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Luciano Canfora

Una profesión
peligrosa
La vida cotidiana de los filósofos griegos

ANAGRAMA
Colección Argumentos

Sócrates fue condenado a muerte por sus conciudadanos: el acontecimiento
es tan célebre que eclipsa las otras tragedias que golpearon a los filósofos
griegos. Hacer del pensamiento una profesión, cuestionar el orden de la
ciudad y del mundo, significaba exponerse a peligros extremos. Además de la
muerte de Sócrates hay que mencionar el destierro de Jenofonte, Platón
vendido como esclavo, las amenazas que se cernieron sobre Aristóteles y las
desgracias de Lucrecio: son otros tantos ejemplos de ese destino. A finales
de la Antigüedad, en el Egipto helénico, la neoplatónica Hipatia fue
brutalmente asesinada por una multitud de fanáticos guiados por el obispo de
Alejandría: la ciudad cristiana no era menos hostil a los pensadores que la
ciudad pagana.
Eslas difíciles relaciones entre filosofía y política en la sociedad antigua
prefiguran todos los conflictos ulteriores en la civilización occidental. Conflictos
que encontramos estudiados en un ensayo que expone, entre muchas otras
historias, los misterios de la transmisión de las obras de Aristóteles o de la
doctrina de Epicuro. Todo ello con un rigor histórico extremo, junto al difícil
arte de restituir al pasado una intensa presencia.
«Uno de los espíritus más originales de la Italia culta» (Le Monde).
«Un riguroso helenista y, afortunadamente, no privado de fantasía» (Letture).
«Filósofo y politólogo, polemista y estudioso a menudo incómodo para el
pensamiento marxista» (II resto del Carlino).
«Gran experto del pasado de los democráticos y oligárquicos de la Atenas de
la Guerra del Peloponeso» (Panorama).
Luciano Canfora nació en 1942, es profesor de filosofía clásica en la
universidad de Bari y dirige la revista Quadem i di Storia. Sus numerosos
trabajos, sobre todo acerca de Demóstenes y Tucídides, han renovado la
visión de aspectos esenciales de la literatura griega. Entre sus obras
traducidas al castellano figuran: Ideologías de los estudios clásicos, La
biblioteca desaparecida y Julio César: un dictador democrático.

Luciano Canfora

Una profesión
peligrosa
La vida cotidiana de los filósofos griegos
Traducción de Edgardo Dobry

EDITORIAL ANAGRAMA
BARCELONA

Una profesión pelig: .

. 08014 Barcelona . 874-2002 Printed in Spain Liberduplex. Ciudad de los Misterios © ED ITO RIA L ANAGRAMA. 2000 Diseño de la colección: Julio Vivas Ilustración: «Iniciación a los misterios dionisíacos». Pompeya. Constitució. 58 08034 Barcelona ISBN: 84-339-6167-5 Depósito Legal: B.Título de la edición original: Anleitungen zum Umgang mit Klassikern © Europäische Verlagsanstalt Hamburgo.. 19. 2002 Pedró de la Creu. S. L. A. S.

W. S o m e r se t M a u g h a m . El agente secreto .Σοφία Sólo los estúpidos dejan que su diversión dependa del mundo exterior.

en esas ocasiones sus interlocutores «lo golpeaban con los puños y le arrancaban el pelo».SÓCRATES O LA MAYORÍA INFALIBLE Lo encontraron cubierto de morados. en la ficción escénica.3 El efecto cómico nacía.1 Con las manos y con los pies: ésos eran los argumentos en las discusiones de aquel pueblo. amante de la belleza y de la filosofía. morían dentro de la casa entre el humo y las llamas.C. objetó. Su interlocutor la había emprendido a patadas. Sócrates se vis­ 9 . Aristófanes tuvo la idea de hacer desternillarse de risa a su público po­ niendo en escena el asalto de un grupo de fanáticos incen­ diarios a la casa de Sócrates. Sócrates se consolaba frecuentando el trato de otro tipo de personas. el mismo que inventó la democracia. Es una prueba de que su condena a muerte no le cogió de improviso. Es verdad que Sócrates era vehemente cuando su propio razonamiento lo arrastraba. Cuando el bello Agatón venció por primera vez en los concursos de poesía trágica (416 a. ¿acaso lo ha­ bría llevado a juicio?». Pero Sócrates no se lo había to­ mado a mal: «Si me hubiera pateado un asno.).2 para no hablar del desprecio y el escarnio con que lo trataban. Más de veinte años antes. del hecho de que los asaltantes permanecían in­ diferentes frente a los gritos desesperados de quienes. entre otras cosas.

Como respuesta. cortados en dos por Zeus como se corta un huevo con un cabello.5 y dejaba que Aristodemo se le adelantara varios pasos. En ese punto la discusión se inflamó. cuando al fin se liberó. donde un delito de opinión podía pagarse con la vida. «viendo que se había arreglado con tal elegancia». porque no que­ ría que distrajera su reflexión de caminante. Por la calle se había encontrado con Aristodemo. Entonces contó la historia más extravagante que la fantasía erótica haya concebido jamás: aquella de los hombres esféri­ cos y andróginos. «se aparta allí donde por casualidad se encuentra y se queda inmóvil. dado que. Aristófanes estaba bloqueado por el hipo. La conversación giraba en torno al tema del amor en todas sus formas. como Eurípides. quien se maravilló grandemente de verlo calzado con sandalias: por lo general.4 Allí. Las bebidas hacían su efecto. variada y paradójica. entre tanta gente guapa. no era una ciudad precisamente tranquila. explicó turbado Aristodemo. Sócrates «arrastró» a Aristodemo hasta la casa de Agatón. se encontraba también Aristófanes. Era casi otra per­ sona comparado con el hombre bienpensante y un tanto vul­ gar que jaleaba el resentimiento del pueblo contra los filó­ sofos «ateos». Le preguntó entonces adonde se dirigía. durante el camino. enriquecida por divertidos intermedios. Atenas. dice Platón. Cuando llegaron a casa de Agatón. así como contra los poetas «ateos». Pero «arrastró» no es quizás la expresión apro­ piada. «De cuando en cuando».tió con sus mejores galas y se dirigió a una fiesta que tenía lugar en la casa del poeta de moda. y destinados a anhelar eternamente su mitad perdida. Sócrates se escondió de improviso en el ves­ tíbulo del vecino. también sobre el cuerpo. Sócrates iba descalzo. Sócrates entró en la casa. inago­ table.» De pronto. Sócrates prefería aislarse. Pero en círculos restringidos y un tanto disolutos se podía gozar de una conversación inteligente. pudo hablar. envol­ 10 . y Agatón lo hizo acomodarse a su lado. «concentrando en sí su pensamiento».

donde transcurrió. Esta memorable noche y madrugada de la primavera del 416 a. obteniendo un gran éxito y una pe­ rentoria invitación a quedarse y a seguir bebiendo con los otros. Fue entonces cuando Agatón dijo las palabras que se volverían el emblema de la complicidad básica del Banquete: «Esclavos. amigos: ¿Acep­ táis como comensal a un hombre que está completamente bo­ rracho. id a ver qué pasa. y en caso de que sea uno de los amigos. los últimos que quedaron despiertos. Agatón y Aristófanes. pedía permiso para entrar. su acostumbrada jornada. sin escrúpulos. donde ya se hallaba Sócrates. que es a lo que hemos venido?»7 Repitió varias veces estas frases. o nos tendremos que ir sin haber hecho otra cosa que coronar a Agatón. con la complicidad del vino. ceñido por una corona de hiedras y violetas. pero luego se sintió cada vez más subyugado por el encanto de Sócrates. Al entrar en el comedor atinó a decir: «Salud. Justo cuando Aristófanes es­ taba a punto de retomar su relato para replicar a una alusión de Sócrates. Sócrates se puso en pie y se dirigió al Liceo.»6 Pero resul­ tó que era Alcibiades. En caso contrario. El joven borracho protestó. Agatón quiso que reposara en su triclinio. serena y licenciosa. Una alegre compa­ ñía (entre la que se distinguía perfectamente la voz de un flau­ tista) estaba en la puerta y.8 Cuando todos quedaron exhaustos. La velada prosi­ guió con notable elocuencia entre libaciones crecientes y afluencia de nuevos amigos. en las ocupaciones habituales. completamente borracho y sostenido por un flautista. sino que estamos ya acostados. se vieron inducidos. que Agatón comparaba con el del sátiro Marsias.viendo al fin también a Sócrates. invitadle a entrar. que Platón recoge minuciosa11 ..C. hasta que todos progresivamente cayeron en el sueño. un tumulto recorrió el patio. a admitir la veracidad de la tesis sostenida por Sócra­ tes: «que el que con arte es poeta trágico. también lo es cómi­ co». decid que no es­ tamos bebiendo.

El ora­ dor Lisias. su tío y amante. del que.9 Sospechas que fueron más o menos manipuladas. e impulsaba a sos­ pechar de ellos.. pero que trabajaban sobre un terreno fértil. como es obvio. no debe llevar a engaño. Los atenienses. acabada en tragedia. «aspiraba a la tiranía». Tucídides. debido a su esti­ lo de vida. Cualquier demagogo hubiera sabido incitar contra Alcibiades y sus amigos a la «bestia» oscurantista y re­ celosa que albergaba el ánimo de cada uno de los «atenienses medios». Plutarco es muy claro en este punto. Aquél era el estilo de los «grandes» de la ciudad y de su séquito de inte­ lectuales. escribió que Alcibiades había arruinado a Atenas «entre otras cosas por culpa de su manía por los ca­ ballos».y contemporáneo de aquellos personajes. que había frecuentado el círculo socrático. para que todas las sospechas convergieran sobre Alcibiades. A pesar de sus usuales remilgos verbales. El estilo de vida de los invitados al Banquete los volvía aborrecibles a sus conciudadanos. veían todo eso con otros ojos. y habla de hybris en el beber y en el amor. diríamos hoy los «atenienses medios». Pero para decir «estilo de vida» se vale de una expresión muy alusiva: dice «la enormi­ dad de las anomalías que él practicaba en su propio cuerpo». justamente en aquella misma semana. se dirigieron a Abydos para desposar ambos a Medontis. como lo eran por otra parte todas las mujeres de Aby12 . hetaira muy cele­ brada. traumático no sólo en sí mismo sino por el carácter misterioso del atentado. Sócrates formaba parte. Bastó que. Expresión que se refiere en primer lugar a la indisciplina se­ xual.mente en E l banquete.10 A continuación precisa lo que esa frase un poco críptica quería significar: que «la mayoría» asumió una acti­ tud hostil hacia Alcibiades sospechando que. cuenta que Alcibiades y Axioco. ateniense de eleva­ do linaje -que se convertiría en el historiador de la gran gue­ rra con Esparta. que Alcibiades no se preocupaba por esconder. no sin grandes recelos. hijo de Oloro. manos desconocidas cometieran un sacrilegio.

significaba borrar al mismo tiempo las sospechosas fantasías del «pueblo» en torno a las terribles y secretas infamias consumadas en las casas de los «señores» de mentalidad libre y desprejuiciada. Esa fecha era además la vi­ gilia de la devastadora tempestad política causada por el es­ cándalo de las hermas y de la profanación de los misterios. porque cada uno de ellos sostenía que era hija del otro. Platón sabía perfectamente que. aún más «turbia». Por eso Platón inserta en E l banquete esa patéti­ ca evocación. en el momento del proceso. el verdadero carácter festivo de las reu­ niones de Alcibiades y el círculo socrático al que el todavía joven político estaba vinculado. es decir en la primavera de ese año. una de las principales acusaciones contra el viejo Sócrates fueron las «enseñanzas» que Alcibiades sacó de él. De esta forma. Al contar la noche del Banquete. Representar. en una versión a 13 . Era la otra cara de aquellas «enseñan­ zas». en cuya «escuela» Alcibiades se había formado.dos.12 Antifonte decía que Alcibiades había aprendido «el delito y la disolución» de las hetairas de Abydos. también ella fue poseída por ambos.11 y cuando ésta alcanzó la edad nubil. dado que Alcibiades ya no era un adolescente. De su convivencia nació una hija. Platón le ha quitado dramatismo y le ha añadido carácter sublime. aunque fue­ ra entre bastidores. del intento fallido del joven de hacerse amar bajo su «raído capote» por el filósofo. Seguramente no es casual que escogiera como ambientación para E l banquete la fiesta por la victoria de Agatón en las Dionisias del 416. la ubica en su dimensión más verdadera. Enseñanzas que se mezclaban con las relaciones per­ sonales y la atracción física: habían corrido muchas conjetu­ ras acerca de la posibilidad de que Alcibiades hubiera sido «amante» de Sócrates. en ese auténtico ejercicio de mímica filosófica que es E l banquete.13 E l banquete quiere representar. por boca del mismo Alcibiades.

«una conjura oligárquica y tiránica». mejor dicho. Entre los objetos confiscados a Alcibiades se halla también aquella fa­ mosa «cama de dos almohadas». además. lo que verdaderamente era aquel grupo. Entonces se derrocaron las instituciones cardinales de la de­ mocracia y quedó a la vista de todos hasta qué punto ésta era 14 . A partir de aquellos juicios todo fue. Fedro y Carmides. Se había inducido a los atenienses a creer que en verdad era in­ minente un golpe de Estado o. Su caída política determinó la derrota en Sicilia. desencadenó la crisis institu­ cional. que se muestra convencido de ello. Se conservan aún testimonios de documentos en los que aparecían las listas de los bienes confiscados a los profanadores de hermas (o sospe­ chosos de tales) y entre los cuales encontramos. a Axioco.la que pocos hubieran dado crédito en aquel momento. Los procesos se aplacaron.sólo cuando los delatores agotaron su inventiva. del año 411.14 para usar el lenguaje democrático corriente por entonces. de mal en peor. si así puede decirse. breve pero cargada de consecuencias. Atenas no recuperó la calma hasta que pudo in­ criminar a Alcibiades. Pero para entonces el terreno estaba ya cubierto de escombros. La derrota en tierras sici­ lianas. que tanto había excitado la fantasía de los cómicos por la fácil conjetura que puede ha­ cerse acerca de las posiciones amorosas que sugiere la ubica­ ción de las dos almohadas en los extremos opuestos de la cama. disuelto poco después por la cascada de procesos que arrastró no sólo a Alcibiades. unida a la ocupación espartana de Decelia en Ática -mediante una maniobra por sorpresa sugerida a los esparta­ nos por el propio Alcibiades—. que Tucídides intencionadamente reproduce. por lo menos así lo afirma claramente un testigo de la importancia de Tucídides. entre muchos otros. junto con su mala fe. el cual se sustrajo al juicio apresurán­ dose a ponerse en guerra contra su propia ciudad. sino también a buena parte de sus amigos.

a pesar de las sospechas populares. se apartó. no in­ trigaba en busca de cargos públicos de relevancia. Sócrates no hacía política. casi obligada. Argumentar. Alcibiades se había convertido en «protector» de la resistencia democráti­ ca. y de su padre Ca­ lesero. Parecía que había vuelto así la concordia política. Cuando Alcibiades finalmente re­ gresó fue objeto de la gratitud general. Quien sí se había lanzado a esa aven­ tura era Critias. puesto que por su actuación Atenas había recuperado la iniciativa en el mar. colocándose además como el promotor del retorno a la patria de Alcibiades. 15 . con diversa intensidad. no había par­ ticipado en el golpe de Estado. Mientras tan­ to. Todo esto fue dicho y escrito con claridad y vigor polé­ mico tras el juicio contra Sócrates. pero sus «discípulos» no dejaban de inquietar al «ateniense medio». por lo tanto. que la enseñanza disoluta y casi sofística (o hiper sofística) de su maestro. en el último momento. durante los meses de gobierno oligárquico. en parte gracias a su gran in­ tuición y en parte porque algunos de los «golpistas» lo odia­ ban y temían. en los im­ previsibles flujos y reflujos de la opinión pública. estaba en el origen de la pésima conducta de los discípulos más prominentes. enrocada en Samos junto con la flota ateniense. Los ban­ dos se habían invertido. siguiendo a su padre. y con ella las esperanzas de escapar al peor de los desenlaces a pesar de las graves pérdidas de los años anteriores. no pasó inadvertida.débil y carecía de verdaderos defensores. parecía una deducción palmaria. que se habían ido formando. Estaban siempre en el campo opuesto al de la democracia. de la que Aristó­ fanes se había burlado pocos años antes en Las nubes. pero más tarde. En el 411 Alcibiades. Inútil añadir que la participación en un golpe de Estado de un miembro destaca­ do del círculo socrático como era Cridas. y por consiguiente habían preferido dejarlo al margen de la empresa. pero se trataba de estados de ánimo y de razonamientos que existían desde antes.

por amistad o por lazos de sangre. un pariente de éste fue su defensor. en su papel de «pritano». es de­ cir de miembro de aquella «presidencia de la República» for­ mada mediante turnos por los representantes de las diez tri­ bus. labor que realizó con habilidad.15 que simbolizaba de modo un tanto evanescente la unidad de la dirección política de la ciudad. a quienes se culpó de no haber salvado a los náufragos. Sócrates se encontró con una situación consustancial a su visión de la política: aquella en que uno (o unos pocos) se enfrentan. El mismo Sócrates asumió entonces la defensa. es decir había sido elegido. arrastrados por la tempestad que se desató tras la batalla. investida del papel de corte de jus­ ticia. entre los que se encontraban Trasilo y Pericles el Joven. los generales atenienses. osciló entre impulsos opuestos. Lo hacían quizás porque los creían demasiado cercanos a Alcibiades. Bastó un pequeño fracaso para romper el idilio entre Alcibiades y la ciudad. En la primera. para formar parte del Consejo de los Quinientos. en la batalla naval más espectacular de toda la guerra —que tuvo lugar en las islas Arginusas en agosto de 406—.se desarrollaron en dos sesiones distintas de la asam­ blea. Poco des­ pués. En esa ocasión.Sólo fue una ilusión fugaz. En aquel año Sócrates era buleuta.decididas a liquidar a aquellos estrategas. obtuvieron la victoria. y al final sucumben. a una mayoría que. manipulada por las mi­ norías aguerridas y -en aquellas circunstancias. La asamblea popular. vence por su condición de mayoría. Por eso se vio implicado en el juicio con­ tra los generales victoriosos. el buen sentido estuvo a punto de im­ 16 . pero sin éxito. Los acontecimientos que llevaron a la eliminación física de los vencedores de las Arginusas —pues no debe olvidarse que el castigo previsto para los desafortunados generales era la pena capital. por sorteo. Fue el desencade­ nante del juicio político más inquietante de toda la demo­ cracia ateniense. aunque equivocada.

cuyo éxito radica en convencer a la «mayoría» de que está ejerciendo su propia voluntad soberana como mayoría. no quisieron salvarnos. El director de toda esta puesta en escena era Teramenes. bien fundadas por otra parte. por definición. era la asamblea ateniense. a objeciones formales. no se esperaba este giro de los acontecimientos. quien declaró que poco antes de morir sus compañeros le ha­ bían pedido que dijera en la asamblea: «Los generales nos han traicionado. Y lo consiguieron. e intentó apelar. pero el grupo que estaba a favor de la condena supo evitar que se tomase una decisión en aquel momento. dos minorías organizadas y enfrentadas entre sí se disputaban el favor de esa «mayoría».»18 Los supervivientes de­ clararon que se habían salvado trepando a un tonel que conte­ nía harina: una escena de salvamento que recuerda a la Histo­ ria verdadera de Luciano. Se trata de un ejemplo perfecto de la fuerza de las élites.ponerse. de las minorías organizadas. debidamente ataviados con el más efectivo luto: cabellos rapados. 17 . que era crucial incluso para el resultado de la guerra.17 Llevaron también a las tri­ bunas a un (no menos presunto) superviviente del naufragio. Su antagonista. el «pueblo soberano» proclamaba su superioridad respecto a la ley. Llevaron a la asam­ blea a (presuntos) familiares de los marineros muertos en el naufragio. túnicas negras. En el desarrollo del juicio a los estrategas.16 En el ínterin trabajaron a conciencia para tratar de influir sobre la siguiente asamblea mediante al­ gún efecto dramático. en la creencia de que de esa forma podría afirmar la incondicionalidad de su autoridad y libertad de decisión. Euritolemo. Dijeron que no se podía votar aquella noche porque no había suficien­ te luz y ello impedía distinguir con claridad las manos levan­ tadas de los votantes. Pero el «pueblo soberano» que. o mejor dicho manipulado. cuñado de Alcibiades. lo increpó a gritos: «¡Es intolerable que se impida al pueblo hacer lo que mejor le pa­ rece!»19 Persuadido y sobornado. sobre la marcha.

los pritanos expre­ saron su disposición a someter a voto la propuesta de Cali­ xeno tal como éste la había presentado. La propuesta de Calixeno reclamaba un voto que decidiera en bloque la suerte de todos los generales arrestados. y no sólo por su cercanía afectiva a los amigos de Alcibiades. sacando provecho de la conmoción creada por Teramenes con su puesta en escena. Sócrates fue el único que permaneció firme en la anterior posición. Tomó la pa­ labra y dijo que «no haría nada que no estuviera en con­ formidad con la ley». los pritanos di­ jeron -dado que era imposible mantener el silencio acerca de este punto— que no apoyarían procedimientos ilegales. ¿En qué consistía la ilegalidad que estaba a punto de cometerse? Re­ sidía en la propuesta que un tal Calixeno.21 Estas son las únicas palabras de Só­ crates que quedaron registradas en un libro de historia contemporánea a aquellos acontecimientos. quien pergeñó una lí­ nea de defensa extrema para conseguir que se juzgara indivi­ 18 . evidentemente dirigido por el cerebro de todo aquel montaje. Al principio. en contra de la de Euritolemo. En el momento de la vota­ ción. ésa era ya «la propuesta del Consejo». Entonces Calixeno. La posición contracorriente de Sócrates resulta tanto más valiente cuan­ to en la fase de votación el Consejo de los Quinientos hizo propia la propuesta de Calixeno.20 Es decir que los pritanos habrían de ser declarados culpables junto con los generales. el «pueblo soberano» reivindicó su propio de­ recho a estar por encima de la ley.22 A pesar del arrojo de Euritolemo. Un procedimiento claramente ilegal. Tocaba a los pritanos so­ meter la propuesta a votación. Presa del pánico. frente a tal objeción. Pero. había presentado a la segunda sesión. político de segun­ do orden.Sócrates formaba parte de la minoría derrotada. subió a la tribuna y amenazó con que el voto que estaba a punto de emitirse afectaría también a los pritanos si éstos se obstinaban en su posición.

que ha­ brá llegado a Jenofonte a través del propio Alcibiades.23 El diálogo culmina con el reconocimiento. es de que el gesto de desafío de Sócrates al «pueblo soberano» no fue bien visto. en aquel momento. De este importante diálogo. aunque sin duda fue antes del 429. No sabemos con exactitud cuándo tuvo lugar. se de­ rivan diversas consecuencias. Vale la pena señalar que a los vencedores de la dura batalla parlamentaria no les interesaba. Se votó en bloque la suerte de todos los imputados. cuando el ajusticiamiento de Sócrates era ya cosa del pasado. el ateniense Jenofonte. mientras que sí es así cuando quienes se ponen por encima de la ley son «unos po­ cos» o bien «el tirano».tenía menos de veinte años. no siempre tenido en su justo valor por los autores modernos. quiso mu­ chos años después. A na­ die le pareció necesario incluir a Sócrates entre los condena­ dos (tal había sido la amenaza) porque éste se había quedado solo en su posición: el resto de los pritanos habían cedido a la presión. conjurar la amenaza de Calixeno contra los obstinados pritanos. De lo que no cabe duda. hace uso de las palabras constitutivas del término «democra­ cia»). que en una votación única fueron condena­ dos y ejecutados mediante un procedimiento inmediato. El asunto de la conversación fue la dialéctica en­ tre «fuerza» (o violencia) y «ley». 19 . Había osado poner en tela de juicio la tesis de la superioridad del «demos» sobre la «ley». probablemente verídica. voluntariamente. insertar en sus «memorias socráticas» una conversación. sostenida entre un jovencísimo Alcibiades y un Pericles ya anciano. de que cuando la «violencia» emana del «demos» (y aquí. ésta no puede ser llamada ilegal. Un discípulo suyo. en todo caso. momento en el que Alcibiades -como escribe Jenofonte. por parte de Pericles.dualmente a cada imputado. el «pueblo soberano» ignoró toda propuesta que se distanciara de la que había orquestado el grupo de Teramenes. año en que Pericles murió de peste.

también él. Pericles afirma que la pregunta de Alcibiades pone en cuestión la superioridad del demos. ¿debe considerarse violencia?». deplora no haber estado a su lado en aquel mo­ mento. de «sofismas» por el estilo. A la pregunta: «Aquello que el pueblo en su conjunto decide sin recurrir a la persuasión pero imponiéndose a los ricos.Empecemos por el final. en su réplica.sobre la legitimidad. y reconoce además haber echado mano en su tiempo. No podía escoger un asunto mejor para demostrar la distancia política entre Alcibiades y Sócra­ tes: en efecto. es significativo el hecho de que Jenofonte qui­ siera dar esta imagen. En Jenofonte se lee: «Gritaban: “Es intolerable que alguien impida al pueblo hacer lo que 20 . De esta forma Jenofonte intentaba demostrar de forma concluyente que la fuente de la política democrática radical de Alcibiades quedaba fuera de la enseñanza socrática.25 Por eso Alcibiades. a tu edad. habida cuenta de que fue en ese bando donde brotaron los resenti­ mientos que lo obligaron a alejarse por dos veces de Atenas. y de­ pendía en todo caso de un «pernicioso maestro» como Peri­ cles. Se puede discutir si ciertamente el factor dominante en la política de Alcibiades era la democracia radical.. como hubie­ ra dicho el siracusano Atenágoras.. sin duda justamente porque el demos «es todo». En todo caso. lo que sostiene Alcibiades —en el diálogo a que hemos hecho referencia. es aquello que de forma amenazadora sostuvieron. aquellos a los que Sócra­ tes se opuso con obstinación. hemos he­ cho lo mismo!» Y añade: «Nosotros también hemos utilizado el sofisma que ahora usas tú. aunque se refiriera al principio de la carrera de Alcibiades.» Con ello se intenta demostrar que a Alcibiades le resultaba improcedente la hipótesis de que la ley pudiera estar por encima del «demos en su conjunto». durante el juicio popular contra los generales de las Arginusas.24 Pericles responde: «¡También nosotros. es decir la omnipotencia del «demos en su conjunto».

Aristófanes encuentra un modo singular de favorecer su regreso: hace decir a Esquilo. en abril del 404 a. en la parte del propio demos. el expeditivo y despiadado vencedor. que Alcibiades es reclamado por su patria y. Atenas capituló.C. aunque su conducta pudiera resultar chocante. en el episodio final de la extraordinaria comedia. el regreso del cachorro de león. pudo constatarlo en persona. Alcibiades ya había sido inducido a marcharse. reducida al canibalismo. Pero quienes habían ur­ dido la intriga que acabó con la vida de los generales justa­ mente porque los creían cercanos a Alcibiades no iban a aceptar. En Las ranas (v. El últi­ mo acto corrió a cargo de la traición. El juicio que se cerró con la pena capital de los generales fue. a pesar de que muchos se preguntaban si aquel hombre no significaba la última oportunidad de salvación para la ciudad. Después de meses de asedio por tierra y por mar. incluido el cambio de régimen político. También ellos anteponían al res­ peto de la ley sus intereses y voluntades. quien se había quedado en la ciudad bajo el predominio del demos (lo cual «arruinó» definitivamente su reputación).27 Pero poco después se inició la época en que este tipo de actitudes le crearían hostilidades incluso en el otro bando. lógicamente. Entonces el poder pasó a manos 21 . Sócrates. Aceptó todas las exigencias de los vencedores. Tras ello todo fue prácticamente una marcha triunfal para Lisandro. también desde el punto de vista militar. La batalla final de la larga guerra -en la que. 1431). el más mínimo esbozo de estrategia mandó a pique la última flota que Atenas había puesto en el mar—se perdió porque los generales (uno de ellos en particu­ lar) así lo quisieron. un gesto suici­ da. sostiene que es necesario aceptarlo tal como es.quiere!”»26 A lo que Sócrates replicó públicamente que él no reconocía otra autoridad que la ley y que «no haría nada que estuviera en contra de la ley». comparándolo con un «cachorro de león».

que sólo puede considerarse apócrifa si creemos en la existencia de un falsario de verdade­ ro genio.28 Platón.»29 Dice también que sincera­ mente pensó. debe haber sentido «curiosidad» por el nuevo experimento. aún más. a la larga. declara haber apoyado en un principio al nuevo ré­ gimen de los Treinta. Pero alcanzar el poder mediante las armas del enemigo victorioso es una opción que. Escribe: «Y resulta que precisamente algunos de éstos eran familiares y conocidos míos. Sócra­ tes estuvo entre ellos. muy pronto me convocaron para asuntos que a su jui­ cio eran de mi conveniencia. Un experimento que muchos creían destinado a durar largo tiempo. y. al principio. y no era razonable pensar en una insurrección más o menos inminente. Su sobrino Platón fue. Había frecuentado a Sócrates. al menos según lo que se deduce de lo que cuenta Jenofonte. teniendo en cuenta que la democracia se había visto trastornada por una derrota militar de proporciones nunca vistas.de los oligarcas. Este fue el famoso gobierno de los Treinta. Fueron relativa­ mente pocos quienes se quedaron «en la ciudad». ¿Por qué? Esta pregunta espera aún una respuesta satisfactoria. como el de los «tiranos». conoci­ do. Al menos en un principio. que el gobierno de los Treinta iba 22 . y allí se establecieron los demócratas. en una carta —la famosa Carta séptima-. el gobierno oligárquico fue tan agresivo que determinó un fenómeno nuevo en la historia política de la región: la fuga en masa de todo aquel que pudiese temer la persecución política por simpatizar con el anterior régimen democrático. Atenas redujo sus dimensiones: el Píreo se se­ gregó. acaba por pagarse. entre to­ dos los discípulos de Sócrates. Desde el principio. en la tradición posterior. Su jefe era Critias. y por ello mismo se vieron comprometidos con el nuevo orden. quien mostró mayor empeño en poner todo su pensamiento bajo el signo del maestro. que llevaban toda la vida a la espera de ese momento. aun­ que no sin desavenencias.

» En el caso de Sócrates. no es azaroso pensar que el de Sócrates. Estaba convencido de que un ateniense fuera de Atenas era como un pez fuera del agua. A la pregunta de Stalin: «¿Usted habla en serio cuando dice que quiere irse al extranjero?».30 De lo que se deduce que. en estos últimos tiempos. Platón seguía a Sócrates al dar sus primeros pasos en la polí­ tica. acerca de si un escritor ruso puede vivir fuera de su país. Si éste era. Sócrates nunca se hubiera comportado como Alcibiades. Por otra parte. ya en el momento de la adhesión al nuevo régimen. Lo que explica. no sería sin embargo muy distinto. más desengañado y maduro. y creo que no. de lo que Platón dice a continuación de las frases que hemos citado se deduce que se hallaba bajo el in­ flujo de la conducta y las decisiones de Sócrates. sobre todo frente a un poder político fuerte e intervencionista. en la época en que los Treinta tomaron el poder. la posición inicial de Sócrates de «quedarse en la ciudad».a «administrar la ciudad llevándola de un estado injusto ha­ cia la vía justa. En efecto. de modo que puse toda mi atención en lo que habrían de realizar». ¿a quién habría sometido a sus cotidianos interrogatorios una vez ins­ talado en Megara o en Tebas? Es cierto que las cosas cambia­ ron mucho cuando el Atica se dividió en dos y los demócra­ tas se refugiaron en el Pireo. Una incomodidad que 23 . que no puede. en las más diversas latitudes. el estado de ánimo del jovencísimo Platón. Bulgákov respondió después de una pausa: «He pensado mucho. además.31 Pero hay además otro asunto. Platón declara que su alejamiento de los Treinta se produjo cuando éstos rompieron con Sócrates. que no dudó un momento en alejarse de la ciudad. En ese momento empezó a ser incómodo «quedarse en la ciudad». Debemos contar con la re­ sistencia de Sócrates a «irse». es decir a sustraerse a una prue­ ba. La cuestión acerca de hasta qué punto se podía ser plenamente uno mismo fuera del propio país se ha vuelto a formular.

a un paso de la muerte. Pero cuando Critón lo visita en la prisión y le propone la fuga. En la Apología. Po­ dría haber salvado la vida si huía.Sócrates advierte aún. Al poner de relieve esta negativa. que era con mucha probabilidad uno de los dos generales de las Arginusas que seguía vivo. Finalmen­ te. mientras que yo me aparté y me marché a casa») y comenta: «y tal vez eso me ha­ bría costado la vida si el poder de los Treinta tiranos no hubie­ ra sido derribado tan pronto». Platón hace heroica esa decisión de Sócrates de aceptar la sentencia de muerte al quedarse en la ciudad. a través de ese importante diálogo que es el Critón. a las acusaciones de quienes ponían en duda las verdaderas inclinaciones políticas del filósofo cuando en el 404 «permaneció» en la ciudad gobernada por Critias. por casualidad. Aquel heroico «permanecer en la ciudad» en espera de la muerte que el Estado le infligía fue por tanto la respuesta. no quiso alejarse de Atenas ni siquiera para escapar de la muerte. Platón está replicando a sus contem­ poráneos. cuando en la Apología pronunciada frente a los jueces (tal como la reconstruye Platón) aduce como rasgo peculiar de su carácter el no haberse alejado nunca de Atenas salvo por obligaciones militares. Esto sucedió cuando el régimen de los Treinta ya se tam­ baleaba. y hasta auspiciaban-. que ya ha sido pre­ parada -y que aquellos mismos que lo habían condenado quizás esperaban. Pero la verdad es que sus caminos se bifurcaron ensegui­ da. del terrible pro­ ceso.32 Algún tiempo antes ya había 24 . tardía pero elocuente. Sócrates «permaneció en la ciudad». Sócrates corrió el riesgo de sufrir la venganza de los Trein­ ta por haberse negado a formar parte de la delegación que de­ bía detener y ejecutar a León de Salamina. él se niega. Platón explica a posteriori que incluso entonces. Sócrates evoca aquel episodio con pa­ labras sencillas y sin acentos heroicos («los otros cuatro marcharon a Salamina y trajeron a León. como lo había hecho cinco años antes bajo el gobierno de los Trein­ ta. pues había huido.

habido un choque frontal entre algunos de los oligarcas del gobierno y Sócrates. que se saldó con la prohibición impuesta al filósofo de proseguir con su actividad de crítico interlocutor de los jóvenes. Caricles y Cridas. incluso cuando no adoptaba la posición de maestro. ¿no debo responder?» Este género de provocaciones deja ver que Sócrates no sólo se permitía tratar con toda familiaridad a aquellos doctrinarios.»54 Así que mientras re­ cordaba que también él había tenido amigos en el «popular» no dejaba de marcar las distancias con ese partido político. No «jugaba» a ser un filósofo. Tampoco en esa ocasión Sócrates fue infiel a su estilo ni per­ dió su irritante costumbre de interrogar él mismo. en lugar de someterse a las preguntas de los otros. pero ¿hasta qué edad vale la pro­ hibición? Si un joven me dirige la palabra y me pregunta. Ni siquiera en el momento de de­ fenderse. y con ustedes regresó. durante el juicio que. Pagó con la muerte esa coherencia. Jenofonte nos ha legado una transcripción casi taquigráfica del diálogo sostenido entre Sócrates y dos de los máximos exponentes de régimen. acabó con su condena a muerte. refiriéndose a su amigo Querofonte: «Éste fue desde joven amigo mío y también amigo de la mayoría de ustedes. Por otra parte. él no ignoraba el riesgo que comportaba esa coherencia. marchó al destierro junto con ustedes. no intentó edulcorar sus palabras. cuando éstos acudieron a comunicarle la «prohibición de dialogar con los jóvenes». 25 . Su negativa a partici­ par en el arresto de León es ya un indicio.33 Quizás el mismo Jenofonte estaba presente. Como sabemos. los in­ terlocutores nerviosos reaccionaban con golpes y cosas aun peores. por ejemplo: “¿Dónde vive Caricles?” o “¿Dónde está Cridas?”. de acuerdo. con la democracia ya restau­ rada. sino que se dirigía a ellos con aquel dejo de superioridad que manifestaba con todos sus interlocutores. que en sus labios sonaban particularmente temibles. Cridas y Caricles respondieron con amenazas. «No debo hablar con los jóvenes. En un determinado momento dijo.

Era la culpa más grave frente al pueblo de una ciudad antigua. puesto que el acuerdo de pacificación cerrado al final de la guerra civil prohibía las persecuciones judiciales retroactivas. cuando ellos mismos pade­ cían el exilio». y de no creer en los dioses en los que cree la ciudad. refiriéndose a la entera carrera de Sócrates. sabía que al pueblo. puesto que vuelve en contra de quienes lo condenaron el valiente gesto de insubordinación de Sócrates hacia los Treinta. La segunda parte de la acusación era la más seria judicialmente. estuvo a punto de ser llevado a juicio por la misma culpa. justamente él.. cuando se erige en juez. Ya Anaxágoras. El aspecto más desconcertante del proceso contra Sócra­ tes es que bajo una acusación de esta índole se hubiera con­ 26 .35 Planteamiento polémico sin duda.» Y aña­ de: «. por lo menos en la época del jui­ cio contra los generales. Un panfletis­ ta que escribió poco después de la conclusión del juicio. Por lo demás.Era consciente del riesgo y. hace explícita esta acusación implícita.» La primera parte de la acusación era de naturaleza política. estaba cla­ ro que. a quien Sócrates había frecuentado en su juventud. «Lo hicieron comparecer por ateísmo. un tal Polícrates. Sin embargo. le gusta llegar hasta las últimas consecuencias. y de proveer a Atenas de su primer mártir filo­ sófico. y de introducir deidades nuevas.. aunque de manera encubierta. aquella acusación aludía a los dos discípulos que por diversas razones la ciudad había aborrecido: Alcibíades y Critias. «ateísmo» era una palabra de un peso enorme. Tuvo que huir de la ciudad para salvar la vida. la acusación contra él era muy grave: «Só­ crates es culpable de corromper a los jóvenes. Platón lo dice claramente en la Carta séptima'. que no era ciudadano ateniense. hicieron ejecutar a aquel que antes no quiso tomar par­ te en el impío aprisionamiento de ese que era amigo de los que entonces estaban exiliados. puesto que se refería a un «daño» todavía en acto y de incalculables consecuencias: el ateísmo. En cualquier caso.

incluidas las de índole política. acababan en los tribunales. 27 . lo que bastaba para vi­ vir. Seguramente no eran los ciudadanos de ideas más «abiertas». pronun­ ciada frente a los jueces en las dos fases en las que se dividía el juicio: las discusiones acerca de la culpabilidad y sobre la pena a imponer. Quien lo escribió fue Platón. cada juez recibía un salario de tres óbolos al día. Por eso los necesitados aspiraban a ser elegidos jueces. era allí donde los ciudadanos-jueces regían la vida de la comunidad. fue rigurosa su opción a favor del diálogo y de la indagación —que se realizan de viva voz—por encima de la aserción y la certeza. en efecto. probablemente voluntarios. Más que en la asamblea popular. De uno u otro modo. un discurso ente­ ramente de su invención. dijo durante el juicio. Cada jurado tenía plena autoridad y competencia. simples ciudadanos. poniéndose en el lugar de Sócrates. no exper­ tos en derecho.de Sócrates es su primera obra. El número de los jurados variaba según la impor­ tancia de la causa. habría sido un gesto de incomprensible arrogancia. Es muy probable que refleje lo que Sócrates. Casi toda la vida de la ciudad pasaba a través del trabajo judi­ cial de estos hombres. Su Apología —sería más correcto tra­ ducir Autodefensor. atribuyéndoselo al maestro.vocado un jurado popular. que se renovaba anualmente. Eran cerca de una quinta parte de toda la ciudadanía. los negocios y las disputas. Los quinientos jueces que conde­ naron a Sócrates constituían una significativa muestra del cuerpo cívico de la ciudad. Con más razón se cuidó entonces de no dejar testimonio escrito de aquella autodefensa. puesto que no parece verosímil que Platón pusiera en circulación. Nada dejó por escrito a lo largo de su vida. apartado del verdadero. No disponemos del texto de lo que Sócrates dijo en su propia defensa durante el juicio. La base para formar una corte era una lista de seis mil ciudadanos. pero se trataba siempre de varios cientos.

se consuela escribiendo lo siguiente: «Sabemos que en la primera votación [acerca de la culpabili­ dad] hubo 220 votos favorables a Sócrates. con los que in­ tentó determinar la naturaleza específica de su saber. el filósofo más paradigmático de las Luces ponía de relieve. un problema difícil de eludir. sin desear necesariamente su muerte. sus acu­ sadores buscaban tal vez una manera de intimidarlo. en obligada coherencia con su equivocada convicción de que Atenas ha­ bía sido la patria de la tolerancia. por su parte. Re­ cuerda sus encuentros con diversos políticos. la manera más antidemagógica de proyectar una vi­ sión crítica de la democrática. Fue él quien «provocó» a los jurados. lo único que consiguió fue ga­ narse la hostilidad de todos los beneficiarios del sistema. fue­ ran dominadores o dominados. Ello significa que el tribunal de los 500 contaba con 220 filósofos.había sido. Voltaire. denunciada como una «fábrica del consenso». al no poder ignorar el pro­ ceso contra Sócrates. a los políticos que domina­ ban la asamblea y los destinos colectivos. Sin embargo. Hacer preguntas inquietantes (pero si la política es una ciencia. En el Tratado sobre la tolerancia. Sócrates deja claro que una de las principales razones que lo dejaron solo frente a la opinión pública fue su crítica de la política. frente a un público y en un contexto de resonancia mucho mayor que sus habituales conversaciones más o menos privadas. un es­ fuerzo que acababa siempre en la constatación de la inexistencia de tal saber. utilizando un lenguaje que lo reafirmaba en su papel de crítico inquietante. 28 .En la Apología que Platon pone en su boca. Al llevarlo a juicio. ¿no debería poder enseñarse?) no sólo a los atenienses comunes.»36 Con esta fórmula un tanto paradójica. quizás con plena conciencia. sino a quienes detentaban el propio «saber» político -es decir. lo cual no es poco. y que pone seriamente en crisis el principio hoy acríticamente aceptado según el cual la mayoría tiene la razón en cuanto mayoría.

a lo embarazoso que resultaba para sus condenadores una votación tan igua­ lada.. El mismo Sócrates. no lo es menos que otros 220 votaron por la absolución. en el segundo discur­ so que Platón le atribuye. sin abandonar el registro de la ironía. al intentar definir la pena alude. de un total de 1. Declara además su sorpresa por la cantidad de votos a su favor: «Estoy mucho más sorprendido de cómo se ha re­ partido el número total de votos. Son los «220 filósofos» de los que habla Voltaire. En efecto. En cam­ bio.213): «Si el número [es decir el gran número] se encontrara tam­ bién de parte de la minoría. ahora parece que. Si es cierto que 280 miembros del jurado votaron a fa­ vor de la culpabilidad de Sócrates. ¿Y entonces? 29 . Edoardo Ruffini (uno de los doce catedráticos italianos que no juraron fidelidad al fascismo. ambas. Pero es justamente el número de votos lo que suele tomarse como garantía de la intrínseca justicia de una decisión tomada por la mayoría. si sólo treinta votos hubieran cambia­ do.Expongamos esta cuestión con las palabras de un gran juris­ ta. yo no creía que la diferencia fuera tan pequeña sino mucho mayor. un elevado número de votos. como en el caso de una decisión tomada con una ligera diferencia de votos».. han conseguido. la de la culpabilidad y la de la absolución.»37 Ello equivale a decir que las tesis enfrentadas. pronunciado poco después del ve­ redicto que lo declaraba culpable. habría sido absuelto. el argumento que sostiene la mayor sabiduría de una decisión por la pre­ ponderancia de la mayoría quedaría debilitado.

En un principio. En ese momento fueron atacados por sorpresa por los sublevados. sor­ prendidos en pleno sueño. sólo tres murieron. aquel hombre había hecho frente a los denominados Cuatrocientos. y junto a Trasilo había liderado la insurrec­ ción. Siete años antes. De los caballeros. cada una de las cuales pretendía ser la verda­ dera Atenas. la oligárquica había caído. en plena gue­ rra. Trasibulo reunió a tan sólo setenta hombres. ahora sí que la lucha era desigual. Lo mismo hacían los otros miembros del manípulo. Estos ha­ bían puesto una guarnición en la misma acrópolis. En la época en que los Treinta estaban en el poder se ha­ bía formado una guerrilla. Por aquel entonces parecía como si dos ciudades se enfrentaran. Pero ahora la situación era distinta: los Treinta habían alcanzado el poder con el apoyo de los vencedores. Con esta tropa. un veterano partidario de la democracia.EL DESTERRADO: VIDA ERRANTE DEL CABALLERO JEN O FO N TE Un día de aquel duro invierno. consiguió poner cerco a la 31 . no superior a aquella con la que Fidel Castro inició sus acciones. estaba almoha­ zando su caballo. que dejaron sobre el terreno los cuerpos de varios hoplitas. y desde allí lo controlaban todo. Su jefe era Trasibulo. al alba. con el apoyo de casi toda la flota. anclada en el puerto de Samos. finalmente. en pocos meses.

donde no podía faltarles el apoyo de los marinos. de una guerra civil de la que él mis­ mo tomó parte. Pero habría que cuidarse de atribuir fácilmente es­ tos pasajes a la inventiva de los biógrafos. aunque en el bando equivocado. Jenofonte nos ha dejado un relato. Caballeros. el censo in­ dica que pertenecía a la clase de los caballeros. sus hombres eran ya setecientos. Jenofonte estaba del lado de los Treinta. La figura del maestro que salva la vida a sus discípulos no necesariamente corresponde a un topos. a esos juegos com­ binatorios que son caros a esta clase de autores.). en la fallida campaña para la re­ conquista de la ciudad (422). el servicio militar era parte esencial de las obligaciones del ciudadano. En la ciu­ dad antigua. tenía su propia. una crónica. Pronto los demócratas ocuparon el Pireo.y en Amfipolis. en Delion (424) —donde. específica sensi­ bilidad política. Después. casi po­ dríamos decir un diario. De las acciones insurgentes se pasó a autén­ ticas batallas. aquella titulada. miles. Poco más tarde. Por tanto era natural que formara parte de aquel cuerpo militar. jus­ tamente. según los antiguos. que sólo era tal en tanto era sol­ dado. bien lo sabía Aristófanes. salvó la vida a Je­ nofonte.dictadura. más allá de su condición de tal. 32 . que hizo a caballe­ ros protagonistas positivos pero muy turbulentos de la más política de sus muy políticas comedias. que.1 La tradición biográfica tiende a relacionar algunas experiencias militares de Sócrates con la persona de Alcibiades. Sócrates había tomado parte en varias campañas mili­ tares de la guerra del Peloponeso: en Potidea (432 a.C. y desde entonces Atenas quedó dividida en dos: los oligarcas en la ciudad y los demócratas en el Pireo. En cuanto a Jenofonte. cuya vida habría protegido en alguna ocasión. y justamente con las tropas que sufrían en mayor medida el acoso de los guerrilleros: la caballería.

y eligieron Eleusis como emplazamiento. para defenderse de cualquier eventualidad. como testigo ocular. Sin embargo. sería Critias). Todos los arrestados fueron asesinados. quienes a su vez se encargaban de ejecutarlas. los caballeros perma­ necieron en ella. quienes impartían las órdenes a los caballeros. Por ello se propusieron eliminar a la población civil y utilizaron el recurso de un simulacro de censo. Es el expediente tradicional que consiste en enviar las responsabilidades cada vez más arriba.1 Durante la dictadura de los Treinta. que estaban por encima de los hiparcos. Los Treinta -según cuenta Je­ nofonte—querían crear una línea segura de retaguardia. hasta dar por supuesto un único «genio del mal» (que. pero al otro lado estaban formados los caballeros en dos filas. La tragedia de Eleusis tuvo todo el aspecto de una reda­ da. La decisión fue tomada tras un primer éxito inesperado de Trasibulo y sus sublevados. por ejemplo en la masacre de Eleusis. el comportamiento criminal de sus soldados. y arrestaban a todo aquel que. sobre todo de los Treinta. encargándose con firmeza de labores que podríamos denominar policiacas e incluso terroristas. debía salir por una puerta de la ciudad que daba al camino que llevaba al mar. En este punto Jenofonte inserta un breve y duro discurso de Critias. el lector es sutilmente inducido a hacerse una idea bastante precisa acerca de la efectiva responsabilidad de cada uno. Cada eleusino. sólo describe. uno tras otro. traspasaba aquella puerta. Jeno­ fonte describe en primera persona. pronunciado a los caballeros la víspera del macabro 33 . Mientras muchos ciu­ dadanos huían y la ciudad se vaciaba. en el caso de los Treinta. tras registrarse. No juzga. Es impelido a pensar que todo dependía de las órdenes que emanaban de lo alto. los caballeros fue­ ron la columna vertebral del ejército.2 pero también de estos últimos.

para nosotros y para vosotros. compuesto esta vez por diez oligarcas considerados «moderados». De esta forma vosotros compartiréis con nosotros los temores y las esperanzas. Con su muerte. y poco después Lisandro sería designado «armoste» de Atenas.» A continuación. una especie de gobernador o Gauleiter.3 La batalla que decidió el conflicto civil tuvo lugar en Muniquia. Por ello. armados. Los dos eran parientes cercanos de Platón. el primero era el comandante de Atenas. como habéis tomado par­ te tanto de las ventajas como de los trabajos que ello implica. que sustancialmente mantenían las cosas en el mismo estado que antes. Cayeron allí Critias y Carmides. no faltó quien. Los arrestados en Eleusis no tienen salvación: deben ser ejecutados. la oligarquía parecía de­ capitada. Esta pro­ clamación se llevó a cabo mediante una votación dentro del restringido cuerpo civil de los Tres Mil. en términos históricos más cercanos a nosotros. y el silencio de los ciudadanos era considerado como una aprobación. pero no fue por eso que la guerra civil llegó a su fin. el otro dirigía los denominados «Diez del Pireo». en aquella ocasión.» Ni siquiera apunta cuál fue el resultado de la votación. formaban fila. despejando toda duda: «Los guardas espartanos. Cridas invitó a los presentes a hacer público y evidente el apoyo a sus palabras. Jenofonte comenta.desfile: «¡Amigos! Estamos preparando un nuevo orden. mientras que en la ciudad4 se proclamó un nuevo gobierno. Sobrevivió. Eleusis se convirtió en el refugio de los Treinta. que da por descontado. Quizás se debió a las implicaciones internacionales: Esparta tenía una guarnición en la acrópolis. debéis también compartir los peligros. dijera públicamente: «No podemos consentir que los Treinta sigan arruinando la ciu­ dad. 34 . Según Jenofonte. hijo de Glaucón. que allí se enrocaron. Quizás sucedió así porque ni siquiera los sublevados demócratas se fiaban de estos nuevos jefes.» Los Treinta se atrincheraron en Eleusis. sin embargo.

los Treinta dejaban claro a todo el mundo el carácter extraordinario y «constituyente» de su colegio. de un grupo de campesinos que se dirigían a sus faenas y a quienes se consideró sospechosos de simpatizar con los sublevados de Trasibulo. «Era Lisíma­ co quien los mataba mientras ellos imploraban compasión. cargada de sospechas. A partir de este punto el relato se concentra. como el asesinato a san­ gre fría. que eran protegidos por dos hiparcos. al contrario del pro­ yecto inicial. El nombrado es un tal Lisímaco. Junto a los Diez —precisa Jenofonte—gobernaban los dos hi­ parcos. probablemente. eran diez los estrategas. 35 . en democracia. el «secreto» más importante de la vida de Jenofonte. es decir a las diez tribus de las que había brotado la construcción del orde­ namiento democrático. los caballeros dormían. en el Odeón. es decir los dos comandantes de la caballería. en cambio. puesto que. Es otro detalle de la vida cotidiana de aquella campaña.5 Tam­ bién en este punto había un sentido de retorno a la tradi­ ción. era también una manera de dar a entender que ya no se pretendía. en un camino rural. justa­ mente. a quien Jenofonte atribu­ ye todos los episodios infamantes. habida cuenta de que. Jenofon­ te nombra siempre a uno de los dos hiparcos. al tomar el poder habían preferido borrar radicalmente esa cifra. Cuando habla de las proezas de la caballería. en la caballería. vista desde dentro de la caballería. el poder supremo estaba en manos de los diez estrategas. pero con una singularidad en la que se esconde. Por ello. en la normalidad democrática. Un colegio de Diez era una manera de señalar un retorno a la normalidad.Los números son siempre significativos. Es obvio que se trata de un secreto para nosotros. uno por cada tribu clisténica. Jenofonte añade otro deta­ lle: dice que con el nuevo gobierno. y en la nueva y difícil si­ tuación. jun­ to a sus armas y caballos. nunca al otro. atacar a la raíz misma del sistema. Con su insólito número. pero no lo era para sus conciudadanos. Los Treinta.

de la tribu Leontidas. Esta actividad como militar. algunos meses más tarde. propiciada por el rey espartano Pausanias. quien buscaba de esta forma establecer un contra­ peso al extraordinario poder de Lisandro.»6 En algunos pasajes aparecen los nombres de esos caballeros. A las par­ tes en lucha les fue impuesto un pacto de pacificación (una «amnistía»). Jenofonte precisa que. Es lícito pensar que el hiparco al que no nombra era él mismo. Con la excepción. murió un caballero llamado Nicóstrato. y lo mataron. apodado «el bello». ocupó el cargo de hiparco. no sólo se hace evidente que Jenofonte tomó parte en las accio­ nes de la caballería. primero bajo los Treinta y luego bajo los Diez. justamente. Una vez más.» Estas precisas palabras del acuerdo han llegado hasta nosotros gracias a Aristóteles. natu­ ralmente.7 Añade que. Hipárquico. la palabra decisiva provendría de la política externa. de los delitos de sangre: «Si un hombre ha matado por su propia mano a otro. sino que probablemente fue él quien. en el atraco nocturno con que había comenzado la rebelión.Pero -añade Jenofonte.muchos caballeros manifestaban su desacuerdo. titulado. que pudo haber alcanzado un rango tan emi­ nente. las guerras ci­ viles se continúan por otros cauces. o lo ha herido. inclui­ da la famosa frase repetida luego en todas las proclamas de 36 . en re­ presalia por la carnicería ejecutada por Lisímaco. que las cita en su perfil de la historia constitucio­ nal de Atenas. que se traducía en la renuncia a las persecucio­ nes judiciales mediante las que. Hipótesis aún más verosímil si se tiene en cuenta que Jenofonte dedicó un tra­ tado a los deberes y las competencias del comandante de la caballería. no dejó de tener consecuencias: marcó toda la vida del socrático Jenofonte. bajo este último gobierno. con la victoria de Trasibulo. La guerra civil tocó a su fin. los del Pi­ reo tendieron una emboscada a un caballero de nombre Calístrato. por lo general. En resumen.8 Aristóteles copia el texto del acuerdo.

aunque sea resu­ midamente. Jenofonte transcribe las palabras pronunciadas por Trasibulo en aquella ocasión. para es­ carnio de sus derrotados adversarios. Su tes­ timonio tiene el mérito de no pretender recrear con su fanta­ sía los discursos de los protagonistas: dice. Jenofonte. Jenofonte prefiere transcribir el que a su juicio es el pasaje más importante: aquel que da a entender. También esto forma parte de su crónica. en actitud algo amenazante.amnistía: «no conservaremos memoria de los males sufri­ dos». da importancia a la cláusula que reservaba a los supervivientes. por sus hombres en armas: un desfile militar de unos guerrilleros que. más allá 37 . du­ ras e inquietantes. No es casualidad que Jenofonte le dedique tanto espacio. gracias al acuerdo de paz. En cambio. no hace mención al hecho de que los delitos de sangre quedaran fuera de la amnistía. Trasibulo dijo abiertamente en aquel discurso. «entregándolos al pueblo que había sufrido sus injusticias». 2 Jenofonte presenció el ascenso a la acrópolis de Trasibu­ lo. la posibilidad de retirarse a Eleusis sin ser objeto de persecución alguna. en cambio. un discurso así no dejaba presagiar nada bueno. Añade un parangón entre los espartanos que abandonan a sus siervos oligarcas y los amos que ponen cadenas a sus perros rabiosos. de los Treinta y de los Diez. sobre todo.9 Evidente­ mente. En el caso del discurso de Tra­ sibulo. Es el único que ha dejado testimonio de ellas. lo que efectivamente expresaron. no dice nada del asunto. quien iba seguido. se habían convertido en las fuerzas armadas legales de la ciudad. Estos esbozos nos servirán para comprender mejor el devenir de los aconte­ cimientos. irreductibles. que sus antiguos aliados espartanos los habían abandonado.

aporta la fecha exacta del asedio: «En el ter­ cer año posterior a su partida». puesto que tiene mucho que ver con los acontecimientos que. a los que enseguida nos refe­ riremos. inser­ tado justo después del discurso de Trasibulo. y lo lógico es pensar en una referencia directa a los hombres de Trasibulo]: a los jefes. Aristóteles. y aún hoy el pueblo mantiene su fe en esos juramentos. contada con el habitual laconismo de Jenofonte. Como contrapartida.de las palabras de mera conveniencia —que Jenofonte para­ frasea expeditivamente-. mediante su estilo suma­ rio. tuvieron lugar en su vida. es más elo­ cuente que cualquier comentario.»10 La escena de la emboscada. los mataron. sin embargo. al narrar los mismos acontecimientos. Entonces marcha­ ron en masa en contra de ellos [el sujeto no se especifica. Jenofonte. Después juraron no albergar odio. a los otros los obligaron a pacificarse mediante la intervención de amigos y parientes. es espeluznante. en cambio. en un escenario bien distinto. Pero la crónica encierra un ardid narrativo. Jenofonte completa su relato con un episodio que. los oligarcas que habían obtenido el permiso de retirarse allí sin ser perse­ guidos] estaban enrolando mercenarios. reunidos en asamblea. es decir en el 401-400. que los vencedores consideraban a los adversarios derrotados como una presa en sus manos. He­ cho al que Jenofonte da gran importancia.corrió la voz de que los de Eleusis [es decir. «Tiempo después —escri­ be. a continua­ ción. Detrás de aquel genérico «tiempo después» se esconde en realidad un intervalo de casi tres años. e inesperadamente se repite poco más adelante. hace aparecer el asedio «democrático» de Eleusis como si fuera casi la consecuencia inmediata del discurso triunfante de Trasibulo. Aristóteles se muestra elusivo acerca del contenido de aquellos acontecimientos: dic£ con elegan­ cia que «en el tercer año posterior a su partida [o sea poste­ rior a su retirada en Eleusis] se reconciliaron también con aque38 .

El he­ cho más importante de su vida. que como es lógico fue posterior al asedio. antes de tomar una decisión importante. en fin. antiguo amigo suyo. el razonamiento no tiene. Sin embargo sí lo adquiere 39 . Por aquel en­ tonces. es su fuga de Atenas por la misma época en que se producía el asedio de Eleusis. Ate­ nas. El asedio y la masacre a trai­ ción de los jefes queda por completo silenciada. aquel que inspiró su mejor libro. ya que éste había apoyado abiertamente a los espartanos en la guerra contra Atenas. el ascendiente de Sócrates sobre Jenofonte era tal que. la Anábasis. Un día el teba­ no le escribió una carta en la que le proponía unirse al cuer­ po de expedicionarios que Ciro estaba alistando. es decir dos años antes. y seráfica­ mente sólo se menciona el acuerdo. aunque falsea la cronología. el hecho de que Jenofonte men­ cione la amnistía en este pasaje y no donde efectivamente hubiera debido hacerlo. Artaj erjes. a pri­ mera vista.12 Jenofonte mostró la carta a Sócrates. al final de los acuerdos de paz tras la victoria de Trasibulo. pidiéndole consejo. mediante un argumento político: si se aliaba con Ciro —le dijo—podía suscitar sospechas en la ciudad. Jenofonte dice lo que suce­ dió. en toda su crudeza. a pesar de la caída de los Treinta. Aristó­ teles da la fecha exacta pero esconde -quizás lo escondía su fuente de información.11 Difícil encontrar una expresión más descarada. «fuga» parece una palabra demasiado fuerte. Sócrates le desaconsejó la partida. las cosas sucedieron así: un tebano llamado Próxeno. En definitiva. Es digno de mención. hermano menor del flamante rey de Persia. se mantenía como «amiga y aliada» de Esparta. trabajaba para Ciro el joven. en aquel momento. ¿Por qué Jenofonte realiza estos desajustes temporales? Quizás porque debía hacer que cuadrasen las cuentas.líos que se habían radicado en Eleusis». éste se sometía al criterio de su maestro. demasiado sentido. A decir verdad. Tal como él lo cuenta.los infamantes acontecimientos. Si se tiene en cuenta que.

debes hacer cuanto el dios te ha ordenado. probablemente. no es exagerado hablar de «fuga». había tratado también de involucrar en la empresa al exponerle el dilema acerca de su decisión. pero fue otra la interrogación: a qué dioses. debía ofrendar sacrificios para tener un buen viaje y un feliz retorno. en la medida en que se hallaba ya expuesto por aquel reciente «incidente». Jenofonte decidió irse a pesar de todo.cuando se recuerda que Jenofonte se había ya mostrado como «filoespartano» durante la guerra civil —es decir. a quien. al oráculo. y le remarcó que la pregunta que de­ bía haber hecho al dios era otra. porque no se sentía segu­ ro en Atenas? Es la hipótesis más probable.y que. A Sócrates no le hizo ninguna gracia la desobe­ diencia de su discípulo. como después descubrió. «Sin embargo -concluyó-. como fiel partidario de la oligarquía. curiosamente. después de todo. El desen­ lace es bien conocido: Sócrates le sugirió que se dirigiera al dios de Delfos. se encaminó a Delfos. para preguntarle si debía partir o permanecer en Atenas. a pesar de que sólo muy vagamente —y. enga­ ñosamente. y también al precio de causar un disgusto a Sócrates.había sido informado del objetivo del viaje. Jenofonte.»13 De modo que. en efecto. Retomemos los indicios recogidos hasta aquí al hilo de su «diario de la caba­ llería de los Treinta»: 1) No sólo ha formado parte de aquel cuerpo militar particularmente comprometido con los Trein­ ta (a pesar de que. ¿Decidió irse. él no lo menciona). 2) Los caballeros han cometido auténticos crímenes. a pesar de los atenuantes («¡eran órdenes!») y las discriminaciones («fue 40 . pregun­ tó. puesto que así lo has preguntado. a pesar de todo. Asunto sobre el cual Apolo respondió con toda precisión. de embar­ carse al encuentro con Ciro habría agravado su posición como persona «sospechosa» a los ojos de la ciudad.

al menos los jefes. Ello sin contar el hecho de que la amnistía comporta­ ba aquella significativa excepción acerca de la cual Jenofonte prefiere callar. Esta cláusula implicaba que los caballeros no podían estar demasiado tranquilos. 3) En este punto. para Jenofonte. en el 399. Por otra parte.que Jenofonte se fue porque faltaba en Atenas la mínima seguridad indispensable. se trata de la necesaria conclusión de todos los acontecimientos. en Eleusis. 5) A la luz de todas estas implicaciones per­ sonales. De esta manera se sugiere -aunque más al lector contemporáneo del autor que a la re­ mota posteridad. que excluía de la amnistía los crímenes de sangre. y sobre todo de su conclusión. el relato que hace Jenofonte de la guerra civil. y no es ca­ sualidad que Jenofonte refiera textualmente las palabras de Cridas sobre el asunto. 6) Pero ¿por qué tanto empeño en urdir un relato tan hábil? ¿A qué se debe 41 . llevará a Sócrates al tribunal que lo sentenció a muerte—. puesto que. a los jefes oligárquicos. la fuga lo sustrajo al clima ge­ nerado por la dura proclama de Trasibulo. todos estaban involucrados. apenas acabada la masacre: «era nece­ sario comprometeros». El asedio de Eleusis. acontecimiento que salpicó seriamente la imagen de la rena­ cida democracia —la misma que.Lisímaco el que mató a los campesinos») que Jenofonte no pierde ocasión de sacar a la luz. 4) Es asimismo sospecho­ so que ponga la cláusula de la amnistía después del asedio tendido. también él se había enrolado con los mercenarios que el tebano Próxeno reclutaba para Ciro. por el contrario. como en la matanza de Eleusis. latentes o explícitas. en algún caso. las fuentes de Aristóte­ les). que refiere con toda precisión. Llegado el caso. a pesar de la am­ nistía. con el pretexto de que «estaban enrolando mercenarios». iban a ser llevados ante el tribunal. es muy sospechoso el silencio de Jenofonte acerca de la cláusula del acta de paci­ ficación del 403. es un episodio que otros prefieren ocultar (por ejemplo. resulta bastan­ te polémico y hábilmente apologético.

siguiendo sus convicciones. A pesar de todo. 42 . escrito ya en la vejez. y lo pagó con la vida. no pocos años más tarde. se esforzará en proponer una solución a los problemas financieros del Ática. como los otros jefes oligarcas. volvió a pensar en la política en los mismos términos tradicionales. montañas. caminos. Por eso se fue Jenofonte. 3 Durante la larga aventura asiática. incluso en el sentido geográfico: espacios. Un nuevo mundo se abría para él. y suerte había tenido ya de no sucumbir. Sólo era cuestión de tiempo. en aquel asedio que las crónicas atenienses silen­ cian. como si su experiencia del mundo no hubiese sido más que un paréntesis. Por lo demás. probablemente. cuando se lanzó junto con las tropas de Ciro hacia el corazón de Mesopotamia. Sócrates. su ciudad nunca dejó de acompañarlo como una sombra. permaneció en la ciu­ dad. Nada de ello le impidió. aquella experiencia dejó huella en él. al regresar a Grecia. masas humanas. Un mundo mucho más vasto. denominado Recursos económicos. como veremos. permanecer psicológicamen­ te embebido en su «superioridad» de griego entre los bárba­ ros. las cons­ tantes aclaraciones acerca de las responsabilidades individua­ les y —elemento nada secundario—la cruda representación de la sed de venganza de los vencedores? Una reconstrucción tan sagaz de los hechos no puede tener otro objeto que la precisa defensa de su propia conducta. sin embargo.una tan clara voluntad de distanciarse de Critias. Todo ello deja ver que Jenofonte no albergaba muchas esperanzas de escapar a la acción de la justicia. En su último tratado. Un estado de ánimo que. costumbres desconocidas y lenguas nunca antes oídas. y más tarde. durante el viaje de vuelta en una interminable y tortuosa retirada.

lo cual indicaría que. emprendida en contra del consejo de Sócrates. incluso en un jefe de mercenarios. re­ yezuelo de una tribu tracia. en el ínterin. Todos ellos se comportaron. como lo hará Julio César en sus Comen­ tarioíj se había exiliado etc. hubiera debido exiliarse. en cuanto na­ rrador y protagonista al mismo tiempo. con sus rivalidades y recelos.»14 Pero hasta ese momento nada había hecho sospechar al lector que el narrador. había tenido lugar aquella votación acerca de su exilio.es frecuente entre los mercenarios. como verdaderos trozos desprendidos de su ciudad de ori­ gen. Hacia la mitad del quinto libro abre una inesperada digresión con estas pala­ bras: «Después que Jenofonte [él habla siempre de sí mismo en tercera persona. como si el lector estuviese ya al corriente: «pues aún no se había pro­ movido en Atenas el voto de destierro contra él». sabía perfectamente que no había vuelto nunca a Atenas—declara que estaba deci­ dido a volver a la patria. aquella sombra tenía un significado un tanto siniestro. dado que ya no tenía motivos para continuar como mercenario. cuando la campa­ ña había finalizado hacía ya tiempo. En el caso de Jenofonte. en la larga marcha que los llevó del Éufrates al Mar Negro y de allí a Europa. tras la aventu­ ra asiática. tras el asedio orquestado por el sátrapa Tisafernes. Explica entonces. Lo que demuestra que Sócrates no se había equivocado en su previsión. Las puertas de la ciudad se le ce­ rraron entonces para siempre.15 Pero poco después se deja convencer una vez más de no volver. Por eso Jenofonte se estableció definitivamente al servicio de los generales espartanos en Asia. en aquel diálogo sostenido antes de la parti­ 43 . puesto que en un merce­ nario se convirtió rápidamente Jenofonte a todos los efectos. Jenofonte —quien. Mucho después. e incluso había acabado extravagante aventura al servicio del desconocido Seutes. Es verdad que él nunca lo dice abiertamente. pero en un par de ocasiones lo deja traslucir en la Anábasis. un personaje sobre el que debere­ mos volver.

No se trataba. entonces. sino de un auténtico exi­ lio. Pero sobre todo. es porque en Atenas se había finalmente llevado a cabo la votación que lo condenaba al exilio. como se denomina en la moderna jurisprudencia la autoexclusión de la comunidad a la que queda condenado el ciuda­ dano que se sustrae a un proceso. por tanto. votado como pena específica para aquel género de delitos que ni siquiera el acta de pacificación del 403 había podido cancelar. en la primavera del 399. al mismo tiempo. años más tarde. en ausencia del imputado. y se trata tal vez de la deducción más in­ quietante que aquellas palabras sugieren. Aquella breve frase («aún no se había promovido en Ate­ nas el voto de destierro contra él») es una valiosa atalaya des­ de la que observar un cúmulo de cosas.da. que denota hasta qué punto aquella sentencia adversa le cau­ saba pavor y era. omita justamente aque­ lla cláusula. La condena al exilio era el castigo acordado a los delitos de san­ gre. que le atañía directa y personalmente por algo que tal vez ignoramos pero que estaba en la base de aquella 44 . en la que recordará con dolor que él no se hallaba en Atenas en aquel momento. Jenofonte decide no regresar. En segundo lugar. cuando había previsto un cariz «espartano» de la aventu­ ra en Asia. era la única pena aplicable. como se pone de manifiesto en aquel «aún no». o casi una certeza. la denominada Apología. En primer lugar. No es casualidad. deja ver que cuando poco después. acerca de las razones de la condena. en su crónica del gobierno de los Treinta. Jenofonte escribirá un opúsculo sobre la muerte de Sócrates. es un notorio indicio psico­ lógico: es el pensamiento latente. que Jenofonte. por otra parte. tenida por inevitable. del «pseudoexilio». jus­ tamente por haberse marchado desobedeciendo el consejo del maestro. el secreto tormento que emerge. se abre un indicio. ¿Cómo no relacionar ambos hechos? Casi contempo­ ráneamente tenía lugar el juicio contra Sócrates.

muy cerca de la actual Bagdad. no re­ gresaba al campamento. y volvieron al campamento con la convicción de haber ganado la batalla. Pero no llegaron a hacerlo: en ese mo­ mento vinieron a su encuentro hombres anunciando que Ciro había caído en el combate. deci­ dieron ir en su busca. de dejar a sus espaldas las insoslaya­ bles consecuencias de la guerra civil. eso era lo que intentaba. El punto culminante de la tensión se alcanzó en el otoño del 401. durante la gran batalla campal de Cunaxa. la rea­ lidad fue otra. Milesia. en realidad. De sus concubinas. espartano desterrado con alguna condena a muerte sobre las espaldas. concentró toda la atención y las energías de Jenofonte. «escapó en paños menores» de la tienda y se salvó gracias a la ayuda de algunos hombres griegos. Sin embargo. como suele decirse. cuyos verdaderos objetivos se fueron revelando poco a poco. la otra. el joven pretendiente al que se habían unido. Al menos. Sólo a la mañana si­ guiente supieron que. y luego por la noche. comandados por el rudo Clearco.17 Poco después arribaron los mensajeros del Gran Rey y del potente Tisafernes. aquella tar­ de. un poco al norte de Babilonia. habían perdido. El frente de la batalla era tan amplio que en un determinado punto de la lucha se ignoraba por completo lo que pudiera estar sucediendo varios kilómetros más allá. el sátrapa que hasta algunos años antes ha­ 45 . Los mercenarios griegos. a medida que el tiempo transcurría y Ciro. se cubrieron de gloria. Al alba. y Jenofonte entre ellos. en el punto en que los dos ríos de la Mesopotamia llegan casi a to­ carse y crean un corredor a lo largo de varios kilómetros en el corazón del desierto. traicionado por sus soldados persas. finalmente.16 En verdad.decisión de marcharse. En un principio la campaña contra el Gran Rey. la que llamaban «sabia y hermo­ sa» había sido capturada. Fue en­ tonces cuando comenzó su odisea. una extraña inquietud comenzaba a recorrer las tiendas y las hogueras.

No falta. dijo. los papeles entre vosotros y nosotros pueden llegar a in­ vertirse. destacaba por su arrogancia. Entre otras cosas. que ponen a Teopompo en el lugar de Jenofonte.bía manejado los hilos de la política griega. que no se resignaban todavía a su condición de tales. llamado también Teopompo.» Probablemente no se presenta con su verdadera identidad. y dices cosas que no dejan de ser graciosas. F aliño lanzó una carcajada e inició su sarcástica répli­ ca con estas palabras: «Pareces un filósofo. y acaso refutar a otros que quisieran narrar a su vez estos acontecimientos. haciendo que es­ partanos y atenienses se enfrentaran entre sí como peones en un tablero de ajedrez..»18 Ésta es sólo una parte. Durante el diálogo. Los de­ rrotados. aunque muy significativa.» Lo más probable es que en este pasaje Jenofonte prefi­ riera jugar nuevamente con su identidad recurriendo a nom­ bres falsos. por otra parte. quien escoja una vía in­ termedia: «Entonces Jenofonte. que acompaña­ ba como intérprete a los mensajeros del Rey.. Es casi seguro que en el diálogo con F aliño el nombre de Jenofonte no fuera mencionado sino tan sólo 46 .».. la misma Anábasis salió a la luz bajo un seudónimo. entonces Jenofonte Ateniense dijo. en el que se da una si­ tuación análoga. sin las armas. de un largo diálogo entre vencedo­ res y derrotados. el de Temistógenes de Siracusa. Jenofonte transcribe sus propias palabras y se hace identificar con la réplica: «Pareces un filósofo. porque ello le permitía hablar libremente de sí mis­ mo. Pero en este caso se deberá dar la razón a los manus­ critos menos reputados.. muchacho. Un griego al servicio de los persas. Por lo demás. a pesar de que algunos fiables manuscritos aportan el nombre en este pasaje: «. con las ar­ mas.. no podríamos siquiera demostrar nuestro valor. se resistían. Jenofonte lo encaró con un razonamiento: no nos queda otra cosa que las armas y nuestro valor. Los vencedores dictaban las condicio­ nes: presentarse ante Tisafernes y entregar las armas.. que quiere tal vez emular el célebre diálogo de Tucídides entre melios y atenienses.

ligado sobre todo a la experiencia humana y política de Jenofonte.sugerido mediante un título que. al pa­ pel que Jenofonte tuvo —o pretendió tener—en la salvación de aquellos hombres. Durante el largo periodo en que vivió como exiliado. u otros similares. Es asimismo posible que se manifieste en este pasaje. le conce­ día una jerarquía mucho mayor: aquella de «pareces un filóso­ fo». La crónica de la guerra civil circuló.bajo seudónimo. que tiene lugar al principio del libro tercero. El recurso a los nombres falsos tiene. Lo que Jenofonte escribe. en la Anábasis se convierte en «Pitágoras». un valor concreto. con mucha probabilidad. «Teopompo» es un nombre muy pretencioso si se analiza en su significado literal: «enviado de dios». probablemente. es cierto. en la cró­ nica de la guerra civil y en la Anábasis.19 Era un modo de proceder casi obligatorio para un exiliado. como escrita por un tal Cratipo. y la Anábasis como de Temistógenes. Lo cual alude. Se podrían hacer toda clase de especulaciones acerca de los motivos que llevaron a Jenofonte a elegir un seudónimo como Teopompo para aquella parte de la Anábasis que pre­ cede a su verdadera entrada en escena como protagonista del relato. cuando cambió su situa­ ción personal. y toda la obra de Jenofonte está dominada por la traumática experien­ cia del destierro. Pero en otros casos da la impresión de que lo hiciera como un juego. Jenofonte difundió sus escritos —destinados a un público «panhelénico». al mismo tiempo. la voluntad de poner en escena a Jenofonte en el momento justo en que podía apa­ recer como un «salvador». El anonimato más o menos transparente -sólo desvelado mucho más tarde. «don de dios». que de improviso se encontraron en las 47 .permitía llevar a cabo el sutil e infatigable trabajo de autodefensa. está orientado a ese objetivo por encima de cualquier otro. pero a los atenienses en primer lugar. el navarca que en las Helénica se llama «Samio». Por ejemplo. en todo caso.

tomará el puesto y el papel del desafortunado Clearco. en Per­ sia. a manos del más temible y ambiguo de los sátrapas del Gran Rey. tiempo atrás. una vez más. un consejo nocturno. llena de peligros. durante una década feroz. el discurso de Jeno­ fonte. durante buena parte de la célebre retirada. careció de todo efecto. igual que a Ulises. había jugado también con la vida de Alcibiades. En su propio rela­ to. a un espartano. en la que a Je­ nofonte le pasó de todo. Clearco y el resto de los jefes mercenarios aceptaron reunirse con Tisafernes en las condiciones propuestas por él. Incluso por aquel grupo de deste­ rrados en retirada. como eran aquellos hombres a cuya salvación se en­ comendó Jenofonte. como en la Ilíada. aquel Quirísofo que. a miles de kilómetros de distancia de su patria. el héroe que. Después de inútiles vacilaciones.. además de la valien­ te propuesta de nombrar nuevos jefes -él será uno de ellos— aunque subordinados. Comenzaba entonces el regreso (nostos): una marcha lenta. tortuosa. Fueron capturados a traición y masacrados. Jenofonte se vuelve a encontrar en­ tonces con la misma escena con la que concluía su relato de la guerra civil: una emboscada en la que los suyos aceptaban el diálogo y eran capturados a traición y asesinados. que con tanto ahínco provocó Falino. 4 Entonces Jenofonte retomó las armas. En los años de la indiscutida hegemonía lacedemonia. De todas formas. la primacía de los espartanos era aceptada por todos. se­ 48 . En este caso. y de un principio de retirada con los persas pisándoles los talones. la iniciativa fue completamente suya: quiso convocar. En Ate­ nas. por obra del «pueblo soberano» y de sus líderes. aquel Tisafernes que.manos de un enemigo infinitamente superior y en nada dado a la clemencia.

Pero sobre todo lo acercó a Ulises. pretextos para no volver. quien supo sacar de ese viaje una filosofía de una suprema toleran­ cia. que sería una de las lecturas preferidas de Alejandro Magno. a lo largo de su ca­ mino de vuelta. El viaje entero lo contó en la Anábasis. a afrontar un último viaje. un aguijón tan fuerte como para llevarlo. Jenofonte encontró a cada paso. no hay que subestimar la importancia científica de este libro. quienes sin embargo se lo debían todo. su reticencia a regresar lo fue volviendo odioso a sus propios hombres. cuando se alude a la votación de una sentencia que. los mosinences: aquellos que. Por eso. lo condenaba al exilio. ya «viejo y tardo». y se dejó seducir por ellos. Más allá de su importancia mili­ tar. a veces hostiles. Vio también a los bárbaros de la subversión radical. al final de la Odisea -recién vuelto a casa—. El héroe que. a la que sin embargo dice anhelar. presiente que ense­ guida volverá a emprender el viaje. acabada la aventura de los «Diez Mil». perdidos en las estribaciones de los Cárpa­ tos. siempre lejos de su casa. en Atenas. aquel secreto que sólo se revela de ma­ nera oblicua y hacia el final del relato. Pero ellos no sabían su secreto.persa.gún Homero. «conoció las ciudades y los corazones de mu­ chos hombres». el héroe perpetuamente de viaje. no dudó en ponerse. hacen en público lo que todos los hombres realizan en privado. Vio paisajes interminables e infranqueables montañas. Fue una experiencia que lo acercó a Herodoto. Como Ulises. como le sucedió a Ulises. el héroe que no que­ ría volver. junto con un puñado de hombres que orgullosamente se hacían llamar «los hombres de Ciro». Llegó a acariciar el proyecto de fundación de colo­ nias griegas en el Mar Negro y. vio pueblos desconocidos. De ahí que Dante lo imaginara animado por un «ardor» de conocimiento mayor que cualquier otro afecto. al servicio de 49 . quien en­ contró en ese libro la descripción de la ruta que llevaba al corazón del imperio .

y tal vez incluso la había impulsa­ do. combatían en la caballería ateniense.20 y se refugió en Corinto. como consecuencia de ello. no tenía nada de insólito para un desterrado. a la empresa de Alejandro con­ tra Persia.C. cuando Esparta. Jenofonte debió huir del país. Esparta había visto con buenos ojos la iniciativa de Ciro. como lo llamó en una página muy estudiada de la Anábasis. en una localidad denominada Escilunte.C.) sus hijos.C. en Beocia. Esparta abrió las hostilidades en Asia. por lo demás. que seguía siendo un apátrida. Perdió así aquel «paraíso». Gracias a ese texto sabemos a qué comandantes conoció. como afirma Diógenes en la Vida de los filósofos. el hijo de Jenofonte caído en aquella batalla. Diez años más tarde (362 a. El prestigio que Jenofonte llegó a tener para los esparta­ nos se deduce del tributo que recibió de ellos: un terreno en las proximidades de Olimpia. tras la caída de éste. cómo trabó amistad con Agesilao. en Aulide. Situación que.). sin éxito. sino además un reco­ nocimiento formal de su integración en la comunidad espar­ tana. regresó a Grecia y se vio envuelto en Coronea. Jenofonte. el rey lacedemonio que se anticipó. También de esta aventura nos dejó un diario: los libros III y IV de la obra que luego se titularía Helénicas.los comandantes espartanos. igual que los espartanos. De hecho.). Los honores postumos ofrendados a Grilo. de qué forma. en Mantinea: señal de que la condición de exiliado había toca­ do a su fin. perdió Áulide y otras regiones del Peloponeso. en una ba­ talla en la que los atenienses combatían en el frente opuesto (394 a. hizo de aque­ lla guerra la suya propia. honores particu­ larmente solemnes y reiterados «para rendir homenaje al pa50 . región bajo autori­ dad espartana. derrotada por Tebas en la batalla de Leuctra (371 a. que «habían sido educados en Esparta». don­ de hace algunos años los arqueólogos han creído encontrar los restos de la que fue su casa. Un regalo como ése no era sólo un premio al fiel soldado y amigo.

23 A la rivalidad entre Platón y Jenofonte no le faltaban.21 La disputa se desarro­ llaba. que tenía veinte años por en­ tonces. pero que no «había recibido siquiera la sombra de una edu­ cación que mereciera tal nombre». Al modelo pla­ tónico.dre». Jenofonte estableció un diálogo con Platón. como no podía ser de otra manera entre discípulos de Sócrates. motivos personales. como escribe Aristóteles. se­ guramente. sin embargo. 5 A través de sus obras. Jenofonte opone. la obra de su extrema vejez. Es la confirmación definitiva de que Jenofonte había recuperado plenamente su condición de ciudadano atenien­ se. El ejemplo que propone es justamente el de Ciro el Grande. Ya los críticos antiguos advir­ tieron que era este modelo el blanco al que Platón dirigió sus dardos en Leyes. la idea de un monarca «educado» de manera completa. Pla­ tón hace decir al personaje denominado «el Ateniense» que en verdad Ciro había sido un «general hábil y patriótico». idealizado al máximo. cuyo punto culminante es la propuesta del gobierno de los filósofos. en el territorio de la teoría política. En ella. todo parece indicar que nunca volvió a radi­ carse en Atenas. el otro socrático que puso al maestro como pro­ tagonista de sus escritos. De otra forma no podría ex­ plicarse el encarnizamiento de Jenofonte al trazar un perfil 51 . en las Me­ morables.22 Por su parte. en la Ciropedia. considerándolo muy apartado de la verdad. de la discusión en torno a la «mejor» fórmula político-social. Un diálogo cuya aspereza no pasó inadvertida a los estudiosos antiguos. incluida la filo­ sofía. la única en la que Sócrates no figura entre los interlocutores. Jenofonte impugna al Sócrates que en los diálo­ gos platónicos diserta sobre geometría.

Cuestión que. cuando se refiere. al final de la obra se dirige a un Sócrates cada vez más amistoso con el tono que hubiera po­ dido utilizar uno de sus discípulos. como «la hez de todas las ciudades».24 Este Menón es. hasta donde sa­ bemos. y de quien hace un retrato sumamente favorable. al enfrentarnos con este enigma. que la guerra civil. Menón aparece exento de los defectos que Pla­ tón atribuye a los sofistas. pero no pode­ mos olvidar. Por otra parte. en ser capitán de mercenarios. volvió aún más retorcidas y emponzoñadas. definidos por Isócrates. En todo caso. Sin duda se nos escapan multitud de elementos. movido por el objetivo de ganarse el favor de Tisafernes. No debemos olvidar que tanto Platón como Jenofonte cre52 . y la posibilidad de enseñarla. aparece como un problema de índole más práctica que especulativa. En ese diálogo. en tiempos de exasperadas convulsiones. en la Anábasis. el personaje con el que Platón titula su diálogo Menón o de la virtud. a los jefes mercenarios capturados a traición por Tisafernes. cabe preguntarse cómo es posible que Menón. como el que a ambos les tocó vivir. un nuevo ele­ mento que juega en contra de Jenofonte: el desprecio hacia aquellos que habían dejado la ciudad para embarcarse con Clearco y Ciro.no sólo negativo sino incluso repugnante de Menón. en Tesalia. haya sido puesto por Platón como interlocutor de Sócrates para debatir el más comprometido de los problemas: la naturaleza de jlo que definimos como «virtud». El antagonismo entre los dos grandes socráticos se centra sobre todo en la cuestión siempre candente de la «mejor for­ ma de gobierno». y cuyo oficio consistía. La aspereza mostrada por Jenofonte podía tener su origen en las rivalidades internas del grupo de los socráticos. un acontecimiento ulterior agravó la irritación de Jenofonte hacia Menón: la sospecha de que éste hubiera sido quien traicionó a los jefes. oriundo de Larisa. y el papel que a cada uno le tocó cumplir en ella. en un pasaje que sin duda alude a Jenofonte. lógicamente.

la Ciropedia.las formas políticas que se afirmarían durante el siglo siguiente.yeron en Critias y en su experimento. quizás también en razón de su experiencia directa tanto de la monarquía persa como de la espartana. al ver que perseguían o amenazaban con perseguir incluso al propio Sócrates. Jenofonte vivió la decadencia de ambos mundos e intuyó o previo con mayor claridad que Platón -aunque no por ello dejara de tener conciencia de las imper­ fecciones de cualquier modelo. 53 . el ideal monárquico: el del «buen rey». en su obra mayor. Platon declara haberse retractado enseguida. recogió y relan­ zó. entronizado -a diferencia del «tirano»—a la cabeza de una élite de «iguales». y Critias y los suyos se creían dentro de esa categoría. participó de aquella aventura hasta sus últimas conse­ cuencias. que se abriría poco des­ pués con la conquista macedonia de Oriente. y lo pagó durante buena parte del resto de su vida. Platón no dejó de soñar con el gobierno de los filósofos. Jenofon­ te. identificados en ocasiones con los persas «pura sangre» de la antigua Persia. y en otras oportunidades con los «iguales» de Esparta. en cam­ bio. Jenofonte. en la que Ciro se había educado.

Aquel acontecim iento. em ­ peñado por entonces en la conquista de Sicilia. o tal vez el año si­ guiente. y cuando zarpó rum bo a Asia tenía ya cerca de cuarenta años. m arcó la juventud del filósofo.2 N o tenía m ás de quince años cuando la ciudad se vio con m ocionada por la m utilación de las hermas. de lo cual se deduce que Jen ofon te tenía por entonces al m enos veinte años.C . al m enos en lo que respecta a sus verda­ deros responsables.) por su m aestro1 -q u ie n supo m antener la sangre fría en m edio de la debacle ateniense—.C . Fedro form ó parte del grupo de hom bres al que se le confis­ caron sus bienes com o consecuencia de la oleada de juicios que siguieron a aquella provocación. En un diálogo de ju ­ 55 . Este. por su parte. pergeñado en el seno de los am bientes a los que Platón pertenecía por nacim iento. fue salvado en D e ­ lion (424 a. y cuya estela de resentim ientos y oscuras confabulaciones desem bocarían en el golpe de Estado. siendo aún m uy joven. Platón. nació el año en que Pericles m urió de peste (430 -4 2 9 a.PLATÓN Y LA REFORMA DE LA POLÍTICA Platon era al m enos una decena de años m ás joven que Jenofonte. Personas m uy cercanas a él sufrieron la represión. U n atentado que quedó im pune. el m iste­ rioso atentado con que se buscaba aterrorizar al pueblo. había conocido la guerra contra Esparta des­ de el principio.). Por tanto.

Durante los años críticos de la ju­ ventud de Platón este fenómeno se hallaba en su apogeo. ésta era. en la rou­ tine el número de los presentes era mucho menor. junto con la asamblea. 56 . el más relevante en la escena política era Critias. pero seguramente más populosa y frecuentada por la gente. su socio era Eurípides.3 Allí se forjaba la conciencia de la ciudad mediante una forma de arte que. Dos años más tarde. por entonces. la primera que se mostraba capaz de derrotar a la armada ateniense. permitía que se expresasen autores que su­ tilmente. pasaba a ser. Fue entonces cuando. Platón evoca aquellas hermas. En la asamblea rei­ naba por entonces un cierto ausentismo: sólo en las grandes ocasiones se llegaban a reunir cinco mil personas. 1 De sus parientes. Hiparco. por primera vez. al menos en los tiempos de las guerras persas. la sede más importante de la comunicación de masas en Atenas. que el hijo del tirano había mandado colocar en todos los caminos del Ática y en el ágora. que eran la columna vertebral de la ciudadanía. y Critias era uno de aquellos autores. se había cruzado con frecuen­ cia con los de la madre patria. Platón fue un horrorizado es­ pectador de la más grande tragedia vivida por la ciudad: la pérdida de toda la flota y de miles de hombres adultos. ahora. a través de la escena. que lleva por título el nombre del hijo de Pisistrato. Platón da cuenta de una función teatral a la que asistie­ ron treinta mil espectadores. a manos de los siracusanos. la nueva gran potencia. ponían en tela de juicio los fundamentos de la ciudad. Siracusa se impuso a su imaginación. Y no lo era menos en la escena teatral. Ya no se trataba de la atractiva y remota ciudad de poniente cuyo destino. si bien controlada por el Estado.ventud. En cam­ bio.

acusación que no carecía de cierta base. y hasta tetralogías completas. fue decidido por sus extraordinarios intérpretes. Desde siempre los autores teatrales.5 Esta obra teatral era con­ siderada subversiva. Resulta suficiente para comprender por qué el «sofista» Cri­ tias había sido blanco de la misma acusación dirigida con fre­ cuencia a Eurípides: la de ateísmo. pretendía explicar el nacimiento de la ley como un correctivo. desgraciadamente imperfecto e ineficaz. al final. Poco des57 . La obra se ambientaba en los tiempos remotos en que la vida humana carecía de orden. Pero. uno ponía en escena la obra del otro. Como político. era esclava de la fuerza. si era necesario. Senderos de gloria (1957). después de colabo­ rar con ellos. cogían aprendices que. «un hombre sagaz y sabio inventó para los seres humanos el temor de los dioses» como único remedio. heredaban más tarde sus puestos. quien se hacía cargo de ello podía figurar como autor de la obra. Se ha conservado un largo fragmento del Sisifo de Critias. en esa gran labor artesanal que es el teatro. en los intentos de subversión oligárquica.Ambos se intercambiaban las tragedias. Así. por otra parte. Razón por la cual existen grupos de trage­ dias. ya que «la gente hacía el mal a escondidas». como en cualquier otra discipli­ na de la artesanía. y también los actores dejaban sus huellas en el texto. que puede compararse a la aportación de Eliza­ beth Hauptmann o Helene Weigel a la dramaturgia de Brecht. que fueron denominadas como «de Eurípides o de Critias». cosa muy frecuente. junto a su padre Calesero —hermano de Glaucón. es decir cuando en verdad «homo ho­ mini lupus». y con frecuencia ciertamente lo era.4 En muchos casos fue el fruto de un trabajo conjunto. Lo cual no es exclusi­ vo del teatro antiguo: se sabe que el final adoptado por Ku­ brick en su película más importante. el abuelo de Platón—. Entre Eurí­ pides y Critias había además otro vínculo: una proximidad intelectual. El trabajo más importante era el de dirigir al coro y a los actores. Crinas participó desde el primer momento.

En todo caso.C. y sobre el que deberemos volver. bajo el terrible régimen de los Treinta. no deja de tener interés la existencia de una tradición que vinculaba a Platón con Eurípides. impedido por esas no especificadas «guerras de Asia» (¿se trata de las campañas de Agesilao?). es­ tando ya Cridas en el gobierno. el vínculo con Eurí­ 58 . No sabe­ mos la fecha exacta en que fue escrita Ifigenia en Táuride. cuando Platón era ya un adolescente. Pocos años más tarde. muer­ to en el exilio.6 Allí Eurípides habría enfermado. De todas formas. pero pueden ser falsos. De este hecho quedaría rastro en Ifigenia en Táuride. ya que éste incurre en anacronis­ mos tan flagrantes como el de hacer aparecer vivo a Eurípides después de la muerte de Sócrates.. Curiosamente. pero la guerra de Asia lo indujo a renunciar».pués de la caída del «gobierno de los Cuatrocientos». En cuanto al viaje a Egipto.7 vislumbramos casi un programa de viajes de formación que Platón había concebido para sí: los «Magos» podrían hacer pensar en un viaje a Persia. puesto que representa en sí mismo un dato significativo. se trata de un momento de la vida de Platón del que nos gustaría tener más datos. en una Atenas vacía y espectral. por otra parte. No falta. 1193). Ahora bien: cuando en el mismo pasaje de Diógenes leemos que «Platón había decidido encontrarse con los Magos. en la corte macedonia. «para ver a los profetas». el hijo de Eurípi­ des puso en escena las tragedias postumas de su padre. mientras que Cridas prefirió re­ fugiarse por un tiempo en Tesalia. una tradición que relaciona a Platón con Eurípides: habrían estado juntos en Egipto. Eurípi­ des partió hacia Macedonia. Estos datos se los debemos a Diógenes Laercio. drama en el que Eurípides hace decir a Ifigenia que «el mar lava toda la suciedad humana» (v. obtuvo entonces ese primer premio que la ciudad democrática no ha­ bía concedido casi nunca al aborrecido sembrador de dudas. pero podría datarse hacia el 412 a. y los sacerdo­ tes lo habrían sanado con un tratamiento conocido como «la cura del mar».

quizás por primera vez en Occidente. El mismo esquema que encontramos en la vida de otros hombres «iluminados» por Sócrates. la filosofía 59 . A continuación Sócra­ tes le espetó: «¿Y cuál es el lugar en que se hacen los hombres de bien?». componiendo no sólo ditirambos y cantos líricos. el otro no supo qué contestar. su alejamiento del arte es­ cénico habría sucedido de esta forma: mientras se preparaba para presentar en una competición una tragedia suya. oyó la voz de Sócrates frente al teatro de Dioniso y prendió fuego a sus versos. en un determinado punto Platón representa a Sócrates animando amablemente a Critias en su actividad teatral. le cerró el paso con su bastón —como en un dibujo en un ja­ rrón antiguo—y le preguntó: «¿Dónde se compran las mer­ cancías?». a quien Platón necesita!»9 Es curiosa la idea de que Platón se dirigiera al teatro. el significado de esta anécdota se aclara si se considera el valor simbólico del acto de quemar: debía significar una ruptura completa con toda una época de su vida. Sócrates se encontró con éste en una callejuela. ahora. había estudia­ do pintura. a la representación de sus propios dramas.pides no puede ser ajeno al precoz interés de Platón por la tragedia. Según este testimonio. cuenta en un escrito biográfico que Platón desarrolló una actividad poética intensa. además.8 Dicearco. que no tenían las ideas muy claras acerca de las costumbres del teatro ático. aquellos manuscritos no eran sólo repudiados sino que quedaban eli­ minados. Más allá de sus anacronis­ mos. en la que. acércate: es a ti. como es el caso de Jenofonte. de cuya autenticidad no cabe duda. y que. la respuesta fue inmediata. esta vez.»10 En esta anécdota. este relato se lo debemos a eruditos muy posteriores. entonces Sócrates le dijo: «Sígueme y lo sabrás. sino también tragedias. exclamando: «¡Hefesto. llevando el texto escrito de aquello que los actores debían re­ citar. discípulo directo de Aristóteles. En el diálogo titulado Critias. De todas formas.

2 Platón permaneció junto a Sócrates hasta su muerte. Otros dieron por buena la «amnistía». tal como le sucedió a Platón cuando quemó sus tragedias siguiendo el dictado de una voz. ora por nosotros!». no implica en absoluto un distanciamiento con respecto a Sócrates: como sabemos. Estamos aún lejos del erasmiano «¡Santo Só­ crates. tomaron nuevos caminos y desaparecieron de la vida pública. poco después. La incertidumbre duró poco: el 399 fue un año cargado de procesos 60 . y no sólo filosóficos. es decir en un autor al que el fenómeno socrático le llega ya transfigurado por múltiples filtros.cuando éstos entraron en conflicto con Sócrates. el maestro también «permaneció en la ciudad». pero sin duda apuntamos ya en esa dirección. y la situación cambió radicalmente. Para el conocimiento de este episodio no dependemos de fuentes tardías. En ella afirma haber reti­ rado su apoyo al gobierno de los Treinta —al menos. Los relatos que se refieren a Sócrates y a su círculo se colorean a menudo con elementos que parecen propios de la vida de Jesús o de Apolonio de Tiana. No debemos olvi­ dar que gran parte de las anécdotas socráticas confluyen en Diógenes Laercio. en su Carta séptima. ésa es su versión de los hechos. bajo la presión de sus parientes cercanos Critias y Carmides. Cridas y Carmides murie­ ron. sino del propio Platón. como fue el caso de Jenofonte. Pero. El hecho de que en el 404 se hubiera comprometido con el nuevo régimen.aparece opuesta a la mercancía se encuentra ya el «clima» del proselitismo y de la «conversión». ya que los demócra­ tas volvieron al poder. El encuentro con el maes­ tro comporta un corte con el pasado. Quienes se habían comprometido se­ riamente con el régimen recién caído.

A lo largo de todos aquellos años sus puntos de vista fueron contrarios: los términos en que se re­ fieren a personas afines a ellos y a acontecimientos cuyo sig­ nificado debería haber sido semejante para ambos son. Sócrates fue llevado a los tribunales y condenado a muerte. Buscaban así ponerse a salvo de las eventua­ les represalias. un hombre como Pla­ tón. siempre opuestos. que ha re­ latado con auténtico phatos y profundidad de pensamiento todo el capítulo final de la vida del maestro. en Megara. No debemos olvidar que por aquella misma época se dictó otra condena que afectaba a otro socrático. a la trágica conclusión de la experiencia socrática. y por eso fueron en busca de refugio a casa de Eucli­ des. De esta forma. pensó que debía ale­ jarse por un tiempo de Atenas. Se dirigió a Megara. 61 . mientras Platón. procesado por contumacia. «en compañía de otros socráticos». cuyo parentesco con los líderes del gobierno anterior era como mínimo comprometedor. ya de vuelta en Atenas.11 Esto significa que los discípulos se sentían amenazados. Si más tarde. Platón. llevando una conducta exactamente opuesta a la del perpetuo deambular característico de Sócrates. esto se deberá entre otras cosas. de las palabras que pronunció ante el tribunal en el mismo momento en que lo vencía el veneno recién ingerido. Pero volvamos por un momento a los caminos paralelos de Platón y Jenofonte. Es cierto que el caso de Jenofon­ te era mucho más grave. de una u otra manera. y para el común estupor de discípulos y jueces se negó a sustraerse a la condena. tenían su origen en la guerra civil.judiciales que. y quizás sobre todo. Sin embargo. sin embargo. preferirá llevar su actividad filosófica «a puerta ce­ rrada». por el dramático final de aquel juicio. según escribe Diógenes. Al final. tenía buenas razones para sentirse amenazado entre los imprevisibles atenienses. aquellos «maníacos de los juicios». o por lo menos atemorizados. en un círculo separado y a salvo de las miradas de sus conciudadanos.

de esta manera. por así decir. Critias es quien ha querido manchar a los caballeros con la masacre de Eleusis. Jenofonte. banal y carente de fundamento. estando aún en el poder. Respecto a la condena capi­ tal de Sócrates. Este es el acontecimiento al que dedica la muy elevada refle­ xión que constituye. de 62 . al mismo tiempo.aunque desilusionado por el gobierno de los Treinta. y que incluye la Apología. muestra una actitud decepcionante: en su Apología formula la idea. aquella guerra civil no fue más que un desgraciado paréntesis. a Critias y Carmides. el verdadero trauma per­ manecía indeleble: era el monstruoso proceso con el que la democracia restaurada había llevado a Sócrates al patíbulo. Desde su punto de vista. Porque de ese acontecimiento se deriva la opción vital de Platón: su renuncia a congraciarse con la democracia y a practicar la indagación callejera. esta vez en su contra—. una reconstrucción histórica. que se encontraba lejos de Atenas en el momento del juicio -y además temía otro proceso. «salva». y especialmente hacia Critias. que incluía al propio Jenofonte. en cambio. y además quien ha llevado a la ruina personal a los miembros de su partido. el Critón y el Fedón. consagrándolos en diálo­ gos en los que conversan amigablemente con Sócrates. toda la hostilidad que le merece la posición adoptada por ellos durante la guerra civil. retrotraer la ruptura entre Sócrates y Critias al momento en el que éste. en particular acerca de la «pasión porcina» de éste por Eutidemo. Por eso no hace ninguna concesión. prohibió a Sócrates continuar con sus enseñanzas. en alusión al frenesí sexual de Critias por su amado y al gesto propio de los cerdos de frotarse contra las paredes. y en los Memorables atribuye a Sócrates palabras de desprecio -probablemente auténticas-12 hacia Critias. Su rencor contra aquel doctri­ nario que había arruinado su vida no era inferior al resenti­ miento que albergaba contra Trasibulo y sus temibles com­ pañeros. Jeno­ fonte muestra hacia ambos. Para Platón. Jenofonte quiere.

no es inverosímil imaginar una iniciación de Platón en Egipto. Platón rompe. maestro de Teeteto. aunque muy poco sabemos acerca de este viaje. Sin duda allí habría aprendido mucho en materias que lo fascinaban. por tanto. Es entonces cuando. sino de la muerte de Sócrates. donde frecuentó a los pitagóricos Filolao y Eurito. Nos sentimos tentados a pensar que cuanto dice en el Timeo acer­ ca de Solón y del conocimiento que de éste obtuvo sobre los ancestrales mitos de Egipto es un modo críptico de reflejar su experiencia. aunque con una diferen­ cia: Jenofonte rompe con Atenas como consecuencia de la guerra civil y de sus secuelas.que Sócrates se dejó matar porque estaba cansado de vivir. floreciente colonia griega en suelo libio. Después fue a Italia. él también. nuevas experiencias que serán alimento y banco de pruebas para su pensamiento político. Finalmente a Egipto. Son dos vidas paralelas. busca otros caminos. y desde ese momento toma otras vías que darán renovado alimento a su pensamiento político. con Atenas. pe­ ro sin duda suena singularmente pobre frente a semejante crimen de Estado por parte de la democracia restaurada. En cualquier caso. Tras pasar por Megara se diri­ gió a Cirene. No sabemos exactamente cuándo escribió esa banalidad. donde visitó al matemático Teodoro. 3 Lo que buscaba en los viajes que emprendió lo encontra­ ría al fin dentro de sí mismo. pero no ya como consecuencia de la guerra civil. juzgando que el modelo polí­ tico representado por su ciudad (¡y por excelencia!) es impo­ sible de reformar. que fue quizás el más importante de todos. como la matemática y la astro­ nomía: secretos de unas ciencias y de un pensamiento que 63 . aunque esto no sea más que una conjetura.

Supongamos que se halla en Platón el primer movimiento de esta grandiosa concepción gracias a la cual el idealismo extremo se entrelaza con los avances más recientes de la física moderna. que parece una manera mítica de di­ latar indefinidamente la noción de tiempo.guardan recuerdos que transmiten a un «elegido». y el singular artificio según el cual los sacerdotes egipcios habrían contado al viejo Solón la historia de la Atlántida. Ese movimiento nos llevaría hasta la experiencia egipcia de Platón. asume como única realidad. Este carácter no veri­ ficable se debe no sólo a su referencia a algo que ha desapare­ cido por completo. Una suerte de antimateria. mejor dicho. que no ha dejado trazas visibles pero de la cual los grandes sabios —es decir. del mundo empírico de los fenómenos. como es propio de un iniciado. según la intuición platónica. encontramos un equi­ valente. y la analogía con esta concepción de la física moderna no está del todo infundada: arquetipo remoto. sino además al hecho de que quien dejó 64 . es decir del mundo de las ideas. En el territorio de los acontecimientos. De allí surge quizás el recurso de hablar de la experiencia egipcia a través de la «máscara» de Solón. del mundo supraceleste o «hiperuranio». Pero podría ser asimismo la metáfora de otros conceptos y de otras «verda­ des» veladas por aquella evocación histórica imposible de ve­ rificar. Solón en este caso. en el plano de la estructura de lo real. en el que residen -aunque hablando de ideas la expresión puede sonar excesivamente materialista—los modelos del ser. que el sentido común toma por realidad o. ¡El propio narrador reconoce que se trata de la historia de unos acontecimientos y lugares cuyas huellas se han perdi­ do por completo! Una realidad que aconteció en un tiempo muy remoto. y a su adopción de la irrefutable —en tanto que no verificable en absoluto—invención de la Atlántida como forma de manifes­ tar su deuda hacia la sabiduría antigua. Vayamos aún más lejos.se negó a divulgar. los sacerdotes egipcios.

Teodoro había demostrado que los números irra­ cionales son: λ /3 . pero imposible de ser representada ni percibida por los sentidos. Puesto que. hasta V Í 7. si no del propio Pitágoras. Hipasos. en Libia. Platón transfiere toda esta grandiosa visión al seno de su propia crónica familiar. Es un nuevo símbolo de la fuerte conciencia que tenían de su propio relieve histórico. Platón había aprendido de Teodo­ ro. la noción. que en la concepción platónica son la verdadera reali­ dad. Era característico de la pequeña ciudad de Atenas el reconducir realidades muchos más vastas. incluso hipótesis cosmo­ gónicas. Aquel antepasado de Critias. Los atenienses gozaron de la ex­ traordinaria capacidad de pensar el universo entero desde su minúsculo rincón del mundo. y hasta a una fracción de él. del papel que se adjudicaban a sí mismos.noticia de ese mito había vivido mucho antes de la época de Platón: en los tiempos de Solón y de los antepasados de Cri­ tias. a quien los egipcios habían hecho aquella revelación. El vehículo de esta extraordinaria aventura mental fue el pensamiento matemático. En Cirene. murió en alta mar tras un naufragio. el gran matemático de la escuela pitagórica. como por otra parte lo era el propio Solón. una familia en particular. Los autores moder­ nos se preguntan por qué no incluyó también 'S /i. al propio microcosmos. amigo de Solón. de número irracional: es decir. de un número real que. Uno de ellos. del círculo de sus inmediatos discípulos. era en efecto un pariente suyo. rica en potencialidades de desarrollos. sin embargo. no puede ser representado como número periódico. La expli­ cación más obvia parece ser la de que el descubrimiento de la naturaleza «irracional» de λ /2 fue obra. \ / 6 . que figura­ ba a una determinada altura del árbol genealógico de Platón. V ^ . La le­ 65 . y que conservaron las grandes familias dentro del marco de la democracia ate­ niense. curiosamente. En este aparente sinsentido (o ultrasentido) encontramos ya la matriz de las ideas.

que pueden ser percibidos desde un lado mayor y un lado menor. Teeteto evoca las en­ señanzas atenienses de Teodoro cuando —dice. [. fue el maestro de Teeteto. En ese diálogo. hacía demostraciones referentes a las de tres pies y a las de cinco pies. se nos ocurrió intentar compendiarlas en un concepto que pudiera designarlas a to­ das. que vivió mucho después de Hipasos. Platón sugería que había asistido a las enseñanzas de Teeteto en Atenas.. que no se pueden medir a base de la de un pie.yenda que circulaba acerca de él y de sus compañeros era que aquel accidente fatal fue en realidad un castigo. el cinco. o sea. «Y puesto que las raíces cuadradas parecen darse en número infinito. evi­ tando hablar de su estancia en Cirene. pero no explicaba sus motivos. justamente el descubrimiento del número irracional. en un determinado momento. y todos aquellos que no resultan de un número multiplicado por sí mismo igual can­ tidad de veces. Aquellos que pueden resultar de un número multiplicado por sí mis­ mo igual cantidad de veces los comparamos al rectángulo. «Teodoro.] Pero a los números intermedios como el tres.] Dividimos todos los números en dos clases. a éste lo comparamos con la figura oblonga. [. el protagonista del diálogo platónico que lleva su nombre... Y así fue tratando cada una hasta la de diecisiete pies. porque Hipasos había revelado el secreto de la secta. y le llamamos rectángulo equilátero. «Sócrates el Joven». deja entender claramente que él había enseñado en Atenas. este de aquí. De esta manera.disputaba con el homónimo de Sócrates. a éstos los llamamos números oblon66 . nos trazaba algo de las raíces cua­ dradas. Y en ésta se detuvo. Teeteto discute con Sócrates —y es justamente contra este «falso» Sócrates interesado por las matemáticas que Jenofonte protesta en los Memorables..»13 Teodoro ilustraba el fenómeno. aquel genial matemático al que tanto deben los Elementos de Euclides. Teodoro.y. sino que resultan solamente de un número mayor tomado más veces.

una noción que obliga a volver sobre las ideas. poco antes en este mismo diálogo. acierta al considerar la figura de Teete­ to como un «velo» detrás del cual se esconde. Para ello habían escogido la única vía posible.] A todas las líneas que forman un rectángulo equilá­ tero en la superficie las llamamos potencias. puesto que «también a mí me pareció oír de algunos que los primeros llamémosles elementos.»14 Teeteto muestra aquí la forma en que él y los otros discípulos. por­ que ellas mismas no pueden ser medidas a base de la misma unidad como potencias. dirigiéndose a Teeteto.17 en su importante comentario a Platón. carecen de explicación». se mo­ vían a tientas en el intento de entender aquel fenómeno del cual este maestro «no explicaba el porqué». Platón hará decir a Sócrates. es decir que son irracionales. [. son los modelos. como en otras ocasiones lo hace con otros personajes. de los que nos componemos nosotros y las demás cosas. en el mismo sentido en que lo son los números. cuya invención ha sido adjudicada. Lo que sí podemos afir­ mar es que este diálogo es con mucha probabilidad uno de los últimos de Platón. Ello se deduce del sesgo irónico con que se refiere a quienes creen que entre Heracles —o su padre 67 . la figura del propio Platón. Es difícil decidir si Schleiermacher.. pero ellas pueden medir las superfi­ cies que surjan de ellas. que tanta fortuna tendrá más tarde. teniendo en cuenta los conoci­ mientos numéricos de los griegos: la vía de la demostración geométrica.15 Poco después recurre a la comparación. Si así fuera habría que atribuirle a Platón el descubri­ miento de los números irracionales. hacia el final del diálogo. que se equivo­ can quienes no consideran ciencia «aquello de lo que no es posible dar razón». escuchando a Teodoro. y «no tienen explicación». cuando las letras no la tienen?»16 Las letras. al dios egipcio Thot. Mucho después. y a las que for­ maban un cuadrado no equilátero las llamamos raíces.gos.. con las letras del alfabeto: «¿Quizás las sílabas tengan explicación.

cuyo hecho caracterís­ tico sería. Platón explica en términos exclusiva­ mente políticos aquella experiencia. Me vi obligado a afirmar. para Jenofonte. acaecida en el 358 a. partí hacia Italia y Sicilia cuando hice mi primer viaje». «.C.18 pero a continuación se centra en la estancia siciliana.... que lo llevó a Italia y a Sicilia.]. «. fue el más importante de cuantos realizó. por no hablar directa­ mente de un intento de dar una investidura matemática a la doctrina de las ideas. u a otros elogios postumos de este monarca. Siracusa fue para él lo que Esparta era. en elogio de la recta filosofía.. En consecuencia. De ahí deducimos que la escritura del Teeteto. 4 No sabemos hasta qué punto influyó sobre Platón su trato con los pitagóricos. la tan efímera como fallida dictadura de los Treinta. no se acabarán los males del género humano hasta que la clase de los filósofos rectos de verdad 68 . Este viaje. acabé por darme cuenta de que todas las ciudades actuales estaban mal gobernadas en su totalidad [. En el aspecto polí­ tico -asunto esencial de la Carta séptima-. en un determinado punto. y después la restauración democrática. En la Carta séptima dice. Puede tratarse de una referencia irónica al Agesilao de Jenofonte. Si esta suposición es cierta. sería poste­ rior a la muerte de Agesilao.. y la justifica a partir de los sucesivos fracasos de los años precedentes: en primer lu­ gar. se confirmaría la orientación resuelta­ mente matemática del último Platón.. que a partir de ella es posible percibir todo lo justo en los asuntos públicos y en los priva­ dos. según él. más o menos por aquellos mismos años.Anfitrión— y Agesilao existían veinticinco generaciones de distancia. por lo menos en la redacción definitiva en que lo leemos hoy. el juicio contra Sócrates.

.. oligarquías y democracias. el estilo de vida que allí se daba en llamar feliz. no me gustó nada en absoluto: vivir saciándose dos veces al día. el lector recibe una serie de pistas falsas. una importancia relativa: una óptima le­ gislación se mostrará impotente si los hombres van a la deri­ va en el terreno de la ética..] no me gustó nada en absoluto.» La calidad de las le­ yes tiene. por alguna ventura divina. 69 . bebidas y para los fatigosos esfuerzos de los placeres carnales. Como resultado de to­ do ello. salvo para festines. pasan en reali­ dad más de diez años. «Así que. Al llegar.. ni cuanta actividad conlleva ese género de vida. Entre la muerte de Só­ crates (399) y el primer viaje a Sicilia (388). no acostarse nunca solo por la noche. ya que se lo induce a pensar que. Con estos pensamientos partí hacia Italia y Sicilia cuando hice mi primer viaje. de cualquier clase que sean.19 El relato de este viaje se realiza a través de episodios que dejan periodos de tiempo en blanco.» El espectáculo de la vida regalada que era corriente en aquellas regiones lo impulsa a dar un nuevo paso adelante en su reflexión políti­ ca: «Tampoco se mantendría firme una ciudad según sus le­ yes. la clase de los que gobiernan en las ciudades no se ponga a filosofar. periodo durante el cual Platón tuvo sin duda otras experiencias..como si hubiera estado ya formada antes del viaje a Occidente. Platón emprendió el viaje a Italia a la búsqueda de un banco de pruebas para ellas. presenta la idea nuclear de su pensamiento político -la de los filósofos gobernantes.no llegue al poder político o hasta que.». Además. que sin embargo pasa por alto.. Es forzoso que estas ciudades jamás acaben con la rotación de tiranías. rebosante de banquetes a la manera italiana y siracusana. si los hombres piensan que deben consumir todo hasta el exceso y consideran además que deben estar ociosos por completo. además de lo de antes. «Al llegar. el estilo de vida que allí se daba en llamar feliz [. por tanto. maduras ya sus convicciones.

El primer impulso de Dionisio fue el de asesinar a Pla­ tón. que indujeron al gran biógrafo de Queronea a compa­ rarlo con Marco Junio Bruto. escrita en un tono tenso y dramático. pues­ to que estimaba la virtud muy por encima del placer y de cualquier otra molicie». va siempre al grano. irritado. cuya Carta sépti­ ma. Cuando Platón. quien fue cautivado al instante por la en­ señanza platónica: «Al tener trato con el entonces joven Dión. Fuentes que idealizaban a Dión hasta tal punto en su papel de rival de los tiranos. incluso cuando pu­ dieran resultar significativas.»20 El único encuentro rescatable en esta ciudad fue el del joven Dión. y «quiso vivir el resto de su vida de un modo distinto a la mayoría de los italianos y sicilianos. quien salvó la vida gracias a que Dión y Aristomenes in­ 70 . en el curso de una conversación en torno a la tiranía. dándole a conocer mediante mis razonamientos lo que me parecía mejor para los hombres y aconsejándole que lo llevara a cabo.»21 Dión escuchó sus enseñanzas con auténtica pasión.esto era lo que tenía en el pensamiento cuando viajaba hacia Siracusa.22 Lo cierto es que aquel primer viaje de Platón acabó bas­ tante mal. las mismas que utilizaría Plutarco para contar la vida de Dión. así como muchos otros que llegaron hasta él a través de las fuentes históricas en las que se recogían los detalles de la estancia de Platón en Sicilia. es muy posible que yo ignorara que incons­ cientemente estaba tramando de algún modo la posterior di­ solución de la tiranía. dejando de lado las anécdotas personales. el viejo Dionisio. El viejo tirano no estaba dispuesto a soportar lo que el filósofo ateniense venía a predicar. afirmó que «el derecho del más fuerte vale sólo si presupone al mismo tiempo una mayor virtud». resopló lleno de cólera: «¡Tus palabras recuerdan las chocheras de un viejo!» A lo que Platón replicó: «¡Y las tuyas son propias de un tira­ no!»23 Este incidente no nos lo refiere Platón. Fue Diógenes quien se encargó de registrar este episodio. el asesino de Julio César.

En efecto. pero que tenía una apoyatura histórica en la circunstancia de la guerra que. esa piedad fue sólo aparente. no como un pensador erudito que traza sobre su escritorio el plano de la ciudad ideal.).C. Favorino de Arles. asunto del que se ocupó largamente. conoció una versión de los hechos segu­ ramente idealizada. sin equivocarse. que vivió en los tiempos del emperador Adriano y que fue un notorio erudito. que a lo largo de su vida había experimentado todo el abanico de las experiencias humanas. Por eso Polis había tenido la cínica idea de venderlo en esta isla: era una forma de condenarlo a la muerte más que a la escla­ vitud. precisamente por aque­ llos tiempos (387 a. Pero en las intenciones del viejo déspo­ ta. Polis. Pero se habría dado la circunstancia imprevista de que. Las fuentes referidas al episodio ponen en evidencia que el tema «Platón restituido a la libertad» debió de apasionar a historiadores y eruditos. habla como hombre que ha visto y ha sufrido. sede de uno de los más florecientes merca­ dos de esclavos. Las circunstancias de su liberación o rescate han sido ob­ jeto de numerosas hipótesis. enfrentaba a Atenas con Egina. ordenó que el filósofo fuera embarcado en la nave de Polis. A raíz del conflicto con Atenas. y allí vendió a Platón. frente a la asamblea que habría debido decidir la aplicación de esa terrible ley al re­ 71 . En verdad Platón pudo decir. tanto más dramática para un noble de muy antiguo linaje. en Egina se encontra­ ba en vigor una ley que preveía la inmediata eliminación de todo ateniense que pusiera pie en la isla. a quien se le en­ comendó la tarea de vender al insidioso ateniense como esclavo. puso rumbo a la isla de Egina.tercedieron por él. torpe ejecutor de esas órdenes.24 Platón vivió enton­ ces la experiencia más extrema para un griego: la de la escla­ vitud. Cuando se discurre acerca del go­ bierno de los hombres. entre las que no resulta fácil de­ cidirse por alguna. embajador es­ partano presente por entonces en la ciudad.

en cambio.25 A decir verdad. Pero fue además un hecho fundamental en la historia ate­ 72 . pero lo cierto es que la intervención bastó para que Platón fuera absuelto. Lo cual nos lleva a recordar que también Jenofonte. Otra versión de los hechos. en una situación muy comprometi­ da.cién llegado. en el plano de los hechos objetivos. fue abordado por el sarcástico Falino de esta manera: «¡Pareces un filósofo!» Desconocemos. Pero aquí resulta de­ cisivo el dato cronológico. 5 La fundación de la Academia es un acontecimiento me­ morable para la historia del pensamiento humano. una tradición que relaciona la liberación de la esclavitud con la fundación de la Academia. alguien dijo: «Pero ¡es un filósofo!» Lo habría dicho en chanza. Dión quería reembolsar a Aníceris de Cirene el dinero apor­ tado para rescatar a Platón. que juzgamos más creíble. los moti­ vos por los que los filósofos gozaban en Egina de tanto pre­ dicamento. en fin. Existe. La fundación de la Academia es inmediatamente posterior al primer viaje a Sicilia de Platón y al feliz final de su imprevista aventura. se refiere a un rescate pagado por alguien y que luego un grupo de hombres (entre quienes se encontraba el mismo Dión) quisieron reembolsar al benemérito liberador para lle­ narse de gloria. y se nos hace difícil ima­ ginar. puesto que creó la estructura perdurable en la que salvaguardar y transmi­ tir la obra de Platón a lo largo de los siglos: novecientos años pasarían antes de que Justiniano realizara su intento de cerrar­ la. no parece creí­ ble que un ciudadano de Cirene pudiese adquirir con tanta facilidad una parcela de suelo ático. cómo podría haberse llevado a cabo esa transacción. pero éste no quiso quedarse con esa cantidad y la utilizó para comprar el terreno en el que Platón erigiría su Academia.

Platón era un maestro respetado y se lo tenía por una gran autoridad. A veces acogía a oyen­ tes llegados de otras partes de Grecia. la escuela gozó de gran prestigio a todo lo ancho del mundo griego. Figurémonos entonces la manera en que habrá desagradado esta camarilla de filósofos que. que conllevaron incluso a tomar medidas legislativas abiertamente represivas por parte del gobierno de la ciudad. fundada sobre el mismo modelo de la Aca­ demia. hasta qué punto gustaba de interferir en la vida de cada individuo: en Atenas no menos que en Esparta. pero con algunos agravantes muy peligrosos. será objeto de un recelo muy semejante.niense. y de aquel Eufreo de Olinto. el cual no era precisamente un campeón de la orto­ doxia y de las normas democráticas. por ejemplo. Habían transcurrido unos 73 . se consideraban extraños a la ciudad. junto con el hecho de la separación de la ciudad. se trataba de una comunidad que mostraba abso­ luta independencia con respecto a la ciudad. ¿Qué tramaba esa gen­ te en su aislamiento? Sabemos hasta qué punto la ciudad era «intervencionista». A decir verdad. no hacía más que irritar y llenar de sospechas a los «buenos» atenienses. una especie de tiaso o incluso -como ya fue dicho. sólo obli­ gados a cumplir sus propias reglas internas y a ser fieles a un maestro.una especie de college. que encendía el recuerdo de las «hetairas» oligárquicas. centrada en el culto de las Musas. Sócrates había sido condena­ do a muerte. la relación entre ambos ámbitos nunca había sido del todo cordial: Anaxágoras tuvo que huir para salvar la vida. a la manera de los oligarcas de otro tiempo. como fue el caso de Aristóteles. la escue­ la de Aristóteles. tan elogiado por Demóstenes. A pesar de ello. Platón creó una comunidad separada y autosuficiente. ya que desde aquel momento los filósofos se aislaron definitivamente de la ciudad. Estas relaciones con los extranjeros. era capaz de afrontar en su propio seno el eterno e insoluble pro­ blema de la mejor forma de gobierno. En cual­ quier caso. Años más tarde.

no fuera a considerarme yo a mí mismo como esos que van por todas partes sin más con el mismo son. Dión escribía a Platón. pero ca­ rece de «voluntad para emprender nada de provecho».27 «De ahí que al reflexionar yo sobre esto y estar muy dudoso sobre si ha­ bría de hacerle caso y ponerme en camino o qué debía hacer. » Es decir que no quería apare­ cer como alguien que sólo es capaz de decir palabras. dado que me bastaría con convencer a un solo hombre28 y hubiera logrado ya la suma de todo bien. que ya tenía una edad mediana». para ex­ presarle su convicción de haber cultivado en el nuevo sobera­ no de la ciudad. Ahora más que nunca existe toda la esperanza de poder lograr que filósofos y gobernantes de grandes ciudades sean las mismas personas. era justo ahora el momento de intentarlo. me decantara finalmente por aquello. no por lo que algunos creían.»26 Platón evoca la turbación que le cau­ só aquella carta: «por mi propia opinión guardaba recelos so­ bre los jóvenes. partí de mi casa. y así podrán influir en él para que se sume a la misma causa. pues si debiera inten­ tarse alguna vez poner en ejecución estas ideas sobre las leyes y el gobierno. por cuanto a lo que pudiera acaecer.29 sino por una enorme vergüenza propia. una activa y prometedora curiosidad por la figura de Platón. Pero lo tranquilizaba «la seriedad del carác­ ter de Dión. cuando éste se nos ha presen­ tado por alguna ventura divina? Dionisio es joven y tiene grandes ansias de recibir una educación filosófica. Llevando esas intenciones tan arriesgadas. el Dionisio el Joven. «¿Qué mejor momento que éste habremos de aguardar. ahora que el viejo tirano de Siracusa había muerto. también sus sobrinos y parientes pueden ser orientados hacia tu doc­ trina. ya que los anhelos de éstos son veleidosos y cambian de parte a parte con frecuencia».30 Son quizás las palabras más importantes de cuantas escri­ bió Platón: para no ir «por todas partes sin más con el mismo 74 .veinte años de la fundación de la escuela cuando llegó a ella una carta que sacudió sus cimientos.

se limitan a observarlo serenamente y a aportarle como mucho una mor­ fología-. La fuerza de la expresión se ve acrecentada por el uso del simple «son» para definir a un «hombre que se limita a las palabras». fue el pro­ pio Platón quien escribió. «las cosas humanas no son dignas de ser tomadas con gran seriedad. se en­ cuentra en otra parte. auténtica. No era de esos que buscan hacer justicia sólo de forma retrospectiva. Era sin duda un asunto obsesivo para él. y aquellos que. su serenidad. Al evocar más tarde aquella decisión escribirá: «Abandoné incluso mis ocupaciones.33 Entre aquella «otra parte» y el «aquí». cuando ya la historia o la posteridad se ha encargado de dictaminar dónde estaba la verdad y dón­ de el error. por la preponderancia evidente que el problema polí­ tico ocupa en sus escritos. en el que todos sus valores estaban en juego: sus certezas acerca de la vida. de la que haces encomio constante y de la que afirmas que está desvalorizada por todos los demás hombres.en un filósofo tan profundamente convencido de que la realidad verdadera. Platón tendría sin duda un puesto de relevancia en­ tre los primeros. como Séneca o Marx. Tenía ya más de sesenta años cuando emprendió este viaje. y en ello radica nuestra desgra­ cia». que.son». como Aristóteles o Hegel. cualquiera sea su posición y jerarquía. en esa cósmica «otra parte» que es el mundo hiperuranio o supraceleste. por lo demás. que no eran despreciables». ¿cómo no va a haber sido traicio­ nada ésta junto con lo mío por cuanto a ti dependía?».32 ¿Significa eso que Platón daba una importancia tan esencial a la política? Llama la atención una disposición semejante -confirmada. sin embargo hay que inte­ resarse también por ellas. entre la idea del sumo bien y la actuación política concreta por el bien de las 75 .31 Si dividimos a los filósofos en dos grandes grupos -aquellos que se comprometen con la realidad del mundo. con gran lucidez. poco más abajo imagina las palabras que Dión le hubiera dirigido si él no hubiese aceptado la invitación: «la filosofía. su prestigio. Sin embargo.

Para Platón. o mejor dicho frescura juvenil. Por eso la política es una disciplina eminente. sino que está aquí. junto con aquellos que llama «los amigos de Dión». tan sólo tres meses más tarde. expuesto a las acusaciones que lo señalaban como el instigador de la subver­ sión de Dión. como piensan muchos. en la corte se encon­ traba aislado y constantemente sometido a las calumnias que lo acusaban de conspirar contra el nuevo señor de la ciudad. En efecto. abismo ni separación sino coincidencia. Por su parte Dionisio «nos recibió a todos muy cordialmente y. al alcance de la mano. que concentra y sintetiza en sí todos los presupuestos éticos y metafísicos. El desarrollo completo de los acontecimientos se haya re­ gistrado en la Carta séptima. Se conjugaban en él grandeza de pensamiento e ingenuidad. y Siracusa podía ser. infamándolo frente a toda la ciudad. y me repetía que debía tener con­ 76 . se trata de un compromiso integral. Exactamente como se lo advertía su querido discípulo Dión. más aún. Cuando Platón llegó a Siracusa encontró que la posi­ ción de Dión se hallaba muy debilitada. persuadido como estaba de que la prueba de­ cisiva a la que un día todos debemos someternos no se en­ cuentra. nos cuenta. a mí me daba ánimos. Platón permaneció en la corte. en la nueva situación descrita por Dión en su carta. que implica todos los aspectos de la vida. Dionisio inculpó a Dión y lo obligó a embarcarse camino del exilio. en un presente inmediato que no puede esquivarse sino con vile­ za. apologética y retrospectiva. en el cual ya nada podemos hacer. Permaneció allí. un inesperado banco de pruebas para su modelo. en la ilusión de conquistar el corazón del joven tirano. Veamos cómo sucedieron las cosas. mientras corría el rumor de que su condena a muerte había sido ya ejecutada. no existe.personas. pues­ to que fue escrita por Platón cuando aquella experiencia había conocido ya su lamentable final. por tanto. en un remoto lugar del por­ venir u olvidada en un pasado ya mítico.

También Jenofonte. como comentario: «por ello precisamente ha­ cía como si me lo rogase encarecidamente. y es que mi partióla no le hubiera sido de interés. 77 . a la que no puede ignorar. pero deja en evidencia que Dionisio le exigía una amistad exclusiva: «Quería que yo lo elogiara más a él que a Dión. sin jalonar el objetivo de ser él quien lo controlara. que en el Hierón se refiere a la «infelicidad» del tirano. aun­ que al final se le permitió regresar a Atenas. pero sí mi permanencia». a medida que iba haciéndose a mi manera de ser y a mi carácter. Platón no conseguirá aclarar del todo sus propios sentimientos hacia Dionisio: «Según pasaba el tiempo. y en efecto retornó a Sicilia (361-360 a. Platón va hasta las raíces de la necesidad de consenso intelectual. Aquí se halla el verdadero fracaso de Platón: en haberse deja­ do arrastrar en la espiral del poder. Pero ya sabemos que los ruegos de los tiranos están entremezclados con coac­ ciones». en haber acabado. escribe.»35 Palabras que dejan ver hasta qué punto puede resultar embarazoso el contacto con el poder de carne y hueso. mezcla de plegaria y de voz de mando. me iba estimando más y más». en sustancia. Platón sin duda habría entendido la llama­ da telefónica de Stalin a Bulgákov. sobre todo del poder totalitario. Vemos a Platón obli­ gado a pactar con el tirano. Se trata del momento más tormentoso de la experiencia siciliana. característico de la palabra que el poder dirige a la élite intelectual.34 A lo que añade. prefirió adoptar el punto de vista del poder en aquella importante reflexión acerca de la tiranía.C. y a pesar de su afecto por Dión.). y sobre todo la respuesta de Bulgákov. Por su parte. que pretende utilizarlo al tiempo que sospecha que es el filósofo quien quiere utilizarlo a él. poniéndose del lado de Dioni­ sio. que es una necesidad primaria del poder. Pero había pro­ metido volver. Al evocarla. Platón era entonces poco menos que un prisionero.fianza y me rogaba que me quedase a toda costa. En este punto su discurso adopta ese tono.

»36 Son palabras graves. en Olimpia. pero. «Tú. como Speusipo. quien por entonces preparaba una acción militar contra Dionisio. Pues en ese dramático coloquio. yo tampoco tengo ya edad para emprender ninguna guerra común. A Dión. En el 360. éste pensaba que yo cons­ piraba contigo contra él y contra la tiranía. convocad a otros. no me mató. Jenócrates y Eudoso. por la enor­ me cantidad de calumnias habidas. ¿Qué había sacado éste en limpio de las enseñanzas de Platón si creía que mediante las armas se po­ día conquistar la voluntad de los hombres? Nada había com­ prendido del núcleo central del pensamiento del maestro. Platón tuvo la percepción de la distancia abismal que lo separaba no ya de Dionisio. y en una situación altamente dramática. Pero Platón se negó a unirse a ella. a pesar de ser sospechoso ante él de la que era entonces la más grave falta -la conspiración política-. Y quizá. estas palabras le tienen que haber resultado incom­ prensibles. empeñado como estaba en la sublevación armada. pero mientras os estéis deseando malda­ des. casa y sacrificios comunes con Dionisio. sino que me respe­ tó». durante el viaje del definitivo re­ torno. forzaste de alguna manera el que yo compartiera mesa. cuando no intolerables. Estaré a vuestro lado siempre que requiráis amistad el uno del otro y deseéis haceros bien. Platón se encontró con el expatriado Dión. Hablándole sin tapujos. con todo. que 78 . y duras de escu­ char para Dión. Platón le dice al menos dos verdades: tú me has llevado como huésped de Dionisio. En estas palabras se insinúa. junto con otros más —le dijo—. sino también de Dión.. Asimismo. Pero precisamente en ese desacuerdo se encontraba el núcleo de la cuestión. Era su tercer viaje: expedi­ ción desastrosa que concluyó en fuga.acompañado de discípulos más adultos y cercanos a él. y éste. como un veneno. y eso lo honra. «no me mató. distancia obvia. sino que me respetó. como me merecía. la amistad que lo unió al tirano: «no me mató».

se centraba en la idea de conquistar la mente de los gobernan­
tes. La vía «militar» era a sus ojos un colosal error. Por eso, en
un determinado punto de la Carta séptima, Platón hace una
sabia pausa y recurre a la metáfora según la cual el buen médi­
co es aquel que renuncia a dar consejos al enfermo refractario
y hostil, y en cambio es un médico mediocre el que insiste por
ese camino. «Y precisamente lo mismo vale para la ciudad, in­
dependientemente del número de susjefes» 37 (precisión de enor­
me importancia, que muestra hasta qué punto era indiferente
para él la índole monárquica o poliárquica del poder]. Por ello
en otro punto de la famosa carta dice que muchos creen haber
comprendido su pensamiento («aquello de lo que yo culti­
vo»), pero sólo ven espejismos y difunden falsedades.38 Esto se
debe a que su doctrina se basa en principios que «no pueden
ser formulados de ningún modo, a la manera de otros saberes,
sino que sólo tras mucho trato y convivencia con esta materia,
repentinamente, como la lumbre que brota de una chispa,
surge este saber en el alma y se alimenta ya por sí mismo».
Dice esto en abierta oposición a las groseras pretensiones de
Dionisio -acerca de las cuales le habían llegado voces- de es­
cribir una obra para plasmar en ella las enseñanzas recibidas
de Platón. Pero el diagnóstico vale asimismo para Dión, que
nada había comprendido si le solicitaba unirse a una acción
armada contra el gobierno de Siracusa.
Decepcionado por sus propios fracasos, Platón abando­
na a Dión. Tres años más tarde, éste, encabezando un ejérci­
to de mercenarios —entre los que figuraban muchos atenien­
ses—, consiguió echar a Dionisio del trono. Pero en el año
354 una conjura, surgida entre los mercenarios y liderada
por el ateniense Calipo, acabó con la vida de Dión, y puso a
sus amigos en la necesidad de dirigirse a Platón una vez más,
solicitándole una ardua redde rationem, a la que él no se sus­
trajo. Tales fueron las circunstancias en que se gestó la Carta
séptima. Su mensaje, que resulta utópico si se tienen en
79

cuenta las ásperas luchas de poder que tenían lugar por en­
tonces en Siracusa, es una exhortación al abandono de la ti­
ranía como forma de gobierno: «... a lo ya dicho añado por
tercera vez la misma recomendación y advertencias, y vo­
sotros sois los terceros en escucharlas: no sometáis a Sicilia
bajo el gobierno de déspotas -al menos así pienso yo—, si­
no bajo el de las leyes. En efecto, esto no es bueno ni para ellos
mismos ni para sus hijos, ni para sus descendientes. Todo
intento semejante es más bien funesto, y sólo se complacen
en sacar provecho de tales ocasiones los espíritus de carácter
cicatero y servil...».39 Al principio de su experiencia siciliana,
cuando quiso conquistar el corazón de un solo hombre —del
tirano, precisamente—para llevar a cabo el bien general, la
forma de la tiranía como tal debía parecerle una circunstan­
cia poco relevante. Pero los años de experiencia concreta con
la tiranía demolieron esta ilusión. En la Carta séptima pone
énfasis en remarcar su intento de presentar el carácter negati­
vo de la tiranía a todos sus interlocutores. «En primer lugar
intenté convencer de esto a Dión, más tarde a Dionisio, y
ahora vosotros sois los terceros. Hacedme caso, por la gracia
de Zeus, tercer salvador, y fijaos en Dionisio y Dión...»40
Con respecto a esta crisis, la Carta octava es mucho más
que un mero desarrollo empírico sugerido por la evolución
de los acontecimientos. Por entonces Hiparinos, al frente de
los partidarios de Dionisio, había alcanzado la victoria. Pla­
tón, que no renunciaba a participar en la acción política con­
creta, propuso una solución que, en la coyuntura siracusana,
rozaba el absurdo: una monarquía constitucional y colegiada
de tres reyes, formada por el propio Hiparinos, Dionisio y el
hijo de Dión. Su tendencia a las soluciones tradicionales se
hace aquí evidente, puesto que la referencia explícita de esta
fórmula es la monarquía espartana y las antiguas institucio­
nes de Licurgo, con dos reyes que gobernaban conjuntamen­
te y cuyo poder quedaba limitado por el senado y por los éfo80

ros. Se trataba, por lo demás, de una propuesta no muy dis­
tinta a la de Jenofonte en su Constitución de los espartanos.
Una opción de corte tradicional, aunque para Platón estuvie­
ra cargada de implicaciones, no todas ellas explícitas en la
Carta séptima pero subyacentes al gran edificio de las Leyes.
Pero debemos añadir algo más todavía, antes de dejar
esta famosa carta. Quizás nunca se podrá probar de manera
certera su autenticidad, aunque de todas formas ésta es su­
mamente probable. Pero admitamos por un momento que
no haya sido escrita por Platón. En todo caso, resulta tan
cercana a él que aparece como indudablemente compuesta
desde el interior mismo de su experiencia ateniense y sicilia­
na, de manera que se la puede considerar como su biografía
de Platón escrita de forma autobiográfica por alguien que le
haya sido muy cercano y que pudo conocer en profundidad
sus convicciones más arraigadas y compartir sus tormentos a
la hora de tomar las decisiones más difíciles. En este caso, la
diferencia entre el escrito auténtico y el apócrifo pierde im­
portancia: la carta conserva con toda certeza su papel de
fuente auténtica, primaria e insustituible para establecer la
biografía de Platón.

6
La Carta octava es una auténtica prefiguración de las Le­
yes, aunque está todavía muy ligada al mito espartano, en
particular al asunto que había fascinado a generaciones ente­
ras de pensadores: el de la larga pervivenda, jamás sacudida
por crisis alguna, de las instituciones espartanas. Asunto que
aparece en casi todos los pensadores políticos atenienses: en
Tucídides, Isócrates, Jenofonte —el más prudente de todos,
debido a su experiencia personal en Esparta—y en la Carta
octava de Platón. Este pone el acento, más que sobre la cues­
81

tión del equilibrio de los poderes, sobre la soberanía de las
leyes: «De esta forma, dado que [en Esparta, gracias a Licur­
go] la ley se ha convertido en soberana absoluta de los hom­
bres y los hombres ya no son los tiranos de las leyes, el poder
regio se ha podido mantener allí a lo largo de tantas genera­
ciones sin perder su prestigio.»41 Poder absoluto, por tanto,
de las leyes sobre los hombres, los gobernantes incluidos. Es
el punto de llegada del último Platón, del Platón de las
Leyes, monumental obra de su vejez.
En la República se trazaban las directrices de una socie­
dad colectivista, circunscrita a las castas dirigentes del Esta­
do ideal, y dejando fuera a los banausoi, los «proletarios», a
quienes concedía, en razón de su inferioridad, satisfacciones
egoístas y descarriadas, como la propiedad y la familia. Las
Leyes, por el contrario, proveen una rigurosa normativa in­
cluso para la tercera clase, justamente la de los trabajadores.
Estos siguen estando sometidos, y además, ahora, continua­
mente guiados, vigilados y, si resultan culpables, castigados.
Platón se muestra persuadido de que es arriesgado dejar
desarrollarse de forma libre una dinámica incontrolada, aun­
que sea sectorial y limitada a las capas inferiores. Igualmente,
está convencido de que las imposiciones de la «virtud» deben
dirigirse por igual a todos los cuerpos y los sujetos del Estado
ideal: «Es necesario extirpar de la vida de cada uno de los in­
dividuos —observa en relación con la disciplina militar, pero
hablando en términos generales- el espíritu de independen­
cia», que él denomina «anarquía».42 Así, es en Platón donde
se expresa de forma más nítida la antítesis entre comunismo
y anarquía. La legislación prefigurada por él para una ciudad
bien gobernada se muestra como sumamente controladora
de la vida individual y necesariamente represiva.
En esta exigencia algo inquietante, pero muy difícil de
eludir, se encierra, como en una fórmula de síntesis, el nú­
cleo central de la reflexión y de la acción política de Platón.
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El dilema entre «anarquía» y «virtud», entre el caótico espíri­
tu de independencia y la coerción que intenta difundir la
práctica del «bien» -siempre y cuando éste pueda ser recono­
cido y señalado-, es el dilema que volverá a aparecer a todo
lo largo de su reflexión y que irá resolviéndose, de manera
cada vez más coherente, en el sentido de la necesidad del
bien, de la necesidad de la «virtud».
Platón era un aristócrata, descendiente de la nobleza áti­
ca más antigua e ilustre, que sintió desde el principio la
atracción de la política y que tuvo la ventura de vivir una se­
rie de experiencias extraordinarias y traumáticas: el régimen
de los Treinta -cuyo jefe era un pariente cercano-, la restau­
ración de la democracia, la disolución de la escuela socrática,
la grandeza y la miseria de la tiranía siciliana, el nudo de in­
trigas en la corte siracusana, la desilusión y el definitivo reti­
ro en su escuela. Platón creó la doctrina de una sociedad co­
lectivista y profundamente «intervencionista» sobre la vida
de cada individuo, como única vía para la realización no per­
sonal -lo cual sería imposible- sino colectiva del «sumo
bien». Pero su concepción de una sociedad de estas caracte­
rísticas resulta una rígida -crecientemente rígida- organiza­
ción jerárquica de corte autoritario. En ello se muestra la
atracción de Platón, como antes en Critias, por un modelo
que no deja de estar presente en su conciencia: el de la Es­
parta igualitaria, pobre y virtuosa, de las leyes de Licurgo.
Poniendo a los «tiranos» de Siracusa como interlocutores
de su experimento de «monarcas-filósofos», Platón adoptó
inicialmente un punto de vista que podríamos definir como
«hobbesiano»: la idea de que el monarca y el tirano son indis­
tinguibles salvo por las acciones de gobierno llevadas a cabo;
y, por el contrario, el rechazo de una distinción entre ambos
que se base puramente en el juicio subjetivo hecho por sim­
patizantes y adversarios. Esta posición era seguramente com­
partida por otros socráticos, ya que con toda probabilidad
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desciende de la actitud radicalmente crítica del mismo Sócra­
tes —quien no por casualidad decidió permanecer en Atenas
durante el gobierno de los Treinta—frente a todas las formas
políticas tradicionales. Platón, empero, fue más allá. A través
de su experimento siracusano, se abrió a un empírico enten­
dimiento con los tiranos. Se trata de una opción por el realis­
mo político que suele permanecer en la sombra cuando se ha­
bla de Platón, a quien tradicionalmente se lo ubica en las
antípodas del realismo y sobre todo de la «Realpolitik».
Nunca será suficiente el esfuerzo por desentrañar las nu­
merosas facetas que se esconden tras una opción de este géne­
ro, de la que participan la fascinación por el poder y por la
persona que eventualmente lo detenta; las ilusiones o la razo­
nable convicción de poder influir en las dinámicas que, de
otra manera, darían resultados mucho peores; la certeza de
que un testimonio llevado hasta sus últimas consecuencias
puede rendir sus frutos a largo plazo; el fatalismo por no en­
contrar la salida al círculo de los problemas; la efectiva confu­
sión de sus actitudes como político y como filósofo, que se
produce necesariamente, a pesar de que ambas facetas pare­
cen claramente divididas, puesto que se hallan enfrentadas
entre sí. Estamos seguros de que esta casuística es por demás
incompleta, ya que no puede agotar la riqueza de posibilida­
des que ese difícil entrecruzamiento comporta o suscita.
El moderno partidario del Príncipe que era Maquiavelo,
quien teorizó —en el libro del mismo nombre- la necesidad de
confiar su educación a Chirón, pedagogo ideal, mitad hom­
bre mitad bestia, fue al mismo tiempo un hombre de acción,
y quedó escarmentado por la directa experiencia política. Sin
embargo, fue capaz de reflexionar acerca de esa experiencia
con un distanciamiento tal que crea en el lector —especial­
mente en los menos benévolos, y no por ello poco atentos a su
argumento—la ilusión de estar cantando las loas de los méto­
dos de gobierno del duque de Valentinois, César Borgia.
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para quien se aventura en ella. y a veces como víctima expiatoria. Parece que. Bien mirado. invariablemente. los «falsos Nerones» que venían a satisfacer la fantasía colectiva. el cardenal Bellarmino.su es­ tatura moral deja de ser la misma. Como bien sabía el Sócrates platónico. surge a veces una mayoritaria e irreprimible nostalgia. La política es un arte demasiado alto y arriesgado -por el sólo hecho de que en función de ella algunos se vuelven árbi­ tros del destino de todos los demás. se han lleva­ do a cabo toda clase de tentativas orientadas en esa direc­ ción. Al contrario. como una víctima. y que sin em­ bargo alguien estará siempre obligado a practicar. documentada por los testimonios historiográficos que han llegado hasta nosotros. tras la muerte de Nerón. incluso después de la desaparición de aquel emperador que murió execrado. ni que se haya buscado en numerosas ocasiones la fór­ mula definitiva para resolver ese conflicto. un precio muy elevado. com85 . en retrospectiva.como para no comportar. que.Resulta probablemente ilusorio el propósito de conciliar o recomponer las relaciones entre moral individual y moral política. es tan vasta y su carácter resulta a tal punto repeti­ tivo que nos induce a pensar que esa fórmula de conciliación no existe. Así surgieron. Robespierre y Lenin. No se puede negar que. es a tal punto obvio que la moral practicada por el gobernante es distinta de la in­ dividual -y no necesariamente en virtud de una maléfica op­ ción consciente—. en este campo. la política es el único arte que no tiene cánones capaces de ser enseñados. Ello se debe quizás a que todos acaban por comprender que el tirano se ve constreñido a practicar una moral distinta de la del resto. Pero este fenómeno aparece siempre vinculado a otro. por ejemplo. la experiencia que tenemos a nuestras espaldas. Incluso el tirano aparece. como muestran el emperador Claudio. en tal situación. cada vez que un inte­ lectual pasa a la actividad política directa —cambio de roles infrecuente pero no imposible.

cuando lo juzgó necesario. inclu­ so entre los espíritus más críticos. supo practi­ car: «¿Buscas cuál es el camino hacia la libertad? Cualquier vena que haya en tu cuerpo.»43 86 . aquel «camino hacia la li­ bertad» que Séneca.plementario e indisoluble de él: el respeto que impone.

cismáticos execrados. Constantinople ya no era la capital del imperio griego sino de un reino latino dominado por feudatarios francófonos. Quería que le tradujera. se había establecido en Grecia. Hacía ya mucho tiempo que los griegos (como se llamaba por entonces a los bizantinos). además de los tratados. y metía prisa a su servicial amigo. En la época de su nacimien­ to. donde se veían obligados a mantener continuos enfrentamientos con los turcos seléucidas. ayudados en esa labor por traductores de las más diversas procedencias. como lo ha­ cían también los árabes. en las provincias de Asia Menor. mientras tanto. corriendo considerables riesgos con tal de hacerse con la herética posesión de esas incom­ parables obras del «maestro de aquellos que saben»} Por eso fray Tomás de Aquino tenía prisa. donde se dedicaba a su labor de traductor. Guillermo. Los árabes fatigaban en esa búsqueda rutas nunca antes surcadas. los 87 . infinitamente más fuertes que ellos. Se de­ cía que los griegos se habían pertrechado más allá del Bosforo. se alimen­ taban de aquellas obras maestras del pensamiento. UNO Y MÚLTIPLE 1 Guillermo venía de Brabante. en buen latín. Fray Tomás de Aquino lo aguijoneaba: tenía una necesidad vital de leer. los tratados de Aristóteles.ARISTÓTELES.

Algunos años después. Macedonia miraba la cultura ateniense con gran interés. habían adoptado esta posición a la Pedro el Grande. no fite poco lo que Tomás pudo obtener de su traductor. Metafísi­ ca. a quien también atendió más tarde.C. Era. La familia real. Murió en 1274. Juan Filopón y Simplicio: todo un elenco de intérpretes. Ammonio. rey macedonio. Por mucho que 88 . llegó a Atenas para estudiar en la Academia. hacia ella afluían los mejores ingenios de todas las latitudes. que por entonces tenía die­ cisiete años. Desde los tiempos de Arquelao. junto con una pequeña éli­ te de corte. Temistio. sus admiradores lo elevarían al rango de «Aristóteles cristiano». en un tiempo relati­ vamente breve. Aristóteles. in­ cluso con avidez. sino a Grecia. Muchas fuerzas externas habían contribuido a que esa actitud filohelénica tomara cuerpo. Aristóteles había nacido en Estagira. Gui­ llermo había sido nombrado penitenciario de la Curia romana. sin dar ninguna explicación. su padre había sido médico de Amintas. muerto treinta años antes. Ma­ cedonia. Lógica y Retórica. Guillermo vertió al latín la Política. Ya en 1261. pero también se dedicaron a esa labor Alejandro de Afrodisia.grandes comentarios de la obra de Aristóteles. los de tiempos an­ tiguos y los de la Antigüedad tardía. la escuela de Platón.. una op­ ción estratégica: Macedonia no miraba a la Iliria o a los Bal­ canes. padre de Filipo. I En el 367 a. algunos años antes del des­ membramiento del imperio «latino» de Constantinopla. Poética. invocado cada vez que en el texto del maestro aparece algún pasaje arduo o abiertamente oscuro. el propio Tomás se impuso un inexplica­ ble silencio: se negó a escribir una línea más. cuya aceptación esperaba y a la que el audaz e intrépido Filipo querría subyugar. además. En verdad.

en este cambio de proyecto existencial de­ terminado por el encuentro con el hombre al que —como es­ cribiría el propio Aristóteles— «los malvados no tienen ni siquiera el derecho de elogiar». Allí se practicaba la ciencia desinteresada por excelencia. se nutriría de aquella educación de rey para. la decisión de enviar al prometedor hijo del médi­ co de la corte a la escuela de Platón era. para la casa reinante en Macedonia. una inversión de futuro: Aristóteles. atrapado por la fascinación que despertaba el maestro con su enseñanza viviente. lo hallamos en la amarga consideración atribuida a Platón que aparece al prin­ 89 . los frutos de ese extraordinario aprendizaje. Fue este Platón —en el umbral de la vejez y agobiado por el fracaso de la experiencia sicilia­ na. Aristóteles fue enviado a realizar experiencias intelectuales del rango más elevado y no a la búsqueda mezquina de una profesión. época tormento­ sa para un Platón que. No es superfluo insis­ tir en esta opción. en una opción vital. Un indicio de esas tensiones. En ese contexto. ocupado por su segundo viaje a Sicilia. el bri­ llante adolescente. trasplantar a su país. a su regreso. por eso. se pondría en contacto con el centro del pensamiento más avanzado de la Grecia continental. aquélla fue una decisión clarividente. Este permaneció en la escuela platónica durante veinte años: lo que debía ser un periodo de formación se convirtió en una adhesión permanente.el que conoció Aristóteles. Entre este viaje y el tercero transcurrieron pocos años. tan in­ teligentes ambos y tan distintos en sus temperamentos. que la tradición de las escuelas contrapuestas se encargaría de acentuar. y sobre todo a la educación del joven príncipe y herede­ ro del trono. Pero justamente ese mismo año Platón estaba ausente de la escuela.Demóstenes protestara contra la «grecidad» usurpada por los macedonios. en una edad ya avanzada. No fue fácil la relación entre maestro y alumno. se trataba de un camino irreversible. afrontaba la prueba más dura de su vida.

Platón era com­ pletamente consciente de la magnitud intelectual de aquel jo­ ven macedonio. per­ dida ya por los griegos. más allá de estas tensiones.cipio de la vida de Aristóteles escrita por Diógenes: que Aristóteles acabaría haciendo como los potros. que alcanzaba incluso a su manera de vestir y de cortarse el pelo. y su casa era la «Casa de la Sabiduría». y en tono severo lo había incitado a tomar la antorcha del helenismo. discípulo muy devoto pero de modesta inteligencia -quien más tarde lo sucedería al frente de la Academia-. E l califa al-Mamun había tenido un sueño. habla de una auténtica intolerancia de Platón ha­ cia Aristóteles. en la que los filósofos serían traducidos y comentados. «que la em­ prenden a coces contra la madre que los engendró». Sin duda era una obra necesaria aquella en que los árabes se empeñaron. con la frente amplia. pero de fuen­ te fiable. 90 . Comparándolo con Jenócrates.2 Un detallado y melancólico relato de época tardía. los ojos fogosos y la barba muy blanca. Un viejo había venido a sentarse a su cama. y de una pugna intelectual tan sosteni­ da por parte del discípulo que acabaría arrastrándolos a la ruptura. solía comentar: «¡Pen­ sar que crié un asno [Jenócrates] para luchar contra un caba­ llo [Aristóteles]!»4 2 En Bagdad.3 Sin embargo. y quemaban las obras de los filósofos. perturbado por esa apari­ ción admonitoria. ya que a sus ojos los griegos —con excep­ ción del gran emperador Juliano—se habían vuelto intolerantes. A l despertarse. Aristóteles estaba como en su casa. al-Mamun tomó la decisión de fundar la Casa de la Sabiduría. Los califas se convirtieron de esta forma en los protagonistas de una nueva e importante etapa de la larga historia del helenismo.

Hunain ibn Ishaq. ellos habían sustraído al imperio las dos provincias más importantes y cultas. quien había vivido muchos años en Alejandría y recogió en un libro fascinante su experiencia junto a «nuestros amigos los cristia­ nos»—tradujeron directamente del griego. como aquel Teó­ filo que había mandado destruir. Siria (con Palestina incluida) y Egip­ to. el gran catálogo de al-Nadim. traducir del sirio al árabe. a pesar de los sufrimientos in­ fligidos por los obispos cristianos oscurantistas. había quedado vacante. cerca de las escuelas y de los hombres que sabían leer el griego. en el año fatal 639-640. retórica y medicina. sede de uno de los cinco «papas» de una cristiandad po­ lifacética. y por ello también las más preciosas colecciones de libros. donde se hallaba la bibliote­ ca de Serapeo. En esas regiones era donde se hallaban las más prestigiosas escuelas de filosofía. Pero los libros permanecían allí. antigua fundación ptobmeica. H a­ cia mediados del siglo V II de la era cristiana. Quisieron conocer todo cuanto había escrito Aristóteles. En el siglo IX —época de al-Mamun y de los otros califas filohelenos—un filón de libros griegos afluía hacia Bagdad. más rica que la griega. para nosotros. la nueva capital. No debemos olvidar el hecho de que la tradición biográfica árabe sobre el maestro resulta. las 91 . entonces. Disponían ya de traduccio­ nes del griego al sirio. lo que hacían ellos era. y tocia una escuadra de traductores bien preparados ha­ bía emprendido su meritoria labor. geometría. el templo de Serápide. sin igual en ninguna de las versiones conservadas en Occidente. Sobre todo esta­ ba Alejandría. En estas traducciones se reflejan preciosos manuscritos de autores griegos.5 En el [Kitab al-Fihrist]. en medio de un salvaje delirio de sus fieles. Es cierto que con la llegada de los árabes algo se había roto: elpatriarcado de Ale­ jandría. de Aristóteles entre otros.Los califas sabían dónde buscar las obras del maestro. Pero algunos maestros en ese arte —como el gran conocedor de la obra de Galeno. que brillaba aún.

6) «Un tratado titulado Theologoumena. De la inter­ pretación. la refutación de los sofistas) y.) 5) «Un tratado sobre el espejo. Sofísticos (es decir. e incluían en las recopilaciones de las obras delfilósofo. 2) Los tratados de argumento físico. es decir Categorías. a). los tratados sobre la Retóri­ ca y sobre la Poética. la referencia a las «letras» tiene que ver con la numeración de los libros. Al-Nadim cerraba este grupo con la inclusión de algunos comentarios sirios y árabes a es­ tos tratados. Se hace evidente que los estudiosos árabes acogían bajo el nombre de Aristóteles. Sobre las sensaciones y los libros sobre los ani­ males. La Akroasis Physiké (la «Lección de física»: volveremos sobre la forma de este titulo). Primeros y Segundos Analíticos. Tópicos. 3) «Los tratados de las Letras conocidos también bajo el nombre de Teología». junto a estos pilares de la extraordinaria maquinaria racional que constituye el Organon. Se trata en realidad de los libros de la Metafísica. los Tratados de meteorología. Sobre el alma. (No se hace men­ ción precisa de otras obras aristotélicas referidas a la ética.obras de Aristóteles conocidas por los árabes hacia finales del si­ glo X son clasificadas de la siguiente manera: 1) Los tratados de lógica. Del cielo y del cosmos. que fue comen­ tado por al-Kindi». y señala la peculia­ ridad de que los dos libros iniciales iban señalados con alpha (A. en doce libros. De la generación y la corrupción. traducido por Haggag ben Matar». otros textos que no eran originalmente suyos. 4) Los tratados de ética. así como 92 .

bajo el impulso 93 . En el caso de Aristóteles. Alejandría o Palestina atraía también la curiosidad de los letrados bizantinos. y éstas habían conquistado prestigio y demostrado capacidad de durar en el tiempo. la obra de Aristóteles era uno de los ele­ mentos principales. E l progreso de la investigación filosófico-científica se realizó en ellas a través de una incansable actividad de comentario y reescritura. Lo mismo ocurrió en el caso de los grandes autores de que se alimentó la ciencia árabe.diversos comentarios. Pero mientras ambos imperios se oponían. Era en realidad un mecanismo mucho más antiguo. para la cultura árabe. En este enfrentamiento. Aristóteles —o los escritos que circulaban bajo su nombreeran la clave de su doctrina. noformulados hasta entonces. cuando ha­ bían surgido las escuelas. o escritos pseudoaristotélicos sobre la eternidad del mundo o sobre la teoría del conocimiento (¡con la famosa doctrina de la «tábula rasa»!) eran adjuntados a los «grandes tratados». De allí la facilidad con que los im­ portantes comentarios. E l califato era lugar de asilo para heresiarcas cristianos de las más diversas heterodo­ xias. Se re­ montaba a la propia época de Platón y Aristóteles. se añadía un factor religioso. nestorianos y monofisitas en primer lugar. como el de Juan Filopón. De allí la escasa atención que seprestaba a dirimir la autenticidad. II Los ecos de la política y de la guerra no llegaban por lo ge­ neral al interior de las escuelas. los sabios viaja­ ban y aquello que se podía leer o copiar en Bagdad. Pero cuando. Lo que para Bizancio era una herejía resultaba bien acogido y tolerado en Bagdad. mera­ mentefilológico: era —como lofue para fray Tomás de Aquino—la forma en que se expresaban losproblemas originales. Para muchos de ellos. como Galeno y Euclides. Cosa que se comprende mejor si se considera que el estudio de Aristóteles no era.

a quien describía. Atenas se encontraba en guerra contra Macedonia. Demóstenes consiguió empujar a Atenas a la intervención y al apoyo de la ciudad calcídica. pocos meses después. Platón aún vivía: murió proba­ blemente en mayo de ese año. el lide­ razgo político de Atenas pasó a manos de Demóstenes y sus partidarios. frente a la asamblea. Era una desenfrenada agitación que no podía pasar inad­ vertida para Aristóteles: él era súbdito del rey de Macedonia. que hasta poco tiempo antes debía esperar su turno para hablar en la asamblea. Así incitaba obsesivamente a la lucha contra Filipo. en Troade. del que su padre era además médico personal. en el siglo anterior. Atenas acudió al auxilio de Olinto -asediada por Filipo. De esta for­ ma. En el último periodo del asedio a Olinto. a Pericles y a Cleón. se había convertido en el político más influyente. es decir el cor­ tesano más importante y expuesto. En septiembre del 348. se marchó a Atarneo. sin poder evitar su capitulación.un tanto fanático de Demóstenes. y sin el temor a resul­ tar desagradable que había caracterizado. Demóstenes. en la cos­ ta de Asia Menor. Olinto capituló: bajo el golpe de esta derrota. como un monstruoso criminal sin escrúpulos. Aristóteles dejó Atenas para establecerse en Atarneo. que había fijado en Atenas su objetivo principal. Aristóteles no volvería a pisar suelo ateniense. Todo ello nos hace considerar errónea la relación que al­ gunos establecen entre la fuga de Aristóteles de Atenas con la 94 . Poniendo fin a una estan­ cia de veinte años. Aristóteles comprendió que no era conveniente permanecer en Atenas. En la primavera del 347. Hasta la destrucción de Tebas por parte de Alejandro Magno y hasta la definitiva derrota del partido de Demóstenes. Ahora hablaba con la dureza y la se­ guridad de un educador de la ciudad. rey de Macedonia-. frente a Tracia y a la península Calcídica. a principios del 347. Los acontecimientos se encadenaron precipitadamente.

Años después. en unas circunstancias acerca de las cuales deberemos volver. y por tanto no podía en ningún caso aspirar a suceder a Platón. las obras filosóficas de los griegos fueron objeto de una rivalidad encarnizada. la continuidad de la posesión del terreno sobre el que se levan­ taba la escuela. y garantizaba además. Bajo el gobierno de Demóstenes. 3 Las grandes potencias se espían y se roban recíprocamente los secretos científicos. La decisión de Aristóteles fue de orden político. Sin embargo.6 No deja de ser cierto que un observador atento hubiera podido pregun­ tarse por qué. Tal sucesión era obvia. Seguramente se sospechaba de él. E l símil puede parecer demasiado sumario o modernizante. entre otras cosas. sino súbdito macedonio. Aristóteles se estableció en un sitio tan estratégico como Atarneo. sobrino de Demóstenes y su heredero político. de la que ningún golpe estaba excluido. dado que Speusipo era pa­ riente del maestro. Demócares. se ha­ bían interceptado cartas de Aristóteles de las que se infería su papel entre los agentes al servicio de Macedonia. Speusipo era el discípulo más cercano a los intereses filosóficos del último Platón.muerte de Platón y la ascension de Speusipo al frente de la Academia. Por otra parte. Como se sabe. en su tiempo. Lo mismo ocurría entre el califa y el emperador grie­ go. el filósofo macedonio se sentía amenazado. entre los factores que inducían a recopilar libros 95 . y era espiado por los fanáticos antimacedonios del llamado «partido pa­ triótico». En Bizancio. el adversario es siempre el modelo a seguir. interesadas sobre todo en sus aplicaciones prácticas. Aristóte­ les ni siquiera era ciudadano de Atenas. en lugar de regresar a Macedonia. declaró que.

«coetáneo» de Focio. el hecho de que éste sintiera la necesidad de escribir sus comenta­ rios significa quizás que no circulaban habitualmente los debidos a Filopón o los otros comentadores antiguos.7 No sabemos cuánto tiempo antes que él. Obras que. el Organon. el manuscrito más antiguo que se conserva de las Categorías de Aristóteles es. dedi­ cada a varias obras de Filopón. figuraba se­ guramente el hecho de que los embajadores. los denominados «iconoclastas». viajeros y comer­ ciantes que habían estado en Bagdad sabían la importancia que se otorgaba allí a las obras de Aristóteles. quienes se aplicaron a aquella caza. si se nos permite la expresión. Focio y su círculo habían conseguido hacerse con las obras de aquel sabio. quefue p a­ triarca en la segunda mitad del siglo IX . podemos deducir que. por la manera en que Filopón casaba su aristote96 . que debemos contentarnos con el es­ caso material que ha llegado hasta nuestros días. el impulso bizantino hacia la búsqueda en monasterios e iglesias de los libros antiguos había nacido defacto­ res diversos. poco a poco. y que en el 814 era toda­ vía un niño o alo sumo un adolescente. Ahora bien. ¿qué papel tocaba a Aristóteles en este asunto? Lo habían adoptado como texto «uni­ versitario» de contenido altamente formativo. la «máquina» lógica que la cultura de la época ponía en la base de todo saber científico. y de su fervo­ rosa actividad de lector y exégeta al frente de un círculo de estu­ diosos. en Bizancio. Por otra parte. Focio. A decir verdad. es decir al texto fundamental de la principal recopilación aristotélica. incluida la lucha entre los partidarios y los enemigos de la veneración de imágenes sagradas. eran conside­ radas heréticas. Fueron en particular estos últimos. que había enseñado en Alejandría un poco antes de la llegada de los árabes. En cualquier caso.antiguos de la importancia del corpus aristotélico. de diversos capítulos de la denominada Biblioteca fociana. Para nosotros. en un año conocido con exactitud gracias a una fuente adversa a ellos: el 814. Aristóteles figuraba ya entre las lecturas «universitarias» de Bizancio. escribió un comentario a las Categorías de Aristóteles.

lismo con la teología cristiana, pero que habían sido llevadas a
Nisibo o a Gunde-Shapur, donde Jueron leídas y traducidas al
sirio por los cristianos nestorianos, cuando el emperador Zenón
mandó cerrar la escuela de Édessa.
Focio mantuvo una clara distancia respecto a la herejía
nestoriana, entre cuyos seguidores se encontraba el eminente
aristotelista Juan Filopón. Sin embargo, ello no le impidió pro­
curarse sus libros, y es lícita la sospecha de que el camino segui­
do por esas obras para llegar hasta Bizancio pasase por Oriente.
Sabemos que la «colección filosófica» —la importante recopila­
ción de obras platónicas y neoplatónicas que comprendía obras
de Platón, Proclo, Damascio, Olimpodoro y Comentarios de
Aristóteles- llegó a la capital del imperio a finales del siglo IX ,
proveniente de Alejandría. Los valiosísimos manuscritos que
permitieron a los sabios bizantinos el conocimiento de aquellos
textos en absoluto inocentes a los ojos de la teología cristiana, se
conservan todavía hoy en las bibliotecas de Europa.

III
Una vez instalado en Asia, Aristóteles fundó una escuela,
o un cenáculo filosófico, que hubiera podido pasar por una
delegación de la escuela platónica. De hecho, junto con él
llegaron a Atarneo -donde se acogieron a la protección de
Hermias, el dinasta local- otros dos platónicos: Erasto y Co­
riseo. Hecho que no salió a la luz hasta principios del siglo
X X , cuando se descubrió un papiro egipcio que contenía una
buena parte del comentario de Dídimo de Alejandría a De­
móstenes. Una vez más, los caminos de Demóstenes y los de
Aristóteles se cruzaron. En ese papiro, Dídimo aporta un
dato muy interesante: que fue Hermias quien solicitó a los
tres —Aristóteles, Erasto y Coriseo—que se instalaran en su
ciudad.8
97

Debemos preguntarnos, por tanto, quién era aquel Hermias. Dato que nos es aportado por Demóstenes: en la de­
nominada Cuarta filípica —que es en realidad un centón de
diferentes discursos- hay un pasaje muy importante, que
puede fecharse con precisión en el 340-339 a.C., en el
que Demóstenes lanza un grito de exultación feroz: «El
agente y cómplice de Filipo -comienza, en el tono duro pro­
pio de quien está a punto de hacer una importante revela­
ción- a lo largo de la acción que Filipo prepara contra el
Gran Rey, ha sido finalmente arrestado. Así fue como
el Gran Rey conoció toda la trama no mediante nuestras
acusaciones, que podría considerar engendradas por nuestro
interés particular, sino por boca de su principal artífice y eje­
cutor.»9 Este «agente» no es otro que Hermias, dinasta de
Atarneo; y la trama contra el Gran Rey es la campaña contra
Persia para la que Filipo se venía preparando desde hacía
tiempo, y una de cuyas etapas era el asedio de Bizancio. El
arresto de Hermias tuvo lugar, efectivamente, en aquel mo­
mento, y fue obra de Mentor, sátrapa fiel al rey de Persia.
Arresto que, como sabemos por una serie de fuentes, tuvo
dramáticas consecuencias: el hombre fue masacrado y horri­
blemente torturado no sólo para que hablase sino para que
sufriera una larga agonía. En las palabras un tanto espeluz­
nantes de Demóstenes -«de esta forma el Gran Rey supo por
boca» del arrestado aquello que a nosotros nos hubiera costa­
do mucho trabajo hacerle creer- se esconde la plena con­
ciencia de los «métodos» con los que el rey de Persia arranca­
ba la verdad de sus víctimas.
Aunque la jocosa ferocidad de esta salida de Demóstenes
es digna de mención, debemos ir más allá si no queremos
dejar escapar el punto más importante. Demóstenes sabe ya
aquello que Hermias deberá confesar; sabe también un im­
portante secreto del rey macedonio: que Hermias es un
agente de Filipo, encargado de preparar, dada la posición es98

tratégica de la que gozaba, el ataque macedonio. Demós­
tenes estaba al tanto de todo eso porque disponía de infiltra­
dos en el campo enemigo; y si habla públicamente de ello en
la Filípica es porque sabe que el espía enemigo ha caído en la
trampa. Espía es, en efecto, la palabra correcta, dado que
Hermias era, oficialmente, un dinasta protegido por el rey
de Persia y tenía su sede en el territorio del reino persa; pero,
secretamente, trabaja para Filipo. Este es precisamente el
motivo por el que Hermias tuvo que actuar siempre con ex­
trema circunspección; sobre todo si se tiene en cuenta que
también el Gran Rey tenía a hombres a su servicio: uno de
los nombres que aparecían en su libro de cuentas es el del
propio Demóstenes, tal como se supo más tarde, cuando
Alejandro abrió los archivos persas.10 Un indicio esencial de
esta conducta circunspecta lo hayamos en el hecho de que
Hermias sólo mantenía contacto con Filipo a través de inter­
mediarios insospechables. Podemos conjeturar por este mo­
tivo que Hermias había infiltrado a hombres a su servicio en
la escuela de Platón; estos pasaron a formar parte del círculo
de allegados a Aristóteles, bajo la intachable estrategia de
convertirse en discípulos de aquella escuela en la que todo
sucedía en secreto, a espaldas de los ojos de la ciudad. Coris­
eo era nativo de Escepsis, en el Escamandro, lo que significa
que, en la práctica, provenía del reino de Hermias. La Aca­
demia platónica ha sido acertadamente comparada por los
autores modernos a un college al estilo de Oxford o Cam­
bridge; y acaso no sea del todo superfluo recordar cuánta
parte del espionaje de alto nivel tuvo su sede, justamente, en
esos colleges, como los legendarios «Cinco de Cambridge».
Pero volvamos a Aristóteles: ahora comprendemos por
qué, apenas Demóstenes subió al poder, aquél se alejó de
Atenas con sus dos condiscípulos, para instalarse los tres en
Axos, cerca de Atarneo, donde prosiguieron (¡hasta límites
casi increíbles!) las investigaciones que venían llevando a
99

la de hacerse llamar a la corte con el objeto de conver­ tirse en preceptor del heredero? ¿Acaso su estancia en Grecia no había hecho de él uno de los más renombrados sabios de su tiempo? Lo cual lo convertía. en la escuela platónica de Alejandría convivían sin conflicto el orientalismo neoplatónico de fondo con el estudio y comentario de los tratados aristotélicos. 100 . ¿Qué mejor estratagema para encubrir a un inter­ mediario de alto rango. hijo de Filipo. Unos años más tarde. a la vista de que.cabo en la Academia. al hijo del médico de Filipo. ¿Qué sospechas podía levantar el hecho de que aquel macedonio de alcurnia. y Demóstenes emprendió una frenética actividad diplomática. algunos años después. 4 Hasta la llegada de los árabes. con el objeto de crear una amenazadora coalición antimacedonia en Grecia. su sobrino y heredero Demócrates esgrimía cartas de aquel filósofo —ya muerto por entonces. que ésta. claro. entrando en la Grecia central por el paso de las Termopilas y venciendo a los «patriotas» al servicio de Persia en la batalla campal de Queronea (agosto del 338). después de Atenas. Los acontecimientos militares inmediatamente posterio­ res al arresto de Hermias no son menos elocuentes: Filipo marchó también contra Bizancio. Aristóteles fue convocado a Macedonia como preceptor de Alejandro.para demostrar que había sido además un agente macedonio. pasase por Troade para fundar una escuela calcada del modelo ateniense. Este revulsivo obligó a Filipo a cambiar de planes. en el preceptor ideal para el ambicioso heredero de un soberano muy ambicioso. y des­ pués fuese convocado a su país justamente en razón de su re­ nombre? ¿Quién podía pensar mal de estos movimientos? Quizás el propio Demóstenes.

vivió hacia finales del siglo VI. era el director de la escuela de Ate­ nas en el momento en que Justiniano decretó su clausura (529). hijo de Hermias. quien fue asesinada en la misma escuela. (Ibn-al-Qifii.No habían faltado en otro tiempo las diferencias y los enfrenta­ mientos entre ambas corrientes de pensamiento. La activi­ dad de Ammonio se había desplazado en dirección a Aristóteles. la hija de Teón. que lo sucedió en el puesto. pero por enton­ ces convergían. unidas por una común apertura a la influencia cristiana. La orientación científica. aunque co­ mentó también los escritos aristotélicos sobre el cielo. en tanto que los alejandrinos (Ammonio. cuyo pensamiento despertaba un vivo interés en Chosroes. después de haber ejercido largos años como escolarca de la escuela neoplatónica de Alejandría.11 Sus lecciones dejaron huella en sus discípulos di­ rectos: Simplicio. lo imagina activo en Alejandría todavía en el 101 . Damascio y Juan Filopón. Allí había ense­ ñado también. Juan Filopón) se decantaban por el aristotelismo. típica de Alejandría. Simplicio. «el amigo del esfuerzo». Fue Damascio quien tomó las riendas de la escuela de Ate­ nas. Hipazia. soberano persa (529-533). o quizás tam­ bién porque pertenecía a la fraternidad alejandrina llamada de los «Filopones». es decir la atención a las ciencias empíricas. de allí su breve exilio en la corte de Chosroes. a principios del siglo anterior. Juan. Simplicio se dedicó casi exclusivamente a comentar a Aristóteles. permitía a los «plató­ nicos» de Atenas (como Damascio e Isidoro) permanecer como tales en toda ortodoxia. E l soberano sasánida tenía tal conocimiento de Aris­ tóteles —como cuenta el historiador Agatias—12 que no es desca­ bellado suponer que las obras de éste circulaban fluidamente por su corte. sobre cuya obra enseñaba y de quien había comentado numero­ sos tratados. dedicándose sobre todo al estudio de Platón. Ammonio. llamado el «Filopón». Simplicio. murió durante la primera mi­ tad del siglo V I. debido a la extraordinaria actividad que desarrollaba. siglos más tarde.

de los que sólo se han conservado las citas he­ chas por Simplicio en su comentario al tratado aristotélico Sobre el Cielo. finalmente. justo en el momento en que Justiniano cerraba la escuela de Atenas. en sus Discursos exegéticos sobre la cosmo­ gonía de Moisés. Juan intentó argumentar la posibilidad de conciliar la realidadfísica con el relato bíblico de la creación. en razón de un error cronográfico que persistió durante bastante tiempo. De allí que en sus torrenciales comentarios a Aristóteles recurra al Maestro del Liceo para defender al cristianismo. E l primero de sus dos tratados sobre la eternidad del mundo lo con­ cluyó en el 529.). el gran edificio aristotélico. Fue el primer intento orgá­ nico llevado a cabo en esa dirección. Consecuencia de ello fue el retraso de siglos en la síntesis llevada a cabo. y su influjo fue notorio tanto sobre el pensamiento bizantino como sobre el árabe. la represión justiniana contribuyó al ulterior em­ pobrecimiento del imperio. al menos por dos ra­ zones: por la noción de Dios como motor inmóvil del universo y por la doctrina de la inmortalidad de las almas.momento de la conquista árabe. E l punto más arduo de su empresa era. que dirigía por entonces Simplicio. Como muchos de ellos se refugiaron en la corte de Chosroes con sus libros. pero sus simpatías monofisitas lo expusieron a una previsible condena por parte de la au­ toridad eclesiástica. la concep­ ción de la eternidad del mundo. a sus ojos. etc. el punto de encuentro más fecundo era.) Juan era cristiano. y se lan­ zaba a una persecución de los filósofos propia de un régimen os­ curantista. Además. mientras en la capital ardían ho102 . Pero su proyecto más ambicioso fue el de conciliar la filosofía griega con la teología cristiana. propagación de la luz. Sus estudios y comentarios de Aristóteles se­ ñalaron el camino que después seguiría la física moderna (caída de los cuerpos. Juan la afrontó al menos en dos ocasiones: en los dieciocho libros Contra Proclo sobre la eterni­ dad del mundo y en las Réplicas a Aristóteles sobre la eter­ nidad del mundo. por Tomás de Aquino. En este sentido. sin duda.

Ello favoreció la fortuna de Aristóteles en el mundo islámico. Firme en su obstinado silencio. y a partir de fuentes dudosas.güeras de libros «griegos» (es decir. y de hacerlo además de la manera más arriesga­ da y ardua. pero también más eficaz: es decir.que la mujer de la que Aristó­ teles se enamoró y con la que más tarde se casaría. IV Aristóteles trabó una profunda amistad con Hermias. Al pedírsele su últi­ ma voluntad. aunque en un contexto más novelesco. donde una tesis como la de la eternidad del mundo no creaba tan grandes desafíos. paganos). el imperio perdió sus provincias más cultas. y que éste dio su visto bueno a la unión. en el ¿Qué hacer? de Chernichevski. tenía en alto valor su inteligencia. Algo parecido es lo que se vislumbra. de acuerdo con el habitual talante malévolo de Aristipo. en la acción secreta. dijo: «Anunciad a mis amigos y compañeros 103 . Pero aquello que. Con mucha frecuencia la altura intelectual va acompañada de la voluntad de dedicar a una causa única toda la vida. Aristipo cuenta -con la intención evidente de dar una pésima imagen del filósofo. aparecía como una perversidad suya. era en rea­ lidad una de las concubinas de Hermias... los textos de los autores prohibidos se volvieron prácticamente im­ posibles de encontrar en el territorio del imperio griego. Hermias fue finalmente crucificado.13 Cerca de un siglo más tarde. hermana (o quizá sobrina) de éste. Además de casarse con Pitias. en las que probablemente se habían aplicado con menos rigor las di­ rectivas antigriegas y antifilosóficas. se resuelve como ulterior testimonio de la gran amistad que Hermias le profesó y de la nobleza de ese sentimiento. a pesar de las tortu­ ras. a partir de entonces. con ex­ cepción de las ciudades y las escuelas que habían quedado en manos de los nuevos conquistadores.

tras Teopompo. puesto que ofrecía una alternati­ va al estrecho punto de vista que impregnaba incluso los dis­ cursos de Demóstenes. por otra parte. de un suceso destinado a mo­ dificar la conciencia griega. era un nuevo ca­ pítulo en la larga lucha contra los persas. aquello por lo que in­ molaba su vida era la causa por excelencia. en particular.» Cualquiera sea el grado de autenticidad de estas pala­ bras. en la peor tradición de la lucha por la he­ gemonía contra Esparta.»15 Aristóteles fue tam­ bién poeta. contó la historia griega desde el punto de vista de Filipo y de Alejandro. en una confesión fulminan­ te: «Cuanto más solo me hallo más consuelo encuentro en el 104 . Pero es sabido que un hombre llamado Apelicón. en su vejez escribió. fuente rica de sufrimientos para el género humano. dedicó todo un volumen a la relación entre Aristóteles y Hermias. que comienza con estas palabras: «Vir­ tud. dentro del contexto «realpolítico» de las incondicionales ren­ diciones a Persia. al que volvere­ mos a encontrar a lo largo de nuestro recorrido. en la historiografía que.14 El martirio de Hermias inspiró en Aristóteles un poema de ex­ traordinaria belleza. Para Hermias. una cuestión siem­ pre candente para los griegos de Asia. El relato de la muerte de Hermias tiene probablemente sus orígenes en la «leyenda» creada en torno a él y que se mantuvo viva en el ámbito macedonio.que no he hecho nada que no conviniera a la filosofía y a la dignidad. Hermias tenía fundados motivos para creer que moría por una gran causa. sin duda no son exageradas ni vanamente retóricas. quien seguramente la leyó en Anaximenes. be­ llo trofeo de la vida: morir por tu hermosura es tenido en la Hélade por la mayor de las fortunas. que secretamente secundaba a Filipo en la preparación de la guerra contra Persia. A nosotros nos ha llegado a través de Dídimo. a pesar de sus proclamas altisonantes. Calistenes y otros. con Anaximenes. Se trataba.

Es significativo el hecho de que el nombre de Aristóteles figurara entre aquellos que se barajaron. y la Academia se había visto abocada al problema de la sucesión. empeñado en una espasmódica campaña bélica. ante la acusa­ ción de haberse comportado de manera ineficaz y de no haber cumplido con su cometido. Algunos meses antes de Queronea. dando a entender que la Grecia de Demóstenes no era la única Grecia. cuyas ideas debían de ser bastante cercanas al «pa­ triotismo» de Demóstenes (y es posible que ésta haya sido la principal causa de su elección). Habida cuenta de las circunstancias. Sin duda nada sabía del río de dinero que Demóstenes recibía de Persia. se preparaba para la guerra contra Macedonia.por la virtud. Era prácticamente impensable que Aristóteles. que en aquel mo­ mento estaba en manos de Demóstenes. y quizás también porque de esta forma llevaba al terreno político el rigor con que había edificado su personaje. el elegido fue el viejo y opaco Jenócrates. en cambio no paraban de llegar a sus oídos las acusa­ ciones de corrupción que Demóstenes y sus partidarios ver­ tían día tras día sobre los políticos filomacedonios. Quizás había adoptado esa posición impulsado por su constante rivalidad con Aristóte­ les. De todas formas.»16 En las palabras con que evoca a Hermias se encuen­ tra la fervorosa reivindicación del carácter virtuoso de la cau­ sa por la que éste se inmoló. Por eso Je­ nócrates fiie el único miembro de la embajada enviada por Atenas que Filipo se negó a recibir. había muerto Speusipo. A la vuelta. No casualmente dice que «en la Hélade» se muere -tal como había muerto Hermias. se defendió apelando al típico ar­ gumento de aquellos años: «Pero yo no he aceptado ningún 105 . de haber sido elegido. aceptase volver a Ate­ nas justo en el momento en que sus tratos con Filipo habían sido ya denunciados y la ciudad. en la primavera del 338. es un signo de independencia respecto al poder político.mito. presa de uno de sus recurren­ tes raptos de megalomanía.

también él. y a todo aquel que le preguntaba cómo había acabado su aventura.239 líneas. Frine. un rol hegemónico en la Grecia continental. Escolarca durante veinticinco años. con la excusa de que la perseguían. se hacía necesario dar un orden nuevo y estable al mundo 106 .18 Je­ nócrates la acogió y debió compartir con ella la única cama de que disponía. la mujer libre más hermosa de su tiempo. este hombre. Pero ahora las prioridades políticas y militares se invertían: an­ tes de retomar el propósito principal de la campaña contra Per­ sia. cuando los acontecimientos se precipitaron. no menos hermosa que Frine. abierta y de­ cididamente. sino con una estatua!» Según parece. La irreflexiva política de Demóstenes.19 Pero poco después. de improviso. escribió de forma incansable. Filipo con­ firmó la veracidad de sus palabras. Era el único ateniense cuyo testimonio era aceptado por los tri­ bunales sin necesidad de que prestase previo juramento. Frine se fue. que acabó en desastre. pero Jenócrates había resuelto el problema haciéndose cauterizar el sexo. Sin aquella improvisada coalición que se había esfumado en Que­ ronea. Jenócrates se había creado una «máscara» algo melancólica. Ella no dejó de utilizar ningún recurso para hacerse poseer por él. quiso tentarlo: se presentó en su casa. volviendo a recorrer todos los campos que ya había transitado Platón: los autores de los catálogos calculan que escribió en total 224. esta vez con Lays. Después de Queronea. pero todo fue en vano. Desilusionada. conmovedor a su manera.» Magnánimo e irónico al mismo tiempo. en medio de la escena política. aunque sin ninguna originalidad. ella contestaba: «¡No he estado con un hombre.17 Contrariamente a la cordialidad con que Aristóteles tra­ taba los diversos aspectos de la existencia. impulsó al rey de Macedonia a asumir. la situación hubiera sido probablemente muy distinta. se encontró. en otra ocasión sus discípulos le prepararon otro encuentro en el lecho.regalo. Filipo tuvo que afrontar una situa­ ción inédita.

masacró rápidamente a los rebeldes y aplastó con acciones fulminantes y sin contempla­ ciones la revuelta de Troya (octubre del 335). poseída del deseo morboso de allanar a su hijo el ca­ mino al trono. Olim­ píada. Filipo. no fue ajena a la conjura. En ello se escondía. tanto en épocas de guerra como en la lid diplomática. arrancando de raíz toda eventual ambición de ciudades o grupos políticos de poner en tela de juicio el orden surgido de la batalla de Queronea. volvió a estable­ 107 . y todo parece indicar que su propia esposa. pero ahora con Filipo en posición central. delegó el mando. de poder decidir por sí mismo y de manera expe­ ditiva. Se hallaba éste en un estado más turbu­ lento del previsto. Filipo tenía la ventaja. cuando ya todo parecía dispuesto para la campaña de Asia. Alejandro sucedía a su padre. Aristóteles. una enorme su­ perioridad. Por eso se optó por impulsar una gran reconciliación con Atenas -como consecuencia de la cual Demóstenes pudo con­ servar el poder—y. Demóstenes y sus aliados de las ciudades vencidas en Queronea acariciaron al principio la ilusión de que el nuevo monarca.de las ciudades griegas. «Margites». Así. Demóstenes.20 Su poder centralizado y autocrático suponía. un aspecto ne­ gativo: los odios feroces dentro de la corte. como modelo político. sin la pesada maquinaria del asamblearismo democrá­ tico. de apenas veinte años. al fin.21 demostrando una vez más la miopía y el carácter suicida de quien se deja convencer por su propia propaganda. no estuviera a la altura de las circunstancias. viendo concluida su labor como preceptor. tantas veces envidiada por De­ móstenes. El presunto Margites —que había tenido a Aristóteles como preceptor y a su padre. En julio del 336. y era necesario erradicar de él la posibilidad de que se crearan problemas a espaldas del ejército macedonio. sin embargo. Filipo fue asesinado. dar nuevo aliento a la alianza panhelénica. al mismo tiempo. con sarcasmo. que en cualquier momento debería embarcarse para luchar en Asia. El propio Demós­ tenes lo llamaba.

en el preci­ so momento en que Alejandro comenzaba el ataque. en el final del gobierno de Demóstenes y en la certeza. por supuesto. entonces. en la esce­ na. según los precisos términos con que se expresa la Crónica de Apolodoro. es decir.22 Este dato es ex­ traordinariamente elocuente acerca de las relaciones ininte­ rrumpidas y profundas de Aristóteles con las altas esferas del poder macedonio. se había ido en la primavera del 347. Sin embargo. Ello permite atar los cabos que. En Atenas. ¿Cuáles eran. de que de allí no surgirían desagradables sor­ presas. además. en su testamento. previsiblemente prolongada. de Alejandro. tras la destruc­ ción de Tebas. ni. Aristóteles «enseñaba en el Liceo». Ate­ nas seguía siendo una ciudad de gran renombre. que por enton­ ces dirigía Jenócrates. contra el Gran Rey de Persia. otro género de motivos. Ello significa que no había instituido aun una escuela suya. Quizás también en una vocación política «reservada». Tene­ mos. ni la escuela en la que había estudiado a lo largo de veinte años estaba dispuesta a acogerlo.cerse en Atenas en la primavera del 334. no había dejado discípulos que lo esperasen. ni tampoco se había reintegrado a la Academia. los derrotados de la larga guerra contra Macedonia le serían ahora más favorables que en el pasado. volvía a Atenas. Las razones de esa de­ cisión hay que buscarlas en otra parte. designaría como único ejecutor testamentario a Antipatro. varias veces aplazado. el hombre al que Alejandro había puesto como guardián del orden macedonio en Grecia. mientras so­ plaban vientos de guerra entre Atenas y su país natal. que nunca abandonó del todo: recuérdese que más tarde. Ante todo. mueven a los personajes: Antipatro y Aristóteles se mo­ vían al unísono cuando ambos llegaron a Atenas durante la ausencia. enseñar allí era sin duda más estimulante que hacerlo en la capital mace108 . doce años antes. ha­ bía sido descartado como sucesor de Speusipo. Intelectualmente. los motivos por los que había regresado? Es imposible no hacerse esta pregun­ ta.

eran incompatibles con un sistema bien ordenado. Atenas era asimismo un punto de observación privilegiado para sus reflexiones políticas. 109 . Aristóte­ les sabía claramente que esas ciudades bien ordenadas po­ dían gravitar en la órbita de una monarquía hegemónica. sobre todo. de enraizarse a través del único instrumento conveniente y prove­ choso para él: la enseñanza. En todos estos elementos vemos entrelazarse y com­ plementarse las razones que explican su decisión de volver a empezar. como era Macedonia. Si además observa­ mos a fondo su espíritu de hombre nacido en una pequeña ciudad de la Grecia periférica. que poco después se integró en la órbita de una poderosa monarquía feudal-militar. desde este punto de vista. como había sido Atenas en sus tiempos de grandeza y como Demóstenes la soñaba todavía. Lo cual no quita que el modelo de la convergencia política seguía siendo para él la ciudad. un observatorio privi­ legiado. como el que había edificado Filipo tras su victoria. No ignoraba tampoco que las metrópolis democráticas e impe­ rialistas.donia. por más grande que hubiera sido la obra de integra­ ción filohelénica llevada a cabo desde Arquelao en adelante. podemos concluir que su «Estadoideal» era una ciudad. Y. pero sí bien regida por leyes y cuyo punto de apoyo sería la clase media propietaria. no ciertamente librada al radicalismo democrático. además de las leyes y costumbres de los «bárbaros». de dar inicio a una nueva estancia ateniense. pero aun así ocupa un lugar relevante en el conjunto de su pensamiento. se deduce que había estu­ diado y hecho estudiar centenares de constituciones de dife­ rentes ciudades. debemos considerar el interés de Aristóteles por la ciudad como forma política. la reflexión política no es tan preponderante en él como lo era en Platón. En sus lecciones de política. y que Atenas era. Un ideal que está lejos de identificarse con la monarquía de sus soberanos. aglutinadas en el tratado en ocho libros que se ha conservado.

Allí debía incluirse un apartado biográ­ fico del filósofo.). Andrónico se refería a las grandes subdivisiones en las que el corpus aristotélico había sido ordenado (Ética.C. Ello significa que. realizado a partir de documentos. y antes que ellos el si­ rio Porfirio (m el siglo III d. quien estableció el texto de las Eneadas de Plotino (205-270 d.23 ¿Cómo había trabajado Andrónico? Porfirio responde a este interrogante en su Vida de Plotino. es muy posible—de textos auténticos. cuando se refiere a Andrónico y a su edición de Aristóteles. La comparación con el criterio adoptado por Por­ firio para los escritos de Plotino nos da a entender la 110 . C. y en el que Porfirio demuestra sus doctas habilidades de filólogo.24 Esa afirmación posee diver­ sos significados. Preparada por Andrónico de Rodas. que acabaría por convertirse en un clásico de la lógica medieval en la traducción latina de Boecio (V I d. sin preguntarse si se trataba en verdad —como. puesto que él mismo había escrito una introduc­ ción a las Categorías aristotélicas. un texto de características muy similares al «catálogo razonado» de Andrónico. contaba con un «catálo­ go razonado». obra del mismo autor y titulado Acerca de los escritos de Aristóteles. con el término «Tratados». editado junto a las Eneadas. trabajaron con una edi­ ción de las obras de Aristóteles que databa de la época de Augus­ to. entre los que se encontraba una correspondencia con Alejandro Magno. Porfirio escribe que Andrónico había «reagrupado en Tratados el conjunto de los escritos de Aristóteles según un criterio de afinidad temática». por lo demás. que Aulo Gelio había transcrito dos siglos más tarde.). etc.C.). Porfirio sabía bien de lo que hablaba.5 Tanto Simplicio como Juan Filopón. Metafísica. que intentaremos poner en claro a continua­ ción: 1) que. Física.). Lógica.

como quien transita un camino virgen aún. Se tiene la impresión.? Es una situación incon­ cebible para cualquier autor. de que ciertos «tratados» (como por ejemplo la muy discu­ tible sucesión de los ocho libros de la Política) fueron es­ critos por elpropio Andrónico. más de tres siglos después de la muerte de Aristóteles. En este punto.C. Interpreta­ ciones.). La sorprendente verdad es. Analíticos. antes de la intervención de Andrónico como editor del texto. y depositario de un relato de primera mano acerca de la suerte de aquellos libros. Aquellos libros pasaron. el corpus de sus escritos se hallara todavía en un desorden tal. en fin. por el geógrafo Estrabón. en el curso del duro conflicto con Mitrídates. ocurri­ da en el 322 a. y por añadidura carente aún de una edición cuidada. Un redescubrimiento que había tenido lugar algunas décadas antes. una pregunta se impone: ¿cómo es posible que. Los años inme­ diatamente posteriores no fueron fáciles: enfrentamientos civiles. institución que lo sobrevivió largo tiempo. Para éste. nuevo por completo. en una situación tan precaria.. que había fundado su propia escuela.25 Cuando Sila conquistó Atenas (86 a. como sabemos a través de diversas fuentes. 111 . Andrónico debió trabajar como un verdadero «pionero». «Tratado» se­ ría todo el Organon. C. ajena a todo orden o criterio organizativo. C. no cada uno de los textos singula­ res ordenados por Andronico: Categorías. en efecto.). etc. A pesar de ello. que Andrónico fue el primero que editó los textos aristotélicos tras su redescubrimiento.importancia de aquel término. dictaduras y persecuciones se sucedieron incluso después de la muerte de Sila (78 a. 2) que. proscripciones. también contem­ poráneo de Augusto. y mucho más para Aristóteles. se llevó a Roma los manuscritos aristotélicos como parte de su botín de guerra. el conjunto de los escritos sobre el que él traba­ jó se presentaban en una sucesión azarosa. entre otras.

entonces. el político que había guiado la revuelta antirromana de Atenas y que también fue descrito 112 . se dedicó a «peinar» la ciudad en busca de joyas culturales. Era amigo y hombre de confianza de Atenión. C.27 quien lo pinta como un cleptómano de libros y documentos an­ tiguos. estos preciosos textos no habían quedado bajo llave. pero se trata probablemente de una pérfida caricatura. pero de hecho po­ seedor de los libros de Fausto Sila. Apelicón fue descrito por su contemporáneo Posidonio. Apelicón de Teos. a quien segura­ mente informó de toda esta historia). el mismo Tiranión parece haber tenido su pro­ pia importante colección de libros.26 E l descubrimiento de Sila no fue del todo fortuito. Lúculo y Sila disponían de imponentes biblio­ tecas privadas. Era el modo usual de circulación de los libros nuevos: los leían los le­ trados en casa de otros letrados. Si se tienen en cuenta los usos y costumbres de los círculos literarios de la Roma de la épo­ ca. E l bibliotecario personal de Sila era el experto gramático Tiranión (que fiie asimismo el maestro de Estrabón. En realidad. sino en la de un personaje. autor entre otras obras de un tratado sobre la amistad entre Aristóteles y Hermias de Atarneo. No de­ bemos pensar que el brillante y culto patricio romano. tras con­ quistar Atenas. a lo largo de todos aquellos acontecimientos. y con frecuencia se realizaban copias parciales. y los «retocó». que formaba parte del grupo dirigente de la Atenas favo­ rable a Mitrídates. aquellos libros no se conservaban en una casa cualquiera. Tiranión no dudó en echar mano de los imponentes inéditos aristotélicos. Apelicón fue en verdad uno de los últimos y más apasionados peripatéticos. quien sería asesinado en el 4 6 a. No resulta dificil deducir que. Guardián. podemos concluir que los allegados a Sila y a su hijo —entre quienes se encontraba alguien tan interesado en la filosofa grie­ ga como Cicerón—habían podido consultar aquellas obras. a su hijo Fausto. de­ bido a que los textos que Sila había traído consigo estaban en condiciones como mínimo precarias.

por Posidonio como una especie de criminal, empeñado en inte­
reses filosóficos de cuarto orden, por lo menos a los ojos de sus
detractores. A través de estas hostiles reseñas, comprendemos que
esta última revuelta de Atenas fue promovida por un grupo de
hombres nostálgicos de la pasada grandeza de la ciudad, sin de­
ja r de lado la tradición filosófica. «¡Las escuelas de los filósofos
están cerradas!», había gritado Atenión, según Posidonio, en el
curso de las reuniones que calentaron los ánimos de los atenien­
ses, a la luz de la noticia de que Mitrídates había infringido
una seria derrota a los odiados romanos.
Pero ¿cómo llegó Apelicón a poseer aquel tesoro?

V
Aristóteles acabó por obtener graneles satisfacciones de
su enseñanza en Atenas. Daba clases en el Liceo, una escuela
pública situada en la zona de Apolo Licio, en la parte nor­
deste de la ciudad. Por entonces, el local no era aún propie­
dad de la escuela; no lo sería hasta mucho más tarde, con la
concesión efectuada por Demetrio Falereo (317-307 a.C.).
En torno a la figura de Aristóteles se había creado una
escuela en la que la enseñanza se apoyaba sobre una auténti­
ca organización de las investigaciones. Disponían no sólo de
una biblioteca sino además de una buena dotación de apare­
jos científicos orientada a los estudios de historia natural.
Aun de lejos, Alejandro protegía con su autoridad la nue­
va institución fundada en Atenas por su antiguo maestro. El
soberano hizo publicar una orden -que ha llegado hasta
nosotros gracias a la enciclopedia de Plinio el Viejo-28 que
mandaba la movilización permanente de cazadores, pescado­
res y simples aficionados para proveer a la colección natura­
lista de las diversas especies de animales que, al parecer, se
realizaba en el Liceo.
113

Más allá de las sospechas que suelen lanzarse acerca de
las posteriores colecciones que albergó el Museo de Alejan­
dría —institución que una larga tradición pone, no sin moti­
vos, bajo la égida de Aristóteles-, es probable que la noticia
de Plinio sea del todo exacta. Cosa que parece recibir una ul­
terior confirmación en la gran riqueza de observaciones em­
píricas presentes en los libros aristotélicos acerca de las inves­
tigaciones sobre animales. El mismo Aristóteles, en los libros
titulados Investigaciones sobre los animales, hace numerosas
referencias a informaciones provenientes de cazadores, pesca­
dores y pajareros.
El nexo que, a pesar de las distancias, unía a Alejandro
con su maestro quedaba personalizado en la figura de Calístenes, sobrino de Aristóteles. Desde Babilonia, adonde había
llegado como parte del séquito del soberano vencedor, Calistenes había enviado a Aristóteles informaciones detalladas so­
bre la astronomía babilónica.29 Era su contribución a aquella
movilización de fuerzas convergentes sobre la escuela. Era
también, para el maestro, una noticia tranquilizadora: la voz
de Calístenes venía de lejos, del corazón de gran ejército in­
vencible al que el joven y brillante historiador se había unido
siguiendo las inquietas recomendaciones del maestro. La for­
ma de actuar, y sobre todo de hablar, de su sobrino, consti­
tuían para Aristóteles una seria preocupación, que había lle­
gado a atormentarlo. Se lo había recomendado con énfasis a
Alejandro cuando partían en dirección a Asia, y puesto que el
joven se dirigía al soberano en un tono de excesiva liberali­
dad, Aristóteles lo había reconvenido afectuosamente, como
si temiese lo peor, valiéndose para ello de un verso de la Ilia­
da: «Tu destino será breve, hijo mío, si dices tales cosas.»30 El
maestro notaba con alarma cómo el joven se mostraba indife­
rente a las reglas escritas y no escritas que regían la vida de la
corte. De ahí sus previsiones pesimistas que, lamentablemen­
te, se demostrarían bien fundamentadas.
114

La crisis estalló cuando la evolución de Alejandro hacia
modelos impensables para la tradición griega suscitó la reac­
ción de su propio círculo. Se podría decir que en este pasaje
de la historia se encierra todo el drama del poder. En Alejan­
dro, vencedor invicto y conquistador del inmenso reino per­
sa, se tejían el delirio de omnipotencia y las imperiosas alter­
nativas de orden político-cultural. Había jalonado con éxito
aquella empresa que la retórica panhelénica había predicado
a lo largo de décadas y que su padre, Filipo, estuvo a punto
de realizar. Se convirtió así en el vencedor de los persas, el
vengador de los caídos en las Termopilas, el que acabó con la
humillante paz de Antalcida. Y era además quien descubría
ese mundo que él mismo derrotó, dando alas al sueño de una
síntesis grecopersa en la cultura y la organización monárqui­
ca, incluso en lo biológico, a través de la política de matrimo­
nios mixtos. ¿Soñaba en verdad con ser el sucesor del Gran
Rey, o es que la historia humana procede por síntesis y mez­
clas cada vez más intrincadas? No será fácil, a pesar de los
buenos sentimientos un tanto superficiales de la tradición
«democrática», separar la grandeza del poder de la ceguera
provocada por el poder. Alejandro, de manera emblemática,
recoge en sí ambas facetas. Los griegos y los macedonios de
su séquito tardaron en comprenderlo, y algunos reaccionaron
violentamente. Una conjura surgió cuando Alejandro quiso
imponer a su séquito algunos rituales propios de la corte per­
sa, irritantes para los griegos, como por ejemplo la proskynesis
en presencia del soberano.31 Fue la denominada «conjura de
los pajes», en la que participaron la flor y nata de la joven
aristocracia macedonia. La represión de Alejandro fue feroz;
los jóvenes conjurados fueron torturados y lapidados. Cuan­
do el nombre de Calístenes salió a la luz, Alejandro dio rápi­
do crédito a la denuncia, porque por encima de todo lo irrita­
ba la frecuente invitación que el joven hacía a «mantenerse
fiel a las costumbres tradicionales de los macedonios».32 Ca115

pues él vivió en carne propia el conflicto entre filosofía y poder.33 En la tradición griega. gran estudioso de Aristóteles y maestro de Juliano el Apóstata. la muer­ te de Calístenes se convirtió en un emblema indeleble de los crímenes del poder contra la filosofía. Una acusación que ningún acon­ tecimiento bélico podrá nunca compensar. horriblemente mutilado. enardecidos contra Alejandro. Temistio. ex­ hibido en una jaula y finalmente despedazado por un león. Teofrasto.) mar­ có. Cada vez que alguien diga: “Conquistó todo el mundo hasta el océano. Cada vez que al­ guien diga de Alejandro “exterminó a millares de persas”. se objetará: pero además mató a Calístenes. tomando como pretexto un pasaje de Calístenes acerca de los terremotos.lístenes. el discípulo predilecto de Aristóteles. Poco importa que haya superado la gesta de todos los capitanes anteriores: ninguna de sus empre­ sas podrá ser tan grande como aquel crimen. fue arrestado. escribió un tratado titulado Calíste­ nes o del dolor. En las Cuestiones naturales. y extendió el reino de Macedonia desde un minúsculo ángulo de Tracia hasta los límites extremos del Oriente”. observa: «Poseyó Calístenes un deslumbrante in­ genio. obra que no se ha conservado—. la ejecución de Calístenes (327 a. del que se citan diversos fragmentos en obras de Cicerón. y más tarde en la romana. en la que el soberano amena­ za con llegar hasta el verdadero jefe (o a quien él tenía por tal): 116 . Calístenes hizo de su propia persona un eterno acto de acusación contra Alejandro.» 35 Por otra parte. y fue intolerante con un soberano incapaz de dominar­ se.»34 Pero la invectiva más virulenta se la debemos a Séneca. se deberá responder: pero mató a Calístenes. Hay una carta de Alejandro a Antipatro. todavía hoy. Séneca y Plutarco. para Alejandro. una ruptura irreparable con Aristóteles. escribe: «Por Ca­ lístenes nosotros estamos. escrita poco después de la masacre de los conjurados.C. y no es casualidad. a quien se conocía como el «historiador del séquito» -puesto que había escrito la Gesta de Alejandro.

en Atenas. Plinio el Viejo da por verdadera esta versión de los hechos. y a los que dan acogida en las ciudades a los traidores contra mí. pero al Sofista [Calístenes] yo lo castigaré. Tal vez alguno de los «cinco de Cambridge» ha sentido. A medida que se desarrollaba el drama de estas dos vidas cruzadas. y en ello radicaba quizás la más grande desilusión: la de ver cómo se desvirtuaba la causa en la que se había empeñado durante largos años. que con anterio­ ridad había contribuido a eliminar a Filipo para dejar paso a Alejandro. dice que con tales palabras Alejandro «aludía manifiestamente a Aristóteles». de la que todos vieron en el envenenamiento la causa más probable. una amargura semejante a ésta. La ope­ ración se habría llevado a cabo a través de Antíprato. de envenenar a Alejandro. mucho más tarde. »36 Plutarco. Era la trágica ocasión para un personal ajuste de cuentas. los «compañeros» de los primeros tiem­ 117 . en Macedonia.38 El hecho irrefutable es la repentina muerte del joven soberano. hizo una auténtica masacre de dignatarios sospe­ chosos de haber participado en la conjura contra el rey. Su círculo más íntimo.«Los jóvenes han sido apedreados por los macedonios. No había hecho su aportación a la gran campaña que culminó con la derrota de la monarquía per­ sa para después ver cómo los mismos métodos brutales de és­ ta eran puestos en práctica por el soberano de cuya órbita había formado parte. en Troade. destinadas a romperse juntas. La temible Olimpíada. de la misma forma que Hermias había sido ejecuta­ do por el Gran Rey de Persia. el soberano y el filósofo. un hombre que gozaba de toda la confianza por parte de Aristó­ teles. los misterios se vuelven cada vez más densos.37 Plutarco también le da mucho crédito. Una tradición que perduró a lo largo de los siglos atribuye a Aris­ tóteles la iniciativa. a quien debe­ mos el conocimiento de este documento. culminada con éxito. Pero a los ojos del filósofo no podía dejar de aparecer un para­ lelo escalofriante: Calístenes había muerto por mano de Ale­ jandro.

Casandro. que habría sido quien suministró al filósofo el veneno desti­ nado a matar al rey. bibliotecas enteras. ya no soportaban la política de su jefe y tramaron su muerte. Estudiaba en Atenas. el emperador Caracala hizo quemar los libros de Aristóteles y de sus discípulos para ven­ gar a Alejandro. En la Prusia deprincipios del siglo X IX . o procurarse por los medios que fuese. Un anónimo que se escondía bajo el seudónimo de Hagnótemis aportó algunas pruebas a la acu­ sación. y el hijo de éste. elpastor Tinius mataba a trai­ ción a los libreros para desvalijar sus almacenes. para al­ guien con tales aspiraciones. asesinado por su preceptor. Atenas era el sitio ideal. como tal. es comprensible que el «bebedor de libros» sea con frecuencia un es­ critor prolífico. que lo transportó a Alejandría—. En efecto. Si. al mismo tiempo que un sacerdote de los libros. un delincuente en potencia.41 los nuevos libros no son más que la «cocción» de otros libros anteriores.pos. también Apelicón escribió: conocemos de él algunos títulos de argumento aristotélico. Las espectaculares y dispendiosas exequias que le fueron tributadas tuvieron lugar al mismo tiempo que los propios conjurados se preparaban para una guerra feroz por la sucesión. como dice Aristófanes. y en la que se vieron envueltos Aristóteles y Antíprato.40 6 ¿Cómo habían ido a parar los libros de Aristóteles a manos de Apelicón? Era un bibliómano y. Tampoco él se sustrajo al crimen movido por amor a los libros. Guerra que incluyó la lucha por el cadáver em­ balsamado del soberano —en la que venció Tolomeo de La­ gos. Pero tam­ bién sentía atracción por las recopilaciones de documentos anti­ 118 . «el devorador de li­ bros». diríamos nosotros.39 Cinco siglos más tarde. Por esofue apo­ dado «el bebedor de libros» (Büchertrinker). y el objetivo de su existencia parecía ser el de comprar.

Así lo hizo. Pero el archivo contenía también.guos. tomó elpoder y lo mandó lla­ marpara confiarle misiones diplomáticas. la de Teofrasto. Pero Apelicón no se dejó arredrar. que contenía a su vez la de Aristóteles. en el que se conservaban los originales de los documentos que recogían la historia de la ciudad. pero con la desgracia de que fue pillado con las manos en la masa.44 Por aquel entonces ya había comprado. como por ejemplo las obras que Epicuro compuso durante su estancia en Atenas. que no debía de ser de­ masiado escrupulosa en este aspecto. otros filósofos habían escapado de Atenas para salvar la vida. textos de otra índole. Como no podían competir en cuanto a cantidad de rollos. junto a aque­ llos originales — y acaso algún documento falso hábilmente inter­ calado—. decididos a hacer de su bi­ blioteca una digna rival de la alejandrina. había compuesto a partir de ese archivo su recopilación comentada de los decretos áticos. su compañero de estudios aristotélicos. y en Atenas existían diversos archivos. eran un auténtico trofeo. el más célebre de los cuales era el de Metroon. Cratero el Macedonio. entre otras bibliote­ cas.42 Ello significa que aquel glorioso archivo incluía asimismo textos literarios. Los que más empeño pusieron en ella fueron los soberanos de Pérgamo. en efecto. Podía consolarse pensando que. los Atálidas. y pensó en robarlos. aunque quizás por razones más nobles. Pero él acabaría por volver a Atenas. con pleno éxito. esperaban poder echar 119 . cuando Atenión. Un dis­ cípulo de Aristóteles o de Teofrasto. un trabajo destinado a obtener una importan­ te repercusión. tenía que quedar excluida semejante posibilidad. y Apelicón se sustrajo al castigo dándose a la fuga. Pero ¿cómo podían comprarse los documentos de un archivo? In­ cluso en una sociedad como la ateniense. esos libros eran mucho más que una rareza bibliográfica.43 E l delito era muy grave. Para aquellos dos peripatéticos que habían alcanzado el poder en la ciudad filosófica por excelencia. con anterioridad. En realidad. como por otra parte ya había hecho en otra ocasión. hacía ya mucho tiempo que había dado comienzo la caza de li­ bros de Aristóteles.

corrían rumores de que algunos herederos de los discípulos directos del maestro ha­ brían estado en posesión de esos tesoros. Apelicón era el comprador ideal: por un lado nadaba en la abundancia — y. sino en el territorio del reino. que no se hallaban en Ate­ nas o quién sabe dónde.mano a piezas muy raras. donde fuera necesario. En fin. Por desgracia. que durante largos años quedaron guardados en las bodegas subterráneas de sus propietarios. todos aquellos poseedores de textos de Aristóteles se los vendieron a él. Tampoco los Tolomeos. es decir al alcance de la mano. algunos libros que habían formado parte de la biblioteca personal de Aristóteles. La carcoma. Identificados y lisonjeados de mil maneras. Finalmente. a lo sumo. De esta forma se creó un texto íntegro aunque no enteramente fiable. las polillas y la humedad habían roído aque­ llos rollos.45 Ello impulsó a Ape­ licón a una empresa superior a sus fuerzas: la de hacer copiar aquellos rollos de texto añadiéndoles. consiguieron gran cosa. tan celosos de su pose­ sión como descuidados de su conservación. C. la monarquía de los Atálidas conoció unf i­ nalpoco glorioso: por iniciativa del último rey. Atalo III. pero no de los que se perseguían. desembolsó una cifra enorme—. en el 133 a. el estado de aquellos volúmenes era lamenta­ ble. Se sabia que existían textos de Aristóte­ les tan importantes como desconocidos. lleno de errores de­ 120 . Nadie tuvo tiempo de pensar entonces en proseguir la pesquisa de los libros. de hecho. Los mismos herederos de los he­ rederos de losprimerospropietarios. pero no sus propios tratados. por cansancio opor necesidad. acabaron pensando que era mejor sacar partido de aquel tesoro en lugar de dejar que siguieran estropeándose a merced de los parási­ tos. que derivó en una cruenta guerra civil y en un levan­ tamiento popular.por el otro. no dejaba de ser un hombre de la escuela. una decisión trau­ mática. los fragmentos dañados. Además. sólo se consiguió que éstos se desprendiesen de otros libros menos importantes. el reino se convirtió en la provincia romana de Asia. que iban asimismo a la caza de esos textos. mejor dicho. y que ninguna biblioteca había conseguido hacerse con ellos.

discípulo de Tiranión. difundiendo panfletos en forma epistolar. Pero la situa­ ción no mejoró una vez descubiertos los textos fundamentales. tesorero de éste. Ya no Tebas. dado que trabajaron sobre los textos que Apelicón. y no los originales. había llevado a Atenas. bibliófilo em­ pedernido pero mediocre comofilósofo. que Estrabón. Por desgracia. fueron estos textos «reconstruidos».C. los que Sila confiscó para llevarse a Roma. VI La muerte de Alejandro (en junio del 323 a. publicados en vida por el mismo Aristóteles. que Hárpalo. la agitación empezaba a sacu­ dir el país. sino la propia Atenas se revolvía. Demóstenes intentó dirigir a distan­ cia la política de la ciudad. habían conseguido anular los efectos negativos de mal trabajo editorial del bibliómano de Teos.bido casi siempre a la escasa pericia de Apelicón. Mientras ellos se repartían el gigantesco botín de Grecia. Es legítimo preguntarse hasta quépunto Tiranión y Andro­ nico. con su trabajo editorial.) creó una situación muy confusa. los herederos de la escuela habían trabajado en malas condiciones. había literalmente devas­ tado. Se derivó de ello una situación paradójica. pero el hombre fuerte era ahora Hipérides. describe con gran claridad: antes del descubrimiento de los textos. Condenado y autoexiliado en Egina. 121 . privados de los textos más im­ portantes del maestro. como a la muerte de Filipo. Habían vivido de ilusiones sus suce­ sores si creían que tendrían bajo control el imperio al faltar el carismático hombre que lo había creado mediante una lar­ ga sucesión de victorias militares. Pero el jefe ya no era Demóstenes. del cual sólo conocían y difundían los diá­ logos. el gran amigo de Frine. caído en desgracia al verse involucrado en la desaparición fraudulenta de una parte del tesoro de Alejandro.

hubieran podido salir muy mal parados: tal fue la vastedad de la suble­ vación. quien viajó con tal fin por las ciudades de toda Grecia. estaba en guerra contra Antipatro? Su situación era insostenible. llevar a cabo una causa por impiedad: constituía la vía prin­ cipal para poner bajo sospecha y liquidar a los intelectuales indeseables. y antes de la decisiva batalla campal de Cranón. a quien ciertamente no le faltaba dinero para ello.Lejos de tratarse de fuegos de artificio. Aristóteles huyó de Atenas a principios de la primavera del 322. un mun­ do de amigos y discípulos y se retiró a Calcis. Su punto fuerte eran los mercenarios enrolados por Hárpalo.47 No era difícil. Mientras la campaña continuaba en Tesalia. en Eubea. un reputado profesional de la milicia. que debía esgrimir la acusación. asediándolo en la ciudad de Lamia. Por aquel entonces Epicuro llegaba a Atenas con el fin de es­ tudiar filosofía en el Liceo. pero bajo control macedonio. exactamente frente al Atica. que no podían ser perseguidos por ninguna acti­ 122 . Una tradición muy extendida sostiene que se le había abierto un proceso por impiedad. liderados por Antipatro. Antipatro habría acabado por rendirse. en Atenas. El ejército federal fue puesto en movimiento por Demóstenes. fue una campaña de la que los macedonios. A los sesenta y dos años dejó una escuela prestigiosa. Eurimedonte. pero ni si­ quiera la muerte de Leóstenes desarmó a los confederados. en obvia alu­ sión al proceso contra Sócrates. Aristóteles se habría sustraído al proceso huyendo y declarando que prefería hacerlo para que los atenienses no «pecasen por segunda vez contra la filosofía».46 y hasta se conoce el nombre del sacerdote de Demetra. ¿Cómo hubiera podido quedarse allí cuando la ciudad. nuevamente en ma­ nos de Demóstenes y del aún más radical Hipérides. y en Tesalia inmovilizó a las fuerzas de Antipatro. y capitaneados por Leóstenes. Si Leóstenes no hubiese muerto en el curso de una escaramuza provocada por los ase­ diados.

Llevaba unas cuantas semanas en su nuevo lugar de residencia cuando le llegó. la noti­ cia de que Antipatro había derrotado a los confederados en Cranón (era la primavera del 322). Parece claro que pensaba volver a Atenas apenas Antipatro hubiera derrotado a aquellos fanáticos politicastros que se afanaban en jugar a la guerra. cerca de Trezene. Si se tiene en cuenta que hasta septiembre ninguna guarnición macedonia entró en el puerto de Muniquia. Demóstenes a Calavria. La elección de Calcis como lugar de refugio parece demostrar que Aristóteles creía que la guerra «patriótica» contra los macedonios sería breve. Pero Aristóteles no se movió: permaneció en Calcis. Incluso sus cálculos más optimistas queda­ ron desbordados por los efectos inmediatos de aquella bata­ lla: Demade. que trabajaba con toda libertad en la ciudad. los macedonios no retomaron inmediatamente el control de la ciudad. ¿Por qué? Probablemente porque la caótica situa­ ción determinada por el conflicto tardaría en volver a la nor­ malidad. y que sólo en octubre los hombres de Antipatro alcanzaron a Demóstenes en Calauria. Lo cierto es que cuando las tropas de Antipatro desem­ barcaban en Muniquia. Así había sucedido con Sócrates. político oportunista. Las cir­ cunstancias de su muerte son como mínimo oscuras: las 123 . en efecto. hizo votar en la asamblea la condena a muerte de Demóstenes y de los otros jefes. amigo íntimo del enemigo y con un largo pa­ sado de simpatía por los macedonios. y probablemente también con Anaxágoras. a pesar de los alardes de «buena voluntad» por parte de Dema­ de.vidad política evidente. en la seguridad de que con ello se ganaría el favor del victorioso Antipatro. pareció necesario perseguir a aquel meteco. lo que parecía confirmar sus previsiones. Aristóteles ya había muerto. protegido por la discreta y poco per­ meable estructura de la escuela. En el clima creado por la guerra contra Antipatro. Hipérides huyó a Egina. se puede fácilmente argüir que.

señor de Atenas. ade­ más de la edad. con frecuencia fantasiosas y confusas.C. habla del veneno como causa de la muerte. debemos preguntarnos quién estaba detrás del asesinato: ¿fueron los atenienses. El hecho positivo fue la protección acordada a la escuela por Demetrio Falereo. En ese caso. durante el decenio 317-307 a. Demetrio —que entró en la escena polí­ tica en el 324—había representado una garantía. Según Dionisio de Alicarnaso. en el 317 fue impuesto a los atenienses por Casandro.48 Eumelo. o bien los macedonios. contribuyen a las más diversas hipótesis. hijo de Antipatro. murió «de enfermedad» poco des­ pués de cumplir los sesenta y tres años. El hecho de que Eumelo atribuya a Aristóteles setenta años en el momento del deceso ha he­ cho pensar que quería construir una situación idéntica a la de la muerte de Sócrates.C. que buscaban «vengar» la muerte de Alejandro? VII Lo sucedió Teofrasto. Es probable que este dato lo encontra­ ron en alguna parte.fuentes con las que contamos. Incluso antes de la muerte de Aristóteles. aunque también por graves inciden­ tes. Pero no queda claro por qué.) y se vio marcado por mu­ chos eventos positivos. exasperados por la derrota y encolerizados por no haber podido someterlo a juicio. cuya auto­ ridad es avalada por Diógenes Laercio. debía inventar también la causa de su muer­ te. y sobre él construyó el mencionado paralelo. con el apoyo macedonio. que dirigió la escuela durante mu­ chos años (murió en el 286 a. Como «legislador» (nomothétes) quiso poner en práctica el modelo de «ideal» aristo124 . con poderes extraordinarios y con la preci­ sa tarea de reformar la constitución. es decir el veneno. En el 318 había estado a punto de caer víctima de la reacción antimacedonia.

a su actividad como «agente» macedonio en la época de Filipo. Se trataba de un texto muy sencillo: prohibía la enseñanza filosófica en Atenas. Teofrasto dejó de inmediato Atenas. Filón. para apoyar a Sófocles.49 Un discípulo del Liceo. durante cierto tiempo pareció que sería justamente en Atenas donde se iban a mate­ rializar las reflexiones políticas de Aristóteles. recién caído Demetrio (306 a. Otra señal inequívoca la hallamos en el hecho de que. por un tal Sófocles. discípulo y confidente de Teofrasto. pues era considerada como un auténtico «nido» filomacedonio. Ello demuestra que si el ataque iba dirigido en general contra las escuelas de filosofía. De esta forma. La pro­ puesta de ley fue presentada. prolífico poeta. esta vez para extirpar el cuerpo extraño representado por las escuelas de filosofía. quien. en un durísimo discurso -del que se conservó esta célebre sentencia: «De un Sócrates nunca podremos sa­ car un hombre honesto»—.C. tras la caída de Demetrio. Durante el go­ bierno de Demetrio. promovió un censo de los habitantes del Atica. impugnó la ley de Sófocles argumentando ilegalidad. mientras que el partido demosténico lanzó su enésima ofensi­ va. a pesar de la in­ tervención de Demócares. pudo mantenerse la ilusión de que se había realizado además el sueño platónico de los filósofos-gobernantes (o gobernan­ tes-filósofos).).télico. Consiguió así que la asamblea la rechazara. llevó a la escena El caballo —tal era el sobre­ 125 . a las «culpas» de Aristóteles: es de­ cir. según el cual el primer deber político es el de establecer la cantidad y calidad de la población. salvo explícita au­ torización de la asamblea popular. con el Liceo en primer lugar. político del partido democrático y amigo de Demócares. que interpretó no sin razón como una constitución «mixta» de tipo censatario. Pero con la caída de Demetrio la escena políti­ ca cambió bruscamente. ape­ ló una vez más. la de Aristóteles era el objetivo prioritario. En honor al criterio aristotélico. el castigo por contravenir esta norma sería la pena de muerte. el autor cómico Alexis.

7 Teofrasto murió en el 286. Pero además podemos ima­ ginar un escenario que prefigura. de las Musas]».50 Demetrio. «el dinero para la erección de la estatua a Nicómaco está ya en manos de Praxiteles. De todas formas. el museo alejandrino. «elpórtico que conduce al Museo deberá ser reconstruido con todo el esplendor que tuvo en su tiempo». la imagerl de Aristóteles deberá ser colocada en el Templo junto a todos los demás objetos votivos que ya esta­ ban en el Templo». obra en la que se regocijaba por la cacería de los peripatéticos. caídos en desgracia tras la ruina política de Demetrio. Completadas las disposiciones relativas al edificio. ya habían aca­ bado los tiempös en los que los «demostinianos» mantenían la ciudad bajo su yugo.nombre burlesco de Aristóteles—. en cambio. «las tablas que representan el movimiento cíclico de la Tierra debe­ rán volver a colocarse en elpórtico inferior». el testa126 . «Deberán completarse los trabajos para la reconstrucción del Museo con las estatuas de las diosas [es decir. Las tablas sobre los movimientos de la Tie­ rra debían de ser un instrumento de estudio que llenaba de orgu­ llo a la escuela. Su pormenorizado testamento nos permite hacernos una idea precisa de la infraestructura del Liceo. «en segundo lugar. Sófocles fue condenado a pagar cinco talentos y Teofrasto pudo regresar a Atenas. como lo confirma su mención en el testamento. ya no regresaría. adonde llevó consigo el germen aristotélico del que nacería el Museo de Alejandría. Filón venció la causa «por ilegalidad». «el altar deberá ser reconstruido deforma que resulte perfecto y decoroso».»51 De estas primeras cláusulas podemos deducir que Teofrasto ordenaba dar curso a las obras dirigidas a consolidar y mejorar la infraestructura del Liceo. donde le fueron devueltos sus bienes y derechos. Se exilió en Egipto. aunque sea a pequeña escala.

Los únicos que reciben un tratamiento particular son Cali­ no.. por ejemplo. tanto en el plano material como en el organizativo. Neleo. justamente en la ciudad natal de Aristóteles. Al confrontar este testamento con el de Aris­ tóteles. en particular en la primera fiase del relato. sobre todo. sus alumnos externos. quien hereda un dominio que Teofrasto poseía en Macedo­ nia. colectivo: «Lego eljardín y el Peripatos. Parece claro que el sentido de estas palabras sea. por así decir. a los amigos (aquí abajo mencionados) que quieran habitarlas para permanecer aquí estudiando filosofía». Calino. que ya hemos evocado. y.. en la que Estrabón dis­ pone. sus peones sobre el tablero:52 «Provenían de la ciudad de Escepsis (en Troade) los socráticos Erasto y Coriseo. Demotimo. Neleo. las tablas astronómicas? La explica­ ción se puede encontrar en Estrabón. en el mis­ mo nivel que. ¿ Cómo es posible que éstos no formaran parte del patrimonio de la escuela. en aquella página. de la escuela.mento incluye dos legados ad personam: «a Calino. efectivo. puesto que Teofrasto se está refiriendo en este apartado al destino de sus propiedades. el dominio que poseo en Estagira. otra cosa serían. y todas las casas con­ tiguas al jardín. a Neleo. todos mis libros». el resto de sus disposiciones se refiere a la estructura de la escuela y el legado es. «todos mis libros». y el hijo de éste. y agrega: «a condición de que nadie aliene estos bienes y nadie se sirva de ellos como de propiedades privadas. en efecto. que fue discípulo de Sócrates tanto como 127 . en ese senti­ do. mucho más sumario. A continua­ ción enumera los nombres de aquellos que compondrán la comu­ nidad: Hiparco. Neleo. Por el contrario. lógicamente. Demorato y algunos pocos más. sino que todos las posean en común [. La pequeña comunidad que es invitada a disfrutar colectivamente de aque­ llos bienes es la que se podría definir como el personal estable.] como es conveniente y justo». se tiene la clara sensación de que sólo con Teofrasto la escuela asumió una auténtica estructura. a quien Teofrasto deja «sus libros». dedicada al destino de los libros de Aristóteles. Estratón.

Neleo era el hijo de Coriseo. se había trasladado de Atenas a Atameo en el lejano 347. y los libros fueron. Por eso Estrabón precisa que. sin embar­ go. otro punto a su favor: había llegado a tiempo de ser discípulo directo de Aristóteles y. era la señalpor excelencia. » Y añade: «Aristóteles. Significaba que Neleo era el hombre señalado por Teofrasto. el texto personal de los escolarcas. a la muerte de Aristóte­ les). había repentinamente —aunque no sin buenos motivos—dejado la Academia. ¿ Cómo se explica esto? Aristóteles tenía un he­ redero «carnal» en la persona de Nicómaco y tenía. Neleo heredó la biblioteca de Teofrasto. justamente. pero la designación del predecesor tenía sin duda su peso. sus libros pasaron a Teofrasto y. que conte­ nía los libros de Aristóteles. y los másfieles a Hermias. más tar­ de. como es ob­ vio. en el caso de Teofrasto a la muerte de Aristóteles (y en el caso de Speusipo a la muerte de Platón). la bi­ blioteca personal de Teofrasto contenía dentro de sí la que había sido de Aristóteles.de Teofrasto. evi­ dentemente. pero empecemos por el final: como una matrioska rusa. E l legado ad per­ sonam de los libros era una señal muy elocuente. Teofrasto fue el heredero señalado. cuando Aristóteles. el hombre que. Queda claro que Estrabón aclara y puntualiza todo esto antes de referirse al 128 . junto a Erasto y Aristóteles. a quien había dejado al frente de la escuela. mejor dicho: en una escuela muy atenta «a los libros» en cuanto verbo del maestro. que se lo iban de­ jando unos a otros. permanecieron de forma estable dentro de la biblioteca de éste. el heredero colectivo representado por la escuela. en efecto. el legado de los libros a Teofrasto y su designación para dirigir la escuela eran dos actos simultáneos y ligados entre sí. Es cierto que los escolarcas eran elegidos. Neleo poseía. de escuchar también las lecciones de Teofrasto. con sus hombres másfieles. Para comprenderlo debemos ver la forma en que Estrabón coloca sus otros peones. en el caso de Aristóteles. a partir del momento en que el testamento se volvió efectivo (es decir. se los había legado a Teofrasto.» En este pasaje cada palabra tiene su importancia. además. tal como había sucedido.

Hasta los más poderosos soberanos de la época trata­ ron de hacerlos ceder mediante ofertas de todos los géneros. los delpropio Aristóteles— hubieran pasado a Neleo. Pero los herederos de Neleo fueron inflexibles. según se decía. por su padre Coriseo y por su coterrá­ neo Erasto después de su «secesión» en la Academia. y la im­ plícita «designación» de Teofrasto cayó en el vacío. Fieles a la consigna paterna. contenía todos los libros del mundo. los soberanos que en Egipto -en Alejandría. que.habían creado la mítica biblioteca. aunque aplicada de la manera más obtusa. sino Estratón de Lampsaco. comenta Estrabón: gente que no tenía nada que ver con la filosofía ni con la enseñanza de Aristóteles. por susfiientes. repitiendo a su manera el gesto y el itinerario realizado por Aristóteles. Incluso se burlaron de la insistencia de los Tolomeos cediéndoles la parte menos valiosa —según ellos 129 . que relata inmediatamente a continuación. previendo una numerosa serie de verificaciones y controles. y con la agitada historia de estos rollos.53 Pero esta vez el resultado fue sorprendente. Por eso conservaron aquel tesoro como un cofre de joyas o un saco de monedas de oro: lo escondieron en la bodega sin siquiera pre­ guntarse cuál sería la mejor forma de conservar aquellos libros. Además. La regla de la designación electiva del jefe era «sagrada». casi se podría decir que lo había exasperado. Neleo se llevó consigo su preciosa biblioteca. porque sabía. que estos elementos estaban estrechamente vinculados con el hecho de que los libros de Teofrasto — y. E l hecho curioso es que finalmente no fue Neleo el elegido para suceder a Teofrasto. Por ese mis­ mo movimiento caía asimismo el espíritu de concordia que éste había defendido con tanto ahínco en su testamento. pero éstos ya no eran más que «perso­ nas privadas». Sus descendientes la guardarían con igual celo. en cuya jurisdicción se encontraba su pequeña ciudad.destino de aquellos libros. Neleo se marchó a Escepsis. y Aristóteles había acentuado este punto. no sólo los Atálidas. se limitaron a impedir que otras personas accedie­ ran a ellos. por lo tanto. sino también los Tolomeos.

que durante años fue alumno de Teo­ frasto. mantuvieron en su húmeda bodega. ello queda claro.55 8 Pero aquellos libros de Aristóteles. Sólo los escritos privados merecían tal nombre. En definitiva. no los libros. aunque fuera de manera dogmática. como los llama Au130 . legó sus li­ bros a Ermarco. hasta que uno de sus descendientes. salvo lo que he escrito de mi propio puño». de generación en generación. pero debieron prescindir de los auténticos tratados del Maestro.creían—de su tesoro: los libros de otros autores que Aristóteles había poseído. en el testamento de Estratón. que murió en el mismo año que Estratón. ni siquiera se trataba de «originales». Cuando a su vez a Estratón le llegó el turno de escribir su testamento. explícitamente. «autógrafos». «todos los libros. recuperados después de tantas vicisitudes. por ejemplo.54 Pero para entonces la costumbre se había difundido: también Epicuro. a quien nombraba su sucesor. De esta forma. Se continuó con la transmisión de la enseñanza delfundador. tras la secesión de Neleo. se ignorara el pensamiento de Aristóteles. también estaba en condiciones de hacerlo. a quien él designaba. Ya Teofrasto había actuado de for­ ma semejante. Eran. pudriéndose lentamente. de alguna manera subrogaron la pérdida. los «originales» del Maestro. también él legó ad personam sus libros: se los dejó a Licón. vendió los li­ bros a Apelicón de Teos. y Estratón. que deja al heredero designado. obviamente. como su sucesor. y volvió a ponerse por escrito en un au­ téntico torrente de tratados. harto de proseguir con aquella comedia fetichista. aunque su auténtica «debilidad» era la física.56 En sentido estricto. Licón. no eran. Nada de esto significa que en Atenas.

remon­ tándose a sus raíces. el denominado tratado sobre la Política. así. Con frecuen­ cia retomaba el tema desde el principio. basta con considerar la definición de la noción de «democracia». la mayor coherencia 131 . repetidos en el tiempo. y Aristóteles tenía en cuenta o no las interven­ ciones de sus alumnos. o mejor dicho observaciones.C. La sucesión lógica del conjunto resulta. procedió de esta manera al menos durante trece años. precaria como mínimo. volviendo a exponer sus argumentos. en ocho libros.lo Gelio. con un término romano pero tomando el concepto de Andrónico. y el círculo más estrecho de sus discípulos tomaba apuntes. no es estrictamente un tratado. añadiendo nuevos puntos de vista al tiempo que volvía a po­ ner todo el conjunto en discusión. que cambia de un libro a otro. cualquiera sea su número (y ésa es precisamente la razón por la que este tipo de régimen no le gusta en abso­ luto). en la que el último libro pertenece. En un principio ésta es para Aristóteles el «gobierno de la mayoría numérica». Para confirmarlo. del 335 al 323 a. que por fin habían vuelto a salir a la luz. el Maestro supervisaba. Después. También en estos casos Andrónico -y Tiranión antes que él.buscó dar a estos libros. Por ejemplo. realizadas por los alumnos. pro­ fundizaba o reformulaba las sucesivas redacciones. Es la conjunción de una serie de «cursos». con toda probabilidad. estruc­ turado por Andrónico en la forma en que nosotros lo cono­ cemos hoy -como una sucesión de libros del todo arbitraria. probablemente se produ­ cía el diálogo. en los que Aristóteles afrontaba y volvía a afrontar. los comentarii a las lecciones del Maestro. pero al fi­ nal abandona esta noción banal y demasiado abstracta para llegar a la conclusión de que «democracia» es el gobierno de los indigentes. dictaba los mismos «cursos» con nuevas formula­ ciones y desarrollos originales. En los libros sobre la Física es posible detectar frases que son probablemente notas. Aristóteles pronunciaba lecciones. A lo largo del tiempo.. a la primera redacción—.

por dos in­ convenientes: uno material. y esa naturaleza se basaba en la voluntad de que aquellos textos no fueran comprendidos por cualquiera. se vio afectada. en relación con la pésima cali­ dad del texto. 132 . resultaba en sí misma una verdadera manipulación. Todo ello significa que la edición de Andrónico. la dificultad suplementa­ ria que supuso el tener que trabajar no directamente sobre los rollos adquiridos por Apelicón. sino con las copias que éste había mandado hacer restituyendo. con santa impaciencia. que An­ drónico incluye en su escrito. según su propio criterio. El Aris­ tóteles que nosotros leemos desciende de aquel que fue cons­ truido (más bien que reconstruido) en época de Augusto. Debemos considerar. casi iniciático. los párrafos literal­ mente devorados por el tiempo. Pero la naturaleza original de estos escritos no podía enmendarse. apremiado por él. y otro subjetivo. matriz de todo cuanto en los milenios sucesivos se ha leído y estudiado como la auténtica obra de Aristóteles. desde su nacimiento. Es el Aristóteles del que se nutre el pensamiento medieval. un caso evidente del carácter secreto. esta intención aparece con toda claridad: «Sabes que ellos han circulado. disfrutaba a medida que. «depravado» por Apelicón.»57 Según Plutarco. muy deteriorados pero de gran valor. dado que sólo pueden ser comprendidos por quien haya escuchado nuestras lecciones. con el fin de volver legibles esos textos. además. tan­ to islámico como cristiano.5* En estas condicio­ nes la obra de los editores. pero es como si no hubiera ocurrido. Guillermo de Moerbeke lo vertía al latín.y continuidad posibles. referido al propósito de dar forma orgánica y completa a algo que ni siquiera en su origen había sido tal cosa. de estos es­ critos eran los libros sobre la Metafísica. y del que fray Tomás. En una carta de Aristóteles a Alejandro.

EPICURO Y LUCRECIO: EL SENTIDO DE LOS ÁTOMOS 1 Andronico de Rodas sabía cómo habían nacido los es­ critos de Aristóteles. Esto significa que se realizaba previa­ mente una selección del auditorio.2 reser­ vada a aquel auditorio selecto al que se permitía el acceso a esa clase de lecciones. como sabemos a tra­ vés de una pormenorizada noticia de Aulo Gelio.1 Lo que Gelio cuen­ ta concuerda perfectamente con cuanto han escrito otros estudiosos que trabajaron con el texto establecido por An­ dronico. que derivaban de 133 . Conocía la dinámica de los «cursos» que Aristóteles había dictado a sus discípulos a lo largo de los trece años que se prolongó su enseñanza ateniense. poco comprometida y dirigida sobre todo al ex­ terior. del que dependía el con­ tenido de las lecciones. de Plutarco a Temistio. y una mucho más profunda. y cuánto se distanciaban del texto esta­ blecido por él mismo. Se sabía por tanto que Aristóteles distinguía la enseñanza «exotérica». quien lo parafrasea a siglo y medio de distancia. de al-Mubashir a la tra­ ducción de Tolomeo (el biógrafo) llevada a cabo por Hunain. Se re­ fiere a ello en el prólogo a su edición. Incluso los libros. la «acroamática».

para nosotros. refinadas aunque conceptual­ mente menos comprometidas. volvió al Ática en el 322 a. obviamente. Los acontecimientos políticos de aquellos años llevaron a Epicuro a Colofón. Este género de obras. Gelio no hace ninguna referencia a los diálogos. es decir de los Tratados editados por Andróni­ co. el «Aristóteles perdido». el cuadro no podía ser más de­ solador: la huida de Aristóteles à Calcis. ni original. de los otros textos de Aristóteles. Este último perdió atracti­ vo entre los lectores iniciados y los comentaristas.C. y por ello no contribuía a dar una idea particularmente significativa. Era otro año crítico para el Liceo. Fue la apari­ ción. ya que entonces fue Teo­ frasto quien debió dejar temporalmente la enseñanza como 134 . En la Academia enseñaba Jenócrates. se volvió. y en cuanto al Liceo. donde reunió en torno a su fi­ gura a un grupo de discípulos.estos cursos en forma de «comentarios». Se piensa en general que los incluía -aunque de manera un tanto abusiva—entre los escritos exo­ téricos. con dieciocho años de edad. ancladas hasta en su aspecto formal en el antiguo modelo socrático del diálogo. lo que condenó a la desaparición de aquello que es.. ninguna de las dös escuelas filosóficas de Atenas pasa­ ba por su mejor momento. la circulación de estos textos no conoció límites ni. aque­ llas producciones intelectuales. que Aristóteles había ido publicando a largo de los años. había causado un grave daño a la escuela. Sin embargo. donde moriría poco después. a partir de Platón. como es fácil suponer. en el 306 regresó a Atenas. la forma canónica de la escritura filosófi­ ca. Cuando Epicuro. sufrió la «secesión» de Neleo ni de los libros he­ redados por él. del pensamiento aristotélico. eran diferenciados por Aristóteles según idéntico criterio. desde los tiempos de su ad­ hesión al platonismo. o mejor dicho la reaparición. Por eso este Aristóteles «fácil» se siguió leyen­ do por lo menos hasta los tiempos de Cicerón. ateniense de Gargeto educado en Sa­ mo s.

no era nada fácil de conci­ liar con la palmaria evidencia de la ineluctable destrucción de todos los cuerpos que contienen un alma. aquellos dogmáticamente afirmados tanto por los platónicos como por los aristotélicos. siendo todavía un niño. este mundo único.3 Ese mundo que existe desde siempre y esa alma individual destinada a existir para siem­ pre. Compartían incluso algunos principios fundamentales. en torno a los que el joven buscaba explicaciones más convincentes. era justamente el de los diálogos platonizantes. ni nunca lo admitieron. Por eso no iba del todo errado el joven Epicuro cuando creyó que no existía tanta distancia entre ambas escuelas. aun­ que sin llegar a ser alumno de su escuela. le parecía un sinsentido frente a un espacio fatalmente infinito. Fue en­ tonces cuando decidió remontarse a otro maestro. sin obte­ ner una respuesta satisfactoria. pero cu­ yas obras circulaban en Atenas: Demócrito. I Epicuro fue un maestro de irresistible encanto. El pri­ mero que hizo un proselitismo no elitista. Aristóteles había dedicado una sumaria crítica en el Libro I de la Metafísica. como su­ 135 . Filósofo al que. que no había creado una escuela propia. El Aristóteles en el que Epicuro se había iniciado. a pesar de que nunca sintieron aprecio por él. salvación y. entonces olvidado. condenada a la inmortalidad. le había solicitado a su maestro de escuela que le expli­ cara qué era aquel Caos del que hablaba Hesíodo. Los cristianos sin duda aprendieron mucho de semejante modelo. Esta actitud se remontaba al momento en que.consecuencia de la caída de Demetrio. y con el que se formó. pequeño y mezquino. También Epicuro prometía felicidad. Además. un espacio que aque­ llos maestros del idealismo no sabían cómo llenar. por otra parte.

Quien dice que todavía no es tiempo de filosofar o que le ha pasado la edad. se abre con el memorable llamamiento a la huma­ nidad entera a practicar la filosofía: «Nadie por ser joven re­ tarde el filosofar. incluso los esclavos «se entregaron a la filosofía en su compañía». condenadas a la mayor ignorancia. ni por ser viejo se canse de filosofar. durante largos años. pues nadie es poco ni demasiado maduro para lo que proporciona la salud de su alma. se parece a quien dice que todavía no es el momento de la felicidad o que ya ha pa­ sado. no lo rechazo. que fue liberado por él mediante una disposi­ ción testamentaria junto a varios más. jo­ ven o viejo. pero si alguien.»5 En la co­ munidad de Epicuro. desea escucharme mientras hablo y mientras busco cumplir con mis objetivos. Un entusiasmo que se mantuvo incólume a lo largo de las sucesivas generaciones de adeptos.6 Entre ellos. ¿Qué otra cosa prometían los cristianos? Epicuro abría a todos la puerta de su escuela: jóvenes y viejos. Esta actitud con­ 136 . y designaba en realidad a las mujeres que se resistían a someterse a la humi­ llante segregación vigente para el sexo femenino en la deno­ minada «cuna de la democracia».prema recompensa.7 Numerosas mujeres partici­ paron de su comunidad. dirigida a su amigo Menceo. en Atenas. la asimilación a Dios. las mujeres «de bien». destacaba un esclavo llamado Mis. libres y es­ clavos. en tanto existiera una sola persona que se recono­ ciera partidaria del pensamiento de Epicuro.»4 No es difícil percibir en estas palabras un eco socráti­ co: «Yo nunca he sido maestro de nadie.8 término que en Atenas tenía un sig­ nificado bien distinto de póme (prostituta). a las que los enemigos de Epicuro tachaban de «heteras». tenían un estatus casi subhumano: vivían recluidas. hombres y mujeres. El entusiasmo con que las enseñanzas de Epicuro eran se­ guidas por sus discípulos fue constante. Su carta de tono más poético. entre los que se incluía una esclava llamada Fedrio. para gran irritación de sus adversarios.

Epicuro no se cansa de repetir que éste es infini­ to. también fue característico de la escuela aristotélica. sólo queda convertir a los incrédulos o a los cegados por los prejuicios corrientes.9 De ahí que.. describa la propia posición frente al maestro como aquella de quien se li­ mita humildemente a seguir la huella dejada por aquel gran hombre.C. o casi. El inmovilismo doctrinal -que. sepa que en realidad está leyendo una fiel reelaboración del pensamiento de Epicuro. una traduc­ ción. en sí mismo. a todos los lectores del poema. y. de suyo el todo / pues aunque extremi­ dad tener debía. frente a la gran luz de las verdades científicas reveladas por Epicuro. «Es infinito.servó intacta e inamovible. lógi­ camente. y que enca­ bezan casi todos los libros de su gran poema. la doctrina de Epicuro. en los himnos que prácticamente desde cada uno de los libros del poema dirige a Epicuro. Baste pensar en los himnos que Lucrecio. dedicó a Epicuro. / como cuerpo ninguno se concibe / sin que 137 . Su intención es que cualquier lector. El pro­ pio Lucrecio se pone a sí mismo como divulgador de un ver­ bo: el verbo de la libertad intelectual.10 No hay nada que añadir. como una fiel reformulación del pensamiento del maestro. al mismo tiempo.tiene para nosotros una ventaja: nos per­ mite considerar la única obra epicureísta que nos ha llegado completa. justamente el De rerum natura de Lucrecio. por lo demás. 2 La primera de esas verdades se refiere a la noción misma del universo. acompañada de un culto a su persona no muy distinto del que los cristianos tributaban a Jesús. en el siglo I a. justamente porque quiere que el lector sepa que lo que tiene delante es. a la que quiere convertir a su destinatario. el noble Memmio. pues. Por eso insiste mucho en la dificul­ tad de la traducción. al recorrer su poema en hexámetros latinos.

a él otro cuerpo le termine. / o bien la pase. en qué punto del universo estés: en cualquier sitio te encontrarás en un lugar a partir del cual el espacio se extiende hasta el infinito.. «Un mun­ do es una porción determinada de cielo que comprende los astros.] Que el número de tales mundos sea infinito puédese discernir mentalmente». de límites carece.«cuando ciertas semillas idóneas que fluyen de un solo mundo. que el espacio encierra.13 El gran paso adelante que esta visión representa respecto del antropocentrismo aristotélico —el cual se continúa más 138 . mientras sus bases sostienen la aportación material hasta tanto alcanzan completa madurez». por ejemplo en esos intervalos que se definen como «intermundos».. en otra parte. se articulan y se mudan de un lugar a otro [. [. o bien puede sustituir a mundos como el nuestro. / de modo que la vista claramente / más allá de este cuerpo no se extienda. dispare una flecha: ¿crees que ésta conseguirá ir más allá o en cambio tropezará con al­ gún obstáculo? Cualquiera sea la respuesta que escojas. Estos mundos se forman -explica Epicuro a su oyente-lector..] y reciben la influencia de las condiciones adecua­ das. prosigue Lucre­ cio. desde allí. como el nuestro. desde el momento en que todos estos mundos pueden disolverse más tarde o más temprano. es­ cribe Epicuro a Meneceo. aquí no se da extremo: / en donde pongas lí­ mites.. yo al punto / preguntaré qué ha sido de la flecha». de un intermundo o de diversos mundos..»11 Poco importa. la tierra y todos los fenómenos.12 Pero no sólo el espacio es infinito. Un mundo como el nuestro puede nacer en cualquier momento. y que. / confesamos por fuer­ za que no hay nada / más allá de la suma. «a la fuerza / debes quitar los límites al todo: porque bien sea obs­ táculo el que impida / y estorbe que la flecha llegue al blanco. Para explicarlo formula el ejemplo de la fle­ cha. poco a poco se congregan. pues no tiene / ex­ tremidad. Supongamos que yo alcance el (hipotético) punto extre­ mo del universo. también lo son los mundos.

según los términos de Lucre­ cio. Gracias a ella surgen los mundos. Pero volvamos ahora a la doctrina del Maestro..tarde en la noción cristiana de las «dimensiones» del univer­ so—se halla justamente en esta dilatación infinita del univer­ so. un íntimo factor de desgaste determina su inevitable desinte­ gración. y en el consiguiente redimensionamiento de la vanidad de los «terrí­ colas». «Semillas». éstos «giran». «. seres y cuerpos. Son los diversos términos con los que la física epicúrea denomina al átomo.]?14 En cierto punto del Libro V. actuando en dirección contraria. en la multiplicación indefinida de los mundos. Como veremos. probablemente el más original de todo el poema. mientras. el final de este Libro V es el lugar preciso en el que Lucrecio expone su propio pensamiento. Lucrecio parece señalar que él conoce la posible ilación existente entre los infinitos mundos. En el espacio inmenso. «elementos primarios». «átomos». Son masas enormes de átomos.. / si semillas sin número movidas / por este espacio in­ menso nadan siempre / desde la eternidad con mil figuras. que no conoce límites. y una fuerza inmanente —aquí resuena ya la proximidad con la Providencia estoica— determina su agregación. Para Demócrito.. luego si un espacio / se extiende ilimitado a todas partes. junto con el vacío. al que considera una realidad primaria. podemos determinar allí una falla del sistema epicúreo.. creador de la visión atomista de la realidad. / que estén en los espacios ulteriores / innu­ merables átomos ociosos [. / ¿es probable que no se haya criado / más que el cielo y el orbe de la tierra. Si prestamos atención a este nexo. y no los limitaras / a sólo nuestro mundo». «cuerpos de la mate­ ria». Lucrecio expone su opinión según la cual también los otros mundos estarían habitados por seres vivos: «y quisiera también que comprendieses / en estos males a los varios mundos / que de diverso modo ha construido / naturaleza. de la que después se apo­ 139 .15 En este caso.

para que por ellos / forme los seres la naturaleza. de la materia como energía -cosa que parece devolver prestigio al platonismo—. y dar un sentido al resul­ tado de ese incesante movimiento. «desvío».. Es evidente el «hipermaterialismo» de esta visión de los átomos-proyectiles. / nada criara la naturaleza. caerían constantemente en vertical. «. paralelamente. orgullo del pensa­ miento científico del siglo X X .17 pero son tan leves / estas declinaciones. pues.»1* Formulación tan sugestiva como in­ quietante desde un punto de vista estrictamente atomístico: la naturaleza creadora se vuelve inevitablemente una entidad -o una fuerza inmanente. La misma sensación causa el complejo entrama­ do de formulaciones al que Epicuro recurre para imprimir movimiento a esa masa de átomos. La naturaleza «crea» con la ayuda del clinamen. / Pues si no declinaran los principios. / cayeran como gotas de lluvia. no obstante se desvían /de línea recta en indeterminados / tiempos y espa­ cios. / en el vacío.16 De otro modo los átomos. / si no tuvieran su reencuentro y choque. que no deben / apellidarse casi de este modo.»19 Poco antes se había referido 140 . que Lucrecio expresa en latín con la palabra clinamen. Tras la conquista. y la su­ peración de los «límites inferiores» de la materia constituida por los átomos-proyectiles.. «[Los átomos] moverse en el vacío / deberán todos con igual presteza. aunque capaz de producir la realidad físi­ ca visible.que gobierna ese torbellino de átomos en caída libre. Epicuro introduce un correctivo: una suerte de «direccionamiento» de los átomos. la visión epicúrea parece un tan­ to ingenua. en virtud de su peso. algo que se asemeje al mundo visible. / No pueden. los cuerpos más pesa­ dos / caer encima de los más ligeros.deró Epicuro. aun cuando en el vacío se dirijan / per­ pendicularmente los principios / hacia abajo. que significa literalmente «in­ clinación». aquel girar de los átomos no era más que un movimiento ciego. / ni por sí engendrar choques que varíen / sus movimientos.

22 A esta idea. al Νοϋς («Mente») que. no queda más remedio que reconocer­ lo. al menos en cuanto a sus consecuen­ cias.23 Si nos preguntáramos quién ha establecido su número máximo. queda sin precisar. etc. mueve y re­ gula los homeoméricos. se agrega un corolario: que la variedad de los átomos no es infinita. es evidente que Epicuro no careció de una gran intuición anticipatoria: la idea de que el propio mundo está destinado a perecer. a fin de permitir el nacimiento de seres diferen­ tes. según Anaxágoras.21 Parece casi un deslizamiento hacia los «homeoméricos» de Anaxágoras -los huesos están hechos de trozos infinita­ mente pequeños de huesos. sino que están diferenciados. de las especies.26 mientras que es la materia atómica como tal la que constituye el único ele­ mento perdurable. deberíamos respondernos que es sin duda la omnisciente «naturaleza». y lo mismo vale para la sangre. Ello constituye un gran paso adelante respecto a las concepciones más antro141 . enti­ dad que. que carga a la «naturaleza» de responsa­ bilidades cada vez más complejas y decisivas.a «movimientos creadores» determinados por estos cho­ ques. etc. A pesar de este nudo de cuestiones esenciales que perma­ necen sin resolver. quien sin embargo es impugnado sin contempla­ ciones. pero quien guía el proceso sigue siendo la «naturaleza».20 Los choques —que Demócrito no había previsto—son por tanto necesarios en la determinación del hecho creativo..27 Se conjugan así la eternidad de la materia y la mortalidad del universo. lleva a la conclu­ sión de que los átomos no son todos iguales. por lo demás. como lo son sus partes. La cual. eterno.—.25 de que el universo en su conjunto no posee carácter de inmortalidad. y que es la «naturaleza» quien los produjo de esa manera. el agua. de modo que la rea­ lidad física resulta en sí misma historizada. de las plantas. Esta guía se hace tan evidente como inquietante cuando la infinita variedad de los seres. 24 de que todo el universo es mortal. se asemeja bastante.

Lucrecio. un au­ tor que estuvo en contacto con uno de los más importantes círculos de intelectuales de su tiempo. cualquier refe­ rencia a su propia persona. omite en su largo poema. único autor epicú­ reo cuya obra ha llegado hasta nuestros días. cuyas dimen­ siones parecían apenas más grandes que la carta geográfica realizada por Hecateo de Mileto. 142 . del que formaron parte Cicerón y Ático28 entre otros. algún dato acerca de su vida. llegó a pensar que Lucrecio en realidad no existió.. Pero no es más que una paradójica suposición. ya que nos encontraríamos ante un poema anó­ nimo. incluso si fuera verdadera. Tan extrema es esta situa­ ción que no ha faltado el estudioso -y no de los más in­ genuos—que. que nos ayudarían a deducir. Es imposible que las referencias a un poeta llamado Lucrecio. es para nosotros poco me­ nos que un completo desconocido.. lo hace únicamente para dar fe de algún acontecimiento científi­ co del cual él ha sido testigo. Las únicas ocasiones en que habla en primera persona («he visto. No se puede decir que sea una concesión a la materia autobiográfica. II Los discípulos de Epicuro se identificaron hasta tal punto con él que se redujeron al papel de meros portavoces de su pensamiento.») y evoca —o parece hacerloexperiencias personales. Hipótesis que.pomórficas que antropocéntricas del universo. de los que apenas tenemos algu­ na noticia. lejos de resolver la situación la volvería aún más exasperante. y no podríamos fiarnos del nombre que figura al prin­ cipio y al final de los preciosos manuscritos medievales que lo registran. aunque con todas las cautelas del caso. con singular tenacidad y coherencia. ello nos impide obtener ulteriores conocimien­ tos acerca de esos personajes. En esa misma línea. forzando un poco las cosas. De este modo.

político. estudioso de filoso­ fía griega y poeta nada despreciable. nació en el 94-93 y murió en el 51-50 (o bien 50-49) a. Sorprende empero el hecho de que. que podría ser Lucrecio. y no necesita de la locura para explicarse. de apenas cuarenta y cuatro años. Una vida signada por un suceso trágico: la locura. aunque no poco ingenua. que acabó en suicidio. anota Jerónimo) y. Un editor críti­ co de excepción: el gran orador. aparece el nombre del «maravilloso Carus».C. Es una versión muy sugestiva. La noticia concluye con una información filológica: el «editor» (postumo) del poema habría sido el propio Marco Tulio Cicerón. la composición dis­ continua de un poema largo y complejo —y ello admitiendo que el examen del texto así lo confirme—es común a cual­ quier obra de estas características.que encontramos tanto en Cicerón como en Cornelio Nepo­ te. cuyo desencadenante habría sido un filtro amoro­ so. Esta locura sería la causa. atribuir a la alternancia entre lo­ cura y lucidez el hecho de que el poema no haya sido escrito de un solo tirón. un erudito cristiano de la importancia de Jerónimo haya podido incluir en su reper­ torio cronográfico (Chronicon) una breve. por ejemplo. con precisas fechas de nacimiento y muerte. Por otra parte en un fragmento epigráfico. 143 . por un lado.C. proveniente del «monu­ mento epicúreo» hecho erigir en Enoanda (Asia Menor) por un devoto epicúreo llamado Diógenes. de la episódica composición del poema («en los paréntesis de lucidez». ¿Es necesario. sin intervalos? ¿Qué poema de ocho mil versos no ha necesitado de interrupciones más o menos lar­ gas durante su escritura? Evidentemente. muerto a manos de los sicarios de los triunviros en el 44 a.29 Una vida breve. sabrosa y agitada biografía de Lucrecio. no se refieran al mismo Lucrecio que los manuscritos del De rerum natura presentan como autor del poema. por otro. del suicidio. casi cuatros siglos más tarde de la escritura del poema.

cuyo libro Vidas imaginarias (1896) fue com­ parado al hachís. aunque bastante más expeditivo. sordo a las tiernas advertencias de la mujer. aun­ que no tan alejadas en el tiempo.En todo caso. Según Schwob —cuyo exotismo un tanto «colonialista». Pasemos por enci­ ma el resto: al final del relato. el filtro amoroso le fue dado a Lucrecio por una misteriosa «bella africana» de «senos metálicos» y de «masas redondas de cabellera». Y esa noche. Es evidente que el santo erudito. que cono­ cía la obra de Lucrecio —más de una vez se valió de ella para polemizar—. Lactancio (muerto hacia el 320 d. en el marco de su macabra acti144 .»30 Como el té en el desierto de Paul Bowles. Así. conoció la muerte. dado que la droga se hallaba ya en San Jerónimo. otro combativo Padre de la Iglesia. se deja llevar por el anhelo de beber el filtro: «E inmediatamente su razón de­ sapareció.C. por haber ingerido el vene­ no. que se parecía cada vez más a un «cielo turbulento y verde» -fenómeno raro en verdad-. y ya se sabe qué peligrosos son los precipitados quí­ micos producidos por algunos metales. escribió la breve novela de la vida de Lucre­ cio: no del todo «imaginaria».). Así. A fuerza de «mirar fi­ jamente» la poción. «quien cocía» -en un rapto de energía que la arran­ ca de su consabido reposo. al enumerar. y olvidó todas las palabras griegas del rollo de pa­ piro [de Epicuro]. la locura amorosa es una excelente materia novelesca. un escritor decadente como Marcel Schwob (1867-1905). Lucrecio. en la estela de Sa­ lambo. recabó información de otras fuentes precedentes. como el título proclama. Jamás habría supuesto San Jerónimo que sería fuente de tales morbosidades. a su vez. rodeada de cráteras de vino y con los bra­ zos cubiertos de «esmeraldas traslúcidas». que pasaba gran parte del tiempo en el «le­ cho de descanso».«un brebaje en una olla sobre un brasero». Lucrecio se acerca a la bella africana. se deslizaba hacia el orientalismo del «baño turco» o de los cuadros de Paul-Louis Bouchard y de Tapiro y Baró-.

a. salvo el hecho de que ella de­ muestra que. que Lucrecio realizó un viaje a Grecia.31 y de la oscura y mortificante descripción de la fisio­ logía del acoplamiento que Lucrecio desarrolla al final del Libro IV. Lógicamente. a los escritores paganos suicidas —sin olvi­ dar a Demócrito. La descripción de las minas de Scaptensula (Skaptè Hyle. la carta data del 54.33 ha hecho pensar. como sin duda éste lo era. nada deja deducir que Lucrecio hubiera ya muerto cuando Cicerón escribía aquella frase destinada a ser tan citada. Jerónimo se limitó a buscar información en el poema mismo. probablemente con acierto. Jerónimo creó la leyenda a partir de una carta de Cicerón a su hermano Quinto.viciad apologética.32 En cuanto a la idea como mínimo extravagante de que Cicerón se hubiera encargado de la edición crítica (emenda­ vit) del poema. en Tracia). pero piénsese que en el siglo IV era concebible que Simmaco preparara ediciones de Tito Li­ vio y de otros clásicos. y Lucrecio. una experien145 . salió él mismo/a ofrecer a la muerte su cabeza/por propia volun­ tad»).C. según la cronología del propio Jerónimo. en la que se contiene un breve juicio acerca de los «versos de Lucrecio». En definitiva. a falta de noticias sobre el poeta. habría muerto en el 50. de aquello que Lucrecio había escrito acerca del (presunto) sui­ cidio de Demócrito («cuando sintió Demócrito caduco/que iba ya la vejez debilitando/los resortes de su alma. ignora por completo un supuesto suicidio de Lucrecio. realista y de una precisión casi científica (¿no ves —pregunta el poeta—el «olor penetrante» que emana de Skaptè Hyle?). no hay nada en esa biografía que se mantenga en pie tras un examen riguroso. Se puede suponer que esta leyenda fue producto de la propia lectura del poema.. Cosa que parece indigna de un biógrafo serio. tal como por otra parte lo hacemos también nosotros. se trata sencillamente de una invención de Jerónimo. padre del atomismo-.

provocativamente an­ titético de la exaltación romana del heroísmo guerrero. que al final de su poema refunde en hexámetros la­ tinos algunos capítulos de Tucídides. / desde do puedas distinguir a otros / y ver cómo confusos se extravían / y buscan el camino de la 146 . o mejor dicho sus reacciones políticas. nos ayudan a comprender lo que pensaba Lucrecio.cia a la que los hombres cultos de Roma. No hay en esto. se elogia allí la capacidad de contemplar el espectáculo de las guerras ajenas «sin participar en sus peligros». libre ya de las inquietudes y pasiones que los prejuicios inducen. tratando de desentrañar su pensamiento. difícilmente se negaban. Desde este punto de vista. que nada tienen que ver con el tratado de Epicuro Sobre la natu­ raleza. nada de insólito. podría haberse tratado incluso de una especie de «peregrinaje» a los lugares evoca­ dos por este historiador. los Plautinischesim Plauto —es decir. un pasaje radical. Pero el desarrollo posterior de este capítulo resulta sorprendente: «pero nada hay más grato que ser dueño / de los templos excelsos guarnecidos / por el saber tranquilo de los sabios. Metáfora de la serenidad que la filosofía procura al sabio que. nada que resulte particularmente iluminador acerca de la persona del poeta. derivados de su larga experiencia de la si­ tuación política y social de Roma. un estudio sobre la presencia del autor en su obra-. puede permanecer como un observador sereno e indemne frente a la tormenta o la batalla. Para Lucrecio. idéntico ejercicio podría hacerse con Lucrecio. o mejor dicho de sus juicios acerca de la realidad política. en cambio. más allá de su estricta labor como apa­ sionado divulgador de la física atomística. el comedió­ grafo Plauto. Se trata de su pen­ samiento político. por tanto. Pero existen en el poema una serie de pasajes que. Así como se han podido escribir acerca de otro gran traductor romano. un texto capital es la intro­ ducción al Libro II. especialmente aque­ llos inclinados a la filosofía.

no existen en ese superpoblado Hades criado por la fantasía humana. en virtud de la idea de que la convi­ vencia social gira sobre la rueda de la compraventa electoral. el cual se obstina / en pretender del pueblo las segures / crueles y los fasces. con «magníficas estatuas.vida / vagabundos. etc. 147 . y sobre todo nunca se consigue de manera efectiva (inanest nec datur umquam)»?%El poder. sino en el propio mundo te­ rreno! «En la vida tenemos a la vista / a Sísifo también.34 / se disputan la palma del ingenio ly de noche y de día no sosiegan / por oro amontonar y ser tiranos». tiene como corolario la demostración de la inconsistencia de los castigos ultraterrenos y culmina. El cuerpo humano -prosigue más abajo—tiene unas necesidades muy limitadas. debaten por nobleza.»37 Aquí.36 se retira / desatendido siempre y con tristeza. dedicado al tema de la mortalidad del alma y de la con­ siguiente falta de fundamento del temor a la muerte. / de cuyas diestras juveni­ les cuelgan / lámparas encendidas por las salas / que noctur­ nos banquetes iluminan». Todo el li­ bro. fundada sobre la aspiración a los cargos políticos más elevados. Tritón lacerado por los rapaces. el motivo vuelve y adquiere su forma más punzante. ya que la natu­ raleza no es exigente. o aparentan confiarlo. El acto por el cual los electores lo con­ fían.. a los sempiternos tormentos de las campañas electorales y los dolores de la derrota. es engañoso: en realidad. en una paradoja (que en realidad lo es sólo en aparien­ cia): ¡las penas infernales -la piedra de Sísifo. tras la específica referencia a las elecciones romanas. por tanto. Lucrecio inserta una de sus reflexiones más importantes: «el poder es un objeto vacío. Es un fantasma. no te dan nada. Lo cual es un auténtico golpe mortal a toda la éti­ ca pública romana. La fiebre ataca por igual a un cuer­ po lujosamente vestido que a otro acostado «entre plebeyas mantas y sayales» (plebeia vestis)?5 Al final del Libro III. Contra ello contrasta el modelo de vida señorial. con auténtico ardor orato­ rio. no lo posee quien cree poseer­ lo.

entonces la propie­ dad no existía y los recursos (como los rebaños y la tierra) se hallaban distribuidos «conforme a la belleza y al ingenio / y la fuerza y valor de cada hombre. la prestancia física. Según el poeta —que probablemente en este punto se aparta de las formulaciones previas del epicureismo. ruinosa. en el que la riqueza material aparece como el fundamento de todo. «pues la muchedumbre / de los hombres que va tras la grandeza40 / llenó todo el cami­ no de peligros». 851). por tanto. a ojos de Lucrecio. parere quietum / quam regere imperio: un verso elegido por Virgilio para abanderar el pasaje más «imperialis­ ta» de la Eneida (VI. el saber vivir con poco. que al momento / envileció la fuerza y hermosura». / 148 . con ese poco que nunca se vuelve penuria.el criterio ori­ ginal para asignar un papel de guía en las comunidades pri­ mitivas fue la belleza. / y descubrióse el oro.. la convivencia se ha fundado sobre una escala de valo­ res opuesta. quien al final de este importante des­ arrollo se concede una especie de invectiva: «Deja a estos mi­ serables se consuman. Por el con­ trario.La aclaración de esta sentencia de apariencia paradójica se encuentra en otro de los pasajes de alto contenido político del poema: el final del Libro V.39 Si triunfase la verdadera doctrina {vera ratio) -es decir. / y se amancillen con sudor y sangre. «Debe. donde se traza un perfil de la historia humana y de la progresiva -y.. la de Epicuro.constitución de la propiedad privada y del Estado. el ánimo prudente / anteponer la quieta servidumbre / a la ambición del trono soberano.41 Esta muchedumbre no puede evitar los en­ vites de la envidia y acaba precipitándose al horrible Tártaro. Una locura.subvertiría radicalmente esta absurda escala de va­ lores: la verdadera riqueza sería. Un elogio del estado de depen­ dencia que suscita interrogantes acerca de la posición social del propio Lucrecio.»42 En el ori­ ginal: statius. Sólo más tarde «se introdujeron las riquezas. en tal caso. lógicamente. / porque eran estas prendas naturales / las que más a los hombres distinguían».

Este argumento ocupa enteramente el Libro III de los seis que componen el poema. siguiendo el camino de la ambición. y que sin embargo haya compuesto un poema que ponía en duda muchas de las certezas por las que aquellos hombres vivían o creían vivir. ya que todo bien y mal 149 . y antes que ellos en la tradición religiosa. abdica de su pro­ pio entendimiento: sapit ex ore alieno. central en el pensamiento de Platón y de Aristóteles. a pesar de su in­ sistente profesión de fe en la existencia de los dioses. en un contexto no menos apa­ sionado y emotivo.. el ateo.] su saber sólo estriba en dicho ajeno (sapiunt ex ore alieno). Epicuro escribió a Meneceo: «Acostúmbrate a considerar que nada es para nosotros la muerte. con todas las implicaciones que ese temor insensato comporta. 3 En su exposición de la doctrina epicúrea. Tal era Lucrecio. el destructor de la tradición. Al combatir la tesis de la inmortalidad del alma. Epicuro llevaba a cabo su gesto más radical. meros espectadores por lo demás. Lucrecio otor­ ga un papel central a la demostración de la mortalidad del alma. según su concepción del funcio­ namiento autónomo del universo. Un gesto que lo convertía ipso facto en el ene­ migo. Lucrecio afirmaba que el poder nunca se consigue de verdad: justamente porque quien. al fin lo consigue..y forcejeen en la senda estrecha / de la ambición sin fruto [. al final del Libro III. Un signo de la íntima perplejidad inte­ lectual del medio en el que vivieron Cicerón y su círculo es el hecho de que un poeta de ese talante haya vivido a su sombra y en estrecho contacto con ellos. »43 Por eso. y constituye el pivote sobre el que gira la tesis que parece más esencial para el poeta: no se debe temer a la muerte.

mientras que estar vivo es de por sí una condición favorable. En palabras de Lucrecio: «Y puesto que hasta aquí las cualidades / de los principios te hemos ex­ plicado [los átomos] / sus formas diferentes. y cuando la muerte está presente.» Epicuro subvierte así el sentido común: «Nada de temible hay. movimientos / que recíprocamente experimenta / la materia agitada de con­ tinuo. Pues si lo que es presente no nos contur­ ba. ni repudia la existencia ni teme la no existencia. aclararán mis versos / de ánimo y alma la naturaleza. ora la reclama como reposo de los males de la existencia.» También en este punto yerra el sentido común: «La gente ora huye de la muerte como del mayor de los males. la muerte. sino porque elimina el deseo de inmortalidad. según esto. nada es para noso­ tros: cuando existimos la muerte no está presente.» De aquí se desprende no sólo el precepto epicúreo acerca de la insignificancia que tiene la muerte para los vivientes. / y cómo cada ser se forma de ella: / ya. Es el exacto contrario de aquello que el sentido común tiende a creer: que no vivir es terrible. no porque añada un tiempo sin límites. El sabio. el más horrible de los males. / y con toda violencia extirparemos/de raíz aquel miedo de Aque150 . por el contrario. entonces ya no existimos. Por eso el recto conocimiento de que la muerte nada es para nosotros hace más deleitoso el que la vida sea mortal. se duele. y la privación de la sensación es la muerte. sino además la asunción como he­ cho consumado de que la vida de quien no hace suyo ese pre­ cepto se vuelve un infierno. sino porque. vanamente producirá dolor cuando se espera.se fundamenta en la sensación. pre­ viéndola. en la exis­ tencia para quien haya comprendido que nada hay de te­ mible en la no existencia. pues ni la vida le es un mal ni considera un mal la muerte. «De modo que quien afirma que teme la muerte es necio. Entonces. no porque se dolerá cuando ésta se presente. en efecto.»44 El conocimiento de la naturaleza mortal del alma elimi­ na el temor a la muerte.

con la muerte del organismo se disuelven también ellos -aunque este pasaje requerirá.ronte/ que en su origen la humana vida turba.»46 Se halla aquí con toda claridad la idea acerca del interés de determinadas personas en mantener a los hombres en la ignorancia. con el miedo al más allá como instrumento principal. en el Sísifo. Memmio. Sin embargo. una de­ mostración específica-. es decir la facultad intelectiva y el principio vital. En consecuencia. Su diagnóstico no se aparta. dejan al desnudo la pregunta acerca de por qué han surgido alguna vez.»45 El hilo del razonamiento es muy claro: el espíritu y el alma. dirigiéndose a su destinatario o lector: «De aterradores cuentos fatigado [terriloquis dictis\ / referidos por todos [quovis tempore] los poetas / quizás huirás de mí tam­ bién tú. para nosotros. en el desarrollo del Libro III. Los terroríficos discursos sobre el Hades.de la científica predi­ 151 . si por tanto el alma es mortal. que se remonta a la sofísti­ ca y se halla documentada. son conglomerados de átomos ad hoc. los sufrimientos de las almas y todo el aparato teórico y práctico ligado a este mundo inventado se desha­ cen como nieve al sol: sencillamente se desvanecen. de to­ das formas. Lo dice al princi­ pio del poema. / que no deja gozar a los mortales / de líquido solaz deleite puro. todo aquello que una tradición milenaria ha acumulado acerca de los castigos eternos que nos esperan en el más allá carece de fundamento. drama satírico de Cridas. En todo caso. de la tradición crítica. Estamos ante uno de los puntos más delicados para Lucrecio. Lucrecio es muy claro e insistente sobre este punto: existe una casta sacerdotal que quiere ejercer un control espiritual sobre los seres humanos. en el que la invención del más allá co­ mo sede de los padecimientos eternos para asustar en el más acá es presentada como el invento de alguien que quería afianzar su control sobre el comportamiento de los humanos. lo que distingue el antiguo descubrimiento sofístico -la «invención de los dioses». el Aqueronte.

la revelación de la simple verdad según la cual la muerte es el final de todo y no existen «se­ gundos tiempos» que nos esperan. o al menos de algunos de ellos.cación epicúrea acerca de la inexistencia de las penas ultraterrenas es la diversa eficacia ética de sus puntos de vista. con la copa en mano / y som­ breando el rostro las guirnaldas: / “Entreguémonos. citado por Cicerón. en 152 . Hay que hacer el bien no por razones exteriores sino porque debes hacerlo aquí como fuente de tu felicidad aquí. / el fruto del placer se pasa luego. Todo el partido se juega aquí y no existe un después que imponga normas de compor­ tamiento. III La superioridad moral de aquellos que siguen a Epicuro con respecto a la vulgaridad hedonística de quienes se siguen nutriendo de prejuicios es puesta de manifiesto con la habi­ tual vehemencia oratoria de Lucrecio. El punto culminante de esta elevada ética laica es que el bien es la fuente de la felicidad y el bienestar: el altruismo -dicho en el lenguaje de los utilitaristas ingleses. con análogo propósito patético. Para Epicuro y su escuela. pues. quien se lanza a una dura reprimenda dirigi­ da por la Naturaleza a los ciegos hedonistas («si la Naturaleza de pronto se pusiera a hablar y dirigiese estos reproches»): una ficción oratoria que evoca el discurso de la Patria a Cati­ lina.aparece como la forma suprema y no perniciosa del «egoísmo». implica una ética del todo terrenal y por tanto más austera. a quien no sin razón Goethe definió como «orador con dotes poéticas». al regocijo.”»47 El ímpetu oratorio dirige aquí la mano del poeta. Epi­ curo y sus seguidores se ubican en los antípodas de la indife­ rencia ética de los sofistas. / muy pronto va a dejarnos para siempre. El pasaje aparece al final del Libro III: «También de corazón dicen los hombres / en los convites.

paralelamente. una terminología político-judicial típicamente romana. / nada criara la Naturaleza. un simple hallazgo oratorio. haciendo escuela con su discurso más célebre y mejor pulido.»50 Un poco más abajo. te desesperas tanto? / ¿Por qué te das al llanto desmedido? / ¿Por qué gimes y lloras tú la muerte? / Si la pasada vida te fue grata. / si no tuvieran su reencuentro y cho­ que. / y es clara la verdad de sus palabras?»49 También en este pasaje. gracias a los cuales la Naturaleza regula las cosas (es decir. La personificación es un juego en el que había destacado su amigo Cicerón. / e in­ grata pereció tu dicha entera. ¡oh mortal!. La Naturaleza es la única «divinidad» que ocupa. con funciones directivas. / ¿por qué no te retiras de la vida / cual de la mesa el convidado ahíto?»48 Reaparece aquí el motivo romano del banquete como lugar geométrico de la «saciedad»: los banquetes iluminados por estatuas de efebos al principio del Libro II. / en el vacío. / si como en vaso agujereado y roto / no fueron derramados tus placeres. / ni por sí en­ gendrar (gignereper se) choques que varíen / sus movimientos. Lucrecio escribe una frase muy elocuente: «Pues si no declina­ ran los principios. El discurso lucreciano. pues. / cayeran como gotas de la lluvia. los banquetes de los hedonistas tris­ tes en este mismo contexto del Libro III.Ia Catilinaria primera. los cuerpos más pesados / caer encima de los más ligeros. una expresión más comprometida que rem (o res) gerere: 153 . Esta repentina peroración de la Naturaleza está lejos de ser. / sino que es justo el pleito que nos pone. la realidad: per quos Natura gerat res). Cuando in­ tenta explicar el difícil concepto de «desviación» (clinamen). lo dice aún con mayor claridad: «No pueden. en el que sin duda se inspiró Leopardi para su no menos contundente ad­ monición de la Naturaleza al Islandés. tiene momentos de gran intensidad: «¿Por qué. sin embargo. en la­ tín. «¿Qué responder a la Naturaleza. Pero la Naturale­ za es asimismo la fuerza que mueve los átomos. el universo atómico lucreciano.»51 Difícil encontrar.

existe además un misterioso clina­ men (¿provocado por la Naturaleza?) necesario para determi­ nar los encuentros y choques de los átomos.. los «movimientos». en el que prepondera la idea de que los átomos no son ellos mismos los que provocan los «choques».. que pondría en peligro todo el mecanis­ mo atomístico. en este pasaje del Libro III afirma que los átomos sua sponte (espontáneamente) hacen a «la mate­ ria agitada de continuo». Es pro­ bablemente la Naturaleza. del líder. Lucrecio llega incluso a definirla como «creadora».54 mientras que en el libro precedente había escrito que los átomos «no pueden [. generan los seres. estos choques provocan los «movimientos genitales»52 y sus variaciones que. de quien la posteridad recordará justamente su res gestae. etc.] engendrar choques que va­ ríen sus movimientos gracias a los cuales la Naturaleza regula las cosas». Lucrecio se contradi­ ce acerca de un asunto tan delicado. básico en su edificio conceptual. En el libro siguiente. semejante al de una divinidad activa e intervencionista. la que establece la diferencia entre un «movimiento genital y el otro». una por una. La escasa claridad sobre este punto ha sido fuente de contradicciones. Pero ello la investiría de un papel abiertamente divino. existe una Naturaleza que actúa como fuer­ za directiva y reguladora. En cambio. En resumen. La situación llega a ser tan compro­ metida que Lucrecio apela a la noción de «hado». ni. pero no parece que Epicuro -Lucrecio por cierto no lo hace—haya incurrido en esta aclaración. y decisiva. un dios llamado «Naturaleza». sus gestas. y habla de un «movimiento espontáneo» de los átomos. en consecuencia. visto que gerit res. En el con­ texto del Libro II. al modo de las divinidades tradicionales.indica la actividad del jefe.53 Una solución sería definir a esta divinidad sui generis como un dios inmanente a la reali­ dad misma. los objetos. del responsable. Lucrecio apela en efecto a una fórmula que corre el peligro de caer fuera de la 154 .

por lo menos en el terreno terminológico. inexplicable de acuerdo 155 . cuando se trata no ya del hombre natural sino del histórico y humano.56 Por tanto. sin embargo. Si­ tuación que se complica aún más si se piensa que al final del Libro V. cuando menos se lo espera el lector. que trastorna inesperadamente los destinos humanos: «ciertarhente parece que se burla / de los humanos acaecimientos / una fuerza secreta. y atribuye todas las cosas al movimiento necesario de los áto­ mos.» Y prosigue: «no me sorprende por ello el hecho de que Lucrecio advirtiera esta tendencia. la omnipotente naturaleza lucreciana. causa que no sabe dónde va ni qué hace. la experiencia lo obliga a reconocer en el curso de los aconte­ cimientos una decidida propensión (affectation) a perturbar las dignidades eminentes que se manifiestan entre los hom­ bres. quien en la voz «Lucrecio» de su Dictionnaire historique et critique señala: «He aquí un filósofo que niega obstinadamente la providencia y la fuerza de la fortuna. Un interrogante se nos impone en eSte punto: ¿qué rela­ ción existirá entre la Naturaleza. en efecto. y este «hado»? ¿Acaso son la misma cosa? Un dualismo significaría. parece evidente que Epicuro sostiene lo contrario que Lucrecio: el clinamen infringe «la necesidad del hado». un movimiento que rompa las leyes de los hados. excepto que se asemeja mucho a la tradicional noción de «hado» o «sino».55 En todo caso.ortodoxia. y se complace / en pisar con ludibrio las segures / y los fasces hermosos». sabemos por Cicerón que «Epicuro entiende que se supera la necesidad del hado por medio de la declinación de los áto­ mos». sin embargo. Dice que «siempre todo movimiento / se encadena y en orden ne­ cesario / hace siempre que nazcan unos de otros». sale a la luz «una fuerza secreta». un auténtico problema.57 De esta misteriosa fuerza nada se puede decir. y que en su declinación los átomos no determinan. El primero en reparar en ello fue el gran pensador francés Pierre Bayle.

quien admitía -y su heredero. se le hacen presentes los símbolos del poder político de Roma. hay que admitir que los fenómenos de la his­ toria humana ponen a los filósofos en problemas no menos graves que los fenómenos de la historia natural». concluye Bayle. el sistema epicúreo es el que mayores di­ ficultades asume a la hora de afrontar las «dificultades a las que me refiero».con sus principios. de la «fuerza oculta» propensa a causar la ruina de los poderosos. ha intentado mani­ pular esta frase para que no diga lo que en realidad no dice. y piensa y actúa de acuerdo con ella. En consecuencia. El peso político y el uso abiertamente instrumental de la religión vigente en Roma es incomparable con la situación de la Grecia de Epicuro. Lucrecio piensa en la realidad roma­ na: «las segures y los fasces hermosos». Este anclaje en la realidad histórica contemporánea a él pare­ ce conferirle una mayor autonomía intelectual con respecto al Maestro. Ermarco. en el ámbito de la religión. en los himnos. Se podría decir que esa «desviación» aparece justamente allí donde. una vez más. Una autonomía que se hace evidente. en el mencionado contexto del final del Libro V. lo hará aún más claramente—o encontraba al menos aceptable la sanción 156 . justamente el más importante para Lucrecio.59 Un gesto tan fútil no merecería siquiera mencionarse si no fuese en sí un síntoma de la inquietud que suscita en los crí­ ticos (sobre todo en los más gazmoños) esta pronunciada desviación de Lucrecio con respecto a la ortodoxia epicúrea. de quien se proclama. seguidor in­ condicional. Vinculado a la realidad romana. sin duda menos agudo que el gran crítico del siglo XVII. y nada fácil de explicar tampoco según otros sistemas. Parece que cada vez que quiere indicar los blancos de la ciega potencia. Cosa que no carece de explicación. Lucrecio crea cierta autonomía con respecto a Epicuro. Sin embar­ go.58 Un estudioso moderno. Lucrecio no tiene frente al culto «vulgar» a los dioses aquella cándida indulgencia característica de su maestro.

»61 No andaba descaminado Betrand Rus­ sell cuando observó hasta qué punto el poema de Lucrecio habrá resultado fuera de lugar en el clima de mojigatería que caracterizó al siglo de Augusto. según parece. Así fue como los poetas alineados con las directrices cul­ turales augustales ignoraron abiertamente a Lucrecio. y la presenta como tal. y no sólo en el terre­ no de la técnica poética. pero sin nombrarlo nunca. a pesar de que nunca llega a desarrollar el prometido asunto de los luga­ res donde éstos se asientan. que el poema de Lucrecio duraría tanto como el mundo. / tapada la cabeza ante una piedra. y así se nos aparece en los célebres bajorrelieves. que lo representan en compañía de su familia portando vestes semejantes. lo que determinó la poca fortuna de 157 . Cosa que. / ni el andar en humildes postraciones. Este escribió con auténtica vehemencia. no era óbice para que. cuando Augusto exhibía su propia pietas como devoto adorador de estatuas y de altares. adop­ taran comportamientos como mínimo embarazosos. y no sólo a los ojos del «casto» príncipe. / ni el levantar las manos a los dio­ ses / ni el inundar sus aras con la sangre / de animales. Quizás lo criticaron oblicuamente.62 Los versos que acabamos de citar debían cau­ sar verdadero escándalo pocos años después de haber sido es­ critos. o antirreligiosa. de quien sin embargo habían aprendido casi todo.religiosa como instrumento de control. Lucrecio describe con acentos dignos de Evemero —divulgado en Roma por Ennio— la invención de los dioses. ni el cúmulo de votos. en cuanto se quitaban los velos.60 Pero Lucrecio reserva sus más feroces sarcasmos a los rituales de la religión romana: «No es piedad el dar vueltas a menudo. en una de las obras que más tarde fueron blandidas en su contra. / ni el visitar los templos con frecuencia. con excepción de Ovidio. con la restauración de la reli­ gión antigua. quien acabaría siendo víctima del conformismo propio de su tiem­ po.63 Pero con toda probabilidad no fue sólo la doctrina irreli­ giosa.

ni. cabe recor­ darlo. nunca volvió a escribirse en un len­ guaje tan explícito. 1177). no les habría hecho ninguna gracia esa pesada caricatura de su servitium. una época. relegando esa materia a los tratados técnicos en verso. también en este ámbito. que ocupa el final del Libro IV del poema de Lucre­ cio (1030-1287). teniendo en cuenta que.64 Lucrecio no puede haber sido menos fiel a Epicuro que a Tucídides.Lucrecio en los tiempos de Augusto. Nunca más la poesía latina volvió a tratar la fisiología del acopla­ miento. Además de la fisiología del acopla­ miento. Lucrecio fue arrincona­ do. serían los «codificados» por Virgilio cuandb. trata de las penas de amor de los animales. irreconciliable con la gazmoñería augustal. donde se refiere a los amores humanos. Nada ha permanecido de lo que Epicuro escribió acerca de este punto. incluida la caricatura del «amante despedido» {exclusus amator.» Lo cual no quita que. amplia­ mente violados por Lucrecio. desde el principio del 158 . La medida y el tono a seguir. en las Geórgicas. que tanto insistieron en sus poemas sobre la voluntaria y tortuosa «es­ clavitud de amor» morbosamente vivida. A los literatos augustales. «El sabio no se enamorará. Lucrecio siga tal vez literalmente a Epicuro —como lo hizo con Tucídides. el mismo capítulo de la obra comprende también una ácida sátira del enamoramiento y del cortejo (1121-1191). decisiva desde el punto de vista del destino de los li­ bros: la censura que el príncipe practicaba o avalaba tenía su efecto directo sobre las bibliotecas. en particular el tratado Sobre el amor. además. como también se hizo con Catulo. y del Libro IV de la Eneida. por supuesto. que Diógenes Laercio incluye entre los «mejores» trabajos del Maestro. de quien toma el episodio de la peste de Atenas que aparece al final del poe­ ma—. con excepción del lapidario resumen realiza­ do por Diógenes de Tarso en el Epitome de la ética de Epicuror. porque su lenguaje en el terreno erótico era de una crudeza sumamente explícita.

poema. Pero si todo parece indicar que Lucrecio refleja puntualmente las posiciones expresadas por Epicuro en su tratado Sobre el amor. cuando se enfrenta con el enorme problema siguiente: ¿cómo puede nacer el libre albedrío de un universo de átomos que «un mo­ vimiento nuevo no produce / que rompa la cadena de los ha­ dos». por parte del Maestro.«tendrá una doctrina segura y no entrará en la duda». cuando el poeta dice que los átomos se mueven «espontá159 . Lamentablemente la pérdida de todos los tra­ tados escritos por Epicuro nos impide el contraste.66 es decir de un universo rígidamente mecánico? Que este problema atormentaba a Lucrecio se deduce por otra parte del inesperado y casi heterodoxo forzamiento —al cual nos hemos ya referido—que aparece a principios del Libro III.65 Afirmación muy poco amable. es decir la fuente de aquellos ásperos versos. debemos imaginarlo bebiendo la poción que precipita la locura? 4 El sabio -sostenía Epicuro. no tiene sentido avalar —como se ha hecho con frecuencia— la novelesca biografía antigua del poeta mediante el crudo y despiadado tratamiento que pre­ senta en De rerum natura del acoplamiento y de la locura de amor. para el pasaje tomado de Tucídides. Las encontramos también en Lucrecio. en cambio. El problema de dar perfecta unidad al sistema debe haber inquietado también a los divulgadores de su pensa­ miento. que sí podemos establecer. ¿O acaso también a Epicuro. de no haber limpiado del todo su doctrina de fallas e incohe­ rencias. él se proclama ante todo como un humilde traduc­ tor de aquél. quienes han cuajado sus propias demostraciones de numerosos «sin duda» (procul dubio) y otras expresiones tran­ quilizadoras. que denota tal vez la íntima sospecha.

¿cómo pueden estar dotados de «li­ bre voluntad». su prin­ cipio / es nuestra voluntad. confusa. digo. por­ que nosotros vemos / que nada puede hacerse de la nada». por ejemplo. si se nos permite una comparación irreve­ rente. en particular de libre voluntad de movimien­ to? «¿De do viene / el que los animales todos gocen / de aquesta libertad? ¿De dónde. En un primer momento la explicación es más que nada una constatación: es evidente que cualquier movimiento obedece a un impulso de la voluntad. como mínimo.72 Pero entonces «Esta verdad te obliga a que confieses / en los principios diferente causa (aliam causa motibus) / de pesadez y choque. / esta voluntad nace que arranca­ da / a los hados nos mueve presurosa / do el deleite conduce a cada uno? / Además de que nuestros movimientos / ni a tiempos ni a lugares se sujetan / determinadamente. el impulso que los lleva a correr en busca del campo abierto proviene en pri­ mer lugar de la mente. con que en el Medioevo se justifi­ 160 ..»68 A pesar del tranquilizador «sin duda»69 con que Lucrecio abre la respuesta a estos interrogantes. La explicación propuesta no destaca precisamente por su contundencia.neamente» (sponte sua). sino que simplemente lo desplaza. a aquellas explicaciones pseudocientíficas. la argumentación es bastante enrevesada y. cercanas al simple juego de palabras..G1 Pero aquí es donde el problema se presenta en toda su dimensión: si el movimiento de los áto­ mos está preestablecido. lo cual no resuelve el pro­ blema.70 «Ya ves que el movimiento su principio / tiene en el corazón»71 y que desciende de la «voluntad misma».73 La facultad «innata» del libre albedrío es de esta forma atribuida a los propios átomos. de ésta nace / la libertad (haec innata potestas). ¿De qué manera se manifiesta este im­ pulso-voluntad? «Las moléculas todas esparcidas / por los miembros es fuerza que se junten / y se agiten por todo nues­ tro cuerpo». se asemeja más bien. cuando a los caballos ence­ rrados en un establo se les franquea el portón. así.

visiblemente ingenua. la parte exter­ na y visible de nuestro cuerpo está enferma. basta una leve brisa para hacer que un puña­ do de ellas caigan a tierra. o. mientras que en otra parte. es decir la fuerza intelectual que guía al cuerpo) está hecho de átomos muy especiales: «sutilísimos (persubtilis) principios / y muy delgados (minutis corporibus factum)». Pero. / como los pies y manos y los ojos».caba que el opio hiciera dormir apelando a sus «virtudes dor­ mitivas». podemos conservar la salud más vigo­ rosa. habiéndose liberado expeditivamente de 161 . Lo cual nos lleva a pensar que esta «facultad inna­ ta» es una prerrogativa de todos los átomos. armonía)?6 «siendo un modo / de ser la sanidad que goza el cuerpo. con frecuencia. / que puedan obligarla a que se mueva / al más ligero impulso. más ade­ lante. no visible. son no ya «parte real de nuestro cuerpo. a partir de una analogía extraída de la experiencia microscópica: observad -dice—las semillas de la amapola.. / si atiendes a la grande ligereza / con la que se decide y obra el alma: / no nos presenta la Naturaleza / más activos los cuer­ pos. / y no una parte de él. mientras que un cúmulo de piedra permanecerá inmutable si es expuesto al mismo impulso.»75 Lucrecio quiere avalar la verosimilitud de esta idea. / en lo que me parece no van errados. En la estela de Epicuro. luego debe / esa movilidad extraordinaria / componerse toda ella de elementos / los más redondos y los más delga­ dos. entre ellas la voluntad.. Lucrecio nos dice que en realidad el ánimo (animus. Lucrecio se muestra convencido de que todo el sistema atomístico se pondría en peligro si se aceptase —como pretenden otras corrientes de pensamiento— que las facultades intelectivas.»77 La respuesta lucreciana es sin duda endeble: arguye que. como la llamaban los griegos.78 Tras lo cual.74 Para conven­ certe -le dice al lector el voluntarioso Lucrecio—no hace falta más que reflexionar acerca de ello: «Convendrás en esto. sino una «disposición vital» (habitus vitalis. del mismo modo / al ánimo no adignan sitio cierto.

Su principal objetivo fue la demolición de los miedos atávicos contra los que ningún sis­ tema filosófico anterior había arremetido: el temor de los dioses. Lo que hace no es sino atribuir a un tipo especial de materia lo que en realidad pertenece a la ex­ periencia. suplemento indispensable del dogma universalmente aceptado de la in­ mortalidad del alma.79 En el breve y espléndido prólogo que escribió para la traducción alemana de Lucrecio. Timón de Flionte. Epicuro que­ ría ser un maestro de la felicidad. «Al pergeñar semejante explicación -escribe Einstein.»80 Pero sería quizás un error de perspectiva el abordar la construcción epicúrea como si se tratase de un «sistema» científico. Epicuro no hizo investigaciones de física ni de geometría ni de historia natural. lo llamó «el último de los físicos». el miedo a la muerte. La física atomística. debida a su colega berlinés Hermann Diels (1924). Albert Einstein señala. en un razo­ namiento lúcido y al mismo tiempo lleno de reconocimiento hacia el gran poeta materialista. El sentido y el objeto de su construcción es la sabiduría y la serenidad.Lucrecio [y es obvio que la crítica alcanza también a Epicuro] cae en una necesaria contradicción con su propio pensamiento. que deberían ser el resultado de su pedagogía ética. que lo detestaba. que la idea misma de imagi­ nar que el alma y el espíritu están compuestos por átomos particularmente ligeros no es más que una forma de pasar por alto el problema. y a la que sólo añadió ejemplos empíricos y retoques algo pueriles.una hipótesis verosímil. entendidos como caprichosos protectores y aun más arbitrarios castigadores. no es más que una indispensable premisa de aquella autónoma (en sentido kantiano) y elevada ética laica que está en el centro de su pensamiento. anuncia la demostración de que el ánimo también forma parte de los órganos. Restituir la felicidad a los hombres li­ 162 . como el del cli­ namen. que él creía ya desarrollada por Demócrito.

extraño a toda (imaginaria) intervención divina. en el himno que dirige al Maestro al principio del Libro I de su poema.berándolos de esos miedos tan poderosos como absurdos: he aquí el gran designio del sistema epicureísta. tal como ella misma se lo dice al desventurado Islandés en la más compleja e inspirada de las Pequeñas obras morales. es decir de la fe­ licidad. como fuerza inmanente. Felicidad del todo humana. repite por dos veces a su destinatario. pero cuyos rasgos nunca que­ dan del todo aclarados.»81 La feli­ cidad así conquistada es ausencia de dolor.*2 Dicho en otras pala­ bras: si una voluntad divina hubiera creado el mundo. aunque serenamente rechazada por la razón. sofisticado placer y conquista intelectual. / pues es tan deficiente e im­ perfecto (tanta stat praedita culpa)». de una provi­ 163 . dice: «Cuando la humana vida a nuestros ojos / oprimida yacía con infamia / en la tierra por grave fa­ natismo. Aparece aquí una sutil necesidad. es decir a todos los prosélitos que se propone conquistar. «que el mundo (natura mundi) / no ha sido por los dioses fabricado. éste sería un lugar confortable para nosotros. En cuanto a Lucrecio. Por eso Lucre­ cio. puesto que en un mundo que es un incesante torbellino de átomos. la responsa­ bilidad es sólo nuestra: son los propios humanos los artífices de esta difícil y austera conquista del placer. por la sencilla razón de que esa eluci­ dación ni siquiera se intenta. puesto que está lleno de defectos por lo que a nosotros respecta. En este punto se encuentra el asunto esencial del pensa­ miento de Leopardi: el de una Naturaleza que no ha creado este mundo para nosotros. / al punto un varón griego osó el primero / levantar hacia él mortales ojos / y abiertamente declararle la guerra. En el trasfondo hay una Naturaleza omnipotente que por momentos parece identificarse con el universo mis­ mo. / que desde las mansiones celestiales / alzaba la ca­ beza amenazando / a los mortales con horrible aspecto. cuando en verdad no lo es en absoluto.

se elogia la fuerza de las religiones en función de su persistencia a lo lar­ go del tiempo. gracias a su capaci­ dad de transformarlo mediante el trabajo de su mente. del fundamento mismo de la felicidad. constituyendo 164 . En su lecho de muerte. que no tiene ninguna necesi­ dad de dioses. Por lo general. Por tu parte. contra quienes divulgaron su pensamiento o fueron aficionados a él. no menos vitalidad que las religiones salvificas. Epicuro escribía a Idomeneo y sus otros amigos: «En este día feliz. Los dolores de la estranguria y de disentería que se han apoderado de mí no ceden en la intensidad de su violencia. ha vivido y continúa viviendo a lo largo de milenios. Ninguna religión ha tenido la grandeza de dar a sus adeptos esta clase de enseñanza. En todo caso. Su enseñanza revela. La animadversión contra Epicuro -y. el consuelo no debe buscarse en las fá­ bulas sino en la serenidad del sabio. Pero todos ellos los resiste mi alma gozosa en el re­ cuerdo de nuestros pasados coloquios. cuida de los hijos de Metrodoro.»83 El sabio es feliz cada día de su vida. La diferencia radica en que Epicuro no ofrecía la salvación en otra vida. por ex­ tensión. a la vez el último de mi vida. sin distinción de sexo ni de nivel social. sin exceptuar el de su muerte. según la disposición que ya de joven mostraste hacia mí y la filosofía.dencia. sino que enseñaba a conquistarla en ésta. con la ayuda de la razón. te es­ cribo esta carta. en su capacidad para ser feliz mediante la disipación del dolor y la búsqueda en la amistad con otros seres humanos. ninguna religión le perdonó esa enseñanza. Pero en tales ocasiones se olvida que también la sabiduría laica de Epicuro.fue constante e implacable. en sus seguidores modernos. 5 Ninguna escuela filosófica.

casi un entero género filosófico y literario. de algunas de ellas se sabía que habían sido escritas por el estoico Dio timo (o Teotimo). su gratitud respecto a sus progenitores. Cuando Metrodoro. discípulo predilecto de Epicu­ ro. los apóstatas. dedicaba toda la primera parte a compendiar los «antiguos acusadores». sus fieles seguidores.85 Diógenes Laercio reacciona frente a esta tradición con una memorable página apologética: «Todos ellos [los difa­ madores de Epicuro] deliran. como siempre. que se pasó a la doctrina de Canéades. Se pergeñaron «cartas escandalosas» y se hicieron circular como si hubieran sido de puño y letra del propio Epicuro. en su Apología de Sócrates. basado en detalles infamantes de la vida privada de Epicuro. su generosidad con sus hermanos y la dul­ zura para con sus sirvientes.84 Los más encarnizados fueron. se apartó de su lado. sus amigos. pues muchos son los testigos de la incorruptible nobleza de sentimientos de nuestro per­ sonaje para con todos: su patria. quizá porque le abrumaba la incorruptible honradez del maestro. uno tras otro. Diógenes Laercio da una sumaria re­ seña de los calumniadores. de la misma forma en que Platón. su hermano Timócrates escribió un panfleto titulado Historias divertidas. innu­ merables discípulos como dirigentes. a excepción de Metrodoro de Estratinicea. su escuela. dedica­ do por entero a Epicuro. Posidonio y su escuela se dedicaron también a este género po­ lémico. quienes se mantuvieron adictos a los encantos de sirena de su doctrina. en el que sostenía que Epicuro «por su desenfreno vomitaba dos veces al día. explica que él mismo apenas fue capaz de escapar a aquellas nocturnas juergas filosóficas y a aquel cenáculo de iniciados». que le honró con estatuas de bronce. Al principio del dé­ cimo y último libro de las Vidas de losfilósofos griegos. ella permanece sin interrupción y ha dejado. que los tuvo en tal cantidad que no se podrían contar en todas las ciudades. que aun cuando todas las demás prácticamente desaparecieron. tal como se desprende del testa165 .

la sucesión de los escolarcas al frente de la escuela que antaño había tenido su sede en el «Jardín» de Epicuro se hallaba interrumpida desde hacía largo tiempo. de los que el más ilustre fue el ya citado Mis. haciendo de ellas el pivote de su larga y deta­ llada exposición. como aval de la va­ lidez de su panegírico. la línea de pensamiento griego que se impuso -gracias a haber sido. Es probable que Diógenes haya ex­ traído esas páginas de escritores muy anteriores a él. Pero ese Olimpo se hallaba ya vacío desde hacía tiem166 . a este respecto. Ello ha contribuido a que todo el resto quedara condenado a perderse definitivamente. que ocupa gran parte del libro.-. absorbida por el pensamiento cristiano. íntegros. no sin admirarse de la prolífica obra de Epicuro. El naufragio de esta imponente colección de textos no puede desvincularse de la hostilidad de la que el pensamiento de Epicuro fue objetivo constante. A primera vista puede sorprender el encarnizamiento cristiano contra Epicuro y sus seguidores. si se tiene en cuenta que la «teología» epicúrea resulta demoledora para el Olimpo pagano. Que Diógenes tenía a Epicuro en la más alta estima lo demuestra el hecho de que esas páginas extraídas de escritos antiguos son asumidas por aquél como parte de su propia obra. Es evidente que. que en los tiempos de Diógenes -finales del siglo II a. tres breves escritos del naufragio de los más de trescientos rollos manuscritos que Diógenes menciona. Compilación preciosa para nosotros. en resumen.C. dado que gracias a ella se han salvado. Se ha observado.»86 El elogio se prolonga en ulteriores detalles. tras los cuales Diógenes ofrece una nutrida antología de los escritos del Maestro.mento y de que ellos también se entregaron a la filosofía en su compañía.es la de Platón y Aristóteles. sobre todo debido al cristianismo. y el prólogo a su propia compilación de textos de Epicuro. de alguna manera. su filantropía con todos.

antes de vender sus «misterios». si­ nónimo para ellos de ateísmo: «La religión queda pisoteada si hacemos caso a Epicuro».89 Faltaba todavía largo tiempo para el momento en que un auténtico comercio «sagrado» se desarrollara en torno a los santuarios cristianos. Pierre Gassendi definió como el «elemento servil» de las religiones. Luciano de Samosata escribe acerca de un individuo llamado Alejandro. fustigaron a Epi­ curo y a Lucrecio tachando sus posiciones como «locura».87 En realidad. Gassendi distinguía. formulaciones como aquella de la carta de Epicuro a Meneceo: «No es impío quien quiere eliminar los dioses a la gente.C. restaurador de los estudios epicúreos en la edad moderna y profesor de matemática en el Collège de Francia. es el mismo término que blandían contra toda concepción no confesional de la divinidad. cristiano o epicúreo que esté espiando nuestros ritos. que.»88 Sin embargo. y estigmatizados ambos. en el siglo IV .. echadlo inmediatamente. Estos guerreros de la nueva fe arremetían en sus escritos contra el breviario epicúreo de Lu­ crecio —que sin embargo encontrará el favor de un Isidoro de Sevilla.» Y gritaba: «¡Fuera los cristianos!». es decir aquellas que plantean el inter­ cambio de favores entre los hombres y la divinidad. muchos siglos después. solía proclamar: «Si hay algún ateo. sino quien atribuye a los dioses la creencia de la gente. escribe Lactancio. durante largo tiempo epicúreos y cristianos habían sido medidos con la misma vara. y la multitud replicaba: «¡Fuera los epicúreos!» Sólo cuando la doble invectiva se había lanzado el rito podía dar comienzo. en la época floreciente de aquello que. y los ele­ 167 . Gassendi (1529-1655). discípulo y crítico de Descartes. siendo cristianos. merca­ der de oráculos. en las religiones.puesto que hallaban intolerables. entre elementos serviles. Durante la segunda mitad del siglo II d.po cuando los Padres latinos. sostuvo en su tratado De vita et moribus Epicuri (1649) que la religion enseñada por Epicuro era sin­ gularmente pura.

la religion de Epicuro puede parecer a algunos «defectuosa». añadía. justamente debido a esta au­ sencia de elementos serviles. 168 . aquellos que se atienen a la pureza de la de­ voción.90 Ahora bien.mentos filiales.

con el cristianismo como religión dominante.» Volviendo la vista al pasado. expuesta a diversos peligros. que supo atraer a su seno el ánimo y el pensamiento de las clases dirigentes del mundo helenístico-romano.UNA PROFESIÓN PELIGROSA En una conferencia pronunciada en Praga en 1935. cuando no de una auténtica demonización. los personajes de los que nos hemos ocupado fue­ ron víctimas de tal situación: o bien personalmente.» Al año siguiente. esta tensión entre filosofía y poder político parece haber sido particularmente aguda. Ed­ mund Husserl formulaba este diagnóstico: «Los conservado­ res y los filósofos mantienen una guerra abierta. Los hombres que consa­ gran su vida a las ideas son dejados al margen de la sociedad. en el cur­ so de su vida. Husserl fue apartado de su cátedra universi­ taria por el régimen nazi. y está claro que la batalla tendrá lugar en la esfera política. En el mundo antiguo. o bien porque las ideas que ellos profesaron fueron objeto de alarma y de recha­ zo. Por una u otra razón. que hoy podría re­ sultar anacrónico o ingenuo. en un rapto de optimismo.» Sin embargo. Más tarde. añade: «Ya desde los inicios de la filosofía se desencadenaron las persecuciones. las ideas son más fuertes que cualquier otra potencia empírica. 169 . la situación empeoraría aún más. concluye: «A pesar de ello.

aproximadamente. en su largo camino hacia la hegemonía religiosa. que comportaba. En el siglo que. en rea­ lidad.Se trata de un problema que merece una reflexión profun­ da. Alejandría jugó en ese contexto un papel emblemático. En cual­ quier caso. el gran campeón de la ortodoxia que.)-. desempeñarían mejor su papel directi­ vo? La respuesta se halla tal vez en la capacidad demostrada por el cristianismo de adherirse al orden existente. Si ello no sucedió fue sencillamente porque. ello fue lo que le permitió tener la necesaria vi­ talidad para sobrevivir a la caída del imperio romano de Occidente.C. hasta el punto de que fueron esos mismos elementos incorporados en su seno los que generaron su división en numerosas «herejías». El pensamiento filosófico no cristiano quedó entonces expuesto a un peligro extremo: el de ser borrado del mapa por efecto de una drástica «revolución cultural». convertidas a ella. por parte de Teodosio. sin renunciar por ello a una estructura organi­ zativa y doctrinal autónoma. el cristianismo absorbió importan­ tes elementos del pensamiento griego. aún bajo el mandato de Constantino (325 d. Era la ciudad de Atanasio. transcurre en­ tre el edicto de tolerancia de Constantino y la proclamación. aunque no es éste el lugar para hacerla: ¿por qué una reli­ gión tal conquistó las clases más elevadas y las convenció de que. como una especie de Estado den­ tro del Estado. extinguiéndose la mentalidad que podríamos denominar «antigua». del cristianismo como religión oficial del Estado. Fue el primer acto de la batalla en torno a la Trinidad. a partir del primer concilio ecuménico —desarrollado en Nicea (no lejos de la nueva capital). se había impuesto sobre el arrianismo después de numerosas vicisitudes. la transición entre aquella cultura antigua y la que nacía entonces no fue indolora. un enfrentamiento entre la teológica aceptación de 170 . el mundo cambió definitivamente. tanto social como político.

Alejandría había conquistado una posición que se traducía en una suerte de independencia político-institucional y doctrinaria. Devolvamos la palabra a Edward Gibbon: «Los honores rendidos [por una parte de la población alejandrina] a Será171 . sobre aquel trono patriarcal. fue uno los primeros obispos objeto de culto. muerto en el 373. Edward Gibbon carac­ terizó de esta forma al obispo Teófilo. del 412 al 444. a pesar de que no podía considerársele un mártir. gra­ cias a la división de papeles que permite a la autoridad mante­ nerse formalmente al margen de toda responsabilidad directa de los peores raptos de violencia. difícil de defen­ der). en desencadenante de actos violentos.C. las destrucciones y muertes que ellos provocaron de forma directa o indirecta. a su manera.»1 Durante el «gobier­ no» de Teófilo se manifiesta ya un fenómeno que tendrá gran futuro. eterno enemigo de la paz y de la virtud. cuyas manos estuvieron alternativa­ mente manchadas de sangre y de oro. El reinado de aquellos dos hombres. se deja entender como una incitación al fanatismo de la masa. en estos casos. Se trata de un gesto de autoridad que. y que repetiría Cirilo. en consecuencia. y que podríamos denominar provocación alusiva. estigmatizándolo para siempre: «El trono archiépiscopal estaba ocupado en aquel entonces por Teófilo. escrita pocos años antes de la Revolución francesa.. Es. un mecanismo perfecto. Este fue el mecanismo que puso en marcha Teófilo. Gra­ cias al prestigio de sus obispos.unas «verdades» incomprensibles para la razón. que ascendió al poder en el 391 d. En su His­ tory o f the Decline and Fall o f the Roman Empire. A finales del siglo IV y principios del V se sucedieron. y su sobrino Cirilo. hombre audaz y maligno. y el inque­ brantable impulso racional de matriz filosófica. Atanasio. figuras hegemónicas e inquietantes: el obispo Teófilo. y se convierte. di­ viden desde siempre la cultura laica de la clerical. cuyo reinado fue muy largo. deliberadamente o no (aunque la inconsciencia sea.

aquella «biblioteca niña» cuyo nacimiento se debía a Tolomeo Filadelfo (siglo III a. Teodosio el Grande había actuado en plena sintonía con Teófilo. La ciudad era por entonces una auténtica metrópoli poblada por numerosas almas. «a pe­ sar de su devoción.C. y las que profesaban el paga­ nismo.»2 Gibbon comenta que Orosio. en el tiempo nuestro. al lejano emperador que residía en el Bosforo. donde Pulquería se encargaba de la educación del niño Teodosio II. las hordas de sus fanáticos seguidores hicieron el resto. hasta acabar con sus propios pilares. nos limitaremos a decir que la destrucción siste­ mática del templo. Ni siquiera rindió frutos el recurso al poder central. aunque estaban ya en minoría. Dos decenios más tarde. Teófilo dio la señal.). que se expresaba aproxi­ madamente de esta manera: «Yo he visto con mis propios ojos aquellas estanterías: destruidas por nuestros hombres. Tanto en un caso como en el otro. el poder civil debió enfrentarse al de los obispos.pide causaron su [de Teófilo] pía indignación. un ibérico discípulo de Agustín. «Unos veinte años más tarde -comenta Gibbon—. No abundaremos sobre las fases del asedio. la di­ námica fue análoga. a pesar de la fuerte y aguerrida presencia cris­ tiana.» El culto de Serápide estaba aún muy vivo en Alejandría. parece aquí rugir por aquel destrozo».3 quien recuerda además algu172 . En cuanto a Cirilo.» Cita a continuación las palabras apenadas del muy cristiano Oro­ sio. no habían desapareci­ do del todo. nadie osa­ ría oponerse a él en Bizancio. al­ canzó también a la preciosa biblioteca de Serapeo. bajo el mando de Cirilo. comenta Gibbon. la vista de las estanterías vacías movía al lamento y la cólera de cualquier espectador cuya mente no estuviese completamente oscurecida por los prejuicios religiosos. y sus ultrajes a una antigua capilla dedicada a Baco persuadieron a los pa­ ganos de que éste preparaba una campaña mucho más am­ plia y peligrosa. «Su título de santo es una señal de que sus opiniones y su facción acabaron por imponerse».

Cirilo fue un prolífico escritor: las bi­ bliotecas que nosotros visitamos hoy en día. uno de los más altos funcionarios imperiales. como escribe Gibbon. La destrucción de las sinagogas fue el preludio de la expulsión. Orestes pretendía ser algo más que un vulgar administrador. Se sumaba a éstos otra «tropa». con impaciente entusiasmo. y distribuía equi­ tativamente sus simpatías entre todos los súbditos. emprendiendo la persecución de esa antigua comunidad. debido al enorme ascendiente que tenía Cirilo sobre la corte. Orestes. una suerte de confraternidad de enfermeros que se había constituido en los tiempos de la peste que estalló durante el gobierno del emperador Galieno. No se priva éste del pla­ cer de recordar que Louis-Ellies Dupin. el erudito y desafor­ tunado autor que. pero sus protestas ante el gobierno central fueron desoídas. los monjes fanáticos reunidos 173 . Cirilo oraba y ayunaba en el desierto. Ejemplo nada infrecuente de eremita mundano. aun tratándo­ los con respeto». Pero.nos de los exploits que se contaban acerca de este «santo» pre­ lado. «nos enseña a despreciar aquellos volúmenes. «pero sus pensa­ mientos -como escribe Isidoro de Pelusio en una cartanunca se apartaban del mundo». escribió la Biblio­ thèque ecclésiastique y fue acusado de simpatizar con Galileo. establecida en Alejandría desde la misma fundación de la ciudad. Cirilo había encontrado un obstáculo en su camino: el prefecto de Egipto. «siete gruesos volúmenes in folio que duermen en paz junto a sus rivales». inventor del dogma según el cual María es «madre de Dios» (Theotókos). a diferencia de su tío. El prefecto de Egipto no podía permanecer in­ diferente ante esa andanada de violencia. albergan las modernas ediciones de sus obras. El primer conflicto se produjo cuando Cirilo quiso echar a los judíos. Cirilo comandaba una tropa de voluntarios dispuestos a todo: eran los «parabolanos». a finales del siglo X V II.

Hipatia se ha vuelto una figura legenda­ ria. matemático y filósofo de quien había heredado su saber. y Cirilo lo elevó a la gloria de los altares con el nombre de Taumasio. muy vinculada a Orestes e insigne en su ciudad por su saber y su prestigio: Hipatia de Alejandría. un verdadero símbolo. que más tarde se convertiría. la describen como una mujer extraordinaria por su saber. como castigo ejemplar. lo cual no quita que el núcleo de la tradición que se ha construido en torno a ella es de una veracidad indiscutible. el poeta y orador Sinesio de Cirene. El segundo con­ flicto. Un discípulo suyo. este cenáculo científico neoplatónico le resulta­ ba intolerable: para su proyecto de «conquista» de la ciudad esta voz discordante. acaso traicionando sus enseñanzas. Salvado del trance por sus conciudadanos. por su estilo de vida austero y por su renombrada belleza. justamente por ello. y como tal Orestes la tenía entre sus consejeros. perdiera allí la vida. Fue como una declaración de guerra. Ammonio murió bajo los látigos. aún más grave. Fueron éstos los que en una ocasión agredieron a Orestes con el propósito de intimidarlo. Orestes hizo ejecutar al jefe de los monjesmilicianos. tuvo como desencadenante y como víctima a una mujer. En Alejandría se había converti­ do en una verdadera «autoridad». ha dejado un testimonio decisivo: es la voz admirada y devota de un hombre que ha elegido un camino distinto al de su maestra y que. Frente a las «bestias feroces del desierto» —tal como llama Gibbon a aquellos monjes—. A Cirilo.en Alejandría tras el llamamiento realizado por el obispo en el desierto de Nitria. ya sean neoplatónicas o cristianas. es digna de ser atendida. este vivaz núcleo espiritual era un obs­ 174 . Las fuentes que hablan de ella. cubierto de sangre sobre el suelo de adoquines. en obispo cristiano de Ptolemais. Hipatia era la hija de Teón. y poco fal­ tó para que Orestes. un tal Ammonio. los guardias se dieron a la fuga.

y cualquier otra doctri­ na filosófica griega. La disimulada incitación a actuar consistió en dejar en­ tender que Hipatia. sino también los de Euclides y Tolomeo.»4 Es aproximadamente lo que Cirilo hubiera querido que se dijera. y Cirilo lo sabía: eran los celo­ sos intérpretes de una voluntad que no deseaba otra cosa que ser interpretada y llevada a la práctica. aunque no es improbable que quienes promovieron la sublevación en la que ésta pereció hayan creído que sus actos serían bien vistos por Cirilo. con su ascendiente sobre Orestes. este hábil modo de proceder se­ guiría dando frutos. a quienes expulsó de la ciudad como resultado de una sublevación popular. en pleno siglo X X . causa frecuente de desórdenes. nada mejor que reavivar la lucha antipagana creando un objetivo polémico. pero ella. ello le valió una larga enemistad de Orestes. Así. envuelta en el manto de los filósofos —una especie de «uniforme» que dis­ tinguió ya a los discípulos de Platón—atravesaba impávida la ciudad inquieta y turbulenta para enseñar en público el pen­ samiento de los filósofos griegos: no sólo el de Platón. A las puertas de la academia en la que Hipatia enseñaba se reunían sus discípulos y curiosos.táculo irritante. «cubierta con el manto fi­ 175 . prefecto imperial. la Enciclopedia italiana se expresa en estos términos: «Desde un principio [Cirilo] se distinguió por su celo contra los novacianos y los judíos. Fue injustamente acusado de haber ordenado la ejecución de Hi­ pada. Para eliminarlo. Cuenta Damascio —quien vivió un siglo más tarde y sufrió en carne propia la persecución de los filó­ sofos por Justiniano—que Hipatia. No faltaban fanáticos dispuestos a entrar en acción. cons­ tituía el único impedimento para la reconciliación entre el obispo y el prefecto. También en este caso bastaba con sugerir o señalar el blanco para que otros se encargasen de disparar: «¡A cada uno lo suyo!» Mil quinientos años más tarde. El paso sucesivo era fácil de deducir: había que eliminar aquel obstáculo.

a quien define como «jefe de la secta opuesta». se apostaron a lo largo del re­ corrido acostumbrado de la carroza de Hipatia. en el extenso pasaje que dedica a Hipatia en la Vida de Isidoro. a quien quisiera escucharla. Allí la desnudaron y la asesinaron a golpes de tejas. pero distante en más de un siglo de los he­ chos narrados. o quizás a la desprejuiciada curiosidad intelectual del patriarca 176 .»8 Para Damascio no cabe duda de que fue Ci­ rilo. Se com­ prende enseguida que el historiador eclesiástico no abriga una particular simpatía por el brutal obispo. guiados por un lector llamado Pedro.7 Volveremos sobre este asunto. quien dio la orden del asesinato. El crítico moderno se encuentra en una posición embarazosa al verse obligado a escoger entre una fuente contemporánea pero reticente y otra muy explíci­ ta y muy crítica. se muestra explícito acerca de la culpa del obispo: «Cirilo se carcomía hasta tal punto en su ánimo que tramó el asesinato de esta mujer de manera que sucediera lo antes posible. sin embargo. La asaltaron cuando volvía a casa. no se atreve a involucrarlo directa y personalmente como res­ ponsable del crimen. El crimen -comenta Sócrates Escolástico—«arrojó infa­ mia sobre Cirilo y sobre la iglesia de Alejandría». los monjes de la Nitria. y las obras de cualquier otro filósofo».»6 Damascio añade que le arrancaron los ojos de las órbitas cuando aún estaba viva.losófico hacía sus paseos por la ciudad y explicaba pública­ mente. Gracias tal vez a un afortunado capricho de la suerte. «La arrancaron del carro —cuenta una fuente eclesiástica contemporánea—y la arrastraron hasta la iglesia que tomaba el nombre de Cesario. las doctrinas de Platón y Aristóteles. en cambio.5 Sus agre­ sores aprovecharon una de estas salidas públicas. Un día de la cuaresma del año 415. después la despedazaron y quemaron los trozos. Damas­ cio. La escena es la de un sacrificio humano ofrecido al Dios de los cristianos en una de sus iglesias.

la obra de Filostorgio permaneció en el olvido hasta que Focio. «De viva voz de Focio».. Filostorgio. Es sorprendente. Focio parafrasea en este pasaje a su fuente. la pre­ cisión con la que afirma que la hija había alcanzado una sabiduría «muy superior a la de su padre» en el campo astro­ nómico. se ha conservado además un tercer relato de aquel trá­ gico acontecimiento.10 Aquí Focio abrevia su fuente. Focio da cuenta de estas lecturas. Allí exhibe el profundo interés que despertó en él la obra de Filostorgio: no sólo rea­ lizó una síntesis de la Historia eclesiástica de éste (en el capí­ tulo 40 de la Biblioteca). Perseguido por su arrianismo.» Esta forma de expresarse puede resultarnos hoy un tanto cómica. Se trata de un extracto de la Historia eclesiástica del arriano Filostorgio. No cabe duda 177 . mejor aún. en la mencionada Biblioteca. en el siglo IX . aunque de manera algo caótica. de la que toma las palabras más importantes.Focio. en efecto. se hizo con un ejemplar. haber escogido ese pasaje. Aunque con mil prudencias teológicas. no es improbable que haya sido incluso testigo directo de aquel asesinato cometido en Alejandría. y resume todo el resto con una simple frase: «El impío11 dice en este punto que en los tiempos del reinado de Teodosio II aquella mujer fue despedazada por los partidarios de la consustancialidad. y por tanto contemporáneo de los hechos narrados. incluyó este libro en las lecturas colectivas que llevaba a cabo regularmente junto con sus dis­ cípulos. que se salvaron en algunos manuscritos bajo el interesante título de «De las lecciones de Focio» o. En efecto. que no ca­ recía de curiosidad científica. pero tiene un valor precioso a los fines de la com­ prensión de los acontecimientos que estamos reconstruyen­ do. por tanto. parece haber asistido a las cla­ ses de Hipatia y de Teón. sino que además extrajo una enor­ me cantidad de citas. y que continuaron incluso tras asumir el patriarca­ do. nacido hacia el 368 d.C.9 Uno de estos extractos está íntegramente dedicado a Hipatia: es mérito de Focio.

testigo directo de los acontecimientos. que había hecho de Alejandría su epicentro y su punto de mayor fuerza. Cosa que explica de esta manera: «porque estragos. Filostorgio pretende con ello denun­ ciar no ya un doloroso episodio de fanatismo. con el epíteto de «el impío». en relación con aquel crimen perpetrado en esa ciudad por los seguidores de Cirilo. quien. Atanasio era en Alejandría un personaje emblemático. refiriéndose con ello. Es obvio que Focio. su cautelosa distancia. abusaba de su poder. en tono desdeño­ so. sino que golpea en ple­ na jerarquía. al referirse a Hipatia.de que Filostorgio tiene que haber escrito «los partidarios de la consustancialidad». en aquella jerarquía atanasiana. sino de aquel clero que. No dice que Cirilo ins­ tigó el crimen.12 Como sabemos. no se expresaría de esta manera. y precisa que sólo según algunos el instigador había sido Cirilo. La expresión «los partidarios de la consustancialidad» no puede referirse a genéricos asesinos ebrios de violencia. si hablara con sus propias palabras. en Alejan­ dría de manera particular. detestada por Filostorgio. Se comprende hasta qué punto su forma de expresarse está cargada de inten­ ción al confrontar sus palabras con las del lexicógrafo Suida. que lo habían cometido «los partidarios de la consustancialidad». Sócrates Escolástico es más sutil. batallas y otras cosas por el estilo son extrañas a 178 . a los «ortodoxos» atanasianos. vencedores y «patrones» incontestados de la ortodoxia. sin duda está transcribiendo lo que lee en Filostor­ gio. Para nosotros es muy importante esa in­ formación exacta que nos aporta. dice que «fue despedazada por los alejandrinos». como férreo parti­ dario de la consustancialidad. ya que muestra que para Filostorgio el asesinato de Hipatia no había sido obra de una amorfa multitud fanática. sino que aquel feroz episodio «arrojó la in­ famia» sobre él. Entre estos «algunos» se hallaba Filostor­ gio. sino un crimen cometido por sus adversarios y perseguidores. por eso era particularmente hi­ riente decir. limitándose a señalar.

La explicación de este nexo la encontramos en Damascio: parece ser que se abrió una investigación. para Juan. dada la cantidad de violencia que se produjo durante los tiempos en que Cirilo fue obispo. Mucho más explícito es el cronista de Antioquía Juan Malalas. sólo 179 . pero que enseguida quedó en la nada. La prueba de la complacencia del emperador -o quizás de Pulquería. aunque fuera de forma injusta. según Juan. evidentemente por iniciativa de Orestes. quien escribió en los tiempos de Justiniano.aquellos que se inspiran en Cristo». autorizados a actuar por el obispo.«amaba a Cirilo». por la construcción de la «gran igle­ sia de Alejandría. la siguiente: «En aquella ocasión. los Alejandrinos. predilección do­ cumentada. pero pueden también significar —en el sen­ tido más benévolo. tanto más válidas cuando se tiene en cuenta la autoridad doctrinal que tiene Cirilo para la dogmá­ tica católica. aún hoy conocida como de Teodosio». Su «pa­ triotismo» antioqueño parece una respuesta a la predilección que Teodosio II manifestó por Alejandría. ésta no podía dejar de salpicarlo también a él. su astuta tutora. y el asesinato de Hipatia.13 Palabras ambiguas y sagazmente medidas. al igual que de Filostorgio.que. Las palabras de Sócrates pueden significar en verdad dos cosas distintas: que Cirilo no supo ser un buen pastor. sólo nos ha llegado una información fragmentaria: en primer lugar porque de Damascio.»14 Parece claro que Malalas establece un nexo —aunque no aclara cuál es—entre el afecto de Pulquería y de Teodosio II por Cirilo. También en este caso. habi­ da cuenta que bajo su gobierno se sucedieron los episodios de violencia (y es probable que Sócrates no haya querido de­ cir más que esto).hacia el poderoso obispo vigi­ lante de la ortodoxia es. Éste -en la escueta versión propia del cronista. por su propia mano arrojaron a la hoguera a Hipatia. como inventor del Thetókos. la gran filósofa de la que se cuentan grandes cosas.

la libertad de filosofar debía ser garanti­ zada. por Focio. como tantas otras cosas. Cuando era ya viejo y vivía y trabajaba en Atenas junto a otros neoplatónicos.16 Sólo hay una explicación posible: Orestes exigió una investigación.C. la del prudente Sócrates Escolásti­ co. tras las crípticas expre­ siones a las que ya hemos hecho referencia. 180 . pero es una hipótesis ociosa. quien en el 531 obtuvo para Damascio el de­ recho de regresar a territorio del imperio y la garantía de que podría profesar libremente el platonismo. El grupo huyó a Persia gracias a Chosroes I. el asesinato.»15 Lo elíptico de estas pala­ bras ha inducido a alguno a pensar en una laguna. soberano curioso de la filosofía. y el emperador se habría indignado por lo acontecido si Edesio no se hubiera dejado corromper. Y sobre todo porque la fuente que se ha conservado íntegra. Es digno de notarse la forma en que. o tal vez la esconde. expulsando de la ciudad a él y a sus compañeros.). no nos hubiera llegado nada de la Vida de Isidoro. en la que se habla abun­ dantemente de Hipatia. De no ser por éste. Este derecho fue ratificado en el tratado de paz entre Justiniano y Chosroes. Justiniano cerró la escuela platónica (en el 529 d. y envió a Alejandría a un tal Edesio. contra el cristianísimo emperador. quien no hizo nada porque se dejó corromper. La vida no fue tan despiadada con Damascio. en el crepúsculo del pensamiento griego. por el último gran soberano persa de la dinastía de los sasánidas. suficiente luz: «Este crimen trajo vergüen­ za a la ciudad [¡es la misma expresión usada por Sócrates!]. evidentemente por aquella misma autoridad -el obispo. no hace ninguna referencia a esta investigación. sin embargo. una vez más. cuando no instigado. Constantinopla no podía negársela.que había avalado.tenemos noticia a través de los extractos hechos por Suida y. Las pocas palabras de Damascio salvadas por Suida arro­ jan.

Es cierto que para Justiniano aquella fue una gran concesión. en cierto sentido opuestas entre sí: el imprudente Pierre de la Ramee y el muy prudente Descartes. Tachado de hugonote por sus compatrio­ tas. obtuvo asilo en los países protestantes. si se tie­ ne en cuenta que. Durante casi un año. Pierre de la Ramée había desafiado a la Universidad de París. bajo su gobierno. en la noche de San Bartolomé —el 27 de agosto de 1572. los principios de su filosofía. con el objeto de exponer ante la soberana. Después de matarlo le arrancaron el corazón. No seguiremos el desarrollo de la tortuosa historia del pensamiento. 181 . pero nos permitiremos extraer de las fuentes dos pequeños frag­ mentos de ese desarrollo. con el firme propósito de convertir a la reina: era el padre jesuíta Viogué. en cambio. Finalmente se decidió a partir. de febrero a sep­ tiembre. los fanáticos seguidores del cristianismo se dedicaron a quemar y destrozar los libros y las obras de arte griego. cosa que hizo el 1 de septiembre de 1649. y a arrojarlos al foso «como conde­ nados a muerte». nunca emprendía un viaje sin reflexionar largamente acerca de su conveniencia. Pero. Se refieren a dos figuras de la edad moderna.fue descubierto por sicarios católicos y asesinado en el acto. un hombre sereno y sabio. Ignoraba que mientras él se encaminaba hacia Suecia otro hombre había partido. la muerte de Hipatia no fue un hecho aislado.Los caminos de la libertad son los más variados. para ex­ hibirlo por las calles como un trofeo. aún protes­ tante por entonces. de Roma en este caso.17 Existe una diferencia capital entre destrozar una estatua o un libro. y el Es­ píritu no sopla donde quiere sino donde puede. donde se dedicó a combatir el aristotelismo dominan­ te. había dudado acerca de si aceptar o no la invitación de Cristina de Suecia para desplazarse a la fría ciudad de Estocolmo. donde desarrolló su labor docente. y asesinar a una persona. por desgracia. Descartes era.

tras informaciones ociosas y después de una aparente adhesión a la tesis oficial de la pulmonía. 182 . médico personal de Cristina.18 La había escrito. en mayo. Lo hizo con gran astucia. Pierre Chanut había hecho colocar sobre la tumba de su amigo Descartes: «Expió los ataques de sus rivales con la pureza de su vida. el holandés Johann Van Wullen a su colega Willem Pies. acaecida en Estocolmo el 11 de febrero de 1650. Pocos repara­ ron en el epitafio que. en agosto de ese año en­ vió a Roma al jesuíta Antonio Macedo para que informara de su voluntad de convertirse al catolicismo. En 1980.» El documen­ to revelador no saldría a la luz hasta tres siglos más tarde. apenas unos meses más tarde. El mismo Viogué se en­ cargó de dar la extremaunción al filósofo.La muerte de Descartes. en el archivo de los manuscritos occidentales de la Rijksuniversiteit. pocas horas después de la muerte de Descartes. escondiendo. la noticia que quería hacer llegar por lo menos a la «libre» Ho­ landa: Descartes había sido envenenado.había cumplido con su misión. el historiador y médico alemán Eike Pies descubrió en Leiden. En una vertiginosa suce­ sión de acontecimientos. que agonizaba en el edificio de la legación francesa. una carta secreta dirigida a un antepasado suyo. fue atribuida durante siglos a una pulmonía causada por el duro invierno sueco. Viogué -podemos concluir. Cris­ tina declaró su voluntad de abdicar.

Aguilar. PE: Praeparatio Evangélica. II. Las nubes.: Diógenes Laercio. Diels. D. Aristófanes. L. Ibidem. Vida de losfilósofos.. 21. Academia Prusiana. 4. griechisch und deutsch von H. Platón. II. Gigon. Berlin-Nueva York. Rose. 183 . Die Fragmente der Vorsokratiker. I-III. SÓCRATES O LA MAYORÍA INFALIBLE 1. 1987. Madrid. Berlin.NOTAS SIGLAS CAG: Comentaría in Aristotelem Graeca. 1987]. 3.-K-: Diels-Kranz. 21. 1882-1909. QN: Quaestiones Naturales. 8a al cuidado de W. Leipzig. HG: Historia Graeca. VH: Varia historia. Simposio. D. D. 1494-1504. Ber­ lín. L. Kranz. 1956. Aristotelis opera III: Librorum deperditorum fragmenta. Rose: Aristotelisfragmenta. 174a-b [traducción de Luis Gil. Gigon: O. V. 1886. 2.

en una noche de ex­ ceso. (N. 14.) 10. I. 1. Ibidem. El año se dividía en diez turnos de priteína. 212e. HG. fr. 17. Jenofonte. 20. 40. 15. y no Sócrates. HG. Tucídides.5. HG. 1. 60. τό TTCXV ττλήθοσ κρατούν es la palabra δημοκρατία descompuesta en sus diversos elementos. 6. HG. Se trata de un caso concreto de teorización de la «volonté générale». 26. VI. 27.7.) 16. 11. sus re­ presentantes en el consejo. 7. 7. I. 23. Tucídides. HG. 34. Sorprende en este contexto la alusión de Alcibiades al juicio de la «multitud necia» acerca de sus relacio­ nes con Sócrates (218d). del T. I. 9. Durante el periodo que tocaba a cada tribu. VI. 15. HG. 7. I. HG. El objetivo de Jenofonte era demostrar que habían sido otros. 24. Simposio. 15. 19. El banquete. 1. 212c-d. 13. 30 Gernet-Bizos. del T. 7. Ibidem. 14. 67 Blass. 21. Lisias. 7. ejercían el control del «po­ der ejecutivo». los pritanos. HG. 7. I. muy avant la lettre. 7. 184 . I. 11. Antifonte.7. 18. 25. (N. el sacrilegio de mutilar las hermas ubicadas en lugares públi­ cos. 7. 223d. Ibidem. y de haber profanado los misterios de Eleusis de una manera irrisoria. 12. 219b-d. 174d. Alcibiades fue acusado de perpetrar. 7. es decir de hegemonía. 8. El consejo de Atenas estaba constituido por quinientos miembros elegidos al azar a razón de cincuenta por cada una de las diez tribus. Ibidem. 8. 22. Memorables. los maestros políticos de Alcibiades. 2. 12. I. HG. 15. 12. fr. I. Jenofonte.

6. del T.4. 324e. Carta séptima. Voltaire. Ponemos esta expresión entre comillas. 35. I. 11. Carta Séptima. Constitución de Atenas. 8-10. 29. es decir de una división de caballería. II. 36a. Apología de Sócrates. cuando en realidad. Apología de Sócrates. en Política. 39. 34. Carta séptima. Tratado de la tolerancia. 11. 32d-e [utilizamos la traducción de Conrado Eggers Lan. 2. Carta séptima.4. EUDEBA. Protágoras. 7. Constitución de Atenas.4. Gorgias. 36. jurídicamente. 2. 37.28. 9. HG. 30. como si se tratara de una cita. Platón. 4. Platón. L. II. 31. 4. Platón. 8. D. 20e-21a. 1971]. Por «ciudad» entendemos la aglomeración urbana central que equivocadamente suele identificarse con Atenas. 325c. Memorables. 33. 10. Alianza. Aristóteles. 22-23. 5. había comandado la insurrección.43. 342d [citamos de la traducción castellana de Javier Martínez García. 6. Platón. HG.. 24. VII. 4. cap. Un hiparco era el comandante de una hiparquía. 11. Platón. Jenofonte. HG. En 411 la flota de Samos. 4. HG. HG. 32. 1998]. intacta. cuando los demócratas volvieron al poder. 40. (N. Madrid. Apología de Sócrates. porque poco más adelante. 11. EL DESTERRADO: VIDA ERRANTE DEL CABALLERO JEN O FO N TE 1. 33-38. Aristóteles. Atenas abarca todo el Ática. Volveremos sobre este punto. en Política.41. Platón. II. II. HG. 26. la expresión «aquellos que se quedaron en la ciudad» se convirtió en sinónimo de «partidarios de los Treinta».) 3. 185 . Buenos Aires. 4.

III. L. II. 6. 13. III. como Simón y Critón. 1. 1. Anábasis. 14. III. I. 10. Anábasis. V. también lo entiende de esta ma­ nera. por tanto. más una «obra» de Sócrates que de quienes transcribieron su pensamiento. 48. incluidas las históricas. 23. 1999]. 21-29. 24. 4 [citamos la traducción de Carlos Varias: Jenofonte. L.. Ibidem. 8. 186 D. 496b. Critias. el modelo de todas las novelas. 20. La Odisea es. 7. Eliano. 21. 7. 7. L. en su Vida de losfilósofos (II. 5. I. D. Anábasis. 108b. 18. fr. Ateneo. Cátedra. 7. 4. II. D. 17. 11. El banquete. L.12. 15. Platón. III. En cuanto a las Memorables. 9. XIV. Anábasis. Anábasis. 3. 2-3. III. Se la consideraba. 7-13. 57. Es evidente que Jenofonte. L. en cuanto protagonista de la Anábasis. Anábasis. 48). 505a. II. Diógenes Laercio. II. circulaban como mero regis­ tro de las conversaciones que Sócrates había sostenido o que Jeno­ fonte pretendía que el maestro había sostenido. Leyes. se identifica con Ulises. PLATÓN Y LA REFORMA DE LA POLÍTICA 1. 694c-d.. junto con los diá­ logos socráticos de otros discípulos del maestro. L. Madrid. 175e. 3. VH. 19. Anábasis. 2. II.. 22. D. Platón. 7. 30. 6. 3. 25d-k. 5.... VII. III. Jenofonte. D. III. D. Aulo-Gelio. Ateneo. al fin y al cabo. 1. 12-13. 16. . 10. 1. Cridas. 3. V. 6. Anábasis. Memorables. 22.

327b (p. no como aquello que. 22. da como resultado el número dado. Ibidem. entonces se lo asociaba a una línea. 21. 326a-b. III. Si un número era considerado como simple. l47d [seguimos la traducción de Manuel Balarch. Teeteto.11. pero el método en su conjunto ha caído en desudo. 18. 264). Ibidem. Ibidem. 29-30. Friedrich Daniel Ernst Schleiermacher (1768-1834). Baste recordar. Por eso es necesario un esfuerzo mental para concebir la raíz cuadrada. Barcelona. D. 19.L. L. Memorables. 13. Ibidem.. 20. 16. Platón. por otra parte. 12. plana o sólida. 187 . Ibidem. Dión. 17. la división consis­ tía en hallar uno de sus lados.. o bien igual a un rectángulo que es el número. 1990]. 19. Platón. I. 263). 5. La multiplicación se asocia­ ba con la operación de construir un rectángulo. III. L. 148b. D. puesto que sólo adquiere sentido si se refiere a un mercado. multiplicado por sí mismo. no a la población esclava estable residente en la isla. 23. 203a. 327a (pp.. sino como el lado de un cuadrado que es el nú­ mero. D. 326b. 18. 326d.(p. si era compuesto. Encontramos vestigios de esta tradi­ ción en términos tales como elevar una cantidad al cuadrado o al cubo. era una figura rectangular. 201 d-e.» 14. Anthropos. quizás sea de utilidad la nota puesta por Campbell. El uso de la notación árabe y del álgebra ha sido de gran ayuda para expresar y concebir las propiedades de los números sin referencia a la forma. céle­ bre teólogo y filósofo alemán. 6. Para com­ prender mejor el pasaje que viene a continuación. cifra sin duda malinterpretada por los an­ tiguos. 263-64). Ibidem. III. 15. Teeteto. Ibidem. Carta séptima. 24. Plutarco. la enorme cifra que Ateneo leía en sus fuentes a propósito de los esclavos de Egina. uno de los traductores de Platón al francés: «En la lectura de lo que sigue hay que tener en cuenta la forma en que los Antiguos se servían de la geometría para estudiar la aritmética. 2.

Eliano. Platón. Ibidem. 40. en la traducción de Ángel Crespo]. IV. 34. Leyes. 328c. 31. II. 222 y en las Quaestioni adAnfilochium. V H. 37. Didimo. Séneca. 3. Nótese que se trata de una ilusión inversa a la del tiranicida. 6. 5 . p. 327e-328a (con paráfrasis libre de la oratio obliqua). 3. D. U NO Y MÚLTIPLE 1. 354b. 8. ed. 19. V. Dante. 2000. Carta séptima. 38. 26. 334c-d. 28. Düring. 1957.. 133. 131 : «maestro di color che sanno» [«quien concilla todo saber en sí». 39. L. 275). de Müller.. Carta séptima. Oradores áticos. L. 328e.. col.. 803b. XII 942d. 29. Ibidem. De la cólera. 188 .25. 6.] A RISTÓTELES. Gr. III.1. II. No aclara cuáles serían esos motivos que «algunos» adju­ dicaban a su viaje. L. 330d. Alianza. Carta octava. 329a. 30. D. 32. traducción y notas de Enrique Otón Sobrino. 7. 41. 4 [introducción. Leyes. 33. Göteborg. 470. p. IV. 20. 328b. Madrid. 27. 36. 2. 53-55. Ibidem. 42. Se conservan fragmentos en el códice Mon. Ibidem. In Demosthenem. Aristotle in the Ancient Biographical Tradition. 329d. 43. Ibidem. Ibidem. Ibidem. 34lb-c-d. Infierno. 334d (p. Ibidem.. Ibidem. 35. 2. 5· I. 4. 15. fr. Ibidem. 137-147. 330a. VII. D. 350c-d.

5. VII.) 22. 2. Historiae. VIII. D. 10. Nat. 5. Plinio. 53 Jacobi (Ateneo. 28. 26. IV. 26. Graecos. XX. IV. Alejandro. VIH. Eusebio. 11. Sila. D. p. p. In Demosthenem. 94a (p. 546]. 29. Posidonio. Porfirio. Nat. II. 6. Ibidem. 17.. 32-33. 20.. XXX. 38. D. 4. 1991.. 14. 155. 235. Ateneo. Vita Plotini. 6 Dindorf). 696C. 22-38. L. 562. 2. Demóstenes. 27. 24. Planeta. tomado de un héroe burlesco de un poema satírico atribuido a Homero por los Antiguos. 36. 28. col. Taciano. 32. IV. 1.. 15. 7. 33. 7 [citamos la traducción de An­ tonio Ranz Romanillos. D. 13. 5. 608. 8-9. 11. IV. Plinio. II. 36. 12. V. Dídimo. vol.L. 32. Plutarco. Ibidem. 53. Or. 34. Temistio. 23 Schurtz (= Patrología Graeca. 23. 77. 808).. 18. Plutarco.. 491. V. XVIII. (N. Pero existen narraciones menos sangrientas del episodio. 31. delT. Plutarco. VI. 189 . Adv. «El necio por excelencia». IV. 7. XV. XV. Demóstenes. p. X. VI. L. 30. XVIII. PE. 24. 15. Crónica.9. CAG.. L. 35. Alejandro. 2l4d-e). 112. Aulio Gelio. 19. D. G4G. Bonn. 2. 13 Dindorf). I. 3. Estrabón. 95. 130a (p. 11. 3-5. Hist. Ibidem. 36. etc. L. 23. V. QN. p. p. 14. Temistio. 44. fr. Hist. 506. 16. 668 Rose. 21. V. 793. 4-5. II. 55. 25. XIII. V. 10. 37. 23. Or. Juan Malala. 20. Fr. Plutarco. 7. 12: εττίτροττον είναι πάντων καί διά παντός.

53 Jacoby (Ateneo. IX. 429). 4 Gigon). 38. «Hesperia». Ibidem. Ibidem. L.V. 36. D. p. Ibidem. V. 1982. D. 58.. Poilus. XX. Vida de Tolomeo.39. 1. 5. Ibidem. 62. Supl. V. XIII. 56. 8. 1 (= Düring. D. 55. L. Alejandro. Y. XIX. X. 42. 662 Rose (= T 23. Platón. Ibidem. p. X. Clay. 43. 2 [citamos de la traducción de Antoni Piqué Angordans (Diógenes Laercio. L. V. (N de T. 380. D.. 50. 54. 38. 51-52.L. 44. Orígenes. Amm. Aristóteles. Dión Casio. 57. 45. «lección». VH. Notas áticas. 608. V. 51. V. X. 5. Epicurus in the Archives of Athens. 6.046. Ibidem. 48. EPICURO Y LUCRECIO: EL SEN TID O DE LOS ÁTOM OS 1. Ibidem. 7. Barcelona.. 5. 21. 45d). V. ad. 122. 47. 36. 54.. 21... De akroama. 7. Contra Celso. 10 (= Düring. Ep. 52. Ibidem. 2. p. LXXVII. 9 (apoyándose en Favonio). 3. Estrabem. Ibidem. III. L. 40. 49. pp. 4. XIII. 343. Eliano. 46. 1. fr. D. Vida de Epicuro. Ediciones de la Universidad de Barcelona. Aulo Gelio. 1. Libro Xde las «Vi­ das de losfdósofos ilustres». X. 10. Posidonio fr. 53. 41. D. 190 . 2l4d). 33a. V. 17-26. 7. 1.) 3. 42. Los pájaros. 62. 4. 1981)].024 y 1. Ibidem. Plutarco. Apología de Sócrates. 54. X. X.

25. Ibidem. Vidas imaginarias. Lucrecio. que intentan afanosamente erradicar el riesgo de providencialismo. 14. 23. V. 351-379. Jerónimo.9. 17. V. X. La numeración de los versos sigue la original del poema de Epicuro. 12. 16. 10. II. 88-89. aunque con algunas ligeras dife­ rencias. 294-307. el rango de nobilis. Ibidem. 235-350. Ibidem. II. Ibidem. III. III. 27. El subrayado es del autor. II. Ibidem. De rerum natura. Ibidem. Ibidem. la traducción es la clásica realizada hacia 1896 por el abate Marchena. Vida de Atico. a los descendientes de los elegidos para tales cargos.806-810. Ibidem.) 31. I. 478-521. Ibidem. Barrai Editores. Ibidem. Q. 191 . 228. D. Barcelona. 28. a la versión castellana de José Elias: Marcel Schwob. 33. 30. 1052-1057. 26. 238-244. 136-145. Ibidem. 830-920. II. Lucrecio habla aquí de la nobilitas. no la de la traducción]. 97 13. 958-964 [citamos la edición de Agustín García Calvo. Cornelio Nepote. 1040-1041. 12. II. II. que otorgan. IV. 1037-1191. Estas precisiones. 377-380. Nos hemos atenido aquí. V. 20. 18. 29. De rerum natura. Cátedra.L. no dejan de resultar dogmáticas. 217-224. Y. II. lo que en Roma signi­ ficaba apuntar a las magistraturas más altas -los pretores y cónsu­ les-. 1972. 34. De rerum natura. Ibidem.. 10. a. 3-6. Ibidem. Chronicon s. I. II. V1. 15. 11. (TV. Lo sabemos a través de un pasaje de Cicerón en una carta a su hermano y por un pasaje de Cornelio Nepote: Cicerón. 1990.. 1344-1346. Ibidem. fr. Madrid. 32. De rerum natura. II. 21. Ibidem. Ibidem. 22. 24. 19. 91-145. del T. II. 292. 94/3.

1131-1133. filos. Éstos eran. 23-24. 228: genitalis motus. p. V. 38. anunciada en el poema. X. 53. 7-36. 64.. Cicerón. 10. II. otra clara referencia al consulado. De rerum natura. X. II. occidentale. Rotter­ dam. «The Classical Quarterly». 2. nota F. Ibidem. De rerum natura. 50. II.35. 124-125. Ibidem. 240-242. 62.912-915. 40. 27. Ibidem. I. V. sin embargo. Lo de taparse «la cabeza ante una piedra» alude a la adoración de las estatuas. St. 224. 349. que el sabio «consagra las estatuas» (D. II. 1123-1124. 52. 54. 995-997. X. V. 15. 1991. Milán. 192 . Ibidem. De rerum natura. La cuestión del lugar don­ de se sientan los dioses. 63. V. III. 1966. V. 1198-1201. Ibidem. L. D. Pierre Bayle. 933-938. 221-224. 41. 251-254. 48. I. 153-155. Ibidem.L. 55. 49. 998. 45. Ibidem. 37. 58. 1920-21. pp. Ibidem. en Roma. III. 59. 44. 46. 43. II. 1233-1235. t. 111. 22. 121b). 42. V. Amores. De rerum natura. Ibidem. 47. 39. 31-40. V. III. Epicuro admitía. Ibidem. En el original: «ad summun succedere honorem». 1110-1114. III.. 102-103. III. Defato. II. no es sin embargo elucidada. Ibidem. L. De rerum natura. Ibidem. 57. Dictionnaire historique et critique. 33. Bertrand Russell. De rerum natura. 950-951. 56. 51. 36. Ibidem. 41. Ibidem.. 60. II. Ibidem. III. D. 61. 1702. 1129-1130. los símbolos del poder consular. 257.

15. 102-103. 73. III. II. 71. Historia eclesiástica. Lactancio. 88. Ibidem. Zintzen. 198-199. 75. 123. Enciclopedia italiana. 284-287. 51 Diels. 33. De ira Dei. p. 106-107. 3. 4. libro IV. 1931. 99. Ibidem. Pierre Gassendi. 8. Ibidem. Luciano de Samosata. III. 89. 66. 256-260. ed. 9. Ibidem. III.. 117. 84. Ibidem. 182-188. De rerum natura. Ibidem. 266. 32. 83. I. 3-8. 6. X. 67. 6-7. 6. 78. Ibidem. L. Ibidem. 22. 15. Ibidem.65. III. 81. D. III. De rerum natura. 76. Ibidem. 72. De vita et moribus Epicuri. 261. 82. III. 77. X. Alexander. cap. II. 38. D. 86. 5. UNA PROFESIÓN PELIGROSA 1. 1. 77. 180-181 = V. De opificio Dei. Damascio. II. Ibidem. 68. 6. II.. Gibbon 193 . fr. Ibidem. II. 80. Ibidem. 256-260. 90. III. 62-70. 69. 179-180. X. XXVIIL 2. VII. X. 270: ex animi voluntate. II. 74. III. X. VI. Ibidem. Sócrates Escolástico. 70. Ibidem. Ibidem. X. Edward Gibbon. II. Ibidem. X. 11. Ibidem. Ibidem. 439. History of the Decline and Fall of the Ro­ man Empire.269. 79. Ibidem. 85. 121b. L. 87. XLVII. Vida de Isidoro.

Chron. \ 91. ed. 11.. XIV. El importante estudio de Eike Pies. en un texto nacido. Filostorgio. 10. 7-8. Vida de Isidoro. Bonn. 15. lacunario? 17. Solingen. 8. por así decir. Bockhaus. había afirmado el principio de la identidad de sustancia entre el Padre y el Hijo en la Trinidad. Marciano 337 (¿xBessarion). 16. También el cardenal Baronía. 81. VII. 194 . llamado así por Focio para que que­ dara claro que su interés por el historiador arriano no era sospe­ choso de filoarrianismo. Es decir. 9. Vida de Isidoro. Historia eclesiástica. es decir. Historia eclesiástica. 18. etc. 533-36. 13. Ortodoxia que. Damascio. 12. en Nicea. e imagina que los asesinos descarnaron el cadáver. 79. en sus Anales eclesiásticos (año 415. 9. Sócrates Escolástico. 7. Barocci 142. 48) se muestra prudente. 111. ed. ¿Cómo se pueden suponer lagunas en un texto hecho de extractos. p.entiende ostraka como concha de ostra. Chron. 14. 24-25. VIH. Damascio. Juan Malalas. Juan Malalas.. que revela e ilustra el documento apareció en 1996: Der Morfall Descartes. 15. Bidez.

167 Alejandro de Afrodisia. 15. 9. 88. 88 Ammonio. 36. 50. 26. 121. califa. 92 Amintas. 100. 109 Artajerjes. 120. 108. 60 Aristipo. los. 70 Aristóteles. 12224 Apelicón de Teos. 58. 92 al-Mamun. 11. 174 Anaxágoras. 103 Aristodemo. 114-18. 99. 73. 10 Aristófanes. 50. 129 195 . 101 Agatón. 90 al-Mubashir. Abu Yusuf. 11. 13335. 113. 104. 115 Antifonte. mercader. 14 Agesilao. 111. 88. 125 al-Kindi. 10. 123. 39. 119. 121. 87-132. 75. 88 Alejandro Magno. 49. 107. 72 Antalcida. 131-34 Anfitrión. 130. 40 Apolodoro. 23. 172 Alcibiades. 132 Alexis. 112. 91. 104 Andrónico de Rodas. 51. 13. 176 Arquelao. 104. 10. 166. 68 Aníceris de Cirene. 141 Anaximenes. 110. 149. 73. 94. 118-21. 9. 11-21. jefe de monjes-mi­ licianos. 39 Atalidas. 21 Aristomenes. 116-18. 13 Antipatro. 32. 68 Agustín. 26. 133 al-Nadim. 38.ÍNDICE ONOM ÁSTICO Adriano. 132 Apolo. 48 Alejandro. 110. 59. 108 Apolonio de Tiana. 101 Ammonio. 71 Agatias. 108.

145 Cirilo. 23. 127 Calipo. 50 Claudio. César. 119 Ático. 77 Calesero. 97. 70 Chanut. 24-26. seudónimo de Jeno­ fonte. 62 Carus. 134. 42. 113. 175. 55-60. Marco Tulio. 165 Caracala. 65. 70 Bulgákov. 101. 15. 118. Paul. 48. 34. Pierre. Pierre. 14 Baco. 153. Fidel. 19 Callescro. 14. 39-42. 45. 34. 176. 20 Atenión. 57 Bruto. 142. 179 Ciro el Grande. 24 Damascio. 170 Coriseo. 111. 94 Constantino. 142 Augusto. 179 Cridas. 33. 110 Borgia. Bertolt.Átalo III. Paul-Louis. 18. 22. 119 Cratipo. 12. 53. 180 Cicerón. 31 Catilina. 156 Bellarmino. 144 Bowles. 25 Carmides. 103 Chirón. 120 Atanasio. 114-17 Calístrato. 49. 118 Caricles. 144 Brecht. Mijaíl. 143 Casandro. 127-129 Cornelio Nepote. 178 Atenágoras. 45. 85 Clearco. 57 Calino. 133. 52 Cleón. 181. 112. 60. 43. 51 Ciro el Joven. 99. 116. 182 Chernichevski. 170. 182 Cristo. 155 Cicerón. 158 Aulo Gelio. 151 Critón. 84 Chosroes I. 130-31. 134 Axioco. 101. 143 Cratero el Macedonio. 171-76. 155. 15 Canéades. 36 Calixeno. 179 Dante. Quinto. 62. 102. 124 196 Castro. 110. 83. 157. 100. 132. 143. 47 Cristina de Suecia. 152. Cayo Julio. 104. 152 Catulo. 49 . 172 Bayle. 178. 97. 112. 84 Bouchard. Marco Junio. 158 César. 85 Boecio. 79 Calístenes. 110. 171. 145.

127 Demóstenes. 178. 66. 73 97. 162 Gassendi. 55-58 Demotino. 111. Louis-Ellies. 182 Euritolemo. 48. 94. 173 Galeno. 104-09. 157 Diógenes de Enoanda. 97. 46. 180 Galieno. 61. 106. 17. 72 Diógenes Laercio. véase Aulo Gelio Epicuro. Albert. 126 Dionisio el Joven. véase Juan Filopón Filostorgio. Favo riño de Arles. Claudio. 135 Estratón de Lampsaco. 178. 77-80 Dioniso. tirano de Filopón. 181. 71 61. 89. Hermann. 59 Eutidemo. 117. tirano de Siracusa. 88. 121. 95. 135. Quinto. 21 Estrabón. 127-29 197 . 167. 162 Evemero.130. 167 Ennio. 109. Demócares. 14. 173 Einstein. 179 Siracusa. 121 Dio timo (o Teotimo). 127. 98. 100. Euclides. 139.Ermarco. 91. 10. 143 Diógenes de Tarso. 171-74 Erasto. 98. 63 Dionisio de Alicarnaso. 94. 175 145. Pierre. 95. 70. 62 Didimo. 166 Filipo. 70. 72. 73. 124. 162 Eudoso. 07. 93 Edesio. 99. 125 129.Esquilo. 122 23 Eurípides. 97. 74 Filolao. 97. 177. 124. Eufreo de Olinto. 124 Filón.Fedrio. 173 Galileo Galilei. 125. 90.133-68 Gibbon. 158 Falino. 59 Focio. 60. 128 26. 96. 78 Demorato. 50. 93. 113. 119. 74-80 Dionisio. 165 Dupin. 141. 115. 127. 124 Eurimedonte. 157 Gelio. 121 70. Edward. 177. 123 Demetrio Falereo. 136 Fedro. 156 Demade. 104 Diels. 104Dión. 58. 63 Descartes. 55 165. 158. 180 Frine. 121.122. 130 Democrito. 74. 127 Eurito.Eumelo. 18 Dicearco.

93. Edmund. 101 198 Isidoro de Pelusio. hijo de Pisistrato. 59 Hegel. 25. 61. 21. 68 Hermias de Atarneo. Cayo Julio Justiniano. 88. 85 León de Salamina. 132 Haggag ben Matar. Thomas. 174-81 Hipazia. 175. 55. 145 Jesús. 144. 103-05. 106 Lenin (Vladimir Ilich Uliánov). 153. 65. 121-23 Hobbes. 57 Hecateo de Mileto. 80. 179. 83 Lisandro. discípulo de Teo­ frasto. 164 Isidoro de Alejandría. 173 Isidoro de Sevilla. 137 Juan Filopón. 101 Hipérides. 101. 122 Licón. 49 Hunain ib Ishaq. 143. 106. 101. 49 Hesiodo. Pierre de (Petrus Ramus). Stanley. 96. 135 Hiparco. 12 .Glaucón. 88. 91. 127 Hiparco. 102. 83 Homero. 34. 105. 108. 72. 77. 101 Idomeneo. 62. 20. 92 Hagnótemis. 57 Goethe. 57 La Ramée. 50 Guillermo de Moerbeke. 81 Jenócrates. Giacomo. 181 Lactancio. 66. 24. 163 Leóstenes. 133 Husserl. 152 Grilo. 60. 169 Ib-al-Qifti. 75 Heracles. Johann Wolfgang von. 25 Leopardi. 22. 167 Lays. 167 Isócrates. 34. Elizabeth. 59. 97. 90. 36 Lisias. 82. 97-101. 116 Julio César. 87. 130 Licurgo. 3153. 56 Hiparinos. 144.81 Jerónimo. 80 Hipasos. 122 Hauptmann. 68. santo. 66 Hipatia de Alejandría. 72. 19. 128 Herodoto. 118 Hárpalo. F. 134 Jenofonte. 78. 110 Juliano el Apóstata. 121. Georg W. 180 Kubrick. 112. 117.. 142 Hefesto. véase César.

88 Pericles. 35. 146 Plinio el Viejo. Karl. 84 Marco Tulio Cicerón. 85 Nicómaco. Willem. 97 Olinto. 102 Próxeno. 11. 103 Platón. 106. 167 Menón. 173 Marsias. 136 Mitríades. 172 Ovidio. véase Cicerón Margites. 117. 52 Mentor. 5586. 116. 16 Pies. Paulo. 182 Malalas. 127-30. 157 Pausanias. 167 Lucrecio. 19. 55. 94 Pericles el Joven. 88-90. 97. 173-75. 182 Pisistrato. 134 Nerón. 99. 12 Memmio. 172. 165. 110 Posidonio. 45 Mis. 22-24. 75 Medontis. 56 Pitágoras. 113. 52. 20. 51. 117 Plotino. 41 Luciano. 114. 175.Lisímaco. 151 Meneceo. 41 Pulquería. 165 Milesia. 149. 138. 12 Orestes. 166. Juan. 132. 93-95. 179 Maquiavelo. 65 Pitias. Antonio. 110 Plutarco. 176 Plauto. 164. 36 Pedro. 107 Olimpodoro. 133 Polícrates. 133-68 Lúculo. Nicolás. 70. 39. 36 Olimpíada. 136. 10. 182 Pies. 98 Metrodoro. 12. 34. 71 Porfirio. 165 Praxiteles. 17 Luciano de Samosata. 94 Oloro. 13. 128. 97. 113. 102 Neleo. 134. 36. 149. Eike. 179 199 . 176 Pedro el Grande. 179 Orosio. 126 Proclo. 109. 26-29. 137. 101. 111-13 Moisés. 26 Polis. 11 Marx. 128 Nicóstrato. 112 Macedo. 107 María. 112. 126.

87. 128 Stalin (Iósiv Vissarionovich Dzhugachvili). 165. 85 Ruffini. seudónimo de Je­ nofonte. 171. 129 Tomás de Aquino.62 Trasilo. 43. 175 Tolomeo de Lagos.. 165 Timón de Flionte. 66 Sócrates Escolástico. 116. 43 Sila. 18. 16. 179 Teófilo. 65-67 Teodosio el Grande. 174. 88. 132 Trasibulo. 112 Simmaco. el Joven. 172 Teodosio II. E. Lucio Cornelio. 105. 116 Seutes. 66-69. Edoardo. 172. 46. 47 Schleiermacher. 178. 178-80 Sócrates el Joven. 121. 119. 47 Temistio. 67 Schwob. 127. 124-30. 101. 48 Robespierre. seudónimo de Jenofonte. 5153. 131 Tisafernes. 118 Tolomeo Filadelfo. 77 Suida. 180 200 Tapiro y Baró. 83-85. 110 Sinesio de Cirene. 75. 88. 108. historiador. 31 . 39-44. 73. 134 Teón. 122-25. Marcel. Maximilien de. 116. 125. 176. 48. 145 Tolomeo (biógrafo). 177 Teopompo. 31. 111. 58-63. 172 Teofrasto. Fausto. 93. 67 Timócrates. 112. 174 Sísifo. José. 145 Simplicio. 32. 25 Quirísofo. 78. 172 Tolomeos. 63. 112 Sila. 23. 177.33.Querofonte. 45. 120. véase Ammonio Teeteto. 104 Teopompo. 19 Thot. 52 Tito Livio. 176. 162 Tiranión. 102. 63. 9-29. 102. 133 Tolomeo. 157 Samio. los. 17880 Sófocles. 147 Sócrates. rey de una tribu tracia. 170. Bertrand. 66. 88.35-39.47 Teramenes. 101. 46. 144 Taumasio. 17. Claudio. 63-65 Speusipo. 133 Temistógenes de Siracusa. 95. 144 Séneca. 46. 67 Teodoro. 29 Russell. 126 Solón.41.81. Friedrich D.

182 Zeus. 181. Helene. Johann. 48 Weigel.Tritón. 147 Tucídides. 97 . 28. 81. 158 Voltaire (François Marie Arouet). 29 Ulises. 158. 159 Virgilio. 148. 12. 182 Viogué. 146. 46. 57 Van Wullen. 10 Zenón. 14. padre.

................. 31 Platón y la reforma de la p o lítica............................................ 169 N o tas....... 133 Una profesión peligrosa... 55 Aristóteles................................................ ...... .......................................................................................................................ÍNDICE Sócrates o la mayoría infalible ... uno y múltiple..... 195 .... 87 Epicuro y Lucrecio: el sentido de los áto m o s........................... 183 índice onomástico............. 9 El desterrado: vida errante del caballero Jenofonte ................. ....................