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Colonización, regadíos y desarrollo en el sur de España

El caso particular de la provincia de Jaén

Vicente José Gallego Simón

y desarrollo en el sur de España El caso particular de la provincia de Jaén Vicente

Madrid, 2014

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PRÓLOGO

La obra que el lector tiene en sus manos posee un enorme valor científico, pues es fruto de una labor paciente, minuciosa y rigurosa que se basa en la bús- queda, crítica e interpretación de unas fuentes tan abundantes como, en muchos casos, desconocidas hasta estos momentos para los investigadores especializados en el tema. Sobre este particular, no creo que sea posible señalar ninguna obra de importancia mayor, e incluso menor, que no haya sido convenientemente escruta- da y empleada a los fines de la investigación cuyos resultados se presentan aquí, y que no olvidemos forman parte de la tesis doctoral del autor. En consecuencia con ello, y dado el acierto con el que esta información se explota, organiza y rela- ciona, puede afirmarse que aporta elementos suficientes como para producir un salto cualitativo en el conocimiento de la historia económica y social de la provin- cia de Jaén en un período especialmente intenso y, por supuesto, íntimamente dependiente de lo que iba aconteciendo en el mundo rural. Desde luego, durante las décadas centrales del siglo pasado, el calificativo que mejor describiría al te- rritorio en cuestión sería el de «provincia problema».

De la lectura del trabajo surgen de inmediato dos graves y grandes preguntas para la reflexión general: en primer lugar, ¿existe alguna provincia española que haya sido más continua y profundamente diagnosticada y, al tiempo, peor reme- diada en sus problemas que la de Jaén?; y en segundo término, ¿se dan mejores condiciones para su población a comienzos del siglo xxi que las que se dieron durante la segunda mitad del xx?

Desde luego, no es motivo de esta presentación entrar en el fondo de tan complejas como urgentes cuestiones. Tan sólo cabe destacar que, en gran medida, no se pudo conseguir lo que a toda costa se pretendió: la diversificación de la economía y la aparición de oportunidades suficientes para retener a la población. El gran éxodo demográfico experimentado en aquellos momentos es, desde luego, prueba palpable del fracaso de la planificación y también de la derrota de los grupos sociales menos favorecidos.

El caso es que los paisajes rurales hoy dominantes son en gran parte resulta- do de las acciones que entonces se emprendieron. Así, se ha llegado a una situa- ción en la que el suelo provincial se distribuye en apenas dos grandes usos: fores-

Vicente José GalleGo simón

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tal y olivarero. En el primer caso, la proporción arbolada es muy significativa gracias a otro pilar de la política agraria franquista como fue la repoblación, abrumadoramente centrada en la plantación de varias especies del género pinus, que hoy dominan los diferentes espacios serranos que se distribuyen en las por- ciones periféricas de la provincia; al segundo se ha llegado en gran medida por el fracaso de las iniciativas puestas en marcha por el Plan Jaén, que no olvidemos tuvieron en la lucha contra el paro estacional crónico en el agro su motivo mayor.

La diversificación de los cultivos, la mejora de la productividad previa amplia- ción del área regada y la aparición de una gran industria agroalimentaria que culminara la apuesta de desarrollo que se pretendía, simplemente no se consiguió. En consecuencia, no se transformaron de forma radical los espacios campiñeses que ocupan el sector central de la provincia, y que eran los llamados a protagoni- zar este cambio.

Aún más espectacular que la expansión de los pinares en el suelo forestal ha sido la del olivar sobre el espacio cultivado. Y ello a pesar de que se reconocía en la especialización en este cultivo uno de los males de origen: la generación de trabajo estacional, poco cualificado y muy dependiente en su duración de las con- diciones meteorológicas de cada campaña. Aunque era evidente que se podría corregir uno de estos problemas, el de la vecería productiva, empleando para ello parte de los recursos hídricos regulados a través de la impresionante red de em- balses que se fue conformando durante todo el siglo xx, esta opción no se barajó en absoluto; considerándose mucho más lógico destinar el agua para los cultivos industriales, hortofrutícolas o forrajeros, mucho más adecuados a la pretensión de implantar lo que hoy podríamos calificar de proyecto de desarrollo endógeno de base rural y agroindustrial.

La realidad, sin embargo, se ha empeñado en caminar por otros derroteros. Consumado el declive de la actividad industrial y anclada en los segmentos menos especializados y productivos del sector servicios, la provincia de Jaén sigue man- teniendo su carácter rural (la mayoría de sus municipios, cuyos núcleos habitados conforman una bien distribuida red urbana, cuenta con una población menor de 10.000 habitantes), y una evidente especialización agrícola. Es más, con casi el 90% de la superficie agrícola útil destinada al olivar, y una estimación de 220.000 ha regadas (aproximadamente un 38% del total), se ha llegado a una abrumadora situación de monocultivo. Aunque la realidad agronómica y económica es muy dispar en función de numerosas variables y, por tanto, la diversidad de las explo- taciones es muy amplia, contemplada en su conjunto no deja de impresionar, pues resulta que puede suponer hasta el 20% de todo el aceite de oliva que se produce en el mundo.

Esta especialización extrema presenta importantes contradicciones ambien- tales, económicas y sociales, algunas de las cuales hacen pensar en situaciones de bloqueo parecidas a las que se dieron en otros momentos respecto a las posibili- dades de éxito del territorio jiennense. A la vez, cuenta con magníficas oportuni- dades, que pasan en nuestra opinión por rentabilizar en mayor medida el entra-

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mado de investigación y formación que se ha desplegado en los últimos años; así como el cambio de mentalidades que se está observando en relación con la bús- queda de un producto diferenciado y cualificado, antes que obtenido masivamente bajo principios de lowcost. Estamos, en cualquier caso, en otro momento decisivo, pero el reto sigue siendo básicamente el mismo que el que se viene afrontando desde el período analizado por Vicente José Gallego Simón: tratar de desencadenar todo el potencial que el territorio tiene para competir inteligentemente, ahora en un contexto de economía globalizada.

Solo me cabe, para terminar esta presentación, agradecerle una vez más las magníficas respuestas que el autor ha dado en este libro al entendimiento de la

dinámica, organización y ordenación del espacio rural en un período decisivo para

la

provincia de Jaén, y reconocerle el mérito que tiene. Las vicisitudes personales

o

laborales pueden retardar o limitar la producción científica, pero mientras se

mantenga la inquietud, la curiosidad y el inconformismo intelectual, podrán ser tan valiosas como ésta que he tenido el placer de presentar.

Jaén, a 16 de julio de 2014

José Domingo sánchez martínez

Catedrático del Área de Análisis Geográfico Regional de la Universidad de Jaén

ÍNDICE

Introducción

XIII

1. Aspectos fundamentales de la colonización agraria en España

1

1.1. El contexto agrario de la posguerra española. Ejes básicos de la nueva política agraria franquista

1

1.2. Base ideológica y doctrinal de la política de colonización. Aproximación a sus principales autores

15

1.3. Revisión bibliográfica de la obra colonizadora. Estudios generales, regionales y locales

42

2. Regadíos y colonización en la provincia de Jaén. Estudio de un modelo único en España

69

2.1. Instrumentos de planificación territorial asociados al regadío y la colonización. Análisis por zonas regables

69

2.2. El alcance de la obra colonizadora en la provincia

115

 

2.2.1. Complementariedad entre las políticas de colonización agraria, regadíos y repoblación forestal

115

2.2.2. Un elemento clave en la configuración del modelo colonizador jiennense: la selección de colonos en las zonas regables

126

2.2.3. Análisis de los diferentes modelos: pueblos de agricultores y pueblos de jornaleros

138

3. El Plan Jaén como dinamizador de la economía provincial. Luces y sombras en su vertiente agraria y agroindustrial

185

3.1.

Diversificación agraria frente al avance olivarero. La transformación del espacio agrario colonizado

185

3.1.1. Resultados agrarios e impacto económico de los nuevos regadíos

19 6

3.1.2. Resultados de la colonización de interés local en la provincia de Jaén

200

Vicente José GalleGo simón

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3.1.3. Impacto de los regadíos del Plan Jaén

204

3.1.4. La transformación del espacio agrario colonizado

216

3.1.5. El fracaso de la industrialización en el medio rural

261

3.2. Territorios de colonización: entre el dinamismo económico y la atonía

265

Conclusiones

285

Bibliografía

289

INTRODUCCIÓN

Este trabajo forma parte de la tesis doctoral presentada en noviembre de 2010

y titulada «Transformacion en regadio, colonizacion y desarrollo rural en la pro-

vincia de Jaén. Cincuenta años de planificacion territorial frustrada (1925-1975)». Una primera parte de la misma fue publicada por la Universidad de Jaén a finales de 2012 con el título de «El Plan Jaén de 1953 y sus antecedentes: una oportunidad perdida para el desarrollo de la provincia de Jaén en el siglo XX», con el objetivo de dar respuesta a las razones del atraso histórico de esta provincia. Para ello nos centramos en el análisis de numerosos estudios e informes que sirvieron para justificar la aparición en 1953 del Plan Jaén, con el que se pretendía paliar la grave situación socioeconómica de la provincia, en especial el drama del paro forzoso y estacional en el sector agrario y la falta de alternativas en otros ámbitos de la economía, a pesar de la riqueza de recursos naturales existente en el territo- rio; por último, en el libro se abordaba el estudio del Plan Jaén desde una perspec- tiva global, tanto en sus objetivos y ejes de actuación como en los mecanismos de financiación y grado de ejecución.

La segunda parte de aquella tesis, que hoy ve la luz gracias al Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, aborda algunas de las claves que nos permiten comprender las razones del fracaso de aquel modelo de desarrollo, ejemplarizado en el Plan Jaén, ambicioso plan de inversiones que pretendía sacar

a la provincia del subdesarrollo. Entre ellas debemos destacar, en primer lugar, el

análisis del contexto agrario de posguerra así como los fundamentos ideológicos y doctrinales que sustentaron una de las políticas agrarias más ambiciosas del fran- quismo, la colonización agraria, cerrando este gran bloque con un repaso a la ex- tensa producción bibliográfica generada por este tema en España.

En el segundo gran bloque de contenidos se recogen los principales rasgos definitorios del modelo agrario desarrollado en Jaén a partir de mediados del siglo pasado, fundamentado en algo poco común en aquella España, como fue la com- plementariedad de las tres grandes políticas agrarias aplicadas durante el fran- quismo: la colonización agraria, la expansión de los regadíos y la repoblación fo- restal. Por diversas razones que se expondrán a lo largo de esta publicación, la provincia de Jaén constituyó un gran laboratorio para analizar la viabilidad de la acción combinada de las tres políticas, supeditadas a una finalidad concreta: ga-

Vicente José GalleGo simón

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rantizar la repoblación de la cuenca de alimentación del entonces primer pantano de España en cuanto a volumen de agua embalsada, el Tranco de Beas, llamado a ser el principal abastecedor de agua a los nuevos regadíos que emergerían en la zona media y baja del Guadalquivir. La repoblación con pinar de esta cuenca hi- drográfica requeriría en primer lugar de lo que los ingenieros denominarían eufe- místicamente «saneamiento de la propiedad pública», es decir, expulsión fulmi- nante de aquellos roturadores que llevaban décadas explotando unas tierras incluidas en el perímetro de unos montes públicos. Con el objetivo de mitigar los efectos sociales de esta medida se diseñó un plan para trasladar a estos roturado- res y sus familias aguas abajo del Guadalquivir, concretamente a los núcleos de colonización de nueva planta que comenzaban a ser realidad en las nuevas zonas regables creadas en el caso de nuestra provincia al amparo del Plan Jaén de 1953. La necesidad de dar respuesta a este problema, unido a la problemática de una provincia marcada por el paro estacional de la gran masa de población jornalera existente, propiciaron un modelo agrario muy peculiar, como ahora veremos, con- dicionado por la prevalencia de lo social ante lo estrictamente económico.

El tercer apartado se centra en el análisis pormenorizado de los efectos que el Plan Jaén tuvo sobre la agricultura provincial, así como sobre el modelo agroin- dustrial que este Plan preveía consolidar a medio y largo plazo, un modelo que pretendía romper el duopolio olivar-cereal que tanto daño estaba haciendo al de- sarrollo de la provincia, a partir de la apuesta por la industrialización de las mate- rias primas existentes en el territorio, entre las que cabría destacar la riqueza generada con la transformación industrial de las nuevas producciones agropecua- rias que se obtendrían de los nuevos regadíos, y en donde las zonas colonizadas jugarían un importante papel de campo de experimentación sobre las bondades del nuevo modelo económico.

CAPÍTULO 1 ASPECTOS FUNDAMENTALES DE LA COLONIZACIÓN AGRARIA EN ESPAÑA

1.1. El contexto agrario de la posguerra española. Ejes básicos de la nueva política agraria franquista

La política de colonización española puesta en marcha tras la guerra civil no puede sustraerse del contexto socioeconómico de la época; es más, forma parte esencial del amplio engranaje doctrinal y práctico puesto en marcha sobre el mundo rural tras la victoria de Franco (Ortega Cantero, 1979 a y 1993). De hecho, no podemos obviar que constituyó, junto a la política de riegos, la principal alter- nativa contrarreformista a la reforma agraria puesta en marcha durante la II Re- pública.

Una mejor comprensión del alcance de estas políticas nos obliga a analizar previamente el contexto agrario de los difíciles años cuarenta, con una agricultura lastrada por factores de diversa índole y un marco ideológico definido por lo que el sociólogo Sevilla Guzmán en 1979 denominaría la «ideología de la soberanía del campesinado», inspirada en el ideario falangista, sin desdeñar determinadas in- fluencias reformistas provenientes del social-catolicismo; ideología que contrasta- ba con una praxis claramente identificada por la apuesta industrial del Estado (Velasco Murviedro, 1982; Barciela López y López Ortiz, 2003 b), y que tuvo en la creación del I.N.I. un claro exponente, a la vez que mecanismo de legitimación de un régimen que contraponía lo urbano a lo rural, con un balance netamente favo- rable a éste, o como se decía en el año 1937 en la publicación periódica «La Nueva España»: «transformar España en un país de pequeños agricultores».

Historiadores, geógrafos, sociólogos, ingenieros agrónomos y economistas han debatido intensamente sobre algunos de los aspectos que integraron la diná- mica de funcionamiento del sector agrario en la España de posguerra. Sin ánimo de ser exhaustivos, plantearemos la cuestión sobre cuatros grandes ejes que en- tendemos guardan una estrecha relación con la ejecución de la política coloniza- dora: 1) las consecuencias del conflicto bélico sobre la agricultura española; 2) elementos fundamentales de la contrarreforma agraria; 3) características de la

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nueva política agraria, regulación de los mercados y limitaciones de la política socioestructural; y 4) la estabilidad de la sociedad agraria tradicional y su papel en el desarrollo económico del país.

• Las consecuencias del conflicto bélico sobre la agricultura española.

La mayoría de los expertos en la agricultura de posguerra (Naredo Pérez, 1996; Barciela López, 1999 y 2003 a; y González, 1978, entre otros) mantienen que, a pesar del indudable impacto que en todos los órdenes tuvo la guerra civil española, éste fue sobredimensionado por el Nuevo Régimen como una de las coartadas que permitirían dar explicación a una crisis que no logró superarse hasta bien entrada la década de los cincuenta. De hecho, la literatura agrarista del primer franquismo se encargó de resaltar los destrozos de la guerra y sus consecuencias sobre la agricultura (Servicio de Recuperación Agrícola, 1940; Martín Sanz, 1945). Otros como Simpson (1997), en cambio, han valorado de forma significativa algunos efectos derivados de la contienda civil como la pér- dida de ganado de labor, en un contexto de economía orgánica que lo mismo los utilizaba como elementos de labor y transporte, o aprovechaba el estiércol como único modo de fertilizar el campo. Este último planteamiento coincide con el análisis de Cabo Alonso (1993, p. 118 y ss.), para quien en 1939 las pérdidas en ganado equino y bovino fueron especialmente elevadas, resultado de la feroci- dad de los combates en los territorios con mayor número de ejemplares como la cornisa cantábrica, y no lograron recuperarse hasta al menos una década después.

Sí resulta indudable, en cambio, que en los años cuarenta la producción agraria española experimentó un notable retraso a pesar de la escasa fiabilidad de los datos oficiales de la época, evidenciado en una importante caída de la su- perficie cultivada así como en el descenso generalizado de los rendimientos agrarios. Esta crisis se ha atribuido a múltiples factores que impidieron el despe- gue de la agricultura y propiciaron un era de acumulación en el mundo rural que sería trascendental para el desarrollo económico de España. Mientras que para Simpson este declive no puede ni debe imputarse sólo a las consecuencias de la guerra civil o a la política intervencionista del gobierno sobre los mercados, ya que hubo otros factores como el aislamiento internacional o el ritmo decreciente del comercio exterior que impidieron la importación de abonos y maquinaria; otros en cambio (Barciela López, 1999) achacan esta crisis a la política agraria instaurada, basada en un rígido sistema de intervención de los mercados y en la búsqueda de un modelo autárquico, siguiendo así una larga tradición histórica en la España decimonónica e inspirada ahora en los regímenes fascistas europeos. No debemos olvidar, en este sentido, el consenso existente a la hora de afirmar que, al menos hasta mediados de los años cincuenta, no llegó a existir realmente una política económica (Pérez González, 2002) ; en todo caso, lo que hasta enton- ces se vino aplicando fue una política de guerra, improvisada por definición, y contextualizada en el marco de una «autarquía cuartelera», tal y como la definió Tusell en 1985.

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• Elementos fundamentales de la nueva política agraria franquista. Regulación de los mercados y limitaciones de la política socioestructural.

A modo de introducción reproduciremos la respuesta oficial a un interroga-

torio de la Organización para la Alimentación y la Agricultura 1 , en donde se definía claramente la nueva política agraria en contraposición a la etapa repu- blicana: «la política agraria española a partir de 1939 no se ha limitado a la realización de una reforma agraria entendiendo ésta en su sentido estricto, es de- cir, por el conjunto de medidas conducentes a transmitir la propiedad de la tierra de unas manos a otras, sino que se ha orientado en un sentido más amplio, según el cual, bajo el concepto de reforma agraria, pueden incluirse todas aquellas me- didas dirigidas a modificar las circunstancias del agro, tanto en lo que se refiere a mejorar las condiciones económicas en que se realiza la explotación de la tierra, como la situación de los agricultores, sin olvidar los aspectos social y cultural de la vida rural».

El triunfo del bando nacional supuso la liquidación inmediata de la reforma

agraria republicana, en un proceso de contrarreforma (Pérez Yruela, 1997; Sorní Mañés, 1978), que otros califican de una auténtica contrarrevolución agraria (Barciela López, 1986) 2 . La primera medida adoptada por las nuevas autoridades fue devolver las tierras afectadas por la reforma agraria a sus antiguos propie- tarios, para lo cual se creó en 1938 el Servicio Nacional de Reforma Económica y Social de la Tierra (en adelante SNREST) 3 . Este proceso, que se desarrolló en muchos casos al margen del control de las autoridades y acarreó la expulsión de los colonos allí asentados a lo largo de los años treinta, va unido a los des- ahucios de arrendatarios practicados por los dueños de muchas fincas. Como luego tendremos la oportunidad de comprobar, este proceso de garantía y refor- zamiento del derecho a la propiedad privada de la tierra conllevaría una revalo- rización del cultivo directo, algo muy relacionado con la existencia de un mer- cado negro de productos agrarios que aseguraba beneficios extras, así como por la abundancia de mano de obra disponible en el medio rural, que a su vez también garantizaba bajos costes de explotación, dentro de una situación de sometimiento social y laboral.

1 «Respuestas a un cuestionario de la FAO sobre política agraria», Revista de Estudios Agro- Sociales, II, 3 (suplemento), 1953, pág. 9.

2 Para acuñar este término, Barciela López se basa en las propias características que, según él, concurren en el proceso de devolución de tierras tras la guerra civil: ausencia de legalidad, naturaleza expoliadora y represión de aquellos campesinos asentados durante la República: «No fue una contrarreforma, sino una violenta reacción en la que abundó la represión contra los colo- nos (incluso ejercida privadamente) y la apropiación indebida de bienes» (Barciela López, 1996, pág. 357).

3 La Ley de 30 de enero de 1938 (BOE de 31-1-1938) se encarga de organizar la Administra- ción Central del Estado, incluyendo al Ministerio de Agricultura, y dentro de éste al Servicio Nacional de Reforma Económica y Social de la Tierra. Por medio del Decreto de 6 de abril del mismo año (BOE de 6-4-1938) se definen sus funciones, y con el Decreto de 18 de octubre de 1939 (BOE de 129-10-1939) se certifica su defunción, sustituyéndolo por el Instituto Nacional de Colo- nización.

Vicente José GalleGo simón

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Es precisamente dentro de esta línea de defensa de la propiedad agrícola donde hay que contextualizar la política de colonización de posguerra. El triunfo de Franco y de aquellos sectores más implicados en la victoria del bando nacional supuso el abandono de cualquier intento de reforma agraria tal y como fue conce- bida durante la II República, es decir, alterando la distribución de la propiedad de la tierra 4 ; la alternativa «reformista» planteada por el régimen fue la política de colonización, dentro de un modelo de reforma agraria orientado a la moderniza- ción de la agricultura y limitado en sus aspectos sociales al asentamiento de colo- nos en pequeñas explotaciones familiares.

Los objetivos básicos de esta contrarreforma agraria 5 , entendida como intento de reproducir las relaciones de producción imperantes antes de la aplicación de la reforma agraria y resultado de la nueva legalidad vigente 6 , fueron los siguientes:

neutralizar los efectos de la aplicación de la Ley de Reforma Agraria de septiembre de 1932; saldar las deudas contraídas por los asentamientos rurales realizados entre 1932 y 1935 tanto con los propietarios de las fincas intervenidas como con aquellos anticipos reintegrados por el IRA a las comunidades de campesinos creadas al efec- to; devolver a sus antiguos propietarios las fincas expropiadas u ocupadas en ese mismo período; y entregar cosechas y medios de producción de fincas colectivizadas a partir de 1936. Las repercusiones de esta política, desarrollada por el SNREST y dentro de éste por el Servicio de Recuperación Agrícola (en adelante SRA 7 ) no tarda- rían en llegar, con efectos importantes a tres niveles: a) sobre la estructura agraria,

4 No faltaron por parte del bando nacional, sin embargo, proclamas a favor de la necesidad de realizar una reforma agraria. En este sentido, y dentro de aquellos políticos más identificados con el pensamiento joseantoniano, debemos destacar discursos como los de Ángel Zorrilla Dorronsoro (1941), pronunciado ante el II Consejo Sindical de Falange, o el ministro de Agricul- tura, Raimundo Fernández Cuesta, en marzo de 1938. El propio Franco, sin ir más lejos, en un discurso pronunciado ante la IV Asamblea General de Hermandades Sindicales de Labradores y Ganaderos en mayo de 1951, diría que «… en todos los órdenes se ha trabajado intensamente para la mejora de semillas, la de especies, para llevar a cabo una política de abonos, de parcelación y regadíos que resolviera los problemas creados, y muchísimo es lo conseguido en las grandes irriga- ciones, que cambiarán en pocos años la estructura del suelo español, permitiendo llevar a cabo una verdadera reforma agraria» (Op. cit. en Velasco Murviedro, 1982, pág. 249). No obstante, los planteamientos falangistas sobre la reforma agraria parten de José Antonio Primo de Rivera: «hay que tomar al pueblo español, hambriento de siglos, y redimirle de las tierras estériles donde perpe- túa su miseria; hay que trasladarle a las nuevas tierras cultivables; hay que instalarle sin demora, sin espera de siglos…sobre las tierras buenas» (Discurso de Clausura del II Consejo Nacional de la Falange, pronunciado en Madrid el 17 de noviembre de 1935).

5 Para analizar en profundidad los mecanismos legales e incidencia real de la contrarrefor- ma agraria nos remitimos además de las investigaciones de Sorní Mañés (1978) y José Manuel Mangas Navas (1990).

6 Paniagua Mazorra (1988 a) define el nuevo marco legal por su carácter ejecutivo, la esca- sa proyección temporal con que se concibe, y la ideología coyuntural en que se desenvuelve, fruto de la necesidad de conciliar las diferentes sensibilidades que convivían dentro del bando vencedor.

7 El SRA, incluido el SNREST, fue la herramienta encargada de devolver a sus antiguos propietarios las tierras perdidas en la guerra; entre sus tareas destacaría la recuperación, admi- nistración, devolución de bienes agrícolas recuperados y auxilio a zonas devastadas. Mientras que el SNREST centraba su actuación sobre las grandes propiedades, el SRA gestionaba la pequeña y mediana propiedad (Paniagua Mazorra, 1988 a).

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manteniendo la situación anterior a la República con una estabilidad que se prolon- garía veinte años más, y propiciando un proceso de acumulación de capital que fa- vorecería el crecimiento económico en los años sesenta; b) sobre la población activa agraria, ya que según diversas estimaciones más de 800.000 campesinos beneficia- dos por las leyes republicanas sobre reforma agraria fueron expulsados de unas fincas que se devolvieron a sus antiguos dueños una vez finalizada la contienda ci- vil; y c) sobre el nivel de producción agraria, con un índice global de producción agraria que en 1945 era todavía un 40% inferior al de diez años antes.

Esta labor se encomendaría al INC, signo inequívoco de que la política agraria española transcurriría a partir de entonces por unos derroteros perfectamente identificados con la actuación colonizadora (Ortega Cantero, 1993), dentro de unos planteamientos reformistas superadores de las limitaciones de la reforma agraria republicana. En este sentido, cabe destacarse, entre otras disposiciones legales, el Decreto de 28 de agosto de 1936, por el que el bando franquista dejaba en suspen- so la ejecución de los proyectos de la reforma agraria republicana, además de di- bujar una nueva estrategia agraria vinculada casi exclusivamente a las políticas hidráulicas y de colonización interior.

En este contexto de génesis y desarrollo de la actividad colonizadora, que luego ampliaremos, debemos incluir la política hidráulica como un complemento indis- pensable de la política de asentamientos. Inspirada en los viejos planteamientos regeneracionistas que la supeditaban en tanto que herramienta a una política agra- ria centrada en el aumento de la productividad a través del incremento del regadío, como sucedería con el Plan General de Obras Hidráulicas de 1939, establecía un objetivo final, que no fue el impulso de cultivos de exportación, sino la consecución del abastecimiento nacional a partir de una premisa: que la transformación al rega- dío contribuiría necesariamente a modificar la distribución de la propiedad en bene- ficio de las pequeñas y medianas explotaciones (Ortega Cantero, 1993).

La nueva política agraria franquista comenzó a ensayarse en las zonas adhe- ridas al bando nacional durante la guerra civil, y estuvo siempre vinculada, lógi- camente, a aquellos sectores más comprometidos desde el punto de vista político

y social. Con su implantación se pretendía solventar el problema social de la tierra

a través de la reforma de las estructuras agrarias, pero también buscaba la supe-

ración del concepto de reforma agraria anterior a 1936: «Se ha preocupado prefe- rentemente por una reforma tecnológica, ajena a toda transformación generalizada de la estructura de la propiedad y de la explotación, y dirigida a una mejora de la productividad, a una elevación de los rendimientos, a una maximización de la pro- ducción y del consumo y, en definitiva, de los beneficios» 8 .

En realidad, y según Bosque Maurel, no hubo nunca reforma agraria como tal entre 1939 y 1975, simplemente porque nunca se planteó. Sí se puso en práctica, en cambio, una reforma tecnológica, «resultado de una política agraria más preocu-

8 Bosque Maurel, 1984, pág. 180.

Vicente José GalleGo simón

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pada por los problemas técnicos y de modernización de la agricultura que por los problemas sociales y estructurales, pese a las declaraciones de intenciones de los responsables políticos» (Pérez Yruela, 1997, pág. 898). Siguiendo este hilo argu- mental, López de Sebastián (1970) se reafirmaba en la idea de que las reformas estructurales puestas en marcha a partir de 1939 se sustentaron sobre los siguien- tes principios: respeto a la propiedad privada, la familia como unidad básica de explotación en el regadío, la articulación del mecanismo expropiatorio por causa de interés social y la mejora de la estructura productiva en el campo español. Fi- nalmente, para los geógrafos Florencio Zoido y José Juan Romero, «la obra coloni- zadora del INC intentó paliar la ausencia de medidas realmente redistributivas del régimen franquista en el sector agrario. No se puede hablar estrictamente de Refor- ma Agraria para calificar esta actuación colonizadora 9

Sectores afines al régimen franquista, como el representado por Emilio Lamo de Espinosa y Enríquez de Navarra, que fue Director del Instituto de Estudios Agro-Sociales, hablaban en términos muy diferentes cuando se referían a la colo- nización, al considerarla como una «reforma integral de las estructuras agrarias … que en unos lugares consistirá en la colonización de zonas o fincas, en otros en la concentración parcelaria y ordenación rural, en otros en la parcelación, o bien, al mismo tiempo, en colonización y concentración o parcelación; y en otras comarcas adoptará aspectos sólo de reforma de las estructuras de las empresas privadas 10 ». Tampoco se puede olvidar que toda política agraria conlleva inevitablemente un planteamiento espacial, en donde «el Estado propone y potencia, de forma más o menos directa y coherente, una verdadera estrategia de producción del espacio que se sitúa en el interior mismo de su política agraria» 11 .

Enmarcada en la ideología agrarista del primer franquismo (Sevilla Guzmán, 1979; Pérez Rubio, 1995), la nueva política agraria se apoyó sobre una serie de fundamentos (Barciela López, 1986 y 2003; Gómez Benito, 1996):

1.- Defensa del sistema de propiedad privada de la tierra. Reforzado en 1939, en especial tras la aprobación en 1942 de la Ley de Arrendamientos de 23 de julio y la adquisición de tierras por parte de esos pequeños arrendatarios y aparceros, se convirtió en la mejor opción de los propietarios, sobre todo si tenemos en cuen- ta la nueva coyuntura agraria, marcada por los bajos salarios, la supresión de las protestas campesinas y las ventajas del mercado negro. Por otro lado, este afian- zamiento de la propiedad privada no llegó a estar amenazado realmente con la entrada en vigor en 1946 de la Ley expropiatoria, ya que ésta reconocía la expro- piación previa indemnización a precios de mercado, sin olvidar que otra disposi- ción legal validaba el mecanismo de la oferta voluntaria para adquirir propieda- des 12 . No obstante, algunos han concedido una mayor importancia al temor a una

9 Romero Rodríguez y Zoido Naranjo, 1977, pág. 252.

10 Lamo de Espinosa, 1963, págs. 10 y ss.

11 Ortega Cantero, 1979, pág. 19.

12 Decreto de 23 de julio de 1942 (BOE de 1 de agosto de 1942) del Ministerio de Agricultu- ra, autorizando al INC para adquirir fincas con fines de parcelación.

ColonizaCión, regadíos Y desarrollo en el sur de españa

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reforma agraria (Simpson, 1997), algo evidenciable no sólo por el hecho de que, por ejemplo, el INC expropiara entre 1939 y 1964 un total de 221.000 ha, sino sobre todo por la simple existencia de una maquinaria legal de esas características como factor condicionante y disuasorio.

2.- Crítica y liquidación de la reforma agraria republicana, y superación de ésta con la política de colonización. La crítica del régimen franquista a la reforma agraria se fundamentó no sólo en su ineficacia (ya que no permitió el acceso de arrendata- rios, aparceros y braceros a la propiedad individual de la tierra) y naturaleza utó- pica, sino que además de su carácter anticampesino debido a su preferencia por la colectivización sobre la pequeña propiedad campesina, las explotaciones formadas tras la parcelación de grandes fincas no llegaron nunca a ser realmente viables desde el punto de vista económico (Gómez Benito, 1996). Como alternativa, el régi- men franquista adoptó un nuevo concepto extraído del movimiento falangista, el de «reforma económica y social de la tierra» 13 , superador de la reforma agraria republi- cana 14 , con el fin de atender las demandas de numerosos sectores campesinos que colaboraron en el triunfo del Movimiento. Surgió entonces la política de coloniza- ción como un instrumento complementario tanto de la política hidráulica como de la política de redistribución de la tierra (Sánchez López, 1980), en la medida en que la primera exigiera la redistribución de algunas tierras 15 . La colonización plasmaba, además, «la pretensión prioritaria de incrementar los resultados productivos del cam- po español, y también el intento de ofrecer a la vez algún tipo de respuesta a los problemas sociales allí presentes, sin poner en peligro la estabilidad del orden econó- mico imperante» (Ortega Cantero, 1993, pág. 20). Buena muestra de lo anterior lo constituye tanto la creación en 1939 del INC, visto por la mayoría de estudiosos como un instrumento básico de la política agraria durante el primer franquismo, como la aprobación en el mismo año de la Ley de Colonización de Grandes Zonas.

Gómez Benito (2004) distingue, por otra parte, entre una política socioestruc- tural destructiva, la ejecutada con éxito durante la inmediata posguerra y dirigida a

13 El origen doctrinal de este concepto se encuentra tanto en el programa agrario de Falan- ge como en el del reformismo social católico, sin olvidar la influencia de determinadas doctrinas económicas (List, Keynes) y algunas experiencias extranjeras como la italiana o la norteameri- cana (Gómez Benito, 1996).

14 En este sentido, se revela como un documento clave para entender esta cuestión el Pro- yecto de Reglamento del Servicio y un «Estudio de conjunto sobre la Reforma Económica y Social de la Tierra», de 16-5-1939, redactado por Ángel Zorrilla y entregado al Ministro de Agricultura Rodríguez Cuesta. En él se hacía ver la necesidad de una «revolución total de la economía», eje- cutada por un órgano específico, que subordinaría lo social a lo técnico-económico, otorgaría una notable importancia a la industrialización en el medio rural, reconocería que existe un exceso de población agraria que debe ser traspasada a otros sectores, optaría por la vía del tercerismo utópico, y apostaría por una reforma social tras la económica, que anulase el poder político de las oligarquías rurales (de hecho, se proponía la creación de un Ministerio de Reforma Agraria). El dictamen finalizaba con un Anteproyecto de Ley de Bases del Plan de Reforma Agraria, cuyo contenido ha sido recogido por Cristóbal Gómez (1996, pág. 131), muestra de que existían grupos políticos dispuestos a ir más allá al plantear una reforma más radical y social.

15 Sólo cuando la situación económica y social en el campo fue grave se puso en marcha la política hidráulica (Ortega Cantero, 1979).

Vicente José GalleGo simón

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restituir el orden social agrario anterior a la etapa republicana (la denominada con- trarreforma agraria), y otra de carácter constructivo y que trataría de responder a los graves problemas socioeconómicos del campo español. A esta etapa correspondería la colonización agraria en sus diferentes expresiones, a la que habría que añadir un amplio dispositivo de medidas legislativas sobre arrendamientos y acceso a la pro- piedad, regulación del crédito agrario como factor fundamental en la viabilidad de las explotaciones españolas, fomento del movimiento cooperativo, impulso de la extensión agraria, política de concentración parcelaria, etc. Sin embargo, y a pesar de todo, lo cierto es que los años cuarenta pasarían sin que realmente se desarrolla- se una verdadera política de reforma de las estructuras agrarias. Las políticas hi- dráulicas y de colonización sufrieron un parón en esos años, resultado de las difíci- les condiciones económicas del país y de los problemas presupuestarios 16 , mientras que la concentración parcelaria no se iniciaría hasta 1952 17 .

3.- Autarquía e intervención sobre la producción, la comercialización y el consumo de alimentos. El control de los precios. El concepto de autarquía, referido a la España de posguerra, ha sido definido recientemente como un «modelo económico que aspira al autoabastecimiento del país, a través de la sustitución de importaciones por la pro- ducción nacional logrando así una balanza de pagos razonable; con estos capitales y con el fomento directo de la economía por parte del Estado, el fin último no sólo era la independencia económica, sino la industrialización de la nación 18 ». En cuanto a sus rasgos definitorios 19 , el principal objetivo era lograr el abastecimiento del país en un marco de supresión de las libertades económicas, generando al mismo tiempo un sistema inevitablemente corrupto, sometiendo a las clases trabajadoras, y con la in- dustrialización del país como última aspiración. No obstante, la autarquía supuso además un importante freno en cuanto a las disponibilidades calóricas de la pobla- ción española, condicionando de forma decisiva la política alimentaria a través del intervencionismo más absoluto (Soler Sanz, 1992; Contreras Hernández, 1997).

El sector agrario fue sin duda el más regulado de toda la economía española, y donde mejor podemos visualizar el fracaso del intervencionismo, como lo prueban las dificultades de abastecimiento en la posguerra 20 . En este caso, la política intervencio- nista diseñada por el régimen franquista partió de la errónea creencia en que los

16 Zambrana Pineda (2006) insiste sobre las causas que, a su juicio, fueron determinantes para limitar la acción pública en estos campos: falta de materias primas, restricciones energéti- cas, una débil financiación y la negativa de la gran propiedad a realizar inversiones de cierto calado.

17 Ley de 20-12-1952 sobre Concentración Parcelaria, y Orden de 16-2-1953 por la que se crea el Servicio de Concentración Parcelaria, complementada por la Orden de 27-5-1953.

18 Arco Blanco, 2004, pág. 8.

19 Para un mayor conocimiento del tema puede consultarse Catalán, J. (2002): «Franquismo y autarquía, 1939-1959: enfoques de historia económica». Revista Ayer, nº 46, págs. 263-283. Barciela López, C. (ed.) (2003): Autarquía y mercado negro: el fracaso económico del primer fran- quismo (1939-1959). Barcelona, Ed. Crítica.

20 No obstante, la industria española tampoco lograría escapar del modelo autárquico impuesto en el país tras el conflicto civil (Robert, 1943; Buesa Blanco, 1983; Miranda Encarna- ción, 2003).

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precios de los productos y de los factores de producción podían fijarse por decreto, al margen de los mercados; sin embargo, el fracaso de estos controles condujo a una espiral de normas, controles y sanciones cada vez más inútiles. El Estado intervino sobre el sector agrario básicamente a través de cuatro vías (Gómez Benito, 1996):

controlando la producción, distribución y consumo de productos agrarios; controlando los precios; racionando el consumo 21 ; y fijando cupos para adquirir medios de produc- ción y materias primas. La intervención posibilitaba diferentes actuaciones, desde la tasa de los precios o incluso la intervención de la actividad comercial (vendiendo en monopolio los productos a precios oficiales a organismos públicos o grandes indus- triales), hasta la imposición de superficies mínimas obligatorias de siembra, que se hacían públicas y quedaban sometidas a una estimación de rendimientos mínimos, necesarios para calcular el cupo forzoso de entrega para los agricultores, cupo que se entregaba a precio inferior al resto de la cosecha, que era el cupo excedente.

Un ejemplo de los resultados de este programa claramente intervencionista lo podemos apreciar en el desarrollo de la política triguera 22 , supeditada a la actua- ción del Servicio Nacional del Trigo 23 . Partiendo de la idea de que España podría ser autosuficiente y con el propósito de abaratar el precio del pan, el SNT impuso unos precios de tasa muy bajos, extendidos posteriormente a otros productos bá- sicos como el resto de cereales, leguminosas o aceite de oliva, algo que condujo a una extensificación de las explotaciones agrarias con la consiguiente caída de rendimientos y producciones. Además, los crecientes desequilibrios comerciales desembocaron en la expansión de un floreciente mercado negro 24 que acapararía en los años cuarenta más de la mitad de algunos productos básicos como el trigo, a precios que duplicaban y triplicaban los oficiales, con ínfimas calidades en el producto final, y un impacto desigual según se tratara del tipo de agricultor y del producto cultivado (Barciela López, 1996).

Diversas investigaciones centradas en el trigo (Naredo Pérez, 1981) han evi- denciado que las oportunidades de negocio generadas en el mercado negro indu-

21 De hecho, la intervención de los mercados hizo imprescindible el racionamiento, oficial- mente establecido el 14-5-39 por medio de una Orden del Ministerio de Industria y Comercio. El territorio nacional quedó dividido en diez zonas, al frente de cada una se nombró un Comisario de Recursos bajo la Dirección de la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes, encar- gado de controlar las existencias disponibles y las necesidades de la población.

22 El diseño de una política triguera que diera respuesta al creciente consumo de una población española en plena expansión demográfica durante el primer tercio del siglo xx ya fue objeto de atención en los años treinta desde diferentes perspectivas: Juan Bautista Guerra (1930):

Al servicio de los labradores. La cuestión triguera. Madrid, Talleres Tipográficos; Dionisio Martín Sanz (1937): El problema triguero y el nacional sindicalismo. Madrid.

23 No podemos olvidar que, en opinión de algunos autores, en el origen del Servicio Nacio- nal del Trigo (SNT) se encontraba «la hermandad de los intereses de los grandes terratenientes del sur, con explotaciones de orientación cerealista extensiva, con los de los pequeños y medianos cerealistas castellanos, que constituían la base social agraria del Movimiento Nacional» (Gómez Benito, 2004, pág. 67).

24 Sobre el mercado negro de productos agrarios en la posguerra española: Barciela López (1981 a y b, 1996, 2001 y 2003 b), Clavera (1976), Naredo Pérez (1981), Tió Saralegui (1982), Gutiérrez del Castillo (1983), Barciela López y García González (1986), Martí Gómez (1995), Christiansen (2002), y Pérez González (2002), entre otros.

Vicente José GalleGo simón

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jeron a muchos agricultores a poner en marcha diferentes mecanismos de oculta- ción, como sembrar más superficie de la declarada, abusar del barbecho semillado (con productos como los cereales o las leguminosas para pienso, menos controla-

dos que el trigo), declarar menor rendimiento que el obtenido realmente, sobornar

a los controladores, etc. El caso más paradigmático lo constituyen las grandes

explotaciones cerealistas del valle del Guadalquivir, en donde en algunos casos se llegó a experimentar un proceso paralelo de expansión e intensificación del culti- vo, eliminando tanto el erial como el barbecho blanco característico del sistema al

tercio 25 . Precios altos debido al mercado negro, salarios bajos y mercado de la tierra estable dieron como resultado una gran rentabilidad en este tipo de explo- taciones, propiciando a través del ahorro bancario un trasvase de capital hacia otras actividades y regiones, posibilitando así un mecanismo de acumulación de capital que favoreció la industrialización en la posguerra.

El mercado negro, para algunos «la otra cara de la intervención» (Clavera, 1976), fue la consecuencia directa (para muchos buscada, como mantienen en

2003 González Portilla y Garmendia Urdangarín) de un excesivo intervencionis- mo; fue, en definitiva, la respuesta del mercado a las alteraciones introducidas en

el mismo por una intervención que en ningún momento logró resolver el problema

del abastecimiento a la población. De hecho, la necesidad de tuvieron las explota- ciones agrarias de proveerse de medios de producción como ganado de labor, abonos o maquinaria, también en el mercado negro demostraba, a juicio de Nare- do (1981), en primer lugar, lo rentable de la actividad agraria en estos años, y en segundo término, la decidida apuesta por la mecanización a pesar de los bajos salarios. Pero el mercado negro no fue sólo eso, sino que llegó a convertirse «en mecanismo casi obligado para no interrumpir procesos fabriles» (Clavera, 1975, pág. 97). Los productos más afectados por las diferencias de precios existentes entre el mercado oficial y el negro fueron aquellos considerados básicos en la dieta ali- mentaria, además de algunas manufacturas industriales también de primera ne- cesidad, como lienzos y bujías (González Portilla y Garmendía Urdangarín, 2003). Trigo, aceite de oliva, azúcar, tocino salado, arroz, alubias blancas, lentejas, hue- vos o carne de segunda sin huesos, todos ellos fueron alimentos sometidos a lo largo de la década de los cuarenta a una fuerte demanda, y por tanto a oscilaciones de precios entre ambos mercados verdaderamente escandalosas, máxime si tene- mos en cuenta el estancamiento de los salarios. Además es en las áreas urbanas en donde mejor podemos visualizar las dificultades de aprovisionamiento de estos productos, ya que las familias debían acudir al mercado negro para completar las

cantidades adquiridas a través de las cartillas de racionamiento en el mercado oficial. Estas distorsiones se mantendrían hasta el inicio de los años cincuenta, momento en el que los precios oficiales comenzaron a crecer de forma sustancial, dejando por tanto sin sentido la práctica sistemática y generalizada del estraperlo.

25 La conversión del cultivo al tercio, más propio de la sociedad agraria tradicional, hacia el de año y vez, que tuvo lugar en España a lo largo del primer tercio del siglo xx y sobre todo a partir de 1940, ha sido estudiado por investigadores como Sumpsi Viñas (1980). Este proceso conllevó en un primer momento la intensificación de la hoja de barbecho, para después eliminar la hoja que permanecía adehesada, y finalmente, a partir de los cincuenta, a través de la mecanización.

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La política comercial exterior contribuyó a agravar aún más la situación del sector agrario, ya que a la pérdida de los mercados internacionales se le unió una drás- tica reducción de las importaciones de inputs (Barciela López y López Ortiz, 2003 b), básicamente maquinaria, fertilizantes y combustible, que la industria nacional no pudo compensar (Buesa Blanco, 1983).

Tal y como podemos observar en la tabla 1, la superficie agraria disminuyó, las producciones y rendimientos también lo hicieron, y los intercambios exterio- res quedaron muy reducidos. El resultado no podía ser otro que un drástico decli- ve de las disponibilidades alimenticias, el subconsumo generalizado 26 y el hambre, en una situación de aumento constante de la población activa agraria.

Tabla 1. Superficie, producción y rendimiento de los principales cultivos (1939-49), en números índices (1931-1935 = 100)

Cultivo

Superficie

Producción

Rendimiento

Trigo

83

73

87

Cebada

84

78

92

Maíz

88

73

87

Viñedo

96

88

91

Olivar

103

93

89

Patatas

90

60

66

Remolacha azucarera

76

61

80

Naranjo

98

74

76

Alfalfa

115

111

96

Fuente: Anuarios Estadísticos de las Producciones Agrarias. Op. cit. en Barciela López y López Ortiz, 2003 b, pág. 23.

La carestía de medios de producción a la que antes se ha aludido, unida a la dócil y barata mano de obra disponible en el campo, «hicieron que el sector agríco- la reforzara en los años cuarenta sus características de economía natural» (Barciela López y López Ortiz, 2003 b, págs. 25-26). Como ya se ha argumentado, la combi- nación de bajos salarios y precios fabulosos en el mercado negro propició una elevada rentabilidad en las explotaciones agrícolas, algo que resultó determinante para permitir ese proceso de acumulación de capital que, a través del trasvase de recursos financieros del sector agrario el resto de la economía, propiciaría poco después del despegue industrial del país 27 .

El intervencionismo de la posguerra también se dejó sentir sobre el mercado de trabajo en general, y sobre el agrario en particular. El Estado se reservó en ex-

26 Cussó Segura (2005) cita al hambre y la malnutrición como fenómenos cotidianos para buena parte de la población en la España de posguerra, y de la notable incidencia que esto tuvo para la salud, el desarrollo físico y probablemente el intelectual de los afectados, incidiendo por tanto en el propio desarrollo socioeconómico del país.

27 En general, uno de los efectos más importantes de la caída de los salarios fue la reagra- rización de la economía española así como el ascenso de los beneficios empresariales (Carreras y Tafunell, 2003).

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clusiva la capacidad de regular, fiscalizar y aplicar las disposiciones relativas a las relaciones laborales, dando una rigidez excesiva propia del modelo autárquico del país (Soto Carmona, 2003): trabas a la emigración exterior, rígidas clasificaciones laborales, política de bloqueo salarial, relaciones sindicales sujetas al principio de verticalidad, etc. La evolución de los salarios en la provincia de Jaén durante los años cuarenta, que encontramos en la tabla 2, revela el creciente desequilibrio entre éstos y el coste de la alimentación.

Tabla 2. Comparación entre la evolución de los salarios y el coste de la vida y la alimentación en la provincia de Jaén (Base 100=1936) 28

 

Salarios

Evolución coste de la alimentación

 

Salarios recolección cereales y leguminosas

recolección

Evolución coste de la vida

Año

aceituna

1939

106,99

1940

120,66

106,25

1941

117,23

106,26

233,08

281,30

1942

117,23

106,25

248,00

298,30

1943

117,23

106,25

245,20

292,60

1944

117,23

125,00

250,40

298,90

1945

117,23

125,00

272,50

330,50

1946

117,23

132,75

344,60

445,20

1947

201,71

212,50

412,30

519,90

1948

201,71

212,50

457,60

566,40

Fuente: Instituto Nacional de Estadística (1954): Reseña Estadística de la provincia de Jaén. Op cit. en Cobo Romero y Ortega López, 2004, pág. 111.

Paradójicamente, en esa misma década de malas producciones agrarias y nulos avances tecnológicos, los excedentes de explotación aumentaron de forma generalizada en todos los ámbitos de la producción agropecuaria, favoreciendo así la estabilidad de la estructura agraria (Naredo Pérez, 2004), puesto que el índice de precios percibidos creció por encima de los salarios en el campo y de los pre- cios de los productos adquiridos fuera de la explotación.

De hecho, en opinión de algunos investigadores (Ortega Cantero, 1983) dos fueron los acontecimientos que marcarían la situación el campo español tras la guerra civil: la ya aludida fijación administrativa de los salarios en un momento claramente inflacionista, y la supresión de los sindicatos y organizaciones obre- ras, muy activas durante la República y la guerra, y cuya desaparición repercutió económicamente sobre los beneficios agrarios. Ambos factores, unidos a la abun- dancia de mano de obra agraria disponible, permitieron una cierta estabilidad al modelo de agricultura tradicional, entendido como una situación transitoria de coexistencia entre la gran y la pequeña explotación.

28 La evolución del coste de la vida y la alimentación sólo proporciona datos referidos a la capital de la provincia.

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Las primeras interpretaciones sobre la transformación y modernización de la agricultura española aparecieron en la década de los setenta de la mano de varias publicaciones protagonizadas por José Manuel Naredo 29 ; para el caso andaluz, merece destacarse el trabajo realizado por el Grupo ERA (Estudios Rurales Anda- luces), fruto de la colaboración interdisciplinar 30 . Poco después, Nicolás Ortega Cantero (1983) se encargó de sintetizar los elementos que contribuyeron, a su juicio, a conformar el «modelo de agricultura tradicional»:

1. La revalorización del cultivo directo supuso la demanda de los grandes

propietarios para recuperar multitud de fincas que se encontraban parceladas, con el problema añadido derivado de la expulsión de quienes hasta ese momento venían cultivando estas tierras.

2. La convergencia de factores como la creciente rentabilidad de las explota-

ciones agrarias o la protección de los precios (con la alternativa remuneradora del mercado negro) explican fenómenos de posguerra como la roturación de tierras o el uso generalizado de métodos de cultivo cada vez más intensivos (sustitución del cultivo al tercio por el de año y vez o a dos tercios, revalorización de los cultivos de barbecho, y ampliación del regadío).

3. Es muy importante resaltar que, a diferencia de otros autores, Ortega Can-

tero defiende la tesis de que en un contexto como éste, con exceso de oferta de mano de obra en el sector agrario, no se excluye que ya desde los inicios de los años cuarenta comenzara a emplearse de forma creciente maquinaria y productos químicos en grandes explotaciones como las situadas en el entorno de la Campiña del Guadalquivir 31 .

4. Este último apartado hace referencia a la relación de la agricultura tradi-

cional con el sistema económico en general y con el modelo industrial puesto en marcha por el régimen franquista sobre todo a partir de los años cincuenta. En general, existe un amplio acuerdo a la hora de identificar a la agricultura españo- la de posguerra en su función de suministradora de recursos financieros al inci- piente desarrollo industrial (Naredo, Leal, Leguina y Tarrafeta, 1975; Naredo Pé- rez, 1996), algo posible gracias a la relevancia de la gran propiedad, los elevados índices de comercialización de la producción agraria (mercado protegido más mercado negro, y creciente tendencia a la especialización productiva de algunas regiones españolas), y la gran influencia de la evolución de unos salarios que permanecieron estancados al menos hasta 1951, algo que permitía compensar los malos rendimientos agrícolas.

29 Naredo Pérez, J. M. (1971): La evolución de la agricultura en España. Desarrollo capitalis- ta y crisis de las formas de producción tradicionales. Naredo, Leal, Leguina y Tarrafeta (1975): La agricultura en el desarrollo capitalista español, 1940-1970.

30 Grupo ERA (1980): Las agriculturas andaluzas.

31 Como se argumentaría, «ya en los años cuarenta actúan incipientemente tendencias de adaptación tecnológica opuestas a la estabilidad de la agricultura tradicional» (Ortega Cantero, 1983, pág. 89).

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La geógrafa Mercedes Molina Ibáñez (1993), por su parte, identificaba toda- vía en la segunda mitad de los años cincuenta una serie de rasgos definitorios de lo que aún respondía a un modelo agrario tradicional: una elevada población activa agraria, el mantenimiento de unas estructuras agrarias desequilibradas y contrapuestas, una producción excesivamente adaptada a la demanda, y unos sistemas de producción extensivos. Todo ello contribuye a que, por medio del mecanismo del ahorro, el sector agrario produjera una gran acumulación de capital, vital para sentar las bases del desarrollo industrial español de mediados de siglo (Naredo, Leal, Leguina y Tarrafeta, 1975; Grupo ERA, 1980); papel que en la década de los sesenta tendería a desaparecer, pasando nuestra agricultura a convertirse en demandante neta de recursos financieros. No obstante, el fenó- meno de la capitalización agraria y su contribución al desarrollo industrial no escapa a las grandes disparidades regionales, puesto que frente a territorios como la franja norte o la meseta castellano-leonesa, con predominio de la peque- ña y mediana explotación, la orientación cerealista en este último caso o el ele- vado componente de mano de obra familiar impidió la generación de una míni- ma capacidad de financiación, en otros casos, como los latifundios de la mitad meridional del país (con cultivos intervenidos), o las áreas de agricultura espe- cializada del Levante o Canarias, con productos fácilmente comercializables en los mercados exteriores, la elevada capacidad de financiación del sector agrario fue determinante.

Ortega Cantero defiende la tesis de que en la agricultura tradicional de pos- guerra se pueden encontrar tendencias claras hacia una adaptación tecnológica y una especialización espacial, fenómenos éstos que además de corregir esa imagen de estabilidad del modelo agrario tradicional, manifiestan una dinámica evolutiva más compleja, origen de los profundos cambios que la agricultura española expe- rimentará a partir de los años cincuenta. En cualquier caso, parece existir consen- so en que los cambios estructurales del período 1940-56 no fueron demasiados profundos (López de Sebastián, 1970), si exceptuamos el impacto, limitado espa- cialmente, de la colonización agraria 32 .

En Andalucía, a partir de los años cuarenta se fue acentuando el carácter capitalista de su agricultura mediante la consolidación de tres grandes monocul- tivos: el cerealista, el olivarero y el vitivinícola (López Ontiveros, 1986). En el primero de ellos resultó vital el ya aludido cambio en los sistemas de cultivo, con la generalización de los dos tercios, la práctica cada vez más usual del barbecho semillado y la progresiva implantación de técnicas modernas. Estos factores, uni- dos a la expansión del regadío, han convertido al Valle del Guadalquivir en el mejor exponente de ese «giro copernicano en la agricultura andaluza», al tiempo que ha contribuido a desmitificar la idea de un absentismo dominante en la gran propiedad en nuestra región (Martínez Alier, 1968; Sumpsi Viñas, 1980). Sin em- bargo, no toda la agricultura andaluza se comportó de la misma forma; en las

32 «se prefiere una política agraria basada en fomentar la producción sin que el planificador de la agricultura instrumente su acción con medidas económicas expresas» (López de Sebastián, 1970, pág. 110).

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provincias más orientales el proteccionismo practicado por el régimen franquista retrasó hasta mediados de los sesenta el desarrollo de una agricultura realmente competitiva (Cobo Romero y Ortega López, 2004). No debemos olvidar que en aquellos momentos de apogeo del modelo de agricultura tradicional, el peso de lo agrario determinaba la evolución no sólo del mundo rural en su conjunto, sino incluso la dinámica demográfica de un buen número de ciudades portuarias y del interior (Ocaña Ocaña, 2000).

En cualquier caso, la incipiente modernización del campo andaluz se vió in- terrumpida durante la posguerra. Como en tantas otras regiones españolas, la in- tervención, la política autárquica y el control a que fueron sometidos la distribu- ción y el consumo propiciaron una caída en la superficie cultivada, la producción

y

los rendimientos 33 , dentro de un marco generalizado de escasez de fertilizantes

y

maquinaria agrícola, imposibles de adquirir a través de la importación, y abun-

dante y barata mano de obra, fruto del intenso proceso de reagrarización de la sociedad andaluza. Por otro lado, resulta llamativo observar cómo si durante el siglo xix llegó a alterarse significativamente la estructura de la propiedad del cam- po andaluz, básicamente a base de desamortizaciones y con la aplicación de la reforma agraria liberal, sin que lo hiciera el modo de explotación, en el siglo xx y sobre todo tras 1940 sucedió precisamente lo contrario: mientras la estructura de la propiedad se mantenía relativamente estable, sí se vieron profundamente alte- rados los cultivos, sus sistemas de producción y las técnicas utilizadas (López Ontiveros, 1986), hasta el punto de pasar de un capitalismo agrario arcaico a una organización también capitalista pero apoyada ahora en un uso más intensivo de la tierra, en la mecanización de las labores y en un modelo de gestión más moder- no (Roux, 1982; Naredo Pérez, 1989).

1.2. Base ideológica y doctrinal de la política de colonización. Aproximación a sus principales autores

No pretendemos entrar aquí a detallar todos los antecedentes históricos que han marcado uno de los capítulos más significativos de la política agraria española en los últimos siglos 34 . Después de la experiencia colonizadora que tuvo lugar en la Sierra Morena andaluza durante el último tercio del siglo xviii, la progresiva implan- tación de la reforma agraria liberal en el siglo xix incidiría directamente en la con- cepción de un modelo de colonización del interior del país 35 , entendido básicamente

33 Algunos investigadores (Zambrana Pineda, 2006) han coincidido en señalar que estos descensos fueron mucho más intensos en los cultivos herbáceos que en los leñosos, algo que afectó tanto al consumo alimenticio de la población como al de la cabaña ganadera.

34 Cipriano Juárez y Gregorio Canales abordan en dos publicaciones las transformaciones agrarias y urbanísticas habidas desde el siglo xviii en materia de colonización y repoblación interior en España: (1988 a): «Colonización agraria y modelos de hábitat (siglos xviii-xx. Agri- cultura y Sociedad, nº 49. Págs. 333-352. (1988 b): «Transformaciones agrarias indicativas y planificación urbanística». Estudios Geográficos, nº 193. Págs. 581-602.

35 Para Antonio López Ontiveros «hay un cambio de signo en el siglo xix, cuando el adveni- miento del liberalismo económico afecta profundamente a la organización legislativa y territorial

Vicente José GalleGo simón

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como poblamiento de territorios rurales vaciados demográficamente. En este contex- to, y además de algunas iniciativas legales poco efectivas como la materialización en 1854, año de la promulgación de la Ley Madoz de Desamortización Civil, de un Proyecto de Ley para el establecimiento de colonias agrícolas de la mano de Francis- co de Luxán, es de obligada referencia la obra de Fermín Caballero titulada Fomento de la población rural, fechada en 1864, en donde el autor se inclina por un modelo de colonización basado en la creación de caserías rurales, tratando de dispersar a la población por los campos y lograr así un mejor aprovechamiento de la agricultura. Fiel reflejo de esta concepción sería la aparición de la Ley de 1866, poco efectiva ya que no pudo lograr el objetivo de propiciar una clase de agricultores propietarios y cultivadores directos (Gómez Benito y Gimeno, 2003).

El período que transcurre entre las últimas décadas del siglo xix y los años treinta proporcionará la clave que nos permita entender el desarrollo de la política de colonización tras la guerra civil, ya que progresivamente irán confluyendo ésta y la política hidráulica 36 , presentada como la gran solución a los males de la agri- cultura española. En este contexto juegan un papel crucial los planteamientos re- generacionistas de Joaquín Costa 37 , para quien la colonización pasaba a convertir- se en un efecto de la política hidráulica, auspiciada ahora por un Estado que debía intervenir directamente en la ejecución de las grandes obras hidráulicas 38 . En definitiva, la política hidráulica se planteaba como acción directa del Estado, que asumía las grandes obras e impulsaba un marco administrativo y legal propicio que sirvió, más que por sus efectos prácticos, como importante antecedente de las políticas agrarias del franquismo: Plan Nacional de Aprovechamiento Hidráulicos de 1902 (Plan Gasset) 39 , Ley de Grandes Regadíos de 8-7-1911, y creación de las Confederaciones Hidrográficas en 1926. Sin embargo, en donde mejor podemos visualizar esa creciente complementariedad entre los planteamientos colonizado-

de la colonización agraria, eliminando los privilegios forales de las poblaciones carolinas y adop- tando el Estado simplemente una postura tutelar de los nuevos proyectos que se desarrollarán hasta mitad de siglo en terrenos de titularidad privada» (pág. 169). López Ontiveros, A. (2003): «Pobla- ción, poblamiento y regadíos según los Congresos Nacionales de Riegos (1913-1934)». Papeles de Geografía, nº 37, págs. 165-178.

36 En este sentido conviene destacar el magnífico trabajo de Gil Olcina, A. (2001): «Del Plan General de 1902 a la planificación hidrológica». Investigaciones Geográficas, nº 25 (enero-junio). Págs.5-31. En él se pone de manifiesto la importancia de los orígenes de la planificación hidrológica emprendida hace más de un siglo, a fin de resaltar el espíritu regeneracionista que impregnaría aquella legislación. Por otro lado, esta idea queda claramente expuesta en Barciela López y López Ortiz (2000): «La política de colonización del franquismo: un complemento de la política de riegos». En Barciela López y Melgarejo Moreno (2000): El agua en la historia de España. Alicante, Universidad.

37 Para analizar la obra de Costa, Fernández Clemente, E. (1990): «La política hidráulica de Joaquín Costa». En Pérez Picazo y Lemeunier (eds): Agua y modo de producción. Barcelona, Ed. Crítica. Págs. 69-97. (2004): «De la utopía de Joaquín Costa a la intervención del Estado: un siglo de obras hidráulicas en España». En: www.eumed.net/ce/2004/efc-jcosta.pdf.

38 El gran problema que se planteaba a la hora de culminar exitosamente la política hidráu- lica surgía casi siempre de una misma raíz: el escaso compromiso financiero de la propiedad privada afectada por las obras.

39 Analizado en profundidad en Ortega Cantero, N. (1995): «El Plan General de Canales de Riego y Pantanos de 1902»; en VV. AA.: Planificación Hidráulica en España. Murcia, Fundación Caja del Mediterráneo. págs. 107-136.

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res y los hidráulicos, así como el papel transformador y tutelar del Estado, es en los sucesivos Congresos de Riegos celebrados entre 1913 y 1934 40 .

La política de colonización en estos años también se vió afectada por el cre- ciente protagonismo de la llamada cuestión social agraria y por las dos vías de solución a este conflicto, que se fueron dibujando a lo largo del primer tercio del siglo xx (Gómez Benito, 2003): una de carácter técnico-económico, basada en la reforma de las infraestructuras agrarias como medio para constituir nuevas tipo- logías de explotaciones, y otra de naturaleza político-social, que veía en la inter- vención sobre la gran propiedad y en la parcelación y reparto de sus tierras entre los jornaleros y pequeños campesinos la solución a los desequilibrios existentes.

No obstante, casi todas las iniciativas colonizadoras surgidas en esta etapa adolecieron de los mismos vicios, derivados de una concepción restringida del pro- blema, lo que limitaría en gran medida las acciones legales puestas en marcha. Así, cabe destacarse la Ley sobre Colonización y Repoblación Interior de 1907 41 , y dos décadas después el Real Decreto de 7-1-1927, en plena Dictadura de Primo de Rive- ra 42 , así como de la presión ejercida por los sindicatos agrarios católicos, y orienta- do hacia políticas de fomento de arrendamientos, parcelaciones y crédito agrario dirigidas al pequeño campesinado. En este sentido, antes de la llegada de la Repú- blica parecían haberse asentado en España los planteamientos formulados por el reformismo social católico, de la mano de Severino Aznar 43 y Enrique Alcaraz 44 , que defendían los beneficios derivados de la expansión del regadío, siempre y cuando se dispusiera de «la técnica para producir y la justicia para repartir lo producido». La proclamación de la II República en abril de 1931 tendría una incidencia directa sobre la nueva orientación de la política agraria en general, y sobre la labor coloni- zadora en particular. En primer lugar, se intensificó la política hidráulica y se cul- minó la de riegos (Ortega Cantero, 1984), gracias a tres grandes hitos cuya ejecu- ción se vería interrumpida por el estallido del conflicto civil: la Ley de 13-4-1932 de

40 Para profundizar en ellos se recomienda la lectura de López Ontiveros (2001 y 2003), Ortega Cantero (1979, 1984 y 1999), Melgarejo Moreno (2000), y Monclús y Oyón (1988). De la época es el trabajo de Pascual Carrión (1927): «La concentración de la propiedad y el regadío en Andalucía». IV Congreso Nacional de Riegos (Barcelona). Madrid, Gráficas Reunidas.

41 De orientación claramente técnico-económica, conservadora y católico-social, esta ley trataría de responder a los grandes problemas que acuciaban al campo español: la gran cantidad de tierras improductivas, la baja intensidad de los terrenos cultivados, la intensa emigración rural, y la creciente agitación social agraria.

42 Para profundizar en la política hidráulica y de colonización durante la Dictadura de Miguel Primo de Rivera, véase: Ortega Cantero, N. (1979 b): «Política hidráulica y política colo- nizadora durante la Dictadura de Primo de Rivera». Cuadernos Económicos del I.C.E., nº 10. Págs. 353-381. Sambricio Rivera-Echegaray, C. (2009): «La revolución conservadora y la política de colonización en la España de Primo de Rivera». En VV. AA.: Pueblos de colonización durante el franquismo: la arquitectura en la modernización del territorio rural. Sevilla. Consejería de Cultura, Junta de Andalucía. Págs. 61-72. González Calleja, E. (2005): La España de Primo de Rivera: la modernización autoritaria, 1923-1930. Madrid, Alianza Editorial.

43 Aznar, S. (1930): Despoblación y Colonización. Barcelona, Ed. Labor.

44 Alcaraz, E. (1931): La Colonización Interior de España. Madrid, Dirección General de Agricultura, Servicio de Publicaciones Agrícolas, Ministerio de Economía.

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Obras de Puesta en Riego (OPER) 45 , verdadero antecedente directo de la política de colonización franquista (Gómez Ayau, 1961; Gómez Benito, 2003), el Congreso Na- cional de Riegos de 1934, y el Plan Nacional de Obras Hidráulicas de abril de 1933, precedente inmediato también de la posterior política hidráulica franquista, y en concreto del Plan de Obras Hidráulicas de 1939. En segundo término, no debe olvi- darse la promulgación de la Ley de septiembre de 1932 sobre reforma agraria, una de las más importantes del período republicano, que abogaba por primar la solución social al «problema de la tierra» frente a la de carácter técnico-económico.

Como ya se ha apuntado, la política de colonización franquista es, en buena parte, continuadora de las políticas hidráulicas y colonizadoras puestas en marcha durante los años veinte y treinta del pasado siglo. En este sentido, nos remitimos tanto a los Congresos Nacionales de Riegos como a las ideas regeneracionistas de Costa 46 . En cierto modo, la política de colonización se ha presentado como la cul- minación de una trayectoria convergente, dibujada ya desde finales del siglo xix, entre las políticas de colonización interior, la política hidráulica y la reforma agraria. Es cierto que surge ya durante la guerra civil como reacción a la reforma agraria republicana, pero también lo es que debía responder y atender a la grave situación social del agro español, desde el respeto absoluto a la propiedad privada y a la estructura agraria existente antes del conflicto civil. Sin embargo, la acción colonizadora ensayada por el franquismo fue perdiendo gradualmente su autono- mía hasta quedar subordinada en los años sesenta, dentro de una ambiciosa polí- tica hidráulica y de expansión de las áreas regables (Monclús Fraga y Oyón Baña- les, 1986; Barciela López y López Ortiz, 2000). De todos modos, la base ideológica de la colonización agraria no es nada original; intenta sincretizar multitud de fuentes doctrinales y experiencias prácticas más o menos exitosas (Gómez Benito, 1996), incorporando como novedad la actuación relevante de un organismo autó- nomo, el INC, capaz de abordar sus actuaciones desde una óptica claramente economicista (González de Andrés, 1945 a y b).

45 Gómez Benito (2003) valora esta ley en su capacidad de integrar la reforma técnica, a

través de los planes hidráulicos, con la reforma social, por la vía de la colonización interior y la redistribución de la propiedad. En este sentido, debe considerarse como complementaria y no contrapuesta a la Ley de Reforma Agraria de septiembre de 1932.

46 Joaquín Costa definía la política hidráulica como «la expresión sublimada de la política

El Poder público, como agen-

agraria y, generalizando más, de la política económica de la nación

te complementario de la actividad individual, está en el deber de coadyuvar a la transformación de

la agricultura de secano a la de regadío, proporcionando el beneficio del riego a la mayor extensión

posible del territorio por los medios que se hallen a su alcance y no al de los particulare

la polí-

tica hidráulica lleva consigo la nacionalización del agua para el riego y su alumbramiento y embal-

y nada

se por el Estado; pero implica además, en primer término, el establecimiento de escuela

habremos adelantado con proveer al agricultor de agua de riego y de instrucción técnica si carece de capital para operar la transformación de los cultivos o lo tiene en condiciones tan onerosas que

la transformación no le tenga en cuenta

ni tampoco si la red de embalses no se cruza y compe-

netra con otra de caminos y carreteras, con una red sólida y más tupida de escuelas de instrucción

primaria, con su obligado cortejo y complemento de Universidades y Escuelas Normales. De no ser

una palabra, supone toda una revo-

así, sería como un edificio suntuoso fundado sobre arena

lución» (entrevista publicada en «El Globo» bajo el título «Joaquín Costa y la política hidráulica».

Op. cit. en Gómez Ayau, 1978, pág. 90).

en

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Los primeros formuladores de la nueva doctrina colonizadora fundamentaron sus análisis bajo dos premisas fundamentales: por un lado, la necesidad de con- traponer esta nueva política a las fracasadas experiencias de reforma agraria de la etapa republicana; y por otro el complementar esta acción con la idea de que el futuro de la agricultura española debía pasar necesariamente por la construcción de grandes obras hidráulicas, capaces de alcanzar el abastecimiento energético necesario para reactivar la economía del país, y ampliar el área regable como base para lograr una expansión y diversificación productiva que garantizase la existen- cia de un mercado básico de productos agrarios en momentos de escasez como los de posguerra. En cualquier caso, y a modo de aproximación, intentaremos acercar- nos a las diferentes acepciones del concepto de colonización agraria, identificando al mismo tiempo los principios básicos sobre los que se cimentó en la década de los cuarenta. Comenzaremos por la definición que acuñó uno de sus principales teóricos, Emilio Gómez Ayau, en un intento de evitar confusiones con respecto a otras políticas, como las de reforma y contrarreforma agraria, la política hidráulica o la de regadíos. En un trabajo publicado en 1952 dentro de la Serie Estudios (nº 23) y titulado «Actualidad de la política de colonización», partía de la definición recogida por la Academia de la Lengua («fijar en un terreno la morada de sus cul- tivadores»), y tras analizar el caso italiano 47 definía la colonización como «El au- mento de la producción agrícola, consecuencia de esta mejora, es un paso más; pero sólo cuando en la tierra se instale de manera fija y estable una población agrícola, habremos dado todo su contenido a la palabra; es decir, la colonización no termina cuando los caminos, las redes de riego, los desagües, las viviendas, los edificios in- dustriales, las plantaciones, etc., están acabadas, sino cuando se ha conseguido el establecimiento, en este medio así formado, de unidades de explotación en armonía con él y se ha alcanzado la normal productividad de sus suelos y la independencia económica de las familias establecidas, que en realidad son las que colonizan la zona en que actúan» 48 .

En este párrafo Gómez Ayau partía de un principio básico que fue pronto asimilado por los principales especialistas de la época en colonización, como Jai- me Montero, Alejo Leal y Ángel Martínez Borque, según el cual este proceso no culminaría hasta que, una vez realizadas todas las obras necesarias, se lograsen establecer unas unidades de explotación en armonía con el medio, alcanzando las familias instaladas unos niveles aceptables de productividad e independencia económica. En este sentido, cabe destacarse la definición acuñada por Jaime Mon- tero de colonización y reforma agraria 49 , fundamentada sobre la base de las difi- cultades en distinguir entre ambos conceptos, ya que «una Colonización que se

47 Por «Bonífica integrale» se entendía la transformación de la tierra originaria en el deno- minado capital fundiario, fundamentalmente a través de la acción humana; no es sólo una acción hidráulica, sino también higiénica, social, económica y demográfica. Para mayor detalle véase Bandini, M. (1952): «La Bonífica Integrale en Italia. La reforma del agro en Italia». Serie Estudios. Instituto Nacional de Colonización, nº 24.

48 Gómez Ayau, 1952 a, pág. 16.

49 Montero y García de Valdivia, J. (1950): «Un proceso legislativo interesante. Desde la transformación en regadío como empresa capitalista hasta su implantación como un deber social». Serie Estudios. Instituto Nacional de Colonización, nº 20.

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lleve a cabo mediante la creación de unidades de cultivo suficientes para el sosteni- miento decoroso de una familia y la instalación sobre aquéllas, en condiciones hu- manamente dignas, de numerosos propietarios nuevos, que, además, han de llevar personal y directamente el cultivo de dichos terrenos que anteriormente se explota- ban en régimen de arrendamiento: ¿no tiene nada que ver con eso de la Reforma Agraria?» 50 .

Diversos investigadores han planteado con posterioridad nuevos enfoques en función de la intencionalidad que pudo tener el régimen franquista en su aplica- ción. Así, mientras que para Sánchez López «la política de colonización va a encua- drarse como un instrumento complementario tanto en la política hidráulica como en la política de redistribución de la tierra, opciones ambas entre las que han oscilado la mayor parte de la política agraria y la política social para el campo desde fines del siglo pasado» 51 , otros en cambio aluden a su valor como reforma tecnológica, «ajena a toda transformación generalizada de la estructura de la propiedad y de la explotación, y dirigida a una mejora de la productividad, a una elevación de los rendimientos, a una maximización de la producción y del consumo y, en definitiva, de los beneficios 52 ». En todos los casos se reproduce el mismo patrón para cada zona regable, aplicando directrices que trataban de afianzar un modelo de produc- ción agraria basado en la pequeña explotación familiar y en el asentamiento de la población en nuevos y pequeños núcleos rurales (Juárez Sánchez-Rubio y Rodrí- guez Cancho, 1996).Ya en los noventa, una importante obra colectiva patrocinada por varios ministerios, en su volumen III 53 se definía una zona de colonización agraria como «aquellos ámbitos objeto de colonización que posibilitan una transfor- mación de la producción agraria, mediante la explotación de los terrenos dominados por el riego, a la vez que fijan la población rural en condiciones adecuadas de habi- tabilidad y se establecen sistemas de comunicaciones para su desarrollo integral».

La mayor parte de la bibliografía disponible sobre la colonización durante el primer franquismo renegaba de la experiencia republicana, aunque en cierta me- dida el organismo creado para aplicar la política colonizadora, el INC, aparecía ante todos como legítimo heredero del IRA republicano; apostaba por desarrollar la colonización sustentando la acción en un principio sobre el secano, y conforme fue pasando el tiempo sobre las zonas regables; y por último, planteaba la coloni- zación como una reforma agraria de tipo técnico, más preocupada por desarrollar la agricultura española que por los aspectos sociales que toda colonización pudie- ra comportar, a pesar de las múltiples proclamas de dirigentes y técnicos del ins- tituto colonizador. En cuanto a los autores, todos ellos afectos al nuevo régimen desde sus diferentes familias (falangistas, católicos sociales, monárquicos, etc.), pertenecían en su inmensa mayoría a lo que Gómez Benito definió como la élite

50 Op. cit., pág. 8.

51 Sánchez López, 1980, pág. 71.

52 Bosque Maurel, 1984, pág. 180.

53 Villanueva Paredes, A. y Leal Maldonado, J. (1991): Historia y evolución de la colonización agraria en España, Vol. III: La planificación del regadío y los pueblos de colonización. Madrid, MAP-MAPA-MOPU. Pág. 291.

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burocrática del país, encuadrada en los diversos ámbitos de la Administración, como el Ministerio de Agricultura o la Organización Sindical.

Este sociólogo 54 distinguía dos niveles. En primera instancia se encontrarían los formuladores de la política colonizadora: Angel Zorrilla Dorronsoro, Emilio La- mo de Espinosa, Emilio Gómez Ayau y Rafael Cavestany, todos ellos de proceden- cia falangista y que actuaron como técnicos ilustrados, dando cuerpo a la doctrina colonizadora. En un segundo escalón aparecen los denominados especialistas en colonización, técnicos que se encargarían de interpretar y aplicar los diferentes mecanismos legales puestos en marcha: Alejandro Torrejón y Montero, Ángel Martínez Borque, Angel López García de la Marina, José Benito Barrachina, Carlos González de Andrés, Fernando Montero, Jaime Montero y García de Valdivia, José Tudela de la Orden, Juan Manuel Pazos Gil, Alejo Leal, Francisco López Santama- ría, Leopoldo Ridruejo y Ramiro Campos Nordman. Unos y otros intentarían cons- truir y dar contenido a un modelo teórico-práctico de la colonización, superador de la reforma agraria, utilizando para ello tres importantísimos medios de difu- sión: la Revista de Estudios Agro-Sociales, la Serie Estudios del INC y el Suplemen- to «Colonización» de la Revista Agricultura.

A este elenco de profesionales de la colonización debemos añadir el colectivo de ingenieros que, a pie de obra, hicieron posible su ejecución práctica; es el caso en Andalucía de los trabajos de recuperación de suelos para el cultivo agrario realizados en las Marismas del Bajo Guadalquivir; de las intervenciones realiza- das en el poniente granadino y almeriense, convirtiendo en vergeles lo que hasta entonces no eran más que terrenos cuasidesérticos; o la ingente obra que los in- genieros afrontaron en la provincia de Jaén, con importantes limitaciones de tipo geofísico pero también condicionados por la situación socioeconómica y política se viviría en los años cuarenta y cincuenta. Este apartado técnico y humano, a veces poco y mal reconocido, comienza a ser visto de otra manera a partir de las diversas efemérides celebradas en distintas regiones como Aragón o Extremadura, en provincias como Almería, y en alguna que otra publicación dirigida al colectivo de los ingenieros agrónomos (Florencio Puntas, 2004).

• Los formuladores de la política colonizadora.

Muchos especialistas agrarios se acercaron de una u otra forma a la temática colonizadora, pero muy pocos tuvieron la capacidad real de intervenir en su for- mulación y diseño. En este sentido, debemos destacar la figura de Ángel Zorrilla Dorronsoro, encargado de organizar en la inmediata posguerra el SNREST, llegan- do a ser además el primer Director General de Colonización del INC. Ingeniero agrónomo de profesión, representaba al sector falangista afín a la facción de Rai- mundo Fernández Cuesta, y fruto de esa influencia ideológica, en donde el fascis- mo italiano jugaría un papel crucial, sería el responsable tanto de la Ley de Colo-

54 Gómez Benito, 1996, pág. 108 y siguientes.

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nización de Grandes Zonas Regables de 1939, como del modelo de organización del SNREST primero y del INC poco después.

Zorrilla planteó el modelo colonizador como una reforma agraria radicalmen-

te diferente a la de la etapa republicana, basada en el concepto falangista de «re-

forma económica y social de la tierra» 55 . El punto de arranque de este nuevo plan-

teamiento se sitúa en el Programa de Falange, formulado a mediados de los años treinta y desarrollado a lo largo de 26 puntos, de los que seis de ellos (del 17 al 22), que entrarían a formar parte del título TIERRA, recogían las líneas principa- les de la futura reforma. En este programa, Falange se comprometía a emprender una serie de reformas en la agricultura que irían desde una reforma económica y

social de la tierra, a un fuerte desarrollo en la política de ordenación de montes y del sector ganadero. Como hemos visto, el primer paso serio emprendido en este sentido sería la creación del Servicio de Reforma Económico y Social de la Tierra, sustituido mediante el Decreto de 18 de octubre de 1939 por el Instituto Nacional de Colonización, principal brazo ejecutor de la política agraria del primer fran- quismo. Comenzaba así un período que alcanzaría al menos hasta 1945, en donde

la labor de Ángel Zorrilla resultó determinante a la hora de afianzar estos organis-

mos de nueva creación. Es ésta una etapa muy fructífera en el desarrollo de la formulación doctrinal de la política de colonización, como lo demuestra uno de sus

trabajos, «Política de colonización del Nuevo Estado», publicado en 1941 como nº 1 de la Serie Estudios del INC, y resultado de una conferencia pronunciada ante el

II Consejo Sindical de Falange el 18 de junio de ese mismo año. En esta interven-

ción el flamante Director General identificaba, siguiendo el ideario joseantonioa- no, las metas inmediatas de toda revolución campesina: «Lo primero que tiene que hacer una Reforma Agraria inteligente es delimitar las actuales superficies cultiva- bles y las superficies que puedan ponerse en cultivo con las obras de riego que hay que intensificar. Una vez delimitadas las tierras cultivables de España, proceder… reconstruir las unidades de cultivo…Una vez hecha esta clasificación de las tierras, una vez constituidas estas unidades económicas de cultivo…hay que tomar al pueblo español hambriento de siglos y redimirle de las tierras estériles donde perpetúa su miseria; hay que trasladarle a las nuevas tierras cultivables; hay que instalarle sin demora, sin espera de siglos, como quiere la Ley de Contrarreforma Agraria, sobre las tierras buenas».

El autor aprovechaba, además, para desgranar la esencia de la doctrina eco- nómica de la Falange, que partía de un nacionalismo económico surgido en oposi- ción al liberalismo, el socialismo y el sindicalismo de clase, sustentado en dos pilares básicos en el nuevo ordenamiento: la familia y la propiedad 56 . En definiti- va, abogaba por aplicar la reforma agraria conjugando una primera fase económi-

55 Gómez Ayau diría que Zorrilla «supo rectificar en redondo la política de Reforma Agraria fusionando lo utilizable de la misma con la política hidráulica, creando así una política de coloni- zación» (Gómez Ayau, 1952 a, pág. 36).

56 «hay que conseguir…que cada nación produzca todo aquello que pueda producir, sea al coste que fuere, pues así la humanidad tendrá a su disposición mayor número de bienes para satisfacer sus necesidades; y en segundo término, que la nación que estime su genio en algo ha de

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ca con una segunda de carácter social que anulase el poder político de la oligar- quía rural: «conservar la eficacia económica de la empresa privada evitando las consecuencias políticas y morales del capitalismo» (Gómez Ayau, 1978, pág. 112).

En cuanto al establecimiento de la reforma agraria nacional-sindicalista, re- presentada en la concreción de la actuación colonizadora, Zorrilla intentaba resol- ver algunas de las contradicciones que pudiera presentar el ideario falangista, como era la urgencia en instalar al campesinado y la más que probable lentitud en preparar adecuadamente las tierras, puesto que había que definir previamente las unidades económicas de cultivo más idóneas; la necesidad de respetar la pro- piedad «como soporte de la solera espiritual de un pueblo» 57 , frente a su subestima- ción jurídica y económica o la posibilidad de expropiar sin indemnización; o el papel del Estado en todo el proceso, considerado como así se definía en la Ley de Colonización de Grandes Zonas Regables de 1939 como un mero agente subsidia- rio. En definitiva, había que «afirmar la urgencia de la instalación campesina… pero conjugando dicha rapidez, en cuanto sea posible, con el respeto jurídico y eco- nómico a la propiedad» 58 .

Poder político y capacidad de análisis teórico se dieron cita en la figura de Ángel Zorrilla. Por tanto, no debe extrañarnos su determinante influencia en el diseño y elaboración de todas aquellas leyes necesarias para una reforma agraria de inspira- ción falangista 59 : la Ley de Colonización de Grandes Zonas, respetuosa en todo mo- mento con el derecho a la propiedad 60 ; una Ley de Arrendamientos que afianzara a más de un millón de arrendatarios (una ley aparecida en 1942 se encargaría de ello); una ley de crédito territorial a la que sería preciso acudir para la adquisición de la tierra previa expropiación con indemnización; una ley de reconstitución y adminis- tración de patrimonios comunales; y una última ley de colonizaciones de interés lo- cal, con el fin de apoyar la expansión de pequeños regadíos por toda España, ideada con la finalidad de mitigar el paro estacional, terrible llaga del campo español origina- da en su opinión por el monocultivo y no por el latifundismo. Sin embargo, Ángel Zorrilla tenía muy claro que la solución a los males que aquejaban al sur español no podría venir sólo de la mano del sector agrario; era necesario arbitrar políticas de desarrollo integral para que un territorio pudiera salir del atraso, anticipándose en cierta medida a los planes de desarrollo que una década más tarde se pondrían en marcha en las provincias de Badajoz y Jaén. En este sentido, argumentaba 61 que el origen del «desasosiego social sentido en el campo español» se encontraba en un cre-

tender a utilizar al límite sus fuerzas productivas y asegurarse aquellas otras de que no disponga y sean necesarias para su defensa nacional» (Op. cit., pág. 15).

57 Op. cit., pág. 19.

58 Op. cit., pág. 20.

59 Op. cit., págs. 21 y siguientes.

60 «porque instalar es instalar, poner a los campesinos sobre las tierras, no transferirles la propiedad» (pág. 22); «en la visión falangista del futuro campo español sólo es posible contemplar la propiedad individual, la propiedad familiar, la propiedad sindical y la propiedad comunal» (pág. 25).

61 Zorrilla Dorronsoro, A. (1945): «La colonización en España a la luz de las distintas teorías económicas sobre la tierra». Serie Estudios . Instituto Nacional de Colonización, nº 19 (2ª ed. en 1962).

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cimiento demográfico que no podría ser absorbido ni por la emigración ni por un desarrollo industrial adecuado; sólo cabía confiar en un gran desarrollo económico, cimentado en la creación de grandes espacios comerciales.

Un segundo personaje clave en el diseño de la política de colonización en la España franquista fue Emilio Gómez Ayau 62 . Doctor ingeniero agrónomo y econo- mista, e iniciado en su actividad profesional en plena etapa republicana en el Servicio de OPER, tras su disolución en diciembre de 1934 pasó al IRA como jefe provincial en Sevilla, impulsando ya en aquellos momentos un asentamiento en la finca Las Torres. La experiencia profesional acumulada le brindaría la oportunidad de comprobar la necesidad de implementar la política hidráulica y de riegos con una labor colonizadora que viniese a sustituir, con ciertas garantías, los a su juicio perniciosos efectos derivados de la aplicación de la Ley de Reforma Agraria apro- bada en septiembre de 1932. Técnico de gran cualificación profesional, fue recla- mado por el Gobierno de Burgos a principios de 1938, y una vez finalizada la guerra civil supo integrarse en la nueva estructura administrativa agraria de la mano de Ángel Zorrilla Dorronsoro, permaneciendo un largo período en diversos altos cargos del INC. Bajo sus órdenes, formó parte de un equipo integrado además por los ingenieros Ángel Martínez Borque, Emilio Miguel Cavero, Guillermo Cas- tañón y José Benito Barrachina. La figura de Gómez Ayau fue clave en esta etapa inicial de la política colonizadora, puesto que colaboró en el Proyecto de Regla- mento del SNREST, la elaboración del Proyecto de Ley de Colonización de Grandes Zonas de 1939, el Decreto creador del INC o los diversos decretos autorizando la compra de fincas dentro y fuera de las zonas de interés nacional.

Su trayectoria profesional se vió acompañada de una fructífera labor como autor de múltiples trabajos y publicaciones en el ámbito de la economía agraria, y muy especialmente en materia colonizadora. Por lo general, sus posicionamientos sobre el diseño y desarrollo de la política colonizadora se vieron sustentados y refrendados por la práctica. Especialmente relevante fue su papel como Director de Explotación del INC en la aparición de la Orden Ministerial de 30-5-1945 regu- lando las relaciones del Instituto con los colonos instalados en sus fincas. Por úl- timo, debemos reseñar que en 1958 fue nombrado Subdirector General de Capaci- tación Agraria, dentro del recién creado Servicio de Extensión Agraria, cargo al que se vendría a añadir el de Director de la Escuela Especial de Ingenieros Agró- nomos. Además de sus decisivas aportaciones a la hora de conceptualizar la polí- tica de colonización franquista, y de algunas incursiones en la problemática gana- dera de la colonización 63 , Gómez Ayau resultó determinante en la elaboración de

62 Su figura recibió a principios de los años ochenta un merecido homenaje por parte de la Asociación Española de Economía y Sociología Agrarias, de la que había sido su presidente, dando como resultado una publicación en 1983 en la que, además de diversas glosas a su figura, aparecen algunas de las aportaciones de Emilio Gómez en los diferentes campos de la economía y la sociología agraria. Asociación Española de Economía y Sociología Agrarias (1983): Emilio Gómez Ayau, su figura y sus obras. Madrid, AEESA.

63 En la Revista Agricultura, suplemento de Colonización, aparecerían dos trabajos: «Explo- tación ganadera de los nuevos regadíos. Su significación económica» (nº 4, 1945); y «Problemas de colonización. La calidad del ganado de renta» (nº 9, 1949).

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buena parte del corpus doctrinal en materia colonizadora elaborado en la primera etapa en tres grandes apartados:

1.- Necesidad de regular las relaciones entre el INC y los colonos establecidos en fincas de su propiedad.- ya en 1941, en uno de sus primeros trabajos 64 sobre el análisis del coste de la vivienda dentro del balance económico de una explotación de tipo medio de 4 ha situada en el valle inferior del Guadalquivir, Emilio Gómez Ayau recomendaba la máxima flexibilidad a la hora de abordar la situación finan- ciera del colono, sobre todo en lo que afectaba a sus obligaciones de amortización de capital fijo, tierra y vivienda, con plazos de amortización superiores a 30 años y, si fuera posible, haciéndose cargo el Estado de los intereses generados 65 . Pero sería en una de sus aportaciones más importantes, fruto de una conferencia pro- nunciada en el Instituto de Ingenieros Civiles el 14-12-1944 y publicada un año después por el INC 66 bajo el título «Tutela, posesión y propiedad», en donde fijó uno de los principios básicos de la política de colonización: ésta no debería darse por concluida hasta que, una vez realizadas todas las obras necesarias, se lograsen establecer unidades de explotación en armonía con el medio, y las familias instala- das hubieran alcanzado una productividad e independencia económica suficientes. En este sentido, las experiencias desarrolladas en California y el Agro Pontino ita- liano le reafirmaban en la necesidad de abordar la acción colonizadora no sólo desde el punto de vista económico sino también humano. En este sentido, recomen- dó asumir una serie de principios fundamentales a seguir en la relación entre el INC y los colonos, en la línea de reforzar las relaciones económicas entre el colono y el Instituto con el fin de estimular el espíritu de empresa, siempre bajo la «sufi- ciente elasticidad». Resultado de estas sugerencias fue la aparición de las Normas de Explotación del Instituto el 30-12-1942, en donde se fijaban dos períodos de ac- ceso del colono a la parcela designada, uno inicial de tutela y posteriormente el de acceso a la propiedad, conservando así el Instituto una indiscutible (y criticada por muchos) autoridad sobre los colonos en todas las fases de la colonización.

2.- Análisis de la evolución de las primeras fincas colonizadas como herra- mienta para reorientar el rumbo de la colonización.- las conclusiones de Gómez Ayau sobre la marcha de la acción colonizadora en determinadas zonas regables españolas servirían no sólo para analizar el grado de éxito de la obra colonizadora, sino también para fijar criterios adaptados a la realidad de cada territorio 67 . Emilio

64 Gómez Ayau, E. (1941): «Importancia del coste de la vivienda rural en la economía de las explotaciones familiares de los nuevos regadíos». Serie Estudios. Instituto Nacional de Colonzia- ción, nº 2.

65 «No ha de olvidarse esto en la colonización que se realice con intervención del Estado: la subvención a fondo perdido del importe de estos intereses facilitará extraordinariamente la obra colonizadora». Op. cit., pág. 37.

66 Gómez Ayau, E. (1945 b): «Tutela, posesión y propiedad». Serie Estudios. Instituto Nacio- nal de Colonización, nº 15.

67 Ya en 1946, en un trabajo titulado «Índice para el estudio comparativo de explotaciones agrícolas» (Serie Estudios. Instituto Nacional de Colonización, nº 10), establecía una serie de índices (superficie cultivada, rendimiento de los cultivos, trabajo, cantidad de ganado, rendi- miento de ganado, capitales fijos, capital en ganado y maquinaria, y producción bruta) para ocho

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Gómez seleccionó dos zonas regables radicalmente diferentes en donde ya se ha- bían dado los primeros pasos: el curso inferior del Valle del Guadalquivir y el Desierto de La Violada, en la cuenca del Ebro. En el primero de los casos se centró en el comportamiento de una unidad familiar de 14 ha situada en la campiña an- daluza y dedicada al algodón y el maíz 68 , con el objetivo de analizar sus resultados económicos, la ayuda prestada por el INC y las posibilidades de adquisición de vivienda y dependencias. Después de definir la unidad familiar de explotación 69 , sus conclusiones le inclinaron a considerar que este tamaño medio podía permitir el correcto desenvolvimiento económico de una familia, siempre y cuando se ex- tendiera aún más el cultivo del algodón, factor clave para permitir una distribu- ción más homogénea del trabajo del colono y su familia, además de ser su princi- pal fuente de ingresos en metálico, sin olvidar en ningún momento que las ayudas tanto del INC como del Instituto Nacional de la Vivienda (I.N.V.) para la creación de estos patrimonios familiares permitirían un cierto desahogo tanto en el período de tutela como en el de acceso a la propiedad.

En 1948 vió la luz, también dentro de la Serie Estudios, un trabajo esencial para el giro copernicano que la política de colonización experimentaría a finales de la década de los cuarenta. En su «Historia de una colonización: Las Torres», Gómez Ayau se centraba en el análisis socioeconómico durante el período 1941-45 de una serie de explotaciones integradas en una finca propiedad del INC, Las Torres, situa- da en la margen izquierda del Valle Inferior del Guadalquivir, sobre terrenos aluvia- les formados por limos sueltos profundos del río, fértiles, de fácil laboreo y proclives al regadío 70 . La principal conclusión de este trabajo radica en que si bien el aumen- to en la intensidad de la explotación se dejó sentir inmediatamente, la evolución de los rendimientos, aunque positiva sería más lenta ya que dependía de diferentes coyunturas (climatológicas, de mercado, comportamiento individual del colono, etc.); en cualquier caso, los resultados habían sido aceptables, hasta el punto de que el período de tutela había finalizado con saldos positivos, con rentas anuales que se habían triplicado en cinco años, a pesar de reconocer un importante componente de sobreexplotación de mano de obra familiar en la explotación agraria. Pero no todas las zonas regables colonizadas tenían unas aptitudes agronómicas inmejorables; tan importante o más que comprobar la marcha de la colonización sobre terrenos más

tipos de explotaciones familiares que iban desde el regadío intensivo a la labor con encinar al tercio, que demostraban las diferentes y a veces sorprendentes respuestas de cada sistema de explotación.

68 Gómez Ayau, E. (1945 a): «Estudio de una unidad familiar de explotación en la zona algodonera de la campiña andaluza». Serie Estudios. Instituto Nacional de Colonización, nº 8.

69 «Por unidad familiar de explotación se entiende aquella explotación capaz de absorber la capacidad de trabajo de la familia cultivadora directa que la regenta y capaz, asimismo, de propor- cionarle ingresos que le permitan satisfacer la totalidad de sus necesidades dentro de un decoroso nivel de vida. Cuando esta unidad se adquiere en propiedad por el empresario agrícola que directa y personalmente la explota, constituye su patrimonio familiar» (Op. cit., pág. 7).

70 Al estallar la guerra civil en esta finca se encontraban colonos instalados por el IRA, sin medios y con deudas compartidas «solidariamente». La interinidad de este arrendamiento finalizó con la compra de la finca por oferta voluntaria, dando inicio así a la verdadera obra colonizadora:

redacción del proyecto, resolución del problema de la vivienda, orientación productiva a los lotes creados (4 ha de media), establecimiento de objetivos (índices de explotación).

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proclives era analizar sus resultados en zonas con claras limitaciones naturales, como el Desierto de la Violada 71 , zona esteparia sujeta a un clima condicionado por la escasa y mal repartida lluvia, los frecuentes y fríos vientos y las temperaturas extremas en verano e invierno. Del análisis de la evolución de las primeras campa- ñas agrícolas se extrajo la idea de que no habría sido posible un cierto desahogo del colono sin las subvenciones estatales y la flexibilidad del INC en el cobro de las cuotas, a pesar del subempleo a que se vería sometida la familia del colono.

3.- Antecedentes e influencias de la colonización franquista. Evolución de la función del Estado en las grandes obras de transformación agraria.- respecto a los antecedentes registrados en España entre finales del siglo xix y principios del xx, Gómez Ayau participaba de la idea, expresada en 1952 72 y ratificada en una de sus últimas publicaciones 73 , del importante papel desempeñado por la Ley de Obras de Puesta en Riego de 13-4-1932 para el diseño de la colonización de posguerra. Esta ley, a través de la cual el Estado afrontaba los trabajos para la puesta en riego de cinco zonas regables en Andalucía 74 , establecía como criterio dominante que era a éste a quien correspondía el diseño y ejecución de todas las obras que implicaran una transformación en regadío. Asimismo, consideraba esencial la nueva orienta- ción dada a la política hidráulica a partir de la celebración en Valladolid del V Con- greso Nacional de Riegos, en 1934, que permitió el tránsito hacia una política de riegos, al considerar el cambio de secano a regadío una empresa de carácter nacio- nal. A partir de 1939 esa política de riegos desembocaría en una de colonización 75 .

Otro elemento común que subyace en el conjunto de la obra de Emilio Gó- mez Ayau es la influencia ejercida por los modelos norteamericano e italiano 76 . En el caso americano, por la necesidad de asentar en el West a miles de colonos sobre millones de nuevas hectáreas de riego, y respecto a la influencia italiana, por su gran repercusión que tuvo para España desde el punto de vista técnico, apoyado en las ayudas del Plan Marshall. De hecho, en un análisis sobre la evo-

71 Gómez Ayau, E. (1957): «La transformación del desierto de La Violada». Revista de Estu- dios Agro-Sociales, nº 20, julio-septiembre. Págs. 7-47.

72 Gómez Ayau, E. (1952): «Actualidad de la política de colonización». Serie Estudios. Insti- tuto Nacional de Colonización, nº 23 (2ª ed. en 1962).

73 Gómez Ayau, E. (1978): «De la Reforma Agraria a la política de colonización (1933-1957)». Conferencia pronunciada en el Colegio Mayor San Juan Evangelista el 7 de marzo del mismo año. Agricultura y Sociedad, nº 7; págs. 87-121.

74 Estos proyectos, encargados a Leopoldo Ridruejo, preveían el desarrollo gradual de la zona desde un momento inicial (obras de colonización fundamentales), pasando por un período de desarrollo (obras particulares) hasta finalizar en la denominada «fase integral» (explotación más intensiva previsible).

75 Gómez Ayau siempre reconoció la labor desempeñada por todos aquellos que, a su juicio, habían sido fundamentales para el desarrollo de la idea colonizadora: Angel de Torrejón y Bone- ta (alma de la Ley de Colonización Interior), Leopoldo Ridruejo (creador el Servicio de OPER), Angel Zorrilla, Carlos Reina y Fernando Montero (inspirador de la Ley de 1949 sobre Distribu- ción de la Propiedad en las Zonas Regables).

76 Conocida era su admiración por Mario Bandini, el inspirador de la política de coloniza- ción y regadíos italiana, y la Reforma Fundiaria de 1951 (Gómez Ayau, 1973 b), y que le tradujo su obra más representativa al castellano («La Bonifica Integrale en Italia. La reforma del agro en Italia». Serie Estudios. Instituto Nacional de Colonización, nº 24).

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lución de la política de transformación agraria desde finales del siglo xix realiza- do en 1953 77 , abordaba las políticas seguidas en la creación de nuevos regadíos en España, Italia y EE.UU., tres países con ciertas similitudes agrícolas pero con estructuras económicas radicalmente distintas. En este sentido, el autor volvía a insistir en las características del modelo español de tránsito de una política de obras hidráulicas a otra de colonización, pasando por la necesaria política de riegos, algo similar a lo sucedido en los otros dos países analizados 78 , y que cer- tificaba que en todos los casos el Estado había ido aumentando su intervención en los planes y en la ejecución de las grandes obras de transformación agraria, mientras que la iniciativa privada perdía importancia. Este reconocimiento con- trastaba con las fuertes críticas que recibirían otras experiencias de reforma agraria no sólo en los países comunistas (Gómez Ayau, 1952 b), sino en varios regímenes populistas de entreguerras sobre todo de Europa central y oriental, surgidos en territorios básicamente agrícolas (Gómez Ayau, 1965), que pusieron en práctica la llamada Revolución Verde 79 , en donde se «propugna la redistribución de la tierra con un criterio igualitario y entrega la propiedad de la tierra a los que la trabajan» 80 .

En una de sus obras más relevantes, fruto de su tesis doctoral y publicada en 1961 por el Instituto de Estudios Agro-Sociales bajo el título «El Estado y las Gran- des Zonas Regables» 81 , destina una primera parte a repasar diversas experiencias de política de transformación agraria, que demuestran a su juicio «que las econo- mías privadas no pueden afrontar en la inmensa mayoría de los casos, sin esta ayuda, estas obras de transformación» 82 . De hecho, la evolución legislativa a lo largo de la primera mitad del siglo xx ponía claramente de manifiesto un interven- cionismo estatal cada vez mayor, no sólo desde el punto de vista de la acción pla- nificadora sino también presupuestaria, justificado ya que «sólo el Estado percibe en forma directa e indirecta, beneficios tales, que justifican plenamente su conve- niencia económica y obligan a su ejecución» 83 . Para sustentar esta idea se apoyaba en las conclusiones del estudio ya realizado sobre los cambios experimentados en el Desierto de La Violada entre 1945 y 1953 84 .

77 Gómez Ayau, E. (1953): «El papel del Estado en las grandes obras de transformación agraria». Revista de Estudios Agro-Sociales, nº 4, julio-septiembre. Págs. 37-67.

78 En el caso italiano, el paso de una Bonífica Sanitaria (1862-1900) al Plan Duodecenal de Desarrollo de la Economía e Incremento de la Ocupación, pasando por la Bonífica Hidráulica (1900-1932), la Bonífica Integral (1924-50), la Reforma Fundiaria (1950). Para Estados Unidos, cómo se pasó de la colonización del Oeste a la Waters Policy, de la Reclamation Act (1902) a los Distritos de Riegos, de éstos a la Política del Agua.

79 Gómez Ayau, E. (1952 b): «La Revolución Verde». Revista de Estudios Agro-Sociales, nº 1. Págs. 9-32.

80 Op. cit., pág. 15.

81 Gómez Ayau, E. (1961): El Estado y las Grandes Zonas Regables. Madrid, Instituto de Estudios Agro-Sociales.

82 Op. cit., pág. 2.

83 Op. cit., pág. 2.

84 «Son las superficies efectivamente regadas y explotadas con la intensidad mínima exigible, dado el grado de transformación, las que hacen rentable, económica y socialmente, la obra de colonización» (Gómez Ayau, 1957, pág. 46).

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El tercer gran inspirador de la colonización agraria franquista fue Emilio Lamo de Espinosa y Enríquez de Navarra, presidente en los años cincuenta del Instituto de Estudios Agro-Sociales, tras haber desempeñado los cargos de Subse- cretario de Agricultura y Gobernador Civil de Málaga. Sus trabajos se estructuran en torno a tres grandes ejes:

1. Necesidad de proteger la propiedad agrícola de carácter familiar.- en una

publicación fechada en 1953 85 y tras distinguir entre los conceptos de propiedad y explotación 86 , definía la propiedad agrícola familiar como «aquella en que la tierra es poseída y cultivada por una familia en extensión suficiente para asegurar su subsistencia y absorber su capacidad de trabajo» 87 . Siguiendo ese hilo argumental, alertaba del peligro de fragmentación e incluso desaparición que corrían estas explotaciones, algo que se evitaría con medidas como la creación (parcelación y acceso), defensa (concentración parcelaria) y conservación de patrimonios fami- liares estables. En este sentido, reconocía los aspectos sociales, técnicos y econó- micos contenidos en la Ley de 21 de abril de 1949, al dar oportunidad a los cam- pesinos sin tierra para ser instalados en zonas revalorizadas, armonizando de paso los «encontrados intereses que entran en juego en una colonización», al ayudar también a los empresarios a la tarea transformadora y protegerles de la política de reservas de superficie. Pero no sólo se centraba en el análisis de esta ley; también hacía referencia a la normativa que regulaba las compras de tierra 88 y las expro- piaciones 89 , así como los objetivos marcados por la Ley de Concentración Parcela- ria de 20-12-52, o la Ley de Patrimonios Familiares de 15-7-52, con la que «queda, pues, perfilado el Patrimonio Familiar español, de reciente creación, con la unidad económica indivisible inembargable, salvo casos de excepción, integrada por las tierras, la casa de labor, los elementos de trabajo y demás bienes y derechos inheren- tes con los que se asentará de forma estable una familia labradora» 90 .

2. Redefinición de un nuevo concepto de reforma agraria.- sus reflexiones

acerca de este tema aparecieron publicadas en 1955 en un artículo de la Revista de Estudios Agro-sociales 91 , centrado en el análisis de la nueva Ley sobre Expro- piación Forzosa de 16-12-54. Entre sus conclusiones encontramos una nueva concepción de reforma agraria, que entronca directamente con el concepto de co- lonización: «A la visión simplista de la reforma agraria como mera distribución de

85 Lamo de Espinosa y Enríquez de Navarra, E. (1953): «Fomento y defensa de la propiedad agrícola familiar». Revista de Estudios Agro-Sociales, nº 5, octubre-diciembre, págs. 7-20.

86 Mientras que la primera está delimitada por un título, responde a un concepto jurídico y su distribución tiene consecuencias sociales, la segunda obedece a criterios puramente econó- micos.

87 Op. cit., pág. 9.

88 Interesante la reflexión que hace sobre los resultados en la aplicación de la ley de 23-7-42.

89 Lamo de Espinosa calificaba la ley de expropiación forzosa de 1946 como una disposi- ción de carácter eminentemente social.

90 Op. cit., pág. 20.

91 Lamo de Espinosa y Enríquez de Navarra, E. (1955 a): «La expropiación forzosa de fincas rústicas por causa de interés social a través de la Jurisprudencia». Revista de Estudios Agro- Sociales, nº 10, enero-marzo. Págs. 7-63.

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la tierra, sustituye hoy el moderno concepto de reforma agraria entendida como al- teración del medio agrario, como colonización, es decir, como un mejoramiento de la productividad de la tierra a través de caminos muy diversos: técnicos, económicos, sociales y jurídicos, convergentes todos a un mismo fin: el de la empresa agraria o, mejor, el de crear empresas agrarias sólidamente asentadas. Concebida así la refor- ma, la tierra ha pasado a un segundo término y no es el ansia de tierra el motor de la misma… Por ello, la reforma ha perdido su sentido demagógico, afirmando su sentido técnico» 92 .

3. Papel de la agricultura en el contexto de expansión económica del país.- a

esta cuestión consagra dos trabajos, publicados en un intervalo de casi una déca-

da 93 . En el primero de ellos se mantiene, en primer lugar, que «la simple distribu-

ción de la propiedad pierde todo significado económico y social si no va precedido

de la transformación agraria del medio rural para adaptarla a la nueva modalidad de la Empresa, si no va acompañada de los capitales necesarios y de la moderniza- ción del equipo, proporcionando al obrero rural un nivel de vida comparable al del

obrero industrial» 94 . En su opinión, el «problema agrario español» sólo podía resol- verse eliminando los defectos estructurales de la agricultura y aumentando la ca- pitalización del campo; evidentemente, en este contexto la autarquía carecía de sentido. En segundo término, abogaba por una política de inversión en aquellos sectores en donde en menor plazo se pudiera generar un mayor aumento de renta

y una mayor absorción de mano de obra, aspecto éste que podría verse cubierto

por las políticas de colonización y de repoblación forestal. Lamo de Espinosa abo- gaba, en fin, por continuar con más intensidad la política de grandes transforma- ciones territoriales (colonización, concentración parcelaria y repoblación) con el propósito de cambiar la estructura agraria del país, algo que precisaría, además

de apoyo exterior, de la ayuda tanto del Estado como de los particulares. Respecto

a la política de colonización, coincidía con Gómez Ayau en su concepción finalista:

«La colonización no consiste tan sólo en la construcción de unas obras y en la crea-

ción de unos nuevos pueblos, sino que es la transformación total y completa de un sistema productivo; pasar en la mayor parte de los casos de una explotación exten- siva a otra intensiva, lo que se logra a costa del tiempo» 95 .

En un segundo trabajo, publicado en 1964, Lamo de Espinosa centraba su atención en el proceso de transición español desde una sociedad agraria tradicio- nal a otra de carácter industrial. La expansión industrial se inició con el someti- miento de los precios agrícolas a los industriales, es decir, la financiación del de- sarrollo industrial a costa de la economía agraria. La base de todos los problemas sociales agrarios se encontraba, según este autor, en el permanente desfase entre los medios agrícolas e industriales, consecuencia lógica de una situación de

92 Op. cit., pág. 62.

93 Lamo de Espinosa y Enríquez de Navarra, E. (1955 b): «La agricultura dentro de un pro- ceso nacional de expansión económica». Revista de Estudios Agro-Sociales, nº 13, págs. 35-59. Y (1964): «La agricultura, problema social». Revista de Estudios Agro-Sociales, nº 48, págs. 7-34.

94 Lamo de Espinosa y Enríquez de Navarra, 1955 b, pág. 39.

95 Op. cit., pág. 49.

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subordinación; en este contexto, es el sector agrícola quien sufragaba el desarrollo industrial, aportando mano de obra y capital, proceso sostenido con una política de adquisición de productos industriales a un alto precio y de venta de los agríco- las a un coste mínimo. En definitiva, la agricultura debía jugar un doble papel en el futuro económico español: «ofrecer las fuentes permanentes fundamentales de ingresos de divisas frente a otras quizá más aparatosas, pero tan transitorias como la emigración laboral o tan aleatoria como el turismo- y constituir el mercado inte- rior de consumo, esencial para el comercio y la industria nacionales» 96 .

• Los especialistas en colonización.

Sin el alcance doctrinal de muchos de los trabajos mencionados en el aparta- do anterior, estos especialistas en colonización se configuraron como una pieza clave a la hora no sólo de interpretar la idea colonizadora y su concreción legal; además supieron conformar un grupo muy compacto y homogéneo que llevaría la gestión técnica de toda la política colonizadora desde sus inicios hasta la crisis del modelo en los años sesenta. Para el análisis de los planteamientos expuestos he- mos optado por establecer un criterio que tuviera en cuenta los diferentes enfo- ques y ópticas desde las que se abordará en estas décadas la problemática coloni- zadora, para lo cual hemos agrupado a estos especialistas desde las perspectivas jurídicas, políticas y socioeconómicas.

Bajo el enfoque jurídico debemos destacar dos figuras de indudable influen- cia en el cambio de rumbo experimentado por la política de colonización a partir de la entrada en vigor de la Ley de abril de 1949: Jaime Montero y García de Val- divia y Alejo Leal García.

Jaime Montero y García de Valdivia. Abogado del Estado, fue desde 1946 uno de los responsables de la asesoría jurídica del INC. Siguiendo su concepción socialcristiana de la labor colonizadora y de expansión de los regadíos, buena parte de sus escritos se orientaron hacia la interpretación jurídica de la recién aprobada Ley colonizadora de 1949 97 , contextualizando cada uno de sus princi- pios, al tiempo que intentaba precisar algunos conceptos que permanecían en una cierta ambigüedad a pesar de haber sido definidos en la Ley de Colonización de Grandes Zonas de 26 de diciembre de 1939 como las «colonizaciones de alto interés nacional» (en sus tres modalidades: en grandes zonas de secano, en grandes zonas regables y en marismas), la «zona regable» o la «colonización completa». El princi- pal valor de esta Ley era que abordaba la política de colonización de un modo total, integral, al sustentar que la colonización de una zona regable debía abarcar, al menos, la realización de ciertas obras, el establecimiento de una determinada distribución de la propiedad, y la adjudicación de las unidades de explotación que se establecieran.

96 Lamo de Espinosa, 1964, pág. 23.

97 Montero y García de Valdivia, J. (1951): «Modernas orientaciones en la colonización agraria de España». Serie Estudios. Instituto Nacional de Colonización, nº 21.

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De hecho, en otra publicación 98 Montero llegaría a señalar que la mencionada norma constituía una auténtica reforma, «en cuanto de la larga trayectoria legislativa que hemos examinado, al considerar, en contra de sus precedentes, la tarea de transfor- mación de ciertas zonas de secano en regadío, como una empresa de carácter social. Las anteriores leyes, ya lo hemos visto, enfocaron la transformación como un «negocio», y, por tanto, le dieron un enfoque puramente económico» 99 , que en modo alguno representa un ataque a la propiedad, y sí «un ataque frontal contra ciertas formas muy nocivas del capitalismo agrario, actuales o futuras» 100 . Al mismo tiempo, Montero denunciaba los riesgos de especulación surgidos al amparo de esta ley, y que estudios posteriores han demostrado que tuvieron lugar con demasiada frecuencia: «es una vergüenza que mu- chos propietarios de tierras, cuando ven las suyas dominadas por las obras hidráulicas, sólo piensan en explotar a los colonos obligándoles a realizar la transformación en su exclusivo beneficio (en el de los propietarios) o, aun peor, en vender sus propiedades a los elevados precios que adquieren por las grandes obras realizadas» 101 . Evidentemente, el éxito de ese cambio de rumbo, ante el estrepitoso el fracaso de las Sociedades de Colonización y Asociaciones de Sustitución contempladas en la Ley de 1939, debía pasar por otorgar al Instituto colonizador una amplia capacidad de actuación.

En otro orden de cosas, Jaime Montero dedicó un volumen considerable de su obra a abordar la espinosa cuestión de las expropiaciones, sobre todo a partir de la entrada en vigor de la Ley de 27 de abril de 1946 102 de expropiación forzosa de fincas rústicas por causa de interés social. Después de compararla con las disposiciones surgidas durante la República, en donde se consagró el principio de «socialización de la propiedad», se centraba en el análisis de algunos de sus aspectos más relevantes, para finalizar criticando la confusión a que esta Ley había dado pie al creer errónea- mente que la exclusión de plusvalías suponía una pena para aquellos propietarios que no hubieran transformado sus tierras en regadío, cuando la expropiación no tiene un fin punitivo sino el de resolver problemas sociales, centrando la acción ex- propiatoria primero sobre fincas regables y no regadas. Aborda asimismo el tema de las garantías y defensas de los propietarios afectados, concluyendo que esta ley sólo tenía en cuenta los derechos de los propietarios expropiados, al no ofrecer salida en el caso de que el justiprecio resultara lesivo para los que deberían pagar la tierra, es decir, los colonos, dificultando así su instalación y buen desenvolvimiento económico. Por último, y respecto a las indemnizaciones, consideraba acertado fijar precios de secano para evitar así la especulación y abaratar en lo posible la obra colonizadora.

Los dos últimos trabajos de Montero, por el contexto temporal en que se pro- ducen (mitad de los años sesenta), guardan una estrecha relación con la necesidad

98 Montero y García de Valdivia, J. (1950): «Un proceso legislativo interesante. Desde la transformación en regadío como empresa capitalista hasta su implantación como un deber social». Serie Estudios. Instituto Nacional de Colonización, nº 20.

99 Op. cit., pág. 36.

100 Op. cit., pág. 38.

101 Op. cit., pág. 39.

102 Montero y García de Valdivia, J. (1952): «La expropiación por causa de interés social en la agricultura». Anuario de Derecho Civil, tomo V, fasc. 4.

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de justificar la obra colonizadora en unos momentos en donde estaba siendo fuer- temente cuestionada tanto desde el exterior (Informe del BIRD) como en el interior (Plan de Estabilización de 1959 y sucesivos Planes de Desarrollo). En el primero de ellos 103 , y tras repasar los precedentes sobre colonización interior desde el siglo xviii, formulaba los principios en que se debía sustentar la actividad colonizadora:

al ser una función del Estado, y aunque su papel pudiera revestir varias modali- dades, su fin debía centrarse en la consecución del máximo aprovechamiento de la riqueza nacional así como en la elevación del nivel de vida de la población, subordinando los intereses particulares a los de carácter general. Habría de contar además con técnicas de planificación aplicada, debiendo emplear como herra- mienta eficaz la realización de mejoras en el medio territorial elegido, transforma- ciones que deberían ser aprovechadas para instalar a familias labradoras en con- diciones justas. Son interesantes algunas reflexiones finales, en donde critica algunos aspectos del desarrollo de la colonización, como la desaparición de los límites de reserva a favor de propietarios, establecida en la Ley de 1949 104 , o «la presión continuada que ejerce sobre la Administración…por los grupos de propieta- rios afectados por los Planes de colonización. Esto, en algunas zonas, tengo la im- presión personal de que ha producido importantísimos resultados tanto favorables para los terratenientes como perjudiciales para el conveniente acceso a la propiedad

y el mayor equilibrio y estabilidad sociales en las comarcas correspondientes, con repercusión en todo el país» 105 .

En un segundo trabajo 106 , enmarcado en ese marco justificativo al que antes hacíamos mención, Jaime Montero distinguía entre diferentes acepciones del tér- mino «colonización», más o menos restrictivas, dando por válida una del Dicciona- rio de la Lengua, que entendía por colonización «la acción de fijar en un terreno la morada de sus cultivadores», ampliada por Gómez Ayau con la inclusión de otro

elemento: «la realización de transformaciones y mejoras territoriales para el logro de

la finalidad indicada del establecimiento de la población colonizadora en condicio-

nes de normal productividad e independencia económica 107 ».

En su opinión la nueva política desarrollada a partir de 1939 se asentaba so- bre el Fuero del Trabajo, que establecía la capacidad del Estado para intervenir con el fin de «poner la riqueza al servicio del pueblo español, subordinando la economía

103 Montero y García de Valdivia, J. (1966 a): «La colonización interior en España». I Colo- quio Latino de Derecho Agrario. Zaragoza. Este trabajo supuso la culminación de otro aparecido un año antes, y titulado «La colonización interior y el Derecho Agrario». Revista de Derecho Español y Latinoamericano, nº 8, abril-junio.

104 Otros estudios sobre el análisis de la incidencia en la aplicación de la Ley de Coloniza- ción y Distribución de la Propiedad en las Zonas Regables de 1949 en García Atance, J. (1965):

La legislación española sobre colonización y sus resultados. Lisboa; y González Pérez, J. (1949):

«La colonización en Zonas Regables: La Ley de 21 de abril de 1949». Revista de Estudios Políticos, nº 48, págs. 154-170.

105 Op. cit., pág. 197.

106 Montero y García de Valdivia, J. (1966 b): «La política y el concepto de colonización». Serie Estudios. Instituto Nacional de Colonización, nº 25.

107 Op. cit., pág. 14; en «Actualidad de la política de colonización».

Vicente José GalleGo simón

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a la política» 108 . El conjunto de la obra colonizadora tenía, además, un carácter

instrumental: «crear el medio adecuado, la base económica suficiente y la organiza- ción social necesaria para el establecimiento de los labradores en unas condiciones que les permitan el ejercicio efectivo de su libertad» 109 , mientras que el éxito de esta empresa se confiaba al esfuerzo tanto de los colonos como de los propietarios- agricultores de la zona colonizada.

Alejo Leal García. Doctor en Derecho y Registrador de la Propiedad, fue un jurista de reconocido prestigio en diversos aspectos de legislación agraria, en es- pecial aquellos relativos a colonización y regadíos. Si en los años cincuenta sus estudios se orientaron al análisis de la problemática jurídica de la colonización 110 , y del régimen administrativo de los poblados creados por el INC 111 , en los sesenta se centró en el análisis de la legislación agraria del franquismo 112 , resaltado su trascendencia económica y social al abordar cuestiones enquistadas en la realidad agraria nacional como en el caso de la reforma de las estructuras agrarias 113 .

En el primero de los trabajos mencionados, este jurista partía de los concep- tos incluidos en las dos grandes disposiciones legales sobre colonización, apareci- das en 1939 y 1949, para definir la colonización de la siguiente forma: «consiste en

la transformación de las condiciones económicas de ciertas extensiones de terreno y

de la organización social sobre ellas establecida mediante la realización de trabajos de mejora territorial, el establecimiento de campesinos y la reorganización de la propiedad rústica y de las Empresas agrarias, con objeto de satisfacer las necesida- des de la economía nacional y hacer viable el cumplimiento de los fines individuales y familiares de los agricultores» 114 . Bajo este prisma, la colonización implicaba la transformación agraria de un territorio a partir de la modificación de sus factores económicos (naturaleza, capital y trabajo), sociales (por cuanto que altera la es- tructura social) y jurídicos (se altera asimismo la distribución de la propiedad de las fincas afectadas). Por otra parte, la colonización debía contar con una finalidad esencialmente social, que se podía alcanzar a través de dos vías: la redistribución

108 Op. cit., pág. 43.

109 Op. cit., págs. 43-44.

110 Leal García, A. (1953): «Ordenamiento jurídico de la colonización». Información Jurídica, nº 127, diciembre.

111 Leal García, A. (1955): «Régimen administrativo de los nuevos pueblos creados por el Instituto Nacional de Colonización». Revista de Estudios Agro-Sociales, nº 10, enero-marzo. Págs.

89-112.

112 Leal García, A. (1969 a): La transformación del medio rural a través de la puesta en rega- dío y de la colonización. Madrid, Ministerio de Agricultura. (1969 b): «La transformación del medio rural a través de la puesta en regadío y de la colonización». Revista de Estudios Agro- Sociales, nº 66, págs. 107-137.

113 Leal García, A. (1962): «La política de cambio de estructuras en las nuevas leyes agra- rias». Revista de Estudios Agro-Sociales, nº 40, julio-septiembre, págs. 7-39; (1965): «La legisla- ción agraria de los cinco últimos lustros». Revista de Estudios Agro-Sociales, nº 50, págs. 7-80. (1968): «Perspectivas generales de la reforma de estructuras agrarias». Revista de Estudios Agro- Sociales, nº 64, julio-septiembre. Págs. 7-36. (1964): «Trascendencia económica y social de las formas de tenencia de la tierra». Boletín de Estudios Económicos, nº 61.

114 Leal García, 1953, pág. 1041.

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de la propiedad, con una finalidad claramente social, y el aumento de la produc- ción, con implicaciones económicas, ya que se pretendía el establecimiento de unidades de explotación adecuadas, de forma que la propiedad cumpliera con los fines sociales y familiares que les eran inherentes.

Alejo Leal coincidía con Jaime Montero no sólo en su idea de que la fuente esencial de la legislación en materia de colonización provenía de los principios consignados en el Fuero de los Españoles, al proclamar que la producción nacio- nal constituía una unidad económica al servicio de la Patria, y que todos los facto- res de la producción y las formas de propiedad quedaban subordinadas al supre- mo interés de la nación; también constituía una actividad del Estado como promotor, que debía contar con la colaboración de colonos y propietarios afectados como agentes secundarios si realmente se quería culminar con éxito la obra colo- nizadora; para ello el Estado disponía de medios técnicos, financieros y jurídicos a su disposición. Por último, no dudaba en afirmar que el Derecho de Colonización respetaba escrupulosamente las garantias al derecho de propiedad: «no puede hallarse en estas directrices de la colonización una tendencia a suplantar o remover al derecho de propiedad, a la propiedad privada, de su preeminente función de quicio del orden social, sino que sólo pretende imprimir actividad a la misma, es decir, pretende que le propietario sea empresario de la explotación establecida sobre su finca» 115 .

Desde un enfoque político sobresalen Alejandro Torrejón Montero, Carlos González de Andrés y Carlos Reina Segura.

Alejandro Torrejón Montero. Director General de Colonización en los años cincuenta, ya en 1945 116 advertía de las insuficiencias de la Ley de Colonización de Grandes Zonas de 26 de diciembre de 1939, que debía ser considerada tan sólo como una ley de bases, de principios generales, que habría de tener un desarrollo jurídico posterior una vez que el INC dispusiera de la experiencia suficiente. Se- gún esta ley, siempre respetuosa con el derecho de propiedad, los fines de la colo- nización no eran otros «que la zona se explote, en el plazo más breve posible, en las condiciones económicas y sociales previstas, es decir, con la intensidad de cultivo e instalación del número de campesinos que se fijen en el proyecto general, llegándose, para determinados terrenos, a la constitución de explotaciones familiares» 117 .

Tras resaltar el papel que habrían de jugar tanto las Sociedades de Coloniza- ción como las Asociaciones de Sustitución en el desarrollo de la colonización, y en especial en la redacción de los proyectos, Alejandro Torrejón repasaba las actua- ciones realizadas en varias zonas de interés nacional a raíz de la aprobación de la Ley de Bases, como el Canal de Aragón y Cataluña, el Canal de la margen izquier- da del río Genil, las Saladeras de Albatera-Crevillente-Elche, el Campo de Dalías,

115 Leal García, 1953, pág. 1064.

116 Torrejón Montero, A. (1945): «La ley de grandes zonas frente a la realidad de su aplica- ción». Serie Estudios, Instituto Nacional de Colonización, nº 16.

117 Op. cit., pág. 11.

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el Primer tramo del Canal de Monegros o la Acequia de La Violada, en donde el Estado había encontrado diferentes respuestas, ante lo cual el INC optó por colo- nizar directamente las fincas elegidas y constituir Sociedades para extender la colonización en la zona, y en caso de que la compra no fuera factible, redactar los proyectos de sectores para que los ejecutasen dichas Sociedades. Criticaba, asi- mismo, la desorientación existente en algunas zonas regables acerca de sus posi- bilidades hidráulicas, algo que evidenciaba a su juicio «la conveniencia de ligar el problema constructivo al agronómico» 118 , o la confusión al delimitar las responsabi- lidades en la construcción de las redes de riego, recalcando la necesidad de cola- boración entre las direcciones generales de Colonización y Obras Hidráulicas. Otro aspecto relevante en Alejandro Torrejón fue el intento de rebajar la capacidad redistribuidora del Instituto ya que, en su opinión, la finalidad de esta ley no era ceder los terrenos transformados a familias impuestas por este organismo, sino tan sólo exigir que la intensidad del cultivo y el empleo de la mano de obra fuera similar a la fijada en el proyecto para la futura unidad de cultivo. Todo lo anterior le serviría para recomendar prudencia ante la marcha de las colonizaciones em- prendidas en aquellos momentos.

En un estudio de 1953 sobre la colonización de grandes zonas regables 119 , partía de la hipótesis de que este tipo de colonización planteaba diversos problemas que afectarían a las obras de transformación propiamente dichas, a la propiedad y explotación de las tierras transformadas, a la elección de colonos, a su habitabili- dad y a la dificultad económica y financiera de su desarrollo. En un principio, la transformación en regadío comenzaría siendo un simple problema de ingeniería, pasando a constituir una política de riegos cuando el objetivo no fuera otro que mejorar la agricultura, hasta llegar a su estadio final, la política de colonización, que «pretende no sólo ejecutar las obras para conseguir crear un medio en que se logre la máxima intensidad de producción agrícola, sino establecer sobre el área transformada el mayor número posible de familias» 120 . En este proceso el Estado se habría ido implicando progresivamente por varios motivos: por la evolución desde unos fines meramente constructivos hacia otros colonizadores, de clara preocupa- ción social; por el avance de la técnica; por las sucesivas rectificaciones de las previsiones económicas realizadas; por la propia experiencia; y por la consolida- ción de la doctrina keynesiana, que apostaba por el pleno empleo como finalidad dominante de la política económica. Por otro lado, y en países con un cierto grado de desarrollo, la colonización de regadíos debía tener en cuenta tanto la abundancia de población y su grado de preparación, como quién debería explotar los nuevos regadíos, cómo debían establecerse los plazos de reintegro, o qué tipo de habitabi- lidad se establecería, si aislada o mejor en núcleos de población nuevos.

En resumen, Alejandro Torrejón señalaba como principios fundamentales en la colonización de los grandes regadíos que la inversión del Estado sólo se justifi-

118 Op. cit., pág. 31.

119 Torrejón Montero, A. (1953): «Colonización de las grandes zonas regables». Revista de Estudios Agro-Sociales, nº 5, octubre-diciembre. Págs. 21-35.

120 Op. cit., pág. 23.

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caría cuando se obtuvieran beneficios públicos; que para acelerar la transforma- ción agrícola habría que ayudar económica y técnicamente a los colonos al menos en los primeros años; que en los países de abundante población permitiría crear una pequeña propiedad de tipo familiar; en cuanto al tema de la vivienda, lo más conveniente sería la construcción de nuevos pueblos; debería seguirse el principio de máxima rentabilidad de la inversión pública, y evitar los gastos innecesarios; la obra colonizadora quedaría completa si a la mejora territorial se acompañara una sólida formación religiosa, cultural y moral. Otras publicaciones de menor relevancia de Alejandro Torrejón aparecieron en la Revista Agricultura, suplemen- to de Colonización: una aparecida en 1946 («El INC en las zonas regables», nº 5 de diciembre); y otra un año después («La nueva legislación sobre colonización de in- terés local», nº 6 de junio).

El enfoque relativo al funcionamiento administrativo de la colonización corrió a cargo tanto de Carlos González de Andrés como de Octavio Díaz Pines 121 . El primero, ingeniero agrónomo que en los años cuarenta llegó a ostentar el cargo de Secretario General del INC, en un artículo publicado en 1945 122 repasaba los pri- meros años de funcionamiento del SNREST y el INC, así como su financiación, funcionamiento y organización administrativa, desgranando los fines y estructura de las cuatro secciones de que este último organismo constaba, la organización provincial existente a base de delegaciones regionales, o la política de adquisición de fincas, resaltando en todo caso la necesidad de que este organismo fuera con- cebido con una concepción netamente empresarial. La actuación del Instituto hasta entonces, sin recurrir a las expropiaciones, era resumida por Carlos Gonzá- lez de una forma un tanto voluntarista: «Esta trayectoria se ha seguido por el Insti- tuto, que no opera bajo un régimen de expropiaciones ni obliga a nadie a que le siga, sino que declara zonas de interés nacional en páramos inhóspitos donde no hay más semillas que la del paludismo, ni más viviendas que unas chozas; compra, para parcelar, las fincas que de buen grado le ofrecen los propietarios y que con afán solicitan las familias que desde hace muchos años las vienen labrando con anhelos de propiedad; hace mejoras de todas clases cuando las sientes y reclaman los pro- pietarios, y se consorcia y admite colaboraciones con las Entidades y Organismos más diversos» 123 .

Carlos Rein Segura. Este ingeniero agrónomo y abogado, representante de una de las numerosas facciones del falangismo, llegó a ser entre otros cargos or- gánicos del régimen Ministro de Agricultura entre 1945 y 1951, sustituyendo a Miguel Primo de Rivera, además de alcalde de Cazorla durante la Dictadura de Primo de Rivera. En su haber se encuentra el haber sido el principal artífice en el cambio de rumbo de la política de colonización a partir de mediados de los años

121 Autor, entre otras, de las siguientes publicaciones: Díaz Pines y Fernández-Pacheco, O. (1963): Instituto Nacional de Colonización. Nº 320. Madrid. (1967): Instituto Nacional de Coloniza- ción. (2ª edición). Madrid.

122 González de Andrés, C. (1945 a): «El Instituto Nacional de Colonización». Serie Estudios. Instituto Nacional de Colonización, nº 18.

123 Op. cit., pág. 22.

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cuarenta, impulsando bajo su mandato las dos principales herramientas legislati- vas: la Ley de 27 de abril de 1946 sobre expropiación de fincas rústicas por causas de interés social 124 , y la Ley de 21 de abril de 1949 sobre colonización y distribu- ción de la propiedad en las zonas regables 125 .

El enfoque socioeconómico, por último, agrupa a un conjunto de técnicos entre los que se encuentran Leopoldo Ridruejo Ruiz-Zorrilla, Ángel Martínez Bor- que y Miguel Cavero Blecua.

Leopoldo Ridruejo Ruiz-Zorrilla. Este ingeniero agrónomo de profesión fue un personaje clave en la aparición durante la II República de la Ley de Obras de Puesta en Regadío (OPER), que concebida con una filosofía distinta a la que aplica- ría Vázquez Humasqué en el Instituto de Reforma Agraria, desembocaría en el Instituto Nacional de Colonización. Su figura marcó buena parte de los plantea- mientos relativos a la actuación del INC sobre las Zonas Regables. En una interven- ción en las Cortes españolas de 1949 126 , y siguiendo con los precedentes recogidos en el Congreso de Riegos de 1934, Leopoldo Ridruejo se reafirmaba en la idea de que aunque el peso de la transformación debía correr a cargo de los propietarios afectados, el Estado se encargaría de intervenir en el desarrollo de las zonas rega- bles a través del diseño, impulso y protección de estas políticas. En todo caso, Ri- druejo detectaba cuatro errores importantes dentro de la acción del Estado: 1) la tendencia a dirigir desde el Estado la orientación productiva del agricultor, restán- dole iniciativa; 2) quién se beneficiaría de la plusvalía generada, por lo que sería necesario asegurar un cierto beneficio al agricultor, ya que si éste entraba en pér- didas la zona no podría ser transformada: «Se necesitará el dinero del propietario, el de la Banca, el del Estado y hasta el que puedan aportar los nuevos colonos» 127 ; 3) la inevitable parcelación de una zona regable ante la imposibilidad del propietario de hacer frente a su gestión, algo secundario si se tenía en cuenta que lo sustancial debería ser aumentar la producción y el empleo en esas zonas, resolviendo así el problema social existente, y acudiendo el Estado allí donde el propietario no quisie- ra llegar; 4) necesidad de seleccionar bien a los futuros colonos, buscando aquellos que dispusieran de algún recurso económico y conocimientos del regadío.

El último apartado lo dedicaría a repasar la recién publicada Ley de 1949, a la que auguraba un éxito si se aplicara con prudencia, ya que a primera vista parecía demasiado ambiciosa, intervencionista y meticulosa, si bien le reconocía una cierta elasticidad al INC para su aplicación. Debía ser ante todo una ley de tanteo, que no restringiera la capacidad de transformación de los propietarios

124 Rein Segura, C. (1946): «Discurso pronunciado por el Excmo. Sr. D. Carlos Rein Segura, Ministro de Agricultura, en la sesión plenaria de las Cortes Españolas, celebrada el día 24 de abril de 1946, sobre la Ley de Expropiación de Fincas Rústicas». Instituto Nacional de Colonización.

125 Rein Segura, C. (1949 a): «La ley sobre colonización y distribución de la propiedad en las zonas regables». Discurso pronunciado en las Cortes.

126 Ridruejo Ruiz-Zorrilla, L. (1949): «La puesta en marcha de las grandes zonas regables». Revista El Economista, nº de 11 de junio.

127 Op. cit., pág. 858.

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afectados y aportase a la zona regable tres elementos indispensables para su buen

desarrollo: dinero para obras y capitales de explotación, cultivadores inteligentes

y empresarios con recursos. Una década más tarde, y dentro de la Revista de Es-

tudios Agro-sociales 128 , Leopoldo Ridruejo partía de la experiencia acumulada en la aplicación de la citada ley para insistir en algunas cuestiones como la necesi- dad de lograr en las zonas regables un rendimiento razonable lo más rápido posi- ble, por lo que la ejecución integral del riego exigiría las siguientes exigencias en materia colonizadora: una gran obra hidráulica como base, redes secundarias, carreteras y caminos de servicio, poblados bien dotados, enseñar a cultivar en regadío, servicios de crédito y todo el complejo industrial y comercial asociado. El riego, a pesar de su apariencia como negocio, precisaría de la intervención del Estado, no sólo por su mayor capacidad económica sino también porque sólo él podía recoger el efecto multiplicador derivado del regadío (impuestos, mejora del nivel de vida, paz social, etc.).

En segundo lugar, la transformación de secano en regadío en España precisa- ría de una inversión aproximada de 114.000 ptas/ha (10.000 ptas más por el factor tierra en el caso de los colonos), lo que obligaba a un Estado como el español, con

recursos económicos muy limitados, a optar por varios modelos de ampliación del regadío, teniendo en cuenta la superficie a transformar y los plazos necesarios 129 . Sí consideraba, por ejemplo, que esta transformación no tenía por qué ir asociada

a la construcción de pantanos.

Por otro lado, la Ley de 1949, a pesar de que contemplaba dos tipos de colo- nización (a base de colonos, repartiéndoles las tierras en exceso, y de propietarios, reservándoles una parte de sus fincas), debería dar preferencia a la solución-pro- pietario frente a la solución-colono, por varias razones: de tipo económico (la se- gunda opción tendría un mayor costo económico), social (ya no era tan urgente instalar colonos como hace una década), y de oportunidad (se daría más trabajo, e inevitablemente la finca afectada acabaría siendo parcelada). La realidad indicaba que en esta década habían quedado el 72% de ha de las zonas regables en manos de propietarios, y el 28% en la de colonos.

Y por último, aunque la realidad indicase que las tierras de colonos estaban siendo mejor llevadas que las de los propietarios, ello sucedía porque a aquellos se les dispensaban más ayudas y facilidades, lo que demostraba la necesidad de considerar tres factores para una correcta transformación en regadío: los proyec-

tos y presupuestos de la obra, los anticipos o créditos, y la instrucción profesional.

Y es que un propietario debía cubrir una serie de etapas hasta conseguir su obje-

tivo, que no era otro que regar: disponer de unas obras completas, preparar capital

128 Ridruejo Ruiz-Zorrilla, L. (1960): «Actualidad de los riegos en España». Revista de Estu- dios Agro-Sociales, nº 31, abril-junio. Págs. 7-66. Poco después, en 1964, aparecería «Política de riegos y plan de desarrollo», publicada en el nº 61 del Boletín de Estudios Económicos.

129 El autor apostaba por fijar superficies preferenciales y desarrollar un plan con plazos cortos, que contase con la colaboración de varios ministerios, como los de Agricultura, Hacienda, Obras Públicas e Industria, y tuviera un mando único (Decreto-Ley de 13-2-1958).

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para el pago de obras y la puesta en explotación, aportar trabajadores-regantes, explotar la tierra los cinco primeros años y cumplir con los objetivos de rendi- miento que imponía el Estado. Era necesario ayudar al propietario a que pusiera en riego y explotase todo lo que él fuera capaz (para ello habría que facilitar la venta de parte de la finca, y expropiarle en caso de que no lograse unos resultados óptimos), ayudándoles económicamente con la vivienda de los trabajadores, en la mejora profesional a través del Servicio de Extensión Agraria, y exigiéndoles unos índices de explotación.

Ángel Martínez Borque. Este ingeniero agrónomo, que alcanzaría la Subdi- rección de Explotación del INC, resaltó la dimensión humana de la colonización 130 , con familias agrupadas «en un medio social propicio y conveniente» 131 . Desechaba, por tanto, «esos contingentes indiferenciados de población que nutren los movimien- tos tumultuosos de masas, comprendidos bajo la denominación común de reformas agrarias» 132 , mientras que se inclinaba por acudir a zonas con exceso de pobla- ción, siempre y cuando el colono mantuviera una instrucción básica mínima y una vocación profesional iniciada 133 . Un acontecimiento que le marcaría profundamen- te fue el viaje que realizó en 1945 a los Estados Unidos con el fin de comprobar sobre el terreno los resultados de la actuación colonizadora del gobierno nor- teamericano en el inhóspito West, y tratar de aplicar esta experiencia, en la medi- da de lo posible, al caso español 134 .

Finalmente, y en un trabajo realizado con motivo del 25 aniversario de la creación del INC 135 , reivindicaría la plena vigencia de este organismo, a pesar de tener el viento en contra, organismo que demostraba a su parecer el trascendental papel de la técnica agronómica y la ingeniería del regadío en la reforma de la in- fraestructura y la estructura rural. En momentos en donde España asistía a un masivo proceso migratorio exterior e interior, que partía del mundo rural y estaba provocando un aumento en la productividad agraria, debían continuar plenamen- te vigentes los objetivos iniciales de la colonización: «promoción de nuevas unida- des de explotación, de tipo familiar preferentemente, o de consolidación de las exis-

130 «La obra colonizadora requiere no sólo de técnica y capitales, sino principalmente buenos labradores, profesional y moralmente» (Martínez Borque, A. (1945): «El hombre y la coloniza- ción». Serie Estudios. Instituto Nacional de Colonización, nº 14, p. 24).

131 En este contexto era básico atender a la educación integral de la familia instalada (con la ayuda de otros organismos como Sección Femenina, Frente de Juventudes, etc.) y a su forma- ción profesional (Centros de Colonización y Labranzas Ejemplares).

132 Op. cit., pág. 13.

133 Para este autor no sólo son válidos aquellos colonos con cierta capacidad económica; también lo son, siempre que dispongan de una adecuada preparación profesional, los pequeños arrendatarios y aparceros, los hijos de labradores que no pueden suceder a sus padres en la explotación, los mayorales y obreros agrícolas fijos, e incluso los simples braceros agrícolas, eventuales. Para efectuar una buena selección, el autor desgranaba los fundamentos y condicio- nes mínimas que establecía el INC.

134 Martínez Borque, A. (1948): «La colonización de los regadíos del Oeste de los Estados Unidos de América». Serie Estudios. Instituto Nacional de Colonización, nº 11. 2ª ed. En 1962.

135 Martínez Borque, A. (1967): «La colonización agrícola». Serie Estudios. Instituto Nacional de Colonización, nº 30.

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tentes, de forma que unas o tras resulten técnica y económicamente viables, mejorando, al mismo tiempo, las condiciones generales de la vida rural» 136 .

Miguel Cavero Blecua. Este ingeniero agrónomo fue además profesor de Cons- trucción y Proyectos en la Escuela Especial del Cuerpo de Ingenieros Agrónomos. En una conferencia pronunciada el 6 de marzo de 1942 en el Instituto de Ingenieros Civiles de Madrid bajo el título «Los regadíos en España», tras analizar el avance del regadío y repasar el Plan Nacional de Obras Hidráulicas, establecía tres modelos de regadío en España: a) riegos del litoral mediterráneo, en donde sólo era necesario asegurar el factor agua para lograr una agricultura avanzada; b) riegos de la meseta central y la cuenca del Ebro, más atrasados y condicionados al clima y a otros as- pectos de tipo demográfico o económico; y c) riegos de la Baja Andalucía, en una posición intermedia y en donde la transición del secano al regadío debería ser me- nos traumática que en el caso anterior. En este sentido, el autor recuperaba los planteamientos de Leopoldo Ridruejo formulados en 1934, según los cuales era crucial para el éxito de los nuevos regadíos la formación de un organismo con fines colonizadores en todos sus aspectos (social, constructivo, agronómico, sanitario, administrativo, económico y político). Asimismo, abordaba los capitales necesarios para culminar esa transformación al regadío (y el necesario apoyo que éstos deben recibir de la Banca Nacional), así como la atención que el Estado debía prestar a las corrientes migratorias que inevitablemente se producirían. Por último, Cavero abo- gaba por la estrecha colaboración de los diferentes ministerios implicados (Obras Públicas, Agricultura, Trabajo, Industria y Comercio), así como de los sindicatos, propietarios y productores de las zonas regables, y la banca nacional.

Además de los citados, el elenco de profesionales que dedicaron parte de su trayectoria profesional a la colonización agraria es enormemente amplio. Para no alargar más este apartado, nos limitaremos a citar algunos de ellos, así como sus obras más relevantes: Ángel López García de la Marina, uno de los escasos especia- listas en la legislación relativa a la colonización de interés local 137 ; Fernando Mon- tero y García de Valdivia, Director General de Colonización en los años cuarenta e impulsor de la reforma legislativa en materia colonizadora que desembocaría en la Ley de abril de 1949 138 ; José Tudela de la Orden, escritor e historiador que aborda la obra colonizadora desde su dimensión sociológica 139 , insistiendo en la necesidad

136 Op. cit., pág. 16.

137 López García de Marina, A. (1945): Trascendencia nacional y privada de la Ley de Colo- nizaciones de Interés Local. Serie Estudios. Instituto Nacional de Colonización, nº 13.

138 Montero y García de Valdivia, F. (1946): «La parcelación de fincas, obra de justicia social». Revista Colonización, suplemento de Agricultura, nº 5, diciembre. (1947): «Discurso pro- nunciado ante Su Excelencia el Jefe del Estado con motivo de su visita al nuevo pueblo de Gime- nells». Revista Colonización, suplemento de Agricultura, nº 6, junio. (1949 a): «La colonización de los grandes regadíos, tarea urgente». Revista Colonización, suplemento de Agricultura , nº 7, enero. (1949 b): «La empresa colonizadora de las zonas regables, según la nueva ley». Revista Coloniza- ción, suplemento de Agricultura, nº 9, abril. (1950): «Ante todo la colonización de nuestras zonas regables». Revista Colonización, suplemento de Agricultura, nº 11, agosto.

139 Tudela de la Orden, F. (1966): «El hombre y la tierra». Serie Estudios. Instituto Nacional de Colonización, nº 27.

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de conocer perfectamente el entorno familiar y laboral del colono seleccionado; José Benito Barrachina, ingeniero agrónomo, que reivindica el carácter técnico de la colonización; y Francisco López Santamaría, especializado en la aplicación del Plan Badajoz y en su diagnóstico socioeconómico, al igual que Ramiro Campos Nordman.

1.3. Revisión bibliográfica de la obra colonizadora. Estudios generales, regionales y locales

La colonización fue desde el principio una de las banderas propagandísticas más importantes del régimen franquista en materia agraria, trascendiendo más allá de lo que debía ser, una opción más dentro del diseño de la nueva política agraria; ése fue su gran error. Como tal, desde el principio suscitó una abundantísima bi- bliografía, canalizada por el Estado a través de diversas publicaciones especializa- das a las que ya se ha hecho referencia (Revista Agricultura, suplemento de Colo- nización, Serie Estudios del INC, Revista de Estudios Agro-sociales), y contando con la colaboración de aquellos que fueron sus instigadores y habían ocupado cargos dentro del organigrama del Instituto colonizador a lo largo de los años cuarenta y cincuenta. Al margen de la importante y prolija literatura sobre colonización de las décadas centrales del siglo pasado, y de las numerosas publicaciones aparecidas hasta la fecha, lo cierto es que apenas una decena de trabajos nos permiten conocer en profundidad estos temas. A pesar de los múltiples enfoques con que los investi- gadores se han enfrentado al vasto tema de la colonización agraria, es desde el campo de la geografía en donde podemos encontrar más ejemplos de estudios que han conseguido esa visión global e integral del impacto territorial que la coloniza- ción tuvo en España a lo largo de la segunda mitad del siglo xx.

Los primeros trabajos que trataron de analizar desde una amplia perspectiva los resultados de la política de colonización en España tienen su origen en la se- gunda mitad de la década de los años setenta, en pleno período de consolidación de la democracia en España, momento por otra parte clave para interpretar el pa- pel de los diversos organismos que a lo largo del tiempo mantuvieron competen- cias en materia de colonización y regadíos (INC-IRYDA), toda vez que habían transcurrido casi cuarenta años desde el inicio de la actuación colonizadora, y ya existía una cierta perspectiva de sus resultados a nivel territorial 140 .

El primer trabajo importante fue elaborado entre 1974 y 1976 por Florencio Zoido Naranjo y José Juan Romero Rodríguez, por encargo del Instituto de Desar- rollo Regional de la Universidad de Sevilla, y publicado en 1977 bajo el título Co- lonización agraria en Andalucía. En él los autores intentaron «mostrar las ventajas

140 Podemos encontrar algún trabajo pionero en cierta medida, como el del geógrafo francés Jean François Guillaud (1962): «Rôle de l’Institut National de Colonisation dans la mise en valeur agricole et hydroagricole de l’Espagne». Revue de Geographie Alpine, L, 4), en donde ya se dejaba adivinar la dimensión de la obra colonizadora, centrada especialmente sobre el Guadiana, el Ebro y el Guadalquivir.

ColonizaCión, regadíos Y desarrollo en el sur de españa

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y desvíos que ha llevado consigo la política colonizadora del Estado en Andalucía» 141 , tomando como ámbito espacial de referencia las provincias de Córdoba y Cádiz. A pesar de los diferentes enfoques con que se abordó el problema en cada una de ellas 142 , por primera vez se puso de relieve cuáles habían sido los resultados eco- nómicos de las explotaciones de los colonos, cómo había evolucionado la estructu- ra de la propiedad en esas zonas, e incluso cuál estaba siendo la percepción del colono sobre su situación en general.

Sin embargo, la obra clave que nos permite entender la verdadera dimensión de la actuación colonizadora en el conjunto del Estado español fue publicada en 1979 por el geógrafo Nicolás Ortega Cantero 143 . En este autor podemos apreciar un enfoque muy crítico no sólo sobre los resultados de la colonización, sino incluso acerca de su propio diseño y concepción. Era interpretada en términos de subor- dinación a los intereses de la gran propiedad, puesto que con ella se tendía «a garantizar el establecimiento de una parte de la población campesina capaz de constituir una reserva de mano de obra suficiente para mantener unos funciona- mientos tradicionales o, más exactamente, para mantener unas condiciones de tra- bajo utilizable suficientemente tranquilizadoras y seguras para las concretas expec- tativas de una gran propiedad dispuesta a estabilizar sus privilegiadas y providenciales posibilidades» 144 . El trabajo se dividió en tres grandes bloques; en el primero tuvo en cuenta los orígenes de la política de colonización, ligados al deve- nir de la política hidráulica a lo largo del primer tercio del siglo xx; un segundo bloque lo consagraba a analizar los derroteros seguidos a partir de la guerra civil, e incide sobre los aspectos más sustanciales que determinaron el modelo de apli- cación en España de la política colonizadora; un último capítulo lo destinaría a evaluar los resultados de esta política, en un contexto marcado por la crisis de la agricultura tradicional y la necesidad de reorientar las estrategias estatales.

La tercera aportación relevante en esta etapa fue una obra colectiva, Extrema- dura Saqueada, en cierto modo inspirada sobre las mismas bases ideológicas que los trabajos de Ortega Cantero, y sobre una experiencia similar encabezada por Mario Gaviria en Aragón 145 . Este trabajo, que vería la luz en 1978 dentro de un importante movimiento antinuclear surgido en las Vegas Altas del Guadiana, fue el resultado de la colaboración interdisciplinar de varios investigadores extreme- ños que, procedentes de diversas áreas científicas (geografía, sociología, econo- mía), intentaron desde un planteamiento radical demostrar dos ideas claras: en primer lugar, el fracaso de los sucesivos planes de desarrollo puestos en marcha

141 Romero Rodríguez y Zoido Naranjo, 1977, pág. XI.

142 El trabajo correspondiente a Cádiz corrió a cargo de Florencio Zoido, en tanto que la provincia de Córdoba se encargó a un equipo de ETEA dirigido por el profesor Romero.

143 Esta publicación se inserta dentro de una línea de trabajo muy fructífera, que partió de

la propia tesis doctoral del autor, y que en apenas tres años pudo alumbrar otros ya circunscritos

a diversos aspectos de la colonización en Extremadura (Ortega Cantero, 1978 a y b, 1979 c y

1980).

144 Ortega Cantero, 1979 a, pág. 145.

145 Gaviria, M. (1977): El Bajo Aragón expoliado. Recursos naturales y autonomía regional. Informe dirigido por Mario Gaviria. Zaragoza, Edit. Deiba.

Vicente José GalleGo simón

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en Extremadura, ejemplificados en las severísimas críticas que a lo largo de toda la publicación se vierten sobre el Plan Badajoz, y en segundo lugar, cómo a su juicio esta región había sufrido un verdadero expolio en beneficio de agentes ex- ternos, como consecuencia de la aplicación de estas políticas.

Tras un breve período de sequía bibliográfica, los años ochenta resultaron claves para entender el impulso que recibirían los estudios relacionados con la política de colonización en España. El primer elemento que reactivó este tipo de análisis del fenómeno colonizador como una variante de reforma agraria de carác- ter técnico y orientada a la modernización de la agricultura, lo constituye la apa- rición a principios de los ochenta de la Ley de Reforma Agraria Andaluza 146 . En efecto, en 1984 el primer Gobierno del PSOE en Andalucía aprobaba esta Ley emblemática, que abriría una serie de expectativas que pronto fueron defrauda- das, toda vez que se limitó a favorecer la productividad agraria, sin afectar verda- deramente a la estructura de la propiedad de la tierra.

El segundo acontecimiento que serviría para consolidar la actualidad del tema fue la iniciativa gubernamental, a través de los Ministerios de Agricultura, Pesca y Alimentación (Secretaría General Técnica e Instituto Nacional de Reforma y Desa- rrollo Agrario), Obras Públicas y Urbanismo (Instituto del Territorio y Urbanismo, y Dirección General para la Vivienda y Arquitectura), y Administraciones Públicas (Instituto Nacional de Administración Pública), de elaborar un amplio estudio cen- trado en tres grandes áreas de análisis: la evolución histórica e institucional del proceso colonizador (a cargo del economista Carlos Barciela, el ingeniero agrónomo José Manuel Mangas y los arquitectos Javier Monclús y José Luis Oyón), la elabora- ción de un inventario y el análisis documental de las zonas regables y los poblados (coordinado por el sociólogo Jesús Leal, el ingeniero Felipe Manchón y el arquitecto Mario Muelas), y el análisis de la situación en aquellos momentos, basado funda- mentalmente en trabajos de campo (sus responsables fueron el antropólogo social Carlos Jiménez, el sociólogo Luciano Sánchez, la ingeniera agrónoma Susana Velás- quez y el arquitecto técnico Jorge Hernando). Este ambicioso proyecto estuvo dirigi- do por una comisión mixta, compuesta por varios funcionarios adscritos a los dife- rentes ministerios implicados, entre los que cabría destacarse a Roberto Sancho Hazak (del IRYDA) y muy especialmente a Cristóbal Gómez Benito (SGT-MAPA), como luego veremos uno de los que más y mejor ha investigado los orígenes ideo- lógicos y la praxis de la colonización agraria en España. Finalmente fueron cuatro las publicaciones surgidas de este proyecto (un quinto y último volumen no llegó nunca a ser publicado), compiladas bajo un título común: «Historia y Evolución de la Colonización Agraria en España», y que vieron su aparición entre 1984 y 1994. Con el importante volumen documental procedente de este ambicioso proyecto, a la que sin embargo se le echa en falta una perspectiva geográfica, se cerraba un ciclo a partir del cual la intensidad de los trabajos sobre colonización decrecería, al tiempo que comenzaron a proliferar multitud de estudios más centrados en aspectos secto-

146 Ley 8/1984, de 3 de julio, de Reforma Agraria. Para una evaluación de la ley, VV. AA. (1992): Gran propiedad y política agraria en la Península Ibérica. A propósito de la Ley de Reforma Agraria Andaluza. Granada, Universidad.

ColonizaCión, regadíos Y desarrollo en el sur de españa

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riales y secundarios de la acción colonizadora, y desde una perspectiva territorial mucho más limitada, abundando los estudios locales o a lo sumo por zonas regables.

Acabamos de referirnos a la labor del sociólogo Cristóbal Gómez Benito dentro de ese voluminoso trabajo auspiciado por varios ministerios, aunque su aportación al conocimiento de las raíces y los resultados de la colonización en España va mu- cho más allá. Es, probablemente, uno de los autores que mejor ha profundizado en las raíces ideológicas del franquismo agrario en general, y de la política de coloni- zación en particular. En este sentido, cabe destacar el producto de su tesis doctoral, publicada en 1996 por la editorial Siglo xxi bajo el título «Políticos, burócratas y expertos. Un estudio de la política agraria y la sociología rural en España (1936- 1959)», en donde parte del objetivo genérico de analizar e interpretar, desde la

perspectiva de la sociología rural, la construcción ideológico-doctrinal de la política agraria del primer franquismo, profundizando en su ideología agrarista. Gómez Benito ha completado su bibliografía sobre el tema con dos aportaciones recientes; en la primera de ellas, aparecida en 2003, titulada «La colonización agraria en Es- paña y Aragón, 1939-1975», con ocasión de la creación en Aragón del primer Centro de Interpretación sobre la Colonización Agraria de España, hace un repaso general

y muy didáctico a los aspectos esenciales de la colonización en España, dedicando

un capítulo especial a la región aragonesa. El segundo de ellos, de una mayor pro- fundidad científica y titulado «Una revisión y una reflexión sobre la política de colo- nización agraria en la España de Franco», apareció un año después publicado en la Revista Historia del Presente; por primera vez se intentaba sistematizar a la vez que someter a una revisión crítica la producción bibliográfica existente sobre colo- nización agraria, poniendo sobre el tapete las diferentes interpretaciones existen- tes así como sus resultados, optando Gómez Benito por mantener una posición centrada, reconociendo éxitos y fracasos en la acción colonizadora.

Desde el ámbito de la geografía, y además de los trabajos de Ortega Cantero y Florencio Zoido, merece la atención el publicado en 1984 por Joaquín Bosque Mau- rel en la Revista Agricultura y Sociedad: «Del INC al IRYDA: análisis de los resulta- dos obtenidos por la política de colonización posterior a la guerra civil». La labor de ambas instituciones era enjuiciada desde una posición alejada de las «críticas sub- jetivas», centradas en su estricta preocupación ideológica y política. Estos organis- mos, por la dimensión práctica de sus resultados (colonización, regadíos y en me- nor medida concentración parcelaria), contribuyeron a reformar de forma relativa las estructuras agrarias, si comparamos los censos agrarios de 1962 y 1972, si bien es cierto que esta reforma benefició especialmente a medianos y grandes propieta- rios. Al igual que Gómez Benito, el profesor Bosque resalta su desigual impacto sobre el territorio nacional, puesto que las acciones de colonización se concentra- ron en Andalucía, Aragón y Extremadura (75%), mientras que la concentración parcelaria o la ordenación rural fue mucho más intensa en la meseta. La principal conclusión a que llega Bosque es que la actuación del INC-IRYDA, aún siendo muy cuestionada desde varios puntos de vista, en especial por su alto coste económico

o por los discutibles resultados obtenidos en algunas zonas, supuso un paso ade-

lante al partir de una ventaja: que la inversión ya estaba realizada. En efecto, esta

actuación ha cubierto la doble tarea colonizadora del régimen franquista, tanto en

Vicente José GalleGo simón

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las actuaciones directas sobre zonas regables y secanos como en las indirectas, a través de subvenciones y créditos de interés local, con una política presidida por la idea de que el riego es «la transformación más revolucionaria que pueda hacerse en el suelo» (Bosque Maurel, 1984, p. 179). Es cierto que la política agraria franquista perseguía solventar el problema social de la tierra a través de la reforma de las estructuras agrarias, pero también lo es que buscaba la superación del concepto de reforma agraria anterior a 1936. Reconocía, no obstante y en la línea de Ortega Cantero, que hubo «otros beneficiarios» de la política de colonización, los propieta- rios reservistas 147 , que pudieron disponer gratuitamente de infraestructuras públi- cas, sus tierras se vieron revalorizadas, sus productos tuvieron una mejor salida en los mercados, gracias a su peso económico y financiero controlaron la mayor parte de las agroindustrias de las zonas transformadas, y supieron aprovechar en mayor medida la mano de obra recién instalada. Otra consecuencia de la colonización, sobre la que el autor pone especial énfasis y resulta ciertamente novedosa, es la profunda remodelación del paisaje agrario, que provocó la introducción de nuevos cultivos y movimientos de tierras para su transformación en regadío, la generaliza- ción de nuevos sistemas de explotación más intensivos, la creación de un entrama- do de nuevos asentamientos, etc. Debemos mencionar a un último geógrafo, Ángel Paniagua Mazorra, que centró sus investigaciones sobre diversos aspectos relacio- nados con la colonización, preferentemente desde el punto de vista socio-demográ- fico, aspecto éste poco analizado en general, a pesar de su indudable interés.

Desde el campo de la economía agraria, Carlos Barciela protagoniza la mayor parte de los estudios sobre la colonización en España, aunque centrados en la primera etapa del franquismo, que alcanzaría hasta 1959. En sus numerosos tra- bajos, realizados a lo largo de los últimos veinte años, deja traslucir tres ideas fundamentales: el carácter contrarreformista e incluso contrarrevolucionario de la política agraria del primer franquismo, y por extensión de la colonización; fracaso de la colonización en los años cuarenta debido a la desproporción existente entre unos ambiciosos objetivos y unos resultados raquíticos, que propiciaron que el INC, en contra de su intención, se convirtiera en un gran propietario de tierras no colonizables, con acciones muy costosas y de escasa repercusión práctica (sin embargo, en los años cincuenta se asiste a una reactivación de la política de colo- nización, al dotarla de instrumentos legales más ágiles, de una financiación más adecuada a los ambiciosos objetivos, y de una labor práctica mucho más significa- tiva); y visualización de la política colonizadora como complemento a la política de riegos puesta en marcha por el nuevo régimen.

• Estudios regionales y locales sobre colonización.

La mayoría de las investigaciones, como era de esperar, se han centrado sobre las grandes zonas regables. Sin embargo, frente al gran interés despertado sobre

147 «aquellos que, en último término, seguían usufructuando las tierras también regadas por el Estado pero no adquiridas por éste» (Bosque Maurel, 1984, pág. 186).

ColonizaCión, regadíos Y desarrollo en el sur de españa

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este tipo de colonización asociada al regadío, se echa en falta la existencia de es- tudios que hayan abordado con cierta profundidad tres aspectos básicos en el de- sarrollo de la política agraria franquista, tanto desde el punto de vista teórico como desde la praxis. Nos referimos a la colonización en secano, mayoritaria en los cuarenta, al impacto de la colonización de interés local 148 , y a la política de con- centración parcelaria 149 .

No obstante, en la última década se ha producido un acontecimiento que ha contribuido de manera decisiva a reactivar los trabajos sobre la colonización en varias regiones españolas. Nos referimos a la sucesión de aniversarios, por lo ge- neral el cumplimiento de los cincuenta años desde la puesta en marcha de la polí- tica colonizadora en regiones como Aragón, Extremadura, o en provincias como Almería. Aunque a continuación iremos mencionando alguna de estas iniciativas, focalizadas como decimos sobre determinados ámbitos terrtitoriales y al albor de este tipo de efemérides, sí debemos destacar el fuerte impulso que están experi- mentando los estudios sobre colonización desde su consideración como un elemen- to patrimonial de primer orden en nuestro mundo rural. Por ello, han sido funda- mentalmente arquitectos quienes con mayor ahínco se han acercado a la huella dejada por pueblos, viviendas, acequias, canales, e infraestructuras agrarias de todo tipo, resaltando no sólo su gran valor histórico y patrimonial; tambien se están poniendo las bases para que desde los poderes públicos se proceda a proteger estos bienes, no sólo con el fin de detener el deterioro a que están sometidos en los últi- mos años como consecuencia del abandono tanto demográfico como institucional, sino para darles funcionalidad dentro de unos espacios rurales que en muchas ocasiones se encuentran demasiado próximos a la gran urbe; es por ejemplo, el caso de núcleos como Esquivel, y las fuertes presiones de tipo urbanístico que re- cibe de la capital hispalense, o en menor escala, el influjo que ejercen en la provin- cia de Jaén sobre algunos pueblos debido a su cercanía a localidades como Andújar, Linares o Úbeda.

En este sentido, cabe destacar dos iniciativas recientes muy interesantes: la primera de ellas está auspiciada desde la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía y concretamente desde uno de sus centros, el Instituto Andaluz del

148 Ha sido éste un tema muy bien valorado por lo general entre los estudiosos de la colo- nización, que han resaltado sus buenos resultados, frente a las limitaciones de la actuación colonizadora sobre las grandes zonas regables.

149 Además del clásico estudio de Beneyto Sanchís, R. (1955 a): Ensayo de concentración parcelaria en España. Madrid, Ministerio de Agricultura, Servicio de Concentración Parcelaria (cuyos resultados fueron publicados en el número 10 de la Revista de Estudios Agro-sociales), sólo podemos reseñar tres estudios, aparecidos hace ya años, y que lamentablemente no han tenido continuidad: Alario Trigueros, M. (1991): Significado espacial y socioeconómico de la con- centración parcelaria en Castilla-León. Madrid, MAPA. Arias Abellán, J. (1983): La política de concentración parcelaria: un ejemplo andaluz. Granada, Instituto de Desarrollo Regional-Univer- sidad de Granada. Riva Fernández, J. de la (1990): «La política de concentración parcelaria en Aragón». Revista de Estudios Agro-Sociales, nº 151, págs. 191-236. De forma marginal es analizada la concentración parcelaria en algunos municipios andaluces del valle del Guadalquivir en Mata Olmo, R. (1987): Pequeña y gran propiedad agraria en la Depresión del Guadalquivir. Madrid, Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación.

Vicente José GalleGo simón

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Patrimonio Histórico. En febrero de 2005 este Instituto dedicaba un número espe-

cial dentro de su revista «Boletín del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico» (nº 52), a tratar este sugestivo interrogante, que aparecía como encabezamiento de la revista: «Pueblos de colonización 1939-1971 ¿recuperar el patrimonio rural franquis- ta?». A este propósito se consagraron más de una decena de trabajos, que aparecen reseñados en la bibliografía, enfocados tanto desde un punto de vista teórico como abordando determinadas experiencias de recuperación urbanística y puesta en valor de este interesante patrimonio rural. Cuando tan sólo habían transcurrido dos meses desde la aparición de este monográfico, entre el 7 y el 9 de abril de 2005

la Consejería de Cultura, a través del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico, y

con la colaboración de la Universidad de Sevilla, organizaban el Primer Simposio Nacional Pueblos de Colonización durante el franquismo. La arquitectura en la mo-

dernización del patrimonio rural. Este importante evento de carácter científico, que daría lugar en 2008 a la aparición de una publicación monográfica, a cargo de la Consejería de Cultura y titulada «Pueblos de colonización durante el franquismo: la arquitectura en la modernización del territorio rural», por primera vez abordaba el fenómeno colonizador desde la necesidad de recuperar primero, proteger después,

y finalmente poner en valor los elementos patrimoniales que se dan cita en los

más de trescientos núcleos de colonización dispersos por España. El libro distin- gue entre cuatro grandes apartados: el primero de ellos centrado en el análisis del marco histórico de la colonización agraria española; el segundo viene a suponer una aproximación geohistórica a este fenómeno, desde la óptica de la diversidad de experiencias y su significación a partir de las políticas de ordenación del terri- torio puestas en marcha en el último medio siglo; el tercer bloque de trabajos inci- de en el valor y carácter novedoso y en ocasiones transgresor de algunas de las iniciativas ensayadas en el campo artístico, en especial desde el punto de vista urbanístico, arquitectónico y pictórico, analizando figuras de relevancia nacional como Fernández del Amo y Alejandro de la Sota; el cuarto y último apartado se centra en el presente de estos pueblos, y en cómo hacer frente, por ejemplo, a la amenaza que supone su cercanía a grandes áreas metropolitanas como Málaga.

La segunda gran iniciativa reciente de análisis de la colonización, en este caso desde un punto de vista estrictamente arquitectónico y con una clara finalidad di- vulgativa, es fruto de la colaboración entre los Ministerios de Cultura y Medio Ambiente, Medio Rural y Marino, con la Fundación Arquitectura Contemporánea, en donde no ha faltado el apoyo de otras instancias públicas de carácter autonómi- co. Se trata de tres libros de formato pequeño con sus respectivos DVDs interactivos que, aparecidos entre 2006 y 2008 bajo la colección «Pueblos de colonización. Itine- rarios de Arquitectura», abordan de forma gráfica y con amplio andamiaje fotográfi- co la obra arquitectónica que supuso la colonización agraria franquista en el Gua- dalquivir y la cuenca mediterránea sur (volumen I), el Guadiana y el Tajo (volumen II) y la zona del Ebro, Duero, Norte y Levante (volumen III).

1. La cuenca del Guadiana, el Plan Badajoz y la colonización en Extremadura

Los estudios referidos a la región extremeña han estado muy condicionados por la aprobación en 1951 del Plan Badajoz, y la incorporación al mismo de las

ColonizaCión, regadíos Y desarrollo en el sur de españa

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medidas sobre colonización 150 , regadíos e industrialización. Al tratarse de un plan pionero en España, no sólo por su concepción sino también por el montante global de inversiones previstas, desde un primer momento aparecieron publicaciones orientadas al principio a glosar las virtudes de su entrada en vigor, que redimiría al pueblo pacense de su situación de atraso socioeconómico, y lograría poner en valor los recursos naturales existentes fundamentalmente en torno a la cuenca del río Guadiana. Así, García Atance (1953 y 1955) 151 , López Santamaría (1954) 152 , Campos Norman (1956) 153 y algún artículo divulgativo 154 más intentarían mostrar las bondades del Plan antes incluso de poder plasmar en realidades alguno de los proyectos contemplados.

A finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, cuando ya existía cierta perspectiva acerca del grado de cumplimiento del Plan Badajoz, nos encontra- mos con algunos trabajos monográficos de carácter más institucional como el dirigi- do por García de Oteyza (1958) 155 , publicado por la Secretaría Gestora del propio plan, al que se le añaden dos estudios realizados por el Ministerio de Agricultura, en donde ya se avanzaban cambios en la estructura de las explotaciones agrícolas afectadas 156 . En este sentido, hay que recordar la importante labor divulgativa que ejerció la Secre- taría Gestora del Plan Badajoz, dependiente del Ministerio de Industria, desarrollando además otros aspectos sociales de la colonización 157 , o abordando una evaluación global de la aplicación del Plan, ya con una cierta perspectiva temporal 158 .

En la década de los setenta aparecieron dos importantes investigaciones que, además del mencionado de la Secretaría Gestora y elaborado en 1972, y desde parámetros radicalmente opuestos, intentaron evaluar sus resultados.

150 El impulso a la colonización de las grandes zonas regables extremeñas ya se encontraba presente antes de entrar en vigor el Plan Badajoz, según se desprende de las noticias aparecidas en 1945 en la Revista Agricultura, suplemento de Colonización (nº 4 de diciembre), sobre la visita que Franco realizó a Extremadura para analizar el tema de la colonización; o la publicación de Domínguez García, M. (1948): «Colonizaciones en marcha. La gran zona de Montijo». Revista de Estudios Regionales, nº 10, julio-diciembre, págs. 85-118.

151 García Atance, J. (1953): «El Plan de Colonización e Industrialización de Badajoz». Revis- ta Agricultura, nº 253 y 254, mayo-junio; y (1955): «Algunos extremos en relación con el Plan de Industrialización y Colonización de Badajoz». Revista Agricultura, nº 277, mayo.

152 López Santamaría, F. (1954): «El Plan Badajoz. Antecedentes, contenido y ensayo sobre sus efectos». Revista de Estudios Agro-Sociales, nº 6, enero-marzo. Págs. 45-82.

153 Campos Nordmann, R. (1956): «Notas sobre la planificación económico social de la pro- vincia de Badajoz». Revista de Estudios Agro-Sociales, nº 14, enero-marzo. Págs. 69-112.

154 Anónimo (1956 b): «El viaje del Jefe del Estado a Extremadura y Toledo». Revista Agri- cultura, nº 294, octubre.

155 García de Oteyza, L. (dir.) (1958): El Plan de Badajoz. Ediciones de la Secretaría Gestora del Plan Badajoz. Madrid. A este trabajo habría que añadir otro realizado por la Secretaría Ges- tora en 1961.

156 Ministerio de Agricultura (1961): «Estructura de las explotaciones del Plan Badajoz. Campaña 1959-60»; y (1963): «Estructura de las explotaciones del Plan Badajoz».

157 Siguán Soler, M. (1963): Colonización y desarrollo social. Estudio en el marco del Plan Badajoz. Madrid, Instituto Nacional de Industria, Secretaría del Plan Badajoz.

158 Instituto Nacional de Industria, Secretaría Gestora del Plan Badajoz (1972): Plan Bada- joz. Información sobre finalidad, objetivos, evolución y resultados. Madrid.

Vicente José GalleGo simón

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En 1975, y desde una perspectiva pretendidamente aséptica y excesivamente economicista, el Instituto de Estudios Económicos publicaba una «Evaluación de los resultados económicos de los planes de Badajoz, Jaén y Tierra de Cam- pos», y tres años después veía la luz una obra colectiva, muy crítica con la concepción y los resultados obtenidos por el Plan Badajoz y a la que ya nos hemos referido, titulada «Extremadura Saqueada. Recursos naturales y autono- mía regional» 159 .

Alguno de los aspectos más y mejor tratados dentro del Plan Badajoz hacen referencia a su vertiente industrial, cuyos resultados se consideraron más que dis- cutibles 160 , así como a las transformaciones operadas en el espacio agrario y rural pacense 161 , o a los controvertidos resultados económicos de las explotaciones agra- rias situadas en los núcleos de colonización 162 , aunque la atención se ha centrado de modo muy especial en las Vegas del Guadiana 163 . La profusión de estudios globales no ha evitado la aparición de interesantes investigaciones sobre aspectos concretos de la obra colonizadora, ya fueran de carácter socio-cultural 164 , jurídico 165 , o relativo

159 Baste como ejemplo de ese espíritu crítico y radical el esclarecedor título de uno de sus capítulos: «El Plan Badajoz, escaparate del paternalismo del Estado franquista y máquina de tra- bajo tendente a ampliar la energía solar fijada en productos agrarios mediante un uso intensivo del agua, la fertilidad del suelo y la fuerza de trabajo de los extremeños, evitando la conflictividad originada por la miseria y el paro». En VV. AA. (1978): Extremadura Saqueada. Recursos naturales y autonomía regional. París-Barcelona, Ruedo Ibérico. Págs. 225-404.

160 Frutos Mejías, L. Mª. (1982): «La acción estatal en el desarrollo industrial de Extrema- dura». Documents D’Anàlisi Geogràfica, nº 4, págs. 69-101. Juárez Sánchez-Rubio, C. (1975):

«Repercusión industrial del Plan Badajoz». IV Coloquio de Geografía. Oviedo. Barciela López, C.; López Ortiz, Mª. I. y Melgarejo Moreno, J. (1996 a): «Autarquía e intervención: el fracaso de la vertiente industrial del Plan Badajoz». Revista de Historia Industrial, nº 14. Págs.125-169.

161 Rodríguez Cancho, M. (1986): «Poder y estrategias espaciales: el espacio rural-agrario extremeño». Norba , nº 7.

162 Alonso Sebastián, R. y Romero Cuadrado, C. (2006): Resultados económicos durante el período 1954-1972 de las explotaciones agrarias de los núcleos de colonización creados por el Plan Badajoz. Madrid, Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria. Mono- grafías INIA, Serie Agrícola, nº 20. Giménez Romero, C. (1987): Informe sobre la situación actual de las zonas regables, los poblados y las explotaciones de colonización. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura.

163 Juárez Sánchez-Rubio, C. (1973): «La acción planificadora del Estado en las Vegas del Guadiana». V Pleno del CESS, Provincia de Badajoz. Badajoz; y (1976): «La transformación agraria en las Vegas del Guadiana». Estudios Geográficos, nº 143. Ortega Cantero, N. (1980): «Reorgani- zación del espacio y dinámica agraria en las Vegas del Guadiana». Los paisajes rurales de España. Valladolid, Fundación Juan March. Págs. 161-167; y (1981): «Espacio agrario y actuación estatal colonizadora en el Plan Badajoz». Documents d´anàlisi metodològica en Geografía, nº 2. Berger, J. y Wienberg, D. (1957): «Estudio económico de la evolución de la producción agrícola de las Vegas Bajas del Guadiana de 1953 a 1956». Revista de Estudios Agro-Sociales, nº 21, octubre- diciembre. Págs. 21-38.

164 Sánchez Blázquez, M. (1989 a): «Limitaciones socioestructurales de una tentativa de reforma social. El Plan Badajoz». Sociología Rural, nº 9, págs. 113-132; y 1989 b: «La tradición cultural en los procesos de transformación de los poblados del Plan Badajoz en comunidades», En Asamblea de Extremadura: Antropología cultural en Extremadura. Primeras Jornadas de Cul- tura Popular. Mérida, Asamblea de Extremadura. Págs. 77-84.

165 Beato Espejo, M. (1986): Reordenación administrativa de los poblados de colonización en Extremadura. Cáceres, Universidad de Extremadura.