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PRESENTACIÓN DE LA CARTA ENCÍCLICA

DEUS CARITAS EST
Seminario Diocesano de Jerez
2 de febrero de 2006

1. Si el académico y filósofo francés Jean Guitton viviera podría decir que se ha
respondido al silencio sobre lo esencial (Edicep, Madrid 1987) con la carta encíclica
Deus Caritas est del primer papa del tercer milenio Benedicto XVI. Porque hace dos
décadas el pensador galo decía que desde el Vaticano II, la Iglesia romana ha
practicado un silencio caritativo con objeto de hacerse “todo para todos”. Pero llega
un momento en que el silencio sobre lo esencial corre el riesgo de alcanzar el núcleo
mismo de lo esencial. Y así afirmaba: “la condición previa de esta nueva
“reevangelización” es que sepamos qué es lo esencial de la fe católica… Los
periódicos, las televisiones nos condenan a la apariencia, callándose lo
esencial…estoy convencido, no por la fe sino por un examen razonable de las
convergencias, de que el porvenir es favorable al catolicismo. No veo sobre la faz de
este planeta otra religión más universal, más apta para ser propuesta tanto a las élites
como a las masas, para recapitular el pasado, para preparar el fututo, para conducir a
los seres libres del tiempo a la eternidad… el catolicismo bien comprendido presenta
a la era nuclear la única posibilidad real de uno las soledades y las multitudes, de
reunir a la humanidad entera, en el eterno amor y en la unidad” (p.92.98). Nos vamos
asomar a un documento de profunda armonía y que resuelve las dicotomías de los
últimos siglos, fuente de polémicas inútiles que no sólo han servido par robar
serenidad y distraer de su misión a los evangelizadores. Al tiempo que invita a la
concordia y aporta sosiego intelectual en medio de tanto torbellino fragmentado de la
sociedad y del mismo ser humano. Por ello se comprende lo bien que ha sido recibida
en ambientes dispares.

2. El texto de J. Guitton es como una premonición de todo lo que está diciendo
Benedicto XVI en estos primeros meses de su pontificado, sobre todo con este
documento magisterial de máximo rango. El Papa con su carta encíclica vuelve a lo
esencial. De los gestos, presencia magnífica y vida de santidad de Juan Pablo II, se
vuelve a la fuerza de la palabra y la palabra que define al cristianismo es el amor.
Estamos ante una mirada bella, directa y didáctica de los fundamentos de la fe y del
por que de la tarea de la Iglesia. Y esto lo hace sin complejos y con una gran
serenidad intelectual para enfrentarse a las grandes cuestiones que desde los
“maestros de sospechas” hasta hoy se le hace a los cristianos, a la Iglesia Católica,
pero a la vez que esa reflexión la entienda la gente sencilla por el calor que pone en
sus palabras y la claridad expositiva. Conciente de que el cristianismo no es una
filosofía, ni una ética, sino una comunión amorosa con Dios, que todos los
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mandamientos se cierran en dos “amaras a Dios sobre todas las cosas y al prójimo
como a ti mismo”. Es decir, el amor es el único camino de salvación para el hombre.
Como un nuevo San Agustín, nos viene a decir “ama y haz lo que quiera”, porque en
el amor se ha revelado todo lo que es Dios en Cristo y todo lo que somos nosotros
para el Buen Padre Dios.

3. La encíclica arranca en la Introducción con la afirmación joánica: “Dios es amor,
y quién permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4,16). ¿Por que
este punto de partida?: pues porque para el Papa Ratzinger: “la fe se basa,
fundamentalmente, en saberse amados por Dios, y eso significa no sólo una respuesta
afirmativa a Dios, sino también a la Creación, intentando ver en cada uno la imagen
de Dios, y de ese modo llegar a ser personas capaces de amar” (La sal de la tierra,
Madrid 1997).Luego la primera parte la titula La unidad del amor en la creación y en
la historia de la salvación, y repasa desde una perspectiva filosófica, histórica y
teológica los fundamentos del amor de Dios. El mismo dirá: “la primera parte tendrá
un carácter más especulativo, puesto que en ella quisiera precisar algunos puntos
esenciales sobre el amor que Dios ofrece hombre… y, a la vez, la relación intrínseca
de dicho amor con la realidad del amor humano”. El La segunda lleva por
encabezamiento: Caritas: el ejercicio del amor por parte de la Iglesia como
comunidad de amor, está consagrada a desarrollar a nivel practico las consecuencias
de la caridad. Benedicto XVI sostiene que toda la actividad de la Iglesia es una
expresión de un amor que busca el bien integral del ser humano y aquí saldrá pondrá
de manifiesto que “la Iglesia no es una mera organización de acción social, sino que
su acción nace de una fuerza de amor más profunda que se comunica con toda
sencillez y que la Iglesia existe no porque nosotros queremos estar en el candelero,
sino porque “el amor de Cristo nos empuja”” (J. Amado (ed), El pensamiento de
Benedicto XVI sobre la fe, la iglesia y el mundo” Madrid 2005).

4. El Papa deja claro que su deseo es ofrecer algunos elementos fundamentales y
nunca un trato exhaustivo sobre la caridad. El objetivo de la carta no es otro que el de
“suscitar en el mundo un renovado dinamismo de compromiso en la respuesta
humana al amor divino” (1). ¿Y esto porque? Pues sencillamente porque para él: “el
amor es una luz-en el fondo la única- que ilumina constantemente al mundo oscuro y
nos da la fuerza para vivir y actuar”( 39) y así termina la encíclica poniendo unos
ejemplos claro de que el amor es posible como lo muestra la historia de la santidad,
porque “los santos son los verdaderos portadores de luz en la historia, porque son
hombre y mujer de fe, esperanza y amor” (40). Y entre los santos sobresale María que
es la “creyente que con la fe piensa con el pensamiento de Dios y quiere con la
voluntad de Dios, no puede ser más que una mujer que ama” (41). La misma
devoción a la Santísima Virgen es la intuición infalible de la gente sencilla de que el
amor es posible “bebiendo del manantial del amor a Dios”, que lo convierte a la vez
en un manantial de caridad para los demás (42). Por lo tanto, se va desde la
sublimidad de los planteamientos más teológicos hasta llegar a los ejemplos vivos de
los santos que nos manifiestan cómo en el ejercicio de la caridad han contribuido al
bien de los hombres y de la sociedad mediante “las innumerables iniciativas de
promoción humana y de formación cristiana destinadas especialmente a los más
pobres” (40).

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5. Comienza la primera parte con el planteamiento de que el término “amor” se ha
convertido hoy en una de las palabras más utilizadas y recuerda el basto campo
semántico de la palabra “amor” (2). Acto seguido plantea la primera cuestión:
¿todas estas formas de amor se unifican al final o se trata más bien de una
misma palabra para indicar realidades totalmente diferentes? Y comienza a
exponer la diferencia y unidad entre eros (es ímpetu amoroso entre el hombre y la
mujer), ágape( amor de donación al otro) y filia (amor de amistad). El amor se da en
la persona que espíritu encarnado “es una única realidad, si bien con diversos
dimensiones; según los casos, una u otra puede destacar más” (8). En estos primeros
número va respondiendo a varias acusaciones que se le hace los cristianos: 1ª que “la
Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más
hermoso de la vida”(3). 2ª que el cristianismo “ha sido adversario de la corporeidad”
(5), 3ª el mensaje de “la Biblia y la Tradición de la Iglesia tiene algo que ver con la
común experiencia humana del amor, o más bien se opone a ella”(7). La síntesis de
los ocho primeros números sería: el amor humano en sus diversos rostros aspira a ser
exclusivo y para siempre y tiende a la eternidad. Eso tiene el sello de lo divino.

6. Desde el número nueve comienza a desarrollar la imagen de Dios y del hombre en
la fe bíblica e irá explicando el simbolismo conyugal que está a lo largo de toda la
historia de la salvación hasta llegar a Cristo que es el amor de Dios encarnado
centrándose en una figura novedosa: “poner la mirada en el costado traspasado de
Cristo…Y a partir de allí se debe definir ahora lo qué es el amor. Y desde esa mirada,
el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar”(12). ¿Esto por qué?
Pues, porque “tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su propio Hijo”. El acto de
esa entrega no es otro que la cruz donde el costado abierto manando “sangre y agua”
va a representar la Iglesia y los sacramento. Por ello acto seguido comenzará hablar y
a relacionar la Eucaristía, presencia permanente del amor del Crucificado, con la
entrega y la unión con los otros. Por ello llega a decir: “se entiende, pues, que el
ágape se haya convertido también en un nombre de la Eucaristía: en ella el ágape de
Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros”(14).

7. Pero surge una segunda cuestión ¿cómo es posible amar a Dios aunque no se le
vea? (15) Para ello va a desarrollar la inseparabilidad entre amor a Dios y amor al
prójimo. “Dios no es del todo invisible para nosotros, no ha quedado fuera de nuestro
alcance”(16). Dios se ha hecho visible en Jesucristo y en Él se nos revela quién es
Dios, pero a la vez Él nos enseña quién es nuestro prójimo. Porque Dios nos ha
amado primero, es mediante el contacto asiduo con Él cómo descubrimos el
verdadero amor. Por ello dirá: “si en mi vida falta completamente el contacto con
Dios, podré ver siempre en el prójimo al otro, sin conseguir reconocer en él la imagen
divina…el amor es “divino” porque proviene de Dios y a Dios nos une y, mediante
este proceso unificador, nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras
divisiones y nos convierte en una sola cosa” (18).

8. La segunda parte comienza aludiendo a la Trinidad y cómo el Espíritu Santo es “la
fuerza que transforma en el corazón de la Comunidad eclesial para que sea en el
mundo testigo del amor” (19). Con lo cual, ya está poniendo las bases para que el

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actuar cristiano sea motivado por las mociones del Espíritu divino: “nos urge la
caridad de Cristo”, dirá San Pablo. Si el Dios de los cristianos “es Amor, predica
Amor y envía Amor” que diría San Juan de Ávila, la tarea del Cuerpo ha de ser
misma que la Cabeza, por ello “el amor al prójimo enraizado en el amor a Dios” (20),
es tarea de todo bautizado y de toda la comunidad eclesial. Inmediatamente comienza
a desarrollar partiendo de los Hechos de los Apóstoles lo que significaba la
“comunión (koinonia) para la comunidad primitiva: “la Iglesia no puede descuidar el
servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra” (22).Así,
hace un breve recorrido sobre la caridad en los Padres de la Iglesia, deteniéndose en
la figura del emperador Juliano el Apóstata (+363) que intento dotar a un nuevo
paganismo de un sistema paralelo al de la caridad de la Iglesia. Ante esto surge una
pregunta: ¿no se da hoy algo parecido en la concepción de los servicios sociales de
muchas instituciones políticas y administrativas? Pero a lo que nos viene a decir
cómo “la caridad es una característica determinante de la comunidad cristiana” (24),
que es “manifestación irrenunciable de su propia esencia” (25) y que por lo tanto no
es una actividad social más que la pudiera realizar otros. Por ello, la caridad en la
Iglesia tiene que mirar tanto a los de adentro como a los de fuera “mientras tengamos
oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la
fe” (Gal 6,10).

9. A continuación, el Papa va a exponer cuatro grandes temas: la relación justicia-
caridad, nuestras instituciones caritativas, la identidad cristiana de la acción caritativa
y una llamada a los responsables:

1º. Los pobres, según el pensamiento marxista, no necesitan obras de caridad sino
justicia, a esto responde Benedicto XVI, de que esa “argumentación hay algo de
verdad, pero también bastantes errores…Es cierto que una norma fundamental del
Estado debe ser perseguir la Justicia y el objetivo de un orden social justo es
garantizar a cada uno, respetando el principio de subsidiaridad, su parte de los bienes
comunes” (26). Pero reconoce que los “representantes de la Iglesia percibieron
lentamente” el problema obrero de la revolución industrial, sin embargo no faltaron
testigos que se aproximaron a esas situaciones de carencia. Desde 1891 también la
causa de la cuestión social entrará en el Magisterio Pontificio.
Con respecto a la relación de política e Iglesia, dirá que el orden justo de las sociedad
y del Estado es una tarea principal de la política no de la Iglesia, ésta no debe sustituir
al Estado, “pero tampoco puede no debe quedarse al margen en la lucha por la
justicia” (28). La contribución de la Iglesia en esa lucha se sitúa en dos vertientes: la
purificación del corazón, y reavivar las fuerzas morales.

2º.El amor y la caridad siempre serán necesarios, incluso en la sociedad más justa:
“siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda…la afirmación según la
cual las estructuras justas harían superfluas las obras de caridad, esconde una
concepción materialista del hombre: el prejuicio de que el hombre vive sólo de pan,
es una concepción que humilla al hombre e ignora precisamente lo que es más
específicamente humano” (28b). El hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá
siempre necesidad de amor. Nuestras entidades eclesiales dedicas a la caridad han de
brillar por la transparencia en la gestión y por su espíritu de colaboración con otras

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entidades con el fin de una mayor eficacia a favor de los pobres, pero la identidad de
nuestras instituciones no se pueden diluir en “todo vale con tal de conseguir el fin”.

3º. El fenómeno del voluntariado, como el aumento de las organizaciones que
trabajan a favor del hombre, dice el Papa que “se explica por el hecho de que el
imperativo del amor al prójimo ha sido grabado por el Creador en la naturaleza
misma del hombre. Pero es también efecto de la presencia del cristianismo en el
mundo…la fuerza del cristianismo se extiende mucho más allá de las fronteras de la
fe cristiana” (31). Y se pregunta: ¿Cuáles son los elementos que constituyen la
esencia de la caridad cristiana y eclesial? Primero que “la caridad cristiana es ante
todo y simplemente la respuesta a una necesidad inmediata en una determinada
situación” (31a). Segundo que la “actividad caritativa cristiana ha de ser
independiente de partidos e ideologías” (31b). Tercero que “la caridad no ha de ser
un medio en función de los que hoy se considera proselitismo. El amor es gratuito; no
se practica par obtener otros objetivos” (31c).

4º. “Nos apremia el amor de Cristo” (2Cor 5,14) tanto a los pastores como a los fieles
de tal manera que seamos testigos creíbles de Cristo (cf. nnº 32-35). Los responsables
de la acción caritativa de la Iglesia “hará con humildad lo que le es posible y, con
humildad, confiará el resto al Señor. Quién gobierna el mundo es Dios, no nosotros.
Nosotros le ofrecemos nuestro servicio sólo en lo que podemos y hasta que Él nos dé
fuerzas” (35).

10. La encíclica termina haciendo una llamada a la unidad que tiene que haber entre
la vida de oración y la caridad, poniendo claro la dimensión social que tiene la vida
de piedad: “quien reza no desperdicia su tiempo, aunque todo haga pensar en una
situación de emergencia y parezca impulsar sólo a la acción. La piedad no escatima la
lucha contra la pobreza o la miseria del prójimo” (36). “Ha llegado el momento de
reafirmar la importancia de la oración ante el activismo y el secularismo de muchos
cristianos comprometidos en el servicio caritativo” (37). Modelos de esta unidad es la
vida de los santos y de las misma Virgen María (cf. nnº 40-42). Ellos son un ejemplo
claro de cómo el amor es la luz que “ilumina constantemente a un mundo oscuro y
nos da la fuerza para vivir y actuar” (39).

+ Juan del Río Martín
Obispo de Asidonia-Jerez

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