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Módulo 3

El Estado liberal y las
revoluciones

Abog. Vanesa Fernández

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El Estado liberal y las revoluciones
El poder temporal y el poder espiritual

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Antes de adentrarnos al estudio minucioso de los diferentes formas
políticas que adoptaron los Estados durante la Edad Moderna y la actual, es
necesario destacar un tema por demás relevante para la historia política
universal: La relación y la separación de lo temporal y lo espiritual.

Es bien sabido que en la edad antigua, y hasta el advenimiento del
cristianismo, la religión está adscripta a la política, o sea que el Estado abarca
también en su jurisdicción y en su poder la vida religiosa de los hombres.
Diríamos que lo temporal y lo espiritual se hallaban confundidos en el Estado.
De ahí que en muchos casos, el mismo gobernante haya investido la autoridad
de sacerdote o de pontífice del culto. Adelantando el uso de la palabra “iglesia”
a la época precristiana, hay quien ha afirmado que el Estado antiguo era
también y a la vez, iglesia.

Desde el cristianismo, cuyo aporte político se estudia en la historia
política, se deslindan y separan nítidamente dos ámbitos, dos jurisdicciones y
dos poderes o potestades: lo temporal y lo espiritual.

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Poder Temporal equivale a poder político, a poder del Estado, a poder
civil, en oposición a Poder Espiritual, que equivale a poder religioso. Lo
temporal no debe confundirse con lo material; el poder temporal se ocupa de
los negocios y asuntos que hacen a la vida humana en el “tiempo”, en el
mundo, abarcando muchos aspectos que no son estrictamente materiales,
como la educación, la cultura, etc.; el poder espiritual se ocupa de los asuntos
que conciernen a la vida humana en su dimensión espiritual y religiosa, tanto
en este mundo, como en relación con el fin último del hombre, más allá del
tiempo y del mundo, en la vida eterna. Para la perspectiva cristiana, lo espiritual
se vincula a lo sobrenatural, a lo que por mérito de la gracia, trasciende y eleva
a la naturaleza humana.

Desde el cristianismo, el Estado ya no va a ocuparse más de los asuntos
que hacen a la vida espiritual y religiosa del hombre; el fin último –sobrenatural
y divino- del hombre no va a entrar en el fin temporal y político del Estado; el
Estado tendrá su fin propio de bien común público, y no deberá entrometerse
en el fin religioso del hombre y de la Iglesia. Este es el gran aporte cristiano; el
establecer una división entre lo temporal, y lo espiritual, que significa una
limitación al Estado y un beneficio para la libertad de los hombres. El Estado no
podrá ya penetrar en la conciencia y en la vida espiritual y religiosa de los
individuos, ese sector que ante le pertenecía y que integraba su jurisdicción, le
queda sustraído definitivamente. La libertad de la conciencia religiosa del
hombre frente al Estado va a ser, acaso, el primer derecho individual con que el
cristianismo frenará al poder político.

Sin embargo, hay que aclarar que el deslinde o la separación no
significan divorcio ni incomunicación, por la sencilla razón de que si bien el fin y
el poder propios de cada jurisdicción se individualizan recíprocamente en forma
clara los hombres a quienes ese fin atañe y a quienes cada poder se dirige, son
los mismos, porque forman parte a la vez del Estado y de la Iglesia.

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Repasando las formas históricas de la relación entre lo temporal y lo
espiritual, podemos observar diferencias notorias, de las que tomamos los
rasgos o esquemas comunes para elaborar tipos o clases analógicos.

En primer lugar, situándonos en la época en que Cristo predica su
doctrina y establece su Iglesia, encontramos que la etapa inicial en la era de los
Apóstoles es de persecución; el Imperio Romano desata la violencia cruenta
contra los cristianos y la Iglesia. Más tarde, durante el reinado del emperador
Constantino, el Edicto de Milán (conocido también como “La Tolerancia del
Cristianismo” en el año 313), establece la libertad de religión en el Imperio
Romano, dando fin a las persecuciones dirigidas por las autoridades contra
ciertos grupos religiosos, principalmente los cristianos. En un tercer ciclo,
siempre dentro del Imperio Romano, Teodosio hace al cristianismo religión
oficial del Estado.

En segundo lugar, ya fuera del marco romano, los tipos de formas históricas
en orden a la relación de lo temporal con lo espiritual pueden agruparse en
tres:
a) La sacralidad o Estado sacro: Se ha dado y se da cuando la
homogeneidad religiosa de la población, la importancia institucional de la
iglesia o comunidad religiosa a que pertenece esa población, y las
creencias religiosas que tienen vigencia en una sociedad, gravitan con
tanta intensidad que el bien espiritual y religioso de esa comunidad es
indispensable para que exista el bien común público. Un ejemplo
bastante elocuente fue el de la sacralidad medieval o cristiandad
medieval, en la que según Maritain la cristiandad espiritual se hacía real
en una cristiandad política; cuando el bien religioso sufría, el bien común
público sentía la repercusión; por eso, la herejía que dañaba el bien
religioso era, además de un delito religioso, un delito civil, porque
causaba un mal en el ámbito temporal al perturbar la unidad religiosa.
En esta sacralidad, no se confundía lo temporal con lo espiritual, pero el
Estado tenía un carácter servicial y ministerial con respecto a lo
espiritual y a la Iglesia; la política se espiritualizaba. Ello era posible
porque la sociedad consideraba que el bien común público que el
Estado debía procurar llevaba como ingrediente necesario el bienestar
de la comunidad religiosa.

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b) La secularidad o Estado secular: Tomando en cuenta la realidad
religiosa de una sociedad en una época determinada, la secularidad
sostiene que cada Estado ha de hacerse cargo del hecho espiritual y
religioso tal como se presenta y se vive en su ámbito. Si la población es
homogéneamente religiosa, la relación de ese Estado con la respectiva
religión o Iglesia será de una manera; si la población se pluraliza en
distintas confesiones o iglesias, esa relación será de otra manera.
Podrá, por eso, reconocerse a un culto o a una iglesia con preferencia a
otros y otras; podrá colocarse a todas las confesiones en un pie de
igualdad, etc. Pero siempre habrá libertad religiosa, y el Estado aceptará
un principio religioso mínimo que coincida con el denominador común de
todas las familias espirituales que componen su población. Será, en
suma, un estado confesional, del modo como pueda serlo,
preocupándose por un cierto bien espiritual común a todos los
individuos, sea que haya unidad o división religiosa entre ellos. La
secularidad es una fórmula elástica que holgadamente deja margen para
una serie indefinida de soluciones empíricas.
c) La laicidad o Estado laico: En tanto la secularidad considera la densidad
del hecho religioso en una sociedad determinada, la laicidad parte a
priori de una posición de neutralidad o agnosticismo que, sin reparar en
la realidad religiosa de la población, afirma que el Estado no se debe
preocupar de la religión y debe prescindir totalmente de ella. La religión
no le interesa, y por ende, tampoco las iglesias y confesiones.
Paradójicamente, la laicidad o el laicismo no son neutrales ni
indiferentes, porque el descarte que predican es una toma de posición
definida: prescindir o desinteresarse de algo implica una valoración y
una opción que dejan de lado aquello que se desconoce porque se lo
juzga superfluo, inútil, malo o nocivo. Empíricamente, la historia señala
que muchas veces la euforia del laicismo desemboca en una hostilidad y
hasta en persecución, cuando no en intromisión, vigilancia o ateísmo.
Podemos ya concluir que la distinción y separación de lo temporal y lo
espiritual, está muy lejos de significar que no haya puntos de contacto y de
tangencia entre ambas órbitas. La relación de una y otra, la influencia recíproca
de la religión en la política y viceversa, el mismo grupo humano que en común
se hace parte del Estado y de una familia religiosa, etc.; señalan que no hay ni
debe haber divorcio ni incomunicación.

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El primer documento pontificio que suele citarse en el tema de la relación
entre Estado e Iglesia es la carta dirigida por el Papa Gelasio I (492-496) al
emperador Anastasio. La tesis gelasiana utiliza ya la imagen dual de dos
gobiernos; el uso espiritual en orden a la salvación, que incumbe a la Iglesia, y
el otro temporal en orden a la vida terrena, que pertenece al emperador. Ambas
jurisdicciones darán lugar a la teoría de las dos espadas.

El punto medio de doctrina, que hace de equilibrio y representa la
síntesis, está dado por el tomismo. Santo Tomás de Aquino señala claramente
que el fin de la ciudad terrestre no es un fin último, salvo en el orden propio de
lo temporal. Por eso, se subordina a otro orden más elevado y valioso, que es
el sobrenatural o espiritual. Guiar a este fin espiritual no le corresponde al
gobernante temporal, sino al divino. El fin temporal es un intermedio, y quienes
lo tiene a su cargo han de estar sujetos a quien tiene a su cargo el fin último.

El Estado moderno
Los historiadores sitúan el comienzo de la etapa que se conoce con el
nombre de “edad moderna” en el año 1.453, fecha de la caída del Imperio
Romano de Oriente, al ser tomada Constantinopla –su capital- por los turcos.
Sin embargo, el clima histórico de la modernidad no aparece repentinamente.
Su gestación incuba ya en la edad media, cuando las creencias sociales y la
organización medieval entran en crisis. Las últimas fases de la filosofía del
Medioevo habían disociado dos ámbitos que hasta entonces estaban
íntimamente vinculados: el de la filosofía y el de la teología, la razón y la fe, la
naturaleza y la gracia.

La edad moderna comienza en una atmósfera de soledad e inseguridad
del hombre. Y correlativamente, el hombre va a ocupar el centro de las
preocupaciones de la mente y de las especulaciones de la razón. No en vano,
se señala que lo político y lo cultural se ligan con tanto vigor que, para
comprender el Estado, hay que partir del estudio de las tendencias en curso,

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entre ellas, la del humanismo que conduce a exaltar al hombre como centro de
la vida y de la cultura. El hombre renacentista tiene una profunda voluntad de
cambio, que le hace apetecer y abordar innovaciones fundamentales.

En el citado tránsito de la unidad a la multiplicidad, de la autocracia a la
poliarquía y del monismo al dualismo político, del cual comenzamos a hablar en
la Unidad 2, se distinguen el último momento: la estructura estamental de los
siglos XIV a XVI.

Edward McNall Burns nos cuenta que no debe creerse de ningún modo,
que todos los europeos de Occidente vivían durante la Edad Media en castillos,
mansiones señoriales o aldeas campesinas. Millares habitaron ciudades y, a
partir del siglo XI, las actividades de la clase urbana adquirieron extraordinaria
significación. Las más antiguas ciudades medioevales subsistían de los
tiempos de los romanos. Fuera de Italia fueron contadas. Algunas crecieron
gracias a la instalación de obispados. Otras, a la sombra de los monasterios o
de emporios comerciales e industriales, pero la mayoría fue la natural
consecuencia del enorme progreso mercantil que presenció el siglo XI. Las
ciudades y los pueblos se multiplicaron en forma tan extraordinaria, que en el
siglo XIV y en algunas regiones, la mitad de la población había dado la espalda
a la agricultura y se dedicaba a la industria y al comercio.

Durante toda la Edad Media se dan como constantes el doble dualismo
de rey y pueblo, poder temporal y poder espiritual. Su superación y síntesis
en un solo centro de poder dio como resultado una nueva estructura, la del
Estado moderno, concebido como unidad de asociación. La tensión de la lucha
entre el Imperio y el Papado, que ascienden juntos y juntos son desplazados
por los poderes nacionales, había desacreditado sus propias formas. La lucha
interna entre el rey y la aristocracia feudal por la influencia de las ciudades
concluye con el triunfo de la monarquía, como resumen de todos los poderes,
alcanzando carácter absolutista con el advenimiento del Estado nacional. Esta
forma de organización política es un vasto proceso que tiene su propia

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fisonomía en cada Estado particular. En Francia, por obra de la Guerra de los
Cien Años, la acción de Luis XI, la lucha religiosa entre la fracción católica de
los Guisa y la hugonotes de los Borbones y, a su término, la conversión al
catolicismo de Enrique IV, completándose la política de centralización con Luis
XIII y su ministro, el Cardenal Richelieu, para llegar a su culminación con Luis
XIV, la monarquía francesa se pretende de derecho divino y todos los poderes
se concentran en sus manos. En España la monarquía absoluta se consolidad
con Carlos I –quien con el nombre de Carlos V asciende en 1520 al trono del
Imperio Alemán- y la obra de su hijo, Felipe II, quien abolió los fueros, debilitó
el poder de las Cortes, afirmando el absolutismo de su poder.

En Inglaterra, luego del aniquilamiento de la nobleza en la llamada
Guerra de las Dos Rosas, sostenida por la casa de Lancaster con la de York,
Enrique VII concluye por someter al feudalismo inglés y promueve la
centralización de los poderes en la corona, Enrique VIII y, por último, Isabel
Tudor, durante cuyo reinado se inicia el dominio inglés sobre los mares,
consolidan el absolutismo en Inglaterra.

Superado el primer dualismo, la suma de transformaciones económicas,
sociales y militares condujo a la superación del segundo dualismo,
representado por la distinción entre príncipe y estamentos o estados del reino,
que conduce a la concentración del poder en manos del príncipe,
convirtiéndose los estados o brazos en órganos del Estado unificado, hasta su
anulación o aniquilamiento, como sucede en Francia, Dinamarca y España. De
este modo, la unidad del Estado, en occidente, es obra de la monarquía
absoluta. Un territorio unificado, un solo ejército, una única burocracia, un
centro único de poder encargado de legislar y aplicar la legislación,
substituyendo la diferenciación jerarquizada de los vasallos, por una sociedad
jurídicamente nivelada de súbditos o ciudadanos, que tienen, en principio, igual
capacidad jurídica.

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De este modo el Estado Moderno, como forma de organización política,
se caracteriza por su unidad, presentando su estructura, un territorio, una
comunidad organizada, un Poder en quien se hace radicar la soberanía, y un
orden jurídico.
Heller sostiene que “la evolución que condujo al Estado moderno
consistió en que los medios leales de autoridad y administración, que eran
posesión privada, se convierten en propiedad pública y en que el poder de
mando que se venía ejerciendo como un derecho del sujeto se expropia en
beneficio del príncipe absoluto primero y luego del Estado”. Producto de esta
evolución tenemos:

-

La creación de ejércitos permanentes ;
La creación de una burocracia necesaria para la administración;
La planificación de la administración financiera para contar con recursos
para solventar los gastos del ejército y la burocracia;
El desarrollo del capitalismo a fin de fortalecer el poder público;
La formulación y sanción de decisiones jurídicas, con obligatoriedad
general, en forma de un derecho sistematizado; y,
La concentración del ejercicio legítimo del poder físico en el Estado.

A lo largo de su desarrollo histórico, el Estado moderno dio origen en los
siglos XVI y XVII al Estado monárquico absolutista; en los siglos XVIII y XIX
y los primeros años del siglo XX al Estado liberal; en la tercera década del
siglo XX al Estado totalitario, y finalmente, al Estado actual, o Estado
democrático-social. La forma de organización política conserva su estructura
fundamental. Sobre diferencias modales en la articulación del Poder y en los
regímenes políticos se trazan estas figuras en reacción con el absolutismo o
despotismo, el liberalismo, el totalitarismo y el socialismo democrático.

El Estado monárquico absolutista
El Estado monárquico absolutista es la primera figura del Estado
Moderno. La concentración de poderes militares, burocráticos, económicos y

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políticos en un único centro de decisiones políticas y jurídicas es obra de la
monarquía absoluta. De ella también proviene el establecimiento de la noción
de soberanía, como cualidad del Poder, y su dominio plenamente secularizado,
como mecanismo de mando no subordinado a ningún otro poder exterior o
interior. La concentración en manos del rey de todas las funciones, el
establecimiento de formas de dominación tradicional y la relación política entre
gobernante y súbditos, justificando según interpretaciones religiosas y de
derecho natural, la configuración del absolutismo.

El Renacimiento
Se

denomina

Renacimiento

al

periodo

de

la historia europea,

caracterizada por un renovado interés por el pasado grecorromano clásico. Con
el Renacimiento, el hombre centra toda su actividad, en el hombre como tal, es
decir después del aletargamiento medieval el hombre piensa ahora con
una libertad de espíritu, que le conducirá a la libertad de pensamiento, el culto
a la vida y el amor a la naturaleza son otros aspectos importantes, además el
Renacimiento estableció como fuentes de inspiración el equilibrio y la
serenidad. Pero lo más característico de esta época es la separación entre lo
cívico y lo religioso.

El retorno a la antigüedad clásica que propicia el Renacimiento conduce
políticamente al absolutismo del Estado, dentro de un marco real que, mediante
múltiples factores, condiciona la posibilidad de reforzar al poder. Lejos de ser
individualista, la política con que comienza la modernidad hace sucumbir todas
las concepciones medievales de la monarquía templada y limitada, del
gobernante con un ministerio de servicio a favor de la comunidad, del poder
estatal compensado y equilibrado por múltiples poderes sociales, etc.
Extraviada simultáneamente la aspiración hacia la unidad política de un imperio
cristiano, comienza la era de los llamados estados “nacionales”, que centralizan
fuertemente su unidad parcial y su poder.

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¿Por qué el poder estatal se absolutiza? Existen muchos factores de
orden real que sustentan esa realidad, como la invención de la pólvora, el
descubrimiento de América, el gran comercio internacional, etc., reforzando así
el poder real al dejar de ser inexpugnables los castillos y las fortalezas
medievales, al permitir el cobro de impuestos a una población rica o con
recursos susceptibles de ser gravados, y al establecerse los ejércitos
permanentes. Las nuevas estructuras políticas encuentran, por otro lado, el
modo de fijar y delimitar con precisión las fronteras de esos estados
“nacionales”, dentro de los cuales la nueva tipología instala a las monarquías
centralizadas que se afincan en el poder con cualidad de soberanía.

Ahora, el factor ideológico se conjuga con todos los otros factores del
orden de la realidad. El espíritu renacentista significa en política una admiración
hacia las formas políticas de la antigüedad de Grecia y Roma, como lo hemos
mencionado más arriba, por otro lado hallamos una serie de elaboraciones
doctrinarias propiamente modernas que inclinan al pensamiento político hacia
el absolutismo.

La Reforma Protestante
Teñida

de

individualismo

en

algunos

aspectos de su especulación teológica, la reforma
protestante favorece en política las apetencias del
absolutismo. Negado el libre albedrío, afirmada la
obediencia pasiva, propiciado el gobierno de los
predestinados a la salvación, la libertad del hombre
en el Estado no va a encontrar fundamentos
ideológicos favorables. La Reforma protestante
desmorona definitivamente la unidad religiosa y
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hasta cultural de Europa.

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Martín Lutero, fraile agustino, es el iniciador de la Reforma que tiene
como pretexto público una discrepancia teológica de ínfima importancia y una
pseudo intención de restaurar la pureza del cristianismo primitivo. En realidad,
el drama religioso y político que la Reforma desencadena en Europa y en el
mundo surge embrionariamente de un drama interior de su primer portavoz:
Lutero. La doctrina de la salvación por la fe lo lleva a negar el libre albedrío y la
libre determinación. Políticamente, la tesis teológica de Lutero repercute en
forma desfavorable para la libertad, y consolida el poder absoluto de las
monarquías modernas. Por otra parte, el deber de obediencia pasiva y la
imposibilidad de resistir al poder civil por parte de los súbditos eliminan toda
apelación a la insurrección contra la tiranía.

La elaboración de las teorías de la soberanía absoluta con Bodin,
Hobbes, etc., y de la razón del Estado con Maquiavelo, inclinará también la
balanza hacia el poder real fuertemente concentrado. Este último autor, es
considerado el primer expositor sobre el absolutismo.

El cuerpo de doctrina absolutista converge a dos tipos de absolutismo:
el pagano y el religioso. El absolutismo pagano deja de lado toda consideración
ética y religiosa; no habría inconveniente en tildarlo de absolutismo sin moral
porque la “razón” del Estado está en el Estado mismo, fuera de la ética. Tanto
Maquiavelo como Hobbes ignoran a Dios y a la ética como soluciones prácticas
y positivas en la organización política. El absolutismo religioso, en cambio, no
elimina a Dios ni a la ética del horizonte político; sea que como Bodin
mantenga limitaciones al poder provenientes de la ley divina y de la ley natural;
sea que, como Jacobo y Bossuet, predique la investidura directa del rey por
Dios y su total irresponsabilidad ante los súbditos, siempre hay algún elemento
de tipo religioso que, con más o menos intensidad, juega e influye para que el
absolutismo político fuertemente afincado en la tierra, tenga en su óptica de
conjunto una mirada puesta más allá de la tierra, en Dios: el Estado y el rey son
absolutos, pero la “razón” del Estado no está en el Estado mismo.

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Pensamiento Absolutista. Representantes
Nicolás Maquiavelo, nació en Florencia
al despuntar la edad moderna, y al subir al poder
Lorenzo el Magnífico. Su carrera política y
diplomática sufrió una interrumpción con la
restauración de los Médicis en 1512, no
obstante lo cual el hábil florentino dedicó su obra
“El Príncipe” a uno de los Médicis –Lorenzo,
duque de Urbino-. Pese a la crítica que pueda
merecer en muchos aspectos de su doctrina,
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introduce en la ciencia política el método realista, histórico o empírico, se
maneja con la realidad, ve las cosas tal como son. Claro que a un precio
demasiado elevado; abdicando de preocuparse por saber cómo deben ser.
La tesis maquiavélica es una exaltación del Estado por el Estado mismo,
incluso el príncipe y el poder son medios o instrumentos para alcanzar el fin de
la política, que es la grandeza y el bien del propio del Estado. Su doctrina,
conduce a la defensa y conservación del Estado. Introduce definitivamente en
el lenguaje político la palabra “estado”, con el sentido moderno y actual de
organización política de una comunidad, y dice que todos los Estados son
principados o repúblicas, con lo que acuña también una clasificación de las
formas de gobierno. La doctrina de Maquiavelo significa la santificación de la
política amoral; él la elabora no como un invento racionalmente pensado, sino
como un producto de su tiempo.

Juan Bodin, francés, puede ser citado con su elaboración sistemática
del concepto de soberanía, el primero de todos, entre los doctrinarios que
siguen la línea del absolutismo. Su obra principal es denominada “La
República”. No obstante, tiene un sentido diferente al de Maquiavelo o Hobbes.
En Bodín, “absoluto” significa, conforme a la etimología de la palabra,
“desligado” o “absuelto”, el gobernante es absoluto porque está desligado de

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responsabilidad frente a la comunidad, “ab-suelto” o exento de rendir cuentas al
pueblo. Pero el poder de ese gobernante reconoce límites; he aquí la
moderación ética del absolutismo bodiniano, de la que carece el absolutismo
de los otros dos autores citados.
Thomas Hobbes, inglés, publica “El Leviatán”, obra precursora del
totalitarismo contemporáneo, y tributaria del absolutismo laico de su época. Su
pensamiento racionalista hace arrancar el origen del Estado como un pacto o
contrato. Así rompe con la tesis aristotélico-escolástica del origen natural del
Estado, para proponer el origen artificial y voluntario del mismo. Los hombres
pactan voluntariamente, por miedo, por conveniencia, por interés. Y pactan
ellos solos y entre sí, para crear el Estado y erigir un gobernante. El contrato es
unánime, lo hacen todos. El gobernante es un tercero ajeno al contrato, que no
interviene para nada, pero él no queda obligado con la comunidad porque no
ha pactado con ella. Al ser unánime entre todos, el contrato impide su
revocación.

Principales Monarquías absolutas
El siglo XVII es el siglo del absolutismo real, caracterizado por el
gobierno unipersonal de un rey que carece de limitaciones provenientes de
otros órganos o instituciones. O sea, está exento de control, de responsabilidad
y de rendición de cuentas.

En Inglaterra, superadas la guerra de los cien años con Francia y la
guerra civil De las dos Rosas, el advenimiento al trono de la dinastía Tudor en
1485, con Enrique VII, afianza el poder real durante los 118 que aquella
detenta la corona, hasta la instalación de la dinastía Estuardo en 1603, con
Jacobo I. Este rey es el defensor acérrimo de la doctrina del derecho divino de
los reyes, con la que da base ideológica a su absolutismo. Su sucesor Carlos I
pierde el trono con la revolución de 1648, que da paso al breve periodo de la

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República, tras el cual se restaura la monarquía de los Estuardo, y se acusa el
final del absolutismo inglés.

En Francia, el comienzo de la edad moderna encuentra en el trono de la
dinastía de los Valois, que sucedió a la de los Capetos desde 1328 hasta 1589.
Su principal representante es Luis XI, quien con uno de sus sucesores,
Francisco I, consolida la unidad territorial de Francia. En 1589 comienza la
dinastía de los Borbones, con Enrique IV. A este periodo corresponden los
absolutismos de Richelieu, ministro de Luis XIII, y de Luis XIV, el rey que
sintetiza el suyo en la frase: “EL ESTADO SOY YO”.

En España, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla llevan a cabo la
unidad española en lo territorial y lo religioso con la expulsión de moros y
judíos. El nieto de ambos –Carlos-, era también nieto por línea paterna del
último emperador de Alemania. En 1517 llega al trono de España con el título
de Carlos I, y en 1519 al de Alemania con el ´título de Carlos V. La línea
dinástica que con él se introduce en España es la de los Habsburgo, llamada
también la Casa de los Austria. Tanto Carlos V como su hijo y sucesor Felipe II,
que proporcionaron a España la gloria de un imperio en cuyos dominios no se
oculta el sol, implante un absolutismo basado en la centralización política, la
decadencia de las Cortes y la decadencia de los municipios.. La llamada
“unidad nacional” será consumada más tarde, con el reinado del primer Borbón,
Felipe V.

El Sacro Imperio Romano Germánico llamado también Imperio Alemán o
Alemania, entra a la edad moderna con la dinastía de los Habsburgo, iniciada
con Rodolfo I. Al morir el emperador Maximiliano ocupa el trono Carlos V. En el
seno de este imperio, surge Prusia con un origen muy modesto y anterior a la
edad moderna.

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Paralelamente, se cumple la formación de Suecia, Dinamarca y
Noruega en el norte de Europa, de Polonia en el este, de los estados
balcánicos, y de Rusia.

El despotismo ilustrado
El encuentro de la filosofía con la política da lugar a una teoría y a una
realidad que la historia denominó como “el despotismo ilustrado”. Con él
arriban a nivel de gobierno las nuevas ideas de la cultura introduciéndose
algunas líneas de tipo liberal en las monarquías absolutas. Sin abdicar del
absolutismo, la filosofía racional se torna en consejera de los reyes. El ideal
es un buen rey que una a su autoridad absoluta la fuerza de la razón.

Tiene como características propias una tendencia a proteger la
riqueza del Estado y a incrementarla mediante el libre comercio y otra
tendencia de laicización que desemboca a veces en la supresión o
expulsión de órdenes religiosas, en la enseñanza laica, y hasta en la
persecución a los católicos.
El “iluminismo” o filosofía de la Ilustración, es la creencia de que la
razón y el procedimiento físico-matemático son omnipotentes para resolver
todos los enigmas del universo y todos los problemas de la sociedad. En el
terreno social y político, busca la discusión de los problemas y para que esa
discusión sea posible derrama las “luces”. Estas se concretan en una
fundamentación doctrinal en la que destacan el culto de la tolerancia, el
desdén por la tradición, la pasión por la economía, y una nueva visión del
Estado: el Estado órgano cultural.
La “Enciclopedia” va a reunir y propagar todos los conocimientos
filosóficos y científicos emparentados por las nuevas ideas. Esta obra
colectiva amalgama ideas diversas, que participan del racionalismo, el
deísmo, el utilitarismo, las concepciones de la burguesía francesa del siglo

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XVIII, y que propician la libertad, la tolerancia, el progreso técnico, la
libertad económica, la actividad artística, la cultura, la felicidad, la
evolución, etc.
Montesquieu, escribió “Cartas Persas”
y “El Espíritu de las Leyes”, entre otras
obras.

El

sistema

político

inglés,

ya

decididamente parlamentario, le pareció el
mejor modelo de régimen moderado frente al
absolutismo. Usó ampliamente el método
histórico para conocer las instituciones y
proyectar cómo deben adaptarse a cada
pueblo. Fue un expositor del liberalismo
político en cuanto buscó la limitación del
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poder en orden a proteger la libertad de los

ciudadanos. Interesado, como buen liberal que era, en moderar al gobierno,
construye con sistematización moderna la famosa tesis de la división de los
poderes. La fórmula tripartita no se mueve en el vacío de la especulación
racional, sino que arranca de una ley sicológica: el que posee poder, tiene a
abusar del poder. Y entonces, es necesario frenar o detener al poder con el
poder mismo. Para eso, se lo reparte o divide, asignando funciones distintas
a órganos también distintos y separados. Esto evita la concentración de
todas las funciones del poder en un órgano único, que degeneraría en
tiránico. Y al evitarlo, favorece la liberad. Según este autor, la libertad está
limitada por las leyes. La libertad es el derecho de hacer todo lo que las
leyes permiten, y no el derecho de hacer todo lo que se quiere. Esta libertad
proporciona

al

ciudadano

tranquilidad

y

seguridad,

dos

objetivos

fundamentales del liberalismo político.
Rousseau escribió el “Discurso sobre las Artes y las Ciencias”, el
“Discurso sobre la desigualdad entre los hombres”, las “Confesiones”, la
“Nueva Eloísa”, el “Emilio” y el “Contrato Social”. Este autor elabora una

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doctrina del pacto. Mediante el contrato, “cada uno de nosotros pone en
común su persona y todo su poder bajo la dirección suprema de la voluntad
general, y recibimos en cuerpo a cada miembro como parte indivisible del
todo”. El contrato social, con su cláusula básica que es la misma para
todos, devuelve a los hombres su igualdad natural. El hombre pone su yo
en la unidad común, y si bien “desnaturaliza” su libertad y su igualdad,
sustituye el instinto por la justicia y da a sus acciones la moralidad que
antes no tenían. El pacto genera la soberanía absoluta. El soberano es el
pueblo, y la soberanía se confunde con la voluntad general. La soberanía
no puede ser alienada ni representada. Como ejecutor y ministro del pueblo
soberano, Rousseau coloca al gobierno, encargado de hacer cumplir las
leyes y mantener la libertad. Los gobernantes son oficiales y no amos del
pueblo. Tienen solamente una comisión, un empleo. El pueblo puede
establecerlos y destituirlos cuando le plazca. Entre pueblo y gobernante, no
hay ningún contrato. Por tanto, acoge la Democracia directa y rechaza la
teoría de la representación.
Kant en su obra “Proyecto de paz perpetua” propicia una república
universal, una institución cosmopolita de tipo federal, que anticipa las
nociones más modernas de la autoridad mundial y común a todos los
hombres y a todos los Estados. La política se funda en el derecho, definido
como conjunto de condiciones por las cuales el libre arbitrio de cada uno
puede concordarse con el de los demás según una ley general de libertad.
El imperativo categórico kantiano dirá: obra de tal manera que puedas
querer que lo que haces sea ley universal de la naturaleza. El ideal de Kant
es el del político moralista, y no maquiavélico. De ahí su otro principio: obra
de tal manera que trates a la humanidad, ya sea en tu persona, ya en la de
los otros, como un fin y jamás como un medio. Kant funda el sistema de la
moral autónoma, y este aspecto de su doctrina refleja en el ámbito de la
ética lo que se puede llamar sin temor a equivocarse la revolución de la
inmanencia, comenzada con Descartes y proseguida con el idealismo. La
moral kantiana es autónoma y no heterónoma, vale decir, el deber de la

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ética es dado por la propia conciencia moral del sujeto, sin provenir de
afuera o de una instancia exterior al sujeto. Solamente una voluntad que se
da a sí misma la ley moral, es una voluntad desinteresada, porque actúa
exclusivamente por respeto al deber tal como puede quererlo la voluntad
racional.

La revolución americana
Según el historiador Touchard, la Revolución Americana es el primer ejemplo
en el siglo XVIII de una revolución triunfante, la que le confiere gran
importancia para la historia de las ideas políticas. Con ella empieza
rotundamente el constitucionalismo moderno o clásico, que adquiere luego
difusión universal. Sólo a partir de la Revolución Americana tiene sentido pleno
hablar del ocaso del absolutismo político.

La precedencia de este movimiento con respecto a la Revolución
Francesa permite hacer alusión a una presencia de América en el mundo, a
una admiración por América, y a una imagen-modelo tomada del tipo político
con que los Estados Unidos de Norteamérica ingresan al ámbito de los estados
independientes. No cabe duda que el fermento ideológico europeo no fue inerte
en América, y que la influencia de pensadores como Locke, Montesquieu,
Rousseau, Harrington, etc., tuvo gravitación en el bullir de las relaciones entre
las colonias inglesas de América septentrional y la metrópoli británica. Pero la
Revolución Americana amalgamó también la tradición contractualista propia, el
aporte religioso de los puritanos y el profundo sentido empírico de los sajones.

Las primeras migraciones puritanas exiliadas de Inglaterra como
consecuencia de la política religiosa de Jacobo I, se radican en América del
Norte a comienzos del siglo VIII. Los llamados “padres peregrinos” que a bordo
de un navío celebran el famoso Pacto de Mayflower en 1.620, -van a dejar su
huella ideológica y su efecto práctico al instalarse en Playmouth.

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Colonos

e

inmigrantes,

protestantes

y

católicos

irlandeses,

terratenientes, comerciantes y campesinos, fueron dando origen a las colonias
inglesas

de

la

América

del

Norte,

que

en

trece

estados

reunían

aproximadamente dos millones de habitantes al concluir la guerra de siete años
entre Inglaterra y Francia. Las colonia se gobernaban mediante sus propias
instituciones en un régimen de libertad, y democracia, mantenían entre sí
relaciones comerciales, acusaban índices de prosperidad, y conservaban su
autonomía frente a la metrópoli.

Los impuestos con que el rey Jorge III quiso hacer participar a los
súbditos norteamericanos en las cargas de guerra de Inglaterra dieron pie para
que las colonias reaccionaran con una rotunda negativa que derivó en la guerra
y en la emancipación. Impulsada por los hechos, con un gran sentido práctico,
sin echar mano de doctrinas abstractas, la insurrección estalla y se consuma
con la consecuencia, nada ínfima por cierto, de dar origen a un Estado que,
con el transcurso del tiempo se convierte en una de las grandes potencias
internacionales, y expande su tipología política en el constitucionalismo
contemporáneo.

Los rebeldes deciden declarar la independencia, y la proclaman en el
Congreso de Filadelfia el 4 de julio de 1776. Los trece estados que suscriben la
Declaración de la Independencia son: Nueva Hampshire, Massachusetts,
Rhode Island, Connecticut, Nueva York, Nueva Jersey, Pensilvania, Delaware,
Maryland, Virginia, Carolina del Norte, Carolina del Sur, y Georgia. La lucha
sigue varios años, incluso con participación extranjera de Francia y de España
y concluye en 1783 con la Paz de Versalles, en la que Inglaterra reconoce la
independencia de sus antiguas colonias.

Establecida a partir de 1.777 una confederación entre los trece estados
independientes, se redactan los “Artículos de la Confederación” para la defensa
común, seguridad de sus libertades y bienestar general y recíproco, hasta que
en 1787 la confederación se extingue para dar paso al primer estado federal

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moderno con la constitución de ese mismo año, que adopta la forma de
gobierno republicana presidencialista, y las formas de estado democrática y
federal. Si la filosofía de la libertad pudo estar, en todo caso, incubada
modernamente en la ideología de Francia, el derecho de la libertad ha tenido
cuna, sin duda, en el constitucionalismo de los Estados Unidos.

Producida la independencia, el constitucionalismo moderno se puede
considerar ya nacido en América, y a través de América, en el mundo. Las
colonias emancipadas van dándose sus constituciones escritas, o mantienen
con ligeras modificaciones sus cartas reales anteriores.

La Declaración de Derechos de Virginia enuncia que todos los
hombres son por naturaleza igualmente libres, y poseen derechos innatos de
los que no pueden despojarse mediante contrato.
De la ideología norteamericana y de su organización política podemos
inferir un repertorio de principios y creencias de honda repercusión en la
historia política. Así:

a) El teísmo, afirmado por la creencia religiosa en la existencia de Dios. La
independencia de las colonias inglesas, lejos de mostrar el furor
antirreligioso y el ateísmo de la Revolución Francesa, mantiene y ratifica
el espíritu religioso que le dio filiación;
b) El iusnaturalismo, afirmado por la creencia en un derecho natural de
base racional, del que derivan los derechos naturales del hombre; tales
derechos han sido conferidos al hombre por Dios, que ha creado a todos
los individuos libres e iguales; el derecho natural tiene validez universal;
c) El contractualismo, afirmado por la creencia en el pacto como origen
del Estado, y en el consentimiento de los gobernados como legitimación
del poder:
d) La soberanía del pueblo, afirmada por la creencia de que el poder
radica en el pueblo, y que el pueblo lo transfiere a los gobernantes, que
mandan con su consentimiento y a título de representación;
e) La libertad, afirmada por la creencia en que el Estado existe para
tutelarla, y de que un gobierno se pervierte y puede ser abolido si la viola
impunemente; la libertad es un status natural del hombre, que deriva de

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f)

g)

h)

i)

Dios Creador, y que no puede ser abdicado cuando el hombre entra a
formar la comunidad política;
La Constitución escrita, como conjunto codificado de normas que
regula organización del Estado y la convivencia de los hombres en orden
a proteger la libertad y los derechos individuales; la constitución escrita
es la ley suprema o superior, a la que debe ajustarse todo el resto de
normas;
La supremacía de la ley, afirmada por la creencia en que los
gobernantes deben mandar conforme a la ley; es el “gobierno de la ley
en vez del gobierno de los hombres”, que proporciona seguridad a los
hombres y los exime de ser sorprendidos pro mandamiento o
prohibiciones arbitrarios y caprichosos;
La división de los poderes, establecida en la constitución para evitar la
concentración del poder que degenera en tiranía, y para resguardar la
libertad;
El federalismo como forma de Estado, que reúne a varios Estados
miembros en un solo Estado Federal, haciendo de éste una unión
indestructible de partes también indestructibles.

Por su ideología y por su praxis, la Revolución Americana es más
importante que la Revolución Francesa, explica Bidart Campos, en razón de
que no fue atea como ésta; no incurrió en excesos; no desató persecuciones;
no reemplazó el absolutismo monárquico abolido por ningún otro absolutismo;
el curso político subsiguiente no fue inestable como el francés; no tuvo –
felizmente- un Napoleón que se adueñara del poder con sueños imperiales.

La Revolución Francesa
La explosión revolucionaria que tiene comienzo en Francia en 1.789 va a
adquirir proyecciones universales. La declaración de derechos del hombre, no
obstante haber sido anticipada en la Revolución Americana, se revestirá de un
ecumenismo hasta cierto punto místico. Pero sí en el orden de las influencias
ideológicas la Revolución Francesa se liga al origen del constitucionalismo
moderno, y por ende, al movimiento que procura asegurar la libertad y los
derechos del hombre, en el orden de la realidad va a sumir a Francia en un
caos político y en una inestabilidad constitucional largamente prolongados,

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después de exhibir un absolutismo y una tiranía por lo menos iguales a los que
habían derrumbado. De ahí que mientras en Estados Unidos la revolución
reafirma la libertad, en Francia deriva en los hechos a un nuevo absolutismo.

La Revolución Francesa estalla durante el reinado de Luis XVI, al
convocar éste a los Estados Generales, que no se reunían desde 1614. Los
Estados Generales son una asamblea de representantes (equivalentes al
parlamento) de los tres sectores que componían la población: el clero, la
nobleza y el estado llano o tercer estado. El 5 de mayo de 1789 se realiza la
apertura de los Estados Generales, cuyos diputados llegan provistos de
instrucciones

expresas

que

se

llaman

“cuadernos”.

La

mayoría

de

representantes corresponde al estado llano, pero su triunfo no queda
asegurado mientras se aplique el sistema del voto por cuerpo en vez del voto
por cabeza. En junio, el tercer estado se proclama constituido en Asamblea
Nacional, transformada poco después en Asamblea Constituyente.

Entre tanto, la ola de agitación cunda y desemboca en el fanatismo. El
14 de julio, bandas armadas salen a las calles y asaltan la prisión oficial
llamada “La Bastilla”, símbolo del absolutismo real. La toma de la Bastilla sirve
de ejemplo para que en el resto de Francia se propague la revuelta, entre robos
y asesinatos.

En pleno hervor, la Asamblea redacta su famosa Declaración de los
Derechos del Hombre y del Ciudadano, con su trilogía de libertad – igualdad
– fraternidad, y su enunciado de los derechos a la libertad, la seguridad, la
propiedad y la resistencia a la opresión. El ideario de libertad instaurado con
este documento, pudo ser la muerte ideológica del absolutismo pero no fue su
muerte real. Pero es un aporte que, en su momento, no consiguió evitar el
abuso del poder.

La Asamblea Constituyente dicta en 1791 la primera constitución escrita
de la etapa revolucionaria, estableciendo una monarquía constitucional, que

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coloca al lado del monarca a una asamblea legislativa de una sola cámara.
Pese al mantenimiento de una corona, proclama el principio de la “soberanía
de la nación”, que de ahí en más adquiere curso ideológico en la doctrina
francesa.

La Revolución Francesa concita reacciones armadas en Europa. Siete
coaliciones tienden a aplastarla, y a neutralizar sus ideas y su influencia. El
Imperio Napoleónico, fundado en la guerra, en la conquista y en la fuerza, dio
transitoriamente grandeza y esplendor a Francia. Difundió el ideario
revolucionario en grandes zonas de influencia europea, implantó reformas
sociales y económicas, alcanzó a la administración, al poder judicial, a la
Iglesia, a la legislación y fomentó la incipiente tendencia a la unificación en
Italia y en Alemania. Pero en un balance general de carácter político, el
régimen napoleónico significó un verdadero absolutismo en detrimento de las
libertades proclamadas teóricamente por la Revolución Francesa.

El esquema de organización política que difunde el constitucionalismo
francés responde al racionalismo y al liberalismo. Una planificación del orden
político pensada exclusivamente con la razón, una constitución escrita como
complejo de normas que se suponen aptas y eficientes para realizar el régimen
propuesto, una división de poderes, una declaración de derechos. Todo eso va
acompañado por la declaración dogmática de la soberanía nacional,
considerando que en la “nación-persona” radica la soberanía, y que el estado
es la nación política y jurídicamente organizada.

Si nos fijamos en lo más clásico del constitucionalismo francés de la
revolución, advertimos un crudo individualismo. O sea, una exaltación del
hombre sin funciones sociales, sin arraigo en grupos sociales, sin referencia a
su familia, a su medio de trabajo o de profesión, a las comunidades menos en
que actúa, etc. ES un hombre solo frente al Estado, sin intermediarios.

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El Estado Liberal
El Estado liberal, cuyo desarrollo se inicia con la Revolución inglesa de
1.688, la americana de 1.776 y la francesa de 1.789, surge como una conquista
de los derechos individuales, como resultado de la lucha por la libertad,
teniendo a la nación por substractum. Su esencial significado de libertad
política y económica produjo en la estructura básica de la forma de
organización política moderna una alteración en las funciones del Poder, que
debía tener como finalidad esencial la protección de los derechos individuales y
estar dividido en poderes separados, iguales e independientes. Reducido
ámbito del Poder a las funciones de justicia y política, defensa del territorio y
salubridad, limitada su actividad a la esfera de la seguridad interior y exterior,
no debía ni podía intervenir en las actividades individuales y muy
especialmente en las de orden económico. El liberalismo es una concepción
del Estado intrínsecamente negativa, en la medida en que se presenta
positivamente como concepción individualista.

El Estado liberal se caracteriza por consiguiente:
 Reduce las funciones del estado a las de seguridad y protección de los
derechos individuales: libertad, vida, propiedad privada;
 Afirma un régimen de garantías para los derechos individuales
reconocidos como inviolables y sagrados;
 Convierte en garantía de la libertad el principio de la división, separación
y equilibrio funcional de los poderes o potestades gubernativas;
 La justificación del Estado, concebido como un mal necesario, provenía
de la teoría contractual o voluntarista y unía en el consentimiento del
pueblo su sustentación y principio de legitimidad;
 La radicación de la soberanía en el pueblo o en la nación;
 La relación de gobernantes y gobernados surgía de la idea de
representación política, proveniente del sufragio como ejercicio del
derecho a ser bien gobernado, reconocido a la masa del pueblo, y un
orden social jerarquizado y desigual, cuyo soporte eran las diferencias
económicas;
 El Imperio de la ley como consecuencia del reconocimiento de la
dominación legal; como única racionalmente válida, y de un orden
jurídico obligatorio para gobernantes y gobernados.

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El Estado Totalitario
El Estado Totalitario surge como una reacción contra el liberalismo y la
democracia, y en cuanto forma de organización política presenta las siguientes
características:
 Amplificación de las funciones del Estado a toda la vida individual y
social;
 El individuo y la sociedad son instrumentos de los designios del jefe o
grupo gobernante;
 Centralización de todos los poderes y facultades en el líder o grupo
gobernante;
 Régimen de partido único que opera como agencia estatal;
 Radicación de la idea de soberanía en el órgano supremo;
 Substitución de la dominación legal por el de las decisiones supremas
del jefe o grupo gobernante;
 El ordenamiento jurídico se establece no para limitar, sino autorizar la
actividad de los órganos estatales;
 Subordinación de la vida humana individual y social a los objetivos
ideológicos del régimen autoritarismo impuesto;
 Utilización de los controles institucionales y sociales para imponer la
conformidad, en términos de sacrificio voluntario, con los objetivos o
metas fijados por el jefe o grupo gobernante;
 Todos los instrumentos expansivos del Poder se encuentran en manos
de las autoridades supremas, colocadas por encima de las leyes,
facilitando la síntesis de la voluntad omnipotente del líder en el Estado.
Teniendo en cuenta estos puntos clave, es posible identificar dos
ejemplos claros de lo que constituye un régimen totalitario: Alemania durante el
reino del Nazismo, Y la Unión Soviética durante el reino Estalinista. En ambos
casos, un solo partido político dominó imponiendo su ideología política y
excluyendo cualquier otra. Tanto Alemania Nazi como la Unión Soviética
Estalinista contaban con una maquinaria política gigante conformada por
simpatizantes de todo tipo, desde ciudadanos comunes a miembros de la
policía secreta y miembros de la comunidad científica. La ideología oficial era
impartida por todos los medios, y la población crecía para ser indoctrinada. La
lealtad al partido se mantenía por medio de la coerción ejercida por la policía

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secreta: la Gestapo en Alemania y la KGB en la Unión Soviética. Finalmente,
ambas ideologías mantenían un control total sobre la organización social y
económica del país. Los Nazis impusieron el concepto del corporativismo, el
cual consistía en la división vertical del orden social, de tal manera que en vez
de existir clases sociales, existían tipos sociales: agricultores con agricultores,
empresarios

con

empresarios,

y

así

sucesivamente.

Igualmente,

los

Bolcheviques abolieron las clases sociales e intentaron imponer un orden social
homogéneo.

Basado en estos dos ejemplos, resulta claro que el fenómeno del
totalitarismo se puede dar bajo gobiernos de ideología de izquierda tanto como
de derecha. En adición, aunque la adopción de un modelo totalitario es el
resultado de un cambio revolucionario, este no es necesariamente impuesto
como resultado de una revolución. El caso de Alemania, en el que los Nazis
llegaron al poder por medios democráticos, demuestra claramente esta
aserción.

Además de estos dos casos ejemplares, el totalitarismo se ha
manifestado también en otros casos, tales como el régimen de Mussolini en
Italia, el cual era descrito por el mismo Mussolini como Totalitario, el régimen
de Saddam Hussein en Irak, el régimen de Mao en China y el régimen de Kim
Il-Sung en Corea del Norte.

El Estado Democrático – Social
Es denominado como el “actual” y tiende a completar la democracia
política con contenido de democracia económica y social. La necesidad de
adaptar las leyes de manera que los estados garantizaran mejores condiciones
de vida a sus ciudadanos y una aplicación legal más justa llevaron a la creación
del Estado Democrático y Social.

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El

bienestar

social

y

la

realización

de

justicia

aparecen

como funciones prioritarias del estado, manteniendo el principio de legalidad
establecido

en

el

estado

de

derecho.

Este

nuevo

sistema

está

al servicio del hombre, y debe ser garante del bien común, basado en
los principios de justicia social y dignidad humana. El estado debe crear,
conservar y comprometerse a materializar esos derechos para satisfacer las
necesidades de sus habitantes, logrando así un bienestar general. Por ello la
justicia, la educación, la salud, la seguridad social, el desarrollo integral del
individuo y de la sociedad y la protección de sus derechos humanos, se
transforman en funciones prioritarias del Estado.

El estado social de derecho persigue la armonía entre las clases,
evitando que la clase dominante abuse o subyugue a otra clase de grupos
sociales, impidiéndoles el desarrollo y sometiéndolas a la pobreza y a la
ignorancia; a la categoría de explotados y sin posibilidad de avance.

En un Estado de Derecho la aplicación de la ley es imperante, en un
Social de Derecho el Estado está obligado a ayudar a aquellos ciudadanos que
se encuentren en minusvalía jurídica. El Estado Social de Derecho protege a
los asalariados ajenos al poder económico, tutela la salud, la vivienda, la
educación y las relaciones económicas. El estado es garante de satisfacer las
necesidades vitales de todos los ciudadanos, tales como la salud, la vivienda,
la educación, etc.

Como forma de organización política se caracteriza por:



Mantener un régimen de libertad civil y política;
Planificar racional y funcionalmente la economía;
Establecer un régimen de derechos sociales;
Incorporar las formas semidirectas de democracia política asegurando
las expresiones de la voluntad popular, en substitución de la voluntad
general;
 Aumentar el ámbito de intervención del Poder político en las actividades
sociales de orden patrimonial con miras a la plena realización de la
personalidad humana;

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 Fundarse en la existencia de varios partidos, mediante sistemas de
bipartidismo o pluripartidismo;
 Asegurar la integración de los sindicatos al orden político;
 Mantener la separación funcional de los órganos del gobierno; admitir
las limitaciones que resulten necesarias a la coexistencia y cooperación
internacional respecto de la propia soberanía y orientar la idea de
representación política pura a la idea de mandato imperativo;
 Admitir el principio de dominación legal y del imperio del derecho social
 Suprimir las desigualdades económicas y sociales, asegurando a todo
individuo condiciones compatibles con el respeto de sí mismo;
 Desarrollar la personalidad del individuo cualquiera sea su origen o
estado presente, suprimiendo la explotación, protegiéndolo contra los
privilegios, asegurando igualdad de oportunidades, y el derecho a la
vida, a la libertad, al goce de la felicidad, mediante un nivel de vida que
le permita brindar su contribución a la sociedad.
La tendencia del estado actual, por consiguiente, es la libertad y la
justicia, tanto en su sentido formal como material, el respeto y pleno desarrollo
de la personalidad humana y la autodeterminación de la comunidad política.

BIBLIOGRAFÍA
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Bidart Campos, Germán J. (2012). Manual de Historia Política. Buenos Aires: Editorial
Ediar.

-

Bidart Campos, Germán J. (1.999). Lecciones Elementales de Política. Buenos Aires:
Editorial Ediar.

-

Constitución Nacional de 1.992.

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Fayt, Carlos S. (1.998). Derecho Político. Buenos Aires: Editorial Depalma.

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Genhoffer Nuñez, Augusto (2.008). Síntesis de Derecho Político. Asunción: AGR
Servicios Gráficos S.A.

-

Mora Rodas, Nelson A. (2.002). Constitución Nacional de 1.992. Asunción:
Intercontinental Editora S.A.

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