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San Diego de Alejandría

El Cristiano, llamado a ser
tolerante, a ejemplo de Jesús
Por. Pbro. J. Arturo Cruz Gutiérrez


Jesús dijo a sus discípulos “No juzguen y no serán
juzgados. Porque así como juzguen los juzgaran. Y
con la medida que midan los medirán”. (Mt. 7, 1)
Nos viene muy bien el mirar a Jesús, que nunca
trataba de imponer sus ideas, invitaba a que le
siguieran y vieran sus obras.
Probablemente no será muy común encontrarse
será difícil en toda la literatura impresa, 
mundialmente hablando encontrarse a un Jesús
histórico, así como nos lo da a conocer la sagrada
escritura. Se puede tener o crear una idea-imagen de
Jesús, pero que tenga las características de ser muy
tolerante, va a ser difícil encontrarse una actitud de la
talla del Maestro Jesús
Desgraciadamente, a lo largo de los siglos, las
diversas religiones en general no sólo no la han
promovido, sino todo lo contrario.
El afán de “imponer”, como sea, a los demás las
propias creencias ha dado origen a muchos odios y
guerras. Y no han faltado cristianos afectados por
esta lacra. Afortunadamente nada tiene que ver esta
conducta con la manera de actuar de Jesucristo, ni con
el pensamiento de la Iglesia claramente expresado
en el Concilio. Precisamente San Juan Pablo II en
su carta ante el Tercer Milenio dijo:  “Otro capítulo
doloroso sobre el que los hijos de la Iglesia deben
volver con ánimo abierto
al arrepentimiento está
constituido por las formas
irrespetuosas manifestada
con métodos de intolerancia
e incluso de violencia en el
servicio a la verdad”.
Pero
si bien es cierto que hubo
épocas pasadas en las que
se llegó a hechos extremos
(como la Inquisición),
hay que reconocer que en
cierta manera en bastantes
cristianos aún permanece
vivo
cierto
espíritu
inquisitorial. Curiosamente
entre personas que se creen
muy religiosas se puede
dar una especie de afán de
meterse en la vida de los
demás, en juzgar a la ligera
su modo de actuar, en
condenar no a la hoguera,
pero sí con ese fuego
destructor que a veces es la

7 días Sábado 4 de julio de 2015

lengua, como si ellos tuvieran el monopolio de la
verdad. Por supuesto que también en las filas de los
no religiosos se da esta misma actitud respecto de
los creyentes.
Por eso nos viene muy bien el mirar
a Jesús, que nunca trataba de imponer sus ideas.
Invitaba a que le siguieran, pero nunca coaccionaba
a nadie. Cuando terminaba de hablar solía decir: “el
que tenga oídos para oír, que oiga”. Más bien Él fue
víctima de la intolerancia de los sacerdotes, escribas
y fariseos, a quienes criticaba por estar demasiado
aferrados a la letra de la ley. Mientras éstos todo
lo arreglaban con el cumplimiento estricto de las
normas, Jesús dice que no ha sido creado el hombre
para la ley, sino la ley para el hombre.
Y así Jesús “violaba el sábado”, curando
enfermos en días en que la ley lo prohibía; era
criticado porque a veces no cumplían ni él ni sus
discípulos las normas del ayuno; aunque respetaba
el templo, lo relativizó (Para orar enciérrate en
tu cuarto, adora a Dios en espíritu y en verdad);
consideró injusta la ley que castigaba a la adúltera,
daba más importancia al amor al prójimo que a
ciertas leyes rituales (Véase la parábola del Buen
Samaritano). Cuando algunos de sus discípulos
se celaban que otros expulsaran demonios en
su nombre, Él les reprendió. Otro tanto ocurrió
cuando le pidieron que mandase fuego del cielo y
consumiera a aquellos que no les quisieron recibir en
una aldea de Samaría.
Todos sabemos que muchos
de los amigos de Jesús, de las personas que le
acompañaban, no se distinguían precisamente por su
buena fama, llámense, Mateo, Zaqueo, Magdalena
o la Samaritana... Jesús, en este sentido, pasaba
ampliamente de los comentarios y cuchicheos de la
gente. Era una persona verdaderamente libre. Por eso
mismo era tolerante. O en todo caso, si alguna vez sacó
el genio, fue precisamente con los intolerantes. Porque,
eso sí, Jesús nunca renunció a sus firmes convicciones
y a su lucha contra la mentira, la injusticia y el pecado,
como tampoco nosotros debemos renunciar.
Digamos
para terminar que aunque todo esto ya lo sabemos
no está de más que refresquemos la memoria, pues
en la práctica no pocas veces lo olvidamos, cayendo
con frecuencia en la tentación de juzgar, de condenar,
de querer imponer nuestros criterios... de distinguir
“alegremente” entre buenos y malos (los malos los
demás, los buenos nosotros), de creernos poseedores
absolutos de la verdad, de no saber comprender al otro
“y sus circunstancias” de entrometernos en ese recinto
sacro que es la conciencia de los demás.

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