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SAN ALONSO
RODRÍGUEZ
COADJUTOR TEMPORAL
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

BARCELONA
1917

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ÍNDICE

Prólogo..........................................................................................................................3
EL HOMBRE................................................................................................................8
I......................................................................................................................................9
El niño...........................................................................................................................9
II..................................................................................................................................13
El comerciante.............................................................................................................13
LA CRISIS..................................................................................................................16
I....................................................................................................................................17
La conversión..............................................................................................................17
II..................................................................................................................................25
La vocación.................................................................................................................25
EL SANTO..................................................................................................................36
I....................................................................................................................................37
Perfección de vida.......................................................................................................37
II..................................................................................................................................50
Oración........................................................................................................................50
III.................................................................................................................................62
Mortificación...............................................................................................................62
IV.................................................................................................................................70
Misterio de las perfectas virtudes................................................................................70
V..................................................................................................................................80
Las grandes tentaciones...............................................................................................80
VI.................................................................................................................................87
Gracias extraordinarias................................................................................................87
VII...............................................................................................................................97
Celo de las almas.........................................................................................................97
VIII............................................................................................................................109
La muerte...................................................................................................................109
Epílogo.......................................................................................................................118

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PRÓLOGO

Vamos a escribir la vida de un Santo, y aun podemos decir —sin
insinuar por esto absurdas comparaciones— vamos a escribir la vida de
un grande Santo. Significa esto que tendremos por blanco principal la
santidad, una santidad verdaderamente heroica, y pasaremos muy
rápidamente y sin particular interés toda la historia del hombre que no
tenga conexión con nuestro ideal. No es éste un libro de investigación
histórica.
Nuestra historia además será muy sumaria. Escoger los puntos de
vista verdaderamente esenciales, ponerlos en su genuina luz, armonizarlos
en la total visión del conjunto. Esto de ninguna manera quiere decir que
vamos a dejar que la literatura trate como le plazca a la santidad, como si
fuera un tema de capricho; solo queremos significar que buscaremos lo
vital sin distraernos con minucias accidentales.
Hay escritas muchas vidas de Santos puramente anecdóticas. El
autor parece que sólo busca el caso, el ejemplo, con espíritu de repertorio
edificante o maravilloso. Por cierto que la vida de San Alonso se presta a
este trabajo de mosaico. Actos particulares de cada virtud, revelaciones y
visiones, abundan copiosamente en su vida. Pero el que se guía por este
espíritu corre el peligro de hacer si un mosaico, pero de estos que
llamamos falsos, sin dibujo.
Además, como con este sistema se pretende entretener la piadosa
curiosidad, se puede caer fácilmente en la desviación de buscar lo raro e
insólito en los actos de virtud, y en las gracias de Dios, lo exorbitante e
increíble. Tan dañoso es para la santidad el ponerla en genialidades de
carácter, como en maravillas de otro mundo. La santidad consiste en la
divinización de los actos humanos por su principio activo que es la gracia,
por el motivo que los inspira que es el puro amor de Dios, por la
perfección con que se ejecutan según todas las normas de virtud. Buscar
entre la trama y urdimbre de los pequeños o grandes acontecimientos el
nacimiento, desarrollo y consumación de este ideal, es la manera más
sólida y segura de escribir la vida de los grandes siervos de Dios.
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Es además la manera más eficaz, por no decir la única eficaz, para
la edificación que han de proponerse siempre los escritores de vidas de
Santos, y será el fin primario o único que dictará la presente. Por otros
caminos no se suele lograr sino infundir ideas erróneas en materia de
virtud, como si consistiera en extravagancias, o hacer desesperar de la
imitación pintando solamente gracias inaccesibles. Los Santos no son
tipos clínicos ni seres impalpables. Dios todo lo ha hecho harmónico y
acomodado a nuestras facultades; pero sobre todo la santidad que es la
mayor de sus creaciones. Lo que Dios ha hecho no lo deshagamos los
hombres.
Lo fundamental para todo escritor de historia es la autenticidad de
sus fuentes o documentos. Los de la vida de San Alonso están en manos de
todos y son certísimos: sus propios escritos. Es uno de los pocos Santos
autobiográficos, de los que poseemos el retrato interno, espiritual, hecho
sinceramente por si mismos, y no tan sólo ese otro exterior, interpretado
según el gusto del que escribe. Su biografía espiritual está no solamente
en el Memorial que escribió por orden de sus superiores, sino también en
los demás escritos y tratados espirituales que nos dejó para hacer bien a
los demás. También allí se pone a sí mismo mucho más de lo que suelen
hacer los autores. Primeramente, por el carácter candoroso y espontáneo
que tiene todo lo suyo; y en segundo lugar, porque sus escritos son más
experimentales que teóricos, y el campo de experimentación era su
espíritu. Con todo es indudable que se ve algunas veces en sus doctrinas,
nunca en sus hechos, el contagio de otras lecturas. Esto debe imponer tino
y prudencia al historiador.
Esta vida se escribe, como hemos indicado hace un instante, con un
purísimo fin de edificación espiritual. Este año de 1917 es el tercer
centenario de la muerte de San Alonso, y a los superiores de la Compañía
de Jesús no les ha ocurrido manera de celebrarlo, ni más gloriosa para el
Santo, ni de más fruto espiritual para las almas, ni de mayor provecho
para la misma Compañía, que el publicar una vida compendiosa del
Santo, verdaderamente inspirada en su santidad. Por lo puramente
anecdóticas. El autor parece que sólo busca el caso, el ejemplo, con
espíritu de repertorio edificante o maravilloso. Por cierto que la vida de
San Alonso se presta a este trabajo de mosaico. Actos particulares de cada
virtud, revelaciones y visiones, abundan copiosamente en su vida. Pero el
que se guía por este espíritu corre el peligro de hacer si un mosaico, pero
de estos que llamamos falsos, sin dibujo.
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Además, como con este sistema se pretende entretener la piadosa
curiosidad, se puede caer fácilmente en la desviación de buscar lo raro e
insólito en los actos de virtud, y en las gracias de Dios, lo exorbitante e
increíble. Tan dañoso es para la santidad el ponerla en genialidades de
carácter, como en maravillas de otro mundo. La santidad consiste en la
divinización de los actos humanos por su principio activo que es la gracia,
por el motivo que los inspira que es el puro amor de Dios, por la
perfección con que se ejecutan según todas las normas de virtud. Buscar
entre la trama y urdimbre de los pequeños o grandes acontecimientos el
nacimiento, desarrollo y consumación de este ideal, es la manera más
sólida y segura de escribir la vida de los grandes siervos de Dios.
Es además la manera más eficaz, por no decir la única eficaz, para
la edificación que han de proponerse siempre los escritores de vidas de
Santos, y será el fin primario o único que dictará la presente. Por otros
caminos no se suele lograr sino infundir ideas erróneas en materia de
virtud, como si consistiera en extravagancias, o hacer desesperar de la
imitación pintando solamente gracias inaccesibles. Los Santos no son
tipos divinos ni seres impalpables. Dios todo lo ha hecho harmónico y
acomodado a nuestras facultades; pero sobre todo la santidad que es la
mayor de sus creaciones. Lo que Dios ha hecho no lo deshagamos los
hombres.
Lo fundamental para todo escritor de historia es la autenticidad de
sus fuentes o documentos. Los de la vida de San Alonso están en manos de
todos y son certísimos: sus propios escritos. Es uno de los pocos Santos
autobiográficos, de los que poseemos el retrato interno, espiritual, hecho
sinceramente por si mismos, y no tan sólo ese otro exterior, interpretado
según el gusto del que escribe. Su biografía espiritual está no solamente
en el Memorial que escribió por orden de sus superiores, sino también en
los demás escritos y tratados espirituales que nos dejó para hacer bien a
los demás. También allí se pone a si mismo mucho más de lo que suelen
hacer los autores. Primeramente, por el carácter candoroso y espontáneo
que tiene todo lo suyo; y en segundo lugar, porque sus escritos son más
experimentales que teóricos, y el campo de experimentación era su
espíritu. Con todo es indudable que se ve algunas veces en sus doctrinas,
nunca en sus hechos, el contagio de otras lecturas. Esto debe imponer tino
y prudencia al historiador.
Esta vida se escribe, como hemos indicado hace un instante, con un
purísimo fin de edificación espiritual. Este año de 1917 es el tercer
centenario de la muerte de San Alonso, y a los superiores de la Compañía
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de Jesús no les ha ocurrido manera de celebrarlo, ni más gloriosa para el
Santo, ni de más fruto espiritual para las almas, ni de mayor provecho
para la misma Compañía, que el publicar una vida compendiosa del
Santo, verdaderamente inspirada en su santidad. Por lo que toca al Santo
y al bien de las almas no parece pueda dudarse de lo acertado de este
consejo; en cuanto a la Compañía tal vez sea conveniente añadir una
brevísima declaración.
Todos los de la Compañía hemos de imitar a San Alonso Rodríguez,
y a todos nos será muy provechosa la memoria de su santidad; pero lo
será de una manera muy particular para los Hermanos Coadjutores,
Forman ellos una parte vital de la Compañía de Jesús, y ésta por deber de
caridad maternal y hasta por instinto de conservación, ha de nutrir y
perfeccionar cuanto pueda éstos sus miembros, procurando que crezcan
en número y en virtud. Para uno y otro fin ayudará no poco el sublime
ejemplo de nuestro San Alonso, en el cual tenemos como de relieve el ideal
de un verdadero Coadjutor hijo genuino de San Ignacio.
Además San Alonso es uno de estos casos ejemplares para decidir
vocaciones, no de niño, sino de varón, sólidas y conscientes. Muchos son
los caminos por donde Dios guía a las almas escogidas hacia la vida
religiosa. Entre todos los tipos, el más sólido, aquel en que se ve mejor la
convergencia de las fuerzas humanas y
divinas, es el del varón que llega a la cumbre de la vida, y viendo
desde allí, iluminado por luz del cielo, la nada de todo lo de acá y la
plenitud radiante de lo eterno, conscientemente abandona el mundo y se
entrega a Dios. El mundo tiene muchas de estas almas que un día de su
vida pasan esta profunda crisis de la vida, pero pocas que sepan
resolverla con plenitud. San Alonso puede ser un modelo perfecto para
este linaje de hombres, de los cuales salen los grandes santos o los
grandes desdichados. ¡Ojalá el presente libro ofreciera a muchos de estos
la clave de la solución!
Hemos de añadir una pequeña nota bibliográfica.
Casi todos los elementos de esta Vida serán autobiográficos, como se
verá. Estos los citaremos con la palabra Memorial, comprendiendo en ella
las veinte y una memorias que escribió desde Mayo de 1604 hasta Junio
de 1616. Están en el primer tomo de los tres que forman las Obras
Espirituales del Santo publicadas en Barcelona por el P. Jaime Nonell el
año de 1885. El Memorial tiene numeración marginal continuada y a ella
se referirán los números de las citas. Los demás tratados o tienen
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numeración peculiar o no tienen ninguna, y por esto los citaremos por
tomos y páginas. Al citar palabras textuales del Santo, algunas veces se
suprimen incisos repetidos e innecesarios a que era muy propenso en su
estilo. Así, sin dañar en lo más mínimo a la fidelidad esencial, se atenderá
a la brevedad y fluidez.
Las demás Vidas que se citan son la del P. Marimón, contemporáneo
del Santo, que se conserva inédita en la Residencia de Palma de
Mallorca; la del P. Colín, amigo íntimo de Alonso, publicada en Madrid
en 1652; y la del P. Nonell, salida a luz en Barcelona en 1888, año de su
canonización.

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El hombre

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I
EL NIÑO
15311545

LA CUNA. UNOS EJERCICIOS A LOS DIEZ AÑOS CON EL P. FABRO.
BAJO LA DISCIPLINA DEL P. VLLLANUEVA. A LOS CATORCE AÑOS JEFE
DE SU CASA.

La ciudad de Segovia era mucho más moderna en el siglo xvi que al
presente. Industriosa entonces y comercial, mayormente en el género de
paños que surtían gran número de mercados en Europa y América. Era su
especialidad la lanería, con la particularidad que ella misma cosechaba el
vellón en sus numerosas ganaderías, lo preparaba en sus lavaderos y lo
urdía y tejía en sus telares. No faltaban en ella numerosos hidalgos de los
que poblaban entonces las tierras castellanas en clásica ociosidad; pero
estaban como absorbidos por la honradísima población industrial que
blasonaba de la nobleza del trabajo.
Una de estas ejemplares familias trabajadoras fue la de nuestro
Alonso. Diego Rodríguez y María Gómez fueron sus padres, ambos
cristianos viejos, de limpia sangre y de cristianas costumbres. Tuvieron
siete hijos y cuatro hijas: de los varones fue Alonso el segundo. Ni a raíz
de su muerte fue ya posible señalar auténticamente la fecha de su
nacimiento, por haberse perdido el libro de bautismos de la parroquia de
Santa Colomba; pero lo más probable parece ser que nació a 25 de Julio de
1531. Faltando los documentos, se acudió ya entonces a una información
de las personas de la ciudad, y pareció ser especial providencia del Señor,
porque de estas consultas salió sellada la pública fama de virtud que
gozaba la familia de nuestro Santo.
10

En este ambiente de cristiana piedad nació y se crió. Por su propio
testimonio sabemos el grande amor y devoción con que le previno la
Santísima Virgen. «Desde niño—dice hablando como suele en tercera
persona—que creo no tenía juicio de razón, fue devoto de Nuestra Señora
la Virgen María, a tanto que si podía haber alguna oración de Nuestra
Señora, luego se la metía en el seno». Y añade uno de aquellos inefables
candores espirituales que esmaltan su vida y sus escritos. «Vino, dice, a
crecer tanto este amor a Nuestra Señora, que un día hablando con ella, la
dijo estas palabras: que más la amaba él a ella, que no ella a él. Y Nuestra
Señera le respondió: eso no, que más te amo yo a ti».1
En toda educación es importantísima la influencia de los primeros
maestros; pero donde tal vez se deja sentir con mayor intensidad y con más
duraderos resultados es en la vida espiritual. En edad tan tierna claro es
que no podemos tratar de moldes definitivos; pero un ojo fino adivinará en
la edad madura aquellas líneas primeras que contempló en la niñez.
No podemos menos de reconocer como prenuncio de muy
espirituales augurios la dulce providencia con que el Señor puso a Alonso
en contacto con dos grandes maestros de espíritu, en aquella primera edad
que tan blandamente recibe el cuño de todo troquel que se le aplique. El
primero, gran maestro de contemplación y trato afectuoso con Dios; el
segundo, tipo característico del propio vencimiento y mortificación
perfecta. Toda la santidad de Alonso la veremos más tarde girar sobre estos
dos polos, o como una masa compacta de estos dos preciosos metales en
fusión perfectísima.
El primer encuentro lo tuvo a los diez años, y de él conservó Alonso
toda su vida un dulcísimo recuerdo. Fueron unos a manera de ejercicios
espirituales recibidos, según muy probables indicios, del primogénito de
San Ignacio, el P. Fabro, y en la propia casa paterna.
El año 1541 vino a España el P. Fabro acompañando al Dr. Ortiz, y
por tener éste un beneficio en un lugar cercano a Segovia, Fabro parece
que se llegó a esta ciudad para ejercitar los ministerios apostólicos. Se
hospedó con otro sacerdote en casa de nuestro Alonso. Viendo el padre de
éste muy fatigados a los misioneros por los muchos días de trabajo, les
ofreció una quinta llamada el Rafal para descansar en el campo. Aceptó
Fabro, más para lograr la dulce quietud espiritual, que para el descanso del
cuerpo, y allí se recogió con solos los criados del servicio y el niño Alonso.
1

Memorial, 102.

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Fabro pagó el hospedaje y la buena compañía platicando a aquel niño de
diez años las cosas espirituales de que era capaz: puntos de doctrina
cristiana, manera de rezar bien el santo rosario y de confesarse con
provecho, cómo se debe servir al sacerdote en el santo sacrificio de la
misa, y otras prácticas de piedad. Sabrosos días estos de Rafal así para el
maestro como para el discípulo.
No sería aventurado afirmar que el encuentro providencial de Alonso
con Fabro fue ocasión de que el niño entrara ya de asiento en la escuela de
otro varón eminentísimo en santidad, también de la Compañía de Jesús,
con quien andando el tiempo Alonso había de tener mucho parecido en el
temple de espíritu y solidez de virtud.
A principios del año 1543 entraba en Alcalá un hombre muy singular
llamado Francisco de Villanueva. Dos años antes San Ignacio le había
admitido en la Compañía, y ahora de edad de treinta y cuatro, venía para
empezar gramática en aquella célebre universidad entre los mozuelos de
pocos años. Rudo e inculto en todo género de conocimientos humanos,
tenía tal luz sobrenatural de las cosas f divinas y tanta eficacia en persuadir
la virtud, que luego se hicieron discípulos suyos profesores consumados en
la teología, y entre bromas y veras empezaron a llamarle el Doctor
Villanueva. Así lego y casi analfabeto, San Ignacio le hizo rector del
Colegio que allí fundaba la Compañía, porque conocía bien el metal
precioso que se escondía bajo aquellas toscas apariencias. Salía de la
escuela con los muchachos, o dejaba la espuerta con que acarreaba piedras
en la fábrica de su Colegio, para dirigir espiritualmente a hombres como el
Dr. Torres. El Colegio de los gramáticos donde él vivía cambió rápidamente de aspecto con su presencia, y es fama que, fuera de uno o dos, todos
entraron religiosos.
Diego Rodríguez determinó enviar a sus dos hijos a Villanueva, para
que empezasen sus estudios en Alcalá bajo su dirección. Trece o catorce
años tenía entonces Alonso, más despierto ya para entender la doctrina
espiritual que cuando oyó a Fabro, y puesto más de asiento a las órdenes
del maestro. Villanueva era hombre eficaz, que siempre dejaba profunda
huella en aquellos con quien trataba. Cuando después veremos en Alonso
una santidad que corta y raja tan por lo vivo, no podremos menos de
acordarnos del Doctor rectilíneo de Alcalá.

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Como suelen las cosas del mundo, inesperadamente y de repente se
trastornaron todas radicalmente en la familia de Alonso, arrastrando en su
ruina planes, cosas y personas. A fines de 1545 muere en Segovia Diego
Rodríguez, padre de nuestro Alonso, dejando una viuda con once hijos
pequeños y un negocio que sus manos no podrían llevar. Quedó, por tanto,
en grave peligro no sólo la prosperidad comercial, sino aun la misma
subsistencia de la familia. De todo lo que pasó aquellos días luctuosos por
el ánimo de D.a María Gómez no ha llegado a nosotros más que su
resolución definitiva, que para la vida de nuestro Santo marca una fecha
esencial. En los pequeños planes humanos es una fecha esencialmente
perturbadora, porque parece quebrar por medio una vida de esperanzas; en
los planes divinos es uno de aquellos nudos que atando desatan para la
definitiva libertad del espíritu.
Todos los autores que escribieron la vida de Alonso notaron que ya
desde su infancia fue como el predilecto entre sus hermanos. Por uno de
esos sentimientos que los padres no saben explicar, y que por una parte les
parecen absolutamente naturales, y por otra, como calladamente injustos,
los padres de Alonso sentían por él lo que en lenguaje casero llamamos
una debilidad.
El acto más estridente de este afecto se manifestó al morir D. Diego.
Determinó la madre llamar de Alcalá a uno de sus hijos para que se pusiese
al frente de la casa, y el escogido —en este caso, el sacrificado— no fue el
mayor, como parecía natural, sino el segundo. Entonces tenía Alonso de
catorce a quince años, y llevaba sólo unos meses de estudios gramaticales.
Ya se deja entender que todo esto no podía ser de muy buen agüero ni para
el porvenir del jovencito, ni para la prosperidad de la casa.

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II
EL COMERCIANTE
1546-1564

LA FAMILIA RODRÍGUEZ. EL NEGOCIO COMERCIAL.
MATRIMONIO DE ALONSO. RUINA DE LA FAMILIA Y DEL
NEGOCIO.
Llegado otra vez a Segovia, empieza Alonso su nuevo oficio de
comerciante. No tenemos detalles, ni son necesarios, para que nos
detengamos en contar el orden de su vida de hombre, y el suceso de su
negocio. Un día se pareció a otro día, y las cosas debieron correr siempre
por los mismos carriles. No nos equivocaríamos mucho sin duda, si redujéramos todo el curso de estos años a dos palabras: inexperiencias para
Alonso, disgustos para su pobre madre.
Por los libros de la casa que se han conservado, se ve que hasta los
veinte y tres años de Alonso su madre, como es natural, conservó la firma,
mientras el hijo ejecutaría las operaciones; pero en llegando a esta edad
aparece ya en las actas y escrituras el nombre de nuestro Santo, aunque
firmaba «por ella», es decir, por su madre.
Toda vez que tenemos ya a Alonso constituido como padre de su
numerosa familia, antes de seguir adelante, digamos en dos palabras el
desenlace de ella, después que el Santo hubo empleado todos sus cuidados
en formarla espiritual y temporalmente.
Diego, el hermano mayor, continuó sus estudios en Alcalá, con no
pequeños gastos de la familia. Fue jurista, tuvo cargos y casa honrada,
aunque según parece, duró poco su vida, siempre ejemplar. De sus
hermanas una se casó y vivió algunos años en el matrimonio, las otras
llegaron solteras a larga ancianidad con gran pureza de vida. Al morir una
de ellas, estando el Santo Alonso encomendándola a Dios, vio su alma
entrar en el cielo, y de las otras dos tuvo revelación antes de su muerte, no
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sólo de que se salvarían, sino que entrarían en el cielo sin pasar por el
purgatorio. Los otros hermanos menores parece que murieron de tierna
edad. Su madre murió poco antes de entrar Alonso en la Compañía, como
diremos luego.
Volvamos a la casa comercial.
Alonso puso en ella todo su saber y su trabajo, sin dejar por esto de
ser buen cristiano en todas las prácticas de piedad. Cuando más tarde
llorará sus pecados, se acusará dolorosamente de haberse engolfado
excesivamente en los negocios del mundo. Su honradez y justicia eran
proverbiales en Segovia, de suerte que enviaban a los niños a comprar a su
tienda, seguros como estaban todos del más remoto peligro de fraude o
engaño. A esta delicadeza de conciencia atribuyen, a lo menos en parte, los
autores de su vida la falta de prosperidad en sus transacciones.
Ninguno de nuestros lectores caerá en la burda opinión de creer que
la rectitud de procedimientos, que la piedad acrisolada de un buen
cristiano, impidan o retarden siquiera por sí mismas los éxitos de un
hombre de negocios, aunque le supongamos montado según el alto estilo
de las modernas empresas; pero tampoco hemos de dar en la superstición
de creer que la religión por sí sola es garantía segura en el curso
complicadísimo de tos humanos acontecimientos. Si la religiosidad de
Alonso tuvo parte en sus fracasos comerciales, según insinúan los
biógrafos, hay que entenderlo, o porque le ponía en situación de
inferioridad al competir con otros menos rectos, o porque por error o
encogimiento natural no lucraba todo lo que permitía la justicia.
Lo más acertado será mirar este punto con ojos de prudencia
comercial. ¿De dónde le había de venir la ciencia ni la experiencia tan
necesarias en estas materias a un niño de catorce años, arrancado del
primer año de gramática, para ponerse al frente de un negocio importante?
¿Cómo no había de resentirse una casa comercial de la debilidad y torpeza
de una mano de mujer apoyada en otra mano de niño? Por otra parte, si el
mejor criterio para juzgar de las cualidades prácticas de las personas es el
resultado de las cosas en que ponen su actividad, hay que convenir que
Alonso no estuvo bien dotado por naturaleza para la vida del mundo. Y
levantando más la mira hasta la providencia que todo lo iba ordenando al
superior ideal de la santidad, no será temeridad el pensar que los defectos y
fracasos humanos en la vida de nuestro Santo estaban bien previstos y
queridos por Dios, para subordinarlos a fines superiores de la vida
espiritual. Esto es lo más claro como explicación y lo más seguro como
doctrina.
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Ello fue, pues, en verdad que la casa Rodríguez fue decayendo
constantemente. Los gastos de tan numerosa familia eran cuantiosos, la
dirección técnica y ejecutiva era poco sabia y eficaz. Así llegamos hasta
los veinte y siete años de Alonso. Entonces se le ocurre a la atribulada
madre lo que se llama una componenda: que Alonso se case con alguna
joven de posición desahogada, con cuyo dote mejore la situación familiar.
Cede Alonso a las repetidas instancias de su madre, contrae matrimonio
con una virtuosa doncella llamada María Juárez, y con ella constituye un
nuevo hogar separado de su familia, trasladando también el negocio a la
nueva casa.
El remedio, como no iba a lo substancial, fue solo accidental y
pasajero. La nave no cambió de rumbo y llegó a donde debía llegar: al
naufragio.
El golpe no vino solo. Primero perdió Alonso una hijita que era la
lumbre de sus ojos. Poco después enfermó peligrosamente su esposa, y
después de gastar copiosamente en su larga enfermedad, murió también,
dejándole viudo con un hijo de poca edad. Todo esto sucedió en cuatro
años poco más o menos, desde 1557 a 1562, estando el Santo en los treinta
y uno o treinta y dos de su edad.
Liquidó el negocio, cerró su casa y se retiró con su hijito a la antigua
de su madre y hermanas. Una noche estando acostado, y el pequeñito
también a su lado, soñó que le veía amortajado. Frecuentemente había
pedido al Señor que si aquel niño le había de ofender, antes se lo llevase de
esta vida. Un mes después del sueño, enfermó gravemente el pequeñito y
en breves días murió. Poco después murió la madre de Alonso. Con esto
quedó resuelto el drama humano de esta familia, pero entonces empezaba
el gran drama espiritual de la santidad de nuestro héroe.

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La crisis

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I
LA CONVERSIÓN
1564-1570

EL FIN DE TODO, PRINCIPIO DE TODO. EL TOQUE DE LOS
TRABAJOS. EL PADRE SANTANDER. CONTRICIÓN MUY
LLORADA. PENITENCIA. ORACIÓN.
En la vida de San Alonso aquí acaba todo, y aquí empieza todo. Lo
que acaba, que es la vida del mundo, más que muerte es aniquilamiento: ya
no ha de quedar de todo ello ni el recuerdo. Lo que empieza, empieza para
la eternidad, empieza la vida eterna.
Donde Dante dijo:
Nel mezzo del cammin di nostra vita,
Alonso escribe in principio. Su MEMORIAL, que es su verdadera vida,
la vida de su alma, su vida de Santo, abre la primera página a los treinta y
uno o treinta y dos años de su edad, cuando ya había acabado la vida de
comerciante y la vida de matrimonio, es decir, toda su vida del mundo,
como si ésta no hubiera de contar para nada. Este hombre, verdaderamente
espiritual y tipo característico de la perfección evangélica, empieza por
hacer verdadera en sí aquella divina paradoja: la vida se gana cuando se
pierde. Cuando, según el mundo, se consumaba su muerte civil por la ruina
total de sus negocios temporales, y el desquiciamiento de su familia con la
muerte de su esposa, entonces empieza su verdadera vida a los ojos del
Señor, empieza el hombre nuevo.
En lo que escribe es inútil buscar el desarrollo de su vida espiritual
según el curso del tiempo y acontecimientos humanos. Para él no hay otra
cronología que la de los favores divinos, ni otros hechos importantes que
los diferentes estados de su espíritu, acomódense o no a la sucesión de las
cosas de fuera. Como si Dios quisiera darnos a entender, y aun a sentir, que
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Alonso no era del tiempo sino de la eternidad, ni de las cosas materiales
sino de las puramente espirituales. La vida de un grande espíritu no cabe
en molde tan pequeño como la vida del mundo.
Como seis años duró el segundo periodo de la vida de Alonso que
empezamos ahora y que llamamos de su crisis. Para explicarla, hemos de
hablar primeramente de su conversión. Ya se verá luego en qué sentido hay
que entender esta palabra para que en nuestro caso no sea injusta o
abusiva. Unas veces nos dice él que se convirtió de su «mala vida», otras,
con más exactitud y verdad, que «se recogió».
Después de su conversión explicaremos su vocación, y para mayor
claridad y provecho las describiremos por separado, advirtiendo para los
fines cronológicos, que el principio de este período abraza los últimos
tiempos ya narrados en que se liquida su vida comercial.
Entremos pues rotundamente en la conversión de Alonso, y
dejémosle a él la palabra.
«Pues lo primero que le aconteció, siendo de edad de treinta y uno o
treinta dos años poco más o menos, fue que estando engolfado en las cosas
del mundo, le tocó Dios con algunos trabajos, despertándole con ellos al
gran conocimiento de su mala vida y al menosprecio del mundo, estando él
descuidado y olvidado de Dios y de su salvación, acompañando a este su
propio conocimiento, el conocimiento de Dios: con los cuales dos
conocimientos ponderados, vino a despertarle Dios a grandísimo dolor y
pesar de haber ofendido a su Dios, gastando con gran sentimiento noches y
días en grande abundancia de lágrimas, de pesar y de dolor de haber
ofendido a su Dios ya conocido, regando con ellas su cama
amarguísimamente, como otro David; las cuales le durarían tres años»2.
Tres años de llanto y amargura, que por nacer del amor de Dios
olvidado, es una de las más íntimas dulzuras que se pueden saborear en
este mundo. Así suele juntar Dios en los principios de la conversión el
acíbar con la miel, para destetar de los falsos entretenimientos mundanos y
convidar a la verdadera vida espiritual. Los Santos convertidos recuerdan
toda su vida con infatigables ponderaciones estos primeros amores con su
Dios, pero con un Dios antes ofendido; porque el vino del amor, siempre
embriagador, tiene fuerza y sabores muy característicos cuando ha sido
desmerecido.
2

Memorial, 1.

19

A Alonso no podemos llamarle un convertido, en el propio valor de la
palabra, como se deduce del fiel relato de su vida primera; pero sigamos su
terminología con que llama «su mala vida» al tiempo que estuvo «engolfado en las cosas del mundo». No es dudoso que durante este tiempo se
dedicó menos a las cosas de la piedad y pudo tener sus ofensas a Dios;
pero con todo su conversión es más bien positiva, en el sentido de
entregarse totalmente a la santidad. El mismo nos ha recordado el llanto de
David. Realmente podrían recogerse de sus escritos unos bellísimos e
interesantísimos salmos penitenciales, donde llora y lamenta con
irresistible llanto el haber ofendido a «sus amores».
Es interesantísimo el período de estos años de conversión de San
Alonso Rodríguez, porque en él germinan poderosamente y a la vez, la
santidad y la vocación, es decir, el fin y el medio con que debía realizarlo.
¡Admirable providencia de Dios! Veremos como vuelven a presentarse al
mejor tiempo aquella raza de maestros espirituales que tan oportunamente
le había deparado el Señor en su niñez; mas ahora no ya de paso y como
fortuitamente, sino de asiento y con todo el carácter de una verdadera
dirección espiritual.
Por Junio de 1559 entraba en Segovia el P. Santander y otros tres
compañeros, para fundar en ella un Colegio de la Compañía de Jesús. Era
este padre de muy levantado espíritu, y con él trató las cosas del suyo la
Santa Madre Teresa de Jesús, cuando estuvo en Segovia. La conmoción
espiritual que causaron en esta ciudad los primeros ministerios de aquellos
jesuitas, dicen los historiadores de la Compañía, que tal vez no tuvo igual
en otro lugar de España.
Consta que toda la familia de Alonso empezó a gobernarse
espiritualmente por los consejos de los Padres de la Compañía y sobre todo
del P. Santander. Este, y más tarde el P. Juan Bautista Martínez, fueron más
particularmente los directores espirituales de Alonso en el período de su
conversión a Dios y de su vocación a la vida religiosa.
Su conversión saltó como chispa de los golpes de las tribulaciones
temporales. Según nos dice el mismo Santo, le tocó Dios con algunos
trabajos y despertó. El sueño en que dormía Alonso no era el del pecado,
como hemos dicho antes, sino el del cuidado de los negocios del mundo.
El cual aunque, debidamente ordenado, no es contrario a la ley y servicio
del Señor, divide indudablemente el amor del corazón. Gran fineza es,
pues, de parte de Dios, aunque sea «a poder de tormentos», según frase del
20

Santo, desvelar el alma del sopor o encanto con que la cautivan las
criaturas; y gran felicidad es de parte del alma entender estos golpes
divinos y responder fielmente a la intención amorosa del Creador.
No es otro el sentido sobrenatural de las bienaventuranzas, suma de la
cristiana perfección y norma la más alta y segura para interpretar
divinamente los humanos acontecimientos. Aquella voz dulce e insinuante
con que Jesús promulgó en la montaña este código de la felicidad
verdadera y de la más alta sabiduría, se va propagando a través de todos
los tiempos y por todos los espacios del mundo; pero siempre han sido
pocos los corazones que responden a la voz de Jesús y reproducen en sí
aquellas maravillas. Un gran letargo para lo espiritual y sobrenatural reina
entre los hombres, producido por el amor de las cosas visibles. Por esto
cuando el Señor, enamorado de un alma, quiere que se recobre y despierte
a la verdadera luz, generalmente la hiere en sus aficiones, y desconcierta,
al parecer, todas las cosas en torno suyo con un sublime desconcierto.
Cuando esto llega, los que son de Cristo conocen su voz, y como cera se
ablandan al calor de la tribulación; los otros, despiertan sí con el dolor,
pero es para endurecerse más y como petrificarse en las criaturas.
Alonso tuvo en verdad sentido finísimo para comprender el valor
espiritual de la tribulación y fue, como pocos, presto y diligente en seguir
el divino llamamiento. Dos focos de luz estallaron en su espíritu, o por
mejor decir uno solo, altísimo y sobrenatural, que le descubrió la verdad de
dos objetos que son como los polos de la vida de la santidad: su propia
miseria y la inefable perfección de Dios. El conocimiento propio y el
conocimiento de Dios. Estos dos conocimientos, «ponderados», le
derritieron en lágrimas de dolor y de amor, «todo junto en un tiempo, dice,
tratando con Dios grandes coloquios de amor y de dolor de haberle
ofendido, que le parecía que veía en espíritu claramente como que los tales
coloquios bajaban del cielo a él, hiriendo su corazón de amor de Dios y de
dolor de haberle ofendido, y él se los tornaba a él con grande amor
retornado»3. Este subir y bajar entre él y él, y este «amor retornado» que
aparece ya en la primera página de sus memorias, es como un refrán
espiritual con que acaba muchos párrafos de sus numerosos escritos.
«Empezó a confesarse y comulgar cada ocho días, habiendo
empezado este ejercicio un sábado, en el cual cayó un día de Nuestra
Señora de las Nieves, de la cual desde muy niño era muy devoto. Luego
hizo la confesión general, con la contrición tan llorada, —nótense frases
del Santo tan concisas y tan expresivas como esta: «contrición tan
3

Memorial, I.

21

llorada»— de toda la vida con el P. Bautista Martínez, de la Compañía de
Jesús, en Segovia, con mucho sosiego, hasta que no halló más que escribir,
examinándolo todo por algunos días»4.
Esta recepción de los santos sacramentos iba acompañada de grande
y amarga penitencia así exterior como interior.
Cuanto a la exterior, nos dice él brevemente que «empezó a hacer
algunas penitencias, así como ayunar los viernes y los sábados, y tomar
algunas disciplinas, y después andando el tiempo traía un cilicio largo que
le ceñía el cuerpo desde el cuello y hombros hasta más abajo de la cintura
por detrás y por delante, a menudo»5.
Su penitencia interior, que es el dolor y llanto de los pecados, la
describe con una repetición y fuerza de frases dolorosas, que se parecen al
eterno retornar de las olas del mar: «de noche y de día lloraba sus
pecados». Y cuenta él mismo: «estando en su casa, ya viudo, tuvo una
visión en sueños, de Cristo Nuestro Señor y de otros Santos, —serían
como doce— entre los cuales venía San Francisco del cual era devota esta
persona... El Santo se apartó de los otros Santos y se fue a esta persona su
devota, y la preguntó diciéndola que ¿por qué lloraba tanto? Fue tan
grande el sentimiento que a esta persona le vino de sus pecados
nuevamente, oyendo estas palabras del Santo, que delante del Santo
empezó a llorar amarguísimamente, respondiendo a San Francisco,
llorando con sus ojos hechos fuentes: «¿Como no quieres que llore,
conociendo bien la gravedad de mis pecados, que sólo un pecado venial
cometido contra Dios merece ser llorado toda la vida?» Y con esto
desapareció la visión, y hasta hoy le dura fresca la memoria de esta
visita»6.
Nótese de paso la altísima contrición a que subió ya desde el primer
momento el dolor del Santo, como nacido, según nos dijo, del
conocimiento de sí mismo y del conocimiento de Dios «ponderados». Por
ningún lado aparecen terrores de infierno, ni pena por las tribulaciones
temporales con que le había tocado el Señor. Al contrario, nos cuenta: «de
que se veía en algún peligro de algún pecado, pedía a Dios con fervor y
muy de veras, que antes padeciese las penas del infierno, que le dejase caer

4

Memorial, I.
Ibid.
6
Memorial, 2.
5

22

en un pecado venial, cuanto más mortal, por el grande amor que tenía a su
Dios»7.
En el tratado De la limpieza del alma pone el capítulo octavo con este
título: Ejemplo de lágrimas. Después de volver a contar lo que acabamos
de trasladar del n.º 2 de su MEMORIAL, se pone a decir lindezas de la
penitencia. «¡Oh penitencia bendita y muy agradable a los ojos de Dios!
¡Cómo hermosea el ánima!... Y muchas veces el ánima con solo mirar a su
Dios se deshace en lágrimas, y con decirle «a ti, Señor», con esta palabra
tan preñada, porque en este «a ti, Señor» la descubría Dios grandes cosas
de sí mismo, y aína tan gran conocimiento de sí, que era como imposible
sino que se consumiese de lágrimas: y como ella está entonces toda puesta
en su Dios, no hacen ni pueden hacer estas lágrimas ruido, sino que sin
ruido ellas mismas se salen de allá de lo profundo, causado de la grande
admiración de lo que Dios de sí mismo le ha comunicado: la cual admiración ha penetrado toda el ánima y ha henchido de ideas espirituales, del
gran sentimiento de lo que le ha comunicado de las grandezas de Dios y
males de ella»8.
Parece que realmente esta es penitencia perfectísima. Un primer
golpe de dolor, llevado de repente a tanta fuerza y a tanta fineza, puede
llamarse el golpe de gracia que admiramos en los grandes convertidos que
han de ser grandes Santos.
Digamos ahora dos palabras de su oración.
La gracia que se recibe en los santos sacramentos nutre y da fuerzas
al alma; pero ésta además necesita luz que le descubra este nuevo mundo
sobrenatural a donde entra y los caminos por los cuales ha de andar. Por
esta razón, alma que se acerca a Dios y vive de él, es alma que trata de
oración. La oración la saca del pecado y la conduce a Dios y la entra y
eleva al más íntimo consorcio con la divinidad. Por donde ya se deja
entender que, si la oración es el maná que nutre y deleita a todos los que
peregrinan a la tierra de promisión, debe acomodarse a todos los gustos y
ser variadísima en su aplicación. Uno es el alimento de los niños, otro el de
los varones robustos; pero todos han de tener su nutrición. Lo mismo es la
oración para las almas espirituales.
San Ignacio en sus Ejercicios enseñó diversos géneros de oración, y
los graduó en progresión ascendente desde la más fácil oración vocal hasta
7
8

Memorial, 2.
Obras, II, p. 362.

23

la más alta contemplación, verdadera escala de Jacob que lleva de la tierra
al cielo. Alonso juntamente con la penitencia empezó su oración; y, fuera
por natural desarrollo de los actos espirituales, o por inspiración de Nuestro Señor, o, lo que es más probable, por dirección y magisterio de los
Padres de la Compañía, fue subiendo por los escalones que marca San
Ignacio de la oración vocal a la contemplación. Nos dice él mismo que «se
ejercitó mucho en la oración vocal de devociones que tenía, rezando el
Rosario de Nuestra Señora, considerando por su orden los quince
misterios»9. Y refirió él a sus hermanas, que a los principios rezando el
Rosario, solía ver delante de sí en el aire a cada Padrenuestro una muy
linda rosa encarnada, y a cada Avemaría otra blanca de igual belleza y
fragancia10.
Dice el Santo que este ejercicio de oración vocal no le duró mucho
tiempo, sino que de él pasó naturalmente a la meditación. «Como él, dice,
hallaba en el discurso de los misterios de la pasión de Cristo Nuestro
Señor, grande entrada, y grandes visitas y aprovechamientos, y grande
compasión de los trabajos de Cristo, tuvo por bien entregarse más en este
ejercicio. Para esta oración tomaba esta persona dos horas por la mañana y
un cuarto para hacer gracias a Dios, y otro tanto por la tarde, y oía su misa
después, y entre día andaba tratando con su Dios con fervoroso espíritu»11.
Quien desee seguir paso a paso todo el proceso de sus
consideraciones durante los años que estuvo en Segovia después de su
conversión, lea el tratado que más tarde escribió el Santo De la limpieza
del alma, donde encontrará como fotografiada su oración. Hay afectos y
elevaciones tan sentidamente expuestas, que por necesidad han de haber
sido vividas12.
De estas consideraciones, discursos y afectos sobre la Pasión de
Nuestro Señor entró luego en otra oración más sencilla e inflamada,
«siendo llevado por Dios, escribe él mismo, porque de sí él no lo supiera ni
aun cayera en la cuenta del camino por donde Dios le quería llevar.
Después que en el paso del misterio se había ejercitado con discursos para
sentirle bien, era tan encendido en el amor de Cristo, que cesaban los
discursos y se quedaba gozando de lo que allí Cristo Nuestro Señor le
comunicaba. Esta se llama contemplación, y era de esta manera: que
cebada el alma en este Señor, contemplando lo que padecía por ella, herida
9

Memorial, 3.
P. Colín. Vida, lib. 1, cap. 2.
11
Memorial, 3
12
Obras II, p.343 sigs.
10

24

de amor, el Señor la metía dentro de su corazón, a donde le comunicaba
grandes cosas de su pasión y de sus muchos y grandes trabajos que por ella
pasaba. Desde los pies hasta la cabeza se sentía esta persona estar
crucificada con Cristo»13.
Hasta qué punto llegó estos primeros años la contemplación de
Alonso, no es fácil deducirlo con precisión de sus memoriales, pues como
los escribió en edad avanzada, en ellos mezcla lo que en diferentes tiempos
le sucedió sobre un mismo punto. No obstante por lo que aquí dice que
«era llevada por Cristo dentro de sí, y allí se le comunicaba tanto estando
los dos a solas, en espíritu puro mental, en gran silencio de los dos», se
puede conjeturar que, si ya no se preludió ahora en él el estado
propiamente místico, a lo menos tuvo una verdadera contemplación.
Aunque estas gracias de oración son las mayores y más seguras con
que Dios confirma a una alma, quiso el Señor no obstante darle alguna
prueba experimental de cómo le era acepta su nueva vida. Uno de estos
favores cuenta el Santo que le sucedió en la iglesia de la Compañía «un
año algo más o menos después que se recogió». Pongámoslo con sus
mismas palabras llenas de sinceridad y candor indecibles. «Le aconteció,
dice, un día de la Asunción de la Virgen María Nuestra Señora, a la cual
siempre fue devoto, que comulgó este día, y en acabando de comulgar,
cuando se arrodilló para hacer gracias, fue arrebatado súbitamente y
hallado en el cielo, y su alma en manos de la Virgen María, la cual tenía a
su lado el ángel de su guarda y al otro a San Francisco, su devoto, y ella en
medio de los dos teniendo su alma en las manos, la cual Señora la
presentaba al Padre Eterno. Este rapto fue tal, que no sabe decir si
entonces su alma estaba en el cuerpo o fuera de él, por la grande prontitud
con que fue arrebatado y fuera del todo de sus sentidos; y llegó a tanto que
después andando por las calles no podía volver bien en sí»14.
Con esto podemos dar por suficientemente declarada su conversión.
Fue una línea recta del principio al fin. No tuvo vueltas, ni indecisiones, ni
tropiezos. Es obra de un gran golpe de gracia y de gran fuerza de reflexión
y voluntad. Es humana y divinamente perfecta, como se entenderá todavía
mejor estudiando su vocación.

13
14

Memorial, 3.
Memorial, 5.

25

II
LA VOCACIÓN
1564-1570

A LO BORJA. SOLUCIÓN DEL CONFLICTO. EL AVE
HERMOSA DEL NOMBRE DE JESÚS. LA PRIMERA REPULSA.
ESTUDIANTE EN VALENCIA. EL ERMITAÑO. «RECIBÁMOS LE PARA SANTO». VOCACIÓN PARA TODA LA SANTIDAD.
«BASTA QUE YO LO QUIERA». EL SOL ENTRE LAS
ESTRELLAS. EL PORTERO DE MONTESIÓN.
Volvamos a recorrer el interesantísimo período de estos seis años de
la vida de Alonso, para ver cómo nace y se desarrolla el hecho capital de la
misma que es su vocación a la Compañía de Jesús. No es del tipo de San
Luis Gonzaga, primeriza, como don infuso con la gracia de la inocencia;
sino más bien del tipo de San Francisco de Borja, como chispa que salta de
un violento choque con el mundo. Pero por esto mismo es más instructiva
para los hombres de reflexión y experiencia. En aquellos momentos graves
y solemnes en que todo hombre, alguna vez en su vida, dobla la frente con
el peso de la reflexión, dispuesto a salir héroe o monstruo, es confortante y
puede llegar a ser providencial, tener ante la vista conflictos trágicos como
el de Borja y el de Alonso, resueltos a lo divino con una vocación
evangélica. La santidad, aptísima siempre para todas las situaciones, da
particularmente solución triunfal a aquellas que humanamente parecen
desesperadas. Entonces vemos uno de aquellos milagros morales en que
nos sentimos obligados a exclamar: digitus Dei est hic; he ahí el dedo de
Dios.
26

Veamos todo esto en la vocación de Alonso.
Dos veces pretendió entrar en la Compañía, y otras tantas fue de
resultado negativo la consulta que se hizo a los Padres examinadores. Mas
el P. Cordeses, Provincial, iluminado sin duda con particular ilustración del
cielo, «vaya, dijo, recibámosle para santo.» Una vez que el Santo, admitido
ya en la Compañía, sentía grandes temores de ser tenido como inútil para
la misma, le dijo el Señor: «Basta que yo lo quiera».
En estas dos frases está lo verdaderamente substancial de la vocación
de Alonso.
Como todo hecho humano, la vocación es un conjunto de cosas
exteriores que sigue el curso y leyes de los mundanos acontecimientos. El
mirar solamente estos hechos externos, si puede bastar para la historia de
los hombres, ciertamente no basta para la historia de Dios, para la historia
de la santidad. Aquella Providencia sabia, amorosa y omnipotente, que
dirige maravillosamente todo el rodar del mundo, tiene una intervención
más esencial, más íntima, en la vida sobrenatural. Ocasiones hay en que
palpablemente se ve cómo se desconciertan todas las leyes de prudencia
humana, y cómo los acontecimientos convergen en resultados imprevistos,
inesperados y hasta contrarios a todas las miras humanas.
La historia de las vocaciones solamente podría dictárnosla el mismo
Dios; es el secreto de su amor a estas almas predilectas. Solamente en la
eternidad conoceremos los caminos secretos y amorosísimos por donde el
Señor ha conducido los pasos de sus escogidos hacia la tierra de
promisión. Entonces tendrán explicación clarísima todos los acontecimientos, se verá el valor de lo que llamamos casualidades, saldrá a
relucir con luz providencial todo lo que el mundo tiene por fracasos y
desgracias.
La vocación de Alonso es un hecho desconcertante para la historia
del hombre, pero es una maravilla de claridad para la historia del santo. En
ella leemos que Dios subordinó eficacísimamente toda su vida al ideal de
la santidad, y tocamos casi experimentalmente aquel «basta que yo lo
quiera».
Hemos visto la ruina material de Alonso, la destrucción de su casa y
familia, su muerte civil. Mirándolo con ojos humanos, diríamos: he ahí un
hombre fracasado, una vida tronchada por la mitad, un conjunto de
desaciertos inexplicables, una fatalidad conjurada contra un infeliz mortal,
un caso sin posible solución.
27

La piedad ordinaria de un buen cristiano podría ser, y es en muchos
casos análogos, una solución suficiente. Da resistencia y da esperanza
sobrenatural. Descubre el valor y mérito de la cruz y asegura al alma con
vislumbres de eternidad. Pero la solución triunfal es de la plena santidad,
la cual pone todas estas ruinas humanas como fundamento de un sublime
edificio espiritual, y transfigura la pobreza, el dolor y la deshonra en un
ideal de amor a Jesucristo pobre, afligido y deshonrado. Tal es la vocación
religiosa plenamente sentida y abrazada, vocación no solo al estado de
perfección evangélica, sino a la posesión personal de la misma, sin
ninguna limitación. Tal es la solución que dio la gracia omnipotente al caso
de Alonso; solución tan maravillosa, como pocas veces se ve aun dentro de
las maravillas de la gracia.
Se equivoca lamentablemente el mundo cuando cree que toda
vocación religiosa es efecto de un desengaño, pesimismo y misantropía de
una vida fracasada. La vocación es planta generosa que se da en todas las
estaciones de la vida y en los más opuestos ambientes de prosperidad o
adversidad, porque el que riega y el que planta y el que da incremento
siempre es Dios. Pero no se puede negar que el Señor acude
frecuentemente con esta solución en grandes conflictos, y aun parece
prepararlos como nudo de un drama divino, para acabar suscitans de terra
inopem et de stercore erigens pauperem, ut collocet eum cum principibus
populi sui15; quiere levantar al pobre del polvo de la tierra y al miserable
del estiércol del muladar, para colocarle entre los príncipes de su pueblo.
Así en Alonso. Al eclipsársele el sol del mundo, aparecen en el cielo
de su alma todas las estrellas de piedad y devoción que habían brillado en
diversas épocas de su vida, amortiguadas después por otras fosforescencias
más bajas y terrenas, y en medio de todas nace nueva y rutilante su
particular estrella, su vocación de jesuita y de santo. Cuando más tarde le
mandarán escribir su vida, aquí la empezará de rondón, colocando el
principio de lo que llama su «niñez espiritual» en los treinta y uno o treinta
y dos años de edad mundana.
Antes de realizarse esta doble vocación, parece que el Señor le quiso
dar como ciertos prenuncios de lo futuro en un sueño simbólico que
referiremos con sus mismas palabras. «Después de convertida a Dios esta
persona, una noche en sueños vio en el aire sobre sí un gran número de
pájaros negros, que ocupaban como una isleta en una altura de una grande
torre, que estaban todos juntos. Venía sobre ellos un lindo pájaro del
tamaño de una paloma, porque los otros eran del tamaño de tordos negros.
15

Ps. 112, 7.

28

Esta hermosa ave del tamaño de una paloma grande, traía en el pecho,
escrito con letras de plata, el nombre de Jesús con estas tres letras I H S.
Esta hermosa ave se ponía en medio, y con las uñas despedazaba los
pájaros negros que estaban junto a ella; y era tan grande el destrozo que
hacía en ellos, que por el aire iban los pedazos de ellos: y como los otros
veían el destrozo, unos por una parte y otros por otra, todos desampararon
el campo y se fueron. Luego, pasado un buen rato, tornaron a lo mismo los
pájaros como tordos a juntarse: vino segunda vez el ave hermosa con las
letras de plata del nombre de Jesús estampadas en el pecho, e hizo lo
mismo que la primera vez, despedazándolos hasta que todos huyeron.
Luego tercera vez, después de un buen rato, tornaron los pájaros negros a
juntarse, y después de juntos, tornó el ave hermosa con el nombre de Jesús
de plata en el pecho, desbaratándolos y matando y despedazando muchos,
hasta que todos huyeron y dejaron el campo, cayendo por el campo los
pedazos de ellos»16.
Hasta aquí Alonso. El P. Juan Bautista Martínez, su confesor, oída
esta relación de su penitente le dijo: esto significa que Alonso será de la
Compañía de Jesús, y padecerá grandes tentaciones contra la castidad, y
saldrá vencedor de ellas. La misma interpretación da el santo en su
MEMORIAL.
Este sueño y la interpretación de su confesor le resolvieron las dudas
en que andaba hacía mucho tiempo. Abandonar el mundo y hacerse santo,
lo tenía resuelto definitivamente. La santidad que veía en la Compañía de
Jesús, cuya iglesia frecuentaba, y sobre todo el trato que
providencialmente había tenido con aquellos grandes maestros de su
espíritu, Fabro, Villanueva, Santander, le inclinaban dulce y fuertemente a
ser de esta misma religión. Pero el mirarse a sí mismo y reconocerse inútil
para los ministerios en que se ocupa la Compañía, le había hasta entonces
parado los pasos y cortado la voz para pedir su admisión. Animado, pues,
con la gracia de la visión y el juicio del P. Martínez, venció sus
indecisiones y desconfianzas y llamó a las puertas del Colegio de Segovia.
San Ignacio tal vez sea el único fundador que escribió un libro
expreso para los que pretenden entrar en su religión. Este libro lo tituló
EXAMEN, y por él han dé ser medidos los que pretenden entrar en la
Compañía. El juicio de este examen lo fía la Compañía, no a un hombre
solamente, sino al parecer de cuatro sujetos graves y experimentados. Exa16

Memorial, 19.

29

minado, pues, Alonso por estos cuatro Padres, recibió sentencia
unánimemente negativa. ¿Cómo puede ser recibido para sacerdote —
razonaban ellos— un hombre de treinta y ocho años de edad, sin letras
adquiridas y sin esperanza de adquirirlas convenientemente? Y para
Coadjutor temporal ¿quién recibe a un hombre tan maduro, con poca salud
y sin fuerzas para los oficios en que se debería ocupar?
Esta tan razonada repulsa no fue parte a desmayar el ánimo de
Alonso, puesto ya todo en Dios, antes bien resolvió ser del todo generoso
con su Divina Majestad, y antes que ella le recibiese, romper ya definitivamente con todo el mundo. Renuncia, pues, en sus hermanas la hacienda
que le quedaba, se despide de ellas recomendándoles mucho que
perseveren en el servicio del Señor que habían tan fervorosamente
comenzado, y abandonando su patria, sale para Valencia donde sabía que
estaba su P. Santander. Era a fines de 1558 o principios de 1559. Esto se
llama echarse de cabeza, quemar las naves o cortarse uno mismo la
retirada.
Llegado a Valencia, comunica Alonso a su antiguo director todo lo
acontecido, y cómo venía resuelto a cumplir lo que él juzgase ser voluntad
de Dios. Fue prudentísimo el consejo del P. Santander. Puesto que no le
faltaba capacidad natural para los estudios estrictamente necesarios para
ordenarse de sacerdote, que los emprendiese desde luego, dispuesto a
entregarse todo a la vida de celo una vez llegado a su término. Mucho más
fácil sería entonces su admisión en la Compañía; pero si esta puerta
también entonces se le cerraba, ancho campo le quedaría fuera para
dedicarse al servicio divino.
Alonso a los treinta y ocho años de edad se sentó alegremente entre
los niños en la escuela de gramática, y como había dejado en Segovia todo
lo que tenía, se sustentaba de la limosna que recogía en la puerta de los
conventos, sobre todo en la de nuestro Colegio donde se le daba mayor
ración que a los demás pobres. Luego se le buscó una colocación en una
familia, que le permitiera dedicarse a sus estudios. Fue ésta primeramente
la del honrado mercader Hernando de Conchillos, y luego la de la
Marquesa de Terranova. Parece que, con tener tantos trabajos, uno de los
más pesados eran las burlas de los estudiantinos que le tomaban por
materia de diversión. No podía ser de otra manera.
No faltó la tentación del enemigo, y, como suele con los que van de
bien en mejor, según enseña San Ignacio, se transfiguró en ángel de luz.
30

Se le arrimó un estudiante muy parecido a él en edad, estudios,
condición externa y en la misma piedad. Llegó a ser tan íntima la amistad
entre los dos, que se franquearon mutuamente las mismas cosas del
espíritu y los planes que para lo porvenir meditaban. Llegadas las
vacaciones de 1570, segundo año de los estudios de Alonso, desapareció
de Valencia el compañero. A los pocos días recibe Alonso una carta suya
invitándole a juntarse con él en la villa de San Mateo, distante diez leguas
de Castellón, donde para descansar de los estudios y robustecer el espíritu,
harían vida de ermitaños. Había en realidad allí varias ermitas y sobre todo
una célebre por un ermitaño portugués y por gracias extraordinarias que de
él se contaban.
Alonso partió sin despedirse ni tomar consejo del P. Santander. Halló
las cosas muy a su gusto los días que estuvo en aquella dulce soledad,
entregado a la contemplación y coloquios espirituales con su amigo.
Entonces le dijo éste cómo él ya tenía determinado quedarse para siempre
en aquella vida y que hiciese él lo mismo en otra ermita que cerca de la
suya le tenía preparada. Se dejó convencer, pero a condición de volver
antes a Valencia a despedirse del P. Santander y de los Señores con quienes
vivía. Aquí fue el batallar del misterioso ermitaño, pintándole esto como
una tentación, tanto que Alonso hubo de arrancarse de él.
Llegado a Valencia, da cuenta redonda a su confesor de la
determinación que había tomado. Muy sorprendido el P. Santander de cambio tan radical, tan repentino, y tan opuesto a sus antiguos deseos, le
contestó sobriamente: mucho temo no os perdáis. —¿Por qué, Padre? —
Porque veo que queréis hacer vuestra propia voluntad. —Vivamente
hirieron a Alonso estas palabras, y en el aquel punto descubrió cómo
pareciéndole haber dejado por Dios todas las cosas, había querido
reservarse la que vale más en nosotros y la que el Señor quiere con más
entereza, que es nuestra voluntad. Se levanta, pues, de la silla, y arrojándose a los pies del P. Santander exclamó: «desde aquí digo que no quiero
hacer mi voluntad en toda mi vida, y yo me pongo en sus manos de V. R.
para que haga de mí a su voluntad»17.
Le declaró el Padre las ventajas que tiene la vida común sobre la
solitaria, sobre todo para el vencimiento propio y para defenderse de los
engaños del enemigo, y Alonso, confundido por lo pasado, temeroso de sí
mismo y resuelto a atarse definitivamente con Dios y la Compañía, le pide
que interceda para que cuanto antes sea recibido en ella para sacerdote o
para coadjutor. Recordó entonces que, a pesar de todas aquellas
17

Memorias, 91.

31

apariencias de piedad, nunca había visto al misterioso compañero recibir
los sacramentos de confesión y comunión.
Encomendado bien el asunto a la Reina de los cielos por consejo del
P. Santander, fue presentado Alonso al P. Provincial, que lo era el P.
Cordeses, hombre de gran espíritu y perfección. Estas mismas condiciones
descubrió en el pretendiente, después de sondear en todas sus intenciones y
propósitos de virtud. Le vieron también otros cuatro examinadores, como
es costumbre, y fueron del mismo parecer que los de Segovia, a saber, que
no veían cómo podía ser recibido para coadjutor un sujeto de tan avanzada
edad y fuerzas tan extenuadas. Entonces fue cuando intervino Dios con
aquel «basta que yo lo quiera». El P. Provincial, con una intuición de
espíritu que solo se puede referir a la acción divina, «vaya, dijo,
recibámosle para santo». El treinta y uno de Enero de 1571 empezaba
Alonso su noviciado en el Colegio de Valencia.
Este día volvió a aparecer en escena el misterioso ermitaño. Aquella
primera noche estando ya Alonso recogido en su aposento que daba a la
calle y tenía la ventana poco levantada del suelo, oyó que a deshora golpeaban en ésta fuertemente. Abre el novicio, y quedó extrañamente
sorprendido al ver que era el ermitaño, el cual, no ya manso y humilde
como antes, sino airado y orgulloso, empezó a reprenderle por no haber
cumplido la palabra de volver a la ermita, y a condenar aquellos propósitos
que traía de entrar en religión: y con esto le manda imperiosamente que al
punto se vuelva con él a San Mateo. Sorprendido quedó Alonso de aquel
coraje y aquellos fieros, y más aún de ver cómo aquel hombre estaba en
Valencia, y por dónde podía saber sus determinaciones. Con esto entendió
ser el demonio, que antes en traje de estudiante y ahora en hábito de
ermitaño quería impedir su entrada en la Compañía. Sin responder palabra
e invocando el auxilio del Señor, cerró la ventana y no volvió a ver más su
rastro. Quedó con esto más confirmado en su vocación, pero muy
cuidadoso y temeroso toda su vida de no caer en los engaños del enemigo.
Tenemos ya a Alonso en el noviciado de la Compañía de Jesús. Así
como antes hemos dado una mirada de conjunto a las causas de su
vocación, miremos ahora la perfección con que llega a su término.
La vocación de San Alonso a la Compañía de Jesús parece que puede
proponerse como una vocación ideal, es decir, como realización perfecta
de la que San Ignacio enseñó para los que piden ser admitidos.
32

Es ésta según «la intención de los primeros que se juntaron en esta
Compañía,» como dice el Santo Fundador, no sólo una vocación a una
corporación que profesa como tal la perfección evangélica, sino una
vocación personal deliberada a esta misma perfección, es decir, una
vocación personal a la santidad. San Ignacio manda que se examine al
candidato sobre «si está determinado de dejar el século y seguir los
consejos de Cristo Nuestro Señor»; manda que le propongan que para la
Compañía se buscan «personas ya deshechas del mundo y que hubiesen
determinado de servir a Dios totalmente agora sea en una religión, agora
sea en otra, y conforme a esto antes que... comiencen a vivir en obediencia,
deben distribuir todos los bienes temporales»; que amen y deseen «vestirse
de la misma vestidura y librea de su Señor por su debido amor y
reverencia»18.
¿Qué le faltó de esto a nuestro Alonso? Antes de saber qué había de
ser de él, deja patria, parientes, y bienes temporales, y se lanza a seguir a
Cristo Nuestro Señor, vestido verdaderamente de su librea de pobreza,
humildad y dolor, solo por su divino amor y reverencia, dispuesto a
llevarla hasta el fin. En verdad se ha de decir que Alonso tuvo una
vocación al estilo de San Ignacio, de San Francisco Javier y demás
compañeros que fundaron la Compañía, o, según la palabra del Santo
Fundador, hay que confesar que tuvo su misma «intención.» De esto ha de
brotar naturalmente toda santidad.
Miremos ahora esta vocación desde la altísima cumbre de la
providencia divina que la dirige.
En la primera parte de su vida, ésta se constituye de una manera
totalmente opuesta a su vocación, según las humanas apariencias. Llegada
la hora de la providencia, todo se viene abajo en pocos lances, y de las
ruinas, como del grano que se pudre en la tierra, germina triunfante la
vocación a la santidad. Esta vocación el Señor le inspira que la realice en
la Compañía, mientras por otra parte le pone obstáculos humanamente
insuperables. La vocación a la santidad triunfa también de todos los
obstáculos exteriores que se oponen a su vocación a la Compañía, y finalmente se funden hermosamente en una sola una y otra vocación.
Verdaderamente hay que acatar aquel «basta que yo lo quiera», y aquel
«recibámosle para santo».
Es curioso, como confirmación a posteriori de esta intervención
providencial de Dios, ver cómo resultó todo al revés de lo que
18

Examen, cap. 3 y 4.

33

conjeturaban prudentemente los sesudos examinadores, cuando se oponían
a la admisión de Alonso. Tuvo éste salud y fuerzas para todos los
ministerios de los Hermanos Coadjutores, los cumplió a maravilla, y vivió
hasta los ochenta y seis años de edad. Uno de los escritores de su vida
cuenta esto como una especie de milagro.
Como todo el espacio restante de este libro hemos de dedicarlo a la
vida interior de Alonso, que es su verdadera vida, sigamos aquí la dulce y
amarga historia de su vocación a la Compañía hasta su muerte.
En el negocio de su vocación parece que el Señor quiso tener siempre
vivo aquel «basta que yo lo quiera». Permitió, en efecto, que varias veces
se despertaran en algunos de los Padres ciertos recelos de si Alonso era
para la Compañía, y consiguientemente nacían en el alma del siervo de
Dios temores de ser despedido de ella. Oigámosle a él.
«Más le ha acontecido a esta persona, que ha vivido algunos años con
temor no le despidiesen de la Compañía: y pensando entre sí qué cosa le
podría dar mas pena en esta vida, halla que era el despedirle de la
Compañía. Y como esta persona con sus trabajos acudiese a Dios a pedirle
favor, viniéndole a la memoria si algunos no venían en que se quedase, y él
desease tanto vivir en ella, vivió en estos temores pares de años; y acudió
Dios a consolarle, oyendo una voz que le decía: «basta que lo quiera yo»,
como quien dice: «si todo el mundo lo contradijera, basta que lo quiera yo
para que se haga lo que yo quiero y no lo que ellos». Y como esta persona
estimase tanto el estar en la Compañía y mucho tiempo, ordenó Dios de
cumplirle sus buenos deseos, porque ya ha más de treinta y cinco años que
está en ella. Gloria sea al Señor».19
En dos ocasiones sobre todo se reprodujo esta tempestad, y fue al
llegar tiempo de hacer Alonso sus primeros y sus segundos votos.
Después de los dos años de noviciado hacen os de la Compañía sus
primeros votos. Fue tan verdadera la batalla en este trance, que en realidad
se le retrasaron dos meses: cumplía sus dos años el último día de Enero de
1573 y no hizo sus votos hasta el 5 de Abril del mismo año. Parece que
impresionaron vivamente a los Padres de Mallorca las mismas razones de
prudencia que habían movido a los de Segovia y Valencia a negarle su
entrada en el noviciado: la falta de fuerzas y sobra de edad para los oficios
de los Coadjutores de la Compañía, avivada más bien que remediada por la
intensísima vida espiritual que vivía. Todavía conservaba Dios encendida
19

Memorias, 50.

34

en el candelero aquella luz vivísima del P. Cordeses, y ésta fue la que
disipó por entonces las tinieblas, como dos años antes lo hiciera en
Valencia,
En varios lugares de su MEMORIAL insinúa el Santo los temores de
ser despedido, como clavo que llevaba siempre clavado en su pecho, como
la pena que más pudiera afligirle en este mundo, y con suma discreción
apunta: «temiéndose de algunos algo»20. Cuando llegó el tiempo de hacer
su definitiva incorporación en la Compañía, recrudeció la tempestad; pero
fue vencida por el mismo Señor que la había dominado antes, et facta est
tranquillitas magna.
Efectivamente, dice el Santo: «Después se mudaron las cosas: y es
que creció tanto en esta persona el amor de Dios y la conformidad con su
voluntad, que no podía ya tener temor; porque como es verdad que en esta
vida no había cosa que le pudiese dar más pena que despedirle, como
creció en él el amor de Dios y la conformidad de su voluntad, le parecía
que ya no podía tener pena sino gozo de que se hiciese la voluntad del que
tanto amaba»21.
Y en otra parte: «A esta persona la trajo Dios a tal estado de su amor
y del contento de su divina voluntad, que aunque le despidieran, no
pudiera entristecerse, por quererlo así el Señor que tanto amaba, sino
gustar de su gusto: y así perseveró, y otros dos que entraron con él, no»22.
El amor que tuvo a la Compañía fue como eran todos los amores de
Alonso: fuerte como el de un luchador robustísimo, y tierno como el de un
niño en brazos de su madre. Este doble carácter tenía su amor a Jesús y
María, «dulcísimos amores de mi alma», y lo declaró con las más intensas
expresiones y comparaciones que se pueden hallar, así en el sentido de
robustez como en el de ternura. No es exageración el parangonar con estos
amores divinos el que tuvo a la Compañía, porque la miraba como algo de
Jesús y de María. Sea lícito acabar este punto de su vocación con unas
palabras de su MEMORIAL, que por el grande elogio que hacen de «esta
perla tan preciosa de la Compañía», fueron combatidas como exorbitantes,
y aptamente defendidas y explicadas en los procesos de beatificación. «Es
tan gran cosa acá en el mundo y allá en el cielo la Compañía de Jesús para
gloria de Dios y ayuda de las almas, que las otras religiones, con ser tan

20

Memorial, 76.
Memorial, 50.
22
Memorial, 89.
21

35

santas, son como estrellas, pero la Compañía es como el sol, del cual viene
al mundo más utilidad que de todas las estrellas»23.

Ya no volveremos a hablar en todo el libro de períodos de tiempo en
la vida exterior de Alonso. Cuando volvamos a buscar años y fechas, será
para escribir la de su muerte de Santo. Ahora entraremos en la vida íntima,
que no se rige por nuestros calendarios. Acabemos, pues, antes con el
orden cronológico de su vida exterior, dándola en brevísimo compendio.
Entró Alonso en la Compañía, como hemos dicho, el último día de
enero de 1571 en Valencia, y murió en Mallorca el último día de octubre
de 1617. A los seis meses de noviciado, tenidos en el Colegio de Valencia,
según el P. Marimón, o en la casa de probación de Gandía, según el P.
Colín, llegó a Mallorca el 10 de agosto de aquel mismo año, y ya no salió
de aquí sino para volar al cielo. Hizo sus votos del bienio el 5 de abril de
1573 con un par de meses de retraso, y su incorporación definitiva en igual
fecha de 1585. Primero ejercitó todos los oficios, porque el Colegio estaba
en construcción; más luego fue dedicado a la portería, como primer portero
hasta los setenta y tres años de edad, como segundo lo restante de su vida;
y ya no hay más. Ya tenemos costumbre en la Compañía de compendiar
toda su vida en esta frase: el portero de Montesión.

23

Memorial, 193.

36

El santo

37

I
PERFECCIÓN DE VIDA

INTENSIDAD Y NORMALIDAD DE ESPÍRITU. SUS
EJERCICIOS ESPIRITUALES. DEVOCIONES. ESPÍRITU EN SU
TRABAJO DE PORTERO. CARIDAD FRATERNA. MODESTIA
ANGELICAL. TRATO DE COSAS ESPIRITUALES. LA MESA Y
EL SUEÑO.
Acabamos de decir que la vida exterior de Alonso cabe en una breve
página.
No así su vida interior. Esta no cabría en muchos volúmenes, si se
hubiera de escribir y ponderar con la minuciosidad y esmero que solemos
poner los hombres en esas cosas de fuera. Y todavía quedaría una cosa que
de ninguna manera puede expresarse con la extensión, por mucha que ésta
sea, y es la intensidad. El vivir espiritual intenso, intensísimo, es sin duda
una de las características que distinguen a San Alonso, no sólo de los espíritus vulgares, sino aun entre los Santos.
Agitación exterior, ruido y aparato, encontraremos muy poco en torno
suyo; pero fuerza interna, actuación de potencias, calor sobrenatural, se
desarrolla tanto y con tanta energía, que hemos de ponernos las manos ante
el rostro, como cuando nos acercamos a un foco deslumbrador o a un
grande incendio. Y esto no en actos aislados, no por sacudidas o
explosiones irregulares; sino como funcionamiento normal y ordinario de
su espíritu.
En sus memorias la intensidad es lo que nos ha querido dar él mismo,
mejor aún que los hechos anecdóticos que forman como su trama. De aquí
aquellas metáforas tan realistas, como el «tragar clavos» y el «heder a
perro muerto puesto en las narices»; de aquí aquellas efusiones inagotables
de «amores de mi alma y telas de mi corazón»; de aquí aquellas repeti38

ciones infantiles, y aquellos epítetos asociados infaliblemente a unas
mismas palabras, y aquellas sentencias que oportuna o importunamente
nos encaja a todo pasto. No es extraño, no, que después de sus memorias
sintiera necesidad de escribir tratados espirituales, y que éstos se
multiplicaran de una manera prodigiosa. El hecho escueto no le podría
satisfacer, porque lo que él quería era el alma de todos sus hechos; y por
esto se subía luego a teorizante, y por esto en todos sus tratados, aunque
llevan títulos diversos, siempre trata de lo mismo, y los capítulos en que
los divide pueden empezar y acabar donde nos plazca, y sin confusión ni
errores podrían barajarse los títulos, porque siempre dice lo mismo.
El pálido reflejo de sus lecturas, que se nota fácilmente en sus
escritos, es en ellos lo menos apreciable y más bien nos estorba que ayuda.
Lo vital es esa vena profunda que salta de la roca viva de la propia
experiencia sobrenatural. Los verdaderos israelitas podrán siempre venir a
esta fuente original y milagrosa para apagar su sed de justicia y santidad.
A pesar de haber en Alonso tanta intensidad de luz y fuerza
sobrenatural, nunca creyó que su santidad hubiera de consistir en cosas
extraordinarias, sino en hacer las ordinarias con extraordinaria perfección.
El enemigo de la perfección de las obras ordinarias es la rutina, y lo único
que puede eficazmente combatir y anular este enemigo, es el espíritu
interior que ha de informar cada una de las pequeñas acciones. A esto
dirigen todos sus esfuerzos los Santos. Ellos no miden el valor de las cosas
por el bulto exterior grande o pequeño, sino por la cantidad y fineza de
espíritu interior que las informa y da vida.
Queriendo, pues, dedicar toda esta parte de nuestro libro a describir la
santidad de Alonso, hemos de empezar por estudiar cómo el espíritu
sobrenatural informaba todas las acciones diarias en su oficio de religioso
portero. Iremos siguiendo la distribución de cada día, y le pediremos al
Santo o a los que le vieron, que nos digan cómo santificaba cada
distribución.
Dos horas antes que se levantase la comunidad le despertaba su ángel
de la guarda. «Luego, escribe él mismo, se pone con Dios y con la Virgen
su Madre, y suele decir: Deus, in adjutorium meum intende; Domine, ad
adjuvandum me festina. Gloria Patri, etc.; y a la Virgen María suele decir
la letanía, que la sabe de coro. Y vistiéndose y después se encomienda a
Dios, y le pide licencia para entrar con la oración a negociar con su
Majestad, aunque indigno de estar en su presencia por verse tan malo
39

delante de un Dios tan bueno, haciendo allí grandes actos de contrición y
pesar de haberle ofendido, y con grande humildad le pide le dé gracia para
que todo lo que allí hiciere con su memoria y entendimiento y voluntad
vaya todo a honra y gloria suya, y así se lo ofrece todo; y haciendo tres
profundas reverencias, como quien tiene ya la licencia, levantando el corazón a su Dios, empieza su oración»24.
No digamos aquí más de ella, porque merece que le dediquemos un
capítulo a parte. Quede, sí, bien asentado que su espíritu padecía hambre y
sed de oración; que llegado el momento deseado, se entraba con Dios
como si se hubiese acabado el mundo; y que en saliendo, la luz y fuerza
espiritual de la oración le acompañaba todo el día.
De la misa dice el P. Colín, testigo de vista y amigo suyo. «Fue
devotísimo de la misa. No había ocupación ni achaque que le estorbase el
acudir puntualmente a ella. Cuando le llamaban con orden del Superior, en
la prisa del andar y en la alegría del rostro se le conocía a dónde iba... Con
cuidado procuraban algunos saber a qué hora ayudaba a misa, para hallarse
entonces en la iglesia; y los que acabando de oír una misa advertían que
salía a ayudar la siguiente, se quedaban, por la devoción que les causaba
verle ayudar. Los sacerdotes a quienes ministraba se encendían en fervor; y
cuando alguno quería tratar con Dios en la misa algún negocio grave,
procuraba que le ayudase Alonso» 25.
Añadamos a estas palabras del P. Colín que por el MEMORIAL de
Alonso venimos en conocimiento de los muchos favores que le hizo el
Señor oyendo y ayudando la santa misa. Entonces encomendaba a Dios los
negocios más graves que le interesaban, suyos o ajenos, y el Señor
despachaba benignamente sus peticiones.
En la misa comulgaba los días que se lo permitían. Oigamos de él
mismo la manera que tenía de prepararse y dar gracias.
«Más le aconteció a esta persona muchas veces el día antes de
comulgar irse delante del Santísimo Sacramento, y allá delante de este
Señor aparejarse para comulgar el día siguiente. Y el aparejo era recibirle
espiritualmente con actos de fe y de amor, y era de esta manera: que
encaraba su corazón y deseo a Cristo Nuestro Señor, y allí con el acto del
amor y deseo hacía acto interior con el corazón de traerle dentro de sí por
vía de amor»26. «Después de la oración vase a la misa de la comunión, y
24

Memorial, 60.
Vida, lib. 1, cap. 19.
26
Memorial, 57.
25

40

allí procura de recibir espiritualmente a Nuestro Señor Jesucristo,
aparejándose así para recibirle corporalmente, rogando al mismo Jesús,
aunque indigno de tan gran merced, le apareje, y a la Virgen y a todos los
cortesanos del cielo que rueguen a Nuestro Señor que le apareje; y recíbele
con actual acto de viva fe y amor.27
»En acabando de comulgar, esta persona se mete dentro de sí con su
Dios, adó viven los dos a solas, haciéndole gracias por la merced tan
grande como le ha hecho en venir a visitarle; adonde le goza con grande
luz de su gran majestad y gloria a su modo, y esto usó intelectualmente
hallándose allí con Jesús con grande admiración de tan gran Majestad». 28
«Es tan grande la presencia de Jesús y de María dentro del alma cuando le
recibe corporalmente, que entonces más parece evidencia clara y
certidumbre que fe, porque parece que cesa la fe, porque parece que hasta
aquí puede llegar la seguridad y certidumbre que el alma está con Jesús y
con María consolándose con ellos y pidiéndoles mercedes». 29 Escribió dos
maneras de ejercicios de prepararse y hacer gracias antes y después de
comulgar, muy prácticos y devotos, una más larga y otra más breve. Allí
podemos ver los pasos por los cuales su espíritu se acercaba a Jesús, y
cómo del altar se alejaba llevándoselo en su alma para todo el día.
Por la conexión que tiene el sacramento de la Penitencia con el de la
Eucaristía, digamos aquí algo de sus confesiones ordinarias. Ya se verá
luego con qué hermosísima práctica juntaba la comunión espiritual con su
confesión.
En primer lugar era notabilísima la puntualidad con que acudía,
según escribe el P. Colín. «Los días que se toca a confesar, dice, en oyendo
la campanilla, ora estuviese el Padre en casa, ora no, luego se iba y se
paraba inmoble a la puerta del confesor. Advertí en él que los días que no
tañía a confesar y era víspera de su comunión, muchas veces a las cuatro
horas de la tarde ya estaba en busca del P. Marimón; y por no estar en casa
el Padre, acaecía muy ordinario que le veíamos estar horas enteras a la
puerta de su aposento o cerca de ella en algún ángulo del cuarto
aguardándole»30.
En la confesión era obedientísimo. Una vez había dispuesto por
escrito una confesión general muy detallada, por parecerle que así quedaría
en paz su alma y libre de todo temor por lo pasado. Al arrodillarse saca su
27

Memorial, 57.
Memorial, 55.
29
Papel escrito de su mano.
30
Carta de 21 de Septiembre de 1618.
28

41

papel. — ¿Qué es eso, le pregunta el Padre? —El Hermano le explicó
cómo había escrito su confesión general y por qué motivos. —Rasgue ese
papel, contestó el Padre, y haga su confesión ordinaria. —Así lo hizo a la
letra sin pensar más en confesión general.
Juntaba muy hermosamente la confesión con la comunión. «En
confesándose —dice él mismo —acordándose que le ha de recibir (a
Jesús), le recibe espiritualmente con un acto de amor a Jesús, como si le
hubiera recibido corporalmente»31.
La devoción, virtud tan propia de los Hermanos Coadjutores, era
como la salsa que sazonaba toda la vida de Alonso. Todas sus obras,
espirituales y corporales, fáciles o difíciles, tenían un solo sabor, y era el
de la íntima y sabrosa devoción con que las hacía actualmente por Dios.
No hay duda, con todo, que este dulce sentimiento de piedad lo experimentaba más en aquellos actos espirituales más ligeros y fáciles con que
las almas santas esmaltan todas las horas del día, y que en lenguaje
piadoso llamamos antonomásticamente devociones.
Sobre esto nos dice el P. Colín: «Era tan puntual en hacer sus
devociones, que noté muchas veces, que tañendo a salir de la primera
quiete de medio día, luego aun antes de haber acabado de salir de su lugar,
ya comenzaba a rezar ciertas devociones, las cuales y el rosario, siempre
que sin ser notado lo podía hacer, rezaba con voz medio alta. Y supe de
algunos Padres que vivían al lado de su aposento, que a cualquiera hora de
la noche que despertasen, le oían rezar». 32 La devoción y las devociones a
Nuestra Señora eran las que más dulcemente cautivaban su alma. Escribió
un Ejercicio de ángeles a los cuales han de imitar en la tierra los hombres
que deseen ser muy devotos de la Madre de Dios. 33 En él pone brevemente
los sentimientos que han de despertar en su corazón los que honran y aman
a la Virgen Santísima, porque en él no podían caber aquellas devociones a
bobas, que tan donosamente critica Santa Teresa, sino que todas habían de
salir del verdadero espíritu sobrenatural del corazón.
En diferentes lugares de sus escritos nos enumera las devociones
diarias con que honraba a la Virgen. Así dice en su MEMORIAL34: «las
devociones que muchos años ha que tiene, son las siguientes: la corona de
31

Papel escrito de su mano.
Carta de 21 de Septiembre, 1618.
33
Obras, II. p. 212.
34
n. 207.
32

42

esta mi Señora y amada y querida mía la Madre de Dios con harto
consuelo del alma; las letanías santísimas suyas, que las sabe de coro; más
el oficio santísimo de su santísima Concepción, que lo sabe de coro; más
doce Salves y doce Avemarías, que vienen a ser estas oraciones veinte y
cuatro en memoria también de su Santísima Concepción, encaminadas a
las veinte y cuatro horas del día y de la noche, para que cada hora ruegue a
su bendito Hijo que le libre y guarde de pecado».
El Avemaría llegó a ser como su respiración, así en la necesidad que
sentía de rezarla, como en el refrigerio que experimentaba su alma
diciéndola casi continuamente. Dice el P. Colín que después de muerto el
Santo se descubrieron «callos en el pulgar e índice de la mano derecha, del
uso de pasar por ellos el cordón y cuentas del rosario». 35 Con su santo
ángel de la guarda hizo el pacto de que, mientras durmiese, él rezaría el
Avemaría para que no faltase a su Reina la salutación.
Lo que acabamos de decir de sus ejercicios de devoción podríamos
repetirlo de los de penitencia, que suelen andar juntos. Nunca los dejó,
nunca aflojó en ellos, ni en sus achaques ni en su vejez. «Estando él ya
viejo y enfermo, escribe el P. Colín, un día pasando delante de su aposento,
le vi que se estaba disciplinando con tan buen brío, como si fuera un mozo
de veinte y cinco años»36
Vengamos ya a sus ocupaciones exteriores, que eran las de la
portería.
En un papel que se halló escrito de su puño y letra, se leen las
siguientes leyes que se impuso en el desempeño de su oficio. «Llegado a la
puerta, harás cuenta que entra tu Dios: a él abre y recibe. Y si te enviaren
con algún recado, harás cuenta que te envía Dios y no el hombre; y como
cosa de tu Dios, la despacharás luego con la alegría y amor que se debe a
tan buen Señor, inclinando siempre tu voluntad a la suya. Cuando hayas
negociado y vuelvas con la respuesta, harás cuenta que la vuelves a tu Dios
con la alegría y amor posible, poniendo los ojos del ánima en Dios, como
quien habla con él y no con el hombre, y así le darás la respuesta. Y si
quisiere irse, has de hacer cuenta que abres la puerta a tu Dios que quiere
salir, y no al hombre. Y con este afecto, junto con grandes muestras de
amor y humildad, le abrirás la puerta y te despedirás de él»37.
35

Vida, lib. 1, c. 20.
Carta del 21 de Septiembre, 1618.
37
P. Colín, Vida, fol. 14.
36

43

En diversos lugares de su MEMORIAL nos habla de las prácticas con
que espiritualizaba un oficio como el de portero tan distractivo y tan
ocasionado a faltas. Pero tiene uno como resumen de los diferentes
ejercicios que había excogitado, y vamos a copiarlo a continuación.
«El ejercicio que tenía en la portería era el siguiente. Lo primero en
tocando alguno la campana, levantando el corazón a Dios decía: «Señor,
abriros he yo a Vos por amor de Vos», y abría.
»El segundo ejercicio era, cuando tocaban, hacía interiormente actos
de alegría en el camino como que iba a abrir a su Dios, y que la campana
como si la tocara él, y en el camino iba diciéndole: «Ya voy, Señor».
»El tercer ejercicio, que era de mortificación interior, que de que
tocaban recio y aprisa, naturalmente el interior del corazón se alborotaba; y
le reprimía fuertemente sosegándole hasta que no se alborote; y esta es una
mortificación muy saludable, porque si falta esta, es no caminar adelante;
sino que con la gracia de Dios delante de Dios se hace fuerza, como el mal
caballo a poder del freno y espoladas le hace el caballero hacer lo que
quiere; y de esta mortificación sacó gran fruto; y así de que llegaba a la
puerta, iba sosegado, y abría como si no hubieran tocado más de una vez y
mansamente. Hallábase esta persona muchas veces muy cansado el cuerpo
que con trabajo se movía, y en el hombre interior admirable descanso.
»El cuarto punto y ejercicio era, que como se acostumbró tanto que
iba a abrir a Cristo, en un punto se hallaba con él, que le iba a abrir, con
grande regocijo y alegría; a semejanza de cuando alguno viene de fuera y
le reciben con gozo y alegría; y le pareció a esta persona cuando iba a abrir
—porque él entonces no se acordaba de hombres, sino que iba a abrir a su
Dios —que le parecía cuando iba a abrirle, sin imaginar él tal cosa, que le
veía venir con innumerables ángeles y la Virgen Santísima también con él.
Mas: de que había de buscar alguno que le pedían y no le podía hallar,
estando cansado en lo exterior, y a cabo de gran rato si le hallaba, le
hablaba como si no le hubiera buscado, sino que allí luego le hubiera
hallado, dándole el recado».38
Llegó un momento en que dados sus achaques y ancianidad no pudo
con el peso de una portería tan frecuentada como la de un Colegio, y fue
necesario por prudencia y caridad aliviarle de esta carga. No hay que
pensar que con esta ocasión pretendiera disimular una ociosidad de buenas
apariencias. Oigamos otra vez al P. Colín.
38

Memorial, 159.

44

«El año 1610, siendo ya el Hermano tan viejo y aquejado de
achaques que apenas podía andar, oí que un día se llegó al P. Juan Torrens,
que era Rector, y con muchas veras le propuso que le mandase dar algún
oficio trabajoso en casa, representándole que estaba muy ocioso en el
Colegio, y que por amor de Dios le mandase emplear. Y el P. Torrens,
como le viese tan desconsolado, le concedió que por aquella vez fuese a
tener cuenta de la portería en tiempo de la primera mesa. En este mismo
tiempo tenía cuidado de proveer las pilas de agua bendita y avisar a los que
habían de hablar al Prefecto de espíritu: y jamás se advirtió en él la menor
tardanza del mundo, sino una suma solicitud en estas cosas. Muchas veces
al encontrarme me preguntaba qué hora era o a cuántos estábamos del mes,
para ir trazando conforme a esto sus obediencias».39
Cuando realmente le rendían sus enfermedades, no era menor su
edificación que en el tiempo de su entera salud.
Estando enfermo, afirma el Hermano enfermero que no sólo no vio
nunca en él un primer movimiento de impaciencia, sino que aun
preguntándole muchas veces de qué gustaría, nunca respondió otra palabra
que esta: lo que al Hermano le pareciere. Solo se quejaba cuando le
presentaba alguna cosa particular o de regalo, diciendo que por qué usaba
de particularidad con él y le regalaba tanto, dándole con ello materia de
mayores padecimientos en el purgatorio.
En vista de sus enfermedades y falta de fuerzas por su avanzada edad,
dijéronle los superiores que no se barriese el aposento ni se hiciese la
cama, y que en la mesa tomase un plato especial que para él se guisaba. Le
causó tan grande tristeza y vergüenza esta singularidad, que no supo
disimularlo. Le preguntó el P. Rector por qué andaba tan avergonzado, y
respondió: «¿Cómo quiere V. R, que no lo ande, si un Hermano me barre el
cuarto, otro me compone la cama, otro me sirve la comida, y yo no hago
nada de provecho, sino comer?»
Quedan otras muchísimas virtudes ordinarias que deberíamos ir
recorriendo para dar una idea acabada de su perfección. Diremos algo
solamente de su caridad, modestia y trato de cosas espirituales.
Sobre la caridad escribe el Santo: «Procurarás de contentar a todos en
gran manera dándoles todo lo que te pidieren y haciendo todo lo que te
mandaren— no yendo contra la obediencia ni faltando a tus reglas —y lo
mejor que pudieres; y si no pudieres contentarlos con obras, en gran
39

P. Colín. Carta de 21 Septiembre 1618.

45

manera los contenta con palabras dulces, amorosas y llenas de miel, y por
la vida ninguna desabrida»
Mayor era todavía su caridad interna. Repite alguna vez aquella
dulcísima frase que desde la India escribía S. Francisco Javier a sus
hermanos de la Compañía: «Si vierais mi corazón, allí os encontraríais
todos vosotros, aunque tal vez no os conocierais por el alto concepto que
de todos tengo». Tiene una página maravillosa donde nos describe un
ejercicio de la más fina caridad, iluminado «con gran rayo de
resplandeciente humildad». Dice:
«A cada uno de los de casa mirarás en él la virtud que en él más
resplandece, y le pondrás ese nombre, como decir: Ya viene el humilde; ya
viene el herido del amor de Dios; ya viene el que continuo asiste con Dios;
ya viene el mortificado; ya viene el vencedor de sí mismo; ya viene el
amador de los prójimos; ya viene el obediente; ya viene el paciente; ya
viene el gran guardador del silencio y refrenador de su lengua; ya viene el
que jamás enoja a nadie y sufre a sus hermanos sus faltas y no las
reprende; ya viene el modesto en todas las cosas; ya viene el que a todos
sirve y está sujeto y no quiere ser servido; ya viene el llano y simple como
paloma y prudente como serpiente; ya viene el resignado; ya viene el
abstinente; ya viene el que no hace caso de sí; ya viene el gran guardador
de todas las reglas; ya viene el gran guardador de la pobreza; ya viene el
casto y puro como ángel; ya viene el sosegado en el andar y en el hablar
con grande consideración; ya viene el que se fía de su Dios en todos sus
trabajos y necesidades con grande seguridad; ya viene el que vive en viva
fe; ya viene el pacífico; ya viene el prudente; ya viene el piadoso y
compasivo; ya viene el que siempre vive en temor de Dios; ya viene el
fuerte y gran vencedor de tentaciones y de todos los demonios, mundo y
carne; ya viene el gran celador de la honra y gloria de Dios; ya viene el
puro y limpio como ángel; ya viene el ángel de la tierra que andando con
el cuerpo en la tierra, todo lo demás trae con Dios en el cielo.
»Y cuando veas venir alguno de tus Superiores dirás: ya viene el
abrasado del amor de Dios, el serafín, porque ellos siempre hacen con
todos obras seráficas de caridad».40
Todos los que conocieron a Alonso se hacen lenguas de su modestia
como de ángel. Pero más que traer estos testimonios ni las alabanzas que
da él mismo a esta virtud, prefiero copiar una página bellísima de su

40

Obras, I, p. 448.

46

MEMORIAL, digna del más perfecto artista, donde nos cuenta cómo se le
presentó el mismo Jesús para que de él aprendiese y copiase la modestia.
«Más le aconteció a esta persona un día estando sirviendo a misa,
estando él harto descuidado de esto, que se le apareció Cristo Nuestro
Señor, en pie encima del altar al lado del Evangelio, al modo que andaba
en el mundo con los hombres, vestido con ropa larga: el rostro tenía de
linda proporción, el color del rostro era algo moreno que tiraba a leonado,
como de color de avellana, en el cual rostro se veía una grande divinidad:
la modestia de sus ojos y serenidad de su rostro era admirable y divina,
que parece se la quiso enseñar a obrar a esta persona, para que la
aprendiese de él; y esto fue porque en la modestia de sus ojos le manifestó
a esta persona grandes tesoros de sí mismo espiritualmente e interiores, en
el breve espacio que duró, que como en un espejo se veían en él. Y es de
tanta virtud y fuerza esta presencia y vista de Cristo que vio esta persona,
que todas las veces que le trae en la memoria, sensiblemente siente que se
le pega modestia y devoción, y que se muda, como sale uno mudado en
otro hombre cuando sale de una oración, así en la composición interior
como en la exterior: que parece que la arroja este Señor a su corazón como
una centella viva que le hiere el alma, y la compone y muda en otro mejor,
así en lo interior como en lo exterior, con lo cual se halla como con
modestia vergonzosa; y esto con haber más de doce años que le aconteció,
siempre le es fresco y obra lo mismo: parece que es como si no pudiese
olvidarse de ello»41.
Todos los de la Compañía miran como señal de fina espiritualidad el
cuidado y gracia en tratar de cosas espirituales, y los Hermanos
Coadjutores lo tienen de regla, como lo hagan con la debida prudencia, por
ser éste el único ministerio de palabra que pueden ejercitar en bien de los
prójimos. Oigamos sobre este punto a los que le trataron.
El P. Torrens que trató íntimamente a Alonso por espacio de catorce
años y fue su Rector, escribió de él lo siguiente:
«Era tal el amor de Dios que ardía en su pecho, que lo manifestaban
bien sus palabras, con las cuales se inflamaban los corazones de cuantos le
oían, por indevotos y fríos que se hallasen. De mí sé decir que ningún libro
espiritual me causaba tanta devoción, como conversar un rato con el H.
Alonso; y no recuerdo haberle pedido que me encomendase una sola vez a
Dios, que enseguida no experimentase consolación espiritual, y la mayor
41

Memorial, 8.

47

parte de las veces con grande abundancia. Por esto cuantas veces venía el
Hermano a mi aposento por algún recado, al salir, le pedía que me
encomendase a Dios. Otros muchos confesaban que cuantas veces le
habían pedido oraciones para alcanzar de Dios alguna gracia, la habían
obtenido por intercesión del Hermano. No recuerdo que jamás le oyese
hablar de cosas indiferentes, sino siempre de Dios; y esto lo hacía con
todas sus fuerzas y con todo su corazón, sin que jamás se cansase de ello o
remitiese su fervor, porque vivía una vida toda sobrenatural a manera de
un ángel del cielo».
Tenemos de esta materia un testimonio insuperable por todos
conceptos, y es del celebérrimo escritor y militar D. Carlos Coloma, que
fue Virrey de Mallorca. «En todo el tiempo que estuve en Mallorca, dice,
que fueron cerca de seis años, no le vi fuera del colegio; y en él muchas
veces que iba a ver a los Padres, y algunas a comer con ellos, procuraba
trabar conversación con el bendito Hermano, la cual era siempre de cosas
de Dios, de lo que todos le debíamos, y de la obligación que nos corría de
corresponder a tantos beneficios; y esto con un rostro tan alegre y un
fervor tan grande, que muchas veces de ternura y devoción ni él ni yo
podíamos contener las lágrimas».42
Hemos seguido todas las ocupaciones del día viendo como las
santificaba el Hermano Alonso. Faltan, con todo, las más materiales, que
son las de comer y dormir, sobre las cuales, para terminar, añadiremos
también una palabra.
Sobre su mortificación en la mesa, escribe el P. Ramohí, testigo de
vista.
«No es pequeño indicio de su continua mortificación lo que muchos
en él observamos, que de cualquier cosa que comía en la mesa dejaba
siempre algo y eso de lo mejor; y en esto puedo yo decir que jamás le vi
comer que no lo hiciese así. De ser esto tan ordinario en el Hermano,
debían los Superiores tomar ocasión para enviarle a decir algunas veces
comiese todo lo que le daban; y entonces prevalecía la obediencia a la
mortificación, si ya empero no era ésta para él mayor mortificación».
El mismo nos cuenta que en más de veinte años no aliñó con sal
ninguno de los manjares. Cuando en la mesa encontraba algo desabrido se
afanaba en tomarlo como un goloso se iría tras su apetito. Se cuentan de
42

Carta 20 de Mayo 1619.

48

esto, y los cuenta el mismo Santo, hechos muy crudos, de alguno de los
cuales se enteró toda la Comunidad.
Más alta era su comida que todo lo de acá. «Son tan grandes —
escribe el mismo Alonso— los regalos y visitas que tiene esta persona de
Dios y de su Madre en la mesa, que no se pueden del todo declarar y le
hacen parar: y así su comida es casi de hombre que no está en sí sino en
Dios; y así está olvidado de gustos y de afición de cosa de comer; sólo come por necesidad y no por gusto que tenga».43
El tiempo de la acción de gracias parece que en verdad era uno de sus
tiempos de gracia, escogido por el Señor para favorecerle con ilustraciones
sobrenaturales. Esta circunstancia la hace notar varias veces en sus
escritos.
El P. Colín escribe lo siguiente sobre la manera que tenía Alonso de
pasar la noche.
«Estando enfermo, me mandaron una noche que le hiciese compañía
en el aposento; y porque yo estaba deseoso de saber el modo con que el
bendito Hermano pasaba la noche y tomaba el sueño, por lo mucho que de
esto había oído decir en casa, noté muy de propósito cuanto hizo; y vi que
toda la noche estaba repitiendo oraciones jaculatorias y hablando con Dios.
Si paraba un poquito y parece que dormía, ya luego le tornaba a oír
diciendo salmos y otras oraciones».
Y el mismo Santo dice en su MEMORIAL: «A la noche, de que se va a
acostar, echa sobre la cama y sobre sí agua bendita, y desde los pies hasta
la cabecera la bendice diciendo: «La bendición del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo», y luego dice: Deus in adjutorium meum intende con el
Gloria Patri, y encomendándose a la Virgen y al ángel de su guarda»44.
Hemos pretendido dar un conjunto de la perfección ordinaria de
Alonso, de su santidad habitual y no de esa otra que se manifiesta en obras
extraordinarias y de brillo, sacándolo de diversos lugares de sus escritos y
del testimonio de los que vivieron con él. Por piezas y a retazos ahí queda
hecho. Quien quiera ver su retrato todo de un bloque, tallado y esculpido
de su propia mano, lea el escrito que tituló Propósitos y resoluciones.45 Es
en verdad toda la perfección reducida a actos de vida normal. Y aunque es
cierto que del propósito al hecho suele haber gran trecho en el común de
43

Memorial, 121.
Memorial, 170.
45
Obras, I, p. 424.
44

49

los mortales, no así en Alonso, en quien la ejecución era más bien el
modelo de donde copiaba sus resoluciones escritas. Estas páginas de
Alonso son demasiado largas para la brevedad a que estamos ceñidos; pero
será de gran provecho y deleite espiritual leerlas en sus OBRAS.
Cosa análoga decimos del tratado que tituló De los varones
perfectos.46 Este es tal vez el único entre los numerosos escritos de Alonso
donde se agrupan todos los elementos de la santidad. Aquí hay un retrato
de santo hecho con prolija minuciosidad de pormenores. Pensemos que el
original es el mismo Alonso que no acaba nunca de analizar sus largas y
profundísima» experiencia» espirituales.

46

Obras, III, p. 744.

50

II
ORACIÓN

FACILIDAD. PROGRESO. GRADOS DE CONTEMPLACIÓN.
UNIÓN MÍSTICA. DIFICULTADES. CONTINUA PRESENCIA
DE DIOS.
El estudio de la santidad de Alonso, como el de toda alma
verdaderamente santa, ha de tener por blanco principal el de su oración. La
oración es el fuego central del mundo de la santidad. Los Ejercicios de San
Ignacio, que con razón han sido llamados el Arte de la santidad, son
también el arte de la oración; y los estados más altos de la vida mística son
clasificados desde Santa Teresa por las gracias de oración. La vida
sobrenatural, como verdadera vida que es, necesita un alimento con que
nutrirse, y lo tiene en la gracia santificante y en las gracias actuales; pero
estas gracias se nos comunican por la oración como súplica, y las fuentes
de estas gracias, que son las profundidades de Dios, no se poseen
conscientemente sino por la oración como meditación y contemplación. En
el cielo seremos santos porque poseeremos perpetua y actualmente a Dios
por los actos de nuestras facultades espirituales. Lo mismo en el mundo:
los santos son tales, porque poseen a Dios, y tanto más se acercan a la
santidad de los bienaventurados, cuanto más participan de aquella actual
posesión de conocimiento y amor que se tiene allá arriba. Según el grado,
la llaman meditación, contemplación, presencia de Dios, unión,
transformación: todo son formas de oración.
«La grande oración». He aquí el amoroso requiebro que Alonso
dirige a la oración, como en otras ocasiones le dirá «la preciosa, la
dichosa». Esta es su manera. Nadie crea que estos epítetos son vacías
ampulosidades; son amores sincerísimos e inflamados con que una
sencillez lugareña ofrece a una reina los faltos de su huerto. Podía llamarla
su vida, y entonces no sólo habría dicho un elogio a su reina, sino que
51

habría afirmado una verdad exactísima. Dios era su aliento, Dios era su
luz, Dios era su comida. Dios era su descanso y llegó a ser hasta su sueño.
No es exageración. Por un especial privilegio llegó a tener oración en el
mismo sueño de la noche.
Vimos ya como desde los principios de su conversión la oración fue
su característica. Dos horas dedicaba a este santo ejercicio por la mañana y
otras tantas por la tarde. En la Compañía tenía sin duda más reglamentado
y más limitado el tiempo por las ocupaciones de la obediencia; pero él
sabía aprovechar avaramente los ratos que le dejaba su oficio para vacar a
Dios. Se levantaba dos horas antes que la comunidad, mientras se lo
permitieron sus fuerzas, y decía él que a su parecer le despertaba siempre
con una puntualidad invariable su santo ángel de la guarda. Este tiempo
extraordinario, y el ordinario que para oración tenía señalado la
comunidad, daba enamoradamente al trato con el Señor, y no contento con
esto, todos los ratos que le dejaba libres su oficio de portero estaba en
oración delante de una imagen de la Purísima Concepción, o delante de un
Cristo atado a la columna, o a los pies de un grande Crucifijo que estaban
cerca de la portería. Allí se le veía con frecuencia de rodillas o con los
brazos en cruz, y casi siempre derramando tiernas y copiosas lágrimas de
devoción. Doña Práxedes de Paz, vizcondesa de Rocabertí, contaba al P.
Colín cuatro años después de la muerte de Alonso, que siendo ella niña y
viviendo en el Castillo de Bellver, subía a veces Alonso acompañando a
algún Padre para sus ministerios. Duraban tal vez éstos largo rato; pero a
Alonso le veían siempre arrimado a un poyo en tan alta contemplación y
profundo enajenamiento de sentidos, que sin él advertirlo se le posaban
encima las palomas del castillo.
Tenía una facilidad extraordinaria para entrar en oración en
cualquiera momento que tuviese libre. Dice él mismo: «Esta persona casi
siempre que quiere, en cualquier cabo que está, sin trabajo ninguno, está
con su Dios a solas, sin discurso alguno; porque ya tiene consigo lo que
con los discursos se suele buscar, que es a Dios: y así negocia, lo que ha
menester con su Dios con gran descanso, amor y suavidad: de tal manera
que le ha acontecido algunas veces estando acostado ponerse en oración, y
tenerla, y en este tiempo dormirse bien dormido; y como se dormía
estando en oración, tenía la misma oración estando durmiendo como
cuando estaba despierto. Ego dormio et cor meum vigilat».47
En cuanto a la materia, en sus comienzos era la pasión de Cristo la
que más frecuentemente atraía su corazón. Sin dejar de sentir nunca este
47

Memorial, 87.

52

primer atractivo, después se elevó su contemplación hasta las más altas
perfecciones divinas. La intensidad y perfección de sus actos de unión con
Dios podemos barruntar a donde llegaría después de tantos años de fervor
continuado, cuando de aquellos dichosos comienzos nos ha dicho que tenía
tan «cebada el alma de este Señor, que estaba toda transformada y
transfigurada en Cristo».
Al cabo de ocho o diez años de estar en Mallorca nos describe así su
estado de oración. «Así como en el modo de orar esta persona era llevada
por Cristo dentro de sí, y allí se le comunicaba tanto estando los dos a
solas en espíritu puro mental en gran silencio de los dos; en lo que se sigue
también se le comunicaba en gran manera, y es que mirando a este Señor
enclavado en la cruz, herida de amor de este Señor, con la grandeza del
amor, como la piedra imán que trae a sí el hierro, su ánima traía el Señor a
sí metiéndole dentro de sus entrañas y corazón; en la cual asistencia y
presencia él le comunicaba de lo que él es y de lo que tiene, como es amor,
trabajos y virtudes, y dándola a que sienta en sí sus grandes trabajos, y
estando él en ella comunicándosele tanto, que venia a estar como transformada en él y como endiosada: la cual visita y presencia de este Señor en
él la sentía en gran manera sensiblemente, y esta transformación y
presencia de Cristo Nuestro Señor sensiblemente le solía durar días arreo,
particularmente cuando recibía el Santísimo Sacramento del altar.
»Por esta comparación del fuego se entenderán estas dos humildes
transformaciones del alma en Dios: porque se ha Dios con el alma devota
como el fuego con el hierro; y es que como está el hierro en el fuego, se le
comunica el fuego, y viene a comunicársele tanto, si el fuego es grande,
que el hierro viene a estar hecho un fuego, y así el hierro es fuego y hierro,
y fuego por comunicación, no por naturaleza. De la misma manera cuando
el Señor mete el alma dentro de su Corazón, que todo es fuego de amor,
viénela a abrasar en su amor: y con el amor tan grande que la comunica,
viene a estar, por comunicación de Cristo y su gracia, endiosada y unida y
transformada en él, ahora sea cuando el Señor se la mete dentro de sí,
ahora sea cuando el alma por la grandeza del amor que le tiene se le mete
dentro de sus entrañas y corazón, de lo cual el alma saca gran fruto. Y ha
venido a ser esta presencia de Cristo Nuestro Señor en ella tan grande, que
de que andaba por las calles iba tan absorta en Cristo crucificado, que no
veía las gentes sino como a manera de sombras».48
48

Memorial, 4.

53

Uno de estos favores de unión con Cristo Nuestro Señor nos cuenta
un poco más adelante con estas palabras: «Estando un día rezando el
rosario de Nuestra Señora, vio súbitamente en espíritu como Nuestra
Señora y su bendito Hijo vinieron a él: el Hijo venía al lado derecho de la
Madre y al izquierdo de esta persona, y el Hijo bendito se aposentó dentro
del corazón de esta persona; y la Virgen traía otro corazón consigo y se le
puso al otro lado derecho y se metió dentro de él: de condición que dentro
de esta persona se aposentaron con tan grande presencia suya sensible, que
hasta ahora le dura a menudo, sin poder olvidar el sentirlos en sí mismo
con haber más de doce años que le aconteció».49
Finalmente, para dar un resumen auténtico de los estados de oración
por que pasó el alma de Alonso, copiaremos una más larga descripción que
hace de los mismos, en la cual el P. Colín encuentra y anota los puntos más
levantados del conocimiento y amor divino que distinguen en sus tratados
los grandes autores místicos. Dice, pues, el Santo: «Después de haber
pasado esta persona por el ejercicio y consideración y ponderación de la
gravedad de los pecados, y dolor y pesar sumo de haber ofendido a su
Dios, y haberlos llorado amargamente algún tiempo, que sería por espacio
de tres años, lo cual es el ejercicio de la vía purgativa; y después de
haberse ejercitado también en la consideración de la vida y muerte, pasión
y resurrección de Cristo Nuestro Señor algunos años, que es la vía
iluminativa de los aprovechados; fue levantado a la consideración de las
perfecciones divinas de Dios Nuestro Señor, por donde halla unión del
alma con Dios Nuestro Señor por el camino del amor. Con el cual ejercicio
su corazón se inflamaba y encendía en el amor de Dios en gran manera, lo
cual salía del gran conocimiento que Dios allí le daba de sí mismo con la
consideración de la infinita bondad y amor de Dios, el cual con amor
infinito ama al alma, y con la consideración del ser infinito de su Dios
lleno de infinitas perfecciones, y con la consideración de los muchos y
grandes beneficios que le ha hecho y hace siempre, considerando quien los
ha hecho y hace, y quien es el que los ha recibido y recibe; y sacando y
viendo el alma por esta y otras consideraciones divinas el conocimiento y
amor de Dios y el conocimiento verdadero de sí misma, se viene por aquí a
abrasar en el amor de Dios ya conocido.
»Por este camino de los discursos da el entendimiento pasto a la
voluntad, que es la postrera potencia del alma, que se ocupa toda ella en el
amor de Dios ya conocido, y enciéndese en el amor y deseo de padecer
49

Memorial,7.

54

grandes trabajos por tan buen Señor. Tanto más altamente sube el alma a
su Dios y a su conocimiento, cuanto más ella se abate a sí misma y se
humilla: y así esta persona se ponía delante de su Dios, diciéndole con el
afecto del corazón o con la boca: Señor, conózcate a ti y conózcame a mí;
y en este punto era levantada sobre todo lo criado y puesta con su Dios a
solas, como en otra región, adonde Dios le comunicaba gran luz del
conocimiento de Dios y de ella misma, que venía a conocer a su Dios no
ya por discursos, sino en sí mismo; no por razones, sino por clara luz del
cielo: y a la medida que el alma aquí delante de Dios se humillaba, a esa
medida Dios la levantaba al conocimiento de sí mismo, y a esa medida se
abrasaba en el amor de su Dios ya conocido; y a la medida del amor que
crecía en ella, crecía como de recudida en el alma otro más alto
conocimiento de sí misma: y así andaba Dios con el alma a porfía, Dios a
levantarla y ella a abajarse y humillarse y avergonzarse delante de Dios. Y
acontecióle venir a crecer en ella tanto este conocimiento de Dios, y de ahí
el amor de Dios en ella sin discurso alguno, y grande familiaridad y
amistad del uno con el otro, que casi parecía que se le quería descubrir el
Señor como a los bienaventurados.
»Otras veces con sólo decir: «¡Señor!», poniendo los ojos del alma y
de la fe en Dios con grande afecto; otras diciendo: «Oh amado mío, oh
querido mío, tú todo mío y yo todo tuyo», se hallaba tan arrebatado y
puesto en el infinito ser de Dios, abrasado de su infinito amor y anegado
en este fuego infinito de Dios, abrasándola toda este infinito fuego de amor
de Dios. Pues ¿a dónde llegaría el amor que se le pega al alma metida en
tan gran fuego de amor? ¿Quién sabrá decir la grandeza de este amor?
Sólo lo sabe gustar el que pasa por ello, y no contar, por ser todo ello puro
espíritu mental. Por el cual camino viene el alma a ser semejante a los
tronos, y con el conocimiento de su Dios y de sí misma a los querubines,
alcanzando con este ejercicio el amor seráfico, siendo semejante a los
serafines, con el cual viene el alma a unirse por amor con Dios. Entonces
el alma ama a Dios y le goza, porque está absorta y anegada en el amor de
Dios.
»Esta es la alta unión y transformación del alma en Dios, y llega a
tanto que cada uno da al otro todo lo que tiene y todo lo que es, y pide al
otro todo lo que tiene y todo lo que es, diciendo el alma a su Dios: «Mi
amado es para mí y yo soy para él: tú todo mío y yo todo tuyo», apartando
el alma todo su corazón y voluntad de las cosas terrenales y carnales por
ponerse toda en su Dios, estando a solas con él en silencio y soledad de los
dos a solas. Y en llegando a este estado, ya no hay trabajo con la voluntad
55

para hacerle que quiera lo que Dios quiere por amarguísimo que sea por su
amor, por haber gustado ya tanto de Dios y conocerle ya tanto; y así lo
difícil es fácil por el grande amor con que le ama.
»Lo que resta ahora es que, puesta la mesa tan alta de las
perfecciones divinas, como se ha dicho, de tantos y divinos manjares, el
alma coma de ellos lo que más gusto le diere, los cuales tienen tan gran
gusto y sabor, que saben al mismo Dios. ¡Oh convite del cielo! Dios es el
que convida al alma, y la comida de amor que le da es a sí mismo. ¡Oh
amor soberano, oh amor del cielo, oh amor bendito, oh amor precioso, oh
amor alto y divino, que llega a tanto que el que convida a esta mesa se da a
sí mismo al alma en comida! Aquí come a su dulce Dios: él se da todo de
amor a ella en comida, y ella abrasada de amor recibe este presente de su
amado. ¡Cómo se cebará en él, siendo tan lindo, sabroso y hermoso!
Métele dentro de su corazón y aposéntale dentro de sus entrañas, porque la
pureza del corazón ve a Dios: Beati mundo corde quoniam ipsi Deum
videbunt; y la devoción y amor grande le come y se ceba en él; anégase
toda el alma en su amado, y él está todo en ella, y ella toda en él está entregada; ella es toda de su amado, y él es todo de ella, por el camino del amor.
¡Qué coloquios más dulces que la miel tendrá el alma con su amado!
¡Cómo le hablará sin ruido de palabras, sino con los deseos abrasados del
corazón! Aquí descansa el alma y se huelga, aquí se goza, aquí ama a su
Dios, aquí es consolada y enseñada, y alaba y bendice a tan gran Señor con
acto continuado del corazón.
»Vese gozando de su amado como en otra región; olvidada de todas
las cosas de la tierra y de sí misma, por estar toda ocupada en el actual
amor de Dios presente y conocido, viniendo por aquí a estar muerta a todas
las cosas de esta vida y viva a solo Dios, y así viene el alma a estar
endiosada; y como el alma está bien ejercitada en este amor de Dios, viene
a alcanzar un tan alto estado de perfección del amor de Dios, que casi
siempre está amando a su Dios con un acto continuo continuado de amor,
trayendo siempre el corazón en Dios: Ego dormio et cor meum vigilat. Los
que han llegado a este estado tan dichoso y Dios les ha hecho esta merced,
oran con gran descanso y con gran suavidad y sin fatiga de pecho ni de
cabeza, y están con su Dios los dos a solas, y llega a tanto, que en lo que
otros se fatigan estos descansan. Porque así como un hombre, de que está
de algún trabajo cansado y fatigado, el mejor remedio que tiene es irse a
descansar a la cama, y allí se alivia su cansancio, así suele acontecer a esta
persona, porque la metió Dios por este camino: porque cuando está
cansada y fatigada de algún trabajo corporal, el mejor y mayor remedio y
56

alivio que tiene es irse a tratar con Dios; y no sólo en lo corporal, pero en
los trabajos espirituales también, y halla en su Dios enseñanza y remedio,
y allí se halla con gran suavidad, que más parece que fue a descansar que a
otra cosa, porque parece que se halla allá con su Dios, descansando el
cuerpo y orando el alma, según es la suavidad y descanso con que ora.
»Entre otros ejercicios hay tres del amor de Dios que usaba esta
persona: el uno es cuando el alma toda se ocupaba en el grande
conocimiento y amor de Dios sin discurso alguno, porque ya habían
pasado, por el cual conocimiento viene el alma a tan grande admiración de
las perfecciones divinas y de su amor, por ser ellas el mismo Dios, que de
admirada y enamorada de Dios viene a perder los sentidos y arrebatarse
estando anegada en Dios.
»EI segundo ejercicio que tenía esta persona es que con el grande
amor con que amaba a este Señor, tenía las entrañas y corazón todo abierto
de amor para aposentar en él a su amado, y esto es como cuando abrimos
una ventana para que entre por ella el sol, y como le dan lugar, él luego se
entra, así el alma se dispone con el gran deseo que tiene del amado: Sicut
cervus desiderat fontes aquarum, así le recibe dentro de sí; este amor sale
de Dios y va al alma, y ella que le recibe le vuelve a su Dios, y se llama
este amor amor retornado,
»EI tercer ejercicio de este amor es cuando el alma se vuelve como
un niño de teta en la presencia de su Dios, amándole como hace el niño
con su madre, amándola y consolándose con ella y echándose en su regazo
a donde el niño está alegre y contento, particularmente cuando ella lo tiene
en sus brazos y se huelga con él y le dice requiebros de madre y el niño a
ella a su modo de niño: ella le ama con amor tierno y el niño tiene en ella
todo su consuelo y alegría; él está en ella y ella está con él y gusta de él en
gran manera porque es su niño, y él se recrea con ella porque es su madre,
y ella le da su pecho, y pasan entre los dos coloquios de amor más dulces
que la miel, por ser gustosos los coloquios de los niños y así son muy
amados.
»Así en su manera espiritualmente pasa entre Dios y el alma niña: las
cuales le dan a Dios gran gusto, y estos simples y niños son los que más
trata Dios, cum simplicibus sermocinatio ejus; y a estos tales les parece,
cuando Dios se lo comunica espiritualmente, que se hallan en el regazo de
Dios, como le aconteció a esta persona, hablando dulcemente con su Dios,
amándole dulcemente y hablando con él palabras amorosas, al modo de
niño de teta y con simplicidad de niño: este regazo de Dios a donde el
alma niña se halla, es el infinito ser de Dios en el cual está el alma. Hase el
57

alma de esta manera con Dios, cuando ella está anegada en el ser infinito
de Dios, como le acontecía a esta persona, que allí despedía por todas
partes todas cuantas cosas le podían venir estando contemplando a su Dios,
porque cuantas cosas allí se le ofrecieren, por altas que parezcan, las
desecha de sí, porque ninguna cosa que se comprende no es de Dios,
porque Dios no se puede comprender si no es por sí mismo; y así bien
puede crecer el alma en el conocimiento de Dios y del conocimiento en el
amor de Dios: y entonces conocerá más claro cuan incomprensible es
Dios, gozando más de él, cuando tiene más conocimiento de Dios,
»Pues ¿en qué manera de objeto goza de Dios el alma cuando está
atenta a él en la oración? Respóndese que el objeto es ignorancia infinita
de Dios, la cual por cuanto es ignorancia sin término, despide por todas las
partes altas y bajas y laterales de un lado y de otro todo cuanto se le ofrece
y ofrecérsele puede imaginable que no sea Dios, persuadiéndose que cosa
alguna que se le ofrezca, la cual pueda la imaginativa imaginar y la inteligencia comprender, no es Dios; y así queda nuestra mente toda desnuda de
todas las criaturas y toda revestida de ignorancia infinita de Dios, la cual
por ser ignorancia infinita, priva al alma de toda comprensión, así de toda
criatura como del Criador.
»A esta ignorancia llaman los contemplativos niebla, sobre la cual
sube el alma levantada y traída del rayo de la divina ignorancia, no para
que comprenda, mas para que conozca que Dios es suave: y así conoce por
gusto lo que no comprende por inteligencia; y cuanto a Dios menos
comprende y más ignora, más dulce le halla el alma. Los ojos del cuerpo
ven lo que tienen delante y no lo que tienen detrás; pero los ojos del alma,
como es espíritu, no sólo ven lo que tienen delante, pero lo que tienen
detrás y a un lado y a otro: y así el alma que está encerrada y metida en
Dios en aquel abismo infinito del ser increado de Dios goza y ve y conoce
a su Dios por todas partes, con aquella luz tan grande que allí Dios la
comunica para que le conozca y le goce, pero no le comprende, porque por
sí solo es comprendido. Y cuando el alma ha despedido de sí todas las
cosas comprensibles entonces se queda con Dios incomprensible: entonces
el alma goza de Dios a sus solas y con grande luz y gozo gusta de él, por
no haber más de Dios y ella entre los dos».50

50

Memorial, 12.

58

Tuvo luchas extraordinarias en la oración, cuales tal vez no se leen de
otros varones santos, y las vencía denodadamente sin desmayar ni aflojar
un punto de su exactitud y constancia en hacerla. Oigámoslo de sus labios.
«Mas le aconteció a esta persona, que le parece sería por espacio de
diez años que, habiendo tenido los años atrás, que serían como ocho o
diez, grande entrada en la oración, después se mudaron los tiempos de tal
suerte que en la oración de la mañana luego que se arrodillaba, sobrevenía
sobre ella una cierta manera de enfermedad muy grande e incógnita o
tentación que le daba gran trabajo: la cual era que todo su interior y
exterior del cuerpo venía, todo como en un punto, en empezando la
oración, a henchirse por de dentro y por de fuera en tan grande mal de
enfermedad y tormento y pesadumbre, que le apretaba tanto, que le parecía
que con un poco más se le acabara la vida. Pero quería Dios que viviese y
padeciese por su amor, estando así perseverando en la oración como podía
peleando y venciéndose. ¿Qué tal podía ser la tal oración tan peleada, pues
toda ella era cruz? Pues esta persona no era señora de sí, sino que todo se
le iba en padecer; lo cual le costaba gran trabajo, porque cuanto más
porfiaba y perseveraba, tanto más crecía en él el trabajo. Estando de
rodillas se dejaba caer en tierra de pura flaqueza y desmayo y allí se estaba
tendido casi muerto del tormento, del cual todo como de una sopa estaba
empapado en lo interior de las entrañas y en lo exterior de fuera; y así con
tan gran trabajo estando de rodillas, se dejaba caer en tierra de pura
flaqueza y desmayo, y allí se estaba tendido casi muerto porfiando como
podía hasta que se acababa la hora de la oración.
»Se levantaba y apenas sentía trabajo; antes, entre día, era muy
visitado de Dios fuera de la oración por su perseverancia con grandes
favores; y como si no hubiera pasado, así se hallaba ligero y pronto para
las cosas de virtud así interiores como exteriores... Pero después de pasado
este tiempo de tempestad, vino otro de bonanza en el cual era visitada en la
oración con grande elevación de Dios».51
De nuestro Padre San Ignacio, dice el P. Rivadeneira: «Cuanto a la
oración y meditación —no habiendo particular necesidad o tentaciones
molestas y peligrosas —tenía por más acertado que el hombre en todas las
cosas que hace procure hallar a Dios, que dar mucho tiempo junto a ella: y
este espíritu deseaba en los de la Compañía, y que no hallen —si es
posible — menos devoción en cualquier obra de caridad y obediencia que
51

Memorial, 37.

59

en la oración y meditación; pues siendo las obras tales, no puede dudar el
que las hace, que en hacerlas se conforma con la voluntad de Dios». 52 Esto
cumplió a la letra San Alonso. Aunque Dios se le llevaba toda el alma, no
era hombre inútil para los cargos exteriores, antes los cumplía todos con
grande perfección. Pero mayor era sin duda la perfección interior de estas
mismas obras, y esta perfección y aun aquella otra que se veía por defuera,
nacían como de su raíz de la facilidad y seguridad con que hallaba a Dios
en todas. Ya que no podía hacer siempre oración, como hubiera sido su
gusto, después de darle los tiempos que podía, convertía en oración todas
las cosas.
El medio que usaba para esto era andar siempre en la presencia de
Dios. En su memorial cuenta las devociones que tenía distribuidas entre
sus ocupaciones y añade: «Acabado esto, o que no pueda acabar, todo lo
demás del día que resta procura de andar en la presencia de Dios como está
un amigo con otro, lo cual es gran parte del día, andando y estando con su
Dios a solas sin discurso alguno: el cual modo es gran descanso no sólo al
espíritu sino también al cuerpo, porque el amor de los dos causa gran
presencia del ¿uñado, adonde negocia el alma lo que desea para gloria de
Dios: este es un modo que tiene de orar». 53 En una de las conferencias
espirituales que se tenían en la comunidad, un grande amigo de Alonso, el
P. Aguirre, propuso si era posible andar siempre en la presencia de Dios y
cómo podía esto alcanzarse. El P. Rector contestó que la continua
presencia de Dios más acomodada a nuestro presente estado era la de la
rectitud de intención, refiriendo a Dios todas las cosas; que otra más actual
de pensar siempre en Dios, más parecía de los bienaventurados. No se
contentó el P. Aguirre sin que preguntase el día siguiente a Alonso su
parecer, y éste contestó: «Decir que no se puede andar siempre en la
presencia de Dios será teniendo ojo a solas las fuerzas del hombre; mas
con el favor y gracia divina, digo que no solo es posible la continua
presencia de Dios, sino también fácil y suave». —«Vamos a la experiencia,
dijo el Padre. Dígame por su vida, Hermano: ¿anda siempre en la presencia
de Dios? ¿Cuánto tiempo cesará de tenerla en todo un día?» —Se paró un
poco Alonso, y como comunicaban tan íntimamente sus cosas él y el P.
Aguirre, le contestó con una blanda sonrisa: «paréceme que algún
Credo».54
52

Tratado del modo de gobierno, cap. 2, 4.
Memorial, 60.
54
P. Colin, Vida, fol. 18.
53

60

Explica en su MEMORIAL cómo esta presencia de Dios perfeccionaba
todas sus obras y la manera como la llevaba. «Esta presencia de Dios, dice,
trae consigo un particular conocimiento de Dios, y de esta compañía y
presencia de Dios tan continua nace un amor ardentísimo de Dios y unos
grandes deseos de entregarse toda el alma en su servicio, y una gran
limpieza del alma a imitación de los ángeles: porque hace advertir esta
presencia de Dios al alma, la cual trae cabe sí dentro de si, lo que ha de
hablar, pensar y obrar, para que vaya todo según Dios y para gloria suya, y
no de otra manera».55 «Se suele ejercitar esta persona en tres maneras de
presencia de Dios. La una por vía de memoria, con un cuidado grande de
no hacer cosa que desagrade a Dios, pareciéndola que siempre la está
mirando... La segunda presencia de Dios es por vía de entendimiento,
conociendo el alma sin discurso alguno — porque ya han pasado —cómo
Dios está dentro de su alma... Este sentir a Dios tan presente no es por vía
de imaginación, sino que es una certidumbre espiritual que la han dado,
sensible, que está Dios en el alma y en todo lugar. Esta presencia de Dios
se dice intelectual, y suele durar mucho... Y es tan grande el gusto que
Dios tiene en que andemos con él, que de que acontece que el alma por
justos respetos se olvida con algún negocio necesario algo, es cosa
maravillosa que, sin darse cato de ello, el alma siente a Dios presente
delante de sí, supliendo él la falta de ella; de lo cual se halla avergonzado
de ver el cuidado que tiene Dios de que no se aparte de él...
»La tercera presencia de Dios es por los grandes afectos que están en
ella de amor de Dios que ha ganado el alma del conocimiento de Dios de
la pasada presencia: la cual es de la manera de como un cuerpo, cuando
tiene una gran calentura, ya tiene y siente en si el gran calor de ella, pero
no sabe sino que la siente; así Dios, en cuanto Dios, siéntele el alma en sí y
en todas las cosas y criaturas, cuando Dios le da este sentimiento de sí y le
es de grande fruto; del cual Señor tiene certidumbre que está en ella, pero
no le ve: de manera que de que Dios es servido, da al alma este
sentimiento de sí, y certidumbre de su presencia, no solo en el alma y
cuerpo, pero también en todas las cosas, para que siempre le ande amando
y bendiciendo, no solo por vía de sentimiento, pero por vía de
conocimiento amoroso a su Dios». 56 «Más le aconteció que como él
andaba elevado en Dios tanto, por ventura porque no enfermase de ello —
de lo cual él sintió algo — el Superior le dijo que no anduviese en la
presencia de Dios, y él obedeciendo se ejercitó en hacerlo así; pero tanto
55
56

Memorial, 39.
Memorial, 40

61

cuanto él más huía de andar delante de Dios, mayor era la presencia de
Dios que Dios le comunicaba huyendo de él; y así andaban a porfía Dios y
esta persona, y así se dejó vencer de Dios: y así como a otros buscar asistir
el andar delante de Dios les cuesta trabajo, a esta persona le da descanso y
consuelo, no solo al alma, sino también al cuerpo cansado, y le es tan fácil,
como le es al que tiene buena vista ver una cosa que tiene delante de sí que
la ama mucho».57

57

Memorial, 132.

62

III
MORTIFICACIÓN

MORTIFICACIÓN CORPORAL. MORTIFICACIÓN
ESPIRITUAL. LA MÁS ALTA UNIÓN Y TRANSFORMACIÓN.
BEATI MORTUI. «JUEGOS DE DIOS CON EL ALMA».
«AVISOS PARA MUCHO MEDRAR».
Abramos otra vez el preciosísimo memorial de San Alonso:
«Ya, dice, que se ha tratado cómo le fue a esta persona con el
ejercicio de la oración... será bueno saber cómo le fue en el otro punto...
que es la gran mortificación.» Ya tenemos el elogio mayor que saben
pronunciar los labios de Alonso: «La gran mortificación». «Con las cuales
dos alas, continúa, oración y mortificación, y la gracia de Dios, vuela y
llega el alma al monte de la perfección».58 ¡Cuán altísima unión con Dios
nos ha descrito Alonso al tratar de la oración! Pues él sabe todavía otra
unión más perfecta, y es la de la mortificación. Tal vez en ningún místico
se encuentre este lenguaje tan levantado para hablar de la mortificación. A
San Alonso se le habría de llamar el Doctor místico de la mortificación. No
hay autor que tenga el timbre de estilo que usa en este asunto predilecto.
Hay que entroncarlo directamente con San Pablo y con el evangelio. Pocas
veces se habrá cumplido más a la letra la palabra de Cristo: Abscondisti
haec a sapientibus et prudentibus et revelasti ea parvulis.
Dos grandes órdenes de mortificación practicó en su vida y enseñó en
sus escritos: la corporal y la espiritual. De una y otra trataremos
brevemente, buscando más bien el espíritu que le animaba, que los
ejemplos minuciosos que nos dejó. Esto sería casi infinito; lo otro será
indudablemente más provechoso y también más verdaderamente
representativo.
58

Memorial, 18.

63

El primer «ejercicio» —ésta es la palabra que usa para indicar los
diversos órdenes de mortificación — es «no tener cuidado de su cuerpo».
Eres religioso, se decía, ya has dejado el cuidado de tus cosas al superior y
a Dios: pues después de representar según regla tus necesidades, «no
tengas más cuenta de la carne que se tiene de un cuerpo muerto». «El
blanco donde hemos de mirar y caminar, dice, es el espíritu... ¡Ay, Dios
mío! que el amor de la carne y bien me quiero so color de virtud nos ciega
y enloquece de tal manera, que no caemos en la cuenta cómo nos
engañan».59
Pero pasó mucho más allá de este abandono de su cuerpo, y trató de
mortificarle y atormentarle positivamente. Parece que no se puede llegar a
más en este punto.
En la cuenta de su mortificación corporal entran en primer lugar las
penitencias que hacía. Desde el principio de su conversión fue muy
aficionado a ellas, tanto que fueron parte no pequeña para debilitar su
salud y sus fuerzas. Entrado en la Compañía, le impuso el superior, para
moderarle, que le hiciese una lista de sus penitencias y cada mes renovase
el permiso para hacerlas. Como nadie le levantó después esta obediencia,
fue fidelísimo hasta su muerte en ir cada mes al superior con su lista, y si
por enfermedad no podía hacerlo personalmente, no se olvidaba de enviar
al enfermero que en su nombre renovase el permiso.
Ya que no se le concedía todo lo que deseaban sus ansias de
mortificación, lo suplía con la intensidad. Tanto el enfermero como otros
que tuvieron ocasión de advertir la violencia con que tomaba sus
disciplinas, se creyeron obligados a dar cuenta de ello a los superiores.
Ayunaba las vigilias de las fiestas de Nuestra Señora y de otras
solemnidades; pero ya que con esto no quedaban satisfechos sus anhelos,
hallaba medios para mortificarse en la mesa. Solía dejar lo mejor de lo que
le presentaban, nunca aliñaba los manjares y aprovechaba ávidamente las
ocasiones que se le ofrecían de comer cosas desabridas. Nos cuenta él
mismo ciertos detalles y con frases tan gráficas, que sólo las puede sufrir
un cuerpo como el suyo condenado al martirio por una voluntad
diamantina.
Las cosas más menudas las tenía reducidas a leyes estrechísimas. No
olía flores, no se arrimaba al sentarse, entre dos cosas o en la manera de
hacerlas, escogió siempre la más trabajosa, su vestido era siempre el más
pobre, saboreaba las medicinas amargas, se quitaba los más inocentes
59

Memorial, 22.

64

placeres de la vista, no se defendía del frío o del calor ni apartaba las
moscas que le molestaban: en suma, trataba a su cuerpo como a un
verdadero enemigo, le sentía odio por ser instrumento del pecado, y había
llegado hasta asquearse físicamente de sí mismo con hedor que sentía
«como de perro muerto».
El segundo «ejercicio» es de mortificación espiritual, más alta y más
amarga también que la mortificación del cuerpo, y consistía «en vencer
todas las cosas adversas y contrarias que le venían, desterrando de su
corazón todas las cosas que le daban pena y tristeza y la inquietaban por no
estar mortificadas, y toda displicencia que le venía contra alguno que la
hubiese hecho algún agravio.» La fórmula más concisa y más expresiva
que suele dar de este ejercicio es «tomar lo dulce por amargo y lo amargo
por dulce por amor de Dios, como se lo dijo a Santa Catalina de Sena».
«Y el modo que tenía, dice, era con la grande luz que Dios la había
dado para que viese y conociese cómo todos los trabajos que nos vienen,
vienen de la mano de Dios, para recibirlos de su mano, y no de las
criaturas. Y era de esta manera: que la tribulación y al que se la daba, que
era el prójimo, los ponía delante de Dios, en medio de Dios y esta persona,
y allí lo recibía de su mano bendita, y se lo agradecía mucho a Dios que le
enviaba aquel trabajo. Y puestos los ojos en Dios, decía: «Señor, amaros
he más y más por la merced tan grande que me hacéis en darme algo en
que padezca algo per amor de Vos» . Y viniendo a lo del prójimo, le
agradecía el trabajo que le daba con la persecución, aunque él era
instrumento de Dios, y decía a Dios: «Señor, amarle he más y más por la
merced que me hace tan grande en darme que padezca algo por Vos». 60
Los que han leído las obras espirituales de San Alonso, saben ya de
memoria estas fórmulas y otras semejantes. Se repiten con una frecuencia
que parece excesiva al que no siente su corazón enamorado del padecer:
pero al Santo siempre le sabían a poco, porque nunca le parecía haber
expresado bastante el amor de su corazón, o haber dicho toda la gloria que
veía él en padecer por Cristo.
En la declaración del adeveniat regnum tuum dice que hay «cuatro
reinos y paraísos que el alma ha de pedir a Dios... El primer reino es el de
la gracia y amistad de Dios, cosa tan preciosa. El segundo es el de la gran
paz del clima. El tercero es el de la contemplación y unión del alma con su
Dios. El cuarto reino es el de la gloria, gozando Dios en clara visión en el
60

Memorial, 24.

65

cielo. En los cuales cuatro reinos y paraísos entran las cuatro divinas paces
y tranquilidades del alma».61 Va luego declarando en muchos capítulos
estos reinos y paraísos con los medios que hay para alcanzarlos. Todo ello
es un tratado de mortificación, porque él no sabe otro camino para
lograrlos, y hasta cuando llega a la gloria del cielo, va colocando a los
justos entre los nueve coros de los ángeles según los trabajos que han
padecido por Cristo.
Escribe un tratado De la unión y transformación del alma en Cristo,
Empieza por decir que hay una «primera» y otra «segunda» unión del alma
con Dios.
La primera es «con el grande y abrasado amor con que se aman, pide
el uno al otro todo lo que tiene y todo lo que es, y da el uno al otro todo lo
que tiene y todo lo que es».62 Y aquí se derrama en doctrina de la más alta
mística, digna en un todo de San Juan de la Cruz. Después de esto, cuando
uno espera la segunda unión «más alta y más perfecta» —porque de la
primera dice que es «más baja, aunque muy alta»—, cuando uno espera
que esta segunda unión sólo puede ser la de la gloria, resulta que está en
«alcanzar grandes e inenarrables trabajos, por ser cosa tan alta, tragando y
bebiendo muchas purgas y hieles amargas de persecuciones de sus
enemigos por amor del amado». «Estas, dice, son las verdades del amor:
las otras, hasta que venga la prueba, no sé qué me diga de ello, porque no
siempre es oro lo que reluce, hasta que venga el toque y lo descubra y se
conozca cada cosa lo que es».63
Así va declarando en varios capítulos sucesivos esta «segunda unión
y transformación del alma en Cristo», hasta que caldeado su corazón, no
puede más, y cortando el hilo de los capítulos, estalla en este «Coloquio
del alma enamorada de Cristo en el mismo Cristo».
«¡Oh, mi dulcísimo Jesús, amores de mi alma y telas de mi corazón!
¿Quién, Señor, habrá que no quiera muy de buena gana padecer penas y
tormentos por tu amor, pues tú, por el mío, tantas pasaste, Dios mío? Oh
penas, ¿a dónde os habéis ido? que yo os espero para que hagáis morada
en mi corazón: porque yo con ellas me recreo, y me iré al corazón de mi
Jesús crucificado a hacer morada en él con ellas. Oh tormentos, ¿qué
hacéis que no venís sobre mí, que os aguardo los brazos abiertos, para
gozar de vosotros con mi Jesús atormentado? Oh deshonras, ¿por qué me
olvidáis, que yo no os olvido a vosotras, por lo mucho que os amo, para
61

Obras, II, p. 18.
Obras, II, p. 104.
63
Obras, II, p. 107.
62

66

verme con ellas abajado con mi Jesús y humillado? Oh millanares —
deforma aumentativamente esta palabra para darle más fuerza— Oh
millanares de muertes afrentosas, ¿cómo no venís sobre mí, pues tanto os
deseo continuo, para hacer sacrificio de mí a mi dulce Jesús?
»Venid, pues, todos los géneros de trabajos que en el mundo hay,
sobre mí, porque éste es mi consuelo, padecer por Jesús; esta es mi alegría,
seguir a mi Señor y consolarme con el consolador crucificado; este es mi
contento, este es mi deleite, vivir con Jesús, andar con Jesús, tratar con
Jesús; padecer con él y por él, éste es mi regalo.
»Por tanto, consuélenme todas las criaturas persiguiéndome, porque
este es mi consuelo. No haya quien se apiade de mí, para que más pura y
sin consuelo lleve la cruz con mi Señor desconsolado, para que viva y
acabe en cruz con él en compañía suya, y padeciendo acabe en su amor
muriendo por él. Amén».64
Satisfecho ya con este desahogo que le pedía su corazón, va
siguiendo la serie de capítulos de su tratado de unión y transformación por
este estilo:
«Capitulo X. Prosecución de la gran dicha que es el padecer por amor
de Dios.
Capítulo XI. Prosecución de los dichosos trabajos.
Capítulo XII. De cómo nos hemos de aborrecer.
Capítulo XIII. De algunos medios para que se determine el alma a
tomar lo amargo por dulce y lo dulce por amargo.
Capítulo XIV. De un ejercicio espiritual».
Y este ejercicio anunciado así, tan insinuante, es el siguiente:
«Acuérdome yo de una persona que se ejercitó mucho tiempo en
negarse y vencerse a sí mismo por amor de Dios; y era de esta manera:...
que se ponía delante de Dios y con actual amor amaba a su Dios, y con el
misma acto de amor amaba el trabajo presente, poniéndole entre Dios y
él».65
Esta doctrina de la doble unión del alma con Dios, por contemplación
y por mortificación, es esencial en el espíritu de San Alonso, así en el que
se desprende de sus escritos, como sobre todo en el que se respira en su
vida. Por esto no es sólo en sus obras teóricas dedicadas a los demás donde
64
65

Obras, II, p. 149.
Obras, II, p. 164.

67

se expone, sino también en su MEMORIAL que es la vida de su vida.
Acudamos a él otra vez con deseos de penetrar hasta la médula de su alma.
Oigámosle, y advirtamos que habla de sí mismo: «Es de notar que hay dos
géneros de unión del alma con Dios. En la oración, cuando se ejercita en
estar amando a Dios; pero no la llamaremos a ésta la más perfecta, por no
haber sido probada su perfección con el toque de la tribulación. Pero la que
se alcanza con la gracia de Dios con el ayuda de la oración en el tiempo de
la tribulación y prueba, por ser probada, llamaremos más perfecta; y esta
unión siempre crece en los trabajos, en el alma, si ella los vence, y así
crece en más perfección, y si no, no: y así hemos de estimar en más los
desconsuelos que los consuelos, lo adverso que lo próspero; y entonces le
va mejor, cuando le parece va peor, es a saber, cuando le vienen cosas
contrarias para vencerlas por Dios, y tiene ocasión para alcanzar más alta
santidad y perfección probada. No se ha de estimar la santidad por regalos
y consuelos, sino por padecer mucho por Dios venciendo con gran pelea
todos los vicios y pasiones que nos inquietan y desasosiegan y entristecen
el alma, hasta que sea señora de ellos y tenga verdadera paz; porque no
hay cosa más preciosa en la tierra que el amor atribulado de los justos que
se han vencido a sí mismos: esta es la mayor unión del alma con Dios y la
mayor victoria, vencerse uno a si mismo. Mortui estis et vita vestra
abscondita est in Christo».66
Mortui, repite a menudo, es decir, los mortificados, y a ellos aplica,
en forma casi de estribillo, una bienaventuranza tomada del Apocalipsis y
del Oficio de difuntos: beati mortui qui in Domino moriuntur; bienaventurados los muertos que mueren en el Señor.
Esta bienaventuranza de los mortificados y esta superior unión y
transformación con Dios que alcanzan en los trabajos, las declara Alonso
de una manera muy suya y de su estilo en un precioso tratadito que tituló
fuegos de Dios con el alma. Lo resumiremos brevemente, convidando a
todos que lo lean entero en sus Obras.
«Parece, dice, que anda Dios en este mundo jugando con sus criaturas
con el grande amor con que las ama: ludens in orbe terrarum.
»Con unas juega este Señor regalándolas en este mundo, dándolas
muchos regalos mundanos, como son hacienda mucha y ser muy honrados
y estimados, levantándolos a grande honra y dignidad, dándoles salud
corporal: ludens in orbe terrarum.

66

Memorial, 21.

68

«Estos son los que llama el mundo bienaventurados no siéndolo, sino
malaventurados: Vae vobis divitibas qui habetis consolationes vestras...
Estos tales se pueden comparar al grano de trigo que no muere; y como no
muere, está entero y no da fruto.
«Tiene Dios otras almas que dan gran fruto, y de éstas y de las
terceras que se dirá, se puede decir: qui perdiderit animam suam in hoc
mundo, in vitam aeternam custodit eam. Y este segundo modo de jugar de
Dios con las almas, es cuando el alma se convierte a su Dios y es
principiante y niña... Se ha Dios con ella ni más ni menos que se ha una
tierna madre con un su hijito de teta que le ama como a su vida; y es que
juega con él teniéndole en sus brazos; y el juego es que le da unos
bofetoncitos, y el niño luego hace pucheritos y llora, y la madre gusta
mucho de vérselos hacer en gran manera, y así juega con él, y luego para
acallarle, le abraza, y besa, y le da su pecho, y le llega a su rostro, y con
estas caricias calla».
Así, dice, Dios recrea a las almas al principio, y luego comienza con
ellas sus juegos de niños, «y es que las visita con algunos pequeños
trabajos, y ellas, como nuevas en el padecer, siéntenlo mucho y
entristécense y lloran amargamente, temiendo nos las haya Dios
desamparado y dejado, no sabiendo bien el lenguaje y condición de Dios,
que poco a poco visita las almas con algunos trabajos, para que con ellos
empiecen algo a ejercitarse en la virtud. Pero como el Señor las ve tan
tiernas en ella, acude luego, desde los bofetoncitos de niño y que hacían
con ellos pucheritos, acude como la madre a su hijo, con regalos tantos y
tan grandes, como conviene a la tal alma».
La tercera manera que tiene Dios de jugar con las almas, es con
«duros trabajos,... y es juego regalado, precioso y de grande valor y estima.
Y el juego es de esta manera:... que perdiendo en esta vida, según el uso
del mundo, gana ella.
«Pasa adelante el juego... Enviáis, Dios mío, al alma, jugando con
ella, muchos trabajos y persecuciones: perdiendo los regalos, gana la pena
y el premio.
«Pasa adelante el juego; y es que dicen mal de ella y la menosprecian,
y ella lo sufre callando por Dios. Pierde la carne y gana el espíritu.
»Pasa el juego adelante, y es que siendo el alma perseguida con
falsos testimonios tan duros de sufrir, perdiendo gana... Juega el alma en
este punto con Dios y Dios con ella, y entrambos ganan: Dios gana al
alma, y el alma gana a su Dios... El alma echa el resto con el juego, y Dios
69

también el suyo, y todo de amor. Y viene a tanto, que Dios gana el resto
del alma, porque el resto del alma es ella misma; y el alma perdiendo, es a
saber, entregándose a su Dios y por suya, ganó el resto a su Dios, el cual
resto es el mismo Dios. Dilectas meus mihi et ego illi. ¡Oh juego bendito!
No dirá Dios a estas almas, como a las regaladas: Vae vobis divitibus...,
sino venite, benedicti Patris mei».67
Hasta aquí el resumen de los Juegos de Dios con el alma, materia
muy grata a Alonso, como que uno de sus tópicos —digámoslo así —es el
del «alma niña y santa.» Sería no acabar si quisiéramos seguir punto por
punto toda su doctrina sobre la mortificación. Tiene dos largos tratados,
uno De la mortificación, otro De la tribulación,68 anchos y derramados
como el mar; y luego otros tratados que llevando nombres muy diferentes,
en el fondo van glosando siempre los mismos temas, del odio a sí mismo,
de la guerra al «bien me quiero», de los tesoros que hay en la tribulación,
del valor de los «dichosos trabajos».
Quien desee gozarse leyendo toda la doctrina de la mortificación
expuesta, no en teoría, sino de una manera pragmática y decretoria, lea en
las Obras de San Alonso dos escritos que llevan los siguientes títulos: el
primero, Avisos para mucho medrar. Estos son, Alonso, los avisos que has
de guardar para mucho medrar;69 el segundo, Avisos para imitar a Cristo.
Para ti Alonso.70 Estos subtítulos indican bien a las claras que se trata de
documentos vitales. En estos Avisos se encuentra toda la doctrina de la
mortificación reducida a cánones. Y para que se vea el estilo, ya que es
imposible copiarlos ni extractarlos por su mucha extensión, he ahí la
muestra: «Si quieres bien mirar, sácate los ojos no mirando». «Si quieres
bien hablar, córtate la lengua y hazte mudo». «Si quieres bien oír, hazte
sordo no escuchando nada sin necesidad». «Si quieres vivir bien, mátate a
ti mismo, esa saber, mortifícate continuo». «Si quieres ser bendito, desea
haber maldiciones y malos tratamientos y trabajos». «Si quieres bien y
perfectamente amar a Dios, ten odio a ti mismo, y sufre por amor de Dios
todos los trabajos que en esta vida te vengan».
Este corte de paradoja evangélica tienen los avisos de la primera
serie, bien explicada y puesta en su verdadero lugar. Los de la segunda son
más planos de forma, pero no de inferior espíritu y perfección. Unos y
otros son el autoretrato comentado y explicado por el mismo Alonso.
67

Obras, II, p. 222-232.
Obras, III.
69
Obras, I, p. 445.
70
Obras, I, p. 461.
68

70

IV
MISTERIO DE LAS PERFECTAS VIRTUDES

LAS LOCURAS DE LOS SANTOS. TEORÍA DEL «MISTERIO
DE LAS PERFECTAS VIRTUDES». APLICACIÓN A VARIAS
VIRTUDES. MANERAS COMO DIOS INSPIRA SUS ACTOS.
JUICIO DE LAS LOCURAS DE SAN ALONSO. GRAVE
TRIBULACIÓN QUE LE REVELÓ ESTE MISTERIO.
Sorprenderá no poco este título a quien no esté versado en la lectura
de las obras de San Alonso. Necesario será desarrollarlo con cuidado,
porque es uno de los puntos característicos de su doctrina, y más aún uno
de los caracteres de su santidad que hieren más vivamente en su vida.
Quien no llegue a penetrar este secreto o misterio, fácilmente tendrá a
Alonso por un Santo extravagante, y claro está que éste sería un
calificativo muy deprimente para la santidad. Si ésta es perfección y
perfección sobrenatural, ¿cómo puede faltarle la harmonía que es uno de
los elementos esenciales de toda humana perfección?
No obstante es cierto que en vida y después de su muerte cayó sobre
Alonso aquel triste mote. En vida le tacharon de imprudente en su
mortificación, de exagerada su fe en la dirección de la divina providencia,
de literal y necio en su obediencia. Sobre todo este último punto dio
mucho que hablar. Un día de gran fiesta no quiso abrir la puerta al Virrey
porque no era aún la hora señalada por el Superior; más de una vez se
estuvo horas y horas sin moverse de un sitio porque el Superior le había
dicho que esperase, y otras cosas a este jaez. No faltó quien dijo, y aun se
lo echaron en cara a él mismo, que esto era «obedecer a lo asno».
Después que le tenemos en los altares, cuando oímos que narradores
y platicantes ponderan estos actos de su vida como ejemplos de gran
perfección, precisamente por ser raros, sin pasar de la materialidad externa
71

de la obra para llegar a los motivos espirituales que le movían, causa una
impresión de desagrado, que, si por respeto al Santo no llega a formularse
en un dicho tan crudo y expresivo como el transcrito, no deja de apartar el
espíritu de la devoción y sobre todo de la imitación. Si añadimos que el
lenguaje que usa San Alonso en materia de trabajos y mortificación —que
son todos sus escritos— es de un realismo y dureza de expresión quizá no
igualado por otro alguno de los escritores ascéticos, nos explicaremos
perfectamente la tentación de algunos o muchos, de tenerle por tocado de
la manía de buscar lo arduo solamente por ser arduo.
Comprendió bien Alonso este concepto en que se le tenía, y aunque le
importaba bien poco el parecer humano, precisamente por serle contrario,
quiso en sus escritos dejar defendida su virtud, y dice en algún sitio que no
le hubiera importado disputar en este punto con el más letrado. Escribió,
pues, un tratado en trece capítulos titulado: De los misterios de las
perfectas virtudes en el ánima, donde dio una teoría clara, sólida y
convincente de la altísima perfección encerrada en ciertos actos de
santidad que a los más parecen locuras y despropósitos. En este tratado,
por rara excepción, no habla de sí mismo; pero tal vez es el que le retrata
más a lo vivo en los más íntimos secretos de su virtud.
No podríamos tolerar el triste calificativo de extravagantes aplicado a
ciertos hechos de la vida de nuestro Santo; tampoco necesita un benévolo
silencio que cubra este ángulo de su vida con el ropaje de tantas virtudes
heroicas. Creemos más bien que no se puede comprender ni explicar más
que superficialmente su santidad, sino penetrando ávidamente y a plena
luz en estos que él llama misterios, por lo ocultos que quedan al juicio de
la mayor parte. Daremos, pues, una síntesis lo más ceñida posible, con
toda fidelidad, y, en cuanto se pueda, literal, de este maravilloso tratado, y
luego lo aplicaremos a su autor, por más que la aplicación ya se irá
haciendo por sí misma.
Comienza diciendo qué entiende por virtud. «La virtud es una gracia
y comunicación de Dios allá en lo superior del alma; porque lo inferior
más sería consolación, y no siempre virtud sino don de consolación».71 No
trata, pues, de facilidades sensibles, sino de luz y fuerza espiritual: luz que
descubre altas perfecciones; fuerza que las emprende por arduas que sean a
todo sentido.
Sentada esta definición que nos da el espíritu y alma de la virtud, nos
dice lo que se parece por de fuera. «Puede uno venir a tener las virtudes en
71

Obras, III, p. 745.

72

tan alto grado de perfección, que el ejercicio de ellas en lo exterior, a quien
no lo entienda, parecerá locura y desatino y tentar a Dios: y cuanto ellas
son más altas, sólidas y perfectas, más el ejercicio de ellas agrada a Dios,
aunque a los hombres algunas veces desagrade, por no entender el misterio
de ellas, como Dios; pero el que las tiene, está bien seguro que agrada a
Dios en el tal ejercicio. Así en la gran paciencia y alegría con que sufre las
injurias y toda persecución, a todo callando y amando más entonces al
perseguidor, lo cual a algunos parecerá locura; en la gran seguridad que el
ánima tiene en Dios en todas sus necesidades así interiores como
exteriores, sin tener cuidado de sí, teniéndole solamente de contentar a
Dios, que parece desatino; en el gran gozo que el ánima tiene en ser
menospreciada humillándose siempre».72
«Esto obra la perfecta virtud; que el que la tiene, obra con ella
maravillas, y los que lo ven lo tienen por locura». Por donde se ve que lo
esencial es aquella luz y fuerza superior interna, «sin la cual —nota
sabiamente— podría pecar el que se atreviese a estas cosas». El alma que
llega a este misterio de perfección «es regida y gobernada por su amado»,
«va meneada por la voluntad divina»; «no se arroja ella a estas cosas; sino
que vienen por su peso y por la medida de la voluntad de Dios». Es decir:
como que se trata de actos de virtud extraordinarios, exige con toda razón
el Santo que se tenga una luz y fuerza sobrenatural interna, también
extraordinaria. Mas como los de fuera no ven esta norma superior que
dirige al alma, encuentran los actos que de ella nacen desacordados con las
acciones ordinarias de la gente virtuosa que no tiene aquella guía. Es lo
que suele decirse del que de lejos ve bailar a uno y no oye la música que le
guía, que todo ello le parecen meneos descompasados y locuras; mas el
que sigue el ritmo marcado por la música, lo encuentra maravillosamente
concertado. Así, pues, en estas obras misteriosas de la perfecta virtud, no
se pueden tomar los actos de fuera aislados, ni se los ha de comparar con
los comunes de los demás, sino que se ha de atender solamente a la luz
espiritual que ilumina a aquella alma, y enfocar aquellos actos
directamente a Dios. Esta luz especial y fuerza superior dice el Santo que
es un grado muy alto de amor a Dios. «Amar, dice, tan alta y
perfectamente y tener seso, no se compadece; sino hacer grandes y muchas
locuras a los ojos del mundo; pero a los ojos de Dios son obras altas y
divinas y heroicas, llenas de prudencia, sabiduría y discreción». 73 Puesto
esto, «se verá, dice el Santo, que cada virtud, cuando es de las sólidas y
72
73

Obras, III, p. 747.
Obras, III, p. 749.

73

perfectas, tiene allá dentro en lo más íntimo del alma un misterio
escondido, obrado por la misma caridad... el cual misterio es el último
grado de la perfección de aquella virtud». El amor llega a imperar en todas
las virtudes, e impera actos conformes a la fuerza extraordinaria del amor
imperante. Aunque, dice, más es Dios que el alma quien impera, es «todo
según Dios», «por traer Dios en ella sus manos entonces; y así ni se
arrepiente antes de la obra, ni en ella, ni después, por ser regida y
gobernada por su amado». «Esta tan gran caridad descubre al alma la
voluntad de Dios; y así no van las cosas, como dicen, a lumbre de pajas».
Son como milagros de virtudes, o misterios, como dice el Santo. Nadie se
echa a hacer milagros sin sentir en sí la fuerza superior de Dios; así nadie
se ha de arrojar a estos actos misteriosos de virtudes, sin sentir en sí la luz
y fuerza divina que da el amor de Dios. Pero así como haríamos mal en
tachar de imprudente al que con la virtud divina que siente en sí hace
milagros, así tampoco debemos motejar de imprudentes a los que obran
actos virtuosos movidos por una superior fuerza de amor. Serán actos que,
como los milagros, más serán admirables que imitables; pero no se pueden
condenar. Juzguémoslos desde el ánimo del Santo que los ejecuta, no
desde fuera; no cortemos la flor de su raíz, que se nos marchitaría en las
manos.
Otra altísima perfección reconoce, el Santo en estos misterios de las
perfectas virtudes, que es la humildad. Humildad interior, porque sienten
que aquello extraordinario no nace de ellos; humildad exterior, o mejor,
humillación exterior, porque los demás los tienen por locos. «De
condición, dice Alonso, que nacen de la humildad, y súbelas a la cumbre
de la perfección la caridad: la una es fundamento sobre do se edifica el
edificio espiritual, que es la humildad; y la otra, que es la caridad,
perfecciona el edificio».74
Trae Alonso muchos ejemplos de estos actos misteriosos tomados de
las vidas de los Santos, los cuales fueron tenidos por locuras, «adonde,
añade, pierden los estribos muchas veces aun los siervos de Dios, como se
vio en Santo Domingo con San Francisco, teniendo por imprudencia el no
buscar ni querer que ninguno buscase algo de comer para tantos millares
de frailes; y al fin después se halló corrido de su juicio, viendo como Dios
le proveyó tan copiosamente».75

74
75

Obras, III, p. 751.
Obras, III, p. 752.

74

Puesta la doctrina general, baja en particular a explicar el misterio de
cada virtud perfecta.
Empieza por la paciencia. «El misterio de la perfecta pudenda, dice,
es que allá dentro del alma, cuando es perfecta la caridad, con todo lo
adverso se goza; es tan señora de las adversidades, que de nada se turba ni
se inquieta, antes gusta de toda persecución, y es señora de todas las
adversidades y no esclava, por señorearlas a ellas, y no las adversidades al
alma; no se indigna con los que la persiguen, antes los ama más». 76 El
misterio de la perfecta humildad consiste en ser el alma tanto más vil,
hedionda y aborrecible delante de sí misma, cuanto más sube en el
conocimiento y amor de Dios. Porque aquella luz divina le manifiesta
juntamente dos cosas: la perfección infinita de su Señor que es toda
bondad y el que es, y la abominación de sí misma que es todo pecado y la
que no es. Cuanto más crece la luz de Dios, tanto conoce más vivamente
su miseria, y cuanto más se enamora de Dios, más se asquea de sí, hasta
hederse como perro muerto. «Así el misterio de esta virtud está en lo que
dentro del alma obran estas dos cosas o puntos que se han dicho, de los
cuales salen los efectos de la verdadera humildad de corazón, los cuales
obran gozo y alegría en el alma cuando es menospreciada, escupida,
hollada, pisada como el vil lodo de las plazas; que digan mal de ella, que la
tengan por mala como ella conoce ser y gusta de ser tenida por los
hombres por vil».77 «Por esta luz conoce su no ser y que Dios es el que es;
por lo cual está desengañada que por sí no sabe ni puede nada, sino Dios;
nada hace bueno, sino Dios; teniéndolo, no tiene ser propio sino el que le
da el ser que tiene; y si tiene o sabe o hace algo de estas cosas, es por Dios
que lo obra con ella tomándola por instrumento».78
«El misterio de la obediencia es la caridad y amor de Dios, con el
cual amor ve y conoce que Dios es el que manda, y el grande amor que le
tiene, y la fe que tiene, que Dios se la manda, la hace que reciba gozo y
alegría en las cosas, y por difíciles y peligrosas que sean, se le hace todo
fácil con el amor y la fe». No ve al hombre, no piensa la dificultad o imposibilidad de las cosas, «no discurre, ni hay para que; pero obedece a
ciegas como hizo Abraham»; «será tenido por loco, bobo, tonto,
imprudente y necio, y él a todo calla». «Cuando los siervos de Dios se
determinan a estas cosas tan difíciles y peligrosas, no van a lumbre de
pajas, ni son tan bobos y tan inconsiderados que se atreverían a cosas tales
76

Obras, III, p. 753.
Obras, III, p. 76).
7877
Obras. III, p. 765.
77

75

si no tuvieran prendas de Dios para ello tan a su salvo». «Y la gran quietud
del corazón en cosas tan grandes y peligrosas es el misterio que obra la
perfecta caridad».79
Habla de otras virtudes y pasa finalmente a la suprema virtud de la
caridad.
De ella dice que «es la vida del alma», y por tanto es también la que
eleva todas las otras virtudes al misterio de su perfección. Es inseparable
de la humildad en este oficio: la caridad «levanta el alma y liga y ata y une
con Dios, y la humildad sustenta el alma que está levantada, porque no
caiga de la misma caridad y amor de Dios ni de las demás virtudes». Su
misterio, ya no lo es así simplemente, sino grande misterio.
«Pues el misterio grande de la hermosa caridad, si en alguna manera
se pudiese decir y penetrar algo por su grande grandeza, será que el alma
siempre vive en Dios y no se puede hallar sin él. El misterio será que el
alma con abrasado amor descansa en su santa voluntad; y la perfección de
este descansar es el misterio. No tiene ansia de cosa de esta vida, porque
todo lo tiene; no tiene otro cuidado sino de contentar a su Dios; el descanso en la voluntad de Dios es la suma paz a que el alma puede venir en
esta vida; y esta es la perfecta unión del alma con Dios. A quien Dios le
hace esta merced, mejor lo sabrá gustar que contar, porque aunque es breve
en palabras, es un abismo de alcanzar y entender y penetrar, aunque parece
claro en el modo de hablar».80
Dada esta doctrina sobre «el misterio de las perfectas virtudes», en el
último capítulo de su tratado habla «de algunos modos que usa Dios con
las almas para esas cosas grandes».
«Uno de los modos es el de la hermosa humildad y temor esforzado,
es a saber, que cuando Dios quiere obrar con el instrumento del alma
algunas cosas grandes fuera de la vida común, obra allá dentro en ella una
como fuerza para que haga aquella cosa grande que él quiere, de tal
manera, que al alma le parece que no tiene fuerzas ni poder para poderle
resistir, aunque el alma con su humildad tema y lo resista».
«El otro modo es que allá dentro, en la parte superior del alma, Dios
las asegura, que en lo que quiere hacer van bien y que agradan a Dios por
fiarse de verdad de su Dios. Es de notar que no basta que el alma tenga
seguridad en la parte inferior, la cual muchas veces o siempre es tentación
del demonio, sino la verdadera seguridad que en el alma obra la perfecta
79
80

Obras, III, p. 770.
Obras, III, p. 783-786.

76

caridad en la parte superior, allá en lo profundo del alma. Aquí estancan
aún muchos de los más estirados en espíritu y no hallan pie. Es menester
mucho que el alma conozca cuando es la seguridad de la parte inferior,
porque no sea engañada tomando uno por otro».81
Por donde se ve que en cada caso particular de estos actos misteriosos
y extraordinarios acude Dios al alma con una luz y fuerza interior que la
rige y asegura sin poder dudar, como si Dios fuera el alma que mueve, y el
hombre el cuerpo que ejecuta. Bien claro ve el alma que aquello
desconcierta a los demás y choca con el común proceder: «ve, dice Alonso,
no solo lo presente, pero lo porvenir que de aquella obra grande ha de
suceder, desde lo menor hasta lo mayor; por lo cual vive en gran sosiego, y
en lo porvenir como si fuese ya hecho y pasado».82
Vengamos ahora por fin a formar juicio de los actos extraordinarios
de virtud que se veían en San Alonso. Raros eran de verdad en la corteza
interior, y por esto no se pueden proponer como norma y ejemplo de los
demás, ni para esto los quería Dios, ni tampoco el mismo Alonso pensaba
que los otros hubiesen de proceder como él en aquel punto. Pero entremos
en el misterio, en el espíritu divino oculto que mueve todo aquello, para
alcanzar la perfección suma de las virtudes, imperada por una caridad
altísima de Dios, y veremos que son maravillas de santidad.
Proporcionalmente se puede decir de estos actos de santidad lo que San
Pablo de Cristo crucificado: judeis quidem scandalum, gentibus autem
stultitiam, ipsis quidem vocatis judeis atque graecis Christum Dei virtutem
et Dei sapientiam; quia quod stultum est Dei sapientius est hominibus, et
quod infirmum est Dei fortius est hominibus.83
No tenía Alonso dificultad en confesar que era necio su proceder
delante del criterio de los demás. Un día que el P. Rector le pedía cuentas
de una obediencia demasiado literal, respondió: «soy un bobillo y un necio
y la misma nada». Pero luego se fue a Dios a consultarle, y dice que Dios
«le plantó y afijó en su alma y corazón esta gran virtud como con sello con
tanta fuerza afijada, como si no tuviera en sí poder para poder hacer otra
cosa sino obedecer, aunque todo el mundo se lo contradijera».84 Quien no
tenga seguridad interna, ya nos ha dicho muy sabiamente al principio que
no debe entrar por este camino, y hasta podría pecar.
81

Obras, III, p. 789-790.
Obras, III, p. 790.
83
I. Cor. 1, 23.
84
Memorial, 196.
82

77

No hay duda que el criterio que, nos da Alonso en este punto es muy
subjetivo y por lo tanto expuesto a ilusiones. Pero ¿qué camino alto
espiritual encontraremos que no corra este peligro? ¿Qué más se puede
hacer que poner todos los medios que están a nuestro alcance para no errar,
y luego fiar de la santa providencia que, si a todo se extiende, aquí ha de
hacer maravillas de amor con las almas más queridas que por amor suyo se
lanzan a tan grandes sacrificios de virtud? No imitemos aquello a que no
somos llamados, pero no neguemos la santidad que está por encima de
nuestras cabezas.
Quien lea atentamente en Alonso la explicación que hemos esbozado
del misterio de las perfectas virtudes; quien no pare solamente en la
corteza de actos que por de fuera parecen rarezas, imprudencias y locuras,
sino que llegue hasta el espíritu interior de donde nacen aquellos actos;
creo no podrá negar que estuvo muy acertado el Santo en llamar a estas
virtudes, perfectas, y misterio, al estado oculto en que viven dentro del
alma, manifestándose en lo de fuera con actos tan desproporcionados a su
altísima perfección interior. Esto fue Alonso.
Para terminar este asunto, narremos una de las ocasiones que más
contribuyó a ilustrar su alma con esta doctrina tan alta y a fortalecer su
corazón en practicarla.
El día 2 de Agosto de 1610 llegaba a Mallorca el nuevo Provincial P.
José de Villegas. Duraba todavía la conmoción causada en los espíritus por
el suceso de la famosa «navegación de oro» de que hablaremos después; y
sea que él participase algo de la turbación, sea que juzgase prudente limitar
el aprecio que se hacía en Palma de los escritos del santo Hermano, sea
finalmente que quisiese probar de manera sólida su virtud, dio a Alonso
una pública humillación, y añadió que en adelante le prohibía poner la
pluma en nuevos escritos, y que le presentase en su aposento todos los que
tenía.
Rudo fue el golpe más de lo que se puede pensar, y aún más de lo que
Alonso pudiera presumir en su espíritu tantas y tantas veces como hacía
ejercicio interior de tragar repugnancias, como nos cuenta en sus escritos.
Obedeció perfectamente, pero sintió profunda herida. No fue su honra
lastimada la que le causó aquella pena interior—exteriormente fue la
edificación de toda la comunidad con grande ejemplo—, sino algo de
apariencias puramente espirituales y de grande gloria de Dios. Era
evidente el bien espiritual que en muchas almas hacían sus escritos;
78

¿cómo, pues, podía ser voluntad de Dios el abandono de tanto bien logrado
por medios tan santos? ¿Qué contradicción o qué misterio era éste?
Para agravar más el conflicto «permitió Dios que fuese tentado de
Satanás con los juicios divinos, trayéndole al retortero cómo o por qué
Dios permitía o quería tales cosas, y que unos se salvan y otros se
condenan, pudiendo hacer que todos se salvasen». 85 Acudió el divino
Maestro a solucionar de raíz todas las dudas y angustias enseñándole el
misterio de la perfecta resignación de la propia voluntad en la de Dios.
Oigámosle.
«Estando sentado el P. Provincial en la iglesia para hacernos una
plática, estando todos sentados antes que empezase, estando descuidado de
tal cosa, súbitamente vino sobre él uno como rayo o relámpago que le hirió
en el corazón, y esta herida era de la voluntad divina. Entendió esta
persona que era la voluntad de Dios que esta tan grande cosa de que el
corazón es sello de la voluntad de Dios y que en él no se halla otra cosa
para sí ni para otro, quería Dios que la alcanzase con el ejercicio interior
del alma delante de Dios, mortificándose su voluntad: y el modo que había
de tener era entregarse toda del todo a la divina voluntad».86
Dice uno que se hallaba presente, el P. Colín; «fue la visión espiritual;
con todo eso le causó una alteración y mudanza exterior tan particular, que
la notamos todos los que estábamos presentes, y me parece no estaba muy
lejos de prorrumpir en voces. De esta vez quedó como endiosado y sellado
con el sello de la divina voluntad sin tener otro querer y voluntad que la de
Dios, que es el punto más levantado de la vida unitiva». 87 Andando Alonso
así «endiosado y sellado con el sello de la divina voluntad», ayudaba un
día la misa del P. Rector y encomendaba a Dios este asunto tan espiritual.
«Fue, dice el mismo, tan visitado sobre este negocio, que le hablaba
interiormente con grande encarecimiento el gran valor de esta entrega del
alma a su Dios, en lo cual consiste la cumbre de la perfección: y como es
cosa tan grande, la dificultad y el trabajo es grande, para lo cual se ofrecía
de ayudarle, y que jamás le olvidaría, animándole a ello. Y viendo esta
visita y enseñanza tan grande, le causó uno como miedo y encogimiento de
profunda humildad, que le duró días y le dura, de miedo no haya aquí
alguna ilusión escondida; porque cuanto la cosa es más alta, hay más peligro escondido de soberbia... Y así un día acudió, como suele, a la Virgen
85

Memorial 160.
Memorial 160.
87
Vida, lib. I, fol. 112.
86

79

sobre este caso, y la respuesta fue, diciéndole: «donde yo estoy no hay que
temer; que tengo cuidado de ti, y haz lo que te ha dicho».88
He aquí como describe él mismo la substancia de esta «entrega del
alma a su Dios», de este «endiosamiento». «Es un entregamiento de toda el
alma con los actos de la voluntad en las manos de Dios; un darse toda a su
Dios; un dejar ya de ser suya y ser toda de Dios; un no vivir ya ella, sino
su dueño en ella, que es Dios; un ser ya hacienda de Dios y no de ella. Esto
es estar el alma resignada, no ser ya suya, ni buscarse a sí, sino de su Dios:
y así él hace de ella como de hacienda propia sin ella contradecírselo; no
vive ella, sino Dios en ella; y así está ya muerta a sí misma y a todas las
cosas y vive a solo Dios; y todo por estar ya desnuda de todo amor propio
y llena del amor de Dios que la hace salir de sí y entregarse y darse toda a
su Dios».89
Y el misterio de esta resignación y entrega dice que es la «paz que
sobrepuja todo sentido». «Es un cumplido reposo, y una holganza
espiritual, y un silencio interior, un sueño reposado en el pecho del Señor:
no hay seso humano que baste a comprender lo que es, sino aquel que lo
ha probado. Y esto se da a quien varonilmente se vence e imita y sigue al
Hijo de Dios. Este es el reino del cielo en la tierra y el paraíso de deleites
de que podemos gozar en este destierro».90
¡Qué grandes misterios de virtud se encerraban dentro de un acto de
«obediencia a lo asno»!

88

Memorial, 160.
Obras, II, p. 727.
90
Obras, III, p. 774.
89

80

V
LAS GRANDES TENTACIONES

LAS REVELACIONES Y EL AGUIJÓN. TENTACIONES
COMUNES Y MEDIANAS. TENTACIONES SUPREMAS.
MÁRTIRES DE AMOR. «DONDE ESTOY YO NO HAY QUE
TEMER».
La tentación, que es ley ordinaria de la vida cristiana, se convierte en
gran tentación cuando se trata de almas muy privilegiadas. No es que en
ellas haya más materia de purificación, sino que ésta ha de ser más
perfecta. También son llamadas a más altos méritos, y por esto se les
ofrece más copiosa mies que cosechar. Finalmente la tribulación es
condición esencial de los predestinados, para ser conformes a la imagen de
Jesucristo; y como estas grandes almas han de subir a más íntima
transformación con Jesús, han de atravesar también más dificultosos
caminos.
Ne altitudo revelationum extollat me, dice San Pablo, datus est mihi
stimulus carnis meae qui me colaficei. Para que no me levante con la
alteza de mis revelaciones, sufro ese aguijón de mi carne que me abofetea.
San Alonso Rodríguez podía aplicarse bien este texto, tanto por la alteza
de las revelaciones que había de gozar, como por la dureza del aguijón que
sufría. De éste vamos a tratar en este capítulo, dejando para el siguiente
sus gracias extraordinarias.
En el gracioso y altísimo tratado de los Juegos de Dios con el alma
escribe Alonso de sí mismo: «Acuérdome yo de una persona que Dios la
llevaba por este camino de trabajos, que eran tan grandes, cuales, de la
materia que eran, creo de los mayores que en esta vida se han pasado ni
pasarán».91
91

Obras, 11, p. 229.

81

En su MEMORIAL se nota el mismo sentido de ponderación. «Dios dio
licencia a los demonios para que a esta persona la tentasen y afligiesen,
que sería como por espacio de siete años:92 las cuales guerras y tentaciones
deshonestas fueron tan grandes, horrendas y peligrosas, que no hay modo
entero para declararlo. Porque no fueron de las comunes ni medianas, sino
de las supremas, con las cuales los demonios del infierno echan su resto
todo, a tanto que muchas veces llegaba el hombre con la grandeza del
trabajo, que pensaba morir del todo, si en este punto Dios no les quitara la
licencia de pasar adelante».93
Por esta introducción ya sabemos que la prueba principal fue en
materia deshonesta, que fue por obra directa del demonio, y que llegó al
punto supremo de lo extraordinario. Veamos ahora su desarrollo.
Le previno antes el Señor «comunicándola grandes consuelos, como
quien la previene para cosas muy duras, aunque ella por entonces no lo
entiende hasta después».94 Y la principal de todas las gracias, la que todas
las encierra, es el gran don de oración que el Señor le comunicó ya desde
el principio, y aumentó hasta un grado muy perfecto en el tiempo de su
noviciado y después de sus primeros votos.
Algún tiempo después de éstos notó un cambio total en su espíritu.
Despertaron súbitamente todos los recuerdos de su vida, se creó en su
interior como una niebla de sensualidad que invadía su imaginación y
demás facultades sensitivas, y causaba en la región espiritual grande
perturbación y temores muy angustiosos. Hasta aquí nada extraordinario;
eran lo que él ha llamado tentaciones comunes o medianas. Con todo la
pena era grande por el contraste con lo pasado, por la delicadeza de la
materia, por el temor de si no era él para vida de ángel.
Se agravó esta pena con otra no menor, y fue aquella enfermedad
misteriosa que le derribaba por los suelos en cuanto entraba en la oración,
atormentándole con los más acerbos dolores, y que cesaba súbitamente en
cuanto la oración terminaba. Esto era, dentro de la estrategia espiritual,
cortarle las comunicaciones por donde debía nutrirse su vida. Este cerco
espiritual fue largo tanto como las tentaciones, pues nos dice Alonso que le
duró como ocho o diez años. Valga que el buen Dios suplía entre día con
súbitas iluminaciones lo que le faltaba de la oración.
92

Después de los votos del bienio y antes de la Incorporación entre 1573 y 1585.
Memorial, 18.
94
Obras, III, p. 438.
93

82

A este primer período de sus tentaciones parece que ha de referirse
también el delicado favor de la Virgen Santísima de querer enjugarle el
sudor de su frente, y que ha pasado a ser típico en las pinturas de San
Alonso. Oigamos cómo nos lo cuenta él mismo en su MEMORIAL.95
«Yendo un Padre a decir misa al castillo de Bellver de Mallorca, y creo
que era para confesar y comulgar a una señora que allí estaba que era muy
devota —porque allí hay capilla, —iba con él esta persona, y como el
camino es largo y de cuesta algo trabajosa, y solía ir en tiempos de grandes
calores, estando descuidado de este suceso, súbitamente le pareció y sintió
como vino Nuestra Señora a aliviarle el cansancio, y con un lienzo que
traía le estaba limpiando el sudor del rostro.»
Entremos en el segundo período de esta prueba. Las imaginaciones se
hicieron más vivas, los sentimientos sensuales mucho más intensos, sin
hallar paz de día ni de noche, ni lograr consuelo de sus superiores y padres
espirituales a quienes humildemente se declaraba. A esto se agregaron los
escrúpulos: temores de haber ofendido a Dios en la tentación; temores que
renacieron de no tener tampoco perdonados los pecados de su vida pasada.
Nos dice Alonso que lloraba y «oraba a su Dios con unos muy
espesos gemidos», «con grandes clamores,» «con gemidos inenarrables
interiores del alma,» «anegado y escondido en alta oración en el abismo
infinito de su Dios.» Entonces Dios le consoló. «Y fue que metida en este
fervor de oración tan grande con su Dios, oyó una voz en alto, clara, que le
decía: «tus pecados te son perdonados»; y esto fue por tres veces, en alto,
una tras otra: y fueron de tanta virtud en el alma estas tres voces y buenas
nuevas, que súbitamente se le quitó toda la tristeza y aflicción y angustia
que tenía, y fue mudada súbitamente como en otra, y así fue llena de tan
grande consuelo súbitamente, cual jamás había tenido». 96 Esta visita de
Dios nos dice que le duró ocho días.
Entramos ya en el tercer período, que Alonso llamó de las tentaciones
«supremas.» No fueron ya recuerdos de lo pasado o formas de
imaginación, las que le combatieron, sino formas corpóreas que atacaron
directamente todos sus sentidos exteriores. Era, dice el Santo, «al parecer,
como si para ella no hubiera Dios, sino demonios, rodeada de ellos,
viéndolos en diferentes figuras malas y maldiciéndola porque no consentía
con ellos. Aquí se veía en medio del lenguaje del infierno, oyendo de ellos

95
96

N. 81.
Memorial, 23.

83

blasfemias de Dios, que se veía casi muerta y ahogada, porque le apretaban
el pescuezo».97 1

97

Memorial, 18.

84

«Tuviera por grande dicha que los demonios le ahogaran, como
procuraban, mil veces antes que pasar tales trances y horrendos trabajos,
los cuales no puede saber sino el que mucho ama a Dios y sabe el peligro
tan grande de perderle... Quedaba tal, que los de fuera le llamaban el
extremaunciado, según quedaba y andaba en perpetuo martirio. Lo que le
valía mucho, y de lo que a los demonios les pesaba mucho, era de unos
actos vehementes que arrojaba, diciendo: «hasta el día del juicio pasaré
esto y más por amor de Dios y mi Señor Jesucristo»; a lo cual ellos me
maldecían, injuriaban y afrentaban de enojados y blasfemaban de Dios». 98
Al fin, dice Alonso, «la dejan, siendo ellos vencidos».
«Van a consultar en el infierno sobre este negocio. Porque desde acá
veía esta persona cómo en un seno del infierno lo consultaban un gran
número de demonios, y concluyeron en la consulta que a media noche le
salteasen... Y luego como se concertaron los malignos espíritus que
vendrían a media noche, los sintió venir a aquella hora con grande estruendo y alboroto. Unos la toman y otros la abrazan con malas figuras
para moverla a mal, sin poderse desviar de ellos. Aquí se veía consumida
de tristeza y casi muerta y ahogada de rabia que la tenían; aquí si quiere
buscar algún consuelo que la alivie, no le halla; llamando a Nuestra
Señora, no le halla; llamando a los Santos, no le halla; llamando al mismo
Dios, no le responde...
»Pero él, enseñado por Dios, rompía por los temores por contentar a
Dios, menospreciando a los demonios por la honra y gloria de Dios,
tragando las purgas tan amargas que le daban por no consentir a lo que
ellos querían. ¿A qué compararemos este trabajo que pasó esta persona?
¿A la muerte? Poco es por cierto, porque muchas muertes quisiera él pasar
cuando se veía acosado de los demonios, antes que verse en tan grandes
peligros de perder a Dios; porque muchas veces se halló para morir y
reventar por la grandeza del trabajo. Pero tomara por buen partido verse en
un fuego tan grande como una ciudad, y él en medio de él quemándose
vivo, y que toda la fuerza del fuego de todas las partes estuviese donde él
estaba, para que la pena fuese mayor». 99 Dios no le abandonaba. Alguna
vez después de noches y días de lucha le consolaba el Señor, «y llegaba a
tanto el consuelo interior del alma, que la carne flaca no podía sufrir en lo
de fuera la grande abundancia que de allá dentro salía: a tanto que algunas
veces eran tan grandes los consuelos, que daba voces y gemidos interiores
98
99

Obras, I, p. 691.
Memorial, 18.

85

a Dios, diciendo: «Señor, déjame que me muero». Y luego el Señor le oía;
a tanto que le parecía que, si el Señor no se ausentara entonces, muriera de
consuelo».100
El último acto de esta tragedia fue una de estas terribles noches, «que
siendo ellos tan continuos, y persiguiéndola, y ella con la gracia de Dios
peleando contra ellos, tomaron por remedio espantarla diciendo que la
habían de perseguir tanto, que no la dejarían espacio para dormir, de lo
cual ella moriría; pero como ella oyese esto, con el amor que tenía a su
Dios se determinó con todo su corazón de antes morir, aceptando el morir
de buena gana. Luego en este punto todas las furias infernales huyeron y la
dejaron libre. Como le aconteció a Santa Catalina de Sena con esta misma
tentación con los demonios, que propuso firmemente de sufrir aquellas
tentaciones con alegre corazón tanto cuanto plugiese al Señor. Entonces un
demonio, el más osado, la dijo: «Hasta la muerte nunca cesaremos de esta
batalla, si no consientes con lo que queremos». Ella respondió: «Yo penas
escogí, y por eso no me es difícil, mas me es muy deleitable sufrir estas
penas y otras mayores por el nombre de mi Salvador». Y luego dicho esto,
sin más detenimiento todo aquel ayuntamiento de demonios se fue
confuso. Y lo mismo aconteció a esta persona con aquel acto tan
vehemente que hizo de morir de buena gana antes que ofender a su
Dios».101
El año 1594, a instancias de su confesor el P. Bolicher, escribió
Alonso uno a manera de resumen de estos años de tentación, y lo tituló:
Mártires de amor; los otros, mártires de fe. En él dice: «En las tentaciones
ha sido más de doscientas veces mártir; porque por menos trabajo tuviera
serlo todas veces como los mártires, que serlo de los demonios, de los
cuales pasaba más trabajo, creo, que ellos de los gentiles, por más que
pasaran. Y ellos en ellos algunas veces eran recreados de Dios y después; y
éste no lo era hasta después de la victoria: porque como era tan grande el
amor que tenía a su Dios, y se le querían quitar con el pecado, padecía
martirios tales, cuales, creo, jamás se vieron mayores en el alma. Lo que
tuviera por grande dicha que los demonios le ahogaran, como lo
procuraban, mil veces antes que pasar tales trances y horrendos trabajos,
los cuales no puede saber sino el que mucho ama a Dios y sabe el peligro
tan grande de perderle; porque hasta aquí puede llegar el martirio, y más si
es de esta manera siete u ocho años.
100
101

Memorial, 18.
Memorial, 20.

86

»¿Qué cosa es martirio sino dar la vida y perderla por Cristo con
grandes tormentos y trabajos? Pues esta tal la ha dado por él, por no
ofenderle, con los más horrendos trabajos espirituales que no se pueden
pensar, más de doscientas veces. Porque peleando por Dios se ha visto
hasta el postrer punto de morir, sólo por no ofender a Dios; que si
condescendiera con los demonios, no fuera atormentada. Así yo creo que
uno de los mayores martirios que las almas enamoradas de Dios pasan es
este.
»Digo algo y poco de lo poco que se me acuerda, porque fue mucho
el trabajo, y en siete u ocho años que pasó este tan horrendo trabajo, cual
otro mayor, creo, no habrá pasado criatura espiritualmente. El modo como,
venciendo siempre, acabó esta tan reñida batalla en esta manera de
tentación, —aquí interrumpe Alonso su relación no sabiendo cómo decirlo,
y sólo escribe: «Venció Jesús en mí: al cual sea gloria y honra. Amén».102
Parece que alguna otra vez después de esto volvieron a atormentarle
los demonios. El año 1607, una noche que estaba enfermo, mientras hacía
grandes actos de aceptar su trabajo, le sobrevino gran desconsuelo y desamparo. Fue éste como precursor del enemigo, porque luego entró gran
tropel de feísimos demonios. Cargaban sobre su cuerpo como grandes
bestias, le golpeaban, le mordían, y sobre todo se burlaban de él con
grande escarnio: «¿En dónde está ahora tu María?» Se presentó luego la
dulcísima Señora —«mi María», como la llamaba Alonso —y disipó con
su vista aquella tempestad dejándole muy consolado.
«Lo peor de estos trabajos espirituales — escribe Alonso después de
contar sus martirios de amor —fue el tener ocho o diez años de escrúpulos,
los cuales atormentan el alma trayéndola toda ocupada en tristeza y
pena».103 Estos escrúpulos y los temores de ser despedido de la Compañía
que le duraron «pares de años», según hemos dicho en otro lugar, fueron
gran tentación y tormento para Alonso. «Más: —escribe en su MEMORIAL
—hablándole interiormente le decían que ya alcanzaría la perfección; y
como quien le amenazaba, le decía que después había de caer y escandalizar a todo el mundo, lo cual le causaba turbación y pena, y acogiéndose a
la Virgen, como el niño a su madre, sobre el caso, consolándole le decía:
«Donde yo estoy no hay que temer»,... asegurándole como madre a su
hijo».104
102

Obras, I, p. 691.
Obras, I, p. 693.
104
Memorial, 88.
103

87

VI
GRACIAS EXTRAORDINARIAS

GRACIAS DE SANTIDAD Y GRACIAS EXTERNAS. LA VIDA
DIVINA EN ALONSO. TEMOR Y AVERSIÓN A LOS FAVORES
EXTERNOS. REVELACIONES. PREDESTINACIÓN DE LOS DE
LA COMPAÑÍA. LA COMPAÑÍA Y LA INMACULADA
CONCEPCIÓN. LA «NAVEGACIÓN DE ORO».
El presente capítulo será de los más breves en esta vida de San
Alonso Rodríguez, no ciertamente porque no haya en ella materia
sobreabundante en que dilatarse, sino por esto mismo precisamente. No
cubramos al Santo con tantos ropajes sobrenaturales, que nos desaparezca
su verdadera figura; no hagamos de una vida de santidad maciza una
historia de curiosidades espirituales. Tampoco pretendemos estudiar en
propios términos sus estados místicos, porque esto es propio solamente de
la ciencia sagrada.
Con todo hay que hablar de sus gracias extraordinarias para descubrir
cuales fueron éstas, no confundiéndolas con otras de más ruido y
apariencia, y para estudiar su conducta en estos caminos, por la debilidad
humana tan peligrosos.
La vida espiritual tiene gracias, que, a pesar de ser sobrenaturales,
llamamos ordinarias, porque el Señor las concede benignísimamente a
todos; tales son la gracia y las virtudes. Tiene, además, otras gracias
sobrenaturales que llamamos extraordinarias, porque se conceden a muy
pocos entre los justos, y consisten esencialmente en una más alta y más
íntima unión del alma con Dios. Es un error muy ordinario entre los fieles,
creer que los sumos favores recibidos por los Santos, son visiones y
revelaciones de cosas y poder de hacer milagros. Estas no son gradas que
hagan santos, y de suyo podrían también hallarse fuera de la santidad,
88

aunque Dios no las concede ordinariamente sino dentro de ella. Las
grandes y verdaderamente extraordinarias gracias de los Santos están en lo
íntimo de su alma, y ellas son las que los santifican con aumentos
prodigiosos de gracia y de virtudes, con un superior conocimiento y amor,
con una unión con Dios, en fin, que les hace más divinos.
San Alonso rayó muy alto en estas gracias extraordinarias de
santidad. Él usa las palabras que puede y sabe para declararlo, en cosas en
que, como dice él mismo, no se puede hablar; pero no parece temerario
afirmar que llegó a los más altos estados de unión y transformación de que
nos hablan los místicos. Sentía vivísimamente la necesidad y el hambre de
todo Dios, como lo prueban aquellos como refranes que se repiten a cada
paso en sus escritos: «Señor, yo todo vuestro y Vos todo mío»; «cada uno
pide al otro todo lo que tiene y todo lo que es, y da al otro todo lo que tiene
y todo lo que es». Él sabe bien lo que es «callarse todos los discursos», «el
espíritu puro mental», «el estar a solas con su Dios», la presencia íntima de
Dios «allá dentro» en el alma, el abrazo inefable de los dos, el llegar a que
las acciones del alma ya no parezcan suyas sino acciones de Dios. Ver a
Dios: esta palabra que espanta a tantos teólogos, llega a sonar en sus
confidencias como algo indubitable para él.
Él ha pasado todos los caminos de esta tierra de promisión, así los
luminosos, como los tenebrosos con divinas nieblas y tinieblas. El ha
sufrido la más dolorosa purificación del sentido y del espíritu, y ha llegado
al despojo total de su entendimiento y voluntad, porque sabe que nada de
lo que se entiende ni siente es Dios. Recordemos aquel «rayo de la divina
ignorancia», y aquel misterioso epifonema: «así conoce por gusto lo que
no comprende por inteligencia.»
El odio mortal a sí mismo que llena toda su vida, no nace de un
espíritu pesimista o misántropo, sino de querer quitar estorbos y abrir
camino al amor de los amores. Por la margarita preciosa, que sabe bien
donde está escondida, lo vende todo, lo da todo, lo abandona todo:
desprecia al mundo, pisa su honra, hace guerra al «bien me quiero»,
refrena las más inocentes curiosidades, se niega el más ligero gusto,
sacrifica su propia vida, y ofrece continuamente la misma alma y salvación
eterna, si fuese necesaria, para el amor y gloria de Dios.
Alonso no tiene otra vida sino la vida de su alma, todo lo demás no
cuenta; y la vida toda de su alma es Dios. Poseer a Dios, transformarse en
Dios, hacerse una cosa con él, vivir en Dios y de Dios, es su alimento y su
89

respiración. Esto él lo busca y ama con alma y vida, por consuelos y
desolaciones, por visitas y tentaciones, por paz y por guerra, por la vida y
por la muerte. Esta absorción total en Dios no le inhabilita para las obras
exteriores a que se debe dedicar por su profesión, antes nadie hay tan
exacto y minucioso como él en un oficio como el de portero de un colegio,
que exige atención a mil cosas en cada momento. Había llegado al ideal
que nos propone San Ignacio de ver y amar a Dios en todas las cosas, y a
todas las cosas en él.
Se equivocaría lamentablemente quien pensase o dijese que en San
Alonso hay cosas más extraordinarias que ésta, o que ésta no es la gracia
de las gracias. Esta sí que la amaba él con todo su corazón, y quería cada
momento hacerla más intensa, y llegar a su total consumación. Ya lo
hemos dicho: esto era toda su vida. Lo demás que vulgarmente se llaman
gracias extraordinarias, como son dones milagrosos, profecías, visiones y
apariciones, poca cosa son en comparación de lo otro, y poco cuentan en la
historia de la santidad de Alonso.
Es necesario advertir que todas las gracias secundarias que acabamos
de enumerar, para Alonso eran una carga y motivo de continuos temores.
Este despego y temor es una de las pruebas que exigen todos los hombres
más experimentados en quien recibe de Dios favores de esta clase, para
tenerlos por seguros y de origen divino. Oigamos sobre esto a Alonso
después de una muy regalada visión de Jesucristo y la Virgen.
«Nunca de esto y de lo dicho arriba tuvo en su corazón elevación,
cuando le acontecía, pero vive siempre en temor y temblor temiendo no
sea engañado, y antes le dan pena estas cosas que no gozo; antes se
consolaría que todo se lo deshiciesen y con esto descansaría. Y si Dios le
diese a escoger, estaría muy consolado que no le llevase por este camino
tan peligroso, si ello hubiese de ser para mayor gloria de su Majestad y
más bien del alma, por los grandes peligros que hay en estas cosas; y así
pide a Dios que se lo quite porque le da pena de que le viene algo de estas
cosas de revelaciones, de temor que tiene no sea engañado y ofenda a su
Dios que tanto ama. Porque la santidad no está en tener visiones, ni en
tener consuelos, ni en tener don de profecía, ni en tener revelaciones, ni en
hacer milagros, porque todas estas cosas cuestan poco al alma, porque
Dios se lo da; pero la santidad le cuesta grandes trabajos de mortificación
y vencerse el alma con la gracia de Dios, para con pelea vencer los vicios y
pasiones; y así la santidad está en el amor de Dios y del prójimo, y en la
profunda humildad de corazón y paciencia y obediencia y resignación y en
90

la imitación de Cristo Nuestro Señor; y en esto no hay peligro como en eso
otro».105
Tal era la aversión que sentía a estas cosas, que llegó a luchar entre
dos temores: el de ser desagradecido y el de ser engañado. Volvamos al
MEMORIAL.
«Nunca deseó cosa de las que le venían, por santas que se mostrasen,
antes las temía y las olvidaba; y si por ventura eran dignas de
agradecimiento, tenía algún escrúpulo cómo no sentía en su corazón algún
agradecimiento, yendo por el camino del temor de Dios: y mientras más le
venían, más temía y huía de ello: levantando el corazón a Dios, le decía:
«bien sabéis Vos, Dios mío, que yo huyo de estas cosas por amor de Vos;
que yo no os puedo engañar, y que sabéis la verdad, y que el amor tan
grande que os tengo es la causa de huir de estas cosas, por el peligro que
hay no os ofenda a Vos, que tanto amo.» Y ha sido tan grande la aversión a
estas cosas, que parecía que casi tenía impaciencia de que le venían, por
más señales buenas que consigo trajesen; huyendo de miedo por el gran
cuidado y deseo de contentar a Dios, y deseando que le viniese una gran
persecución, deshaciéndoselo todo como a engañado, para librarse con
temor de ser engañado».106
Este santo temor lo llevaba hasta lo que en lenguaje humano
llamaríamos descortesía con Dios, como él mismo nos lo dice. «De que le
viene algo, aunque sea a deshora, sin darse cato, lo teme y lo da de mano, a
tanto que hablando con Dios o con su Madre, si le viene algo de estas
cosas que parezca que le habla Dios o su Madre, lo da de mano, de miedo
no sea engañado, y los deja con la palabra en la boca; y teme por entonces
de tornar a ponerse delante de Dios y de su Madre por el gran peligro,
aunque le hablen con gran ternura nombrándole por su nombre y
ofreciéndose favorables. No quiere otro ejercicio sino amor de Dios y del
prójimo, y humildad de corazón, y pureza de alma evangélica, y
entregamiento de toda el alma y cuerpo a su Dios, que haga de él a su
gusto y contento, aunque le eche en el infierno a padecer, con su gracia, las
penas todas, no dando crédito a sí ni a no, sino dejarlo en seco y con temor
huir de ellos».107
¡Cosa bien notable! En el mismo temor le aseguró Dios de todo
engaño. «Después de haber pasado con este trabajo muchos años, dice, un
día tratando esta materia, súbitamente le vino —súbitamente a manera de
105

Memorial 7.
Memorial, 123.
107
Memorial, 121.
106

91

un rayo y relámpago todo junto, —una súbita luz, y con la luz el rayo del
temor de Dios, el cual temor de Dios hirió su corazón, y allí sensiblemente
quedó plantado como con estampa permaneciente, y así en este punto se
aseguró el alma para de presente y porvenir que no sería engañada, porque
Dios por este camino del temor de Dios le sacaría libre de engaño; porque
para ninguna cosa de estas abrirá la puerta, y así estaría seguro: y así desde
este punto descansa».108
Fueron numerosísimas las veces que oyó Alonso palabras de Dios y
de la Virgen Santísima que le aseguraban en sus temores de pecar o de ser
engañado. «Ese es mío», dijo una vez el Señor a los demonios que le
acosaban. «Donde yo estoy no hay que temer», le repitió en diversas
ocasiones Nuestra Señora. Pero una vez —nos cuenta el mismo Alonso —
más explícitamente quiso Dios asegurarle de su gracia y de su
perseverancia final. «Hablando esta persona con Dios, le dijo: «¡Oh, Señor,
si yo estuviese en tu gracia!» Le fue respondido: «ya lo estás y estarás
siempre».109
Asegurados así de la bondad de las cosas que acontecían a San
Alonso, bien pudiéramos llenar páginas y páginas, contándolas aquí, para
conocer cuán bueno es el Señor para los que le quieren; pero —fuera de
que ya quedan narradas algunas en otros lugares de este libro —juzgamos
mejor decir sumariamente dos palabras en general, remitiendo para lo
demás a los propios escritos del Santo o a las vidas que las narran más
copiosamente.
El Señor y la Virgen Santísima le regalaban frecuentísimamente con
su visita y conversación, llamándole por su nombre en señal de amor, y
añadiendo el ternísimo vocablo de hijo. La Virgen «en la cara» le decía que
le quería, llenándole de tal vergüenza que le era un verdadero martirio.
Como un niño de teta está en brazos de su madre con tanto deleite de
ambos, así nos dice que estaba él muy de ordinario en el regazo de «sus
dulcísimos amores», «de esta mi Señora y amada y querida mía, la Madre
de Dios.» En la fiesta de la Asunción gloriosa de Nuestra Señora fue
llevado varias veces a contemplar la gloria y triunfo de su Madre, que nos
describe con admirable candor y alegría. Otras veces fue subido al cielo, y
de una en particular nos cuentan sus contemporáneos que duró aquel rapto
quince días. Rotundamente nos dice que vio la esencia divina, aunque
108
109

Memorial, 124.
Memorial, 121.

92

como cubierta con un velo que no le permitía tanta claridad como a los
bienaventurados. Revelaciones de sucesos distantes, profecías de
acontecimientos futuros, prodigiosos sucesos, como calmar una tempestad,
son cosas repetidas en su vida.
Por ser gracia que no se refiere solamente al Santo sino a toda la
Compañía de Jesús, y uno de los primeros anillos de la cadena de oro que
ha ido bajando del cielo para darnos prendas muy consoladoras de que
todos los que mueren en la Compañía son predestinados y se salvan,
quiero contar las revelaciones que se refieren a este punto capital.
Refiere el P. Colín: «Cierto día del año 1614 hallé yo en un
huertecillo del Colegio de Mallorca, donde sacaba ventana la celda del
Hermano, un papel hecho muchos pedazos, los cuales junté, por ser de su
letra, y aunque era más largo, lo que pude sacar en limpio dice así: «Más le
aconteció a esta persona, que saliendo del refectorio todos los que se
hallaron a la primera mesa, los miró con amor tierno amándoles de veras
como ángeles, y le tomó un gran deseo de verse allá en el cielo con ellos,
de puro amor que les tiene y tierno; y tratándolo con Dios allí cuando
salían de cenar, le fue respondido que sí, que ya los vería, afirmándoselo
no una vez sola sino más. Y yo lo creo así, porque a mis ojos son como
ángeles del cielo, y para humillarme y crecer en santidad, no he menester
con la gracia de Dios sino mirarlos a ellos, y en sus virtudes veo lo que me
falta a mí: Dios me haga como ellos son. Amen. Y iré al cielo con su
gracia. Y después de esto me lo tornó a afirmar, tratándolo con Dios».110
Esta revelación se limitaba a los del Colegio, al parecer; pero en su
MEMORIAL refiere otra que abraza a todos los de la Compañía de Jesús, y
les asegura la gracia de salvarse, si perseveran en su vocación hasta la
muerte. Oigámoslo de sus labios, pues es materia tan consoladora.
«Mas le aconteció a esta persona, estando los Padres haciendo
gracias, como acostumbran, después de comer y de cenar, todos juntos, a
esta persona le pareció que en verlos a ellos veía a unos ángeles; y allí le
fue dicho claramente que todos aquellos se habían de salvar e ir al cielo: y
no solamente éstos se han de salvar, pero todos los que están en la
Compañía, es a saber, si perseveran en ella. Y esta persona no tenía ganas
de decirlo a nadie, si no fuese a alguno que estuviese tentado de salirse, y a
éste lo dijera desengañándole, afirmándole lo que había concebido en su
corazón de su seguridad cuando se lo dijeron, para que se sosegase y
110

Vida, lib. I, cap. 16.

93

sirviese a Dios con alegría, asegurándole que Dios le haría esta merced tan
grande de ayudarle copiosamente para que se salvase. Aconteció esto el
mes de octubre, año mil quinientos noventa y nueve».111
La Compañía tiene su libro de oro titulado La muerte en la
Compañía de Jesús prenda segura de salvación, y entre las muchas
revelaciones de Santos y almas privilegiadas que anuncian este favor
extraordinario ocupan lugar preeminente estas palabras del iluminado
portero de Montesión.
Refiramos otra revelación que tanto resulta en honra de la Compañía
como de la Virgen Santísima.
Una de las características espirituales de San Alonso Rodríguez
puede afirmarse sin linaje de duda, que fue su amor tierno y ardiente a la
Virgen Santísima. «Mi María», la llamaba, y de ello le hacían burla los
demonios cuando le atormentaban. Pero sobre todo fue un verdadero
enamorado del privilegio de la Inmaculada Concepción. El vivir tantos
años en Mallorca avivó sin duda esta ternura y amor, porque ardían allí los
fervores del beato Ramón Lull, paladín y caballero andante de la
Concepción sin mancha.
En la historia del amor a María Inmaculada ha de ocupar Alonso un
lugar muy distinguido, no sólo por el que sentía él mismo en su corazón,
sino por el celo con que propagó su pequeño oficio. Era una de las ocupaciones en que empleaba los ratos libres, el sacar copias de este oficio,
que después repartía entre los demás, y procuraba que otros le ayudasen en
esta tarea, como lo cuentan algunos de los que le trataron. Por este celo
algunos llegaron hasta atribuirle la paternidad de este oficio.
Pero es sobre todo famosa en la Compañía la revelación que tuvo de
los fines que había intentado Dios al enviarla al mundo, en orden a la
Inmaculada Concepción. La copiaremos aquí tal como la escribió el
prudentísimo Padre Marimón en su vida manuscrita del Santo.
Por Noviembre de 1615, en Montesión y en San Francisco, se
defendieron conclusiones sobre materia de Auxiliis, y entre ellas la del
privilegio de la Concepción Inmaculada de María. Los Padres Dominicos
quisieron tener las suyas con la opuesta a la gracia original de María.
Levantó esto un verdadero tumulto popular.
En el recreo de los Padres jesuitas se hablaba un día de este asunto,
que lo era de las conversaciones de todos. Estaba presente Alonso, y
«turbóse tanto, que fue cosa admirable ver lo que hizo y oír lo que dijo, y
111

Memorias, 34.

94

el fervor y celo con que se encendió hablando en defensa del privilegio de
Nuestra Señora. Levantóse en pie, alzó el brazo, ojos y voz, diciendo: «No
se tomen con la Madre de Dios, que aunque es tan benigna y la misma
suavidad y dulzura, Hijo tiene muy celoso de la honra de su Madre, y
ángeles sin número que volverán por su Señora y defenderán su limpieza e
hidalguía». Fue diciendo a este tono varias cosas, y añadió después: «Que
una de las causas porque Dios había enviado a la Compañía a este mundo,
entre otras era muy principal ésta, para que enseñase y defendiese esta
verdad en la Santa Iglesia». Y como hablaba con tanto afecto y veras, le
dijo un Padre de los que allí estábamos: «Hermano Rodríguez, ¿cómo sabe
esto, que Dios envió la Compañía para defender la doctrina de la
Inmaculada Concepción de Nuestra Señora?». El respondió: «Yo lo sé de
cierto». Y alzando la mano y los ojos al cielo, dijo: «De allá de lo alto me
lo han dicho». —El P. Colín que estaba también presente, añade: «y si el
Padre Rector me da licencia, yo lo iré a predicar por las calles, yo lo iré a
predicar por la ciudad».
«Cayó algunos meses después enfermo gravemente el H. Alonso —
continúa el P. Marimón, —y porque no muriese sin declarar más lo que en
esto sabía y pasaba, el P. Miguel Julián, que entonces era Rector, y también
estaba actualmente enfermo en la cama, envió al H. Francisco Franco, con
quien trataba mucho el H. Alonso y comunicaba fácilmente sus cosas, para
que le preguntase en nombre del Superior cómo había sido aquello que
algunos meses antes había dicho en la quiete, que sabía de allá de lo alto
que entre otras causas muy principales había Dios enviado la Compañía
para enseñar y defender la doctrina de la Concepción Inmaculada de la
Virgen María Reina y Señora Nuestra. Respondió el H. Alonso: «Hermano
carísimo, bien me acuerdo de lo que entonces pasó, y es mucha verdad que
yo dije eso que él me refiere; pero yo entonces no vi cosa ni tuve
revelación corporal o exterior alguna, sino que me vino aquel gran
impulso, que yo conocí ciertamente que era del cielo, y que aquello que yo
decía era verdad de lo alto: y tengo aún ahora por cierto que es así como
entonces dije».112
Vamos a cerrar este capítulo contando una de las profecías de San
Alonso, lo cual será una muestra de los muchos favores de este género
recibidos de Dios, y juntamente una prueba pública y privada de la verdad
de sus gracias extraordinarias. Nos referimos al hecho que en su historia es
conocido con el nombre de «navegación de oro». Fue asunto que no se
encerró en las paredes del Colegio de Montesión, sino que se derramó por
112

Vida, lib. 7 y 49.

95

las casas de la Compañía hasta llegar a Roma, dándole al buen Hermano
fama de iluso.
Fue el caso como sigue. Habían de salir de Mallorca para tierra firme
algunos Padres y Hermanos. Había entrado en el puerto de Palma la nave
Velina, grande y armada, y pareció al P. Rector muy apta coyuntura para el
caso. Los consultores fueron de parecer contrario. El P. Rector, que era el
P. Torrens, muy cautivo de la santidad de Alonso, llama a éste y le manda
que lo encomiende a Dios. El Señor contestó que si los Padres y Hermanos
tomaban esta nave, tendrían «navegación de oro». Asegurado el Rector, los
embarca a todos, salen el día de la Inmaculada Concepción, 8 de
Diciembre de 1608, y a la vista de Denia caen en manos del corsario
Danzer que los lleva cautivos a Argel.
Gran tribulación. El Rector fue acusado de temerario, y Alonso de
visionario. Quejándose éste a Dios en la oración, le dijo el Señor: «Yo por
tus oraciones los guardaré allí a todos, y a su tiempo los sacaré de Argel
sin perder nada ellos ni la Compañía; antes serán a muchos de edificación
y provecho, y a no pocos causa de salvación, y ellos mismos ganarán en
espíritu, y no perderán aun en la salud del cuerpo». Así le explicó el Señor
cómo sería de oro la navegación, porque, como oro en el fuego, se
purificarían con la tribulación.
Así fue en efecto. Fueron vendidos por esclavos, y en su esclavitud
sufrieron grandes peleas por la fe y la castidad; pero todos salieron de ellas
victoriosos y llenos de méritos. De tal manera sintieron crecer su fervor en
medio de sus trabajos, que el H. Jerónimo López, que era enviado a tierra
firme para ser despedido de la Compañía por flojo y desmedrado, allí se
robusteció y se encendió en aquel fuego que hizo de él uno de los más
insignes misioneros de su tiempo. Alonso escribió a los cautivos una larga
carta donde pondera la dicha de padecer por Cristo, y afirma que a trueque
de lograr este «oro de veinte y cuatro quilates», bien se puede tener por
rica y dichosa su navegación.
Es maravillosa la serenidad y fortaleza que manifestó Alonso, prueba
muy convincente de la seguridad de sus gracias. No se excusó, no torció
sus primeras palabras; se afianzó en los grandes principios espirituales, y
esperó confiadamente en Dios.
En su MEMORIAL se contenta con afirmar «el gran cuidado que tengo
de mis carísimos Padres y Hermanos cautivos, rogando a Dios y a la
Virgen por ellos, y se los entrego para que haga de ellos como cosa propia,
a su gusto, y tomen todo el cuidado de ellos: no le pido que les quite los
96

trabajos, sino que, si ha de ser para mayor gloria suya y para mayores
coronas de gloria de ellos, se los doble; y para mí pido lo mismo, porque
no sé que haya mayor bien que desear y tener en esta vida ni con qué
contentar más a Dios, que es con padecer por su amor trabajos; y este
tesoro no conocido nos dé Dios».113
El P. Rector, tanto para justificarse a sí mismo, como para acudir a la
murmuración que corría contra el espíritu de Alonso, mandó a éste que
escribiese al P. General sobre el caso. Pasma ver la sencillez y alto espíritu
con que «un hermanillo viejo y podrido» escribe al P. Aquaviva. No hace
sino glosar el motivo de lo preciosos que son los trabajos por Cristo, y el
criterio sobrenatural que de aquí sale, muy diferente del humano, para
apreciar el valor de las cosas. Y ni una palabra de defensa. «Al principio de
este suceso, dice, sentí alguna pena según la carne, y fue porque no atiné el
fin que tuvo Dios en este trabajo; pero después que caí en la cuenta con
alguna particular luz de este suceso de los Nuestros, me consolé y
pacifiqué».
Casi un año duró el cautiverio de los diez jesuitas en Argel, y
larguísimas fueron las negociaciones que se hicieron para su rescate. Al
salir por fin ocho de ellos —los otros dos fueron rescatados más tarde —
pensaron tomar tierra en los Alfaques; pero cuando ya los veían a la mano,
un repentino golpe de viento los echó ante el puerto de Palma de Mallorca,
y determinaron saltar en tierra. El júbilo de todos no se puede ponderar. Al
abrazarles Alonso, dijo sonriendo a uno de ellos: «¿De manera que querían
pasar de largo, negándonos este consuelo de abrazarlos y comunicarlos de
cerca?» Esto, y lo que afirma el P. Marimón, que veía venir la nave y a los
cautivos en brazos de la Virgen, hizo pensar que Dios quiso dar un público
testimonio a la virtud y sinceridad de Alonso, como había sido pública su
intervención y las sospechas de engaño.
En verdad no se ve en Alonso falta alguna de prudencia espiritual en
todo este enojoso asunto, sino sólo una amorosa obediencia a su Rector, y
después una alteza de miras superior a las de todos los que en él
intervinieron. De su persona o de su fama no se le ve un sólo instante
preocupado. El P. Rector sí que podía sacar de todo esto la gran ley de
prudencia de no hacer servir las gracias extraordinarias de los demás como
camino para acertar en asuntos humanos. Dios no suele hacer estos
grandes favores para fines tan pequeños, y no es extraño que deje en el aire
al que no sabe guardar en esto miras puramente divinas y desinteresadas.
113

Memorias, 128.

97

VII
CELO DE LAS ALMAS

SU ACCIÓN CON LOS ESTUDIANTES. PLÁTICAS CON LOS
QUE FRECUENTABAN LA PORTERÍA. LOS CONGREGANTES.
CELO UNIVERSAL. LOS PREDICADORES. SUS ESCRITOS.
LA ESCUELA DE MONTESIÓN. AMIGOS Y DISCÍPULOS DE
ALONSO. SAN PEDRO CLAVER.
La portería de Montesión fue una escuela de virtud, donde tal vez
logró Alonso mayores frutos que muchos predicadores con sus sermones.
No se convierten y santifican las almas con literatura y ciencia hinchada,
sino con espíritu y santidad. Los medios que usaba eran diversos, según las
personas y circunstancias.
Algunas personas principales y devotas de la Compañía, atraídas por
la santidad de Alonso, pidieron con muchas instancias a los Superiores y
lograron que el santo portero enseñase a leer y escribir a sus hijos. El Virrey D. Carlos Coloma afirma de sí mismo: «Procuré que un hijo mío de
seis años, de mi nombre, que comenzaba a enseñarse a leer, pudiese
alabarse, cuando fuese hombre, de haberle tenido por maestro; y así le
enseñaba con mucha voluntad y amor, y le enseñó hasta que lo supo». 114
Alonso lo hacía «con mucha voluntad y amor», como afirma D. Carlos
Coloma, porque así tenía ocasión de infiltrar en los tiernos corazones
hermosos sentimientos de virtud y devoción.
Otro medio era el trato y conversación con los estudiantes que
frecuentaban las clases del Colegio. Todos sabemos lo propicio que es el
cargo de portero para este fin, cuando lo ejercita un alma santa, dulce y
paciente. Alonso, que respiraba virtud todo él y tenía una paciencia
114

Carta de 20 de Mayo de 1619.

98

amorosa, fácilmente se deja entender los medios que empleaba y la
eficacia que tenía en aquellos niños. En el proceso de beatificación se leen
los testimonios de un gran número de personas graves y devotas, que
deponen lo que les había acontecido en este particular cuando iban al
Colegio de Montesión.
Dicen que Alonso les reunía en un aposento que estaba junto a la
portería, y ora les leía algún libro de devoción, ora les hacía breves pláticas
espirituales, exhortándoles a obedecer a sus mayores, a no faltar a las
clases, a aprovechar el tiempo de estudio, a que huyesen de malos
compañeros y a que fuesen muy devotos de la Santísima Virgen, especialmente en el misterio de su Purísima Concepción. Les enseñaba a rezar el
santo rosario, y les daba métodos para confesarse y comulgar con
aprovechamiento de sus almas. A los que veía más capaces y mejor
inclinados les instruía en la práctica del examen cotidiano y de la oración
mental, les inducía a ser congregantes de Nuestra Señora, a conservar en
su honor la pureza de alma y cuerpo y a rezarle cada día el Oficio de la
inmaculada que les daba copiado de su mano, exhortándoles a sacar
nuevas copias. Cuando veía alguna particular necesidad en alguno y buena
disposición para aprovecharse, le daba por escrito algún documento
espiritual acomodado a su capacidad.
Gran número de estos discípulos de Alonso entraron en diversas
religiones, y llegaban a ellas tan bien formados en espíritu, que los
maestros de novicios luego reconocían en ellos la mano del santo portero.
Vez hubo en que, visitando el Colegio el P. Provincial, admitió en la
Compañía a tres de los discípulos espirituales de Alonso. El mismo nos
cuenta en su MEMORIAL cómo uno de ellos llamado Rafael Oller trataba
con él el negocio de la vocación, «y no creo que con otro». Vacilaba el
pobrecito. Alonso fuese a la oración y «se le entregó todo a su Divina
Majestad muy de veras, suplicándole que dispusiese de él y de este
negocio lo que fuese para su mayor gloria». Parecióle que Dios le tomaba
a su cargo y luego entró en la Compañía. Dentro ya, volvió a ser tentado de
la vocación. Fue Alonso a confirmarle, «y aprovechó la visita. Volvió la
tentación, pero no le venció: porque como a los principios Dios le tomó a
su cargo y le guardó, así también lo hizo después; porque lo que Dios toma
a su cargo, no hay quien se lo saque de sus manos».115
De otra vocación a la Compañía nos habla Alonso en su MEMORIAL y
es la del P. Salvador Costurer, joven de grandes condiciones. Trataron de
palabra este asunto, pero sobre todo le trató Alonso con Dios en la oración,
115

Memorial, 38.

99

y dice el santo portero: «después de ser recibido le llamaba esta persona
filius orationis». Y añade la siguiente nota prudentísima: «Esta persona
jamás que trata con algunos para que se entren en religión, les dice «entrad
en tal religión», sino que lo encomienden mucho a Dios, poniéndolo todo y
a él con ello en sus benditas manos, para que haga de todo a su gusto para
gloria suya y bien del alma; y que miren que allá vayan a donde Dios les
llamare y moviere, y no a otra religión; y que miren que a do han de ir no
los quieren sino para que sean santos».116
El P. Colín cuenta que el día del entierro de Alonso concurrieron
algunos de los que guiados por él habían entrado en diversas religiones, y
que no acababan de contar sus alabanzas. Por lo que toca a la Compañía,
escribe: «con verdad se puede decir, que en tantos años como fue portero
ninguno entró en la Compañía en el Colegio de Mallorca, que no le
comunicase primero sus deseos, o no se moviese a tenerlos por sus pláticas».117
No eran sólo los estudiantes los que trataba por su oficio de portero,
sino todas las demás personas que por uno u otro fin acudían al Colegio; y
éste era su espíritu y su gracia, que ninguno pasaba por aquella portería
algunas veces que no recibiera de Alonso algún dardo espiritual.
Recuérdese el bello testimonio que hemos aducido en la página del Virrey
D. Carlos Coloma.
El mismo Alonso nos dice en su MEMORIAL que a los que trataba
«luego solía pintarles la vanidad del mundo, y la brevedad de la vida, y la
eternidad de las penas del infierno, y la grandeza de ellas, y cuánto
conviene estar el hombre aparejado sirviendo a Dios para cuando el Señor
le llamare, y que así viva como querría hallarse en esta hora». Y más en
particular nos cuenta el caso siguiente.
A Pedro Santacilia, «caballero rico y mozo, que sería de edad como
de treinta años y de linda presencia, muriósele la mujer, y después de
algunos días vino a casa, y esta persona le habló». Viole el Santo
galanamente vestido, «que no sería de viudo, como quien muestra haberse
de casar segunda vez», y díjole sin rodeos: «¿para eso le llevó Dios la
mujer?» «Esta plática, dice Alonso, creo que sería algo larga. Hirióle Dios
tanto con estas palabras, que se determinó de recogerse y estudiar y
hacerse clérigo de misa: y es de grande edificación en la ciudad por su
116
117

Memorial, 42.
Vida, lib. I, cap. 23.

100

virtud».118 Y añade cómo siendo ya sacerdote, a él en particular y aun
delante de otros, había dicho que todo era debido a la plática que había
tenido con el Santo portero.
Había en el Colegio de Montesión una hermosa Congregación de
caballeros y oficiales de grande edificación y fruto en la ciudad, de la cual
formaban parte personas muy distinguidas y a veces el mismo Virrey.
Alonso amaba tiernamente a esta Congregación, y los congregantes
amaban entrañablemente a Alonso y buscaban por todos los medios que
fuese él quien algunas veces les platicase. El P. Director buscaba que el
Santo entrara en la sala por algún servicio que le pedía, como traerle la
cajita de los patronos de mes, y en teniéndole allí, le pedía que les dijese
algunas palabras sobre el asunto de la conferencia. Resistíase el Santo con
humildad, pero al fin decía sencillamente lo que se le ofrecía. Era de ver
cómo todos dejaban sus asientos y se ponían cerca de él para oírle bien y
contemplar aquel rostro de cielo y aquellos gestos llenos de expresión.
Cuando se sabía de antemano que hablaría Alonso, no sólo no faltaba un
congregante, sino que se llenaba la sala de personas doctas, seglares y
eclesiásticas, canonistas, juristas y teólogos, para oír de sus labios aquella
doctrina celestial. Acabando un día de hablar el Santo, levantóse un caballero, el de más autoridad y lleno de canas, y delante de todos exclamó:
«Estos sí que son los teólogos de Dios».
Todo lo dicho hasta aquí se encerraba en grupos limitados de
personas; pero Alonso sentía vivamente el amor en grande a la humanidad,
como Jesucristo, y su celo ardía por la salvación de todas las almas, y
buscaba sin límites toda la gloria de Dios.
En su MEMORIAL se repite frecuentemente una oblación a Dios por la
cual se ofrece a sufrir todas las penas del infierno para que el Señor no sea
ofendido ni ninguno condenado. Y añade: «El padecer con la gracia de
Dios a este fin las penas del infierno no me da pena sino contento, por el
gran bien que de ello viene a las almas de gozar de Dios y del amor que les
tiene».
«Es tan grande la compasión y ansia que padece esta persona con el
deseo de la salvación de las almas, que si Dios no le divirtiese en pensar
por entonces en otras buenas cosas, crecería este tormento de compasión
tanto, que bastaría a quitarle la vida». 119 «Y así esta persona movida del
amor de la salvación de todo el mundo, con grande afecto se ofrecía a Dios
118
119

Memorial, 45.
Memorial, 148.

101

a que escribiría avisos a todas las personas del mundo para ayudarlas al
mayor servicio de Dios».120 Movido el Señor por celo y amor tan extraordinario, le concedió una gracia que tal vez no se lee de otro Santo. La
cuenta Alonso con estas sencillas palabras. «Es esta persona tan fervorosa
en el deseo de la salvación de las almas, que le acontece que se halla en
espíritu como con cuantas personas hay en el mundo en un punto y tiempo,
todo en cada una, y todo en todas: y tratando con cada una por si en
espíritu y con todas en un mismo tiempo, tratándolas de la brevedad de la
vida, y de las penas del infierno, y de la gloria, y de la bondad infinita de
Dios, y de lo mucho que merece infinitamente ser servido,
desengañándolos para que todos sirvan a Dios y se salven. Y como se
hallase esta persona con tan gran deseo de predicar a todos los hombres del
mundo, le fue advertido que tendría el mérito de ello y de sus buenos y tan
grandes deseos, como si lo hubiese hecho y puesto por obra».121
«Preguntado el H. Alonso —añade el P. Marimón— cómo había sido esto,
respondió que él no sabia cómo podía ser, y que nunca había pensado que
uno mismo pudiese juntamente estar en todas o en muchas partes en un
mismo instante; pero que él aquí se halló en realidad de verdad con todos
en espíritu, mas que no sabía cómo era aquello, ni cómo pudiese ser». 122
Su arma principal y más propia de su estado en la salvación de las
almas era la oración. Cuando acompañaba a los Padres en sus ministerios,
él oraba fervorosamente por el buen suceso de la visita. Se cuentan varios
casos extraordinarios en que se vio la eficacia de sus oraciones; él mismo
en su MEMORIAL refiere candorosamente alguno de ellos.
Rogaba con particular interés por los predicadores, e instaba a la
Santísima Virgen que les asistiese para bien espiritual de los prójimos. Le
contestó alguna vez la Señora, y aun se le mostró abrazando a dos Padres
predicadores por quienes intercedía. Mas como todo nacía del purísimo
amor de Dios que le inflamaba, tampoco retrocedía ni se acobardaba en
declararles los defectos que impedían el fruto espiritual, cuando para ello
tenía particular luz del cielo.
Llegó a Palma con fama de gran predicador el P. Blanch, y empezó a
predicar la cuaresma en la catedral, mientras otros dos Padres de menor
renombre la predicaban en un pueblo de la isla. Por todos rogaba el buen
Hermano, y entendió el gran bien que hacían estos dos últimos, «por su
120

Memorial, 182.
Memorial, 148.
122
Vida, lib. 4, 16.
121

102

grande edificación y santidad»; y del P. Blanch «tuvo gran sentimiento del
gran fruto que haría en las almas con su gran doctrina, si la acompañaba
con las virtudes y humildad». Lo manifestó Alonso al Superior, y éste le
encargó que él mismo lo dijese al Padre. Se va directamente a su cuarto, y
con toda llaneza le descubre cuanto había entendido en la oración, «y le
dio algunos avisos que pareció que de guardarlos se serviría Dios». Lo
tomó el Padre con agradecimiento, y otro día se van los dos a predicar.
Alonso oraba muy instantemente, y a lo mejor del sermón da al Padre un
golpe de fervor con notable aprovechamiento de las almas.123
Otro día fue a su propio Rector a quien dio un saludable aviso del
cielo. Lo era el P. Juan Rico, y se van un día los dos a predicar. El
Hermano estuvo todo el sermón en la escalera del pulpito, muy consolado
por el espíritu con que predicaba el P. Rico. Acabado el sermón, se
arrodilló Alonso para rezar con el pueblo tres Avemarías dirigidas por el
Padre, cuando de repente oye una voz del cielo que le dice: «En el
purgatorio purgará este sermón tu Rector». No entendió entonces la causa
de esta amenaza. Se van los dos a casa, y el Hermano muy compungido
pensando en lo que había oído, cuando en el camino entendió que la
repulsa venía de haber predicado el Padre en castellano y no en la lengua
del pueblo mallorquín. El P. Rico era valenciano, y Mallorca y Valencia
hablan dos diferentes dialectos de una misma lengua catalana. Al llegar a
casa, se va Alonso al P. Ministro con el recado; éste no se atrevió a decirlo
al Rector, y encarga al Hermano que sea él mismo quien se lo comunique.
Lo hizo sin titubear, y el P. Rector se lo agradeció muy expresivamente; no
predicó más en castellano, y en adelante consultaba muchas dudas con el
Santo anciano.
Con lo que sentía, y con todas las obras de celo que hemos referido,
todavía no se saciaba su espíritu, y pedía al Señor que le aumentase el
amor de las almas. «Esta persona, dice, bien a menudo pide a Dios cuatro
amores: el primero, el amor infinito de Dios; el segundo, el amor infinito
de Jesucristo en cuanto hombre y en cuanto Dios; el tercero, el amor de la
Virgen Madre de Dios, infinito; el cuarto, amor infinito de las almas: el
cual amor de la salvación que tiene que todos se salven es tan grande, que
ruega a Dios muchas veces al día por ellas».124

123
124

Memorial, 103.
Memorial, 208.

103

Este es lugar para decir una palabra de sus escritos como
instrumentos de su celo.
El uso de dar papeles con avisos espirituales produjo grandes frutos
de santificación. Con esto y con la fama de santidad de Alonso creció en
los demás la codicia de tener escritos suyos, y en él mismo el deseo de
aprovechar este medio para desahogar su celo y llegar con los escritos a
donde no podía con las conversaciones. Este es el origen de las Obras
espirituales del Santo, que poseemos. Como todo lo de los justos ha de ir
señalado con la santa cruz, a ejemplo de Jesucristo, uno de los Provinciales
prohibió al Santo el escribir. Fue esto ocasión de grandes penas espirituales
y de mayores favores del Señor, como queda referido en otra parte. Parece
que se le levantó no mucho después la prohibición, tal vez al entrar nuevo
Provincial. Con esta ocasión dio el Santo un grande ejemplo de
obediencia, que se ha de referir para prueba de su virtud y ejemplo nuestro.
Mientras duró el entredicho, y siendo ya de ochenta años, que no
retenía fácilmente las cosas, «estando esta persona haciendo gracias a
Dios, levantado de la mesa de comer, se halló en la presencia de la Virgen
—con la cual es muy familiar en la mesa y fuera de la mesa— la cual le
decía que para gloria de Dios escribiese estas devociones que tiene esta
persona con la Virgen: y reparando algo en ello, porque vive con temor y
recelo no sea engañado, le tornó asegurándole que para gloria de Dios que
lo hiciese».125 No quedó sosegado el Santo, y se fue a la oración a
consultarlo con Dios, el cual le declaró que la prohibición del Padre
Provincial solo era para los de fuera y no para sus apuntes espirituales.
Aun no se satisfizo, así por la orden misma, como porque pensaba que sus
apuntes espirituales bien podían ir a dar en manos de fuera. Entonces la
Virgen le dijo: «Ve, hijo Alonso, al Padre Rector, a quien dejó bien
declarada su voluntad el P. Provincial, consúltale el caso, y verás cómo te
dice lo mismo que decimos nosotros». Obedeció Alonso, y efectivamente
el P. Rector le declaró que así debía entenderse la orden del P. Provincial.
Quedó muy consolado con la respuesta tan conforme con lo que le habían
dicho Jesús y María, los cuales en el mismo momento, dice, «juntos le
abrazaron con abrazo tierno».
Con ser tanto lo que acabamos de decir del celo de Alonso por la
salvación y perfección de las almas, todavía no hemos tocado lo más
intenso y lo más bello, y es su acción dentro de casa con los de la
125

Memorial, 207.

104

Compañía de Jesús. Es cierto que Alonso fue un moldeador de grandes
jesuitas. Muchos sacerdotes habrá, y aun muchos Superiores, que no
habrán tenido una generación espiritual que pueda compararse con la que
logró desde su rincón este maravilloso Hermano. Gran maestro de santidad
tenemos en él; pero no tanto como escritor de libros, cuanto como forjador
de almas de gran temple.
Toda la casa de Montesión se podía llamar hija suya. Asistió a su
nacimiento y él fue siempre el alma que la vivificó. Cuando a los últimos
años de su vida un Provincial pensó en sacar a Alonso de Mallorca para
llevarle a tierra firme y hacer que otras casas gozasen de la presencia de un
Santo, hubo de desistir, porque todos sintieron que aquello era una como
muerte violenta para aquel Colegio. Ya salía fuera su irradiación.
Su sola presencia y ejemplo obraba con eficacia en la santificación de
todos. Este es el imperio de la santidad, en lo cual no puede comparársele
ni la ciencia, ni la autoridad, ni ninguno de los valores puramente
naturales. El medio más poderoso que el Señor suele dar a una Comunidad
para su bien espiritual, es enviarle un santo. Todos sus contemporáneos
están contestes en afirmar esta eficiencia sobrenatural de Alonso, sin
distinción en ella de Padres o Hermanos, Superiores o inferiores; porque
hay una jerarquía más alta que la de la autoridad y otros grados humanos:
la jerarquía de la santidad.
La eficacia del ejemplo de Alonso despertaba naturalmente el deseo
de comunicación. Consta que acudían al Santo Hermano aun los Padres
más graves del Colegio para tratar con él de cosas espirituales, así como
los hombres de más ciencia de la ciudad le buscaban algunas veces para
preguntarle graves dudas de teología, porque reconocían en él un
verdadero «teólogo de Dios». Alonso se solía resistir a estas insinuaciones,
mayormente si eran sacerdotes los que le buscaban, por el respeto que le
inspiraban todos y por el bajo concepto de sí. Pero en cuanto le insinuaban
que tenían permiso de los Superiores para tratar con él las cosas del
espíritu, cedía al momento y daba rienda a su fervor santo, dialogando
altamente de las cosas de Dios. Con mayor cuidado lo hacía aún con los
novicios, así estudiantes como coadjutores, que a caso hubiera en
Montesión, puesto que los Superiores se los habían encargado. Para ellos
escribió unos avisos muy prácticos que se hallaron después de su muerte.
Y en verdad pegaba fuego en estas conversaciones. «De mí puedo
decir —escribe un contemporáneo— que con haberle hablado muchas
veces en particular, siempre que salía de su aposento, después de haberle
hablado, sentía notable mudanza en mí. Porque si entraba a hablarle
105

indevoto, salía con extraordinaria devoción; si frío, sentía después en mí
grande fervor para emprender cualquier cosa en el servicio de Dios. Digo,
en una palabra, que siempre que le hablé, después de haberle hablado,
sensiblemente conocía mudanza particular en mí y movimientos particulares para pasar adelante en el servicio del Señor». Y lo que decimos de
las conversaciones de palabra, hay que afirmarlo igualmente de sus cartas.
Los que deseaban sentir una avenida de espíritu, escribían al doctor
humilde de Mallorca, y en sus cartas encontraban lecciones vivas de
santidad. Basta leer las que de él nos quedan, para que podamos
experimentarlo nosotros mismos.
Su grande eficacia en el hablar de Dios fue causa de una cosa
absolutamente insólita en la Compañía. Eran, sí, usadas las conferencias
espirituales de toda la comunidad, en que se preguntaba su parecer
indistintamente a todos, y tal vez el oír alguna vez en ellas a Alonso hablar
tan altamente, hizo nacer en la Comunidad el deseo de oírle predicar
delante de todos.
Para satisfacer estos deseos, el Superior mandaba algunas veces al
Hermano que predicase a todos durante la comida. Alguna de estas pláticas
nos ha quedado entre los papeles del Santo, y son, como todos sus escritos,
en alto grado espirituales. Generalmente le concedían media hora de
tiempo para prepararse, y vez hubo que se lo mandaron de repente. Alonso
derramaba con sinceridad y fervor su espíritu, y todos, Padres y Hermanos,
se sentían iluminados y enfervorizados con sus palabras. «Vez hubo —dice
un testigo de vista— que, habiéndose ya acabado la mesa, le estuvimos
todos escuchando casi un cuarto de hora más, admirados del fervor y
espíritu con que hablaba de la presencia de Nuestro Señor y de cuan suave,
tierno y regalado sea este ejercicio».126
Pero será gustoso entrar más en la intimidad de su escuela.
De dos Hermanos coadjutores, compañeros suyos en Mallorca,
sabemos que le eran muy allegados y devotos, que se esforzaban en copiar
sus virtudes y murieron como santos. Uno era el H. Francisco Morey. Se
ponía siempre que podía a su lado para hablar con él, y vivía en continuas
ansias de santidad. Pero, como el espíritu es uno y múltiple, así como el
tema ordinario en Alonso era la mortificación, en este Hermano era el
amor y suavidad de Dios. Pasó de Mallorca a Barcelona con el mismo
ejemplo y fervor, y allí murió víctima de la caridad. El otro era el cocinero
H. Diego Ruiz, copia muy parecida al original de Alonso, en el afán de
126

Carta del P. Ramohí, 16 de Diciembre de 1618.

106

mortificarse y sufrir por Cristo. Murió, y, estando luego Alonso rezando
por él las tres partes del Rosario que se acostumbran, al llegar a la tercera,
fue arrebatado al cielo al lado de la Virgen y al otro lado el H. Ruiz. Quiso
Alonso empezar la tercera parte, y le atajó la Virgen con estas palabras:
«Ya no es menester pues tengo a Diego en mi compañía como tu lo ves».
Del P. Diego de Saura, escribe el P. Colín, compañero suyo en
Mallorca y luego en Filipinas donde murió víctima de sus fervorosos
trabajos entre los indios. «Fue el P. Diego de Saura una de las almas más
puras que debió de tener Dios en su tiempo en la universal Compañía; pues
se había obligado con voto a guardar todas las reglas de ella y hacer en
todas las cosas aquello que juzgase ser más perfección, el cual voto
escribió con sangre que sacó del pecho; y después hizo un grande arancel
de todas las virtudes y actos más perfectos de ellas, y se obligó a guardarlo
todo como lo tenía escrito, con la gracia de Dios y dirección de la santa
obediencia. Y vivía sin escrúpulo grave de la guarda de este voto ni aun de
otra cosa de toda su vida». Pues este Padre fue discípulo de Alonso antes
de entrar en la Compañía, él le ayudó a entrar, y después tuvieron muy
espiritual comunicación, de que se encontraron muchas referencias en los
papeles que dejó en la muerte. Contaba él mismo que cuando murió
Alonso, sintió una inflamación de amor divino que le duró quince o veinte
días, como si día y noche estuviera en continua oración.
No es posible contar por menudo la historia de sus discípulos
espirituales y habremos de contentarnos con nombrar algunos de los más
conocidos en la historia de la Compañía. Dos de sus Rectores, el P. Rico y
el P. Torrens trataban íntimamente las cosas del espíritu con su humilde
súbdito. En América se distinguieron los Padres Antonio y Jerónimo
Moranta, el primero en Paraguay y el segundo en Méjico. En Filipinas
trabajó como misionero y como escritor el P. Colín, muy íntimo amigo
suyo el tiempo que estuvo de maestro en el colegio de Palma, y que
después escribió su vida.
Del P. Aguirre nos dice el mismo Alonso en su MEMORIAL, que «le
amaba mucho y los dos eran grandes amigos»; y cuenta que, estando este
Padre para embarcarse, y sabiendo Alonso por revelación que si se
embarcaba sería cautivo, «se encendió en grandes lágrimas, y era tan
grande la fuerza de oración con que rogaba por él a la Madre de Dios, y su
confianza, que le decía: «No te dejaré, Señora, si le cautivan, hasta que le
traigas a mi aposento». En esto le detuvo el P. Rector y los demás que se
embarcaron cayeron cautivos.127 Era grande el amor con que de lejos
127

Memorial, 29.

107

seguía el Santo a sus amigos, rogaba por ellos, frecuentemente les libraba
de peligros, y a algunos los vio entrar en el cielo en la hora de su muerte.
Ellos también conservaban siempre grata memoria de su maestro, se
llevaban como recuerdo escritos suyos, algunos hicieron milagros con los
mismos, como se cuenta del P. Jerónimo López, y contribuyeron no poco,
así antes como después de la muerte de Alonso, a difundir la fama de su
santidad.
No podemos pasar tan aprisa por el más ilustre discípulo del humilde
portero de Montesión, modelo el más semejante a Alonso, el que siempre
conservó más fielmente su dulce recuerdo, y finalmente fue canonizado el
mismo día que Alonso: San Pedro Claver.

Tenía Claver veinte y cinco años cuando fue enviado a Mallorca para
estudiar filosofía. Al tener noticia de su destino, fue grande su alegría por
el deseo de ver y tratar a Alonso, de cuya santidad había oído tantas
ponderaciones. Al llegar fue su primer cuidado verle y abrazarle, y
alcanzar del Superior comunicar con él sus cosas espirituales. Se comprendieron desde el primer momento y quedaron unidos con una profunda
amistad de santos. Sin faltar ninguno a sus deberes, se juntaban en cierta
hora cada día a tratar de Dios y de la santidad. «¿Qué he de hacer,
Hermano Alonso, —preguntaba Claver— qué he de hacer para amar de
veras a mi Señor Jesucristo? ¿Qué haré para agradarle? Él me da deseos
vehementísimos de ser todo suyo, y yo no sé cómo hacerlo. Enséñemelo el
Hermano que lo sabe » El santo anciano, lleno de gozo espiritual, no sólo
le instruía con sus palabras, sino que rogaba frecuentemente por él a
Nuestro Señor.
108

Un día fue Alonso arrebatado al cielo acompañado de su ángel de la
guarda, donde vio innumerables tronos ocupados por los bienaventurados,
y en medio uno vacío, el más resplandeciente de todos. Deseó conocer
aquel misterio, y le fue dicho: «Este es el lugar preparado para tu discípulo
Pedro Claver en premio de sus muchas virtudes y de las innumerables
almas que convertirá en las Indias con sus trabajos y sudores». Descubrió
Alonso esta visión a su confesor, de quien más tarde se supo, y aunque
nada dijo a Claver ni varió en su trato exterior con el mismo, redobló su
afecto y cuidados. Eran más largas las conferencias, más íntimas las
comunicaciones, y todos los razonamientos espirituales iban siempre a
parar a las Indias.
Los tres años que Claver pasó al lado de Alonso, fueron tres años de
cielo. Adelantó extraordinariamente en el amor de Dios. Vez hubo en que
con una sola palabra de su santo maestro quedó arrebatado. Sobre todo se
empapó del todo en aquel espíritu de mortificación y hambre de trabajos
que era como el aliento y respiración del H. Alonso, y que después en
Claver, misionero de Cartagena de Indias, parecen revivir sin mengua
alguna.
También vivió Alonso en Cartagena en la memoria perpetua y
dulcísima que conservó de él el santo apóstol de los negros. Como reliquia
guardaba éste los avisos espirituales que Alonso le dio escritos; y cuando
ocho meses antes de morir le presentaron escrita la vida del santo portero
de Montesión, se incorporó en la cama, tomó en sus manos el libro, lo
llevó a sus labios y lo puso sobre su cabeza con grande devoción. Empezó
entonces un coloquio con el Hermano que le servía sobre los dichosos
tiempos de Mallorca, y allí quedó suspenso de sus sentidos, y al volver en
sí, no acertaba a pronunciar palabra hasta después de un buen rato. Afirmó
entonces que Alonso le aconsejó que pidiese las misiones de Indias, y que
por su consejo se había movido a pedirlas, que él era su verdadero
maestro, y los apuntes que entonces había tomado de sus conversaciones
su muy ordinaria lectura para conservar aquel primitivo fervor.
Todos miraron este hecho como su nunc dimittis, como una grande
consolación que el Señor le tenía reservada para lo último de su vida;
todos creyeron que ya su santo maestro, Alonso Rodríguez, llamaba al
cielo a su discípulo, para que tomase posesión en su compañía de aquel
glorioso trono que había visto desde Mallorca. Y así fue.
Aunque el magisterio espiritual de Alonso no hubiese sacado otro
discípulo que San Pedro Claver, bien podríamos afirmar que fue fecundo.
Es una maravilla de la gracia ver tan unidos y tan semejantes en espíritu a
109

dos hombres dedicados a ministerios tan opuestos, y separados por tan
largas distancias. Y providencia divina fue también el colocarlos en un
mismo día en los altares.

110

VIII
LA MUERTE
1617

ÚLTIMO AÑO DE LA VIDA DE ALONSO. ÚLTIMA
ENFERMEDAD. EL RAPTO DE TRES DÍAS. LA MUERTE. LA
CONMOCIÓN DE LA CIUDAD. EL ENTIERRO. SAN ALONSO
Y MALLORCA. SU RETRATO.
Ya hemos visto cómo vivió San Alonso Rodríguez; veamos ahora
cómo murió. En la vida de los Santos la muerte se llama nacimiento. En
verdad tenemos ahora trastornados los términos, y llamamos vida a lo que
es muerte, y muerte a la verdadera vida. Los Santos ponen las cosas en su
lugar, y llaman morir a este desgaste rapidísimo de nuestro ser que se
llama vida, y miran como triunfal nacimiento a la inmortalidad lo que
nosotros apellidamos muerte. Ellos en verdad tienen la ciencia del vivir y
del morir.
El acto de desatarse de las cadenas de la carne aquella alma de San
Alonso y empezar a vivir como espíritu inmortal delante de Dios, no
podemos historiarlo, porque queda oculto a las miradas humanas; pero sí
que podemos contemplar las circunstancias exteriores, las cuales, con ser
materiales, algo nos revelarán del oculto misterio de gloria encerrado en la
muerte.
El año 1617, último de la vida de Alonso, fue de grandes
sufrimientos, como si el Señor quisiera consumar el ideal de una vida de
sacrificio. Compelido por la obediencia, confesó que apenas tenía parte de
su cuerpo sin su peculiar martirio. Se gozaba en esto el santo anciano, que
nada había perdido de su indomable espiritualidad. En una de estas crisis
111

de todo su organismo que le tenían postrado en cama, le preguntó un
Hermano cómo había pasado la noche. Contestó: «Un cuarto de hora he
dormido, y ya me pesa, porque todo este tiempo he dejado de padecer».
También recrudecieron las penas de su espíritu. El maligno enemigo
renovó sus ataques de desconfianza, le quitó la memoria hasta de las más
ordinarias oraciones, y le aguijoneó con algún fuerte escrúpulo en materia
de pureza.
No faltaba el Señor con sus consuelos. El Padre que recibió su cuenta
de conciencia por aquellos días, afirmó con juramento lo que sigue: «Eran
los consuelos a medida de los trabajos y tormentos, y con este término, que
no era señor de alzar los ojos a Jesús y María, que no les tuviese luego
presentes; y siempre que se quería recoger y pedirles algo, les hallaba
aparejados para socorrerle, en particular a Nuestra Señora, y cuantas cosas
pedía, todas salían bien despachadas. Y estándome dando cuenta de la
conciencia y hablando de estos favores y regalos que recibía del cielo, en
particular de la Virgen, dijo con ojos llenos de lágrimas: «Ya, ya siento sus
favores, ya viene, ya viene»; y entonces yo me salí del aposento por no
privarle de aquella tan grande visita, que estando yo presente, creo sin
duda que se lo impidiera».
Esto pasaba por el mes de abril, y fue siguiendo cinco meses con
alternativas de fiebres y dolores que desconcertaban a los médicos. La
santa comunión, las comunicaciones íntimas con Dios y los actos
enérgicos de abrazar todo sufrimiento, eran su vida.
Ocho días antes de morir le dijeron que parecía llegada la hora de
recibir los últimos sacramentos. Aceptó la proposición, pero dejó entender
que aún viviría ocho días, por donde todos conjeturaron que tenía noticia
de la hora de su muerte. Dejemos ahora la palabra al P. Marimón, testigo
de vista, para que nos describa con toda fidelidad la muerte de nuestro
Santo. En sus palabras sentiremos algún dejo de aquella impresión única
que causa la muerte de un Santo a quien tiene la dicha de contemplarla.
«Tres días enteros, dice, antes de su dichosa muerte, habiendo
comulgado la última vez, le pararon de una todos los dolores, y el rostro se
le puso al H. Alonso mucho más claro y blanco que cuando estaba en su
entera salud, colorado y más venerable y hermoso de lo que le habíamos
visto en tantos años los que de aquí le habíamos conocido y tratado.
Estúvose —a lo que pensamos y creemos todos —en un altísimo y
suavísimo rapto, gozando aun en vida de aquellos soberanos bienes que tan
112

presto había de poseer perfectamente. De cuando en cuando abría los ojos
muy alegres y decía: «¡Ah, Jesús!». Si le hablaban, no respondía a nadie
por alto que le hablasen, ni daba muestras de oír lo que le decían, si no era
cuando el enfermero le quería dar algo de caldo, abría la boca y se lo
engullía sin ninguna dificultad. En todo aquel tiempo no mostró señal de
dolor alguno, como solía antes por los muchos y muy intensos que tenía y
mostró después poco antes de morir, como diremos; y el pulso en aquellos
tres días no hizo mudanza alguna en flaqueza, antes se mostraba más
reforzado y vigoroso. Acudíamos los de casa con gran consuelo a
guardarle y velar aquel suave y santo sueño, comunicándose los relieves
del bien que nuestro Hermano tan altamente gozaba a los que le asistían,
como se veía en la devoción, piedad y afectos santos que causaba en todos
aquella su vista y presencia. En estos días se llamó a un pintor escogido, y
sacó un retrato muy al propio, como luego diremos.
»Estuvo el H. Alonso con aquella su admirable quietud y rapto hasta
el fin de los treinta de Octubre y principio de los treinta y uno que entraba
ya la vigilia de Todos los Santos: entonces, como quien despertaba a las
voces y clamores de los ángeles y criados de su amado: Ecce Sponsus
venit, despertó con un suavísimo «Jesús» en la boca: y al momento le
acometieron, de una y como si estuvieran represados, todos los dolores de
ijada, cólico, de piernas y de todo el cuerpo: mostraba mucho sentimiento
de ellos quejándose con voz muy lastimera, diciendo sola esta palabra que
siempre repetía: «¡Jesús, Jesús! ¡Ah, Jesús, mi Jesús!» Levantósele luego
el pecho y el pulso faltó, y conocieron claramente todos que era llegada la
hora en que aquella alma santa, adornada de tantas virtudes, había de ser
trasladada a la casa y palacio de su esposo.
»Los Padres y Hermanos que estaban presentes avisaron al Superior y
a algunos Padres que sabían deseaban hallarse en su dichoso tránsito; y al
ruido de éstos acudieron muchos otros al aposento del Hermano Alonso.
Pusieron sobre él y en el cuello y manos los rosarios, por el concepto y
opinión que tenían de su santidad, para guardarlos después por reliquias.
Estuvo así el Hermano Alonso casi media hora peleando con aquellos
grandes dolores y bascas, y cuando acabábamos de rezarle la
recomendación del alma, adorando una devota imagen de Cristo
crucificado que tenía en las manos, abrió los ojos, que de ordinario tenía
cerrados, y entonces los abrió mucho, y nos miró a todos con una vista más
clara, viva y alegre que hubiese tenido en su vida; y volviéndola sobre el
Cristo que tenía, inclinándose a besarle, pronunciando el dulcísimo
nombre de Jesús en voz alta y muy prolongada, «Jesuuús», expiró.
113

»Pensamos que fue merced muy particular del Señor, y nuevo favor
alcanzado con muchas oraciones en aquel rapto, el morir con tales dolores,
porque el que había sido en vida tan grande amador de la cruz y
mortificación, predicador de los trabajos, amador e imitador de Jesús,
expirase en esta nueva cruz a imitación de su capitán y maestro Jesús
crucificado, y que no pareciese, con aquella consolación y regalo del Señor
en el rapto, haber bajado de la cruz en que por espacio de más de cincuenta
años, y particularmente el último de su vida, había estado enclavado, para
morir con aquella quietud y reposo que el Señor le ofreció, pues Cristo,
verdadero Dios, por más que le instaron los pontífices y ancianos del
pueblo, no quiso bajar de la suya en que por nuestro amor se había puesto.
Murió el Hermano Alonso felicísimamente, dejando a todos los que le
asistíamos bañados con una devoción tierna y ternura muy devota, y
deseosos de seguir a nuestro santo Hermano. Quedó con rostro mucho más
hermoso que cuando vivía, más venerable, y que apegaba devoción a los
que lo miraban; su cuerpo tan tratable y suave al tacto, como si viviera; y
así se estuvo hasta la noche siguiente, poco antes de la misma hora en que
había expirado, en que lo depositamos en una bóveda.
»La misma noche se desocupó el aposento en que había muerto el
santo Hermano, y vestido con su sotana y manteo, le pusieron en unas
andas, en que estuvo hasta la tarde del día siguiente. En apuntando el día
de la vigilia de Todos los Santos, se hizo señal y tocó a muerto la campana
de nuestro Colegio al modo ordinario que se hace con los otros; pero fue
cosa extraordinaria que, con no oírse de muy lejos, se supo en un momento
por toda la ciudad que el Hermano Alonso Rodríguez había muerto.
Acudió lo mejor y más principal de toda ella a ver y venerar su santo
cuerpo con muy grande concurso y devoción. Estuvo su aposento lleno de
gente desde el amanecer hasta la una después de mediodía, cuando por la
devoción del pueblo se puso en la iglesia. Acudieron aquella mañana a
verle y besar la mano el Sr. Virrey D. Pedro Ramón Zaforteza, los jurados
de la ciudad y reino, los magistrados, los doctores del consejo real, nobles,
caballeros y ciudadanos, y de todos los otros estados lo más y mejor de
ellos. El estado eclesiástico, como más devoto y santo, hizo en esto más.
Vinieron las dignidades, canónigos, rectores, doctores, sacerdotes y
muchos de todas las sagradas religiones, de los cuales por la mañana
vinieron muchos a ver su santo cuerpo, después todos juntos por sus
órdenes y capitularmente, como después diremos.
«Era tan conocida y reverenciada de todos la santidad del Hermano
Alonso, que no solamente le besaban todos la mano —sabiendo que era
114

Hermano lego— sacerdotes y canónigos, pero con grande devoción
tocaban sus rosarios y pañizuelos; venían enfermos y lisiados para besarle
la mano y para alcanzar salud del Señor por su intercesión en el cielo».
Añade el P. Marimón que un sacerdote sintió desplacer de aquel
espectáculo por parecerle exageración, y, por no parecer extraño,
determinó besar el Cristo que el Hermano tenía y no su mano. «Acercóse
con este intento, e inclinando la cabeza para besar la cruz, le mostró el
Señor la dignidad y santidad de aquella santa reliquia. Vio allí el rostro del
Hermano Alonso muy hermoso y resplandeciente, que mirándole se
sonreía; y con aquella risa le enseñó tanto, que le mudó en un punto todo el
sentido y el corazón. Vio al Hermano vestido con una riquísima ropa más
que si fuera de oro y perlas, echando de sí rayos de claridad: quedóle tan
devoto, que no solamente allí le besó las manos, sino que si pudiera le
besara muchas veces los pies y los zapatos. Aquella mañana no podía salir
de aquel aposento, mirando al Hermano que ya tenía por grande santo, y
después a la tarde se estuvo siempre en la iglesia, en donde se puso el
cuerpo en un tablado, y después cuando fue puesto en su bóveda, era muy
continuo en hacer oración en el lugar de su sepultura.
«Como nuestro Colegio estaba muy lleno de hombres que acudían a
reverenciar el santo cuerpo del Hermano Alonso, así estaba la iglesia
llenísima de gente, principalmente de mujeres y todas las señoras
principales, las cuales como no podían entrar en el lugar en donde estaba,
instaban que se pusiese en público. Con acertado consejo se armó un
tablado casi de la altura de un hombre, cubrióse él y las escaleras de bayeta
negra. Por la instancia de la gente, antes de la una después del mediodía,
sacamos en procesión de su aposento a la iglesia el cuerpo del siervo de
Dios. Estaba el claustro llenísimo de gente, y ya tuvimos en él muchísimo
que hacer para guardar orden de procesión hasta la iglesia; mas cuando
estuvimos en ella, fue tanto el concurso, que ni se oían las voces, ni hubo
remedio de guardar concierto; y era tanto el ímpetu de la gente, y entre ella
las señoras principales que querían verle y besarle las manos, que
estorbaron e impidieron del todo la procesión y el poder llevar el cuerpo al
lugar. Tomóse por expediente apiñarnos y unirnos todos al rededor del
cuerpo, y con fuerza romper por la gente, y como en escuadrón cerrado
pasar hasta el tablado; y así llegamos al cabo de un buen rato. Como era
alto, y quedaron en él cuatro Padres en guarda para no dejar subir a
ninguno, quitóse la gente, contentándose con ver de lejos al Hermano
Alonso que estaba eminente puesto en unas andas. Ardían en el túmulo
115

buen número de hachas blancas que enviaron personas devotas, y una que
por sus oraciones había cobrado salud, le envió cuatro.
«Estando ya en público, empezaron a venir las religiones con sus
cruces en forma de procesión, y al rededor del túmulo cantaron con música
muy concertada y devota sus responsorios. Vinieron todos los religiosos
con tan grande caridad, afecto y devoción, que admiraba, y en ellas los
más antiguos y graves, con más afecto y voluntad. No solamente se
acordaban de lo que el santo Hermano, siendo portero y ellos estudiantes
de nuestras escuelas, les había enseñado de devoción y de espíritu, sino
que también lo predicaban, y se alegraban de aquel concurso y pública
aprobación de la virtud y santidad de su espiritual maestro. El cabildo de la
iglesia mayor de esta ciudad determinó venir capitularmente en forma de
cabildo con toda la clerecía y cruces de la Seo y de todas las parroquias. El
señor Obispo, que aquellos días estaba indispuesto, sabiendo la
determinación del cabildo, mandó que viniese toda la música de la Seo,
porque se cantase a canto de órgano, y con esto supliese el no poder venir
su Señoría. Vino el cabildo sin faltar dignidad ni canónigo, con las cruces
de la Seo y de las otras parroquias y con numerosísimo coro de más de
trescientos clérigos. Estaba nuestra iglesia llenísima de gente, sin caber
más en ella, y, sin ser convidados, el señor Virrey, jurados, magistrados y
toda la nobleza que por la mañana habían venido a venerar su santo
cuerpo. En esto se empleó toda la tarde en que se comenzó el oficio y
nocturnos de los difuntos para el entierro.
»Parecería casi increíble, si se contaran los millares de rosarios que
aquel día tocaron por devoción y como reliquia el cuerpo del Hermano
Alonso, y el afecto y devoción con que los procuraban y pedían, no
solamente la gente vulgar y plebeya, sino la más principal y noble de la
ciudad, caballeros, doctores, religiosos. Se juzgó pasarían de ocho mil».
Aquí dice el P. Marimón cómo se alcanzaron aquel mismo día
algunos favores extraordinarios por intención del santo Hermano, y cómo
no fue posible acabar las exequias, sino que, a petición del Virrey, se
determinó dejarlo todo para el día 3 de Noviembre, después del día de
difuntos, y que entonces se hiciese el entierro con oficio solemne y
sermón. Con esta promesa anunciada desde el púlpito y largas horas de
luchar con la multitud se logró despejar la iglesia y colegio.
«Al fin se fueron, y el P. Rector tuvo su consulta y acuerdo de
enterrarlo muy de noche y en secreto, porque habiéndole de enterrar el día
116

siguiente, que era el día de Todos los Santos, o el viernes, cuando se había
de hacer el oficio y honras, que dicen, y el sermón, nos habíamos de ver en
mayores aprietos: porque en el pueblo, cuanto más iba, crecía más el deseo
de verlo y de reverenciarlo, y juntamente crecía la razón de desearlo ver,
por los milagros y cosas que se decían del Hermano Alonso. Con esta
ocasión estuvimos los más de casa muy de espacio en el aposento del P.
Rector —habían puesto allí al santo Hermano— con aquel santo cuerpo
tan lleno de las insignias de la mortificación, penitencia, y de la cruz de
Jesucristo. Unos tomaban de los cabellos, otros de su ropa, todos
sacábamos rosarios, insignias y medallas, triunfando gloriosamente la
humildad y virtudes de un Hermano Coadjutor y lego, de todas las letras,
talentos y dones de tantos que estábamos allí, lectores de filosofía y
teología, predicadores, Rectores y Padres muy antiguos y graves. Allí
compusimos en un ataúd de buena madera el cuerpo de nuestro Hermano
Alonso Rodríguez, y nos despedimos de él con mucha confianza de verle
en el cielo con grandísima gloria.
«Llevárnosle en procesión y con luces, cantando con voz baja, por no
ser oídos de algunos que habían hecho diligencias de esperarse en las
puertas de la iglesia. Llevárnoslo al lugar de la sepultura, que fue una
capilla a parte del vaso ordinario en donde se entierran los Nuestros. Allí
se hicieron todas las ceremonias de la Santa Iglesia, bendíjose el lugar con
las oraciones y antífonas del ordinario romano con mucha devoción y
ternura. Eran ya las once, no lejos de la media noche, pero antes que
entrase el día de Todos los Santos —aunque el oficio ya había entrado a las
primeras vísperas —cuando se comenzó el oficio de la sepultura del
Hermano Alonso, y le llevamos con la solemnidad que está dicho a la
iglesia, porque entrase en ella al mismo tiempo que se celebraba la fiesta
de Todos los Santos, en cuya compañía creemos píamente está nuestro
Hermano Alonso».
Hasta aquí el P. Marimón. El lugar de la sepultura fue la capilla de la
Anunciación y Concepción de la Virgen Santísima.
Por aquí se ve cómo Alonso conquistó el alma de las buenas gentes
mallorquinas, muy aptas sin duda para sentir colectiva y popularmente a
un Santo. Se repite aquí lo que tantas veces admiramos en la historia de la
santidad: Dios da a sus pueblos escogidos los Santos que les convienen, y
a cada Santo le prepara su populus adquisitionis. No parece fuera de lugar
decir que efectivamente Alonso, así como dio mucho, así también recibió
mucho de Mallorca, no solo después de su muerte en el culto que le tributó
y tributa, sino aun en vida en otro género de bienes espirituales.
117

Dejando lo que pudo ayudar a la santidad del buen portero el
profundo espíritu sobrenatural, piedad tierna y buen sentido religioso, que
veía continuamente en aquel pueblo cristiano y ejemplar que acudía a
nuestro Colegio, un autor grave de nuestros días conjetura, no sin razón,
que Alonso aprendió en Mallorca a amar, con aquella ternura apasionada
que admiramos en su vida, el dulcísimo misterio de la Inmaculada Concepción.
Todas las tierras catalanas, pero sobre todas ellas Mallorca, ardían
con los fulgores del Doctor Iluminado Beato Ramón Lull, cuando Alonso
llegó a Palma para tomar parte en la fundación del Colegio de Montesión.
Aquel caballero andante de la gloria de Dios, aquel paladín de la
Purissima, como se llama en lengua catalana a la Inmaculada Concepción,
había contagiado de su entusiasmo a todo el pueblo. La escuela Lulista,
lejos de disminuir sus primeros fervores, los había intensificado hasta el
delirio con la oposición que sufría entonces el dulcísimo misterio por parte
de la escuela Tomista. En vida de Alonso sucedieron en Palma luchas y
triunfos en honra de la Purissima, en que literalmente tomó parte toda la
ciudad, la cual había puesto a la Inmaculada en la principal de sus puertas
y en una de las fachadas de su maravillosa catedral.
Supuestos estos antecedentes, escribe el P. Juan Mir: «A vueltas del
fervor espiritual que reinaba en Mallorca, creció extrañamente en el Santo
Hermano Alonso la devoción a la Virgen Inmaculada, a cuyo misterio
apenas le hallamos aficionado en su vida secular, bien que lo fuera
notablemente de la Virgen del Rosario. Pero así que puso los pies en la
isla, no paró de encomendarse a la Inmaculada Señora, rezando el oficio de
la Concepción cada día... Rezólo el Santo por espacio de cuarenta años,
como él mismo lo testificó. Cuarenta y seis pasó en Mallorca. Esta
circunstancia nos confirma en la seguridad de no haber tenido el Hermano
devoción a la Inmaculada hasta que entró en la isla; pero tan firme y
continuo fue en ella, que llegó a ser llamado Apóstol de la Concepción por
los nuestros y por los extraños».128
Concluiremos este capítulo y toda la vida de San Alonso Rodríguez
con unas palabras que el P. Marimón dejó escritas sobre los retratos que se
sacaron así en vida como en su muerte.
«Para consuelo nuestro y devoción de los que reverencian la santidad
del Hermano Alonso, ha ordenado Dios Nuestro Señor que se acertase
128

La Inmaculada Concepción, cap. 17, n.º 2.

118

mucho en sacar sus retratos, porque todos son muy al natural y propios,
que no hay hombre que haya conocido al Hermano Alonso cuando vivía,
que no lo reconozca luego por su retrato. Es verdad que en ellos se
advertirá alguna diversidad. Porque unos se sacaron viviendo el Hermano
Alonso algunos años antes de su muerte, y estos son más morenos y con
más sombras, los ojos y lagrimales más encendidos y casi quemados, y era
así entonces, que con la abundancia de lágrimas que en la oración y
continua presencia de Dios derramaba, tenía los ojos y párpados y aun
parte del rostro tan colorados, que parecían carne. Los otros retratos se
sacaron estando el Hermano Alonso en el rapto de los tres días, y estos son
más blancos, y colorados, y vivos, y muy venerables, y que apegan mucha
devoción.
»La estatura del Hermano Alonso fue mediana y proporcionada, pero
por los trabajos y enfermedades y larga vejez había muchos años que iba
muy encorvado, y los pies arrastrando por los dolores y llagas que desde
muchos años acá ha tenido en ellos, aun cuando era portero: porque se
entienda que lo mucho que andaba en aquel oficio le causaba mucho dolor,
y el Hermano se holgaba de servir a Dios y cumplir su oficio y obediencia
con aquel trabajo, para que fuese más meritorio».
El año siguiente al de su muerte, o sea el de 1618, se incoó el proceso
en orden a su beatificación y canonización. En 25 de Octubre de 1633 el
Gran Consejo General del Reino de Mallorca le incluyó en el número de
sus patronos y protectores. Clemente XIII a 25 de Mayo de 1760 aprobó
como heroicas las virtudes de Alonso; León XII le beatificó a 20 de Mayo
de 1825, y León XIII le canonizó solemnemente el día 15 de Enero de
1888 juntamente con su discípulo espiritual San Pedro Claver y el angélico
joven San Juan Berchmans.

119

EPÍLOGO

EN SAN ALONSO FUE CANONIZADA LA VIDA DE LOS
HERMANOS COADJUTORES. LUGAR QUE OCUPAN EN LA
COMPAÑÍA DE JESÚS. IDEAL DEL COADJUTOR. SU SAN TIFICACIÓN PROPIA. COOPERACIÓN EN LA SANTIFICACIÓN
DE LOS DEMÁS.
Pertenece por derecho propio este epílogo a los Hermanos
Coadjutores de la Compañía de Jesús. En San Alonso Rodríguez tienen
ellos canonizada su vida; ellos son para el Santo bendito como una
espiritual descendencia y herencia de santidad: casta generatio, populus
adquisitionis. La mejor manera de hacerlo será glosar brevemente el ideal
de un Hermano Coadjutor, y ver cómo en San Alonso se cumplió
perfectísimamente.
En las reglas de los Coadjutores se les recuerda «la suerte de Marta».
Marta no es el tipo de la acción material, mecánica, fría, puramente
exterior, como la de un criado asalariado; Marta es la que prepara a Jesús
un hospedaje cordial, íntimo, activo y amoroso a la vez, como ofrecido por
un alma verdaderamente enamorada. Por esto en la tradición eclesiástica se
la toma como símbolo de la «vida activa», que es —nótese bien— una
categoría de «vida espiritual» como la «vida contemplativa». Vida
espiritual activa es aquella que se ocupa en las obras exteriores de la gloria
divina por amor de Dios, es la vida interior injertada como savia en la vida
exterior, es el espíritu que se hace alma de la acción.
Y esto es San Alonso Rodríguez. Es el hombre activo infatigable,
indomable e indomado ni por los golpes de las enfermedades ni por el peso
de la vejez; pero al mismo tiempo es el hombre interior ideal, que pasa por
las cosas sin parar en ellas, sin dejar en la liga de las criaturas ni una pluma
de sus alas de paloma. En él hay tal infusión de espíritu, que todo se
espiritualiza en sus manos; tales claridades interiores, que lo más material
120

se torna transparente; tal rapto de divinidad, que todo sube arriba como
arrebatado por el carro de fuego del profeta.
Y con ser sublime, es llano. Tiene la sublimidad de la sabiduría de los
humildes enseñada por Jesucristo, que hace que los niños penetren las
infinitas profundidades de Dios. Los sabios, los doctores, los apóstoles,
pueden y deben venir a aprender grandezas de este «teólogo de Dios»;
pero oyendo no entenderán, si no se hacen sicut pavouli, pequeñitos como
los que rodeaban a Jesús. Esta es la gran ventaja que tienen los Hermanos
Coadjutores para salir discípulos aprovechados de la escuela del portero de
Montesión: que por profesión poseen ya este sentido de la humildad. Lo
que conviene es, que eso que tienen por profesión, lleguen a poseerlo por
un convencimiento «ponderado», que diría Alonso, y a abrazarlo con un
enamoramiento sobrenatural.
Vamos, pues, a explanar en este breve epílogo el ideal que la
Compañía de Jesús tiene formado de sus Hermanos Coadjutores, y a
demostrar cómo todo él vive palpitante en San Alonso Rodríguez.
La Compañía necesita tener Hermanos Coadjutores. San Ignacio lo
declaró casi en la primera página del Examen, que es el primer libro legal
de la Compañía. La razón es de sentido común. La gloria de Dios
procurada por hombres abraza necesariamente dos clases de ministerios,
espirituales y temporales. Todo ministerio, para ser bien ejercitado,
requiere un hombre expreso, profesional, aunque podría parecer que los
oficios temporales podrían cumplirlos en la religión los mismos que los
ejercitan en el mundo, criados alquilados al efecto, una reflexión sumaria
convencerá a cualquiera de que esto no puede ser así.
Efectivamente. En la religión todo es santo, porque todo se ordena a
un fin santo, y todo se hace por motivos de santidad. El comer, el vestir y
las demás cosas materiales de un religioso, no tienen el mismo valor y
carácter que estas mismas cosas en los del mundo, aunque en la apariencia
exterior en nada se diferencian. Si San Pablo dice esto de los cristianos
comparados con los gentiles ¿cómo no ha de ser verdad de la parte más
escogida de los cristianos? La vida de una casa religiosa es el espíritu. Por
lo tanto el espíritu ha de informar todos los miembros de la misma. Como
organismo humano, forzosamente ha de tener miembros que sirvan a la
vida material. Si, pues, estos miembros no estuvieran informados del
espíritu, serían miembros muertos, no podrían formar parte integrante de
un organismo vivo, o bien éste sería un ser mutilado.
121

Inversamente. ¿Qué dignidad no recibe la religión de que todas sus
partes sean vivificadas por un mismo espíritu sobrenatural? Si el que barre
y el que cose y el que cocina, lo hacen todos por motivos divinos, y a esto
están dedicados por profesión, ¿quién no ve cómo crece y se realza la
dignidad moral de estas cosas tan rastreras, y sobre todo la dignidad divina
de las personas aun en los actos más deprimentes? Usemos con el debido
respeto la siguiente comparación. De la persona divina de Jesús se
derivaba una dignidad infinita aun a los actos materiales de su naturaleza
humana, y la razón era porque esta naturaleza humana toda estaba
informada por la persona divina. Por semejante manera, si el ideal de
santidad informa todos los miembros de una corporación y todos los actos
de los mismos, aun los ínfimos, todo queda elevado a la dignidad de aquel
ideal.
El ideal que a todos, y particularmente también a los Coadjutores,
señala San Ignacio, es siempre el mismo: «el amor de la divina Majestad»,
«la mayor gloria de Dios». En esto no se diferencia el P. General del
portero del Colegio de Mallorca: ambos sirven al mismo Señor; ambos por
el mismo motivo de amor; ambos con la esperanza del mismo premio.
Marta y María en esto son iguales; sólo difieren en la ocupación y postura.
Por estas razones manda San Ignacio que haya todos los Hermanos
Coadjutores necesarios, pero sólo los necesarios: porque sería dañoso a la
Compañía, tanto el defecto como el exceso.
El defecto le dañaría —a más de la razón fundamental ya dicha y
explanada— porque metería algo del mundo dentro del ambiente de la
casa religiosa. Esto cualquiera verá que es inevitable. El exceso, porque
crearía aquella «turba de gente» tan aborrecida de San Ignacio, y en este
orden indudablemente mucho más perturbadora. El número que piden los
oficios, y todos y cada uno de los individuos «persuadidos que en esto
sirven y glorifican a su Criador y Señor, por cuyo amor y reverencia
trabajan en ellos»: he aquí la aspiración de San Ignacio y de los que
después de él rigen la Compañía de Jesús. Ideal ciertamente nobilísimo,
que a nadie rebaja, y por tanto, que sería dignísima ocupación aun de un
hombre letrado, como nota el mismo Santo Padre Ignacio.
Todo lo dicho va a que se vea la dignidad nobilísima de un Hermano
Coadjutor, y la raíz espiritual de esta dignidad. Poseído el ánimo de estas
verdades, o mejor, poseído por ellas, tiene la orientación de su santidad, y
además tiene la luz y la fuerza necesaria para alcanzarla. Y vengamos a
San Alonso.
122

De aquí arranca esa perfección que nos admira. El ideal de la mayor
gloria de Dios, si se ceba en un espíritu, forzosamente ha de elevarlo a
grande santidad. Que las cosas a que se aplique sean grandes o pequeñas,
según las medidas humanas, poco importa; lo esencial es que viva
poderoso este amor del alma. Y esto fue San Alonso, y por esto fue santo.
Dios le poseyó totalmente, y todo lo que no es Dios desapareció de sus
ojos, o no tuvo otro valor que el de ser medio para servirle y darle gloria.
«Lo amargo se le hacia dulce», si era por amor de Dios; «lo dulce se le
hacía amargo», si no tenía el sabor de Dios. Porque encontraba en ello más
amor y gloria divina, buscaba la humillación y los trabajos con más ardor
que los mundanos la gloria y el placer; y miraba como amigos a los que le
perseguían, porque le hacían más semejante a Jesucristo; y a sí mismo no
se podía sufrir, porque le parecía que era el mayor enemigo de su propia
santidad. Aquel temple de alma, como de acero vibrante y durísimo, no se
adquiere sino en la fragua de un ideal divino.,
Pues este mismo ideal se propone a todo Hermano Coadjutor de la
Compañía en la primera de sus reglas, y es el mismo que se propone a los
sacerdotes, y el mismo que se señala a toda la religión en la primera página
de sus Constituciones. Lo característico del santo portero fue que supo
hacer vivir este ideal en las cosas más pequeñas con mucha mayor
vitalidad que otros en las más grandes. Lo que no era Dios para él no era
nada; pero en su santidad había hallado el secreto de encontrar a Dios en
todas las cosas, «a él en todas amando y a todas en él conforme a su
santísima y divina voluntad».
Alrededor de este árbol de la vida, apoyadas en él o regaladas en su
sombra, crecen todas las demás virtudes que forman el ideal de un
Coadjutor según sus reglas.
La pureza de conciencia. Este es el metal de que se forman las joyas
con que quiere adornar el Señor su casa. Todos los otros metales amados
por los hombres, son viles; este sólo tiene la luz e incorruptibilidad propia
de los ángeles y de Dios.
Alonso fue verdaderamente aquel innocens manibus et mundo corde:
no se halló en él falta en sus obras, ni mancha en su corazón. Era en esto
como un niño, era «el alma niña» de que nos habla tantas veces en sus
escritos. Por esto el Señor y su Madre Santísima tenían con él aquellos
regaladísimos juegos y ternuras que él nos pinta como jamás las ha pintado
otro autor espiritual. Pureza y candor humanas que podrían parecer
originales e irreparables. Espanta ver en Alonso como su pureza como de
123

ángel hizo de un hombre bregado en todos los azares de la vida del mundo
un niño de infinita simplicidad.
De la pureza de conciencia nace la quietud del alma. Alma pura es el
estanque retirado y placidísimo donde se refleja todo el cielo. El Señor es
el rey pacífico y su reino son los corazones en paz. En ella tienen las almas
aquel juge convivium, aquel eterno convite de justicia y gozo en el Espíritu
Santo.
San Alonso tuvo luchas incontables; pero tuvo un reino de paz en lo
más alto y profundo de su espíritu. No se oponen estas dos cosas en la vida
de perfección. La paz y la guerra espiritual, aunque se disputan un mismo
campo, que es el corazón del justo, pero nacen de opuestos puntos
cardinales; y es muy capaz el espíritu de recibir impresiones muy
contrarias, quedando asegurado en el esfuerzo de su libertad y sobre todo
en la gracia de Dios. «Donde yo estoy no hay que temer», oyó Alonso
muchas veces de labios de la Virgen Santísima, y uno de los textos que
sabía y repetía opportune et importune era el caritas foras mittit timorem:
la caridad echa fuera todo temor.
La paz interior produce, como raíz su flor, la paz externa, la
apacibilidad en el trato, tan recomendada en su regla a los Hermanos
Coadjutores. Quien sirve a los hombres por Dios, a Dios sirve en realidad,
y Dios y los hombres aman al que da con agrado: hilarem datorem diligit
Deus.
Aquella alma de Alonso, tan dura cuando se miraba a sí mismo, toda
se derretía y derramaba cuando se trataba de servir a los demás. Todos se
hacían lenguas de este agrado exterior con que sazonaba todos sus
servicios, como que ponía la misma afabilidad que hubiera puesto en servir
a Jesús y María «sus dulcísimos amores». En sus escritos le vemos ensayar
una y otra vez las palabras «más dulces que la miel» con que ha de
complacer a sus hermanos, y los gestos externos con que ha de disimular
toda impaciencia interior que se despierta en el sentido por las inconveniencias que traen las cosas consigo. Miraba a todos como unos ángeles,
nos dice él mismo, y como a ángeles les trataba y servía con inefable
suavidad. Y lo mismo hay que decir de la gente de fuera. Un carácter de
Santo tan austero y mortificado como el de San Alonso, parece que había
de repeler a la gente del mundo; pero no era así. Le buscaban así los niños
como los mayores, y tenían como dicha suya poder comunicar con él.
Aquel enigma de Sansón de forti dulcedo, del fuerte nace la dulzura, tiene
la más perfecta aplicación a la santidad: sólo el Santo bien mortificado es
124

siempre dulce en el trato, porque sólo él tiene siempre bien domeñadas las
pasiones que perturban el corazón.
Finalmente se inculca a los Hermanos Coadjutores en sus reglas el
constante deseo de la virtud y perfección propia y la edificación dada a los
demás, que es el doble fin de la Compañía aplicado a su estado y
profesión.
El deseo es como la palpitación del corazón, el índice de su vida. En
materia de perfección, corazón deseoso de adelantar, es corazón vivo y
sano; corazón remiso, da señales de depresión alarmante que puede acabar
en alguna crisis fatal. De ley ordinaria la gracia del Señor se da a medida
de nuestros deseos. Ellos, cuando son verdaderos, santifican como el amor,
porque son el amor de lo que no se posee. Amor de la virtud, deseo de
perfección, son ya la virtud y perfección misma, porque no consisten ellas
en actos exteriores, sino en los actos de la voluntad. Por esto San Ignacio,
al proponer a los que piden la Compañía los altísimos ideales de santidad
que supone la perfecta imitación de Jesucristo, advierte que donde no viva
todavía la verdad, se contenten con los deseos o al menos con las ansias de
tenerlos.
En la santidad quien más tiene más desea. El Santo es
verdaderamente un varón de deseos, vir desideriorum. Cuanto más poseen
a Dios, tanto más conocen lo que les falta y menos aprecian lo que han
logrado. Al fin se aceleran e inflaman los deseos como en un incendio
amoroso que les pone en el trance de querer morir, cupio dissolvi.
Esto fue San Alonso. El primer impulso de su conversión nos parece
que le levanta de un vuelo hasta la cumbre; y sin embargo él llama
aquellos primeros tiempos «su niñez espiritual». El no se contenta nunca,
por más que adelante con velocidad acelerada. En virtud quiere llegar al
«misterio de las perfectas virtudes»; en amor nos dice que vive devorado
de «cuatro amores infinitos», AI fin un cuarto de hora de dormir le duele
en extremo, porque en él deja de merecer; y quisiera o no dormir, o
padecer y merecer durmiendo.
En cuanto a la segunda parte del fin de la Compañía, que es la
salvación y perfección de los demás, tampoco parece que se pueda ir más
allá. Porque no se condene un alma, desea sufrir las mismas penas del
infierno." Por su celo encendido, le concede el Señor la gracia nunca oída
de hablar actualmente en espíritu con todos los hombres de la tierra. Su
vida es un perpetuo sermón y una viva exhortación a la santidad. Dios abre
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en su portería una escuela de perfección más alta y fecunda que la de los
más sabios varones. Él llega a ser el alma y vida de todo el Colegio de
Montesión, y de su plenitud todos los demás participaban.
San Alonso ha tenido y tiene imitadores también en esto. Según la
gracia que el Señor distribuye gratuitamente a sus siervos, muchos buenos
Hermanos ayudan poderosamente a la salvación de las almas con sus
oraciones, con su edificación, con pías conversaciones, con su consejo y
exhortación a las buenas obras, particularmente a la confesión. Bien que en
la Compañía no sólo es así como se contribuye al bien del prójimo, sino
también con todo lo demás. En la Compañía todo es salvar almas —dice
con mucha razón el P. Rodríguez— porque toda ella cuanta es, está
ordenado a este fin apostólico, y todos somos miembros de un mismo
cuerpo y vivimos de un mismo espíritu. Por esto las reglas de los
Hermanos Coadjutores acaban con toda razón asegurándoles, que «no sólo
conseguirán entero galardón de sus trabajos y sudores, sino también serán
participantes de todas las buenas obras que Dios Nuestro Señor a su mayor
honra y servicio se dignare obrar por toda la Compañía; como también de
todas las indulgencias y gracias que la Sede Apostólica benignamente ha
concedido a los Profesos, para mayor bien de sus almas».

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