo menos -dijo Tarrou-. Yo creía que eso se había dado al olvido. -¡Ah! -preguntó Tarrou-. Y además. -Es una vieja historia -empezó diciendo. de mis costumbres. la policía. Entonces comprendí que acabarían por detenerme. Tarrou pareció sorprendido y dijo: -Pues usted.

mi idea es que no conseguirán ustedes nada. esto no podía ser hasta dos días después. pero dijo que podían volver al café del primer día. Naturalmente. los chicos no estaban en su casa. Al día siguiente García acudió. a él y a Tarrou. -¿Qué? . para fines de la semana a cualquier hora de la noche. Cottard también ignoraba la dirección de González. éste estaba echado. Había que volver a tomar contacto con González. Rambert dijo que después de haber dado una vuelta en redondo había llegado al punto de partida y que todavía le esperaba una cita más. Cottard y Rambert fueron al café y dejaron un recado para García. -Qué tontería -decía éste-.microbio. cuando entraron en el cuarto de Rambert. hay que volver a empezar. Rambert almorzaba con el jugador de fútbol. Se levantó. A los dos días. -Ustedes no han comprendido todavía -observó Rambert alzando los hombros. si estaba ocupado. Bebió y añadió: -Naturalmente. Rieux. -A fuerza de recomenzar -dijo Rambert. Pero todo lo que él podía hacer era volver a ponerles en relación con Raúl. Cottard protestó y dijo que él no había deseado la peste. Era muy probable que ni González ni los muchachos hubieran podido franquear las barreras. Raúl confirmó la hipótesis de García: los barrios bajos estaban custodiados. Dos días después. en su cuarto. Les dejaron una cita para el día siguiente a las doce en la plaza del Liceo. citándolo para la tarde o. Por la mañana. -¿No marcha eso? -le preguntó Tarrou. Y Rambert se volvió a su casa con una expresión que asombró a Tarrou cuando lo encontró al mediodía. Escuchó en silencio la historia de Rambert. Él no estaba al corriente pero sabía que había barrios enteros custodiados durante veinticuatro horas para efectuar comprobaciones domiciliarias. para el día siguiente. Al día siguiente. que la peste había venido porque sí. le preguntó si todo estaba en buen camino. no vendrán. -Vengan ustedes esta noche. -Ya veo -dijo Rambert-. Y le repitió su invitación. llenó los vasos que tenía preparados. en la esquina de una calle. Cuando Rambert llegaba a la puerta. tomando el suyo. debíamos haber dejado convenido el modo de volvernos a encontrar. Rieux dijo que no dejasen de informarle de la marcha del asunto y Rambert los invitó. -No hay por qué sentar un principio -dijo Tarrou. -Mañana por la mañana iremos a casa de los chicos y procuraremos arreglarlo todo. y que no era culpa suya si le servía para solucionar sus conflictos por el momento. Cottard añadía con voz enérgica: -Por lo demás. Esta era también la opinión de Rambert. Por la noche. Quedaron citados para el día siguiente. Por la tarde lo esperaron en vano.

Rieux observaba su silueta corta y fuerte. o una evasión -dijo Tarrou. Bien sé que el hombre es capaz de acciones grandes. pero me parece que no. es incapaz de sufrir o de ser feliz largo tiempo. Y además es la décima vez que lo oigo en el día. -Este disco es absurdo -dijo Rambert-.¡Ah! -dijo Rieux. -¿Qué disco es ese? -preguntó Tarrou-. . -Sabe usted. -¿De qué lado? -Del lado de los vencidos. Había cinco ya trabajando y se esperaba formar varios más. Pero después he reflexionado. -No. -¿Sobre qué? -dijo Tarrou. -Dígame. Y después de un momento: -Está visto que la cosa consiste en recomenzar. pero de pronto vio que Rambert lo miraba. -Sobre el valor. creciendo al pasar bajo la ventana y disminuyendo después hasta apagarse. encogida en el borde de la cama. -Un perro. Tarrou. Por lo tanto no es capaz de nada que valga la pena. doctor -le dijo-. Rambert fue a un rincón del cuarto y abrió un pequeño gramófono. es porque tengo mis motivos. . Por lo demás yo creo que sirvo para algo: hice la guerra de España. Rambert estaba sentado en la cama y parecía estudiar sus uñas. -¿Tanto le gusta? -No. Rambert miró a los dos. creo que lo conozco. he pensado mucho en su organización.-La peste. pero no tengo otro. por el momento. ¿usted es capaz de morir por un amor? -No sé. -Parece ser que es capaz de todo. -No. Si no estoy ya con ustedes. ustedes no han comprendido que su mecanismo es recomenzar. Un momento después el disco se acabó y la sirena de una ambulancia se empezó a distinguir. Preguntó a Rieux cómo iban los equipos. pero si no es capaz de un gran sentimiento no me interesa. En medio del disco se oyeron dos tiros a lo lejos. Rambert respondió que era Saint James Infirmary.

Rieux le salió al paso: -No. Pero. esperaremos la liberación general sin hacernos los héroes. Rieux había escuchado a Rambert con atención. pero el único medio de luchar contra la peste es la honestidad. Rambert. Resignémonos. pero en el momento de salir se volvió hacia Rambert y le dijo: -¿Usted sabe que la mujer de Rieux se encuentra en un sanatorio a cientos de kilómetros de aquí? Rambert hizo un gesto de sorpresa. -Vamos -dijo-. Es una idea que puede que le haga reír. sé que no es más que hacer mi oficio. en general. y justamente ya nadie es capaz de amor. Lo que me interesa es que uno viva y muera por lo que ama. Se trata solamente de honestidad. Pero Tarrou había salido ya. A primera hora de la mañana Rambert telefoneó al doctor. Sin embargo. Esperemos llegar a serlo y si verdaderamente esto no es posible. poniéndose serio de pronto. es preciso que le haga comprender que aquí no se trata de heroísmo. Rambert saltó de la cama con la cara ardiendo de pasión. a partir del momento en que se desvía del amor. Salió. Rieux vació su vaso. en mi caso. Es más fácil estar del buen lado. -Es una idea y una idea pequeña. tiene usted enteramente razón y yo no quería por nada del mundo desviarlo de lo que piensa hacer. Rambert miraba a los dos pensativo. le dijo con dulzura: -El hombre no es una idea. -¡Ah! -dijo Rambert. -¿Qué es la honestidad? -dijo Rambert. doctor. Tarrou lo siguió. Yo no creo en el heroísmo: sé que eso es muy fácil. Bueno: estoy harto de la gente que muere por una idea. Yo no paso de ahí. Sin dejar de mirarle. y he llegado a convencerme de que en el fondo es criminal. -Tiene usted razón. que me parece justo y bueno. esto está claro. -Ustedes dos creen que no tienen nada que perder con todo esto. -No sé que es. yo no sé cuál es mi oficio. Es posible que esté equivocado eligiendo el amor. -¿Aceptaría usted que yo trabaje ahí hasta que haya encontrado el medio de irme? A lo largo del hilo hubo un silencio y después: . con furia-. tenemos mucho que hacer. no está usted equivocado.-Ya lo ve. Rieux se levantó con repentino aspecto de cansancio. Y es usted capaz de morir por una idea. Rambert.

. Rambert.-Sí. Se lo agradezco mucho.

3

Así, durante semanas y semanas, los prisioneros de la peste se debatieron como pudieron. Y
algunos de ellos, como Rambert, llegaron incluso a imaginar que seguían siendo hombres libres,
que podían escoger. Pero, de hecho, se podía decir en ese momento, a mediados del mes de
agosto, que la peste lo había envuelto todo. Ya no había destinos individuales, sino una historia
colectiva que era la peste y sentimientos compartidos por todo el mundo. El más importante era
la separación y el exilio, con lo que eso significaba de miedo y de rebeldía. He aquí por qué el
cronista cree que conviene, en ese momento culminante de la enfermedad, descubrir de modo
general, y a título-de ejemplo, los actos de violencia de los vivos, los entierros de los muertos y
el sufrimiento de los amantes separados.
Fue a mediados de ese año cuando empezó a soplar un gran viento sobre la ciudad apestada,
que duró varios días. El viento es particularmente temido por los habitantes de Oran porque
como no encuentra ningún obstáculo natural en la meseta donde está alzada la ciudad, se
precipita sobre ella, arremolinándose en las calles con toda su violencia. La ciudad, durante
tantos meses en que no había caído ni una sola gota de agua para refrescarla, se había
cubierto de una costra gris que se hacía escamatosa al contacto del aire. El aire levantaba olas
de polvo y de papeles que azotaban las piernas de los paseantes, cada vez más raros. Se les
veía por las calles, apresurados, encorvados hacia adelante, con un pañuelo o la mano
tapándose la boca. Por la tarde, en lugar de las reuniones con que antes se intentaba prolongar
lo más posible aquellos días, que para cada uno de ellos podía ser el último, se veían pequeños
grupos de gente que volvían a su casa a toda prisa o se metían en los cafés, y a veces, a la
hora del crepúsculo, que en esta época llegaba ya más pronto, las calles estaban desiertas y
sólo el viento lanzaba por ellas su lamento continuo. Del mar, revuelto y siempre invisible, subía
olor de algas y de sal. La ciudad desierta, flanqueada por el polvo, saturada de olores marinos,
traspasada por los gritos del viento, gemía como una isla desdichada.
Hasta ahora, la peste había hecho muchas más víctimas en los barrios extremos, más poblados
y menos confortables, que en el centro de la ciudad. Pero, de pronto, pareció aproximarse e
instalarse en los barrios de los grandes negocios. Los habitantes acusaban al viento de
transportar los gérmenes de la infección. "Baraja las cartas", decía el director del hotel. Pero,
sea lo que fuere, los barrios del centro sabían que había llegado su turno cuando oían, de
noche, silbar cerca, cada vez más frecuentemente, el timbre de la ambulancia que hacía
resonar bajo sus ventanas la llamada torva y sin pasión de la peste.
Se tuvo la idea de aislar, en el interior mismo de la ciudad, ciertos barrios particularmente
castigados y de no dejar salir de ellos más que a los hombres cuyos servicios eran
indispensables. Los que hasta entonces habían vivido en esos barrios no pudieron menos de
considerar esta medida como una burla, dirigida especialmente contra ellos, y por contraste
consideraban hombres libres a los habitantes de los otros barrios. Estos últimos, en cambio,
encontraban un consuelo en sus momentos difíciles imaginando que había otros menos libres
que ellos. "Hay quien es todavía más prisionero que yo", era la frase que resumía la única
esperanza posible.
En esta época, poco más o menos, hubo también un recrudecimiento de los incendios, sobre
todo en los barrios de placer, al oeste de la ciudad. Según informaciones, se trataba de algunas
gentes que, al volver de hacer cuarentena, enloquecidas por el duelo y la desgracia, prendían
fuego a sus casas haciéndose la ilusión de que mataban la peste. Costó mucho trabajo detener
esas ocurrencias que, por su frecuencia, ponían continuamente en peligro barrios enteros, a
causa del furioso viento. Después de haber demostrado en vano que la desinfección de las
casas efectuada por las autoridades era suficiente para excluir todo peligro de contaminación,
fue necesario dictar castigos muy severos contra esos incendiarios inocentes. Y no fue la idea
de la prisión lo que logró detener a aquellos desgraciados, sino la certeza que todos tenían de
que una pena de prisión equivalía a una pena de muerte, por la excesiva mortalidad que se
comprobaba en la cárcel municipal. Sin duda, esa aprensión no carecía de fundamento. Por

razones evidentes, la peste se encarnizaba más con todos los que vivían en grupos: soldados,
religiosos o presos. Pues, a pesar del aislamiento de ciertos detenidos, una prisión es una
comunidad y lo prueba el hecho de que en nuestra cárcel municipal pagaron su tributo a la
enfermedad los guardianes tanto como los presos. Desde el punto de vista superior de la peste,
todo el mundo, desde el director hasta el último detenido, estaba condenado y, acaso por
primera vez, reinaba en la cárcel una justicia absoluta.
Fue en vano que las autoridades intentasen introducir las jerarquías en este nivelamiento,
concibiendo la idea de condecorar a los guardianes muertos en el ejercicio de sus funciones.
Como estaba decretado el estado de sitio, y, en cierto modo, se podía considerar movilizados a
los guardianes, les dieron la medalla militar como homenaje póstumo. Pero, si bien los
detenidos no protestaron, en los medios militares no cayó bien la cosa: hicieron notar, a justo
título, que podía establecerse una confusión lamentable en el espíritu de la gente. Se escuchó
su demanda y se decidió que lo más simple era dar a los guardianes que morían la medalla de
la epidemia. Pero en cuanto a los primeros el mal ya estaba hecho: no se podía pensar en
quitarles la condecoración, y los centros militares siguieron manteniendo su punto de vista. Por
otra parte, en cuanto a la medalla de la epidemia, tenía el inconveniente de no producir el
efecto moral que se había obtenido con la condecoración militar, puesto que en tiempo de
epidemia era trivial obtener una condecoración de ese género. Todo el mundo quedó
descontento.
Además, la administración penitenciaria no pudo obrar como habían obrado las autoridades
religiosas y, en una escala menor, las militares. Los frailes de los dos únicos conventos de la
ciudad habían sido dispersados y alojados provisionalmente en las casas de familias piadosas.
También, en la medida de lo posible, ciertas compañías habían sido destacadas de sus cuarteles
y puestas en guarnición en escuelas o en edificios públicos. Así, la enfermedad, que
aparentemente había forzado a los habitantes a una solidaridad de sitiados, rompía al mismo
tiempo las asociaciones tradicionales, devolviendo a los individuos a su soledad. Esto era
desconcertante.
Es fácil pensar que todas estas circunstancias, unidas al viento, llevaran la idea del incendio a
ciertas mentes. Las puertas de la ciudad fueron atacadas por la noche varias veces, pero ahora
por pequeños grupos armados. Hubo tiroteos, heridos y alguna evasión. Se reforzaron los
puestos de guardia y las tentativas cesaron rápidamente. Sin embargo, bastaron para levantar
en la ciudad un soplo de revolución que provocó escenas de violencia. Algunas casas,
incendiadas o cerradas por razones sanitarias, fueron saqueadas. A decir verdad, es difícil
suponer que esos actos fuesen premeditados. La mayor parte de las veces, una ocasión súbita
llevaba a personas, hasta entonces honorables, a cometer acciones a veces reprensibles que
fueron pronto imitadas. Había insensatos que se precipitaban en una casa en llamas, ante el
propietario mismo idiotizado por el dolor. En vista de su indiferencia, el ejemplo de los primeros
era seguido por muchos espectadores y en la calle oscura, al resplandor del incendio, se veía
huir por todas partes sombras deformadas por las llamas y por los objetos o por los muebles
que llevaban a cuestas. Fueron estos incendios los que obligaron a las autoridades a convertir el
estado de peste en estado de sitio y a aplicar las leyes pertinentes. Se fusiló a dos ladrones,
pero es dudoso que eso hiciera impresión a los otros, pues, en medio de tantos muertos, esas
dos ejecuciones pasaron inadvertidas: eran una gota de agua en el mar. Y a decir verdad,
escenas semejantes se repitieron con harta frecuencia sin que las autoridades hiciesen nada por
intervenir. La única medida que pareció impresionar a todos los habitantes fue la institución del
toque de queda. A partir de las once, la ciudad, hundida en la oscuridad más completa, era de
piedra.
Bajo las noches de luna, alineaba sus muros blancos y sus calles rectilíneas, nunca señaladas
por la mancha negra de un árbol, nunca turbadas por las pisadas de un transeúnte ni por el
grito de un perro. La gran ciudad silenciosa no era entonces más que un conjunto de cubos
macizos e inertes, entre los cuales las efigies taciturnas de bienhechores olvidados o de
antiguos grandes hombres, ahogados para siempre en el bronce, intentaban únicamente, con
sus falsos rostros de piedra o de hierro, invocar una imagen desvaída de lo que había sido el
hombre. Esos ídolos mediocres imperaban bajo un cielo pesado, en las encrucijadas sin vida,

bestias insensibles que representaban a maravilla el reino inmóvil en que habíamos entrado o
por lo menos su orden último, el orden de una necrópolis donde la peste, la piedra y la noche
hubieran hecho callar, por fin, toda voz.
Pero la noche estaba también en todos los corazones y tanto las verdades como las leyendas
que se contaban sobre los entierros no eran como para tranquilizar a nuestros conciudadanos.
Pues evidentemente hay que hablar de los entierros, y el cronista pide perdón por ello. Bien
sabe el reproche que podrán hacerle a este respecto, pero su única justificación es que hubo
entierros durante todo este tiempo y que en cierto modo se vio obligado, como se vieron todos
nuestros conciudadanos, a ocuparse de los entierros. No es en absoluto aficionado a ese género
de ceremonias: prefiere, por el contrario, la sociedad de los vivos y, por ejemplo, los baños de
mar. Pero los baños de mar habían sido suprimidos y la sociedad de los vivos temía
constantemente tener que dejar paso a la sociedad de los muertos. Esta era la evidencia. Claro
que siempre podía uno esforzarse en no verla. Podía uno taparse los ojos y negarla, pero la
evidencia tiene una fuerza terrible que acaba siempre por arrastrarlo todo. ¿Qué medio puede
haber de rechazar los entierros el día en que los seres que amáis necesitan un entierro?
Pues bien, lo que caracterizaba al principio nuestras ceremonias ¡era la rapidez! Todas las
formalidades se habían simplificado y en general las pompas fúnebres se habían suprimido. Los
enfermos morían separados de sus familias y estaban prohibidos los rituales velatorios; los que
morían por la tarde pasaban la noche solos y los que morían por la mañana eran enterrados sin
pérdida de momento. Se avisaba a la familia, por supuesto, pero, en la mayoría de los casos,
ésta no podía desplazarse porque estaba en cuarentena si había tenido con ella al enfermo. En
el caso en que la familia no hubiera estado antes con el muerto, se presentaba a la hora
indicada, que era la de la partida para el cementerio, después de haber lavado el cuerpo y
haberlo puesto en el féretro.
Supongamos que esta formalidad se llevaba a cabo en el hospital donde trabajaba el doctor
Rieux. La escuela tenía una salida por detrás del cuerpo principal del edificio. Una gran pieza
que daba sobre el corredor estaba llena de féretros. En el corredor mismo, la familia encontraba
un solo féretro ya cerrado. En seguida se pasaba a lo más importante, es decir, se hacía firmar
ciertos papeles al cabeza de familia. Se cargaba inmediatamente el cuerpo en un coche
automóvil que era o bien un verdadero furgón o bien una ambulancia transformada. Los
parientes subían en uno de los taxis todavía autorizados y a toda velocidad los coches volaban
al cementerio por calles poco céntricas. A la puerta, los guardias detenían el convoy, ponían un
sello en el pase oficial, sin el cual era imposible obtener lo que nuestros conciudadanos
llamaban una última morada, se apartaban y los coches iban a colocarse detrás de un terreno
cuadrado donde múltiples fosas esperaban ser colmadas. Un cura recibía el cuerpo, pues los
servicios fúnebres habían sido suprimidos en la iglesia. Se sacaba el féretro entre rezos, se le
ponían las cuerdas, se le arrastraba y se le hacía deslizar: daba contra el fondo, el cura agitaba
el hisopo y la primera tierra retumbaba en la tapa. La ambulancia había ya partido para
someterse a la desinfección y, mientras las paletadas de tierra iban sonando cada vez más
sordamente, la familia se amontonaba en el taxi. Un cuarto de hora después estaban en su
casa.
Así, todo pasaba con el máximo de rapidez y el mínimo de peligro. Y, sin duda, por lo menos al
principio, es evidente que el sentimiento natural de las familias quedaba lastimado. Pero, en
tiempo de peste, esas son consideraciones que no es posible tener en cuenta: se había
sacrificado todo a la eficacia. Por lo demás, si la moral de la población había sufrido al principio
por estas prácticas, pues el deseo de ser enterrado decentemente está más extendido de lo que
se cree, poco después, por suerte, el problema del abastecimiento empezó a hacerse difícil y el
interés de los habitantes derivó hacia las preocupaciones inmediatas. Absorbidas por la
necesidad de hacer colas, de efectuar gestiones y llenar formalidades si querían comer, las
gentes ya no tuvieron tiempo de pensar en la forma en que morían los otros a su alrededor ni
en la que morirían ellos un día. Así, esas dificultades materiales que parecían un mal se
convirtieron en una ventaja. Y todo hubiera ido bien si la epidemia no se hubiera extendido
como ya hemos visto.

Llegó a suceder que los féretros fueron escasos, faltó tela para las mortajas y lugar en el
cementerio. Hubo que reflexionar. Lo más simple, siempre por razones de eficacia, fue agrupar
las ceremonias y, cuando era necesario, multiplicar los viajes entre el hospital y el cementerio.
Así, en lo que concierne al servicio de Rieux, el hospital disponía en ese momento de cinco
féretros; una vez llenos, la ambulancia los cargaba. En el cementerio, se vaciaban las cajas. Los
cuerpos, color de herrumbre, eran cargados en angarillas y esperaban bajo un cobertizo,
preparado con este fin. Los féretros se regaban con una solución antiséptica, se volvían a llevar
al hospital y la operación recomenzaba tantas veces como era necesario. La organización era
muy buena y el prefecto estaba satisfecho. Incluso le dijo a Rieux que aquello estaba mejor que
las carretas de muertos conducidas por negros, tales como sé describían en las crónicas de las
antiguas pestes.
-Sí -dijo Rieux-, el entierro es lo mismo, pero nosotros hacemos fichas. El progreso es
incontestable.
A pesar de ese éxito de la administración, el carácter desagradable que revestían las
formalidades obligó a la prefectura a alejar a las familias de las ceremonias. Se toleraba
únicamente que fueran a la puerta del cementerio y aun esto no era oficial. Pues en lo que
concierne a la última ceremonia, las cosas habían cambiado un poco. Al fondo del cementerio,
en un espacio vacío, cubierto de lentiscos, habían cavado dos inmensas fosas. Había una para
los hombres y otra para las mujeres. Desde este punto de vista las autoridades respetaban el
decoro y sólo más tarde, por la fuerza de los acontecimientos, este último pudor desapareció y
se enterraron envueltos, los unos sobre los otros, hombres y mujeres, sin preocuparse de la
decencia. Afortunadamente, esta confusión extrema alcanzó solamente los últimos momentos
de la plaga. En el periodo que nos ocupa la separación de las fosas existía y la prefectura ponía
en ello mucho empeño. En el fondo de cada una de ellas una gruesa capa de cal viva humeaba
y hervía. Al borde del agujero, un montículo de la misma cal dejaba estallar en el aire sus
burbujas. Cuando los viajes de la ambulancia terminaban, se llevaban todo el cortejo de las
angarillas, se dejaban deslizar hasta el fondo, unos junto a otros, los cuerpos desnudos y más o
menos retorcidos, se les cubría con cal viva, después con tierra, pero nada más que hasta cierta
altura, reservándose un espacio para los que habían de llegar. Al día siguiente, los parientes
eran invitados a firmar en un registro, lo que marcaba la diferencia que puede haber entre los
hombres y, por ejemplo, los perros: la comprobación era siempre posible.
Para todas estas operaciones hacía falta personal y siempre se estaba a punto de carecer de él.
Muchos de los enfermeros y de los enterradores, al principio oficiales y después improvisados,
murieron de la peste. Por muchas precauciones que se tomasen, el contagio llegaba un día.
Pero, bien mirado, lo más asombroso es que no faltaron nunca hombres para esta faena
durante todo el tiempo de la epidemia. El período crítico se sintió un poco antes que la peste
hubiera alcanzado su momento culminante y las inquietudes del doctor Rieux eran fundadas. La
mano de obra no era suficiente ni para los equipos ni para lo que se llamaba el trabajo grueso.
Pero a partir del momento en que la peste se apoderó realmente de la ciudad, entonces su
exceso mismo arrastró consecuencias muy cómodas, porque desorganizó toda la vida
económica y produjo un gran número de desocupados. La mayor parte no se reclutaba para los
equipos, pero los trabajos más gruesos fueron siendo facilitados por ellos. A partir de ese
momento se vio que la miseria era más fuerte que el miedo, tanto más cuanto que el trabajo
estaba pagado en proporción al peligro. Los servicios sanitarios llegaron a disponer de una lista
de solicitantes, y en cuanto una vacante se producía se avisaba inmediatamente a los primeros
de la lista que -si en el intervalo no habían causado ellos también una vacante- no dejaban de
presentarse. Así, pues, el prefecto, que había vacilado durante mucho tiempo en utilizar a los
condenados a largas penas para ese género de trabajo, pudo evitarse llegar a ese extremo.
Según su opinión, mientras hubiera desocupados, se podía esperar.
Bien o mal, hasta fines del mes de agosto, nuestros conciudadanos pudieron ser conducidos a
su última morada, si no decentemente, por lo menos con el suficiente orden para que la
administración tuviera la tranquilidad de conciencia de cumplir con su deber. Pero hay que
anticipar algo sobre la continuación de los hechos para relatar los últimos procedimientos a que
hubo que recurrir. El grado en que la peste se mantuvo a partir del mes de agosto sobrepasaba

con mucho en la acumulación de víctimas a las posibilidades que ofrecía nuestro pequeño
cementerio. De nada sirvió tirar lienzos de pared, abrir a los muertos una puerta de escape
hacia los terrenos cercanos: hubo que acabar por encontrar otra cosa. Primero, se decidió
enterrar por la noche, lo que dispensaba de tener ciertos miramientos. Se podía amontonar los
cuerpos cada vez más numerosos en las ambulancias. Y los raros paseantes retrasados que,
contraviniendo la regla, andaban por los barrios extremos después del toque de queda, o
aquellos que eran llevados allí por su oficio, encontraban a veces largas filas de ambulancias
que pasaban a toda marcha haciendo resonar, con su timbre sin vibración, las calles vacías de
la noche. Los cuerpos eran arrojados en las fosas apresuradamente. No habían terminado de
caer cuando las paletadas de cal se desparramaban sobre sus rostros y la tierra les cubría
anónimamente en los hoyos que se cavaban cada vez más profundos.
Poco más tarde hubo que buscar otra salida. Una disposición de la prefectura expropió a los
ocupantes de concesiones a perpetuidad y todos los restos exhumados fueron al horno
crematorio. Pero pronto hubo que conducir a los muertos mismos de la peste a la cremación.
Entonces hubo que utilizar el antiguo horno de incineración que se encontraba al este de la
ciudad, fuera de las puertas. Se llevó más lejos el piquete de la guardia y un empleado del
ayuntamiento facilitó mucho la tarea de las autoridades aconsejando que se utilizaran los
tranvías que llegaban al paseo del mirador y que se encontraban ahora sin empleo. Con este fin
se acondicionó el interior de los coches y de los remolques quitando los asientos y se llevó la
vía en dirección al horno que llegó a ser un final del trayecto.
Y durante los últimos días del verano, como bajo las lluvias del otoño, se pudo ver a lo largo del
mirador, en el corazón de la noche, pasar extraños convoyes de tranvías sin viajeros
bamboleándose sobre el mar. Los habitantes acabaron por saber lo que era. Y a pesar de las
patrullas que impedían el acceso al mirador, algunos grupos llegaban a trepar muchas veces
por las rocas cortadas a pico sobre las olas y arrojaban flores al paso de los tranvías. Los
vehículos traqueteaban en la noche de verano, con su cargamento de flores y de muertos.
Por la mañana, los primeros días, un vapor espeso y nauseabundo planeaba sobre los barrios
orientales de la ciudad. Según la opinión de todos los médicos, aquellas exhalaciones, aunque
desagradables, no podían perjudicar a nadie. Pero los habitantes de aquellos barrios
amenazaban con abandonarlos, persuadidos de que la peste se abatiría sobre ellos desde lo
alto del cielo, de tal modo que hubo que dirigir hacia otra parte los humos por medio de un
sistema de complicadas canalizaciones y los vecinos se calmaron. Sólo los días de mucho viento
un vago olor les recordaba que estaban instalados en un nuevo orden y que las llamas de la
peste devoraban su ración todas las noches.
Estas fueron las máximas consecuencias de la epidemia. Pero fue suerte que no creciese más,
porque se hubiera podido temer que el ingenio de nuestros burócratas, las disposiciones de la
prefectura e incluso la capacidad de absorción del horno llegasen a ser sobrepasados. Rieux
sabía que se habían previsto soluciones desesperadas para ese caso, tales como arrojar los
cadáveres al mar, e imaginaba fácilmente su espuma monstruosa sobre el agua azul. Sabía
también que si las estadísticas seguían subiendo, ninguna organización, por excelente que
fuese, podría resistir; sabía que los hombres acabarían por morir amontonados y por pudrirse
en las calles, a pesar de la prefectura; y que la ciudad vería en las plazas públicas a los
agonizantes agarrándose a los vivos con una mezcla de odio legítimo y de estúpida esperanza.
Este era el género de evidencia y de aprensiones que mantenía en nuestros conciudadanos el
sentimiento de su destierro y su separación. A este respecto, el cronista sabe perfectamente lo
lamentable que es no poder relatar aquí nada que sea realmente espectacular, como por
ejemplo algún héroe reconfortante o alguna acción deslumbrante, parecidos a los que se
encuentran en las narraciones antiguas. Y es que nada es menos espectacular que una peste, y
por su duración misma las grandes desgracias son monótonas. En el recuerdo de los que los
han vivido, los días terribles de la peste no aparecen como una gran hoguera interminable y
cruenta, sino más bien como un ininterrumpido pisoteo que aplasta todo a su paso.
No, la peste no tenía nada que ver con las imágenes arrebatadoras que habían perseguido al

Claro está que nada de eso era absoluto. por no traicionar nada y sobre todo por no traicionarse a sí mismo. toda la ciudad parecía una sala de espera. Sin memoria y sin esperanza. No es que hubiesen olvidado su rostro. no es menos verdadero que este mismo sufrimiento perdía en tales circunstancias mucho de su patetismo. poco a poco. Bastaba que sintiesen más pesadamente. el cronista ha tendido a la objetividad. Era ante todo una administración prudente e impecable de buen funcionamiento. Bastaba que llegasen a uno de esos momentos de distracción en que se ponían a hacer algún proyecto que implicaba el término de la peste. en los cafés o en casa de los amigos. ese rostro había perdido su carne. porque en tiempo de peste es normal buscar el fin del sufrimiento colectivo y porque. Y es la objetividad misma lo que le obliga a decir ahora que si el gran sufrimiento de esta época. aquellos que habían sufrido más con la separación. no lo veían ya en su interior. En suma. plácidos y distraídos. había relámpagos.doctor Rieux al principio de la epidemia. en lugares ya tan remotos. Al final de aquel largo tiempo de separación. A decir verdad. Antes. no tenían inconvenientes en emplear el lenguaje de todos. Y habiéndose quejado durante las primeras semanas de que su amor tenía que entenderse únicamente con sombras. de hecho. a . Desde este punto de vista. pero la imaginación les era insuficiente. difícilmente podían imaginar lo que el otro estaría haciendo en el momento mismo en que lo evocaban. Hasta allí habían hurtado furiosamente su sufrimiento a la desgracia colectiva. ¿sé acostumbraron a una situación tal? No sería enteramente justo confirmarlo. todo se volvía presente. Nuestros conciudadanos se habían puesto al compás de la peste. Al principio de la peste se acordaban muy bien del ser que habían perdido y lo añoraban. era la separación. esto era un desastre. tal o cual día en que reconocían haber sido dichosos. más eficaz cuanto más mediocre. En el presente. excepto en lo que concierne a las necesidades elementales de un relato coherente. con miradas tan llenas de tedio que. hay que reconocer que no llegaron todos al mismo tiempo y también que. perdiendo hasta los ínfimos colores que les daba el recuerdo. retrocesos. en considerar su separación enfocándola como a las estadísticas de la epidemia. Los que tenían un oficio cumplían con él en el estilo mismo de la peste: meticulosamente y sin brillo. Todo el mundo era modesto. dicho sea entre paréntesis. Pues el amor exige un poco de porvenir y para nosotros no había ya más que instantes. todos llegaron a vivir la ley de la peste. No ha querido modificar casi nada en beneficio del arte. porque no había medio de hacer otra cosa. ya no podían imaginar la intimidad que había habido entre ellos ni el hecho de que hubiese podido vivir a su lado un ser sobre quien podían en todo momento poner la mano. se decía sólo con las pocas razones que nos quedaban todavía claras y que eran muy pobres. por culpa de ellos. los separados no eran tan infelices porque en su sufrimiento había un fuego que ahora ya se había extinguido. "Ya es hora de que esto termine". no. Pero todo se decía sin el ardor ni la actitud de los primeros tiempos. Pero si recordaban claramente el rostro amado. El doctor Rieux consideraba que. decían. deseaban que terminase. pero ya no eran para ellos punzantes. se habían adaptado. pero que no dejaba de ser una especie de consentimiento provisional. porque el hábito de la desesperación es peor que la desesperación misma. Porque si es cierto que todos los que estaban separados llegaron a este estado. Al grande y furioso impulso de las primeras semanas había sucedido un decaimiento que hubiera sido erróneo tomar por resignación. pero ahora aceptaban la confusión. vivían instalados en el presente. tanto el más general como el más profundo. Así pues. Nuestros conciudadanos. Por primera vez los separados hablaban del ausente sin escrúpulos. como se dice. en ese momento no les faltaba la memoria. se les veía en las esquinas. Ni uno entre nosotros tenía grandes sentimientos. momentos de súbita lucidez que volvían a darles una sensibilidad más joven y más dolorosa. su risa. se dieron cuenta. Pero todos experimentaban sentimientos monótonos. La peste había quitado a todos la posibilidad de amor e incluso de amistad. Sería más exacto decir que sufrían un descarnamiento tanto moral como físico. pero sí algo que es lo mismo. una vez instalados en esta nueva actitud. En el segundo estadio de la peste acabarían perdiendo la memoria también. justamente. de que esas mismas sombras podían llegar a descarnarse más. Todavía tenían la actitud que se tiene ante la desgracia o el sufrimiento. y si es indispensable en consecuencia dar una nueva descripción de él en este estudio de la peste.

Clasificaban fichas o ponían discos. que los separados ya no tenían aquel curioso privilegio que al principio los preservaba. volviendo a encontrar en un relámpago su sufrimiento. a la puerta de los almacenes de productos alimenticios. pero sencillamente no era utilizable. Mientras que en los primeros tiempos de la peste eran heridos por una multitud de pequeñeces que contaban mucho para ellos y nada para los otros. extrañamente. al menos. no se interesaban sino en lo que interesaba a los otros. al igual de todo el mundo. les llegaba la advertencia no siempre confirmada. Ahora. si se quiere tener una idea justa del estado de ánimo en que se encontraban los separados en Oran. era pesado de llevar. emplazados a una muerte ignominiosa pero registrada. inerte en el fondo de nosotros mismos. ya estaban dormidos. en que nadie se preocupaba de la calidad de los trajes ni de los alimentos. holgazaneaban o trabajaban hasta agotarse. Otros tenían también inesperados renacimientos. con él. y hacían así la experiencia de la vida personal. sobre todo. para concebir esperanzas quiméricas o experimentar temores sin fundamento ante la lectura de ciertas consideraciones que cualquier periodista había escrito al azar. en verdad. la fuerza de unos celos sin motivo. sin diferenciarse en nada los unos de los otros. Habían perdido el egoísmo del amor y el beneficio que conforta. con cierta melancolía. para terminar. por el contrario. todo aquel tiempo fue como un largo sueño. Dicho de otro modo. se abría bruscamente. Y despertados por ella con un sobresalto. ¿qué aspecto tenían? Pues bien no tenían ningún aspecto particular. la situación estaba clara: la plaga alcanzaba a todo el mundo. esto es. En último caso. Y esto se veía. en medio de los incendios y de las fichas. razones para creer en un rápido fin de la peste. el rostro acongojado de su amor. Esta hora de la tarde. Compartían la placidez y las agitaciones pueriles de la ciudad. salían de su sopor ciertos días de la semana. O si se quiere. esos separados. la actitud de algunos de nuestros conciudadanos era como esas largas colas en los cuatro extremos de la ciudad. La peste había suprimido las tablas de valores. a la rutina. no escogían nada. y. naturalmente. Todo se aceptaba en bloque. al caer la tarde. por la noche. de que iba a volverles la memoria. Había solamente que llevar este sentimiento a una escala mil veces mayor en lo que concierne a la separación. tenían el mismo aspecto de los demás. Nuestro amor estaba siempre ahí. es dura para el prisionero o el exiliado que no tiene que examinar más que el vacío. esperando sin saberlo la misma reunión y la misma paz conmovedora. hay que evocar de nuevo esas eternas tardes doradas y polvorientas que caían sobre la ciudad sin árboles mientras que hombres y mujeres se desparramaban por todas las calles. porque en ese caso se trataba de otra hambre y que podía devorarlo todo. estéril como el crimen o la condenación. en la . porque esos días estaban consagrados a ciertos ritos en tiempo del ausente. nos alimentábamos con el mismo pan de exilio. Pues. Por lo demás. ahora. por ejemplo. su herida. el domingo. después volvían a la atonía y se encerraban en la peste. Pero. se dirá. y el sábado por la tarde. en apariencia cerrada. lo que subía entonces hasta las terrazas. Podemos decir. bebían cerveza o cuidaban enfermos. O también. a los más inteligentes haciendo como que buscaban. Era la misma resignación y la misma longanimidad a la vez ilimitada y sin ilusiones. Ya quedaba explicado que todo consistía en renunciar a lo que había en ellos de más personal. súbitamente rejuvenecido. Perdían la apariencia del sentido crítico adquiriendo la apariencia de la sangre fría. bostezando de aburrimiento. Y desde este punto de vista. Quedaban un momento suspendidos de ella. todavía soleadas. que para los creyentes es la hora del examen de conciencia. un aspecto enteramente general. Por la mañana volvían a la plaga.causa de cualquier combinación de ideas. Se podía ver. La ciudad estaba llena de dormidos despiertos que no escapaban realmente a su suerte sino esas pocas veces en que. No tenían más que ideas generales y su amor mismo había tomado para ellos la fisonomía más abstracta. sin duda. del terror y de las formalidades. en los periódicos o en las emisiones de radio. No era más que una paciencia sin porvenir y una esperanza obstinada. entre los humos espantosos y los timbres impasibles de las ambulancias. Todos nosotros en medio de las detonaciones que estallaban a las puertas de la ciudad. entre los choques que acompasaban nuestra vida o nuestra muerte. A tal punto estaban abandonados a la peste que a veces les sucedía no esperar sino en su sueño y se sorprendían pensando: "¡Los bubones y acabar de una vez!" Pero. tanteaban con una especie de distracción sus labios irritados.

ausencia de los ruidos de coches y de máquinas que son de ordinario el lenguaje de las ciudades. que iba llenando toda la ciudad y que cada tarde daba su voz más fiel. en fin. no era más que un enorme rumor de pasos y de voces sordas. a la obstinación ciega que en nuestros corazones reemplazaba entonces al amor. un pisoteo interminable y sofocante. y más mortecina. . el doloroso deslizarse de miles de suelas ritmado por el silbido de la plaga en el cielo cargado.

hubiera sido seguramente incapaz de informar sobre los resultados generales. Al contrario de Tarrou. sin esperar ni la operación decisiva ni el día del armisticio. Pese a todo vivía con la esperanza de una evasión próxima. volteada sobre las casas. y trabajar entonces de modo positivo en lo que tenía entre manos. que continuaba haciendo los cálculos necesarios. que se emplearían todos los medios para contener el mal. no leían periódicos ni escuchaban radio. Después de hablarle de Jeanne. diciendo simplemente que la separación empezaba a ser demasiado larga. pero en el fondo lo acogían todo con esa indiferencia distraída que se supone en los combatientes de las grandes guerras. durante semanas interminables. había perdido. el calor y la lluvia se sucedieron en el cielo. Rieux y sus amigos descubrieron entonces hasta qué punto estaban cansados. en casa de Rieux. la secretaría de los equipos de Rieux y. mientras que ahora tenía que sentirse enteramente sola. Durante todo ese período llegó a no interesarse más que por Cottard. durante una semana por lo menos. Después se había callado y había respondido evasivamente a las preguntas de Grand. en cambio. no había tenido nunca buena salud. Así estaba siempre en continuo estado de agotamiento. ignoraba realmente si ésta avanzaba o retrocedía. grandes aguaceros barrieron las calles. Sufría también bruscos enternecimientos y en esas ocasiones se ponía a hablarle a Rieux de Jeanne. Por la noche. asegurándole. Y si se comentaba con ellos los resultados de la semana hacían como si se interesaran. Centenares de miles de hombres daban vueltas sobre el mismo lugar. cosa que no había hecho nunca. sus trabajos nocturnos. de Rambert y de Rieux. y que él hubiera podido ayudar a su mujer a triunfar de la enfermedad.4 Durante los meses de setiembre y octubre toda la ciudad vivió doblegada a la peste. Por ejemplo. agotados por el esfuerzo. sostenido por dos o tres ideas fijas tales como la de prometerse unas vacaciones completas después de la peste. Y se había decidido a telegrafiar al director del sanatorio. Grand había dicho: "Usted ya sabe que eso ahora se cura muy bien. En cuanto a los otros. No estaba muy seguro de la veracidad de los telegramas que ella le ponía. los hombres que hasta entonces habían demostrado un interés tan vivo por todas las noticias de la peste dejaron de preocuparse de ella por completo. El doctor Rieux lo notaba al observar en sus amigos y en él mismo los progresos de una rara indiferencia. A principios de octubre. Tarrou resistía mejor. La bruma. Rambert. Y sin embargo acumulaba sobre sus obligaciones de auxiliar del Ayuntamiento. pero sus cuadernos demuestran que si su curiosidad no se había hecho menos profunda. absorbidos en su trabajo día y noche. que venían del mar. pendientes sólo de no desfallecer en su deber cotidiano. los hombres de los equipos sanitarios no lograban ya digerir el cansancio. los mantuviese alejadas. Rieux mismo se sorprendió un día hablando de su propia mujer en el tono más trivial. Grand le había preguntado por su mujer y Rieux le había respondido. donde acabó por instalarse cuando convirtieron el hotel en casa de . Y durante este tiempo no se produjo nada que no fuese ese continuo dar vueltas sin avanzar. Bandadas silenciosas de estorninos y de tordos." Y Rieux había asentido. siempre tranquilizadores. Estaba al corriente de los menores detalles del sistema de evacuación inmediata que había organizado para los que presentaban súbitamente síntomas de la enfermedad. a quien habían encargado provisionalmente de dirigir una de las residencias de cuarentena instalada desde hacía poco en su hotel. pero era incapaz de decir la cifra semanal de las víctimas de la peste. Grand. siempre duros para el cansancio. su diversidad. preguntándose dónde podría estar en aquel momento y si al leer el periódico lo recordaría. hasta llegar a "abajo el sombrero". pasaban muy alto dando un rodeo. además. En realidad. la extraña lanza de madera que silbaba. sin avanzar un paso. Se había reservado esta noticia y sólo por el cansancio podía explicarse que se la hubiera confiado a Grand en aquel momento. al mismo tiempo. Los otros estaban en el mismo estado. conocía perfectamente el número de los que tenía en observación. Como respuesta había recibido la notificación de un retroceso en el estado de la enferma. En una de estas conversaciones que sostenía con él. como si el azote de Paneloux.

le habían dicho un día. Por todas estas debilidades Rieux calculaba las dimensiones de su cansancio. no era su socorro lo que distribuía a lo largo del día. registrar. cada vez más frecuentemente. que generalmente les preocupaban. hacia los atacados de peste pulmonar. no tenía muchas ilusiones y el cansancio le quitaba las pocas que le quedaban. describir. cuyo caso parecía desesperado. ¿A qué conducía el odio que leía entonces en las caras? "No tiene usted corazón". es decir. eran meros informes. los pensamientos que el doctor Rieux revolvía en su cabeza mezclados a los que atañían a su separación. después que hubieron decidido hacer la primera prueba en el niño del señor Othon. endurecida y desecada. según la odiosa e irrisoria justicia. en el que siempre había algo de dulzura y de ironía que le daban una perpetua juventud. En cuanto a Castel. Y ante este rostro. Si Rieux hubiera estado más entero. poco a poco.cuarentena. Rieux sintió que se le apretaba la garganta. porque. déle usted la vida!" Pero él no estaba allí para dar la vida sino para ordenar el aislamiento. Se ven las cosas como son. cuando se dio cuenta de que su viejo amigo se había quedado profundamente dormido en la butaca. Encadenada la mayor parte del tiempo. Pero cuando no se ha dormido más que cuatro horas no se es sentimental. Sabía con certeza que esta era la única manera de continuar. ellos también. sin embargo tenía un corazón. esta era su tarea. ¡Ah! Era bien cierto que los hombres no se puedan pasar sin los hombres. A eso no se le podía llamar un oficio de hombre. que se las ve según la justicia. pero eso sí. el día en que vino a anunciar al doctor que el suero estaba preparado. Así llegaron a abandonar. ¿Cómo pretender que le alcanzase para dar la vida? No. Le servía para recomenzar todos los días. era una suerte que existiese el cansancio. les había parecido agotador ir primero al local donde se hacían las instalaciones necesarias. y después desahuciar. Ahora querrían arrastrarlo y arrastrar con ellos a la humanidad entera hacia la muerte. por el contrario. a todos los que mantenían esta lucha contra la plaga. este olor de muerte difundido por todas partes hubiera podido volverle sentimental. Llevaba en seguida la conversación hacia los pequeños detalles de la vida oranesa. después de todo. dejando ver todo su desgaste y su vejez. a olvidar algunas de las numerosas desinfecciones que debían practicar sobre ellos mismos. Lo . durante un período cuyo término no podía entrever. Era halagador pero peligroso. su misión no era curar. estallaba de cuando en cuando. y eran también los mismos que veía reflejarse en las caras de sus amigos. Estos eran. era bien cierto que tan desamparado estaba él como aquellos desgraciados y que él también merecía aquel estremecimiento de piedad que cuando se apartaba de ellos dejaba crecer en sí mismo. con un hilo de saliva asomándole en los labios entreabiertos. por lo menos durante aquellas interminables semanas. En esto estaba el verdadero peligro. Había mujeres que le cogían la mano gritando: "¡Doctor. se presentaba con una escolta de soldados y había que empezar a culatazos con la puerta para que la familia se decidiese a abrir. ¿a quién entre toda esa muchedumbre aterrorizada se le dejaba la facultad de ejercer un oficio de hombre? A decir verdad. avisados en el último momento para acudir a las casas infectadas. Habían llegado a evitar todos los movimientos que no fueran indispensables o que les pareciesen superiores a sus fuerzas. Pues sabía que aun. a correr. sino únicamente diagnosticar. Y los otros. Por lo demás. ver. Él podía arreglarlo todo con tres píldoras y una jeringa y le apretaban el brazo al acompañarlo por los pasillos. Antes de la peste lo recibían siempre como a un salvador. los desahuciados. Su sensibilidad se desmandaba. pues era la lucha misma contra la peste la que los hacía más vulnerables a ella. sólo tenía lo suficiente para eso. las reglas de higiene que tenían proscriptas. Rieux empezó a comunicarle las últimas estadísticas. Pero. lo sabían perfectamente. Le servía para soportar las veinte horas diarias que pasaba viendo morir a hombres que estaban hechos para vivir. ahora súbitamente abandonado. Descubrir. apenas escuchaba a Grand o al doctor cuando comentaban los resultados del día. sin precaverse contra el contagio. apretar el nudo que se había formado dentro de él. sino el abandono a que se entregaban. no era esta indiferencia ante los acontecimientos exteriores o ante los testimonios de los otros. dejándole entregado a emociones que no podía dominar. Pero el efecto más peligroso del agotamiento que ganaba. Su única defensa era encerrarse en ese endurecimiento. Ahora.

es evidente.dejaban todo al azar y el azar no tiene miramientos con nadie. me dice. los policías mismos." "Yo me he esforzado en hacerle comprender que la única manera de no estar separado de los otros era tener la conciencia tranquila: me ha mirado malignamente. en parte porque Tarrou estaba bien informado sobre su caso. se acabó la policía. que se reparte como una marea desencadenada en todos los lugares públicos. Los expedientes. estoy seguro de ello. Y supongo que cuando se le haya ocurrido ir a buscar prostitutas. encontraba al día siguiente una nueva energía. seguía siempre amable y atento." Según las apariencias. Así Cottard. la satisfacción que tienen de encontrarse y permanecer allí. Sabía mantenerse apartado de todo y continuar sus relaciones con los demás. eso yo ya lo he pasado. Prefiere estar sitiado con todos los otros a estar preso solo. no pescará usted nunca el tifus o la peste. Lo único que no quiere es ser separado de los demás. que impulsa a los hombres unos hacia otros. la tentativa que hace cada uno de lograr que todo el mundo esté con él. Sin embargo. sin embargo. Y si no. La opinión general de Tarrou sobre el pequeño rentista se resumía en este juicio: "Es un personaje que crece. Era un continuo milagro. los codos hacia los codos. Y además cree seriamente.. que llena todas las salas de espectáculos y los dancings mismos. añade Tarrou. había un hombre en la ciudad que no parecía agotado ni descorazonado y que seguía siendo la viva imagen de la satisfacción. No hay más que condenados que esperan el más arbitrario de los indultos y. se acabaron los crímenes pasados o actuales.se puede hablar porque es un hombre.. a pesar del trabajo que realizaba. de que un hombre que es presa de una gran enfermedad o de una profunda angustia queda por ello mismo a salvo de todas las otras angustias o enfermedades. Se apoya sobre la idea. y el apetito de calor humano. se acabaron los culpables. la precipitación de la gente hacia los restaurantes de lujo.' Y después: 'Puede usted creerlo. un cáncer serio o una buena tuberculosis. "Con él -había dicho Cottard a Rambert. Con la peste se acabaron las investigaciones secretas. porque con su cara. Bajo el epígrafe "Relaciones de Cottard con la peste" este cuadro ocupa unas cuantas páginas del cuaderno y el cronista cree conveniente dar aquí un resumen. él está amenazado como los otros pero justamente lo está con los otros.' Verdadera o falsa. Propiamente hablando. esto no va mejor. mire usted a su alrededor. que no puede ser alcanzado por la peste. estaba dispuesto a considerar los síntomas de angustia y de confusión que representaban nuestros conciudadanos con una satisfacción indulgente y comprensiva que podía expresarse por un: "¡Qué va usted a decirme!. todo el mundo está en el lio. . nadie está nunca con nadie. A veces expresaba el fondo de su pensamiento ante Tarrou con las observaciones de este género: "Evidentemente. tal como le habían sido confiadas por éste o tal como él las había interpretado. Excepto las mujeres.' En verdad comprendo bien lo que quiere decir y comprendo que le parezca cómoda la vida que llevamos. siempre según la interpretación de Tarrou. yo se lo aseguro. es imposible. Siempre está uno seguro de ser comprendido. en parte porque le acogía siempre con una cordialidad inalterable. entre ellos. según eso. ¿Cómo no reconocería en los que pasan junto a él las reacciones que antes tuvo él mismo. las notas de Tarrou que corresponden a esa época recaen poco a poco sobre el personaje Cottard. que no puede uno acumular enfermedades? Supóngase que tuviese una enfermedad grave o incurable. la afluencia desordenada que forma cola todos los días en el cine. los sexos hacia los sexos? Cottard ha conocido todo eso antes que ellos. Incluso cuando ciertas noches llegaba a aplastarle el cansancio. Estaba satisfecho del giro que tomaban los acontecimientos. que no es tan tonta como parece. Ese hombre era Cottard. las fichas. Tarrou. habrá desistido por temor a la mala fama que ello pudiera acarrearle". el echarse atrás ante cualquier contacto. Y la cosa llega más lejos. pero sobre todo procuraba ver a Tarrou lo más frecuentemente que el trabajo de éste se lo permitía." Por esta razón. y me ha dicho: 'Entonces. las informaciones misteriosas y los arrestos inminentes. El único medio de hacer que las gentes estén unas con otras es mandarles la peste. crecía también su buen humor. No habrá visto nunca morir a un canceroso de un accidente de automóvil. Pero por momentos. Tarrou ha procurado dar un cuadro de las reacciones y las reflexiones de Cottard." "Está claro. esta idea pone a Cottard de buen humor. '¿Ha observado usted. la amabilidad que se despliega para informar a un transeúnte desorientado. cuando antes sólo se le manifestaba mal humor.

porque él ha sentido todo esto antes que ellos. "Yo creo -decía Tarrou." En fin." Tarrou salía frecuentemente con Cottard y después contaba en sus cuadernos cómo se hundían en la multitud sombría. de las propinas regias que sonaban a su alrededor y de las intrigas que se armaban ante sus ojos. Mientras que la peste. Pero. se esponjaba en medio de la fiebre colectiva. el terror le parece así menos pesado de llevar que si estuviese solo. de cuando en cuando."En resumen. la peste lo ha sepultado bien. un pueblo entero se entregaba ahora a él. y de su sensibilidad irritada. inestable. visiblemente. Pero precisamente. paseaban obstinadamente a través de la ciudad. y aunque a la mayor parte le faltaba lo necesario. la vida desahogada. de su enloquecimiento y su palidez al menor dolor de cabeza. son magníficos!" -decía-. Pues es. es decir. sin ver la muchedumbre que les rodeaba. un cómplice y lo es con delectación. Aunque el precio de todo subía inconteniblemente. Cottard se enternecía: "¡Ah. me dijo un día. Él valora en su justo precio las contradicciones de los habitantes de Oran. mantenidos por ociosos que eran más bien cesantes. Y no se dan cuenta de las ventajas que tienen. en fin. ya los oye usted: después de la peste haré esto. nunca se había despilfarrado más lo superfluo. Cuando uno se ha pasado los días. la atmósfera difícil de la época y por esto el cronista le asigna mucha importancia. Lo que Cottard buscaba meses antes en los lugares públicos. ¿Es que yo podría decir: después de mi condena haré esto o lo otro? La condena es un principio no es un fin. ha hecho un cómplice. apretados una contra otro. En la medida de lo posible él está a su gusto en medio del terror. de la noche a la mañana. de las susceptibilidades de todas esas almas alertas. sumergiéndose en una masa blanca y negra en la que.. él sabe que su libertad y su vida están tambien a dos pasos de ser destruidos.que empieza a sentir algo de amor por estos hombres.' "Evidentemente. Es cómplice de todo lo que ve. poco más o menos. Pero puesto que él ha vivido en el terror. después de la peste haré esto otro. . Todo el mundo sabe bien que no se puede tener confianza en su vecino. se puede comprender ese sentimiento. Más exactamente. Se está muy bien entre gentes que viven en la idea de que la peste. yo creo que no puede experimentar enteramente con ellos toda la crueldad de esta incertidumbre. Todos los juegos aumentaban. En esto es en lo que está equivocado y porque es más difícil de comprender que otros. caían los escasos resplandores de alguna lámpara y acompañando al rebaño humano hacia los placeres ardorosos que lo salvaban del frío de la peste. que aunque sienten profundamente la necesidad de un calor que los una. al mismo tiempo que nosotros. añade Tarrou. De un hombre que era solitario sin querer serlo.. de los errores irrazonados.. creo que de buena gana les explicaría si pudiera que la cosa no es tan horrible: 'Ya los oye usted. Por ejemplo. Y hablaba alto. hombro con hombro. de las supersticiones. de los crepúsculos o de las noches. viendo posibles delatores en todos aquellos cuya compañía sin embargo buscaba. Tarrou y Cottard seguían a veces durante largo rato a alguna de esas parejas que antes procuraban ocultar lo que les unía y que ahora. susceptible. nunca se había malgastado tanto dinero. los que todavía no hemos muerto de la peste. el placer desenfrenado. ¿Quiere usted saber mi opinión? Son desgraciados porque no se despreocupan. presos entre el cielo y los muros de su ciudad. todo lo que soñaba sin poder alcanzar. como Cottard. que es capaz de darle la peste sin que lo note y de aprovecharse de su abandono para inficionarle. Sin embargo. no se abandonan a ella por la desconfianza que aleja a los unos de los otros. él sabe lo que dice. Yo sé lo que digo. las páginas de Tarrou terminan con un relato que ilustra la conciencia singular que invadía al mismo tiempo a Cottard y a los pestíferos. después de todo. En suma. Su "eso yo ya lo he pasado" indicaba más desgracia que triunfo. Tarrou creía que había poca maldad en la actitud de Cottard. puesto que saben que la enfermedad empieza por esos dolores. es por eso por lo que merece más que otros que se intente comprenderlo. que transforma en ofensas los olvidos y que se aflige por la pérdida de un botón. Se envenenan la existencia en vez de estar tranquilos. puede ponerles la mano en el hombro y de que acaso está ya preparándose a hacerlo en el momento mismo en que uno se vanagloria de estar sano y salvo. encuentra normal que los otros lo conozcan a su turno. Este relato reconstruye.. con la distracción un poco estática de las grandes pasiones. el lujo.

Tenían arroz que servía la madre de los muchachos. Era Cottard el que había invitado a Tarrou. Era una casita española de muros espesos. Así. "Nosotros. Hay que explicarte dónde viven. pero si yo no llego. Ese día. con el propósito de instalar a Rambert ese mismo día en la casa de Marcel y Louis. Fue necesario que llegase el gran dúo de Orfeo y Eurídice del tercer acto (el momento en que Eurídice vuelve a alejarse de su amante) para que cierta sorpresa recorriese la sala. antes de levantarse el telón. González dijo que era una buena idea y se fueron todos hacia el puerto. desde hacía varios meses. y de modo espantoso. y en la sala los restos inútiles del lujo. bajo el aspecto de un histrión desarticulado. Durante todo el primer acto Orfeo se lamentó con facilidad. nos citaremos. Y como si el cantante no hubiera estado esperando más que ese movimiento del público o. Los que llegaban se preocupaban visiblemente de llamar la atención. era necesario tener paciencia hasta la siguiente. Cottard y Tarrou dominaban un patio de butacas lleno hasta reventar por los más elegantes de nuestros ciudadanos. tú te vas directamente a casa de ellos. que solamente se habían levantado. como si el rumor del patio de butacas le hubiera corroborado en lo que sentía. los hombres recobraban el aplomo que les faltaba horas antes por las calles negras de la ciudad. los hombres guiando a sus compañeras por el codo. Pues al mismo tiempo la orquesta enmudeció. Dijeron que la otra vez no habían tenido suerte pero que había que confiar. González propuso entonces una cita para el lunes próximo. En todo caso. primero en silencio. en su atavío clásico. Algunos movimientos o sacudidas que se le escaparon parecieron a los más informados efectos de estilización que enriquecían la interpretación del cantante. el murmullo se convirtió en exclamación y la multitud afluyó a las salidas apretándose y empujándose entre gritos. que desde los primeros días de setiembre trabajaba seriamente con Rieux. los músicos afinaban discretamente sus instrumentos. evitándoles chocar con los asientos bajados. las siluetas se destacaban con precisión. Bajo la luz resplandeciente de la sala. cerca de las puertas que daban sobre el mirador. con habitaciones desnudas y sombrías. Bloqueada por la enfermedad se había puesto de acuerdo con el teatro de la ópera para dar un espectáculo una vez por semana. o de una cámara mortuoria después de una visita. La sala reaccionaba con calor discreto. La compañía había venido al principio de la peste para dar unas representaciones en nuestra ciudad. las mujeres recogiendo sus faldas y saliendo con la cabeza baja. tú y yo. y de ese modo se podría dar cuenta.Habían ido a la ópera Municipal donde daban el Orfeo de Glück. en ese mismo momento avanzó de un modo grotesco. en forma de abanicos olvidados y encajes desgarrados sobre el rojo de las butacas. Rambert. Cottard y Tarrou. Pero poco a poco el movimiento se hizo más precipitado. todos los viernes nuestro teatro Municipal vibraba con los lamentos melodiosos de Orfeo y con las llamadas imponentes de Eurídice. con los brazos y las piernas separados. Sin embargo." Pero Marcel o Louis dijo que lo más fácil era llevarle en aquel momento. había pedido un día de licencia para encontrarse con González y los dos chicos delante del instituto de muchachos. y se desplomó entre los idílicos decorados que siempre habían sido anacrónicos pero que a los ojos de los espectadores no lo fueron hasta aquel momento. algunas mujeres vestidas con túnicas comentaron con gracia su desdicha y cantaron al amor. al pasar de una fila a otra se inclinaban con gracia. se quedaron solos ante una imagen de lo que era su vida de aquellos momentos: la peste en el escenario. Si no era muy exigente habría comida para los cuatro. el espectáculo seguía contando con el favor del público y tenía todos los días grandes entradas. Entonces recomenzarían. una . la gente de las butacas se levantó y empezó a evacuar la sala. de contraventanas de madera pintada. Apenas se notó que Orfeo introducía en su aria del segundo acto ciertos trémolos que no figuraban en la partitura y que pedía con cierto exceso de patetismo al dueño de los Infiernos que se dejase conmover por su llanto. Marcel y Louis vivían al final del barrio de la Marina. González y Rambert vieron llegar a los dos chicos riendo. Rambert dijo que esa era la palabra. El frac espantaba a la peste. más exactamente todavía. no era aquella su semana de guardia. En el ligero murmullo de una conversación de buen tono. Instalados en los puestos más caros. como se sale de una iglesia cuando termina el servicio.

Rambert comía y bebía. Le hicieron una cama en la habitación común. Durante esos quince días Rambert trabajó sin escatimar esfuerzo. Rieux observó que por primera vez desde el principio de la peste. -Es posible que sea porque yo también tengo ganas de hacer algo por la felicidad. después de todo. estrechando la mano del doctor. Un hecho notable: al cabo de una semana confesó al doctor que. se sonreía. Me ha preguntado si le conocía: "Aconséjele usted. de modo ininterrumpido. A la otra semana Rambert se instaló por fin en la casa de los españoles." -El señor Othon me ha hablado de usted esta mañana -añadió Rieux en el momento en que Rambert se iba-. mientras él pensaba únicamente en la semana que tenía que pasar. Al día siguiente no hablaron más de ello pero trabajaron juntos. que había escogido la felicidad y que él no tenía argumentos que oponerle. quedándose en la ciudad se exponía a ser separado de ella para siempre. como con los ojos cerrados. Era una vieja madre española seca y altiva." -¿Qué quiere decir esto? -Esto quiere decir que tiene usted que darse prisa. Pensó en seguida que era la peste. y González dijo que era un verdadero camarada. en una plazoleta desde donde no se llegaba a divisar el mar pero desde donde se veía un poco más de cielo. -Gracias -dijo Rambert. vestida de negro. Alguna vez le preguntó si no temía llevarle la peste a su mujer. Cuando llegó a su casa no se descubrió en el cuerpo ningún signo de infección y no quedó muy orgulloso de aquella brusca crisis. El paso brusco de la ociosidad a este trabajo agotador le dejaba sin sueño y sin fuerzas. que no frecuente los medios de contrabando. Como los muchachos no iban a comer a casa y como le habían rogado que saliera lo menos posible. Al llegar a la puerta se volvió. Se sentía incapaz de juzgar lo que estaba bien y lo que estaba mal en este asunto. la noche anterior se había emborrachado. Hablaba poco de su evasión. -Entonces ¿por qué no impide usted que me marche? Rieux movió la cabeza con su gesto habitual y dijo que eso era cosa de Rambert. "En las puertas se arregla uno". . Él creía que había que correr ese riesgo y que. -¿Y por qué me dice usted que me dé prisa? Rieux sonrió a su vez. de la mañana a la noche. -¿Cómo es ella? -le preguntó la vieja sonriendo. con la cara morena y arrugada bajo el pelo blanco muy limpio. por encima de la ciudad.vieja española sonriente y llena de arrugas. "En todo caso. en cambio. González se extrañó. por primera vez. pues el arroz faltaba ya en la ciudad. y la única reacción que tuvo -tanto él como Rieux convinieron en que no era razonable. Tarde ya se acostaba y dormía con un sueño pesado. Silenciosa. cuando miraba a Rambert le sonreía con los ojos. sucede con frecuencia que tenga uno ganas de hacerlo. o se ponía a charlar con la madre de los muchachos. La realidad era que tuvo que esperar dos semanas porque los turnos de guardia se hicieron de quince días para reducir el número de los equipos. -Encantadora. Rieux dijo que comprendía muy bien que se pudiese obrar así. Al salir del bar tuvo de pronto la impresión de que se le hinchaban las ingles y de que al mover los brazos sentía una dificultad en las axilas. era un riesgo mínimo.fue la de correr hacia la parte alta de la ciudad y allí. Se hace notar. dijo. dijo Marcel. llamar a gritos a su mujer. estaba solo la mayor parte del tiempo. me ha dicho.

Vio que había adelgazado. Después de cenar Marcel tocaba la guitarra y bebían todos anisado. "¡Circulen!". La gente circulaba pero en redondo. así que ¡a la fuerza!" Tanto Rambert como Marcel y Louis andaban con el torso desnudo. La puerta daba sobre el patio. "Hay mucho pecado en el mundo." De los dos hombres que hacían la guardia con ellos. uno había caído con la peste y el otro. Por la tarde volvían los muchachos. Él reconoció que no. sentado a una mesa de madera negra. Las noticias de la peste eran malas. Marcel y Louis estarían solos. -¡Ah! -dijo ella-. con las persianas bajas. Al día siguiente todo sería posible. debe reunirse con ella. Era una pequeña habitación. decía. pero pensaba en otra cosa. La madre de Rieux le dijo que lo encontraría en el hospital en la parte alta de la ciudad. decía el sargento.-¿Bonita? -Yo creo que sí. se secaba con el pañuelo el sudor que le corría por la sangría del brazo. ¿qué le quedaría a usted? El resto del tiempo Rambert se lo pasaba dando vueltas. le preguntó la vieja. que iba a misa todas las mañanas. decía un sargento de ojos saltones. Rambert miró a Tarrou. el calor era húmedo y sofocante. En la penumbra de la casa. sus cuerpos parecían más morenos y relucientes. Por la noche fueron a terminar los últimos detalles. Se cruzó con el Padre Paneloux que salía del despacho. Rambert fue a casa del doctor. -¿Todavía aquí? -le dijo. Si podemos resolverlo sin él será mejor. sin embargo. -¿Por qué? -Está agotado. -Cuidado -le dijo Marcel-. el cansancio le hacía borrosos los ojos y . junto a las paredes enjalbegadas y desnudas. Estate preparado. quisiera hablar con Rieux. que olía a farmacia y a trapos húmedos. Delante del puesto de guardia. Ellos ya sabían que no había nada que esperar y sin embargo seguían allí. Él dijo que sí. bajo un cielo pesado. -Está en la sala. que vivía con él. -Tiene usted razón. Rambert enseñó un pase al sargento que le indicó el despacho de Tarrou. tocando los abanicos que estaban clavados en ellas o contando los madroños que bordeaban el tapete. Tarrou. Si no. cuyo traje estaba empapado de sudor. a las cuatro de la tarde. pero a pesar de todo les corría el sudor por los hombros y por el pecho. Rambert daba vueltas sin hablar. De pronto. Rambert les dio las gracias. -Sí. La vieja española conservaba la serenidad. Así. No hablaban mucho. Todo está preparado. la muchedumbre de siempre daba vueltas sobre el mismo lugar. estaba en observación. es a medianoche. Rambert seguía pensando. Al día siguiente. es por eso. "¿Está usted contento?". El miércoles. -¿No cree usted en Dios? -dijo la vieja. se vistió y dijo que salía. "No hay nada que esperar". sólo lo suficiente para decirle que todavía no era el momento. con las mangas de la camisa remangadas. y la vieja repitió que era por eso. Yo le evito todo lo que puedo. Marcel llegó diciendo: "Todo está listo para mañana a medianoche. durante dos o tres días. blanca y sucia.

Vamos. Cuando se enderezó dejó caer su instrumento en el platillo que un ayudante le ofrecía y se quedó un rato inmóvil. Algunos hombres vestidos de blanco pasaban con lentitud bajo la luz cruel que vertían las altas aberturas defendidas con barrotes. En lo alto de las paredes zumbaban los aparatos que renovaban la atmósfera y sus hélices curvas agitaban el aire espeso y caldeado. Tarrou lo miró y de pronto le sonrió. -¿Qué bonitas. pero quiero ver al doctor. son muertos. -¿Dice usted eso sinceramente? Tarrou alzó los hombros: -A mi edad es uno sincero forzosamente. Tarrou dijo que se alegraba y que tuviera cuidado. Tarrou hizo entrar a Rambert en una salita con las paredes cubiertas de armarios. El doctor estaba punzando las ingles de un enfermo que sujetaban dos enfermeros a los lados de la cama. -Lo único que nos queda es la contabilidad. pero que inspiraba confianza a los demás. ya sé. detrás de la cual se veía un curioso ir y venir de sombras. -Paneloux ha aceptado reemplazar a Rambert en la casa de cuarentena. Sus anchos hombros estaban como encogidos. perdóneme. eh? ¡Pues no!. -Sí. Los muertos de esta noche. Empujaron la puerta-vidriera. Dejó sobre la mesa de Tarrou un paquete de fichas y dijo con una voz que la máscara ahogaba: "Seis" y se fue. Rambert se sentía mal en el terrible calor de aquella sala y le costó trabajo reconocer a Rieux inclinado sobre una forma gimiente. y se detuvo. -¿Se va usted pronto? -Hoy a medianoche. Abrió uno de ellos y sacó de un esterilizador dos máscaras de gasa. dio una a Rambert para que se tapara con ella. Tarrou se levantó y se apoyó en la mesa. Era una inmensa sala. Tarrou miró a Rambert y le enseñó las fichas extendidas en abanico. De todos lados subían gemidos sordos o agudos que formaban un solo lamento monótono. -No es eso -dijo Rambert con esfuerzo. por encima de las dos filas de camas. -¿Qué hay de nuevo? -dijo a Tarrou. Rambert le preguntó si aquello servía para algo y Tarrou respondió que no. Mentir cansa mucho. Frunciendo la frente recogió el paquete de fichas. Es más humano que yo. Fueron por un pasillo cuyos muros estaban pintados de verde claro y donde flotaba una luz de acuario.todas las facciones. con las ventanas herméticamente cerradas a pesar de la estación. no son tan bonitas. Llamaron a la puerta y entró un enfermero enmascarado de blanco. mirando al hombre mientras lo vendaban. Antes de llegar a una doble puerta-vidriera. -Tarrou -dijo Rambert-. cuando vio que se le acercaba. Ha hecho ya muchas .

" Cada vez que uno de ellos hablaba. eso está bien. Pero ahora. Este asunto nos toca a todos. Queda por organizar el tercer equipo de inspección sin Rambert. Yo había creído siempre que era extraño a esta ciudad y que no tenía nada que ver con ustedes. Rambert repitió su última pregunta. siguió conduciendo. Rieux parecía incapaz de salir de su cansancio. -Además. Mañana andaremos a pie. como un diálogo entre estatuas. puede uno tener vergüenza de ser el único en ser feliz. puede. usted debiera estar en otra parte. -¡Ah! -dijo Rieux-. está aquí Rambert. Rambert y Rieux se instalaban en el asiento posterior del coche. ya no le quedaría tiempo para la felicidad. Tarrou no rechistó. -Sí -dijo Rambert-. Nadie respondió y Rambert terminó por impacientarse. -¡Ustedes lo saben mejor que nadie! Si no ¿qué hacen en el hospital? ¿Es que ustedes han escogido y han renunciado a la felicidad? No respondieron ninguno de los dos. todavía con más fuerza y solamente Rieux se volvió hacia él. -¿Y ella? -dijo con voz sorda. Rieux se enderezó con esfuerzo: . -Doctor -dijo Rambert-. después de haber visto lo que he visto. al echar a andar-. -Se acabó la gasolina -dijo Tarrou. quiéralo o no. Pero Rieux se enderezó y dijo con voz firme que eso era estúpido y que no era en modo alguno vergonzoso elegir la felicidad. Propone un experimento. Rieux aprobó con la cabeza. Tarrou. -Saldremos juntos. -Querría hablar con usted -dijo Rambert. -¿Qué hace usted aquí? -le dijo-. Esto hacía que la conversación resultase un poco irreal. Rieux se volvió. Rambert dijo que había reflexionado y seguía creyendo lo que siempre había creído. la máscara de gasa se hinchaba en el sitio de la boca. si quiere. Espéreme en el despacho de Tarrou. hizo observar que si Rambert se decidía a compartir la desgracia de los hombres. Un momento después. Tarrou conducía. que había ido callado todo el tiempo sin volver la cabeza. Esto le molestaría para gozar del amor a su mujer. Tarrou le dijo que la cosa era para aquella noche y Rambert añadió: "En principio. El silencio duró mucho tiempo hasta que llegaron cerca de la casa del doctor. Por encima de la máscara guiñó un poco los ojos al ver a Rambert. pero que sabía que si se iba tendría vergüenza.cosas. -No es eso -dijo Rambert-. Era necesario que tomase una decisión. yo no me voy: quiero quedarme con ustedes. sé que soy de aquí. -Castel ha terminado sus primeras preparaciones.

yo también me aparto sin saber por qué. Antes de dejarlos. . Los ojos de la madre se desorbitaron más. no puede uno al mismo tiempo curar y saber. si puedo telefonear. Ya sabe lo que es esto. Un tropezón del coche en un bache lo hizo callar. Así que curemos lo más a prisa posible. es lo que urge. Hasta los últimos días de octubre no se ensayó el suero de Castel. pero no lo sé. el niño del señor Othon había caído enfermo y toda la familia había tenido que ponerse en cuarentena. El Juez también siguió callado y luego dijo en un tono más bajo: -¡Bueno!. -Sí -dijo ella moviendo la cabeza-. El niño estaba en el período de abatimiento y se dejó reconocer sin quejarse. Registrémoslo y saquemos las consecuencias. Respetuoso con los preceptos establecidos. Rieux no pudo menos de preguntarles si necesitaban algo. ¿no? -dijo el juez con voz fría. La víspera del día en que Castel fue a visitar a Rieux. -Sí -respondió Rieux. -Se hará en seguida -dijo titubeando-. Al levantar la cabeza encontró la mirada de Rambert. cuando Tarrou miró su reloj. mirando al espacio: -Nada en el mundo merece que se aparte uno de los que ama. Quédese con nosotros si así lo desea. Rieux evitó mirar a la madre. Este era. Tendrá usted que preparar algunas cosas. que seguía con el pañuelo sobre la boca. -Lo siento infinitamente. pero el juez desvió la mirada. La madre. encontró la mirada del juez y detrás de él la cara pálida de la madre. prácticamente. Y sin embargo.-Perdóneme. pero no dijo nada. el doctor estaba persuadido de que la ciudad quedaría a merced de la plaga que podía prolongar sus efectos durante varios meses todavía o decidirse a parar sin razón. doctor. El señor Othon dijo que él le acompañaría al teléfono. La niña había sido alejada. se encontró aislada por segunda vez. que había salido de ella poco tiempo atrás. la última esperanza de Rieux. Después añadió. voy a hacerlo. -¿Los ha prevenido usted? -Rambert apartó los ojos. Rambert -dijo-. Cuando el doctor levantó la cabeza. Tarrou y Rieux estaban haciendo el plano del barrio que Rambert estaba encargado de inspeccionar. debemos hacer lo prescripto. mirando nuevamente al niño. -Es un hecho. Rieux se dejó caer sobre el respaldo. -¿Qué consecuencias? -preguntó Rambert. eso es todo -dijo con cansancio-. el juez hizo llamar al doctor Rieux en cuanto vio en el cuerpo del niño los síntomas de la enfermedad. que se tapaba la boca con un pañuelo y seguía los movimientos del doctor con ojos desorbitados. En el caso de que fuese un nuevo fracaso. -¡Ah! -dijo Rieux-. pero el doctor se volvió hacia la mujer. La mujer siguió mirando en silencio. -Había enviado unas líneas –dijo-. -Es eso. antes de venir a verlos. A medianoche. Cuando Rieux llegó. el padre y la madre estaban de pie junto a la cama.

El niño había salido de su sopor y se revolvía convulsivamente entre las sábanas. siempre ciego y mudo. como si se sintiese mordido en el estómago. Castel. a medida que crecía la luz en la antigua clase. está en el campo de aislamiento. A la cabecera de la cama el sólido cuerpo de Tarrou se curvaba un poco a los pies de Rieux. con la espalda apoyada en la pared. Por esto Rieux tuvo la idea de ensayar en él el suero de Castel. subía un olor a lana y a sudor agrio. con la ayuda de unas tiendas pertenecientes al servicio de vías públicas. Al cabo de unas veinte horas. sentado. pero no habían seguido nunca sus sufrimientos minuto tras minuto como estaban haciendo desde el amanecer. El doctor se aferró con fuerza a la barandilla de la cama donde el niño gemía. tragando la saliva añadió-: pero salve usted a mi hijo. había quedado organizada por Rieux y Rambert de un modo muy estricto. los otros fueron llegando. la cara descompuesta. Luego. En ese momento el niño. leyendo. en cierto modo. -¿Tiene usted noticias del padre? -No -dijo Rieux-. pareció respirar más de prisa. Después llegó Joseph Grand.-No -dijo. que las encontró bien. Rieux consideró su caso desesperado. El niño aflojó un poco la tensión de su rigidez. sentado. De aquel pequeño cuerpo. Aquel frágil cuerpecito se dejaba devorar por la infección sin reaccionar. se encogió de nuevo. La mirada de Rieux se encontró con la de Tarrou que apartó los ojos. pero el señor Othon dijo que la regla era una sola y que era justo obedecer. con los dientes apretados. Aquella misma noche. practicaron la larga inoculación. Habían exigido particularmente que los miembros de una familia fuesen aislados unos de otros. Pero después de echar una mirada al niño volvió a guardárselo en el bolsillo. con toda la apariencia de la tranquilidad. Pero para el juez no había más lugar que el campo de aislamiento que la prefectura estaba organizando en el estadio municipal. Cuando había ya luz suficiente para que se pudiera distinguir en el encerado. sin obtener una sola reacción del niño. que se puso al otro lado de la cama frente a Tarrou. El primero. Eran las siete y se excusó por llegar sin aliento. miraba a Rieux por encima de las gafas. y a su lado Castel. Poco a poco. con . que había quedado en su sitio. y se arqueó un poco por la cintura. Al amanecer del otro día. volvía de un lado para otro la cabeza sobre la almohada. venía para saber si sabían ya algo más o menos preciso. porque si uno de ellos estaba inficionado sin saberlo. siguiendo paso a paso los progresos o las treguas de la enfermedad. sin duda. sin decir una palabra. la agonía de un inocente. que de pronto se puso rígido. la huella de las últimas fórmulas de ecuación. retrajo brazos y piernas hacia el centro de la cama. había que evitar que contagiase la enfermedad a los demás. después de la cena. fue transportado al hospital auxiliar e instalado en una antigua sala de clase donde habían puesto diez camas. Rieux explicó todas estas razones al juez. Se apoyó en los pies de la cama de al lado y sacó un paquete de cigarrillos. llegó Rambert. bloqueaban las articulaciones de sus débiles miembros. y. el dolor infligido a aquel inocente nunca había dejado de parecerles lo que en realidad era: un escándalo. separando lentamente los brazos y las piernas. En cuanto al niño. Se leía en su cara una expresión dolorosa y el cansancio de todos estos días en que había puesto tanto de su parte. Pequeños bubones dolorosos. La señora Othon y su niña podían alojarse en el hotel de cuarentena dirigido por Rambert. todos acudieron a verle para saber lo que resultaba de esta experiencia decisiva. había acentuado las arrugas de su frente. desnudo bajo una manta de cuartel. Paneloux. El doctor Castel y Tarrou estaban a su lado desde las cuatro de la mañana. apenas formados. le señaló al niño que con los ojos cerrados. Pero hasta entonces se habían escandalizado. Y sin embargo él y su mujer se miraron de tal modo que el doctor sintió hasta qué punto esta separación les dejaba desamparados. Ya habían visto morir a otros niños puesto que los horrores de aquellos meses no se habían detenido ante nada. los dientes apretados tanto como le permitían sus fuerzas. Y. porque no habían mirado nunca cara a cara. un viejo libro. durante tanto tiempo. Rieux le pidió excusas. No podía quedarse más que un minuto. Rieux. No quitaba los ojos del enfermito. Estaba vencido de antemano. La cuarentena que al principio no había sido más que una simple formalidad. en abstracto.

y su esfuerzo se hundía en el vacío. agotado. cuya carne había desaparecido en cuarenta y ocho horas. y Rieux. sin necesidad. lanzaba. El único que gritaba en el otro extremo de la sala. Rambert se acercó a la cama junto a Castel. Paneloux. Entonces dejaba la manecita sobre la cama y volvía a su puesto. Gruesas lágrimas brotaron bajo sus párpados inflamados. Apenas oyeron que Grand se marchaba diciendo que volvería. la luz pasaba del rosa al amarillo. mientras que los otros se quejaban cada vez más. Abrió los ojos por primera vez y miró a Rieux que estaba delante de él. Se dejó caer de rodillas y a todo el mundo le pareció natural oírle decir con voz ahogada pero clara a través del lamento anónimo que no cesaba: "Dios mío. el niño tomó en la cama la actitud de un crucificado grotesco. cerró los ojos. como . Rieux? Rieux dijo que no. que cerró el libro que había quedado abierto sobre sus rodillas. Paneloux miró esa boca infantil ultrajada por la enfermedad y llena de aquel grito de todas las edades. Sólo el niño se debatía con todas sus fuerzas. discorde y tan poco humana que parecía venir de todos los hombres a la vez. Tarrou se levantó y con su mano pesada enjugó aquel pequeño rostro empapado de lágrimas y de sudor. más bien por salir de la inmovilidad impotente en que estaba. A lo largo de los muros pintados al temple. -No ha tenido mejoría matinal. animándole un poco. Cuando la ola ardiente le envolvió por tercera vez." Pero el niño siguió gritando y los otros enfermos se agitaron. se escurrió hasta el fondo de la cama en el terror de la llama que le envolvía y agitó locamente la cabeza rechazando la manta. agarrado a la barra de la cama. reunidas por un minuto. sentía al cerrar los ojos que aquella agitación se mezclaba al tumulto de su propia sangre. Todos esperaban. convertida ya en una arcilla gris. hizo un visible esfuerzo por dominarse y de nuevo llevó su mirada hacia el niño. Se quedó así encorvado durante minutos eternos. dejando escapar un solo grito sostenido que la respiración apenas alteraba y que llenó la sala con una protesta monótona. anhelante. Rieux apretó los dientes y Tarrou se volvió para otro lado. se calmó un poco. la fiebre pareció retirarse y abandonarle. la boca se abrió de pronto. Las levantó un poco. y al final de la crisis. La luz crecía en la sala. con los ojos siempre cerrados. que de cuando en cuando le tomaba el pulso. pegó los muslos al vientre y se quedó inmóvil. pero tuvo que toser antes de terminar la frase porque su voz se hizo de pronto desentonada. crispando las piernas huesudas y los brazos. Rieux se volvió bruscamente hacia él y abrió la boca para decir algo pero se calló. así habrá sufrido más largo tiempo. el niño se le escapaba. arañó la manta junto a las rodillas y de pronto encogió las piernas. sobre una arena húmeda y envenenada donde el proceso semejaba ya la muerte. ¿no es cierto. pequeñas exclamaciones que expresaban más el asombro que el dolor. precipitó el ritmo de su quejido hasta hacer de él un verdadero grito. como si su frágil esqueleto se doblegase al viento furioso de la peste y crujiese bajo el soplo insistente de la fiebre.un débil quejido. que le corrieron por la cara. Empezó a hablar. pero que resistía más tiempo de lo normal. El niño. que parecía hundido en la pared. En las otras cinco camas había formas humanas que se revolvían y se quejaban con una discreción que parecía concertada. Hacía ya un momento que Castel había cerrado el libro y miraba al enfermo. dijo sordamente: -Si tiene que morir. Detrás de los cristales empezaba a crepitar una mañana de calor. Se identificaba entonces con el niño supliciado y procuraba sostenerle con toda su fuerza todavía intacta. Pasada la borrasca. Rieux. salva a esta criatura. Las manos que se habían vuelto como garras arañaban suavemente los lados de la cama. el niño se encogió. El que lanzaba las exclamaciones. sacudido por estremecimientos y temblores convulsivos. Una marea de sollozos estalló en la sala cubriendo la plegaria de Paneloux. En su cara hundida. Parecía que hasta para los enfermos ya no había aquel terror de los primeros tiempos: ahora su manera de tomar la enfermedad era una especie de consentimiento. con intervalos singulares. las pulsaciones de los dos corazones se desacordaban pronto. al fondo de la sala. pareció calmarse un poco. Pero.

Pero bruscamente los otros enfermos se callaron. Alrededor los lamentos recomenzaron. Y hay horas en esta ciudad en las que no siento más que rebeldía. Castel pasó al otro lado de la cama y dijo que había concluido. Miró a Paneloux con toda la fuerza y la pasión de que era capaz y movió la cabeza. -Lo comprendo -murmuró Paneloux-. franqueando la puerta de la sala antes que Paneloux. Se sentó en un banco.borracho de cansancio y de asco. Con la boca abierta pero callado. -¿Hay que volver a empezar? -preguntó Tarrou a Castel. entre los árboles pequeños y polvorientos. éste. El cansancio es una especie de locura. -Es posible -dijo con una sonrisa crispada-. padre -dijo-. Después de todo ha resistido mucho tiempo. que seguía apagándose hasta llegar a extinguirse. -¿Por qué hablarme con esa cólera? -dijo una voz detrás de él-. Sentía ganas de gritar para desatar el nudo violento que le estrujaba el corazón. empequeñecido de pronto. Pero Rieux se alejaba de la sala con un paso tan precipitado y con tal aire que cuando alcanzó a Paneloux y pasó junto a él. Cuando volvió a abrirlos encontró a su lado a Tarrou. -No. -¡Ah!. El cielo azul de la mañana iba cubriéndose rápidamente por una envoltura blanquecina que hacía el aire más sofocante. cruzó el patio de la escuela hasta el fondo. -Tengo que irme -dijo a Rieux-. El doctor notó que el grito del niño se había hecho más débil. Después se recogió la sotana y se fue por el pasillo central. esto subleva porque sobrepasa nuestra medida. Pues había terminado. hasta asimilar un poco el cansancio. -Es verdad -dijo-. Miraba las ramas y el cielo hasta ir recobrando lentamente su respiración. . El viejo doctor movió la cabeza. Paneloux se acercó a la cama e hizo los ademanes de la bendición. Pero es posible que debamos amar lo que no podemos comprender. Pero con el mismo movimiento arrebatado Rieux se volvió y lo rechazó con violencia. Rieux se abandonó en el banco. pero sordamente. no puedo soportarlo más. el niño reposaba entre las mantas en desorden. con restos de lágrimas en las mejillas. por lo menos. ¡bien lo sabe usted! Después. doctor -le dijo. y como un eco lejano de aquella lucha que acababa de terminar. Rieux se enderezó de pronto. Yo tengo otra idea del amor y estoy dispuesto a negarme hasta la muerte a amar esta creación donde los niños son torturados. El calor caía lentamente entre las ramas de los ficus. perdóneme. -Vamos. Para mí también era insoportable ese espectáculo. Rieux se volvió hacia Paneloux. Por la cara de Paneloux pasó una sombra de turbación. y se enjugó el sudor que le corría hasta los ojos. éste alargó el brazo para detenerlo. era inocente.

Dios mismo no puede separarnos ahora. Rieux retenía la mano de Paneloux. El Padre pronunció un segundo sermón en un día de gran viento. Pero no quiero discutir esto con usted. Desde el fondo de su cansancio que había renacido. esto es. a partir de aquel día en que había visto durante tanto tiempo morir a un niño. Paneloux le anunció que iba a pronunciar un sermón en la misa de los hombres y que en esta ocasión expondría algunos de sus puntos de vista. Desde que había entrado en los equipos sanitarios. Y quiéralo o no estamos juntos para sufrirlo y combatirlo. en principio. No le había faltado el espectáculo de la muerte. -La salvación del hombre es una frase demasiado grande para mí. doctor. Esto es lo único importante. acabo de comprender eso que se llama la gracia. Y el día en que dijo a Rieux sonriendo que estaba preparando un corto tratado sobre el tema: "¿Puede un cura consultar a un médico?". Y aunque. Como el doctor manifestó el deseo de conocer ese trabajo. Yo no voy tan lejos. Rieux intentó sonreír. Murmuró "hasta luego" y sus ojos brillaron al levantarse. Paneloux le alargó la mano y dijo con tristeza: . Paneloux no había dejado los hospitales ni los lugares donde se encontraba la peste. -Ya ve usted -le dijo. respondió con algo más de dulzura: -Es lo que yo no tengo. usted también trabaja por la salvación del hombre. Lo que yo odio es la muerte y el mal. ya lo sé. Aparentemente siempre había conservado la serenidad. el tema le interesará. en el primero. -Vuelvo a pedirle perdón por lo de antes -le dijo-. la aprensión por su propia suerte no había llegado a serle extraña. doctor -dijo con tristeza-. Pero se detuvo. Paneloux se sentó junto a Rieux. pareció cambiado. no lo he convencido! -¿Eso qué importa? -dijo Rieux-. Se había situado entre los hombres del salvamento en el lugar que creía que le correspondía. Además. su salud. -Doctor -dijo. Estamos trabajando juntos por algo que nos une más allá de las blasfemias y de las plegarias. -Yo quisiera que usted viniese. Ya se marchaba cuando Rieux que estaba reflexionando se levantó también y dio un paso hacia él. Es su salud lo que me interesa. Pero. evitando mirarle-. el doctor tuvo la impresión de que se trataba de algo más serio de lo que decía Paneloux. las filas de los asistentes no estaban tan tupidas como en el primero. Paneloux titubeó. A decir verdad. una explosión así no se repetirá. Parecía emocionado. la mayor parte de las gentes. Pero Rieux había vuelto a dejarse caer en el banco. sin embargo.-¡Ah!.¡Y. En las circunstancias difíciles que atravesaba la ciudad. Se leía en su cara una tensión creciente. En su frente también aparecieron gotas de sudor. -Sí -dijo-. ante todo. usted lo sabe bien. estaba protegido por el suero. cuando no habían abandonado enteramente sus deberes religiosos o cuando no . la palabra "novedad" había perdido su sentido.

los asistentes advirtieron cierta vacilación en su sermón. como a todos puede suceder. resultaron tan competentes como sus modelos de los siglos pasados. caminar a nuestro lado o esperar nuestra llegada en el lugar donde trabajábamos. Muchos de esos vaticinios se apoyaban en cálculos caprichosos en los que intervenían el milésimo del año. . empezaron a temer que aquella desdicha no tuviera verdaderamente fin. eran todas ellas tranquilizadoras. Y justamente lo que el cristiano debe procurar es encontrar su beneficio. Cuando la historia misma empezó a estar escasa de profecías se las encargaron a los periodistas. lo había pensado y lo había dicho sin caridad. sino intentar aprender de ella lo que se puede aprender. sino "nosotros". Otros establecían comparaciones con las grandes pestes de la historia buscando similitudes (que las profecías llamaban constantes) y por medio de cálculos no menos caprichosos pretendían sacar enseñanza para la presente. y al mismo tiempo aquel fin era el objeto de todas las esperanzas. Y Rieux distraído por ese movimiento escuchó mal a Paneloux que seguía su sermón. podíamos seguramente comprender mejor lo que nos iba diciendo sin cesar y que en el primer momento de sorpresa acaso no comprendimos bien. por lo menos. La tarde del sermón. En ese momento las gentes se arrellanaron un poco en los bancos y se colocaron en la forma más cómoda posible. Se pasaban de mano en mano diversas profecías de algunos magos o de santos de la Iglesia Católica. Comenzó por recordar que desde hacía varios meses la peste estaba entre nosotros y que ahora ya la conocíamos bien por haberla visto tantas veces sentarse a nuestra mesa o a la cabecera de los que amábamos. Una de las hojas acolchadas de la puerta de entrada golpeaba suavemente: alguien se levantó para sujetarla. que no hay que intentar explicarse el espectáculo de la peste. Ciertos impresores de la ciudad vieron pronto el partido que podían sacar de aquella novelería y propagaron en numerosos ejemplares los textos que circulaban. en fin de cuentas. poco más o menos. Su voz fue haciéndose más firme. Pero acaso. Ahora. el número de muertos y la suma de los meses pasados bajo el imperio de la peste. La prueba más cruel es siempre beneficiosa para el cristiano. Con estas supersticiones habían substituido la religión nuestros conciudadanos. Dándose cuenta de que la curiosidad del público era insaciable. Algunas de estas profecías aparecían como folletín en los periódicos y no eran leídas con menos avidez que las historias sentimentales de los tiempos en que había salud. Pero a medida que los días pasaban.los hacían coincidir con una vida personal profundamente inmoral. y saber de qué está hecho ese beneficio. Cosa curiosa. Lo que el Padre Paneloux había predicado en aquel mismo sitio seguía siendo cierto -o por lo menos esta era su convicción-. En la primavera se había esperado de un momento a otro el fin de la enfermedad. que en este punto. reemplazaban las prácticas ordinarias por supersticiones poco razonables. Decía. Lo que había de común en todas las profecías es que. Se puede poner como ejemplo el uso inmoderado que nuestros conciudadanos hacían de las profecías. pues. ya no decía "Vosotros". y nadie se preocupaba de pedir a los demás opiniones sobre la duración de la epidemia puesto que todo el mundo estaba persuadido de que pronto no la habría. y los repartieron por la ciudad. el viento que se infiltraba en ráfagas cada vez que se abrían las puertas de la entrada circulaba libremente por entre los oyentes. y por eso el sermón de Paneloux se oyó en una iglesia sólo llena en sus tres cuartas partes. y por esto se golpeaba el pecho. Lo que seguía siendo cierto es que toda cosa deja algo en nosotros. y cuál es el medio de encontrarlo. Habló con un tono dulce y más meditado que la primera vez y. en varias ocasiones. Nostradamus y Santa Odilia eran consultados a diario y siempre con fruto. Pero los más apreciados por el público eran sin disputa los que en un lenguaje apocalíptico anunciaban series de acontecimientos que siempre podían parecer los que la ciudad iba experimentando y cuya complejidad permitía todas las interpretaciones. Sólo la peste no lo era. Preferían llevar medallas protectoras o amuletos de San Roque a ir a misa. El Padre subió al pulpito en una iglesia fría y silenciosa con una asistencia exclusivamente compuesta de hombres. acabaron por emprender búsquedas en las bibliotecas municipales sobre todos los testimonios de ese género de que la tradición podía proveerles. cuando llegó Rieux.

El Padre Paneloux no recurrió a las fáciles ventajas que le permitían escalar el muro. el sufrimiento de un niño no se puede comprender. Precisamente por eso -y Paneloux aseguraba a sus oyentes que lo que iba a decir era difícil de decir. el cristiano se abandonará a la voluntad divina aunque le sea incomprensible. una herejía que sólo había podido nacer en un alma libertina. por ejemplo.Rieux comprendió confusamente que. Su atención pudo intensificarse cuando Paneloux dijo con firmeza que respecto a Dios había unas cosas que se podían explicar y otras que no. Elegirá creer en todo por no verse reducido a negar todo. Estamos. a decir verdad. únicamente así el cristiano no soslayará nada. Todo era todo o no era nada. Había. Pues lo cierto era que había un Purgatorio. habiendo oído decir que los bubones que se forman son la vía natural por donde el cuerpo expulsa la infección. El sufrimiento de los niños es nuestro pan amargo. pero precisamente por eso hay que pasar por ello. ¿Quién podría afirmar que una eternidad de dicha puede compensar un instante de dolor humano? No será ciertamente un cristiano.había que quererlo porque Dios lo quería. Y ¿quién de entre vosotros se atrevería a negarlo todo?" Rieux tuvo apenas tiempo de detenerse a pensar que el Padre estaba bordeando la herejía cuando éste seguía ya afirmando con fuerza que en esta imposición. Había con certeza el bien o el mal. No se puede decir: "Esto lo comprendo. El Padre Paneloux sospechaba que todos . Daba como sobreentendido con esto que no había términos medios. como si se dispusiera a preguntar a sus oyentes cuál era la conducta que había que seguir. los quejidos del viento que parecían redoblarse. según el Padre. Hubiera podido decir que la eternidad de delicias que esperaba al niño le compensaría de su sufrimiento. de esto hace siglos. un mal aparentemente necesario y un mal aparentemente inútil. Dios hace hoy en día a sus criaturas el don de ponerlas en una desgracia tal que les sea necesario encontrar y asumir la virtud más grande. la de decidir entre Todo o Nada. Ahí estaba también su virtud. justamente para que podamos hacer nuestra elección. nada más importante que el horror que este sufrimiento nos pausa ni que las razones que procuraremos encontrarle. y sin otra salida. Aquí. no sabía nada. el pequeño bullicio que se oía en las pausas del Padre Paneloux empezó a hacerse sentir. Todo pecado era mortal y toda indiferencia criminal. según se hubiese elegido. que el alma repose y goce en el tiempo de la dicha. cuyo Maestro ha conocido el dolor en sus miembros y en su alma. pero. irá al fondo de la decisión esencial. había pretendido revelar los secretos de la Iglesia afirmando que no hay Purgatorio. Paneloux se detuvo y Rieux oyó en ese momento. el Padre seguiría al pie del muro fiel a este desgarramiento cuyo símbolo es la cruz. la quiere extremada en los extremos de la desgracia. había épocas en las que no se podía hablar de pecado venial. no hay nada sobre la tierra más importante que el sufrimiento de un niño. pero sin ese pan nuestras almas perecerían de hambre espiritual. por debajo de las puertas. Se trataba de humillación. pero esto otro es inaceptable. Y diría sin temor a los que escuchaban ese día: "Hermanos míos. dadles los bubones". que no había más que Paraíso e Infierno y que no se podía ser más que salvado o condenado. No. porque el sufrimiento de un niño es humillante para la mente y el corazón. según Paneloux. Pero la religión del tiempo de peste no podía ser la religión de todos los días. en esos momentos. Esto era. dice: "Dios mío. pues. El Padre decía que la virtud de aceptación total de que estaba hablando no debía ser comprendida en el restringido sentido que se le daba de ordinario. Pero sin duda había ciertas épocas en las que ese Purgatorio no debía constituir una esperanza. pero súbitamente el predicador recomenzó con energía. El Padre sabía que lo que había de excesivo en la virtud de que iba a hablar desagradaría a muchos espíritus acostumbrados a una moral más indulgente y más clásica. Y como las buenas mujeres que en las iglesias. Por lo demás. ha llegado el momento en que es preciso creerlo todo o negarlo todo. Pero en esto nos pone ante un muro infranqueable." Hay que saltar al corazón de lo inaceptable que se nos ofrece. Un autor profano. ante la muralla de la peste y a su sombra mortal tenemos que encontrar nuestro beneficio. Y si Dios puede admitir. y hasta ahí la religión no tiene mérito. en verdad. cara a cara con el sufrimiento de un niño. Don Juan hundido en los infiernos y la muerte de un niño. no había nada que explicar. no se trataba de la trivial resignación ni siquiera de la difícil humildad. en esta pura exigencia estaba el beneficio del cristiano. Y. e incluso desear. en la vida Dios nos lo facilita todo. Pues si es justo que el libertino sea fulminado.

delante de Rieux. gritó: "¡Hermanos míos. por una transformación del sentimiento. habiendo hecho todo lo que debía hacer y creyendo que no había ningún remedio. frecuente en los casos del extremo dolor. y los muertos le habían caído del cielo sobre la cabeza. al dolor lo había invadido todo. sobre todo. Y ¿quién se atrevería a escoger el odio a Dios? "Hermanos míos -dijo al fin Paneloux. al cual hay que acercarse. sólo Él puede hacerla necesaria. El más viejo no dejó sin embargo de comentar el sermón. cruel a los ojos de los hombres. pues para los primeros el sufrimiento de un niño no contaba y para los segundos." Al salir Rieux. de los cuales ya había hablado. En los dos casos. Había únicamente que empezar a avanzar en las tinieblas. y el espíritu que propagan brota de estas cenizas en las que también los niños pusieron su parte. el problema era soslayado. Pero había otros ejemplos que Paneloux quería recordar. a pesar del ejemplo de sus tres hermanos. no había que imitar a los cristianos de Abisinia. había que imitar a los monjes de El Cairo que en las epidemias del siglo pasado daban la comunión cogiendo la hostia con pinzas para evitar el contacto de aquellas bocas húmedas y calientes donde la infección podía estar dormida. que querían combatir el mal enviado por Dios. por lo demás. No había que escuchar a esos moralistas que decían que había que ponerse de rodillas y abandonarlo todo. y procurar hacer el bien. de los ochenta y un religiosos del convento de la Merced sólo cuatro sobrevivieron a la fiebre. por una debilidad. había creído aislarse en el mundo de la muerte. no retrocedería ni ante ese término siempre que pudiera añadirle el adjetivo "activo". la verdad brotará de la aparente injusticia. hay que ser ese que se queda!" No se trataba de rechazar las precauciones. una violenta corriente de aire se arremolinó en la puerta entreabierta y azotó en plena cara a los fieles. ni mucho menos. Le parecía que aquel sermón demostraba más inquietud que fuerza y a la edad de Paneloux un sacerdote no tiene derecho a estar inquieto. el amor de Dios es un amor difícil. Reconocía y admiraba la elocuencia de Paneloux pero se inquietaba por el atrevimiento de las ideas que el Padre había expuesto. pegando con un puño en el borde del pulpito. decisiva a los ojos de Dios. y sin buscar subterfugios personales. aseguró que él frecuentaba mucho al Padre. que estaba al corriente de su evolución y que su . no hay término medio. había que perseverar y optar por encomendarse a Dios. les fue difícil sujetar sus sombreros. el orden inteligente que la sociedad impone al desorden de una plaga. Todos seguían Sordos a la voz de Dios. Y el Padre. Los pestíferos persas y los monjes pecaban igualmente. Esta es la fe. con la cabeza baja para protegerse del viento. Aquí el Padre Paneloux evocó la figura del Obispo Belzunce durante la peste de Marsella. A un cura ya de edad. Así también nosotros debemos persuadirnos de que no hay una isla en la peste. Según el cronista de la gran peste de Marsella. todo el pensamiento del Padre Paneloux iba hacia aquel que había quedado solo. el obispo.estaban a punto de pronunciar la terrible palabra: fatalismo. y a un joven diácono que salía con él. Recordó que el obispo hacia el fin de la epidemia. se encerró con víveres para subsistir en su casa e hizo tapiar la puerta. y de esos cuatro tres huyeron. Pues bien. tenía que repetirlo. harto humano. Pero. Esta es la difícil lección que quiero compartir con vosotros. Hay que admitir lo que nos causa escándalo porque si no habría que escoger entre amar a Dios u odiarle. No. Pero tampoco. Implica el abandono total de sí mismo y el desprecio de la propia persona. un perfume de aceras mojadas que hacía adivinar el aspecto de la ciudad antes de haber salido. Tampoco había que imitar a los apestados de Persia. para los que había sido un ídolo. por el contrario. Esto es lo que dijeron los cronistas y su oficio no les obligaba a decir más. el miedo. Es preciso que nos pongamos a la altura de esta imagen terrible. Así. mas es imposible comprenderla y lo único que nos queda es quererla. Ciertamente. Sobre esa cumbre todo se confundirá y se igualará. a pesar de los setenta y siete muertos y. se indignaron contra él. Pero al leer estas crónicas. y los sacerdotes hablan sobre sus tumbas. El joven diácono. anunciando que iba a terminar-. Pero sólo Él puede borrar el sufrimiento y la muerte de los niños. rodearon su casa de cadáveres para infectarlo y hasta arrojaron cuerpos por encima de las tapias para hacerlo perecer con más seguridad. un poco a ciegas. incluso ante la muerte de los niños. que lanzaban sus harapos sobre los equipos sanitarios cristianos invocando al cielo a voces para que diese la peste a los infieles. Trajo hasta la iglesia un olor a lluvia. Los habitantes de la ciudad. Por esto en muchas iglesias del Mediodía de Francia duermen los pestíferos desde hace siglos bajo las losas del coro.

se sentía responsable. Por la mañana la señora se había levantado temprano. cortando la palabra al más joven. el Padre había mostrado una ligera impaciencia. Como él seguía sin decir nada. Unos días después del sermón. Fue el momento en que la evolución de la enfermedad provocó en la ciudad constantes traslados. La señora había sacado en conclusión que la fiebre trastornaba las ideas de su huésped. debido. Un poco más tarde. en parte.tratado sería todavía mucho más atrevido y seguramente no obtendría el imprimátur. y a causa de ello perdió la estimación de su hospedadora. Y todas las noches. de la que. El Padre se había negado de nuevo. le había propuesto con cortesía llamar a un médico. Según sus propios términos. Extrañada de no ver salir al Padre de su cuarto. sino que debía ser un cansancio pasajero. La señora le había respondido con dignidad que su proposición no había sido inspirada por una inquietud en ese orden: no se había preocupado por su propia seguridad que estaba en las manos de Dios. -Entonces ¿cuál es su idea? -le dijo el viejo. Cuando Rieux lo comentó con Tarrou. el Padre tuvo que dejar el departamento donde su orden lo había instalado para ir a vivir a casa de una vieja señora frecuentadora de iglesias y todavía indemne de la peste. sino que había pensado únicamente en la salud del Padre. zumbándole los oídos. Había llegado al atrio y el viento aullante les envolvía. seguramente. el Padre había tocado el timbre y la había hecho llamar. Creía haber comprendido tan sólo. había pasado una noche de insomnio. Lo que sucedió después. Sufría de opresión en el pecho y parecía más congestionado que de costumbre. Por más que se esforzó después de obtener de la señora al menos una benévola neutralidad. le había propuesto otra vez llamar al médico. hay contradicción. Se había excusado por su movimiento del mal humor y le había dicho que no podía tratarse de la peste porque no sentía ninguno de los síntomas característicos. no pudo lograrlo: le había hecho mala impresión. Paneloux tuvo que ocuparse de su mudanza. En una de esas noches. pero su proposición había sido rechazada con una violencia que consideraba lamentable y no había podido hacer más que retirarse. Esta observación de Tarrou ¿permite aclarar un poco los acontecimientos desdichados que sobrevinieron y en los que la conducta de Paneloux pareció incomprensible a los que lo rodeaban? Júzguese por lo que sigue. a su agotamiento. Durante la mudanza. Y así como Tarrou había tenido que dejar su hotel para alojarse en casa de Rieux. éste le dijo que él conocía un cura que había perdido la fe durante la guerra al ver la cara de un joven con los ojos saltados. al ir a acostarse. pues habiéndole ésta elogiado calurosamente los méritos de la profecía de Santa Odilia. la señora. Paneloux no quiere perder la fe: irá hasta el final. tenía que ver la espalda de su hospedadora sentada en el salón y llevarse el recuerdo del "buenas noches" que le dirigía secamente sin volverse. deseando según ella cumplir enteramente con su deber. había ido . El Padre estaba todavía acostado. antes de irse a su cuarto invadido por oleadas de puntillas de crochet. que el Padre rehusaba la consulta porque no estaba de acuerdo con sus principios. el Padre sintió crecer su cansancio y su angustia. sólo fue conocido por los relatos de la dueña de casa. -Paneloux tiene razón -dijo Tarrou-. y esto era precisamente lo que le resultaba incomprensible. pero añadiendo ciertas explicaciones que ella había encontrado muy confusas. un cristiano tiene que perder la fe o aceptar tener los ojos saltados. Cuando pudo hablar dijo solamente: -Si un cura consulta a un médico. Cuando la inocencia puede tener los ojos saltados. después de mucho dudar se había decidido a llamar a la puerta. Siempre decidida a llenar con exactitud las obligaciones que la situación le creaba. sintió que se desencadenaba en su pulso y en sus sienes la marea de una fiebre que venía incubándose hacía días. y se había limitado a llevarle una tisana. Esto es lo que ha querido decir.

le respondió claramente que no quería médico. pero se calló. Se abandonó como una cosa inerte a todos los tratamientos que le impusieron. Pero en el caso del Padre Paneloux la continuación demostró que esta incertidumbre carecía de importancia. parecía que lo hubiesen apaleado durante toda la noche y que hubiera perdido la capacidad de reaccionar. Ella le preguntó cómo se encontraba y con una voz que le pareció asombrosamente indiferente dijo que se encontraba mal. Rieux salió para telefonear y en seguida volvió y se quedó mirando al Padre. El Padre miraba fijamente la pequeña araña de cuentas multicolores que colgaba sobre la cama. El Padre sonrió extrañamente. A las explicaciones de la señora respondió solamente que Paneloux tenía razón y que debía ser ya demasiado tarde. La tos se hizo cada vez más ronca y torturó al enfermo durante todo el día. Corrió al cuarto del Padre. La señora. Además. Podía ser un simple acceso de fiebre. Lo tienen todo puesto en Dios. Estaba tendido sin movimiento. El Padre se reanimó un poco y levantó hacia el doctor sus ojos a los que pareció volver una especie de calor. Rieux llegó al mediodía. fuera del ahogo y la opresión del pecho. El Padre le acogió con el mismo aire indiferente. que no necesitaba médico y que era suficiente que le llevasen al hospital para que todo estuviese en regla. por la radio. En ese momento la señora decidió esperar hasta la mañana siguiente y si el Padre no había mejorado telefonear al número que la agencia Ransdoc repetía diez veces al día. Al entrar la señora volvió la cabeza. Era como si luchase con la imposibilidad de arrancar del fondo de su garganta tapones de algodón que estuviesen ahogándole. el Padre expectoró aquel algodón que le ahogaba: estaba rojo. La fiebre subió. pero no soltó el crucifijo. Al final de estas crisis se dejaba caer hacia atrás con todos los síntomas del agotamiento. Por último se incorporó a medias y se quedó mirando al espacio que estaba en frente. por muy espectacular que pareciese. En medio de la . Siempre alerta a sus deberes tenía la intención de visitar a su huésped por la noche y tener cuidado de él. Pero por la noche. Pero la señora no se atrevió todavía a llamar al médico por no contrariarle. aterrada. con una fijeza más vehemente que la agitación anterior. -Yo estaré cerca de usted -le dijo con dulzura. La duda persistía en la mente de Rieux. Sin embargo. Pidió el crucifijo que estaba en la cabecera de la cama y cuando se lo dieron se quedó mirándolo. incorporándose medio ahogado. después de haberle dado la tisana. Repitió su proposición. ronca y espesa. corrió al teléfono. Después articuló tan difícilmente que era imposible saber si lo decía con tristeza o no: -Gracias. En el hospital. Pero los religiosos no tienen amigos. pero entonces el Padre. A primeras horas de la tarde intentó nuevamente hablar al Padre y no obtuvo como respuesta más que palabras confusas. desde hacía algún tiempo parecía que la peste se complacía en despistar los diagnósticos.regularmente cada dos horas a verle y lo que más le había impresionado era la agitación incesante en que el Padre había pasado el día. Según ella. tengo que aislarlo. -No tiene usted ninguno de los síntomas principales de la enfermedad -le dijo-. como con cortesía. Rieux le reconoció y quedó sorprendido de no encontrar ninguno de los síntomas principales de la peste bubónica o pulmonar. pasándose sin cesar las manos por la frente húmeda y enderezándose para intentar toser con una tos ahogada. Tan pronto arrojaba las ropas de la cama como las recogía. A la extrema congestión de la víspera había sucedido una especie de palidez tanto más sensible cuanto que las facciones de la cara estaban aún llenas. el caso del Padre seguía siendo ambiguo. que parecía un desgarramiento. al fin. Paneloux no volvió a separar los dientes. Era la peste y no era la peste. pero en realidad no puedo asegurar nada. se echó un poco en su cama y durmió hasta el amanecer. Por la noche.

En principio. Pero este año nadie quería pensar en los muertos. en cierto modo. Paneloux permaneció con su mirada indiferente y cuando a la mañana siguiente lo encontraron muerto.borrasca de la fiebre. Pero se notaba que había un número sorprendente de telas cauchutadas y brillantes. por ejemplo. Ahora. eran los intrusos que se procura olvidar. decía. el doctor Richard fue arrebatado por la peste. se multiplicaron en los cuatro extremos de la ciudad. pero . A primera vista. Al doctor Richard. Ya no se trataba de ir hacia ellos con un poco de nostalgia y melancolía. sobrehumano. el tiempo era de circunstancias: había cambiado bruscamente y los calores tardíos habían cedido la plaza. sobre las que volvía a caer. parecía que la peste se hubiera instalado cómodamente en su paroxismo y que diese a sus crímenes cotidianos la precisión y la regularidad de un buen funcionario. vista la estabilidad relativa de la peste en esta época. por así decir. todos los días eran el Día de los Muertos. Las formas pulmonares de la infección que se habían manifestado ya antes. de hecho. medio caído fuera de la cama. Era el día en que se trataba de compensar a los muertos del aislamiento y el olvido en que se les había tenido durante largos meses. pues la historia de las epidemias señala imprevistos rebotes. este era un buen síntoma. y si todavía se respetaba la prefectura era porque había que conservar aquel sitio para reunirse. ya no eran los abandonados ante los que hay que ir a justificarse una vez al año. nada se podía probar. precisamente porque se pensaba demasiado. es un excelente gráfico". La prefectura. El viejo Castel no lo contradecía. En medio de vómitos de sangre. le parecía enteramente reconfortante: "Es un buen gráfico. los médicos se vestían con telas aceitadas para preservarse y los comercios se aprovechaban de esto para colocar un surtido inmenso de trajes pasados de moda." La fiesta de Todos los Santos no fue ese año como otras veces. Opinaba que la enfermedad había alcanzado lo que él llamaba un rellano. seguramente. Por eso el Día de los Muertos fue ese año. y según la opinión de las personas competentes. los enfermos eran arrebatados mucho más rápidamente. Atribuía el mérito de esto al nuevo suero de Castel que acababa de obtener algunos éxitos imprevistos. pero creía que. sin que la peste se lo hubiese permitido hasta tanto. la luz fría y dorada del cielo de noviembre. Según Cottard. se proponía reunir a los médicos para pedirles un informe sobre el cambio actual. únicamente tenían que continuar con regularidad aquel trabajo. al fresco. el gráfico de los progresos de la peste con su subida incesante y después la larga meseta que le sucedía. durante las grandes pestes del Mediodía. de golpe. precisamente en el rellano de la enfermedad. que desde hacía tanto tiempo deseaba llevar un poco de calma al espíritu público. de pronto. En verdad. Otros años los tranvías iban llenos del olor insulso de los crisantemos. Como los otros años un viento frío soplaba continuamente. sus ojos no expresaban nada. en quien Tarrou encontraba un lenguaje cada vez más irónico. Se inscribió en su ficha: "Caso dudoso. El contagio parecía ser ahora más peligroso con esta nueva forma de la epidemia. Grandes nubes corrían de un lado a otro del horizonte. Y realmente los fuegos de la peste ardían con una alegría cada vez más grande en el horno crematorio. como si el viento prendiese y activase incendios en los pechos. gracias a los cuales cada uno esperaba quedar inmune. cubriendo de sombras las casas. sin duda. En verdad las opiniones de los especialistas habían sido siempre contradictorias sobre este punto. escamoteado. Los primeros impermeables habían hecho su aparición. Para mayor seguridad. Los médicos y los ayudantes que contribuían con un esfuerzo agotador no se veían obligados a imaginar que les esperasen esfuerzos mayores. empezaría ya a decrecer. y procesiones de mujeres se encaminaban a los lugares donde los suyos estaban enterrados para poner flores en sus tumbas. Los periódicos habían informado que doscientos años antes. la organización dirigida por Rieux no llegó a ser sobrepasada. cuando. el personal sanitario seguía respirando bajo máscaras de gasa desinfectada. la enfermedad parecía que hubiera debido extenderse. pero que después de todo no probaba nada. Castel se limitó a preparar su suero lo más cuidadosamente posible. después que pasaban. volvió al pesimismo con la misma inconsecuencia con que primero se había entregado al optimismo. ante este ejemplo impresionante. Pero todos estos rasgos de la estación no podían hacer olvidar que los cementerios estaban desiertos. La prefectura. Pero en general. Llegó un día en que el número de muertos aumentó más. Ya no había un solo edificio público que no hubiera sido transformado en hospital o en lazareto.

González le había dicho a las dos. Sabían también que la vida continuaba a unos metros de allí y que los muros de cemento separaban dos universos más extraños el uno al otro que si estuvieran en planetas diferentes. la verdad irreprochable de la muerte. así que bastó con poner centinelas en las cuatro puertas de entrada para hacer difícil la evasión. Igualmente. donde nada podía quedar secreto. Sucede que el cronista ocupado en otros sitios no los ha conocido y por esto no puede citar aquí más que el testimonio de Tarrou. la balanza estaba en equilibrio. que hubieran debido dejarlos partir. La especulación había empezado a intervenir y sólo se conseguían a precios fabulosos los artículos de primera necesidad que faltaban en el mercado ordinario. Tarrou notó también que durante todo el trayecto. el juego natural de los egoísmos hacía que. El estadio está rodeado por altos muros de cemento. en una situación muy penosa. Procuraba lanzarlas bien dirigidas a las bocas de las alcantarillas y si acertaba decía: "uno a cero". escupía la colilla hacia delante e intentaba darle con el pie. bastaba con entrar en un lugar de cuarentena o en uno de los campos de aislamiento que habían sido organizados por la dirección. que de tal modo pasaban hambre. Cuando terminaba un cigarro. Tarrou cuenta en sus cuadernos una visita que hizo con Rambert al campo instalado en el estadio Municipal. ni lluvioso ni caluroso. y adivinaban." Esta fórmula irónica daba la medida de ciertas manifestaciones rápidamente reprimidas. las camisetas de colores vivos sobre el terreno amarillento. En cambio. hubiera debido afirmar el sentido de igualdad en nuestros conciudadanos. Empezó a evocar a su modo el olor de la embrocación de los vestuarios. por el ruido más o menos grande que arrastraban con ellos. Fue un domingo por la tarde cuando Tarrou y Rambert decidieron dirigirse al estadio. Cerca ya del estadio. Las familias pobres se encontraban. naturalmente. sentían. pero cuyo carácter de gravedad no pasaba inadvertido. por el contrario. las limonadas de la primavera y las gaseosas del verano que pican en la garganta reseca con mil agujas refrescantes. y ese era su aspecto. mirando hacia arriba. el jugador de fútbol con quien Rambert se había encontrado y que había terminado por acceder a dirigir por turnos la vigilancia del estadio. a lo largo del día. los tranvías que pasaban. nadie se engañaba sobre "el ejemplo" dado por la comunidad. los muros impedían a las gentes del exterior importunar con su curiosidad a los desgraciados que estaban en cuarentena. a través de las calles del barrio llenas de baches. obedecían a la orden de optimismo a toda costa que habían recibido. unos niños que estaban jugando tiraron una pelota hacia el grupo que pasaba y González se . El estadio se encuentra casi en las puertas de la ciudad y da por un lado sobre la calle por donde pasan los tranvías y por otro sobre terrenos baldíos que se extienden hasta el borde de la meseta donde está construida la ciudad. que aquella era la hora en que antes de la peste se cambiaba de ropa para comenzar el match. agravase más en el corazón de los hombres el sentimiento de la injusticia. Y para tener una idea de la serenidad y sangre fría en la cuestión. oían. las horas de entrada o salida de las oficinas. donde la vida era libre y el pan no era caro. en el momento de encontrarse. De tal modo que había acabado por aparecer una consigna que se leía en las paredes o que otras veces gritaban al paso del prefecto: "Pan o espacio. era el más favorable para un buen partido. pensaban con más nostalgia todavía en las ciudades y en los campos vecinos. El cielo estaba cubierto a medias y González. pero a ésa nadie la quería. Quedaba. lo que caracterizaba la situación era "el ejemplo conmovedor de serenidad y sangre fría" que daba la población. claro está. un hombre de más. Leyéndolos. Pero en una ciudad cerrada. Ahora que los estadios habían sido incautados esto ya no era posible y González se sentía. así. Aunque la peste. aunque sin razón. Esta era una de las razones que le habían llevado a aceptar la vigilancia. el jugador no dejaba de dar patadas a todas las piedras que encontraba. Se podía tener también otros motivos de inquietud a causa de las dificultades en el aprovisionamiento que crecían cada vez más. Rambert tenía que presentarse al administrador del campo. comentó que este tiempo.como los casos de peste bubónica disminuían. sin verlos. las tribunas atestadas. Iban acompañados por González. Los periódicos. mientras que las familias ricas no carecían casi de nada. Los pobres. éstos. por la imparcialidad eficiente que usaba en su ministerio. a condición de no tener que ejercerla más que los fines de semana. Puesto que no se podía alimentarlos suficientemente.

Se había reservado las plataformas para que los internados pudieran guarecerse del calor o de la lluvia. -Nada. y los antiguos vestuarios de los jugadores habían sido transformados en despachos o en enfermerías. Por esto la vida es tan difícil de vivir. -¿Qué hacen durante todo el día? -preguntó Tarrou a Rambert. y se les veía que buscaban sus razones y que temían. Esto también es normal. . casi todos llevaban los brazos colgando y las manos vacías. ni con la mosca que vuela. Y en fin de cuentas. que se mantenía apartado. no pensaban en nada. En las tribunas. Efectivamente. Tarrou notó únicamente que sus tufos de las sienes estaban más despeinados y que llevaba desatado el cordón de un zapato. Había una especie de desconfianza que caía del cielo gris. Ellos se callaron. sin distraerse con nada. y ellos lo saben bien. pero el terreno estaba cubierto por varios centenares de tiendas rojas. Pero siempre hay moscas y picazones. Estaban vacantes. otros erraban por las gradas.de que Jacques no haya sufrido demasiado. Debajo de las tribunas estaban las duchas que habían instalado. -Los primeros días. dorando las caras de los tres hombres. Las tribunas estaban llenas de gente. Condujo a González a su despacho y después les llevó hacia un rincón de las tribunas donde el señor Othon." El administrador que venía hacia ellos les dijo que un tal señor Othon quería verles. Cuando se retiraron. Puesto que les habían separado de los otros no sería sin razón. todos tenían aire de desconfianza. Y como no podían pensar siempre en la muerte. ni con las comidas. no podía uno entenderse aquí -dijo Rambert-. algunos estaban tumbados y parecían esperar. Los que los conocen los han olvidado porque están pensando en otra cosa y esto es comprensible. La mayor parte de los interesados estaba en las tribunas. Estaba vestido como siempre y llevaba el mismo cuello duro. Esta inmensa asamblea de hombres era extrañamente silenciosa. en el estadio. Sí. -Tengo la esperanza -dijo el juez después de un rato. el juez siguió mirando hacia el lado por donde venía el sol. y los veía al principio metidos en sus tiendas ocupadas en oír volar las moscas o en rascarse vociferando su cólera o su miedo cuando encontraban orejas complacientes. Era la primera vez que Tarrou le oía pronunciar el nombre de su hijo y comprendió que algo había cambiado en él. se levantó para saludarlos. Todos los que Tarrou observaba tenían miradas errantes. Según sus notas.apresuró a devolverla con precisión. ni siquiera durante la mayor de las desgracias. Tarrou los comprendía.es que están olvidados y lo saben. sin embargo. -No -dijo Tarrou-. y. luminoso. todos parecían sufrir de la separación de aquello que constituye su vida. Entraron. uno ve que nadie es capaz de pensar realmente en nadie. ni con los cuidados de la casa. no creo que haya sufrido. dentro de las cuales se veían catres y morrales. Los que los quieren los han olvidado también porque tienen que ocuparse de gestiones y proyectos para hacerlos salir. El juez tenía aspecto muy cansado y no miró ni una sola vez a sus interlocutores a la cara. sobre el campo rojizo. al fin. Lo único que tenían que hacer era volver a colocar las tiendas al ponerse el sol. Dijo que se alegraba mucho de verles y que les encargaba dar las gracias al doctor Rieux por todo lo que había hecho. ni con las picazones. Pues pensar realmente en alguien es pensar minuto tras minuto. verdaderamente. Ahora no les quedaba más que callarse y desconfiar. El sol bajaba hacia el horizonte y por entre dos nubes entraban sus rayos oblicuamente hasta las tribunas. Algunos estaban sentados a la entrada de su tienda y paseaban sobre las cosas una mirada vaga. pero a medida que pasa el tiempo van hablando cada vez menos. "Pero lo peor -escribía Tarrou.

pero ¿qué se puede hacer por un juez? Había también en la ciudad otros muchos campos de los que el cronista por escrúpulo y por falta de información directa no puede decir nada. -Sí -dijo el viejo-. comunicándose por algún lado. y así podían las mujeres del barrio visitarse sin salir a la calle. del otro lado de los muros. sobre las calles relucientes. -Es científico -dijo Tarrou al administrador. que las tajadas son siempre para los mismos. Los hombres dejaron lentamente las tribunas y se recogieron a sus tiendas arrastrando los pies. dos carritos eléctricos. saliendo cargados para aterrizar en dos escudillas. Una luz suave y fresca bañaba el campo. En los cruces de algunas calles oscuras. Pero lo que sí puede decir es que la existencia de esos campos. Oyeron pasos sobre el techo. limpiaron el cielo y lo dejaron puro. El jugador les estrechó las manos sonriendo. el misterio de los muros y el miedo de esos lugares reprobados pesaban sobre la moral de nuestros conciudadanos y añadían confusión y malestar. Lluvias torrenciales lavaron el suelo. dos cucharones se hundían en las dos marmitas. Éste les dijo que había muchos descontentos. Dijo también que había muy bonita vista. después de una larga y agotadora jornada. Del otro lado. A fin de noviembre las mañanas llegaron a ser muy frías.Fueron a decir adiós a González que estaba estudiando un cuadro de vigilancia por turnos. -Por lo menos he vuelto a los vestuarios -dijo-. tan lejos como alcanzaba la vista. sin nubes. cuando el administrador les acompañaba hacia la salida. no se distinguían más que terrazas que acababan por quedar adosadas a una masa oscura y rocosa que correspondía a la primera colina. por el contrario. Los incidentes y los conflictos con la administración se multiplicaron. Tarrou acompañó a Rieux que iba a hacer su visita de la tarde al viejo asmático. pasaron por entre las tiendas llevando grandes marmitas. Por las mañanas un sol débil esparcía sobre la ciudad una luz refulgente y fría. suban un poco. esa es la cosa. El doctor le prodigó sus cuidados sin que él dejase de lamentar los acontecimientos. a eso de las diez. los enormes ruidos de los altavoces al caer de la tarde. habría gresca. La mujer del viejo. un enorme chicharreo se oyó en las tribunas: eran los altavoces que en otros sitios servían para anunciar el resultado de los matches o para presentar los equipos. Cuando todos estuvieron preparados. viendo el interés de Tarrou por aquel ruido. Hacia la tarde. De un lado. El cielo brillaba suavemente sobre las casas del barrio. les explicó que los vecinos salían a la terraza. Encontraron la terraza sola y provista de tres sillas. el olor a hombres que venía de ellos. y que ahora advertían gangosamente que los internados debían volver a sus tiendas para que la comida de la tarde pudiera serles distribuida. el aire volvía a hacerse tibio. Había llegado el crepúsculo y el cielo se había despejado. por encima de algunas calles y del puerto que no era visible. Un tranvía chirrió en la aguja. En la paz de la tarde se oyeron ruidos de platos y cucharas por todas partes. El coche volvía a ponerse en marcha y lo mismo se repetía en la tienda siguiente. aquí se frotaba las manos. la mirada se sumergía en un horizonte en el que el cielo y . Algunos murciélagos revoloteaban sobre las tiendas y desaparecían rápidamente. Los hombres alargaban la mano. y que las terrazas de casi todas las casas tocaban. desde allá arriba. Poco después. Del silencio de aquellas calles pasaron al parloteo del viejo. Este fue el momento que Tarrou eligió para franquearse un poco con el doctor Rieux. como los que se ven en las estaciones. Habría que hacer algo por él. -Pobre juez -murmuró Tarrou al salir-. a chorros. Una noche. que tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe y que probablemente. Allá arriba hay buen aire. un ligero viento soplaba sin ruido.

Habló durante mucho tiempo y he aquí poco más o menos su discurso reconstruido. Se conducía en todo como era de esperar. Basta con decir que soy como todo el mundo. . En el cielo barrido y pulido por el viento brillaban las estrellas puras y la claridad lejana del faro esparcía de cuando en cuando una ráfaga cenicienta. El silencio era absoluto. era el tipo de hombre por quien se puede sentir un razonable afecto. De las profundidades de la calle llegó hasta ellos ruido de platos. Rieux. Mi madre era sencilla y apagada. que seguía hundido en su silla. Un día empecé a reflexionar. Vino a sentarse junto al doctor y lo miró atentamente. Si tenía alguna inquietud se iba como había venido. que yo padecía ya de la peste mucho antes de conocer esta actitud y esta epidemia. -Bueno -dijo Tarrou con un tono enteramente natural-. pero prefiero no hablar de ella. Por decirlo en dos palabras.el mar se unían en una palpitación idéntica. Seguramente tenía aventuras por ahí. -Si es así. que puede durar. me tranquiliza. Sólo se veía su figura maciza recortada contra el cielo. pues. No es que viajase mucho: sólo viajaba en las vacaciones para ir a Bretaña. No soy del género de los atormentados. que es una buena situación. donde tenía una pequeña propiedad. "Tengo que advertirle que yo no era pobre como usted. Tarrou. "Pero tenía una particularidad: la gran guía Chaix era su libro de cabecera. Él se ocupaba de mí con cariño y creo que hasta intentaba comprenderme. -Qué buen tiempo hace -dijo Rieux sentándose-. ahí va. ahora creo saberlo. "Cuando yo era joven vivía con la idea de mi inocencia. Más allá de donde sabían que quedaban los acantilados. Tarrou se había levantado para apoyarse en la baranda de la terraza frente a Rieux. y hoy que ya ha muerto. ¿Quiere usted que este momento sea el momento de la amistad? Por toda respuesta Rieux le sonrió. ¿usted no ha procurado nunca saber quién soy yo? ¿Me tiene usted alguna amistad? -Sí -respondió el doctor-. sin ninguna idea. Siempre he querido salir. Una puerta golpeó dentro de la casa. Pero hay gentes que no lo saben o que se encuentran bien en ese estado y hay gentes que lo saben y quieren salir de él. me doy cuenta de que si no vivió como un santo tampoco fue una mala persona. es decir. En alguna calle lejana un auto pareció resbalar en el pavimento mojado y según se alejaba se perdieron detrás de él algunas exclamaciones confusas que habían roto un momento el silencio. el silencio volvió a caer sobre los dos hombres con todo su peso de cielo y de estrellas. La brisa traía olores de especias y de rocas. yo empecé bien. una claridad cuyo origen no se alcanzaba a ver aparecía y desaparecía regularmente: el faro del paso. era de natural bonachón. y claro está que estoy lejos de indignarme por ello. no he dejado de quererla nunca... Es como si la peste no hubiese llegado hasta aquí. se la tengo. no era muy original. se encendía para los barcos que debían desviarse hacia otros puertos. no se daba ninguna importancia. estaba a mi gusto en el terreno de la inteligencia y mucho más en el de las mujeres. miraba el mar. "Digamos para simplificar. Estaba en el justo medio. Sin embargo. Todo me salía como es debido. desde la primavera. Pero hasta ahora nos ha faltado el tiempo. -Bueno. Mi padre era abogado general. hace buen tiempo. sin herir a nadie. de espaldas a él. -Sí -dijo después de un rato-. Tres veces se apareció un resplandor en el cielo. Después. eso es todo.

Se trataba de un asunto importante en los Tribunales y seguramente él creyó que quedaría muy bien a mis ojos. Y yo. que al cabo de unos minutos yo ya no tuve ojos más que para él. esos días ponía el despertador. con una especie de ceguera obstinada. como yo decía entonces. por las ejecuciones. formidable como una ola. tan sinceramente alterado por lo que había hecho y por lo que iban a hacerle. delicadamente. la derecha. No me desperté de este delirio hasta que empezó mi padre la acusación. me ayudó a perdonarla. Bueno. de unos treinta años. me llevaba a ponerme de su lado. . no conservo de ese día más que una sola imagen: la del culpable. puesto que llegó a obtener aquella cabeza. los últimos momentos y que habría que llamar el más abyecto de los asesinatos. ni bonachón ni afectuoso. Lo que pasaba en un tribunal me había parecido siempre tan natural e inevitable como una revista militar del 14 de Julio o una distribución de premios. cuando hasta aquel momento no le había visto más que a través de la cómoda categoría del 'inculpado'. Se mordía las uñas de una sola mano. ¿Podría decir cómo hay que ir de Briangon a Chamoix? Hasta un jefe de estación se perdería. realmente. Y en verdad. en nombre de la sociedad. como culebras.. Comprendí que estaba pidiendo la muerte de aquel hombre. por las sentencias de muerte. que seguía todo aquello hasta el final. pues mi padre no se perdía en modo alguno. Cuando cumplí los diecisiete años mi padre me invitó un día a ir a oírle. "Pero estoy insistiendo en esto y no quiero dar demasiada importancia a este hombre decente. "Sin embargo. no decía más que: 'Esa cabeza debe caer'. pero había algo que me oprimía el estómago y me impedía toda atención que no fuese la que prestaba al reo. según la costumbre. Yo acepté por complacerle y también porque tenía curiosidad de verle y oírle representando un papel tan diferente del que hacía entre nosotros. propio para impresionar a las mentes jóvenes. A partir de ese día empecé a interesarme con horror por la justicia. bullían en su boca las frases enormes que sin cesar salían de ella. Pero aquel hombrecillo de pelo rojo y ralo. Claro que no fue él quien hizo el trabajo. "Transfigurado por la toga roja. reconociendo que no se equivocaba. A mí me divertía mucho hacerle preguntas y comprobarlas en la Chaix. y comprendía con una especie de vértigo. En fin. que mi padre había debido asistir muchas veces a esos asesinatos y que eso debía pasar aquellos días en que se levantaba muy temprano. No escuchaba nada de lo que decían: sentía solamente que querían matar a aquel ser viviente y un instinto. Esos pequeños ejercicios nos unían mucho. las combinaciones de los horarios que había que hacer para ir de Lyon a Varsovia. Sí. Yo por mi parte creía que esta superioridad suya en ferrocarriles valía tanto como cualquier otra. parecía tan decidido a reconocerlo todo. él tenía que asistir. influiría en mí para decidirme a elegir la misma carrera que él había seguido. a eso que llaman. y que incluso pedía que le cortasen el pescuezo. A lo más me proporcionó una ocasión. el número exacto de kilómetros que había entre las capitales que usted escogiese. En resumen: él no tuvo más que una influencia indirecta en mi determinación. Después he sabido que no había nada que perdonarle. pero empecé a observarla y comprendí que entre ellos no había nada. estaba vivo. Yo creo que era culpable. no insisto. ya comprende usted.. Tenía el aspecto de un búho deslumbrado por una luz demasiado viva. que llevaba una vida de renunciamiento. No pensé en otra cosa. El nudo de la corbata no se le ajustaba al nacimiento del cuello. después de todo la diferencia no era muy grande. Creo también que contaba con que este acto. No puedo decir que me olvidase de mi padre. "Pero yo me di cuenta de ello bruscamente. pues yo era para él un auditorio cuya buena voluntad sabía apreciar. sólo yo tuve con aquel desgraciado una intimidad vertiginosa que mi padre nunca tuvo.Pero era capaz de decirle a usted exactamente las horas de salida y de llegada del tren ParísBerlín. acabó siendo la misma cosa. Esto. Se ejercitaba todas las noches en enriquecer sus conocimientos en esta materia y estaba orgulloso de ello. Sin embargo. poco importa de qué. Tenía de todo ello una idea muy abstracta que no me desagradaba. "A partir de ese día no pude volver a mirar la guía Chaix sin un asco infinito. No me atreví a hablar de ello con mi madre. Bueno. porque había sido pobre toda su vida hasta que se había casado y la pobreza le había enseñado la resignación.

Pues bien. solamente un poco de tristeza en el corazón. que incluso la había provocado. no podía rechazar las de los grandes. Estas relaciones yo creo que le bastaron. Tengo que añadir que mi padre me hizo buscar. Creo que la historia me ha dado la razón y que hoy día están a ver quién es el que más mata. Conocí la pobreza a los dieciocho años. Pero bueno. pues era de carácter más bien débil. Entonces me fui del lado de los que amaba y a los que no he dejado de amar. hice política. Comprendía que había contribuido a la muerte de miles de hombres. No dormí en toda la noche. Estaba con ellos y. Pero tenía el corazón enfermo. Cuando se me ocurría manifestar mis escrúpulos me decían que había que pensar bien las cosas que estaban en juego y me daban razones a veces impresionantes para hacerme tragar lo que yo no era capaz de digerir. fui a ver a mi madre con frecuencia y entonces lo encontré alguna vez. seguramente. de pensar en ello. ¡no es eso! ¿Sabe usted que el pelotón se sitúa a metro y medio del condenado? ¿Sabe usted que si diera un paso hacia adelante se daría con los fusiles en el pecho? ¿Sabe usted que a esta distancia los fusileros concentran su tiro en la región del corazón y que entre todos. me hizo mil advertencias y reprimió las lágrimas que sinceramente se le saltaban. todo el mundo lo sabe. Yo tenía un nudo en la garganta. Yo llegué por mí mismo a ese convencimiento y otros me corroboraron en ello. casi un año. eso es todo. Pero yo no he vuelto a dormir bien desde entonces. El caso es que usted no ha pasado de las estampas de los libros. Los otros no parecían molestos por ello. Estuve mucho tiempo con ellos y no ha habido país de Europa donde no haya compartido sus luchas. Acabó por aceptar. El sueño de los hombres es más sagrado que la vida para los apestados. Una noche mi padre pidió el despertador porque tenía que levantarse temprano. como se dice. no lo comentaban nunca espontáneamente. yo sabía que nosotros también pronunciábamos a veces grandes sentencias. Lo cierto es que yo dudaba. tienen también excelentes razones y que si admitía las razones de fuerza mayor y las necesidades invocadas por los apestados menores. "¿Ha visto usted fusilar a un hombre alguna vez? No. es decir. Pero yo me decía que si cedía a uno una vez no había razón para detenerse. combatía el crimen. Ellos me hacían notar que la manera de dar la razón a los de las togas rojas era dejarles el derecho exclusivo a sentenciar. pero pensaba en el búho y esto me hacía seguir. Sería de mal gusto: el buen gusto consiste en no insistir. de hecho era verdad en gran parte. Esto era verdad en cierto modo. estaba solo. "He insistido mucho en estas cosas del principio de mi vida porque fueron realmente un principio. me echó un discurso sobre lo estúpido que era querer vivir su vida (así es como se explicaba mi decisión y yo no lo disuadí). Pero no."Creerá usted que voy a decirle que me fui de casa en seguida. Al día siguiente cuando volvió ya me había ido. me quedé todavía varios meses. Yo les decía que los grandes apestados. Una venta en los ojos. a otra cosa. No se debe impedir que duerman las buenas gentes. aceptando como buenos los principios y los actos que fatalmente la originaban. Hasta el día que tuve que ver una ejecución (fue en Hungría) y el mismo vértigo que me había poseído de niño volvió a oscurecer mis ojos de hombre. los que se ponen las togas rojas. Quería saldar las cuentas del búho rojo y. Están poseídos por el furor . "Naturalmente. que había sido yo también un apestado durante todos esos años en que con toda mi vida había creído luchar contra la peste. Cuando murió me llevé a mi madre conmigo. Luego. Yo por mi parte no tenía ninguna animosidad contra él. al menos. que fui a verle y que sin más explicación le dije tranquilamente que si me obligaba a volver me mataría. y conmigo estaría si no hubiera muerto. Pero me aseguraban que esas muertes eran necesarias para llegar a un mundo donde no se matase a nadie. y después de todo. "Al fin comprendí. en consecuencia. Pero seguía obsesionándome la sentencia de muerte. eso se hace en general por invitación y el público tiene que ser antes elegido. El mal gusto se me ha quedado en la boca y no he dejado de insistir. saliendo de la abundancia. Hice mil oficios para ganarme la vida y eso no me salió demasiado mal. acaso yo no soy capaz de mantenerme en ese orden de verdades. ya mucho tiempo después. usted no lo sabe porque son detalles de los que no se habla. un poste y a lo lejos unos cuantos soldados. Llegué a tener la convicción de que la sociedad en que vivía reposaba sobre la pena de muerte y que combatiéndola. por lo menos. con sus balas hacen un agujero donde se podría meter el puño? No. o. sin embargo. No quería ser un apestado.

"Por esto es por lo que no he tenido nada que aprender con esta epidemia. durante las cuales esperaba con los ojos abiertos ser asesinado. la salud. Yo sé a ciencia cierta (sí. "En todo caso. sigo teniendo vergüenza. cansa mucho ser un pestífero. puedo ir viendo cómo se llega a la tercera categoría. un asesino yo también. son un resultado de la voluntad. he conseguido llegar a la modestia. Si diciendo esto me convierto yo también en plaga. era el búho rojo. Pero cansa más no serlo. Por supuesto. Rieux. Con el tiempo me he dado cuenta de que incluso los que eran mejores que otros no podían abstenerse de matar o de dejar matar. Entre ellas. Lo que es natural es el microbio. Sé también que no puedo juzgar a esos otros. no es ninguna superioridad. Rieux. que por mi parte me negaré siempre a dar una sola razón. Eso es lo único que puede aliviar a los hombres y si no salvarlos. pero sé que es cierto." . "Desde ese tiempo sé que yo ya no sirvo para el mundo y que a partir del momento en que renuncié a matar me condené a mí mismo en un exilio definitivo. Sé únicamente que hay en este mundo plagas y víctimas y que hay que negarse tanto como le sea a uno posible a estar con las plagas. si no es que tengo que combatirla al lado de usted. de cerca o de lejos. porque nadie. los que quieren dejar de serlo llegan a un extremo tal de cansancio que nada podrá librarlos de él más que la muerte. Ahora la busco. que he llegado a comprender que todas las desgracias de los hombres provienen de no hablar claro. Me avengo a ser lo que soy. es decir. porque está dentro de la lógica en que viven. por buenas o por malas razones. por lo menos. yo lo sé todo en la vida. mientras tanto. Trato de ser un asesino inocente. nadie en el mundo está indemne de ella. Hace mucho tiempo que tengo vergüenza. por lo menos será contra mi voluntad. a esta repugnante carnicería. una sola. intentando comprenderlos a todos y no ser enemigo mortal de nadie. sobre todo. me he decidido por esta ceguera obstinada mientras no vea más claro. porque todos se encuentran un poco pestíferos. mi asunto no era el razonamiento. Los otros serán los que harán la historia. lo oye usted. Por eso hoy día todo el mundo parece cansado. Sé únicamente que hay que hacer todo lo que sea necesario para no ser un apestado y que sólo eso puede hacernos esperar la paz o una buena muerte a falta de ello. esa cochina aventura donde aquellas cochinas bocas apestadas anunciaban a un hombre entre cadenas que tenía que morir y ordenaban todas las cosas para que muriese después de noches y noches de agonía. "Por eso me he decidido a rechazar todo lo que. la integridad. si usted quiere. para ponerme en buen camino. Por esto decido ponerme del lado de las víctimas para evitar estragos. Y yo me decía. Sí. Y sé que hay que vigilarse a sí mismo sin cesar para no ser arrastrado en un minuto de distracción a respirar junto a la cara de otro y pegarle la infección. He oído tantos razonamientos que han estado a punto de hacerme perder la cabeza y que se la han hecho perder a tantos otros. el que no infecta a casi nadie es el que tiene el menor número posible de distracciones. por lo menos hacerles el menor mal posible y a veces incluso un poco de bien. he llegado al convencimiento de que todos vivimos en la peste y he perdido la paz. "Desde entonces no he cambiado. Esto puede que le parezca un poco simple y yo no sé si es simple verdaderamente. a la paz. ¡Y hace falta tal voluntad y tal tensión para no distraerse jamás! Sí. Sí. Entonces he tomado el partido de hablar y obrar claramente. para obligarle a uno a consentir en el asesinato. aunque desde lejos y aunque con buena voluntad. que me muero de vergüenza de haber sido. y nada más. pero de éstos no se encuentran muchos porque debe ser muy difícil.del crimen y no pueden hacer otra cosa. Era el agujero en el pecho. Ya ve usted que no es una gran ambición. Y por eso. Lo demás. Hay una condición que me falta para ser un razonable asesino. de una voluntad que no debe detenerse nunca. "Claro que tiene que haber una tercera categoría: la de los verdaderos médicos. haga morir o justifique que se haga morir. ya lo está usted viendo) que cada uno lleva en sí mismo la peste. Así que afirmo que hay plagas y víctimas. y he comprendido que en este mundo no podemos hacer un movimiento sin exponernos a matar. El hombre íntegro. la pureza.

es demasiado tonto no vivir más que en la peste. Ahora se oía claramente la sorda respiración de las olas que venían a chocar con el acantilado. . Puede llegarse a ser un santo sin Dios. pero a la vaga claridad del cielo vio una cara triste y seria. Tarrou se levantó y escuchó. Es evidente que un hombre tiene que batirse por las víctimas. Pero si por eso deja de amar todo lo demás.Cuando terminó. no quedó más que un poco enrojecido el espacio. se reunieron en un extremo de la ciudad junto a la colina rocosa. sabe usted. vamos allá. Bruscamente. -Sí. Rieux sonrió. Tarrou murmuró que eso no terminaría nunca y que seguiría habiendo víctimas porque esa era la norma. -Otra vez están peleándose en las puertas. ¿de qué sirve que se bata? -Sí -dijo Rieux-. ese es el único problema concreto que admito hoy día. -Pero usted cree en Dios. el doctor se enderezó un poco y preguntó a Tarrou si tenía una idea del camino que había que escoger para llegar a la paz. pero yo soy menos ambicioso. Después volvió el silencio. Rieux contó dos parpadeos del faro. Después de todo. La brisa pareció hacerse más fuerte y al mismo tiempo llegó del mar como un soplo con olor a sal. después el ruido de una descarga y el clamor de una multitud. No tengo afición al heroísmo ni a la santidad. Ya no se oía nada. Dos timbres de ambulancia sonaron a lo lejos. Tarrou se quedó balanceando una pierna y dando golpecitos con el pie en el suelo de la terraza. la simpatía. Las exclamaciones que se oían confusas poco tiempo antes. los dos buscamos lo mismo. -Ya ha terminado -dijo Rieux.lo que debiéramos hacer por la amistad? -Lo que usted quiera -dijo Rieux. -Darnos un baño de mar. Tarrou se desperezó. -Es posible -respondió el doctor-. -Con nuestros pases podemos ir hasta la escollera. Rieux lo sintió sobre su piel casi tibio. -¿Sabe usted -dijo. Se oyó al mismo tiempo algo que pareció una detonación. Lo que me interesa es ser hombre. Después de un silencio. -Sí. El viento se levantó de nuevo. lo que me interesa es cómo se puede llegar a ser un santo. -En resumen -dijo Tarrou con sencillez-. Hasta para un futuro santo es un placer digno. al final de las terrazas. Rieux creyó que Tarrou bromeaba y lo miró. En una ráfaga de viento llegaron gritos de hombres. El resplandor desapareció en seguida y lejos. yo me siento más solidario con los vencidos que con los santos. un gran resplandor surgió del lado de donde se habían oído los gritos y remontando la corriente del viento un clamor oscuro llegó hasta los dos hombres. -Justamente. pero.

La luna había salido. parecía que se hacían una idea más justa de sus intereses y pedían ellos mismos lo que podía serles más favorable. Aunque el cansancio fuera el mismo para el doctor. como de terciopelo. Rieux se detuvo el primero y volvieron hacia la costa lentamente. que en esta fase de la enfermedad. Notó. ayudar al médico. excepto un momento en que entraron en una corriente helada. como él. había que esperar todavía. Esta respiración tranquila del mar hacía nacer y desaparecer reflejos oleosos en la superficie del agua. Pedían de beber continuamente y todos querían calor. Un pesado chapoteo le anunció que Tarrou se había zambullido. al mismo tiempo. el agua se deslizaba a lo largo de sus brazos. pobló los campos de sombra con manos vacías. que se encontraba todavía en su campo. Enseñaron sus papeles a un guardia que los examinó largo rato. Un cielo lechoso proyectaba por todas partes sombras pálidas. Sin decir nada precipitaron su marcha. Rieux se zambulló el primero. Fría al principio. encendió el horno. Cuando bajaron los escalones apareció a su vista espeso. entre el olor a vino y a pescado. tomaron la dirección de la escollera. Rieux se echó boca arriba y se quedó inmóvil de cara al cielo lleno de luna y de estrellas. Rieux recibió del señor Othon. que toman a la tierra el calor almacenado durante largos meses. El mar zumbaba suavemente al pie de los grandes bloques de la escollera. Sí. ni siquiera el asesinato. extrañamente claro en el silencio y la soledad del mar. pasó sin decaer a través de los primeros rigores de la estación. para ceñirse a sus piernas. cuando la peste tomaba cada vez más la forma pulmonar. Tarrou se acercaba. se sentía menos solo en estas ocasiones. El golpeteo de sus pies dejaba atrás de él un hervidero de espuma. que en la administración no encontraban la fecha de su ingreso y que seguramente le retenían en el campo de aislamiento por error. Respiró largamente. flexible y liso como un animal. una carta diciendo que el tiempo de la cuarentena ya había pasado. sin embargo. Rieux. Su mujer. había que recomenzar porque la peste no olvidaba a nadie mucho tiempo. Después empezaron a oírlo. solitarios.Un momento después. se puso al nivel de su amigo y nadaron al mismo ritmo. y. Poco antes de llegar. Abrieron un hospital más y Rieux quedó cara a cara únicamente con los enfermos. liberados al fin de la ciudad y de la peste. el fugitivo instante de paz y de amistad que le había sido dado no podía tener un mañana. Pasaron. Pero a fuerza de esperar se acaba por no esperar nada. fue oyendo cada vez más claro el ruido del agua removida. Durante el mes de diciembre estuvo llameando en el pecho de nuestros conciudadanos. el olor a yodo y a las algas les anunció el mar. el auto se detenía junto a las verjas del puerto. En vez de abandonarse a la postración. Se volvió a mirar a Tarrou y adivinó en la expresión tranquila y grave de su amigo aquella misma felicidad que no olvidaba nada. Ante ellos la noche no tenía límites. Después de unas cuantas brazadas sintió que el mar de aquella noche era tibio. Las aguas se hinchaban y se abismaban lentamente. Se desnudaron. los enfermos parecían querer. en cierto modo. que había salido hacía tiempo. Pero tenían el mismo ánimo y el mismo recuerdo dulce de esa noche. y por los terraplenes cubiertos de toneles. a las locuras del principio. lejos del mundo. En cuanto al doctor. con la tibieza de los mares de otoño. Rieux se volvió. estaba lleno de una extraña felicidad. que sentía bajo sus dedos la cara áspera de las rocas. de cara a la extensión. Durante unos minutos avanzaron con la misma cadencia y el mismo vigor. había ido a protestar . y nuestra ciudad entera llegó a vivir sin porvenir. Nadó acompasadamente. de avanzar en su marcha paciente e irregular. Se acomodaron en las rocas. Tarrou pensaba que la enfermedad los había olvidado. Detrás de ellos quedaba la ciudad como estancada y de allí dimanaba un soplo caliente y enfermizo que los empujaba hacia el mar. No cesó. Se vistieron y se marcharon sin haber pronunciado una palabra. en fin. empezó a oír su respiración. Las autoridades habían contado con que los días fríos detendrían su avance. Tarrou avanzaba con más fuerza que él y tuvo que precipitar su movimiento. que esto había sido magnífico y que ahora había que recomenzar. Rieux sabía que. el agua le fue pareciendo tibia a medida que avanzaba. azotados por esta sorpresa del mar. Hacia fines de diciembre.

gracias a los muchachos que hacían la guardia. El día antes. Había habido. diciéndole que no había nunca errores. Tarrou siguió llevando a todas partes su tranquilidad eficaz. Pero el señor Othon. inquieto. con la cara descompuesta. ¡si sale usted de allí! -Me he explicado mal. La Navidad de aquel año fue más bien la fiesta del Infierno que la del Evangelio. No era posible que en aquellos ojos duros y sin relieves brotase de pronto algo de dulzura. Rieux se extrañó. . después de muchos meses. voy a ocuparme de ello ya que usted lo quiere. donde la recibieron de malos modos. una correspondencia clandestina con su mujer. sin encontrarlo. quisiera pedir una licencia. No había sitio en el corazón de nadie más que para una vieja y tibia esperanza. -No. La carta partió. pero con las mayores dificultades. levantó blandamente una mano y dijo. antiguo como el dolor humano. aunque es tonto decirlo. pesando sus palabras. -Pero. Escribió por primera vez. El doctor y Tarrou se fueron en el coche en su busca. había pasado por su casa a primera hora de la mañana. el período de las fiestas no debió darle resultado. -¿Qué va usted a hacer ahora. El doctor se ocupó. Todo el mundo estaba alarmado. ignorantes de lo que les amenazaba. los tranvías llenos de caras sombrías. un error y Rieux se indignó un poco. y la vida de la ciudad apestada siguió su curso hasta Navidad. vagando por las calles. Rieux le miró. Los comercios vacíos y sin luz. Rieux hizo intervenir a Rambert y pocos días después vio llegar al señor Othon. quisiera volver al campo. cargado de ofrendas. -No -dijo el juez-. Recibía cartas de cuando en cuando. rico o pobre. en efecto. El juez revolvía un poco sus ojos redondos y trataba de asentar uno de sus tufos. Pero nadie se atrevía a hablarles del Dios de otros tiempos. -Efectivamente. En la ciudad hosca y helada. Hacia las once. -Comprende usted. así tendría una ocupación. pero nuevo como la joven esperanza.a la prefectura. la respuesta tardó en venir. Rambert vino al hospital a decir al doctor que había visto a Grand desde lejos. Me han dicho que hay voluntarios en la administración en ese campo. En esta fiesta. se regocijaba en otro tiempo. pero que lo había perdido de vista. El doctor notó únicamente que algo había cambiado en él. En cuanto a Grand. me sentiría menos separado de mi hijo. Rambert confió al doctor que había logrado establecer. en la que todo el mundo. Rieux. que todo el mundo podía equivocarse. Las iglesias estaban llenas de lamentaciones en vez de acciones de gracias. señor juez? Le esperan sus legajos -dijo Rieux. no había nada que pudiera recordar las Navidades pasadas. necesita usted descansar. Grand había faltado a su cita. Era un lenguaje que había perdido. en efecto. no había lugar más que para las escasas diversiones solitarias y vergonzosas que algunos privilegiados se procuraban a precio de oro en el fondo de alguna trastienda grasienta. esa esperanza que impide a los hombres abandonarse a la muerte y que no es más que obstinación de vivir. -Muy exacto -dijo Rieux-. no es eso. Por su parte Cottard prosperaba y sus pequeñas especulaciones lo enriquecían. algunos niños corrían de un lado para otro. Y además. Propuso a Rieux que aprovechase su sistema y éste aceptó. que había adelgazado mucho. habían perdido su pureza de metal. Pero se habían tornado como brumosos. los chocolates artificiales o las cajas vacías en los escaparates.

A mediodía. Grand se ahogaba: los pulmones estaban atacados. Ya en la cama. Grand se sonrió extrañamente y una especie de ternura le inundó la cara. porque las comprendía y las sentía él también en su garganta. -¡Ah!. Guiñó un ojo con esfuerzo.Hace ya demasiado tiempo que dura esto. en el corazón mismo de la locura actual. Los que pasaban lo miraron de lejos deteniéndose bruscamente sin atreverse a avanzar. con Tarrou para cuidarlo. es forzoso. dio media vuelta y cayó sobre la acera helada. era seguro. murmurando trozos de frases. la piel verdosa. ¡hay que quitarse el sombrero. El doctor las hojeó y vio que todas aquellas páginas no contenían más que la misma frase indefinidamente copiada.. doctor -le dijo. abrió los brazos y empezó a oscilar de atrás adelante. Miraba fijamente un miserable fuego que Tarrou trataba de encender en la chimenea con los restos de un cajón. ¡Ah!. Grand estaba hundido en la almohada. ¿para qué transportarlo? Se quedaría allí. abrasaba. los ojos apagados. Aquella angustia era la suya y lo que le oprimía el corazón en aquel momento era esa inmensa cólera que envuelve al hombre ante el dolor que todos los hombres comparten. y para que pueda ser feliz sin remordimiento. Grand -dijo. Él se dejó arrastrar.. hoy es Navidad. Rieux tuvo que llevarlo en sus brazos. pero siempre he necesitado hacer un gran esfuerzo para ser siquiera normal. -Sí. Pero al final de la última página una mano atenta había escrito con tinta que aún estaba fresca: "Mi muy querida Jeanne. que le abrasaba. Para que sepa. soy hombre de aspecto tranquilo.. incapaz de hablar. "Esto va mal". doctor. con voz extrañamente cavernosa. Rieux le tomó la mano.. pegado a un escaparate lleno de juguetes toscamente tallados en madera. les rogó que le dieran el manuscrito que tenía metido en un cajón. del trabajo y del valor. doctor!" Pero en seguida cayó en una gran postración. Rieux le recomendó que se callase y le prometió volver. Pero Grand se escapó y echó a correr unos cuantos pasos. Rieux hizo avanzar a Grand. Unas horas después. Pero Grand lo vio en el cristal. la amazona y las avenidas del Bosque se confrontaban y se disponían de maneras diversas. helando. y también como él pensaba que este mundo sin amor es un mundo muerto. temblaba y tenía la mirada enloquecida. la voz fresca de Jeanne llegaba hasta Grand. Rieux saltó del coche al ver de lejos a Grand. doctor. ¡Ah!. Se paró. y que al fin llega un momento en que se cansa uno de la prisión. Y esas lágrimas trastornaban a Rieux. Sin cesar. indicándole con el gesto que las leyese.. ya esto es demasiado. Por las mejillas del viejo funcionario corrían las lágrimas sin interrupción. -Quisiera tener tiempo para escribirle una carta. Tiene uno ganas de no preocuparse más. y del fondo de sus pulmones en llamas salía un extraño crepitar que acompañaba sus palabras. de unas cincuenta palabras. decía. y creyó ver a Jeanne volviéndose hacia él para decirle que estaba contenta. Tarrou le dio las hojas que él apretó contra su pecho sin mirarlas y se las entregó al doctor. Sin dejar de llorar se volvió y apoyó la espalda en el escaparate hasta que llegó junto a él. Ahora." Debajo. Pero él parecía más lúcido y en seguida. ante un escaparate de Navidad. Era un corto manuscrito. Rieux pensó que Grand no tenía familia. el mes de mayo. con la cara mojada por las lágrimas que seguían corriéndole. retocada. Rieux movió la cabeza como afirmando. Recordó los esponsales del desgraciado. -Con una especie de violencia. "Si salgo de ésta. enriquecida o empobrecida. Rieux y Tarrou encontraron al enfermo medio incorporado en la cama y Rieux vio con espanto en su cara los progresos del mal. Desde el fondo de aquellos años lejanos. Rieux sabía lo que estaba pensando en aquel momento el pobre viejo que lloraba. después se separó. y no exige más que el rostro de un ser y el hechizo de la ternura en el corazón. con esmerada .

el viejo asmático acogió al doctor y a Tarrou con muestras de una gran agitación. Pero lo volveré a empezar. No le quedaban más que las huellas de un agotamiento general. "Lea".. la fiebre no había vuelto a subir. montada en una suntuosa jaca alazana." -¿Está? -dijo el viejo con voz de fiebre. Al mediodía. respiraba libremente en su cama. que la experiencia lo había acostumbrado a considerar como un mal síntoma. hermosa no es la palabra exacta.. Grand podía considerarse como salvado. -Esperaremos -dijo Rieux a Tarrou. Toda la noche le persiguió la idea de que Grand iba a morir. La fiebre había desaparecido. Por la noche. El doctor aceptó. La habitación se iluminó rápidamente y una breve llamarada la caldeó un momento. Rieux no podía comprender esta resurrección. dijo Grand. . y Rieux leyó: "En una hermosa mañana de mayo. Por la tarde aumentó unas décimas solamente y al otro día había desaparecido. Rieux le cogió la mano. doctor -decía Grand-. Cuando el doctor fue hacia el enfermo. Rieux no levantó los ojos. -¿Quién? -¿Quién va a ser? ¡Las ratas! Desde el mes de abril no se había vuelto a ver una rata muerta. recorría entre flores las avenidas del Bosque. hice mal. Poco más o menos en la misma época le llevaron una enferma que le pareció un caso desesperado y que hizo aislar desde su llegada al hospital. vuelven a salir. éste se había vuelto del otro lado y su cara tocaba casi la pared. Ya no tendré tiempo. Rieux dijo a su amigo que Grand no pasaría de la noche. Rieux dijo a Tarrou que se había salvado contra todas las reglas. Pero al mediodía no había cambiado nada. como extraño a la escena. Pero a la mañana siguiente Rieux encontró a Grand sentado en la cama hablando con Tarrou. como en el caso de Grand. -Ya está -decía-. Su pecho se hinchaba con esfuerzo y de pronto gritó: -¡Quémelo! El doctor dudó. Después de haberle inyectado el suero. La muchacha estaba en pleno delirio y presentaba todos los síntomas de la fiebre pulmonar. ya lo sé. y Tarrou propuso quedarse con él. Pero durante la semana se presentaron cuatro casos semejantes en la asistencia del doctor. hermosa. Tarrou miraba por la ventana. -Déjelo usted. la tregua matinal. pero Grand repitió la orden con un acento tan terrible y tal sufrimiento en la voz que Rieux echó los papeles en el fuego ya casi apagado. aunque débil. ya verá usted. figuraba la última versión de la frase. -¡Ah!. Pero al día siguiente la fiebre había bajado. El doctor creyó reconocer.. sin embargo. una esbelta amazona. A fines de la misma semana.. Me acuerdo de todo. agitándose-. La muchacha. -¡Ah! -dijo él. doctor.caligrafía.

El viejo se frotaba las manos. da gusto. .-¿Es que esto va a recomenzar? -dijo Tarrou a Rieux. Rieux esperaba las estadísticas generales que salían al principio de cada semana. -¡Hay que ver cómo corren!. Revelaron un descenso de la enfermedad. Había visto dos ratas vivas entrar por la puerta de calle. olvidado ya desde hacía meses. Algunos vecinos le habían contado que también en sus casas los bichos habían hecho su reaparición. En algunas tarimas se volvía a oír su trajinar.

en todo caso. los que mataba en plena esperanza. sin embargo. El suero de Castel empezó a tener. pero a las claras se empezó a debilitar más de prisa de lo que razonablemente se hubiera podido esperar. sin que se pueda saber si pensaba en la muerte o en la vida del juez. Sólo de cuando en cuando la enfermedad recrudecía y de un solo golpe se llevaba a tres o cuatro enfermos cuya curación se esperaba. la convicción de que la victoria estaba alcanzada y de que la enfermedad abandonaba sus posiciones. en general. la liberación no sería para el día siguiente. en tres semanas. el frío se estabilizó con una persistencia inusitada y pareció cristalizarse sobre la ciudad. parecieron inesperadamente dar en el clavo. Sin embargo. nunca había estado tan azul el cielo. Viendo cómo se le escapaban presas enteramente sentenciadas como Grand y la muchacha de Rieux. Sin embargo. bajo esas observaciones anodinas una esperanza insensata se desataba. la peste. Era como si a la peste le hubiera llegado la hora de ser acorralada y su debilidad súbita diese fuerza a las armas embotadas que se le habían opuesto.5 A pesar de este brusco e inesperado retroceso de la enfermedad. Fuese lo que fuese. Se tenía la impresión de que la enfermedad se había agotado por sí misma o de que acaso había alcanzado todos sus objetivos. únicamente estaba uno obligado a comprobar que la enfermedad parecía irse por donde había venido. que primero habían hecho nacer tan tímida y secreta esperanza. cómo multiplicaba las víctimas el lunes. Pero. Cada una de las medidas tomadas por los médicos. acabaron por confirmar. Una de las nuevas muestras de que la era de la salud. siempre silenciosas por el día. viéndola desfallecer o precipitarse se hubiera dicho que estaba desorganizándose por enervamiento o cansancio y que perdía. en realidad. al mismo tiempo que el dominio de sí misma. nuestros conciudadanos no se apresuraron a estar contentos. En verdad. y los comunicados de la prefectura. Durante los primeros días de enero. Pero. aunque con aire de indiferencia. aunque aumentaban su deseo de liberación. de pronto. que el aprovisionamiento podría mejorarse un poco y que de este modo desaparecería la preocupación más apremiante. Las nuevas víctimas de la peste tenían poco peso al lado de este hecho exorbitante: las estadísticas bajaban. alineando cadáveres cada día menos numerosos. se hubiera podido creer que no había cambiado nada en la ciudad. Todo lo demás pasaba a segundo plano. su papel había terminado. Se imaginaban. y mediante sucesivos descensos. éxitos que hasta entonces le habían sido negados. era difícil saber si se trataba de una victoria. En este aire purificado. Las calles. en conjunto. Eran los desafortunados de la peste. hoy aparentemente afortunada. Durante días enteros su esplendor inmutable y helado inundó toda la ciudad con una luz ininterrumpida. Y así fue. la peste no se detuvo al otro día. la eficacia matemática y soberana que había sido su fuerza. el nuevo hecho estaba en todas las bocas y en el fondo de todos los corazones se agitaba una esperanza inconfesada. estaban invadidas de noche por una multitud en la que ahora . en la mente de todos. fue que nuestros ciudadanos empezaron a hablar con gusto. Este fue el caso del juez Othon al que hubo que evacuar del campo de cuarentena y del que Tarrou dijo que no había tenido suerte. La estrategia que se le había opuesto no había cambiado: ayer ineficaz. Los meses que acababan de pasar. Todo el mundo estaba de acuerdo en creer que las comodidades de la vida pasada no se recobrarían en un momento y en que era más fácil destruir que reconstruir. les habían enseñado a ser prudentes y les habían acostumbrado a contar cada vez menos con un próximo fin de la epidemia. y el miércoles las dejaba escapar casi todas. Perdió en un corto espacio de tiempo la casi totalidad de las fuerzas que había tardado meses en acumular. mientras desaparecía totalmente en otros. Sin embargo. pareció agotarse. la infección retrocedía en toda la línea. de la forma en que reorganizarían su vida después de la peste. sin ser abiertamente esperada. que antes no daban ningún resultado. de tal modo que nuestros conciudadanos no se daban a veces cuenta de ello y afirmaban con precipitación que. cómo se exacerbaba en ciertos barrios durante dos o tres días. se aguardaba en secreto.

Para asociarse a la alegría general. a la menor señal de que el peligro podía recomenzar. para muchos de esos seres . el viento de la esperanza que se levantaba había encendido una fiebre y una impaciencia que les privaban del dominio de sí mismos.predominaban los abrigos y las bufandas. En este período. En realidad. ya tan cerca del final. Entonces se daba uno cuenta de que. En unos. y éstos se contaban principalmente entre los que habían vivido separados de los seres que querían. aunque durante meses con una oscura tenacidad. No era más que un alivio negativo que todavía no tenía una expresión franca. después de tanto tiempo de reclusión y abatimiento. este movimiento no se podía explicar. Les entraba una especie de pánico al pensar que podían morir. el anuncio de ésos acontecimientos a mediados de febrero no provocó la menor sorpresa. habían perseverado en la espera. a un fenómeno puramente moral. La población vivió en esta agitación secreta hasta el veinticinco de enero. Los cines y los cafés hacían los mismos negocios. se registró una sensible baja en los precios. las puertas de la ciudad seguirían aún cerradas durante dos semanas y las medidas profilácticas mantenidas durante un mes. después de una consulta con la comisión médica la prefectura anunció que la epidemia podía considerarse contenida. Estos pequeños hechos eran grandes síntomas. Mientras que antes no se hubiera podido oír sin cierta incredulidad la noticia de que había salido un tren o llegado un vapor. Pero mirando detenidamente se podía ver que las caras estaban menos crispadas y que a veces hasta sonreían. ellos continuaban viviendo según sus normas. Y aunque el tiempo de la peste había pasado. La esperanza no podía prender en ellos. por otra parte. pasaron por alternativas de excitación y depresión. Se precipitaron como locos pretendiendo adelantarse a la peste. el prefecto dio orden de restituir el alumbrado. como si el retroceso de la peste repercutiese por todas partes. las formalidades de cuarentena habían sido mantenidas en las puertas y el aprovisionamiento estaba lejos de mejorar. Los dos conventos de la ciudad empezaron a rehacerse y la vida en común recomenzó. que a partir del momento en que la más ínfima esperanza se hizo posible en el ánimo de nuestros conciudadanos. se había hecho un desgarrón en el velo opaco que rodeaba a la ciudad desde hacía meses y todos los lunes se comprobaba por las noticias de la radio que el desgarrón se iba agrandando y que al fin iba a ser posible respirar. Se puede decir. En esa semana las estadísticas bajaron tanto que. la primera esperanza bastó para destruir lo que el miedo y la desesperación no habían podido atacar. la peste había hecho arraigar un escepticismo profundo del que ya no podían deshacerse. En otros. pues. nadie sonreía por la calle. Pero este ligero matiz delataba los enormes progresos alcanzados por nuestros conciudadanos en el camino de la esperanza. Esto sorprendió mucho a las autoridades y a los puestos de guardia porque la mayor parte de esos intentos tuvieron éxito. Pero en realidad las gentes se evadían obedeciendo a sentimientos naturales. Estaban atrasados con respecto a los acontecimientos. Se asistía. Así. incapaces de ir a su paso hasta el último momento. El comunicado añadía que por un espíritu de prudencia. o bien que se iba a autorizar la circulación de los autos. "el status quo sería mantenido y las medidas llevadas al extremo". bajo un cielo frío y puro. Sin embargo. hasta ese momento. sin duda. reanudando su vida normal de guarnición. No hay que dejar de señalar que durante todo el mes de enero nuestros conciudadanos tuvieron reacciones contradictorias. Todo el mundo estaba de acuerdo en considerar a estas cláusulas como de mero estilo y una gozosa agitación henchía la ciudad la noche del veinticinco de enero. Al mismo tiempo hubo también señales de optimismo. que no dejaría de ser aprobado por la población. sin ver al ser que querían y sin que su largo sufrimiento fuese recompensado. Lo mismo fue para los militares. Era poco. en grupos ruidosos y pequeños. el optimismo ganaba a los que antes vivían en grupos y que a causa de la enfermedad habían sido obligados a la separación. Fue por esto por lo que hubo que registrar nuevas tentativas de evasión en el momento mismo en que las estadísticas eran más favorables. Desde el punto de vista de la economía pura. el reinado efectivo de la peste había terminado. que volvieron a reunirse en los cuarteles ya libres. Las dificultades seguían siendo las mismas. Es cierto que en algunas casas las persianas siguieron cerradas y las familias pasaron en silencio esta velada que otros llenaron de gritos. Al mismo tiempo. Nuestros conciudadanos se desparramaron por las calles iluminadas. a pesar de la prisión y el exilio. como en el tiempo de la salud.

Algunos días después de aquella noche del veinticinco de enero. pero el caso es que la escritura se hacía difícilmente legible y que pasaban con demasiada frecuencia de un tema a otro. Si estaba ofendido. pero a la hora de costumbre las persianas habían seguido cerradas. o bien porque la atención necesaria para su conservación personal pudiera dejar de estar alerta.enlutados. Éstas concebían también esperanzas. unas tratan de Grand. como si nada hubiese sucedido." Siempre mezclados con las notas sobre Cottard. no podían separar este sufrimiento. ya convaleciente y reintegrado al trabajo. el alivio era también profundo. las que en ese momento tenían un enfermo debatiéndose con la peste en un hospital. una forma corría ligera. no pudo seguir interesándole a pesar de su buena intención. El viejecito estaría también contento. y por primera vez. Las pocas conversaciones a que la convivencia había dado lugar entre ella y Tarrou. Sin duda. es cierto. Se quedó quieto un momento en medio de la calzada. Rambert y los otros. y se ponía al fin en marcha con su cargamento de supervivientes. Mucho tiempo después de haber dejado los bulevares. donde había echado raíces de piedra. esta vigilia silenciosa a mitad del camino entre la agonía y la alegría. tanto de él como del viejo asmático. si había sido un santo. dejando los lugares cerrados. fieles a su cita. había alguien en la ciudad que estaba consternado de su partida: éste era Cottard.no se pueda llegar más que a ciertas aproximaciones de santidad. les resultaba aun más cruel en medio del júbilo general. pero si estaba muerto habría que preguntarse. "Acaso señalaban los apuntes. De creer a Tarrou. Por el empedrado en sombra. Pero. a creer los apuntes de Tarrou. Aquella noche Tarrou y Rieux. en todos los ánimos. A decir verdad. las . la ciudad entera se despabilaba. titubeó. era un gato. Pues había procurado volver a verlo. Tarrou no lo creía. había ido a la esquina de la callejuela. esos apuntes se hicieron sumamente curiosos a partir del momento en que las estadísticas empezaron a bajar. la peste no le había hecho perder nada de su consideración por este personaje. bien porque el miedo de ver a otros de los suyos arrebatados hubiera desaparecido. por el momento. sombríos e inmóviles. rápidamente reanudó su carrera silenciosa y desapareció en la noche. Tarrou se detuvo. de la alegría que llenaba las calles. iban entre la multitud y sentían ellos también que les faltaba el suelo bajo los pies. Sacó la conclusión de que el viejecito estaba ofendido o muerto. Tarrou sonrió. Y. que le interesaba después de la epidemia como le había interesado antes. Durante muchos días después. ya desde muchas semanas antes. pero no volvió a verlas abiertas. el primero que se volvía a ver desde la primavera. Así se encuentra. la peste todavía no había terminado y aun tenía que probarlo. es que creía tener razón y la peste se había portado mal con él. se lamió una pata y se atusó con ella la oreja derecha. pasando bajo las ventanas con persianas cerradas. Pero estas excepciones no mermaban nada a la satisfacción de los otros. Pero las familias que tenían que quedar más ajenas a la alegría general eran. y que. que continuaba detrás de las persianas. una pequeña digresión sobre el viejo de los gatos. La liberación que se aproximaba tenía una cara en la que se mezclaban las lágrimas y la risa. a esos apuntes empieza a faltarles objetividad y se detienen en consideraciones personales. en medio de largos pasajes concernientes al caso de Cottard. Pero en el preciso momento en que la peste parecía alejarse para volver al ignorado cubil de donde había salido. pero consideraba que en el caso del viejo había un "indicio". sin discusión. se encuentran en los apuntes numerosas consideraciones frecuentemente dispersas. Al día siguiente. pero hacían de ellas un depósito que dejaban en reserva y al que se proponían no tocar hasta tener verdaderamente derecho. Tarrou siguió insistiendo. los trenes partían silbando por vías sin fin y los barcos surcaban mares luminosos. Esta espera. a causa de su mismo cansancio. o las que en las residencias de cuarentena o en sus casas esperaban que la plaga terminase para ellas como había terminado para los otros. los ánimos estarían más calmados y renacerían las dudas. Los gatos estaban allí calentándose al sol. un poco más lejos. desgraciadamente. y otras evocan a la madre del doctor Rieux. Además. En un momento en que el ruido se había hecho más fuerte y más alegre. Tarrou y Rieux sentían que esta alegría los perseguía cuando ya estaban en las callejuelas desiertas. En ese caso habría que contentarse con un santismo modesto y caritativo. Sin embargo. Seguramente era el cansancio.

comprando lo que necesitaba. "Sí -le decía Tarrou-. había tranquilizado a Cottard y delante de Tarrou había entablado conversaciones con los comerciantes de su barrio en las que trataba de propagar la opinión de Rieux. Dos días después. no se sabe nada. convirtiéndola en una sombra negra entre la luz gris que iba oscureciéndose hasta disolver la silueta inmóvil. También había llegado el doctor a decirle que a pesar de las indicaciones favorables dadas por las estadísticas. Otras veces se descorazonaba. Tarrou lo encontró vagando por las calles. en fin. no conseguía sacar de él más que monosílabos. -Dicho de otro modo -observó Cottard-. su sonrisa. de golpe. inquietante para todos. la escritura de Tarrou daba muestras curiosas de flaqueo. sin transición. pero él insistió. por lo menos. ¿podría recomenzar de un día para otro? -Sí. y cuando me volví a mirarla ya no estaba allí. de que. solamente se borró un poco más que de costumbre. Durante días enteros. éste había hecho muchas visitas a Rieux." Pero volvamos a Cottard. en el modo de permanecer como borrada de la señora Rieux. Pues una vez pasada la fiebre de las primeras victorias. con las manos descansando en la falda. se retiraba del mundo y de la noche a la mañana se ponía a vivir a lo salvaje. en la predilección particular que demostraba por una ventana que daba sobre la calle tranquila y detrás de la cual se sentaba por las tardes. Y. Preguntó a . Cottard se tranquilizaba ante el espectáculo de esta inquietud. Sólo por la noche hacía salidas furtivas. con tanto silencio y tanta sombra. Vivía completamente retirado en su departamento y hacía que le subiesen la comida de un restaurante vecino. en muchos ánimos había vuelto a renacer una duda que habría de sobrevivir a la excitación causada por la declaración de la prefectura. Desde que las estadísticas estaban en baja. En apariencia. ni en el teatro. siempre. es cierto. Esta incertidumbre. No le costaba trabajo hacerlo. Tarrou se sentía extraordinariamente cansado. Cottard le pidió que le acompañase hasta el barrio. en la ligereza con que iba de una habitación a otra. Después. Hace ocho años que no puedo decir que murió. por lo menos. ni en los cafés que le gustaban. podía tolerar ser mirada a cualquier luz. terminarán por abrir las puertas y ya verá usted cómo me dejarán plantado. yo adoraba en ella ese mismo apaciguamiento y siempre quise estar a su lado. gesticulaba de un modo desordenado y hablaba alto y ligero. están registradas escrupulosamente. No se le veía en el restaurante. sobre todo. en el hecho. Y. comprendía todo sin necesidad de reflexionar y de que. El día de la declaración de la prefectura. Parecía muy agitado. aparecía sociable otro día. solicitando la opinión de todos y sumergiéndose con complacencia en la marea de la muchedumbre. por tanto tiempo. "¿Cree usted que esto puede cesar así. invocando diversos pretextos." Hasta el veinticinco de enero todo el mundo notó la inestabilidad de su carácter. A mediados de enero Rieux le había respondido de un modo harto optimista. hablando de la peste abundantemente. Las líneas que seguían eran casi ilegibles y como para dar una prueba más de aquel flaqueo las últimas frases eran las primeras que empezaron a ser personales: "Mi madre era así. Pero en realidad era para pedirle siempre pronósticos sobre la marcha de la epidemia. por lo demás. aunque fuese la de la peste. saliendo de los comercios para lanzarse por las calles solitarias. así lo decía. Pero las repetidas preguntas que formulaba indicaban una convicción no tan firme. de pronto rompía abiertamente con ellos. Tarrou insiste. es posible que la marcha de la curación se acelere. pero que fluctuaban entre el mal humor y el abatimiento.actitudes de la viejecita. pero cuyo resplandor se podía reconocer en todo lo que hacía o decía. esas respuestas. producían en Cottard reacciones variables según los días. más bien derecha. Aquí. sin embargo. no parecía volver a la vida comedida y oscura que llevaba antes de la epidemia. en vez de regocijarle. Si Tarrou lo encontraba. era mejor no cantar victoria todavía. sus observaciones sobre la peste. a las relaciones de su barrio. según él. en la bondad de la que nunca había dado pruebas concretas delante de Tarrou. después de haber procurado conquistar. como dicen. sin avisar?" Él era escéptico sobre este punto o. y la mirada atenta. hasta que el crepúsculo invadía la habitación. en su costumbre de expresarlo todo con frases muy simples. Cottard desapareció completamente de la circulación.

Los dos paseantes habían llegado cerca de la casa de Cottard. Pero Cottard no sonreía. instituyendo un plazo de dos semanas antes de abrir las puertas. sonriendo. en efecto. Tarrou creía que la peste cambiaría y no cambiaría la ciudad. Lo que le interesaba era saber si la organización misma sería transformada. Cottard declaró abiertamente que a él no le interesaba el corazón. porque tal como van las cosas podría ser que hubiesen hablado en balde. que el corazón era la última de sus preocupaciones. Según él era cosa de pensar que a todos esos servicios perturbados durante la epidemia les costaría un poco de trabajo volver a levar anclas. admitámoslo. Tarrou consideraba que una declaración administrativa no bastaba por sí misma para detener una plaga. sin que Tarrou ni los otros tuvieran tiempo de hacer un movimiento. preguntaron a Cottard si se llamaba Cottard. En cierto modo. pero le parecía que era mejor afrontar la próxima apertura de la puerta y la vuelta a la vida normal. Los dos pájaros. nada cambiaría en un sentido. esforzándose en el optimismo. siempre sombrío y agitado-. partir de cero. si. pero. Se podía suponer también que se plantearían muchos problemas nuevos. Pero de la sombra del pasillo surgieron dos hombres. Y Tarrou tuvo que reconocer que no lo sabía. desde luego. Tarrou anotó la escena y en seguida (la escritura lo demuestra) notó . puede que las cosas se arreglen para usted también. todo el mundo tendrá que recomenzar todo. iba a terminar. Imaginaba la ciudad rehaciendo su vida. -Bueno -dijo Tarrou-. salvo imprevistos. y que. es decir. -Han hecho bien -dijo Cottard. Cuando se les pasó la sorpresa. Habían llegado a la puerta y se estrechaban la mano.su acompañante si creía que realmente la declaración de la prefectura ponía término a la peste. Tarrou no lo creía imposible. Después de todo. eso es posible. que tenían aire de funcionarios endomingados. y éste. pero se podía creer que la epidemia. no todo se puede olvidar. -Tiene usted razón -decía Cottard. como si no hubiera pasado nada. Éste se había animado mucho. que harían necesaria una reorganización de los antiguos servicios. y se fueron pausadamente en la dirección que había tomado Cottard. borrando su pasado hasta partir de cero. ni aun teniendo la voluntad necesaria. salvo imprevistos. Cuando llegó a su casa. por ejemplo. en otro. pero ¿a qué llama usted la vuelta a una vida normal? -A nuevas películas en el cine -dijo Tarrou. Ellos adoptaron un aire reservado y amable para decir que se trataba de algunos informes. Tarrou preguntó a los dos hombres qué era lo que querían. que sin duda. y siempre hay algo imprevisto. Quería saber si podía esperar que la peste no cambiase nada en la ciudad y que todo recomenzase como antes. dio media vuelta y se lanzó hacia lo oscuro. Naturalmente. Tarrou le hizo notar que. -Admitámoslo -dijo Cottard-. dejando escapar una especie de exclamación. Tarrou tuvo apenas tiempo de oír a su acompañante preguntar qué harían allí aquellos dos pájaros. el más firme deseo de nuestros ciudadanos era y sería siempre el de hacer como si no hubiera cambiado nada. por lo tanto. -¡Ah! -dijo Cottard-. todos los servicios funcionarían como en el pasado. -Sí -dijo Cottard-. cada vez más animado-. y la peste dejaría huellas. eso sería una gran cosa. por lo menos en los corazones. la prefectura había previsto en cierto modo lo imprevisto. es una vida nueva la que va a empezar.

pegado al cristal. Añadió que tenía todavía mucho que hacer. Bernard. -Bernard -dijo ella-. el pecho fuerte se dibujaba bajo el espesor de las mantas.. Aunque sus tareas fuesen tan agotadoras como en el momento más grave de la peste. Pasó delante de la portería. al fin. es una gran felicidad poder deshacer. había dejado de ponerse la última inyección de enero u olvidado algunas precauciones. Yo creo que si tú no estuvieras aquí. sería el primer derecho que me tomaría. recomenzaría cuando la abstracción hubiese terminado. El doctor dijo que Tarrou también lo estaba. Se había levantado por la mañana. No se puede tener siempre la voluntad en tensión ni estar continuamente firme. Dos días después. Tarrou vio que traía las enormes ampollas de suero. Subiendo la escalera. pero que. el doctor Rieux. . Tarrou por toda respuesta tendió el brazo y soportó la interminable inyección que él mismo había puesto a tantos otros. este haz de fuerzas trenzadas en la lucha. Rieux reflexionó. Tarrou estaba tendido en la cama. Si el telegrama esperado fuera también favorable. Rieux fue a su despacho. podemos estar los dos. pero por precaución.un gran cansancio. eso no es posible ¡ahora! Y después: -Dejémosle aquí. Y su opinión era que todo el mundo recomenzaría. después de haberle reconocido. su pesada cabeza se hundía en el almohadón. Pero van a abrirse las puertas.. le dolía la cabeza. al volver a su casa al mediodía. la esperanza de la liberación definitiva había disipado todo cansancio en él. -No tengo derecho -dijo-. Cuando volvió a la alcoba. y con un poco de suerte. que había siempre una hora en el día en la que el hombre es cobarde y que él sólo tenía miedo a esa hora. -No. Dijo a Rieux que creía tener síntomas vagos que podían ser los de la peste. para terminar. le sonrió. y se preguntaba si lo estaba en realidad. La señora Rieux estaba inquieta. se preguntaba si encontraría el telegrama que esperaba. En el pasillo Rieux le dijo a su madre que podría ser el principio de la peste. Tenía fiebre. -¡Ah!. y aquí acaban los apuntes de Tarrou. acaso por el cansancio. El nuevo portero. Sí. -¡Ah! -dijo ella-. pero no había podido salir y había vuelto a acostarse. en la efusión. poco antes de la apertura de las puertas. es eso -dijo. Esperaba y se complacía en esperar. no hay nada claro todavía -dijo Rieux. Pero al abrir la puerta vio a su madre que le salía al encuentro anunciándole que el señor Tarrou no se sentía bien. Pero Tarrou estaba devorado por la sed. Respondía. pero que esta no era razón para no estar dispuesto. Ya sabes que yo he sido vacunada otra vez. -Probablemente no es nada grave -dijo su hijo. -No. Rieux podría recomenzar. Rieux veía su cara pálida por el cansancio y las privaciones.

Al llegar a la puerta oyó que Tarrou lo llamaba. el frío que había sido intenso disminuyó un poco para ceder el lugar por la tarde a chaparrones violentos de lluvia y de granizo. Volvió atrás. Rieux dijo. Después de cenar. Rieux se inclinó y le apretó un poco el hombro. Rieux se volvió de espaldas. lo necesito. -No -dijo-. Estará usted mejor. esperaba que hablase para volver a mirar. sin quitarse el abrigo fue al cuarto de su amigo. -Hay -dijo. Rieux le sonrió. Pero si el juego está perdido. Rieux? -No es enteramente seguro que tenga usted la peste. Tarrou alzó un poco entre las mantas sus anchos hombros. enderezándose. Tarrou presentaba extrañamente las dos series de síntomas. La noche comenzaba para él en la lucha declarada. Rieux volvió a su casa por la tarde. -¿Y el aislamiento. No tengo ganas de morir. Al crepúsculo el cielo se descubrió un poco y el frío se hizo otra vez penetrante. Para llegar a ser un santo hay que vivir. A lo largo del día. Tarrou parecía que no se había movido. Luche usted. Al fin. pero sus labios. -Rieux -dijo al fin-. delataban la lucha que estaba sosteniendo. y Rieux sabía que ese duro combate con el ángel de . pero sus ojos grises seguían tranquilos. blanquecinos por la fiebre. -Mi madre y yo lo cuidaremos. Bajo la piel ardiendo los ganglios empezaban a endurecerse y dentro de su pecho retumbaba el ruido de una fragua subterránea.-Veremos esta noche -dijo Rieux y miró a Tarrou cara a cara. -Gracias. que estaba arreglando en la caja las ampollas. Su madre estaba allí. -¿Qué hay? -dijo el doctor. El doctor se inclinó sobre él. fue hacia la cama. -Duerma usted si puede. Rieux y su madre vinieron a instalarse junto al enfermo. Tarrou torció un poco su cara recia en una sonrisa. haciendo punto de aguja. El enfermo lo miró. Su cara estaba cansada. tiene usted que decirme todo.que pierdo la partida. Pero Tarrou parecía debatirse con la expresión misma de la idea que quería expresar. así que lucharé. Tarrou siguió callado y el doctor. -Es la primera vez que veo inyectar el suero sin ordenar al mismo tiempo el aislamiento. Una onda de fiebre que subió a su garganta sofocó las palabras que Tarrou iba a pronunciar. Yo volveré dentro de un rato. Tarrou sonrió con esfuerzo. -Se lo prometo. que el suero no había tenido tiempo todavía de hacer efecto. quiero tener un buen final.

el doctor creía oír en los confines del silencio el silbido suave y regular que lo había acompañado durante toda la epidemia. los tónicos que iba a inocularle. pues Rieux se encontraba ante un aspecto de la peste que le desconcertaba. Una vez más. El sudor ensortijaba su pelo sobre la frente. Rieux. Rieux se levantó para dar de beber al enfermo. Rieux se acercó a su madre.la peste tenía que durar hasta la madrugada. se puso a buscar con cuidado con la aguja un punto del que no estaba muy segura. miró a Tarrou y vio que había logrado un poco de descanso y dormía . Rieux se acomodó en el sillón que había dejado su madre. En la sombra del cuarto. Pero en seguida cerró los ojos. Tarrou hacía ya tiempo que tenía los ojos cerrados. Los anchos hombros y el gran pecho de Tarrou no eran sus mejores armas. Y era preciso que el azar actuase. Cuando se quedó solo. Eso era lo que Rieux escuchaba desde hacía horas. Todo lo que se disponía a llevar a cabo. volvió a contemplar a Tarrou iluminado por la lámpara de cabecera. El doctor se adormeció. El doctor reconoció que. No olvides las instalaciones antes de acostarte. La señora Rieux se levantó. Ni una sola vez. en toda la noche. El frío de la madrugada empezaba a hacerse sentir en la habitación. Había que esperar que allí también se detuviese. era de limitada eficacia. Excitado por el insomnio. Sus pasos decrecían y se alejaban. que debía acostarse. Después de la lluvia el silencio se hizo más denso en la habitación. con más animación en los ojos. Pasó un escalofrío por la espalda. Era ya una noche liberada de la peste y parecía que la enfermedad espantada por el frío. las luces y la multitud. levantando de cuando en cuando la cabeza para mirar atentamente al enfermo. sino más bien aquella sangre que Rieux había hecho brotar con la aguja y en esa sangre algo que era más interior que el alma y que ninguna ciencia sería capaz de traer a la luz. se entregó a la agitación al combatir los asaltos del mal: solamente empleaba para luchar su reciedumbre y su silencio. Cada vez que el doctor encontraba su mirada. pasaban rápidamente por la acera. era semejante a la de otros tiempos. recogió su labor y se acercó a la cama. caldeada. Los toldos y cortinas ondearon ante las ventanas. Pero silbaba en el aire pesado del cuarto. -Deberías acostarte para poder relevarme a las ocho. que allí también la peste se declarase vencida. se hubiera escapado de las profundidades de la ciudad y se hubiera refugiado en esta habitación. apareciendo allí donde no se la esperaba y desapareciendo de donde se la creía afincada. Rieux seguía solamente las fases de la lucha en los ojos de su amigo. La calle estaba muda y el silencio era completo. Indicó a su madre. Y él no podía hacer más que ver luchar a su amigo. Ella movió la cabeza negativamente y. mezclada al poco tiempo con un granizo que rebotaba en las aceras. en realidad. inmóvil. El flagelo ya no azotaba el cielo de la ciudad. laxos. la peste se esmeraba en despistar todas las estrategias dirigidas contra ella. los abscesos que ayudaría a madurar. vio la dulce mirada sobre él y bajo las móviles ondas de la fiebre reapareció su sonrisa tenaz. La señora Rieux suspiró y el enfermo abrió los ojos. Tarrou sonreía con esfuerzo. El doctor había hecho ya todo lo que podía hacer. Poco antes de amanecer. que se había dejado distraer por la lluvia. otras cerrados. para dar su último asalto al cuerpo inerte de Tarrou. con el gesto. la mirada fija en un objeto o vuelta hacia el doctor y su madre. como se lo habían enseñado tantos meses de fracasos continuos. llena solamente del tumulto de una guerra invisible. unas veces los párpados apretados contra el globo del ojo. Su madre hacía punto. pero el primer coche del amanecer lo sacó de su somnolencia. Pero tampoco pronunció ni una sola vez una palabra. era dar ocasión al azar que muchas veces no actúa si no se le provoca. que parecían huir ante un murmullo lejano que iba acercándose poco a poco y que terminó por llenar la calle con su barboteo: la lluvia recomenzaba. otras por el contrario. confesando así que la distracción no le era posible. En cierto momento se oyeron pasos precipitados por la calle. Algunos transeúntes. y luego volvió a sentarse. Tarrou luchaba. unas veces abiertos. por primera vez. Una vez más se esforzaba la peste en sorprender. aquella noche llena de paseantes trasnochadores y limpia de timbres de ambulancia. Lo único que le quedaba. aprovechando la calma.

Al mediodía la fiebre había llegado a la cúspide. Tarrou empezó a respirar más fuerte. una vez más. una voz sorda que le daba las gracias y le decía que todo estaba muy bien. pero Tarrou. exactamente. Y de pronto la fiebre afluyó visiblemente hasta su frente. Esta forma humana que le había sido tan próxima. Rieux? -dijo con voz ahogada. Usted conoce tan bien como yo la tregua matinal. sin armas y sin recursos. parecía concentrar sus fuerzas. el espacio estaba todavía oscuro. Los ganglios habían dejado de crecer. Tenía que quedarse en la orilla con los brazos cruzados y el corazón oprimido. respóndame siempre así. -Sí. Tarrou. . -Beba -le decía. con las manos juntas sobre la falda. frente al fracaso. pero seguían duros como clavos. Pero pronto sus ojos se abrieron cada vez menos frecuentemente y la luz que iluminaba su cara devastada fue haciéndose más débil. Entonces oyó. ¿no es cierto. Las ruedas de madera y las pisadas del caballo de un carro sonaban ya lejos. parecía volver a sonreír. Tarrou miraba de cuando en cuando a sus amigos. acribillada ahora por el venablo. ¿no? -preguntó Rieux. Cuando el doctor se acercó a la cama. Decidió también dejar sus consultas aquel día. con estremecimientos convulsivos hacía cada vez más frecuentes sus relámpagos y Tarrou iba derivando hacia el fondo. le arregló la almohada y puso un momento la mano en su pecho mojado. Sentía junto a él las piernas del enfermo. -Ha dormido usted. Pero a través de las cortinas la luz se filtraba rápidamente y poco a poco. éste procuró darle valor con la suya. Una especie de tos visceral sacudía el cuerpo del enfermo. pero se levantó en seguida y volvió al cuarto. El doctor fue a su despacho para telefonear al hospital haciéndose sustituir. después dijo: -No. ¿eso quiere decir algo? Rieux se calló un momento. A las siete. la señora Rieux pudo ver que seguía mirándola. con la cabeza vuelta para otro sitio. -¿Respira usted mejor? -Un poco. se sumergía a sus ojos en las ondas de la peste y él no podía hacer nada para evitar su naufragio. -Gracias -dijo-. Rieux se sentó a los pies de la cama. Cuando volvió a sentarse. la señora Rieux volvió a la habitación. como si en alguna parte de su ser una cuerda esencial se hubiese roto. Tarrou asintió. no reaccionó. como si hubiese roto algún dique interior. En la ventana. largas y duras como miembros de una estatua yacente. miraba aquella menuda sombra recogida junto a él en una silla. a pesar de tener la boca cerrada. que empezó a escupir sangre. Tarrou cerró los ojos. esperaba la subida de la fiebre que se revolvía ya en algún sitio de su propio fondo. Y la contemplaba con tanta intensidad que la señora Rieux se puso un dedo sobre los labios y se levantó para apagar la lámpara de la cabecera. se echó un momento en el diván de su gabinete. Tarrou lo miró con los ojos inexpresivos como si estuviese todavía en las regiones del sueño. su mirada estaba empañada y sólo se aclaró cuando vio a Rieux inclinado hacia él. -La fiebre va a recomenzar. pero al mediodía ya podremos ver. atornillados en los huecos de las articulaciones y Rieux consideró imposible abrirlos. Y al fin. La sonrisa que Tarrou intentó esbozar no pudo pasar de las mandíbulas apretadas ni de los labios pegados por una espuma blancuzca. cuando los rasgos del enfermo emergieron de la oscuridad. Se inclinó hacia él. Tarrou cerró los ojos y su expresión agotada. Cuando la mirada de Tarrou se volvió hacia el doctor. -Qué largo es esto -murmuró. Cuando abrió los ojos. -Sí. eso no quiere decir nada. Tarrou bebió y dejó caer la cabeza.también. abrasada por el mal sobrehumano. Pero bajo su frente obstinada los ojos brillaron todavía con el resplandor del valor. Rieux no tenía delante más que una máscara inerte en la que la sonrisa había desaparecido. Tarrou tenía la cabeza vuelta hacia la señora Rieux. como viniendo de lejos. las lágrimas de la impotencia le impidieron ver cómo Tarrou se volvía bruscamente hacia la pared y con un quejido profundo expiraba. doblegada por todos los vientos iracundos del cielo. La tempestad que sacudía su cuerpo. En los intervalos de la fiebre y de la tos. Una expresión de cansancio se leía en sus rasgos. Rieux le tomó del brazo.

la que pone fin a las guerras y hace de la paz un sufrimiento incurable. por encima de la peste. haber conocido la amistad y acordarse de ella. estaba tan estrechamente acorde con el silencio de las calles de la ciudad liberada de la peste. Rieux sentía planear la calma sorprendente que muchas noches antes. Sentía que su madre lo quería y pensaba en él en ese momento. Fuera quedaba la misma noche fría. que el amor no es nunca lo suficientemente fuerte para encontrar su propia expresión. Los ruidos familiares de la noche se sucedían fuera. Lamían rápidamente el pavimento. siempre el mismo aplacamiento que sigue a los combates: era el silencio de la derrota. sobre este cuerpo muerto. desaparecían y volvían a aparecer. el chirriar de algún tranvía en una curva. Rieux. pero lo rechazó. Del mismo modo que había vivido al lado de Tarrou y estaba allí.La noche que siguió no fue de lucha. El doctor no sabía si al fin Tarrou habría encontrado la paz. Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo. que Rieux sentía que esta vez se trataba de la derrota definitiva. Así.sin que durante toda su vida hubiera podido avanzar en la confesión de su ternura. pero él. le sonreía. un nuevo silencio. -Sí. ruidos imprecisos. en la noche fría. Cuando él sorprendía una de sus miradas. Junto a la cama. . La señora Rieux miraba de cuando en cuando a su hijo. En este cuarto separado del mundo. claras. muerto. sin que su amistad hubiera tenido tiempo de ser verdaderamente vivida. -¿Qué. Pero sabía también que querer a alguien no es gran cosa o. sino de silencio. Rieux esperaba en su butaca. las estrellas congeladas en un cielo claro y glacial. como no hay armisticio para la madre amputada de su hijo. Aunque la autorización todavía no había sido dada. los pasos de un caballo. como él decía. y de nuevo la respiración de la noche. ¿qué había ganado? Él había ganado únicamente el haber conocido la peste y acordarse de ella. En la semioscuridad del cuarto se sentía contra los cristales la respiración pálida de una noche polar. por lo menos. ni para el hombre que entierra a su amigo. la señora Rieux estaba sentada en su postura habitual. Ya en aquella época había pensado en ese silencio que se cierne sobre los lechos donde mueren los hombres. llamadas. Ella le dijo que no estaba cansada y poco después: -Tendrías que ir a descansar un poco a la montaña. lejos de la luz. había seguido al ataque de las puertas. sobre las terrazas. conocer la ternura y tener que acordarse de ella algún día. Pero aquel silencio que envolvía a su amigo era tan compacto. su madre y él se querían siempre en silencio. Tarrou había perdido la partida. En medio de la habitación. mamá? -¿No estás cansado? -No. ahora vestido. más bien. El recuerdo de su mujer pasó alguna vez por su cabeza. ya he telefoneado. -¿Te has ocupado de todo? -había dicho la señora Rieux. Voces. Las pisadas de los transeúntes habían sonado. creía saber que para él ya no habría paz posible. Y ella llegaría a morir -o él. el mismo intervalo solemne. pero en ese momento. muchos coches circulaban de nuevo. En todas partes la misma pausa. aquella noche. Rieux le sonrió. ¡Es posible que fuera a eso a lo que Tarrou le llamaba ganar la partida! Volvió a pasar un auto y la señora Rieux cambió un poco de postura en su silla. el lado derecho iluminado por la lámpara de cabecera. -Bernard. Habían seguido velando en silencio.

pero Rieux miraba obstinadamente. -Sí. que en su sufrimiento no había sorpresa. sin duda. Pero esto sólo contaba para aquellos a los que la pasión no había estado quemando durante todo este espacio de tiempo. Los trenes que entraron en la ciudad durante el día no venían menos cargados que los que salieron. Rieux no sabía nada y todo esto importaba poco. que nadie puede pasarse sin condenar. Ella lo miró. -Bernard -dijo la señora Rieux. que había negado a los hombres el derecho de condenar. que se encarnizaban verdaderamente en precipitar. la mañana magnífica que se levantaba sobre el puerto. El doctor la miró con aire distraído. que sabía. Después dijo a su madre que no llorase. Desde hacía meses y desde hacía dos días era el mismo dolor el que continuaba. por la ventana. Hace ocho días. Se imaginará fácilmente lo que pudo llegar a ser el sentimiento de la separación que había dominado a tantos de nuestros conciudadanos. como había vivido Tarrou y con la conciencia de lo estéril que es una vida sin ilusiones. sin embargo. -¿El telegrama? -preguntó. Estaba en su despacho y su madre vino casi corriendo a traerle un telegrama. La señora Rieux se volvió hacia la ventana. sin duda. ¿Por qué no? Iría a reposar un poco. era difícil de soportar. que se encontraban ya cerca de nuestra ciudad deseaban que fuese más lento. sin embargo. simplemente. por lo que el doctor Rieux a la mañana siguiente recibió con calma la noticia de la muerte de su mujer. para los que gemían por la separación. Sólo una cosa había cambiado para ellos: el tiempo. Un calor de vida y una imagen de muerte: esto era el conocimiento. Las puertas de la ciudad se abrieron por fin al amanecer de una hermosa mañana de febrero. Ese sería un buen pretexto para la memoria.-Sí. demostrando así que ese día era. temiendo que en el último momento la decisión de la prefectura fuese anulada. Se habían organizado grandes festejos para el día y para la noche. Pero si esto era ganar la partida. pero no el de las otras ni el de la ciudad misma. aunque él fuese de los que no podían mezclarse enteramente a ella. que durante sus meses de exilio hubieran querido empujar para que se apresurase. los barcos ponían ya la proa a nuestro puerto. Le queda aún al cronista por relatar las horas de alegría que siguieron a la apertura de las puertas. a la que atribuían un rostro temible. Algunos de los viajeros que venían hacia la ciudad no estaban enteramente libres de aprensión. Los apasionados pudieron entregarse a su idea fija. que él ya se lo esperaba. Al decir eso sabía. el día del gran encuentro. ahora. Así era. los trenes empezaron a humear en la estación. tendido ahora sin movimiento. Cada uno había reservado su asiento para ese día en el transcurso del plazo de las dos semanas. saludadas por el pueblo. la radio y los comunicados de la prefectura. y que incluso las víctimas son a veces verdugos. es eso -dijo el doctor-. ¿Sería por eso por lo que había buscado la santidad y la paz en el servicio de los hombres? En verdad. privado de lo que se espera. No puede haber paz sin esperanza y Tarrou. pues sabían en general el estado de las personas que les eran próximas. Al mismo tiempo. cuando ya el tren empezaba . El doctor siguió callado. pero que. mamá. Rieux tenía el telegrama abierto en la mano. Las únicas imágenes de Tarrou que conservaría serían las de un hombre que cogía con ánimo el volante de su coche para conducirlo todos los días y la de aquel cuerpo recio. los periódicos. qué duro debía ser vivir únicamente con lo que se sabe y con lo que se recuerda. querían tenerlo suspendido. Tarrou había vivido en el desgarramiento y la contradicción y no había conocido la esperanza. Por eso fue. en seguida fue a dar una propina al repartidor y cuando volvió.

Su sentimiento de exilio. Rambert no tuvo tiempo de mirar esta forma que corría hacia él y que se arrojaba contra su pecho. Por el momento. Para estos últimos. madres. y se disponían a recibir la confirmación del temor que un largo silencio había hecho nacer en sus corazones. Ante sus mostradores se estrujaba una multitud de gentes. El día estaba en suspenso. triunfando de las ráfagas frías que pugnaban en el aire desde la mañana. para todos los que se entregaban en ese momento al recuerdo de un ser desaparecido. más o menos conscientemente. que ahora no tenían por compañía más que su dolor reciente. se extinguió bruscamente bajo la avalancha de una alegría confusa y cegadora. tenía la impresión de que la peste había terminado demasiado brutalmente y le faltaba presencia de ánimo ante este hecho. Teniéndola entre sus brazos. dejaba correr las lágrimas. para ésos continuaba por siempre la peste. Pues este amor o esta ternura que los meses de peste habían reducido a la abstracción. En aquel andén de la estación. Rambert sabía que todo iba a serle devuelto de golpe y que la alegría es una quemadura que no se saborea. todas igualmente excitadas. sonaron durante la tarde. en cuanto vieron el humo del tren. Toda la ciudad se echó a la calle para festejar ese minuto en el que el tiempo del sufrimiento tenía fin y el del olvido no había empezado. El sentimiento. Todas las campanas de la ciudad. y entre ellas numerosas parejas enlazadas que no temían ofrecerse en espectáculo. echadas a vuelo. apretando contra él una cabeza de la que no veía más que los rizos familiares. al menos. Para ésos. circulaban por las calles invadidas. ciegos al resto de las cosas. y seguro. estaban dominados por la misma impaciencia y la misma confusión. De la noche a la mañana el tránsito había aumentado considerablemente y los automóviles. Apretados unos a otros. multiplicados de pronto. con una avaricia exultante. vertía sobre la ciudad las ondas ininterrumpidas de una luz inmóvil. sin embargo. cuya mujer. de todos esos meses de vida perdidos para su amor. Todos. La felicidad llegaba a toda marcha. Y al mismo tiempo. En las iglesias había oficios en acción de gracias. amantes que habían perdido toda dicha con el ser ahora confundido en una fosa anónima o deshecho en un montón de ceniza. lanzándose al encuentro de la que amaba. esposos. y de todos estamos hablando. no habían encontrado a nadie esperándolos. tronaban sin interrupción contra el cielo fijo. en lo alto de las colinas. todos los lugares de placer estaban llenos hasta reventar. que en cuanto había sido advertida de la posibilidad de entrada. ¿quién pensaba en esas soledades? Al mediodía. sin preocuparse del porvenir.a frenar antes de la parada. sentían su comodidad y cambiaban entre ellos miradas y sonrisas. Los cañones de los fuertes. Hubiera querido volver a ser aquel que al principio de la epidemia intentaba correr de un solo impulso fuera de la ciudad. donde iban a recomenzar sus vidas personales. Pero. al mismo tiempo vago y agudo en ellos. y los cafés. les hacía exigir confusamente una especie de compensación que consistiese en ver correr el tiempo de la dicha dos veces más lento que el de la espera. prevalecía en él como una angustia sorda. Las provisiones de . llenando con sus vibraciones un cielo azul y dorado. venidos en el mismo tren. triunfando en apariencia de la peste. Y los que les esperaban en una casa o en un andén. Había cambiado. sobre los cuerpos cuya forma viviente habían olvidado. las cosas eran muy de otro modo y el sentimiento de la separación alcanzaba su cúspide. quería obrar como todos los que alrededor de él parecían creer que la peste puede llegar y marcharse sin que cambie el corazón de los hombres. el sol. como Rambert. las interminables separaciones que habían tenido su comienzo en aquella estación tuvieron allí mismo su fin en el momento en que los brazos se enroscaban. sin saber si eran causadas por su felicidad presente o por el dolor tanto tiempo reprimido. Todos gritaban o reían. distribuían el último alcohol. estaban como él. olvidados de todas las miserias y de aquellos otros que. Se bailaba en todas las plazas. la peste había puesto en él una distracción que procuraba negar con todas sus fuerzas y que. Pero sabía que esto ya no era posible. había hecho todo lo necesario para venir. de que ellas le impedirían comprobar si aquella cara escondida en su hombro era con la que tanto había soñado o acaso la de una extraña. se fueron a sus casas. el acontecimiento iba más de prisa que el deseo. Cuando el tren se detuvo. Rambert temblaba de confrontarlos con el ser de carne y hueso que los había sustentado. En cierto sentido.

estuve en este sitio deseándote y tú no estabas aquí. Esto era. las músicas y los gritos ensordecedores. aquel salvajismo bien definido. aquel delirio calculado. caras radiantes se volvían hacia el cielo. igualmente imposible. al menos por unas horas. que la peste había terminado y que el terror había cumplido su plazo. lo llamaban a veces la paz. aquel olor de muerte que embrutecía a los que no mataba." Se podía reconocer a estos turistas de la pasión: formaban como islotes de cuchicheos y de confidencias en medio del tumulto donde marchaban. la alegría de la liberación la establecía. A partir del momento en que la peste había cerrado las puertas de la ciudad no habían vivido más que en la separación. entre miseria y privaciones. Querían enseñar a los recién llegados las señales ostensibles o escondidas de la peste. en medio del tumulto. de la misma naturaleza. Pues esas parejas enajenadas. en fin. Eran muchas las parejas y las familias que sólo tenían el aspecto de pacíficos paseantes. las gastaban en este día que era como el día de su supervivencia. la mayor parte efectuaron peregrinaciones sentimentales a los sitios donde habían sufrido. Por primera vez Rieux podía dar un nombre a este aire de familia que había notado durante meses en todas las caras de los transeúntes. que iba hacia los arrabales a pie y solo. A su alrededor. en todos los rincones de la ciudad. En diversos grados. Pero esta exuberancia superficial no era todo y los que llenaban las calles al final de la tarde. Entre la luz suave y límpida que descendía sobre la ciudad se elevaban los antiguos olores a carne asada y a anís. En realidad. con sus preocupaciones. el barullo crecía y le parecía que los arrabales que quería alcanzar iban . con todo el arrebato y el grito del deseo. Llegados al final de la peste. Otros. al caer la tarde. habían sido amputados de ese calor humano que hace olvidarlo todo. la multitud aumentaba a su alrededor.vida que habían hecho durante esos meses en que cada uno había tenido su alma en vela. la peste y el terror habían terminado y aquellos brazos que se anudaban estaban demostrando que la peste había sido exilio y separación en el más profundo sentido de la palabra. las gentes de orígenes más diversos se codeaban y fraternizaban. A medida que avanzaba. Por el momento. Rieux seguía hacia los barrios bajos. por lo menos. Y que. Le bastaba mirar a su alrededor. Negaban. hablando del peligro sin evocar el miedo. disfrazaban a veces bajo una actitud plácida dichas más delicadas. cuya cara primero y ahora sus ropas hablaban de la ausencia y de la patria lejana. contra toda evidencia. menos frecuentes. Estos placeres eran inofensivos. con el rostro encendido. habían deseado la reunión con algo que no podían definir. aquella esclavitud que llevaba consigo una horrible libertad respecto a todo lo que no era el presente. a falta de otro nombre. Algunos. cargada con las cadenas de la impotencia. La igualdad que la presencia de la muerte no había realizado de hecho. como Tarrou acaso. Algunos se contentaban con jugar a lo guías. Pero en otros casos eran itinerarios más fervientes. pero que era. esperaba su turno. el calor de un cuerpo. lo que saltaba a la vista para el doctor Rieux. marchando al lado de Rambert. sufrían por haber quedado fuera de la amistad de los hombres. los vestigios de su historia. Al día siguiente empezaría la vida tal como es. todos esos hombres habían terminado por adoptar el traje del papel que desde hacía mucho tiempo representaban: el papel de emigrantes. La mayor parte de ellos habían gritado con todas sus fuerzas hacia un ausente. esos hombres y esas mujeres habían aspirado a una reunión que no era. que hubiéramos sido aquel pueblo atontado del cual todos los días se evaporaba una parte en las fauces de un horno. con el triunfo y la injusticia de la felicidad. para todos. entre las campanas y los cañonazos. a veces sin saberlo. pero que para ellos era el único bien deseable. Sí. Negaban tranquilamente. en los que un amante abandonado a la dulce angustia del recuerdo podía decir: "En tal época. mientras la otra. Su oficio continuaba: no hay vacaciones para los enfermos. del contemporáneo de la peste. para todos. por no poder acercárseles por los medios ordinarios como son las cartas. Hombres y mujeres se estrechaban unos a otros. que hubiéramos conocido jamás aquel mundo insensato en el que el asesinato de un hombre era tan cotidiano como el de las moscas. enlazadas y avaras de palabras afirmaban. la ternura o la costumbre. representar el papel del que ha visto muchas cosas. los trenes y los barcos. Más que las orquestas en las plazas eran ellos los que anunciaban la verdadera liberación.

Ésos. fue llegando poco a poco a otras calles menos abarrotadas y pensó que no es lo más importante que esas cosas tengan o no tengan un sentido. Dichosos aquellos que no habían sido doblemente separados como algunos que antes de la epidemia no habían podido construir. Para todos aquellos. el sufrimiento y el exilio. el pataleo inútil y obstinado del miedo y la rebeldía del corazón. las advertencias de eso que se ha dado en llamar destino. ahora. no ha habido una situación que no haya sido la suya. porque en parte era también el suyo. Aquellos que ateniéndose a lo que era no habían querido más que volver a la morada de su amor. Ésos. la dicha llegara a recompensar a los que les basta el hombre y su pobre y terrible amor. su amor y que habían perseguido ciegamente durante años el difícil acorde que logra incrustar uno en otro de los amantes enemigos. los timbres de las ambulancias. en no dar a sus compañeros de peste pensamientos que no estaban obligados a formular. Es ya tiempo de que el doctor Bernard Rieux confiese que es su autor. ahora es cuando hay que tener razón". pero sólo la había encontrado en la muerte. en el mar. a quien el doctor había dicho por la mañana al separarse de él: "Valor. Esta crónica toca a su fin. persuadiéndolos de que tenían que encontrar su verdadera patria. Para todos ellos la verdadera patria se encontraba más allá de los muros de esta ciudad ahogada. en torno a las únicas certidumbres que pueden tener en común y que son el amor. en los países libres y en el peso vital del amor. Pero otros. como conviene a un testigo de buena voluntad. Sí. bien situado para relatar lo que había visto u oído. habían obtenido lo que querían. enlazados con todas sus fuerzas y mirándose con arrebato. Habiendo sido una vez llevado a declarar en un crimen. Tarrou parecía haber alcanzado esa paz difícil de que hablaba. hacia la felicidad era hacia donde querían volver. Así. apartándose con asco de todo lo demás. y en utilizar únicamente los textos que el azar o la desgracia pusieron en sus manos. Es cierto que algunos de ellos seguían vagando por la ciudad solitaria privados del ser que esperaban. Entre los amontonamientos de cadáveres. sus conciudadanos. al caer la luz. que se habían dirigido pasando por encima del hombre hacia algo que ni siquiera imaginaban. todos habían sufrido juntos. guardó una cierta reserva. un profundo rumor había recorrido a esos seres consternados. manteniéndolos alerta. según la ley de un corazón honrado. de una ociosidad difícil.retrocediendo. Sabían. como el mismo Rieux. tomó deliberadamente el partido de la víctima y procuró reunir a los hombres. tanto en la carne como en el alma. no había habido respuesta. su profesión le ha puesto en el trance de frecuentar a la mayor parte de sus conciudadanos y de recoger las manifestaciones de sus sentimientos. se ha esforzado en no relatar más que lo que ha visto. Y hacia aquella patria. sino saber qué es lo que se ha respondido a la esperanza de los hombres. que hay una cosa que se desea siempre y se obtiene a veces: la ternura humana. de un exilio sin remedio y de una sed jamás satisfecha. cuyo grito comprendía cada vez mejor. no ha habido una sola entre las mil angustias de sus conciudadanos que no haya compartido. pues. Y Rieux al doblar la esquina de la calle de Grand y Cottard pensaba que era justo que. como Rambert. Rieux sabía bien lo que se había respondido y lo percibía mejor en las primeras calles de los arrabales casi desiertos. Si otros. a los que Rieux veía en los umbrales de sus casas. Poco a poco fue confundiéndose con aquel gran cuerpo aullante. esos otros habían recobrado sin titubear al ausente que creyeron perdido. por el contrario. Pero al mismo tiempo. es porque habían pedido lo único que dependía de ellos. serían felices. Pero antes de señalar los últimos acontecimientos querría justificar su intervención y hacer comprender por qué ha tenido empeño en adoptar el tono de un testigo objetivo. . Empujado o interpelado por unos y otros. cuando ya no podía servirle de nada. con el primer intento. Estaba. habían cometido la ligereza de creer que les sobraría tiempo: ésos estaban separados para siempre. al menos de cuando en cuando. pero ha querido hacerlo con la discreción necesaria. En general. Durante todo el tiempo de la peste. habían sido a veces recompensados. En cuanto al sentido que pudiera tener este auxilio y este deseo de reunión. al menos por algún tiempo. Rieux no sabía nada. Estaba en las malezas olorosas de las colinas.

es decir. Rieux y Grand vieron muy lejos. hubo gritos. En el mismo momento un tiro partió del piso segundo y el perro se dio vuelta como un panqueque. descubrieron también que. en la calle se oían solamente jirones de música que llegaban del centro de la ciudad. su espera y todas sus pruebas. el perro levantó la cabeza y se decidió a cruzar la calle para ir a oler el sombrero. Los agentes empezaron a silbarle. de uno de los inmuebles de enfrente de la casa. De pronto. Después se volvió a hacer el silencio. El silencio era completo. por el cual el doctor Rieux no podía hablar y del cual Tarrou había dicho un día: "Su único crimen verdadero es haber aprobado en su corazón lo que hace morir a los niños y a los hombres. y por dar una forma lo más precisa a lo que sentía confusamente. ¿por qué tira? -No se sabe. Al primer tiro no comprendieron. Los agentes estaban en la calle divirtiéndose. Alrededor de ella se recortaba un gran espacio vacío que llegaba hasta la acera de enfrente. había agentes revólver en mano. ¡Un loco! En el silencio que había vuelto a hacerse los minutos se arrastraban lentamente. que tampoco sabía lo que ocurría. Si se sirvió de ella fue solamente por comprender o hacer comprender a sus conciudadanos. parapetados en los huecos de las casas de enfrente. Cuando se sentía tentado de mezclar directamente sus confidencias a las mil voces de los apestados. sacudido por largos . un cordón de guardias paralelo al que les impedía avanzar y detrás de él pasaban y repasaban los vecinos del barrio rápidamente. A decir verdad. una de ellas parecía medio desprendida. este esfuerzo de la razón no le costó nada. un herido. el primero que Rieux veía desde hacía mucho tiempo. solitario. los documentos y los humores. el doctor Rieux fue detenido por un grupo de agentes. Todas las persianas de la casa de Grand estaban cerradas: sólo en el segundo. Sacó su carnet. tenía que decir. de lado. Pero Cottard hace ya días que ha desaparecido. Decididamente tenía que hablar por todos. -Imposible. agitando violentamente las patas. a Rieux le pareció todo aquello un poco irreal. Van a traer un camión con el material necesario. que tenía un corazón ignorante. un podenco muy sucio que sus dueños debían haber tenido escondido hasta entonces y que venía trotando junto a la pared. Desde lejos y después del tumulto de aquel día. -Es la ventana de Cottard -dijo de pronto Grand. Cuando llegó a la puerta titubeó un poco." Es justo que esta crónica se termine con él. Por el otro lado de la calle apareció de pronto un perro. -Pero él. que no se esperaba. y la huida de todo el mundo.Para ser un testigo fiel tenía que relatar los hechos. Al segundo. El rumor lejano de la fiesta hacía que el barrio pareciese silencioso y él lo había imaginado tan desierto como mudo. al otro lado de la calle. dorada por la luz última de un sol frío. Le habían impedido pasar diciéndole que los tiros salían de su casa. hasta dejarse caer al fin. pero en eso tengo que perdonarlo. al doblar por la de Grand y Cottard. Pero lo que él. En lo demás lo comprendo. -¿Por qué tiran? -preguntó Rieux al agente. Hay un loco que está tirando sobre la gente. porque él tira a todos los que intentan entrar por la puerta de la casa. eso tenía que callarlo. En ese momento Rieux vio venir a Grand. personalmente. partieron dos tiros de revólver que hicieron saltar astillas de la persiana desencuadernada. Hay ya un agente herido. Cuando salió de las grandes calles ruidosas. se sentó sobre sus patas traseras y se volvió a morderse las pulgas. -Están entreteniéndole. todo agitado-. Pero quédese ahí que puede usted ser útil. y que en un mundo en que el dolor es tan frecuentemente solitario esto es una ventaja. Pero hay uno entre todos. Después de mirar bien. doctor -dijo el policía-. En medio de la calzada se podía distinguir un sombrero y un trapo sucio. Se veía desde lejos la fachada. se detenía ante la idea de que no había uno solo de sus sufrimientos que no fuera al mismo tiempo el de los otros.

tres agentes atravesaron corriendo la calzada y desaparecieron en el portal de la casa. En respuesta. la noche había ya devorado todo el cielo. Se ha vuelto loco. Pero Rieux pensaba en Cottard y el ruido sordo de los puños aporreándole la cara le persiguió mientras se dirigía a la casa del viejo asmático. a un hombrecillo en mangas de camisa que gritaba sin parar. Los policías bajaron del camión llevando cuerdas. Seguía gritando. se oyó frenar un coche. Un momento después. pero éstas eran pacíficas: algunos niños . ¿Y su colega. un grupo confuso comenzó a agitarse y se dirigió hacia donde estaban el doctor y su viejo amigo. Como por un milagro. había recomenzado su frase. Grand y el doctor se fueron: el crepúsculo terminaba.todos los adjetivos. con el mismo humor. trasvasando sus garbanzos. Después. Rieux bajó los ojos cuando el grupo pasó delante de él. se quitó el sombrero ceremoniosamente. -Es Cottard -balbuceó Grand-. Detrás de ellos se precipitaron otros tres y el tiroteo de la ametralladora cesó. mientras que una multitud de personas salía de las casas. Se vio todavía al agente tirar un puntapié al matón que yacía en el suelo. Al pie de la casa. apiñándose en las barreras de cuerdas. -¡Circulen! -dijo el agente. La persiana que servía de blanco se deshojó literalmente y dejó al descubierto una superficie negra. Además. Volvió a hacerse el silencio. Desde la habitación se podía oír el rumor lejano de la libertad y el viejo seguía siempre. una segunda ametralladora empezó a crepitar en la esquina de otra casa. con una sonrisa de picardía. se podía adivinar más que ver cierta agitación en las puertas de las casas de aquella manzana. De pronto. cinco o seis detonaciones partidas de los huecos de enfrente astillaron nuevamente la persiana. una escala y dos paquetes alargados envueltos en tela encerada. Acaso era más duro pensar en un hombre culpable que en un hombre muerto. En la calle. Se oyeron dos detonaciones dentro de la casa. Grand dijo adiós al doctor: iba a trabajar. todas las persianas se abrieron y las ventanas se llenaron de curiosos. detrás del doctor. con una especie de esmero. pausadamente. las calles se llenaron de nuevo del bordoneo de una muchedumbre alegre. Cuando pararon los tiros. Cuando Rieux llegó a casa de su viejo enfermo. "He suprimido -dijo. estaba tendido en medio de un charco oscuro. En un momento se vio al hombrecillo en medio de la calzada con los pies al fin en el suelo y los brazos sujetos atrás por los agentes. Después hubo una espera. en la que tanto Rieux como Grand no podían distinguir nada. se desencadenó un tiroteo de ametralladora. Como si el acontecimiento hubiera sacudido al barrio del sopor en que se adormecía. -Ahí están -dijo el agente." Y. Después un rumor fue creciendo y se vio salir de la casa. El sol había dado un poco de vuelta y la sombra iba aproximándose a la ventana de Cottard. Las balas entraban sin duda por el hueco de la ventana porque una de ellas hizo saltar una esquirla de ladrillo. Se metieron por una calle que rodeaba la manzana donde estaba situada la casa de Grand. -Hacen bien en divertirse -decía-. Pero antes de subir le dijo que había escrito a Jeanne y que ahora estaba contento. qué es de él? El ruido de unas detonaciones llegó hasta ellos. Cottard había caído. En el mismo momento. Un agente se le acercó y le pegó con toda la fuerza de sus puños dos veces.estremecimientos. doctor. llevado en vilo más que arrastrado. desde las ventanas de las casas ocupadas por los agentes. El perro ya no se movía. se necesita de todo para hacer un mundo.

-Por nada. Pero esa era su fuerza y su inocencia y era en eso en lo que. y después atracarse. Habrá discursos. Pero la cosa es así. Del puerto oscuro subieron los primeros cohetes de los festejos oficiales. En fin. A lo lejos. Tarrou. El doctor se detuvo en medio de la habitación. todos." Por poco piden que les den una condecoración. Pero era un hombre que no sabía lo que quería. Pero. La ciudad los saludó con una sorda y larga exclamación. a medida que los ramilletes . Rieux sentía que se unía a ellos. ¿qué quiere decir la peste? Es la vida y nada más. yo los veré morir a todos. -Ha muerto -dijo el doctor. aquellos y aquella que Rieux había amado y perdido. no tenga usted cuidado. Yo tengo para mucho tiempo.. Una estela o una placa. auscultando el pecho cavernoso. -¿Le importa a usted que suba un poco a la terraza? -Nada de eso. El viejo tenía razón. -Haga usted las inhalaciones regularmente. eh? Haga lo que quiera. No hablaba nunca si no era para decir algo. guardando el estetoscopio. Lejanos gritos de alegría le respondieron a lo lejos.". Pero hoy el mar era más ruidoso al pie de los acantilados. ¿Quiere usted verlos desde allá arriba.. -¿Por qué lo dice usted? -dijo el doctor.echaban petardos. Así es la vida. Cottard. un poco intimidado. doctor. -Estaba seguro. El ancho cielo frío centelleaba sobre las casas y junto a las colinas las estrellas destacaban su dureza pedernal. estaban olvidados. -Me parece estar oyéndolos: "Nuestros muertos. los mejores se van. muertos o culpables. -Dígame. Pero esta noche era la noche de la liberación y no de la rebelión. descargado del hálito salado que traía el viento tibio del otoño. Rieux se dirigió hacia la escalera. Pero son siempre los mismos. los hombres eran siempre los mismos. -De la peste -añadió Rieux. Los otros dicen: "Es la peste. el deseo bramaba sin frenos y era un rugido lo que llegaba hasta Rieux. El viejo reía con una risa ahogada. -Sí -asintió el viejo después de un momento-. que repercutían hasta el pie de la terraza. -¡Ah! -dijo el viejo. por encima de todo su dolor. ¿es cierto que van a levantar un monumento a los muertos de la peste? -Así dice el periódico. a mí me gustaba. El aire estaba inmóvil y era ligero. Rieux subió la escalera. Esta noche no era muy diferente de aquella en que Tarrou y él habían subido a la terraza para olvidar la peste. En la noche ahora liberada. El rumor de la ciudad llegaba al pie de las terrazas con un ruido de ola. En medio de los gritos que redoblaban su fuerza y su duración. una franja rojiza indicaba el sitio de los bulevares y de las plazas iluminadas. Yo soy de los qué saben vivir. -¡Oh!. ha habido peste.

que espera pacientemente en las alcobas. se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan. en ser médicos. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros. que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás. en las maletas. esta crónica no puede ser el relato de la victoria definitiva. en la ropa. para desgracia y enseñanza de los hombres. Pero sabía que. despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa. sin embargo. para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio. los pañuelos y los papeles. Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad. todos los hombres que. no pudiendo ser santos. en las bodegas. No puede ser más que el testimonio de lo que fue necesario hacer y que sin duda deberían seguir haciendo contra el terror y su arma infatigable. que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles. y que puede llegar un día en que la peste. . Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. a pesar de sus desgarramientos personales. no obstante. por no ser de los que se callan.multicolores se elevaban en el cielo. para testimoniar en favor de los apestados. el doctor Rieux decidió redactar la narración que aquí termina.