públicos

Novedades
23/08/2007 Economía

asuntos

org

Informe N° 626
Política Nacional
29/08/2007

Violencia Social y las Huellas de la Modernidad
Antonio Cortés Terzi

Éxito Económico e Insatisfacción Socia
17/08/2007 Economía

Sobre la Distribución del Ingreso y la Riqueza en Chile (II)
13/08/2007 Economía

Sobre la Distribución del Ingreso y la Riqueza en Chile (I)
06/08/2007 Economía

Las huelgas y movilizaciones que en junio y julio últimos afectaron a la minería presentaron índices relativamente altos de situaciones de fuerza y de prácticas violentas. Algo similar se vivió, meses atrás, durante las movilizaciones de los trabajadores forestales y en algunos otros conflictos con menos cobertura mediática. Aunque en Chile la violencia social es comparativamente baja, lo cierto es que su uso resulta cada vez más recurrente y más intenso en momentos de conflictos sociales. Si a eso se le suman los actos de violencia que con cierta frecuencia realizan grupos juveniles y pandillas barriales, el cuadro de violencia social, sin ser alarmante, al menos debiera ser considerado preocupante. Preocupante no sólo por la mayor asiduidad de episodios violentos que se presentan en el transcurso de conflictos sociales, sino también por las características que revisten algunos de esos episodios y, sobre todo, porque el fenómeno muestra señales indicativas de que también responde a ciertas tendencias socio-culturales que se desarrollan en sociedades en procesos de modernización. En este Informe se aborda el tema de la violencia social articulándolo, precisamente, a aspectos de esta última naturaleza, es decir, a cuestiones referidas a cambios socio-culturales originados en transformaciones modernizadoras y a rasgos emergentes que se encuentran en sociedades que han alcanzado determinado nivel de modernización. Habría que precisar que lo que se tiene en mente en este artículo no está constreñido al problema de la violencia en los conflictos laborales o reivindicativos en general, sino a un asunto más amplio: la violencia social en sí, sus expresiones nuevas y multifacéticas y sus causas y estímulos modernos. Por supuesto que la amplitud de esa mirada sobrepasa los alcances de un artículo, en consecuencia, aquí se tratan sólo algunos puntos.

Codelco: la Verdad Sobre su Gestión, Costos y Rentabilidad
31/07/2007 Política Nacional

Concertación: Tres Fuentes de Potencial "Crisis Catastrófica"
26/07/2007 Economía

Efectos Redistributivos del Gasto Social
24/07/2007 Política Nacional

La Modernización de la Política (II)
El listado sólo muestra los 7 últimos informes publicados. Para obtener información anterior visite nuestro , sitio web www.asuntospublicos.org

Acerca de
Este informe ha sido preparado por el Consejo Editorial de asuntospublicos.org. ©2000 asuntospublicos.org. T odos los derechos reservados. Se autoriza la reproducción, total o parcial, de lo publicado en este informe con sólo indicar la fuente.

Desvalorización del Mundo Laboral

En Chile hay una clara desvalorización o subvaloración de lo que ocurre en los mundos laborales y, casi por extensión, en los mundos populares. Subvaloración referida muy específicamente en cuanto a la presencia activa y visible de estos universos en las esferas

Informe N 626
°

Política Nacional

públicos

asuntos

org

Violencia Social y las Huellas de la Modernidad
cultural-comunicacionales. Son espacios cuyo reconocimiento cultural-comunicacional de parte de la "sociedad oficial" es muy débil, esporádico y normalmente segregado. Como espacios autónomos y con personalidad propia tienen una escasísima expresión en los niveles en los que la sociedad se identifica y manifiesta. Bien podría decirse que, en general, la "sociedad oficial" los observa como "externalidad" y 1 en t ant o sit uacion es probl em áticas: pobreza, confli ctos, desempleo, delin cuencia, etc. En lo grueso y esencial, lo que constituye lo cultural-popular masivo -como totalidad- tiene una atención casi marginal y preferentemente episódica desde las esferas que construyen las referencias de lo que se identifica como sociedad. Esta suerte de subvaloración o exclusión de la atención cultural-comunicacional de lo cultural-popular masivo opera con tanta o más intensidad en lo que respecta a la actividad laboral y al trabajo que mayoritariamente ejecuta el sujeto-masa. Sin duda que esas conductas tienen que ver con sesgos evidentemente discriminatorios que cruzan la cultura nacional profesada por la "sociedad oficial". Pero, para los efectos de este análisis, interesan, particularmente, dos fenómenos que intervienen en la desvalorización cultural del trabajo y del trabajador, ambos asociados a rasgos que se consideran intrínsecos a la modernidad.

La "Ideología de la Modernidad"

Antes de entrar a precisar ambos fenómenos conviene explicitar, aunque sea someramente, un par de apreciaciones polémicas sobre lo que habitualmente se entiende por características intrínsecas o arquetípicas de la modernidad. La opinión que aquí se tiene es que la modernidad, como proceso histórico-estructural, ha sido capaz de desarrollar su propio discurso ideológico (o ideología a secas) hasta niveles que lo tornan claramente hegemónico, imponiéndose con bastante holgura sobre discursividades críticas y de origen distinto. La modernidad, en otras palabras, ha generado su propia ideología que, en tanto tal, es funcional a su consolidación y reproducción. Dos de las consecuencias más importantes de este hecho son las siguientes: - De un lado, pese a la amplitud y multiplicidad de significados que se acuñan tras el vocablo modernidad, su discurso ha logrado asentar la idea de una modernidad unívoca, virtualmente inconflictuada en sí misma y cuyo paradigma y devenir es unidimensional. Es un discurso que, en definitiva, postula una noción única y universal de modernidad y que, por lo mismo, cierra la posibilidad de debates en torno a visiones alternativas y referidas a esencialidades.

1

Las polémicas y la variedad de propuestas sobre la cuestión salarial, laboral y pobreza que han estado presentes en los mass

media en las últimas semanas, a propósito de las declaraciones de monseñor Goic sobre el "salario ético", parecerían contradecir lo afirmado en este párrafo. En r ealidad, es a la inversa. El que esos temas hayan concitado tanta atención, tanto debate y tanta proposición es demostrativo que estaban ausentes o muy postergados.

29/08/2007 ©2003 asuntospublicos.org

Página 2 de 7

Informe N 626
°

Política Nacional

públicos

asuntos

org

Violencia Social y las Huellas de la Modernidad
- De otro lado, y como proyección de lo anterior, esa discursividad hegemónica ha creado, también bajo parámetros unidimensionales, sólidas categorías, conceptos y explicaciones atinentes a los fenómenos de la modernidad y que desempeñan un papel casi tautológico respecto de la idea global de modernidad. Es decir, al igual que ésta sus fenómenos y el lenguaje que los describe e identifica son unívocos e internamente inconflictuados. Este paréntesis tiene como propósito dejar sentado que cuando aquí se habla de caracterizaciones, fenómenos o procesos modernos se hace en el sentido que les da el discurso hegemónico de la modernidad, lo que no implica que se comparta conceptualmente tal sentido.

Trabajo y Sociedad de Consumo

Como se decía, hay dos situaciones "modernas" -entre otras- que tienden a la subvaloración del trabajo y del trabajador. Una de ellas es la supremacía que ha alcanzado el consumo y sus indicadores como "instrumento" de medición de estatus, de valoración social y de interrelaciones e integraciones sociales. Supremacía cuyo costo principal recae en una notable baja en la apreciación del trabajo. Como trabajador el sujeto pierde importancia, puesto que la condición que importa es la de consumidor. El consumidor (o el ciudadano consumidor, como prefieren algunos autores) deviene en uno de los principales ejes sobre los que gira la vida social. Así lo hizo notar Norbert Lechner hace ya varios años: "La 'sociedad del trabajo' parece ceder el primado a una 'sociedad de consumo'. El trabajo no desaparece, por supuesto, pero cambia de significado al interior de un imaginario social centrado en el consumo. Incluso las desigualdades se dan en -y son exacerbadas por- una cultura de consumo" (La dimensión cultural de la política. LOM. 2002) Por cierto que este traspaso valorativo significa un menoscabo cultural-valórico de la actividad laboral y del sujeto trabajador. En primer lugar, porque ambos son subsumidos, en el marco de las valoraciones sociales, por el consumo y el consumidor. Y, en segundo lugar, porque la función social más relevante para el trabajador, a saber, la función social de "productor", sufre una suerte de desconocimiento social al ser suplantada, en gran medida, por la función de consumidor. Este cambio valórico-cultural es tanto más significativo si se tiene en cuenta que, de un lado, el sujeto trabajador pasa de una valoración por cualidades intrínsecas a su ser a una valoración que debe adquirir en el mercado (consumo). Y de otro lado, el cambio valorativo es internalizado contradictoriamente por el trabajador: asimila las nuevas formas valorativas, pero, percibe, a su vez, los efectos que ésta tiene en su propia autovaloración y autoestima. La segunda situación emana de un fragmento del discurso "oficial" sobre lo moderno y que se refiere, específicamente, a la idea de que las sociedades modernas han reemplazado (o estarían desplazando) el trabajo "tradicional" con una intensidad tal que lo tornan virtualmente "excepcional" y en extinción. En ese discurso, al trabajo se le identifica con los tipos de trabajos característicos de economías predominantemente extractivas e industriales tradicionales. Simultáneamente, en ese mismo discurso las sociedades modernas tienden a considerarse (y a llamarse) como "sociedades post-industriales" o "sociedades del conocimiento", etc., nominaciones que entrañan la idea de la obsolescencia de las viejas

29/08/2007 ©2003 asuntospublicos.org

Página 3 de 7

Informe N 626
°

Política Nacional

públicos

asuntos

org

Violencia Social y las Huellas de la Modernidad
formas de producción y de la preeminencia de nuevas formas de producción basadas en la "información" y el "conocimiento", ergo, en la emergencia de nuevos tipos de trabajo y de trabajadores que representarían una radical rupt ura con las formas y con tenidos implicados en esas "viejas" cat egorías. En Chile, por cierto que el tipo de trabajo que mayoritariamente se practica es aquel que se desenvuelve, todavía, dentro de cánones "tradicionales". El mayor uso de tecnología y de tecnología avanzada ni ha "extinguido" el trabajo tradicional ni tampoco lo ha modificado a niveles tan distintos que lo haga irreconocible como tal. Sin embargo, la parte del "discurso de la modernidad" sobre esta materia (sobre la subvaloración del trabajo tradicional) ha tenido una influencia enorme y filtrada a través de infinidad de vías. ¿Por qué esta disonancia entre discurso y realidad? Son varias las respuestas, pero aquí importa señalar dos de las más importantes, tanto por su universalidad como por su ligazón con las lógicas del discurso de la modernidad. a) En lo medular, la ideología de la modernidad tiende a razonar los fenómenos a partir del supuesto que el estadio (o estadios) de la modernidad son metas hacia las cuales las sociedades progresan con celeridad e insoslayablemente, absorbiendo y resolviendo -con su sólo devenir- los problemas y conflictos derivados de los fenómenos propios de la "pre-modernidad". Así, entonces, aun cuando en una sociedad, como la chilena, el tipo de trabajo dominante siga siendo de rango más o menos tradicional, puesto que se trata de una situación "pre-moderna", ergo, "transitoria", se ubicaría en una escala menor de atenciones y preocupaciones. b) Es intrínseca también a la ideología de la modernidad -y como proyección de lo anterior- reducir los focos de atención a aquellas áreas (económicas, sociales, culturales, etc.) que, al seno de una sociedad, efectivamente lucen como avanzadas paradigmáticas del devenir moderno, puesto que su idea del desarrollo -esquematizando- no impele a poner el énfasis en la solución en sí y de por sí de los problemas "premodernos", sino que impele a la aceleración de los procesos y avances modernizadores ya existentes, toda vez que -se piensa- sería la expansión de esos procesos y avances la mecánica moderna idónea para resolver los temas "premodernos". En tal sentido, el "trabajo tradicional" -que equivaldría a una situación "premoderna"- no es de por sí protagónico en el discurso de la modernidad. Dentro de él, es un tema abordable, fundamentalmente, en relación y en comparación al tema de las formas que revestiría y que debería revestir el "trabajo moderno".

Exclusión Relativa del Mundo Laboral

Lo escrito hasta aquí sobre la desvalorización del trabajo y del trabajador podría resumirse en los puntos que siguen: 1. La sobredimensión otorgada al consumo y al consumidor -como factor calificable de estatus y de función social (consumidor)- es un cambio valórico trascendente, toda vez que tiende a reemplazar escalas valórico-culturales en las que la actividad laboral era una potente fuente de prestigio y autoestima.

29/08/2007 ©2003 asuntospublicos.org

Página 4 de 7

Informe N 626
°

Política Nacional

públicos

asuntos

org

Violencia Social y las Huellas de la Modernidad
2. Al trabajo y al trabajador "tradicional" (el trabajador masivo o promedio) es a quienes más afecta ese cambio de escala. Con antelación a ese cambio, el trabajo era una compensación "espiritual" y dignificadora relevante del sujeto y de la masa trabajadora frente a las desigualdades socio-económicas y a las carencias. Al erigirse el ingreso (capacidad de consumo) en un elemento privilegiado para las definiciones de estatus, de integración social y de interrelaciones, el trabajo tiende a perder esa cualidad compensatoria y dignificadora. 3. Instalado el binomio ingreso/consumo como gravitante mecanismo de integración social, al trabajador masivo se le plantean dos situaciones novedosas y conflictivas. De un lado, se le debilita el sentido de integración social que le daba su más importante e intrínseca actividad: el trabajo. Y de otro lado, la integración por la vía del ingreso/consumo no le está exenta de dificultades e incomodidades, dado que en un altísimo porcentaje la debe llevar a cabo "en cuotas", a través de créditos y endeudamientos. Es como si su integración dependiera del pago mensual que haga. Obviamente que una integración social con esas vicisitudes tiene un carácter orgánico, armónico muy menor que la que espontáneamente produce la actividad laboral. Sin lugar a dudas que este estado de cosas repercute, no sólo en el plano de la objetividad, sino también en el de la subjetividad, en un menoscabo de la dimensión del trabajo. 4. Lo que aquí se ha denominado "discurso" o "ideología" de la modernidad, o sea, una suerte de "discurso oficial" que lee y difunde el país desde una visión particular del ser y deber ser de la modernidad, participa en la desvalorización valórico-cultural del trabajo y del trabajador por las siguientes razones: a) Porque asimila "trabajo tradicional" a "premodernidad" y esta tiene, genéricamente, una connotación casi despectiva en los mensajes que emite la "ideología de la modernidad". b) Porque sus prioridades y acentos analíticos, discursivos, comunicacionales, etc., son los tópicos, situaciones o hechos que reflejan los "polos dinámicos" de lo moderno dentro del país, aun cuando éstos ocupen espacios menores dentro del ámbito nacional. Estando fuera de esas prioridades, el "trabajo tradicional" recibe un trato marginal. c) Porque el "trabajo tradicional" tiende a ser observado como un problema de rezago de la modernidad y, por lo mismo, com o un p roblem a transitorio a ser resuelto por el devenir moderno. d) Porque, en definitiva, la "ideología de la modernidad" -en su condición de discurso masivo, permanente y que influye en las prácticas socio-políticas- tiene una no desestimable carga de exclusión de los mundos laborales, autónomamente vistos como sujetos históricos activos. El componente de violencia social que se encuentra en las movilizaciones de trabajadores y del que se habla al comienzo de este artículo, está íntimamente ligado a este último asunto, al asunto de la exclusión que discursivamente se halla en la ideología de la modernidad y que, como toda buena y efectiva ideología, se expresa en conductas. En la historia del sindicalismo, de las luchas y movilizaciones sociales siempre han existido manifestaciones de violencia social. Sin embargo, lo que hoy debería llamar la atención son ciertos rasgos nuevos y ciertas propensiones que se descubren tras las expresiones de violencia social. Uno de esos rasgos se descubre con una primera simple comparación. En las movilizaciones "tradicionales"

29/08/2007 ©2003 asuntospublicos.org

Página 5 de 7

Informe N 626
°

Política Nacional

públicos

asuntos

org

Violencia Social y las Huellas de la Modernidad
normalmente la violencia social se desataba -cuando así ocurría- en el transcurso de ella y lo habitual era que resultara de circunstancias más o menos espontáneas, impremeditadas. En la actualidad, la tendencia más común y relativamente reiterada es que las movilizaciones se inician con hechos de violencia o con la creación de situaciones que de manera virtualmente insoslayable conducen a prácticas o encuentros violentos. Es decir, hoy y en términos gruesos, desde los mundos sociales, hay una inclinación deliberada e instrumental a hacer uso de prácticas violentas o de actos que la inciten. Al respecto y fiel a lo escrito precedentemente, caben tres hipótesis explicativas de esta inclinación: 1. No cabe ninguna duda que en esas actitudes está presente la conciencia de que el empleo de violencia es un recurso de acceso a los grandes medios de comunicación. Sin embargo, ese factor debe analizársele dentro del cuadro general de exclusiones o semi exclusiones en que vive el mundo laboral y, particularmente, en lo que se refiere a atención mediática y discursiva. En otras palabras, son actitudes que obedecen a realidades de lo "moderno". Antes que todo, a las exclusiones o subvaloraciones que afectan a los fenómenos laborales "tradicionales" y que provienen de la "ideología de la modernidad". Y, en segundo lugar, al lugar preponderante que le otorgan a lo mediático la política, los dirigentes y los cuerpos políticos. La lógica seguida en estos casos es elemental: para interlocutar y negociar adecuadamente con las instancias políticas (o en general con las elites) es menester un reconocimiento mediático. Pero, para instalar en lo mediático un problema subvalorado y desde universos excluidos o semi excluidos de los circuitos de poder, debe recurrirse a fórmulas "excepcionales", "espectaculares". La violencia ha devenido en una de las fórmulas preferentes. Bien podría decirse que la violencia social funge funciones, al menos temporalmente, de integración y de comunicación. 2. Pero el uso de la violencia no tiene sólo esta razón "funcional" e "instrumental". La violencia social" en sí también ha sufrido transformaciones "modernas". Han cambiado las percepciones cultural-valóricas que se tienen de ella. Uno de esos cambios tiene que ver con deconstrucciones cultural-valóricas introducidas por los procesos modernizadores y que han estremecido o licuado los parámetros que regían las conductas inspiradas en pautas cultural-valóricas tradicionales. Es la sociedad chilena toda la que ha modificado su relación con los gestos y actos de violencia. Y otro cambio relevante y que atañe específicamente a los mundos laborales y populares se liga al fenómeno de integración social. La desvalorización del trabajo, la subvaloración del trabajador (por extensión, de los sectores populares) en cuanto agente social histórico, produce, culturalmente, pérdida del sentido de pertenencia a totalidades. En consecuencia, tras la violencia social actual no se encuentran sólo reacciones por las exclusiones originadas en las desvalorizaciones del trabajo y el trabajador, sino también percepciones de no pertenencia o escasa pertenencia a un "nosotros" de tamaño superior a los "nosotros" más inmediatos, percepciones que, obviamente, debilitan los sentidos y compromisos de responsabilidad social. En otras palabras, son percepciones que facilitan el uso de violencia social pues, al fin de cuentas, se ejerce sobre "otros" que son ajenos y distantes.

29/08/2007 ©2003 asuntospublicos.org

Página 6 de 7

Informe N 626
°

Política Nacional

públicos

asuntos

org

Violencia Social y las Huellas de la Modernidad
De todo esto pueden abreviarse tres hipótesis proyectivas. Primera: La violencia social en las movilizaciones de trabajadores puede devenir en un dato permanente, en la medida que continúe desempeñando roles funcionales e instrumentales para acceder a interlocuciones trascendentes. Segunda: La hipótesis anterior se fortalece si se consideran los factores cultural-valóricos que participan en ella, muchos de los cuales surgen de las desvalorizaciones culturales y comunicacionales que han afectado al mundo cultural. Tercera: Como expresión de síntomas político-culturales, la violencia social actual puede desarrollar vasos comunicantes con formas de violencia social "moderna", esto es, con formas que se nutren de ideologías que, au nque confusas, son radicalm en te an ti-sist émicas, an ti- políti cas y anarqui zantes.

Antonio Cortés Terzi: sociólogo y Director del Centro de Estudios Avance

29/08/2007 ©2003 asuntospublicos.org

Página 7 de 7