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Recordando a José Ferrer Robles

José Antonio Mayo

RECORDANDO A JOSÉ FERRER ROBLES
ILUSTRE MARINO DE PALOS DE LA FRONTERA

José Ferrer, primero por la izquierda.
El próximo 15 de septiembre se cumple el 53 aniversario de la salida de La
Rábida de la expedición de la carabela la “Niña II”, un hito importante en los
conocimientos del viaje de Colón y de las dificultades de la navegación en aquellas
carabelas. La aventura no estaba exenta de riesgos, pues a pesar de la tecnología que la
navegación tenía medio siglo atrás, renunciaron a ella porque lo querían hacer en las
mismas condiciones que lo hizo Colón; por eso prescindieron de cosas tan elementales
como un motor auxiliar para casos de emergencia en la navegación a vela, radio para
poder comunicarse, o nevera para mantener frescos los alimentos.
La nave, que fue construida en un astillero de Pasajes, salió de Guetaria el 24 de
agosto de 1962, rumbo a Palos de la Frontera, al mando del capitán navarro, Carlos
Etayo Elizondo. Partió con una tripulación escasa, ya que aquella carabela construida en
el siglo XX, copia exacta de la que llevó Colón en el siglo XV, y el poco atractivo
económico que tenía la aventura, hacía desistir de la idea de enrolarse en ella a cualquier
marinero que se acercaba a verla. En la “Niña II” únicamente tenían cabida los
valientes, los auténticos aventureros.
La tripulación la componían ocho hombres: Carlos Etayo (capitán); Antonio
Sagaseta (cura); José Valencia y Antonio Aguirre (ambos vascos); Robert Marx
(norteamericano); Michel Vialars (Francés); Nicolás Bedoya (Ferrol); además del
periodista onubense, Jesús Hermida, que embarcó para hacer la travesía de Guetaria a
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Palos y conocer la vida de la carabela y así poder escribir con conocimiento de causa
durante el resto del viaje. No fue posible reclutar a nadie más. 20 días más tarde la
“Niña” llegaba a La Rábida, ante la expectación de numerosos curiosos que no daban
crédito a lo que estaban viendo. Cuenta Jesús Hermida en una crónica, que cuando llegó
a La Rábida y puso los pies en el muelle, se le ocurrió mirar hacia atrás, y exclamó:
«¡Diablos, qué pequeña es...».
Una vez en La Rábida necesitaron que alguien se hiciera cargo de cuidar la
carabela, y contrataron de guarda a José Ferrer Robles, natural de Palos de la Frontera,
conocido en su pueblo por el sobrenombre de “Rompejato”. A José le fascinaba la idea
de la aventura y desde un principio quiso enrolarse en la carabela. El capitán le preguntó
a qué se dedicaba, y él le dijo que en la actualidad era pescador de almejas, y que en
otros tiempos también había sido pastor. Lógicamente el capitán rechazó su solicitud
por no tener experiencia en la navegación a vela. En esos días se embarcó un nuevo
tripulante, y además, marino de profesión, un sevillano llamado Manuel Darnaude.
El conjunto de instrumentos básicos con los que contaba la “Niña” eran
irrisorios, arcaicos y temerarios para enfrentarse a una travesía de esta envergadura: un
sextante y un cronómetro para determinar la latitud y longitud, y una brújula. Para
avisar a otros barcos de su presencia en caso de niebla, utilizaron una caracola. Para el
alumbrado llevaban candiles de aceite y velas de cera. La nave era gobernada por un
sistema muy rudimentario, una pala en la popa, accionada por una caña que, cuando la
mar azotaba tenía que ser manejada por varios hombres. Todo se había pensado para
emular el viaje de Colón en el siglo XX. Incluso escucharon misa en la Iglesia de San
Jorge y, hasta cenaron una noche en La Rábida, ataviados con trajes del siglo XV, en el
mismo comedor que cenó Colón la noche antes de su partida.

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José Ferrer, a la izquierda de la foto.
El 15 de septiembre de 1962 tenía lugar la salida oficial hacia el Nuevo Mundo,
con todas las banderas y gallardetes desplegados. José Ferrer había pedido con
insistencia ser admitido como tripulante en la carabela, pero el capitán quería marineros
con experiencia, capaces de enfrentarse a esa odisea. Y en el último momento, cuando
el Práctico ya estaba a punto de despedirse, el capitán lo invitó a embarcarse en la
“Niña”. José Ferrer no lo dudo ni un instante, subió a bordo con lo puesto, se quitó una
llave que llevaba colgada al cuello y se la lanzó a su hermano que se encontraba en una
embarcación próxima. Era la llave de un baúl donde guardaba todas sus pertenencias.
En el libro La “Niña II” —que más que un libro es un diario de a bordo—, su
autor y compañero de viaje, Antonio Sagaseta, dice de José Ferrer: Pepe era como el
rabo de una lagartija; no podía estarse quieto y andaba por todas partes Ruidosísimo,
pues siempre andaba cantando o hablando en voz muy alta y en un andaluz tan cerrado
que era la desesperación de Michel y de Robert (el francés y el norteamericano), que,
aunque se defendían, no dominaban el castellano y no conseguían entenderle. Le
gustaba discutir de todo, lo mismo de lo que entendía como de lo que no tenía ni idea, y
cuando no encontraba con quién hacerlo, se acercaba a don Nicolás[1] y ¡ya estaba
armada! Se hicieron compañeros entrañables, siempre juntos y a bronca limpia. Se
decían cosas molestísimas y se enfadaban mucho. Pero al poco rato, otra vez juntos. Si
hubiera que definir a Pepe con pocas palabras se podría decir que llenaba el barco.[2]

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José Ferrer Robles fue condecorado con la Cruz de Caballero de Isabel la
Católica, una distinción que tiene por objeto premiar aquellos comportamientos
extraordinarios de carácter civil, realizados por personas españolas y extranjeras, que
redunden en beneficio de la Nación, o que contribuyan, de modo relevante, a favorecer
las relaciones de amistad y cooperación de la Nación española con el resto de la
comunidad internacional.

[1] Nicolás Bedoya, el tripulante de más edad
[2] La “NiñaII”. Antonio Sagaseta

Documento de la condecoración
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La “Niña” cumplió su objetivo al llegar a San Salvador el 26 de diciembre de
1962, después de haber sufrido numerosas adversidades. A su llegada a San Salvador, el
gobernador civil de Huelva envió al capitán de la expedición el siguiente cablegrama:
En nombre provincia Huelva, adelantada descubrimiento América, envío cordial
felicitación intrépidos tripulantes “Niña II”, al finalizar San Salvador periplo iniciado
mismo puerto onubense de Palos, donde inicióse gloriosa gesta descubridores.
José Ferrer Robles falleció el día 28 de agosto de 1974 a los 51años de edad.
Sus restos descansan en el cementerio de Palos de la Frontera. Al cumplirse el primer
aniversario de su muerte, el pueblo de Palos le rindió homenaje dedicándole una calle
con su nombre y colocando una placa para perpetuar su memoria. La placa fue
descubierta por el entonces alcalde de la localidad, don Urbano Cortegano, en un acto al
que asistieron numerosos vecinos.

Una imagen de José Ferrer, junto a la placa colocada un año después de su muerte.
José Antonio Mayo Abargues

Publicado en la revista "Palos con Milagros", agosto de 2015
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