Efraím Castillo

Adán, Eva y los moluscos
Teatro

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CASTILLO biblioteca.digital.aj@gmail.com

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Adán, Eva y los moluscos
Efraím Castillo, República Dominicana Edición Digital Gratuita distribuida por Internet
Editor: Aquiles Julián, República Dominicana.
Email: aquiles.julian@gmail.com

Coeditores asociados:
Fernando Ruiz Granados México José Acosta New York, EE.UU. Pedro Camilo Santo Domingo Aníbal Rosario New York, EE.UU. Milagros Hernández Chiliberti Venezuela Eduardo Gautreau de Windt Santo Domingo, RD Mario Alberto Manuel Vásquez Salta, Argentina José Alejandro Peña Estados Unidos Radhamés Reyes-Vásquez Nicaragua / Rep. Dominicana César Sánchez Beras Massachusetts, EE.UU. Félix Villalona Santo Domingo, RD Henriette Weise Barcelona, España Ángela Yanet Ferreira

Primera edición: Febrero 2010 Santo Domingo, República Dominicana
BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIÁN es una colección digital gratuita que se difunde por la Internet y se dedica a promocionar la obra narrativa de los grandes creadores, difundiéndola y fomentando nuevos lectores para ella. Los derechos de autor de cada libro pertenecen a quienes han escrito los textos publicados o sus herederos, así como a los traductores y quienes calzan con su firma los artículos. Agradecemos la benevolencia de permitirnos reproducir estos textos para promover e interesar a un mayor número de lectores en la riqueza de la obra del autor al que homenajeamos en la edición.

Este e-libro es cortesía de:

Libros de Regalo
EDITORA DIGITAL GRATUITA
Sol Poniente interior 144, Apto. 3-B, Altos de Arroyo Hondo III, Santo Domingo, D.N., República Dominicana. Email: librosderegalo@gmail.com BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIAN 36 – ADAN, EVA Y LOS MOLUSCOS - EFRAÍM CASTILLO

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Índice
Historia personal con Efraím Castillo / Aquiles Julián Adán, Eva y los moluscos En el nombre del hombre El rol del intelectual en la Era de Trujillo en El Personero / Nina Bruni Efraím Castillo / biografía 4 7 21 28 49

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Historia personal con Efraím Castillo
Por Aquiles

Julián

He tenido un vínculo largo, gratificante y curioso con Efraím Castillo, uno de mis héroes literarios personales. Mi primer contacto con la obra de Efraím fue en los primeros años de los ´70, cuando fundé junto a Roberto Tavárez, Efrén Ballenilla y otros amigos el Teatro de la Búsqueda, al que por la onda epocal se le agregó la coletilla “Experimental”, por lo cual terminamos siendo el Teatro de la Búsqueda – Experimental, TEBUSEX. El grupo surgió en una zona clase media de Los Mina, vinculado a un club denominado Cultural Seis. Por allí residían Raúl Bartolomé, Domingo Tejada y otros, y desde esos años arranca mi aprecio por él. En el grupo montamos “Más allá de la búsqueda”, obra en un acto que era parte del libro Viaje de regreso, de la autoría de Efraím Castillo. Y la receptividad del público, en las presentaciones que hacíamos en clubes culturales, colegios y liceos, era alta. La obra, que trata la angustia existencial de unos soldados, era aplaudida por la concurrencia. Así arrancó la relación con Efraím, por mi parte. Años después, Efraím, que posterior a la contienda del 1965 había incursionado exitosamente en la publicidad, fue una referencia, junto a René del Risco y otros escritores, cuando me inicié gracias a Juan Freddy Armando y a la receptividad de William y Darío Vargas que me acogieron en Extensa Publicidad, en la actividad publicitaria a comienzos de los años ´80 del siglo pasado. Efraím era no sólo un ejecutivo y hacedor dedicado publicitario, también era un polemista y teórico que sostenía puntos de vista sobre el quehacer publicitario, contradecía otros y defendía un espacio profesional ganado a pulso. Es histórica su polémica con el creativo franco-italiano Francois Zillé, importado transitoriamente debido a una alianza entre Extensa Publicidad y la agencia europea Unitrós. Zillé vino y alborotó el país con sus tesis creativas y publicitarias, buscando lógicamente llamar la atención y atraer clientela hacia la representante local de Unitrós, Extensa. Y Efraím le salió al frente y ambos publicaron extensas páginas sosteniendo sus tesis. Años después, Efraím recopiló esos artículos junto a otros y los publicó en un libro. Yo entré a Extensa Publicidad mucho después. No conocí a Zillé, pese a que mi fraterno Freddy Ortiz me señala como uno de los epígonos de Zillé. De hecho, cuando entré a Extensa, ya Unitrós y Extensa habían descontinuado la alianza, que no logró sus metas (Zillé se fue por todo lo alto y le hizo invertir a la pequeña Extensa unas pomposas dobles páginas autopromocionales en el Listín Diario que lastraron penosamente las finanzas de la agencia. No es sencillo impresionar en una ciudad y un país aldeanos, donde todos nos conocíamos y las cuentas publicitarias se movían, y todavía se mueven, por relaciones personales y no por criterios profesionales).
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Así que yo leía y aprendía de Efraím, no de Zillé. Años después, comenzamos por el 1977 a promover la Unión de Escritores Dominicanos, UED. Su primer y único presidente lo fue el Dr. Víctor Villegas y yo pertenecí como vocal a su primera directiva. Iniciamos una serie de acercamientos a escritores renombrados de nuestro país, entre ellos a Manuel Rueda. Y también lo hicimos con Efraím Castillo y ese fue el primer encuentro personal que sostuve con él. Nos invitó a almorzar a varios escritores en El Mesón de la Cava y compartió con nosotros impresiones. La UED desarrolló un programa quincenal de actividades en la Biblioteca Nacional en que estuve personalmente involucrado. Luego, hubo un cambio de directiva en la que no figuré y posteriormente el intento se sumó a decenas de intentos infructuosos de relacionar y organizar institucionalmente a nuestros escritores. Don Víctor siguió fungiendo formalmente como presidente de una institución que no existía, tal como nuestros sindicatos, los “partidos emergentes” y muchísimas otras instituciones que sólo existen en los nombres y en los sellos. Por aquellos años acompañé como un asistente más a Efraím Castillo a aquel acto en el antiguo Roxy de la calle El Conde en que puso en circulación su primera novela: Currículum, el síndrome de la visa, y leyó, luego de la presentación de Diógenes Céspedes, aquel capítulo cargado de malapalabras que provocó la exaltación de lo que había quedado de Ramón Lacay Polanco, que arrastraba lastimosamente sus últimos años mendigando un trago en la calle El Conde. En ocasiones yo transitaba por la Enrique Henríquez, la calle donde estaba Síntesis, la agencia de Efraím, sobre todo cuando por allí vivió mi queridísima amiga Genoveva González. Efraím evolucionó hacia la novela, sin dejar de hacer crítica de cine, literaria, teoría de la comunicación publicitaria, teatro y las campañas con las que producía sus medios de vida. Era el comander, al que muchos envidiaban bajo las críticas acerbas en que la pequeña burguesía urbana dominicana entretiene sus noches. Un día Efraím nos invitó a la novelista Emilia Pereyra y a mí a su hogar y allí nos agasajó con esmero. De él y su esposa recibimos un trato exquisito, afable y agradable. Y de ese día es la foto en que estamos juntos. Posteriormente hemos coincidido en algún lugar: en Plaza Lama, su cliente, del que es la voz oficial y el asesor por excelencia, su mejor obra comunicacional visto los imponentes resultados; o en cualquier lugar de la zona próxima al Jardín Botánico, ya que somos vecinos. Él vive en Los Ríos y yo en Altos de Arroyo Hondo III. Siempre sonriente, siempre fraterno, siempre estimulante. La última vez que le vi me animaba a escribir novelas, su pasión. Y me expresó que me enviaría una obra de teatro: Adán, Eva y los Moluscos, para compartirla por esta vía con el público lector.
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Efraím Castillo ha ido sumando obras en una laboriosa tarea que ha sido galardonada en importantes concursos nacionales. Teatro, cuentos, novelas, todas con una reflexión sobre nuestra historia, nuestra realidad, nuestra identidad. Es un trabajo sin estridencias, sólido, de indudable valor. Su obra, densa, intensa, polifacética, es su mejor carta de presentación. Lejos de los corrillos de intercambios de bombos, de las peñas de denostrar y desconocer, de las frases hinchadas y las opiniones vacías, Efraím Castillo ha dado la única respuesta posible a cualquier expectativa, a cualquier opinión: la obra, los textos, las piezas que lo expresan, definen y distinguen. Su versatilidad y su talento son incuestionables. Su capacidad de trabajo destacable. Y sus resultados, un aporte de gran valor a las letras dominicanas y a nuestra bibliografía. Hay personas a las que me gustaría tratar más, compartir más con ellas, intercambiar más, porque me merecen aprecio, respeto y admiración. También hay otras a las que prefiero lejos y con el menor trato posible. Vivimos en un medio provinciano, mezquino, en donde el chisme y el desconocer al otro son un deporte. Y ninguna de las dos actividades me interesan. Efraím Castillo es una persona de esas con las que me sentiría honrado de compartir. Es talentoso. Tiene formación. Y escribe… Y lo hace muy bien. Sin alharacas, sin pausas, ha ido construyendo una obra de gran rigor y de gran valor. De una persona así se puede ser amigo. A una persona así hay que admirarla. Y de ella me confieso admirador y para ella tengo mi mayor respeto. Gracias, Efraím, por el apoyo de tu obra a este modesto esfuerzo de difusión cultural.

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Adán, Eva y los moluscos

Escena Personajes: La mujer El hombre La acción transcurre en una casa vacía que comienza a ser amueblada.

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Una gran sala vacía. En algún rincón se apiñan muebles nuevos. En el foro, dos grandes ventanas de cristal fino por donde entran los rayos plateados de la luna. A pesar de la gran luna, la noche no es profunda y luce como si colgara de uno de esos almanaques populares que se tiran en viejos divanes como desperdicios. Se podría decir, entonces, que la escena es una rara mezcla de credo oculto y feliz sospecha por algo que se presiente. Cuando el telón se alza, EL HOMBRE y LA MUJER están acuclillados junto al cuerpo de un anciano de pelo blanco y brillante. Él es joven y fuerte. Ella, joven también, y muy atractiva. Ambos visten de rojo y, cosa extraña, llevan el pelo muy largo. EL HOMBRE (como dándose cuenta de algún error) ¡Ah, sorprendente! ¡Aún respira! LA MUJER ¡Cierto! ¡Aún respira! (Ambos se miran perplejos) EL HOMBRE ¿Habrá que matarlo de nuevo? LA MUJER ¡No, no lo creo! ¡Él morirá solo! EL HOMBRE (como recordando algo) Recuerda esto: “...hay que ayudar a morir”. ¿Lo recuerdas? LA MUJER Lo recuerdo bien... “...hay que ayudar a morir”. ¡Sí, lo recuerdo! EL HOMBRE (está anonadado, mientras observa el cuerepo del anciano. No cree bien lo que ve) ¿Entonces...? LA MUJER ¡Entonces nada! ¡Aún respira! EL HOMBRE (como excusándose) ¡Pero...! LA MUJER (enérgica) No, ¡elimina los peros de tus labios!... !Lo que pasa es que aún respira! EL HOMBRE ¡Al menos...! LA MUJER ¡Deja, deja!... ¿No lo ves, no lo sientes...? ¡Lo que pasa es que aún respira!
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(Silencio largo. EL HOMBRE se incorpora y camina hasta una de las ventanas y se detiene allí. Luego vuelve hacia donde está el cuerpo del anciano, lo contempla y, de repente, como presa de una furia repentina, comienza a patearlo por las costillas) EL HOMBRE (pateando) ¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, nueve, nueve, nueve, nueve y... diez y diez! LA MUJER (que ha permanecido en cuclillas, observa, relamiéndose los labios, la acción de EL HOMBRE) ¡Ya está! ¡Ya está! EL HOMBRE (golpeando de nuevo) ¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, nueve, nueve, nueve y... diez y diez! (Mira a LA MUJER y se seca el sudor que gotea desde su frente). ¿Qué? ¿Lo sigo pateando? LA MUJER (incorporándose, se encara a EL HOMBRE) ¿Qué?... ¿Crees que ya está?... EL HOMBRE (aún sudoroso, abre la camisa del anciano y coloca su oído sobre el pecho izquierdo de éste. Permanece así unos segundos y luego se pone de pie y mira a LA MUJER, que espera nerviosa una respuesta.) ¡Mierda! ¡Aún respira! LA MUJER (cae abatida) ¡Coño, y yo pensaba que todo había acabado! EL HOMBRE ¡Aún no… aún no está! LA MUJER ¡Ah, todavía falta mucho tiempo! EL HOMBRE ¡Cierto, todavía su muerte no está al doblar de la esquina! (Pensativo). ¡Te lo juro, creí que a estas horas ya sería cadáver! LA MUJER ¡Pero nada, coño… que aún el maldito respira! (Gritando) ¡Aún el maldito respira! EL HOMBRE (gritando también)
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¡Eso mismo… el maldito aún no es cadáver! LA MUJER (como si se le ocurriese algo) Pero aún podría ser… EL HOMBRE (esperanzado) ¿Lo crees así? LA MUJER Tú lo insinuaste, al comienzo. EL HOMBRE Sí, pero... LA MUJER ¿Ves? ¿Sientes?... ¡Has vuelto con los hijo-e-putas peros! ¡Estás apostando a que aún no es la hora! (Tras un largo silencio, EL HOMBRE camina hasta uno de los muebles arrinconados y se sienta) EL HOMBRE (golpeándose el estómago) Estoy hambriento. LA MUJER Vigila tus tripas. EL HOMBRE Llevo tanto tiempo vigilándolas, esperando que caiga el racimo maduro. Pero aún el maldito respira… ¡señal de que el tiempo aún no ha llegado! LA MUJER ¡Bah… la incierta hora llegará... y mientras más esperemos… con más vigor llegará! ¡Que no te quepa duda! Todo será cuestión de saber esperar la hora, la terrible hora para ellos, la feliz hora para nosotros. EL HOMBRE ¡Esta es una verdadera mierda! LA MUJER ¿Por qué lo dices? EL HOMBRE Bien simple: ¡por el tiempo que falta para que sea feliz! Ahora pienso que nuestra hora llegará con los escarabajos. ¡Tendremos que reiniciar los cichos! LA MUJER
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¡Echa a un lado los escarabajos, bien sabes que prefiero los moluscos! ¿Tú lo sabes? Los moluscos no tienen huesos y son apetitosos. EL HOMBRE Eso es cierto, pero ciertas membranas conducen a los huesos. Te lo digo siempre que hablamos de evolución. (Un largo silencio que se quiebra por el sonido acompasado y triste del tic-tac de un reloj, que EL HOMBRE y LA MUJER escuchan con atención. Tras unos segundos, ambos caminan hacia el centro de la escena) ¡Lo oyes… lo estás oyendo! LA MUJER (prestando atención al sonido del tic-tac) Escucho algo… ¿Y tú, lo escuchas? EL HOMBRE ¡Sí, escucho algo! LA MUJER (acercándose al cuerpo del anciano) Te digo que escucho algo. Dime, ¿qué coño escuchas? EL HOMBRE (acercándose al cuerpo del anciano) ¡Calla, calla! ¡Déjame escuchar! (Encara a la mujer). ¿No sientes algo? LA MUJER ¡Calla, coño! ¡Déjame escuchar! EL HOMBRE ¡Shshshshshsh, escucha, escúchalo… aún respira! LA MUJER ¡Ah, era eso: la respiración! ¡Cierto, la escucho, aún! ¡La escucho golpeándome aquí, en las sienes, y aquí en las tripas, y aquí en el útero! EL HOMBRE (mira hacia las ventanas) ¡Mírala, todavía está ahí la maldita noche! ¡Aún la noche persiste con sus sonidos y oscuridad asfixiantes! (Señala hacia una de las ventanas por donde entran los rayos de la luna) ¿La ves? ¿La ves? ¡Allí está la noche con sus rayos de plata esperando por los muertos… esperando que caigan los huesos diseminados por el viento! ¡Ah, cómo odio la noche avariciosa y glotona que rodea de silencio las luces del alba! ¡Sí, maldita sea, aún está la noche que truena y que asusta… aún está! LA MUJER (observando hacia las ventanas) ¡Aún está todo! ¡Aún está el huidizo sol desperezándose allá, por donde se mete el búho cabizbajo y triste!
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EL HOMBRE (observa con pesadumbre el cuerpo del anciano) Y pensar que aún respira. Pensé que a estas horas mi corazón gritaría alborozado. ¡Pero nada! ¡Ahí está el maldito cuerpo con sólo una leve herida en el parietal derecho! ¿Crees que será preciso que nos devolvamos hacia el lodo, hacia el desgraciado charco darwiniano y desde allí movernos como células aisladas, como espesos moluscos en busca de huesos con formas! ¿Acaso seremos eso, tan sólo? LA MUJER (áspera) ¡Los moluscos, los moluscos… nada de huesos tienen los moluscos! EL HOMBRE (como buscando algo desde sus adentros) ¡Ah, si todavía pudiera! LA MUJER ¿Qué? ¿Si pudieras qué? EL HOMBRE (señalando el cuerpo del anciano) ¡Pisar su boca y estrujarla! LA MUJER ¿Y qué, coño? ¿Es que acaso no puedes? EL HOMBRE (apenado) Pero, ¡lo has visto, lo has sentido! Al parecer… ¡aún no es tiempo! LA MUJER (dándole a EL HOMBRE y a ella misma, un rayo de esperanza) Pero, ¿por qué no probamos? ¡A lo mejor resulta! EL HOMBRE ¿Tú crées? ¿Y si los tiempos nos traicionan? LA MUJER (insistente) ¿Por qué no te callas y te preguntas si cuando le vuelvas a pisar la boca al maldito no brotará algún diente de su apestosa boca? EL HOMBRE (observa el cuerpo del anciano) ¿Tú crees? ¡Podría ser...! LA MUJER (redobla su insistencia) ¡Vamos… anímate! EL HOMBRE
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¿Tú crees? LA MUJER ¡Vamos, coño, vamos! EL HOMBRE (entre la indecisión y la acción) ¿Sí...? LA MUJER ¡Vamos… que esta vez resultará! ¿O crees que no? EL HOMBRE ¿Qué, acaso no estás segura? LA MUJER ¡Sí, pero debemos cambiar la estrategia! EL HOMBRE ¿Cambiar la estrategia? LA MUJER ¡Sí! ¿Por qué ahora no le pateas las extremidades? EL HOMBRE Si hago eso… ¡podría gritar y alimentar la noche! LA MUJER ¿Y qué? EL HOMBRE Eso mismo, que alguien podría escucharlo... LA MUJER ¿Quién podría escuchar su agónico llanto? EL HOMBRE ¡Bien lo sabes! LA MUJER ¡No, no lo sé! EL HOMBRE ¡Sí, sí lo sabes! ¡Bien sabes que Dios podría escucharlo y él está de su parte! LA MUJER (camina hacia el mueble en donde estuvo sentado EL HOMBRE y se deja caer pesadamente. El sonido del tic-tac baja su intensidad y se escucha a lo lejos)
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¡Ah, conque esas tenemos! ¡Aún, coño, le temes a lo invisible, a la desgraciada metafísica que nos ha aplastado por siglos! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Todavía le temes! ¿Acaso no sabes que ya nos remontamos al espacio y allí no vimos más que lejanas estrellas! ¿Acaso no comprendes que sólo somos un equilibrio de esplendorosa materia? EL HOMBRE Bien sabes que nací con él... ¡Con Dios! LA MUJER ¡Ja, ja, ja! ¿Y qué? EL HOMBRE ¡Ay, compréndelo! ¡Las cosas viejas, esas apestosas cosas viejas siempre están en contraposición con las nuevas! LA MUJER (cruzando las piernas provocativamente) Lo que pasa es que todavía la tienes agarrada de la mano... EL HOMBRE (sorprendido) ¿Qué? ¿Qué tengo aún agarrada de la mano? LA MUJER (con brusquedad) ¡La metafísica! ¿Qué otra cosa podría ser? (Transición brusca). ¡Suéltala, me oyes, suelta la maldita metafísica o morirás con ella! (señala el cuerpo del anciano)… ¡Y con él! EL HOMBRE (sentándose sobre el cuerpo del anciano) ¡Ay, es que estoy tan cansado! LA MUJER ¡Nada! ¡Lo que pasa es que no quieres continuar! ¡Temes, temes a que te vean y te señalen! ¡Pero ellos no podrán hacerte nada! Ellos están perdidos, y todo el que se oponga a la historia morirá junto a él! (Larga pausa). Hace días, ¿recuerdas? EL HOMBRE ¿Qué? LA MUJER Hace días... ¿no recuerdas? EL HOMBRE No, seguro que no recuerdo. LA MUJER Te lo diré. ¡Cuando subimos allá, al espacio, nos acompañamos mutuamente! Las estrellas estuvieron más cerca del hombre. Dimos pasos sobre el infinito, desapareció la
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atmósfera para nosotros. Es esto. Esto es todo. Ya comenzamos a ser independientes. Ya no somos hombres de un solitario planetita perdido en las galaxias. ¿Y dónde crées que estaban los ángeles? ¡En ningún sitio! Los ángeles, como dicen los curas, no están allá, en las estrellas, ni detrás de las nubes. ¿Y Dios, acaso se dejó ver Dios en el infinito? ¡No! ¡Ya nadie podrá decir que Dios camina de nube en nube desparramando la guerra y la paz! EL HOMBRE La guerra y la paz… ¿Tolstoi, verdad? LA MUJER ¡Tolstoi murió! Y ya no habrá aislamiento del hombre hacia los hombres. ¿Sabes?, el hombre se ha estado dividiendo mucho y necesitamos agruparnos para ser compañeros. (Pausa). Animales sociales... ¡un hermoso mote (con fuerza) que podría traducirse como animales colectivos! EL HOMBRE Me das fuerzas, pero... LA MUJER (áspera) ¡Pero qué! EL HOMBRE ¿No lo sientes tú?... (EL HOMBRE desea cambiar de tema y entonces abre la camisa del anciano) LA MUJER ¿Qué? ¿La respiración? EL HOMBRE (buscando aún entre la camisa del cuerpo del anciano) ¡Sí, cierto, la respiración, la respiración! LA MUJER ¡Mírate, estás temblando como una gallina! ¿Sabes algo? ¡Desde que pueda te arrojaré a los moluscos! Ellos, al menos, respetarán los tiempos. (LA MUJER se incorpora y grita con viva voz) ¡Cobarde, temes seguir adelante! EL HOMBRE (incómodo) ¡No, no es eso! (Hace un gesto de incomodidad). ¡Bah, tú no comprendes! LA MUJER Sí, comprendo.
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(Silencio largo. El tic-tac del reloj se hace de nuevo intenso. Cuando disminuye, EL HOMBRE se acerca a la ventana más próxima al cuerpo del anciano y se detiene a observar a través de ella) EL HOMBRE ¿Cuándo se habrá ido el sol? LA MUJER Se fue hace mucho tiempo. EL HOMBRE (sorprendido) ¿Mucho tiempo? LA MUJER Si, hace mucho tiempo. EL HOMBRE ¿Cuánto tiempo hace que se fue el sol? LA MUJER Casi en seguida… EL HOMBRE (sorprendido) ¿Enseguida?... ¿En seguida de qué? LA MUJER Pues… ¡en seguida! EL HOMBRE ¡Si!, ¿pero en seguida de qué? LA MUJER Al instante de nosotros comenzar a pensar… ¡el sol nos dejó! ¡Se largó, dejándonos de lado! ¡Y eso que quisimos adelantarnos a su abandono! Pero el sol es sabio. Sí, muy sabio es el sol. Nos prestó toda la energía necesaria para que nosotros razonáramos y, sin embargo, nos dejó de lado. Parece que no vió con buenos ojos lo que comenzamos a hacer… ¡y nos excluyó! EL HOMBRE ¡Si, comprendo! ¡El sol se fue y nos dejó de lado! ¡El sol es muy sabio, muy sabio es el sol! ¡No quiso estar con nosotros y por eso nos abandonó! (Pausa). Escucha, ¿y cuándo regresará? LA MUJER
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Tenemos que hacerlo regresar. El sol no regresará así por así, ya que puede romperse en mucho pedazos. EL HOMBRE ¿Y quema? LA MUJER ¡Pues claro, el sol quema fuerte! EL HOMBRE Y, ¿achicharra? LA MUJER Si no sabes recibir sus rayos, ¡te achicharrarás con ellos! EL HOMBRE ¡Ah, el sol, quisiera recibir desde ahora mismo sus rayos! LA MUJER ¡Aún puedes recibirlos! EL HOMBRE ¿Cómo? ¿cómo podría recibirlos? LA MUJER (señalando el cuerpo del anciano) ¡Písale! ¡Písale fuerte en la boca, en su maldita boca, hasta que se desprendan los dientes! EL HOMBRE Pero, ¿y Dios? LA MUJER (gritando) ¡Nada! ¡Deja a Dios tranquilo! ¡Él no tiene que ver con esto! ¡A ver, pisa, pisa y podrás ver y sentir el sol sin achicharrarte! EL HOMBRE (comienza a incorporarse) ¡Ay! LA MUJER ¡Deja los ayes para el ayer! ¡Vamos, vamos, pisa, pisa, pisa, písale fuerte, sé un gallo, no una gallina!… ¡Sé un gallo! EL HOMBRE (se pone de pie frente al cuerpo del anciano) ¡Ay! LA MUJER (violenta)
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¡Coño, que dejes los ayes para el ayer! EL HOMBRE (indeciso, frente al cuerpo del anciano) ¡Dios! LA MUJER ¡No lo llames, déjalo en paz a Dios! ¡Rápido, pisa, pisa, pisa! ¡El sol! ¡Aún puedes tener el sol! ¡Ah, si tus huesos pudieran sentir los rayos del sol sin achicharrarse! ¡Te convertirías en un molusco! (Se pone de pie y camina hasta donde se encuentra EL HOMBRE.) ¡Es tan sencillo, es tan fácil, es tan simple! Solamente tienes que dejarte llevar por la historia y lo puedes conseguir todo. Hasta un racimo de uvas y un par de moluscos sin huesos. EL HOMBRE (aún indeciso) ¡Dios! LA MUJER ¡Que lo dejes, que lo dejes a Dios! ¿No lo ves? ¡El sol saldrá para nosotros sin que nadie tenga que ilusionarnos con la metafísica! ¡Ah, Ortega y Gasset, ya nos encontraremos en la próxima esquina y, entonces, te ganaremos la partida! (Transición brusca). ¡Vamos, vamos, sé un gallo, sé un gallo… pisa, pisa, pisa, pisa! ¡El sol, el sol, será nuestro el sol!... EL HOMBRE (como tomando fuerzas) ¡Tú!... ¡Ah, tú!... ¿Lo crees así? LA MUJER (descubre la inseguridad de EL HOMBRE y sigue arremetiendo para minar su ánimo) ¡Vamos, no esperes nada en contra tuya! ¡Vamos, pisa, pisa, pisa! EL HOMBRE (se llena de odio repentino y comienza a patear lanzando chillidos bestiales) ¡Ahhhh, grrgrrg!... LA MUJER (se relame, goza, está casi delirante) ¡Así, así, así, así! ¡Mira como brotan los dientes de negros! ¡Ah, ya era hora de que alguien lo hiciera! EL HOMBRE (jadeante y fatigado, deja de patear) ¡Apesta! ¡Uffff, cómo apesta! LA MUJER Cierto, apesta.
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(Otro silencio largo por unos instantes y de nuevo se escucha el sonido del tic-tac del reloj, esta vez acompañado de ruidos mecánicos. EL HOMBRE y LA MUJER se miran silenciosos, como queriendo descubrirse algo, tal vez una falta. Sin embargo, EL HOMBRE presta atención, repentinamente, al cuerpo del anciano) EL HOMBRE ¿Sientes eso? LA MUJER ¿Qué? ¿Qué debo sentir? EL HOMBRE ¡Algo! ¡Escucha, escucha algo! LA MUJER ¡Calla, déjame escuchar! EL HOMBRE ¡Sí, siento algo! LA MUJER ¡Cállate, coño, déjame escuchar! EL HOMBRE ¿Escuchas? LA MUJER (tremendamente angustiada) ¡Ah, sí… todavía escucho! ¡Aún escucho! EL HOMBRE ¡Sí, aún respira el maldito! ¡Todavía respira! LA MUJER ¡Si, aún respira! ¡Aún respira! EL HOMBRE (como excusándose) ¡Tú lo viste: le dí con fuerza! ¡Mira, todos sus dientes están brotados! LA MUJER (desesperada) ¡Algo ha faltado! EL HOMBRE ¡No, nada ha faltado! ¡Aún respira! ¡Si, es cierto, Dios lo ayuda! LA MUJER (explotando, colérica)
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¡Calla, maldito! ¡Que te calles, que te calles! (Aumentan los sonidos mecánicos y el tic-tac del reloj, mientras el telón cae rápidamente) Santo Domingo. Otoño, 1964

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En el nombre del hombre
Lo sabías, Josefa. No puede parirse un hijo de la forma en que lo hiciste. Los hijos se paren para criarlos. Para estar con ellos. Para quererlos. Y no lo hiciste así. Simplemente pariste y abandonaste lo parido. Te marchaste y eso tiene y trae consecuencias (Hubiese preferido tenerlo a mi lado. Quererlo. Abrazarlo. Sentir su crecimiento como algo mío. Pero eran otras circunstancias. Cómo poder tenerlo con el odio rodeándome, cociéndome interiormente. Cómo criarlo si aún estaba para que me criasen). No podría decirse que vives una consecuencia, pero, ¿hubiese resultado todo así de haber optado tú criar tu hijo? Tienes los argumentos básicos, concretos. Eras una niña —apenas catorce años— y estabas aprisionada por la férrea disciplina de tus padres: colegio, horarios, reuniones religiosas. Pero hay lagunas. Nunca has mencionado el nombre del padre. ¿Quién era? ¿Cómo te sedujo? ¿Lo amabas? ¿Seguiste viéndolo? (Definitivamente, amor mío, eres todo para mí. Te deseo. Te pertenezco. Soy Julieta, Afrodita, el mito erótico de la posesión. Estoy aquí desnuda, amplia para todo tipo de perversión). Lo sabías bien, Josefa. Al menos, podrías haber avisado a alguna monjita, a algún orfelinato para que el niño fuera recogido. Pero lo abandonaste. Lo dejaste tirado en un basurero (Esta noche fría deseo morir contigo, hijo mío. Permíteme una lágrima, un pequeño adiós tan diminuto como tus manitas y tus pies. Esta noche fría comienzo a morir contigo. Desearía poder perpetuar tu presencia en mí más allá de estos nueve meses sofocados por el temor y la ilusión, por el ofuscamiento y las esperanzas). ¿Qué sentiste, Josefa? ¿Acaso no pensaste siquiera un nombre? Al día siguiente asististe a la escuela tan campante y hasta redactaste un trabajo sobre Hamlet. ¿Recuerdas? Exoneraste a Claudio y a Gertrudis y condenaste a Hamlet. ¿Qué pasó ahí? (Los mismos vicios y las virtudes sepultadas en montones de lágrimas; las mismas asperezas y trivialidades. Exonero a Claudio. Exonero a Gertrudis por su acto de amor. ¿Tenemos que pagar los justos por los pecadores? ¿Hasta dónde habitará Edipo el corazón de la historia? ¿Hasta dónde? Podríamos asaltar los clichés, las momias, las vergüenzas del estercolero). Tocaste símbolos altos, cotejos sacralizados por los tiempos. Debiste permanecer o callada o con la voz neutra, siguiendo los caminos trazados. ¡Exonerar a Claudio y a Gertrudis! ¡Vaya ofensa, no para Dinamarca —que aún podría tener algo dañado—, sino para el raciocinio occidental! Tenías talento, Josefa, aún lo tienes. Sólo tienes cuarenta y cinco años y luces hermosa, tersa, radiante a veces. ¿Qué has hecho con tu vida? ¿Te dolió tanto lo del niño? (Hay dolores que matan sin llevar a la muerte. Te atosigan. Arremeten contra tu conciencia y la esquilman, la desdoblan, la estrujan y sabotean. La conciencia, podría gritarlo, son los otros en uno. Unamuno está detrás. San Agustín también. Y Baruch de Spinoza. Las máscaras son los otros. La rediviva es lo que nos persigue como la muerte). Hay dolores tardíos. Hay
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dolores que se sienten mucho después de cometidos los actos, de los aparentes sufrimientos. ¿Tuviste un dolor tardío? Si lo experimentaste lo disimulaste bien, Josefa. Podría ser que compensaste el acto con las noticias posteriores: “¡Encuentran niño en basurero!” Familias desean adoptarlo”. ¿Tienes sed? Aún la vida sigue y tus 340 litros anuales de agua aguardan por ti (Podría ahogarlo en esta apacible fuente o introducirlo en este torrente de lágrimas. Después de todo vivir es sufrir soñar acaso, ¿verdad, Hamlet.. verdad Gertrudis, con tu nombre de mujer fragilidad? La negación del sufrimiento es el no-nacer, el no-morir). ¿Sabías, Josefa, de los martirios futuros? La maternidad continúa más allá del cordón. Los nudos se desatan como las nostalgias y la memoria se convierte en cárcel (¡Cómo he sufrido, Capitán! ¡Cómo he llorado! No es preciso morir para convertirnos en reos del dolor. Ahora comprendo a Racine, a su Berenice. La tragedia no implica la muerte). Para salir bien de todo esto, sólo tendrías que mencionar a alguien. Deberías olvidar ese pasado de treinta años; deberías obviar los vericuetos, todas las dificultades sobrepasadas. Es un nombre y un ¿por qué? Alguien debió hacerlo. Esas cosas no suceden sin manos-guías, sin cerebros conductores, sin voces señaladoras. Podrías salir bien de todo esto: marcharte, no tranquila desde luego, a tratar de rehacer todo lo comenzado hace algo más de treinta años y que te ha traído hasta aquí. ¡Compréndelo, Josefa! También tú tienes derecho a la risa, a las salidas y puestas de sol. Es un nombre, sólo un nombre lo que te pedimos para terminar esta historia (¡Si pudiera decirlo! Así de fácil. Nos acostumbramos a las confesiones, a las salidas, a los descargos emocionales: nos acostumbramos a los recorridos circulares y reducimos la esperanza a una leve espera. Debes recordarlo así. Gabriel, desde lo profundo de este amor imposible). Podrías decirlo en voz baja. Tan sólo mencionarlo como un suspiro, Josefa. Tú sabes: el nombre. Tan sólo el nombre hará posible tu descanso. ¿Cómo se llama aquel hombre amparado en el verbo, en sus manos y en su terrible erotismo que violó para siempre tus sueños de muñecas? (¡Ah, Gabriel, vuelan estas alas con la mansedumbre de la quimera y las burbujas de la utopía!) Dilo tan sólo, Josefa. El daño podría repararse, en parte; tu vejez será más tranquila. Aunque nunca más viste tu hijo, él creció, estudió, se integró a la vida desconociendo su pasado, ¿Lo ignoras? (Tómame en tus brazos, Gabriel, hazme tan tuya como tu propia juventud. No importa esta diferencia de edades, quince años no es nada. Ven, tómame, haz que tus labios, que tu lengua y tu espalda recorran esta geografía del hambre). ¿Por qué temes mencionar aquel nombre del hombre si la condena ya es pasado, petrificación de paisajes adosados, recluidos en archivos sin memoria? Josefa, como volviendo desde una realidad temida, mira fijamente a su interlocutor y le habla: —¿Qué ganará con un nombre? —¡Ganaremos todos, Josefa! —y entonces se sienta a su lado arrastrando una silla—. Aquel pasado pudo permanecer callado, sin aspavientos. Pero fuiste a ese programa de
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televisión —Josefa lo interrumpe con sequedad—. —¡Pero llevaba el rostro cubierto! —Sí, pero los periodistas desempolvaron los archivos y volvieron a la carga. Pidieron que se reabriera el caso de la madre asesina. Y aquí estamos, Josefa. Ya el caso perimtió. De eso hace treinta años y, sin embargo, aquí estamos. Fíjate que llegué hasta ti. Lo único que deseamos es atar todos los cabos. —¿Por qué? —Lo sabes, Josefa: hace un mes apareció otro niño abandonado en un basurero. Incitada por la prensa, la gente desea saber, sobre todo aquellos que leyeron acerca del primer abandono, por qué una madre actúa así. Creo que no debiste ir a ese programa. —¡Pero fui de incógnita! La entrevista la realizaron en un lugar apartado. —Es igual. Conoces a la gente: lo único que desean de la televisión es la porquería, la basura. Mientras más sangre, mientras más chismes, mucho mejor. Josefa mira al investigador y luego vuelve sus ojos a la ventana. Posiblemente esté buscando aire con su mirada. Se pone de pie y camina lentamente tratando de alcanzar la ventana. Antes de llegar a ella se detiene y se enfrenta al investigador. —¿Cree que tengo algo que ver con el último niño abandonado? El investigador se levanta de la silla y la alcanza: —No, Josefa. ¡Por Dios! ¡Jamás pensaría algo así! Simplemente buscamos una pista. Algún detalle que nos arroje luz sobre estas acciones. —¿Para qué desea nombres? —Los nombres son identificaciones, Josefa. Juan se llama así por una causa. Y Pedro también. Los nombres son responsabilidades. Tú misma te llamas Josefa, ¿verdad? —No logro comprender, señor. No veo la conexión. —¡Lo has dicho, Josefa! Los nombres son conexiones,, tramas, partes integrales de un tejido. ¿Te imaginas qué amplia hubiese sido la historia si tuviésemos a mano los nombres de los embalsamadores egipcios, de los ingenieros y maestros constructores de las pirámides? La historia hubiese sido más bella. —¿Lo cree así? —Sí, Josefa. En mi especialidad, cuando estudiaba, uno de mis profesores nos relataba lo grande que sería la criminología si apareciera el nombre del destripador famoso. ¿Lo has leído?
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—Nada debería tener nombre, inspector. Ni siquiera los sentimientos. El investigador camina hasta la ventana y ve caer la lluvia. —¿Te imaginas qué triste fuera todo si la lluvia no tuviera nombre? —Mira a Josefa—: Tu mismo nombre: Josefa. ¿Oyes qué lindo suena: Josefa? La mujer camina de nuevo al asiento que ocupaba y se deja caer pesadamente. —¿Qué es lo que desea en verdad, señor? —El investigador da unos pasos hacia la mujer y se sienta frente a ella: —Es simple. ¿Quién te violó a los catorce años, Josefa? Hay pensamientos terribles que pasan por Josefa. Está de pie frente a una ventana de cristal. Afuera el sol de la tarde calienta los árboles. La mano le toma primero el hombro y luego desciende lentamente hasta sus glúteos, apretando antes todos los músculos de la espalda en el descenso. El escalofrío lo siente en los brazos y luego camina hasta sus pechos y de allí baja por el vientre hasta alojarse en el pubis, cubriéndolo, para luego descender más aún hasta su clítoris. La mano parte en dos sus glúteos y cubre su ano y recorre las periferias del esfínter hasta subir a la vagina. Josefa tiene los ojos cerrados y abierta la boca y el hombre lo sabe y por eso arremete con el poder de que la caricia funciona. Los dedos lo mueven todo y se han convertido en yemas ejecutorias de un concierto pasional. Se mueven alrededor de la vulva cubierta por las pantaletas y por eso buscan sus extremos para vulnerar el resguardo y asaltar las mucosas. Allí tocan, escarban, suben hasta un clítoris en erección y lo aprietan con suavidad de mago. Los ojos de Josefa están en blanco. Sólo miran hacia adentro, hacia ese interior aprisionado por la poesía, por los clásicos. La otra mano acaricia la cabeza, el cuello, desciende hasta los apretados pechos y los frota con ternura. La boca de Josefa busca la otra boca y se deja llevar hacia ella, refugiándose en un beso de lengua suelta y volátil, de lengua humedecida y deslizante. El cuerpo de Josefa se abandona. Cede y cae sin importar donde sea. Sus pantaletas son despedazadas por las manos. Su vestido vuela por los aires y sus piernas se abren como un armario recién construido. Siente que la atraviesan y que el fuego la invade como un torrente. Cuando abre los ojos el sol se ha ido. Está desgarrada en medio de la habitación frente al gran ventanal. Las manos cierran la cremallera del pantalón y Josefa balbucea algo: —¿Por qué, papá? Y es el estremecimiento el que vuelve a Josefa a la realidad de la pregunta: —¿Quién lo hizo, Josefa? —¡Nadie! —y entonces la respuesta la lleva hacia la noche de los pasos lentos en donde la luna es una esfera de luz muy pálida, de luz cómplice, de luz para cobijar los
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desarraigos y los espantos. Josefa deambula con una funda cuyo contenido es la propia esperanza muerta; cuyo contenido aletea, gime. Tanto lo desearía abrazar, besar, introducirlo de nuevo en su útero. Pero camina. Da pasos sin cesar, sin saber, sin auscultar siquiera los pronósticos de las supervivencias: la de él, que la miró con la primera ternura; la de ella, cuyas lágrimas podrían alimentar los océanos. Ahí están los soldados cuidando las calles. Ese 1965 con sus sobras de fuegos, de pólvora, de lanzas truncas; ese 1965 de vibraciones estertóreas, tan agudas como alfileres a la espera en la ampulosidad de lo infinito. Josefa se funde en la antiluz, en los hedores a guerra reciente, a sangre rebautizada al pie de los fusiles. En el bolso se agita su otro corazón, su hijo, su hermano, todas sus sangres y suspiros; todas sus fuerzas y memorias. Desearía tanto gritar; desearía tanto correr sin importar dónde. Y ahí están los hedores, la basura acumulada, los sobrantes de meses en montones de materia putrefacta. Y ahí está, también, el descanso. Josefa levanta su bolso y lo arroja sobre las más blandas de las superficies. El gemido, entonces, se levanta áspero, como una protesta relampagueante y la jovencita huye con la boca cubierta por sus manos para no gemir igual, para no lanzar el aullido de todo lo que el dolor hiere. —¿Por qué lloras, Josefa? Acabas de decir que nadie. ¿Qué te hace llorar, gemir, cubrir tu boca con esas manos tan temblorosas? —Estas lágrimas son mías, de nadie más. Deseo llorar y lloro. Es todo. —¿Hacía mucho que no llorabas? —Eso no le importa, señor. ¿Debo anotar cada vez que lloro? —Creo que puedes irte, Josefa. Has sufrido mucho. Vete. —Podría decirme algo, ¿podría? —¿Qué deseas saber, Josefa? —El niño... ¿no se sabrá nunca qué ha sido de él? ¿Nombre, profesión? ¿Vive? —¿Por qué te interesa? Eso pasó hace mucho tiempo. ¿Por qué lo deseas saber? —Fui al programa. ¿Recuerda? He sido parte de algo. —¿Por qué no tratas de olvidar? Mucho has sufrido ya. —¡Es sólo el nombre, señor! El hombre observa las profundas arrugas de Josefa: arrugas llegadas antes de tiempo, marcadas por las noches sin sueño, por las madrugadas solitarias. Pero también observa la belleza de su rostro, los días perdidos, los atrasos improgramables en aquella vida sin estrategias. La idea de que podría obtener algo a cambio del nombre lo llena de un leve entusiasmo, pero también de una recóndita tristeza. ¿Cómo especular, chantajear aquella mujer cuyo madero arrastra desde hace treinta años? Pero el hombre sabe que el rompecabezas está sin armar y las piezas que faltan, al menos, parte de las piezas que faltan se alojan detrás de aquellos ojos y aquella tristeza. —¿Qué me darías a cambio, Josefa? ¿Me dirás el nombre del hombre? La calle hierve en la tarde. El día de trabajo casi concluye y el desorden llega al pico: Los buhoneros cuentan ganancias y pérdidas; para algunos no habrá mañana de ventas y otros tendrán que inventar nuevas argucias para renovar el día a día. Como la calle,
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también hierve el desconsuelo y los mañanas inciertos. Josefa es parte de la vía, del exterior que inunda cada esquina, cuneta, banco, escaparate. Camina sin rumbo deseando encontrar en alguien, no en todos, alguna sonrisa o lejano eco. En nadie habita una sonrisa, ni siquiera una mueca del más liviano estupor. Todo se lleva por dentro. Las máscaras no son tocadas. Están petrificadas sobre pieles en convergencia: las lágrimas, las morriñas, las furtivas alegrías, las sorpresas, todas las caretas de las mejores actuaciones afloran en las sequedades de la ausencia. Así está la calle como un hervidero al caer la tarde. Y Josefa da pasos hacia ningún lugar; hacia —tal vez— los humos disueltos del gran basurero. Siempre ha retornado al basurero. Las gotas caídas, las sobras, han sido parte esencial de su vida. El basurero ha remarcado en ella huella sobre huella, escarnio sobre escarnio, y siempre arrojando luz sobre sombra para volver a la dosis equivocada de sombra sobre luz y desecho sobre desecho. La calle hierve en la tarde. Podría hablarse, cantarse quizás, de la pereza del sol en la hora de las quejas. Pero no. Es preciso, porque conviene, hablar de las congojas escondidas y las excusas deshechas. Como Josefa, que camina hacia los humos, hacia las trabas de un pasado que renquea con el presente y estalla en los basureros. Así lo vio, entonces, al hombre que la convencería: de pie sobre el basurero; erguido como tótem, como sustancia dispersa, como enjambre alborotado. Y no volvió a saber de ella hasta muchas horas después, cuando abrió los ojos y su mirada rebotó contra un techo blanco, liso hasta encontrarse con los ángulos de las paredes y las cornisas abruptas. Luego, la mirada hacia el cuerpo a su lado, hacia la figura del hombre que duerme y después el estudio de cada rasgo, de cada fisura diminuta en aquel rostro joven, hermoso. ¡Cuánto le recuerda su juventud aplastada! Entonces sus labios: finos, delineados con rectitud como los de ella, como los de su padre. Cuando abre sus ojos, Josefa los enfrenta con los suyos: se penetran con la mirada. Él ve sus arrugas, la tersura de su piel quebrada por aquellos surcos que no vulneran su belleza. Ella observa la juventud que aún señorea por sobre las vicisitudes, por sobre los órdenes de aberraciones y virtudes. “¡Ah, los nombres podrían asilarse, redimirse en los remotos vestigios de lo posible! Deberían hacinarse, desmenuzando lo podrido y echándolo en las desmemorias!” Y es cuando oye la voz: “Soy Gabriel, ¿y tú?” Es la voz de la esperanza, de la caricia misma. ¿Sería posible el callar, el no otorgar rebote sonoro, despilfarro de fonemas hacia una audición inútil? Pero ha pronunciado su nombre: “Josefa”. Y fue más que suficiente porque ya nada más pudo ser posible entre esa voz y la suya; ya nada volvió a brillar entre aquel cuerpo y su cuerpo, salvo esa vida que comenzó a aletear en su vientre (Tómame en tus brazos, Gabriel). Las palabras se convirtieron en historia, en agua reciclada, en tardes moribundas. Ahora sólo quedaba la espera sin atajos. Y la voz se oía lejana; como sonidos en vuelo, como alas silbantes: —¿Me dirás el nombre del hombre? (¿Cuál nombre? ¿Qué hombre? Ahí están todos: como mi sangre y los fluidos eternos descansando sobre las bridas. Sólo debo seguir, para completar los ciclos, caminando
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hacia el basurero, hacia el encuentro en crisis.) —¡Es el nombre, Josefa! ¡Lo demás no importa! Deja lo otro a los recuerdos. ¡Es el nombre del hombre! Entonces te diré el nombre que se dio al niño. —¿Importan los nombres? —preguntó, respondiéndole, Josefa. —¡Es el nombre! ¡Sólo el nombre para sepultar el pasado, Josefa! Casi sin pensarlo, Josefa le dijo el nombre: —¡José, mi padre! Y estupefacto, atónito, el investigador balbuceó: —¡Gabriel... así se llama tu hijo!

Mayo de 1996.

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El rol del intelectual en la Era de Trujillo en El Personero, de Efraím Castillo.
Por Nina

Bruni

The University of the West Indies

“Ese gran pueblo de buena voluntad no cree en ‘el fin de la Historia’, simplemente porque los pueblos padecen en cada mañana el peso o el horror de la Historia [...] Estamos ante la necesidad de un gran viraje cuyas claves aún no se han definido” Abel Posse [1] INTRODUCCIÓN EL PERSONERO DE EFRAÍM CASTILLO CARIBE Dentro de la extensa narrativa publicada sobre la Era del dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo (1930-1961), y en especial la del último decenio, El Personero se distingue como novela coral. Se constituye en un extenso diálogo donde el lector, interlocutor indispensable, se ve involucrado en las pasiones, los horrores y las angustias de los últimos diecisiete años de la tiranía. La historia de amor que enfrenta tácitamente a Trujillo y a Alberto Monegal, su personero más cercano y enamorado de su amante favorita, se convierte en la perfecta excusa argumental para indagar las diferentes teorías sobre el trujillismo, cuya reflexión está a cargo de esas múltiples voces que se escuchan reiteradamente como si surgieran de una conciencia histórica colectiva. La complejidad estilística de la novela requiere otro análisis minucioso de sus diferentes componentes y de sus posibilidades de abordaje para discutir su tesis central: ¿se prefiere la desmemoria a la fecunda discusión sobre el pasado histórico? Tal caso en relación con la figura del intelectual se entrelaza en el texto a partir de un hecho muy simple: la Viuda de Monegal, luego de una treintena de años, encarga a dos caricaturescos bibliotecólogos, El Gordo y El Flaco, reabrir la gran biblioteca de su esposo (la BAM) para limpiarla y entregar los libros al Estado, clausurada desde el momento de la muerte del personero tras una cruel agonía impuesta por El Jefe. La
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BAM, “red espesa de significaciones”, es el nudo gordiano de varias historias y especulaciones, generalmente a cargo de El Gordo: -¡Todo fue parte de la mecánica del extravío, Flaco! En Monegal se operó, mientras reducía y ampliaba sus desahogos, un estado anímico similar al de Rommel después de la bomba a Hitler: mujer, hijos, la familia operaron una presión sobre su vida en el futuro, lo que se ejercería sobre ellos tras la muerte del protector. En esas circunstancias los hombres como Rommel y Monegal fundan, en las ataduras de las pistas dejadas, no sólo su propia reivindicación, sino la de sus familiares. De ahí, entonces, las pistas dejadas por Monegal, que sabía que la BAM sería comprada o confiscada por el Estado, no sólo como un acto de recuperación de la obra del personaje desaparecido, sino también por los ejemplares de valor incalculable que posee. [267]

Pero este laberinto de avances y retrocesos “es la pista del país” [267], el pasado, el presente y el futuro de la República Dominicana, al que Monegal predeterminó como un postrujillismo de consecuencias funestas [268]. A partir de este puzzle histórico, van fortaleciéndose las diversas teorías que el ideólogo trujillista urdió a modo de laberinto para ser interpretadas luego de su desaparición. En fin, los personajes desmenuzan un sinfín de las teorías convergentes, esparcidas durante la Era y las dejan a nuestra consideración para ¿rearmar? los acertijos de la historia que se encadenan inexorablemente entre sí.

PRESENTACIÓN METODOLÓGICA Una reflexión sobre el rol del intelectual desde una perspectiva sociológica, histórica y literaria, exige la aceptación de determinadas cuestiones de corte filosófico. Si nos remontamos al inicio de la modernidad, encontramos que su advenimiento saca a la luz como una característica principal la figura de los intelectuales y su rol en relación con el poder / saber conectado con la política que surge o podría resultar de sus posturas. Tal relación ubica al centro de los acontecimientos a un sector social intelectual clave en el nacimiento de los tiempos modernos y no menos relevante en los nuestros. Aceptamos, pues, la existencia de una sociología de los intelectuales y adoptamos para la presente exposición la propuesta de Zygmunt Bauman. El sociólogo de la Universidad de Leeds, analiza el papel de los intelectuales modernos y la conexión de su trabajo con el desarrollo de la cultura moderna mediante un estudio de la esencia de la modernidad y de la posmodernidad en el análisis de la cultura. Los intelectuales “legislaban” sobre las opiniones del resto de la sociedad mientras se creyó que se podía
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determinar la verdad de las creencias. Pero en nuestro tiempo, el período posmoderno [2] , se perdió aquella certeza moderna y se relativizaron nuestros sistemas de valores y creencias, convirtiéndose los intelectuales en “intérpretes” de los diferentes puntos de vista. El nuevo rol del intelectual tiene consecuencias directas para el análisis de la cultura contemporánea. Delineamos a continuación algunas precisiones a tener en cuenta: 1. El intelectual se autoasigna su objeto de estudio. Al intentar autodefinirse y otorgarse capacidades traza un límite de su propia identidad que pasa a ser político pues se concede el poder de incluirse o excluirse en un contexto social. 2. Aunque el hecho de autodefinirse obliga a los intelectuales a enumerar sus características, no hacen referencia a la relación social que los distingue del resto de la sociedad porque la categoría de intelectual emerge como dadora de sentido y no pone en tela de juicio sus propias condiciones como tales. 3. También vale preguntarse cómo y cuándo aparece la figura del intelectual (¿en un momento histórico preciso?, es una invariante de la condición humana?) para cuestionarse por su particularidad. 4. Su distinción radica en ser una figura específica y singular, moderna y posmoderna. Por tal motivo, ara analizar el rol del intelectual durante la Era de Trujillo en El Personero, nos basaremos sobre las estrategias del trabajo intelectual cuyas metáforas son la del papel del “legislador” y la del “intérprete”. Si los intelectuales se asignan un lugar en la sociedad, el campo intelectual necesita pensarse dentro del campo del poder y en cuanto a las relaciones sociales donde esta categoría cumple un papel estructural en el desarrollo social. Del análisis de Bauman, cuya tesis principal es demostrar la particularidad del intelectual moderno asociado al poder en comparación con los tiempos premodernos de los sabios y maestros dominantes, tres aspectos son útiles para profundizar la mirada sobre el tema que nos compete: 1. La pragmática del poder que incluye el campo intelectual genera una aguda asimetría que provoca un sentimiento de inseguridad en los dominados, carentes de el conocimiento. El intelectual como sabio asociado al poder pone en marcha un excelente mecanismo de autoperpetuación de ese poder / saber que, por supuesto, se apoya en las personas incompletas y necesitadas del cuerpo social. 2. El estado como administrador y regulador de lo cotidiano, de la vida social y como orden de poder, abre un espacio para el intelectual quien establece un discurso capaz de generar dicho modelo. 3. Los intelectuales se convirtieron en el gozne de la transición en los tiempos modernos con una visión prospectiva que transformó la incertidumbre de ese paso en
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una respuesta respecto de la vida social. Sin embargo, este intelectual funcional (quizás ideal) sólo garantizó la perpetuación de un régimen, a la luz de los hechos y textos analizados. Pero lo más importante tal vez radique en la toma de conciencia de aquella incertidumbre que, luego de dos siglos, transmuta en otra como umbral de la posmodernidad o última etapa de una modernidad inconclusa. [3] De todos modos, el lugar cardinal que Bauman asigna al intelectual en la relación poder / conocimiento, despeja el camino ascendente del intelectual funcional de visos gramscianos que, aunque sujeto a un discurso de la razónrelativamente autónomo, se vincula a la reproducción y / o crítica del orden establecido. Otra cuestión velada es cómo medir la autonomía de la razón. Probablemente se dé por entendido que el discurso racional, ligado al Estado, legitimándolo o criticándolo, está determinado por el poder.

DE LEGISLADORES eINTÉRPRETES LOS INTELECTUALES: PEQUEÑOS BURGUESES Los fracasos recurrentes del liberalismo en relación con la política práctica, provocan en los intelectuales dominicanos de fines del siglo XIX y principios del XX una decepción angustiante de corte existencial que se resuelve en la tragedia de la “inviabilidad de la nación dominicana”. Este nacionalismo impotente de base rodosiana sumado a la consecuente incapacidad de las clases gobernantes para formar instituciones estables propias de un Estado nacional, es la base óptima sobre la cual Trujillo yergue su régimen. Convirtió al nacionalismo en el credo de redención sublime que proclama la superación del pasado, falsificándolo, y los intelectuales, apostando desde su punto de vista a la única posibilidad de “futuro”, libran acaloradas batallas verbales en el único espacio público de realización. La historia nos demuestra cómo este estrato social intermedio se somete por causas socio-económicas al diseño de proyecto totalitario que llega a conformar un “sistema de significación mitológica” impuesto a la sociedad como legitimación del poder despótico [4] . Lo cierto es que este falso “poder del saber” otorgado por Trujillo a sus intelectuales orgánicos junto con reconocimiento, cargos públicos, manejo de la prensa y a cambio de absoluta fidelidad, lanza al personaje más antiteórico de toda la Era al camino exitoso de sus treinta y un años de tiranía. Por lo tanto, aquel fracaso de la materialización de la utopía liberal percibido por los intelectuales como una doble tragedia (inviabilidad de la nación; la dicotomía ciudadcampo) explica la facilidad con la que Trujillo neutraliza a los intelectuales tradicionales o aristocráticos.

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Esta falaz ideología del progreso nacional que el dictador utiliza como columna vertebral de su régimen, encierra las teorías clave del universo trujillista que El Personero pone en tela de juicio.

ALBERTO MONEGAL, LEGISLADOR La representación del intelectual del régimen trujillista se centra en el personaje de Alberto Monegal como el “ideólogo” principal tanto de los aciertos de El Supremo como de sus más terribles yerros pergeñados a través de sus intrigas. Las peculiaridades de esta figura se construyen a partir de múltiples perspectivas en dos líneas temporales: la del pasado, cuando el mismo Monegal ya en reclusión recuerda sus vicisitudes como personero y se confiesa en voz alta, y la del presente a cargo de la Viuda, de los bibliotecólogos que van componiendo las hipótesis a partir de las huellas dejadas por el amanuense, y del coro-pueblo, semejante en su función al de la tragedia griega. Todas las observaciones e interpretaciones vertidas por los personajes sumadas a los monólogos y a las remembranzas de Monegal, nos revelan su ánimo ambivalente, con fuertes vaivenes emocionales, a un muerto en vida; un personero, leal y traicionero, “Y no debería sorprendernos que Monegal, a la larga, convirtiera su gran amor, su idolatría por Trujillo, en celos, primero, y en odio después.” [108] Como único teórico coherente de la legitimación del poder despótico, Monegal nos deja como herencia un legado de “significantes cruciales” [268] para nuestras interpretaciones. Nos detalla aspectos impensables de la vida del dictador, lo cual manifiesta el contrapunteo constante destacado en la novela entre su sentimiento de adoración extrema por El Padre de la Patria y su amarga y cruda reflexión sobre la verdad de los acontecimientos, como un rasgo psicológico maquiavélico de quien legitimara la autarquía de Trujillo, su verdugo (“lo destruyó y bien le pesó” [27]) Aunque Monegal se autodefina como “un servidor de Trujillo, un personero, un vulgar bufón en la corte de los lambones” [115] su impronta como quien “esculpió la imagen” y los mitos trujillistas provoca el debate pues en la novela se entrecruzan aquellos, impuestos a la sociedad, que realmente construyeron y sostuvieron al régimen mediante una simbología discursiva que desvirtuó el pasado y ocultó al sujeto real “para hacer ver a Trujillo como un resultado de nuestra historia, haciendo inclusive que el genocidio de los haitianos se olvidara al paso de dos o tres años...” [104-6] Como dador de sentido a una “realidad virtual” que en su asociación con el poder absoluto debía legitimar, a lo largo de El Personero se interpretan desde todos los ángulos las teorías primordiales del régimen y que sitúan a Monegal como el intelectual que se autoasigna el derecho de una posición privilegiada que, a pesar de su trágica
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caída, logra con astucia su objetivo durante la Eratrascendiendo a los tiempos posteriores. Estas grandes teorías, transformadas en los mitos recurrentes de la Era [5] , fueron articuladas por el intelectual funcional con la instrumentalidad de lo político: el absurdo adquiere un hálito de mesianismo que adultera la historia dominicana hasta negarla y que, en definitiva, convierte a la ideología de la Eraen una gesta épica.

LA HISPANOFILIA: MADRE DE TODAS LAS TEORÍAS LO HISPÁNICO, SINÓNIMO DE LA DOMINICANIDAD El nacionalismo como elemento aglutinante de los intelectuales de la Era, símbolo de la plena realización nacional, necesitaba por definición la presencia de un “Otro” amenazante y bárbaro que la historiografía dominicana desde el siglo XVIII y la literatura de principios del XX supieron inventar: Haití [6] . Justamente, todas las referencias sobre lo haitiano en la novela connotan lo negativo en relación con el vudú [26], la brujería [87] o el rechazo visceral a los negros en pos de mejorar la raza [182; 276] Aunque definido como “hispanista de pacotilla” [133] por su viuda quien culpa a España de toda la desgracia del país desde su posición pro yanqui, Monegal “soñaba con la utopía de un relanzamiento gigantesco del país como bastión de la conquista” [133] para salvarlo de la haitianización “a través de los profundos lazos culturales que fueran capaces de oponerse al crecimiento geométrico de la agresión africohaitiana” [168] En consecuencia, lo hispánico debía adquirir en el sistema educativo de República Dominicana un protagonismo estelar. Esta visión histórica pensada arbitrariamente desde la diferencia insalvable que causa la colonización francesa en Haití, se resuelve en una dicotomía falsa pero efectiva a los fines perseguidos por el régimen: la dominicanidad como prolongación de la hispanidad por la naturaleza humanista de la colonización versus el haitianismo como extensión de un engendro aportado por Francia y por los esclavos africanos. La sublimación disparatada y grotesca de lo hispánico propulsa la aventura intelectual de la diferencia como la matriz ideológica del régimen contra la “amenaza” de la desintegración que el amanuense trujillista impidió “heroicamente” perpetrar, justificando así el genocidio haitiano respaldado por durísimas políticas fronterizas: El 37, contrario a lo que muchos creen, no será recordado como un año de luto y dolor para nuestro país, que prácticamente ha alcanzado la gloria bajo su dirección, sino como una fecha ratificadora de la Separación del 44. Esa política del chapeodeberá erigirse como una constante necesaria, lógica
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y nacionalista, si verdaderamente deseamos ser libres como país que respeta y venera sus ancestros. Nunca he dudado de que en algún rincón oscuro de la Patria se anide un Moisés que emerja vigoroso para desear reivindicar lo que los haitianos consideran como suya: la isla total. Nuestra frontera no puede convertirse, bajo ningún concepto, queridísimo Jefe, en otra Isla de la Tortuga, que nos enajene para siempre. Así, la Frontera deberá ser el lugar para la vigilancia eterna, llevando hasta ella hombres y mujeres puros, que evadan de sus conciencias todas las tentaciones que la corrupción del contrabando puede ofrecer. Estas dos variables enriquecerán robustamente la política intramigratoria y fortalecerán los dos poderosos signos de nuestra nacionalidad: el mulataje y la lengua. [138]

EL MULATAJE Y LA MITIFICACIÓN DE LA FRONTERA Si lo racial define lo cultural, la teoría del mulataje se complementa estratégicamente con la de la hispanidad y con la consecuente mitificación de la Frontera pues para concretar el plan de Monegal: “El mulataje deberá ser la raza del país en cinco generaciones.” [137] Las rutas sinuosas de la BAM seguidas por los bibliotecólogos, nos revelan las dos caras de una misma moneda. El amanuense no sólo veía en Trujillo el alter ego de la hispanidad [106-7] sino la síntesis misma de la sociedad dominicana. El astuto Monegal “apeló al mulataje que encarnaba Trujillo para construir su teoría” porque “sabía que erradicar África de nuestro territorio [deduce el Gordo] era una utopía”. [137] La política migratoria con Europa y con Japón en los tiempos de posguerra para llevar a República Dominicana agricultores, sobre todo españoles que fortalecieran el idioma, y la perpetua vigilancia de la frontera con Haití son las variables cruciales que fortalecerán ambos rasgos distintivos de la nacionalidad dominicana: el mulataje y la lengua, robusteciendo la política intramigratoria. Ya no cabe duda de que Monegal recupera a favor de “su patrón racial” la doble dicotomía histórica ya mencionada: el “Otro” enemigo perenne, lo haitiano, y el “Otro” enemigo interno, el campesinado, reinterpretando a su gusto los conceptos decimonónicos de civilización y barbarie.

EL RÉGIMEN QUE NO DUERME La utopía de Monegal sostenía una teoría que denominó “orientación en la orientación” según la cual

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este pueblo no podía [...] tener reposo ni mental ni físico, en virtud de que aún la sangre mulata no había llegado a su síntesis verdadera.Sostenía el personero que cuando se produjera el milagro de la simbiosis exacta, en donde la mulatidad alcanzara ese grado de perfección ideal, entonces se reinvertiría la orientación hacia las promesas no cuajadas. Monegal apuntaba hacia una simbiosis en que lo español, como predominio cultural, aflorara sobre los demás vestigios enrolados en eso que él llamaba desagradable mejunjede atisbos africanos, indígenas rezagados y, lo peor, yanquis superpuestos, que se tragarán todo el ancestro, el inconmensurable ancestro del verdadero ser dominicano. [226]

Con esta noción sociológica donde se aduce al concepto de agitación constante, al régimen no durmiente para mantener a los estamentos sociales en continuo movimiento, el personero logró que Trujillo comprendiera “que el circo es parte esencial de los pueblos”, que lo lúdico es parte de esa agitación constante, una rama de su teoría de la orientación en la orientación, y que el deporte es “tan afín a la conducta social como la fue la guerra en el estadio feudal de la civilización.” [226-7]

LOS YANQUIS SUPERPUESTOS O LA CONTAMINACIÓN CULTURAL Si bien presentaremos en otro escrito las múltiples imágenes cinematográficas de Ciudad Trujillo en relación con el tema del progreso en términos comparativos del pasado (la Era) y la presente Santo Domingo, nos compete mencionar los informes de Monegal, descubiertos e interpretados por el Gordo, que asombran por su visión futura de la ciudad y sobre los cuales desarrolla su teoría sobre el turismo. Alberto Monegal previó las consecuencias del turismo explicándolo en términos de “polos” que dividen en dos a la isla de norte a sur (Cordillera septentrional y central al oeste, y Cordillera oriental) y de las estribaciones con incursiones medioambientalistas en los Haitises. [60] El caso es que la comparación del Gordo entre el informe de Monegal de los años ’50 y el ordenado por Balaguer en el ’67 al Estudio H. Zinder por encargo de la OEA para promover el desarrollo turístico, resulta en que Monegal había observado a mediados de siglo cuáles serían las derivaciones “del asalto campesino a la ciudad” [63] hacia fines de siglo (anticipándose al temor siempre discutido por los bibliotecólogos) sobre la aparición de “hombres rubios con cámaras, pantaloncitos tipo Bermudas y nuestras mulatitas a cuestas como cruces encendidas.” [63] Combatió el turismo a través de su teoría de la contaminación culturalalertando a los académicos sobre los peligros de la mezcla de nuestras esencias; así justifica la necesidad de un dictador como Trujillo, líder único y mentor de la cultura y de la
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historia dominicanas. La lógica explica que la reiterada necesidad de una dictadura se basa sobre determinado ciclo del ser humano que lo impele a ser guiado. [64] El remate final, prueba de los vaticinios de Monegal, lo da el Gordo con su manifiesta preocupación sobre las implicancias de la invasión turística en un país sin educación como República Dominicana: la fuga a la ciudad engalanada de gift shops, y la multiplicación de las academias para la enseñanza del inglés, con el empobrecimiento del pobre español. ‘¡Aprended inglés, el idioma del futuro!’, se imaginó el Gordo que dirían los mensajes en grandes vallas publicitarias. ‘¡El que no sabe inglés será hombre-hambre, hombre-miseria, hombre-estropajo, hombremierda! [62-3]

PRIMERA CONCLUSIÓN Alberto Monegal fue mucho más que un intelectual que legitimara el poder despótico de Trujillo. Durante el proceso polivalente de la constitución de su figura como el intelectual de la Era, su categoría emerge como “dadora de sentido” a una realidad (virtual) o, mejor dicho, a un sistema a un punto tal que transforma la ideología que legitima racionalmente al régimen en un mito fundamental (¿o fundamentalista?) en el cual Trujillo es la única verdad superior. El discurso de su producción intelectual, pleno de pensamientos, valores y símbolos capitales en la estructura de la dominación, oculta al sujeto real Trujillo para identificarlo en su identificación con el discurso de su gesta nacional donde hasta el mismo Monegal se diluye como intelectual y curiosamente se reconoce como bufón del carnaval, a pesar de dar forma y sentido a la tiranía: Además de personero soy amanuense, mis escritos son los de él, mis discursos son los de él; me estoy convirtiendo, poco a poco, en él. [...] Los amanuenses somos así, nos debemos al patrón, al que nos paga. Además, tengo que pasear con el Jefe, subir y bajar los escalones, desplazarme con él a los mítines, a las inauguraciones. [...] Los que marchamos a la sombra de Trujillo carecemos de tiempo propio; es más, el país mismo ya no tiene tiempo propio. [...] El país se ha acostumbrado a respirar, a caminar, a trabajar con el ritmo del Jefe y estamos dejando de ser nosotros para convertirnos en él. ¿Qué mejor destino que ése? ¿Qué éramos antes que él? [92]

Parece ser una constante que la figura del intelectual emerja como tributaria de la relación saber/ poder en los momentos de profundas transiciones o crisis. Así como el
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paso crítico a la modernidad trajo consigo la incertidumbre sobre el porvenir que permitió al intelectual aliar su saber al poder del Estado para legitimarlo o intentar un discurso “relativamente” autónomo que abriera un espacio de crítica positivo, también parece una constante que estos amanuenses sean destruidos, como Monegal, por el mismo poder que los necesita para legitimarse. Tal asociación del intelectual con el poder parece, paradójicamente, necesaria y eventualmente imposible. La intelectualidad dominicana del siglo XIX y principios del XX no pudo propiciar un espacio de interpelación social con la crisis de la disociación entre la utopía liberal y la política práctica. Sólo se estigmatizaron con un denominador común: la inviabilidad de la nación dominicana, prólogo adecuado para la historia que Trujillo escribiera. La intelectualidad burguesa que dio el primer impulso a Trujillo y, sobre todo, el ideólogo del régimen, Alberto Monegal en El Personero[7] , en pro del nacionalismo y del progreso, nos demuestran de qué manera el intelectual se convierte en un cuchillo de doble filo para quien no sabe tomarlo por el asa. La otra cuestión es si un intelectual funcional (legislador) como Monegal que lleva al paroxismo la figura de Trujillo y todos los acontecimientos de la Erano corre el riesgo de asumir como verdadera la realidad inventada para el tirano: -Los intelectuales de la Era, Flaco, trataban de probar a Trujillo sus infinitas capacidades, ya no de servir sólo como amanuenses, sino la de estructurar la realidad como una ficción. Creo que Monegal sabía que a Trujillo este informe número dos sobre su teoría y práctica de la intermigración paramejorar la raza, le sería leído al Jefe desde la plataforma de la anécdota; como una curiosidad monegalesca de imbricar un poco de sazón a la realidad. -¿Realidad virtual? -Un poco más que eso, Flaco. Monegal sólo actuaba en esos fenómenos que implicaban situaciones antropológicas. [...] ¿Ves este paquete de papeles marcado con un número tres? -Sí, lo estoy viendo. -Pues creo que con esto mi tesis sobre las teorías de Monegal y sus conexiones ulteriores alcanzan una amplia apoyatura. -¡Explícate, Gordo! -En estos papeles, Monegal plantea a Trujillo la necesidad de mejorar su ganado. ¿Te das cuenta como el tal Monegal arg üía lo que él consideraba mejoramientos biológicos en todos los órdenes? ¿Recuerdas la anécdota de Trujillo con Juancito Rodríguez y de cómo surgió la enemistad entre ambos caciques? -Algo he oído, Gordo. -Esa enemistad se debió a asuntos de celos por el ganado vacuno de Rodríguez de parte de Trujillo. ¡Y oye lo que recomienda Monegal al Jeferespecto al ganado!: [...] Los próximos pasos para ganar el respeto total de las naciones del mundo será la consecución de la raza nacional a través de un mulataje que imbrique los residuos inmortales de la sangre ibérica con los despojos de la aborigen y el salpicamiento de la negra; esa negra que llegó a
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América sin desearlo, sin pedirlo, sin siquiera soñarlo. A esa yunción extraordinaria de carne y fluido esencial deberá seguir la creación del ganado dominicano. Entonces seremos la isla clase aparte, el país de la utopía ganada, del sueño real. [...] ¿Estás oyendo, flaco? -¡Increíble, Gordón! ¡No hay nada más parecido a Maquiavelo! [143-4]

La interpretación de la Viuda, en cambio, es mucho más práctica y clave para otro aspecto insoslayable en El Personero: ¡Mierda para Monegal, Castillo! Ese no era nada más y nada menos que un poeta disfrazado de historiador. ¡Monegal todo los metaforizaba... se iba a la lengua de los poetas o, pero aún, a la lengua de los historiadores, o ambas a al vez, para tamizar, filtrar los sentidos, las palabras, a veces hasta lo inteligible, hacia las zonas en donde se regodeaba consigo mismo y con el futuro! [246]

Estas dos últimas citas dejan claro que el personero se permite estructurar “monegalescamente” una realidad como ficción y nos enfoca en todas las alusiones en la novela sobre su capacidad de novelar, demostrada cabalmente con el análisis de La Mañosa de Juan Bosch [181] o con la descripción de la entrada de los camiones que transportaron la primera ola intramigratoria a la ciudad de San Cristóbal “como si se tratara de probar a Trujillo que la vida de los pueblos de mueve como una ficción redimida.” [140]

LA NOVELIZACIÓN DE LA HISTORIA De lo expuesto anteriormente, un análisis más completo del rol del intelectual en El Personero no puede rehuir al tema de la ficcionalización de la historia: primero, porque la novela es una ficción sobre la Era que claramente plantea las dudas sobre la validez de la novela histórica y cómo hacer historiografía, y, por otra parte, porque la Era se constituyó sobre la estructura de un discurso ficcional que llegó a construir una realidad paralela o virtual. Sobre los siguientes temas, emprendemos nuestras consideraciones. [8] 1. CÓMO ENTENDEMOS LA HISTORIOGRAFÍA
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Aunque la oscilación constante entre los dos aspectos clave y supuestamente opuestos que se van construyendo a partir de las intrigas históricas propuestas por la BAM –la validez de la investigación histórica y la novela como un modo de hacer historiografíase resuelven en apariencia en el capítulo previo al epílogo de la novela cuando el Gordo y el Flaco deciden “alimentar los fuegos de la tarde” con los documentos y las fotografías que hubieran sido parte de una novela, no es más que una estrategia que pone al descubierto el verdadero interrogante sobre la Historiografía. Los quebrados caminos de interpretación en voz de los verborrágicos personajes que a lo largo de la extensa novela nos conducen a tomar partido, alternativamente, por una posición u otra, nos lleva a interpretar la historiografía como el terreno donde coinciden lo real y las prácticas del discurso ficcional. Lo interesante es que cuando esta unión no puede ni pensarse se practica una sutura, base sobre la cual Monegal (léase los intelectuales de la Era) construyó el sistema de significaciones que dieron cuerpo al mito que también moldeó el presente de los dominicanos. No en vano, finalizando la novela, el Gordo coincide en parte con Castillo, escritor de la novela frustrada, “En que la Era de Trujillo es una novela que estamos viviendo aún. Las fotografías, cartas, libros y documentos de esta biblioteca sólo forman parte de un capítulo. Lo bueno podría estar por llegar.” [421] La Viuda, con su pragmatismo habitual asegura: “¡Lo que pasa es que como sucede en Alemania con muchos secretos a voces de la tiranía hitleriana, aquí aún El Jefe sigue mandando!” [362] Aunque parezca preferible la memoria histórica a la desmemoria, irónicamente, se convierte en trampa mortal porque “recordar los horrores del pasado” obliga a recordar sus virtudes y a reconocer al presente “neotrujillismo despotricado, vagabundo, mucho más ladrón y enfermizo que la matriz copiada.” [422] El coro de personajes cruciales en la historia relatada supera en cierta media el valor de los documentos históricos. -¿Qué sabes de la historia, Martínez? Lo único que deseo es que te introduzca en ella. Hay cambios muy violentos en las vidas de los hombres y a ti te ocurrió uno de ellos. A través de esos cambios se pierden las perspectivas, los ángulos en que el frente y la parte trasera se confunden. ¿Has pensado en lo de tu hija, en cómo te reconocerá la historia? -¡Mierda! ¡Lo que dices es pura mierda, Gómez! ¡La historia es esta que estamos viviendo, aquí, en el Trocadero, en esta bohemia que nos rodea y deleita! ¿Para qué pensar en el futuro o en el pasado, o en este mismo presente? El Jefe nos absorbe, nos guía, nos detiene y adelanta, y él es un faro, Gómez, no lo olvides jamás! [378] La inclusión de extensos diálogos y de las entrevistas a la Viuda de Monegal, a Marta Martínez, amante de Trujillo y Monegal, al Trepador Martínez, padre de la muchacha, y a su segunda esposa, expone a los lectores a la opinión en voz alta y sin intermediaros acerca del significado de “contar la historia”
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Pero, ¡por favor, no anote eso! [ruega Marta], porque hay decires, palabras que sería mejor que la historia se las tragase y que nadie, absolutamente nadie en lo por venir, osara pronunciar. Que hay pasajes, trechos memoriales que deberían quedar como tumba, como sagrada tumba de lo que se pronunció y desapareció, y no como huesos o carne, o pulpa de fruta que se lanza a tierra; [...] porque ¿qué debe y qué no debe anotarse? [378]

El Personero no resuelve la controversia porque el verdadero objetivo es plantear la duda. Pero lo cierto es que la polifonía de opiniones y reconstrucciones teóricas sobre la Era ahondan el punto e vista crítico y provocan una saludable duda que relativiza cualquier pretensión de imponer una visión unívoca sobre la realidad como verdadera. Si un intelectual o los intelectuales orgánicos del régimen construyeron una realidad como se construye una novela ¿por qué la ficción no puede ser un modo de abordar la historia y de deconstruir un canon impuesto por el poder?

2.

RELACIÓN HISTORIOGRAFÍA – PODER

No cabe duda de que Alberto Monegal como el amanuense de Trujillo define a la historiografía en su directa relación con el poder autoritario. Los intelectuales de la Era organizaron hasta la exageración la memoria del Jefe mediante publicaciones masivas y un discurso majestuoso (el mismo estilo que Monegal utiliza en cada documento dirigido a Trujillo) que definían al dictador como la “encarnación de la historia” misma. [106] Los hechos narrados, transformados en los mitos substanciales que atraviesan la Era resultaron concluyentes para

validar la racionalidad del sistema en la historia dominicana, proyectados a la sociedad como verdad única. Con distintos matices, el canon de obras y autores del trujillismo libra un combate verbal con el cual subyugan el pasado (y el presente) utilizando en su favor los tópicos centrales de textos fundacionales desde período colonial. Su historiografía consiste en la ficcionalización de la historia, no para crear una tradición (en conceptos de Eric Hobsbawn) sino para imponerse como la tradición recurriendo a la deshistorización del pasado. Monegal pregunta sobre Trujillo: “¿Qué éramos antes sin él?” En la novela se enfatiza la capacidad del amanuense para crear una realidad virtual: el “como si” de de Certau se convierte en un abismo entre lo real y lo discursivo.
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Por consiguiente, el nuevo interrogante gira en torno a la definición y el rol de los historiadores. ¿Son “poetas” [246] que metaforizan la realidad y que se autoasignan el derecho de configurarla como el autor de una novela?, ¿los poetas son historiadores y críticos que buscan desmontar las plataformas sobre las que se construyó la Era y cuyas consecuencias aún se padecen? , ¿O simplemente los intelectuales adoptan una moda?

3.

CÓMO ABORDAMOS LA HISTORIOGRAFÍA

Todo lo anterior nos inclina a aceptar la existencia de un punto en común entre la historiografía y la ficción: ambas parten de una deliberación sobre lo real. En el caso de la Era, su historiografía se concentra en los mitos fundacionales que la convierten en un absoluto infranqueable e impuesto a la sociedad. El Personerosuscita múltiples propuestas de interpretación, reflexión y crítica sobre el mismo período y sobre el presente dominicano e, incluso, latinoamericano. [cita autores brujos] Por lo tanto, no es absurdo abordar el análisis de la historiografía o de un período histórico desde las obras de ficción que lo apropian como materia literaria y filosófica. Quizá superen a la Historia por las propuestas sobre la Verdad, relativizando todo concepto y punto de vista, porque la potencial validez de su contenido radica más en los significados que evoca que en lo factual. En última instancia, la tiranía de Trujillo (como cualquier dictadura) se fundó y se perpetuó al organizar, intelectuales mediante, un sistema social con los patrones de una estructura narrativa (la del mito) cuyo grado superlativo de distancia con lo real configuró una dimensión paralela cuyo único héroe fue el Jefe. De ahí que “la Era es una novela que estamos viviendo” y que El Personero es otro espacio de apertura para indagar el pasado y el presente.

4. RELACIÓN ENTRE LA ESCRITURA DE LA HISTORIA Y LA LITERATURA En la relación entre la escritura de la historia y la literatura, Hayden White encuentra que las obras historiográficas reproducen en sus tramas los arquetipos de la novela: la comedia, la tragedia y la sátira. Cuando el historiador aplica inconscientemente –según White- uno de estos patrones, le confiere a su narración un significado particular. Así es que, desde este modelo, construye los metarelatos que dominaron la imaginación histórica en Europa del siglo XIX. Un recorrido por los trabajos históricos y literarios dominicanos desde el período colonial al siglo XX [9] realza como factor común el predominio del modo trágicode narrar el pasado dominicano en el sentido de colisión de fuerzas o elementos irreconciliables en la naturaleza humana y en la

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sociedad, la figura del “Otro”, en una dicotomía insalvable: lo haitiano como enemigo acérrimo externo y el enemigo interno, el campesinado o la barbarie. Este pesimismo intelectual que hoy día se percibe en muchas novelas de los ’90 sobre la Era se debilita en El Personero y deja el protagonismo a una sátira muy sutil como lugar desde donde se interroga sin rodeos conceptuales ni lingüísticos el quehacer histórico y literario. Las “historias” narradas sobre Trujillo [215-6] además de significar un dinero extra en estos tiempos de escasez, constituyen el modo de recoger las huellas que la historia inducida [215-16] ha relegado para silenciar complicidades. Tales vestigios de una memoria silenciada, a los que Monegal había comenzado a recoger antes de que le sobreviniera su desgracia, muestran facetas inadvertidas del tirano que deben ser conocidas por las generaciones posteriores para que “su juicio acerca de la historia dominicana más reciente sea más completo” [216]; la ficción siempre apoyada sobre la garantía de los hechos “...De nada nos servirá inventar si deseamos reconstruir un episodio que sólo será bueno en la medida que probemos que fue verdad y no una simple ficción.” [102] Sobran las alusiones irónicas a la literatura actual publicada sobre el trujillismo “...(porque ahora todo el que lo desea se destapa con un libro acabando a Trujillo...)” [221] El oportunismo se asocia al dinero y al sensacionalismo “¡Estos papeles de Monegal podrían hacernos ricos! Podríamos publicarlos, novelarlos, vendérselos a algún periódico, incluyendo las fotografías. Estamos en una época en que todo lo que huele a Trujillo es noticia que interesa a la gente.” [49] o, simplemente, a lo que parecería ser una moda que se confunde con las intenciones honestas de quienes desean abrir un verdadero espacio de reflexión sobre Trujillo y su época: ...señora Martínez [...]...se tendría que contar su historia de manera clara y concisa [...] Podría interpretarlo usted como una salida maniquea a una época que ya nos ha vendido como de horror y barbarie, y usted sabe [...] que muchas cosas no acontecieron como se nos pretende vender. [216]

La crítica al lector de este tipo de novelas y al público en general también señala oposiciones. Por una parte se habla de una “generación y media que desea leer... saber más sobre Trujillo... no obstante todo lo que se ha publicado” [49] poniendo de relieve otros de los interrogantes abiertos por la revisión histórica de los intelectuales, aquel de que si todo tiempo pasado fue mejor: -¿Era aquello pero que esto que se vive ahora? Los jóvenes desean saber si la desgracia del trujillismo es peor que la desgracia de la democracia. Los papeles de Monegal no van a descubrir la vida total de la dictadura, pero
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podrían ayudar a decir a los interesados en sus misterios cómo vivían, cómo actuaban sus personeros y, más que todo, qué temores sentían del mismo régimen al que servían. De ahí, que debamos apurarnos en rebuscar, porque, al parecer, lo más emocionante, gordín, parece estar debajo de todas esas montañas de libros... [49]

Por otro lado, no se pasa por alto el gusto común del público porque “¡La gente lo que desea es oír mierdas, comparar mierdas con la que le toca vivir diariamente!” [421] y cierra el misterio sustancial de la potencial novela –como el Epílogo que el escritor Castillo finalmente les deja- echando por tierra toda la investigación hecha por los bibliotecólogos. Un lector agudizado ahondaría todos los significados que envuelven la autoexclusión de Monegal, sus motivaciones profundas para consumirse en su propia salsa; pero los lectores comunes, que son quienes sostienen a los escritores, lo que buscan es el misterio, el drama que rodea a la muerte violenta, Flaco. Si la muerte de Gómez se queda en el aire puedes apostar el fracaso del libro. ¿No crees? [411]

Aunque la valoración de un episodio se base sobre su grado de verdad, la documentación sola no es suficiente: -¡Pero ahí está el dinero, Gordo! Aún no nos decidamos a publicar la historia, tenemos un paquete de documentos que vale mucho dinero. -¡No sueñes, Flaco! Estos documentos, estas fotos, toda esta vaina sólo podría venderse alrededor de una historia. Sin una historia, nada en la vida vale. ¿Qué crees tú lo fue lo más importante de Julio César, aparte de sus conquistas? ¡Cleopatra, Flaco... Cleopatra! [...] El dinero está en la historia, no en las cartas, ni en las fotos, ni en las muertes! A lo mejor Castillo descubrió algún resorte, algún intersticio por donde la historia podría desvanecerse, diluirse y decidió cerrarla así. [421]

Lo paradójico viene al promediar la novela cuando se tensionan al máximo las dos fuerzas opuestas: documentación histórica y ficcionalización. Se define a El Personero como una novela histórica sobre los últimos diecisiete años del trujillismo absolutamente distinta de las otras que se han escrito porque no será exactamente una novela trujillista. [208-9] Como el proyecto ha sido abandonado por su mismo autor, la ironía indica que estamos leyendo un documento único sobre la BAM, la investigación de los bibliotecólogos y de Castillo porque todo lo que pudiera resultar evidencia de la
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potencial novela ha sido quemado [214; 420-1] La explicación se encuentra justamente en la cuestión de qué debe ser contado y qué no: -Monegal fue un autorrecluso, un autoexcluído del movimiento social y mi socio y yo hemos considerado que la memoria que fabricó para ser recordado debe permanecer tal cual. El Monegal del amor, ese que lo sacrificó todo por amor, deberá perpetuarse en la ficción, en la especulación que la literatura creativa otorga a los seres extraordinarios para acercarlos al mito. [214]

Con atisbos de desesperanza se decide truncar la escritura de la novela y lo que se perfilaba como un proyecto absolutamente distinto desemboca, deliberadamente, en una reflexión sobre la trampa de la memoria histórica. Ladesmemoria es nuestro mal mayor (“En cada vuelta que des por el país te tropezarás con uno, dos, diez, treinta asesinos que te sonreirán como si nada hubiese pasado, como si los muertos de los treinta y un años no fueran más que basura.” [421]) Pero el recuerdo del pasado exige reconocer sus virtudes y, peor aún, revela la deformación del presente. De allí que el hallazgo impactante de los bibliotecólogos que revelaba una arista insospechada del régimen es pura basura que debe ser quemada [423]. Aunque siempre existe el escritor oportunista que desea sacar provecho de los horrores de la historia, a lo largo de la novela se sostiene la idea de autoasignarse un espacio diferente del resto de los intelectuales que distingue a los bibliotecarios y al propio Castillo, como personaje y como novelista. La propuesta subyacente estriba en escribir una novela que abra un espacio de crítica verdadero; en caso contrario conviene desistir como Castillo.

SEGUNDA CONCLUSIÓN ALBERTO MONEGAL y EFRAÍM CASTILLO, INTÉRPRETES Como ya se viera, hemos asignado al personero Monegal el rol del legislador –siguiendo la clasificación de Bauman- porque pone en existencia y sostiene toda una Era de horror y de legitimación del absurdo. Sin embargo, puede argüirse que al dejar las huellas históricas en su biblioteca de lo que la historia oficial nocuenta, Alberto Monegal se atribuye también la capacidad de prefigurar un futuro a pesar de su muerte: ¡Monegal todo los metaforizaba [...]para tamizar, filtrar los sentidos, las palabras, a veces hasta lo inteligible, hacia las zonas en donde se regodeaba consigo mismo y con el futuro! [246]

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Se instituye como el primer intelectual crítico de la tiranía, adelantándose a todos los intérpretes. He aquí la fina ironía de la novela: también se ha transformado en un documento histórico, crítico y ficcionalizado en torno a la figura del ideólogo del régimen Trujillista al que en verdad Efraím Castillo decidió no escribir.

EFRAÍM CASTILLO EN RELACIÓN CON LA INTELECTUALIDAD DOMINICANA La problematización de los equívocos y de la incertidumbre de los intelectuales dominicanos con el pensamiento del siglo XIX y con la historia dominicana en general, está a cargo de los intelectuales que luego de la muerte de Trujillo se incorporaron tardíamente a las corrientes del pensamiento universal que el tirano había sepultado. Llegaron a República Dominicana “las ideas del pensamiento social que habían germinado en el mundo americano en los años veinte [...] y hasta una nueva visión de la historia comenzó a propagarse [...] estremecidos todos por la gran movilidad social que caracterizaba la época”. De esta gran movilidad surgen fuertes movimientos reaccionarios contra la interpretación de la historia, el arte y la literatura para desarticular controvertidamente la historiografía tradicional. Los intelectuales, luego de la muerte de Trujillo, comenzaron “lo que es hoy una visión total del proceso histórico dominicano, desde una intelección que se basa no sólo en la búsqueda de las fuentes documentales tradicionales, sino en el cotejo de fuentes diversas en el testimonio de la oralidad y en la interpretación.” Los intelectuales que clausuran el siglo XX con una prolífera producción novelística sobre la Era de Trujillo, se autoasignan el rol del intelectual intérpreteo posmoderno, entendiendo a la posmodernidad no como un ciclo que reemplazaría al moderno sino como el período de “radicalización de esa modernidad” donde se problematizan esos vínculos equívocos con el quehacer social y la cultura y que, a su vez, permite al intelectual construir un punto de vista exterior, relativo y crítico (es decir, posmoderno), que percibe a los distintos proyectos o épocas históricos como contingentes y no totales. En tal sentido, el intelectual se ubica como mediador e intérprete del cambio social y deja abierto el espacio para su autocrítica y, en particular, Efraím Castillo se sitúa a sabiendas en la línea de fuego cruzado mediante tres rasgos cardinales de las prácticas culturales modernas (muy en relación con las prácticas de los medios): la ironía, la distancia crítica y la reelaboración lúdica.

¿POR QUÉ SE DISTINGUE EFRAÍM CASTILLO COMO INTELECTUAL?

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Desmonta los mitos de la ideología trujillista e implanta la duda sobre la historiografía oficial y sobre la reconstrucción de la Historia, tan enigmática, intrincada y paradójica como la BAM, como la misma novela. Es decir: revierte drásticamente a través del testimonio oral y de la coralidad aquel proceso domesticador de la barbarie que consistió en la incorporación de la oralidad a la escritura que los intelectuales dominicanos de fines del siglo XIX y principios del XX preconizaban y que los revisionistas de la historia deconstruyen. En consecuencia, El Personero se articula fundamentalmente sobre el testimonio –con la incorporación de la entrevista como género literario- de quienes fueron protagonistas silentes de la Era y que en el presente interpretan, también, las luces y las sombras de tal proceso, superando el valor de la documentación escrita. Desde la línea temporal del presente de la novela, abre un espacio público de crítica social –centrado principalmente en la dicotomía trujillismo versus actual democracia-, de crítica literaria en torno a las causas de la aparición de tanta literatura sobre la Era y de autocrítica como novelista-personaje que probablemente tenga su base en los comentarios actuales sobre su obra. [214; 277] Hace de El Personero un lugar común de transgresión que propone visiones desenmascaradoras o alternativas (recurriendo a las estrategias de los medios masivos) en conjunción con el desparpajo expresivo y la verborragia organizada como huellas significantes. Todas las estrategias literarias están al servicio de la interpelación de los órdenes establecidos históricos, sociales, literarios desde la perspectiva del presente. Nos demuestra que ni Trujillo, ni Monegal (entiéndase intelectuales de laEra) fueron figuras que cerraron a la sociedad sobre sí misma a pesar de los horrores de la tiranía. Lo antes prohibido se piensa ahora. En consecuencia, el ser social toma forma de una interrogación constante que diluye toda certidumbre con respecto a un orden establecido y obliga a ejercer una sensibilidad nueva –posmoderna en el sentido ya señalado- hacia lo diferente, hacia la historia, hacia los conceptos de nación y democracia, siempre articulados con un discurso. El riesgo fue –de hecho- es y será la tentación de un discurso suturante, totalitario en el contexto del pesimismo intelectual crónico. En la pluma de Andrés L. Mateo, aunque los intelectuales dominicanos tuvieron su revancha contra la historia dominicana y contra el trujillismo, siguen “pesimistas en la mayoría de los casos. Atrincherados y humillados pretendiendo dar cuenta de la posfactualidad del poder. Amanuenses, ancilares de palacio o burdos apologistas de lo que sea. Escudriñadores silentes del devenir, o parias rencorosos.” El Personero, como excepción a la regla, interpela hasta la propia imagen de su autor y desecha por completo el manto trágico que envuelve a la mayoría de las narraciones de esta última década sobre la Era. Si Efraím Castillo busca la resonancia de su palabra en un espacio público a ser también redefinido, lo hace desde la ironía superlativa probablemente para que su discurso sea polémico y abierto, para autodefinirse y diferenciarse como intelectual en una posición determinada y, quizá, para que en el futuro vuelva a escribirse que “en la aventura espiritual de la dominicanidad, nada hay más parecido a la patria que sus intelectuales” pero esa vez con el fin de resaltar que como sector social diferenciado y funcional han concretado –o están realizando- la utopía de la modernidad inconclusa.
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NOTAS

[1] Op.cit. pp.97 y 103. [2] Op.cit. Zygmunt Bauman analiza el papel de los intelectuales modernos y la conexión de su trabajo con el desarrollo de la cultura moderna mediante un estudio de la esencia de la modernidad y de la posmodernidad en el análisis de la cultura. Los intelectuales “legislaban” sobre las opiniones del resto de la sociedad mientras se creyó que se podía determinar la verdad de las creencias. Pero en nuestro tiempo, el período posmoderno, se perdió aquella certeza moderna y se relativizaron nuestros sistemas de valores y creencias. Durante este período los intelectuales se convirtieron en “intérpretes” de los diferentes puntos de vista. Este nuevo rol del intelectual tiene consecuencias directas para el análisis de la cultura contemporánea. [3] Si bien nos apropiamos del concepto de posmodernidad de Bauman que se desarrolla a lo largo de la exposición y se aplica estrictamente en relación con la novela El Personero, queremos señalar que no es un hecho arbitrario ni aislado. Esta interpretación de la posmodernidad coincide con la de muchos intelectuales de la Sociología y de las Relaciones Internacionales asociándola con el componente ideológico de la globalización y caracterizándola como una etapa exacerbada de tal proceso que parte del Primer Orden Económico Mundial (vísperas de la expansión europea hasta el siglo XVIII) y se concreta en el Segundo. En tal sentido, hablamos de posmodernidad – incluida la propuesta de Bauman- como el azote furioso de un capitalismo descontrolado. [4] Para mayores detalles ver Andrés L. Mateo op.cit. [5] Ver Andés L. Mateo, op. cit. [6] Al respecto resulta necesaria la lectura de la investigación de Pedro L. San Miguel, op.cit. [7] Vale señalar las notorias similitudes en la composición del personero Alberto Monegal con la de Manuel Arturo Peña Batlle (1902-1954), uno de los intelectuales más sobresalientes de la Era así como el más complejo desde un punto de vista psicológico. Las páginas que de Robert D.T. Crassweller (op.cit.) le dedica [195-97; 220-21] manifiestan las coincidencias con el amanuense protagonista de la novela: todo sentimiento era un sentimiento “in excelsis”, adhesión al trujillismo a pesar de ser contrario a él que desemboca en una contradictoria devoción extrema por el Jefe, libra una batalla emocional que lo lleva a l muerte. Según Andrés Mateo (op.cit., cap.VII, p.164) Peña Batlle, al igual que el personero creado por Efraím Castillo, muere postergado y dolido en su aristocracia intelectual y relata algunas de las humillaciones impuestas por el dictador. Mateo afirma que luego de recibir un diagnóstico adverso sobre su quebrantada salud desde Nueva York, Peña Batlle se encierra, como Monegal, en su casa a esperar la muerte. Sus lealtades más radicales señaladas por Crassweller
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toman forma en El Personero de las teorías estructurantes del régimen, como analizamos en la presente exposición: a) nostalgia por la España imperial que lo conduce a su visión trágica de Latinoamérica: la independencia de la Madre Patria fue un error; b) devoción a ultranza por la fe católica; c) extrema hostilidad hacia Haití, fobia que lo convierte en el autor intelectual de la política trujillista de la dominicanización de la frontera haitiana. [8] El fundamento teórico de toda la reflexión sobre la novelización de la historia fue dado por la obra de Pedro San Miguel La isla imaginada, op.cit. y nos apropiamos deliberadamente de los cuatro conceptos clave que abrieron una nueva perspectiva en la novela estudiada. [9] Ver Pedro San Miguel, op.cit.

BIBLIOGRAFÍA Bauman, Zygmunt. Legisladores e Intérpretes. Sobre la modernidad, la posmodernidad y los intelectuales. Traducción de Horacio Pons. Buenos Aires: Universidad Nacional de Quilmes, 1997. Castillo, Efraím. El Personero. Santo Domingo, República Dominicana: Editora Taller, 1999. Crassweller, Robert D.T. The life and Times of a Caribbean dictator. New York: The Mc Millan Company, 3rd printing, 1966. Gramsci, Antonio. “La formación de los intelectuales” en Los intelectuales y la organización de la cultura. México: Juan Pablos Editor, 1975. Mateo, Andrés L. Mito y Cultura en la Era de Trujillo. Santo Domingo, República Dominicana: Librería La Trinitaria e Instituto del Libro, 1ª ed., 1993. Pagni, A. y von der Walde, E. “Qué intelectuales en tiempos posmodernos o de ‘cómo ser radical sin ser fundamentalista’” en Culturas del Río de la Plata (1973-1995). Vervuert Verlag. Frankfurt am Main: 1995. Posse, Abel. “La izquierda Justina y los intelectuales” en Argentina, el gran viraje. Buenos Aires: Emecé, 2000. Said, Edward W. “Representaciones del intelectual” en Representaciones del intelectual. Barcelona: Paídós, 1996. San Miguel, Pedro. La isla imaginada: historia, identidad y utopía en La Española. San Juan de Puerto Rico, Santo Domingo, República Dominicana: Isla Negra/ La Trinitaria, 1ª ed., 1997.

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Efraím Castillo / Biografía
Nació en Santo Domingo el 30 de octubre de 1940. Narrador y publicista. Ha ejercido exitosa y simultáneamente las carreras de publicista y escritor. Sus primeros textos narrativos vieron la luz pública hacia 1960. Fue galardonado en los concursos que organizaba el grupo La Máscara en los años 60, primero con el cuento "Consígueme La náusea, Matilde" (1967) y luego con "Anti huaman o Eva again" (1968). En 1980 su cuento "Curriculum Vitae" obtuvo el tercer lugar en el certamen de Casa de Teatro. Ha obtenido en Premio Nacional de Novela en dos ocasiones, en 1982 con Curriculum. El síndrome de la visa y en el 2000 con El personero. Su obra Ecos tardios y otros cuentos recibió el Premio Nacional de Cuento en el 2002. Muchos de sus cuentos figuran en las principales antologías dominicanas de dicho género. Bibliografia activa Poesia. Confín del polvo. Santo Domingo: Colección Cuadernos de Poética, 1995. Novela.Curriculum (El síndrome de la visa). Santo Domingo: Editora Taller, 1982. Inti huaman o Eva again. Santo Domingo: Editora Taller, 1983. El personero. Santo Domingo: Editora Taller, 1999. Cuento. Rito de paso y otros cuentos. Santo Domingo: Editora Taller, 1995. Los ecos tardios y otros cuentos. Santo Domingo: Editora Nacional, 2002. Tetatro. Viaje de regreso. Santo Domingo: Editora La Isabela, 1968. Ensayo: Pulso publicitario: sobre publicidad dominicana. Santo Domingo: Santo Domingo: Editora Taller, 1979. La especificidad publicitaria y su adaptabilidad al entorno social. Santo Domingo: Editora Taller, 1983. El discurso simbiótico de la publicidad dominicana. Santo Domingo: Editora Taller, 1993. Tomado de www.escritoresdominicanos.com

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1. La infancia de Zhennia Liubers y otros relatos / Boris Pasternak 2. Corazón de perro / Mijaíl Bulgákov 3. Antología del cuento chino / varios autores 4. El hombre que amaba al prójimo y otros cuentos / Virginia Woolf 5. Crónica de la ciudad de piedra / Ismail Kadaré 6. La casa de las bellas durmientes / Yasunari Kawabata 7. Voluntad de vivir y otros relatos / Thomas Mann 8. Dublineses / James Joyce 9. La agonía del Rasu-Ñiti y otros cuentos / José María Arguedas 10. Caballería Roja / Isaak Babel 11. Los siete mensajeros y otros relatos / Dino Buzzati 12. Un horrible bloqueo de la memoria y otros relatos / Alberto Moravia 13. El tacto y la sierpe y otros textos / Reynaldo Disla 14. Una cuestión de suerte y otros cuentos / Vladimir Nabokov 15. Las últimas miradas y otros cuentos / Enrique Anderson Imbert 16. Yo, el supremio / Augusto Roa Bastos 17. El siglo de las luces / Alejo Carpentier 18. El principito / Antoine de Saint-Exupéry 19. La noche de Ramón Yendía y otros cuentos / Lino Novás Calvo 20. Over / Ramón Marrero Aristy 21. Una visión del mundo y otros cuentos / John Cheever 22. Todo es engaño y otros cuentos / Sherwood Anderson 23. Las aventuras del Barón Münchhausen / Rudolf Erich Raspe 24. Huasipungo / Jorge Icaza 25. Vasco Moscoso de Aragón, capitán de altura / Jorge Amado 26. El espejo de Lida Sal / Miguel Ángel Asturias 27. Seis cuentos para leer en yola / Aquiles Julián 28. Los chinos y otros cuentos / Alfonso Hernández Catá 29. La mancha indeleble y otros cuentos / Juan Bosch 30. El libro de la imaginación / Edmundo Valadés 31. Cuatro relatos / Joseph Roth 32. El libro de cristal de los Cohén / Aquiles Julián 33. Cuentistas dominicanos 1 / Aquiles Julián 34. El caballo que bebía cerveza / Joao Guimaraes Rosa 35. Tres relatos / José Bianco 36. Adán, Eva y los moluscos / Efraím Castillo BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIAN 36 – ADAN, EVA Y LOS MOLUSCOS - EFRAÍM
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