Luchas de clase, desiguales y combinadas, producen diferenciados niveles de conciencia Por Sergio Tamayo

Introducción

Analizo el concepto de la lucha de clases a partir de algunas categorías utilizadas en tres escritos de Marx: El manifiesto del partido comunista (Marx y Engels) publicado en febrero de 1848; La ideología alemana (publicado hasta 1932, escrito entre 1844 y 1847, pero cuyas partes más importantes de su contenido forman parte integral del Manifiesto); y del Prólogo e Introducción a la Contribución a la Crítica de la Economía Política. Marx fue un revolucionario antidogmático, humanista, crítico de la modernidad capitalista, y un convencido del papel histórico del proletariado en la revolución mundial. Su teoría la fundó sobre la base de la crítica dialéctica a la producción intelectual y a la práctica política tanto de los socialistas de ese momento, como de la intelectualidad burguesa.

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El materialismo histórico, como lo entiendo, explica la realidad como una construcción social, explicable únicamente en su contexto histórico. La realidad, desde la perspectiva del materialismo histórico es cambiante, es conflictiva, y es transformadora. No debería sorprendernos entonces que el propio Marx fuese cambiando sus ideas a través de su experiencia de vida. En ese sentido, bien valdría la pena situar su pensamiento en el contexto del siglo XIX. La perspectiva de Marx, en efecto, está anclada al contexto político y cultural de la Europa decimonónica. Karl Marx fue el tercero de siete hijos de una familia judía de clase media. Su padre, descendiente de una larga línea de rabinos, era abogado. Fue además consejero de justicia; para mantener ese puesto recibió presiones políticas por parte de las autoridades prusianas que le obligaron a convertirse al protestantismo para poder mantener el cargo. Karl Marx realizó cursos de Derecho en la Universidad de Bonn pero los dejó para estudiar Filosofía en Berlín. Fue jefe de redacción en varias revistas, y expulsado del país por censura y perseguido en otros por la misma causa. Sus escritos tuvieron gran éxito entre los ambientes intelectuales y grupos socialistas. Al llegar a París en 1844 conoce a Engles y desde entonces trabajan, escriben y publican juntos.

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Marx vivió hacia la mitad del siglo XIX. Imaginemos algunas estampas de entonces, el paso del trabajo artesanal o manufactura (aunque hoy el término manufactura se considera sinónimo de industria), a la gran industria moderna. Para el historiador marxista Eric Hosbawn, el siglo XIX fue un gran siglo, que empezó desde la revolución francesa en 1789 y culminó con la primera guerra mundial en 1914. Fue así un siglo de grandes luchas y transformaciones revolucionarias.

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El término "científico", acuñado en 1833 por William Whewell, fue parte fundamental del lenguaje de la época y por lo tanto de Marx y Engels. La “evolución de las especies” de Charles Darwin marcó una visión distinta del origen del hombre y de la mujer. La exaltación de la naturaleza, como en Marx, fue el desplazamiento del fervor de la divinidad y del idealismo religioso prevaleciente en la época. El positivismo (compenetrado en Engels) se erigió como el opuesto científico de la hermenéutica (interpretación y pensamiento, utilizada

principalmente como fundamento metodológico de la filosofía de las religiones).

La economía de entonces se había transformado a partir de las dos fuertes revoluciones industriales, la primera acaecida entre 1750 (en Inglaterra) y 1840, y la segunda entre 1880 y 1914 (la época del invento del teléfono y la fotografía). Hasta mediados del siglo XIX la mayoría de la población de Europa estaba formada por campesinos. En los Estados Unidos la agricultura predominó hasta el triunfo del norte industrialista sobre el sur agrario y esclavista, en la guerra civil a fines del siglo. Los países de mayor industrialización en Europa fueron aquellos que registraron mayores aumentos de población: entre 1850 y 1890 Gran Bretaña pasó de 21 a 33 millones. Alemania de 34 a 50. Los países con menor desarrollo industrial, observaron asimismo un menor aumento de población como Francia de 36 a 38 y España de 15 a 17. No obstante, lo impresionante del pensamiento de

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Marx fue su capacidad para vislumbrar la entrada feroz del capitalismo en el mundo, cuando apenas se percibía. En política, el siglo XIX fue el siglo de las grandes revoluciones burguesas y el logro del sufragio universal, a partir de la crisis agrícola de 1846 y 1848. Se derrotó al absolutismo y el catolicismo. Las teorías del liberalismo y el nacionalismo surgieron vinculadas a la formación de los estados-nación en Inglaterra, Francia y Alemania. Desde la revolución francesa se definieron los polos ideológicos que identificarían la división entre izquierda y derecha, por la igualdad o por conservar privilegios. Hubo también oleadas de restauración de las monarquías, aunque fuesen con los llamados “déspotas ilustrados”, que provocaron paradójicamente las guerras de 1848. Después vino el auge de los movimientos obreros con la experiencia de la comuna de París en 1871 y la revolución rusa de 1905 y 1917, con un peso muy fuerte de las luchas por las libertades democráticas de carácter burgués, que constituirían gobiernos parlamentaristas. La revolución como concepto sería constantemente evocada.

En la filosofía, el debate fue entre el idealismo vs. materialismo dialéctico, y el nihilismo (la desesperación del aislamiento individual en la vorágine de la modernidad). En el arte, una diversidad de estilos romperían con la tradición

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eclesiástica, como el impresionismo, tocando temas de la naturaleza y la vida cotidiana, contra los temas tradicionalmente religiosos. Fue así el siglo de la modernidad y de las vanguardias artísticas. Hacia finales de siglo y comienzo del siglo XX se podía ver una gran variedad de vanguardias. El punto máximo del individualismo implicaba que cada artista debía promover su propia vanguardia, que afirmaba su carácter universal y verdadero. El expresionismo, el cubismo, el surrealismo, el futurismo, todos estos estilos darían cuenta de una sociedad que vivía en la revolución por la revolución del arte, la vanguardia por la vanguardia, la universalidad por la universalidad.

Pues bien, Marx se vio envuelto en toda esta vorágine de la modernidad e hizo la crítica al antiguo régimen tanto como al capitalismo. Por eso algunos consideran que las ideas del socialismo y el comunismo surgieron como parte de las tendencias mismas de la modernidad y de la ilustración. La idea de vincular al hombre con la naturaleza, el materialismo, la ciencia, el vanguardismo y la revolución.

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En medio de la crisis de 1847, ya residiendo en Bruselas, Marx fundó la Liga de los Comunistas (que articuló los principales centros de la actividad comunista en Europa, en París, Londres, Bruselas y Colonia). Se declaró apátrida, ateo y revolucionario. Según algunos de sus biógrafos, ésta sería la segunda época de Marx, precisamente cuando desarrolla su concepción materialista de la historia, entre 1844 y 1847. Escribió entonces La ideología alemana que no se conoció sino hasta 1930. En febrero de 1848 publicó el Manifiesto Comunista (a partir de un borrador de Engels y material que Marx incorpora) fuertemente influenciado por La ideología alemana (incluso de manera textual).

Marx y Engels muestran en el Manifiesto la postura materialista de la historia y su crítica fundamental al “socialismo utópico” del anarquismo clásico, como veremos más adelante en la crítica que ambos autores hacen a la literatura socialista incluida en el capítulo 3 del Manifiesto. Este tema fue su principal debate con Bakunin en la Primera Internacional. A tal socialismo utópico, Marx le opuso el socialismo científico, como era el término en boga. Me parece en consecuencia que deberíamos leer a Marx no como dogma, pues él mismo fue un antidogmático, ni para aprendernos de memoria definiciones inalterables de la economía política, sino más bien entenderla como método. De

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hecho, Marx se planteó una metodología muy rigurosa del análisis, como una manera de acercarse y analizar dialécticamente la realidad. Es decir, una realidad que está en constante cambio, en perpetuo movimiento, en perenne contradicción, y en conflicto. En esta exposición sobre las luchas de clases desiguales y combinadas, vinculo algunas categorías de Marx, con algunas ideas de otros autores marxistas que han actualizado la perspectiva de Marx a las condiciones históricas del desarrollo capitalista, por ejemplo: Octavio Rodríguez Araujo, James Petras, David Spener, Ralph Miliband, David Harvey, Immanuel Wallerstein, Leon Trotsky, Novack, Antonio Gramsci, Edward Thompson, e Ira Katznelson. Partiré primero de la crítica de Octavio Rodríguez y James Petras a lo que ellos llaman el posmarxismo de hoy. Después, en segundo lugar hablaré del origen del concepto de la lucha de clases, que no fue un invento de Marx, pero sí una reinvención para proveerle de una perspectiva revolucionaria. En seguida, en tercer lugar, señalo el antagonismo en el capitalismo de dos clases históricamente enfrentadas, la burguesía y el proletariado. Intento descifrar el significado de dicha confrontación para la acción revolucionaria. En el cuarto apartado hablo de la heterogeneidad de las clases, y la dificultad para comprender las formas en que esta lucha de clases de carácter universal se refleja distintivamente en múltiples luchas y movimientos sociales locales y nacionales. El quinto aspecto aborda el cuestionamiento de por qué la lucha de clases tiene un carácter irreductiblemente internacional, y cómo deberíamos entender las luchas nacionales y las revoluciones socialistas en países económicamente atrasados. Finalmente, en el punto seis, subrayo la importancia de la conciencia de clase y la dificultad sistémica que entraña el paso de la conciencia de clase en sí a clase para sí.

1. Cuestionamientos hoy sobre la lucha de clases. La crítica del Posmarxismo a la concepción marxista de la lucha de clases1

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Véase a este respecto el texto de Octavio Rodríguez Araujo ( 2002). Izquierdas e izquierdismos. Editorial Siglo XXI; también a James Petras, en la revista Convergencia Socialista, No. 11, julio-

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Una primera crítica al pensamiento marxista es que la lucha de clases ya no es hoy el centro del conflicto en la sociedad capitalista. La pluralidad de la sociedad y la multiplicidad del conflicto han desplazado la lucha de clases y la ha sustituido por la centralidad de la sociedad civil (como lo fue el concepto de pueblo en la primera mitad del siglo XX, un término ambiguo donde todos los grupos y clases entran en un marco erróneamente homogenizado) y la ciudadanía

(entendida como membrecía a una comunidad política), sin considerar que estas, sociedad civil y ciudadanía, se constituyen en la lucha de clases.

La pluralidad de la sociedad civil se refleja en las condiciones de género, sexualidad, etnicidad, identidades culturales, religiosas, raciales, etc. Por lo tanto, tendríamos que aceptar la existencia de distintas formas de opresión del Estado sobre el ciudadano, y no únicamente en la relación capital-trabajo. Concurren otras formas de dominación (no económicas, ni materiales, sino postmateriales), por ejemplo, violaciones a los derechos humanos, a las libertades civiles, al derecho de asociación, de expresión y manifestación; que no son demandas organizadas por condiciones materiales y económicas de los individuos, sino

agosto de 2000, donde se hace una crítica al posmarxismo rampante, a sus intelectuales y a las organizaciones no gubernamentales (ong).

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desarrolladas en los ámbitos autónomos de la política y la cultural. El posmarxismo critica al marxismo por un supuesto reduccionismo económico. Tiende en este reproche, omitir en su reflexión la presencia omnímoda del capitalismo como marco estructural de definición de las relaciones sociales. El anti-marxismo descarta la existencia de un Estado burgués, de la división de la sociedad en clases sociales, y del peso del imperialismo. En contraparte, James Petras hace una impugnación consistente a tal posmarxismo rampante, a sus intelectuales y a las prácticas prevalecientes en las ong. En el posmarxismo hay varios enfoques diferenciados: El primer enfoque es una construcción revisionista del marxismo, contagiado de la corriente de pensamiento que se asume como “democracia radical”; la cual se opondría a cualquier estrategia autoritaria de toma del poder total. Este enfoque combina la democracia representativa con la directa, de abajo hacia arriba, del barrio a lo nacional o mundial. Desde mi perspectiva sería entender a este posmarxismo como revisionismo, pero no como negación. Otra postura sería la considerada como de la nueva izquierda

socialdemócrata, que se identifica como negación del marxismo. Es lo que se ha llamado política de la Tercera Vía. Una izquierda que no es socialista ni anticapitalista sino reformista. Incluyo otra postura más dentro de la denominación del posmarxismo, que es también un enfoque de negación del marxismo. Se basa en una crítica de corte moral y conservadora del capitalismo, que intenta reformarlo para humanizar las relaciones sociales capitalistas. La lucha de clases, según esta perspectiva, genera odio entre los hombres; el objetivo, en consecuencia, es buscar el cambio a través del amor y la no-violencia. Otra corriente más, que ubicaría como neo-marxismo, y no tanto como posmarxismo en tanto negación del marxismo, busca romper con el dogmatismo de las corrientes marxistas economicistas. Intenta comprender la correspondencia entre prácticas colectivas y conciencia de clase (como proceso cultural) en el análisis de las clases (con base en la reflexión de Gramsci), pero sin desplazarlo.

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En el Manifiesto del Partido Comunista, Marx fue definiendo estas ideologías, desde la mitad del siglo XIX, que como podemos ver han ido generando trayectorias históricas que aún persisten. Por eso es válido, así creo, lo que Edgard Sánchez2 dijo alguna vez sobre el falso debate entre las nuevas y viejas izquierdas, pues muchas de estas polémicas se reproducen

sistemáticamente dependiendo de los ciclos históricos. En esta lógica, consideremos la distinción hecha por Marx en el tomo III del Manifiesto, sobre la literatura socialista y comunista predominante en aquella época, lo que podríamos llamar hoy los pos-marxismos. Marx define tres grandes corrientes: el socialismo reaccionario, el socialismo conservador y burgués, y el socialismo y comunismo utópicos.

El socialismo reaccionario se subdivide en socialismo feudal, socialismo burgués, y socialismo alemán o socialismo verdadero. Marx identifica al Socialismo feudal o socialismo clerical, que se forma de la aristocracia francesa e inglesa. Este tipo de pensamiento hace una crítica a la sociedad burguesa, pero se plantea el regreso a las condiciones de la sociedad feudal. Es el antecedente

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Edgard Sánchez, dirigente del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT)l, sección mexicana de la IV Internacional.

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de las visiones de la posmodernidad más reaccionaria. El Socialismo burgués (o pequeñoburgués): reivindica a una nueva clase de pequeños burgueses que oscila entre el proletariado y la burguesía. Es crítico de las condiciones capitalistas de explotación, pero trata de encajar artificiosamente los nuevos medios modernos en las antiguas relaciones de propiedad. Es una especie de intento por humanizar el capitalismo. En la actualidad, pienso, sería como esta idea de decir: “ni proletarios ni burgueses, sino ¡viva la clase media!”, como se ha ideologizado en los EEUU. El Socialismo alemán, que fue una manera de interpretación de las ideas francesas, se desarrolló en un ambiente de intelectualidad altanera, que intentó incrustar mecánicamente ideas de los EEUU o Europa sin tomar en cuenta las condiciones concretas del país. Fue reaccionario de alguna forma, porque se jactó de ser “El modelo moderno” de cambio, criticando la tendencia “brutalmente destructiva” del comunismo y poniéndose ella misma por encima de toda contradicción. Fue un socialismo idealista, divorciado de la realidad, que cooptaba intelectuales sofisticados que se sentían la vanguardia de todo. Después, Marx identifica al socialismo conservador o burgués, promovido por filántropos y humanitarios. Dice: “los que pretenden mejorar la suerte de las clases trabajadoras, los organizadores de la beneficencia, los protectores de animales, los reformadores de toda laya”. Hoy bien podríamos hablar de las ONG. Su visión era lograr despojar a la sociedad burguesa de sus aspectos más ignominiosos, disuadir a los obreros de la “lucha de clases”, que solo instiga al odio entre los individuos, al estilo de Martin Luther King Jr., durante el movimiento por los derechos civiles en EEUU, y Mahatma Gandhi con el movimiento nacionalista de la India, dos grandes promotores de la no-violencia. Finalmente Marx describe al Socialismo y comunismo crítico-utópicos de Carlos Fourier, Saint-Simon y Owen. Marx dice: “en lugar de la acción social, [proponen] ingenio; de las condiciones históricas, condiciones fantásticas; de la organización autónoma, invención de un gobierno por ellos”. Hoy como antes la visión cooperativista, el desplazamiento de la división de la sociedad en clases y la construcción de una nueva para todos, incluyendo a los propietarios, a la religión,

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a veces con Estado, a veces sin Estado, es la misma perspectiva idealista. Este socialismo también es filantrópico. Se fundamentaba en el insuficiente desarrollo del capitalismo, como se refleja en los trabajadores de gremio y artesanos. Sus promotores eran anarquistas productivistas, y grupos de la pequeña burguesía que promovía cooperativas de producción y consumo, como un fin en sí mismo, y no como medios de organización y conciencia.

Si atendemos bien a sus características, la reivindicación de estas perspectivas como condición del cambio social, señaladas por Marx con bastante precisión histórica, es lo que hoy podríamos calificar como tendencias posmarxistas, y en última instancia como negación de la concepción marxista de la lucha de clases y de la necesidad de la revolución socialista.

2.

La lucha de clases previa a Marx y la lucha de clases según Marx

Marx no fue el primero en descubrir la lucha de clases en las relaciones sociales. Nicolás Maquiavelo fue el primero en postular no solo la existencia de un conflicto central en toda sociedad organizada políticamente, sino que tal conflicto tiene un poder explicativo. Este conflicto se origina en los "tipos de vida", el del pueblo y el de "los grandes" (que son los que gobiernan al pueblo). “En toda República –dice el autor de El Príncipe- hay dos espíritus contrapuestos, el de los grandes y el del pueblo, y todas las leyes que se hacen en pro de la libertad nacen de la desunión de ambos...”

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Posteriormente, el conflicto comenzó a verse como basado en clases sociales, entendidas como relaciones de propiedad. Jean-Jacques Rousseau -en 1754- consideraba que la propiedad privada y el derecho habían creado un abismo entre dos "clases" jerárquicamente diferenciadas entre sí: la clase de los propietarios, de los poderosos y de los amos, frente a la clase de los no propietarios, pobres y esclavos. Por eso, en el idioma inglés esta relación entre poseedores y desposeídos se les denomina como “those wo have and those who have not”, los que tienen y los que no tienen. Sin embargo, para Rousseau, esta situación no es superable, aunque puede ser mitigada a través de una vuelta saludable a la naturaleza y una educación que fomente el individualismo y la independencia del hombre. Aquí es precisamente donde reside el problema, según Marx. En 1758, cuatro años después, François Quesnay divide la sociedad en "la clase productora" (basada en actividades agrícolas) y las clases no-productivas y explotadoras (como los sectores militares, de académicos, altos funcionarios políticos y estatales, nobles y privilegiados políticos, etcétera). La Revolución Francesa de 1789, marcó una fuerte evolución del término. Por ejemplo, Considerant alega: "…a todos esos vicios sociales, que secan las fuentes de riqueza y prosperidad, debe agregarse la lucha, la discordia, la guerra, que corresponde a la oposición radical entre los varios intereses". Después, John Stuart Mill (un liberal ortodoxo, que por cierto fue uno de los primeros autores leídos por Trotski en su juventud), quizás el primer teórico liberal que comprendió que la irrupción de las "clases desposeídas" tendría profundas repercusiones políticas. Dice Stuart Mill: “Los conflictos del pasado habían sido entre clases, ambas de las cuales tenían un interés en la constitución existente de la propiedad. No será posible continuar de esta manera. Pero ellos (los desposeídos) no permitirán que nada sea asumido, ciertamente no el principio de propiedad privada, cuya legitimidad y utilidad es cuestionada por algunos de los pensadores que miran desde el punto de vista de las clases trabajadoras”.

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Lorenz von Stein, un sociólogo alemán considerado en su tiempo como un conservador, fue el primero en utilizar el término “lucha de clases”, que se deriva de la división de la sociedad, lo que ocasiona que los individuos busquen acceder al poder político a fin de favorecer sus intereses tanto sociales como económicos y políticos. Esa lucha de clases da origen a los movimientos sociales, a través de los cuales -en sus palabras- las "clases bajas" buscan "ascender" socialmente. También algunas corrientes del anarquismo reconocieron la existencia de la lucha de clases, pero para estas ideologías tanto las clases como las luchas entre ellas no se originan solo o principalmente de factores económicos sino también de otros factores como el poder. Se puede ver entonces que la “lucha de clases” anarquista es principalmente contra el poder político organizado, es decir, contra el Estado. El anarquismo habla así de "clases revolucionarias", incluyendo a los obreros, artesanos, campesinos y lo que Marx llamaba el lumpenproletariado. Entonces llega Marx, cuatrocientos años después de Maquiavelo, y al menos, cien años después de una caracterización exhaustiva sobre la lucha de clases. Pero para él, la lucha de clases es un conflicto que no produce ni armonía ni libertad, sino cambio social. Dice: “La historia (escrita) de todas las sociedades existentes hasta ahora es la historia de la lucha de clases”. Significa un enfoque epistemológico que usa "la teoría de la lucha de clases como motor de la historia".

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De su aportación a la discusión, Marx escribió, en una carta dirigida a Joseph Weydemeyer, del 5 de marzo de 1852: “...no me cabe el mérito de haber descubierto la existencia de las clases en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto ya el desarrollo histórico de esta lucha de clases y algunos economistas burgueses la anatomía económica de éstas. Lo que yo he aportado de nuevo ha sido demostrar: 1) que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases...” (subrayados míos).

3.

La perspectiva histórica de las clases antagónicas (burgueses y proletarios).

El capítulo 1 del Manifiesto del Partido Comunista, escrito por Marx y Engels, empieza así: “La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases... “Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos (en la esclavitud en Roma) señores y siervos, maestros y oficiales (en la edad media), en una palabra: opresores y oprimidos… “La moderna sociedad capitalista surgió de entre las ruinas de la sociedad feudal, pero no abolió la lucha de clases, sino sustituyó las viejas clases por otras: la burguesía y el proletariado…”

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La burguesía es la clase de los capitalistas modernos (los que se apropian del capital, acumulan capital, que es el recurso fundamental que organiza la sociedad contemporánea denominada capitalismo). Son los propietarios de los medios de producción social y emplean trabajo asalariado. Los Proletarios es la clase de los trabajadores asalariados modernos, que privados de los medios de producción propios, se ven obligados a vender sus fuerza de trabajo para poder existir.

Por eso la lucha de clases se entiende aquí como lucha entre el mundo del capital y el mundo del trabajo, una confrontación social, histórica, entre capitalistas y trabajadores, entre los que tienen y controlan los medios de producción social y los que no. Así, es importante advertir que la perspectiva de Marx es una visión histórica de gran aliento. Las clases son categorías amplias que definen un momento histórico vasto, el capitalismo. No se trata de pensar un conflicto entre personas, sino entre amplios grupos de la sociedad. Las clases se forman por su posición en la estructura productiva y en interacción entre sí (Marx dice interrelación). Esto es fundamental. El proletariado existe en función de la existencia de la burguesía y los capitalistas, y viceversa. La existencia de uno está atada a la existencia del otro. La desaparición de la burguesía como clase, traerá entonces la desaparición del proletariado como

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clase. De la misma forma, la diversidad y diferenciación de los capitalistas refleja la diversidad y diferenciación del proletariado. Marx dice: “En la misma proporción en que se desarrolla la burguesía, es decir, el capital, desarróllese también el proletariado, la clase de los obreros modernos, que no viven sino a condición de encontrar trabajo, y lo encuentran únicamente mientras su trabajo acrecienta el capital”.

Así como las clases revolucionarias, en otros momentos de la historia, transformaron las relaciones sociales de producción y sustituyeron éstas por otras, abriendo un nuevo escenario de la lucha de clases, la burguesía, en el siglo XIX y desde antes, se convirtió en la clase revolucionaria contra el sistema de relaciones de producción feudal, y contra la monarquía y el absolutismo. Marx dice: “donde quiera que ha conquistado el poder, la burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas”. Pero en su lugar ha establecido una explotación abierta, descarada, directa y brutal. Quisiera introducir algunas reflexiones de David Spener: “Una de las ideas más penetrantes del marxismo es que en la producción capitalista (el modo de producción entendido ampliamente como cultura capitalista, formas de

organización, prácticas, relaciones sociales, hegemonía e ideología, valores y creencias), las clases participan en el proceso productivo de maneras tan diferentes que los costos y las recompensas que reciben difieren significativamente” (paréntesis míos). Los capitalistas son dueños del capital y de la plusvalía (excedente de valor) que genera el trabajo. Es decir, el trabajador convertido en mercancía sui generis, produce plusvalía que es retenida por el capitalista. El proletariado está excluido del acceso de los medios de producción y del producto de su trabajo. Pero el proletariado requiere reproducirse, comprando y consumiendo mercancías en el mercado capitalista a fin de estar en condiciones de trabajar al día siguiente, y el siguiente. Tiene pues acceso a los medios mínimos indispensables para reproducirse como clase trabajadora, pero no para poseer ni acumular nada como capital.

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Así, la lucha entre burguesía y proletariado es una lucha y una resistencia sobre la cantidad de plusvalía que pueda ser extraída del proceso de trabajo. Las condiciones bajo las cuales esa plusvalía se produce y el uso que se le dará, es la columna vertebral del conflicto, de la lucha de clases. En efecto, el conflicto capital-trabajo puede presentarse de varias formas, la más importante y evidente es la lucha por el salario, porque a mayor salario, menor la cantidad de plusvalía retenida por el capitalista. Pero la lucha puede darse en cada una de las etapas del proceso productivo: en la producción (luchas laborales), en la distribución (luchas por el acceso a recursos), en el intercambio y en el consumo (luchas contra el alza de los precios, y luchas por modificar el valor de cambio por el valor de uso de las mercancías, o la calidad de los productos). El capitalista en su afán de acumular cada vez más plusvalía (capital), produce más, porque la plusvalía se produce en el trabajo, pero sólo se realiza en el momento del intercambio, cuando se compran las mercancías. Por eso cuando se convoca a una forma de lucha como el boicot, la intención de esa resistencia se refiere precisamente que al no comprar los productos, puede generarse una ruptura en la realización misma de la plusvalía que afecta la acumulación de los capitalistas. Pero además, el capitalista, al producir más, va generando su propia crisis, por la sobreproducción de mercancías que no podrán venderse en el mercado. El capitalista genera más, desarrollando tecnología, ampliando el tiempo de trabajo o acelerando los procesos productivos (lo que llama aumento de la productividad) y, por supuesto, bajando el salario. Esta vorágine ansiosa de riqueza hace que, como dice Marx: “la burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, (revoluciona) las relaciones de producción y con ello todas las relaciones sociales…una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales. Todas las relaciones estancadas y enmohecidas quedan rotas…

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En la disputa se edifica las bases de la revolución socialista. Marx lo dice así en el Prólogo de su libro Contribución a la Crítica de la Economía Política: “en una fase determinada de su desarrollo, las fuerzas productivas (medios de producción: tecnología e insumos; y fuerza de trabajo) entran en contradicción con las relaciones de producción existentes”. En este sentido, podríamos entender, en la perspectiva de Spener, a las relaciones de producción como aquellas relaciones sociales en términos amplios, la manera cómo la sociedad está organizada, las formas de organización del trabajo, y las jerarquías despóticas que la regulan, la reglamentación de los comportamientos de los trabajadores, la base jurídica, el tipo de capacitación para el trabajo, la educación, las relaciones en la familia, las formas artísticas; etcétera. Por eso Spener dice que a las relaciones de producción podríamos pensarlas como relaciones sociales y culturales del capitalismo. Dichas relaciones sociales se convierten en trabas para el desarrollo pleno de la humanidad. Entonces se abre una época de revolución social. El cambio que se produce en la base económica trastorna más o menos lenta o rápidamente, toda la colosal superestructura jurídica, ideológica y cultural. Así pasó en la década de los ochenta, vivimos el paso de un modelo económico y socio-político a otro. La revolución de la informática y la globalización hizo crisis las antiguas relaciones sociales, y se generó un conflicto mayor. El reflejo de ello se observa en la forma simbólica del derrumbe del muro de Berlín, en el desmoronamiento de la URSS, y la expansión y consolidación del neoliberalismo rampante. Se abrió una época de transformaciones brutales, de resistencias, de revoluciones, aunque no alcanzaron a incidir en el cambio estructural. De ahí podemos concluir que no cualquier crisis o conflicto se resuelve siempre con la revolución socialista. Más bien, quiere decir que en cada crisis se dan condiciones para ello, pero dependerá precisamente de la dinámica de la lucha de clases, de la correlación de fuerzas del proletariado, y de la conciencia socialista en esa lucha de clases.

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4.

La heterogeneidad de las clases o ¿por qué el proletariado no ha hecho la revolución socialista?

Marx y Engels en el Manifiesto ya citado consideraban que la burguesía, a lo largo de su dominio de clase, contaba apenas con un siglo de existencia. Eso lo dijeron en 1848. Lo plantearon a partir de la gran revolución industrial en Inglaterra de 1750, pero los cambios fueron más o menos lentos hasta la mitad del siglo XIX, como vimos más arriba. A mediados de esa centuria, Marx señala: “con un siglo, la burguesía apenas ha creado las fuerzas productivas más grandiosas: el sometimiento de la naturaleza, las máquinas, la aplicación de la química a la industria y la agricultura, la navegación del vapor, el ferrocarril, el telégrafo, la apertura de ríos a la navegación, ciudades nuevas” (estoy pensando en el canal de Panamá y las ciudades como resultado del aumento poblacional). Con todo eso, a pesar que Marx no vivió lo suficiente para ver el invento y la producción del automóvil, del avión, del desarrollo impresionante de la tecnología de guerra, el drama de las guerras mundiales, el viaje a la luna, los electrodomésticos, ¡la energía eléctrica, el impresionante desarrollo científico y la medicina, la computación y la revolución informática! ¿Cómo explicar este enorme cambio en las fuerzas productivas sin una revolución social de por medio? O ¿sí existió? Sigamos con Marx, que dice: “Nuestra época, la época de la burguesía, se distingue, sin embargo, por haber simplificado las contradicciones de clase”. Yo me pregunto: ¿Realmente la burguesía ha simplificado las contradicciones de clase? Me parece que no eran claras, ni entonces, ni lo son ahora, las contradicciones de clase para el grueso de la sociedad, pues las clases en el tiempo se han ido formando cada vez más en la heterogeneidad. Entonces ¿por qué Marx habla de simplificación? Quizá, porque es posible, así me parece, distinguir en términos amplios, históricos, a dos clases fundamentales: los que tienen, y los que no tienen. Pero la dificultad viene después, de cómo explicar las formas concretas en que se refleja esa lucha de clases amplia, histórica, y abstracta. Hacer un paralelismo entre lo abstracto y lo concreto de manera mecánica es caer en un vil y tosco economismo.
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Pero Marx añade: “una vez que el obrero ha sufrido la explotación del fabricante y ha recibido su salario en metálico, se convierte en víctima de otros elementos de la burguesía: el casero, el tendero, el prestamista”. Es decir, se refiere al capitalista inmobiliario, al capitalista comerciante, al capitalista financiero. Y continúa diciendo, entonces todos esos “pequeños industriales, pequeños comerciantes y rentistas, artesanos y campesinos, toda la escala inferior de las clases medias de otro tiempo, caen en las filas del proletariado…” En efecto, con el desarrollo del capitalismo, el proletariado se ha diversificado, porque el capital se ha diversificado. Creo que el método de Marx es correcto, el desarrollo del proletariado es expresión del desarrollo de la burguesía; las transformaciones de la burguesía, transforma también la estructura misma de la clase proletaria. Ralph Miliband, un marxista conocido, buen colega de debate de Ernest Mandel, fallecido apenas en 2004, dice que históricamente las clases han sufrido una profunda estratificación. La burguesía podría clasificarse en varios estamentos: es la élite económica en el poder (empresas privadas, grandes firmas industriales, financieras y comerciales). Pero también está la élite política, que controla el sistema estatal, el poder ejecutivo, el legislativo y el judicial, y representan por cierto los intereses de la élite económica. Pero también debemos poner atención a la burguesía de las capas más bajas: propietarios y controladores de empresas pequeñas (de 25 a 150 trabajadores) y medianas (de 500 a 1000) y de cierta clase profesional vinculada a estas empresas, es decir a lo que se ha llamado la categoría de servicios especializados para la producción, que cada vez es mayor en la economía mundial. Por eso considero que la dominación capitalista, cuya base puede estar en la explotación capitalista del trabajador, encuentra su mayor expansión en todos los ámbitos sociales, políticos y culturales de la sociedad capitalista. Cada uno de esos campos se delimita con cierta autonomía que reproduce en cada uno y a través de sí mismos los aspectos sociales, políticos y culturales. Esta reproducción autónoma se alimenta, sin embargo, de la correspondencia dialéctica entre los campos. Así tenemos que la dominación está dada por la dominación de los

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medios de producción, la dominación de la administración estatal, la dominación de la coerción (policía), la dominación de los medios de comunicación, y el consentimiento de la dominación (hegemonía).

Como hemos visto, está por otro lado el proletariado, que son los trabajadores. Pero su definición se debe a una interpretación marxista flexible. Es esa clase social cuya fuente es el salario, cuyos centros de trabajo se organizan con base en la dominación Pero esta clase a su vez está dividida en muchas categorías ocupacionales: por habilidad profesional, género, raza, etnicidad, religión, ideología. Esa división hace que la unidad de los trabajadores sea demasiado débil. La división más común es la que se da entre trabajadores de cuello azul (de las fábricas) y cuello blanco (empleados de servicios, bancos, y oficinistas, lo que José Othón Quiroz llamó en su novela más reciente, trabajadores de “cuello blanco, corbata roja”). Esta división se da entre manufactura y servicios. Pero en la actualidad y después de la enorme diversificación del capitalismo, muchos trabajadores con cuello blanco son los nuevos obreros, en el sentido clásico de producir mercancías; y muchos otros de cuello azul son trabajadores de servicios, por ejemplo, los que se dedican a la limpieza de los grandes rascacielos o centros comerciales.

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También está la pequeña burguesía, aquellos pequeños hombres de negocios, tenderos y comerciantes. Muchos organizan negocios familiares, al estilo de microempresas, y al modo del chiste cínico del expresidente mexicano Vicente Fox cuando empujaba a los desempleados a conseguirse “su vocho y su changarro” para salir de la pobreza (sic). La pequeña burguesía también son los semi-profesionales, supervisores de personal en empresas y el estado. En países subdesarrollados, como en América Latina, los campesinos minifundistas, los vendedores ambulantes, y los trabajadores a destajo, formarían parte de esta categoría. Y su cultura, su visión del mundo, sus prácticas están muy vinculadas a la propia condición de su trabajo. Las clases medias son las más heterogéneas de todas. Finalmente, está el lumpenproletariado, todos aquellos desempleados, vagos, limpiaparabrisas, jóvenes de la calle, “marías”, que son fácilmente cooptados para formar grupos paramilitares de control de disidencias. Habría que incluir a esta categorización, una gran estratificación laboral que existe por diferencia de ingresos. De hecho, una demanda importante del Congreso del Trabajo (CT) y la Confederación de Trabajadores de México (CTM), en la Comisión de Salarios Mínimos durante el último lustro de los ochenta, era reducir el número de puestos y categorías salariales. Según la Ley Federal del Trabajo (LFT) de entonces había si mal no recuerdo más de 80 diferentes. Esto genera también una descomunal diferenciación de estatus entre los mismos trabajadores, una mayor competencia entre sí, y una discordia permanente. Lo vemos en el conflicto reciente del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) de 2009 y 2010. Este caso es un reflejo de ello, en la medida de que otros trabajadores, de otros sindicatos, critican a los electricistas y los hacen responsables de la quiebra de la empresa de Luz y Fuerza al traducir erróneamente sus conquistas laborales como si fuesen privilegios y dádivas, sin comprender que el golpe al SME, es un golpe de Estado generalizado a toda la

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clase obrera, por la vía de poner topes salariales, temor a la pérdida del empleo y reducir al máximo los derechos sociales de los trabajadores. El problema según Miliband es que no basta con hablar del desarrollo económico, sino también de las políticas subjetivas de los capitalistas que descargan en la sociedad, para evitar que la lucha de clases se convierta en revolución. Por un lado el crecimiento económico y el ingreso desigual de los trabajadores los pone en una estructura jerárquica. Algunos trabajadores están en una situación de privilegio (la aristocracia laboral), otros en una situación de premodernidad, por ejemplo, los trabajadores mineros. La división de clases y la experiencia de trabajo como de vida de las clases están afectadas por el peso de las tradiciones, de las ideologías, y de la experiencia de organización. La inexistencia de la democracia en las organizaciones de trabajadores, resultan de la imposición de prácticas autoritarias del sistema burgués. Todo eso complica mucho más el asunto de la homogeneidad y de la unidad de la clase de los trabajadores. Marx y Engels dicen en el Manifiesto que la tendencia de la gran industria era homogenizar y concentrar más a los trabajadores de tal manera que las diferencias entre la clase disminuirían. Esto no ha pasado así. Pero el hecho que no haya pasado así tampoco es su responsabilidad, pues eso lo dijeron profetizando ¡a mediados del XIX!. Lo que sí ha pasado es que las clases se han diversificado y diferenciado, tanto en categorías ocupacionales, como en categorías salariales. La tecnología ha reducido la necesidad de mano de obra especializada en el sector manufacturero o de industria; y ha aumentado el empleo en el sector servicios, especialmente el sector de servicios avanzados para la producción. Estos cambios se han dado a nivel mundial. En los países altamente desarrollados como en los EEUU y de Europa, la baja del trabajo industrial ha sido mayor. En la ciudad de México el porcentaje de obreros está muy por debajo del porcentaje de empleados en servicios. Pero el análisis de clase, en tanto que el capitalismo es un sistema que por primera vez en la historia de la humanidad es en su verdadera esencia mundial,

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debe analizarse bajo la óptica de la División Internacional del Trabajo. La manufactura cambió del ensamblaje tipo fordista, a la descentralización productiva posfordista. Las empresas dividieron sus procesos productivos y los llevaron a países con menores índices de sindicalización y con la mano de obra más barata. China e India son un ejemplo de la actual globalización al ofertar su enorme cantidad de mano de obra en el mercado mundial. Así, la proletarización ya no es un proceso que se dé en la relación campo - ciudad, sino en la relación entre países periféricos y países centrales. En tal sentido, la lucha de clases debería comprenderse en su dimensión mundial. En efecto, la lucha de clases se explica como una lucha mundial, por el tránsito de la acumulación originaria a la reproducción ampliada de capital. Marx dice: "la acumulación originaria es el proceso histórico de disociación entre el productor y los medios de producción". Es la separación de los trabajadores de los medios de trabajo, de la gestión del proceso de trabajo, del producto de su trabajo. A él no le pertenece nada. Este proceso generalizado terminó en el saqueo extensivo que determinó la constitución de clases antagónicas y diferenciadas. Los que tienen y los que no tienen. Sin embargo, cuando el capital logró su desarrollo en un marco cultural estable en el que la dominación capitalista estaba legitimada, apareció la necesidad de ampliar la conquista de nuevos mercados de materias primas, de mano de obra y de intercambio de mercancías. Hanna Arendt dice: “El pecado original del simple robo, que siglos atrás había hecho posible la acumulación original de capital…tenía que repetirse de nuevo para evitar que el motor de la acumulación se acabara parando”. Me parece importante esta reflexión, porque nos permite comprender mejor este asunto de la heterogeneidad de la clase, incluso a nivel mundial, y en relación con la globalización. David Harvey, un geógrafo marxista, en su concepto de acumulación por desposesión, dice que esta desposesión es la forma actual (en la globalización) en que el capital vuelve a desposeer las conquistas sociales de los trabajadores, aquellos avances alcanzados en el periodo del modelo del Estado Benefactor (el caso del SME es nítido en este sentido); la desposesión se hace

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privatizando, trasladando los recursos públicos y los derechos sociales a los empresarios privados (por ejemplo, los casos de Telmex, la producción de gas y electricidad, etc.) como apropiación privada; la desposesión es la apertura de nuevos territorios al capital. Esta desposesión es lo que Arendt, Marx, y Lenin, refieren como acumulación ampliada del capital. La desposesión hoy es la reorganización de esos territorios para el capital. Desposeer es generar una nueva ronda de cercamiento de los recursos naturales, bienes comunales y públicos, para transferirlos a empresas privadas; eso es precisamente el proceso de la privatización. Es una desposesión bárbara. Esto explica asimismo la diversidad de movimientos insurgentes contra tal envergadura de la acumulación por desposesión a nivel global. Según Harvey ejemplos de movimientos de resistencia a la desposesión van, desde las guerrillas de los 70s y los movimientos contra el FMI de los 80s, hasta la lucha por la ciudadanía social en los 90s y los derechos políticos y civiles de las ONGs (y su manipulación), contra las privatizaciones en lo que va del siglo XXI, ejemplificadas en la guerra del gas y del agua en Bolivia, y el fenómeno del EZLN. La desposesión explica el surgimiento de múltiples movimientos, aparentemente fuera del ámbito del conflicto entre capital-trabajo. Es en este sentido que debemos entender la lucha de clases, no reducida a un conflicto particular, a una lucha de cualquier tipo, ni siquiera las que se dan en aislamiento en una sola fábrica, sino a nivel de la enorme dimensión del capitalismo a escala mundial.

5.

La lucha de clases nacional e internacional/ revolución nacional o mundial. La ley del desarrollo desigual y combinado

Con base en lo anterior, podríamos tener más claro las distintas formas concretas en las que se expresa la lucha de clases. Un aspecto que me parece esencial para comprender tal diversidad de luchas es lo que Trotsky denomina la Ley del Desarrollo Desigual y Combinado, que le permitió analizar las posibilidades y límites de la revolución en un solo país atrasado como Rusia, en medio de un imparable desarrollo capitalista a nivel mundial.
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Pero veamos primero ¿Qué es eso de la lucha de clases a nivel mundial y cuál es entonces el peso que puedan tener las luchas nacionales? ¿Es posible hacer la revolución en un país y alcanzar el socialismo, dentro de un sistema mundial capitalista? Marx pensó siempre que el capitalismo era un sistema universal. Cualquier respuesta debería tomar en cuenta este carácter mundial. Lenin, con la teoría del imperialismo, explicó cómo en esa fase del capitalismo se daba una rivalidad y competencia entre potencias centrales. Un antagonismo generado por la búsqueda de materias primas baratas para la reproducción ampliada, en lo que explica mucho la aparición de la primera guerra mundial. Immanuel Wallerstain, un teórico marxista del sistema mundial, habla de la división internacional del trabajo entre países centrales (de mayor desarrollo capitalista), periféricos y semi-periféricos. La visión internacionalista, alrededor de la IV Internacional, fundada en 1937 por Leon Trotski, ha seguido siempre este método de análisis: diferenciar regiones para explicar situaciones de crisis mundial y los efectos diferenciados que esta tiene en los distintos países. En esta división de regiones y países, sin embargo, se da al mismo tiempo una relación de interdependencia y de relaciones de poder, que son por lo tanto asimétricas. En este sentido no debemos limitarnos a encontrar únicamente las causas de las crisis y la declinación económica en los países del centro, sin relacionarlas con las otras partes del sistema mundial. Las crisis ocurren siempre en el sistema y tienen un impacto diferencial tanto en el centro como en la periferia. Es en esta reflexión que se vincula la cuestión de la ley del desarrollo desigual y combinado. Trotsky utiliza esta ley para explicar por qué la política estalinista del socialismo en un solo país era reaccionaria, antimarxista y conducía al aplastamiento de la lucha de clases y de la revolución mundial. Stalin, el dictador de la URSS después de la muerte de Lenin, planteó en 1926, la tesis del “socialismo en un solo país”, a partir de hacer una evaluación sobre la derrota de la revolución mundial, y la necesidad de que todo el movimiento comunista reaccionara con el único objetivo de defender el “socialismo en la URSS”, a costa

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de su propia lucha en sus propios países. Se asumía que la URSS era el único país socialista del mundo, que debería sobrevivir en medio del enorme y turbulento mar capitalista. Una especie de barco de papel en medio de una tormenta.

Trotski planteó que no era posible el socialismo en un solo país. No se puede hablar de las posibilidades de un capitalismo nacional ignorando la lucha de clases que se desarrolla fuera de él, o su dependencia con las condiciones mundiales. Las condiciones de Rusia en 1917 permitieron la toma del poder a través de una revolución socialista. Efectivamente, Rusia fue el primer país en el mundo que tuvo una revolución socialista. Pero eso no significa, por sus condiciones objetivas de atraso social y económico, que sea o que vaya a ser el primer país socialista del mundo. La trayectoria del país puede incluso retroceder nuevamente hacia el mismo capitalismo, si no se generan las condiciones internacionales (para Trotski era el apoyo decidido de la revolución europea) para su desarrollo. Si lo analizamos históricamente, ese fue precisamente el caso de la URSS. El debate que generó el tratado de Brest Litovsk, la ciudad alemana donde se firmaría la paz entre Rusia y Alemania en la primera guerra mundial, apenas dos meses después de la revolución, se planteó siempre en función del avance que pudiera tener la revolución socialista en Alemania. “Nosotros –dice Trotski-

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hemos atribuido a la revolución de octubre en última instancia, no el hecho del atraso ruso, sino la ley del desarrollo combinado. Internacionalismo no es un principio abstracto sino la expresión de la lucha de clases con base en la división internacional del trabajo”. Trotski trató de retrasar lo más posible el tratado de paz que sería obligadamente pernicioso para la revolución rusa, con la esperanza de que el ascenso de la revolución en Alemania modificara las condiciones internacionales de la Guerra como de los países en Europa. Situación que al no pasar, limitó las expectativas del tratado de paz con Alemania. Sobre la reflexión del socialismo en un solo país, es pertinente en el caso de Cuba, un pequeñísimo país, con mayoría campesina y atrasado. En 1959 escenificó una revolución, que en su origen fue nacionalista y antiimperialista, contra la colonización yanqui y la oligarquía nacional asociada. Pero después, al cumplirse esas metas nacionalistas (de la etapa burguesa, digamos) se dispuso a orientar la organización del país bajo un proyecto socialista. No obstante, saltan estas preguntas: Cuba ¿es un país socialista? ¿Puede subsistir solo? ¿Es posible el socialismo en Cuba? Teóricamente no es posible el socialismo por sí solo. Necesita del apoyo y del ascenso de la revolución a escala mundial, al menos del ascenso de la revolución en América Latina. Además, necesita que otros países más avanzados alcancen primero las tareas socialistas, y entonces atraigan a Cuba al socialismo. Pero eso no significa que los cubanos, como dice Trotski en su crítica al socialismo en un solo país, renuncien a su compromiso revolucionario, significa más bien la necesidad de comprender la condición de una revolución nacional en el contexto de la lucha de clases a nivel internacional, lo cual define las políticas y las acciones de construcción socialista tanto a nivel mundial como nacional.

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Trotski dice con respecto a la URSS: “Para prevenir una restauración capitalista, la revolución rusa necesita, no de su propia reserva rusa, necesita del apoyo de fuera. ¿Hay alguna reserva en el mundo? Sí, hay una: el proletariado socialista en occidente”. Sin embargo, no se trata de retomar a pie juntillas las fórmulas de Trotski en 1926, se trata de retomar la metodología de la lucha de clases a nivel mundial. Sobre esto, tres aspectos analíticos: Uno: la lucha de clases debe pensarse a escala de la dimensión mundial del capitalismo, pero no para aplicarla mecánicamente a nuestros países, sino para entender el desarrollo desigual, pero combinado, de la lucha de clases precisamente en cada país. Dos: el socialismo será producto de la lucha de clases, pero no a nivel de una nación en particular y en asilamiento. La lucha de clases y la revolución sí se expresa en primera instancia a nivel nacional, pero sus efectos y sus impactos son fundamentalmente internacionales. Tres: un país puede reivindicar el carácter socialista de una revolución, pero el socialismo como tal no puede implantarse en un solo país, como una pequeña isla metida en el océano del capitalismo mundial. Necesita pensar en el necesario impulso de la revolución mundial, la única manera de consolidar el socialismo en sí mismo. Stalin fue por su prédica endogámicaa un reaccionario. Trotski, un visionario. Ahora bien, ¿qué es el desarrollo desigual y combinado? Es un método valioso, marxista, dialéctico, que rompe todo dogmatismo y rigidez de la historia, y de la concepción de la lucha de clases. Trotsky no solo le puso nombre a esta ley

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–como dice George Novack en su texto sobre “La ley del desarrollo desigual y combinado en la sociedad” - sino que también fue el primero que la expuso en su pleno significado y la dotó de una expresión redondeada en su libro sobre la historia de la revolución rusa. Según Novack los orígenes de esta visión las encontramos en Marx, a su vez influenciado por Hegel. Después, se encuentran ideas en los escritos de Kautsky, Rosa Luxemburgo y Lenin. Trotski insistió en la existencia de un desarrollo combinado que se expresaba en la interrelación entre las formas más modernas del capitalismo con las relaciones de producción más atrasadas. Eso pasa debido a las diferencias en las condiciones naturales y en las conexiones históricas.

Un ejemplo significativo es el que Novack expresa para diferenciar y articular dialécticamente el viejo y el nuevo mundos. Dice: “La desigualdad del desarrollo histórico mundial raras veces ha sido más notable que cuando los habitantes aborígenes de América se enfrentaron por primera vez con los invasores blancos que venían de Europa. Se encontraron allí dos rutas de evolución social completamente separadas, producto de 10 a 20 mil años de desarrollo independiente en los dos hemisferios. Ambas se vieron obligadas a comparar sus proporciones de crecimiento y medir sus respectivos logros totales. Esta fue una de las más tajantes confrontaciones de diferentes culturas en toda la historia”:

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Algunas premisas que me parecen fundamentales de este método de análisis son las siguientes, explicadas en el texto de Novack: La desigualdad del desarrollo entre continentes y países, también se observa en la desigualdad del desarrollo al interior de los países y al interior de los grupos (México puede ser un buen ejemplo). De ahí puede inferirse también las condiciones de desigualdad en la formación de una clase. En el capitalismo, cada nación ha entrado en la división internacional del trabajo sobre la base del mercado mundial capitalista, cada una ha participado en una forma peculiar y en un grado diferente, jugando un diferente rol en las distintas etapas de su desarrollo. Las mismas causas básicas (por ejemplo una crisis) pueden conducir a muy diferentes y aún opuestos resultados. Los marxistas son a menudo acusados, por sus enemigos teóricos e ideológicos, de negar, ignorar o subestimar las peculiaridades nacionales en favor de leyes históricas universales. Me parece que no es tan cierta esta apreciación, al menos, no para todos los que se autodenominan marxistas. Pero las peculiaridades nacionales tienen límites históricamente definidos. Así, de la misma manera en que las generalidades no están fijadas de una vez y para siempre, tampoco las peculiaridades tienen un destino absolutamente determinado. Condiciones históricas generan y suplantan peculiaridades; nuevas condiciones históricas pueden alterarlas, eliminarlas e igualmente transformarlas en sus opuestos. El aspecto combinado del desarrollo es precisamente la “fusión de diferentes factores históricos”. La historia le hace todo tipo de travesuras a todas las formas rígidas y a las rutinas fijas (y por supuesto a las visiones dogmáticas y evolucionistas). La historia tiene sus regresiones, así como sus movimientos hacia adelante; hay períodos de reacción; formas primitivas de desarrollo, pueden unirse con estructuras avanzadas, y generar formaciones extremadamente regresivas e

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impedir el avance social; o impulsar la revolución. Avances en ciertos terrenos pueden significar retrocesos en otros. La ley del desarrollo desigual y combinado es una herramienta indispensable para analizar la revolución rusa (o cualquier otra) y para precisar su crecimiento o decadencia a través de sus complejas fases, sus triunfos, su degeneración y su próxima regeneración.

Luis Vitales, marxista chileno, dice esto, sobre la ley del desarrollo desigual y combinado, aplicado a la formación de las clases, con implicaciones fundamentales en la dinámica de la lucha de clases: “Esta combinación contradictoria podemos comprobarla actualmente en América Latina, donde siguen existiendo miles de talleres artesanales al lado de fábricas, con la más alta tecnología. El desarrollo desigual y combinado se registra no sólo en la economía, sino también en la formación y evolución de las clases sociales. El desarrollo desigual y combinado se refleja, asimismo, en la relación etnia-clase y en el sincretismo de culturas en las que se combinan costumbres y creencias de formaciones sociales anteriores con las que provienen de otras, generalmente de carácter exógeno”. James Petras marxista latinoamericanista considera que “todo eso hace que no podamos pensar en que la lucha de clases siempre se escenifica entre un obrero con su martillo, y un burgués”.3 Más adelante, continúa: “La cadena de explotación es más compleja, pero aún así reside, en última instancia, en la relación capital-mano de obra”. Y con todo: “el análisis de clase debe ser adaptado al imperio del capital sin mediación en un mercado laboral no regulado, con vínculos internacionales, en el que las políticas redistributivas del pasado han sido

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Recuerdo que una consigna de los setenta del movimiento decía así: “Burgueses huevones por eso están panzones”. Consigna que ya no opera en la actualidad, porque ahora los burgueses están más esbeltos y a la moda, siguiendo regímenes muy caros para mejorar imagen y figura.

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reemplazadas por políticas neoliberales que concentran el ingreso en la cúpula”. Una interpretación muy similar al concepto que usa Harvey de desposesión que vimos más arriba. En contra de los argumentos del posmarxismo, Petras los objeta con la idea de que la transformación del capitalismo hoy ha hecho más relevante que nunca el análisis de clase. Estoy de acuerdo, pero también es cierto que dicha transformación ha hecho el análisis de clase más complejo. En efecto, el capitalismo no ha eliminado a la clase trabajadora, pero la nueva estructura de clase se combina con las nuevas tecnologías y formas más controladoras de la producción. La automatización acelera el ritmo de trabajo, genera nuevos círculos de calidad en donde los trabajadores presionan a los mismos trabajadores, que están cada vez más mal pagados, en un ambiente de creciente despotismo. Una cultura que el propio trabajador reproduce en los ámbitos de socialización y de su vida cotidiana.

6.

La conciencia de clase y la lucha de clases

¿La lucha de clases es socialista en sí misma? No, precisamente porque la lucha de clases representa la contradicción inherente entre capital y trabajo, pero el resultado y el impacto de esta lucha puede ser muy desigual. El nivel de conciencia de uno de los protagonistas fundamentales de la lucha de clases en México, no es socialista, sino nacionalista revolucionario. Se ubica en los límites impuestos por la defensa de la nación, pero sin plantearse todavía el socialismo como meta. Por eso podemos encontrar expresiones de la lucha de clases que pueden parecer hasta reaccionarias. En esta lucha se necesita un ingrediente, el paso de la clase en sí a la clase para sí. La clase en sí, es la formación objetiva del proletariado, depende de las condiciones históricas del país, del desarrollo desigual de las fuerzas productivas de ese país, de la relación particular de ese país con el desarrollo general del capitalismo en la región, en el continente, en el mundo. Depende del tipo de

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industria y crecimiento económico que se implemente y de las condiciones de trabajo imperantes en su interior. Marx dice: “La industria moderna ha transformado el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del capitalista industrial. Masas de obreros, hacinados en la fábrica, son organizadas en forma militar. Como soldados rasos, bajo vigilancia, con una jerarquía de oficiales y suboficiales, esclavos de la burguesía, de la máquina, del capataz, con ese despotismo mezquino, odioso y exasperante”.

Esa descripción de las formas culturales de la dominación hecha por Marx no es más que el reflejo de una cultura específica, de prácticas y representaciones de las formas simbólicas del trabajo y de la vida de los trabajadores. La socialización en la fábrica condiciona y desvirtúa la visión de los proletarios, los hace reproducirla en sus hogares, con sus familias, en sus tiempos libres. Reproducen una cultura misógina, machista, egocéntrica, individualista. Los proletarios son hombres y mujeres alienadas. Son personas vendidas, hipotecadas, despojadas del producto de su trabajo y de la creatividad para producir, para construir mundos imaginados. Por eso la idea de la autogestión en el movimiento obrero y socialista es una alternativa a esta alienación. La autogestión significa el empoderamiento de los proletarios para decidir sobre su trabajo, lo que producen y cómo lo producen. La lucha de clases revela distintos niveles de conciencia. Por conciencia podemos entender un cierto nivel de razonamiento, entendimiento crítico, de percepción de una realidad que es injusta para la mayoría, una voluntad de acción y sensibilización de los problemas de la humanidad. La conciencia, sin embargo, es un proceso dialéctico, es producto de los distintos niveles de consolidación de la clase en sí, que depende en mucho del tipo de desarrollo del capitalismo. Pero al mismo tiempo, la conciencia se construye por el quiebre de la alienación de la clase, apoyados por formas simbólicas e ideologías. Muchas de ellas no son socialistas, pero se ofertan al movimiento obrero. El socialismo como visión del

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mundo tiene que ganarse el lugar en los trabajadores, compitiendo con otras ideologías. La lucha de clases también es ideológica y cultural.

Marx dice que la diferencia entre la masa de obreros y la lucha de clases es el paso de la clase en sí, a la clase para sí. Muchos marxistas deterministas piensan esto como un paso mecánico, en la misma forma en que se amplía y se extiende la clase por sí sola, se adquiere la conciencia, pero eso no es así. Otros consideran que el paso de la clase en sí a la clase para sí se logra no con panfletos y discursos, sino con la acción y la movilización social. En parte tienen razón, pero la acción y la movilización por sí solas, sin adjetivarla, sin darle un contenido cultural, no es suficiente. El nacionalismo revolucionario también moviliza y organiza a los obreros para la acción, pero no basta porque contiene límites estrictos que le impiden alcanzar la transformación plena de modelos. Edward Thompson, un historiador inglés marxista, dijo que el paso de la clase en sí a la clase para sí tiene que ver con un proceso cultural, con la forma en que los trabajadores piensan, la forma en que interactúan y comunican en el trabajo y en la vida cotidiana, la forma en que se vinculan con filosofías adherentes e ideologías revolucionarias. Grasmci habló de las hegemonías burguesas y la necesidad de construir contra-hegemonías. A mayor desarrollo del capitalismo, la dominación se logra por la combinación de coerción y consenso. No toda la dominación es producida por medios violentos y autoritarios. Mucho del sistema capitalista está legitimado. En ese sentido, a mayor desarrollo capitalista, el consenso pesa más en la dominación hegemónica que los métodos de la coerción. Hegemonía significa

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supremacía a través del influjo y del convencimiento. La burguesía tiene ascendencia sobre el proletariado porque lo influye, lo seduce y lo convence. El socialismo debería atraer al proletariado influenciándolo, seduciéndolo y convenciéndolo. La hegemonía burguesa se consolida a través de la ideología, de la cultura popular, y de los usos y tradiciones. Romper la hegemonía es tarea fundamental de los socialistas, a través de construir una contra-hegemonía, basada en ideas y prácticas, ideologías y formas simbólicas de la resistencia y la construcción de un mundo mejor. En muchos casos quebrando el puente de las ideologías dominantes, rescatando usos y tradiciones democráticas y de justicia social, desplazando aquella que no lo son, y haciendo una crítica honesta a las inercias perniciosas de la cultura popular. Ira Katznelson habla de la formación de clase a través de considerar niveles generales y particulares, articulados entre sí. A nivel global, está el impacto del desarrollo mundial capitalista y los efectos desiguales en un país. Lo importante después es asociar esta perspectiva global, sistémica, a la forma cómo viven y trabajan los trabajadores, y la manera cómo estos aspectos influyen en el tipo de acción colectiva, es decir, el tipo de lucha de clases que ellos escenifican.

7. A manera de conclusión: Contra el dogmatismo marxista y el relativismo posmarxista, una visión dialéctica del desarrollo de la lucha de clases. Lo que se aprecia en este ensayo es una crítica general a los pos-

marxistas e intelectuales liberales sobre el concepto de lucha de clases, pero también a los marxistas dogmáticos y economicistas. El término lucha de clases es previo a Marx, pero la herencia fundamental para el movimiento socialista es el acierto de ubicarla como el motor de la historia. En una parte anoté la perspectiva histórica de las clases antagónicas y definí a la burguesía y al proletariado. Reconocí el carácter revolucionario de la burguesía durante el siglo XIX, y expliqué por qué ahora, históricamente, el proletariado es el agente revolucionario por excelencia.

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Analicé la heterogeneidad de las clases, su diferenciación y las dificultades objetivas de unidad de los trabajadores, como lo entendió Marx, y a través de otros marxistas como Miliband, Harvey y Petras. Me acerqué a la visión internacionalista de la lucha de clases, que permite entenderla en su concepción más amplia y abstracta, y no reducirla a conflictos particulares. En esta forma, la ley del desarrollo desigual y combinado, entendida por Trotski y Novack, explica mejor esa heterogeneidad y diferenciación de la clase y la dinámica de sus luchas. Aspecto que se convierte en un enorme desafío para los revolucionarios. Finalmente, toqué brevemente el tema de la conciencia del proletariado. Se refiere a la ideología, a la cultura popular y política, al proceso incierto que significa el paso de la clase en sí a la clase para sí. La lucha de clases es también cultural e ideológica.

Termino diciendo que Marx no fue ni un revolucionario dogmático, ni un pensador determinista. Su teoría debería ser situada siempre en un contexto histórico. Si aceptamos, con relativismo, el señalamiento de Marx, que no son las ideas las que determinan las relaciones sociales, sino son las relaciones sociales las que determinan las ideas, entonces no deberíamos pensar del marxismo como un conjunto de ideas estancadas en el siglo XIX, o un dogma que tenemos que recitar mecánicamente, a pesar de las grandes transformaciones tecnológicas,

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científicas, económicas y sociales, inimaginables para el joven y el viejo Marx. Muchos marxistas no han sido ni dogmáticos ni deterministas. Muchos otros sí. Por eso, me pareció importante dialogar con Trotski, Gramsci, Novack y Mandel, y muchos otros asociados a la Cuarta Internacional, subrayando en ellos la perspectiva anti-dogmática y renovadora. Unos y otros, especialmente Trotski con su teoría del desarrollo desigual y combinado, muestran la riqueza de la perspectiva dialéctica de la historia. La crítica de los pos-marxistas y los liberales encuentran eco en las visiones deterministas, rígidas y escolásticas de algunos marxistas, pero no del marxismo en sí mismo.

Veo en Marx y en sus teorías un método de reflexión, creativo y para la acción, que nos permite renovar las ideas, no anquilosarlas, para explicar nuevos retos y no hundirnos en la melancolía del pasado, una perspectiva dialéctica y no determinista, desafíos que enfrentamos los socialistas revolucionarios.

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