EL EXTRAÑO PERSO AJE DEL SUBTE D

Caminaba desde hacía un rato por Avenida Cabildo, y aunque me encontraba ya un poco cansado por el trajín de esquivar la trayectoria de tantos seres humanos que chocaban y repelían como caprichosos imanes indecisos, no me sentía molesto ni fastidiado, al contrario, disfrutaba a pleno ese juego continuo de observar y cotejar sensaciones, con mi cerebro concentrándose al máximo para no clasificar ni juzgar, y entonces, hacer el camino más agradable. “El acto de caminar requiere mucha mayor atención que conducir un automóvil - pensé - el carné para caminar te lo tendrían que dar en la facultad de psicología.” Al llegar a la entrada de subte, allí en Cabildo al 800, me preparé mentalmente para la mundana tarea de comprar el pase. Monedas en la mano y ensayar: “uno…” , “deme uno…”, “uno, por favor…” ¿Y si le tiro las monedas nomás, a ver que hace…? Bajé los escalones, ásperos como siempre, sin haber tomado una determinación sobre el tema del pase, y me coloqué en la fila. Nada que decir. Ni larga ni corta. Cuando me tocó el turno, se me cayeron las monedas, pero no me sorprendió, dado que con semejante indecisión encima consideré lógico tal torpeza, y que va, me pasa siempre en este terreno escabroso que no domino. Nadie movió un pelo ante el vil metal desparramado a sus pies, y allá fui yo a traerlo de nuevo al redil, a las agachadas, como jugando a la taba. A pesar de todo, el cajero igual me dio el abono. Lo tomé, me aparté de la caseta, y miré fijamente el boleto haciendo un esfuerzo sobrehumano para descubrir la combinación correcta que me hiciera acceder al tenebroso mundo de la nada. “Flecha arriba y adelante” – me concentré. Y por obra y gracia de mi hada madrina, aquella críptica simbología se alineó de una con la mágica ranura que abrió mi destino al inframundo. “Extraña cosa esta del molinete – pensé – funciona en un solo sentido, como la vida. ¿Y el guarda? ¿Qué mira, que nadie se arrepienta una vez adentro? ¡Como si uno pudiera rebasar lo prohibido para volverse a calzar los cortos en el potrero del barrio! ¿O será que el quía tiene miedo de que un buen día a todos se nos ocurra lo mismo, que tengamos la mala idea de saltar la barrera hacia atrás, hacia la infancia de medias caídas y rodillas raspadas, para volver a retozar en ese barro bendito que nos protegía como coraza contra pestes invernales y besos indeseados de visitas domingueras? ”

“Pero bueno, ya estoy acá – pensé – y resulta que todos los que estaban apurados ahora esperan mirando hacia arriba, inmóviles como Gardel en el bronce, aunque con menos sonrisa, claro… No parecen seres humanos sino objetos inanimados…” – lo mismo de siempre, me dije a mí mismo. Al rato llegó el subte. Parado en el andén, lo vi frenar hasta detenerse. Se abrieron las puertas… pasó un segundo… otro… y no bajó nadie. Subí y me contornee entre la gente hasta el centro del vagón (como si fuera una culebra en el monte, pensé). El tren arrancó con ese chirrido agudo que siempre me ha parecido el reclamo histérico de alguna odiosa parca destructora de destinos, algo así como una bomba neutrónica diseñada para vaciar las almas. Pero tiene corazón, la guacha: tutún tutún… tutún tutún…, se escuchó, y luego… ese vaivén hipnotizante que, si no hacés mucha fuerza, te duerme, duerme..., duerme……“Yo creo que es ahí donde está el punto – pensé – debe ser por eso que la gente que tengo alrededor tiene cara de nada.” Hice una cuenta rápida: 40 personas cada vagón x 10 vagones cada tren x 4 trenes cada línea x 6 líneas x 1200 segundos promedio por viaje… ¡Más de 10 millones de segundos-vida convertidos en anestesia espiritual! ¡Muchachos, la vida duele, pero no es para tanto! – ¿Disculpe… le ocurre algo…? – La frase sonó casi pegada a mi nuca – ¡Ay, el susto que me pegué! ¡Si la imagen estaba congelada! ¡Este se salió de la pantalla! El hombre se colocó a mi lado y me dirigió una sonrisa curiosa, casi como estudiándome, lo cual me dio unos instantes para volver a un estado de cierta objetividad y ensayar una respuesta cuya formulación, no obstante, dudaba de que fuera oportuna. – No…, no…, estaba un poco distraído… debe ser el cansancio, recién llegué de viaje. Soy de Puerto Madryn, vió… – Le contesté, sin querer pasar por paisano, aunque intuyendo lo inútil de mi esfuerzo. – Ah, debe ser por eso que encuentra Ud tan extraña esta situación – me contestó en el acto – Perdone mi impertinente intromisión, espero que no lo tome a mal. – El hombre hizo una pequeña pausa para tantear mi sorpresa, se acomodó los anteojos y siguió: – Según mis investigaciones de campo, esta gente que Ud ve, está internalizando un rito urbano de transición. En verdad, es un ritual diario que se repite en dos tiempos, mañana y tarde, pero en sentido inverso.

– Ajá ¿Y Ud como sabe? – Pregunté, casi sin opción, mientras escrutaba su imagen flaca y descuidada. Eso sí, sus ojos…, sus ojos pequeños y alargados… aún detrás de esos gruesos anteojos de cristal redondo, dejaban adivinar una asombrosa profundidad. – Mire, de joven estudié letras, y ya más grande, supe tener un café en El Bajo, un boliche chiquito donde iba mucha gente interesante a jugar al ajedrez, se conversaba de todo, uno aprendía esas cosas que solo se pueden aprender en un café donde se juega ajedrez, pero después vino la mala y tuve que cerrar. Ahora atiendo un puestito de libros en Plaza Italia y cuando puedo, me dedico a mi pasatiempo favorito. – ¿Y cuál es, si se puede saber? – Arrebatarle las almas al diablo para devolverlas a sus dueños originales. Un escalofrío filoso me corrió por el centro de la espalda, e instintivamente me aparté unos palmos de aquel extraño sujeto. – ¡Venga, venga, fue un chiste…! – dijo riendo – Soy profesor de filosofía en la UBA. Me gusta realizar experimentos mentales donde quiera que me encuentre. No tenemos que perder el sentido del humor, ni siquiera en nuestro trabajo diario. De otra manera, nos pasa como a esta gente, que cuando van de la casa al trabajo penan el luto por el goce perdido, y cuando regresan al final del día, retuercen hasta la última hilacha de su persona intentando arrancarse la máscara sufriente de la oficina. El resultado es esto que ve acá. Un estado liminal, diríamos nosotros, ese resquicio vacío de la existencia de un ser en trance de convertirse en otro ser. Lo malo es que esto les ocurre todos los días y de forma muy traumática. Esto no es un subte, es un desperdicio humanístico, con honrosas excepciones, claro. – ¿Y Ud, como hace para zafar de este trance? – ¿Sabe Ud cuantas personas está viendo mientras posa sus ojos sobre el aparentemente – (pronunció lentamente) – singular personaje con quien está conversando? – contraatacó con esta extraña pregunta. – Una, supongo, a no ser que tenga Ud algunas costumbres un tanto particulares.

– En verdad, amigo mío, la idealización unipersonal solo reina en el extraño, profundo e improbable misterio del amor. – ¡Epa! Ahora el que me trata de raro es Ud! – ¡Ni se me ocurre! – Respondió airado – el vocablo “raro”, en tanto degrada la percepción subjetiva y bloquea el razonamiento cartesiano, no concuerda con las preferencias de mi lenguaje habitual. – ¿Y entonces? – Convendrá Ud en que ni siquiera Dios, nuestra más cómoda descripción del origen absoluto, es concebido como un solo ente, sino como una trinidad diseñada por nosotros mismos para que podamos escoger una forma metafísica adecuada para cada uno de nuestros estados psicológicos esenciales: optimista, pesimista y altruista… Dios creó al Hombre a semejanza suya, nos arrogamos descaradamente, pero en verdad es al revés: le hemos dado a Dios nuestra misma y compleja estructura fundamental. – Mucho ruido y pocas nueces. No entiendo – dije, ya un poco fastidiado. – Lo que trato de explicarle, mi amigo, es que para gozar felizmente de nuestro derecho a existir es preciso comprender que cada ente significativo en esta bendita tierra remite indefectiblemente a algún sedoso pliegue de nuestra vapuleada humanidad. De tal manera que en mí, Ud está viendo a mis padres, mis maestros, las personas de mis desvelos, de acuerdo con lo que le he contado, y el querido y ajado saco que llevo puesto, señor, es el resultado de todos aquellos que sumaron su trabajo para que pueda yo sentir el abrigo de ellos mismos en mi propia persona. –… – Cada elemento del mundo – siguió – tan simple y vital como un pedazo de pan, o tan ostentoso y brillante como la corona de un rey, se hermanan en su verdadera representación: el reflejo de aquellos que gozaron o sufrieron para hacerlo posible. Ud mismo no es una excepción. Piénselo. Y si Ud cree que estoy colocando las cosas materiales al mismo nivel que el Ser Humano, quizás sienta aún que el mundo, incluso la misma gente a su alrededor, están

disponibles para ser usados. En el mundo no hay cosas, señor. Solo personas. Solo hermanos. Cuando Ud, por el contrario, solo ve cosas en vez de seres humanos, entonces, Ud está perdido señor. – ¡Entonces, nos fuimos todos al demonio! – No le falta a Ud razón, y el secreto para emerger de la debacle que sus palabras bien expresan, reside en la profundidad de su propia frase. La misma contiene los elementos necesarios para comenzar a intentarlo: discernimiento valorativo, apreciación de escala e intención de cambio… – Ta bién, ta bién… pero, ¿Por donde empezamos? – Ya que casualmente me lo pregunta, le cuento: Número uno: tenga la voluntad de mirar dos segundos a los ojos de cada semejante que encuentre en su camino, esté donde esté y sea quien sea. Y SEA QUIE SEA – remarcó – Empiece ya con la gente que tiene alrededor y obrará milagros, sobre ellos y sobre Ud mismo. Dos: tal como le he enseñado, practique continuamente el noble ejercicio de convertir las cosas en seres humanos. Y no al revés. Y O AL REVÉS – remarcó – Los más sabios y antiguos pueblos del mundo así lo hacen. Una más amplia y plena dimensión de las cosas, quizás… quizás… lo ayude a vivir mejor. Y tres: Ud, que ha seguido con magnífico interés mi mensaje, por favor, ayúdeme en mi trabajo. – ¿Y que puedo hacer yo junto a un profesor de filosofía? – La verdad, yo no enseño filosofía, por si aún no se ha dado cuenta. – Y entonces, ¿A que se dedica? – Le arrebato las almas al diablo para devolverlas a sus dueños originales. La parca chilló con un último y agónico estertor, y el extraño personaje bajó en estación Tribunales. Seguramente, una vez más, le esperaba otra intensa

jornada… Por mi parte, tan sorprendente me pareció este episodio, que desde entonces no dejo de contarlo. Alejandro Preckel apreckel@gmail.com 8 de Septiembre de 2009