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El título de esta disertación es “¿por qué el ser humano es un enigma?

” y plantea las siguientes


cuestiones: ¿cuáles son las diferentes posturas sobre qué es el hombre?¿somos conscientes de todo y
por ello responsables?¿es el camino hacia la felicidad y el conocimiento igual para todos?¿es la
muerte un final presente?

Para empezar, empezaré desarrollando las diferentes posturas sobre qué es el hombre: es innegable
que el ser humano es una relación entre actividades mentales y un cuerpo físico. Cuerpo en cuanto a
que somos una parte de la naturaleza material y estamos formados por materia viva, llevando a cabo
unas funciones superiores como son la subsistencia autónoma, la reproducción o la capacidad de
sentir el mundo que nos rodea y mente en cuanto a que el ser humano realiza un conjunto de
actividades propias de la inteligencia y la afectividad humanas, que procesan la información del
mundo exterior y dirigen las funciones vitales, siendo el cerebro el órgano responsable de estas
actividades que hacen posible las funciones intelectuales, afectivas y motoras. Por tanto es
innegable la relación que se produce entre ellos aunque, no obstante, se produce una discusión en
cuanto a la naturaleza de esta relación: Los monistas afirman que tanto mente como cuerpo son
aspectos distintos de una misma realidad y por tanto no ven separación alguna; los fisicalistas
sostienen que la actividad mental depende del cerebro y puede explicarse mediante causas físicas,
es decir, no admite una separación dualista entre mente y cuerpo; los conductistas defienden que
toda actividad mental se traduce siempre en una conducta determinada, mientras que los
funcionalistas se centran más no en estudiar la relación directa entre la mente y las diferentes
conductas, sino cómo un estado mental se relaciona con otros y produce comportamientos
determinados. Por último, el dualismo establece que la mente y el cerebro son dos realidades
diferentes cada una con sus reglas propias, pero, a excepción de los que creen que no se produce
ningún tipo de relación entre ambas realidades, otros sostienen diferentes naturalezas para ésta: los
paralelistas afirman que cada acto físico se corresponde con uno mental y los ocasionalistas
defienden que aunque ambas sean realidades diferentes se “conectan” en ocasiones.

Como dualista, Platón mediante el mito de la caverna simbolizó el mundo de las sombras como el
de las apariencias, el mundo físico del devenir y para alcanzar el conocimiento era necesario no
demorarse en lo sensible, sino ver el verdadero Sol, aquello realmente permanente e inmutable -que
era el mundo de las ideas- las cuales constituían un modelo para las cosas, el mundo accesible a los
sentidos y que nos puede engañar. El dualismo ontológico de Platón, pues, radica en la separación
del mundo sensible y del inteligible, perteneciente al primero aquellos elementos perceptibles, lo
visible, en el que se diferencian las imágenes (alcanzables mediante conjeturas) y las cosas
(accesibles mediante la creencia), siendo éstas materiales, cambiantes y sometidas al devenir, a la
generación y a la corrupción. El mundo inteligible, por contra, es la zona de la verdad, del
conocimiento epistémico y no reside en los sentidos, sino en la razón humana. Alejando de la
oscuridad a los prisioneros de la caverna, Platón los introduce en el mundo de las ideas, lo
inteligible: lo que existe, es decir, sólo las ideas subsisten por ellas solas y por tanto este mundo es
una realidad inmaterial, eterna, inmutable, abstracta, invisible y únicamente accesible mediante la
razón.
Platón establece en cuanto a la relación alma-cuerpo que el alma se relaciona con las ideas mientras
que el cuerpo lo hace con la materia. Así el cuerpo es algo material y perecedero, mientras que el
alma tiene una naturaleza inmaterial e inmortal y establece un dualismo antropológico donde el
cuerpo integra las cualidades negativas (imperfección e impureza) y el alma todo lo contrario.
Esta clara separación que hace Platón en tanto que el cuerpo material nace y perece, establece que el
alma tiende hacia la región inteligible, al mundo de las ideas, con el que comparte todas sus
características. Es por ello que después de la muerte del cuerpo, el alma transmigra de un cuerpo a
otro y sufre un proceso de reencarnaciones sucesivas hasta que consigue la liberación total del
cuerpo. Es en el tiempo que permanece en el mundo de las ideas donde adquiere unos
conocimientos acerca de lo inteligible que permanecerán ocultos y enmascarados por las apariencias
del mundo de los sentidos. Esto es lo que se conoce como su teoría de la reminiscencia donde
conocer es recordar.
Descartes es otro dualista que sostenía la idea de que el hombre estaba constituido por dos
sustancias separadas. Descartes en su búsqueda de la verdad rechazó todo aquello que imaginara
cualquier duda con el fin de descubrir aquello verdaderamente indudable, llegando a la conclusión
que los sentidos, al igual de decía Platón, nos conducen a errores y por tanto no existe cosa alguna
que sea tal como parece. Incluso en la geometría se puede incurrir en paralogismos y por tanto es
necesario rechazar aquello que se admite como verdadero.
Descartes, considerando que los pensamientos de cuando estamos despiertos también pueden
asaltarnos cuando dormimos, llegó a la conclusión de que aquello alcanzado en el espíritu no es más
verdadero que las ilusiones de los sueños. Pero, si pienso que todo es falso, yo, que pienso, debo ser
alguna cosa y de ahí al primer principio de su filosofía: pienso, luego soy. Cada uno de nosotros no
podemos fingir que somos ya que pensamos y dudamos acerca de la verdad. Por tanto somos una
sustancia pensante, alma, que nos define y da identidad tal como lo que somos y es distinta e
independiente del cuerpo, siendo aquí donde radica el dualismo cartesiano, donde el hombre está
dividido en la res extensa, el cuerpo, y el alma-espíritu-mente-conciencia-pensamiento, la res
cogitans, la sustancia pensante.
Es el cuerpo el que tiene como atributo la extensión y se define como lo no pensante que actúa con
independencia del alma (aunque no puede existir sin éste) y está sometido a las leyes naturales,
mientras que la res cogitans, la sustancia pensante, se define como intelecto e inextenso, dando
identidad al sujeto y existiendo con independencia del cuerpo, poseyendo la capacidad de iniciativa
libre.

Así pues, viendo que existen diversas teorías para explicar la relación que se da entre mente y
cuerpo y las diferentes concepciones que se pueden derivar de nuestra naturaleza, queda en el aire la
cuestión de si somos o no conscientes de todo aquello que hacemos y pensamos y por tanto
responsables de nuestros actos. Este es un tema que se refiere a la conciencia, en cuanto a que es
una actividad mental que permite dar una “vuelta sobre sí”, es decir, “volver sobre uno mismo” y
darse cuenta, darse una razón a sí mismo de algo, explicarse algo o plantearse esa explicación. La
conciencia es una fuente de conocimiento en tanto a que, por su reflexividad, permite conocer y
advertir nuestra propia presencia (conciencia inmediata) así como pensar y juzgar sobre el mundo
exterior y los otros seres humanos (conciencia mediata).
La conciencia tiene como característica que es una realidad intencional, es decir, apunta hacia una
intención. Se tiene conciencia “de algo” diferente a ella misma y es por esto que se encuentra en
relación con otras cosas y seres vivos y permite la capacidad de crear relaciones.
No obstante, la conciencia puede producir alucinaciones y ser fuente de error y falsas ilusiones.
Sigmund Freud estudió que el comportamiento consciente del ser humano se apoya en un complejo
universo de elementos inconscientes en tanto a que lo que denominamos conciencia se basa en un
conjunto de sentimientos e ideas inconscientes que sólo aparecen en los sueños y actos fallidos.
Freud configuró una estructura de la personalidad que agrupaba lo consciente, lo preconsciente y lo
inconsciente: el ego es el elemento consciente que conoce la realidad y trata de ajustarse a ella; el
ello está constituido por una serie de impulsos somáticos cuyas necesidades (guiadas por el Eros o
el Thánatos) intentan ser satisfechas; y un tercer elemento, el superego, que agrupa los ideales y
valores adquiridos por el sujeto. El ello, en su intento de hallar cumplimiento de sus necesidades se
ve regulado en ocasiones por el ego, el cual ha de ajustarse a un principio de realidad. Este proceso
de frenar al impulso puede acarrear conflictos para la resolución de los cuales entran en acción los
denominados mecanismos de defensa, una serie de procesos mentales inconscientes no razonados
que intentan reducir las consecuencias de un acontecimiento, con lo que se consigue evitar, vencer,
circundar o escapar de las angustias o frustraciones derivadas de ese acontecimiento y permiten
seguir funcionando con normalidad.

Entre otros elementos que nos son comunes a todos e influyen en el conjunto de la actividad
humana, el deseo y la pasión forman parte de la afectividad y de la voluntad humana y también
plantean una serie de problemas en cuanto a la concepción de su naturaleza:
El deseo, un movimiento de nuestra actividad psíquica que nos impulsa a alcanzar un objeto fuente
de satisfacción, cuenta con tres rasgos que lo caracterizan. El primero es que supone querer algo que
no se posee; el segundo es que vive en un mundo de posibilidades, del exceso, ya que no
únicamente se centra en la necesidad; el tercero es que provoca intranquilidad en cuanto a que
cuando un deseo alcanza su objetivo, inmediatamente nace uno nuevo a fin de sustituirlo.
El deseo ha sido considerado como un elemento negativo y de necesario combate para alcanzar la
felicidad y el conocimiento. Tanto estoicos como epicúreos sostenían esta concepción aunque,
mientras los primeros lo negaban completamente y decían que había que someterlo a la razón para
alcanzar la verdadera sabiduría, los epicúreos fomentaban únicamente aquel placer que proviniese
de una fuente natural y eliminaba aquellos artificiales que no dejaban alcanzar la serenidad.

La pasión, una inclinación o tendencia que no se puede dominar y que a veces nos conduce a un
estado de dominio y padecimiento no consciente puede ser fundamento de grandes hazañas como de
frustraciones. Así, se distinguen dos posturas acerca de él: mientras una es que la pasión debe ser
dominada por la razón con el fin de que no nos domine a nosotros, otra sostiene que sin la pasión no
hay conocimiento verdadero, puesto que el motor que nos impulsa a conocer algo bien y a
motivarnos es la pasión.

Así pues, a pesar de la inconsciencia de algunos aspectos de nuestra personalidad, el ser humano,
como tal, es un objeto de derechos pero no hay que olvidar que también lo es de deberes en cuanto a
que es capaz de actuar libremente y de responder de sus acciones frente a los otros humanos. Las
personas no precisan que nadie les diga cómo deben actuar y ya que pueden hacerlo de un modo
libre, gracias a conciencia han de ser capaces de darse cuenta de sus actos y por tanto no estar
exentos de las responsabilidades que conllevan.

En cuanto al horizonte de la vida, la muestra de que la existencia humana es limitada y contingente,


podemos afirmar que la muerte es un final y nos llega a todos por igual, aunque es un misterio si se
trata de una muerte definitiva y completa o, por contra, ofrece una vida futura.
Platón, en tanto que consideraba que el alma era inmortal y sede del conocimiento, afirmó que
filosofar es lo mismo que aprender a morir ya que la filosofía suponía liberarse del mundo sensible
y alcanzar la eternidad. Por contra, Epicuro, que creía únicamente en la existencia del mundo
material y sensible, veía la muerte como un problema inútil en tanto a que cuando vivimos, la
muerte no es todavía nada para nosotros y cuando la muerte se produce, nosotros ya no existimos.
Por este motivo sostenía que había que eliminar el pensamiento de la muerte como fuente de
turbación o angustia.

Para concluir y a modo de resumen, el ser humano es un enigma en tanto que no podemos afirmar
cuál es su naturaleza y únicamente podemos plantear teorías como la de los dualistas Platón y
Descartes que consideraban la mente y el cuerpo dos realidades distintas, aunque no se pueda negar
la relación que se establece entre ellos. Pensamos, luego existimos y aún contando con un complejo
entramado de elementos inconscientes que se relacionan con los conscientes, en cuanto a seres
libres y sujetos de derechos y deberes, somos responsables de nuestros actos. Ni siquiera
coincidimos en el modo de alcanzar el conocimiento y la felicidad e incluso la muerte, otro
elemento discutido y discutible, el otro polo de nuestra existencia, es un completo desconocido para
nosotros.

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