POESÍA Y VERDAD BAJO EL SIGNO DE ASUETO Lic.

Patricia Rennella (Presentación de la edición en libro de la publicación Asueto, Hojas de Poesía, 1999-2007, Villa Dolores, Córdoba, Ferreyra Editor, abril de 2008)

Con diversa intensidad en cada época, las publicaciones literarias de índole cultural han desempeñado un rol relevante en el campo intelectual argentino. Desde 1893, año decididamente inaugural gracias a la aparición de La nueva revista que fuera el órgano de manifestación de “El Ateneo” de Buenos Aires fundado por Rafael Obligado, estas publicaciones han jalonado, propiciado y en parte cimentado cada una de las etapas de nuestra literatura. Obras casi siempre de jóvenes escritores y, en menor medida, de autores consagrados, surgidas generalmente en épocas de crisis y transformación a impulsos de la pasión innovadora, beligerante o combativa de grupos, escuelas y facciones literarias, dichas revistas han sido mayormente emprendimientos destinados a la difusión de textos, opiniones, valoraciones, enunciaciones de posiciones personales y de todo tipo de información pertinente, sin olvidar la formulación de lineamientos ideológicos o doctrinarios, filosóficos, políticos o artísticos; pero también en ellas germinó la gran obra de aliento y se consolidaron trayectorias personales, se rescataron libros y autores desconocidos u olvidados, se gestó una vasta y consecuente tarea de análisis y crítica de todo nuestro quehacer cultural e intelectual, se afirmaron proyectos estéticos, aspiraciones compartidas y pretensiones generacionales, se debatieron democráticamente controversias individuales y polémicas históricas, se entablaron sólidos vínculos de amistad entre escritores y enemistades íntimas o mundanas, reales o ficticias, se desplegó, en suma, una formidable contribución a la apertura, la divulgación y la expansión de nuestras letras. En este sentido, no es ocioso recordar el carácter paradigmático o central que adquirieron revistas como Nosotros, Martín Fierro (segunda época), Sur, Canto, Poesía Buenos Aires, Contorno y más recientemente Último reino, sin pretender con ello agotar una nómina que, por ejemplo, en el caso de la llamada Generación del ‘40 abarca en una década la cifra sorprendente de alrededor de un centenar de títulos. En este contexto, una incidencia específica y digna de ser comentada es la de las “hojas de poesía” como éstas que hoy presentamos bajo el nombre de Asueto, ya que constituyen por derecho propio un género literario y periodístico único, surgido históricamente en la citada década del cuarenta: se trataba de una publicación de relativa extensión, conformada por un número

limitado de hojas desplegables o abrochadas que respondían a la fórmula “crítica y poesía” -o creación y reflexión-, dos tareas que, al referenciarse y legitimarse mutuamente, daban cuenta de cierta institucionalización de los estudios literarios y, al mismo tiempo, de cierto grado de profesionalización del escritor. De allí que el subtítulo específico de hojas, cuadernos, volantes o alas de poesía sea una constante significativa en las publicaciones de la época, enfatizando de ese modo un determinado tipo de circulación del material poético y posiblemente un cierto perfil de público lector, en una década que también se caracterizó por el inicio de una verdadera nacionalización y federalización de la cultura, elementos que, de algún modo, juegan también un rol particular en la génesis de la revista que hoy comentamos. En el caso singular de Asueto, nombre que en sí mismo es un hallazgo por su poder de evocar la celebración y el ocio, el disfrute de la gozosa lectura bajo condiciones ajenas a la lógica de lo impuesto, lo utilitario o lo reglamentado1, emerge plenamente otro rasgo que la crítica ha destacado con nitidez en estas publicaciones, su carácter de antologías cruciales de una generación o de un grupo, la puesta en acto de una precisa función selectiva por sobre la inmediatez de la circunstancia anecdótica y del tiempo que pasa. De este modo, los veintiún números publicados en Villa Dolores, provincia de Córdoba, entre abril de 1999 y abril de 2007–dato posicional no menor por sus implicaciones en cuanto a la constitución de una región geocultural y de un polo de irradiación alternativa frente a los grandes centros políticos y culturales hegemónicos-, configuran una muestra acabada, en textos y autores, de algunos de los mejores exponentes de la literatura argentina de las últimas décadas y revelan insospechados tesoros de la más alta producción lírica nacional contemporánea. Así, merecen ser señalados sobre un total de sesenta y dos escritores relevados, y conforme a un criterio puramente generacional –los nacidos, en líneas generales, antes de 1935- que privilegia a algunos de los poetas de trayectoria más vasta para evitar tanto las omisiones puntuales como los excesos del mero listado hemerográfico: Alejandro Nicotra, Osvaldo Guevara –ambos asesores del Consejo de Redacción-, Rodolfo Godino, Osvaldo Pol, Gaspar Pío del Corro, Francisco Colombo y Mario Argüello entre los cordobeses; y luego Jorge Calvetti, Rodolfo Alonso, Horacio Armani, Raúl Aráoz Anzoátegui, Antonio Requeni, Rodolfo Modern, Federico Peltzer, Luis Alberto Ponzo,
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Con independencia del campo semántico evocado, por explícita intencionalidad de los autores el nombre fue tomado de la selección poemática Libertad bajo palabra (1935-1957) del poeta mejicano Octavio Paz (México, Fondo de Cultura Económica, 1960).. En la sección que lleva ese título se incluyen algunas de las mejores formulaciones de Paz en torno a cuestiones de poesía y poética; ideas como belleza, verdad, perpetuación, carácter mistérico o sagrado de la inspiración y plenitud o “delicia” encuentran una forma acabada en estas páginas: “…naces, poesía, delicia,/ y danzas, invisible, frente al hombre./ El presidio del tiempo se deshace”.

Héctor Miguel Angeli, Graciela Maturo, Ana Emilia Lahitte, Juan José Hernández, Máximo Simpson y Horacio Preler, entre los provenientes de otras provincias. Asimismo, desde el número 4 de abril de 2000 se incluyen valiosos trabajos de traducción literaria de autores como Cesare Pavese, Robert Frost, Pier Paolo Pasolini, Stéphane Mallarmé y Gérard de Nerval, entre otros, a cargo de Esteban Nicotra, Pablo Anadón y Alejandro Bekes. Desde otra perspectiva, mención aparte exige, en este contexto, la tarea de análisis y reflexión que, en toda su variedad y excelencia, acompaña cada ejemplar aproximando al lector la palabra viva y actuante del poeta como crítico y ensayista. Hay estudios de conjunto sobre la promoción del cuarenta, la lírica de Córdoba y algunos textos fundacionales de la literatura argentina –auténticos hallazgos por su selección de textos y autores-; hay, igualmente, investigaciones más acotadas como son los trabajos sobre Luis Cernuda, Alejandra Pizarnik, Raúl Gustavo Aguirre, César Vallejo y Francisco de Quevedo, y en este campo descuellan algunos ejemplos relativos al rescate y la recuperación de escritores poco leídos o poco frecuentados por la crítica: Bartolomé Hidalgo, Rafael Alberto Arrieta, Jacobo Regen y Dora Hoffman. A todo ello es preciso sumar artículos de sesgo marcadamente especulativo que incursionan en diversas temáticas propias del oficio: el rol de la tradición lingüística, la responsabilidad del escritor, las condiciones y posibilidades de la lectura, el divorcio entre autor y público, la génesis de la experiencia lírica y la crisis del lenguaje en el mundo contemporáneo, entre otros numerosos tópicos de indagación que examinan no sólo la configuración de algunos aspectos de una posible estética sino los presupuestos y las implicaciones de una verdadera ética de la escritura; no sólo la consideración inmanente del texto literario como un ente autónomo y autosuficiente, sino su potencial inserción en múltiples marcos de integración, de legitimidad y de valor. En este horizonte amplio, de coexistencia plural pero de homogeneidad de voces de aquilatada entidad lírica, sería quizá arriesgado aventurar sin más líneas o tendencias rígidas, hecho que, sin embargo, no resta unidad y coherencia al conjunto al punto que podría postularse la presencia en Asueto de algunos números o ejemplares de orientación temática, en los que la progresión textual se parece a un único poema modulado en distintos tonos, ritmos y armonías. No obstante ello, hay coincidencias significativas: un lirismo maduro y depurado, cierta tendencia a la sobriedad y al despojamiento expresivo, una atención permanente e irrestricta hacia la subyacencia de lo esencial humano, un interés evidente en la profundización epifánica de la experiencia universal, comunitaria, personal o íntima; una poesía, en suma, capaz de “captar lo nuevo en lo ya conocido” y “lo más hermoso en lo más callado” –cito a Rafael Felipe Oteriño-, una poemática que

enuncia “la palabra necesaria, imprescindible y única” –cito a Rodolfo Alonso-, una textualidad que no sólo crea una “circunstancialidad” dotada de una “significación interior” –cito a Alejandro Nicotra-, sino que ausculta la materialidad del lenguaje como “sustento y sostén de toda construcción lirica” –cito a Julio Castellanos-, autores todos que, de un modo o de otro y sin traicionar el carácter grupal de la revista, pueden ser invocados aquí conforme a un principio económico de auto-referencia a partir de sus valiosas contribuciones ensayísticas. Mas, por sobre esta pluralidad que no es dispersión sino conjunción y convivencia, quisiera resaltar en Asueto la presencia vinculante del grupo de poetas integrantes de su Consejo de Redacción, residentes, en su mayor parte, en Traslasierra o procedentes de esa localidad, a saber: María Esber, Gabriela Bayarri, Jorge Vázquez Yofre, Ana Tibaldi, Claudio Suárez, Carlos Gómez Chapanay y Nené Funes. Con diversos matices e inflexiones centrados en la preeminencia de lo paisajístico, lo cotidiano, lo objetual, lo erótico o lo reflexivo, estos escritores predican con el ejemplo y brindan pruebas más que suficientes de su real valía y trascendencia, en tanto en todos ellos se hace patente, de un modo o de otro, junto a una meritoria lírica a la que sin duda no es ajeno el magisterio intelectual de Alejandro Nicotra y Osvaldo Guevara, la impronta de una hondura en la que se transluce la vivencia luminosa del valle de Traslasierra, la majestuosidad de su entorno natural y su deslumbrante potencialidad como perpetua fuente de inspiración creativa. En este sentido, la figura de Nené Funes (Villa Dolores, Córdoba, 19352002), a quien está dedicado este volumen, requiere en nuestro criterio un homenaje especial pues la suya es una poesía que bien puede recibir el calificativo de clarividente: de extraordinaria finura y capacidad imaginativa, gobernada por un sentido sagrado y extático del existir, logra en la perpetuación del instante la percepción de un mundo mágico, inmarcesible y primordial que, por igual, fascina y conmueve al lector. En estos textos en los que, con justicia “cada instante es un punto de misteriosa eternidad” (2003-2007:p. 195)2, en los que “todo vibra en comienzo” pues “hay un espejismo de destino” (1999-2007:p. 14) e impera “un silencio estremecido de últimas voces” (1999-2007:p. 29), adquieren un valor premonitorio de legado algunos versos de publicación póstuma como los del poema “La lluvia cae”: ”Todo se inunda de ternura.// Hasta la semilla/ que se incorpora silenciosa/ a la esencia entrañable de la tierra” (2003-2007:p. 182). En una línea afín, María Esber (Buenos Aires, 1929), junto con Funes la poeta de mayor trayectoria y más ampliamente representada por el número de exponentes líricos incluidos en la muestra, diseña una poética
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De ahora en adelante, todas las citas textuales remiten a la edición de Asueto, Hojas de poesía,( 1999-2007), de Ferreyra Editor, Córdoba, octubre de 2007, 343 páginas..

simbólica en la que diversas formas de circularidad (la cúpula, la fuente, el espejo, los árboles, las cumbres) remiten sea a la magnificencia de un espacio más enunciativo o subjetivo que físico, sea a la percepción ominosa del paso del tiempo como devenir: ante el milagro renovado del mundo que concita un asombro fresco y primigenio, la contingencia humana –límite, presagio y posibilidad- es tanto escape como renunciamiento o despedida, condición de adversidad que, junto a la actitud dialógica, pareciera acentuarse en los últimos poemas publicados (“sólo los horizontes/ de cumbres circulares/ contienen el adiós.// Cántaro no colmado/ todavía,/ por el último verso”, 2005-2007:p. 258). La búsqueda, en ese marco, será quizás “paralizar el instante” y “ensayar la eternidad” (1999-2007:p. 27). Por su parte, Claudia Bayarri (Córdoba, 1966) es una presencia que irrumpe con frescura, determinación, entusiasmo y una fina captación estética desde sus primeros poemas, que conduce rápidamente a una promisoria madurez diversificada en dos tendencias, la contemplativa, centrada en la representación empática de la proyección interiorizada del medio natural (“ahora,/ en este instante/ el universo renace,/ y sostengo estas estrellas contra mi pecho/ para atrapar la memoria”, 2004-2007:p. 211); y aquella que apela a la puesta en discurso de una mirada de género sutilmente femenina, fundada en una precisa selección de elementos compositivos que remiten a la complementariedad de los principios genéricos hombre/mujer: “una mujer se va,/ y enceguece el alba.// Un hombre llega,/ y enciende el horizonte” (2004-2007:p. 232). Por último, en Ana Tibaldi (Bahía Blanca, 1947) se despliega un delicado minimalismo de situaciones y objetos que operan por la sugerencia y la imantación de un verdadero advenimiento de presencias; la fuerza, la economía y la intensidad de la escritura parecieran ser los requisitos que busca la “palabra nueva” de la escritora, capaz de “creer en la inocencia” sin eludir la –apenas insinuada- alusión política o social: “y cuánto duele/ quedarme aquí// despierta,/ callada” (2006-2007: p. 300). En cuanto a la escritura de autor, el poeta de mayor experiencia y formación del grupo es Carlos Gómez Chapanay (Córdoba, 1942), quien registra una evolución extraordinaria desde formas clásicas y tradicionales ligadas a una metafórica y una sonoridad convencionales – como es el caso del soneto ”Rosa morena” escrito en 1979 y publicado en 2003 (2003-2007:p.183)- hacia una notoria diversificación de estructuras compositivas y una lírica austera y decantada cuyo distintivo es la brevedad y la densidad semántica, el extremo poder connotativo de una palabra de gran eficacia estética cargada de intuiciones, dudas y sospechas que no eluden el interrogante existencial (“cómo pensar en la muerte/ a la hora de la vida”, 1999-2007:p. 16), el velado e inasible erotismo (“por tu figura desciende/ el amor y el deseo/ y tu sombra/ se derrama por un espacio/ intocable”, 2001-2007: p. 96) y la reflexión sobre

el destino de la poesía y el lenguaje (“largo camino de nombres/ antigua torre que señala/ el centro de mis laberintos”, 2002-2007:p. 153). En Jorge Vázquez Yofre (Córdoba, 1949), gracias a un itinerario que también avanza hacia una potente síntesis expresiva y, en igual medida, hacia reales niveles de excelencia lírica, se abre paso una actitud de profunda introspección abismada en una nítida propensión metafísica ocasionalmente teñida de ciertas inflexiones nihilistas o “malditas”: “alma mía,/ -nave de negro pulmón-// (…) tú y yo/ siempre,/condenados al instante” (1999-2007: p. 31). En ese “diálogo” poemático con “la voz de una lágrima/ que vuelve a su origen” (2000-2007: p.72), como en otros autores la visión se conjuga con una estilizada recreación de algunos elementos sobresalientes del paisaje; sólo que aquí la preeminencia de las horas crepusculares y nocturnas, el imperio de las tonalidades brumosas o sombrías, las típicas recurrencias imaginales (noche, río, agua, mujer, luna) y el sentido elegíaco del acontecer le brindan cierto relieve original en el interior del grupo, que lo mantiene al margen de concesiones eufóricas o intromisiones anecdóticas:“la noche cae/ sobre la noche (…)// …y un silencio de campana/ donde sólo se siente/ el crecer de las horas // (allí, en las laderas/ escarpadas del corazón.)” (2005-2007: p. 260). Finalmente, Claudio Suárez (Córdoba, 1940), a través de personajes arquetípicos y en espacios reducidos a su mínima expresión simbólica elabora una fina poesía de elevado poder de sugestión, en la que el peso de la significación es conferido a la alusión y la mención indirecta o implícita, no carente de ocasionales matices de ternura, juego e ironía: “tener dos alas nuevas y plegarias/ sobre ese dolor tuyo.// Ser sombra/ paz nocturna en torno/ a tu apagada sonrisa” (2006-2007:p. 312). No quisiéramos culminar estas líneas sin realizar una acotada reflexión que, al igual que el “Prólogo” de Julio Castellanos que da inicio al volumen que hoy presentamos, apunta a formular una suerte de elogio y bendición de lo pequeño, sólo que desplegando otros acentos y modulaciones sin duda presupuestos o contenidos en él; asimismo, en trabajos recientes, ensayistas como Ricardo Herrera, Tamara Kamenzsain y Francine Masiello han señalado la tendencia -descollante en algunos sectores de la literatura actual- que hace patente un “giro hacia lo mínimo” en ciertas formas de representación y producción lírica, inflexión ligada no sólo a un cambio de sensibilidad o a un agotamiento de algunas modalidades artísticas precedentes, sino a una posición de crítica y resistencia frente a la preponderancia histórica de los llamados “grandes relatos”-en el sentido de autores como Jean-François Lyotard en La condición posmoderna- de la filosofía, la historiografía y diversas ciencias sociales que fueron puestos al servicio de la voluntad de dominación y explotación a la manera de grandes paradigmas teóricos y

discursivos, configurando ideologías y visiones del mundo falsamente naturalizadas que asumieron un carácter centralizador e imperialista. De este modo, frente a las narrativas y los saberes enciclopédicos de la modernidad y sus aspiraciones totalizadoras; frente a los usos pragmáticos y masificados de la cultura con sus estrategias de mercantilización y cosificación; frente a la crisis de los idiomas públicos y las lenguas oficiales con sus pretensiones monopólicas; frente a la banalización de la existencia y la desacralización domesticadora de la vivencia o el aplanamiento de los potenciales estéticos de lucha, crítica y confrontación, no sólo el pequeño formato de estas hojas de poesía se aviene, diríamos, familiarmente a las temporalidades restringidas de la cotidianeidad o a las instancias fragmentadas y dispersas de la civilización mediática; no sólo el formato breve propicia la concentración de esfuerzos y la convergencia de proyectos y actitudes que redundan en la excelencia del resultado como objeto de gratificación y de consumo; pues puede ocurrir, y de hecho ocurre, que en lo mínimo se encuentre la posibilidad última de la verdad y el lugar de la invisible alianza de ésta con la perennidad de la poesía y la belleza. A la manera de una entidad monádica y quizá prismática por su concurrencia de nombres y registros, también el pequeño formato puede ser faro y fanal de irradiación, el vigilante foco de expansión de los lenguajes y las voces que deben ser rescatados, difundidos y custodiados. De estas operaciones de auténtica transfiguración de lo mínimo en lo monumental, del ínfimo sentido en el gran vehículo de la significación universal y multitudinaria, se nutren empresas de tanto valor y jerarquía como ésta que hoy presentamos a través de las “hojas de poesía” Asueto. Hojas que, según decíamos, en su origen fueron también “cuadernos”–los medios de la transmisión y la apropiación del saber- y al mismo tiempo “alas” –los vehículos del tránsito hacia la elevación y la ascensión, del contacto con la fuente inspiradora de la trascendencia y de la Musa-, alas que hoy recogen y revitalizan, conforme a la mejor tradición de creación y reflexión, la secular herencia de la poesía y la verdad bajo el amparo de un solo signo convocante y múltiple: Asueto.

Lic. Patricia Rennella