You are on page 1of 3

el cuerpo

y la sangre
20

sábado 25 de julio del 2015

Nota 1

sábado 25 de julio del 2015

21

En medio de la larga
guerra que azota a
Colombia, y que ha
dejado cientos de miles
de muertos a lo largo
de 50 años, un peruano,
el antropólogo forense
Roberto Parra, se encarga
de encontrar e identificar a
los muertos anónimos que
esperan ser identificados.

ESCRIBE: RICARDO LEÓN / @ERRELEON
FOTOS: sebastián castañeda

L

a jaiba es un crustáceo comestible
que vive en costas tropicales, en
el mar pero muy
cerca de la desembocadura de
los ríos: en aguas revueltas habrá siempre más comida. Tiene
gustos alimenticios variados y
puede comer indistintamente
algas o pequeños moluscos,
pero también peces y hasta
carne. Humana, por ejemplo.
En eso pensaba Menelio Cuenú
mientras veía bajar por el río el
cadáver de un hombre asesinado por las Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia
(FARC): si no saco ese cuerpo
se lo come la jaiba, luego yo me
como al crustáceo. Menelio cogió un palo, sostuvo al muerto,
lo colocó fuera del agua y lo
enterró. Sin nombre, sin lápida.
Sin pena.
Al día siguiente vio que el río
traía otro cadáver.
En el cementerio del caserío
Bocas de Satinga, en la región
de Nariño, uno de los puntos
más críticos de la larguísima
guerra entre el Ejército de Co-

lombia y los paramilitares contra grupos
armados como las FARC
y el ELN (Ejército de Liberación Nacional), hay
muertos ‘NN’ esparcidos
por todas partes. De ellos
Menelio ha enterrado a 33,
de todos los bandos.
El lunes 20 de julio comenzó un cese al fuego unilateral
de las FARC, anunciado durante las negociaciones en torno a
un posible acuerdo de paz en
La Habana, Cuba. No se sabe
aún hasta dónde llegarán estas conversaciones, pero sí se
tiene registro de lo que esta
guerra ha dejado en más de
50 años: 25 mil desaparecidos
y al menos 220 mil muertos.
Menelio se tomó el trabajo de
recoger algunos de ellos, más
por salubridad que por un
sentido humanitario, aunque
con el tiempo fue entendiendo
que lo que hacía tenía un cierto valor moral. La mayoría de
habitantes de la costa oeste de
Colombia, en cambio, prefiere
no mirar, no escuchar, no decir
y no tocar cuando está frente a

contacto
cercano. Este
cuerpo pertenece a un hombre
asesinado por
las FARC. Nadie
quiso recogerlo. El
peruano Roberto
Parra se encarga
de identificarlo.

22

sábado 25 de julio del 2015

sábado 25 de julio del 2015

bajo la
tierra.
Menelio
Cuenú recogía
cadáveres
que iba
encontrando, y
los enterraba.
Con la ayuda
del Comité
Internacional
de la Cruz
Roja (CICR)
muchos de
esos cuerpos
han sido
identificados.

muertos
anónimos.
En Tumaco,
Colombia, una
de las caras
más sucias de
la guerra es la
cantidad de
muertos no
identificados.

un muerto, propio o ajeno. Intoxicarse por comer una jaiba
que se alimentó de cadáveres
podridos es menos trágico que,
como dicen los colombianos,
“morir por puro sapo”.

GUERRA EN TIEMPO REAL

En el cementerio peruano de
Ilo, en Moquegua, hay un pa-

la opinión
Sarah Zagoury
Delegada del
CICR, destacada
en Colombia

Se sufre de
muchas formas
El CICR intenta asistir a todas
las víctimas del conflicto:
civiles, soldados o miembros
de un grupo armado, cuando están heridos y fuera de
combate. Pero en Tumaco
(Nariño) hay una problemática
específica. Sufren amenazas,
tienen parientes desaparecidos, han sufrido violaciones.
Cada persona afectada es una
víctima, y cada víctima sufre
de una manera diferente.

bellón entero con una misma
fecha señalada: 13 de julio de
1986. Aquel día, el BAP Río
Nepeña naufragó en Punta de
Coles, una formación rocosa
con acantilados que sirven de
hábitat de lobos marinos y aves.
En la embarcación viajaban decenas de niños y adolescentes
de la compañía de scouts 114.

Roberto Parra no se acuerda de
cuántos eran en total, pero sí
recuerda que solo se salvaron
tres: él, su hermano y un marinero. Ellos estaban en la bodega de la nave y, cuando esta
se volteó, quedaron en la parte
superior parcialmente sumergidos durante varias horas, hasta
que fueron rescatados. Roberto

tenía 6 años, y aquel día perdió
a todos sus amigos. La primera pregunta que se hizo fue:
¿por qué sobreviví? Y después:
¿cómo murieron exactamente?
Esa segunda interrogante se la
formula hasta ahora, pero por
defecto profesional: Roberto es
antropólogo forense.
Ya como profesional, en ju-

nio del 2007, en el Alto Huallaga, una caravana de vehículos
policiales recorría diversos puntos de Tocache. La emboscada
de los terroristas comenzó con
disparos desde los cerros contra el conductor de la primera
camioneta, que murió al instante. El tiroteo fue rápido y fatal:
murieron un fiscal y los cuatro
policías que lo custodiaban. Segundos después llegó el segundo vehículo, en el que Roberto
viajaba. Cuando se acercó a ver
qué había ocurrido, el fiscal
agonizaba en medio de espasmos. Roberto también comenzó a temblar. Otra vez se había
salvado de morir.
Roberto continuó trabajando
en el Alto Huallaga, luego en la
Comisión de la Verdad. Perteneció al Instituto de Medicina
Legal y al Equipo Forense Especializado. Hace tres años fue
convocado para formar parte
de la Unidad Forense Humani-

guerra total. La pobreza extrema es otra forma de violencia en Tumaco. En barrios como Panamá (en
la foto) confluyen las fuerzas del orden y los terroristas. Los atentados y ataques armados son constantes.

23

24

sábado 25 de julio del 2015

lejos de casa. Roberto vive hace tres años fuera del Perú. “Mis hijos, Diego Fernando y Gerol Gael, entienden que este trabajo es duro”, dice.
taria del Comité Internacional
de la Cruz Roja (CICR). La mejor escuela para un antropólogo
forense especializado en derechos humanos es el interior del
Perú, sin duda. Pero la prueba
de fuego (literal) es ahora, en
Colombia. Aquí la guerra se
está viviendo en tiempo real.

CÍRCULOS DE LA MUERTE

El derecho internacional humanitario tiene algunas reglas
claras. Una de ellas, la más frágil, es el manejo del lenguaje:
una guerra puede comenzar
o acabar por una palabra mal
dicha. En el argot del CICR,
‘agresión’ es el empleo de la
fuerza de un estado contra
otro. Una ‘ciudad abierta’ es
una localidad no defendida. Le
dicen ‘contaminación por armas’ a la existencia de explosivos improvisados o minas. A
las personas que combaten les
llaman ‘portadores de armas’,
no importa si son policías, militares, terroristas o civiles.
Lo que más abunda en Tumaco y Bocas de Satinga, dos

de los focos de violencia en
Colombia, son portadores de
armas. Aquí trabaja Roberto.
En esta región se cultiva hoja
de coca, se procesa la cocaína,
se transporta la droga y se vende. Situada en la orilla del Pacífico colombiano, rodeada de
ríos selváticos y muy cerca de
Ecuador, es un espacio disputado por todas las facciones:
los narcotraficantes, el ELN,

los paramilitares y ahora las
FARC. Aquí se concentran los
portadores de armas de todos
los bandos, y también se concentran miles de víctimas y de
desaparecidos que esperan ser
encontrados, identificados,
entregados a sus familiares y,
si acaso, enterrados. Como explica Roberto, “a los forenses
humanitarios nos preocupa el
manejo digno de la muerte en

ECOS DESDE LA HABANA
El gobierno de Colombia y
las FARC alcanzaron el 12 de
julio un histórico acuerdo para
desescalar el conflicto y acelerar las negociaciones, que
comenzaron en el 2012.
Noruega, Cuba, Chile y
Venezuela son los
países garantes
del diálogo. Ellos
han convocado
a “un desescalamiento urgente”

de la crisis armada.
Según estadísticas oficiales,
además de muertos y movilizados, hay 2760 personas
desaparecidas en el contexto
de la guerra contra las FARC en
Colombia.

medio de la guerra o la posguerra”. Una de las primeras
personas que Roberto conoció
en esta región es Menelio, el
hombre que recogía los cadáveres anónimos. Él le señaló
dónde estaban; Roberto debía
identificar quiénes eran. Y así
trabajaron juntos.
La semana pasada, Roberto
recibió la llamada de la madre
de un combatiente de las FARC.
La mujer había identificado el
lugar donde yacía su hijo muerto (la zona había sido bombardeada por el Ejército) y quería
recuperarlo. Roberto tenía que
cruzar una zona de guerra en
una lancha, tomar una muestra
de sangre de la señora, compararla con la del cadáver y, con
discreción absoluta, entregar el
cuerpo. En el contexto de una
guerra brutal, Roberto tiene
el difícil encargo de cerrar
los círculos abiertos de la
muerte.
el trabajo de un forense
en una zona de guerra:

Fan page: Somos