Sobre Monólogos De Shakespeare

Jose Padilla
HERMIONE. Cuento de Invierno. Aun en guerra un crimen es un crimen, un asesino es un asesino. Los primeros ataques se produjeron hace no tanto. Tácticas de batalla perfectamente estudiadas. Sólo realizables con la saña que produce el odio. (Pausa.) Cuando sobrevives aquí te acostumbras a no valorar demasiado nada. El tiempo no tiene mayor importancia, sólo es la diferencia que te separa de la muerte. Las lágrimas son inútiles, lloramos todo lo que pudimos. Pero los ojos se nos secaron. Si llueve, hace frío, sol o nieva ni siquiera te das cuenta. Todo consiste en una espera para nada. De vez en cuando se nos entrega un costal de huesos que, supuestamente, pertenece a alguien cercano. Al principio creíamos en esa posibilidad, más tarde esos restos se convirtieron en una excusa barata para depositar el dolor. Terminamos rechazándolos. (Pausa.) La desdicha aquí es mayor que la de un drama concebido para emocionar al público. Y sin embargo, cada vez sentimos menos. Sólo la culpa puede mover a alguien en algún momento. La rabia de no haber impedido la muerte de una hija, por ejemplo. El dolor convierte a esas personas en espantajos de sí mismos. (Pausa.) Un suéter azul, un pantalón marrón, una diadema verde, una pulsera dorada, unos pendientes con forma de hoja, un reloj, una bata de trabajo. Si tienes suerte, quizás recuperas alguno de estos objetos que pertenecieron a quienes ya no están aquí. La quietud de las cosas es la única calma a la que se puede aspirar en este lugar. Nada es como parece. Nadie sabe nada. Y lo que era hace un segundo, desaparece al siguiente. Al final la incertidumbre se convierte en el estado natural. Tus pensamientos varían como el viento. No sabes diferenciar una atrocidad de lo que no lo es. Una mano amiga del frío metal. (Pausa.) A veces imagino que sólo es un mal sueño, un viaje, una penitencia que será recompensada, y mientras te escondes a pleno día, crees que puedes salir corriendo y gritar que estás viva y que se jodan.

(Pausa.) Pero no puedes dirigirte a un lugar si no sabes lo que hay allí. (Silencio.) Estamos en guerra. Y aún no sabemos defendernos. (Pausa.) Primero nos cortan el seno derecho, después sus dientes se clavan en el izquierdo hasta arrancarlo, convirtiendo nuestros torsos en una cabriola ridícula con los labios rojos. Cuando el dolor es insoportable, graban en la espalda con un cuchillo, un triangulo muy grande, así esperas hasta que llega la muerte, que siempre tarda demasiado. En ese estado, la palabra violación no tiene sentido. Te dejas, claro que te dejas. Puedes mirar a los ojos del diablo mientras te folla. Eso dicen. Luego mueres en el desierto. Al fin. Se acabó. Al fin. (Silencio.) Ciudad Juárez, Méjico. Hoy. Más de seiscientas mujeres desaparecidas. Los autores de esta barbarie permanecen impunes. Estamos en guerra. Pero no sólo en Ciudad Juárez. A lo largo del año 2006 en nuestro país, han muerto 68 mujeres. Estas palabras deben ser dichas. Hay vidas en peligro. Aun en guerra, un crimen es un crimen. Un asesino es un asesino. YAGO. Otelo.

Lo que no es ni caliente ni frío lo quiero escupir de mi boca. El que quiera deambular por el dorado camino del medio debe renunciar a la consecución de grandes y máximas metas. No. No es mío. Lo dijo Adolf Hitler el 10 de abril de 1923. Derrotaremos a los enemigos de Alemania es el nombre del discurso, concretamente. No soy un fanático de toda esa parafernalia nazi, ya sabes. Pero es interesante. Leer siempre está bien. Hay que leer de todo. Y tenía razón. ¿Qué queremos conseguir? A ver, ¿te lo has planteado alguna vez? Porque si es así y te respondes de verdad, honestamente, descubrirás cosas que no te gustan. Pero eso no significa que no estén ahí. Mira, el otro día por ejemplo. Estábamos en el parque. Muy bien. Todo bien. Y de repente llegan por otro lado diez o quince de esos... latinos. (Pausa.) Latin Kings, los reyes, ¿no? (Pausa.) Yo me pregunto ¿Por qué tenemos que cargar con ese saco de piedras? ¿porque sí? Joder. Hay cosas que me cuesta entender. Seamos tolerantes. Amén. ¿Has intentado entrar en una discoteca de esa gente? Te invito a que lo hagas. No. No podrás. Y si puedes, no saldrás. ¿Te has fijado en esos graffitis? Las coronas de tres picos. Están por toda la ciudad. Marcan su territorio. Nuestro territorio. (Pausa.) Repito la pregunta, ¿qué queremos conseguir? Yo también quiero un mundo de paz y fraternidad. No es coña. La clave es, ¿es posible? Porque si no, no quiero perder más el tiempo. A la gente se le llena la boca con palabras. Y luego, ¿qué? Si uno de esos latinos le da una paliza a tu hermano, ¿pensarías igual? Es fácil, mientras no te toque a ti, es fácil. Porque una cosa es la humanidad. Y otra, bien distinta, es el miedo. Y esta gente lo mezcla. Confunden el miedo que tienen con una especie de altruismo estúpido. Somos filántropos. Y una mierda. Sólo puedo combatir por lo que amo, amar sólo lo que respeto, y a lo sumo respetar sólo lo que conozco. No. Tampoco es mío. Mi lucha. Hay que leer de todo. Es verdad, ¿o qué? Te escandalizas si cito a Hitler, ¿no? También he leído la vida de Gandhi. ¿Soy mejor por eso? Soy mejor si afronto la verdad. Y la verdad es esta. Si la escribe Adolf Hitler nos rasgamos las vestiduras. (Pausa.) Si avanzo, seguidme. Si me detengo, empujadme. Si retrocedo, matadme. (Pausa.) No. De nuevo. Tampoco es mío. Ernesto Che Guevara. Muy progre. Muy tolerante. No dejes que te confundan. La verdad duele. Yo tampoco querría verla, no te creas. Pero ya es tarde, lo asumo. Y tengo la responsabilidad de cambiar las cosas. Yo sí soy un filántropo. Por lo menos con la parte de la humanidad que está cerca de mí. La parte de la humanidad que puedo defender. El último humanista. No te jode. ¿Quién puede negarme que tendríamos que

expulsar de aquí a los negros por intentar tirarse a nuestras mujeres, a los gays por frenar el crecimiento natural, a los rojos por engañarnos con sus mentiras? Cojonudo si quieren pensar de mí que soy un animal sin corazón. Peor para ellos. Yo no quiero ir por el camino fácil. Soy lo que soy. ¿Qué cojones eres tú?

JULIETA. Romeo Y Julieta.

Por ti bebo esta droga, mi Romeo. (Mira el pico. Al lado de éste, el limón, la cuchara, el mechero...) No tenía ni idea, ¿no? Quiero decir... Era fácil. Mucho. Al final... Ha salido muchas veces, ¿no? No puede ser tan malo. (Pausa.) Te vas. Te has ido. Por ti bebo esta droga, mi Romeo. Eres un... ¿Quién puede decir esas gilipolleces? Joder con el poeta. (Pausa.) Es como tu cuerpo. Frío. Metálico, ¿vale? (Pausa.) Mi nariz en tu pelo. La nuca. O justo donde empieza tu frente. Olías como a bebé. Ese perfume a leche agria y golosina. Cuando te abrazaba incrustaba mi nariz en tu cuello y sólo existía tu olor. Al rato te calmabas. Podía pasar horas así. Detrás de tus orejas. Ese remolino de pelo rubio. Estás entre mis brazos y noto en los labios como tu corazón se calma. (Pausa.) Te esperaba en el parque. Tenía miedo. Pues claro que no te lo iba a decir. Menuda coña si no. (Silencio.) ¿A quién se lo compraste? El pico más asqueroso que he visto en mi vida. (Pausa.) Sabes que no me gusta mirar cuando te haces un chute. Lo único que quería era que todo terminase lo antes posible. ¿A quién se lo compraste? Empezaron los calambres. Te caían chorros de sudor por la nariz. Yo allí, sin hacer nada, concentrada en la tele. Te oigo jadear. Luchas con la respiración. No puedes. No puedes. “¿Vas bien?”. Pero no miro. “¿Vas bien?”. No miro. No contestas. “¿Vas bien?”. (Silencio.) “Házmelo tú.” (Silencio.) “Házmelo tú.” (Pausa.) “Pero... no sé.” (Pausa.) “Házmelo tú.” (Pausa.) Te hago un torniquete por encima del codo. Caliento lo que has puesto en la cuchara. Con tu mechero. Busco venas. No las encuentro. Palpo. Golpeo con dos dedos. No las veo. Allí hay una. Dos. Pongo la bolita de algodón en la cucharilla. (Pausa.) Cojo la aguja. Absorbo lo que creo que sueles meterte. Ya está. En la jeringuilla. Miro tus venas. Las dos. ¿Cuál elijo? Murmuras algo. Sonríes. (Pausa.) Perforo tu piel. La sangre se mezcla en el interior de la jeringa. El color es precioso. Gimes. Respiras. Ya está. Balbuceas algo. Me pides un trago de pepsi. Te paso la botella. Bebes y... es que no lo entiendo. ¿Por qué limpias la boquilla? (Pausa.) Gilipollas. (Pausa.) Pensé que controlabas. Que sabías cuánto y... (Pausa.) Eso dolió, ¿vale? ¿Cómo puedes estar tan ciego, joder? (Silencio.) Mierda. Mierda. Mierda. No puedo contigo. Pesas mucho. Te arrastro como puedo. Sólo tienes espasmos. Vomitas. No hay ningún taxi. Mierda. Ayuda. ¡Ayuda! (Pausa.) Sé quién eres mejor que nadie. ¿Qué pasa? ¿que no tengo cojones? ¿Crees que era fácil limpiar los vómitos? ¿Aguantar tu mala hostia? ¿Ir al chutadero? Joder. Joder. (Silencio.) Como un bebé. Esas golosinas blanditas, ¿cómo se llaman? Nubes. Eso. Nubes. Un remolino de pelo rubio. Justo aquí. (Pausa.) Mi niño. Mi niño. Vas a salir de ésta. (Coge la jeringa. La observa.) ¿Qué puede pasarme? (Pausa.) El primer beso. No querías que terminara. Tenías miedo a mi reacción. Qué idiota. “Tía, pensaba que no te molaba”. Qué idiota. Joder con el poeta. (Silencio. Empieza a prepararse un chute de heroína.) Como las nubes. Y la leche agria. Mi niño. Mi niño. (La luz se va cerrando sobre la escena.)

ROMEO. Romeo y Julieta. No voy a irme, tranquila. Estoy bien así. Hace frío. Ya no tienes sombra. Aquí abajo todo es sombra. La oscuridad se ha tragado la tuya. No voy a irme. Mira. Un poco de luna. Antes la luna era el ojo de una cerradura al que solía acercarme para verte de cerca. Ahora es ella la que quiere verte a ti. Te quitaré la luna del rostro. Ya está. ¿Dónde está tu sombra? Cuando no hay luz al otro lado, una sombra deja de existir. Las sombras no están porque todo es sombra. No hay razón para tener miedo entonces, ¿verdad? Si yo fuera tu sombra, me escondería detrás de ti. Tú serías el muro que me protege de la luz. La luz te ciega. Porque allí no estás tú. Estoy bien así. Escucha. Son las estrellas. No temas. No las voy a dejar pasar. Querrán entrar aquí para escupirte luz en la cara. Quieren devolverte tu sombra con cuchillos. Y aún peor. Si no estamos alerta, amanecerá y te clavarán oscuridad en los dedos. Eso no va a ocurrir. Tu cuerpo ahora parece hecho de aire endurecido. No puedo verte con los ojos, pero no me hacen falta. Ya no volverán a hacerme falta. Escucha. No. No son las estrellas. Se han ido. Pero fuera han dejado una sombra que vigila para pegarse a ti. No temas. Eso no va a ocurrir. Se revuelve. Se agita. No puede hacerte nada. Tiene la forma de tu cuerpo. Pero no eres tú. Cree que puede engañarme, que me voy a dejar convencer. Ahora estás aquí. Junto a mí. No tendré que volver a buscarte. Toco tu cuerpo. Es extraño. Como de aire endurecido. Jamás hubiese pensado que era así. Alguna vez imaginé que tu piel era de manzana y se alimentaba con las frutas de la lluvia. Pero no. Es aire endurecido. Pero aire. Te respiro. Toco tu olor. Escucha. La sombra se marcha. Quizá amanezca dentro de poco y se haya ido a buscar una figura con la que protegerse del sol. Hace bien. Que se haga alargada como un árbol, y en vez de tus brazos, los suyos se hagan ramas. Hace bien. No iba a permitir que te tocase. Ninguna sombra volverá a arrimarse a ti. Jamás. Sólo la oscuridad absoluta podrá mirarte de cerca. No habrá más destellos de luz, como los que vibran sobre el filo del metal, ni reflejos que tintinean a lo lejos y te encandilan, puedo oír a las nubes avisándome de que la noche huye ahí fuera, no temas, aquí siempre será de noche, la luz reptará como una serpiente, y lo hará en vano, porque no va a entrar aquí. Sólo tocaremos noche, porque vamos a ser noche. Tú y yo. Para siempre. Despidámonos del color de la nieve. De los días grises. Del sonido de las olas rompiendo contra un acantilado. Dile adiós al atardecer, a las flechas naranjas que cruzan el cielo. A la tormenta y al calor. Porque a partir de hoy seré tu sombra y me extinguiré junto a tu cuerpo. SHYLOCK. SHYLOCK. El Mercader de Venecia. Me cae mantequilla en la solapa. No veo el quitamanchas. ¿Dónde está? Me miro en el espejo. Llego tarde. Me siento. Bebo el café mirando a mi alrededor. No lo encuentro. Pienso que la mantequilla se va deslizando entre las costuras como un parásito. Mierda. Es mi único traje limpio. Mierda. Enciendo el teléfono móvil. Dos mensajes nuevos. No los leo. Marco. Hablo con la operadora. Sigo buscando. No hay manera. Tengo dos mensajes nuevos. No los leo. Son las 8:45. Ayer a esta misma hora el primer avión impacta. Sí. Sí. Le escucho perfectamente. No. No muy bien, la verdad. Claro. No estoy sordo. Pero... Usted hace las preguntas. A positivo. Positivo. Treinta años. Sí. ¿Cómo? No. No

la tengo. Aquí... No. No tengo ningún problema en responder. Soy homosexual. Sí. Quiero saber cuál es el centro de donación de sangre más cercano. La mantequilla está haciéndose una con el traje. ¿Dónde está el quitamanchas? Ya son las 9:03. El segundo 767 atraviesa la torre sur de parte a parte. Agua. No. Es peor. Lo único que conseguiría es hidratar la mancha. Darle de comer. ¿Qué? ¿Qué tipo de reserva? No quiero que me ponga en ninguna lista, señorita. Quiero DONAR SANGRE. Mi abuela sabría cómo. Siempre lo sabía. Las manchas de fruta se lavan primero con agua y jabón y luego se refriegan con un trapito mojado en alcohol. O con vinagre blanco. Yo qué sé. Si esta mancha fuera de sangre. Me pregunto cómo se quitan las manchas de sangre. Supongo que sería mejor quitarla de inmediato. La sangre seca es difícil de eliminar. La sangre mezclada con el polvo. Con el asfalto. Con cristal. Con fuego. Con sangre. No hay telas blancas a las que frotar con jabón. No hay agua. No hay sal. No podemos borrar la mancha. Dios mío. Qué está pasando. ¿Le repito mis datos? Pues bien. Gracias. Sí. SÍ. Soy Gay. ¿Eso qué tiene que ver con...? La mantequilla está haciéndose una con el traje. Las noticias son confusas. 9:45. Otro avión comercial se estrella contra el Pentágono. Dios mío. Qué está pasando. Esta ciudad está patas arriba. Los muertos se cuentan por millares y usted me está diciendo que mi sangre no es necesaria. A las 10 la torre sur se desploma. Caos. Sí. De reserva. Me da igual lo que usted piense. Le he pedido una información. No. NO ME PIDA QUE ME CALME. Sé de qué va este juego. Mi sangre es mala, ¿no? Miro en los armarios. En el cuarto de baño. Sé lo que va a ocurrir. El objetivo es que el mundo entero tenga miedo. Tengo miedo. Sonrío. En las noticias no paran de hablar del petróleo. ¿Cómo se quitan las manchas de petróleo? En las noticias hablan de una guerra preventiva en un plazo corto de tiempo. Será el modo. Lógico. No he pegado ojo en toda la noche. Tengo miedo. El mundo nos odia. El mundo entero tiene miedo. Con aguarrás. Seguro. Una guerra preventiva contra quién. ¿Quién nos odia tanto? Somos la potencia militar más grande de toda la historia. Sólo oigo nombres de países tercermundistas. ¿A qué clase de masacre se exponen haciéndonos esto? Dios mío. Qué está pasando. Las calles están tomadas por el ejército. No quiero salir a la calle. Mierda. Tengo una mancha en la chaqueta. ¿Cómo se quitan las manchas de petróleo? Una guerra preventiva. El mundo tiene miedo. Una guerra contra el terror. Eso es. Vivo en un país dónde se responde así. Vivo en un país dónde los medios justifican el fin. Vivo en un país donde se... ...Me está privando de un derecho. De una obligación. ¿Por ahora? ¿Qué significa por ahora?

Estamos en guerra. En nuestra propia casa. Estamos en guerra. Sólo oigo nombres de países tercermundistas. El mundo nos odia. El mundo entero tiene miedo. La victoria forma parte de nuestro carácter. Dios mío. Qué está pasando. Héroes. Los bomberos son héroes. Villanos. Sólo oigo nombres de países tercermundistas. No encuentro el quitamanchas. Tengo miedo. Miedo a no estar. Mi país tiene miedo a recordar. A la falta de armas. A la falta de guerras. Miedo a vivir sin la línea del cielo, miedo a la noche sin tranquilizantes. Yo tengo miedo. Miedo a salir a la calle. Miedo a que me miren. Miedo a ese tipo del tercero a que cada vez que me ve murmura “maricón”. Miedo a mi madre. Miedo a leer estos dos mensajes. No tengo tiempo para... No. NO ES ESO. La sangre del marica no vale, ¿verdad? Soy un amujerado. Un ahembrado. Un hada. Un sarasa. Un canco. Un bujarra. Un bujarrón. Una loca. Un culero. Un mariposa. Un sodomita. Un invertido. Al revés. ¿Al contrario de quién? ¿Contra qué, señorita? JODER. Sólo quiero ayudar. Es sangre. Sólo quiero donar sangre. ¿Oiga? ¿Señorita? Leo los dos mensajes. Se confirma. Dos conocidos murieron ayer en el ataque. Miento. Apenas los conocía. Tengo miedo. Quiero ayudar. Son las 10:29. Ayer, a esta misma hora, la torre norte cae. Encuentro el quitamanchas. LADY MACBETH. Macbeth. Supongamos que mi madre no hubiese dicho jamás, y cito textualmente, “arrancadme mi sexo y llenadme del todo, de los pies a la cabeza, con la más espantosa crueldad.” Al menos la primera parte de la frase. Supongamos que el bosque de Birnam jamás avanzó en dirección a Dunsinane y por lo tanto mi padre hoy fuese rey de Escocia y yo su legítima heredera. Supongamos que soy la hija de Lady Macbeth. De Macbeth. Imaginemos que Macbeth se llamase “la obra escocesa” por miedo a atraer al demonio. Imaginemos que yo me llamo Esta actriz, aquí y ahora, y que esto es un aula de una escuela de arte dramático. Supongamos que a mi familia no se le hubiese reconocido, ya para siempre, como adoradores de Satanás. Supongamos que Satanás es, como dijo San Agustín en una definición que ha llegado hasta hoy, la no existencia. Imaginemos que más allá de estas paredes, pintadas de blanco, existieron lugares como Auschwitz en el pasado, Guantánamo en el presente. Supongamos que el negro no fuese el color que relacionamos, casi instintivamente, con el mal. Supongamos que el negro no fuese el color del rock and roll. Supongamos que jamás se hubiese relacionado a Satanás con el rock and roll.

Imaginemos que sus satánicas majestades fuesen los Rolling Stones. Imaginemos que la letra de su canción Sympathy for the devil, algo así como “devoción por el diablo”, dijera así: “Por favor, permitid que me presente. Soy un hombre con clase y estilo. Llevo por aquí bastante tiempo. He robado el alma y la fe de muchos hombres. Presencié las dudas y el dolor de Jesucristo. Conseguí que Pilatos se lavase las manos y perdiese su fe. Encantado de conoceros. Espero que sepan quién soy.” Supongamos que el mal sólo anida en mi reino. Imaginemos que las guerras las hicieran los hombres. Imaginemos que no fuesen culpa de Satán. Lucifer. Luzbel. Belial. Imaginemos que el diablo no pudiese separarse de Dios. Imaginemos que el uno con el otro tuviesen sentido. Supongamos que el mal no anida en tu corazón. Imaginemos que quemar a un mendigo en un cajero automático mientras duerme hubiese ocurrido alguna vez. Imaginemos que hacinar a personas en una barcaza con la promesa de un mundo mejor, fuese una realidad. Imaginemos que los que van en esa barca fuesen negros. Supongamos que estas paredes no fuesen negras. Imaginemos que la luna sale de noche. Y que la noche es negra. Supongamos que tu corazón, más tiempo del que te gustaría creer, es completamente negro. Imaginemos que el corazón de esta actriz, más tiempo del que le gustaría creer, fuese completamente negro. Supongamos que mis palabras fuesen pequeñas. Imaginemos que mis palabras fuesen enormes y que, por ese motivo, las rechazaras. Supongamos que cuando salgan de Escocia, mi reino, no pudieran hablar nuevamente con libertad. Imaginemos que no se pudiera hablar con libertad. Imaginemos que el autor de este monólogo no pudiera hablar con libertad. Imaginemos que su corazón, más tiempo del que le gustaría creer, fuese completamente negro. Supongamos que no puedo mirarte a los ojos. Imaginemos que no me estás mirando a los ojos. Supongamos que mi madre fuese Lady Macbeth. Supongamos que Lady Macbeth fuese la encarnación del mal.

Imaginemos que devoción por el diablo es una canción. Imaginemos que alguna vez escuchamos expresiones como justicia infinita, destrucción masiva. Imaginemos que sabemos poner en el mapa a Hiroshima. Imaginemos que no podemos mirarnos a los ojos. Imaginemos que arrastramos el dolor y lo expandimos indiscriminadamente. Imaginemos que el negro es el color que representa el mal. Imaginemos que el mal somos nosotros. Imaginemos que Esta actriz pudiese creer en todo lo que ha dicho. Supongamos que pudiese acabar este monólogo aquí y ahora. Imaginemos que no.

BEATRIZ, BENEDICTO, PORCIA y BASANIO. Mucho ruido y

pocas nueces + El mercader de Venecia.
(Escena doble.) Benedicto.- Sigh no more, ladies, sigh no more, Men were deceivers ever, One foot in sea and one on shore, To one thing constant never. Beatriz.- ¿Cómo? Benedicto.- ¡Shhhh! Then sigh not so, but let them go, And be you blithe and bonny, Converting all your sounds of woe Into Hey nonny, nonny. (Pausa.) Beatriz.- ¿Qué es eso? Benedicto.- Sí. Beatriz.- ¿Sí, qué? Benedicto.- Claro. Beatriz.- ¿Qué? (Pausa.) Benedicto.- Mucho ruido y pocas nueces. Beatriz.- Ah.

Benedicto.- Acto 2; escena 3. Beatriz.- Ah. Benedicto.- Ya. Como estás estudiando la obra... Beatriz.- Sí. Benedicto.- Sí. Beatriz.- Efectivamente. Estoy estudiando, ¿te importa que...? Benedicto.- Noooo. A lo tuyo. (Pausa.) Miradla. Está loca por mí. Basanio.- (Canta a Porcia “A la orilla de la chimenea” de Joaquín Sabina. Sobre la canción, Porcia habla aparte. Privilegiaremos el discurso de Porcia, esto es, Basanio canta bajito. ) Puedo ponerme cursi y decir que tus labios me saben igual que los labios que beso en mis sueños, puedo ponerme triste y decir que me basta con ser tu enemigo, tu todo, tu esclavo, tu fiebre, tu dueño y si quieres también puedo ser tu estación y tu tren, tu mal y tu bien, tu pan y tu vino, tu pecado, tu Dios, tu asesino, o tal vez esa sombra que se tumba a tu lado en la alfombra a la orilla de la chimenea a esperar que suba la marea... Porcia.- Sí, sí. Canta. Te has lucido. De verdad. Cree que no me he dado cuenta de que ha perdido el anillo. (Pausa.) Me juró que no lo perdería. Y aquí lo tengo. Es una definición bastante cercana a “perder algo.” A ver, el anillo es lo de menos, ¿esto qué significa? Que no es de palabra. Eso es. Si hace esto con un anillo, ¿qué no hará conmigo? (A Basanio.) ¿Quieres hacer el favor de callarte? (Basanio deja de cantar. Todos, aparte.) Beatriz.- Está muy raro. ¿Por qué me mira así? Basanio.- Es nuestra canción. ¿Por qué me mira así? Benedicto.- Está loca por mí. Mirad cómo me mira. Porcia.- El anillo es lo de menos. ¡Mirad cómo me mira! Benedicto.- Pobrecita. Pues sí, me he enterado. Supongo que muy a su pesar. Son cosas que pasan. ¿Crees que no he sabido interpretar las señales? Cada vez que resoplabas cuando pasabas a mi lado. Eran suspiros. De amor. Sus manitas pasan las páginas y... esto va en serio, ¿vale? Me he dado cuenta. (Pausa.) Bueno, yo no quería pero... me he enterado de una forma poco... ortodoxa, de acuerdo. Sonó bip bip y lo miré por... pues por si era algo importante, para localizarla y eso, por si acaso, vaya y... bueno, miré la pantalla. De soslayo. Y... allí estaba. Alguien, una amiga suya, le escribe algo sobre que

ELLA está hasta el tuétano por MÍ. (Pausa.) ¿Quién soy yo para negarme? No. Cojo el toro por los cuernos. La verdad del asunto es que ahora todo el mundo se compadece de ella. Dicen que está muy pillada. Pero muy, muy, muy pillada. ¡Por mí! Bien. Ya me imagino lo que le estarán diciendo. Que si soy soberbio, que si me doy cuenta de que... me adora, voy a pasar. Nunca pensé en esto antes, la verdad. Pero... no debo parecer orgulloso. Yo sé asumir mis fallos. No hay problema. Y los puedo enmendar. (Reclama la atención de Beatriz, ésta le mira.) Sigh no more ditties, sing no moe, of dumps so dull and heavy. (Beatriz le quita la mirada. Pausa.) Está muy... bien. Nada más cierto, vamos. No hay más que mirarla. Y es lista, vaya que sí. Roza el virtuosismo. En todo, menos en hacer que me fije en ella. Hombre, es que eso no se puede considerar un talento, aunque tampoco es una prueba grande de insensatez, porque, al fin y al cabo, qué le voy a hacer, me tiene pillado a mí también. Claro, me harán burla por haber... criticado tanto tiempo lo de tener novia y tal. ¿Qué pasa? ¿no puedo cambiar de opinión? Estoy madurando. Es por eso. Todo el tema del rollo macho no me va a hacer dudar ahora. De lo que siento. Cuando dije lo que dije no sabía que me iba a pasar esto. Además, estaba de coña, hombre. No me voy a convertir en esclavo de mis propias bromas, ¿o qué? (Pausa.) Se le nota un montón. Casi puedo oír su respiración entrecortada. Sigh no more... Basanio.- (A Porcia.) ¿Quieres que te prepare un café o...? Porcia.- ¿Un café? Basanio.- Sí, con leche o... Porcia.- No, yo el café siempre lo tomo ¡SOLO! Basanio.- ¿Eh? Benedicto.- Sigh no more... Beatriz.- Me estoy empezando a poner nerviosa. Benedicto.- Lo sabía. Porcia.- (Aparte.) ¡Qué hermoso es el amor! Cuando te enamoras nada más importa, eres feliz porque te sientes comprendida y complementada. Sí, hablamos de darle besos a la almohada, mirarte al espejo cuarenta veces al día y enviar sms cada dos minutos con diminutivos repugnantes. ¡Mentira! Es pura química. Una droga que segrega el cerebro con efectos similares al opio. Yo estoy empezando a desengancharme. (Pausa.) ¡Canta! Vas listo si crees que con tus historietas de cantautor me vas a ablandar. Al... desprenderte, así, con alegría, del anillo que te regalé, has desafinado como ni te imaginas, aunque la verdad, desafinas más que cantas. Y no es porque yo tenga ahora complejo de “mi tesoro”, pero a ver si te crees que voy regalando anillitos a todo el mundo. “Sí, jamás lo perderé, te quiero, muak, muak”, ¡anda ya! ¿Te quiero? Ya. Llego a casa. Voy al baño. Y me lo veo allí, hala, puesto de cualquier manera a un lado del lavabo. ¿Esa es la forma que tienes de quererme? Ya. Si hubieras sabido lo que significa el anillo, o la mitad de lo que representa para mí el anillo, o hasta qué punto, supuestamente, tu palabra estaba empeñada, de verdad, en guardar el anillo, no te habrías separado JAMÁS del anillo. Estoy siendo sensata, quiero saber si en algún

momento le da por acordarse. ¿Cómo puede haber un hombre tan poco razonable? (Pausa.) Hay una manera de recuperar su “interés” por mi anillo. Es la única, la mejor, forma de que haga memoria de lo que para mí representa. De lo que significa, no el objeto en sí, sino su palabra, la palabra que se une a algo, se convierte en ese algo. Entonces, ¿qué soy yo para él? ¿algo que se deja olvidado donde te lavas las manos, y si te he visto no me acuerdo? No. Por ahí no paso. (A Basanio.) Esta noche he quedado. No me esperes despierto. Benedicto.- No suspiréis más, niñas, no suspiréis, que los hombres han sido siempre perjuros. Beatriz.- ¡Ah! También sabes castellano. Benedicto.- Sí. Basanio.- Ya está. Marilyn Manson. Otra vez como Marilyn Manson. (Pausa.) ¿Qué he hecho mal? Porcia.- Ahora se estará preguntando qué ha hecho mal. Basanio.- ¿Qué he hecho mal? Benedicto.- Lo estoy haciendo bien. Beatriz.- ¿Qué está haciendo? Porcia.- ¡Ja! Cómo si no lo supiera. Se siente culpable, y se hace el loco. Beatriz.- ¿Se ha vuelto loco? Benedicto.- Está loca por mí. Basanio.- Esto es una locura. Marilyn Manson. (Pausa.) Vale. Hará... tres años de eso. Todavía no salía con ella y... bueno, estaba con esa chica que... bueno, me encantaba. De verdad. (Pausa.) A mí lo que me gusta es la música de autor. Sabina. Aute. Serrat. No, y los nuevos también. Yo qué sé. Pedro Guerra. Ismael Serrano. Incluso Javier Álvarez tiene alguna canción cojonuda. Pero... bueno, te enamoras. Entonces te da exactamente igual. Tus gustos. Tus convicciones. Vamos, un coñazo. La conocí, yo daba un concierto en un bar y... cuando terminé se acercó a mí, hablamos toda la noche y... ¡buf! Fue genial. Me decía que mi estilo no era su rollo, pero mi mensaje, así, mi mensaje, le encantaba. Que era como escuchar su vida narrada por un desconocido. Su rollo. ¿Cuál era su rollo? Vale. Bueno, le iba más algo así como esos grupos, que para oírlos un ratito, vale, son pasables, incluso para una noche de marcha... según ella eran “grupos que emergieron tras el caos derivado de la era post alternativa.” A saber, pero a mí me daba igual. Estaba ENAMORADO. Por eso me dejé convencer tan fácilmente. Benedicto.- Sigh no more... Basanio.- Él. Su concierto. “Tengo pases de backstage.” Su cantante favorito actuaba en la ciudad. No te jode. “Vente, te va a encantar, es un pase sin restricciones, barra libre.”

Cómo negarse. MARILYN MANSON. La edad dorada de lo grotesco. No, no es un arranque de poesía. Era el nombre del “espectáculo”. No podía ser más acertado. La historia es fácil. Llegamos. Entramos a una sala. Bien surtidita. Mucho alcohol. Mucha fiesta. Mucho de todo. Empieza el concierto. (Tararea “The beautiful people”) Claro, la gente se volvió loca. Ella, su fan número uno no iba a ser menos. Era feliz, y a mí me gustaba verla así. (Pausa.) Dos horas después, el concierto termina. Y mi vida también. (Pausa.) Detengan los relojes. Él. La loca oscura. Entra en la sala. Hay música. Ambiente “gótico”. (Pausa.) La loca oscura mira. Ese tipo largo, con maquillaje hasta la rabadilla, una lentilla de cada color. ¿Siniestro? No se imaginan cuanto. Nos mira. LA mira. Cruza la sala. Le susurra algo al oído, la coge de la mano, cruzan la sala a la inversa y desaparecen entre la muchedumbre. (Pausa.) Nunca más la volví a ver. Porcia.- ¿Me escuchas? He quedado. No me esperes despierto. Basanio.- ¿Vuelve a estar de gira? Yo qué sé. ¿Por qué a mí? (Pausa.) ¿Te gusta Marilyn Manson? (Silencio.) Porcia.- ¿Es lo único que se te ocurre? ¡Marilyn Manson! (Aparte.) Esto va de mal en peor. Basanio.- Esto va peor que mal. Beatriz.- Está peor de lo que creía. Muy mal. Benedicto.- Esto es lo mejor que me puede pasar. Beatriz.- No entiendo nada. ¿Cuánto tiempo lleva ahí plantado? Me mira y se ríe. Se ríe y me mira. Rarísimo. Muy raro. Mucho. A ver. Qué ha podido pasar para que me mire así, tan alelado. Si no me puede ni ver. Jamás. Ni yo a él. Creo. Ayer. Sí. Fue ayer cuando discutimos por última vez. (Pausa.) Se dice quien tiene una amiga tiene un tesoro. Y quien tiene “un amigo” tiene un problema. Pero es que además, es mi enemigo. (Pausa.) ¿Le gusto? Entonces eso nos convertiría en... ¡enemigos con derecho a roce! (Pausa.) Pero qué estoy diciendo. Es un problema difícil, casi dramático. No voy a caer en esa idea ñoña del “amor”. Darle besos a la almohada, mirarte al espejo cuarenta veces al día y enviar sms cada dos minutos con diminutivos repugnantes no es algo que me agrade mucho, la verdad. (Pausa.) Si cediera alguna vez, todo el mundo se compadecería de mí. Dirían que cómo puedo estar con alguien tan soberbio, que si se da cuenta de que... le adoro, va a pasar de mí. (Pausa.) Nunca pensé en esto antes, la verdad. Pero... no debería parecer orgullosa. Podría asumir mis fallos sin problema. Los enmendaría. (Pausa.) No. NO. ¿Y si me equivoco? ¿y si esa carita de cordero degollado es simplemente porque no da para más? ¿y si le pasa algo? (Pausa.) Es mono. Eso es indudable. (Pausa.) ¿Por qué estoy diciendo esto? ¿Por qué he observado últimamente con detalle cómo se hace la coleta? ¿Por qué motivo sé perfectamente que corta la carne en bocados diminutos? ¡AY DIOS MÍO! ¿Qué me está pasando? (Pausa.) Quizá los enemigos con derecho a roce, se puedan convertir en... rozados con derecho a ser amigos, y de esa amistad pueda surgir... ¡AY DIOS MÍO! Soy una mujer cabal. YO controlo la situación. YO sé que, aún en el supuesto de que me atrajese algo de él, podría controlarme y... me, me... mejor que me parta un rayo a hacer el ridículo. No sé

qué habré comido hoy para pensar así, él cortaba el filetito con tanta gracia que... ¡AY DIOS MIO! Basanio.- ¡AY DIOS MÍO! ¡EL ANILLO! Porcia.- ¡AJAJÁ! Benedicto.- ¿Te encuentras mal? Beatriz.- No, es sólo que... ¿me ayudas a pasar texto? Benedicto.- ¿En qué idioma? Basanio.- ¿Está así por el anillo? Porcia.- ¡AJAJÁ! Beatriz.- En castellano va bien. Acto 2; escena 3. Porcia.- ¿Lo perdiste? Basanio.- (Aparte.) Mejor sería cortarme la mano y decirle que me lo robaron. Porcia.- ¿O te lo quitó Marilyn Manson? Benedicto.- No suspiréis más, niñas, no suspiréis. Beatriz.- Que los hombres han sido siempre perjuros. Basanio.- Si supieras a quién he dado el anillo... quiero decir, si supieras porqué he dado el anillo... ¡NO! si pudieras entender porqué he dado el anillo a... Si supieses con cuánta vergüenza... he perdido el anillo. (Pausa.) Lo siento. Benedicto.- Un pie dentro del mar y otro en la orilla. Beatriz.- Y sin firmeza nunca en ninguna cosa. Basanio.- No pensé que fuera tan importante para ti. Beatriz y Benedicto.- No suspiréis, pues, no; dejadles que se vayan; sed felices y alegres y exhalad vuestras penas en el «¡Ay!, nana, nana». Porcia.- Lo perdiste. Beatriz y Benedicto.- No cantéis más canciones, no cantéis, tan tristes, melancólicas y lentas; la falsía del hombre fue la misma desde que Primavera dio sus primeras hojas. Basanio.- Te lo juro por... no, te lo prometo por tus ojos que... si alguna vez encuentro el anillo...

Beatriz y Benedicto.- No suspiréis pues. Basanio.- Si lo recupero, si soy capaz de encontrarlo, para que me perdones yo... Beatriz y Benedicto.- Dejadles que se vayan. Basanio.- Sería capaz de... si tuviera la fortuna de volver a ponérmelo yo... Beatriz y Benedicto.- Sed felices y alegres. Porcia.- ¿Tú, qué? (Pausa.) Basanio.- ¡ME CASO CONTIGO! Beatriz y Benedicto.- Y exhalad vuestras penas en el «¡Ay!, nana, nana». (Silencio. Porcia saca el anillo. Se lo lanza. Silencio. Basanio mira el anillo. Está perplejo. Beatriz se acerca a Benedicto. Benedicto a Beatriz. Porcia a Basanio. Porcia le pone el anillo a Basanio. Se miran. Beatriz y Benedicto, idem. Silencio. Ambas parejas se besan. Música. Oscuro.)